18/12/2016 Evangelio según San Mateo 1,18-24.

Cuarto domingo de Adviento

Fiesta de la Iglesia: Feria de Adviento: Semana antes de Navidad (18 dic.)

Santo(s) del día : Beata Nemesia Valle
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Lecturas

El evangelio de Mateo de este domingo nos relata los misterios de la encarnación y de las circunstancias en que ocurrió en relación a San José.

Antes y después de la revelación a San José de la maternidad del Mesías y de los padecimientos de ambos (María y José), desde que José advierte que María esta embarazada; los encontramos en los capítulos 25 y 26  del tomo I

Nacimiento y vida oculta de María y Jesús.

25. Presentación de Juan el Bautista en el Templo y partida de María. La Pasión de José.

5–6 de abril de 1944.

zacarias-e-isabel11        Durante la noche entre el miércoles y el jueves de la Semana Santa, veo cuanto sigue. Zacarías, Isabel, María (ésta con el pequeño Juan en brazos) y Samuel (con un cordero y una cesta con la paloma) están bajando de un cómodo carro, al que viene atado el burrito de María. Se apean delante de la caballeriza de costumbre –que debe ser la etapa de todos los peregrinos que vienen al Templo– para dejar sus cabalgaduras.

María llama a un hombre de baja estatura, el dueño de la caballeriza, y le pregunta si durante el día precedente o en las primeras horas de la mañana ha llegado algún nazareno. «Ninguno, mujer» contesta el viejecillo. María se queda extrañada, pero no dice nada más.

Le encarga a Samuel que le busque un puesto al burro. Luego alcanza a los dos ancianos padres y refiere el retardo de José: «Algo le habrá entretenido, pero seguro que viene hoy». Vuelve a coger al niño –se lo había dejado a Isabel– y se encaminan hacia el Templo.

2        Los hombres que están de guardia le reciben a Zacarías con honor, y los otros sacerdotes le saludan y felicitan. Zacarías, hoy, con sus vestiduras sacerdotales y la alegría del padre que se siente feliz, está guapísimo. Parece un patriarca. Creo que Abraham debía asemejarse a él cuando jubilaba por ofrecer a Isaac[1] al Señor.

Veo la ceremonia de la presentación del nuevo israelita y la purificación de la madre. Es todavía más pomposa que la de María, porque por el hijo de un sacerdote los sacerdotes hacen mucha fiesta. Acuden en masa y se ponen manos a la obra diligentes en torno al grupito de las mujeres y del recién nacido.

También otras personas se han acercado curiosas. Oigo los comentarios. Dado que María lleva en brazos al pequeñuelo mientras se dirigen al lugar establecido, la gente cree que es la madre. Pero una mujer dice:

-«No puede ser. ¿No veis que está encinta? El niño no tiene más de unos pocos días y Ella está ya abultada».

-«Ya… pero» dice otro «sólo puede ser Ella la madre. La otra es vieja. Será una parienta. No puede ser madre a esa edad».

-«Vamos detrás de ellos y así vemos quién tiene razón».

Bien grande viene a ser el asombro cuando se ve que la que cumple el rito de la purificación es Isabel, que ofrece su corderillo balante para el holocausto y su paloma por el pecado.

-«La madre es aquélla. ¿Has visto?».

-«¡No!».

-«Sí».

La gente, incrédula, sigue cuchicheando. Cuchichean tanto, que el grupo sacerdotal que está presente en el rito se ve obligado a emitir un «¡Chsss!» imperativo. La gente se calla un momento, pero musita aún más fuerte cuando Isabel, radiante de santo orgullo, toma al niño y se adentra en el Templo para presentarle al Señor.

-«Es ella realmente».

-«Es siempre la madre quien lo ofrece».

-«Y entonces, ¿qué milagro es éste?».

-«¿Qué será ese niño concedido en edad tan tardía a esa mujer?».

-«¿Qué signo es éste?».

-«¿No sabéis –dice uno que en ese momento llega jadeante– que es hijo del sacerdote Zacarías, de la estirpe de Aarón, aquel que quedó mudo estando ofreciendo el incienso en el Santuario?».

-«¡Misterio! ¡Misterio! ¡Y ahora ya puede hablar otra vez! El nacimiento del hijo le ha soltado la lengua».

-«¿Qué espíritu será el que le habló y le incapacitó la lengua para acostumbrarle al silencio sobre los secretos de Dios?».

-«¡Misterio! ¿Qué verdad será la que conoce Zacarías?».

-«¿No será que su hijo es el Mesías esperado por Israel?».

-«Ha nacido en Judea, no en Belén, ni de una virgen. No puede ser Mesías».

-«¿Y entonces quién?».

Mas la respuesta queda en los silencios de Dios y la gente se queda con su curiosidad. Cumplido el ceremonial, los sacerdotes ahora también agasajan a la madre y al pequeñuelo; la única que pasa poco observada es María; es más, incluso la evitan casi con repulsión cuando se dan cuenta del estado[2] suyo.

3        Terminadas todas las felicitaciones, la mayor parte vuelve a la calle. María quiere pasar de nuevo por la caballeriza para ver si ya ha llegado José… No ha llegado. Y se queda desilusionada y pensativa. Isabel se preocupa por Ella.

-«Hasta la hora sexta podemos estar aquí, pero luego tenemos que irnos para llegar a casa antes de la primera vigilia… es todavía demasiado pequeño para estar más tiempo de noche».

Y María, tranquila y triste, dice:

-«Me quedaré en un patio del Templo, iré donde mis maestras… No sé. Algo haré».

Zacarías interviene con una propuesta que enseguida aceptan como una buena resolución.

-«Vamos a casa de los familiares de Zebedeo. José, sin duda, te buscará allí, y, si él no fuera allí, te será fácil encontrar a alguien que te acompañe hacia Galilea, porque en esa casa hay un continuo ir y venir de pescadores de Genesaret».

Toman el borriquillo y van adonde estos parientes de Zebedeo, los cuales son los mismos de la casa en que se detuvieron José y María cuatro meses antes.

Las horas pasan deprisa y José no aparece. María domina su contrariedad acunando al niño; pero se la ve pensativa. Como para esconder su estado, no se ha quitado nunca el manto, a pesar de que el intenso calor les hace sudar a todos.

4        Por fin se oye llamar fuerte a la puerta. Es el anuncio de la llegada de José. El rostro de María resplandece sosegado.

José la saluda, porque Ella se ha presentado antes y le ha saludado con reverencia:

-«¡La bendición de Dios sea contigo, María!».

-«Y contigo, José. ¡Alabado sea el Señor porque has venido! Zacarías e Isabel iban a marcharse ya para estar en casa antes de que fuera de noche».

-«Tu mensajero llegó a Nazaret estando yo en Caná para unos trabajos. Lo supe anteayer por la tarde. Me puse en marcha enseguida. Pero, por mucho que haya venido sin detenerme, he llegado tarde, porque había perdido una herradura el burro. ¡Perdona!».

-«¡Perdona tú, por haber estado tanto tiempo lejos de Nazaret[3]! La verdad es que se sentían tan felices de tenerme con ellos, que pensé darles hasta ahora esta satisfacción».

-«Has hecho bien, Mujer. ¿Dónde está el niño?».

Entran en la habitación donde Isabel está dando de mamar a Juan, antes de marcharse.  José felicita a los padres por la fortaleza del niño, que ha sido separado del pecho para mostrárselo a José, y que chilla y patalea como si le estuvieran despellejando. Ante esta protesta, todos se echan a reír. También ríen los parientes de Zebedeo, y se unen a la conversación. Habían venido trayendo fruta fresca, leche y pan para todos, y una gran bandeja de pescado.

5        María habla muy poco. Está tranquila y silenciosa, sentada en su rinconcito, con las manos bajo su manto sobre el regazo. Habla poco y se mueve poco, incluso cuando bebe una taza de leche, y al comer un racimo de uvas doradas con un poco de pan. Mira a José apenada y escrutadora al mismo tiempo. También él la mira. Pasado un rato, inclinándose hacia su hombro, le pregunta:

-«¿Estás cansada? ¿Te duele algo? Estás pálida y triste».

-«Me duele separarme de Juanín. Le quiero. Le he tenido sobre mi corazón desde pocos momentos después de nacer…».

José no pregunta nada más. Ha llegado la hora de la partida de Zacarías. El carro se para delante de la puerta. Todos se acercan. Las dos primas se abrazan con amor. María besa una y otra vez al pequeñuelo antes de depositarle sobre el regazo de su madre, que ya está sentada en el carro. Luego saluda a Zacarías y le pide su bendición. Al arrodillarse delante del sacerdote, el manto se le desliza de los hombros y las formas le aparecen en la luz intensa de la tarde estiva. No sé si José las percibe en este momento en que está ocupado en saludar a Isabel. El carro se pone en movimiento.

6        José con María entran de nuevo en casa. Ella vuelve a su sitio del rincón semioscuro.

-«Si no te importa viajar de noche, yo propondría salir con la puesta del Sol. El calor, durante el día, es fuerte; la noche, en cambio, estará fresca y serena. Lo digo por ti, para que no cojas demasiado sol. Para mí no es nada el estar bajo el sol intenso, pero tú…».

-«Como quieras, José. Yo también veo conveniente caminar de noche».

-«La casa –dice José– está toda en orden, como también el huertecillo. ¡Vas a ver qué flores más bonitas! Vas a llegar a tiempo de verlas florecer todas. El manzano, la higuera y la vid están repletos de frutos como nunca lo han estado; y he tenido que apuntalar el granado, pues sus ramas están cargadísimas de frutos, maduros ya como jamás se vio en esta época. Y el olivo… Dispondrás de aceite en abundancia. Ha tenido una florescencia milagrosa y no se ha perdido ni una flor. Todas son ya pequeñas aceitunas. Cuando estén maduras, el árbol parecerá lleno de oscuras perlas. Tan bonito como tu huerto no hay ningún otro en Nazaret. La familia está asombrada. Alfeo dice que se trata de un prodigio».

-«Obra de tus cuidados».

-«¡Oh, no! ¡Yo soy sólo un pobre hombre! ¿Qué he hecho yo realmente? Cuidar un poco los árboles, echar un poco de agua a las flores… Mira, te he hecho una fuente donde acaba el huerto, al lado de la gruta, y he dispuesto allí un pilón. Así no tendrás que salir para coger agua. La he traído de ese manantial que está encima del olivar de Matías. Es pura y abundante. Te he hecho llegar un pequeño regato. He construido un canalillo bien tapado, y ahora llega y canta como un arpa. Me dolía el que tuvieras que ir a la fuente del pueblo y volver cargada con las ánforas llenas de agua».

-«Gracias José. ¡Tú eres bueno!».

Los dos esposos guardan silencio ahora, como cansados. José incluso se queda traspuesto. María ora.

7        Cae la tarde. Los huéspedes insisten en que antes de ponerse en camino coman otra vez. José come pan y pescado; María, sólo fruta y leche. Luego inicia la marcha. Montan sus burritos. José ha atado sobre su asno, como cuando venían, el baulillo de María, y, antes de que Ella monte en el borriquillo, comprueba que la albardilla esté bien segura. Veo que José observa a María cuando se monta, pero no dice nada.

Bajo las primeras estrellas que empiezan a latir en el cielo, comienza el viaje. Se apresuran, quizás para llegar a las puertas antes de que las cierren. Al salir de Jerusalén y coger la vía de Galilea, ya el cielo sereno está repleto de estrellas y hay un gran silencio en el campo. Sólo se oye el canto de algún ruiseñor y el choque de las pezuñas de los dos borriquillos contra el terreno duro de la vía abrasada por el verano[4].

«Si José hubiera sido menos santo, Dios no le hubiese concedido sus luces»

8 Dice María:

«Es la víspera de Jueves santo. A algunos les parecerá que la visión está fuera de lugar. Y, sin embargo, tu dolor de amante de mi Jesús Crucificado está en tu corazón, y permanece aunque se presente una dulce visión. Esta es como el calorcillo producido por una llama: por una parte, fuego todavía; por otra, ya no. El fuego es la llama, no su calor, que no es sino una derivación de ella. Ninguna visión venerable o pacífica podrá quitar de tu corazón ese dolor. Considéralo más valioso que tu misma vida, porque es el don mayor que Dios puede conceder a quien cree en su Hijo. Además, mi visión, dentro de su paz, no desentona con las solemnidades de esta semana.

9 Mi José sufrió también su Pasión[5], que comenzó en Jerusalén cuando notó mi estado; y duró algunos días, como en el caso de Jesús y mío. No fue, espiritualmente, poco dolorosa. Sólo fue la santidad de mi justo esposo lo que la contuvo, y en tal modo, tan digno y secreto, que ha pasado los siglos siendo poco notada.

¡Oh, nuestra primera Pasión! ¿Quién podrá referir su íntima y silenciosa intensidad, y mi dolor al constatar que aún no me había llegado del Cielo la ayuda que esperaba, de revelarle a José el Misterio? Comprendí que lo ignoraba al verle conmigo con la misma actitud respetuosa que de costumbre. Si él hubiera sabido que llevaba en mí al Verbo de Dios, habría adorado a ese Verbo cerrado en mi seno con actos de veneración propios de Dios. Sí, José habría realizado esos actos, y yo no habría rehusado recibirlos, no por mí, sino por Aquel que estaba en mí y que yo llevaba, de la misma forma que el Arca de la alianza llevaba el código de piedra y los vasos de maná[6].

¿Quién podrá describir mi batalla contra el desánimo[7] que pretendía subyugarme para persuadirme de que había esperado en vano en el Señor? ¡Oh, creo que fue la rabia de Satanás! Sentí surgirme la duda a las espaldas, y sentí cómo alargaba ésta sus gélidas zarpas para aprisionarme el alma y detener su oración. La duda… tan peligrosa, letal para el espíritu. Letal, porque es el primer elemento agente de la enfermedad mortal que tiene por nombre “desesperación”; contra él se debe reaccionar con todas las fuerzas, para no perecer en el alma y perder a Dios.

