9/7/2017 Evangelio según San Mateo 11,25-30.

Decimocuarto Domingo del tiempo ordinario

Santo(s) del día : San Nicolás Pieck
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Lecturas

Este domingo meditamos el pasaje del evangelio de Mateo sobre la revelación a los humildes y el descanso en Jesús.

Son dos frases de Jesús encontradas en dos capítulos sucesivos del tomo 4 del segundo año de la vida publica de Jesús.

Les entrego tres porque el intermedio da base al siguiente y al anterior. Es ademas un suceso que no esta en la Biblia y es una lección de caridad muy hermosa.

Segundo año de la Vida Pública de Jesús

266. Los discípulos del Bautista quieren verificar que Jesús es el Mesías[1]. Testimonio sobre el Precursor e invectiva contra las ciudades impenitentes.

29 de agosto de 1945.

9e14a-predicaciondejesucristo1       Jesús está sólo con Mateo, que no ha podido ir con los demás a predicar por tener herido un pie. De todas formas, enfermos y otras personas deseosas de la Buena Nueva llenan la terraza y el espacio libre del huerto para oírle y solicitarle ayuda.

Jesús termina de hablar diciendo:

«Habiendo contemplado juntos la gran frase de Salomón: “En la abundancia de la justicia está la suma fortaleza”[2], os exhorto a poseer esta abundancia, pues es moneda para entrar en el Reino de los Cielos. Tened con vosotros mi paz y Dios sea con vosotros».

Luego se acerca a los pobres y enfermos –en muchos casos son una y otra cosa juntamente– y escucha con bondad lo que cuentan, ayuda con dinero, aconseja con palabras, sana con la imposición de las manos y con la palabra. Mateo, a su lado, se encarga de dar las monedas.

2       Jesús está escuchando con atención a una pobre viuda que, entre lágrimas, le narra la muerte repentina de su marido carpintero, en el banco de trabajo, acaecida pocos días antes:

-«Vine corriendo a buscarte aquí. Todo el parentesco del difunto me acusó de falta de compostura y de ser dura de corazón. Ahora me maldicen. Pero había venido porque sabía que resucitabas y sabía que si te encontraba mi marido resucitaría. No estabas… Ahora él está en el sepulcro desde hace dos semanas… y yo estoy aquí con cinco hijos… Los parientes me odian y me niegan su ayuda. Tengo olivos y vides. Pocos, pero me darían pan para el invierno si pudiera tenerlos hasta la recolección. Pero no tengo dinero, porque mi marido desde hacía tiempo estaba poco sano y trabajaba poco, y, para mantenerse, comía y bebía, yo digo que demasiado.

Decía que el vino le sentaba bien… la verdad es que hizo el doble mal de matarle a él y de consumir los ya escasos ahorros por su poco trabajo. Estaba terminando un carro y un baúl; le habían encargado dos camas, unas mesas, y también unas repisas. Pero ahora… no están terminados, y mi hijo varón no llega a ocho años. Perderé el dinero…

Tendré que vender los útiles y la madera. El carro y el baúl ni siquiera los puedo vender como tales, aunque estén casi ultimados, así que los voy a tener que dar como leña para el fuego. No va a ser suficiente el dinero, porque yo, mi madre anciana y enferma y cinco hijos somos siete personas… Venderé el majuelo y los olivos… Pero ya sabes cómo es el mundo… Donde hay necesidad, ahoga. Dime, ¿qué debo hacer?

Quería guardar el banco y las herramientas para mi hijo, que ya sabe algo de la madera… quería conservar la tierra para vivir, y también como dote para mis hijas…».

Está escuchando todo esto cuando una agitación de la gente le advierte de que hay alguna novedad. Se vuelve para ver lo que sucede y ve a tres hombres que se están abriendo paso entre la multitud. Se vuelve otra vez hacia la viuda para decirle:

-«¿Dónde vives?».

-«En Corozaín, junto al camino que va a la Fuente caliente. Una casa baja entre dos higueras».

-«Bien. Iré a ultimar el carro y el baúl, de modo que podrás vendérselos a quien los había encargado. Espérame mañana a la aurora».

-«¡Tú? ¡Tú trabajar para mí?». La mujer se siente ahogar del estupor.

-«Volveré a mi trabajo y te daré paz a ti. Al mismo tiempo, a esos de Corozaín sin corazón les daré la lección de la caridad».

-«¡Oh, sí! ¡Sin corazón! ¡Si viviera todavía el viejo Isaac! ¡No me dejaría morir de hambre! Pero ha vuelto a Abraham…».

-«No llores. Vuelve a casa serena. Con esto tendrás para hoy. Mañana iré Yo. Ve en paz».

La mujer se arrodilla a besarle la túnica y se marcha más consolada.

3 –«Maestro tres veces santo, ¿te puedo saludar?» pregunta uno de los tres que habían llegado y que estaban parados respetuosamente detrás de Jesús, esperando a que despidiera a la mujer, y que, por tanto, han oído la promesa de Jesús. El hombre que ha saludado es Manaén.

Jesús se vuelve y, sonriendo, dice:

-«¡Paz a ti, Manaén! ¡Entonces, te has acordado de mí!…».

-«Eso siempre, Maestro. Había decidido ir a verte a casa de Lázaro y al huerto de los Olivos para estar contigo. Pero antes de la Pascua apresaron a Juan el Bautista. Le prendieron –con traición– otra vez; yo temía que, en ausencia de Herodes, que había ido a Jerusalén para la Pascua, Herodías ordenara la muerte del santo. No quiso ir para las fiestas a Sión, porque decía que estaba enferma. Enferma, sí: de odio y lujuria… Estuve en Maqueronte para vigilar y… refrenar a esa pérfida mujer, que sería capaz de matar con su propia mano… Si no lo hace, es porque tiene miedo a perder el favor de Herodes, que… por miedo o convicción, defiende a Juan y se limita a tenerle prisionero. Ahora Herodías se ha ido a un castillo de su propiedad, huyendo del calor agobiante de Maqueronte. Yo he venido con estos amigos míos y discípulos de Juan.

Los enviaba él con una pregunta para ti. Me he unido a ellos».

4       La gente, al oír hablar de Herodes y comprendiendo quién es el que habla de él, se arremolina, curiosa, en torno al pequeño grupo de Jesús y de los tres hombres.

-«¿Qué pregunta queríais hacerme?» dice Jesús, tras recíprocos saludos con los dos austeros personajes.

-«Habla tú, Manaén, que sabes todo y eres más amigo» dice uno de los dos.

-«Escucha, Maestro. Sé comprensivo, si ves que, por exceso de amor, en los discípulos nace un recelo hacia aquel al que creen antagonista o suplantador de su maestro. Lo hacen los tuyos, lo hacen igual los de Juan. Son celos comprensibles, que demuestran todo el amor de los discípulos hacia sus maestros. Yo… soy imparcial, y lo pueden decir éstos que están conmigo, porque os conozco a ti y a Juan y os amo con equidad[3].

