19/3/2017 Evangelio según San Juan 4,5-42.

Fiesta de la Iglesia: Solemnidad de San José, esposo de la Virgen María

Santo(s) del día : Beato Narciso Turchan
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Lecturas

El pasaje de este domingo corresponde al encuentro de Jesús con la samaritana y los dos días que estuvo en Sicar con los samaritanos, los capítulos del 143 al 147.

Sin duda las enseñanzas del encuentro de la samaritana son de una sabiduría profundísima y ecuménica, y resulta revelador leer el pasaje completo. Esta mujer que al principio se muestra irónica y arrogante termina por salir corriendo al pueblo a buscar a sus vecinos para mostrarles al Mesías, esta mujer que termina por convertirse al terminar la estadía de Jesús en Sicar había caído profundamente en el pecado como María Magdalena. Esta mujer será una de las santas mujeres que estuvieron junto a Jesús en el Calvario. Su nombre: Fontinái.

El pasaje del evangelio de Mateo se centra en el encuentro con la samaritana (143), y nos dice al final que estuvo dos días allí (145 a 147)  porque le rogaron que se quedara (144) y también dice que ellos creyeron por sus palabras, este último hecho desconcierta a los apóstoles pues los judíos en todas partes le pedían milagros para creer, además ellos  se mostraban incómodos en Samaria pues ya es sabido que los consideraban herejes. Todo esto es motivo de una lección final hacia ellos.

¡Cuánto se parece esta época actual a aquella!, ¿no creen? Aprendamos también nosotros la lección.

Lugares
Sicar
http://www.maria-valtorta.org/Lieux/Sychar.htm
Personajes
Fontinái
http://www.maria-valtorta.org/Personnages/Fotinai.htm

Segundo año de la Vida Pública de Jesús

143. La samaritana Fotinái[1]225.

22 de abril de 1945.

1 «Yo me paro aquí. Id a la ciudad. Comprad los alimentos necesarios. Comeremos en este lugar».

«¿Vamos todos?».

«Sí, Juan. Es bueno que estéis en grupo».

«¿Y Tú? ¿Te quedas solo?… Son samaritanos…».

«No serán los peores de entre los enemigos del Cristo. ¡Hala, poneos en camino! Yo oraré mientras os espero. Por vosotros y por éstos».

Los discípulos se van a regañadientes. Tres o cuatro veces se vuelven a mirar a Jesús, que se ha sentado en una paredilla soleada que está cerca del bajo y ancho brocal de un pozo (un pozo grande, tan ancho que parece casi una cisterna). En verano deben darle sombra unos árboles grandes que ahora están deshojados. No se ve el agua, pero en el suelo, junto al pozo, hay signos claros de haberla sacado: pequeños charcos y círculos de jarros húmedos.

Jesús se sienta y se pone a meditar en su acostumbrada posición: los codos apoyados sobre las rodillas; las manos hacia adelante, unidas; el cuerpo levemente curvado; la cabeza inclinada hacia abajo. Luego, sintiendo el calor de un agradable solecillo, se deja caer el manto de la cabeza y de los hombros y lo tiene recogido sobre su regazo.

Alza la cabeza para sonreír a una multitud de pájaros reñidores que se están disputando una migota que se le ha caído a alguien junto al pozo.

Al improviso, llega una mujer. Los pájaros huyen. Viene al pozo con un ánfora vacía sujeta de una de las asas con la mano izquierda; la derecha separa con gesto de sorpresa el velo, para ver quién es el hombre que está sentado allí.

Jesús sonríe a esta mujer de unos treinta y cinco o cuarenta años, alta, de facciones fuertemente marcadas pero bonitas. Un tipo de mujer que nosotros diríamos casi español: palidez aceitunada; labios muy encendidos y más bien túmidos; ojos grandes, casi demasiado, y negros, bajo cejas muy espesas; trenzas, que se transparentan a través del ligero velo, de color negro corvino. También las formas, mas bien modeladas y llamativas, reflejan un marcado tipo oriental, levemente flexuoso, como el de las mujeres árabes. Lleva un vestido de rayas multicolores, bien ceñido a la cintura, tirante en las caderas y pecho pingües, para pender luego, en una especie de orla ondulante, hasta el suelo. Muchos anillos en las manos carnosas y morenitas, muchas pulseras en las muñecas que despuntan bajo las bocamangas de lino. En el cuello lleva un pesado collar, del que cuelgan medallas (yo diría amuletos, pues son de las más variadas formas). Pesados pendientes, que brillan bajo el velo, caen hasta la altura del cuello.

2 «La paz sea contigo, mujer. ¿Me das de beber? He andado mucho y tengo sed».

«¿Pero no eres judío? ¿Me pides de beber a mi, que soy samaritana? ¿Qué ha sucedido? ¿Hemos sido rehabilitados, o es que vosotros estáis disgregados? Sin duda algo grande ha sucedido, cuando un judío habla amablemente con una samaritana. De todas formas, debería responderte: “No te doy nada, para castigar en ti todas las injurias que los judíos desde hace siglos nos infligen”».

        Pozo de Jacob en la iglesia ortodoxa Santa Photina (Nablus)

«Así es: un gran acontecimiento. Como consecuencia, muchas cosas han cambiado, y más aún van a cambiar. Dios ha otorgado un gran don al mundo y por él muchas cosas han cambiado. Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: “Dame de beber”, quizás tú misma le pedirías de beber y El te daría agua viva».

143 2«El agua viva está en las venas de la tierra. Este pozo la tiene… pero es nuestro». La mujer se muestra burlona y arrogante.

«El agua es de Dios, como también es de Dios la bondad, y la vida misma. Todo es de un único Dios, mujer. Y todos los hombres vienen de Dios: tanto los samaritanos como los judíos. ¿No es éste el pozo de Jacob? ¿Jacob no es cabeza de nuestra estirpe?[2]226 Si luego un error nos ha dividido, ello no cambia el origen».

 

 

«Error nuestro, ¿verdad?» pregunta, agresiva, la mujer.

«Ni nuestro ni vuestro. Error de alguien que había perdido de vista caridad y justicia. No te estoy ofendiendo, ni tampoco a tu raza. ¿Por qué quieres tú mostrarte ofensiva?».

«Eres el primer judío al que oigo hablar así. Los otros… Pero, respecto al pozo, sí, es el de Jacob y tiene tanta agua y tan clara que los de Sicar le preferimos a las otras fuentes. De todas formas, es muy profundo, y no tienes ni ánfora ni odre; ¿cómo podrías sacar para mí agua viva? ¿Eres, acaso, más que Jacob, nuestro santo patriarca, que encontró esta abundante agua para él, para sus hijos y sus hatos de ganado, Y que nos la dejó como don y recuerdo suyo?».

«Tú lo has dicho. Mira, quien bebe de esta agua seguirá teniendo sed; Yo, en cambio, tengo un agua que si uno la bebe no vuelve a sentir sed. Pero es sólo mía y la doy a quien me la pide. En verdad te digo que quien reciba esta agua que Yo le dé quedará asperjado para siempre y no volverá a tener sed, porque mi agua se hará en él manantial seguro, eterno».

«¿Cómo? No entiendo. ¿Eres un mago? ¿Cómo puede un hombre transformarse en un pozo? El camello bebe y se aprovisiona de agua en su voluminoso vientre, pero luego la consume y no le dura toda la vida. ¿Y Tú dices que tu agua dura toda la vida?».

«Más que eso: saltará hasta la vida eterna. Fluirá hasta la vida eterna en quien la beba, y producirá semillas de vida eterna, porque es surtidor de salud».

«Dame de esa agua si es verdad que la posees. Me canso viniendo hasta aquí. La tendré y no volveré a sentir sed, y no enfermaré jamás ni me haré vieja».

3 «Sólo de eso te cansas?, ¿de nada más? ¿Sólo sientes necesidad de sacar agua para beber, para tu pobre cuerpo? Reflexiona. Hay algo que vale más que el cuerpo: el alma. Jacob no dio a los suyos y a sí mismo sólo el agua de la tierra, sino que se preocupó de darse, y de dar, la santidad, el agua de Dios».

«Vosotros nos llamáis paganos. Si eso es verdad, no podemos ser santos…».

La mujer ha perdido su tono petulante e irónico y ahora se muestra sumisa y ligeramente confundida.

«Un pagano puede también ser virtuoso. Dios, que es justo, le premiará el bien realizado. No será un premio completo, pero sí te digo que entre un fiel en culpa grave y un pagano sin culpa Dios mira con menos rigor al pagano. ¿Y por qué, si sabéis que lo sois, no vais al verdadero Dios? ¿Cómo te llamas?».

«Fotinái».

«Pues, respóndeme, Fotinái: ¿Te duele el no poder aspirar a la santidad por el hecho de ser pagana –como tú dices–, por vivir –como digo Yo– en la ofuscación de un antiguo error?».

«Me aflige».

«Y entonces, ¿por qué no vives, al menos, como una virtuosa pagana?».

«¡Señor!…».

«Sí. ¿Puedes, acaso, negarlo? Ve a llamar a tu marido y vuelve aquí con él».

«No tengo marido…». La confusión de la mujer crece.

