2/10/2016 Evangelio según San Lucas 17,5-10.

Vigésimo séptimo domingo del tiempo ordinario

Santo(s) del día : Beato Antonio Chevrier
image Saber más cosas a propósito de los Santos del día

Lecturas

Leer el comentario del Evangelio por : Beata Teresa de Calcuta
“Somos unos servidores sin importancia: no hemos hecho otra cosa que nuestro deber”

Tercer año de la Vida Pública de Jesús

408. Multiplicación del trigo en los campos de José de Arimatea.

31 de marzo de 1946.

408-11       También aquí trabajan fervientemente los segadores. Es más –está mejor dicho– ha sido ferviente el trabajo de los segadores. Ya son inútiles las hoces, porque no hay en pie una sola espiga en estos campos aún más cercanos a la orilla mediterránea que los de Nicodemo. Pero Jesús no ha ido a Arimatea, sino a los terrenos que José posee en el llano, hacia el mar, y que antes de la siega, por su gran extensión, debían ser otro pequeño mar de espigas.

Una casa baja, ancha, blanca, está ahí, en el centro de los campos desnudos. Una casa de campo, pero bien cuidada. Sus cuatro eras se están llenando de gran cantidad de gavillas, puestas en haces (como disponen los soldados el bagaje durante los altos en el campo). Muchos carros traen ese tesoro de los campos a las eras, y muchos hombres descargan y amontonan. José va de una era a otra y vigila que todo se haga, y se haga bien.

Un campesino, desde lo alto del montón hacinado en un carro, anuncia:

«Hemos terminado, patrón. Todo el trigo está en tus eras. Este es el último carro de tu último terreno».

«Bien. Descarga y luego suelta a los bueyes y llévalos a los pilones y a los establos. Han trabajado bien y merecen descanso. Y también todos vosotros habéis trabajado bien y merecéis descanso. Pero la última fatiga será leve, porque para los corazones buenos es alivio la alegría de los demás. 2 Ahora vamos a traer a los hijos de Dios y vamos a darles el don del Padre. Abraham, ve a llamarlos»

dice luego volviéndose hacia un patriarcal campesino, que quizás es el primero de los campesinos al servicio de esta propiedad de José. Pienso esto porque veo que el respeto de los otros dependientes es muy visible hacia este anciano, que no trabaja pero ayuda al patrón vigilando y aconsejando.

Y el anciano va… Le veo dirigirse hacia una vasta y muy baja construcción, más parecida a un cobertizo que a una casa, provista de dos puertas gigantescas que tocan el canalón. Creo que será una especie de almacén donde estén guardados los carros y los otros aperos de labranza. Entra allí dentro y luego sale seguido por un heterogéneo y mísero grupo humano de todas las edades… y de todas las miserias… Hay seres macilentos, aunque sin desgracias físicas, y hay tullidos, ciegos, mancos, enfermos de los ojos… Muchas viudas rodeadas de sus muchos huerfanitos, o también las mujeres de algún enfermo, tristes, apocadas, enflaquecidas por las noches en vela y los sacrificios para cuidar al enfermo.

Vienen con ese aspecto particular de los pobres cuando van a un lugar donde recibirán una gracia: timidez en las miradas, esquivez propia del pobre honrado, no sin una sonrisa que aflora encima de la tristeza impresa por días de dolor en los rostros demacrados, no sin una chispa mínima de triunfo, casi como una respuesta al destino, que se ha cebado sobre ellos en días tristes, contínuos, una respuesta al destino:

«¡Hoy es fiesta, para nosotros también hay un día de fiesta, hoy es fiesta, es alegría, es consuelo para nosotros! ».

Los pequeños ponen ojos como platos al ver los montones de gavillas, más altos que la casa, y dicen a sus mamás mientras las señalan:

«¿Para nosotros? ¡Qué bonitas!».

Los ancianos susurran:

«¡El Bendito, bendiga al compasivo!».

Los mendigos, tullidos, o ciegos, o mancos, o enfermos de los ojos:

«¡Por fin tendremos pan también nosotros, sin tener que alargar siempre la mano!».

