10 y 17/9/2017 Evangelio según San Mateo 18,15-20. y 21-35.

Vigésimo tercer Domingo del tiempo ordinario

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Lecturas

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Santo(s) del día : San Roberto Belarmino,  San Sátiro de Milán
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Lecturas

Segundo año de la Vida Pública de Jesús

277. En Magdala, en los jardines de María. El amor y la corrección entre hermanos.

16 de septiembre de 1945.

http://www.biblewalks.com/Sites/magdala.html

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1       Jesús no está ya donde la última visión, sino en un vasto jardín que se prolonga hasta el lago. Pasado el jardín –bueno, en realidad está dentro–, la casa, precedida y flanqueada por él, que por detrás se extiende al menos tres veces más que por los lados y por delante. Hay flores, pero, sobre todo, árboles y bosquetes, y rincones herbosos, unos rodeando pilones de mármol precioso, otros en forma de quioscos con mesas y asientos de piedra. Y debía haber estatuas diseminadas, tanto a lo largo de los senderos como en el centro de los pilones. Ahora quedan sólo los pedestales de las estatuas, para recuerdo de ellas al pie de laureles o bojes, o para reflejarse en los pilones colmados de límpida agua.

http://unsacerdoteentierrasanta.blogspot.com/2011/05/la-ciudad-de-magdala.html

La presencia de Jesús con los suyos y la presencia de gente de Magdala, entre los cuales está el pequeño Benjamín que osó llamarle malo al Iscariote, me hace pensar que se trata de los jardines de la casa de la Magdalena… supervisados y modificados para su nuevo uso, quitando aquellas cosas que hubieran podido ser desagradables o escandalizar y recordar el pasado.

El lago es todo un crep gris–azul, reflejando el cielo en que corretean nubes cargadas con las primeras lluvias del otoño. Pero es hermoso también así, con esta luz detenida y leve de un día ni sereno ni todavía del todo lluvioso. Sus riberas ya no tienen muchas flores, pero, en compensación, están pintadas por ese sumo pintor que es el otoño, y muestran pinceladas de ocre y púrpura y extenuada palidez de hojas agonizantes en los árboles y vides que cambian de color antes de entregar a la tierra sus vestiduras vivas.

Migdal (centro de la costa), el hogar de María Magdalena.

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http://www.ancientsandals.com/pictures/migdal.htm

En el jardín de una casa de campo que está a orillas del lago, como ésta, hay un punto lleno, que rojea, como sangre derramada en las aguas, por un seto de ramas flexuosas que el otoño ha teñido de cobre flamígero, mientras los sauces diseminados por la orilla, poco lejos, tiemblan: tiemblan sus hojas glauco–argentinas, finas, más pálidas de lo normal antes de morir.

2       Jesús no está mirando a lo mismo que yo. Mira a unos pobres enfermos a quienes imparte la curación; a unos ancianos mendigos, y les da dinero; a unos niños presentados a El por sus madres para que los bendiga. Mira compasivamente a unas mujeres, hermanas, que le están refiriendo la conducta de su único hermano –causa de la muerte de su madre, por congoja, y de la ruina de ellas mismas–; le ruegan estas pobres mujeres que les dé un consejo y que pida por ellas.

-«Verdaderamente oraré por vosotras. Le pediré a Dios que os dé paz y que vuestro hermano se convierta y se acuerde de vosotras, con la devolución de lo que es justo y, sobre todo, con renovado amor a vosotras. Porque si hace esto, hará todo lo demás.

¿Pero le queréis, o le guardáis rencor?, ¿le perdonáis de corazón, o lloráis con desdén? Porque él también es infeliz, y más que vosotras; y, a pesar de sus riquezas, es más pobre que vosotras; así que hay que compadecerle. Ya no tiene amor, y carece del amor de Dios. ¿Os dais cuenta de lo desdichado que es? Con la muerte –como primero vuestra madre– cerraréis con júbilo esta vida triste que os ha provocado; él, sin embargo, no: es más, del falso gozo de ahora pasaría a un tormento eterno y atroz. Venid conmigo. Voy a hablar a todos hablándoos a vosotras».

