27/11/2016 Evangelio según San Mateo 24,37-44.

Primero domingo de Adviento

Fiesta de la Iglesia: Primero Domingo de Adviento

Santo(s) del día : Ntra Sra de la Medalla Milagrosa,  Beato Bronislao Kostowski
image Saber más cosas a propósito de los Santos del día

Lecturas

Comenzamos un nuevo año litúrgico transitando el evangelio según San Mateo. El pasaje del Poema del Hombre Dios del miércoles santo tiene muchas enseñanzas, el mismo Jesús se refiere a este día como el fatigosísimo Miércoles Santo que fue narrado en dos capítulos.

El pasaje nos lleva nuevamente al capitulo 596 que hemos visto recientemente, más precisamente el verso 48 que transcribo:

48 En la venida del Hijo del hombre, sucederá como en tiempos de Noé. En los días que precedieron al diluvio, los hombres comían, bebían, se casaban, y establecían sus moradas, sin preocuparse de la señal[1], hasta el día en que Noé entró en el arca y se abrieron las cataratas de los cielos y el diluvio sumergió a todos los seres vivos y todas las cosas. Lo mismo sucederá en la venida del Hijo del hombre. Dos hombres estarán juntos en el campo, uno será tomado y el otro dejado, dos mujeres estarán ocupadas en mover la rueda de molino, una será tomada y la otra dejada: por los enemigos de la Patria, y más aún por los ángeles, que separarán de la cizaña la buena semilla; y no tendrán tiempo de prepararse para el juicio de Cristo.

Velad, pues, porque no sabéis a qué hora vendrá vuestro Señor. Pensad en esto: si el jefe de la familia supiera a qué hora viene el ladrón, vigilaría y no dejaría depredar su casa. Así pues, velad y orad, estando siempre preparados a la venida, sin que vuestros corazones caigan en un torpor por toda suerte de abusos e intemperancias, y vuestros espíritus se distraigan y se hagan insensibles para las cosas del Cielo por las excesivas atenciones a las cosas de la Tierra, y no os sorprenda de improviso el lazo de la muerte estando impreparados. Porque, recordadlo, todos debéis morir. Todos los hombres que han nacido deben morir. Y esta muerte y el subsiguiente juicio[2] son una venida individual de Cristo, que se verá repetida universalmente cuando venga solemnemente el Hijo del hombre.

Miércoles Santo

[1] es decir, la orden recibida de Noé de preparar el arca para salvar a todas las especies animales (en Génesis 6, 13–22).

[2] La doctrina del juicio particular, inmediatamente después de la muerte, y que no puede confundirse con el juicio universal al fin del mundo, más o menos, se encuentra en la Biblia. He aquí algunos lugares selectos: Lc. 23, 43; 2 Cor. 5, 1–10; Flp. 1, 21–26; Heb. 9, 27–28; Ap. 14, 13.

Anuncios

20/11/2016 Evangelio según San Lucas 23,35-43.

Solemnidad de nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo

Fiesta de la Iglesia: JESUCRISTO: REY DEL UNIVERSO

Santo(s) del día : Beata María Fortunata Viti,  San Rafael de San José
image Saber más cosas a propósito de los Santos del día

Lecturas

Este domingo el evangelio de Lucas nos presenta un pasaje de la Crucifixión, que corresponde al tomo 10 capitulo 609 de la Pasión de nuestro Señor Jesucristo.

Esas tres horas largas del pasaje -que comprende hasta el descendimiento-, son dignas de meditar largamente, pues hay muchos misterios en ellas. Los versos que corresponden a este evangelio son del 9 al 14.

Pasión y Muerte de Jesús

609. La crucifixión[1]98, la muerte y el descendimiento.

27 de marzo de 1945.

crucifixion1      Cuatro hombres fornidos, que por su aspecto me parecen judíos, y judíos más merecedores de la cruz que los condenados, ciertamente de la misma calaña de los flageladores, y que estaban en un sendero, saltan al lugar del suplicio. Van vestidos con túnicas cortas y sin mangas. Tienen en sus manos clavos, martillos y cuerdas. Y muestran burlonamente estas cosas a los tres condenados. La muchedumbre se excita envuelta en un delirio cruel.

El centurión ofrece a Jesús el ánfora, para que beba la mixtura anestésica del vino mirrado. Pero Jesús la rechaza. Los dos ladrones, por el contrario, beben mucha. Luego, junto a una piedra grande, casi en el borde de la cima, ponen esta ánfora de amplia boca de forma de tronco de cono invertido.

2      Se da a los condenados la orden de desnudarse. Los dos ladrones lo hacen sin pudor alguno. Es más, se divierten haciendo gestos obscenos hacia la muchedumbre, y especialmente hacia el grupo sacerdotal, todo blanco con sus túnicas de lino, grupo que, a la chita callando y haciendo uso de su condición, ha vuelto al rellano. A los sacerdotes se han unido dos o tres fariseos y otros prepotentes personajes a quienes el odio hace amigos entre sí. Y veo a personas ya conocidas, como el fariseo Jocanán, a Ismael, el escriba Sadoq, Elí de Cafarnaúm…

Los verdugos ofrecen tres trapajos a los condenados para que se los aten a la ingle.

Los ladrones los agarran mientras profieren blasfemias aún más horrendas. Jesús, que se está desvistiendo lentamente por el agudo dolor de las heridas, lo rehúsa. Quizás cree que conservará el calzón corto que pudo tener durante la flagelación. Pero, cuando le dicen que también se lo quite, tiende la mano para mendigar el trapajo de los verdugos para cubrir su desnudez: verdaderamente es el Anonadado[2]99, hasta el punto de tener que pedir un trapajo a unos delincuentes.

Pero María se ha percatado y se ha quitado el largo y sutil lienzo blanco[3]100 que le cubre la cabeza por debajo del manto obscuro; un velo en el que Ella ha derramado ya mucho llanto. Se lo quita sin dejar caer el manto. Se lo pasa a Juan para que se lo dé a Longino para su Hijo. El centurión toma el velo sin poner dificultades, y cuando ve que Jesús está para desnudarse del todo, vuelto no hacia la muchedumbre sino hacia la parte vacía de gente –mostrando así su espalda surcada de moraduras y ampollas, sangrante por heridas abiertas o a través de obscuras costras–, le ofrece el velo materno de lino. Jesús lo reconoce y se lo enrolla en varias veces en torno a la pelvis, asegurándoselo bien para que no se caiga… Y en el lienzo –hasta ese momento mojado sólo de llanto– caen las primeras gotas de sangre, porque muchas de las heridas, mínimamente cubiertas de coágulo, al agacharse para quitarse las sandalias y dejar en el suelo la ropa, se han abierto y la sangre de nuevo mana.

3      Ahora Jesús se vuelve hacia la muchedumbre. Y se ve así que también el pecho, los brazos, las piernas, están llenos de golpes de los azotes. A la altura del hígado hay un enorme cardenal. Bajo el arco costal izquierdo hay siete nítidas estrías en relieve, terminadas en siete pequeñas laceraciones sangrantes rodeadas de un círculo violáceo… un golpe fiero de flagelo en esa zona tan sensible del diafragma. Las rodillas, magulladas por las repetidas caídas que ya empezaron inmediatamente después de la captura y que terminaron en el Calvario, están negras por los hematomas, y abiertas por la rótula, especialmente la derecha, con una vasta laceración sangrante.

La muchedumbre le escarnece[4]101 como en coro:

«¡Qué hermoso! ¡El más hermoso de los hijos de los hombres! Las hijas de Jerusalén lo adoran…».

Y empiezan a cantar, con tono de salmo:

la cruz«Cándido y rubicundo es mi dilecto, se distingue entre millares. Su cabeza es oro puro; sus cabellos, racimos de palmera, sedeños como pluma de cuervo. Sus ojos son como dos palomas chapoteando en arroyos de leche, que no de agua, en la leche de sus órbitas. Sus mejillas son aromáticos cuadros de jardín; sus labios, purpúreos lirios que rezuman preciosa mirra. Sus manos torneadas como trabajo de orfebre, terminadas en róseos jacintos. Su tronco es marfil veteado de zafiros. Sus piernas, perfectas columnas de cándido mármol con bases de oro. Su majestuosidad es como la del Líbano; su solemnidad, mayor que la del alto cedro. Su lengua está empapada de dulzura. Toda una delicia[5]102 es él»;

y se ríen, y también gritan:

primer clavo«¡El leproso! ¡El leproso[6]103! ¿Será que has fornicado con un ídolo[7]104, si Dios lo ha castigado de este modo? ¿Has murmurado contra los santos de Israel, como María de Moisés[8]105, pues que has recibido este castigo? ¡Oh! ¡Oh! ¡El Perfecto! ¿Eres el Hijo de Dios? ¡Qué va! ¡Lo que eres es el aborto de Satanás! Al menos él, Mammona, es poderoso y fuerte. Tú… eres un andrajo impotente y asqueroso».

4      Atan a las cruces a los ladrones y se los coloca en sus sitios, uno a la derecha, uno a la izquierda, así: 1 + 1 respecto al sitio destinado para Jesús. Gritan, imprecan, maldicen; y, especialmente cuando meten las cruces en el agujero y los descoyuntan y as cuerdas magullan sus muñecas, sus maldiciones contra Dios, contra la Ley, contra los romanos, contra los judíos, son infernales.

Es ahora el turno de Jesús. El se extiende mansamente sobre el madero. Los dos ladrones se revelaban tanto, que, no siendo suficientes los cuatro verdugos, habían tenido que intervenir soldados para sujetarlos, para que no apartaran con patadas a los verdugos que los ataban por las muñecas. Pero para Jesús no hay necesidad de ayuda.

Se extiende y pone la cabeza donde le dicen que la ponga. Abre los brazos como le dicen que los abra. Estira las piernas como le ordenan que lo haga. Sólo se ha preocupado de colocarse bien su velo. Ahora su largo cuerpo, esbelto y blanco, resalta sobre el madero obscuro y el suelo amarillo.

5      Dos verdugos se sientan encima de su pecho para sujetarle. Y pienso en qué opresión y dolor debió sentir bajo ese peso. Un tercer verdugo le toma el brazo derecho y lo sujeta: con una mano en la primera parte del antebrazo; con la otra, en el extremo de los dedos. El cuarto, que tiene ya en su mano el largo clavo de punta afilada y cuerpo cuadrangular[9]106 que termina en una superficie redonda y plana del diámetro de diez céntimos de los tiempos pasados, mira si el agujero ya practicado en la madera coincide con la juntura del radio y el cúbito en la muñeca. Coincide. El verdugo pone la punta del clavo en la muñeca, alza el martillo y da el primer golpe[10]107.

Jesús, que tenía los ojos cerrados, al sentir el agudo dolor grita y se contrae, y abre al máximo los ojos, que nadan entre lágrimas. Debe sentir un dolor atroz… el clavo penetra rompiendo músculos, venas, nervios, penetra quebrantando huesos…

María responde, con un gemido que casi lo es de cordero degollado, al grito de su Criatura torturada; y se pliega, como quebrantada Ella, sujetándose la cabeza entre las manos. Jesús, para no torturarla, ya no grita. Pero siguen los golpes, metódicos, ásperos, de hierro contra hierro… y uno piensa que, debajo, es un miembro vivo el que los recibe.

La mano derecha ya está clavada. Se pasa a la izquierda. El agujero no coincide con el carpo. Entonces agarran una cuerda, atan la muñeca izquierda y tiran hasta dislocar la juntura[11]108, hasta arrancar tendones y músculos, además de lacerar la piel ya cerrada por las cuerdas de la captura. También la otra mano debe sufrir porque está estirada por reflejo y en torno a su clavo se va agrandando el agujero. Ahora a duras penas se llega al principio del metacarpo, junto a la muñeca. Se resignan y clavan donde pueden, o sea, entre el pulgar y los otros dedos, justo en el centro del metacarpo. Aquí el clavo entra más fácilmente, pero con mayor espasmo porque debe cortar nervios importantes (tanto que los dedos se quedan inertes, mientras los de la derecha experimentan contracciones y temblores que ponen de manifiesto su vitalidad). Pero Jesús ya no grita, sólo emite un ronco quejido tras sus labios fuertemente cerrados, y lágrimas de dolor caen al suelo después de haber caído en la madera.

