24/9/2017 Evangelio según San Mateo 20,1-16a.

Vigésimo quinto Domingo del tiempo ordinario

Fiesta de la Iglesia: Virgen de la Merced – Notre-Dame de la Merci
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Lecturas

Al comienzo del tercer año Jesús esta en Nazareth y viaja hacia tierras paganas a predicar hasta Antioquia y en los confines de Fenicia

Este domingo nos encontramos con Jesús en el mercado de Alejandrocena, en Fenicia. Allí relata la parábola de los obreros de la viña.

Tercer año de la Vida Pública de Jesús

329. En el mercado de Alejandrocena. La parábola de los obreros de la viña.

13 de noviembre de 1945.

Naqoura LÍBANO

http://maria-valtorta.org/Lieux/Alexandroscene.htm

329 1

1       El patio de los tres hermanos está la mitad en sombra, la mitad luminoso de sol.

Está lleno de gente que va y viene para sus compras, mientras que fuera del portón, en la placita, vocea el mercado de Alejandrocena en medio de un confuso ir y venir de adquisidores y compradores, de asnos, de ovejas, de corderos, de volatería; porque se comprende que aquí tienen menos remilgos y llevan al mercado también a los pollos, sin miedo a ningún tipo de contaminación. Rebuznos, balidos, cacareos de gallinas y triunfales quiquiriquíes de gallitos se mezclan con las voces de los hombres, formando un alegre coro que, de vez en cuando, adquiere notas agudas y dramáticas por algún altercado.

También dentro del patio de los hermanos hay bullicio, y no falta algún que otro altercado, o por el precio o porque un marchante ha tomado lo que otro para sus adentros había elegido. No falta el quejido lastimero de los mendigos que, en la plaza, cerca del portón, recitan la letanía de sus miserias con una cadencia cantora y triste como un aúllo de moribundo.

Soldados romanos, con aire de dueños, van y vienen por todas partes y la plaza; supongo que en servicio, porque los veo armados y nunca solos, en medio de los fenicios, que también van todos armados.

Jesús pasea arriba y abajo por el patio, con los seis apóstoles, como esperando el momento adecuado para hablar. Luego sale a la plaza un momento. Pasa cerca de los mendigos y les da una limosna. La gente se distrae unos minutos a mirar al grupo galileo y se pregunta quiénes serán esos extranjeros. Hay quien informa de quiénes son los huéspedes de los tres hermanos, porque les ha pedido a éstos información.

Un rumor sigue los pasos de Jesús, que va tranquilo, acariciando a los niños que encuentra en su camino. En el rumor no faltan risitas irónica y epítetos poco halagüeños para los hebreos, como tampoco falta el honesto deseo de oír a este «Profeta», a este «Rabí», a este «Santo», a este «Mesías» de Israel (así, se lo señalan unos a otros con tales nombres, según su grado de fe y su rectitud de corazón).

2       Oigo a dos madres:

-«¿Pero es verdad?».

-«Me lo ha dicho Daniel, precisamente a mí. Y él ha hablado en Jerusalén con gente que ha visto los milagros del Santo».

-«¡Sí, de acuerdo. ¿Pero será el mismo hombre?».

-«¡Me ha dicho Daniel que no hay duda de que es El, por lo que dice».

-«Entonces… ¿qué piensas… me concederá la gracia aunque sea sólo prosélito?».

-«Yo diría que sí… Inténtalo. Quizás no vuelve. ¡Inténtalo, inténtalo! ¡Mal no te hará, eso está claro!».

-«Sí»

dice la mujercita, y, dejando plantado a un vendedor de loza con el que estaba contratando unos cuencos, se marcha. Vendedor que ha oído la conversación de las dos, y ahora, defraudado, enfadado por el buen trato que se ha esfumado, se abalanza contra la mujer que queda y la cubre de improperios cuales:

-«Maldita neófita. Sangre de hebrea. Mujer vendida» etc., etc.

Oigo a dos hombres, barbudos y de porte grave:

-«Me gustaría oírle hablar. Dicen que es un gran Rabí».

-«Un Profeta debes decir. Mayor que el Bautista. ¡Me ha dicho Elías unas cosas! ¡Unas cosas! El las sabe porque tiene una hermana que está casada con uno que vive al servicio de un rico de Israel, y, para saber de ella, va a preguntar a los compañeros de servicio. Este rico es muy amigo del Rabí…».

Un tercero, un fenicio quizás, que, estando cerca, ha oído la conversación, asoma su cara enjuta, satírica, entre los dos, y, con sardónica risotada, dice:

-«¡Pues vaya santidad! ¡Aderezada con riquezas! ¡Por lo que yo sé, el santo debería vivir en pobreza!».

-«Calla, Doro, mala lengua. Tú, pagano, no eres digno de juzgar estas cosas».

-«¡Ah, vosotros sí sois dignos, especialmente tú, Samuel! Mejor sería que me pagaras esa deuda».

-«¡Ten, y no sigas dando vueltas alrededor de mi, vampiro de cara de fauno!»…

Oigo a un anciano semiciego, que está acompañado de una muchachita y que pregunta:

-«¿Dónde está, dónde está el Mesías?»,

        y la niña:

-«¡Dejad paso al viejo Marcos! ¡Por favor, decidle al viejo Marcos dónde está el Mesías!».

Las dos voces –la senil, feble y trémula; la niña, argentina y segura– se expanden en vano por la plaza, hasta que otro hombre dice:

-«¿Buscáis al Rabí? Ha vuelto hacia la casa de Daniel. Ahí está, parado, hablando con los mendigos».

3       Oigo a dos soldados romanos:

-«Debe ser ese al que persiguen los judíos. ¡Menudos bichos, ésos! A simple vista se ve que es mejor que ellos».

-«¡Eso es lo que los fastidia!».

-«Vamos a decírselo al alférez. Esa es la orden».

-«¡Disparatada, Cayo! Roma se guarda de los corderos y soporta, diría incluso que acaricia, a los tigres» (Escipión).

-«¡No creo, Escipión! ¡A Poncio matar le es fácil!» (Cayo).

-«Sí… pero no cierra su casa a las hienas rastreras que le adulan» (Escipión).

-«¡Política, Escipión! ¡Política!» (Cayo).

-«Vileza, Cayo, y necedad. De éste debería hacerse amigo. Ganaría una ayuda para mantener obediente a esta gentuza asiática. No sirve bien a Roma Poncio desatendiendo a este hombre bueno y adulando a los malos» (Escipión).

-«No critiques al Procónsul. Somos soldados. El superior es sagrado como un dios. Hemos jurado obediencia al divino César y el Procónsul le representa» (Cayo).

-«Eso está bien en lo que respecta al deber hacia la Patria, sagrada e inmortal, pero no para el juicio interno» (Escipión).

-«Pero la obediencia viene del juicio. Si tu juicio se rebela contra una orden y la critica, ya no obedecerás totalmente. Roma se apoya en nuestra obediencia ciega para tutelar sus conquistas» (Cayo).

-«Pareces un tribuno, y es correcto lo que dices. Pero te hago una observación: Roma es reina, pero nosotros no somos esclavos, sino súbditos. Roma no tiene, no debe tener, ciudadanos esclavos, y esclavitud es imponer silencio a la razón de los ciudadanos. Yo digo que mi razón juzga que Poncio hace mal no ocupándose de este israelita… llámale Mesías, Santo, Profeta, Rabí, lo que quieras. Y siento que puedo decirlo porque, diciéndolo, no viene a menos ni mi fidelidad a Roma, ni mi amor; es más, si deseo esto es porque siento que El, enseñando respeto a las leyes y a los Cónsules, como hace, ayuda al bienestar de Roma» (Escipión).

-«Eres culto, Escipión… Llegarás lejos. ¡Ya vas adelante! Yo soy un pobre soldado. Pero, ¿ves, mientras, allí? La gente se ha amontonado en torno al Hombre. Vamos a decírselo a los jefes militares» (Cayo)…

4       Efectivamente, cerca del portón de los tres hermanos, hay un montón de gente alrededor de Jesús, al cual se le ve bien por su alta estatura. Luego, de repente, se eleva un grito y la gente se agita. Otros, que estaban en el mercado, acuden corriendo, y algunos del remolino de gente corren hacia la plaza e incluso más allá de la plaza.

Preguntas… respuestas…

-«¿Qué ha pasado?».

-«¿Qué sucede?».

-«¡El Hombre de Israel ha curado a Marcos, el anciano!».

-«El velo de sus ojos se ha disipado».

Jesús, entretanto, ha entrado en el patio, seguido de una cola de gente. Renqueando, al final, viene uno de los mendigos: un renco que se arrastra más con las manos que con las piernas. Pero, si las piernas están torcidas y carecen de fuerza –por lo cual, sin los bastones, no andaría–, la voz, por el contrario, es bien vigorosa. Parece una sirena que desgarra el aire luminoso de la mañana:

-«¡Santo! ¡Santo! ¡Mesías! ¡Rabí! ¡Piedad de mí!»

grita desgañitándose y sin tregua.

Se vuelven dos o tres personas:

-«¡No malgastes energías! Marcos es hebreo, tú no»,

-«¡Para los israelitas verdaderos hace milagros, no para los hijos de perro!».

-«Mi madre era hebrea…».

-«Y Dios la ha castigado dándole a ti, un monstruo, por su pecado. ¡Fuera, hijo de loba! Vuelve a tu sitio, lodo en el lodo…».

El hombre se pega a la pared, acobardado, atemorizado ante los amenazadores puños levantados…

Jesús se detiene, se vuelve, mira. Ordena:

-«¡Hombre, ven aquí!».

El hombre le mira, mira a los que le amenazan… y no se atreve a avanzar. Jesús se abre paso entre la pequeña muchedumbre y se acerca a él. Le toma de la mano (o sea: le pone la mano en el hombro) y dice:

-«No tengas miedo. Ven aquí delante conmigo»

y, mirando a los despiadados, dice severo:

-«Dios es de todos los hombres que le buscan y que son misericordiosos».

Comprenden la alusión, y ahora son ellos los que se quedan al final; más aún, los que se quedan parados donde están.

Jesús se vuelve de nuevo. Los ve allí, confusos, casi decididos a marcharse y les dice:

-«No, venid también vosotros. Os vendrá bien también a vosotros, para enderezar y fortalecer vuestra alma, de la misma forma que enderezo y fortalezco a éste porque ha sabido tener fe. Hombre, Yo te lo digo, queda curado de la enfermedad».

Y quita la mano del hombro del renco, tras haber experimentado éste como una sacudida.

El hombre se yergue, seguro, sobre sus propias piernas, arroja las muletas ya consumidas por el uso, y grita:

-«¡El me ha curado! ¡Bendito sea el Dios de mi madre!»

Y se arrodilla para besar los bordes de la túnica de Jesús.

5       El tumulto de quien quiere ver, o ya ha visto y ahora comenta, alcanza su culmen.

En el profundo atrio, que de la plaza conduce al patio, las voces resuenan con sonoridad de pozo y producen eco contra las murallas del campamento.

Los soldados deben temer que se haya producido una reyerta –debe ser fácil en estos lugares, con tantos contrastes de razas y fes–, de forma que acude un pelotón y se abre paso rudamente preguntando que qué sucede.

