16/7/2017 Evangelio según San Mateo 13,1-23.

Decimoquinto Domingo del tiempo ordinario

Santo(s) del día : Virgen Del Carmen
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Lecturas

Este domingo encontramos a Jesús predicando en Betsaida la parábola del sembrador, trae consigo al discípulo que deja a su padre muerto por Jesús (Mt. 8, 22) y viene de pasar por Cafarnaum

Lugares: Betsaida

http://www.maria-valtorta.org/Lieux/Bethsaida.htm
Personajes
Elias, el discipulo de Corozain que siguio a Jesus y no enterro a su padre muerto.
http://www.maria-valtorta.org/Personnages/ElieCorozain.htm

Segundo año de la Vida Pública de Jesús

179. La parábola del sembrador[1]. En Corozaín con el nuevo discípulo Elías.

4 de junio de 1945.

179 1179 2

Vista aérea de la et-Tell. (Betsaida) https://www.sanandolatierra.org/enigma-de-betsaida/

Mapa http://www.biblearchaeology.org/post/2007/08/Three-Woes!.aspx

1       Jesús –mostrándome el curso del Jordán, o mejor, la desembocadura del Jordán en el lago de Tiberíades, en el lugar en que se extiende la ciudad de Betsaida en la orilla derecha del río respecto a quien mira al Norte– me dice:

-«Ahora la ciudad ya no parece en las orillas del lago, sino un poco más hacia el interior. Esto desconcierta a los estudiosos. La explicación se debe buscar en el espacio cedido por el lago, por esta parte, al terreno seco, debido a veinte siglos en que el río ha ido depositando tierra suelta, y también a aluviones y desprendimientos de tierra de las colinas de Betsaida. En aquel tiempo la ciudad estaba justamente en la desembocadura del río en el lago; es más, las barcas más pequeñas, en las estaciones más ricas en aguas, remontaban un buen trecho del río, casi hasta la altura de Corozaín; las orillas del río servían siempre como embarcadero y lugar protegido para las barcas de Betsaida en los días de borrasca en el lago. Esto no te lo digo por ti, que poco te importa, sino por los doctores difíciles. Y ahora continúa».

2       Las barcas de los apóstoles, recorrido el breve trecho de lago que separa Cafarnaúm de Betsaida, echan amarras en esta ciudad. Pero otras barcas las han seguido y muchos bajan de ellas para unirse enseguida a los de Betsaida que han venido a saludar al Maestro. Jesús está entrando ahora en la casa de Pedro en la que… está de jefe su mujer, la cual supongo que ha preferido la soledad antes que vivir entre las continuas quejas de su madre contra su marido.

Afuera reclaman al Maestro a voces, lo cual inquieta no poco a Pedro, que sube a la terraza y con tono autoritario se dirige a la gente, de la ciudad o no, diciendo que se requiere respeto y educación (quisiera, en efecto, poder gozar un poco de la presencia del Maestro, en paz, ahora que le tiene en su casa, y, sin embargo, no tiene el tiempo ni la satisfacción de ofrecerle ni siquiera un poco de agua y miel, entre las muchas cosas que ha dicho a su mujer que traiga), y se muestra enfadado.

Jesús le mira, sonriente, y menea la cabeza diciendo:

-«¡Parece como si no me vieras nunca y que estemos juntos de casualidad!».

-«¡Pues sí, es así! Cuando estamos por el mundo, ¿estamos, acaso, Tú y yo? ¡Ni soñarlo! Entre Tú y yo está el mundo, con sus enfermos, sus afligidos, sus oyentes, sus curiosos, sus calumniadores, sus enemigos, y no estamos nunca Tú y yo. Aquí, sin embargo, Tú estás conmigo, en mi casa, ¡y deberían comprenderlo!». Está verdaderamente alterado.

-«No veo la diferencia, Simón. Mi amor es igual, mi palabra es la misma; ¿no es lo mismo que te la diga en privado o que la diga para todos?».

3       Pedro entonces confiesa su gran pesar:

-«Es que soy cerrado de mollera, y me distraigo con facilidad. Cuando hablas en una plaza, en un monte, en medio de una muchedumbre, no sé por qué, comprendo todo, pero luego no recuerdo nada. Se lo he dicho también a los compañeros y me han dado la razón. La otra gente –me refiero al pueblo que te escucha– te comprende y luego se acuerda de lo que has dicho. ¡Cuántas veces hemos oído confesar a uno: “No he vuelto a hacer esto porque Tú lo has dicho”, o: “He venido porque una vez te oí decir esta otra cosa y se me quedó grabado en el pensamiento”. Sin embargo, nuestro caso… ¡Ay!, ¡Ay!, es como un curso de agua que pasa sin detenerse: la orilla ya no tiene esa agua que ha pasado. Viene otra, sí, continuamente, y mucha, pero sigue pasando, sigue pasando… Yo pienso, con gran temor, que, si es como dices, llegará el momento en que Tú ya no podrás seguir haciendo de río y… y yo… ¿Qué le voy a poder dar a quien tenga sed, si no conservo ni una gota de lo mucho que me das?».

También los otros apoyan las quejas de Pedro, lamentándose de no encontrar nunca nada de lo que escuchan, cuando querrían encontrarlo para responder a los muchos que los preguntan. Jesús sonríe y responde:

-«No creo que sea así. La gente está muy contenta también de vosotros…».

-«¡Sí, claro, para lo que hacemos!… Abrirte paso dando codazos, llevar a los enfermos, recoger las dádivas y decir: “Sí, sí, aquél es el Maestro!”. ¡Pues vaya una cosa, ¿no?!».

-«No te rebajes demasiado, Simón».

-«No me estoy rebajando, es que me conozco».

-«Es la más difícil de las sabidurías. De todas formas, quiero quitarte este gran miedo. Las veces que hable y veáis que no habéis podido comprender y retener todo, preguntadme, sin miedo a parecer latosos o a desanimarme. Siempre tenemos algunas horas de intimidad; abridme en esos momentos vuestro corazón. Yo doy mucho a muchos, ¿qué no os daría a vosotros, a quienes amo con un amor que Dios no podría superar? Has hablado de la ola que va sin dejar rastro en la orilla. Llegará un día en que te darás cuenta de que cada una de las olas ha depositado en ti una semilla, y que cada una de las semillas ha producido una planta, y verás ante ti flores y árboles para todos los casos, te asombrarás de ti mismo, de lo que el Señor ha hecho contigo, porque entonces estarás redimido de la esclavitud del pecado y tus virtudes actuales habrán adquirido muy alta perfección»[1].