6      Ahora les toca a los pies. A unos dos metros –un poco más– del extremo de la cruz hay un pequeño saliente cuneiforme, escasamente suficiente para un pie. Acercan a él los pies para ver si va bien la medida. Y, dado que está un poco bajo y los pies llegan mal, estiran por los tobillos al pobre Mártir. Así, la madera áspera de la cruz raspa las heridas y menea la corona, de forma que ésta se descoloca, arrancando otra vez cabellos, y puede caerse; un verdugo, con mano violenta, vuelve a incrustársela en la cabeza…

Ahora los que estaban sentados en el pecho de Jesús se alzan para ponerse sobre las rodillas, dado que Jesús hace un movimiento involuntario de retirar las piernas al ver brillar al sol el larguísimo clavo, el doble de largo y de ancho de los que han sido usados para las manos. Y cargan su peso sobre las rodillas excoriadas, y hacen presión sobre las pobres tibias contusas, mientras los otros dos llevan a cabo la operación, mucho más difícil, de enclavar un pie sobre el otro, tratando de hacer coincidir las dos junturas de los tarsos.

A pesar de que miren bien y tengan bien sujetos los pies, por los tobillos y los dedos, contra el apoyo cuneiforme, el pie de abajo se corre por la vibración del clavo, y tienen que desclavarle casi[12]109, porque después de haber entrado en las partes blandas, el clavo, que ya había perforado el pie derecho y sobresalía, tiene que ser centrado un poco más. Y golpean, golpean, golpean… Sólo se oye el atroz ruido del martillo contra la cabeza del clavo, porque todo el Calvario es sólo ojos atentísimos y oídos aguzados, para percibir la acción y el ruido, y gozarse en ello…

Acompaña al sonido áspero del hierro un lamento quedo de paloma: el ronco gemido de María, quien cada vez se pliega más, a cada golpe, como si el martillo la hiriera a Ella, la Madre Mártir. Y es comprensible que parezca próxima a sucumbir por esa tortura: la crucifixión es terrible: como la flagelación en cuanto al dolor, pero más atroz de presenciar, porque se ve desaparecer el clavo dentro de las carnes vivas; sin embargo, es más breve que la flagelación, que agota por su duración.

Para mí, la agonía del Huerto, la flagelación y la crucifixión son los momentos más atroces. Me revelan toda la tortura de Cristo. La muerte me resulta consoladora, porque digo: «¡Se acabó!». Pero éstas no son el final, son el comienzo de nuevos sufrimientos.

7      Ahora arrastran la cruz hasta el agujero. La cruz rebota sobre el suelo desnivelado y zarandea al pobre Crucificado. Izan la cruz, que dos veces se va de las manos de los que la levantan (una vez, de plano; la otra, golpeando el brazo derecho de la cruz) y ello procura un acerbo tormento a Jesús, porque la sacudida que recibe remueve las extremidades heridas.

Y cuando, luego, dejan caer la cruz en su agujero –oscilando además ésta en todas las direcciones antes de quedar asegurada con piedras y tierra, e imprimiendo continuos cambios de posición al pobre Cuerpo, suspendido de tres clavos–, el sufrimiento debe ser atroz. Todo el peso del cuerpo se echa hacia delante y cae hacia abajo, y los agujeros se ensanchan, especialmente el de la mano izquierda; y se ensancha el agujero practicado en los pies. La sangre brota con más fuerza. La de los pies gotea por los dedos y cae al suelo, o desciende por el madero de la cruz; la de las manos recorre los antebrazos, porque las muñecas están más altas que las axilas, debido a la postura; y surca también las costillas bajando desde las axilas hacia la cintura. La corona, cuando la cruz se cimbrea antes de ser fijada, se mueve, porque la cabeza se echa bruscamente hacia atrás, de manera que hinca en la nuca el grueso nudo de espinas en que termina la punzante corona, y luego vuelve a acoplarse en la frente y araña, araña sin piedad.

Por fin, la cruz ha quedado asegurada y no hay otros tormentos aparte del de estar colgado. Levantan también a los ladrones, los cuales, puestos ya verticalmente, gritan como si los estuvieran desollando vivos, por la tortura de las cuerdas, que van serrando las muñecas y hacen que las manos se pongan negras, con las venas hinchadas como cuerdas.

Jesús calla. La muchedumbre ya no calla; antes bien, reanuda su vocerío infernal.

Ahora la cima del Gólgota tiene su trofeo y su guardia de honor. En el extremo más alto (lado A), la cruz de Jesús; en los lados B y C, las otras dos. Media centuria de soldados con las armas al pie rodeando la cima. Dentro de este círculo de soldados, los diez desmontados del caballo jugándose a los dados los vestidos de los condenados. En pie, erguido, entre las cruz de Jesús y la de la derecha, Longino, que parece montar guardia de honor al Rey Mártir. La otra media centuria, descansando, está a las órdenes del ayudante de Longino, en el sendero de la izquierda y en el rellano más bajo, a la espera de ser utilizados si hubiera necesidad de hacerlo. Los soldados muestran una casi total indiferencia; sólo alguno, de vez en cuando, alza la cabeza hacia los crucificados.

8      Longino, sin embargo, observa todo con curiosidad e interés; compara y mentalmente juzga: compara a los crucificados –especialmente a Cristo– con los espectadores. Su mirada penetrante no se pierde ni un detalle, y para ver mejor se hace visera con la mano porque el Sol debe molestarle.

Es, efectivamente, un Sol extraño; de un amarillo–rojo de llama. Y luego esta llama parece apagarse de golpe por un nubarrón de pez que aparece tras las cadenas montañosas judías y que corre veloz por el cielo para desaparecer detrás de otros montes. Y cuando el Sol vuelve a aparecer es tan intenso, que a duras penas lo soportan los ojos.

Mirando, ve a María, justo al pie del escalón del terreno, alzado hacia su Hijo el rostro atormentado. Llama a uno de los soldados que están jugando a los dados y le dice: «Si la Madre quiere subir con el hijo que la acompaña, que venga. Escóltala y ayúdala».

Y María con Juan –tomado por hijo– sube por los escalones incididos en la roca tobosa –creo– y traspasa el cordón de los soldados para ir al pie de la cruz, aunque un poco separada, para ser vista por su Jesús y su vez.

La turba, en seguida, le propina los más oprobiosos insultos, uniéndola a su Hijo en las blasfemias. Pero Ella, con los labios temblorosos y blanquecidos, sólo busca consolarle con una sonrisa acongojada en que se enjugan las lágrimas que ninguna fuerza de voluntad logra retener en los ojos.

9      La gente, empezando por los sacerdotes, escribas, fariseos, saduceos, herodianos y otros como ellos, se procura la diversión de hacer como un carrusel: subiendo por el camino empinado, orillando el escalón final y bajando por el otro sendero, o viceversa; y, al pasar al pie de la cima, por el rellano inferior, no dejan de ofrecer sus palabras blasfemas como don para el Moribundo. Toda la infamia, la crueldad, el odio, la vesania de que, con la lengua, son capaces los hombres quedan ampliamente testificadas por estas bocas infernales. Los que más se ensañan son los miembros del Templo, con la ayuda de los fariseos.

«¿Y entonces? Tú, Salvador del género humano, ¿por qué no te salvas? ¿Te ha abandonado tu rey Belcebú? ¿Ha renegado de ti?» gritan tres sacerdotes.

Y una manada de judíos:

«Tú, que hace no más de cinco días, con la ayuda del Demonio, hacías decir al Padre… ¡ja! ¡ja! ¡ja!… que te iba a glorificar, ¿cómo es que no le recuerdas que mantenga su promesa?».

Y tres fariseos:

«¡Blasfemo! ¡Ha salvado a los otros, decía, con la ayuda de Dios! ¡Y no logra salvarse a sí mismo! ¿Quieres que la gente te crea? ¡Pues haz el milagro! ¿Ya no puedes, Eh? Ahora tienes las manos clavadas y estás desnudo».

Y saduceos y herodianos a los soldados:

«¡Cuidado con el hechizo, vosotros que os habéis quedado sus vestidos! ¡Lleva dentro el signo infernal!».

Una muchedumbre, en coro:

«Baja de la cruz y creeremos en ti. Tú, que destruyes el Templo… ¡Loco!… Mira, allí está el glorioso y santo Templo de Israel. ¡Es intocable, profanador! Y Tú estás muriendo».

Otros sacerdotes:

«¡Blasfemo! ¿Hijo de Dios, Tú? ¡Pues baja de ahí entonces! Fulmínanos, si eres Dios. Te escupimos, porque no te tenemos miedo».

Otros que pasan y menean la cabeza:

«Sólo sabe llorar. ¡Sálvate, si es verdad que eres el Elegido!».

Los soldados:

«¡Eso, sálvate! ¡Y reduce a cenizas a la cochambre de la cochambre! Que sois la cochambre del imperio, judíos canallas. ¡Hazlo! ¡Roma te introducirá en el Capitolio y te adorará como a una divinidad!».

Los sacerdotes con sus cómplices:

«Eran más dulces los brazos de las mujeres que los de la cruz, ¿verdad? Pero, mira: están ya preparadas para recibirte estas –aquí dicen un término infame– tuyas. Tienes a todo Jerusalén para hacerte de madrina de bodas».

Y silban como carreteros. Otros, lanzando piedras:

«Convierte éstas en pan, Tú, multiplicador de panes».

Otros, mimando los hosannas del domingo de ramos, lanzan ramas y gritan:

«¡Maldito el que viene en nombre del Demonio! ¡Maldito su reino! ¡Gloria a Sión, que le segrega de entre los vivos!».

Un fariseo se coloca frente a la cruz y muestra el puño con el índice y el meñique alzados y dice:

«¿“Te entrego al Dios del Sinaí”, dijiste[13]110? Ahora el Dios del Sinaí te prepara para el fuego eterno. ¿Por qué no llamas a Jonás[14]111 para que te devuelva aquel buen servicio?».

Otro:

«No estropees la cruz con los golpes de tu cabeza. Tiene que servir para tus seguidores. Toda una legión de seguidores tuyos morirá en tu madero, te lo juro por Yahvé. Y al primero que voy a crucificar va a ser a Lázaro. Veremos si esta vez le resucitas».

«¡Sí! ¡Sí! Vamos a casa de Lázaro. Clavémosle por el otro lado de la cruz»

y, como papagallos, remedan el modo lento de hablar de Jesús diciendo:

«¡Lázaro, amigo mío, sal afuera! Desatadle y dejadle andar».

«¡No! Decía a Marta y a María, sus hembras: “Yo soy la Resurrección y la Vida”. ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡La Resurrección no sabe repeler la muerte, y la Vida muere!».

10 «Ahí están María y Marta. Vamos a preguntarles dónde está Lázaro y vamos a buscarle».

Y se acercan, hacia las mujeres. Preguntan arrogantemente:

«¿Dónde está Lázaro? ¿En el palacio?».

Y María Magdalena, mientras las otras mujeres, aterrorizadas, se refugian detrás de los pastores, se adelanta, hallando en su dolor la antigua altivez de los tiempos de pecado, y dice:

«Id. Encontraréis ya en el palacio a los soldados de Roma y a quinientos hombres de mis tierras armados, y os castrarán como a viejos cabros destinados para comida de los esclavos de los molinos».

«¡Descarada! ¿Así hablas a los sacerdotes?».

«¡Sacrílegos! ¡Infames! ¡Malditos! ¡Volveos! Detrás de vosotros tenéis, yo las veo, las lenguas de las llamas infernales».

Tan segura es la afirmación de María, que esos cobardes se vuelven, verdaderamente aterrorizados; y, si no tienen las llamas detrás, sí tienen en los lomos las bien afiladas lanzas romanas. Porque Longino ha dado una orden y la media centuria que estaba descansando ha entrado en acción y pincha en las nalgas a los primeros que encuentra.

Estos huyen gritando y la media centuria se queda cerrando los accesos de los dos senderos y haciendo de baluarte a la explanada. Los judíos imprecan, pero Roma es la más fuerte.

La Magdalena se cubre de nuevo con su velo –se lo había levantado para hablar a los insultadores– y vuelve a su sitio. Las otras vuelven donde ella.

11     Pero el ladrón de la izquierda sigue diciendo insultos desde su cruz. Parece como si en él se condensaran todas las blasfemias de los otros, y las va soltando todas, para terminar:

«Sálvate y sálvanos, si quieres que se te crea. ¿El Cristo Tú? ¡Un loco es lo que eres! El mundo es de los astutos y Dios no existe. Yo existo, esto es verdad, y para mí todo es lícito. ¿Dios?… ¡Una patraña! ¡Creada para tenernos quietecitos! ¡Viva nuestro yo! ¡Sólo él es rey y dios!».

El otro ladrón, que está a la derecha y tiene casi a sus pies a María y que mira a Ella casi más que a Cristo, y que desde hace algunos momentos llora susurrando: «La madre», dice:

«¡Calla! ¿No temes a Dios ni siquiera ahora que sufres esta pena? ¿Por qué insultas a uno bueno? Está sufriendo un suplicio aún mayor que el nuestro. Y no ha hecho nada malo».

