29/1/2017 Evangelio según San Mateo 5,1-12.

Cuarto Domingo del tiempo ordinario

Santo(s) del día : Beata Villana de Bottis
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Lecturas

Enlace 2015

Lugares
Monte Arbela
donde Jesus elige a los doce y de alli van a la montaña donde da varios días sermones, uno de ellos el de este domingo. Desde esta montaña, se ve el monte de las bienaventuranzas tambien llamado Horns of Hattin (Cuernos del Hattin) o GithHepher, en este lugar Saladín vencio a los cruzados que debieron entregar Jerusalen en el 1187.
http://www.maria-valtorta.org/Lieux/Arbele.htm
Monte de las Bienaventuranzas
Actualmente se lo ubica en otro lugar cercano a Tabga y Cafarnaum, pero noten la descripción de MV tiene forme de silla de montar, sin duda se ve en las fotos y corresponde a la tradición de la iglesia esta aseveración.
http://www.biblewalks.com/Sites/Hittim.html

 

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22/1/2017 Evangelio según San Mateo 4,12-23.

Tercer Domingo del tiempo ordinario

Santo(s) del día : San Vicente diácono.
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Lecturas

El evangelio de este domingo nos reseña la elección de los cuatro primeros apóstoles, que no ocurrió inmediatamente al conocerles a ellos.

Juan, Santiago, Pedro y Andres se unieron a Jesús como discípulos pero sin dejar su trabajo como pescadores y sus familias, a pesar de la ansiedad de los mismos por seguirle a Él. Fue el mismo Jesús quien así lo quiso, en sus palabras al final del capitulo 56:
«Porque pienso instruiros lentamente y tomaros conmigo cuando os vea preparados»
Habiendo pasado ya el primer milagro de las bodas de Caná, el primer viaje de Jesús a Jerusalen con sus seis discípulos Pedro, Andrés, Juan y Santiago, Felipe y Bartolomé; haberseles unido como discípulos Tomás, Judas Tadeo (su primo), y Simón Zelote (curado ya de lepra), y regresado a Galilea para comenzar la evangelización y los milagros. Es en los capítulos 64 y 65 tras la pesca milagrosa cuando Jesús elige a sus primeros cuatro discípulos como apóstoles.

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15/1/2017 Evangelio según San Juan 1,29-34.

Segundo Domingo del tiempo ordinario

Santo(s) del día : San Pablo de Tebas,  San Francisco Fernández de Capillas
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Lecturas

Primer año de la Vida Pública de Jesús

127. Los discursos en Aguas Claras: No tentarás al Señor tu Dios[1]149. Testimonio de Juan el Bautista.

11 de marzo de 1945.

127 11       Es un día serenísimo de invierno. Hace sol y viento; el cielo está sereno, uniforme, sin el más mínimo vestigio de nubes. Son las primeras horas del día. Hay todavía una fina capa de escarcha, o mejor, de rocío semihelado, que esparce un polvo diamantífero sobre el suelo y sobre las hierbas.

Vienen hacia la casa tres hombres, que caminan con la seguridad de quien sabe a dónde se dirige. Llegando ya, ven a Juan, que en ese momento atraviesa el patio cargado de unos cántaros de agua sacados del pozo, y le llaman. Juan se vuelve, deja las cantarillas y dice:

«¿Vosotros aquí? ¡Bienvenidos! El Maestro se alegrará al veros. Venid, venid, antes de que llegue la gente. ¡Ahora viene mucha!…».

Son los tres pastores discípulos de Juan Bautista. Simeón, Juan y Matías van contentos detrás del apóstol.

«Maestro, han venido tres amigos. Mira»

dice Juan entrando en la cocina, donde arde alegre un gran fuego de leña menuda, que expande un agradable olor a bosque y a laurel quemado.

«Paz a vosotros, amigos míos. ¿Cómo es que venís a verme? ¿Le ha sucedido alguna desgracia al Bautista?».

«No, Maestro. Hemos venido con permiso suyo. Te envía saludos y dice que encomiendes a Dios el león perseguido por los arqueros. No se hace ilusiones respecto a su suerte futura, aunque por ahora sigue libre. Está contento porque sabe que tienes muchos fieles, incluidos los que antes eran suyos. Maestro… nosotros también lo deseamos vivamente, pero… no queremos abandonarle ahora que le persiguen. Compréndenos…»

dice Simeón.

«No sólo eso, sino que os bendigo por ello. El Bautista merece todo respeto y amor».

«Sí. Así es. El Bautista es grande, y cada vez descuella más su figura. Se parece al agave, que poco antes de morir produce el gran candelabro de la septiforme flor y lo ondea, y perfuma. Así es él. Y siempre dice: “Mi único deseo es volver a verle…”. Verte a ti. Nosotros hemos recogido este grito de su alma y te lo hemos venido a traer sin decírselo. El es “el Penitente”, “el Abstinente”. Su santo deseo de verte y de oírte le consume. Yo soy Tobías, ahora Matías. Creo que el arcángel dado a Tobías[2]150 no sería distinto del Bautista; todo en él es sabiduría».

127 2«¿Quién ha dicho que no le vuelva a ver?… 2 Pero, ¿habéis venido sólo para esto? Es penoso caminar durante esta estación. Hoy hace un tiempo sereno, pero, hasta hace sólo tres días, ¡cuánta lluvia por los caminos!».

«No hemos venido sólo por esto. Hace unos días vino Doras, el fariseo, a purificarse, pero el Bautista le negó el rito diciendo: “No llega el agua a donde hay una costra tan grande de pecado. Uno sólo te puede perdonar: el Mesías”. Entonces él dijo: “Iré a verle. Quiero curarme. Creo que este mal es su maleficio”. Entonces el Bautista le arrojó de su presencia como lo habría hecho con Satanás. El, al irse, vio a Juan –le conocía desde que Juan visitaba a Jonás, con quien estaba algo emparentado– y le dijo que venía, que todos iban, que había venido Manahén y hasta incluso venían las… (yo digo meretrices, pero él dijo un nombre más feo). “Aguas Claras –decía– está llena de ilusos. Ahora, si me cura y me retira la maldición de mis tierras –que están como excavadas por máquinas de guerra por ejércitos de topos y gusanos y cortones que horadan los granos sembrados y roen las raíces de los árboles frutales y de las vides y no hay nada que los venza–, me haré amigo suyo; si no… ¡Ay de El!”. Nosotros le respondimos: “¿Y vas con esta disposición de ánimo?”. Y él respondió: “Pero quién cree en ese Satanás. Además, lo mismo que convive con las meretrices puede hacer alianza conmigo”. Nosotros queríamos venir a decírtelo, para que pudieras saber a qué atenerte con Doras».

«Ya está todo resuelto».

«¿Ya? ¡Ah, es verdad!, que él tiene carros y caballos y nosotros sólo las piernas. ¿Cuándo ha venido?».

«Ayer».

«¿Y qué ha ocurrido?».

«Esto: que si queréis ocuparos de Doras podéis ir al duelo a su casa de Jerusalén. Le están preparando para la sepultura».

«¡¡¿Muerto?!!».

«Muerto. Aquí. Mas no hablemos de él».

«Sí, Maestro… Sólo… dinos una cosa. ¿Es verdad cuanto dijo de Manahén?».

«Sí. ¿Os desagrada?».

