23/4/2017 Evangelio según San Juan 20,19-31.

Segundo Domingo de Pascua o de la Divina Misericordia

Fiesta de la Iglesia: Domingo de la Divina Misericordia

Santo(s) del día : San Adalberto de Praga
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Lecturas

Enlace 2016

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9/4/2017 Evangelio según San Mateo 21,1-11 y San Mateo 26,14-75 27,1-66

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor

Santo(s) del día : San Lorenzo de Irlanda
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Lecturas

Resumen de los capítulos

590 – Entrada triunfal en Jerusalén Mt 21 1-11

La traición de Judas       Mt 26 14-16

588 – Judas-Iscariote-Con-Los-Jefes-Del-Sanedrin

Preparativos de la cena  Mt 26 17-19

598 – Jueves-Santo-Preparativos-de-la-Cena-pascual-La-manifestacion-del-Padre-y-el-homenaje-de-los-Gentiles

Ultima cena                   Mt 26 20-35

600 – La-Ultima-Cena

Hacia Getsemaní. Agonía y prendimiento                 Mt 26 36-56

602 – Hacia-el-Getsemani-con-once-apostoles-La-agonia-y-el-prendimiento

Los procesos. Las negaciones de Pedro            Mt 26 57-75 y 27  1-30

604 – Los-Procesos-Las-Negaciones-de-Pedro-Consideraciones-Sobre-Pilato

La vía dolorosa              Mt 27 31-32

608 – La-via-dolorosa-del-Pretorio-al-Calvario

Crucifixión, muerte y descendimiento             Mt 27 33-59

609 – La-crucifixión-la-muerte-y-el-descendimiento

Cierran el sepulcro              Mt 27 60

611 – Cierran-el-Sepulcro-El-regreso-al-Cenaculo

El día y la noche del sábado santo   Mt 27 61-66

614 – El-dia-del-Sabado-Santo

615 – La-noche-del-Sabado-Santo

 

PERSONAJES

Los Apóstoles

Andrés el hijo de Jonás, el apóstol Galileo Betsaida, Pescador, http://www.maria-valtorta.org/Personnages/Andre.htm

Marta (Betania), hermana de Lázaro, la discípula http://www.maria-valtorta.org/Personnages/Marthe.htm

Natanael Bartolomé  el apóstol. Caná de Galilea, casado con Ana, padre de dos niñas “Lleno de prejuicios, pero con honestidad y generosidad” http://www.maria-valtorta.org/Personnages/Nathanael.htm

Juan de Zebedeo (Boanerges) – Galileo Betsaida,   pescador,

Santiago de Zebedeo (el   principales) – su hermano, galileo Betsaida,   pescador, de un solo

Simon de Jonas (Pedro).   – Galileo Betsaida. Casado con Porfiria, el jefe de   Pescador, sin hijos

Felipe —   Galileo Betsaida Casado con María, padre de   niñas

Tomas (el   Dídimo) – Rama de Judea, orfebre, de un solo

Simon (el   Fanático) – probablemente de Judea Jerusalén o Betania, caballero,   individual

Judas Tadeo De Alfeo Por Judea y Galilea a su padre por su madre nació en Nazaret, el primo   Jesús, único

Judas Kerioth (Iscariote) – la Judea Kerioth ,   “” oficial del Templo, único

Santiago de Alfeo (el   menor de edad) – por Judea y Galilea a su padre por su madre nació en Nazaret, el primo de   Jesús, único.

Levi (Mateo)   el publicano. – Galilea, en Cafarnaún, recaudador de impuestos, de un solo

Todos mueren mártires (5.35 – P. 234), salvo   Judas Iscariot que se suicidó (9.24).

MAS DETALLES: http://www.maria-valtorta.org/Personnages/Apotres.htm

 

OTROS PERSONAJES

Son dos grupos amigos y enemigos

Jacob* el  marido lujurioso http://www.maria-valtorta.org/Personnages/JacobLuxurieux.htm

Samuel de Ofel* El novio Annalia asesino del tío de Analia http://www.maria-valtorta.org/Personnages/SamuelAnnalia.htm

* Nota del cap 374 (escrito 2/2/1946) Reconozco tanto al hombre curado (Jacob) como a Samuel. El primero es el que, en la Pasión , golpea con una piedra a Jesús en la cabeza. Y lo mismo, con la máscara de odio que le transforma, reconozco en Samuel al joven que mata a su madre de una patada, para poder ir a golpear al Maestro con un garrote

Anás El ex Sumo Sacerdote    http://www.maria-valtorta.org/Personnages/AnnaGrandPretre.htm

Caifas lE Sumo Sacerdote      http://www.maria-valtorta.org/Personnages/Caiphe.htm

Jocanán, Ben Zacchi El escriba synhédriste de Esdrelón http://www.maria-valtorta.org/Personnages/GiocanaBenZacchai.htm

Ismael, el escriba a synhédriste egoísta http://www.maria-valtorta.org/Personnages/IsmaelBenFabi.htm

Elí de Cafarnaúm, synhédriste Fariseo y desagradecido cobarde http://www.maria-valtorta.org/Personnages/EliSynhedriste.htm

Eleazar de anas El hijo mayor de Anna Sumo Sacerdote http://www.maria-valtorta.org/Personnages/EleazarBenAnna.htm

Eleazar         synhédriste      http://www.maria-valtorta.org/Personnages/EleazarSynhedriste.htm

Juan   Gass synhédriste amigo   José de Arimatea     http://www.maria-valtorta.org/Personnages/JeanSynhedriste.htm

Ismael ben Fabí      lsynhédriste   egoísta http://www.maria-valtorta.org/Personnages/IsmaelBenFabi.htm

Sadoq,         El escriba synhédriste  http://www.maria-valtorta.org/Personnages/SadocScribe.htm

Calasebona  El synhédriste hostil     http://www.maria-valtorta.org/Personnages/Collascebona.htm

Nahúm         L’homme de confiance d’Anna le grand prêtre   http://www.maria-valtorta.org/Personnages/Nahum.htm

Gamaliel       El gran doctor de Israel, y synhédriste   Seguidor de última hora            http://www.maria-valtorta.org/Personnages/Gamaliel.htm

Simeón      hijo de Gamaliel El synhédriste poco   hablador           http://www.maria-valtorta.org/Personnages/SimeonGamaliel.htm

Nicodemo    El discípulo oculto synhédriste http://www.maria-valtorta.org/Personnages/NicodemeSynhedriste.htm

José de Arimatea  amigo de Lázaro, y synhédriste   discípulo       http://www.maria-valtorta.org/Personnages/JosephArimathie.htm

Elías el pastor          http://www.maria-valtorta.org/Personnages/ElieBethleem.htm

Manahén      hermano de leche de Herodes, y el discípulo   médico de la futura Iglesia de Antioquía         http://www.maria-valtorta.org/Personnages/Manaen.htm

Juana de Cusa con los pequeños María y Matías     Una de las santas mujeres            http://www.maria-valtorta.org/Personnages/JeanneChouza.htm

Longinos     El centurión situado al pie del Calvario http://www.maria-valtorta.org/Personnages/Longin.htm

Pilatos          El procónsul romano     http://www.maria-valtorta.org/Personnages/PoncePilate.htm

Cusa  El administrador de Herodes     http://www.maria-valtorta.org/Personnages/Chouza.htm

Herodes Antipas     Tetrarca de Galilea y Perea, hijo del perseguidor Herodes el grande y hermano de Arquelao   http://www.maria-valtorta.org/Personnages/HerodeAntipas.htm

Todos los pastores de Belen

Isaac  Pastor de la Natividad , el principal discípulo     http://www.maria-valtorta.org/Personnages/IsaacJutta.htm

Jonatán        Pastor de la Natividad, el superintendente de Cusa http://www.maria-valtorta.org/Personnages/JonathasBethleem.htm

Leví    Pastor de la Natividad   discípulo          http://www.maria-valtorta.org/Personnages/LeviBethleem.htm

José   hijo de José, sobrenombre Justo, un discípulo de         http://www.maria-valtorta.org/Personnages/JosephJoseph.htm

Matías         Pastor de la   Natividad, discípulo y apóstol      http://www.maria-valtorta.org/Personnages/MatthiasBethleem.htm

Juan   Pastor de la Natividad   discípulo          http://www.maria-valtorta.org/Personnages/JeanBethleem.htm

Simeón         Berger de la Natividad , un discípulo de http://www.maria-valtorta.org/Personnages/SimeonBethleem.htm

Benjamín      http://www.maria-valtorta.org/Personnages/BenjaminBethleem.htm

Daniel           http://www.maria-valtorta.org/Personnages/DanielBethleem.htm

 

Barrabás El enemigo     dio a conocer en lugar de Jesús       http://www.maria-valtorta.org/Personnages/Barabbas.htm

Claudia Prócula      la esposa de Poncio Pilato, patricia romana, http://www.maria-valtorta.org/Personnages/ClaudiaProcula.htm

Veronica (Serafia)

Nique  la discípula dedicada a la caridad         http://www.maria-valtorta.org/Personnages/Nike.htm

Sara (Betania) La viuda curado que se convirtió en discípula http://www.maria-valtorta.org/Personnages/SaraBethanie.htm

Marcela La parienta enviada de Valeria          http://www.maria-valtorta.org/Personnages/Marcella.htm

Elisa   Una de las santas mujeres       http://www.maria-valtorta.org/Personnages/EliseBethsour.htm

Lidia (Livia)una de las simpatizantes romanas           http://www.maria-valtorta.org/Personnages/Lidia.htm

Ana la esposa de Bartolomé (Natanael)           http://www.maria-valtorta.org/Personnages/AnneBarthelemy.htm

Valeria          La madre del niño salvado        http://www.maria-valtorta.org/Personnages/Valeria.htm

Isabel

María de Alfeo la esposa de Alfeo (llamado Cleofás)            Tía de Jesús    http://www.maria-valtorta.org/Personnages/MarieAlphee.htm

María Salomé La madre de los apóstoles Juan y Santiago Zebedeo http://www.maria-valtorta.org/Personnages/MarieSalome.htm+

Susana de Caná, La novia de la boda de Caná        http://www.maria-valtorta.org/Personnages/SuzanneCana.htm

Simon De Cirene El que llevo la cruz de Jesús       http://www.maria-valtorta.org/Personnages/SimonCyrene.htm

José hijo de Alfeo El mayor de los primos de Jesús    http://www.maria-valtorta.org/Personnages/JosephAlphee.htm

Simón de Alfeo, hijo de Alfeo primo de Jesús              http://www.maria-valtorta.org/Personnages/SimonAlphee.htm

Alfeo de Sara. La viuda que adoptó a Alfeo de Meroba         http://www.maria-valtorta.org/Personnages/SaraAfeca.htm

Dimas El buen ladrón http://www.maria-valtorta.org/Personnages/Dismas.htm

Decurión soldado confiesa la la divinidad de Cristo al pie de la cruz: a Gamaliel               http://www.maria-valtorta.org/Personnages/Decurion.htm

 

Preparación para la Pasión de Jesús

586 El sábado anterior a la entrada en Jerusalén. La cena en Betania[1]189Judas de Keriot ha decidido

28 de marzo de 1947.

 segunda uncion1       La cena ha sido preparada en esa sala enteramente blanca en que Jesús habló con las discípulas. Y todo es esplendor de blanco y plata, en el que ponen una pincelada menos nívea y fría unos haces de ramas de manzano o peral, o de otro árbol frutal, cándidos como la nieve pero con un levísimo toque de color rosa; tan leve, que hace pensar en la nieve acariciada por un beso de lejana aurora: sobresalen, enhiestos, de jarrones abombados o de estrechas ánforas de plata, y están colocados en las mesas y sobre las arcas y aparadores que hay junto a las paredes de la sala. Las flores esparcen por toda la sala el típico olor de flores de árbol frutal, un olor fresco, amargoso, de primavera pura…

Lázaro entra en la sala al lado de Jesús. Detrás, de dos en dos o en grupos más nutridos, los apóstoles. Por último, las dos hermanas de Lázaro con Maximino. No veo a las discípulas. Tampoco a María. Quizás han preferido quedarse en la casa de Simón con la Madre afligida.

El día se encamina hacia el crepúsculo. Pero un vestigio de sol incide aún en la copa susurradora de algunas palmas que se alzan agrupadas a pocos metros de la sala, y en la cima de un gigantesco laurel en cuyas frondas pugnan los pardales antes de entregarse al descanso. Y más allá de las palmas y del laurel, más allá de los setos de rosas y de jazmines, más allá de los cuadros de muguetes y de otras flores y pequeñas plantas aromáticas, más allá de todo ello, se ve la blanca extensión de un grupo tardío de manzanos o perales del huerto, moteada del verde tierno de sus primeras hojas: parece una nube apresada entre las ramas.

2       Jesús, al pasar cerca de una ánfora llena de ramas, observa:

«Tenían ya los primeros pequeños frutos. ¡Fíjate! Arriba hay flores y más abajo se ha caído ya la flor y se está agrandando el ovario».

«Ha sido María la que ha querido cogerlas. Ha llevado también otros haces como éstos a tu Madre. Se ha levantado con el alba, creo, por miedo a que un día más de sol consumiera estas frágiles corolas. Yo, hace poco, he tenido noticia de este estrago. Pero no he sentido el rechazo que sintieron los criados agricultores; al contrario, he pensado que era justo ofrecerte todas las bellezas de la Creación a ti, Rey de todas las cosas».

Jesús se sienta en su sitio sonriendo, y mira a María, la cual, junto con su hermana, se apresta a servir cual si fuera una criada, y acerca los cuencos de la purificación y los paños para secarse, y luego echa vino en las copas y pone sobre la mesa las bandejas con la comida, a medida que los criados las van trayendo de las cocinas o las acercan después de haber trinchado en los aparadores.

Naturalmente, si bien las dos hermanas sirven con cortesía a todos los comensales, su esmero se concentra especialmente en sus dos comensales predilectísimos: Jesús y Lázaro.

3       En un momento dado de la cena, Pedro, que come con satisfacción, observa:

«¡Fíjate! ¡Me doy cuenta ahora! Los platos son todos como es usanza en Galilea… Me da la impresión como de… ¡Sí, claro!… Es como estar en un banquete de boda. Pero aquí no falta el vino como faltó en Caná».

María sonríe mientras le llena de vino al apóstol de nuevo la copa, un vino ambarino limpísimo. Pero no habla. Es también esta vez Lázaro el que explica:

«Efectivamente, éste ha sido el pensamiento de mis hermanas, especialmente de María: ofrecer una cena en que el Maestro tuviera la impresión de estar en su Galilea, sin duda mejor, mucho mejor, que estos lugares, aunque también imperfecta…».

«Pero para hacerle pensar esto se habría requerido la presencia de María en esta mesa. En Caná estaba. Por Ella se produjo el milagro»

observa Santiago de Alfeo.

«¡Aquél debió ser un gran vino!» .

«El vino es símbolo de alegría y debería serlo también de fecundidad, porque el vino es jugo de la fecunda vid. Pero no veo que haya fecundado mucho porque Susana no tiene hijos»

dice Judas Iscariote.

«¡Vaya que si era un gran vino! Nos fecundó en el espíritu…»

dice Juan, con un cierto aspecto soñador, como siempre cuando contempla en su interior los milagros obrados por Dios. Y termina:

«Por una virgen fue hecho… y sobre el que lo probó descendió un influjo de pureza».

«¿Pero tú crees que Susana es virgen?»

pregunta, riéndose, Judas Iscariote.

«No he dicho eso. Virgen es la Madre del Señor. Virginidad emana todo lo que por Ella se ha llevado a cabo. Yo siempre pienso lo virginizadoras que son todas las cosas que se hacen a través de María…»

y sueña de nuevo, sonriendo ante quién sabe qué visión.

«¡Dichoso ese muchacho! Creo que ahora ni se acuerda del mundo. Observadle»

dice Pedro señalando a Juan, que, echado en su triclinio, mueve absorto unos pedacitos de pan olvidándose de comer.

También Jesús se inclina un poco para mirar a Juan, que está en una esquina de uno de los lados de la mesa dispuesta en forma de U (por tanto, un poco detrás del Señor, a espaldas de Él, que a su vez está en el medio del lado central y que tiene a su primo Santiago a la izquierda y a Lázaro a la derecha). Después de Lázaro están el Zelote y Maximino, como después de Santiago el otro Santiago y Pedro. Juan está entre Andrés y Bartolomé, y después Tomás, que tiene enfrente a Judas, a Felipe, a Mateo y a Judas Tadeo, el cual está justo en la esquina donde la larga mesa central empieza.

4       María de Lázaro sale de la estancia mientras Marta pone en la mesa unas bandejas colmadas de higos nuevos, de verdes tallos de hinojo, de frescas almendras peladas, y fresones o frambuesas, no lo sé, que parecen aún más rojos estando en medio de esas pálidas esmeraldas de los hinojos y de los higos, y del color lácteo de las almendras; y bandejas colmadas de pequeños melones u otro fruto similar –a mí me recuerdan a los melones verdes de la baja Italia– y de doradas naranjas.

«¿Ya estas frutas? En ningún lugar he visto estas frutas ya maduras»

dice Pedro abriendo desorbitadamente los ojos y señalando a las fresas y los melones.

«Han venido, en parte, de las riberas de más allá de Gaza, donde tengo un huerto de estos productos, y, otra parte, de las terrazas solaneras que tengo encima de la casa, los invernaderos de las plantas más delicadas, las que hay que proteger del frío intenso. Me enseñó su uso un amigo romano… Fue lo único bueno que me enseñó…».

Lázaro se entristece. Marta suspira… Pero Lázaro, en seguida, vuelve a ser ese perfecto huésped que no da tristeza a sus invitados.

«Es muy usual en las quintas de Baya y Siracusa, y a lo largo del arco de Síbaris, el cultivar estas delicias con este método para tenerlas precozmente. Con las naranjas libias coméis los últimos frutos, con los melones de Egipto que han crecido en las solanas, y con estos frutos latinos, coméis los primeros; y coméis almendras blancas de nuestra patria y tiernas habas y digestivos tallos que saben a anises… 5 Marta, ¿has pensado en el niño?».

«He pensado en todos. María se ha conmovido al recordar Egipto…».

«Tenías algunas de estas plantas en aquel pobre huerto. En los períodos de calor sofocante era una fiesta sumergir los melones en el pozo del vecino, un pozo hondo y fresco, y comerlos al atardecer… Me acuerdo… Y tenía una cabrita golosa a la que

había que vigilar, porque le gustaban mucho las plantas y frutos tiernos…».

Jesús, que estaba hablando con la cabeza un poco agachada, alza la cara y mira a las palmas, susurradoras con el viento del atardecer:

«Cuando veo esas palmas… siempre que veo las palmas, veo de nuevo Egipto, esa tierra suya amarilla y arenosa que el viento tan fácilmente movía… y a lo lejos vibraban las pirámides en el aire rarefacto… y veo los altos tallos de las palmas… y veo la casa donde… Pero es inútil evocar. Cada momento tiene su afán… y con su afán su alegría… Lázaro, ¿te importaría darme algunos frutos de éstos? Quisiera llevárselos a María y Matías. No creo que Juana los tenga».

«No los tiene. Ayer lo decía, proponiéndose plantarlos en Béter mandando construir las solanas. Pero no te los doy ahora. He cogido todos los que tenía y durante algunos días faltarán los frutos maduros. Te los mandaré; o, si no, manda a alguno por ellos antes del viernes. Prepararemos un bonito cesto para esos niños. ¿Verdad, Marta?».

«Sí, hermano mío. Y meteremos también esos pequeños lirios de los valles que a Juana tanto le gustan».

6       Regresa María Magdalena. Trae en las manos un recipiente de cuello estrecho y terminado en un piquito, elegante como el cuello de un ave. El alabastro es de un precioso color amarillo–rosado, como la carne de ciertas rubias.

Los apóstoles la miran, quizás pensando que trae alguna manjar raro. Pero María no va al centro, a donde está su hermana, al interior de la U que forman las mesas. No. Pasa por detrás de los triclinios y va a colocarse entre el de Jesús y Lázaro y el de los dos Santiagos. Destapa el recipiente de alabastro y pone la mano debajo del pico y recoge algunas gotas de un líquido de aspecto filamentoso que sale lentamente del esenciero abierto. Un penetrante olor de tuberosas y de otras esencias, un perfume intenso y exquisito, se esparce por la sala. Pero María no se siente satisfecha con eso poco que sale. Se agacha y rompe con un golpe seguro el cuello del esenciero contra el ángulo del triclinio de Jesús. El estrecho cuello cae al piso esparciendo sobre los mármoles del suelo gotas perfumadas. Ahora el recipiente tiene una amplia boca y la exuberancia del ungüento fluye en densos hilos.

María se pone detrás de Jesús y extiende sobre la cabeza de El el espeso óleo; unta todos los bucles de los cabellos de Jesús, los extiende y luego los ordena con un peine que se quita de sus propios cabellos, y repeina la cabeza adorada. La cabeza rubio–rosada de Jesús resplandece como oro viejo brillantísimo después de esta unción. La luz de la lámpara que los criados han encendido se refleja en la cabeza rubia de Cristo como en un casco de un bronce cobreño hermosísimo. El perfume es embriagador.

Penetra en las fosas nasales, sube a la cabeza; tan penetrante es, esparcido de esa manera, sin medida, que casi irrita como polvo estornutatorio.

Lázaro, que tiene la cabeza vuelta hacia atrás, sonríe al ver con qué esmero María unge y peina los bucles de Jesús, para que su cabeza, después de la olorosa fricción, se vea ordenada, mientras que no se preocupa de que sus propios cabellos, no sujetos ya por el ancho peine que ayudaba a las horquillas en su función, estén descendiendo cada vez más por el cuello y ya estén próximos a soltarse del todo y caer sobre los hombros. También Marta mira y sonríe. Los demás hablan entre sí, en voz baja y con distintas expresiones de sus caras.

Pero María no está satisfecha todavía. Hay todavía mucho ungüento en el esenciero roto, y los cabellos de Jesús, a pesar de ser tupidos, están ya saturados. Entonces María repite el gesto[2]190 de amor de un atardecer ya lejano. Se arrodilla a los pies del triclinio, suelta las hebillas de las sandalias de Jesús y le descalza los pies; luego, hundiendo los largos dedos de su bellísima mano en el recipiente, saca toda la cantidad que puede de ungüento, y lo extiende, lo distribuye sobre los pies desnudos, dedo por dedo; luego en la planta y el calcañar; y, más arriba, en el tobillo, que ha descubierto retirando la túnica de lino; por último, sobre el empeine de los pies, y se detiene allí, en los metatarsos, en el lugar por donde entrarán los clavos tremendos, e insiste hasta que ya no encuentra bálsamo en el hueco del recipiente. Entonces rompe el esenciero contra el suelo, y, libres ya las manos, se saca las gruesas horquillas, se suelta rápidamente las pesadas trenzas, y quita con esa madeja de oro viva, suave, fluyente, de los pies de Jesús, que gotean bálsamo, lo que sobra de la unción.

7       Judas alza su voz. Hasta este momento había guardado silencio, observando con mirada impura de lujuria y de envidia a la hermosísima mujer y al Maestro, cuya cabeza y cuyos pies estaban siendo ungidos por ella. Es la única voz de abierto reproche; los otros, no todos, pero sí algunos, habían susurrado algo o habían expresado algún gesto de sorprendida, aunque tímida, desaprobación. Pero Judas, que incluso se había puesto en pie para ver mejor la unción derramada sobre los pies de Cristo, dice con desaire:

«Qué inútil y pagano derroche! ¿Qué necesidad había de hacerlo? ¡Y luego no queremos que los Jefes del Sanedrín murmuren que hay pecado! Estos son gestos propios de una cortesana lasciva y desdicen, mujer, de la nueva vida que llevas. ¡Demasiado recuerdan tu pasado!».

El insulto es de tal naturaleza, que todos se quedan atónitos; es tal, que todos se agitan (unos se sientan en los triclinios, otros se ponen bruscamente en pie, todos miran a Judas como a uno que, al improviso, se hubiera vuelto loco).

Marta se pone roja. Lázaro se pone en pie como movido por un resorte y pega un puñetazo en la mesa, y dice:

«¡En mi casa…!»,

pero luego mira a Jesús y se contiene.

«Sí. ¿Me miráis? Todos habéis murmurado en vuestro corazón. Pero ahora, por haberme hecho eco vuestro y haber dicho abiertamente lo que pensabais, sin titubear os oponéis a mí. Repito lo que he dicho. No quiero, ciertamente, decir que María sea la amante del Maestro. Pero sí digo que ciertos actos no sintonizan ni con El ni con ella. Es una acción imprudente. Y también injusta. Sí. ¿Por qué este derroche? Si ella quería destruir los recuerdos de su pasado, hubiera podido darme a mí ese esenciero y ese ungüento. ¡Era al menos una libra de nardo puro! Y de gran valor. Yo lo habría vendido por lo menos por trescientos denarios. Un nardo de ese valor ahora se cotiza a ese precio. Y hubiera podido vender el recipiente, que era hermoso y de valor. Habría dado a los pobres, que nos asedian, esos denarios. Nunca son suficientes. Y mañana en Jerusalén no se contarán los que pidan una limosna».

«¡Eso es verdad!»

asienten los otros.

«Hubieras podido usar un poco para el Maestro y lo demás…».

8       María de Magdala… como si estuviera sorda. Sigue enjugando los pies de Cristo con sus cabellos sueltos, que también ahora están espesos en la parte de abajo por el ungüento, y están más obscuros que en la parte alta de la cabeza. Los pies de Jesús están lisos y suaves, de un color de marfil viejo, como si estuvieran cubiertos por una epidermis nueva. María calza las sandalias a Cristo y besa los dos pies antes y después de haberlos calzado, sorda ante cualquier otra cosa que no sea su amor por Jesús.

Y Jesús la defiende, poniéndole una mano sobre la cabeza, que tiene agachada para el último beso, y diciendo:

«Dejadla. ¿Por qué la apenáis y la molestáis? No sabéis lo que ha hecho. María ha cumplido conmigo una acción obligada y buena. Pobres siempre tendréis entre vosotros. Yo estoy para marcharme. A ellos los tendréis siempre, pero a mí pronto ya no me tendréis. A los pobres podréis siempre darles una limosna. A mí, dentro de poco, al Hijo del hombre entre los hombres, no será posible ya dar honor alguno, por voluntad de hombres y porque la hora ha llegado. El amor, a ella, le es luz; ella siente que estoy para morir y ha querido anticiparle a mi cuerpo las unciones para la sepultura. En verdad os digo que en cualquier parte que se predique la Buena Nueva será recordado este acto suyo de amor profético. En todo el mundo.

Durante todos los siglos. ¡Pluguiera a Dios hacer de cada una de las criaturas otra María, que no calcula precios, que no abriga apegos, que no guarda el más mínimo recuerdo del pasado, sino que destruye y pisotea todo lo relativo a la carne y al mundo, y se quebranta y se difunde como ha hecho con el nardo y el alabastro, sobre su Señor y por amor a Él! No llores, María. En esta hora te repito las palabras que dije a Simón el fariseo y a tu hermana Marta [3]191: “Todo te queda perdonado porque has sabido amar totalmente”. “Tú has elegido la parte mejor. Y no te será arrebatada”. Ve en paz, dulce oveja mía hallada. Ve en paz. Los pastos del amor serán tu alimento por toda la eternidad. Álzate. Besa también estas manos mías que te han absuelto y bendecido… ¡A cuántos han absuelto, bendecido, curado, favorecido estas manos mías! Y, no obstante, os digo que ese pueblo al que he favorecido está preparando la tortura para estas manos…».

9       Se produce un denso silencio en el denso aire del intenso perfume. María, pendiéndole los sueltos cabellos sobre los hombros como manto y sobre el rostro como velo, besa la derecha, que Jesús le ha ofrecido, y no sabe apartar de esa mano sus labios…

Marta, emocionada, se acerca a María y le recoge los cabellos sueltos, los trenza luego acariciándola y extendiéndole el llanto sobre las mejillas intentando secarlo…

Ninguno tiene ya ganas de seguir comiendo… Las palabras de Cristo ponen pensativos a los presentes. El primero en levantarse es Judas de Alfeo. Pide permiso para retirarse. Santiago, su hermano, hace lo mismo, y lo mismo hacen Andrés y Juan. Se quedan los otros, pero ya en pie, en la operación de purificarse las manos en las palanganas de plata que les ofrecen los criados. María y Marta hacen lo mismo con el Maestro y Lázaro.

10     Entra un doméstico y se inclina hacia Maximino para decirle algo.

«Maestro»

Dice éste después de haber escuchado

«hay una serie de personas que desearían verte. Dicen que vienen de lejos. ¿Qué hacemos?».

Jesús llama a Felipe, a Santiago de Zebedeo y a Tomás y ordena:

«Id, evangelizad, curad. Id en mi nombre. Anunciad que mañana subiré al Templo».

«¿Convendrá decir esto, Señor?»

pregunta Simón Zelote.

«Es inútil callarlo porque ya lo han dicho en la Ciudad Santa, más bocas de enemigos que de amigos. ¡Id!».

«¡Mmm! Se comprende que los amigos lo sepan… Pero los amigos no traicionan. Lo que no comprendo es cómo pueden saberlo los otros».

«Entre los muchos amigos siempre hay algún enemigo, Simón de Jonás. Demasiados son ya… los amigos, y con demasiada facilidad son recibidos como tales. ¡Cuando pienso en lo que tuve que rogar y esperar yo!… Pero eran los primeros tiempos y había cautela. Luego los triunfos deslumbraron y se dejó de tener cautela. Y fue un error. Pero eso les sucede a todos los vencedores. Las victorias empañan la limpieza de visión y debilitan la prudencia de actuación. Naturalmente me estoy refiriendo a nosotros, discípulos. No estoy hablando del Maestro, que es perfecto. ¡Si hubiéramos seguido siendo nosotros doce, no deberíamos acongojarnos por temer traiciones!»

miente descaradamente Judas de Keriot.

Es indescriptible la mirada que Cristo pone en el apóstol traidor. Una mirada que expresa una llamada y dolor infinitos. Pero Judas no la recoge. Pasando por delante de la mesa, se dispone a salir…

11 Jesús le sigue con la mirada y, en el momento justo en que le ve que está saliendo, le pregunta:

«¿A dónde vas?».

«Afuera…»

responde evasivamente Judas.

«¿Fuera de esta sala o fuera de esta casa?».

«Afuera… Sin más… Para andar un poco».

«No vayas, Judas. Quédate aquí conmigo, con nosotros…».

«Se han marchado tus hermanos y Juan con Andrés. ¿Por qué yo no?».

«Tú no vas al descanso como ellos…»

Judas no responde, sino que, testarudamente, sale. Las palabras han callado en la sala. Los huéspedes y los cuatro apóstoles que quedan –Pedro, Simón, Mateo y Bartolomése miran.

Jesús mira afuera. Se ha levantado y ha ido a una ventana para seguir los movimientos de Judas. Cuando le ve salir de la casa con el manto ya puesto, y encaminarse hacia la cancilla que desde aquí no se ve, le llama con fuerte voz: «¡Judas! Espérame. Tengo que decirte una cosa»,

y aparta delicadamente a Lázaro, quien, intuyendo el dolor de su Maestro, había rodeado su cintura con un brazo; y sale de la estancia y alcanza a Judas, que había seguido andando, aunque más lento.

12     Le alcanza a un tercio largo de la distancia que hay entre la casa y la cerca del jardín, en una pequeña espesura de árboles de gruesas hojas; árboles que parecen de cerámica verde obscura, tachonada de pequeñas flores reunidas en ramilletes (y cada flor es una crucecita con pétalos gruesos, como si estuvieran hechos de una cera apenas enmarillecida, de intenso perfume). No sé su nombre. Le lleva detrás de la espesura y, agarrando todavía con su mano el antebrazo de Judas, le pregunta de nuevo:

«¿A dónde vas, Judas? ¡Te lo ruego, quédate aquí!».

«¿Por qué me lo preguntas, Tú que sabes todo? ¿Qué necesidad tienes de preguntar, Tú que lees el corazón de los hombres? Sabes que voy donde mis amigos. No me concedes ir. Ellos solicitan mi presencia. Yo voy».

«¡Tus amigos! ¡Tu perdición has de decir! Vas a la perdición. Vas donde tus verdaderos asesinos. ¡No vayas, Judas! ¡No vayas! A cometer un delito vas… Tú…».

«¡Ah! ¡¿Tienes miedo?! ¡¿Por fin tienes miedo?! ¡Por fin te sientes hombre, nada más que un hombre! Porque sólo el hombre tiene miedo de la muerte. Dios sabe que no puede morir. Si te sintieras Dios, sabrías que no podrías morir y no tendrías miedo. Porque Tú, ahora, ahora que sientes próxima tu muerte, tienes ese miedo que es común a todos los hombres, y tratas, con todos los medios, de alejarlo, y ves en todas partes y en todas las cosas un peligro. ¿Dónde está tu maravillosa audacia? ¿Dónde, esas firmes declaraciones de estar contento, sediento, de llevar a cabo el Sacrificio? ¡De eso no tienes en tu corazón ni un vestigio! Pensabas que esta hora no iba a llegar nunca, y entonces te mostrabas fuerte, generoso, y decías frases solemnes. ¡Venga ya! ¡No te quedas corto respecto a los que tachas de hipócritas! Nos has halagado y traicionado. ¡Y nosotros que habíamos dejado todo por tí! ¡Nosotros que somos odiados por causa tuya! Tú eres la causa de nuestra perdición…».

«Bueno, basta. ¡Ve! ¡Ve! No han pasado muchas horas desde que me has dicho: “Ayúdame a quedarme. ¡Defiéndeme!”. Lo he hecho. ¿De qué ha servido? Dime una última cosa. Reflexiona antes de decirla. ¿Es ésta tu pura voluntad? ¿La de ir donde tus amigos, la de preferirlos a mí?».

«Sí. Es ésta. No necesito reflexionar, porque ya hace tiempo que no tengo otra voluntad».

«Pues ve entonces. Dios no fuerza la voluntad del hombre»,

y Jesús le vuelve la espalda y regresa lentamente hacia la casa.

13     Cuando está cerca de la casa, alza la cabeza atraído por la mirada que Lázaro, en pie, erguido en el sitio de antes, tiene clavada en El. Y bien pálido está ese rostro que se esfuerza en sonreír al amigo fiel.

Vuelve a la sala en que los cuatro apóstoles están hablando con Maximino mientras Marta y María dirigen el trabajo de los criados, que ponen en orden la sala, recogen la vajilla y mantelería usados en el banquete.

Lázaro ha ido a la puerta y ha ceñido de nuevo la cintura de Jesús. Ahora, al pasar junto a un criado, le dice:

«Tráeme ese rollo que está en la mesa de mi habitación de trabajo».

Lleva a Jesús a uno de los amplios asientos que hay en la encajadura de las ventanas, para que se siente. Pero Jesús permanece en pie, esforzándose en prestar atención a todo lo que le dice Lázaro… pero es visible que su pensamiento está en otro lugar, y que su corazón está muy afligido, a pesar de que, cuando se da cuenta de que los apóstoles le están observando, sonría para disipar la sospecha que hay en el corazón de los que se han acercado y puesto en torno a Él y ahora se susurran palabras y se entienden con las miradas señalando al Maestro.

El criado vuelve con el rollo. Pedro, visto que esos pergaminos contienen cosas más elevadas de lo que su cabeza puede entender, se retira diciendo:

«Los peces no pican con ciertas comidas. Es mejor hablar con Maximino de plantas y cultivos».

Marta continúa su trabajo.

14     María, aun guardando silencio, participa en lo que expone Lázaro, quien señala al Maestro algunos puntos escritos en esos pergaminos diciendo:

«¿No posee una clarividencia singular este pagano? Más que muchos de los nuestros. Quizás… si hubiera estado aquí, mientras Tú eres el Maestro nuestro, habría sido de tus discípulos, y uno de los mejores. Y te habría comprendido como muchos de los nuestros no saben hacer. Y ¡qué poema habría extraído de su genio la admiración por tí! ¡Oh, tus palabras recogidas y conservadas por un espíritu que es luminoso a pesar de ser de pagano! ¡Tu vida descrita por este intelecto abierto y transparente! Nosotros no tenemos ya escritores y poetas. Tú has nacido tarde. Cuando el egoísmo de la vida y la corrupción religiososocial han extinguido en nosotros la poesía y el genio. No ha encontrado eco en la voz viva de un seguidor tuyo lo que escribieron de ti nuestros sabios y profetas sin conocerte. Tus predilectos y tus fieles son, en su mayor parte, personas sin instrucción. Y los otros… No. No tenemos ya ningún soelet[4]192 –lo digo como se pronuncia– que transmita a las gentes tu sabiduría y tu figura. Ya no los tenemos, porque faltan, más que la capacidad para hacerlo, el espíritu y la voluntad.

La parte más selecta de Israel tiene voz sorda, como la de una trompeta averiada, y no sabe ya cantar las glorias y maravillas de Dios. Mi miedo es que todo se pierda o quede alterado, parte por incapacidad, parte por mala voluntad…».

«No sucederá. El Espíritu del Señor, cuando haya establecido su morada en el interior de los corazones, repetirá mis palabras y explicará el significado de ellas. Es el Espíritu de Dios el que habla por los labios del Cristo. Luego… Luego hablará directamente a los espíritus y recordará mis palabras».

15 «¡Oh, si esto fuera pronto! Pronto porque tus palabras son muy poco escuchadas y menos comprendidas. Yo creo que el rugido del Espíritu Santo será violento como dilatado fuego para esculpir en las mentes, con la violencia, aquello que no quisieron acoger por ser dulce y suave. Yo creo que el llameante Espíritu consumirá con sus llamas las tibias o tardas conciencias y escribirá en ellas tus palabras. El mundo deberá amarte. ¡El Altísimo lo quiere! ¿Pero cuándo será?»

dice la Magdalena con su ímpetu habitual.

«Cuando Yo me haya inmolado en el Sacrificio del amor. Entonces el Amor[5]193 vendrá. Será como la hermosa llama que se alce de la Víctima inmolada. Y esta llama no se apagará, porque no cesará el Sacrificio. Una vez establecido, durará todo el tiempo que dure la Tierra[6]194».

«Pero entonces… ¿Tú, para que eso sucediera, deberías verdaderamente ser inmolado?».

«Así es».

Jesús tiene ese gesto suyo usual de adhesión al propio destino. Abre los brazos con las manos vueltas hacia afuera e inclina la cabeza. Luego la alza de nuevo para sonreír a Lázaro, que está afligido, y dice: «Pero no será violenta como un rugido la voz inmaterial del Espíritu de Amor, sino que será dulce como el amor, que es suave como viento de Nisán aunque fuerte como la muerte. ¡El inefable ministerio del Amor! El complemento, el coronamiento de mi ministerio. La perfección de mi ministerio de Maestro… Yo no tengo miedo, como tú lo tienes, a que se pierda algo de lo que he dado. Es más, en verdad te digo que serán proyectados rayos de luz sobre mis palabras y veréis el espíritu de ellas. Yo me voy serenamente, porque confío mi doctrina al Espíritu Santo [7]195 y mi espíritu al Padre[8]196 mío».

16     Inclina la cabeza pensando. Luego, dejado el rollo que ha originado la conversación en una especie de alto aparador o arca de ébano, o de otra madera obscura cuajada de incrustaciones de marfil amarillento, que ha sido traído de la habitación de al lado por cuatro criados y en el cual Marta está ordenando la disposición de las piezas de vajilla más preciosas, dice:

«Lázaro, ven afuera. ¿Necesito hablarte!».

«En seguida, Señor»,

y Lázaro se alza del asiento en que estaba sentado y sigue a Jesús al jardín que ya se cubre de sombras (pues en el cielo está muriendo la última luz del día y aún demasiado tenue es el primer claror lunar, que apenas se manifiesta).

17 «Aquí»

dice Jesús «pondrás la visión del 2 de marzo de 1945: “El adiós a Lázaro”. Desde el punto[9]197: “Jesús camina, dirigiéndose más allá del jardín, al lugar donde está el sepulcro que fue de Lázaro”».

[1] 189 Cfr. Ju. 12, 1–11; Mt. 26, 6–13; Mc. 14, 3–9

[2] 190 descrito en 236.2/3

[3] 191 a Simón el fariseo, en 236.4; y a Marta, en 377.5

[4] 192 Los hebreos llamaban así a los que hablaban en las reuniones. Los libros sapienciales están compuestos por las palabras de los soelet. Respecto a la diferente pronunciación y transcripción de “Qohelet” Cfr. La Sainte Bible… de… Jérusalem, París 1956, p. 848, a

[5] 193 Alusión a la efusión del Espíritu Santo en Pentecostés. Cfr. Hech. 2; Lc. 24, 29; Ju. 14, 26; 15, 26; 15, 5–15; Hech. 1, 5–8; 4, 31

[6] 194 Cfr. Hebr. 7, 1 – 10, 18; y sobre todo 7, 20–28; 9, 11–14; 10, 11–18. Cfr. también CONCILIUM TRIDENTINUM, Sessio XXII, Doctrina de ss. Missae Sacrificio, cap. 1. De institutione sacrosancti Denzinger, Enchiridion symbolorum…, n. 938–939. Que el Sacrificio Eucarístico tenga por efecto ser lleno del Espíritu Santo, lo afirma el Canon Romano y Ambrosiano: “Supplices te rogamos omnipotens Deus, ut quotquot ex hac altares participatione sacrosanctum (Filli tui: Romano) Corpus et Sanguinem (Domini nostri Iesu Christi: Ambrosiano) sumpserimus, ovni benedictione caelesti et gratia rempleamur”. Finalmente por bendición celestial y gracia se debe realmente entender el Espíritu Santo o sus dones, lo cual se desprende claramente de las Liturgias Orientales, las cuales en la oración correspondiente a la anteriormente citada dicen así: “Espíritu Santo, plenitud de Espíritu Santo”. En igual sentido se expresa la Liturgia Bizantina, llamada de S. Juan Crisóstomo: “Manda a tu Espíritu Santo sobre nosotros y sobre estos dones que están sobre el altar… Y haz de este pan el precioso Cuerpo de tu Cristo… Y de lo que está en este cáliz, la preciosa Sangre de tu Cristo… Bendice… ambas dos santas especies, transformándolas por la virtud de tu Santo Espíritu… para que los que comulguen de ellas… participen del Espíritu Santo…” La Liturgia Etiópica, llamada de los Apóstoles, en vez de “participen del Espíritu Santo”, dice: “plenitud del Espíritu Santo”

[7] 195 Entre los numerosos documentos conciliares o pontificios, los cuales afirman que la doctrina revelada ha sido confiada al Espíritu Santo, baste recordar los diversos prólogos de los decretos tridentinos y la Constitución Dogmática I Pastor aeternus del Concilio Ecuménico Vaticano I (1870), cap. 4: “Neque enim Petri sucessoribus Spiritus Sanctus promissus est, ut eo revelante novam doctrinam patefacerent, sed ut, eo asistente, traditam per Apostolos revelationem seu fidei depositum sancte custodirent et fideliter exponerent” (Denzinger, Enchiridion symbolorum…, n. 1836)

[8] 196 Cfr. Lc. 23, 46. Las palabras que el Evangelista cita son del Sal. 30, 6

[9] 197 Sin embargo, reseñamos la visión desde el principio, como en 174.10

588. Judas Iscariote con los Jefes del Sanedrín[1]217.

29 de marzo de 1947.

judas en el sanedrin

1       Judas llega de noche a la casa que Caifás tiene en el campo. Pero hay Luna, una Luna que hace de cómplice al asesino iluminándole el camino. Debe estar bien seguro de encontrar allí, en aquella casa de fuera de las murallas, a quienes busca, porque, en el caso contrario, pienso que habría tratado de entrar en la ciudad e ir al Templo. Sin embargo, sube seguro entre los olivos del pequeño collado. Se siente más seguro esta vez que la pasada[2]218, porque ahora es de noche, y las sombras y la hora le protegen de toda posible sorpresa. Los caminos de los campos ya están desiertos, tras haber sido recorridos todo el día por las muchedumbres de los peregrinos que van a Jerusalén para la Pascua. Hasta los pobres leprosos están en sus grutas y duermen sus sueños de infelices, olvidados durante alguna hora de su sino.

Ya está Judas delante de la puerta de la casa, que albea con la luz de la Luna.

Llama. Tres golpes, un golpe, tres golpes, dos golpes… ¡Sabe a las mil maravillas hasta la señal convencional! Y debe ser verdaderamente una señal segura, porque la puerta se entreabre sin que previamente el portero mire por el ventanillo practicado en la puerta.

Judas se introduce rápidamente, y, al criado portero que le saluda con deferencia, le pregunta:

«¿La asamblea está reunida?».

«Sí, Judas de Keriot. Podría decir que está completa».

«Llévame a ellos. Tengo que hablar de cosas importantes. ¡Rápido!».

El hombre cierra con todos los cerrojos la puerta y precede a Judas por el pasillo semioscuro. Se para ante una pesada puerta y llama. El rumor de las voces cesa en la sala cerrada y es substituido por el ruido de la cerradura y el chirriar de la puerta, que al abrirse proyecta un cono de luz viva en el pasillo oscuro.

«¿Tú? ¡Entra!»

dice el que ha abierto la puerta (no sé quién es). Y Judas entra en la sala mientras el que le ha abierto cierra con llave de nuevo.

2 Hay una reacción de estupor, o, por lo menos, de turbación, al ver entrar a Judas.

Pero le saludan en coro:

«La paz a tí, Judas de Simón».

«La paz a vosotros, miembros del Sanedrín santo» saluda Judas.

«Acércate. ¿Qué quieres?» le preguntan.

«Deciros algo… Hablaros del Cristo. Ya no es posible continuar así. Yo ya no puedo seguir sirviéndoos de ayuda, si no os decidís a tomar decisiones extremas. Ese hombre ya sospecha».

«¿Te has dejado descubrir, necio?» le interrumpen.

«No. Necios vosotros, vosotros que por una estúpida prisa habéis dado pasos errados. ¡Bien sabíais que os habría servido! No os habéis fiado de mí».

«¡Tienes memoria lábil, Judas de Simón! ¿No recuerdas cómo nos dejaste la última vez? ¿Quién podía pensar que nos eras fiel, a nosotros, proclamando de esa manera que no podías traicionarle?»

dice Elquías, irónico, más que nunca serpentino.

«¿Y creéis que es fácil llegar a engañar a un amigo, al único que verdaderamente me ama, al Inocente? ¿Creéis que es fácil llegar al delito?».

Judas está ya turbado.

3       Tratan de calmarle. Emplean la lisonja. Y le seducen, o, al menos, tratan de seducirle, haciéndole observar que eso suyo no es un delito,

«sino –esto dicenuna obra santa para con la Patria, a la que evita represalias de los dominadores, que ya dan señales de intolerancia por esas continuas agitaciones y divisiones de partidos y de la gente en una provincia romana; y para con la Humanidad, si es que –le dicen– está verdaderamente convencido de la naturaleza divina del Mesías y de su misión espiritual».

«Si es verdad lo que El dice –lejos de nosotros el creerlo–, ¿no eres tú el colaborador de la Redención? Tu nombre estará asociado al suyo para todos los siglos venideros, y la Patria te contará entre sus hombres de pro, y te honrará con los más altos cargos. Tienes preparado un sitial entre nosotros. Subirás, Judas. Darás leyes a Israel. ¡No olvidaremos lo que hiciste por el bien del sacro Templo, del sacro Sacerdocio, por la defensa de la Ley santísima, por el bien de toda la Nación! Solamente ayúdanos, y luego –te lo juramos, te lo juro yo en nombre del poderoso padre mío y de Caifás, que lleva el efod[3]219, tú serás el hombre más grande de Israel. Más que los tetrarcas[4]220, más que mi propio padre, ya relevado como Pontífice. Como un rey serás servido, como un profeta serás escuchado. Y si luego Jesús de Nazaret no fuera más que un falso Mesías –aunque, en realidad, no se le podría condenar a muerte, porque sus acciones no son las de un bandolero sino las de un demente–, te recordamos las palabras inspiradas de Caifás pontífice –tú sabes que quien lleva el efod y el racional habla por inspiración divina y profetiza el bien y lo que hay que hacer para el bien–, Caifás, ¿recuerdas?, Caifás dijo[5]221: “Conviene que un hombre muera por el pueblo y no perezca toda la Nación”. Fueron palabras de profecía».

fariseos«En verdad lo fueron. El Altísimo habló por boca del Sumo Sacerdote. ¡Sea obedecido!»

dicen en coro –sin duda con teatralidad y como autómatas que deben hacer esos determinados gestos– esas ruines marionetas de los miembros del gran consejo del Sanedrín.

4       Judas está sugestionado, seducido… pero todavía una pequeña raíz de buen sentido, si no de bondad, queda en él, y le retiene para no pronunciar las palabras fatales.

Rodeándole con deferencia, con simulado afecto, le apremian:

«¿No nos crees? Mira: somos los jefes de las veinticuatro familias sacerdotales[6]222, los Ancianos del pueblo[7]223, los escribas[8]224, los más encumbrados fariseos[9]225 de Israel, los sabios rabies[10]226, los magistrados del Templo[11]227. Lo más selecto de Israel está aquí, en torno a tí, y estamos dispuestos a aclamarte, y, a una voz, te decimos: “Haz esto, que es santo”».

«¿Gamaliel dónde está? ¿José y Nicodemo dónde están? ¿Dónde está Eleazar el amigo de José; dónde, Juan de Gahas? No los veo».

«Gamaliel, haciendo una fuerte penitencia; Juan, con su mujer, que está encinta y está mal esta noche; Eleazar… no sabemos por qué no ha venido, pero cualquiera puede sentirse mal de improviso, ¿no te parece? Respecto a José y Nicodemo, no los hemos avisado de esta sesión secreta, por amor a tí, por cuidado de tu honor… Para que, en el infortunado caso de que la cosa fallara, tu nombre no fuera referido al Maestro… Nosotros tutelamos tu nombre. Nosotros te amamos, Judas, nuevo Macabeo[12]228 Salvador de la Patria».

«Macabeo combatió la buena batalla. Yo… cometo una traición».

«No observes las particularidades del acto, sino la justicia del fin. 5 Habla tú, Sadoq, escriba de oro. De tu boca fluyen valiosísimas palabras. Si Gamaliel es docto, tú eres sabio, porque en tus labios está la sabiduría de Dios. Háblale tú a este que todavía vacila».

Ese mal bicho de Sadoq se acerca, y con él el decrépito Cananías: un zorro esqueletado y moribundo junto a un astuto chacal fuerte y feroz.

«¡Escucha, hombre de Dios!»

empieza pomposamente Sadoq tomando una pose inspirada y retórica: el brazo derecho, ciceronianamente, extendido hacia delante; el izquierdo ocupado en sujetar todo ese embarazo de pliegues que constituye su vestidura de escriba. Y luego levanta también el brazo izquierdo, dejando que su monumento de vestiduras se desarregle y desordene. Y así, cara y brazos alzados hacia el techo de la estancia, dice con voz potente:

«¡Yo te lo digo! ¡Te lo digo ante la altísima presencia de Dios!».

«¡Maran–Athá![13]229»

hacen coro todos, inclinándose como si un soplo supremo los plegara, para enderezarse luego con los brazos recogidos sobre el pecho.

«Yo te lo digo: ¡Está escrito en las páginas de nuestra historia y de nuestro destino! ¡Está escrito en los signos y en las figuras transmitidos por los siglos! ¡Está escrito en el rito que no conoce interrupción desde aquella noche fatal para los egipcios! ¡Está escrito en la figura de Isaac[14]230! Está escrito en la figura de Abel[15]231. Y… lo que está escrito cúmplase».

«¡Maran–Athá!»

dicen los otros haciendo coro, un coro bajo y lúgubre, sugestionador, con los gestos de antes, iluminadas caprichosamente sus caras por la luz de las dos lámparas encendidas en los extremos de la sala, unas lámparas de mica pálidamente violácea que emanan una luz fantasmagórica. Y verdaderamente esta reunión de hombres, casi todos vestidos de blanco, con las coloraciones pálidas o trigueñas de su raza, ahora aún más pálidos y trigueños por la luz difusa, parece realmente una reunión de espectros.

«La palabra de Dios ha descendido a los labios de los profetas para signar este decreto. ¡Debe morir! ¡Está escrito!».

«¡Está escrito! ¡Maran–Athá!».

«¡Debe morir, su suerte está signada!» .

«Debe morir. ¡Maran–Athá!».

«Su destino fatal está descrito hasta en sus más pequeños detalles. ¡Y el sino no se quebranta!».

«¡Maran–Athá!» .

«Hasta está establecido el precio simbólico que se entregará[16]232 al que se haga instrumento de Dios para el cumplimiento de la promesa».

«¡Está establecido! ¡Maran–Athá!» .

«¡Como Redentor o como falso profeta, El debe morir!».

«¡Debe morir. ¡Maran–Athá!».

«¡La hora ha llegado! ¡Yahvé lo quiere! ¡Yo oigo su voz! Esa voz grita: “¡Cúmplase esto!».

«¡El Altísimo ha hablado! ¡Cúmplase! ¡Cúmplase! ¡Maran–Athá!».

6 «Que el Cielo te fortalezca como fortaleció a Yael[17]233 y Judit[18]234, que siendo mujeres supieron ser heroínas; como fortaleció a Jefte[19]235, que siendo padre supo sacrificar a su hija a la Patria; como fortaleció a David contra Goliat. ¡Y cumple el gesto que hará eterno a Israel en la memoria de los pueblos[20]236!».

«Que el Cielo te fortalezca. ¡Maran–Athá!» .

«¡Sal vencedor!».

«¡Sal vencedor! ¡Maran–Athá!».

Se eleva la ronca voz senil de Cananías:

«¡El que titubea ante la orden sagrada queda condenado al deshonor y a la muerte!».

«Queda condenado. ¡Maran–Athá!».

«Si no quieres escuchar la voz del Señor Dios tuyo, y no llevas a cabo su mandato y lo que El por boca nuestra te ordena, ¡véngante todas las maldiciones!».

«¡Todas las maldiciones! ¡Maran–Athá!».

«Que el Señor te castigue con todas las maldiciones mosaicas, y te disgregue entre las gentes[21]237».

«¡Te castigue y te disgregue! ¡ Maran–Athá!».

Un silencio de muerte sigue a esta escena sugestionadora… Todo queda suspendido en una inmovilidad terrorífica.

7       Y al fin se oye alzarse la voz de Judas, y casi, de tan transformada como está, me cuesta reconocerla:

«Sí. Yo lo haré. Lo debo hacer. Y lo haré. Ya la última parte de las maldiciones mosaicas es mi parte y debo salir de ellas porque ya demasiada demora he tenido. Estoy volviéndome loco y no tengo tregua ni descanso; mi corazón está amedrentado; mi mirada, perdida; mi alma, consumida por la tristeza. Temiendo ser descubierto en mi doble juego y fulminado por El –yo no sé, yo no sé hasta qué punto conoce El mi pensamiento–, veo mi vida pendiente de un hilo, y mañana, tarde y noche invoco que termine este momento por el terror que amedrenta mi corazón. Por el horror que debo llevar a cabo. ¡Oh, acelerad este momento! ¡Sacadme de estas angustias mías! Cúmplase todo. ¡Enseguida! ¡Ahora! ¡Y yo sea liberado! ¡Vamos!».

La voz de Judas, a medida que ha ido hablando, se ha ido afirmando y haciendo fuerte. El gesto, antes automático e inseguro, como de sonámbulo, se ha hecho libre, voluntario. Se yergue en toda su altura, satánicamente bello, y grita: «¡Suéltense los lazos del demencial terror! Libre estoy de la sujeción aterradora. ¡Cristo, ya no te temo y te entrego a tus enemigos! ¡Vamos!».

Un grito de demonio victorioso. Y verdaderamente se encamina con arrogancia hacia la puerta.

8       Pero le paran:

«¡Calma! Respóndenos: ¿Dónde está Jesús de Nazaret?».

«En la casa de Lázaro. En Betania».

«No podemos entrar en esa casa que cuenta con siervos fieles. Es la casa de un favorito de Roma. Nos buscaríamos complicaciones seguras».

«Al amanecer vendremos a la ciudad. Poned la guardia en el camino de Betfagé, cread tumulto y prendedle».

«¿Cómo sabes que viene por ese camino? Podría tomar el otro…».

«No. Ha dicho a sus seguidores que entrará por ese camino en la ciudad, por la puerta de Efraín, y que estuvieran esperándole en En Rogel. Si le capturáis antes…».

«No podemos. Deberíamos entrar en la ciudad con El entre la guardia, y todos los caminos que conducen a las puertas y todas las calles de la ciudad están llenos de gente desde el alba hasta la noche. Se produciría tumulto, y eso no debe suceder».

«Subirá al Templo. Llamadle para interrogarle en una sala. Llamadle en nombre del Sumo Sacerdote. El irá porque tiene más respeto hacia vosotros que hacia su vida. Una vez que esté solo con vosotros… no os faltará la manera de llevarle a lugar seguro y condenarle en la hora propicia».

«Igualmente se produciría tumulto. Habrías debido darte cuenta de que la multitud está fanática por El. Y no sólo el pueblo, sino también los grandes y los que son las esperanzas de Israel. Gamaliel pierde sus discípulos. Lo mismo Jonatán ben Uziel. Y otros de entre nosotros. Todos, seducidos por El, nos dejan. Hasta los gentiles le veneran, o le temen –lo cual es ya veneración–, y están dispuestos a alzarse contra nosotros si le maltratamos. Entre otras cosas, algunos bandoleros, a los que pagábamos para ser falsos discípulos y suscitar disputas, han sido arrestados y han hablado. Esperan clemencia por la delación. Y el Pretor está al corriente… Todo el mundo le sigue, mientras nosotros no concluimos nada. No. Hay que actuar con sutileza, para que no se den cuenta las turbas».

«Sí. ¡Así hay que actuar! Anás también da esta advertencia. Dice: “Que no suceda durante la fiesta y no se cree tumulto entra el pueblo fanático”[22]. Esto ha ordenado, y ha dado disposiciones también para que sea tratado con respeto en el Templo y en otros lugares y que no sea molestado y así poder llevarle a una encerrona».

9 «¿Y entonces qué queréis hacer? Yo estaba ya bien decidido para esta noche, pero vosotros titubeáis…» dice Judas.

«Mira: deberías llevarnos donde El a una hora en que esté solo. Tú conoces sus costumbres. Nos has escrito que a tí, de todos, es al que más cerca tiene. Por tanto, sabrás lo que El quiere hacer. Estaremos siempre preparados. Cuando juzgues propicia la hora y el lugar, vienes y nosotros vamos».

«Así quedamos. ¿Cuál será mi retribución?».

judas cierra el tratoYa Judas habla fríamente, como si se tratara de un trato comercial cualquiera.

«Lo que dicen los profetas[23]238, para ser fieles a la palabra inspirada: treinta monedas…».

«¿Treinta monedas por matar a un hombre, y además a ese Hombre? ¿¡El precio que tiene un cordero común en estos días de fiesta?! ¡Estáis locos! No es que yo tenga necesidad de dinero. Tengo buenas reservas. Así que no penséis que me convencéis por ansia de dinero. Pero es demasiado poco para pagar mi dolor de traicionar a Aquel que me ha amado siempre».

«¡Pero si ya lo hemos dicho que recibirás de nosotros gloria y honores! Lo que esperabas de El y no has recibido. Nosotros medicaremos tu desilusión. ¡Pero el precio está fijado por los profetas! ¡Es una formalidad! Es un símbolo, nada más. El resto vendrá después…».

«¿Y el dinero cuándo?».

«En el momento en que nos digas: “Venid”. No antes. Nadie paga antes de tener en sus manos la mercancía. ¿Es que no te parece justo?».

«Es justo. Pero, al menos, triplicad la suma…».

«No. Así está dicho por los profetas. Así se debe hacer. ¡Oh, sí que sabremos obedecer a los profetas! No omitiremos ni una jota de lo que han escrito acerca de El.¡Je! ¡Je! ¡Je! ¡Nosotros somos fieles a la palabra inspirada! ¡Je! ¡Je! ¡Je!»,

se ríe ese nauseabundo esqueleto que es Cananías. Y muchos le hacen coro con risas lúgubres, bajas, insinceras, verdaderos caquinos de demonios que no saben sino reírse burlonamente. Porque la sonrisa es propia del corazón sereno y amante; la risa burlona, de los corazones turbados y saturados de malignidad.

10 «Todo está dicho. Puedes marcharte. Esperaremos al alba para regresar a la ciudad por distintos caminos. Adiós. La paz sea contigo, oveja perdida que vuelves al rebaño de Abraham. ¡La paz a tí! ¡La paz a tí! ¡Y el reconocimiento de todo Israel! ¡Cuenta con nosotros! Tus deseos son leyes para nosotros. ¡Que Dios te acompañe, como acompañó a todos sus siervos más fieles! ¡Que desciendan sobre tí todas las bendiciones!».

Le acompañan, con abrazos y manifestaciones de amor, hasta la puerta… le miran mientras se aleja por el pasillo semiobscuro… oyen el ruido de hierros de los cerrojos del portón que se abre y después se cierra.

11     Vuelven a la sala con gran contento.

Sólo dos o tres voces se alzan. Son las de los menos demoniacos:

«¿Y ahora? ¿Qué haremos respecto a Judas de Simón? ¡Bien sabemos que no podemos darle lo que le hemos prometido, aparte de esas pobres treinta monedas!… ¿Qué va a decir cuando se vea traicionado? ¿No habremos hecho un daño mayor? ¿No irá diciendo al pueblo lo que hicimos? Sabemos que es un hombre de pensamiento no firme».

«¡Bien ingenuos y necios sois teniendo estos pensamientos y creándoos estas angustias! Ya está determinado lo que haremos con Judas. Determinado desde la otra vez. ¿No os acordáis? Y nosotros no cambiamos nuestro pensamiento. Cuando todo haya terminado con el Cristo, Judas morirá. Está dicho[24]239».

«¿Pero y si hablara antes?».

«¿A quién? ¿A los discípulos y al pueblo, para que le apedreen? No hablará. El horror de su acción le amordaza…».

«Pero podría arrepentirse en el futuro, tener remordimientos, incluso perder el juicio… Porque su remordimiento, si se despertara, le volvería loco; no puede ser de otra manera…».

«No tendrá tiempo. Tomaremos antes las medidas oportunas. Cada cosa a su tiempo. Primero el Nazareno y luego el que le ha traicionado»

dice lentamente, terriblemente, Elquías.

«Sí. ¡Y atentos! Ni una palabra a los ausentes. Ya demasiado han sabido de nuestro pensamiento. No me fío de José ni de Nicodemo. Y poco de los otros».

«¿Dudas de Gamaliel?».

«Gamaliel se ha segregado de nosotros ya hace muchos meses. Sin una expresa orden pontifical, no asistirá a nuestras reuniones. Dice que está escribiendo su obra con la ayuda de su hijo. Pero me refiero a Eleazar y a Juan».

«¡Nunca se han opuesto a nosotros!»

responde al momento un Anciano que he visto otras veces con José de Arimatea, pero cuyo nombre no recuerdo.

«No. Es que se han opuesto demasiado poco. ¡Je! ¡Je! ¡Je! ¡Y habrá que vigilarlos! Muchas sierpes se han anidado en el Sanedrín, yo creo… ¡Je! ¡Je! ¡Je! Pero serán desanidadas… ¡Je! ¡Je! ¡Je!»

dice Cananías mientras va encorvado y tembloroso, apoyado en su bastón, a buscarse un cómodo lugar en uno de los anchos y bajos asientos cubiertos de gruesos tapetes, que hay a lo largo de las paredes de la sala, y, satisfecho, se tumba y pronto se queda dormido: abierta la boca, afeado por su mala vejez.

[1] 217 Cfr. Mt. 26, 3–5; Mc. 14, 1–2; 10–11; Lc. 22, 1–6.

[2] 218 en 535.6/13.

[3] 219 Para el efod, vestido sacerdotal e instrumento de adivinación cfr. Ex. 28, 6–14; 39, 2–7; Lev. 8, 1–12; Dt. 33, 8–11; (Jue. 8, 22–27; 17–18); 1 Rey. 14; 23, 1–14; (Hech. 1, 15–26).

[4] 220 De los tetrarcas que gobernaban diversas regiones hablan los Evangelios, cfr. Mt. 14, 1–12; Lc. 3, 1–20; 9, 7–9; Hech. 13, 1–3.

[5] 221 en 549.15.

[6] 222 Cfr. 1 Par. 24; Lc. 1, 5–10.

[7] 223 Una de las tres clases que componían el Sanedrín (como en Lc. 22, 66).

[8] 224 Doctores de la Ley.

[9] 225 Esto es, los miembros más eminentes de esta secta judía, que se distinguieron por su celo por la ley y sobre todo por obedecer ciegamente la tradición oral de sus doctores, y se enmarañaron en una casuística vana y ridícula. Cfr. Mt. 23, 13–32; Lc. 11, 39–54 (Is. 5, 8–25); Hech. 7, 55 – 8, 3; 22, 30 – 23, 11; 26, 1–23; Fil. 3, 1–16.

[10] 226 “Rabí” es una palabra aramea que significa “maestro mío” (Cfr. Ju. 1, 38; 20, 16). Así se llamaba habitualmente a los doctores de la Ley. Los discípulos así llamaron a Jesús, cfr. por ej. Mt. 23, 1–12; Ju. 13, 12–15 (en el solo ev.de Juan aparece nueve veces, más que en los otros tres juntos).

[11] 227 Eran levitas a quienes se les encargaba su vigilancia. Cfr. Lc. 22, 4. 52; Hech. 4,1.

[12] 228 es Judas Macabeo, cuyas gestas están narradas en: 1 Macabeos 3–9; 2 Macabeos 8–15

[13] 229 expresión ya encontrada en 475.6 (donde MV le atribuye el significado de Así sea), podría corresponder a una invocación aramea al Señor que viene, como en 1 Corintios 16, 22.

[14] 230 Cfr. Gén. 22, 1–19.

[15] 231 Ib. 4, 1–16.

[16] 232 Cfr. Jer. 32; Zac. 11, 12–13.

[17] 233 Cfr. Jue. 4–5.

[18] 234 Cfr. Jdt. 8–16.

[19] 235 Cfr. Jue. 10, 6 – 12, 7.

[20] 236 Cfr. 1 Re. 17–18.

[21] 237 Cfr. Lev. 26, 14–46; Deut. 28, 15–68.

[22] Mt. 26, 5

[23] 238 como en Zacarías 11, 12–13.

[24] 239 Cfr. Sal. 68, 25–27; 109, 8; Hech. 1, 15–20.

590. El llanto ante Jerusalén y la entrada triunfal en la Ciudad Santa[1]257.

30 de marzo de 1947.

entrada triunfal en jesrusalen1       Jesús pasa su brazo sobre los hombros de su Madre, que se había levantado cuando Juan y Santiago de Alfeo habían llegado donde Ella para decirle:

«Tu Hijo viene».

Luego éstos habían regresado para reunirse con sus compañeros, que caminan lentamente, y van hablando. Mientras, Tomás y Andrés han ido ligeros hacia Betfagé para buscar a la asna y al pollino y llevarlos a Jesús.

Jesús, entretanto, habla a las mujeres.

«Hemos llegado a la ciudad. Os aconsejo que os marchéis y vayáis seguras. Entrad antes que Yo en la ciudad. En Rogel están todos los pastores y los discípulos más leales. Tienen la orden de escoltaros y protegeros»

«Es que… Hemos hablado con Aser de Nazaret y Abel de Belén de Galilea, y también con Salomón. Habían venido hasta aquí para observar tu llegada. La muchedumbre prepara una gran fiesta. Y queríamos ver… ¿Ves cómo se agitan las copas de los olivos? No es el viento el que las agita de ese modo. Es la gente, que coge ramas para sembrar de ellas el camino y para resguardarte del sol. ¡¿Y allá?! Mira, allá están quitando a las palmas sus ventalles. Parecen racimos, pero son hombres que han trepado a los troncos para coger y coger… Y en las laderas puedes ver cómo los niños, agachados, recogen flores. Y las mujeres, sin duda, están despojando huertos y jardines de corolas y hierbas olorosas para sembrarte el camino de flores. Nosotras queríamos ver… a imitar el gesto de María de Lázaro, que recogió todas las flores pisadas por tu pie cuando entraste en el jardín de Lázaro»

ruega, por todas, María de Cleofás.

Jesús acaricia en la mejilla a su anciana pariente, que parece una niña deseosa de ver un espectáculo, y le dice:

«En medio de la masa de gente no veríais nada. Id adelante. A la casa de Lázaro. La que está custodiada por Matías. Pasaré por allí y me veréis desde arriba».

«Hijo mío… ¿y vas solo? ¿No puedo estar a tu lado?»

dice María, alzando una cara muy triste y fijando sus ojos de cielo en su dulce Hijo.

«Quisiera rogarte que estuvieras oculta. Como la paloma en la hendidura de la roca[2]258. ¡Más que tu presencia me es necesaria tu oración, Mamá amada!».

«Si es así, Hijo mío, nosotras oraremos. Todas. Por tí».

«Sí. Después de verle pasar, vendréis con nosotras a mi palacio de Sión. Y mandaré servidores al Templo y siempre detrás del Maestro, para que nos traigan sus órdenes y sus noticias»

decide María de Lázaro, siempre rápida en captar lo que es mejor hacer y en hacerlo sin vacilación.

«Tienes razón, hermana. Aunque me duela no seguirle, comprendo la justicia de la orden. Y, además, Lázaro nos ha dicho que no contradigamos al Maestro en nada, sino que le obedezcamos hasta en las cosas menos importantes. Y lo haremos».

«Pues entonces marchaos. ¿Veis? Las calles se animan. Están llegando los apóstoles. Marchaos. La paz sea con vosotras. Os mandaré llamar en las horas que juzgue buenas. Mamá, adiós. Ten paz. Dios está con nosotros».

La besa y se despide de ella. Y las obedientes discípulas se marchan solícitas.

2       Los diez apóstoles llegan donde Jesús.

«¿Las has mandado adelante?».

«Sí. Verán desde una casa mi entrada».

«¿Desde qué casa?»

pregunta Judas de Keriot.

«¡Son ya muchas las casas amigas!»

dice Felipe.

«¿No la de Analía?»

insiste Judas Iscariote. Jesús responde negativamente y se encamina hacia Betfagé, que está poco lejos.

Cercana ya la tiene cuando vuelven los dos que habían sido enviados por el asna y el pollino. Gritan:

«Hemos encontrado las casas como habías dicho. Y te habríamos traído los animales. Pero el dueño quiere almohazarlos y adornarlos con los mejores jaeces, para honrarte. Y los discípulos, unidos a los que han pasado la noche en las calles de Betania, para honrarte, quieren tener el honor de traértelos. Nosotros hemos asentido. Nos ha parecido que su amor merecía un premio».

«Habéis hecho bien. Entretanto, vamos adelante».

«¿Son muchos los discípulos?»

pregunta Bartolomé.

«¡Oh, una multitud! No se logra entrar por las calles de Betfagé. Por eso le he dicho a Isaac que lleve el asno a casa de Cleante el quesero»

responde Tomás.

«Has hecho bien. Vamos hasta aquel rellano del collado. Vamos a esperar a la sombra de aquellos árboles un poco».

Van a donde Jesús señala.

«¡Pero nos alejamos! ¡Pasas Betfagé rodeándola por detrás!»

exclama Judas Iscariote.

«Y si quiero hacerlo, ¿quién me lo puede prohibir? ¿Acaso estoy ya prisionero, de forma que no me sea lícito ir a donde quiera? ¿Es que hay prisa en que lo esté y se teme que pueda evadirme de la captura? Y, si juzgara oportuno alejarme por lugares más seguros, ¿alguien podría impedírmelo?».

Jesús asaetea con sus ojos al Traidor, que ya no abre la boca y que se encoge de hombros como diciendo “haz lo que te parezca”.

En efecto, dan la vuelta por detrás del pueblecito, que yo diría que es un suburbio de la propia ciudad, porque por el lado oeste está verdaderamente muy poco separado de la ciudad, formando parte ya de las laderas del Monte de los Olivos, que corona a Jerusalén por el lado oriental. Abajo, entre las laderas y la ciudad, el Cedrón brilla bajo el sol de abril.

Jesús se sienta en aquel silencio verde y se concentra en sus pensamientos. Luego se levanta y va justo hasta el borde del rellano.

3             Dice Jesús:

«Aquí pondrás la visión del 31 de julio de 1944: “Jesús llora ante Jerusalén”, desde la frase que te he dicho como principio de la visión». Y luego, de nuevo, me muestra las fases de su entrada triunfal.

30 de julio de 1944.

4             No sé cómo voy a describir, porque me siento tan mal del corazón que a duras penas puedo estar sentada. Pero, bueno, así es. Debo escribir lo que veo. Se me ilumina el Evangelio de hoy, noveno domingo después de Pentecostés.

Desde un collado cercano a Jerusalén, Jesús mira a la ciudad, que se extiende a sus pies. No es un collado muy alto: como mucho, como puede serlo la plaza de San Miniato del monte, en Florencia. Pero basta para que la vista domine la extensión de todas las casas y calles que suben y bajan por las pequeñas elevaciones de terreno que constituyen Jerusalén. Este collado, eso sí, respecto al Calvario, es mucho más alto, si se toma el nivel más bajo de la ciudad; y está más cerca de la muralla.

Comienza verdaderamente a dos pasos de ésta. Por esta parte de las murallas, se eleva con pronunciado desnivel, mientras que, por la otra, desciende suavemente hacia una campiña toda verde que se extiende hacia el Este (al menos me parece el Oriente, si juzgo bien la luz solar).

Jesús y los suyos están bajo un grupo de árboles, a la sombra, sentados. Descansan del camino recorrido. Luego Jesús se levanta, deja el espacio arbolado donde estaban sentados y se llega justo hasta el borde del rellano. Su alto físico –así, erguido y solo, parece todavía más alto– destaca neto en el vacío que le rodea. Tiene las manos recogidas sobre el pecho, sobre el manto azul, y mira serio, serio.

Los apóstoles le observan. Pero no le estorban, no moviéndose ni hablando. Deben pensar que se ha separado para orar.

Pero Jesús no está rezando. Primero mira durante un tiempo largo a la ciudad, mira a todos sus barrios y a todas sus elevaciones y a todos sus detalles, a veces fijando su mirada largamente en éste o en aquel punto, otras veces con menor insistencia; luego se echa a llorar, sin convulsiones ni ruido. Las lágrimas llenan las órbitas, luego salen y ruedan por las mejillas y caen… Lagrimones silenciosos y llenos de tristeza, como de una persona que sabe que debe llorar solo, sin esperar consuelo y comprensión de alguien, por un dolor que no puede ser anulado y que, sin remisión, debe ser sufrido.

5       El hermano de Juan, por su posición, es el primero que ve ese llanto y se lo dice a los otros, los cuales, asombrados, se miran.

«Ninguno de nosotros ha hecho alguna cosa mal»

dice uno, y otro:

«Tampoco ha habido insultos de la gente, ni estaba entre ella ninguno de sus enemigos». «¿Por qué llora entonces?»

pregunta el más anciano de todos.

Pedro y Juan se levantan al mismo tiempo y se acercan al Maestro. Piensan que lo único que debe hacerse es hacerle sentir que le quieren y preguntarle qué le sucede.

«Maestro, ¿estás llorando?»

dice Juan mientras apoya su cabeza rubia en el hombro de Jesús, que le supera en altura todo el cuello y la cabeza. Y Pedro, poniéndole una mano en la cintura, ciñéndole casi con un abrazo para arrimarle hacia sí, le dice:

«¿Qué te aflige, Jesús? Dínoslo a nosotros, que te queremos».

Jesús apoya la mejilla en la cabeza rubia de Juan, y, abriendo los brazos, pasa a su vez el brazo por el hombro de Pedro. Permanecen en este abrazo los tres, en una postura de mucho amor. Pero el llanto sigue goteando.

Juan, que siente que desciende entre sus cabellos, le pregunta de nuevo:

«¿Por qué lloras, Maestro mío? ¿Es que te hemos adolorado nosotros?».

Los otros apóstoles se han añadido al grupo amoroso y ansiosamente esperan una respuesta.

«No» dice Jesús.

«No vosotros. Vosotros sois amigos míos, y la amistad, cuando es sincera, es bálsamo y sonrisa, nunca llanto. 6 Quisiera que permanecierais siempre en esta amistad conmigo, incluso ahora, que vamos a entrar en la corrupción que fermenta y que pudre a quien no tiene decidida voluntad de conservarse honesto».

«¿A dónde vamos, Maestro? ¿No a Jerusalén? La gente ya te ha saludado con alegría. ¿Quieres defraudarla? ¿Es que vamos a Samaria para algún prodigio? ¿Justo ahora, que la Pascua está cercana?».

Varios al mismo tiempo hacen las preguntas.

Jesús levanta las manos e impone silencio. Luego, con la derecha, señala a la ciudad. Un gesto amplio, como de una persona que fuera sembrando delante de sí. Y dice:

«Esa es la Corrupción. Entramos en Jerusalén. Entramos en ella. Y sólo el Altísimo sabe cómo quisiera santificarla llevando a ella la Santidad que viene de los Cielos. Santificar de nuevo, a esta que debería ser la Ciudad santa. Pero no podré hacerle nada. Corrompida está y corrompida se queda. Y los ríos de santidad que brotan del Templo vivo, y que más aún brotarán dentro de pocos días hasta dejarle vacío de vida, no serán suficientes para redimirla. Vendrá al Santo la Samaria y el mundo pagano. Sobre los templos falsos se alzarán los templos del Dios verdadero. Los corazones de los gentiles adorarán al Cristo. Pero este pueblo, esta ciudad le será siempre adversa y su odio la llevará al mayor de los pecados. 7 Ello debe suceder. ¡Pero, Ay de aquellos que sean instrumentos de este delito! ¡Ay de ellos!…».

Jesús mira fijamente a Judas, que está casi enfrente de El.

«Eso a nosotros no nos sucederá nunca. Somos tus apóstoles y creemos en tí, dispuestos a morir por tí».

Judas miente desvergonzadamente y resiste la mirada de Jesús sin turbación. Los otros unen a ello sus declaraciones en la misma línea.

Jesús responde a todos, evitando responder a Judas directamente.

«Quiera el Cielo que así seáis. Pero en vosotros hay todavía mucha debilidad y la tentación podría haceros semejantes a los que me odian. Orad mucho y velad mucho por vosotros mismos. Satanás sabe que está para ser derrotado y quiere vengarse arrebatándoos de mis manos. Satanás está alrededor de todos nosotros: de mí, para impedirme hacer la voluntad del Padre y cumplir mi misión; de vosotros, para reduciros a siervos suyos. Velad. Dentro de esas murallas, Satanás se apoderará de aquel que no sepa ser fuerte. Aquel para quien el haber sido elegido será maldición, porque hizo de su elección una finalidad humana. Os he elegido para el Reino de los Cielos y no para el del mundo. Recordad esto. 8 Y tú, ciudad que quieres tu destrucción, ciudad por la que lloro: que sepas que tu Cristo ora por tu redención. ¡Ah, si al menos en esta hora que te queda supieras venir a quien sería tu paz! ¡Si al menos comprendieras en esta hora al Amor que pasa por tí, y te despojaras del odio que te ciega y te enloquece, que te hace cruel respecto a tí misma y a tu bien! ¡Pero llegará el día en que recordarás esta hora! ¡Demasiado tarde, entonces, para llorar y arrepentirte! El Amor habrá pasado y habrá desaparecido de tus calles. Quedará el Odio que has preferido. Y el Odio se volverá contra tí, contra tus hijos. Porque se tiene lo que se ha querido y el odio se paga con el odio. Y no será, entonces, un odio de fuertes contra inermes, sino odio contra odio, y, por tanto, guerra y muerte.

Acorralada por trincheras y soldados, languidecerás antes de ser destruida y verás caer a tus hijos por armas y hambre y a los supervivientes ir como prisioneros, y los verás escarnecidos, y pedirás misericordia, mas no la hallarás porque no has querido conocer tu Salud. Lloro, amigos, porque tengo corazón de hombre y las ruinas de la patria le sacan lágrimas. Pero es justo que esto se cumpla, porque la corrupción supera entre estas murallas todo límite y atrae el castigo de Dios. ¡Ay de los ciudadanos que sean causa del mal de la patria! ¡Ay de los dirigentes, que son la causa principal de ello! ¡Ay de aquellos que deberían ser santos para conducir a los demás a la honestidad, y que, al contrario, profanan la Casa de su ministerio y se profanan a sí mismos! Venid. De nada servirá mi acción. Pero ¡hagamos que la Luz resplandezca una vez más en las Tinieblas!».

Y Jesús desciende, seguido por los suyos. Va rápido por el camino, el rostro serio, yo diría: casi ceñoso. Y ya no habla. Entra en una casita que está al pie del collado. Y ya no veo más.

9 Dice Jesús:

«La escena narrada por Lucas parece sin conexión, casi ilógica. ¿Lamento las desdichas de una ciudad culpable y no tengo conmiseración de sus hábitos? No, no tengo, no puedo tener conmiseración de ellos, porque son precisamente estos hábitos los que engendran las desdichas; y verlos agudiza mi dolor. Mi ira contra los profanadores del Templo es la lógica consecuencia de mi meditación sobre las ya cercanas desdichas de Jerusalén.

Los castigos del Cielo están siempre provocados por las profanaciones del culto de Dios y de la Ley de Dios. Haciendo de la Casa de Dios una cueva de ladrones, aquellos sacerdotes indignos y aquellos indignos creyentes (de nombre sólo) atraían para todo el pueblo maldición y muerte. Es inútil dar uno u otro nombre al mal que hace sufrir a un pueblo; buscad su justo nombre en esto: “Castigo por una vida de animales”. Dios se retira y el Mal avanza. Este es el fruto de una vida nacional indigna del nombre de cristiana.

Como entonces, tampoco ahora, en esta fracción de siglo, he dejado de aguijar y llamar; pero, como entonces, lo único que he obtenido para mí y para los instrumentos por mí usados ha sido burla, indiferencia y odio. Recuerden, no obstante, las personas en particular y las naciones, recuerden que inútilmente lloran cuando antes no quisieron conocer su salvación. Inútilmente me invocan cuando en la hora en que me hallaba con ellos me expulsaron con una guerra sacrílega que, partiendo de las conciencias particulares, devotas del Mal, se extendió por toda la Nación. Las Patrias no se salvan tanto con las armas, cuanto con una forma de vida que atraiga las protecciones del Cielo.

Descansa, pequeño Juan. Y trata de ser siempre fiel a tu elección. Ve en paz».

¡Qué esfuerzo! ¡Verdaderamente no puedo más…!

[30 de marzo de 1947]

10     Casi no ha tenido tiempo Jesús de entrar en la casa bendiciendo a los que en ella moran, y ya se oye el sonido alegre de cascabeles y voces festivas. Un instante después, la cara enjuta y pálida de Isaac aparece en la abertura de la puerta y el fiel pastor entra y se postra ante su Señor Jesús.

En el marco de la puerta, abierta de par en par, se apiñan muchas caras (y detrás se ven todavía más). Gente que choca, que se apretuja, que quiere abrirse paso… Algún grito de mujer, algún llanto de niño atrapado en medio del gentío, y gritos de saludo y exclamaciones festivas:

«¡Dichoso este día que te trae de nuevo a nosotros! ¡La paz a tí, Señor! Bien vuelves, Maestro, a premiar nuestra fidelidad».

Jesús se pone en pie y hace ademán de hablar. Todos callan. La voz de Jesús se oye

con nitidez.

«¡Paz a vosotros! No os apretujéis. Vamos a subir juntos al Templo. He venido para estar con vosotros. ¡Paz! ¡Paz! No os hagáis daño. ¡Dejad paso, amados míos! Dejadme salir, y seguidme, porque entraremos juntos en la Ciudad Santa».

11     La gente, bien o mal, obedece. Y se abre un poco de camino. Lo suficiente como para que Jesús pueda salir y montar en el pollino (porque Jesús señala como cabalgadura para El, el pollino que hasta ahora nunca ha sido montado). Entonces, unos ricos peregrinos comprimidos entre el gentío extienden sobre la grupa del animal sus suntuosos mantos, y uno de ellos hinca una rodilla en tierra mientras con la otra hace de escalón para el Señor, que se sienta en la grupa del pollino de asna. El viaje empieza. Pedro va a un lado del Maestro e Isaac al otro, teniendo las bridas del animal, que aunque no esté domado camina tranquilo, como si estuviera acostumbrado a ese oficio, sin inquietarse o asustarse de las flores que a menudo –dado que las arrojan hacia Jesús– le dan al animalito en los ojos o en el blando morro; ni tampoco de las ramas de olivo y de las hojas de palma que la gente agita delante y alrededor de él, arrojadas al suelo para que hagan de alfombra junto con las flores; ni de los gritos, cada vez más fuertes, de:

«¡Hosanna, Hijo de David!»

que se elevan al cielo sereno mientras la muchedumbre se va adensando cada vez más y aumenta por otros que han llegado nuevos.

Pasar por Betfagé, por entre las callejuelas estrechas y tortuosas, no es cosa fácil.

Las madres deben coger en brazos a los niños, y los hombres deben proteger de golpes demasiado violentos a las mujeres. Y algún padre monta a su hijito a caballo de sus hombros y le lleva así alto, más alto que la gente, mientras las vocecitas de los niños parecen balidos de corderos o chillidos de golondrinas y sus manitas echan las flores y hojas de olivo que les dan sus madres, y también besos, al manso Jesús…

Una vez fuera del pequeño arrabal, el cortejo se ordena y se extiende. Muchos, diligentemente, se adelantan para ir abriendo la marcha liberando el camino. Otros los siguen, esparciendo ramos en el suelo. Uno tiene la iniciativa de arrojar su manto como alfombra, y otro y cuatro y diez y cien y mil le imitan. La calle presenta en su centro una faja multicolor de indumentos extendidos en el suelo. Una vez que Jesús pasa, recogen los indumentos y los llevan más adelante, con otros, con otros, y más flores, ramos, hojas de palma, que la gente agita y arroja; y se elevan gritos más fuertes en torno al Rey de Israel, al Hijo de David, a su Reino, en torno a El y en honor de El.

12     Los soldados que están de guardia en la puerta salen a ver qué sucede. Pero como no se trata de una sedición, apoyados en sus lanzas se hacen a un lado y observan admirados o irónicos el extraño cortejo de ese Rey que cabalga un pollino de asna, hermoso El como un dios, humilde como el más pobre de los hombres, manso, bendecidor… rodeado de mujeres y niños y hombres desarmados que gritan: «¡Paz? ¡Paz!»;

de este Rey que antes de entrar en la ciudad se detiene un momento a la altura de los sepulcros de Hinnón y de Siloán (creo que refiero bien estos lugares donde he visto milagros de leprosos otras veces), y apoyándose en el único estribo en que descansa su pie –pues está sentado en el asno, no a caballo de él–, se yergue y abre los brazos mientras eleva su voz en dirección a aquellas laderas horrendas (donde se asoman caras y cuerpos horrorosos mirando hacia Jesús y alzando el grito quejumbroso de los leprosos:

«¡Estamos infectados!»,

para alejar a algunos imprudentes que, con tal de ver a Jesús, subirían incluso a esos corrompidos a infectados rellanos):

«¡El que tenga fe en mí que invoque mi Nombre y reciba por ello la salud!»,

y bendice para reanudar luego la marcha, ordenando a Judas de Keriot:

«Comprarás alimentos para los leprosos y, con Simón, se los llevarás antes de que anochezca».

13     Cuando el cortejo entra por debajo de la bóveda de la puerta de Siloán y luego, como un torrente, irrumpe dentro de la ciudad, al pasar por el barrio de Ofel –donde todas las terrazas se han transformado en una pequeña, aérea plaza colmada de gente jubilosa que arroja a la calle flores y perfumes, tratando de que caigan sobre el Maestro, y el aire está saturado del olor de las flores que mueren bajo los pasos de las turbas y de la esencia que se esparce en el aire antes de caer al polvo del camino–, al pasar por el barrio de Ofel, el grito de la multitud parece aumentar y hacerse fuerte como si cada uno lo gritara con una bocina, porque los espacios abovedados de que está llena Jerusalén lo amplifican con resonancias continuas.

Oigo gritar, y creo que quiere decir lo que escriben los evangelistas:

«¡Salem, Salem melquil!» (o malquit: trato de representar el sonido de las palabras, pero es difícil porque tienen aspiraciones que nosotros no tenemos[3]259).

Es un grito continuo, semejante al bramido de un mar en tempestad en que antes de que cese el fragor del golpe que azota playas y escolleras ya otro golpe lo recoge y lo alza de nuevo formando un nuevo fragor, sin tregua alguna. ¡Estoy ensordecida…!

Perfumes, olores, gritos, agitación de ramos y de indumentos, colores, chillidos… Es una visión que aturde.

14     Veo mezclarse continuamente a la muchedumbre, aparecer y desaparecer caras conocidas: todos los discípulos de todos los lugares de Palestina, todos los seguidores…

Veo a Jairo, a Yaia –me parece–, el jovencito de Pella que era ciego como su madre y al que Jesús curó. Veo a Joaquín de Bosra y a aquel campesino de la llanura de Sarón con sus hermanos; veo al anciano y solitario Matías en cuya casa, de aquel lugar del Jordán (orilla oriental), Jesús se refugió mientras todo estaba inundado; y a Zaqueo con sus amigos convertidos; veo al anciano Juan de Nob con casi todos los habitantes de esta ciudad; veo al marido de Sara de Yuttá… Pero ¿quién puede llevar la cuenta de caras y nombres, si es un calidoscopio de caras conocidas y desconocidas, vistas varias veces o una vez sólo?… Y ahora la cara del pastorcito de Enón, y junto a él el discípulo de Corazaín que dejó de sepultar a su padre por seguir a Jesús; y, al lado de él, un instante, al padre y la madre de Benjamín de Cafarnaúm con su hijito, que por poco si se cae debajo de las patas del asno por echarse hacia delante y recibir una caricia de Jesús.

15     Y –por desgracia– caras de fariseos y escribas (lívidos de ira por este triunfo) que hienden atropelladores el círculo de amor apiñado en torno a Jesús, y gritan: «¡Manda callar a estos locos! ¡Hazles entrar en razón! ¡Los hosanna son sólo para Dios! ¡Di que se callen!».

A lo cual Jesús responde dulcemente:

«¡Aunque les dijera que se callasen y me obedecieran, las piedras gritarían los prodigios del Verbo de Dios!».

Y es que, en efecto, la gente, además de gritar:

«¡Hosanna, hosanna[4]260) al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna a El y a su Reino! ¡Dios está con nosotros! ¡El Emmanuel ha venido! ¡Ha venido el Reino del Cristo del Señor! ¡Hosanna! ¡Hosanna desde la Tierra hasta lo alto del Cielo! ¡Paz! ¡Paz, mi Rey! ¡Paz y bendición a ti, Rey santo! ¡Paz y gloria en los Cielos y en la Tierra! ¡Gloria a Dios por su Cristo! ¡Paz a los hombres que le saben acoger! ¡Paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad y gloria en los Cielos Altísimos porque la hora del Señor ha venido!»

(y quien grita esto último es el grupo compacto de los pastores, que repiten el grito natalicio); además de estas exclamaciones continuas, la gente de Palestina narra a los peregrinos de la Diáspora los milagros que han visto, y, a quienes no saben lo que está sucediendo –por ser extranjeros, de paso fortuitamente por la ciudad– y que preguntan:

«¿Pero quién es éste?, ¿qué sucede»,

les explican:

«¡Es Jesús!, ¡Jesús, el Maestro de Nazaret de Galilea! ¡El Profeta! ¡El Mesías del Señor! ¡El Prometido! ¡El Santo!».

De una casa –sobrepasada su puerta poco antes porque la marcha es lentísima en medio de tanta confusión– sale un grupo de robustos jóvenes llevando en alto recipientes de cobre llenos de carbones encendidos, y de incienso que arde y esparce nubes de humo oloroso. Y otros recogen este gesto y lo repiten, de forma que muchos corren adelante o vuelven hacia atrás, a sus casas, para proveerse de fuego y resinas olorosas para quemarlas en honor del Cristo.

16     Aparece la casa de Analía; la terraza, enguirnaldada con vid de hojas nuevas, temblorosas por un leve viento abrileño; presenta en el lado de la calle toda una fila de jovencitas vestidas y veladas de blanco –en cuyo centro está Analía–, con cestos de pétalos de rosas deshojadas y de muguetes, que ya revolean en el aire.

«¡Las vírgenes de Israel te saludan, Señor!»

dice Juan, que se ha abierto paso y ahora está al lado de Jesús, atrayendo su atención hacia la guirnalda de pureza que se asoma sonriendo tras el pretil para sembrar la calle de pétalos rojos como la sangre y muguetes blancos como perlas.

Jesús sujeta un instante los ramales y para al pollino. Levanta la cara y la mano para bendecir a esa virginidad, enamorada de El hasta el punto de renunciar a todo amor terreno.

Y Analía se echa hacia delante y grita:

«¡He visto tu triunfo, Señor! ¡Toma mi vida para tu glorificación universal!»

y, mientras Jesús pasa por debajo de su casa y prosigue, le saluda con un grito altísimo:

«¡Jesús!».

Y otro, un grito distinto, sobrepuja el clamor de la muchedumbre. Pero la gente, a pesar de oírlo, no se detiene. Es un río de entusiasmo, un río irrefrenable de pueblo en delirio. Y, mientras las últimas ondas de este río están todavía fuera de las puertas, las primeras ya acometen las subidas que conducen al Templo.

17 «¡Ahí está tu Madre!»

grita Pedro señalando a una casa situada casi en la esquina de una calle que sube al Moria y por la que el cortejo se encanala. Y Jesús alza su cara para sonreír a su Madre, que está allí arriba entre las mujeres fieles.

Un tapón producido por una nutrida caravana detiene al cortejo pocos metros después de haber sobrepasado la casa. Mientras Jesús y los otros se detienen y El acaricia a los niños que las madres le presentan, acude un hombre y se abre paso gritando:

«¡Dejadme pasar! Una mujer ha muerto. Una niña. De repente. La madre pide la presencia del Maestro. ¡Dejadme pasar! ¡Ya la salvó una vez!».

La gente abre paso y el hombre se apresura a ir hasta Jesús:

«Maestro, la hija de Elisa ha muerto. Te ha saludado con aquel grito. Luego ha caído hacia atrás diciendo: “¡Soy feliz!” y ha expirado. Su corazón, con el gran júbilo de verte triunfador, se ha quebrado. Su madre me ha visto en la terraza que está al lado de su casa y me ha dicho que viniera a llamarte. ¡Ven, Maestro!».

«¡Muerta! ¡Muerta Analía! ¡Pero si estaba sana, lozana, feliz ayer mismo!».