Pero el ladrón continúa sus imprecaciones.

12     Jesús calla. Jadeante por el esfuerzo de la postura, por la fiebre, por el estado cardíaco y respiratorio, consecuencia de la flagelación sufrida en forma tan violenta, y también consecuencia de la angustia profunda que le había hecho sudar sangre, busca un alivio aligerando el peso que carga sobre los pies suspendiéndose de las manos y haciendo fuerza con los brazos. Quizás lo hace también para vencer un poco el calambre que ya atormenta los pies y que es manifiesto por el temblor muscular. Pero las fibras de los brazos –forzados en esa postura y seguramente helados en sus extremos, porque están situados más arriba y exangües (la sangre a duras penas llega a las muñecas, para rezumar por los agujeros de los clavos, dejando así sin circulación a los dedos)– tienen el mismo temblor. Especialmente los dedos de la izquierda están ya cadavéricos y sin movimiento, doblados hacia la palma. También los dedos de los pies expresan su tormento; sobre todo, los pulgares, quizás porque su nervio está menos lesionado: se alzan, bajan, se separan.

Y el tronco revela todo su sufrimiento con su movimiento, que es veloz pero no profundo, y fatiga sin dar descanso. Las costillas, de por sí muy amplias y altas, porque la estructura de este Cuerpo es perfecta, están ahora desmedidamente dilatadas por la postura que ha tomado el cuerpo y por el edema pulmonar que ciertamente se ha formado dentro. Y, no obstante, no son capaces de aligerar el esfuerzo respiratorio; tanto es así, que todo el abdomen ayuda con su movimiento al diafragma, que se va paralizando cada vez más.

Y la congestión y la asfixia aumentan a cada minuto que pasa, como así lo indican el colorido cianótico que orla los labios, de un rojo encendido por la fiebre, y las estrías de un rojo violáceo que pincelan el cuello a lo largo de las yugulares túrgidas, y se ensanchan hasta las mejillas, hacia las orejas y las sienes, mientras que la nariz aparece afilada y exangüe y los ojos se hunden en un círculo que, donde no hay sangre goteada de la corona, aparece lívido.

Debajo del arco costal izquierdo se ve la onda, irregular pero violenta propagada desde la punta cardíaca, y de vez en cuando, por una convulsión interna, se produce un estremecimiento profundo del diafragma, que se manifiesta en una distensión total de la piel en la medida en que puede estirarse en ese pobre Cuerpo herido y moribundo.

La Faz tiene ya el aspecto que vemos en las fotografías de la Síndone, con la nariz desviada e hinchada por una parte; y también el hecho de tener el ojo derecho casi cerrado, por la hinchazón que hay en ese lado, aumenta el parecido. La boca, por el contrario, está abierta, y reducida ya a una costra su herida del labio superior.

La sed, producida por la pérdida de sangre, por la fiebre y el sol, debe ser intensa; tanto es así que El, con una reacción espontánea, bebe las gotas de su sudor y de su llanto, y también las de sangre que bajan desde la frente hasta el bigote, y se moja con estas gotas la lengua…

La corona de espinas le impide apoyarse al mástil de la cruz para ayudarse a estar suspendido de los brazos y aligerar así los pies. La zona lumbar y toda la espina dorsal se arquean hacia afuera, quedando Jesús separado del mástil de la cruz del íleon hacia arriba, por la fuerza de inercia que hace pender hacia adelante un cuerpo suspendido, como estaba el suyo.

13     Los judíos, rechazados hasta fuera de la explanada, no dejan de insultar, y el ladrón impenitente hace eco.

El otro, que mira con piedad cada vez mayor a la Madre, y que llora, le reprende ásperamente cuando oye que en el insulto está incluida también Ella. «Cállate. Recuerda que naciste de una mujer. Y piensa que las nuestras han llorado por causa de los hijos. Y han sido lágrimas de vergüenza… porque somos unos malhechores. Nuestras madres han muerto… Yo quisiera poder pedirle perdón… Pero ¿podré hacerlo? Era una santa… La maté con el dolor que le daba… Yo soy un pecador… ¿Quién me perdona? Madre, en nombre de tu Hijo moribundo, ruega por mí».

La Madre levanta un momento su cara acongojada y le mira, mira a este desventurado que, a través del recuerdo de su madre y de la contemplación de la Madre, va hacia el arrepentimiento; y parece acariciarle con su mirada de paloma.

Dimas[15]112 llora más fuerte. Y esto desata aún más las burlas de la muchedumbre y del compañero. La gente grita:

«¡Sí señor! Tómate a ésta como madre. ¡Así tiene dos hijos delincuentes!».

Y el otro incrementa:

«Te ama porque eres una copia menor de su amado».

14     Jesús dice ahora sus primeras palabras:

«¡Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen!» .

Esta súplica le hace superar todo temor a Dimas. Se atreve a mirar a Cristo, y dice:

«Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu Reino. Yo, es justo que aquí sufra. Pero dame misericordia y paz más allá de esta vida. Una vez te oí hablar, y, como un demente, rechacé tu palabra. Ahora, de esto me arrepiento. Y me arrepiento ante ti, Hijo del Altísimo, de mis pecados. Creo que vienes de Dios. Creo en tu poder. Creo en tu misericordia. Cristo, perdóname en nombre de tu Madre y de tu Padre santísimo[16]113».

Jesús se vuelve y le mira con profunda piedad, y todavía expresa una sonrisa bellísima en esa pobre boca torturada. Dice:

jesus perdona al ladron«Yo te lo digo: hoy estarás conmigo en el Paraíso».

El ladrón arrepentido se calma, y, no sabiendo ya las oraciones aprendidas de niño, repite como una jaculatoria:

«Jesús Nazareno, rey de los judíos, piedad de mí; Jesús Nazareno, rey de los judíos, espero en ti; Jesús Nazareno, rey de los judíos, creo en tu Divinidad».

El otro continúa con sus blasfemias.

15     El cielo se pone cada vez más tenebroso. Ahora difícil es que las nubes se abran para dejar pasar el sol; antes al contrario, se superponen en una serie cada vez mayor de estratos plúmbeos, blancos, verduscos; se entrelazan o se desenredan, según los juegos de un viento frío que a intervalos recorre el cielo y luego baja a la tierra y luego calla de nuevo (y es casi más siniestro el aire cuando calla, bochornoso y muerto, que cuando silba, cortante y veloz).

La luz, antes de una desmesurada intensidad, se va haciendo verdosa. Y las caras adquieren caprichosos aspectos. Los soldados, con sus yelmos, vestidos con sus corazas antes brillantes y ahora como opacas bajo esta luz verdosa y este cielo de ceniza, muestran duros perfiles, como cincelados. Los judíos, en su mayor parte de pelo, barba y tez morenos, asemejan ahora –tan térreos se ponen sus rostros– a ahogados. Las mujeres parecen estatuas de nieve azulada por la exangüe palidez que la luz acentúa.

Jesús parece lividecer de una manera siniestra, como por un comienzo de descomposición, como si ya estuviera muerto. La cabeza empieza a reclinarse sobre el pecho. Las fuerzas rápidamente faltan. Tiembla, aunque le abrase la fiebre. Y, en medio de su débil estado, susurra el nombre que antes ha dicho solamente en el fondo de su corazón:

«¡Mamá!», «¡Mamá!». Lo susurra quedamente, como en un suspiro, como si ya estuviera en un leve delirio que le impidiera retener lo que la voluntad quisiera contener. Y María, cada vez que le oye, irrefrenablemente, tiende los brazos como para socorrerle.

La gente cruel se ríe de estos dolores del moribundo y la acongojada. De nuevo suben los sacerdotes y escribas, hasta ponerse detrás de los pastores, los cuales, de todas formas, están en el rellano de abajo. Y dado que los soldados hacen ademán de lejos, con esta luz extraña, no podemos ver».

En efecto, muchos empiezan a impresionarse de la luz que está envolviendo al mundo, y alguno tiene miedo. También los soldados señalan al cielo y a una especie de cono, tan obscuro, que parece hecho de pizarra, y que se eleva como un pino por detrás de la cima de un monte. Parece una tromba marina. Se alza, se alza, parece generar nubes cada vez más negras: de alguna forma, asemeja a un volcán lanzando humo y lava.

Es en esta luz crepuscular y amedrentadora en la que Jesús da Juan a María y María a Juan. Inclina la cabeza, dado que María se ha puesto más debajo de la cruz para verle mejor, y dice:

«Mujer: ahí tienes a tu hijo. Hijo: ahí tienes a tu Madre».

El rostro de María aparece más desencajado aún, después de esta palabra que es el testamento[17]114 de su Jesús, el cual, no tiene nada que dar a su Madre, sino un hombre; El, que por amor al hombre la priva del Hombre–Dios, nacido de Ella. Pero trata, la pobre Madre, de no llorar sino mudamente, porque no puede, no puede no llorar… Las gotas del llanto brotan, a pesar de todos los esfuerzos hechos por retenerlas, aun expresando con la boca su acongojada sonrisa fijada en los labios por El, para consolarle a El…

Los sufrimientos son cada vez mayores y la luz es cada vez menor.

  • Es en esta luz de fondo marino en la que aparecen, detrás de los judíos, Nicodemo y José, y dicen:

«¡Apartaos!».

«No se puede. ¿Qué queréis?» dicen los soldados.

«Pasar. Somos amigos del Cristo».

Se vuelven los jefes de los sacerdotes.

«¿Quién osa profesarse amigo del rebelde?»

dicen indignados.

Y José, resueltamente:

«Yo, noble miembro del Gran Consejo: José de Arimatea, el Anciano; y conmigo está Nicodemo, jefe de los judíos».

«Quien se pone de la parte del rebelde es rebelde».

«Y quien se pone de la parte de los asesinos es un asesino, Eleazar de Anás. He vivido como hombre justo. Ahora soy viejo. Mi muerte no está lejana. No quiero hacerme injusto cuando ya el Cielo baja a mí y con él el Juez eterno».

«¡Y tú, Nicodemo! ¡Me maravillo!».

«Yo también. Pero sólo de una cosa: de que Israel esté tan corrompido, que no sepa ya reconocer a Dios».

«Me causas horror».

«Apártate, entonces, y déjame pasar. Pido sólo eso».

«¿Para contaminarte más todavía?».

«Si no me he contaminado estando a vuestro lado, ya nada me contamina. Soldado, ten la bolsa y la contraseña».

Y pasa al decurión más cercano una bolsa y una tablilla encerada.

El decurión observa estas cosas y dice a los soldados:

«Dejad pasar a los dos».

Y José y Nicodemo se acercan a los pastores. No sé ni siquiera si los ve Jesús, en esa bruma cada vez más densa, y velada su mirada con la agonía. Pero ellos sí le ven, y lloran sin respeto humano, a pesar de que ahora arremetan contra ellos los improperios sacerdotales.

17     Los sufrimientos son cada vez más fuertes. En el cuerpo se dan las primeras encorvaduras propias de la tetania, y cada manifestación del clamor de la muchedumbre los exaspera. La muerte de las fibras y de los nervios se extiende desde las extremidades torturadas hasta el tronco, haciendo cada vez más dificultoso el movimiento respiratorio, débil la contracción diafragmática y desordenado el movimiento cardíaco. El rostro de Cristo pasa alternativamente de accesos de una rojez intensísima a palideces verdosas propias de un agonizante por desangramiento. La boca se mueve con mayor fatiga, porque los nervios, en exceso cansados, del cuello y de la misma cabeza, que han servido de palanca decenas de veces a todo el cuerpo haciendo fuerza contra el madero transversal de la cruz, propagan el calambre incluso a las mandíbulas. La garganta, hinchada por las carótidas obstruidas, debe doler y extender su edema a la lengua, que aparece engrosada y lenta en sus movimientos. La espalda, incluso en los momentos en que las contracciones tetánicas no la curvan formando en ella un arco completo desde la nuca hasta las caderas, apoyadas como puntos extremos en el mástil de la cruz, se va arqueando hacia delante porque los miembros van experimentando cada vez más el peso de las carnes muertas.

La gente ve poco y mal estas cosas, porque la luz ya tiene la tonalidad de la ceniza obscura, y sólo quien esté a los pies de la cruz puede ver bien.

18     Jesús ahora se relaja totalmente, pendiendo hacia delante y hacia abajo, como ya muerto; deja de jadear, la cabeza le cuelga inerte hacia delante; el cuerpo, de las caderas hacia arriba, está completamente separado, formando ángulo con la cruz.

