5/2/2017 Evangelio según San Mateo 5,13-16.

Quinto Domingo del tiempo ordinario

Santo(s) del día : Santa Águeda de Catania,  San Felipe de las Casas
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Lecturas

El evangelio del próximo domingo corresponde al capitulo 169 anterior a las bienaventuranzas del domingo pasado, que ya les anticipara que en este monte Jesús dio varios días discursos.

Este primer día Jesús se encuentra con los discípulos que lo esperaban y este primer discurso es sólo para ellos que serían un centenar dice MV incluyendo a los apóstoles.

Pero en esta obra ya Jesús les había hablado a los apóstoles -entonces discípulos-, sobre la sal de la tierra y la luz del mundo en el primer año de su vida pública el capitulo 98, es así que en el capitulo 169 les dice:
“…vosotros, apóstoles, ya habéis oído estos conceptos, pero ahora los entenderéis con mayor profundidad; vosotros, discípulos, no los habéis oído todavía, o habéis oído sólo alguna parte, y necesitáis que se os graben en el corazón…”

Por eso agrego también este pasaje del primer año de la vida pública de Jesús.

Segundo año de la Vida Pública de Jesús

  1. Primer discurso de la Montaña: la misión de los apóstoles y de los discípulos[1]22.

22 de mayo de 1945.

1       Jesús va solo, a paso rápido, por un camino principal, hacia un monte, que se alza a uno de los lados del camino, que va del lago hacia el Oeste; del lago le separa un poco de terreno llano. Empieza, con una suave y baja elevación que se prolonga por mucho espacio (una meseta, desde la que se ve todo el lago, con la ciudad de Tiberíades hacia el Sur, y las otras, menos hermosas, que suben hacia el Norte); después el monte se eleva con pendiente más bien pronunciada, hasta un pico, y luego desciende para volver a elevarse hasta otro pico semejante, formando una curiosa figura de silla de montar.

Jesús emprende la subida al rellano por una senda para mulas todavía bastante aceptable. Llega a un pueblecito cuyos habitantes se dedican a la explotación agrícola de esta meseta. Empiezan ya a brotar espigas de trigo. Cruza el pueblo. Sigue por campos y prados llenos de flores y frufrú de cereales. El día está sereno y muestra todas las bellezas de la naturaleza de los alrededores.

Siguiendo más allá del otero al que se dirige Jesús, está –al Norte– la cima imponente del Hermón, la verde llanura del lago Merón –que desde aquí no se ve– y luego otros montes orientados hacia el lado noroccidental del lago de Tiberíades, y, al otro lado del lago, más montes –suavizados sus perfiles por la lejanía– y delicadas llanuras. Hacia el Sur, al otro lado del camino principal, las colinas que creo que ocultan a Nazaret.

Cuanto más se sube, más se extiende la vista. No veo lo que hay al Oeste, porque el monte hace de pared.

2             Al primero que encuentra Jesús es al apóstol Felipe, que parece estar de guardia en ese sitio.

«¿Cómo, Maestro? ¿Tú aquí? Te esperábamos en el camino. Estoy esperando a los compañeros, que han ido a buscar leche donde los pastores que están por estas cimas. Abajo, en el camino, están Simón y Judas de Simón, y con ellos Isaac y… ¡Ah, ahí vienen! ¡Venid! ¡Venid! ¡Está aquí el Maestro!».

Los apóstoles, que bajan con frascos y cantimploras, se echan a correr; los más jóvenes, naturalmente, llegan antes. Su acogida al Maestro es conmovedora. Ya reunidos, todos quieren hablar, contar cosas. Jesús sonríe.

«¡Te esperábamos en el camino!».

«Pensábamos que hoy tampoco venías».

«Hay mucha gente, ¿sabes?».

«Nos turbaba mucho el hecho de que hubiera escribas, y hasta discípulos de Gamaliel…».

«¡Claro, Señor, es que nos has dejado justo en el momento más inoportuno! No he tenido nunca tanto miedo como ahí. ¡No me vuelvas a gastar una broma como ésta!».

Pedro se queja. Jesús sonríe y pregunta:

«Pero, ¿os ha pasado algo malo?».

«¡No! ¡No! Es más… ¡Oh, Maestro mío!, ¿no sabes que ha hablado Juan!… Parecía como si hablaras Tú en él. Yo… nosotros estábamos asombrados… ¡Este muchacho, que hace no más de un año de lo único que era capaz era de echar la red!…».

Pedro manifiesta todavía admiración y tira enérgicamente hacia sí al risueño Juan, que guarda silencio, y le da unos meneos afectuosos.

«Mirad. Juzgad si os parece posible que este niño haya dicho con esta boca risueña esas palabras. ¡Parecía Salomón!».

«También Simón ha hablado bien, mi Señor; se ha comportado exactamente como “cabeza”» dice Juan.

«¡¡Claro!! ¡Me ha cogido y me ha puesto allí! ¡En fin!… Dicen que he hablado bien. Será así. No lo sé, porque, entre el asombro por las palabras de Juan y el miedo a hablar en medio de tanta gente y a hacerte quedar mal, estaba aturdido…».

«¿A mí? Tú eras el que hablabas. Habrías quedado mal tú, Simón»

dice Jesús para pincharle.

«¡Por mí…! De mí no me importaba nada. Lo que no quería era que se mofasen de ti, considerándote estúpido por haber elegido como apóstol a un tarado mental».

Jesús se ilumina de alegría por la humildad y el amor de Pedro, pero lo único que pregunta es:

«¿Y los demás?».

«También Simón Zelote ha hablado bien; pero bueno, es lógico en él. ¡Este ha sido la sorpresa! La verdad es que, desde que hemos estado en oración, este muchacho parece tener continuamente el alma en el Cielo».