Los apóstoles se arremolinan inquietos, los pastores también. Todos la han visto el día anterior en perfecto estado de salud. Poco antes la han visto rosada, sonriente… No comprenden esta desventura… Quieren saber, preguntan los pormenores…

«No lo sé. Todos habéis oído sus palabras. Hablaba fuerte, segura. Luego la vi ceder hacia atrás, más blanca que sus vestidos, y oí a su madre que gritaba… No sé nada más».

18 «No os inquietéis. No está muerta. Ha caído una flor y los ángeles de Dios la han recogido para llevarla al seno de Abraham. Pronto la lirio de la Tierra se abrirá feliz en el Paraíso[5]261, e ignorará para siempre el horror del mundo. Hombre, di a Elisa que no llore por el destino de su criatura. Dile que Dios ha otorgado una especial gracia a Analía, y que dentro de seis días comprenderá qué gracia ha concedido Dios a su hija. No lloréis. Que no llore nadie. Su exaltación es aún mayor que la mía, porque cortejo de la virgen son los ángeles para llevarla a la paz de los justos. Y es una exaltación eterna, que aumentará de grado y no conocerá nunca merma. En verdad os digo que tenéis motivo de llanto en todos vosotros y no en Analía. Vamos».

Y repite a los apóstoles y a quienes están alrededor de El:

«Ha caído una flor. Se ha echado en paz y los ángeles la han recogido. Dichosa la pura de carne y corazón, porque pronto verá a Dios».

«¿Pero cómo, de qué ha muerto, Señor?»

pregunta Pedro, que no logra comprender.

«De amor, de éxtasis[6]262, de gozo infinito. ¡Una muerte feliz!».

Los que están muy adelante no saben lo que está sucediendo; los que están muy atrás, tampoco. Por tanto, los gritos de hosanna continúan, aunque aquí, junto a Jesús, se haya creado un círculo de pensativo silencio. Juan lo rompe:

«¡Quisiera seguir su misma suerte antes de los momentos que van a venir!».

«Yo también»

dice Isaac.

«Quisiera ver el rostro de la jovencita muerta de amor por tí…».

«Os ruego que me sacrifiquéis vuestro deseo. Necesito teneros a mi lado…».

«No te dejaremos, Señor. ¿Pero, para la madre, ningún consuelo?»

Pregunta Natanael.

«Me ocuparé de que lo tenga».

19     Están ya ante las puertas de las murallas del Templo. Jesús baja del jumento. Uno de Betfagé se encarga de cuidar del pollino.

Hay que tener en cuenta que Jesús no se ha parado en la primera puerta del Templo, sino que ha orillado la muralla y no se ha detenido antes de llegar al lado norte de ésta, cerca de la Antonia. Ahí baja y entra en el Templo, como para mostrar que, sintiendo inocentes todas sus acciones, no se esconde del poder dominante.

El primer patio del Templo presenta el habitual jaleo de cambistas y vendedores de palomas, gorriones y corderos; sólo que ahora toda la gente deja plantados a los vendedores para ir a ver a Jesús. Jesús entra, majestuoso con su túnica purpúrea.

Pasa su mirada por ese mercado. Mira a un grupo de fariseos y escribas que, bajo un pórtico, observan.

Le centellea de indignación el rostro. En un instante se pone en el centro del patio.

Una reacción improvisa que ha parecido un vuelo, el vuelo de una llama (de llama es su túnica, en efecto, bajo el sol que inunda el patio):

«¡Fuera de la casa de mi Padre! Este no es lugar de usura ni de mercado. Está escrito[7]263: “Mi casa será llamada casa de oración”. ¿Por qué habéis transformado en cueva de ladrones esta casa en que se invoca el Nombre del Señor?[8]264 ¡Fuera! Limpiad mi Casa: no os vaya a suceder que en vez de correas descargue sobre vosotros los rayos de la ira celeste. ¡Fuera! Fuera de aquí los ladrones, los estafadores, los deshonestos, los homicidas, los sacrílegos, los idólatras que tienen la peor idolatría: la del propio yo soberbio, los corruptores y los embusteros. ¡Fuera! ¡Fuera! Si no, Yo os digo que el Dios altísimo arrasará para siempre este lugar y tomará venganza contra todo un pueblo».

No repite la agresión de la otra vez[9]265, con el azote, pero, viendo que mercaderes y cambistas vacilan en obedecer, va al banco más cercano y lo vuelca, esparciendo por el suelo balanzas y monedas.

Los vendedores y cambistas, visto este primer ejemplo, sin demora, ponen por obra la orden de Jesús, seguidos por el grito de El:

«¿Y cuántas veces voy a tener que decir que éste no debe ser lugar de inmundicia, sino de oración?» .

Mira a los del Templo, los cuales, obedientes a las órdenes del Pontífice, no emprenden gesto alguno de represalia.

20     Limpio ya el patio, Jesús se dirige hacia los pórticos, bajo los cuales hay ciegos, paralíticos, mudos, lisiados y otros enfermos que le invocan con fuerte voz.

«¿Qué queréis de mí?».

«¡La vista, Señor! ¡Los miembros! ¡Que mi hijo hable! ¡Que mi mujer se cure! ¡Nosotros creemos en tí, Hijo de Dios!».

«Que Dios os escuche. ¡Alzaos y alabad al Señor!».

No cura uno a uno a los muchos enfermos, sino que hace un amplio gesto con la mano, y de ella manan gracia y salud para estos pobrecillos que ahora se yerguen sanos y emiten gritos de júbilo que se mezclan con los de los muchos niños que se arriman a Jesús repitiendo:

«¡Gloria, gloria al Hijo de David! ¡Hosanna a Jesús Nazareno, Rey de reyes y Señor de señores!»[10]266.

Algunos fariseos, con fingida deferencia y voz alta dicen:

«Maestro, ¿oyes lo que dicen? Estos niños dicen algo que no debe decirse. ¡Repréndelos! ¡Que callen!».

«¿Por qué? ¿No dijo[11]267, acaso, el rey profeta, el rey de mi linaje: “De la boca de los niños y de los lactantes has hecho brotar la alabanza perfecta para confusión de tus enemigos”? ¿No habéis leído esas palabras del salmista? Dejad que los niños expresen mis alabanzas. Se las inspiran sus ángeles, que ven constantemente a mi Padre y conocen sus secretos y se los transmiten a estos inocentes. Ahora dejadme todos que vaya a orar al Señor»

y, pasando por delante de la gente, se introduce en el patio de los israelitas para orar…

Luego, saliendo por otra puerta, pasando muy cerca de la piscina Probática, sale de la ciudad para volver hacia las lomas del monte de los Olivos.

21     Se ve entusiastas a los apóstoles… Esta exaltación los hace sentirse seguros, hace que olviden completamente todo el terror que las palabras del Maestro habían suscitado… Hablan de todo… Ansían tener noticias acerca de Analía. No sin dificultad, Jesús los retiene –quieren ir–, asegurando que va a poner los medios que El conoce… Sordos, sordos, sordos a toda voz divina de aviso… hombres, hombres, hombres a los que un grito de hosanna hace olvidar todo…

Jesús habla con los domésticos de María de Magdala, que se habían unido a El en el Templo; luego se despide de ellos…

«¿Y ahora a dónde vamos?» pregunta Felipe.

«¿A casa de Marcos de Jonás?» dice Juan.

«No. Al campo de los Galileos. Quizá hayan venido mis hermanos. Quisiera saludarlos» dice Jesús.

«Podrás hacerlo mañana» le señala Judas Tadeo.

«Bueno es obrar mientras se puede obrar. Vamos donde los galileos. Se alegrarán de vernos. Vosotros tendréis noticias de las familias y Yo veré a los niños…».

«¿Y esta noche? ¿Dónde vamos a dormir? ¿En la ciudad? ¿En qué lugar? ¿Dónde está tu Madre? ¿En casa de Juana?» pregunta Judas Iscariote.

«No lo sé. Desde luego, en la ciudad no. Quizá todavía en alguna tienda galilea…».

«¿Pero por qué?».

«Porque soy el Galileo y amo a mi patria. Vamos».

Se ponen en marcha subiendo hacia el campo de los Galileos –todo un albear de tiendas bajo el alegre sol abrileño–, que está arriba, en el monte de los Olivos, orientado hacia Betania.

 

22 Dice Jesús: «Mi paciente secretaria, coloca aquí la visión: “La noche del Domingo de Ramos”(4 de marzo de 1945), y que mi paz esté contigo».

598. Jueves Santo[1]419. Preparativos de la Cena pascual. La manifestación del Padre y el homenaje de los Gentiles.

3 de abril de 1947.

jueves santo1 Una nueva mañana. ¡Tan serena! ¡Tan festival Ni las escasas nubes que ayer erraban lentamente por el cobalto del cielo se ven hoy. Tampoco se siente ese bochorno pesado que ayer era tan gravoso. Una leve brisa sopla en las caras, una brisa que huele a flores, a heno, a aire limpio, y que mece lentamente las hojas de los olivos: parece desear que se admire el color argénteo de las hojitas lanceoladas, y sembrar flores, pequeñas, cándidas, olorosas para los pasos de Jesús y sobre su rubia cabeza, y besarle, darle frescor –porque cada uno de los pequeños cálices tiene una gotita de rocío–, besarle, darle frescor y morir luego, antes de ver el horror que amenazador pende. Y se inclinan las plantas de las laderas meneando las campanulas, las corolas, las paletas de mil flores. Estrellas de corazón de oro, las grandes margaritas silvestres se yerguen altas en su tallo como para besarle la mano que será traspasada, y las mayas y las matricarias le besan los pies generosos que detendrán su paso por el bien de los hombres sólo cuando sean clavados para dar un bien aún mayor, y los escaramujos perfuman y el espino albar ya sin flores agita las hojas denticuladas.

Parece decir “no, no” a quienes lo usarán para dar tormento al Redentor. Y “no” dicen las cañas del Cedrón; tampoco quieren ellas herir, su voluntad de pequeñas cosas no quiere dañar al Señor. Y quizá también las piedras de las laderas se felicitan por estar fuera de la ciudad, en el olivar, porque así no herirán, no, al Mártir. Y lloran las gráciles correhuelas rosadas que Jesús quería tanto y los corimbos de las acacias cándidas como racimos de mariposas apiñadas en torno a un tallito, quizás pensando: “No volveremos a verle”. Y las miosotas, tan gráciles y puras, dejan caer su corola al toque de la túnica purpúrea que Jesús viste de nuevo. Debe ser hermoso morir cuando es por el impacto de algo de Jesús. Todas las flores –incluso un aislado muguete, quizás caído allí fortuitamente y que ha arraigado entre las raíces salientes de un olivo– están contentas de ser cortadas y cogidas por Tomás y ofrecidas al Señor[2]420…

Como también se sienten felices de saludarle con cantos de alegría los mil pájaros que hay entre las ramas. ¿No, no blasfeman contra El los pájaros que ha amado siempre! Hasta incluso un grupito de ovejas parece querer saludarle, aunque ahora lloren por haberles sido arrebatados los hijos, vendidos para el sacrificio pascual. Y, balando –un lamento de madres, al aire, llamando a sus hijos que jamás volverán–, vienen a rozar a Jesús con su cuerpo, y le miran con su mansa mirada.

2       Al ver a las ovejas, los apóstoles se acuerdan del rito, y preguntan a Jesús, ya casi en el Getsemaní:

-«¿A dónde iremos a celebrar la cena pascual? ¿Qué lugar eliges? Dilo, a iremos a prepararlo todo»

dicen. Y Judas de Keriot:

-«Dame indicaciones e iré».

-«Pedro, Juan, oídme».

Los dos, que estaban un poco adelantados, se acercan a Jesús, que los ha llamado.

-«Precedednos y entrad en la ciudad por la Puerta del Estiércol. Al entrar, encontraréis a un hombre que vuelve de En Rogel con una tinaja de aquella agua buena. Seguidle hasta que entre en una casa. Diréis al que está en ella: “El Maestro dice: ‘¿Dónde está la habitación donde pueda celebrar la cena pascual con mis discípulos?’ “. El os mostrará un cenáculo grande ya dispuesto. Preparadlo todo allí. Id ligeros y luego venid al Templo. Ya estaremos nosotros en él».

Los dos se marchan a toda prisa.

Jesús, sin embargo, camina lentamente. En realidad está todavía fresca la mañana, y por los caminos que introducen en la ciudad empiezan ahora a aparecer los primeros peregrinos.

Cruzan el Cedrón por el puentecillo que hay antes del Getsemaní. Entran en la ciudad. Las puertas, quizás por una contraorden de Pilatos, tranquilizado por la ausencia de disputas con centro en Jesús, no están ya vigiladas por los legionarios. Efectivamente, reina en todas partes la máxima calma.

3       ¡Desde luego, no se puede decir que no hayan sabido contenerse los judíos! Ninguno ha molestado al Maestro ni a los discípulos. Gestos de obsequio bien educados, si no incluso afectuosos, le han saludado siempre (aunque los que los otorgaban eran los más aviesos del Sanedrín). Un aguante inasequible ha acompañado también a la reconvención de ayer. Y precisamente ahora –la casa de campo de Caifás está muy cerca de aquella puerta–, justamente ahora, pasa, viniendo de la casa, un nutrido grupo de fariseos y escribas, entre los cuales el hijo de Anás, y Elquías con Doras y Sadoq, quienes, en medio de un ondear de túnicas y franjas y amplísimos gorros, plegando sus espaldas vestidas de amplios mantos, saludan reverentes. Jesús saluda y pasa, regio con su túnica de lana roja y su manto de color más obscuro, llevando aquel gorro de Síntica en la mano, y haciendo el Sol de sus cabellos rojo–cobre una corona de oro y un velo refulgente hasta los húmeros. Las espaldas se alzan después de su paso y aparecen las caras: de hienas hidrófobas.

Judas de Keriot, que iba mirando siempre en torno a sí con su cara de traidor, con la disculpa de abrocharse una sandalia, se pone en el margen del camino y –lo veo bien– les hace una seña de que le esperen… Deja que el grupo de Jesús y los discípulos vaya adelante, mientras sigue manipulando la hebilla de su sandalia para fingir, y luego, rápido, pasa cerca de aquéllos y susurra:

-«En la Hermosa, a eso de la hora sexta. Uno de vosotros»,

y se echa a correr velozmente y da alcance a sus compañeros. ¡Espontáneo, desvergonzadamente espontáneo!…

4       Suben al Templo. Pocos hebreos todavía. Pero muchos gentiles. Jesús va a adorar al Señor. Luego regresa e indica a Simón y Bartolomé que pidan dinero a Judas de Keriot y compren el cordero. Y Judas dice:

-«¡Podría hacerlo yo!».

-«Vas a estar ocupado en otras cosas. Lo sabes. Está la viuda a la que hay que llevar el donativo de María de Lázaro, y decirle que después de las fiestas vaya a Betania, a casa de Lázaro. ¿Sabes dónde está? ¿Has comprendido bien?».

-«¡Ya sé, ya sé! Me indicó el lugar Zacarías, que la conoce bien». Y añade: «Estoy muy contento de ir, más que de comprar el cordero. ¿Cuándo voy?».

-«Más tarde. No estaré mucho tiempo aquí. Hoy voy a descansar, porque quiero estar fuerte para esta noche y para mi oración nocturna».

-«De acuerdo».

Y yo me pregunto: Jesús, que en los días pasados había mantenido ocultos sus propósitos para no dar detalles a Judas, ¿por qué ahora dice y repite lo que hará por la noche? ¿Es que la Pasión ha empezado ya con la ceguera de previdencia[3]421; o es que esta previdencia ha aumentado tanto, que Jesús lee en los libros de los Cielos que ésa es “la nochey que, por tanto, hay que darlo a conocer a quien espera a saberlo para entregarle a los enemigos; o es que siempre ha sabido que en esa noche debe comenzar su inmolación? No sé darme la respuesta. Jesús tampoco me responde. Y me quedo en mis porqués, mientras observo a Jesús que cura a los últimos enfermos. Los últimos… Mañana, dentro de pocas horas, ya no podrá… la Tierra quedará privada del poderoso Curador de cuerpos. Pero la Víctima, en su patíbulo empezará la serie, ininterrumpida desde hace veinte siglos, de sus curaciones de espíritus.

5       Hoy, más que describir, contemplo. Mi Señor hace proyectar mi vista espiritual desde lo que veo que sucede en el último día de libertad de Cristo hasta lo que sucede en los siglos… Hoy contemplo los sentimientos, los pensamientos, del Maestro, más que lo que sucede en torno a El. Ya estoy en la angustiosa comprensión de su tortura del Getsemaní…

6       Jesús, como de costumbre, se ve sobrepujado por la muchedumbre, que ya ha aumentado y que ahora está formada en su mayor parte por hebreos que… se olvidan de acudir presurosos al lugar del sacrificio de los corderos, para acercarse a Jesús, Cordero de Dios que está para ser inmolado. Y siguen preguntando, y siguen queriendo explicaciones.

Muchos son hebreos venidos de la Diáspora, los cuales, habiendo tenido noticias de la fama del Mesías, del Profeta galileo, del Rabí de Nazaret, sienten la curiosidad de oírle hablar y la ansiedad de disolver cualquier posible duda. Y se abren paso, suplicando a los de Palestina:

-«Vosotros siempre le tenéis. Sabéis quién es. Tenéis su palabra cuando queréis. Nosotros hemos venido de lejos y regresaremos a nuestras tierras nada más cumplir el precepto. ¿Dejad que nos acerquemos a El!».

La muchedumbre con dificultad se abre, para ceder el sitio a éstos, que se acercan a Jesús y le observan con curiosidad. Comentan entre sí, grupo por grupo.

Jesús los observa, escuchando simultáneamente a un grupo que ha venido de

Perea. Luego despide a estos últimos, que le han ofrecido dinero para sus pobres, como otros muchos hacen, y que El, como siempre, ha pasado a Judas. Empieza a hablar:

7 -«Muchos de los presentes –que sois una sola cosa en la religión aunque de procedencia distinta– os preguntáis: “¿Quién es éste al que llaman el Nazareno?”, y vuestra esperanza y duda chocan. Escuchad[4]422. Está escrito de mí[5]423: “Un retoño brotará de la raíz de Jesé, una flor saldrá de esta raíz, y sobre El descansará el Espíritu del Señor. No juzgará según lo que se presenta ante los ojos, no condenará por lo que se oye con los oídos; antes bien, juzgará con justicia a los pobres, se hará defensor de los humildes. El retoño de la raíz de Jesé, puesto como señal en medio de las naciones, será invocado por los pueblos y su sepulcro será glorioso. El, alzada una bandera para las naciones, reunirá a los expatriados de Israel, a los dispersos de Judá; los recogerá de los cuatro puntos de la Tierra”.

Está escrito de mí[6]424: “He aquí que viene el Señor, con señorío; su brazo triunfará. Trae consigo su retribución, ante sus ojos tiene su obra. Como un pastor, apacentará a su rebaño”.

Está escrito de mí[7]425: “Este es mi Siervo, Yo estaré con El. En El se complace mi alma. En El he derramado mi espíritu. Llevará la justicia a las naciones. No gritará, no romperá la caña quebrada, no apagará la mecha humeante, hará justicia según la verdad. Sin desfallecer ni avasallar, hará que se establezca la justicia sobre la Tierra, y las islas esperarán su ley”.

Está escrito de mí[8]426: “Yo, el Señor, en la justicia te he llamado, te he tomado de la mano, te he preservado, te he constituido alianza del pueblo y luz de las naciones para abrir los ojos a los ciegos y sacar de la cárcel a los prisioneros, y de la mazmorra subterránea a  los que yacen en las tinieblas”.

Está escrito de mí[9]427: “El Espíritu del Señor está sobre mí porque el Señor me ha ungido para anunciar la Buena Nueva a los mansos, para curar a los que tienen el corazón quebrantado, para predicar la libertad a los esclavos, la liberación a los prisioneros, para predicar el año de gracia del Señor”.

Está escrito de mí[10]428: “El es el Fuerte. Apacentará el rebaño con la fortaleza del Señor, con la majestad del nombre del Señor Dios suyo. A El se convertirán, porque ya desde ahora será glorificado hasta los últimos confines del mundo”.

Está escrito de mí[11]429 “Yo mismo iré a buscar a mis ovejas. Iré a la búsqueda de las extraviadas, restituiré al redil a las expulsadas de él, fajaré a las que tengan fracturas, reconfortaré a las débiles, vigilaré a las gruesas y robustas, a todas las apacentaré con justicia”.

Está escrito[12]430: “El es el Príncipe de paz y será la paz”.

Está escrito[13]431: “Mira que viene tu Rey, el Justo, el Salvador. Es pobre, cabalga sobre un jumento. Anunciará paz a las naciones. Su dominio será de mar a mar, hasta los extremos de la Tierra”.

Escuchad.

Está escrito[14]432: Setenta semanas han sido fijadas para tu pueblo, para tu ciudad santa, para que sea eliminada la prevaricación, tenga fin el pecado, quede borrada la iniquidad, venga la eterna justicia, se cumplan visión y profecía y sea Ungido el Santo de los santos. Después de siete más setenta y dos vendrá el Cristo. Después de sesenta y dos será entregado a la muerte. Después de una semana confirmará el testamento, pero a mitad de la semana vendrán a faltar las víctimas y los sacrificios y se dará en el Templo la abominación de la desolación y durará hasta el final de los siglos”.

8 ¿Faltarán, pues, las víctimas en estos días? ¿No tendrá víctima el altar? Tendrá la gran Víctima. Y la ve el profeta[15]433: “¿Quién es este que viene con sus vestiduras teñidas de rojo? Está hermoso con sus vestiduras, camina envuelto en la grandeza de su fuerza”.

¿Y cómo se ha teñido de púrpura las vestiduras Aquel que es pobre? Ved que lo dice el profeta[16]434: “He abandonado mi cuerpo a los que me golpean, mis mejillas a quienes me arrancan la barba; no he separado el rostro del que me ultraja. Mi hermosura y esplendor se han perdido y los hombres han dejado de amarme. ¡Me han despreciado los hombres, me han considerado el último! Varón de dolores, será velado mi rostro y vejado y me mirarán como a un leproso, cuando en realidad por todos estaré llagado y moriré”.

Ahí está la Víctima. ¡No temas, Israel! ¡No temas! ¡No falta el Cordero pascual! ¡No temas, Tierra! No temas. Ahí está el Salvador. Como oveja será conducido al matadero, porque lo ha querido y no ha abierto su boca para maldecir a los que le matan. Después de la condena, será levantado y consumido en los padecimientos; sus miembros descoyuntados, los huesos al descubierto, pies y manos traspasados. Pero después de la aflicción con que justificará a muchos, poseerá las multitudes, porque, después de haber entregado su vida a la muerte para salud del mundo, resucitará y gobernará la Tierra, nutrirá a los pueblos con las aguas vistas por Ezequiel[17]435, aguas que salen del verdadero Templo, el cual, aun habiendo sido abatido, resurge por virtud propia. Y nutrirá con el vino con que ha teñido de púrpura su cándida túnica de Cordero sin mancha[18]436, y con el Pan bajado del Cielo[19]437.

9 ¡Sedientos, venid a las aguas![20]438 ¡Hambrientos, nutríos! ¡Exhaustos, bebed mi vino; y vosotros, enfermos! ¡Venid, vosotros que no tenéis dinero, vosotros que no tenéis salud, venid! ¡Y vosotros, los que estáis muertos, venid! Yo soy Riqueza y Salud, soy Luz y Vida. ¡Venid, vosotros que buscáis el camino! ¡Venid, vosotros que buscáis la verdad! ¡Yo soy Camino y Verdad! No temáis no poder consumir el Cordero porque falten las víctimas verdaderamente santas en este Templo profanado. Todos tendréis posibilidad de comer del Cordero de Dios venido a quitar los pecados del mundo, como dijo de mí el último de los profetas de mi pueblo[21]439. Del pueblo al que pregunto[22]440: Pueblo mío, ¿qué te he hecho?, ¿en qué te he contristado?, ¿qué más podía darte de lo que te he dado? He instruido tus mentes, he curado a tus enfermos, favorecido a tus pobres, he dado de comer a tus turbas, te he amado en tus hijos, he perdonado, he orado por ti. Te he amado hasta el Sacrificio. ¿Y tú qué preparas a tu Señor? Una hora, la última, se te ofrece, ¡Oh pueblo mío, Oh ciudad santa y regia! ¡Conviértete, en esta hora, al Señor tu Dios[23]441!».

10 -«¡Ha dicho las palabras verdaderas!».

-«¡Así está escrito! ¡Y El verdaderamente hace lo que está escrito!».

-«¡Como un pastor ha cuidado de todos!».

-«Como siendo nosotros esas ovejas desperdigadas, enfermas, que están entre las brumas, ha venido a llevarnos al camino recto, a curarnos el alma y el cuerpo, a iluminarnos».

-«Verdaderamente, todos los pueblos acuden a El. ¡Observad qué maravillados están esos gentiles!» .

-«Ha predicado paz».

-«Ha dado amor».

-«No comprendo lo que dice del sacrificio. Habla como uno que tuviera que morir, como si le fueran a matar».

-«Así es, si es el Hombre visto por los profetas, el Salvador».

-«Y habla como si todo el pueblo fuera a maltratarle. Eso no sucederá jamás. El pueblo, o sea, nosotros, le amamos».

-«Es nuestro amigo. Le defenderemos».

-«Es Galileo[24]442. Los galileos daremos la vida por El».

-«Es de David[25]443, y nosotros, los de Judea, si alzamos la mano es para defenderle».

-«¿Y nosotros podremos olvidarle? Siendo de Auranítida, de Perea, de la Decápolis, nos amó como a vosotros. No. Todos, todos le defenderemos» .

Estas son las manifestaciones que se oyen entre esta multitud ya muy numerosa: ¡labilidad de las intenciones humanas! Juzgo por la posición del Sol que serán hacia las nueve de la mañana de nuestra hora. Veinticuatro horas más tarde, esta gente llevará ya muchas horas en torno al Mártir para torturarle con el odio y los golpes, y gritará pidiendo su muerte. Pocos, muy pocos, demasiado pocos, entre los millares de personas que se agolpan procedentes de todas las partes de Palestina y de fuera, y que han recibido de Cristo luz, salud, sabiduría, perdón, serán los amigos. Y éstos no sólo no tratarán de arrancarle de las manos de los enemigos, por impedirlo su escasez numérica respecto a la multitud de los ofensores, sino que no sabrán consolarle tampoco siguiéndole con cara amiga como prueba de amor. Las alabanzas, las manifestaciones de consenso, los comentarios maravillados se esparcen por el vasto patio como olas que desde alta mar vayan lejos a morir en la playa.

11     Escribas, judíos, fariseos, tratan de neutralizar el entusiasmo del pueblo, y también la agitación de la gente contra los enemigos de Cristo, diciendo:

-«Dice incongruencias. Está muy cansado y por ello delira. Ve persecuciones donde hay honores. En sus palabras fluyen los ríos de su habitual sabiduría, pero mezclados con frases de delirio. Nadie quiere causarle ningún mal. Comprendemos. Hemos comprendido quién es…» .

Pero la gente desconfía de tanta conversión de ánimos, y alguno se rebela diciendo:

-«Pues El me curó a un hijo demente. Conozco la locura. ¡Un demente no habla así!».

Y otro:

-«¡Déjales que hablen! Son víboras que temen que el bastón del pueblo les rompa los lomos. Cantan la dulce canción del ruiseñor para engañarnos, pero, si escuchas bien, su voz contiene silbido de serpiente».

Y un tercero:

-«¡Escoltas del pueblo de Cristo, alerta! Cuando el enemigo acaricia, tiene el puñal escondido en la manga y alarga su mano para agredir. ¡Ojos abiertos y corazón preparado! Los chacales no pueden transformarse en dóciles corderos».

-«Bien dices: el búho halaga y hechiza a los pajaritos ingenuos con la inmovilidad de su cuerpo y la falsa alegría de su saludo. Ríe a invita con su grito, pero está preparado para devorar».

Y otros grupos otras cosas.

12     Pero también hay gentiles. Esos gentiles que han escuchado en estos días de fiesta al Maestro, con constancia y en número cada vez mayor. Siempre a los márgenes de la multitud –porque el exclusivismo hebreo–palestino es fuerte y los rechaza, queriendo los primeros puestos en torno al Rabí–, ahora desean acercarse a El y hablar con El.

Un nutrido grupo de ellos reparan en Felipe, al que la multitud ha empujado a un rincón. Se acercan a él y le dicen:

-«Señor, deseamos ver de cerca a Jesús, tu Maestro, y hablar con El al menos una vez».

Felipe se alza sobre la punta de los pies, para ver si ve a algún apóstol que esté más cerca del Señor. Ve a Andrés, le llama y le grita estas palabras:

-«Aquí hay unos gentiles que quisieran saludar al Maestro. Pregúntale si puede atenderlos».

Andrés, separado de Jesús unos metros, comprimido entre la multitud, se abre paso sin miramientos, usando abundantemente los codos y gritando:

-«¡Dejad paso! Digo que dejéis paso. Tengo que ir donde el Maestro».

Llega donde El y le transmite el deseo de los gentiles.

-«Llévalos a aquel ángulo. Voy donde ellos» .

Y mientras Jesús trata de pasar entre la gente, Juan, que ha vuelto con Pedro, Pedro mismo, Judas Tadeo, Santiago de Zebedeo y Tomás, que para ayudar a sus compañeros deja el grupo de sus familiares – los había encontrado entre la multitud –, luchan para abrirle camino. 13 Ya está Jesús donde los gentiles, que le reciben con muestras de obsequio.

-«La paz a vosotros. ¿Qué queréis de mí?».

-«Verte. Hablar contigo. Lo que has dicho nos ha conturbado. Hemos deseado siempre hablar contigo para decirte que tu palabra nos impresiona. Esperábamos el momento propicio para hacerlo. Hoy… hablas de muerte… Tememos no poder hablar contigo, si no aprovechamos este momento. ¿Pero es posible que los hebreos sean capaces de matar a su mejor hijo? Nosotros somos gentiles, y no hemos recibido beneficio de tu mano. Tu palabra nos era desconocida. Habíamos oído hablar de ti vagamente. Pero nunca te habíamos visto ni nos habíamos acercado a ti. Y, a pesar de todo, ya ves: te tributamos homenaje; todo el mundo con nosotros te honra».

-«Sí, ha llegado la hora en que el Hijo del hombre debe ser glorificado, por los hombres y por los espíritus».

Ahora la gente, de nuevo, está en torno a Jesús. Con la diferencia de que en primera fila están los gentiles y detrás los demás.

-«Pero entonces, si es la hora de tu glorificación, no morirás como dices, o como hemos entendido. Porque morir de esa manera no significa ser glorificado. ¿Cómo podrás reunir al mundo bajo tu cetro, si mueres antes de haberlo hecho? Si tu brazo se inmoviliza en la muerte, ¿cómo podrá triunfar y reunir a los pueblos?».

-«Muriendo doy vida. Muriendo edifico. Muriendo creo el Pueblo nuevo[26]444. La victoria se consigue en el sacrificio. En verdad os digo que si el grano de trigo que cae a la tierra no muere, queda sin fruto; mas si muere, produce mucho fruto. El que ama su vida la perderá. El que aborrece su vida en este mundo la salvará para la vida eterna.

Y Yo tengo el deber de morir, para dar esta vida eterna a todos los que me siguen para servir a la Verdad. El que me quiera servir que venga: no está limitado el sitio en mi reino a este o aquel pueblo. El que me quiera servir, quienquiera que sea, que venga y me siga, y donde Yo esté también estará mi servidor. Y al que me sirva le honrará el Padre mío, único, verdadero Dios, Señor del Cielo y de la Tierra, Creador de todo lo que existe, Pensamiento, Palabra, Amor, Vida, Camino, Verdad; Padre, Hijo, Espíritu Santo, Uno siendo Trino, Trino siendo Unico, Solo, Verdadero Dios. 14 Pero ahora mi alma está turbada. Y ¿qué diré? ¿Acaso: “Padre, líbrame de esta hora”? No. Porque he venido para esto: para llegar a esta hora. Entonces diré: “¿Padre, glorifica tu Nombre!”».

Jesús abre los brazos en cruz, una cruz purpúrea contra el fondo cándido de los mármoles del pórtico; y levanta su rostro, ofreciéndose, orando, subiendo con el alma al Padre.

Y una voz, más fuerte que el trueno, inmaterial en el sentido de que no asemeja a ninguna voz de hombre, pero perceptibilísima para todos los oídos, llena el cielo sereno de este bellísimo día abrileño, vibrando más poderosa que el acorde de un órgano gigante, con una tonalidad bellísima, y proclama:

“Le he glorificado y le seguiré glorificando”.

La gente ha sentido miedo. Esa voz, tan potente que ha hecho vibrar el suelo y lo que sobre él se halla, esa voz misteriosa, distinta de todas las otras voces, procedente de una fuente desconocida, esa voz que llena todo, de Septentrión a Mediodía, de Oriente a Occidente, aterroriza a los hebreos y asombra a los paganos. Los primeros, si pueden hacerlo, se arrojan al suelo susurrando atemorizados:

-«¡Vamos a morir ahora! Hemos oído la voz del Cielo. ¡Un ángel le ha hablado!» ,

 y se dan golpes de pecho esperando la muerte. Los segundos gritan:

-«¡Un trueno! ¡Un estruendo! ¡Huyamos! ¡La Tierra ha bramado! ¡Ha temblado!».

Pero huir es imposible en medio de ese gentío que aumenta por los que estaban fuera de las murallas del Templo y ahora entran presurosos gritando:

-«¡Piedad de nosotros! ¡Corramos! Este es lugar santo. ¡No se abrirá el monte donde se alza el altar de Dios!».

Y, por tanto, la gente –quién obstruido por la multitud, quién paralizado por el espanto– permanece donde estaba.

15     Los sacerdotes, los escribas, los fariseos, que estaban esparcidos por los vericuetos del Templo, suben a las terrazas, y lo mismo levitas y magistrados del Templo. Agitados, desconcertados. De todos ellos, bajan a donde está la gente sólo Gamaliel y su hijo. Jesús le ve pasar, todo blanco con su túnica de lino, tan blanca que refulge incluso, bajo este fuerte sol que sobre ella incide.

Jesús, mirando a Gamaliel, pero como hablando para todos, alza la voz diciendo:

-«No por mí, sino por vosotros, ha venido esta voz del Cielo».

Gamaliel se detiene, se vuelve, perfora con las miradas de sus ojos profundos y negrísimos –involuntariamente duros como los de las aves rapaces, por la costumbre de ser un maestro venerado como un semidiós–, perfora la mirada zafírea, límpida, dulce y al mismo tiempo majestuosa, de Jesús… que prosigue:

-«Ahora el mundo es juzgado, ya el Príncipe de las Tinieblas está para ser expulsado, y Yo, cuando sea alzado, atraeré a todos hacia mí, porque así salvará el Hijo del hombre» .

16 -«Hemos aprendido en los libros de la Ley que el Cristo vive eternamente. Tú te presentas como el Cristo y dices que debes morir. Dices también que eres el Hijo del hombre y que salvarás siendo elevado. ¿Quién eres, pues?, ¿el Hijo del hombre o el Cristo? ¿Y quién es el Hijo del hombre?» dice la gente, ya más tranquila.

-«Soy una única Persona. Abrid los ojos a la Luz. Todavía un poco la Luz está con vosotros. Caminad hacia la Verdad mientras tengáis la Luz entre vosotros, para que no os sorprendan las tinieblas. Los que caminan en la obscuridad no saben en dónde acabarán. Mientras tenéis entre vosotros la Luz, creed en Ella, para ser hijos de la Luz» . Jesús se calla.

La muchedumbre está perpleja y dividida. Una parte se marcha meneando la cabeza. Una parte observa la actitud de los principales dignatarios: fariseos, jefes de los sacerdotes, escribas… (especialmente observan la actitud de Gamaliel), y según estas actitudes orientan sus reacciones. Otros hacen un gesto de aprobación con la cabeza, inclinándose ante Jesús con clara señal de querer decirle: “¡Creemos! Te honramos por lo que eres”. Pero no se atreven a ponerse abiertamente de su parte.

Tienen miedo de los ojos atentos de los enemigos de Cristo, de los poderosos, que los vigilan desde lo alto de las terrazas que dominan las soberbias galerías que ciñen los patios del Templo.

17     También Gamaliel –se ha quedado pensativo unos minutos, pareciendo interrogar a los mármoles que pavimentan el suelo, para obtener una respuesta a sus íntimas preguntas– continúa su marcha hacia la salida, no sin antes menear la cabeza y encogerse de hombros, como por desazón o desprecio… y pasa derecho por delante de Jesús sin mirarle.

Jesús, sin embargo, le mira con compasión… y alza de nuevo la voz, fuertemente –es como un tañido de bronce–, para superar todo ruido y ser oído por el gran escriba que se marcha desilusionado. Parece hablar para todos, pero es evidente que habla sólo para él. Dice con voz altísima:

-«El que cree en mí no cree, en verdad, en mí, sino en Aquel que me ha enviado, y quien me ve a mí ve al que me ha enviado, que justamente es el Dios de Israel, porque no existe ningún otro Dios aparte de El.

Por esto digo: si no podéis creer en mí en cuanto hijo de José de David, y que es hijo de María, de la estirpe de David, de la Virgen vista por el Profeta[27]445, nacido en Belén, como dicen las profecías, precedido por Juan el Bautista, como también está anunciado desde hace siglos, creed al menos en la Voz de vuestro Dios que os ha hablado desde el Cielo. Creed en mí como Hijo de este Dios de Israel. Porque si no creéis en Aquel que os ha hablado desde el Cielo, no me ofendéis a mí, sino a vuestro Dios, de quien soy Hijo.

¡No queráis permanecer en las tinieblas! Yo he venido –Luz para el mundo– para que el que cree en mí no permanezca en las tinieblas. No queráis crearos remordimientos que no podríais aplacar nunca, una vez vuelto Yo al lugar de donde he venido, y que serían un duro castigo por vuestra obstinación. Yo estoy dispuesto a perdonar mientras estoy con vosotros, mientras no se haya cumplido el juicio, y, por mi parte, tengo el deseo de perdonar. Pero distinto es el pensamiento de mi Padre, porque Yo soy la Misericordia y El es la Justicia.

En verdad os digo que si uno escucha mis palabras y no las observa Yo no le juzgo. No he venido al mundo para juzgar, sino para salvar al mundo. Pero aunque Yo no juzgue, en verdad os digo que hay quien os juzga por vuestras acciones. El Padre mío, que me ha enviado, juzga a los que rechazan su Palabra. Sí, el que me desprecia y no reconoce la Palabra de Dios y no recibe la palabra del Verbo, tiene a quien le juzgue: le juzgará en el último día la propia Palabra que he anunciado.

De Dios nadie se burla, está escrito[28]446. Y el Dios objeto de burla será terrible para aquellos que le juzgaron loco y mentiroso.

Recordad todos que las palabras que me habéis oído pronunciar son de Dios. Porque no he hablado de cosas mías, sino que el Padre que me ha enviado, El mismo, me ha prescrito lo que debo decir y de qué debo hablar. Y Yo obedezco su orden porque sé que su precepto es justo. Toda orden de Dios es vida eterna. Yo, vuestro Maestro, os doy el ejemplo de obediencia a todo precepto de Dios. Por tanto, estad seguros de que las cosas que os he dicho y os digo las he dicho y las digo como me ha dicho que os las diga el Padre mío. Y el Padre mío es el Dios de Abraham, Isaac, Jacob; el Dios de Moisés, de los patriarcas, de los profetas, el Dios de Israel, el Dios vuestro».

¡Palabras de luz que caen en las tinieblas que ya van espesándose en los corazones!

Gamaliel, que de nuevo se había detenido, cabizbajo, reanuda su marcha… Otros le siguen, meneando la cabeza o haciendo risitas…

18     También Jesús se marcha… Pero antes dice a Judas de Keriot:

-«Ve a donde tienes que ir», y a los otros: «Todos tenéis libertad para marcharos, a donde cada uno deba o quiera. Que se queden conmigo los discípulos pastores».

-«¡Déjame también a mí quedarme, Señor!» dice Esteban.

-«Ven…».

Se separan. No sé a dónde va Jesús. Pero sí sé a dónde va Judas de Keriot. Va a la puerta Especiosa o Bella. Sube la serie de escalones que desde el Atrio de los Gentiles lleva al de las mujeres. Cruza éste y sube otros escalones. Da una ojeada al Atrio de los Hebreos y, con ira, golpea con el pie en el suelo al no encontrar a los que está buscando.

Vuelve sobre sus pasos. Ve a uno de los guardianes del Templo. Le llama. Ordena, con su consabida arrogancia:

-«Ve donde Eleazar ben Anás. Qué venga inmediatamente a la Bella. Le espera Judas de Simón para cosas graves».

Se apoya en una columna y espera. Poco tiempo. Eleazar, hijo de Anás, Elquías, Simón, Doras, Cornelio, Sadoq, Nahúm y otros acuden en medio de un intenso ondear de vestiduras.

Judas habla en voz baja, pero nerviosa:

-«¡Esta noche! Después de la cena. En el Getsemaní. Venid y prendedlo. Dadme el dinero».

-«No. Te lo daremos cuando vengas por nosotros esta noche. ¡No nos fiamos de ti! Queremos tenerte con nosotros. ¡Nunca se sabe!»,

ríe maliciosamente Elquías. Los otros le hacen coro asintiendo. Judas se pone colorado de enojo, por la insinuación. Jura:

-«¡Juro por Yahvé que digo la verdad!».

Sadoq le responde:

-«De acuerdo. Pero es mejor hacerlo así. A la hora señalada vienes. Tomas contigo a los encargados de la captura y vas con ellos; no vaya a suceder que los estúpidos guardias arresten a Lázaro, al azar, y creen complicaciones. Tú les indicas con una señal quién es el hombre… ¡Entiéndelo! Es de noche…, habrá poca luz… los guardias estarán cansados, tendrán sueño… ¡Pero si tú guías!… Bueno, eso. ¿Qué pensáis vosotros?».

El pérfido Sadoq se vuelve a sus compañeros y dice:

-«Yo propondría como señal un beso. ¡Un beso! ¡La mejor señal para indicar al amigo traicionado. ¡Ja! ¡Ja!».

Todos se ríen: un coro de demonios riéndose maliciosamente.

Judas está furioso. Pero no se echa para atrás en su decisión. Ya no se echa para atrás. Sufre por la burla de que le hacen objeto, no por lo que está para llevar a cabo. Tanto es así que dice:

-«Pero recordad que quiero las monedas contadas en la bolsa antes de salir de aquí con los guardias».

-«¡Las tendrás! ¡Las tendrás! Te daremos incluso la bolsa, para que puedas conservar esas monedas como reliquia de tu amor. ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡Adiós, sierpe!».

Judas está lívido. Ya está lívido. Ya no perderá ese color y esa expresión de espanto desesperado; es más, esto se irá acentuando con el paso de las horas, hasta hacerse insoportable para la vista cuando penda del árbol… Huye…

19     Jesús se ha refugiado en el jardín de una casa amiga. Un tranquilo jardín de las primeras casas de Sión, rodeado por altos y antiguos muros. Un jardín cubierto por las frondas ondeantes de viejos árboles; por tanto, silencioso y fresco. Una voz de mujer canta poco lejos una dulce nana.

Deben haber pasado algunas horas, porque los servidores de Lázaro, de regreso después de haber ido no sé a dónde, dicen:

-«Tus discípulos están ya en la casa donde se está aparejando para la cena. Juan ha llevado con nosotros los frutos a los hijos de Juana de Cusa y luego se ha marchado a recoger a las mujeres para acompañarlas a casa de José de Alfeo, que no ha venido hasta hoy, cuando ya su madre no esperaba verle; y luego, desde allí, a la casa de la cena, porque ya cae la tarde».

-«Iremos también nosotros. Han llegado las horas de las cenas…».

Jesús se levanta y se pone el manto.

-«Maestro, afuera hay gente. Son personas de alta condición. Quisieran hablar contigo sin ser vistos por los fariseos»

dice un doméstico.

-«Diles que pasen. Ester no se opondrá»

 dice Jesús, y añade, dirigiéndose a una mujer de edad madura que está viniendo a saludarle:

-«¿Verdad, mujer?».

-«No, Maestro. Mi casa es tuya, ya lo sabes. ¡Demasiado poco has hecho uso de ella!».

-«Lo suficiente como para decir en mi corazón: era una casa amiga».

Indica al doméstico:

«Conduce aquí a los que esperan afuera».

20     Entran unas treinta personas de noble aspecto. Saludan reverentes. Uno habla en nombre de todos:

-«Maestro, tus palabras nos han impresionado. Hemos oído en ti la voz de Dios. Pero nos dicen que estamos locos porque creemos en ti. ¿Qué hacer, entonces?».

-«No en mí cree el que cree en mí, sino que cree en Aquel que me ha enviado, cuya voz santísima hoy habéis oído. No me ve a mí el que me ve, sino que ve al que me ha enviado, porque Yo soy una sola cosa con el Padre mío. Por eso os digo que debéis creer para no ofender a Dios, que es Padre mío y Padre vuestro, y que os ama hasta el punto de ofreceros a su Unigénito como holocausto. Porque si hay dudas en los corazones de que Yo sea el Cristo, no las hay de que Dios esté en el Cielo. Y la voz de Dios, al que he llamado Padre hoy en el Templo pidiéndole que glorificara su Nombre, ha respondido al que le llamaba Padre; y ha respondido sin llamarle “embustero” o “blasfemo”, como muchos dicen. Dios ha confirmado quién soy Yo: su Luz. Soy la Luz venida a este mundo. He venido como Luz al mundo para que quien cree en mí no permanezca en las Tinieblas. Si uno escucha mis palabras y luego no las observa, Yo no le juzgo. No he venido a juzgar al mundo sino a salvarlo. Quien me desprecia y no acoge mis palabras ya tiene quién le juzgue. La Palabra anunciada por mí será la que le juzgará en el último día; porque era sabia, perfecta, dulce, simple: como es Dios.

Porque esa Palabra es Dios. No soy Yo el que ha hablado, Jesús de Nazaret, conocido como el hijo de José carpintero de la estirpe de David, e hijo de María, muchacha hebrea, virgen de la estirpe de David casada con José. No. Yo no he hablado de cosas mías, sino que ha hablado mi Padre, Aquel que está en los Cielos y cuyo nombre es Yahvé, Aquel que me ha enviado y me ha prescrito lo que debo decir y las cosas de que debo hablar. Y sé que en su precepto hay vida eterna. Las cosas que digo las digo, pues, como me las ha dicho el Padre, y en ellas hay Vida. Por eso os digo: escuchadlas.

Ponedlas en práctica y tendréis la Vida. Porque mi palabra es Vida, y quien la acoge acoge, al mismo tiempo que a mí, al Padre de los Cielos que me ha enviado para daros la Vida. Y quien tiene en sí a Dios tiene en sí la Vida. 21 Podéis marcharos. La Paz descienda sobre vosotros y en vosotros permanezca».

Los bendice y los despide. Bendice también a los discípulos. Retiene solamente a Isaac y a Esteban. A los otros los besa y los despide. Y, cuando se marchan, El sale, el último junto a estos dos discípulos, y va con ellos por las callejuelas más solitarias, ya obscuras, hacia la casa del Cenáculo. Llegado allí, con especial amor, abraza y bendice a Isaac y a Esteban; los besa, los bendice de nuevo, los mira mientras se alejan. Luego llama y entra…

22 Dice Jesús: «Colocarás aquí las visiones del adiós a mi Madre, del Cenáculo, de la Cena. Y ahora vamos a hacer nosotros dos, tú y Yo, la verdadera conmemoración pascual. Ven…».

[1] 419 C fr. Mt. 26, 17–19; Mc. 14, 12–16; Lc. 22, 7–13; Ju. 12, 20–50.

[2] 420 Estos tres puntitos traicionan un pensamiento íntimo de la escritora de esta obra, que solía verse en las flores pequeñas y delicadas, como la convalaria y la violeta

[3] 421 Ndt: en el texto italiano “preveggenza”. Lo he comprendido en el sentido de “pre–veggenza” y “veggenza” derivado de “veggente” en el sentido de “aquel que tiene el uso de la vista”, Por tanto, es una visión anticipada, es una “pre–videncia”.

[4] 422 Es el comienzo de otra serie de citas, textuales o parafraseadas, referidas (en la sucesión bíblica) a: Salmo 78, 23–25; Isaías 9, 5; 55, 1–3. Las profecías a que se alude en 598.17 son las de: Isaías 7, 14; Miqueas 5, 1

[5] 423 Cfr. Is. 11, 1–4. 10–12

[6] 424 Cfr. Is. 40, 10–11

[7] 425 Cfr. Is. 42, 1–5.

[8] 426 Cfr. Is. 42, 6–7.

[9] 427 Cfr. Is. 61, 1–2.

[10] 428 Cfr. Miq. 5, 3–4

[11] 429 Cfr. Ez. 34, 11–16.

[12] 430 Cfr. Is. 9, 6; Miq. 5, 5

[13] 431 Cfr. Zac. 9, 9–10.

[14] 432 Cfr. Dan. 9, 24–27.

[15] 433 Cfr. Is. 63, 1.

[16] 434 Cfr. Is. 50, 6; 53, 2–12.

[17] 435 Cfr. Ez. 47, 1–12; Ap. 22, 1–2

[18] 436 Cfr. Is. 63, 1

[19] 437 Cfr. Sal. 77, 23–25; Ju. 6, 22–63.

[20] 438 Cfr. Is. 55, 1–3

[21] 439 Esto es, Juan el Bautista. Cfr. Mt. 11, 2–15; Lc. 1, 5–25. 57–80; 7, 18–30; Ju. 1, 6–8. 19–34

[22] 440 Varias frases traen a la mente los “Improperia” que en la Liturgia romana y en el Viernes Santo se recitan; estos son lamentos que Jesús dirige a su pueblo. Estos “Improperia” nacieron en el oriente y poseen el sabor de allá. Compuestos en el s. VI por la Iglesia de Jerusalén, según parece, pasaron al occidente en el siglo IX. Cfr. E, Cattaneo, Enciclopedia Cattolica, vol. 6, Città del Vaticano, 1951, col. 1731

[23] 441 Cfr. Os. 14, 2

[24] 442 Jesús que fue concebido en el seno de la Virgen, en Nazaret, ciudad de Galilea, por obra del Espíritu Santo, después de su regreso de Egipto, vivió allí con su Madre y s. José. Cfr. Mt. 2, 19–23; 21, 1–11; 26, 69–75; Mc. 1, 9–11; Lc. 1, 26–38; 2, 1–7; 39, 40; 23, 2–7; Ju. 7, 40–52.

[25] 443 Jesús por su descendencia humana, perteneció a la estirpe de David, y por lo tanto de origen real. Cfr. Mt. 1; 9, 27–31; 12, 22–24; 15, 21–28; 20, 29–34; 21, 1–17; 22, 41–46; Mc. 10, 46–52; 11, 1–11; 12, 35–37; Lc. 1, 26–38. 67–69; 2, 1–14; 3, 23–38; 18, 35–43; 20, 41–44; Ju. 7, 40–44; Hech. 2, 22–36; 13, 16–43; Rom. 1, 1–7; 2 Tim. 2, 1–13; Ap. 5, 1–5; 22, 16.

[26] 444 Cfr. Mt. 1, 18–23; 2, 1–6; Ju. 11, 45–54; Hech. 15, 13–21; 2 Cor. 6, 11 – 7, 4; Tit. 2, 11–15; Heb. 8, 6–13; 13, 7–16; 1 Pe. 2, 4–10; Ap. 5, 6–10; 7, 9–17; 21–22

[27] 446 Cfr. Is. 7, 10-25

[28] 446 Cfr. Gal. 6, 7–10; Jb. 13, 9.

599. La llegada al Cenáculo y el adiós de Jesús a su Madre.

17 de febrero de 1944.

1       Veo el cenáculo donde ha de celebrarse la cena pascual. Lo veo con claridad.

Podría enumerar todas las rugosidades de las paredes y las grietas del suelo.

Es una habitación grande, no perfectamente cuadrada, pero también poco rectangular. Habrá, como mucho, una diferencia de un metro o poco más entre el lado más largo y el más corto. El techo es bajo; quizás da esta impresión también por sus amplias dimensiones no proporcionadas con la altura. Es un techo levemente combado; concretamente, los dos lados más cortos no terminan en ángulo recto con el techo, sino en un ángulo rebajado, achatado.

En estos dos lados más cortos hay dos anchas ventanas, anchas y bajas, una enfrente de la otra. No veo a dónde dan; si a un patio o a la calle, porque ahora tienen las persianas cerradas. He dicho: persianas. No sé si será exacto el término. Son hojas, de tablones, bien cerradas por una barra de hierro que las pasa de una a otra jamba.

El suelo está hecho de grandes losas de terracota, descoloridas por el paso del tiempo, cuadradas. Del centro del techo cuelga una lámpara de aceite, de varias boquillas. De las dos paredes más largas, una no tiene ninguna abertura, mientras que la otra tiene una puertecita en un ángulo; se tiene acceso a ésta por una escalerita sin barandilla y de seis peldaños, que terminan en una meseta de un metro cuadrado en la que hay, dentro de la pared, otro escalón, al filo del cual se abre la puerta. No sé si me he explicado.

Las paredes están simplemente blanqueadas, sin listas o rayas. En el centro de la habitación, una mesa grande, rectangular, muy larga respecto a su anchura, colocada paralela a la pared más larga, de madera y sencillísima. Contra las paredes largas, lo que serán los asientos; contra las cortas, debajo de las ventanas, en una de ellas, una especie de arquibanco que tiene encima jofainas y ánforas; bajo la otra ventana, un aparador bajo y largo, sobre cuyo plano superior, por ahora, no hay nada.

2       Y ésta es la descripción de la habitación donde se celebrará la cena pascual. Todo el día de hoy llevo viéndola claramente; tanto que he podido contar los escalones y observar todos los detalles. Ahora, dado que anochece, mi Jesús me conduce al resto de la contemplación.

Veo que la habitación, por la escalera de los seis peldaños, lleva a un pasillo obscuro que, a la izquierda respecto a mí, se abre a la calle con una puerta ancha, baja y muy robusta, reforzada con bullones y barras de hierro. Frente a la puertecita que del cenáculo lleva al pasillo hay otra puerta, que lleva a otra habitación, menos grande. Yo diría que el cenáculo se ha hecho aprovechando un desnivel del suelo respecto al resto de la casa y de la calle; es como un semisótano, una bodega semienterrada, o limpiada o adaptada, pero, en todo caso, hundida al menos un metro en el suelo, quizás para hacerle más alto y proporcionado a sus vastas dimensiones.

En la habitación que ahora veo está María con otras mujeres. Reconozco a María Magdalena y a María madre de Santiago, Judas y Simón. Da la impresión de que acaban de llegar, acompañadas por Juan, porque se están quitando los mantos y los están dejando doblados en los taburetes que hay diseminados por la habitación, mientras se despiden del apóstol, que se marcha, y saludan a una mujer y a un hombre, que han venido, a su vez, a saludarlas, y que me parece que son los dueños de la casa, y también discípulos o simpatizantes del Nazareno, porque se manifiestan llenos de solicitud y respetuosa confidencia hacia María, la cual está vestida de color celeste obscuro, un azul de añil obscurísimo. Lleva en la cabeza un velo blanco (que aparece cuando se quita el manto, que le cubría también la cabeza). Su cara se ve muy ajada. Parece envejecida María. Muy triste, a pesar de sonreír con dulzura. Muy pálida. También sus movimientos son cansados y vacilantes, como los de una persona absorta en un pensamiento suyo.

3       Por la puerta entreabierta veo que el dueño de la casa va y viene al pasillo y al cenáculo. Enciende éste completamente, prendiendo los restantes mecheros de la lámpara. Luego va a la otra puerta de la calle y la abre. Entra Jesús con los apóstoles.

Veo que anochece, porque las sombras de la noche descienden ya sobre la estrecha calle que pasa entre casas altas. Viene con todos los apóstoles. Saluda al propietario con su habitual:

«Paz a esta casa»

y luego, mientras los apóstoles bajan al cenáculo, El entra en la habitación donde está María. Las pías mujeres saludan con profundo respeto y se marchan, cerrando la puerta y dejando así libres a la Madre y al Hijo.

Jesús abraza a su Madre y la besa en la frente. María besa primero la mano de su Hijo y luego le besa en la mejilla derecha. Jesús invita a su Madre a que se siente –hay dos taburetes, cerca el uno del otro–, y El se sienta al lado. La ha invitado a sentarse acompañándola de la mano a los taburetes, y sigue agarrándole la mano aun cuando Ella ya se ha sentado.

También Jesús está absorto, pensativo, triste, a pesar de que se esfuerce en sonreír. María estudia ansiosa la expresión de su Hijo. ¡Pobre Mamá, que por la gracia y por el amor comprende qué momento es éste! Contracciones de dolor recorren el rostro de María, sus ojos se dilatan por una interna visión de agudo dolor. Pero no crea un drama. Su porte es majestuoso, como el del Hijo.

4       Él la saluda, se acoge a sus oraciones, le habla:

«Mamá, he venido pare tomar de ti fuerza y consuelo. Soy como un niño pequeño, Mamá, que tiene necesidad del corazón de su madre para su dolor y del pecho de su madre para sacar fuerzas. Soy de nuevo, en estos momentos, tu pequeño Jesús de hace años. No soy el Maestro, Mamá. Soy sólo el Hijo tuyo, como en Nazaret cuando era pequeño, como en Nazaret antes de dejar la vida oculta. A ti sola te tengo. Los hombres, en este momento, no son amigos leales de tu Jesús. No son ni siquiera valientes en el bien. Sólo los malvados saben ser constantes y fuertes en obrar el mal. Pero tú me eres fiel y eres mi fuerza, Mamá, en estos momentos. Sosténme con tu amor y tu oración. De entre los que en mayor o menor grado me amen, eres la única que sabes orar en estos momentos; orar y comprender. Los otros tienen sentimientos de celebración y están absortos en pensamientos celebrativos o en pensamientos delictivos, mientras Yo sufro por muchas cosas. Muchas cosas morirán después de estos momentos; entre ellas, su humanidad; y sabrán ser dignos de mí, todos menos el que se ha perdido (y ninguna fuerza sirve pare llevarle, al menos, al arrepentimiento).

Pero, por ahora, son todavía hombres tardos que no sienten mi muerte y exultan creyendo más cercano que nunca mi triunfo. Las aclamaciones de hace pocos días los han puesto ebrios. Mamá, he venido para esta hora y, sobrenaturalmente, con alegría la veo llegar. Pero mi Yo también la teme, porque este cáliz tiene por nombre “traición”, “desilusiones”, “crueldad”, “blasfemia”, “abandono”. Infúndeme fuerzas, Mamá. De la misma manera que con tu oración atrajiste a ti al Espíritu de Dios y diste por El al mundo a Aquel al que esperaban las gentes[1]447, atrae ahora para tu Hijo la fuerza que le ayude a cumplir la obra para la que ha venido. Mamá, adiós. Bendíceme, Mamá; también por el Padre. Y perdona a todos. Perdonemos juntos, perdonemos desde ahora a quienes nos torturan».

5       Jesús ha pasado a arrodillarse y habla a los pies de su Madre mientras la mira abrazado a su cintura. María llora, sin gemidos, levemente alzada la cara por una interna oración a Dios. Las lágrimas ruedan por las mejillas pálidas y caen en su regazo y en la cabeza de Jesús (que la ha apoyado en el corazón de María). Luego Ella pone su mano sobre la cabeza de Jesús como para bendecirle, luego se inclina, le besa en el pelo, le acaricia los cabellos, le acaricia los hombros, los brazos, toma su cara entre las manos y la vuelve hacia Ella, la aprieta contra su corazón. Besa una vez más, entre lágrimas, en la frente, en las mejillas, en los ojos dolientes, esa cabeza, acuna esa pobre cabeza cansada; como si fuera un niño; como la vi acunar en la Gruta al recién nacido divino. Pero ahora no canta. Dice solamente:

«¡Hijo! ¡Hijo! ¡Jesús! ¡Jesús mío!».

Pero lo dice con una voz tal, que me desgarra el corazón.

Luego Jesús se alza. Se coloca el manto, se queda en pie frente a su Madre, que sigue llorando, y, a su vez, la bendice. Luego se dirige hacia la puerta. Antes de salir le dice:

«Mamá, vendré una vez más, antes de ofrecer mi Pascua. Ora esperándome». Y sale[2]448.

[1] 447 Cfr. Gén. 49, 8–12; Jer. 14, 7–9; 17, 12–13

[2] 448 Téngase en cuenta que el episodio de la “Cena pascual” fue escrito, con respecto al capítulo anterior, cerca de un año después

600. La última Cena pascual[1]449.

9 de marzo de 1945.

uñtima cena1 Empieza el sufrimiento del Jueves Santo.

Los apóstoles –son diez– se dedican intensamente a preparar el Cenáculo.

Judas, encaramado encima de la mesa, observa si hay aceite en todas las ampollas de la lámpara, que es grande y parece una corola de fucsia doble[2]450. Y es que está formada por una barra –el tallo– rodeada de cinco lámparas en ampollas que asemejan a pétalos; luego tiene una segunda vuelta, más abajo, que es toda una coronita de pequeñas llamas; luego, por último, tiene tres pequeñas lamparitas colgadas de delgadas cadenas y que parecen los pistilos de la flor luminosa. Luego baja de un salto y ayuda a Andrés a colocar la vajilla en la mesa con arte. Sobre ésta se ha extendido un finísimo mantel.

Oigo que Andrés dice: «¡Qué espléndido lino!».

Y Judas Iscariote: «Uno de los mejores manteles de Lázaro. Marta se ha empeñado en traerlo».

«¿Y estas copas? ¿Y estas jarras, entonces?» observa Tomás, que ha puesto el vino en las preciosas jarras y las mira una y otra vez con ojos de experto, reflejándose en sus panzas estilizadas y acariciando sus asas trabajadas con cincel.

«¿Quién sabe lo que costarán, Eh!» pregunta Judas Iscariote.

«Está trabajado con martillo. A mi padre le encantarían. La plata y el oro en hojas se pliegan con facilidad cuando están calientes. Pero tratado así… Para estropearlo basta un momento; es suficiente un golpe mal dado. Se necesitan fuerza y ligereza al mismo tiempo. ¿Ves las asas? Sacadas del bloque, no soldadas. Cosas de ricos… Fíjate que toda la limadura y lo desbastado se pierden. No sé si entiendes lo que te digo».

«¡Claro que entiendo! En pocas palabras, es como uno que hace una escultura».

«Exactamente».

Todos observan con admiración. Luego vuelven a su trabajo: quién coloca los asientos, quién prepara los aparadores.

2 Entran juntos Pedro y Simón.

«¡Oh, por fin habéis venido! ¿A dónde habéis ido otra vez? Habéis llegado con el Maestro y con nosotros y os habéis escapado de nuevo» dice Judas Iscariote.

«Una gestión que había que hacer antes de la hora» responde escuetamente Simón.

«¿Sientes melancolías?».

«Creo que con lo que hemos oído durante estos días, y en esos labios que nunca hemos encontrado falaces, hay buenas razones para sentirlas».

«Y con ese tufo de… Bien, cállate, Pedro» masculla Pedro entre dientes.

«¡Tú también?… Me pareces un desquiciado desde hace algunos días. Tienes cara de conejo agreste cuando siente tras sí al chacal» responde Judas Iscariote.

«Y tú tienes morros de garduña. Tú tampoco estás muy guapo desde hace unos días. Miras de una manera… Hasta se te han torcido los ojos… ¿A quién esperas, o qué esperas ver? Pareces seguro. Quieres parecerlo. Pero se te ve como a uno temeroso de algo» replica Pedro.

«¡En cuanto a miedo!… ¡Tampoco tú eres ningún héroe!».

«Ninguno lo somos, Judas. Tú llevas el nombre del Macabeo[3]451, pero no lo eres. El mío significa[4]452: “Dios otorga gracias”, pero te juro que tiemblo por dentro como quien se supiera portador de desgracia y, sobre todo, tengo miedo de caer en desgracia ante Dios. Simón de Jonás, a pesar de su nuevo nombre de “piedra”, ahora se manifiesta blando como cera en el fuego. Ya no es estable en su voluntad. ¡Y yo nunca le vi con miedo en medio de desatadas tempestades! Mateo, Bartolmái y Felipe parecen sonámbulos. Mi hermano y Andrés no hacen más que suspirar. Los dos primos, en quienes se une el dolor de la sangre con el del amor al Maestro, pues ya los ves: parecen hombres ya viejos. Tomás ha perdido su jovialidad. Y Simón está tan ajado por el dolor –yo diría: tan corroído, lívido y abatido–, que parece otra vez el leproso consumido de hace tres años» le responde Juan.

3 «Sí. Nos ha sugestionado a todos con su melancolía» observa Judas Iscariote.

«Mi primo Jesús, el Maestro y Señor mío y vuestro, está y no está melancólico. Si con esta palabra quieres decir que está triste por el exceso de dolor que todo Israel le está dando –y nosotros vemos este dolor– y por el otro, oculto dolor que sólo El ve, te digo: “Tienes razón”; pero si usas ese término para decir que está desquiciado, eso te lo prohíbo» dice Santiago de Alfeo.

«¿Y no es demencia una idea fija de melancolía? Yo he estudiado también lo profano, y tengo conocimientos. Jesús ha dado demasiado de sí, y ahora tiene la mente cansada».

«Lo cual significa “demente”. ¿no es verdad?» pregunta el otro primo, Judas, que está aparentemente calmo.

«¡Justamente eso! ¡Había visto con claridad tu padre, justo de santa memoria, a quien tú tanto te pareces en justicia y sabiduría! Jesús –triste destino de una ilustre casa demasiado vieja y que padece senilidad psíquica– ha tenido siempre una tendencia a esta enfermedad. Suave al principio, luego cada vez más agresiva. Tú mismo has visto cómo ha atacado a fariseos y escribas, saduceos y herodianos. El se ha hecho imposible la vida, como un camino sembrado de esquirlas de cuarzo. Y se las ha sembrado El solo. Nosotros… le hemos amado tanto, que el amor nos ha puesto un velo delante de nuestros ojos. Pero los que le amaron sin idolatrarlo: tu padre, tu hermano José, y primero Simón, vieron las cosas con equilibrio… Hubiéramos debido abrir los ojos ante sus palabras. Sin embargo, su dulce hechizo de enfermo nos sedujo. Y ahora… ¡En fin!».

Judas Tadeo, que –de la misma altura de Judas Iscariote– está justo frente a él y parece oírle con calma, reacciona violentamente. Con un fuerte revés arroja a Judas, supino, a uno de los asientos, y con una cólera contenida en la voz, inclinándose sobre la cara del cobarde que no reacciona –quizás temiendo que Judas Tadeo esté al corriente de su crimen– le dice con voz penetrante:

«¡Esto por la demencia, reptil! Y si no lo estrangulo es porque Jesús está allí y es noche de Pascua. ¡Pero piensa, piénsalo bien! Si le ocurre algo malo y ya no está El para detener mi fuerza, nadie te salva. Es como si ya tuvieras el nudo corredizo en el cuello; y serán estas manos mías honradas y fuertes de artesano galileo y de descendiente del hondero de Goliat[5]453, las que lo hagan. ¡Levántate, enervado libertino! Y atento a lo que haces, ¡Eh!».

Judas se alza, lívido, sin la más mínima reacción. Y lo que me maravilla es que ninguno reacciona ante este gesto nuevo de Judas Tadeo. Al contrario… está claro que todos lo aprueban.

4       Vuelve el ambiente a la normalidad y un instante después Jesús entra. Se asoma en el umbral de la pequeña puerta por la que su alto físico apenas pasa. Pone pie en el tan reducido descansillo, y, con su mansa, triste sonrisa, abriendo los brazos, dice:

«La paz sea con vosotros».

Es una voz cansada, como la de uno que estuviera languideciendo en lo físico o en lo moral. Baja. Acaricia la cabeza rubia de Juan, que ha ido a su encuentro. Sonríe, como si no supiera nada, a su primo Judas, y dice al otro primo:

«Tu madre te ruega que seas dulce con José. Ha preguntado por mí y por ti hace poco a las mujeres. Siento no haberle saludado».

«Lo vas a hacer mañana».

«¿Mañana?… Bueno… tendré tiempo de verle… ¡Oh, Pedro, por fin estaremos un poco juntos! Desde ayer me pareces un fuego fatuo: te veo y luego no te veo. Hoy casi puedo decir que te he perdido. Tú también, Simón».

«Nuestro pelo más blanco que negro te puede dar la seguridad de que no nos hemos ausentado por apetito carnal» dice serio Simón.

«Aunque… a todas las edades se pueda tener esa hambre… ¡Los viejos! Son peores que los jóvenes…» dice ofensivo Judas Iscariote.

Simón le mira. Ya iba a replicar. Pero también le mira Jesús y dice:

«¿Te duele una muela? Tienes el carrillo derecho hinchado y rojo».

«Sí. Me duele. Pero no tiene mayor importancia».

Los otros no dicen nada y la cosa muere así.

5 «¿Habéis hecho todo lo que había que hacer? ¿Tú, Mateo? ¿Y tú, Andrés? ¿Y Tú, Judas, has pensado en la ofrenda al Templo?».

Tanto los dos primeros como Judas Iscariote dicen:

«Todo hecho, todo lo que dijiste que había que hacer para hoy. No te preocupes».

«Yo he llevado las primicias de Lázaro a Juana de Cusa. Para los niños. Me han dicho: “¡Eran mejores aquellas manzanas!”. ¡Aquellas tenían el sabor del hambre! Y eran tus manzanas» dice Juan con rostro sonriente y de ensoñación. También Jesús sonríe ante un recuerdo…

«Yo he visto a Nicodemo y a José» dice Tomás.

«¿Los has visto? ¿Has hablado con ellos?» pregunta Judas Iscariote con exagerado interés.

«Sí, ¿qué hay de raro en ello? José es un buen cliente de mi padre».

«No lo habías dicho antes… ¡Por eso me he asombrado!…». Judas trata de remediar la impresión que ha dado, una impresión de ansiedad, por el encuentro de José y Nicodemo con Tomás.

«Me resulta extraño que no hayan venido a presentarte su obsequioso saludo. Ni ellos ni Cusa ni Manahén… Ninguno de los…».

Pero Judas Iscariote se ríe con una falsa carcajada interrumpiendo a Bartolomé, y dice: «El cocodrilo vuelve a su madriguera en el momento apropiado».

«¿Qué quieres decir? ¿Qué insinúas?» pregunta Simón con una agresividad como nunca ha tenido.

«¡Calma, calma! ¿Qué os sucede? ¡Es la noche de Pascua! Nunca hemos tenido aparejo tan digno para consumir el cordero. Celebremos, pues, la cena con espíritu de paz. Veo que os he turbado mucho con mis instrucciones de estas últimas noches.Pero, ¿veis? ¡He terminado! Ahora ya no os voy a causar más turbación. No está todo dicho en cuanto a mí se refiere. Sólo lo esencial. El resto… lo comprenderéis después. Se os dirá… ¡Sí, vendrá el que os lo dirá![6]454 6 Juan, ve con Judas y algún otro por las copas para la purificación. Y luego nos sentamos a la mesa». La dulzura de Jesús verdaderamente parte el corazón.

Juan con Andrés, Judas Tadeo con Santiago, traen una copa grande, echan agua en ella y ofrecen a Jesús la toalla, y también a los compañeros, los cuales hacen luego lo mismo con ellos. Y ponen la copa (en realidad es una palangana de metal) en un rincón.

«Y ahora cada uno a su sitio. Yo aquí, y aquí, a la derecha, Juan; al otro lado, mi fiel Santiago: los dos primeros discípulos. Después de Juan mi Piedra fuerte. Y después de Santiago el que es como el aire, que no se advierte pero siempre está y consuela: Andrés. A su lado mi primo Santiago. ¿No te duele, dulce hermano, el que asigne el primer puesto a los primeros? Eres el sobrino del Justo, cuyo espíritu, más que nunca en esta hora, late en suspendido vuelo sobre mí. ¡Ten paz, padre de mi debilidad de niño, encina a cuya sombra hallaron alivio la Madre y el Hijo! ¡Ten paz!…

Después de Pedro, Simón… Simón, ven un momento aquí. Quiero mirar fijamente tu rostro leal. Después te veré ya sólo mal, porque otros me cubrirán tu honesto rostro.

Gracias, Simón. Por todo», y le besa.

Simón, dejado ya, va a su sitio y, un instante, se lleva las manos a la cara con un gesto de aflicción.

«En frente de Simón mi Bartolmái. Dos honradeces y sabidurías que se reflejan recíprocamente. Están bien juntos. Y, al lado, tú, Judas, hermano mío. Así te veo… y me parece estar en Nazaret… cuando alguna fiesta nos reunía a todos en torno a una mesa… También en Caná… ¿Recuerdas? Estábamos el uno al lado del otro. Una fiesta… una fiesta de boda… el primer milagro… el agua transformada en vino… También hoy una fiesta… y también hoy habrá un milagro… el vino cambiará de naturaleza… y será…».

Jesús se sume en su pensamiento. Con la cabeza baja, está como aislado en su mundo secreto. Los demás le miran sin decir nada. Alza de nuevo la cabeza y mira fijamente a Judas Iscariote, y le dice:

«Tú estarás frente a mí».

«¿Tanto me quieres? ¿Más que a Simón, que siempre quieres tenerme enfrente?».

«Mucho. Tú lo has dicho».

«¿Por qué, Maestro?».

«Porque eres el que más ha hecho de todos para esta hora».

Judas mira al Maestro y a sus compañeros con una mirada muy cambiante: al primero con una cierta, irónica compasión; a los otros, con aire de triunfo.

«Y a tu lado, en una parte, Mateo; en la otra, Tomás».

«Entonces Mateo a mi izquierda y Tomás a mi derecha».

«Como quieras, como quieras» dice Mateo. «Me basta con tener bien de frente a mi Salvador».

«Por último, Felipe. ¿Veis? El que no está a mi lado en el lado de honor, tiene el honor de estar frente a mí».

7       Jesús, en pie en su sitio, vierte en la amplia copa que está colocada delante de El –todos tienen altas copas, pero El tiene una mucho más grande, además de la que tienen todos; debe ser la copa ritual[7]455–, vierte el vino. Alza la copa, la ofrece456[8], la pone en la mesa. Luego todos juntos preguntan con tono de salmo:

«¿Por qué esta ceremonia?».

Pregunta formal, de rito, está claro. A la cual Jesús, como cabeza de familia, responde[9]457:

ultima cena 2«Este día recuerda nuestra liberación de Egipto. Bendito sea Yahvé, que ha creado el fruto de la vid[10]458».

Bebe un sorbo de este vino ofrecido y pasa el cáliz a los demás. Luego ofrece el

pan[11]459, lo parte, lo distribuye; luego las hierbas empapadas en la salsa rojiza[12]460 que hay en cuatro salseras.

Terminada esta parte de la comida cantan salmos, todos en coro[13]461. Se lleva a la mesa, desde el aparador, la amplia bandeja del cordero asado[14]462, y la ponen delante de Jesús. Pedro, que desempeña el papel de… primera parte, de coro, si le gusta más, pregunta:

«¿Por qué este cordero, así?[15]463».

«Como recuerdo de cuando Israel fue salvado por el cordero inmolado. No murió ningún primogénito donde la sangre brillaba en las jambas y el dintel. Y, después, mientras todo Egipto lloraba a los primogénitos varones muertos, desde el palacio del faraón hasta los tugurios, los hebreos, capitaneados por Moisés, se movieron hacia la tierra de la liberación y la promesa. Ceñidas ya sus cinturas, calzados los pies, cayado en mano, fue diligente el pueblo de Abraham para ponerse en marcha cantando los himnos del júbilo».

Todos se ponen en pie y entonan:

«Cuando Israel salió de Egipto y la casa de Jacob de un pueblo bárbaro, Judea vino a ser su santuario» etc., etc.[16]464

Ahora Jesús corta el cordero, llena un nuevo cáliz[17]465, bebe de él y lo pasa. Luego entonan otro canto:

«Niños, alabad al Señor; bendito sea el Nombre del Eterno, ahora y por los siglos de los siglos. De Oriente a Occidente debe ser alabado» etc.[18]466

Jesús da los trozos de cordero cuidando de que todos queden bien servidos, justamente como haría un padre de familia rodeado de los amados hijos de su corazón. Solemne, un poco triste, mientras dice:

«He deseado ardientemente comer con vosotros esta Pascua. Ha sido para mí el deseo de los deseos, desde que fui –aba eterno–“el Salvador”. Sabía que esta hora precedería a esa otra. Mas la alegría de darme infundía, anticipadamente, este consuelo a mi padecer… He deseado ardientemente comer con vosotros esta Pascua, porque ya nunca comeré del fruto de la vid hasta la llegada del Reino de Dios. Entonces me sentaré nuevamente con los elegidos en el Banquete del Cordero, para el desposorio de los Vivientes con el Viviente[19]467. Pero vendrán a él solamente los que hayan sido humildes y limpios de corazón como Yo soy».

8 «Maestro, hace un momento has dicho que el que no tiene el honor del sitio lo tiene por estar enfrente de ti. ¿Cómo podemos saber, entonces, quién es el primero de entre nosotros?» pregunta Bartolomé.

«Todos y ninguno. Una vez[20]468… volvíamos cansados… nauseados por el odio farisaico. Pero no estabais cansados de discutir entre vosotros acerca de quién era el mayor… Un niño vino a mí rápido… un pequeño amigo mío… Y su inocencia endulzó la desazón que Yo tenía por muchas cosas (no la última, vuestra humanidad obstinada). ¿Dónde estás ahora, pequeño Benjamín que tuviste aquella sabia respuesta que te vino del Cielo porque –ángel como eras– el Espíritu te hablaba? En aquel momento os dije: “Si uno quiere ser el primero, sea el último y el servidor de todos”. Y os puse como ejemplo al sabio niño. Ahora os digo: “Los reyes de las naciones las dominan. Y los pueblos oprimidos, aun odiándolos, los aclaman, y los reyes son llamados ‘Benefactores’, ‘Padres de la Patria’. Mas el odio se anida bajo el falso obsequio”. Pero entre vosotros no debe ser así. Que el mayor sea como el menor; el que es cabeza, como uno que sirve. Efectivamente: ¿quién es mayor, el que está a la mesa o el que sirve? El que está a la mesa. Yo, sin embargo, os sirvo; y, dentro de poco, os serviré más.

Vosotros sois los que habéis estado conmigo en las pruebas. Y Yo dispongo para vosotros un puesto en mi Reino –de la misma forma que en El Yo seré Rey según la voluntad del Padre–, para que comáis y bebáis en mi mesa eterna[21]469 y estéis sentados en tronos juzgando a las doce tribus de Israel[22]470. Habéis permanecido a mi lado en mis pruebas… Esto y no otra cosa es lo que os hace grandes ante los ojos del Padre».

«¿Y los que vendrán después? ¿No tendrán un lugar en el Reino? ¿Sólo nosotros?».

«¡Oh, cuántos príncipes habrá en mi Casa! Todos los que hayan sido fieles al Mesías en las pruebas de la vida serán príncipes en mi Reino. Porque los que hayan perseverado hasta el final en el martirio de la existencia serán como vosotros, que conmigo habéis perseverado en mis pruebas. Yo me identifico en mis creyentes. A los predilectos les doy, como enseña, ese Dolor que abrazo por vosotros y por todos los hombres. El que me sea fiel en el Dolor será un bienaventurado mío; como vosotros, mis amados».

9 «Nosotros hemos perseverado hasta el final».

«¿Tú crees, Pedro? Pues te digo que la hora de la prueba debe llegar todavía. Simón, Simón de Jonás, mira que Satanás ha pedido cribaros como al trigo. He orado por ti, para que tu fe no vacile. Tú, una vez enmendado, confirma a tus hermanos».

«Sé que soy un pecador. Pero te seré fiel hasta la muerte. Este pecado no lo tengo. Nunca lo tendré».

«No seas soberbio, Pedro mío. Esta hora cambiará muchas cosas que antes eran de un modo y ahora serán distintas. ¡Cuántas!… Y esas cosas traen y comportan necesidades nuevas. Vosotros lo sabéis. Siempre os he dicho, incluso cuando íbamos por lugares lejanos recorridos por bandoleros: “No temáis. No nos sucederá nada malo, porque los ángeles del Señor están con nosotros. No os preocupéis de nada”. ¿Os acordáis de cuando os decía: No estéis preocupados por lo que comeréis o por el vestido. El Padre sabe qué necesitamos”? También os decía: “El hombre es mucho más que un pájaro y que una flor que hoy es hierba y mañana heno. Y veis que el Padre cuida también de la flor y del pajarillo. ¿Podréis, entonces, dudar de que cuide de vosotros?”. Y os decía: “Dad a quien os pida, a quien os hiera presentadle la otra mejilla”. Os decía:“No llevéis ni bolsa ni cayado”. Porque he enseñado amor y confianza. Pero ahora… ahora ya no es ese tiempo. Ahora os digo: “¿Os ha faltado alguna vez algo hasta ahora? ¿Alguna vez os han hecho algún daño?”».

«Nada, Maestro. Y sólo a ti te lo han hecho».

«Así veis que mi palabra era veraz. Pero ahora los ángeles son, todos, convocados por su Señor. Es hora de demonios… Con las alas de oro, los ángeles del Señor se tapan los ojos[23]471, se vendan, y les duele el color de sus alas, porque no es color de amargura y ésta es hora de luto, y de un luto cruel, sacrílego… Esta noche no hay ángeles en la Tierra. Están junto al trono de Dios para cubrir con su canto las blasfemias del mundo deicida y el llanto del Inocente. Y nosotros estamos solos… Yo y vosotros: solos. Los demonios son los dueños de esta hora. Por eso nuestro aspecto ahora y nuestra actitud serán como los de los pobres hombres que recelan y no aman. Ahora el que tenga una bolsa tome consigo también una alforja, el que no tenga espada venda su manto y cómprese una. Porque también se dice de mí en la Escritura, y debe cumplirse[24]472: “Fue contado entre los malhechores”. En verdad, todo lo que a mí se refiere toca a su fin».

10     Simón, que se ha alzado y ha ido al arquibanco donde había dejado su rico manto –y es que esta noche todos visten sus mejores indumentos, y, por tanto, llevan puñales, damasquinados pero muy cortos (más cuchillos que puñales), colgados de los ricos cinturones–, coge dos espadas, dos verdaderas espadas, largas, levemente curvadas, y se las lleva a Jesús:

«Yo y Pedro nos hemos armado esta noche. Tenemos éstas. Pero los demás tienen sólo el puñal corto».

Jesús toma las espadas, las observa, desenvaina una y prueba su tajo contra una uña. Es una extraña visión, y produce una impresión todavía más extraña el ver ese fiero instrumento en las manos de Jesús.

«¿Quién os las ha dado?» pregunta Judas Iscariote mientras Jesús observa y calla. Judas parece muy inquieto…

«¿Quién? Te recuerdo que mi padre era noble y muy poderoso».

«Pero Pedro…».

«¿Pero qué? ¿Desde cuándo tengo que dar cuentas de los regalos que quiero hacer a mis amigos?».

Jesús alza la cabeza. Antes ha metido el arma en su vaina y ahora devuelve las dos espadas al Zelote.

«Está bien. Son suficientes. Has hecho bien en cogerlas. 11 Pero ahora, antes de beber el tercer cáliz, esperad un momento. Os he dicho que el mayor es como el menor y que Yo estoy como quien sirve en esta mesa y que más os serviré. Hasta ahora os he dado alimentos. Es un servicio en orden al cuerpo. Ahora quiero daros un alimento para el espíritu[25]473. No es un plato del rito antiguo; es del nuevo rito. Yo quise bautizarme antes de ser el “Maestro”. Para esparcir la Palabra bastaba ese bautismo. Ahora será derramada la Sangre. Vosotros necesitáis otro lavacro, aunque os hayáis purificado (con Juan el Bautista en su momento y hoy también, en el Templo). No es suficiente. Venid para que os purifique. Suspended la comida. Hay algo más importante que la comida que se da al vientre para que se llene, aunque sea alimento santo, como este del rito pascual; y ello es un espíritu puro, en disposición de recibir el don del cielo que ya desciende para hacerse un trono en vosotros y daros la Vida. Dar la Vida a quienes están limpios[26]474».

Jesús se levanta –debe también alzarse Juan, para dejar a Jesús salir mejor de su sitio–, va a un arquibanco y se quita la túnica roja; la pone doblada encima del manto, ya doblado, se ciñe a la cintura una toalla grande, luego va a otra palangana, que todavía está vacía y limpia. Echa en ella agua, lleva la palangana al centro de la habitación, junto a la mesa, y la pone encima de un taburete. Los apóstoles le miran estupefactos.

«¿No me preguntáis que qué hago?».

«No lo sabemos. Te digo que ya estamos purificados» responde Pedro.

«Y Yo lo repito que eso no importa. Mi purificación le sirve al que ya está purificado para estarlo más».

lavatorio de piesSe arrodilla. Desata las sandalias a Judas Iscariote y le lava los pies; uno primero, otro después. Es fácil hacerlo, porque los triclinios están hechos de tal manera que los pies quedan hacia la parte externa. Judas está estupefacto. No dice nada. Pero, cuando Jesús, antes de calzar el pie izquierdo y levantarse, pone el gesto de besarle el pie derecho ya calzado, Judas retrae bruscamente el pie y da un golpe con la suela en la boca divina[27]475. Lo hace sin querer. No es un golpe fuerte, pero a mí me causa mucho dolor. Jesús sonríe, y, al apóstol, que le dice:

«¿Te he hecho daño? Ha sido sin querer… Perdona»,

le responde:

«No, amigo. Lo has hecho sin malicia y no hace daño».

Judas le mira… Es una mirada inquieta, huidiza… Jesús pasa a Tomás, luego a Felipe… Rodea el lado estrecho de la mesa y va donde su primo Santiago. Le lava, y le besa en la frente al levantarse. Pasa a Andrés, que está rojo de vergüenza y hace esfuerzos por no llorar; le lava, le acaricia como a un niño. Luego está Santiago de Zebedeo, que no hace sino susurrar:

«¡Oh, Maestro! ¡Maestro! ¡Maestro! ¡Anonadado y sublime Maestro mío!».

Juan se ha desatado ya las sandalias y, mientras Jesús está agachado secándole los pies, él se inclina y le besa en el pelo. ¡Pero, a Pedro!… ¡No es fácil convencerle para este rito!

«¡Tú lavarme a mí los pies? ¡Ni por asomo! Mientras viva, no te lo permitiré. Yo soy un gusano, Tú eres Dios. Cada uno en su lugar».

«Lo que Yo hago tú no puedes comprenderlo por ahora. Más adelante lo comprenderás. Déjame».

«Todo lo que Tú quieras, Maestro. ¿Quieres cortarme el cuello? Hazlo. Pero no me lavarás los pies».

«¡Oh, mi Simón! ¿No sabes que si no te lavo no tendrás parte en mi Reino? ¡Simón, Simón! Necesitas esta agua para tu alma y para el mucho camino que debes recorrer. ¿No quieres venir conmigo? Si no te lavo, no vienes a mi Reino».

«¡Oh, Señor mío bendito! ¡Pues entonces lávame todo! ¡Los pies, las manos y la cabeza!».

«El que, como vosotros, se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque ya está enteramente purificado. Los pies… El hombre con los pies camina sobre cosas sucias. Y ello sería poco, pues ya os dije[28]476 que lo que ensucia no es lo que entra y sale con el alimento, ni contamina al hombre lo que se pega a los pies por el camino. No. Lo que le contamina es lo que incuba y madura en su corazón y de allí sale y contamina sus acciones y sus miembros. Y los pies del hombre de corazón no limpio se dirigen hacia la crápula, la lujuria, los tratos ilícitos, los delitos… Por tanto, son, de entre los miembros del cuerpo, los que tienen mucha parte que purificar… como también los ojos, y la boca… ¡Oh, hombre!, ¡hombre!, ¡perfecta criatura un día, el primero, y luego tan corrompido por el Seductor[29]477! ¡Y no había en ti malicia, Oh hombre, ni pecado!… ¿Y ahora? ¡Eres todo malicia y pecado y no hay parte en ti que no peque!».

Jesús ha lavado los pies a Pedro. Los besa. Y Pedro llora y toma con sus gruesas manos las dos manos de Jesús, se las pasa por los ojos y las besa luego. También Simón se ha quitado las sandalias y, sin decir nada, se deja lavar. Pero luego, cuando Jesús está ya para pasar a Bartolomé, Simón se arrodilla, le besa los pies y dice: «¡Límpiame de la lepra del pecado[30]478 como me limpiaste de la lepra del cuerpo, para no quedar confundido en la hora del juicio, Salvador mío!».

«No temas, Simón. Vendrás a la Ciudad celeste, blanco como nieve alpina».

«¿Y yo, Señor? ¿A tu viejo Bartolmái qué le dices? Me viste a la sombra de la higuera y leíste mi corazón. ¿Ahora qué ves?, ¿dónde me ves? Tranquiliza a este pobre anciano que teme no tener ni fuerza ni tiempo para llegar a como quieres que seamos».

Se le ve muy emocionado a Bartolomé.

«Tampoco temas tú. En aquel momento dije: “He aquí a un verdadero israelita en quien no hay engaño”. Ahora digo: “He aquí a un verdadero discípulo mío digno de Mí, el Mesías”. ¿Que dónde te veo? Sentado en un trono eterno, vestido de púrpura. Yo estaré siempre contigo».

Le toca el turno a Judas Tadeo, el cual, cuando ve a sus pies a Jesús, no sabe contenerse y reclina la cabeza sobre el brazo que tiene apoyado en las mesa y llora.

«No llores, dulce hermano. Te sientes como uno que debiera soportar que le arrancasen un nervio, y te parece que no puedes soportarlo. Pero será un dolor breve.

Luego… ¡serás feliz, porque me quieres! Te llamas Judas[31]479. Y eres como nuestro gran Judas: como un gigante. Eres el protector. Tus acciones son de león y cachorro de león rugientes. Desanidarás a los impíos, que ante ti retrocederán, y los inicuos sentirán terror. Yo sé las cosas. Sé fuerte. Una eterna unión estrechará y hará perfecto nuestro parentesco, en el Cielo».

Le besa también a él, en la frente, como a su otro primo.

«Yo soy pecador, Maestro. A mí no…».

«Eras pecador, Mateo. Ahora eres el Apóstol. Eres una “voz” mía. Te bendigo. ¡Cuánto camino han recorrido estos pies para avanzar sin cesar, hacia Dios!… El alma los incitaba y ellos han abandonado todo camino que no fuera mi camino. Continúa. ¿Sabes dónde termina el sendero? En el seno del Padre mío y tuyo».

Jesús ha terminado. Deja la toalla, se lava en agua limpia las manos, se pone de nuevo la túnica, vuelve a su sitio y, al sentarse, dice:

«Ahora estáis limpios, aunque no todos. Sólo los que han tenido la voluntad de estarlo».

Mira fijamente a Judas de Keriot, que ha hecho como si no hubiera oído, ocupado en explicar a su compañero Mateo cómo su padre se decidió a mandarle a Jerusalén: palabras inútiles que tienen para Judas –quien, a pesar de su audacia, debe sentirse incómodo– la única finalidad de guardar las apariencias.

12     Jesús vierte vino por tercera vez en el cáliz común[32]480. Bebe. Ofrece de beber. Luego canta, y los otros le siguen en coro:

«Amo porque el Señor escucha la voz de mi oración, porque inclina su oído hacia mí. Le invocaré durante toda mi vida. Me rodeaban dolores de muerte» etc.[33]481

Un momento de pausa. Luego sigue cantando:

«Tuve fe y por eso hablé. Me había humillado profundamente y en medio de mi turbación decía: “Todo hombre es mentiroso».

Mira fijo a Judas. La voz de mi Jesús, esta noche cansada, recobra fuerza cuando exclama:

«Valiosa es ante los ojos de Dios la muerte de los santos» y «Has roto mis cadenas. Te ofreceré un holocausto de alabanza invocando el nombre del Señor» etc. etc.[34]482

Otra breve pausa en el canto, y luego continúa:

«Alabad todas al Señor, naciones, todos los pueblos alabadle. Porque se ha afianzado en nosotros su misericordia y la verdad del Señor permanece eterna[35]483».

Otra breve pausa y luego un largo himno:

«Celebrad al Señor porque es bueno, porque es eterna[36]484 su misericordia…».

Judas de Keriot canta tan desentonado, que Tomás dos veces le conduce al tono con su potente voz de barítono y le mira fijamente. También los otros le miran, porque, por lo general está siempre bien entonado, y de su voz, como de todas las otras cosas –lo he podido comprender– se siente orgulloso. ¡Pero esta noche! Ciertas frases le turban, hasta el punto de que le salen gallos, y lo mismo ciertas miradas de Jesús que subrayan las frases. Una de estas frases es: «Es mejor confiar en el Señor que confiar en el hombre». Otra es: «Se me empujó y vacilaba, y estaba para caer. Pero el Señor me sujetó». Otra es: «No moriré, sino que viviré y referiré las obras del Señor». Y, en fin, estas dos que voy a decir, le estrangulan la voz al Traidor en la garganta: «La piedra desechada por los constructores ha venido a ser piedra angular» y «¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!».

Acabado el salmo, mientras Jesús corta y de nuevo pasa trozos de cordero, Mateo pregunta a Judas de Keriot:

«¿Te encuentras mal?».

«No. Déjame tranquilo. No te preocupes de mí».

Mateo se encoge de hombros. Juan, que ha oído esto, dice:

«Tampoco el Maestro está bien. ¿Qué te sucede, Jesús mío? Tienes la voz quebrada; como la de un enfermo o la de uno que haya llorado mucho»,

y le abraza, estando con la cabeza apoyada en el pecho de Jesús.

«Sólo es que ha hablado mucho; y yo, lo único es que he andado mucho y he cogido frío»

dice Judas nervioso. Y Jesús, sin responderle a él, dice a Juan:

«Tú ya me conoces… y sabes qué es lo que me cansa…».

13     El cordero está casi terminado. Jesús, que ha comido poquísimo y ha bebido sólo un sorbo de vino por cada cáliz –sin embargo, como si se sintiera febril, ha bebido mucho agua– continúa hablando:

«Quiero que comprendáis mi gesto de antes. Os he dicho que el primero es como el último, y que os daría un alimento que no es corporal. Os he dado un alimento de humildad. Para vuestro espíritu. Vosotros me llamáis: Maestro y Señor. Decís bien, porque lo soy. Entonces, si Yo os he lavado los pies, también debéis lavároslos vosotros los unos a los otros. Os he dado ejemplo para que hagáis lo mismo que Yo he hecho. En verdad os digo: el siervo no es más que su señor, ni el apóstol más que Aquel que le ha constituido apóstol. Tratad de comprender estas cosas. Y si, comprendiéndolas, las ponéis por obra, seréis bienaventurados. Pero no seréis todos bienaventurados. Yo os conozco. Sé a quiénes he elegido. No de la misma manera me refiero a todos. Pero digo la verdad. Por otra parte, debe cumplirse lo que en relación a mí fue escrito[37]485: “Aquel que come conmigo el pan ha alzado contra mí su calcañar”. Os digo todo antes de que suceda, para que no abriguéis dudas respecto a mí. Cuando todo esté cumplido, creeréis todavía más que Yo soy Yo. El que me recibe a mí recibe al que me ha enviado: al Padre santo que está en los Cielos. Y el que reciba a los que Yo envíe me recibirá a mí mismo. Porque Yo estoy con el Padre y vosotros estáis conmigo… Pero ahora vamos a cumplir el rito[38]486».