-«Si Tú lo dices, Señor, descanso en estas palabras tuyas».

4

-«Ahora vamos con los que nos están esperando. Venid. Recibe la paz; mujer. Esta noche seré tu huésped».

Salen. Jesús va hacia el lago para evitar la compresión de la muchedumbre. Pedro, diligentemente, separa la barca de la orilla unos pocos metros, de modo que la voz de Jesús sea oída por todos y que haya un espacio entre el auditorio y El.

-«De Cafarnaúm a aquí he venido pensando qué podría deciros. La indicación la he encontrado en los hechos sucedidos esta mañana.

Habéis visto a tres hombres que se han acercado a mí. Uno, espontáneamente, otro porque le he llamado, el tercero por un entusiasmo repentino. Habéis podido ver también cómo de estos tres he tomado sólo a dos. ¿Por qué? ¿Será porque he visto en el tercero a un traidor? No, ciertamente no; lo que he visto en él ha sido una persona no preparada. A simple vista parecía menos preparado éste hombre que ahora está a mi lado, este hombre que iba a enterrar a su padre. Sin embargo, el menos preparado era el tercero. Este estaba tan preparado –aún sin saberlo– que ha sabido realizar un sacrificio verdaderamente heroico.

65 1Seguir a Dios con heroísmo es siempre prueba de una fuerte preparación espiritual.

Esto explica ciertos hechos sorprendentes que se producen en torno a mí. Los que están más preparados para recibir al Cristo –cualesquiera que sean su casta o su cultura– vienen a mí con prontitud y fe absolutas. Los menos preparados me observan como a un hombre que se sale de lo habitual, o me estudian con desconfianza y curiosidad, o incluso me atacan y desacreditan acusándome de varias formas. Las distintas formas de actuar son proporcionales a la falta de preparación de los espíritus.

En el pueblo elegido deberían encontrarse por todas partes espíritus preparados para recibir a este Mesías en cuya espera se consumieron de ansiedad los Patriarcas y los Profetas; a este Mesías que por fin ha venido, precedido y acompañado por todos los signos profetizados; a este Mesías cuya figura espiritual se delinea cada vez más clara a través de los milagros visibles, en los cuerpos y en los elementos, y de los milagros invisibles en las conciencias que se convierten, y en los gentiles que se vuelven al Dios verdadero. Y, sin embargo, no es así. Precisamente en los hijos de este pueblo la prontitud para seguir al Mesías se ve fuertemente obstaculizada, y, además, aunque duela decirlo, a medida que se sube a las clases más altas, más obstaculizada está. No lo digo para escandalizaros, sino para induciros a orar y a reflexionar.

¿Por qué sucede esto? ¿Por qué gentiles y pecadores avanzan más por mi camino?, ¿por qué acogen lo que Yo digo, y los otros no? Porque los hijos de Israel están anclados; es más, incrustados como madreperlas al banco en que nacieran. Porque están saturados, henchidos de su sabiduría, que los ha engordado, y no saben abrir camino a la mía desprendiéndose de lo superfluo para hacer espacio a lo necesario. Los otros no padecen esta esclavitud: son pobres paganos, o pobres pecadores, desancorados como naves a la deriva; son pobres, que no tienen tesoros propios, sino que sólo poseen fardos de errores y pecados de los que se desprenden con gozo en cuanto logran comprender la Buena Nueva y prueban su dulzura corroborante, bien distinta del desagradable revoltijo de sus pecados.

[1] Cfr. Ju. 16, 13.

5 Escuchad, y quizás entenderéis mejor cómo de una misma acción pueden surgir diversos frutos.

179 3Salió un sembrador a sembrar. Sus tierras eran muchas y de distintos tipos. Algunas de ellas las había heredado de su padre; en éstas, su falta de atención había permitido la proliferación de plantas espinosas. Otras eran adquiridas; las había comprado a una persona descuidada y las había dejado como estaban. Otras estaban atravesadas por caminos, porque el hombre era un comodón y no quería hacer mucho recorrido para ir de un lugar a otro. En fin, había algunas, las más cercanas a la casa, que había cuidado, para que el aspecto de delante de su casa fuera agradable; éstas tierras estaban bien limpias de cantos, de espinos, de malas hierbas, etc.

Pues bien, el hombre cogió su saquito de trigo de simiente, el de mejor calidad, y empezó a sembrar. La simiente cayó en el terreno bueno, esponjoso, arado, limpio, abonado, de las tierras cercanas a la casa. Cayó en las tierras cortadas por esos caminos más o menos anchos que las fragmentaban hasta la saciedad y que, además, eran fuente de despreciable polvo árido para la tierra fértil. Otras semillas cayeron en las tierras en que la ineptitud del hombre había dejado proliferar los espinos; el arado, ahora, los había arrastrado a su paso y parecía que ya no hubiera, pero seguían estando, porque sólo el fuego, la radical destrucción de las malas plantas, les impide volver a nacer. La última semilla cayó en los campos comprados poco antes, en esos campos que el sembrador había dejado como estaban cuando los adquirió, sin roturarlos profundamente, sin levantar todas las piedras que estaban hundidas en la tierra y que formaban un pavimento duro en que no podían prender las tiernas raíces. Una vez esparcida por los campos toda la simiente, volvió a su casa y dijo: “¡Bien!, ¡bien!, ahora no hay sino que esperar a la cosecha”.

6 Y se regocijaba al ver con el paso de los meses, primero germinar bien espeso el trigo en las tierras que estaban delante de su casa, luego crecer –¡Oh, qué suave alfombra!– y producir espiga –¡qué mar!– y dorarse y cantar su hosanna al sol entrechocándose las espigas. El hombre decía: “Como estas tierras serán todas las demás. Preparemos la hoz y los graneros. ¡Cuánto pan! ¡Cuánto oro!”, y exultaba de gozo. Segó el trigo de las parcelas más cercanas y luego pasó a las tierras que había heredado de su padre y que había dejado abandonadas. Al verlas se quedó de piedra. Mucho trigo había nacido, porque eran buenas parcelas, y la tierra, bonificada por su padre, era rica y fértil. Pero esta misma fertilidad había actuado en las plantas espinosas –arrastradas por el arado pero aún vivas–, que habían renacido creando un verdadero techo de híspidos ramajes de espinos, a cuyo través sólo algunas escasas espigas de trigo habían podido emerger, con lo cual casi todo había quedado ahogado.