25-1¿Quién podrá exponer con exacta verdad el dolor de Jose, sus pensamientos, la turbación de sus sentimientos? El se encontraba, cual barquichuela en medio de una gran tempestad, en un remolino de ideas contrapuestas, en un torbellino de reflexiones a cuál más mordiente y penosa. Era un hombre aparentemente traicionado por su mujer.

Veía que se derrumbaban juntos su buen nombre y la estima del mundo; por causa de Ella se veía ya señalado con el dedo y compadecido por el pueblo. Ante la evidencia de un hecho, veía caer muertos el afecto y la estima puestos en mí.

10 Su santidad aquí resplandece aún más alta que la mía. De ello doy testimonio con afecto de esposa, porque quiero que améis a mi José, a este hombre sabio y prudente, a este hombre paciente y bueno, el cual no está desligado del misterio de la Redención, antes bien, está íntimamente relacionado con él, porque por este misterio apuró el dolor y se consumió, salvándoos al Salvador con su sacrificio y santidad.

Si hubiera sido menos santo, hubiera actuado humanamente, denunciándome como adúltera para que me hubieran lapidado y pereciera conmigo el hijo de mi pecado. Si hubiera sido menos santo, Dios no le habría concedido la guía de su luz en tan ardua prueba. Pero José era santo. Su espíritu puro vivía en Dios, y tenía una caridad encendida y fuerte, y por la caridad os salvó al Salvador, tanto cuando no me acusó ante los ancianos, como cuando, dejándolo todo con diligente obediencia, salvó a Jesús en Egipto.

11 Aunque breves numéricamente, los tres días de la Pasión de José fueron de tremenda intensidad; como también la mía, esta primera pasión mía. En efecto, yo comprendía su sufrimiento, y no podía aliviarle en modo alguno, por obediencia al decreto de Dios que me había dicho: “Guarda silencio!”.

¡Ay, y, llegados a Nazaret, cuando le vi marcharse, tras un lacónico saludo, cabizbajo y como envejecido en poco tiempo, y no volver por la tarde como solía hacer, os digo, hijos, que mi corazón lloró con grandísima aflicción! Sola, encerrada en mi casa, en la casa en que todo me recordaba el Anuncio y la Encarnación, y donde todo me recordaba a José, desposado conmigo en intachable virginidad, tuve que resistir contra el abatimiento y las insinuaciones de Satanás, y esperar, esperar, tener esperanza, y orar, orar, orar, y perdonar, perdonar, perdonar la sospecha de José, su movimiento interior de justa indignación[8].

Hijos, es necesario esperar, orar, perdonar, para obtener que Dios intervenga a favor nuestro. Vivid también vosotros vuestra pasión, merecida por vuestras culpas. Yo os enseño a superarla y convertirla en gozo. Esperad sin medida, orad con confianza, perdonad para ser perdonados; el perdón de Dios será, hijos, la paz que deseáis.

12 Por ahora no os digo nada más. Hasta pasado el triunfo pascual, silencio. Es la Pasión. Sed compasivos para con vuestro Redentor. Oíd sus quejidos, contad sus heridas y sus lágrimas, cada una de las cuales fue vertida por vosotros, fue padecida por vosotros. Desaparezca cualquier otra visión ante esta que os recuerda la Redención que por vosotros se ha cumplido».

 

[1] Cfr. Gén. 22, 1–18.

[2] Cfr. Lev. 12, 2.

[3] Cfr. Lc. 1, 56.

[4] Acerca de la permanencia de María en la casa de Isabel, parece que la Escritora afirme que estuvo 80 días: 40 antes del nacimiento del Bautista y 40 después.

[5] Cfr. Mt. 1, 18–25.

[6] Cfr. Ex. 25, 10–22; 3 Rey. 8, 9; Hebr. 9, 3–5.

[7] Ninguna admiración causa esto, si se piensa en lo que sufrió Jesús en el Huerto de los Olivos.

[8] Para comprender bien, según esta Obra, la actitud interior y exterior de José para con María en lo que se refiere a su Maternidad, es menester tener igualmente presentes otros puntos de vista. Una visión igual y de conjunto se presenta en el Apéndice, pág. 260, que puede ver el lector

26. José pide perdón a María. Fe, caridad y humildad para recibir a Dios.

31 de mayo de 1944.

1        Después de 53 días, la Madre reanuda sus manifestaciones con esta visión, y me dice que la escriba en este libro. La alegría me invade. Ver a María, en efecto, es poseer la Alegría.

2        Así, veo el huertecillo de Nazaret. María está hilando a la sombra de un tupidísimo manzano repleto de frutos, que ya empiezan a tomar color rojo y que parecen, con su redondez y color rosado, carrillos de niño.

Sin embargo, María no tiene, de ninguna manera, ese color. Le ha desaparecido la linda coloración que, en Hebrón, avivaba su cara. En la palidez de marfil de su rostro, sólo los labios trazan una curva de pálido coral. Bajo los párpados semicerrados hay dos sombras oscuras y los bordes de los ojos están hinchados como en quien ha llorado. No veo los ojos, porque Ella está con la cabeza más bien agachada, pendiente de su trabajo y, sobre todo, de un pensamiento suyo, que debe afligirla, pues la oigo suspirar como quien tuviera un pesar en el corazón.

25Está toda vestida de blanco, de lino blanco; es que hace mucho calor, a pesar de que la frescura todavía intacta de las flores me dice que es por la mañana. Tiene la cabeza descubierta, y el Sol, que juega con las frondas del manzano movidas por un ligerísimo viento, y se filtra con agujas de luz hasta tocar la tierra oscura de los parterres, deposita en su cabeza rubia aritos de luz en que los cabellos parecen de oro cobrizo.

De la casa no viene ningún ruido, ni tampoco de los lugares cercanos. Se oye sólo el murmullo del regatillo que va a un pilón del fondo del huerto.

3        María se estremece al oír un golpe dado con resolución a la puerta de la casa. Apoya rueca y huso y se levanta para ir a abrir. A pesar de que el vestido sea suelto y amplio, no llega a ocultar completamente la rotundidad de su pelvis.

Se encuentra de frente a José. María palidece, hasta incluso en los labios. Ahora su rostro parece una hostia de lo pálido que está. María mira con ojo que escruta tristemente; José, con ojo que parece suplicar. Guardan silencio, mirándose. María rompe el silencio:

-«¿A esta hora, José? ¿Necesitas algo? ¿Qué deseas decirme? Ven».

José entra y cierra la puerta. Todavía guarda silencio.

-«Habla, José. ¿Qué deseas de mí?».

-«Tu perdón».

José se curva como si quisiera arrodillarse. Pero María, siempre tan reservada al tocarle, le agarra con resolución por los hombros y se lo impide.

El color aparece y desaparece del rostro de María, ora completamente roja, ora de nieve como antes.

-«¿Mi perdón? No tengo nada que perdonarte, José. No debo sino agradecerte una vez más todo cuanto has hecho aquí dentro, en mi ausencia, y el amor que me tienes».

José la mira. Veo formarse dos gruesas gotas en la cavidad de su ojo profundo, permanecer como en el borde de un recipiente, y luego deslizarse por las mejillas y por la barba.

25-1-«Perdóname, María. He desconfiado de ti. Ahora veo[1]. Soy indigno de poseer tan gran tesoro. He faltado a la caridad, te he acusado en mi corazón, te he acusado injustamente porque no te había preguntado la verdad. He faltado contra la ley de Dios no amándote como yo me habría amado a mí mismo[2]…».

-«¡Oh, no, no has faltado!».

-«Sí, María. Si yo hubiera sido acusado de un delito así, me habría defendido. Tú… No te concedía defenderte, porque ya iba a tomar decisiones sin preguntarte primero. He faltado contra ti ofendiéndote con una sospecha. El solo hecho de sospechar ya es ofensa, María. El que sospecha no conoce. Yo no te he conocido como debía. Pero, por el dolor que he sufrido… tres días de suplicio…, perdóname, María».

«No tengo nada que perdonarte. Es más, te pido yo perdón por el dolor que te he causado».

«¡Oh, dolor sí que fue! ¡Cuánto dolor! Fíjate, esta mañana me han dicho que tengo las sienes canosas y arrugas en la cara. ¡Estos días han significado más de diez años de vida! 4 Pero, María, ¿por qué has sido tan humilde de celarme a mí, tu esposo, tu gloria, y permitirme que sospechara de ti?».

José no está de rodillas, pero sí tan curvado que es como si lo estuviera. María le pone su manita en la cabeza, y sonríe. Parece como si le absolviera. Dice:

-«Si no lo hubiera sido de modo perfecto, no habría merecido concebir al Esperado, que viene a anular la culpa de soberbia que ha destruido al hombre. Y además no he hecho sino obedecer… Dios me pidió esta obediencia… Me ha costado mucho… por ti, por el dolor que te produciría… pero, tenía que obedecer. Soy la Esclava de Dios, y los siervos no discuten las órdenes que reciben; las ejecutan, José, aunque provoquen lágrimas de sangre».

María, mientras dice esto, llora silenciosamente, tan silenciosamente que José, agachado como está, no lo advierte hasta que no cae una lágrima al suelo. Entonces, levanta la cabeza y –es la primera vez que le veo hacer este gesto– aprieta las manitas de María entre las suyas, oscuras y fuertes, y besa la punta de sus rosados y delgados dedos, de esos dedos que sobresalen del anillo de sus manos como capullos de melocotonero.

5 -«Ahora habrá que tomar las medidas necesarias para que…».

José no sigue; mira al cuerpo de María, y Ella se pone como la púrpura, y se sienta de golpe para apartar sus formas de la mirada que la observa.

-«Habrá que actuar rápidamente. Yo vendré aquí… Cumpliremos la ceremonia de la boda[3]… La próxima semana. ¿Te parece bien?».

-«Todo lo que tú haces está bien, José. Tú eres el jefe de la casa; yo, tu sierva».

-«No. Yo soy tu siervo. Yo soy el feliz siervo de mi Señor que crece en tu seno. Bendita tú entre todas las mujeres de Israel. Esta tarde aviso a los parientes. Y después… ya estando yo aquí, nos dedicaremos a preparar todo para recibir… ¡Oh, cómo podré recibir en mi casa a Dios; en mis brazos, a Dios? ¡Moriré de gozo!… ¡Jamás podré osar tocarle!…».

-«Podrás, como yo, por gracia de Dios».

-«Pero tú eres tú. ¡Yo soy un pobre hombre, el más pobre de los hijos de Dios!…».

-«Jesús viene por nosotros, pobres, para hacernos ricos en Dios; viene a nosotros dos porque somos los más pobres y reconocemos que lo somos. Exulta, José. La estirpe de David tiene a su Rey esperado, y nuestra casa va a ser más fastuosa que el palacio de Salomon, porque aquí estará el Cielo y compartiremos con Dios el secreto de paz que después conocerán los hombres. Crecerá entre nosotros dos. Nuestros brazos le servirán de cuna al Redentor durante su crecimiento, y nuestras fatigas le procurarán el pan… ¡Oh, José! Oiremos la voz de Dios llamándonos “padre y Madre!” ¡Oh!…».

María llora de alegría; ¡un llanto tan feliz…! Y José, arrodillado ahora, a sus pies, llora, con su cabeza casi oculta en el amplio vestido de María que cae, formando pliegues, sobre las pobres baldosas de la reducida estancia.

La visión termina en este momento.

«Dejad al Señor el cuidado de proclamaros sus siervos»

6 Dice María:

«Que nadie interprete erróneamente mi palidez. No provenía de miedo humano. Humanamente no podía esperar sino la lapidación. Pero no temía por eso. Sufría por el dolor de José. Y, en cuanto al pensamiento de que me acusara, no me turbaba tampoco por mí; lo único que me contrariaba era que él, insistiendo en acusarme, hubiera podido faltar a la caridad. Cuando le vi, por este motivo, la sangre me fue toda al corazón; era el momento en que un justo, ofendiendo a la Caridad[4], habría podido ofender a la Justicia. Y el hecho de que un justo hubiera cometido una falta –él, que no la cometía nunca– me hubiera producido un dolor supremo.

7 Si yo no hubiera sido humilde hasta el extremo límite –como he dicho a José– no habría merecido llevar en mí a Aquel que, para borrar la soberbia en la raza, siendo Dios, se anonadaba a sí mismo hasta la humillación de ser hombre.

8 Te he mostrado esta escena, no recogida por ningún Evangelio, porque quiero atraer la atención, demasiado extraviada, de los hombres hacia las condiciones esenciales para agradar a Dios y para recibir su continuo hacerse presente en los corazones.

Fe. José creyó ciegamente en las palabras del enviado celeste. No pedía otra cosa sino creer, porque tenía la convicción sincera de que Dios era bueno y de que el Señor no le depararía el dolor de ser un hombre traicionado, defraudado por su prójimo, un hombre de quien su prójimo se burlara, pues esperaba en el Señor. No pedía otra cosa sino creer en mí, porque, siendo honesto como era, sólo con dolor podía pensar que otro no lo fuera. El vivía la Ley, y la Ley dice: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. Nuestro amor hacia nosotros mismos es tanto que nos creemos perfectos aun cuando no lo somos; y, ¿por qué, entonces, vamos a desamar al prójimo pensándole imperfecto?

Caridad absoluta. Caridad que sabe perdonar, que quiere perdonar: perdonar de antemano, disculpando dentro del propio corazón las faltas del prójimo; perdonar en el momento, concediendo todos los atenuantes al culpable.

