22/10/2017 Evangelio según San Mateo 22,15-21.

Vigésimo noveno Domingo del tiempo ordinario

Santo(s) del día : San Juan Pablo II
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Lecturas

El Evangelio del próximo domingo esta contenido en el capitulo 594 que corresponde al martes de la semana santa en el tercer año de la vida pública de Jesús .
Es la continuación del evangelio del domingo XXVII y transcurre tras haber pasado la noche con los apóstoles en el Getsemani que como habrán visto en la entrega de esa fecha termina el extracto diciendo Jesús a Valtorta que ahí incluya los discursos de esa noche, que relatan una vez mas el anuncio de la Pasión inminente en los textos proféticos.
Ya el martes se dirigen de nuevo a Jerusalen.
En esta entrega se añade el capitulo siguiente que transcurre la noche del martes ocasión en que Jesús reflexiona con los apóstoles sobre lo ocurrido ese día.

Preparación a la Pasión de Jesús

594. Martes santo[1].Lecciones sacadas de la higuera agostada. El tributo de César y la resurrección de los cuerpos.

1 de abril de 1947.

594-21       Están para entrar de nuevo en la ciudad. Vienen por el mismo caminito lejano que tomaron la mañana anterior. Es como si Jesús no quisiera, antes de llegar al Templo –al que se accede pronto entrando en la ciudad por la Puerta del Rebaño, que está cerca de la Probática–, verse rodeado de la gente que aguarda. Pero hoy muchos de los setenta y dos le esperan ya del otro lado del Cedrón, antes del puente, y en cuanto le ven aparecer de entre los olivos verde–grises, con su túnica purpúrea, se mueven en dirección a El. Se reúnen y siguen hacia la ciudad.

Pedro, que mira adelante, cuesta abajo, siempre sospechando ver aparecer a algún malintencionado, observa entre el verde fresco de las últimas pendientes una masa de hojas mustias, colgantes, que pende sobre las aguas del Cedrón. Las hojas, acartonadas y lánguidas, con manchas como de óxido distribuidas en su superficie, asemejan a las de un árbol reseco por el fuego; de vez en cuando, la brisa arranca una hoja para sepultarla en las aguas del torrente.

-«¡Pero si es la higuera de ayer! ¡La higuera que maldijiste!»

grita Pedro señalando con una mano hacia el árbol seco, vuelta su cabeza para hablar con el Maestro.

jesus-la-higuera-esterilAcuden todos presurosos, menos Jesús, que sigue adelante con el paso que llevaba.

Los apóstoles refieren a los discípulos los precedentes del hecho que observan, y todos juntos hacen comentarios mirando estupefactos a Jesús. Han visto miles de milagros realizados en hombres y elementos. Pero éste los impresiona más que muchos otros.

2       Jesús, que ha llegado donde ellos, sonríe al observar esas caras asombradas y temerosas. Dice:

-«¿Y bien? ¿Tanto os maravilla el que por mi palabra se haya secado una higuera? ¿No me habéis visto, acaso, resucitar muertos, curar a leprosos, dar la vista a los ciegos, multiplicar los panes, calmar las tempestades, apagar el fuego? ¿Y os asombra el que una higuera se seque?».

-«No es por la higuera. Es que ayer estaba lozana cuando la maldijiste, y ahora está seca. ¡Mira! Quebradiza como arcilla seca. Sus ramas ya no tienen médula. Mira. Se pulverizan», y Bartolomé desmenuza entre sus dedos unas ramas que con facilidad ha partido.

-«Ya no tienen médula. Tú lo has dicho. Y, cuando ya no hay médula, se produce la muerte, bien sea en un árbol o en una nación o en una religión; queda sólo dura corteza e inútil follaje: crueldad e hipócrita exterioridad. La médula, blanca, interior, llena de savia, corresponde a la santidad, a la espiritualidad; la corteza dura y el follaje inútil, a la humanidad carente de vida espiritual y de vida justa. ¡Ay de aquellas religiones que se hacen humanas porque sus sacerdotes y fieles han dejado de tener vital el espíritu! ¡Ay de aquellas naciones cuyos jefes son sólo crueldad y ruidoso clamor carente de ideas fructíferas! ¡Ay de aquellos hombres en que falta la vida del espíritu!».