Vierte de nuevo vino en el cáliz común y, antes de beber de él y de pasarlo[39]487 para que beban, se levanta, y con El se levantan todos, y canta otra vez uno de los salmos de antes:

«Tuve fe y por eso hablé[40]488…»

Y luego uno que no termina nunca. ¡Hermoso… pero eterno! Creo identifcarlo, por el comienzo y lo largo que es, como el salmo 118. Lo cantan así: un trozo todos juntos; luego, por turnos, uno dice un dístico y los otros, juntos, un trozo; y así hasta el final. ¡Yo creo que al final tienen que sentir sed!

14     Jesús se sienta. No se recuesta; se queda sentado, como nosotros. Y habla:

este es mi cuerpo«Ahora que el antiguo rito ha sido cumplido, voy a celebrar el nuevo. Os he prometido un milagro de amor[41]489. Es la hora de realizarlo. Por esto he deseado esta Pascua. De ahora en adelante, ésta será la hostia inmolada en perpetuo rito de amor. Os he amado durante toda la vida de la Tierra, amigos amados. Os he amado durante toda la eternidad, hijos míos. Y quiero amaros hasta el final. No hay cosa mayor que ésta. Recordadlo. Yo me marcho. Pero permaneceremos siempre unidos mediante el milagro que voy a cumplir ahora».

Jesús toma un pan todavía entero. Lo pone encima del cáliz, que está completamente lleno. Bendice y ofrece ambos, luego parte el pan y toma de él trece trozos. Se los da, uno a uno, a los apóstoles, y dice:

«Tomad y comed. Esto es mi Cuerpo. Haced esto en memoria mía, que me marcho».

Pasa el cáliz y dice:

«Tomad y bebed. Esta es mi Sangre. Este es el cáliz del nuevo pacto en la Sangre y por la Sangre mía, que será derramada por vosotros para el perdón de vuestros pecados y para daros la Vida. Haced esto en memoria mía[42]490».

Jesús está tristísimo. Toda huella de sonrisa, de luz, de color, le han abandonado. Su rostro es ya de agonía. Los apóstoles le miran angustiados.

15     Jesús se levanta y dice:

«No os mováis. Vuelvo en seguida».

Toma el trozo decimotercero de pan y el cáliz y sale del Cenáculo.

«Va donde su Madre[43]491» susurra Juan. Y Judas Tadeo suspira:

«¡Pobre mujer!».Pedro pregunta en voz baja:

«¿Crees que Ella sabe?».

«Sabe todo. Siempre lo ha sabido[44]492 todo».

Hablan todos en voz bajísima, como delante de un muerto.

«Pero, creéis que realmente…» pregunta Tomás, que no quiere creer todavía.

«¿Y lo dudas? Es su hora» responde Santiago de Zebedeo.

«Que Dios nos dé la fuerza de ser fieles» dice el Zelote.

«¡Oh! Yo…» Pedro está para decir algo, pero Juan, que está alerta, dice: «¡Chss! Está aquí».

Jesús vuelve. Trae en la mano el cáliz vacío. En su fondo, una mínima señal de vino, que, bajo la luz de la lámpara, parece realmente sangre.

Judas Iscariote, que tiene ante sí el cáliz, lo mira como hechizado, y luego desvía la mirada. Jesús le observa y se estremece. Juan, estando apoyado en el pecho de Jesús, siente este estremecimiento, y exclama:

«¡Dilo, ¿no?! Estás temblando…» .

«No. No tiemblo por fiebre… 16 Todo os lo he dicho y todo os lo he dado. Más no podía daros. Os he dado a mí mismo».

Hace ese dulce gesto suyo de las manos, las cuales, antes unidas, ahora se separan y abren, mientras agacha la cabeza, como queriendo decir: “Perdonad si más no puedo. Así es”.

«Os he dicho todo y os he dado todo. Y repito que el nuevo rito se ha cumplido. Haced esto en memoria mía. Os he lavado los pies para enseñaros a ser humildes y puros como el Maestro vuestro. Porque en verdad os digo que los discípulos deben ser como es el Maestro. Recordadlo, recordadlo. Incluso cuando estéis en una posición superior. Ningún discípulo está por encima de su Maestro. De la misma manera que Yo os he lavado, hacedlo entre vosotros. O sea, amaos como hermanos, ayudándoos los unos a los otros, venerándoos recíprocamente, siendo ejemplo los unos para los otros. Y sed puros. Para ser dignos de comer el Pan vivo que ha bajado del Cielo y tener dentro de vosotros, por su virtud, la fuerza de ser mis discípulos en el mundo enemigo que os odiará por causa de mi Nombre[45]493. Pero uno de vosotros no es puro.

Uno de vosotros me traicionará. Por este motivo estoy intensamente conturbado en el espíritu… La mano del que me traiciona está conmigo en esta mesa. Ni mi amor, ni mi Cuerpo y mi Sangre, ni mi palabra, le convierten y le hacen arrepentirse. Yo le perdonaría yendo a la muerte también por él».

Los discípulos se miran aterrorizados, se escrutan, no sin recelos los unos de los otros. Pedro, despertándose todas sus dudas, mira fijamente a Judas Iscariote. Judas Tadeo se pone en pie como impulsado por un resorte, para mirar también a Judas por encima del cuerpo de Mateo.

¡Pero éste se muestra tan seguro! A su vez, clava sus ojos en Mateo, como si sospechara de él. Luego fija su mirada en Jesús. Sonríe y pregunta: «¿Soy yo, acaso, ése?».

Parece el más seguro de su honestidad, y parece que si hace esta pregunta es sólo porque no se interrumpa la conversación. Jesús repite su gesto y dice:

«Tú lo dices, Judas de Simón. No Yo. Tú lo dices. Yo no te he nombrado. ¿Por qué te acusas? Pregúntale a tu voz interior, a tu conciencia de hombre, a esa conciencia que Dios Padre te ha dado para que vivas como hombre, y mira a ver si te acusa. Tú, antes que ningún otro, tu sabrás. Pero, si ella te tranquiliza, ¿por qué dices palabras que son malditas con sólo decirlas, y piensas en un hecho igualmente maldito con sólo pensarlo, aunque sea por juego?».

Jesús habla con calma. Parece sostener la tesis propuesta como lo podría hacer un maestro con sus alumnos. La agitación es fuerte, pero la calma de Jesús la aplaca.

17     De todas formas, Pedro, que es el que más sospecha de Judas –quizás también Judas Tadeo, pero lo parece menos, porque la desenvoltura de Judas Iscariote le desarma–, tira de una manga a Juan, y cuando Juan, que se había pegado fuertemente a Jesús al oír hablar de traición, se vuelve, le susurra:

«Pregúntale que quién es».

Juan vuelve a su postura de antes. Lo único es que alza levemente la cabeza, como para besar a Jesús, y entretanto le susurra al oído:

«¿Maestro, quién es?».

Y Jesús, con voz bajísima, devolviéndole el beso entre los cabellos:

«Aquel al que dé un pedazo de pan untado».

Toma un pan todavía entero, no el resto del usado para la Eucaristía; separa un buen trozo, lo unta en el jugo que ha dejado el cordero en la bandeja[46]513, alarga por encima de la mesa el brazo y dice:

«Toma, Judas. Esto te gusta».

«Gracias, Maestro. Sí que me gusta» y, sin saber lo que es ese bocado, se lo come, mientras Juan, horrorizado, hasta cierra los ojos para no ver la horrenda sonrisa que tiene Judas mientras muerde con sus fuertes dientes el pan acusador.

«Bien. Ahora que te he dado esta satisfacción, márchate» dice Jesús a Judas.

«Todo está cumplido, aquí (marca mucho la palabra). Lo que en otro lugar queda por hacer hazlo pronto, Judas de Simón».

«Te obedezco en seguida, Maestro. Luego me reuniré contigo en el Getsemaní. ¿Vas allí, verdad?, ¿como siempre?».

«Voy allí… como siempre… sí».

«¿Qué tiene que hacer?» pregunta Pedro. «¿Va solo?».

«No soy ningún niño» dice en tono socarrón Judas, que se está poniendo el manto.

«Déjale que se marche. Yo y él sabemos lo que se debe hacer» dice Jesús.

«Sí, Maestro».

Pedro guarda silencio. Quizás piensa que ha pecado de desconfianza hacia su compañero. Con la mano en la frente, piensa. Jesús aprieta contra su corazón a Juan y le susurra otra cosa entre sus cabellos:

«No digas nada a Pedro, por ahora. Sería un inútil escándalo».

«Adiós, Maestro. Adiós, amigos». Judas se despide.

«Adiós» dice Jesús.

Y Pedro: «Adiós, muchacho».

Juan, con la cabeza casi en el regazo de Jesús, susurra: «¡Satanás!». Sólo Jesús lo oye, y suspira.

Aquí me cesa todo. Pero Jesús dice: «Interrumpo por compasión hacia ti. Te daré la conclusión de la Cena en otro momento».

18 (Continúa la Cena).

Hay unos minutos de absoluto silencio. Jesús está cabizbajo, mientras mecánicamente acaricia los rubios cabellos de Juan. Luego reacciona. Alza la cabeza, mira alrededor de sí, sonríe (una sonrisa consoladora para los discípulos). Dice: «Quitamos la mesa. Vamos a sentarnos todos bien juntos, como hijos en torno a su padre».

Toman los triclinios que había detrás de la mesa (los de Jesús, Juan, Santiago, Pedro, Simón, Andrés y el primo Santiago) y los llevan al otro lado. Jesús toma asiento en el suyo, igual que antes, entre Santiago y Juan. Pero, cuando ve que Andrés va a sentarse en el sitio que ha dejado Judas Iscariote, grita:

«No, ahí no». Un grito impulsivo que su suma prudencia no logra evitar. Luego modifica de esta manera[47]495: «No es necesario tanto espacio. Sentados, se puede estar en éstos; son suficientes. Os quiero tener muy cerca».

Ahora, respecto a la mesa, están así: O sea, forman una U con Jesús en el centro y, enfrente, la mesa –una mesa ya sin comida– y el sitio de Judas. Santiago de Zebedeo llama a Pedro:

«Siéntate aquí. Yo me siento en este taburete, a los pies de Jesús».

«¡Que Dios te bendiga, Santiago! ¡Lo estaba deseando!» dice Pedro, y se arrima a su Maestro, que viene a hallarse estrechado entre Juan y Pedro, y tiene a Santiago a los pies. Jesús sonríe:

«Veo que empiezan a obrar las palabras que he dicho antes. Los buenos hermanos se quieren. Yo también te digo, Santiago: “Que Dios te bendiga”. Tampoco este acto tuyo será olvidado por el Eterno, y lo encontrarás allá arriba.

19 Todo lo que pido lo puedo. Ya lo habéis visto. Ha bastado un solo deseo para que el Padre concediera al Hijo el darse en Alimento al hombre. Con todo lo que ha sucedido ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre, porque el milagro, sólo posible para los amigos de Dios, es testimonio de poder. Cuanto mayor es el milagro, más segura y profunda es esta divina amistad. Este es un milagro que, por su forma, duración y naturaleza, por su magnitud y los límites a que llega, no admite otro posible mayor[48]496. Os digo que es tan poderoso, tan sobrenatural, tan incomprensible para el hombre soberbio, que muy pocos lo entenderán como debe entenderse, y muchos lo negarán[49]497. ¿Qué diré, entonces? ¿Condena para ellos? No. Diré: ¡piedad! Pero, cuanto mayor es el milagro, mayor es la gloria que recibe su autor. Es Dios mismo quien dice: “Sí, este amado mío ha recibido lo que ha querido, y Yo lo he concedido, porque grande es la gracia que posee ante mis ojos”. Y aquí dice: “Posee una gracia sin límites, como infinito es el milagro que ha hecho”. La gloria que de Dios revierte en el autor del milagro y la gloria que del autor del milagro revierte en el Padre son parejas: porque toda gloria sobrenatural, procediendo de Dios, a su fuente retorna. Y la gloria de Dios, aun siendo ya infinita, crece y crece y resplandece por la gloria de sus santos[50]498. Así, digo: de la misma forma que ha sido glorificado por Dios el Hijo del hombre, Dios ha sido glorificado por Este. Yo he glorificado a Dios en mí mismo, a su vez Dios glorificará en sí a su Hijo; muy pronto le glorificará.

20 ¡Exulta, Tú que vuelves a tu Sede, Oh Esencia espiritual de la Segunda Persona! ¡Exulta, Carne que vuelves a subir después de tanto destierro en el fango! Y lo que se te va a dar como morada ciertamente no es el Paraíso de Adán, sino el excelso Paraíso del Padre. Que, si se dijo que sorprendido por un mandato de Dios –dado por boca de un hombre– se detuvo el Sol[51]499, ¿qué no sucederá en los astros cuando vean el prodigio de la Carne del Hombre subir y sentarse a la derecha del Padre en su Perfección de materia glorificada?

Hijitos míos, ya poco tiempo estaré con vosotros. Luego me buscaréis como los huérfanos buscan al padre o a la madre muertos. Y, llorando, hablando de El iréis y llamaréis en vano al mudo sepulcro, y luego llamaréis a las puertas azules de los Cielos, con vuestra alma lanzada en suplicante búsqueda de amor, y diréis: “¿Dónde está nuestro Jesús? Queremos tenerle. Sin El ya no hay luz en el mundo, ni alegría ni amor. O devolvédnoslo o dejadnos entrar. Queremos estar donde El”. Mas no podéis, por ahora, ir a donde Yo voy. Se lo dije también a los judíos[52]500: “Luego me buscaréis, pero a donde voy Yo vosotros no podéis ir”. Os lo digo también a vosotros.

21 Considerad que ni siquiera mi Madre podrá ir a donde Yo voy. Y fijaos que dejé al Padre para ir a Ella y hacerme Jesús en su seno sin mancha. Fijaos que de la Inviolada vine en el éxtasis luminoso de mi Natividad; y de su amor, hecho leche, me nutrí. Yo estoy hecho de pureza y amor porque María me nutrió con su virginidad fecundada por el Amor perfecto que vive en el Cielo[53]501. Y fijaos que por Ella crecí, costándole fatigas y lágrimas… Y fijaos que le pido un heroísmo que supera a todos los realizados hasta ahora, respecto al cual los de Judit[54]502 y Yael[55]503 son como heroísmos de pobres mujeres en oposición con su rival en la fuente del pueblo. Y fijaos que ninguno la iguala en amor a mí. Pues bien, a pesar de todo, la dejo y voy a donde Ella no irá hasta dentro de mucho tiempo. Para Ella no es el mandato que os doy a vosotros: “Santificaos año tras año, mes tras mes, día tras día, hora tras hora, para poder venir a mí cuando llegue vuestro momento”. En Ella reside toda gracia y santidad. Es la criatura que ha tenido todo y ha dado todo. Nada hay que añadir en Ella, y nada hay que quitar. Es el santísimo testimonio de lo que puede Dios.

22 Pero para estar seguro de que en vosotros exista la aptitud de venir a mí y de olvidar el dolor del luto de la separación de vuestro Jesús, os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Como Yo os he amado, amaos igualmente los unos a los otros. Por esto se sabrá que sois mis discípulos. Cuando un padre tiene muchos hijos, ¿en qué se sabe que son sus hijos? No tanto por el aspecto físico –porque hay hombres que son en todo semejantes a otro hombre con el que no tienen ninguna relación de sangre, y ni siquiera de nación–, cuanto por el común amor a la familia, a su padre y entre sí. E incluso cuando muere el padre la buena familia no se disgrega, porque la sangre es una, que es la que recibieron genéticamente de su padre y anuda vínculos que ni siquiera la muerte desata, porque más fuerte que la muerte[56]504 es el amor. Pues bien, si me amáis aun después de que os deje, todos reconocerán que sois hijos míos, y, por tanto, discípulos míos, y que, habiendo tenido un único padre, entre vosotros sois hermanos».

23 «Señor Jesús, pero ¿a dónde vas?» pregunta Pedro.

«Voy a donde tú, por ahora, no puedes seguirme. Pero después me seguirás».

«¿Y por qué no ahora? Te he seguido siempre, desde que me dijiste:“Sígueme”. He dejado todo sin añoranzas… Marcharte ahora sin tu pobre Simón, dejándome privado de ti, mi Todo, después de que yo he dejado mi poco bien de antes, no es ni razonable ni bonito por tu parte. ¿Vas a la muerte? Bien, pues yo también voy. Iremos juntos al otro mundo. Pero antes te habré defendido. Estoy preparado para dar la vida por ti».

«¿Tú darás tu vida por mí? ¿Ahora? Ahora, no. En verdad, en verdad te lo digo: antes de que cante el gallo me negarás tres veces. Estamos todavía en la primera vigilia. Luego vendrá la segunda… y luego la tercera. Antes del galicinio, renegarás de tu Señor tres veces».

«¡Imposible, Maestro? Creo en todo lo que dices, pero no en esto; estoy seguro de mí».

«Ahora, por ahora estás seguro; pero es porque ahora me tienes todavía a mí. Tienes contigo a Dios. Dentro de poco el Dios encarnado será prendido y ya no le tendréis. Y Satanás, después de poneros rémoras –tu propia seguridad es una astucia de Satanás, morralla para ponerte rémoras– os amedrentará. Os insinuará: “Dios no existe. Yo existo”. Y, dado que, a pesar de que el espanto os empañe la mente, todavía razonaréis, lo que comprenderéis será que si Satanás es el amo de esa hora, es que ha muerto el Bien y lo que obra es el Mal; que el espíritu ha sido abatido y triunfa lo humano. Entonces os quedaréis como guerreros sin caudillo, perseguidos por el enemigo, y, en medio del desconcierto propio de los vencidos, os doblegaréis ante el vencedor, y, para evitar que os maten, renegaréis del héroe caído.

 

24 Pero –os lo ruego–, no se turbe vuestro corazón. Creed en Dios. Creed también en mí. Contra todas las apariencias, creed en mí. Crea en mi misericordia y en la del Padre tanto el que se quede como el que huya; tanto el que calle como el que abra su boca para decir: “No le conozco”. Igualmente, creed en mi perdón. Y creed que, cualesquiera que sean en el futuro vuestras acciones, en el Bien y en mi Doctrina (por tanto, en mi Iglesia), esas acciones os darán un igual lugar en el Cielo. En la casa del Padre mío hay muchas moradas. Si no fuera así, os lo habría dicho. Porque Yo voy por delante. A preparar un lugar para vosotros. ¿No hacen, acaso, eso los padres buenos, cuando tienen que llevar a sus pequeñuelos a otro lugar? Van por delante, preparan la casa, los enseres, las provisiones. Y luego vuelven y toman consigo a sus más amadas criaturas. Eso hacen, por amor. Para que a sus pequeñuelos no les falte nada, ni se sientan incómodos en el nuevo pueblo. Lo mismo hago Yo, y por el mismo motivo. Me marcho, ahora. Cuando haya preparado para cada uno su puesto en la Jerusalén celestial[57]505, volveré y os tomaré conmigo, para que estéis conmigo donde Yo estoy, donde no habrá ya muerte ni lutos ni lágrimas ni gritos ni hambre ni dolor ni tinieblas ni quemazón, sino sólo luz, paz, bienaventuranza y canto.

¡Oh, canto de los Cielos altísimos cuando los doce elegidos estén en los tronos con los doce patriarcas de las tribus de Israel y, encendidos en el fuego del amor espiritual, canten, erguidos frente al mar de la bienaventuranza, el cántico eterno cuyo arpegio será el eterno aleluya del ejército angélico…!

25 Quiero que donde voy a estar estéis vosotros. Y ya sabéis a dónde voy, y sabéis el camino».

«¡Pero Señor! Nosotros no sabemos nada. No nos dices a dónde vas. ¿Cómo podemos saber el camino que hay que tomar para ir hacia ti y abreviar la espera?»

pregunta Tomás.

«Yo soy el Camino, la Verdad, la Vida. Me lo habéis oído decir y explicar repetidas veces. Y, en verdad, algunos que ni siquiera sabían que existía un Dios se han encaminado antes por mi camino y ya os preceden. ¡Oh!, ¿dónde estás, oveja descarriada de Dios traída por mí de nuevo al redil?, ¿dónde estás tú, resucitada de alma?».

«¿Quién? ¿De quién hablas? ¿De María de Lázaro? Está allí, con tu Madre. ¿Quieres que venga? ¿O quieres que venga Juana? Estará, sin duda, en su palacio. Pero, si quieres, vamos a llamarla…».

«No. No me refiero a ellas… Pienso en aquella que será mostrada sólo en el Cielo… y en Fotinái[58]… Ellas me han encontrado. Y desde entonces no han dejado mi camino. A una le indiqué al Padre como Dios verdadero y al espíritu como levita en esta individual adoración; a la otra, que ni siquiera sabía que tenía un espíritu, le dije: “Mi nombre es Salvador; salvo a quien tiene buena voluntad de salvarse. Yo soy Aquel que busca a los perdidos, que da la Vida, la Verdad y la Pureza. Quien me busca me encuentra”. Y ambas han encontrado a Dios… Os bendigo, débiles Evas que habéis venido a ser más fuertes que Judit… Voy a donde estáis… Vosotras me consoláis… ¡Benditas seáis!…».

26 «Muéstranos al Padre, Señor, y seremos como estas mujeres» dice Felipe.

«¡Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, ¿y tú, Felipe, no me has conocido todavía?! El que me ve a mí ve al Padre mío. ¿Cómo es que dices: “Muéstranos al Padre”? ¿No logras creer que Yo estoy en el Padre y El en mí? Las palabras que os digo no os las digo motu propio, sino que el Padre, que mora en mí, cumple cada una de mis obras. ¿Y no creéis que Yo esté en el Padre y El en mí? ¿Qué tengo que decir para haceros creer? Pues si no creéis en las palabras creed al menos en las obras. Yo os digo, y os lo digo con verdad: el que cree en mí hará las obras que Yo hago, y las hará aun mayores, porque voy al Padre. Y todo lo que pidáis al Padre en mi nombre Yo lo haré para que el Padre sea glorificado en su Hijo. Y haré lo que me pidáis en nombre de mi Nombre. Mi Nombre, en lo que realmente es, es conocido por mí sólo y por el Padre que me ha engendrado y por el Espíritu que de nuestro amor procede. Por ese Nombre todo es posible. El que piensa en mi Nombre con amor me ama, y obtiene; pero no basta amarme, es necesario observar mis mandamientos para tener el verdadero amor.

Son las obras las que dan testimonio de los sentimientos. Y por este amor rogaré al Padre, y El os dará otro Consolador, que permanezca para siempre con vosotros, Uno en quien Satanás y el mundo no pueden ensañarse, el Espíritu de la Verdad que el mundo no puede recibir ni herir, porque ni le ve ni le conoce. Dirigirá contra El sus escarnios, pero El es tan excelso que el escarnio no le podrá herir; mientras que su piedad superará toda medida para aquellos que le amen, aunque sean pobres y débiles[59]506. Vosotros le conoceréis, porque ya vive con vosotros y pronto estará en vosotros[60]507.

27 No os dejaré huérfanos. Ya os he dicho que volveré a vosotros. Pero antes de que llegue la hora de venir a recogeros para ir a mi Reino Yo vendré; a vosotros vendré. Dentro de poco el mundo ya no me verá. Pero vosotros me veis y me veréis. Porque Yo vivo y vosotros vivís. Porque Yo viviré y vosotros también viviréis. Ese día conoceréis que estoy en el Padre mío y vosotros en mí y Yo en vosotros. Porque el que acoge mis preceptos y los observa es el que me ama, y el que me ama será amado por el Padre mío y poseerá a Dios porque Dios es caridad y quien ama tiene en sí[61]508 a Dios.

Y Yo le amaré porque en él veré a Dios, y me manifestaré a él dándome a conocer en los secretos de mi amor, de mi sabiduría, de mi Divinidad encarnada. Serán mis regresos a los hijos del hombre, a quienes amo, aunque sean débiles e incluso enemigos. Pero éstos serán sólo débiles, y yo los fortaleceré. Les diré: “¡Alzate!”, diré “¡Sal afuera!”, diré: “¡Sígueme!”, diré “Escucha”, diré “Escribe”… y vosotros estáis entre éstos».

«¿Por qué, Señor, te manifiestas a nosotros y no al mundo?» pregunta Judas Tadeo.

«Porque me amáis y ponéis por obra mis palabras. El que haga esto será amado por el Padre y Nosotros iremos a él y viviremos con él, en él; mientras que el que no me ama no pone por obra mis palabras y actúa según la carne y el mundo. Ahora bien, sabed que lo que os he dicho no son palabras de Jesús Nazareno sino palabras del Padre, porque Yo soy el Verbo del Padre, que me ha enviado. Os he dicho estas cosas hablando así, con vosotros, porque quiero Yo mismo prepararos a la completa posesión de la Verdad y la Sabiduría. Pero todavía no podéis comprender ni recordar. Mas, cuando venga a vosotros el Consolador, el Espíritu Santo que el Padre enviará en mi Nombre, podréis comprender, y os enseñará todo y os recordará todo lo que Yo os he dicho.

28 Mi paz os dejo, mi paz os doy. Os la doy no como la da el mundo, y ni siquiera como hasta ahora os la he dado: saludo bendito del Bendito a los bendecidos. La paz que ahora os doy es más profunda. En este adiós, os comunico a mí mismo, mi Espíritu de paz, de la misma manera que os he comunicado mi Cuerpo y mi Sangre, para que tengáis en vosotros una fuerza en la inminente batalla. Satanás y el mundo desatan su guerra contra vuestro Jesús. Es su hora. Tened en vosotros la Paz, mi Espíritu que es espíritu de paz, porque Yo soy el Rey de la paz[62]509. Tened esta paz para no sentiros demasiado desvalidos. El que sufre con la paz de Dios dentro de sí, sufre, pero ni blasfema ni se desespera.

No lloréis. Habéis oído también que he dicho: “Voy al Padre y luego regresaré”. Si me amarais por encima de la carne, os alegraríais, porque voy con el Padre después de este gran destierro… Voy donde Aquel que es mayor que Yo y que me ama. Os lo he dicho ahora, antes de que se cumpla –como también os he revelado todos los sufrimientos del Redentor antes de ir a ellos– para que, cuando todo se cumpla, creáis más en mí. ¡No os turbéis de esa manera! No os descorazonéis. Vuestro corazón necesita equilibrio…

29 Poco me queda para hablaros… ¡y todavía tengo mucho que decir! Llegado al final de esta evangelización mía, me parece como si no hubiera dicho todavía nada, y que mucho, mucho, mucho quede por hacer. Vuestro estado aumenta esta sensación  mía. ¿Qué diré entonces? ¿Que he desempeñado con deficiencias mi función?, ¿o que vosotros sois tan duros de corazón, que para nada ha servido mi obra? ¿Dudaré? No. Me pongo en las manos de Dios, y os pongo a vosotros, mis predilectos, en sus manos. El dará cumplimiento a la obra de su Verbo. No soy como un padre que muere sin más luz que la humana; Yo espero en Dios. Y aun sintiendo en mí el apremio de daros todos los consejos de que os veo necesitados, y aun sintiendo que el tiempo huye, voy tranquilo a mi destino. Sé que sobre las semillas caídas en vosotros está para descender la lluvia, una lluvia[63]510 que las hará germinar a todas ellas; y luego vendrá el sol del Paráclito, y las semillas se transformarán en árboles corpulentos. Muy pronto llegará el príncipe de este mundo, aquel con quien Yo nada tengo que ver; y, si no hubiera sido por la finalidad redentora[64]511, ningún poder hubiera tenido en orden a mí. Pero esto sucede para que el mundo sepa que amo al Padre y que le amo hasta la obediencia de muerte y que por eso hago lo que me ha mandado[65]512.

30 Es la hora de marcharnos. Levantaos. Oíd las últimas palabras.

Yo soy la verdadera Vid. El Padre es el Viñador. Al sarmiento que no produce fruto el Padre lo corta y al que produce fruto lo poda para que dé aún más fruto. Vosotros estáis ya purificados por mi palabra. Permaneced en mí –Yo permanezco en vosotros– para mantener esa pureza. El sarmiento separado de la vid no puede producir fruto. Igualmente vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la Vid; vosotros, los sarmientos. El que permanece unido a mí produce abundantes frutos. Pero si uno se separa se seca, y es arrojado al fuego y allí arde. Porque sin la unión conmigo no podéis hacer nada. Permaneced, pues en mí; que mis palabras permanezcan en vosotros; luego pedid lo que queráis y se os concederá[66]513.

El Padre mío, cuanto más fruto deis y cuanto más discípulos míos seáis, más glorificado será.

31 Como el Padre me ha amado, así os he amado Yo. Permaneced en mi amor, que salva. Amándome, seréis obedientes. La obediencia aumenta el recíproco amor. No digáis que me repito. Conozco vuestra debilidad. Quiero que os salvéis. Os digo estas cosas para que la alegría que os he querido dar esté en vosotros y sea completa.

Amaos. ¡Amaos! Este es mi mandamiento nuevo. Amaos unos a otros más de lo que  cada uno se ame a sí mismo[67]514. No hay mayor amor que el del que da su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos y Yo doy la vida por vosotros. Haced lo que os enseño y mando.

Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor, mientras que vosotros sabéis lo que Yo hago. Todo lo sabéis acerca de mí. Me he manifestado a vosotros, pero no sólo esto, sino que también os he revelado al Padre y al Paráclito y todo lo que he oído a Dios.

No os habéis elegido a vosotros mismos, sino que os he elegido Yo y os he elegido para que vayáis a los pueblos y deis fruto en vosotros y en los corazones de los evangelizados y vuestro fruto permanezca, y el Padre os dé todo lo que en mi Nombre le pidáis.

32 No digáis: “Y entonces, si nos has elegido, ¿por qué has elegido a un traidor? Si lo sabes todo, ¿por qué has hecho esto?”. No os preguntéis ni siquiera quién es ése. No es un hombre. Es Satanás. Se lo dije al amigo fiel y lo he dejado decir al hijo predilecto. Es Satanás. Si Satanás no se hubiera encarnado –el eterno, torpe remedador de Dios, en una carne mortal–, este poseído no hubiera podido quedar al margen de mi poder de Jesús. He dicho: “poseído”. No. Es mucho más: es uno que está anulado en Satanás[68]515».

«¿Por qué, Tú que has expulsado los demonios, no le has liberado?» pregunta Santiago de Alfeo.

«¿Lo preguntas por amor a ti, temiendo ser él? No temas eso».

«¿Yo, entonces?».

«¿Yo?».

«¿Yo?».

«Callad. No digo ese nombre. Uso misericordia. Haced vosotros lo mismo».

«¿Pero por qué no le has vencido? ¿No podías?».

«Podía. Pero para impedir a Satanás encarnarse para matarme habría debido exterminar a la raza humana antes de la Redención[69]516. ¿Qué habría redimido, entonces?».

«¡Dímelo, Señor, dímelo!». Pedro ha caído de rodillas ante Jesús y le zarandea frenéticamente, como si el delirio se hubiera apoderado de él. «¿Soy yo? ¿Soy yo? ¿Me examino? No me parece serlo. Pero Tú… has dicho que te negaré… Y tiemblo… ¡Qué horror ser yo!…».

«No, Simón de Jonás, tú no».

«¿Por qué me has quitado mi nombre de “Piedra”[70]517? ¿Entonces soy de nuevo Simón? ¿Lo ves? ¡Lo estás diciendo!… ¡Soy yo! ¿Cómo he podido llegar a esto? Decidlo… decidlo vosotros… ¿Cuándo me he hecho traidor?… ¡Simón?… ¡Juan?… ¡Hablad!…».

«¡Pedro! ¡Pedro! ¡Pedro! Te llamo Simón porque pienso en el primer encuentro, cuando eras Simón. Y pienso en cómo has sido leal desde el primer momento. No eres tú. Lo digo Yo: Verdad».

«¿Quién, entonces?».

«¡Pues Judas de Keriot! ¿No lo has entendido todavía?» grita Judas Tadeo, que ya no es capaz de seguir conteniéndose.

«¿Por qué no me lo has dicho antes? ¿Por qué?» grita también Pedro.

«Silencio. Es Satanás. No tiene otro nombre. ¿A dónde vas, Pedro?».

«A buscarle».

«Deja inmediatamente ese manto y esa arma. ¿O es que tengo que expulsarte y maldecirte?».

«¡No, no! ¡Oh, Señor mío! Pero yo… pero yo… ¿estaré enfermo de delirio? ¡Oh ! ¡Oh!». Pedro llora arrojado al suelo a los pies de Jesús.

33 «Os doy el mandamiento de que os améis. Y que perdonéis ¿Habéis comprendido? Aunque en el mundo haya odio, en vosotros haya sólo amor. Hacia todos. ¡Cuántos traidores encontraréis en vuestro camino! Pero no debéis odiarlos y devolverles mal por mal. Si eso hiciereis, el Padre os aborrecerá a vosotros. Antes de vosotros, fui odiado y traicionado Yo. Y ya veis que Yo no odio. El mundo no puede amar lo que no es como él. Por tanto, no os amará. Si fuerais suyos, os amaría; pero no sois del mundo, pues que Yo os he tomado de entre el mundo. Y por esto sois odiados. Os he dicho: el siervo no es más que su señor. Si me han perseguido a mí os perseguirán también a vosotros. Si me han escuchado a mí os escucharán también a vosotros. Pero todo lo harán por causa de mi Nombre, porque no conocen, no quieren conocer al que me ha enviado. Si no hubiera venido y no hubiera hablado, no serían culpables, pero ahora su pecado no tiene disculpa. Han visto mis obras, oído mis palabras, y, no obstante, me han odiado, y conmigo a mi Padre. Porque Yo y el Padre somos una sola Unidad con el Amor[71]518. Pero estaba escrito[72]519: “Me odiaste sin motivo”.

Mas cuando venga el Consolador, el Espíritu de verdad que del Padre procede, dará testimonio de mí, y también vosotros lo daréis, porque desde el principio estuvisteis conmigo. Os digo esto para que cuando sea la hora no quedéis abatidos y escandalizados. Pronto llegará el momento en que os echen de las sinagogas y en que el que os mate pensará que con ello está dando culto a Dios. No han conocido al Padre y tampoco a mí. En esto está su atenuante[73]520. Estas cosas no os las he dicho con tanta amplitud antes de ahora porque erais como niños recién nacidos. Pero ahora la madre os deja[74]521.

Yo me marcho. Deberéis habituaros a otro alimento. Quiero que lo conozcáis.

34 Ya ninguno me pregunta: “¿A dónde vas?”. La tristeza os hace mudos. Y, no obstante, es bueno también para vosotros que me marche; si no, no vendrá el Consolador. Yo os lo enviaré. Y, cuando venga, a través de la sabiduría y la palabra, las obras y el heroísmo que infundirá en vosotros, convencerá al mundo de su pecado deicida, y de justicia en orden a mi santidad. Y el mundo será netamente dividido en réprobos, enemigos de Dios, y creyentes. Estos serán más o menos santos, según su voluntad. Pero se llevará a cabo el juicio del príncipe del mundo y de sus siervos. Más no puedo deciros, porque todavía no podéis entender. Pero El, el divino Paráclito, os dará la Verdad entera porque no hablará de sí mismo, sino que dirá todo lo que ha oído de la Mente de Dios y os anunciará el futuro. Tomará lo que de mí viene –o sea, aquello que igualmente es del Padre– y os lo dirá.

Todavía un poco nos veremos. Luego ya no me veréis. Después todavía un poco, y me veréis de nuevo.

35 Hacéis comentarios entre vosotros y en vuestro corazón. Escuchad una parábola.

La última de vuestro Maestro.

Cuando una mujer ha concebido y le llega la hora del parto, se encuentra muy afligida porque sufre y gime. Pero, cuando da a luz a su hijito y le estrecha contra su corazón, cesa toda pena y la tristeza se transforma en alegría porque un hombre ha venido al mundo.

Lo mismo vosotros. Lloraréis y el mundo reirá a costa de vosotros. Pero luego vuestra tristeza se transformará en alegría, una alegría que el mundo nunca conocerá. Vosotros ahora estáis tristes. Pero cuando volváis a verme vuestro corazón se llenará de un gozo que ninguno podrá arrebataros, una alegría tan plena, que acallará toda necesidad de pedir, tanto para la mente como para el corazón como para la carne. Sólo os alimentaréis de verme de nuevo, y olvidaréis todas las demás cosas. Y, precisamente desde ese momento, podréis pedir todo en mi Nombre, y el Padre os lo dará, para que vuestra alegría sea cada vez mayor. Pedid, pedid, y recibiréis. Llega la hora en que podré hablaros abiertamente del Padre. Ello será porque habréis sido fieles en la prueba y todo habrá quedado superado; perfecto, pues, vuestro amor, porque os habrá dado fuerza en la prueba. Y lo que os falte a vosotros Yo os lo añadiré tomándolo de mi inmenso tesoro[75]522, y diré: “Padre, Tú lo ves: me han amado y han creído que he venido de ti”. Bajé a este mundo y ahora lo dejo y voy al Padre, y rogaré por vosotros».

36 «¡Oh, ahora te explicas! Ahora sabemos lo que quieres decir y que Tú sabes todo y respondes sin que nadie lo pregunte. ¡Verdaderamente vienes de Dios!».

«¿Ahora creéis? ¿En el último momento? ¡Llevo tres años hablándoos! Pero es que ya obra en vosotros el Pan que es Dios y el Vino que es Sangre no venida de hombre, y os comunican el primer estremecimiento de deificación. Seréis dioses si perseveráis en mi amor y en la pertenencia a mí. No como se lo dijo Satanás a Adán y Eva, sino como Yo os lo digo[76]523. Es el verdadero fruto del árbol del Bien y de la Vida[77]524. El Mal queda vencido en quien se alimente con este fruto, y queda vencida la Muerte. El que coma de él vivirá eternamente y será “dios” en el Reino de Dios. Vosotros seréis dioses si permanecéis en mí. Y, no obstante…, pues, a pesar de tener en vosotros este Pan y esta Sangre –pues está llegando la hora en que os desperdigaréis–, os marcharéis por vuestra cuenta y me dejaréis solo… Pero no estoy solo. Tengo al Padre conmigo. ¡Padre! ¡Padre! ¡No me abandones! Todo os lo he dicho… Para daros paz. Mi paz. Todavía sufriréis opresión. Pero tened fe. Yo he vencido al mundo».

37 Jesús se levanta, abre los brazos en cruz y dice, luminoso su rostro, la sublime oración al Padre. Juan la reseña integramente[78]525.

Jua 17:1 Así habló Jesús, y alzando los ojos al cielo, dijo:

«Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti. 2 Y que según el poder que le has dado sobre toda carne, dé también vida eterna a todos los que tú le has dado. 3 Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo.4 Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar.5 Ahora, Padre, glorifícame tú, junto a ti, con la gloria que tenía a tu lado antes que el mundo fuese.6 He manifestado tu Nombre a los hombres que tú me has dado tomándolos del mundo. Tuyos eran y tú me los has dado; y han guardado tu Palabra. 7 Ahora ya saben que todo lo que me has dado viene de ti;8 porque las palabras que tú me diste se las he dado a ellos, y ellos las han aceptado y han reconocido verdaderamente que vengo de ti, y han creído que tú me has enviado. 9 Por ellos ruego; no ruego por el mundo, sino por los que tú me has dado, porque son tuyos; 10 y todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío; y yo he sido glorificado en ellos. 11 Yo ya no estoy en el mundo, pero ellos sí están en el mundo, y yo voy a ti. Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros. 12 Cuando estaba yo con ellos, yo cuidaba en tu nombre a los que me habías dado. He velado por ellos y ninguno se ha perdido, salvo el hijo de perdición, para que se cumpliera la Escritura.13 Pero ahora voy a ti, y digo estas cosas en el mundo para que tengan en sí mismos mi alegría colmada.14 Yo les he dado tu Palabra, y el mundo los ha odiado, porque no son del mundo, como yo no soy del mundo.15 No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno.16 Ellos no son del mundo, como yo no soy del mundo.17 Santifícalos en la verdad: tu Palabra es verdad.18 Como tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo.19 Y por ellos me santifico a mí mismo, para que ellos también sean santificados en la verdad.20 No ruego sólo por éstos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí,21 para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado.22 Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno:23 yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno, y el mundo conozca que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí.24 Padre, los que tú me has dado, quiero que donde yo esté estén también conmigo, para que contemplan mi gloria, la que me has dado, porque me has amado antes de la creación del mundo.25 Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te he conocido y éstos han conocido que tú me has enviado.26 Yo les he dado a conocer tu Nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo en ellos.»

Los apóstoles lloran más o menos visible y ruidosamente. Por último, cantan un himno.

38     Jesús los bendice. Luego ordena:

«Vamos a ponernos los mantos, ahora. Y vámonos. Andrés, di al dueño de la casa que deje todo así, por deseo mío. Mañana… os agradará volver a ver este lugar».

Jesús lo mira. Parece bendecir las paredes, los muebles, todo. Luego se pone el manto y se encamina, seguido de los discípulos. A su lado, Juan, en quien se apoya.

«¿No saludas a tu Madre?» le pregunta el hijo de Zebedeo.

«No. Todo está ya hecho. Es más, caminad cautelosos».

Simón, que ha encendido un cirio del candelabro, ilumina el vasto pasillo que conduce a la puerta. Pedro abre cautelosamente la puerta de fuera y salen todos a la calle; luego, accionando un mecanismo, cierran desde fuera. Y se ponen en camino.

Reflexiones sobre la última Cena

17 de febrero de 1944.

39 Dice Jesús:

«Del episodio de la Cena, aparte de la consideración de la caridad de un Dios que se hace Alimento para los hombres, resaltan cuatro enseñanzas principales.

Primera: la necesidad para todos los hijos de Dios de obedecer a la Ley.

La Ley decía que por Pascua se debía comer el cordero según el ritual que había dado el Altísimo a Moisés; y Yo, Hijo verdadero del Dios verdadero, no me consideré, por mi condición divina, exento de la Ley. Estaba en la Tierra: Hombre entre los hombres y Maestro de los hombres. Tenía, por tanto, que cumplir, respecto a Dios, mi deber de hombre como los demás y mejor que los demás. Los favores divinos no eximen de la obediencia y del esfuerzo en orden a una santidad cada vez mayor. Si comparáis la santidad más excelsa con la perfección divina, la encontráis siempre llena de imperfecciones, y, por tanto, obligada a esforzarse a sí misma para eliminarlas y alcanzar un grado de perfección semejante lo más posible al de Dios.

40 Segunda: el poder de la oración de María.

Yo era Dios hecho Carne. Una Carne que por ser sin mancha poseía la fuerza espiritual para dominar la carne. Y, no obstante, no rehúso –antes al contrario: invoco– la ayuda de la Llena de Gracia, la cual también en esos momentos de expiación encontraría, es verdad, sobre su cabeza, cerrado el Cielo, pero no tanto como para no lograr –siendo Ella Reina de los ángeles– arrebatar al Cielo un ángel para el consuelo de su Hijo. ¡Oh, no para ella, pobre Mamá! También Ella saboreó la amargura del abandono del Padre. Pero, por este dolor suyo ofrecido a la Redención, me obtuvo el poder superar la angustia del Huerto de los Olivos y el poder llevar a cumplimiento la Pasión en todo su multiforme rigor (cada uno de cuyos aspectos estaba orientado a lavar una forma y un medio de pecado).

41 Tercera: el dominio de uno mismo y la soportación de la ofensa –el acto de caridad más sublime de todos– pueden poseerlo únicamente aquellos que hacen vida de su vida la ley de caridad, que Yo había proclamado; y no sólo proclamado, sino realmente practicado.

No os podéis hacer una idea lo que fue para mí el tener a mi lado, a la mesa, a mi Traidor; el deber darme a él; el tener que humillarme ante él; el tener que compartir con él el cáliz del rito y poner los labios donde él los había puesto y ofrecer a mi Madre que los pusiera. Vuestros médicos han discutido y discuten sobre mi rápido fin, y lo atribuyen a un daño cardiaco debido a los golpes de la flagelación. Sí, también debido a estos golpes se debilitó mi corazón, pero ya había enfermado en la Cena, quebrantado, quebrantado en el esfuerzo de tener que sufrir a mi lado a mi Traidor. Empecé a morir físicamente entonces. El resto no fue sino un aumento de la agonía ya existente.

Todo lo que pude hacer lo hice, porque era uno con la Caridad. Incluso en el momento en que Dios–Caridad se retiraba de mí supe ser caridad, porque había vivido de caridad en mis treinta y tres años. No se puede llegar a una perfección como se requiere para perdonar y soportar a nuestro ofensor si no se tiene el hábito de la caridad. Yo lo tenía y pude perdonar y soportar a esta obra singular de Ofensor que fue Judas.

42 Cuarta: el Sacramento obra más cuanto más digno es uno de recibirlo; cuanto más se ha hecho digno de él uno con una constante voluntad que quebranta la carne y hace señor al espíritu, venciendo las concupiscencias, doblegando el ser a las virtudes, tendiendo el ser, cual arco, hacia la perfección de las virtudes, sobre todo, de la caridad.

Porque cuando uno ama tiende a alegrar a aquel a quien ama. Juan, que era puro y era el que más me quería, recibió del Sacramento el máximo de la transformación. Empezó desde ese momento a ser esa águila al que le resultaba familiar y fácil la altura en el Cielo de Dios, fácil fijar su mirada en el Sol eterno. Pero, ¡Ay de aquel que recibe el Sacramento sin haberse hecho digno de él, sino que, al contrario, haya aumentado su siempre humana indignidad con las culpas mortales! Entonces el Sacramento pasa de ser germen de preservación y vida, a serlo de corrupción y muerte[79]526. Muerte del espíritu y putrefacción de la carne, por lo cual ésta “revienta”, como dice Pedro de la de Judas[80]527. No vierte la sangre, líquido siempre vital y hermoso en su púrpura, sino que esparce sus vísceras, negras de toda su libídine, podredumbre que se esparce fuera de la carne corrompida, como de la carroña de un animal inmundo, objeto de repulsa para los que pasan. La muerte del profanador del Sacramento es siempre la muerte de un desesperado, y, por tanto, no conoce el plácido tránsito propio de quien está en gracia, ni el heroico tránsito de la víctima que sufre agudamente con la mirada fija en el Cielo y el alma segura de la paz. La muerte del desesperado es atroz en contorsiones y terror, es convulsión horrenda del alma ya aferrada por la mano de Satanás, que la estrangula para descuajarla de la carne, y que la ahoga con su nauseabundo hálito.

Esta es la diferencia entre el que pasa a la otra vida habiéndose nutrido en ésta de caridad, fe, esperanza, y de todas las otras virtudes y de toda doctrina celeste, y del Pan angélico que le acompaña con sus frutos –y mejor si es con su presencia real– en el extremo viaje, y el que muere después de una vida bestial con muerte bestial no confortada ni por la Gracia ni por el Sacramento: lo primero es el sereno fin del santo al que la muerte le abre el Reino eterno; lo segundo es la espantosa caída del condenado que siente que se hunde en la muerte eterna y conoce en un instante aquello que ha querido perder, sin poder ya reparar. Para uno, ganancia; para el otro, ser despojado. Para uno, alegría; para el otro, terror.

Esto es lo que os dais, según que creáis en mi don y lo améis, o que no creáis en él y lo despreciéis. Y ésta es la enseñanza de esta contemplación».

[1] 449 Cfr. Mt. 26, 17–35; Mc. 14, 12–31; Lc. 22, 7–38; Ju. 13–17.

[2] 450 Una planta con flores en partes de color escarlata, en parte púrpura.

[3] 451 Cfr. 1 Mac. 3, 1 – 9, 22; 2 Mac. 9, 1 – 15, 39.

[4] 452 De hecho en hebreo el nombre de “Juan” significa: “Dios es favorable

[5] 453 Alusión a David, de quien descendía Judas Tadeo. Cfr. 1 Rey. 17

[6] 454 Alusión a la sobreabundante, a la admirable y eficacísima comunicación del Espíritu Santo, que se llevó a cabo en el día de

Pentecostés. Cfr. Hech. 2.

[7] 455 El rito pormenorizado del banquete pascual se encuentra en la obra rabínica llamada Mishna, en el tratado Pesahim (: pascua), que se remonta a los doctores judíos de tres siglos después de Cristo, pero que contiene y expone la “tradición” vigente en tiempos de Jesús y aún antes. La edición del tratado Pesahim, de donde tomamos las notas que siguen, fue hecha por H. L. STRACK, Leipzig, 1911, p. 28–45.

[8]  456 Según el mencionado tratado rabínico Pesahim, con el que está de acuerdo la obra de MV, el rito pascual empezaba con poner vino en una copa (EL PRIMER CALIZ DE VINO). Se lee: «1. En el crepúsculo de la Pascua (esto es: en la vigilia pascual), cerca de la hora del minhah (esto es: a la hora del sacrificio vespertino), nadie coma antes de que oscurezca. Aun el más necesitado de todos los israelitas no coma si no está sentado. No se den menos de cuatro copas de vino, aun cuando se trate de quien a duras penas vive de limosna. 2. “Se sirva el PRIMER CALIZ”. La escuela de Shammai dice: “El (esto es, el celebrante) bendiga primero el día, luego el vino”. La escuela de Hilel dice al revés: “Primero bendiga el vino, luego el día”».

[9] 457 El rito tradicional del banquete pascual, del que se hace mención también en el tratado, incluía con alguna frecuencia un diálogo entre el hijo que preguntaba y el padre que respondía.

[10] 458 Esta fórmula de alabanza a Dios, autor del fruto de la vid, coincide sustancialmente con la de Pesahim, que en español es así: «Sé bendito eterno Dios nuestro, rey del mundo, creador del fruto de la vid. Sé bendito, eterno Dios nuestro, rey del mundo, que nos has escogido de entre todas las gentes, que nos has colocado sobre todos los pueblos y santificado con tus mandamientos. Nos has concedido, eterno Dios nuestro, días de fiesta para alegrarnos, días de trabajo y días no festivos, pero en los que tienen lugar ciertas celebraciones litúrgicas, y siempre que nos alegremos; pero este día del pan ácimo nos trae el recuerdo de nuestra salida de Egipto, de nuestra liberación. Tú nos has elegido y santificado de entre todas las gentes, y nos has ordenado que celebremos con alegría y júbilo este santo día festivo. Sé bendito, eterno Dios nuestro, rey del mundo, que nos has dado la vida, nos la conservas y has querido que llegásemos a este día».

[11] 459 La formula con que se agradecía a Dios y que cita el Pesahim, en español es así: «Este es el pan amargo que nuestros padres comieron en Egipto. Quien tenga hambre que se acerque y coma de él; quien esté necesitado que venga y celebre la Pascua. Este año la celebramos aquí, el año próximo (la celebraremos) en tierra de Israel. Este año, en esclavitud: el año próximo en libertad… Sé bendito, eterno Dios nuestro, rey del mundo, que sacaste el pan de la tierra. Sé bendito, eterno Dios nuestro, rey del mundo, que nos santificaste con tus mandamientos y nos ordenaste que comiésemos pan sin levadura».

[12] 460 El tratado Pesahim señala además la bendición que tiene que decirse cuando se echa la salsa sobre las verduras: «Sé bendito, eterno Dios nuestro, rey del mundo, creador del fruto de la tierra»

[13] 461 Los salmos que se cantaban con ocasión de la cena pascual eran los llamados de Hallel: 113–118, según el texto hebreo, y según la Vulgata: 112–117.

[14] 462 Pesahim dice: «Cuando se presenten los alimentos al jefe del banquete, rociará las lechugas con la salsa (haroset). Mientras prepara el condumio le traen los panes ácimos, las ensaladas y la salsa. Esta, con todo, no está prescrita. Rabí Eliazar, hijo de Sadoc, dice: También(la salsa) está prescrita. En la ciudad santa se le debe presentar el cordero pascual».

[15] 463 De un modo muy semejante se expresa Pesahim: «4. Ahora se prepara el SEGUNDO CALIZ o COPA (de vino). El hijo interroga a su padre (si el hijo) no fuese todavía capaz de preguntar, el padre le enseñará cómo decir: “ ¿Qué cosas distinguen esta noche de las otras? En todas las otras noches rociamos (las lechugas con la salsa) una sola vez, esta noche, dos. En todas las otras noches comemos pan con levadura y sin ella; en ésta, sólo panes ácimos. En todas las noches comemos carne asada, cocida; esta noche, solo asada”. Según la capacidad intelectual, el padre lo instruirá. Comenzará con el “oprobio” (diciendo: “Al principio nuestros padres eran idólatras”…; o: “Fuimos siervos”, Raba) y comentará el texto: “El arameo persiguió a mi padre” (Deut. 26, 5) hasta el fin de la pericopa. 5. Rabban Gamaliel dice: “En la pascua nadie pronunciará estas tres palabras: Pesah, Massa y Merorim, si quiere cumplir con ella. La palabra Pesah, ante todo, porque Dios en Egipto (Ex. 12, 27) pasó más allá (psah) de las casas de nuestros padres; Merorim (esto es, hierbas amargas) porque los egipcios hicieron amarga la vida a nuestros padres (Ex. 1, 14); Massa, porque nuestros abuelos fueron libertados del Egipto. El hombre de cada generación tiene que comportarse como si él mismo hubiera salido de Egipto, porque escrito está: “Esto lo hizo por mí el Señor cuando nos libró de Egipto”. Por esto estamos obligados a darle gracias, enzalsarlo, alabarlo, honrarlo, glorificarlo, a El que ha obrado tantos prodigios por nosotros, y de la esclavitud nos llevó a la libertad, de la desgracia a la alegría, del luto al día de júbilo, de las tinieblas a la gran luz, de la esclavitud a la libertad. Por lo tanto les responderemos: Aleluya”. 6. ¿Hasta qué punto debe recitarse? La escuela de Shammai dice: “Hasta el versículo: ‘La madre feliz por sus hijos’ (Salmo 113, 9)”. La escuela de Hillel: “Hasta el versículo: ‘La piedra en el manantial de las aguas” (Sal. 114, 8). Se debe concluir con la acción de gracias por) la adquisición de la libertad”. Rabi Tarphon dice: “(Dios que nos libró a nosotros y a nuestros padres de Egipto, que hizo que viésemos esta noche para que comamos el pan ácimo y las hierbas amargas”. Sin embargo ninguna fórmula de conclusión aparece. Rabi Agiba dice: “Así nuestro Dios y el de nuestros padres nos conserve la vida hasta la festividad (de la Pascua) que llega a nosotros envuelta en paz. Gozosos por la reconstrucción de tu ciudad, alegres en tu servicio, haz que podamos comer los corderos pascuales y las víctimas del sacrificio, cuya sangre escurre sobre los lados de tu altar, en señal de tu benevolencia; y nosotros nos acercamos a ti para darte gracias por la libertad, cantando un nuevo cántico: ¡Bendito seas, ¡Oh Señor Dios!, que libraste al (pueblo de Israel)!” ».

[16] 464 se trata del salmo 113, que en la neovulgata ha venido a ser el Salmo 114.

[17] 465 Es el SEGUNDO CALIZ o COPA, esto es, la segunda infusión ritual, de que se habla en Pesahin.

[18] 466 Sal. 112, uno de los llamados de Hillel

[19] 467 Cfr. Ap. 19, 1–9.

[20] 468 en 352.5/14. Cfr. Alusión a lo que se refiere Mt. 18, 1–5; Mc. 9, 33–37; Lc. 9, 46–48. Según esta obra los tres trozos son semejantes, pero no paralelos con Lc. 22, 24–27.

[21] 469 La felicidad de la era mesiánica y por lo tanto del paraíso celestial en la Biblia se le simboliza por un banquete. Cfr. Is. 25, 6–12; Mt. 8, 11–12; 22, 1–14; 26, 26–29; Mc. 14, 22–25; Lc. 14, 15–24; 22, 14–18. 28–30; Ap. 3, 14–22; 19, 1–9; y también Prv. 9, 1–6.

[22] 470 Cfr. Dan. 7; Mt. 19, 27–29; Lc. 22, 28–30; 1 Cor. 6, 1–11; Ap. 3, 21; 20, 4–6.

[23] 471 Porque se trata de Angeles y no de sus representaciones en el Templo. Cfr. Is. 6; Ez. 1, 4–28 y 9–10; Ap. 4, 1–8.

[24] 472 Is. 53, 12. Se aconseja tener presente: 52, 13 – 53, 12.

[25] 473 Esta distinction entre el alimento para el cuerpo o material, y el alimento para el espíritu o espiritual, es antiquísima. Cfr. por ejemplo la obra compuesta hacia la mitad del II siglo en Siria o Palestina, llamada Doctrina (Didagé) de los Doce Apóstoles, cap. 10, 3.

[26] 474 En esta obra, como en la Liturgia romana vespertina del Jueves Santo, el Lavatorio de los pies precede al rito eucarístico, para enseñar que nadie debe participar del Banquete divino si no es muy caritativo, profundamente humilde, completamente puro.

[27] 475 Tal acto, aunque involuntario, esclarece lo que se lee en el Sal. 40, 10, que Jesús mismo aplicó a Judas Iscariote (Ju. 13, 18).

[28] 476 en 300.9, 301.6, 567.22

[29] 477 Cfr. Gén. 1–3

[30] 478 La lepra que se manifiesta al principio con manchas, y después degenera en llagas o cosa semejante, es una imagen muy apropiada del pecado. Cfr. Orígenes, doctísimo escritor ecleasiático oriental que floreció en el S. III, Homilía VIII sobre el Levítico, en Migne, Patrología Griega, tom. 12, col. 502 (501–504).

[31] 479 Para comprender las diversas alusiones bíblicas, cfr. Gén. 49, 8–12; Deut. 33, 7; 1 Mac. 3, 1–9.

[32] 480 Respecto del TERCER CALIZ o COPA, esto es, de esta tercera vez que beben vino, Pesahim se expresa de este modo: “Se distribuya el tercer cáliz. Y (el que preside el banquete) bendiga la mesa”.

[33] 481 Salmo 114, según la Vulgata. Según la numeración de la neovulgata, se recitan por orden: Salmo 116 (que agrupa el 114 y el 115 de la vulgata), Salmo 117, Salmo 118 (largo himno), Salmo 119 (el que no termina nunca).

[34] 482 Cfr. Sal. 115.

[35] 483 Cfr. Sal. 116.

[36] 484 Cfr. Sal. 117.

[37] 485 en Salmo 41, 10.

[38] 486 Esto es, el rito antiguo. Más abajo escribe: “Ahora que se ha cumplido con el rito antiguo…” Así pues el haber echado vino y haberlo bebido los presentes, a lo que se refiere la obra, y que corresponde a Lc. 22, 17–18, es la conclusión del rito antiguo, esto es, de la cena pascual judía, y no el principio del banquete eucarístico cristiano.

[39] 487 Cfr. Nota anterior. Se trata del CUARTO CALIZ o COPA, que era la última. Pesahim dice: “Con el cuarto cáliz o copa, él (esto es: el que hace de cabeza de la cena) termina el Hilel y recita la bendición del cántico. Entre los dos (primeros) cálices o copas, es lícito beber; pero no entre el tercero y el cuarto. Después de la cena pascual, nadie puede irse sino después del himno de alegría, cantado procesionalmente”. La traducción española se ha adaptado a la traducción del sabio sacerdote Juan M. Vannucci, O.S.M.

[40] 488 Cfr. Sal. 115

[41] 489 Esta obra, en absoluta armonía con la Iglesia, y con absoluta desconformidad con los herejes de todos los siglos, abiertamente proclama una y otra vez, aun en este trozo, que en el Nuevo Rito se realiza y realizará el gran milagro de Amor, por el cual el pan se convierte en el Cuerpo de Cristo y el vino en Sangre del Salvador, para que el hombre participe de la mejor manera posible de las gracias que Jesús trajo, como son el perdón de los pecados y la vida eterna.

[42] 490 “Jesús toma un pan… para daros Vida. Haced esto en recuerdo mío”. Este trozo que se encuentra en esta obra, refiere de un modo que parece libre, un suceso de inmensa importancia aun desde el punto de vista exegético y litúrgico. Es oportuno verlo teniendo en cuenta las narraciones de S. Mateo, S. Marcos, S. Lucas, la epístola primera de los Corintios de S. Pablo y las principales liturgias eucarísticas de Oriente como de Occidente. “Jesús toma un pan entero”: cfr. Mt. 26, 26; Mc. 14, 22; Lc. 22, 19; 1 Cor. 11, 23. Estos textos bíblicos no dicen “de un pan entero”, pero se sobreentiende, al haber escrito: “pedazos”; “Lo pone sobre la copa llena”: en Roma, en el lugar llamado de Lucina en el cementerio de S. Calixto, hay una pintura del siglo II que representa un hermoso pescado con una canastita sobre el lomo: en el centro de ella, un vaso de vino rojo, sobre los panes. Cfr. Enciclopedia Católica, vol. V, col. 741–742, Ciudad del Vaticano, 1950; cfr. también ib. Col. 779–780. “Bendice”: cfr. Mt. 26, 26; Mc. 14, 22, y las liturgias orientales, por ej. La siro–antioqueña de Santiago, la Bizantina, las cuales, casi para interpretar el sentido de “bendijo”, añaden el de “santificó”. (Hay liturgia que añade: “consagró”). Cfr. además INOCENCIO III, De sacro Altares Misterio, libr. IV, cap. 6, en MIGNE Patrología latina, tom. 217, col.859. “y ofrece ambos” cfr. todas las liturgias. “Luego parte el pan”: cfr. Mt. 26, 16; Mc. 14, 22; Lc. 22, 19; 1 Cor. 11, 24. “en trece pedazos y da uno a cada apóstol”; fuera de la aclaración de “trece”, cfr. Mt. 26, 26; Mc. 14, 22; Lc. 22, 19 y 22, 14. “diciendo”: cfr. Mt. 26, 26; Mc. 14, 22; Lc. 22, 19; 1 Cor. 11, 24. “Tomad”: cfr. solo Mt. 26, 26; Mc. 14, 22. “y comed”: cfr. solo Mt. 26, 26. “Esto es mi Cuerpo”: cfr. Mt. 26, 26; Mc. 14, 22; Lc. 22, 19; 1 Cor. 11, 24. Esta obra no añade más, y de este modo concuerda con Mt. y Mc.; difiere de Lc.22, 19 que añade: “que sera entregado por vosotros”; (se da) por vosotros; y de la Liturgia siro–antioqueña de Santiago que dice: “que será dado por vosotros y por muchos para la remisión de los pecados y para la Vida eterna”. “Haced esto en recuerdo de Mí”; cfr. Lc. 22, 19; 1 Cor. 11, 24. “que me voy”: cfr. algo muy semejante en 1 Cor. 11, 26, en la frase compendiada. “Da el cáliz”: cfr. Mt. 26, 27; Mc. 14, 23; (Lc. 22, 20; 1 Cor. 11, 25). “y dice”: cfr. Mt. 26, 27; Mc. 14, 24; Lc. 22, 20; 1 Cor. 11, 25. “tomad”: (cfr. Mt. 26, 27; Mc. 14, 23, porque al dar se incluye la invitación a tomar). “y bebed”: cfr. Mt. 26, 27 (Mc. 14, 23, pues dice que bebieron). “Esto es mi Sangre”: cfr. Mt. 26, 28; Mc. 14, 24. “Esto es el Cáliz”: cfr. Lc. 22, 20; 1 Cor. 11, 25. “del nuevo pacto”: sin la aclaración de “nuevo” cfr. Mt. 26, 28; Mc. 14, 24; con la aclaración: Lc. 22, 20; 1 Cor. 11, 25. “en mi Sangre”: cfr. Lc. 22, 20; 1 Cor. 11, 25. “y por mi Sangre” (cfr. Rom. 5, 9; Ef. 1, 7; Col. 1, 20; Hebr. 9, 12; 13, 12 donde siempre aparece la expresión: “por la Sangre”. “que será derramada”: cfr. Mt. 26, 28; Mc. 14, 24; Lc. 22, 20. “por vosotros”: cfr. Mt. 26, 28 (que tiene: “por muchos”); Mc. 14, 24 (que también tiene: “por muchos”); Lc. 22, 20. “para que se os perdonen vuestros pecados”: sin la palabra “vuestros” cfr. Mt. 26, 28; Liturgia romana, ambrosiana, siro–antioqueña de Santiago. “haced esto en recuerdo mío”: cfr. 1 Cor. 11, 25. De esta meticulosa comparación del presente trozo con los otros de la Biblia y de las Liturgias, se echa de ver que esta página de la Obra –cualquiera que sea la explicación de su composición– es obra de un sabio exégeta y de un experto liturgista.

[43] 491 S. Justino que nació en Palestina y vivió en Roma, que fue filósofo y teólogo de la época sub–apostólica, en su Apología 1ª.compuesta hacia el a. 150, escribe que los diáconos, al terminar el Sacrificio, llevaban la Eucaristía a los ausentes. 492 Opinión que existe en la Iglesia, según la cual con el “fiat” (cfr. Lc. 1, 38) María consintió participar a la dolorosísima obra de rescate del hombre

[44]

[45] 493 Téngase en cuenta la interpretación “eucarística” dado el cap. 6º. del Evangelio de S. Juan.

[46] 494 Exactamente y en armonía con las mejores interpretaciones, este trozo de pan mojado (cfr. Ju. 13, 26–27), no es Pan eucarístico, sino pan de la cena judía.

[47] 495 La escritora habla humanamente, algo así como en Gén. 6, 5–7.

[48] 496 Cfr. en el Antiguo Breviario Romano, para la fiesta de Corpus Christi, la lección VI.

[49] 497 Cfr. Ju. 6, 52–66, y piensese en los herejes de todos los tiempos

[50] 498 Cuán exacto es decir: “Ad majorem Dei gloriam”.

[51] 499 Cfr. Jos. 10, 10–15.

[52] 500 en 488.2

[53] 501 El Sr. Arzobispo Alfonso Carinci, al leer estas y semejantes alabanzas tributadas a María en esta obra, solía decir: “Estos libros no pueden venir de la cabeza del demonio, porque éste no la lleva nada bien con la Virgen”.

[54] 502 Cfr. Jdt. 10–13.

[55] 503 Cfr. Jue. 4–5

[56]504 Cfr. Cant. 8, 6.

[57] 505 Cfr. Ap. 21, 1–4.

[58] La samaritana del pozo de Jacob, cap.143

[59] 506 Cfr. El himno intitulado “Veni, Sancte Spiritus” de Esteban Langton (s. XIII).

[60] 507 Cfr. Ju. 14, 17 en cuanto al texto, y también Lc. 24, 29; Hech. 1, 4–5. 8.

[61] 508 Cfr. 1 Ju. 4, 8. 16.

[62] 509 Cfr. Is. 9, 6–7

[63] 510 La palabra “lluvia” en el contexto no significa Espíritu Santo, sino la Sangre de Jesús. La frase no sólo teológicamente es bella, sino también literariamente.

[64] 511 Esta expressión no aparece en Ju. 14, 30, pero es una de las reflexiones teológicas de que abunda esta obra.

[65] 512 Cfr. Ef. 2, 5–11.

[66] 513 Según la Biblia, el nombre de la persona y la persona misma, están entre sí muy ligados, se identifican. Por esto, pedir en el Nombre de Jesús (cfr. Ju. 15–16) y pedir en la Persona de Jesús, en Jesús, permaneciendo en El (cfr. Ju. 15, 5–11; Gal. 2, 18–20) es lo mismo . Por lo tanto la aceptación de la plegaria no está sencillamente ligada a la interposición del nombre de Jesús, sino a que El está en nosotros, a que nuestra voluntad es la suya, en virtud del divino amor y de nuestra cooperación.

[67] 514 El antiguo mandamiento: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Lev. 19, 18) es elevado a una mayor perfección (cfr. Mt. 5, 17) al decir: “Amaos mutuamente como os he amado” (Ju. 15, 12). Esta obra al decir: “Amaos mutuamente más de lo que cada uno se ama a sí mismo” expresa claramente lo que se lee en: Ju. 15, 13; Rom. 5, 6–8; Ef. 5, 1–2; 1 Ju. 2, 3–11; 3, 11–24, porque sin duda, Jesús, nuestro modelo, nos amó más que a Sí mismo (cfr. Hebr. 12, 1–4).

[68] 515 Habiendo, voluntaria y completamente, entregádose al servicio de Satanás. Como Pablo, con toda verdad llegó a decir: “No soy yo más el que vive, es Jesús quien vive en mí” (Gal. 2, 20), así también el traidor llegó a ser el hombre en quien el demonio vivía, no ya él. Cfr. Ju. 13, 2; Lc. 22, 3; Ju. 6, 70; 13, 27

[69] 516 Es una afirmación fuerte y vivida, apropiada para expresar la voluntad satánica, insana y desenfrenada de apoderarse del hombre, rey del universo, para realizar finalmente su antiguo sueño no sólo de combatir sin tregua a Dios, sino de quererlo destruir.

[70] 517 Jesús había dado a Simón de Jonás el sobrenombre de Pedro o Piedra. Cfr. Mt. 16, 13–20; Mc. 3, 13–19; Ju. 1, 40–42

[71] 518 En la liturgia romana como en la oriental, las oraciones terminan con la invocación “Per Dominum nostrum Iesum Christum Filium tuum, qui tecum (: Pater) vivit et regnat in úntate Spiritus Sancti, Deus, per omnia saecula saeculorum”.

[72] 519 Salmos 35, 19; 69, 5.

[73] 520 Esta afirmación que no se encuentra en S. Juan 16, 3, está en conformidad con el espíritu de Jesús y de su evangelio.

Cfr. Lc. 23, 33–34.

[74] 521 Jesús se comparó a una madre amorosa. Cfr. Mt. 23, 37–39; Lc. 13, 34–35.

[75] 522 No es imposible que esta frase incluya una alusión velada al tesoro de las santas indulgencias

[76] 523 Cfr. Gén. 3, 1–7.

[77] 524 Ib. 3, 22–24; Ap. 22.

[78] 525 Respecto de esta “sublime plegaria”, MV hizo notar varias veces, y su director el P. Migliorini lo repitió, que el apóstol S.Juan (17) la había escrito “ad litteram”, exacta como salió de los labios del Maestro divino

[79] 526 Cfr. 1 Cor. 11, 28–32.

[80] 527 Cfr. Hech. 1, 18.

602. Hacia el Getsemaní con once apóstoles. La agonía y el prendimiento[1]543.

16 de marzo de 1945.

agonia en getsemani1       La calle está llena de silencio. Sólo una fuentecilla que vierte su agua en una pila de piedra pone un sonido en medio de tanto silencio. En las paredes de las casas, en el lado oriental, todavía hay obscuridad, mientras que en el otro lado la Luna empieza a blanquear la cima de las casas y, donde la calle se ensancha formando una placita, el lácteo color de plata de la Luna desciende a embellecer también los cantos y la tierra de la calle. Pero debajo de los frecuentes arcos que van de casa a casa, semejantes a puentes levadizos o a puntales de estas viejas casas de escasísimas aperturas hacia la calle, y que a esta hora están del todo cerradas y obscuras como si fueran casas abandonadas, hay obscuridad perfecta, y el color rojizo de la antorcha que lleva Simón adquiere una vivacidad singular y una utilidad aún mayor.

Los rostros, con esa luz roja y móvil, muestran un relieve neto, y cada uno de ellos revela un estado de ánimo distinto.

El más solemne y tranquilo es el de Jesús, aunque el cansancio le avejente marcándole con líneas que normalmente no tiene y que hacen ya aparecer la futura efigie de su rostro descompuesto en la muerte.

Juan, que camina a su lado, va posando su mirada atónita, doliente, en todo lo que ve a su alrededor; parece un niño aterrorizado por alguna narración que haya oído contar o por alguna promesa amedrentadora, y parece invocar la ayuda de alguien que sepa más que él. Pero ¿quién podrá ayudarle?

Simón, que va al otro lado de Jesús, tiene una expresión cerrada, sombría, propia de quien va rumiando dentro de sí pensamientos atroces; y aun así es el único que, además de Jesús, mantiene un aspecto de noble gravedad.

2       Los demás, en dos grupos cuya formación continuamente se altera, son la agitación personificada. De vez en cuando, la voz ronca de Pedro y la voz de barítono de Tomás se elevan con extraña resonancia; y la moderan luego, como temerosos por lo que dicen. Van discutiendo sobre lo que debe hacerse: quién propone una cosa, quién otra; pero todas las propuestas son inconsistentes, porque realmente está para comenzar “la hora de las tinieblas” y los juicios humanos quedan obscurecidos y confusos.

«Había que habérmelo dicho antes» dice Pedro con estrangulada voz.

«Pero nadie ha hablado. Tampoco el Maestro…» dice Andrés.

«¡Sí, ya, El te lo iba a decir! ¡Vamos, hermano, parece que no le conocieras!…» le responde Pedro.

«Yo percibía algo turbio. Y lo dije: “Vamos a morir con El”. ¿Os acordáis? ¡Pero, por nuestro santísimo Dios, si hubiera sabido que era Judas de Simón!…» brama Tomás amenazador.

«¿Y qué querías hacer?» pregunta Bartolomé.

«¿Yo? ¡Todavía intervendría ahora, si me ayudarais!».

«¿Qué harías? ¿Irías a matarle? ¿Y a dónde?».

«No. Me llevaría al Maestro. Es más fácil».

«¡No iría!».

«No se lo preguntaría. Le raptaría como se rapta a una mujer».

«¡Pues no sería mala idea!» dice Pedro. E, impulsivo, vuelve hacia atrás, se pone en el grupo de los dos hijos de Alfeo, los cuales, con Mateo y Santiago, van bisbiseando como conjurados. «Oíd: Tomás propone llevarnos a Jesús. Todos juntos. Se podría… desde Getsemaní, por Betfagé, hasta Betania, y de allí… en barca hacia algún lugar. ¿Lo hacemos? Puesto en salvo El, volvemos y nos quitamos de en medio a Judas».

«Es inútil. Todo Israel es una trampa» dice Santiago de Alfeo.

«Próxima ya a cerrarse. Esto se comprendía. ¡Demasiado odio!».

«¡Pero Mateo! ¡Me da rabia oírte eso! ¡Eras más valiente cuando eras pecador! Di tú, Felipe».

Felipe, que va completamente solo y parece monologar, alza la cara y se para. Pedro se acerca a él. Hablan los dos en voz baja. Luego se unen al grupo de antes: «Yo diría que el sitio mejor es el Templo» dice Felipe.

«¿Estás loco?» gritan los primos y Mateo y Santiago. «¡Pero si allí quieren su muerte!».

«¡Chss! ¡Cuánto jaleo armáis! Yo sé lo que digo. Le buscarán por todas partes, pero allí no. Tú y Juan tenéis buenas amistades entre los servidores de Anás. Se da una buena cantidad de oro… y todo arreglado. ¡Creedme! El sitio mejor para esconder a uno perseguido es la casa de los carceleros».

«Yo no lo hago» dice Santiago de Zebedeo. «De todas formas, mira a ver lo que dicen también los demás. El primero, Juan. ¿Y si luego le arrestan? No quiero que se diga que soy yo el traidor…».

«No había pensado en eso. ¿Y entonces?». Pedro está completamente descorazonado.

«Entonces, yo diría que es compasivo hacer una cosa. La única que podemos hacer. Alejar a la Madre…» dice Judas de Alfeo.

«¡Ya!… Pero… ¿Y quién va? ¿Qué se le dice? Ve tú, que eres pariente».

«Yo me quedo con Jesús. Tengo derecho. Ve tú».

«¡¿Yo?! Me he armado de espada para morir como Eleazar de Saura[2]544. Atravesaré legiones para defender a mi Jesús y descargaré mi espada sin contemplaciones. Si muero por la fuerza de un número mayor, no importa. Le habré defendido» proclama Pedro.

«¿Pero estás totalmente seguro de que es Judas Iscariote?» pregunta Felipe a Judas Tadeo.

«Estoy seguro. Ninguno de nosotros tiene corazón de serpiente. Sólo él… Ve tú, Mateo, donde María, y dile…».

«¿Yo? ¿Engañarla? ¿Verla a mi lado desconocedora de lo que sucede y luego…? ¡Ah, no! Estoy dispuesto a morir, pero no a traicionar a esa paloma…».

Las voces se mezclan en un susurro.

3 «¿Oyes? Maestro, nosotros te queremos» dice Simón.

«Lo sé. No necesito esas palabras para saberlo. Y, si dan paz al corazón del Mesías, le hieren el alma».

«¿Por qué, mi Señor? Son palabras de amor».

«De amor enteramente humano. En verdad, en estos tres años no he hecho nada, porque sois todavía más humanos que en la primera hora. Actúan en vosotros todos los fermentos, los más fangosos, esta noche. Pero no es culpa vuestra…».

«¡Sálvate, Jesús!» dice Juan gimiendo.

«Me salvo».

«¿Sí? ¡Oh, mi Dios, gracias!». Juan parece una flor, primero combada por un calor abrasador y ahora erguida de nuevo en su tallo, fresca. «Voy a decírselo a los otros. ¿A dónde vamos?».

«Yo a la muerte, vosotros a la Fe».

«¿Pero no acabas de decir que te ibas a salvar?». El predilecto se abate otra vez.

«Me salvo, eso es, me salvo. Si no obedeciera al Padre me perdería. Obedezco y, por tanto, me salvo. ¡No llores de esa manera! Eres menos valiente que los discípulos de aquel filósofo griego de que te hablé un día. Ellos estuvieron al lado del maestro[3]545 que moría a causa de la cicuta, confortándole con su dolor viril. Tú… pareces un niño que haya perdido a su padre».

«¿Y no es, acaso, así? ¡Yo pierdo más que a mi padre! Te pierdo a ti…».

«No me pierdes, porque sigues queriéndome. Se pierde a uno que esté separado de nosotros, por el olvido en la Tierra, por el Juicio de Dios en el más allá. Pero nosotros no estaremos separados. Nunca. Ni por una cosa ni por la otra».

Pero Juan no comprende razones.

4       Simón se acerca todavía más a Jesús, y le confía en voz baja: «Maestro… yo… yo y Simón Pedro teníamos la esperanza de hacer una cosa buena… Pero… Tú que sabes todo, dime: ¿dentro de cuántas horas esperas ser capturado?».

«En cuanto la Luna ocupe el ápice de su arco».

Simón pone un gesto de dolor y de impaciencia, por no decir de irritación.

«Entonces todo ha sido inútil… Maestro, ahora te explico. Casi nos has reprendido a mí y a Simón Pedro por haberte dejado tan solo en estos últimos días… Pero estábamos lejos por ti… por amor a ti. Pedro, en la noche del lunes, impresionado por tus palabras, vino a mí mientras dormía y me dijo: “Yo y tú, de ti me fío, tenemos que hacer algo por Jesús. También Judas ha dicho que quiere intervenir”. ¡Oh! ¿Por qué no hemos comprendido entonces? ¿Por qué no nos dijiste nada Tú? Pero, dime: ¿no se lo has dicho a nadie? ¿A nadie en absoluto? ¿Es que te has percatado de ello hace sólo unas horas?».

«Lo he sabido siempre. Aun antes de que formara parte de los discípulos. Y para que su delito no fuera perfecto, tanto en lo divino como en lo humano, he tratado por todos los medios de alejarle de mí. Los que quieren que Yo muera son los verdugos de Dios; éste, mi discípulo y amigo, es también el traidor, el verdugo del Hombre. Mi primer verdugo, porque ya he recibido de él muerte con el esfuerzo de tenerle a mi lado, en la mesa, y de deber protegerle a costa de mí mismo contra vosotros».

«¿Y ninguno lo sabe?».

«Juan. Se lo he dicho al final de la Cena. Pero ¿qué habéis hecho?».

«¿Y Lázaro? ¿Lázaro no sabe nada en absoluto? Hoy hemos estado en su casa.

Porque ha venido muy de mañana, ha sacrificado y se ha vuelto a marchar sin siquiera detenerse en su palacio ni ir al Pretorio. Porque él va siempre, por costumbre tomada de su padre. Y Pilato, ya lo sabes, está en estos días en la ciudad…».

«Sí. Todos están. Está Roma: la nueva Sión, con Pilato; está Israel, con Caifás y Herodes; está todo Israel, porque la Pascua ha congregado a los hijos de este pueblo a los pies del altar de Dios… 5 ¿Has visto a Gamaliel?».

«Sí. ¿Por qué esta pregunta? Tengo que verle también mañana…».

«Gamaliel esta noche está en Betfagé. Lo sé. Cuando lleguemos al Getsemaní irás donde él y le dirás: “Dentro de poco tendrás el signo que esperas desde hace veintiún años”. Nada más. Luego volverás con tus compañeros».

«Pero ¿cómo lo sabes? ¡Oh, Maestro mío, pobre Maestro que no tienes ni siquiera el consuelo de ignorar las obras ajenas!».

«Bien dices: ¡pobre Maestro! ¡El consuelo de ignorar! Porque son más las obras malas que las buenas. Pero veo también las buenas y exulto por ellas».

«Entonces sabes que…».

«Simón: es mi hora de pasión. Para que sea más completa, el Padre, a medida que ésta se va aproximando, me retira la luz. Dentro de poco tendré sólo tinieblas y la contemplación de lo que son tinieblas: o sea, todos los pecados de los hombres. No puedes, no podéis entender. Ninguno, excepto el llamado por Dios a ello por especial misión, comprenderá esta pasión en la gran Pasión; y, dado que el hombre es material incluso en el amar y en el meditar, habrá quien llore y sufra por mis golpes, por las torturas del Redentor; pero no se medirá esta espiritual tortura que –creedlo vosotros que me escucháis– será la más atroz… Habla, por tanto, Simón. Guíame por los senderos por donde tu amistad fue por causa mía, porque soy un pobre que va perdiendo la visión y ve fantasmas, no cosas reales…».

Juan le abraza y pregunta: «¿Pero es que ya no ves a tu Juan?».

«Te veo. Pero los fantasmas surgen de las brumas de Satanás. Visiones de pesadilla y de dolor. Todos estamos envueltos en este miasma de infierno, esta noche. En mí trata de crear cobardía, desobediencia y dolor; en vosotros creará desilusión y miedo; en otros –personas que incluso no son ni medrosos ni dados al delito– creará miedo y delincuencia; en otros, que ya son de Satanás, creará la perversión sobrenatural (lo llamo así porque su perfección en el mal será tal, que superará las humanas posibilidades y alcanzará la perfección que siempre es propia de lo sobrehumano).

6 Habla, Simón».

«Sí. Desde el martes no hacemos otra cosa sino salir para saber, para prevenir, para buscar ayuda».

«¿Y qué habéis podido hacer?».

«Nada. O muy poco».

«Y ese poco será “nada” cuando el miedo paralice los corazones».

«He tenido también un choque con Lázaro… Es la primera vez que me sucede… Un choque porque me parecía inactivo… Podría hacer algo. Es amigo del Gobernador. ¡Sigue siendo el hijo de Teófilo! Pero Lázaro ha rechazado todas mis propuestas. Le he dejado gritándole: “¡Pienso que eres tú ese amigo del que habla el Maestro! ¡Me produces horror?”. Y no quería yo volver a su casa… Pero esta mañana me ha llamado y me ha dicho: “¿Puedes pensar todavía que sea yo su traidor?”. Yo había visto ya a Gamaliel y a José y a Cusa, y a Nicodemo y Manahén, en fin, a tu hermano José… y ya no podía creer esa cosa. Le he dicho: “Perdona, Lázaro. Pero siento mi mente más confusa que cuando yo mismo era un condenado”. Y es así, Maestro… Yo ya no soy yo… Pero ¿por qué sonríes?».

«Porque esto confirma todo lo que te he dicho antes. La bruma de Satanás te envuelve y te turba. ¿Qué ha respondido Lázaro?».

«Ha dicho: “Te comprendo. Ven hoy, con Nicodemo. Necesito verte”. Y es lo que he hecho mientras Simón Pedro iba donde los galileos. Porque tu hermano –él, desde tan lejos– está más informado que nosotros. Dice que lo ha sabido por azar, hablando con un galileo anciano que vive cerca de la zona de mercado, amigo de Alfeo y José».

«¡Ah!… sí… un gran amigo de la casa…».

«El está allá, con Simón y las mujeres; también está la familia de Caná».

«He visto a Simón» .

«Bueno, pues José, por este amigo suyo, que además es amigo de uno del Templo que ahora es pariente suyo por enlaces con mujeres, ha sabido que está decidida tu captura, y le ha dicho a Pedro: “Siempre me opuse a El. Pero por amor y mientras El era fuerte. Pero ahora que es como un niño a merced de sus enemigos, yo, pariente suyo que siempre le ha querido, estoy con El. Es deber de sangre y de corazón”».

Jesús sonríe, y vuelve a verse en El, un instante, la cara serena de las horas de alegría.

«Y José le ha dicho a Pedro: “Los fariseos de Galilea son áspides como todos los fariseos. Pero Galilea no está compuesta sólo de fariseos. Y aquí hay muchos galileos que le quieren. Vamos y les proponemos unirse para defenderle. No tenemos más que cuchillos. Pero hasta un palo es un arma, si se maneja bien. Y, si no vienen los soldados romanos, pronto nos impondremos a esa canalla vil que son los esbirros del Templo”. Y Pedro fue con él. 7 Yo, mientras, iba donde Lázaro, con Nicodemo. Habíamos decidido convencer a Lázaro de que viniera con nosotros y de que abriera su casa para estar contigo. Nos dijo: “Debo obedecer a Jesús y estar aquí, sufriendo el doble…”. ¿Es verdad?».

«Es verdad. Le di esa orden».

«Pero me dio las espadas. Son suyas. Una para mí, una para Pedro. También Cusa quería darme las espadas. Pero… ¿qué son dos hierros contra todo un mundo? Cusa no puede creer que sea verdad todo esto que dices. Jura que no sabe nada y que en la corte la única idea que hay es la de gozarse la fiesta… Una juerga, como de costumbre. Tanto es así, que le ha dicho a Juana que se retire a una casa que tienen ellos en Judea. Pero Juana quiere quedarse aquí; dentro de su palacio y como si no estuviera. No se aleja. Con ella están Plautina, Ana, Nique y dos damas romanas de la casa de Claudia. Lloran, oran e incitan a orar a los inocentes. Pero no es tiempo de oraciones, es tiempo de sangre. ¡Siento revivir en mí al “zelote”[4]546 y ya ansío matar para cobrar venganza!…».

«¡Simón!». Jesús habla severísimo. «¡Si mi intención hubiera sido que murieras bajo la maldición, no te hubiera sacado de tu desgracia!…».

«¡Oh, perdón, Maestro… perdón! Soy como un borracho, como uno que delira».

«¿Y Manahén qué dice?».

«Manahén dice que no puede ser verdad, y que si lo fuera te seguiría hasta en el suplicio».

«¡Cómo os fiáis todos de vosotros mismos!… ¡Cuánta soberbia hay en el hombre! ¿Y Nicodemo y José? ¿Qué saben?».

«No más que yo. Hace tiempo, en una asamblea, José se enfrentó al Sanedrín. Los llamó asesinos por querer matar a un inocente, y dijo:“Todo es ilegal aquí dentro. Razón tiene El. El abominio está en la casa del Señor[5]547. Es necesario destruir este altar, porque ha sido profanado”[6]548. No le lapidaron por ser quien era. Pero desde entonces le han mantenido en una total falta de información. Sólo Gamaliel y Nicodemo han seguido manteniendo la amistad con él. Pero el primero no habla, y el segundo… Ni él ni José han vuelto a ser llamados al Sanedrín para las decisiones más genuinas. Se reúnen ilegalmente, acá o allá, a distintas horas, por miedo a ellos y a Roma. ¡Ah, se me olvidaba!… Los pastores. También ellos están con los galileos. ¡Pero somos pocos! ¡Si Lázaro hubiera querido escucharnos a ir a ver al Pretor! Pero no nos prestó oídos… Esto es lo que hemos hecho… Mucho… y nada… Y me siento tan abatido que me dan ganas de ir por los campos gritando como un chacal, de degradarme en una orgía, de matar como un bandolero, con tal de alejar de mí estepensamiento que, como han dicho Lázaro, José, Cusa, Manahén y Gamaliel, es “completamente inútil”…». El Zelote no parece él…

«¿Qué ha dicho el rabí?».

«Ha dicho: “No conozco exactamente los propósitos de Caifás. Pero os respondo que lo que decís está profetizado sólo para el Cristo. Y como no admito en este profeta al Cristo, no veo que haya motivo para intranquilizarse. Se dará muerte a un hombre, a un hombre bueno, amigo de Dios. Pero ¡¿de cuántos como él ha bebido Sión la sangre?!”. Y, dado que insistíamos en tu divina Naturaleza, ha repetido testarudamente: “Cuando vea el signo, creeré”. Y ha prometido abstenerse de votar por tu muerte; es más, ha prometido que, si es posible, convencerá a los otros de no condenarte. Esto, no más. ¡No cree! ¡No cree! Si se pudiera llegar a mañana… Pero dices que no. 8 ¡Oh, ¿qué vamos a hacer nosotros?!».

«Tú irás donde Lázaro y tratarás de llevar contigo a todos los que puedas. No sólo de los apóstoles, sino también de los discípulos que encuentres vagando por los caminos de la campiña. Trata de ver a los pastores y dales esta orden. La casa de Betania es más que nunca la casa de Betania, la casa de la buena hospitalidad. Los que no tengan el valor de afrontar el odio de todo un pueblo, que se refugien allí. A esperar…».

«Pero nosotros no te dejaremos».

«No os separéis… Separados no seríais nada; unidos seréis todavía una fuerza. Simón: prométeme esto. Tú eres un hombre sereno, fiel, con palabra e influencia incluso ante Pedro. Y estás muy obligado conmigo. Te recuerdo esto, por primera vez, para imponerte la obediencia. Mira: estamos en el Cedrón. Por ahí subiste, leproso, hacia mí, y de ahí saliste ya limpio. Por lo que te di, dame: da al Hombre lo que Yo di al hombre: ahora el leproso soy Yo…»[7]549.

«¡Nooo! ¡No digas eso!» gimen juntos los dos discípulos.

«¡Así es! Pedro, mis hermanos, serán los más abatidos. Mi honesto Pedro se sentirá como un malhechor y no tendrá paz. Y mis hermanos… No tendrán corazón para mirar ni a su madre ni a la mía… Te los confío…».

«¿Y yo, Señor, de quién seré? ¿En mí no piensas?».

«¡Niño mío! Tú estás confiado a tu amor. Es tan fuerte, que te guiará como una madre. No te doy ni orden ni guía; te dejo en las aguas del amor: son en ti un río tan tranquilo y profundo, que no me plantean ninguna duda sobre tu futuro[8]550. Simón, ¿has comprendido? ¡Prométemelo! ¡Prométemelo!». Es penoso ver a Jesús tan angustiado… Sigue diciendo: «¡Antes de que vengan los otros! ¡Oh, gracias! ¡Bendito seas!».

9       Todo el grupo se reúne.

«Ahora vamos a separarnos. Yo voy arriba, a orar Quiero conmigo a Pedro, Juan y Santiago. Vosotros quedaos aquí. Y si os vierais en grave apuro, llamad. Y no temáis. No os tocarán ni un pelo. Orad por mí. Deponed el odio y el miedo. Será sólo un momento… Luego el júbilo será completo. Sonreíd. Que lleve Yo en mi corazón vuestras sonrisas. Y, una vez más, gracias por todo, amigos. Adiós. Que el Señor no os abandone…».

Jesús se echa a andar y se separa de los apóstoles, mientras Pedro pide la antorcha a Simón, después de que éste ha encendido con ella ramas secas resinosas, que arden crujiendo en el extremo del olivar y expanden olor de enebro. Me aflige ver a Judas Tadeo mirar a Jesús con tan intensa y doliente mirada, que Jesús se vuelve buscando al que le ha mirado. Pero Judas Tadeo se esconde detrás de Bartolomé y se muerde los labios para contenerse.

Jesús hace un gesto con la mano, entre una bendición y un adiós, y luego prosigue su camino. La Luna, ya bien alta, envuelve con su luz la alta figura de Jesús, y parece hacerla más alta incluso, espiritualizándola, haciendo más clara la túnica roja y más pálido el oro de sus cabellos. Detrás de El, aceleran el paso Pedro –con la antorcha– y los dos hijos de Zebedeo.

10   Prosiguen hasta el límite del primer desnivel del rústico anfiteatro del olivar, cuya entrada sería el calvero irregular y cuyas gradas serían las terrazas, que ascienden formando escalones de olivos en el monte. Luego Jesús dice:

«Deteneos, esperadme aquí mientras oro. Pero no os durmáis. Podría necesitaros. Y os lo pido por caridad: ¡orad! Vuestro Maestro está muy abatido».

En efecto, su abatimiento es ya profundo. Parece ya bajo un peso que le oprime. ¿Dónde está ese Jesús vigoroso que hablaba a las multitudes, hermoso, fuerte, de mirada dominadora, sonrisa serena, voz sonora y bellísima? Parece ya apoderarse de El la congoja. Es como uno que hubiera corrido o llorado. Tiene voz cansada, entrecortada. Está triste, triste, triste…

Pedro responde por los tres:

«Puedes estar tranquilo, Maestro. Vigilaremos y estaremos en oración. Sólo tienes que llamarnos e iremos».

Y Jesús los deja mientras los tres se agachan para recoger hojas y ramos secos y encender así una hoguerita que sirva para mantenerlos despiertos y combatir el relente, que empieza a descender abundante.

11     Camina, dándoles la espalda, de Occidente a Oriente; de forma que tiene de frente la luz lunar. Veo que un gran sufrimiento dilata aún más sus ojos. Quizás es un bistre de cansancio lo que los agranda, o quizás es la sombra del arco superciliar; no lo sé. Sé que tiene los ojos más abiertos y hundidos. Sube cabizbajo. Sólo de vez en cuando alza la cabeza, suspirando como si le costara esfuerzo y jadeara, y entonces recorre con su mirada tristísima el plácido olivar. Sube algunos metros.

Luego tuerce por detrás de una elevación que queda entre El y los tres dejados más abajo. Este saliente de la ladera, que al principio tiene una altura de pocos decímetros, es cada vez más alto, y, después de un pequeño trecho tiene ya una altura de más de dos metros, de forma que resguarda completamente a Jesús de toda mirada más o menos discreta y amiga.