«Tú lo has dicho: no tienes marido. Has tenido cinco hombres y ahora tienes contigo otro que tampoco es marido tuyo. ¿Era necesario esto? También tu religión desaconseja la impudicia. También tenéis vosotros el Decálogo. ¿Por qué vives así, Fotinái? ¿No te sientes cansada de este esfuerzo de ser la carne de tantos, en vez de la honesta esposa de uno solo? ¿No tienes miedo de cuando decline tu vida, de cuando te encuentres sola con tus recuerdos, con la amargura de lo pasado, con tus temores? Sí, también con tu miedo, tu miedo a Dios y a los espectros. ¿Dónde están tus hijos?».

La mujer baja del todo la cabeza y calla.

«No los tienes aquí en la Tierra. Sin embargo, sus almitas, a las que has impedido conocer el día de la luz, te acusan; siempre. Joyas… bonitos vestidos… casa rica… una mesa bien surtida… Sí, pero vacío y lágrimas y miseria interior. En realidad eres una desvalida, Fotinái; sólo con un arrepentimiento sincero, a través del perdón de Dios –y, como consecuencia, el de tus hijos– puedes volver a ser rica».

4 «Señor, veo que eres profeta. Me avergüenzo…».

«¿Ante el Padre que está en los Cielos no sentías vergüenza cuando hacías el mal? Pero… no llores de humillación ante el Hombre… Ven aquí, Fotinái, junto a mí. Yo te hablaré de Dios. Quizás no le conocías bien y por eso… sí, por eso has cometido tantos errores; si hubieras conocido bien al verdadero Dios, no te habrías rebajado de este modo, El te habría hablado y sostenido…».

«Señor, nuestros padres adoraron en este monte[3]227. Vosotros decís que sólo en Jerusalén se puede adorar. Pero, como Tú dices, Dios es sólo uno. Ayúdame a ver dónde y cómo debo hacerlo…».

«Mujer, créeme, está llegando la hora en que ni en el monte de Samaria ni en Jerusalén será adorado el Padre. Vosotros adoráis a quien no conocéis, nosotros a quien conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Recuerda a los Profetas. Pero llega la hora –es ésta– en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; no ya con el rito antiguo sino con el nuevo, exento de sacrificios y hostias de animales consumidos por el fuego: el rito del sacrificio eterno de la Hostia inmaculada consumida por el Fuego de la Caridad: culto espiritual del Reino espiritual, que será comprendido por aquellos que sepan adorar en espíritu y en verdad. Dios es Espíritu y debe ser adorado espiritualmente».

«Dices santas palabras. Yo sé –también nosotros sabemos alguna cosa– que el Mesías va a llegar pronto; el Mesías, llamado también “el Cristo”. Cuando venga nos enseñará todo. Aquí cerca está el que dicen que es su Precursor; muchos van a él a oírle. Pero es muy severo. Tú eres bueno. Las almas menesterosas no sienten miedo de ti. Yo creo que el Cristo será bueno. Le llaman Rey de la Paz[4]228¿Tardará mucho en venir?».

«Te he dicho que su tiempo es éste».

«¿Cómo lo sabes? ¿Eres discípulo suyo? El Precursor tiene muchos discípulos; también los tendrá el Cristo».

«Soy Yo, el que te está hablando, el Cristo Jesús».

«¡Tú!… ¡Oh!…». La mujer, que se había sentado junto a Jesús, se levanta y hace ademán de huir.

«¿Por qué quieres huir, mujer?».

«Porque me da horror estar a tu lado. Tú eres santo…».

«Soy el Salvador. He venido aquí –y no era necesario– porque sabía que tu alma estaba cansada de vagar. Ya te produce náuseas tu alimento… He venido a darte uno nuevo, que te quitará las náuseas y la hartura… 5 Allí vuelven mis discípulos, con mí pan, pero el solo hecho de haberte dado estas migas iniciales de tu redención ya me ha alimentado».

143 3Los discípulos miran a la mujer de soslayo, más o menos prudentemente, pero ninguno habla. Ella se marcha olvidando agua y ánfora.

«Mira, Maestro –dice Pedro–, nos han tratado bien. Aquí hay queso, pan reciente, aceitunas y manzanas. Coge lo que quieras. Esa mujer ha hecho bien dejando el ánfora; así será más rápido, que no con nuestros pequeños odres. Bebemos y luego los llenamos, y así no tendremos que pedir nada a los samaritanos, no tendremos ni siquiera que acercarnos a sus fuentes. ¿No comes? He buscado pescado para ti, pero no había. Quizás te hubiera gustado más. Te veo cansado y pálido».

«Tengo un alimento que vosotros no conocéis. Comeré de ése. Repondrá ampliamente mis energías».

Los discípulos se miran con ademán de querer preguntar. Jesús responde a sus calladas preguntas.

«Mi alimento consiste en hacer la voluntad del que me ha enviado y consumar la obra que me ha encomendado. Cuando un sembrador esparce la semilla, ¿puede pensar que ya ha hecho todo, como sí hubiera cosechado? Ciertamente no. ¡Cuánto tendrá que hacer todavía para poder decir: Mi obra está cumplida”! Hasta ese momento no podrá descansar. Fijaos en estos campos bajo el alegre sol de la hora sexta. Hace sólo un mes, incluso menos, la tierra estaba desnuda, oscura por el agua de las lluvias. Fijaos ahora: abundantes tallitos de trigo, recién brotados, de un verde tenuísimo, que, bajo esta intensa luz, parece todavía más claro, la hacen albariza con el sutil velo con que la cubren, que es la mies futura.

Vosotros, viéndole, decís: “Dentro de cuatro meses será la cosecha. Los sembradores tomarán consigo a los segadores; porque, aunque uno sea suficiente para sembrar su propio campo, muchos son necesarios para segarlo. Ambas partes están contentas: tanto el que ha sembrado un pequeño saquito de trigo y ahora debe preparar los graneros para guardarlo, como los que en pocos días ganan de qué vivir para algunos meses”. De la misma forma, en el campo del espíritu, los que recojan lo que por mí fue sembrado se alegrarán conmigo, y como Yo, porque les daré mi salario y el fruto debido. Les daré de qué vivir en mi Reino eterno. Vosotros sólo tenéis que recoger. Yo he hecho la parte más dura del trabajo; no obstante, os digo: “Venid, cosechad en mi campo; contento me siento de que os carguéis de manípulos de mi trigo. Una vez que hayáis recogido todo mi trigo, sembrado por mí por todas partes, infatigable, quedará cumplida la voluntad de Dios, y Yo me sentaré al banquete de la celeste Jerusalén”. Allí vienen los samaritanos con Fotinái. Mostrad caridad para con ellos. Son almas que se acercan a Dios».

[1] 225 Cfr. Ju. 4, 4–42.         

[2] 226 Cfr. La historia de Jacob en Gén. 25, 19 – 37, 36; 45, 16 – 50, 14. Jacob a quien Dios impuso el nombre de Israel (cfr. Gén. 32, 23–31) fue el tronco de la estirpe israelita. Compró un campo cerca de Siquén, y construyó allí un altar (cfr. Gén. 33, 18–20; Jos. 24, 32). El Gén. No dice que allí hubiera habido un pozo, pero lo deja suponer desde el momento en que Jacob se estableció allí por un poco de tiempo. Siquem en arameo se dice Sicara.

[3] 227 El monte Garizim, cerca de Siquem (Sicara): cfr. Deut. 11, 29; 27, 12; Jos. 8, 33. En ese monte los samaritanos construyeron un templo, cual rival del de Jerusalén.

[4] 228 Cfr. Is. 9, 5–6

144. Los samaritanos invitan a Jesús a Sicar[1]229.

23 de abril de 1945.

144 11       Viene hacia Jesús un grupo de notables samaritanos guiados por Fotinái.

«Dios sea contigo, Rabí. Esta mujer nos ha dicho que eres un profeta y que no te desdeñas de hablar con nosotros. Te rogamos que nos concedas tu presencia y que no nos niegues tu palabra, porque… sí, es verdad que hemos sido amputados de Judá, pero no hay por qué decir que sólo Judá sea santo y todo el pecado esté en Samaria; también hay justos entre nosotros».

«Este concepto se lo he expresado Yo también a esta mujer. No me impongo, pero tampoco me muestro reluctante si alguien me busca».

«Eres justo. 2 La mujer nos ha dicho que Tú eres el Cristo. ¿Es verdad? Respóndenos en nombre de Dios».

«Lo soy. La hora mesiánica ha llegado. Israel ha sido reunido por su Rey; y no sólo Israel».

«Pero Tú serás para quienes… no están en error como estamos nosotros» observa un anciano de porte grave.

«Hombre, te veo como cabeza de todos los presentes, y leo en ti una honrada búsqueda de la Verdad. Escúchame ahora tú que estás instruido en las lecturas sagradas. A mí me fue dicho lo mismo que el Espíritu dijo a Ezequiel[2]230 cuando le confirió una misión profética: “Hijo del hombre, Yo te envío a los hijos de Israel, a los pueblos rebeldes que se han alejado de mí… Son hijos de dura cerviz y corazón indomable… Quizás te escuchen, aunque sin hacer luego caso de tus palabras, que son mías. Efectivamente, se trata de una casa rebelde. Pero, al menos, sabrán que entre ellos hay un profeta. No les tengas miedo. No te asusten sus argumentaciones, porque son incrédulos y subversivos… Refiéreles mis palabras, te presten o no oídos. Haz lo que te digo, escucha lo que te digo para no ser rebelde como ellos. Por tanto, come todo alimento que Yo te ofrezca”.

