23/7/2017 Evangelio según San Mateo 13,24-43.

Decimosexto Domingo del tiempo ordinario

Santo(s) del día : Santa Brígida de Suecia
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Lecturas

Este domingo meditamos la parábola del trigo y la cizaña y la parábola del grano de mostaza, que encontramos en los capítulos 181 en Corozain en casa del nuevo discípulo Elías y 184 en el huerto del pequeño Benjamín de Magdala.
Nuestros hermanos de Francia que difunden los escritos de MV -http://maria-valtorta.org/-  que ya he citado en lugares y personajes que aparecen en los pasajes, también han publicado un estudio del calendario del tiempo de Jesús en Palestina:
El estudio completo de fechas

También pueden visitar los capítulos publicados en su web y verán ademas que a la izquierda aparecen mas datos como resumen de los hechos de ese capitulo entre otros.
ESTE PASAJE POR EJEMPLO
CAPITULO 181
CAPITULO 184

Resumen 181 Resumen 184
– Pierre se niega a abordar en Capernaum 239 – Dirección 2 (La semilla de mostaza: Amor   en el corazón) 260
– Jesús va a ir a los padres de Elías 240 – El marido sorprendido a los méritos de su esposa 262
– La curación de una niña con fiebre   240 – Un niño recibe una bofetada de su madre 255
– Discurso 1 (La buena semilla y la cizaña) 241 – Jesús de la consola 255
– Dirección 2 (El significado general de la parábola   243 – Una madre no debería envidiar a una prostituta   256
– Aplicación a los apóstoles y discípulos)   244 – Las almas deben ser por sí mismos   256
– El hombre es libre de 246 – Discurso 1 (Semilla: La Palabra de Dios)   257
– Jesús, sumido en sus pensamientos aislados 246 – El testimonio de Mateo 258
  – Benjamín no actúan por temor 258
  – Judas no el examen de los apóstoles bien 259

Pueden utilizar el traductor de paginas google

Segundo año de la Vida Pública de Jesús

181. La parábola del trigo y la cizaña[1].

8 de junio de 1945.

181 1

1       Una aurora clara aljofara el lago y envuelve las colinas en niebla, ligera como velo de muselina, tras la cual se ven más graciosos los olivos y nogales y las casas y las cimas de los pueblos ribereños. Las barcas se deslizan serenas, silenciosas, en dirección a Cafarnaúm. Pero, en un momento dado, Pedro gira la caña del timón; tan bruscamente, que la barca se ladea.

-«¿Qué haces!» dice Andrés.

-«Allí hay una barca de uno de esos avestruces. Está saliendo de Cafarnaúm. Tengo buenos ojos, y, desde ayer noche, olfato de perro rastrero. No quiero que nos vean.

Vuelvo al río. Iremos a pie».

La otra barca ha hecho la misma maniobra, pero Santiago, que va al timón, pregunta a Pedro:

-«¿Por qué haces esto?».

-«Ya te lo diré. Ven detrás de mí».

Jesús, que está sentado en la popa, vuelve de su ensimismamiento ya casi a la altura del Jordán.

-«Pero ¿qué haces, Simón?» pregunta.

«Bajamos aquí. Hay un chacal merodeando. No podemos ir a Cafarnaúm hoy.

Primero voy yo a ver el ambiente; yo con Simón y Natanael. Tres personas dignas contra tres indignas… si es que no son más las indignas».

-«¡No veas ahora asechanzas por todas partes! ¿No es la barca de Simón el fariseo?».

-«Sí, justamente ésa».

-«No estaba cuando la captura de Juan».

-«No sé nada».

-«Siempre es respetuoso conmigo».

-«No sé nada».

-«Me haces aparecer como una persona que huye».

-«No sé nada».

A pesar de que Jesús no tenga ganas de reír, debe por fuerza sonreír ante la santa testarudez de Pedro.

-«¡Pero tendremos que ir a Cafarnaúm, ¿no?! Si no es hoy, será en otro momento…».

-«Ya te he dicho que voy antes yo y veo cómo está el ambiente, y… si es necesario… sí, lo haré también… será un malísimo trago… pero lo haré por amor a tí… Iré… iré donde el centurión a solicitar protección…».

-«¡No, hombre, no hace falta!».

La barca se detiene en la pequeña playa desierta que está en el lado opuesto a Betsaida. Bajan todos.

-«Venid vosotros dos. Tú también, Felipe. Los jóvenes quedaos aquí. Tardaremos poco».

El neodiscípulo Elías suplica:

-«Ven a mi casa, Maestro. Para mí sería un motivo de gran alegría que te hospedases en ella…».

-«Voy a tu casa. Simón, nos encontraremos en casa de Elías. Adiós, Simón. Ve, pero sé bueno, prudente y misericordioso. Ven, que quiero besarte y bendecirte».

Pedro no da seguridad de que será bueno, ni paciente, ni misericordioso; se limita a guardar silencio. Se besan recíprocamente. Es el mismo gesto de saludo de Jesús con el Zelote, Bartolomé y Felipe. Y las dos comitivas se separan ya, tomando direcciones opuestas.

2       Entran en Corozaín en pleno día, terminada ya la aurora. No hay tallito que no brille con gemas de rocío. Los pájaros cantan por todas partes. El aire es puro, fresco: parece saber incluso a leche, a una leche más vegetal que animal. Y hay olor a cereales formándose dentro de las espigas, a almendros cargados de frutos… un olor ya experimentado por mí en las frescas mañanas en los opimos campos de la llanura padana.