-«¡Un milagro, un milagro! Jonás, el renco, ha sido curado. Ahí está, al lado del Hombre galileo».

Los soldados se miran unos a otros. No hablan hasta que no ha pasado toda la muchedumbre (detrás se ha agregado más gente, de la que había en los locales del fondac y en la plaza, donde ahora se ve solamente a los vendedores, enojadísimos por el imprevisto reclamo, que hace fracasar el mercado de ese día). Luego, al ver pasar a uno de los tres hermanos, preguntan:

-«Felipe, ¿sabes lo que piensa hacer ahora el Rabí?».

-«Va a hablar, a adoctrinar. ¡Y además en mi patio!»

dice Felipe todo alborozado.

Los soldados se consultan. ¿Quedarse? ¿Marcharse?

-«El alférez nos ha dicho que vigilemos…».

-«¿A quién? ¿Al Hombre? Por El podríamos ir a jugarnos a los dados una ánfora de vino de Chipre»

dice Escipión, el soldado que antes defendía a Jesús ante su compañero.

-«¡A mí me parece que es El el que necesita ser protegido, no el derecho de Roma! ¿No le veis! Ninguno de nuestros dioses tiene un aspecto tan manso, y al mismo tiempo tan viril. Esta gentuza no es digna de El. Y los indignos son siempre malos. Vamos a quedarnos a protegerle. Si hace falta le guardamos las espaldas, y se las acariciamos a estos bribones»

dice, medio sarcástico, medio admirado, otro.

-«Bien dices, Pudente. Es más, para que Prócoro, el alférez, que siempre está soñando complots contra Roma y… ascensos para él, por gracia y mérito de su solícita vigilancia por la salud del divino César y de la diosa Roma, madre y señora del mundo, se convenza de que aquí no va a conquistar brazalete o corona, ve a llamarle, Acio».

6       Un soldado joven se marcha corriendo, y corriendo vuelve, diciendo:

-«Prócoro no viene, manda al triario Aquila…».

-«¡Bien! ¡Bien! Mejor él que el propio Cecilio Máximo. Aquila ha servido en Africa, en Galia, y estuvo en las crueles selvas que nos arrebataron a Varo y a sus legiones. Conoce a griegos y bretones y tiene buen olfato para distinguir… ¡Salve! ¡Aquí tenemos al glorioso Aquila! ¡Ven, enséñanos, a nosotros, míseros, a comprender el valor de los seres!».

-«¡Viva Aquila, maestro de soldados!»

gritan todos, dándole afectuosos zarandeos al viejo soldado, marcado de cicatrices en el rostro (y, como el rostro, así tiene sus brazos y pantorrillas desnudos).

El sonríe bonachón y exclama:

-«¡Viva Roma, maestra del mundo; no yo, que soy un pobre soldado! ¿Qué sucede, pues?».

-«Vigilar a ese hombre alto y rubio como el más claro oro».

-«Bien. Pero, ¿quién es?».

-«El Mesías, según dicen. Se llama Jesús y es de Nazaret. Es aquel, ¿ya sabes, no?, por el que se comunicó aquella orden…».

-«¡Mmm! Bien… pero me parece que perseguimos nubes».

-«Dicen que quiere hacerse rey y suplantar a Roma. El Sanedrín, los fariseos, saduceos y herodianos, le han denunciado ante Poncio. Ya sabes que los hebreos tienen esta obsesión en la cabeza y, de vez en cuando, aparece un rey…».

-«Sí, sí… ¡Pero si es por este hombre!… De todas formas, vamos a oír lo que dice. Creo que se dispone a hablar».

-«He sabido por el soldado, que está con el centurión, que Publio Quintiliano le ha hablado de El como de un filósofo divino… Las mujeres imperiales se muestran entusiastas…»

dice otro soldado, joven.

-«¡Claro! También yo me sentiría entusiasta de El si fuera una mujer, y querría tenerle en mi cama…»

dice, riéndose abiertamente, otro soldado joven.

-«¡Cállate, impúdico! ¡La lujuria te come!»

dice otro bromeando.

-«¿Y tú no, Fabio? Ana, Sira, Alba, María…».

-«Silencio, Sabino. Está hablando y quiero escuchar»

ordena el triario. Y todos guardan silencio.

7       Jesús ha subido encima de una caja que está colocada contra una pared. Todos, por tanto, le pueden ver bien. Ya se ha esparcido por el aire su dulce saludo, seguido luego por las palabras:

-«Hijos de un único Creador, escuchad»,

para proseguir, en el atento silencio de la gente:

-«El tiempo de la Gracia para todos ha llegado, no sólo para Israel, sino para todo el mundo. Hombres hebreos que estáis aquí por diversas razones, prosélitos, fenicios, gentiles, todos: oíd la Palabra de Dios, comprended la Justicia, conoced la Caridad.

Teniendo Sabiduría, Justicia y Caridad, dispondréis de los medios para llegar al Reino de Dios, a ese Reino que no es una exclusividad de los hijos de Israel, sino que es de todos aquellos que amen de ahora en adelante al verdadero, único Dios, y crean en la palabra de su Verbo.

8 Escuchad. He venido de muy lejos, no con miras de usurpador, ni con la violencia del conquistador. He venido sólo para ser el Salvador de vuestras almas. Los dominios, las riquezas, los cargos, no me seducen. Para mí no son nada; son cosas a las que ni siquiera miro. Es decir, las miro con conmiseración, porque me producen compasión, siendo como son cadenas para apresar a vuestro espíritu, impidiéndole así acercarse al Señor eterno, único, universal, santo y bendito. Las miro y me acerco a ellas como a las más grandes miserias. Y trato de liberarlas del lisonjero y cruel engaño que seduce a los hijos de los hombres, para que puedan usarlas con justicia y santidad, no como crueles armas que hieren y matan al hombre (y lo primero, siempre, al espíritu de aquel que las usa no santamente).

Pero, en verdad os digo, me es más fácil curar a un cuerpo deforme que a un alma deforme; me es más fácil dar luz a las pupilas apagadas, salud a un cuerpo agonizante, que luz a los espíritus y salud a las almas enfermas. ¿Por qué? Porque el hombre ha perdido de vista el verdadero fin de su vida, y se ocupa de lo transitorio.

El hombre no sabe, o no recuerda, o, recordando, no quiere prestar obediencia a esta santa orden del Señor –y hablo también para los gentiles que me escuchan– de hacer el bien, que es bien en Roma como lo es en Atenas, en Galia o en Africa, porque la ley moral existe bajo todos los cielos y en todas las religiones, en todo corazón recto. Y las religiones, desde la de Dios hasta la de la moral individual, dicen que la parte mejor de nosotros sobrevive, y que según como haya obrado en la tierra así será su suerte en la otra vida. Fin, pues, del hombre es la conquista de la paz en la otra vida; no las comilonas, la usura, el abuso de la fuerza, el placer, aquí, por poco tiempo, para pagarlos eternamente con muy duros tormentos. Pues bien, el hombre no sabe, o no recuerda, o no quiere recordar esta verdad. Si no la sabe, es menos culpable; si no la recuerda, es bastante culpable, porque hay que tener encendida la verdad, cual antorcha santa, en las mentes y en los corazones; pero, si no la quiere recordar, y, cuando resplandece, cierra los ojos para no verla, aborreciéndola como a la voz de un orador pedante, entonces su culpa es grave, muy grave.

9 Y, no obstante, Dios perdona esta culpa, si el alma repudia su comportamiento malo y se propone perseguir durante el resto de la vida el fin verdadero del hombre, que es conquistarse la paz eterna en el Reino del Dios verdadero. ¿Habéis seguido hasta ahora un camino malo? ¿Abatidos, pensáis que es tarde para tomar el camino recto? ¿Desconsolados, decís: “¡No sabía nada de esto! Ahora me veo ignorante e inhábil”? No. No penséis que es como con las cosas materiales, y que hace falta mucho tiempo y fatiga para rehacer de nuevo, con santidad, lo ya hecho. La bondad del eterno, verdadero Señor Dios, es tal que, ciertamente, no os hace recorrer hacia atrás la vida vivida para colocaros de nuevo en la bifurcación en que vosotros, errando, dejarais el recto sendero para seguir el malo; es tanta que, desde el momento en que decís: “Quiero ser de la Verdad”, o sea, de Dios, porque Dios es Verdad, Dios, por un milagro enteramente espiritual, infunde en vosotros la Sabiduría, siendo así que ya no sois  ignorantes sino poseedores de la ciencia sobrenatural, igual que los que desde años antes la poseen.

Sabiduría es desear tener a Dios, amar a Dios, cultivar el espíritu, tender al Reino de Dios repudiando todo lo que es carne, mundo y Satanás. Sabiduría es obedecer a la ley de Dios, que es ley de caridad, de obediencia, de continencia, de honestidad. Sabiduría es amar a Dios con todo el propio ser, amar al prójimo como a nosotros mismos. Estos son los dos elementos indispensables para ser sabios con la Sabiduría de Dios. Y en el prójimo están incluidos no sólo los que tienen nuestra misma sangre o raza o religión, sino todos los hombres, ricos o pobres, sabios o ignorantes, hebreos, prosélitos, fenicios, griegos, romanos…».

10     Jesús se ve interrumpido por un grito amenazador de algunos exaltados. Los mira y dice:

«Sí. Esto es el amor. Yo no soy un maestro servil. Digo la verdad porque debo hacerlo así para sembrar en vosotros lo necesario para la Vida eterna. Os guste o no, tengo que decíroslo, para cumplir mi deber de Redentor; os toca a vosotros cumplir con el vuestro de personas necesitadas de Redención. Amar al prójimo, pues. Todo el prójimo. Con un amor santo. No amarle con deshonesto concubinato de intereses, deforma que es “anatema” el romano, fenicio o prosélito –o viceversa–, mientras no hay de por medio sensualidad o dinero; y luego, si surgen en vosotros el deseo carnal o de la ganancia, ya no es “anatema”…».

Se oye otra vez el rumor de la gente. Los romanos, por su parte, en su sitio en el atrio, exclaman:

-«¡Por Júpiter! ¡Habla bien éste!».

Jesús deja que se calme el rumor y prosigue:

-«Amar al prójimo como querríamos ser amados nosotros. Porque no nos agrada ser maltratados, vejados, o que nos roben o subyuguen, ni ser calumniados o que nos traten groseramente. La misma susceptibilidad, nacional o individual, tienen los demás. No nos hagamos, pues, recíprocamente, el mal que no quisiéramos recibir nosotros.

Sabiduría es prestar obediencia a los diez preceptos de Dios[1]:

“Yo soy el Señor tu Dios. No tengas otro Dios aparte de mí. No tengas ídolos, no les rindas culto.

No tomes el Nombre de Dios en vano. Es el Nombre del Señor tu Dios, y Dios castigará a quien lo use sin razón o por imprecación o para convalidar un pecado.

Acuérdate de santificar las fiestas. El sábado está consagrado al Señor, que descansó en sábado de la Creación y le ha bendecido y santificado.

Honra a tu padre y a tu madre, para que vivas en paz largamente sobre la tierra y eternamente en el Cielo.