«¡Es cierto! ¡Es cierto!».

Todos confirman las palabras de Pedro. Y luego siguen hablando de las cosas que han sucedido.

«Sabes entre los discípulos, ahora hay dos que, según Judas de Simón, son muy importantes. Judas está actuando mucho. ¡Claro, conoce a mucha gente importante, y además sabe tratar a estas personas! Y le gusta hablar… Habla bien. No obstante, la gente prefiere escuchar a Simón, a tus hermanos y, sobre todo, a este muchacho. Ayer me dijo un hombre: “Habla bien ese joven –se refería a Judas–, pero prefiero escucharte a ti”. ¡Pobre hombre, mira que preferir escucharme a mí, que no sé decir más que cuatro palabras!… Pero… ¿cómo es que has venido hasta aquí?; el lugar de la cita era el camino. Hemos estado allí».

«Porque sabía que os encontraría aquí.

3 Ahora escuchadme. Bajad y decid a los otros que vengan; también a los discípulos ya conocidos. La gente no, que no venga hoy, que quiero hablaros sólo a vosotros».

«Es mejor entonces dejar pasar un rato, esperar a que caiga la tarde, porque cuando empieza a declinar el Sol la gente comienza a distribuirse por los caseríos cercanos, para volver al día siguiente por la mañana a esperarte. Si no… ¿quién va a ser capaz de contenerlos?».

«De acuerdo, hacedlo así. Os espero allá, en lo alto de aquella cima. Las noches son ya suaves y podemos dormir al raso».

«Donde quieras, Maestro, con tal de que estés con nosotros».

Los discípulos se ponen en camino. Jesús reanuda la subida del monte hasta la cima (la misma de la visión del año pasado respecto al final del discurso de la Montaña y respecto al primer encuentro con la Magdalena). El panorama, que empieza a encenderse a causa del principio del ocaso, se hace más amplio todavía.

Jesús se sienta en una voluminosa piedra y se recoge en estado de meditación. Así permanece hasta que el ruido de los pasos provenientes del sendero le avisa de que los apóstoles están ya de regreso. Declina la tarde. No obstante, a la altura en que están, todavía el sol resiste, extrayendo perfume de todo hilo de hierba y de toda florecilla. Muguetes silvestres emanan intenso perfume, mientras los altos pezones de los narcisos agitan sus estrellas y sus capullos como para atraer el rocío. Jesús se pone en pie y los recibe con su saludo:

«La paz sea con vosotros».

Son muchos los discípulos que han subido con los apóstoles; Isaac los capitanea, con esa sonrisa suya de asceta en su rostro enjuto. Se arremolinan todos en torno a Jesús, que ahora está saludando en particular a Judas Iscariote y a Simón Zelote.

«He querido reuniros a todos conmigo para estar unas horas sólo con vosotros, para hablaros sólo a vosotros. Tengo algo que deciros, para prepararos más a vuestra misión.

Comamos. Luego hablaremos; durante el sueño el alma seguirá saboreando la doctrina».

Tras consumir la parca cena, se disponen en círculo alrededor de Jesús, que está sentado en una piedra grande. Son, aproximadamente, un centenar –quizás más– entre discípulos y apóstoles: una corona de rostros atentos iluminados fantasmagóricamente por la llama de dos fuegos.

4       Jesús habla despacio, gesticulando sereno; su rostro, destacándose de su vestidura azul oscura, y bajo el rayo de la Luna nueva –pequeña coma de luna en el cielo, filo de luz que acaricia al Dueño del Cielo y de la tierra– que cae justo donde está El, parece más blanco.

«He querido que vinierais aquí, aparte, porque sois mis amigos. Os he llamado después de la primera prueba de los doce, para ampliar el círculo de mis discípulos operantes, y también para oír de vuestros labios las primeras reacciones ante el hecho de que os dirijan estos continuadores míos que os he designado. Sé que todo ha ido bien. Yo sostenía, con la oración, las almas de los apóstoles, que han salido del retiro con una fuerza nueva en la mente y en el corazón, una fuerza que no proviene de un estudio humano sino del completo abandono en Dios.

5 Los que más han dado son los que más se han olvidado de si, que es cosa ardua. El hombre está hecho de recuerdos. Los recuerdos del propio yo son los que tienen mas voz. Hay que distinguir dos yoes. Existe el yo espiritual dado por el alma que se acuerda[2]23 de Dios y de su origen divino, y existe también el yo inferior de la carne que se acuerda de esas mil exigencias que todo lo abrazan de sí misma y de las pasiones y que –puesto que son tantas voces como para formar un coro– se imponen, si el espíritu no está bien firme,

a la voz solitaria del espíritu que recuerda su nobleza de hijo de Dios. Es por ello por lo que –excepto en este recuerdo santo, que habría que estimular cada vez más y mantener vivo y fuerte–, para ser perfectos como discípulos, hay que saber olvidarse de uno mismo, en todos los recuerdos, las exigencias, las pávidas reflexiones del yo humano.

En esta primera prueba, los que, de los doce, han dado más han sido los que más se han olvidado (no sólo de su pasado, sino también de los límites de su personalidad); han sido los que se han olvidado de lo que eran y se han fundido con Dios de tal forma que nada temían.