Llegan pronto a casa de Elías. Pero ya muchos en Corozaín saben que ha llegado el Maestro, y, cuando Jesús está para atravesar el umbral, una madre acude gritando:

-«¡Jesús, Hijo de David, piedad de mi hijita!». Lleva en brazos a una niña de unos diez años, cérea y flaquísima (más que cérea, amarillenta).

-«¿Qué le pasa a tu hija?».

-«Tiene fiebres. Se las ha cogido pastoreando por la ribera del Jordán. Porque somos los pastores de un hombre rico. Su padre me ha llamado para que acompañara a la niña, que estaba enferma. El ha vuelto a los montes. Pero, como sabes, con esta enfermedad no se puede subir a lugares elevados. Y no puedo quedarme aquí. El amo me lo ha permitido hasta ahora. Pero yo estoy encargada de esquilar a las ovejas y de ayudar en los partos. Llega el tiempo de nuestra labor, la de los pastores. Si me quedo, nos despedirán o estaremos divididos; veré morir a mi hija, si subo al Hermón».

-«¿Tienes fe en que puedo hacerlo?».

-«Hablé con Daniel, pastor de Eliseo. Me dijo: “Nuestro Niño cura todos los males. Ve al Mesías”. Desde más allá de Merón vengo con ésta en brazos, buscándote a ti. Y habría seguido caminando hasta encontrarte…».

-«No camines más, sino para regresar a casa, al trabajo sereno. Tu hija está curada porque Yo lo quiero. Ve en paz».

La mujer mira a su hija y a Jesús. Quizás espera ver que instantáneamente la niña engorde de nuevo y recupere el color. Esta también mira al rostro de Jesús, con ojos como platos, aunque cansados, y sonríe.

-«No temas, mujer. No te estoy engañando. La fiebre ha desaparecido para siempre. Según vayan pasando los días, la niña recuperará su lozanía. Déjala que camine, no se tambaleará ya, ni sentirá cansancio».

La madre deja en el suelo a la niña, la cual se tiene bien derecha y sonríe cada vez más contenta, y acaba gorjeando con su voz argentina:

-«¡Bendice al Señor, mamá! ¡Siento que estoy perfectamente sana!» y con sencillez de pastorcita y de niña se lanza al cuello de Jesús y le besa. La madre, reservada como la edad enseña, se prosterna y besa el vestido bendiciendo al Señor.

-«Marchaos. Recordad el beneficio que habéis recibido del Señor y sed buenas. La paz esté con vosotras».

3       En esto, la gente ya se ha agolpado en el huertecillo de la casa de Elías, ya reclama la palabra del Maestro. Y Jesús cede, a pesar de que no tenga muchas ganas de hacerlo, entristecido como está por la captura del Bautista y por el modo en que se ha producido, y empieza a hablar bajo la sombra de los árboles.

 -«Durando todavía este hermoso tiempo de cereales que espigan, quisiera proponeros una parábola tomada de ellos. Escuchad.

El Reino de los Cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero, mientras el hombre y sus siervos dormían, vino su enemigo y esparció semilla de cizaña en los surcos, y se fue. Nadie al principio se dio cuenta de nada. Llegó el invierno y con él las lluvias y escarchas; llegó el final de Tébet y brotó el trigo: un verde tierno de hojitas apenas despuntadas; parecían todas iguales en su inocente infancia. Llegó Sabat y luego Adar y se formaron las plantas y luego granaron las espigas. Entonces se vio que el verde no era todo de trigo, sino que también había cizaña, y bien enroscada a los tallitos del trigo con sus zarcillos finos y tenaces.

Los siervos del amo fueron a su casa y dijeron: “Señor, ¿qué semilla has sembrado? ¿No era simiente selecta, sin semilla alguna que no fuera de trigo?”.

“Claro que lo era. He elegido los granos, todos de igual formación: me hubiera dado cuenta, si hubiera habido otras semillas”.

“¿Y entonces, cómo es que ha nacido tanta cizaña entre tu trigo?”.

El patrono pensó y respondió: “Algún enemigo mío me ha hecho esto para perjudicarme”.

181 2Los siervos preguntaron entonces: “¿Quieres que recorramos los surcos y, con paciencia, arranquemos la cizaña para liberar las espigas? Mándalo y lo haremos”.

Pero el patrono respondió: “No. Al hacerlo, podríais extirpar también el trigo y, casi seguro, dañar las espigas, que están aún tiernas. Dejad que estén juntos ambos hasta la siega; entonces diré a los segadores: ‘Segad todo junto. Antes de atar las gavillas, ahora que los zarcillos de la cizaña al secarse se han hecho friables, y, por el contrario, las apretadas espigas están más fuertes y duras, separad del trigo la cizaña y haced con ella haces aparte; después los quemaréis: servirán de abono para el terreno. Pero el buen trigo llevadlo a los graneros: servirá para hacer un excelente pan, con bochorno para mi enemigo, que lo único que habrá ganado será resultar abyecto a Dios por su odio’ “.

Ahora reflexionad en vuestro interior acerca de lo frecuente y numerosa que es la siembra del Enemigo en vuestros corazones. Comprended, pues, cuán necesario es vigilar con paciencia y constancia para que poca cizaña se mezcle con el trigo seleccionado. El destino de la cizaña es arder. ¿Queréis arder o llegar a ser ciudadanos del Reino? Decís que queréis ser ciudadanos del Reino. Pues sabedlo ser. El buen Dios os da la Palabra.