Y los enfermos a sus familiares:

«Al menos podremos medicarnos sabiendo que vosotros no sufrís por nosotros. Nos harán bien ahora las medicinas».

Y los familiares a los enfermos:

«¿Veis? Ahora ya no diréis que ayunamos para dejaros a vosotros el pedazo de pan. ¡Alegraos, pues, ahora!…».

Y las viudas a los huerfanitos:

«Hijitos míos, habrá que bendecir mucho al Padre de los Cielos que os hace de padre, y al buen José, que es su administrador. Ahora no os oiremos llorar por hambre, hijos nuestros que tenéis sólo a vuestras madres para ayudaros… a vuestras pobres mamás, que de rico tienen sólo el corazón…».

Un coro y un espectáculo que alegran, pero también hacen venir lágrimas a los ojos…

3       Y José, teniendo ya delante a estos infelices, se pone a recorrer las filas, a llamar a uno por uno, preguntando cuántos son en su familia, desde cuánto tiempo están viudas, o desde cuándo están enfermos, etc… y toma nota. Y para cada caso ordena a los campesinos que están a su servicio:

«Da diez. Da treinta».

«Da sesenta»

dice después de escuchar a un anciano semiciego que se le ha acercado con diecisiete nietecitos, todos por debajo de los doce años, hijos de dos hijos suyos, muertos uno en la siega del año anterior, la otra de parto…

«y» dice el anciano «el marido ha encontrado consuelo y se ha casado otra vez, pasado un año. Me ha remitido los cinco hijos diciendo que se preocuparía de ellos. Sin embargo, jamás un sólo denario!… Ahora se me ha muerto también mi mujer y estoy solo… con éstos…».

«Da sesenta al anciano padre. Tú, padre, espera, que después te voy a dar vestidos para los pequeños».

El campesino observa que, si se va a sesenta gavillas por cada vez, no va a llegar el trigo para todos…

«¿Dónde está tu fe? Si acumulo y distribuyo las gavillas, ¿lo hago por mí? No. Es para los más amados hijos del Señor. El Señor mismo proveerá a que baste para todos»

responde José al campesino.

«Sí, patrón. Pero el número es número…».

«Y la fe, es fe. Y yo, para mostrarte que la fe puede todo, ordeno que se doble la medida que ha sido dada a los primeros. Quien ha recibido diez que reciba otras diez, quien veinte, otras veinte, y al anciano dadle ciento veinte. ¡Hacedlo! ¡Hacedlo!».

Los campesinos se encogen de hombros y cumplen la orden. Y continúa la distribución, en medio del gozoso asombro de los beneficiados, que ven que les dan una medida que supera todas sus más descabelladas esperanzas. José sonríe por ello, y acaricia a los pequeñuelos, que ponen todo su ahínco en ayudar a sus mamás; o ayuda a los tullidos, que hacen su pequeño montón; ayuda a los ancianos demasiado caducos como para hacerlo; o a las mujeres demasiado macilentas; y ordena apartar a dos enfermos para darles otras ayudas, como ha hecho con el anciano de los diecisiete nietos. Los montones, más altos que la casa, ahora son muy bajos, casi al nivel del suelo. Pero todos han recibido su parte, y en medida abundante. José pregunta:

«¿Cuántas gavillas quedan todavía?».

«Ciento doce, patrón»

dicen los campesinos tras contar lo que queda.

«Bien. Tomaréis…».

José recorre la lista de los nombres que ha apuntado, y dice:

«Tomaréis cincuenta. Las guardaréis para simiente, porque es semilla santa. Que se dé el resto, una a cada uno, a cada cabeza de familia aquí presente. Son exactamente sesenta y dos cabezas de familia».

Los campesinos obedecen. Meten bajo un pórtico las cincuenta gavillas y distribuyen el resto. Ahora las eras ya no tienen los voluminosos montones de oro.

Pero, en el suelo, hay sesenta y dos pequeños montones de distinto volumen. Y sus propietarios, solícitos, los atan y los cargan en rudimentarias carretillas, o en precarios jumentos a los que han ido a desatar de un vallado que está detrás de la casa.