Humildad tan absoluta como la caridad. Saber reconocer que se ha cometido falta incluso con el simple pensamiento, y no tener ese orgullo, que es más nocivo que la culpa antecedente, de no querer decir: “He cometido un error”. Menos Dios, todos cometen errores. ¿Quién podrá decir: “Yo nunca cometo errores”? Y esa humildad aún más difícil de saber callar las maravillas de Dios en nosotros –cuando el darle gloria no requiera proclamarlas– para que el prójimo, que no tiene esos dones especiales de Dios, no se

sienta menos. ¡Oh, si quiere Dios, si quiere, se manifestará en su siervo! Isabel me “vio” como yo era cuando llegó la hora, y mi esposo supo lo que yo realmente era cuando le llegó la hora de saberlo.

9 Dejad que sea el Señor quien se preocupe de proclamaros siervos suyos. El tiene amorosa prisa de hacerlo, porque toda criatura elevada a una misión especial es una nueva gloria que se añade a la suya, ya infinita, porque es testimonio de lo que el hombre es en el estado en que Dios le quería: una perfección subordinada que refleja a su Autor. ¡Permaneced en la sombra y en el silencio, Oh vosotros, predilectos de la Gracia, para poder oír las únicas palabras de “vida” que existen, para poder merecer el tener sobre vosotros y en vosotros el Sol que, eterno, resplandece! ¡Oh, Luz esplendorosísima que eres Dios, que eres la alegría de tus siervos, resplandece sobre estos siervos tuyos y así exulten en su humildad, alabándote a ti, sólo a ti, que dispersas a los soberbios y en cambio elevas a los esplendores de tu Reino a los humildes que te aman».

[1] Cfr. Mt. 1, 19–24.

[2] Cfr. Lev. 19, 18 y pág. 24, not. 26 de la primera parte del especial navidad.

[3] Cfr. Mt. 1, 24; En los tiempos también de la Virgen, en Israel el matrimonio constaba de dos fases: el noviazgo y las bodas. La ceremonia del noviazgo era el paso formal para el matrimonio y se hacía de este modo: los novios se daban la mano derecha y recibían la bendición sacerdotal; se redactaba una escritura o contrato jurídico por el que se conferían al novio todos lo derechos sobre la novia; el novio era llamado “esposo” y la novia “esposa” el novio–esposo no podía faltar a su palabra, sino con el repudio que concedía la Ley mosaica en determinadas circunstancias; la novia–esposa no podía disponer de sí misma. Sin embargo, durante esta primera fase, los novios–esposos generalmente se quedaban en sus casas propias. La ceremonia de las bodas no era otra cosa más que la formalidad solemne del contrato. A partir de este momento los esposos empezaban a vivir juntamente. Un solemne cortejo iba a traer a la novia de su casa para conducirla a la del novio, que la introducía en su habitación. Según esta obra, María no fue a vivir en casa de José, sino que este en la de María, esto es, en el lugar consagrado por la Anunciación y por el Misterio de le Encarnación. A este propósito Cfr. por ej.: Gén. 1, 28; 24; Tob. 7; Is. 61, 10; Mt. 25, 1–11; Ju. 3, 29.

[4] Cfr. pág. 24, not. 26 de la primera parte del especial navidad.

[5] Cfr. Lc. 2, 1–5.

[6] de Florencia que usted tanto aprecia, padre.

[7] Cfr. Núm. 24, 17; Gén. 35, 18–20; 48, 7.

[8] Cfr. Miq. 5, 2.

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4 y 11/12/2016 Evangelio según San Mateo 3,1-12. y 11,2-11.

Segundo domingo de Adviento

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Lecturas

Tercer Domingo de Adviento

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Lecturas

En estos segundo y tercer domingo de Adviento tenemos oportunidad de conocer más de cerca al Precursor y a la misión por la que nos invita desde entonces a prepararnos para recibir a Jesús.

En los siguientes capítulos del PHD, encontramos el testimonio del Precursor y la especial relación que tuvo con Jesús en la tierra. El capitulo 45 que hemos visto ya, se accede pinchando el enlace, el resto se transcribe a continuación.

Titulo Cap
Predicación-de-Juan-el-Bautista-y-Bautismo-de-Jesús-La-manifestación-divina 45
Las pláticas de los ocho apóstoles antes de dejar Antioquía. El adiós a Juan de Endor y a Síntica. 324
Testimonio sobre el Precursor 266
Testimonio de Juan el Bautista 127
Jesús visita a Juan el Bautista en las cercanías de Enón. 148

Tercer año de la Vida Pública de Jesús

324. Las pláticas de los ocho apóstoles antes de dejar Antioquía. El adiós a Juan de Endor y a Síntica.

8 de noviembre de 1945.

1 Los apóstoles están otra vez en la casa de Antioquía; con ellos, los dos discípulos y todos los hombres de Antigonio, no vestidos ya con túnicas cortas y de trabajo, sino con indumentos largos, festivos. De esto deduzco que es sábado.

Felipe ruega a los apóstoles que hablen al menos una vez a todos, antes de su ya inminente partida.

-«¿Sobre qué?».

-«Sobre todo lo que queráis. Habéis oído estos días lo que hemos dicho. De acuerdo con ello, decidíd».

Los apóstoles se miran unos a los otros. ¿Quién debe hablar? ¡Pedro, es natural! ¡Es el jefe! Pero Pedro no querría hablar y defiere a Santiago de Alfeo o a Juan de Zebedeo el honor de hacerlo. Sólo cuando los ve irremovibles se decide a hablar.

f6cc5045b95cbee72d2d9009e2a7ba4b-«Hoy hemos oído en la sinagoga explicar el capítulo 52 de Isaías. El comentario que se ha hecho ha sido docto según el mundo, pero deficiente según la Sabiduría. De todas formas no se debe recriminar al comentador, que ha dado lo que podía con esa sabiduría suya que carece de la parte mejor: el conocimiento del Mesías y del tiempo nuevo que El ha traído. No obstante, no hagamos críticas, sino oraciones para que llegue al conocimiento de estas dos gracias y las pueda aceptar sin obstáculo. Me habéis dicho que durante la Pascua oísteis hablar del Maestro con fe y también con menosprecio. Y que solamente por la gran fe que llena los corazones de la casa de Lázaro, todos los corazones, habíais podido resistir a la desazón que las acusaciones de otros metían en el corazón; mucho más si se considera que estos otros eran precisamente los rabíes de Israel. Pero ser doctos no quiere decir ser santos ni poseer la Verdad. La Verdad es ésta:

Jesús de Nazaret es el Mesías prometido, el Salvador de que hablan los Profetas, de los cuales el último descansa desde hace poco en el seno de Abraham después del glorioso martirio sufrido por la justicia. Juan el Bautista –y aquí están presentes los que oyeron esas palabras– dijo: “Este es el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo”. Sus palabras fueron creídas por los más humildes de entre los que se hallaban presentes, porque la humildad ayuda a llegar a la Fe, mientras que a los soberbios les es difícil el camino –cargados como están de lastre– para llegar a la cima del monte donde vive, casta y luminosa, la Fe. Estos humildes, porque tales eran y por haber creído, han merecido ser los primeros en el ejército del Señor Jesús. Podéis ver, pues, cuán necesaria es la humildad para tener fe solícita, y cuánto es premiado el saber creer, incluso cuando las apariencias se presentan contrarias. Os exhorto y estimulo a tener estas dos cualidades en vosotros; entonces seréis del ejército del Señor y conquistaréis el Reino de los Cielos… 2 A ti, Simón Zelote. Yo he terminado. Continúa tú».

 El Zelote, cogido tan al improviso y tan claramente indicado como segundo orador, tiene que salir adelante sin demoras ni quejas. Y dice:

image-«Voy a continuar la plática de Simón Pedro, cabeza de todos nosotros por voluntad del Señor. Voy a continuar sin dejar el tema del capítulo 52 de Isaías, visto por uno que conoce la Verdad encarnada, de la que es siervo para siempre. Está escrito: “¡Levántate, revístete de tu fuerza, Oh Sión, vístete de fiesta, ciudad del Santo!”[1]. Así verdaderamente debería ser. Porque, cuando una promesa se cumple, cuando una paz se establece, cuando cesa una condena y cuando viene el tiempo de la alegría, los corazones y las ciudades deberían vestirse de fiesta y levantar las frentes abatidas, sintiendo que ya no son personas odiadas, derrotadas, golpeadas, sino amadas y liberadas. No estamos aquí haciendo un proceso a Jerusalén. La caridad, primera entre todas las virtudes, lo prohíbe. Dejemos, pues, de observar el corazón de los demás y miremos al nuestro. Revistamos de fuerza nuestro corazón con esa fe de que ha hablado Simón, y vistámonos de fiesta, porque nuestra fe secular en el Mesías ahora se corona con la realidad de la cosa. El Mesías, el Santo, el Verbo de Dios está realmente entre nosotros.

Y tienen prueba de ello no sólo las almas, que reciben palabras de Sabiduría que las fortalecen e infunden santidad y paz, sino también los cuerpos, que por obra del Santo, al cual el Padre todo concede, se ven liberados de las más atroces enfermedades, e incluso de la muerte; para que las tierras y los valles de nuestra patria de Israel queden llenos de las alabanzas al Hijo de David y al Altísimo, que ha enviado a su Verbo, como había prometido a los Patriarcas y Profetas. El que os habla estaba leproso, destinado a morir, transcurriendo primero años de cruel angustia, en la soledad de fiera que es propia de los leprosos. Un hombre me dijo: “Ve a El, al Rabí de Nazaret, y serás curado”.

Tuve fe. Fui. Quedé curado. En el cuerpo. En el corazón. En el primero desapareció la enfermedad que separa de los hombres; en el segundo, el rencor que separa de Dios. Y con un corazón nuevo, pasé, de proscrito, enfermo, inquieto, a ser su siervo, llamado a la feliz misión de ir a los hombres y amarlos en nombre suyo e instruirlos en la única cosa que es necesario conocer: que Jesús de Nazaret es el Salvador y que son bienaventurados los que creen en El. 3 Habla tú ahora, Santiago de Alfeo».

santiago_menor -«Yo soy el hermano del Nazareno. Mi padre y su padre eran hermanos nacidos del mismo seno. Y, no obstante, no puedo llamarme hermano, sino siervo. Porque la paternidad de José, hermano de mi padre, fue una paternidad espiritual, y en verdad os digo que el verdadero Padre de Jesús, Maestro nuestro, es el Altísimo al que nosotros adoramos. El cual ha permitido que la Segunda Persona[2] de su Divinidad Una y Trina se encarnara y viniera a la tierra, permaneciendo de todas formas siempre unida con Aquellas que viven en el Cielo. Porque ello lo puede hacer Dios, el infinitamente Potente. Y lo hace por el Amor, que es su naturaleza. Jesús de Nazaret es nuestro hermano, ¡Oh hombres!, porque ha nacido de mujer y es semejante a nosotros por su humanidad. Es nuestro Maestro porque es el Sabio, es la Palabra misma de Dios que ha venido a hablarnos para hacernos de Dios. Y es nuestro Dios, siendo uno con el Padre y con el Espíritu Santo, con los cuales está siempre en unión de amor, potencia y naturaleza. Sea propiedad vuestra también esta verdad, que con manifiestas pruebas fue concedido conociera el Justo que fue pariente mío. Y contra el mundo, que tratará de separaros de Cristo diciendo: “Es un hombre cualquiera” responded: “No. Es el Hijo de Dios, es la Estrella nacida de Jacob, es el Cayado que se eleva en Israel, es el Dominador”[3]: no dejéis que ninguna cosa os disuada. Esta es la Fe. 4 A ti, Andrés».

30-sanandresapostol-30-«Esta es la Fe. Yo soy un pobre pescador del lago de Galilea, y, en las silenciosas noches de pesca, bajo la luz de los astros, tenía muchos coloquios conmigo mismo. Decía: “¿Cuándo vendrá? ¿Viviré todavía? Faltan todavía muchos años[4], según la profecía”. Para el hombre, de vida limitada, unas pocas decenas de años son siglos… Me preguntaba: “¿Cómo vendrá? ¿Dónde? ¿De quién?”. Y mi embotamiento humano me hacía soñar regios esplendores, regias moradas y cortejos y clangores y poder, e irresistible majestad… Y decía: “¿Quién podrá mirar a este gran Rey?”. Le imaginaba manifestándose en modo más aterrorizador que el propio Yahvé en el Sinaí[5]. Me decía: “Los hebreos, allí, vieron al monte lanzando resplandores, pero no quedaron reducidos a cenizas porque el Eterno estaba más allá de los nimbos. Pero aquí nos mirará con ojos mortíferos y moriremos…”. Era discípulo del Bautista[6]. Y en las pausas de la pesca iba donde él, con otros compañeros.

Era un día de esta luna… Las márgenes del Jordán estaban llenas de gente que temblaba al oír las palabras del Bautista. Yo había visto a un joven hermoso y calmo venir hacia nosotros por un sendero. Humilde la túnica, dulce el aspecto. Parecía pedir amor y dar amor. Su ojo azul se posó un momento en mí, y experimenté una cosa que no he vuelto a experimentar jamás. Me pareció como si me acariciaran el alma, como si alas de ángel me rozaran apenas. Por un momento, me sentí tan lejos de la tierra, tan distinto, que dije: “¡Ahora muero! Es la convocatoria de Dios a mi espíritu”. Pero no morí. Me quedé hechizado contemplando al joven desconocido, que, a su vez, había fijado su mirada azul en el Bautista. Y el Bautista se volvió, se apresuró a ir a El, se inclinó ante El. Se hablaron. Y, dado que la voz de Juan era un trueno continuo, las misteriosas palabras llegaron hasta mí, que estaba escuchando, deseando vehementemente saber quién era el joven desconocido. Mi alma le sentía distinto de todos. Decían: “Yo debería ser bautizado por ti…”. “Deja, ahora. Conviene cumplir toda justicia”… Juan ya había dicho: “Vendrá uno al que no soy digno de desatar las correas de las sandalias”. Había dicho ya: “En medio de vosotros, en Israel, hay uno que no conocéis. Tiene ya en su mano el aventador y limpiará su era y quemará la paja con el fuego inextinguible”. Yo tenía ante mí a un joven común, de aspecto manso y humilde, y, no obstante había oído que era Aquel al que ni siquiera el Santo de Israel, el último Profeta, el Precursor, era digno de desatarle las sandalias. Había oído que era Aquel al que no conocíamos. Pero no sentí miedo de El. Es más, cuando Juan, pasado el superextasiante trueno de Dios, pasado el inconcebible esplendor de la Luz en forma de paloma de paz, dijo: “Este es el Cordero de Dios”, yo, con la voz del alma, jubiloso por haber presentido al Rey Mesías en el joven manso y humilde de aspecto, grité con la voz del espíritu: “¡Creo!”. Por esta fe soy su siervo. Sedlo vosotros también y tendréis paz. 5 Mateo, a ti el narrar las otras glorias del Señor».