«No, no…, nos alegra. ¡Cuánto le hemos hablado de ti en Maqueronte! Y, ¿qué otra cosa puede querer el apóstol sino que sea amado el Maestro? Es lo que Juan quiere, y, con él, nosotros».

«Hablas bien, Matías; la sabiduría está contigo».

«Y… yo no lo creo, pero ahora la hemos visto… Vino también a nosotros buscándote a ti antes de los Tabernáculos; y le dijimos: “Quien tú buscas no está aquí, pero estará pronto en Jerusalén para los Tabernáculos”. Eso le dijimos, porque el Bautista nos había dicho: “¿Veis a esa pecadora?: es una costra de inmundicia; pero lleva dentro una llama a la que hay que alimentar; así, se avivará de tal modo que surgirá impetuosamente de debajo de la costra y todo arderá. Caerá la inmundicia y quedará sólo la llama”. Eso dijo. Pero… ¿es verdad que duerme aquí, como han venido a decirnos dos influyentes escribas?».

«No. Está en uno de los establos del capataz, a más de un estadio de aquí».

«¡Lenguas de infierno! ¿Has oído? ¡Y ellos!…».

«Dejadles que hablen. Los buenos no creen en sus palabras, sino en mis obras».

«Esto lo dice también Juan.

4 Hace unos días, algunos discípulos suyos, nosotros presentes, le han dicho: “Rabí, Aquel que estaba contigo al otro lado del Jordán, del que tú diste testimonio, ahora bautiza, y todos van a El; te vas a quedar sin fieles”. A lo que Juan respondió:

“¡Dichoso mi oído, que oye esta noticia! No sabéis qué alegría me dais. Sabed que el hombre no puede tomar nada si no le es dado del Cielo. Vosotros podéis testificar que he dicho: ‘Yo no soy el Cristo, sino el que ha sido enviado delante para prepararle el camino’. El hombre justo no se apropia de un nombre ajeno, y, aunque otro hombre quisiera alabarle diciéndole: ‘eres ése’, es decir: el Santo, él responde: ‘No, realmente no es así; yo soy su siervo’. Y de todas formas se alegra mucho de ello, porque dice: ‘Se ve que me asemejo a El un poco, si el hombre me puede confundir con El. Y, ¿qué desea la persona que ama sino parecerse a su amado? Sólo la esposa goza del esposo. El paraninfo no podría gozar de ella, porque sería una inmoralidad y un hurto. Pero el amigo del novio, que está cerca de él y escucha su palabra llena de júbilo nupcial, siente una alegría tan viva que podría compararse a la que hace dichosa a la virgen casada con él, la cual en aquella palabra comienza ya a degustar la miel de las palabras nupciales. Esta es mi alegría, y es completa. ¿Y qué hace el amigo del novio, habiéndole servido durante meses, y habiéndole conducido a la esposa a casa? Se retira y desaparece. ¡Así hago yo! ¡Así hago yo! Uno sólo queda, el esposo con la esposa: el Hombre con la Humanidad. ¡Oh, qué palabra más profunda! Es necesario que El crezca y que yo merme. Quien del Cielo viene está por encima de todos. Patriarcas y Profetas desaparecen a su llegada, porque El es como el Sol, que todo lo ilumina y su luz es tan viva que los astros y planetas sin luz se visten de ella, y los que aún no están apagados quedan anulados en el supremo esplendor del Sol. Esto sucede porque El viene del Cielo, mientras que los Patriarcas y los Profetas irán al Cielo, pero no vienen del Cielo. Quien viene del Cielo es superior a todos, y anuncia lo que ha visto y oído. Mas ninguno de entre los que no tienden al Cielo, renegando de Dios por ello, podrá aceptar su testimonio. Quien acepta el testimonio del que ha bajado del Cielo, con este acto suyo de creer, imprime un sello a su fe en que Dios es verdadero y no una fábula exenta de verdad, y escucha a la Verdad porque su ánimo está deseoso de ella. Porque Aquél a quien Dios ha enviado pronuncia palabras de Dios, pues Dios le da el Espíritu con plenitud, y el Espíritu dice: ‘Aquí estoy. Tómame; que quiero estar contigo, delicia de nuestro amor’. Porque el Padre ama al Hijo sin medida y todas las cosas las ha puesto en su mano. Por eso quien cree en el Hijo tiene la vida eterna; mas quien se niega a creer en el Hijo no verá la Vida, y la cólera de Dios permanecerá en él y sobre él”.

Esto dijo. Estas palabras me las he grabado en mi mente para transmitírtelas»

dice Matías.

«Te lo agradezco y te alabo por ello. 5 El Profeta último de Israel no es Aquel que del Cielo baja, pero, por haber recibido el beneficio de los dones divinos ya desde el vientre de su madre –vosotros no lo sabéis, pero Yo os lo digo ahora–, es el que más se acerca al Cielo».

«¿Cómo? ¿Cómo? ¡Háblanos! El dice de sí mismo: “Yo soy el pecador”».

Los tres pastores se muestran ansiosos de saber, así como también los discípulos.

«Cuando la Madre me llevaba, de mí–Dios estando encinta, fue a servir –porque es la Humilde y Amorosa– a la madre de Juan, prima suya por parte de madre, que había quedado embarazada en su vejez, Ya el Bautista tenía su alma, porque estaba en el séptimo mes de su formación[3]151. Y este brote de hombre, dentro del seno materno, saltó de alegría al oír la voz de la Esposa de Dios. También en esto fue precursor; precedió a los redimidos, porque de seno a seno se efundió la Gracia, y penetró, y cayó la Culpa original del alma del niño. Por ello Yo digo que sobre la faz de la Tierra tres son los posesores de la Sabiduría, del mismo modo que en el Cielo Tres son los que son Sabiduría: el Verbo, la Madre, el Precursor, en la Tierra; el Padre, el Hijo, el Espíritu Santo, en el Cielo».

«Nuestro corazón está henchido de estupor… Casi como cuando se nos dijo: “Ha nacido el Mesías…”. Porque Tú eras la profundidad abisal de la misericordia y nuestro Juan lo es de la humildad».

«Y mi Madre, de la pureza, de la gracia, de la caridad, de la obediencia, de la humildad, de toda virtud que sea de Dios y que Dios infunda a sus santos».

6 «Maestro –dice Santiago de Zebedeo– hay mucha gente».

«Vamos. Venid también vosotros».

Es muchísima la gente.

«La paz sea con vosotros»

dice Jesús. Está sonriente como pocas veces. La gente cuchichea y le señala con gestos. Hay mucha curiosidad en el ambiente.

«“No tentarás al Señor tu Dios”[4]152, está escrito. Demasiadas veces se olvida este mandamiento. Se tienta a Dios cuando se le quiere imponer nuestra voluntad. Se tienta a Dios cuando imprudentemente se actúa contra las reglas de la Ley, que es santa y perfecta y en su lado espiritual –el principal– se ocupa y se preocupa, también, de la carne que Dios ha creado[5]153. Se tienta a Dios cuando, habiendo sido perdonados por El, Se vuelve a pecar. Uno tienta a Dios cuando, habiendo recibido de El un beneficio que pretendía ser un bien para sí, algo que le moviera hacia Dios, lo transforma en un daño.

