26/3/2017 Evangelio según San Juan 9,1-41.

Domingo de la cuarta semana de Cuaresma

Santo(s) del día : San Ludgero
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Lecturas

Este domingo nos encontramos con Jesús en Jerusalén, es San Juan quien sabía bien lo que Jesús quería obrar ese día, lo descubrirán en la lectura del pasaje. Luego de diez días Jesús se encuentra nuevamente con el ciego ya curado, en Jerusalén también.

Este cuarto domingo de Cuaresma nos encontramos hacia el final de tercer año de la vida pública de Jesús, en el capítulo 510 y 518, Jesús cura al ciego de nacimiento.

Fíjense en los últimos milagros de Jesús antes de la Pasión, este es uno de ellos pues el hombre ¡no tiene globos oculares!, el barro no es casualidad, pues de barro hizo Dios al hombre, así obró con Sidonio este joven de 30 años, más tarde será la resurrección de Lázaro.

Personajes
http://www.maria-valtorta.org/Personnages/Sidonia.htm

Tercer año de la vida pública de Jesús

510. La curación de un ciego de nacimiento[1]78.

10 de octubre de 1946.

510 11       Jesús sale junto con sus apóstoles y José de Seforí en dirección a la sinagoga. El día alegre, terso y sereno, cual promesa de primavera, después de días de viento y nubes llenas de invierno. Así que muchos de Jerusalén están en las calles: unos, camino de las sinagogas; otros, volviendo de éstas o de otros lugares; otros, con la familia y con la intención de salir de la ciudad para disfrutar del sol del campo. Por la puerta de Herodes, visible desde la casa de José de Seforí, se ve salir a la gente buscando alegres entretenimientos fuera de las murallas, al aire libre. Una zambullida en el verde del campo, en la amplitud, en la libertad; fuera de las calles, angostas entre las altas casas.

Creo que la cintura agreste que rodeaba a Jerusalén era espontáneamente estimada por los habitantes de la ciudad, que querían conciliar la medida del sábado con su deseo de aire y sol (tomados por los caminos y no sólo en las solanas de las casas).

Pero Jesús no va hacia la puerta de Herodes. Es más, vuelve las espaldas a esta puerta para dirigirse al interior de la ciudad. Pero, habiendo recorrido sólo unos pocos pasos por la calle más ancha –en la cual desemboca la callecita donde se encuentra la casa de José de Seforí–, Judas de Keriot le señala la presencia de un joven que viene en dirección contraria, tentando la pared con un bastón, hacia arriba la cabeza carente de ojos, con el típico modo de andar de los ciegos. Sus vestidos son pobres, pero limpios, y debe ser una persona conocida por muchos de los habitantes de Jerusalén, porque más de uno le señala, y algunas personas se acercan a él y le dicen:

«Hombre, hoy has confundido el camino. Todos los caminos del Moria están ya atrás. Ya estás en Beceta».

«Hoy no pido limosna de dinero»

responde el ciego con una sonrisa, y sigue andando, sonriente todavía, hacia el norte de la ciudad.

2 «Maestro, obsérvale. Tiene los párpados soldados. Es más, yo diría que no tiene párpados. La frente se une a las mejillas sin ninguna oquedad, y parece como si debajo no estuvieran los globos de los ojos. El pobre ha nacido así. Y así morirá, sin haber visto una sola vez la luz del Sol ni el rostro de los hombres. Ahora, dime, Maestro: para recibir este castigo tan grande, sin duda pecó; pero, si es ciego de nacimiento, como lo es, ¿cómo pudo pecar antes de nacer? ¿Será que pecaron sus padres y Dios los castigó haciéndole nacer así?».

También los otros apóstoles e Isaac y Margziam se arriman a Jesús para escuchar la respuesta. Y, acelerando el paso, como atraídos por la altura de Jesús, que domina al resto de la gente, acuden dos jerosolimitanos de aspecto educado y que estaban un poco detrás del ciego. Con ellos está José de Arimatea, que no se acerca, sino que, adosándose a un portal elevado sobre dos escalones, mira a todas las caras observando todo. Jesús responde. En el silencio que se ha formado, se oyen nítidamente las palabras:

«No han pecado ni él ni sus padres más de lo que pecan todos los hombres, y quizás menos; porque frecuentemente la pobreza es un freno para el pecado. No. Ha nacido así para que en él se manifiesten –una vez más– el poder y las obras de Dios. Yo soy la Luz que ha venido al mundo, para que aquellos del mundo que han olvidado a Dios, o han perdido su imagen espiritual, vean y recuerden, y para que aquellos que buscan a Dios o son ya de El se vean confirmados en la fe y en el amor. El Padre me ha enviado para que, en el tiempo que todavía se le concede a Israel, complete el conocimiento de Dios en Israel y en el mundo. Así que debo llevar a cabo las obras de Aquel que me ha enviado, como testimonio de que puedo lo que El puede, porque soy Uno con El; y para que el mundo sepa y vea que el Hijo no es desemejante del Padre y crea en mí en lo que Yo soy. Después llegará la noche, en la cual ya no se puede trabajar; la tiniebla. Y el que no se haya grabado mi signo y la fe en mí, ya no podrá hacerlo en las tinieblas y en medio de la confusión, el dolor, la desolación y destrucción que cubrirán a estos lugares y aturdirán los espíritus con la agitación producida por las angustias. Pero mientras estoy en el mundo soy Luz y Testimonio, Palabra, Camino y Vida, Sabiduría, Poder y Misericordia. 3 Ve, pues, llégate donde el ciego de nacimiento y tráemele aquí».

«Ve tú, Andrés. Yo quiero quedarme aquí y ver lo que hace el Maestro»

Responde Judas señalando a Jesús, que se ha agachado hacia el camino polvoriento, ha escupido en un montoncito de tierrilla y con el dedo está mezclando la tierra con la saliva y formando una pelotita de barro, y que, mientras Andrés, siempre condescendiente, va por el ciego, que en este momento está para torcer hacia la callecita donde está la casa de José de Seforí, se la extiende en los dos índices y se queda con las manos como las tienen los sacerdotes en la Santa Misa, durante el Evangelio o la Epístola. Pero Judas se retira de su sitio diciendo a Mateo y a Pedro:

«Venid aquí, vosotros que tenéis poca estatura, y veréis mejor».

Y se pone detrás de todos, casi tapado por los hijos de Alfeo y por Bartolomé, que son altos.

Andrés vuelve, trayendo de la mano al ciego, que se esfuerza en decir:

«No quiero dinero. Dejadme que siga mi camino. Sé dónde está ese que se llama Jesús. Y voy para pedir…».

«Este es Jesús, éste que está enfrente de ti» dice Andrés deteniéndose delante del Maestro.

Jesús, contrariamente a lo habitual, no pregunta nada al hombre. En seguida le extiende ese poco de barro que tiene en los índices, sobre los párpados cerrados, y le ordena:

«Y ahora ve, lo más deprisa que puedas, a la cisterna de Siloé, sin detenerte a hablar con nadie».

El ciego, embadurnada la cara de barro, se queda un momento perplejo y abre los labios para hablar. Luego los cierra y obedece. Los primeros pasos son lentos, como de uno que esté pensativo o se sienta defraudado. Luego acelera el paso, rozando con el bastón la pared, cada vez más deprisa (para lo que puede un ciego, aunque quizás más, como si se sintiera guiado…).

Los dos jerosolimitanos ríen sarcásticamente, meneando la cabeza, y se marchan. José de Arimatea –y me sorprende el hecho– los sigue, sin siquiera saludar al Maestro, volviendo sobre sus pasos, o sea, hacia el Templo, siendo así que por esa misma dirección venía. Así, tanto el ciego como los dos como José de Arimatea van hacia el sur de la ciudad, mientras que Jesús tuerce hacia occidente y le pierdo de vista, porque la voluntad del Señor me hace seguir al ciego y a los que le siguen.

4       Superada Beceta, entran todos en el valle que hay entre el Moria y Sión –me parece que he oído otras veces llamarle Tiropeo– y le recorren todo hasta Ofel; orillan Ofel; salen al camino que va a la fuente de Siloé, siempre en este orden: primero, el ciego, que debe ser conocido en esta zona popular; luego los dos; último, distanciado un poco, José de Arimatea.