Y he venido. No me hago falsas ilusiones, no pretendo ser acogido como un triunfador; pero, puesto que la voluntad de Dios es mi deleite, la cumplo. Si queréis, os manifiesto las palabras que el Espíritu ha depositado en mí».

«¿Cómo es posible que el Eterno haya pensado en nosotros?».

«Porque es Amor, hijos».

«No hablan así los rabíes de Judá».

«Pero sí os habla así el Mesías del Señor».

3 «Está escrito que el Mesías había de nacer de una virgen de Judá[3]231. Tú, ¿de quién y cómo naciste?».

«En Belén Efratá, de María de la estirpe de David, por obra de espiritual concepción. Quered creerlo». La bonita voz de Jesús es un tañido de alegre triunfo al proclamar la virginidad de su Madre.

«Tu rostro resplandece con intensa luz. No, Tú no puedes mentir. Los hijos de las tinieblas tienen tenebroso el rostro, turbada la mirada. Tú eres luminoso; tu ojo tiene la limpieza de una mañana de abril, tu palabra es buena. Entra en Sicar, te lo ruego, y adoctrina a los hijos de este linaje. Luego te marcharás… y nos acordaremos de la Estrella que rayó nuestro cielo…».

«¿Y si la siguierais?… ¿Por qué no?».

«Pero si no podemos, ¿no?». Hablan mientras se dirigen a la ciudad. «Somos los separados, al menos así se dice. Hemos nacido con esta fe y no sabemos si es justo dejarla. Además… –sí, contigo podemos hablar, lo percibo– además también nosotros tenemos ojos para ver y cerebro para pensar. Cuando, por viajes o exigencias comerciales, pasamos a vuestra tierra, todo lo que vemos no es suficientemente santo como para persuadirnos de que Dios esté con vosotros los de Judá, ni tampoco con vosotros los galileos».

«En verdad te digo que el no haberos persuadido, el no haberos conducido de nuevo a Dios –no con ofensas y maldiciones, sino con el ejemplo y la caridad– le será imputado al resto de Israel».

«¡Cuánta sabiduría tienes! ¿¡Estáis oyendo!?».

Todos asienten con un murmullo de admiración.

4       Entretanto, han llegado a la ciudad. Muchas otras personas se acercan mientras se dirigen a una de las casas.

«Escucha, Rabí. Tú, que eres sabio y bueno, resuélvenos una duda; de ello puede depender buena parte de nuestro futuro. Tú, que eres el Mesías –restaurador, por tanto, del reino de David–, debes sentir alegría de restablecer la unión, con el cuerpo del Estado, de este miembro desgajado; ¿no?».

«Me preocupo no tanto de reagrupar las partes separadas de una entidad caduca cuanto de conducir de nuevo a Dios a todos los espíritus, y me siento dichoso cuando restauro la Verdad en un corazón. Pero… expón tu duda».

«Nuestros padres pecaron. Desde entonces Dios detesta a las almas de Samaria. Por tanto, aunque siguiéramos la vía del Bien, ¿qué beneficios obtendríamos? Siempre seremos unos leprosos ante los ojos de Dios».

«Como todos los cismáticos, vuestro pesar es eterno; vuestra insatisfacción, perenne. Te respondo también con Ezequiel[4]232. “Todas las almas son mías”, dice el Señor –tanto la del padre como la del hijo–, pero morirá sólo el alma que haya pecado. Si un hombre es justo, si no es idólatra, si no fornica, si no roba y no practica la usura, si tiene misericordia de la carne y del espíritu de los demás, será justo ante mis ojos y tendrá vida verdadera. ¿Si un justo tiene un hijo rebelde, éste tendrá la vida por haber sido justo su padre? No, no la tendrá. Y, si el hijo de un pecador es justo, ¿morirá como su padre por ser hijo suyo? No; vivirá con eterna vida por haber sido justo. No sería justo que uno cargase con el pecado del otro. El alma que haya pecado morirá, la que no haya pecado no morirá. Pero, aun quien haya pecado podrá tener la verdadera vida si se arrepiente y se allega a la Justicia. El Señor Dios, el único y solo Señor, dice: “No quiero la muerte del pecador, sino que se convierta y tenga la Vida”. Para esto me ha enviado, ¡Oh hijos errantes!, para que tengáis la verdadera vida. Yo soy la Vida. Quien cree en mí y en quien me ha enviado tendrá la vida eterna, aunque hasta este momento haya sido un pecador».

«Hemos llegado a mi casa, Maestro. ¿No sientes horror de entrar?».

«Sólo me produce horror el pecado».

«Entra entonces, haz aquí un alto en tu camino. Compartiremos el pan, y luego, si no te es molestia, nos distribuirás la palabra de Dios; dicha por ti tiene otro sabor… Nosotros tenemos aquí un tormento: el de no sentirnos seguros de estar en la verdad…».

«Todo se calmaría si os atrevierais a ir abiertamente a la Verdad. Que Dios hable en vosotros, ciudadanos. Pronto anochecerá. No obstante, mañana, a la hora tercera, os hablaré largamente, si lo deseáis. Idos y que la Misericordia os acompañe».

[1] 229 Cfr. En cierto modo Ju. 4, 39–42.

[2] 230 Cfr. Ez. 2, 2–8.

[3] 231 Cfr. Is. 7, 13–14; Miq. 5, 2; Mat. 1, 20–23.

[4] 232 Cfr. Ez. 18, 4–22.

145. El primer día en Sicar.

24 de abril de 1945.

1451       Jesús está hablando, desde el centro de una plaza, a mucha gente, concentrada en torno a El. Habla subido al banco de piedra que hay junto a la fuente. También están alrededor los doce, con unas caras… que reflejan consternación, o incomodidad, o que expresan claramente la repulsión hacia ciertos contactos. Especialmente Bartolomé y el Iscariote muestran abiertamente su contrariedad: para evitar lo más posible la cercanía de los samaritanos, el Iscariote se ha puesto a caballo en una rama de un árbol, como queriendo dominar la escena; Bartolomé ha ido a apoyarse en un portal de un ángulo de la plaza. El prejuicio está vivo y activo en todos.

Jesús se manifiesta con total normalidad; es más, yo diría que se está esforzando en no apabullar a los presentes con su majestuosidad, tratando, de todas formas, al mismo tiempo, de hacerla resaltar para eliminar en ellos todo género de duda. Acaricia a dos o tres pequeñuelos, de los cuales pregunta el nombre; se interesa personalmente de un anciano ciego, al que, también personalmente, le da el óbolo; responde a dos o tres cuestiones que le plantean acerca de asuntos no generales sino privados.

2       Uno de estos asuntos es la pregunta de un padre acerca de su hija, que se ha escapado de casa por amor y que ahora solicita perdón.

«Concédele tu perdón inmediatamente».

«¡He sufrido por ello, Maestro! Y sigo sufriendo. En menos de un año he envejecido diez».

«El perdón te aliviara».

«No puede ser. La herida permanece».

«Es verdad, pero en esa herida hay dos espinas que hacen daño: una, la innegable afrenta que te ha infligido tu hija; la otra es el esfuerzo por desamarla. Quita, al menos, ésta. El perdón, que es la forma más alta del amor, la sacará. Piensa, pobre padre, que es una hija que ha nacido de ti y que siempre tiene derecho a tu amor. Si la vieras con una enfermedad corporal y supieras que si no la cuidases tú, tú en persona, moriría, ¿la dejarías morir? Ciertamente no. Pues piensa entonces que tú, tú en persona, con tu perdón, puedes atajar su mal y conducirla a la restauración de la salud del instinto; porque, mira, en ella ha tomado predominio el lado más vil de la materia».

«Entonces… ¿piensas que debo perdonar?».

«Debes hacerlo».

«¿Pero cómo voy a resistir el verla en casa después de lo que ha hecho; cómo voy a ser capaz de no maldecirla?».

«Sí así fuera, no habrías perdonado. El perdón no está en el acto de abrirle de nuevo la puerta de casa, sino en abrirle de nuevo el corazón. Sé bueno, hombre. ¿No vamos a tener para con nuestra hija la paciencia que tenemos con el juvenco indócil?».

3       Una mujer, por su parte, presenta la cuestión de si haría bien casándose con su cuñado para dar un padre a sus huerfanitos.

«¿Piensas que sería un verdadero padre?».

«Sí, Maestro. Son tres varones. Necesitan un hombre que los guíe».

«Hazlo entonces, y sé esposa fiel como lo fuiste con el primero».

4       El tercero le pregunta que si, aceptando la invitación que ha recibido de ir a Antioquía, haría bien o mal.

«¿Por qué quieres ir?».

«Porque aquí no dispongo de medios ni para mí ni para mis muchos hijos. He conocido a un gentil que me contrataría, porque me ha visto hábil en el trabajo; ofrecería también trabajo a mis hijos. Pero no querría… –te parecerá extraño un escrúpulo en un samaritano, pero lo tengo–, no querría que perdiésemos la fe. ¡Es que ese hombre es un pagano, ¿sabes?!».

«¿Y qué quieres decir con ello? Mira, nada contamina si uno no quiere ser contaminado. Ve tranquilamente a Antioquía y sé del Dios verdadero. El te guiará, y serás incluso el benefactor de ese patrón, que conocerá a Dios a través de tu honradez».