María emite un grito:

«¡Está muerto!».

Es un grito trágico que se propaga en el aire negro. Y Jesús se ve realmente como muerto.

Otro grito femenino le responde, y en el grupo de las mujeres observo agitación.

Luego un grupo de unas diez personas se marcha, sujetando algo. Pero no puedo ver quiénes se alejan así: es demasiado escasa la luz brumosa; da la impresión de estar envueltos por una nube de ceniza volcánica densísima.

«No es posible»

gritan unos sacerdotes y algunos judíos.

«Es una simulación para que nos vayamos. Soldado: pínchale con la lanza. Es una buena medicina para devolverle la voz».

Y, dado que los soldados no lo hacen, una descarga de piedras y terrones vuela hacia la cruz, y chocan contra el Mártir para caer después en las corazas romanas.

La medicina, como irónicamente han dicho los judíos, obra el prodigio. Sin duda, alguna piedra ha dado en el blanco, quizás en la herida de una mano, o en la misma cabeza, porque apuntaban hacia arriba. Jesús emite un quejido penoso y vuelve en sí.

El tórax vuelve a respirar con fatiga y la cabeza a moverse de derecha a izquierda buscando un lugar donde apoyarse para sufrir menos, aunque en realidad encuentra sólo mayor dolor..

19 Con gran dificultad, apoyando una vez más en los pies torturados, encontrando fuerza en su voluntad, únicamente en ella, Jesús se pone rígido en la cruz. Se pone de nuevo derecho, como si fuera una persona sana con su fuerza completa. Alza la cara y mira con ojos bien abiertos al mundo que se extiende bajo sus pies, a la ciudad lejana, que apenas es visible como un blancor incierto en la bruma, y al cielo negro del que toda traza de azul y luz han desaparecido. Y a este cielo cerrado, compacto, bajo, semejante a una enorme lámina de pizarra obscura, El le grita con fuerte voz, venciendo con la fuerza de la voluntad, con la necesidad del alma, el obstáculo de las mandíbulas rígidas, de la lengua engrosada, de la garganta edematosa:

cuarta palabra«Eloi, Eloi, lamina sebacteni[18]115!»

(esto es lo que oigo). Debe sentirse morir, y en un absoluto abandono del Cielo, para confesar con una voz así el abandono paterno.

La gente se burla de El y se ríe. Le insultan:

«¡No sabe Dios qué hacer de ti! ¡A los demonios Dios los maldice!».

Otros gritan:

«Vamos a ver si Elías, al que está llamando, viene a salvarle».

Y otros:

«Dadle un poco de vinagre. Que haga unas pocas gárgaras. ¡Viene bien para la voz! Elías o Dios –porque está poco claro lo que este demente quiere– están lejos…¡Necesita voz para que le oigan!»,

y se ríen como hienas o como demonios.

Pero ningún soldado da el vinagre y ninguno viene del Cielo para confortar. Es la agonía solitaria, total, cruel, incluso sobrenaturalmente cruel, de la Gran Víctima. Vuelven las avalanchas de dolor desolado que ya le habían abrumado en Getsemaní.

Vuelven las olas de los pecados de todo el mundo a arremeter contra el náufrago inocente, a sumergirle bajo su amargura. Vuelve, sobre todo, la sensación, más crucificante que la propia cruz, más desesperante que cualquier tortura, de que Dios ha abandonado y que la oración no sube a El…

Y es el tormento final, el que acelera la muerte, porque exprime las últimas gotas de sangre a través de los poros, porque machaca las fibras aún vivas del corazón, porque finaliza aquello que la primera cognición de este abandono había iniciado: la muerte.

Porque, ante todo, de esto murió mi Jesús, ¡Oh Dios que sobre El descargaste tu mano por nosotros! Después de tu abandono, por tu abandono, ¿en qué se transforma una criatura? En un demente o en un muerto. Jesús no podía volverse loco porque su inteligencia era divina y, espiritual como es la inteligencia, triunfaba sobre el trauma total de aquel sobre el que cae la mano de Dios. Quedó, pues, muerto: era el Muerto, el santísimo Muerto, el inocentísimo Muerto. Muerto El, que era la Vida. Muerto por efecto de tu abandono y de nuestros pecados.

20     La obscuridad se hace más densa todavía. Jerusalén desaparece del todo. Las mismas faldas del Calvario parecen desaparecer. Sólo es visible la cima (es como si las tinieblas la hubieran mantenido en alto y así recogiera la única y última luz restante, y hubieran depositado ésta, como para una ofrenda, con su trofeo divino, encima de un estanque de ónix líquido, para que esa cima fuera vista por el amor y el odio).

Y desde esa luz que ya no es luz llega la voz quejumbrosa de Jesús:

«¡Tengo sed!».

En efecto, hace un viento que da sed incluso a los sanos. Un viento continuo, ahora, violento, cargado de polvo, un viento frío, aterrador. Pienso en el dolor que hubo de causar con su soplo violento en los pulmones, en el corazón, en la garganta de Jesús, en sus miembros helados, entumecidos, heridos. ¡Todo, realmente todo se puso a torturar al Mártir!

Un soldado se dirige hacia un recipiente en que los ayudantes del verdugo han puesto vinagre con hiel, para que con su amargura aumente la salivación en los atormentados. Toma la esponja empapada en ese líquido, la pincha en una caña fina

–pero rígida– que estaba ya preparada ahí al lado, y ofrece la esponja[19]116 al Moribundo.

Jesús se aproxima, ávido, hacia la esponja que llega: parece un pequeñuelo hambriento buscando el pezón materno.

María, que ve esto y piensa, ciertamente, también en esto, gime, apoyándose en Juan:

«¡Oh, y yo no puedo darle ni siquiera una gota de llanto!… ¡Oh, pecho mío, ¿por qué no das leche?! ¡Oh, Dios, ¿por qué, por qué nos abandonas así?! ¡Un milagro para mi Criatura! ¿Quién me sube para calmar su sed con mi sangre?… que leche no tengo…».

Jesús, que ha chupado ávidamente la áspera y amarga bebida, tuerce la cabeza henchido de amargura por la repugnancia. Ante todo, debe ser corrosiva sobre los labios heridos y rotos.

21     Se retrae, se afloja, se abandona. Todo el peso del cuerpo gravita sobre los pies y hacia delante. Son las extremidades heridas las que sufren la pena atroz de irse hendiendo sometidas a la tensión de un cuerpo abandonado a su propio peso.

Ya ningún movimiento alivia este dolor. Desde el íleon hacia arriba, todo el cuerpo está separado del madero, y así permanece.

La cabeza cuelga hacia delante, tan pesadamente que el cuello parece excavado en tres lugares: en la zona anterior baja de la garganta, completamente hundida; y a una parte y otra del externocleidomastoideo. La respiración es cada vez más jadeante, aunque entrecortada: es ya más estertor sincopado que respiración.

De tanto en tanto, un acceso de tos penosa lleva a los labios una espuma levemente rosada. Y las distancias entre una espiración y la otra se hacen cada vez más largas. El abdomen está ya inmóvil. Sólo el tórax presenta todavía movimientos de elevación, aunque fatigosos, efectuados con gran dificultad… La parálisis pulmonar se va acentuando cada vez más.

Y cada vez más feble, volviendo al quejido infantil del niño, se oye la invocación:

«¡Mamá!». Y la pobre susurra: «Sí, tesoro, estoy aquí». Y cuando, por habérsele velado la vista, dice: «Mamá, ¿dónde estás? Ya no te veo. ¿También tú me abandonas?» (y esto no es ni siquiera una frase, sino un susurro apenas perceptible para quien más con el corazón que con el oído recoge todo suspiro del Moribundo), Ella responde:

«¡No, no, Hijo! ¡Yo no te abandono! Oye mi voz, querido mío… Mamá está aquí, aquí está… y todo su tormento es el no poder ir donde Tú estás…».

Es acongojante… Y Juan llora sin trabas. Jesús debe oír ese llanto, pero no dice nada. Pienso que la muerte inminente le hace hablar como en delirio y que ni siquiera es consciente de todo lo que dice y que, por desgracia, ni siquiera comprende el consuelo materno y el amor del Predilecto.

Longino –que inadvertidamente ha dejado su postura de descanso con los brazos cruzados y una pierna montada sobre la otra, ora una, ora la otra, buscando un alivio para la larga espera en pie, y ahora, sin embargo, está rígido en postura de atento, con la mano izquierda sobre la espada y la derecha pegada, normativamente, al costado, como si estuviera en los escalones del trono imperial– no quiere emocionarse. Pero su cara se altera con el esfuerzo de vencer la emoción, y en los ojos aparece un brillo de llanto que sólo su férrea disciplina logra contener.

Los otros soldados, que estaban jugando a los dados, han dejado de hacerlo y se han puesto en pie; se han puesto también los yelmos, que habían servido para agitar los dados, y están en grupo junto a la pequeña escalera excavada en la toba, silenciosos, atentos. Los otros están de servicio y no pueden cambiar de postura. Parecen estatuas.

Pero alguno de los más cercanos, y que oye las palabras de María, musita algo entre los labios y menea la cabeza.

22     Un intervalo de silencio. Luego nítidas en la obscuridad total las palabras:

«¡Todo está cumplido!»,

y luego el jadeo cada vez más estertoroso, con pausas de silencio entre un estertor y el otro, pausas cada vez mayores.

El tiempo pasa al son de este ritmo angustioso: la vida vuelve cuando el respiro áspero del Moribundo rompe el aire; la vida cesa cuando este sonido penoso deja de oírse. Se sufre oyéndolo, se sufre no oyéndolo… Se dice:

«¡Basta ya con este sufrimiento!» y se dice: «¡Oh, Dios mío, que no sea el último respiro!» .

Las Marías lloran, todas, con la cabeza apoyada contra el realce terroso. Y se oye bien su llanto, porque toda la gente ahora calla de nuevo para recoger los estertores del Moribundo.

Otro intervalo de silencio. Luego, pronunciada con infinita dulzura y oración ardiente, la súplica:

septima palabra«¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!».

Otro intervalo de silencio. Se hace leve también el estertor. Apenas es un susurro limitado a los labios y a la garganta.

Luego… adviene el último espasmo de Jesús. Una convulsión atroz, que parece quisiera arrancar del madero el cuerpo clavado con los tres clavos, sube tres veces de los pies a la cabeza recorriendo todos los pobres nervios torturados; levanta tres veces el abdomen de una forma anormal, para dejarlo luego, tras haberlo dilatado como por una convulsión de las vísceras; y baja de nuevo y se hunde como si hubiera sido vaciado; alza, hincha y contrae el tórax tan fuertemente, que la piel se introduce entre las costillas, que divergen y aparecen bajo la epidermis y abren otra vez las heridas de los azotes; una convulsión atroz que hace torcerse violentamente hacia atrás, una, dos, tres veces, la cabeza, que golpea contra la madera, duramente; una convulsión que contrae en un único espasmo todos los músculos de la cara y acentúa la desviación de la boca hacia la derecha, y hace abrir desmesuradamente y dilatarse los párpados, bajo los cuales se ven girar los globos oculares y aparecer la esclerótica. Todo el cuerpo se pone rígido. En la última de las tres contracciones, es un arco tenso, vibrante –verlo es tremendo–. Luego, un grito potente, inimaginable en ese cuerpo exhausto, estalla, rasga el aire; es el “gran grito” de que hablan los Evangelios y que es la primera parte de la palabra “Mamá”[20]117… Y ya nada más…

La cabeza cae sobre el pecho, el cuerpo hacia delante, el temblor cesa, cesa la respiración. Ha expirado.

23     La Tierra responde al grito del Sacrificado con un estampido terrorífico. Parece como si de mil bocinas de gigantes provenga ese único sonido, y acompañando a este tremendo acorde, óyense las notas aisladas, lacerantes, de los rayos que surcan el cielo en todos los sentidos y caen sobre la ciudad, en el Templo, sobre la muchedumbre…

Creo que alguno habrá sido alcanzado por rayos, porque éstos inciden directamente sobre la muchedumbre; y son la única luz, discontinua, que permite ver. Y luego, inmediatamente, mientras aún continúan las descargas de los rayos, la tierra tiembla en medio de un torbellino de viento ciclónico. El terremoto y la onda ciclónica se funden para infligir un apocalíptico castigo a los blasfemos. Como un plato en las manos de un loco, la cima del Gólgota ondea y baila, sacudida por movimientos verticales y horizontales que tanto zarandean a las tres cruces, que parece que las van a tumbar.