No matarás.

No cometerás adulterio.

No robarás.

No hablarás con falsedad contra tu prójimo.

No desearás la casa, la mujer, el siervo, la sierva, el buey, el asno, ni nada que pertenezca a tu prójimo”.

Esta es la Sabiduría. Quien esto hace es sabio y conquista la Vida y el Reino que no tienen fin. Desde hoy, pues, proponeos vivir según la Sabiduría, anteponiéndola a las pobres cosas de la tierra.

11 ¿Qué decís? Hablad. ¿Decís que es tarde? No. Escuchad una parábola[2].

Un amo de una viña, al amanecer de un día, salió para contratar obreros para su viña, y ajustó con ellos un denario al día.

Salió de nuevo a la hora tercera, y, pensando que eran pocos los jornaleros contratados, viendo en la plaza a otros desocupados en espera de que los contratara, los tomó y dijo: “Id a mi viña, que os daré lo que he prometido a los otros”. Y éstos fueron.

Habiendo salido a la hora sexta y a la hora nona, vio todavía a otros y les dijo:

“¿Queréis trabajar para mí? Doy un denario al día a mis jornaleros”. Aceptaron y fueron.

Salió, en fin, a la hora undécima. Vio a otros, que, ya declinando el Sol, estaban inactivos: “¿Qué hacéis aquí, tan ociosos? ¿No os da vergüenza estar sin hacer nada todo el día?”, les preguntó.

“Nadie nos ha contratado. Hubiéramos querido trabajar y ganarnos el pan. Pero nadie nos ha llamado a su viña”.

“Bien, pues yo os llamo a mi viña. Id y recibiréis el salario de los demás”. Eso dijo porque era un buen patrón y sentía piedad del abatimiento de su prójimo.

Llegada la noche, terminados los trabajos, el hombre llamó a su administrador, y dijo: “Llama a los jornaleros y paga su salario, según lo que he fijado, empezando por los últimos, que son los más necesitados, porque no han tenido durante el día el alimento que los otros una o varias veces han tenido, y, además, son los que, agradeciendo mi piedad, más han trabajado; los he observado; licéncialos, que vayan a su merecido descanso y gocen con su familia de los frutos de su trabajo”. Y el administrador hizo como el patrón le ordenaba, y dio a cada uno un denario.

Habiendo llegado al final aquellos que llevaban trabajando desde la primera hora del día, se asombraron al recibir también un solo denario, y manifestaron sus quejas entre sí y ante el administrador, el cual dijo: “He recibido esta orden. Id a quejaros al patrón, no vengáis a quejaros a mí”. Y fueron y dijeron: “¡No eres justo! Hemos trabajado doce horas, primero en medio del aguazo, luego bajo el sol de fuego, y luego otra vez con la humedad del anochecer, ¡y tú nos has dado lo mismo que a esos haraganes que han trabajado sólo una hora!… ¿Por qué?”. Y especialmente uno de ellos levantaba la voz juzgándose traicionado y explotado indignamente.

“Amigo, ¿y en qué te he perjudicado? ¿Qué he pactado contigo al alba? Una jornada de continuo trabajo y, como salario, un denario. ¿No es verdad?”.

“Sí. Es verdad. Pero tú has dado lo mismo a ésos, por mucho menos trabajo…”.

“¿Has aceptado este salario porque te parecía bueno?”

“Sí. He aceptado porque los otros daban incluso menos”.

“¿Te he maltratado aquí?”.

“No, en conciencia no”.

“Te he concedido reposo a lo largo de la jornada, y comida, ¿no es verdad? Te he dado tres comidas. Y la comida y el descanso no habían sido pactados. ¿No es verdad?”.

“Sí, no estaban acordados”.

“Entonces, ¿por qué los has aceptado?”.

“Hombre, pues… Tú dijiste: ‘Prefiero así, para evitar que os canséis volviendo a vuestras casas’. No dábamos crédito a nuestros oídos… Tu comida era buena, era un ahorro, era…”.

“Era una gracia que os daba gratuitamente y que ninguno podía pretender. ¿No es verdad?”.

“Es verdad”.

“Por tanto, os he favorecido. ¿Por qué os quejáis entonces? Debería quejarme yo de vosotros, que, habiendo comprendido que tratabais con un patrón bueno, trabajabais perezosamente, mientras que éstos, que han llegado después de vosotros, habiendo gozado del beneficio de una sola comida –y los últimos de ninguna–, han trabajado con más ahínco, haciendo en menos tiempo el mismo trabajo que habéis hecho vosotros en doce horas. Os habría traicionado si os hubiera reducido a la mitad el salario para pagar también a éstos.

No así. Por tanto, coge lo tuyo y vete. ¿Pretendes venir a imponerme en mi casa lo que a ti te parece? Hago lo que quiero y lo que es justo. No quieras ser malo y tentarme a la injusticia.

Yo soy bueno”.

12 ¡Oh, vosotros todos, que me escucháis! En verdad os digo que el Padre Dios propone a todos los hombres el mismo pacto y les promete la misma retribución. Al que con diligencia se pone a servir al Señor, El le tratará con justicia, aunque fuere poco su trabajo debido a la muerte cercana. En verdad os digo que no siempre los primeros serán los primeros en el Reino de los Cielos, y que allí veremos a últimos ser primeros y a primeros ser últimos. Allí veremos a hombres no pertenecientes a Israel más santos que muchos de Israel. He venido a llamar a todos, en nombre de Dios. Pero, si muchos son los llamados, pocos son los elegidos, porque pocos desean la Sabiduría. No es sabio el que vive del mundo y de la carne y no de Dios. No es sabio ni para la tierra ni para el Cielo: en la tierra se crea enemigos, castigos, remordimientos, y pierde el Cielo para siempre.

Repito: sed buenos con el prójimo, quienquiera que sea. Sed obedientes, dejando a Dios la tarea de castigar a quien manda injustamente. Sed continentes sabiendo resistir a la sensualidad; honrados, sabiendo resistir al oro; coherentes, calificando de anatema a aquello que se lo merece, y no cuando os parece y luego estrecháis contactos con el objeto que antes habíais maldecido como idea. No hagáis a los demás lo que no querríais para vosotros, y entonces…».

13

-«¡Vete, profeta molesto! ¡Nos has fastidiado el mercado!… ¡Nos has arrebatado los clientes!…»

gritan los vendedores irrumpiendo en el patio… Y los que habían hecho alboroto en el patio cuando Jesús había empezado a enseñar –no todos fenicios: también hay hebreos, que están en esta ciudad por un motivo que desconozco– se unen a los vendedores para insultar y amenazar, y, sobre todo, para obligar a abandonar el lugar…

Jesús no gusta porque no aconseja en orden al mal… Cruza los brazos y mira, triste, solemne.

La gente, dividida en dos partidos, se enzarza, defendiendo u ofendiendo al Nazareno. Improperios, alabanzas, maldiciones, bendiciones, gritos de:

-«Tienen razón los fariseos. Eres un vendido a Roma, amigo de publicanos y meretrices»,

o de:

«¡Callad, lenguas blasfemas! ¡Vosotros sois los vendidos a Roma, fenicios del infierno!», «¡Sois diablos!», «¡Que os trague el infierno!», «¡Fuera! ¡Fuera!», «¡Fuera vosotros, ladrones que venís a mercadear aquí, usureros!» etcétera, etcétera.

Intervienen los soldados diciendo:

-«¡De amotinador nada! ¡Es El la víctima!».

Y con las lanzas echan fuera del patio a todos y cierran el portón. Se quedan con Jesús los tres hermanos prosélitos y los seis apóstoles.

-«¡Pero cómo se os ha ocurrido hacerle hablar?»

pregunta el triario a los tres hermanos.

-«¡Muchos hablan!»

responde Elías.

-«Sí. Y no pasa nada porque enseñan lo que gusta al hombre. Pero éste no enseña eso. Y es indigesto…».

El viejo soldado mira atentamente a Jesús, que ha bajado de su sitio y está callado, como abstraído.

Fuera, la gente sigue enzarzada. Tanto que, del recinto militar salen otros soldados y con ellos el propio centurión. Instan para que les abran, mientras otros se quedan a rechazar tanto a quien grita:

.«¡Viva el Rey de Israel!»,

como a quien le maldice. El centurión, inquieto, da unos pasos adelante. Arremete coléricamente contra el viejo Aquila:

-«¿Así tutelas a Roma tú? ¿Dejando aclamar a un rey extranjero en la tierra dominada?».

El viejo saluda con reciedumbre y responde:

-«Enseñaba respeto y obediencia y hablaba de un reino que no es de esta tierra. Por eso le odian. Porque es bueno y respetuoso. No he hallado motivo para imponer silencio a quien no iba contra nuestra ley».

El centurión se calma, y barbota:

-«Entonces es una nueva sedición de esta fétida gentuza… Bien. Dadle a este hombre la orden de marcharse inmediatamente. No quiero problemas aquí. Cumplid esto y, en cuanto esté libre el trayecto, escoltadle hasta fuera de la ciudad. Que vaya a donde quiera. A los infiernos, si quiere. Pero que se vaya de mi jurisdicción. ¿Entendido?».

-«Sí. Lo haremos».

El centurión da media vuelta, con grandes resplandores de coraza y ondeos de manto purpurino, y se marcha sin siquiera mirar a Jesús.

14 Los tres hermanos dicen a Jesús:

-«Lamentamos…».

-«No tenéis la culpa vosotros. No temáis. No os ocasionará ningún mal, Yo os lo digo…».

Los tres cambian de color… Felipe dice:

-«¿Cómo es que sabes que tenemos este temor?».

Jesús sonríe dulcemente (un rayo de sol en su rostro triste):

-«Conozco lo que hay en los corazones y en el futuro».

Los soldados se han puesto al sol, a esperar; y no pierden ojo, más o menos solapadamente, mientras hacen comentarios…

-«¿Podrán querernos a nosotros, si odian incluso a ese, que no los subyuga?».

-«Y que hace milagros, debes decir…».

-«¡Por Hércules! ¿Quién de nosotros ha sido el que ha venido a avisar de que estaba el sospechoso y había que vigilarle?».

-«¡Ha sido Cayo!».

-«¡El cumplidor! Ya hemos perdido el rancho y preveo que voy a perder el beso de una muchacha!… ¡Ah, sí!».

-«¡Epicúreo! ¿Dónde está la bella?».

-«¡Está claro que a ti no te lo digo, amigo!».

-«Detrás del alfarero, en los Cimientos. Lo sé. Te he visto hace unas noches…»

Dice otro.

15     El triario, como paseando, va hacia Jesús. Se mueve alrededor de El, mirándole insistentemente. No sabe qué decir… Jesús le sonríe para infundirle ánimo. El hombre no sabe qué hacer… Pero se acerca más.

Jesús, señalando las cicatrices, dice:

-«¿Son todas heridas? Se ve que eres un hombre valeroso y fiel…».

El viejo soldado se pone como la púrpura por el elogio.

-«Has sufrido mucho por amor a tu patria y a tu emperador… ¿No querrías sufrir algo por una patria más grande: el Cielo?; ¿por un eterno emperador: Dios?».