1290258558647698-«Yo no puedo usar las palabras límpidas de Andrés. El era un justo; yo, un pecador.

Por eso mi palabra no tiene notas festivas, aunque no le falta la paz confidencial de un salmo. Era un pecador, un gran pecador. Vivía en el error completo. Me había endurecido en el error y no sentía desazón. Si alguna vez los fariseos o el arquisinagogo me herían con sus insultos o reprensiones, recordándome al Dios Juez implacable, experimentaba un momento de terror… y luego me arrellanaba en la necia idea: “Total ya soy un réprobo. Gocemos, pues, sentidos míos, mientras podamos hacerlo”. Y, más que nunca, me hundía en el pecado. Hace dos primaveras, vino un Desconocido a Cafarnaúm. También para mí era un desconocido. Lo era para todos, porque estaba en los comienzos de su misión. Solamente unos pocos hombres le conocían por lo que El era realmente. Estos que veis y otros pocos. Me asombró su espléndida virilidad, más casta que la castidad de una virgen. Esto fue lo primero que me impresionó. Le veía con porte grave, y, a pesar de ello, dispuesto a escuchar a los niños que iban a El como las abejas a la flor; su único entretenimiento eran sus juegos inocentes y sus palabras sin malicia Luego me impresionó su poder. Hacía milagros. Dije: “Es un exorcista. Un santo”. Pero me sentía tan ignominioso a su lado, que me apartaba de El. El me buscaba. Esa era mi impresión. No había vez que pasara cerca de mi banco que no me mirase con su ojo dulce y un poco triste. Y cada vez se producía como un sobresalto de la conciencia entorpecida, la cual no volvía ya al mismo nivel de torpor. Un día –la gente magnificaba siempre su palabra– sentí deseos de oírle. Escondiéndome detrás de una esquina de una casa le oí hablar a un pequeño grupo de hombres. Hablaba con sencillez, sobre la caridad, que es como indulgencia por nuestros pecados… Desde aquella tarde yo, el exigente y duro de corazón, quise conseguir de Dios el perdón de muchos pecados. Hacía las cosas en secreto… Pero El sabía que era yo, porque lo sabe todo. Otra vez, le oí explicar precisamente el capítulo 52 de Isaías: decía que en su Reino, en la Jerusalén celestial, no estarían los impuros ni los incircuncisos de corazón, y prometía que aquella Ciudad celeste –cuyas bellezas expresaba con tan persuasiva palabra, que me vino nostalgia de ella– sería de quien a El fuera. Y luego,… y luego… ¡Oh, aquel día no fue una mirada de tristeza, sino de mando! Me desgarró el corazón, puso mi alma al desnudo, la cauterizó, tomó en su poder a esta pobre alma enferma, la atormentó con su amor exigente… y mi alma fue nueva. Fui a El con arrepentimiento y deseo. No esperó a que le dijera: “Señor, piedad!”. Dijo El: “¡Sígueme!”. El Manso había vencido a Satanás en el corazón del pecador. Que esto os diga, si alguno de vosotros tiene culpas que le turban, que es el Salvador bueno y que no hay que apartarse de El, sino que, cuanto más pecador es uno, más debe ir a El con humildad y arrepentimiento para ser perdonado. 6 Santiago de Zebedeo, habla tú».

 santiago_apostol-«Verdaderamente no sé qué decir. Habéis hablado y dicho lo que yo habría dicho. Porque la verdad es ésta y no puede cambiar. Yo también estaba, con Andrés, en el Jordán, pero no me di cuenta de El sino cuando me lo indicó la mención del Bautista.

Yo también creí inmediatamente, y, cuando se marchó, después de su luminosa manifestación, me quedé como uno al que de una cima llena de sol le llevan a una obscura cárcel. Sentía un incontenible deseo de volver a encontrar el Sol. El mundo carecía totalmente de luz, después de habérseme presentado la Luz de Dios y luego haber desaparecido de mi presencia. Estaba solo entre los demás hombres. Mientras comía tenía hambre. Durante el sueño velaba con la parte mejor de mí mismo. Dinero, oficio, afectos, todo había pasado a un segundo lugar respecto a este deseo incontenible de El; había quedado lejos, sin atractivo. Cual niño que ha perdido a su madre, gemía:

“¡Vuelve, Cordero del Señor! ¡Altísimo, como enviaste a Rafael a guiar a Tobías[7], envía a tu ángel a guiarme a los caminos del Señor para que le encuentre, le encuentre, le encuentre!”.

Y, a pesar de todo, cuando, después de decenas de días[8] de inútil espera y de búsqueda ansiosa –que, por su inutilidad, nos hacía sentir más cruel la pérdida de nuestro Juan, que había sido arrestado por primera vez–, se nos presentó por el sendero, viniendo del desierto, no le reconocí inmediatamente. Llegado a este punto, quiero, hermanos en el Señor, enseñaros otro camino para ir a El y reconocerle. Simón de Jonás ha dicho que hace falta fe y humildad para reconocerle. Simón Zelote ha confirmado la absoluta necesidad de la fe para reconocer en Jesús de Nazaret a Aquel que es, en el Cielo y en la tierra, según cuanto ha sido dicho. Y Simón Zelote necesitaba una fe muy grande, para esperar incluso para su cuerpo inevitablemente enfermo. Por eso Simón Zelote dice que fe y esperanza son los medios para poseer al Hijo de Dios. Santiago, hermano del Señor, habla del poder de la fortaleza para conservar lo hallado. La fortaleza, que impide que las insidias del mundo y de Satanás socaven nuestra fe. Andrés muestra toda la necesidad de unir a la fe una santa sed de justicia, tratando de conocer y retener la verdad, cualquiera que fuere la boca santa que la anuncie, no por un orgullo humano de ser doctos, sino por el deseo de conocer a Dios. Quien se instruye en las verdades encuentra a Dios. Mateo, que fue pecador, os indica otro camino por el que se alcanza a Dios: despojarse de la sensualidad por espíritu de imitación, yo diría que por reflejo de Dios, que es Pureza infinita. El, el pecador, se siente impresionado, lo primero, por la “virilidad casta” del Desconocido que había ido a Cafarnaúm, y, casi como si ésta tuviera el poder de resucitar su muerta continencia, se veda a sí mismo, lo primero, el sentido carnal, liberando así de obstáculos el camino para la llegada de Dios Y para la resurrección de las otras virtudes muertas. De la continencia pasa a la misericordia, de ésta a la contrición, de la contrición a la superación de todo sí mismo y a la unión con Dios. “Sígueme”. “Voy”. Pero su alma había dicho ya: “Voy”, y el Salvador había dicho ya: “Sígueme”, desde la primera vez que la virtud del Maestro había atraído la atención del pecador. Imitad. Porque toda experiencia ajena, aunque fuera penosa, es guía para evitar el mal y encontrar el bien en aquellos que tienen buena voluntad. Yo, por mí, digo que, cuanto más se esfuerza el hombre en vivir para el espíritu, más apto es para reconocer al Señor; y la vida angélica favorece esto al máximo. Entre nosotros, discípulos de Juan, el que le reconoció, después de la ausencia, fue el alma virgen. El, más incluso que Andrés, le reconoció, a pesar de que la penitencia hubiera cambiado el rostro del Cordero de Dios. Por eso digo: “Sed castos para poderle reconocer”. 7 Judas, ¿quieres hablar tú ahora?».

200px-sankt_judas_thaddaeus_heisterbacherrott-«Sí. Sed castos para poderle reconocer. Pero sedlo tambien para poderle conservar en vosotros con su Sabiduría, con su Amor, con todo El mismo. Sigue diciendo Isaías en el capítulo 52: “No toquéis lo impuro,… purificaos los que lleváis los vasos del Señor”[9]. Verdaderamente, toda alma que se hace discípula suya es semejante a un vaso colmado del Señor, y el cuerpo que la contiene es como el portador del vaso consagrado al Señor.

No puede Dios estar donde hay impureza. Mateo ha dicho cómo el Señor estaba explicando que nada que fuera impuro o que estuviera separado de Dios habitará en la Jerusalén celeste. Sí. Pero es necesario no ser impuros aquí abajo, y no estar separados de Dios, para poder entrar en ella. Desdichados aquellos que aplazan a la última hora su arrepentimiento. No siempre tendrán tiempo de hacerlo. De la misma manera que los que ahora le calumnian no tendrán tiempo de hacer nuevo su corazón en el momento de su triunfo, siendo así que no gozarán de los frutos de éste. Quienes esperan ver en el Rey santo y humilde un monarca terreno, y, más aún, quienes temen ver en El un monarca terreno, no estarán preparados para aquella hora; engañados y defraudado su pensamiento, que no es el pensamiento de Dios sino un pobre pensamiento humano, pecarán cada vez más. La humillación de ser el Hombre pesa sobre El. Debemos tener presente esto. Isaías[10] dice que todos nuestros pecados tienen mortificada a la Persona Divina bajo una apariencia común. Cuando pienso que el Verbo de Dios tiene alrededor de sí, como una costra sucia, toda la miseria de la humanidad desde que ésta existe, pienso con profunda compasión y con profunda comprensión en el sufrimiento que debe producirle ello a su alma sin culpa: la repulsa de una persona sana que fuera recubierta con los andrajos y las porquerías de un leproso. Es verdaderamente el traspasado por nuestros pecados, el llagado por todas las concupiscencias del hombre. Su alma, que vive entre nosotros, debe temblar con los contactos como por escalofrío de fiebre. Y, no obstante, no dice nada. No abre la boca para decir: “Me producís horror”. La abre solamente para decir: “Venid a mí, a que os quite vuestros pecados” Es el Salvador. En su infinita bondad, ha querido velar su irresistible belleza. Esa belleza que, si se hubiera presentado cual es en el Cielo, nos habría reducido a cenizas, como ha dicho Andrés. Esa belleza ahora se ha hecho atractiva, como de manso Cordero, para poder acercarse a nosotros y salvarnos. Su opresión, su condena durará hasta que, consumido por el esfuerzo de ser el Hombre perfecto en medio de los hombres imperfectos, sea elevado por encima de la multitud de los rescatados, en el triunfo de su realeza santa. ¡Dios que conoce la muerte, para salvarnos a la Vida!… Que estos pensamientos os hagan amarle sobre todas las cosas. El es el Santo. Yo lo puedo decir, yo que con Santiago he crecido con El. Y lo digo y lo diré, dispuesto a dar mi vida para firmar esta confesión; para que los hombres crean en El y tengan la Vida eterna. 8 Juan de Zebedeo, te toca hablar a ti».

1a82d8827e112fbc30ef89958bf04180-«¡Qué hermosos[11] en los montes los pies del mensajero! Del Mensajero de paz, de Aquel que anuncia la felicidad y predica la salud, de Aquel que dice a Sión: “¡Reinará tu Dios!”. Y estos pies van, incansables, desde hace dos años, por los montes de Israel, convocando a las ovejas de la grey de Dios para reunirlas, confortando, sanando, perdonando, dando paz. Su paz. Verdaderamente me resulta extraño el no ver estremecerse de alegría los montes y exultar las aguas de la patria, bajo la caricia de su pie. Pero lo que más me asombra es el no ver a los corazones estremecerse de alegría y exultar diciendo: “¡Gloria al Señor! ¡El Esperado ha venido! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”. Aquel que derrama gracias y bendiciones, paz y salud, y llama para el Reino abriéndonos el camino que a él conduce; Aquel, sobre todo, que espira amor de cada una de sus acciones o palabras, de cada mirada, de cada respiro. ¿Qué es este mundo, pues, para estar ciego a la Luz que vive en medio de nosotros? ¿Qué losas, más espesas que la piedra que cierra las puertas de los sepulcros, le muran la vista del alma para no ver esta Luz? ¿Qué montañas de pecados tiene encima de sí para estar tan oprimido, separado, cegado, ensordecido, encadenado, paralizado, de forma que permanece pasivo ante el Salvador? ¿Qué es el Salvador? Es la Luz fundida con el Amor.

La boca de mis hermanos ha cantado las alabanzas del Señor, ha recordado sus obras, ha indicado las virtudes que deben practicarse para llegar a su camino. Yo os digo: amad. No hay virtud mayor ni más semejante a su Naturaleza. Si amáis, practicaréis todas las virtudes sin esfuerzo, empezando por la castidad. Y no os será gravoso el ser castos, porque amando a Jesús no amaréis a nadie inmoderadamente. Seréis humildes porque veréis en El sus infinitas perfecciones con ojos amantes, por lo cual no os ensoberbeceréis de las vuestras, mínimas. Seréis creyentes. ¿Quién no cree en aquel a quien ama? Sentiréis la contrición del dolor que salva, porque será recto vuestro dolor, es decir será un dolor por la pena causada a El, no por la pena por vosotros merecida. Seréis fuertes. ¡Oh, sí! ¡Cuando uno está unido a Jesús, es fuerte! Fuerte contra todo. Estaréis llenos de esperanza, porque no dudaréis del Corazón de los corazones, que os ama con la totalidad de sí mismo. Seréis sabios. Seréis todo. Amad a Aquel que anuncia la felicidad verdadera, que predica la salud, que va, incansable, por los montes y los valles convocando al rebaño para reunirle; a Aquel en cuyo camino está la Paz, como también hay paz en su Reino, que no es de este mundo, sino que es verdadero, como verdadero es Dios. Abandonad cualquier camino que no sea el suyo. Liberaos de toda tiniebla. Id a la Luz. No seáis como el mundo, que no quiere ver la Luz, que no quiere conocerla. Vosotros id a nuestro Padre, que es el Padre de las luces, que es Luz sin medida, a través del Hijo, que es la Luz del mundo, para gozar de Dios en el abrazo del Paráclito, que es fulgor de las Luces en una sola beatitud de amor, que a los Tres centra en Uno. ¡Infinito océano del Amor, sin tempestades, sin tinieblas, acógenos! ¡A todos! los inocentes y a los convertidos. ¡A todos! ¡En tu paz! ¡A todos! Para toda la eternidad. A todos los que habitamos sobre la tierra, para que te amemos a ti, Dios, y al prójimo como tú quieres.