4       El anciano Abraham, que ha hablado aparte con los principales campesinos al servicio de José, se acerca con éstos al patrón, y éste les pregunta:

«¿Entonces? ¿Habéis visto? ¡Ha habido para todos! ¡Y ha sobrado!».

«¡Pero patrón, aquí hay un misterio! Nuestros campos no pueden haber dado el número de gavillas que has distribuído. Yo he nacido aquí y tengo setenta y ocho años. Siego desde hace sesenta y seis. Y sé. Mi hijo tenía razón. ¡Sin un misterio, no habríamos podido dar tanto!…».

«Pero que lo hemos dado es una realidad, Abraham. Tú estabas a mi lado. Los campesinos han entregado las gavillas. No hay ningún sortilegio. No es irrealidad. Las gavillas se pueden contar todavía. Están todavía allí, aunque sea divididas en muchas partes».

«Sí, patrón. Pero… No es posible que los campos hayan dado tantas gavillas».

«¿Y la fe, hijos míos? ¿Y la fe? ¿Dónde metéis la fe? ¿Podía desacreditar el Señor a su siervo, que prometía en su Nombre y con santo fin?».

«¡¿Entonces tú has hecho un milagro?!».

dicen los campesinos, ya dispuestos a los gritos de hosanna.

«No soy hombre de milagros. Soy un pobre hombre. Lo ha hecho el Señor. Ha leído en mi corazón y ha visto en él dos deseos: el primero, llevaros a la misma fe; el segundo, dar mucho, mucho, mucho a estos hermanos míos infelices. Dios ha asentido a mis deseos… y ha actuado. ¡Bendito sea!»

dice José inclinándose reverentemente como si estuviera delante de un altar.

«Y su siervo con El»

dice Jesús, que hasta ese momento ha estado oculto detrás de la esquina de una pequeña casa –no sé si horno o almazara– rodeada por un seto, y que ahora aparece abiertamente en la era donde está José.

«¡¡Maestro mío y Señor mío!!»

exclama José, cayendo de rodillas para venerar a Jesús.

«La paz a ti. He venido para bendecirte en nombre del Padre. Para premiar tu caridad y tu fe. 5 Soy huésped tuyo esta noche. ¿Me aceptas?».

«¡Oh, Maestro! ¿Y lo preguntas? La única cosa… La única cosa es que aquí no voy a poder darte honor… Estoy con mis domésticos–campesinos… en mi casa del campo… No tengo vajilla fina ni maestros de mesa ni criados capacitados… No tengo ni manjares ni vinos selectos… No tengo amigos… Será una hospitalidad muy pobre… Pero bueno, serás comprensivo… ¿Por qué, Señor, no me has avisado? Habría dispuesto lo necesario… Pero anteayer Hermas, con los suyos, estuvo aquí… Es más, he aprovechado sus servicios para avisar a éstos, a quienes quería dar, devolver, lo que es de Dios… ¡Pero Hermas no me dijo nada! ¡Si lo hubiera sabido!… Permíteme, Maestro, que dé indicaciones, que trate de remediar… ¿Por qué sonríes así?»

pregunta, en fin, José, que está todo agitado por la improvisa alegría y por la situación que juzga… desastrosa.

«Sonrío por tus inútiles penas. José, ¿qué buscas? ¿Lo que tienes?».

«¿Qué tengo? No tengo nada».

«¿Qué «¡Cuán hombre eres todavía! ¿Por qué no eres ya el José espiritual de hace un rato, cuando hablabas como persona sabia y prometías, seguro, por la fe y para dar la fe?».

«¡Oh! ¿Has estado oyendo?».

«He oído y he visto, José. Aquel seto de laureles es muy útil para ver que lo que he sembrado no ha muerto en ti. Y por esto te digo que te creas inútiles penas. ¿Que no tienes ni maestros de mesa ni servidores capacitados? Pero si donde se ejercita la caridad está Dios, y donde está Dios están sus ángeles. ¿Y qué maestros de casa quieres tener más capacitados que ellos? ¿Que no tienes ni manjares ni vinos selectos? ¿Y qué manjar quieres ofrecerme, y qué bebida, más selectos que el amor que has tenido hacia éstos y tienes hacia mí? ¿Que no tienes amigos para darme honor? ¿Y éstos? ¿A qué amigos ama el Maestro de nombre Jesús más que a los pobres y a los infelices? ¡Animo, hombre, José! Ni siquiera convirtiéndose Herodes y abriéndome sus salas para recibirme y darme honor, en un palacio purificado, y teniendo con él los jefes de todas las castas para darme honor, Yo tendría una corte más selecta que ésta. Y quiero dirigirles unas palabras y ofrecerles un don. ¿Permites?».