5       Luego comienza a hablar a todos los presentes.

«He oído la voz de muchos de vosotros, y en todos he visto un secreto dolor, un pesar del que ni siquiera quizás os dais cuenta; he visto que lloráis en vuestros corazones. Esto se ha ido acumulando durante siglos, y no son capaces de disolverlo ni las razones que a vosotros mismos os decís ni las injurias que os lanzan; antes bien, cada vez más se endurece y pesa como nieve que se soliditan en hielo.

Yo no soy vosotros, como tampoco soy uno de los que os acusan. Soy Justicia y Sabiduría. Una vez más, para solución de vuestro caso, os cito a Ezequiel. El, proféticamente, habla de Samaria y de Jerusalén[1]233 llamándolas hijas de un mismo seno, llamándolas Oholá y Oholibá.

La que primero cayó en la idolatría fue la primera, de nombre Oholá, porque ya antes había quedado privada de la ayuda espiritual de la unión con el Padre de los Cielos. La unión con Dios significa siempre salvación. Confundió erróneamente la verdadera riqueza, la verdadera potencia, la verdadera sabiduría, con la pobre riqueza, potencia y sabiduría de uno que era inferior a Dios, y más pequeño que ella misma; fue seducida por la riqueza, potencia y sabiduría de éste hasta el punto de que se hizo esclava del modo de vivir del que la había seducido. Buscando ser fuerte, vino a ser débil. Buscando ser más, vino a ser menos. Por imprudente enloqueció. Cuando uno, imprudentemente, se coge una infección, mucho le cuesta luego librarse de ella. Diréis: “¿Menos? No. Nosotros fuimos grandes”. Sí, grandes, pero ¿cómo?, ¿a qué precio? No lo ignoráis. ¡Cuántas mujeres también consiguen la riqueza al precio tremendo de su honor! Adquieren una cosa que puede terminar y pierden algo que no tiene fin: el buen nombre. Oholibá, viendo que a Oholá su propia locura le había producido riqueza, quiso imitarla, y enloqueció más que Oholá, además con doble culpa, porque tenía consigo al Dios verdadero y no habría debido pisotear jamás la fuerza que de esta unión le venía: duro, tremendo castigo ha recibido –y más grande aún será– la doblemente desquiciada y fornicadora Oholibá. Dios le volverá la espalda –ya lo está haciendo– para ir a los que no son de Judá. No se puede acusar a Dios de ser injusto porque no se imponga. A todos abre los brazos, invita a todos; pero, si uno le dice: “Vete”, se va. Busca amor, invita a otros, hasta que encuentra a alguien que dice: “Voy”. Por eso os digo que podéis hallar alivio a vuestro tormento, debéis hallarlo, pensando en estas cosas.

¡Oholá vuelve en ti! Dios te llama. La sabiduría del hombre está en saberse enmendar; la del espíritu, en amar al Dios verdadero y su Verdad. No fijéis vuestra mirada ni en Oholibá, ni en Fenicia, ni en Egipto, ni en Grecia. Mirad a Dios. Esa es la Patria de todo espíritu recto, y es el Cielo. No hay muchas leyes, sino una sola: la de Dios. Por ese código se tiene la Vida. No digáis: “Hemos pecado”; decid más bien: “No queremos volver a pecar”. La prueba de que Dios os sigue amando la tenéis en esto: os ha enviado a su Verbo a deciros: “Venid”. Venid, os digo. ¿Os injurian?, ¿os han proscrito?… ¿Quiénes?: seres semejantes a vosotros. Considerad que Dios es mayor que ellos, y que os dice: “Venid”. Llegará un día en que exultaréis por no haber estado en el Templo… Con la mente exultaréis, y aún mayor será el gozo de los espíritus, porque el perdón de Dios habrá descendido a los hombres de corazón recto dispersos por Samaria.

Preparad su venida. Venid al Salvador universal, vosotros, hijos de Dios que ya no sabéis hallar el camino».

6 «Nosotros iríamos, al menos algunos; los que no nos aceptan son los de la otra parte».

«Pues, citando de nuevo al sacerdote y profeta, os digo: “Yo tomaré el leño de José, que Efraím tiene en su mano, con las tribus de Israel a él unidas, y lo uniré al de Judá para hacer de ellos un solo tronco…”[2]234. No, no es al Templo; venid a mí; Yo no rechazo a nadie. Yo soy aquel que fue llamado el Rey dominador de todos[3]235. Soy el Rey de los reyes. ¡Oh, pueblos todos que deseáis ser purificados, Yo os purificaré! ¡Rebaños sin pastor, o con pastores ídolos, Yo os congregaré, porque soy el Pastor bueno! Os daré el único tabernáculo que voy a poner en medio de mis fieles. Este tabernáculo será fuente de vida, pan de vida, luz, salvación, protección, sabiduría; será todo, porque será el Viviente dado en alimento a los muertos para que vivan; será el Dios que se efunde con su santidad para santificar. Esto soy y seré. El tiempo del odio, de la incomprensión, del temor, queda superado. ¡Venid! ¡Ven, pueblo de Israel, pueblo separado, pueblo afligido, pueblo lejano, pueblo estimado; infinitamente apreciado por estar enfermo, debilitado; infinitamente amado porque una flecha te ha abierto las venas del corazón y te ha desangrado, ha extraído de tus venas la unión vital con tu Dios! ¡Ven al seno de donde naciste, al pecho de que recibiste la vida; todavía hay para ti dulzura y calor…! ¡siempre! ¡Ven! ¡Ven a la Vida y a la Salud!».

[1] 233 Cfr. Ez. 23. Etimológicamente Oholá significa “su (propia) tienda” y mi tienda (está) en ella”. Tienda, en sentido del Antiguo Testamento, equivale a tabernáculo, templo. Tal etimología parece corresponder al culto cismático de Samaría, practicado en el templo del monte Garizim, al culto auténtico de Israel practicado en el templo de Jerusalén. Jesús explica magistralmente el camino para que pueda efectuarse la reunión de Samaría con el Israel espiritual, al invitar a los samaritanos no al templo de Jerusalén que perecerá y que pronto se convertirá en deicida, sino a Sí mismo, Templo vivo, Pastor bueno, Salvador universal.

[2] 234 Cfr. Ez. 37, 19. Para entender bien todo lo que sigue, cfr. Ez. 37, 15–28.

[3] 235 Cfr. Deut. 10, 17.

146. El segundo día en Sicar. Jesús se despide de los samaritanos.

25 de abril de 1945.

146Grupo de samaritanos 1900

1       Dice Jesús a los samaritanos de Sicar:

«Tengo otros hijos a quienes evangelizar. Tengo que dejaros. Pero antes quisiera abriros, fúlgidos, los caminos de la esperanza, y llevaros a ellos y deciros: “Caminad seguros, que la meta es cierta”. Hoy no voy a citar al gran Ezequiel, sino al discípulo predilecto de Jeremías, grandísimo profeta. Baruc habla por vosotros[1]236. Realmente toma vuestras almas y habla por todas ellas al sublime Dios que está en los Cielos, las vuestras –no me refiero sólo a las de los samaritanos, sino a todas vuestras almas, ¡Oh, estirpes del pueblo elegido caídas en múltiple pecado!–, y también las vuestras, pueblos gentiles que sentís que entre los muchos dioses a los que adoráis hay un Dios desconocido, un Dios al que vuestra alma siente único y verdadero, y que, no obstante, debido a vuestra pesantez no podéis buscarlo para conocerlo como el alma quisiera. Al menos una ley moral os había sido dada, ¡Oh gentiles, Oh idólatras!; porque sois hombres y el hombre tiene en sí una esencia que viene de Dios y que se llama espíritu y que tiene siempre voz y consejos elevados y empuja a vida santa. Vosotros la habéis sometido a la esclavitud de una carne viciosa, rompiendo la ley moral humana –la que teníais– y viniendo a ser pecadores incluso humanamente, rebajando el concepto de vuestra fe y rebajándoos a vosotros mismos a un nivel animalesco que os hace inferiores a los brutos.

Y, a pesar de todo, oís, todos, y comprendéis más –y como consecuencia actuáis– en la medida en que aumenta vuestra cognición de la Ley de una moral sobrenatural que el verdadero Dios os ha dado.

2 Baruc ora así[2]237: “Señor, míranos desde tu santa morada. Vuelve hacia nosotros tus oídos. Escúchanos. Abre tus ojos y piensa que no serán los muertos que están en los infiernos –cuyo espíritu está separado de sus entrañas– los que rindan honor y justicia al Señor, sino el alma afligida por la dimensión de las desventuras, que camina encorvada y débil, con los ojos hacia el suelo; el alma hambrienta de ti, ¡Oh Dios!, es la que te rinde gloria y justicia”.