A todos, en el Cielo, para que sigamos amando, siempre, no sólo a ti y a los celestes habitantes, sino también, y todavía, a los hermanos que militen en la tierra en espera de la paz, y, cual ángeles de amor, los defendamos y apoyemos en las batallas y tentaciones, para que después puedan estar contigo en tu paz, para gloria eterna del Señor nuestro Jesús, Salvador, Amador del hombre, hasta el límite sin límite del anonadamiento sublime».

9       Como siempre, Juan, ascendiendo en sus vuelos de amor, lleva consigo a las almas a lugares de amor levísimo y silencio místico.

Debe pasar un rato antes de que retorne la palabra a los labios del auditorio. El primero en hablar es Felipe, dirigiéndose a Pedro:

-«¿Y Juan, el pedagogo, no habla?».

-«Os hablará por nosotros continuamente. Ahora dejadle en su paz, y dejadnos también a nosotros un buen rato con él. Tú, Saba, haz lo que te he dicho antes; y tú también, buena Berenice…».

10     Salen todos. Se quedan en la amplia sala los ocho con los dos. Hay un silencio grave. Están todos un poco pálidos: los apóstoles, porque saben lo que está para producirse; los dos discípulos, porque lo presienten.

Pedro abre sus labios, pero encuentra sólo esta palabra:

-«Oremos»,

y entona el “Pater noster”. Luego –está verdaderamente pálido, quizás más que en el momento de la muerte–, yendo a ponerse entre los dos y colocando una mano sobre sus hombros, dice:

-«Es la hora de la despedida, hijos. ¿Qué le digo al Señor en nombre vuestro? ¿A El, que ciertamente estará ansioso de saber de vuestra santidad?».

Síntica cae de rodillas y se cubre el rostro con las manos. Juan la imita. Pedro los tiene a sus pies, y, mecánicamente, los acaricia mientras se muerde los labios para no ceder a la emoción. Juan de Endor alza su acongojado rostro y dice:

-«Dirás al Maestro que nosotros hacemos su voluntad…».

 Y Síntica:

-«Y que nos ayude a cumplirla hasta el final…».

El llanto impide frases más largas.

-«Bien. Démonos el beso de despedida. Esta hora debía llegar…».

También Pedro se corta, ahogado por un nudo de llanto.

-«Antes bendícenos»

suplica Síntica.

-«No. No yo. Mejor uno de los hermanos de Jesús…».

-«No. Tú eres el jefe. Nosotros los bendeciremos con el beso. Bendícenos a todos, a nosotros que nos marchamos y a ellos que se quedan»

dice Judas Tadeo, poniéndose el primero de rodillas.

Y Pedro, el pobre Pedro –que ahora está rojo por el esfuerzo de mantener firme la voz y por la emoción de bendecir, con las manos extendidas hacia el pequeño núcleo arrodillado a sus pies– pronuncia, con voz aún más áspera por el llanto, casi de viejo, la bendición mosaica[12] … Luego se agacha, besa en la frente a la mujer, como si fuera una hermana; levanta y abraza, besándole fuerte, a Juan, y… se marcha valientemente de la habitación, mientras los otros imitan su acto para con los dos que se quedan…

Afuera, el carro está ya preparado. Sólo están presentes Felipe y Berenice, y el siervo que sujeta el caballo. Pedro ha subido ya al carro…

-«Dirás al amo que esté tranquilo respecto a sus recomendados»

dice Felipe a Pedro.

-«Dirás a María que siento la paz de Euqueria desde que ella es discípula»

dice en voz baja Berenice al Zelote.

-«Le diréis al Maestro, a María, a todos, que los amamos, y que… ¡Adiós! ¡Adiós! ¡Oh, no los volveremos a ver! ¡Adiós, hermanos! Adiós…».

Corren afuera, al camino, los dos discípulos… Pero el carro, que ha partido al trote, ya ha doblado la esquina… Ha desaparecido…

-«¡Síntica!».

-«¡Juan!».

-«¡Estamos solos!».

-«¡Dios está con nosotros!… Ven, pobre Juan. El Sol declina. Te sienta mal estar aquí…».

«Para mí el Sol se ha puesto para siempre… Sólo volverá a salir en el Cielo».

Y entran donde antes estaban con los demás, se dejan caer sobre una mesa y se entregan, ya sin freno, al llanto…

[1] Cfr. Is. 52, 1.

[2] Estas expresiones en palabras más sencillas quieren decir: “El cual (el eterno Padre) ha querido que la segunda Persona de Dios Uno y Trino (o de la Santísima Trinidad) se encarnase y viniera…”.

[3] Cfr. Núm. 24, 15–19.

[4] Cfr. Dan. 9.

[5] Cfr. Ex. 19, 9 – 20, 21.

[6] La evocación del apóstol Andrés merece ser puesta en relación con la explicación dada en 49.9.

[7] Cfr. Tob. 5–12.

[8] –circunstancia confirmada hacia el final de la plática con las palabras después de la ausencia– es una precisión que confirma la explicación dada en 47.10 sobre el tiempo transcurrido entre la manifestación en el Jordán y el encuentro con los primeros discípulos.

[9] Cfr. Is. 52, 11.

[10] Cfr. Is. 52, 13 – 53, 12.

[11] es cita de Isaías 52, 7. Las pláticas de los ocho apóstoles están, en su mayoría, fundados en el capítulo 52 del libro del profeta Isaías.

[12] que aparece en repetidas ocasiones en la Obra valtortiana, está en Números 6, 22-27. La bendición sacerdotal  22 Jehová habló a Moisés, diciendo:      23 Habla a Aarón y a sus hijos y diles: Así bendeciréis a los hijos de Israel, diciéndoles:  24 Jehová te bendiga, y te guarde;   25 Jehová haga resplandecer su rostro sobre ti, y tenga de ti misericordia;  26 Jehová alce sobre ti su rostro, y ponga en ti paz. m      27 Y pondrán mi nombre sobre los hijos de Israel, y yo los bendeciré.

Segundo año de la Vida Pública de Jesús

266. Los discípulos del Bautista quieren verificar que Jesús es el Mesías[1]. Testimonio sobre el Precursor e invectiva contra las ciudades impenitentes.

29 de agosto de 1945.

9e14a-predicaciondejesucristo1       Jesús está sólo con Mateo, que no ha podido ir con los demás a predicar por tener herido un pie. De todas formas, enfermos y otras personas deseosas de la Buena Nueva llenan la terraza y el espacio libre del huerto para oírle y solicitarle ayuda.

Jesús termina de hablar diciendo:

«Habiendo contemplado juntos la gran frase de Salomón: “En la abundancia de la justicia está la suma fortaleza”[2], os exhorto a poseer esta abundancia, pues es moneda para entrar en el Reino de los Cielos. Tened con vosotros mi paz y Dios sea con vosotros».

Luego se acerca a los pobres y enfermos –en muchos casos son una y otra cosa juntamente– y escucha con bondad lo que cuentan, ayuda con dinero, aconseja con palabras, sana con la imposición de las manos y con la palabra. Mateo, a su lado, se encarga de dar las monedas.

2       Jesús está escuchando con atención a una pobre viuda que, entre lágrimas, le narra la muerte repentina de su marido carpintero, en el banco de trabajo, acaecida pocos días antes:

-«Vine corriendo a buscarte aquí. Todo el parentesco del difunto me acusó de falta de compostura y de ser dura de corazón. Ahora me maldicen. Pero había venido porque sabía que resucitabas y sabía que si te encontraba mi marido resucitaría. No estabas… Ahora él está en el sepulcro desde hace dos semanas… y yo estoy aquí con cinco hijos… Los parientes me odian y me niegan su ayuda. Tengo olivos y vides. Pocos, pero me darían pan para el invierno si pudiera tenerlos hasta la recolección. Pero no tengo dinero, porque mi marido desde hacía tiempo estaba poco sano y trabajaba poco, y, para mantenerse, comía y bebía, yo digo que demasiado.

Decía que el vino le sentaba bien… la verdad es que hizo el doble mal de matarle a él y de consumir los ya escasos ahorros por su poco trabajo. Estaba terminando un carro y un baúl; le habían encargado dos camas, unas mesas, y también unas repisas. Pero ahora… no están terminados, y mi hijo varón no llega a ocho años. Perderé el dinero…

Tendré que vender los útiles y la madera. El carro y el baúl ni siquiera los puedo vender como tales, aunque estén casi ultimados, así que los voy a tener que dar como leña para el fuego. No va a ser suficiente el dinero, porque yo, mi madre anciana y enferma y cinco hijos somos siete personas… Venderé el majuelo y los olivos… Pero ya sabes cómo es el mundo… Donde hay necesidad, ahoga. Dime, ¿qué debo hacer?

Quería guardar el banco y las herramientas para mi hijo, que ya sabe algo de la madera… quería conservar la tierra para vivir, y también como dote para mis hijas…».

Está escuchando todo esto cuando una agitación de la gente le advierte de que hay alguna novedad. Se vuelve para ver lo que sucede y ve a tres hombres que se están abriendo paso entre la multitud. Se vuelve otra vez hacia la viuda para decirle:

-«¿Dónde vives?».

-«En Corozaín, junto al camino que va a la Fuente caliente. Una casa baja entre dos higueras».

-«Bien. Iré a ultimar el carro y el baúl, de modo que podrás vendérselos a quien los había encargado. Espérame mañana a la aurora».

-«¡Tú? ¡Tú trabajar para mí?». La mujer se siente ahogar del estupor.

-«Volveré a mi trabajo y te daré paz a ti. Al mismo tiempo, a esos de Corozaín sin corazón les daré la lección de la caridad».

-«¡Oh, sí! ¡Sin corazón! ¡Si viviera todavía el viejo Isaac! ¡No me dejaría morir de hambre! Pero ha vuelto a Abraham…».

-«No llores. Vuelve a casa serena. Con esto tendrás para hoy. Mañana iré Yo. Ve en paz».

La mujer se arrodilla a besarle la túnica y se marcha más consolada.

3 –«Maestro tres veces santo, ¿te puedo saludar?» pregunta uno de los tres que habían llegado y que estaban parados respetuosamente detrás de Jesús, esperando a que despidiera a la mujer, y que, por tanto, han oído la promesa de Jesús. El hombre que ha saludado es Manaén.

Jesús se vuelve y, sonriendo, dice:

-«¡Paz a ti, Manaén! ¡Entonces, te has acordado de mí!…».

-«Eso siempre, Maestro. Había decidido ir a verte a casa de Lázaro y al huerto de los Olivos para estar contigo. Pero antes de la Pascua apresaron a Juan el Bautista. Le prendieron –con traición– otra vez; yo temía que, en ausencia de Herodes, que había ido a Jerusalén para la Pascua, Herodías ordenara la muerte del santo. No quiso ir para las fiestas a Sión, porque decía que estaba enferma. Enferma, sí: de odio y lujuria… Estuve en Maqueronte para vigilar y… refrenar a esa pérfida mujer, que sería capaz de matar con su propia mano… Si no lo hace, es porque tiene miedo a perder el favor de Herodes, que… por miedo o convicción, defiende a Juan y se limita a tenerle prisionero. Ahora Herodías se ha ido a un castillo de su propiedad, huyendo del calor agobiante de Maqueronte. Yo he venido con estos amigos míos y discípulos de Juan.

Los enviaba él con una pregunta para ti. Me he unido a ellos».

4       La gente, al oír hablar de Herodes y comprendiendo quién es el que habla de él, se arremolina, curiosa, en torno al pequeño grupo de Jesús y de los tres hombres.

-«¿Qué pregunta queríais hacerme?» dice Jesús, tras recíprocos saludos con los dos austeros personajes.

-«Habla tú, Manaén, que sabes todo y eres más amigo» dice uno de los dos.

-«Escucha, Maestro. Sé comprensivo, si ves que, por exceso de amor, en los discípulos nace un recelo hacia aquel al que creen antagonista o suplantador de su maestro. Lo hacen los tuyos, lo hacen igual los de Juan. Son celos comprensibles, que demuestran todo el amor de los discípulos hacia sus maestros. Yo… soy imparcial, y lo pueden decir éstos que están conmigo, porque os conozco a ti y a Juan y os amo con equidad[3].

Tanto es así que, aunque te ame a ti por lo que eres, preferí hacer el sacrificio de estar con Juan, porque le venero también a él por lo que es, y, actualmente, porque está en mayor peligro que Tú. Ahora, por este amor –no sin el soplo rencoroso de los fariseos– han llegado a poner en duda que Tú eres el Mesías. Y así se lo han confesado a Juan, creyendo que le daban una alegría diciéndole: “Para nosotros el Mesías eres tú, no puede haber uno más santo que tú”. Pero primero Juan los ha reprendido llamándolos blasfemos; luego, después de la reprensión, con más dulzura, ha ilustrado todas las cosas que te señalan como verdadero Mesías; en fin, viendo que todavía no estaban convencidos, ha tomado a dos de ellos, éstos, y les ha dicho: “Id donde El y decidle en mi nombre: ‘¿Eres Tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?’ “. No ha enviado a los discípulos que antes habían sido pastores, porque creen y no habría aportado nada el enviarlos. Los ha tomado de entre los que dudan, para acercártelos y para que su palabra disipara las dudas de otros como ellos. He venido con ellos para verte. Esto es todo. Ahora Tú acalla sus dudas».