Dios no es objeto de risa ni de burla. Demasiadas veces sucede esto. Ayer habéis presenciado el castigo que espera a quienes pretenden mofarse de Dios. El eterno Dios, lleno de compasión con quien se arrepiente, se muestra, por el contrario, lleno de severidad con el impenitente que en manera alguna se modifica a sí mismo.

Vosotros venís a mí para oír la palabra de Dios. Venís para obtener un milagro. Venís para obtener el perdón. Y el Padre os da palabra, milagro y perdón. Y Yo no echo de menos el Cielo, porque puedo daros milagros y perdón, y puedo haceros conocer a Dios.

7 Ese hombre cayó ayer fulminado, como Nadab y Abiú[6]154 , por el fuego de la divina indignación. De todas formas, absteneos de juzgarle. Que lo que ha sucedido, que ha sido un nuevo milagro, solamente os haga meditar acerca de cómo hay que actuar para tener a Dios como amigo. El quería el agua penitencial, pero sin espíritu sobrenatural; la quería por espíritu humano: como una práctica mágica que le curase la enfermedad y le liberase de la desventura. El cuerpo y la cosecha: éstos eran sus fines, no su pobre alma, que no tenía valor para él; lo valioso para él era la vida y el dinero.

Yo digo: “El corazón está donde está el tesoro, y el tesoro donde el corazón. Por tanto, el tesoro está en el corazón”.

El en el corazón tenía la sed de vivir y de tener mucho dinero. ¿Cómo obtenerlo?: como fuera; incluso con el delito. Pues bien, pedir así el bautismo ¿no era reírse de Dios y tentarle? Habría bastado el arrepentimiento sincero por su larga vida de pecado para proporcionarle una santa muerte y lo justo en esta Tierra. Pero él era el impenitente. No habiendo amado nunca a nadie aparte de sí mismo, llegó a no amarse ni siquiera a sí mismo. Porque el odio mata incluso el amor animal egoísta del hombre hacia sí mismo.

El llanto del arrepentimiento sincero habría debido ser su agua lustral. De la misma forma, para todos vosotros que estáis escuchando; porque sin pecado no hay nadie, y todos, por tanto, tenéis necesidad de esta agua que, exprimida por el corazón mismo, desciende y lava, da de nuevo la virginidad a quien ha sido profanado, levanta a abatido, da nuevo vigor a quien la culpa ha dejado exangüe.

Ese hombre se preocupaba sólo de la miseria de la tierra, cuando en realidad sólo una miseria debe apesadumbrar al hombre: la eterna miseria de perder a Dios. Ese hombre no dejaba de hacer las ofrendas rituales, mas no sabía ofrecer a Dios un sacrificio de espíritu, es decir, alejarse del pecado, hacer penitencia, pedir con los hechos el perdón.

Una hipócrita ofrenda de riquezas mal adquiridas es como invitarle a Dios a que se haga cómplice de las malas acciones del hombre. ¿Es posible que esto suceda? ¿No es reírse de Dios el pretenderlo? Dios arroja de su presencia a quien dice: “he aquí que sacrifico” y se consume internamente por continuar su pecado. ¿Ayuda, acaso, el ayuno corporal cuando el alma no ayuna del pecado? Que la muerte de este hombre, que ha acontecido aquí, os haga meditar sobre las condiciones necesarias para gozar del aprecio de Dios. Ahora, en su rico palacio, los familiares y las plañideras hacen duelo ante los restos mortales que dentro de poco serán conducidos al sepulcro. ¡Oh, verdadero duelo y verdaderos restos mortales! ¡Nada más que unos restos mortales! Nada más que un desconsolado duelo, porque el alma, precedente e irremisiblemente muerta, se verá para siempre separada de aquellos que amó por parentela y afinidad de ideas. Aunque una misma morada los una eternamente, el odio que allí reina los dividirá. Es así que entonces la muerte es verdadera separación.

Mejor sería que, en vez de los demás, fuese el propio hombre quien, teniendo muerta el alma, llorase por sí mismo; de modo que, por ese llanto de contrito y humilde corazón, le devolviera al alma la vida con el perdón de Dios.

Idos, sin odio ni comentarios, nada más que con humildad; como Yo, que, no con odio sino por justicia, he hablado de él. La vida y la muerte son maestras para bien vivir y bien morir, y para conquistar la Vida sin muerte. La paz sea con vosotros».

8 No hay ni enfermos ni milagros, y Pedro les dice a los tres discípulos del Bautista: «Lo siento por vosotros».

«No es necesario. Nosotros creemos sin ver. Hemos tenido el milagro de su natividad, que nos ha hecho creyentes, y ahora tenemos su palabra, que confirma nuestra fe. Sólo pedimos servirla hasta el Cielo, como Jonás, hermano nuestro».

Todo termina.

[1] 149 Cfr. Ju. 3, 22–36.

[2] 150 Cfr. Tob. 5, 1 – 12, 21

[3] 151 Esta afirmación no excluye el que el alma sea infundida desde el primer instante de la concepción. Lo que parece, más bien, es que quiere rechazar la opinión de que el individuo reciba su alma en el momento del nacimiento o, incluso, después de haber nacido. La sacralidad de la vida humana, desde su concepción, ha sido afirmada poco antes, en 126.4/5.

[4] 152 Cfr. Dt. 6, 14–25.

[5] 153 En muchos lugares bíblicos aparece el cuidado que tiene Dios del cuerpo humano y a lo que está destinado. Cfr. Rom. 6, 12–14; 8, 1–13 y 23; 1 Cor. 3, 16–17; 6, 12–20; 10, 31; 12, 12–26; 15; 1 Tes. 4, 3–8; Flp. 1, 20; 3, 20–21.

[6] 154 Cfr. Ex. 6, 23; 24, 1 y 9; 28, 1; Lev. 10, 1–7; Núm. 3, 1–4; 26, 60–61; 1 Par. 24, 1–2

148. Jesús visita a Juan el Bautista en las cercanías de Enón.

27 de abril de 1945.

148 1 1      Es una clara noche de luna. Tan nítida, que el terreno aparece con todos sus detalles, y los campos, con el trigo nacido pocos días antes, parecen alfombras de felpa verdeplata vareteadas con las listas oscuras de los senderos; velándolas están los troncos de los árboles: del todo blancos por el lado de la Luna; del todo negros por el lado Oeste.

Jesús va caminando seguro y solo. Avanza muy deprisa por su camino, hasta que se encuentra con un curso de agua que desciende gorgoteando hacia la llanura en dirección Norte–Este. Remonta su curso hasta un lugar solitario cabe una escarpadura cubierta de vegetación espesa. Tuerce otra vez, trepando por un sendero, y llega a un refugio natural de la ladera del collado.

Entra. Se inclina hacia un cuerpo extendido en el suelo, un cuerpo que casi ni se vislumbra a la luz de la luna, que ilumina, sí, el sendero, pero no penetra en la cueva. Le llama:

«Juan».

El hombre se despierta y se incorpora, todavía entre las nieblas del sueño. Pronto se da cuenta de quién es el que le ha llamado y se levanta bruscamente, para postrarse en tierra diciendo:

«¿Cómo es que viene a mí mi Señor?».

«Para alegrar tu corazón y el mío. Anhelabas mi presencia, Juan; aquí estoy. Levántate. Vamos a salir a la luz de la luna. Sentémonos a conversar en esta peña que hay junto a la cueva».