José se para cerca de una casita miserable, semiescondido por un seto de boj, que sobresale rodeando el huertecillo de la mísera casa. Pero los otros dos van hasta la misma fuente y observan al ciego, que se acerca cautamente al vasto estanque y, palpando el murete húmedo, introduce en la cisterna una mano y la saca rebosando de agua, y se lava los ojos, una, dos, tres veces. A la tercera aprieta también contra la cara la otra mano, deja caer el bastón y lanza un grito como de dolor.

510 2Luego separa lentamente las manos y su primer grito de pena se transforma en un grito de alegría:

«¡Oh! ¡Altísimo! ¡Yo veo!»,

y se arroja al suelo como vencido por la emoción, las manos puestas para proteger los ojos, apretadas contra las sienes por ansia de ver, por el sufrimiento de la luz, y repite:

«¡Veo! ¡Veo! ¡Esta es entonces la tierra! ¡Esta es la luz! Esta es la hierba que conocía sólo por su frescura…».

Se levanta y, estando encorvado, como uno que lleva un peso, su peso de alegría, va al arroyo que se lleva el agua que sobra, y mira cómo fluye brillante y risueño, y susurra:

«Y esto es el agua… ¡Claro! Así la sentía entre los dedos (introduce la mano en ella), fría y que no se sujeta. Pero no te conocía… ¡Ah, hermosa, hermosa! ¡Qué hermoso es todo!».

Levanta la cara y ve un árbol… Se acerca a él, le toca, alarga una mano, acerca hacia sí una ramita, la mira, y ríe, ríe, y da sombra a los ojos con la mano y mira al cielo, al Sol, y dos lágrimas descienden de los párpados vírgenes abiertos para contemplar el mundo… Y baja los ojos hacia la hierba, donde una flor ondea en la cima de su tallo, y se ve a sí mismo, reflejado en el agua del arroyo, y se mira y dice:

«¡Así soy yo?»,

y observa, asombrado, a una tórtola que ha venido a beber un poco más allá, y a una cabrita que arranca las últimas hojas de un rosal agreste, y a una mujer que viene hacia la fuente con un hijito contra su pecho. Y esa mujer le recuerda a su madre, a su madre de desconocido rostro, y, alzando los brazos al cielo, grita:

«¡Bendito seas, Altísimo, por la luz, por la madre, y por Jesús!»,

y se echa a correr, dejando en el suelo su bastón, ya inútil…

Los dos no han esperado a ver todo esto. En cuanto han visto que el hombre veía, han ido raudos hacia la ciudad. José, sin embargo, se queda hasta el final, y, cuando el ciego que ya no es ciego pasa por delante de él como una flecha para entrar en el Dédalo de callejuelas del popular barrio de Ofel, deja a su vez su lugar y vuelve sobre sus pasos, hacia la ciudad, muy pensativo…

5       El barrio de Ofel, siempre ruidoso, ahora está se puede decir alborotado: unos corren hacia la derecha, otros hacia la izquierda; preguntas, respuestas.

«Pero le habréis confundido con otro…».

«Te digo que no. Le he preguntado: “¿Pero eres realmente tú, Sidonio, llamado Bartolmái?”, y él me ha dicho: “Lo soy”. Quería preguntarle cómo sucedió, pero se fue corriendo».

«¿Dónde está ahora?».

«Donde su madre, sin duda». .

«¿Quién? ¿Quién le ha visto?»

preguntan nuevos llegados.

«Yo. Yo» responden varios.

«¿Y cómo ha sucedido?».

«…Yo le he visto correr sin bastón, con dos ojos en la cara, y he dicho: “¡Mira! Así sería Bartolmái si…”».

«Te digo que estoy temblando a más no poder. Entrando, ha dicho: “¡Madre, te veo!”».

«Una gran dicha para los padres. Ahora podrá ayudar al padre y ganarse su pan…».

«¡Esa pobre mujer se ha sentido mal de la alegría! ¡¡Una cosa!! ¡Una cosa! Yo había ido a pedir un poco de sal y…».

«Vamos, deprisa, a oírselo a él…».

José de Arimatea se encuentra aprisionado en medio de este jaleo y, no sé si por curiosidad o si por espíritu de imitación, sigue la corriente y acaba en un callejón que no tiene salida, que si prosiguiera iría al Cedrón, donde la gente se apiña y sobrepuja con sus voces el frufrú de las aguas del torrente, engrosado por las lluvias de otoño. Y José llega allí cuando, por otra callecita que desemboca en ésta, vienen los dos de antes con otros tres: un escriba, un sacerdote y otro que no identifico por el indumento. Se abren paso con arrogancia y tratan de entrar en la casa abarrotada de gente.

La casa es: una cocina grande, negra como el alquitrán, con un rincón aislado por un rústico tabique de tablas, tras el cual hay una yacija y una puerta que da a otro cuarto que tiene una cama más grande; una puerta, abierta en la pared opuesta, deja ver un huertecito de pocos metros cuadrados. Eso es todo.

6       El ciego curado habla arrimado a la mesa, respondiendo a los que le preguntan, que son todos gente pobre como él, población modesta de Jerusalén, de este barrio que es quizás el más pobre de todos. Su madre, en pie al lado de él, le mira y llora secándose los ojos en su velo. El padre, un hombre ajado por el trabajo, se manosea la barba con su mano trémula. Entrar en la casa es imposible hasta para la prepotencia judía y doctoral, y los cinco tienen que escuchar desde fuera las palabras del curado.

«¿Que cómo se me han abierto? Ese hombre que se llama Jesús me ha ensuciado los ojos con tierra mojada y me ha dicho: “Ve a lavarte en la fuente de Siloé”. He ido, me he lavado y se han abierto los ojos y he visto».

«¿Pero cómo es que has encontrado al Rabí? Siempre decías que eras un desdichado porque nunca le encontrabas, ni siquiera cuando pasaba siempre por aquí para ir a casa de Jonás al Getsemaní. Y hoy, ahora que no se sabe nunca dónde está…».

«¡Hombre! Ayer al anochecer vino un discípulo suyo y me dio dos monedas: Me dijo: “¿Por qué no tratas de ver?”. Le dije: “He buscado, pero no encuentro nunca a ese Jesús que hace los milagros. Le busco desde que curó a Analía, de mi mismo barrio, pero si voy acá El está allá…”, y él me dijo: “Yo soy un apóstol suyo y lo que yo quiero lo hace. Ven mañana a Beceta y busca la casa de José el galileo, el del pescado seco, José de Seforí, cerca de la puerta de Herodes y del arco de la plaza, por la parte oriental, y verás que antes o después El pasa por allí o entra en la casa, y yo le señalaré tu presencia”. Dije: “Pero mañana es sábado”. Quería decir que El no haría nada en sábado. Me dijo: “Si quieres curarte, es el día, porque después dejamos la ciudad, y no sabes si podrás volver a encontrarle”. Yo insistí: “Sé que le persiguen. Lo he oído en las puertas de la muralla del Templo, donde voy a pedir limosna. Por eso digo que ahora que le persiguen así menos todavía querrá ser perseguido y no curará en sábado”. Y él: “Haz lo que te digo y en sábado verás el Sol”. Y he ido. ¿Quién no habría ido? ¡Si lo dice un apóstol suyo! También me dijo: “A mí es al que más escucha, y vengo expresamente porque me inspiras compasión y porque quiero que resplandezca su poder ahora que le han ultrajado. Tú, ciego de nacimiento, harás que resplandezca. Sé lo que digo. Ven y verás”. Y he ido. No había llegado todavía a la casa de José, cuando un hombre me ha tomado de la mano, pero por la voz no era el de ayer, y me ha dicho: “Ven conmigo, hermano”. No quería ir. Creía que me quisiera dar pan y dinero, o quizás vestidos, y le decía que me dejara seguir mi camino porque había sabido dónde encontrar al llamado Jesús; y el hombre me ha dicho: “Este es Jesús, este que está delante de ti”. Pero yo no he visto nada, porque era ciego. He sentido dos dedos embadurnados en tierra mojada que me tocaban aquí y aquí, y he oído una voz que me decía: “Ve rápido a Siloé y lávate y no hables con nadie”. Y lo he hecho. Pero estaba desalentado, porque esperaba ver en seguida, y casi he creído que hubiera sido una broma de jóvenes sin corazón, y casi no quería ir. Pero he sentido dentro una especie de voz decir: “Ten esperanza y obedece”. Y entonces he ido a la fuente y me he lavado y he visto».