Y Jesús se dirige al medio de un prado salpicado de matas de flores, en cuyo centro antes debía haber una estatua; ahora sólo queda la base, rodeada de un seto bajo de mirto y rositas menudas. 3 Jesús se pone junto a ese seto y hace ademán de querer hablar. Todos se agrupan en torno a El y guardan silencio.

-«Paz a vosotros. Escuchad.

Está escrito: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. Pero, ¿en el prójimo quién está contenido? Todo el género humano tomado en general. Luego, más en particular, todos los de la misma nación; luego, más en particular todavía, todos los de la misma ciudad; luego, restringiendo aún más, todos los parientes; en fin, último círculo de esta corona de amor ceñida cual pétalos de rosa en torno al corazón de la flor, el amor a los hermanos de sangre, que son los primeros prójimos. El centro del corazón de la flor de amor es Dios: el amor a Dios es el primero que hay que tener. Alrededor de este centro, el amor a los padres, que es el segundo que hay que tener, porque realmente el padre y la madre son los pequeños “Dios” de la tierra, al crearnos y cooperar con Dios en nuestra creación, además de cuidarnos con amor incansable. Alrededor de este ovario, llameante de pistilos, que exhala los perfumes de los más selectos amores, se disponen estrechamente ceñidos los círculos de los varios amores. El primero de ellos es el del amor a los hermanos nacidos del mismo seno y de la misma sangre de que nacimos nosotros.

Pero, ¿cómo se debe amar al propio hermano? ¿Sólo porque su carne y su sangre sean iguales que las nuestras? Eso lo saben hacer también los pajarillos agrupados en un nido. Ellos, efectivamente, lo único que tienen en común es el haber nacido de una misma nidada y el sentir en común en su lengua el sabor de la saliva materna y paterna. Los hombres valemos más que los pájaros. Tenemos más que carne y sangre. Tenemos al Padre, además de un padre y una madre. Tenemos el alma, y tenemos a Dios, Padre de todos. Así pues, hay que saber amar al hermano como hermano por el padre y la madre que nos han generado, y como hermano por Dios, que es Padre universal.

Hay que amarle, por tanto, además de carnalmente, espiritualmente; amarle no sólo por la carne y la sangre, sino por el espíritu que tenemos en común; amar –como tiene que ser– más el espíritu que la carne de nuestro hermano, porque el espíritu es más que la carne, porque el Padre Dios es más que el padre hombre, porque el valor del espíritu es mayor que el de la carne, porque nuestro hermano sería mucho más infeliz si perdiera al Padre Dios que perdiendo al padre hombre. Ser huérfano de padre hombre es cosa verdaderamente lastimosa, pero es sólo media orfandad. Se resiente de ella sólo lo terreno, nuestra necesidad de ayuda y caricias. El espíritu, si sabe creer, no queda lesionado por la muerte del padre. Es más, el espíritu del hijo, para seguir al justo hasta el lugar en que se encuentra, asciende como atraído por una fuerza de amor. En verdad os digo que ello es amor, amor a Dios y al padre que con su espíritu ha subido a región sabia. Asciende a estos lugares en que Dios está más cercano, y obra con más rectitud, porque no le falta lo que es la verdadera ayuda (las oraciones de su padre, que ahora sabe amar cumplidamente); ni el freno que le viene de la certeza de que el padre ahora ve las obras de su hijo mejor que en vida, y también del deseo de poder reunirse con él mediante una vida santa.

Por eso hay que preocuparse más del espíritu que del cuerpo del propio hermano. Bien pobre amor sería un amor que se dirigiera sólo a lo perecedero, descuidando aquello que es imperecedero y que, habiéndolo descuidado, puede perder la alegría eterna. Demasiados son los que trabajan por cosas inútiles, se afanan por cosas de relativo mérito, mientras pierden de vista aquello que es verdaderamente necesario.