«¡Pero Maestro, si todo lo que Tú quieres lo quiero yo! Ordena».

«Diles que se reúnan. Que se reúnan también los campesinos. Para nosotros siempre habrá un pan… Mejor es que ahora escuchen mi palabra en vez de correr para acá o allá, afanándose en pobres cuidados».

La gente se apiña con diligencia, asombrada…

6       Jesús habla:

«Aquí habéis visto que la fe puede multiplicar el trigo cuando este deseo viene de un deseo de amor. Pero no limitéis vuestra fe a las necesidades materiales. Dios creó el primer grano de trigo y desde entonces el trigo produce espigas para el pan de los hombres. Pero Dios creó también el Paraíso, que espera a sus ciudadanos. Ha sido creado para los que viven en la Ley y permanecen fieles a pesar de las pruebas dolorosas de la vida. Tened fe y lograréis conservaros santos con la ayuda del Señor, de la misma forma que José ha logrado asignar el doble de trigo para haceros felices doblemente y confirmar en la fe a sus campesinos. En verdad, en verdad os digo que si el hombre tuviera fe en el Señor, y esa fe fuera por un justo motivo, ni siquiera las montañas, hincadas en el suelo con sus entrañas rocosas, podrían resistir, y ante la orden de quien tiene fe en el Señor cambiarían de sitio.¿Tenéis vosotros fe en Dios?»

 pregunta dirigiéndose a todos.

«¡Si, Señor!».

«¿Quién es Dios para vosotros?».

«El Padre santísimo, como enseñan los discípulos del Cristo».

«¿Y el Cristo quién es para vosotros?».

«El Salvador. El Maestro. ¡El Santo!».

«¿Sólo esto?».

«El Hijo de Dios. Pero no se debe decir, porque los fariseos nos persiguen si lo decimos».

«¿Pero vosotros creéis que lo es?».

«Sí, Señor».

«Pues bien, creced en vuestra fe. Aunque calléis vosotros, las piedras, las plantas, las estrellas, el suelo, todas las cosas, proclamarán que el Cristo es el verdadero Redentor y Rey. Lo proclamarán en la hora de su elevación, cuando le envuelva la púrpura santísima y tenga la corona de Redención. Bienaventurados los que sepan creer esto ya desde ahora, y que más aún lo crean entonces, y tengan fe en Cristo y, por tanto, vida eterna. ¿Tenéis vosotros esta fe inquebrantable en Cristo?».

«Sí, Señor. Enséñanos dónde está El, y nosotros le pediremos que aumente nuestra fe para ser bienaventurados de esa forma».

Y la última parte de esta súplica la dicen no sólo los pobres, sino también los campesinos, los apóstoles y José.

408-2«Si tenéis fe como un grano de mostaza, y la tenéis –perla preciosa– en el corazón, sin dejar que os la arrebate ninguna cosa humana, o sobrehumana pero mala, podréis todos decir incluso a ese robusto moral que da sombra al pozo de José: “Arráncate de ahí y trasplántate a las olas del mar”».

7 «¿Pero Cristo dónde está? Le esperamos para ser curados. Los discípulos no nos han curado, pero nos han dicho: “El puede hacerlo”. Quisiéramos curarnos para trabajar»

dicen unos hombres enfermos o impedidos.

«¿Y creéis que Cristo lo puede?»

dice Jesús mientras hace una señal a José de que no diga que Cristo es El.

«Lo creemos. Es el Hijo de Dios. Lo puede todo».

«Sí. Lo puede todo… ¡Y lo quiere todo!»

grita Jesús extendiendo con imperio el brazo derecho y bajándole como para jurar. Y termina con un grito potente:

«¡Y así sea, para gloria de Dios!».