Jesús prosigue hasta una voluminosa piedra que en un determinado punto corta el senderillo (una roca que quizá ha sido puesta como sostén de la vertiente que hacia abajo cae más inclinada y desnuda hasta un inerte cúmulo de piedras que precede a los muros tras los que está Jerusalén, y que hacia arriba sigue subiendo con más terrazas y más olivos).

oracion en el huertoJunto a esta voluminosa piedra, justo un poco más arriba, prominente, hay un olivo todo nudoso y retorcido: parece un caprichoso signo de interrogación puesto por la naturaleza para preguntar algún porqué.

Sus tupidas ramas en la cima de su copa responden a la pregunta del tronco, diciendo ora “sí” plegándose hacia el suelo, ora “no” moviéndose de derecha a izquierda, al son de un leve viento que sopla a intervalos entre las frondas, y que a veces huele sólo a tierra, a veces a ese olor amargoso de los olivos, y a veces trae una mezcla de perfume de rosas y muguetes que quién sabe de dónde pueda venir.

Al otro lado del senderillo, hacia abajo, hay otros olivos, uno de los cuales, justo debajo de la roca, está hendido por algún rayo y aun así vivo todavía, o bifurcado por una causa que desconozco, a partir del tronco inicial y que ha hecho dos troncos que se alzan como los dos segmentos de una gran V en carácter de imprenta; y las dos copas se asoman hacia acá y allá de la roca como queriendo ver y vigilar al mismo tiempo, o formarle a esta peña un suelo de un gris plata lleno de paz.

12     Jesús se detiene allí. No mira a la ciudad, que aparece abajo, blanca toda bajo la luz lunar. Antes al contrario, le vuelve las espaldas. Y ora con los brazos abiertos en cruz, alzada la cara hacia el cielo. No veo su cara porque está en la sombra (tiene la Luna casi en la vertical de su cabeza, pero los tupidos ramajes del olivo están entre El y la Luna, que se filtra apenas entre unas y otras hojas, formando aritos y agujas de luz en constante movimiento).

Es una larga, ardiente oración. De vez en cuando, un suspiro y alguna palabra más nítida. No es un salmo, no es un Pater; es una oración hecha del amor y necesidad que de El brotan: verdadera elocución dirigida a su Padre. Lo comprendo por las pocas palabras que capto:

«Tú lo sabes… Soy tu Hijo… Todo. Pero ayúdame… Ha llegado la hora… Yo ya no soy de la Tierra. Cesa toda necesidad de ayuda a tu Verbo… Que el Hombre lo aplaque como Redentor, de la misma forma que la Palabra te ha sido obediente… Lo que Tú quieras… Para ellos te pido piedad. ¿Los salvaré? Esto te pido. Así lo quiero: salvados del mundo, de la carne, del demonio… ¿Puedo pedir aún? Es una petición justa, Padre mío. No para mí. Para el hombre, que es creación tuya y que quiso transformar en barro también su alma. Yo echo en mi dolor y en mi Sangre ese barro, para que vuelva a ser esa incorruptible esencia del espíritu grato a ti… Y está por todas partes. El es rey esta noche. En el palacio y en las casas. Entre los soldados y en el Templo… La ciudad está henchida de él, y mañana será un infierno…».

Jesús se vuelve, apoya su espalda en la roca y cruza los brazos. Mira a Jerusalén.

La cara de Jesús va tomando una expresión cada vez más triste. Susurra: «Parece de nieve… y es toda ella un pecado. ¡A cuántos he curado también en ella! ¡Cuánto he hablado!… ¿Dónde están los que parecían serme fieles?»…

Jesús agacha la cabeza y mira fijamente al suelo, cubierto de hierba corta, brillante de rocío. Pero, aunque tenga la cabeza baja, comprendo que está llorando, porque algunas gotas, al caer de la cara al suelo, brillan. Luego levanta la cabeza, separa los brazos y une las manos más arriba de la cabeza, y las mueve manteniéndolas unidas.

13     Luego anda. Regresa donde los tres apóstoles, que están sentados alrededor de su hoguerita de hornija. Los encuentra medio dormidos. Pedro ha apoyado su espalda en un tronco, y, cruzados los brazos, cabecea, envuelto por las primeras brumas de un fuerte sueño. Santiago está sentado –también su hermano– encima de una gruesa raíz que sobresale del suelo y sobre la cual han extendido los mantos para sentir menos las protuberancias; pero, a pesar de estar más incómodos que Pedro, también están adormilados. Santiago tiene su cabeza relajada sobre el hombro de Juan, y éste tiene la suya apoyada en el de su hermano, como si el cabeceo los hubiera inmovilizado en esa postura.

«¿Dormís? ¿No habéis sabido velar una hora tan sólo? ¡Tengo mucha necesidad de vuestro consuelo y vuestras oraciones!» .

Los tres se sobresaltan, confundidos. Se restriegan los ojos. Susurran una disculpa. Atribuyen la primera causa de este estado suyo de somnolencia al esfuerzo de digerir:

«Es el vino… la comida… Pero se pasa ahora. Ha sido un momento. No sentíamos ganas de hablar y esto nos ha llevado al sueño. Pero ahora vamos a orar en voz alta y no se va a repetir esto».

«Si. Orad y velad. También para vosotros lo necesitáis».

«Sí, Maestro. Te obedeceremos».

14     Jesús se marcha de nuevo. La Luna –de tan fuerte claror de plata, que va haciendo ver cada vez más pálida la túnica roja, como si la cubriera de un blanco polvo brillante–, ilumina su rostro y me lo muestra desconsolado, doliente, envejecido.

Sus ojos siguen bien abiertos, pero parecen empañados; su boca presenta una línea de cansancio.

Vuelve a su piedra, aún más lento y encorvado. Se arrodilla y apoya los brazos en la roca, que no es lisa, sino que a mitad de altura tiene como un entrante –parece labrado adrede así–, en el que ha nacido una plantita que creo es una de esas florecillas semejantes a pequeñas lirios, que he visto también en Italia[9]551, con hojitas pequeñas, redondas pero denticuladas, y carnosas, de florecillas muy pequeñas en sus delgadísimos tallos: parecen pequeños copos de nieve, y salpican el gris de la roca y las hojitas verde obscuro. Jesús apoya las manos ahí al lado. Las florecillas le acarician la mejilla, porque apoya la cabeza en las manos juntas y ora.

Pasado un poco de tiempo, siente el frescor de las pequeñas corolas, alza la cabeza, las mira, las acaricia, les dice:

«¡También estáis vosotras!… ¡Me aliviáis! Había florecillas como éstas también en la gruta de mi Madre… y Ella las quería, porque decía: “Cuando era pequeña, decía mi padre: ‘Eres un lirio diminuto todo lleno de rocío celeste’ “... ¡Oh, mi Madre! ¡Oh, Mamá!».

Rompe a llorar. Reclinada la cabeza en las manos unidas, un poco apoyado en los calcañares, le veo y oigo llorar, mientras las manos aprietan los dedos y los mortifican, la una a la otra. Oigo que dice:

«También en Belén… y te las llevé, Mamá. ¿Pero éstas quién te las llevará?…».

15     Luego prosigue en su oración y meditación. Debe ser muy triste su meditación, angustiosa más que triste, porque para evitarla se alza y va y viene, susurrando palabras que no capto, alzando la cara, bajándola de nuevo, gesticulando, pasándose las manos por los ojos, las mejillas, el pelo, con mecánicos y agitados movimientos, propios de quien está sumido en una gran angustia: decirlo no es nada, describirlo es imposible, verlo es entrar en su angustia. Gesticula hacia Jerusalén. Luego vuelve a alzar los brazos hacia el cielo como para invocar ayuda.

Se quita el manto como si tuviera calor. Lo mira… Pero ¿qué ve? Sus ojos no miran sino su tortura, y todo contribuye a esta tortura, a aumentarla. Hasta el manto tejido por su Madre. Lo besa y dice: «¡Perdón, Mamá! ¡Perdón!». Parece como si se lo pidiera al paño hilado y tejido por el amor materno… Vuelve a ponérselo. Está lleno de congoja. Quiere orar para superarla. Pero con la oración vuelven los recuerdos, los temores, las dudas, las añoranzas… Es un alud de nombres… ciudades… personas… hechos… No puedo seguirle, porque es rápido y entrecortado. Es su vida evangélica lo que desfila ante El… y le trae el recuerdo de Judas el traidor.

duermen 16     Es tanta la congoja, que grita, para vencerla, el nombre de Pedro y Juan. Y dice:

«Ahora vendrán. ¡Ellos son muy fieles!». Pero “ellos” no vienen. Llama de nuevo.

Parece aterrorizado, como viendo algo que no sabemos.

Huye rápidamente hacia donde están Pedro y los dos hermanos, y los encuentra más cómoda a intensamente dormidos, alrededor de unas pocas brasas que, ya mortecinas, presentan sólo algunos zigzagues de color rojo entre el gris de la ceniza.

«¡Pedro! ¡Os he llamado tres veces! ¿Pero qué hacéis? ¿Dormís todavía? ¿Pero no sentís cuánto sufro! Orad. Que la carne no venza, en ninguno. Que no os venza. El espíritu está pronto, pero la carne es débil. Ayudadme…».

Los tres se despiertan con mayor lentitud. Pero al final lo hacen, y con ojos atónitos se disculpan. Se ponen en pie, primero sentándose, luego irguiéndose del todo.

«¡Pues fíjate!» dice Pedro en tono quedo. «¡No nos ha sucedido nunca esto! Debe haber sido ese vino, sin duda. Era fuerte. Y también este fresco. Nos hemos tapado para no sentirlo (en efecto, se habían tapado hasta la cabeza incluso, con los mantos) y hemos dejado de ver el fuego y hemos dejado de tener frío y, bueno, pues, el sueño ha venido. ¿Dices que has llamado? Es curioso, no me parecía dormir tan profundamente… Arriba, Juan, vamos a buscar algunas ramitas, vamos, pongámonos en movimiento. Se nos pasará. Estáte seguro, Maestro, que a partir de ahora… estaremos en pie…»,

y arroja a las brasas un puñado de hojitas secas, y sopla hasta que la llama resucita; luego la alimenta con las ramas de zarza que ha traído Juan.

Mientras, Santiago trae una gruesa rama de enebro, o de un árbol similar, que ha cortado de una espesura poco lejana, y la une al resto.

La llama se alza, alta y festiva, e ilumina la pobre faz de Jesús. ¡Una faz de una tristeza… de una tristeza, que no se puede mirar sin llorar! Toda la luminosidad de ese rostro ha quedado diluida en un cansancio mortal. Dice:

«¡Estoy en una angustia que me mata! ¡Oh, sí! Mi alma está triste hasta el punto de morir. ¡Amigos… ¡Amigos! ¡Amigos!».

Pero, aunque no dijera esto, su aspecto es ya de por sí el de un moribundo, el de un moribundo que, además, muere en el más angustioso y desolado de los abandonos. Cada palabra parece un acceso de llanto…

Pero los tres están demasiado cargados de sueño. Y se mueven con pasos inciertos y ojos semicerrados, tanto que parecen casi ebrios… Jesús los mira… No los mortifica con reproches. Menea la cabeza, suspira y vuelve a marcharse, al lugar de antes.

17     Ora de nuevo, en pie con los brazos en cruz; luego de rodillas, como antes, curvado el rostro sobre las florecillas. Piensa. Calla… Luego da en gemir y sollozar fuertemente, tan abatido sobre los calcañares, que está casi prosternado. Llama al Padre, cada vez con más congoja…

«¡Oh!» dice. «¡Es demasiado amargo este cáliz! ¡No puedo! ¡No puedo! Está por encima de lo que Yo puedo[10]552. ¡Todo lo he podido! Pero no esto… ¡Aléjalo, Padre, de tu Hijo! ¡Piedad de mí!… ¿Qué he hecho para merecerlo?». Luego, cobrando nuevas fuerzas, dice: «Pero, Padre mío, no escuches mi voz si pide algo contrario a tu voluntad. No recuerdes que soy Hijo tuyo, sino sólo servidor tuyo. No se haga mi voluntad, sino la tuya».

Permanece así durante un rato. Luego emite un grito ahogado y levanta la cara: es un rostro desencajado. Un instante sólo. Luego se derrumba, rostro en tierra, y se queda así. Un deshecho de hombre sobre el que pesa todo el pecado del mundo, sobre el que se abate toda la Justicia del Padre, sobre el que desciende la tiniebla, la ceniza, la hiel, esa tremenda, tremenda, tremendísima cosa que es el abandono de Dios mientras Satanás nos tortura… Es la asfixia del alma, es estar sepultados vivos en esta cárcel que es el mundo cuando ya no puede sentirse que entre nosotros y Dios hay una ligazón, es sentirse encadenados, amordazados, lapidados por nuestras propias oraciones que caen sobre nosotros cuajadas de agudas puntas y llenas de fuego, es chocar de plano contra un Cielo cerrado en que no penetran ni voz ni mirada de nuestra angustia, es estar “huérfanos de Dios”, es la locura, la agonía, la duda de habernos engañado hasta ese momento, es la persuasión de ser rechazados por Dios, de estar condenados. ¡Es el infierno!…

¡Oh, lo sé! Y no puedo, no puedo ver ese espasmo de mi Cristo, y saber que es un millón de veces más atroz que el que me consumió el año pasado y que cuando me vuelve a la mente todavía me perturba profundamente.

Jesús gime, entre estertores y suspiros agónicos:

«¡Nada!… ¡Nada!… ¡Fuera!… ¡La voluntad del Padre! ¡Eso! ¡Sólo eso!… Tu voluntad, Padre; la tuya, no la mía… Inútil. No tengo sino un Señor: Dios santísimo. Una ley: la obediencia. Un amor: la redención… No. Ya no tengo ni Madre ni vida ni divinidad ni misión. Inútilmente me tientas, demonio, con la Madre, la vida, mi divinidad, mi misión: Tengo por madre a la Humanidad y la amo hasta morir por ella. La vida se la devuelvo a quien me la dio y ahora me la pide, supremo Señor de todo viviente. La divinidad la afirmo siendo capaz de esta expiación. La misión la cumplo con mi muerte. No tengo nada más. Nada, aparte de hacer la voluntad del Señor, mi Dios. ¡Retrocede, Satanás! Lo dije la primera y la segunda vez[11]553. Vuelvo a decirlo la tercera: “Padre, si es posible pase de mí este cáliz. Pero, hágase tu voluntad, no la mía”. Retrocede, Satanás. Yo soy de Dios».

Luego ya no habla. Sólo para decir entre jadeos: «¡Dios! ¡Dios! ¡Dios!». Le llama a cada latido de su corazón, y parece rezumar la sangre a cada latido. La tela, estirada sobre los hombros, se embebe de sangre y adquiere de nuevo un tono obscuro, a pesar del intenso claror lunar que todo lo envuelve.

18     Y, no obstante, un claror más vivo se forma sobre su cabeza, suspendido a un metro de El aproximadamente; un claror tan vivo, que incluso el Postrado lo ve filtrarse entre las ondas de sus cabellos, ya densos de sangre, y tras el velo que la sangre pone en los ojos. Alza la cabeza… Resplandece la Luna sobre esta pobre faz, y aún más resplandece la luz angélica, semejante a la del diamante blanco–azul de la estrella Venus. Aparece toda la tremenda agonía en la sangre que rezuma a través de los poros. Las pestañas, el pelo, el bigote, la barba están asperjados y rociados de sangre. Sangre rezuma en las sienes, sangre brota de las venas del cuello, gotas de sangre caen de las manos; y, cuando tiende las manos hacia la luz angélica y las anchas mangas se deslizan hacia los codos, aparecen los antebrazos de Cristo también llenos de sudor de sangre. En la cara sólo las lágrimas forman dos líneas netas sobre la máscara roja.

Se quita otra vez el manto y se seca las manos, la cara, el cuello, los antebrazos.

Pero el sudor continúa. El presiona varias veces la tela contra la cara, y la mantiene apretada con las manos; y cada vez que cambia el sitio aparecen nítidamente en la tela de color rojo obscuro las señales, las cuales, estando húmedas, parecen negras. La hierba del suelo está roja de sangre.

Jesús parece próximo al desfallecimiento. Se desata la túnica en el cuello, como si sintiera ahogo. Se lleva la mano al corazón y luego a la cabeza y la agita delante de la cara como para darse aire, manteniendo entreabierta la boca. A rastras, se pega a la roca, pero más hacia el borde del desnivel del terreno. Apoya la espalda contra la piedra, de forma que –como si estuviera ya muerto– quédanle colgando los brazos, paralelos al cuerpo; y la cabeza, contra el pecho. Ya no se mueve.

La luz angélica va decreciendo poco a poco, para acabar como absorbida en el claror lunar.

Jesús abre sus ojos de nuevo. Con esfuerzo levanta la cabeza. Mira. Está solo, pero menos angustiado. Alarga una mano. Arrima hacia sí el manto que había dejado abandonado en la hierba y vuelve a secarse la cara, las manos, el cuello, la barba, el pelo. Coge una hoja ancha, nacida justo en el borde del desnivel, empapada de rocío, y con ella termina de limpiarse mojándose la cara y las manos y luego secándose de nuevo todo. Y repite, repite lo mismo con otras hojas, hasta que borra las huellas de su tremendo sudor. Sólo la túnica, especialmente en los hombros y en los pliegues de los codos, en el cuello y la cintura, en las rodillas, está manchada. La mira y menea la cabeza. Mira también el manto, y lo ve demasiado manchado; lo dobla y lo pone encima de la piedra, en el lugar en que ésta forma una concavidad, junto a las florecillas.

Con esfuerzo –como por debilidad– se vuelve y se pone de rodillas. Ora, apoyada la cabeza en el manto donde tiene ya las manos.

19     Luego, tomando como apoyo la roca, se alza y, todavía tambaleándose ligeramente, va donde los discípulos. Su cara está palidísima. Pero ya no tiene expresión turbada. Es una faz llena de divina belleza, a pesar de aparecer más exangüe y triste que de costumbre.

Los tres duermen sabrosamente. Bien arrebujados en sus mantos, echados del todo, junto a la hoguera apagada. Se los oye respirar profundamente, con comienzo incluso de un sonoro ronquido.

Jesús los llama. Es inútil. Debe agacharse y dar un buen zarandeo a Pedro.

«¿Qué sucede? ¿Quién viene a arrestarme?» dice Pedro mientras sale, atónito y asustado, de su manto verde obscuro.

«Nadie. Te llamo Yo».

«¿Es ya por la mañana?».

«No. Ha terminado casi la segunda vigilia».

Pedro está todo entumecido.

Jesús da unos meneos a Juan, que emite un grito de terror al ver inclinado hacia él un rostro que, de tan marmóreo como se ve, parece de un fantasma. «¡Oh… me parecías muerto!».

Da unos meneos a Santiago, el cual, creyendo que le llama su hermano, dice: «Han apresado al Maestro?».

«…Todavía no, Santiago» responde Jesús. «Pero, alzaos ya. Vamos. El que me traiciona está cerca».

Los tres, todavía atónitos, se alzan. Miran a su alrededor… Olivos, Luna, ruiseñores, leve viento, paz… nada más. Pero siguen a Jesús sin hablar. También los otros ocho están más o menos dormidos alrededor del fuego ya apagado.

«¡Levantaos!» dice Jesús con voz potente. «¡Mientras viene Satanás, mostrad al insomne y a sus hijos que los hijos de Dios no duermen!».

«Sí, Maestro» .

«¿Dónde está, Maestro?».

«Jesús, yo…».

«Pero ¿qué ha sucedido?».

Y entre preguntas y respuestas enredadas, se ponen los mantos…

20     El tiempo justo de aparecer en orden a la vista de la chusma capitaneada por Judas, que irrumpe en el quieto solar y lo ilumina bruscamente con muchas antorchas encendidas: son una horda de bandidos disfrazados de soldados, caras de la peor calaña demacradas por sonrisas maliciosas demoníacas; hay también algún que otro representante del Templo.

Los apóstoles, súbitamente, se hacen a un lado. Pedro delante y, en grupo, detrás, los demás. Jesús se queda donde estaba.

el beso de judasJudas se acerca resistiendo a la mirada de Jesús, que ha vuelto a ser esa mirada centelleante de sus días mejores. Y no baja la cara. Es más, se acerca con una sonrisa de hiena y le besa en la mejilla derecha.

«Amigo, ¿y qué has venido a hacer? ¿Con un beso me traicionas?».

Judas agacha un instante la cabeza, luego vuelve a levantarla… Muerto a la reprensión como a cualquier invitación al arrepentimiento. Jesús, después de las primeras palabras, dichas todavía con la solemnidad del Maestro, adquiere el tono afligido de quien se resigna a una desventura.

21     La chusma, con un clamor hecho de gritos, se acerca con cuerdas y palos y trata de apoderarse de los apóstoles –excepto de Judas Iscariote, se entiende– además de tratar de prender a Jesús.

«¿A quién buscáis?» pregunta Jesús calmo y solemne.

«A Jesús Nazareno».

«Soy Yo». La voz es un trueno. Ante el mundo asesino y el inocente, ante la naturaleza y las estrellas, Jesús da de sí –y yo diría que está contento de poder hacerlo– este testimonio abierto, leal, seguro.

¿Ah!, pero si de El hubiera emanado un rayo no habría hecho más: como un haz de espigas segadas, todos caen al suelo. Permanecen en pie sólo Judas, Jesús y los apóstoles, los cuales, ante el espectáculo de los soldados derribados se rehacen, tanto que se acercan a Jesús, y con amenazas tan claras contra Judas, que éste súbitamente se retira –huye al otro lado del Cedrón y se adentra en la negrura de una callejuela–, con el tiempo justo de evitar el golpe maestro de la espada de Simón, y seguido en vano de piedras y palos que le lanzan los apóstoles que no iban armados de espada.

«Levantaos. ¿A quién buscáis?, vuelvo a preguntaros».

«A Jesús Nazareno».

«Os he dicho que soy Yo» dice con dulzura Jesús. Sí: con dulzura.

«Dejad, pues, libres a estos otros. Yo voy. Guardad las espadas y los palos. No soy un bandolero. Estaba siempre entre vosotros. ¿Por qué no me habéis arrestado entonces? Pero ésta es vuestra hora y la de Satanás…».

22     Mientras El habla, Pedro se acerca al hombre que está extendiendo las cuerdas para atar a Jesús y descarga un golpe de espada desmañado. Si la hubiera usado de punta, le habría degollado como a un carnero. Así, lo único que ha hecho ha sido arrancarle casi una oreja, que queda colgando en medio de un gran flujo de sangre. El hombre grita que le han matado. Se produce confusión entre aquellos que quieren arremeter y los que al ver lucir espadas y puñales tienen miedo.

«Guardad esas armas. Os lo ordeno. Si quisiera, tendría como defensores a los ángeles del Padre. Y tú, queda sano. En el alma lo primero, si puedes».

Y antes de ofrecer sus manos para las cuerdas, toca la oreja y la cura.

Los apóstoles gritan alteradamente… Sí, me duele decir esto, pero es así. Quién dice una cosa; quién, otra. Quién grita: «¡Nos has traicionado!», y quién: «¡Pero ha perdido la razón!», y quién dice: «¿Quién puede creerte?». Y el que no grita huye…

Y Jesús se queda solo… El y los esbirros… Y empieza el camino…

[1] 543 Cfr. Mt. 26, 36–56; Mc. 14, 32–52; Lc. 22, 39–53; Ju. 18, 1–11.

[2] 544 Cfr. 1 Mac. 2, 1–5; 6, 28–47.

[3] 545 Alusión a Sócrates.

[4] 546 Esto es “patriota”, “defensor de su Patria”, “guerrillero”(N.T.). Se da igual sobrenombre al apóstol Simón. Cfr. Lc. 6, 15; Hech. 1, 13.

[5] 547 Cfr. Daniel 9–12.

[6] 548 Alusión a: 1 Mac. 4, 36–61; 2 Mac. 10, 1–8.

[7] 549 Alusión a Is. 52, 3 – 53, 12.

[8] 550 Cfr. 1 Ju. 3, 3–10; 5, 18.

[9] 551 Su nombre es “cimbalarias”.

[10] 552 Se comprende la inmensidad de los sufrimientos, y lo limitado y débil de la naturaleza humana. Jesús, sólo con el auxilio de su naturaleza divina a la humana “pudo” sufrir tanto y tan meritoriamente.

[11] 553 Cfr. Mat. 4, 8–11; 16, 21–23.

604. Los procesos[1]. Las negaciones de Pedro. Consideraciones sobre Pilato.

22–25 de marzo de 1945.

pasion

1       Empieza el doloroso camino por la vereda pedregosa que lleva desde el calvario donde Jesús fue apresado hasta el Cedrón, y desde el Cedrón, por otro camino, hasta la ciudad. E inmediatamente empiezan las palabras y los gestos burlescos y las vejaciones.

Jesús, yendo atado por las muñecas, e incluso por la cintura, como si de un loco peligroso se tratara, confiados los cabos de las cuerdas a unos energúmenos embriagados de odio, se ve tirado de un lado y de otro como un trapajo abandonado a la ira de una manada de cachorros. Pero aún podrían tener justificación los que así actúan si fueran perros; sin embargo, tienen nombre de hombres, aunque de hombre no tengan más que la figura. Y si han pensado en esa atadura de dos sogas opuestas ha sido para causar mayor dolor. Una de las dos tiene la única función de inmovilizar las muñecas, y las lacera y va serrando con su áspero roce; la otra, la de la cintura, comprime los codos contra el tórax, y sierra y oprime la parte alta del abdomen, torturando el hígado y los riñones, donde han hecho un enorme nudo y donde, de vez en cuando, el que lleva los cabos de las sogas da latigazos con ellos y dice:

«¡Arre! ¡Vamos! ¡Trota, burro!»,

y añade patadas detrás de las rodillas del Torturado, que a causa de estas patadas se tambalea y si no cae del todo es porque las sogas lo mantienen en pie. De todas formas, las cuerdas no evitan que –tirando de El hacia la derecha el que se ocupa de las manos y hacia la izquierda el que sujeta la soga de la cintura– Jesús vaya chocando contra muretes y troncos y que, debido a un tirón más cruel, recibido cuando está para cruzar el puente del Cedrón, caiga duramente contra el pretil del puentecillo. La boca magullada sangra.

Jesús alza las manos atadas, para limpiarse la sangre que embadurna la barba, y no habla: es verdaderamente el cordero que no muerde a sus torturadores. Unos de entre la gente, entretanto, han bajado al guijarral a coger piedras y guijarros, y desde abajo empieza una pedrea contra el fácil objetivo; porque a duras penas se puede andar en el puentecillo estrecho e inseguro donde la gente se apiña obstaculizándose a sí misma, y las piedras golpean a Jesús en la cabeza, en los hombros; no sólo a Jesús, sino también a sus torturadores, que reaccionan lanzando palos y devolviendo las propias piedras. Y todo contribuye a golpear más a Jesús en la cabeza y en el cuello. El puente acaba por fin, y ahora la callejuela estrecha proyecta sombras sobre el gentío, porque la Luna, que comienza su ocaso, no desciende a esa callejuela tortuosa y, además, muchas antorchas, en medio de esa confusión, se han apagado. Mas el odio hace de lámpara para ver al pobre Mártir, para el que hasta su alta estatura es elemento torturador. Es el más alto de todos. Fácil, pues, golpearle, agarrarle por los cabellos, obligarle a echar violentamente hacia atrás la cabeza y echarle encima un puñado de materia inmunda que, por fuerza, debe entrarle en la boca y en los ojos, produciéndole náusea y dolor.

2       Empieza el trayecto a través del arrabal de Ofel, ese arrabal donde tanto bien y tantas caricias El ha distribuido. La turba vociferante atrae a las puertas a los que duermen, y, si las mujeres gritan movidas por el dolor y, aterrorizadas, huyen al ver lo que ha sucedido, los hombres, esos hombres que incluso han recibido de El curación, ayuda, palabras de Amigo, o bien agachan la cabeza con indiferencia, fingiendo desinterés al menos, o bien pasan de la curiosidad al livor, a la burla, al gesto amenazador, e incluso se ponen detrás del tropel de gente para vejar. Satanás está ya actuando…

Un hombre casado[2] que quiere seguirle para vejarlo, es aferrado por su mujer, que grita, que le grita:

«¡Miserable? Si estás vivo es por El, inmundo hombre lleno de podredumbre. ¡Recuérdalo!».

Pero el hombre se impone a la mujer golpeándola brutalmente y arrojándola al suelo, y luego corre hasta donde el Mártir contra cuya cabeza lanza una piedra.

Otra mujer, anciana, trata de cortar el paso a su hijo, que viene con cara de hiena y con un palo, para golpear también a Jesús, y grita a su hijo:

«¡Asesino de tu Salvador, no serás mientras yo viva!».

Pero la pobre, alcanzada en la ingle por una patada brutal de su hijo, se desploma gritando:

«¡Deicida y matricida! ¡Por el seno que abres por segunda vez y por el Mesías al que hieres, maldito seas!».

apresado3      La escena, a medida que van acercándose a la ciudad, va aumentando en violencia.     Antes de  llegar a las murallas están Juan y Pedro. Ya están abiertas las puertas, y los soldados romanos, dispuestos para la defensa, observan dónde y cómo se desarrolla el tumulto, preparados para intervenir si el prestigio de Roma se viera dañado. Creo que Juan y Pedro han llegado allí por un atajo tomado cruzando el Cedrón más arriba del puente, y adelantándose rápidamente a la turba, que, obstaculizándose tanto a sí misma, se mueve lenta. Están en la penumbra de un zaguán, en una placita que precede a las murallas. Tienen cubiertas sus cabezas con los mantos, ocultando así sus caras.

Pero, cuando Jesús llega, Juan –bajo la libre luz de la Luna, que allí todavía ilumina antes de desaparecer tras el collado que hay más allá de las murallas y que oigo que los esbirros capturadores lo llaman Tofet– deja caer el manto y muestra su pálido y descompuesto rostro. Pedro, aun no atreviéndose a destaparse, se adelanta para ser visto…

               Jesús los mira… y sonríe (una sonrisa de una bondad infinita). Pedro se vuelve y regresa a su ángulo obscuro, llevándose las manos a los ojos, encorvado, envejecido, ya un despojo de hombre. Juan se queda valerosamente donde está, y sólo cuando la turba vociferante termina de pasar se reúne de nuevo con Pedro, lo toma de un codo, le guía como un muchacho guiaría a su padre ciego, y entran ambos en la ciudad detrás de la muchedumbre vociferante.

Oigo las exclamaciones de asombro o burlescas o apenadas de los soldados romanos: hay quien lanza maldiciones por haber sido sacado de la cama por ese «necio lacayo»; hay quien se burla de los judíos, que han sido capaces de «prender a una media hembra», hay quien se muestra compasivo hacia la Víctima, diciendo: «Siempre le he visto bueno», y hay quien dice:

«Hubiera preferido que me hubieran matado a mí, antes que verle a El en esas manos. Es un grande. Tengo dos devociones en el mundo: El y Roma».

«¡Por Júpiter! –exclama el de grado más alto– Yo no quiero líos después. Voy donde el alférez. Que se encargue él de decírselo a quien tenga que decírselo. No quiero que me manden a luchar contra los Germanos. Estos hebreos hieden y son sierpes y carroñas, pero aquí la vida es segura. ¡Estoy para terminar mi tiempo y en Pompeya tengo una muchacha…!».

4       Pierdo el resto por seguir a Jesús, que continúa caminando por la calle que hace un arco en subida para ir al Templo. Pero veo y comprendo que la casa de Anás, a donde quieren llevarle, está y no está en ese laberíntico conglomerado que es el Templo y que ocupa todo el collado de Sión. Está en el extremo, cerca de una serie de muros que parecen delimitar por esta parte a la ciudad y que desde ahí se prolongan en pórticos y patios, siguiendo la ladera del monte, hasta llegar al recinto de lo que es el Templo en el pleno sentido de la palabra, o sea, el lugar a donde van los israelitas para sus distintas manifestaciones de culto.

Una alta puerta guarnecida de hierro se abre en el muro. Se acercan a ella solícitas hienas y llaman con fuerza. En cuanto se entreabre, ya irrumpen dentro, casi tirando al suelo y pisoteando a la criada que ha venido a abrir; y abren la puerta de par en par, para que la turba vociferante, con el Capturado en el centro, pueda entrar. Una vez dentro, cierran y trancan, temerosos quizás de Roma o de los facciosos del Nazareno. ¡Sus facciosos! ¿Dónde están?…

Recorren el atrio de entrada y luego cruzan un amplio patio, un corredor, y otro pórtico y un nuevo patio, y suben a tirones a Jesús por tres escalones, haciéndole recorrer casi corriendo una galería realzada respecto al patio, para llegar antes a una rica sala donde hay un hombre anciano vestido de sacerdote.

«¡Que Dios te consuele, Anás»

dice el que parece el oficial, si oficial puede llamarse al bribón que manda a esa canalla.

jesus ante anas«Aquí tienes al culpable. En manos de tu santidad lo pongo, para que Israel sea purificado de la culpa».

«Que Dios te bendiga por tu audacia y tu fe».

¡Vaya una audacia! Había sido suficiente la voz de Jesús para hacerle besar la tierra en el Getsemaní.

5 «¿Quién eres Tú?».

«Jesús de Nazaret, el Rabí, el Mesías. Y tú me conoces. No he actuado en las tinieblas».

«En las tinieblas, no. Pero has inducido a error a las muchedumbres con doctrinas tenebrosas. Y el Templo tiene el derecho y el deber de tutelar el alma de los hijos de Abraham».

«¡El alma! Sacerdote de Israel, ¿puedes decir que por el alma del más pequeño o del más grande de este pueblo has sufrido?».

«¿Y Tú entonces? ¿Qué has hecho que pueda llamarse sufrimiento?».

«¿Qué he hecho? ¿Por qué me lo preguntas? Todo Israel habla. Desde la ciudad santa al mísero pueblecillo, hasta las piedras hablan para decir lo que he hecho. He dado la vista a los ciegos: la de los ojos y la del corazón. He abierto los oídos a los sordos: para las voces de la Tierra y para las del Cielo. He hecho caminar a los tullidos y a los paralíticos, para que empezaran la marcha hacia Dios desde la carne y luego siguieran con el espíritu. He limpiado a los leprosos: de las lepras que la Ley mosaica señala y de las que hacen a un hombre leproso ante Dios, o sea, de los pecados. He resucitado a los muertos. Y no señalo que sea grande llamar a una carne de nuevo a la vida, sino que digo que grande es redimir a un pecador; y lo he hecho. He socorrido a los pobres, enseñando a los avarientos y ricos hebreos el precepto santo del amor al prójimo; y, siendo pobre a pesar del río de oro que ha pasado por mis manos, he enjugado Yo solo más lágrimas que todos vosotros, que poseéis riquezas. En fin, he dado una riqueza inefable: el conocimiento de la Ley, el conocimiento de Dios, la certeza de que somos todos iguales y de que, ante los ojos santos del Padre, igual es el llanto derramado –o el delito cometido– por el Tetrarca o por el Pontífice, por el mendigo o el leproso que mueren en el camino. Esto es lo que he hecho. Nada más».

6 «¿Sabes que por ti mismo te acusas? Dices: las lepras que hacen leprosos ante Dios y no son señaladas por Moisés. Estás insultando a Moisés e insinúas que hay lagunas en su Ley[3]…».

«No suya: de Dios. Así es. Digo que más grave que la lepra, desgracia de la carne, desgracia acotada en el tiempo, es el pecado, que es desgracia, eterna, del espíritu».

«Osas decir que puedes absolver los pecados. ¿Cómo lo haces?».

«Si con un poco de agua lustral y el sacrificio de un macho cabrío es lícito y creíble cancelar un pecado, expiarlo y quedar limpio de él, ¿cómo no habrá de poder hacerlo mi llanto, mi Sangre y mi deseo[4]?».

«Pero Tú no estás muerto. ¿Dónde está, entonces, la Sangre?».

«No estoy muerto todavía. Pero lo estaré, porque está escrito: en el Cielo, desde antes que Sión fuera, desde antes que existiera Moisés, desde antes de Jacob, desde antes de Abraham, desde cuando el rey del Mal hincó su mordedura en el corazón del hombre y envenenó el corazón del hombre y el de sus hijos[5]; está escrito en la Tierra, en el Libro que recoge las palabras de los profetas; está escrito en los corazones, en el tuyo, en el de Caifás y de los miembros del Sanedrín, que no me perdonan. No, estos corazones no me perdonan el ser bueno. Yo he absuelto anticipadamente en vistas de la Sangre, ahora cumplo la absolución con el lavacro en la Sangre».

«Nos llamas ambiciosos y dices que ignoramos el precepto del amor…».

«¿Y no es, acaso, cierto? ¿Por qué me dais muerte? Porque tenéis miedo de que os destrone. ¡Oh! No temáis. Mi Reino no es de este mundo. Os dejo la posesión de todo poder. El Eterno sabe cuándo decir el “¡basta!” que os hará caer fulminados…».

«¿Como Doras[6], ¡Eh!?».

«El murió de ira, no por un rayo celeste. Dios le esperaba en la otra parte para fulminarle».

«¿Y esto me lo dices a mí, que soy su pariente? ¿Cómo te atreves?».

«Yo soy la Verdad. La Verdad nunca es cobarde».

«¡Soberbio y loco!».

«No: sincero. Me acusas de ofenderos. Pero ¿acaso no odiáis todos vosotros? Os odiáis unos a otros. Ahora os une el odio contra mí. Pero mañana, cuando me hayáis matado, volverá el odio a reinar entre vosotros. Y será un odio más fiero. Y viviréis con esa hiena sobre vuestras espaldas y esta serpiente en el corazón. Yo he enseñado el amor. Por piedad hacia el mundo. He enseñado a no ser ambiciosos sino a tener misericordia. 7 ¿De qué me acusas?».

«De haber introducido una doctrina nueva».

«¡Oh, sacerdote! Israel está poblado de nuevas doctrinas: los esenios[7] tienen la suya; los sadoquitas[8], la suya; los fariseos, la suya. Cada uno tiene su secreta doctrina, que para unos se llama placer, para otros oro, para otros poder; y cada uno tiene su ídolo. No Yo. Yo he tomado de nuevo la Ley de mi Padre, del Dios Eterno, que había sido pisoteada, y he vuelto a decir sencillamente las diez proposiciones del Decálogo[9], secándome los pulmones para hacerlas entrar en los corazones que ya no las conocían».

«¡Horror! ¡Blasfemia! ¿Decirme esto a mí, sacerdote? ¿No tiene un Templo Israel? ¿Somos como los castigados de Babilonia? Responde».

«Eso sois. Y más todavía. Hay un Templo, sí; un edificio. Dios no está. Se ha alejado, ante el abominio que hay en su casa[10]. Pero ¿para qué me interrogas tanto, si en realidad mi muerte ya está decidida?».

«No somos asesinos. Matamos si, por una culpa probada, tenemos derecho a hacerlo. 8 Pero yo quiero salvarte. Respóndeme y te salvaré. ¿Dónde están tus discípulos? Si me los entregas, te dejaré libre. El nombre de todos, y más los ocultos que los conocidos. Di: ¿Nicodemo es tuyo?, ¿es tuyo José?, ¿y Gamaliel?, ¿y Eleazar?, ¿y…? Bueno de éste lo sé… no es necesario. Habla. Habla. Sabes que puedo darte muerte y salvarte. Soy poderoso».

«Eres fango. Dejo al fango el oficio de espía. Yo soy Luz».

Un esbirro le suelta un puñetazo.

«Yo soy Luz. Luz y Verdad. He hablado al mundo abiertamente. He enseñado en las sinagogas y en el Templo donde se reúnen los judíos, y nada he dicho en secreto. Lo repito. ¿Por qué me preguntas a mí? Pregunta a los que han oído lo que he dicho. Ellos lo saben».

Otro esbirro le suelta un bofetón, gritando:

«¿Así respondes al Sumo Sacerdote?».

«Estoy hablando a Anás. El Pontífice es Caifás. Y hablo con el respeto debido a los ancianos. Pero, si crees que he hablado mal, demuéstramelo; si no, ¿por qué me hieres?».

«Déjale, déjale. 9 Voy donde Caifás. Vosotros tenedle aquí hasta nueva orden mía. Y ved porque no hable con nadie».

Anás sale. No habla Jesús, no. Ni siquiera con Juan, que se atreve a estar en la puerta, desafiando a toda la turba de los esbirros. Pero Jesús, sin pronunciar palabra, debe darle una orden, porque Juan, después de una mirada afligida, sale de allí y le pierdo de vista.

Jesús se queda entre sus verdugos. Zurriagazos con las cuerdas, esputos, burlas, patadas, tirones de pelo: esto es lo que le queda. Hasta que uno de la servidumbre viene a decir que lleven al Prisionero a la casa de Caifás.

Y Jesús, que sigue atado y sufriendo malos tratos, sale, y pasa al pórtico, lo recorre hasta un zaguán para cruzar luego un patio donde hay mucha gente calentándose alrededor de una hoguera (y es que la noche, ahora, en estas primeras horas del viernes, se ha puesto cruda y ventosa). Está también Pedro, con Juan; mezclados ambos entre el gentío hostil. Y deben tener mucho valor para estar allí…

Jesús los mira. En su boca, ya hinchada por los golpes recibidos, se dibuja un atisbo de sonrisa.

Un largo camino entre pórticos y atrios, patios y corredores (¡pero que casas tenía esta gente del Templo!).

Mas la gente no entra en el recinto pontificio. Se les impide ir más allá del atrio de Anás. Jesús va solo, entre esbirros y sacerdotes. 10 Entra en una vasta sala que parece perder su forma rectangular debido a los asientos, muchos, dispuestos en forma de herradura y dejando en el centro un espacio vacío, tras el cual hay dos o tres asientos elevados sobre tarimas.

Cuando ya Jesús está para entrar, el rabí Gamaliel llega, y las guardias pegan un tirón al Prisionero para que ceda el paso al rabí de Israel. Pero éste, rígido como una estatua, hierático, aminora el paso y, moviendo apenas los labios, sin mirar a nadie, pregunta:

«¿Quién eres? Dímelo».

Y Jesús, dulcemente:

«Lee a los profetas y obtendrás la respuesta. El primer signo está en ellos, el otro vendrá».

Gamaliel recoge su manto y entra. Y tras él entra Jesús, de quien, mientras Gamaliel va a un sitial, tiran para ponerle en el centro de la sala, frente al Pontífice, que verdaderamente tiene cara de malhechor. Se espera hasta que entran todos los miembros del Sanedrín.

Luego empieza la sesión. Pero Caifás ve dos o tres asientos vacíos y pregunta:

«¿Dónde está Eleazar? ¿Dónde está Juan?».

Se alza un joven escriba –creo–, hace una reverencia y dice:

«Han rehusado venir. Aquí está el escrito».

«Que se conserve y se escriba. Responderán de ello. 11 ¿Qué tienen que decir los santos miembros del Consejo acerca de éste?».

«Yo hablo. En mi casa violó el sábado. Dios me es testigo de que no miento. Ismael ben Fabí no miente nunca» .

«¿Es verdad, acusado?».

Jesús calla.

«Yo le vi convivir con conocidas meretrices. Fingiéndose profeta, había hecho de su guarida un prostíbulo, y, para colmo, con mujeres paganas. Conmigo estaban Sadoq, Calasebona y Nahúm, apoderado de Anás. ¿Es verdad lo que digo, Sadoq y Calasebona? Desacreditad mi testimonio, si lo merezco».

«Es verdad. Es verdad».

«¿Qué dices?».

Jesús calla.

«No desaprovechaba ocasión de burlarse de nosotros o de exponernos a la burla. La gente ya no nos estima, por El».

«¿Los estás oyendo? Has profanado a los miembros santos».

Jesús calla.

«Este hombre está endemoniado. Vuelto de Egipto, ejercita la magia negra».

«¿Cómo lo pruebas?» .

«¡Ante mi fe y las tablas de la Ley!».

«Grave acusación. Justifícate».

Jesús calla.

«Es ilegal tu ministerio, ¿lo sabes? Merece pena de muerte. Habla».

«Ilegal es esta sesión nuestra. Alzate, Simeón. Vamos»

dice Gamaliel.

«Pero, rabí, ¿estás perdiendo la razón?».

«Respeto los procedimientos. No es lícito proceder como lo estamos haciendo. Y presentaré una acusación pública por ello».

Y el rabí Gamaliel sale, rígido como una estatua, seguido por un hombre que se le parece, de unos treinta y cinco años.

12     Hay un poco de confusión, lo cual es aprovechado por Nicodemo y José para hablar en favor del Mártir.

«Gamaliel tiene razón. Son ilícitos la hora y el lugar. Y las acusaciones no son consistentes. ¿Puede alguien acusarle de visible vilipendio a la Ley? Yo soy amigo suyo, y juro que siempre le he visto respetuoso a la ley»

dice Nicodemo.

jesus ante caifas«Y yo también. Y para no aceptar un delito me cubro la cabeza, no por El, sino por vosotros, y salgo».

Y José hace ademán de bajar de su sitio y salir. Pero Caifás grita en modo descompuesto:

«¡Ah! ¿Eso decís? Vengan entonces los testigos jurados. Y escuchad. Luego os marcháis».

Entran dos individuos de la peor calaña: miradas huidizas, risitas crueles, ademanes falsos.

«Hablad».

«No es lícito oírlos juntos» grita José.

«Yo soy el Sumo Sacerdote. Yo ordeno. ¡Y silencio!».

José da un puñetazo en una mesa y dice:

«¡Se abran sobre tu cabeza las llamas del Cielo! Desde este momento sabelo que el Anciano José es enemigo del Sanedrín y amigo de Jesús. Y con esta determinación voy a decir al Pretor que aquí, sin respeto a Roma, se da muerte»,

y sale violentamente, dando un empujón a un delgado y joven escriba que intenta frenarle.

Nicodemo, más morigerado, sale sin decir nada más. Y, al salir, pasa por delante de Jesús y le mira…

13     Nueva agitación. Se teme a Roma. Y la víctima expiatoria sigue siendo Jesús.

«¡Por tí todo esto, ¿lo ves?! Tú, corruptor de los mejores judíos. Los has pervertido».

Jesús calla.

«Que hablen los testigos» grita Caifás.

«Sí. Este usaba el… el… Lo sabíamos… ¿Cómo se llama esa cosa?».

«¿Quizás el tetragrama?».

«¡Eso es! ¡Tú lo has dicho! Invocaba a los muertos. Enseñaba la rebelión contra el sábado y la profanación del altar. Lo juramos. Decía que quería destruir el Templo para reedificarlo en tres días con la ayuda de los demonios»…

«No. El decía que no sería fabricado por el hombre».

Caifás baja de su sitial y se acerca a Jesús. Pequeño, obeso, feo, parece un enorme sapo al lado de una flor. Porque Jesús, a pesar de estar herido, magullado, sucio y despeinado, aparece todavía muy hermoso y majestuoso.

«¿No respondes? ¡Qué acusaciones contra ti! ¡Horrendas! Habla, para descargarte de su ignominia».

Pero Jesús calla. Le mira y calla.

14 «Respóndeme a mí, entonces. Soy tu Pontífice. En nombre del Dios vivo, te conjuro. Dime: ¿eres Tú el Mesías, el Hijo de Dios?».

jesus me veran descender«Tú lo has dicho. Lo soy. Y veréis al Hijo del hombre, sentado a la derecha del Poder de Dios, venir sobre las nubes del cielo. Pero, además, ¿por qué me interrogas? He hablado en público durante tres años. Nada he dicho ocultamente. Pregunta a los que me han oído. Ellos te dirán lo que he dicho y lo que he hecho».

Uno de los soldados que le tienen sujeto le golpea en la boca, haciéndola sangrar de nuevo, y grita:

«¿Así respondes, satanás, al Sumo Pontífice?».

Y Jesús, mansamente, responde a éste como al de antes:

«Si he hablado bien, ¿por qué me hieres? Si mal, ¿por qué no me dices dónde yerro? Repito: Yo soy el Mesías, Hijo de Dios. No puedo mentir. El sumo Sacerdote, el eterno Sacerdote soy Yo. Y sólo Yo llevo el verdadero Racional[11], en que está escrito: Doctrina y Verdad. Y a éstas soy fiel. Hasta la muerte, ignominiosa a los ojos del mundo, santa a los ojos de Dios; y hasta la bienaventurada Resurrección. Yo soy el Ungido. Pontífice y Rey Yo soy. Y estoy para tomar mi cetro y con él, como con aventador, limpiar la era[12]. Este Templo será destruido y resurgirá, nuevo, santo, porque éste está corrompido y Dios lo ha abandonado a su destino».

«¡Blasfemo!»

gritan todos en coro.

«¿En tres días lo construirás, loco, poseído?».

«No éste, sino el mío es el que resurgirá, el Templo del Dios verdadero, vivo, santo, tres veces santo».

«¡Anatema!» gritan de nuevo en coro.

Caifás alza su voz ronca y se desgarra las vestiduras de lino, con gestos de estudiado horror, y dice:

«¿Qué otra cosa hemos de oír de los testigos? La blasfemia está ya dicha. ¿Qué hacemos entonces?».

Y todos, en coro:

«Sea reo de muerte».

Y con gestos de desdén y de escándalo salen de la sala y dejan a Jesús a merced de los esbirros y de la chusma de los falsos testigos, que, dándole bofetadas, puñetazos, escupiéndole, vendándole los ojos con un trapajo y luego tirándole violentamente de los cabellos, le arrojan de un lado para otro, con las manos atadas, de manera que choca contra mesas, sitiales y paredes. Y le preguntan:

«¿Quién te ha pegado? Adivina».

Y varias veces, poniéndole zancadillas, le hacen caer de bruces, y se ríen a carcajadas al ver cómo, con las manos atadas, a duras penas se levanta.

15     Pasan así las horas. Los torturadores, cansados, piensan en tomarse un poco de descanso. Llevan a Jesús a un tabuco haciéndole cruzar muchos patios exponiéndole a las burlas de la turba, ya muy numerosa en el recinto de las casas pontificales.

negacion de pedroJesús llega al patio donde está Pedro, al lado de su hoguera. Y le mira. Pero Pedro evita encontrar su mirada. Juan ya no está; supongo que se habrá marchado con Nicodemo…

El alba avanza fatigosamente, glauca. Una orden ha sido dada: llevar de nuevo al Prisionero a la sala del Consejo para un proceso más legal. Es el momento en que Pedro niega por tercera vez que conoce al Cristo, cuando El pasa ya marcado por los padecimientos. Con la luz verdosa del alba, los moretones parecen aún más atroces en el rostro térreo, los ojos más hundidos y vítreos: un Jesús empañado por el dolor del mundo…

Un gallo lanza al aire apenas móvil del alba su grito burlón, sarcástico, pícaro. Y en este momento de gran silencio que se ha creado ante la presencia de Cristo, sólo se oye la voz áspera de Pedro decir:

«Lo juro, mujer. No le conozco»:

afirmación seca, segura, a la cual, como una carcajada burlona, responde en seguida el ribaldo canto del gallito.

Pedro reacciona. Se vuelve para huir, y se encuentra a Jesús de frente, mirándole con infinita piedad, con un dolor tan intenso y sentido, que me parte el corazón (como si después de eso yo hubiera de ver disolverse, para siempre, a mi Jesús). Pedro experimenta un conato de llanto. Sale, tambaleándose como si estuviera borracho.

el gallo cantoHuye detrás de dos domésticos que también salen. Se pierde cuesta abajo por la calle todavía semioscura.

Llevan otra vez a la sala a Jesús. Le repiten en coro la pregunta capciosa:

«En nombre del Dios verdadero, dinos: ¿eres el Mesías?».

Y, habiendo recibido la respuesta de antes, le condenan a muerte y dan la orden de conducirle ante Pilatos.

16     Jesús, escoltado por todos sus enemigos, menos Anás y Caifás, sale, pasando de nuevo por esos patios del Templo donde tantas veces había hablado, favorecido y curado; franquea el cinturón almenado, entra en las calles de la ciudad y, más arrastrado que conducido, baja hacia ésta, ahora rojiza por un primer anuncio de la aurora.

Creo que con la única finalidad de alargarle el tormento le hacen recorrer un largo trayecto superfluo por Jerusalén, pasando arteramente por las barracas de mercado, por delante de las caballerizas y de posadas colmadas de gente por la Pascua. Y tanto las verduras de desecho de los puestos como los excrementos de los animales de las cuadras se transforman en proyectiles para el Inocente, cuyo rostro presenta, cada vez más, mayores moretones, pequeñas magulladuras sanguinolentas, y aparece velado por distintas inmundicias en él esparcidas. Los cabellos, ya recargados y ligeramente tiesos debido al sudor sanguíneo, y más opacos, ahora penden despeinados, impregnados de paja e inmundicias, y caen sobre los ojos, porque le revuelven aquéllos para taparle la cara.

La gente que está en las barracas, compradores y vendedores, abandonan todo para seguir –no con amor precisamente– al Desdichado. Los estableros y los criados de las posadas salen en masa, sordos a las voces de las amas (las cuales, como casi todas las otras mujeres, la verdad es que se muestran, si no totalmente contrarias a estas ofensas, sí, al menos, indiferentes a esta agitación, y se retiran echando pestes porque las dejan solas y tienen mucha gente a la que atender).

La turba vociferante se engrosa así a cada minuto que pasa, y parece como si por una repentina epidemia los corazones y las fisonomías cambiaran su naturaleza: aquéllos, transformándose en corazones de malhechores; éstas, en máscaras de crueldad en caras verdes de odio o rojas de ira. Las manos son ahora garras, las bocas adquieren forma y aullido de lobo, los ojos se hacen torvos, rojos, torcidos… como los de los locos.

Sólo Jesús sigue igual, aunque cubierto de inmundicias esparcidas por su cuerpo alterado por moretones y tumefacciones.

17     Al llegar a un tramo abovedado que estrecha la calle como un anillo, mientras todo se tapona y se hace más lento, un grito corta el aire:

«¡Jesús!».

Es Elías, el pastor, que trata de abrirse paso enarbolando y haciendo girar un grueso palo. Viejo, robusto, con aire amenazador, fuerte, logra llegar casi donde el Maestro. Pero la muchedumbre, desbaratada por el inesperado asalto, aprieta sus filas y aparta, rechaza, vence a este hombre solo contra toda la turba.

«¡Maestro!»

grita, mientras el remolino de la muchedumbre lo absorbe y rechaza.

«¡Vete!… Mi Madre… Te bendigo…».

Y la turba rebasa el estrechamiento. Ahora, como agua que hallara respiro después de una esclusa, se vuelca, en tumulto, por un amplio paseo elevado respecto a una depresión del terreno situada entre dos lomas en cuyos límites pueden verse espléndidos palacios de señores de alta alcurnia.

Vuelvo a ver el Templo en lo alto de su monte, y comprendo que la vuelta ociosa que han hecho dar al Condenado para exponerle al escarnio de toda la ciudad y permitir a todos insultarle –habiendo aumentando a cada paso los que participaban en estos insultos– está para concluirse, volviendo así otra vez a los lugares de antes.

18     De un palacio sale al galope un caballero. La gualdrapa purpúrea sobre la blancura del caballo árabe y la solemnidad de su aspecto, la espada blandida desnuda, descargada de plano y filo sobre espaldas y cabezas que ya sangran, le hacen parecer un arcángel. Cuando un caracol, una empinadura del caballo que corvetea –haciendo de los cascos un arma de defensa para sí mismo y para su amo, y el más eficaz de los instrumentos de apertura para abrirse paso entre la multitud–, provoca la caída del velo de púrpura y oro que cubría su cabeza y que estaba sujeto por una cinta de color de oro, entonces reconozco a Manahén.

«¡Atrás!» grita.

«¿Cómo os permitís turbar el descanso del Tetrarca?».

Pero esto es sólo una excusa para justificar su intervención y su intento de llegar hasta Jesús.

«Este hombre… dejádmelo ver… Apartaos, o llamo a la guardia…».

La gente, tanto por la lluvia de mandobles, como por las patadas del caballo, y por la amenaza del caballero, abre paso. Manahén puede, así, llegar al grupo de Jesús y de los miembros de la guardia del Templo que le tienen sujeto.

«¡Fuera! El Tetrarca es más que vosotros, sucios siervos. Atrás. Quiero hablar con El»,

y lo obtiene, cargando con su espada contra el más encarnizado de sus apresadores.

«¡Maestro!…».

«Gracias. ¡Pero vete! ¡Y que Dios te conforte!».

Y, como puede con las manos atadas, Jesús hace un gesto de bendición. La muchedumbre silba desde lejos y, en cuanto ve que Manahén se retira, de haber sido arredrada se venga con una lluvia de piedras y porquerías contra el Condenado.

19     Por el paseo en subida, ya calentado por el sol, se va hacia la Torre Antonia, cuya mole ya aparece lejos.

Un grito agudo de mujer («¡Oh, mi Salvador! ¡Mi vida por la tuya, Oh Eterno!»)

hiende el aire.

Jesús vuelve la cabeza y ve, en la alta terraza florida que corona una casa muy bonita, a Juana de Cusa, tendiendo los brazos al cielo, entre miembros de la servidumbre, hombres y mujeres, con los pequeños María y Matías al lado de ella. ¡Pero el Cielo hoy no escucha oraciones! Jesús alza las manos y traza un gesto de adiós y bendición.

«¡Muerte! ¡Muerte al blasfemo, al corruptor, al Satanás! ¡Muerte a sus amigos!»,

Y lanzan silbidos y piedras hacia la alta terraza. No sé si hieren a alguno. Oigo un grito agudísimo y luego veo que el grupo se deshace y desaparece.

Y siguen adelante, adelante, subiendo… Jerusalén muestra sus casas al sol, vacías, vaciadas por el odio, que impulsa a toda una ciudad (con los habitantes efectivos y los transeúntes que se han dado cita para la Pascua) contra un inerme.

20     Unos soldados romanos, un entero manípulo, sale, corriendo, de la Antonia, apuntadas las lanzas contra la chusma, que, gritando, se dispersa. Se quedan en medio de la calle Jesús y los miembros de la guardia con los jefes de los sacerdotes, algunos escribas y algunos Ancianos del pueblo.

«¿Este hombre? ¿Esta sedición? Responderéis ante Roma»

dice, altanero, un centurión.

«Es reo de muerte, según nuestra ley».

«¿Y desde cuándo se os ha devuelto el ius gladii et sanguinis

pregunta el mismo, el más anciano de los centuriones (de rostro severo, verdaderamente romano, con una mejilla dividida por una profunda cicatriz); y habla con el desprecio y el desdén con que hablaría a piojosos galeotes.

«Sabemos que no tenemos este derecho. Somos los fieles subordinados de Roma…».

«¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡Mira lo que dicen, Longino! ¡Fieles! ¡Subordinados!… ¡Carroña! Las flechas de mis arqueros os daría como premio».

«¡Demasiado noble una muerte así! Las espaldas de los mulos requieren el flagrum y no otra cosa!…»

responde con irónica flema Longino. Los jefes de los sacerdotes, escribas y Ancianos, espuman veneno. Pero, como quieren obtener su objetivo, callan; tragan la ofensa sin dar muestras de haberla entendido, e inclinándose ante los dos jefes, piden que Jesús sea llevado a la presencia de Poncio Pilato para que «juzgue y condene con la bien conocida y honesta justicia de Roma».

«¡Ja! ¡Ja! ¡Mira lo que dicen! Ahora somos más sabios que Minerva… ¡Aquí! ¡Venga! ¡Id por delante! ¡Nunca se sabe! Sois unos chacales, y además hediondos. Teneros detrás es un peligro. ¡Venga!».

«No podemos».

«¿Por qué! Cuando uno acusa debe estar delante del juez con el acusado. Esta es la regla de Roma».

«La casa de un pagano es impura ante nuestros ojos, y ya estamos purificados para la Pascua».

«¡Oh, pobrecitos! ¡Si entran, se contaminan!… ¿Y matar al único hebreo que es hombre, y no un chacal y un reptil como vosotros, no os contamina? Bien, de acuerdo, quedaos ahí. Si dais un paso adelante os veréis clavados en las lanzas. Una decuria en torno al Acusado. Las otras contra esta chusma hedionda de pico mal lavado».

21     Jesús entra en el Pretorio en medio de los diez asteros, que forman un cuadrado de alabardas en torno a su persona. Los dos centuriones van delante. Mientras Jesús espera en un vasto atrio, tras el cual hay un patio visible en parte a través de una cortina que el viento agita, ellos desaparecen tras una puerta.

Vuelven con el Gobernador, que viene vestido con una toga blanquísima, sobre la cual trae un manto de color escarlata: quizás vestían así cuando representaban oficialmente a Roma. Entra indolentemente, con una sonrisita escéptica en su cara afeitada. Tritura entre sus manos hojas de hierba luisa y las huele con voluptuosidad.

Va a un cuadrante solar, lo mira, se vuelve, echa unos granos de incienso en un brasero que está colocado a los pies de un numen. Manda que le traigan agua de cidra y hace gárgaras con ella. Se contempla el peinado, hecho todo de ondas, en un espejo de metal tersísimo. Parece como si se hubiera olvidado del Condenado, que espera su aprobación para ser ejecutado. Haría airarse hasta a las mismas piedras.

Los hebreos, dado que el atrio está por el frente todo abierto, y elevado sobre tres altos escalones respecto del vestíbulo –el cual, a su vez, respecto a la calle a la que da, está ya de por sí elevado sobre otros tres escalones– ven todo perfectamente, y hierven por dentro. Pero no osan rebelarse por miedo a las lanzas y a las jabalinas.

Por fin, después de haber ido y venido por el amplio lugar, Pilatos va hacia Jesús. Le mira y pregunta a los dos centuriones:

«¿Este?».

«Este».

«Que vengan sus acusadores»,

y va a sentarse en la silla que está encima de la tarima. Las enseñas de Roma, sobre su cabeza, se entrecruzan con las águilas doradas y la poderosa sigla[13].

«No pueden venir. Se contaminan».

«¡¡¡Ala!!! Mejor. Nos ahorraremos ríos de esencias para quitar el olor a cabra. Que se acerquen al menos. Aquí abajo. Y cuidad de que no entren, dado que no quieren hacerlo. Puede ser un pretexto este hombre para una sedición».

Un soldado sale para llevar la orden del Procurador romano. Los demás forman, delante del atrio a iguales distancias unos de otros, hermosos como nueve estatuas de héroes.

22     Se acercan los jefes de los sacerdotes, escribas y Ancianos. Saludan con serviles reverencias y se detienen en la placita que está delante del Pretorio, delante de los tres escalones del vestíbulo.

«Hablad y sed concisos. Ya tenéis culpa por haber turbado la noche y haber obtenido la apertura de las puertas con violencia. Pero verificaré estas cosas y mandantes y mandatarios responderán de la desobediencia al decreto».

Pilato ha ido hacia ellos (aunque se ha quedado en el vestíbulo).

«Venimos a someter a Roma, a cuyo divino emperador tú representas, nuestro juicio sobre éste».

«¿Qué acusación traéis contra El? Me parece un hombre inocuo…».

«Si no fuera un malhechor, no te lo habríamos traído».

Y con el afán de acusar dan unos pasos hacia delante.

«¡Arredrad a esta plebe! Seis pasos más allá de los tres escalones de la plaza. ¡Las dos centurias, a las armas!».

Los soldados obedecen rápidamente alineándose cien sobre el escalón externo más alto, vueltas las espaldas al vestíbulo, y cien en la placita a la que da el portal de entrada de la morada de Pilato. He dicho “portal”, debería decir “zaguán” o arco triunfal, porque se trata de un vastísimo lugar abierto limitado por una verja, que ahora está abierta de par en par y que da acceso al atrio por el largo corredor del vestíbulo –de, al menos, seis metros de ancho–, de forma que se ve con claridad lo que sucede en el atrio realzado. Al pie del amplio vestíbulo se ven las caras bestiales de los judíos mirando, amenazadoras y satánicas, hacia el interior, mirando desde el otro lado de la barrera armada que, codo con codo, como para una revista, presenta doscientas puntas a los conejos asesinos.

«Repito: ¿qué acusación traéis contra éste?».

«Ha cometido delito contra la Ley de los padres».

«¿Y venís a darme lata a mí por esto? Lleváosle vosotros y juzgadle según vuestras leyes».

«Nosotros no podemos ajusticiar a nadie. No somos doctos. El Derecho hebreo es un niño deficiente respecto al perfecto Derecho de Roma. Como ignorantes y como sujetos a Roma, maestra, tenemos necesidad…».

«¿Desde cuándo sois miel y mantequilla?… De todas formas, vosotros, maestros del embuste, habéis dicho una verdad. ¡Tenéis necesidad de Roma! Sí. Para deshaceros de este que os molesta. Entiendo».

Y Pilato se ríe mientras mira al cielo sereno encuadrado como una lámina rectangular de turquesa obscura entre las marmóreas y cándidas paredes del atrio. «Decidme: ¿en qué ha cometido delito contra vuestras leyes?».

«Hemos visto que éste introducía el desorden en nuestra nación e impedía pagar el tributo a César, presentándose como el Mesías, rey de los judíos».

23     Pilato vuelve a acercarse a Jesús, que está en el centro del atrio (¡tan clara se ve su mansedumbre, que los soldados le han dejado allí, atado pero sin custodia!). Y le pregunta:

«¿Eres Tú el rey de los judíos?» .

«¿Lo preguntas por ti o por insinuación de otros?».

«¿Y qué me importa a mí tu reino? ¿Soy yo, acaso, judío? Tu nación y los jefes de ella te han entregado a mí para que juzgue. ¿Qué has hecho? Sé que eres leal. Habla. ¿Es verdad que aspiras a reinar?».

«Mi Reino no viene de este mundo. Si fuera un reino del mundo, mis ministros y soldados habrían luchado para impedir que cayera en manos de los judíos. Pero mi Reino no es de la Tierra. Y tú sabes que no tiendo al poder».

cristo rey«Eso es verdad. Lo sé. Me lo han dicho. De todas formas, ¿no niegas que eres rey?».

«Tú lo dices. Yo soy Rey. Para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la Verdad. El que es amigo de la Verdad escucha mi voz».

«¿Y qué es la Verdad? ¿Eres filósofo? No sirve de nada frente a la muerte. Sócrates murió igualmente».

«Pero le sirvió ante la vida, para vivir bien. Y también para morir bien. Y para ir a la vida segunda sin nombre de traidor de las virtudes ciudadanas».

«¡Por Júpiter!».

Pilato le mira admirado unos momentos. Luego vuelve a caer en el sarcasmo escéptico. Hace un gesto de fastidio, le vuelve las espaldas y va hacia los judíos.

«No encuentro en El ninguna culpa».

La muchedumbre, temiendo perder la presa y el espectáculo del suplicio, se agita. Gritan:

«¡Es un rebelde!»; «es un blasfemo»; «incita al libertinaje»; «anima a la rebelión»; «niega respeto a César»; «se finge profeta sin serlo»; «hace magia»; «es un Satanás»; «agita al pueblo con sus doctrinas, enseñando en toda Judea, a donde ha venido de Galilea enseñando»; «¡a muerte!»; «¡a muerte!».

«¿Es galileo? ¿Eres galileo?».

Pilato vuelve a acercarse a Jesús:

«¿Oyes cómo te acusan? Justifícate».

Pero Jesús calla.

24     Pilato piensa… y decide.

«Una centuria, y éste donde Herodes. Que le juzgue él. Es súbdito suyo. Reconozco el derecho del Tetrarca y ratifico de antemano su veredicto. Que se le informe. Marchaos».

Y Jesús, encuadrado como un granuja por cien soldados, vuelve a cruzar la ciudad, y vuelve a ver a Judas Iscariote, al que ya había visto una vez en un mercado.

Antes, invadida por el desagrado del alboroto del pueblo, me había olvidado de decirlo. La misma mirada de piedad hacia el traidor…

Ahora es más difícil descargar sobre El patadas y palos, pero no faltan ni las piedras ni las porquerías, y si las piedras caen y sólo suenan, sin herir, en los yelmos y corazas romanos, sí que dejan señal cuando caen sobre Jesús, que camina sólo con la túnica, puesto que había dejado el manto en el Getsemaní.

Al entrar en el fastuoso palacio de Herodes, Jesús ve a Cusa… que no sabe mirarle, y que huye para no verle en ese estado, cubriéndose la cabeza con el manto.

25     Ya está en la sala en presencia de Herodes. Y detrás de Jesús –escoltado hasta el Tetrarca sólo por el centurión y cuatro soldados– ya entran como acusadores embusteros los fariseos escribas, que aquí se sienten a sus anchas.

Herodes baja de su sitial y da vueltas en torno a Jesús mientras escucha las acusaciones de sus enemigos. Sonríe. Hace burla. Luego finge una piedad y un respeto que no turban al Mártir, como tampoco le han turbado las burlas.

«Eres grande. Lo sé. He seguido tus pasos con atención, y me he alegrado cuando he visto que Cusa era amigo tuyo y Manahén discípulo. Yo… las preocupaciones del Estado… Pero sentía un gran deseo de decirte que eres grande… de pedirte perdón… La mirada de Juan… su voz… me acusan y siempre están delante de mí. Tú eres el santo que borra los pecados del mundo. Absuélveme, Cristo».

Jesús calla.

«He oído que te acusan de haberte alzado contra Roma. ¿Pero no eres Tú la vara prometida[14] para castigar a Asur?».

Jesús calla.

«Me han dicho que profetizas el final del Templo y de Jerusalén. Pero, dado que existe por voluntad del Eterno, ¿no es eterno el Templo como espíritu?».

Jesús calla.

«¿Estás loco? ¿Has perdido el poder? ¿Es que Satanás te traba la palabra? ¿Te ha abandonado?».

Herodes ahora se ríe.

26     Luego da una orden, y unos siervos traen un galgo con una pata rota, que gañe quejumbrosamente, y a un establero idiota, hidrocéfalo, baboso, un aborto de hombre, juguete de los siervos. Los escribas y los sacerdotes huyen, gritando por el sacrilegio, cuando ven la camilla del perro. Herodes, falso y burlón, explica:

«Es el preferido de Herodías. Regalo de Roma. Ayer se rompió una pata y ella llora. Ordena que se cure. Haz el milagro».

Jesús le mira severamente. Y calla.

«¿Te he ofendido? Entonces a éste. Es un hombre, aunque en poco supere a un animal salvaje. Dale la inteligencia, Tú, Inteligencia del Padre… ¿No dices eso?».

Y se ríe, ofensivo.

Otra mirada, más severa, de Jesús. Y silencio.

«Este hombre está demasiado abstinente, y ahora está aturdido por los desprecios. Vino y mujeres, aquí. Y desatadlo».

Le desatan y, mientras gran número de servidores traen ánforas y copas, entran bailarinas… tapadas con nada: una franja multicolor de lino ciñe, como único vestido, desde la cintura a los muslos, sus gráciles cuerpos; nada más. Broncíneas –son africanas–, livianas como gacelas jovencitas, comienzan una danza silenciosa y lasciva.

Jesús rechaza las copas y cierra los ojos. Calla. La corte de Herodes, ante este desdén suyo, ríe.

«Toma la que quieras. ¡Vive! ¡Aprende a vivir!…»

insinúa Herodes.

Jesús parece una estatua. Con los brazos cruzados, los ojos bien cerrados, no reacciona ni siquiera cuando las impúdicas bailarinas le pasan rozando con sus cuerpos desnudos.

«Basta. Te he tratado como a Dios y no has actuado como Dios. Te he tratado como hombre y no has actuado como hombre. Estás loco. Una túnica blanca. Ponédsela para que Poncio Pilato sepa que el Tetrarca ha juzgado loco a su súbdito. Centurión, dirás al Procónsul[15] que Herodes le presenta humildemente sus respetos y venera a Roma. Marchaos».

Y Jesús, atado de nuevo, sale, con una túnica de lino que le llega hasta la rodilla, encima de la túnica roja de lana. Y vuelven donde Pilato.

27     Ahora, cuando la centuria a duras penas hiende la masa de gente –no se han cansado de esperar ante el palacio proconsular, y es extraño el ver a tanta gente en ese sitio y en los lugares cercanos mientras que el resto de la ciudad aparece vacío–, Jesús ve en grupo a los pastores[16]. Están al completo, o sea: Isaac, Jonatán, Leví, José, Elías, Matías, Juan, Simeón, Benjamín y Daniel. Con ellos también un grupito de galileos, de los cuales reconozco a Alfeo y a José de Alfeo, junto a dos otros que no conozco, pero que, por el peinado, diría que son judíos. Y un poco detrás, semiescondido tras una columna, junto a un romano que parece ser un servidor, veo a Juan, que ha entrado en el vestíbulo. Jesús sonríe a éste y a aquéllos… sus amigos… Pero ¿qué son estos pocos y Juana y Manahén y Cusa en medio de un océano de odio en agitación?…

28     El centurión saluda a Poncio Pilato e informa.

«¡¿Aquí otra vez?! ¡Uf! ¡Maldita esta raza! Que se acerque la chusma. Traed aquí al Acusado. ¡Uf, qué lata!».

Va hacia la muchedumbre, aunque también esta vez se detiene en la mitad del vestíbulo.

«Hebreos, escuchad. Me habéis traído a este hombre como agitador del pueblo. Delante de vosotros le he examinado y no he hallado en El ninguno de los delitos de que le acusáis. Herodes no ha encontrado más que yo. Y nos le ha devuelto. No merece la muerte. Roma ha hablado. De todas formas, por no contrariaros privándoos de la recreación, os daré a cambio a Barrabás. Y a El mandaré que le den cuarenta azotes. Así basta».

jesus o barrabas«¡No, no! ¡No a Barrabás! ¡No a Barrabás! ¡A Jesús la muerte! ¡Y una muerte horrenda! Libera a Barrabás y condena al Nazareno».

«¡Pero oíd! He dicho fustigación. ¿No es suficiente? ¡Entonces mandaré que le flagelen! ¿Sabéis que es atroz? Puede morir por ello. ¿Qué mal ha hecho? No encuentro ninguna culpa en El, así que le liberaré».

«¡Crucifica! ¡Crucifica! ¡A muerte! ¡Eres un protector de los malhechores! ¡Pagano!¿Tú también otro Satanás!».

La muchedumbre se acerca hasta el pie del vestíbulo y la primera formación de soldados, no pudiendo usar las lanzas, ondea por el choque. Pero la segunda fila, bajando un peldaño, blande las lanzas y libera a los compañeros.

«Que sea flagelado»

ordena Pilato a un centurión.

«¿Cuánto?».

«Lo que te parezca… Total, ésta es una cuestión concluida. Y yo ya estoy aburrido. Venga, ve».

29     Cuatro soldados llevan a Jesús al patio que está después del atrio. En él, enteramente enlosado con mármoles de color, en su centro hay una alta columna semejante a las del pórtico. A unos tres metros del suelo, la columna tiene un brazo de hierro que sobresale al menos un metro y que termina en una argolla[17]. A ésta columna –tras haberle hecho desvestirse, de forma que ha quedado únicamente con un pequeño calzón de lino y las sandalias– atan a Jesús, con las manos unidas por encima de la cabeza. Levantan las manos, atadas por las muñecas, hasta la argolla, de forma que El, a pesar de ser alto, no apoya en el suelo más que la punta de los pies… Y también esta postura debe ser un tormento[18].

He leído, que la columna era baja y que Jesús estaba encorvado. Será eso. Yo lo veo así y así lo digo.

flagelacionDetrás de El se coloca uno de cara de verdugo y neto perfil hebreo; delante, otro, con la misma cara. Están armados con el flagelo de siete tiras de cuero unidas a un mango y acabadas en un martillito de plomo. Rítmicamente, como si estuvieran haciendo un ejercicio, se ponen a dar golpes. Uno, delante; el otro, detrás. De forma que el tronco de Jesús se halla dentro de una rueda de azotes y flagelos.

Los cuatro soldados a los que ha sido entregado, indiferentes, se han puesto a jugar a los dados con otros tres soldados que han llegado en ese momento. Y las voces de los jugadores se acompasan con el sonido de los flagelos, que silban como sierpes y luego suenan como piedras arrojadas contra la membrana tensa de un tambor, golpeando el pobre cuerpo, ese pobre cuerpo tan delgado y de un color blanco de marfil viejo, que primero se pone cebrado, de un rosa cada vez más vivo, luego morado, para ornarse luego de relieves de color añil, hinchados de sangre, y luego se abre y rompe y suelta sangre por todas partes. Los verdugos se ceban especialmente en el tórax y en el abdomen; pero no faltan los golpes en las piernas y en los brazos, e incluso en la cabeza, para que no hubiera un lugar de la piel sin dolor.

Y ni una queja siquiera… Si no estuviera sujetado por la cuerda, se caería. Pero ni se cae ni gime. Eso sí, la cabeza le pende –después de golpes y más golpes recibidos– sobre el pecho, como por desvanecimiento.

«¡Eh, para ya!»

grita un soldado, y, en tono de mofa:

«Que tienen que matarle estando vivo».

Los dos verdugos se paran y se secan el sudor.

«Estamos agotados» dicen. «Dadnos la paga, para poder echar un trago y así reponernos…».

«¡La horca os daría! En fin, tomad…»,

y un decurión arroja una moneda grande a cada uno de los dos verdugos.

«Habéis trabajado a conciencia. Parece un mosaico. Tito: ¿tú dices que era éste el amor de Alejandro[19]? Le daremos la noticia para que cumpla el luto. Le desatamos un poco, ¿Eh?».

30     Le desatan, y Jesús se derrumba como muerto. Le dejan ahí en el suelo, y de vez en cuando le golpean con el pie calzado con las cáligas para ver si gime. Pero El calla.

«¿Estará muerto? ¿Pero es posible? Es joven. Y artesano. Eso me han dicho… Parece una dama delicada».

«Déjalo de mi cuenta»

dice un soldado. Y le sienta con la espalda apoyada en la columna. Donde estaba, ahora hay grumos de sangre… Luego va a una pequeña fuente que gorgotea bajo el pórtico. Llena de agua un barreño y lo arroja sobre la cabeza y el cuerpo de Jesús.

«¡Así! A las flores les viene bien el agua».

Jesús suspira profundamente. Intenta levantarse. Pero todavía tiene los ojos cerrados.

«¡Eso es! ¡Bien! ¡Arriba, majo! ¡Que te espera la dama!…».

Pero Jesús inútilmente apoya en el suelo los puños intentando erguírse.

«¡Arriba! ¡Rápido! ¿Te sientes débil? Con esto te vas a reponer»

dice otro soldado con sonrisa socarrona. Y con el asta de su alabarda descarga un golpe en la cara de Jesús, dándole entre el pómulo derecho y la nariz, por donde empieza a sangrar.

Jesús abre los ojos, los vuelve. Es una mirada empañada… Mira fijamente al soldado que le ha golpeado. Se enjuga la sangre con la mano. Luego, con mucho esfuerzo, se pone de pie.

«Vístete. No es decente estar así. ¡Impúdico!».

Todos se ríen, en coro alrededor de El. El obedece sin decir nada. Pero, mientras se encorva –y sólo El sabe lo que sufre al agacharse, estando tan magullado y con esas llagas que al estirarse la piel se abren más todavía, y con otras que se forman al romperse las ampollas–, un soldado da una patada a la ropa y la disemina y cada vez que Jesús, tambaleándose, llega a donde ha caído la ropa, un soldado las echa en otra dirección. Y Jesús, sufriendo agudamente, sigue a la ropa sin decir una palabra, mientras los soldados se burlan de El en modo repugnante.

Por fin puede vestirse. Se pone también la túnica blanca, que estaba apartada y no se ha manchado. Parece querer ocultar su pobre túnica roja, que ayer mismo estaba tan bonita y ahora está ensuciada de porquerías y manchada por la sangre sudada en Getsemaní. Es más, antes de ponerse sobre la piel la túnica corta interior, se enjuga con ella la cara, que está mojada, limpiándola así de polvo y esputos. Y la pobre, santa faz, aparece limpia, sólo signada de moretones y pequeñas heridas. Se ordena también el pelo, que pendía desordenado, y la barba, por una innata necesidad de arreglo corporal.

Y luego se acurruca al sol. Porque tiembla mi Jesús… La fiebre empieza a serpear en El con sus escalofríos. Y también se pone de manifiesto la debilidad por la sangre perdida, el ayuno y el mucho camino andado.

31     Le atan de nuevo las manos. Y la cuerda sierra de nuevo en donde ya hay un rojo aro de piel levantada.

«¿Y ahora? ¿Qué hacemos con El? ¡Yo me aburro!».

«Espera. Los judíos quieren un rey. Vamos a dárselo. Ese…»

dice un soldado. Y sale raudo –sin duda, a un patio de detrás–. Vuelve con un haz de ramas de espino albar agreste, todavía flexible porque la primavera mantiene blandas las ramas, de espinas bien duras y aguzadas. Con la daga[20], quitan hojas y florecillas. Luego hacen un círculo con las ramas y lo acalcan en la pobre cabeza… Pero la bárbara corona penetra hasta el cuello[21].

«No va bien. Más pequeña. Quítasela».

segunda coronacionLa sacan, y, al hacerlo, arañan las mejillas –incluso con el peligro de cegar a Jesús– y arrancan cabellos. La hacen más pequeña. Ahora está demasiado estrecha y, aunque aprietan –hincando en la cabeza las espinas–, puede caerse. Otra vez afuera, arrancando más pelo. La modifican de nuevo. Ahora va bien. Delante hay un triple cordón espinoso; detrás, donde los extremos de las tres ramas se entrecruzan, hay un verdadero nudo de espinas que entran en la nuca.

«¿Ves qué bien estás! Bronce natural y rubíes puros. Mírate, rey, en mi coraza»

dice, burlón, el que ha ideado el suplicio.

«No es suficiente la corona para hacerle a uno rey. Se necesita la púrpura y el cetro. En el establo hay una caña y en la cloaca hay una clámide roja. Ve por ellas, Cornelio».

Y, cuando éste las trae, ponen el sucio trapajo sobre los hombros de Jesús y, antes de ponerle entre las manos la caña, le dan con ella en la cabeza, hacen reverencias y saludan:

«¡Ave, rey de los Judíos!»,

y se tronchan de risa. Jesús no les opone resistencia. Se deja sentar en el “trono” (un barreño colocado boca abajo, usado, sin duda, para dar de beber a los caballos), y se deja golpear y escarnecer, sin decir nada nunca. Solamente los mira… y es una mirada de una dulzura tan grande y de un dolor tan atroz, que no puedo mirar yo sin sentir mi corazón traspasado.

32     Los soldados concluyen el escarnio sólo cuando oyen la voz de un superior que ordena sea conducido el reo ante Pilato. ¡Reo! ¿De qué?

Sacan de nuevo a Jesús al atrio, cubierto ahora éste por un valioso entrecielo para el sol. Jesús tiene todavía la corona, la clámide y la caña.

«Acércate, para mostrarte al pueblo».

Jesús, ya quebrantado, se yergue con porte digno: ¡Oh, verdaderamente es un rey!

«Oíd, hebreos. Aquí está el hombre. Yo le he castigado. Pero ahora dejadle marcharse».

«¡No, no! ¡Queremos verle! ¡Que salga! ¡Queremos ver al blasfemo!».

«Traedle aquí afuera. Y atentos a que no le prendan».

Y mientras Jesús sale al vestíbulo y puede vérsele dentro del cuadrado formado por los soldados, Poncio Pilato le señala con la mano diciendo:

«He aquí al Hombre. A vuestro rey ¿No es suficiente todavía?».

El Sol de un día de bochorno llegado ya al medio de la tercia desciende casi perpendicular, encendiendo y resaltando miradas y caras: ¿son hombres esa gente? No: hienas hidrófobas. Gritan, muestran los puños, piden muerte…

Jesús está erguido. Y le aseguro que nunca tuvo esa nobleza de ahora. Ni siquiera cuando ejecutaba los más poderosos milagros. Nobleza de dolor. Tan divino, que bastaría para signarle con el nombre de Dios. Pero para pronunciar ese Nombre hay que ser, al menos, hombres, y Jerusalén hoy no tiene hombres, sólo demonios.

Jesús recorre con su mirada la muchedumbre y, en el mar de caras cargadas de odio, encuentra rostros amigos. ¿Cuántos? Menos de veinte amigos entre millares de enemigos… Y agacha la cabeza, bajo la impresión de este abandono. Una lágrima rueda… y otra… y otra… El ver su llanto no genera piedad; antes bien, un odio aún más sañudo.

33     De nuevo le llevan al atrio.

«¿Entonces? Dejadle marcharse. Es justicia».

« No. A muerte. Crucifica».

«Os doy a Barrabás».

«No. ¡Al Mesías!».

«Pues entonces pase a vuestras manos y crucificadle vosotros, porque yo no encuentro en El delito alguno para hacerlo».

«Se ha llamado Hijo de Dios. Nuestra ley establece la muerte para el reo de una blasfemia[22] como ésa».

Pilato está ahora pensativo. Vuelve a entrar. Se sienta en su pequeño trono. Pone, mientras escruta a Jesús, una mano en la frente, y el codo encima de la rodilla.

«Acércate»

dice. Jesús va hasta el pie de la tarima.

«¿Es verdad? Responde».

Jesús calla.

«¿De dónde vienes? ¿Quién es Dios?».

Dios es Todo«Es el Todo».

«Y… bueno, ¿y qué quiere decir “el Todo? ¿Qué es el Todo para uno que muere? Estás desquiciado… Dios no existe. Yo existo».

Jesús guarda silencio. Ha dejado caer la gran palabra y ahora de nuevo se viste de silencio.

34 «Poncio: la liberta de Claudia Prócula pide permiso para entrar. Tiene un escrito para ti».

«¡Domine! ¡Y ahora, además, las mujeres! Que pase».

Entra una romana. Se arrodilla mientras entrega una tablilla encerada. Debe ser la tablilla en que Prócula ruega a su marido que no condene a Jesús. La mujer se retira caminando hacia atrás mientras Pilato lee.

«Se me aconseja evitar el homicidio contra ti. ¿Es verdad que eres más que un arúspice? Me causas miedo».

Jesús guarda silencio.

«¿Pero no sabes que tengo poder para liberarte o para crucificarte?».

«No tendrías ningún poder, si no se te diera de arriba. Por eso el que me ha entregado a ti es más culpable que tú».

«¿Quién es? ¿Tu Dios? Tengo miedo…».

Jesús calla. Pilato está en ascuas. Quisiera y no quisiera. Teme el castigo de Dios, teme el de Roma, teme las venganzas judías. El miedo a Dios vence un momento. Va al extremo frontal del atrio y dice con voz potente:

«No es culpable».

«Si dices eso, eres enemigo de César. Quien se hace rey es su enemigo. Lo que quieres es liberar al Nazareno. Ya nos encargaremos de que lo sepa César».

Se apodera de Pilato el miedo al hombre.

la inscripcion«En definitiva, que queréis verle muerto, ¿no? Pues así sea. Pero no manche mis manos la sangre de este justo».

Pide un balde y se lava las manos ante la presencia del pueblo, que parece ebrio de frenesí mientras grita:

«Sobre nosotros, sobre nosotros caiga su sangre; caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos. No la tememos. ¡A la cruz! ¡A la cruz!».

35     Poncio Pilato vuelve a su pequeño trono, llama al centurión Longino y a un esclavo. Manda a éste que le traiga una tabla. Sobre ésta apoya un cartel y en él manda escribir: «Jesús Nazareno, Rey de los Judíos[23]». Y lo muestra al pueblo.

«No. Eso no. No “Rey de los Judíos”. Sino que El se ha llamado rey de los Judíos».

Esto gritan muchos.

«Lo que he escrito, escrito está»

dice, duro, Pilato. Y, en pie, erguido, extiende la mano con la palma hacia delante y vuelta hacia abajo y ordena:

«Que vaya a la cruz. Soldado, ve, prepara la cruz». (Ibis ad crucem! I, miles, expedi crucem). Y baja sin siquiera volverse hacia la muchedumbre agitada, ni hacia el pálido Condenado. Sale del atrio… en cuyo centro se queda Jesús, custodiado por los soldados, esperando la cruz.

Reflexiones sobre la conducta de Pilatos para con Jesús.

10 de marzo de 1944, viernes.

36 Dice Jesús:

«Quiero ofrecer a tu meditación el punto que se refiere a mis encuentros con Pilato[24]. Juan –que, habiendo estado casi siempre presente, o por lo menos muy cercano, es el testigo y narrador más exacto– refiere cómo, una vez que salí de la casa de Caifás, fui conducido al Pretorio[25]. Y especifica “por la mañana temprano”. Efectivamente, has visto que apenas rayaba el alba. También especifica Juan que “ellos (los judíos) no entraron para no contaminarse[26] y poder comer la Pascua”.

Hipócritas como siempre, veían peligro de contaminarse en pisar el polvo de la casa de un gentil, pero no encontraban que fuera pecado matar a un Inocente; y con el corazón satisfecho con el delito cumplido, pudieron saborear aún mejor la Pascua.

Tienen también ahora muchos seguidores. Todos los que por dentro actúan mal y por fuera profesan respeto a la religión y amor a Dios son semejantes a ellos. ¡Fórmulas, fórmulas y no religión verdadera! Me producen repugnancia y desdén.

No entrando los judíos en la casa de Pilato, salió éste para oír lo que pasaba con la muchedumbre vociferante, y, siendo experto en el gobierno y en el juicio, con una sola mirada comprendió que el reo no era Yo, sino ese pueblo ebrio de odio. El encuentro de nuestras miradas fue recíproca lectura de nuestros corazones. Yo juzgué al hombre en lo que él era. El me juzgó a mí en lo que Yo era. Yo sentí compasión por él porque era un hombre débil; él sintió compasión de mí porque Yo era inocente. Trató de salvarme desde el primer momento. Y, dado que únicamente a Roma se defería y reservaba el derecho de ejercer la justicia hacia los malhechores, trató de salvarme diciendo: “Juzgadle según vuestra ley”.

37 Hipócritas por segunda vez, los judíos no quisieron emitir la condena. Es verdad que Roma tenía el derecho de justicia, pero cuando, por ejemplo, Esteban fue lapidado, Roma seguía imperando en Jerusalén, y ellos, a pesar de todo, sin preocuparse de Roma, definieron y consumaron el juicio y el suplicio. Conmigo, respecto a quien sentían no amor sino odio y miedo –no querían creer que fuera el Mesías, pero, por la duda de que lo fuera, no querían quitarme materialmente la vida– actuaron de forma distinta, y me acusaron de agitador contra el poder de Roma (vosotros diríais: “rebelde”) para conseguir que Roma me juzgara.

En su aula infame, y en muchas ocasiones durante los tres años de mi ministerio, me habían acusado de blasfemo y falso profeta, así que habría debido ser lapidado[27] por ellos, o, en todo caso, ejecutado. Pero en este caso, para no llevar a cabo materialmente el delito (por el cual sentían por instinto que habrían sido castigados), hacen que lo lleve a cabo materialmente Roma, acusándome de ser un malhechor y un rebelde.

Nada más fácil, cuando las muchedumbres están pervertidas y los jefes endemoniados, que acusar a un inocente, para apagar la sed de crueldad y de usurpación y quitar de en medio a quien representa un obstáculo y un juicio. Hemos vuelto a los tiempos de entonces. El mundo, cada cierto tiempo, después de una incubación de ideas perversas, estalla con estas manifestaciones de perversión. Como una inmensa gestante, la multitud, después de haber nutrido en su seno con doctrinas de fiera a su monstruo, lo pare para que devore. Para que devore, primero, a los mejores; luego, a ella misma.

38 Pilato entra de nuevo en el Pretorio y me dice que me acerque. Me hace preguntas. Ya había oído hablar de mí. Entre sus centuriones, había algunos que repetían mi Nombre con amor agradecido, con lágrimas en los ojos y sonrisa en el corazón, y hablaban de mí como de un benefactor. En sus informes al Pretor –solicitada su opinión sobre este Profeta que atraía hacia sí a las multitudes y predicaba una doctrina nueva en que se hablaba de un reino extraño, inconcebible para la mente pagana– habían respondido siempre que Yo era un hombre manso, bueno, que no buscaba honores de esta Tierra y que inculcaba y practicaba el respeto y la obediencia hacia las autoridades. Más sinceros que los israelitas, veían y testificaban la verdad.

El domingo anterior, él, atraído por el clamor de la muchedumbre, se había asomado a la calle y había visto pasar, montado en un jumento a un hombre desarmado, un hombre que iba bendiciendo, rodeado de niños y mujeres. Había comprendido con claridad que no entrañaba un peligro para Roma.

Quiere, pues, saber si Yo soy rey movido por su irónico escepticismo pagano, quiere reírse un poco de esa forma de regalidad que monta un asno, que tiene como cortesanos a niños descalzos y a mujeres sonrientes, a hombres del pueblo; de esta forma de regalidad que desde hace tres años predica el desapego por las riquezas y el poder, y que no habla de otras conquistas sino de las de espíritu y alma. ¿Qué es el alma para un pagano? Ni siquiera sus dioses tienen un alma. ¿Podrá tenerla el hombre? Ahora también este rey sin corona, sin palacio, sin corte, sin soldados, le repite que su reino no es de este mundo. Tan verdadero es eso, que ningún ministro se levanta en defensa de su rey, ningún soldado interviene para arrancarlo de las manos de sus enemigos.

Pilato, sentado en su sitial, me escudriña porque para él soy un enigma. Si hubiera liberado su alma de las preocupaciones humanas, de la soberbia del cargo, del error del paganismo, habría comprendido en seguida quién era Yo. Mas ¿cómo podrá la luz penetrar en donde demasiadas cosas ocluyen las aperturas para que entre?

39 Siempre ha sido así, hijos. También ahora. ¿Cómo pueden entrar Dios y su luz en un lugar donde no hay espacio para ellos y las puertas y ventanas están trancadas y defendidas por la soberbia, la humanidad, el vicio, la usura, y por muchos, muchos guardianes al servicio de Satanás contra Dios?

Pilato no puede entender qué reino es este reino mío. Y no pide –y esto es doloroso– que Yo se lo explique. Ante mi invitación a que conozca la Verdad, él, el indomable pagano, responde: “¿Qué es la verdad?”, permitiendo que se zanje la cuestión encogiéndose de hombros.

¡Oh hijos, hijos míos! ¡Oh mis Pilatos de ahora! También vosotros, como Poncio Pilato, dejáis que se zanjen las cuestiones más vitales encogiéndoos de hombros. Os parecen cosas inútiles, superadas. ¿Qué es la Verdad? ¿Dinero? No. ¿Mujeres? No. ¿Poder? No. ¿Salud física? No. ¿Gloria humana? No. Entonces, mejor olvidarse; no merece la pena correr tras una quimera. Dinero, mujeres, poder, buena salud, comodidades, honores: éstas son cosas concretas, útiles, cosas apetecibles y que merece la pena alcanzar cueste lo que cueste. Razonáis así. Y, peor que Esaú[28], trocáis los bienes eternos por un alimento de baja calidad que perjudica a vuestra salud física y os daña en orden a la salud eterna.

¿Por qué no persistís en preguntar: “¿Qué es la Verdad?” Ella, la Verdad, sólo pide darse a conocer para instruiros sobre sí. Está frente a vosotros como frente a Pilato, y os mira con ojos de amor suplicante implorándoos: “Pregúntame. Te instruiré”.

jesus y pilato¿Ves cómo miro a Pilato? Igual os miro a todos vosotros. Y, si tengo mirada de sereno amor para el que me ama y solicita mis palabras, tengo miradas de amor doliente para aquel que no me ama, no me busca, no me escucha. Pero amor, en todo caso amor, porque el Amor es mi naturaleza.