El Enemigo vigila para transformarla en nociva, porque harina de trigo mezclada con harina de cizaña da pan amargo, nocivo para el vientre. Si tenéis cizaña en vuestra alma, sabed con vuestra buena voluntad separarla, para arrojarla fuera y no ser indignos de Dios.

Podéis iros, hijos. La paz sea con vosotros».

4       La gente va despejando el lugar lentamente. Al final, en el huerto no quedan sino los ocho apóstoles, Elías, el hermano y la madre de éste y el anciano Isaac, que apacienta su alma mirando de hito en hito a su Salvador.

-«Venid aquí, en torno a mí, y escuchad. Os voy a explicar el sentido completo de esta parábola, que tiene otros dos aspectos además del que he dicho a la muchedumbre. En el sentido universal, la parábola tiene esta aplicación: el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del Reino de Dios, sembrados por Dios en el mundo en espera de que alcancen su máximo desarrollo y sean cortados por la Guadaña, y los lleven al Amo del mundo para que los almacene en sus graneros; la cizaña son los hijos del Maligno, esparcidos a su vez por el campo de Dios con la intención de causar dolor al Amo del mundo y de perjudicar a las espigas de Dios –el Enemigo de Dios, por un sortilegio, los ha sembrado de propósito (porque verdaderamente el Diablo desnaturaliza al hombre hasta hacer de éste una criatura suya, y siembra la cizaña para apartar de la recta vía a los que no ha podido someter de otra manera)– ; la siega, o, más exactamente, la formación de las gavillas y su transporte a los graneros, es el fin del mundo, y quienes la llevan a cabo son los ángeles: a ellos les ha sido encargado reunir a las segadas criaturas, y separar el trigo de la cizaña; y, de la misma forma que ésta es arrojada a las llamas en la parábola, así serán arrojados al fuego eterno los condenados, en el Ultimo Juicio.

El Hijo del hombre ordenará eliminar de su Reino a todos los que hayan cometido escándalos y a los inicuos. Porque el Reino estará en la tierra y en el Cielo y entre los miembros del Reino de la tierra habrá, mezclados, muchos hijos del Enemigo, los cuales, como dijeron también los Profetas[2], alcanzarán la perfección del escándalo y de la abominación en cada uno de los ministerios de la tierra y atormentarán gravemente a los hijos del espíritu. Del Reino de Dios, de los Cielos, ya habrán sido alejados los pervertidos, porque en el Cielo no cabe corrupción. Así pues, los ángeles del Señor, batiendo la hoz por entre las hileras de la última cosecha, segarán y luego separarán el trigo de la cizaña; ésta será arrojada al horno ardiente, donde habrá llanto y rechinar de dientes[3]; los justos –el trigo selecto–, sin embargo, serán conducidos a la Jerusalén

eterna, donde brillarán como soles en el Reino del Padre mío y vuestro.

5 Esto en el sentido universal. Pero, para vosotros, hay otro sentido más, que

responde a las preguntas que en distintas ocasiones, especialmente desde ayer noche, os estáis haciendo. Vosotros os preguntáis: “¿Pero, entonces, entre la masa de los discípulos puede haber traidores?”, y se estremece vuestro interior de horror y turbación. Pues bien, puede haberlos; es más, los hay. El Sembrador esparce la buena semilla. En este caso, más que “esparcir” se podría decir: “coge”, porque el maestro, sea Yo o sea Juan el Bautista, había elegido a sus discípulos. ¿Cómo es que, entonces, se han pervertido? No, no, digo mal llamando “semilla” a los discípulos; podríais entenderlo mal; diré “campo”. Cada discípulo es un campo, elegido por el maestro para constituir el área del Reino de Dios, los bienes de Dios. A ellos dedica el maestro su esfuerzo para cultivarlos y que den todo el fruto. Todos los cuidados, todos; con paciencia, amor, sabiduría, esfuerzo, constancia; ve también sus tendencias malas, sus sequedades y avideces, obcecaciones y debilidades. Y espera, siempre espera, corroborando su esperanza con la oración y la penitencia, porque quiere llevarlos a la perfección. Pero las parcelas de terreno están abiertas; no son un jardín cerrado, amurallado, cuyo patrono sea sólo el maestro y en las cuales pueda entrar sólo él. Están abiertas.

Puestas en el centro del mundo, en medio del mundo; todos se pueden acercar y entrar en ellas. Todos y todo. ¡No es la cizaña la única mala semilla sembrada! La cizaña podría ser símbolo de la ligereza amarga del espíritu del mundo. No, en estos campos nacen, arrojadas por el Enemigo, todas las otras semillas: ortigas, esteba, cuscuta, convólvulos, cicuta y otras plantas venenosas. ¿Por qué? ¿Qué son?

