15/8/2017 Evangelio según San Lucas 1,39-56.

Solemnidad de la Asunción de la Virgen María

Santo(s) del día : San Esteban de Hungría
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Lecturas

En esta fiesta les ofrezco en el link abajo, el pasaje del Poema que nos lleva a este acontencimiento que no esta en los Evangelios y a continuación el pasaje de este evangelio que ocurre en el capitulo 21.

Asunción de la Santísima Virgen al cielo

EL POEMA DEL HOMBRE-DIOS

María Valtorta

Extractos

Nacimiento y vida oculta de María y Jesús.

21. La llegada de María a Hebrón y su encuentro con Isabel[1].

1 de abril de 1944.

21 11        Me encuentro en un lugar montañoso. No son grandes montañas, pero tampoco puede decirse que sean simples colinas. Tienen cimas y sinuosidades ya propias de las verdaderas montañas, como las que se ven en nuestros Apeninos tosco–umbrianos. La vegetación es tupida y bonita. Abunda el agua fresca que mantiene verdes los pastos y fértiles los huertos, casi todos plantados de manzanos, higueras y vid; esta última, en torno a las casas. Debe ser primavera, como se deduce de que las uvas sean ya de un cierto volumen, como semillas de veza; y de que las flores de los manzanos asemejen a numerosas bolitas de color verde intenso; así como del hecho de que en lo alto de las ramas de las higueras hayan aparecido ya los primeros frutos, todavía en estado embrional, pero ya bien definidos. Y los prados son una verdadera alfombra esponjosa y de mil colores en que pacen, o descansan, las ovejas: manchas blancas sobre el fondo de esmeralda de la hierba.

2        María sube en su burrito por una vía que está en bastante buen estado, y que debe ser de primer orden. Sube, porque, efectivamente, el pueblo, de aspecto bastante ordenado, está más arriba. Mi interno consejero[2] me dice:

-«Este lugar es Hebrón».

Usted me hablaba de Montana. Yo no sé qué hacer. A mí se me indica con este nombre. No sé si será «Hebrón» toda la zona o sólo el pueblo. Yo oigo esto, y esto es lo que digo. María está entrando en el pueblo. Atardece. Algunas mujeres, en las puertas de las casas, observan la llegada de la forastera y chismean entre sí. La siguen con la mirada y no se quedan tranquilas hasta que la ven detenerse delante de una de las casas más lindas, situada en el centro del pueblo y que tiene delante un huerto–jardín, y detrás y alrededor un huerto de árboles frutales bien cuidado, que se extiende luego dando lugar a un vasto prado que sube y baja por las sinuosidades del monte, para terminar en un bosque de altos árboles, tras el cual no sé qué más hay. Todo ello cercado por un seto de morales o rosales silvestres. No lo distingo bien porque –no sé si usted lo tiene presente– tanto la flor como el ramaje de estas matas espinosas son muy semejantes, y mientras no aparece el fruto en las ramas es fácil confundirse. En la parte delantera de la casa, es decir, por el lado paralelo al pueblo, la propiedad está cercada por un pequeño muro blanco, a lo largo de cuya parte alta hay ramas de verdaderos rosales, todavía sin flores, aunque ya llenas de capullos. En el centro, una cancilla de hierro, cerrada. Se comprende que se trata de la casa de una de las personalidades del pueblo, y de gente que vive desahogadamente, pues, efectivamente, todo en ella da signos, si no de riqueza y de pompa, sí, sin duda, de bienestar. Y mucho orden.

3 María se baja del burrito y se acerca a la puerta de hierro. Mira por entre las barras. No ve a nadie. Entonces trata de que la oigan. Una mujercita (la más curiosa de todas, que la ha seguido) le hace señales para que se fije en un extraño objeto que sirve para llamar: dos piezas de metal dispuestas en equilibrio en una especie de yugo, las cuales, moviendo el yugo con una gruesa cuerda, chocan entre sí haciendo el sonido de una campana o de un gong.

María tira de la cuerda, pero lo hace de forma tan delicada que el sonido es sólo un ligero tintineo que nadie oye. Entonces la mujercita, una viejecilla toda ella nariz y barbilla puntiaguda, y con una lengua que vale por diez juntas, se agarra a la cuerda y se pone a tirar, a tirar, a tirar. Una llamada que despertaría a un muerto.

-«Se hace así, mujer. Si no, ¿cómo va a querer que la oigan? Sepa que Isabel es anciana, y también Zacarías. Y ahora, además de sordo, está mudo. Los dos sirvientes son también viejos, ¿sabe? ¿Ha venido alguna otra vez? ¿Conoce a Zacarías? ¿Es usted…?».

Aparece un viejecillo renco que salva a María de este diluvio de informaciones y preguntas. Debe ser jardinero o labrador. Lleva en la mano un pequeño rastrillo y una hoz atada a la cintura. Abre. María entra mientras le da las gracias a la mujer, pero… ¡ay!, la deja sin respuesta. ¡Qué desilusión para la curiosa! Nada más entrar, dice:

-«Soy María de Joaquín y Ana, de Nazaret. Prima de vuestros señores».

4        El viejecillo inclina la cabeza y saluda, luego da una voz:

-«¡Sara! ¡Sara!».

Y abre otra vez la verja para coger el borriquillo, que se había quedado afuera porque María, para librarse de la pegajosa mujercita, se había colado dentro muy rápida, y el jardinero, tan rápidamente como Ella, había cerrado la verja delante de las narices de la chismosa. Pasa al burro y, mientras lo hace, dice:

-«¡Ah…, gran dicha y gran desgracia para esta casa! El Cielo ha concedido un hijo a la estéril. ¡Bendito sea por ello el Altísimo! Pero Zacarías volvió de Jerusalén mudo hace ya siete meses. Se hace entender con gestos, o escribiendo. ¿Ha tenido noticia de ello? Mi señora, en medio de esta alegría y este dolor, la ha echado mucho de menos. Siempre hablaba de usted con Sara. Decía: “¡Si estuviese aquí conmigo mi pequeña María…! Si hubiera seguido hasta ahora en el Templo, habría enviado a Zacarías a traerla. Pero el Señor ha querido que fuese la esposa de José de Nazaret. Sólo Ella podría consolarme en este dolor y ayudarme a rezar a Dios, porque todo en Ella es bondad. En el Templo todos la echan de menos y están tristes. La pasada fiesta, cuando fui con Zacarías la última vez a Jerusalén a dar gracias a Dios por haberme dado un hijo, oí de sus maestras estas palabras: ‘Al Templo parecen faltarle los querubines de la Gloria desde que la voz de María no suena ya entre estas paredes’ “. ¡Sara! ¡Sara! Mi mujer es un poco sorda. Ven, ven, que te llevo yo».

5        En vez de Sara, aparece, en la parte alta de una escalera adosada a un lado de la casa, una mujer ya muy anciana, ya llena de arrugas, con el pelo muy canoso –pero que ha debido ser negrísimo, a juzgar por lo negras que tiene las pestañas y las cejas y por el color moreno de su cara–. Contrasta en modo extraño, con su visible vejez, su estado, ya muy patente, a pesar de la ropa amplia y suelta que lleva. Mira protegiéndose los ojos de la luz con la mano. Reconoce a María. Levánta los brazos hacia el cielo con una exclamación de asombro y de alegría, y se apresura, en la medida en que puede, hacia abajo al encuentro de la recién llegada. Y María –cuyos movimientos son siempre moderados– esta vez se echa a correr rápida como un cervatillo y llega al pie de la escalera al mismo tiempo que Isabel. Y recibe en su pecho con viva efusión de afecto a su prima, que, al verla, llora de alegría.

Permanecen abrazadas un momento. Luego Isabel se separa con una exclamación de dolor y alegría al mismo tiempo, y se lleva las manos al abultado vientre. Agacha la cabeza, palideciendo y sonrojándose alternativamente. María y el sirviente extienden los brazos para sujetarla, pues ella vacila como si se sintiera mal.