El hombre dijo: “Con estas parcelas he sido negligente, pero en otras no había espinos; irá mejor la cosa”. Y pasó a las tierras que había comprado recientemente. Su estupor pasó a ser dolor: delgadas hojas de trigo, ya resecas, yacían, como heno seco, diseminadas por todas partes. Heno seco. “¿Cómo es posible! ¿Cómo es posible!”, se lamentaba el hombre. “¡Pues si aquí no hay espinos y el trigo era el mismo! Y había nacido bien compacto y hermoso: se ve por las hojas, bien formadas y numerosas. ¿Por qué, entonces, todo ha muerto sin formar espiga?”. Y, con dolor, se puso a excavar en el suelo para ver si encontraba nidos de topos u otros flagelos. No había ni insectos ni roedores. ¡Ah, pero, cuántas piedras, cuántas piedras! Estas parcelas estaban, literalmente hablando, pavimentadas con lascas de piedra; era engañosa la poca tierra que las cubría. ¡Ah, si hubiera hincado profundamente el arado a su debido tiempo! ¡Ah, si hubiera excavado antes de aceptar esas tierras y comprarlas como buenas! ¡Ah, si, al menos, una vez cometido el error de adquirir lo que se le ofrecía sin asegurarse de su calidad, lo hubiera bonificado a fuerza de brazos! Pero ya era demasiado tarde. Inútil plañirse.

El hombre se enderezó, desanimado, y fue a ver los campos cortados por los caminos que él mismo, buscando la comodidad, había trazado… Y se rasgó las vestiduras del dolor. Aquí no había nada, absolutamente nada. La tierra oscura del campo estaba cubierta por un leve estrato de polvo blanco. El hombre se desplomó gimiendo: “Pero aquí, ¿por qué? Aquí no hay ni espinos ni piedras, porque estos campos son nuestros; mi abuelo, mi padre, yo, los hemos tenido siempre y durante muchos lustros los hemos hecho producir y han sido fértiles. Yo he abierto los caminos; habré quitado espacio a las parcelas, pero ello no puede haberlas hecho tan improductivas…”. Estaba llorando cuando un nutrido conjunto de pájaros, que con frenesí se lanzaban de los senderos a la tierra de labor y de ésta a los senderos, para buscar, buscar, buscar semillas, semillas, semillas… le dieron la respuesta a su dolor: esta tierra se había convertido en una red de caminos, a cuyos bordes habían ido a parar granos de trigo, atrayendo así a muchos pájaros, los cuales primero se habían comido los granos que habían caído en el camino y luego lo que había caído dentro, hasta el último grano.

De esta forma, la simiente, igual para todas las parcelas, había producido, en unas, cien, en otras, sesenta o treinta o nada. El que tenga oídos para oír que oiga. La semilla es la Palabra, que es igual para todos; los lugares donde cae la simiente son vuestros corazones. Que cada cual lo aplique y lo comprenda. La paz sea con vosotros».

7       Luego, volviéndose a Pedro, dice:

-«Remonta el río hasta donde te sea posible y amarra al otro lado».

Y mientras las dos barcas recorren un corto trecho por el río para luego detenerse junto a la orilla, Jesús se sienta y le pregunta al nuevo discípulo:

-«¿Quién queda ahora en tu casa?».

-«Mi madre con mi hermano mayor, que está casado desde hace cinco años. Mis hermanas están en distintos puntos de esta región. Mi padre era muy bueno. Mi madre le llora desconsoladamente». El joven calla bruscamente al sentir que un sollozo le sube del corazón.

Jesús le agarra de una mano y dice:

-«Yo también he experimentado este dolor y he visto llorar a mi Madre. Por tanto, te comprendo…».

El fondo restriega contra el guijarral. Ello hace que la conversación se interrumpa, para permitir bajar de la barca. Ya no se ven las bajas colinas de Betsaida que casi se introducen en el lago; aquí hay una llanura rica en gramíneas que se extiende desde esta orilla, opuesta a Betsaida, hacia el Norte.

-«¿Vamos a Merón?» pregunta Pedro.

-«No. Cogemos este sendero que va por entre las tierras».

Los campos, hermosos y bien cuidados, muestran las espigas aún tiernas pero ya formadas. Todas a la misma altura y cimbreándose levemente por el viento fresco que viene del Norte, parecen otro lago, pequeño, en que las velas son los árboles que esporádicamente se yerguen, llenos de trinos de pájaros.

-«Estos campos no son como los de la parábola» observa el primo Santiago.

-«¡No, sin duda! No han sido devastados por los pájaros, ni hay espinos ni piedras. ¡Hermoso trigo! Dentro de un mes ya estará dorado… y dentro de dos estará maduro para la hoz y el granero» dice Judas Iscariote.

-«Maestro… Te recuerdo lo que has dicho en mi casa. Has hablado muy bien, pero yo empiezo ya a tener en la cabeza nubes desmadejadas como ésas del cielo…» dice Pedro.

-«Esta noche te lo explicaré.

8 Ahora tenemos ante nuestros ojos a Corozaín». Y Jesús

mira fijamente al neodiscípulo diciendo:

-«A quien tiene se le da. El hecho de recibir no quita el mérito a la ofrenda. Llévame a vuestro sepulcro y a casa de tu madre».

El joven se arrodilla y besa entre lágrimas la mano de Jesús.

-«Levántate. Vamos. Mi espíritu ha oído tu llanto. Quiero fortalecerte en el heroísmo con mi amor».

-«Isaac el adulto me había hablado de tu gran bondad. ¿Sabes qué Isaac, no? aquel al que le curaste la hija. Ha sido el apóstol para mí. Pero veo que tu bondad es aún mayor de cuanto me habían referido».

-«Iremos a saludar también al adulto para darle las gracias por haberme dado un discípulo».

        Llegan a Corozaín. La primera casa es precisamente la de Isaac. El anciano, que está volviendo a casa, cuando ve al grupo de Jesús con los suyos, y entre ellos al joven de Corozaín, levanta los brazos con su bastoncito en la mano. Se queda sin respiración, a boca abierta. Jesús sonríe y su sonrisa devuelve la voz al anciano.

