18/12/2016 Evangelio según San Mateo 1,18-24.

Cuarto domingo de Adviento

Fiesta de la Iglesia: Feria de Adviento: Semana antes de Navidad (18 dic.)

Santo(s) del día : Beata Nemesia Valle
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Lecturas

El evangelio de Mateo de este domingo nos relata los misterios de la encarnación y de las circunstancias en que ocurrió en relación a San José.

Antes y después de la revelación a San José de la maternidad del Mesías y de los padecimientos de ambos (María y José), desde que José advierte que María esta embarazada; los encontramos en los capítulos 25 y 26  del tomo I

Nacimiento y vida oculta de María y Jesús.

25. Presentación de Juan el Bautista en el Templo y partida de María. La Pasión de José.

5–6 de abril de 1944.

zacarias-e-isabel11        Durante la noche entre el miércoles y el jueves de la Semana Santa, veo cuanto sigue. Zacarías, Isabel, María (ésta con el pequeño Juan en brazos) y Samuel (con un cordero y una cesta con la paloma) están bajando de un cómodo carro, al que viene atado el burrito de María. Se apean delante de la caballeriza de costumbre –que debe ser la etapa de todos los peregrinos que vienen al Templo– para dejar sus cabalgaduras.

María llama a un hombre de baja estatura, el dueño de la caballeriza, y le pregunta si durante el día precedente o en las primeras horas de la mañana ha llegado algún nazareno. «Ninguno, mujer» contesta el viejecillo. María se queda extrañada, pero no dice nada más.

Le encarga a Samuel que le busque un puesto al burro. Luego alcanza a los dos ancianos padres y refiere el retardo de José: «Algo le habrá entretenido, pero seguro que viene hoy». Vuelve a coger al niño –se lo había dejado a Isabel– y se encaminan hacia el Templo.

2        Los hombres que están de guardia le reciben a Zacarías con honor, y los otros sacerdotes le saludan y felicitan. Zacarías, hoy, con sus vestiduras sacerdotales y la alegría del padre que se siente feliz, está guapísimo. Parece un patriarca. Creo que Abraham debía asemejarse a él cuando jubilaba por ofrecer a Isaac[1] al Señor.

Veo la ceremonia de la presentación del nuevo israelita y la purificación de la madre. Es todavía más pomposa que la de María, porque por el hijo de un sacerdote los sacerdotes hacen mucha fiesta. Acuden en masa y se ponen manos a la obra diligentes en torno al grupito de las mujeres y del recién nacido.

También otras personas se han acercado curiosas. Oigo los comentarios. Dado que María lleva en brazos al pequeñuelo mientras se dirigen al lugar establecido, la gente cree que es la madre. Pero una mujer dice:

-«No puede ser. ¿No veis que está encinta? El niño no tiene más de unos pocos días y Ella está ya abultada».

-«Ya… pero» dice otro «sólo puede ser Ella la madre. La otra es vieja. Será una parienta. No puede ser madre a esa edad».

-«Vamos detrás de ellos y así vemos quién tiene razón».

Bien grande viene a ser el asombro cuando se ve que la que cumple el rito de la purificación es Isabel, que ofrece su corderillo balante para el holocausto y su paloma por el pecado.

-«La madre es aquélla. ¿Has visto?».

-«¡No!».

-«Sí».

La gente, incrédula, sigue cuchicheando. Cuchichean tanto, que el grupo sacerdotal que está presente en el rito se ve obligado a emitir un «¡Chsss!» imperativo. La gente se calla un momento, pero musita aún más fuerte cuando Isabel, radiante de santo orgullo, toma al niño y se adentra en el Templo para presentarle al Señor.

-«Es ella realmente».

-«Es siempre la madre quien lo ofrece».

-«Y entonces, ¿qué milagro es éste?».

-«¿Qué será ese niño concedido en edad tan tardía a esa mujer?».

-«¿Qué signo es éste?».