5 -«¡No nos creas hostiles a ti, Maestro! Las palabras de Manaén te lo podrían hacer pensar. Nosotros… nosotros… Conocemos desde hace años al Bautista, siempre le hemos visto santo, penitente, inspirado. A ti… no te conocemos sino por boca de terceros, y ya sabes lo que es la palabra de los hombres… Crea y destruye fama y honra, por el contraste entre quien exalta y quien humilla, de la misma forma que dos vientos contrarios forman y dispersan una nube».

-«Lo sé, lo sé. Leo en vuestro corazón y vuestros ojos leen la verdad en lo que os rodea, como también vuestros oídos han escuchado la conversación con la viuda. Sería suficiente para convencer. Mas Yo os digo: observad qué personas me rodean: aquí no hay ricos, ni gente que se dé la gran vida, aquí no hay personas de vida escandalosa; sólo hay pobres, enfermos, honrados israelitas que quieren conocer la Palabra de Dios. Este, éste, esta mujer… también esa niñita, y aquel anciano, han venido aquí enfermos y ahora están sanos. Preguntadles y os dirán qué tenían y cómo los he curado, y cómo están ahora. Preguntad, preguntad; yo, mientras, hablo con Manaen» y hace ademán de separarse.

-«No, Maestro. No dudamos de tus palabras. Danos sólo una respuesta que llevar a Juan, para que vea que hemos venido y para que pueda, sobre la base de esa respuesta, persuadir a nuestros compañeros».

-«Id y referid esto a Juan: “Los sordos oyen; esta niña era sorda y muda. Los mudos hablan; aquel hombre era mudo de nacimiento. Los ciegos ven”.

6 Hombre, ven aquí. Di a éstos lo que tenías»

dice Jesús mientras coge de un brazo a uno que ha sido curado milagrosamente.

Este dice:

-«Soy albañil. Me cayó en la cara un cubo lleno de cal viva. Me quemó los ojos. Desde hace cuatro años vivía en la oscuridad. El Mesías me ha mojado los ojos secos con su saliva y ahora están de nuevo más frescos que cuando tenía veinte años. ¡Bendito sea!».

Jesús prosigue:

«Y no sólo ciegos, sordos o mudos, curados, sino también cojos que corren, tullidos que se enderezan. Mirad ese anciano: hace un rato estaba anquilosado, encorvado, y ahora está derecho como una palma del desierto y ágil como una gacela. Quedan curadas las más graves enfermedades. Tú, mujer, ¿qué tenías?».

-«Una enfermedad del pecho, por haber dado demasiada leche a bocas voraces; la enfermedad, además del pecho, me comía la vida. Ahora mirad» y se destapa el vestido y muestra, intactos, los pechos, y añade: «Lo tenía que era todo una llaga. Lo demuestra la túnica, todavía mojada de pus. Ahora voy a casa para ponerme un vestido limpio; estoy fuerte y contenta. Ayer, no más, estaba muriéndome. Me han traído aquí unas personas compasivas. Me sentía muy infeliz… por los niños, que se iban a quedar pronto sin madre. ¡Eterna alabanza al Salvador!».

-«¿Habéis oído? Podéis preguntarle también al arquisinagogo de esta ciudad sobre la resurrección de su hija. Y, volviendo en dirección a Jericó, pasad por Naím e informaos sobre el joven que fue resucitado en presencia de toda la ciudad, cuando ya estaba para ser introducido en la tumba; así, podréis referir que los muertos resucitan. El hecho de que muchos leprosos hayan sido curados lo podréis saber en muchos lugares de Israel; pero, si queréis ir a Sicaminón, buscad entre los discípulos y encontraréis muchos ex leprosos. Decid, pues, a Juan que los leprosos quedan limpios. Decid, además, que se anuncia la Buena Nueva a los pobres, porque lo estáis viendo. Y bienaventurado quien no se escandalice de mí.

7 Decid esto a Juan. Y también que le bendigo con todo mi amor».

-«Gracias, Maestro. Bendícenos también a nosotros antes de marcharnos».

-«No podéis iros a esta hora, con este calor… Quedaos en casa como invitados míos hasta el atardecer; así viviréis por un día la vida de este Maestro que no es Juan, pero que es amado por Juan, porque Juan sabe quién es. Venid a casa. Está fresca. Os daré la posibilidad de reponer fuerzas. Adiós a vosotros que me escucháis. La paz sea con vosotros». Despide a la muchedumbre y entra en la casa con sus tres invitados…

8 …No sé de lo que hablan durante esas horas de fuego. Ahora veo la preparación de la partida de los dos discípulos hacia Jericó. Manaén parece que se queda (su caballo no ha sido traído junto con los dos fuertes asnos enfrente de la abertura de la tapia del patio). Los dos enviados de Juan, después de muchas reverencias al Maestro y a Manaén, suben a las monturas… y todavía se vuelven para mirar y saludar, hasta que un recodo del camino los esconde a la vista.

Muchos de Cafarnaúm se han congregado para ver esta despedida, porque la noticia de la venida de los discípulos de Juan y la respuesta que Jesús les ha dado se han propagado por el pueblo y creo que también por otros pueblos cercanos. Veo personas de Betsaida y Corozaín, quizás ex discípulos del Bautista, que antes se han presentado a los enviados de Juan, les han preguntado por él y le han mandado saludos a través de ellos, y que ahora se quedan hablando en grupo con los de Cafarnaúm. Jesús, con Manaén a su lado, hace ademán de volver a la casa mientras habla. Pero la gente se apiña alrededor de él, curiosa de observar al hermano de leche de Herodes y su trato lleno de deferencia hacia Jesús; deseosos también de hablar con el Maestro.

9       Está también Jairo, el arquisinagogo. Por gracia de Dios, no hay fariseos. Precisamente Jairo dice:

-«¡Estará contento Juan! No sólo le has enviado una respuesta exhaustiva, sino que, invitándolos a quedarse, has podido adoctrinarlos y mostrarles un milagro».

«¡Y no de poco relieve!» dice un hombre.

«Había traído expresamente a mi hija hoy para que la vieran. Nunca se ha sentido tan bien como ahora, y para ella es un motivo de alegría el venir a estar con el Maestro.

¿Habéis oído su respuesta, no?: “No recuerdo lo que es la muerte. Recuerdo, eso sí, que un ángel me llamó y me llevó a través de una luz que aumentaba cada vez más y al final de esa luz estaba Jesús. Como le vi entonces, con mi espíritu volviendo a mí, no le veo ni siquiera ahora; vosotros y yo, ahora, vemos al Hombre, pero mi espíritu vio a ese Dios que está dentro del Hombre”. ¡Qué buena se ha hecho desde entonces! Era ya buena, pero ahora es un verdadero ángel. ¡Ah, que digan lo que quieran todos!, ¡para mí el único santo que hay eres Tú!».

-«De todas formas, también Juan es santo» dice uno de Betsaida.

-«Sí, pero es demasiado severo».

-«No lo es más con los demás que consigo mismo».

-«Pero no hace milagros y se dice que ayuna porque es como un mago».

-«Pues de todas formas es santo».

La disputa de la gente se hace mayor.

10     Jesús alza la mano y la extiende con el gesto habitual que hace cuando pide silencio y atención porque quiere hablar; en seguida se hace el silencio.

Jesús dice:

-«Juan es santo y grande. No miréis su manera de actuar ni la ausencia de milagros.

En verdad os digo que es grande en el Reino de los Cielos. Allí se manifestará con toda su grandeza.

Muchos se quejan porque era y es severo hasta el punto de parecer rudo. En verdad os digo que ha hecho un trabajo de gigante para preparar los caminos del Señor. Quien trabaja de ese modo no tiene tiempo que perder en blanduras. ¿No decía, cuando estaba en el Jordán, las palabras de Isaías que le profetizan a él y profetizan al Mesías:

“Todo valle será colmado, todo monte será rebajado, los caminos tortuosos serán enderezados y las breñas allanadas”[4], y ello para preparar los caminos al Señor y Rey?

¡Verdaderamente ha hecho él más que todo Israel, para prepararme el camino! Quien debe rebajar montes, colmar valles, enderezar caminos o transformar cuestas penosas en subidas suaves, tiene que trabajar rudamente. En efecto, era el Precursor y sólo le anticipaba a mí una breve serie de lunas; todo debía estar ultimado antes de que el Sol se alzara en el día de la Redención. El tiempo ha llegado, el Sol sube para resplandecer sobre Sión y, desde Sión, extender su luz al mundo entero. Juan ha preparado el camino, como debía.

¿Qué habéis ido a ver al desierto? ¿Una caña agitada por el viento en distintas direcciones? ¿Qué es lo que habéis ido a ver? ¿A un hombre refinadamente vestido?

¡No!… Esas personas viven en las casas de los reyes; ataviados con delicadas vestiduras, agasajados por mil siervos y cortesanos (cortesanos que lo son de un pobre hombre como ellos). Aquí tenemos un ejemplo. Preguntadle, a ver si no experimenta desazón por la vida de Corte y admiración por el risco solitario y escabroso, en vano embestido por el rayo y el pedrisco, en vano circundado por los necios vientos que quieren arrancarle y él se mantiene, no obstante, firme, elevándose entero hacia el cielo, con su punta tan enhiesta –puntiaguda cual llama que asciende–, que predica la alegría de lo alto. Este es Juan. Así le ve Manaén, porque ha comprendido la verdad de la vida y la muerte y ve la grandeza donde está, aunque esté celada bajo apariencias agrestes.

Y vosotros, ¿qué habéis visto en Juan cuando habéis ido a verle? ¿Un profeta?, ¿un santo? Os digo que es más que un profeta; es más que muchos santos, más que los santos porque es aquel de quien está escrito: “Mando ante vosotros a mi ángel para preparar tu camino delante de ti”[5].

11 Angel. Pensad. Sabéis que los ángeles son espíritus puros creados por Dios según su semejanza espiritual, colocados como nexo entre el hombre (perfección de lo creado visible y material) y Dios (Perfección del Cielo y de la Tierra, Creador del reino espiritual y del reino animal). Aún en el hombre más santo subsisten la carne y la sangre que abren un abismo entre él y Dios (abismo que se ahonda profundamente con el pecado, que hace pesado incluso lo espiritual del hombre). Así pues, Dios crea a los ángeles, criaturas que tocan el vértice de la escala creadora de la misma forma que los minerales señalan su base (los minerales, el polvo que compone la tierra, las materias inorgánicas en general). Espejos tersos del Pensamiento de Dios, voluntariosas llamas que obran por amor, resueltos para comprender, diligentes para obrar, de voluntad libre como la nuestra, aunque enteramente santa, ajena a rebeliones y a estímulos de pecado. Esto son los ángeles adoradores de Dios, mensajeros suyos ante los hombres, protectores nuestros; ellos nos dan la Luz de que están investidos y el Fuego que, adorando, recogen.

La palabra profética llama “ángel” a Juan. Pues bien, Yo os digo: “Entre los nacidos de mujer no ha habido nunca uno mayor que Juan Bautista”. No obstante, el menor del Reino de los Cielos será mayor que él–hombre. Porque quien es del Reino de los Cielos es hijo de Dios y no hijo de mujer. Tended, pues, todos, a ser ciudadanos del Reino.

12 ¿Qué os estáis preguntando entre vosotros dos?».

-«Decíamos: “¿Juan estará en el Reino?” y “¿cómo estará en el Reino?”»

-«En su espíritu está ya en el Reino. Cuando muera, estará en el Reino como uno de los soles más resplandecientes de la eterna Jerusalén. Es así por la Gracia sin resquebrajaduras que hay en él y por su propia voluntad. En efecto, ha sido, y es, violento también consigo mismo, con fin santo. A partir de Juan el Bautista, el Reino de los Cielos es de los que saben conquistárselo con la fuerza opuesta al Mal, y son los violentos los que lo conquistan. Sí, ahora ya se sabe lo que hay que hacer y todo ha sido dado para llevar a cabo esta conquista. El tiempo en que hablaban sólo la Ley y los Profetas ha pasado. Los Profetas han hablado hasta Juan. Ahora habla la Palabra de Dios, y no esconde ni una jota de cuanto ha de saberse para esta conquista. Si creéis en mí, debéis ver en Juan a ese Elías que debe venir. Quien tenga oídos para oír que oiga. ¿Con quién compararé a esta generación? Es semejante a la que describen esos muchachos, que, sentados en la plaza gritan a sus compañeros: “Hemos tocado y no habéis bailado; hemos entonado lamentos y no habéis llorado”. En efecto, ha venido Juan, 94 que no come ni bebe, y esta generación dice: “Puede hacerlo porque tiene al demonio, que le ayuda”; ha venido el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: “Ahí tenemos a un comelón y bebedor, amigo de publicanos y pecadores”. ¡Así la Sabiduría ha sido acreditada por sus hijos!

13 En verdad os digo que sólo los niños saben reconocer la verdad, porque en ellos no hay malicia».

-«Bien has dicho, Maestro» dice el arquisinagogo. «Por eso mi hija, que no conoce aún la malicia, te ve como nosotros no alcanzamos a verte. Pero esta ciudad y las otras cercanas rebosan de tu poder, sabiduría y bondad, y, debo confesarlo, no te responden sino con maldad. No se convierten. El bien que de ti reciben se transforma en odio contra ti».

-«¿Qué estás diciendo, Jairo! ¡Nos estás calumniando! Si estamos aquí es por fidelidad al Cristo» dice uno de Betsaida.