El soldado mueve la cabeza y dice:

-«Soy un pobre pagano. De todas formas, quién sabe si no llegaré también yo a la hora undécima. Pero, ¿quién me instruye? ¡Ya ves!…

Te echan. ¡Estas heridas sí que hacen daño, no las mías!… Al menos yo se las he devuelto a los enemigos. Pero Tú, a quién te hiere, ¿que le das?».

-«Perdón, soldado. Perdón y amor».

-«Tengo razón yo. La sospecha sobre ti es estúpida. Adiós, galileo».

-«Adiós, romano».

16     Jesús se queda solo, hasta que vuelven los tres hermanos y los discípulos, con comida: los hermanos ofrecen a los soldados; los discípulos, a Jesús. Estos comen, inapetentes, al sol, mientras los soldados comen y beben alegremente.

Luego un soldado sale a dar una ojeada a la plaza silenciosa.

-«Podemos ponernos en marcha» grita. «Se han ido todos. Sólo están las patrullas».

Jesús se pone en pie dócilmente. Bendice y conforta a los tres hermanos, y les da una cita para la Pascua en el Getsemaní. Luego sale, encuadrado entre los soldados. Le siguen sus discípulos, apesadumbrados. Y recorren las calles vacías, hasta la campiña.

-«Salve, galileo»

dice el triario.

-«Adiós, Aquila. Te ruego que no hagáis ningún mal a Daniel, Elías y Felipe. Sólo Yo soy el culpable. Díselo al centurión».

-«No digo nada. A estas horas ya ni se acuerda de esto. Y los tres hermanos nos proveen bien, especialmente de ese vino de Chipre que el centurión prefiere a la propia vida. Quédate tranquilo. Adiós».

Se separan. Los soldados franquean, de regreso, las puertas, mientras Jesús y los suyos se encaminan por la campiña silenciosa, en dirección Este.

[1] como aparecen en Exodo 20, 1–17 y en Deuteronomio 5, 1–22.

[2] Mt. 20, 1–16.

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10 y 17/9/2017 Evangelio según San Mateo 18,15-20. y 21-35.

Vigésimo tercer Domingo del tiempo ordinario

Santo(s) del día : San Nicolás de Tolentino –
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Lecturas

Vigésimo cuarto Domingo del tiempo ordinario

Santo(s) del día : San Roberto Belarmino,  San Sátiro de Milán
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Lecturas

Segundo año de la Vida Pública de Jesús

277. En Magdala, en los jardines de María. El amor y la corrección entre hermanos.

16 de septiembre de 1945.

http://www.biblewalks.com/Sites/magdala.html

277 1

277 2

1       Jesús no está ya donde la última visión, sino en un vasto jardín que se prolonga hasta el lago. Pasado el jardín –bueno, en realidad está dentro–, la casa, precedida y flanqueada por él, que por detrás se extiende al menos tres veces más que por los lados y por delante. Hay flores, pero, sobre todo, árboles y bosquetes, y rincones herbosos, unos rodeando pilones de mármol precioso, otros en forma de quioscos con mesas y asientos de piedra. Y debía haber estatuas diseminadas, tanto a lo largo de los senderos como en el centro de los pilones. Ahora quedan sólo los pedestales de las estatuas, para recuerdo de ellas al pie de laureles o bojes, o para reflejarse en los pilones colmados de límpida agua.

http://unsacerdoteentierrasanta.blogspot.com/2011/05/la-ciudad-de-magdala.html

La presencia de Jesús con los suyos y la presencia de gente de Magdala, entre los cuales está el pequeño Benjamín que osó llamarle malo al Iscariote, me hace pensar que se trata de los jardines de la casa de la Magdalena… supervisados y modificados para su nuevo uso, quitando aquellas cosas que hubieran podido ser desagradables o escandalizar y recordar el pasado.

El lago es todo un crep gris–azul, reflejando el cielo en que corretean nubes cargadas con las primeras lluvias del otoño. Pero es hermoso también así, con esta luz detenida y leve de un día ni sereno ni todavía del todo lluvioso. Sus riberas ya no tienen muchas flores, pero, en compensación, están pintadas por ese sumo pintor que es el otoño, y muestran pinceladas de ocre y púrpura y extenuada palidez de hojas agonizantes en los árboles y vides que cambian de color antes de entregar a la tierra sus vestiduras vivas.

Migdal (centro de la costa), el hogar de María Magdalena.

277 3

http://www.ancientsandals.com/pictures/migdal.htm

En el jardín de una casa de campo que está a orillas del lago, como ésta, hay un punto lleno, que rojea, como sangre derramada en las aguas, por un seto de ramas flexuosas que el otoño ha teñido de cobre flamígero, mientras los sauces diseminados por la orilla, poco lejos, tiemblan: tiemblan sus hojas glauco–argentinas, finas, más pálidas de lo normal antes de morir.

2       Jesús no está mirando a lo mismo que yo. Mira a unos pobres enfermos a quienes imparte la curación; a unos ancianos mendigos, y les da dinero; a unos niños presentados a El por sus madres para que los bendiga. Mira compasivamente a unas mujeres, hermanas, que le están refiriendo la conducta de su único hermano –causa de la muerte de su madre, por congoja, y de la ruina de ellas mismas–; le ruegan estas pobres mujeres que les dé un consejo y que pida por ellas.

-«Verdaderamente oraré por vosotras. Le pediré a Dios que os dé paz y que vuestro hermano se convierta y se acuerde de vosotras, con la devolución de lo que es justo y, sobre todo, con renovado amor a vosotras. Porque si hace esto, hará todo lo demás.

¿Pero le queréis, o le guardáis rencor?, ¿le perdonáis de corazón, o lloráis con desdén? Porque él también es infeliz, y más que vosotras; y, a pesar de sus riquezas, es más pobre que vosotras; así que hay que compadecerle. Ya no tiene amor, y carece del amor de Dios. ¿Os dais cuenta de lo desdichado que es? Con la muerte –como primero vuestra madre– cerraréis con júbilo esta vida triste que os ha provocado; él, sin embargo, no: es más, del falso gozo de ahora pasaría a un tormento eterno y atroz. Venid conmigo. Voy a hablar a todos hablándoos a vosotras».

Y Jesús se dirige al medio de un prado salpicado de matas de flores, en cuyo centro antes debía haber una estatua; ahora sólo queda la base, rodeada de un seto bajo de mirto y rositas menudas. 3 Jesús se pone junto a ese seto y hace ademán de querer hablar. Todos se agrupan en torno a El y guardan silencio.

-«Paz a vosotros. Escuchad.

Está escrito: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. Pero, ¿en el prójimo quién está contenido? Todo el género humano tomado en general. Luego, más en particular, todos los de la misma nación; luego, más en particular todavía, todos los de la misma ciudad; luego, restringiendo aún más, todos los parientes; en fin, último círculo de esta corona de amor ceñida cual pétalos de rosa en torno al corazón de la flor, el amor a los hermanos de sangre, que son los primeros prójimos. El centro del corazón de la flor de amor es Dios: el amor a Dios es el primero que hay que tener. Alrededor de este centro, el amor a los padres, que es el segundo que hay que tener, porque realmente el padre y la madre son los pequeños “Dios” de la tierra, al crearnos y cooperar con Dios en nuestra creación, además de cuidarnos con amor incansable. Alrededor de este ovario, llameante de pistilos, que exhala los perfumes de los más selectos amores, se disponen estrechamente ceñidos los círculos de los varios amores. El primero de ellos es el del amor a los hermanos nacidos del mismo seno y de la misma sangre de que nacimos nosotros.

Pero, ¿cómo se debe amar al propio hermano? ¿Sólo porque su carne y su sangre sean iguales que las nuestras? Eso lo saben hacer también los pajarillos agrupados en un nido. Ellos, efectivamente, lo único que tienen en común es el haber nacido de una misma nidada y el sentir en común en su lengua el sabor de la saliva materna y paterna. Los hombres valemos más que los pájaros. Tenemos más que carne y sangre. Tenemos al Padre, además de un padre y una madre. Tenemos el alma, y tenemos a Dios, Padre de todos. Así pues, hay que saber amar al hermano como hermano por el padre y la madre que nos han generado, y como hermano por Dios, que es Padre universal.

Hay que amarle, por tanto, además de carnalmente, espiritualmente; amarle no sólo por la carne y la sangre, sino por el espíritu que tenemos en común; amar –como tiene que ser– más el espíritu que la carne de nuestro hermano, porque el espíritu es más que la carne, porque el Padre Dios es más que el padre hombre, porque el valor del espíritu es mayor que el de la carne, porque nuestro hermano sería mucho más infeliz si perdiera al Padre Dios que perdiendo al padre hombre. Ser huérfano de padre hombre es cosa verdaderamente lastimosa, pero es sólo media orfandad. Se resiente de ella sólo lo terreno, nuestra necesidad de ayuda y caricias. El espíritu, si sabe creer, no queda lesionado por la muerte del padre. Es más, el espíritu del hijo, para seguir al justo hasta el lugar en que se encuentra, asciende como atraído por una fuerza de amor. En verdad os digo que ello es amor, amor a Dios y al padre que con su espíritu ha subido a región sabia. Asciende a estos lugares en que Dios está más cercano, y obra con más rectitud, porque no le falta lo que es la verdadera ayuda (las oraciones de su padre, que ahora sabe amar cumplidamente); ni el freno que le viene de la certeza de que el padre ahora ve las obras de su hijo mejor que en vida, y también del deseo de poder reunirse con él mediante una vida santa.

Por eso hay que preocuparse más del espíritu que del cuerpo del propio hermano. Bien pobre amor sería un amor que se dirigiera sólo a lo perecedero, descuidando aquello que es imperecedero y que, habiéndolo descuidado, puede perder la alegría eterna. Demasiados son los que trabajan por cosas inútiles, se afanan por cosas de relativo mérito, mientras pierden de vista aquello que es verdaderamente necesario.

Las buenas hermanas, los buenos hermanos, no deben preocuparse solamente de tener en orden la ropa, preparada la comida, o de ayudar a sus hermanos con el trabajo; deben poner atención a los espíritus de sus hermanos y oír sus voces, percibir sus defectos, y, con amorosa paciencia, trabajar para darles un espíritu sano y santo, si en esas voces y defectos ven un peligro para su vida eterna; y deben –si recibieron ofensa de su hermano– empeñarse en perdonar y en que Dios le perdone mediante su retorno al amor, sin el cual Dios no perdona.

4 Está escrito en el Levítico[1]: “No odies a tu hermano en tu corazón, sino repréndele públicamente, para no cargarte de pecados por su causa”. Pero, de no odiar a amar hay todavía un abismo. Quizás os parece que la antipatía, la separación y la indiferencia no son pecado por el hecho de no ser odio. No. Yo vengo a dar nuevas luces al amor, y, por tanto, necesariamente, al odio; pues lo que clarifica en todos sus detalles al primero sabe clarificar en todos sus detalles al segundo; la misma elevación del primero a altas esferas produce como consecuencia un alejamiento mayor del segundo, pues cuanto más se eleva el primero el segundo parece hundirse en un fondo cada vez más profundo.