40 Pilato me deja donde estoy y no sigue interrogándome. Va a los malvados, que se hacen oír más y se imponen con su violencia. Y este hombre mísero, que no me ha escuchado a mí y que con un gesto de encogerse de hombros ha rechazado mi invitación a conocer la Verdad, los escucha a ellos. Escucha a la Mentira. La idolatría, bajo cualquier forma en que se presente, siempre tiende a venerar y a aceptar a la Mentira, como quiera que se presente. Y la Mentira, aceptada por un débil, conduce al débil al delito.

También Pilato a las puertas del delito quiere salvarme, una vez, dos veces. Es entonces cuando me manda a Herodes. Bien sabe que el rey astuto, que se mueve entre dos aguas, Roma y su pueblo, actuará de un modo que no perjudicará a Roma y que no significará un choque con el pueblo hebreo. Pero, como todos los débiles, aplaza unas horas esa decisión para la que no se ve con fuerzas, esperando que la agitación plebeya se calme.

Yo dije[29]: “Que vuestro lenguaje sea: sí, sí; no, no”[30]. Pero él no lo ha oído, o, si alguien se lo ha repetido, ha vuelto, como de costumbre, a encogerse de hombros. Para vencer en el mundo, para obtener honores y lucro, hay que saber hacer del un no, o del no un , según lo que aconseje el buen sentido (lee: sentido humano).

¡Cuántos, cuántos Pilatos tiene el siglo veinte! ¿Dónde están los héroes del cristianismo que decían “sí”, constantemente “sía la Verdad y por la Verdad, y “no”, constantemente “no” por la Mentira? ¿Dónde están los héroes que saben afrontar el peligro y los acontecimientos con fortaleza de acero y serena prontitud, sin dejar las cosas para otro momento, porque el Bien debe cumplirse en seguida y del Mal hay que alejarse inmediatamente, sin ningún “pero” y sin ningún “si”?

41 Cuando regreso del palacio de Herodes, se produce el nuevo paliativo de Pilato: la flagelación. ¿Cuál era la esperanza de Pilato? ¿No sabía que la masa es una fiera que en cuanto empieza a ver la sangre se vuelve más feroz? Pero Yo debía ser quebrantado para expiar vuestros pecados de la carne. Y me quebrantan. No habrá en todo mi cuerpo un lugar que no reciba golpes. Soy el Hombre de que habla Isaías[31]. Y al suplicio ordenado se añade el no ordenado, el creado por la crueldad humana, el de las espinas.

¿Veis, hombres, a vuestro Salvador, a vuestro Rey, coronado de dolor para liberar vuestra cabeza de los muchos pensamientos pecaminosos que en ella se incuban? ¿No pensáis qué dolor sufrió mi cabeza inocente por pagar por vosotros, por vuestros cada vez más atroces pecados de pensamiento que se transforman en acción? Vosotros, que os sentís ofendidos incluso sin motivo, mirad al Rey ultrajado –y es Dios–, con su sarcástico manto de púrpura desgarrada, con el cetro de caña y la corona de espinas.

Es ya un moribundo y le siguen abofeteando con las manos y las burlas. Y ni siquiera os compadecéis de El. Como los judíos, seguís mostrándome los puños y gritando: “¡Fuera, fuera, no tenemos más Dios que a César!”. ¡Oh, idólatras que no adoráis a Dios sino que os adoráis a vosotros mismos y adoráis al que puede más entre vosotros! No aceptáis al Hijo de Dios. No os ayuda en vuestros delitos. Más servicial es Satanás; aceptáis, por tanto, a Satanás. Del Hijo de Dios tenéis miedo. Como Pilato. Y, cuando sentís que se cierne sobre vosotros con su poder, que rebulle en vosotros con la voz de la conciencia que en su nombre os censura, preguntáis como Pilato: “¿Quién eres?”.

Sabéis quién soy. Incluso los que me niegan saben que existo y saben quién soy. No mintáis. Veinte siglos están en torno a mí y os ilustran acerca de quién soy, y os instruyen acerca de mis prodigios. Es más perdonable Pilato. No vosotros, que disponéis de una herencia de veinte siglos de cristianismo para sostener vuestra fe, o para inculcárosla, y no queréis saber nada de ello. Y fui más severo con Pilato que con vosotros. No respondí. Con vosotros, sin embargo, hablo. Y, no obstante, no consigo convenceros de que soy Yo y de que me debéis adoración y obediencia.

Ahora también, como entonces, me acusáis de ser Yo la causa de mi propio fracaso en vosotros porque no os escucho. Decís que perdéis la fe por esto. ¡Embusteros! ¿Dónde tenéis la fe? ¿Dónde, vuestro amor? ¿Cuándo, pero cuándo, oráis y vivís con amor y fe? ¿Sois personas importantes? Recordad que lo sois porque Yo lo permito. ¿Sois personas anónimas en medio de la masa? Recordad que no hay otro Dios aparte de mí. Ninguno está por encima de mí, ninguno me precede. Dadme pues ese culto de amor que me corresponde y Yo os escucharé, porque dejaréis de ser bastardos para ser hijos de Dios.

42 Y ahí tenéis el último intento de Pilato para salvarme la vida, supuesto que pudiera salvarla después de la despiadada e ilimitada flagelación. Me presenta a la multitud: “¡Aquí tenéis al Hombre!”. A él, humanamente, le inspiro compasión. Espera en la compasión colectiva. Pero, ante la dureza que resiste y la amenaza que avanza, no sabe llevar a cabo un acto sobrenaturalmente justo, y, por tanto, bueno, diciendo: “Le libero porque es inocente. Vosotros sí sois culpables. Y si no disolvéis el tumulto conoceréis el rigor de Roma”. Esto es lo que habría debido decir, si hubiera sido un justo; sin calcular el futuro mal que ello le hubiera acarreado.

Pilato es un falso bueno. Bueno es Longino, el cual, menos poderoso que el Pretor, y menos protegido, en medio de la calle, rodeado de pocos soldados y de una multitud enemiga, se atreve a defenderme, a ayudarme, a concederme descansar y tener el consuelo de las mujeres compasivas y ser ayudado por el Cireneo y, en fin, tener a mi Madre al pie de la Cruz. Longino fue un héroe de la justicia y vino a ser, por esto, un héroe de Cristo[32].

Sabed, hombres que os preocupáis sólo de vuestro bien material, que incluso respecto a éste vuestro Dios interviene cuando os ve fieles a la justicia, que es emanación de Dios. Yo premio siempre a quien actúa con rectitud. Defiendo a quien me defiende. Le amo y le socorro. Sigo siendo Aquel que dijo[33]: “El que dé un vaso de agua en mi nombre recibirá recompensa”[34]. A quien me da amor, agua que calma la sed de mi labio de Mártir divino, le doy a mí mismo como don, y ello significa protección y bendición».

[1] 1 Cfr. Mt. 26, 57 – 27, 31; Mc. 14, 53 – 15, 20; Lc. 22, 54 – 23, 25; Ju. 18, 1 – 19, 16.

[2] 2 se trata de un cierto Jacob, curado por Jesús en 374.7/9. El hijo del siguiente párrafo es Samuel, desleal a Analía, encontrado en 374.5/6 y en 375.6/9. El presente capítulo de la Pasión fue escrito antes, como puede constatarse no sólo por las fechas, sino también por la observación de MV en 374.10.

[3] 3 Cfr. Lev. 13 y 14 en todo lo que se refiere al leproso y su curación.

[4] 4 Referente al agua lustral cfr. Núm. 19, 17–22; a los sacrificios, sobre todo Lev. 1–7 y casi todo el libro; en relación a Jesús y como en síntesis hablando de Jesús: Hebr. 8–9.

[5] 5 Cfr. Gén. 3.

[6] 6 en 126.10.

[7] 7 Secta religiosa de los tiempos de Jesús, se caracterizaban por una observancia exterior muy meticulosa, más que de los fariseos. Formaban una especie de confraternidad religiosa muy espiritual y severa. Cfr. Dizionario Biblico, de Francesco Spadafora, Roma, Studium, 1957, pág. 223.

[8] 8 Eran otra secta, semejante a los esenios, más rigurosa que la de los fariseos. Formaban una sociedad que, nacida en Palestina, se había establecido en Damasco cerca de un siglo antes de Jesús. Cfr. Dizionario Biblico…, pág. 174.

[9] 9 Cfr. Ex. 20, 1–17; Deut. 5, 1–22.

[10] 10 Cfr. Dan. 9–12.

[11] Cfr. Ex. 28; 39, 1–31.

[12] 12 Alusión tal vez a Is. 41, 8–16; Jer. 15, 5–9. Cfr. Mt. 3, 11–12; Lc. 3, 15–18.

[13] 13 Las insignias militares romanas se componían de águilas con las alas desplegadas y la sigla S(enatus), P(opulus), Q(ue),

R(omanus) que en romance significan: El Senado y el Pueblo romanos.

[14] 14 Isaías 30, 27–33.

[15] 15 Para el título de pretor cfr. Mt. 27, 27–31; Mc. 15, 16–20; Ju. 18, 28 – 19, 11; Hech. 23, 23–35; Flp. 1, 12–14; para el de procónsul: Hech. 13, 2–12; 18, 12–17; 19, 23–40; para el de procurador: Lc. 3, 1–2, texto importante. Con estos títulos se desiganaba al gobernador de una provincia del imperio romano, con poderes militares, civiles y judiciarios. Era, pues, el jefe del ejército compuesto de cinco cohortes con cerca de tres mil soldados. Una de las cohortes estaba acuartelada en Jerusalén. El gobernador exigía los tributos por medio de los publicanos; ejercía el poder judicial, con derecho de condenar a muerte (jus gadii), que no tenía el Sanedrín. La residencia del gobernador, sede también del tribunal, se llamaba pretorio. Pilatos fue procurador de Judea, Idumea y Samaria del a. 26 al 36 después de Cristo. El Tetrarca: cfr. Mt. 14, 1–2; Lc. 3, 1–2. 19–20; 9, 7–9; Hech. 13, 1, que los evangelios vulgarmente llaman Rey (cfr. Mt. 2, 1–12; Mc. 6, 14–29; Lc. 1, 5; Hech. 12, 25–26) era el jefe de una de las regiones (originalmente: cuatro) de que se componía una provincia del imperio romano. Herodes Antipas, hijo de Herodes el Grande, fue tetrarca de Galilea y Perea desde el a. 4 antes de Cristo hasta el 39 después de Cristo. Cfr. Enciclopedia Cattolica, para las palabras: pretorio, procurador, tetrarca

[16] 16 Los que adoraron a Jesús recién nacido, y luego, según esta Obra, le siguieron siendo fieles.

[17] 17 Respecto de la flagelación conforme la Biblia trae, cfr. Deut. 25, 1–3 (no más de 40 golpes); 3 Rey. 12, 1–20 (flagelo con puntas de hierro); 2 Mac. 7; 2 Cor. 11, 23–27 (39 golpes). Tratándose de esclavos, los romanos no tenían número determinado

[18] 18 Tocante a la forma (altitud, etc.) de la Columna de la Flagelación de Jesús, cfr. E. Power, Flagellation, en Dictionnaire de la Bible, Suplément, tom. II, París 1934, col 60–67; C. Testore E. Lavagnino, Colonnia Della flagellazione, en Enciclopedia Católica, vol. V, Cittá del Vaticano, 1950, col 1441–1443. Power, después de haber enumerado las diversas columnas o troncos de columnas que hay en diversos lugares y que se dicen haber sido sobre los cuales Jesús fue azotado, escribe del siguiente modo, refiriéndose a la “pequeña” conservada desde el siglo XIII en Roma en la Iglesis de s. Práxedes: “Es muy pequeña para que hubiera servido para inmovilizar el cuerpo del reo el cual tenía las manos atadas en alto y los pies abajo, y de este modo se le ligaba a la columna”. Por tanto, según Power y la presente Obra, la columna era más que el que era sujetado a la flagelación.

[19] 19 soldado romano encontrado en 86 y en 115, recordado en 204.3 y en 461.19

[20] 20 Arma afilada por ambos lados, más larga que una espada

[21] 21 Referente a las Santas espinas o Corona de espinas, cfr Moroni, op. cit., vol. 68, pág. 285–289. Respecto a las 2 espinas conservadas en Roma, en la iglesia de la S. Cruz, llamada, en Jerusalén, cfr. bedini, op. cit., p. 58–60.

[22] Cfr. Lev. 24, 10–23; y léase atentamente Ju. 10, 22–39.

[23] 23 Cfr. Moroni, op. cit. vol. 75, pág. 253–256; Bedini, op. cit. pág. 47–53. El “Título auténtico es tal vez el que se conserva en Roma, en la Iglesia de Sta. Cruz en Jerusalén.

[24] 24 Cfr. Ju. 18, 28 – 19, 22 y también Mt. 27, 11–38; Mc. 15, 1–27; Lc. 23, 2–25

[25] 25 Tribunal del procurador romano.

[26] 26 Cfr. Hech. 11, 1–10.

[27] 27 Cfr. Lev. 24, 1–16.

[28] 28 Cfr. Gén. 25, 29–34.

[29] 29 en 172.4

[30] 30 Cfr. Mt. 5, 37; 2 Cor. 1, 12–22

[31] 31 Cfr. Is. 52, 13 – 53, 12.

[32] 32 La presente Obra al llamar “Longinos” (=lanza) al centurión romano encargado de la crucifixión, que evitó el crurifragio, el cortar las piernas, que traspasó el pecho de Jesús, y al afirmar que sobresalió por su rectitud en el servicio, bondad del corazón, conversión pronta, clara profesión de fe en la divinidad del Salvador, no hace sino concordar con los evangelios en algunos puntos, y con una antigua tradición, común a las Iglesias de Oriente y Occidente en algunos rasgos. Cfr. Mt. 27, 54; Mc. 15, 39, 42–45; Lc. 23, 47–48; Ju. 19, 31–37. Además, cfr. S. Gregorio Niseno (segunda mitad del s. IV), Ep. 17, en Patrología Griega, tom. 45, col. 1063–1064; Acta Sanctorum Martii, tom. II, dies 15, Venetiis 1735, p. 372–390; Acta Santorum Novembris, ‘Propylaeum, Synaxarium, Ecclesiae Constantinopolitanae, 16 de Octubre, Bruxellis, 1902, col. 141–144; Acta Santorum Novembris, tom II, pars posterior, Commentarius perpetuus in Martyrilogium Hieronymianum, Bruxellis, 1931, pág. 146 (15 Martii), p. 568 (23 Octobris) p. 614 (22 Noviembre); Acta Sanctorum Decembris, Propylaeum, martyrologium Romanum, dies 15 Martii, Bruxellis 1940, p. 97–98; Enciclopedia Católica, Cittá del Vaticano, tomo VII, 1951, col. 1515.

[33] en 265.13

[34] Cfr. Mt. 10, 42; Mc. 9, 41

608. La vía dolorosa del Pretorio al Calvario[1]84.

26 de marzo de 1945.

jesus abraza la cruz1 Pasa un poco de tiempo[2]85 así. No más de una media hora, quizás incluso menos.

Luego, Longino, encargado de presidir la ejecución, da sus órdenes.

Pero, antes de que conduzcan a Jesús a la calle para recibir la cruz y ponerse en camino, Longino, que le ha mirado dos o tres veces con una curiosidad que ya se tiñe de compasión, y con esa mirada práctica de la persona que no es nueva en determinadas cosas, se acerca con un soldado y ofrece a Jesús un alivio: una copa de vino, creo (porque vierte de una cantimplora militar un líquido blondo–róseo claro).

«Te confortará. Debes tener sed. Y fuera hace sol. El camino es largo».

Mas Jesús responde:

«Que Dios te premie por tu piedad, pero no te prives tú de ello».

«Yo estoy sano y fuerte… Tú… No me privo… Y además… aunque así fuera, lo haría con gusto, por confortarte… Un sorbo… para que yo vea que no aborreces a los paganos».

Jesús no insiste en rechazarlo y bebe un sorbo de esa bebida. Tiene ya desatadas las

manos. Tampoco tiene ya la caña ni la clámide. Así que puede beber sin ayuda. Luego ya no quiere más, a pesar de que esa bebida fresca y buena debe significar un gran alivio de la fiebre, que empieza a manifestarse en unas estrías rojas que se encienden en las pálidas mejillas y en los labios secos, agrietados.

«Toma, toma. Es agua y miel. Da fuerzas. Calma la sed… Me produces compasión… sí… compasión… No eres Tú hebreo al que habría que matar… ¡En fin!… Yo no te odio… y trataré de hacerte sufrir sólo lo inevitable».

Pero Jesús no bebe otra vez… Verdaderamente tiene sed… Esa tremenda sed de las personas exangües y de los que tienen fiebre… Sabe que no es bebida que contenga narcótico y bebería con ganas. Pero no quiere sufrir menos. Y yo comprendo –por luz interna, como lo que acabo de decir– que aún más que el agua melar le alivia la piedad del romano.

«Que Dios te bendiga por este alivio» dice. Y sonríe. Todavía sonríe… una sonrisa lastimosa, con esa boca suya hinchada, herida, que a duras penas puede contraerse (es que también, entre la nariz y el pómulo derecho se está hinchando mucho la fuerte contusión del golpe que ha recibido en el patio interior después de la flagelación).

2       Llegan los dos ladrones, cada uno de ellos rodeados por una decuria de soldados. Es hora de ponerse en marcha. Longino da las últimas órdenes.

Una centuria se dispone en dos filas, distantes unos tres metros entre ellas, y sale así a la plaza, donde otra centuria ha formado un cuadrado para contener a la gente, de forma que no obstaculice a la comitiva. En la pequeña plaza ya hay hombres a caballo: una decuria de caballería mandada por un joven suboficial que lleva las enseñas. Un soldado de a pie lleva de la brida el caballo negro del centurión. Longino sube a la silla y va a su lugar, unos dos metros por delante de los once de a caballo.

Traen las cruces. Las de los dos ladrones son más cortas; la de Jesús, mucho más larga. Según mi apreciación, el palo vertical no tiene menos de cuatro metros. Veo que la traen ya formada.

Sobre esto leí –cuando leía… o sea, hace años– que la cruz fue compuesta en la cima del Gólgota. Que a lo largo del camino los condenados llevaban sólo los dos palos, en haz, sobre los hombros. Todo es posible[3]86. Pero yo veo una auténtica cruz, bien armada, sólida, perfectamente encajada en la intersección de los dos brazos y bien reforzada con clavos y tuercas en aquéllos. Efectivamente, si pensamos que estaba destinada a sostener un peso considerable, como es el cuerpo de un adulto, incluso en las convulsiones finales, también de considerable fuerza, se comprende que no podían improvisarla en la estrecha e incómoda cima del Calvario.

Antes de darle la cruz, le pasan a Jesús, por el cuello, la tabla con la inscripción “Jesús Nazareno Rey de los Judíos“. Y la cuerda que la sujeta se engancha en la corona, que se mueve y que araña donde no estaba ya arañado, y que penetra en otros sitios, causando nuevo dolor, haciendo brotar más sangre. La gente se ríe, de sádica alegría, e insulta y blasfema.

jesus lleva la cruzYa están preparados. Longino da la orden de marcha.

«Primero el Nazareno, detrás los dos ladrones. Una decuria alrededor de cada uno, haciendo de ala y refuerzo. Será responsable el soldado que no impida agresión mortal a los condenados».

3       Jesús baja los tres peldaños que conectan el vestíbulo con la plaza. Y se ve, inmediatamente, que está muy debilitado. Se tambalea al bajar los tres peldaños: estorbado por la cruz, que carga en el hombro, llagado del todo; obstaculizado por la tabla de la inscripción, que oscila delante y va serrando en el cuello; estorbado por los vaivenes impresos al cuerpo por el largo palo de la cruz, que bota en los peldaños y en las escabrosidades del suelo.

Los judíos se ríen viéndole tambalearse como si estuviera borracho, y gritan a los soldados:

«Empujadle, para que se caiga. ¡Que muerda el polvo el blasfemo!».

Pero los soldados se limitan a cumplir con su deber, o sea, ordenan al Condenado que se ponga en el centro de la calle y camine.

Longino aguija al caballo y la comitiva empieza a moverse con lentitud. Longino quisiera acortar, tomando el camino más breve para ir al Gólgota, porque no está seguro de la resistencia del Condenado. Pero esta gentuza furiosa –y llamarlos “gentuza”es incluso honroso– no quiere que se haga así. Los más zorros ya se han apresurado a adelantarse, hasta la bifurcación de la calle (una parte va hacia las murallas, la otra hacia la ciudad), y se amotinan y gritan cuando ven que Longino trata de tomar la de las murallas.

«¡No te está permitido! ¡No te está permitido! ¡Es ilegal! ¡La Ley dice que los condenados deben ser vistos desde la ciudad donde pecaron[4]87!».

Los judíos que van en la cola de la comitiva se percatan de que delante se intenta privarlos de un derecho, y unen sus gritos a los de sus compinches.

Intentando calmar los ánimos, Longino tuerce por la vía que va hacia la ciudad, y recorre un trecho de aquélla. Pero hace señas a un decurión de que se acerque (digo “decurión” porque es el suboficial, pero quizás es –diríamos nosotros– su oficial de ordenanza) y le dice algo reservadamente. Este vuelve hacia atrás al trote y, a medida que va llegando a la altura de cada uno de los jefes de decuria, transmite la orden.

Luego vuelve donde Longino para informar de que la orden está cumplida. Acto seguido se pone en el sitio en que estaba: en la fila, detrás de Longino.

4       Jesús camina jadeante. Cada bache del camino es una insidia para su pie incierto, una tortura para su espalda lacerada, para su cabeza coronada de espinas y herida por un Sol cenital exageradamente caliente que de vez en cuando se esconde tras un entrecielo plúmbeo de nubes, pero que, aun oculto, no deja de abrasar. Está congestionado por la fatiga, la fiebre y el calor. Pienso que también la luz y los gritos deben torturarle, y, si bien no puede taparse los oídos para no oír esos gritos descompuestos, sí que cierra los ojos para no ver la vía deslumbradora de sol… Pero se ve obligado a abrirlos, porque tropieza en piedras y pisa en baches, y cada tropezón es causa de dolor porque mueve bruscamente la cruz, que choca con la corona, que se descoloca en el hombro llagado y extiende la llaga y hace aumentar el dolor[5]88.

Los judíos ya no pueden golpearle directamente. Pero todavía le alcanza alguna piedra y algún golpe con algún palo: lo primero, en las plazas llenas de gente; lo segundo, en las vueltas, por las callejuelas hechas de escalones que suben y bajan, ora uno, ora tres, ora más, por los contínuos desniveles de la ciudad. En esos lugares la comitiva, por fuerza, aminora el paso y siempre hay alguno dispuesto a desafiar a las lanzas romanas con tal de dar un nuevo retoque a esa obra maestra de tortura que ya es Jesús.

Los soldados, como pueden, le defienden. Pero incluso al querer defenderle le golpean, porque las largas astas de las lanzas, blandidas en tan poco espacio, le golpean y le hacen tropezar. Pero, llegados a un determinado lugar, los soldados hacen una maniobra impecable y, a pesar de los gritos y las amenazas, la comitiva tuerce bruscamente por una calle que va directamente hacia las murallas, cuesta abajo, una calle que acorta mucho el camino hacia el lugar del suplicio.

Jesús jadea cada vez más. El sudor surca su rostro, junto con la sangre que rezuma de las heridas de la corona de espinas. El polvo se adhiere a este rostro húmedo poniéndole extrañas manchas. Y es que ahora también hace viento: sucesión de ráfagas separadas por largos intervalos en que se deposita el polvo –introduciéndose en los ojos y en las gargantas– que la racha ha levantado formando torbellinos cargados de detritos.

Junto a la puerta Judicial[6]89 está ya apiñada una multitud: son los que han tenido la previsión de buscarse con tiempo un buen sitio para ver. Pero, poco antes de llegar a ella, Jesús ya da señales de no tenerse en pie. Sólo la rápida intervención de un soldado –contra el que Jesús casi se derrumba– impide que vaya al suelo. La chusma se ríe y grita:

«¡Déjale! Decía a todos: “Levántate”. Pues que ahora se levante El…».

Al otro lado de la puerta hay un pequeño torrente y un puentecito. Nuevo esfuerzo para Jesús el pasar por esas tablas separadas en que rebota aún más fuertemente el largo palo de la cruz. Y nueva mina de proyectiles para los judíos: vuelan piedras del torrente que golpean al pobre Mártir…

5       Empieza la subida del Calvario. Es un camino desnudo que acomete directamente la subida, pavimentado con piedras no unidas, sin un hilo de sombra.

Respecto a este punto, también leí que el Calvario tenía pocos metros de altura. Bueno, pues, será así… Ciertamente, no es una montaña; pero una colina, sí; en cualquier caso, no es más bajo que, respecto a los Lungarni, el monte donde está la basílica de San Miniato, en Florencia[7]90. Alguno dirá: “¡Poca cosa!”. Sí, para uno sano y fuerte es poca cosa. Pero basta tener el corazón débil para sentir si es poca o mucha… Yo sé que, cuando se me enfermó el corazón, aunque todavía fuera en forma benigna, ya no podía subir aquella cuesta sin sufrir mucho y teniendo que pararme cada poco… y no tenía ningún peso a la espalda. Y creo que Jesús después de la flagelación y el sudor de sangre debía tener el corazón muy mal… y no tengo en cuenta más que estas dos cosas.

Jesús, por tanto, subiendo y con el peso de la cruz –que siendo tan larga debe pesar mucho–, sufre agudamente.

Encuentra una piedra saliente. Estando agotado, levanta muy poco el pie, y tropieza. Cae sobre la rodilla derecha. De todas formas, logra sujetarse con la mano izquierda. La gente grita de contento… Se pone en pie de nuevo. Continúa. Cada vez más encorvado y jadeante, congestionado, febril…

El cartel, que le va bailando delante, le obstaculiza la visión. La túnica, que, ahora que va encorvado, arrastra por el suelo por la parte de delante, le estorba el paso.

Tropieza otra vez y cae sobre las dos rodillas, hiriéndose de nuevo en donde ya lo estaba; y la cruz, que se le va de las manos y cae al suelo, tras haberle golpeado fuertemente en la espalda, le obliga a agacharse, para levantarla, y a esforzarse en cargarla sobre las espaldas. Mientras hace esto, aparece netamente visible en el hombro derecho la llaga causada por el roce de la cruz, que ha abierto las muchas llagas de los azotes y las ha unificado en una sola que rezuma suero y sangre, de forma que la túnica blanca está en ese sitio del todo manchada. La gente llega incluso a aplaudir por el contento de verle caer tan mal…

Longino incita a acelerar el paso, y los soldados, con golpes dados de plano con las dagas, instan al pobre Jesús a continuar. Se reanuda la marcha, con una lentitud cada vez mayor, a pesar de todas las incitaciones.

Jesús, disponiendo de todo el camino, se tambalea tanto, que parece completamente ebrio. Va chocándose en las dos filas de soldados, ora contra una, ora contra otra. La gente ve esto y grita:

«Se le ha subido a la cabeza su doctrina. ¡Mira, mira como se tambalea!».

Y otros –que no son pueblo, sino sacerdotes y escribas– dicen burlonamente:

«No. Son los festines, todavía humeantes, en casa de Lázaro. ¿Eran buenos? Ahora come nuestra comida…», y otras frases parecidas.

6       Longino, que se vuelve de vez en cuando, siente compasión y ordena una parada de algunos minutos. La chusma le insulta tanto, que el centurión ordena a los soldados la carga. La masa vil, ante las lanzas refulgentes y amenazadoras, se distancia gritando, bajando sin orden ni concierto por el monte.

Es aquí donde vuelvo a ver, entre la poca gente que ha quedado, al grupito de los pastores, apareciendo tras unas ruinas (quizás de algún murete derrumbado).

Desolados, desencajados los rostros, llenos de polvo del camino, lacerados sus vestidos, reclaman con la fuerza de sus miradas la atención de su Maestro. Y El vuelve la cabeza, los ve… los mira fijamente como si fueran caras de ángeles. Parece calmar su sed y recuperar fuerzas con el llanto de ellos, y sonríe… Se da de nuevo la orden de ponerse en marcha y Jesús pasa justamente por delante de ellos, oyendo su llanto angustioso.

Vuelve a duras penas la cabeza bajo el yugo de la cruz y vuelve a sonreír… Sus consuelos… Diez caras… un alto bajo el sol de fuego…

primera caidaY en seguida el dolor de la tercera, completa caída[8]91. Esta vez no es que tropiece, sino que es que cae por repentino decaimiento de las fuerzas, por síncope. Cae a lo largo.

Se golpea la cara contra las piedras desunidas. Permanece en el suelo, bajo la cruz, que se le cae encima. Los soldados tratan de levantarle. Pero, dado que parece muerto, van a informar al centurión. Mientras van y vuelven, Jesús vuelve en sí y, lentamente, con la ayuda de dos soldados, de los cuales uno levanta la cruz y el otro ayuda al Condenado a ponerse en pie, se pone de nuevo en su lugar. Pero está totalmente agotado.

«¡Atentos a que muera en la cruz!» grita la muchedumbre.

«Si se os muere antes, responderéis ante el Procónsul. Tenedlo presente. El reo debe llegar vivo al suplicio» dicen los jefes de los escribas a los soldados.

Estos, aunque por disciplina no hablan, los fulminan con furiosas miradas.

7       Pero Longino tiene el mismo miedo que los judíos de que Cristo muera por el camino, y no quiere problemas. Sin necesidad de que nadie se lo recuerde, sabe cuál es su deber como comandante de la ejecución, y toma las medidas oportunas al respecto; concretamente da la orden de tomar el camino más largo, que sube en espiral orillando el monte y que, por tanto, tiene menos desnivel, desorientando a los judíos, los cuales ya se han adelantado presurosos por el camino, al que han llegado desde todas las partes del monte, sudando, arañándose al pasar junto a los escasos y espinosos matorrales de este monte yermo y requemado, cayendo en los montones de escombros (como si fuera para Jerusalén una escombrera), sin sentir dolor alguno, sino el de perderse un jadeo del Mártir, una mirada suya de dolor, un gesto aun involuntario de sufrimiento, sin sentir temor alguno, sino el de no conseguir un buen sitio.

               El camino tomado por Longino parece un sendero que, a fuerza de haber sido recorrido, se ha transformado en un camino bastante cómodo.

El cruce de los dos caminos está localizado, aproximadamente, en la mitad del monte. Pero observo que más arriba, en cuatro puntos, el camino directo se ve cortado por este que asciende con menos desnivel, aunque con un recorrido mucho más largo; y en este camino hay personas que suben, pero que no participan del indigno jolgorio de los posesos que siguen a Jesús para gozar de sus tormentos. La mayor parte son mujeres, que van llorando veladas. También algún grupito de hombres –en verdad, muy exiguos– que, muy por delante de las mujeres, están para desaparecer de la vista cuando el camino, en su recorrido, orillando el monte, tuerce.

Aquí el Calvario[9]92 tiene una especie de punta en su caprichosa estructura: de forma de morro por una parte, escarpada por la otra. Trataré de darle una idea de su aspecto tomado de perfil.

Los hombres desaparecen tras la punta rocosa y los pierdo de vista.

8       La gente que seguía a Jesús grita de rabia. Era más bonito para ellos verle caer. Con repugnantes imprecaciones contra el Condenado y contra el que le guía, parte de ellos se ponen a seguir a la comitiva judicial, y otra parte prosigue, casi corriendo, hacia arriba por el camino empinado, para desquitarse, con un magnífico puesto en la cima, de la desilusión que han experimentado.

Las mujeres, que van llorando –y que se encuentran en el punto que señalo con la letra D– se vuelven al oír los gritos, y ven que la comitiva tuerce por ahí. Se detienen entonces, y, temiendo que los violentos judíos las arrojen ladera abajo, se pegan bien al monte. Cubren aún más su cara con los velos. Una va completamente velada, como una musulmana, dejando descubiertos sólo los ojos, negrísimos. Van muy ricamente vestidas, custodiadas por un viejo robusto cuya cara, yendo él todo envuelto en su capa, no distingo; veo sólo su larga barba, más blanca que negra, por fuera de su obscurísima y grande capa.

               Cuando Jesús llega a su altura, ellas lloran más fuerte y se inclinan con profunda reverencia. Luego se aproximan resueltamente. Los soldados quisieran mantenerlas a distancia sirviéndose de las astas. Pero la que estaba del todo tapada como una musulmana aparta un instante el velo ante el alférez, que ha llegado a caballo para ver qué obstáculo nuevo es éste. Y el alférez da la orden de dejarla pasar. No puedo ver ni su cara ni su vestido, porque ha apartado el velo con la rapidez de un relámpago y el vestido está enteramente oculto bajo un manto largo que llega hasta los pies, un manto tupido y completamente cerrado por una serie de hebillas. La mano que un instante sale para apartar el velo es blanca y hermosa; y es, junto con los negrísimos ojos, la única cosa que se ve de esta alta dama, que, sin duda, es persona influyente, a juzgar por la forma en que el lugarteniente de Longino la obedece.

9       Se acercan a Jesús llorando y se arrodillan a sus pies mientras El se detiene jadeante… Jesús, a pesar de todo, sabe sonreír a estas mujeres compasivas y al hombre que las escolta, que se descubre para mostrar que es Jonatán. Pero a él los soldados no le dejan pasar; sólo a las mujeres.

Una de ellas es Juana de Cusa, y está más maltrecha que cuando agonizaba[10]93. De rojo presenta sólo los surcos del llanto. Todo el resto de la cara es níveo, con esos dulces ojos negros que, tan empañados como están, parecen ahora de un violeta obscurísimo, como ciertas flores. Tiene en su mano una ánfora de plata, y se la ofrece a Jesús, el cual no la acepta. Pero es que, además, su jadeo es tan fuerte, que ni siquiera podría beber.

la veronicaCon la mano izquierda se seca el sudor y la sangre que le caen en los ojos y que, deslizándose por las mejillas lívidas y por el cuello (cuyas venas están túrgidas con el afanoso palpitar del corazón), humedecen toda la pechera de la túnica.

Otra mujer –a su lado tiene una joven sirviente– abre una arqueta que ésta lleva en los brazos y saca un lienzo finísimo[11]94, cuadrado, que le ofrece al Redentor. Jesús lo acepta. Y, dado que no puede por sí solo con una mano, esta mujer compasiva le ayuda a ponérselo en el rostro, con cuidado de no chocar en la corona. Y Jesús aplica el fresco lienzo a su pobre faz. Lo mantiene así como si en ello hallara un gran alivio.

Luego devuelve el lienzo y habla:

«Gracias, Juana. Gracias, Nique,… Sara,… Marcela,… Elisa,… Lidia,… Ana,… Valeria,… y a ti… Pero… no lloréis… por mí… hijas de… Jerusalén… sino por los pecados… vuestros y… de vuestra ciudad… Da gracias… Juana… por no tener… ya hijos… Mira… es compasión de Dios… el no… no tener hijos… para que… sufran por… esto. Y también… tú, Isabel… Mejor… como sucedió… que entre los deicidas… Y vosotras… madres… llorad por… vuestros hijos, porque… esta hora no pasará… sin castigo… ¡Y qué castigo, si esto es así para… el Inocente!… Lloraréis entonces… el haber concebido… amamantado y el… tener todavía… a los hijos… Las madres… en aquella hora… llorarán porque… en verdad os digo… que será dichoso… el que en aquella hora… caiga primero… bajo los escombros… Os bendigo… Marchaos… a casa… orad… por Mí. Adiós, Jonatán… llévatelas…».

Y en medio de un alto clamor de llanto femenino y de imprecaciones judías, Jesús reanuda su camino.

10     Jesús está otra vez todo mojado de sudor. Sudan también los soldados y los otros

dos condenados, porque el sol de este día borrascoso abrasa como el fuego, y la ladera ardiente del monte aumenta el calor solar.

Fácil es imaginarse lo que significará este sol en la túnica de lana de Jesús puesta sobre las heridas de los azotes… y horrorizarse… Pero no emite un solo quejido. Eso sí –a pesar de que el camino esté mucho menos empinado y no tenga esas piedras desunidas, tan peligrosas para sus pies, que en realidad ya sólo se arrastran–, se tambalea cada vez más, y otra vez vuelve a ir de una fila de soldados a la otra, chocándose, y encorvándose cada vez más.

Piensan que será una solución pasarle una cuerda por la cintura y tenerlo sujeto por los cabos como si fueran riendas. Sí, esto lo sostiene, pero no le alivia el peso. Es más, la cuerda, chocando en la cruz hace que ésta se mueva continuamente en el hombro y que golpee en la corona, que verdaderamente ha hecho ya de la frente de Jesús un tatuaje sangrante. Además, la cuerda va rozando la cintura, donde hay muchas heridas, y ciertamente las abrirá de nuevo; tanto es así que la túnica blanca se tiñe, en la zona de la cintura, de un rojo pálido. Por ayudarle, le hacen sufrir más todavía.

11     El camino prosigue. Dobla la ladera del monte. casi al frente, hacia el camino escarpado. Aquí, en el sitio que señalo con la letra M, está María con Juan. Yo diría que Juan la ha llevado a ese lugar de sombra, detrás de la escarpa del monte, para procurarle un poco de alivio. Es la parte más abrupta, sólo orillada por ese camino.

Hacia arriba y hacia abajo, la ladera, sea hacia arriba, sea hacia abajo, tiene áspero declive, de forma que, por este motivo, los crueles judíos la han descartado. Allí hay sombra porque yo diría que es la parte septentrional. Y María, estando pegada al monte, se ve al amparo del sol. Está apoyada en la ladera térrea; de pie, pero ya exhausta. Jadea también ella, pálida como una muerta, con su vestido azul obscurísimo, casi negro. Juan la mira con una piedad desolada. También él ha perdido todo rastro de color y está térreo. Sus ojos, cansados y abiertísimos. Despeinado. Ahondados los carrillos, como por enfermedad.

Las otras mujeres (María y Marta de Lázaro, María de Alfeo y de Zebedeo, Susana de Caná, la dueña de la casa y otras que no conozco[12]95) están en medio del camino y observan si viene el Salvador. Y, cuando ven que llega Longino, se acercan a María para avisarla. Entonces María, sujetada de un codo por Juan, majestuosa en medio de su dolor, se separa de la pared del monte y se pone resueltamente en medio del camino, apartándose sólo cuando llega Longino, quien desde su caballo negro mira a esta pálida Mujer y a su acompañante rubio, pálido, de mansos ojos de cielo como Ella. Y Longino menea la cabeza mientras la sobrepasa seguido por los once que van a caballo.

María trata de pasar por entre los soldados de a pie. Pero éstos, que tienen calor y prisa, tratan de rechazarla con las lanzas (y mucho más si se considera que desde el camino solado vuelan piedras como protesta contra tantos gestos de compasión). Son los judíos, que siguen imprecando por la pausa causada por las pías mujeres. Dicen:

«¡Rápido! Mañana es Pascua. ¡Hay que acabar todo esto antes de que anochezca! ¡Cómplices! ¡Burladores de nuestra Ley! ¡Opresores! ¡Muerte a los invasores y a su Cristo! ¡Le quieren! ¡Fijaos cómo le quieren! ¡Pues lleváoslo! ¡Metedle en vuestra maldita Urbe! ¡Os lo cedemos! ¡Nosotros no queremos tenerle! ¡Las carroñas para las carroñas! ¡Las lepras para los leprosos!».

12     Longino se cansa y espolea al caballo, seguido por los diez lanceros, contra la jauría insultante, que por segunda vez huye. Y, haciendo esto, Longino ve parado un pequeño carro (sin duda, ha subido desde los huertos que están al pie del monte), un pequeño carro que espera con su carga de verduras a que pase la turba para bajar a la ciudad. Creo que un poco de curiosidad propia y de los hijos ha hecho al Cireneo subir hasta allí, porque de ninguna manera tenía necesidad de hacerlo. Los dos hijos, tumbados encima del montón glauco de las verduras, miran cómo huyen los judíos y se ríen de ellos. El hombre, sin embargo, un hombre robustísimo de unos cuarenta o cincuenta años, en pie, junto al burro que, asustado, trata de recular, mira atentamente hacia la comitiva.

Longino le mira detenidamente. Piensa que le puede servir. Ordena:

«Hombre ven aquí».

        El Cireneo finge no oír. Pero con Longino no se juega. Repite la orden de una forma que el hombre lanza los ramales a uno de sus hijos y se acerca.

«Ves a ese hombre?»

pregunta. Y al decirlo se vuelve para señalar a Jesús. Y, en esto, ve a María, suplicando a los soldados que la dejen pasar. Siente compasión de ella y grita: «Dejad pasar a la Mujer».

Luego vuelve a hablarle al Cireneo:

«No puede proseguir cargado así. Tú eres fuerte. Toma su cruz y llévala por El hasta la cima» .

«No puedo… Tengo el burro… es rebelde… Los chicos no saben dominarle…».

Pero Longino dice:

«Ve, si no quieres perder el asno y ganarte veinte golpes de castigo» .

El Cireneo ya no se atreve a oponer más resistencia. Da una voz a los muchachos:

«Id a casa. Pronto. Decid que llego en seguida»,

luego se acerca a Jesús.

13     Llega en el preciso momento en que Jesús se vuelve hacia su Madre –sólo entonces El la ve venir, y es que caminaba tan encorvado y con los ojos tan cerrados, que era como si estuviera ciego–, y grita:

«¡Mamá!».

encuentro con la madreEs la primera palabra que expresa su sufrimiento, desde cuando está siendo torturado. Y es que en ese grito se contiene la confesión de todo su tremendo dolor, de cada uno de sus dolores, de espíritu, de su parte moral, de su carne. Es el grito

desgarrado y desgarrador de un niño que muere solo, entre verdugos, entre las peores torturas… y que hasta de su propia respiración siente miedo. Es el lamento de un niño delirante angustiado por visiones de pesadilla… Y llama a la madre, a la madre, porque sólo el fresco beso de ella calma el ardor de la fiebre, y su voz ahuyenta a los fantasmas, y su abrazo hace menos temible la muerte…

María se lleva la mano al corazón como si hubiera sentido una puñalada. Se tambalea levemente. Pero se recupera, acelera el paso y, mientras va hacia su Criatura lacerada tendiendo hacia El los brazos, grita:

«¡Hijo!».

Pero lo dice de una forma tal, que el que no tiene corazón de hiena lo siente traspasado por ese dolor.

Veo que incluso entre los romanos –y son hombres de armas, no noveles en materia de muertes, marcados por cicatrices…– hay un impulso de piedad. Y es que la palabra “¡Mamá!” y la palabra “¡Hijo!” conservan siempre su valor y lo conservan para todos aquellos que –lo repito– no son peores que las hienas, y son pronunciadas y comprendidas en todas partes, y en todas partes provocan olas de piedad…

El Cireneo siente esta piedad… Y dado que ve que María no puede, a causa de la cruz, abrazar a su Hijo y que después de haber tendido los brazos los deja caer de nuevo convencida de no poder hacerlo –y se limita a mirarle, queriendo expresar una sonrisa, una sonrisa que es maternal, para infundirle ánimo, mientras sus temblorosos labios beben el llanto; y El, torciendo la cabeza bajo el yugo de la cruz, trata, a su vez, de sonreírle y de enviarle un beso con los pobres labios heridos y abiertos por los golpes y la fiebre–, pues se apresura a quitar la cruz (y lo hace con delicadeza de padre, para no chocar con la corona o rozar las llagas).

Pero María no puede besar a su Criatura… Hasta el más leve toque sería una tortura en esa carne lacerada. María se abstiene de hacerlo, y, además… los sentimientos más santos tienen un pudor profundo, requieren respeto o, al menos, compasión, mientras que aquí lo que hay es curiosidad y, sobre todo, escarnio: se besan sólo las dos almas angustiadas.

cireneo14     La comitiva, que se pone de nuevo en marcha, movida por las ondas del gentío furibundo que desde atrás empuja, los separa, y aparta a la Madre –blanco de las burlas de todo un pueblo– contra la pared del monte…

Ahora, detrás de Jesús, va el Cireneo con la cruz. Jesús, libre de ese peso, prosigue mejor. Jadea fuertemente, se lleva frecuentemente la mano al corazón, como sintiendo un gran dolor, como si tuviera ahí una herida, en la región esternocardiaca; y ahora, que puede hacerlo por no tener atadas las manos, se echa hacia atrás, hasta por detrás de las orejas, el pelo que le caía por delante empapado de sangre y sudor, para sentir aire en su cara cianótica, y se desata el cordón del cuello por la dificultad de respiración… Pero puede andar mejor.

María se ha retirado con las mujeres. Se pone al final de la comitiva una vez que ésta ha pasado, y luego, por un atajo, se dirige hacia la cima del monte, desafiando las injurias de la chusma inhumana.

Ahora que Jesús está libre, recorren con bastante brevedad la última espira del monte. Ya están cercanos a la cima, toda llena de gentío vociferante.

Longino se detiene y da la orden de que todos, implacablemente, sean apartados más hacia abajo, para que la cima, lugar de ejecución, esté libre. Y media centuria pone por obra la orden: vienen al sitio y rechazan sin piedad a todos los que allí se encuentran, haciendo uso para ello de dagas y astas. Bajo la granizada de cimbronazos y palos, los judíos de la cima huyen. Intentan colocarse en la explanada que está más abajo; pero los que ya están en ella no ceden, siendo así que se encienden riñas furibundas entre la gente. Parecen todos locos.

15     Como le dije el año pasado[13]96, el Calvario, en su cima, tiene la forma de un trapecio irregular levemente más alto por el lado A, tras el cual el monte desciende a pico hasta más de la mitad de su ladera. En este espacio están ya preparados tres agujeros profundos, recubiertos por dentro de ladrillo o pizarra; en definitiva, hechos con este fin concreto. Al lado de ellos hay piedras y tierra ya preparadas para calzar las cruces. De otros agujeros, sin embargo, no han sacado las piedras. Se ve que los van vaciando según el número que se requiere cada vez.

Más abajo de la cima trapezoidal, por la parte en que el monte no desciende con fuerte desnivel, hay una especie de plataforma que constituye un rellano de suave declive. De éste salen dos anchos senderos que bordean la cima, quedando así ésta aislada por todos los lados y elevada al menos dos metros.

Los soldados que han apartado de la cima a la gente dominan con persuasivos golpes de astas las riñas y abren paso para que la comitiva pueda marchar sin obstáculos en el último trecho del camino. Y se quedan allí formando cordón mientras los tres condenados encuadrados por los soldados de a caballo y protegidos por la otra media centuria por detrás, llegan hasta el punto en que los detienen: al pie de ese palco natural elevado que es la cima del Gólgota.

16     Mientras se desarrollan estos hechos, advierto la presencia de las Marías en el punto que señalo con una M. Un poco detrás de ellas, están Juana de Cusa y otras cuatro de las damas de antes. Las otras se han marchado. Deben haberse ido solas, porque Jonatán está ahí, detrás de su señora. Ya no está la mujer a la que nosotros llamamos Verónica y Jesús ha llamado Nique, y, lo mismo que ella, falta también su doméstica; y tampoco está la mujer que iba completamente velada y fue obedecida por los soldados. Veo a Juana, a la anciana de nombre Elisa, a Ana (es la dueña de aquella casa a donde Jesús va durante la vendimia del primer año[14]97) y a otras dos que no sé identificar mejor.

Detrás de estas mujeres y de las Marías, veo a José y a Simón de Alfeo, y a Alfeo de Sara junto con el grupo de los pastores. Han peleado con los que querían cerrarles el paso y los insultaban, y la fuerza de estos hombres, multiplicada por el amor y el dolor, ha sido tan violenta que han vencido y han creado un semicírculo libre contra el que los vilísimos judíos no se atreven sino a lanzar gritos de muerte y a amenazar con los puños; no más, porque los cayados de los pastores son nudosos y pesados y a estos jabatos –no hablo impropiamente llamándolos así, porque se requiere un gran valor para enfrentarse a toda una población hostil, siendo pocos, conocidos como galileos o seguidores del Galileo– no les falta ni fuerza ni tino. ¡Es el único punto de todo el Calvario donde no se blasfema contra el Cristo!

El monte hormiguea de gente en los tres lados que no descienden con fuerte declive. Ya no se ve la tierra amarillenta y desnuda, la cual, bajo el sol que aparece y se oculta, parece un prado florecido lleno de corolas de todos los colores, debido a que está cubierta por una gran cantidad de gorros y mantos de esos sádicos. Pasado el torrente, por el camino, más gente; dentro del recinto de las murallas, más gente; en las terrazas, más gente. El resto de la ciudad, despoblado… vacío… silencioso: todo está aquí, todo el amor y todo el odio; todo el Silencio que ama y perdona, todo el Clamor que odia e impreca.

17     Mientras los hombres encargados de la ejecución preparan sus instrumentos y terminan de vaciar los agujeros, y mientras los condenados esperan en el centro de su cuadrado, los judíos, refugiados en el ángulo opuesto a las Marías, insultan a éstas, y también a la Madre:

«¡Muerte a los galileos! ¡Muerte! ¡Galileos! ¡Galileos! ¡Malditos! Muerte al blasfemo galileo. ¡Clavad en la cruz también al vientre que le llevó! ¡Fuera las víboras que dan a luz a los demonios! ¡Muerte a ellas! ¡Limpiad Israel de las hembras que se unen con el macho cabrío!…».

Longino, que ha desmontado del caballo, se vuelve y ve a la Madre… Ordena que se haga cesar ese barullo… La media centuria que estaba detrás de los condenados carga contra la chusma y libera del todo el rellano inferior. Y los judíos se echan a correr por el monte, pisándose unos a otros. Echan pie a tierra también los otros soldados. Uno de ellos toma los once caballos además del del centurión y los lleva a la sombra, a espaldas de la ladera B del monte.

El centurión se encamina hacia la cima. Juana de Cusa se acerca a él, le para; le da el ánfora y una bolsa, luego se retira llorando, y va al saliente del monte, donde están las otras.

18     Arriba está todo preparado. Se hace subir a los condenados. Jesús pasa otra vez cerca de su Madre, la cual emite un gemido que Ella misma trata de ahogar llevándose a la boca el manto.

Los judíos ven esto y se ríen, y se burlan. Juan, el manso Juan, que tiene un brazo pasado por los hombros de María para sostenerla, se vuelve con una mirada fiera, una mirada incluso fosforescente; si no debiera tutelar a las mujeres, yo creo que cogería a alguno de esos cobardes por el cuello.

En cuanto llegan los condenados al palco malhadado, los soldados circundan la explanada por tres de sus lados. Sólo queda vacío el lado que desciende a pico.

El centurión da al Cireneo la orden de que se vaya. Y éste se marcha, a regañadientes ahora. No diría que por sadismo, sino por amor. Tanto es así, que se para junto a los galileos y comparte con ellos los insultos que la muchedumbre propina a este escuálido grupo de fieles del Cristo.

Los dos ladrones, blasfemando, arrojan al suelo sus cruces. Jesús calla.

La vía dolorosa ha terminado.

[1] 84 Cfr. Mt. 27, 31–32; Mc. 15, 20–21; Lc. 23, 25–31; Ju. 19, 16–22.

[2] 85 desde el final de la última visión (del 25 de marzo de 1945) en 604.35.

[3] 86 La opinion común y corriente, apoyada en los evangelios, parcos en detalles, sino en la arqueología romana, sostiene que la cruz se componía de dos palos separados: uno, el largo, vertical, medía de 4 a 4 metros y medio, y generalmente estaba clavado en el lugar del suplicio; el otro, el horizontal, y más corto, llamado furca o patibulum, lo cargaba el condenado. Según esta opinión común, Jesús llevó al Calvario no la cruz completa, sino solo el palo corto. La Escritora de esta Obra, recordando que el flagelado y el que cargaba la cruz esta vez, es el Dios encarnado, y asegurando que describía lo que “veía” afirma que Jesús cargó la cruz completa. Puede ser que al pensar así vaya contra la opinión corriente, pero no contra los Evangelios, los cuales, como todos lo saben, no describen todos los pormenores. Respecto a la opinión común y a muchos detalles, cfr. U. HOLZMEISTER, Croce, en Enciclopedia Cattolica, vol. IV, Città del Vaticano, 1950, col. 951–956; a favor de la descripción que da la Escritora de esta obra, cfr. I. KNABENBAUER, S. J., Commentarius in Quatuor S. Evangelia, I, 2, Evangelium secundum S. Mathaeum, in Cursus Sacrae Scripturae, auctoribus R. CORNELY, I KNABENBAUER, FR. De HUMMELAUER, S. J., Parisiis, 1983, p. 513–515. Respecto a la verdadera Cruz de Jesús, cfr. MORONI, op. cit. Vol 18, pág. 234–236. En cuanto a los fragmentos existentes en Roma, en las iglesias de la Santa Cruz en Jerusalén y de s. Pedro en Vaticano, cfr. BEDINI, op. cit. Pág. 40–46.

[4] 87 Cfr. Lev. 24, 10–23; Núm. 15, 32–36; 3 Rey. 21, 1–86; Ju. 19, 19–20.

[5] 88 Al ser preguntado el Prof. Lorenzo Ferri sobre la llaga de la que se habla aquí, respondió de este modo: “La llaga de la espalda, al lado derecho, se ve en la Sábana, de lo cual conjeturo que Jesús llevó la cruz completa, en el hombro derecho, como asegura María Valtorta”.

[6] 89 Cfr. 2 Esd. 3, 30.

[7] 90 Un poco superior a la famosa plaza llamada de Michelangelo.

[8] 91 La Escritora, muy devota del Vía Crucis, nos recuerda las tres caídas tradicionales de Jesús al subir al Calvario.

[9] 92 Para medir a ojo la altura del Calvario (en tiempos de Jesús) la Escritora recurre a la comparación entre los Lungarni florentinos y S. Miniato en el Monte, que mide 140 metros de alto. Compara, pues, la colina desde el río. Ahora bien, entre el torrente Cedrón y el Calvario, hay una línea aérea de cerca de 1 km. Y un desnivel de un centenar de metros, como aparece en el mapa geográfico que presenta La Sainte Bible… de Jérusalem, París, 1956, que da al Cedrón una altitud de 620 a 640 metros sobre el nivel del mar, y para el área donde se levanta el Calvario, de 740. En este punto será útil tener en cuenta una nota interesante del P. J. HUBY, S. J., Evangile selon Saint Marc, 9eme éd., París Beauchesne, 1927, p. 418, 2: “De lejos, sobre todo bajo el influjo de mapas muy bien hechos, muchos se imaginan el Calvario como una colina que domina toda la ciudad de Jerusalén. Pero no era así. El Calvario era más alto que la colina oriental que llegaba hasta la explanada del Templo (744 m. de altura). Dominaba la hondonada del Tyropeon (que, respecto al Cedrón, está más cerca del Calvario en línea recta unos 200 m.) y las primeras pendientes de la colina occidental, pero era menos alto que la cima donde había sido construído el palacio de Herodes a los alrededores de la ciudadela actual. La basílica del Santo Sepulcro está a una altura de 754 m., aun cuando se añadan unos cuantos metros más, el Calvario no llegaría a más de 774 m., alteza del lugar donde se supone que estuvo el palacio de Herodes”. En esta nota y en la anterior el P. Huby se apoya en los famosos geógrafos de Palestina, Abel y Vincent; iguales datos nos ha dado un célebre guía conocedor de esos lugares.

[10] 93 en 102.7.

[11] 94 Respecto al Velo de la Verónica, llamado también la Santa Faz o Santo Sudario, que se conserva en S. Pedro en Vaticano, cfr.MORONI, op. cit. Vol.103, p. 91–99, también vol. 55, p. 265 y vol. 88 p. 231, que por un gran favor del Papa Gregorio XVI, y junto con él, el 6 de febrero de 1838 y en otra ocasión, tuvo la inolvidable suerte de haber visto cuidadosamente y besar el Santo Rostro que venera en S. Pedro. En el vol. 103, p. 92–93, tal vez con el parecer de Moroni, hay la siguiente descripción: “Piazza (nombre), Emerologio di Roma, 4 de Febrero, fiesta de s. Verónica, noble matrona jerosolimitana, después de su historia, así describe el Santo Rostro en 1713, tal como lo vió y describió el apóstol o evangelista s. Juan en su lección 7. “Se ve en él, no sin gran compasión, la cabeza atravesada toda de espinas, la frente ensangrentada, los ojos llenos de manchas de sangre. El rostro todo pálido. En la mejilla derecha se ve la huella de la cruel bofetada que le dio Malco, en la izquierda las manchas de los salivazos de los judíos. La nariz un poco aplastada y ensangrentada. La boca abierta y llena de sangre. Los dientes flojos. La barba arrancada en cierto punto, los cabellos de un lado arrancados. La santísima faz muestra, pese a todos sus sufrimientos, majestad, compasión, amor, tristeza. Cuando en determinadas solemnidades se muestra en la basílica vaticana a toda la gente, que acude, causa un sagrado horror, una tristísimo confianza, una dolorosa penitencia, de modo que invita al arrepentimiento. Al ver la Santa Faz uno puede ver en ella reflejado el inmenso amor de nuestro benignísimo Redentor”. Una copia, fiel reproducción de la que se guarda en S. Pedro, Vaticano, que se hizo en tiempos de Gregorio XV, en 1621, se conserva en la iglesia “del Gesú”, de los Padres Jesuitas, en Roma. Cfr. MORONI, op. cit., vol 103, pág. 102–103. A. P. FRUTAZ, Verónica, en Enciclopedia Cattolica, vol. 12, Vaticano, 1954, col. 1299–1303, escribe: “Del velo de la Verónica con la Faz de Cristo se habla en el grupo de los Apócrifos de Pilatos (…sec. II, IV–VIII)” Aun cuando parece que no vió la Santa Faz conservada en el Vaticano, dice que no ha sido hasta ahora estudiada científicamente, pero que debe preferirse a las que hay en Laón y Génova. El que anota esta Obra, se acuerda de que María Valtorta le dijo que si se acercasen el Rostro santo de la Sábana de Turín y el del Velo de la Verónica, veríamos que son semejantes en cuanto a características y medidas.

[12] 95 porque la fecha de la presente visión precede a la de la mayor parte de las visiones de la vida pública de Jesús

[13] 96 (al Padre Migliorini) el año pasado, en la visión descrita el 18 de febrero de 1944, que forma parte de una “Pasión” más compendiada, como se explica en una nota de 587.13.

[14] 97 en el capítulo 108. La observación puesta entre paréntesis al pie de la página del cuaderno autógrafo parece haber sido añadida posteriormente por MV.

609. La crucifixión[1]98, la muerte y el descendimiento.

27 de marzo de 1945.

crucifixion1       Cuatro hombres fornidos, que por su aspecto me parecen judíos, y judíos más merecedores de la cruz que los condenados, ciertamente de la misma calaña de los flageladores, y que estaban en un sendero, saltan al lugar del suplicio. Van vestidos con túnicas cortas y sin mangas. Tienen en sus manos clavos, martillos y cuerdas. Y muestran burlonamente estas cosas a los tres condenados. La muchedumbre se excita envuelta en un delirio cruel.

El centurión ofrece a Jesús el ánfora, para que beba la mixtura anestésica del vino mirrado. Pero Jesús la rechaza. Los dos ladrones, por el contrario, beben mucha. Luego, junto a una piedra grande, casi en el borde de la cima, ponen esta ánfora de amplia boca de forma de tronco de cono invertido.

2       Se da a los condenados la orden de desnudarse. Los dos ladrones lo hacen sin pudor alguno. Es más, se divierten haciendo gestos obscenos hacia la muchedumbre, y especialmente hacia el grupo sacerdotal, todo blanco con sus túnicas de lino, grupo que, a la chita callando y haciendo uso de su condición, ha vuelto al rellano. A los sacerdotes se han unido dos o tres fariseos y otros prepotentes personajes a quienes el odio hace amigos entre sí. Y veo a personas ya conocidas, como el fariseo Jocanán, a Ismael, el escriba Sadoq, Elí de Cafarnaúm…

Los verdugos ofrecen tres trapajos a los condenados para que se los aten a la ingle.

Los ladrones los agarran mientras profieren blasfemias aún más horrendas. Jesús, que se está desvistiendo lentamente por el agudo dolor de las heridas, lo rehúsa. Quizás cree que conservará el calzón corto que pudo tener durante la flagelación. Pero, cuando le dicen que también se lo quite, tiende la mano para mendigar el trapajo de los verdugos para cubrir su desnudez: verdaderamente es el Anonadado[2]99, hasta el punto de tener que pedir un trapajo a unos delincuentes.

Pero María se ha percatado y se ha quitado el largo y sutil lienzo blanco[3]100 que le cubre la cabeza por debajo del manto obscuro; un velo en el que Ella ha derramado ya mucho llanto. Se lo quita sin dejar caer el manto. Se lo pasa a Juan para que se lo dé a Longino para su Hijo. El centurión toma el velo sin poner dificultades, y cuando ve que Jesús está para desnudarse del todo, vuelto no hacia la muchedumbre sino hacia la parte vacía de gente –mostrando así su espalda surcada de moraduras y ampollas, sangrante por heridas abiertas o a través de obscuras costras–, le ofrece el velo materno de lino. Jesús lo reconoce y se lo enrolla en varias veces en torno a la pelvis, asegurándoselo bien para que no se caiga… Y en el lienzo –hasta ese momento mojado sólo de llanto– caen las primeras gotas de sangre, porque muchas de las heridas, mínimamente cubiertas de coágulo, al agacharse para quitarse las sandalias y dejar en el suelo la ropa, se han abierto y la sangre de nuevo mana.

3       Ahora Jesús se vuelve hacia la muchedumbre. Y se ve así que también el pecho, los brazos, las piernas, están llenos de golpes de los azotes. A la altura del hígado hay un enorme cardenal. Bajo el arco costal izquierdo hay siete nítidas estrías en relieve, terminadas en siete pequeñas laceraciones sangrantes rodeadas de un círculo violáceo… un golpe fiero de flagelo en esa zona tan sensible del diafragma. Las rodillas, magulladas por las repetidas caídas que ya empezaron inmediatamente después de la captura y que terminaron en el Calvario, están negras por los hematomas, y abiertas por la rótula, especialmente la derecha, con una vasta laceración sangrante.

La muchedumbre le escarnece[4]101 como en coro:

«¡Qué hermoso! ¡El más hermoso de los hijos de los hombres! Las hijas de Jerusalén lo adoran…».

Y empiezan a cantar, con tono de salmo:

la cruz«Cándido y rubicundo es mi dilecto, se distingue entre millares. Su cabeza es oro puro; sus cabellos, racimos de palmera, sedeños como pluma de cuervo. Sus ojos son como dos palomas chapoteando en arroyos de leche, que no de agua, en la leche de sus órbitas. Sus mejillas son aromáticos cuadros de jardín; sus labios, purpúreos lirios que rezuman preciosa mirra. Sus manos torneadas como trabajo de orfebre, terminadas en róseos jacintos. Su tronco es marfil veteado de zafiros. Sus piernas, perfectas columnas de cándido mármol con bases de oro. Su majestuosidad es como la del Líbano; su solemnidad, mayor que la del alto cedro. Su lengua está empapada de dulzura. Toda una delicia[5]102 es él»;

y se ríen, y también gritan:

«¡El leproso! ¡El leproso[6]103! ¿Será que has fornicado con un ídolo[7]104, si Dios lo ha castigado de este modo? ¿Has murmurado contra los santos de Israel, como María de Moisés[8]105, pues que has recibido este castigo? ¡Oh! ¡Oh! ¡El Perfecto! ¿Eres el Hijo de Dios? ¡Qué va! ¡Lo que eres es el aborto de Satanás! Al menos él, Mammona, es poderoso y fuerte. Tú… eres un andrajo impotente y asqueroso».

4       Atan a las cruces a los ladrones y se los coloca en sus sitios, uno a la derecha, uno a la izquierda, así: 1 + 1 respecto al sitio destinado para Jesús. Gritan, imprecan, maldicen; y, especialmente cuando meten las cruces en el agujero y los descoyuntan y as cuerdas magullan sus muñecas, sus maldiciones contra Dios, contra la Ley, contra los romanos, contra los judíos, son infernales.

Es ahora el turno de Jesús. El se extiende mansamente sobre el madero. Los dos ladrones se revelaban tanto, que, no siendo suficientes los cuatro verdugos, habían tenido que intervenir soldados para sujetarlos, para que no apartaran con patadas a los verdugos que los ataban por las muñecas. Pero para Jesús no hay necesidad de ayuda.

Se extiende y pone la cabeza donde le dicen que la ponga. Abre los brazos como le dicen que los abra. Estira las piernas como le ordenan que lo haga. Sólo se ha preocupado de colocarse bien su velo. Ahora su largo cuerpo, esbelto y blanco, resalta sobre el madero obscuro y el suelo amarillo.

5       Dos verdugos se sientan encima de su pecho para sujetarle. Y pienso en qué opresión y dolor debió sentir bajo ese peso. Un tercer verdugo le toma el brazo derecho y lo sujeta: con una mano en la primera parte del antebrazo; con la otra, en el extremo de los dedos. El cuarto, que tiene ya en su mano el largo clavo de punta afilada y cuerpo cuadrangular[9]106 que termina en una superficie redonda y plana del diámetro de diez céntimos de los tiempos pasados, mira si el agujero ya practicado en la madera coincide con la juntura del radio y el cúbito en la muñeca. Coincide. El verdugo pone la punta del clavo en la muñeca, alza el martillo y da el primer golpe[10]107.

primer clavoJesús, que tenía los ojos cerrados, al sentir el agudo dolor grita y se contrae, y abre al máximo los ojos, que nadan entre lágrimas. Debe sentir un dolor atroz… el clavo penetra rompiendo músculos, venas, nervios, penetra quebrantando huesos…

María responde, con un gemido que casi lo es de cordero degollado, al grito de su Criatura torturada; y se pliega, como quebrantada Ella, sujetándose la cabeza entre las manos. Jesús, para no torturarla, ya no grita. Pero siguen los golpes, metódicos, ásperos, de hierro contra hierro… y uno piensa que, debajo, es un miembro vivo el que los recibe.

La mano derecha ya está clavada. Se pasa a la izquierda. El agujero no coincide con el carpo. Entonces agarran una cuerda, atan la muñeca izquierda y tiran hasta dislocar la juntura[11]108, hasta arrancar tendones y músculos, además de lacerar la piel ya cerrada por las cuerdas de la captura. También la otra mano debe sufrir porque está estirada por reflejo y en torno a su clavo se va agrandando el agujero. Ahora a duras penas se llega al principio del metacarpo, junto a la muñeca. Se resignan y clavan donde pueden, o sea, entre el pulgar y los otros dedos, justo en el centro del metacarpo. Aquí el clavo entra más fácilmente, pero con mayor espasmo porque debe cortar nervios importantes (tanto que los dedos se quedan inertes, mientras los de la derecha experimentan contracciones y temblores que ponen de manifiesto su vitalidad). Pero Jesús ya no grita, sólo emite un ronco quejido tras sus labios fuertemente cerrados, y lágrimas de dolor caen al suelo después de haber caído en la madera.

6       Ahora les toca a los pies. A unos dos metros –un poco más– del extremo de la cruz hay un pequeño saliente cuneiforme, escasamente suficiente para un pie. Acercan a él los pies para ver si va bien la medida. Y, dado que está un poco bajo y los pies llegan mal, estiran por los tobillos al pobre Mártir. Así, la madera áspera de la cruz raspa las heridas y menea la corona, de forma que ésta se descoloca, arrancando otra vez cabellos, y puede caerse; un verdugo, con mano violenta, vuelve a incrustársela en la cabeza…

Ahora los que estaban sentados en el pecho de Jesús se alzan para ponerse sobre las rodillas, dado que Jesús hace un movimiento involuntario de retirar las piernas al ver brillar al sol el larguísimo clavo, el doble de largo y de ancho de los que han sido usados para las manos. Y cargan su peso sobre las rodillas excoriadas, y hacen presión sobre las pobres tibias contusas, mientras los otros dos llevan a cabo la operación, mucho más difícil, de enclavar un pie sobre el otro, tratando de hacer coincidir las dos junturas de los tarsos.

A pesar de que miren bien y tengan bien sujetos los pies, por los tobillos y los dedos, contra el apoyo cuneiforme, el pie de abajo se corre por la vibración del clavo, y tienen que desclavarle casi[12]109, porque después de haber entrado en las partes blandas, el clavo, que ya había perforado el pie derecho y sobresalía, tiene que ser centrado un poco más. Y golpean, golpean, golpean… Sólo se oye el atroz ruido del martillo contra la cabeza del clavo, porque todo el Calvario es sólo ojos atentísimos y oídos aguzados, para percibir la acción y el ruido, y gozarse en ello…

Acompaña al sonido áspero del hierro un lamento quedo de paloma: el ronco gemido de María, quien cada vez se pliega más, a cada golpe, como si el martillo la hiriera a Ella, la Madre Mártir. Y es comprensible que parezca próxima a sucumbir por esa tortura: la crucifixión es terrible: como la flagelación en cuanto al dolor, pero más atroz de presenciar, porque se ve desaparecer el clavo dentro de las carnes vivas; sin embargo, es más breve que la flagelación, que agota por su duración.

Para mí, la agonía del Huerto, la flagelación y la crucifixión son los momentos más atroces. Me revelan toda la tortura de Cristo. La muerte me resulta consoladora, porque digo: «¡Se acabó!». Pero éstas no son el final, son el comienzo de nuevos sufrimientos.

7       Ahora arrastran la cruz hasta el agujero. La cruz rebota sobre el suelo desnivelado y zarandea al pobre Crucificado. Izan la cruz, que dos veces se va de las manos de los que la levantan (una vez, de plano; la otra, golpeando el brazo derecho de la cruz) y ello procura un acerbo tormento a Jesús, porque la sacudida que recibe remueve las extremidades heridas.

Y cuando, luego, dejan caer la cruz en su agujero –oscilando además ésta en todas las direcciones antes de quedar asegurada con piedras y tierra, e imprimiendo continuos cambios de posición al pobre Cuerpo, suspendido de tres clavos–, el sufrimiento debe ser atroz. Todo el peso del cuerpo se echa hacia delante y cae hacia abajo, y los agujeros se ensanchan, especialmente el de la mano izquierda; y se ensancha el agujero practicado en los pies. La sangre brota con más fuerza. La de los pies gotea por los dedos y cae al suelo, o desciende por el madero de la cruz; la de las manos recorre los antebrazos, porque las muñecas están más altas que las axilas, debido a la postura; y surca también las costillas bajando desde las axilas hacia la cintura. La corona, cuando la cruz se cimbrea antes de ser fijada, se mueve, porque la cabeza se echa bruscamente hacia atrás, de manera que hinca en la nuca el grueso nudo de espinas en que termina la punzante corona, y luego vuelve a acoplarse en la frente y araña, araña sin piedad.

Por fin, la cruz ha quedado asegurada y no hay otros tormentos aparte del de estar colgado. Levantan también a los ladrones, los cuales, puestos ya verticalmente, gritan como si los estuvieran desollando vivos, por la tortura de las cuerdas, que van serrando las muñecas y hacen que las manos se pongan negras, con las venas hinchadas como cuerdas.

Jesús calla. La muchedumbre ya no calla; antes bien, reanuda su vocerío infernal.

Ahora la cima del Gólgota tiene su trofeo y su guardia de honor. En el extremo más alto (lado A), la cruz de Jesús; en los lados B y C, las otras dos. Media centuria de soldados con las armas al pie rodeando la cima. Dentro de este círculo de soldados, los diez desmontados del caballo jugándose a los dados los vestidos de los condenados. En pie, erguido, entre las cruz de Jesús y la de la derecha, Longino, que parece montar guardia de honor al Rey Mártir. La otra media centuria, descansando, está a las órdenes del ayudante de Longino, en el sendero de la izquierda y en el rellano más bajo, a la espera de ser utilizados si hubiera necesidad de hacerlo. Los soldados muestran una casi total indiferencia; sólo alguno, de vez en cuando, alza la cabeza hacia los crucificados.

8       Longino, sin embargo, observa todo con curiosidad e interés; compara y mentalmente juzga: compara a los crucificados –especialmente a Cristo– con los espectadores. Su mirada penetrante no se pierde ni un detalle, y para ver mejor se hace visera con la mano porque el Sol debe molestarle.

Es, efectivamente, un Sol extraño; de un amarillo–rojo de llama. Y luego esta llama parece apagarse de golpe por un nubarrón de pez que aparece tras las cadenas montañosas judías y que corre veloz por el cielo para desaparecer detrás de otros montes. Y cuando el Sol vuelve a aparecer es tan intenso, que a duras penas lo soportan los ojos.

Mirando, ve a María, justo al pie del escalón del terreno, alzado hacia su Hijo el rostro atormentado. Llama a uno de los soldados que están jugando a los dados y le dice: «Si la Madre quiere subir con el hijo que la acompaña, que venga. Escóltala y ayúdala».

Y María con Juan –tomado por hijo– sube por los escalones incididos en la roca tobosa –creo– y traspasa el cordón de los soldados para ir al pie de la cruz, aunque un poco separada, para ser vista por su Jesús y su vez.

La turba, en seguida, le propina los más oprobiosos insultos, uniéndola a su Hijo en las blasfemias. Pero Ella, con los labios temblorosos y blanquecidos, sólo busca consolarle con una sonrisa acongojada en que se enjugan las lágrimas que ninguna fuerza de voluntad logra retener en los ojos.

9       La gente, empezando por los sacerdotes, escribas, fariseos, saduceos, herodianos y otros como ellos, se procura la diversión de hacer como un carrusel: subiendo por el camino empinado, orillando el escalón final y bajando por el otro sendero, o viceversa; y, al pasar al pie de la cima, por el rellano inferior, no dejan de ofrecer sus palabras blasfemas como don para el Moribundo. Toda la infamia, la crueldad, el odio, la vesania de que, con la lengua, son capaces los hombres quedan ampliamente testificadas por estas bocas infernales. Los que más se ensañan son los miembros del Templo, con la ayuda de los fariseos.

«¿Y entonces? Tú, Salvador del género humano, ¿por qué no te salvas? ¿Te ha abandonado tu rey Belcebú? ¿Ha renegado de ti?» gritan tres sacerdotes.

Y una manada de judíos:

«Tú, que hace no más de cinco días, con la ayuda del Demonio, hacías decir al Padre… ¡ja! ¡ja! ¡ja!… que te iba a glorificar, ¿cómo es que no le recuerdas que mantenga su promesa?».

Y tres fariseos:

«¡Blasfemo! ¡Ha salvado a los otros, decía, con la ayuda de Dios! ¡Y no logra salvarse a sí mismo! ¿Quieres que la gente te crea? ¡Pues haz el milagro! ¿Ya no puedes, Eh? Ahora tienes las manos clavadas y estás desnudo».

Y saduceos y herodianos a los soldados:

«¡Cuidado con el hechizo, vosotros que os habéis quedado sus vestidos! ¡Lleva dentro el signo infernal!».

Una muchedumbre, en coro:

«Baja de la cruz y creeremos en ti. Tú, que destruyes el Templo… ¡Loco!… Mira, allí está el glorioso y santo Templo de Israel. ¡Es intocable, profanador! Y Tú estás muriendo».

Otros sacerdotes:

«¡Blasfemo! ¿Hijo de Dios, Tú? ¡Pues baja de ahí entonces! Fulmínanos, si eres Dios. Te escupimos, porque no te tenemos miedo».

Otros que pasan y menean la cabeza:

«Sólo sabe llorar. ¡Sálvate, si es verdad que eres el Elegido!».

Los soldados:

«¡Eso, sálvate! ¡Y reduce a cenizas a la cochambre de la cochambre! Que sois la cochambre del imperio, judíos canallas. ¡Hazlo! ¡Roma te introducirá en el Capitolio y te adorará como a una divinidad!».

Los sacerdotes con sus cómplices:

«Eran más dulces los brazos de las mujeres que los de la cruz, ¿verdad? Pero, mira: están ya preparadas para recibirte estas –aquí dicen un término infame– tuyas. Tienes a todo Jerusalén para hacerte de madrina de bodas».

Y silban como carreteros. Otros, lanzando piedras:

«Convierte éstas en pan, Tú, multiplicador de panes».

Otros, mimando los hosannas del domingo de ramos, lanzan ramas y gritan:

«¡Maldito el que viene en nombre del Demonio! ¡Maldito su reino! ¡Gloria a Sión, que le segrega de entre los vivos!».

Un fariseo se coloca frente a la cruz y muestra el puño con el índice y el meñique alzados y dice:

«¿“Te entrego al Dios del Sinaí”, dijiste[13]110? Ahora el Dios del Sinaí te prepara para el fuego eterno. ¿Por qué no llamas a Jonás[14]111 para que te devuelva aquel buen servicio?».

Otro:

«No estropees la cruz con los golpes de tu cabeza. Tiene que servir para tus seguidores. Toda una legión de seguidores tuyos morirá en tu madero, te lo juro por Yahvé. Y al primero que voy a crucificar va a ser a Lázaro. Veremos si esta vez le resucitas».

«¡Sí! ¡Sí! Vamos a casa de Lázaro. Clavémosle por el otro lado de la cruz»

y, como papagallos, remedan el modo lento de hablar de Jesús diciendo:

«¡Lázaro, amigo mío, sal afuera! Desatadle y dejadle andar».

«¡No! Decía a Marta y a María, sus hembras: “Yo soy la Resurrección y la Vida”. ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡La Resurrección no sabe repeler la muerte, y la Vida muere!».

10 «Ahí están María y Marta. Vamos a preguntarles dónde está Lázaro y vamos a buscarle».

Y se acercan, hacia las mujeres. Preguntan arrogantemente:

«¿Dónde está Lázaro? ¿En el palacio?».

Y María Magdalena, mientras las otras mujeres, aterrorizadas, se refugian detrás de los pastores, se adelanta, hallando en su dolor la antigua altivez de los tiempos de pecado, y dice:

«Id. Encontraréis ya en el palacio a los soldados de Roma y a quinientos hombres de mis tierras armados, y os castrarán como a viejos cabros destinados para comida de los esclavos de los molinos».

«¡Descarada! ¿Así hablas a los sacerdotes?».

«¡Sacrílegos! ¡Infames! ¡Malditos! ¡Volveos! Detrás de vosotros tenéis, yo las veo, las lenguas de las llamas infernales».

Tan segura es la afirmación de María, que esos cobardes se vuelven, verdaderamente aterrorizados; y, si no tienen las llamas detrás, sí tienen en los lomos las bien afiladas lanzas romanas. Porque Longino ha dado una orden y la media centuria que estaba descansando ha entrado en acción y pincha en las nalgas a los primeros que encuentra.

Estos huyen gritando y la media centuria se queda cerrando los accesos de los dos senderos y haciendo de baluarte a la explanada. Los judíos imprecan, pero Roma es la más fuerte.

La Magdalena se cubre de nuevo con su velo –se lo había levantado para hablar a los insultadores– y vuelve a su sitio. Las otras vuelven donde ella.

11     Pero el ladrón de la izquierda sigue diciendo insultos desde su cruz. Parece como si en él se condensaran todas las blasfemias de los otros, y las va soltando todas, para terminar:

«Sálvate y sálvanos, si quieres que se te crea. ¿El Cristo Tú? ¡Un loco es lo que eres! El mundo es de los astutos y Dios no existe. Yo existo, esto es verdad, y para mí todo es lícito. ¿Dios?… ¡Una patraña! ¡Creada para tenernos quietecitos! ¡Viva nuestro yo! ¡Sólo él es rey y dios!».

El otro ladrón, que está a la derecha y tiene casi a sus pies a María y que mira a Ella casi más que a Cristo, y que desde hace algunos momentos llora susurrando: «La madre», dice:

«¡Calla! ¿No temes a Dios ni siquiera ahora que sufres esta pena? ¿Por qué insultas a uno bueno? Está sufriendo un suplicio aún mayor que el nuestro. Y no ha hecho nada malo».

Pero el ladrón continúa sus imprecaciones.

12     Jesús calla. Jadeante por el esfuerzo de la postura, por la fiebre, por el estado cardíaco y respiratorio, consecuencia de la flagelación sufrida en forma tan violenta, y también consecuencia de la angustia profunda que le había hecho sudar sangre, busca un alivio aligerando el peso que carga sobre los pies suspendiéndose de las manos y haciendo fuerza con los brazos. Quizás lo hace también para vencer un poco el calambre que ya atormenta los pies y que es manifiesto por el temblor muscular. Pero las fibras de los brazos –forzados en esa postura y seguramente helados en sus extremos, porque están situados más arriba y exangües (la sangre a duras penas llega a las muñecas, para rezumar por los agujeros de los clavos, dejando así sin circulación a los dedos)– tienen el mismo temblor. Especialmente los dedos de la izquierda están ya cadavéricos y sin movimiento, doblados hacia la palma. También los dedos de los pies expresan su tormento; sobre todo, los pulgares, quizás porque su nervio está menos lesionado: se alzan, bajan, se separan.

Y el tronco revela todo su sufrimiento con su movimiento, que es veloz pero no profundo, y fatiga sin dar descanso. Las costillas, de por sí muy amplias y altas, porque la estructura de este Cuerpo es perfecta, están ahora desmedidamente dilatadas por la postura que ha tomado el cuerpo y por el edema pulmonar que ciertamente se ha formado dentro. Y, no obstante, no son capaces de aligerar el esfuerzo respiratorio; tanto es así, que todo el abdomen ayuda con su movimiento al diafragma, que se va paralizando cada vez más.

Y la congestión y la asfixia aumentan a cada minuto que pasa, como así lo indican el colorido cianótico que orla los labios, de un rojo encendido por la fiebre, y las estrías de un rojo violáceo que pincelan el cuello a lo largo de las yugulares túrgidas, y se ensanchan hasta las mejillas, hacia las orejas y las sienes, mientras que la nariz aparece afilada y exangüe y los ojos se hunden en un círculo que, donde no hay sangre goteada de la corona, aparece lívido.

Debajo del arco costal izquierdo se ve la onda, irregular pero violenta propagada desde la punta cardíaca, y de vez en cuando, por una convulsión interna, se produce un estremecimiento profundo del diafragma, que se manifiesta en una distensión total de la piel en la medida en que puede estirarse en ese pobre Cuerpo herido y moribundo.

La Faz tiene ya el aspecto que vemos en las fotografías de la Síndone, con la nariz desviada e hinchada por una parte; y también el hecho de tener el ojo derecho casi cerrado, por la hinchazón que hay en ese lado, aumenta el parecido. La boca, por el contrario, está abierta, y reducida ya a una costra su herida del labio superior.

La sed, producida por la pérdida de sangre, por la fiebre y el sol, debe ser intensa; tanto es así que El, con una reacción espontánea, bebe las gotas de su sudor y de su llanto, y también las de sangre que bajan desde la frente hasta el bigote, y se moja con estas gotas la lengua…

La corona de espinas le impide apoyarse al mástil de la cruz para ayudarse a estar suspendido de los brazos y aligerar así los pies. La zona lumbar y toda la espina dorsal se arquean hacia afuera, quedando Jesús separado del mástil de la cruz del íleon hacia arriba, por la fuerza de inercia que hace pender hacia adelante un cuerpo suspendido, como estaba el suyo.

13     Los judíos, rechazados hasta fuera de la explanada, no dejan de insultar, y el ladrón impenitente hace eco.

El otro, que mira con piedad cada vez mayor a la Madre, y que llora, le reprende ásperamente cuando oye que en el insulto está incluida también Ella. «Cállate. Recuerda que naciste de una mujer. Y piensa que las nuestras han llorado por causa de los hijos. Y han sido lágrimas de vergüenza… porque somos unos malhechores. Nuestras madres han muerto… Yo quisiera poder pedirle perdón… Pero ¿podré hacerlo? Era una santa… La maté con el dolor que le daba… Yo soy un pecador… ¿Quién me perdona? Madre, en nombre de tu Hijo moribundo, ruega por mí».

La Madre levanta un momento su cara acongojada y le mira, mira a este desventurado que, a través del recuerdo de su madre y de la contemplación de la Madre, va hacia el arrepentimiento; y parece acariciarle con su mirada de paloma.

Dimas[15]112 llora más fuerte. Y esto desata aún más las burlas de la muchedumbre y del compañero. La gente grita:

«¡Sí señor! Tómate a ésta como madre. ¡Así tiene dos hijos delincuentes!».

Y el otro incrementa:

«Te ama porque eres una copia menor de su amado».

14     Jesús dice ahora sus primeras palabras:

«¡Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen!» .

Esta súplica le hace superar todo temor a Dimas. Se atreve a mirar a Cristo, y dice:

«Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu Reino. Yo, es justo que aquí sufra. Pero dame misericordia y paz más allá de esta vida. Una vez te oí hablar, y, como un demente, rechacé tu palabra. Ahora, de esto me arrepiento. Y me arrepiento ante ti, Hijo del Altísimo, de mis pecados. Creo que vienes de Dios. Creo en tu poder. Creo en tu misericordia. Cristo, perdóname en nombre de tu Madre y de tu Padre santísimo[16]113».

Jesús se vuelve y le mira con profunda piedad, y todavía expresa una sonrisa bellísima en esa pobre boca torturada. Dice:jesus perdona al ladron

«Yo te lo digo: hoy estarás conmigo en el Paraíso».

El ladrón arrepentido se calma, y, no sabiendo ya las oraciones aprendidas de niño, repite como una jaculatoria:

«Jesús Nazareno, rey de los judíos, piedad de mí; Jesús Nazareno, rey de los judíos, espero en ti; Jesús Nazareno, rey de los judíos, creo en tu Divinidad».

El otro continúa con sus blasfemias.

15     El cielo se pone cada vez más tenebroso. Ahora difícil es que las nubes se abran para dejar pasar el sol; antes al contrario, se superponen en una serie cada vez mayor de estratos plúmbeos, blancos, verduscos; se entrelazan o se desenredan, según los juegos de un viento frío que a intervalos recorre el cielo y luego baja a la tierra y luego calla de nuevo (y es casi más siniestro el aire cuando calla, bochornoso y muerto, que cuando silba, cortante y veloz).

La luz, antes de una desmesurada intensidad, se va haciendo verdosa. Y las caras adquieren caprichosos aspectos. Los soldados, con sus yelmos, vestidos con sus corazas antes brillantes y ahora como opacas bajo esta luz verdosa y este cielo de ceniza, muestran duros perfiles, como cincelados. Los judíos, en su mayor parte de pelo, barba y tez morenos, asemejan ahora –tan térreos se ponen sus rostros– a ahogados. Las mujeres parecen estatuas de nieve azulada por la exangüe palidez que la luz acentúa.

Jesús parece lividecer de una manera siniestra, como por un comienzo de descomposición, como si ya estuviera muerto. La cabeza empieza a reclinarse sobre el pecho. Las fuerzas rápidamente faltan. Tiembla, aunque le abrase la fiebre. Y, en medio de su débil estado, susurra el nombre que antes ha dicho solamente en el fondo de su corazón:

«¡Mamá!», «¡Mamá!». Lo susurra quedamente, como en un suspiro, como si ya estuviera en un leve delirio que le impidiera retener lo que la voluntad quisiera contener. Y María, cada vez que le oye, irrefrenablemente, tiende los brazos como para socorrerle.

La gente cruel se ríe de estos dolores del moribundo y la acongojada. De nuevo suben los sacerdotes y escribas, hasta ponerse detrás de los pastores, los cuales, de todas formas, están en el rellano de abajo. Y dado que los soldados hacen ademán de lejos, con esta luz extraña, no podemos ver».

En efecto, muchos empiezan a impresionarse de la luz que está envolviendo al mundo, y alguno tiene miedo. También los soldados señalan al cielo y a una especie de cono, tan obscuro, que parece hecho de pizarra, y que se eleva como un pino por detrás de la cima de un monte. Parece una tromba marina. Se alza, se alza, parece generar nubes cada vez más negras: de alguna forma, asemeja a un volcán lanzando humo y lava.

Es en esta luz crepuscular y amedrentadora en la que Jesús da Juan a María y María a Juan. Inclina la cabeza, dado que María se ha puesto más debajo de la cruz para verle mejor, y dice:

«Mujer: ahí tienes a tu hijo. Hijo: ahí tienes a tu Madre».

El rostro de María aparece más desencajado aún, después de esta palabra que es el testamento[17]114 de su Jesús, el cual, no tiene nada que dar a su Madre, sino un hombre; El, que por amor al hombre la priva del Hombre–Dios, nacido de Ella. Pero trata, la pobre Madre, de no llorar sino mudamente, porque no puede, no puede no llorar… Las gotas del llanto brotan, a pesar de todos los esfuerzos hechos por retenerlas, aun expresando con la boca su acongojada sonrisa fijada en los labios por El, para consolarle a El…

Los sufrimientos son cada vez mayores y la luz es cada vez menor.

  • Es en esta luz de fondo marino en la que aparecen, detrás de los judíos, Nicodemo y José, y dicen:

«¡Apartaos!».

«No se puede. ¿Qué queréis?» dicen los soldados.

«Pasar. Somos amigos del Cristo».

Se vuelven los jefes de los sacerdotes.

«¿Quién osa profesarse amigo del rebelde?»

dicen indignados.

Y José, resueltamente:

«Yo, noble miembro del Gran Consejo: José de Arimatea, el Anciano; y conmigo está Nicodemo, jefe de los judíos».

«Quien se pone de la parte del rebelde es rebelde».

«Y quien se pone de la parte de los asesinos es un asesino, Eleazar de Anás. He vivido como hombre justo. Ahora soy viejo. Mi muerte no está lejana. No quiero hacerme injusto cuando ya el Cielo baja a mí y con él el Juez eterno».

«¡Y tú, Nicodemo! ¡Me maravillo!».

«Yo también. Pero sólo de una cosa: de que Israel esté tan corrompido, que no sepa ya reconocer a Dios».

«Me causas horror».

«Apártate, entonces, y déjame pasar. Pido sólo eso».

«¿Para contaminarte más todavía?».

«Si no me he contaminado estando a vuestro lado, ya nada me contamina. Soldado, ten la bolsa y la contraseña».

Y pasa al decurión más cercano una bolsa y una tablilla encerada.

El decurión observa estas cosas y dice a los soldados:

«Dejad pasar a los dos».

Y José y Nicodemo se acercan a los pastores. No sé ni siquiera si los ve Jesús, en esa bruma cada vez más densa, y velada su mirada con la agonía. Pero ellos sí le ven, y lloran sin respeto humano, a pesar de que ahora arremetan contra ellos los improperios sacerdotales.

17     Los sufrimientos son cada vez más fuertes. En el cuerpo se dan las primeras encorvaduras propias de la tetania, y cada manifestación del clamor de la muchedumbre los exaspera. La muerte de las fibras y de los nervios se extiende desde las extremidades torturadas hasta el tronco, haciendo cada vez más dificultoso el movimiento respiratorio, débil la contracción diafragmática y desordenado el movimiento cardíaco. El rostro de Cristo pasa alternativamente de accesos de una rojez intensísima a palideces verdosas propias de un agonizante por desangramiento. La boca se mueve con mayor fatiga, porque los nervios, en exceso cansados, del cuello y de la misma cabeza, que han servido de palanca decenas de veces a todo el cuerpo haciendo fuerza contra el madero transversal de la cruz, propagan el calambre incluso a las mandíbulas. La garganta, hinchada por las carótidas obstruidas, debe doler y extender su edema a la lengua, que aparece engrosada y lenta en sus movimientos. La espalda, incluso en los momentos en que las contracciones tetánicas no la curvan formando en ella un arco completo desde la nuca hasta las caderas, apoyadas como puntos extremos en el mástil de la cruz, se va arqueando hacia delante porque los miembros van experimentando cada vez más el peso de las carnes muertas.

La gente ve poco y mal estas cosas, porque la luz ya tiene la tonalidad de la ceniza obscura, y sólo quien esté a los pies de la cruz puede ver bien.

18     Jesús ahora se relaja totalmente, pendiendo hacia delante y hacia abajo, como ya muerto; deja de jadear, la cabeza le cuelga inerte hacia delante; el cuerpo, de las caderas hacia arriba, está completamente separado, formando ángulo con la cruz.

María emite un grito:

«¡Está muerto!».

Es un grito trágico que se propaga en el aire negro. Y Jesús se ve realmente como muerto.

Otro grito femenino le responde, y en el grupo de las mujeres observo agitación.

Luego un grupo de unas diez personas se marcha, sujetando algo. Pero no puedo ver quiénes se alejan así: es demasiado escasa la luz brumosa; da la impresión de estar envueltos por una nube de ceniza volcánica densísima.

«No es posible»

gritan unos sacerdotes y algunos judíos.

«Es una simulación para que nos vayamos. Soldado: pínchale con la lanza. Es una buena medicina para devolverle la voz».

Y, dado que los soldados no lo hacen, una descarga de piedras y terrones vuela hacia la cruz, y chocan contra el Mártir para caer después en las corazas romanas.

La medicina, como irónicamente han dicho los judíos, obra el prodigio. Sin duda, alguna piedra ha dado en el blanco, quizás en la herida de una mano, o en la misma cabeza, porque apuntaban hacia arriba. Jesús emite un quejido penoso y vuelve en sí.

El tórax vuelve a respirar con fatiga y la cabeza a moverse de derecha a izquierda buscando un lugar donde apoyarse para sufrir menos, aunque en realidad encuentra sólo mayor dolor..

19 Con gran dificultad, apoyando una vez más en los pies torturados, encontrando fuerza en su voluntad, únicamente en ella, Jesús se pone rígido en la cruz. Se pone de nuevo derecho, como si fuera una persona sana con su fuerza completa. Alza la cara y mira con ojos bien abiertos al mundo que se extiende bajo sus pies, a la ciudad lejana, que apenas es visible como un blancor incierto en la bruma, y al cielo negro del que toda traza de azul y luz han desaparecido. Y a este cielo cerrado, compacto, bajo, semejante a una enorme lámina de pizarra obscura, El le grita con fuerte voz, venciendo con la fuerza de la voluntad, con la necesidad del alma, el obstáculo de las mandíbulas rígidas, de la lengua engrosada, de la garganta edematosa:

cuarta palabra«Eloi, Eloi, lamina sebacteni[18]115!»

(esto es lo que oigo). Debe sentirse morir, y en un absoluto abandono del Cielo, para confesar con una voz así el abandono paterno.

La gente se burla de El y se ríe. Le insultan:

«¡No sabe Dios qué hacer de ti! ¡A los demonios Dios los maldice!».

Otros gritan:

«Vamos a ver si Elías, al que está llamando, viene a salvarle».

Y otros:

«Dadle un poco de vinagre. Que haga unas pocas gárgaras. ¡Viene bien para la voz! Elías o Dios –porque está poco claro lo que este demente quiere– están lejos…¡Necesita voz para que le oigan!»,

y se ríen como hienas o como demonios.