-« ¡Dios te bendiga, Maestro! ¿A qué se debe este honor?».

-«Para decirte “gracias”».

-«¿Por qué motivo, Dios mío? Soy yo quien debe decirte esta palabra. Pasa, pasa.

¡Qué pena que mi hija esté lejos asistiendo a su suegra! Porque se ha casado, ¿sabes? Toda suerte de bendiciones tras el encuentro mío contigo. Ella, curada; inmediatamente después, ese rico pariente, que regresaba de lejos, viudo, con unos pequeñuelos necesitados de una madre… ¡Bueno, pero si ya te he contado estas cosas! ¡Mi cabeza es anciana también! Perdona».

-«Tu cabeza es sabia, se olvida además de gloriarse del bien que hace por su Maestro. Olvidarse del bien realizado es sabiduría; demuestra humildad y confianza en Dios».

-«Bueno… yo… no sabría…».

-«¿Acaso no tengo este discípulo por ti?».

-«Bueno, no he hecho nada; sólo, decir la verdad… Me alegro de que Elías esté contigo». Y se vuelve hacia Elías Y dice:

«Tu madre, pasado el primer momento de estupor, vio enjugado su llanto al saber que eras del Maestro. Tu padre tuvo un digno duelo. Se le ha enterrado hace poco».

-«¿Y mi hermano?».

«Guarda silencio… Ya sabes… Le ha sido un poco duro el no verte… Por el pueblo…Piensa todavía así…».

El joven se vuelve hacia Jesús:

-«Es lo que dijiste. Pero no quiero que esté muerto…Haz que venga a la vida como yo, y a tu servicio».

Los otros no entienden y miran con ademán de pregunta a Jesús, quien sólo responde:

-«No pierdas la esperanza y persevera». Luego bendice a Isaac y se marcha, a pesar de todas las presiones en contra.

9       Se detienen primero a orar junto a la tumba cerrada. Luego, atravesando un majuelo aún semideshojado, se dirigen a la casa de Elías.

El encuentro entre los dos hermanos es más bien circunspecto: el mayor se siente ofendido y lo quiere poner de manifiesto; el menor se siente humanamente culpable y no reacciona. Pero cuando aparece la madre –la cual, sin mediar palabra, se postra y besa el extremo del vestido de Jesús– el ambiente y los ánimos se calman; tanto, que quieren hacer los honores al Maestro.

Pero Jesús no acepta nada, limitándose a decir:

-«Sean justos vuestros corazones recíprocamente, como justo era el hombre al que lloráis. No deis impronta humana a lo sobrehumano: la muerte y la elección para una misión. El alma del justo no ha sufrido turbación al ver la ausencia del hijo en el entierro de su cadáver; es más, la seguridad sobre el futuro de su Elías le ha dado paz. No turbe el pensamiento del mundo la gracia de la elección. Si el mundo se ha podido quedar sorprendido al no ver a éste junto al féretro paterno, los ángeles han exultado al verle al lado del Mesías. Sed justos. Y a ti, madre, que esto te consuele; has educado sabiamente y tu hijo ha sido llamado por la Sabiduría. Os bendigo a todos. La paz os acompañe ahora y siempre».

Vuelven al camino que los ha de llevar al río y después a Betsaida. El hombre, Elías, no ha perdido ni un instante en el umbral de la casa paterna; tras el beso de despedida a su madre ha seguido al Maestro con la sencillez con que un niño sigue a su verdadero padre.

180. Controversia en la cocina de Pedro en Betsaida. Explicación de la parábola del sembrador. La noticia de la segunda captura de Juan el Bautista[1].

7 de junio de 1945.

1       Estamos de nuevo en la cocina de la casa de Pedro. La cena debe haber sido abundante, como se deduce de los platos con los restos de pescado y carne, de quesos, de diversos tipos de fruta seca –o pasa al menos–, de bollos de miel, amontonados sobre una especie de vasar que recuerda un poco a nuestros aparadores toscanos en que se amasa y conserva el pan; y de las ánforas y copas que están todavía encima de la mesa.

La mujer de Pedro debe haber hecho milagros para que su marido se sintiera contento, y debe haber estado trabajando toda la jornada. Ahora, cansada pero contenta, está en su rinconcillo mientras escucha lo que dice su marido y los demás; está mirando a su Simón, que para ella debe ser un gran hombre, aunque un poco exigente; cuando le oye hablar con palabras nuevas, con esa boca que antes no hablaba sino de barcas, redes, pescado y dinero, parpadea incluso, como deslumbrada por una luz demasiado intensa. Pedro esta noche, sea por la alegría de tener a su mesa a Jesús, sea por la alegría de la abundante comida consumida, está verdaderamente inspirado: se revela en él el futuro Pedro predicando a las muchedumbres.

No sé qué observación de uno de los compañeros ha originado la respuesta escultórica de Pedro:

-«Les sucederá como a los constructores de la torre de Babel[2]: su misma soberbia provocará la destrucción de sus teorías y morirán aplastados».

Andrés objeta a su hermano:

-«Pero Dios es Misericordia. Impedirá que se derrumben para darles tiempo de arrepentirse».

-«¡Que te crees tú eso! Coronarán su soberbia con la calumnia y la persecución. Ya lo veo venir. Nos perseguirán, cual testigos odiosos, para disgregarnos. Y, por su ataque insidioso contra la Verdad, Dios tomará venganza y perecerán».

-«¿Tendremos la fuerza suficiente para resistir?» pregunta Tomás.

-«Por mí mismo no la tendría, pero confío en El» dice Pedro señalando al Maestro, el cual está escuchando y guarda silencio, con la cabeza un poco inclinada como para tener escondida la expresión de su rostro.

-«Yo pienso que Dios no nos someterá a pruebas superiores a nuestras fuerzas» dice Mateo.

-«O que, cuando menos, aumentará las fuerzas proporcionalmente a la magnitud de las pruebas» concluye Santiago de Alfeo.

-«Ya lo está haciendo.

2 Yo era rico y poderoso. Si Dios no me hubiera querido conservar para un fin suyo, yo me habría hundido en la desesperación cuando estaba leproso y me perseguían. Me habría ensañado conmigo mismo… Y, sin embargo, en medio del abatimiento completo en que me encontraba, recibí de lo alto una riqueza nueva que nunca antes había poseído, la riqueza de una persuasión: “Dios existe”.