Y el joven se detiene, extático, y piensa de nuevo en la alegría de su primer momento de ver…

7 «¡Que salga ese hombre! ¡Queremos hacerle una serie de preguntas!»

gritan los cinco. El joven se abre paso y sale a la puerta.

«¿Dónde está el que te ha curado?».

«No sé» dice el joven, al cual un amigo le ha susurrado: «Son escribas y sacerdotes».

«¿Cómo que no lo sabes? Decías ahora que lo sabías. ¡No mientas a los doctores de la Ley y al sacerdote! ¡Ay de aquel que trate de engañar a los magistrados del pueblo?».

«Yo no engaño a nadie. Ese discípulo me dijo: “Está en esa casa” y era verdad, porque yo estaba cerca cuando me han tomado de la mano y conducido donde El. Pero, dónde está ahora, no lo sé. El discípulo me dijo que se marchaban. Podría haber salido ya por las puertas».

«¿Pero a dónde iba?».

«¡¿Y yo qué sé?! Irá a Galilea… ¡Teniendo en cuenta cómo le tratan aquí!…».

«¡Necio e irrespetuoso! ¡Ten cuidado de cómo hablas, hez del pueblo! Te he dicho que digas por qué camino iba».

«¿Y cómo queréis que lo sepa si estaba ciego? ¿Puede un ciego decir por dónde va otro?».

«Está bien. Síguenos».

«¿A dónde queréis llevarme?».

«A los jefes de los fariseos». .

«¿Por qué? ¿Qué tienen que ver conmigo? ¿Acaso me han curado ellos para que tenga que agradecérselo? Cuando estaba ciego y pedía limosna, mis manos no sentían nunca sus monedas; mi oído, nunca su palabra compasiva; mi corazón, nunca su amor. ¿Qué tengo que decirles? Sólo á uno debo decir “gracias”, después de mi padre y de mi madre, que durante tantos años me han amado siendo un desdichado. Y es a este Jesús que me ha curado amándome con su corazón, como mis padres con el suyo. No voy donde los fariseos. Me quedo aquí con mi madre y mi padre, a gozar de ver su rostro y ellos mis ojos que han nacido ahora, después de tantas primaveras desde aquella en que nací pero no vi la luz»

«No tantas palabras. Ven y síguenos».

«Que no! Que no voy! ¿Habéis, acaso, enjugado alguna vez una lágrima de mi madre, abatida por mi desventura, o una gota de sudor de mi padre, agotado por el trabajo? ¿Ahora puedo hacerlo yo con mi vista. ¿Debería, acaso, dejarlos y seguiros?».

«Te lo ordenamos. No eres tú el que ordena, sino el Templo y los jefes del pueblo. Si la soberbia de estar curado te ofusca la mente para recordar que mandamos nosotros, nosotros te lo recordamos. ¡Vamos! ¡Camina!».

«¿Pero por qué tengo que ir? ¿Qué queréis de mí?».

«Que declares sobre esta cosa. Es sábado. Obra llevada a cabo en sábado. Debe registrarse, por el pecado. Pecado tuyo y de ese diablo».

«¡Diablos, vosotros! ¡Pecado, vosotros! ¿Y voy a ir a declarar contra el que me ha hecho un bien? ¡Vosotros estáis borrachos! Al Templo iré. Para bendecir al Señor. Y nada más que eso. Durante muchos años he estado en la sombra de la ceguera. Pero los párpados cerrados han creado tiniebla sólo para los ojos. El intelecto ha estado igual en la luz, en gracia de Dios, y me dice que no debo dañar al único Santo que hay en Israel».

«¡Basta! ¿No sabes que hay castigos para quien se opone a los magistrados?».

«Yo no sé nada. Aquí estoy y aquí me quedo. Y no os conviene hacerme ningún daño. Ya veis que todo Ofel está de mi parte».

«¡Sí! ¡Sí! ¡Dejadle! ¡Ventajistas! Dios le protege. ¡No le toquéis! ¡Dios está con los pobres! ¡Dios está con nosotros! ¡Explotadores, hipócritas!».

La gente grita y amenaza, con una de esas espontáneas manifestaciones populares, que son las explosiones de indignación de los humildes contra quien los oprime, o de amor hacia quien los protege. Y gritan:

«¡Ay de vosotros si agredís a nuestro Salvador! ¡Al Amigo de los pobres! Al Mesías tres veces Santo. ¡Ay de vosotros! No hemos temido la ira de Herodes ni la de los Gobernadores, cuando ha hecho falta. ¡No tememos las vuestras, viejas hienas de mandíbulas desdentadas! ¡Chacales de uñas desmochadas! ¡Inútiles prepotentes! Roma no quiere tumultos y no importuna al Rabí porque El es paz. Pero a vosotros os conoce. ¡Marchaos! ¡Fuera de los barrios de los oprimidos por vosotros con diezmos superiores a sus fuerzas, para tener dinero para saciar vuestros apetitos y realizar torpes comercios. ¡Descendientes de Jasón! ¡De Simón! ¡Torturadores de los verdaderos Eleazares, de los santos Onías[2]79. ¡Vosotros que pisoteáis a los profetas! ¡Fuera! ¡Fuera!».

El tumulto se enciende, cada vez más fiero.

8       José de Arimatea, aplastado contra un murete, espectador de los hechos, hasta ahora atento pero inactivo, con una agilidad insospechable en un viejo –y menos todavía estando tan arrebujado en túnicas y mantos–, salta al murete y, en pie, grita:

«¡Silencio, ciudadanos! ¡Escuchad a José el Anciano!».

Una, dos, diez cabezas se vuelven en la dirección del grito. Ven a José. Gritan su nombre. Debe ser muy conocido el de Arimatea y debe gozar del favor del pueblo, porque los gritos de indignación se transforman en gritos de alegría:

«¡Está José el Anciano! ¡Viva él! ¡Paz y larga vida al justo! ¡Paz y bendición al benefactor de los indigentes! ¡Silencio, que habla José!».

Con dificultad se hace silencio, y durante unos momentos se oye el susurro del Cedrón al otro lado de la callejuela. Todas las cabezas –habiendo ya olvidado todos el objeto que antes los hacía mirar en dirección opuesta: hacia los cinco desdichados e inconsiderados que han suscitado el tumulto– se dirigen hacia José.

«Ciudadanos de Jerusalén, hombres de Ofel, ¿por qué permitís que os cieguen la sospecha y la ira? ¿Por qué faltar al respeto y a las costumbres, vosotros que siempre habéis sido tan fieles a las leyes de los padres? ¿De qué tenéis miedo? ¿Acaso de que el Templo sea un Mólec[3]80 que no devuelva lo que recibe? ¿Acaso de que vuestros jueces sean todos ciegos, más que vuestro amigo, ciegos en el corazón y sordos respecto a la justicia? ¿No es, acaso, costumbre el que un hecho prodigioso sea declarado, escrito y conservado por quien deba hacerlo para las crónicas de Israel? Dejad, pues, incluso por honor del Rabí a quien amáis, que el curado milagrosamente suba a declarar la obra por El realizada. ¿Todavía titubeáis? Bien, pues yo me hago garante de que nada malo le sucederá a Bartolmái. Y sabéis que no miento. Como a un hijo amado de mi corazón le escoltaré hasta allá arriba, y os le traeré aquí después. Creed en mí. Y del sábado no hagáis un día de pecado con la rebelión contra vuestros jefes».

«¡Es como dice! No debemos. Podemos creerle. Es un justo. En las buenas deliberaciones del Sanedrín siempre su voz está presente». La gente intercambia sus ideas y al final grita: «¡A ti sí, te confiamos nuestro amigo!». Y, dirigiéndose al joven:

«¡Ven! No temas. Con José de Arimatea estás tan seguro como con tu padre y más», y se abre para que el joven pueda ir donde José, que ha bajado de su púlpito improvisado; y, mientras pasa, le dicen:

«Vamos también nosotros. ¡No temas!».