Y hace ademán de volverse hacia la casa. Pero los curados, unos veinte, gritan, se acercan y le encierran en un laberinto de manos extendidas para tocar, bendecir, buscar sus manos, sus vestidos, para besar, acariciar. Le aíslan de José, de todos…

Y Jesús sonríe, acaricia, bendice… Se libera lentamente y, todavía seguido, desaparece entrando en la casa, mientras los gritos de hosanna suben al cielo, que se pone violáceo con el principio del crepúsculo.

Personajes
Jose de Arimatea
http://www.maria-valtorta.org/Personnages/JosephArimathie.htm

422. El Iscariote, con sus malos humores, ocasiona la lección sobre los deberes y los siervos inútiles[1]186.

24 de abril de 1946.

422-11       Y así el guijarral se ve blanco en la noche sin luna, pero clarísima por millares de estrellas, grandes, inverosímilmente grandes estrellas de cielo de Oriente. No es luz intensa como la de la Luna, pero es una fosforescencia delicada que permite, a quien tiene la vista acostumbrada a la obscuridad, ver por dónde camina y lo que le rodea.

Aquí, a la derecha de los caminantes, que suben hacia el Norte siguiendo el curso del río, la suave luminosidad estelar muestra el límite vegetal hecho de cañedos, de sauces y luego de árboles altos, y, dado que la luz es muy leve, parece formar un muro compacto, continuo, sin interrupción, sin posibilidad de penetración, apenas roto en el lugar en que el lecho de un riachuelo o torrente, completamente secos, coloca una raya blanca que se adentra hacia oriente y desaparece en la primera curva del minúsculo afluente ahora seco. A la izquierda, sin embargo, los caminantes disciernen el brillo de las aguas que descienden hacia el Mar Muerto, borbollando, suspirando, susurradoras, tranquilas, serenas. Y entre la línea brillante de las aguas de color añil, en la noche, y la masa negro–opaca de hierbas, arbustos y árboles, se extiende la cinta clara del guijarral, a veces más ancha, a veces más estrecha, a veces interrumpida por una minúscula balsa –residuo de la pasada avenida–, todavía con un poco de agua en curso de reabsorción, y donde forman aún mata verde las hierbas, que en otras partes están resecas en la sequedad del guijarral, sin duda ardiente en las horas de sol.

Los apóstoles se ven obligados –por estas pequeñas balsas, o también por marañas de juncos secos, pero peligrosos como cuchillos para el pie sólo semicubierto por las sandalias– a separarse de vez en cuando, para juntarse de nuevo luego en torno a su Maestro, que va siempre majestuoso, generalmente callado, con su paso largo, levantando la mirada hacia las estrellas más que inclinándola hacia el suelo. Los apóstoles no, no callan; hablan entre sí, recapitulando los hechos de la jornada, sacando las conclusiones de éstos o previendo su futuro desarrollo. Alguna rara palabra de Jesús, la mayoría de las veces dicha para responder a una pregunta directa o para corregir alguna ponderación errada o no caritativa, se intercala en la parlería de los doce. Y el camino continúa en la noche, ritmando el silencio nocturno con un elemento nuevo en esas regiones desiertas: las voces humanas y el triscar de los pasos.

Y se callan los ruiseñores entre las frondas, asombrados de que sonidos disonantes y ásperos se mezclen, turbadores, con el habitual rumor de las aguas y las brisas, habituales acompañamientos de sus solos virtuosos.

2       Pero una pregunta directa, que no tiene que ver con lo que ha pasado, sino con lo que ha de suceder, va a romper, con la violencia de una rebelión, además de con el tono más agudo de las voces agitadas por indignación o ira, la paz (no sólo la de la noche, sino también la más íntima de los corazones). Felipe pregunta si y dentro de cuántos días estarán en sus casas. Una latente necesidad de descanso, un no dicho pero sí implícito deseo de afectos familiares están presentes en la sencilla pregunta del apóstol ya entrado en años, que es marido y padre además de apóstol, que tiene intereses de que ocuparse…

Jesús siente todo esto y se vuelve a mirar a Felipe, se detiene para esperarle, pues Felipe va un poco más atrás, con Mateo y Natanael. Cuando le tiene a su lado, le ciñe con un brazo mientras le dice:

«Pronto, amigo mío. Pero pido a tu bondad todavía otro pequeño sacrificio, a no ser que quieras separarte antes de mí…».