Pero ningún soldado da el vinagre y ninguno viene del Cielo para confortar. Es la agonía solitaria, total, cruel, incluso sobrenaturalmente cruel, de la Gran Víctima. Vuelven las avalanchas de dolor desolado que ya le habían abrumado en Getsemaní.

Vuelven las olas de los pecados de todo el mundo a arremeter contra el náufrago inocente, a sumergirle bajo su amargura. Vuelve, sobre todo, la sensación, más crucificante que la propia cruz, más desesperante que cualquier tortura, de que Dios ha abandonado y que la oración no sube a El…

Y es el tormento final, el que acelera la muerte, porque exprime las últimas gotas de sangre a través de los poros, porque machaca las fibras aún vivas del corazón, porque finaliza aquello que la primera cognición de este abandono había iniciado: la muerte.

Porque, ante todo, de esto murió mi Jesús, ¡Oh Dios que sobre El descargaste tu mano por nosotros! Después de tu abandono, por tu abandono, ¿en qué se transforma una criatura? En un demente o en un muerto. Jesús no podía volverse loco porque su inteligencia era divina y, espiritual como es la inteligencia, triunfaba sobre el trauma total de aquel sobre el que cae la mano de Dios. Quedó, pues, muerto: era el Muerto, el santísimo Muerto, el inocentísimo Muerto. Muerto El, que era la Vida. Muerto por efecto de tu abandono y de nuestros pecados.

20     La obscuridad se hace más densa todavía. Jerusalén desaparece del todo. Las mismas faldas del Calvario parecen desaparecer. Sólo es visible la cima (es como si las tinieblas la hubieran mantenido en alto y así recogiera la única y última luz restante, y hubieran depositado ésta, como para una ofrenda, con su trofeo divino, encima de un estanque de ónix líquido, para que esa cima fuera vista por el amor y el odio).

Y desde esa luz que ya no es luz llega la voz quejumbrosa de Jesús:

«¡Tengo sed!».

En efecto, hace un viento que da sed incluso a los sanos. Un viento continuo, ahora, violento, cargado de polvo, un viento frío, aterrador. Pienso en el dolor que hubo de causar con su soplo violento en los pulmones, en el corazón, en la garganta de Jesús, en sus miembros helados, entumecidos, heridos. ¡Todo, realmente todo se puso a torturar al Mártir!

Un soldado se dirige hacia un recipiente en que los ayudantes del verdugo han puesto vinagre con hiel, para que con su amargura aumente la salivación en los atormentados. Toma la esponja empapada en ese líquido, la pincha en una caña fina

–pero rígida– que estaba ya preparada ahí al lado, y ofrece la esponja[19]116 al Moribundo.

Jesús se aproxima, ávido, hacia la esponja que llega: parece un pequeñuelo hambriento buscando el pezón materno.

María, que ve esto y piensa, ciertamente, también en esto, gime, apoyándose en Juan:

«¡Oh, y yo no puedo darle ni siquiera una gota de llanto!… ¡Oh, pecho mío, ¿por qué no das leche?! ¡Oh, Dios, ¿por qué, por qué nos abandonas así?! ¡Un milagro para mi Criatura! ¿Quién me sube para calmar su sed con mi sangre?… que leche no tengo…».

Jesús, que ha chupado ávidamente la áspera y amarga bebida, tuerce la cabeza henchido de amargura por la repugnancia. Ante todo, debe ser corrosiva sobre los labios heridos y rotos.

21     Se retrae, se afloja, se abandona. Todo el peso del cuerpo gravita sobre los pies y hacia delante. Son las extremidades heridas las que sufren la pena atroz de irse hendiendo sometidas a la tensión de un cuerpo abandonado a su propio peso.

Ya ningún movimiento alivia este dolor. Desde el íleon hacia arriba, todo el cuerpo está separado del madero, y así permanece.

La cabeza cuelga hacia delante, tan pesadamente que el cuello parece excavado en tres lugares: en la zona anterior baja de la garganta, completamente hundida; y a una parte y otra del externocleidomastoideo. La respiración es cada vez más jadeante, aunque entrecortada: es ya más estertor sincopado que respiración.

De tanto en tanto, un acceso de tos penosa lleva a los labios una espuma levemente rosada. Y las distancias entre una espiración y la otra se hacen cada vez más largas. El abdomen está ya inmóvil. Sólo el tórax presenta todavía movimientos de elevación, aunque fatigosos, efectuados con gran dificultad… La parálisis pulmonar se va acentuando cada vez más.

Y cada vez más feble, volviendo al quejido infantil del niño, se oye la invocación:

«¡Mamá!». Y la pobre susurra: «Sí, tesoro, estoy aquí». Y cuando, por habérsele velado la vista, dice: «Mamá, ¿dónde estás? Ya no te veo. ¿También tú me abandonas?» (y esto no es ni siquiera una frase, sino un susurro apenas perceptible para quien más con el corazón que con el oído recoge todo suspiro del Moribundo), Ella responde:

«¡No, no, Hijo! ¡Yo no te abandono! Oye mi voz, querido mío… Mamá está aquí, aquí está… y todo su tormento es el no poder ir donde Tú estás…».

Es acongojante… Y Juan llora sin trabas. Jesús debe oír ese llanto, pero no dice nada. Pienso que la muerte inminente le hace hablar como en delirio y que ni siquiera es consciente de todo lo que dice y que, por desgracia, ni siquiera comprende el consuelo materno y el amor del Predilecto.

Longino –que inadvertidamente ha dejado su postura de descanso con los brazos cruzados y una pierna montada sobre la otra, ora una, ora la otra, buscando un alivio para la larga espera en pie, y ahora, sin embargo, está rígido en postura de atento, con la mano izquierda sobre la espada y la derecha pegada, normativamente, al costado, como si estuviera en los escalones del trono imperial– no quiere emocionarse. Pero su cara se altera con el esfuerzo de vencer la emoción, y en los ojos aparece un brillo de llanto que sólo su férrea disciplina logra contener.

Los otros soldados, que estaban jugando a los dados, han dejado de hacerlo y se han puesto en pie; se han puesto también los yelmos, que habían servido para agitar los dados, y están en grupo junto a la pequeña escalera excavada en la toba, silenciosos, atentos. Los otros están de servicio y no pueden cambiar de postura. Parecen estatuas.

Pero alguno de los más cercanos, y que oye las palabras de María, musita algo entre los labios y menea la cabeza.

22     Un intervalo de silencio. Luego nítidas en la obscuridad total las palabras:

«¡Todo está cumplido!»,

y luego el jadeo cada vez más estertoroso, con pausas de silencio entre un estertor y el otro, pausas cada vez mayores.

El tiempo pasa al son de este ritmo angustioso: la vida vuelve cuando el respiro áspero del Moribundo rompe el aire; la vida cesa cuando este sonido penoso deja de oírse. Se sufre oyéndolo, se sufre no oyéndolo… Se dice:

«¡Basta ya con este sufrimiento!» y se dice: «¡Oh, Dios mío, que no sea el último respiro!» .

Las Marías lloran, todas, con la cabeza apoyada contra el realce terroso. Y se oye bien su llanto, porque toda la gente ahora calla de nuevo para recoger los estertores del Moribundo.

Otro intervalo de silencio. Luego, pronunciada con infinita dulzura y oración ardiente, la súplica:

septima palabra«¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!».

Otro intervalo de silencio. Se hace leve también el estertor. Apenas es un susurro limitado a los labios y a la garganta.

Luego… adviene el último espasmo de Jesús. Una convulsión atroz, que parece quisiera arrancar del madero el cuerpo clavado con los tres clavos, sube tres veces de los pies a la cabeza recorriendo todos los pobres nervios torturados; levanta tres veces el abdomen de una forma anormal, para dejarlo luego, tras haberlo dilatado como por una convulsión de las vísceras; y baja de nuevo y se hunde como si hubiera sido vaciado; alza, hincha y contrae el tórax tan fuertemente, que la piel se introduce entre las costillas, que divergen y aparecen bajo la epidermis y abren otra vez las heridas de los azotes; una convulsión atroz que hace torcerse violentamente hacia atrás, una, dos, tres veces, la cabeza, que golpea contra la madera, duramente; una convulsión que contrae en un único espasmo todos los músculos de la cara y acentúa la desviación de la boca hacia la derecha, y hace abrir desmesuradamente y dilatarse los párpados, bajo los cuales se ven girar los globos oculares y aparecer la esclerótica. Todo el cuerpo se pone rígido. En la última de las tres contracciones, es un arco tenso, vibrante –verlo es tremendo–. Luego, un grito potente, inimaginable en ese cuerpo exhausto, estalla, rasga el aire; es el “gran grito” de que hablan los Evangelios y que es la primera parte de la palabra “Mamá”[20]117… Y ya nada más…

La cabeza cae sobre el pecho, el cuerpo hacia delante, el temblor cesa, cesa la respiración. Ha expirado.

23     La Tierra responde al grito del Sacrificado con un estampido terrorífico. Parece como si de mil bocinas de gigantes provenga ese único sonido, y acompañando a este tremendo acorde, óyense las notas aisladas, lacerantes, de los rayos que surcan el cielo en todos los sentidos y caen sobre la ciudad, en el Templo, sobre la muchedumbre…

Creo que alguno habrá sido alcanzado por rayos, porque éstos inciden directamente sobre la muchedumbre; y son la única luz, discontinua, que permite ver. Y luego, inmediatamente, mientras aún continúan las descargas de los rayos, la tierra tiembla en medio de un torbellino de viento ciclónico. El terremoto y la onda ciclónica se funden para infligir un apocalíptico castigo a los blasfemos. Como un plato en las manos de un loco, la cima del Gólgota ondea y baila, sacudida por movimientos verticales y horizontales que tanto zarandean a las tres cruces, que parece que las van a tumbar.

Longino, Juan, los soldados, se asen a donde pueden, como pueden, para no caer al suelo. Pero Juan, mientras con un brazo agarra la cruz, con el otro sujeta a María, la cual, por el dolor y el temblor de la tierra, se ha reclinado en su corazón. Los otros soldados, especialmente los del lateral escarpado, han tenido que refugiarse en el centro para no caer por el barranco. Los ladrones gritan de terror. El gentío grita aún más.

Quisieran huir. Pero no pueden. Enloquecidos, caen unos encima de otros, se pisan, se hunden en las grietas del suelo, se hieren, ruedan ladera abajo.

Tres veces se repiten el terremoto y el huracán. Luego, la inmovilidad absoluta de un mundo muerto. Sólo relámpagos, pero sin trueno, surcan el cielo e iluminan la escena de los judíos que huyen en todas las direcciones, con las manos entre el pelo o extendidas hacia delante o alzadas al cielo (ese cielo injuriado hasta este momento y del que ahora tienen miedo). La obscuridad se atenúa con un indicio de luz que, ayudado por el relampagueo silencioso y magnético, permite ver que muchos han quedado en el suelo: muertos o desvanecidos, no lo sé. Una casa arde al otro lado de las murallas y sus llamas se alzan derechas en el aire detenido, poniendo así una pincelada de rojo fuego en el verde ceniza de la atmósfera.

24 María separa la cabeza del pecho de Juan, la alza, mira a su Jesús. Le llama, porque mal le ve con la escasa luz y con sus pobres ojos llenos de llanto. Tres veces le llama:

«¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús!».

Es la primera vez que le llama por el nombre desde que está en el Calvario. Hasta que, a la luz de un relámpago que forma como una corona sobre la cima del Gólgota, le ve, inmóvil, pendiendo todo El hacia fuera, con la cabeza tan reclinada hacia delante y hacia la derecha, que con la mejilla toca el hombro y con el mentón las costillas. Entonces comprende. Entonces extiende los brazos, temblorosos en el ambiente obscuro, y grita:

«¡Hijo mío! ¡Hijo mío! ¡Hijo mío!».

Luego escucha…

Tiene la boca abierta, con la que parece querer escuchar también; e igualmente tiene dilatados los ojos, para ver, para ver… No puede creer que su Jesús ya no esté…

Juan –también él ha mirado y escuchado, y ha comprendido que todo ha terminado– abraza a María y trata de alejarla de allí, mientras dice:

«Ya no sufre».

Pero antes de que el apóstol termine la frase, María, que ha comprendido, se desata de sus brazos, se vuelve, se pliega curvándose hasta el suelo, se lleva las manos a los ojos y grita:

«¡No tengo ya Hijo!».

Luego se tambalea. Y se caería, si Juan no la recogiera, si no la recibiera por entero, en su corazón. Luego él se sienta en el suelo, para sujetarla mejor en su pecho, hasta que las Marías –que ya no tienen impedido el paso por el círculo superior de soldados, porque, ahora que los judíos han huido, los romanos se han agrupado en el rellano de abajo y comentan lo sucedido– substituyen al apóstol junto a la Madre.

La Magdalena se sienta donde estaba Juan, y casi coloca a María encima de sus rodillas, mientras la sostiene entre sus brazos y su pecho, besándola en la cara exangüe vuelta hacia arriba, reclinada sobre el hombro compasivo. Marta y Susana, con la esponja y un paño empapado en el vinagre le mojan las sienes y los orificios nasales, mientras la cuñada María le besa las manos, llamándola con gran aflicción, y, en cuanto María vuelve a abrir los ojos y mira a su alrededor con una mirada como atónita por el dolor, le dice:

«Hija, hija amada, escucha… dime que me ves… soy tu María… ¡No me mires así!…».

Y, puesto que el primer sollozo abre la garganta de María y caen las primeras lágrimas, ella, la buena María de Alfeo, dice:

«Sí, sí, llora… Aquí conmigo como ante una mamá, pobre, santa hija mía»;

y cuando oye que María le dice:

«¡Oh, María, María! ¿Has visto?», ella gime: «¿Sí!, sí,… pero… pero… hija… ¡Oh, hija!…».

No encuentra más palabras y se echa a llorar la anciana María: es un llanto desolado al que hacen de eco el de todas las otras (o sea, Marta y María, la madre de Juan y Susana).

Las otras pías mujeres ya no están. Creo que se han marchado, y con ellas los pastores, cuando se ha oído ese grito femenino…

25     Los soldados cuchichean unos con otros.

«¿Has visto los judíos? Ahora tenían miedo».

«Y se daban golpes de pecho».

«Los más aterrorizados eran los sacerdotes».

«¡Qué miedo! He sentido otros terremotos, pero como éste nunca. Mira: la tierra está llena de fisuras».

«Y allí se ha desprendido todo un trozo del camino largo».

«Y debajo hay cuerpos».

«¡Déjalos! Menos serpientes».

«¡Otro incendio! En la campiña…».

«¿Pero está muerto del todo?».

«¿Pero es que no lo ves? ¿Lo dudas?».

26     Aparecen de tras la roca José y Nicodemo. claro que se habían refugiado ahí, detrás del parapeto del monte, para salvarse de los rayos. Se acercan a Longino.

«Queremos el Cadáver».

«Solamente el Procónsul lo concede. Pero id inmediatamente, porque he oído que los judíos quieren ir al Pretorio para obtener el crurifragio. No quisiera que cometieran ultrajes».

«¿Cómo lo has sabido?».

«Me lo ha referido el alférez. Id. Yo espero».

Los dos se dan a caminar, raudos, hacia abajo por el camino empinado, y desaparecen.

27     Es entonces cuando Longino se acerca a Juan y le dice en voz baja unas palabras que no aferro. Luego pide a un soldado una lanza. Mira a las mujeres, centradas enteramente en María, que lentamente va recuperando las fuerzas. Todas dan la espalda a la cruz.

Longino se pone enfrente del Crucificado, estudia bien el golpe y luego lo descarga.

La larga lanza[21]118 penetra profundamente de abajo arriba, de derecha a izquierda.

Juan, atenazado entre el deseo de ver y el horror de ver, aparta un momento la cara.

«Ya está, amigo»

dice Longino, y termina:

«Mejor así. Como a un caballero. Y sin

romper huesos… ¡Era verdaderamente un Justo!».

De la herida mana mucha agua y un hilito sutil de sangre que ya tiende a coagularse.

Mana, he dicho. Sale solamente filtrándose, por el tajo neto que permanece inmóvil, mientras que si hubiera habido respiración éste se habría abierto y cerrado con el movimiento torácico–abdominal…

28 …Mientras en el Calvario todo permanece en este trágico aspecto, yo alcanzo a José y Nicodemo, que bajan por un atajo para acortar tiempo.

Están casi en la base cuando se encuentran con Gamaliel. Un Gamaliel despeinado, sin prenda que cubra su cabeza, sin manto, sucia de tierra su espléndida túnica desgarrada por las zarzas; un Gamaliel que corre, subiendo y jadeando, con las manos entre sus cabellos ralos y entrecanos de hombre anciano. Se hablan sin detenerse.

«¡Gamaliel! ¿Tú?».

«¿Tú, José? ¿Le dejas?» .

«Yo no. Pero tú, ¿cómo por aquí?, y en ese estado…».

«¡Cosas terribles! ¡Estaba en el Templo! ¡La señal! ¡El Templo sacudido en su estructura! ¡El velo de púrpura y jacinto cuelga desgarrado! ¡El sanctasanctórum descubierto! ¡Tenemos la maldición sobre nosotros!». Gamaliel ha dicho esto sin detenerse, continuando su paso veloz hacia la cima, enloquecido por esta prueba. Los dos le miran mientras se aleja… se miran… dicen juntos: «“Estas piedras temblarán con mis últimas palabras!”. ¡Se lo había prometido!…».

29     Aceleran la carrera hacia la ciudad.

Por la campiña, entre el monte y las murallas, y más allá, vagan, en un ambiente todavía caliginoso, personas con aspecto desquiciado… Gritos, llantos, quejidos… Dicen:

«¡Su Sangre ha hecho llover fuego!», o: «¡Entre los rayos Yahvé se ha aparecido

para maldecir el Templo!», o gimen: «¡Los sepulcros! ¡Los sepulcros!».

José agarra a uno que está dando cabezazos contra la muralla, y le llama por su nombre, y tira de él mientras entra en la ciudad:

«¡Simón! ¿Pero qué vas diciendo?».

«¡Déjame! ¡Tú también eres un muerto! ¡Todos los muertos! ¡Todos fuera! Y me maldicen».

«Se ha vuelto loco» dice Nicodemo.

Le dejan y trotan hacia el Pretorio.

El terror se ha apoderado de la ciudad. Gente que vaga dándose golpes de pecho. Gente que al oír por detrás una voz o un paso da un salto hacia atrás o se vuelve asustada.

En uno de los muchos espacios abovedados obscuros, la aparición de Nicodemo, vestido de lana blanca –porque para poder ganar tiempo se ha quitado en el Gólgota el manto obscuro–, hace dar un grito de terror a un fariseo que huye. Luego éste se da cuenta de que es Nicodemo y se lanza a su cuello con un extraño gesto efusivo, gritando:

«¡No me maldigas! Mi madre se me ha aparecido y me ha dicho:“¡Maldito seas eternamente!”», y luego se derrumba gimiendo: «¡Tengo miedo! ¡Tengo miedo!».

«¡Pero están todos locos!» dicen los dos.

Llegan al Pretorio. Y sólo aquí, mientras esperan a que el Procónsul los reciba, José y Nicodemo logran conocer el porqué de tanto terror: muchos sepulcros se habían abierto con la sacudida telúrica y había quien juraba[22]119 que había visto salir de ellos a los esqueletos, los cuales, en un instante, se habían recompuesto con apariencia humana, y andaban acusando del deicidio a los culpables, y maldiciéndolos.

               Los dejo en el atrio del Pretorio, donde los dos amigos de Jesús entran sin tantas historias de estúpidas repulsas y estúpidos miedos a contaminaciones. 30 Vuelvo al Calvario. Me llego a donde Gamaliel, que está subiendo, ya derrengado, los últimos metros. Camina dándose golpes de pecho, y al llegar al primero de los dos rellanos, se arroja de bruces –largura blanca sobre el suelo amarillento– y gime: «¡La señal! ¡La señal! ¡Dime que me perdonas! Un gemido, un gemido tan sólo, para decirme que me oyes y me perdonas».

Comprendo que cree que todavía está vivo. Y no cambia de opinión sino cuando un soldado, dándole con el asta de la lanza, dice:

«Levántate. Calla. ¡Ya no sirve! Debías haberlo pensado antes. Está muerto. Y yo, que soy pagano, te lo digo: ¡Este al que habéis crucificado era realmente el Hijo de Dios!».

«¿Muerto? ¿Estás muerto? ¡Oh!…».

Gamaliel alza el rostro aterrorizado, trata de alcanzar a ver la cima con esa luz crepuscular. Poco ve, pero sí lo suficiente como para comprender que Jesús está muerto. Y ve también al grupo piadoso que consuela a María, y a Juan, en pie a la izquierda de la cruz, llorando, y a Longino, en pie, a la derecha, solemne con su respetuosa postura.

Se arrodilla, extiende los brazos y llora:

«¡Eras Tú! ¡Eras Tú! No podemos ya ser perdonados. Hemos pedido que cayera sobre nosotros tu Sangre. Y esa Sangre clama al Cielo[23]120 y el Cielo nos maldice… ¡Oh! ¡Pero Tú eras la Misericordia!… Yo lo digo, yo, el anonadado rabí de Judá: “Venga tu Sangre sobre nosotros, por piedad“. ¡Aspérjanos con ella! Porque sólo tu Sangre puede impetrar el perdón[24]121 para nosotros…»,

llora. Y luego, más bajo, confiesa su secreta tortura:

«Tengo la señal que había pedido… Pero siglos y siglos de ceguera espiritual están ante mi vista interior, y contra mi voluntad de ahora se alza la voz de mi soberbio pensamiento de ayer… ¡Piedad de mí! ¡Luz del mundo, haz que descienda un rayo tuyo[25]122 a las tinieblas que no te han comprendido! Soy el viejo judío fiel a lo que creía ser justicia y era error. Ahora soy una landa yerma, ya sin ninguno de los viejos árboles de la Fe antigua, sin semilla alguna o escape alguno de la Fe nueva. Soy un árido desierto. Obra Tú el milagro de hacer surgir, en este pobre corazón de viejo israelita obstinado, una flor que lleve tu nombre. Entra Tú, Libertador, en este pobre pensamiento mío prisionero de las fórmulas. Isaías lo dice[26]123: “…pagó por los pecadores y cargó sobre sí los pecados de muchos”. ¡Oh, también el mío,  Jesús Nazareno…[27]124».

Se levanta. Mira a la cruz, que aparece cada vez más nítida con la luz que se va haciendo más clara, y luego se marcha encorvado, envejecido, abatido.

Y vuelve el silencio al Calvario, un silencio apenas roto por el llanto de María. Los dos ladrones, exhaustos por el miedo, ya no dicen nada.

31     Vuelven corriendo Nicodemo y José, diciendo que tienen el permiso de Pilatos.

Pero Longino, que no se fía demasiado, manda un soldado a caballo donde el Procónsul para saber cómo comportarse, incluso respecto a los dos ladrones. El soldado va y vuelve al galope con la orden de entregar el Cuerpo de Jesús y llevar a cabo el crurifragio en los otros, por deseo de los judíos.

Longino llama a los cuatro verdugos, que están cobardemente acurrucados al amparo de la roca, todavía aterrorizados por lo que ha sucedido, y ordena que se ponga fin a la vida de los ladrones a golpes de clava. Y así se lleva a cabo: sin protestas, por parte de Dimas, al que el golpe de clava, asestado en el corazón después de haber batido en las rodillas, quiebra en su mitad, entre los labios, con un estertor, el nombre de Jesús[28]125; con maldiciones horrendas, por parte del otro ladrón: el estertor de ambos es lúgubre.

32     Los cuatro verdugos hacen ademán de querer desclavar de la cruz a Jesús. Pero José y Nicodemo no lo permiten.

También José se quita el manto, y dice a Juan que haga lo mismo y que sujete las escaleras mientras suben con barras (para hacer palanca) y tenazas.

María se levanta, temblorosa, sujetada por las mujeres. Se acerca a la cruz. Mientras tanto, los soldados, terminada su tarea, se marchan. Pero Longino, antes de superar el rellano inferior, se vuelve desde la silla de su caballo negro para mirar a María y al Crucificado. Luego el ruido de los cascos suena contra las piedras y el de las armas contra las corazas, y se aleja.

La palma izquierda está ya desclavada. El brazo cae a lo largo del Cuerpo, que ahora pende semiseparado.

Le dicen a Juan que deje las escaleras a las mujeres y suba también. Y Juan, subido a la escalera en que antes estaba Nicodemo, se pasa el brazo de Jesús alrededor del cuello y lo sostiene desmayado sobre su hombro. Luego ciñe a Jesús por la cintura mientras sujeta la punta de los dedos de la mano izquierda –casi abierta– para no golpear la horrenda fisura. Una vez desclavados los pies, Juan a duras penas logra sujetar y sostener el Cuerpo de su Maestro entre la cruz y su cuerpo.

María se pone ya a los pies de la cruz, sentada de espaldas a ella, preparada para recibir a su Jesús en el regazo.

Pero desclavar el brazo derecho es la operación más difícil. A pesar de todo el esfuerzo de Juan, el Cuerpo todo pende hacia delante y la cabeza del clavo está hundida en la carne. Y, dado que no quisieran herirle más, los dos compasivos deben esforzarse mucho. Por fin la tenaza aferra el clavo y éste es extraído lentamente.

Juan sigue sujetando a Jesús, por las axilas; la cabeza reclinada y vuelta sobre su hombro. Contemporáneamente, Nicodemo y José lo aferran: uno por los hombros, el otro por las rodillas. Así, cautamente, bajan por las escaleras.

descendimiento33     Llegados abajo, su intención es colocarle en la sábana que han extendido sobre sus mantos. Pero María quiere tenerle; ya ha abierto su manto dejándolo pender de un lado, y está con las rodillas más bien abiertas para hacer cuna a su Jesús.

Mientras los discípulos dan la vuelta para darle el Hijo, la cabeza coronada cuelga hacia atrás y los brazos penden hacia el suelo, y rozarían con la tierra con las manos heridas si la piedad de las pías mujeres no las sujetara para impedirlo.

Ya está en el regazo de su Madre… Y parece un niño grande cansado durmiendo, recogido todo, en el regazo materno. María tiene a su Hijo con el brazo derecho pasado por debajo de sus hombros, y el izquierdo por encima del abdomen para sujetarle también por las caderas.

La cabeza está reclinada en el hombro materno. Y Ella le llama… le llama con voz lacerada. Luego le separa de su hombro y le acaricia con la mano izquierda; recoge las manos de Jesús y las extiende y, antes de cruzarlas sobre el abdomen [29]126 inmóvil, las besa; y llora sobre las heridas. Luego acaricia las mejillas, especialmente en el lugar del cardenal y la hinchazón. Besa los ojos hundidos; y la boca, que ha quedado levemente torcida hacia la derecha y entreabierta.

Querría poner en orden sus cabellos –como ya ha hecho con la barba apelmazada por grumos de sangre–, pero al intentarlo halla las espinas. Se pincha quitando esa corona, y quiere hacerlo sólo Ella, con la única mano que tiene libre, y rechaza la ayuda de todos diciendo:

«¡No, no! ¡Yo! ¡Yo!».

Y lo va haciendo con tanta delicadeza, que parece tener entre los dedos la tierna cabeza de un recién nacido. Una vez que ha logrado retirar esta torturante corona, se inclina para medicar con sus besos todos los arañazos de las espinas.

Con la mano temblorosa, separa los cabellos desordenados y los ordena. Y llora y habla en tono muy bajo. Seca con los dedos las lágrimas que caen en las pobres carnes heladas y ensangrentadas. Y quiere limpiarlas con el llanto y su velo, que todavía está puesto en las caderas de Jesús. Se acerca uno de sus extremos y con él se pone a limpiar y secar los miembros santos. Una y otra vez acaricia la cara de Jesús y las manos y las contusas rodillas, y otra vez sube a secar el Cuerpo sobre el que caen lágrimas y más lágrimas.

Haciendo esto es cuando su mano encuentra el desgarro del costado. La pequeña mano, cubierta por el lienzo sutil entra casi entera en la amplia boca de la herida. Ella se inclina para ver en la semiluz que se ha formado. Y ve, ve el pecho abierto y el corazón de su Hijo. Entonces grita. Es como si una espada abriera su propio corazón.

Grita y se desploma sobre su Hijo. Parece muerta Ella también.

  • a ayudan, la consuelan. Quieren separarle el Muerto divino y, dado que Ella grita:

«¿Dónde, dónde te pondré, que sea un lugar seguro y digno de ti?»,

José, inclinado todo con gesto reverente, abierta la mano y apoyada en su pecho, dice:

«¡Consuélate, Mujer! Mi sepulcro es nuevo y digno de un grande. Se lo doy a El. Y éste, Nicodemo, amigo, ha llevado ya los aromas al sepulcro, porque, por su parte, quiere ofrecer eso. Pero, te lo ruego, pues el atardecer se acerca, déjanos hacer esto… Es la Parasceve[30]127. ¡Condesciende, Oh Mujer santa!».

También Juan y las mujeres hacen el mismo ruego. Entonces María se deja quitar de su regazo a su Criatura, y, mientras le envuelven en la sábana, se pone de pie, jadeante. Ruega:

«¡Oh, id despacio, con cuidado!».

Nicodemo y Juan por la parte de los hombros, José por los pies, elevan el Cadáver, envuelto en la sábana, pero también sujetado con los mantos, que hacen de angarillas, y toman el sendero hacia abajo.

María, sujetada por su cuñada y la Magdalena, seguida por Marta, María de Zebedeo y Susana –que han recogido los clavos, las tenazas, la corona, la esponja y la caña– baja hacia el sepulcro.

En el Calvario quedan las tres cruces, de las cuales la del centro está desnuda y las otras dos tienen aún su vivo trofeo moribundo.

  • «Y ahora»

dice Jesús,

«poned mucha atención. Te eximo de la descripción de la sepultura, que es correcta ya desde el año pasado: 19 de febrero de 1944. Usaréis, por tanto, esa descripción, y el P. M. pondrá al final de ella el lamento de María, dado por mí en su momento: 4 de octubre de 1944. Luego pondrás las cosas nuevas que verás. Son partes nuevas de la Pasión y hay que ponerlas en su lugar muy bien para no dejar ni lagunas ni puntos confusos» .

[1] 98 Cfr. Mt. 27, 33–59; Mc. 15, 22–45; Lc. 23, 32–52; Ju. 19, 23–39.

[2] 99 Cfr. Flp. 2, 5–11.

[3] 100 Respecto al velo con que Jesús se cubrió antes de la crucifixión, cfr. MORONI, op. cit., vol. 77, p. 90, según el cual se conservaría en la iglesia de S. Juan Luterano en Roma, y sería el mismo que la Virgen se quitó de la cabeza para que Jesús se cubriera. Moroni y esta Obra concuerdan, pues, en el origen y fin del Velo.

[4] 101 con citas de: Salmo 45, 3.

[5] 102 Cfr. Cant. 5, 10–16.

[6] 103 Cfr. Is. 52, 13 – 53, 12.

[7] 104 Cfr. por ej. Os. 1, 2 y casi todo el libro.

[8] 105 Cfr. Núm. 12; Deut. 24, 8–9.

[9] 106 Respecto a los Clavos con que Jesús fue crucificado, cfr. MORONI, op. cit. Vol 13, p. 96–99; BEDINI, op. cit., pág. 54–57. Se lee que uno de los clavos verdaderos se guarda en la iglesia de la sta. Cruz en Jerusalén, Roma.

[10] 107 El Prof. Lorenzo Ferri, al preguntársele sobre el lugar preciso en que fueron traspasadas las manos de Jesús, dijo: “En la Sábana se ve claramente que el clavo de la mano izquierda no dio en la muñeca, como siempre han creído los especialistas ( tal vez, contra el Ev. Cfr. Ju. 20, 24–29), sino en la palma. Por lo que toca a la mano derecha, no hay duda que fue traspasada en la muñeca, como era costumbre. No se ve porque está cubierta con la otra mano. María Valtorta dice el por qué.

[11] 108 El Prof. Ferri, que desde hace 35 años ha venido estudiando con todo interés y desde el punto de vista científico la Sábana de Turín (según fotografías perfectas de tamaño natural), para tener los mejores datos sobre Jesús, y que hace 15 años lee atenta y animadamente la Obra de María Valtorta, ha escrito lo siguiente: “Roma, 15 de septiembre de 1965. El que suscribe, Lorenzo Ferri, escultor, pintor y profesor, atestiguo con toda conciencia lo que sigue: En 1949, durante el concurso para las puertas de S. Pedro de Roma, conocí por medio de un sacerdote a la señorita María Valtorta, que vivía en la calle de Antonio Fratti n. 11 en la ciudad de Viareggio. Por 30 años he estudiado con la Sábana Santa de Turín y he procurado darme cuenta de la verdadera fisonomía de Nuestro Señor Jesucristo, pero no me había sido posible. Sin embargo por medio de la descripción que hace María Valtorta no solo he logrado comprender mejor el Rostro, sino que he mejorado mis datos científicos. En 1966, continuando mis estudios, tratando de reconstruir el cuerpo de N. S. descubrí que el brazo izquierdo estaba más corto de 4 cms. Respecto del derecho. Ante este caso inaudito y después de haber consultado a varios médicos de fama, llegamos a la conclusión que N. S. sufrió una luxación intencional o casual. Cuando le pregunté a María Valtorta, se sonrió y me leyó un trozo de su Obra donde están descritos hasta los mínimos pormenores, escrito anterior a 4 años de mis estudios. De este modo obtuve la confirmación de que lo que vió Valtorta era verdad. Debo agregar que la amistad con ella y la lectura contínua de su Obra me ha hecho conocer mejor a Jesús y vivirlos más interiormente. Mi arte, mis obras dan testimonio de este benéfico influjo”.

[12] 109 MV lo corrige así: desclavar invirtiendo la posición, o sea, poniendo debajo el pie derecho y encima el izquierdo.

[13] 110 en 109.12, repetido en 126.10. Se refiere al episodio del desalmado Doras, que la ira divina castigó.

[14] 111 Pastor, discípulo de Jesús y esclavo del cruel Doras.

[15] 112 Respecto al Buen Ladrón, cfr. Acta Sanctorum decembris, Propylacum, Martyrologium romanon, Bruxellis, 1940, p. 112, donde se lee lo que sigue: “In antiquis tum latinorum tum grecorum fastis, deest haee commemoratio. Petrus de Natalibus, Catal. III, 228, agit de S. Disma confesión, cuius elogium his concludit verbis: Haec in evangelio Nicodemi, Festum auten beati Dismae eodem die dominicae passionis recolitur seu VIII kalendas aprilis. In menacorum codicibus nonnullis ad 23 mart, post memoriam crucifixi Domini, fit.” Cfr. Acta Sanctorum martii, tom. III die 25. Venetii, 1736, p. 543; Acta Sanctorum novembris, Propylacum, Synaxarium Ecclesiae Constantinopolitanae, Brusellis, 1902, p. 555; Enciclopedia cattolica, vol. IV. Vaticano, 1950, col. 1748. Que el Buen Ladrón se llamase Dimas proviene del evangelio de Nicodemo, apócrifo del III siglo, pero esto no quiere decir que necesariamente todo lo que los apócrifos (o las “Passiones Martyrum”) dicen sea falso.

[16] 113 Esta Obra pone en relieve, entre otras muchas prerrogativas de la Virgen y Compañera del Salvador, la de Dispensadora del perdón. Lo mismo veremos cuando se trate de Simón Pedro, de los otros apóstoles y hasta del mismo Judas a quien hubiera perdonado, si se hubiera arrepentido.

[17] 114 Los santos Padres y Doctores de la Iglesia han interpretado estas palabras de Jesús, que cita Ju. 19, 26–27, como “un testamento”. Por ej. S. Ambrosio Epist. 63, núm. 109, en MIGNE, Patrología Latina, tom. 16, col. 1270.

[18] 115 Esta Obra trae las palabras “Eloi, eloi” esto es: “Dios mío, Dios mío”, no como Mt.(27, 46), sino como Mc. (15, 34). Trae también la palabra “lamma”, esto es: “por qué” como Mt. y Mc. Pero no según el texto griego, sino según la versión latina de la Vúlgata, que trae la palabra hebrea correspondiente; finalmente, trae la palabra “scebactani” (esto es: “me has abandonado”) no según el texto hebreo del Salmo 21, 2, ni según Mt. y Mc., sino según el Tárgum arameo de dicho salmo, esto es, según la interpretación aramea del texto hebreo que se leía en las sinagogas. Este Tárgum usa precisamente una palabra aramea que científicamente se pronuncia y escribe: “shebaqtani” y vulgarmente “scebactani” (cfr. P. D. BUZY, S. C. J., Evangile selon Saint Mattieu, en La Sainte Bible… publiée sous la direction de L. PIROT, tom. 9, París, 1935, p. 375). El P. F. ZORELL, S. J., Lexicon graecum Novi Testamentí, Parisiis, 1931, col. 1181, hace derivar la palabra aramea escrita en griego del arameo, esto es: “me has abandonado”, que científicamente en nuestras lenguas se transcribe con svebqtani o shebaqtani, o bien vulgarmente, como hizo María Valtorta con scebactani: forma verbal aramea que procede, según L. PALACIOS O.S.B., Gramática aramaico-biblica… Roma, 1933, p. 126, de la raíz aramea (esto es: abandono, abandonar), que científicamente se transcribe por svebaq o shebaq y vulgarmente con scebac. De estas cuantas reflexiones, se ve que esta Obra concuerda o con el hebreo o con el arameo, y que no inventa, ni deforma las palabras ni su pronunciación. A los especialistas toca profundizar más sobre este argumento.

[19] 116 Respecto a la Santa Esponja, cfr. MORONI, op. cit., vol. 69, p. 120–124.

[20] 117 A este respecto el Prof. Ferri observa: “De la Sábana se desprende que Jesús murió con la boca abierta”.

[21] 118 Respecto a la Santa Lanza, cuya punta estaría conservada en París, en “la Sainte Chapelle”, y el resto en S. Pedro en el Vaticano, cfr. MORONI, op. cit., vol. 37, p. 87–92.

[22] 119 Palabras que deben interpretarse a la luz de Mt. 27, 52–53.

[23] 120 Semejanza con Gén. 4, 9–11. Cfr. también Mt. 23, 33–66; Hebr. 12, 22–24.

[24] 121 No puede dudarse de que así como todo el linaje humano, también la parte predilecta del pueblo hebreo, fue lavada con la sangre de Jesús. Cfr. por ej. Hebr. 9.

[25] 122 Semejanza con Ju. 1, 4–5.

[26] 123 Isaías 53, 12.

[27] 124 Cfr. también 1 Pe. 2, 22–25; Jesús pues, tomó sobre Sí el pecado más grande de la raza hebrea: el deicidio. Por tanto no puede y no debe llamársele deicida. También ella se “hace lejos” de Dios por haber matado a Jesús, pero luego se le “acercó” por la misericordiosa efusión de su Sangre. Cfr. Ef. 2, 11–22 y Con. Ecuménico Vaticano II, Declaración sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas, n. 4.

[28] 125 Cfr. Hech. 2, 21; 4, 12; 7, 55–60; Rom. 10, 9–13.

[29] 126 Respecto al cambio de posición de los brazos de Jesús muerto, el Prof. Ferri dice de este modo: “ ¿Fue una mano de mujer que dobló los brazos del Salvador, después de bajado de la cruz, del estado de tensión, hacia adelante ? Creo que es así, porque entre la Sangre que baja de la palma de la mano al brazo, se nota un interrupción correspondiente a la larguesa de una mano de mujer. No puede creerse en realidad que en el Calvario hubiera habido manos de hombres jóvenes. He hecho experimentos con muchas manos de hombres, pero son más largas. Hice las pruebas con las manos de Paola y… y son tan largas cuanto la interrupción de la Sangre. Llorando he hecho esta comprobación. La mano de la Magdalena, que según la tradición era alta y hermosa, debía ser proporcionada y por lo tanto más grande: todo hace pensar que esa mano de mujer adulta, pero pequeña, grande como la interrupción de la Sangre de Jesús, sea la mano de la Virgen, como exactamente María Valtorta lo describió hace 20 años antes de mi comprobación en la Sábana que ella nunca vió en reproducción completa y de tamaño natural”.

[30] 127 Palabra griega que significa “preparación”, y que aplicaba a la vigilia del sábado, pues era cuando los hebreos preparaban cuanto creían que fuera necesario para el día del descanso.

610 Angustia de María en el Sepulcro[1]128 y unción del Cuerpo de Jesús.

19 de febrero de 1944.

sepultutura1        Decir lo que experimento es inútil. Haría sólo una exposición de mi sufrimiento; por tanto, sin valor respecto al sufrimiento que contemplo. Lo describo[2]129, pues, sin comentarios sobre mí.

2        Asisto al acto de sepultura de Nuestro Señor.

La pequeña comitiva, bajado ya el Calvario, encuentra en la base de éste, excavado en la roca calcárea, el sepulcro de José de Arimatea. En él entran estos compasivos, con el Cuerpo de Jesús.

Veo la estructura del sepulcro. Es un espacio ganado a la piedra, situado al fondo de un huerto todo florecido. Parece una gruta, pero se comprende que ha sido excavada por la mano del hombre. Está la cámara sepulcral propiamente dicha, con sus lóculos (de forma distinta de los de las catacumbas). Son como agujeros redondos que penetran en la piedra como agujeros de una colmena; bueno, para tener una idea. Por ahora todos están vacíos. Se ve el ojo vacío de cada lóculo como una mancha negra en el fondo gris de la piedra. Luego, precediendo a esta cámara sepulcral, hay como una antecámara, en cuyo centro está la mesa de piedra para la unción. Sobre esta mesa se coloca a Jesús en su sábana.

Entran también Juan y María. No más personas, porque la cámara preparatoria es pequeña y, si hubiera en ella más personas, no podrían moverse. Las otras mujeres están junto a la puerta, o sea, junto a la abertura, porque no hay puerta propiamente dicha.

3       Los dos portadores destapan a Jesús.

Mientras ellos, en un rincón, encima de una especie de repisa, a la luz de dos antorchas, preparan vendas y aromas, María se inclina sobre su Hijo y llora. Y otra vez le seca con el velo que sigue en sus caderas. Es el único lavacro para el Cuerpo de Jesús: ceste de las lágrimas maternas, las cuales, aun siendo copiosas y abundantes sólo bastan para quitar superficialmente y parcialmente la tierra, el sudor y la sangre de ese Cuerpo torturado.

María no se cansa de acariciar esos miembros helados. Y, con una delicadeza mayor que si tocara las de un recién nacido, toma las pobres manos atormentadas, las agarra con las suyas, besa los dedos, los extiende, trata de recomponer los desgarros de las heridas, como para medicarlos y que duelan menos, se lleva a las mejillas esas manos que ya no pueden acariciar, y gime, gime invadida por su atroz dolor. Endereza y une los pobres pies, que tan desmayados están, como mortalmente cansados de tanto camino recorrido por nosotros. Pero estos pies se han deformado demasiado en la cruz, especialmente el izquierdo, que está casi aplanado, como si ya no tuviera tobillo.

Luego vuelve al cuerpo y lo acaricia, tan frío y tan rígido, y, al ver otra vez el desgarrón de la lanza –que ahora, estando supino el Salvador en la superficie de piedra, está totalmente abierto como una boca, y permite ver mejor la cavidad torácica (la punta del corazón puede verse clara entre el esternón y el arco costal izquierdo, y unos dos centímetros por encima se ve la incisión hecha con la punta de la lanza en el pericardio y en el cardio, de un centímetro y medio abundante, mientras que la externa del costado derecho tiene, al menos, siete)–, al verlo otra vez, María vuelve a gritar como en el Calvario. Tanto se contuerce, llena de dolor, llevándose las manos a su corazón, traspasado como el de Jesús, que parece como si la lanza la traspasara a Ella.

¡Cuántos besos en esa herida! ¡Pobre Mamá!

Luego vuelve a la cabeza –levemente vuelta hacia atrás y muy vuelta hacia la derecha– y la endereza. Trata de cerrar los párpados, que se obstinan en permanecer semicerrados; y la boca, que ha quedado un poco abierta, contraída, levemente desviada hacia la derecha. Ordena los cabellos, que ayer mismo eran tan hermosos y estaban tan peinados y que ahora son una completa maraña apelmazada por la sangre.

Desenreda los mechones más largos, los alisa en sus dedos, los enrolla para dar de nuevo a aquéllos la forma de los dulces cabellos de su Jesús, tan suaves y ondeados. Y gime, gime porque se acuerda de cuando era niño… Es el motivo fundamental de su dolor: el recuerdo de la infancia de Jesús, de su amor por El, de sus cuidados, temerosos incluso del aire más vivo para la Criaturita divina, y el parangón con lo que le han hecho ahora los hombres.

4       Su lamento me hace sentirme mal. Su gesto me hace llorar y sufrir como si una mano hurgara en mi corazón; ese gesto suyo, cuando Ella, al no poder verle así, desnudo, rígido, encima de una piedra, gimiendo

«¿qué te han… qué te han hecho, Hijo mío?»,

se lo recoge todo en sus brazos, pasándole el brazo por debajo de los hombros y estrechándole contra su pecho con la otra mano y acunándole con el mismo movimiento de la gruta de la Natividad.

5 La terrible angustia espiritual de María[3]130.

4 de octubre de 1944.

pasion de maria 1La Madre está en pie junto a la piedra de la unción, y acaricia y contempla y gime y llora. La luz temblorosa de las antorchas ilumina intermitentemente su cara y yo veo gotazas de llanto rodar por las mejillas palidísimas de un rostro destrozado. Oigo las palabras. Todas. Bien claras, aunque sean susurradas a flor de labios. Verdadero coloquio del alma materna con el alma del Hijo. Recibo la orden de escribirlas.

6 «¡Pobre Hijo! ¡Cuántas heridas!… ¡Cómo has sufrido! ¡Mira lo que te han hecho!… ¡Qué frío estás, Hijo! Tus dedos son de hielo. ¡Y qué inertes! Parecen rotos. Nunca, ni en el más relajado de los sueños de tu infancia, ni en el profundo sueño de tu fatiga de obrero, estuvieron tan inertes… ¡Y qué fríos están! ¡Pobres manos! ¡Dáselas a tu Madre, tesoro mío, amor santo, amor mío! ¡Mira qué laceradas están! ¡Mira, mira, Juan, qué desgarro! ¡Oh, crueles! Aquí, aquí, con tu Mamá esta mano herida, para que yo te la medique. ¡No, no te hago daño…! Usaré besos y lágrimas, y con el aliento y el amor te calentaré esta mano. ¡Dame una caricia, Hijo! Tú eres de hielo, yo ardo de fiebre. Mi fiebre se verá aliviada con tu hielo y tu hielo se suavizará con mi fiebre. ¡Una caricia, Hijo! Hace pocas horas que no me acaricias y ya me parecen siglos. Pasaron meses sin tus caricias y me parecieron horas porque continuamente esperaba tu llegada, y de cada día hacía una hora, de cada hora un minuto, para decirme que no estabas a una o más lunas lejano de mí, sino solamente a unos pocos días, a unas pocas horas. ¿Por qué, ahora es tan largo el tiempo? ¡Ah, congoja inhumana! Porque has muerto. ¡Te me han matado! ¡Ya no estás en esta Tierra! ¡Ya no! ¡Cualquiera que sea el lugar a donde lance mi alma para buscar la tuya y abrazarme a ella –porque encontrarte, tenerte, sentirte, era la vida de mi carne y de mi espíritu– cualquiera que sea el lugar en que te busque con la ola de mi amor, ya no te encuentro, no te encuentro ya! ¡De ti no me queda sino este despojo frío, este despojo sin alma! ¡Oh, alma de mi Jesús, Oh alma de mi Cristo, Oh alma de mi Señor, ¿dónde estás?! ¿Por qué le habéis quitado el alma a mi Hijo, crueles hienas[4]131 unidas con Satanás? ¿Y por qué no me habéis crucificado con Él?

¿Habéis tenido miedo de un segundo delito?

(La voz va tomando un tono cada vez más fuerte y desgarrador.)

¿Y qué era matar a una pobre mujer, para vosotros que no habéis vacilado en matar a Dios hecho Carne? ¿No habéis cometido un segundo delito? ¿Y no es éste el más abominable, el de dejar que una madre sobreviva a su Hijo sañosamente matado?».

7       La Madre, que con la voz había alzado la cabeza, ahora se inclina de nuevo hacia el rostro sin vida, y vuelve a hablar bajo, sólo para El:

«Al menos en la tumba, aquí dentro, habríamos estado juntos, como habríamos estado juntos en la agonía en el madero, y juntos en el viaje de después de la muerte y al encuentro de la Vida. Pero, si no puedo seguirte en el viaje de después de la muerte, aquí, esperándote, sí que puedo quedarme».

Se endereza de nuevo y dice con voz fuerte a los presentes:

«Marchaos todos. Yo me quedo. Cerradme aquí con El. Le esperaré. ¿Decís que no se puede? ¿Por qué no se puede? ¿Si hubiera muerto, no estaría aquí, echada a su lado, a la espera de ser recompuesta? Estaré a su lado, pero de rodillas. Asistí a sus vagidos cuando, tierno y rosado, lloraba en una noche de diciembre. A su lado estaré ahora, en esta noche del mundo que ya no tiene a Cristo. ¡Oh, gélida noche! ¡El Amor ha muerto[5]132! ¿Qué dices, Nicodemo? ¿Me contamino? Su Sangre no es contaminación.

Tampoco me contaminé generándole[6]133. ¡Ah, cómo saliste Tú, Flor de mi seno, sin lacerar fibra alguna! Antes bien, como una flor de perfumado narciso que brota del alma del bulbo–matriz y florece aunque el abrazo de la tierra no haya ceñido la matriz; así justamente. Virgen florecer que en ti se refleja, Oh Hijo venido de abrazo celestial, nacido entre celestiales inundaciones de esplendor».

8       Ahora la Madre acongojada vuelve a inclinarse hacia el Hijo, abstrayéndose de cualquier otra cosa que no sea El, y susurra quedo:

«¿Tú recuerdas, Hijo, aquella sublime vestidura de esplendores que todo vistió mientras nacías a este mundo?

¿Recuerdas aquella beatífica luz que el Padre mandó desde el Cielo para envolver el misterio de tu florecer y para que te fuera menos repulsivo este mundo obscuro, a ti que eras Luz y venías de la Luz del Padre y del Espíritu Paráclito? ¿Y ahora?… Ahora obscuridad y frío… ¡Cuánto frío! ¡Cuánto!, ¡y me llena de temblor! Más que aquella noche de diciembre. Entonces, el tenerte daba calor a mi corazón. Y Tú tenías a dos amándote… Ahora… Ahora sólo yo, y moribunda también. Pero te amaré por dos: por los que te han amado tan poco, que te han abandonado en el momento del dolor; te amaré por los que te han odiado. Por todo el mundo te amaré, Hijo. No sentirás el hielo del mundo. No, no lo sentirás. Tú no abriste mis entrañas para nacer; pero, para que no sientas el hielo, estoy dispuesta a abrírmelas y envolverte en el abrazo de mi seno.

¿Recuerdas cómo te amó este seno, siendo Tú una pequeña semilla palpitante?… Sigue siendo el mismo. ¡Es mi derecho y mi deber de Madre! Es mi deseo. Sólo la Madre puede tenerlo, puede tener hacia el Hijo un amor tan grande como el universo».

9       La voz se ha ido elevando, y ahora con plena fuerza dice:

«Marchaos. Yo me quedo. Volveréis dentro de tres días y saldremos[7]134 juntos. ¡Oh, volver a ver el mundo apoyada en tu brazo, Hijo mío! ¡Qué hermoso será el mundo a la luz de tu sonrisa resucitada! ¡El mundo estremecido al paso de su Señor! La Tierra ha temblado cuando la muerte te ha arrancado el alma y del corazón ha salido tu espíritu. Pero ahora temblará… ya no por horror y dolor agudo, sino con ese estremecimiento suave –por mí desconocido, pero intuido por mi feminidad– que hace vibrar a una virgen cuando, después de una ausencia, siente la pisada del prometido que viene para las nupcias. Más aún: la Tierra temblará con un estremecimiento santo, como el que yo experimenté hasta mis más hondas profundidades, cuando tuve en mí al Señor Uno y Trino, y la voluntad del Padre con el fuego del Amor creó la semilla de que Tú viniste, Oh mi Niño Santo, Criatura mía, toda mía. ¡Toda! ¡Toda de tu Mamá!, ¡de tu Mamá!… Todos los niños tienen padre y madre. Hasta el ilegítimo tiene un padre y una madre. Pero Tú tuviste sólo a la Madre para formarte la carne de rosa y azucena, para hacerte estos recamos de venas, azules como nuestros ríos de Galilea, y estos labios de granado, y estos cabellos de hermosura no superada por las vedijas de oro de las cabras de nuestras colinas, y estos ojos: dos pequeños lagos de Paraíso. No, más bien: del agua de que procede el único y cuádruple Río del Lugar de delicias[8]135, y consigo lleva, en sus cuatro ramales, el oro, el ónix, el bidelio y el marfil, los diamantes, las palmas, la miel, las rosas, y riquezas infinitas, ¡Oh Fisón!, ¡Oh Gehón!, ¡Oh Tigris!, ¡Oh Eúfrates!: camino de los ángeles que exultan en Dios, camino de los reyes que te adoran, Esencia conocida o desconocida, pero viviente, presente, hasta en el más obscuro de los corazones. Sólo tu Mamá te formó esto, con su “sí”… De música y amor te formó; de pureza y obediencia te formé, ¡Oh Alegría mía! 10 ¿Qué es tu Corazón? La llama del mío, que se dividió para condensarse en corona en torno al beso de Dios a su Virgen. Esto es este Corazón. ¡Ah!».

(Es un grito tan desgarrador que la Magdalena y Juan se acercan a socorrerla; las otras no se atreven, y llorando, veladas, miran de soslayo desde la abertura). 

pasion de maria 2«¡Ah, te lo han partido! ¡Por eso estás tan frío y por eso estoy tan fría yo! Ya no tienes dentro la llama de mi corazón, ni yo puedo seguir viviendo por el reflejo de esa llama que era mía y que te di para formarte un corazón. ¡Aquí, aquí, aquí, en mi pecho! Antes que la muerte me quite la vida, quiero darte calor, quiero acunarte. Te cantaba: “No hay casa, no hay alimento, hay sólo dolor”. ¡Proféticas palabras! ¿Dolor, dolor, dolor para ti, para mí! Te cantaba: “Duerme, duerme en mi corazón”. También ahora: aquí, aquí, aquí…».

Y, sentándose en el borde de la piedra, le recoge tiernamente en su regazo pasándose un brazo de su Hijo por los hombros, poniéndose la cabeza de su Hijo apoyada en un hombro y reclinando la suya sobre ella, estrechándole contra su pecho, acunándole, besándole, acongojada y acongojante.

11     Nicodemo y José se acercan y ponen en una especie de asiento que hay junto a la otra parte de la piedra, vasos y vendas y la sábana limpia[9]136 y un barreño con agua, me parece, y vedijas de hilas, me parece.

María, que ve esto, pregunta con fuerte voz:

«¿Qué hacéis? ¿Qué queréis? ¿Prepararle? ¿Prepararle para qué? Dejadle en el regazo de su Madre. Si logro darle calor, resucita antes; si logro consolar al Padre y consolarle a El del odio deicida, el Padre perdona antes y El vuelve antes».

La Dolorosa está casi en estado de delirio.

«¡No, no os le doy! Una vez le di, una vez le di al mundo, y el mundo no le ha recibido. Le ha matado por no querer tenerle. ¡Ahora no vuelvo a darle! ¿Qué decís? ¿Que le amáis? ¡Ya! Y entonces ¿por qué no le habéis defendido? Habéis esperado a decir que le queríais cuando ya no podía oíros. ¡Qué pobre el amor vuestro! Pero, si teníais tanto miedo al mundo, que no os atrevíais a defender a un inocente, al menos hubierais debido confiármele a mí, a la Madre, para que defendiera al que de Ella nació.

Ella sabía quién era y qué merecía. ¡Vosotros?… Le habéis tenido como Maestro, pero no habéis aprendido nada. ¿No es, acaso, cierto? ¿Acaso miento? ¿Pero no veis que no creéis en su Resurrección? ¿Creéis? No. ¿Por qué estáis ahí, preparando aromas y vendas? Porque le consideráis un pobre muerto, hoy gélido, mañana descompuesto, y queréis embalsamarle por esto. Dejad vuestros ungüentos. Venid a adorar al Salvador con el corazón puro de los pastores betlemitas. Mirad: duerme. Es sólo un hombre cansado que descansa. ¡Cuánto se ha esforzado en la vida! ¡Cada vez más, ha ido esforzándose! ¡Y, bueno, no digamos ya en estas últimas horas!… Ahora está descansando. Para mí, para su Mamá, es sólo un Niño grande cansado que duerme.

¡Bien míseros la cama y la habitación! Pero tampoco fue hermoso su primer lecho, ni alegre su primera morada. Los pastores adoraron al Salvador mientras dormía su sueño de Niño. Vosotros adorad al Salvador mientras duerme su sueño de Triunfador de Satanás. Y luego, como los pastores, id a decir al mundo: “¡Gloria a Dios! ¡El Pecado ha muerto! ¡Satanás ha sido vencido! ¡Paz en la Tierra y en el Cielo entre Dios y el hombre!”.

Preparad los caminos de su regreso. Yo os envío. Yo, a quien la Maternidad hace Sacerdotisa del rito[10]137. Id. Yo he dicho que no quiero. Yo he lavado con mi llanto. Y es suficiente. Lo demás no hace falta. Y no os penséis que le vais a poner esas cosas. Más fácil le será resucitar si está libre de esas fúnebres, inútiles vendas. ¿Por qué me miras así, José? ¿Y tú por qué, Nicodemo? ¿Pero es que el horror de hoy os ha entontecido?, ¿os ha hecho perder la memoria? ¿No recordáis? “A esta generación malvada y adúltera, que busca un signo, no le será dada sino la señal de Jonás… Así, el Hijo del Hombre estará tres días y tres noches en el corazón de la Tierra”. ¿No lo recordáis? “El Hijo del Hombre está para ser entregado en manos de los hombres, que lo matarán, pero al tercer día resucitará”. ¿No os acordáis? “Destruid este Templo del Dios verdadero y en tres días Yo le resucitaré”. ¡El Templo era su Cuerpo, Oh hombres! ¿Meneas la cabeza? ¿Es compasión hacia mí? ¿Me crees una demente? Pero bueno, ¿ha resucitado a muertos y no va a poder resucitarse a sí mismo? 12 ¿Juan?».

«¡Madre!».

«Sí, llámame “madre”. ¡No puedo vivir pensando que no seré llamada así! Juan, tú estabas presente cuando resucitó a la hijita de Jairo y al jovencito de Naím. ¿Estaban bien muertos, no? ¿No era sólo un profundo sopor? Responde».

«Estaban muertos. La niña, desde hacía dos horas; el jovencito, desde hacía un día y medio».

«¿Y dio la orden y ellos se alzaron?».

«Dio la orden y ellos se alzaron».

«¿Habéis oído? Vosotros dos: ¿habéis oído? ¿Por qué meneáis la cabeza? ¡Ah, quizás lo que estáis insinuando es que la vida vuelve antes a uno que es inocente y joven! ¡Pues mi Niño es el Inocente! Y es el Siempre Joven. ¡Es Dios mi Hijo!…».

La Madre mira con ojos acongojados a los dos preparadores, quienes, desalentados pero inexorables, disponen los rollos de las vendas empapadas ya en los perfumes.

María da dos pasos –ha dejado a su Hijo sobre la piedra con la delicadeza de quien pone en la cuna a un recién nacido–, da dos pasos, se inclina al pie del lecho fúnebre, donde, de rodillas, llora la Magdalena; y la aferra por un hombro, la zarandea, la llama:

«María. Responde. Estos piensan que Jesús no podrá resucitar porque es un hombre y, ha muerto a causa de heridas. Pero ¿tu hermano no es mayor que El?».

«Sí».

«¿No estaba llagado por entero?».

«Sí».

«¿No se corrompía ya antes de descender al sepulcro?».

«Sí».

«¿Y no resucitó después de cuatro días de asfixia y putrefacción?».

«Sí».

«¿Entonces?».

13     Silencio grave y largo. Luego un grito inhumano. María vacila mientras se lleva una mano al corazón. La sujetan. Pero Ella los rechaza. Parece rechazar a estos compasivos; en realidad rechaza lo que sólo Ella ve. Y grita:

«¡Atrás! ¡Atrás, cruel! ¡No esta venganza! ¡Calla! ¡No quiero oírte! ¡Calla! ¡Ah, me muerde el corazón!».

«¿Quién, Madre?».

«¡Oh, Juan! ¡Es Satanás! Satanás, que dice: “No resucitará. Ningún profeta lo ha dicho”. ¡Oh, Dios Altísimo! ¡Ayudadme todos, espíritus buenos, y vosotros, hombres compasivos! ¡Mi razón vacila! No recuerdo nada. ¿Qué dicen los profetas? ¿Qué dice el salmo? ¡Oh, ¿quién me repite los pasos que hablan de Jesús?!».

Es la Magdalena la que con su voz de órgano dice el salmo davídico sobre la Pasión del Mesías[11]138.

La Madre llora más fuerte, sujetada por Juan, y el llanto cae sobre el Hijo muerto, que resulta todo mojado de lágrimas. María ve esto, y le seca, y dice en voz baja:

«¡Tanto llanto! Y, cuando tenías tanta sed, ni siquiera una lágrima te he podido dar. Y ahora… ¡te mojo entero! Pareces un arbusto bajo un pesado rocío. Aquí, que tu Madre te seca. ¡Hijo! ¡Tanta amargura has experimentado! ¡No caiga ahora el amargor y la sal del llanto materno en tu labio herido!…».

Luego llama fuerte:

«María. David no habla… ¿Sabes Isaías? Di sus palabras…».

La Magdalena dice el fragmento sobre la Pasión y termina con un sollozo: «…entregó su vida a la muerte y fue contado entre los malhechores; El, que quitó los pecados del mundo y oró por los pecadores[12]139».

«¡Calla! ¡Muerte no! ¡No entregado a la muerte! ¡No! ¡No! ¡Oh, vuestra falta de fe, aliándose con la tentación de Satanás, me pone la duda en el corazón! ¿Y yo no voy a creerte, Hijo? ¿No voy a creer en tu santa palabra? ¡Díselo a mi alma! Habla. Desde las lejanas regiones a donde has ido a liberar a los que esperaban tu llegada[13]140, lanza tu voz de alma a mi alma hacia ti abierta; a mi alma, que está aquí, abierta toda a recibir tu voz. ¡Dile a tu Madre que vuelves! Di: “A1 tercer día resucitaré”. ¡Te lo suplico, Hijo y Dios! Ayúdame a proteger mi fe. Satanás la aprisiona entre sus roscas para estrangularla. Satanás ha separado su boca de serpiente de la carne del hombre porque Tú le has arrebatado esta presa, pero ahora ha hincado el garfio de sus dientes venenosos en la carne de mi corazón y me paraliza sus latidos y me quita su fuerza y su calor. ¡Dios! ¡Dios! ¡Dios! ¡No permitas que desconfíe! ¡No dejes que la duda me hiele! ¡No des a Satanás la libertad de llevarme a la desesperación! ¡Hijo! ¡Hijo! Ponme la mano en el corazón: alejará a Satanás. Ponme la mano sobre la cabeza: le devolverá la luz. Santifica con una caricia mis labios y se fortalezcan para decir: “Creo” incluso contra todo un mundo que no cree. ¡Oh, qué dolor es no creer! ¡Padre! Mucho hay que perdonar a quien no cree. Porque cuando ya no se cree… cuando ya no se cree… todo horror se hace fácil. Yo te lo digo… yo que experimento esta tortura. ¡Padre, piedad de los que no tienen fe![14]141 ¡Dales, Padre santo, dales, por esta Hostia consumada y por mí, hostia que aún se consume[15]142, da tu Fe a los que carecen de fe!».

14     Un rato largo de silencio. Nicodemo y José hacen un gesto a Juan y a la Magdalena.

«Ven, Madre».

Es la Magdalena la que habla tratando de separar a María de su Hijo y de desligar los dedos de Jesús entrelazados con los de María, que los besa llorando.

La Madre se yergue. Su aspecto es solemne. Extiende por última vez los pobres dedos exangües, coloca la mano inerte junto al Cuerpo. Luego baja los brazos y, bien erguida, con la cabeza levemente hacia arriba, ora y ofrece. No se oye una sola palabra, pero se comprende que ora, por todo el aspecto. Es verdaderamente la Sacerdotisa ante el altar, la Sacerdotisa en el instante de la ofrenda. «Offerimus[16]143 praeclarae majestati tuae de tuis donis, ac datis, hostiam puram, hostiam sanctam, hostiam immaculatam…». Luego se vuelve:

De acuerdo, hacedlo. Pero resucitará. En vano desconfiáis de mi razón, en vano estáis ciegos a la verdad que Él os dijo. En vano trata Satanás de tender asechanzas a mi fe. Para redimir al mundo falta también la tortura infligida a mi corazón por Satanás derrotado. La sufro y la ofrezco por los que han de venir. ¡Adiós, Hijo! ¡Adiós, Criatura mía! ¡Adiós, Niño mío! ¡Adiós… Adiós… Santo… Bueno… Amadísimo y digno de amor… Hermosura… Gozo… Fuente de salvación… Adiós… En tus ojos… en tus labios… en tu pelo de oro… en tus helados miembros… en tu corazón traspasado… ¡Oh, en tu corazón traspasado!… mi beso… mi beso… mi beso… Adiós… Adiós… ¡Señor! ¡Piedad de mí!».

[19 de febrero de 1944]

15     Los dos preparadores han terminado de disponer las vendas. Vienen a la mesa y despojan a Jesús incluso de su velo. Pasan una esponja –me parece; o un ovillo de lino– por los miembros (es una muy apresurada preparación de los miembros, que gotean por mil partes).

Luego untan de ungüentos todo el Cuerpo, que queda literalmente tapado bajo una costra de pomada. Lo primero, le han alzado. Han limpiado la mesa de piedra. En ésta han puesto la sábana, que cae por más de su mitad por la cabecera del lecho. Han colocado el Cuerpo apoyado sobre el pecho y han untado todo el dorso, los muslos, las piernas, toda la parte posterior. Luego le han dado la vuelta delicadamente, poniendo atención en que no se desprendiera la pomada de perfumes. Le han ungido también por la parte anterior: primero el tronco; luego los miembros (primero los pies; lo último, las manos, que han unido encima del bajo vientre).

La mixtura de ungüentos debe ser pegajosa, como goma, porque veo que las manos han quedado estables, mientras que antes siempre resbalaban por su peso de miembros muertos. Los pies, no: conservan su posición: uno más derecho, el otro más echado.

pasion de maria 3Por último, la cabeza: la habían untado esmeradamente (de forma que sus rasgos desaparecen bajo el estrato de ungüento), después, para mantener cerrada la boca, la han atado con la venda que faja el mentón. María ahora gime más fuerte.

Alzan la sábana por el lado que recaía y la pliegan sobre Jesús, que desaparece bajo su grueso lienzo. Jesús no es ahora sino una forma cubierta por un lienzo.

José comprueba que todo está bien y todavía coloca sobre el rostro un sudario de lino; y otros paños, semejantes a cortas y anchas tiras rectangulares, de derecha a izquierda, sobre el Cuerpo, que sujetan la sábana bien adherida: no es el típico vendaje que se ve en las momias, tampoco el que se ve en la resurrección de Lázaro: es un vendaje en embrión.

Jesús ha quedado anulado. Hasta la forma se difumina bajo los paños. Parece un alargado montón de tela, más estrecho en los extremos y más ancho en el centro, apoyado sobre el gris de la piedra. María llora más fuerte.

4 de octubre de 1944.

16 Dice Jesús:

«Y el tormento continuó con asaltos periódicos hasta el alba del domingo. En mi pasión fui tentado una sola vez. Pero mi Madre, la Mujer, expió por la mujer, culpable de todos los males, muchas veces. Satanás con centuplicada ferocidad atacó a la Vencedora. Ella le había vencido[17]144. La atacó con una terrible tentación; tentación en la carne de la Madre; tentación en el corazón de la Madre; tentación al espíritu de la Madre. Todos creen que la redención terminó con mi último aliento.

No. La terminó mi Madre, añadiendo su triple tortura para redimir la triple concupiscencia[18]145, luchando por tres días contra Satanás que quería que dudase de mi Palabra, que no creyese en mi resurrección. María fue la única que continuó creyendo. Grande y bienaventurada fue por esta fe.

También esto he querido enseñarte. El tormento que sale al encuentro de mi tormento en Getsemaní. El mundo no comprenderá esta página, pero “los que están en el mundo, sin ser de él”[19]146 la comprenderán y amarán más a la Dolorosa[20]147. Por esto te concedí esta visión. Quédate en paz con nuestra bendición»

[1] 128 Cfr. Mt. 27, 60–61; Mc. 15, 45–47; Lc. 23, 53–55; Ju. 19, 40–42.

[2] 129 esa descripción, que corresponde sólo a la parte inicial de la “visión” del 19 de febrero de 1944, la cual, escrita con más amplitud el 28 de marzo de 1945, continúa en el capítulo siguiente, el 611. En lo relativo a la doble redacción, valga la nota de 587.13.

[3] 130 Que la Virgen María, verdadera Madre de Jesús, Copartícipe íntima de su destino, y dotada de un genio típicamente oriental, se haya angustiado y lamentado según la costumbre de su tiempo y lugar, pero con dignidad, es cosa que puede creerse y probarse. Cfr. Lc. 23, 27 y la antífona del Breviario romano, en las Laudes del Sábado Santo: “Mulieres sedentes ad monumentum lamentabantur, flentes Dominum”. Si alguien se extrañase del contenido y de la manera de las Lamentaciones de la Virgen, como aparecen en esta Obra, tenga en cuenta que está en perfectísimo acuerdo, como lo aseguran especialistas, con una larga tradición homiletica e himnográfica oriental, siriaca y griega (cfr. Efrem. S. IV: Antiloquio de Iconio; El Romano Cantor, s. VI), que culmina en el s. VII con el “Llanto de la Virgen”, que nos legó S. Germano, patriarca de Constantinopla, donde hay semejantes o idénticas formas de lamentos (teológicas consideraciones sobre el pasado y presente, la bondad y la maldad, etc.) y muy similares sino ya idénticas expresiones (dulces, fuertes, terribles). Léase atentamente a S. Germano en: Oratio in… Corporis Domini… sepulturam… MIGNE, Patología Graeca. T. 98, col. 277–278 (243–290). Lo que se afirma de la tradición patrística oriental, lo mismo se afirma de la litúrgica. Véanse, por ej., muchos lugares llamados: “Staurotheotokia” (alabanzas a la Madre de Dios a los pies de la cruz) de la liturgia griega.

[4] 131 El que los judíos de aquellos tiempos y de ese lugar hayan sido llamados “crueles hienas” no ha sido por imprecación, sino para describir su deicidio. La hiena es una fiera rapaz, que durante el día está escondida en su madriguera, y de noche sale a matar aun animales mayores.

[5] 132 Jesús, siendo verdadero Dios es el Amor. Cfr. 1 Ju. 4, 8–16. Sin embargo no murió en su naturaleza divina, sino en la humana, pues realmente “espiró”.

[6] 133 Cfr. Lev. 12, 1–8. Sin embargo la Virgen no se contaminó ya porque el Amor divino la fecundó (cfr. Mt. 1, 18–23; Lc. 1, 26–38; Sim. Niceno–constantinopolitano), Amor del todo sobrenatural y espiritual, y no un amor humano, natural y sensible, porque dio a luz sobrenatural y milagrosamente a Jesús, como en el Prefacio a la Virgen de la liturgia romana se lee: “El virginitatis gloria permante, lumen aeternum mundo effudit, lesum Christum Dominum nostrum”. En otras palabras, Jesús nació, esto es, salió, de María de la manera como entró y salió con las puertas cerradas del Cenáculo (cfr. Ju. 20, 19–29). Nada es imposible al poder del divino Amor. Esto sucedió, sin embargo, no porque el concebir naturalmente y el engendrar intrínsicamente estén ligados al pecado, sino porque el Dios humanado debía ser concebido y nacer como Dios mismo, misteriosamente encarnado en una Mujer.

[7] 134 Esta Obra claramente muestra la fe de María en la resurrección de su Hijo. Aunque la incredulidad o poca fe de los discípulos y discípulas, que demostraron al embalsamar al que iba a resucitar; aunque Satanás la tentó y sobre todo, experimentó la impresión de haber sido abandonada aun de Dios, siempre invicta resistió, ofreciendo su inmenso tormento por los sin–fe. Los que más estuvieron cerca de esta fe fueron Lázaro y su hermana María Magdalena.

[8] 135 el de Génesis 2, 8-15.

[9] 136 Según esta Obra, y parece muy razonable, hubo dos Sábanas: una para el descendimiento de la cruz, que no se le podía utilizar por la sangre, sudor, el polvo, la otra “limpia” para la sepultura. La primera se conservaría en la Catedral de Turín; la otra, según el pensamiento de la Escritora de esta Obra, estaría escondida en el interior del Crucifijo llamado “El Rostro Santo”, venerado en la catedral de Luca, pero cuando directamente se le preguntó, su respuesta fue negativa. Respecto a la Santa Sábana cfr. P. SCOTTI, A. VACCARI, Sindone, en Enciclopedia Cattolica, vol 11, Vaticano, 1953, col. 692–697. En la col. 692 se lee: “Algunas telas, conservadas en diversos lugares, quieren este honor (Compiègne, Besançon, cadouin, Bitonto, etc.). Un buen análisis ha demostrado que la única Sábana que tenga serias probabilidades de ser la auténtica es la de Turín y que proviene de Lirey e Chambery”. La presente Obra, según estudios y opinión del Prof. Lorenzo Ferri, habría dado nuevas pruebas a favor de tal autenticidad.

[10] 137 Según esta Obra, la Virgen, Madre y Compañera de Jesús, se sintió inmediata y profundamente “Madre de la Iglesia”, y como tal se comportó. Cfr. Col. 1, 24–29.

[11] 138 Cfr. Sal. 21.

[12] 139 Cfr. Is. 52, 13 – 53, 12.        

[13] 140 Cfr. 1 Pe. 3, 18–20.

[14] 141 Bella oración y de actualidad, que según esta Obra, María, la Virgen, dirigió a Dios para preservar su propia fe, a favor de los Sin–Fe. Queremos hacer notar que es más exacto decir: “Los Sin–Fe” que “Los sin–Dios”.

[15] 142 En letra pequeña se explica en qué sentido la virgen fue la Hostia que se sacrificaba. Cfr. también Col. 1, 24–29.

[16] 143 Ofrecemos a tu suprema majestad las cosas que tú mismo nos has dado, esto es, el sacrificio puro, santo e inmaculado… Según las liturgias Romana y Ambrosiana, esta hermosa oración se dice después de la consagración, en que se ofrece, a la majestad del Padre, su Hijo, antes de pedir la efusión del Espíritu Santo.

[17] 144 Cfr. Gén. 3.

[18] 145 Esto es, del cuerpo, de la psique, del espíritu. Tal vez alusión a 1 Ju. 2, 16.

[19] 146 Frases que deben interpretarse a la luz de Ju. especialmente 17.

[20] 147 Un objeto de esta Obra fue y es el de promover una devoción más intensa hacia la Virgen de los Dolores, como se dirá en la conclusión.

611. Cierran el Sepulcro. El regreso al Cenáculo.

28 de marzo de 1945.

sepultura1       José de Arimatea apaga una de las antorchas, da una última ojeada y se dirige a la apertura del sepulcro manteniendo encendida y levantada la otra antorcha.

María se inclina una vez más para besar a su Hijo a través de los elementos que lo cubren. Y quisiera hacerlo dominando su dolor, conteniendo éste como forma de respeto al Cadáver, que, estando embalsamado, no le pertenece. Pero, cuando está cerca del rostro velado, ya no se domina; se sume en una nueva crisis de desolación.

No sin dificultad, la alzan. La alejan, con mayor dificultad aún, del lecho fúnebre. Arreglan las telas desordenadas y, más en vilo que sujetándola, se llevan a la pobre Madre, que se aleja con la cara hacia atrás, para ver, para ver a su Jesús, ya solo en la obscuridad del sepulcro.

2       Salen al huerto silencioso bajo la luz vespertina. Ya la claridad que renació después de la tragedia del Gólgota vuelve a obscurecerse por la noche que desciende. Y allí, bajo los tupidos ramajes –tupidos aunque carezcan todavía de hojas y estén apenas adornados de las bocas blanco–rosas de los manzanos que empiezan a echar flor (extrañamente retrasados en este pomar de José, mientras que en otros lugares están ya enteramente cubiertos de flores abiertas e incluso fecundadas, constituyendo ya minúsculos frutos)–, bajo esos tupidos ramajes, la penumbra es aún más densa que en otros lugares.

Corren hasta su surco la pesada piedra del sepulcro. Largas ramas de un enmarañado rosal, que penden de lo alto de la gruta, parecen llamar a esa puerta de piedra y decir: “¿Por qué te cierras ante una madre que llora?”. Y parecen verter también ellas lágrimas de sangre con sus pétalos rojos deshojados, con las corolas distribuidas sobre la superficie de la piedra obscura, con los botones cerrados que golpean contra el inexorable cierre.

3       Pero pronto otra sangre humedecerá esa puerta sepulcral, y otro llanto. María, hasta ahora sujeta por Juan y sollozando, aunque bastante sosegada, se libera ahora del apóstol y, emitiendo un grito que creo que ha hecho temblar hasta las entrañas de las plantas[1]148, se arroja contra la puerta, se agarra al saliente de ésta para descorrerla, se escoria los dedos y se rompe las uñas, sin conseguir moverla, y hasta hace palanca apretando la cabeza contra este saliente áspero. Su gemido tiene notas del rugido de una leona que se abra las venas contra el cierre de una trampa donde estén encerrados sus cachorros, compasiva y furiosa por amor de madre.

Nada tiene ahora de la mansa virgen de Nazaret, de la paciente mujer que hasta ahora hemos conocido. Es: la madre; sólo y simplemente: la madre[2]149 aferrada a su criatura con todos los nervios de la carne y todas las entrañas del amor. Es la más verdadera “dueña” de esa carne que Ella generó, la única dueña después de Dios, y no quiere que le roben esta propiedad. Es la “reina” que defiende su corona: el hijo, el hijo, el hijo.

Toda la rebelión y las rebeliones que en treinta y tres años en cualquier otra mujer habría habido contra la injusticia del mundo hacia un hijo, toda la santa y lícita ira que cualquier otra madre habría manifestado durante aquellas últimas horas, para herir y matar con las manos y los dientes a los asesinos de su hijo; todas estas cosas que Ella, por amor al género humano, ha dominado siempre, ahora se agitan en su corazón, hierven en su sangre, pero, mansa incluso en medio de ese dolor suyo que la hace delirar, ni impreca ni acomete. Solamente pide a la piedra que se abra, que la deje pasar porque su sitio está ahí dentro, donde está El; sólo pide a los hombres, despiadadamente piadosos, que la obedezcan y abran.

Después de haber golpeado y manchado de sangre con los labios y las manos la piedra tenaz, se vuelve, se apoya con los brazos abiertos, aferrando todavía los dos bordes de la piedra, y, terrible en su majestuosidad de Madre dolorosa, ordena:

«¡Abríd! ¿No queréis? Pues yo me quedo aquí. ¿No dentro? Pues afuera. Aquí están mi pan y mi lecho, aquí está mi morada. No tengo ni otras casas ni otro objetivo. Vosotros marchaos si queréis. Volved al asqueroso mundo. Yo me quedo aquí, donde no hay ambiciones ni olor de sangre».

«¡No puedes, Mujer!».

«¡No puedes, Madre!».

«¡No puedes, María amada!».

Y tratan de separarle las manos de la piedra, asustados por esos ojos que ellos no conocían con ese destello que los hace duros a imperiosos, vítreos, fosforescentes.

4       La sobrepujanza mal conviene a los mansos, y los humildes no saben persistir en la soberbia[3]150… Y en seguida cede en María el querer vehemente y el mandar imperioso.

Vuelve a Ella su mirada mansa de paloma torturada, pierde el gesto impositivo y se inclina otra vez suplicante, y une las manos rogando:

«¡Oh, dejadme! ¡Por vuestros difuntos, por los vivos a los que amáis, piedad de una pobre madre!… Oíd… oíd mi corazón. Necesita paz para que cese en él este latido cruel; así se ha puesto a latir arriba, en el Calvario. El martillo hacía “ton”, “ton”, “ton”y cada uno de esos golpes hería a mi Niño… y golpeaba mi cerebro y mi corazón… y tengo llena de esos golpes la cabeza, y mi corazón late rápido al ritmo de ese “ton”, “ton”, “ton” descargado sobre las manos, sobre los pies de mi Jesús, de mi pequeño Jesús… ¡Mi Niño! ¡Mi Niño!…».

Le vuelve todo el tormento que parecía calmado después de su oración al Padre junto a la mesa de la unción. Todos lloran.

«Necesito no oír gritos ni golpes. El mundo está lleno de voces y ruidos. Cada voz me parece ese “gran grito” que me ha petrificado la sangre en las venas; cada ruido, el del martillo en los clavos. Necesito no ver rostros de hombre. El mundo está lleno de rostros… Hace casi doce horas que veo rostros de asesinos… Judas… los verdugos… los sacerdotes… los judíos… ¡Todos, todos asesinos!… ¡Fuera! ¡Fuera!… No quiero ver a nadie… En cada hombre hay un lobo y una serpiente. Siento escalofrío ante el hombre, siento miedo del hombre… Dejadme aquí, bajo estos árboles serenos, en esta hierba poblada de flores… Dentro de poco saldrán las estrellas… que siempre fueron sus amigas y mis amigas… Ayer las estrellas han hecho compañía a nuestra solitaria agonía… Ellas saben muchas cosas… Ellas vienen de Dios… ¡Oh! ¡Dios! ¡Dios!…». Llora y se arrodilla.

«¡Paz, mi Dios! ¡No me quedas sino Tú!».

5 «Ven, hija. Dios te dará paz. Pero ven. Mañana es el sábado pascual. No podríamos venir a traerte comida…».

«¡Nada! ¡Nada! ¡No quiero comida! ¡Quiero a mi Hijo! Sacio mi hambre con mi dolor; mi sed, con mi llanto… Aquí… ¿Oís cómo llora ese autillo? Llora conmigo, y dentro de poco llorarán los ruiseñores. Y mañana, con la luz del Sol, llorarán las calandrias y los currucos y todos los pájaros que El amaba, y las tórtolas vendrán conmigo a golpear a esta puerta y a decir, a decir[4]151: “¡Alzate, amor mío y ven! Amor que estás en la hendidura de la roca, en el refugio de la escarpada, déjame ver tu rostro, déjame escuchar tu voz”. ¡Aaaah! ¡Qué digo? Ellos, ellos también, los torvos asesinos, se han dirigido a El con las palabras del Cantar! Sí, venid, Oh hijas de Jerusalén, a ver a vuestro Rey con la diadema, como le coronó su Patria en el día de su desposorio con la Muerte, en el día de su triunfo como Redentor».

«¡Mira, María! Están viniendo guardias del Templo. Aléjate de aquí. No te vayan a injuriar».

«¿Guardias? ¿Injurias? No. Son viles. Viles son. Y si yo saliera a su encuentro, terrible en mi dolor, huirían como Satanás frente a Dios. Pero yo recuerdo que soy María… y no arremeteré contra ellos, como tendría derecho a hacer. Estaré pacífica… ni siquiera me verán. Y, si me ven y me preguntan: “¿Qué quieres?”, les diré: “La limosna de respirar el aire balsámico que sale por esta fisura”. Diré: “En nombre de vuestra madre”. Todos tienen una madre… hasta el ladrón compasivo lo ha dicho…».

«Pero éstos son peor que los bandoleros. Te insultarán».

«¿Acaso hay un insulto que, después de los de hoy, yo no conozca?».

6       Es la Magdalena la que encuentra la razón capaz de conseguir la obediencia de la Dolorosa.

«Tú eres buena, eres santa, y crees y eres fuerte. Pero nosotros ¿qué somos?… ¡Ya lo ves! La mayor parte han huido; los que han quedado estamos aterrados. La duda, ya presente en nosotros, nos haría ceder. Tú eres la Madre. No tienes sólo el deber y el derecho respecto a tu Hijo, sino el deber y el derecho respecto a lo que es del Hijo. Debes volver con nosotros, estar entre nosotros, para recogernos, para confirmarnos, para infundirnos tu fe. Tú lo has dicho, después de tu justo reproche de nuestra pusilanimidad e incredulidad: “Más fácil le será resucitar si está libre de estas vendas”. Yo te lo digo: “Si nosotros logramos reunirnos en la fe en su Resurrección, resucitará antes. Le llamaremos con nuestro amor…”[5] 152. ¡Madre, Madre de mi Salvador, vuelve con nosotros, tú, amor de Dios, para darnos este amor tuyo! ¿Acaso quieres que se pierda de nuevo la pobre María de Magdala, a la que El ha salvado con tanta piedad?».

«No. Me pesaría. Tienes razón. Debo volver… buscar a los apóstoles… a los discípulos… a los parientes… a todos… Decir… decir: creed. Decir: os perdona… ¿A quién se lo dije esto?… ¡Ah! A Judas Iscariote… Habrá que… sí, habrá que buscarle también a él… porque es el mayor pecador…».

María está ahora con la cabeza reclinada sobre su propio pecho y tiembla como por repulsa; luego dice:

«Juan: le buscarás. Y me lo traerás. Debes hacerlo. Y yo debo hacerlo. Padre: hágase esto también por la redención de la Humanidad. Vamos».

Se levanta. Salen del huerto semiobscuro. Los guardias los miran salir y no dicen nada.

7       El camino, polvoriento y revuelto por la riada de gente que lo ha recorrido y batido con pies, piedras y palos, dibuja una curva en torno al Calvario para llegar al camino de primer orden que va paralelo a las murallas. Y aquí las huellas de lo que ha sucedido son aún más intensas. Dos veces María emite un grito y se inclina para examinar bajo la incierta luz el suelo, porque le parece ver sangre y piensa que es de su Jesús. Pero son sólo jirones de tela desgarrada (yo creo que con el jaleo de la fuga). El pequeño torrente que corre a lo largo de este camino susurra un rumor leve en medio del gran silencio que lo envuelve todo. La ciudad, no viniendo de ella sino un profundo silencio, parece abandonada.

Ahí está el puentecillo que conduce a la empinada vereda del Calvario. Y, frente al puente, la puerta Judicial. Antes de desaparecer tras ella, María se vuelve para mirar la cima del Calvario… y llora desconsoladamente. Luego dice:

«Vamos. Pero guiadme vosotros. No quiero ver ni Jerusalén, ni sus calles ni sus habitantes».

«Sí, sí, pero démonos prisa. Están para cerrar las puertas y, ¿lo ves?, han reforzado la guardia en ellas. Roma teme alborotos».

«Con razón. ¡Jerusalén es una guarida de tigres! ¡Es una tribu de asesinos! Una turba de depredadores; y no sólo dirigen estos usurpadores sus colmillos rapaces hacia las riquezas, sino también contra las vidas. 8 Hace ya treinta y dos años que acechan contra la vida de mi Niño… Era un corderito de leche, un corderito rosa de oro ensortijado… Apenas sabía decir “Mamá”, y dar los primeros pasitos, y reír con sus pocos dientecitos entre los labios de pálido coral, y ya vinieron para degollarle… Ahora dicen que había blasfemado y violado el sábado y que había movido a la sublevación y aspirado al trono y pecado con las mujeres… Pero, en aquellos tiempos, ¿qué había hecho?, ¿qué blasfemia podía haber dicho, si apenas sabía llamar a su Mamá?, ¿qué podía violar de la Ley, si El, el eterno Inocente, era entonces también el inocente pequeñuelo del hombre?, ¿qué sublevación podía promover, si ni siquiera sabía tener un capricho? ¿A qué trono podía aspirar? Tenía ya su trono en la Tierra y en el Cielo, y no pedía otros tronos: en el Cielo, el seno del Padre; en la Tierra, el mío. Jamás tuvo ojos para la carne, y vosotras, jóvenes y hermosas, podéis decirlo. Pero en aquel tiempo, en aquel tiempo… su “sensualidad” estaba limitada a la necesidad de calor y nutrición, y sus amores eran sólo con mi tibio pecho, buscando poner encima la carita y dormir así; y con el romo pezón del que mi amor fluía convertido en leche… ¡Oh, Criatura mía!… ¡Y querían verte muerto! ¡Esto querían: quitarte la vida! Tu único tesoro. La Madre al Hijo; el Hijo a la Madre, para convertirnos en los más míseros y desolados del Universo.

¿Por qué quitarle al Vivo la vida? ¿Por qué arrogaros el derecho de quitar esto que es la vida: bien de la flor y del animal, bien del hombre? Nada os pedía mi Jesús. Ni dinero, ni joyas, ni casas. Una casa tenía, pequeña y santa, y la había dejado por amor a vosotros hombres–hiena. Había renunciado por vosotros a aquello que hasta una cría de animal posee, y fue pobre y solo por el mundo, sin tener siquiera el lecho que le había hecho el Justo, sin el pan tan siquiera que le hacía su Madre; y durmió donde pudo y comió donde pudo: sobre la yacija herbosa de los prados, velado por las estrellas; o en las casas de los buenos, como cualquier hijo de hombre. Sentado a una mesa, o compartiendo con los pájaros de Dios los granos de trigo y el fruto de la zarza silvestre.

Y no os pedía nada. Al contrario: os daba. Quería sólo la vida para daros con su palabra la Vida. Y vosotros, y tú, Jerusalén, le habéis despojado de la vida. ¿Te has saciado con su Sangre? ¿Te has llenado con su Carne? ¿O todavía no te llena, y quieres –tras vampiro y buitre, hiena– comer su Cadáver, y, no satisfecha aún de los oprobios y tormentos, quieres ensañarte y gozar arañando sus despojos y viendo otra vez sus lacerantes dolores, sus temblores, sus singultos, sus convulsiones, en mí: en la Madre del Asesinado? 9 ¿Hemos llegado? ¿Por qué os paráis? ¿Qué quiere de José ese hombre? ¿Qué dice?».

En efecto, uno de los escasos transeúntes ha parado a José y, en el silencio absoluto de la ciudad desierta, se oyen muy bien sus palabras.

«Es sabido que has entrado en la casa de Pilato. Profanador de la Ley. Rendirás cuentas de ello. ¡Tienes censura en orden a la Pascua! Estás contaminado» .

«Tú también, Elquías. ¡Me has tocado y estoy cubierto de la sangre de Cristo y de su sudor mortal!».

«¡Ah! ¡Horror! ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Fuera esa sangre!».

«No tengas miedo. Ya te ha abandonado; y maldecido».

«Tú también estás maldecido. Y no te vayas a pensar que ahora que te entiendes con Pilato vas a poder llevarte el Cadáver. Hemos tomado medidas para que se termine el juego».

Nicodemo se ha acercado lentamente mientras las mujeres se han detenido con Juan y se han pegado a un profundo portón cerrado.

«Ya te hemos visto»

continúa José.

«¡Cobardes! ¡Tenéis miedo hasta de un muerto! Pero de mi huerto y de mi sepulcro hago lo que yo creo conveniente».

«Eso lo veremos».

«Lo veremos. Recurriré a Pilato».

«Sí. Fornica ahora con Roma[6]153».

Nicodemo toma la palabra:

«Mejor con Roma que con el Demonio, como vosotros, ¡deicidas! Y, oye, ¿me podrías decir cómo es que te has recobrado? Porque hace un momento huías aterrorizado. ¿Se te está pasando? ¿No te es suficiente lo que te sucedió? ¿No se te quemó una casa? ¡Echate a temblar! No ha terminado el castigo. Es más: está llegando. Se cierne sobre tu cabeza como la Némesis[7]154 de los paganos. Ni guardias ni precintos impedirán al Vengador alzarse y descargar su mano».

«¡Maldito!».

Elquías huye y va a toparse con las mujeres. Comprende y dice un atroz insulto a María.

10     Juan no dice ni una palabra. Pero, con un salto de pantera, le aferra fuertemente y le tira al suelo y, sujetándole con las rodillas y apretándole el cuello con las manos, le dice:

«¡Pídele perdón o te estrangulo, demonio!».

Y no le deja hasta que el otro, apretado y medio estrangulado por las manos de Juan, no masculla: «Perdón».

               Pero su grito ha atraído a la patrulla.

«¿Quién va? ¿Qué pasa? ¿Más alborotos? Quietos todos o cargamos sobre vosotros. ¿Quiénes sois?».

«José de Arimatea y Nicodemo, autorizados por el Procónsul para sepultar al Nazareno al que han dado muerte. Regresamos del sepulcro con la Madre, el hijo y las familiares y amigas. Este ha ofendido a la Madre y ha sido obligado a pedir perdón».

«¿Sólo eso? Debíais haberle estrangulado. Marchaos. Soldados: arrestad a éste. ¿Qué más quieren esos vampiros? ¿También el corazón de las madres? ¡Adiós, judíos!».

«¡Qué horror! Pero ya no son hombres… Juan, sé bueno con ellos. Ten presente el recuerdo de mi Jesús y de tu Jesús. El predicaba perdón».

«Madre, tienes razón. Pero son unos malhechores y me sacan de mis cabales. Son sacrílegos. Te ofenden a ti. Y esto no puedo permitirlo».

«Son unos malhechores, sí. Y saben que lo son. 11 Mira qué pocos por las calles; y esos pocos, cómo se escabullen furtivos. Después del delito, los mahechores tienen miedo. Verlos huir así, entrar en las casas, encerrarse en ellas por miedo, me suscita horror. Los siento a todos culpables del Deicidio. Mira, María ese viejo. Ya se asoma a la tumba y, no obstante –ahora que la luz de aquella puerta le ilumina– me parece haberle visto pasar acusando a mi Jesús, allí, en la cima del Calvario… Le llamaba ladrón… ¡¿Ladrón mi Jesús?!… Aquel joven, casi niño todavía, pronunciaba torpes blasfemias invocando que cayera sobre él su sangre… ¡Oh, desdichado!… ¿Y aquel hombre? Siendo tan musculoso y fuerte, ¿se habrá abstenido de golpearle? ¡Oh, no quiero ver! Mirad: encima del rostro que tienen se superpone el rostro del alma y… y ya no tienen imagen de hombres, sino de demonios… Tanto valor tenían contra el Atado, el Crucificado… y ahora huyen, se esconden, se encierran. Tienen miedo. ¿De quién? De un muerto. Para ellos no es más que un muerto, porque niegan que sea Dios. ¿A qué tienen miedo entonces? ¿A qué cierran sus puertas? Al remordimiento. Al castigo. No sirve. El remordimiento está en vosotros. Y os seguirá eternamente. Y el castigo no es humano; no valen ni cierres ni palos, ni puertas ni barras contra él. El castigo baja del Cielo, de Dios, vengador de su Inmolado, y atraviesa paredes y puertas, y con su llama celeste os marca para el castigo sobrenatural que os espera. El mundo irá a Cristo, al Hijo de Dios y mío. Irá a aquel que vosotros habéis traspasado, pero vosotros seréis signados para siempre, los Caínes de un Dios, marcados como el oprobio de la raza humana[8]155. Yo, que he nacido de vosotros, yo que soy Madre de todos, tengo que decir que para mí, vuestra hija, habéis sido peores que padrastros, y que, en el inmenso número de mis hijos, vosotros sois los que más esfuerzo me imponéis para acogeros, porque os habéis ensuciado con el delito contra mi Criatura. Y no os arrepentís diciendo: “Eras el Mesías. Te reconocemos y te adoramos”. Ahí hay otra patrulla romana.