Mi doctrina es perfección, finura de sentimiento y de juicio, verdad sin metáforas ni perífrasis; y os digo que la antipatía, la separación y la indiferencia son ya odio; simplemente porque no son amor. Lo contrario del amor es el odio. ¿Vas a dar otro nombre a la antipatía, o al hecho de alejarse de un ser, o a la indiferencia? Quien ama siente simpatía por el amado; así que, si siente antipatía por él, es que ya no le ama.

Quien ama sigue cerca del amado con su espíritu, aunque materialmente la vida le haya alejado de él; por lo cual, cuando uno se separa de otro con el espíritu, es porque ya no le ama. Quien ama no siente jamás indiferencia hacia el amado; antes al contrario, todas sus cosas le interesan; así pues, si uno siente indiferencia por una persona, es señal de que ya no le ama. Como veis, estas tres cosas son ramificaciones de un solo árbol: el del odio.

5 Veamos, ¿qué sucede en cuanto nos sentimos ofendidos por una persona a la que amamos? El noventa por ciento de las veces, si no viene odio, viene antipatía, separación o indiferencia. No. No os comportéis así. No congeléis vuestro propio corazón con estas tres formas del odio. Amad. Os preguntáis: “¿Cómo podremos hacerlo?”. Os respondo: “De la misma forma que puede Dios, que ama también a quien le ofende; es un amor doloroso, pero siempre bueno”. Decís: “¿Cómo lo hacemos?”. Pues bien, os doy la nueva ley sobre las relaciones con el hermano ofensor: “Si tu hermano te ofende, no le humilles públicamente reprendiéndole delante de los demás; antes bien, alarga tu amor hasta cubrir la culpa de tu hermano ante los ojos del mundo”; tendrás gran mérito ante los ojos de Dios si por amor niegas anticipadamente a tu orgullo toda satisfacción.

¡Cuánto le gusta al hombre que se sepa que fue ofendido y que sufrió por ello! No va al rey, a pedir una dádiva de oro, sino que, cual mendigo sin juicio, va a donde otros insensatos y pordioseros como él para pedir unos puñados de ceniza y estiércol y sorbos de ardiente bebedizo: esto da el mundo al ofendido que va lamentándose y mendigando consuelos. Dios, el Rey, da oro puro a quien, habiendo sido ofendido, va, sin rencor, sólo a llorar a sus pies su dolor y a pedirle, a pedir al Amor y Sabiduría, consuelo de amor y enseñanza para esa penosa contingencia. Por tanto, si queréis consuelo, id a Dios y obrad con amor.

277 4Corrijo la ley antigua y os digo: “Si tu hermano peca contra ti, ve y corrígele a solas. Si te escucha, habrás ganado de nuevo a tu hermano, y muchas bendiciones de Dios. Pero si tu hermano no te hace caso y, obstinado en su culpa, te rechaza, entonces, porque no se diga que asientes a su pecado o que no te importa el bien del espíritu de tu hermano, toma contigo a dos o tres testigos serios, buenos, dignos de confianza, vuelve con ellos donde tu hermano y repite en su presencia tus observaciones, para que los testigos puedan dar fe de que hiciste todo lo que estaba en tu mano para corregir con santidad a tu hermano. Porque es éste el deber de un buen hermano, dado que ese pecado contra ti, cometido por él, lesiona su alma, y tú te debes preocupar de su alma. Si no da resultado esto tampoco, ponlo en conocimiento de la sinagoga, para que le llame al orden en nombre de Dios. Si ni siquiera con esto se corrige, sino que rechaza a la sinagoga o al Templo de la misma forma que te rechazó a ti, considérale publicano y gentil”.

6 Haced esto con los hermanos de sangre y con los hermanos de amor, pues hasta con vuestro más lejano prójimo debéis obrar con santidad, y sin codicia ni intransigencia ni odio. Y cuando haya causas por las que sea necesario ir a los jueces y estés yendo ya con tu adversario, Yo te digo, ¡Oh, hombre, que muchas veces te ves metido en males mayores por tu culpa!, te digo que hagas todo lo que esté de tu mano, mientras vas de camino, por reconciliarte con él, tengas razón o no; porque la justicia humana es siempre imperfecta, y generalmente el astuto se sale con la suya a costa de la justicia, de forma que podría pasar por inocente el culpable y tú, inocente, podrías pasar por culpable. Entonces te sucedería que no sólo no obtendrías el reconocimiento de tu derecho, sino que incluso perderías la causa, y que pasarías, de inocente, a la situación de culpable de difamación, con lo cual el juez te entregaría al brazo de la justicia, y no te soltarían hasta que hubieras pagado el último centavo.

Sé conciliador. ¿Que tu orgullo se resiente? Muy bien. ¿Que tu bolsa se consume? Mejor todavía. Basta con que tu santidad aumente. No sintáis nostalgia por el oro, no seáis codiciosos de alabanzas. Procuraos la alabanza que viene de Dios, procuraos una rica bolsa en el Cielo. Y orad por los que os ofenden, para que se enmienden; si ello sucede, serán ellos mismos quienes os restituirán honores y bienes; si no lo hacen, Dios proveerá.

Podéis marcharos, ahora que es la hora de la comida. Que se queden sólo los mendigos para sentarse a la mesa apostólica. La paz sea con vosotros».

[1] Cfr. Lév. 19, 15-18

278. El perdón y la parábola del siervo inicuo. La misión confiada a setenta y dos discípulos[1].

17 de septiembre de 1945.

Foto de Magdala decada 1940

278 11       Transcurrida la comida y después de haber saludado a los pobres, Jesús continúa con los apóstoles y discípulos en el jardín de María de Magdala. Van al límite de éste a sentarse, al lado mismo de las tranquilas aguas del lago, donde unas barcas de vela se mueven en busca de pesca.

Pedro, que está observando, comenta:

-«Tendrán buena pesca».

-«Tú también tendrás buena pesca, Simón de Jonás».

-«¿Yo, Señor? ¿Cuándo? ¿Te refieres a que vaya a pescar para procurarnos comida para mañana? Voy inmediatamente y…».

-«No tenemos necesidad de comida en esta casa. La pesca tuya es futura, y en el campo espiritual. Y contigo serán también magníficos pescadores la mayor parte de los presentes».

-«¿No todos, Maestro?»

pregunta Mateo.

-«Los que, perseverando, vengan a ser sacerdotes míos tendrán buena pesca. No todos».

-«¿Conversiones, no?»

pregunta Santiago de Zebedeo.

-«Convertir, perdonar, guiar hacia Dios… ¡muchas cosas!».

-«Maestro, antes has dicho que a uno que no preste oídos a su hermano ni siquiera en presencia de testigos se le lleve a que le aconseje la sinagoga. Ahora bien, si he entendido bien lo que nos has dicho desde que nos conocemos, me parece que la sinagoga va a ser substituida por la Iglesia, eso que vas a fundar. Entonces, ¿a dónde vamos a ir para que aconsejen a los hermanos cabezotas?».

-«A vosotros mismos, porque vosotros seréis mi Iglesia. Por tanto, los fieles se dirigirán a vosotros, bien sea para que los aconsejéis en un asunto propio, bien sea para que les deis un consejo para terceros. Os digo más aún: no sólo podréis dar consejos, sino que podréis incluso absolver en mi Nombre. Podréis liberar de las cadenas del pecado y vincular a dos que se aman haciendo de dos una sola carne. Y cuanto hagáis será válido ante los ojos de Dios como si hubiera sido el mismo Dios quien lo hubiera hecho. En verdad os digo: lo que atéis en la tierra será atado en el Cielo, lo que desatéis en la tierra será desatado en el Cielo. Y os digo también esto –para que comprendáis la potencia de mi Nombre, del amor fraterno y de la oración–: si dos discípulos míos (quiero decir ahora todos aquellos que crean en el Cristo) se reúnen para pedir cualquier cosa justa, en mi Nombre, mi Padre se la concederá. Gran poder tiene, efectivamente, la oración; gran poder, la unión fraterna; grandísimo, infinito poder, mi Nombre y mi presencia entre vosotros. Donde dos o tres se reúnan en mi Nombre, efectivamente, Yo estaré en medio de ellos, y oraré con ellos, y mi Padre no dirá que no a quien conmigo ora. Porque muchos no obtienen porque oran solos, o porque oran por motivos ilícitos, o con orgullo, o con pecado en su corazón. Lavad vuestro corazón, para que pueda estar con vosotros; luego orad, y seréis escuchados».

Pedro está pensativo. Jesús se da cuenta y le pregunta el porqué. Pedro explica:

-«Estoy pensando en la magnitud de la responsabilidad que se nos asigna. Y siento miedo, miedo de no saber hacerlo bien».

-«Efectivamente, Simón de Jonás o Santiago de Alfeo o Felipe, y así los demás, no sabrían hacerlo bien; pero el sacerdote Pedro, el sacerdote Santiago, el sacerdote Felipe o el sacerdote Tomás, sabrán hacerlo bien, porque obrarán junto con la divina Sabiduría».

3

-«Y… ¿cuántas veces deberemos perdonar a un hermano? ¿Cuántas, si pecan contra los sacerdotes?, ¿cuántas, si pecan contra Dios? Porque, si sucede como ahora, sin duda pecarán contra nosotros, visto que pecan contra ti tantísimas veces. Dime si debo perdonar siempre o sólo un determinado número de veces; por ejemplo, ¿siete veces?, ¿o más?».

-«No te digo siete, sino setenta veces siete; un número sin medida, porque el Padre también os perdonará a vosotros (a vosotros, que deberíais ser perfectos) muchas veces, un número grande de veces. Pues bien, debéis ser con los demás como el Padre es con vosotros, porque representáis a Dios en la tierra. Es más, oíd esta parábola que os voy a exponer y que servirá para todos».

Y Jesús, que estaba rodeado solamente por los apóstoles[2]125, en un pequeño quiosco de boj, se dirige hacia los discípulos, que, respetuosamente, están en grupo en una plazoleta embellecida con un pilón lleno de agua cristalina. La sonrisa de Jesús es una señal de que va a hablar; así que, mientras El camina, con su paso lento y largo –por lo cual, sin apresurarse, recorre mucho espacio en poco tiempo–, los discípulos se llenan de alegría… y, cual niños reunidos en torno a alguien que los hace felices, se cierran en círculo: es una corona de rostros atentos. Jesús, se adosa a un alto árbol y empieza a hablar.

278 3 72-discípulos4

-«Cuanto he dicho antes a la gente debe ser perfeccionado para vosotros, que sois los elegidos de entre la gente.

El apóstol Simón de Jonás me ha dicho: “¿Cuántas veces debo perdonar? ¿A quién? ¿Por qué?”. Le he respondido en privado. Ahora voy a repetir para todos mi respuesta en aquello que es justo que sepáis ya desde ahora. Escuchad cuántas veces y cómo y por qué se tiene que perdonar.