«Sí. Nosotros. ¿Pero cuántos somos? Menos de cien en tres ciudades que deberían estar a los pies de Jesús. De los que faltan –me refiero a los hombres– la mitad son enemigos; la cuarta parte, indiferentes; la otra cuarta parte… quiero pensar que no pueden venir. ¿No es esto ya pecado ante los ojos de Dios? ¿No será castigada toda esta aversión y obcecación en el mal? Habla, Maestro, Tú que no ignoras, Tú que si guardas silencio es por tu bondad, no porque no sepas. Eres longánime, y confunden tu longanimidad con ignorancia y debilidad. Habla, pues; que tu palabra remueva al menos a los indiferentes, ya que los malos no se convierten, sino que se hacen cada vez peores».

-«Sí. Es culpa y será castigada. Porque no se debe despreciar nunca el don de Dios, ni usarlo para hacer el mal. ¡Ay de ti, Corozaín, Ay de ti, Betsaida, que hacéis mal uso de los dones de Dios! Si en Tiro y Sidón se hubieran cumplido los milagros que se han producido entre vosotros, ya haría mucho tiempo que, vestidos de cilicio y espolvoreados de ceniza, habrían hecho penitencia y habrían venido a mí. Por esto os digo que Tiro y Sidón serán tratadas con mayor clemencia que vosotras en el día del Juicio. ¿Y tú, Cafarnaúm, crees que por haberme dado alojamiento serás elevada hasta el Cielo? Hasta el infierno bajarás. Porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que Yo te he dado, estaría todavía floreciente, porque habría creído en mí y se habría convertido. Por tanto, Sodoma, en el último Juicio, será tratada con mayor clemencia que tú, que has conocido al Mesías y has oído su palabra y no te has convertido, porque Sodoma no conoció al Salvador y su Palabra, por lo cual su culpa es menor. No obstante, como Dios es justo, los de Cafarnaúm, Betsaida y Corozaín que han creído y se santifican prestando obediencia a mi palabra, serán tratados con mucha misericordia; no es justo, en efecto, que los justos se vean implicados en el descalabro de los pecadores.

 14 Respecto a tu hija, Jairo, y a la tuya, Simón, y a tu hijo, Zacarías,  y a tus nietos, Benjamín, os digo que, no conociendo malicia, ven ya a Dios. Ya veis que su fe es pura y activa, unida a sabiduría celestial, y también a deseos de caridad como no tienen los adultos»,

Y Jesús, alzando los ojos al cielo que se va oscureciendo con la noche, exclama:

-«Te doy gracias, Padre, Señor del Cielo y de la Tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los doctos y se las has revelado a los pequeños. Así, Padre, porque así te plugo. Todo me ha sido confiado por mi Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquellos a los que el Hijo quiera revelárselo. Y Yo se lo he revelado a los pequeños, a los humildes, a los puros, porque Dios se comunica con ellos, y la verdad desciende como semilla a las tierras libres, y sobre la verdad hace llover el Padre sus luces para que eche raíces y dé un árbol. Es más, verdaderamente el Padre prepara a estos espíritus de los pequeños de edad o de corazón, para que conozcan la Verdad y Yo exulte por su fe»…

[1] Cfr. Mt. 11, 2 –27; Lc. 7, 18–35; 10, 13–15 y 21–22.

[2] Cfr. Prov. 15, 5.

[3] Hebraísmo que podría traducirse por: “imparcialmente” o “igual corazón” (N.T.).

[4] Cfr. Is. 40, 1–8.

[5] Cfr. Mal. 3, 1.

Primer año de la Vida Pública de Jesús

127. Los discursos en Aguas Claras: No tentarás al Señor tu Dios[1]149. Testimonio de Juan el Bautista.

11 de marzo de 1945.

127 11       Es un día serenísimo de invierno. Hace sol y viento; el cielo está sereno, uniforme, sin el más mínimo vestigio de nubes. Son las primeras horas del día. Hay todavía una fina capa de escarcha, o mejor, de rocío semihelado, que esparce un polvo diamantífero sobre el suelo y sobre las hierbas.

Vienen hacia la casa tres hombres, que caminan con la seguridad de quien sabe a dónde se dirige. Llegando ya, ven a Juan, que en ese momento atraviesa el patio cargado de unos cántaros de agua sacados del pozo, y le llaman. Juan se vuelve, deja las cantarillas y dice:

«¿Vosotros aquí? ¡Bienvenidos! El Maestro se alegrará al veros. Venid, venid, antes de que llegue la gente. ¡Ahora viene mucha!…».

Son los tres pastores discípulos de Juan Bautista. Simeón, Juan y Matías van contentos detrás del apóstol.

«Maestro, han venido tres amigos. Mira»

dice Juan entrando en la cocina, donde arde alegre un gran fuego de leña menuda, que expande un agradable olor a bosque y a laurel quemado.

«Paz a vosotros, amigos míos. ¿Cómo es que venís a verme? ¿Le ha sucedido alguna desgracia al Bautista?».

«No, Maestro. Hemos venido con permiso suyo. Te envía saludos y dice que encomiendes a Dios el león perseguido por los arqueros. No se hace ilusiones respecto a su suerte futura, aunque por ahora sigue libre. Está contento porque sabe que tienes muchos fieles, incluidos los que antes eran suyos. Maestro… nosotros también lo deseamos vivamente, pero… no queremos abandonarle ahora que le persiguen. Compréndenos…»

dice Simeón.

«No sólo eso, sino que os bendigo por ello. El Bautista merece todo respeto y amor».

«Sí. Así es. El Bautista es grande, y cada vez descuella más su figura. Se parece al agave, que poco antes de morir produce el gran candelabro de la septiforme flor y lo ondea, y perfuma. Así es él. Y siempre dice: “Mi único deseo es volver a verle…”. Verte a ti. Nosotros hemos recogido este grito de su alma y te lo hemos venido a traer sin decírselo. El es “el Penitente”, “el Abstinente”. Su santo deseo de verte y de oírte le consume. Yo soy Tobías, ahora Matías. Creo que el arcángel dado a Tobías[2]150 no sería distinto del Bautista; todo en él es sabiduría».

127 2«¿Quién ha dicho que no le vuelva a ver?… 2 Pero, ¿habéis venido sólo para esto? Es penoso caminar durante esta estación. Hoy hace un tiempo sereno, pero, hasta hace sólo tres días, ¡cuánta lluvia por los caminos!».

«No hemos venido sólo por esto. Hace unos días vino Doras, el fariseo, a purificarse, pero el Bautista le negó el rito diciendo: “No llega el agua a donde hay una costra tan grande de pecado. Uno sólo te puede perdonar: el Mesías”. Entonces él dijo: “Iré a verle. Quiero curarme. Creo que este mal es su maleficio”. Entonces el Bautista le arrojó de su presencia como lo habría hecho con Satanás. El, al irse, vio a Juan –le conocía desde que Juan visitaba a Jonás, con quien estaba algo emparentado– y le dijo que venía, que todos iban, que había venido Manahén y hasta incluso venían las… (yo digo meretrices, pero él dijo un nombre más feo). “Aguas Claras –decía– está llena de ilusos. Ahora, si me cura y me retira la maldición de mis tierras –que están como excavadas por máquinas de guerra por ejércitos de topos y gusanos y cortones que horadan los granos sembrados y roen las raíces de los árboles frutales y de las vides y no hay nada que los venza–, me haré amigo suyo; si no… ¡Ay de El!”. Nosotros le respondimos: “¿Y vas con esta disposición de ánimo?”. Y él respondió: “Pero quién cree en ese Satanás. Además, lo mismo que convive con las meretrices puede hacer alianza conmigo”. Nosotros queríamos venir a decírtelo, para que pudieras saber a qué atenerte con Doras».

«Ya está todo resuelto».

«¿Ya? ¡Ah, es verdad!, que él tiene carros y caballos y nosotros sólo las piernas. ¿Cuándo ha venido?».

«Ayer».

«¿Y qué ha ocurrido?».

«Esto: que si queréis ocuparos de Doras podéis ir al duelo a su casa de Jerusalén. Le están preparando para la sepultura».

«¡¡¿Muerto?!!».

«Muerto. Aquí. Mas no hablemos de él».

«Sí, Maestro… Sólo… dinos una cosa. ¿Es verdad cuanto dijo de Manahén?».

«Sí. ¿Os desagrada?».

«No, no…, nos alegra. ¡Cuánto le hemos hablado de ti en Maqueronte! Y, ¿qué otra cosa puede querer el apóstol sino que sea amado el Maestro? Es lo que Juan quiere, y, con él, nosotros».

«Hablas bien, Matías; la sabiduría está contigo».

«Y… yo no lo creo, pero ahora la hemos visto… Vino también a nosotros buscándote a ti antes de los Tabernáculos; y le dijimos: “Quien tú buscas no está aquí, pero estará pronto en Jerusalén para los Tabernáculos”. Eso le dijimos, porque el Bautista nos había dicho: “¿Veis a esa pecadora?: es una costra de inmundicia; pero lleva dentro una llama a la que hay que alimentar; así, se avivará de tal modo que surgirá impetuosamente de debajo de la costra y todo arderá. Caerá la inmundicia y quedará sólo la llama”. Eso dijo. Pero… ¿es verdad que duerme aquí, como han venido a decirnos dos influyentes escribas?».

«No. Está en uno de los establos del capataz, a más de un estadio de aquí».

«¡Lenguas de infierno! ¿Has oído? ¡Y ellos!…».

«Dejadles que hablen. Los buenos no creen en sus palabras, sino en mis obras».

«Esto lo dice también Juan.

4 Hace unos días, algunos discípulos suyos, nosotros presentes, le han dicho: “Rabí, Aquel que estaba contigo al otro lado del Jordán, del que tú diste testimonio, ahora bautiza, y todos van a El; te vas a quedar sin fieles”. A lo que Juan respondió:

“¡Dichoso mi oído, que oye esta noticia! No sabéis qué alegría me dais. Sabed que el hombre no puede tomar nada si no le es dado del Cielo. Vosotros podéis testificar que he dicho: ‘Yo no soy el Cristo, sino el que ha sido enviado delante para prepararle el camino’. El hombre justo no se apropia de un nombre ajeno, y, aunque otro hombre quisiera alabarle diciéndole: ‘eres ése’, es decir: el Santo, él responde: ‘No, realmente no es así; yo soy su siervo’. Y de todas formas se alegra mucho de ello, porque dice: ‘Se ve que me asemejo a El un poco, si el hombre me puede confundir con El. Y, ¿qué desea la persona que ama sino parecerse a su amado? Sólo la esposa goza del esposo. El paraninfo no podría gozar de ella, porque sería una inmoralidad y un hurto. Pero el amigo del novio, que está cerca de él y escucha su palabra llena de júbilo nupcial, siente una alegría tan viva que podría compararse a la que hace dichosa a la virgen casada con él, la cual en aquella palabra comienza ya a degustar la miel de las palabras nupciales. Esta es mi alegría, y es completa. ¿Y qué hace el amigo del novio, habiéndole servido durante meses, y habiéndole conducido a la esposa a casa? Se retira y desaparece. ¡Así hago yo! ¡Así hago yo! Uno sólo queda, el esposo con la esposa: el Hombre con la Humanidad. ¡Oh, qué palabra más profunda! Es necesario que El crezca y que yo merme. Quien del Cielo viene está por encima de todos. Patriarcas y Profetas desaparecen a su llegada, porque El es como el Sol, que todo lo ilumina y su luz es tan viva que los astros y planetas sin luz se visten de ella, y los que aún no están apagados quedan anulados en el supremo esplendor del Sol. Esto sucede porque El viene del Cielo, mientras que los Patriarcas y los Profetas irán al Cielo, pero no vienen del Cielo. Quien viene del Cielo es superior a todos, y anuncia lo que ha visto y oído. Mas ninguno de entre los que no tienden al Cielo, renegando de Dios por ello, podrá aceptar su testimonio. Quien acepta el testimonio del que ha bajado del Cielo, con este acto suyo de creer, imprime un sello a su fe en que Dios es verdadero y no una fábula exenta de verdad, y escucha a la Verdad porque su ánimo está deseoso de ella. Porque Aquél a quien Dios ha enviado pronuncia palabras de Dios, pues Dios le da el Espíritu con plenitud, y el Espíritu dice: ‘Aquí estoy. Tómame; que quiero estar contigo, delicia de nuestro amor’. Porque el Padre ama al Hijo sin medida y todas las cosas las ha puesto en su mano. Por eso quien cree en el Hijo tiene la vida eterna; mas quien se niega a creer en el Hijo no verá la Vida, y la cólera de Dios permanecerá en él y sobre él”.

Esto dijo. Estas palabras me las he grabado en mi mente para transmitírtelas»

dice Matías.

«Te lo agradezco y te alabo por ello. 5 El Profeta último de Israel no es Aquel que del Cielo baja, pero, por haber recibido el beneficio de los dones divinos ya desde el vientre de su madre –vosotros no lo sabéis, pero Yo os lo digo ahora–, es el que más se acerca al Cielo».

«¿Cómo? ¿Cómo? ¡Háblanos! El dice de sí mismo: “Yo soy el pecador”».

Los tres pastores se muestran ansiosos de saber, así como también los discípulos.

«Cuando la Madre me llevaba, de mí–Dios estando encinta, fue a servir –porque es la Humilde y Amorosa– a la madre de Juan, prima suya por parte de madre, que había quedado embarazada en su vejez, Ya el Bautista tenía su alma, porque estaba en el séptimo mes de su formación[3]151. Y este brote de hombre, dentro del seno materno, saltó de alegría al oír la voz de la Esposa de Dios. También en esto fue precursor; precedió a los redimidos, porque de seno a seno se efundió la Gracia, y penetró, y cayó la Culpa original del alma del niño. Por ello Yo digo que sobre la faz de la Tierra tres son los posesores de la Sabiduría, del mismo modo que en el Cielo Tres son los que son Sabiduría: el Verbo, la Madre, el Precursor, en la Tierra; el Padre, el Hijo, el Espíritu Santo, en el Cielo».