El Amor ya no está en la Tierra, la Paz ya no está entre los hombres. El Odio y la Guerra bullen como esas antorchas humeantes. Los dominadores tienen miedo a una muchedumbre desmandada. Saben por experiencia que cuando esa fiera que se llama hombre ha sentido el sabor de la sangre se vuelve ávida de masacre… Pero no temáis a éstos, que no son ni leones ni panteras reales, sino cobardísimas hienas que se lanzan contra el cordero inerme pero temen al león armado de lanzas y autoridad. No tengáis miedo a estos chacales reptantes. Vuestro paso de hierro los hace huir y el brillo de vuestras lanzas los hace más mansos que conejos. 12 ¡Esas lanzas! ¡Una ha abierto el corazón del Hijo mío! ¿Cuál de ellas? Verlas es para mí una flecha en mi corazón… Y, no obstante, quisiera tenerlas todas entre mis manos temblorosas para ver cuál es la que todavía conserva huellas de sangre y decir: “¡Es ésta! ¡Dámela, soldado! Dásela a una madre en memoria de tu madre lejana, y yo oraré por ella y por ti”. Y ningún soldado me la negaría. Porque los hombres de guerra han sido los mejores ante la agonía del Hijo y de la Madre. ¡Oh, ¿por qué no he pensado arriba esto?! Me sentía como una persona a la que le hubieran golpeado la cabeza. Yo la tenía atontada por esos golpes… ¡Oh, esos golpes! ¿Quién hará que deje de sentirlos aquí, en mi pobre cabeza? La lanza… ¡Cuánto quisiera tenerla!…».

«Podemos buscarla, Madre. El centurión me ha parecido muy bueno con nosotros. Creo que no me la negará. Iré mañana».

«Sí, sí, Juan. Soy pobre. Tengo poco dinero; pero me desprenderé hasta de la última moneda con tal de tener ese hierro… ¡Oh, ¿cómo es que no lo he pedido en ese momento?!».

«María amada, ninguno de nosotros tenía noticia de esa herida… Cuando la has visto, ya estaban lejos los soldados».

«Es verdad… Estoy ofuscada por el dolor. ¿Y las vestiduras? ¡Nada suyo tengo! Daría mi sangre por tenerlas…».

María llora de nuevo desconsoladamente.

13     Y llega así a la calle del Cenáculo; a tiempo, porque ya está agotada y camina verdaderamente a rastras, como una anciana decrépita. Y además lo manifiesta.

«Animo, que ya hemos llegado».

«¿Ya? ¿Tan corto el camino que esta mañana me ha parecido tan largo? ¿Esta mañana? ¿Ha sido esta mañana? ¿Sólo? ¿Cuántas horas, o cuántos siglos, han pasado desde que ayer noche entré y desde que salí de aquí esta mañana? ¿Soy verdaderamente yo: la madre de cincuenta años o una anciana secular, una mujer que abarca épocas, rica en siglos que pesan sobre sus espaldas arqueadas y sobre su cabeza cana? Siento como haber vivido todo el dolor del mundo y que éste pese enteramente sobre mis espaldas, que se encorvan bajo su peso. Cruz incorpórea, ¡pero tan pesada…! De piedra. Una cruz quizás más pesada que la de mi Jesús, porque llevo la mía y la suya con el recuerdo de su agonía y la realidad de la agonía mía. Vamos a entrar. Porque debemos entrar. Pero no es ningún consuelo. Es un aumento de dolor. Por esta puerta entró mi Hijo para su última cena. Por ella salió para ir al encuentro de la muerte. Y tuvo que poner su pie donde lo puso el traidor, que salió para llamar a los capturadores del Inocente. Apoyado en esa puerta he visto a Judas… ¡He visto a Judas! Y no le he maldecido, sino que le he hablado como habla una madre llena de congoja. Llena de congoja por el Hijo bueno y por el hijo malvado… ¡He visto a Judas! ¡He visto al Demonio en él! Yo que he tenido siempre a Lucifer bajo mi calcañar[9]156 y, mirando sólo a Dios, nunca he bajado los ojos a mirar a Satanás –he conocido el rostro de Satanás mirando al Traidor– . He hablado con el Demonio… que ha huido, porque no soporta mi voz. ¿Le habrá dejado ahora, de forma que yo pueda hablar a ese muerto y concebirlo de nuevo –yo, la Madre– con la Sangre de un Dios para darle a luz a la Gracia? Juan: júrame que le buscarás y que no serás cruel con él. No lo soy yo, que tendría derecho a serlo… ¡Oh, dejadme entrar en esa habitación donde mi Jesús tomó su última comida!, ¡donde la voz de mi Niño pronunció en paz sus últimas palabras!».

«Sí. Entraremos. Pero, ahora, ven aquí, a donde estábamos ayer. Descansa. 14 Despídete de José y Nicodemo, que se marchan».

«Sí. Me despido de ellos. ¡Oh, sí, me despido de ellos! Les doy las gracias. ¡Los bendigo!».

«Pero, ven, ven; ¡lo harás más cómodamente!».

«No. Aquí. José… ¡Oh, no he conocido a nadie con este nombre que no me quisiera!…».

María de Alfeo se echa bruscamente a llorar.

«No llores… También José… Por amor, erraba tu hijo. Quería darme humanamente paz… ¡Pero hoy!… Ya lo habéis visto… ¡Oh, todos los Josés son buenos con María!… José, yo lo digo “gracias”. Y a ti, Nicodemo… Mi corazón se postra a vuestros pies, ante esos pies vuestros cansados por el mucho camino recorrido por El… por darle los últimos honores… Yo sólo puedo daros mi corazón; no tengo otra cosa… Y os lo doy, amigos leales de mi Hijo… y… y perdonad a una madre traspasada las palabras que os he dicho en el sepulcro…».

«¡Oh! ¡Santa! ¡Perdona tú!» dice Nicodemo.

«Estáte tranquila ahora. Descansa en tu Fe. Mañana vendremos» añade José.

«Sí, vendremos. Estamos a tus órdenes».

«Mañana es sábado»

objeta la dueña de la casa.

«El sábado ha muerto. Vendremos. Adiós. El Señor sea con vosotros»,

y se marchan.

15 «Ven, María».

«Sí, Madre, ven».

«No. Abrid. Me habéis prometido hacerlo después de las despedidas. ¡Abrid esta puerta! No podéis cerrársela a una madre, a una madre que busca respirar en el aire el olor del aliento, del cuerpo de su Niño. ¿No sabéis, acaso, que ese aliento y ese cuerpo se los di yo? Yo, yo que le llevé nueve meses, que le di a luz, que le amamanté, le crié, le cuidé. ¡Ese aliento es mío! ¡Ese olor de carne es mío! Es el mío, pero más hermoso en mi Jesús. Dejádmelo percibir otra vez».

«Sí, querida. Mañana. Ahora estás cansada. Estás ardiendo de fiebre. No puedes así. Estás mal».

«Sí. Mal. Pero es porque tengo en los ojos la percepción de su Sangre y en el olfato el olor de su Cuerpo llagado. Quiero ver la mesa en que se apoyó vivo y sano, quiero percibir el perfume de su cuerpo juvenil. ¡Abrid! ¡No me le sepultéis por tercera vez! Ya me le habéis ocultado bajo los perfumes y las vendas; luego me le habéis encerrado tras la piedra. ¿Ahora por qué, por qué negarle a una Madre que halle el último rastro de El en el aliento que ha dejado detrás de esa puerta? Dejadme entrar. Buscaré en el suelo, en la mesa, en el asiento, las huellas de sus pies, de sus manos. Y las besaré, las besaré hasta consumirme los labios. Buscaré… buscaré… Quizás encuentro un cabello de su cabeza rubia, un cabello no untado de sangre. ¿Sabéis vosotros qué es para una madre un cabello de su hijo? Tú, María de Cleofás, tú, Salomé, sois madres. ¿Y no comprendéis? ¿Juan! ¿Juan! Escúchame. Yo soy Madre para ti. El me ha constituido tal. ¡El! Tú me debes obediencia. ¡Abre! Yo te amo, Juan. Siempre te he amado porque le amabas. Te amaré más todavía. Pero abre. ¡Abre, digo! ¿No quieres? ¿No quieres? ¡Ah, ¿entonces ya no tengo hijo?! Jesús no me negaba nunca nada. Porque era hijo. Tú niegas. No eres hijo. No comprendes mi dolor… ¡Oh, Juan, perdona… perdona… Abre… No llores… Abre… ¡Oh, Jesús! ¡Jesús!… Escúchame… ¡Obre tu espíritu un milagro! ¡Abre a tu pobre Mamá esta puerta que nadie quiere abrir! ¡Jesús! ¡Jesús!».

María llama con los puños cerrados a la puertecita, a esa puertecita bien cerrada. Está en un momento de paroxismo de su congoja. Hasta que palidece y, susurrando:

«¡Oh, mi Jesús! ¡Voy! ¡Voy!»,

se desploma sin fuerzas sobre los brazos de las mujeres, que lloran y la sujetan para impedir que caiga a los pies de esa puerta; luego la llevan así, a la habitación que hay enfrente.

[1] 148 Esta Obra, además de visiones ecuménicas, tiene con frecuencia cósmicas, como en este lugar. Cfr. por ej. Rom. 8, 18–25.

[2] 149 La palabra “Madre” explica y justifica la actitud de la Virgen, que es muy triste, pero en modo alguno reprochable, porque “Ella no maldice, no se enloquece”.

[3] 150 La Escritora tiene en mientes escribir una clase de proverbio, sin querer afirmar, como se ve por el contexto, que la Virgen haya sido imperiosa o soberbia, sino solo vehemente y majestuosa por amor y dolor.

[4] 151 como en Cantar de los cantares 2, 10–14; 3, 11.

[5] 152 El amor santo de las criaturas es en realidad una participación del mismo divino Espíritu “que resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos”. Cfr. Rom. 8, 9–11.

[6] 153 Fornicar significa: entregarse a una nación pagana, adorar dioses falsos; así pues, adulterar con esa clase de gente, con sus ídolos, traicionando y abandonando al verdadero Dios. Cfr. Is. 1, 21–26; 50, 1–3; 54, 4–10; Jer. 2, 1–4, 3; Ez. 16; 23. Y casi todo Os.

[7] 154 Diosa de la venganza, que castiga los crímenes más horribles, según la mitología pagana.

[8] 155 Cfr. Gén. 4, 1–16.

[9] 156 Cfr. Gén. 3, 15.

614. El día del Sábado Santo.

30 de marzo de 1945.

Católicos rezan sobre la Piedra de la Unción en el Santo Sepulcro (Efe)

614 1
1       El alba, fatigosamente, avanza débil. La aurora tarda –cosa extraña– aunque no haya nubes en el cielo. Parece como si los astros hubieran perdido todo elemento de vigor. Y, al igual que la nocturna Luna era pálida, el Sol que aparece también es pálido.

Opacos… ¿Será que también ellos han llorado, y por eso tienen este aspecto empañado como lo tienen los ojos de los buenos, que han llorado y lloran por la muerte del Señor?

En cuanto Juan comprende que han abierto las puertas, sale, sordo a las súplicas maternas. Las mujeres se atrincheran en casa, ahora más atemorizadas porque también el apóstol se ha marchado.

María, que sigue en su habitación, desmayadas las manos sobre su regazo, mira fijamente hacia fuera a través de la ventana que da a un jardín no excesivamente grande, pero sí bastante amplio, y todo lleno de rosas florecidas que orillan las altas tapias y los caprichosos cuadrados de jardín. En las matas de los lirios, por el contrario, no hay todavía tallos de futuras flores: están tupidas, hermosas, pero sólo con hojas.

Mira, mira, y yo creo que no ve nada, sino lo que hay en su pobre cerebro cansado: la agonía de su Hijo.

Las mujeres van y vienen. Se acercan a Ella, la acarician, le ruegan que tome algo que la reconforte… y cada una de estas veces, al venir ellas, viene una oleada de un perfume denso, compuesto, un perfume que aturde.

María se estremece cada vez, pero nada más. No dice nada. No hace nada. Nada. Está exhausta. Espera. Sólo espera. Es la Mujer que espera.

2       Un golpe en la puerta… Las mujeres corren a abrir. María se vuelve en su asiento, pero no se levanta. Mira fijamente a la puerta entreabierta. Entra la Magdalena.

«Está Manahén… Quisiera ser útil para algo…».

«Manahén… Dile que entre. Siempre ha sido bueno. No creía que fuera él…».

«¿Quién pensabas que fuera, Madre?…».

«Después… después. Que entre».

Entra Manahén. No viene pomposo como de costumbre. Trae una túnica normalísima, de un marrón casi negro, y el manto es casi igual. Ninguna joya. Tampoco la espada. Nada. Parece un hombre de condición económica buena, pero del pueblo. Se inclina para saludar. Primero cruza las manos en el pecho, luego se arrodilla como ante un altar.

«Levántate. Y perdona si no respondo a la reverencia. No puedo…».

«No debes. Yo no lo permitiría. Sabes quién soy Por eso te ruego que cuentes conmigo como tu siervo. ¿Me necesitas? Veo que no tienes a tu lado ningún hombre. Sé por Nicodemo que todos han huido. No había ninguna solución, es verdad, pero al menos darle el consuelo de vernos. Yo… yo le saludé en el Sixto. Y luego ya no pude, porque… Bueno, es inútil decirlo. Esto también ha sido deseo de Satanás. Ahora estoy libre y vengo a ponerme a tu servicio. Ordena, Mujer».

«Quisiera saber y hacer saber a Lázaro… Sus hermanas están preocupadas, y también mi cuñada y la otra María. Quisiéramos saber si Lázaro, Santiago, Judas y el otro Santiago están a salvo».

«¿Judas? ¡Judas Iscariote! ¡Pero si le ha traicionado!».

«Judas el hijo del hermano de mi esposo».

«¡Ah! Voy»,

y se levanta. 3 Pero, al hacerlo, hace un gesto de dolor.

«¿Estás herido?».

«¡Mmm!… Sí. No es nada. Un brazo que me duele un poco».

«¿Por causa nuestra? ¿Por esto no estabas arriba?».

«Sí, era por esto. Y sólo eso me duele; no la herida. El resto de fariseísmo, de hebraísmo, de satanismo que había en mí –porque en satanismo se ha transformado el culto de Israel– ha salido por entero con esa sangre. Soy como un recién nacido que después de cortado el sagrado ombligo deja de tener contacto con la sangre materna, y las pocas gotas que todavía quedan en el cordón cortado no entran en él, pues están estranguladas por el lazo de lino. Caen… ya inútiles. El recién nacido vive con su corazón y su sangre. Lo mismo yo. Hasta ahora no estaba todavía formado del todo. Ahora he llegado al final, y vengo, y he sido dado a Luz. Ayer nací. Mi madre es Jesús de Nazaret. Y me dio a Luz cuando dio el último grito. Lo sé… porque he huido a casa de Nicodemo esta noche. Lo único que quisiera es verle. Cuando vayáis al Sepulcro, decídmelo. Iré yo también… ¡Ignoro su Rostro de Redentor!».

«Te está mirando, Manahén. Vuélvete».

El hombre, que había entrado con la cabeza inclinada profundamente y que luego había tenido ojos sólo para María, se vuelve casi asustado y ve el Sudario. Se arroja al suelo, rostro en tierra, adorando… Y llora.

Luego se pone en pie. Se inclina ante María y dice:

«Me marcho».

«Es sábado. Ya lo sabes. Ya nos acusan de violar la Ley por instigación suya».

«Estamos empatados, porque ellos violan la ley del Amor[1]177. La primera y más grande. Él lo decía. Que el Señor te consuele».

Sale.

4       Pasan las horas. ¡Qué lentas son para el que espera!… María se levanta y, apoyándose en los muebles, va a la puerta. Trata de atravesar el vasto vestíbulo de entrada, pero cuando ya no tiene dónde apoyarse vacila como si estuviera ebria.

Marta, que ha presenciado la escena desde el patio que hay pasada la puerta, acude.

«¿A dónde quieres ir?».

«Ahí dentro. Me lo habéis prometido».

«Espera a Juan».

«Basta de esperar. Como veis, estoy serena. Id y que abran, dado que habéis dicho que cierren por dentro. Yo espero aquí».

Susana –han venido todas– se marcha a llamar al dueño, para que venga con las llaves. Mientras tanto, María se apoya en la puertecita, como si quisiera abrirla con la fuerza de su deseo.

Ya viene el hombre. Amedrentado, abatido, abre y se retira. Y María, del brazo de Marta y de María de Alfeo, entra en el Cenáculo.

Todo está todavía como al final de la Cena. La cadena de los acontecimientos y la orden dada por Jesús han impedido que alguien cambiara las cosas. Lo único es que se han colocado en su sitio los asientos. Y María, a pesar de no haber estado en el Cenáculo, va directamente al sitio donde había estado sentado su Jesús. Parece como si una mano la guiara. Y va tan rígida –grande es el esfuerzo que hace por ir–, que parece casi sonámbula… Va. Da la vuelta en torno al asiento–lecho, se mete entre éste y la mesa… permanece erguida un momento. Luego cae derrengada sobre la mesa, rompiendo a llorar de nuevo. Luego se calma. Se arrodilla y ora con la cabeza apoyada en el borde de la mesa. Acaricia el mantel, el asiento, los objetos de la vajilla, el borde de la bandeja grande en que estaba el cordero, el cuchillo grande usado para trinchar, el ánfora puesta delante de ese sitio. No sabe que está tocando lo que también ha tocado Judas Iscariote. Luego permanece como aturdida, con la cabeza apoyada en los brazos cruzados sobre la mesa.

Callan todas. Hasta que la cuñada dice:

«Ven, María. Tenemos miedo de los judíos. ¿No quisieras que entraran aquí, no?».

«No, no. Es un lugar santo. Vamos. Ayudadme… Habéis hecho bien en decírmelo. Quisiera también una arca, bonita, grande, cerrada, para meter dentro todos mis tesoros».614 2

«Mañana dispongo que te la traigan del palacio. Es la más bonita de la casa; fuerte y segura. Te la doy con alegría»

promete la Magdalena.

Salen. María está verdaderamente derrengada. Se tambalea al subir los pocos escalones. Y, si su dolor es menos dramático, es porque ya no tiene fuerza para serlo; pero, en su moderación, es un dolor aún más trágico.

Vuelven a entrar en la habitación de antes. Y, antes de regresar a su sitio, María acaricia, como si de un rostro de carne se tratara, el santo Rostro del Sudario.

5       Otra llamada al portal. Las mujeres se apresuran a salir y a entornar la puerta. Con su voz cansada, María dice:

«Si fueran los discípulos, y especialmente Simón Pedro y Judas, que vengan en seguida».

Pero es el pastor Isaac. Entra llorando, después de algún minuto, y se postra delante del Sudario; luego delante de la Madre, y no sabe qué decir. Es Ella la que dice:

«Gracias. Te ha visto y te he visto. Yo lo sé. Os miró mientras pudo».

Isaac llora todavía más fuerte. Sólo cuando termina su llanto, puede hablar.

«No queríamos marcharnos. Pero Jonatán nos rogó que lo hiciéramos. Los judíos amenazaban a las mujeres… Luego ya no pudimos volver. Todo… todo había terminado… ¿A dónde íbamos a ir? Nos hemos diseminado por los campos y, ya completamente de noche, nos hemos reunido a mitad de camino entre Jerusalén y Belén. Nos parecía como si alejáramos su Muerte yendo hacia su Gruta… Pero luego hemos sentido que no era justo ir allá… Era egoísmo. Así que hemos vuelto hacia la Ciudad… Y, sin saber cómo, nos hemos encontrado en Betania…».

«¡Mis hijos!».

«¡Lázaro!» .

«¡Santiago!».

«Están todos allá. En los campos de Lázaro, al amanecer, había personas diseminadas, errantes, que lloraban… ¡Sus inútiles amigos y discípulos!… Yo… he ido donde Lázaro. Creía que sería el primero… Sin embargo, allí estaban ya tus dos hijos, mujer, y el tuyo, junto con Andrés, Bartolomé, Mateo. Simón Zelote los había convencido de que fueran allí. Y Maximino, que había salido por los campos desde los primeros albores de la mañana, había encontrado a otros. Lázaro los ha socorrido a todos. Dice que el Maestro se lo había ordenado. Y lo mismo dice el Zelote».

«Pero Simón y José, los otros hijos míos, ¿dónde están?».

«No lo sé, mujer. Habíamos estado juntos hasta el terremoto. Luego… no sé ya nada más con exactitud. Entre las tinieblas y los rayos, los muertos resucitados[2]178 y el temblor del suelo y el torbellino de viento perdí la razón. Me encontré en el Templo. Y todavía me pregunto cómo es que estaba allí dentro, traspasado el límite sagrado. Fíjate: entre mí y el altar de los perfumes había sólo un codo. ¡Fíjate! ¡Yo donde ponen pie sólo los sacerdotes de turno[3]179!… ¡Y… y he visto el Santo de los Santos!… Sí… Porque el Velo del Santo está desgarrado de arriba abajo, como si lo hubiera desgarrado la voluntad de un gigante… Si me hubieran visto allí dentro, me hubieran lapidado. Pero ya ninguno veía. Me he encontrado sólo espectros de muertos y espectros de vivos.

Porque a la luz de los rayos, con la claridad de los incendios, encendido el terror en los rostros, parecían espectros…».

«¡Oh, mi Simón! ¡Mi José!».

«¿Y Simón Pedro? ¿Y Judas de Keriot? ¿Y Tomás y Felipe?».

«No lo sé, Madre… Lázaro me envió a ver, porque le habían dicho que os habían matado».

«Entonces ve inmediatamente a tranquilizarle. Ya he mandado a Manahén. Pero ve tú también y di… di que sólo a Él le han matado, y a mí con El. Y si ves a otros discípulos llévalos contigo allá. Pero a Judas Iscariote y a Simón Pedro los quiero yo personalmente».

«Madre… perdónanos si no hemos hecho más».

«Todo te perdono… Ve».

Isaac sale. Y Marta y María, Salomé y María de Alfeo, le sofocan con multitud de súplicas, recomendaciones, indicaciones. Susana llora quedo, porque nadie le habla de su marido. Es entonces cuando Salomé se acuerda del suyo, y también llora.

6       Silencio de nuevo, hasta nuevos golpes en el portal.

Estando la ciudad ya tranquila, las mujeres sienten menos temor. Pero, cuando tras la puerta entreabierta ven aparecer el rostro glabro de Longino, huyen todas como si hubieran visto a un muerto envuelto en su lienzo fúnebre o al Demonio en persona. El dueño de la casa, que, por curiosidad, vaga por el vestíbulo, es el primero en huir.

Viene la Magdalena (estaba con María). Longino, con una involuntaria sonrisita burlona en los labios, ha entrado, y ha cerrado el pesado portón. No viene de uniforme, sino que viste un indumento gris y corto debajo de un manto también obscuro.

María Magdalena le mira y él la mira a ella. Luego, siguiendo junto a la puerta, solicita:

«¿Puedo entrar sin contaminar a nadie?, ¿sin aterrorizar a nadie? He visto esta mañana, al amanecer, al ciudadano José, y me ha expresado el deseo de la Madre. Pido disculpas si no lo he pensado por mí mismo. Aquí está la lanza. La había conservado como recuerdo de un… del Santo de los Santos. ¡Oh, éste sí que lo es! Pero es justo que la tenga la Madre. Respecto a las vestiduras… es más difícil. No se lo digáis… pero quizás ya han sido vendidas por pocos denarios… Es un derecho de los soldados. De todas formas, trataré de encontrarlas…».

«Ven. Está allí».

«¡Pero yo soy pagano!».

«No importa. Voy a decírselo. Si lo deseas».

«¡Oh, no… no pensaba merecerlo!».

7       María Magdalena va donde la Virgen.

«Madre, Longino está ahí afuera… Te ofrece la lanza».

«Que pase».

El dueño de la casa, que está en la puerta, refunfuña:

«Pero es un pagano».

«Soy Madre de todos, hombre. Como El es el Redentor de todos».

Longino entra y, en el umbral, saluda a la romana con el gesto, con el brazo (se ha quitado el manto) y luego con la voz:

«¿Ave, Dómina! Un romano te saluda: Madre del género humano. La verdadera Madre. No hubiera querido estar yo en… en… en esa cosa. Pero era una orden. De todas formas, si sirvo para darte lo que tú deseas, perdono al destino el haberme elegido para esa cosa horrenda. Aquí tienes»,

y le da la lanza envuelta en un paño rojo; sólo el hierro, no el asta. María la toma. Se pone aún más pálida. Tanta es la palidez, que hasta los labios quedan borrados. Parece como si la lanza la desangrara. Y tiembla, hasta con los labios, mientras dice:

«Que Él te guíe a sí, por tu bondad».

«Era el único Justo que he encontrado en el vasto imperio de Roma. Me arrepiento de no haberle conocido sino a través de las palabras de mis compañeros. ¡Ahora… es tarde!».

«No, hijo. El ha terminado de evangelizar, pero su Evangelio permanece, en su Iglesia[4]180».

«¿Dónde está su Iglesia?».

Longino se muestra levemente irónico.

«Aquí está. Hoy maltratada y dispersa, pero mañana se reunirá como un árbol que endereza sus frondas después de la tormenta. Y, aunque ya no quedara nadie, yo sí que estoy[5]181. Y el Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios y mío, está enteramente escrito en mi corazón. Me basta mirar a mi corazón para podéroslo repetir[6]182».

«Vendré. Una religión que tiene como cabeza a un héroe de esta categoría no puede ser sino divina[7]183. ¡Ave, Dómina!».

Y también Longino se marcha.

María besa la lanza donde todavía está la Sangre de su Hijo… No quiere quitar esa Sangre, sino que la deja.

«Rubí de Dios en la lanza cruel» dice…

8       El día, entre claros en el cielo nublado y tenebrosidades de tormenta, pasa así. Juan vuelve sólo cuando el Sol cenital dice que es mediodía.

«Madre, no he encontrado a ninguno. Sólo… a Judas de Keriot».

«¿Dónde está?».

«¡Oh, ¡Madre! ¡Qué horror! Pende de un olivo, hinchado y negro como si hubiera muerto hace varias semanas. Podrido. Horrible… Es pasto de buitres, cuervos, no sé, que emiten chillidos en medio de peleas atroces… Ha sido su clamor lo que ha llamado mi atención en esa dirección. Estaba en el camino del Monte de los Olivos y, por encima de una loma, he visto círculos y círculos de pajarracos negros. He ido… ¿Por qué? No lo sé. Y he visto. ¡Qué horror!…» .

«¡Qué horror! Bien dices. Sobre la Bondad se ha manifestado la Justicia. Efectivamente, la Bondad está ausente, ahora[8]184¡Pero Pedro… Pedro!… Juan: tengo la lanza. Pero los vestidos… Longino no ha hecho mención de ellos».

«Madre, quiero ir al Getsemaní. Fue capturado sin manto. Quizás esté allí todavía. Luego iré a Betania».

«Ve. Ve por el manto… Los otros están donde Lázaro. Así que no vayas a casa de Lázaro. No es necesario. Ve y vuelve aquí».

Juan se marcha, corriendo, sin comer nada. Lo mismo que María, que tampoco ha comido. Las mujeres han comido de pie pan y aceitunas mientras trabajan en sus bálsamos.

9       Y viene Juana de Cusa con Jonatán. Es una máscara, a causa del mucho llanto. En cuanto ve a María, dice:

«¡Me salvó! Me salvó y Él ha muerto. ¡Ahora ya no quisiera estar salvada!».

Es la Madre Dolorosa la que debe consolar a esta mujer, curada pero con sensibilidad enfermiza. Y la consuela y fortalece diciéndole:

«No le habrías conocido ni amado, ni podrías servirle ahora. ¡Cuánto habrá que hacer en el futuro! Y nosotras tendremos que hacerlo, porque, ya lo ves… nosotras seguimos aquí y los hombres han huido. Es siempre la mujer la que verdaderamente genera. En el Bien. En el Mal. Nosotras generaremos la nueva Fe. De esta Fe, depositada en nosotras por el Esposo Dios, estamos llenas; y la generaremos para la Tierra, para el bien del mundo. ¡Mírale, qué hermoso! ¡Cómo sonríe y suplica este santo trabajo nuestro! Juana, sabes que te quiero. No llores más».

«¡Pero Él ha muerto! Sí, ahí asemeja todavía a un vivo, pero ahora ya no está vivo. ¿Qué es el mundo sin El?».

«Volverá. Ve. Ora. Espera. Cuanto más creas, antes resucitará. Este creer es mi fuerza… Y sólo yo, Dios y Satanás sabemos cuántos asaltos sufre esta fe mía en su Resurrección».

También Juana se marcha, grácil y encorvada como una azucena demasiado cargada de agua.

Y, cuando ella sale, María queda sumida de nuevo en el tormento.

«¡A todos, a todos debo dar la fuerza! ¿Y a mí quién me la da?».

Y llora mientras acaricia la Faz de la imagen, porque ahora se ha sentado junto al arca sobre la cual está extendido el Sudario.

10     Vienen José y Nicodemo. Y ahorran a las mujeres el salir para comprar mirra y áloe, porque los traen ellos en unos saquitos. Pero su fuerza cede ante el Rostro impreso en el lienzo y ante el rostro deshecho de la Madre. Se sientan en un rincón, después de saludarla, y guardan silencio. Serios, fúnebres… Luego se marchan.

Y       Ella no tiene tampoco fuerza para hablar: cuanto más declina la tarde –precoz por la nubosidad bochornosa– más se convierte en una pobre criatura atormentada. Las sombras de la tarde son también para Ella, como para todos los que sufren, fuente de mayor dolor.

También las otras se ponen más tristes. Especialmente Salomé, María de Alfeo y Susana. Pero para ellas, en fin, llega el alivio, porque en grupo llegan Zebedeo, el esposo de Susana y Simón y José de Alfeo. Los dos primeros se quedan en el vestíbulo mientras explican que los ha visto Juan al pasar hacia el barrio de Ofel. A los otros dos los ha visto Isaac, errante por los campos, dudando si volver a la ciudad o dirigirse donde los hermanos, a quienes suponían en Betania.

11     Simón dice:

«¿Dónde está María? Quiero verla»

y, precedido por su madre, entra y besa a su pariente acongojada.

«¿Estás solo? ¿Por qué no está contigo José? ¿Por qué os habéis dejado? ¿Todavía roces entre vosotros? No debéis. ¿Veis? ¡El motivo de vuestros roces ha muerto!».

Y señala el Rostro del Sudario. Simón lo mira y llora. Dice:

«No nos hemos vuelto a dejar. Y no nos dejaremos. Sí: el motivo de los roces ha muerto. Pero no como tú crees. Ha muerto porque José, ahora, ha comprendido… José está ahí fuera… y no se atreve a entrar…».

«¡Oh, no! Yo nunca infundo miedo. No soy sino piedad. Habría perdonado incluso al Traidor. Pero ya no puedo hacerlo. Se ha quitado la vida».

Y se levanta. Camina encorvada. Llama:

«¡José! ¡José!».

Pero José, ahogado en el llanto, no responde. Ella va a la puerta (como estaba para hablar con Judas), y, apoyándose en la jamba, extiende la mano y la pone encima de la cabeza del más mayor y tenaz de sus sobrinos.

Le acaricia y dice:

«¡Deja que me apoye en un José! Todo era paz y serenidad mientras tuve ese nombre como rey en mi casa. Luego mi santo se me murió… Y todo el bien humano de la pobre María murió también. Quedó el bien sobrenatural de mi Dios e Hijo… Ahora soy la Abandonada… Pero si puedo estar en el círculo de los brazos de un José al que quiero –y tú sabes si te quiero– me sentiré menos abandonada[9]185. Me parecerá volver atrás en el tiempo; poder decir: “Jesús está ausente, pero no ha muerto. Está en Caná, en Naím para hacer trabajos, pero ahora volverá…”. Ven, José. Vamos a entrar juntos adonde Él te espera para sonreírte. Nos ha dejado su sonrisa para decirnos que no guarda rencor».

José entra, de la mano de Ella, y en cuanto la ve sentada se arrodilla delante de Ella, con la cabeza en el regazo, y solloza:

«¡Perdón! ¡Perdón!».

«No a mí. A El debes pedírselo».

«No puede dármelo. En el Calvario he tratado de atraer hacia mí su mirada. Ha mirado a todos. Pero a mí no… Tiene razón… Demasiado tarde le he conocido y amado como Maestro. Ahora todo ha terminado».

«Ahora empieza. Irás a Nazaret y dirás: “Yo creo”. Tu fe tendrá un valor infinito. Le amarás con la perfección de los apóstoles futuros, que tendrán el mérito de amar a Jesús habiéndole conocido sólo por el espíritu. ¿Lo harás?[10]186».

«¡Sí! ¡Sí! Para hacer reparación. Pero quisiera oír de sus labios una palabra. Y no la oiré jamás…».

«Al tercer día resucitará y hablará a aquellos a quienes ama. El mundo entero espera su Voz».

«¡Bendita tú, que puedes creer!…».

«¡José! ¡José! Mi esposo era tío tuyo. Y creyó en algo que es más difícil de creer que esto. Supo creer que la pobre María de Nazaret fuera la Esposa y Madre de Dios. ¿Por qué tú, sobrino de este Justo, portador de su nombre, no puedes creer que un Dios puede decir a la Muerte: “¡Basta!” y a la Vida: “¡Vuelve!”?».

«No merezco esta fe porque he sido malo. Fui injusto con El. Pero tú… tú eres la Madre. Bendíceme. Perdóname… Dame paz…».

«Sí… Paz… Perdón… ¡Oh! ¡Dios! Una vez dije[11]187: “¡Qué difícil es ser de los ‘redentores’ “. ¡Piedad, mi Dios! ¡Piedad!… 12 Ve, José. Tu madre ha sufrido mucho en estas horas. Consuélala… Yo me quedo aquí… Con todo lo que tengo de mi Niño… Y mis lágrimas solitarias obtendrán para ti la Fe. Adiós, sobrino mío. Di a todos que deseo callar… pensar… orar… Soy… soy una pobre mujer pendiente de un hilo sobre un abismo… El hilo es mi Fe… Y vuestra no–fe –porque ninguno sabe creer total y santamente– choca continuamente contra este hilo mío… Y no sabéis qué esfuerzo me imponéis… No sabéis que estáis ayudando a Satanás a atormentarme. Ve…».

Y María se queda sola… Se arrodilla ante el Sudario. Besa la frente, los ojos, la boca de su Hijo y dice:

«Así ¡Así! Para tener fuerza… Debo creer Debo creer. Por todos».

Ha anochecido. Es una noche sin estrellas, obscura, bochornosa. María se queda en la sombra con su dolor. El día del Sábado ha terminado.

[1] 177 Cfr. 1 Ju. 3, 3–10; 5, 18.

[2] 178 Para comprender la alusión, cfr. Mt. 27, 51–53.

[3] 179 Cfr. 1 Par. 24; 2 Par. 23, 1–12; Lc. 1, 5–25.

[4] 180 Jesús ha confiado su evangelio a la Iglesia, hija, discípula, esposa, madre y maestra en el sentido más sublime, para que lo guarde fielmente, lo explique sin error, lo difunda por todas partes, de generación en generación hasta que regrese. Cfr. por ej.: Concilium Vaticanum I, constitutio Dogmatica “Dei Filius”de Fide catholica, cap. 4: en Denzinger, Enchiridion Symbolorum… n. 1800 (3020).

[5] 181 Hermosísima y exactísima expresión.

[6] 182 Para comprender esta afirmación, cfr. Lc. 2, 19. 51.

[7] 183 De hecho, el primero de los fundamentos de la divinidad, santidad e indestructibilidad de la religión cristiana radica precisamente en su fundador y jefe, Jesús, Dios hecho hombre.

[8] 184 En el sentido de Lc. 22, 53.

[9] 185 Sin duda alguna, María la Virgen fue un prodigio de castidad y de amor entrelazados.

[10] 186 Cfr. Ju. 20, 24–29.

[11] 187 en 168.9.

 

2/4/2017 Evangelio según San Juan 11,1-45.

Domingo de la quinta semana de Cuaresma

Santo(s) del día : San Francisco de Paula
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Lecturas

Este quinto domingo de Cuaresma nos encontramos en Betania en los capítulos 547 Jesús decide ir a Betania y 548, Resurrección de Lázaro.

Con este suceso comienza la parte del libro que Jesús denominó Preparación para la Pasión, comienza en el capitulo 541 que también resulta muy oportuna su lectura: María Valtorta relata los hechos previos que se suceden hasta la resurrección de Lázaro.

Lázaro hacía mucho tiempo que estaba enfermo, ya desde que tiene su primer encuentro con Jesús (en cap 84), de una rara enfermedad que algunos confundían con la lepra, eran várices ulceradas que le impedían caminar largos trechos, por eso se trasladaba en carros, enfermedad que terminó en una infección generalizada.

Dice la escritura que las hermanas de Lázaro envían a avisar a Jesús que Lázaro estaba muy grave. Jesús estaba al otro lado del vado del Jordán en casa de Salomón curando enfermos

Como vimos el domingo anterior este milagro excelente sucede poco antes de la Pasión del Señor y una vez más demuestra que Él es Dios encarnado, respondiendo a un desafío hecho por Sadoq el escriba, en el capítulo 342 En Quedes. Los fariseos piden un signo, quien le dijo: “…Muéstranos a uno ya descompuesto que se reanime y recomponga, por ejemplo, para tener la seguridad de que Dios está contigo. Dios: el único que puede dar de nuevo respiro al fango que ya se vuelve polvo.”

El llanto de Jesús, se han dicho muchas cosas sobre esto, los invito a leer lo que Él mismo reveló al final del capítulo 548

Estos últimos milagros han sido formidables, Jesús buscaba la conversión de la mayor cantidad de judíos, sabía que le quedaba poco tiempo…

Personajes
Lázaro
http://www.maria-valtorta.org/Personnages/Lazare.htm
Lugares
Betania
http://www.maria-valtorta.org/Lieux/Bethanie.htm

Preparación a la Pasión de Jesús.

541. Judíos en Betania de visita.

18 de diciembre de 1946.

541 1.pngPALESTINA 1890/1895 Palestina – Betania. Collection : Bernard PILLET – Saint-Genis-Pouilly

1       Un nutrido y pomposo grupo de judíos, que montan cabalgaduras de lujo, entra en Betania. Son escribas y fariseos, además de algún saduceo y herodiano ya vistos otra vez (si no me equivoco, en el banquete en casa de Cusa para tentar a Jesús a que se proclamara rey). Los siguen criados a pie.

El grupo a caballo cruza lentamente la pequeña ciudad. El sonido de los cascos contra el terreno duro, el tintineo de los jaeces, las voces de los hombres convocan a las puertas a los habitantes, que miran y –visiblemente cohibidos– se inclinan haciendo profundas reverencias, para erguirse luego y reunirse y bisbisear en grupos.

«¿Habéis visto?».

«Todos los miembros del Sanedrín de Jerusalén».

«No. José el Anciano, Nicodemo y otros no estaban».

«Y los fariseos más conocidos».

«Y los escribas».

«¿Y el que iba en ese caballo quién era?».

«Está claro que van donde Lázaro».

«Debe estar a las puertas de la muerte».

«No logro entender por qué el Rabí no está aquí».

«¿Y cómo iba a estar, si le buscan los de Jerusalén para matarle!».

«Tienes razón. Es más, esas serpientes que han pasado vienen, sin duda, para ver si el Rabí está aquí».

«¡Alabado sea Dios porque no está!».

2 «¿Sabes lo que le han dicho a mi marido en los mercados de Jerusalén? Que estén preparados, porque pronto se proclamará rey, y todos tendremos que ayudarle en… ¿Cómo han dicho? ¡Bueno! Una palabra que quería decir como si yo dijera que echo a todos de casa y me hago la dueña».

«¿Un complot?… ¿Una conjura?… ¿Una sedición?…» preguntan y sugieren.

Un hombre dice:

«Sí. También me lo han dicho a mí. Pero no lo creo».

«¡Pero si lo dicen discípulos del Rabí!…».

«¡Mmm! Yo no creo que el Rabí haga uso de la violencia y que destituya al Tetrarca y usurpe un trono que, con justicia o sin ella, es de los Herodes. Haríais bien en decirle a Joaquín que no crea en todo lo que oye…».

«¿Pero sabes que el que le ayude será premiado en la Tierra y en el Cielo? Bien contenta estaría yo de que mi marido recibiera este premio: estoy cargada de hijos y la vida es difícil. ¡Si pudiéramos tener un puesto entre los siervos del Rey de Israel!».

«Mira, Raquel, creo que será mejor cuidar mi huerto y mis dátiles. Si me lo dijera El… sí que dejaría todo y le seguiría. Pero… dicho por otros…».

«¡Son discípulos suyos!».

«Nunca los he visto con El. Y además… No. Fingen que son corderos, pero tienen unas caras de maleantes que no me convencen».

«Es verdad. 3 Desde hace un tiempo, suceden hechos extraños, y siempre se dice que son los discípulos del Rabí los que los hacen. El último día antes del sábado, algunos de ellos trataron con ultrajes a una mujer que llevaba huevos al mercado y le dijeron: “Los queremos en nombre del Rabí galileo”».

«¿Tú crees que El puede querer que se hagan estas cosas, El, que da y no toma, El, que podría vivir entre los ricos y prefiere estar entre los pobres, y quitarse el manto, como decía a todos aquella leprosa curada que se encontró con Jacob?».

Otro hombre, que se ha acercado al grupo y ha estado escuchando, dice:

«Tienes razón. ¿Y eso otro que se dice, entonces?: ¿que el Rabí nos va a acarrear grandes desventuras porque los romanos nos castigarán a todos nosotros por causa de sus instigaciones a la gente? ¿Vosotros lo creéis? Yo digo –y no me equivoco, porque soy anciano y cuerdo–, digo que tanto los que nos dicen, a nosotros, gente sencilla, que el Rabí quiere apoderarse del trono con violencia, y también expulsar a los romanos –¡Ah, si así fuera!, ¡si fuera posible hacerlo!–, como los que cometen actos violentos en su nombre, como los que nos instigan a la rebelión con promesas de una futura ganancia, como los que quisieran que odiáramos al Rabí como individuo peligroso que nos ha de llevar a la desventura… todos éstos son enemigos del Rabí, y tratan de destruirle para triunfar ellos. ¡No los creáis! ¡No creáis en los falsos amigos de la gente sencilla. ¿Veis lo soberbios que han pasado? A mí por poco si no me dan un palo, porque me era difícil hacer que las ovejas entraran, y les obstaculizaba su camino… ¿Amigos nuestros ésos? Nunca. Son nuestros vampiros, y –¡Dios no lo quiera!– vampiros también de El».

4 «Tú que estás cerca de los campos de Lázaro, ¿sabes si ha muerto?».

«No. No ha muerto. Está allí, entre la vida y la muerte… Le he preguntado por él a Sara, que estaba cogiendo flores aromáticas para los lavatorios».

«¿Y entonces para qué han venido ésos?».

«¡Pues si ya lo he dicho yo! ¡Han venido para ver si estaba el Rabí! Para hacerle algún daño. ¿Sabes lo que sería para ellos el poder causarle algún mal? ¿Y precisamente en casa de Lázaro! Dilo tú, Natán, ¿ese herodiano no era el que hace tiempo era el amante de María de Teófilo?».

«Era él. Quizás quería vengarse así de María…».

Llega corriendo un muchachito. Grita:

«¡Cuánta gente en casa de Lázaro! Yo volvía del arroyo con Leví, Marcos e Isaías, y hemos visto eso. Los criados han abierto la cancilla y han tomado las caballerías. Y Maximino ha salido al encuentro de los judíos, y otros han acudido y han saludado con grandes reverencias. Han salido de la casa Marta y María con sus criadas, para saludar. Y hubiéramos querido ver más, pero han cerrado la cancilla y se han metido todos en la casa».

El jovencito está todo emocionado por las noticias que trae, por lo que ha visto… Los adultos hacen comentarios entre sí.

542. Los judíos en casa de Lázaro.

19 de diciembre de 1946.

1       Aunque esté deshecha de dolor y cansancio, Marta sigue siendo la señora que sabe recibir y ofrecer la casa, y honrar a las personas con ese porte señorial perfecto propio de la  verdadera señora. Así, ahora, habiendo antes conducido al grupo a una de las salas, da las indicaciones para que se traigan los refrescos habituales y para que los huéspedes tengan todo aquello que pueda serles reconfortante.

Los criados van de acá para allá sirviendo bebidas calientes o vinos de calidad, ofreciendo fruta espléndida, dátiles dorados como topacios, uva seca, parecida a nuestra uva moscatel, de racimos de una perfección fantástica, y miel virgen; todo en ánforas, copas, bandejas, platos preciosos. Y Marta vigila atentamente, para que ninguno quede desatendido; es más, según la edad, y quizás también según las personas (cuyos caracteres le resultan bien conocidos), da la pauta para el servicio a los criados. Así, para a un criado que se dirige a Elquías con una ánfora llena de vino y con una copa y le dice:

«Tobías, no vino, sino agua de miel y jugo de dátiles». Y a otro: «Sin duda, Juan prefiere el vino. Ofrécele el blanco de uva pasa». Y, personalmente, al viejo escriba Cananías le ofrece leche caliente, abundantemente dulcificado por ella con la dorada miel mientras dice: «Te vendrá bien para tu tos. Te has sacrificado para venir, estando enfermo y en un día crudo. 2 Me conmueve el veros tan solícitos».

«Es nuestro deber, Marta. Euqueria era de nuestra estirpe. Una verdadera judía que nos honró a todos».

«El honor a la venerada memoria de mi madre toca mi corazón. Transmitiré a Lázaro estas palabras».

«Pero nosotros queremos saludarle. ¡Un hombre tan amigo!»

dice, falso como siempre, Elquías, que se ha acercado.

«¿Saludarle? No es posible. Está demasiado agotado».

«¡No le vamos a molestar! ¿No es verdad, vosotros? Nos contentamos con un adiós desde la puerta de su habitación»

dice Félix.

«No puedo, no puedo de ninguna manera. Nicomedes se opone a cualquier tipo de fatiga o de emoción».

«Una mirada al amigo moribundo no puede matarle, Marta»

dice Calasebona.

«¡Demasiado nos dolería el no haberle saludado!».

Marta está nerviosa, vacilante. Mira hacia la puerta, quizás para ver si María viene en su ayuda. Pero María está ausente.

Los judíos observan este nerviosismo suyo, y Sadoq, el escriba, se lo dice a Marta:

«Se diría que viniendo te hemos puesto nerviosa, mujer».

«No. Nada de eso. Comprended mi dolor. Hace meses que vivo al lado de uno que agoniza y… ya no sé… ya no sé moverme como antes en las fiestas…».

«¡Esto no es una fiesta! ¡No queríamos tampoco que nos dieras estos honores!Pero… quizás… quizás nos escondes algo y por eso no nos dejas ver a Lázaro ni permites que pasemos a su habitación. ¡Je! ¡Je! ¡Esto se sabe! Pero, no temas, que la habitación de un enfermo es lugar sagrado de asilo para cualquiera. Créelo…»

dice Elquías.

3 «No hay nada que esconder en la habitación de nuestro hermano. Nada hay escondido en ella. Esa habitación únicamente acoge a un moribundo para el que sería un acto de piedad evitarle todo recuerdo penoso. Y tú, Elquías, y todos vosotros, sois recuerdos penosos para Lázaro»

dice María con su espléndida voz de órgano, apareciendo en la puerta y manteniendo apartada la cortina purpúrea con la mano.

«¡María!»

gime Marta, suplicante para frenarla.

«Nada, hermana. Déjame hablar…».

Se dirige a los otros:

«Y para quitaros todas las dudas, que uno de vosotros –sólo un recuerdo del pasado volverá a causar dolor– venga conmigo, si ver a un moribundo no le molesta y el hedor de la carne que muere no le produce náuseas».

«¿Y tú no eres un recuerdo que causa dolor?»

dice, irónico, el herodiano, que ya he visto aunque no sé dónde, saliendo del rincón en que se hallaba y poniéndose frente a María. Marta gime. María mira con mirada de águila inquieta, sus ojos centellean; se yergue altiva, olvidándose del cansancio y el dolor, que verdaderamente encorvan su cuerpo, y, con una expresión de reina ofendida, dice:

«Sí, yo también soy un recuerdo, pero no de dolor como tú dices; soy el recuerdo de la Misericordia de Dios. Y, viéndome a mí, Lázaro muere en paz, porque sabe que encomienda su espíritu en las manos de la infinita Misericordia».

«¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡No eran éstas las palabras de otros tiempos! ¡Tu virtud! A quien no te conoce podrías mostrársela…».

«Pero a ti no, ¿no es así? Pues precisamente a ti te la pongo delante de los ojos, para decirte que uno se hace como aquellos con quienes va. Yo, en aquellos tiempos, por desgracia, estaba contigo, y era como tú; ahora estoy con el Santo, y me hago honesta».

«Una cosa destruida no se reconstruye, María».

«Efectivamente, tú, todos, vosotros, no podéis reconstruir el pasado; no podéis reconstruir lo que habéis destruido: no puedes tú, que me causas horror; ni vosotros, que ofendisteis en el tiempo del dolor a mi hermano y que ahora, por torcida finalidad, queréis aparecer como amigos suyos».

«¡Oh, eres audaz, mujer! El Rabí habrá expulsado de ti muchos demonios, pero mansa no te ha hecho»

dice uno de aproximadamente cuarenta años.

«No, Jonatán ben Anás, no me ha hecho débil; al contrario, me ha hecho más fuerte, con esa audacia que es propia de la persona honesta, de la persona que ha querido volver a ser honesta y ha roto todo vínculo con el pasado para hacerse una vida nueva. 4 ¡Vamos, ¿quién viene donde Lázaro?!».

Se muestra imperiosa como una reina. Los domina a todos con su franqueza, despiadada incluso contra sí misma. Marta, por el contrario, está angustiada, con lágrimas en esos ojos suyos que miran fijamente a María suplicándole que calle.

«¡Voy yo!»

dice, acompañando sus palabras de un suspiro de víctima, Elquías, falso como una serpiente. Salen juntos. Los otros se vuelven hacia Marta:

«¡Tu hermana!… Siempre ese carácter. No debería. Tiene que ganarse mucho perdón»

dice Uriel, el rabí visto en Yiscala, el que allí lanzó piedras a Jesús y le hirió. Marta, azuzada por estas palabras, encuentra de nuevo su fuerza y dice:

«La ha perdonado Dios. Cualquier otro perdón no tiene valor después de ése. Y su vida actual es ejemplar para el mundo».

Pero la audacia de Marta pronto decae y se muda en llanto. Gime, entre lágrimas:

«¡Sois crueles! Con ella… conmigo… No tenéis compasión ni del dolor pasado ni del dolor actual. ¿A qué habéis venido? ¿A ofender y dar dolor?».

«No, mujer, no. Sólo para saludar a este judío grande que agoniza. ¡Para ninguna otra cosa! ¡Para ninguna otra cosa! No debes tomar a mal nuestras rectas intenciones. Hemos sabido por José y Nicodemo que había habido un agravamiento, y hemos venido… de la misma forma que ellos, los dos grandes amigos del Rabí y de Lázaro. ¿Por qué esa actitud de tratarnos de manera distinta a nosotros que amamos al Rabí y a Lázaro como ellos? No sois justas. ¿Puedes, acaso, decir que ellos –con Juan, Eleazar, Felipe, Josué y Joaquín– no hayan venido a informarse de cómo estaba Lázaro?, ¿y que Manahén no ha venido?…» .

«Yo no digo nada. Lo que me asombra es que sepáis todo tan bien. No sabía que hasta por dentro las casas fueran vigiladas por vosotros. No sabía que existiera un nuevo precepto, además de los seiscientos trece que ya existen: el de indagar, espiar dentro de las familias… ¡Perdón! ¡Os estoy ofendiendo! El dolor me hace perder los cabales, y vosotros lo agudizáis».

5 «¡Te comprendemos, mujer! Hemos venido a daros un consejo bueno porque pensamos que estáis fuera de vuestros cabales. Avisad al Maestro. Ayer incluso, siete leprosos vinieron a dar gloria al Señor porque el Rabí los había curado. Llamadle también para Lázaro».

«Mi hermano no está leproso»

grita Marta muy agitada.

«¿Este es el motivo por el que queríais verle? ¿Para esto habéis venido? No. ¡No está leproso! Mirad mis manos. Le curo desde hace años y yo no tengo lepra. Tengo la piel enrojecida por los ungüentos aromáticos, pero no tengo lepra. No tengo…».

«¡Calma! Calma, mujer. ¿Quién ha dicho que Lázaro esté leproso? ¿Quién sospecha en vosotras un pecado tan horrendo como el de ocultar a un leproso? ¿Tu crees que, a pesar de vuestro poder, no habríamos descargado nuestra mano sobre vosotras si hubierais pecado? Nosotros somos capaces de pasar por encima incluso del cuerpo de nuestro padre y de nuestra madre, de nuestra esposa y de nuestros hijos, con tal de hacer obedecer los preceptos. Esto te lo digo yo, yo, Jonatán de Uziel».

«¡Cierto! ¡Es así! Y ahora te decimos, por el amor que te profesamos, por el amor que profesábamos a tu madre, por el que profesamos a Lázaro: llamad al Maestro. ¿Meneas la cabeza? ¿Quieres decir que ya es tarde? ¿Cómo es eso? ¿No tienes fe en El, tú, Marta, discípula fiel? ¡Eso es grave! ¿Tú también empiezas a dudar?»

dice Arquelao.

«Blasfemas, escriba. Creo en el Maestro como en el Dios verdadero».

«¿Y entonces por qué no quieres intentarlo? El ha resucitado a muertos… Al menos, eso se dice… ¿Es que no sabes dónde está? Si quieres, te lo buscamos nosotros, te ayudamos nosotros»

insinúa Félix.

«¡No, hombre, no! En casa de Lázaro ciertamente se sabe dónde está el Rabí. Dilo con franqueza, mujer, y nos pondremos en marcha para buscártelo y te lo traeremos aquí, y estaremos presentes en el milagro para exultar contigo, con todos vosotros»

dice, tentador, Sadoq. Marta vacila, casi tentada a ceder. Los otros instan, mientras ella dice:

«No sé dónde está… No tengo la menor idea… Se marchó hace unos días y nos saludó como quien se marcha para largo tiempo… Para mí sería consolador saber dónde está… Al menos, saberlo… Pero no lo sé, de verdad…».

«¡Pobre mujer! Nosotros te ayudaremos… Te lo traeremos aquí»

dice Cornelio.

6 «¡No! No hace falta. El Maestro… ¿Os referís a El, no es verdad? El Maestro dijo que debíamos esperar más de lo esperable, y esperar únicamente en Dios. Y nosotras así lo haremos»

dice María con voz de trueno mientras regresa con Elquías, quien inmediatamente la deja y habla, encorvado, con tres fariseos.

«¡Pero se está muriendo, por lo que oigo!»

dice uno de ellos, que es Doras.

«¿Y entonces! ¡Pues que muera! No pondré obstáculos al decreto de Dios, ni desobedeceré al Rabí».

«¿Y qué pretendes esperar después de la muerte, insensata?»

dice, burlón, el herodiano.

«¿Qué! ¡Pues la Vida!».

La voz es un grito de fe absoluta.

«¿La Vida? ¡Ja! ¡Ja! Sé sincera. Tú sabes que ante una verdadera muerte nulo es su poder, y en tu insensato amor por El no quieres que eso se ponga de manifiesto».

«¡Salid todos! Le correspondería a Marta hacerlo, pero Marta os teme; yo sólo temo ofender a Dios, que me ha perdonado. Por eso, lo hago en vez de Marta. Salid todos. No hay lugar en esta casa para los que odian a Jesucristo. ¡Fuera! ¡A vuestras guaridas tenebrosas! Fuera todos. O haré que os expulsen los criados como a una banda de harapientos inmundos» .

Se muestra majestuosa en su ira. Los judíos ahuecan el ala, extremadamente cobardes, ante esta mujer (verdad es que parece un arcángel airado)…

La sala se desaloja. Las miradas de María, según van cruzando de uno en uno la puerta pasando por delante de ella, crean una inmaterial horca romana bajo la cual debe humillarse la soberbia de los derrotados judíos. Por fin, la sala queda vacía.

7       Marta, rompiendo a llorar, se derrumba sobre la alfombra.

«¿Por qué lloras, hermana? No veo la razón de ello…».

«¡Oh!, los has ofendido… y ellos te han, nos han ofendido… y ahora se vengarán… y…».

«¡Cállate, mujer desatinada! ¿En quién piensas que se van a vengar? ¿En Lázaro? Antes tienen que deliberar, y antes de que decidan… ¡Oh, en un gulal[1]323 uno no se venga! ¿En nosotras? ¿Es que, acaso, necesitamos su pan para vivir? Los haberes no nos los tocarán. Se proyecta sobre ellos la sombra de Roma. ¿En qué, entonces? Y aunque pudieran hacerlo, ¿no somos, acaso, fuertes y jóvenes las dos? ¿No vamos a poder trabajar? ¿No es pobre Jesús? ¿No ha sido, acaso, nuestro Jesús obrero? ¿No seríamos más semejantes a El, siendo pobres y trabajadoras? ¡Gloríate si lo eres! ¡Espera serlo! ¡Pídeselo a Dios!».

«Pero lo que te han dicho…».

«¡Ja! ¡Ja! ¡Lo que me han dicho? Es la verdad. Me la digo también yo a mí misma: he sido una inmunda. ¡Ahora soy la cordera del Pastor! Y el pasado ha muerto. Animo, ven donde Lázaro».

543. Marta llama a un criado a llamar al Maestro[2]324.

20 de diciembre de 1946.

1       Me encuentro todavía en la casa de Lázaro, y veo que Marta y María salen al jardín acompañando a un hombre entrado ya en años, de aspecto muy noble, y del que diría que no es hebreo, porque tiene la cara completamente afeitada, como los romanos.

Una vez que se han alejado un poco de la casa, María le pregunta:

«Bueno, Nicomedes, ¿qué nos dices, entonces, de nuestro hermano? Nosotras le vemos muy… enfermo… Habla».

El hombre abre los brazos en un gesto de conmiseración y de constatación de lo innegable, y, parándose, dice:

«Está muy enfermo… Desde los primeros momentos en que empecé a cuidar de su salud nunca os he engañado. He intentado todo. Vosotras lo sabéis. Pero no ha sido eficaz. Esperaba también… sí, esperaba que, al menos, pudiera vivir reaccionando al agotamiento de la enfermedad con la buena nutrición y los cordiales que le preparaba. He probado incluso con tóxicos adecuados para preservar a la sangre de la corrupción y para sostener las fuerzas, según las viejas escuelas de los grandes maestros de la medicina. Pero la enfermedad es más fuerte que los medios para curarla. Estas enfermedades son como corrosiones. Destruyen. Y cuando se manifiestan externamente ya los huesos por dentro están invadidos, y, de igual manera que la savia en un árbol se alza desde lo profundo hasta la cima, aquí la enfermedad se ha extendido desde los pies a todo el cuerpo…».

«Pero tiene enfermas sólo las piernas» gime Marta.

«Sí, pero la fiebre destruye donde vosotras pensáis que no hay sino salud. Mirad esta ramita caída de ese árbol. Parece carcomido aquí, junto a la fractura. Pero, mirad… (la desmenuza con sus dedos). ¿Veis? Bajo la corteza, todavía lisa, está la caries hasta el extremo superior, donde todavía parece que hay vida porque tiene todavía unas hojitas. Lázaro está ya… muriendo. ¡Oh, pobres hermanas! El Dios de vuestros padres, y los dioses y semidioses de nuestra medicina, nada han podido hacer… o… querido hacer (me refiero a vuestro Dios)… Así que… sí, preveo ya cercana la muerte, incluso por el aumento de la fiebre, que es síntoma de que la descomposición ha entrado en la sangre, por los movimientos desordenados del corazón y por la falta de estímulos y reacciones en el enfermo y en todos sus órganos. ¡Ya lo veis vosotras! No se alimenta, no retiene lo poco que toma y no asimila lo que retiene. Es el final… Y –creed en lo que os dice un médico que recordando a Teófilo os está agradecido– y la cosa más deseable en estos momentos es la muerte… Son enfermedades terribles. Desde hace miles de años destruyen al hombre y el hombre no logra destruirlas a ellas. 2 Sólo los dioses podrían, si…». Se para, las mira mientras se pasa repetidamente los dedos por el mentón rasurado. Piensa. Luego dice: «¿Por qué no llamáis al Galileo? Es vuestro amigo. El puede, porque lo puede todo. Yo he observado a personas que estaban condenadas y que se curaron. Una fuerza extraña sale de El. Un fluido misterioso que reanima y reúne las reacciones disgregadas y les impone la voluntad de curar… No sé. Sé que le he seguido incluso, mezclado con la muchedumbre, y he visto cosas maravillosas… Llamadle. Yo soy un gentil, pero honro al Taumaturgo misterioso de vuestro pueblo. Y me alegraría si El pudiera lo que yo no he podido».

«Es Dios, Nicomedes. Por eso puede. La fuerza que llamas fluido es su voluntad divina[3]325» dice María.

«No ridiculizo vuestra fe. Al contrario, la impulso a que crezca hasta lo imposible. Además… se lee que los dioses alguna vez han descendido a la Tierra. Yo… nunca lo había creído… Pero, con ciencia y conciencia de hombre y médico, tengo que decir que es así, porque el Galileo obra curaciones que sólo un dios puede obrar».

«No un dios, Nicomedes. El verdadero Dios» insiste María.

«Bueno, de acuerdo, como tú quieras. Y yo lo creeré y me haré discípulo suyo, si veo que Lázaro… resucita. Porque ya, más que de curación, hay que hablar de resurrección. Llamadle, pues, y con urgencia… porque, si no me he vuelto un ignorante, al máximo a la tercera puesta de Sol a partir de ésta, morirá. He dicho “al máximo”. Podría ser antes».

«¡Oh, si pudiéramos! Pero no sabemos dónde está…» dice Marta.

«Yo lo sé. Me lo dijo un discípulo suyo que iba donde El llevándole unos enfermos (y dos eran míos). Está al otro lado del Jordán, en los alrededores del vado. Eso dijo. Vosotros quizás conocéis mejor el lugar».

«¡Ah, sin duda, en casa de Salomón!» dice María.

«¿Muy lejos?».

«No, Nicomedes».

«Pues mandad inmediatamente a un criado para decirle que venga. Yo vuelvo más tarde y me quedo aquí para ver su acción en Lázaro. Salve, señoras. Y… animaos mutuamente».

Les hace una reverencia y se marcha hacia la salida. Allí un criado le espera para sujetarle el caballo y abrirle la cancilla.

3       Marta ve partir al médico y luego pregunta:

«¿Qué hacemos, María?».

«Obedecemos al Maestro. Dijo que le avisáramos después de la muerte de Lázaro. Y nosotras lo haremos».

«Pero, una vez muerto… ¿de qué sirve tener aquí al Maestro? Para nuestro corazón sí, será útil. ¡Pero para Lázaro!… Yo mando a un criado a llamarle».

«No. Destruirías el milagro. El dijo que había que saber esperar y creer contra toda realidad contraria. Si lo hacemos, tendremos el milagro; estoy segura. Si no sabemos hacerlo, Dios nos dejará con nuestra presunción de querer hacer las cosas mejor que El, y no nos concederá nada».

«¿Pero no ves cuánto sufre Lázaro? ¿No oyes cómo, en los momentos que está consciente, desea la presencia del Maestro? ¿Quieres negarle la última alegría al pobre hermano nuestro? ¡No tienes corazón!… ¡Pobre hermano nuestro! ¡Pobre hermano nuestro! ¡Dentro de poco ya no tendremos hermano! ¡Sin padre, sin madre, sin hermano! La casa destruida, y nosotras solas, como dos palmas en un desierto». Cae en una crisis de dolor. Yo diría que también en una crisis de nervios típica oriental: se contorsiona, se golpea el rostro, se despeina.

María la agarra. Le impone: «¡Calla! ¡Calla, te digo! Lázaro puede oír. Yo le quiero más y mejor que tú, y sé dominarme. Pareces una mujer enferma. ¡Calla, digo! No se cambia el curso de las cosas con estas vehemencias, ni tampoco así se conmueven los corazones. Si lo haces para conmover el mío, te equivocas. Piénsalo bien. El mío queda aplastado en la obediencia, pero resiste en ella».

Marta, dominada por la fuerza de su hermana y por sus palabras, se calma mucho; pero –expresión de su dolor, ahora más tranquilo– gime invocando a la madre:

«¡Mamá! ¡Oh, madre mía, consuélame. Ya no hay paz en mí, desde que moriste. ¡Si estuvieras aquí, madre! ¡Si la pena no te hubiera matado! Si tú estuvieras, nos guiarías y nosotras te obedeceríamos, por el bien de todos… ¡Oh!…».

María cambia de color y, silenciosamente, llora con un rostro angustiado y retorciéndose las manos sin decir nada. Marta la mira y dice:

«Nuestra madre, estando ya para morir, me hizo prometer que sería una madre para Lázaro. Si ella estuviera aquí…».

«Obedecería al Maestro porque era una mujer justa. En vano tratas de conmoverme. Dime, si quieres, que he sido la asesina de mi madre por las penas que le causé. Te diré: “Tienes razón”. Pero, si quieres hacerme decir que tienes razón queriendo que venga el Maestro, te digo: “No”. Y siempre diré: “No”. Y estoy segura de que desde el seno de Abraham ella me aprueba y bendice. Vamos a casa».

«¡Ya no tenemos nada! ¡Nada!».

«¡Todo! ¡Debes decir: “Todo”! La verdad es que escuchas al Maestro y pareces atenta mientras habla, pero luego no recuerdas lo que dice. ¿No ha dicho siempre que amar y obedecer nos hace hijos de Dios y herederos de su Reino? ¿Y entonces cómo es que dices que nos vamos a quedar sin nada?, pues tendremos a Dios y poseeremos el Reino por nuestra fidelidad. ¡Oh, verdaderamente hemos de ser absolutas como yo lo fui en el mal, incluso para poder ser, y saber, y querer ser absolutas en el bien, en la obediencia, en la esperanza, en la fe, en el amor!…».

«Tú consientes que los judíos ridiculicen al Maestro y hagan insinuaciones respecto a El. Los has oído anteayer…».

«¿Y piensas todavía en el graznido de esas cornejas, en los chillidos de esos buitres? ¡Déjales que escupan lo que tienen dentro! ¿Qué te importa el mundo! ¿Qué es el mundo respecto a Dios? Mira: menos que este sucio moscón, entorpecido o envenenado por haber chupado inmundicias, que piso así»

y da un enérgico golpe con el talón a un tábano de torpes movimientos que camina lentamente por el guijo del paseo. Luego toma a Marta de un brazo y dice: «Venga, ven a casa y…» .

«Comuniquémoselo al menos al Maestro. Mandémosle aviso de que está muriendo. Sin decirle nada más…».

«¡Como si tuviera necesidad de saberlo por nosotras! No, he dicho. Es inútil. El dijo: “Cuando haya muerto, comunicádmelo”. Y lo haremos. No antes de que suceda».

«¡Nadie, nadie tiene piedad de mi dolor! Tú menos que nadie…».

«Deja de llorar de esa manera, ¿no? No puedo soportarlo…».

Sufriendo ella, se muerde los labios para dar fuerza a su hermana sin llorar ella también.

4       Marcela sale corriendo de la casa, seguida por Maximino:

«¡Marta! ¡María! ¡Corred! Lázaro está mal. Ya no responde…».

Las dos hermanas se echan a correr, raudas, y entran en la casa… Después de un poco, se oye la voz fuerte de María que da órdenes para los socorros propios de esta situación, y se ve a criados correr con cordiales y barreños humeantes de agua hirviendo; se oyen bisbiseos y se ven gestos de dolor…

A tanta agitación, poco a poco, le va substituyendo la calma. Se ve a los criados que cuchichean unos con otros, menos nerviosos pero con gestos de intenso desconsuelo que remarcan lo que dicen: quién menea la cabeza, quién la alza al cielo abriendo los brazos, como diciendo: “así es”, quién llora, quién quiere esperar todavía en un milagro.

5       Ahí tenemos de nuevo a Marta, pálida como una muerta. Mira tras sí, para ver si la siguen. Mira a los siervos que están apretadamente en torno a ella angustiados. Vuelve a mirar para ver si de la casa sale alguien a seguirla. Luego dice a un criado: «¡Tú, ven conmigo!».

El criado se separa del grupo y la sigue hacia la pérgola de los jazmines y dentro de ella. Marta habla, sin perder de vista la casa, que se puede ver a través de la tupida maraña de las ramas:

«Escucha bien. Cuando todos los criados hayan entrado y yo les de indicaciones para que estén ocupados en la casa, tú irás a las caballerizas, tomarás un caballo de los más rápidos, lo ensillarás… Si por casualidad alguien te ve, di que vas por el médico… No mientes tú ni te enseño a mentir yo, porque verdaderamente te envío donde el Médico Divino… Toma contigo forraje para el animal y comida para ti, y esta bolsa para todo lo que puedas necesitar. Sal por la puerta pequeña y, pasando por los campos arados, que no producen ruido con los cascos, te alejas de la casa. Luego tomas el camino de Jericó y galopas sin detenerte nunca, ni siquiera de noche. ¿Has comprendido? Sin detenerte nunca. La Luna nueva te iluminará el camino, si viene la obscuridad mientras todavía sigues galopando. Piensa que la vida de tu señor está en tus manos y en tu rapidez. Me fío de ti».

«Señora, te serviré como un esclavo fiel».

«Ve al vado de Betabara. Pasas y vas al pueblo que hay más allá de Betania de la Transjordania. ¿Sabes? Donde al principio bautizaba Juan».

«Lo sé. Fui allí yo también, a purificarme» .

«En ese pueblo está el Maestro. Todos te dirán cuál es la casa donde le dan alojamiento. Pero si sigues en vez del camino principal las orillas del río, es mejor. Te ven menos y encuentras por ti mismo la casa. Es la primera de la única calle del pueblecito, la que va de los campos al río. No tienes posibilidad de error. Una casa baja, sin terraza ni habitación alta, con un huerto que se encuentra, viniendo del río, antes de la casa, un huerto cerrado por una pequeña portilla de madera y un seto de espino albar, creo… bueno, un seto. ¿Entendido? Repite» .

El criado repite pacientemente.

«Bien. Solicita hablar con El, sólo con El, y le dices que tus señoras te envían para decirle que Lázaro está muy enfermo, que está agonizando, que nosotras ya no podemos más, que él le precisa y que venga en seguida, en seguida, por piedad. ¿Has comprendido bien?».

«He comprendido, señora».

«Y después vuelve inmediatamente, de forma que ninguno note mucho tu ausencia. Toma un farol contigo, para las horas de obscuridad. Ve, corre, galopa, revienta al caballo, pero vuelve pronto con la respuesta del Maestro».

«Lo haré, señora».

«¡Ve! ¡Ve! ¿Ves? Han entrado ya todos en casa. Ve inmediatamente. Nadie te va a ver  hacer los preparativos. Yo misma te llevo la comida. ¡Ve! Te la pongo al pie de la puerta pequeña. ¡Ve! Que Dios te acompañe. ¡Ve!…».

Le empuja, ansiosa, y luego corre a casa, rápida y cauta, para salir después sigilosa por una puerta secundaria que está en el lado sur, con un pequeño saco en sus manos; camina rozando un seto hasta la primera apertura, tuerce, desaparece…

544. La muerte de Lázaro.

21 de diciembre de 1946.

1       Han abierto todas las puertas y ventanas en la habitación de Lázaro, para hacerle menos difícil la respiración. Alrededor de él, que está ausente, en estado de coma –un coma profundo, semejante ya a la muerte, de la que difiere sólo por el movimiento de la respiración–, están las dos hermanas, Maximino, Marcela y Noemí, pendientes de cualquier mínimo gesto del moribundo.

Cada vez que una contracción espasmódica altera la boca, pareciendo que se preparara para hablar, o que los ojos, entreabriéndose los párpados, aparecen, las dos hermanas se inclinan para aferrar una palabra, una mirada… Pero es inútil. Son sólo acciones sin coordinación, independientes de la voluntad y la inteligencia, las cuales ya están inertes, perdidas; son acciones que provienen del sufrimiento de la carne, como de ésta viene el sudor que da brillo al rostro del moribundo, y el temblor que a intervalos agita los esqueletados dedos y les transmite una contracción de garra. Y le llaman las dos hermanas, con todo el amor en su voz. Pero el nombre y el amor chocan contra las barreras de la insensibilidad intelectiva, y la respuesta a su llamada es el silencio de las tumbas.

Noemí, llorando, sigue poniendo en los pies –sin duda, helados– ladrillos envueltos en fajas de lana. Marcela tiene en sus manos una copa de la que saca un pañito fino que Marta usa para mojar los labios secos de su hermano. María, con otro paño, seca el abundante sudor que desciende en regueros por el rostro esqueletado y que moja las manos del moribundo. Maximino, apoyado en una arquimesa alta y obscura, junto a la cama del moribundo, observa, en pie, a espaldas de María, que se inclina hacia su hermano. Nadie más. El máximo silencio, como si estuvieran en una casa vacía, en un lugar desierto. Las criadas que traen los ladrillos calientes están descalzas y no hacen ruido en el suelo marmóreo. Semejan apariciones.

2 María rompe el silencio diciendo:

«Me parece que está volviendo el calor a las manos. Mira, Marta, los labios están menos pálidos» .

«Sí. También respira más libremente. Le estoy mirando desde hace un rato» observa Maximino.

Marta se inclina y llama despacio, pero con acento intenso:

«¡Lázaro! ¡Lázaro! ¡Oh, mira, María! Ha expresado como una sonrisa y un parpadeo. ¡Está mejorando, María! ¡Está mejorando! ¿Qué hora tenemos?».

«Hemos pasado ya en una vigilia el crepúsculo».

«¡Ah!»,

y Marta se yergue apretando las manos contra el pecho y alzando los ojos hacia arriba en un visible gesto de muda pero confiada oración. Una sonrisa ilumina su cara.

Los otros la miran asombrados y María le dice:

«No veo por qué el haber superado el crepúsculo te deba poner contenta…»,

y la escruta, sospechosa, ansiosa. Marta no contesta, pero toma de nuevo la postura de antes.

Entra una criada con ladrillos. Se los pasa a Noemí. María le ordena: «Trae dos lámparas. La luz mengua y quiero verle». La criada sale sin hacer ruido y vuelve al cabo de poco con dos lamparillas encendidas. Las coloca: una encima del bargueño en que está apoyado Maximino; la otra, encima de una mesa llena de vendas y pequeñas ánforas, puesta en el otro lado de la cama.

«¡Oh, María! ¡María! ¡Mira! Está realmente menos pálido».

«Y tiene aspecto menos agotado. ¡Se está reanimando!» dice Marcela.

«Dadle algunas gotas más de ese vino con los aromas que ha preparado Sara. Le ha hecho bien» sugiere Maximino.

María toma de la tabla de la arquimesa una anforita de cuello finísimo en forma de pico de ave y, con precaución, introduce algunas gotas de vino en los labios entreabiertos.

«Ve despacio, María. ¡No vaya a ser que se ahogue!» aconseja Noemí.

«¡Oh, traga! ¡Lo busca! ¡Mira, Marta! ¡Mira! Saca la lengua queriendo…».

Todos se inclinan para mirar. Noemí le llama:

«¡Tesoro! ¡Mira a tu nodriza, alma santa!» y se aproxima para besarle.

«¡Mira! ¡Mira, Noemí, bebe tu lágrima! Le ha caído junto a los labios y la ha sentido; la ha buscado y la ha absorbido».

«¡Oh, tesoro mío! ¡Si tuviera todavía la leche de antaño, la exprimiría gota a gota en tu boca, corderito mío, aunque tuviera que exprimir mi corazón y morir después!».

Intuyo que Noemí, nodriza de María, lo haya sido también de Lázaro.

3 «Señoras, ha vuelto Nicomedes»

dice un criado que se presenta a la puerta.

«¡Que venga! ¡Que venga! Nos ayudará a hacerle mejorar».

«¡Fijaos! ¡Fijaos! Abre los ojos, mueve los labios» dice Maximino.

«¡Y a mí me aprieta los dedos con sus dedos!»

grita María. Y se inclina diciendo:

«¡Lázaro! ¿Me oyes? ¿Quién soy?».

Lázaro abre del todo los ojos y mira. Es una mirada insegura, empañada, pero, en todo caso, es una mirada. Mueve con dificultad los labios y dice:

«¡Mamá!».

«¡Soy María! ¡María! ¡Tu hermana!».

«¡Mamá!».

«No te reconoce y llama a su madre. Los moribundos. Siempre así»

dice Noemí con el rostro lavado en llanto.

«Pero habla. Después de tanto tiempo, habla. Ya es mucho… Luego estará mejor. ¡Oh, mi Señor, premia a tu sierva!»

dice Marta mientras permanece todavía en ese gesto de ferviente y confiada oración.

«¿Pero qué te ha sucedido? ¿Es que has visto al Maestro? ¿Se te ha aparecido? ¡Dímelo, Marta! ¡Quítame la angustia!»

dice María.

4       La entrada de Nicomedes impide la respuesta. Todos se vuelven hacia él. Cuentan cómo después de su partida Lázaro se había agravado hasta el punto de tocar la muerte, y ya le habían dado por muerto; pero que luego, con unos auxilios, habían logrado hacerle recuperarse, pero sólo en lo referente a la respiración. Y cómo, desde hacía poco, después de que una de las mujeres hubiera preparado un vino con aromas, le había vuelto el calor y había tragado, tratando de beber, y también había abierto los ojos y había hablado… Hablan todos juntos, encendidas de nuevo sus esperanzas, que ellos lanzan contra la serenidad no poco escéptica del médico, que les deja hablar sin decir una palabra.

Por fin han terminado y él dice:

«De acuerdo. Permitidme que vea».

Y los aparta. Se aproxima a la cama y ordena que acerquen las lámparas y cierren la ventana porque quiere descubrir al enfermo. Se inclina sobre él, le llama, le hace preguntas, hace que pasen la lámpara por delante de la cara de Lázaro, que ahora tiene los ojos abiertos y parece como asombrado de todo; luego le descubre, estudia su respiración, los latidos del corazón, el calor y la rigidez de los miembros… Todos están ansiosos en espera de su palabra. Nicomedes cubre de nuevo al enfermo, le sigue mirando, piensa. Luego se vuelve hacia los presentes y dice:

«Es innegable que ha recuperado vigor. Actualmente está mejorado respecto a la última vez que le he visto. Pero no os hagáis ilusiones. Esto es sólo la ficticia mejoría de la muerte. Estoy tan seguro de ello –como estaba seguro de que estaba a las puertas de la muerte–, que, como podéis ver, he vuelto, después de haberme liberado de todos los compromisos, para hacerle menos penosa la muerte, en la medida en que puedo hacerlo… o para ver el milagro si… 5 ¿Ya habéis hecho aquello?».

«Sí, sí, Nicomedes» le interrumpe Marta. Y, para impedirle otras palabras, dice:

«Pero no habías dicho que… en el plazo de tres días… Yo…». Llora.

«He dicho eso. Soy un médico. Vivo entre agonías y llantos. Pero el estar acostumbrado a escenas de dolor no me ha dado todavía un corazón de piedra. Y hoy… os he preparado… con un plazo bastante largo… e impreciso… Pero mi ciencia me decía que el desenlace era más rápido, y mi corazón mentía por engaño piadoso… ¡Animo! Sed fuertes… Salid afuera… Nunca se sabe hasta qué punto los moribundos entienden…».

Las impele a salir. Ellas salen llorando. Y repite:

«¡Sed fuertes! ¡Sed fuertes!».

Junto al moribundo se queda Maximino… También el médico se aleja para preparar unos medicamentos que sirven para hacer menos angustiosa la agonía, que, dice,

«preveo muy dolorosa».

«¡Hazle vivir! Hazle vivir hasta mañana. Es casi de noche, ya lo ves, Nicomedes. ¿Qué es para tu ciencia mantener en pie una vida durante menos de un día? ¡Hazle vivir!».

«Dómina, yo hago lo que puedo. ¡Pero cuando el estambre se acaba, nada hay que pueda mantener la llama!»

responde el médico, y se marcha.

Las dos hermanas se abrazan, llorando desoladas (y la que llora más, ahora, es María; la otra tiene su esperanza en el corazón)…

6       La voz de Lázaro viene de la habitación. Una voz fuerte e imperiosa. Y hace que ellas se sobresalten, porque es una voz inesperada en medio de tanto abatimiento. Las llama:

«¡Marta! ¡María! ¿Dónde estáis? Quiero levantarme. ¡Vestirme! ¡Decir al Maestro que estoy curado! Tengo que ir donde el Maestro. ¡Un carro! ¡Inmediatamente! Y un caballo rápido. Sin duda es El el que me ha curado…».

Habla rápido, articulando bien las palabras, sentado en la cama, encendido de fiebre, tratando de abandonar la cama, e impedido en ello por Maximino, el cual a las mujeres, que entran corriendo, les dice:

«¡Está delirando!».

«¡No! Déjale levantarse. ¡El milagro! ¡El milagro! ¡Oh, me siento feliz de haberlo suscitado! ¡En cuanto Jesús ha tenido noticia! Dios de los padres, bendito seas y alabado por tu poder y por tu Mesías…».

Marta, que ha caído de rodillas, está ebria de alegría.

Mientras tanto, Lázaro continúa, cada vez más dominado por la fiebre (Marta no comprende que es la causa de todo):

«Ha venido muchas veces a mi casa, enfermo. Justo es que yo vaya donde El para decirle: “Estoy curado”. ¡Estoy curado! ¡Ya no tengo dolores! Estoy fuerte. Quiero levantarme. Ir. Dios ha querido probar mi resignación. Seré llamado el nuevo Job…».

Pasa a un tono hierático haciendo amplios gestos:

«“El Señor se conmovió de la penitencia de Job… y le aumentó en el doble cuanto había tenido. Y el Señor bendijo los últimos años de Job más aún que los primeros… y él vivió hasta…”[4]326. ¡Oh, no, yo no soy Job! Me envolvían las llamas y me sacó de ellas, estaba en el vientre del monstruo y vuelvo a la luz; entonces soy Jonás[5]327, y soy los tres muchachos de Daniel[6]328…».

7       Llega el médico, avisado por alguno. Le observa: «Es el delirio. Me lo esperaba. La corrupción de la sangre enciende el cerebro». Se esfuerza en colocarle en la cama y recomienda mantenerle así, y vuelve afuera, a sus tisanas.

Lázaro un poco se inquieta por estar sujeto y un poco llora como un niño: alternativamente.

«Está realmente en estado de delirio» gime María.

«No. Ninguno entiende nada. No sabéis creer. ¡Eso es! No sabéis… A esta hora el Maestro sabe que Lázaro está agonizando. Sí. ¡Lo he hecho, María! Lo he hecho sin decirte nada…».

«¡Ah, infame! ¡Has destruido el milagro!» grita María.

«¡Que no! Lázaro, tú lo has visto, ha empezado a mejorar en el momento en que Jonás ha llegado donde el Maestro. Está delirando… sí… Está débil y tiene todavía el cerebro obnubilado por la muerte, que ya le aprisionaba. Pero no delira como cree el médico. ¡Escúchale! ¿Son palabras de delirio éstas?».

En efecto, Lázaro está diciendo:

«He inclinado la cabeza ante el decreto de muerte y he probado cuán amargo es morir, y Dios se ha considerado satisfecho de mi resignación y me devuelve a la vida y me mantiene con mis hermanas. Podré seguir sirviendo al Señor y santificarme junto con Marta y María… ¡Con María! 8 ¿Qué es María? María es el don de Jesús para el pobre Lázaro. Me lo había dicho… ¡Cuánto tiempo desde entonces! “Vuestro perdón hará más que ninguna otra cosa. Me ayudará”. Me lo había prometido: “Ella será tu alegría”. Y aquel día en que estaba inquieto porque ella había traído su vergüenza aquí, junto al Santo, ¡qué palabras para invitarla al regreso! La Sabiduría y la Caridad se habían unido para tocarle el corazón… ¿Y el otro, que me encontró ofreciéndome por ella, por su redención?… ¡Quiero vivir para gozar de ella redimida! ¡Quiero alabar con ella al Señor! Ríos de lágrimas, afrentas, vergüenza, amargura… todo me penetró y me quitó la vida por causa de ella… ¡Este es el fuego, el fuego del horno! Vuelve, con el recuerdo… María de Teóflo y de Euqueria, mi hermana, la prostituta. Podía ser reina y se ha hecho fango que hasta el puerco pisotea. Y mi madre muere. Y el no poder ya ir con la gente sin tener que soportar sus burlas. ¡Por ella! ¿Dónde estás, desventurada? ¿Te faltaba el pan, acaso, para venderte como te has vendido? ¿Qué has succionado del pezón de la nodriza? ¿Tu madre qué te ha enseñado? ¿Lujuria una? ¿Pecado la otra? ¡Fuera! ¡Deshonor de nuestra casa!».

La voz es un grito. Parece loco. Marcela y Noemí se apresuran a cerrar herméticamente las puertas y a correr de nuevo las cortinas gruesas para amortiguar las resonancias, mientras el médico, que ha vuelto a la habitación, se esfuerza inútilmente en calmar el delirio, que cada vez se va haciendo más furioso.

María, arrojada al suelo como un trapajo, solloza bajo la implacable acusación del moribundo, que prosigue:

«Uno, dos, diez amantes. El oprobio de Israel pasaba de unos brazos a otros… Su madre moría, ella se consumía en sus amores indecentes. ¡Bestia feroz! ¡Vampiro! Has succionado la vida a tu madre. Has destruido nuestra alegría. Marta sacrificada por ti: nadie se casa con la hermana de una meretriz. Yo… ¡Ah! ¡yo! Lázaro, caballero, hijo de Teófilo… ¡¡Me escupían los gamberros de Ofel!! “He ahí al cómplice de una adúltera e impura” decían escribas y fariseos, y sacudían sus vestiduras para significar que rechazaban el pecado con que yo estaba manchado por el contacto con ella. “¡Ahí está el pecador! El que no sabe castigar al culpable es culpable como él” gritaban los rabíes cuando subía al Templo. Y sudaba bajo el fuego de las pupilas sacerdotales… El fuego. ¡Tú! Tú vomitabas el fuego que llevabas dentro. Porque eres un demonio, María. Eres inmunda. Eres la maldición. Tu fuego prendía en todos, porque tu fuego estaba hecho de muchos fuegos, y había, ¡vaya que si había!, para los lujuriosos, que parecían peces apresados en el trasmallo cuando pasabas… ¿Por qué no te maté? Arderé en la Gehenna[7]329 por haberte dejado vivir destruyendo tantas familias, dando escándalo a mil… ¿Quién dice: “¡Ay de aquel por el que se produce el escándalo!”? ¿Quién lo dice? ¡Ah!, ¡el Maestro! ¡Quiero ver al Maestro! ¡Quiero verle! Para que me perdone.

Quiero decirle que no podía matarla porque la amaba… María era el sol de nuestra casa… ¡Quiero ver al Maestro! ¿Por qué no está aquí? ¡No quiero vivir! Pero sí quiero el perdón por el escándalo que he dado dejando vivir al escándalo. Ya estoy en las llamas. Es el fuego de María. Me ha apresado. A todos apresaba. Para lujuria suya, para odio a nosotros, y para quemarme las carnes a mí. ¡Fuera estas mantas, fuera todo! Estoy en el fuego. Me ha apresado la carne y el espíritu. Estoy perdido a causa de ella. ¡Maestro! ¡Maestro! ¡Tu perdón! No viene. No puede venir a la casa de Lázaro. Es un estercolero por causa de ella. Entonces… quiero olvidar. Todo. Ya no soy Lázaro. Dadme vino. Lo dice Salomón: “Dad vino a los que tienen el corazón acongojado. Que beban y olviden su miseria, y no recuerden ya de su dolor”[8]330. No quiero recordar. Dicen todos: “Lázaro es rico, es el hombre más rico de Judea”. ¡No es verdad! Todo es paja. No es oro. ¿Y las casas? Nubes. ¿Las viñas, los oasis, los jardines, los olivares? Nada. Engaños. Yo soy Job[9]331. No tengo ya nada. Tenía una perla. ¡Hermosa! De infinito valor. Era mi orgullo. Se llamaba María. Ya no la tengo. Soy pobre. El más pobre de todos. El más engañado de todos… También Jesús me ha engañado, porque me había dicho que me la traería de nuevo, y, sin embargo, ella… ¿Dónde está ella? Ahí está. ¡Parece una hetaira pagana la mujer de Israel, hija de una santa! Semidesnuda, borracha, enloquecida… Y alrededor… con los ojos fijos en el cuerpo desnudo de mi hermana, la jauría de sus amantes… Y ella ríe de ser admirada y deseada así. Quiero expiar mi delito. Quiero ir por Israel diciendo: “No vayáis a casa de mi hermana. Su casa es el camino del infierno y desciende a los abismos de la muerte”[10]332. Y luego quiero ir donde ella y pisotearla, porque está escrito: “Toda mujer lasciva será pisoteada como estiércol en el camino”[11]333. ¡Oh!, ¿te atreves a presentarte a mí, que muero deshonrado, destruido por ti?, ¿a mí, que he ofrecido mi vida como rescate de tu alma, y en vano? ¿Cómo quería que fueras, dices? ¿Cómo quería que fueras para no morir así? Pues te quería como Susana, la casta. ¿Dices que te han tentado? ¿Y no tenías un hermano para que te defendiera? Susana, ella sola, respondió[12]334: “Mejor es para mí caer en vuestras manos que pecar en la presencia del Señor”, y Dios hizo relucir su candor. Yo habría dicho las palabras contra tus tentadores y te habría defendido. ¡Pero tú… te marchaste! Judit era viuda y vivía en una habitación apartada, ceñido el cilicio y ayunando, y gozaba de grandísima estima de todos porque temía al Señor, y de ella se canta: “Eres gloria de Jerusalén, alegría de Israel, honor de nuestro pueblo, porque has obrado virilmente y tu corazón ha sido fuerte, porque has amado la castidad y después de tu matrimonio no has conocido a otro hombre. Por eso la mano del Señor te ha hecho fuerte y serás bendecida eternamente”[13]335. Si María hubiera sido como Judit, el Señor me habría curado. Pero no ha podido hacerlo por causa de ella. Por eso no he pedido la curación.

No puede haber milagro donde está ella. Pero morir, sufrir, no es nada; una y mil veces más, una y mil muertes, con tal de que ella se salve. ¡Oh! ¡Señor Altísimo! ¡Todas las muertes! ¡Todo el dolor! ¡Pero que María se salve! ¡Gozar de ella una hora, sólo una hora! ¡Gozar de ella santa otra vez, pura como en la infancia! ¡Una hora de esta alegría! Gloriarme en ella, la flor de oro de mi casa, la gacela primorosa de dulces ojos, el ruiseñor a la caída de la tarde, la amorosa paloma… Quiero ver al Maestro para decirle que lo que quiero es a María, a María. ¡Ven! ¡María! ¡Cuánto dolor tiene tu hermano, María! Pero, si vienes, si te redimes, mi dolor se hace dulce. ¡Buscad a María! 9 ¡Estoy a las puertas de la muerte! ¡Maria! ¡Alumbrad! Aire… Yo… Me ahoga… ¡Oh, qué cosa siento!…».

El médico hace un gesto y dice:

«Es el final. Después del delirio, el sopor y luego la muerte. Pero puede volver a la lucidez. Acercaos. Tú especialmente. Le será motivo de alegría»,

y, colocado de nuevo Lázaro, agotado después de tanta agitación, se acerca a Maria, que ha estado todo este tiempo llorando en el suelo y diciendo entre gemidos:

«¡No dejéis que siga!».

La alza y la conduce al pie de la cama. Lázaro ha cerrado los ojos. Pero debe sufrir atrozmente. Todo él es estremecimiento y contracción. El médico trata de socorrerle con jarabes… Pasan así un tiempo.

Lázaro abre los ojos. Parece desmemoriado de lo que ha sucedido antes, pero está en sí. Sonríe a sus hermanas y trata de cogerles las manos y responder a sus besos. Palidece mortalmente. Gime:

«Tengo frío…».

Le castañean los dientes. Trata de cubrirse hasta la boca. Gime:

«Nicomedes, ya no resisto estos dolores. Los lobos me arrancan la carne de las piernas y me devoran el corazón. ¡Cuánto dolor! Y, si así es la agonía, ¿qué será la muerte? ¿Qué voy a hacer? ¡Si tuviera aquí al Maestro! ¿Por qué no me le habéis traído? Habría muerto feliz en su pecho…».

Llora. Marta mira a María severamente. María comprende esa mirada y, todavía abatida por el delirio de su hermano, cae en el remordimiento y, inclinándose, arrodillada como está contra la cama besando la mano de su hermano, gime:

«Soy yo la culpable. Marta quería hacerlo desde hace ya dos días. Yo no he querido. Porque El nos había dicho que le avisáramos sólo después de tu muerte. ¡Perdóname! Yo te he dado todo el dolor de la vida… Y, no obstante, te he amado y te amo, hermano. Después del Maestro, tú eres la persona a quien más amo; y Dios ve que no miento. Dime que me absuelves del pasado, dame paz…»

«¡Dómina!»

interviene el médico.

«El enfermo no tiene necesidad de emociones».

«Es verdad… Dime que me perdonas el haberte negado a Jesús…».

«¡Maria! Por ti Jesús ha venido aquí… y viene por ti… porque tú has sabido amar… más que ningún otro… Me has amado más que ningún otro… Una vida… de delicias no me habría… no me habría dado la… alegría que he gozado por ti… Te bendigo… Te digo… que has hecho bien… en obedecer a Jesús… Yo no sabía eso… Sé… Digo… está bien… 10 ¡Ayudadme a morir!… Noemí… tú, en el pasado, eras capaz de… hacerme dormir… Marta… bendita… paz mía,… Maximino… con Jesús. También… por mí… Mi parte… para los pobres,… a Jesús… para los pobres… Y perdonad… a todos… ¡Ah, qué espasmos!… ¡Aire!… Luz… Todo tiembla… Tenéis como una luz en torno a vosotros y me ciega si… os miro… Hablad… fuerte…».