Juan obedece, se levanta y sale. Mas, una vez que Jesús se ha sentado, él, con la piel de oveja que mal cubre su flaquísimo cuerpo, se pone de rodillas delante del Cristo echándose hacia atrás sus cabellos largos y desordenados que le pendían por delante de los ojos, para ver mejor al Hijo de Dios.

El contraste es fortísimo: Jesús, de tez pálida, rubio, cabellos esponjosos y ordenados, corta barba en la parte baja del rostro; el otro, todo él, una mata de pelos negrísimos, tras los cuales apenas si asoman dos ojos hundidos (yo diría febriles por el fuerte brillo de su negro de azabache).

2 «Vengo a decirte “gracias”. Has cumplido y cumples, con la perfección de la Gracia que hay en ti, tu misión de Precursor mío. Cuando llegue la hora, entrarás en el Cielo, a mi lado, porque habrás merecido todo de Dios; pero ya durante la espera tendrás la paz del Señor, amigo mío dilecto».

«Muy pronto entraré en la paz. Bendice, Maestro mío y Dios mío, a tu siervo para fortalecerle en la última prueba. Sé que está cercana, y que debo dar todavía un testimonio: el de la sangre. Tú tampoco desconoces –menos todavía que yo– que mi hora está llegando. Tu venida aquí ha sido deseo de la misericordiosa bondad de tu corazón de Dios, para fortalecer al último mártir de Israel y primero del nuevo tiempo. Dime sólo una cosa: ¿Voy a tener que esperar mucho hasta que vengas?».

«No, Juan. No mucho más de cuanto transcurrió desde tu nacimiento hasta el mío».

«¡Bendito sea el Altísimo! Jesús… ¿Puedo llamarte así?».

«Puedes, por sangre y por santidad. Este Nombre, pronunciado incluso por los pecadores, puede pronunciarlo el santo de Israel. Para ellos significa salvación. Sea para ti dulzura. ¿Qué quieres de Jesús, tu Maestro y primo?».

«Voy a la muerte. Me preocupo de mis discípulos como un padre lo hace con sus hijos. Mis discípulos… Tú, que eres Maestro, sabes cuán vivo es nuestro amor por ellos. El único pesar de mi muerte es el temor a que se descarríen, como ovejas sin pastor. Recógelos Tú. Te restituyo los tres tuyos, que, en espera de ti, han sido perfectos discípulos míos; en ellos, sobre todo en Matías, habita realmente la Sabiduría. Tengo otros discípulos que irán a ti. Deja de todas formas que te confíe personalmente a estos tres; son los preferidos».

«También Yo les profeso este amor. Ve tranquilo, Juan. No perecerán ni éstos ni los otros verdaderos discípulos que tienes. Recojo tu herencia. La velaré como el tesoro más apreciado, recibido del perfecto amigo mío y siervo del Señor».

3 Juan se postra y se inclina profundamente hasta tocar el suelo y –cosa que parece imposible en un personaje tan austero– solloza fuertemente, de alegría espiritual. Jesús le pone una mano sobre la cabeza:

«Tu llanto, que es alegría y humildad, encuentra su correspondencia en un lejano canto, al son del cual tu pequeño corazón saltó de júbilo. Aquel canto y este llanto son el mismo himno de alabanza al Eterno, que “ha hecho grandes cosas; El, que es poderoso en los espíritus humildes[1]243. Mi Madre también va a entonar de nuevo su canto, el mismo que en aquel momento cantó. Pero, después, Ella recibirá la mayor de las glorias, como tú tras tu martirio. Te traigo su saludo. Todos los saludos y todos los consuelos. Lo mereces. Aquí, sólo es la mano del Hijo del Hombre lo que está sobre tu cabeza; mas del Cielo abierto desciende la Luz y el Amor para bendecirte, Juan».

«No merezco tanto. Soy tu siervo».

«Tú eres mi Juan. Aquel día, en el Jordán, Yo era el Mesías que se estaba manifestando; aquí, ahora, soy tu primo y tu Dios, con el deseo de darte el viático de su amor de Dios y de pariente. Levántate, Juan. Démonos el beso de despedida».

«No merezco tanto… Lo he deseado siempre, durante toda la vida, y, sin embargo, no oso cumplir este gesto contigo: Tú eres mi Dios».

«Yo soy tu Jesús. Adiós. Mi alma estará al lado de la tuya hasta la paz. Vive y muere en paz, por tus discípulos. Ahora sólo puedo darte esto. En el Cielo te daré el ciento por uno, porque has hallado toda gracia ante los ojos de Dios».

Le ha puesto en pie y le ha abrazado besándole en las mejillas, recibiendo a su vez el beso de Juan, quien, tras ello, vuelve a arrodillarse. Jesús le impone las manos y ora con los ojos levantados al cielo. Parece como si le estuviera consagrando. Jesús se manifiesta imponente.

El silencio se prolonga, así, durante un tiempo. Luego Jesús se despide con su dulce saludo.

«Mi paz esté siempre contigo»

y emprende el mismo camino que había recorrido antes.

[1] 243 Cfr. Lc. 1, 46–55; 1 Rey. 2, 1–10.

Tercer año de la Vida Pública de Jesús

324. Las pláticas de los ocho apóstoles antes de dejar Antioquía. El adiós a Juan de Endor y a Síntica.

8 de noviembre de 1945.

1 Los apóstoles están otra vez en la casa de Antioquía; con ellos, los dos discípulos y todos los hombres de Antigonio, no vestidos ya con túnicas cortas y de trabajo, sino con indumentos largos, festivos. De esto deduzco que es sábado.

Felipe ruega a los apóstoles que hablen al menos una vez a todos, antes de su ya inminente partida.

-«¿Sobre qué?».

-«Sobre todo lo que queráis. Habéis oído estos días lo que hemos dicho. De acuerdo con ello, decidíd».

Los apóstoles se miran unos a los otros. ¿Quién debe hablar? ¡Pedro, es natural! ¡Es el jefe! Pero Pedro no querría hablar y defiere a Santiago de Alfeo o a Juan de Zebedeo el honor de hacerlo. Sólo cuando los ve irremovibles se decide a hablar.

f6cc5045b95cbee72d2d9009e2a7ba4b-«Hoy hemos oído en la sinagoga explicar el capítulo 52 de Isaías. El comentario que se ha hecho ha sido docto según el mundo, pero deficiente según la Sabiduría. De todas formas no se debe recriminar al comentador, que ha dado lo que podía con esa sabiduría suya que carece de la parte mejor: el conocimiento del Mesías y del tiempo nuevo que El ha traído. No obstante, no hagamos críticas, sino oraciones para que llegue al conocimiento de estas dos gracias y las pueda aceptar sin obstáculo. Me habéis dicho que durante la Pascua oísteis hablar del Maestro con fe y también con menosprecio. Y que solamente por la gran fe que llena los corazones de la casa de Lázaro, todos los corazones, habíais podido resistir a la desazón que las acusaciones de otros metían en el corazón; mucho más si se considera que estos otros eran precisamente los rabíes de Israel. Pero ser doctos no quiere decir ser santos ni poseer la Verdad. La Verdad es ésta:

Jesús de Nazaret es el Mesías prometido, el Salvador de que hablan los Profetas, de los cuales el último descansa desde hace poco en el seno de Abraham después del glorioso martirio sufrido por la justicia. Juan el Bautista –y aquí están presentes los que oyeron esas palabras– dijo: “Este es el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo”. Sus palabras fueron creídas por los más humildes de entre los que se hallaban presentes, porque la humildad ayuda a llegar a la Fe, mientras que a los soberbios les es difícil el camino –cargados como están de lastre– para llegar a la cima del monte donde vive, casta y luminosa, la Fe. Estos humildes, porque tales eran y por haber creído, han merecido ser los primeros en el ejército del Señor Jesús. Podéis ver, pues, cuán necesaria es la humildad para tener fe solícita, y cuánto es premiado el saber creer, incluso cuando las apariencias se presentan contrarias. Os exhorto y estimulo a tener estas dos cualidades en vosotros; entonces seréis del ejército del Señor y conquistaréis el Reino de los Cielos… 2 A ti, Simón Zelote. Yo he terminado. Continúa tú».