-«¿No sabéis –dice uno que en ese momento llega jadeante– que es hijo del sacerdote Zacarías, de la estirpe de Aarón, aquel que quedó mudo estando ofreciendo el incienso en el Santuario?».

-«¡Misterio! ¡Misterio! ¡Y ahora ya puede hablar otra vez! El nacimiento del hijo le ha soltado la lengua».

-«¿Qué espíritu será el que le habló y le incapacitó la lengua para acostumbrarle al silencio sobre los secretos de Dios?».

-«¡Misterio! ¿Qué verdad será la que conoce Zacarías?».

-«¿No será que su hijo es el Mesías esperado por Israel?».

-«Ha nacido en Judea, no en Belén, ni de una virgen. No puede ser Mesías».

-«¿Y entonces quién?».

Mas la respuesta queda en los silencios de Dios y la gente se queda con su curiosidad. Cumplido el ceremonial, los sacerdotes ahora también agasajan a la madre y al pequeñuelo; la única que pasa poco observada es María; es más, incluso la evitan casi con repulsión cuando se dan cuenta del estado[2] suyo.

3        Terminadas todas las felicitaciones, la mayor parte vuelve a la calle. María quiere pasar de nuevo por la caballeriza para ver si ya ha llegado José… No ha llegado. Y se queda desilusionada y pensativa. Isabel se preocupa por Ella.

-«Hasta la hora sexta podemos estar aquí, pero luego tenemos que irnos para llegar a casa antes de la primera vigilia… es todavía demasiado pequeño para estar más tiempo de noche».

Y María, tranquila y triste, dice:

-«Me quedaré en un patio del Templo, iré donde mis maestras… No sé. Algo haré».

Zacarías interviene con una propuesta que enseguida aceptan como una buena resolución.

-«Vamos a casa de los familiares de Zebedeo. José, sin duda, te buscará allí, y, si él no fuera allí, te será fácil encontrar a alguien que te acompañe hacia Galilea, porque en esa casa hay un continuo ir y venir de pescadores de Genesaret».

Toman el borriquillo y van adonde estos parientes de Zebedeo, los cuales son los mismos de la casa en que se detuvieron José y María cuatro meses antes.

Las horas pasan deprisa y José no aparece. María domina su contrariedad acunando al niño; pero se la ve pensativa. Como para esconder su estado, no se ha quitado nunca el manto, a pesar de que el intenso calor les hace sudar a todos.

4        Por fin se oye llamar fuerte a la puerta. Es el anuncio de la llegada de José. El rostro de María resplandece sosegado.

José la saluda, porque Ella se ha presentado antes y le ha saludado con reverencia:

-«¡La bendición de Dios sea contigo, María!».

-«Y contigo, José. ¡Alabado sea el Señor porque has venido! Zacarías e Isabel iban a marcharse ya para estar en casa antes de que fuera de noche».

-«Tu mensajero llegó a Nazaret estando yo en Caná para unos trabajos. Lo supe anteayer por la tarde. Me puse en marcha enseguida. Pero, por mucho que haya venido sin detenerme, he llegado tarde, porque había perdido una herradura el burro. ¡Perdona!».

-«¡Perdona tú, por haber estado tanto tiempo lejos de Nazaret[3]! La verdad es que se sentían tan felices de tenerme con ellos, que pensé darles hasta ahora esta satisfacción».

-«Has hecho bien, Mujer. ¿Dónde está el niño?».

Entran en la habitación donde Isabel está dando de mamar a Juan, antes de marcharse.  José felicita a los padres por la fortaleza del niño, que ha sido separado del pecho para mostrárselo a José, y que chilla y patalea como si le estuvieran despellejando. Ante esta protesta, todos se echan a reír. También ríen los parientes de Zebedeo, y se unen a la conversación. Habían venido trayendo fruta fresca, leche y pan para todos, y una gran bandeja de pescado.