Pero Isabel, después de un minuto de estar como recogida dentro de sí, alza su rostro, tan radiante que parece rejuvenecido, mira a María sonriendo con veneración como si estuviera viendo un ángel y se inclina en un intenso saludo diciendo:

«¡Bendita tú entre todas las mujeres! ¡Bendito el Fruto de tu vientre! (lo dice así, dos frases bien separadas) ¿Cómo he merecido que venga a mí, sierva tuya, la Madre de mi Señor? Sí, ante el sonido de tu voz, el niño ha saltado en mi vientre como jubiloso, y cuando te he abrazado el Espíritu del Señor me ha dicho una altísima verdad en el corazón. ¡Dichosa tú, porque has creído que a Dios le fuera posible lo que posible no aparece a la humana mente! ¡Bendita tú, que por tu fe harás realidad lo que te ha sido predicho por el Señor y fue predicho a los Profetas para este tiempo! ¡Bendita tú, por la Salud que engendras para la estirpe de Jacob! ¡Bendita tú, por haber traído la Santidad a este hijo mío que siento saltar de júbilo en mi vientre como cabritillo alborozado porque se siente liberado del peso de la culpa, llamado a ser el precursor, santificado antes de la Redención por el Santo que se está desarrollando en ti!».

María, con dos lágrimas como perlas, que le bajan desde los risueños ojos hasta la boca sonriente, el rostro alzado hacia el cielo, levantados también los brazos, en la posición que luego tantas veces tendrá su Jesús, exclama:

«El alma mía magnifica a su Señor» 

y continúa el cántico como nos ha sido transmitido. Al final, en el versículo:

 «Ha socorrido a Israel, su siervo etc.», recoge las manos sobre el pecho y se arrodilla muy curvada hacia el suelo adorando a Dios.

6        El sirviente, cuando había visto que Isabel no se sentía mal y que quería manifestar su pensamiento a María, se había retirado prudentemente; ahora vuelve del huerto acompañado de un anciano de aspecto majestuoso, de barba y pelo enteramente blancos, el cual, con vistosos gestos y sonidos guturales, saluda desde lejos a María.

-«Zacarías está llegando»

dice Isabel tocando en el hombro a la Virgen, que está orando absorta.

-«Mi Zacarías está mudo. Está bajo sanción divina por no haber creído. Ya te contaré luego. Ahora espero en el perdón de Dios porque has venido tú; tú, llena de Gracia».

María se levanta. Va hacia Zacarías. Se inclina hasta el suelo ante él. Le besa la orla de la vestidura blanca que le cubre hasta los pies. Esta vestidura es muy amplia y está sujeta a la cintura por una ancha franja bordada. Zacarías, con gestos, da la bienvenida a María, y juntos van donde Isabel. Entran todos en una vasta habitación, muy bien puesta, de la planta baja. Ofrecen asiento a María y mandan que le sirvan una taza de leche recién ordeñada –todavía tiene la espuma– y unas pequeñas tortas.

Isabel da órdenes a la sirvienta, quien, embadurnadas de harina todavía las manos y el pelo más blanco de cuanto en realidad lo es, por la harina que tiene, por fin ha hecho acto de presencia. Quizás estaba haciendo el pan. Da órdenes también al sirviente –al que oigo llamar Samuel– para que lleve el baulillo de María a la habitación que le indica. Todos los deberes de una señora de casa para con su huésped.

Entretanto, María responde a las preguntas que Zacarías le hace escribiendo con un estilo en una tablilla encerada. Por las respuestas, comprendo que le está preguntando por José y por cómo se encuentra siendo su prometida. Y comprendo también que a Zacarías le es negada toda luz sobrenatural acerca de la gravidez de María y su condición de Madre del Mesías. Es Isabel quien, acercándose a su marido y poniéndole con amor una mano en el hombro, como para hacerle una casta caricia, le dice:

-«María también es madre. Regocíjate por su felicidad».

Y no dice nada más. Mira a María; y María la mira, pero no la invita a decir nada más, por lo cual guarda silencio.

7        Dulce, dulcísima visión que me cancela el horror que me quedó al ver el suicidio de Judas! Ayer por la tarde, antes del sopor, vi el llanto de María, inclinada hacia la piedra de la unción, sobre el cuerpo sin vida del Redentor. Estaba a su lado derecho, dando la espalda a la boca de la gruta sepulcral. La luz de las antorchas iluminaba su cara y me hacía ver su pobre rostro devastado por el dolor, lavado por el llanto. Cogía la mano de Jesús, la acariciaba, se la calentaba en sus mejillas, la besaba, extendía los dedos… besaba uno a uno estos dedos ya inmóviles. Luego acariciaba el rostro de Jesús, se inclinaba a besar la boca abierta, los ojos semicerrados, la frente herida. La luz rojiza de las antorchas daba un aspecto más vivo aún a las llagas de todo ese cuerpo torturado y hacía más verídica la crudeza del suplicio padecido y la realidad de su estar muerto.

Y así me quedé contemplando mientras permaneció lúcida mi inteligencia. Luego, despertada del sopor, he orado y me tranquilicé para dormir verdaderamente. Entonces me comenzó la visión que he descrito. Pero la Madre me dijo:

«No te muevas. únicamente mira. Mañana escribirás».

Durante el sueño he vuelto a soñar todo. Me he despertado a las 6’30 y he vuelto a ver cuanto ya había visto despierta y en sueño. He escrito mientras veía. Luego ha venido usted y le he podido preguntar si tenía que meter lo que sigue. Son pequeños cuadros separados que tratan del tiempo de permanencia de María en casa de Zacarías.

[1] Cfr. Lc. 1, 39–55.

[2] debe relacionarse con 34.1, 41. 10 y 45. 1.

[3] Cfr. Is. 52, 13–15; 53.

[4] Cfr. Ex. 12, 1–28; Núm. 28, 16–25; Deut. 16, 1–8.

[5] Cfr. Núm. 21, 4–9; Sab. 16, 5–7; Ju. 3, 14–15.

[6] En efecto, el término “Juan” significa: “gracia, favor, don de Dios”

[7] Cfr. Miq. 5, 2–5; Mat. 2, 2–6; Ju. 7, 41–42.

13/8/2017 Evangelio según San Mateo 14,22-33.

Decimonoveno Domingo del tiempo ordinario

Santo(s) del día : San Juan Berchmans
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Lecturas

El evangelio de este domingo continua al episodio de la primera multiplicación de los panes, y corresponde al capitulo 274 del segundo año de la vida pública de Jesús.

Segundo año de la Vida Pública de Jesús

274. Jesús camina sobre las aguas[1]. Su prontitud en socorrer a quien le invoca.

4 de marzo de 1944.

1       La tarde está ya avanzada; es casi de noche, porque apenas si se ve por el sendero que trepa hacia la cima de un cerro en que hay, diseminados, árboles de olivo, según me parecen. De todas formas, dada la luz, no puedo asegurarlo. Bueno, son árboles no demasiado altos, frondosos y retorcidos, como generalmente son los olivos.

Jesús está solo. Vestido de blanco y con su manto azul oscuro. Sube y se interna entre los árboles. Camina con paso largo y seguro. No va rápido, pero, debido a lo largo que da los pasos, recorre mucho camino aun yendo sin prisa. Anda hasta llegar a una especie de balcón natural, desde el que uno se asoma al lago; un lago todo calmo bajo la luz de las estrellas que ya abarrotan el cielo con sus ojos de luz. El silencio envuelve a Jesús con su abrazo relajador; le aleja y distrae su memoria de las muchedumbres y de la tierra, y le une al cielo, que parece descender más para adorar al Verbo de Dios y acariciarle con la luz de sus astros.

274 3Jesús ora en su postura habitual, en pie y con los brazos abiertos en cruz. Tiene detrás de su espalda un olivo; parece ya crucificado en este tronco oscuro. Puesto que es alto, el follaje sobresale poco por encima de El, y substituye con una palabra conforme al Cristo el cartel de la cruz: allí, Rey de los judíos; aquí, Príncipe de la paz. (El pacífico olivo habla cabalmente a quien sabe oír).