¿A qué eran debidas las reservas de algunos? Pues a que se han acordado de sus escrúpulos, consideraciones y prevenciones habituales. ¿Por qué el laconismo de otros?: pues porque se han acordado de su falta de preparación doctrinal y han tenido miedo a quedar mal o a hacerme quedar mal a mí. ¿Por qué las vistosas exhibiciones de otros?: porque se han acordado de sus soberbias habituales, de sus deseos de que los miren y los aplaudan, de sobresalir, de ser “algo”. Finalmente, por el contrario, ¿por qué la improvisa manifestación en otros de una oratoria rabínica segura, persuasiva, triunfal?: porque éstos, y sólo éstos –así como también aquellos que hasta ese momento se han comportado con humildad y han tratado de pasar inadvertidos y que, llegado el momento, han sabido, al instante, asumir la dignidad de primado que se les había conferido y que nunca habían querido ejercitar por temor a presumir demasiado–, éstos han sabido acordarse de Dios. Las primeras tres categorías se han acordado del yo inferior; la otra (la cuarta), del yo superior, y no han tenido miedo. Sentían a Dios con ellos, a Dios en ellos, y no han tenido miedo: ¡Santa osadía que viene del hecho de estar con Dios!

6 Escuchad entonces, apóstoles y discípulos: vosotros, apóstoles, ya habéis oído estos conceptos, pero ahora los entenderéis con mayor profundidad; vosotros, discípulos, no los habéis oído todavía, o habéis oído sólo alguna parte, y necesitáis que se os graben en el corazón. Voy a hacer cada vez más uso de vosotros, dado que continuamente se va agrandando el rebaño de Cristo; el mundo os va a agredir cada vez más, pues aumenta el número de lobos contra mí, el Pastor, y contra mi rebaño… Pues bien, quiero armar vuestras manos para que podáis defender mi Doctrina y mi rebaño. Lo que es suficiente para el rebaño no lo es para vosotros, pequeños pastores. Si a las ovejas les es lícito cometer errores, comiendo hierbas que amargan la sangre o enloquecen el deseo, no es lícito que vosotros cometáis los mismos errores, llevando a muchas ovejas a la perdición; pues debéis pensar que donde hay un pastor ídolo perecen las ovejas, o por efecto de substancias venenosas o por la agresión de los lobos.

7 Vosotros sois la sal de la tierra y la luz del mundo. Mas, si no respondierais a vuestra misión, os convertiríais en sal insípida e inútil; ya nada podría devolveros el sabor, pues ni siquiera Dios os lo habría podido dar, puesto que, habiéndola recibido como don vosotros la habríais desalado, introduciéndola en las insípidas y sucias aguas de la humanidad, dulcificándola con el dulzor corrompido de la sensualidad, mezclando con la pura sal de Dios un cúmulo de detritos de soberbia, avaricia, gula, lujuria, ira, acidia (de manera que viene a resultar que hay un grano de sal por cada siete veces siete granos de cada uno de los vicios). Vuestra sal, entonces, no sería sino una mezcla de arenas (entre las cuales se habría perdido el pobre grano de sal solo), de arenas que rechinarían en los dientes, dejando en la boca sabor a tierra y haciendo el alimento repugnante y detestable. Ya ni siquiera serviría para otros usos inferiores, porque un saber empapado en los siete vicios dañaría incluso a las misiones humanas. Pues bien, en ese caso, la sal no serviría sino para diseminarla por el suelo y que la pisaran los indiferentes pies del pueblo. ¡Cuántos, cuántos del pueblo podrán por este motivo pisotear a los hombres de Dios! Y todo porque éstos, que habían sido llamados, permitirán al pueblo pisotearlos sin ninguna consideración. En efecto, en ese caso, no serían ya substancia de la que se echa mano para obtener sabor de cosas selectas, celestes, sino que serían únicamente, eso, detritos.

Vosotros sois la luz del mundo; sois como esta cima, que ha sido la última en perder el sol y es la primera en platearse de luna. Cuando uno está en un lugar elevado, destaca, y se le ve, porque hasta el ojo más distraído se detiene alguna vez a mirar a los lugares altos (yo diría que el ojo físico –considerado comúnmente espejo del alma– refleja el anhelo de ésta, ese anhelo que muchas veces pasa desapercibido pero que permanece siempre vivo, con sólo que el hombre no se haya convertido en un demonio; ese anhelo de lo alto, donde la instintiva razón coloca al Altísimo; y, buscando el Cielo, levanta, alguna vez al menos en la vida, la mirada hacia lo alto).

Por favor, traed a vuestra memoria lo que todos, desde nuestra niñez, hacemos al entrar en Jerusalén. ¿Hacia dónde se dirigen, ágiles, nuestros ojos? Hacia el monte Moria, coronado por el triunfo de mármol y oro del Templo. ¿Y una vez dentro del recinto sagrado?… Miramos a las preciosas cúpulas que resplandecen heridas por el Sol.

¡Cuán bello es este astro esparcido por los atrios, pórticos y claustros del recinto del Templo! Sin embargo, el ojo corre hacia las cúpulas. Evocad también, os lo ruego, los momentos en que vamos de camino: ¿hacia dónde se dirige nuestra mirada, como queriendo olvidarnos de lo largo del recorrido, de su monotonía, cansancio, calor o barro?: se dirige hacia las cimas, aunque sean pequeñas o estén lejos. ¡Cuánto nos consuela su vista, si vamos por una llanura rasa y uniforme! ¿Encontramos barro en nuestro camino?; allí, esplendor. ¿Aquí, aire sofocante?; allí, frescura. ¿Aquí, límite a nuestra vista?; allí, amplitud. Por el simple hecho de mirar a las cimas, ya nos parece menos caluroso el día, menos cenagoso el barro, menos tristes nuestros pasos. Si, además, resplandece una ciudad en la cúspide del monte, entonces no hay ojos que no se detengan a admirarla. Podemos decir que incluso construcciones de poca importancia ganan en belleza si están, casi como suspendidas en el aire, en la cima de una montaña.

Por esta razón, no sólo en la verdadera sino también en las falsas religiones, siempre que ha sido posible, se han edificado los templos en lugares altos, y, si no había colinas o montes, se han construido, a fuerza de brazos, sobre bases de piedra realzadas. ¿Por qué esto? Porque se quiere que el templo sea visto, para, viéndolo, mover el pensamiento hacia Dios.