-«Pero si esto se lo dijeras a los grandes de Israel, aun siendo verdad lo que dices, no te comportaría inteligentemente. No te hagas ilusiones por el hecho de que hasta ahora te hayan dejado hablar. Tú mismo dices que no es por conversión del corazón, sino por cálculo. Sabe, pues, Tú también calcular el valor y las consecuencias de tus palabras. Porque existe también la sabiduría del mundo, además de la sabiduría del espíritu[2]. Y hay que saber usarla en beneficio nuestro. Porque, en fin, por ahora estamos en el mundo, no todavía en el Reino de Dios»

dice Judas Iscariote, sin mordacidad pero en tono doctoral.

-«El verdadero sabio es el que sabe ver las cosas sin que las sombras de la propia sensualidad y las reflexiones del cálculo las alteren. Yo diré siempre la verdad de lo que veo».

3

-«Bueno, pero ¿esta higuera ha muerto por haberla maldecido tú?, o es… una coincidencia… una señal… no sé»

pregunta Felipe.

-«Es todo eso que dices. Pero lo que he hecho Yo podéis hacerlo también vosotros, si alcanzáis la fe perfecta. Tened esa fe en el Señor altísimo. Cuando la tengáis, en verdad os digo que podréis esto y más. En verdad os digo que si uno llega a tener la confianza perfecta en la fuerza de la oración y en la bondad del Señor, podrá decir a este monte:

“Córrete de aquí y échate al mar”, y si, diciéndolo, no duda en su corazón, sino que cree que lo que ordena se puede cumplir, lo que ha dicho se cumplirá».

-«Y pareceremos brujos y nos apedrearán, como está escrito[3] para quien ejerce la magia. ¡Sería un milagro necio, y con daño para nosotros!»

dice Judas Iscariote meneando la cabeza.

-«¡El necio eres tú, que no comprendes la parábola!»

le rebate el otro Judas.

Jesús no habla a Judas, habla a todos:

-«Os digo, y es vieja lección que repito en esta hora: todo lo que pidáis con la oración, tened fe en que lo obtendréis y lo recibiréis. Pero, si antes de orar tenéis algo contra alguien, antes perdonad y haced la paz para que tengáis como amigo a vuestro Padre que está en los Cielos, que, mucho, mucho os perdona y favorece, de la mañana a la noche, del ocaso a la aurora.

4       Entran en el Templo. Los soldados de la Antonia los observan mientras pasan.

Van a adorar al Señor. Luego vuelven al patio en que los rabies enseñan.

En seguida, antes de que la gente venga y se arremoline en torno a El, se acercan a Jesús saforimes, doctores de Israel, herodianos, y, con falsa deferencia, tras haberle saludado, le dicen:

-«Maestro, sabemos que eres sabio y veraz, y que enseñas el camino de Dios sin tener en cuenta nada ni a nadie, aparte de la verdad y la justicia; y que poco te preocupas del juicio que los demás tengan de ti, sino que te preocupas sólo de llevar a los hombres al Bien. Dinos, entonces: ¿es lícito pagar el tributo a César, o no? ¿Qué opinas?».

Jesús los mira con una de esas miradas suyas de penetrante y solemne perspicacia, y responde:

-«¿Por qué me tentáis hipócritamente? ¡Y además alguno de vosotros ya sabe que a mí no se me engaña con hipócritas honores! Pero, mostradme una moneda de las que usáis para el tributo».

594-1Le muestran la moneda. La observa por ambas partes, y, sujetándola en la palma de la izquierda, golpea en ella con el índice de la derecha, mientras dice:

-«¿De quién es esta imagen y qué dice esta inscripción?».