Antes… Dios… Sí… era creyente, era un fiel israelita… pero era una fe de formalismos. Y me parecía que el premio a esta fe fuera siempre inferior a mis virtudes. Me permitía polemizar con Dios porque me sentía todavía algo sobre la faz de la tierra. Simón Pedro tiene razón. Yo también estaba construyendo una torre de Babel con las autoalabanzas y las satisfacciones a mi yo. Cuando se me vino todo encima y quedé, como un gusano, aplastado por el peso de toda esta inutilidad humana, dejé de polemizar con Dios, para pasar a hacerlo conmigo mismo, con mi loco yo–mismo, y acabé de demolerlo. Y, a medida que lo hacía, abriendo paso a lo que yo creo que es el Dios inmanente en nuestro ser de terrestres, obtenía una fuerza, una riqueza, nueva[3]: la certeza de que no estaba solo y de que Dios velaba por el hombre vencido por el hombre y por el mal».

-«¿Para ti qué es Dios; esto que has dicho: “el Dios inmanente en nuestro ser de terrestres”? ¿Qué quieres decir con eso? No te comprendo, y además me parece una herejía. A Dios le conocemos a través de la Ley y los Profetas, y no hay otro Dios» dice un poco severo Judas Iscariote.

-«Si aquí estuviera Juan, te lo diría mejor que yo. De todas formas, te lo diré como sé. Es verdad que a Dios le conocemos a través de la Ley y los Profetas. Pero, ¿en qué le conocemos?, ¿cómo?».

Judas de Alfeo interviene inmediatamente:

-«Poco y mal. Los Profetas que nos le describieron… le conocían; pero nosotros tenemos de El la idea confusa filtrada a través de todo un montón de estorbos acumulados por las sectas…».

-«¿Sectas? ¿Qué palabras son ésas? Nosotros no tenemos sectas. Nosotros somos los

hijos de la Ley… todos» dice Judas Iscariote, indignado y agresivo.

-«Los hijos de las leyes. No de la Ley. Hay una ligera diferencia. Del singular al plural.

Pero en realidad ello significa que ya no somos hijos de lo que Dios nos ha dado sino de lo que nosotros hemos creado» rebate Judas Tadeo.

-«Las leyes han nacido de la Ley» dice Judas Iscariote.

-«También las enfermedades nacen de nuestro cuerpo, y no me vas a decir ahora que

son cosas buenas» replica Judas Tadeo.

«Bueno, dejadme saber lo que es el Dios inmanente de Simón Zelote». Judas Iscariote, que no puede replicar a esta observación de Judas de Alfeo, trata de llevar de nuevo la cuestión al punto de partida.

3 Simón Zelote dice:

-«Nuestros sentidos necesitan siempre un término para aferrar una idea. Cada uno de nosotros –me refiero a nosotros creyentes– cree, claro está, por la misma fe, en el Altísimo, Señor y Creador, eterno Dios que está en el Cielo. Pero todos necesitamos algo más que esta fe desnuda, virgen incorpórea, adecuada y suficiente para los ángeles, que ven y aman a Dios espiritualmente compartiendo con El la naturaleza espiritual y teniendo la capacidad de ver a Dios. Nosotros necesitamos crearnos una “figura” de Dios, figura que está hecha de las cualidades esenciales que ponemos en Dios para dar un nombre a su perfección absoluta, infinita. Cuanto más se concentra el alma más alcanza la exactitud en el conocimiento de Dios. Pues bien, lo que yo digo es esto: el Dios inmanente. No soy un filósofo. Quizás haya aplicado mal la palabra. Lo que quiero decir, en definitiva, es que para mí el Dios inmanente es el hecho de sentir, de percibir, a Dios en nuestro espíritu, y sentirle y percibirle no ya como una idea abstracta sino como real presencia que da fortaleza y paz nuevas».

-«De acuerdo. Pero, en definitiva, ¿cómo lo sentías? ¿Qué diferencia hay entre sentir por fe y sentir por inmanencia?» pregunta un poco irónico Judas Iscariote.

-«Dios es seguridad, muchacho –interviene Pedro–. Cuando le sientes como dice Simón, con esa palabra cuyo espíritu comprendo aunque no la entienda como tal palabra –y, créeme, nuestro mal consiste en entender sólo la letra y no el espíritu de las palabras de Dios–, quiere decir que logras aferrar no sólo el concepto de la majestad terrible sino de la paternidad dulcísima de Dios; quiere decir que sientes que, aunque todo el mundo te juzgara y condenara injustamente, Uno sólo, El, el Eterno, que te es padre, no te juzga sino que te absuelve y te consuela; quiere decir que sientes que, aunque todo el mundo te odiase, sentirías en ti la presencia de un amor más grande que todo el mundo; quiere decir que, segregado de los demás, en una cárcel o en un desierto, sentirías siempre que Uno te habla y te dice: “Sé santo para ser como tu Padre”; quiere decir que por el amor verdadero a este Padre Dios –que por fin uno llega a sentir tal– se acepta, se obra, se toma o se deja, sin medidas humanas, pensando sólo en devolver amor por amor, en copiar lo más posible a Dios en las propias acciones».

-«¡Eres soberbio! ¡Copiar a Dios! No te es concedido» juzga Judas Iscariote.

-«No es soberbia. El amor lleva a la obediencia. Copiar a Dios me parece también una forma de obediencia porque Dios dice que nos ha hecho a su imagen y semejanza[4] »

replica Pedro.

-«Nos ha hecho. Nosotros no debemos ir más arriba».

-«¡Mira chico, eres un desdichado si piensas así! Olvidas que caímos y que Dios nos quiere volver a elevar a lo que éramos».

4       Jesús toma la palabra:

-«Más todavía, Pedro, Judas, y vosotros todos, más todavía. La perfección de Adán era susceptible de aumento mediante el amor que le habría conducido a una imagen progresivamente más exacta de su Creador. Adán, sin la mancha del pecado, habría sido un tersísimo espejo de Dios. Por esto digo: “Sed perfectos como perfecto es el Padre que está en los Cielos”. Como el Padre, por tanto, como Dios. Pedro ha hablado muy bien, y Simón también. Os ruego que recordéis las palabras de ambos y que las apliquéis a vuestras almas».