5        María habla muy poco. Está tranquila y silenciosa, sentada en su rinconcito, con las manos bajo su manto sobre el regazo. Habla poco y se mueve poco, incluso cuando bebe una taza de leche, y al comer un racimo de uvas doradas con un poco de pan. Mira a José apenada y escrutadora al mismo tiempo. También él la mira. Pasado un rato, inclinándose hacia su hombro, le pregunta:

-«¿Estás cansada? ¿Te duele algo? Estás pálida y triste».

-«Me duele separarme de Juanín. Le quiero. Le he tenido sobre mi corazón desde pocos momentos después de nacer…».

José no pregunta nada más. Ha llegado la hora de la partida de Zacarías. El carro se para delante de la puerta. Todos se acercan. Las dos primas se abrazan con amor. María besa una y otra vez al pequeñuelo antes de depositarle sobre el regazo de su madre, que ya está sentada en el carro. Luego saluda a Zacarías y le pide su bendición. Al arrodillarse delante del sacerdote, el manto se le desliza de los hombros y las formas le aparecen en la luz intensa de la tarde estiva. No sé si José las percibe en este momento en que está ocupado en saludar a Isabel. El carro se pone en movimiento.

6        José con María entran de nuevo en casa. Ella vuelve a su sitio del rincón semioscuro.

-«Si no te importa viajar de noche, yo propondría salir con la puesta del Sol. El calor, durante el día, es fuerte; la noche, en cambio, estará fresca y serena. Lo digo por ti, para que no cojas demasiado sol. Para mí no es nada el estar bajo el sol intenso, pero tú…».

-«Como quieras, José. Yo también veo conveniente caminar de noche».

-«La casa –dice José– está toda en orden, como también el huertecillo. ¡Vas a ver qué flores más bonitas! Vas a llegar a tiempo de verlas florecer todas. El manzano, la higuera y la vid están repletos de frutos como nunca lo han estado; y he tenido que apuntalar el granado, pues sus ramas están cargadísimas de frutos, maduros ya como jamás se vio en esta época. Y el olivo… Dispondrás de aceite en abundancia. Ha tenido una florescencia milagrosa y no se ha perdido ni una flor. Todas son ya pequeñas aceitunas. Cuando estén maduras, el árbol parecerá lleno de oscuras perlas. Tan bonito como tu huerto no hay ningún otro en Nazaret. La familia está asombrada. Alfeo dice que se trata de un prodigio».

-«Obra de tus cuidados».

-«¡Oh, no! ¡Yo soy sólo un pobre hombre! ¿Qué he hecho yo realmente? Cuidar un poco los árboles, echar un poco de agua a las flores… Mira, te he hecho una fuente donde acaba el huerto, al lado de la gruta, y he dispuesto allí un pilón. Así no tendrás que salir para coger agua. La he traído de ese manantial que está encima del olivar de Matías. Es pura y abundante. Te he hecho llegar un pequeño regato. He construido un canalillo bien tapado, y ahora llega y canta como un arpa. Me dolía el que tuvieras que ir a la fuente del pueblo y volver cargada con las ánforas llenas de agua».

-«Gracias José. ¡Tú eres bueno!».

Los dos esposos guardan silencio ahora, como cansados. José incluso se queda traspuesto. María ora.

7        Cae la tarde. Los huéspedes insisten en que antes de ponerse en camino coman otra vez. José come pan y pescado; María, sólo fruta y leche. Luego inicia la marcha. Montan sus burritos. José ha atado sobre su asno, como cuando venían, el baulillo de María, y, antes de que Ella monte en el borriquillo, comprueba que la albardilla esté bien segura. Veo que José observa a María cuando se monta, pero no dice nada.

Bajo las primeras estrellas que empiezan a latir en el cielo, comienza el viaje. Se apresuran, quizás para llegar a las puertas antes de que las cierren. Al salir de Jerusalén y coger la vía de Galilea, ya el cielo sereno está repleto de estrellas y hay un gran silencio en el campo. Sólo se oye el canto de algún ruiseñor y el choque de las pezuñas de los dos borriquillos contra el terreno duro de la vía abrasada por el verano[4].

