30/7/2017 Evangelio según San Mateo 13,44-52.

Decimoséptimo Domingo del tiempo ordinario

Santo(s) del día : San Pedro Crisólogo
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Lecturas

Este domingo nos encontramos con Jesús en Cafarnaum relatando las parábolas del tesoro escondido en el capitulo 237 y la parábola de los peces, la parábola de la perla, y del tesoro de las enseñanzas viejas y nuevas en el capitulo 239 en el segundo año de la vida publica de Jesús.

Resumen 237 Lunes, 05 de junio 28 (23 siwan)
Retorno de lago Meron. En Capernaum
Resumen 239 Martes, 06 de junio 28 (24 Siwan)  Capernaum
– Los apóstoles se sienten abrumados por la tarea – Mujeres y hombres en la parte superior
– Discurso  (El hambre de los   Verdad – La Madeleine acompañará al grupo apostólico
– Tienes la oportunidad de hacer lo que hago) – Será un fuego de amor
– Judas que Jesús no está en condiciones suficientes – Dirección: (La parábola de la red: La suerte de las almas)
– Dirección (El tesoro escondido: El Reino) – La discusión de la misión apostólica
– Marta se acercó a Jesús en Cafarnaúm  
– Todavía se desespera de su hermana  
– Dirección (La Comunión de los Santos)

Segundo año de la Vida Pública de Jesús

237. La petición de obreros para la mies, y la parábola del tesoro escondido en el campo. Marta todavía teme por su hermana María [1].

« Merece perder una amistad por conquistar un alma »

29 de julio de 1945.

Lunes, 05 de junio 28 (23 siwan)
Retorno de lago Meron. En Capernaum

237 1

 1      Jesús se encuentra en el camino que desde el lago Merón va hacia el de Galilea.

Con El están Simón Zelote y Bartolomé. Parece que esperan a los demás, junto a un torrente que, aunque esté reducido a un hilo de agua, alimenta frondosos árboles; los otros están llegando desde dos partes distintas.

Es un día tórrido. No obstante, mucha gente ha seguido a los tres grupos, que deben haber predicado por los campos, encaminando a los enfermos hacia el grupo de Jesús y reservándose predicar sobre El a los sanos. Hay muchos que han sido agraciados con milagros y forman ahora un grupo feliz, sentado entre los árboles; su alegría es tal, que no sienten siquiera el cansancio producido por el calor, el polvo, la luz cegadora; mientras que todas estas cosas hacen sufrir, y no poco, a los demás.

Cuando el grupo capitaneado por Judas Tadeo llega –es el primero– adonde Jesús, se manifiesta evidente el cansancio de todos los que lo forman y de los que vienen detrás. El último es el grupo capitaneado por Pedro; vienen en él muchos de Corozaín y Betsaida.

-Hemos hecho lo que estaba previsto, Maestro. Pero haría falta ser muchos grupos… Ya ves… andar mucho no se puede, por el calor. ¿Qué hacemos, entonces? El mundo parece ensancharse más cuantas más cosas tenemos que hacer, porque los pueblos se desperdigan más y se alargan las distancias. No me había percatado nunca de que fuera tan grande Galilea. Estamos sólo en un rincón de ella, realmente en un rincón, y no logramos evangelizarla, de tan grande como es y de tantas necesidades y tanto deseo de ti como hay.

suspira Pedro.

-No es que el mundo crezca, Simón. Lo que crece es el conocimiento de nuestro Maestro»

responde Tadeo.

-«Sí, es verdad. Mira cuánta gente. Algunos nos siguen desde esta mañana. Durante las horas de calor, nos hemos refugiado en un bosque. Pero incluso ahora, que se acerca el atardecer, es un sufrimiento el caminar. Y estos pobrecillos están mucho más lejos de casa que nosotros. No sé cómo nos las vamos a arreglar si sigue aumentando todo a este ritmo…»

dice Santiago de Zebedeo.

-«En octubre vendrán también los pastores»

dice Andrés para consolar.

-«¡Sí! ¡Ya! Pastores, discípulos… ¡maravilloso! Pero son útiles sólo para decir: “Jesús es el Salvador. Está allí”. Nada más»

responde Pedro.

-«Al menos la gente sabrá dónde encontrarle. Ahora, sin embargo… nosotros venimos aquí y ellos corren aquí; mientras ellos vienen aquí, nosotros vamos allá, y ellos tienen que correr detrás de nosotros… Y con niños y enfermos no es muy cómodo».

  • Jesús habla:

«Tienes razón, Simón–Pedro. También siento Yo compasión de estas almas y de estas turbas. Para muchos el no encontrarme en un momento dado puede ser causa irreparable de desventura. Observad qué cansados están y cuán desorientados se sienten los que no poseen aún la certeza de mi Verdad; y cuán hambrientos los que han gustado mi palabra y ya no saben estar sin ella, y ninguna otra palabra los satisface. Asemejan a ovejas sin pastor, que vagan no encontrando a alguien que las guíe y lleve a pastar. Yo les seré próvido. Pero vosotros tenéis que ayudarme, con todas vuestras fuerzas espirituales, morales y físicas. Dejaréis de formar grupos numerosos; debéis saber ir de dos en dos. Mandaremos en parejas a los discípulos mejores. La mies es verdaderamente mucha. En verano os prepararé para esta gran misión. Para Tammuz contaremos con Isaac, que vendrá con los mejores discípulos; y os prepararé. De todas formas, no seréis todavía suficientes, porque la mies es verdaderamente mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la tierra que envíe muchos obreros a su mies».