Hay que perdonar como perdona Dios, el cual, si uno peca mil veces, pero se arrepiente, mil veces perdona; le basta ver que en el culpable no hay voluntad de pecar, no hay búsqueda de lo que hace pecar, sino que el pecado es sólo fruto de una debilidad del hombre. En el caso de persistencia voluntaria en el pecado, no puede haber perdón por las culpas cometidas contra la Ley. Mas vosotros perdonad el dolor que estas culpas os produzcan individualmente. Perdonad siempre a quien os haga un mal. Perdonad para ser perdonados, porque también vosotros tenéis culpas con Dios y con los hermanos. El perdón abre el Reino de los Cielos tanto al perdonado cuanto al que perdona; asemeja a lo que sucedió entre un rey y sus súbditos:

Un rey quiso hacer cuentas con sus súbditos. Los llamó, pues, uno a uno, empezando por los que estaban más arriba. Vino uno que le debía diez mil talentos. Pero este súbdito no tenía con qué pagar el anticipo que el rey le había prestado para que se construyera la casa y adquiriese todo tipo de cosas que necesitara, porque verdaderamente no había administrado –por muchos motivos, más o menos justos– solícitamente la suma que había recibido para estas cosas. El rey–amo, indignado por la holgazanería de su súbdito y por la falta a su palabra, ordenó que fueran vendidos él, su mujer, sus hijos y cuanto poseía, hasta que quedase saldada la deuda. Pero el súbdito se echó a los pies del rey, y, llorando y suplicando, le rogaba: “Déjame marcharme. Ten un poco de paciencia y te devolveré todo lo que te debo, hasta el último denario”. El rey, movido a compasión por tanto dolor –era un rey bueno–, no sólo aceptó esto, sino que, habiendo sabido que entre las causas de la poca diligencia y de no pagar había también enfermedades, llegó incluso a condonarle la deuda.

El súbdito se marchó contento. Pero, saliendo de allí, encontró en el camino a otro súbdito, un pobre súbdito al que había prestado cien denarios tomados de los diez mil talentos que había recibido del rey. Convencido de gozar del favor regio, creyó todo lícito, así que cogió al infeliz por el cuello y le dijo: “Devuélveme inmediatamente lo que me debes”. Inútil fue que el hombre, llorando, se postrase a besarle los pies gimiendo:

“Ten piedad de mí, que estoy viviendo muchas desgracias. Ten un poco de paciencia todavía, y te devolveré todo, hasta el último centavo”. El súbdito, inmisericorde, llamó a los soldados e hizo que el infeliz fuera encarcelado para que se decidiera a pagar, so pena de perder la libertad o incluso la vida.

La cosa se vino a saber ampliamente entre los amigos del desdichado, los cuales, llenos de tristeza, fueron a referirlo al rey y amo. Este, conocido el hecho, ordenó que

fuera conducido a su presencia el servidor despiadado. Mirándole severamente, dijo:

“Siervo inicuo, te había ayudado para que te hicieras misericordioso, para que consiguieras incluso una riqueza; luego te he ayudado condonándote la deuda por la que tanto implorabas que tuviera paciencia. Tú no has tenido piedad de un semejante tuyo, mientras que yo, que soy rey, había tenido mucha piedad de ti. ¿Por qué no has hecho lo que yo hice contigo?”. Y lo entregó, indignado, a los carceleros, para que le retuvieran hasta que pagase todo, diciendo: “De la misma forma que no tuvo piedad de uno que le debía muy poco, cuando yo, que soy rey, había tenido mucha piedad de él, de la misma forma no halle piedad en mí”.

5 Esto hará también mi Padre con vosotros, si sois despiadados con vuestros hermanos; si, habiendo recibido tanto de Dios, os cargáis de culpas más que un fiel. Recordad que tenéis más obligación de evitar el pecado que ningún otro. Recordad que Dios os anticipa un gran tesoro, pero que quiere que le rindáis cuentas de él. Recordad que ninguno como vosotros debe saber practicar amor y perdón.

No seáis siervos que queráis mucho para vosotros y luego no deis nada a quien os pide. El comportamiento que tengáis será el que recibiréis. Y se os pedirá cuenta del comportamiento de los demás que hayan sido impulsados al bien o al mal por vuestro ejemplo. ¡Si sois santificadores, recibiréis verdaderamente una gloria grandísima en el Cielo! Mas, de la misma forma, si sois corruptores, o simplemente holgazanes en santificar, seréis duramente castigados.

Os lo repito: si alguno de vosotros no está dispuesto a ser víctima de su propia misión, que se marche, pero que no falte a su misión. Y digo: que no falte en las cosas verdaderamente nocivas para su propia formación y la de los demás. Y sepa tener a Dios por amigo ofreciendo siempre en su corazón perdón a los débiles. Así, Dios Padre ofrecerá el perdón a todo aquel de vosotros que sepa perdonar.

6 La pausa ha terminado. Se acerca el tiempo de los Tabernáculos. Aquellos a quienes esta mañana he hablado aparte, desde mañana irán precediéndome y anunciándome a la gente de los respectivos lugares; los que no vienen que no se desalienten. Si he reservado a algunos de ellos, ha sido por motivo de prudencia y no por desprecio; estarán conmigo, pero pronto los enviaré como ahora envío a los primeros setenta y dos. La mies es mucha y los obreros serán siempre pocos respecto a las necesidades; habrá, pues, trabajo para todos, y ni siquiera serán suficientes. Por tanto, sin rivalidades, rogad al Dueño de la mies que siga mandando nuevos obreros para su cosecha.

Entretanto, marchaos. Yo y los apóstoles, en estos días de pausa, hemos completado vuestra instrucción acerca del trabajo que tenéis delante, repitiendo lo que Yo ya dije antes de enviar a los doce[3].

Uno de vosotros me ha preguntado: “¿Cómo curaré en tu Nombre?”. Curad siempre antes el espíritu. Prometedles a los enfermos que obtendrán el Reino de Dios si saben creer en mí, y, vista en ellos la fe, ordenad a la enfermedad que se aleje, y se alejará. Y haced lo mismo con los enfermos del espíritu. Encended, antes que nada, la fe.

Comunicad, con la palabra firme, la esperanza. Yo me agregaré depositando en ellos la divina caridad, como la deposité en vuestros corazones después de que creísteis en mí y esperasteis en la misericordia. Y no temáis ni a los hombres ni al demonio. No os harán ningún mal. Lo único que debéis temer es la sensualidad, la soberbia, la avaricia, que pueden ser causa de entregaros a Satanás y a los hombres–demonio, que también existen.

Poneos, pues, en movimiento y precededme por los caminos del Jordán. Cuando lleguéis a Jerusalén, id al valle de Belén a reuniros con los pastores, y, con ellos, volved donde mí, al lugar que sabéis: celebraremos juntos la fiesta santa, para luego regresar más confirmados que nunca a nuestro ministerio.

Idos con paz. Os bendigo en el santo Nombre del Señor».

Fig. 2. Croquis de las ruinas de Magdala en 1935,

278 2http://www.magdalaproject.org/WP/?p=742

[1] Mt. 18, 15–35; Lc. 17, 3–4

[2] Por esto, según también esta obra, sólo a los apóstoles Jesús dirigió estas palabras, con las que les confirió el poder de ligar y desatar.

[3] Es la confirmación del aparente paralelismo entre el pasaje evangélico de Mateo 10, 5-42 y el de Lucas 10, 2-12: el primero reseña la larga instrucción de Jesús a los doce apóstoles (como en el capítulo 265 de la Obra valtortiana); el segundo reseña fragmentos de esa misma instrucción repetida a los setenta y dos discípulos (como se explicita en el presente capítulo 278).

Muchos de los episodios considerados en los cuatro Evangelios (sobre todo en los tres sinópticos) paralelos entre sí, por el mismo contenido y la misma colocación histórica, en la Obra valtortiana no son paralelos, al menos por su diferente colocación histórica

 

 

3/9/2017 Evangelio según San Mateo 16,21-27

Vigésimo segundo Domingo del tiempo ordinario

Santo(s) del día : San Gregorio Magno I
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Lecturas

Continuando el pasaje del domingo pasado, Jesús hace el primer anuncio de la pasión y al final de este capitulo las palabras de los versículos 22 a 24 del evangelio del domingo.
En este capitulo, no se pierdan las palabras expresadas por todos los apóstoles sobre María Santísima y las predicciones de Jesús sobre el papel que María tendría en el futuro como corredentora.

Personajes
Hermasteo, el discipulo filisteo
http://www.maria-valtorta.org/Personnages/Hermastee.htm

Tercer año de la Vida Pública de Jesús

346. Primer anuncio de la Pasión y reprensión a Simón Pedro[1].

30 de noviembre de 1945.

 346 1

Rio Snir se encuentra en el noreste tiene su naciente en el Líbano y se funde con el río Banias para desembocar finalmente en el Rio Jordán.

   1    Jesús debe haber dejado la ciudad de Cesárea de Filipo con las primeras luces de la mañana, porque ya queda lejos con sus montes y la llanura le rodea de nuevo. Se dirige hacia el lago de Merón para ir después hacia el de Genesaret. Van con Él los apóstoles y todos los discípulos que estaban en Cesárea. Pero una expedición tan numerosa por el camino no causa estupor a nadie, porque ya se ven otras, dirigidas a Jerusalén, de israelitas o prosélitos, procedentes de todos los lugares de la Diáspora, que desean pasar un tiempo en la Ciudad Santa para escuchar a los rabíes y respirar largamente el aire del Templo.

Caminan a buena marcha, bajo un Sol ya alto pero que todavía no molesta, porque es un Sol de primavera que juega con el follaje nuevo y las frondas florecidas, y suscita flores, flores, flores por todas partes. La llanura que precede al lago, toda ella, es una alfombra florecida. La mirada, volviéndose hacia los montes que la circundan, ve a éstos remendados con las matas cándidas, tenuamente róseas, o de color rosa intenso, o rosa casi rojo, de los diversos tipos de árboles frutales; y, al pasar cerca de las raras casas de campesinos o de los talleres de herrador esparcidos por el camino, la vista se alegra ante los primeros rosales florecidos en los huertos o a lo largo de los setos o contra las tapias de las casas.

-«Los jardines de Juana deben estar todos en flor» observa Simón Zelote.

-«También el huerto de Nazaret debe parecer un cesto lleno de flores. María es la dulce abeja que va de rosal en rosal; de los rosales a los jazmines, que pronto florecerán; a las azucenas, que ya tienen los capullos en el tallo; y tomará la rama del almendro, como hace siempre, es más, ahora tomará la del peral o del granado, para ponerla en el ánfora de su habitación. Cuando éramos niños le preguntábamos todos los años: “¿Por qué tienes siempre ahí una rama de árbol en flor y no metes en su lugar las primeras rosas?”. Y Ella respondía: “Porque en esos pétalos veo escrita una orden que me vino de Dios y siento el aroma puro del aura celeste”. ¿Te acuerdas, Judas?»

pregunta Santiago de Alfeo a su hermano.

-«Sí. Me acuerdo. Y recuerdo que, ya hombre, esperaba con ansia la primavera, para ver a María caminar por su huerto bajo las nubes de sus árboles en flor y entre los setos de las primeras rosas; nunca vi espectáculo más hermoso que esa eterna niña moviéndose evanescente entre las flores y entre vuelos de palomas…».

2 -«¡Oh, vamos pronto a verla, Señor! ¡Yo también quiero ver todo eso!» Suplica Tomás.

-«Basta con que aceleremos el paso y hagamos paradas breves, por las noches, para llegar a Nazaret a tiempo» responde Jesús.