«Si José hubiera sido menos santo, Dios no le hubiese concedido sus luces»

8 Dice María:

«Es la víspera de Jueves santo. A algunos les parecerá que la visión está fuera de lugar. Y, sin embargo, tu dolor de amante de mi Jesús Crucificado está en tu corazón, y permanece aunque se presente una dulce visión. Esta es como el calorcillo producido por una llama: por una parte, fuego todavía; por otra, ya no. El fuego es la llama, no su calor, que no es sino una derivación de ella. Ninguna visión venerable o pacífica podrá quitar de tu corazón ese dolor. Considéralo más valioso que tu misma vida, porque es el don mayor que Dios puede conceder a quien cree en su Hijo. Además, mi visión, dentro de su paz, no desentona con las solemnidades de esta semana.

9 Mi José sufrió también su Pasión[5], que comenzó en Jerusalén cuando notó mi estado; y duró algunos días, como en el caso de Jesús y mío. No fue, espiritualmente, poco dolorosa. Sólo fue la santidad de mi justo esposo lo que la contuvo, y en tal modo, tan digno y secreto, que ha pasado los siglos siendo poco notada.

¡Oh, nuestra primera Pasión! ¿Quién podrá referir su íntima y silenciosa intensidad, y mi dolor al constatar que aún no me había llegado del Cielo la ayuda que esperaba, de revelarle a José el Misterio? Comprendí que lo ignoraba al verle conmigo con la misma actitud respetuosa que de costumbre. Si él hubiera sabido que llevaba en mí al Verbo de Dios, habría adorado a ese Verbo cerrado en mi seno con actos de veneración propios de Dios. Sí, José habría realizado esos actos, y yo no habría rehusado recibirlos, no por mí, sino por Aquel que estaba en mí y que yo llevaba, de la misma forma que el Arca de la alianza llevaba el código de piedra y los vasos de maná[6].

¿Quién podrá describir mi batalla contra el desánimo[7] que pretendía subyugarme para persuadirme de que había esperado en vano en el Señor? ¡Oh, creo que fue la rabia de Satanás! Sentí surgirme la duda a las espaldas, y sentí cómo alargaba ésta sus gélidas zarpas para aprisionarme el alma y detener su oración. La duda… tan peligrosa, letal para el espíritu. Letal, porque es el primer elemento agente de la enfermedad mortal que tiene por nombre “desesperación”; contra él se debe reaccionar con todas las fuerzas, para no perecer en el alma y perder a Dios.

25-1¿Quién podrá exponer con exacta verdad el dolor de Jose, sus pensamientos, la turbación de sus sentimientos? El se encontraba, cual barquichuela en medio de una gran tempestad, en un remolino de ideas contrapuestas, en un torbellino de reflexiones a cuál más mordiente y penosa. Era un hombre aparentemente traicionado por su mujer.

Veía que se derrumbaban juntos su buen nombre y la estima del mundo; por causa de Ella se veía ya señalado con el dedo y compadecido por el pueblo. Ante la evidencia de un hecho, veía caer muertos el afecto y la estima puestos en mí.

10 Su santidad aquí resplandece aún más alta que la mía. De ello doy testimonio con afecto de esposa, porque quiero que améis a mi José, a este hombre sabio y prudente, a este hombre paciente y bueno, el cual no está desligado del misterio de la Redención, antes bien, está íntimamente relacionado con él, porque por este misterio apuró el dolor y se consumió, salvándoos al Salvador con su sacrificio y santidad.

Si hubiera sido menos santo, hubiera actuado humanamente, denunciándome como adúltera para que me hubieran lapidado y pereciera conmigo el hijo de mi pecado. Si hubiera sido menos santo, Dios no le habría concedido la guía de su luz en tan ardua prueba. Pero José era santo. Su espíritu puro vivía en Dios, y tenía una caridad encendida y fuerte, y por la caridad os salvó al Salvador, tanto cuando no me acusó ante los ancianos, como cuando, dejándolo todo con diligente obediencia, salvó a Jesús en Egipto.