Tanto es así que, aunque te ame a ti por lo que eres, preferí hacer el sacrificio de estar con Juan, porque le venero también a él por lo que es, y, actualmente, porque está en mayor peligro que Tú. Ahora, por este amor –no sin el soplo rencoroso de los fariseos– han llegado a poner en duda que Tú eres el Mesías. Y así se lo han confesado a Juan, creyendo que le daban una alegría diciéndole: “Para nosotros el Mesías eres tú, no puede haber uno más santo que tú”. Pero primero Juan los ha reprendido llamándolos blasfemos; luego, después de la reprensión, con más dulzura, ha ilustrado todas las cosas que te señalan como verdadero Mesías; en fin, viendo que todavía no estaban convencidos, ha tomado a dos de ellos, éstos, y les ha dicho: “Id donde El y decidle en mi nombre: ‘¿Eres Tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?’ “. No ha enviado a los discípulos que antes habían sido pastores, porque creen y no habría aportado nada el enviarlos. Los ha tomado de entre los que dudan, para acercártelos y para que su palabra disipara las dudas de otros como ellos. He venido con ellos para verte. Esto es todo. Ahora Tú acalla sus dudas».

-«¡No nos creas hostiles a ti, Maestro! Las palabras de Manaén te lo podrían hacer pensar. Nosotros… nosotros… Conocemos desde hace años al Bautista, siempre le hemos visto santo, penitente, inspirado. A ti… no te conocemos sino por boca de terceros, y ya sabes lo que es la palabra de los hombres… Crea y destruye fama y honra, por el contraste entre quien exalta y quien humilla, de la misma forma que dos vientos contrarios forman y dispersan una nube».

-«Lo sé, lo sé. Leo en vuestro corazón y vuestros ojos leen la verdad en lo que os rodea, como también vuestros oídos han escuchado la conversación con la viuda. Sería suficiente para convencer. Mas Yo os digo: observad qué personas me rodean: aquí no hay ricos, ni gente que se dé la gran vida, aquí no hay personas de vida escandalosa; sólo hay pobres, enfermos, honrados israelitas que quieren conocer la Palabra de Dios. Este, éste, esta mujer… también esa niñita, y aquel anciano, han venido aquí enfermos y ahora están sanos. Preguntadles y os dirán qué tenían y cómo los he curado, y cómo están ahora. Preguntad, preguntad; yo, mientras, hablo con Manaen» y hace ademán de separarse.

-«No, Maestro. No dudamos de tus palabras. Danos sólo una respuesta que llevar a Juan, para que vea que hemos venido y para que pueda, sobre la base de esa respuesta, persuadir a nuestros compañeros».

-«Id y referid esto a Juan: “Los sordos oyen; esta niña era sorda y muda. Los mudos hablan; aquel hombre era mudo de nacimiento. Los ciegos ven”.

Hombre, ven aquí. Di a éstos lo que tenías»

dice Jesús mientras coge de un brazo a uno que ha sido curado milagrosamente.

Este dice:

-«Soy albañil. Me cayó en la cara un cubo lleno de cal viva. Me quemó los ojos. Desde hace cuatro años vivía en la oscuridad. El Mesías me ha mojado los ojos secos con su saliva y ahora están de nuevo más frescos que cuando tenía veinte años. ¡Bendito sea!».

Jesús prosigue:

«Y no sólo ciegos, sordos o mudos, curados, sino también cojos que corren, tullidos que se enderezan. Mirad ese anciano: hace un rato estaba anquilosado, encorvado, y ahora está derecho como una palma del desierto y ágil como una gacela. Quedan curadas las más graves enfermedades. Tú, mujer, ¿qué tenías?».

-«Una enfermedad del pecho, por haber dado demasiada leche a bocas voraces; la enfermedad, además del pecho, me comía la vida. Ahora mirad» y se destapa el vestido y muestra, intactos, los pechos, y añade: «Lo tenía que era todo una llaga. Lo demuestra la túnica, todavía mojada de pus. Ahora voy a casa para ponerme un vestido limpio; estoy fuerte y contenta. Ayer, no más, estaba muriéndome. Me han traído aquí unas personas compasivas. Me sentía muy infeliz… por los niños, que se iban a quedar pronto sin madre. ¡Eterna alabanza al Salvador!».

-«¿Habéis oído? Podéis preguntarle también al arquisinagogo de esta ciudad sobre la resurrección de su hija. Y, volviendo en dirección a Jericó, pasad por Naím e informaos sobre el joven que fue resucitado en presencia de toda la ciudad, cuando ya estaba para ser introducido en la tumba; así, podréis referir que los muertos resucitan. El hecho de que muchos leprosos hayan sido curados lo podréis saber en muchos lugares de Israel; pero, si queréis ir a Sicaminón, buscad entre los discípulos y encontraréis muchos ex leprosos. Decid, pues, a Juan que los leprosos quedan limpios. Decid, además, que se anuncia la Buena Nueva a los pobres, porque lo estáis viendo. Y bienaventurado quien no se escandalice de mí.

7 Decid esto a Juan. Y también que le bendigo con todo mi amor».

-«Gracias, Maestro. Bendícenos también a nosotros antes de marcharnos».

-«No podéis iros a esta hora, con este calor… Quedaos en casa como invitados míos hasta el atardecer; así viviréis por un día la vida de este Maestro que no es Juan, pero que es amado por Juan, porque Juan sabe quién es. Venid a casa. Está fresca. Os daré la posibilidad de reponer fuerzas. Adiós a vosotros que me escucháis. La paz sea con vosotros». Despide a la muchedumbre y entra en la casa con sus tres invitados…

8 …No sé de lo que hablan durante esas horas de fuego. Ahora veo la preparación de la partida de los dos discípulos hacia Jericó. Manaén parece que se queda (su caballo no ha sido traído junto con los dos fuertes asnos enfrente de la abertura de la tapia del patio). Los dos enviados de Juan, después de muchas reverencias al Maestro y a Manaén, suben a las monturas… y todavía se vuelven para mirar y saludar, hasta que un recodo del camino los esconde a la vista.

Muchos de Cafarnaúm se han congregado para ver esta despedida, porque la noticia de la venida de los discípulos de Juan y la respuesta que Jesús les ha dado se han propagado por el pueblo y creo que también por otros pueblos cercanos. Veo personas de Betsaida y Corozaín, quizás ex discípulos del Bautista, que antes se han presentado a los enviados de Juan, les han preguntado por él y le han mandado saludos a través de ellos, y que ahora se quedan hablando en grupo con los de Cafarnaúm. Jesús, con Manaén a su lado, hace ademán de volver a la casa mientras habla. Pero la gente se apiña alrededor de él, curiosa de observar al hermano de leche de Herodes y su trato lleno de deferencia hacia Jesús; deseosos también de hablar con el Maestro.

9       Está también Jairo, el arquisinagogo. Por gracia de Dios, no hay fariseos. Precisamente Jairo dice:

-«¡Estará contento Juan! No sólo le has enviado una respuesta exhaustiva, sino que, invitándolos a quedarse, has podido adoctrinarlos y mostrarles un milagro».

«¡Y no de poco relieve!» dice un hombre.