José, ricamente vestido de espléndida lana, pone una mano en un hombro del joven y se pone en camino. La túnica cenizosa y gastada del joven, su pequeño manto, van rozando contra la amplia túnica rojo obscura y el pomposo manto aún más obscuro del anciano miembro del Sanedrín. Detrás, los cinco; después de éstos, muchos, muchos de Ofel…

9       Ya están en el Templo, tras haber atravesado las calles centrales llamando la atención de muchos. Y la gente recíprocamente se señala al que antes era ciego, diciendo:

«¡Pero si es el que pedía limosna ciego! ¡Y ahora tiene ojos! Bueno, quizás es uno que se le parece. No. Es él, sin duda, y le llevan al Templo. Vamos a oír»,

y la fila aumenta cada vez más, hasta que los muros del Templo se tragan a todos. José guía al joven a una sala –no es el Sanedrín– donde hay muchos fariseos y escribas. Entra. Y con él entran Bartolmái y los cinco. A los lugareños de Ofel los echan para atrás reteniéndolos en el patio.

«Aquí está el hombre. Yo mismo os le he traído, pues, sin ser visto, he asistido a su encuentro con el Rabí y a su curación. Y os puedo decir que fue totalmente casual por parte del Rabí. El hombre, le oiréis también vosotros, fue conducido –o mejor: invitado a ir– donde estaba el Rabí, por Judas de Keriot, a quien conocéis. Y yo he oído, y también estos dos que están conmigo han oído porque estaban presentes, cómo fue Judas el que tentó a Jesús de Nazaret en orden al milagro. Ahora aquí declaro que si hay que castigar a uno no es ni al ciego ni al Rabí, sino al hombre de Keriot, que –Dios ve si miento al decir lo que mi intelecto piensa– es el único autor del hecho, en el sentido de que lo ha provocado con intencionada maniobra. He dicho».

«Lo que dices no anula la culpa del Rabí. Si un discípulo peca, no debe pecar el Maestro. Y El ha pecado curando en sábado. Ha realizado obra servil».

«Escupir en el suelo no es hacer obra servil. Y tocar los ojos de otro no es hacer obra servil. Yo también le toco al hombre y no creo pecar».

«El ha realizado un milagro en sábado. En esto está el pecado».

«Honrar el sábado con un milagro es gracia de Dios y su bondad. Es su día. ¿No puede, acaso, el Omnipotente celebrarlo con un milagro que haga resplandecer su poder?».

«No estamos aquí para escucharte a ti. Tú no eres el encausado. Al que queremos interrogar es a ese hombre. 10 Responde tú. ¿Cómo has obtenido la vista?».

«Ya lo he dicho. Y éstos me han oído. El discípulo de ese Jesús ayer me dijo: “Ven y haré que te cures”. Y fui. Y he sentido ponerme barro aquí y una voz que me decía que fuera a Siloé a lavarme. Lo he hecho y veo».

«¿Pero tú sabes quién te ha curado?».

«¡Claro que lo sé! Jesús. Ya os lo he dicho» .

«¿Pero sabes exactamente quién es Jesús?».

«Yo no sé nada. Soy un pobre y un ignorante. Y hasta hace poco estaba ciego. Esto es lo que sé. Y sé que El me ha curado. Y, si lo ha podido hacer, sin duda, Dios está con El».

«¡No blasfemes! Dios no puede estar con quien no observa el sábado»

gritan algunos. Pero José y los fariseos Eleazar, Juan y Joaquín observan: «Tampoco puede un pecador hacer esos prodigios».

«¿Acaso estáis seducidos también vosotros por ese poseído?».

«No. Somos justos. Y decimos que, si Dios no puede estar con quien realiza obras en sábado, tampoco puede el hombre sin Dios hacer que un ciego de nacimiento vea»

Dice con calma Eleazar. Y los otros asienten.

«¿Y al demonio dónde lo dejáis?» gruñen los malévolos.

«No puedo creer, y tampoco vosotros lo creéis, que el demonio pueda realizar obras que tengan la virtud de hacer alabar al Señor»

dice el fariseo Juan.

«¿Pero quién le alaba?».

«El joven, sus padres, todo Ofel, y yo con ellos, y conmigo todos los que son justos y temen santamente a Dios»

rebate José. Los malévolos, cortados, no sabiendo qué objetar, arremeten contra Sidonio, llamado Bartolmái:

«¿Tú qué dices del que te ha abierto los ojos?».

«Para mí es un profeta. Y más grande que Elías con el hijo de la viuda de Sarepta.

Porque Elías hizo que el alma volviera al niño[4]81. Pero este Jesús me ha dado lo que nunca había perdido, porque no lo había tenido nunca: la vista. Y si me ha hecho los ojos, así, en un instante y con nada, excepto un poco de barro, mientras que en nueve meses mi madre con carne y sangre no había logrado hacérmelos, debe ser tan grande como Dios, que con barro hizo al hombre[5]82».

«¡Fuera! ¡Fuera! ¡Blasfemo! ¡Embustero! ¡Vendido!»,

y echan afuera al hombre como si fuera un réprobo.

11 «Ese hombre miente. No puede ser verdad. Todos pueden decir que uno que ha nacido ciego no se puede curar. Será uno que asemeja a Bartolmái, y preparado por el Nazareno… o… Bartolmái no ha estado nunca ciego».

Ante esta sorprendente afirmación, José de Arimatea reacciona sin vacilar:

«Que el odio ciegue se sabe desde los tiempos de Caín; pero que vuelva necia a la gente no se sabía aún. ¿Os parece lógico que uno llegue a la madurez de la juventud fingiéndose ciego por… esperar un presumible hecho estrepitoso y muy futuro? ¿O que los padres de Bartolmái no conozcan a su hijo o se presten a esta mentira?».

«El dinero lo puede todo. Y son pobres».

«El Nazareno es más pobre que ellos».

«¡Mientes! Sumas de sátrapa pasan por sus manos».

«Pero no se paran en ellas ni un instante. Son de los pobres esas sumas; usadas para el bien, no para el engaño».

«¡Cómo le defiendes! ¡Y eres uno de los Ancianos!».

«José tiene razón. La verdad hay que decirla independientemente del cargo que un hombre ocupe» dice Eleazar.

12 «Corred a llamar al ciego. Y traedle otra vez aquí. Y que otros vayan donde los padres y los traigan aquí»

grita Elquías (ha abierto de par en par la puerta y ha dado la orden a algunos que estaban afuera esperando). Y su boca está casi recubierta de baba, de tanto como le ahoga la ira.

Unos corren en una dirección, otros en otra. El primero que vuelve es Sidonio, llamado Bartolmái, sorprendido y molesto. Le encajan en un rincón y le miran al igual modo que una jauría de perros acecha a la caza… Luego, después de un buen rato, llegan los padres de él, rodeados de gente.

«Entrad vosotros. ¡Los demás, afuera!».

Los dos entran asustados, y ven a su hijo allí, en el fondo, sano pero en situación de arresto. La madre, gimiendo, dice:

«¡Hijo mío! ¡Y debía ser día de fiesta para nosotros!».

«Escuchadnos. ¿Es vuestro hijo este hombre?»

pregunta rudamente un fariseo.

«¡Sí que es nuestro hijo! ¿Quién creéis que puede ser, sino él?».

«¿Estáis completamente seguros?».

El padre y la madre están tan asombrados de la pregunta, que antes de responder se miran.

«¡Responded!».

«Noble fariseo, ¿cómo piensas que un padre y una madre puedan engañarse respecto a su hijo?»

dice humildemente el padre.

«¿Pero… podéis jurar… sí, que por ninguna suma os ha sido pedido decir que éste es vuestro hijo, mientras que es uno que le asemeja?».

«¿Pedido decir? ¿Y quién habría sido? ¿Jurar? ¿Mil veces, y por el altar y el Nombre de Dios, si quieres!».

Es una afirmación tan segura que desalentaría hasta al más obstinado. ¡Pero los fariseos no se desalientan! Preguntan:

«¿Pero vuestro hijo no había nacido ciego?».

«Sí. Así había nacido. Con los párpados cerrados y, debajo, el vacío, la nada…».

«¿Y cómo es que ahora ve, tiene los ojos y, sobre ellos, abiertos los párpados? ¡No querréis decir que los ojos pueden nacer así, como flores en primavera, y que un párpado se abre exactamente como el cáliz de una flor!…»

dice otro fariseo, y se ríe sarcásticamente.