11 Aunque breves numéricamente, los tres días de la Pasión de José fueron de tremenda intensidad; como también la mía, esta primera pasión mía. En efecto, yo comprendía su sufrimiento, y no podía aliviarle en modo alguno, por obediencia al decreto de Dios que me había dicho: “Guarda silencio!”.

¡Ay, y, llegados a Nazaret, cuando le vi marcharse, tras un lacónico saludo, cabizbajo y como envejecido en poco tiempo, y no volver por la tarde como solía hacer, os digo, hijos, que mi corazón lloró con grandísima aflicción! Sola, encerrada en mi casa, en la casa en que todo me recordaba el Anuncio y la Encarnación, y donde todo me recordaba a José, desposado conmigo en intachable virginidad, tuve que resistir contra el abatimiento y las insinuaciones de Satanás, y esperar, esperar, tener esperanza, y orar, orar, orar, y perdonar, perdonar, perdonar la sospecha de José, su movimiento interior de justa indignación[8].

Hijos, es necesario esperar, orar, perdonar, para obtener que Dios intervenga a favor nuestro. Vivid también vosotros vuestra pasión, merecida por vuestras culpas. Yo os enseño a superarla y convertirla en gozo. Esperad sin medida, orad con confianza, perdonad para ser perdonados; el perdón de Dios será, hijos, la paz que deseáis.

12 Por ahora no os digo nada más. Hasta pasado el triunfo pascual, silencio. Es la Pasión. Sed compasivos para con vuestro Redentor. Oíd sus quejidos, contad sus heridas y sus lágrimas, cada una de las cuales fue vertida por vosotros, fue padecida por vosotros. Desaparezca cualquier otra visión ante esta que os recuerda la Redención que por vosotros se ha cumplido».

 

[1] Cfr. Gén. 22, 1–18.

[2] Cfr. Lev. 12, 2.

[3] Cfr. Lc. 1, 56.

[4] Acerca de la permanencia de María en la casa de Isabel, parece que la Escritora afirme que estuvo 80 días: 40 antes del nacimiento del Bautista y 40 después.

[5] Cfr. Mt. 1, 18–25.

[6] Cfr. Ex. 25, 10–22; 3 Rey. 8, 9; Hebr. 9, 3–5.

[7] Ninguna admiración causa esto, si se piensa en lo que sufrió Jesús en el Huerto de los Olivos.

[8] Para comprender bien, según esta Obra, la actitud interior y exterior de José para con María en lo que se refiere a su Maternidad, es menester tener igualmente presentes otros puntos de vista. Una visión igual y de conjunto se presenta en el Apéndice, pág. 260, que puede ver el lector

26. José pide perdón a María. Fe, caridad y humildad para recibir a Dios.

31 de mayo de 1944.

1        Después de 53 días, la Madre reanuda sus manifestaciones con esta visión, y me dice que la escriba en este libro. La alegría me invade. Ver a María, en efecto, es poseer la Alegría.

2        Así, veo el huertecillo de Nazaret. María está hilando a la sombra de un tupidísimo manzano repleto de frutos, que ya empiezan a tomar color rojo y que parecen, con su redondez y color rosado, carrillos de niño.

Sin embargo, María no tiene, de ninguna manera, ese color. Le ha desaparecido la linda coloración que, en Hebrón, avivaba su cara. En la palidez de marfil de su rostro, sólo los labios trazan una curva de pálido coral. Bajo los párpados semicerrados hay dos sombras oscuras y los bordes de los ojos están hinchados como en quien ha llorado. No veo los ojos, porque Ella está con la cabeza más bien agachada, pendiente de su trabajo y, sobre todo, de un pensamiento suyo, que debe afligirla, pues la oigo suspirar como quien tuviera un pesar en el corazón.