-«Sí, mi Señor, pero ello no modificará mucho la situación de éstos que te buscan»

dice Santiago de Alfeo.

-«¿Por qué, hermano?».

-«Porque buscan no sólo doctrina y palabra de Vida, sino también remedio a sus flaquezas, a sus enfermedades, a toda tara de su parte inferior o superior causada por la vida o por Satanás. Y esto sólo Tú lo puedes hacer, porque en ti está el Poder».

-«Los que son una sola cosa conmigo llegarán a hacer lo que Yo hago, y los pobres recibirán ayuda en todas sus miserias. Pero aún no tenéis en vosotros lo necesario para esto. Esforzaos en superaros a vosotros mismos, en aplastar vuestra humanidad para que triunfe el espíritu. No asimiléis sólo mi palabra sino también su espíritu, o sea, santificaos por ella; entonces todo lo podréis. Mas ahora vamos a manifestarles mi palabra, dado que no quieren marcharse sin que Yo les dé la palabra de Dios. Luego volveremos a Cafarnaúm. También allí habrá quien nos esté esperando…».

3 –«Señor, pero ¿es verdad que María de Magdala te ha pedido perdón en casa del fariseo?».

-«Es verdad, Tomás».

-«¿Y se lo has dado?» pregunta Felipe.

-«Se lo he dado».

-«Pero… ¡has hecho mal, ¿no?!» exclama Bartolomé.

-«¿Por qué? Era un arrepentimiento sincero y merecía perdón».

-«Pero no debías darlo en esa casa, públicamente…» dice en tono de reproche Judas Iscariote.

-«No veo en qué he errado».

-«En esto: Tú sabes quiénes son los fariseos, cuántas argucias tienen en su cabeza, cómo te vigilan, cómo te calumnian, cómo te odian. Tenías uno de ellos, en Cafarnaúm, que era amigo tuyo: Simón. Y llamas a su casa a una prostituta para profanar la casa y escandalizar al amigo Simón».

-«No la llamé Yo; vino ella. No era una prostituta; era una mujer arrepentida. Todo esto cambia mucho la cosa. Si antes no sentían asco de estar a su lado, si no han sentido nunca asco de desearla, incluso en mi presencia, tampoco ahora que ella ya no es una carne sino un alma deben sentirlo por verla entrar para arrodillarse a mis pies y llorar acusándose, humillándose con su pública, humilde confesión totalmente presente en su llanto. La casa de Simón fariseo ha recibido santificación por un milagro grande: la resurrección de un alma. En la plaza de Cafarnaúm, hace cinco días, me preguntaba:

“¿Has hecho sólo ese milagro?”, y me respondía por su cuenta: “¡No, claro!”, porque había deseado mucho ver uno. Pues se lo he dado. Le he elegido para testigo, paraninfo, de estos esponsales del alma con la Gracia. Debería sentirse orgulloso».

-«Pues, sin embargo, está escandalizado. Quizás has perdido un amigo».

-«He encontrado un alma. Merece la pena perder la amistad de un hombre, su pobre amistad de hombre, con tal de devolver a un alma la amistad con Dios».

-«Es inútil. Contigo no se puede mantener humana reflexión. ¡Estamos en la tierra, Maestro! Recuérdalo. Aquí mandan las leyes y las ideas de la tierra. Tú actúas con el método del Cielo, te mueves en el Cielo que tienes en tu corazón, ves todo a través de luces de Cielo. ¡Pobre Maestro mío! ¡Cuán divinamente inepto eres para vivir entre nosotros los perversos!»

Judas Iscariote le abraza –maravillado y desolado– y termina:

«Y me duele el que te crees tantos enemigos por demasiada perfección».

-«No te duela, Judas. Está escrito que debe ser así[2]. Pero, ¿como sabes que Simón se siente ofendido?».

-«No ha dicho que se sienta ofendido, pero, a mí y a Tomás, nos ha dado a entender que aquello no se debía haber hecho; no debías haberla invitado a su casa, donde sólo entran personas honestas».

-«¡Bueno, sobre la honestidad de los que van a casa de Simón mejor no seguir!»

dice Pedro. Y Mateo:

«Yo podría decir que el sudor de las prostitutas ha goteado en repetidas ocasiones en los suelos, en las mesas y… en otros sitios, de la casa de Simón el fariseo».

-«Pero no públicamente» rebate Judas Iscariote.

-«No. Con hipocresía para esconderlo».

-«Pues cambia la cosa».

-«Cambia también la entrada de una prostituta que entra para decir: “Dejo mi pecado infame”, respecto a la de una que entra para decir: “Aquí me tienes para cumplir el pecado juntos”».