«Sabemos que este hombre es verdaderamente nuestro hijo desde hace casi treinta años, y que nació ciego; pero no sabemos cómo es que ahora ve, ni tampoco quién le ha abierto los ojos. Y… ¿por qué no le preguntáis a él? No es un idiota ni un niño. Tiene ya sus buenos años. Preguntadle y os responderá».

«Vosotros mentís. El, en vuestra casa, ha contado cómo ha sido curado y por quién. ¿Por qué decís que no sabéis?»

grita uno de los dos que habían seguido siempre al ciego.

«Estábamos tan atónitos por la sorpresa, que no hemos oído»

se justifican los dos.

13     Los fariseos se vuelven hacia Sidonio, llamado Bartolmái:

«Acércate. ¡Y da gloria a Dios, si es que puedes! ¿No sabes que quien lo ha tocado los ojos es un pecador? ¿No lo sabes? Bueno, pues ya lo sabes. Te lo decimos nosotros, que lo sabemos».

«¡Bueno…! Será como decís vosotros. Yo si es pecador no lo sé. Sé sólo que antes estaba ciego y ahora veo, y bien nítido».

«Pero ¿qué te ha hecho? ¿Cómo te ha abierto los ojos?».

«Ya os lo he dicho y no me habéis escuchado. ¿Queréis oírlo otra vez? ¿Por qué? ¿Es que queréis haceros discípulos de El?».

«¡Necio! Sé tú discípulo de ese hombre. Nosotros somos discípulos de Moisés. Y de Moisés sabemos todo, y que Dios le habló. Pero de este hombre no sabemos nada, ni de dónde viene ni quién es, y ningún prodigio del Cielo le señala como profeta».

«¡Aquí precisamente está lo increíble! Que no sabéis de dónde es y decís que ningún prodigio le señala como justo. Pero El me ha abierto los ojos y ninguno de entre nosotros de Israel había podido hacerlo jamás, ni siquiera el amor de una madre y los sacrificios de mi padre. Pero hay una cosa que sabemos todos, tanto yo como vosotros, y es que Dios no presta oídos al pecador, sino a aquel que tiene temor de Dios y hace su voluntad. No se ha oído nunca que ninguno, en todo el mundo, haya podido abrir los ojos a un ciego de nacimiento; pero este Jesús lo ha hecho. Si no viniera de Dios, no habría podido hacerlo».

«Has nacido enteramente en el pecado, eres deforme en el espíritu igual y más de lo

que lo fuiste en el cuerpo, ¿y te las das de poder enseñarnos a nosotros? ¡Fuera, maldito aborto, y hazte diablo con tu seductor! ¡Fuera! ¡Fuera todos, plebe necia y pecadora!»,

y echan afuera a hijo, padre y madre, como si fueran tres leprosos.

14     Los tres se marchan raudos, seguidos por los amigos. Pero, llegado afuera de la muralla, Sidonio se vuelve y dice:

«¡Para vosotros la perra gorda! Decid lo que queráis. La verdad es que yo veo, y alabo a Dios por ello. Y diablos seréis vosotros, no el Bueno que me ha curado».

«¡Calla hijo! ¡Calla ¡Basta que no nos perjudique!…»

gime la madre.

«¡Oh, madre! ¿El aire de aquella sala te ha envenenado el alma, a ti que en mi dolor me enseñabas a alabar a Dios y ahora en la alegría no le sabes dar gracias y temes a los hombres? Si Dios me ha amado tanto, y te ha amado tanto, que nos ha dado el milagro, ¿no sabrá defendernos de un puñado de hombres?».

«Nuestro hijo tiene razón, mujer. Vamos a nuestra sinagoga a alabar al Señor, dado que del Templo nos han echado. Y vamos raudos, antes de que termine el sábado…».

Y, acelerando el paso, desaparecen por los caminos del valle.

[1] 78 Cfr. Ju. 9, 1–34.

[2] 79 . 2 Macabeos 4-6

[3] 80 Cfr. con respecto de este ídolo: Lev. 18, 21; 20, 1–5; 3 Rey. 11; 4 Rey. 23, 4–14; Jer. 32, 28–35.

[4] 81 como se narra en 1 Reyes 17, 17–24.

[5] 82 Cfr. Gén. 2, 7.

 

518. En Jerusalén, encuentro con el ciego curado y palabras que revelan a Jesús como buen Pastor[1]127.

25 de octubre de 1946.

518 11       Jesús, que ha entrado en la ciudad por la puerta de Herodes, está cruzándola en dirección hacia el Tiropeo y el barrio de Ofel. .

«¿Vamos al Templo?» pregunta Judas Iscariote.

«Sí».

«¡Cuidado con lo que haces!» advierten muchos.

«Estaré allí sólo el tiempo de la oración».

«Te van a salir al paso».

«No. Vamos a entrar por las puertas de septentrión y saldremos por las de mediodía, y no tendrán tiempo de organizarse para hacerme algún daño. A menos que esté siempre detrás de mí uno que me vigile e informe».

Ninguno replica, y Jesús prosigue hacia el Templo, que aparece, en lo alto de su colina, casi espectral bajo la luz verde amarillenta de una plomiza mañana de invierno, en la que el Sol nacido es sólo un recuerdo que se obstina en mantenerse presente tratando de abrir una brecha en la densa masa de nubes. ¡Esfuerzo vano! El alegre lucir de la aurora ha quedado reducido al reflejo mate de un amarillo irreal, no extendido, sino agrupado en manchas que contienen también tonalidades de plomo veteado de verde. Y, debajo de esta luz, los mármoles y el oro del Templo aparecen sin brillo, tristes, yo diría: lúgubres, como ruinas que aún despuntan en una zona de muerte.

Jesús lo mira intensamente mientras sube hacia la muralla. Y mira las caras de los viandantes matutinos. Son, por lo general, gente humilde: hortelanos, pastores con los animalitos que han de ser matados, criados o amas de casa dirigidos a los mercados. Y todos se alejan silenciosos, arrebujados en los mantos, un poco encorvados para defenderse del viento más bien frío de la mañana. También los rostros parecen más pálidos de como son normalmente los de esta raza. Es la luz extraña la que los pone así, verdosos o casi perlinos, con el fondo de los mantos de colores, que, verdes o de vivo color violado o amarillos intensos, no son, ciertamente, adecuados para proyectar reflejos róseos en las caras. Alguno saluda al Maestro, pero no se detiene. No es la hora propicia. Todavía no hay mendigos lanzando sus quejumbrosos gritos en los cruces y debajo de las amplias bóvedas que, cada poco, cubren las calles. La hora y el período del año contribuyen a la libertad –para Jesús– de caminar sin obstáculos.

Ya están en las murallas. Entran. Van al atrio de los Israelitas. Oran mientras un sonido de trompetas –diría que son de plata por su timbre– anuncia algo que es, sin duda, importante, y se esparce por la colina; y, mientras un perfume de incienso se esparce suavemente, sobrepujando todos los otros olores menos agradables que puedan percibirse en la cima del Moria, o sea: el perpetuo –diría: natural– olor a carne de animales degollados y consumidos por el fuego; el olor a harina quemada; el olor a aceite ardiendo: olores éstos que se detienen siempre ahí arriba, más o menos fuertes, pero que siempre están presentes, por los continuos holocaustos.

En el mapa se observa el camino que Jesús tomó este día hasta encontrarse con el ciego curado (Sidonio), desde la puerta de Herodes pasando por Bezeta, hasta el camino que conduce a Ofel.518 2

El lugar donde días atrás Sidonio se encuentra con Jesús en Ofe  y el camino que recorre hasta el estanque de Siloé, al sur de la ciudad.

 

Se marchan siguiendo otra dirección, y empiezan a ser notados por los primeros que vienen al Templo, por gente que pertenece al Templo, por los cambistas y vendedores, que están montando sus mesas o recintos. Pero son demasiado pocos; y la sorpresa es tal, que no saben reaccionar. Entre sí intercambian palabras de estupor:

«¡Ha vuelto!», «No ha ido a Galilea, como decían», «¿Pero dónde estaba escondido, si no se le ha encontrado en ninguna parte?», «Quiere realmente desafiarlos», «¡Qué necio!», «¡Qué santo!»,

etcétera, según la disposición de cada uno.