Os he comparado a una luz. El que enciende de noche una lámpara en una casa, ¿dónde la pone?: ¿en el agujero de debajo del horno?, ¿en la cueva que usa como bodega?, ¿cerrada dentro de un arquibanco?, ¿única y simplemente, sofocada bajo el celemín? No, porque sería inútil encenderla. Por el contrario, la lámpara se coloca sobre una repisa, o se cuelga en su soporte para que, estando en un punto alto, dé luz a toda la habitación y a los que en ella están. Ahora bien, precisamente por el hecho de que lo que ocupa un lugar elevado debe recordar a Dios y dar luz, tiene que estar a la altura de su función.

8 Vosotros debéis recordar al Dios verdadero. Preocupaos, pues, de que no anide en vosotros el septipartito paganismo, porque, de ser así, vendríais a ser lugares elevados profanos, con sagrados bosquecillos dedicados a un dios[3]24 , y arrastraríais en vuestro paganismo a los que os mirasen como a templos de Dios. Debéis ser portadores de la luz de Dios; ahora bien, una mecha sucia, o no embebida de aceite, produce humo y no da luz, emana mal olor y no ilumina. Una luz celada tras un cuarzo sucio no crea ese primoroso resplandor, ese juego de reflejos en el brillante mineral, sino que languidece tras el velo de negro humo que hace opaca a la diamantina protección.

La luz de Dios resplandece donde la voluntad se muestra solícita en limpiar a diario, quitando las escorias que el mismo trabajo produce, con sus contactos, reacciones y desilusiones. La luz de Dios resplandece donde la mecha está empapada de abundante líquido de oración y caridad. La luz de Dios se multiplica en infinitos resplandores –como infinitas son las perfecciones de Dios, cada una de las cuales suscita en el santo una virtud ejercitada heroicamente– si el siervo de Dios conserva limpio del negro hollín de toda humeante mala pasión el cuarzo invulnerable de su alma; cuarzo invulnerable, ¡invulnerable! (La voz de Jesús truena en este final, retumbando en el anfiteatro natural).

Sólo Dios tiene el derecho y el poder de incidir trazos sobre ese cristal, de escribir en él su santísimo Nombre con el diamante de su Voluntad; viniendo su Nombre, así, a ser ornamento determinante de una más viva refracción de sobrenaturales bellezas sobre el cuarzo purísimo. Mas si el necio siervo del Señor, perdiendo el control de sí mismo y distrayéndose de su misión –entera y únicamente sobrenatural, se deja incidir falsas decoraciones –rayones, no incisiones–, misteriosas y satánicas claves grabadas por la zarpa de fuego de Satanás… entonces no, entonces la admirable lámpara deja de resplandecer con hermosura y permanente integridad; se raja y se rompe y sofoca la llama con los restos del cristal fragmentado; o, si no se raja, queda en ella, al menos, una intricada red de signos de inequivocable naturaleza en los cuales el hollín se deposita y se introduce, ejerciendo acción corrosiva.

9 ¡Ay de los pastores que pierden la caridad, que se niegan a subir, día tras día, para conducir a zonas elevadas al rebaño que, para subir, espera a que emprendan su asceis!: yo descargaré mi mano sobre ellos, los derrocaré de su puesto y apagaré del todo su humo!

¡Ay de los maestros que repudian la Sabiduría para saturarse de una ciencia no pocas veces contraria, siempre soberbia, alguna vez satánica; porque los hace hombres! Pensad –escuchad esto y conservadlo– que si los hombres tienen como destino hacerse como Dios (con la santificación, que hace del hombre un hijo de Dios), el maestro, el sacerdote, debería tener ya desde este mundo sólo el aspecto de hijo de Dios, de criatura resuelta toda en alma y perfección; debería tener, digo, para llevar a Dios a sus discípulos.

¡Anatema a los maestros de sobrenatural doctrina que se transforman en ídolos de humano saber!

¡Ay de mis sacerdotes muertos al espíritu!, aquellos que con su insipidez, con su tibieza de carne medio muerta, con su sueño lleno de alucinaciones de todo lo que no es el Dios uno y trino, y de cálculos de todo lo que no es el sobrehumano deseo de aumentar las riquezas de los corazones y de Dios, conducen una vida mezquina, humana, abúlica, arrastrando hacia sus aguas muertas a quienes, considerándolos “vida”, los siguen!

¡Maldición divina sobre los corruptores de mi pequeño, amado rebaño! Os pediré justificación, ¡Oh incumplidores siervos del Señor!, de todo el tiempo que habéis tenido, de cada una de las horas, de cada contingencia, de todas las consecuencias; a vosotros os la pediré, no a los que perecen por vuestra indolencia… y exigiré castigo.

Recordad estas palabras. Ahora marchaos. Yo voy a subir hasta la cima. Dormid si queréis. Mañana el Pastor abrirá para el rebaño los pastos de la Verdad».

[1] 22 Cfr. Mt. 5, 13–16; Mc. 9, 49–50; Lc. 14, 34–35.

[2] 23 Dios en su infinita bondad se ha dignado hacer que el alma se acuerde de El y de su origen. Que tienda a El, que lo ame, y de este modo consiga su fin.

[3] 24 Cfr. Deut. 12, 1–14; Jue. 6, 25–32; 4 Rey. 23, 4–20; 2 Paral. 34, 3–7.

Primer año de la Vida Pública de Jesús

98. Encuentro con la Magdalena en el lago y lección a los discípulos cerca de Tiberiades.

5 de febrero de 1945.