 El Zelote, cogido tan al improviso y tan claramente indicado como segundo orador, tiene que salir adelante sin demoras ni quejas. Y dice:

image-«Voy a continuar la plática de Simón Pedro, cabeza de todos nosotros por voluntad del Señor. Voy a continuar sin dejar el tema del capítulo 52 de Isaías, visto por uno que conoce la Verdad encarnada, de la que es siervo para siempre. Está escrito: “¡Levántate, revístete de tu fuerza, Oh Sión, vístete de fiesta, ciudad del Santo!”[1]. Así verdaderamente debería ser. Porque, cuando una promesa se cumple, cuando una paz se establece, cuando cesa una condena y cuando viene el tiempo de la alegría, los corazones y las ciudades deberían vestirse de fiesta y levantar las frentes abatidas, sintiendo que ya no son personas odiadas, derrotadas, golpeadas, sino amadas y liberadas. No estamos aquí haciendo un proceso a Jerusalén. La caridad, primera entre todas las virtudes, lo prohíbe. Dejemos, pues, de observar el corazón de los demás y miremos al nuestro. Revistamos de fuerza nuestro corazón con esa fe de que ha hablado Simón, y vistámonos de fiesta, porque nuestra fe secular en el Mesías ahora se corona con la realidad de la cosa. El Mesías, el Santo, el Verbo de Dios está realmente entre nosotros.

Y tienen prueba de ello no sólo las almas, que reciben palabras de Sabiduría que las fortalecen e infunden santidad y paz, sino también los cuerpos, que por obra del Santo, al cual el Padre todo concede, se ven liberados de las más atroces enfermedades, e incluso de la muerte; para que las tierras y los valles de nuestra patria de Israel queden llenos de las alabanzas al Hijo de David y al Altísimo, que ha enviado a su Verbo, como había prometido a los Patriarcas y Profetas. El que os habla estaba leproso, destinado a morir, transcurriendo primero años de cruel angustia, en la soledad de fiera que es propia de los leprosos. Un hombre me dijo: “Ve a El, al Rabí de Nazaret, y serás curado”.

Tuve fe. Fui. Quedé curado. En el cuerpo. En el corazón. En el primero desapareció la enfermedad que separa de los hombres; en el segundo, el rencor que separa de Dios. Y con un corazón nuevo, pasé, de proscrito, enfermo, inquieto, a ser su siervo, llamado a la feliz misión de ir a los hombres y amarlos en nombre suyo e instruirlos en la única cosa que es necesario conocer: que Jesús de Nazaret es el Salvador y que son bienaventurados los que creen en El. 3 Habla tú ahora, Santiago de Alfeo».

santiago_menor -«Yo soy el hermano del Nazareno. Mi padre y su padre eran hermanos nacidos del mismo seno. Y, no obstante, no puedo llamarme hermano, sino siervo. Porque la paternidad de José, hermano de mi padre, fue una paternidad espiritual, y en verdad os digo que el verdadero Padre de Jesús, Maestro nuestro, es el Altísimo al que nosotros adoramos. El cual ha permitido que la Segunda Persona[2] de su Divinidad Una y Trina se encarnara y viniera a la tierra, permaneciendo de todas formas siempre unida con Aquellas que viven en el Cielo. Porque ello lo puede hacer Dios, el infinitamente Potente. Y lo hace por el Amor, que es su naturaleza. Jesús de Nazaret es nuestro hermano, ¡Oh hombres!, porque ha nacido de mujer y es semejante a nosotros por su humanidad. Es nuestro Maestro porque es el Sabio, es la Palabra misma de Dios que ha venido a hablarnos para hacernos de Dios. Y es nuestro Dios, siendo uno con el Padre y con el Espíritu Santo, con los cuales está siempre en unión de amor, potencia y naturaleza. Sea propiedad vuestra también esta verdad, que con manifiestas pruebas fue concedido conociera el Justo que fue pariente mío. Y contra el mundo, que tratará de separaros de Cristo diciendo: “Es un hombre cualquiera” responded: “No. Es el Hijo de Dios, es la Estrella nacida de Jacob, es el Cayado que se eleva en Israel, es el Dominador”[3]: no dejéis que ninguna cosa os disuada. Esta es la Fe. 4 A ti, Andrés».

30-sanandresapostol-30-«Esta es la Fe. Yo soy un pobre pescador del lago de Galilea, y, en las silenciosas noches de pesca, bajo la luz de los astros, tenía muchos coloquios conmigo mismo. Decía: “¿Cuándo vendrá? ¿Viviré todavía? Faltan todavía muchos años[4], según la profecía”. Para el hombre, de vida limitada, unas pocas decenas de años son siglos… Me preguntaba: “¿Cómo vendrá? ¿Dónde? ¿De quién?”. Y mi embotamiento humano me hacía soñar regios esplendores, regias moradas y cortejos y clangores y poder, e irresistible majestad… Y decía: “¿Quién podrá mirar a este gran Rey?”. Le imaginaba manifestándose en modo más aterrorizador que el propio Yahvé en el Sinaí[5]. Me decía: “Los hebreos, allí, vieron al monte lanzando resplandores, pero no quedaron reducidos a cenizas porque el Eterno estaba más allá de los nimbos. Pero aquí nos mirará con ojos mortíferos y moriremos…”. Era discípulo del Bautista[6]. Y en las pausas de la pesca iba donde él, con otros compañeros.