2       Jesús está ya fuera del Templo y baja hacia la calle que lleva a Ofel. En esto, se topa con el ciego de nacimiento, curado hace poco, el cual, cargado de cestas llenas de manzanas olorosas, camina alegre, bromeando con otros jóvenes igualmente cargados, que van en sentido opuesto al suyo.

Quizás al joven le pasaría inadvertido el encuentro, dado que desconoce el rostro de Jesús y el de los apóstoles. Pero Jesús no desconoce la cara del que fue curado milagrosamente. Y le llama. Sidonio, llamado Bartolmái, se vuelve y mira interrogativamente al hombre alto y majestuoso –a pesar de ir vestido humildemente– que le llama por el nombre dirigiéndose hacia una callejuela.

«Ven aquí» ordena Jesús.

El joven se acerca sin dejar su carga. Mira a Jesús. Cree que desea comprar manzanas. Dice:

«Mi jefe las ha vendido ya. Pero tiene más todavía, si quieres. Son bonitas y buenas. Traídas ayer de los pomares de Sarón. Y, si compras muchas, tienes un importante descuento, porque…».

Jesús sonríe mientras alza la derecha para poner freno a la locuacidad del joven. Y dice:

«No te he llamado para comprar las manzanas, sino para alegrarme contigo y bendecir contigo al Altísimo, que te ha concedido su favor».

«¡Oh, sí! Yo lo hago continuamente, por la luz que veo y por el trabajo que puedo realizar, ayudando a mi padre y a mi madre, por fin. He encontrado un buen jefe. No es hebreo, pero es bueno. Los hebreos no me querían por… porque saben que he sido expulsado de la sinagoga»

dice el joven, y pone las cestas en el suelo.

«¿Te han expulsado? ¿Por qué? ¿Qué has hecho?».

«Yo nada. Te lo aseguro. El Señor es el que lo ha hecho. En sábado, el Señor hizo que me encontrara con ese hombre que se dice que es el Mesías, y El me curó, como ves. Por eso me han expulsado».

«Entonces el que te curó no te ha hecho en todo un buen servicio»

prueba Jesús.

«¡No digas eso, hombre! ¡Esto que dices es una blasfemia! Ante todo, me ha mostrado que Dios me ama, luego me ha dado la vista… Tú no sabes lo que es “ver”, porque has visto siempre. ¡Pero uno que no había visto nunca! ¡Oh!… Es… Con la vista se tienen juntamente todas las cosas. Yo te digo que cuando vi, allá en Siloé, reí y lloré, pero de alegría ¿Eh? Lloré como no había llorado en el tiempo de la desventura. Porque entendí entonces cuán grande era ella y cuán bueno era el Altísimo. Y, además, puedo ganarme la vida, y con trabajo decoroso. Y, además… –esto es lo que, más que todo, espero que me conceda el milagro recibido–, además, espero poder encontrar al hombre al que llaman Mesías y a su discípulo que me…».

«¿Y qué harías entonces?».

«Quisiera bendecirle. A El y a su discípulo. Y quisiera decirle al Maestro, que tiene que venir realmente de Dios, que me tome a su servicio».

«¿Cómo? Por causa suya estás anatematizado, con fatiga encuentras trabajo, puedes ser incluso más castigado, ¿y quieres servirle? ¿No sabes que están perseguidos todos aquellos que siguen al que te curó».

«¡Ya lo sé! Pero El es el Hijo de Dios. Eso se dice entre nosotros. A pesar de que aquellos de arriba (y señala al Templo) no quieran que se diga. Y ¿no merece la pena dejarlo todo para servirle a El?». .

3 «¿Crees, entonces, en el Hijo de Dios y en su presencia en Palestina?».

«Lo creo. Pero quisiera conocerle, para creer en El no sólo en la mente, sino con todo mi ser. Si sabes quién es y dónde se encuentra, dímelo, para ir donde El, verle, creer completamente en él y servirle».

«Ya le has visto, y no tienes necesidad de ir donde El. El que ves y te habla en este momento es el Hijo de Dios».

Y –no podría afirmarlo con plena seguridad– me ha parecido que al decir estas palabras Jesús ha tenido casi una brevísima transfiguración, adquiriendo un aspecto bellísimo y, diría, esplendoroso. Yo diría que, para premiar y confirmar en su fe a este humilde creyente que cree en El, ha descubierto, durante el tiempo que dura un destello, su belleza futura (quiero decir la que asumirá después de la Resurrección y conservará en el Cielo, su belleza de criatura humana glorifìcada, de cuerpo glorificado y hecho uno con la inefable belleza de su Perfección). Un instante, digo. Un destello. Pero el rincón semiobscuro donde se han refugiado para hablar, bajo el arco de la calleja, se ilumina extrañamente con una luminosidad que emana de Jesús, el cual, lo repito, adquiere una grandísima hermosura.

Luego todo vuelve a ser como antes, excepto el joven, que ahora está en el suelo, rostro en tierra, y que adora y dice:

«¡Yo creo, Señor, mi Dios!».

«Levántate. He venido al mundo para traer la luz y el conocimiento de Dios y para probar a los hombres y juzgarlos. Este tiempo mío es tiempo de opción, de elección y de selección. He venido para que los puros de corazón e intención, los humildes, los mansos, los amantes de la justicia, de la misericordia, de la paz, los que lloran y los que saben dar a las distintas riquezas su valor real y preferir las espirituales a las materiales encuentren aquello que su espíritu anhela; y para que los que eran ciegos –porque los hombres habían alzado gruesos muros para impedir el paso de la luz, o sea, impedir el conocimiento de Dios– vean, y los que se creen con vista se queden ciegos…».

4 «Entonces Tú odias a una parte grande de los hombres y no eres bueno como dices ser. Si tu fueras, buscarías que todos vieran, y que quien ya viera no se quedara ciego»

interrumpen algunos fariseos, que han llegado al improviso por la calle principal y, cautamente, se han acercado con otros a espaldas del grupo apostólico.

Jesús se vuelve y los mira. ¡Ciertamente ya no está transfigurado en dulce belleza! Es un Jesús bien severo el que fija en sus perseguidores sus miradas de zafiro. Su voz ya no tiene la nota de oro de la alegría, sino que es broncínea, y, cual sonido de bronce, es incisiva y severa en la respuesta:

«No soy Yo el que quiere que no vean la verdad los que actualmente combaten contra ella. Son ellos mismos los que levantan delante de sus pupilas un muro de adoquines para no ver. Y se hacen ciegos por su libre voluntad. Y el Padre me ha enviado para que esta división tenga lugar, y sean verdaderamente conocidos los hijos de la Luz y los de las Tinieblas, los que quieren ver y los que quieren hacerse ciegos».

«¿Acaso estamos nosotros también entre estos ciegos?».

«Si lo fuerais y trataseis de ver, no seríais culpables. Pero es porque decís: “Vemos”, y luego no queréis ver, por lo que pecáis. Vuestro pecado permanece porque no tratáis de ver aun siendo ciegos».

«¿Y qué tenemos que ver?».

«El Camino, la Verdad, la Vida. Un ciego de nacimiento, como era éste, con su bastoncito puede en todo caso encontrar la puerta de su casa e ir por ella, porque conoce su casa. Pero si le llevaran a otros lugares, no podría entrar por la puerta de la nueva casa, porque no sabría dónde estaría y se chocaría contra las paredes.

5 El tiempo de la nueva Ley ha llegado. Todo se renueva y un mundo nuevo, un nuevo pueblo, un nuevo reino surgen. Ahora los del tiempo pasado no conocen todo esto. Conocen su tiempo. Son como ciegos llevados a una ciudad nueva, donde está la casa regia del Padre, pero cuya ubicación no conocen. Yo he venido para guiarlos e introducirlos en ella y para que vean. Pero soy Yo mismo la Puerta por la cual se pasa a la casa paterna, al Reino de Dios, a la Luz, al Camino, a la Verdad, a la Vida. Y soy también Aquel que ha venido a reunir el rebaño que había quedado sin guía, y a conducirle a un único redil: el del Padre. Yo soy la puerta del Redil, porque soy al mismo tiempo Puerta y Pastor. Y entro y salgo como y cuando quiero. Y entro libremente, y por la puerta, porque soy el verdadero Pastor.