Falta poco para que la mujer de Pedro se desmaye de la alegría de sentir alabar de este modo a su marido. Llora en su velo, serena y dichosa.

Pedro se pone tan colorado, que da la impresión de que le esté viniendo un ataque apopléjico. Permanece mudo durante unos momentos y luego dice:

-«Bueno, pues entonces dame el premio. La parábola de esta mañana…».

También los otros se unen a Pedro diciendo:

-«Sí. Lo has prometido. Las parábolas sirven para hacer comprender la comparación, pero nosotros comprendemos que su espíritu supera la comparación.

5 ¿Por qué les hablas en parábolas?».

-«Porque a ellos no se les concede entender más de lo que explico. A vosotros se os tiene que dar mucho más, porque vosotros, mis apóstoles, debéis conocer el misterio; por tanto, se os concede entender los misterios del Reino de los Cielos. Por esto os digo:

“Preguntad, si no comprendéis el espíritu de la parábola”. Vosotros dais todo, y todo se os debe dar, para que a vuestra vez podáis dar todo. Vosotros dais todo a Dios: afectos,[5]tiempo, intereses, libertad, vida. Y Dios os da todo, para compensaros y haceros capaces de dar todo en nombre de Dios a quienes vienen después de vosotros. De este modo, a quien ha dado le será dado, y con abundancia; pero, a quien sólo ha dado parcialmente o no ha dado en absoluto, le será incluso quitado lo que tenga.

Les hablo en parábolas para que viendo vean sólo lo que les ilumina su voluntad de seguir a Dios; para que oyendo –con la misma voluntad de adhesión– oigan y comprendan. ¡Vosotros veis! Muchos oyen mi palabra, pocos se adhieren a Dios; es incompleta la buena voluntad de sus espíritus. En ellos se cumple la profecía de Isaías[6]: “Oiréis con los oídos pero no comprenderéis, miraréis con los ojos pero no veréis”.

Porque este pueblo tiene un corazón insensible; sus oídos son duros y han cerrado los ojos para no oír y para no ver, para no comprender con el corazón y no convertirse para que los cure. ¡Pero, dichosos vosotros por vuestros ojos que ven, por vuestros oídos que oyen, por vuestra buena voluntad!

En verdad os digo que muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis y no lo vieron y oír lo que vosotros oís pero no lo oyeron. Se consumieron en el deseo de comprender el misterio de las palabras, pero, apagada la luz de la profecía, las palabras permanecieron como carbones apagados, incluso para el santo que las había recibido.

Sólo Dios se devela a sí mismo. Cuando su luz se retira, terminada su intención de iluminar el misterio, la incapacidad de comprender envuelve –como las vendas de una momia– la regia verdad de la palabra recibida. Por esto te he dicho esta mañana: “Un día volverás a encontrar todo lo que te he dado”. Ahora no puedes retenerlo. Pero tiempo llegará en que recibirás la luz, no sólo por un instante sino en un inseparable desposorio del Espíritu eterno con el tuyo, por lo que será infalible tu magisterio respecto a las cosas del Reino de Dios. Y, como en ti, en tus sucesores, si viven de Dios como su único pan[7].

6 Escuchad ahora el espíritu de la parábola.

Tenemos cuatro tipos de campos: los fértiles, los espinosos, los pedregosos y los que están llenos de senderos. Tenemos también cuatro tipos de espíritus.

Por una parte, están los espíritus honestos, los espíritus de buena voluntad, preparados por esta misma buena voluntad y por la obra buena de un apóstol, de un “verdadero” apóstol. Porque hay apóstoles que tienen el nombre pero no el espíritu de apóstoles: su efecto sobre las voluntades que se están formando es más mortífero que los propios pájaros, espinos y piedras; con sus intransigencias, prisas, reprensiones y amenazas, trastocan todo, de tal forma, que se alejan para siempre de Dios. Hay otros que, al contrario, por regar continuamente benevolencia desfasada, ajan la semilla en un terreno demasiado blando. Enervan, las almas que están bajo su custodia. Mas refirámonos a los verdaderos apóstoles, es decir, a los espejos límpidos de Dios: son paternos, misericordiosos, pacientes, y, al mismo tiempo, fuertes como su Señor. Pues bien, los espíritus preparados por éstos y por la propia voluntad se pueden comparar a los campos fértiles, exentos de piedras y zarzas, limpios de malas hierbas y cizaña; en ellos prospera la palabra de Dios; cada palabra –una semilla– produce una macolla y luego espigas maduras, y da en unos casos el cien, en otros el sesenta, en otros el treinta por ciento. ¿Entre los que me siguen hay de éstos? Sin duda. Y serán santos. Los hay de todas las castas, de todos los países, incluso gentiles hay (que darán también el ciento por uno por su buena voluntad; por ella únicamente, o también, además de por ella, por la de un apóstol o discípulo que me los prepara).

Los campos espinosos son aquellos en que la indolencia ha dejado penetrar espinosas marañas de intereses personales que ahogan la buena semilla. Es necesaria siempre una vigilancia sobre uno mismo; siempre, siempre… Nunca decir: “¡Ya estoy formado, he recibido ya la semilla, puedo estar tranquilo porque daré semilla de vida eterna!”. Es necesaria siempre una vigilancia: la lucha entre el Bien y el Mal es continua. ¿Alguna vez os habéis parado a observar una colonia de hormigas que se establece en una casa?

Ya se las ve junto al hogar. La mujer ya no vuelve a dejar alimentos allí sino que los pone encima de la mesa; mas el olfato de las hormigas examina el aire y asaltan la mesa. La mujer pone los alimentos en el abaz, pero ellas pasan adentro a través de la cerradura. Entonces la mujer cuelga del techo esos alimentos, pero las hormigas recorren un largo camino por paredes y viguetas, bajan por la cuerda y comen. Entonces la mujer las quema, las envenena… y se queda tranquila creyendo que las ha destruido. ¡Ah, si no vigila, qué sorpresa! Ya salen las otras nuevas que han nacido… y vuelta a empezar.

Esto durante el tiempo que dura la vida. Es necesario vigilarse para extirpar las plantas malas desde el primer momento en que aparecen; si no, harán un techo de zarzas y ahogarán el trigo. Los cuidados mundanos, el engaño de las riquezas, crean la maraña, ahogan la planta de la semilla de Dios y no dejan que llegue a hacerse espiga.