98-11       Jesús y todos los suyos –ya son trece más El– están, siete en cada barca, en el lago de Galilea. Jesús va en la barca de Pedro, la primera, junto con Pedro, Andrés, Simón, José y los dos primos. En la otra van los dos hijos de Zebedeo con los demás, o sea, Judas Iscariote, Felipe, Tomás, Natanael y Mateo.

Las barcas avanzan a vela, ligeras, impulsadas por un viento fresco de bóreas que apenas encrespa el agua en muchos, pequeños pliegues ligerísimamente marcados por un hilo de espuma que dibuja un tul sobre el azul turquesa del hermoso lago sereno.

Avanzan, dejándose detrás dos estelas que en la base se besan, confundiendo sus espumas joviales en una única risa de aguas, porque casi navegan en conserva (la barca de Pedro apenas unos dos metros más adelante).

De barca a barca, a pocos metros la una de la otra, hay intercambio de palabras y de comentarios que me hacen pensar que los galileos están ilustrando y explicando a los judíos los puntos del lago, con su comercio, con las personalidades que allí residen, las distancias desde el lugar de partida y de llegada, o sea, Cafarnaúm y Tiberíades. Las barcas no pescan, están sólo preparadas para el transporte de las personas.

Jesús está sentado a proa. Se ve claramente que goza de la belleza que le circunda, del silencio, de todo ese azul puro de cielo y de aguas a las que hacen de anillo márgenes verdes, sembradas de pueblos del todo blancos entre el verdor. Se abstrae de lo que dicen los discípulos, muy hacia delante en la proa, casi echado encima de un atado de velas, con la cabeza frecuentemente inclinada hacia ese espejo de zafiro que es el lago, como si estudiara el fondo y se interesase de cuanto vive en esas aguas limpísimas. Pero, ¿quién sabe en qué estará pensando?…

Pedro en dos ocasiones le pregunta para saber si el Sol le molesta (que, alzado ya del todo desde Oriente, coge en pleno la barca bajo su rayo, aún no abrasador pero sí caliente); otra vez le dice si quiere pan y queso como los demás. Jesús no quiere nada, ni toldo ni pan; y Pedro le deja en paz.

2       Un grupito de pequeñas barcas de recreo, casi chalupas pero con gran exuberancia de baldaquinos purpúreos y de blandos almohadones, corta el camino transversalmente a las barcas de los pescadores. Música, carcajadas, perfumes, pasan con ellas.

Están llenas de hermosas mujeres y de vividores romanos y palestinos, pero más romanos, o por lo menos no palestinos, porque alguno debe ser griego; al menos así deduzco de las palabras de un joven delgado, espigado, moreno como una aceituna casi madura, todo peripuesto, con un vestido rojo corto, delimitado en la parte baja por una pesada greca y sujeto a la cintura por un cinturón que es una obra maestra de orfebre:

«¡Hélade es hermosa! Mas ni siquiera mi olímpica patria tiene este azul y estas flores. Ciertamente no asombra que las diosas la hayan abandonado para venir aquí. Deshojemos sobre las diosas, ya no griegas sino judías, las flores, las rosas, los dones…»

–y esparce sobre las mujeres de su barca pétalos de espléndidas rosas y echa otros en la barca de al lado–. Responde un romano:

«¡Deshoja, deshoja, griego!, que Venus está conmigo. Yo no deshojo, yo cojo las rosas en esta hermosa boca; es más dulce».

Y se inclina a besar, en la boca abierta a la risa, a María de Magdala, semiechada sobre los almohadones y con la cabeza rubia apoyada en el regazo del romano.

En este momento ya las barcas grandes tienen literalmente encima a las barcas pequeñas, y por poco no se chocan, o por la impericia de los bogadores o por juego del viento.

«¡Tened cuidado, si queréis seguir viviendo!»

grita Pedro enfurecido, mientras vira, dando un golpe de pértiga para evitar la embestida. Insultos de hombres y gritos de susto de las mujeres van de barca a barca. Los romanos insultan a los galileos diciendo:

«¡Apartaos, perros judíos».

Para Pedro y los demás galileos no cae en saco roto el insulto y Pedro especialmente, rojo como un gallito, erguido en el extremo del borde de la barca, que cabecea fuertemente, con las manos en las caderas, responde con aspereza a romanos, griegos, hebreos y hebreas; es más, a éstas les dedica toda una colección de apelativos honoríficos que dejo en la pluma.

El altercado dura hasta que la maraña de quillas y de remos no se ha disuelto y cada uno sigue por su camino.

3       Jesús en todo este tiempo no ha cambiado de posición. Ha permanecido sentado, ausente, sin miradas, sin palabras hacia las barcas o hacia sus ocupantes. Apoyado sobre un codo, ha seguido mirando la ribera lejana como si nada sucediese. Le arrojan una flor, incluso; no sé quién; claramente, una mujer, porque oigo una risita femenina acompañar al acto. Pero El… nada. La flor le va a parar casi en el rostro y cae sobre las tablas, terminando bajo los pies del enfurecido Pedro.

Cuando las barquichuelas están para alejarse, veo que la Magdalena se alza en pie y sigue la indicación que le señala una compañera de vicio, o sea, apunta sus ojos espléndidos hacia el rostro sereno y lejano de Jesús. ¡Cuán lejano del mundo este rostro!…

4 «Dime, Simón»

pregunta Judas Iscariote.

«Responde, tú que eres judío como yo. ¿Esa guapísima rubia que estaba en el regazo del romano, la que se ha puesto en pie hace poco, no es la hermana de Lázaro de Betania?».

«No sé nada»

responde secamente Simón Cananeo.

«He vuelto al mundo de los vivos hace poco y esa mujer es joven…».

«¡Supongo que no irás a decirme que no conoces a Lázaro de Betania! Sé perfectamente que eres amigo suyo y que has estado donde él con el Maestro».