«¿Yo? ¿Separarme? ¡Jamás!».

«Entonces… te tengo todavía un poco de tiempo lejos de Betsaida. Quiero ir a Cesarea Marítima pasando por Samaria. Al regreso iremos a Nazaret y estarán conmigo los que no tienen familia en Galilea. Luego, después de un poco, os alcanzaré en Cafarnaúm… Y allí os evangelizaré, para haceros aún más aptos. Pero si crees que tu presencia en Betsaida es necesaria… vete si quieres, Felipe. Nos encontraremos allá…».

«No, Maestro. ¡Es más necesario estar contigo! Pero… Es dulce la casa… y las hijas… Pienso que no las tendré mucho conmigo en el futuro… y quisiera gozar un poco de su casta dulzura. Pero si debo elegir entre ellas y Tú, te elijo a ti… y por más de un motivo…»

termina, suspirando, Felipe.

«Y haces bien, amigo. Porque Yo te seré arrebatado antes que tus hijas…».

«¡Maestro!…»

dice con pena el apóstol.

«Así es, Felipe»

termina Jesús, y besa al apóstol en la sien.

3       Judas Iscariote, que ha estado barbotando entre dientes desde que Jesús ha nombrado Cesarea, alza la voz, como si ver el beso dado a Felipe le hiciera perder el control de sus acciones. Y dice:

«¡Cuántas cosas inútiles! ¡Verdaderamente no sé qué necesidad hay de ir a Cesarea!»

y lo dice con una impetuosidad llena de bilis; parece como si quisiera decir implícitamente: «y Tú que vas, eres un necio».

«No eres tú quien tiene que juzgar sobre las necesidades de las cosas que hacemos, sino el Maestro»

le responde Bartolomé.

«¿Sí, Eeh? ¡Casi como si El viera claras las necesidades naturales!».

«¡Oye! ¿Estás sano o estás loco? ¿Sabes de quién hablas?»

le pregunta Pedro meneándole por un brazo.

«No estoy loco. Soy el único que tiene el cerebro sano. Y sé lo que digo».

«¡Pues vaya cosas que dices tú!», «¡Ruega a Dios que no te lleve la cuenta de ellas!», «¡La modestia no es amiga tuya!», «Se diría que tienes miedo de que, yendo a Cesarea, se te pueda conocer por lo que eres»

dicen juntos y respectivamente Santiago de Zebedeo, Simón Zelote, Tomás y Judas de Alfeo. Judas Iscariote se vuelve contra este último:

«No tengo nada que temer y vosotros no tenéis nada que conocer. Lo que sucede es que estoy cansado de ver que se pasa de un error a otro y nos destruimos. Choques con los ancianos, disputas con los fariseos. Ahora nos faltan los romanos…».

«¿Cómo? ¡Pero si hace apenas dos lunas que estabas exaltado de alegría, estabas seguro, estabas, estabas, estabas… todo estabas, porque tenías por amiga a Claudia!»

observa con ironía Bartolomé, el cual, siendo el más… intransigente, es el que si no se rebela contra los contactos con los romanos es sólo por obediencia al Maestro.

Judas enmudece un momento, porque la lógica de la irónica pregunta es evidente, y, so pena de aparecer ilógico, uno no puede contradecir lo que ha dicho antes. Pero luego se recobra:

«No digo esto por los romanos. Me refiero a los romanos como enemigos. Ellas, porque en el fondo no son más que cuatro mujeres romanas, cuatro, cinco, seis como mucho, ellas nos han prometido ayuda y nos la darán. 4 Pero lo que pasa es que ello aumentará el odio de sus enemigos, y El no lo comprende y…».

«Su odio es completo, Judas. Y tú lo sabes como Yo, e incluso mejor[2]187 que Yo»

dice con serenidad Jesús, recalcando la palabra “mejor”.

«¿Yo? ¿Yo? ¿Qué quieres decir? ¿Quién sabe las cosas mejor que Tú?».