¿Y las tierras pedregosas?… ¡Cuántas hay en Israel!… Son las que pertenecen a los “hijos de las leyes” como muy acertadamente ha dicho mi hermano Judas. Estas tierras no tienen la piedra única del Testimonio; no, la piedra de la Ley, sino el pedregal de las pequeñas, pobres, humanas leyes creadas por los hombres; muchas, tantas, que con su peso han reducido a lascas incluso la piedra de la Ley. Se trata de un deterioro que impide completamente la radicación de las semillas. La raíz no tiene ya alimento. No hay tierra, no hay substancia. El agua, estancándose sobre el suelo de piedras, pudre; el sol se pone al rojo en esas piedras y quema las plantas tiernas. Son los espíritus de los que en lugar de la sencilla doctrina de Dios ponen complicadas doctrinas humanas. Reciben mi palabra hasta incluso con alegría; momentáneamente se sienten impresionados y seducidos por ella; pero luego… Sería necesario tener el heroísmo de trabajar duro para limpiar el campo, el espíritu y la mente de todo el pedregal de los oradores vacíos. Entonces la semilla echaría raíz y se haría una fuerte macolla. Sin embargo, así no es nada. Es suficiente un temor a represalias humanas, es suficiente la reflexión: “¿Y luego?, ¿qué respuesta voy a recibir de los poderosos?”, para que la pobre semilla, carente de alimento, languidezca. Es suficiente con que todo el pedregal se remueva con el sonido vano de los centenares de preceptos que han reemplazado al Precepto, para que el hombre perezca con la semilla recibida… Israel está lleno de ello. Esto explica por qué el ir a Dios está en razón inversa del poder humano.

Por último, las tierras surcadas de caminos, polvorientas, desnudas. Las de los mundanos, las de los egoístas. Su comodidad es su ley; su fin, gozar. No trabajar, sino vivir en la indolencia, reír, comer… En ellos reina el espíritu del mundo. El polvo de la mundanidad recubre el terreno y éste se hace arenoso. Los pájaros, o sea, el producto de su molicie, se lanzan hacia esos mil senderos que han sido abiertos para hacer más fácil la vida; luego el espíritu del mundo, o sea, el Maligno, picotea y destruye todas las semillas caídas en este terreno abierto a toda sensualidad y ligereza.

7 ¿Habéis comprendido? ¿Tenéis algo más que preguntar? ¿No? Pues entonces podemos retirarnos a descansar para salir mañana para Cafarnaúm. Tengo que visitar todavía un lugar antes de emprender el viaje hacia Jerusalén para la Pascua».

-«¿Vamos a pasar otra vez por Arimatea?» pregunta Judas Iscariote.

-«No es seguro. Según que los…».

Llaman enérgicamente a la puerta.

-«¿Quién podrá ser a esta hora?» dice Pedro levantándose para ir a abrir.

Se presenta Juan. Agitado, lleno de polvo, con claros signos de llanto en su rostro

«¿Tú aquí?» gritan todos. «¿Pero qué ha pasado?».

Jesús, que se ha puesto en pie, se limita a decir:

-«¿Dónde está mi Madre?».

Juan, dando unos pasos y yendo a arrodillarse a los pies de su Maestro, tendiendo los brazos hacia delante como pidiendo ayuda, dice:

-«Tu Madre está bien, pero llorando como yo, como muchos otros, y te ruega que no vayas donde Ella siguiendo el curso del Jordán por la parte nuestra. Me ha hecho regresar por este motivo, porque… porque Juan, tu primo, ha sido apresado…». Y Juan llora mientras entre los presentes se forma un gran alboroto.

Jesús se pone muy pálido, pero no se agita; solamente dice:

-«Levántate y habla».

-«Iba hacia abajo con la Madre y las mujeres. También estaban con nosotros Isaac y Timoneo. Tres mujeres y tres hombres. Cumplí tu orden de conducir a María donde Juan… ¡Ah, sabías que era el último adiós… que debía ser el último adiós!… La tormenta de hace unos días nos obligó a detenernos unas horas, pocas pero suficientes para que Juan no pudiera ya ver a María… Llegamos a la hora sexta. El había sido capturado en la hora del galicinio…».

-«¿Dónde? ¿Cómo? ¿Quién? ¿En su cueva?». Todos preguntan, todos quieren saber.

-«Le han traicionado… ¡El que lo ha hecho ha usado tu Nombre para traicionarle!».

-«¡Qué horror! ¿Quién habrá sido?» gritan todos.

Juan, estremeciéndose, manifestando levemente este horror que ni siquiera el aire debería oír, declara:

-«Un discípulo suyo…».

El alboroto se hace máximo: quién maldice, quién llora, quién está estupefacto, como estatuario.

8       Juan se echa al cuello de Jesús y grita:

-«¡Tengo miedo por ti!, ¡por ti!, ¡por ti! Los traidores acompañan a los santos y por oro se venden, por oro y por miedo a los poderosos, por sed de premio, por… por obediencia a Satanás. ¡Por mil cosas!, ¡por mil! ¡Oh! ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Qué dolor! ¡Mi primer maestro! ¡Mi Juan! ¡Tú me has sido dado por él!».

-«¡Tranquilo! ¡Tranquilo! No me sucederá nada por ahora».

-«¿Y después? ¿Y después? Me miro… miro a éstos… tengo miedo de todos, incluso de mí mismo. Estará entre nosotros tu traidor…».

-«¿Pero estás loco? ¡Le haríamos trizas!» grita Pedro.

Y Judas Iscariote:

-«¡Loco de verdad! No seré yo jamás ése. Pero, si me sintiera debilitado hasta el punto de poderlo ser, me quitaría la vida: sería mejor que ser deicida».

Jesús se libera del abrazo de Juan y zarandea rudamente a Judas Iscariote, diciendo:

-«¡No blasfemes! Nada te podrá debilitar, si tú no quieres. Y si así sucediera, llora, y no cometas otro delito además del deicidio[8]. Se hace débil quien, motu propio, se vacía de Dios».

9       Luego vuelve donde Juan, que está llorando con la cabeza apoyada sobre la mesa, y dice:

-«Habla con orden. Yo también estoy sufriendo. Era mi propia sangre, y además mi Precursor».