-«La imagen es de César, y la inscripción lleva su nombre, el nombre de Cayo Tiberio César, que es ahora emperador de Roma».

-«Pues entonces dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios»,

y les da la espalda, después de haber entregado el denario a quien se lo había dejado.

5       Escucha a unos u otros de los muchos peregrinos que le hacen preguntas, consuela, absuelve, cura. Pasan las horas.

Sale del Templo para ir quizás afuera de las puertas, para tomar los alimentos que los servidores de Lázaro, encargados de ello, le traen.

Vuelve de nuevo a entrar a primera tarde. Incansable. Gracia y sabiduría fluyen, de sus manos y labios, puestas sobre los enfermos o abiertos para consejos individuales dados a cada uno de los que se acercan a El, que son muchos: parece como si quisiera consolar a todos, curar a todos, antes de no poder hacerlo ya.

Se acerca el ocaso. Los apóstoles, cansados, están sentados en el suelo bajo el pórtico, aturdidos por ese continuo movimiento de gente que son los patios del Templo en la inminencia de la Pascua. En esto, se acercan unos ricos (ricos, sin duda, a juzgar por sus vestiduras pomposas).

Mateo, que está adormilado aunque sólo con un ojo, se pone en pie y, con algún meneo, llama a los otros. Dice:

-«Van hacia el Maestro unos saduceos[4]. No debemos dejarle solo, no sea que todavía le ofendan o traten de hacerle algún mal o de burlarse de El».

Se alzan todos y van donde el Maestro. Inmediatamente forman una barrera en torno a El. Creo intuir que ha habido desórdenes al marcharse del Templo o al volver a la hora sexta.

6       Los saduceos, que tienen para Jesús reverencias incluso exageradas, le dicen:

-«Maestro, has respondido tan sabiamente a los herodianos, que nos ha venido el deseo de recibir también nosotros un rayo de tu luz. Escucha: Moisés dijo*: “Si uno muere sin hijos, su hermano se casará con la viuda y dará descendencia[5] al hermano”. Ahora bien, había entre nosotros siete hermanos. El primero tomó a una virgen por esposa, pero murió sin dejar prole; por tanto, dejó su mujer a su hermano. También el segundo murió sin dejar prole, y lo mismo el tercero, que se casó con la viuda de los dos que le habían precedido. Así sucesivamente, hasta el séptimo. Al final, después de haberse casado con los siete hermanos, se murió la mujer. Dinos: en la resurreción de los cuerpos –si es verdad que los hombres resucitan y que nuestra alma sobrevive y vuelve a unirse al cuerpo el último día y a dar nueva forma a los vivientes–, ¿cuál de los siete hermanos tendrá a la mujer, dado que en la Tierra la tuvieron los siete?».

Estáis en un error. No sabéis comprender ni las Escrituras ni el poder de Dios. La otra vida será muy distinta de ésta, y en el Reino eterno no existirán las necesidades de la carne como en éste. Porque, en verdad, después del Juicio final, la carne resucitará y se reunirá con el alma inmortal y formará un todo nuevo –vivo como, y mejor, como lo están mi cuerpo y el vuestro ahora–, pero no sujeto ya a las leyes, y, sobre todo, a los estímulos y abusos ahora vigentes. En la resurrección, los hombres y las mujeres no tomarán ni mujer ni marido, aunque vivan en el amor perfecto, que es el divino y espiritual. Y por lo que respecta a la resurrección de los muertos, ¿no habéis leído cómo habló a Moisés Dios desde la zarza? ¿Qué dijo entonces el Altísimo?:

“Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob”[6]. No dijo: “Yo fui”, dando a entender que Abraham, Isaac y Jacob hubieran existido, pero que ya no existían. Dijo “Yo soy”. Porque Abraham, Isaac y Jacob existen. Inmortales. Como todos los hombres en su parte inmortal, mientras duren los siglos; luego, también con la carne resucitada para la eternidad. Existen, como existe Moisés, los profetas, los justos, como, desventuradamente, existe Caín[7], y existen los del diluvio[8] y los de Sodoma[9] y todos los que murieron en culpa mortal. Dios no es el Dios de los muertos, sino de los vivos».