Las ortigas son los espíritus punzantes, indomables, que hieren por exceso de veneno y causan mucho malestar. La esteba son los parásitos, que agotan al maestro sin saber hacer cosa alguna que no sea arrastrarse y chupar, gozando del trabajo de éste y perjudicando a los que ponen su mejor voluntad, que verdaderamente sacarían mayor provecho si el maestro no se viera turbado y distraído por las atenciones que exige la esteba. Los convólvulos ociosos que no se levantan del suelo si no es aprovechándose de los demás. Las cuscutas son tormento en el camino ya de por sí penoso del maestro, tormento también para los discípulos fieles que le siguen; son como garfios, se hincan, desgarran, arañan, introducen desconfianza y sufrimiento. Las plantas venenosas representan a los delincuentes entre los demás discípulos, aquellos que incluso traicionan o matan, como la cicuta y otras plantas tóxicas. ¿Habéis visto alguna vez qué bonitas son, con sus florecillas que se transforman en bolitas blancas, rojas, o de color cerúleo–violeta? ¿Quién puede pensar que esa corola estelar, cándida o apenas rosada, con su corazoncito de oro… quién puede pensar que esos corales multicolores, tan semejantes a otros tantos pequeños frutos –delicia de pájaros y niños–, pueden, una vez maduros, ocasionar la muerte? Nadie. Y los inocentes caen en la trampa: creen que todos son buenos como ellos, los cogen… y mueren.

¡Creen que todos son buenos como ellos! ¡Oh, qué verdad que sublima al maestro[4] y condena a quien le traiciona! ¿Cómo? ¿La bondad no desarma?, ¿no hace inocua a la mala voluntad? No, no la hace inocua porque el hombre que ha caído en manos del Enemigo es insensible a todo lo superior, y cualquier cosa superior, para él, cambia de aspecto: la bondad será entonces debilidad que puede ser lícitamente pisoteada, y agudiza su mala voluntad, como el olor de la sangre agudiza en una fiera el deseo de degollar. También el maestro es siempre inocente… y deja que el traidor le envenene, porque no quiere, y no puede dejar pensar a los otros que un hombre pueda llegar a matar a un inocente.

6 En los campos del maestro (los discípulos) penetran los enemigos, que son muchos (el primero, Satanás; los otros, sus siervos, o sea, los hombres, las pasiones, el mundo y la carne). El discípulo más vulnerable frente a aquéllos es el que no está enteramente con su maestro, sino a caballo entre el maestro y el mundo. No sabe, no quiere separarse enteramente de lo que constituye mundo, carne, pasiones y demonio, para ser enteramente de aquel que a Dios le lleva. Sobre éste esparcen sus semillas el mundo y la carne, las pasiones y el demonio. Oro, poder, mujer, orgullo, miedo a un juicio negativo del mundo, espíritu de utilitarismo: “Los grandes son los más fuertes. Los sirvo para tener su amistad”… ¡Y uno se hace un delincuente, se condena, por estas míseras cosas!…

¿Por qué el maestro, viendo la imperfección de su discípulo –si bien no quiere rendirse ante el pensamiento de que será su asesino– , no le cercena inmediatamente de sus filas? Esta es la pregunta que os hacéis.

La respuesta es: “Porque hacerlo sería inútil”. Haciéndolo no lo suprimiría como enemigo; antes al contrario, su enemistad se duplicaría y se haría más diligente, por la rabia de haber sido descubierto o el dolor de haber sido expulsado. Dolor, sí, porque a veces el discípulo malo no se da cuenta de que lo es; tan sutil es la obra demoníaca que no la advierte (viene a ser poseído por el demonio sin sospechar que está siendo sometido a esta operación). Rabia, sí, rabia por haber sido conocido en lo que es; esto sucede cuando no es inconsciente de la operación de Satanás y sus adeptos (los hombres que tientan al débil en sus debilidades para quitar del mundo al santo que ofende sus maldades con el contraste de su bondad).

Y entonces el santo ora y se abandona en Dios: “hágase lo que permites que se haga”, dice, añadiendo sólo la cláusula: “si sirve para tu finalidad”. El santo sabe que ha de llegar la hora en que serán separadas de sus espigas las malas plantas de cizaña. ¿Y quién lo hará? Dios mismo, que no permite más de cuanto es útil para la victoria de su voluntad de amor».

7

-«Pero si admites que siempre son Satanás y sus adeptos… me parece que disminuye la responsabilidad del discípulo» dice Mateo.

-«No lo creas. Si el Mal existe, también existe el Bien, y en el hombre existe el discernimiento y con éste la libertad».

-«Dices que Dios no permite más de cuanto es útil al triunfo de su voluntad de amor[5]. Por tanto, este error incluso es útil, si lo permite, y sirve para que triunfe la voluntad divina» dice Judas Iscariote.

-«Con lo cual arguyes, como Mateo, que ello justifica el delito del discípulo. Dios había creado al león exento de saña y a la serpiente sin veneno; ahora el primero es feroz y la segunda venenosa. Pero Dios, por este motivo, los ha separado del hombre. Medita en esto y aplica apropiadamente. Vamos a la casa. El sol ya es intenso, demasiado; como si estuviera para venir una tormenta; y estáis cansados por la noche pasada sin dormir».

-«La habitación alta de la casa es amplia y fresca. Podréis descansar» dice Elías.

Suben por la escalera exterior. Pero sólo los apóstoles se echan sobre las esteras para descansar; Jesús sale a la terraza, sombreada en un ángulo, bajo un altísimo roble, y se sumerge en sus pensamientos

184. El pequeño Benjamín de Magdala y dos parábolas sobre el Reino de los Cielos.

10 de junio de 1945.

 184 11       El milagro debe haberse producido hace poco, porque los apóstoles hablan de ello y algunas personas de la ciudad –señalándose unos a otros al Maestro– lo comentan. Jesús, erguido y grave, se pone en marcha en dirección a la periferia de la ciudad, que es la parte de los pobres.