Ora largo tiempo. Luego se sienta en la prominencia que sirve de base al olivo, encima de una gruesa raíz que sobresale, y toma su postura habitual, con las manos entrecruzadas y los codos apoyados sobre las rodillas. Medita. ¡Quién sabrá qué divina conversación entabla con el Padre y el Espíritu en esta hora en que está solo y puede ser todo de Dios! ¡Dios con Dios!

274 4Creo que pasan muchas horas así, porque veo que las estrellas cambian de zona y muchas se han ocultado ya por el occidente.

2       En el preciso momento en que un asomo de luz –es mas, de luminosidad, porque todavía no se puede llamar luz– se dibuja en el extremo horizonte del Este, una vibración de viento menea el olivo. Luego, calma. Luego vuelve, más fuerte. Con pausas sincopadas cada vez más violentas. La luz del alba, que apenas si acaba de nacer, encuentra dificultad para abrirse camino a través de una acumulación de nubes oscuras que vienen a ocupar el cielo, empujadas por ráfagas de un viento cada vez más fuerte. El lago tampoco está ya sereno; antes al contrario, creo que está formando una borrasca como la de la visión de la tempestad. El ruido de las frondas y el ronquido de las aguas llenan ahora este espacio, poco antes tan sosegado.

274 5Jesús sale del ensimismamiento de su meditación. Se pone en pie. Mira al lago. Busca en él, a la luz de las estrellas que aún quedan y de la pobre aurora enferma, y ve a la barca de Pedro avanzando fatigosamente hacia la orilla opuesta, pero sin llegar.

Jesús se envuelve estrechamente en su manto y se echa a la cabeza, como si fuera una capucha, los bajos (que penden y le dificultarían el descenso); y baja corriendo, no por el camino ya hecho, sino por un senderillo rápido que va directamente al lago. Va tan deprisa, que parece volar.

Llegado a la orilla, sacudida por las aguas, que forman en el guijarral toda una orla de espuma rumorosa y bofa, prosigue su veloz camino como si no andará sobre un elemento líquido y todo en movimiento, sino sobre el más liso y sólido pavimento de la tierra. Ahora El se hace luz.

274 8Parece como si toda la poca luz, que todavía llega de las raras y moribundas estrellas y de la borrascosa aurora, convergiera en El; parece como si fuera recogida como fosforescencia en torno a su cuerpo esbelto. Vuela en las olas, en las crestas espumosas, en los pliegues oscuros entre ola y ola, con los brazos extendidos hacia adelante, hinchándosele el manto en torno a la cara y flotando al viento –relativamente, porque está muy ceñido al cuerpo– con pulsación de ala.

3       Los apóstoles le ven y lanzan un grito de miedo que el viento lleva hacia Jesús.

«No temáis. Soy Yo»

La voz de Jesús, a pesar de tener el viento en contra, se expande sin dificultad por el lago.

«¿Eres Tú verdaderamente, Maestro?» pregunta Pedro. «Si eres Tú, dime que vaya a ti caminando como Tú sobre las aguas».

Jesús sonríe:

«Ven»

dice sencillamente, como si caminar por el agua fuera la cosa más natural del mundo.

274 6Y Pedro, semidesnudo como está, o sea, con una túnica ligera, corta y sin mangas, salta por encima de la borda y va hacia Jesús.

Pero, cuando se encuentra a unos cincuenta metros de la barca y casi a otros tantos de Jesús, se apodera de él el miedo. Hasta ahí le ha mantenido su impulso de amor.

Ahora la humanidad le sobrepuja y… tiembla, temiendo por su propia vida. Como quien estuviera sobre un suelo resbaladizo –o mejor, sobre arena movediza–, empieza a bambolearse, a hacer movimientos bruscos, a hundirse. Y cuanto más acciona sus miembros y más miedo tiene, más se hunde.

274 74       Jesús se ha detenido y le está mirando, serio. Espera. Pero ni siquiera extiende una mano; es más, tiene ambas manos entrecruzadas sobre el pecho. Ya no da un paso, no dice una palabra.

Pedro se hunde. Desaparecen los tobillos, las espinillas, las rodillas. El agua le llega casi a las ingles, las superan, suben hacia la cintura. Y el terror se lee en su rostro. Un terror que paraliza incluso su pensamiento. No es mas que una carne con miedo a ahogarse. No piensa ni siquiera en echarse a nadar. Nada. Está alelado de miedo.

Por fin se decide a mirar a Jesús. Le basta mirarle para que su mente empiece a razonar, a comprender dónde hay salvación.

«Maestro, Señor, sálvame».

Jesús abre los brazos y, casi como llevado por el viento y la ola, se apresura hacia el apóstol, le tiende la mano y le dice:

«¡Oh, qué hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado de mí? ¿Por qué has querido actuar por ti mismo?».

274 9Pedro, que se ha agarrado convulsamente a la mano de Jesús, no responde. Se limita a mirarle, para ver si está airado, le mira con mezcla de restante miedo y naciente arrepentimiento.

Pero Jesús sonríe y le mantiene bien sujeto por la muñeca, hasta que, habiendo llegado a la barca, superan la borda y suben a bordo. Y Jesús ordena:

«Id a la orilla. Este está empapado».

Y sonríe mientras mira al humillado apóstol.

Las olas se allanan para facilitar el arribo. La ciudad, vista otra vez desde lo alto de una colina, ahora se delinea allende la orilla.

La visión me termina aquí.

«Si tuvieseis fe vendré y os sacaré del peligro»[2].

5 Dice Jesús:

«      Muchas veces no espero siquiera a ser llamado, cuando veo a hijos míos en peligro.

Y muchas veces acudo también en favor del hijo ingrato conmigo.

Vosotros dormís o estáis embebidos en los cuidados de esta vida, en los afanes de esta vida. Yo velo y oro por vosotros. Ángel de todos los hombres, velo sobre vosotros, y para mí no hay nada más doloroso que el no poder intervenir por rechazar vosotros mi intervención, prefiriendo actuar por vosotros mismos, o, peor aún, solicitando la ayuda del Mal. Como un padre al que su hijo le da a entender: “No te amo. No te quiero conmigo. Sal de mi casa”, quedo humillado y dolorido como no lo estuve por las heridas. Pero si lo que pasa es que estáis distraídos por esta vida y mínimamente no me instáis a que me vaya, entonces soy el eterno Velador dispuesto a acudir antes incluso de ser llamado. Y si espero a que apenas me digáis una palabra –alguna vez lo espero–es para oír vuestra llamada.

¡Qué caricia, qué dulzura oir que me llaman los hombres; percibir que se acuerdan de que soy “Salvador”! Y no te digo qué infinita alegría me penetra y exalta cuando hay alguien que me ama y me llama incluso sin esperar el momento de la necesidad; que me llama porque me quiere más que a nadie en el mundo y se siente llenar de una alegría semejante a la mía por el simple hecho de llamarme: “¡Jesús, Jesús!”, como hacen los niños cuando llaman a sus madres: “¡Mamá, mamá!” y les parece como si fluyera miel de entre sus labios, pues el simple hecho de pronunciar la palabra “mamá” conlleva el sabor de los besos maternos.

6      Los apóstoles bogaban, obedeciendo a mi orden de que fueran a esperarme a Cafarnaúm. Yo, tras el milagro de los panes, me había alejado de la gente, no por desdén hacia ella o por cansancio.