-«Mateo tiene razón» dicen todos.

-«Sí, tiene razón. Pero ellos no piensan como nosotros, y es necesario llegar a un acuerdo con ellos, adaptarse a ellos para tenerlos como amigos».

-«Eso nunca, Judas. En la verdad, en la honestidad, en la conducta moral, no hay ni adaptaciones ni acuerdos» dice imperioso Jesús, para terminar: «Y, además, Yo sé que he actuado bien y para el bien, y basta.

4 Vamos a despedir a estas personas cansadas».

Y se acerca a los que, diseminados bajo los árboles, miran en dirección a El con ansia de oírle.

-«Paz a todos vosotros que, salvando estadios y soportando el intenso sol, habéis venido a oír la Buena Nueva.

En verdad os digo que estáis empezando a entender realmente lo que es el Reino de Dios y también cuán valioso es poseerlo y cuán dichoso pertenecer a él. De forma que cualquier tipo de esfuerzo pierde para vosotros ese valor que para otros tiene, porque el espíritu impera en vosotros y dice a la carne:  ”Regocíjate si te oprimo, porque lo hago por tu bienaventuranza. Cuando te reúnas conmigo, después de la resurrección final, me amarás por todo cuanto te subyugué y verás en mí a tu segundo salvador”. ¿No habla así vuestro espíritu? ¡Sí, sí que habla así!

Al presente, basáis vuestro comportamiento en la enseñanza de mis lejanas parábolas, pero ahora os voy a ofrecer otras luces para que os enamoréis, cada vez más, de este Reino de valor inconmensurable que os espera.

Escuchad: Un hombre, que había ido a un campo por casualidad a buscar mantillo para llevarlo a su huerta, al excavar fatigosamente en la tierra dura, debajo de algún estrato, se encuentra un filón de metal precioso. ¿Qué hace entonces aquel hombre?

237 2Vuelve a tapar con tierra lo que ha encontrado. No le importa tener que trabajar más, porque el descubrimiento compensa la fatiga. Luego va a su casa, empieza a juntar todos sus bienes en dinero y en objetos, y estos últimos los vende para sacar mucho dinero. Cuando logra juntar todo, se presenta al dueño del campo y le dice: “Me gusta tu campo. ¿Cuánto quieres por vendérmelo?”. “No, no lo vendo” responde el otro. Mas el hombre ofrece sumas cada vez más fuertes, exageradas en relación al valor del campo, y termina convenciéndole al dueño, que piensa: “¡Este hombre es un loco! Bien, pues, dado que está loco, me aprovecho. Tomo la suma que me ofrece. No es mohatra porque es él quien me la quiere dar. Con el dinero me comprare al menos otros tres campos, y de mayor calidad”, Y vende, convencido de haber cerrado un espléndido trato. Sin embargo, es el otro el que cierra un espléndido trato, porque se priva de objetos que puede robar el ladrón o que puede perder o que se consumirán, pero se procura un tesoro que, por ser verdadero, natural, es inagotable. Le compensa, por tanto, el haber sacrificado todo lo que tenía por esta compra; se queda durante algo de tiempo sólo con la propiedad del campo, pero en realidad posee para siempre el tesoro que allí se esconde.

Vosotros habéis entendido esto y hacéis como el hombre de la parábola. Dejáis las efímeras riquezas para poseer el Reino de los Cielos. Se las vendéis a los necios del mundo; se las cedéis y aceptáis el escarnio del mundo, que juzga estúpido vuestro modo de actuar. Actuad así, siempre así, y vuestro Padre que está en los Cielos, jubiloso, un día os dará vuestro lugar en el Reino.

Volved a vuestras casas antes de que llegue el sábado. En el día del Señor, pensad en la parábola del tesoro del Reino celeste. La paz sea con vosotros».

5       La gente se dispersa, lentamente, por los caminos y senderos de la campiña, mientras Jesús se dirige a Cafarnaúm en la tarde que declina.

Llega ya de noche. Atraviesan en silencio la ciudad silenciosa bajo la luz de la luna, única fuente luminosa existente en las callejuelas oscuras y mal pavimentadas. Entran, también en silencio, en el pequeño huerto de al lado de la casa, creyendo que todos están acostados. Pero una luz arde en la cocina, y tres sombras, móviles por el movimiento de la leve llama, se proyectan sobre la pared blanca del horno cercano.

-«Te esperan, Maestro. ¡Así no se puede continuar! Ahora mismo voy a decirles que estás demasiado cansado. Tú, mientras, sube a la terraza».

-«No, Simón. Voy a entrar en la cocina. Si Tomás tiene a estas personas esperando, es señal de que hay un serio motivo».

Pero los que estaban dentro ya han oído el bisbiseo, y Tomás, que es el dueño de la casa, se asoma al umbral de la puerta.

-«Maestro, está aquí la dama de otras veces. Te está esperando desde ayer a la hora del ocaso. Ha venido con un sirviente» y añade en voz baja: «Está muy inquieta y no para de llorar…».