Longino, Juan, los soldados, se asen a donde pueden, como pueden, para no caer al suelo. Pero Juan, mientras con un brazo agarra la cruz, con el otro sujeta a María, la cual, por el dolor y el temblor de la tierra, se ha reclinado en su corazón. Los otros soldados, especialmente los del lateral escarpado, han tenido que refugiarse en el centro para no caer por el barranco. Los ladrones gritan de terror. El gentío grita aún más.

Quisieran huir. Pero no pueden. Enloquecidos, caen unos encima de otros, se pisan, se hunden en las grietas del suelo, se hieren, ruedan ladera abajo.

Tres veces se repiten el terremoto y el huracán. Luego, la inmovilidad absoluta de un mundo muerto. Sólo relámpagos, pero sin trueno, surcan el cielo e iluminan la escena de los judíos que huyen en todas las direcciones, con las manos entre el pelo o extendidas hacia delante o alzadas al cielo (ese cielo injuriado hasta este momento y del que ahora tienen miedo). La obscuridad se atenúa con un indicio de luz que, ayudado por el relampagueo silencioso y magnético, permite ver que muchos han quedado en el suelo: muertos o desvanecidos, no lo sé. Una casa arde al otro lado de las murallas y sus llamas se alzan derechas en el aire detenido, poniendo así una pincelada de rojo fuego en el verde ceniza de la atmósfera.

24 María separa la cabeza del pecho de Juan, la alza, mira a su Jesús. Le llama, porque mal le ve con la escasa luz y con sus pobres ojos llenos de llanto. Tres veces le llama:

«¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús!».

Es la primera vez que le llama por el nombre desde que está en el Calvario. Hasta que, a la luz de un relámpago que forma como una corona sobre la cima del Gólgota, le ve, inmóvil, pendiendo todo El hacia fuera, con la cabeza tan reclinada hacia delante y hacia la derecha, que con la mejilla toca el hombro y con el mentón las costillas. Entonces comprende. Entonces extiende los brazos, temblorosos en el ambiente obscuro, y grita:

«¡Hijo mío! ¡Hijo mío! ¡Hijo mío!».

Luego escucha…

Tiene la boca abierta, con la que parece querer escuchar también; e igualmente tiene dilatados los ojos, para ver, para ver… No puede creer que su Jesús ya no esté…

Juan –también él ha mirado y escuchado, y ha comprendido que todo ha terminado– abraza a María y trata de alejarla de allí, mientras dice:

«Ya no sufre».

Pero antes de que el apóstol termine la frase, María, que ha comprendido, se desata de sus brazos, se vuelve, se pliega curvándose hasta el suelo, se lleva las manos a los ojos y grita:

«¡No tengo ya Hijo!».

Luego se tambalea. Y se caería, si Juan no la recogiera, si no la recibiera por entero, en su corazón. Luego él se sienta en el suelo, para sujetarla mejor en su pecho, hasta que las Marías –que ya no tienen impedido el paso por el círculo superior de soldados, porque, ahora que los judíos han huido, los romanos se han agrupado en el rellano de abajo y comentan lo sucedido– substituyen al apóstol junto a la Madre.

La Magdalena se sienta donde estaba Juan, y casi coloca a María encima de sus rodillas, mientras la sostiene entre sus brazos y su pecho, besándola en la cara exangüe vuelta hacia arriba, reclinada sobre el hombro compasivo. Marta y Susana, con la esponja y un paño empapado en el vinagre le mojan las sienes y los orificios nasales, mientras la cuñada María le besa las manos, llamándola con gran aflicción, y, en cuanto María vuelve a abrir los ojos y mira a su alrededor con una mirada como atónita por el dolor, le dice:

«Hija, hija amada, escucha… dime que me ves… soy tu María… ¡No me mires así!…».

Y, puesto que el primer sollozo abre la garganta de María y caen las primeras lágrimas, ella, la buena María de Alfeo, dice:

«Sí, sí, llora… Aquí conmigo como ante una mamá, pobre, santa hija mía»;

 y cuando oye que María le dice:

«¡Oh, María, María! ¿Has visto?», ella gime: «¿Sí!, sí,… pero… pero… hija… ¡Oh, hija!…».

No encuentra más palabras y se echa a llorar la anciana María: es un llanto desolado al que hacen de eco el de todas las otras (o sea, Marta y María, la madre de Juan y Susana).

Las otras pías mujeres ya no están. Creo que se han marchado, y con ellas los pastores, cuando se ha oído ese grito femenino…

25     Los soldados cuchichean unos con otros.

«¿Has visto los judíos? Ahora tenían miedo».

«Y se daban golpes de pecho».

«Los más aterrorizados eran los sacerdotes».

«¡Qué miedo! He sentido otros terremotos, pero como éste nunca. Mira: la tierra está llena de fisuras».

«Y allí se ha desprendido todo un trozo del camino largo».

«Y debajo hay cuerpos».

«¡Déjalos! Menos serpientes».

«¡Otro incendio! En la campiña…».

«¿Pero está muerto del todo?».

«¿Pero es que no lo ves? ¿Lo dudas?».

26     Aparecen de tras la roca José y Nicodemo. claro que se habían refugiado ahí, detrás del parapeto del monte, para salvarse de los rayos. Se acercan a Longino.

«Queremos el Cadáver».

«Solamente el Procónsul lo concede. Pero id inmediatamente, porque he oído que los judíos quieren ir al Pretorio para obtener el crurifragio. No quisiera que cometieran ultrajes».

«¿Cómo lo has sabido?».

«Me lo ha referido el alférez. Id. Yo espero».

Los dos se dan a caminar, raudos, hacia abajo por el camino empinado, y desaparecen.

27     Es entonces cuando Longino se acerca a Juan y le dice en voz baja unas palabras que no aferro. Luego pide a un soldado una lanza. Mira a las mujeres, centradas enteramente en María, que lentamente va recuperando las fuerzas. Todas dan la espalda a la cruz.

Longino se pone enfrente del Crucificado, estudia bien el golpe y luego lo descarga.

La larga lanza[21]118 penetra profundamente de abajo arriba, de derecha a izquierda.

Juan, atenazado entre el deseo de ver y el horror de ver, aparta un momento la cara.

«Ya está, amigo»

dice Longino, y termina:

«Mejor así. Como a un caballero. Y sin

romper huesos… ¡Era verdaderamente un Justo!».

De la herida mana mucha agua y un hilito sutil de sangre que ya tiende a coagularse.

Mana, he dicho. Sale solamente filtrándose, por el tajo neto que permanece inmóvil, mientras que si hubiera habido respiración éste se habría abierto y cerrado con el movimiento torácico–abdominal…

28 …Mientras en el Calvario todo permanece en este trágico aspecto, yo alcanzo a José y Nicodemo, que bajan por un atajo para acortar tiempo.

Están casi en la base cuando se encuentran con Gamaliel. Un Gamaliel despeinado, sin prenda que cubra su cabeza, sin manto, sucia de tierra su espléndida túnica desgarrada por las zarzas; un Gamaliel que corre, subiendo y jadeando, con las manos entre sus cabellos ralos y entrecanos de hombre anciano. Se hablan sin detenerse.

«¡Gamaliel! ¿Tú?».

«¿Tú, José? ¿Le dejas?» .

«Yo no. Pero tú, ¿cómo por aquí?, y en ese estado…».

«¡Cosas terribles! ¡Estaba en el Templo! ¡La señal! ¡El Templo sacudido en su estructura! ¡El velo de púrpura y jacinto cuelga desgarrado! ¡El sanctasanctórum descubierto! ¡Tenemos la maldición sobre nosotros!». Gamaliel ha dicho esto sin detenerse, continuando su paso veloz hacia la cima, enloquecido por esta prueba. Los dos le miran mientras se aleja… se miran… dicen juntos: «“Estas piedras temblarán con mis últimas palabras!”. ¡Se lo había prometido!…».

29     Aceleran la carrera hacia la ciudad.

Por la campiña, entre el monte y las murallas, y más allá, vagan, en un ambiente todavía caliginoso, personas con aspecto desquiciado… Gritos, llantos, quejidos… Dicen:

«¡Su Sangre ha hecho llover fuego!», o: «¡Entre los rayos Yahvé se ha aparecido

para maldecir el Templo!», o gimen: «¡Los sepulcros! ¡Los sepulcros!».

José agarra a uno que está dando cabezazos contra la muralla, y le llama por su nombre, y tira de él mientras entra en la ciudad:

«¡Simón! ¿Pero qué vas diciendo?».

«¡Déjame! ¡Tú también eres un muerto! ¡Todos los muertos! ¡Todos fuera! Y me maldicen».

«Se ha vuelto loco» dice Nicodemo.

Le dejan y trotan hacia el Pretorio.

El terror se ha apoderado de la ciudad. Gente que vaga dándose golpes de pecho. Gente que al oír por detrás una voz o un paso da un salto hacia atrás o se vuelve asustada.

En uno de los muchos espacios abovedados obscuros, la aparición de Nicodemo, vestido de lana blanca –porque para poder ganar tiempo se ha quitado en el Gólgota el manto obscuro–, hace dar un grito de terror a un fariseo que huye. Luego éste se da cuenta de que es Nicodemo y se lanza a su cuello con un extraño gesto efusivo, gritando:

«¡No me maldigas! Mi madre se me ha aparecido y me ha dicho: “¡Maldito seas eternamente!”», y luego se derrumba gimiendo: «¡Tengo miedo! ¡Tengo miedo!».

«¡Pero están todos locos!» dicen los dos.

Llegan al Pretorio. Y sólo aquí, mientras esperan a que el Procónsul los reciba, José y Nicodemo logran conocer el porqué de tanto terror: muchos sepulcros se habían abierto con la sacudida telúrica y había quien juraba[22]119 que había visto salir de ellos a los esqueletos, los cuales, en un instante, se habían recompuesto con apariencia humana, y andaban acusando del deicidio a los culpables, y maldiciéndolos.

                Los dejo en el atrio del Pretorio, donde los dos amigos de Jesús entran sin tantas historias de estúpidas repulsas y estúpidos miedos a contaminaciones. 30 Vuelvo al Calvario. Me llego a donde Gamaliel, que está subiendo, ya derrengado, los últimos metros. Camina dándose golpes de pecho, y al llegar al primero de los dos rellanos, se arroja de bruces –largura blanca sobre el suelo amarillento– y gime: «¡La señal! ¡La señal! ¡Dime que me perdonas! Un gemido, un gemido tan sólo, para decirme que me oyes y me perdonas».

Comprendo que cree que todavía está vivo. Y no cambia de opinión sino cuando un soldado, dándole con el asta de la lanza, dice:

«Levántate. Calla. ¡Ya no sirve! Debías haberlo pensado antes. Está muerto. Y yo, que soy pagano, te lo digo: ¡Este al que habéis crucificado era realmente el Hijo de Dios!».

«¿Muerto? ¿Estás muerto? ¡Oh!…».

Gamaliel alza el rostro aterrorizado, trata de alcanzar a ver la cima con esa luz crepuscular. Poco ve, pero sí lo suficiente como para comprender que Jesús está muerto. Y ve también al grupo piadoso que consuela a María, y a Juan, en pie a la izquierda de la cruz, llorando, y a Longino, en pie, a la derecha, solemne con su respetuosa postura.

Se arrodilla, extiende los brazos y llora:

«¡Eras Tú! ¡Eras Tú! No podemos ya ser perdonados. Hemos pedido que cayera sobre nosotros tu Sangre. Y esa Sangre clama al Cielo[23]120 y el Cielo nos maldice… ¡Oh! ¡Pero Tú eras la Misericordia!… Yo lo digo, yo, el anonadado rabí de Judá: “Venga tu Sangre sobre nosotros, por piedad“. ¡Aspérjanos con ella! Porque sólo tu Sangre puede impetrar el perdón[24]121 para nosotros…»,

llora. Y luego, más bajo, confiesa su secreta tortura:

«Tengo la señal que había pedido… Pero siglos y siglos de ceguera espiritual están ante mi vista interior, y contra mi voluntad de ahora se alza la voz de mi soberbio pensamiento de ayer… ¡Piedad de mí! ¡Luz del mundo, haz que descienda un rayo tuyo[25]122 a las tinieblas que no te han comprendido! Soy el viejo judío fiel a lo que creía ser justicia y era error. Ahora soy una landa yerma, ya sin ninguno de los viejos árboles de la Fe antigua, sin semilla alguna o escape alguno de la Fe nueva. Soy un árido desierto. Obra Tú el milagro de hacer surgir, en este pobre corazón de viejo israelita obstinado, una flor que lleve tu nombre. Entra Tú, Libertador, en este pobre pensamiento mío prisionero de las fórmulas. Isaías lo dice[26]123: “…pagó por los pecadores y cargó sobre sí los pecados de muchos”. ¡Oh, también el mío,  Jesús Nazareno…[27]124».