Cuando uno viene a dar a las ovejas de Dios otras indicaciones, o trata de descaminarlas llevándolas a otras moradas y a otros caminos, no es el buen Pastor; es un pastor ídolo. Y el que no entra por la puerta del redil, sino que trata de entrar por otra parte saltando el recinto, no es el pastor, sino un ladrón y un asesino que entra con intención de robar y matar, para que los corderos de que se han apoderado no emitan voces de lamento y no atraigan la atención de los guardianes y del pastor. También entre las ovejas del rebaño de Israel tratan de introducirse falsos pastores para desviarlas de los pastos y alejarlas del Pastor verdadero. Y entran dispuestos incluso a arrancarlas del rebaño con violencia, y, si llega el caso, están dispuestos a matarlas y a dañarlas de muchas maneras, para que no hablen y no le manifiesten al Pastor las astucias de los falsos pastores, ni griten invocando la protección de Dios contra sus adversarios y los adversarios del Pastor.

Yo soy el Buen Pastor y mis ovejas me conocen, y me conocen los eternos porteros del verdadero Redil. Ellos me han conocido y han conocido mi Nombre, que han manifestado para que Israel lo conociera; me han descrito y han preparado mis caminos, y, cuando mi voz se ha oído, el último de ellos me ha abierto la puerta y ha dicho al rebaño que esperaba al verdadero Pastor, al rebaño que estaba agrupado en torno a su cayado: “Aquí tenéis a Aquel de quien he dicho que viene después de mí. Uno que me precede porque existía antes de mí y yo no le conocía. Pero para esto, para que estéis preparados a recibirle, he venido a bautizar con agua, para que fuera manifestado en Israel”. Y las ovejas buenas han oído mi voz y, cuando las he llamado por el nombre, han venido solícitas y las he llevado conmigo, como hace un verdadero pastor al que conocen las ovejas, que le reconocen por la voz y le siguen a dondequiera que vaya. Y, cuando ha sacado a todas, camina delante de ellas, y ellas le siguen porque aman la voz del pastor. Por el contrario, no siguen a un extranjero; antes bien, huyen lejos de él porque no le conocen y le temen.

Yo también camino delante de mis ovejas para señalarles el camino y hacer frente, Yo el primero, a los peligros y señalárselos al rebaño, al cual quiero guiar a mi Reino y ponerlo a salvo».

6 «¿Acaso Israel ya no es el reino de Dios?».

«Israel es el lugar desde donde el pueblo de Dios debe elevarse hasta la verdadera Jerusalén y hasta el Reino de Dios».

«¿Y el Mesías prometido, entonces? Ese Mesías que afirmas que eres, ¿no debe, pues, hacer a Israel triunfante, glorioso, dueño del mundo, sometiendo a su cetro todos los pueblos, y vengándose, sí, vengándose ferozmente de todos los que lo han sometido desde que es pueblo? ¿Entonces nada de esto es verdad? ¿Niegas a los profetas? ¿Llamas necios a nuestros rabíes? Tú…».

«El Reino del Mesías no es de este mundo. Es el Reino de Dios, fundado sobre el amor. No es otra cosa. Y el Mesías no es rey de pueblos y ejércitos, sino rey de espíritus. Del pueblo elegido vendrá el Mesías, de la estirpe real, y, sobre todo, de Dios, que le ha generado y enviado. Por el pueblo de Israel ha comenzado la fundación del Reino de Dios, la promulgación de la Ley de amor, el anuncio de la buena Nueva de que habla el profeta[2]128. Pero el Mesías será Rey del mundo, Rey de los reyes, y su Reino no tendrá límite en el tiempo ni confín en el espacio. Abrid los ojos y aceptad la verdad».

«No hemos entendido nada de tu desvarío. Dices palabras sin nexo. Habla y responde sin parábolas: ¿Eres o no eres el Mesías?».

«¿Y no habéis entendido todavía? Os he dicho que soy Puerta y Pastor por esto. Hasta ahora ninguno ha podido entrar en el Reino de Dios, porque estaba murado y no tenía salidas. Pero ahora he venido Yo y está hecha la puerta para entrar en él».

«¡Oh! Otros han dicho que eran el Mesías, y luego han sido descubiertos como bandidos y rebeldes, y la justicia humana ha castigado su rebeldía[3]129. ¿Quién nos asegura que no eres como ellos? ¡Estamos cansados de sufrir y hacer sufrir al pueblo el rigor de Roma, por mérito de embusteros que se dicen reyes y hacen que el pueblo se levante en rebelión!».

«No. No es exacta vuestra frase. Vosotros no queréis sufrir, eso es verdad. Pero que el pueblo sufra no os duele. Tanto es así, que al rigor de quien domina unís vuestro rigor, oprimiendo con diezmos[4]130 insoportables y otras muchas cosas al pueblo modesto. ¿Qué quién os asegura que no soy un malandrín? Mis acciones. No soy Yo el que hace pesada la mano de Roma; al contrario, la aligero, aconsejando a los dominadores humanidad, a los dominados paciencia. Al menos estas cosas».

Mucha gente –ya mucha gente se ha congregado, y crece cada vez más, tanto que obstaculizan el paso por la calle grande y, por tanto, todos van a confluir en la callejuela, bajo cuyas bóvedas las voces retumban– aprueba diciendo:

«¡Bien dicho lo de los décimos! ¡Es verdad! A nosotros nos aconseja sumisión y a los romanos piedad».

7       Los fariseos, como siempre, se envenenan por las aprobaciones de la muchedumbre, y se muestran aún más mordaces en el tono con que se dirigen a Cristo.

«Responde sin tantas palabras y demuestra que eres el Mesías».

«En verdad, en verdad os digo que lo soy. Yo, sólo Yo, soy la Puerta del redil de los Cielos. Quien no pasa por mí no puede entrar. Es verdad. Ha habido otros falsos Mesías, y más que habrá. Pero el único y verdadero Mesías soy Yo. Todos los que hasta ahora han venido, presentándose como tales, no lo eran; eran sólo ladrones y salteadores. Y no sólo aquellos que se hacían llamar, de parte de unos pocos de su misma forma de ser, Mesías, sino también otros que, sin darse ese nombre, exigen una adoración que ni siquiera al verdadero Mesías se le da. Quien tenga oídos para oír que oiga. De todas formas, observad: ni a los falsos Mesías ni a los falsos pastores y maestros las ovejas los han escuchado, porque su espíritu sentía la falsedad de su voz, que quería aparecer dulce y, sin embargo, era cruel. Sólo los cabros los han seguido para ser sus compañeros en sus fechorías. Cabros salvajes, indómitos, que no quieren entrar en el Redil de Dios, bajo el cetro del verdadero Rey y Pastor. Porque esto, ahora, se da en Israel: que Aquel que es el Rey de los reyes viene a ser el Pastor del rebaño, mientras que, en el pasado, aquel que era pastor de rebaños vino a ser rey, y el Uno y el otro vienen de la misma raíz, de la raíz de Iesaí, como está escrito en las promesas y profecías[5]131.

Los falsos pastores no han pronunciado palabras sinceras ni sus acciones han sido consoladoras. Han dispersado y torturado al rebaño, o lo han abandonado a los lobos, o lo han matado para sacar provecho vendiéndolo y así asegurarse la vida, o le han quitado los pastos para hacer de ellos moradas de placer y bosquecillos para los ídolos.

¿Sabéis cuáles son los lobos? Son las malas pasiones, los vicios que los mismos falsos pastores han enseñado al rebaño, practicándolos ellos los primeros. ¿Y sabéis cuáles  son los bosquecillos de los ídolos? Son los propios egoísmos, ante los cuales demasiados queman inciensos. Las otras dos cosas no necesitan ser explicadas, porque son hasta demasiado claras estas palabras mías. Pero que los falsos pastores actúen así es lógico.

No son sino ladrones que vienen para robar, matar y destruir, para llevar fuera del redil a pastos traicioneros, o conducir a falsos apriscos, que en realidad son mataderos. Pero los que pasan por mí están en seguro y podrán salir para ir a mis pastos, o volver para venir a mis descansos, y hacerse robustos y pingües de substancias santas y sanas.