«Había traído expresamente a mi hija hoy para que la vieran. Nunca se ha sentido tan bien como ahora, y para ella es un motivo de alegría el venir a estar con el Maestro.

¿Habéis oído su respuesta, no?: “No recuerdo lo que es la muerte. Recuerdo, eso sí, que un ángel me llamó y me llevó a través de una luz que aumentaba cada vez más y al final de esa luz estaba Jesús. Como le vi entonces, con mi espíritu volviendo a mí, no le veo ni siquiera ahora; vosotros y yo, ahora, vemos al Hombre, pero mi espíritu vio a ese Dios que está dentro del Hombre”. ¡Qué buena se ha hecho desde entonces! Era ya buena, pero ahora es un verdadero ángel. ¡Ah, que digan lo que quieran todos!, ¡para mí el único santo que hay eres Tú!».

-«De todas formas, también Juan es santo» dice uno de Betsaida.

-«Sí, pero es demasiado severo».

-«No lo es más con los demás que consigo mismo».

-«Pero no hace milagros y se dice que ayuna porque es como un mago».

-«Pues de todas formas es santo».

La disputa de la gente se hace mayor.

10     Jesús alza la mano y la extiende con el gesto habitual que hace cuando pide silencio y atención porque quiere hablar; en seguida se hace el silencio.

Jesús dice:

-«Juan es santo y grande. No miréis su manera de actuar ni la ausencia de milagros.

En verdad os digo que es grande en el Reino de los Cielos. Allí se manifestará con toda su grandeza.

Muchos se quejan porque era y es severo hasta el punto de parecer rudo. En verdad os digo que ha hecho un trabajo de gigante para preparar los caminos del Señor. Quien trabaja de ese modo no tiene tiempo que perder en blanduras. ¿No decía, cuando estaba en el Jordán, las palabras de Isaías que le profetizan a él y profetizan al Mesías:

“Todo valle será colmado, todo monte será rebajado, los caminos tortuosos serán enderezados y las breñas allanadas”[4], y ello para preparar los caminos al Señor y Rey?

¡Verdaderamente ha hecho él más que todo Israel, para prepararme el camino! Quien debe rebajar montes, colmar valles, enderezar caminos o transformar cuestas penosas en subidas suaves, tiene que trabajar rudamente. En efecto, era el Precursor y sólo le anticipaba a mí una breve serie de lunas; todo debía estar ultimado antes de que el Sol se alzara en el día de la Redención. El tiempo ha llegado, el Sol sube para resplandecer sobre Sión y, desde Sión, extender su luz al mundo entero. Juan ha preparado el camino, como debía.

¿Qué habéis ido a ver al desierto? ¿Una caña agitada por el viento en distintas direcciones? ¿Qué es lo que habéis ido a ver? ¿A un hombre refinadamente vestido?

¡No!… Esas personas viven en las casas de los reyes; ataviados con delicadas vestiduras, agasajados por mil siervos y cortesanos (cortesanos que lo son de un pobre hombre como ellos). Aquí tenemos un ejemplo. Preguntadle, a ver si no experimenta desazón por la vida de Corte y admiración por el risco solitario y escabroso, en vano embestido por el rayo y el pedrisco, en vano circundado por los necios vientos que quieren arrancarle y él se mantiene, no obstante, firme, elevándose entero hacia el cielo, con su punta tan enhiesta –puntiaguda cual llama que asciende–, que predica la alegría de lo alto. Este es Juan. Así le ve Manaén, porque ha comprendido la verdad de la vida y la muerte y ve la grandeza donde está, aunque esté celada bajo apariencias agrestes.

Y vosotros, ¿qué habéis visto en Juan cuando habéis ido a verle? ¿Un profeta?, ¿un santo? Os digo que es más que un profeta; es más que muchos santos, más que los santos porque es aquel de quien está escrito: “Mando ante vosotros a mi ángel para preparar tu camino delante de ti”[5].

11 Angel. Pensad. Sabéis que los ángeles son espíritus puros creados por Dios según su semejanza espiritual, colocados como nexo entre el hombre (perfección de lo creado visible y material) y Dios (Perfección del Cielo y de la Tierra, Creador del reino espiritual y del reino animal). Aún en el hombre más santo subsisten la carne y la sangre que abren un abismo entre él y Dios (abismo que se ahonda profundamente con el pecado, que hace pesado incluso lo espiritual del hombre). Así pues, Dios crea a los ángeles, criaturas que tocan el vértice de la escala creadora de la misma forma que los minerales señalan su base (los minerales, el polvo que compone la tierra, las materias inorgánicas en general). Espejos tersos del Pensamiento de Dios, voluntariosas llamas que obran por amor, resueltos para comprender, diligentes para obrar, de voluntad libre como la nuestra, aunque enteramente santa, ajena a rebeliones y a estímulos de pecado. Esto son los ángeles adoradores de Dios, mensajeros suyos ante los hombres, protectores nuestros; ellos nos dan la Luz de que están investidos y el Fuego que, adorando, recogen.

La palabra profética llama “ángel” a Juan. Pues bien, Yo os digo: “Entre los nacidos de mujer no ha habido nunca uno mayor que Juan Bautista”. No obstante, el menor del Reino de los Cielos será mayor que él–hombre. Porque quien es del Reino de los Cielos es hijo de Dios y no hijo de mujer. Tended, pues, todos, a ser ciudadanos del Reino.

12 ¿Qué os estáis preguntando entre vosotros dos?».

-«Decíamos: “¿Juan estará en el Reino?” y “¿cómo estará en el Reino?”»

-«En su espíritu está ya en el Reino. Cuando muera, estará en el Reino como uno de los soles más resplandecientes de la eterna Jerusalén. Es así por la Gracia sin resquebrajaduras que hay en él y por su propia voluntad. En efecto, ha sido, y es, violento también consigo mismo, con fin santo. A partir de Juan el Bautista, el Reino de los Cielos es de los que saben conquistárselo con la fuerza opuesta al Mal, y son los violentos los que lo conquistan. Sí, ahora ya se sabe lo que hay que hacer y todo ha sido dado para llevar a cabo esta conquista. El tiempo en que hablaban sólo la Ley y los Profetas ha pasado. Los Profetas han hablado hasta Juan. Ahora habla la Palabra de Dios, y no esconde ni una jota de cuanto ha de saberse para esta conquista. Si creéis en mí, debéis ver en Juan a ese Elías que debe venir. Quien tenga oídos para oír que oiga. ¿Con quién compararé a esta generación? Es semejante a la que describen esos muchachos, que, sentados en la plaza gritan a sus compañeros: “Hemos tocado y no habéis bailado; hemos entonado lamentos y no habéis llorado”. En efecto, ha venido Juan, 94 que no come ni bebe, y esta generación dice: “Puede hacerlo porque tiene al demonio, que le ayuda”; ha venido el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: “Ahí tenemos a un comelón y bebedor, amigo de publicanos y pecadores”. ¡Así la Sabiduría ha sido acreditada por sus hijos!