Se levanta. Mira a la cruz, que aparece cada vez más nítida con la luz que se va haciendo más clara, y luego se marcha encorvado, envejecido, abatido.

Y vuelve el silencio al Calvario, un silencio apenas roto por el llanto de María. Los dos ladrones, exhaustos por el miedo, ya no dicen nada.

31     Vuelven corriendo Nicodemo y José, diciendo que tienen el permiso de Pilatos.

Pero Longino, que no se fía demasiado, manda un soldado a caballo donde el Procónsul para saber cómo comportarse, incluso respecto a los dos ladrones. El soldado va y vuelve al galope con la orden de entregar el Cuerpo de Jesús y llevar a cabo el crurifragio en los otros, por deseo de los judíos.

Longino llama a los cuatro verdugos, que están cobardemente acurrucados al amparo de la roca, todavía aterrorizados por lo que ha sucedido, y ordena que se ponga fin a la vida de los ladrones a golpes de clava. Y así se lleva a cabo: sin protestas, por parte de Dimas, al que el golpe de clava, asestado en el corazón después de haber batido en las rodillas, quiebra en su mitad, entre los labios, con un estertor, el nombre de Jesús[28]125; con maldiciones horrendas, por parte del otro ladrón: el estertor de ambos es lúgubre.

32     Los cuatro verdugos hacen ademán de querer desclavar de la cruz a Jesús. Pero José y Nicodemo no lo permiten.

También José se quita el manto, y dice a Juan que haga lo mismo y que sujete las escaleras mientras suben con barras (para hacer palanca) y tenazas.

María se levanta, temblorosa, sujetada por las mujeres. Se acerca a la cruz. Mientras tanto, los soldados, terminada su tarea, se marchan. Pero Longino, antes de superar el rellano inferior, se vuelve desde la silla de su caballo negro para mirar a María y al Crucificado. Luego el ruido de los cascos suena contra las piedras y el de las armas contra las corazas, y se aleja.

La palma izquierda está ya desclavada. El brazo cae a lo largo del Cuerpo, que ahora pende semiseparado.

Le dicen a Juan que deje las escaleras a las mujeres y suba también. Y Juan, subido a la escalera en que antes estaba Nicodemo, se pasa el brazo de Jesús alrededor del cuello y lo sostiene desmayado sobre su hombro. Luego ciñe a Jesús por la cintura mientras sujeta la punta de los dedos de la mano izquierda –casi abierta– para no golpear la horrenda fisura. Una vez desclavados los pies, Juan a duras penas logra sujetar y sostener el Cuerpo de su Maestro entre la cruz y su cuerpo.

María se pone ya a los pies de la cruz, sentada de espaldas a ella, preparada para recibir a su Jesús en el regazo.

Pero desclavar el brazo derecho es la operación más difícil. A pesar de todo el esfuerzo de Juan, el Cuerpo todo pende hacia delante y la cabeza del clavo está hundida en la carne. Y, dado que no quisieran herirle más, los dos compasivos deben esforzarse mucho. Por fin la tenaza aferra el clavo y éste es extraído lentamente.

Juan sigue sujetando a Jesús, por las axilas; la cabeza reclinada y vuelta sobre su hombro. Contemporáneamente, Nicodemo y José lo aferran: uno por los hombros, el otro por las rodillas. Así, cautamente, bajan por las escaleras.

33     Llegados abajo, su intención es colocarle en la sábana que han extendido sobre sus mantos. Pero María quiere tenerle; ya ha abierto su manto dejándolo pender de un lado, y está con las rodillas más bien abiertas para hacer cuna a su Jesús.

Mientras los discípulos dan la vuelta para darle el Hijo, la cabeza coronada cuelga hacia atrás y los brazos penden hacia el suelo, y rozarían con la tierra con las manos heridas si la piedad de las pías mujeres no las sujetara para impedirlo.

descendimientoYa está en el regazo de su Madre… Y parece un niño grande cansado durmiendo, recogido todo, en el regazo materno. María tiene a su Hijo con el brazo derecho pasado por debajo de sus hombros, y el izquierdo por encima del abdomen para sujetarle también por las caderas.

La cabeza está reclinada en el hombro materno. Y Ella le llama… le llama con voz lacerada. Luego le separa de su hombro y le acaricia con la mano izquierda; recoge las manos de Jesús y las extiende y, antes de cruzarlas sobre el abdomen [29]126 inmóvil, las besa; y llora sobre las heridas. Luego acaricia las mejillas, especialmente en el lugar del cardenal y la hinchazón. Besa los ojos hundidos; y la boca, que ha quedado levemente torcida hacia la derecha y entreabierta.

Querría poner en orden sus cabellos –como ya ha hecho con la barba apelmazada por grumos de sangre–, pero al intentarlo halla las espinas. Se pincha quitando esa corona, y quiere hacerlo sólo Ella, con la única mano que tiene libre, y rechaza la ayuda de todos diciendo:

«¡No, no! ¡Yo! ¡Yo!».

Y lo va haciendo con tanta delicadeza, que parece tener entre los dedos la tierna cabeza de un recién nacido. Una vez que ha logrado retirar esta torturante corona, se inclina para medicar con sus besos todos los arañazos de las espinas.

Con la mano temblorosa, separa los cabellos desordenados y los ordena. Y llora y habla en tono muy bajo. Seca con los dedos las lágrimas que caen en las pobres carnes heladas y ensangrentadas. Y quiere limpiarlas con el llanto y su velo, que todavía está puesto en las caderas de Jesús. Se acerca uno de sus extremos y con él se pone a limpiar y secar los miembros santos. Una y otra vez acaricia la cara de Jesús y las manos y las contusas rodillas, y otra vez sube a secar el Cuerpo sobre el que caen lágrimas y más lágrimas.

Haciendo esto es cuando su mano encuentra el desgarro del costado. La pequeña mano, cubierta por el lienzo sutil entra casi entera en la amplia boca de la herida. Ella se inclina para ver en la semiluz que se ha formado. Y ve, ve el pecho abierto y el corazón de su Hijo. Entonces grita. Es como si una espada abriera su propio corazón.

Grita y se desploma sobre su Hijo. Parece muerta Ella también.

  • a ayudan, la consuelan. Quieren separarle el Muerto divino y, dado que Ella grita:

«¿Dónde, dónde te pondré, que sea un lugar seguro y digno de ti?»,

José, inclinado todo con gesto reverente, abierta la mano y apoyada en su pecho, dice:

«¡Consuélate, Mujer! Mi sepulcro es nuevo y digno de un grande. Se lo doy a El. Y éste, Nicodemo, amigo, ha llevado ya los aromas al sepulcro, porque, por su parte, quiere ofrecer eso. Pero, te lo ruego, pues el atardecer se acerca, déjanos hacer esto… Es la Parasceve[30]127. ¡Condesciende, Oh Mujer santa!».

También Juan y las mujeres hacen el mismo ruego. Entonces María se deja quitar de su regazo a su Criatura, y, mientras le envuelven en la sábana, se pone de pie, jadeante. Ruega:

«¡Oh, id despacio, con cuidado!».

Nicodemo y Juan por la parte de los hombros, José por los pies, elevan el Cadáver, envuelto en la sábana, pero también sujetado con los mantos, que hacen de angarillas, y toman el sendero hacia abajo.

María, sujetada por su cuñada y la Magdalena, seguida por Marta, María de Zebedeo y Susana –que han recogido los clavos, las tenazas, la corona, la esponja y la caña– baja hacia el sepulcro.

En el Calvario quedan las tres cruces, de las cuales la del centro está desnuda y las otras dos tienen aún su vivo trofeo moribundo.

  • «Y ahora»

dice Jesús,

«poned mucha atención. Te eximo de la descripción de la sepultura, que es correcta ya desde el año pasado: 19 de febrero de 1944. Usaréis, por tanto, esa descripción, y el P. M. pondrá al final de ella el lamento de María, dado por mí en su momento: 4 de octubre de 1944. Luego pondrás las cosas nuevas que verás. Son partes nuevas de la Pasión y hay que ponerlas en su lugar muy bien para no dejar ni lagunas ni puntos confusos» .

[1] 98 Cfr. Mt. 27, 33–59; Mc. 15, 22–45; Lc. 23, 32–52; Ju. 19, 23–39.

[2] 99 Cfr. Flp. 2, 5–11.

[3] 100 Respecto al velo con que Jesús se cubrió antes de la crucifixión, cfr. MORONI, op. cit., vol. 77, p. 90, según el cual se conservaría en la iglesia de S. Juan Luterano en Roma, y sería el mismo que la Virgen se quitó de la cabeza para que Jesús se cubriera. Moroni y esta Obra concuerdan, pues, en el origen y fin del Velo.

[4] 101 con citas de: Salmo 45, 3.

[5] 102 Cfr. Cant. 5, 10–16.

[6] 103 Cfr. Is. 52, 13 – 53, 12.

[7] 104 Cfr. por ej. Os. 1, 2 y casi todo el libro.

[8] 105 Cfr. Núm. 12; Deut. 24, 8–9.

[9] 106 Respecto a los Clavos con que Jesús fue crucificado, cfr. MORONI, op. cit. Vol 13, p. 96–99; BEDINI, op. cit., pág. 54–57. Se lee que uno de los clavos verdaderos se guarda en la iglesia de la sta. Cruz en Jerusalén, Roma.

[10] 107 El Prof. Lorenzo Ferri, al preguntársele sobre el lugar preciso en que fueron traspasadas las manos de Jesús, dijo: “En la Sábana se ve claramente que el clavo de la mano izquierda no dio en la muñeca, como siempre han creído los especialistas ( tal vez, contra el Ev. Cfr. Ju. 20, 24–29), sino en la palma. Por lo que toca a la mano derecha, no hay duda que fue traspasada en la muñeca, como era costumbre. No se ve porque está cubierta con la otra mano. María Valtorta dice el por qué.

[11] 108 El Prof. Ferri, que desde hace 35 años ha venido estudiando con todo interés y desde el punto de vista científico la Sábana de Turín (según fotografías perfectas de tamaño natural), para tener los mejores datos sobre Jesús, y que hace 15 años lee atenta y animadamente la Obra de María Valtorta, ha escrito lo siguiente: “Roma, 15 de septiembre de 1965. El que suscribe, Lorenzo Ferri, escultor, pintor y profesor, atestiguo con toda conciencia lo que sigue: En 1949, durante el concurso para las puertas de S. Pedro de Roma, conocí por medio de un sacerdote a la señorita María Valtorta, que vivía en la calle de Antonio Fratti n. 11 en la ciudad de Viareggio. Por 30 años he estudiado con la Sábana Santa de Turín y he procurado darme cuenta de la verdadera fisonomía de Nuestro Señor Jesucristo, pero no me había sido posible. Sin embargo por medio de la descripción que hace María Valtorta no solo he logrado comprender mejor el Rostro, sino que he mejorado mis datos científicos. En 1966, continuando mis estudios, tratando de reconstruir el cuerpo de N. S. descubrí que el brazo izquierdo estaba más corto de 4 cms. Respecto del derecho. Ante este caso inaudito y después de haber consultado a varios médicos de fama, llegamos a la conclusión que N. S. sufrió una luxación intencional o casual. Cuando le pregunté a María Valtorta, se sonrió y me leyó un trozo de su Obra donde están descritos hasta los mínimos pormenores, escrito anterior a 4 años de mis estudios. De este modo obtuve la confirmación de que lo que vió Valtorta era verdad. Debo agregar que la amistad con ella y la lectura contínua de su Obra me ha hecho conocer mejor a Jesús y vivirlos más interiormente. Mi arte, mis obras dan testimonio de este benéfico influjo”.

[12] 109 MV lo corrige así: desclavar invirtiendo la posición, o sea, poniendo debajo el pie derecho y encima el izquierdo.

[13] 110 en 109.12, repetido en 126.10. Se refiere al episodio del desalmado Doras, que la ira divina castigó.

[14] 111 Pastor, discípulo de Jesús y esclavo del cruel Doras.