-«Bien. Dile que suba. ¿Dónde ha dormido?».

-«No quería dormir, pero, al final, durante unas horas, se retiró, ya casi al alba, a mi habitación. Al sirviente le he ofrecido una de vuestras camas para dormir».

-«Bien. Dormirá también esta noche, y tú dormirás en la mía».

-«No, Maestro. En la terraza, sobre unas esteras. Dormiré bien igualmente».

6       Jesús sube a la terraza… y Marta también.

-«Paz a ti, Marta».

Un sollozo como respuesta.

-«¿Todavía llanto? ¿Pero no estás contenta?».

Marta niega con la cabeza.

«¡Y por qué?»…

Larga pausa llena de sollozos. Al final, gimiendo, dice:

-«Han pasado muchas tardes y María no ha vuelto. No sabemos dónde está. No la hemos encontrado ni yo, ni Marcela, ni la nodriza… Había pedido el carro y había salido. Iba vestida pomposamente… ¡Oh, no había querido llevar otra vez mi vestido!… No iba semidesnuda –tiene también de esos vestidos–, pero iba muy provocativa… Y tomó consigo joyas y perfumes… Y no ha vuelto. Al llegar a las primeras casas de Cafarnaúm se despidió del sirviente diciéndole: “Volveré con otra compañía”. Pero no ha vuelto. ¡Nos ha engañado!… o se ha sentido sola, quizás tentada… o le ha sucedido algo malo… No ha vuelto…».

Y Marta cae de rodillas, y llora apoyando la cabeza sobre el antebrazo, apoyado a su vez en un montón de sacos vacíos.

Jesús la mira y dice lentamente y seguro, dominador:

-«No llores. Hace tres noches María fue a donde Yo estaba. Me ungió los pies, depositó a mis pies todas sus joyas. Así se ha consagrado, y para siempre, y ha entrado a formar parte de mis discípulas. No la denigres en tu corazón. Te ha superado».

-«¿Pero dónde está mi hermana?» grita María alzando un rostro desencajado. «¿Por qué no ha vuelto a casa? ¿Es que la han agredido? ¿Ha tomado una barca y se ha ahogado? ¿Algún amante repelido la ha raptado? ¡Oh, María, mi María! ¡Acababa de hallarla y ya la he perdido!».

Marta está realmente fuera de sí. Ya no piensa siquiera  en que los que están abajo la pueden oír; no piensa ya que Jesús le puede decir dónde está su hermana; se desespera sin reflexionar en nada.

7 Jesús la sujeta por las muñecas y la obliga a estar quieta, a escucharle, dominándola con su alta estatura y su mirada magnética:

-«¡Basta! Quiero de ti fe en mis palabras. Quiero de ti generosidad. ¿Comprendido?». No la suelta hasta que Marta se serena un poco. «Tu hermana ha ido a saborear su gozo rodeándose de santa soledad, porque experimenta el supersensible pudor de los redimidos. Ya te lo había dicho. No puede soportar la mirada, dulce pero escrutadora, de su familia, que observa su nuevo vestido de novia de la Gracia. Y lo que Yo digo es siempre verdad. Debes creerme».

-«Sí, Señor, sí. Pero mi María ha pertenecido demasiado al demonio. En seguida la ha atrapado de nuevo, él…».

-«El se venga en ti de la presa que ha perdido para siempre. ¿Voy a tener que presenciar cómo tú, la fuerte, caes víctima suya por un momento de abatimiento demente que no tiene razón de ser? ¿Tendré que presenciar cómo, por ella que ahora cree en mí, pierdes esa hermosa fe que siempre he visto en ti? ¡Marta! ¡Mírame bien! ¡Escúchame a mí, no a Satanás! ¿No sabes que cuando se ve obligado a soltar la presa por una victoria de Dios sobre él, este incansable torturador de los seres, este incansable depredador de los derechos de Dios, se pone inmediatamente manos a la obra para encontrar otras víctimas? ¿No sabes que lo que afianza la curación del espíritu de otro son las torturas que sufre un tercero, que resiste a los asaltos porque es bueno y fiel? ¿No sabes que todo lo que acaece y lo que existe en la Creación está relacionado y sigue una ley eterna de dependencias y consecuencias, de forma que el acto de uno produce vastísimas repercusiones naturales y sobrenaturales? 8 Tú estás llorando aquí, aquí estás conociendo la duda atroz, y, a pesar de todo, permaneces fiel a tu Cristo en esta hora de tinieblas; allá, en un lugar que desconoces, María está sintiendo disolverse la última duda sobre la infinitud del perdón que ha recibido, y su llanto se transforma en sonrisa, sus sombras en luz. Tu tormento la ha guiado al lugar de la paz, al lugar de regeneración de las almas, al lado de la Generadora sin mancha, junto a aquella que tanto es Vida, que le ha sido otorgado dar al mundo al Cristo, que es la Vida. Tu hermana está con mi Madre. No es la primera que pliega velas en ese puerto de paz habiéndola llamado el rayo de la viva Estrella María a aquel seno de amor, por amor, mudo y activo, de su Hijo. Tu hermana está en Nazaret».