Las buenas hermanas, los buenos hermanos, no deben preocuparse solamente de tener en orden la ropa, preparada la comida, o de ayudar a sus hermanos con el trabajo; deben poner atención a los espíritus de sus hermanos y oír sus voces, percibir sus defectos, y, con amorosa paciencia, trabajar para darles un espíritu sano y santo, si en esas voces y defectos ven un peligro para su vida eterna; y deben –si recibieron ofensa de su hermano– empeñarse en perdonar y en que Dios le perdone mediante su retorno al amor, sin el cual Dios no perdona.

4 Está escrito en el Levítico[1]: “No odies a tu hermano en tu corazón, sino repréndele públicamente, para no cargarte de pecados por su causa”. Pero, de no odiar a amar hay todavía un abismo. Quizás os parece que la antipatía, la separación y la indiferencia no son pecado por el hecho de no ser odio. No. Yo vengo a dar nuevas luces al amor, y, por tanto, necesariamente, al odio; pues lo que clarifica en todos sus detalles al primero sabe clarificar en todos sus detalles al segundo; la misma elevación del primero a altas esferas produce como consecuencia un alejamiento mayor del segundo, pues cuanto más se eleva el primero el segundo parece hundirse en un fondo cada vez más profundo.

Mi doctrina es perfección, finura de sentimiento y de juicio, verdad sin metáforas ni perífrasis; y os digo que la antipatía, la separación y la indiferencia son ya odio; simplemente porque no son amor. Lo contrario del amor es el odio. ¿Vas a dar otro nombre a la antipatía, o al hecho de alejarse de un ser, o a la indiferencia? Quien ama siente simpatía por el amado; así que, si siente antipatía por él, es que ya no le ama.

Quien ama sigue cerca del amado con su espíritu, aunque materialmente la vida le haya alejado de él; por lo cual, cuando uno se separa de otro con el espíritu, es porque ya no le ama. Quien ama no siente jamás indiferencia hacia el amado; antes al contrario, todas sus cosas le interesan; así pues, si uno siente indiferencia por una persona, es señal de que ya no le ama. Como veis, estas tres cosas son ramificaciones de un solo árbol: el del odio.

5 Veamos, ¿qué sucede en cuanto nos sentimos ofendidos por una persona a la que amamos? El noventa por ciento de las veces, si no viene odio, viene antipatía, separación o indiferencia. No. No os comportéis así. No congeléis vuestro propio corazón con estas tres formas del odio. Amad. Os preguntáis: “¿Cómo podremos hacerlo?”. Os respondo: “De la misma forma que puede Dios, que ama también a quien le ofende; es un amor doloroso, pero siempre bueno”. Decís: “¿Cómo lo hacemos?”. Pues bien, os doy la nueva ley sobre las relaciones con el hermano ofensor: “Si tu hermano te ofende, no le humilles públicamente reprendiéndole delante de los demás; antes bien, alarga tu amor hasta cubrir la culpa de tu hermano ante los ojos del mundo”; tendrás gran mérito ante los ojos de Dios si por amor niegas anticipadamente a tu orgullo toda satisfacción.

¡Cuánto le gusta al hombre que se sepa que fue ofendido y que sufrió por ello! No va al rey, a pedir una dádiva de oro, sino que, cual mendigo sin juicio, va a donde otros insensatos y pordioseros como él para pedir unos puñados de ceniza y estiércol y sorbos de ardiente bebedizo: esto da el mundo al ofendido que va lamentándose y mendigando consuelos. Dios, el Rey, da oro puro a quien, habiendo sido ofendido, va, sin rencor, sólo a llorar a sus pies su dolor y a pedirle, a pedir al Amor y Sabiduría, consuelo de amor y enseñanza para esa penosa contingencia. Por tanto, si queréis consuelo, id a Dios y obrad con amor.