[15] 112 Respecto al Buen Ladrón, cfr. Acta Sanctorum decembris, Propylacum, Martyrologium romanon, Bruxellis, 1940, p. 112, donde se lee lo que sigue: “In antiquis tum latinorum tum grecorum fastis, deest haee commemoratio. Petrus de Natalibus, Catal. III, 228, agit de S. Disma confesión, cuius elogium his concludit verbis: Haec in evangelio Nicodemi, Festum auten beati Dismae eodem die dominicae passionis recolitur seu VIII kalendas aprilis. In menacorum codicibus nonnullis ad 23 mart, post memoriam crucifixi Domini, fit.” Cfr. Acta Sanctorum martii, tom. III die 25. Venetii, 1736, p. 543; Acta Sanctorum novembris, Propylacum, Synaxarium Ecclesiae Constantinopolitanae, Brusellis, 1902, p. 555; Enciclopedia cattolica, vol. IV. Vaticano, 1950, col. 1748. Que el Buen Ladrón se llamase Dimas proviene del evangelio de Nicodemo, apócrifo del III siglo, pero esto no quiere decir que necesariamente todo lo que los apócrifos (o las “Passiones Martyrum”) dicen sea falso.

[16] 113 Esta Obra pone en relieve, entre otras muchas prerrogativas de la Virgen y Compañera del Salvador, la de Dispensadora del perdón. Lo mismo veremos cuando se trate de Simón Pedro, de los otros apóstoles y hasta del mismo Judas a quien hubiera perdonado, si se hubiera arrepentido.

[17] 114 Los santos Padres y Doctores de la Iglesia han interpretado estas palabras de Jesús, que cita Ju. 19, 26–27, como “un testamento”. Por ej. S. Ambrosio Epist. 63, núm. 109, en MIGNE, Patrología Latina, tom. 16, col. 1270.

[18] 115 Esta Obra trae las palabras “Eloi, eloi” esto es: “Dios mío, Dios mío”, no como Mt.(27, 46), sino como Mc. (15, 34). Trae también la palabra “lamma”, esto es: “por qué” como Mt. y Mc. Pero no según el texto griego, sino según la versión latina de la Vúlgata, que trae la palabra hebrea correspondiente; finalmente, trae la palabra “scebactani” (esto es: “me has abandonado”) no según el texto hebreo del Salmo 21, 2, ni según Mt. y Mc., sino según el Tárgum arameo de dicho salmo, esto es, según la interpretación aramea del texto hebreo que se leía en las sinagogas. Este Tárgum usa precisamente una palabra aramea que científicamente se pronuncia y escribe: “shebaqtani” y vulgarmente “scebactani” (cfr. P. D. BUZY, S. C. J., Evangile selon Saint Mattieu, en La Sainte Bible… publiée sous la direction de L. PIROT, tom. 9, París, 1935, p. 375). El P. F. ZORELL, S. J., Lexicon graecum Novi Testamentí, Parisiis, 1931, col. 1181, hace derivar la palabra aramea escrita en griego del arameo, esto es: “me has abandonado”, que científicamente en nuestras lenguas se transcribe con svebqtani o shebaqtani, o bien vulgarmente, como hizo María Valtorta con scebactani: forma verbal aramea que procede, según L. PALACIOS O.S.B., Gramática aramaico-biblica… Roma, 1933, p. 126, de la raíz aramea (esto es: abandono, abandonar), que científicamente se transcribe por svebaq o shebaq y vulgarmente con scebac. De estas cuantas reflexiones, se ve que esta Obra concuerda o con el hebreo o con el arameo, y que no inventa, ni deforma las palabras ni su pronunciación. A los especialistas toca profundizar más sobre este argumento.

[19] 116 Respecto a la Santa Esponja, cfr. MORONI, op. cit., vol. 69, p. 120–124.

[20] 117 A este respecto el Prof. Ferri observa: “De la Sábana se desprende que Jesús murió con la boca abierta”.

[21] 118 Respecto a la Santa Lanza, cuya punta estaría conservada en París, en “la Sainte Chapelle”, y el resto en S. Pedro en el Vaticano, cfr. MORONI, op. cit., vol. 37, p. 87–92.

[22] 119 Palabras que deben interpretarse a la luz de Mt. 27, 52–53.

[23] 120 Semejanza con Gén. 4, 9–11. Cfr. también Mt. 23, 33–66; Hebr. 12, 22–24.

[24] 121 No puede dudarse de que así como todo el linaje humano, también la parte predilecta del pueblo hebreo, fue lavada con la sangre de Jesús. Cfr. por ej. Hebr. 9.

[25] 122 Semejanza con Ju. 1, 4–5.

[26] 123 Isaías 53, 12.

[27] 124 Cfr. también 1 Pe. 2, 22–25; Jesús pues, tomó sobre Sí el pecado más grande de la raza hebrea: el deicidio. Por tanto no puede y no debe llamársele deicida. También ella se “hace lejos” de Dios por haber matado a Jesús, pero luego se le “acercó” por la misericordiosa efusión de su Sangre. Cfr. Ef. 2, 11–22 y Con. Ecuménico Vaticano II, Declaración sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas, n. 4.

[28] 125 Cfr. Hech. 2, 21; 4, 12; 7, 55–60; Rom. 10, 9–13.

[29] 126 Respecto al cambio de posición de los brazos de Jesús muerto, el Prof. Ferri dice de este modo: “ ¿Fue una mano de mujer que dobló los brazos del Salvador, después de bajado de la cruz, del estado de tensión, hacia adelante ? Creo que es así, porque entre la Sangre que baja de la palma de la mano al brazo, se nota un interrupción correspondiente a la larguesa de una mano de mujer. No puede creerse en realidad que en el Calvario hubiera habido manos de hombres jóvenes. He hecho experimentos con muchas manos de hombres, pero son más largas. Hice las pruebas con las manos de Paola y… y son tan largas cuanto la interrupción de la Sangre. Llorando he hecho esta comprobación. La mano de la Magdalena, que según la tradición era alta y hermosa, debía ser proporcionada y por lo tanto más grande: todo hace pensar que esa mano de mujer adulta, pero pequeña, grande como la interrupción de la Sangre de Jesús, sea la mano de la Virgen, como exactamente María Valtorta lo describió hace 20 años antes de mi comprobación en la Sábana que ella nunca vió en reproducción completa y de tamaño natural”.

[30] 127 Palabra griega que significa “preparación”, y que aplicaba a la vigilia del sábado, pues era cuando los hebreos preparaban cuanto creían que fuera necesario para el día del descanso.

13/11/2016 Evangelio según San Lucas 21,5-19.

Trigésimo tercer domingo del tiempo ordinario

Santo(s) del día : San Leandro de Sevilla,  ,  San Estanislao de Kostka,
image Saber más cosas a propósito de los Santos del día

Lecturas

Es la continuación del Evangelio del domingo precedente y transcurre tras haber pasado nuevamente la noche del Martes Santo con los apóstoles en el Getsemaní.
Vale la pena leer todo el capítulo -aunque es algo extenso- ya que nos muestra varias lecturas proféticas del evangelio de Mateo que no se verán en la Liturgia de la Palabra sino hasta retomar el final de este evangelio -previo a la Pasión-, con el capitulo 25,31 donde esta el relato del Juicio Final que es donde termina el relato de este capítulo 596, todos hechos sucedidos ese Miércoles Santo.
Es como si nuestro Señor hubiese querido agotar cada minuto de ese santo día para decirles a sus discípulos todo cuanto pudiera.

Preparación para la Pasión de Jesús

596. Miércoles santo[1]. El mayor de los mandamientos y el óbolo de la viuda. Los discursos sobre los escribas y fariseos, sobre el Templo nuevo, sobre los últimos tiempos.

2 de abril de 1947.

6/11/2016 Evangelio según San Lucas 20,27-38.

Trigésimo segundo domingo del tiempo ordinario

Santo(s) del día : San Leonardo Noblac
image Saber más cosas a propósito de los Santos del día

Lecturas

Este pasaje ocurre en Jerusalén, el martes santo. Al pie hay un enlace con información sobre esta ciudad santa, esta muy completo, si tienen tiempo vale la pena explorarlo; hay mapas, fotos y mucho más.

Lugares: Jerusalen

Preparación a la Pasión de Jesús

594. Martes santo[1].Lecciones sacadas de la higuera agostada. El tributo de César y la resurrección de los cuerpos.

1 de abril de 1947.

594-21       Están para entrar de nuevo en la ciudad. Vienen por el mismo caminito lejano que tomaron la mañana anterior. Es como si Jesús no quisiera, antes de llegar al Templo –al que se accede pronto entrando en la ciudad por la Puerta del Rebaño, que está cerca de la Probática–, verse rodeado de la gente que aguarda. Pero hoy muchos de los setenta y dos le esperan ya del otro lado del Cedrón, antes del puente, y en cuanto le ven aparecer de entre los olivos verde–grises, con su túnica purpúrea, se mueven en dirección a El. Se reúnen y siguen hacia la ciudad.

Pedro, que mira adelante, cuesta abajo, siempre sospechando ver aparecer a algún malintencionado, observa entre el verde fresco de las últimas pendientes una masa de hojas mustias, colgantes, que pende sobre las aguas del Cedrón. Las hojas, acartonadas y lánguidas, con manchas como de óxido distribuidas en su superficie, asemejan a las de un árbol reseco por el fuego; de vez en cuando, la brisa arranca una hoja para sepultarla en las aguas del torrente.

-«¡Pero si es la higuera de ayer! ¡La higuera que maldijiste!»

grita Pedro señalando con una mano hacia el árbol seco, vuelta su cabeza para hablar con el Maestro.

Acuden todos presurosos, menos Jesús, que sigue adelante con el paso que llevaba.

jesus-la-higuera-esterilLos apóstoles refieren a los discípulos los precedentes del hecho que observan, y todos juntos hacen comentarios mirando estupefactos a Jesús. Han visto miles de milagros realizados en hombres y elementos. Pero éste los impresiona más que muchos otros.

2       Jesús, que ha llegado donde ellos, sonríe al observar esas caras asombradas y temerosas. Dice:

-«¿Y bien? ¿Tanto os maravilla el que por mi palabra se haya secado una higuera? ¿No me habéis visto, acaso, resucitar muertos, curar a leprosos, dar la vista a los ciegos, multiplicar los panes, calmar las tempestades, apagar el fuego? ¿Y os asombra el que una higuera se seque?».

-«No es por la higuera. Es que ayer estaba lozana cuando la maldijiste, y ahora está seca. ¡Mira! Quebradiza como arcilla seca. Sus ramas ya no tienen médula. Mira. Se pulverizan», y Bartolomé desmenuza entre sus dedos unas ramas que con facilidad ha partido.

-«Ya no tienen médula. Tú lo has dicho. Y, cuando ya no hay médula, se produce la muerte, bien sea en un árbol o en una nación o en una religión; queda sólo dura corteza e inútil follaje: crueldad e hipócrita exterioridad. La médula, blanca, interior, llena de savia, corresponde a la santidad, a la espiritualidad; la corteza dura y el follaje inútil, a la humanidad carente de vida espiritual y de vida justa. ¡Ay de aquellas religiones que se hacen humanas porque sus sacerdotes y fieles han dejado de tener vital el espíritu! ¡Ay de aquellas naciones cuyos jefes son sólo crueldad y ruidoso clamor carente de ideas fructíferas! ¡Ay de aquellos hombres en que falta la vida del espíritu!».

-«Pero si esto se lo dijeras a los grandes de Israel, aun siendo verdad lo que dices, no te comportaría inteligentemente. No te hagas ilusiones por el hecho de que hasta ahora te hayan dejado hablar. Tú mismo dices que no es por conversión del corazón, sino por cálculo. Sabe, pues, Tú también calcular el valor y las consecuencias de tus palabras. Porque existe también la sabiduría del mundo, además de la sabiduría del espíritu[2]. Y hay que saber usarla en beneficio nuestro. Porque, en fin, por ahora estamos en el mundo, no todavía en el Reino de Dios»

dice Judas Iscariote, sin mordacidad pero en tono doctoral.

-«El verdadero sabio es el que sabe ver las cosas sin que las sombras de la propia sensualidad y las reflexiones del cálculo las alteren. Yo diré siempre la verdad de lo que veo».

3

-«Bueno, pero ¿esta higuera ha muerto por haberla maldecido tú?, o es… una coincidencia… una señal… no sé»

pregunta Felipe.

-«Es todo eso que dices. Pero lo que he hecho Yo podéis hacerlo también vosotros, si alcanzáis la fe perfecta. Tened esa fe en el Señor altísimo. Cuando la tengáis, en verdad os digo que podréis esto y más. En verdad os digo que si uno llega a tener la confianza perfecta en la fuerza de la oración y en la bondad del Señor, podrá decir a este monte:

“Córrete de aquí y échate al mar”, y si, diciéndolo, no duda en su corazón, sino que cree que lo que ordena se puede cumplir, lo que ha dicho se cumplirá».

-«Y pareceremos brujos y nos apedrearán, como está escrito[3] para quien ejerce la magia. ¡Sería un milagro necio, y con daño para nosotros!»

dice Judas Iscariote meneando la cabeza.