13 En verdad os digo que sólo los niños saben reconocer la verdad, porque en ellos no hay malicia».

-«Bien has dicho, Maestro» dice el arquisinagogo. «Por eso mi hija, que no conoce aún la malicia, te ve como nosotros no alcanzamos a verte. Pero esta ciudad y las otras cercanas rebosan de tu poder, sabiduría y bondad, y, debo confesarlo, no te responden sino con maldad. No se convierten. El bien que de ti reciben se transforma en odio contra ti».

-«¿Qué estás diciendo, Jairo! ¡Nos estás calumniando! Si estamos aquí es por fidelidad al Cristo» dice uno de Betsaida.

«Sí. Nosotros. ¿Pero cuántos somos? Menos de cien en tres ciudades que deberían estar a los pies de Jesús. De los que faltan –me refiero a los hombres– la mitad son enemigos; la cuarta parte, indiferentes; la otra cuarta parte… quiero pensar que no pueden venir. ¿No es esto ya pecado ante los ojos de Dios? ¿No será castigada toda esta aversión y obcecación en el mal? Habla, Maestro, Tú que no ignoras, Tú que si guardas silencio es por tu bondad, no porque no sepas. Eres longánime, y confunden tu longanimidad con ignorancia y debilidad. Habla, pues; que tu palabra remueva al menos a los indiferentes, ya que los malos no se convierten, sino que se hacen cada vez peores».

-«Sí. Es culpa y será castigada. Porque no se debe despreciar nunca el don de Dios, ni usarlo para hacer el mal. ¡Ay de ti, Corozaín, Ay de ti, Betsaida, que hacéis mal uso de los dones de Dios! Si en Tiro y Sidón se hubieran cumplido los milagros que se han producido entre vosotros, ya haría mucho tiempo que, vestidos de cilicio y espolvoreados de ceniza, habrían hecho penitencia y habrían venido a mí. Por esto os digo que Tiro y Sidón serán tratadas con mayor clemencia que vosotras en el día del Juicio. ¿Y tú, Cafarnaúm, crees que por haberme dado alojamiento serás elevada hasta el Cielo? Hasta el infierno bajarás. Porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que Yo te he dado, estaría todavía floreciente, porque habría creído en mí y se habría convertido. Por tanto, Sodoma, en el último Juicio, será tratada con mayor clemencia que tú, que has conocido al Mesías y has oído su palabra y no te has convertido, porque Sodoma no conoció al Salvador y su Palabra, por lo cual su culpa es menor. No obstante, como Dios es justo, los de Cafarnaúm, Betsaida y Corozaín que han creído y se santifican prestando obediencia a mi palabra, serán tratados con mucha misericordia; no es justo, en efecto, que los justos se vean implicados en el descalabro de los pecadores.

 14 Respecto a tu hija, Jairo, y a la tuya, Simón, y a tu hijo, Zacarías,  y a tus nietos, Benjamín, os digo que, no conociendo malicia, ven ya a Dios. Ya veis que su fe es pura y activa, unida a sabiduría celestial, y también a deseos de caridad como no tienen los adultos»,

Y Jesús, alzando los ojos al cielo que se va oscureciendo con la noche, exclama:

266 2-«Te doy gracias, Padre, Señor del Cielo y de la Tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los doctos y se las has revelado a los pequeños. Así, Padre, porque así te plugo. Todo me ha sido confiado por mi Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquellos a los que el Hijo quiera revelárselo. Y Yo se lo he revelado a los pequeños, a los humildes, a los puros, porque Dios se comunica con ellos, y la verdad desciende como semilla a las tierras libres, y sobre la verdad hace llover el Padre sus luces para que eche raíces y dé un árbol. Es más, verdaderamente el Padre prepara a estos espíritus de los pequeños de edad o de corazón, para que conozcan la Verdad y Yo exulte por su fe»…

[1] Cfr. Mt. 11, 2 –27; Lc. 7, 18–35; 10, 13–15 y 21–22.

[2] Cfr. Prov. 15, 5.

[3] Hebraísmo que podría traducirse por: “imparcialmente” o “igual corazón” (N.T.).

[4] Cfr. Is. 40, 1–8.

[5] Cfr. Mal. 3, 1.

267. Jesús, carpintero en Corozaín[1].

31 de agosto de 1945.

2671       Jesús está trabajando con empeño en un taller de carpintero. Está terminando una rueda. Un niño, menudo y triste, le ayuda acercándole esto o aquello. Junto a la pared hay un banco en que Manaén, testigo inútil pero maravillado, está sentado.

 

 

Jesús no tiene su bonita túnica de lino, sino que se ha puesto una obscura. Como no es suya, le llega hasta las espinillas: es un indumento de trabajo, limpio pero remendado; quizás es del carpintero muerto.

Jesús da ánimos con sonrisas y buenas palabras al niño, y le enseña lo que debe hacer para conseguir que la cola adquiera el punto exacto o que queden bien lustrosas las paredes del baúl.

-«Lo has terminado pronto, Maestro» dice Manaén mientras se levanta del banco y va a pasar un dedo por las molduras del baúl, que ya está terminado (ahora el niño le está dando lustre con un líquido).

-«¡Estaba casi terminado!…».

-«Quisiera adquirir esta obra tuya, pero ya ha venido el comprador y parece que tiene sus derechos… Le has chafado: esperaba poder quedarse con todo en cambio de los pocos cuartos prestados; sin embargo, se lleva sus cosas y basta. ¡Si fuera al menos uno que creyera que Tú… tendrían para él valor infinito! Pero, ¿has oído?…».

-«Déjale.

2 Además, aquí hay madera, y la mujer se pondrá muy contenta de emplearla para sacar una ganancia. Si me encargas un baúl, te le hago…».

-«¿Sí, Maestro! ¿Pero tienes intención de trabajar más?».

-«Hasta que se acabe la madera. Soy un obrero responsable» dice sonriendo más abiertamente.

-«¡Un baúl hecho por ti! ¡Qué reliquia! ¿Y qué voy a meter dentro?».

-«Lo que quieras, Manaén. No será más que un baúl».

-«¡Sí, pero hecho por ti!».

-«¿Y qué quieres decir con eso?… También el Padre ha hecho al hombre, a todos los hombres, y ¿qué ha metido el hombre dentro de sí?, ¿qué meten en el hombre los hombres?».

Jesús habla, y mientras habla trabaja: va acá y allá por las herramientas necesarias, aprieta las prensas, taladra, cepilla, usa el torno, según se requiera.

-«Hemos metido el pecado, es verdad».

-«¡Pues ya lo ves! Debes creer también que el hombre, creado por Dios, es mucho más que un baúl hecho por mí. No confundas nunca el objeto con la acción. De un objeto hecho por mí hazte una reliquia para el espíritu, nada más».

-«¿Qué quieres decir?».

-«Quiero decir que des a tu espíritu la enseñanza derivada de lo que hago».

-«Entonces, tu caridad, tu humildad, tu laboriosidad… Estas virtudes, ¿no es verdad?».

-«Sí. Y en lo sucesivo haz tú lo mismo».

-«Sí, Maestro; pero, ¿me haces el baúl?».