277 4Corrijo la ley antigua y os digo: “Si tu hermano peca contra ti, ve y corrígele a solas. Si te escucha, habrás ganado de nuevo a tu hermano, y muchas bendiciones de Dios. Pero si tu hermano no te hace caso y, obstinado en su culpa, te rechaza, entonces, porque no se diga que asientes a su pecado o que no te importa el bien del espíritu de tu hermano, toma contigo a dos o tres testigos serios, buenos, dignos de confianza, vuelve con ellos donde tu hermano y repite en su presencia tus observaciones, para que los testigos puedan dar fe de que hiciste todo lo que estaba en tu mano para corregir con santidad a tu hermano. Porque es éste el deber de un buen hermano, dado que ese pecado contra ti, cometido por él, lesiona su alma, y tú te debes preocupar de su alma. Si no da resultado esto tampoco, ponlo en conocimiento de la sinagoga, para que le llame al orden en nombre de Dios. Si ni siquiera con esto se corrige, sino que rechaza a la sinagoga o al Templo de la misma forma que te rechazó a ti, considérale publicano y gentil”.

6 Haced esto con los hermanos de sangre y con los hermanos de amor, pues hasta con vuestro más lejano prójimo debéis obrar con santidad, y sin codicia ni intransigencia ni odio. Y cuando haya causas por las que sea necesario ir a los jueces y estés yendo ya con tu adversario, Yo te digo, ¡Oh, hombre, que muchas veces te ves metido en males mayores por tu culpa!, te digo que hagas todo lo que esté de tu mano, mientras vas de camino, por reconciliarte con él, tengas razón o no; porque la justicia humana es siempre imperfecta, y generalmente el astuto se sale con la suya a costa de la justicia, de forma que podría pasar por inocente el culpable y tú, inocente, podrías pasar por culpable. Entonces te sucedería que no sólo no obtendrías el reconocimiento de tu derecho, sino que incluso perderías la causa, y que pasarías, de inocente, a la situación de culpable de difamación, con lo cual el juez te entregaría al brazo de la justicia, y no te soltarían hasta que hubieras pagado el último centavo.

Sé conciliador. ¿Que tu orgullo se resiente? Muy bien. ¿Que tu bolsa se consume? Mejor todavía. Basta con que tu santidad aumente. No sintáis nostalgia por el oro, no seáis codiciosos de alabanzas. Procuraos la alabanza que viene de Dios, procuraos una rica bolsa en el Cielo. Y orad por los que os ofenden, para que se enmienden; si ello sucede, serán ellos mismos quienes os restituirán honores y bienes; si no lo hacen, Dios proveerá.

Podéis marcharos, ahora que es la hora de la comida. Que se queden sólo los mendigos para sentarse a la mesa apostólica. La paz sea con vosotros».

[1] Cfr. Lév. 19, 15-18

278. El perdón y la parábola del siervo inicuo. La misión confiada a setenta y dos discípulos[1].

17 de septiembre de 1945.

Foto de Magdala decada 1940

278 11       Transcurrida la comida y después de haber saludado a los pobres, Jesús continúa con los apóstoles y discípulos en el jardín de María de Magdala. Van al límite de éste a sentarse, al lado mismo de las tranquilas aguas del lago, donde unas barcas de vela se mueven en busca de pesca.

Pedro, que está observando, comenta:

-«Tendrán buena pesca».

-«Tú también tendrás buena pesca, Simón de Jonás».

-«¿Yo, Señor? ¿Cuándo? ¿Te refieres a que vaya a pescar para procurarnos comida para mañana? Voy inmediatamente y…».

-«No tenemos necesidad de comida en esta casa. La pesca tuya es futura, y en el campo espiritual. Y contigo serán también magníficos pescadores la mayor parte de los presentes».

-«¿No todos, Maestro?»

pregunta Mateo.

-«Los que, perseverando, vengan a ser sacerdotes míos tendrán buena pesca. No todos».

-«¿Conversiones, no?»

pregunta Santiago de Zebedeo.

-«Convertir, perdonar, guiar hacia Dios… ¡muchas cosas!».

-«Maestro, antes has dicho que a uno que no preste oídos a su hermano ni siquiera en presencia de testigos se le lleve a que le aconseje la sinagoga. Ahora bien, si he entendido bien lo que nos has dicho desde que nos conocemos, me parece que la sinagoga va a ser substituida por la Iglesia, eso que vas a fundar. Entonces, ¿a dónde vamos a ir para que aconsejen a los hermanos cabezotas?».