7

-«¿Tú también vas a morir y luego estar entre los vivos?»

le tientan. Están ya cansados de comportarse con mansedumbre. El aborrecimiento es tal, que no saben contenerse.

-«Yo soy el Viviente y mi Carne no conocerá la corrupción[10]. Se nos arrebató el arca, y la actual también se nos quitará, incluso como símbolo[11]. Se nos arrebató el Tabernáculo, y será destruido[12]. Pero el verdadero Templo de Dios no podrá ser ni arrebatado ni destruido. Cuando sus adversarios crean que lo han conseguido, entonces será la hora en que se establecerá en la verdadera Jerusalén en toda su gloria. Adiós».

Y, presuroso, va hacia el Patio de los Israelitas, porque las trombas de plata llaman al sacrificio del anochecer[13].

8 Me dice Jesús:

«De la misma forma que hice que señalaras la frase “de mi cáliz[14]” en la visión en que la madre de Juan y Santiago pide un lugar para sus hijos, así mismo, te digo que señales en la visión de ayer el punto que dice: “el que caiga contra esta piedra quedará destrozado”. En las traducciones se usa siempre “sobre”. Dije “contra”, no “sobre”[15]. Y es profecía contra los enemigos de mi Iglesia. Los que la atacan, arremetiendo contra Ella, porque Ella es la Piedra angular, quedan destrozados.

La historia de la Tierra lleva veinte siglos confirmando lo que dije. Los perseguidores de la Iglesia quedan destrozados al arremeter contra la Piedra angular. Pero también –y esto han de tenerlo presente los que por ser de la Iglesia se creen salvados de los castigos divinos– aquel sobre el que caiga el peso de la condena de la Cabeza y Esposo de esta Esposa mía, de este Cuerpo místico mío, quedará triturado.

9 Y, previniendo una objeción de los siempre vivos escribas y saduceos, malévolos para con mis siervos, digo: si en estas últimas visiones aparecen frases que no están en los Evangelios, como estas del final de la visión de hoy, y del punto en que hablo de la higuera seca, y otros más, recuerden aquéllos que los evangelistas eran también de ese pueblo, y vivían en tiempos en que cualquier choque demasiado vivo podía tener repercusiones violentas y nocivas para los neófitos.

Lean de nuevo los hechos apostólicos, y verán que la fusión de tantos pensamientos distintos no era sin fricciones, y que si unos a otros se tributaron admiración, reconociéndose recíprocamente los méritos, no faltaron entre ellos desacuerdos, porque diversos son los pensamientos de los hombres, y siempre imperfectos[16]. Y para evitar fracturas más profundas, entre uno u otro pensamiento, iluminados por el Espíritu Santo, los evangelistas omitieron conscientemente en sus escritos algunas frases que habrían hecho mella en la excesiva susceptibilidad de los hebreos y habrían escandalizado a los gentiles, que necesitaban creer perfectos a los hebreos –núcleo del que provino la Iglesia– para no alejarse de ellos diciendo: “Son como nosotros”. Conocer las persecuciones de Cristo, sí; pero las enfermedades espirituales del pueblo de Israel, ya corrompido, especialmente en las clases más altas, no. No era conveniente. Y, lo más que pudieron, las ocultaron.

Observen cómo los Evangelios se iban haciendo cada vez más explícitos, hasta llegar al límpido Evangelio de mi Juan, a medida que iban siendo escritos en épocas más lejanas respecto a mi Ascensión al Padre mío. Sólo Juan reseña por entero hasta las más dolorosas manchas del propio núcleo apostólico, llamando, por ejemplo, abiertamente “ladrón” a Judas[17]; y refiere íntegramente las bajezas de los judíos (fingida voluntad de hacerme rey, disputas en el Templo, el abandono de muchos tras el discurso sobre el Pan del Cielo, la incredulidad de Tomás[18]). El que más vivió, ya hasta ver fuerte a la Iglesia, alza los velos que los otros no se habían atrevido a alzar.