Esta es la oración que debéis tener en vuestros corazones humillados con noble humildad, que no es degradación e indolencia sino conocimiento exacto de la propia mísera situación y santo deseo de hallar el medio de mejorar espiritualmente. Y Baruc llora humildemente, y todo justo debe llorar con él, viendo y nombrando con su verdadero nombre las desventuras que han hecho triste, dividido y vasallo a un pueblo fuerte. “No hemos hecho –dice– caso de tu voz y has cumplido las palabras que habías manifestado a través de tus siervos, los Profetas… Y han sacado de sus sepulcros los huesos de nuestros reyes y de nuestros padres, los han arrojado al ardor del sol, al crudo frío de la noche; los habitantes de la ciudad han muerto entre atroces dolores, de hambre, a espada, de peste. Has reducido al estado presente el Templo en que se invocaba tu Nombre, a causa de la iniquidad de Israel y Judá”.

No digáis, hijos del Padre: “Tanto nuestro Templo como el vuestro han surgido y resurgido y se yerguen espléndidos”. No. Un árbol abierto desde su ápice hasta sus raíces por un rayo no puede pervivir; podrá vegetar míseramente, presentar un conato de vida en algunos rebrotes que nazcan de raíces que se resistan a morir… no pasará de ser un conjunto de ramajes infructíferos; jamás volverá a ser opulento árbol de copiosos frutos sanos y delicados. Pues bien, el proceso de fragmentación incoado con la separación se acentúa cada vez más a pesar de que materialmente la construcción no parezca lesionada; antes bien, bella y nueva. Destruye las conciencias que en ella moran. Llegará la hora en que, apagada toda llama sobrenatural, le faltará al Templo –altar de precioso metal que para subsistir debe ser mantenido en continua fusión por el calor de la fe y de la caridad de sus ministros–, le faltará lo que constituye su vida; entonces, gélido, apagado, ensuciado, lleno de cadáveres, pasará a ser podredumbre acometida, para ruina suya, por cuervos llegados de otras regiones y por el alud del castigo divino.

Hijos de Israel, orad, llorando, conmigo, vuestro Salvador. Que mi voz sostenga las vuestras y penetre –pues mi voz tiene este poder– hasta el trono de Dios. Quien ora con el Cristo, Hijo del Padre, es escuchado por Dios, Padre del Hijo.

Elevemos la antigua, justa oración de Baruc[3]238: “Y ahora, Señor omnipotente, ¡Oh Dios de Israel!, toda alma angustiada, todo espíritu henchido de ansiedad, eleva a ti su grito. Abre tus oídos, Señor, y ten piedad. Eres un Dios misericordioso; ten piedad de nosotros, porque hemos pecado en tu presencia. Eternamente, ocupas tu trono; ¿debemos nosotros perecer para siempre? Señor omnipotente, Dios de Israel, escucha la oración de los muertos de Israel y de sus hijos, que han pecado en tu presencia. Ellos no prestaron oídos a la voz del Señor su Dios. Se nos han adherido sus males. No te acuerdes de la iniquidad de nuestros padres; acuérdate, más bien, de tu poder y tu Nombre… Ten piedad, para que invoquemos este Nombre y nos convirtamos de la iniquidad de nuestros padres”.

Orad así y convertíos verdaderamente, volviendo a la sabiduría verdadera, que es la de Dios y se encuentra en el Libro de los mandamientos de Dios y en la Ley, que dura eternamente y que ahora Yo, Mesías de Dios, traigo de nuevo, en su simple e inalterable forma, a los pobres del mundo, anunciándoles la buena nueva de la era de la Redención, del Perdón, del Amor, de la Paz. Quien crea en esta palabra alcanzará vida eterna.

3 Os dejo, habitantes de Sicar, que habéis sido buenos con el Mesías de Dios. Os dejo con mi paz».

«¡Quédate más tiempo!».

«¡Vuelve!».

«Ninguno nos volverá a hablar como lo has hecho Tú».

«¡Bendito seas, Maestro bueno!».

«Bendice a mi pequeñuelo».

«Santo, ruega por mí».

«Déjame conservar un ribete de tu indumento como bendición».

«Acuérdate de Abel».

«Y de mí, Timoteo».

«Y de mí, Yorái».

«De todos. De todos. La paz descienda sobre vosotros».

Le acompañan hasta unos centenares de metros fuera de la ciudad, y luego, muy despacio, se vuelven…

[1] 236 Nota. Sería conveniente que el lector tuviese ante la vista: Baruc 2, 11 – 4, 4, bien para ver en el contexto los trozos citados, bien para distinguir el origen y sentido de algunas expresiones y matices que se encuentran en este parágrafo

[2] 237 Baruc 2, 16–18; 2, 24–26

[3] 238 Baruc 3, 1–7.

147. Curación de una mujer de Sicar y conversión de Fotinái.

26 de abril de 1945.

147 11       Jesús va caminando solo, casi rozando un seto de cácteas[1]239 que, burlándose de todas las demás plantas desnudas, resplandecen bajo el sol con sus carnosas paletas espinosas, en las que hay todavía algún fruto al que el tiempo ha dado un color rojo ladrillo, o en que ya ríe alguna flor precoz amarilla con pinceladas de color bermellón.

Los apóstoles, detrás, cuchichean. No creo que estén verdaderamente alabando al Maestro. En un momento dado, Jesús se vuelve de repente y dice:

«”Quien está pendiente del viento no siembra, quien está pendiente de las nubes no recoge nunca”[2]240. Es un refrán antiguo, pero Yo lo sigo. Como podéis ver, donde temíais adversos vientos y no queríais deteneros, he encontrado terreno y modo de sembrar. Y, a pesar de “vuestras” nubes, que, conviene que lo oigáis, no está bien que las mostréis donde la Misericordia quiere mostrar su sol, estoy seguro de haber cosechado ya».

«Sí, pero ninguno te ha pedido un milagro. ¡Es una fe en ti muy extraña!».

«Tomás, ¿crees que el hecho de pedir milagros es lo único que prueba que hay fe? Te equivocas. Es todo lo contrario. Quien quiere un milagro para poder creer patentiza que sin el milagro, prueba tangible, no creería. Sin embargo, quien, por la palabra de otro, dice creomuestra la máxima fe».

«¡Así que entonces los samaritanos son mejores que nosotros!».

«No estoy diciendo eso. Pero en su estado de minoración espiritual han mostrado tener una capacidad de comprender a Dios mucho mayor que la de los fieles de Palestina. Esto os lo encontraréis muchas veces en vuestra vida. Os ruego que os acordéis también de este episodio para saberos conducir sin prejuicios con las almas que se acerquen a la fe en el Cristo».

«De todas formas –perdona, Jesús, si te lo digo– ya te persigue mucho odio y dar pie a nuevas acusaciones creo que te perjudica. Si los miembros del Sanedrín vinieran a saber que has tenido…».

«¡Dilo, hombre!: “amor”, porque esto es lo que he tenido y tengo, Santiago. Tú, que eres primo mío, comprenderás que en mí no puede haber sino amor. Te he mostrado cómo en mí sólo hay amor, incluso para con quienes me eran enemigos en mi familia y en mi tierra. Y, entonces, ¿no debía amar a éstos, que me han respetado a pesar de que no me conocían? Los miembros del Sanedrín pueden hacer todo el mal que quieran, pero la consideración de este futuro mal no cerrará las esclusas de mi amor omnipresente y omnioperante. Pero además es que, aunque lo hiciera, ello no impediría al odio del Sanedrín encontrar motivos de acusación».

«Sí, pero, Maestro, pierdes tu tiempo en una ciudad idólatra, habiendo como hay muchos lugares en Israel que te esperan. Dices que es necesario consagrar cada hora del día al Señor. ¿No son horas perdidas?».

«Un día dedicado a reagrupar las ovejas extraviadas no es un día perdido, Felipe. Está escrito: “Hace muchas oblaciones quien respeta la Ley… mas quien practica la misericordia ofrece un sacrificio”[3]241. Está escrito: “Que tu ofrenda al Altísimo esté en proporción de cuanto te ha dado; ofrece con mirada alegre según tus facultades”[4]242. Yo lo hago, amigo, y el tiempo empleado en el sacrificio no es un tiempo perdido. Practico la misericordia y uso de las facultades recibidas ofreciendo mi trabajo a Dios. Tranquilos, por tanto. 2 Además, el que, de vosotros, quería que hubieran pedido milagros para convencerse de que los de Sicar creían en mí va a quedar satisfecho. Aquel hombre nos sigue, sin duda por algún motivo. Detengámonos».

Efectivamente, el hombre viene en dirección a ellos. Se le ve encorvado bajo la carga de un voluminoso fardo que lleva malamente contrapesado sobre los hombros. Al ver que el grupo de Jesús se ha detenido lo hace él también.

«Se ha parado porque ve que nos hemos dado cuenta de sus malas intenciones. ¡Son samaritanos!».

«¿Estás seguro, Pedro?».

«¡Sin duda!».

«Pues entonces quedaos aquí. Yo me acerco a él».

«No, Señor, eso no. Si vas Tú, también yo».

«De acuerdo, ven».

Jesús se dirige hacia el hombre. Pedro trota a su lado, entre curioso y hostil. Llegados a pocos metros uno del otro, Jesús dice:

«¿Hombre, qué quieres? ¿A quién buscas?».

«A ti».

«Y ¿por qué no has venido a mí cuando estaba en la ciudad?».

«No me atrevía… Si en presencia de todos me hubieras rechazado hubiera sufrido demasiado dolor y vergüenza».

«Podrías haberme llamado cuando me quedé solo con los míos».

«Mi deseo era acercarme a ti estando Tú solo, como Fotinái. También yo, como ella, tengo un motivo importante para estar a solas contigo…».