«Acabas de decir que sólo tú conoces las necesidades y el cómo comportarse en ellas…»

le rebate Jesús.

«Pero para las cosas naturales. Yo digo que conoces las cosas espirituales mejor que nadie».

«Eso es verdad. Pero precisamente por eso te decía que conoces mejor que Yo las cosas –feas si quieres, degradantes si quieres– naturales, como el odio de mis enemigos, como sus propósitos…».

«¡Yo no sé nada! Nada sé yo. Lo juro por mi alma, por mi madre, por Yahvé…».

«¡Basta! Está escrito que no se ha de jurar[3]188»

dice con tono tajante Jesús, con una severidad que parece endurecerle hasta los rasgos del rostro dándole perfección de estatua.

«Bueno, pues no juraré. Pero me será lícito decir, porque no soy un esclavo, que no es necesario, que no es útil, es más, que es peligroso ir a Cesarea, hablar con las romanas…».

«¿Y quién te dice que va a ser así?»

pregunta Jesús.

«¡Quién? ¡Hombre, pues todo! Tú tienes necesidad de asegurarte de una cosa. Estás siguiendo las huellas de una…»

se para, porque comprende que la ira le hace hablar demasiado. 5 Luego continúa:

«Y yo te digo que deberías pensar también en nuestros intereses. Nos has arrebatado todo. Casa, ganancias, afectos, tranquilidad. Somos gente perseguida por causa tuya y lo seguiremos siendo después. Porque Tú –lo dices de todos los modos– un buen día te marcharás. Nosotros, sin embargo, nos quedamos. Y nos quedaremos destruidos, y nosotros…».

«Tú no serás perseguido cuando Yo ya no esté entre vosotros. Esto te lo digo Yo, que soy la Verdad. Y te digo que he tomado lo que espontánea e insistentemente me habéis dado. Así que no puedes acusarme de haberos arrebatado violentamente ni un solo cabello de los que se os caen cuando os peináis. ¿Por qué me acusas?».

Jesús está ya menos severo, muestra ahora una tristeza deseosa de reconducir a la razón con dulzura, y creo que esta misericordia suya, tan plena, tan divina, es freno para los demás, que no la tendrían, no, hacia el culpable.

Judas también siente esto, y, con una de esas bruscas mudanzas de su alma atrapada entre dos fuerzas contrarias, se arroja al suelo y se golpea la cabeza y el pecho y grita:

«Porque soy un demonio. Un demonio soy yo. ¡Sálvame, Maestro, como salvas a tantos endemoniados! ¡Sálvame! ¡Sálvame!».

«No esté inerte tu voluntad de ser salvado».

«La hay. Ya lo ves. Quiero ser salvado».

«Por mí. Pretendes que Yo haga todo. Pero Yo soy Dios y respeto tu libre albedrío. Te daré las fuerzas para llegar a “querer”. Pero querer no ser esclavo debe venir de ti».

«¡Lo quiero! ¡Lo quiero! ¡Pero no vayas a Cesarea! ¡No vayas! 6 Escúchame a mí como escuchaste a Juan cuando[4]189 querías ir a Acor. Tenemos todos los mismos derechos. Te servimos todos igualmente. Tienes la obligación de complacernos por lo que hacemos… ¡Trátame como a Juan! ¡Lo quiero! ¿Qué hay de distinto entre yo y él?».

«¡El corazón! Mi hermano no habría hablado jamás como tú hablas. Mi hermano no…».

«Silencio, Santiago. Hablo Yo. Y a todos. Y tú levántate y compórtate como un hombre, como Yo te trato, no como un esclavo lastimero a los pies de su amo. Sé hombre, puesto que tanto te importa ser tratado como Juan, el cual, en verdad, es más que un hombre, porque es casto y está saturado de Caridad. Vamos. Es tarde. Y al alba quiero pasar el río. A esa hora regresan los pescadores que han retirado las nasas y es fácil encontrar un bote para cruzar el río. La Luna en sus últimos días eleva cada vez más su arco fino, así que podemos, con su mayor luz, caminar más de prisa.