25Está toda vestida de blanco, de lino blanco; es que hace mucho calor, a pesar de que la frescura todavía intacta de las flores me dice que es por la mañana. Tiene la cabeza descubierta, y el Sol, que juega con las frondas del manzano movidas por un ligerísimo viento, y se filtra con agujas de luz hasta tocar la tierra oscura de los parterres, deposita en su cabeza rubia aritos de luz en que los cabellos parecen de oro cobrizo.

De la casa no viene ningún ruido, ni tampoco de los lugares cercanos. Se oye sólo el murmullo del regatillo que va a un pilón del fondo del huerto.

3        María se estremece al oír un golpe dado con resolución a la puerta de la casa. Apoya rueca y huso y se levanta para ir a abrir. A pesar de que el vestido sea suelto y amplio, no llega a ocultar completamente la rotundidad de su pelvis.

Se encuentra de frente a José. María palidece, hasta incluso en los labios. Ahora su rostro parece una hostia de lo pálido que está. María mira con ojo que escruta tristemente; José, con ojo que parece suplicar. Guardan silencio, mirándose. María rompe el silencio:

-«¿A esta hora, José? ¿Necesitas algo? ¿Qué deseas decirme? Ven».

José entra y cierra la puerta. Todavía guarda silencio.

-«Habla, José. ¿Qué deseas de mí?».

-«Tu perdón».

José se curva como si quisiera arrodillarse. Pero María, siempre tan reservada al tocarle, le agarra con resolución por los hombros y se lo impide.

El color aparece y desaparece del rostro de María, ora completamente roja, ora de nieve como antes.

-«¿Mi perdón? No tengo nada que perdonarte, José. No debo sino agradecerte una vez más todo cuanto has hecho aquí dentro, en mi ausencia, y el amor que me tienes».

José la mira. Veo formarse dos gruesas gotas en la cavidad de su ojo profundo, permanecer como en el borde de un recipiente, y luego deslizarse por las mejillas y por la barba.

25-1-«Perdóname, María. He desconfiado de ti. Ahora veo[1]. Soy indigno de poseer tan gran tesoro. He faltado a la caridad, te he acusado en mi corazón, te he acusado injustamente porque no te había preguntado la verdad. He faltado contra la ley de Dios no amándote como yo me habría amado a mí mismo[2]…».

-«¡Oh, no, no has faltado!».

-«Sí, María. Si yo hubiera sido acusado de un delito así, me habría defendido. Tú… No te concedía defenderte, porque ya iba a tomar decisiones sin preguntarte primero. He faltado contra ti ofendiéndote con una sospecha. El solo hecho de sospechar ya es ofensa, María. El que sospecha no conoce. Yo no te he conocido como debía. Pero, por el dolor que he sufrido… tres días de suplicio…, perdóname, María».

«No tengo nada que perdonarte. Es más, te pido yo perdón por el dolor que te he causado».

«¡Oh, dolor sí que fue! ¡Cuánto dolor! Fíjate, esta mañana me han dicho que tengo las sienes canosas y arrugas en la cara. ¡Estos días han significado más de diez años de vida! 4 Pero, María, ¿por qué has sido tan humilde de celarme a mí, tu esposo, tu gloria, y permitirme que sospechara de ti?».

José no está de rodillas, pero sí tan curvado que es como si lo estuviera. María le pone su manita en la cabeza, y sonríe. Parece como si le absolviera. Dice:

-«Si no lo hubiera sido de modo perfecto, no habría merecido concebir al Esperado, que viene a anular la culpa de soberbia que ha destruido al hombre. Y además no he hecho sino obedecer… Dios me pidió esta obediencia… Me ha costado mucho… por ti, por el dolor que te produciría… pero, tenía que obedecer. Soy la Esclava de Dios, y los siervos no discuten las órdenes que reciben; las ejecutan, José, aunque provoquen lágrimas de sangre».