«Nuestro corazón está henchido de estupor… Casi como cuando se nos dijo: “Ha nacido el Mesías…”. Porque Tú eras la profundidad abisal de la misericordia y nuestro Juan lo es de la humildad».

«Y mi Madre, de la pureza, de la gracia, de la caridad, de la obediencia, de la humildad, de toda virtud que sea de Dios y que Dios infunda a sus santos».

6 «Maestro –dice Santiago de Zebedeo– hay mucha gente».

«Vamos. Venid también vosotros».

Es muchísima la gente.

«La paz sea con vosotros»

dice Jesús. Está sonriente como pocas veces. La gente cuchichea y le señala con gestos. Hay mucha curiosidad en el ambiente.

«“No tentarás al Señor tu Dios”[4]152, está escrito. Demasiadas veces se olvida este mandamiento. Se tienta a Dios cuando se le quiere imponer nuestra voluntad. Se tienta a Dios cuando imprudentemente se actúa contra las reglas de la Ley, que es santa y perfecta y en su lado espiritual –el principal– se ocupa y se preocupa, también, de la carne que Dios ha creado[5]153. Se tienta a Dios cuando, habiendo sido perdonados por El, Se vuelve a pecar. Uno tienta a Dios cuando, habiendo recibido de El un beneficio que pretendía ser un bien para sí, algo que le moviera hacia Dios, lo transforma en un daño.

Dios no es objeto de risa ni de burla. Demasiadas veces sucede esto. Ayer habéis presenciado el castigo que espera a quienes pretenden mofarse de Dios. El eterno Dios, lleno de compasión con quien se arrepiente, se muestra, por el contrario, lleno de severidad con el impenitente que en manera alguna se modifica a sí mismo.

Vosotros venís a mí para oír la palabra de Dios. Venís para obtener un milagro. Venís para obtener el perdón. Y el Padre os da palabra, milagro y perdón. Y Yo no echo de menos el Cielo, porque puedo daros milagros y perdón, y puedo haceros conocer a Dios.

7 Ese hombre cayó ayer fulminado, como Nadab y Abiú[6]154 , por el fuego de la divina indignación. De todas formas, absteneos de juzgarle. Que lo que ha sucedido, que ha sido un nuevo milagro, solamente os haga meditar acerca de cómo hay que actuar para tener a Dios como amigo. El quería el agua penitencial, pero sin espíritu sobrenatural; la quería por espíritu humano: como una práctica mágica que le curase la enfermedad y le liberase de la desventura. El cuerpo y la cosecha: éstos eran sus fines, no su pobre alma, que no tenía valor para él; lo valioso para él era la vida y el dinero.

Yo digo: “El corazón está donde está el tesoro, y el tesoro donde el corazón. Por tanto, el tesoro está en el corazón”.

El en el corazón tenía la sed de vivir y de tener mucho dinero. ¿Cómo obtenerlo?: como fuera; incluso con el delito. Pues bien, pedir así el bautismo ¿no era reírse de Dios y tentarle? Habría bastado el arrepentimiento sincero por su larga vida de pecado para proporcionarle una santa muerte y lo justo en esta Tierra. Pero él era el impenitente. No habiendo amado nunca a nadie aparte de sí mismo, llegó a no amarse ni siquiera a sí mismo. Porque el odio mata incluso el amor animal egoísta del hombre hacia sí mismo.

El llanto del arrepentimiento sincero habría debido ser su agua lustral. De la misma forma, para todos vosotros que estáis escuchando; porque sin pecado no hay nadie, y todos, por tanto, tenéis necesidad de esta agua que, exprimida por el corazón mismo, desciende y lava, da de nuevo la virginidad a quien ha sido profanado, levanta a abatido, da nuevo vigor a quien la culpa ha dejado exangüe.

Ese hombre se preocupaba sólo de la miseria de la tierra, cuando en realidad sólo una miseria debe apesadumbrar al hombre: la eterna miseria de perder a Dios. Ese hombre no dejaba de hacer las ofrendas rituales, mas no sabía ofrecer a Dios un sacrificio de espíritu, es decir, alejarse del pecado, hacer penitencia, pedir con los hechos el perdón.

Una hipócrita ofrenda de riquezas mal adquiridas es como invitarle a Dios a que se haga cómplice de las malas acciones del hombre. ¿Es posible que esto suceda? ¿No es reírse de Dios el pretenderlo? Dios arroja de su presencia a quien dice: “he aquí que sacrifico” y se consume internamente por continuar su pecado. ¿Ayuda, acaso, el ayuno corporal cuando el alma no ayuna del pecado? Que la muerte de este hombre, que ha acontecido aquí, os haga meditar sobre las condiciones necesarias para gozar del aprecio de Dios. Ahora, en su rico palacio, los familiares y las plañideras hacen duelo ante los restos mortales que dentro de poco serán conducidos al sepulcro. ¡Oh, verdadero duelo y verdaderos restos mortales! ¡Nada más que unos restos mortales! Nada más que un desconsolado duelo, porque el alma, precedente e irremisiblemente muerta, se verá para siempre separada de aquellos que amó por parentela y afinidad de ideas. Aunque una misma morada los una eternamente, el odio que allí reina los dividirá. Es así que entonces la muerte es verdadera separación.

Mejor sería que, en vez de los demás, fuese el propio hombre quien, teniendo muerta el alma, llorase por sí mismo; de modo que, por ese llanto de contrito y humilde corazón, le devolviera al alma la vida con el perdón de Dios.

Idos, sin odio ni comentarios, nada más que con humildad; como Yo, que, no con odio sino por justicia, he hablado de él. La vida y la muerte son maestras para bien vivir y bien morir, y para conquistar la Vida sin muerte. La paz sea con vosotros».

8 No hay ni enfermos ni milagros, y Pedro les dice a los tres discípulos del Bautista: «Lo siento por vosotros».

«No es necesario. Nosotros creemos sin ver. Hemos tenido el milagro de su natividad, que nos ha hecho creyentes, y ahora tenemos su palabra, que confirma nuestra fe. Sólo pedimos servirla hasta el Cielo, como Jonás, hermano nuestro».

Todo termina.

[1] 149 Cfr. Ju. 3, 22–36.

[2] 150 Cfr. Tob. 5, 1 – 12, 21

[3] 151 Esta afirmación no excluye el que el alma sea infundida desde el primer instante de la concepción. Lo que parece, más bien, es que quiere rechazar la opinión de que el individuo reciba su alma en el momento del nacimiento o, incluso, después de haber nacido. La sacralidad de la vida humana, desde su concepción, ha sido afirmada poco antes, en 126.4/5.

[4] 152 Cfr. Dt. 6, 14–25.

[5] 153 En muchos lugares bíblicos aparece el cuidado que tiene Dios del cuerpo humano y a lo que está destinado. Cfr. Rom. 6, 12–14; 8, 1–13 y 23; 1 Cor. 3, 16–17; 6, 12–20; 10, 31; 12, 12–26; 15; 1 Tes. 4, 3–8; Flp. 1, 20; 3, 20–21.

[6] 154 Cfr. Ex. 6, 23; 24, 1 y 9; 28, 1; Lev. 10, 1–7; Núm. 3, 1–4; 26, 60–61; 1 Par. 24, 1–2

148. Jesús visita a Juan el Bautista en las cercanías de Enón.

27 de abril de 1945.

148 1 1      Es una clara noche de luna. Tan nítida, que el terreno aparece con todos sus detalles, y los campos, con el trigo nacido pocos días antes, parecen alfombras de felpa verdeplata vareteadas con las listas oscuras de los senderos; velándolas están los troncos de los árboles: del todo blancos por el lado de la Luna; del todo negros por el lado Oeste.

Jesús va caminando seguro y solo. Avanza muy deprisa por su camino, hasta que se encuentra con un curso de agua que desciende gorgoteando hacia la llanura en dirección Norte–Este. Remonta su curso hasta un lugar solitario cabe una escarpadura cubierta de vegetación espesa. Tuerce otra vez, trepando por un sendero, y llega a un refugio natural de la ladera del collado.

Entra. Se inclina hacia un cuerpo extendido en el suelo, un cuerpo que casi ni se vislumbra a la luz de la luna, que ilumina, sí, el sendero, pero no penetra en la cueva. Le llama:

«Juan».

El hombre se despierta y se incorpora, todavía entre las nieblas del sueño. Pronto se da cuenta de quién es el que le ha llamado y se levanta bruscamente, para postrarse en tierra diciendo:

«¿Cómo es que viene a mí mi Señor?».

«Para alegrar tu corazón y el mío. Anhelabas mi presencia, Juan; aquí estoy. Levántate. Vamos a salir a la luz de la luna. Sentémonos a conversar en esta peña que hay junto a la cueva».

Juan obedece, se levanta y sale. Mas, una vez que Jesús se ha sentado, él, con la piel de oveja que mal cubre su flaquísimo cuerpo, se pone de rodillas delante del Cristo echándose hacia atrás sus cabellos largos y desordenados que le pendían por delante de los ojos, para ver mejor al Hijo de Dios.

El contraste es fortísimo: Jesús, de tez pálida, rubio, cabellos esponjosos y ordenados, corta barba en la parte baja del rostro; el otro, todo él, una mata de pelos negrísimos, tras los cuales apenas si asoman dos ojos hundidos (yo diría febriles por el fuerte brillo de su negro de azabache).

2 «Vengo a decirte “gracias”. Has cumplido y cumples, con la perfección de la Gracia que hay en ti, tu misión de Precursor mío. Cuando llegue la hora, entrarás en el Cielo, a mi lado, porque habrás merecido todo de Dios; pero ya durante la espera tendrás la paz del Señor, amigo mío dilecto».

«Muy pronto entraré en la paz. Bendice, Maestro mío y Dios mío, a tu siervo para fortalecerle en la última prueba. Sé que está cercana, y que debo dar todavía un testimonio: el de la sangre. Tú tampoco desconoces –menos todavía que yo– que mi hora está llegando. Tu venida aquí ha sido deseo de la misericordiosa bondad de tu corazón de Dios, para fortalecer al último mártir de Israel y primero del nuevo tiempo. Dime sólo una cosa: ¿Voy a tener que esperar mucho hasta que vengas?».

«No, Juan. No mucho más de cuanto transcurrió desde tu nacimiento hasta el mío».

«¡Bendito sea el Altísimo! Jesús… ¿Puedo llamarte así?».

«Puedes, por sangre y por santidad. Este Nombre, pronunciado incluso por los pecadores, puede pronunciarlo el santo de Israel. Para ellos significa salvación. Sea para ti dulzura. ¿Qué quieres de Jesús, tu Maestro y primo?».

«Voy a la muerte. Me preocupo de mis discípulos como un padre lo hace con sus hijos. Mis discípulos… Tú, que eres Maestro, sabes cuán vivo es nuestro amor por ellos. El único pesar de mi muerte es el temor a que se descarríen, como ovejas sin pastor. Recógelos Tú. Te restituyo los tres tuyos, que, en espera de ti, han sido perfectos discípulos míos; en ellos, sobre todo en Matías, habita realmente la Sabiduría. Tengo otros discípulos que irán a ti. Deja de todas formas que te confíe personalmente a estos tres; son los preferidos».

«También Yo les profeso este amor. Ve tranquilo, Juan. No perecerán ni éstos ni los otros verdaderos discípulos que tienes. Recojo tu herencia. La velaré como el tesoro más apreciado, recibido del perfecto amigo mío y siervo del Señor».

3 Juan se postra y se inclina profundamente hasta tocar el suelo y –cosa que parece imposible en un personaje tan austero– solloza fuertemente, de alegría espiritual. Jesús le pone una mano sobre la cabeza:

«Tu llanto, que es alegría y humildad, encuentra su correspondencia en un lejano canto, al son del cual tu pequeño corazón saltó de júbilo. Aquel canto y este llanto son el mismo himno de alabanza al Eterno, que “ha hecho grandes cosas; El, que es poderoso en los espíritus humildes[1]243. Mi Madre también va a entonar de nuevo su canto, el mismo que en aquel momento cantó. Pero, después, Ella recibirá la mayor de las glorias, como tú tras tu martirio. Te traigo su saludo. Todos los saludos y todos los consuelos. Lo mereces. Aquí, sólo es la mano del Hijo del Hombre lo que está sobre tu cabeza; mas del Cielo abierto desciende la Luz y el Amor para bendecirte, Juan».

«No merezco tanto. Soy tu siervo».

«Tú eres mi Juan. Aquel día, en el Jordán, Yo era el Mesías que se estaba manifestando; aquí, ahora, soy tu primo y tu Dios, con el deseo de darte el viático de su amor de Dios y de pariente. Levántate, Juan. Démonos el beso de despedida».

«No merezco tanto… Lo he deseado siempre, durante toda la vida, y, sin embargo, no oso cumplir este gesto contigo: Tú eres mi Dios».

«Yo soy tu Jesús. Adiós. Mi alma estará al lado de la tuya hasta la paz. Vive y muere en paz, por tus discípulos. Ahora sólo puedo darte esto. En el Cielo te daré el ciento por uno, porque has hallado toda gracia ante los ojos de Dios».

Le ha puesto en pie y le ha abrazado besándole en las mejillas, recibiendo a su vez el beso de Juan, quien, tras ello, vuelve a arrodillarse. Jesús le impone las manos y ora con los ojos levantados al cielo. Parece como si le estuviera consagrando. Jesús se manifiesta imponente.

El silencio se prolonga, así, durante un tiempo. Luego Jesús se despide con su dulce saludo.

«Mi paz esté siempre contigo»

y emprende el mismo camino que había recorrido antes.

[1] 243 Cfr. Lc. 1, 46–55; 1 Rey. 2, 1–10.