Ha puesto la mano izquierda en la cabeza de María y ha dejado desmayada la derecha entre las manos de Marta. Jadea…

Le alzan con precaución añadiendo almohadas. Nicomedes le hace sorber todavía otras gotas de jarabes. La pobre cabeza, mortalmente relajada, se hunde y pende. Toda la vida está en la respiración. No obstante, abre los ojos y mira a María, que le sujeta la cabeza, y le sonríe diciendo:

«¡Mamá! Ha vuelto… ¡Mamá! ¡Habla! Tu voz… Tú sabes… el secreto… de Dios… ¿He servido… al Señor?…».

María, con voz blanca por la pena, susurra:

«El Señor te dice: “Ven conmigo, siervo bueno y fiel, porque has escuchado todas mis palabras y has amado al Verbo que he enviado”».

«¡No oigo! ¡Más fuerte!».

María repite más fuerte…

«¡Es verdaderamente mamá!…»

dice satisfecho Lázaro, y abandona la cabeza en el hombro de su hermana… Ya no habla. Sólo gemidos y temblores convulsos, sólo sudor y estertores. Ya insensible respecto a la Tierra, a los sentimientos, se hunde en la obscuridad cada vez más absoluta de la muerte. Los párpados descienden sobre los ojos vidriosos en que brilla la última lágrima.

«¡Nicomedes! ¡Se entumece! ¡Se pone frío!…» dice María.

«Dómina, para él la muerte es un alivio».

«¡Manténle en vida! Mañana, sin duda, estará aquí Jesús. Se habrá puesto en camino en seguida. Quizás ha tomado el caballo del criado, u otra cabalgadura»

dice Marta. Y, vuelta hacia su hermana:

«¡Oh, si me hubieras dejado enviar aviso antes!».

Luego, al médico:

«¡Haz que viva!»

impone convulsa.

El médico abre los brazos. Prueba con unos cordiales. Pero Lázaro ya no deglute. El estertor aumenta… aumenta. Es acongojante…

«¡No se puede soportar ya oírle!» gime Noemí.

«Sí. Tiene una larga agonía…» asiente el médico.

Pero, casi no ha terminado de decir esto y, con una convulsión de todo el cuerpo, que se arquea y luego se abate, Lázaro exhala el último suspiro.

11     Las hermanas gritan… al ver esa convulsión; gritan al ver ese abatimiento. María llama a su hermano, besándole; Marta se agarra al médico, que se inclina sobre el muerto y dice:

«Ha expirado. Ya es demasiado tarde para esperar a que suceda el milagro. Ya no hay espera. ¡Demasiado tarde!… Yo me marcho, señoras. Ya no hay motivo para que siga aquí. Apresuraos en los funerales, porque ya está descompuesto».

        Baja los párpados del muerto y, observándole, dice todavía esto:

«¡Qué pena! Era un hombre virtuoso e inteligente. ¡No debía haber muerto!».

Se vuelve hacia las hermanas, se inclina, se despide:

«¡Dómine, salve!» y se marcha.

Los llantos llenan la habitación. María, ya sin fuerzas, se deja caer sobre el cuerpo de su hermano gritando sus remordimientos, invocando su perdón. Marta llora en los brazos de Noemí.

Luego María grita:

«¡No has tenido fe! Ni obediencia. Yo le maté antes, tú ahora; yo pecando, tú desobedeciendo» .

Está como fuera de sí. Marta la levanta, la abraza, se excusa. Maximino, Noemí, Marcela tratan de inducir a las dos a entrar en razón y a resignarse. Y lo logran recordando a Jesús… El dolor se hace más ordenado, y, mientras la habitación se llena de domésticos que lloran, mientras entran los encargados de la preparación del cadáver, las dos hermanas son conducidas a otro lugar a llorar su dolor. Maximino, que las guía, dice:

«Ha expirado al concluir la segunda vigilia de la noche».

Y Noemí:

«Mañana habrá que darle sepultura, y pronto, antes de la puesta del Sol, porque viene el sábado. Dijisteis que el Maestro quería grandes honores…».

«Sí, Maximino. Ocúpate tú de todo eso. Yo estoy aturdida» dice Marta.

«Me retiro para enviar a criados a la gente cercana o lejana, y para dar todas las demás indicaciones» dice Maximino, y se retira.

Las dos hermanas, abrazadas, lloran. Ya no se echan culpas la una a la otra. Lloran. Tratan de consolarse…

12     Pasan las horas. El muerto está preparado en su habitación. Una larga forma envuelta en vendas bajo el sudario.

«¿Por qué ya cubierto así?» exclama Marta con tono de reproche.

«Señora… Hedía mucho por la nariz, y al moverle ha arrojado sangre corrompida»

se excusa un doméstico anciano. Las hermanas lloran intensamente. Lázaro está ya más lejos bajo esas vendas… Otro paso en la lejanía de la muerte.

Le velan con lágrimas hasta el alba, hasta que regresa del otro lado del Jordán el criado; este criado que se queda anonadado, pero que, no obstante, informa de la veloz carrera que ha realizado para llevar la respuesta de que Jesús va.

«¿Ha dicho que viene? ¿No ha hecho ningún reproche?» pregunta Marta.

«No, señora. Ha dicho: Iré. Diles que iré y que tengan fe”. Y antes había dicho: “Diles que estén tranquilas. No es una enfermedad de muerte, sino que es para gloria de Dios, para que su poder sea glorificado en su Hijo”».

«¿Ha dicho exactamente eso? ¿Estás seguro de ello?» pregunta María.

«¡Señora, durante todo el camino he venido repitiendo las palabras!».

«Márchate, márchate. Estás cansado. Has hecho todo bien. Pero ¡ya es demasiado tarde!…»

suspira Marta, y rompe a llorar ruidosamente en cuanto se queda con su hermana.

«¿Marta!, ¿Por qué?…».

«¡Oh, además de la muerte la desilusión! ¡María! ¡María! ¿No piensas en que el Maestro esta vez se ha equivocado? Mira a Lázaro. ¡Está bien muerto! Hemos esperado más allá de lo creible y no ha servido. Cuando le he mandado el aviso –me habré equivocado, no digo que no– Lázaro estaba ya más muerto que vivo. Y nuestra fe no ha recibido fruto ni premio. ¡Y el Maestro envía el mensaje de que no es enfermedad de muerte! ¿Es que el Maestro ya no es la Verdad? Ya no es… ¡Oh! ¡Todo! ¡Todo! ¡Todo está terminado!».

María se retuerce las manos. No sabe qué decir. La realidad es realidad… Pero no habla. No dice una palabra contra su Jesús. Llora, verdaderamente agotada.

Marta tiene un pensamiento obsesivo en su corazón, el de haber tardado demasiado:

«Es por culpa tuya»

dice en tono de reproche.

«Jesús quería probar nuestra fe así. Obedecer, sí. Pero también desobedecer por fe y demostrarle que creíamos que sólo El podía y debía hacer el milagro. ¡Pobre hermano mío! ¡Y cuánto ha deseado su presencia! Al menos esto: ¡verle! ¡Pobre hermano nuestro! ¡Pobrecillo! ¡Pobrecillo!».

Y el llanto se transforma en grito, al que hacen coro tras la puerta los gritos de las criadas y de los criados, según la costumbre oriental…

545. El criado de Betania refiere a Jesús el mensaje de Marta[14]336.

22 de diciembre de 1946.

5451       Anochece cuando el criado, remontando las zonas boscosas del río, espolea al caballo, humoso de sudor, para que supere el desnivel que en ese punto hay entre el río y el camino del pueblo. Los lomos del pobre animal palpitan por la carrera veloz y larga.

El pelaje negro está todo vareteado de sudor, la espuma del bocado ha salpicado el pecho de blanco; resopla arqueando el cuello y meneando la cabeza.

Ahí está ya, en el caminito. Pronto llega a la casa. El criado pone pie en tierra de un salto, ata el caballo al seto y lanza una voz.

Por la parte de atrás de la casa se asoma la cabeza de Pedro, y su voz un poco áspera pregunta:

«¿Quién llama? El Maestro está cansado. Hace muchas horas que no goza de tranquilidad. Es casi de noche. Volved mañana».

«No quiero nada del Maestro, yo. Estoy sano y sólo tengo que darle un mensaje».

Pedro se acerca diciendo:

«¿Y de parte de quién, si se puede preguntar? Sin un seguro reconocimiento, no dejo pasar a nadie, y menos a uno que huela a Jerusalén, como tú».

Se ha acercado lentamente, más escamado por la belleza del caballo negro ricamente ensillado que por el hombre. Pero cuando está justo frente a frente de éste reacciona con estupor:

«¿Tú? ¿Pero tú no eres un criado de Lázaro?».

El criado no sabe qué decir. Su señora le ha dicho que hable sólo con Jesús. Pero el apóstol parece bien decidido a no dejarle pasar. El nombre de Lázaro –él lo sabe– es influyente ante los apóstoles. Se decide a decir:

«Sí. Soy Jonás, criado de Lázaro. Debo hablar con el Maestro».

«¿Está mal Lázaro? ¿Te envía él?».

«Está mal, sí. Pero no me hagas perder tiempo. Debo regresar lo antes posible». Y para que Pedro se decida dice: «Han estado los miembros del Sanedrín en Betania…».

«¡¡¡Los miembros del Sanedrín ¡Pasa! ¡Pasa!»

y abre la portilla mientras dice:

«Retira el caballo. Ahora le damos de beber y hierba, si quieres».

«Tengo forraje. Pero un poco de hierba no vendrá mal. El agua después. Antes le sentaría mal».

2             Entran en la habitación grande donde están las yacijas. Atan al animal en un rincón para tenerle resguardado del aire; el criado lo cubre con la manta que iba atada a la silla, le da el forraje y la hierba que Pedro ha cogido no sé de dónde. Luego vuelven afuera. Pedro lleva al criado a la cocina y le da un vaso de leche caliente tomada de un caldero que está puesto al fuego, en vez del agua que había pedido.

        Mientras el criado bebe y se repone junto al fuego, Pedro, que es heroico en no hacer preguntas curiosas, dice:

«La leche es mejor que el agua que querías. ¡Y dado que la tenemos…! ¿Has hecho todo el camino en una etapa?».

«Todo en una etapa. Y lo mismo haré a la vuelta».

«Estarás cansado. ¿Y el caballo te resiste?».

«Espero que resista. Además, a la vuelta no voy a galopar como cuando he venido».

«Pero pronto será de noche. Empieza ya a alzarse la Luna… ¿Qué vas a hacer con el río?».

«Espero llegar al río antes de que se ponga la Luna. Si no, esperaré en el bosque hasta el alba. Pero llegaré antes».

«¿Y después? El camino desde el río hasta Betania es largo. Y la Luna se pone pronto. Está en sus primeros días». .

«Tengo un buen farol. Lo enciendo y voy despacio. Por muy despacio que vaya, me iré acercando a casa».

«¿Quieres pan y queso? Tenemos. Y también pescado. Lo he pescado yo. Porque hoy me he quedado aquí; yo y Tomás. Pero ahora Tomás ha ido por el pan a casa de una mujer que nos ayuda».

«No. No te prives tú de ninguna cosa. He comido por el camino. Lo que tenía era sed, y también necesidad de algo caliente. Ahora estoy bien. Pero ¿vas a avisar al Maestro? ¿Está en casa?».

«Sí, sí. Si no hubiera estado, te lo habría dicho inmediatamente. Está allí, descansando. Porque viene mucha gente aquí… Tengo miedo incluso de que la cosa tenga resonancia y se presenten los fariseos a molestar. Toma un poco más de leche. Total, tendrás que dejar comer al caballo… y que dejarle descansar: sus lomos palpitaban como una vela mal tensada…».

«No. Vosotros necesitáis la leche. Sois muchos».

«Sí. Pero nosotros, que estamos fuertes –menos el Maestro, que habla tanto que tiene el pecho cansado, y los más viejos–, comemos cosas que hagan trabajar a los dientes. Toma. Es la de las ovejitas que dejó el anciano. La mujer, cuando estamos aquí, nos la trae. Pero si queremos más todos nos la dan. Aquí nos estiman y nos ayudan. 3 Y… dime: ¿eran muchos los miembros del Sanedrín?».

«¡Casi todos! Y, con ellos, otros: saduceos, escribas, fariseos, judíos de alto rango, algún herodiano…».

«¿Y qué ha ido a hacer esa gente a Betania? ¿Estaba José con ellos? ¿Nicodemo estaba?».

«No. Habían venido días antes. Y también Manahén había venido. Estos no eran de los que aman al Señor».

«¡Bien lo creo! ¡Son tan pocos los miembros del Sanedrín que le estiman! ¿Pero qué cosa querían en concreto?».

«Al entrar dijeron que saludar a Lázaro…».

«¡Mmm! ¡Qué amor más extraño! ¡Siempre le han marginado, por muchas razones!… ¡Bien!… Vamos a suponerlo… ¿Han estado allí mucho tiempo?».

«Bastante. Y se marcharon inquietos. Yo no soy criado de la casa, y por eso no servía a las mesas; pero los otros que estaban dentro sirviendo dicen que hablaron con las señoras y que querían ver a Lázaro. Fue a ver a Lázaro Elquías y…».

«¡Buen elemento!…» susurra entre dientes Pedro.

«¿Qué has dicho?».

«¡Nada, nada! Sigue. ¿Y habló con Lázaro?».

«Creo que sí. Fue con María. Pero luego, no sé por qué… María se irritó, y los criados, que estaban alerta en las habitaciones contiguas para acudir en seguida, dicen que los ha echado de casa como a perros… ».

«¡Viva ella! ¡Eso es lo que hace falta! ¿Y te han mandado a decirlo?».

«No me hagas perder más tiempo, Simón de Jonás».

«Tienes razón. Ven».

4       Le guía hacia una puerta. Llama. Dice:

«Maestro, ha venido un criado de Lázaro. Quiere hablar contigo».

«Que pase» dice Jesús.

Pedro abre la puerta, invita al criado a pasar, cierra, se retira y va, meritoriamente, junto al fuego a mortificar su curiosidad.

Jesús, sentado en el borde de su yacija, en el pequeño cuarto donde apenas hay espacio para la yacija y la persona que está en él –cuarto que antes era, sin duda, un reposte  de víveres, porque todavía tiene ganchos en las paredes y tablas apoyadas en estacas–, mira sonriente al criado, que se ha arrodillado. Le saluda:

«La paz sea contigo». Luego añade: «¿Qué nuevas me traes? Levántate y habla».

«Me mandan mis señoras, a decirte que vayas en seguida a su casa, porque Lázaro está muy enfermo y el médico dice que va a morir. Marta y María te lo suplican, y me han enviado a decirte: “Ven, porque sólo Tú le puedes curar”».

«Diles que estén tranquilas. Esta no es una enfermedad que cause la muerte, sino que es gloria de Dios para que su potencia sea glorificada en el Hijo suyo».

«¡Pero está muy grave, Maestro! Su carne se necrosa y él ya no se alimenta. He deslomado al caballo para llegar más deprisa…».

«No importa. Es como Yo digo».

«¿Pero vas a ir?».

«Iré. Diles a ellas que iré y que tengan fe. Que tengan fe. Una fe absoluta. ¿Has comprendido? Ve. Paz a ti y a quien te envía. Te repito: “Que tengan fe. Absoluta”. Ve».

El criado saluda y se retira.

5       Pedro inmediatamente se llega a él:

«Lo has dicho en poco tiempo. Creía que fueran largas palabras…».

Le mira, le mira… El deseo de saber transpira por todos los poros de la cara de Pedro. Pero se contiene…

«Me marcho. ¿Me das agua para el caballo? Luego me marcharé».

«Ven. ¡Agua!… Tenemos todo un río para dártela, además del pozo para nosotros»

y Pedro, provisto de una luz, le precede y le da el agua que ha pedido. Dan de beber al caballo. El criado quita la manta, observa las herraduras, la cincha, las bridas, los estribos. Explica:

«¡He corrido mucho! Pero todo está en orden. Adiós, Simón Pedro, y ora por nosotros».

Saca fuera al caballo. Sujetándolo por las bridas, sale al camino, pone un pie en el estribo, hace ademán de montar en la silla.

Pedro le retiene poniéndole una mano en el brazo, y dice:

«Sólo quiero saber esto: ¿Aquí hay peligro para El?, ¿han mencionado esta amenaza?, ¿querían saber por las hermanas dónde estábamos? ¡Dilo en nombre de Dios!».

«No, Simón. No. No se ha hablado de esto. Han venido por Lázaro… Nosotros

sospechamos que era para ver si estaba el Maestro y si Lázaro estaba leproso, porque Marta gritaba fuerte que no estaba leproso, y lloraba… Adiós, Simón. Paz a ti».

«Y a ti y a tus señoras. Que Dios te acompañe en tu regreso a casa…».

Le mira mientras se marcha… hasta que desaparece, pronto, en el fondo del camino, porque el criado, antes que el sendero obscuro del bosque que sigue la orilla del río, prefiere tomar el camino principal, claro con el blancor de la Luna. Se queda pensativo. Luego cierra la portilla y vuelve a la casa.

6       Va donde Jesús, que sigue sentado en la yacija, teniendo las manos apoyadas en el borde, absorto. Pero reacciona al sentir cerca a Pedro, que le mira interrogativamente. Le sonríe.

«¿Sonríes, Maestro?».

«Te sonrío a ti, Simón de Jonás. Siéntate aquí, cerca de mí. ¿Han vuelto los otros?».

«No, Maestro. Tomás tampoco. Habrá encontrado ocasión de hablar».

«Eso está bien» .

«¿Está bien que hable? ¿Está bien que tarden los demás? El habla incluso demasiado. ¡Siempre está alegre! ¿Y los otros? Estoy siempre preocupado hasta que regresan. Siempre tengo temor yo» .

«¿De qué, Simón mío? No sucede nada malo por ahora, créelo. Tranquilízate e imita a Tomás, que está siempre alegre. Tú, sin embargo, de un tiempo a esta parte, estás muy triste».

«¡Hombre claro, ¿y quién te quiere y no lo está?! Yo ya soy viejo, y reflexiono más que los jóvenes. También ellos te quieren, pero son jóvenes y piensan menos… De todas formas, si alegre te agrado más, lo estaré; me esforzaré en estarlo. Pero para poder estarlo dame al menos una cosa que me dé motivo para ello. Dime la verdad, mi Señor. Te lo pido de rodillas (y, efectivamente, se arrodilla). ¿Qué te ha dicho el criado de Lázaro? ¿Que te buscan? ¿Que quieren causarte algún mal? ¿Que…?».

Jesús pone la mano en la cabeza de Pedro:

«¡No, hombre, no, Simón! Ninguna de esas cosas. Ha venido a decirme que Lázaro se ha agravado mucho, y no hemos hablado de nada sino de Lázaro».

«¿Nada, nada?».

«Nada, Simón. Y he respondido que tengan fe».

«Pero, en Betania han estado los del Sanedrín, ¿lo sabes?».

«¡Es natural! La casa de Lázaro es una casa importante. Y la costumbre nuestra prevé estos honores a una persona influyente que está muriendo. No te intranquilices, Simón».

«¿Pero estás seguro de que no han aprovechado esta disculpa para…?».

«Para ver si estaba Yo allí. Bueno, pues no me han encontrado. ¡Animo!, no estés tan asustado como si ya me hubieran capturado. Vuelve aquí, a mi lado, pobre Simón que de ninguna forma quieres convencerte de que a mí no me puede suceder nada malo hasta el momento decretado por Dios, y que en ese momento… nada servirá para defenderme del Mal…».

Pedro se le enrosca al cuello y le tapa la boca besándole en ella y diciendo: «¡Calla! ¡Calla! ¡No me digas estas cosas! ¡No quiero oírlas!».

Jesús logra librarse lo suficiente como para poder hablar, y susurra:

«¡No las quieres oír! ¡Este es el error! Pero soy indulgente contigo… 7 Mira, Simón. Dado que aquí estabas sólo tú, de todo lo sucedido, sólo tú y Yo debemos tener noticia. ¿Me entiendes?».

«Sí, Maestro. No hablaré con ninguno de los compañeros».

«¡Cuántos sacrificios! ¿No es verdad, Simón?».

«¿Sacrificios? ¿Cuáles? Aquí se está bien. Tenemos lo necesario».

«Sacrificios de no preguntar, de no hablar, de soportar a Judas… de estar lejos de tu lago… Pero Dios te recompensará por todo ello».

«¡Si te refieres a eso!… En vez del lago, tengo el río y… me arreglo para que me baste. Respecto a Judas… te tengo a ti, que me compensas plenamente… ¡Por las otras cosas!… ¡Menudencias! Y me sirven para ser menos basto y más semejante a ti. ¡Qué feliz me siento de estar aquí contigo! ¡Entre tus brazos! El palacio de César no me parecería más hermoso que esta casa, si pudiera estar en ella siempre así, entre tus brazos».

«¿Qué sabes tú del palacio de César! ¿Acaso lo has visto?».

«No, y no lo veré nunca. Pero no tengo particular interés por verlo. De todas formas, supongo que será grande, hermoso, que estará lleno de objetos hermosos… y también de inmundicia. Como toda Roma, me imagino. ¡No estaría allí ni aunque me cubrieran de oro!».

«¿Dónde? ¿En el palacio de César o en Roma?».

«En ninguno de los dos sitios. ¡Lugares de maldición!».

«Precisamente por serlo, hay que evangelizarlos».

«¡¿Y qué pretendes hacer en Roma?! ¡Es un completo prostíbulo[15]337! No hay nada que hacer allí, a menos que vayas Tú. ¡Entonces!…».

«Iré. Roma es cabeza del mundo. Conquistada Roma, está conquistado el mundo[16]338».

«¿Vamos a Roma? ¡Te proclamas rey allí! ¡Oh, misericordia y poder de Dios! ¡Esto es un milagro!».

Pedro se ha puesto de pie y está con los brazos alzados frente a Jesús, que sonríe y le responde:

«Yo iré en mis apóstoles. Vosotros me la conquistaréis. Y Yo estaré con vosotros[17]339. Pero allí hay alguien. Vamos, Pedro».

546. El día de los funerales de Lázaro.

23 de diciembre de 1946.

1       La noticia de la muerte de Lázaro debe haber hecho el efecto que produce el hurgar con un palo dentro de una colmena. Toda Jerusalén habla de ello. Personalidades del lugar, mercaderes, gente humilde, pobres, gente de la ciudad, de los campos cercanos, forasteros de paso –pero no completamente nuevos en el lugar–, extranjeros que están allí por primera vez –y que preguntan que quién es ese cuya muerte es motivo de tal manifestación popular–, romanos, legionarios, gente de la administración pública, levitas, sacerdotes… que se reúnen y se separan continuamente corriendo acá o allá…

Corros de gente que con distintas palabras y expresiones habla de este hecho. Y hay quien alaba, quien llora, quien se siente más mendigo que de costumbre ahora que ha muerto el benefactor; hay quien gime:

«No volveré a tener nunca más un jefe como él»;

hay quien enumera sus méritos y quien da datos sobre su patrimonio y parentela, sobre los servicios y los cargos del padre y sobre la belleza y riqueza de la madre y su nacimiento “propio de una reina”; y hay quien, por desgracia, evoca también páginas familiares sobre las cuales sería bonito correr un velo, especialmente cuando hay de por medio un muerto que por aquéllas ha sufrido…

2       Las noticias más heterogéneas sobre la causa de la muerte, sobre el lugar del sepulcro, sobre la ausencia de Cristo de la casa de su gran amigo y protector, precisamente en aquella circunstancia… Todo esto hace hablar a los corrillos de gente. Y las opiniones que predominan son dos: una, la de que esto ha sucedido, es más: ha sido producido, por la mala actitud de los judíos, Ancianos del Sanedrín, fariseos y otros semejantes, contra el Maestro; otra, la de que el Maestro, teniendo de frente una verdadera enfermedad mortal, se ha difuminado porque aquí sus engaños no habrían salido triunfadores. No hace falta ser muy agudos para comprender de qué fuente proviene esta última opinión, que sulfura a muchos, que replican:

«¿Tú también eres fariseo? Si lo eres, ¡ojo, porque delante de nosotros no se blasfema contra el Santo! ¡Malditas víboras nacidas de hienas unidas con Leviatán! ¿Quién os paga por blasfemar contra el Mesías?».

Y en las calles se oyen discusiones, insultos, y se asiste a algún puñetazo incluso, y a mordaces improperios a los pomposos fariseos y escribas que pasan con aire de dioses sin conceder ni una mirada a la plebe que vocifera a favor de ellos o contra ellos, a favor del Maestro o contra El. Y se oyen acusaciones. ¡Cuántas acusaciones!

«¡Este dice que el Maestro es un falso! Sin duda, es uno que ha echado esa tripa con el dinero que le han dado esas serpientes que acaban de pasar».

«¿Con su dinero? ¡Con el nuestro, debes decir! ¡Nos chupan la sangre para estas cosas tan interesantes! Pero, ¿dónde está éste? Quiero ver si es uno de los que ayer han venido a decirme…».

«Ha huido. ¡Viva Dios que aquí debemos unirnos y actuar! ¡Son demasiado descarados!».

Otra conversación:

«Te he oído y te conozco. ¡Diré cómo hablas del supremo Tribunal[18]340 a quien debo decírselo!».

«Soy del Cristo y la baba del demonio no me daña. Díselo también a Anás y Caifás, si quieres, y que sirva para hacerlos más justos».

Y, más allá:

«¿A mí? ¿A mí me llamas perjuro y blasfemo por seguir al Dios vivo? Tú si que eres perjuro y blasfemo, tú que le ofendes y le persigues. Te conozco, ¡Eh! Te he visto y oído. ¡Espía! ¡Vendido! ¡Venid a echarle mano a éste…»

y, mientras tanto, empieza a plantarle a un judío unos bofetones tales, que le ponen roja la cara  huesuda y verdinosa.

«¡Cornelio, Simeón, mirad! Me están pegando»

dice, dirigiéndose a un grupo de miembros del Sanedrín, otro que está más allá.

«Soporta por la fe y no te ensucies los labios ni las manos en la víspera de un sábado»

responde uno de los llamados, sin siquiera volverse a mirar al desdichado contra el que un grupo de gente del pueblo ejercita una rápida justicia…

Las mujeres llaman a sus maridos con gritos, con súplicas, para que no se comprometan. Los legionarios patrullan, abriéndose paso con sendos golpes de asta y amenazando arrestos y castigos.

La muerte de Lázaro, que es el hecho principal, es el motivo para pasar a hechos secundarios, desahogo de la larga tensión que hay en los corazones… Los miembros del Sanedrín, los Ancianos, los escribas, los saduceos, los judíos influyentes, pasan con expresión de indiferencia, con aire socarrón, como si toda esa explosión de pequeñas iras, de venganzas personales, de nerviosismo, no tuviera la raíz en ellos. Y a medida que van pasando las horas va creciendo la agitación y los corazones se van encendiendo cada vez más.

«Estos dicen –¡fijaos!– que el Cristo no puede curar a los enfermos. Yo estaba leproso y ahora estoy sano. ¿Los conocéis a éstos? No soy de Jerusalén, pero nunca los he visto entre los discípulos del Cristo, de dos años a esta parte».

«¿Estos? ¡Déjame que vea a ese del medio! ¡Ah, vil bandido! Este es el que la pasada Luna me vino a ofrecer dinero en nombre del Cristo diciendo que El paga a una serie de hombres para apoderarse de Palestina. Y ahora dice… ¿Pero por qué le has dejado huir?».

«¡Te das cuenta? ¡Qué granujas! ¡Y poco faltó para pegármela! Tenía razón mi suegro. 3 Ahí está José el Anciano, y Juan y Josué. Vamos a preguntarles si es verdad que el Maestro quiere formar ejércitos. Ellos son justos y además saben».

Se acercan, rápidamente y en masa, a los tres miembros del Sanedrín. Exponen su pregunta.

«Marchaos a casa, hombres. Por las calles se peca y se causa daño. No polemicéis. No os alarméis. Ocupaos de vuestras cosas y vuestras familias. No prestéis oídos a los agitadores de gente ilusa, ni dejéis que os forjen falsas ilusiones. El Maestro es un maestro, no un guerrero. Vosotros le conocéis. Y lo que piensa lo dice. No os habría enviado a otros a deciros que le siguierais como guerreros, si hubiera querido que lo fuerais. No le perjudiquéis a El, ni os perjudiquéis a vosotros mismos ni perjudiquéis a nuestra Patria. ¡A casa, hombres! ¡A casa! No hagáis de lo que ya de por sí es una desventura (la muerte de un justo) una serie de desventuras. Volved a las casas y orad por Lázaro, benefactor de todos»

dice el de Arimatea, que debe ser muy estimado y escuchado por el pueblo, que le conoce como justo. También Juan –el que estuvo celoso[19]341– dice:

«Es hombre de paz, no de guerra. No prestéis oídos a los falsos discípulos. Recordad lo distintos que eran los otros que se presentaban como Mesías[20]342. Recordad, comparad, y vuestra justicia os dirá que esas incitaciones a la violencia no pueden venir de El. ¡A casa! ¡A casa! Con las mujeres, que lloran, y con los niños, que están asustados. Está escrito: “¡Ay de los violentos y de los que favorecen los litigios!”[21]343».

Un grupo de mujeres, llorando, se acerca a los tres miembros del Sanedrín. Una de ellas dice:

«Los escribas han amenazado a mi marido. ¡Tengo miedo! José, háblales tú».

«Lo haré. Pero que tu marido sepa guardar silencio. ¿Os pensáis que hacéis un bien al Maestro con estos alborotos, y que honráis al difunto? Os equivocáis. Perjudicáis al Uno y al otro»

responde José, 4 y las deja para dirigirse hacia Nicodemo, que, seguido por los criados, viene por una calle:

«No esperaba verte, Nicodemo. Yo mismo no sé cómo he podido. El criado de Lázaro ha venido, pasado el galicinio, a darme noticia de la desgracia».

«Y a mí más tarde. Me he puesto en camino inmediatamente. ¿Sabes si en Betania está el Maestro?».

«No, allí no. Mi intendente de Beceta ha estado allí en la hora tercera y me ha dicho que no está».

«Hay una cosa que no comprendo… ¿Cómo… a todos el milagro y a él no?»

exclama Juan.

«Quizás porque a esa casa le ha dado ya más que una curación: ha redimido a María y ha restituido la paz y el honor…» dice José.

«¡Paz y honor! De los buenos a los buenos. Porque muchos… no han dado ni dan honor, ni siquiera ahora que María… Vosotros no lo sabéis… Hace tres días estuvieron allí Elquías y muchos otros… y no dieron ningún honor. María los echó de casa. Me lo dijeron furiosos. Y yo dejé hablar para no descubrir mi corazón…» dice Josué.

«¿Y ahora van a ir a los funerales?» pregunta Nicodemo.

«Han recibido el aviso y se han reunido en el Templo para debatir este asunto. ¡Los criados han tenido que correr mucho esta mañana al amanecer!».

«¿Por qué tan rápido el funeral? ¡Inmediatamente después de la hora sexta!…».

«Porque Lázaro estaba ya descompuesto en el momento de su muerte. Me ha dicho mi administrador que, a pesar de las resinas que arden en las habitaciones y los aromas vertidos encima del muerto, el hedor del cadáver se percibe ya desde el pórtico de la casa. Y además con el ocaso empieza el sábado. No era posible de otra manera».

5 «¿Y dices que se han reunido en el Templo? ¿Para qué?».

«Bueno… La verdad es que la reunión ya estaba anunciada para examinar la cuestión de Lázaro. Quieren decir que estaba leproso…» dice Josué.

«Eso no. El habría sido el primero que se habría aislado, según la Ley»

dice, en tono de defensa, José. Y añade:

«He hablado con su médico. Lo ha excluido rotundamente. Estaba enfermo de una consunción pútrida».

«Pues si Lázaro estaba ya muerto, ¿de qué han discutido?» pregunta Nicodemo.

«De si ir o no a los funerales, después de que María los había echado de casa. Unos sí que querían, otros no. Pero la mayoría quería ir, por tres motivos: la primera razón, común a todos, es ver si está el Maestro; la segunda razón es ver si hace el milagro; tercera razón es el recuerdo de recientes palabras del Maestro a los escribas a la orilla del Jordán en la zona de Jericó» explica Josué.

«¿El milagro! ¿Cuál, si ya está muerto?» pregunta Juan encogiéndose de hombros, y termina: «¡Siempre iguales!… ¡Buscadores de lo imposible!».

«El Maestro ha resucitado a otros muertos» observa José.

«Es verdad. Pero si hubiera querido mantenerle vivo no le habría dejado morir. Tu razón de antes es válida. Ellos ya han recibido».

«Sí. Pero Uziel se ha acordado –y también Sadoq– de un reto de hace muchas lunas. El Cristo dijo que daría la prueba de saber recomponer incluso un cuerpo descompuesto. Y Lázaro está en esa situación. Y Sadoq, el escriba, dice también que, a orillas del Jordán, el Rabí, motu propio, le dijo que con la nueva luna vería cumplirse la mitad del reto. Esta mitad: la de uno que, en estado de descomposición, revive, y ya sin estado de descomposición ni enfermedad. Y han vencido ellos. Si ello sucede, es, sin duda, porque está el Maestro. Y también, si ello sucede, ya no hay duda sobre El».

«Con tal de que no sea para mal…» susurra José.

«¿Para mal? ¿Por qué? Los escribas y fariseos se convencerán…».

«¡Juan! ¿Pero es que eres un extranjero, para decir eso? ¿No conoces a tus paisanos? ¿Pero cuándo los ha hecho santos la verdad? ¿No lo dice nada el hecho de que a mi casa no hayan llevado la invitación para la asamblea?».

«Tampoco a la mía. Dudan de nosotros y frecuentemente nos excluyen» dice Nicodemo. Y pregunta: «¿Estaba Gamaliel?».

«Su hijo. Irá en lugar de su padre, que está enfermo en Gamala de Judea».

«¿Y qué decía Simeón?».

«Nada. Nada de nada. Ha escuchado. Se ha marchado. Hace poco ha pasado con unos discípulos de su padre, iba hacia Betania».

Están casi en la puerta que se abre en el camino de Betania. Juan exclama: «¡Mira! Está vigilada. ¿Por qué será? Y paran a los que salen».

«La ciudad está revuelta…».

«¡No es una agitación de las más fuertes!…».

6       Llegan a la puerta y los paran como a todos los demás.

«¿La razón de esto, soldado? Toda la Antonia me conoce, y de mí no podéis decir nada malo. Os respeto y respeto vuestras leyes» dice José de Arimatea.

«Orden del centurión. El Prefecto está para entrar en la ciudad y queremos saber quién sale por las puertas, y especialmente por esta que da al camino de Jericó. Nosotros te conocemos. Pero conocemos también vuestro humor respecto a nosotros. Tú y los tuyos pasad. Y si tenéis influencia sobre el pueblo decid que les conviene estar tranquilos. Poncio no es amigo de cambiar sus costumbres por súbditos que causan molestias… y podría ser demasiado severo. Este es un consejo leal para ti que eres leal».

Pasan…

«¿Has oído? Preveo días duros… Habrá que aconsejar a los otros, más que al pueblo…» dice José.

7       El camino de Betania está lleno de gente. Todos van en una dirección: hacia Betania. Todos van a los funerales. Se ve a miembros del Sanedrín y a fariseos mezclados con saduceos y escribas, y éstos con agricultores, siervos, administradores de las distintas casas y fincas rústicas que Lázaro tiene en la ciudad y en el campo, y, cuanto más se acerca uno a Betania, más va agregándose gente –procedente de todos los senderos y caminos– a este camino, que es el principal.

Ahí está Betania, una Betania de luto en torno a su más grande vecino. Todos los habitantes, con los vestidos mejores, están ya fuera de las casas, ahora cerradas como si nadie estuviera en ellas. Pero todavía no han entrado en la casa del muerto.

La curiosidad los retiene junto a la cancilla, en la orilla del camino. Observan qué invitados pasan y se transmiten unos a otros nombres e impresiones.

«Ahí está Natanael ben Faba. ¡Oh, el viejo Matatías, pariente de Jacob! ¡El hijo de Anás! Mírale allí con Doras, Calasebona y Arquelao. ¡Mira! ¿Cómo se las han arreglado los de Galilea para venir? Están todos. Mira: Elí, Jocanán, Ismael, Urías, Joaquín, Elías, José… El viejo Cananías con Sadoq, Zacarías y Jocanán saduceos. Está también Simeón de Gamaliel. Solo. El rabí no está. ¡Ahí están Elquías con Nahúm, Félix, Anás el escriba, Zacarías, Jonatán de Uziel! Saúl con Eleazar, Trifón y Joazar. ¡Buenos son! Otro de los hijos de Anás. El más pequeño. Está hablando con Simón Camit. Felipe con Juan el de Antipátrida. Alejandro, Isaac, y Jonás de Babaón. Sadoq. Judas, descendiente de los Asideos, el último, creo, de la clase. Ahí están los administradores de los distintos palacios. No veo a los amigos fieles. ¡Cuánta gente!».

¡Verdaderamente! ¡Cuánta gente! Todos con aspecto grave; parte con cara de circunstancias, parte con signos de verdadero dolor en el rostro. La cancilla abierta de par en par se traga a todos. Veo pasar a todos los que en sucesivas ocasiones he visto, benevolentes o enemigos, en torno al Maestro. Todos, menos Gamaliel y menos el Anciano Simón. Y veo a otros que no he visto nunca, o que quizás haya visto, pero sin haber sabido su nombre, en las controversias alrededor de Jesús… Pasan rabíes con sus discípulos, y grupos compactos de escribas. Pasan judíos cuyas riquezas oigo enumerar…

El jardín está lleno de gente que, tras haberse acercado a decir palabras de pésame a las hermanas –las cuales, como será, quizás, costumbre, están sentadas bajo el pórtico y por tanto fuera de la casa–, vuelven a distribuirse por el jardín formando una continua mezcla de colores y haciendo continuas, pronunciadas reverencias.

Marta y María están deshechas. Están agarradas de la mano como dos niñas, asustadas por el vacío que se ha creado en su casa, por la nada que llena su día, ahora que ya no hay que cuidar a Lázaro. Escuchan las palabras de los que han venido. Lloran con los verdaderos amigos, con los subordinados fieles. Hacen gestos de reverencia a los gélidos, solemnes, rígidos miembros del Sanedrín, que han venido más para hacer ostentación de sí mismos que para honrar al difunto. Responden, cansadas de repetir las mismas cosas cientos de veces, a quienes les preguntan algo acerca de los últimos momentos de Lázaro.

José, Nicodemo, los amigos más leales, se ponen a su lado con pocas palabras, pero con una amistad que consuela más que cualquier palabra.

8       Vuelve Elquías con los más intransigentes, con los cuales ha estado hablando mucho, y pregunta:

«¿No podríamos observar al muerto?».

Marta se pasa con dolor la mano por la frente y pregunta:

«¡Pero desde cuándo se hace eso en Israel? Ya está preparado…»,

y lágrimas lentas se deslizan por sus mejillas.

«No se hace, es verdad. Pero nosotros deseamos hacerlo. Los amigos más fieles bien tienen derecho a ver por última vez al amigo».

«También nosotras, sus hermanas, hubiéramos tenido este derecho. Pero ha sido necesario embalsamarle en seguida… Y, cuando volvimos a la habitación de Lázaro, ya vimos solamente la forma envuelta en las vendas…».

«Deberíais haber dado órdenes claras. ¿No hubierais podido, y no podríais ahora, levantar el sudario y descubrir la cara?».

«Ya está descompuesto… Y ya es la hora de los funerales».

José interviene:

«Elquías, me parece que nosotros… por exceso de amor, causamos dolor. Dejemos tranquilas a las hermanas…».

Se acerca Simón, hijo de Gamaliel, e impide la respuesta de Elquías. Dice:

«Mi padre vendrá en cuanto pueda. Le represento. El apreciaba a Lázaro, y yo también».

Marta se inclina y contesta:

«El honor que hace el rabí a nuestro hermano sea recompensado por Dios».

Elquías, estando allí el hijo de Gamaliel, no insiste y se retira; conversa con otros, que le hacen esta observación:

«¿Pero no sientes el hedor? ¿Lo vas a poner en duda? Además, veremos si tapan el sepulcro. No se vive sin aire».

Otro grupo de fariseos se acerca a las hermanas. Son casi todos los de Galilea. Marta recibe sus manifestaciones de pésame, no se puede retener de expresar su estupor por su presencia.

«Mujer, el Sanedrín se reúne para deliberaciones de suma importancia. Estamos en la ciudad por este motivo»

explica Simón de Cafarnaúm, y mira a María, cuya conversión ciertamente recuerda; pero se limita a mirarla.

9       Ahora se acercan Jocanán, Doras hijo de Doras e Ismael, con Cananías y Sadoq, y con otros que no conozco. Ya antes de abrir la boca hablan con sus caras de víbora. Y, para poder herir, esperan a que José se haya separado, con Nicodemo, para hablar con tres judíos. Es el viejo Cananías el que, con su voz ronca de viejo decrépito, descarga la puñalada:

«¿Tú qué opinas, María? Vuestro Maestro es el único ausente de entre los muchos amigos de tu hermano. ¡Una amistad muy particular! ¡Mucho amor mientras Lázaro estaba bien! ¡Indiferencia cuando era la hora de amarle! Todos han recibido milagros de El. Pero aquí no hay milagro. ¿Qué opinas, mujer, de una cosa como ésta? ¡Bien te ha engañado, bien, el apuesto Rabí galileo! ¡Je! ¡Je! ¿No dijiste que se había dicho que esperaras más allá de lo esperable? ¿Es que no has esperado o es que no sirve para nada esperar en El? Dijiste que esperabas en la Vida. ¡Sí, claro! El se llama “la Vida”, ¡je! ¡je! Pero ahí adentro está tu hermano muerto. Y allí está ya abierta la boca del sepulcro. Y el Rabí no está. ¡Je! ¡Je!».

«Sabe dar la muerte, no la vida» dice con una sonrisita burlona Doras.

Marta agacha la cabeza y mete la cara entre sus manos. Llora. La realidad está bien clara; su esperanza, bien desilusionada: el Rabí no está, ni siquiera ha venido a consolarlas; y ya habría tenido tiempo de estar allí. Marta llora, ya sólo sabe llorar. También María llora. También ella tiene ante sí la realidad. Ha creído, ha esperado más allá de lo creíble… y nada ha sucedido, y los criados ya han apartado la piedra de la boca del sepulcro, porque empieza a declinar el Sol, y el Sol desciende pronto en invierno, y es viernes, y todo debe estar concluido a tiempo y de manera que los que han venido no deban transgredir las leyes del sábado, que dentro de poco comienza. Ha esperado mucho, siempre, demasiado; ha consumido sus capacidades en esta esperanza. Y se siente desilusionada. Cananías insiste:

«¿No me respondes? ¿Te convences ahora de que es un impostor que se ha aprovechado y burlado de vosotras? ¡Pobres mujeres!»

y menea la cabeza en medio de los otros como él, los cuales hacen lo mismo y también dicen:

«¡Pobres mujeres!».

10     Maximino se acerca:

«Es la hora. Dad la orden. Os compete a vosotras».

Marta cae al suelo. La socorren. Se la llevan usando para ello sólo los brazos, entre los gritos de los criados, que comprenden que ha llegado la hora de depositar el cuerpo en el sepulcro, y entonan lamentaciones. María aprieta las manos, convulsa. Suplica:

«¡Todavía un poco! ¡Todavía un poco! Mandad criados al camino que va a Ensemes y a la fuente; a todos los caminos. Criados a caballo. Que vean si viene…».

«¡Pero, desdichada, ¿esperas todavía?! ¡Pero qué se necesita para convencerte de que os ha traicionado y defraudado? Os ha odiado y se ha burlado de vosotras…».

¡Es demasiado! Con la cara lavada por el llanto, torturada pero fiel, en medio del semicírculo que forman los que han venido y están reunidos para ver salir el cadáver, María proclama:

«Si Jesús de Nazaret lo ha hecho así, bien hecho está, y grande es su amor por todos nosotros de Betania. ¡Todo para gloria de Dios y suya! El ha dicho que esto significará gloria para el Señor, porque la potencia de su Verbo resplandecerá completa. Haz lo que debes hacer, Máximo; el sepulcro no es un obstáculo para el poder de Dios…».

546Se separa, sujetada por Noemí, que se ha acercado presurosa, y hace un gesto… El cadáver, envuelto en su mortaja, sale de la casa, cruza el jardín entre dos filas de gente, entre los gritos del duelo. María quisiera seguirlo, pero se tambalea. Se pone al final de la gente cuando ya todos van hacia el sepulcro. Llega a tiempo para ver desaparecer la larga forma inmóvil en el interior obscuro del sepulcro, donde rojean las antorchas, mantenidas en alto por los criados para iluminar la escalera a los que bajan con el muerto. Porque el sepulcro de Lázaro está más bien  enterrado, quizás para aprovechar unos estratos de roca subterránea.

María grita… Está en el ápice de la congoja… Grita… Y junto al nombre de su hermano está el de Jesús. Parece que le arrancaran el corazón. Pero sólo dice esos dos nombres, y los repite hasta que el denso ruido del cierre devuelto a la boca de la tumba le dice que Lázaro ya no está en la Tierra ni siquiera con el cuerpo. Entonces cede y pierde la conciencia de todo. Cae rendida sobre quien la sujeta y, mientras se hunde en la nada del desvanecimiento, todavía suspira: «¡Jesús! ¡Jesús!». Se la llevan.

11     Se queda Maximino para despedir a los que han venido, y para darles las gracias en nombre de toda la familia. Se queda para oírles decir a todos que volverán para el duelo todos los días…

Poco a poco van despejando el lugar. Los últimos que se marchan son José, Nicodemo, Eleazar, Juan, Joaquín, Josué. Y en la cancilla ven a Sadoq y a Uriel riéndose con maldad y diciendo:

«¡Su reto! ¡Y nosotros lo hemos temido!».

«¡Bien muerto está! ¡Cómo olía, a pesar de los aromas! ¡No hay duda, no! No había necesidad de destapar la cara. Yo creo que está ya agusanado».

Están contentos. José los mira. Una mirada tan severa que cercena palabras y risas. Todos se apresuran a regresar para estar en la ciudad antes del final del ocaso.

[1] 323 palabra hebrea desconocida por la propia escritora, que pone al lado una interrogación, y que vendría a significar algo repudiable, como el estiércol de que se habla en 1 Reyes 14, 10.

[2] 324 Cfr. Ju. 11.

[3] 325 Sobre esta fuerza que fluía de Jesús y sanaba a todos, cfr. Lc. 6, 17–19.

[4] 326 Cfr. Job. 42, 10–17.

[5] 327 Cfr. Jon. 2.

[6] 328 Cfr. Dan. 3, 1–97 según la Vulgata.

[7] 329 La Gehena, en hebreo Gé–Himnón o Ben–Hinnón, era un valle cerca de Jerusalén donde siempre había fuego. Al principio porque allí se quemaba a los niños en honor a los ídolos; después, porque se quemaban los desperdicios y basura de la Ciudad santa; y finalmente con él se designó el lugar del castigo de los perversos. Cfr. Lev. 18, 21; 20, 1–5; Deut. 12, 29–31; 4 Rey. 16, 1–4; 21, 1–6; 23, 8–10; Sal. 20, 9–11; Eccli. 7, 17–19; Is. 66, 22–24; Jer. 7, 29–33; 19; 32, 28–35; Ez. 16, 15–22; Sof. 1, 14–18; Mt. 3, 4–12; 13, 36–43; 47–50; 18, 5–10; 25, 31–46; Mc. 9, 42–50; Ap. 21, 1–8. Algunos de los textos citados se refieren al fuego y castigo de los malos a través de él, si se les ha puesto aquí es para que ilustren la idea de la Gehena.

[8] 330 Cfr. Prov. 31, 6–7.

[9] 331 Cfr. Job. 1–2.

[10] 332 Probable alusion a: Prov. 5, 1–6; 6, 20 – 7, 27; y sobre todo: 5, 5–6; 7, 27.

[11] 333 Eccli. 9, 10, según la Vulgata.

[12] 334 Dan. 13, 23.

[13] 335 Jud. 15, 10–11.

[14] 336 Cfr. Ju. 11, 3–4.

[15] 337 Respecto de la Roma pagana, entregada a toda clase de disolución y como perseguidora de los cristianos, cfr. según la interpretación de algunos exégetas: Ap. 17–18.

[16] 338 Cfr. Por ej. S. León Magno, Sermón 82, In natali Apostolorum Petri et Pauli, Migne, Patr. Lat. 54, 422–428.

[17] 339 Hermosísimas palabras que cobran mayor luz al contacto de Ju. 17, 18–26; Mt. 28, 18–20.

[18] 340 Esto es el Sanedrín.

[19] 341 como se narra en 409.

[20] 342 Tal vez alude a Judas Galileo y a Teoda. Cfr. Hech. 5, 34–39.

[21] 343 A la letra, esta máxima no es bíblica.

547. Jesús decide ir a Betania[1]344.

24 de diciembre de 1946.

Vista de la villa de Betania (al-Azariyeh)

5471       La luz ya no es luz en el huertecito de la casa de Salomón, y los árboles, los contornos de las casas que hay al otro lado del camino, y especialmente el fondo del propio camino –donde la callecita deja de ser tal calle en la zona arbórea del río–, van perdiendo sus perfiles nítidos, para unificarse en una única línea de sombras más o menos claras, más o menos obscuras, con la sombra del anochecer, que se adensa cada vez más. Más que colores, las cosas esparcidas sobre la tierra son ya sonidos. Voces de niños provenientes de las casas, madres que llaman, hombres que azuzan a las ovejas o al burro, algún que otro chirrido de poleas en los pozos, frufrú de hojas con el viento del anochecer, golpes secos, como de palos entrechocados, de los eléboros esparcidos por el boscaje. Arriba el primer titileo de las estrellas, todavía inseguro porque hay aún un vestigio de luz y porque la primera claridad de la Luna empieza a extenderse en el cielo.

547 2«El resto lo diréis mañana. Ahora ya basta. Es de noche. Que cada uno vaya a su casa. La paz a vosotros. La paz a vosotros. Sí… Sí… Mañana. ¿Eh? ¿Qué dices? ¿Qué tienes un escrúpulo? Déjalo tranquilo hasta mañana. Si mañana no se te ha pasado, vienes. ¡Pues sólo faltaba eso! ¡Ahora también los escrúpulos para cansarle más! ¡Y los ávidos de ganancia! Y las suegras que quieren hacer cambiar a las nueras, y las nueras que quieren hacer menos ariscas a las suegras, y que unas y otras merecerían que les cortaran la lengua. ¿Y qué otras cosas hay? ¿Tú? ¿Qué dices? ¡Oh, éste sí! ¡Pobrecito! Juan, lleva a este niño donde el Maestro. Su madre está enferma y le manda para decir a Jesús que ore por ella. ¡Pobrecito! Se ha quedado atrás porque es pequeño. Y viene de lejos. ¿Cómo va a volver a casa? ¡Eh, todos vosotros! En vez de estar aquí para gozar de El, ¿no podríais poner en práctica lo que el Maestro os ha dicho: ayudarse unos a otros, y los más fuertes prestar ayuda a los más débiles? ¡Venga! ¿Quién acompaña a casa al niño? Pudiera ser –no lo quiera Dios– que se encontrara a su madre muerta… Pues que al menos la vea. Asnos tenéis… ¿Que es de noche? ¿Y qué hay más hermoso que la noche? Yo he trabajado durante lustros a la luz de las estrellas, y estoy sano y robusto.¿Le llevas tú a casa? Que Dios te bendiga, Rubén. Aquí tienes al niño. ¿Te ha consolado el Maestro? Sí. Entonces puedes marcharte. Y sé feliz. Pero, habrá que darle comida. Quizás no come desde esta mañana».

«El Maestro le ha dado leche caliente, pan y fruta; lo tiene en la tuniquita»

dice Juan.

«Entonces ve con este hombre. Te lleva a casa con el burro».

Por fin toda la gente se ha marchado y Pedro puede descansar, y también Santiago, Judas, el otro Santiago y Tomás, que le han ayudado a mandar a las casas a los más obstinados.

«Vamos a cerrar. No sea que alguno se arrepienta y vuelva, como esos dos. ¡Uf, qué cansado es el día después del sábado!»

dice Pedro, y entra en la cocina y cierra la puerta; y añade:

«¡Ahora estaremos en paz!».

2       Mira a Jesús, que está sentado al lado de la mesa, apoyando el codo en ella, sujetando la cabeza sobre la mano, pensativo, absorto. Se acerca a El, le pone la mano en el hombro y le dice:

«¡Estás cansado, ¿no?! ¡Mucha gente! Vienen de todas partes, a pesar de la estación en que estamos».

«Parece como si tuvieran miedo a perdernos pronto»

observa Andrés, que está quitando las tripas a unos peces. También los otros se dedican a preparar el fuego para asarlos, o a remover unas achicorias que hay en un caldero hirviendo. Sus sombras se proyectan sobre las paredes obscuras que el fuego, más que la luz, esclarece.

Pedro busca una taza para dar leche a Jesús, que parece muy cansado. Pero no encuentra la leche y pregunta por ella a los otros.

«El niño se ha bebido la última que teníamos. La otra ha sido para el viejo mendigo y para la mujer que tenía a su marido enfermo»

explica Bartolomé.

«¡Y el Maestro se ha quedado sin ella! No habríais debido darla toda».

«Lo ha querido El así…».

«Siempre querría así. Pero no debemos dejarle. Da la ropa, da su parte de leche, se da a sí mismo, y se agota…»

Pedro está disgustado.

«¡Tranquilo, Pedro! Dar es mejor que recibir[2]345»

dice Jesús saliendo serenamente de su abstracción.

«¡Sí, claro! Y Tú das, das y te agotas. Y cuanto más te muestras dispuesto a todo acto de generosidad más se aprovechan los hombres».

Mientras dice esto, frota la mesa con unas hojas ásperas que dan un olor mitad a almendra mitad a crisantemo y la deja bien limpia, para poner encima pan y agua, y coloca una copa delante de Jesús, quien, sin demora, como teniendo mucha sed, se echa de beber. Pedro pone otra copa en el otro lado de la mesa, junto a un plato que contiene aceitunas y tallos de hinojo silvestre. Añade la bandeja de la achicoria –ya condimentada por Felipe– y, junto con los compañeros, trae unos taburetes muy rústicos para añadirlos a las cuatro sillas que hay en la cocina y que son insuficientes para trece personas.

        Andrés ha estado cuidando el asado del pescado en la brasa y ahora lo coloca en otro plato y se acerca a la mesa con otros panes. Juan quita la lámpara del lugar donde estaba y la coloca en medio de la mesa.

Jesús se levanta mientras todos se acercan a la mesa para cenar. Ora en voz alta, ofreciendo el pan y bendiciendo luego la mesa. Se sienta. Los demás también. Distribuye el pan y los peces (o sea, coloca los peces encima de las formas de pan, anchas y poco altas; del pan, en parte hecho recientemente y en parte no, que cada uno se ha puesto delante). Luego los apóstoles se sirven la achicoria, usando para ello el tenedor grande de madera que está hundido en ella. Para la verdura también hace de plato el pan. Sólo Jesús tiene delante un plato, de metal, grande y más bien deteriorado, y lo usa para la repartición del pescado, dando, ora a uno ora a otro, una porción de exquisito manjar: parece un padre entre sus hijos; padre siempre, aunque Natanael, Simón Zelote y Felipe puedan parecer padres de El, y Mateo y Pedro puedan parecer sus hermanos mayores.

3       Comen y hablan de los hechos del día; Juan se ríe con ganas por el enfado de Pedro respecto al pastor de los montes de Galaad, que pretendía que Jesús subiera hasta donde estaba el rebaño, para que le bendijera y le hiciera ganar mucho dinero a él para la dote que debía dar a su hija.

«Pues tiene poca gracia. Mientras decía: “Tengo enfermas a las ovejas y, si se mueren, me quedo en la ruina” he sentido compasión de él. Es como si a nosotros, pescadores, nos entrara la carcoma en una barca. No se podría pescar, ni comer. Y todos tenemos derecho a comer. Pero, cuando ha dicho: “Y quiero tenerlas sanas porque quiero hacerme rico y asombrar al pueblo por la dote que voy a dar a Ester y por la casa que me voy a construir”, entonces me he puesto de mal talante. Le he dicho: “¿Y para esto has recorrido tanto camino? ¿Sólo te preocupan la dote, las riquezas y las ovejas? ¿No tienes un alma?”. Me ha contestado: “Para el alma tengo tiempo. Ahora me preocupan las ovejas y la boda, porque es un buen partido y Ester ya empieza a hacerse mayor”. Entonces, bueno, pues, si no hubiera sido porque me he acordado de que Jesús dice que debemos ser misericordiosos con todos, ¡fresco hubiera ido ese hombre! Le he hablado entre tramontana y siroco[3]346».

«Y parecía que no ibas a acabar nunca. No cogías aliento. Se te habían engrosado las venas del cuello, las tenías salientes como dos palos»

dice Santiago de Zebedeo.

«Hacía un buen rato que se había marchado el pastor y tú seguías predicando. ¡Y dices que no sabes hablar a la gente! ¡Si llegas a saber!»

añade Tomás, y le abraza diciendo:

«¡Pobre Simón! ¡Qué furia te ha venido!».

«¿Pero es que no tenía razón? ¿Qué es el Maestro? ¿El hacedor de fortunas de todos

los estúpidos de Israel? ¿Un paraninfo[4]347 para las bodas de los otros?».

«No te inquietes, Simón. Te sienta mal el pescado, si te lo comes con ese enojo»

Le hurga afablemente Mateo.

«Tienes razón. Siento en todo el sabor de los banquetes en casa de los fariseos, cuando como pan con temor y carne con furia».

Todos se ríen. Jesús sonríe y calla.

4       Están al final de la cena. Saciados, satisfechos de alimento y calor, están, un poco emperezados, alrededor de la mesa. También hablan menos. Algunos dan cabezadas. Tomás se distrae dibujando con el cuchillo una ramita de flores en la madera de la mesa. Los hace reaccionar la voz de Jesús, quien, abriendo los brazos –los tenía cruzados y apoyados en el borde de la mesa– y extendiendo las manos, como hace el sacerdote cuando pronuncia “Dominus vobiscum”[5]348, dice:

«¡Pues a pesar de todo, tenemos que marcharnos!».

«¿A dónde, Maestro? ¿Donde ese de las ovejas?»

pregunta Pedro.

«No, Simón. A casa de Lázaro. Volvemos a Judea».

«¡Maestro, recuerda que los judíos te odian!»

exclama Pedro.

«Hace no mucho, querían lapidarte»

dice Santiago de Alfeo.

«¡Pero, Maestro, es una imprudencia!»

exclama Mateo.

«¿Lo que sea de nosotros no te importa?»

pregunta Judas Iscariote.

«¡Oh, Maestro y hermano mío, te conjuro en nombre de tu Madre y de la Divinidad que está en ti: no permitas que los diablos te pongan las manos encima para mordaza de tu palabra. Estás solo, demasiado solo, contra todo un mundo que te odia y que, en la Tierra, es poderoso»

dice Judas Tadeo.

«¡Maestro, tutela tu vida! ¿Qué sería de mí, de todos, si nos faltaras?».

Juan, muy turbado, le mira con ojos dilatados de niño asustado y afligido. Pedro, después de la primera exclamación, se ha vuelto hacia los más ancianos, y hacia Tomás y Santiago de Zebedeo, y habla nerviosamente con ellos. Todos opinan que Jesús no debe acercarse a Jerusalén, al menos mientras el tiempo pascual no haga más segura la permanencia allí, porque –dicen– la presencia de gran número de seguidores del Maestro –congregados allí de todas las partes de Palestina para las fiestas pascuales– sería una defensa para el Maestro. Ninguno de los que le odian se atrevería a tocarle teniendo a todo un pueblo estrechado en torno a El con amor… Y se lo dicen, angustiadamente, casi queriendo imponerse… El amor los mueve a hablar.

5 «¡Tranquilidad! ¡Tranquilidad! ¿No tiene, acaso, doce horas la jornada? Si uno anda durante el día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero, si anda de noche, tropieza, porque no ve. Yo sé lo que me hago, porque la Luz está en mí. Vosotros dejaos guiar por quien ve. Y sabed, además, que hasta que no llegue la hora de las tinieblas, nada tenebroso podrá producirse. Pero cuando llegue esa hora, ninguna lejanía ni ninguna fuerza, ni siquiera los cuerpos militares de César, podrán salvarme de los judíos.

Porque lo que está escrito debe producirse, y las fuerzas del mal ya actúan ocultamente para cumplir su obra. Por tanto, dejadme moverme, y hacer el bien mientras me encuentre libre para ello. Llegará la hora en que no pueda mover un dedo ni decir una palabra para obrar milagros. El mundo estará vacío de mi fuerza. Hora tremenda de castigo para el hombre. No para mí. Para el hombre que no haya querido amarme. Y esa hora se repetirá, por voluntad del hombre que haya rechazado a la Divinidad hasta hacer de sí un sin Dios, un seguidor de Satanás y de su hijo maldito[6]349. Hora que vendrá cuando esté próximo el fin de este mundo. La no fe imperante inutilizará mi potencia de milagro. No porque Yo pueda perderla, sino porque el milagro no puede ser concedido donde no hay fe y voluntad de obtenerlo; donde del milagro se haría un objeto de burla y un instrumento de mal, usando el bien recibido para hacer un mayor mal. Ahora puedo hacer todavía milagros, y hacerlos para dar gloria a Dios. 6 Vamos, pues, donde nuestro amigo Lázaro, que duerme. Vamos a despertarle de este sueño, para que esté lozano y preparado para servir a su Maestro».

Le observan:

«Pero está bien que duerma. Acabará de curarse. El sueño es ya de por sí un remedio. ¿Por qué despertarle?».

«Lázaro ha muerto. He esperado a que hubiera muerto para ir allá. No por las hermanas ni por él, sino por vosotros. Para que creáis. Para que crezcáis en la fe. Vamos a casa de Lázaro».

«¡Bueno, de acuerdo, pues vamos! Moriremos todos, como ha muerto él y como Tú quieres morir»

dice Tomás, resignado fatalista.

«Tomás, Tomás, y todos vosotros, que por dentro criticáis y rezongáis, sabed que el que quiera seguirme deberá tener respecto a su vida la misma preocupación que tiene el ave por la nube que pasa: dejarla pasar siguiendo el viento que la desplaza. El viento es la voluntad de Dios, quien puede daros o quitaros la vida según le plazca; y vosotros no debéis quejaros de ello, de la misma manera que el ave no se queja de la nube que pasa, sino que canta igualmente, segura de que más tarde volverá el tiempo sereno. Porque la nube es la incidencia y el cielo es la realidad. El cielo permanece siempre azul, aun cuando las nubes parecen ponerle gris. Es y permanece azul por encima de las nubes. Lo mismo sucede con la Vida verdadera: es y permanece, aunque la vida humana decline.

El que quiera seguirme no deberá conocer ni ansia por la vida ni miedo por ella. Os mostraré cómo se conquista el Cielo. Pero ¿cómo podréis imitarme, si tenéis miedo de ir a Judea, vosotros a quienes ahora no se hará mal alguno? ¿Tenéis escrúpulos de que os vean conmigo? Sois libres para abandonarme. Pero, si queréis quedaros, debéis aprender a desafiar al mundo, con sus críticas, sus trampas, sus burlas, sus tormentos, para conquistar el Reino mío. 7 Vamos, pues, a sacar de la muerte a Lázaro, que duerme en el sepulcro desde hace dos días; pues murió la noche que vino aquí el criado de Betania.

Mañana, a la hora sexta, después de la despedida de los que esperan a mañana para recibir de mí confortación y premio a su fe, nos marcharemos, pasaremos el río y nos alojaremos durante la noche en casa de Nique. Luego, al amanecer, saldremos para Betania, recorriendo el camino que pasa por Ensemes. Estaremos en Betania antes de la sexta. Habrá mucha gente. Y los corazones experimentarán una profunda impresión. Lo he prometido y lo mantengo…».

«¿A quién, Señor?» pregunta casi con miedo Santiago de Alfeo.

«A quien me odia y a quien me ama, en ambos casos de forma absoluta. ¿No os acordáis de la discusión en Quedes con los escribas? Les cabía aún llamarme engañador por haber resucitado a una niña que acababa de morir y a uno que había muerto el día anterior. Dijeron: “Todavía no has sabido recomponer a uno que esté descompuesto”. Efectivamente, sólo Dios puede del fango sacar un hombre y de la materia putrefacta rehacer un cuerpo[7]350 intacto y vivo. Pues bien, Yo lo haré. Durante la luna de Kisléu, a orillas del Jordán, recordé Yo mismo a los escribas este reto, y dije: “En la nueva luna se cumplirá”. Esto para quienes me odian. Y a las hermanas, que me aman de forma absoluta, les prometí que premiaría su fe si continuaban esperando contra lo creíble. Las he probado mucho y las he afligido mucho, y sólo Yo conozco los sufrimientos de su corazón en estos días, y su perfecto amor. En verdad os digo que merecen un gran premio, porque, más que por no ver resucitado a su hermano, se angustian porque Yo pueda ser escarnecido. Os daba la impresión de estar absorto, cansado y triste. Estaba a su lado con mi espíritu y oía sus gemidos y contaba sus lágrimas. ¡Pobres hermanas!

Ahora me consumo de ansia por conducir de nuevo a un justo a la Tierra, a un hermano a los brazos de sus hermanas, a un discípulo al grupo de mis discípulos. ¿Lloras, Simón? Sí. Tú y Yo somos los mayores amigos de Lázaro, y en tu llanto está el dolor por el dolor de Marta y María y la agonía del amigo, pero también está ya la alegría de saber que pronto será devuelto a nuestro amor. 8 Vamos a levantarnos, para preparar las bolsas a ir a descansar para levantarnos al amanecer y poner orden aquí… donde no es seguro que regresemos. Habrá que distribuir entre los pobres cuanto tenemos, y decir a los más activos que contengan a los peregrinos para que no me busquen hasta que no esté en otro lugar seguro. Y habrá que decirles que avisen a los discípulos de que me busquen en casa de Lázaro. Muchas cosas hay que hacer, y todas estarán hechas antes de que lleguen los peregrinos… ¡Venga, ánimo! Apagad el fuego y encended las lámparas y que cada uno vaya a hacer lo que debe y luego a descansar. La paz a todos vosotros».

Se levanta, bendice y se retira a su pequeña habitación…

«¡Ha muerto hace varios días!»

dice el Zelote.

«¡Esto sí que es un milagro!»

exclama Tomás.

«¡Quisiera saber qué van a encontrar después para dudar!»

dice Andrés.

«¿Pero cuándo ha venido el criado?»

pregunta Judas Iscariote.

«La noche de antes del viernes»

responde Pedro.

«¿Sí? ¿Y por qué no lo has dicho?»

pregunta otra vez Judas Iscariote.

«Porque el Maestro me había dicho que guardara silencio»

replica Pedro.

«¿Entonces… cuando lleguemos allí… llevará ya cuatro días en el sepulcro?».

«¡Pues claro! Noche del viernes, un día; noche del sábado, dos días; esta noche, tres días; mañana, cuatro… Cuatro días y medio, por tanto… ¡Oh, poder eterno! ¡Pero ya estará desmembrado!»

dice Mateo.

«Estará desmembrado… Quiero verlo, y luego…».

«¿Qué, Simón Pedro?»

pregunta Santiago de Alfeo.

«Y luego, si Israel no se convierte, ni siquiera Yahvé entre rayos puede convertirlo».

Salen hablando así.

[1] 344 Cfr. Ju. 11, 6–16.

[2] 345 es una sentencia de Jesús no reseñada en los Evangelios pero recordada en Hechos 20, 35.

[3] 346 es decir, con la impetuosidad del soplo de dos vientos de dirección opuesta.

[4] 347 o amigo del esposo. Cfr. Mt. 9, 15; Mc. 2, 19; Lc. 5, 34; Ju. 3, 29.

[5] 348 es decir “el Señor esté con vosotros”, es el saludo que el sacerdote dirige a los fieles durante la celebración de la Misa, que en los tiempos de la escritora se decía en latín.

[6] 349 En cuanto al hijo de la perdición, falso cristo, falso profeta, anticristo, etc., cfr. Dan. 7, 10–11; Mt. 24; Mc. 13; Lc. 17, 20–37; Ju. 17, 11–12; 21; Hech. 1, 15–20; 2 Tes. 2, 1–12; 1 Ju. 2, 18–29; 4, 1–6; 2 Ju. 7–11; Ap. 13.

[7] 350 Cfr. Gén. 1, 26–31; 2,7–25; Ez. 37, 1–14.

548. La resurrección de Lázaro[1].

26 de diciembre de 1946.

resurreccic393ndelc381zaro-j-tissot1       Jesús viene de Ensemes hacia Betania. Deben haber hecho una marcha verdaderamente fatigosa por los altos, empinadísimos senderos de los montes Adomín.

Los apóstoles, jadeantes, a duras penas logran seguir a Jesús, que va raudo, como si el amor le llevara en sus alas de fuego, y tiene una sonrisa radiante mientras camina precediendo al grupo, con la cabeza alta bajo los suaves rayos del sol de mediodía.

Antes de que lleguen a las primeras casas de Betania, le ve un muchachito descalzo que va con una ánfora de cobre vacía hacia la fuente de los aledaños del pueblo. El muchacho grita, deja en el suelo el ánfora y se echa a correr con toda la velocidad de sus piernecitas hacia el interior del pueblo.

-«Está claro que va a avisar de tu llegada»

observa Judas Tadeo, quien, como todos los demás, ha sonreído por la resolución… enérgica del muchachito, que ha dejado incluso su ánfora a la merced del primero que pase.

2       La pequeña ciudad, vista así, desde la fuente, que está un poco elevada respecto a ella, aparece serena, como desierta. El humo gris que sube de las chimeneas es el único indicio de la presencia de las mujeres –ocupadas en preparar la comida del mediodía– en las casas, mientras que alguna voz gruesa varonil, entre los olivos y los grandes y silenciosos huertos de frutales, advierte de que los hombres están en su trabajo. A pesar de todo, Jesús prefiere tomar una callejuela que pasa por detrás del pueblo, para poder llegar a la casa de Lázaro sin llamar la atención de los habitantes.

Están casi a mitad de trayecto cuando perciben detrás de ellos al muchachito de antes, que los adelanta corriendo y luego se planta en medio de la calle y mira, pensativo, a Jesús…

-«Paz a ti, pequeño Marcos. ¿Por qué te has marchado corriendo? ¿Es que tenías miedo de mí?»

pregunta Jesús acariciándole.

-«Yo no, Señor. Yo no he tenido miedo. Pero como durante muchos días Marta y María han mandado a criados suyos a los caminos que vienen aquí, para ver si venías, pues ahora que te he visto he ido corriendo a decir que venías…».

-«Has hecho bien. Las hermanas prepararán su corazón para verme».

-«No, Señor. Las hermanas no se prepararán nada porque no saben nada. No han querido que lo dijera. Me han agarrado cuando he dicho al entrar en el jardín: “Está el Rabí”, y me han echado afuera diciendo: “Eres o un mentiroso o un estúpido. El ya no viene, porque a estas alturas está seguro de que ya no puede hacer el milagro”. Y como yo decía que sí que eras Tú, me he llevado dos cachetadas como nunca hasta ahora me había llevado… Mira qué rojos tengo los carrillos. ¡Me queman! Y me han echado a empujones diciendo: “Esto para que te purifiques de haber mirado a un demonio”. Y yo te miraba para ver si te habías vuelto un demonio. Pero no lo veo… Sigues siendo mi Jesús, tan guapo como los ángeles de que me habla mi mamá».

Jesús se agacha a besarle en los carrillos que han recibido las bofetadas y dice: -«Así se te pasará el picor. Me duele que hayas sufrido por mí…».

-«Yo no, Señor, porque esos golpes han hecho que me dieras dos besos»

y se agarra a las piernas de Jesús esperando otros besos.

-«Respóndeme, Marcos. ¿Quién te ha echado? ¿Los de Lázaro?»

pregunta Judas Tadeo.

-«No. Los judíos. Vienen para el duelo todos los días. ¡Son muchos! Están en casa y en el jardín. Vienen pronto y se marchan tarde. Parecen los amos. Maltratan a todos. ¿Ves como no hay nadie por las calles? Los primeros días la gente observaba… pero luego… Ahora sólo nosotros, los niños, estamos en las calles… ¡Ay, mi ánfora! Mi mamá esperando el agua… ¡Ahora me va a pegar también ella!…» .

Sonríen todos al ver la desolación del niño ante la perspectiva de otros bofetones. Jesús dice:

-«Ve pues, rápido…».

-«Es que… quería entrar contigo y verte hacer el milagro…»

y termina:

-«… y ver sus caras… para vengarme de las cachetadas…».

-«Eso no. No debes desear venganza. Debes ser bueno y perdonar… Pero tu mamá está esperando el agua…».

-«Voy yo, Maestro. Sé dónde vive Marcos. Le explico a la mujer lo que ha sucedido y luego te alcanzo…»

dice Santiago de Zebedeo, y se marcha rápidamente. Reanudan el camino lentamente. Jesús lleva de la mano al niño, que va todo alborozado…

3       Ya están delante del vallado del jardín. Lo orillan. Hay muchas cabalgaduras atadas a él, vigiladas por los criados de cada uno de los propietarios. El bisbiseo que se alza capta la atención de algún judío, que se vuelve hacia la cancilla abierta, justo en el momento en que Jesús cruza el umbral del jardín.

-«¡El Maestro!»

dicen los primeros que le ven. Y esta palabra corre, como el frufrú del viento, de un grupo a otro, y se propaga y va –llevada por los muchos judíos presentes, o por algún fariseo, rabí o escriba o saduceo esparcidos por el lugar–, va, cual ola lejana que viene a romperse en la orilla, a chocar contra las paredes de la casa, y penetra en ésta. Jesús se adentra muy lentamente, a la par que todos, aun acudiendo de todas las partes, se apartan del paseo por el que El va. Y, dado que ninguno le saluda, El no saluda a ninguno, como si no conociera a muchos de los que están congregados allí mirándole con ira y odio en sus ojos (excepto los pocos que, siendo discípulos ocultos suyos, o por lo menos siendo de recto corazón aunque no le amen como Mesías, le respetan como a un justo). Y éstos son: José, Nicodemo, Juan, Eleazar, el otro Juan (escriba, ya visto en la multiplicación de los panes), y el otro Juan (el que sació el hambre de los que habían bajado del monte de las bienaventuranzas), Gamaliel y su hijo, Josué, Joaquín, Manahén, el escriba Joel de Abías (encontrado en el Jordán en el episodio de Sabea), José Bernabé[2], discípulo de Gamaliel, Cusa, que mira a Jesús desde lejos, un poco amedrentado por verle de nuevo después del error cometido, o quizás cohibido por el respeto humano que le impide acercarse como amigo. Lo cierto es que ni los amigos, u observadores sin odio, ni los enemigos, saludan. Y Jesús no saluda. Se ha limitado a un gesto de inclinación no personalizado, al poner pie en el paseo; luego ha seguido recto, como ajeno a la mucha gente que tiene ahí. El muchachito sigue a su lado, vestido como un labradorcito, descalzos sus pies como un niño pobre, pero con una cara luminosa, propia de uno que está de fiesta, y con sus ojitos negros, vivos, bien abiertos para verlo todo… y para desafiar a todos…

4       Marta sale de la casa, rodeada de un grupo de judíos venidos de visita, entre los cuales están Elquías y Sadoq. Pone la mano como visera, para ayudar a los ojos cansados de llanto, dolorosamente sensibles a la luz, para ver dónde está Jesús. Le ve. Se separa de quienes la acompañan y corre hacia Jesús, que está a pocos pasos del estanque brillante de reflejos por el sol que en él incide. Se arroja a los pies de Jesús después de la primera reverencia, y le besa los pies mientras, en medio de un fuerte estallido de llanto, dice:

-«¡La paz a ti, Maestro!».

También Jesús le ha dicho, en cuanto la ha visto cerca:

-«¡La paz a ti!»,

y ha levantado su mano para bendecir. Para ello, ha soltado la mano del niño, al cual Bartolomé toma y retira un poco hacia atrás. Marta prosigue:

-«Pero ya no hay paz para tu sierva».

Levanta la cara hacia Jesús, siguiendo de rodillas, y, con un grito de dolor que se oye bien en el silencio que se ha creado, exclama:

-«Lázaro ha muerto! Si hubieras estado aquí, no habría muerto. ¿Por qué no has venido antes, Maestro?».

Expresa un involuntario tono de reproche al hacer esta pregunta. Luego vuelve al tono abatido de una persona que ya no tiene fuerzas para reprochar y cuyo único consuelo es el poder recordar los últimos movimientos y deseos de un hermano al que se ha tratado de dar lo que deseaba (de forma que no existe remordimiento en el corazón):

-«¡Te ha llamado muchas veces Lázaro, nuestro hermano!… Ahora, ya lo ves. Yo estoy acongojada y María llora y no encuentra resignación. Y él ya no está aquí. ¡Tú sabes cómo le queríamos! ¿Esperábamos todo de ti!…».

Un murmullo de compasión hacia la mujer y de censura hacia Jesús, un asentimiento al pensamiento implícito: “y podías habernos escuchado, porque nosotras lo merecemos por el amor que te profesamos, y , sin embargo, has quebrado nuestra esperanza” va de un grupo a otro de gente, de personas que menean la cabeza y miran burlonamente. Sólo los pocos, ocultos discípulos que están esparcidos entre la numerosa gente congregada tienen miradas de compasión hacia Jesús, que escucha, muy pálido y triste, a esta Marta angustiada que le está hablando. Gamaliel, cruzados sus brazos, vestido con su amplia y rica túnica de lana finísima adornada con caireles azules, un poco aparte, rodeado de un grupo de jóvenes entre los que están su hijo y José Bernabé, mira fijamente a Jesús, sin odio ni amor.

Marta, habiéndose enjugado la cara, sigue diciendo:

-«Pero sigo esperando, porque sé que el Padre te concederá cualquier cosa que Tú le pidas».

Una dolorosa, heroica profesión de fe, expresada con voz temblorosa de llanto, con ansia temblorosa en la mirada, con la última esperanza, temblorosa, en el corazón.

-«Tu hermano resucitará. Levántate, Marta».

Marta se levanta, aunque permanece inclinada ante Jesús en señal de veneración, y responde:

-«Lo sé, Maestro. Resucitará en el último día».

548 2-«Yo soy la Resurrección y la Vida. El que crea en mí, aunque haya muerto, vivirá. Y quien crea y viva en mí no morirá para siempre. ¿Crees tú todo esto?».

Jesús, que antes había hablado con voz más bien baja únicamente a Marta, alza el tono de la voz para decir estas frases con que proclama su potencia de Dios, y el perfecto timbre de aquélla resuena como tañido de oro en el vasto jardín. Un estremecimiento, casi de espanto, sacude a los presentes; pero luego algunos hacen sonrisas maliciosas y menean la cabeza.

Marta –a quien Jesús, teniendo apoyada una mano sobre su hombro, parece querer transfundirle una esperanza cada vez más fuerte– que tenía baja la cabeza, alza la cara. La alza hacia Jesús, y fija sus ojos afligidos en las luminosas pupilas de Cristo. Entonces, apretando las manos contra el pecho con una ansia distinta, responde:

-«Sí, Señor, Yo creo esto. Creo que Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo, que ha venido al mundo. Y que puedes todo lo que quieres. Creo. 5 Voy a avisar a María»

y se marcha rápida. Desaparece dentro de la casa.

Jesús permanece donde está. Es decir, da algunos pasos hacia delante y se acerca al cuadro de jardín que rodea al estanque, cuadro todo sembrado de brillantes por ese lado, debido al fino polvillo acuoso del surtidor, inclinado, como si fuera una plumita de plata, hacia ese lado por un leve vientecillo; y parece perderse, Jesús, contemplando los zigzagueos de los peces bajo el velo de agua cristalina, y sus juegos, que ponen comas de plata y visos de oro en el cristal de esa agua en que el sol incide.

Los judíos le observan. Involuntariamente, se han separado formando grupos bien distintos. Por una parte, frente a Jesús, todos los enemigos suyos, habitualmente divididos entre sí por espíritu sectario pero que ahora se armonizan en hostigarle. A su lado, detrás de los apóstoles (a los que se ha unido Santiago de Zebedeo), José, Nicodemo y los otros de espíritu benévolo. Más allá, Gamaliel, que sigue en su sitio y en su postura de antes, y que está solo, porque su hijo y sus discípulos se han separado para distribuirse entre los dos grupos principales para estar más cerca de Jesús.

6       Con su grito habitual: «¡Rabbuní!», María sale de la casa y corre hacia Jesús extendiendo hacia delante los brazos. Se arroja a sus pies. Le besa los pies entre fuertes sollozos. Una serie de judíos, que estaban en casa con ella y que la han seguido, unen sus llantos, de dudosa sinceridad, al de ella. También Maximino, Marcela, Sara y Noemí han seguido a María, y lo mismo todos los dependientes de la casa. Los lamentos son fuertes y altos. Creo que dentro de la casa no ha quedado nadie. Marta, al ver llorar así a María, llora fuertemente también.

-«La paz a ti, María. ¡Alzate! ¡Mírame! ¿Por qué este llanto, como el de uno que no tiene esperanza?».

Jesús se inclina, para decir en tono bajo estas palabras, sus ojos en los ojos de María, que, estando de rodillas, relajada sobre sus talones, tiende hacia El las manos en un gesto de invocación; y que, debido a su fuerte sollozo, no puede hablar.

-«¿No te dije que esperaras más allá de lo creíble para ver la gloria de Dios? ¿Acaso ha cambiado tu Maestro, para que hubiera motivo de angustiarse de esa manera?».

Pero María no recoge estas palabras que quieren prepararla ya a una alegría demasiado fuerte después de tanta angustia. Grita, por fin dueña de su voz:

-«¡Oh, Señor! ¿Por qué no has venido antes? ¿Por qué te has alejado tanto de nosotros? ¡Sabías que Lázaro estaba enfermo! Si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. ¿Por qué no has venido? Tenía que mostrarle todavía que le amaba. El debía vivir. Yo debía mostrarle que perseveraba en el bien. ¡Mucho angustié a mi hermano! ¡Y ahora? ¡Ahora que podía hacerle feliz, me ha sido arrebatado! Tú podías conservármele. Podías haber dado a la pobre María la alegría de consolarle después de haberle causado tanto dolor.

¡Oh! ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Maestro mío! ¡Salvador mío! ¡Esperanza mía!»,

y cae otra vez al suelo, con la frente sobre los pies de Jesús, que reciben otra vez el lavacro del llanto de María. Y gime:

 -«¡¿Por qué has hecho esto, Señor?! Incluso por los que te odian y gozan de todo esto que está sucediendo… ¡¿Por qué has hecho esto, Jesús?!».

Pero no hay reproche en el tono de María, como lo ha habido en el de Marta. María tiene sólo esa angustia de quien, además de su dolor de hermana, siente también el de discípula que percibe menoscabado en el corazón de muchos el concepto de su Maestro.

Jesús, muy agachado para recoger estas palabras susurradas rostro en tierra, se yergue y dice fuerte:

-«¡María, no llores! También tu Maestro sufre por la muerte del amigo fiel… por haber debido dejarle morir…».

¡Oh, qué risitas y miradas de rencoroso júbilo hay en las caras de los enemigos de Cristo! Le sienten vencido, y exultan, mientras que los amigos se ponen cada vez más tristes.

Jesús dice aún más fuerte:

-«Pero Yo te digo: no llores. ¡Alzate! ¡Mírame! ¿Crees tú que Yo, que te he amado tanto, he hecho esto sin motivo? ¿Eres capaz de pensar que te he dado este dolor inútilmente? Ven. 7 Vamos donde Lázaro. ¿Dónde le habéis puesto?».

Jesús, más que a María y a Marta –las cuales, llorando ahora más violentamente, no hablan–, pregunta a todos los demás, especialmente a los que han salido de la casa con María y parecen los más turbados. Quizás son parientes más mayores, no lo sé.

Y éstos responden a Jesús, que está visiblemente compungido:

-«Ven y velo tú»,

y se encaminan hacia el sitio del sepulcro, que está en el extremo del huerto, en un lugar en que el suelo tiene ondulaciones y vetas de roca calcárea que afloran a la superficie. Marta, al lado de Jesús, que ha forzado a María a ponerse en pie y la está guiando porque está cegada por el fuerte llanto, indica con la mano a Jesús dónde está Lázaro; y, llegados al lugar, dice:

-«Ahí es, Maestro, donde tu amigo está sepultado»,

y señala hacia la piedra que está puesta oblicuamente contra la boca del sepulcro. Jesús, para ir a ese sitio, seguido por todos, ha tenido que pasar por delante de Gamaliel. Pero ni El ha saludado a Gamaliel ni Gamaliel le ha saludado a El. Luego, Gamaliel se ha unido a los otros y se ha parado, igual que todos los más inflexibles fariseos, a unos metros del sepulcro. Jesús, por su parte, sigue adelante, hasta muy cerca de la tumba, junto con las hermanas, con Maximino y con esos que quizás son los parientes. Jesús contempla la pesada piedra, que hace de puerta del sepulcro y de pesado obstáculo entre El y el amigo fenecido, y llora. El llanto de las hermanas aumenta, como también el de los íntimos y familiares.

8

-«Quitad esta piedra»

grita Jesús al improviso, habiendo enjugado antes su llanto. En todos se manifiesta un gesto de estupor. Un murmullo recorre la aglomeración de gente, que ha crecido con algunos de Betania que han entrado en el jardín y se han agregado a los convocados. Veo a algunos fariseos que se tocan la frente meneando la cabeza como diciendo:

-«¡Está loco!».

Nadie ejecuta la orden. Hasta los más fieles titubean y sienten repulsa por hacerlo. Jesús repite más fuerte su orden, haciendo estremecerse más todavía a la gente, la cual, experimentando dos sentimientos opuestos, hace ademán como de huir y, inmediatamente después, de acercarse más, para ver, desafiando el inminente hedor del sepulcro que Jesús quiere ver abierto.

-«Maestro, no se puede»

dice Marta esforzándose en contener el llanto para hablar.

-«Hace ya cuatro días que está ahí abajo. ¡Y Tú sabes de qué enfermedad ha muerto! Sólo nuestro amor podía cuidarle… Ahora, sin duda alguna y a pesar de los ungüentos, olerá fuertemente… ¿Qué quieres ver? ¿Su podredumbre?… No se puede… incluso por la impureza de la corrupción[3] y…».

-«¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios? Quitad esta piedra. ¡Lo quiero!».

Es un grito de voluntad divina… Un «¡Oh!» quedo brota de todos los pechos. Palidecen las caras. Alguno tiembla, como si hubiera pasado por todos un viento gélido de muerte. Marta hace una señal a Maximino, y éste ordena a los dependientes de la casa que cojan las herramientas que se requieren para guitar la pesada piedra. Ellos se marchan, a buen paso. Vuelven con picos y fuertes palancas. Y trabajan: introducen las puntas de los relucientes picos entre la roca y la piedra; substituyen luego los picos por las palancas; en fin, retiran cuidadosamente la piedra haciéndola rodar por un lado para correrla luego cautamente hasta la pared rocosa. Un hedor pestilente sale de la galería obscura y hace retroceder a todos. Marta pregunta en voz baja:

-«Maestro, ¿quieres bajar ahí? Si quieres bajar, se necesitan antorchas…».

Pero el pensamiento de tener que hacerlo la pone pálida.

9       Jesús no la responde. Alza los ojos al cielo, abre los brazos en cruz y ora con voz fortísima, recalcando bien las palabras:

-«¡Padre! Te doy gracias por haberme escuchado. Sabía que siempre me escuchas. Pero lo he dicho por estos que están aquí, por la gente que tengo a mi alrededor, ¡para que crean en ti, en mí, en que Tú me has enviado!».

Permanece así unos momentos. Tan transfigurado está, que parece raptado en éxtasis. Mientras, sin sonido de voz, dice otras, secretas palabras de oración o adoración, no sé. Lo que sí sé es que está tan espiritualizado, que no se le puede mirar sin sentirse temblar el corazón en el pecho. Parece hacerse, de cuerpo, luz; espiritualizarse, crecer en estatura, elevarse del suelo. Aun conservando sus colores de pelo, ojos, piel, indumentos –no como durante la transfiguración del Tabor, durante la cual todo se hizo luz y blancor deslumbrantes–, parece emanar luz y que todo en El se haga luz. La luz parece ponerle alrededor una aureola, especialmente en torno al rostro, elevado al cielo y arrobado en la contemplación del Padre.

Está así un rato. Luego vuelve a ser El, el Hombre, aunque con una majestad poderosa. Se acerca hasta el umbral del sepulcro. Mueve los brazos –hasta ese momento los había tenido extendidos en cruz y con las palmas vueltas hacia el cielo–, los mueve hacia delante; vuelve las palmas hacia abajo: las manos, por tanto, están ya dentro de la galería del sepulcro y su blancor resalta en la negrura que la llena. El hunde en esa negrura muda el fuego azul de sus ojos, cuyo fulgor de milagro es hoy insostenible; y, con voz potente, con un grito que es mayor que cuando en el lago mandó al viento calmarse, con una voz cual en ningún otro milagro le he oído, grita:

resurreccic393ndelc381zaro-j-tissot-«¡Lázaro! ¡Sal fuera!».

La voz, por el eco, se refleja en la cavidad sepulcral, y se expande, para salir luego a todo el jardín; y retumba en los desniveles de las ondulaciones de Betania: yo creo que llega hasta las primeras lomas que se elevan más allá de la campiña, y desde allí vuelve, repetida y queda, cual imperativo que no cesa; lo cierto es que desde infinitas partes se oye:

-«¡fuera! ¡fuera! ¡fuera!».

Todos sienten un estremecimiento más intenso, y, si la curiosidad tiene clavados a todos en sus sitios, las caras palidecen y los ojos se dilatan, mientras las bocas se entreabren involuntariamente con el grito de estupor ya en la garganta. Marta, un poco hacia atrás y al lado, está como hechizada mirando a Jesús. María cae de rodillas; ella, que no se ha separado nunca de su Maestro, cae de rodillas en el umbral del sepulcro, con una mano en el pecho para frenar los latidos del corazón y la otra agarrada, inconsciente y convulsamente, a un extremo del manto de Jesús (y se comprende que tiembla, porque el manto recibe leves vibraciones de la mano que lo aferra).

548 3 10    Algo, de color blanco, parece surgir del fondo profundo de la galería. Primero es una casi imperceptible, pequeña línea convexa; luego se transforma en una forma oval; luego a este óvalo se le añaden líneas más amplias, más largas, cada vez más largas… Y el que estaba muerto, envuelto en su mortaja, va acercándose lentamente, va siendo cada vez más visible, espectral, impresionante.

Jesús retrocede, retrocede, insensiblemente, pero continuamente, a medida que el otro avanza; la distancia entre los dos es, por tanto, siempre igual.

María debe soltar el borde del manto, pero no se mueve de donde está. La alegría, la emoción, todo, la clavan al sitio en que estaba.

Un «¡Oh!» cada vez más nítido sale de las gargantas, cerradas antes por un espasmo de espera: de susurro casi imperceptible, pasa a ser voz; de voz, a grito potente.

Lázaro está ya en el limen. Ahí se para, rígido, mudo, semejante a una estatua de yeso apenas esbozada (por tanto, informe); una forma larga, estrecha en la cabeza, estrecha en las piernas, más ancha en el tronco, macabra como la misma muerte, espectral con el blancor de la mortaja sobre el fondo obscuro del sepulcro. A la luz del Sol, que incide en él, se ve que la mortaja ya chorrea podredumbre por varios puntos.

Jesús grita fuerte:

-«Desatadle y dejadle libre. Dadle ropa y comida».

-«¡Maestro!…»

dice Marta, y quizás querría decir más. Pero Jesús la mira fijamente y la subyuga con su fúlgida mirada; dice:

-«¡Aquí! ¡En seguida! Traed una túnica. Vestidlo en presencia de todos y dadle de comer».

Da órdenes, pero no se vuelve ni una sola vez a mirar a los que tiene detrás y en torno. Sus ojos miran sólo a Lázaro, a María, que está cerca del resucitado y sin preocuparse del asco que da a todos la mortaja purulenta, y a Marta, que jadea como si se le estallase el corazón y no sabe si gritar su alegría o si llorar…

11     Los criados se apresuran a ejecutar las órdenes. Noemí es la primera que se pone en movimiento, rápida, y la primera que vuelve, con la ropa colgada en el brazo.

 Algunos desatan los lazos de las vendas, después de haberse remangado y haberse ceñido las túnicas para que no toquen la podredumbre que fluye. Marcela y Sara vuelven con ánforas de perfumes, seguidas de criados, unos con barreños y ánforas que despiden vapor de agua, otros con bandejas, tazas llenas de leche, y vino, fruta, tortas cubiertas de miel.

Las vendas, estrechas y larguísimas, de lino creo, con hirmas en los dos lados, tejidas, claro está, para ese uso, se desenrollan como rollos de cinta de una gran bobina, y se van acumulando en el suelo, cargadas de ungüentos aromáticos y de podredumbre. Los criados las apartan haciendo uso de palos. Han empezado por la cabeza, donde también hay materia purulenta (sin duda, supurada por la nariz, las orejas y la boca). El sudario colocado sobre la cara está todo empapado de estas supuraciones que ensucian el rostro de Lázaro (un rostro palidísimo, esqueletado, con los ojos cerrados por los ungüentos puestos en las órbitas, y con el pelo apelmazado, al igual que la barbita rala del mentón).

Va cayendo lentamente la sábana, el sudario colocado en torno al cuerpo, a medida que las vendas van bajando, bajando, bajando, liberando así el tronco que habían tenido oprimido durante días, devolviendo así forma humana a lo que antes habían hecho parecer una gran crisálida. Los osudos hombros, los brazos esqueletados, las costillas apenas cubiertas de piel, el vientre hundido van apareciendo lentamente. Y a medida que las vendas van cayendo, las hermanas, Maximino, los criados, dan en quitar el primer estrato de suciedad y de bálsamos, e insisten hasta que –cambiando continuamente el agua y añadiendo a ellas productos aromáticos que las hacen detergentes– la piel aparece limpia.

12     Lázaro, cuando le liberan la cara y puede mirar, dirige su mirada a Jesús, antes incluso que a sus hermanas, y, mirando a su Jesús con una sonrisa de amor en los pálidos labios y un brillo de llanto en las profundas órbitas, se olvida y abstrae de todo lo que sucede. También Jesús le sonríe con un brillo de llanto en el lagrimal de los ojos, y, sin hablar, dirige la mirada de Lázaro al cielo; Lázaro comprende, y mueve los labios en una silenciosa oración.