-«Te lo hago. Ahora bien, dado que le ves como una reliquia, te lo haré pagar como tal. Al menos se podrá decir que al menos una vez estuve lleno hasta de dinero… Pero tú sabes para quién es ese dinero… Para estos huerfanitos…».

-«Pídeme lo que quieras. Te lo daré. Al menos estará justificado mi ocio mientras Tú, Hijo de Dios, trabajas».

3

-«Está escrito: “Comerás tu pan mojado con el sudor de tu frente”[2]».

-«¡Pero eso fue dicho para el hombre culpable, no para ti!».

-«¡Un día seré el Culpable y cargaré sobre mí todos los pecados del mundo! Me los llevaré conmigo en mi primera partida».

-«¿Y crees que el mundo ya no pecará más?».

-«Debería… Pero siempre seguirá pecando. Por este motivo, el peso que cargaré sobre mí será tal, que me quebrará el corazón, porque cargaré con los pecados cometidos desde Adán hasta aquella hora, y los cometidos desde aquella hora hasta el final de los siglos; pagaré todo por el hombre».

-«Y el hombre seguirá sin comprenderte ni amarte… ¿Piensas que Corozaín se va a convertir por esta lección silenciosa y santa que estás dando con el trabajo que haces para socorrer a una familia?».

-«No lo hará. Dirá: “Ha preferido trabajar para engañar al tiempo y para ganarse un dinero”. Pero Yo ya no tenía más dinero. Había dado todo. Siempre doy todo lo que tengo, hasta la última perra, y he trabajado para dar dinero».

-«¿Y para la comida para ti y Mateo?».

-«Dios habría proveído».

-«Pues nos has dado de comer a nosotros».

-«Sí».

-«¿Cómo?».

-«Pregúntaselo al dueño de la casa».

-«Se lo preguntaré, no lo dudes, en cuanto volvamos a Cafarnaúm».

Jesús ríe serenamente tras su rubia barba.

  • Silencio: solamente se oye el chirriído de la prensa apretando dos pedazos de rueda. Luego Manaén pregunta:

-«¿Qué piensas hacer antes del sábado?».

-«Iré a Cafarnaúm en espera de los apóstoles. Ha sido convenido que nos reuniríamos todas las tardes de los viernes y que estaríamos juntos todo el sábado. Luego daré las órdenes, y, si Mateo está curado, serán seis las parejas que irán evangelizando. Si no… ¿Quieres ir con ellos?».

-«Prefiero estar contigo, Maestro… ¿Me dejas, de todas formas, darte un consejo?».

-«Dilo. Si es justo, le aceptaré».

-«No te quedes nunca completamente solo. Tienes muchos enemigos, Maestro».

-«Lo sé. ¿Pero crees que los apóstoles harían mucho en caso de peligro?».

-«Te aman, creo».

-«Sin duda. Pero no sería efectivo. Los enemigos, si tuvieran la idea de capturarme, vendrían con fuerzas muy superiores a las de los apóstoles».

-«No importa. No estés solo».

-«Dentro de dos semanas vendrán muchos discípulos. Los voy a preparar para que vayan también a evangelizar. Tranquilo, que no estaré solo».

Mientras están hablando, mucha gente curiosa de Corozaín viene a observar; miran de soslayo y se marchan sin decir nada.

-«Les asombra ver que estás trabajando».

-«Sí. Pero no saben ser humildes hasta el punto de decir: “Obrando así, nos enseña”. Los mejores que tenía aquí están con los discípulos, menos un anciano que ha muerto. No importa. La lección es siempre lección».

-«¿Qué van a decir los apóstoles cuando sepan que trabajas como obrero?».

-«Son once, porque Mateo ya se ha pronunciado. Serán once opiniones distintas, y por lo general contrarias; pero me servirá para adoctrinarlos».

-«¿Me dejas asistir a la lección?».

-«Si quieres estar…».

-«¡Pero yo soy un discípulo y ellos los apóstoles!».

-«Todo lo que sea positivo para los apóstoles lo será para el discípulo».

-«Tomarán a mal el que se les llame al orden en presencia mía».

-«Les servirá para su humildad. Asiste, asiste, Manaén; te tendré con gusto».

-«Y yo con gusto asistiré».

5       Se asoma la viuda y dice:

-«La comida está preparada, Maestro. Pero, trabajas demasiado…».

-«Gano mi pan, mujer. Además… mira, aquí hay otro cliente; quiere también un baúl. Paga bien. El sitio de la madera se te va a quedar vacío» dice Jesús, y se quita un mandil roto que tenía puesto, y va afuera de la habitación para lavarse en una palangana que la mujer le ha puesto en el huerto.

Y ella, con una de esas sonrisas vacilantes que afloran de nuevo tras mucho tiempo de llanto, dice:

-«Vacío el sitio de la madera, llena la casa de tu presencia y el corazón de paz. No me da miedo el mañana, Maestro; y Tú no temas jamás que te podamos olvidar».

Entran en la cocina y todo termina.

[1] Cfr. Mt. 11, 28–30.

[2] Cfr. Gén. 3, 19.

268. Lección sobre la caridad con la parábola de los titos. El yugo de Jesús es ligero. «El amor es el secreto y el precepto de la gloria»

1 de septiembre de 1945.

 268

  • Jesús –a su lado, Manaén– sale de la casa de la viuda mientras dice:

-«Paz a ti y a los tuyos. Después del sábado volveré. Adiós, pequeño José. Mañana descansa y juega. Luego me seguirás ayudando. ¿Por qué lloras?».

-«A lo mejor no vuelves…».

-«Yo digo siempre la verdad. Pero, ¿te entristece tanto el que me vaya?».

El niño hace un gesto afirmativo con la cabeza. Jesús le acaricia y dice:

-«Un día pasa en seguida. Mañana estás con tu mamá y tus hermanos; Yo estoy con mis discípulos y les hablo. Estos días he hablado contigo para enseñarte a trabajar; ahora voy con ellos para enseñarles a predicar y a ser buenos. No te divertirías conmigo siendo un niño solo entre tantos hombres».

-«¡Me divertiría porque estaría contigo!».

-«¡Comprendo, mujer! Tu hijo hace como muchos otros, que son los mejores: no quiere dejarme. ¿Tendrías la confianza de confiármele hasta pasado mañana?».

-«¡Señor, te dejaría a todos! Contigo están tan seguros como en el Cielo… Este niño, que de todos era el que más estaba con su padre, ha sufrido demasiado. Estaba él en el momento… ¿Ves?… Está siempre llorando y murrioso. No llores, hijo mío. Pregúntale al Señor si no es verdad lo que digo. Maestro, le consuelo diciéndole siempre que no hemos perdido a su padre, sino que sólo se ha alejado momentáneamente de nosotros».

-«Es verdad. Es exactamente como dice tu madre, pequeño José».

-«Pero hasta que no me muera no le vuelvo a ver, y soy pequeño; si me hago viejo como Isaac, ¿cuánto voy a tener que esperar?».

-«¡Pobre niño! El tiempo pasa rápido».