Era un día de esta luna… Las márgenes del Jordán estaban llenas de gente que temblaba al oír las palabras del Bautista. Yo había visto a un joven hermoso y calmo venir hacia nosotros por un sendero. Humilde la túnica, dulce el aspecto. Parecía pedir amor y dar amor. Su ojo azul se posó un momento en mí, y experimenté una cosa que no he vuelto a experimentar jamás. Me pareció como si me acariciaran el alma, como si alas de ángel me rozaran apenas. Por un momento, me sentí tan lejos de la tierra, tan distinto, que dije: “¡Ahora muero! Es la convocatoria de Dios a mi espíritu”. Pero no morí. Me quedé hechizado contemplando al joven desconocido, que, a su vez, había fijado su mirada azul en el Bautista. Y el Bautista se volvió, se apresuró a ir a El, se inclinó ante El. Se hablaron. Y, dado que la voz de Juan era un trueno continuo, las misteriosas palabras llegaron hasta mí, que estaba escuchando, deseando vehementemente saber quién era el joven desconocido. Mi alma le sentía distinto de todos. Decían: “Yo debería ser bautizado por ti…”. “Deja, ahora. Conviene cumplir toda justicia”… Juan ya había dicho: “Vendrá uno al que no soy digno de desatar las correas de las sandalias”. Había dicho ya: “En medio de vosotros, en Israel, hay uno que no conocéis. Tiene ya en su mano el aventador y limpiará su era y quemará la paja con el fuego inextinguible”. Yo tenía ante mí a un joven común, de aspecto manso y humilde, y, no obstante había oído que era Aquel al que ni siquiera el Santo de Israel, el último Profeta, el Precursor, era digno de desatarle las sandalias. Había oído que era Aquel al que no conocíamos. Pero no sentí miedo de El. Es más, cuando Juan, pasado el superextasiante trueno de Dios, pasado el inconcebible esplendor de la Luz en forma de paloma de paz, dijo: “Este es el Cordero de Dios”, yo, con la voz del alma, jubiloso por haber presentido al Rey Mesías en el joven manso y humilde de aspecto, grité con la voz del espíritu: “¡Creo!”. Por esta fe soy su siervo. Sedlo vosotros también y tendréis paz. 5 Mateo, a ti el narrar las otras glorias del Señor».

1290258558647698-«Yo no puedo usar las palabras límpidas de Andrés. El era un justo; yo, un pecador.

Por eso mi palabra no tiene notas festivas, aunque no le falta la paz confidencial de un salmo. Era un pecador, un gran pecador. Vivía en el error completo. Me había endurecido en el error y no sentía desazón. Si alguna vez los fariseos o el arquisinagogo me herían con sus insultos o reprensiones, recordándome al Dios Juez implacable, experimentaba un momento de terror… y luego me arrellanaba en la necia idea: “Total ya soy un réprobo. Gocemos, pues, sentidos míos, mientras podamos hacerlo”. Y, más que nunca, me hundía en el pecado. Hace dos primaveras, vino un Desconocido a Cafarnaúm. También para mí era un desconocido. Lo era para todos, porque estaba en los comienzos de su misión. Solamente unos pocos hombres le conocían por lo que El era realmente. Estos que veis y otros pocos. Me asombró su espléndida virilidad, más casta que la castidad de una virgen. Esto fue lo primero que me impresionó. Le veía con porte grave, y, a pesar de ello, dispuesto a escuchar a los niños que iban a El como las abejas a la flor; su único entretenimiento eran sus juegos inocentes y sus palabras sin malicia Luego me impresionó su poder. Hacía milagros. Dije: “Es un exorcista. Un santo”. Pero me sentía tan ignominioso a su lado, que me apartaba de El. El me buscaba. Esa era mi impresión. No había vez que pasara cerca de mi banco que no me mirase con su ojo dulce y un poco triste. Y cada vez se producía como un sobresalto de la conciencia entorpecida, la cual no volvía ya al mismo nivel de torpor. Un día –la gente magnificaba siempre su palabra– sentí deseos de oírle. Escondiéndome detrás de una esquina de una casa le oí hablar a un pequeño grupo de hombres. Hablaba con sencillez, sobre la caridad, que es como indulgencia por nuestros pecados… Desde aquella tarde yo, el exigente y duro de corazón, quise conseguir de Dios el perdón de muchos pecados. Hacía las cosas en secreto… Pero El sabía que era yo, porque lo sabe todo. Otra vez, le oí explicar precisamente el capítulo 52 de Isaías: decía que en su Reino, en la Jerusalén celestial, no estarían los impuros ni los incircuncisos de corazón, y prometía que aquella Ciudad celeste –cuyas bellezas expresaba con tan persuasiva palabra, que me vino nostalgia de ella– sería de quien a El fuera. Y luego,… y luego… ¡Oh, aquel día no fue una mirada de tristeza, sino de mando! Me desgarró el corazón, puso mi alma al desnudo, la cauterizó, tomó en su poder a esta pobre alma enferma, la atormentó con su amor exigente… y mi alma fue nueva. Fui a El con arrepentimiento y deseo. No esperó a que le dijera: “Señor, piedad!”. Dijo El: “¡Sígueme!”. El Manso había vencido a Satanás en el corazón del pecador. Que esto os diga, si alguno de vosotros tiene culpas que le turban, que es el Salvador bueno y que no hay que apartarse de El, sino que, cuanto más pecador es uno, más debe ir a El con humildad y arrepentimiento para ser perdonado. 6 Santiago de Zebedeo, habla tú».

 santiago_apostol-«Verdaderamente no sé qué decir. Habéis hablado y dicho lo que yo habría dicho. Porque la verdad es ésta y no puede cambiar. Yo también estaba, con Andrés, en el Jordán, pero no me di cuenta de El sino cuando me lo indicó la mención del Bautista.

Yo también creí inmediatamente, y, cuando se marchó, después de su luminosa manifestación, me quedé como uno al que de una cima llena de sol le llevan a una obscura cárcel. Sentía un incontenible deseo de volver a encontrar el Sol. El mundo carecía totalmente de luz, después de habérseme presentado la Luz de Dios y luego haber desaparecido de mi presencia. Estaba solo entre los demás hombres. Mientras comía tenía hambre. Durante el sueño velaba con la parte mejor de mí mismo. Dinero, oficio, afectos, todo había pasado a un segundo lugar respecto a este deseo incontenible de El; había quedado lejos, sin atractivo. Cual niño que ha perdido a su madre, gemía:

“¡Vuelve, Cordero del Señor! ¡Altísimo, como enviaste a Rafael a guiar a Tobías[7], envía a tu ángel a guiarme a los caminos del Señor para que le encuentre, le encuentre, le encuentre!”.

Y, a pesar de todo, cuando, después de decenas de días[8] de inútil espera y de búsqueda ansiosa –que, por su inutilidad, nos hacía sentir más cruel la pérdida de nuestro Juan, que había sido arrestado por primera vez–, se nos presentó por el sendero, viniendo del desierto, no le reconocí inmediatamente. Llegado a este punto, quiero, hermanos en el Señor, enseñaros otro camino para ir a El y reconocerle. Simón de Jonás ha dicho que hace falta fe y humildad para reconocerle. Simón Zelote ha confirmado la absoluta necesidad de la fe para reconocer en Jesús de Nazaret a Aquel que es, en el Cielo y en la tierra, según cuanto ha sido dicho. Y Simón Zelote necesitaba una fe muy grande, para esperar incluso para su cuerpo inevitablemente enfermo. Por eso Simón Zelote dice que fe y esperanza son los medios para poseer al Hijo de Dios. Santiago, hermano del Señor, habla del poder de la fortaleza para conservar lo hallado. La fortaleza, que impide que las insidias del mundo y de Satanás socaven nuestra fe. Andrés muestra toda la necesidad de unir a la fe una santa sed de justicia, tratando de conocer y retener la verdad, cualquiera que fuere la boca santa que la anuncie, no por un orgullo humano de ser doctos, sino por el deseo de conocer a Dios. Quien se instruye en las verdades encuentra a Dios. Mateo, que fue pecador, os indica otro camino por el que se alcanza a Dios: despojarse de la sensualidad por espíritu de imitación, yo diría que por reflejo de Dios, que es Pureza infinita. El, el pecador, se siente impresionado, lo primero, por la “virilidad casta” del Desconocido que había ido a Cafarnaúm, y, casi como si ésta tuviera el poder de resucitar su muerta continencia, se veda a sí mismo, lo primero, el sentido carnal, liberando así de obstáculos el camino para la llegada de Dios Y para la resurrección de las otras virtudes muertas. De la continencia pasa a la misericordia, de ésta a la contrición, de la contrición a la superación de todo sí mismo y a la unión con Dios. “Sígueme”. “Voy”. Pero su alma había dicho ya: “Voy”, y el Salvador había dicho ya: “Sígueme”, desde la primera vez que la virtud del Maestro había atraído la atención del pecador. Imitad. Porque toda experiencia ajena, aunque fuera penosa, es guía para evitar el mal y encontrar el bien en aquellos que tienen buena voluntad. Yo, por mí, digo que, cuanto más se esfuerza el hombre en vivir para el espíritu, más apto es para reconocer al Señor; y la vida angélica favorece esto al máximo. Entre nosotros, discípulos de Juan, el que le reconoció, después de la ausencia, fue el alma virgen. El, más incluso que Andrés, le reconoció, a pesar de que la penitencia hubiera cambiado el rostro del Cordero de Dios. Por eso digo: “Sed castos para poderle reconocer”. 7 Judas, ¿quieres hablar tú ahora?».