Nunca sentía desdén hacia los hombres, ni siquiera si conmigo eran malos. Sólo me indignaba cuando veía pisoteada la Ley y profanada la casa de Dios. No estaba entonces en juego Yo, sino los intereses del Padre; y Yo era en la tierra el primero de los siervos de Dios al servicio del Padre de los Cielos. Nunca estaba cansado de dedicarme a las muchedumbres, a pesar de verlas tan obtusas, tardas, humanas, como para hacer perder el ánimo a los más optimistas en su misión. Es más, precisamente por estas grandes deficiencias, multiplicaba hasta el infinito mis lecciones, los consideraba verdaderamente como escolares retrasados y guiaba su espíritu hacia los más rudimentales descubrimientos y pasos primeros, de la misma forma que un paciente maestro guía las manitas inexpertas de los escolares para que tracen los primeros signos, para irlos haciendo cada vez más capaces de comprender y hacer.

¡Cuánto amor di a las gentes! Los cogía de la carne para llevarlos al espíritu. Sí, Yo también empezaba por la carne; pero, mientras que Satanás coge de la carne para meter en el Infierno, Yo cogía de la carne para llevar al Cielo. Me había aislado para dar gracias al Padre por el milagro de los panes. Habían comido muchos millares de personas. Yo había exhortado a decir al Señor “gracias”.

Mas el hombre, una vez conseguida la ayuda, no sabe decir “gracias”. Di Yo las gracias por ellos.

7      Y después… y después me había fundido con mi Padre, del cual sentía una nostalgia de amor infinita. Vivía en la tierra, pero como un cadáver inerte.    Mi espíritu se había lanzado al encuentro de mi Padre –le sentía inclinado hacia su Verbo– para decirle: “¡Te amo, Padre Santo!”. Decirle “te amo” era mi dicha. Decírselo como Hombre además de como Dios. Prosternar ante El el sentimiento del hombre, de la misma forma que le ofrecía mi palpitar de Dios. Me veía como un imán que atraía hacia sí todos los amores del hombre, del hombre capaz de amar un poco a Dios; y me parecía acumularlos y ofrecerlos en la cavidad de mi Corazón. Me veía Yo solo el Hombre, o sea, la raza humana, que volvía –como en los tiempos inocentes– a conversar con Dios con el fresco del atardecer.

Pero no me abstraía de las necesidades de los hombres, a pesar de que la beatitud fuera completa, pues era beatitud de caridad. Y advertí el peligro que corrían mis hijos en el lago. Entonces dejé al Amor por el amor. La caridad debe ser diligente.

Me tomaron por un fantasma. ¡Oh, cuántas veces, pobres hijos míos, me tomáis por un fantasma, un objeto que infunde miedo! Si pensarais continuamente en mí, me reconoceríais al momento. Pero tenéis muchos otros espectros en vuestro corazón y ello os aturde. Yo me doy a conocer. ¡Ah, si supierais oírme!

8      ¿Por qué se hunde Pedro después de haber andado muchos metros? Tú lo has dicho: porque la humanidad sobrepuja su espíritu.

Pedro era muy “hombre”. Si hubiera sido Juan, ni habría tenido esa violenta osadía ni habría cambiado volublemente de pensamiento. La pureza da prudencia y firmeza.

Mas Pedro era “hombre” en toda la extensión del término. Deseaba sobresalir, hacer ver que “ninguno” como él amaba al Maestro; quería imponerse y, sólo por el hecho de ser uno de los míos, se creía ya desarraigado de las debilidades de la carne. Sin embargo, ¡pobre Simón!, en las pruebas daba muestras contrarias no sublimes. Ello era necesario, para que luego fuera el que perpetuase la misericordia del Maestro entre la naciente Iglesia.

Pedro no sólo deja la delantera al miedo por el peligro de perder la vida, sino que queda reducido, como has dicho, a “carne que tiembla”. Ya no reflexiona, ni me mira.

También vosotros hacéis lo mismo. Y, cuanto más inminente es el peligro, más queréis valeros por vosotros mismos. ¡Como si pudierais hacer algo! Nunca como en los momentos en que tendríais que esperar en mí, y llamarme, os alejáis y me clausuráis vuestro corazón, y hasta me maldecís. Pedro no me maldice, pero sí me olvida, con lo cual tengo que manifestar una voluntad imperiosa para llamar hacia mí a su espíritu y que éste le haga levantar los ojos hacia su Maestro y Salvador.

Le absuelvo con antelación de su pecado de duda porque le amo, porque amo a este hombre impulsivo que, una vez confirmado en gracia sabrá caminar ya sin turbaciones ni cansancios hasta el martirio, echando incansablemente, hasta la muerte, su mística red, para llevar almas a su Maestro.

Y cuando me invoca, no sólo ando, sino que vuelo para ayudarle y le agarro bien fuerte para ponerle a salvo. Mi reprensión es delicada porque comprendo todos los atenuantes de Pedro. Yo soy el defensor y juez más bueno que hay y que jamás habrá.

Para todos.

9      ¡Os comprendo, pobres hijos míos! Y aun cuando os digo una palabra de reprensión, mi sonrisa os la dulcifica. Os amo y nada más. Quiero que tengáis fe. Si la tenéis, llego y os saco del peligro. ¡Ah, si la Tierra supiera decir: “¡Maestro, Señor, sálvame!” Sería suficiente un grito –habría de ser de toda la Tierra– para que instantáneamente Satanás y sus colaboradores cayeran vencidos. Pero no sabéis tener fe. Voy multiplicando los medios para conduciros a la fe, pero éstos caen en vuestro lodo, como piedra en la fanguilla de un pantano, y quedan ahí sepultados.

No queréis purificar las aguas de vuestro espíritu. Os place ser pútrido fango. No importa. Yo cumplo mi deber de Salvador eterno. Aunque no pueda salvar al mundo, porque el mundo no quiere ser salvado, salvaré del mundo a aquellos que, por amarme como debo ser amado, no son ya del mundo».[3]

[1] Cfr. Mt. 14, 22–33; Mc. 6, 45–52; Ju. 6, 16–21.

[2] Cfr. Mt. 14, 22–33; Mc. 6, 45–52; Ju. 6, 16–21.

Nota Mia [3] A continuación encontraréis el mensaje de Nuestro Señor y Salvador entregado a Joseph. Jesús le habló con estas palabras: “Tened un cuadro Mío en vuestro hogar.”                                                                                 Martes 27 de abril de 2010

-“Te bendigo a ti y a todos Mis hermanos que viven en cada lugar del mundo. Una noche, estaba con los Apóstoles del otro lado del Mar de Galilea y decidí ir a rezar a la montaña mientras ellos cruzaban en una barca hacia Cafarnaúm. Durante la noche, decidí cruzar el agua a pie y encontrarme con los Apóstoles que no habían avanzado mucho debido a los fuertes vientos. Cuando Me vieron caminando sobre el agua, tuvieron miedo, pero les dije que no temieran. Llegamos a la costa enseguida.

Este fue otro de Mis milagros para mostrarles a los Apóstoles que tengo poder divino y por eso podía hacer muchas cosas que ellos no podían. Es una realidad que tengo una naturaleza humana y que puedo hacer todo lo que puede hacer un ser humano. Sin embargo, tengo otra naturaleza que ningún ser humano tiene, y esa naturaleza se llama divina. Esta es la naturaleza de Dios. Soy la Segunda Persona de la Trinidad: todos los que creen en Mí Me aceptan como Dios. Verdaderamente soy el Hijo de Dios que vino al mundo para sufrir y morir por vuestra salvación.

Podéis tener un cuadro Mío porque soy humano. A todos os gusta tener cuadros de vuestros seres queridos y mirarlos. Os ayudan a recordar muchas cosas y vuestro corazón se llena de amor por ellos. Tened un cuadro Mío en vuestro hogar y Yo lo bendeciré.”

Padre Melvin Doucette (traducción Marta Young)

Padre Melvin Doucette, (M. Afr.) / 1704 Palmer Road, RR 2, Tignish, PE (Prince Edward Island) C0B 2B0 / CANADA Tel.: 001-902-882-2004 / Email: melvin.doucette@pei.sympatico.ca

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6/8/2017 Evangelio según San Mateo 17,1-9.