-«Pero, ¿cómo ha ido si no conoce a tu Madre, ni tu casa?… Sola… De noche… Sin los medios necesarios… Vestida así… Mucho camino… ¿Cómo?».

-«¿Cómo? Como va la golondrina cansada al nido natal, atravesando mares y montes, contra tempestades, nieblas y viento contrario; como van las golondrinas a los lugares donde pasan el invierno: por el instinto que las guía, el suave calor que las invita, el sol que las reclama. Pues también ella ha acudido al rayo que la convocaba… a la Madre universal. Y la veremos regresar a la aurora, feliz… dejadas para siempre las tinieblas, con una madre a su lado, la mía, y para no volver a ser huérfana nunca más.

¿Puedes creer esto?».

-«Sí, mi Señor».

Marta está como embelesada. En efecto, Jesús se ha mostrado verdaderamente dominador: alto, erguido –y, no obstante, un poco curvado hacia Marta, que estaba arrodillada–, ha hablado lenta pero incisivamente, casi como para transfundir su propio ser en la agitada discípula. Pocas veces le he visto con esta potencia para persuadir con la palabra a alguien que le escucha. ¡Pero, al final, qué luz, qué sonrisa en su cara! Marta lo refleja con una sonrisa y una luz más difuminada en su propio rostro.

-«Y ahora ve a descansar. Con paz».

Y Marta le besa las manos y baja tranquilizada.

239. La parábola de los peces, la parábola de la perla, y del tesoro de las enseñanzas viejas y nuevas[3].

31 de julio de 1945.

Martes  06 de junio 28 24Siwan 

Capernaum

239 1

 1 Están todos reunidos en la espaciosa habitación de arriba. El violento temporal se ha resuelto en una lluvia persistente, ora leve hasta casi desaparecer, ora intensa con repentina furia. El lago, de ninguna manera, está hoy azul: amarillento con estrías de espuma en los momentos de viento y aguacero, gris plúmbico con espumas blancas en las pausas del turbión. Las colinas –todas chorreando agua, con las frondas tan cargadas de lluvia, que todavía están plegadas, algunas ramas colgando quebradas por el viento, muchas hojas arrancadas por el granizo– muestran regatillos por todas partes, aguas amarillentas que llevan al lago hojas, piedras y tierra arrancada a sus pendientes. La luz ha quedado turbia, verdosa.

En la habitación están, sentadas junto a una ventana que mira a las colinas, María con Marta y la Magdalena, y otras dos mujeres que no sé exactamente quiénes son (tengo la impresión de que ya las conocen Jesús, María y los apóstoles, porque se las ve con soltura; sin duda, más que la Magdalena, que está muy quieta, cabizbaja, entre la Virgen y Marta).

Se han vuelto a poner los vestidos que han sido secados al fuego y cepillados para quitarles el barro. No, miento, la Virgen sí se ha puesto su vestido de lana azul marino, pero la Magdalena tiene uno prestado, corto y estrecho para ella, que es alta y bien modelada. Trata de remediar la escasez del vestido envolviéndose en el manto de su hermana. La Magdalena se ha recogido la cabellera en dos gruesas trenzas más o menos anudadas a la altura de la nuca, porque para sostener ese peso no bastan, de ninguna manera, las pocas horquillas que ha podido juntar en ese momento; en efecto, después siempre he visto que ayuda a las horquillas con una cinta fina, que le hace casi de sutil diadema, cuyo color paja se pierde en el oro de sus cabellos.

En el otro lado de la habitación, sentados unos en taburetes y otros en los alféizares de las ventanas, están Jesús con los apóstoles y el dueño de la casa. Falta el sirviente de Marta. Pedro y los otros pescadores están estudiando el tiempo, haciendo pronósticos para el día siguiente. Jesús escucha, o responde, a unos o a otros.

-«Si lo hubiera sabido, le habría dicho a mi madre que viniera. Conviene que esta mujer se sienta en seguida relajada con las compañeras» dice Santiago de Zebedeo mirando un momento hacia las mujeres.

2 -«¡Ya! ¡Si lo hubiéramos sabido!… Pero, ¿y por qué mamá no ha venido con María?» pregunta Judas Tadeo a su hermano Santiago.

-«No lo sé. Eso me pregunto también yo».

-«¿No será que se siente mal?».

-«María lo habría dicho».

-«Yo se lo pregunto» y Judas Tadeo va donde las mujeres.

Se oye la respuesta de la voz límpida de María:

-«Está bien. He sido yo, que le he ahorrado la paliza de este calor. Nos hemos fugado como dos niñas, ¿no es verdad, María? María llegó ya de noche y al alba hemos salido. Sólo le he dicho a Alfeo: “Aquí está la llave. Volveré pronto. Díselo a María”. Y he venido».

3 -«Volveremos juntos, Madre. Iremos todos juntos por la Galilea, en cuanto el tiempo esté bien y María tenga un vestido. Acompañaremos a las hermanas hasta el camino más seguro. Así las conocerán también Porfiria, Susana y vuestras mujeres e hijas, Felipe y Bartolomé».