7 Oíd. En verdad os digo que ninguno debe gloriarse de cumplir con el propio deber y exigir por ello, que es una obligación, especiales favores.

Judas ha recordado que me habéis dado todo. Y me ha dicho que por ello tengo el deber de complaceros a cambio de lo que hacéis. Pero, considerad esto. Entre vosotros hay pescadores, propietarios de tierras, más de uno que tiene un obrador, y el Zelote que tenía un criado. Ahora bien, cuando los mozos de la barca, o los hombres que como subalternos os ayudaban en el olivar, en la viña o en los campos, o los aprendices del obrador, o simplemente el criado fiel que cuidaba la casa y la mesa, terminaban sus trabajos, ¿acaso os poníais vosotros a servirlos? ¿Y no es así en todas las casas e incumbencias? ¿Qué hombre que tiene un siervo arando o apacentando, o un obrero en el obrador, dice a éste cuando termina el trabajo: “Ve inmediatamente a la mesa”? Ninguno. Más bien, sea que vuelva de los campos, sea que haya dejado las herramientas del trabajo, todo patrón dice: “Hazme de comer, límpiate, y, con túnica limpia y ceñida, sírveme mientras yo como y bebo. Después comerás y beberás tú”. Y no se puede decir que ello sea dureza de corazón. Porque el siervo debe servir a su señor, y éste no le queda deudor porque el siervo haya hecho lo que por la mañana el señor había ordenado. Porque, si es verdad que el señor tiene el deber de ser humano con el propio siervo, así el siervo tiene el deber de no ser holgazán y dilapidador, sino de cooperar al bienestar de su señor, que le viste y le da de comer. ¿Soportaríais vosotros que vuestros mozos de barca, los campesinos, los obreros, el criado de casa, os dijeran: “Sírveme porque he trabajado”? No creo.

Así también vosotros, mirando a lo que habéis hecho y hacéis por mí –y, en el futuro, mirando a lo que haréis para continuar mi obra y seguir sirviendo a vuestro Maestro– debéis decir siempre, porque veréis también que habréis hecho siempre mucho menos de cuanto era justo hacer para estar nivelados con la mucha ayuda recibida de Dios: “Somos siervos inútiles, porque no hemos hecho sino nuestro deber”. Si razonáis así, veréis como no sentiréis ya más surgir en vosotros ni exigencias ni malos humores, y obraréis con justicia».

J       esús calla. Todos reflexionan.

8       Pedro choca a Juan con el codo, que reflexiona teniendo sus ojos zarcos fijos en las aguas, las cuales del color añil pasan a un plata azul por el toque de la Luna, y le dice:

«Pregúntale cuándo uno hace más de su deber. Quisiera llegar a hacer más de mi deber, yo…».

«Yo también, Simón. Estaba pensando precisamente en esto»

le responde Juan con su hermosa sonrisa en los labios, y pregunta con voz fuerte:

«Maestro, dime: ¿el hombre siervo tuyo no podrá nunca hacer más de su deber, para decirte con este “más” que te ama completamente?».

«Niño, Dios te ha dado tanto que, por justicia, todo heroísmo tuyo sería siempre poco. Pero el Señor es tan bueno, que mide lo que le dais no con su medida infinita. Lo mide con la medida limitada de la capacidad humana. Y, cuando ve que habéis dado sin parsimonia, con una medida colmada, rebosante, generosa, entonces dice: “Este siervo mío me ha dado más de cuanto era su deber. Por eso le daré la sobreabundancia de mis premios”».

«¡Oh! ¡Qué feliz me siento! Entonces te voy a dar medida rebosante para recibir esta sobreabundancia!»

exclama Pedro.

«Sí. Me darás esa medida. Vosotros me la daréis. Todos los que son amantes de la Verdad, de la Luz, me la darán. Y conmigo serán sobrenaturalmente felices».

[1] 186 Cfr. Lc. 17, 7–10.

[2] 187 “Por experiencia humana”.

[3] 188 Cfr. Ex. 20, 7, 16; Lev. 19, 12; Núm. 30, 3; Deut. 23, 21–23; Ecl. 5, 3–4; Mt. 5, 33–37.

[4] 189 en 379.2.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s