Fiesta de la Transfiguración del Señor

Santo(s) del día : Beato Pablo VI,  San Hormisda de Roma
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Lecturas

Este domingo coincide con la fecha de esta fiesta, que vimos en el II domingo de Cuaresma,  nos encuentra casi al comienzo del tercer año de la vida pública de Jesús en el capítulo 349:

 

Tercer año de la Vida Pública de Jesús

349. La Transfiguración en el monte Tabor y el epiléptico curado al pie del monte[1]121. Un comentario para los predilectos.

3 de diciembre de 1945.

349 taborDesde las colinas de Nazaret, el Monte Tabor ocupa el lado este. 

1       ¿Hay, acaso, algún hombre que no haya visto, al menos una vez, un alba serena de marzo? Si tal hombre existe, es muy infeliz, porque desconoce una de las gracias más hermosas de la naturaleza despertada de primavera, de nuevo virgen, niña, cual debía ser el primer día.

En esta gracia, que es pura en todos sus aspectos y cosas –desde las hierbas nuevas Y cargadas de rocío, hasta las florecillas que se abren, como niños que nacen, ante la primera sonrisa de la luz del día; hasta los pájaros que se despiertan con un batir de alas y dicen su primer “¿chip?” interrogativo, preludio de todos sus canoros discursos de la jornada; hasta el mismo olor del aire, que ha perdido durante la noche, por el baño del rocío y la ausencia del hombre, hasta la más mínima contaminación de polvo, humo e indicio de cuerpos humanos–, en medio de esta gracia, van Jesús, los apóstoles y los discípulos. Está con ellos también Simón de Alfeo.

Van en dirección sureste, superando las colinas que hacen de corona a Nazaret, vadeando un torrente, atravesando una llanura estrecha situada entre las colinas nazarenas y un grupo de montes hacia el Este. 2 Estos montes están precedidos por el cono semitruncado del Tabor, cuya cima, curiosamente, me recuerda, vista de perfil, la punta del gorro de nuestra policía nacional.

Llegan al monte. Jesús se para y dice:

«Pedro, Juan y Santiago de Zebedeo subirán conmigo al monte. Vosotros diseminaos por la base, separándoos hacia los caminos que la bordean, y predicad al Señor. Al atardecer quiero estar de nuevo en Nazaret, así que no os alejéis mucho. La paz sea con vosotros».

Y, volviéndose a los tres que había nombrado, dice:

«Vamos».

Y empieza a subir sin volverse ya, y con un paso tan expedito, que pone a Pedro en dificultad para seguirle. En un alto que hacen, Pedro, rojo y sudado, le pregunta con respiración afanosa:

«¿Pero a dónde vamos? No hay casas en el monte. En la cima, aquella vieja fortaleza. ¿Quieres ir a predicar allí?».

«Habría subido por la otra vertiente. Como puedes ver, le vuelvo las espaldas. No vamos a ir a la fortaleza, y quien esté en ella ni siquiera nos verá. Voy a unirme con mi Padre. He querido teneros conmigo porque os amo. ¡Venga, ligeros!».

«¡Oh, mi Señor! ¿Y no podríamos ir un poco más despacio, y hablar de lo que oímos y vimos ayer, que nos ha tenido despiertos toda la noche para comentarlo?».

«A las citas con Dios hay que ir siempre sin demora. ¡Animo, Simón Pedro! Que arriba os permitiré que descanséis».

Y reanuda la subida…

3 (Dice Jesús: «Introducid aquí la Transfiguración del 5 de agosto de 1944, pero sin el dictado que la acompañaba. Una vez terminada la transcripción de la Transfiguración del año pasado, el P M. copiará esto que ahora te muestro»)[2]122.

5 de agosto de 1944.

4       Estoy con mi Jesús en un alto monte. Con Jesús están Pedro, Santiago y Juan. Suben más alto todavía y la mirada se expande por dilatados horizontes que un hermoso día sereno hace detalladamente nítidos hasta en las zonas más lejanas.

El monte no forma parte de un sistema montañoso como el de Judea; se yergue aislado, teniendo, respecto al lugar en que nos encontramos, el Oriente de frente, el Norte a la izquierda, el Sur a la derecha, y, detrás, al Oeste, la cima, que se alza aún unos centenares de pasos. Es muy alto, y la mirada puede ver libremente en un vasto radio.

El lago de Genesaret parece un recorte de cielo engastado en el verde de la tierra, una turquesa oval ceñida de esmeraldas de distintas tonalidades; un espejo trémulo, que se riza con el viento leve y por el que se deslizan, con agilidad de gaviotas, las barcas con sus velas desplegadas, ligeramente inclinadas hacia la superficie azulina, con la misma gracia del vuelo cándido de una gaviota cuando sigue el curso de la onda en busca de presa. Luego, de la vasta turquesa sale una vena, de un azul más pálido en los lugares donde el guijarral es más ancho, y más oscuro donde las orillas se estrechan y el agua es más profunda y opaca por la sombra que proyectan los árboles que crecen vigorosos junto al río, nutridos con su linfa. El Jordán parece una pincelada casi rectilínea en el verde de la llanura.

A uno y otro lado del río, diseminados por la llanura, hay unos pueblecillos. Algunos de ellos son realmente un puñado de casas, otros son más grandes, ya con aire de pequeñas ciudades. Las vías de comunicación son rugosidades amarillentas en el verde.

Pero aquí, en la parte del monte, la llanura está mucho más cultivada y es mucho más fértil, muy bonita. Se ve a los distintos cultivos, con sus distintos colores, sonreír al bonito sol que desciende del cielo sereno.

Debe ser primavera, quizás marzo, si calculo la latitud de Palestina, porque veo los cereales ya altos, aunque todavía verdes, ondear como un mar glauco, y veo a los penachos de los mas precoces de entre los árboles frutales colocar como nubecillas blancas y róseas sobre este pequeño mar vegetal, y luego prados enteramente florecidos, por los altos henos, sobre los cuales, ovejitas al pasto parecen pequeños cúmulos de nieve amontonada acá o allá sobre la hierba.

Al pie del monte, en las colinas que constituyen su base –bajas y breves colinas–, hay dos pequeñas ciudaditas, una hacia el Sur, la otra hacia el Norte. La llanura ubérrima se extiende especial y más ampliamente hacia el Sur.

5       Jesús, después de una breve pausa al fresco de un puñado de árboles (pausa que, sin duda, ha sido concedida por piedad hacia Pedro, que en las subidas se cansa visiblemente), reanuda la ascensión. Sube casi hasta la cima, hasta un rellano herboso con un semicírculo de árboles hacia la parte de la ladera.

«Descansad, amigos. Yo voy allí a orar».

Y señala con la mano una voluminosa roca que sobresale del monte y que se encuentra, por tanto, no hacia la ladera sino hacia dentro, hacia la cima.

Jesús se arrodilla en la tierra herbosa y apoya las manos y la cabeza en la roca, en la postura que tomará también en la oración del Getseman. El sol no incide en El, porque la cima le resguarda. Pero el resto de la explanada herbosa está toda alegre de sol, hasta el límite de sombra del borde arbolado a cuya sombra se han sentado los apóstoles.

Pedro se quita las sandalias y las sacude para quitar el polvo y las piedrecitas,

 y se queda así, descalzo, con sus pies cansados entre la hierba fresca, casi echado, apoyada la cabeza, como almohada, en un matojo esmeraldino que sobresale más que los demás en su trozo de prado. Santiago hace lo mismo, pero, para estar cómodo, busca un tronco de árbol; en él apoya su manto, y en el manto la espalda. Juan permanece sentado, observando al Maestro. Pero la calma del lugar, el vientecillo fresco, el silencio y el cansancio le vencen a él también, y se le caen: sobre el pecho, la cabeza; sobre los ojos, los párpados. Ninguno de los tres duerme profundamente; están en ese estado de somnolencia veraniega que atonta.

6       Los despabila una luminosidad tan viva, que anula la del Sol y se esparce y penetra hasta debajo del follaje de las matas y árboles bajo los cuales se han puesto.