«¿Qué quieres? ¿Qué es lo que transportas con tanto esfuerzo sobre tus hombros?».

«Es mi mujer. Un espíritu se ha adueñado de ella y la ha transformado en un cuerpo muerto y una inteligencia apagada. Debo hasta darle la comida en la boca, vestirla, llevarla como a una niña pequeña. Ocurrió al improviso, sin previa enfermedad… La llaman “la endemoniada”. Todo esto me supone dolor, afanes, gastos. Mira».

El hombre pone en el suelo su fardo de inerte carne envuelta en un sayo (como un saco), y descubre un rostro de mujer, todavía joven, que si no respirase se podría decir que estaba muerta: ojos cerrados, boca entreabierta: es el rostro de una persona que ha expirado.

Jesús se agacha hacia la desdichada mujer que yace en el suelo, la mira, luego mira al hombre y le dice:

«¿Crees que puedo hacerlo?… ¿Por qué lo crees?».

«Porque eres el Cristo».

«Pero tú no has visto nada que lo pruebe».

«Te he oído hablar. Me basta».

3 «¿Has oído, Pedro? ¿Qué piensas que debo hacer ante una fe tan genuina?».

«Pues… Maestro… Tú… Yo… Bueno, decide Tú». Pedro está desconcertado.

«Sí, ya he decidido. Hombre, mira». Jesús coge la mano de la mujer y ordena: «Vete de ella. Lo quiero».

La mujer, que hasta ese momento había permanecido inerte, se contrae en una horrenda convulsión, primero muda, luego acompañada de quejidos y gritos que terminan con uno más fuerte durante el cual, como quien se despierta de una pesadilla, abre como platos los ojos que hasta ahora había mantenido cerrados. Luego se tranquiliza y, con cierto estupor, mira a su alrededor; fija primero sus ojos en Jesús –el Desconocido que le sonríe…–; luego mira a la tierra del camino en que yace, y a una mata nacida en el borde, en la que la cabezuela blanco–roja de las margaritas de los prados coloca perlas ya próximas a abrirse en forma de radiado nimbo; mira al seto de cactáceas, al cielo –muy azul–; luego vuelve la mirada y ve a su marido… a este marido suyo que, ansioso, la mira a su vez escudriñando todos sus movimientos. Sonríe y, recuperada completamente su libertad, se pone en pie como impulsada por un resorte para refugiarse en el pecho de su marido. Este, llorando, la acaricia y la abraza.

«¿Cómo es que estoy aquí? ¿Por qué? ¿Quién es este hombre?».

«Es Jesús, el Mesías. Estabas enferma y te ha curado. Dile que le quieres»

«¡Oh…, sí! ¡Gracias!… Pero, ¿qué tenía? Mis niños… Simón… no recuerdo cosas de ayer, pero sí que recuerdo que tengo hijos…».

Jesús dice:

«No es necesario que te acuerdes de ayer. Acuérdate siempre del día de hoy. Sé buena. Adiós. Sed buenos y Dios estará con vosotros».

Y Jesús, seguido por la bendiciones de los dos, se retira rápido.

Llegado adonde están los demás, que se habían quedado al pie del seto, no les dirige la palabra. Sí a Pedro:

147 2«¿Y ahora, tú, que estabas seguro de que aquel hombre venía con malas intenciones, qué dices? ¡Simón, Simón! ¡Cuánto te falta todavía para ser perfecto! ¡Cuánto os falta! Tenéis, excepto una patente idolatría, todos los pecados de éstos, y además soberbia en el juicio. Tomemos nuestro alimento. No podemos llegar antes de la noche a donde quería. Dormiremos en algún henil, si es que no encontramos nada mejor».

Los doce, con el sabor en su corazón de la corrección recibida, se sientan sin hablar y se ponen a comer su comida. El sol de este sereno día ilumina los campos, que descienden, formando suaves ondulaciones, hacia una llanura.

4       Después de comer, todavía permanecen un tiempo en el lugar, hasta que Jesús se pone en pie y dice:

«Venid, tú, Andrés, y tú, Simón; quiero ver si aquella casa es amiga o enemiga».

Y se pone en movimiento. Los otros permanecen en el lugar y guardan silencio, hasta que Santiago de Alfeo le dice a Judas Iscariote:

«¿Pero esta que viene no es la mujer que estaba en Sicar?».

«Sí, es ella. La reconozco por el vestido. ¡Qué querrá?».

«Seguir su camino»

responde Pedro con cara de malhumor.

«No. Nos está mirando demasiado, protegiéndose los ojos del sol con la mano».

La observan hasta que llega cerca de ellos y dice todo sumisa:

«¿Dónde está vuestro Maestro?».

«Se ha ido. ¿Por qué preguntas por El?».

«Le necesitaba…».

«No se echa a perder con mujeres»

responde Pedro cortante.

«Ya lo sé. Con mujeres, no; pero yo soy un alma de mujer que tiene necesidad de El».

Judas de Alfeo le aconseja a Pedro que la deje quedarse, y responde a la mujer:

«Espera. Dentro de poco vuelve».

La mujer se retira a una curva del camino y allí se queda, en silencio. Los apóstoles se desinteresan de ella. Jesús al poco tiempo regresa. Pedro dice a la mujer:

«Ahí está el Maestro. Dile lo que quieras. ¡Apúrate!».

La mujer ni siquiera le responde; va a los pies de Jesús y se prosterna hasta tocar el suelo, y guarda silencio.

«Fotinái, ¿qué quieres de mí?».

147 3«Tu ayuda, Señor. Yo soy muy débil. No quiero pecar más. Esto se lo he dicho ya al hombre. Pero, ahora que he dejado de pecar no sé nada más. Ignoro el bien. ¿Qué tengo que hacer? Dímelo Tú. Soy fango, pero tu pie pisa también el camino para ir a las almas; pisa mi fango, pero ven a mi alma con tu consejo». Llora.

«Seguirme como única mujer no es posible. Si verdaderamente quieres no pecar y conocer la ciencia de no pecar, regresa a tu casa con espíritu de penitencia, y espera. Llegará el día en que tú, mujer, entre otras muchas, igualmente redimidas, podrás estar al lado de tu Redentor y aprender la ciencia del Bien. Ve. No tengas miedo. Sé fiel a la voluntad que tienes ahora de no pecar. Adiós».

La mujer besa la tierra, se alza y se retira caminando hacia atrás durante algunos metros; luego se vuelve hacia Sicar…

[1] 239 Después de varios estudios hechos he llegado a la conclusión de evitar el término “cactus” – término genérico – y emplear la palabra “nopal”que es ya aceptada en varias lenguas. La escritora se muestra conocedora perfecta de la planta que describe y que se encuentra por toda Palestina (N.T.).

[2] 240 Cfr. Ecl. 11, 4.            

[3] 241 Ecl. 35, 1 y 4.

[4] 242 Ecl. 35, 12; cfr. Tambieén 35, 1–13 los sacrificios que agradan al Señor.

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26/2/2017 Evangelio según San Mateo 6,24-34.

Octavo Domingo del tiempo ordinario

Santo(s) del día : San Alejandro de Alejandría,  Beata Piedad de la Cruz 
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Lecturas

Segundo año de la Vida Pública de Jesús

173. Quinto discurso de la Montaña: el uso de las riquezas; la limosna; la confianza en Dios[1]50.

27 de mayo de 1945.

1 El mismo discurso de la montaña.

brooklynmuseum-o13418i000-00-159-124_ps1La muchedumbre va aumentando a medida que los días pasan. Hay hombres, mujeres, ancianos, niños, ricos, pobres. Sigue estando la pareja Esteban–Hermas, aunque todavía no hayan sido agregados y unidos a los discípulos antiguos capitaneados por Isaac. Está también presente la nueva pareja, constituida ayer, la del anciano y la mujer; están muy adelante, cerca de su Consolador; su aspecto es mucho más relajado que el de ayer. El anciano, como buscando recuperar los muchos meses o años de abandono por parte de su hija, ha puesto su mano rugosa en las rodillas de la mujer, y ella se la acaricia por esa necesidad innata de la mujer, moralmente sana, de ser maternal.

Jesús pasa al lado de ellos para subir al rústico púlpito; al pasar acaricia la cabeza del

anciano, el cual mira a Jesús como si le viera ya como Dios.

Pedro dice algo a Jesús, que le hace un gesto como diciendo: “No importa”. No entiendo de todas formas lo que dice el apóstol; eso sí, se queda cerca de Jesús; luego se le unen Judas Tadeo y Mateo. Los otros se pierden entre la multitud.

2 -«¡La paz sea con todos vosotros! Ayer he hablado de la oración, del juramento, del ayuno. Hoy quiero instruiros acerca de otras perfecciones, que son también oración, confianza, sinceridad, amor, religión.

La primera de que voy a hablar es el justo uso de las riquezas, que se transforman, por la buena voluntad del siervo fiel, en correlativos tesoros en el Cielo. Los tesoros de la tierra no perduran; los del Cielo son eternos. ¿Amáis vuestros bienes? ¿Os da pena morir porque tendréis que dejarlos y no podréis ya dedicaros a ellos? ¡Pues transferidlos al Cielo! Diréis: “En el Cielo no entran las cosas de la tierra. Tú mismo enseñas que el dinero es la más inmunda de estas cosas. ¿Cómo podremos transferirlo al Cielo?”. No. No podéis llevar las monedas, siendo –como son– materiales, al Reino en que todo es espíritu; lo que sí podéis llevar es el fruto de las monedas.