-«¿Me das esta satisfacción verdaderamente, Señor?».

-«Sí, Tomás. Iremos a Betsaida todos, y luego a Cafarnaúm. Allí nos separaremos: nosotros vamos en la barca a Tiberiades, y luego a Nazaret. Así cada uno, salvo vosotros judíos, vamos a tomar los indumentos más ligeros. El invierno ha concluido».

-«Sí. Y nosotros vamos a decir a la Paloma: “Álzate[2], apresúrate, amada mía; ven, porque el invierno ha pasado, la lluvia ha terminado, las flores pueblan el suelo… Álzate, amiga mía; ven, paloma escondida, muéstrame tu faz y deja que oiga tu voz”».

-«¡Sí señor, Juan! ¡Pareces un enamorado cantando su canción a su amada!» Dice Pedro.

-«Lo estoy. De María lo estoy. No veré a otras mujeres que despierten mi amor. Sólo María, la amada de todo mi ser».

-«También lo decía yo hace un mes. ¿Verdad, Señor?» dice Tomás.

-«Yo creo que estamos todos enamorados de Ella. ¡Un amor tan alto, tan celestial!… Como sólo esa Mujer puede inspirar. Y el alma ama completamente su alma, la mente ama y admira su intelecto, el ojo mira y se complace en su gracia pura, que embelesa sin producir agitación, como cuando se mira una flor… María, la Belleza de la tierra y, creo, la Belleza del Cielo…» dice Mateo.

-«¡Es verdad! ¡Es verdad! Todos vemos en María cuanto de más dulce hay en la mujer: la niña pura y la madre dulcísima; y no se sabe por cuál de estas dos gracias se la ama…» dice Felipe.

-«Se la ama porque es “María”. ¡Eso es!» sentencia Pedro.

3       Jesús los ha estado oyendo hablar y dice:

-«Todos habéis hablado bien, y Pedro muy bien. María se ama porque es “María”. Os dije, mientras íbamos a Cesárea, que solamente aquéllos que unan una fe perfecta a un amor perfecto llegarán a conocer el verdadero significado de las palabras: “Jesús, el Cristo, el Verbo, el Hijo de Dios y el Hijo del hombre”. Pero ahora os digo que hay otro nombre denso en significados. Y es el de mi Madre. Sólo aquellos que unan una perfecta fe a un perfecto amor llegarán a conocer el verdadero significado del nombre “María”, de la Madre del Hijo de Dios. Y el verdadero significado empezará a aparecer claro para los verdaderos creyentes y para los verdaderos amantes en una hora tremenda de tormento, cuando la Madre sea sometida a suplicio con su Hijo, cuando la Redentora redima con el Redentor[3], a los ojos de todo el mundo y por todos los siglos de los siglos».

-«¿Cuándo?» pregunta Bartolomé mientras se detienen a orillas de un caudaloso arroyo, en el que están bebiendo muchos discípulos.

-«Detengámonos aquí a compartir el pan. El Sol marca mediodía. Al caer de la tarde, estaremos en el lago Merón, y podremos acortar el camino con unas barcas» responde Jesús evasivamente.

Se sientan todos sobre la tierna hierbecita, tibia de sol, de las orillas del arroyo. Juan dice:

346 2-«Es una pena echar a perder estas flores tan delicadas. Parecen pedacitos de cielo caídos aquí en los prados».

Son cientos y cientos de miosotis.

-«Renacerán más bonitas mañana. Han florecido para hacer del suelo una sala de banquetes para su Señor» le consuela Santiago, su hermano.

Jesús ofrece y bendice los alimentos y todos se ponen a comer alegremente. Los discípulos, todos, como si fueran girasoles, miran en dirección a Jesús, que está sentado en el centro de la fila de sus apóstoles.

4       La comida pronto termina, condimentada con serenidad y agua pura. Pero, dado que Jesús permanece sentado, ninguno se mueve. Es más, los discípulos se cambian de sitio para acercarse, para oír lo que dice Jesús como respuesta a los apóstoles, que siguen preguntando sobre lo que había dicho antes, de su Madre.

-«Sí. Porque ser madre de mi carne ya sería una gran cosa. Fijaos que se recuerda a Ana de Elcaná como madre de Samuel[4], y él era sólo un profeta; pues bien, la madre es recordada por haberle engendrado. Por tanto ya María sería recordada, y con altísimas alabanzas, por haber dado al mundo a Jesús el Salvador. Pero ello seria poco, respecto a cuanto Dios exige de Ella para completar la medida requerida para la redención del mundo. María no defraudará el deseo de Dios. Jamás lo ha defraudado. Desde las demandas de amor total hasta las de sacrificio total. Ella se ha entregado y se entregará.

Y, cuando haya consumado el máximo sacrificio, conmigo, por mí, en favor del mundo, los verdaderos fieles y los verdaderos amantes comprenderán el verdadero significado de su Nombre. Y, por todos los siglos, a todo verdadero fiel, a todo verdadero amante, le será concedido comprenderlo. El Nombre de la Gran Madre, de la Santa Nutriz que lactará por todos los siglos a los párvulos de Cristo con su llanto, para criarlos para la Vida de los Cielos».

-«¿Llanto, Señor? ¿Debe llorar tu Madre?» pregunta Judas Iscariote.

-«Todas las madres lloran. La mía llorará más que ninguna otra».

-«¿Pero por qué? Yo he hecho llorar a la mía alguna vez, porque no soy siempre un buen hijo. ¡Pero Tú? No das nunca pesares a tu Madre».

-«No. Efectivamente, como Hijo suyo, no le doy pesares. Pero le daré muchos como Redentor. Dos harán llorar con un llanto sin fin a mi Madre: Yo, salvando a la Humanidad; la Humanidad, con sus continuos pecados. Todo hombre que haya vivido, que vive, o que vivirá, cuesta lágrimas a María».

-«¿Pero por qué?» pregunta, sorprendido, Santiago de Zebedeo.

-«Porque todo hombre me cuesta torturas a mí para redimirle».

-«¡¿Pero decir esto de los que ya han muerto o no han nacido todavía?! Te harán sufrir los vivos, los escribas, fariseos, saduceos, con sus acusaciones, sus celos, sus mezquindades; pero más no» afirma con tono seguro Bartolomé.

-«También mataron a Juan Bautista… Israel no ha matado sólo a este profeta, ni es el único sacerdote de la Voluntad eterna matado por causa del odio de los que no obedecen a Dios».

-«Pero Tú eres más que un profeta y que el mismo Bautista, tu Precursor. Tú eres el Verbo de Dios. Israel no levantará su mano contra ti» dice Judas Tadeo.

-«¿Lo piensas así, hermano? Estás en un error» le responde Jesús.

-«No. ¡No puede ser! ¡No puede suceder! ¡Dios no lo permitirá! ¡Sería degradar para siempre a su Cristo!». 

Judas Tadeo está tan agitado que se pone en pie.

Jesús también se levanta y le mira fijamente a la cara palidecida, a los ojos sinceros. Dice lentamente:

-«Y sin embargo así será»

y baja el brazo derecho, que le tenía alzado, como jurando.

5       Todos se ponen en pie y se arriman aún más a El: una corona de caras afligidas, y, más aún, incrédulas. Una serie de comentarios recorre el grupo:

-«Si fuera así… tendría razón Judas Tadeo».

-«Lo que le sucedió a Juan el Bautista fue una cosa mala, pero exaltó al hombre, heroico hasta el final; si le sucediera eso al Cristo sería disminuirle».

-«Cristo puede ser perseguido, pero no degradado».

-«Tiene la unción de Dios».

-«¿Y quién podría ya creer, si te vieran en poder de los hombres?».

-«No lo permitiremos».

El único que permanece en silencio es Santiago de Alfeo.

Su hermano arremete contra él:

-«¡No hablas? ¿No te mueves! ¿No oyes! ¡Defiende a Cristo contra sí mismo!».

Santiago, por toda respuesta, se lleva las manos a la cara, se separa bastante, y llora.

-«¡Es un estúpido!»

sentencia su hermano.

-«Quizás menos de lo que crees»

le responde Hermasteo. Y añade:

-«Ayer, explicando la profecía, el Maestro habló de un cuerpo deshecho que se reintegra y de uno que por sí mismo se resucita. Creo que uno no puede resucitar sin estar antes muerto».

-«Pero puede haber muerto de muerte natural, de vejez. ¡Y ya sería mucho para el Cristo!» rebate Judas Tadeo, y muchos le dan la razón.

-«Sí, pero entonces no sería una señal para esta generación, que es mucho más vieja que El» observa Simón Zelote.

-«Ya. Pero no está claro que hable de sí mismo» rebate Judas Tadeo, obstinado en su amor y respeto.

-«Ninguno que no sea el Hijo de Dios puede resucitarse a sí mismo, como tampoco ninguno que no sea el Hijo de Dios puede nacer como nació El. Yo lo digo, yo que vi su gloria natal» dice Isaac testimoniando firmemente.

Jesús, con los brazos cruzados, los ha escuchado mirándolos a medida que hablaban.

Ahora es El el que hace ademán de hablar, y dice:

346 3-«El Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres, porque es el Hijo de Dios, sí, pero también el Redentor del hombre; y no hay redención sin sufrimiento. Mi sufrimiento será corporal, de la carne y de la sangre, para reparar los pecados de la carne y de la sangre; moral, para reparación de los pecados de la mente y las pasiones; espiritual, para reparación de las culpas del espíritu. Será completo. Por tanto, a la hora establecida, me prenderán, en Jerusalén, y tras haber sufrido ya mucho por culpa de los Ancianos y de los Sumos Sacerdotes, de los escribas y fariseos, seré condenado a una muerte infamante. Y Dios no lo impedirá, porque así debe suceder, siendo Yo el Cordero de expiación por los pecados del mundo entero. Y, en un mar de angustia, compartida por mi Madre y por otras, pocas personas, moriré en el patíbulo; y tres días después, por mi voluntad divina, por ella sola, resucitaré a una vida eterna y gloriosa como Hombre y volveré a ser: Dios en el Cielo[5] con el Padre y el Espíritu. Pero antes tendré que padecer toda suerte de oprobios, y sentir mi corazón traspasado por la Mentira y el Odio».

6       Un coro de gritos se eleva en el aire tibio y perfumado de primavera.

Pedro –el rostro profundamente preocupado, y escandalizado como los demás– coge de un brazo a Jesús, le separa un poco y le dice en voz baja al oído:

 

  -«¡Pero, Señor…! No digas esto. No está bien. Ya ves que se escandalizan. Decaes del concepto en que te tienen. Por nada del mundo debes permitir esto. Ya de por sí nunca te va a pasar nada semejante, ¿por qué pensarlo como si fuera verdadero? Debes subir cada vez más en el concepto de los hombres, si te quieres afirmar; debes terminar, por ejemplo, con un último milagro, como reducir a cenizas a tus enemigos. Pero nunca degradarte hasta aparecer como un malhechor castigado».

Pedro parece un maestro o un padre afligido corrigiendo con amorosa angustia a un hijo que ha dicho una necedad.