-«¡No, Señor, que hace sólo tres semanas que no tengo a mi padre y me parece muchísimo tiempo!… No puedo vivir sin él…» y llora en silencio, pero con profunda pena.

-«¿Lo ves? Siempre así, especialmente cuando no está ocupado en cosas que le absorban. El sábado es un tormento. Tengo miedo de que se me muera…».

«No. Tengo otro niño sin padre ni madre. Estaba demacrado y triste. Ahora, que vive con una buena mujer de Betsaida, y con la certeza de no estar separado de sus padres, ha renacido en el cuerpo y en el espíritu. Pues lo mismo el tuyo, tanto por lo que le diga Yo, como por el hecho de que el tiempo es un gran médico; y también porque, cuando te vea más tranquila por el pan cotidiano, estará a su vez más tranquilo.

2 Adiós, mujer. El Sol declina y tengo que marcharme. Ven, José. Saluda a tu mamá, a tus hermanitos y a tu abuela, y luego vienes corriendo».

Y Jesús se marcha.

-«¿Qué les vas a decir ahora a los apóstoles?».

-«Que tengo un discípulo ya de antes y uno nuevo».

Siguen caminando por Corozaín, que se anima de gente. Un grupo de hombres para a Jesús:

-«¿Te marchas? ¿No te quedas el sábado?».

-«No. Voy a Cafarnaúm».

-«Sin decir ni una palabra toda la semana. ¿No somos dignos de tu palabra?».

-«¿No os he ofrecido durante seis días la mejor palabra?».

-«¿Cuándo? ¿A quién?».

-«A todos. Detrás del banco de carpintero. Durante varios días he predicado que se debe amar al prójimo y que se le debe ayudar en todos los modos, especialmente cuando el prójimo son personas débiles, como las viudas y los huérfanos. Adiós, vosotros de Corozaín. Meditad durante el sábado esta lección mía».

Y Jesús reanuda su camino, dejando desorientados a los de Corozaín. Pero el niño, que se acerca a El corriendo, hace que la curiosidad se reavive: vuelven donde Jesús, le cortan de nuevo el paso, y le dicen:

-«¿Te llevas al hijo varón de la viuda? ¿Para qué?».

-«Para enseñarle a creer que Dios es Padre y que en Dios encontrará también a su padre perdido; y también para que haya uno que cree, aquí, en lugar del anciano Isaac».

-«Con tus discípulos hay tres de Corozaín».

-«Con los míos. No aquí. Este estará aquí. Adiós».

Y, llevando al niño en medio entre El y Manaén, reanuda su camino, y va ligero por la campiña hacia Cafarnaúm hablando con Manaén.

3       Llegan a Cafarnaúm. Los apóstoles ya han llegado. Están sentados en la terraza, a la sombra de la pérgola, en torno a Mateo, y narran sus gestas a su compañero, que no está todavía curado. Al oír el leve roce de las sandalias contra la pequeña escalera, se vuelven, y ven que la cabeza rubia de Jesús sobresale cada vez más por el antepecho de la terraza. Corren hacia El, que viene sonriente… y se quedan de piedra cuando ven que detrás de Jesús hay un pobre niño. La presencia de Manaen, que sube suntuoso con su túnica de lino blanco –más bella de lo que ya de por sí es, por el valioso cinturón, el manto rojo llama de lino teñido (tan brillante que parece seda, y que apenas si descansa sobre los hombros, para casi formarle cola detrás) y la prenda que cubre su cabeza (de lino cendalí, sujeta con una diadema sutil de oro, lámina burilada que divide su amplia frente a la mitad y le da casi un aire de rey egipcio)–, contiene una avalancha de preguntas, expresadas, de todas formas, muy claramente con los ojos. Así que, después de los saludos recíprocos, una vez sentados ya al lado de Jesús, los apóstoles, señalando al niño, preguntan:

-«¿Y éste?».

-«Este es mi última conquista. Un pequeño José, carpintero, como el que fue mi padre, el gran José; por tanto, amadísimo mío, como Yo amadísimo suyo. ¿No es verdad, niño? Ven aquí, que te presento a mis amigos: éstos de que tanto has oído hablar. Este es Simón Pedro, el hombre más bueno del mundo con los niños; éste es Juan, un gran niño, que te hablará de Dios incluso jugando; éste es Santiago, su hermano, serio y bueno como un hermano mayor; y éste es Andrés, hermano de Simón Pedro: harás inmediatamente buenas migas con él, porque es manso como un cordero.

Luego, éste es Simón el Zelote: éste ama tanto a los niños que no tienen padre, que creo que daría la vuelta al mundo, si no estuviera conmigo, para buscarlos. Luego, éste es Judas de Simón, y éste Felipe de Betsaida y éste Natanael. ¿Ves cómo te miran? Ellos también tienen niños y quieren a los niños. Y éstos son mis hermanos Santiago y Judas. Aman todo lo que Yo amo, por eso te querrán. Ahora vamos a acercarnos a Mateo, que tiene muchos dolores en el pie, y, a pesar de todo, no guarda rencor a los niños, que, jugando alocadamente, le han pegado con una piedra puntiaguda. ¿Verdad Mateo?».

«¡Oh, no, Maestro! ¿Es hijo de la viuda?».

«Sí. Es un niño estupendo, pero ahora está muy triste».

«¡Pobre niño! Voy a decir que llamen a Santiaguito para que juegues con él» y Mateo le acaricia y le acerca a sí con una mano.

Jesús termina la presentación con Tomás, el cual, práctico como es, la completa ofreciéndole al niño un racimo de uvas arrancadas de la pérgola.

«Ahora sois amigos» concluye Jesús, y se sienta; mientras tanto, el niño saca jugo a sus uvas y responde a Mateo, que le tiene bien pegado a su lado.

4

-« ¿Dónde has estado tan solo toda la semana?».

-«En Corozaín, Simón de Jonás».

-«Sí, lo sé. ¿Pero qué has hecho? ¿Has estado con Isaac?».

-«Isaac el Adulto ha muerto».

-«¿Y entonces?».

-«¿No te lo ha dicho Mateo?».

-«No. Ha dicho sólo que te habías quedado en Corozaín desde el día siguiente de nuestra partida».

-«Mateo tiene más tino que tú; sabe guardar silencio, tú no sabes frenar tu curiosidad».

-«No mi curiosidad, la de todos».

«Bien, pues he ido a Corozaín para predicar la caridad en la práctica».

«¿La caridad en la práctica? ¿Qué quieres decir?» preguntan bastantes de los presentes.

«En Corozaín hay una viuda con cinco hijos y una anciana enferma. El marido murió de repente estando trabajando en el banco de carpintero, y ha dejado tras sí miseria y unos trabajos inacabados. Corozaín no ha sabido encontrar una migaja de piedad para con esta familia desdichada. He ido a terminar los trabajos y…».

Se produce un pandemónium: quién pregunta, quién protesta, quién regaña a Mateo por haberlo consentido, quién manifiesta admiración, quién critica; y, por desgracia, quienes protestan o critican son la mayoría.