200px-sankt_judas_thaddaeus_heisterbacherrott-«Sí. Sed castos para poderle reconocer. Pero sedlo tambien para poderle conservar en vosotros con su Sabiduría, con su Amor, con todo El mismo. Sigue diciendo Isaías en el capítulo 52: “No toquéis lo impuro,… purificaos los que lleváis los vasos del Señor”[9]. Verdaderamente, toda alma que se hace discípula suya es semejante a un vaso colmado del Señor, y el cuerpo que la contiene es como el portador del vaso consagrado al Señor.

No puede Dios estar donde hay impureza. Mateo ha dicho cómo el Señor estaba explicando que nada que fuera impuro o que estuviera separado de Dios habitará en la Jerusalén celeste. Sí. Pero es necesario no ser impuros aquí abajo, y no estar separados de Dios, para poder entrar en ella. Desdichados aquellos que aplazan a la última hora su arrepentimiento. No siempre tendrán tiempo de hacerlo. De la misma manera que los que ahora le calumnian no tendrán tiempo de hacer nuevo su corazón en el momento de su triunfo, siendo así que no gozarán de los frutos de éste. Quienes esperan ver en el Rey santo y humilde un monarca terreno, y, más aún, quienes temen ver en El un monarca terreno, no estarán preparados para aquella hora; engañados y defraudado su pensamiento, que no es el pensamiento de Dios sino un pobre pensamiento humano, pecarán cada vez más. La humillación de ser el Hombre pesa sobre El. Debemos tener presente esto. Isaías[10] dice que todos nuestros pecados tienen mortificada a la Persona Divina bajo una apariencia común. Cuando pienso que el Verbo de Dios tiene alrededor de sí, como una costra sucia, toda la miseria de la humanidad desde que ésta existe, pienso con profunda compasión y con profunda comprensión en el sufrimiento que debe producirle ello a su alma sin culpa: la repulsa de una persona sana que fuera recubierta con los andrajos y las porquerías de un leproso. Es verdaderamente el traspasado por nuestros pecados, el llagado por todas las concupiscencias del hombre. Su alma, que vive entre nosotros, debe temblar con los contactos como por escalofrío de fiebre. Y, no obstante, no dice nada. No abre la boca para decir: “Me producís horror”. La abre solamente para decir: “Venid a mí, a que os quite vuestros pecados” Es el Salvador. En su infinita bondad, ha querido velar su irresistible belleza. Esa belleza que, si se hubiera presentado cual es en el Cielo, nos habría reducido a cenizas, como ha dicho Andrés. Esa belleza ahora se ha hecho atractiva, como de manso Cordero, para poder acercarse a nosotros y salvarnos. Su opresión, su condena durará hasta que, consumido por el esfuerzo de ser el Hombre perfecto en medio de los hombres imperfectos, sea elevado por encima de la multitud de los rescatados, en el triunfo de su realeza santa. ¡Dios que conoce la muerte, para salvarnos a la Vida!… Que estos pensamientos os hagan amarle sobre todas las cosas. El es el Santo. Yo lo puedo decir, yo que con Santiago he crecido con El. Y lo digo y lo diré, dispuesto a dar mi vida para firmar esta confesión; para que los hombres crean en El y tengan la Vida eterna. 8 Juan de Zebedeo, te toca hablar a ti».

1a82d8827e112fbc30ef89958bf04180-«¡Qué hermosos[11]en los montes los pies del mensajero! Del Mensajero de paz, de Aquel que anuncia la felicidad y predica la salud, de Aquel que dice a Sión: “¡Reinará tu Dios!”. Y estos pies van, incansables, desde hace dos años, por los montes de Israel, convocando a las ovejas de la grey de Dios para reunirlas, confortando, sanando, perdonando, dando paz. Su paz. Verdaderamente me resulta extraño el no ver estremecerse de alegría los montes y exultar las aguas de la patria, bajo la caricia de su pie. Pero lo que más me asombra es el no ver a los corazones estremecerse de alegría y exultar diciendo: “¡Gloria al Señor! ¡El Esperado ha venido! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”. Aquel que derrama gracias y bendiciones, paz y salud, y llama para el Reino abriéndonos el camino que a él conduce; Aquel, sobre todo, que espira amor de cada una de sus acciones o palabras, de cada mirada, de cada respiro. ¿Qué es este mundo, pues, para estar ciego a la Luz que vive en medio de nosotros? ¿Qué losas, más espesas que la piedra que cierra las puertas de los sepulcros, le muran la vista del alma para no ver esta Luz? ¿Qué montañas de pecados tiene encima de sí para estar tan oprimido, separado, cegado, ensordecido, encadenado, paralizado, de forma que permanece pasivo ante el Salvador? ¿Qué es el Salvador? Es la Luz fundida con el Amor.

La boca de mis hermanos ha cantado las alabanzas del Señor, ha recordado sus obras, ha indicado las virtudes que deben practicarse para llegar a su camino. Yo os digo: amad. No hay virtud mayor ni más semejante a su Naturaleza. Si amáis, practicaréis todas las virtudes sin esfuerzo, empezando por la castidad. Y no os será gravoso el ser castos, porque amando a Jesús no amaréis a nadie inmoderadamente. Seréis humildes porque veréis en El sus infinitas perfecciones con ojos amantes, por lo cual no os ensoberbeceréis de las vuestras, mínimas. Seréis creyentes. ¿Quién no cree en aquel a quien ama? Sentiréis la contrición del dolor que salva, porque será recto vuestro dolor, es decir será un dolor por la pena causada a El, no por la pena por vosotros merecida. Seréis fuertes. ¡Oh, sí! ¡Cuando uno está unido a Jesús, es fuerte! Fuerte contra todo. Estaréis llenos de esperanza, porque no dudaréis del Corazón de los corazones, que os ama con la totalidad de sí mismo. Seréis sabios. Seréis todo. Amad a Aquel que anuncia la felicidad verdadera, que predica la salud, que va, incansable, por los montes y los valles convocando al rebaño para reunirle; a Aquel en cuyo camino está la Paz, como también hay paz en su Reino, que no es de este mundo, sino que es verdadero, como verdadero es Dios. Abandonad cualquier camino que no sea el suyo. Liberaos de toda tiniebla. Id a la Luz. No seáis como el mundo, que no quiere ver la Luz, que no quiere conocerla. Vosotros id a nuestro Padre, que es el Padre de las luces, que es Luz sin medida, a través del Hijo, que es la Luz del mundo, para gozar de Dios en el abrazo del Paráclito, que es fulgor de las Luces en una sola beatitud de amor, que a los Tres centra en Uno. ¡Infinito océano del Amor, sin tempestades, sin tinieblas, acógenos! ¡A todos! los inocentes y a los convertidos. ¡A todos! ¡En tu paz! ¡A todos! Para toda la eternidad. A todos los que habitamos sobre la tierra, para que te amemos a ti, Dios, y al prójimo como tú quieres.