-«Sólo he visto a los discípulos, a una parte de ellos, consternados y enfurecidos contra el traidor; los otros habían acompañado a Juan hacia la prisión para estar junto a él en la hora de la muerte».

-«Pero todavía no ha muerto… La otra vez pudo huir» dice Simón Zelote, que estima mucho a Juan, queriendo consolar.

-«No ha muerto todavía, pero morirá» responde Juan.

-«Sí. Morirá. El lo sabe y Yo también. Nada ni nadie le salvará esta vez. ¿Cuándo? No lo sé. Sé que no saldrá vivo de las manos de Herodes».

-«Sí, de Herodes. Escucha. Juan fue hacia esa hoz por donde pasamos también nosotros regresando a Galilea, entre el Ebal y el Garizim, porque el traidor le había dicho: “El Mesías ha sido agredido por unos enemigos y está muriendo. Quiere verte para confiarte un secreto”. Y Juan fue, con el traidor y con algún otro. Acechaban en la hoz los soldados de Herodes, y le prendieron. Los otros huyeron y llevaron la noticia a los discípulos que se habían quedado cerca de Enón. Acababan de llegar, cuando me presenté yo con la Madre. Lo que es horrible es que era uno de nuestras ciudades… y que a la cabeza del complot preparado para apresarle estaban los fariseos de Cafarnaúm. Habían ido a verle diciendo que Tú habías estado en su casa y que de allí partías para Judea… No habría abandonado su refugio sino por ti…».

10     Un silencio de tumba sigue a la narración de Juan. Jesús parece desangrado, con los ojos de un color azul oscurísimo y como empañados. Tiene la cabeza agachada, la mano –recorrida por un ligero temblor– en el hombro de Juan. Ninguno se atreve a hablar.

Jesús rompe el silencio:

-«Iremos a Judea por otro camino. Pero mañana tengo que ir a Cafarnaúm. Lo antes posible. Descansad. Voy a subir por entre los olivos. Necesito estar solo». Y sale sin decir nada más.

-«Sin duda va allí a llorar» musita Santiago de Alfeo.

-«Sigámosle, hermano» dice Judas Tadeo.

-«No. Dejadle llorar. Vayamos sólo a la escucha, caminando despacio, porque temo asechanzas por todas partes» responde el Zelote.

-«Sí. Vamos. Los pescadores, siguiendo la orilla; así, si alguien viene por el lago le veremos; y vosotros por los olivos. Estará, sin duda, en su sitio de costumbre, junto al nogal. Al alba prepararemos las barcas para salir temprano. ¡Esas serpientes! ¡Ya lo decía yo! Pero… ¡di, muchacho!, ¿la Madre está verdaderamente a salvo?».

-«¡Sí, sí; se han quedado con Ella también los pastores discípulos de Juan! ¡Andrés… no volveremos a ver a nuestro Juan!».

-«¡Calla! ¡Calla! Me parece el canto del cuco… Uno precede al otro y… y…».

-«¡Por el Arca santa! ¡Callad! ¡Si seguís hablando de desgracias respecto al Maestro, empiezo por vosotros a haceros probar el sabor de mi remo en los lomos!» grita Pedro enfurecido.

-«Vosotros –dice luego a los que van a estar entre los olivos– coged garrotes, ramas gordas… allí hay, en la leñera; diseminaos armados. El primero que se acerque a Jesús para causarle daño es hombre muerto».

-«¡Discípulos! ¡Discípulos! ¡Hay que ser cautos con los nuevos!» exclama Felipe.

El nuevo discípulo se siente herido y pregunta:

-«¿Dudas de mí? El me ha elegido y me ha llamado».

-«No lo digo de tí. Lo digo de los que son escribas y fariseos y de sus adoradores. De ahí vendrá la ruina, creedlo».

Salen y se diseminan, o en las barcas o entre los olivos de las colinas, y todo termina.

[1] Cfr. Mt. 13, 1–9; Mc. 4, 1–9; Lc. 8, 4–8.

[1] Cfr. Mt. 13, 10–23; Mc. 4, 10–25; Lc. 8, 9–15.

[2] Cfr. Gén. 11, 1–9.

[3] Nota. Y de este modo creó en sí el vacío que Dios pudo llenar con sus luces. Cayó la “fe de formalismos” y se levantó la verdadera fe, la que es tan poderosa que ilumina a los verdaderos creyentes. Todas las obras de la Creación son un verdadero testimonio del Creador, la inteligencia humana adquiere una fuerza sobrehumana, capaz de “oír” hablar a Dios sus palabras santísimas; de ver a Dios obrar sus santísimas acciones en nosotros y todo lo que nos rodea. Verdadera Fe que es participación de Dios Omnipresente y Omnipotente.

[4] Cfr. Gén. 1, 26–27.

[5] Cfr. Gén. 1, 26–27.

[6] Cfr. Is. 6, 9–10.

[7] es una condición puesta a la infalibilidad pontificia. Tal condición debió provocar una objeción por parte del Padre Migliorini, a quien MV transmitió la respuesta dada por Jesús, escribiéndola, con fecha 30 de junio de 1945, por las dos partes de una hoja pequeña que encontramos intercalada entre las páginas autógrafas del cuaderno. De esta observación, que podrá figurar íntegramente en un comentario de la Obra, reseñamos aquí los fragmentos relevantes: […] me responde Jesús: “[…] Es cierto que la existencia de la infalibilidad papal en cosas de espíritu, en cualquier Vicario mío, prescindiendo de su forma de vida y posesión de virtud, es verdad definida. Pero es también cierto que no podréis encontrar un dogma definido y proclamado por Papas privados –notoriamente o no– de mi Gracia. El alma privada de la Gracia no puede tener como amigo al Espíritu Santo. […] Descansad, por tanto, en esta certeza: que los dogmas son verdaderos, que la infalibilidad existe, porque Yo no concedo dogmas a quien no lo mereciera. Y esto estaba incluido en la frase que ha suscitado la objeción. […]”.

El mismo concepto está presente en las palabras de Jesús al apóstol Santiago de Alfeo, reseñadas en 258.6: Dios dará la Luz según los grados que tengáis. Dios no os dejará sin la Luz, a menos que la Gracia no quede apagada en vosotros por el pecado.

[8] Nota. Jesús sabía bien que Judas sería deicida y suicida, pero como Maestro no podía menos de instruírlo de este modo.

 

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