Jesús deja que la borrasca se calme de la misma forma que se ha formado y, por toda respuesta, dice:

-«Voy a volver pasado mañana, y así hasta que termine. Mi esperanza es que al menos vosotros comprendáis.

5 Corozaín es un tito compacto y sin semilla. Sed al menos vosotros huesos con semilla.

Niño, dame esa nuez que te ha dado Simón; escucha tú también. ¿Veis esta nuez? Cojo esta nuez porque no tengo a mano otros frutos. Pero, para entender la parábola, pensad en los núcleos de piñones o palmas, pensad en los más duros, por ejemplo, en los de las aceitunas. Son envolturas clausuradas, sin fisuras, durísimas, de una madera compacta. Parecen mágicos cofres que sólo con violencia se pueden abrir. Pues bien, a pesar de todo, si se echa uno de estos titos al suelo, simplemente arrojado, y una persona, pasando por encima, lo incrusta en la tierra, aunque sea mínimamente, de forma que quede recogido en el suelo, ¿qué sucede? Pues que el cofre se abre y echa raíces y hojas. ¿Cómo se produce esto por sí solo? Nosotros, para conseguir abrirlos, tenemos que golpear mucho con el martillo; sin embargo, sin golpes, el tito se abre por sí solo. ¿Será que es una semilla mágica? No. Tiene dentro la pulpa, ¡cosa bien débil respecto a la sólida envoltura! Pues bien, todavía más: la pulpa nutre una cosa aún más pequeña: el germen. Este es la palanca que fuerza, abre, y produce árbol con frondas y raíces. Haced la prueba de enterrar unos titos y luego esperad. Veréis como algunos nacen y otros no. Extraed de la tierra los que no han nacido. Abridlos con el martillo. Veréis como son semillas vacías. No es, pues, la humedad del suelo ni el calor los que hacen abrir el hueso, sino la pulpa; y más: el alma de la pulpa, el germen, que, hinchándose, hace palanca y abre.

6 Esta es la parábola. Mas apliquémosla a nosotros. ¿Qué he hecho que no se debiera hacer? ¿Nos hemos entendido todavía tan poco, que no se comprende que la hipocresía es pecado y que la palabra, si no está corroborada por la acción, es viento? ¿Qué os he dicho siempre?: “Amaos los unos a los otros. El amor es el precepto y secreto de la gloria”. ¿Y Yo, que predico, no iba a tener caridad; iba a daros el ejemplo de un maestro falaz? ¡No, jamás! ¡Amigos míos! Nuestro cuerpo es el hueso duro; en el hueso duro está cerrada la pulpa, el alma; dentro de ella, el germen que Yo he depositado y que está formad o de muchos elementos, el principal de los cuales es la caridad. Es la caridad la que hace de palanca para abrir el hueso y librar al espíritu de las constricciones de la materia y restablece su unión con Dios, que es Caridad.

La caridad no se hace sólo de palabras o de dinero. La caridad se hace sólo con la caridad. Y no os parezca un juego de palabras. Yo no tenía dinero. Las palabras, para este caso, no eran suficientes. Aquí había siete personas al borde del hambre y la angustia. La desesperación ya lanzaba sus negras garras para hacer presa y asfixiar. El mundo se apartaba, duro y egoísta, ante esta desventura; daba muestras de no haber comprendido las palabras del Maestro. El Maestro ha evangelizado con las obras. Yo tenía la capacidad y libertad para hacerlo, y tenía el deber de amar por el mundo entero a estos míseros a quienes el mundo desprecia. He hecho todo esto.

¿Podéis todavía criticarme? ¿O debo ser Yo quien os critique, en presencia de un discípulo que no ha juzgado indecoroso el personarse entre el aserrín y las virutas por no abandonar al Maestro, y que –estoy persuadido– se habrá convencido más de mí viéndome trabajar la madera que si me hubiera visto sentado en un trono; y en presencia de un niño que ha tenido experiencia de mí por lo que Yo soy, a pesar de su ignorancia, a pesar del infortunio que obnubila su mente, a pesar de su absoluta virginidad de conocimiento del Mesías cual en realidad es? ¿No decís nada? No os limitéis a sentiros humillados ahora que alzo la voz para enderezar ideas erróneas. Lo hago por amor. Debéis, además, meter dentro de vosotros ese germen que santifica y abre el hueso. Si no, siempre seréis unos seres inútiles.

Debéis estar dispuestos a hacer lo que Yo he hecho. Por amor al prójimo, por llevar a Dios un alma, ningún trabajo os debe pesar. El trabajo, sea cual fuere, no es nunca humillante; humillantes son las acciones bajas, las falsedades, las denuncias mentirosas, la crueldad, los abusos, la usura, las calumnias, la lujuria. Estas cosas son las que envilecen al hombre, aunque, a pesar de ello, se lleven a cabo sin sentir vergüenza (me refiero también a, quienes quieren considerarse perfectos pero que se han escandalizado al verme trabajar con la sierra y el martillo).

¡Oh, el martillo!: ¡Cuán noble será si se usa para meter clavos en una madera y hacer un objeto que sirva para dar de comer a unos huerfanitos!, ¡cuán distinta será la condición del martillo, modesta herramienta, si lo usan mis manos, y además con fin santo; cuánto querrán tenerlo todos aquellos que ahora manifestarían a gritos su escándalo por causa de él! ¡Oh, hombre, criatura que deberías ser luz y verdad, cuánto eres tinieblas y mentira!

¡Vosotros, al menos vosotros, entended lo que es el bien, lo que es la caridad, lo que es la obediencia! En verdad os digo que grande es el número de los fariseos, y que no faltan entre los que me circundan».

-«¡No, Maestro, no digas eso! ¡Si no queremos ciertas cosas es porque te amamos!…».

-«Es porque aún no habéis comprendido nada.

7 Os he hablado de la fe y la esperanza[1]; creía que no harían falta nuevas palabras para hablaros de la caridad, pues tanto la espiro que deberíais estar saturados de ella. Pero veo que la conocéis sólo de nombre. Desconocéis su naturaleza y su forma. La conocéis como a la Luna.

¿Os acordáis de cuando os dije que la esperanza es como el brazo transversal del dulce yugo que sujeta la fe y la caridad, y que era patíbulo de la humanidad y trono de la salvación? ¿Sí? Pero no comprendisteis el significado de mis palabras. ¿Por qué, entonces, no me habéis pedido aclaración? Bien, ahora os la doy. Es yugo porque obliga al hombre a tener baja su necia soberbia bajo el peso de las verdades eternas.

Es patíbulo de esta soberbia. El hombre que espera en Dios, su Señor, se ve obligado a humillar su orgullo, que querría proclamarse “dios”, y a reconocer que él no es nada y Dios todo; que él no puede nada y Dios todo; que él–hombre es polvo que pasa, mientras que Dios es eternidad que eleva el polvo a un grado superior y le da un premio de eternidad. El hombre se clava en su cruz santa para alcanzar la Vida. Le clavan a la cruz las llamas de la fe y la caridad, mas al Cielo le eleva la esperanza, que entre ambas está. Recordad esta lección: si falta la caridad, le falta la luz al trono; el cuerpo, desclavado de un lado, pende hacia el fango y deja de ver el Cielo; anula así los efectos salvíficos de la esperanza, y acaba haciendo estéril incluso a la fe, porque si uno se separa de dos de las tres virtudes teologales languidece y cae en mortal hielo.