A todos, en el Cielo, para que sigamos amando, siempre, no sólo a ti y a los celestes habitantes, sino también, y todavía, a los hermanos que militen en la tierra en espera de la paz, y, cual ángeles de amor, los defendamos y apoyemos en las batallas y tentaciones, para que después puedan estar contigo en tu paz, para gloria eterna del Señor nuestro Jesús, Salvador, Amador del hombre, hasta el límite sin límite del anonadamiento sublime».

9       Como siempre, Juan, ascendiendo en sus vuelos de amor, lleva consigo a las almas a lugares de amor levísimo y silencio místico.

Debe pasar un rato antes de que retorne la palabra a los labios del auditorio. El primero en hablar es Felipe, dirigiéndose a Pedro:

-«¿Y Juan, el pedagogo, no habla?».

-«Os hablará por nosotros continuamente. Ahora dejadle en su paz, y dejadnos también a nosotros un buen rato con él. Tú, Saba, haz lo que te he dicho antes; y tú también, buena Berenice…».

10     Salen todos. Se quedan en la amplia sala los ocho con los dos. Hay un silencio grave. Están todos un poco pálidos: los apóstoles, porque saben lo que está para producirse; los dos discípulos, porque lo presienten.

Pedro abre sus labios, pero encuentra sólo esta palabra:

-«Oremos»,

y entona el “Pater noster”. Luego –está verdaderamente pálido, quizás más que en el momento de la muerte–, yendo a ponerse entre los dos y colocando una mano sobre sus hombros, dice:

-«Es la hora de la despedida, hijos. ¿Qué le digo al Señor en nombre vuestro? ¿A El, que ciertamente estará ansioso de saber de vuestra santidad?».

Síntica cae de rodillas y se cubre el rostro con las manos. Juan la imita. Pedro los tiene a sus pies, y, mecánicamente, los acaricia mientras se muerde los labios para no ceder a la emoción. Juan de Endor alza su acongojado rostro y dice:

-«Dirás al Maestro que nosotros hacemos su voluntad…».

 Y Síntica:

-«Y que nos ayude a cumplirla hasta el final…».

El llanto impide frases más largas.

-«Bien. Démonos el beso de despedida. Esta hora debía llegar…».

También Pedro se corta, ahogado por un nudo de llanto.

-«Antes bendícenos»

suplica Síntica.

-«No. No yo. Mejor uno de los hermanos de Jesús…».

-«No. Tú eres el jefe. Nosotros los bendeciremos con el beso. Bendícenos a todos, a nosotros que nos marchamos y a ellos que se quedan»

dice Judas Tadeo, poniéndose el primero de rodillas.

Y Pedro, el pobre Pedro –que ahora está rojo por el esfuerzo de mantener firme la voz y por la emoción de bendecir, con las manos extendidas hacia el pequeño núcleo arrodillado a sus pies– pronuncia, con voz aún más áspera por el llanto, casi de viejo, la bendición mosaica[12] … Luego se agacha, besa en la frente a la mujer, como si fuera una hermana; levanta y abraza, besándole fuerte, a Juan, y… se marcha valientemente de la habitación, mientras los otros imitan su acto para con los dos que se quedan…

Afuera, el carro está ya preparado. Sólo están presentes Felipe y Berenice, y el siervo que sujeta el caballo. Pedro ha subido ya al carro…

-«Dirás al amo que esté tranquilo respecto a sus recomendados»

dice Felipe a Pedro.

-«Dirás a María que siento la paz de Euqueria desde que ella es discípula»

dice en voz baja Berenice al Zelote.

-«Le diréis al Maestro, a María, a todos, que los amamos, y que… ¡Adiós! ¡Adiós! ¡Oh, no los volveremos a ver! ¡Adiós, hermanos! Adiós…».

Corren afuera, al camino, los dos discípulos… Pero el carro, que ha partido al trote, ya ha doblado la esquina… Ha desaparecido…

-«¡Síntica!».

-«¡Juan!».

-«¡Estamos solos!».

-«¡Dios está con nosotros!… Ven, pobre Juan. El Sol declina. Te sienta mal estar aquí…».

«Para mí el Sol se ha puesto para siempre… Sólo volverá a salir en el Cielo».

Y entran donde antes estaban con los demás, se dejan caer sobre una mesa y se entregan, ya sin freno, al llanto…

[1] Cfr. Is. 52, 1.

[2] Estas expresiones en palabras más sencillas quieren decir: “El cual (el eterno Padre) ha querido que la segunda Persona de Dios Uno y Trino (o de la Santísima Trinidad) se encarnase y viniera…”.

[3] Cfr. Núm. 24, 15–19.

[4] Cfr. Dan. 9.

[5] Cfr. Ex. 19, 9 – 20, 21.

[6] La evocación del apóstol Andrés merece ser puesta en relación con la explicación dada en 49.9.

[7] Cfr. Tob. 5–12.

[8] –circunstancia confirmada hacia el final de la plática con las palabras después de la ausencia– es una precisión que confirma la explicación dada en 47.10 sobre el tiempo transcurrido entre la manifestación en el Jordán y el encuentro con los primeros discípulos.

[9] Cfr. Is. 52, 11.

[10] Cfr. Is. 52, 13 – 53, 12.

[11] es cita de Isaías 52, 7. Las pláticas de los ocho apóstoles están, en su mayoría, fundados en el capítulo 52 del libro del profeta Isaías.

[12] que aparece en repetidas ocasiones en la Obra valtortiana, está en Números 6, 22-27. La bendición sacerdotal  22 Jehová habló a Moisés, diciendo:      23 Habla a Aarón y a sus hijos y diles: Así bendeciréis a los hijos de Israel, diciéndoles:  24 Jehová te bendiga, y te guarde;   25 Jehová haga resplandecer su rostro sobre ti, y tenga de ti misericordia;  26 Jehová alce sobre ti su rostro, y ponga en ti paz. m      27 Y pondrán mi nombre sobre los hijos de Israel, y yo los bendeciré.

25/12/2016 Evangelio según San Lucas 2,1-14

Solemnidad de la Natividad del Señor (Misa de medianoche)

Nacimiento y vida oculta de María y Jesús.

Indice

27. El edicto de empadronamiento. Enseñanzas sobre el amor al esposo y la confianza en Dios «Amar es dar contento a quien se ama más allá de lo que pueden exigir los sentidos o la conveniencia»

28. La llegada a Belén

29. Nacimiento de Jesús. La eficacia salvadora de la divina maternidad de María «Yo, María, redimí a la mujer con mi Maternidad divina»

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