Dice: -«las conocerán» y ello es exquisito, es por no decir: «conocerán a María». También es fuerte, y abate todas las prevenciones y restricciones mentales de los apóstoles hacia la redimida. La impone, venciendo las resistencias de ellos, la vergüenza de ella y todo. A Marta se le ilumina el rostro, María Magdalena se ruboriza y mira suplicante, agradecida, turbada… ¿qué sé yo?… María sonríe con su delicada sonrisa.

-«¿A qué lugar vamos a ir, Maestro?».

-«A Betsaida. Luego a Magdala, a Tiberíades, a Caná, a Nazaret. Desde allí, por Jafia y Semerón, iremos a Belén de Galilea, luego a Sicaminón y a Cesarea…».

Un acceso de llanto de la Magdalena interrumpe a Jesús. Levanta la cabeza, la mira y sigue hablando como si no hubiera sucedido nada:

-«En Cesarea encontraréis vuestro carro. Se lo he ordenado al sirviente. Iréis a Betania. Nos volveremos a ver para los Tabernáculos[4]».

Magdalena recobra la tranquilidad al cabo de poco. No responde a las preguntas de su hermana. Sale de la habitación y se retira, quizás a la cocina, durante un tiempo.

-«María sufre, Jesús, al oír que debe ir a ciertas ciudades. Hay que comprenderla…  Lo digo más por los discípulos que por ti, Maestro»

 dice Marta, humilde y apurada.

-«Es verdad, Marta. Pero debe suceder. Si no afronta inmediatamente el mundo, si no ahoga ese horrendo tirano del respeto humano, su heroica conversión quedará paralizada. Inmediatamente y con nosotros».

4 -«Con nosotros nadie le dirá nada. Te lo aseguro por mí y por todos mis compañeros, Marta» promete Pedro.

-«¡Pues claro! La escudaremos como a una hermana. María ha dicho que es hermana, y hermana será para nosotros» confirma Judas Tadeo.

-«¡Además… somos todos pecadores y el mundo no nos ha concedido inmunidad tampoco a nosotros! Por tanto comprendemos sus luchas» dice el Zelote.

-«Yo, la comprendo más que todos. En los lugares donde hemos pecado es muy meritorio vivir. ¡Las personas saben quiénes somos!… Es una tortura. Pero es también justicia y gloria el resistir allí. Precisamente porque la potencia de Dios se manifiesta en nosotros con evidencia, somos medio de conversiones incluso sin hablar» dice Mateo.

-«Como ves, Marta, todos son comprensivos con tu hermana, todos la quieren. Y la comprenderán y la querrán cada vez más. Está llamada a ser signo indicador para muchas almas culpables y medrosas, y una gran fuerza también para los buenos. Y es que María, una vez que haya roto las últimas cadenas de su humanidad, será una llama de amor. No ha hecho otra cosa sino cambiar de dirección a la exuberancia de su sentimiento. Ha colocado a nivel sobrenatural esta poderosa facultad de amar que tiene, y en este campo hará prodigios, os lo aseguro. Ahora está todavía turbada, pero cada día que pase la veréis calmarse y fortalecerse en su nueva vida. En casa de Simón dije: “Mucho le es perdonado porque ama mucho”. En verdad os digo ahora que todo le será perdonado porque amará a su Dios con toda su fuerza, con toda su alma, con todo su pensamiento, con toda su sangre, con toda su carne, hasta el holocausto».

-«¡Dichosa ella que se ha hecho merecedora de estas palabras! Quisiera merecerlas también yo» suspira Andrés.

-«¿Tú? ¡Pero si ya las mereces! 5 Ven aquí, pescador mío, que quiero narrarte una parábola que parece pensada exactamente para ti».

-«Maestro, espera. Voy por María. ¡Tiene mucha sed de conocer tu doctrina!…».

Mientras Marta sale, los demás colocan los asientos en semicírculo en torno al de Jesús. Vuelven las dos hermanas y se sientan al lado de María Santísima.

Jesús empieza a hablar:

 239 2-«Unos pescadores salieron a mar abierto y echaron en el mar su red. Pasado un tiempo la subieron a bordo. Trabajaban fatigosamente por orden de un patrón que les había encargado de la provisión de pescado selecto para su ciudad. Les había dicho: “De los peces malsanos o de poca calidad no os preocupéis siquiera de sacarlos a tierra. Devolvedlos al mar. Otros pescadores los pescarán, pero, al ser pescadores de otro patrón, los llevarán a su ciudad: pues allí se consumen cosas malsanas, cosas que hacen cada vez más hórrida la ciudad de mi enemigo. Pero, en la mía, bella, luminosa, santa, no debe entrar ninguna cosa malsana”.