Pero ahora el Espíritu de Dios quiere que se conozcan incluso estas palabras. Y bendigan por ello al Señor, porque todas ellas son luz y guía para los justos de corazón».

10

«Colocarás aquí la segunda parte del martes, o sea, la instrucción nocturna a los Doce en el Getsemaní».

595. El martes por la noche en el Getsemaní con los apóstoles.

7 de marzo de 1945.

1

-«Hoy habéis oído hablar a gentiles y judíos. Y habéis visto[1] cómo los primeros me han aceptado con reverencia, mientras que los segundos por poco no me han agredido. Tú, Pedro, casi llegas a las manos al ver que arteramente mandaban contra mí corderos, carneros y chotos para hacerme caer al suelo entre los excrementos. Tú, Simón, a pesar de la gran prudencia que tienes, has abierto tu boca al insulto contra los miembros más aviesos del Sanedrín, que ruinmente se chocaban contra mí diciéndome: “Apártate, demonio, mientras pasan los enviados de Dios”. Tú, Judas, primo, y tú, Juan, mi predilecto, habéis gritado, y, raudos, me habéis evitado: uno el ser embestido, tomando el caballo por las bridas; el otro, metiéndose delante de mí y recibiendo el golpe, dirigido a mí, del pértigo cuando, con risa burlona, Sadoq ha venido contra mí con su pesado carro lanzado adrede con veloz carrera. Os agradezco vuestro amor, que os hace alzaros contra los agresores del Inerme; pero veréis otras agresiones y actos crueles, mucho mayores. Cuando esta Luna ría en el cielo por segunda vez, a partir de esta noche, las agresiones, por ahora verbales o apenas esbozadas desde el punto de vista material, se harán concretas, más densas que las flores que ahora pueblan los árboles frutales y se apiñan cada vez más por la prisa de florecer. 2 Habéis visto una higuera secada y todo un pomar sin flores. La higuera, como Israel, negó confortación al Hijo del hombre y murió en su pecado; el pomar, como los gentiles, espera la hora que he dicho para florecer y anular el último recuerdo de la crueldad humana con la dulzura de las abundantes flores esparcidas sobre la cabeza y bajo los pies del Vencedor».

-«¿Qué hora, Maestro?»

pregunta Mateo.

-«¡Has hablado tanto y de tantas cosas hoy! No recuerdo bien. Y quisiera recordar todo. ¿Quizá la hora del regreso del Cristo? También aquí has hablado de ramas que se vuelven tiernas y dan hojas».

-«¡Que no, hombre, que no!»

exclama Tomás.

-«El Maestro habla como si esta conjura que le espera fuera inminente. ¿Cómo puede, entonces, en poco tiempo suceder todo lo que El dice[2] que precederá a su regreso? Guerras, destrucciones, esclavitud, persecuciones, Evangelio predicado a todo el mundo, desolación de la abominación en la casa de Dios, y terremotos, pestes, falsos profetas, señales en el Sol y las estrellas[3]333… ¡Hombre!, ¡hacen falta siglos para hacer todo esto! ¡Fresco estaría ese amo del pomar, si su huerto tuviera que esperar a ese tiempo para florecer!».

-«Ya no comería sus frutos. Porque yo digo que entonces será el fin del mundo»

comenta Bartolomé.

-«Para llevar a cabo el fin del mundo sólo haría falta un pensamiento de Dios, y todo volvería a la nada. Por eso, podría ser que ese pomar tuviera que esperar poco. Pero las cosas sucederán como Yo he dicho. Por tanto, transcurrirán siglos entre éste y aquél, o sea, hasta el definitivo triunfo del Cristo»

explica Jesús.

-«¿Y entonces? ¿Cuándo será?».

-«¡Yo sé cuándo será!»

dice Juan, y llora.