Jesús, que estaba un poco agachado para escuchar el bisbiseo de Pedro, se yergue severo, con rayos en los ojos, pero rayos de amargura, y grita fuerte, para que todos oigan y la lección sirva para todos:

346 4 -«¡Aléjate de mí, tú que en este momento eres un diablo que me aconseja desistir de la obediencia a mi Padre!

¡Para esto he venido! ¡No para los honores! Tú, aconsejándome la soberbia, la desobediencia y el rigor sin caridad, tratas de seducirme al mal. ¡Vete! ¡Me escandalizas!

¿No comprendes que la grandeza no está en los honores sino en el sacrificio, y que nada importa aparecer a los ojos de los hombres como gusanos si Dios nos considera ángeles?

Tú, hombre ignorante, no comprendes lo que es grandeza y razón según Dios, y ves, juzgas, sientes, hablas según el hombre».

El pobre Pedro queda anonadado por esta severa corrección; se separa, compungido, y rompe a llorar… No es el llanto gozoso de pocos días antes, sino el sollozo desolado de quien comprende que ha pecado y ha causado dolor a la persona amada.

Jesús le deja llorar. Se descalza, se remanga las vestiduras y vadea el arroyo.

Los demás hacen lo mismo en silencio. Ninguno se atreve a decir una palabra. Al final de todos va el pobre Pedro, en vano consolado por Isaac y el Zelote.

7       Andrés se vuelve más de una vez y le mira, y luego susurra algo a Juan, que está muy afligido; pero Juan menea la cabeza en señal de negación. Entonces Andrés se decide. Se adelanta corriendo. Alcanza a Jesús. Le llama suavemente, con visible temor:

-«¡Maestro! ¡Maestro!…». Jesús deja que le llame varias veces. Al final se vuelve, severo, y pregunta:

-«¿Qué quieres?».

-«Maestro, mi hermano está compungido… llora…».

-«Se lo ha merecido».

-«Es verdad, Señor. Pero de todas formas es un hombre… No puede hablar bien siempre».

«Efectivamente, hoy ha hablado muy mal» responde Jesús. Pero ya se le ve menos severo, y un atisbo de sonrisa dulcifica la mirada divina. Andrés se siente más seguro y aumenta la peroración en pro de su hermano.

-«Pero Tú eres justo, y sabes que el amor a ti ha sido lo que le ha hecho caer…».

-«El amor debe ser luz, no tinieblas. El lo ha hecho tinieblas y ha envuelto en ellas su espíritu».

-«Es verdad, Señor. Pero las vendas se pueden quitar cuando se quiera. No es como tener el espíritu mismo tenebroso. Las vendas son lo externo; el espíritu es lo interno, el núcleo vivo… El interior de mi hermano es bueno».

-«Que se quite entonces las vendas que se ha puesto».

-«¡Lo hará, sin duda, Señor! Ya lo está haciendo. Vuélvete y mira lo desfigurado que está por ese llanto que no consuelas Tú. ¿Por qué tan severo con él?».

-«Porque él tiene el deber de ser “el primero”, de la misma forma que le he dado el honor de serlo. Quien mucho recibe mucho debe dar…».

-«¡Es verdad, Señor, sí! Pero, ¿no te acuerdas de María de Lázaro?, ¿de Juan de Endor?, ¿de Aglae?, ¿de la Beldad de Corozaín? ¿de Leví? A éstos les diste todo… y ellos todavía te habían dado sólo la intención de redimirse… ¡Señor!… Atendiste mi súplica por la Beldad de Corozaín y por Aglae… ¿No lo harías ahora por tu Simón y mi Simón, que ha pecado por amor a ti?».

Jesús baja su mirada hacia este hombre apacible que se vuelve intrépido y apremiante en favor de su hermano, como lo fue, silenciosamente, en favor de Aglae y de la Beldad de Corozaín, y su rostro resplandece de luz:

-«Ve a llamar a tu hermano» dice «y tráemele aquí».

-«¡Gracias, mi Señor! Voy…» y se echa a correr, raudo como una golondrina.

8 -«Ven, Simón. El Maestro ya no está irritado contigo. Ven, que te lo quiere decir».

-«No, no. Me da vergüenza… Hace demasiado poco que me ha corregido… Será que quiere que vaya para reprenderme otra vez…».

-«¡Qué mal le conoces! ¡Venga, ven! ¿Piensas que yo te llevaría a otro sufrimiento? Si no estuviera seguro de que te espera allí una alegría, no insistiría. Ven».

-«¿Y qué le voy a decir?» dice Pedro mientras se pone en marcha un poco recalcitrante, frenado por su humanidad, aguijado por su espíritu, que no puede estar sin la indulgencia de Jesús y sin su amor.

-«¿Qué le voy a decir?» sigue preguntando.

-«¡Nada, hombre! ¡Será suficiente con que le muestres tu rostro!» le dice su hermano animándole.

Todos los discípulos, a medida que los dos hermanos los van adelantando, los miran y, comprendiendo lo que sucede, sonríen.

Llegan donde Jesús. Pero Pedro, al último momento, se detiene. Andrés no se anda con chiquitas. Con un enérgico envite, como los que da a la barca para empujarla al mar, le echa hacia adelante. Jesús se para… Pedro alza la cara… Jesús la baja… Se miran… Dos lagrimones se deslizan por las mejillas enrojecidas de Pedro…

-«Ven aquí, niño grande irreflexivo, que te haga de padre enjugando este llanto»

Dice Jesús, y levanta su mano, en que es bien visible aún la señal de la pedrada de Yiscala, y seca con sus dedos esas dos lágrimas.

-«¡Oh, Señor! ¿Me has perdonado?»

pregunta Pedro lleno de temblor, agarrando la mano de Jesús con las suyas y mirándole con unos ojos como los de un perro fiel que desea obtener el perdón del amo resentido.

-«Nunca te he condenado…».

-«Pero antes…».

-«Te he amado. Es amor no permitir que en ti arraiguen desviaciones de sentimiento y de pensamiento. Debes ser el primero en todo, Simón Pedro».

-«¿Entonces… entonces me estimas todavía? ¿Me quieres contigo todavía? No es que yo quiera el primer puesto, ¡Eh! Me conformo con el último, pero estar contigo, a tu servicio… y morir verdaderamente a tu servicio, Señor, mi Dios».

Jesús le pasa el brazo por encima de los hombros y le estrecha contra su costado.

Entonces Simón, que no ha dejado suelta en todo este tiempo la otra mano de Jesús, se la cubre de besos… dichoso. Y susurra:

-«¡Cuánto he sufrido!… Gracias, Jesús».

-«Da las gracias más bien a tu hermano. Y en el futuro lleva bien tu carga con justicia y heroísmo.

9 Vamos a esperar a los otros. ¿Dónde están?».

Están parados en el lugar en que se encontraban cuando Pedro alcanzó a Jesús, para dejar libertad al Maestro de hablar a su apóstol humillado. Jesús les hace señas para que se acerquen. Con ellos hay un grupito de labriegos, que habían dejado de trabajar en los campos para venir a hacer preguntas a los discípulos.

Jesús, todavía con la mano en el hombro de Pedro, dice:

346 5-«Por lo que ha pasado habéis entendido que estar a mi servicio es una cosa severa. Le he reprendido a él. Pero la corrección era para todos. Porque los mismos sentimientos estaban en la mayoría de los corazones, o formados o en gestación. Así os los he truncado; y quien todavía los cultiva muestra que no comprende ni mi Doctrina ni mi Misión ni mi Persona.

He venido para ser Camino, Verdad y Vida. Os doy la Verdad con lo que enseño. Os aliso el Camino con mi sacrificio; os lo trazo e indico. Pero la Vida os la doy con mi Muerte. Y acordaos de que quien responde a mi llamada y se alista en mis filas para cooperar en la redención del mundo debe estar dispuesto a morir para dar a otros la Vida. Por tanto, quien quiera seguirme debe estar dispuesto a negarse a sí mismo, al viejo yo con sus pasiones, tendencias, costumbres, tradiciones, pensamientos, y seguirme con su nuevo yo.   Tome cada cual su cruz como Yo la tomaré. La tome, aunque le parezca demasiado infamante. Deje que el peso de su cruz triture a su yo humano para liberar al yo espiritual, al cual no produce horror la cruz; antes al contrario, le es apoyo y objeto de veneración, porque el espíritu sabe y recuerda. Y que me siga con su cruz. ¿Que al final del camino le esperará la muerte ignominiosa como me espera a mí? No importa. No se aflija; antes al contrario, exulte por ello, porque la ignominia de la tierra se transformará en grande gloria en el Cielo, mientras que será un deshonor la vileza frente a los heroísmos espirituales.

Siempre decís que queréis seguirme hasta la muerte. Seguidme, entonces, y os guiaré al Reino por un camino abrupto, pero santo y glorioso, al final del cual conquistaréis la Vida eternamente inmutable. Esto será “vivir”. Por el contrario, seguir los caminos del mundo y la carne es “morir”. De modo que quien quiera salvar su vida en esta tierra la perderá, mas aquel que pierda su vida en esta tierra por causa mía y por amor a mi Evangelio la salvará. Pensad esto: ¿de qué le servirá al hombre ganar todo el mundo, si luego pierde su alma?

10 Y otra cosa: guardaos bien, ahora y en el futuro, de avergonzaros de mis palabras y acciones. Eso también sería “morir”. Porque el que se avergüence de mí y de mis palabras delante de esta generación necia, adúltera y pecadora, de que he hablado, y, esperando recibir su protección y ganancia, la adule, renegando de mí y de mi Doctrina, arrojando a las bocas inmundas de los cerdos y perros las perlas recibidas, para recibir luego, como paga, excrementos en vez de dinero, será juzgado por el Hijo del hombre cuando venga en la gloria de su Padre, con los ángeles y santos, a juzgar al mundo. El, entonces, se avergonzará de estos adúlteros y fornicadores, de estos villanos y usureros, y los arrojará fuera de su Reino; porque no hay sitio en la Jerusalén celeste para adúlteros, ruines, fornicadores, blasfemos y ladrones. Y os digo, en verdad, que algunos de mis discípulos y discípulas presentes no experimentarán la muerte antes de haber visto la fundación[6] del Reino de Dios, y ungido y coronado a su Rey».

Reprenden la marcha, hablando animadamente, mientras el Sol desciende lentamente en el cielo…

[1] Cfr. Mt. 16, 21–28; Mc. 8, 31 – 9, 1; Lc. 9, 22–27

[2] es cita de Cantar de los Cantares 2, 10–14

[3] Cfr. Lc. 2, 33–35

[4] Cfr. 1 Sa. 1, 1 – 2, 11.

[5] es decir, ya no Dios en la tierra (Hijo que permanece unido con el Padre), sino Dios en el Cielo (Hijo que vuelve al Padre).

La expresión es similar a la reseñada en Juan 16,28: “Salí del Padre y he venido al mundo, ahora dejo otra vez el mundo y voy al Padre”; y es conforme con la formulación del Credo: “bajó del Cielo,… subió al Cielo, y está sentado a la derecha del Padre”

[6] MV explica: el Reino de Dios vió sus comienzos el Viernes Santo, por los méritos de Cristo, y luego se afirmó con la Iglesia constituida. Pero no todos vieron esta creciente afirmación