Subida, pues, a bordo la red, los pescadores empezaron su trabajo de discernimiento. Había muchos peces y de distintos aspectos, tamaños y colores. Había peces de buen aspecto, pero llenos de espinas, con mal sabor, con un grueso vientre lleno de lodo, gusanos, hierbas pútridas que hacían peor todavía el sabor, ya de por sí malo, de la carne del pez. Había otros, por el contrario, de aspecto feo, con una cabeza que parecía la fea cara de un delincuente o de un monstruo de pesadilla; pero los pescadores sabían que su carne era exquisita. Otros, por ser insignificantes, pasaban desapercibidos. Los pescadores trabajaban y trabajaban. Ya las cestas estaban repletas de pescado exquisito. En la red quedaban los peces insignificantes. “Bueno, vale, las cestas están repletas. Vamos a tirar todo el resto al mar” dijeron muchos de los pescadores. Pero uno, que había hablado poco mientras los otros cantaban las magnificencias, o se burlaban, de todo pez que caía en sus manos, se quedó todavía hurgando en la red, y, entre las menudencias insignificantes, descubrió todavía dos o tres peces y los puso encima de todos los otros en las cestas. “¿Pero qué haces?” preguntaron los otros, “Las cestas ya están completas y bien presentadas. Las echas a perder poniendo encima, atravesado, ese pez irrisorio. Da la impresión de que le quieres celebrar como el mejor”.

“Dejadme, respondió aquél, que conozco este tipo de peces, sus cualidades y su exquisitez”.

Esta es la parábola, que termina con la bendición del patrón al pescador paciente, experto y silencioso, que ha sabido discernir entre la masa los mejores peces.

6 Escuchad ahora su explicación.

El soberano de la ciudad bella, luminosa y santa, es el Señor. La ciudad es el Reino de los Cielos. Los pescadores, mis apóstoles. Los peces del mar, la humanidad, compuesta por todo tipo de personas. Los peces buenos, los santos.

El patrón de la ciudad hórrida es Satanás. La ciudad hórrida, el Infierno. Sus pescadores son el mundo, la carne, las pasiones malas encarnadas en los siervos de Satanás, bien sean espirituales (demonios), o humanos (hombres corruptores de sus semejantes). Los peces malos, la humanidad no digna del Reino de los Cielos: los réprobos.

Entre los pescadores de almas para la Ciudad de Dios habrá siempre unos que emularán la capacidad paciente del pescador que sabe buscar con perseverancia, en los estratos de la humanidad, donde sus otros compañeros, más impacientes, han separado sólo los que aparecían buenos a primera vista. Y, por desgracia, habrá también pescadores que, por ser demasiado distraídos y habladores –mientras que el trabajo de discernimiento exige atención y silencio para oír las voces de las almas y las indicaciones sobrenaturales–, no verán peces buenos, y los perderán. Y habrá otros que, por demasiada intransigencia, rechazarán a almas que si bien no son perfectas en cuanto a su aspecto exterior son excelentes en todo lo demás.

No os debe importar que uno de los peces que capturéis para mí muestre signos de pasadas luchas o presente mutilaciones producidas por muchas causas, si su espíritu no está lesionado. No debe importaros que uno de éstos, por librarse del Enemigo, se haya herido y se presente con estas heridas, si su interior da muestras de una clara voluntad de querer ser de Dios. Almas probadas, almas seguras; más que esas otras, que son como niñitos protegidos por sus pañales, su cuna y su mamá, y que duermen sacios y tranquilos, pero que en el futuro pueden, con la razón y la edad y las vicisitudes de la vida que van viniendo, dar dolorosas sorpresas de desviaciones morales.

7 Os recuerdo la parábola del hijo pródigo. Oiréis otras parábolas, pues seguiré buscando la manera de infundiros recta inteligencia en vuestra manera de distinguir las conciencias y de elegir los modos con que guiar las conciencias, que son singulares, y cada una, por tanto, tiene su modo especial de escuchar y reaccionar respecto a las tentaciones y las enseñanzas.

No creáis que es fácil discernir espíritus. Todo lo contrario. Se necesita ojo espiritual enteramente iluminado de luz divina, intelecto penetrado de divina sabiduría infusa, posesión de las virtudes en forma heroica, en primer lugar la caridad. Se necesita capacidad de concentrarse en la meditación, porque cada alma es un texto obscuro que hay que leer y meditar. Se necesita una unión continua con Dios, olvidando todos los intereses egoístas; vivir para las almas y para Dios; superar prevenciones, resentimientos, antipatías; ser dulces como padres y férreos como guerreros (dulces para aconsejar y animar, férreos para decir: “Eso no te es lícito y no lo harás”, o: “Eso se debe hacer y tú lo harás”. Porque –pensadlo bien– muchas almas serán arrojadas a los estanques infernales. Pero no serán sólo almas de pecadores. También habrá almas de pescadores evangélicos: las de aquellos que hayan faltado a su ministerio, contribuyendo a la pérdida de muchos espíritus.

Llegará el día, el último de la tierra, el primero de la Jerusalén completada y eterna, en que los ángeles, como los pescadores de la parábola, separen a los justos de los malvados, para que, tras el decreto inexorable del Juez, los buenos pasen al Cielo y los malos al fuego eterno. Entonces será manifestada la verdad acerca de los pescadores y los pescados, caerán las hipocresías y aparecerá el pueblo de Dios como es, con sus caudillos y los salvados por los caudillos. Veremos entonces que muchos de entre los más insignificantes en su aspecto exterior, o peor tratados externamente, serán esplendor del Cielo, y que los pescadores calmos y pacientes son los que más han hecho, y emitirán resplandor de gemas por el número de sus salvados.