Porque he venido para esto. Para que mi pueblo, mis ovejas, hasta ahora flacas y afligidas, tengan la vida, y vida abundante, y de paz y alegría. Y tanto quiero esto, que he venido a dar mi vida porque mis ovejas tengan la Vida plena y abundante de los hijos de Dios.

8 Yo soy el Pastor bueno. Y un pastor, cuando es bueno, da la vida por defender a su rebaño de los lobos y de los salteadores; por el contrario, el mercenario, que no ama a las ovejas sino al dinero que gana por llevarlas a pastar, se preocupa sólo de salvarse a sí mismo y de salvar la pequeña suma que lleva en el pecho, y, cuando ve venir al lobo o al salteador, huye, aunque luego vuelva para tomar alguna oveja que el lobo haya dejado medio muerta, o que haya sido desperdigada por el salteador, y matar a la primera para comérsela, o vender la segunda como suya, aumentando así su suma, para decir luego al amo, con falsas lágrimas, que ni siquiera una de las ovejas se ha salvado. ¿Qué le importa al mercenario si el lobo adentella y desperdiga a las ovejas, y el salteador hace saqueo de ovejas para llevarlas al carnicero? ¿Acaso veló por ellas mientras crecían, acaso trabajó esforzadamente para ponerlas robustas? Pero el que es amo y sabe cuánto cuesta una oveja, cuántas horas de trabajo, cuántos desvelos, cuántos sacrificios, las quiere y les presta cuidado, a ellas que son su bien. Pero Yo soy más que un amo. Yo soy el Salvador de mi rebaño y sé cuánto me cuesta la salvación de una sola alma; por tanto, estoy dispuesto a todo con tal de salvar a un alma. Esa alma me ha sido confiada por el Padre mío. Todas las almas me han sido confiadas, con el mandato de que salve un grandísimo número de ellas. Cuantas más logre arrancar a la muerte del espíritu, más gloria recibirá mi Padre. Por tanto, lucho para liberarlas de todos sus enemigos, o sea, de su yo, del mundo, de la carne, del demonio, y de mis adversarios, que me las disputan

para producirme dolor. Yo hago esto porque conozco el pensamiento del Padre mío. Y el Padre mío me ha enviado a hacer esto porque conoce mi amor por El y por las almas.

También las ovejas de mi rebaño me conocen a mí y conocen mi amor, y sienten que estoy dispuesto a dar mi vida para darles la alegría.

Tengo otras ovejas. Pero no son de este Redil. Por tanto, no me conocen en lo que Yo soy, y muchas ignoran mi existencia e ignoran quién soy Yo. Ovejas que a muchos de nosotros parecen peor que cabras salvajes y son consideradas indignas de conocer la Verdad y de poseer la Vida y el Reino. Y, sin embargo, no es así. El Padre desea también éstas; por tanto, tengo que acercarme también a éstas, darme a conocer, hacer conocer la buena Nueva, guiarlas a mis pastos, reunirlas. Y éstas también escucharán mi voz porque acabarán amándola. De manera que habrá un solo Redil y un solo Pastor, y el Reino de Dios quedará reunido en la Tierra, ya preparado para ser transportado y acogido en los Cielos, bajo mi cetro, mi signo y mi verdadero Nombre. ¡Mi verdadero Nombre! ¡Sólo Yo lo conozco! Mas cuando el número de los elegidos esté completo y, entre himnos de alborozo, se sienten a la gran cena de bodas del Esposo con la Esposa[6]132, entonces mi Nombre será conocido por mis elegidos que por fidelidad a él se hayan santificado, aunque haya sido sin conocer toda la extensión y profundidad de lo que era estar signado por mi Nombre y ser premiados por su amor a él, ni cuál era el premio… Esto es lo que quiero dar a mis ovejas fieles. Lo que constituye mi propia alegría…».

9       Jesús recorre, con una mirada brillante de llanto extático, los rostros dirigidos hacia él, y una sonrisa le tiembla en los labios, una sonrisa tan espiritualizada en su rostro, que se siente estremecer la muchedumbre, que intuye el rapto de Cristo a una visión beatífica, y su deseo de amor de verla cumplida. Vuelve a su estado normal. Cierra un instante los ojos, celando así el misterio que ve su mente y que los ojos podrían dejar transparentar demasiado, y prosigue:

«Por esto me ama el Padre, ¡Oh pueblo mío, Oh rebaño mío! Porque por ti, por tu bien eterno, doy la vida. Luego la tomaré de nuevo. Pero primero la daré para que tengas la vida y a tu Salvador como vida de ti mismo. Y la daré de forma que tú te nutras de ella, transformándome de Pastor en pasto y fuente que darán alimento y bebida[7]133, no durante cuarenta años como para los hebreos del desierto[8]134, sino durante todo el tiempo de exilio por los desiertos de la Tierra. Nadie, en realidad, me quita la vida. Ni los que amándome con todo su ser merecen que la inmole por ellos, ni los que me la quitan por un odio desorbitado y un miedo estúpido. Nadie podría quitármela si por mí mismo no consintiera en darla y si el Padre no lo permitiera, invadidos los dos por un delirio de amor hacia la Humanidad culpable. Por mí mismo la doy. Y tengo el poder de tomarla de nuevo cuando quiera, pues no es conveniente que la Muerte prevalezca contra la Vida. Por esto el Padre me ha dado este poder; es más, el Padre me ha mandado hacer esto. Y por mi vida, ofrecida e inmolada, los pueblos serán un único Pueblo: el mío, el Pueblo celeste de los hijos de Dios, separándose en los pueblos las ovejas de los cabros y siguiendo las ovejas a su Pastor al Reino de la Vida eterna».

10     Y Jesús, que hasta ahora ha hablado fuerte, se vuelve, en voz baja, a Sidonio, llamado Bartolmái, que ha estado durante todo este tiempo delante de El con su canasta de manzanas olorosas a los pies, y le dice:

«Has olvidado todo por mí. Ahora, ciertamente, te castigarán y perderás el trabajo. ¿Lo ves? Yo te traigo siempre dolor. Por mí has perdido la sinagoga y ahora vas a perder al patrón…».

«¿Y qué me importa todo eso si te tengo a ti? Sólo Tú tienes valor para mí. Dejo todo por seguirte. Basta que me lo concedas. Deja sólo que lleve esta fruta a quien la ha comprado y luego estoy contigo».

«Vamos juntos. Después iremos a casa de tu padre. Porque tienes un padre y debes honrarle pidiéndole su bendición».

«Sí, Señor. Todo lo que quieras. Pero enséñame mucho porque no sé nada, nada de nada, ni siquiera leer y escribir, porque era ciego».

«No te preocupes de eso. La buena voluntad te enseñará».

Y se encamina para volver a la calle principal, mientras la masa de gente hace comentarios, confronta pareceres, discute incluso, insegura entre las distintas opiniones, que son siempre las mismas: ¿es Jesús de Nazaret un poseído o un santo? La gente, en desacuerdo, discute mientras Jesús se aleja.

[1] 127 El tema del buen pastor por sí mismo y en oposición a los malos pastores, siempre en sentido sobrenatural, aparece mucho en la Biblia. Cfr. por ej.: Sal. 22; Is. 40, 9–11; 49, 9–11; 56, 9–12; Jer. 23, 1–4; Ez. 34; Zac. 11, 4–17; 1 Pe. 5, 1–4.

[2] 128 Isaías 61, 1–3

[3] 129 Tal vez aluda a Judas Galileo y a Teoda de los que se hace mención en Hech. 5, 34–39

[4] 130 Cfr. Gén. 14, 17–24; Lev. 27, 30–34; Núm. 18, 20–32; Deut. 14, 22–29; 26, 12–15; Heb. 7, 4–10.

[5] 131 Alusión a David. Cfr. 1 Rey. 16, 14 – 17, 31; 2 Rey. 2, 1–4.

[6] 132 Especialmente Ap. 19, 5–10; 21, 9–14.

[7] 133 Alusión a la Eucaristía.

[8] 134 Cfr. Ex. 16; Núm. 11, 4–9; Deut. 8; Sab. 16, 15–29; Ju.6, 22–65; Hebr. 9, 1–5.

 

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