-«A vosotros mismos, porque vosotros seréis mi Iglesia. Por tanto, los fieles se dirigirán a vosotros, bien sea para que los aconsejéis en un asunto propio, bien sea para que les deis un consejo para terceros. Os digo más aún: no sólo podréis dar consejos, sino que podréis incluso absolver en mi Nombre. Podréis liberar de las cadenas del pecado y vincular a dos que se aman haciendo de dos una sola carne. Y cuanto hagáis será válido ante los ojos de Dios como si hubiera sido el mismo Dios quien lo hubiera hecho. En verdad os digo: lo que atéis en la tierra será atado en el Cielo, lo que desatéis en la tierra será desatado en el Cielo. Y os digo también esto –para que comprendáis la potencia de mi Nombre, del amor fraterno y de la oración–: si dos discípulos míos (quiero decir ahora todos aquellos que crean en el Cristo) se reúnen para pedir cualquier cosa justa, en mi Nombre, mi Padre se la concederá. Gran poder tiene, efectivamente, la oración; gran poder, la unión fraterna; grandísimo, infinito poder, mi Nombre y mi presencia entre vosotros. Donde dos o tres se reúnan en mi Nombre, efectivamente, Yo estaré en medio de ellos, y oraré con ellos, y mi Padre no dirá que no a quien conmigo ora. Porque muchos no obtienen porque oran solos, o porque oran por motivos ilícitos, o con orgullo, o con pecado en su corazón. Lavad vuestro corazón, para que pueda estar con vosotros; luego orad, y seréis escuchados».

Pedro está pensativo. Jesús se da cuenta y le pregunta el porqué. Pedro explica:

-«Estoy pensando en la magnitud de la responsabilidad que se nos asigna. Y siento miedo, miedo de no saber hacerlo bien».

-«Efectivamente, Simón de Jonás o Santiago de Alfeo o Felipe, y así los demás, no sabrían hacerlo bien; pero el sacerdote Pedro, el sacerdote Santiago, el sacerdote Felipe o el sacerdote Tomás, sabrán hacerlo bien, porque obrarán junto con la divina Sabiduría».

3

-«Y… ¿cuántas veces deberemos perdonar a un hermano? ¿Cuántas, si pecan contra los sacerdotes?, ¿cuántas, si pecan contra Dios? Porque, si sucede como ahora, sin duda pecarán contra nosotros, visto que pecan contra ti tantísimas veces. Dime si debo perdonar siempre o sólo un determinado número de veces; por ejemplo, ¿siete veces?, ¿o más?».

-«No te digo siete, sino setenta veces siete; un número sin medida, porque el Padre también os perdonará a vosotros (a vosotros, que deberíais ser perfectos) muchas veces, un número grande de veces. Pues bien, debéis ser con los demás como el Padre es con vosotros, porque representáis a Dios en la tierra. Es más, oíd esta parábola que os voy a exponer y que servirá para todos».

Y Jesús, que estaba rodeado solamente por los apóstoles[2]125, en un pequeño quiosco de boj, se dirige hacia los discípulos, que, respetuosamente, están en grupo en una plazoleta embellecida con un pilón lleno de agua cristalina. La sonrisa de Jesús es una señal de que va a hablar; así que, mientras El camina, con su paso lento y largo –por lo cual, sin apresurarse, recorre mucho espacio en poco tiempo–, los discípulos se llenan de alegría… y, cual niños reunidos en torno a alguien que los hace felices, se cierran en círculo: es una corona de rostros atentos. Jesús, se adosa a un alto árbol y empieza a hablar.

278 3 72-discípulos4

-«Cuanto he dicho antes a la gente debe ser perfeccionado para vosotros, que sois los elegidos de entre la gente.

El apóstol Simón de Jonás me ha dicho: “¿Cuántas veces debo perdonar? ¿A quién? ¿Por qué?”. Le he respondido en privado. Ahora voy a repetir para todos mi respuesta en aquello que es justo que sepáis ya desde ahora. Escuchad cuántas veces y cómo y por qué se tiene que perdonar.