María, mientras dice esto, llora silenciosamente, tan silenciosamente que José, agachado como está, no lo advierte hasta que no cae una lágrima al suelo. Entonces, levanta la cabeza y –es la primera vez que le veo hacer este gesto– aprieta las manitas de María entre las suyas, oscuras y fuertes, y besa la punta de sus rosados y delgados dedos, de esos dedos que sobresalen del anillo de sus manos como capullos de melocotonero.

5 -«Ahora habrá que tomar las medidas necesarias para que…».

José no sigue; mira al cuerpo de María, y Ella se pone como la púrpura, y se sienta de golpe para apartar sus formas de la mirada que la observa.

-«Habrá que actuar rápidamente. Yo vendré aquí… Cumpliremos la ceremonia de la boda[3]… La próxima semana. ¿Te parece bien?».

-«Todo lo que tú haces está bien, José. Tú eres el jefe de la casa; yo, tu sierva».

-«No. Yo soy tu siervo. Yo soy el feliz siervo de mi Señor que crece en tu seno. Bendita tú entre todas las mujeres de Israel. Esta tarde aviso a los parientes. Y después… ya estando yo aquí, nos dedicaremos a preparar todo para recibir… ¡Oh, cómo podré recibir en mi casa a Dios; en mis brazos, a Dios? ¡Moriré de gozo!… ¡Jamás podré osar tocarle!…».

-«Podrás, como yo, por gracia de Dios».

-«Pero tú eres tú. ¡Yo soy un pobre hombre, el más pobre de los hijos de Dios!…».

-«Jesús viene por nosotros, pobres, para hacernos ricos en Dios; viene a nosotros dos porque somos los más pobres y reconocemos que lo somos. Exulta, José. La estirpe de David tiene a su Rey esperado, y nuestra casa va a ser más fastuosa que el palacio de Salomon, porque aquí estará el Cielo y compartiremos con Dios el secreto de paz que después conocerán los hombres. Crecerá entre nosotros dos. Nuestros brazos le servirán de cuna al Redentor durante su crecimiento, y nuestras fatigas le procurarán el pan… ¡Oh, José! Oiremos la voz de Dios llamándonos “padre y Madre!” ¡Oh!…».

María llora de alegría; ¡un llanto tan feliz…! Y José, arrodillado ahora, a sus pies, llora, con su cabeza casi oculta en el amplio vestido de María que cae, formando pliegues, sobre las pobres baldosas de la reducida estancia.

La visión termina en este momento.

«Dejad al Señor el cuidado de proclamaros sus siervos»

6 Dice María:

«Que nadie interprete erróneamente mi palidez. No provenía de miedo humano. Humanamente no podía esperar sino la lapidación. Pero no temía por eso. Sufría por el dolor de José. Y, en cuanto al pensamiento de que me acusara, no me turbaba tampoco por mí; lo único que me contrariaba era que él, insistiendo en acusarme, hubiera podido faltar a la caridad. Cuando le vi, por este motivo, la sangre me fue toda al corazón; era el momento en que un justo, ofendiendo a la Caridad[4], habría podido ofender a la Justicia. Y el hecho de que un justo hubiera cometido una falta –él, que no la cometía nunca– me hubiera producido un dolor supremo.

7 Si yo no hubiera sido humilde hasta el extremo límite –como he dicho a José– no habría merecido llevar en mí a Aquel que, para borrar la soberbia en la raza, siendo Dios, se anonadaba a sí mismo hasta la humillación de ser hombre.

8 Te he mostrado esta escena, no recogida por ningún Evangelio, porque quiero atraer la atención, demasiado extraviada, de los hombres hacia las condiciones esenciales para agradar a Dios y para recibir su continuo hacerse presente en los corazones.

Fe. José creyó ciegamente en las palabras del enviado celeste. No pedía otra cosa sino creer, porque tenía la convicción sincera de que Dios era bueno y de que el Señor no le depararía el dolor de ser un hombre traicionado, defraudado por su prójimo, un hombre de quien su prójimo se burlara, pues esperaba en el Señor. No pedía otra cosa sino creer en mí, porque, siendo honesto como era, sólo con dolor podía pensar que otro no lo fuera. El vivía la Ley, y la Ley dice: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. Nuestro amor hacia nosotros mismos es tanto que nos creemos perfectos aun cuando no lo somos; y, ¿por qué, entonces, vamos a desamar al prójimo pensándole imperfecto?