-«Yo sé cuándo será. ¡Será después de tu muerte y tu resurrección!…»,

y Juan le abraza fuertemente.

-«¿Y lloras si va a resucitar?»

dice con mofa Judas Iscariote.

-«Lloro porque antes debe morir. 3 No te burles de mí, demonio. Yo comprendo. Y no puedo pensar en esa hora».

-«Maestro, me ha llamado demonio. Ha pecado contra el compañero».

-«Judas: ¿sabes que no lo mereces? Pues entonces no te resientas con su culpa. A mí también me han llamado “demonio”, y todavía me lo llamarán».

-«Pero Tú tienes dicho que quien insulta a su hermano es culpab…».

-«Silencio. Ante la muerte se acaben por fin estas odiosas acusaciones, disputas y mentiras. No turbéis a quien está muriendo».

-«Perdóname, Jesús»

susurra Juan.

-«Con el sonido de su risa, he sentido que se me revolvía algo dentro… y no he podido contenerme».

Juan está abrazado todo, pecho contra pecho, a Jesús, y le llora en su corazón.

-«No llores. Te comprendo. Déjame hablar».

Pero Juan no se despega de Jesús, ni siquiera cuando El se sienta en una gruesa raíz saliente. Se queda pasándole un brazo por la espalda y otro alrededor del pecho y con la cabeza apoyada en un hombro, y llora quedo. Sólo vese brillar, con la luz de la luna, las gotas de su llanto, que caen en la túnica purpúrea de Jesús y parecen rubíes: gotas de pálida sangre heridas por una luz.

4

-«Hoy habéis oído hablar a judíos y a gentiles. No os debe asombrar, pues, el que os diga*: “De mi boca salieron siempre palabras de justicia, y no serán revocadas”; o el que os diga, también con Isaías[4], hablando de los gentiles que vendrán a mí después de ser elevado de la tierra: “Ante mí se doblará toda rodilla, por mí y en mí jurará toda lengua”. Y tampoco dudaréis, habiendo visto cómo actúan los judíos, que es fácil decir, sin temor a equivocarse, que serán conducidos a mi presencia, y avergonzados, todos los que se oponen a mí. Mi Padre no me ha hecho siervo suyo sólo para que haga revivir a las tribus de Jacob y para convertir a lo que queda de Israel, el resto[5]; sino que ha hecho don de mí como luz para las Naciones para que sea el “Salvador” de toda la Tierra[6]. Por este motivo, en estos treinta y tres años de exilio del Cielo y del seno del Padre[7], he crecido siempre en Gracia y Sabiduría ante Dios y ante los hombres, alcanzando la edad perfecta, y en estos tres últimos años, después de poner incandescentes mi alma y mi mente en el fuego del amor, y de templarlas con el hielo de la penitencia, he hecho[8] de mi boca “como una espada cortante”.

5 El Padre Santo, que es mío y vuestro, hasta este momento me ha custodiado bajo la sombra de su mano, porque todavía no había llegado la hora de la Expiación. Ahora me deja, y la flecha elegida, la flecha de su divina aljaba, tras haber herido para sanar (herido a los hombres para abrir brecha en los corazones para la Palabra y Luz de Dios), ahora se dirige, rápida y segura, a herir a la Segunda Persona, al Expiador, al Obediente que obedece por todo Adán desobediente… Y, como guerrero alcanzado, caigo, diciendo por demasiados[9]: “En vano me he fatigado, sin razón, sin obtener nada. He consumido mis fuerzas por nada”. ¡Pero… no! ¡No, por el Señor eterno que no hace nunca nada sin objetivo! ¡Atrás, Satanás, que quieres que ceda al desánimo y tentarme a la desobediencia! En el alfa y la omega de mi ministerio, viniste y vienes. Pues bien, aquí estoy. Me pongo en pie de guerra –realmente se levanta–, me mido contigo. Y, me lo juro a mí mismo[10], te venceré. No es orgullo decir esto: es verdad. El Hijo del hombre será vencido en su carne por el hombre, el gusano miserable que muerde y envenena desde su corrompido fango. Pero, el Hijo de Dios, la Segunda Persona de la inefable Tríada, no será vencida por Satanás. Tú eres el Odio. Y eres poderoso en tu acto de odio y de tentación. Pero conmigo habrá una fuerza que escapa a tu acción, porque no puedes ni alcanzarla ni mirarla. ¡El Amor está conmigo!