Hay que perdonar como perdona Dios, el cual, si uno peca mil veces, pero se arrepiente, mil veces perdona; le basta ver que en el culpable no hay voluntad de pecar, no hay búsqueda de lo que hace pecar, sino que el pecado es sólo fruto de una debilidad del hombre. En el caso de persistencia voluntaria en el pecado, no puede haber perdón por las culpas cometidas contra la Ley. Mas vosotros perdonad el dolor que estas culpas os produzcan individualmente. Perdonad siempre a quien os haga un mal. Perdonad para ser perdonados, porque también vosotros tenéis culpas con Dios y con los hermanos. El perdón abre el Reino de los Cielos tanto al perdonado cuanto al que perdona; asemeja a lo que sucedió entre un rey y sus súbditos:

Un rey quiso hacer cuentas con sus súbditos. Los llamó, pues, uno a uno, empezando por los que estaban más arriba. Vino uno que le debía diez mil talentos. Pero este súbdito no tenía con qué pagar el anticipo que el rey le había prestado para que se construyera la casa y adquiriese todo tipo de cosas que necesitara, porque verdaderamente no había administrado –por muchos motivos, más o menos justos– solícitamente la suma que había recibido para estas cosas. El rey–amo, indignado por la holgazanería de su súbdito y por la falta a su palabra, ordenó que fueran vendidos él, su mujer, sus hijos y cuanto poseía, hasta que quedase saldada la deuda. Pero el súbdito se echó a los pies del rey, y, llorando y suplicando, le rogaba: “Déjame marcharme. Ten un poco de paciencia y te devolveré todo lo que te debo, hasta el último denario”. El rey, movido a compasión por tanto dolor –era un rey bueno–, no sólo aceptó esto, sino que, habiendo sabido que entre las causas de la poca diligencia y de no pagar había también enfermedades, llegó incluso a condonarle la deuda.

El súbdito se marchó contento. Pero, saliendo de allí, encontró en el camino a otro súbdito, un pobre súbdito al que había prestado cien denarios tomados de los diez mil talentos que había recibido del rey. Convencido de gozar del favor regio, creyó todo lícito, así que cogió al infeliz por el cuello y le dijo: “Devuélveme inmediatamente lo que me debes”. Inútil fue que el hombre, llorando, se postrase a besarle los pies gimiendo:

“Ten piedad de mí, que estoy viviendo muchas desgracias. Ten un poco de paciencia todavía, y te devolveré todo, hasta el último centavo”. El súbdito, inmisericorde, llamó a los soldados e hizo que el infeliz fuera encarcelado para que se decidiera a pagar, so pena de perder la libertad o incluso la vida.

La cosa se vino a saber ampliamente entre los amigos del desdichado, los cuales, llenos de tristeza, fueron a referirlo al rey y amo. Este, conocido el hecho, ordenó que

fuera conducido a su presencia el servidor despiadado. Mirándole severamente, dijo:

“Siervo inicuo, te había ayudado para que te hicieras misericordioso, para que consiguieras incluso una riqueza; luego te he ayudado condonándote la deuda por la que tanto implorabas que tuviera paciencia. Tú no has tenido piedad de un semejante tuyo, mientras que yo, que soy rey, había tenido mucha piedad de ti. ¿Por qué no has hecho lo que yo hice contigo?”. Y lo entregó, indignado, a los carceleros, para que le retuvieran hasta que pagase todo, diciendo: “De la misma forma que no tuvo piedad de uno que le debía muy poco, cuando yo, que soy rey, había tenido mucha piedad de él, de la misma forma no halle piedad en mí”.

5 Esto hará también mi Padre con vosotros, si sois despiadados con vuestros hermanos; si, habiendo recibido tanto de Dios, os cargáis de culpas más que un fiel. Recordad que tenéis más obligación de evitar el pecado que ningún otro. Recordad que Dios os anticipa un gran tesoro, pero que quiere que le rindáis cuentas de él. Recordad que ninguno como vosotros debe saber practicar amor y perdón.