«¿Y si eso fuera así?».

«Dado que es así, digo yo, tienes que conocer también a la pecadora que es hermana de Lázaro. ¡La conocen hasta las tumbas! Hace diez años que da que hablar de sí. Apenas fue púber, comenzó a ser ligera. ¡Pero, desde hace más de cuatro años!… No es posible que ignores el escándalo, aunque estuvieras en el “valle de los muertos”. Habló de ello toda Jerusalén. Lázaro se encerró entonces en Betania… Bueno, hizo bien. Nadie habría vuelto a poner el pie en su espléndido palacio de Sión por el que ella pasaba.

Quiero decir: ninguno que fuera santo. En los pueblos… ¡Ya se sabe!… Y además, ahora ella está por todas partes, menos en su casa… Ahora está, seguro, en Magdala… Estará metida en algún otro nuevo amor.. ¿No contestas? ¿Puedes decirme que no es verdad?».

«No rebato. Callo».

«¿Entonces es ella? ¡Tú también la has reconocido!».

«La vi entonces, cuando era niña y pura. Ahora vuelvo a verla… No obstante, la reconozco. Impúdicamente reproduce la efigie de su madre, una santa».

«Y entonces, ¿por qué casi negabas que fuera la hermana de tu amigo?».

«Especialmente si somos honestos tratamos de mantener cubiertas nuestras llagas y las de aquellos que amamos».

Judas se ríe forzadamente.

5 «Así es, Simón. Y tú eres una persona honesta»

observa Pedro.

«¿Tú la habías reconocido? A Magdala, a vender tu pescado, ciertamente vas. ¡Quién sabe cuántas veces la habrás visto!…».

«Muchacho, debes saber que cuando uno tiene las espaldas cansadas por un trabajo honesto, las hembras no apetecen; se desea sólo el lecho honesto de nuestra esposa».

«¡Ya! Pero, a todos les gusta la buena mercancía; al menos se mira, aunque sólo sea».

«¿Para qué? ¿Para decir: “No es alimento para tu mesa”? No, mira: del lago y del oficio he aprendido varias cosas, y una de ellas es ésta: que pez de agua dulce y de fondo no está hecho para agua salada y curso vertiginoso».

«¿Qué quieres decir?».

«Quiero decir que cada cual debe estar en su lugar, para no morir de mala manera».

«¿Te hacía morir la Magdalena?».

«No. Tengo piel dura. Pero… dime: ¿te sientes mal tú?».

«¿Yo?… ¡Ni siquiera la he mirado!…».

«¡Embustero! Me apostaría algo a que te estabas royendo por no estar en esta primera barca y tenerla más cerca… Incluso me habrías soportado a mí con tal de estar más cerca… Es tan cierto lo que digo, que me honras con tu palabra, por gracia suya, después de tantos días de silencio».

«¿Yo? ¡Pero si ni siquiera me hubiera visto! ¡Ella miraba continuamente al Maestro!».

«¡Ja!, ¡ja!, ¡ja!, ¡y dice que no estaba mirándola! ¿Cómo has podido ver a dónde miraba, si no la estabas mirando?».

Todos se ríen ante la observación de Pedro, menos Judas, Jesús y el Zelote.

6       Jesús pone fin a la discusión –que ha aparentado no oír– preguntándole a Pedro:

«¿Aquélla es Tiberíades?».

«Sí, Maestro; ahora hago la maniobra de acostamiento».

«Espera. ¿Puedes meterte en aquel seno de aguas tranquilas? Quisiera hablaros sólo a vosotros».

«Mido el fondo y te lo sé decir».

–Pedro introduce una larga pértiga y va lento hacia la ribera–.

«Se puede, Maestro. ¿Me acerco todavía más a la orilla?».

«Lo más que puedas. Hay sombra y soledad. Me gusta».

Pedro va casi hasta tocar con la orilla. La tierra está a una distancia de unos quince metros al máximo.

«Ahora tocaría».

«Párate. Y vosotros acercaos lo más posible y escuchad».

Jesús deja su lugar y viene a sentarse en el centro de la barca, sobre un asiento que va de lado a lado; de frente tiene la otra barca, en torno a sí los otros de la suya.

«Escuchad. Os parecerá que Yo de vez en cuando me abstraigo de vuestras conversaciones y que, por tanto, soy un maestro negligente que no está atento a su propio grupo de discípulos. Sabed que mi alma no os deja ni un momento.

¿Habéis visto alguna vez a un médico estudiando a un enfermo que padece un mal aún dudoso y que presenta síntomas que no casan? No le pierde de vista, después de hacerle un reconocimiento, le tiene bajo vigilancia, tanto durante el sueño como durante la vigilia, mañana y tarde, cuando calla y cuando habla, porque todo puede ser síntoma y guía para descifrar el morbo escondido y para indicar una terapia. Lo mismo hago Yo con vosotros. Os tengo ligados con hilos invisibles pero sensibilísimos que se injertan en mí y me transmiten hasta las más leves vibraciones de vuestro yo. Dejo que os creáis libres, para que os manifestéis cada vez más conforme a lo que sois, lo cual sucede cuando un escolar, o un maníaco, cree que ya no le ve quien le está vigilando.

7 Vosotros sois un grupo de personas, pero formáis un núcleo, o sea, una cosa sola. Por tanto, sois un complejo que se forma como ente, y que debe ser estudiado en sus características singulares, más o menos buenas, para formarle, amalgamarle, quitarle las aristas, enriquecer sus lados poliédricos y hacer de él una única cosa perfecta. Por tanto, Yo os estudio; me sois objeto de estudio incluso cuando dormís.