-«¡El necio eres tú, que no comprendes la parábola!»

le rebate el otro Judas.

Jesús no habla a Judas, habla a todos:

-«Os digo, y es vieja lección que repito en esta hora: todo lo que pidáis con la oración, tened fe en que lo obtendréis y lo recibiréis. Pero, si antes de orar tenéis algo contra alguien, antes perdonad y haced la paz para que tengáis como amigo a vuestro Padre que está en los Cielos, que, mucho, mucho os perdona y favorece, de la mañana a la noche, del ocaso a la aurora.

4       Entran en el Templo. Los soldados de la Antonia los observan mientras pasan.

Van a adorar al Señor. Luego vuelven al patio en que los rabies enseñan.

En seguida, antes de que la gente venga y se arremoline en torno a El, se acercan a Jesús saforimes, doctores de Israel, herodianos, y, con falsa deferencia, tras haberle saludado, le dicen:

594-1-«Maestro, sabemos que eres sabio y veraz, y que enseñas el camino de Dios sin tener en cuenta nada ni a nadie, aparte de la verdad y la justicia; y que poco te preocupas del juicio que los demás tengan de ti, sino que te preocupas sólo de llevar a los hombres al Bien. Dinos, entonces: ¿es lícito pagar el tributo a César, o no? ¿Qué opinas?».

Jesús los mira con una de esas miradas suyas de penetrante y solemne perspicacia, y responde:

-«¿Por qué me tentáis hipócritamente? ¡Y además alguno de vosotros ya sabe que a mí no se me engaña con hipócritas honores! Pero, mostradme una moneda de las que usáis para el tributo».

Le muestran la moneda. La observa por ambas partes, y, sujetándola en la palma de la izquierda, golpea en ella con el índice de la derecha, mientras dice:

-«¿De quién es esta imagen y qué dice esta inscripción?».

-«La imagen es de César, y la inscripción lleva su nombre, el nombre de Cayo Tiberio César, que es ahora emperador de Roma».

-«Pues entonces dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios»,

y les da la espalda, después de haber entregado el denario a quien se lo había dejado.

5       Escucha a unos u otros de los muchos peregrinos que le hacen preguntas, consuela, absuelve, cura. Pasan las horas.

Sale del Templo para ir quizás afuera de las puertas, para tomar los alimentos que los servidores de Lázaro, encargados de ello, le traen.

Vuelve de nuevo a entrar a primera tarde. Incansable. Gracia y sabiduría fluyen, de sus manos y labios, puestas sobre los enfermos o abiertos para consejos individuales dados a cada uno de los que se acercan a El, que son muchos: parece como si quisiera consolar a todos, curar a todos, antes de no poder hacerlo ya.

Se acerca el ocaso. Los apóstoles, cansados, están sentados en el suelo bajo el pórtico, aturdidos por ese continuo movimiento de gente que son los patios del Templo en la inminencia de la Pascua. En esto, se acercan unos ricos (ricos, sin duda, a juzgar por sus vestiduras pomposas).

Mateo, que está adormilado aunque sólo con un ojo, se pone en pie y, con algún meneo, llama a los otros. Dice:

-«Van hacia el Maestro unos saduceos[4]. No debemos dejarle solo, no sea que todavía le ofendan o traten de hacerle algún mal o de burlarse de El».

Se alzan todos y van donde el Maestro. Inmediatamente forman una barrera en torno a El. Creo intuir que ha habido desórdenes al marcharse del Templo o al volver a la hora sexta.

6       Los saduceos, que tienen para Jesús reverencias incluso exageradas, le dicen:

-«Maestro, has respondido tan sabiamente a los herodianos, que nos ha venido el deseo de recibir también nosotros un rayo de tu luz. Escucha: Moisés dijo*: “Si uno muere sin hijos, su hermano se casará con la viuda y dará descendencia[5] al hermano”. Ahora bien, había entre nosotros siete hermanos. El primero tomó a una virgen por esposa, pero murió sin dejar prole; por tanto, dejó su mujer a su hermano. También el segundo murió sin dejar prole, y lo mismo el tercero, que se casó con la viuda de los dos que le habían precedido. Así sucesivamente, hasta el séptimo. Al final, después de haberse casado con los siete hermanos, se murió la mujer. Dinos: en la resurreción de los cuerpos –si es verdad que los hombres resucitan y que nuestra alma sobrevive y vuelve a unirse al cuerpo el último día y a dar nueva forma a los vivientes–, ¿cuál de los siete hermanos tendrá a la mujer, dado que en la Tierra la tuvieron los siete?».

Estáis en un error. No sabéis comprender ni las Escrituras ni el poder de Dios. La otra vida será muy distinta de ésta, y en el Reino eterno no existirán las necesidades de la carne como en éste. Porque, en verdad, después del Juicio final, la carne resucitará y se reunirá con el alma inmortal y formará un todo nuevo –vivo como, y mejor, como lo están mi cuerpo y el vuestro ahora–, pero no sujeto ya a las leyes, y, sobre todo, a los estímulos y abusos ahora vigentes. En la resurrección, los hombres y las mujeres no tomarán ni mujer ni marido, aunque vivan en el amor perfecto, que es el divino y espiritual. Y por lo que respecta a la resurrección de los muertos, ¿no habéis leído cómo habló a Moisés Dios desde la zarza? ¿Qué dijo entonces el Altísimo?:

“Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob”[6]. No dijo: “Yo fui”, dando a entender que Abraham, Isaac y Jacob hubieran existido, pero que ya no existían. Dijo “Yo soy”. Porque Abraham, Isaac y Jacob existen. Inmortales. Como todos los hombres en su parte inmortal, mientras duren los siglos; luego, también con la carne resucitada para la eternidad. Existen, como existe Moisés, los profetas, los justos, como, desventuradamente, existe Caín[7], y existen los del diluvio[8] y los de Sodoma[9] y todos los que murieron en culpa mortal. Dios no es el Dios de los muertos, sino de los vivos».

7

-«¿Tú también vas a morir y luego estar entre los vivos?»

le tientan. Están ya cansados de comportarse con mansedumbre. El aborrecimiento es tal, que no saben contenerse.

-«Yo soy el Viviente y mi Carne no conocerá la corrupción[10]. Se nos arrebató el arca, y la actual también se nos quitará, incluso como símbolo[11]. Se nos arrebató el Tabernáculo, y será destruido[12]. Pero el verdadero Templo de Dios no podrá ser ni arrebatado ni destruido. Cuando sus adversarios crean que lo han conseguido, entonces será la hora en que se establecerá en la verdadera Jerusalén en toda su gloria. Adiós».

Y, presuroso, va hacia el Patio de los Israelitas, porque las trombas de plata llaman al sacrificio del anochecer[13].

8 Me dice Jesús:

«De la misma forma que hice que señalaras la frase “de mi cáliz[14]” en la visión en que la madre de Juan y Santiago pide un lugar para sus hijos, así mismo, te digo que señales en la visión de ayer el punto que dice: “el que caiga contra esta piedra quedará destrozado”. En las traducciones se usa siempre “sobre”. Dije “contra”, no “sobre”[15]. Y es profecía contra los enemigos de mi Iglesia. Los que la atacan, arremetiendo contra Ella, porque Ella es la Piedra angular, quedan destrozados.

La historia de la Tierra lleva veinte siglos confirmando lo que dije. Los perseguidores de la Iglesia quedan destrozados al arremeter contra la Piedra angular. Pero también –y esto han de tenerlo presente los que por ser de la Iglesia se creen salvados de los castigos divinos– aquel sobre el que caiga el peso de la condena de la Cabeza y Esposo de esta Esposa mía, de este Cuerpo místico mío, quedará triturado.

9 Y, previniendo una objeción de los siempre vivos escribas y saduceos, malévolos para con mis siervos, digo: si en estas últimas visiones aparecen frases que no están en los Evangelios, como estas del final de la visión de hoy, y del punto en que hablo de la higuera seca, y otros más, recuerden aquéllos que los evangelistas eran también de ese pueblo, y vivían en tiempos en que cualquier choque demasiado vivo podía tener repercusiones violentas y nocivas para los neófitos.

Lean de nuevo los hechos apostólicos, y verán que la fusión de tantos pensamientos distintos no era sin fricciones, y que si unos a otros se tributaron admiración, reconociéndose recíprocamente los méritos, no faltaron entre ellos desacuerdos, porque diversos son los pensamientos de los hombres, y siempre imperfectos[16]. Y para evitar fracturas más profundas, entre uno u otro pensamiento, iluminados por el Espíritu Santo, los evangelistas omitieron conscientemente en sus escritos algunas frases que habrían hecho mella en la excesiva susceptibilidad de los hebreos y habrían escandalizado a los gentiles, que necesitaban creer perfectos a los hebreos –núcleo del que provino la Iglesia– para no alejarse de ellos diciendo: “Son como nosotros”. Conocer las persecuciones de Cristo, sí; pero las enfermedades espirituales del pueblo de Israel, ya corrompido, especialmente en las clases más altas, no. No era conveniente. Y, lo más que pudieron, las ocultaron.

Observen cómo los Evangelios se iban haciendo cada vez más explícitos, hasta llegar al límpido Evangelio de mi Juan, a medida que iban siendo escritos en épocas más lejanas respecto a mi Ascensión al Padre mío. Sólo Juan reseña por entero hasta las más dolorosas manchas del propio núcleo apostólico, llamando, por ejemplo, abiertamente “ladrón” a Judas[17]; y refiere íntegramente las bajezas de los judíos (fingida voluntad de hacerme rey, disputas en el Templo, el abandono de muchos tras el discurso sobre el Pan del Cielo, la incredulidad de Tomás[18]). El que más vivió, ya hasta ver fuerte a la Iglesia, alza los velos que los otros no se habían atrevido a alzar.

Pero ahora el Espíritu de Dios quiere que se conozcan incluso estas palabras. Y bendigan por ello al Señor, porque todas ellas son luz y guía para los justos de corazón».

10

«Colocarás aquí la segunda parte del martes, o sea, la instrucción nocturna a los Doce en el Getsemaní».

[1] Cfr. Mt. 21, 21–22; 22, 15–33; Mc. 11, 20–26; 12, 13–27; Lc. 20, 19–39.

[2] Cfr. Rom. 8, 5–11.

[3] en Levitico 20, 27.

[4] Cfr. Mt. 3, 1–12; 16, 1–12; 22, 23–34; Mc. 12, 18–27; Lc. 20, 27–40; Hech. 4, 1–4; 5, 17–18; 22, 30 – 23, 11 Los saduceos, elegidos sobre todo entre los miembros de las grandes familias sacerdotales, formaban el partido de la aristocracia sacerdotal. Se adherían fuertemente a la tradición escrita, contenida sobre todo en el Pentateuco. Negaban la resurrección del cuerpo, negaban el alma y los ángeles. Sus adversarios fueron los fariseos, partido religioso y popular, que se adhería con todas sus fuerzas a la tradición oral de sus propios doctores. Un partido entregado a la casuística minuciosa..

[5] Cfr. Deut. 25, 5–10 y también Gen. 38; Rt. 4.

[6] Cfr. Ex. 3, 1–6.

[7] Gén. 4.

[8] Ib. 6, 5–12.

[9] Ib. 18–19.

[10] Cfr. Sal. 15, 10; Hech. 2, 22–36; 13, 32–37.

[11] Por lo que toca al arca y sus viscisitudes cfr. sobre todo: Ex. 25–26; 35–40; Deut. 10; 31; Jos. 3–6; 1 Rey. 4–7; 2 Rey. 6; 15; 2 Rey. 6; 15; 3 Rey. 8; 1 Par. 13; 15–16; 2 Par. 5–6; 2 Mac. 2; Heb. 9.

[12] Por lo que toca al Tabernáculo del Testimonio y a sus vicisitudes, cfr. sobre todo: Ex. 26–40; gran parte del Levítico, del libro de los Num., de los libros 1 y 2 Par.; Hebr. 8–9. Cfr. también la nota anterior.

[13] Cfr. Núm. 10, 1–10.

[14] en 577.11; contra esta piedra, en 592.17.

[15] En las traducciones de la Lengua española parece casi siempre la preposición “contra”, lo que no sucede en las italianas (N.T.). Cfr. Is. 8, 11–15 y 1 Pe. 2, 7–8 donde parece desprenderse que quien pega “contra”esta piedra es Dios y su Mesías, después caiga “sobre”.

[16] Cfr. Por ej. Hech. 6, 1–6; 11, 1–18; 15; 17, 1–15; Gal. 2, 11–14

[17] Cfr. Ju. 12, 1–8.

[18] Cfr. Ju. 20, 19–29.