Cuando dais a un banquero vuestro oro, ¿para qué lo dais? Para que le haga producir, ¿no? Ciertamente no os priváis de él, aunque sea momentáneamente, para que os lo devuelva tal cual: queréis que de diez talentos os devuelva diez más uno, o más; entonces os sentís satisfechos y elogiáis al banquero. En caso contrario, decís: “Será honrado, pero es un inepto”. Y si se da el caso de que, en vez de los diez más uno, os devuelve nueve diciendo: “He perdido el resto”, le denunciáis y le mandáis a la cárcel.

¿Qué es el fruto del dinero? ¿Siembra, acaso, el banquero vuestros denarios y los riega para que crezcan? No. El fruto se produce por una sagaz negociación, de modo que, mediante hipotecas y préstamos a interés, el dinero se incremente en el beneficio justamente requerido por el favor del oro prestado. ¿No es así?

Pues bien, escuchad: Dios os da las riquezas terrenas –a quién muchas, a quién apenas las que necesita para vivir– y os dice: “Ahora te toca a ti. Yo te las he dado. Haz de estos medios un fin como mi amor desea para tu bien. Te las confío, más no para que te perjudiques con ellas. Por la estima en que te tengo, por reconocimiento hacia mis dones, haz producir a tus bienes para esta verdadera Patria”.

3 Os voy a explicar el método para alcanzar este fin.

No deseéis acumular en la Tierra vuestros tesoros, viviendo para ellos, siendo crueles por ellos; que no os maldigan el prójimo y Dios a causa de ellos. No merece la pena. Aquí abajo están siempre inseguros. Los ladrones pueden siempre robaros; el fuego puede destruir las casas; las enfermedades de las plantas o del ganado, exterminaros los rebaños, destruiros los pomares. ¡Cuántos peligros se celan contra vuestros bienes! Ya sean estables y estén protegidos, como las cosas o el oro; ya estén sujetos a sufrir lesión en su naturaleza, como todo cuanto vive, como son los vegetales y los animales; ya se trate, incluso, de telas preciosas… todos ellos pueden sufrir merma: las casas, por el rayo, el fuego y el agua; los campos, por ladrones, roya, sequía, roedores o insectos; los animales, por vértigo, fiebres, descoyuntamientos o mortandades; las telas preciosas y muebles de valor, por la polilla o los ratones; las vajillas preciadas, lámparas y cancelas artísticas… Todo, todo puede sufrir merma.

Más si de todo este bien terreno hacéis un bien sobrenatural, se salvará de toda lesión producida por el tiempo, por los propios hombres o la intemperie. Atesorad en el Cielo, donde no entran ladrones ni suceden infortunios. Trabajad sintiendo amor misericordioso hacia todas las miserias de la Tierra. Acariciad, sí, vuestras monedas, besadlas incluso si queréis, regocijaos por la prosperidad de las mieses, por los viñedos cargados de racimos, por los olivos plegados por el peso de infinitas aceitunas, por las ovejas fecundas y de turgentes ubres… haced todo esto, pero no estérilmente, no humanamente, sino con amor y admiración, con disfrute y cálculo sobrenatural.

“¡Gracias, Dios mío, por esta moneda, por estos sembrados y plantas y ovejas, por estas compraventas! ¡Gracias, ovejas, plantas, prados, transacciones, que tan bien me servís! ¡Benditos seáis todos, porque por tu bondad, Oh Eterno, y por vuestra bondad, Oh cosas, puedo hacer mucho bien a quien tiene hambre o está desnudo o no tiene casa o está enfermo o solo!… El año pasado proveí a las necesidades de diez. Este año –dado que, a pesar de que haya distribuido mucho como limosna, tengo más dinero y más pingües son las cosechas y numerosos los rebaños– daré dos o tres veces más de cuanto di el año pasado, a fin de que todos, incluso quienes no tienen nada propio, gocen de mi alegría y te bendigan conmigo Señor Eterno”. Esta es la oración del justo, la oración que, unida a la acción, transfiere vuestros bienes al Cielo, y, no sólo os los conserva allí eternamente, sino que os los aumenta con los frutos santos del amor.

Tened vuestro tesoro en el Cielo para que esté allí vuestro corazón, por encima, y más allá, del peligro, no sólo de infortunios que perjudiquen al oro, casas, campos o rebaños, sino también de asechanzas contra vuestro corazón, y de que sea expoliado o agredido por el óxido o el fuego, asesinado por el espíritu de este mundo. Si así lo hacéis, tendréis vuestro tesoro en vuestro corazón, porque tendréis a Dios en vosotros, hasta que llegue el día dichoso en que vosotros estéis en El.

4 No obstante, para no disminuir el fruto de la caridad, poned atención a ser caritativos con espíritu sobrenatural. Lo que he dicho respecto a la oración y al ayuno valga para la beneficencia y para cualquier otra obra buena que podáis hacer.

Proteged el bien que hagáis de la violación de la sensualidad del mundo, conservadlo virgen respecto a toda humana alabanza. No profanéis la rosa perfumada –verdadero incensario de perfumes gratos al Señor– de vuestra caridad y recto actuar. El espíritu de soberbia, el deseo de ser uno visto cuando hace el bien, la búsqueda de alabanzas, profanan el bien: las babosas del saciado orgullo ensucian con su secreción la rosa de la caridad y la van excavando con su boca; en el incensario caen hediondas pajas de la cama en que el soberbio, cual atiborrada bestia, retoza.

¡Ah, esas limosnas ofrecidas para que se hable de nosotros!… Mejor sería no darlas. El que no las da peca de insensibilidad; pero quien las ofrece dando a conocer la suma entregada y el nombre del destinatario, mendigando además alabanzas, peca de soberbia (al dar a conocer la dádiva, porque es como si dijera: “¿Veis cuánto puedo?”), pero peca también contra la caridad, porque humilla al destinatario de la limosna al publicar su nombre; y peca también de avaricia espiritual al querer acumular alabanzas humanas… que no son más que paja, paja, sólo paja. Dejad a Dios que os alabe con sus ángeles.

Cuando deis limosna, no vayáis tocando la trompeta delante de vosotros para atraer la atención de los que pasan y recibir alabanzas, como los hipócritas, que buscan el aplauso de los hombres (por eso dan limosna sólo cuando los pueden ver muchos). Estos también han recibido ya su compensación y Dios no les dará ninguna otra. No incurráis vosotros en la misma culpa y presunción. Antes bien, cuando deis limosna, sea ésta tan pudorosa y celada que vuestra mano izquierda no sepa lo que hace la derecha; y luego olvidaos. No os detengáis a remiraros el acto realizado, hinchándoos con él como hace el sapo, que se remira en el pantano con sus ojos velados y, al ver reflejadas en el agua detenida las nubes, los árboles, el carro parado junto a la orilla, y a él mismo –tan pequeñito respecto a esas cosas tan grandes–, se hincha de aire hasta estallar. Del mismo modo vuestra caridad es nada respecto al Infinito que es la Caridad de Dios, y, si pretendierais haceros como El convirtiendo vuestra reducida caridad en una caridad enorme para igualar a la suya, os llenaríais de aire de orgullo para terminar muriendo. Olvidaos. Del acto en sí mismo, olvidaos. Quedará siempre en vosotros una luz, una voz, una miel, que harán vuestro día luminoso, dichoso, dulce. Pues la luz será la sonrisa de Dios; la miel, paz espiritual –Dios también–; la voz, voz del Padre–Dios diciéndoos: “Gracias”. El ve el mal oculto y el bien escondido, y os recompensara por ello. Os lo…».

5 -«¡Maestro, contradices tus propias palabras!».

La ofensa, rencorosa y repentina, proviene del centro de la multitud. Todos se vuelven hacia el lugar de donde ha surgido la voz. Hay confusión. Pedro dice:

-«¡Ya te lo había dicho… cuando hay uno de ésos, no va bien nada!».

De la muchedumbre se elevan silbidos y protestas contra el ofensor. Jesús es el único que conserva la calma. Ha cruzado sus brazos a la altura del pecho: alto, herida su frente por el sol, erguido sobre la piedra, con su indumento azul oscuro…

El que ha lanzado la ofensa, haciendo caso omiso de la reacción de la multitud, continúa:

-«Eres un mal maestro porque enseñas lo que no haces y…».

-«¡Cállate! ¡Vete! ¡Deberías avergonzarte!» grita la multitud. «¡Vete con tus escribas! A nosotros nos basta el Maestro. ¡Los hipócritas con los hipócritas! ¡Falsos maestros! ¡Usureros!…». Y seguirían, si Jesús no elevase su voz potente:

-«¡Silencio! Dejadle hablar».

La gente entonces deja de chillar, pero sigue bisbiseando sus improperios, sazonados con miradas furiosas.

-«Sí, enseñas lo que no haces. Dices que se debe dar limosna, pero sin ser vistos, y Tú, ayer, delante de toda una multitud, dijiste a dos pobres: “Quedaos, que os daré de comer”».