¿Qué sois vosotros? ¿Qué tenéis que llegar a ser? Vosotros sois la sal de la tierra; tales debéis llegar a ser: sal de la tierra. Con la sal se preservan las carnes de la corrupción y no sólo la carne, sino muchos otros alimentos. Pero, ¿acaso podría la sal salar si no fuera salada? Yo quiero salar el mundo con vosotros, para sazonarlo que dé sabor celeste.

Pero, ¿cómo podéis salar si me perdéis sabor? ¿Qué os hace perder sabor celeste? Lo que es humano. El agua del mar, del verdadero mar, no es buena para beber por lo salada que es, ¿no es verdad? Y a pesar de todo, si uno coge una copa de agua de mar y la echa en una hidria de agua dulce, puede beber, porque el agua de mar está tan diluida que ha perdido su acritud. La humanidad es como el agua dulce que se mezcla con vuestra salinidad celeste. Aún más; suponiendo que se pudiera derivar un río del mar e introducirlo en el agua de este lago, ¿acaso podrías volver a encontrar ese hilo de agua salada? No. Habría quedado perdido entre tanta agua dulce. Esto sucede con vosotros cuando hundís vuestra misión, mejor dicho, la sumergís, en mucha humanidad.

Sois hombres. Sí. Lo sé. Pero ¿y Yo quién soy? Yo soy Aquel que tiene consigo toda la fuerza. Y ¿qué hago Yo? Os comunico esta fuerza, puesto que os he llamado. Pero ¿para qué sirve que os la comunique si la desparramáis bajo avalanchas de sentido y de sentimientos humanos?

Vosotros sois, debéis ser, la luz del mundo. Os he elegido: Yo, Luz de Dios, entre los hombres, para continuar iluminando al mundo una vez que haya vuelto al Padre. Pero, ¿podéis iluminar si no sois más que unos candiles apagados o humeantes? No. Es más, con vuestro humo –peor es el humo vagaroso que la absoluta muerte de una mecha– entenebreceríais ese vestigio de luz que aún pueden tener los corazones. ¡Oh, desdichados aquellos que buscando a Dios se dirijan a los apóstoles y en vez de luz obtengan humo! Sacarán de ello escándalo y muerte. Ahora bien, los apóstoles indignos recibirán maldición y castigo.

8 ¡Habéis sido llamados para grandes cosas, pero al mismo tiempo tenéis un grande, tremendo compromiso! Acordaos de que aquel a quien más se le da más está obligado a dar. Y a vosotros se os da el máximo, en instrucción y en don. Sois instruidos por mí, Verbo de Dios, y recibís de Dios el don de ser “los discípulos” o sea, los continuadores del Hijo de Dios. Quisiera que esta elección vuestra fuera siempre objeto de vuestra meditación, y que continuarais escrutándoos y sopesándoos… y si uno siente que es apto para ser fiel –no quiero siquiera decir: “si uno no se siente más que pecador e impenitente”; digo sólo: “si uno se siente apto para ser sólo un fiel” pero no siente en sí nervio de apóstol, que se retire.

El mundo, para sus amantes, es muy vasto, bonito, suficiente, vario. Ofrece todas la flores y todos los frutos aptos para el vientre y para el sentido. Yo no ofrezco más que una cosa: la santidad. Esta, en la tierra, es la cosa más angosta, pobre, abrupta, espinosa, perseguida que hay. En el Cielo su angostura se vuelve inmensidad; su pobreza, riqueza; su espinosidad, alfombra florida; su escabrosidad, sendero liso y suave; su persecución, paz y felicidad. Pero aquí ser santo supone un esfuerzo heroico. Yo no os ofrezco mas que esto.

¿Queréis permanecer conmigo? ¿No os sentís capaces de hacerlo? ¡Oh, no os miréis asombrados o apenados! Aún muchas veces me oiréis hacer esta pregunta. Cuando la oigáis, pensad que mi corazón al hacerla llora, porque se siente herido por vuestra sordera ante la vocación. Examinaos, entonces, y luego juzgad con honestidad y sinceridad, y decidid. Decidid para no ser réprobos. Decid: “Maestro, amigos, me doy cuenta de que no estoy hecho para este camino. Os doy un beso de despedida y os digo: rogad por mí”. Mejor es esto que no traicionar, Mejor esto…

¿Qué decís? ¿A quién, traicionar? ¿A quién?

A mí. A mi causa, o sea, a la causa de Dios, porque Yo soy uno con el Padre, y a vosotros. Sí. Os traicionaríais. Traicionaríais vuestra alma, dándosela a Satanás. ¿Queréis seguir siendo hebreos? Pues Yo no os fuerzo a cambiar. Pero no traicionéis. No traicionéis a vuestra alma, al Cristo y a Dios.

Os juro que ni Yo ni mis fieles os criticarán, como tampoco os señalarán con el dedo para desprecio de las turbas fieles. Hace poco un hermano vuestro ha dicho una gran palabra:

“Nuestras llagas y las de los que amamos, uno trata de mantenerlas escondidas”. Pues bien, quien se separase sería una llaga, una gangrena que, nacida en nuestro organismo apostólico, se desprendería por necrosis completa, dejando un signo doloroso que con todo cuidado mantendríamos escondido.