Abren, estupefactos, los ojos, y ven a Jesús transfigurado[3]123. Es ahora como le veo en las visiones del Paraíso, tal cual. Naturalmente sin las Llagas y sin la enseña de la Cruz. Pero la majestad del Rostro y del Cuerpo es igual; igual es su 349 1luminosidad, igual el indumento, que, de un rojo obscuro, se ha transformado en el adiamantado y perlino tejido inmaterial que le viste en el Cielo. Su Rostro es un sol de luz sideral, pero intensísima, en el cual centellean los ojos de zafiro. Parece más alto aún, como si su glorificación hubiera aumentado su estatura. No sabría decir si la luminosidad, que pone incluso fosforescente el rellano, proviene enteramente de El, o si a la luz propia se une toda la luz que hay en el universo y en los cielos, concentrada en su Señor. Sé que es algo indescriptible.

Jesús está ahora de pie; bueno, diría incluso que está levantado del suelo, porque entre El y la hierba del prado hay como una luz en evaporación, un espacio constituido únicamente por una luz, sobre el cual parece erguirse El. Pero es tan viva, que podría incluso engañarme, y el no ver el verde de la hierba bajo las plantas de Jesús podría estar provocado por esta luz intensa que vibra y produce ondas como algunas veces se ve en los fuegos intensos. Ondas, aquí, de un color blanco, incandescente. Jesús tiene el Rostro alzado hacia el Cielo y sonríe como respuesta a una visión que le sublima.

Los apóstoles sienten casi miedo y le llaman, porque ya no les parece que sea su Maestro, de tanto como está transfigurado.

«Maestro, Maestro»

dicen bajo, pero con ansia. El no oye.

«Está en éxtasis»

dice Pedro temblando.

«¿Qué estará viendo?».

Los tres se han puesto en pie. Querrían acercarse a Jesús, pero no se atreven.

7       La luz aumenta todavía más, debido a dos llamas que bajan del cielo y se colocan a ambos lados de Jesús. Una vez asentadas en el rellano, se abre su velo y aparecen dos majestuosos y luminosos personajes. Uno, más anciano, de mirada aguda y grave y con barba larga bipartida. De su frente salen cuernos de luz que me dicen que es Moisés. El otro es más joven, enjuto, barbudo y velloso, aproximadamente como el Bautista, al cual yo diría que se asemeja por estatura, delgadez, conformación y gravedad. Mientras que la luz de Moisés es cándida como la de Jesús, especialmente en los rayos de la frente, la que emana Elías es solar, de llama viva.

Los dos Profetas toman una postura reverente ante su Dios Encarnado, y, aunque El les hable con familiaridad, ellos no abandonan esa su postura reverente. No comprendo ni siquiera una de las palabras que dicen.

Los tres apóstoles caen de rodillas temblando, cubriéndose el rostro con las manos. Querrían ver, pero tienen miedo. Por fin Pedro habla:

«Maestro, Maestro, óyeme».

Jesús vuelve la mirada sonriente hacia su Pedro, el cual recobra vigor y dice:

«Es hermoso estar aquí contigo, con Moisés y con Elías. Si quieres hacemos tres tiendas para ti, para Moisés y para Elías, y nosotros os servimos…».

Jesús vuelve a mirarle y sonríe más vivamente. Mira también a Juan y a Santiago: una mirada que los abraza con amor. También Moisés y Elías miran a los tres fijamente. Sus ojos centellean. Deben de ser como rayos que atraviesan los corazones. Los apóstoles no se atreven a decir nada más. Atemorizados, callan. Dan la impresión de personas un poco ebrias, como personas aturdidas. Pero, cuando un velo, que no es niebla, que no es nube, que no es rayo, envuelve y separa a los Tres gloriosos detrás de una pantalla aún más luminosa que la que ya los circundaba, celándolos a la vista de los tres, y una Voz potente y armónica vibra y llena de sí el espacio, los tres caen con el rostro contra la yerba.

«Este es mi Hijo amado, en quien me he complacido. Escuchadle».

Pedro, al arrojarse rostro en tierra, exclama:

«¡Misericordia de mí, que soy un pecador! ¡La Gloria de Dios[4]124 está descendiendo!».

Santiago no dice nada. Juan susurra, con un suspiro, como si estuviera próximo a desmayarse:

«¡El Señor habla!».

8       Ninguno se atreve a levantar la cabeza, ni siquiera cuando el silencio se hace de nuevo absoluto. No ven, por tanto, siquiera el retorno de la luz a su naturaleza de luz solar, que muestra a Jesús solo, de nuevo el Jesús de siempre, con su túnica roja. El anda en dirección a ellos, sonriendo; los mueve y toca y llama por su nombre.

«Alzaos. Soy Yo. No temáis»

dice, porque los tres no se atreven a levantar la cara e invocan misericordia para sus pecados, temiendo que sea el Ángel de Dios queriendo mostrarles al Altísimo.

«Alzaos. Os lo ordeno»

repite Jesús con tono imperioso. Alzan el rostro y ven a Jesús sonriente.

«¡Oh, Maestro, Dios mío!»

exclama Pedro.

«¿Cómo vamos a vivir a tu lado, ahora que hemos visto tu gloria? ¿Cómo vamos a vivir en medio de los hombres, y nosotros, hombres pecadores, ahora que hemos oído la voz de Dios?».

«Deberéis vivir conmigo y ver mi gloria hasta el final. Sed dignos de ello, porque el tiempo está próximo. Obedeced al Padre mío y vuestro. Volvemos ahora con los hombres, porque he venido para estar con ellos y para llevarlos a Dios. Vamos. Sed santos en recuerdo de esta hora, fuertes, fieles. Participaréis en mi más completa gloria. Pero no habléis ahora de esto que habéis visto a nadie, ni siquiera a vuestros compañeros[5]125. Cuando el Hijo del hombre resucite de entre los muertos y vuelva a la gloria del Padre, entonces hablaréis. Porque entonces será necesario creer para tener parte en mi Reino».

«¿Pero no tiene que venir Elías para preparar tu Reino? Los rabíes dicen eso».

«Elías ha venido ya y ha preparado los caminos al Señor. Todo sucede como ha sido revelado. Pero los que enseñan la Revelación no la conocen ni la comprenden, y no ven ni reconocen los signos de los tiempos ni a los enviados de Dios. Elías ha vuelto una vez[6]126. Vendrá la segunda cuando esté cercano el último tiempo, para preparar a los últimos para Dios. Ahora ha venido para preparar a los primeros para Cristo, y los hombres no le han querido reconocer, le han hecho sufrir y le han matado. Lo mismo harán con el Hijo del hombre, porque los hombres no quieren reconocer lo que es su bien».

Los tres agachan la cabeza pensativos y tristes, y bajan con Jesús por el mismo camino por el que han subido.

3 de diciembre de 1945.