-«Dije: “Que se queden los dos pobres. Serán los benditos huéspedes que darán sabor a nuestro pan”. Nada más. No he dicho que quería darles de comer. ¿Qué pobre no tiene al menos un pan? Mi alegría consistía en ofrecerles buena amistad».

-«¡Ya!, ¡ya! ¡Eres astuto y sabes pasar por cordero!…».

El anciano pobre se pone en pie, se vuelve y, alzando su bastón, grita:

-«Lengua infernal. Tú acusas al Santo. ¿Crees, acaso, saber todo y poder acusar por lo que sabes? De la misma forma que ignoras quién es Dios y aquel a quien insultas, así ignoras sus acciones. Sólo los ángeles y mi corazón exultante lo saben; oíd, hombres, oíd todos y juzgad después si Jesús es el embustero y soberbio de que habla este desecho del Templo. El…».

-«¡Calla, Ismael! ¡Calla por amor a mí! Si he alegrado tu corazón, alegra tú el mío guardando silencio» dice Jesús en tono suplicante.

-«Te obedezco, Hijo santo. Déjame decir sólo esto: la boca del anciano israelita fiel le ha bendecido; a El, que me ha concedido favor de parte de Dios. Dios ha puesto en mis labios la bendición por mí y por Sara, mi nueva hija; no así contigo: sobre tu cabeza no descenderá la bendición. No te maldigo, no ensuciaré con una maldición mi boca, que debe decir a Dios: “Acógeme”. No maldije a quien me renegó y ya he recibido la recompensa divina. Mas habrá quien haga las veces del Inocente acusado y de Ismael, amigo de este Dios que le concede su favor».

Gritos en coro cierran las palabras del anciano, que se sienta de nuevo, mientras un hombre, seguido de improperios, a hurtadillas, se aleja. La muchedumbre grita:

-«¡Continúa, continúa, Maestro santo! Sólo te escuchamos a ti. Escúchanos a nosotros: ¡No queremos a esos malditos pájaros de mal agüero! ¡Son envidiosos! ¡Te preferimos a ti! Tú eres santo; ellos, malos. ¡Síguenos hablando, sigue! Ya ves que estamos sedientos sólo de tu palabra. ¿Casas?, ¿negocios?… No son nada en comparación con escucharte a ti».

-«Seguiré hablando, pero orad por esos desdichados. No os exasperéis. Perdonad, como Yo perdono. Porque si perdonáis a los hombres sus fallos también vuestro Padre del Cielo os perdonará vuestros pecados; pero si sois rencorosos y no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras faltas. Todos tienen necesidad de perdón.

6 Os decía que Dios os recompensará aunque no le pidáis que premie el bien que hayáis hecho. Ahora bien, no hagáis el bien para obtener una recompensa, para disponer de un aval para el futuro. Que vuestras buenas obras no tengan la medida y límite del temor de si os quedará algo para vosotros, o de si, quedándoos sin nada, no va a haber nadie que os ayude a vosotros, o de si encontraréis a alguien que haga con vosotros lo que vosotros habéis hecho, o de si os seguirán queriendo cuando ya no podáis dar nada.

Mirad: tengo amigos poderosos entre los ricos y amigos entre los pobres de este mundo. En verdad os digo que no son los amigos poderosos los más amados; a éstos me acerco no por amor a mí mismo o por interés personal, sino porque de ellos puedo obtener mucho para quienes nada tienen. Yo soy pobre. No tengo nada. Quisiera tener todos los tesoros del mundo y convertirlos en pan para quienes padecen hambre, o en casas para quienes carecen de ellas; en vestidos para los desnudos, en medicinas para los enfermos. Diréis: “Tú puedes curar”. Sí, y más cosas. Pero no siempre tienen fe, y no puedo hacer lo que haría, lo que quisiera hacer de encontrar en los corazones fe en mí.

Quisiera agraciar incluso a estos que no tienen fe; quisiera, dado que no le piden el milagro al Hijo del hombre, ayudarlos como hombre que soy Yo también. Pero no tengo nada; por ello tiendo la mano a quienes tienen y les pido ayuda en nombre de Dios. Por eso tengo amigos entre los poderosos. El día de mañana, una vez que haya dejado esta Tierra, seguirá habiendo pobres; Yo no estaré ya aquí para realizar milagros en favor de quien tiene fe, ni podré dar limosna para guiar hacia la fe; pero mis amigos ricos, para entonces, ya habrán aprendido por el contacto conmigo el modo de ayudar a los necesitados; y mis apóstoles, igualmente por el contacto conmigo, habrán aprendido a solicitar limosna por amor a los hermanos. Así, los pobres siempre tendrán una ayuda.

Pues bien, ayer he recibido, de una persona que no tenía nada, más de cuanto me han dado todos los que sí tienen. Es un amigo tan pobre como Yo, pero me ha dado una cosa que no se paga con moneda alguna, y que me ha sido motivo de dicha trayendo a mi memoria muchas horas serenas de mi niñez y juventud, cuando todas las noches el Justo imponía sus manos sobre mi cabeza y Yo me iba a descansar con su bendición como custodia de mi sueño. Ayer este amigo mío pobre me ha hecho rey con su bendición.

Ved, pues, cómo ninguno de mis amigos ricos me ha dado jamás lo que él. No temáis, por tanto: aunque perdáis el poder del dinero, os bastará el amor y la santidad para poder favorecer al pobre, al cansado o al afligido.

7 Por tanto, os digo: no os afanéis demasiado por temor a la escasez. Siempre tendréis lo necesario. No os apuréis demasiado por el futuro. Nadie sabe cuánto futuro tiene por delante. No os preocupéis de qué comeréis para mantener la vida, ni de qué vestiréis para mantener caliente vuestro cuerpo. La vida de vuestro espíritu es mucho más valiosa que el vientre y los miembros, vale mucho más que la comida y el vestido, así como la vida material es más que la comida y el cuerpo más que el vestido. El Padre lo sabe, sabedlo también vosotros. Mirad los pájaros del aire: no siembran ni cosechan, no recogen en los graneros, y, sin embargo, no mueren de hambre, porque el Padre celeste los nutre. Vosotros, hombres, criaturas predilectas del Padre, valéis mucho más que ellos.

¿Quién de vosotros, con todo su ingenio, podrá añadir a su estatura un solo codo? Si no lográis elevar vuestra estatura ni siquiera un palmo, ¿cómo pensáis que vais a poder cambiar vuestra condición futura, aumentando vuestras riquezas para garantizaros una larga y próspera vejez? ¿Podéis, acaso, decirle a la muerte: “Vendrás por mí cuando yo quiera”? No, no podéis. ¿Para qué, pues, preocuparos por el mañana?, ¿por qué ese gran dolor del temor a quedaros sin nada con que vestiros? Mirad cómo crecen los lirios del campo: no trabajan, no hilan, ni van a los vendedores de vestidos a comprar. Y, sin embargo, os aseguro que ni Salomón con toda su gloria se vistió jamás como uno de ellos. Pues bien, si Dios viste así la hierba del campo, que hoy existe y mañana sirve para calentar el horno o como pasto de los rebaños –al final, ceniza o estiércol–, ¡cuánto más os proveerá a vosotros, hijos suyos, de lo necesario!

No seáis hombres de poca fe. No os angustiéis por un futuro incierto, diciendo: “¿Cuando sea viejo, qué comeré?, ¿qué beberé?, ¿Con qué me vestiré?”. Dejad estas preocupaciones para los gentiles, que no tienen la sublime certeza de la paternidad divina. Vosotros la tenéis, y sabéis que el Padre conoce vuestras necesidades y que os ama. Confiad, pues, en El. Buscad primero las cosas verdaderamente necesarias: fe, bondad, caridad, humildad, misericordia, pureza, justicia, mansedumbre, las tres y las cuatro virtudes principales, y todas las demás; de forma que seáis amigos de Dios y tengáis derecho a su Reino. Os aseguro que todo lo demás se os dará por añadidura sin necesidad siquiera de pedirlo. No hay mayor rico que el santo, ni hombre más seguro que él. Dios está con el santo y el santo está con Dios. Por su cuerpo no pide, y Dios le provee de lo necesario; trabaja, antes bien, para su espíritu, y Dios mismo se da a él ya aquí, y después de esta vida le dará el Paraíso.

No os acongojéis, pues, por lo que no merece vuestra aflicción. Doleos de ser imperfectos, no de tener pocos bienes terrenos. No os atormentéis por el mañana: el mañana tendrá su propia preocupación, y vosotros tendréis que preocuparos por el mañana cuando lo viváis. ¿Por qué pensar en el mañana hoy? ¿Es que, acaso, la vida no está ya suficientemente llena de recuerdos penosos del ayer y de pesadumbres del hoy como para sentir la necesidad de cargarla además con las angustias de los “¿qué sucederá?” mañana? Dejadle a cada día su afán. Habrá siempre más penas en la vida de las que querríamos tener. No añadáis penas presentes a penas futuras. Decid siempre la gran palabra de Dios: “Hoy”. Sois sus hijos, creados a su semejanza; decid, pues, con El: “Hoy”.

Y hoy os doy mi bendición. Que os acompañe hasta el comienzo del nuevo hoy, o sea, mañana; es decir, cuando os dé nuevamente la paz en nombre de Dios»

[1] 50 Cfr. Mt. 5; 6, 1–4 y 19–21 y 25–34; Lc. 6; 12, 22–34