Se detiene a la altura de una casuca de la que sale, dando saltos, un niño, seguido de su madre.

.«Mujer, ¿me dejas entrar en tu huerta y estar un poco, hasta que el sol deje de calentar tanto?».

-«Entra, Señor. A la cocina incluso, si quieres. Voy a traerte agua y alguna otra cosa».

-«No trajines, me basta con estar en esta tranquila huerta».

Pero la mujer se empeña en ofrecer agua con no sé qué diluido, y se mueve por la huerta, de acá para allá, como deseosa de hablar pero sin atreverse; pone atención a sus hortalizas, aunque sólo aparentemente porque en realidad está pendiente del Maestro.

Pero la molesta el niño, que, con sus gritos –cuando caza una mariposa u otro insecto– le impide oír lo que Jesús está diciendo; se pone nerviosa y… le suelta un cachete al niño, el cual ahora grita más fuerte.

Jesús –que a la pregunta de Simón el Zelote:

-«¿Piensas que María esté impresionada?»

estaba respondiendo:

-«Más de lo que parece…»– se vuelve y llama al niño, el cual corre a terminar de llorar en las rodillas de Jesús.

La mujer llama a su hijo:

-«¡Benjamín, ven aquí, no molestes!».

Pero Jesús dice:

-«Déjale, déjale, que va a estarse quieto y te va a dejar tranquila»

luego, al niño:

-«No llores. No te ha hecho daño tu mamá; lo único, te ha hecho obedecer; bueno, quería hacerte obedecer. ¿Por qué gritabas si ella quería silencio? Quizás es que se siente mal y tus gritos la molestan».

Pero el niño, inmediatamente, con esa insuperable franqueza de los niños que es la desesperación de los mayores, dice:

-«No. No es que se sienta mal. Lo que quería era oír lo que decías… Me lo ha dicho. Pero yo quería venir contigo, y entonces alborotaba adrede para que me mirases».

Todos se echan a reír y la mujer se pone como un tomate.

-«No te ruborices, mujer.

2 Ven aquí. ¿Me querías oír hablar? ¿Por qué?».

-«Porque eres el Mesías. Con el milagro que has hecho tienes que ser el Mesías… Y tenía interés en oírte. Yo no salgo nunca de Magdala, porque tengo… un marido difícil y cinco niños. El menor tiene cuatro meses… y Tú aquí no vienes nunca».

-«He venido, y además a tu casa. ¿Ves?».

-«Por eso quería oírte».

-«¿Dónde está tu marido?».

-«En el mar, Señor. Si no se pesca, no se come. Yo sólo tengo esta huertecilla. ¡No es suficiente para siete personas! Y, no obstante, Zaqueo quisiera que fuera suficiente…».

-«Ten paciencia, mujer. Todos tienen su cruz».

-«¡No, no! Las desvergonzadas lo único que tienen es el placer. ¿Has visto lo que hacen las impúdicas! Gozan ellas y hacen sufrir a los demás. No se agotan, no, ni trayendo hijos a este mundo ni trabajando. No se hacen ampollas con la azada ni se despellejan las manos lavando. Se conservan guapas y frescas. La condena de Eva[6] no es para ellas; más bien ellas son nuestra condena, porque… los hombres… Ya me entiendes».

-«Entiendo, sí; pero has de saber que también tienen su tremenda cruz: la más tremenda, la que no se ve: la de la condena de su conciencia; la de la burla del mundo; la de su propia sangre, que las repudia; la de la maldición de Dios. Créeme, no son felices. No se agotan trayendo hijos a este mundo ni trabajando, no se hacen llagas en las manos bregando; y, sin embargo, se sienten igualmente deshechas; y además sienten vergüenza; y su corazón es una entera llaga. No envidies su aspecto, su lozanía, su aparente serenidad. Tras ese velo, lo que hay es una desolación mordiente y que no permite paz. No envidies su sueño, tú, madre honesta que sueñas con tus inocentes, pues la pesadilla está a su cabecera; y mañana, el día de su agonía o su vejez, remordimiento y terror…».

-«Es verdad… Perdona…

3 ¿Me dejas estar aquí?».

«Quédate aquí. Contaremos una bonita parábola a Benjamín. Los que no son niños, que la apliquen a sí mismos y a María de Magdala. Escuchad.

Dudáis acerca de la conversión de María al bien. No da, en efecto, ningún signo que indique este cambio. Consciente de su grado y su poder, ella, descarada e impúdica, ha osado desafiar a la gente viniendo incluso hasta el umbral de la casa donde se lloraba por causa suya. Luego, al reproche de Pedro ha respondido con una carcajada; y a mi mirada amigable, endureciéndose con soberbia. Vosotros quizás habríais deseado, quién por amor a Lázaro, quien por amor a mi, que le hubiera hablado directa y largamente, y que la hubiera subyugado con mi poder y le hubiese mostrado mi fuerza de Mesías Salvador. No. No es necesario tanto. Ya lo dije hace muchos meses respecto a otra pecadora: las almas deben labrarse a sí mismas. Yo paso y esparzo la semilla.

Ocultamente la semilla trabaja. Hay que respetar este trabajo del alma. Si la primera semilla no arraiga en la tierra, se siembra otra, y otra… y sólo se retira uno cuando se tienen pruebas ciertas de la inutilidad de seguir sembrando. Y se ora. La oración es como el rocío, que mantiene los tormos esponjosos y nutridos, con lo que la semilla puede germinar. ¿No es lo que haces tú, mujer, con tus hortalizas?