9       …Y es otra vez Pedro el que, en un alto a mitad de camino, dice:

«¡Ah, Señor! Yo también digo como tu Madre ayer: “¿Por qué nos has hecho esto?”, y también digo: “¿Por qué nos has dicho esto?”. ¡Tus últimas palabras han borrado de nuestro corazón la alegría de la gloriosa visión! ¡Ha sido un día de grandes miedos! Primero, el miedo de la gran luz que nos ha despertado, más fuerte que si el monte ardiera, o que si la Luna hubiera bajado a resplandecer al rellano ante nuestros ojos; luego tu aspecto, y el hecho de separarte del suelo como si estuvieras para echar a volar y marcharte. He tenido miedo de que Tú, disgustado por las iniquidades de Israel, volvieras a los Cielos, quizás por orden del Altísimo. Luego he tenido miedo de ver aparecer a Moisés, al que los suyos de su tiempo no podían ver ya sin velo, de tanto como resplandecía en su rostro el reflejo de Dios[7]127, y todavía era hombre, mientras que ahora es espíritu bienaventurado y encendido de Dios; y a Elías… ¡Misericordia divina! He pensado que había llegado a mi último momento, y todos los pecados de mi vida, desde cuando robaba de pequeño la fruta de la despensa hasta el último de haberte aconsejado mal hace unos días, me han venido a la mente. ¡Con qué temblor me he arrepentido! Luego me dio la impresión de que me amaban esos dos justos… y he tenido la intrepidez de hablar. Pero incluso su amor me producía miedo, porque no merezco el amor de semejantes espíritus. ¡Y después… después!… ¡El miedo de los miedos! ¡La voz de Dios!… ¡Yahvé ha hablado! ¡A nosotros! Nos ha dicho: “¡Escuchadle!”. Tú. Y te ha proclamado “su Hijo amado en el cual El se complace”. ¡Qué miedo! ¡Yahvé!… ¡A nosotros!… ¡Verdaderamente sólo tu fuerza nos ha mantenido en vida!… Cuando nos has tocado y tus dedos ardían como puntas de fuego, he sentido el último momento de terror. He creído que era la hora de ser juzgado y que el Ángel me tocaba para tomar mi alma y llevársela al Altísimo… ¡Pero, ¿cómo pudo tu Madre ver… oír… vivir en definitiva, ese momento del que hablaste ayer, sin morir, Ella que estaba sola, siendo jovencita aún, sin Ti?!».

«María, la Sin Mancha, no podía tener miedo de Dios. Eva no tuvo miedo de Dios mientras fue inocente. Y Yo estaba en ese lugar. Yo, el Padre y el Espíritu, Nosotros, que estamos en el Cielo y en la tierra y en todas partes, y que teníamos nuestro Tabernáculo en el corazón de María»

dice dulcemente Jesús.

«¡Qué cosa! ¡Qué cosa!… Pero después hablaste de muerte… Y toda alegría se borró…

 Pero, ¿por qué a nosotros tres todo esto?, ¿por qué a nosotros? ¿No convenía dar a todos esta visión de tu gloria?».

«Precisamente porque desfallecéis al oír hablar de muerte, y muerte de suplicio, del Hijo del hombre, el Hombre–Dios os ha querido fortalecer para aquella hora y para siempre, con la precognición de lo que seré después de la Muerte: recordad todo esto, para decirlo a su tiempo… ¿Habéis entendido?».

«¡Oh, sí, Señor. No es posible olvidar. Y sería inútil decirlo. Dirían que estaríamos ebrios».

10     Reanudan la marcha hacia el valle. Pero, llegados a un punto, Jesús tuerce por un sendero pino en dirección a Endor, o sea, por el lado opuesto al otro en que dejó a los discípulos.

«No los encontraremos»

dice Santiago.

«El Sol empieza a bajar. Se estarán agrupando para esperarte en el lugar donde los dejaste».

«Ven y no te crees pensamientos necios».

En efecto, en cuanto la espesura se abre dando lugar a una pradera que desciende suavemente hasta tocar el camino de primer orden, ven a toda la masa de los discípulos, aumentada por la presencia de viandantes curiosos, de escribas venidos de no sé dónde, moviéndose en la base del monte.

«¡Vaya! ¡Escribas!… ¡Y ya disputan!»

dice Pedro señalándolos. Y baja los últimos metros disgustado. Pero también los que están abajo los han visto y unos a otros se los señalan, y luego se echan a correr hacia Jesús, gritando:

«¿Cómo es que vienes por esta parte, Maestro? Estábamos para encaminarnos al lugar establecido. Pero nos han entretenido en disputas los escribas, y con sus súplicas un padre afligido».

«De qué discutíais entre vosotros?».

«Por un endemoniado. Los escribas se han burlado de nosotros porque no hemos podido liberarle. Lo ha intentado de nuevo, ya por pundonor, Judas de Keriot; pero ha sido inútil. Entonces hemos dicho: ”Intentadlo vosotros”. Han respondido: “No somos exorcistas”. Ha coincidido que pasaban algunos, que venían de Caslot–Tabor, entre los que había dos exorcistas. Pero ellos tampoco nada. Aquí viene el padre a suplicarte. Escúchale».

11     Un hombre, en efecto, se acerca suplicante. Se arrodilla frente a Jesús, que se ha quedado en el prado en pendiente, estando, pues, al menos, tres metros por encima del camino, y, por tanto, bien visible a todos.

«Maestro» le dice el hombre, «venía a Cafarnaúm con mi hijo, buscándote. Te traía a mi hijo infeliz para que le liberaras, Tú que expulsas los demonios y curas toda enfermedad. Frecuentemente se apodera de él un espíritu mudo. Cuando se apodera de él sólo puede emitir gritos roncos, como un animal que se estuviera ahogando. El espíritu le tira al suelo, y él, en el suelo, se revuelca, le crujen los dientes, echa espuma como un caballo que muerde el bocado, y se hiere, o puede incluso morir por asfixia, o quemado, o destrozado, porque el espíritu, más de una vez, le ha arrojado al agua, al fuego, o le ha tirado por las escaleras. Tus discípulos lo han intentado, pero no han podido. ¡Oh, Señor bueno! ¡Piedad de mí y de mi niño!».

Jesús centellea de poder mientras grita:

«¡Oh generación perversa, Oh turba satánica, legión rebelde, pueblo del infierno incrédulo y cruel, ¿hasta cuándo tendré que estar contigo?, ¿hasta cuándo tendré que soportarte?».

Se muestra majestuoso, tanto, que se hace un silencio absoluto y cesan las risitas maliciosas de los escribas.

12 Jesús dice al padre:

«Levántate y tráeme a tu hijo».

El hombre se marcha y regresa con otros hombres; en medio de estos viene un muchacho de unos doce o catorce años. Un muchacho guapo, pero con una mirada un poco cretina, como si estuviera aturdido. En su frente rojea una herida alargada; más abajo se ve una cicatriz vieja, blanquecina. Nada más ver a Jesús, que le está mirando fijamente con sus ojos magnéticos, lanza un grito ronco y se contuerce todo su cuerpo convulsivamente, y cae al suelo echando espuma y girándole los ojos (de forma que se ve solamente el bulbo blanco, mientras se revuelca por el suelo con una típica convulsión epiléptica). Jesús se acerca unos pasos para llegar a su lado y dice:

«¿Desde cuándo le sucede esto? Habla fuerte, que todos te oigan».

Y el hombre, gritando, mientras se va estrechando el círculo y los escribas se ponen más arriba de Jesús para dominar la escena, dice:

«Desde niño. Ya te he dicho que a menudo cae en el fuego, en el agua, o desde las escaleras o desde los árboles, porque el espíritu le asalta desprevenidamente y le empuja con violencia para acabar con él. Está todo lleno de cicatrices y quemaduras. Ya es mucho que no se haya quedado ciego a causa de las llamas de la lumbre. Ningún médico, ningún exorcista, ni siquiera tus discípulos le han podido curar. Pero Tú, si, como creo firmemente, puedes algo, ten piedad de nosotros y socórrenos».

«Si puedes creer así, todo me es posible, porque todo se le concede al que cree».

«¡Oh, Señor, claro que creo! Pero, si no creo todavía suficientemente, aumenta mi fe: para que sea completa y obtenga el milagro»

dice el hombre llorando de rodillas junto al hijo, que padece más convulsiones que nunca.

13 Jesús se endereza, retrocede dos pasos, y, mientras la muchedumbre, más que nunca, restringe su círculo, grita fuerte:

«¡Espíritu maldito que haces sordo y mudo al niño y le atormentas, te ordeno que salgas de él y no vuelvas a entrar nunca! ».

El niño, a pesar de su postura (está echado en el suelo), da unos botes espantosos, haciendo presión contra el suelo con la cabeza y los pies, en forma de arco, y lanza gritos no humanos. Un último salto, con el que se vuelve boca abajo y golpea la frente y la boca contra una roca que sobresale de la yerba; ésta se pone roja de sangre. Luego se queda inmóvil.