Caridad absoluta. Caridad que sabe perdonar, que quiere perdonar: perdonar de antemano, disculpando dentro del propio corazón las faltas del prójimo; perdonar en el momento, concediendo todos los atenuantes al culpable.

Humildad tan absoluta como la caridad. Saber reconocer que se ha cometido falta incluso con el simple pensamiento, y no tener ese orgullo, que es más nocivo que la culpa antecedente, de no querer decir: “He cometido un error”. Menos Dios, todos cometen errores. ¿Quién podrá decir: “Yo nunca cometo errores”? Y esa humildad aún más difícil de saber callar las maravillas de Dios en nosotros –cuando el darle gloria no requiera proclamarlas– para que el prójimo, que no tiene esos dones especiales de Dios, no se

sienta menos. ¡Oh, si quiere Dios, si quiere, se manifestará en su siervo! Isabel me “vio” como yo era cuando llegó la hora, y mi esposo supo lo que yo realmente era cuando le llegó la hora de saberlo.

9 Dejad que sea el Señor quien se preocupe de proclamaros siervos suyos. El tiene amorosa prisa de hacerlo, porque toda criatura elevada a una misión especial es una nueva gloria que se añade a la suya, ya infinita, porque es testimonio de lo que el hombre es en el estado en que Dios le quería: una perfección subordinada que refleja a su Autor. ¡Permaneced en la sombra y en el silencio, Oh vosotros, predilectos de la Gracia, para poder oír las únicas palabras de “vida” que existen, para poder merecer el tener sobre vosotros y en vosotros el Sol que, eterno, resplandece! ¡Oh, Luz esplendorosísima que eres Dios, que eres la alegría de tus siervos, resplandece sobre estos siervos tuyos y así exulten en su humildad, alabándote a ti, sólo a ti, que dispersas a los soberbios y en cambio elevas a los esplendores de tu Reino a los humildes que te aman».

[1] Cfr. Mt. 1, 19–24.

[2] Cfr. Lev. 19, 18 y pág. 24, not. 26 de la primera parte del especial navidad.

[3] Cfr. Mt. 1, 24; En los tiempos también de la Virgen, en Israel el matrimonio constaba de dos fases: el noviazgo y las bodas. La ceremonia del noviazgo era el paso formal para el matrimonio y se hacía de este modo: los novios se daban la mano derecha y recibían la bendición sacerdotal; se redactaba una escritura o contrato jurídico por el que se conferían al novio todos lo derechos sobre la novia; el novio era llamado “esposo” y la novia “esposa” el novio–esposo no podía faltar a su palabra, sino con el repudio que concedía la Ley mosaica en determinadas circunstancias; la novia–esposa no podía disponer de sí misma. Sin embargo, durante esta primera fase, los novios–esposos generalmente se quedaban en sus casas propias. La ceremonia de las bodas no era otra cosa más que la formalidad solemne del contrato. A partir de este momento los esposos empezaban a vivir juntamente. Un solemne cortejo iba a traer a la novia de su casa para conducirla a la del novio, que la introducía en su habitación. Según esta obra, María no fue a vivir en casa de José, sino que este en la de María, esto es, en el lugar consagrado por la Anunciación y por el Misterio de le Encarnación. A este propósito Cfr. por ej.: Gén. 1, 28; 24; Tob. 7; Is. 61, 10; Mt. 25, 1–11; Ju. 3, 29.

[4] Cfr. pág. 24, not. 26 de la primera parte del especial navidad.

[5] Cfr. Lc. 2, 1–5.

[6] de Florencia que usted tanto aprecia, padre.

[7] Cfr. Núm. 24, 17; Gén. 35, 18–20; 48, 7.

[8] Cfr. Miq. 5, 2.

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