6 Sé cuál es esa desconocida tortura que me espera. No la que os diré mañana, para que sepáis que nada de lo que por mí o en torno a mí se hacía y se movía, que nada de lo que se formaba en vuestro corazón, me era desconocido. No. La otra tortura… La que no le viene al Hijo del hombre ni de lanzas ni de palos, ni de burlas y golpes, sino de Dios mismo, y que será conocida sólo por pocos en lo que de atroz tendrá, y aceptada como posible por menos todavía. Pero en esa tortura, en que dos serán los principales agentes: Dios con su ausencia[11] y tú, demonio, con tu presencia, la Víctima tendrá consigo al Amor, el Amor que vive en la Víctima, fuerza primera de su resistencia a la prueba, y el Amor en el consolador espiritual, que ya bate sus alas de oro por el ansia de bajar a enjugar mis sudores, y que ya recoge todas las lágrimas de los ángeles en el celeste cáliz y diluye en él la miel de los nombres de mis redimidos, de los que me aman, para calmar con esa bebida la gran sed del Torturado y su amargura sin límites. Y tú, demonio, serás derrotado. Un día, saliendo de un poseído, me dijiste[12]:

“Espero a vencerte cuando seas un harapo de carne sangrante”. Pero Yo te respondo: “No me tendrás. Yo venzo. Mi fatiga fue santa, mi causa está en manos de mi Padre, que defiende las obras de su Hijo y no permitirá que ceda el espíritu mío”.

Padre, ya desde ahora te digo para esa hora atroz: “En tus manos abandono mi espíritu”[13].

7 Juan, no me dejes… Vosotros marchaos. La paz del Señor esté donde no es huésped Satanás. Adiós».

Todo termina.

[1] como se intuye en 594.5 (últimos renglones).

[2] habiendo ya aludido (por ejemplo, en 265.7/10) a los temas del discurso escatólogico que más tarde dirá

[3] En cuanto a éstas y otras señales precursoras del “Día de Yahvé”, como son: desgracias, desastres, destrucciones de ciudades y regiones, o bien el acercamiento del fin del mundo, cfr. los siguientes contextos: Is. 2, 6–22; 13; 34; Jer. 4, 5–31; Ez. 32, 1–16; Dan. 9–12; Jl. 2, 1–11, 28–32; 3, 15–17; Am. 5, 18–20; 8, 4–10; Hab. 3, 1–6; Sof. 1, 12–18; 1 Mac. 1; Mt. 24; Mc. 13; Lc. 17, 20–37; 21, 5–36; Ap. 6, 12–17

[4] Cfr. Is. 45, 23–25; 49, 2–6; Rom. 14, 9–12.

[5] Respecto al “resto” o “restos”, esto es, la porción del pueblo israelita que volvió a ser fiel a Dios, o bien refiriéndose al Mesías, el “Germen” santo del pueblo de Israel, cfr. los siguientes contextos: Deut. 29, 29 – 30, 5; 4 Rey. 19, 1–8; 1 Esd. 1, 1–4; 2 Esd. 1, 1–4; Is. 4, 2–3; 6, 9–13; 7, 3 (nombre profético del hijo mayor de Is: “Un resto tornará a Dios”); 10, 20–23; 11, 1–16; 28, 1–6; 37, 1–4; 30–32; Jer. 3, 14–18; 5, 18–19; 23, 1–18; 31, 7–9; 50, 19–20; Bar. 2, 11–18; Ez. 5, 1–6; 6, 1–10; 9; 12, 8–16; 20, 33–38; Jl. 2, 28–32; Am. 3, 9–12; 5, 14–15; Ab. 16–18; Miq. 2, 12–13; 4, 6–7; 5, 1–6; Sof. 2, 4–11; 3, 11–13; Ag. 1; Zac. 1, 1–6; 8, 1–17; 13, 7–9; 14, 1–3; Rom. 9, 25–29.