No seáis siervos que queráis mucho para vosotros y luego no deis nada a quien os pide. El comportamiento que tengáis será el que recibiréis. Y se os pedirá cuenta del comportamiento de los demás que hayan sido impulsados al bien o al mal por vuestro ejemplo. ¡Si sois santificadores, recibiréis verdaderamente una gloria grandísima en el Cielo! Mas, de la misma forma, si sois corruptores, o simplemente holgazanes en santificar, seréis duramente castigados.

Os lo repito: si alguno de vosotros no está dispuesto a ser víctima de su propia misión, que se marche, pero que no falte a su misión. Y digo: que no falte en las cosas verdaderamente nocivas para su propia formación y la de los demás. Y sepa tener a Dios por amigo ofreciendo siempre en su corazón perdón a los débiles. Así, Dios Padre ofrecerá el perdón a todo aquel de vosotros que sepa perdonar.

6 La pausa ha terminado. Se acerca el tiempo de los Tabernáculos. Aquellos a quienes esta mañana he hablado aparte, desde mañana irán precediéndome y anunciándome a la gente de los respectivos lugares; los que no vienen que no se desalienten. Si he reservado a algunos de ellos, ha sido por motivo de prudencia y no por desprecio; estarán conmigo, pero pronto los enviaré como ahora envío a los primeros setenta y dos. La mies es mucha y los obreros serán siempre pocos respecto a las necesidades; habrá, pues, trabajo para todos, y ni siquiera serán suficientes. Por tanto, sin rivalidades, rogad al Dueño de la mies que siga mandando nuevos obreros para su cosecha.

Entretanto, marchaos. Yo y los apóstoles, en estos días de pausa, hemos completado vuestra instrucción acerca del trabajo que tenéis delante, repitiendo lo que Yo ya dije antes de enviar a los doce[3].

Uno de vosotros me ha preguntado: “¿Cómo curaré en tu Nombre?”. Curad siempre antes el espíritu. Prometedles a los enfermos que obtendrán el Reino de Dios si saben creer en mí, y, vista en ellos la fe, ordenad a la enfermedad que se aleje, y se alejará. Y haced lo mismo con los enfermos del espíritu. Encended, antes que nada, la fe.

Comunicad, con la palabra firme, la esperanza. Yo me agregaré depositando en ellos la divina caridad, como la deposité en vuestros corazones después de que creísteis en mí y esperasteis en la misericordia. Y no temáis ni a los hombres ni al demonio. No os harán ningún mal. Lo único que debéis temer es la sensualidad, la soberbia, la avaricia, que pueden ser causa de entregaros a Satanás y a los hombres–demonio, que también existen.

Poneos, pues, en movimiento y precededme por los caminos del Jordán. Cuando lleguéis a Jerusalén, id al valle de Belén a reuniros con los pastores, y, con ellos, volved donde mí, al lugar que sabéis: celebraremos juntos la fiesta santa, para luego regresar más confirmados que nunca a nuestro ministerio.

Idos con paz. Os bendigo en el santo Nombre del Señor».

Fig. 2. Croquis de las ruinas de Magdala en 1935,

278 2http://www.magdalaproject.org/WP/?p=742

[1] Mt. 18, 15–35; Lc. 17, 3–4

[2] Por esto, según también esta obra, sólo a los apóstoles Jesús dirigió estas palabras, con las que les confirió el poder de ligar y desatar.

[3] Es la confirmación del aparente paralelismo entre el pasaje evangélico de Mateo 10, 5-42 y el de Lucas 10, 2-12: el primero reseña la larga instrucción de Jesús a los doce apóstoles (como en el capítulo 265 de la Obra valtortiana); el segundo reseña fragmentos de esa misma instrucción repetida a los setenta y dos discípulos (como se explicita en el presente capítulo 278).

Muchos de los episodios considerados en los cuatro Evangelios (sobre todo en los tres sinópticos) paralelos entre sí, por el mismo contenido y la misma colocación histórica, en la Obra valtortiana no son paralelos, al menos por su diferente colocación histórica

 

 

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