4 Escuchad ahora la parábola del trabajo de Dios en los corazones para instaurar en ellos su Reino[7]92 (porque cada corazón es un pequeño Reino de Dios en la tierra: después, más allá de la muerte, todos estos pequeños reinos se congregan en uno solo, en el ilimitado, santo, eterno Reino de los Cielos).

El Sembrador divino crea el Reino de Dios en los corazones. Va a su propiedad –el hombre es de Dios y, por tanto, todos los hombres inicialmente le pertenecen– y esparce su semilla; luego va a otras propiedades, a otros corazones. Suceden los días a las noches y las noches a los días: los días aportan sol y lluvias (en este caso, rayos de amor divino y efusión de la divina sabiduría que habla al espíritu); las noches, estrellas y silencio sosegado (en nuestro caso, destellos de Dios que reclaman nuestra atención y silencio para el espíritu, para que el alma se recoja y medite).

La semilla, con esta serie de favores imperceptibles –aunque potentes–, se hincha, se abre, echa raíces, arraiga fuertemente en el terreno, da sus primeras hojitas, y crece; y todo ello sin la ayuda del hombre. La tierra, espontáneamente, produce de la semilla el tierno tallo, luego se fortalece el tallo para sostener a la espiga naciente, luego la espiga se eleva, engruesa, se endurece, se dora, se hace dura, perfecta en su granazón. Una vez madura, vuelve el sembrador y mete su hoz porque a esa semilla le ha llegado el tiempo de su plenitud; no podría ganar más en perfección y por ello es cortada.

Mi palabra realiza esta misma operación en los corazones. Me refiero a los corazones que acogen la simiente. Pero el proceso es lento. No hay que actuar intempestivamente, de modo que todo se estropee. ¡Cuánto le cuesta a la pequeña semilla abrirse; cuánto, hincar en la tierra sus raíces! Pues también le es penoso al corazón duro y salvaje este proceso: debe abrirse, dejarse hurgar, acoger cosas nuevas y alimentarlas con esfuerzo, aparecer distinto al estar revestido de cosas humildes y útiles y no ya de la atractiva, pomposa e inútil exuberante floración que antes le revestía; debe conformarse con trabajar humildemente, sin atraer hacia sí la admiración, para beneficio de la Idea divina; debe exprimir todas sus capacidades para crecer y producir espiga; debe ponerse incandescente de amor para ser trigo. Y, una vez superados respetos humanos verdaderamente muy penosos, después de haber trabajado y haber sufrido y haber tomado afecto a su nueva vestidura, entonces debe despojarse de ella con cruel tajo. Dar todo para tener todo. Acabar despojo para ser revestido en el Cielo con la estola de los santos. Yo os digo que la vida del pecador que se hace santo es el combate más largo, heroico y glorioso.

5 Por cuanto os acabo de decir, comprended que es justo que actúe con María como lo estoy haciendo. ¿Actué contigo, Mateo, de forma distinta?».

-«No, mi Señor».

-«Dime la verdad, ¿te persuadió más mi paciencia o las acerbas reprensiones de los fariseos?».

-«Tu paciencia. Tanto, que estoy aquí. Los fariseos, con sus desdenes y anatemas, me hacían desdeñoso, y, por desdén, hacía más mal aún de cuanto hasta entonces había hecho. Pasa eso; uno se endurece más cuando, estando en pecado, se siente tratado como un pecador; pero cuando, en vez de un insulto recibimos una caricia, primero nos quedamos asombrados, luego lloramos… y, cuando se llora, la armadura del pecado –desencajados sus pernos– se derrumba. Entonces nos quedamos desnudos ante la Bondad y le suplicamos con el corazón que nos revista de sí misma».

-«Es así, como has dicho.

6 Benjamín, ¿te gusta la historia? ¿Sí? ¡Muy bien! Pero, ¿dónde está tu mamá?».

Responde Santiago de Alfeo:

-«Al final de la parábola ha salido y se ha ido corriendo por aquella calle».

-«Iría al mar, para ver si venía su marido» dice Tomás.

-«No. Ha ido a casa de su madre, que es anciana, a recoger a mis hermanitos. Mi mamá los lleva allí para poder trabajar» dice el niño, apoyado con confianza en las rodillas de Jesús.

-«¿Y tú estás aquí, hombre! ¡Una buena áspid debes ser para que te tenga solo!»

observa Bartolomé.

-«Soy el mayor, y la ayudo…».

-«A ganarse el Paraíso. ¡Pobre mujer! ¿Cuántos años tienes?» pregunta Pedro.

-«Dentro de tres años soy hijo de la Ley» dice altivo el pillín.

-«¿Sabes leer?» pregunta Judas Tadeo.

-«Sí … pero voy despacio porque… el maestro me echa casi todos los días…».

-«¡Ya lo decía yo!» observa Bartolomé.

-«¡Lo hago porque el maestro es viejo y feo y siempre está diciendo las mismas cosas que le hacen dormirse a uno! Si fuera como El –señala a Jesús– estaría atento. ¿Tú pegas, si uno se duerme o juega?».

-«No pego a nadie. Yo digo a mis discípulos: “Estad atentos por el bien vuestro y por amor a mí”» responde Jesús.

-«¡Eso, así sí! Por amor, sí; no por miedo».