[6] Cfr. Is. 49, 3–6; Hec. 13, 44–47.

[7] Idéntica expresión en Ju. 1, 18.

[8] Cfr. Is. 49, 2; Hebr. 4, 12; Ap. 1, 9–16; 19, 11–16.

[9] Cfr. Is. 49, 4.

[10] Como Dios no tiene un superior por quien jurase (Heb. 6, 13) jura por Sí mismo. Cfr. Gén. 22, 16; Ex. 32, 13; Is. 45, 23; Jer. 22, 5; 44, 26 (por su gran Nombre); 49, 13; 51, 14; Am. 4, 2 (por su Santida); 6, 8; Hebr. 6, 13–20.

[11] En el sentido de Mt. 27, 46; Mc. 15, 34.

[12] en 420.6.

[13] Cfr. Sal. 30, 6, citado en Lc. 23, 46. S. Esteban repetirá estas palabras dirigiéndose a Jesús, cfr. Hech. 7, 59.

[1] Cfr. Mt. 21, 21–22; 22, 15–33; Mc. 11, 20–26; 12, 13–27; Lc. 20, 19–39.

[2] Cfr. Rom. 8, 5–11.

[3] en Levitico 20, 27.

[4] Cfr. Mt. 3, 1–12; 16, 1–12; 22, 23–34; Mc. 12, 18–27; Lc. 20, 27–40; Hech. 4, 1–4; 5, 17–18; 22, 30 – 23, 11 Los saduceos, elegidos sobre todo entre los miembros de las grandes familias sacerdotales, formaban el partido de la aristocracia sacerdotal. Se adherían fuertemente a la tradición escrita, contenida sobre todo en el Pentateuco. Negaban la resurrección del cuerpo, negaban el alma y los ángeles. Sus adversarios fueron los fariseos, partido religioso y popular, que se adhería con todas sus fuerzas a la tradición oral de sus propios doctores. Un partido entregado a la casuística minuciosa..

[5] Cfr. Deut. 25, 5–10 y también Gen. 38; Rt. 4.

[6] Cfr. Ex. 3, 1–6.

[7] Gén. 4.

[8] Ib. 6, 5–12.

[9] Ib. 18–19.

[10] Cfr. Sal. 15, 10; Hech. 2, 22–36; 13, 32–37.

[11] Por lo que toca al arca y sus viscisitudes cfr. sobre todo: Ex. 25–26; 35–40; Deut. 10; 31; Jos. 3–6; 1 Rey. 4–7; 2 Rey. 6; 15; 2 Rey. 6; 15; 3 Rey. 8; 1 Par. 13; 15–16; 2 Par. 5–6; 2 Mac. 2; Heb. 9.

[12] Por lo que toca al Tabernáculo del Testimonio y a sus vicisitudes, cfr. sobre todo: Ex. 26–40; gran parte del Levítico, del libro de los Num., de los libros 1 y 2 Par.; Hebr. 8–9. Cfr. también la nota anterior.

[13] Cfr. Núm. 10, 1–10.

[14] en 577.11; contra esta piedra, en 592.17.

[15] En las traducciones de la Lengua española parece casi siempre la preposición “contra”, lo que no sucede en las italianas (N.T.). Cfr. Is. 8, 11–15 y 1 Pe. 2, 7–8 donde parece desprenderse que quien pega “contra”esta piedra es Dios y su Mesías, después caiga “sobre”.

[16] Cfr. Por ej. Hech. 6, 1–6; 11, 1–18; 15; 17, 1–15; Gal. 2, 11–14

[17] Cfr. Ju. 12, 1–8.

[18] Cfr. Ju. 20, 19–29.

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