9 No. No lloréis, vosotros, los mejores, no lloréis. Yo no os guardo rencor, ni soy intransigente por veros tan lentos. Os acabo de tomar y no puedo pretender que seáis perfectos. Pero es que ni siquiera lo pretenderé dentro de unos años, después de decir cien y doscientas veces inútilmente las mismas cosas… Es más, escuchad: pasados unos años, seréis, al menos algunos, menos ardorosos que ahora que sois neófitos. La vida es así… la humanidad es así… Pierde el ímpetu después del arranque inicial. Pero –Jesús se levanta improvisadamente– os juro que Yo venceré. Depurados por natural selección, fortificados por una mixtura sobrenatural, vosotros, los mejores, seréis mis héroes, los héroes del Cristo, los héroes del Cielo. El poder de los Césares será polvo respecto a la realeza de vuestro sacerdocio. Vosotros, pobres pescadores de Galilea, vosotros, ignotos judíos, vosotros, números entre la masa de los hombres presentes, seréis más conocidos, aclamados, venerados, que César, y que todos los Césares que tuvo y que tendrá la tierra. Vosotros conocidos, vosotros benditos en un próximo futuro y en el más remoto de los siglos, hasta el fin del mundo.

Para este sublime destino os elijo, a vosotros, que sois honestos en la voluntad, y para que seáis capaces de él os doy las líneas esenciales de vuestro carácter de apóstoles.

Estad siempre vigilantes y preparados. Vuestros lomos estén ceñidos, siempre ceñidos, y vuestras lámparas encendidas, como es propio de quienes de un momento a otro tienen que partir o acudir al encuentro de uno que llega. Y la verdad es que vosotros sois, sereis, hasta que la muerte os detenga, los incansables peregrinos que van en busca de los errantes; y hasta que la muerte la apague, vuestra lámpara debe ser mantenida alta y encendida para indicar el camino a los extraviados que van hacia el redil de Cristo.

Tenéis que ser fieles al Dueño que os ha colocado en cabeza para este servicio. Será premiado aquel siervo al que el Dueño encuentre siempre vigilante y la muerte lo sorprenda en estado de gracia. No podéis, no debéis decir: “Soy joven. Tengo tiempo de hacer esto o aquello y luego pensar en el Dueño, en la muerte, en mi alma”. Mueren tanto los jóvenes como los viejos, los fuertes como los débiles, y viejos y jóvenes, fuertes y débiles, están igualmente sujetos al asalto de la tentación. Tened en cuenta que el alma puede morir antes que el cuerpo y podéis llevar en vuestro caminar, sin saberlo, un alma putrefacta. ¡Es tan insensible el morir de un alma! Como la muerte de una flor: sin un grito, sin una convulsión… inclina sólo su llama como corola cansada y se apaga.

Después, mucho después alguna vez, inmediatamente después otras veces, el cuerpo advierte que lleva dentro un cadáver verminoso, y se vuelve loco de espanto, y se mata por huir de ese connubio… ¡Oh, no huye! Cae exactamente con su alma verminosa sobre un bullir de sierpes en la Gehena.

No seáis deshonestos como intermediarios o leguleyos que se ponen de parte de dos clientes opuestos, no seáis falsos como los políticos que llaman “amigo” a éste y a aquél, y luego son enemigos de ambos. No penséis actuar de dos modos. De Dios nadie se burla.

A Dios no se le engaña. Comportaos con los hombres como os comportáis con Dios, porque una ofensa hecha a los hombres es como si hubiera sido hecha a Dios. Desead ser vistos por Dios como deseáis ser vistos por los hombres.

11 Sed humildes. No podéis acusar a vuestro Maestro de no serlo. Yo os doy el ejemplo. Haced como hago Yo. Humildes, dulces, pacientes. El mundo se conquista con esto, no con violencia y fuerza. Sed fuertes y violentos contra vuestros vicios, eso si; arrancadlos de raíz, a costa incluso de dejaros desgarrados pedazos de corazón. Hace unos días os he dicho que vigiléis las miradas, mas no lo sabéis hacer. Os digo: sería mejor que os quedarais ciegos arrancándoos los ojos inmoderados, que acabar siendo lujuriosos.

Sed sinceros. Yo soy la Verdad en las cosas excelsas y en las humanas. Deseo que también vosotros seáis auténticos. ¿Por qué andarse con engaños conmigo o con los hermanos o con el prójimo? ¿Por qué jugar con engaño? ¡Tan orgullosos como sois, y no tenéis el orgullo de decir: “Quiero que no me puedan considerar mentiroso”? Y sed auténticos con Dios. ¿Creéis que le engañáis con formas de oraciones largas y vistosas?

¡Pobres hijos! ¡Dios ve el corazón! Haced el bien castamente. Me refiero también a la limosna. Un publicano ha sabido hacerlo antes de su conversión. ¿Y vosotros no vais a saberlo hacer? Sí, te alabo, Mateo, por la casta ofrenda semanal de la que sólo Yo y el Padre sabíamos que era tuya. Y te cito como ejemplo. Esto también es castidad, amigos.

No descubrir vuestra bondad, de la misma forma que no desvestiríais a una hija vuestra adolescente ante los ojos de una multitud. Sed vírgenes al hacer el bien. El acto bueno es virgen cuando resulta exento de connubio con pensamiento de alabanza y de estima, o exento de soberbia.

Sed fieles esposos de vuestra vocación a Dios. No podéis servir a dos señores. El lecho nupcial no puede acoger a dos esposas contemporáneamente. Dios y Satanás no pueden compartir vuestros amorosos abrazos. El hombre no puede, como tampoco lo pueden ni Dios ni Satanás, compartir un triple abrazo en antítesis entre los tres que se lo dan.

Manteneos al margen de hambre de oro, como de hambre de carne; de hambre de carne, como de hambre de poder. Satanás os ofrece esto. ¡Oh, sus falaces riquezas! Honores, éxito, poder, abundancias: mercados obscenos cuya moneda es vuestra alma.

Contentaos con lo poco. Dios os da lo necesario. Basta. Esto os lo garantiza, de la misma forma que se lo garantiza al ave del cielo, y vosotros valéis mucho más que los pájaros. Mas Dios quiere de vosotros confianza y morigeración. Si tenéis confianza, no os defraudará; si tenéis morigeración, su don diario os bastará.

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