-«Si cambias y eres bueno, el maestro te estimará».

-«¿Tú quieres sólo al que es bueno? Hace poco has dicho que has tenido paciencia con éste, que no era bueno…». La lógica infantil es asediadora.

-«Soy bueno con todos; pero a quien se hace bueno le quiero muchísimo y con él soy bueno de forma especialísima».

El niño piensa un momento… luego levanta la cabeza y le pregunta a Mateo:

-«¿Cómo has conseguido hacerte bueno?».

-«Le he querido a El».

7       El niño se queda pensando otro poco, mira a los doce y dice a Jesús:

-«¿Estos son todos buenos?».

-«Ciertamente».

-«¿Estás seguro? A veces yo hago como que soy bueno, y es cuando quiero hacer una gamberrada mayor».

La carcajada de todos es estrepitosa; incluso se ríe él, el hombrecito en vías de confesarse; y se ríe Jesús, que le estrecha contra su corazón y le besa.

El niño, que ya se ha hecho muy amigo de todos, quiere jugar, y dice:

-«Ahora te digo yo quién es bueno»

y empieza a elegir. Mira a todos y va derecho hacia Juan y Andrés, que están juntos, y dice:

-«Tú y tú. Venid aquí».

Luego elige a los dos Santiagos y los pone con ellos. Luego a Judas Tadeo. Se queda muy pensativo ante el Zelote y Bartolomé, y dice:

-«Sois viejos, pero buenos»

y los pone con los otros. Considera a Pedro –que sufre el examen poniendo ojos amenazadores en plan de chufla– y le ve bueno. También pasan Mateo y Felipe. A Tomás le dice:

-«Tú te ríes demasiado. Yo estoy en serio. ¿No sabes que mi maestro dice que el que siempre se ríe yerra en el momento de la prueba?».

Pero también pasa Tomás; con nota baja, pero pasa el examen. Luego el niño vuelve a donde Jesús.

-«¡Eh, mono, que también estoy yo! ¡No soy ningún árbol. Soy joven y guapo. ¿Por qué no me examinas?» dice Judas Iscariote.

-«Porque no me gustas. Mi mamá dice que cuando una cosa no gusta no se toca; se deja encima de la mesa, para que se la coman las personas a quienes les guste. Y también dice que si una persona ofrece una cosa que no nos gusta no se dice: “No me gusta”, sino “Gracias, no tengo hambre”. Y yo no tengo hambre de ti».

-«¿Cómo es eso? Mira, si me dices que soy bueno te doy esta moneda».

-«¿Y qué hago con ella? ¿Qué compro con una mentira? Mi mamá dice que el dinero conseguido con engaño es paja. Una vez conseguí de su madre anciana con una mentira un didracma para comprarme bollos de miel y por la noche se transformó en paja; lo había puesto en aquel agujero, debajo de la puerta, para cogerlo a la mañana siguiente y encontré sólo un manojo de paja».

-«Pero, ¿por qué no me ves bueno? ¿Qué tengo? ¿Soy bisulco? ¿Soy feo?».

-«No, pero me das miedo».

-«¿Por qué?» pregunta Judas acercándose al niño.

-«No lo sé. Déjame. No me toques, que te araño».

-«¡Qué erizo! ¡Está chalado!». Judas se ríe forzadamente.

-«No estoy chalado. Tú eres malo» y el niño se refugia en el regazo de Jesús, que le acaricia sin decir nada.

Los apóstoles hacen broma de lo sucedido, poco lisonjero para Judas.

184 28       Entretanto la mujer está ya de regreso, con unas doce personas, a las que se van añadiendo otras. Serán ahora unas cincuenta. Todas gente pobre.

-«¿Quieres hablarles? Al menos un rato. Esta es la madre de mi marido, y éstos son mis hijos. Aquel hombre de allí es mi marido. Una palabra, Señor» dice suplicante la mujer.

-«Para darte las gracias por tu hospitalidad, les hablaré».

La mujer, requerida por un niño de pecho, entra en casa; luego se sienta en el umbral de la puerta y le da el pecho.

-«Escuchad. Encima de mis rodillas tengo a un niño que ha hablado muy sabiamente.

Ha dicho: “Todas las cosas obtenidas con engaño se vuelven paja”. Su madre le ha enseñado esta verdad. No es una fábula, es una verdad eterna. Lo que se hace sin honestidad jamás sale bien, porque la mentira, en palabras, acciones o religión, es siempre signo de alianza con Satanás, maestro de embustes.

 184 3No penséis que las obras apropiadas para conseguir el Reino de los Cielos son obras fragorosamente vistosas; son acciones continuas, normales, pero realizadas con un fin sobrenatural de amor. El amor es la simiente del árbol que, naciendo en vosotros, crece hasta el Cielo, y a su sombra nacen todas las demás virtudes. Lo compararé con un minúsculo grano de mostaza. ¡Qué pequeño es! ¡Una 

184 4

de las más pequeñas semillas esparcidas por el hombre! Y, no obstante, ¡fijaos qué robusto y tupido es el árbol cabal, y cuánto fruto da: no ya el cien por ciento, sino el ciento por uno! La más pequeña, pero la que trabaja más diligentemente. ¡Cuántos beneficios os proporciona!