«¡Se ha muerto!» gritan muchos. «¡Pobre niño!», «¡Pobre padre!» dicen, compasivos, los mejores. Y los escribas, riéndose burlonamente, dicen: «¡Buen servicio te ha hecho el Nazareno!», o: «¡Maestro, ¿cómo es esto?! Esta vez Belcebú te ha hecho quedar mal … »y se echan a reír venenosamente.

Jesús no responde a nadie. Ni siquiera al padre, que ha dado la vuelta a su hijo y ahora le está secando la sangre de la frente herida y de los labios heridos, gimiendo, invocando a Jesús. Pero el Maestro se inclina y toma de la mano al niño. Y éste abre los ojos dando un fuerte suspiro, como si se despertase de un sueño, luego se sienta y sonríe.

Jesús le acerca hacia sí, le hace ponerse de pie y se lo entrega a su padre, mientras los presentes gritan de entusiasmo y los escribas huyen seguidos de las burlas de la gente…

«Y ahora vamos»

dice Jesús a sus discípulos. Despide a la gente, costea el lado del monte y va al camino recorrido por la mañana.

14 Dice Jesús:

«Ahora, aquí, el P M. puede poner el comentario a la visión del 5 de agosto de 1944 (cuaderno A 930), empezando por las palabras: “No te elijo sólo para conocer las tristezas de tu Maestro, y sus dolores; quien sabe estar conmigo en el dolor debe tener parte conmigo en la gloria”. Y tú descansa, fiel, pequeño Juan, que tu descanso está bien merecido. Mi paz sea alegría en ti».

5 de agosto de 1944

15 Dice Jesús:

«Te he preparado para meditar en mi Gloria. Mañana la Iglesia la celebra. Pero quiero que mi pequeño Juan la vea en su verdad para comprenderla mejor. No te elijo sólo para conocer las tristezas de tu Maestro, y sus dolores; quien sabe estar conmigo en el dolor debe tener parte conmigo en la alegría[8]128.

Quiero que tengas, delante de tu Jesús, que se te muestra, los mismos sentimientos de humildad y arrepentimiento de mis discípulos. Jamás soberbia. Serías castigada perdiéndome. Contínuo recuerdo de quién soy Yo y de quién eres tú. Contínuo pensamiento de tus faltas y de mi perfección, para tener un corazón lavado por la contrición; pero, al mismo tiempo, también mucha confianza en mí.

He dicho: “No temáis. Alzaos. Vamos. Vamos con los hombres, porque he venido para estar con ellos. Sed santos, fuertes y fieles en recuerdo de esta hora”. Te lo digo a ti también, y a todos mis predilectos de entre los hombres, a los que me tienen de forma especial. No tengáis miedo de mí. Me muestro para elevaros, no para reduciros a cenizas.

Alzaos: que la alegría del don os dé vigor y no os embote en el sopor del quietismo, creyéndoos ya salvados porque os haya mostrado el Cielo.

Vamos juntos a los hombres. Os he invitado a obras sobrehumanas con sobrehumanas visiones y lecciones, para que podáis servirme más de ayuda. Os asocio a mi obra. Pero Yo no he conocido, ni conozco, descanso. Porque el Mal no descansa nunca y el Bien debe estar siempre activo para anular lo más que se pueda la obra del Enemigo. Descansaremos cuando el Tiempo llegue a su cumplimiento.

Ahora es necesario caminar incansablemente, obrar continuamente, consumirse infatigablemente por la mies de Dios. Que mi continuo contacto os santifique, mi continua lección os fortalezca, mi amor de predilección os haga fieles contra toda insidia. No seáis como los antiguos rabíes, que enseñaban la Revelación y luego no le prestaban fe, hasta el punto de que no reconocían los signos de los tiempos ni a los enviados de Dios.

Reconoced a los precursores de Cristo en su segunda venida, porque las fuerzas del Anticristo están en marcha, y, haciendo una excepción a la medida que me he impuesto, porque sé que bebéis de ciertas verdades no por espíritu sobrenatural sino por sed de curiosidad humana, os digo en verdad que lo que muchos creerán victoria sobre el Anticristo, paz ya próxima, no será sino un alto para dar tiempo al Enemigo de Cristo de recuperar fuerzas, curarse las heridas, reunir su ejército para una lucha más cruel.

Reconoced, vosotros que sois las voces” de este vuestro Jesús, del Rey de reyes, del Fiel y Veraz, que juzga y combate con justicia y será el Vencedor de la Bestia y de sus siervos y profetas, reconoced vuestro Bien y seguidle siempre. Que ningún engañoso aspecto os seduzca y ninguna persecución os aterre. Diga vuestra ”voz” mis palabras. Sea vuestra vida para esta obra. Y si tenéis destino, en la tierra, común con Cristo, su Precursor y Elías, destino cruento o atormentado por vejaciones morales, sonreíd a vuestro destino futuro y seguro, el que tendréis en común con Cristo, con su Precursor, con su Profeta.

Iguales en el trabajo, en el dolor, en la gloria. Aquí Yo Maestro y Ejemplo; allí Yo Premio y Rey.

Tenerme será vuestra bienaventuranza. Será olvidar el dolor. Será algo que para hacéroslo comprender ninguna revelación es suficiente, porque la alegría de la vida futura es demasiado superior a la posibilidad de imaginar de la criatura que todavía está unida a la carne».

[1] 121 Cfr. Mt. 17, 1–17; Mc. 9, 5–26; Lc. 9, 28–43

[2] 122 Expresión antropomórfica, para significar la inminente transfiguración, y lo que temporalmente trajo consigo

[3] 123 MV escribió: Nota sobre la Transfiguración. Para desviar las intrigas de Satanás y las insidias de los futuros –y no desconocidos para Dios Padre– enemigos del Verbo Encarnado, Dios envolvió a Cristo de aspectos que son comunes a todos los nacidos de mujer, y no sólo mientras fue “el niño y el hijo del carpintero”, sino también cuando fue “el Maestro”. Sólo la sabiduría y los milagros le distinguían de los demás. Pero Israel –aunque en menor medida– conocía otros maestros (los profetas) y obradores de milagros. Ello debía servir también para probar la fe de sus elegidos: los apóstoles y discípulos, quienes debían “creer sin ver” cosas extraordinarias y divinas. Así, veían al Hombre docto y santo que, también, hacía milagros, pero que, en todo lo demás, era similar a ellos en sus necesidades humanas. Pero, para confirmar a los tres, después de la turbación sufrida por el anuncio de la futura muerte de cruz, El ahora se manifiesta en toda la gloria de su Naturaleza Divina. Después de ello, ya no podía subsistir la duda que el anuncio de la muerte de cruz había insinuado en sus más cercanos seguidores. Habían visto a Dios, a Dios en el Hombre que sería crucificado. Era la manifestación de las dos Naturalezas hipostáticamente unidas, manifestación innegable que no podía dejar dudas. Y al Hijo–Dios que como tal se manifiesta se une el Padre–Dios con sus palabras y el Cielo, representado por Moisés y Elías. Después de zarandear su fe con el anuncio de su muerte, Jesús restablece –es más, la aumenta– la fe de los tres apóstoles, transfigurándose.

[4] 124 Respecto a la “Gloria de Dios” o manifestación de su divina presencia, cfr. por ej. Ex. 13, 21–22; Ez. 1, 26–28; 19, 9 –20, 21; 24, 12–18; 33, 18–23; 34, 29–35; 40, 34–38; 3 Rey. 8, 10–13; Ez. 1, 26–28; 9, 10; 11, 22–25; 43, 1–12.

[5] 125 La prudencia, perfecta en Cristo, lo impuso así para evitar fanatismos de veneración y de odio, ambos prematuros y nocivos.

[6] 126 Alusión al Bautista

[7] 127 Cfr. Ex. 34, 29–35

[8] 128 Unos renglones más arriba dice “gloria”, pero así está en el original italiano (NdT).