La parábola queda, así, dicha y explicada».

8 -«¡¿Y mi hermano?!… ¡Oh! ¡pero!…». Pedro le mira, le mira… luego mira a la Magdalena…

-«No, Simón. Respecto a ella no tengo mérito. Lo ha hecho el Maestro solo» dice Andrés con franqueza.

-«¿Pero entonces los otros pescadores, los de Satanás, cogen sólo los restos?» pregunta Felipe.

-«Tratan de coger los mejores, los espíritus capaces de mayor prodigio de Gracia, y se sirven para ello de los propios hombres y de las tentaciones de éstos. ¡Hay muchos en el mundo que por un plato de lentejas[5] renuncian a su primogenitura!».

-«Maestro, el otro día decías que muchos son los que se dejan seducir por cosas del mundo. ¿Serían también éstos de los que pescan para Satanás?» pregunta Santiago de Alfeo.

-«Sí, hermano mío. En aquella parábola, el hombre se dejó seducir por el mucho dinero, que podía proporcionar mucho placer, y perdió así todos los derechos al Tesoro del Reino. En verdad os digo que de cien hombres sólo la tercera parte sabe resistir a la tentación del oro, o a otras seducciones, y de esta tercera parte sólo la mitad sabe hacerlo heroicamente. El mundo muere asfixiado porque se carga voluntariamente de las ataduras del pecado. Vale más estar despojado de todo, que tener riquezas irrisorias e ilusorias. Sabed hacer como los joyeros sabios, que, habiendo tenido noticia de que en un lugar ha sido pescada una perla rarísima, no se preocupan de conservar en sus cofres muchas joyas modestas, sino que se liberan de todo para comprar aquella perla maravillosa».

-«¿Pero entonces por qué Tú mismo estableces diferencias entre las misiones que das a las personas que te siguen, y dices que debemos considerar las misiones don de Dios? Deberíamos renunciar también a ellas, porque respecto al Reino de los Cielos no son tampoco más que migajas» dice Bartolomé.

-«No migajas: son medios. Serían migajas, o, más aún, sucias briznas de paja, si vinieran a ser objetivo humano en la vida. Quienes se afanan para conseguir un puesto con miras a una ganancia humana hacen de ese puesto, aunque sea santo, una brizna de paja sucia. Mas si la misión es para vosotros obediente aceptación, gozoso deber, total holocausto, haréis de ella una perla singularísima. La misión, si se cumple sin reservas, es holocausto, martirio, gloria. Chorrea lágrimas, sudor, sangre. Pero forma una corona de eterna regalidad».

9 -«¡No hay nada a lo que no sepas responder!».

-«¿Pero, me habéis entendido? ¿Comprendéis lo que digo con comparaciones sacadas de las cosas cotidianas, iluminadas –eso sí– con una luz sobrenatural que las hace ilustrativas de cosas eternas?».

-«Sí, Maestro».

-«Acordaos, pues, del método para instruir a las turbas; porque éste es uno de los secretos de los escribas y rabíes: recordar. En verdad os digo que cada uno de vosotros, instruido en la Sabiduría de poseer el Reino de los Cielos, es semejante a un padre de familia que saca de su tesoro aquello que necesita su familia, usando cosas viejas y nuevas (pero todas con la única finalidad de procurar el bienestar a sus propios hijos).

Ya no llueve. Dejemos tranquilas a las mujeres. Vamos donde el anciano Tobías, que está para abrir sus ojos espirituales en las auroras del más allá. Paz a vosotras, mujeres».

[1] Cfr. Mt. 4, 23; 9, 35–38; 13, 44; Mc. 6, 34; Lc. 10, 2.

[2] Expresión que debe entenderse bajo la luz de muchas otras que aparecen en la Biblia, como por ej.:

Mt. 26, 53–54; Mc. 14, 49; Lc. 22, 37; 24, 44; Ju. 17, 12; Hech. 1, 16.

[3] Cfr. Mt. 13, 45–52.

[4] 24 significa para la fiesta de los Tabernáculos. Las principales fiestas hebreas, frecuentemente mencionadas en la Obra, son: la Pascua, que se celebraba durante el plenilunio de Nisán (marzo-abril) y estaba seguida por la Pascua suplementaria, en el decimocuarto día del mes sucesivo, para aquellos que no hubieran podido celebrarla; Pentecostés o fiesta de las Semanas (como en 416.2), cincuenta días después de la Pascua; los Tabernáculos o fiesta de las Tiendas, al final de las recolecciones de otoño; las Encenias o fiesta de las Luces o de la Purificación o de la Dedicación del Templo, el 25 de Kisléu (noviembre-diciembre).

[5] 25 es una alusión, aquí y en otros lugares (como, por ejemplo, en 402.2 y en 503.8) al episodio referido en Génesis 25, 29-34.

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