No rechacéis a Dios, ni siquiera en las cosas mas pequeñas; negar ayuda al prójimo por pagano orgullo es rechazar a Dios.

8 Mi doctrina es un yugo que pliega a la humanidad culpable; mazo es, que rompe la dura corteza para rescatar de ella al espíritu. Es yugo y es mazo, sí; pero, a pesar de ello, el que la acepta no siente el cansancio que producen todas las otras doctrinas humanas y las otras cosas humanas; el que se deja golpear por este mazo no siente el dolor de ser quebrado en su yo humano, sino que experimenta un sentido de liberación.

¿Por qué tratáis de liberaros de ella para substituirla por el plomo y el dolor? Todos vosotros tenéis vuestros dolores y vuestros trabajos; todos los hombres padecen dolores y trabajos, algunas veces superiores a las fuerzas humanas, desde el niño (como éste, que ya lleva sobre sus pequeños hombros un gran peso, que le hace plegarse, que borra la sonrisa de sus labios e impide a su mente vivir despreocupada, la cual –estoy hablando humanamente–, por esto, ya nunca más habrá sido una mente niña) hasta el anciano, que se pliega hacia la tumba con todos sus desengaños y trabajos y sus cargas y las heridas de su larga vida. Mi doctrina y mi fe, por el contrario, son el alivio de estas cargas agobiantes. Por eso se dice “La Buena Nueva”.

Quien la acepta y obedece, ya desde este mundo será feliz, porque Dios será su alivio, y porque las virtudes harán fácil y luminoso su camino, asemejando a hermanas buenas que, llevándole de la mano, con las lámparas encendidas, iluminarán su camino y su vida y le cantarán las eternas promesas de Dios, hasta que, plegando en paz el cansado cuerpo hacia la tierra, se despierte en el Paraíso.

¿Por qué, hombres, pudiendo vivir consuelo y aliento, queréis peso, desaliento, cansancio, desazón, desesperación? Vosotros también, apóstoles míos, ¿por qué queréis sentir el cansancio de la misión, su dificultad, su severidad, siendo así que, teniendo la confianza de un niño, podéis experimentar exclusivamente gozosa diligencia, luminosa facilidad para cumplirla; podéis comprender y sentir que la misión es severa exclusivamente para los impenitentes que no conocen a Dios, mientras que para sus fieles es como una mamá que ayuda en el camino, señalando a los inseguros pies del niño piedras y espinos, nidos de serpientes y zanjas, para que los advierta y no peligre en ellos?

9 Ahora os sentís desalentados. ¡Vuestro desaliento ha tenido un comienzo harto miserable! Os sentís desalentados: antes por mi humildad, como si hubiera sido un delito contra mí mismo; ahora, porque habéis comprendido que me habéis entristecido, y también lo lejos que estáis todavía de la perfección. En pocos este segundo estado de desaliento está exento de soberbia (de la soberbia herida por la constatación de que todavía no sois nada, mientras que, por orgullo, querríais ser perfectos). Tened exclusivamente esa voluntariosa humildad de aceptar la reprensión y de confesar que habéis errado, prometiendo en vuestro corazón que queréis la perfección por un fin sobrehumano. Y luego venid a mí. Os corrijo, mas os comprendo y os trato con indulgencia.

Venid a mí, vosotros apóstoles; venid a mí, todos vosotros, hombres que sufrís por dolores materiales, por dolores morales, por dolores espirituales (estos últimos producidos por el dolor de no saberos santificar como querríais por amor a Dios y con diligencia y sin retornos al Mal). El camino de la santificación es largo y misterioso, y algunas veces se cumple con desconocimiento por parte del que camina, el cual avanza entre tinieblas, con el amargor de un bebedizo en la boca, y cree que ni avanza ni bebe líquido celestial, y no sabe que esta ceguera espiritual es también un elemento de perfección.

Bienaventurados aquellos, tres veces bienaventurados aquellos que siguen andando sin goces de luz ni de dulzuras y que no se rinden por no ver ni sentir nada, y no se paran diciendo: “Mientras Dios no me dé deleites no continúo”. Os digo que el más obscuro de los caminos, al improviso, se hará luminosísimo y se abrirá a paisajes celestiales; el bebedizo, después de haber quitado todo gusto por las cosas humanas, se transformará en dulzura de Paraíso para estos valientes, los cuales, asombrados, dirán:

“¿Cómo es esto? ¿Por qué a mí tanta dulzura y júbilo?”. Porque han perseverado y Dios les hará gozar desde la tierra lo que el Cielo es.

Pero, entre tanto, para resistir, venid a mí todos los que os sintáis sobrecargados y cansados; vosotros, apóstoles, y con vosotros todos los hombres que buscan a Dios, que lloran por causa del dolor de la tierra, que se agotan solos, y Yo os confortaré. Echad sobre vosotros mi yugo, que no es un peso sino un apoyo. Abrazad mi doctrina cual si fuere una amada esposa. Imitad a vuestro Maestro, que no se limita a predicarla sino que pone en práctica lo que enseña. Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón. Encontraréis el descanso de vuestras almas, porque la mansedumbre y la humildad conceden el reino, en la tierra y en los Cielos. Ya os he dicho que los verdaderos triunfadores sobre los hombres son aquellos que los conquistan con el amor, y el amor es siempre manso y humilde. Nunca os propondría cosas superiores a vuestras fuerzas, porque os amo y quiero que estéis conmigo en mi Reino. Tomad, pues, mi enseñanza y mi distintivo y esforzaos por ser semejantes a mí y como mi doctrina enseña. No temáis, porque mi yugo es suave y su carga es ligera, mientras que la gloria de que gozaréis si me sois fieles es infinitamente potente. Infinita y eterna…

10 Os dejo por un rato. Voy con el niño al lago. Encontrará amigos… Luego partiremos el pan juntos. Ven, José; voy a llevarte a que conozcas a los pequeñuelos que me aman».

[1] respectivamente en 252.7/8 y en 256.6

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One thought on “9/7/2017 Evangelio según San Mateo 11,25-30.”

  1. Querida Marta.

    Gracias por los envíos de los escritos de MV., quedé impactado por LA RESURRECCION DE LAZARO…!, realmente tremendo…, me llevó 15 días terminar de leerlo!,

    Cada vez que tengo la oportunidad de comentar estas lecturas de MV con las personas con las que me encuentro me escuchan con atención, especialmente mis hijos…

    Me da pena que casi nadie conozca a María Valtorta, es un tesoro…y como todo tesoro está oculto un poco…

    Hasta pronto y gracias por seguir divulgando esta hermosa obra de la que no cabe duda que es NUESTRO SEÑOR JESUS quien la ha dictado, nadie de este mundo puede decir y hacer cosas tan bellas.

    Dios te bendiga!

    Miguel

    ________________________________

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