Así es el amor. Si recogéis en vuestro seno una pequeña semilla de amor hacia nuestro santísimo Dios y vuestro prójimo, y actuáis guiados por el amor, no faltaréis contra ningún precepto del Decálogo; no mentiréis a Dios con una falsa religión (de prácticas y no de espíritu), ni al prójimo con conducta de hijos ingratos, de esposos adúlteros –o solamente demasiado exigentes–, de ladrones en las transacciones, de embusteros en la vida, de violentos hacia vuestros enemigos. Fijaos cómo, en esta hora caliente, son muchos los pajarillos que se refugian en el follaje de este huerto. Dentro de poco, ese surco plantado de mostaza –que ahora es todavía pequeña– se verá henchido de trinos de pájaros. Todas las aves vendrán al amparo y a la sombra de estos árboles tan tupidos y cómodos, y las crías de los pájaros aprenderán a usar con seguridad sus alas precisamente en medio de esa pujanza de ramas que hará de escalera para subir, de red para no caer. Así es el amor, base del Reino de Dios.

Amad y seréis amados. Amad y seréis compasivos. Amad y no seréis crueles exigiendo más de lo lícito de quien está a vosotros subordinado. Amor y sinceridad para obtener la paz y la gloria del Cielo. Si no, como ha dicho Benjamín, todas vuestras acciones realizadas mintiendo al amor y a la verdad se os transformarán en paja para vuestro lecho infernal.

No os digo nada más. Únicamente esto: tened presente el gran precepto del amor y sed fieles a Dios Verdad y a la verdad en cada una de vuestras palabras, acciones y sentimientos, porque la verdad es hija de Dios. Se trata de una continua obra de perfeccionamiento de vosotros mismos, de la misma forma que la semilla crece continuamente hasta alcanzar su perfección; es una obra silenciosa, humilde, paciente.

Tened por seguro que Dios ve vuestras luchas y os premia más por venceros en un egoísmo, por retener una palabra mezquina, por no imponer una exigencia, que no si, armados, en la batalla, matarais a vuestro enemigo. Ese Reino de los Cielos que alcanzaréis si vivís como justos está construido con las pequeñas cosas de cada día; con la bondad, la morigeración, la paciencia; contentándose con lo que uno tiene; con la mutua conmiseración; con el amor, sobre todo con el amor.

Sed buenos. Vivid en paz los unos con los otros. No murmuréis. No juzguéis. Dios estará entonces con vosotros. Os doy mi paz como bendición y agradecimiento de la fe que tenéis en mí».

9       Tras estas palabras, Jesús se vuelve a la mujer y dice:

-«Que Dios te bendiga especialmente a ti, porque eres una santa esposa y madre. Persevera en la virtud. Adiós, Benjamín; ama cada vez más la verdad y obedece a tu madre. Descienda sobre ti y tus hermanitos la bendición. Y sobre ti, madre».

Un hombre da unos pasos hacia adelante. Se le ve confuso, balbucea; dice:

-«Yo… yo… estoy impresionado por lo que dices de mi mujer… No sabía…».

«¿Es que no tienes ojos e inteligencia?».

«Sí».

-«¿Y por qué no los usas? ¿Quieres que te los esclarezca?».

«Ya lo has hecho, Señor. De todas formas, yo la amo; lo que pasa es que uno se acostumbra… y… y…».

-«Y cree lícito pretender demasiado porque el otro es mejor que nosotros… No lo hagas más. Tu trabajo te pone en continuo peligro. No temas las borrascas, si Dios está contigo; más teme mucho si lo que está contigo es la Injusticia. ¿Comprendes?».

-«Más de lo que has dicho. Trataré de obedecerte… Yo no sabía… no sabía…».

Y mira a su mujer como si la estuviera viendo por primera vez.

Jesús da su bendición y sale a la callejuela, y reanuda su camino hacia los campos.

[1] Cfr. Mt. 13, 24–30 y 36–43.

[2] Cfr. Dan. 9, 27; 11, 31 y 36; 12, 11; 1 Mac. 1, 57.

[3] Cfr. Is. 34, 15–16; 36, 12–13; Sal. 111, 10; Job. 16, 7–11.

[4] consiste, como MV explica, en trabajar y redimir con la bondad, trabajar sin crearse esperanzas e ilusiones; por pura voluntad de llevar a cabo el propio deber hasta el extremo; trabajar de forma que los demás no se den cuenta de que otro es un malvado, de modo que no le odien. Y concluye, aplicando la observación al comportamiento de Jesús respecto a Judas Iscariote: ¡Qué lección divina da el divino Maestro a los maestros de espíritu y a todos los cristianos!

[5] A propósito de esto, MV escribió una nota que encontramos incluida, y que termina así: si bien Dios permite que el hombre lleve a cabo lo que voluntariamente elige realizar –y ello es para depurarlo y confirmarlo en gracia, o juzgarlo merecedor de castigo–, la culpabilidad del hombre no se ve disminuida por ningún motivo. Porque, si bien es verdad que el hombre, bajo el impulso de Dios o el impulso de Satanás, puede hacer el bien o el mal, no es menos cierto que sólo Dios debería ser seguido, en sus incitaciones de amor, por el hombre, que de El ha recibido todos aquellos dones naturales, morales y sobrenaturales, capaces de hacer de él un hijo de Dios heredero del Cielo. Sobre el mismo tema, pueden leerse las palabras reseñadas en 176.4.

[6] Cfr. Gén. 3, 16.

[7] Cfr. Mt. 13, 31–32; Mc. 4, 31–32; Lc. 13, 17–19.

 

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