30/10/2016 Evangelio según San Lucas 19,1-10.

Trigésimo primero domingo del tiempo ordinario

Santo(s) del día : Beato Alejo Zarycky
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Lecturas

El evangelio de Lucas de este domingo nos encuentra al comienzo del tercer año de la vida pública de Jesus, en el capitulo 417 del tomo 6.

Al pie de la presente encontrarán los enlaces a los personajes y lugares citados en este capítulo.

Tercer año de la Vida Pública de Jesús

417. Historia de Zacarías el leproso y conversión de Zaqueo[1]171, el publicano.

17 de julio de 1944.

1       Veo una vasta plaza –parece un mercado– rica en sombra de palmeras y otros árboles más bajos y frondosos. Las palmeras crecen acá o allá sin orden, y cimbrean el penacho de sus hojas, que crepitan con un viento caliente y alto portador de abundante polvo rojizo, como si viniera de un desierto o, por lo menos, de lugares agrestes de tierra rojiza. Los otros árboles forman como una galería a lo largo de los lados de la plaza, una galería de sombra, bajo la cual están refugiados vendedores y compradores, en medio de un jaleo inquieto y vocinglero.

En un ángulo de la plaza, exactamente en donde termina el camino principal, hay una primitiva oficina de recaudación de impuestos, donde se ven balanzas y medidas y un banco, tras el cual está sentado un hombre pequeño que vigila, observa y cobra, y con el cual todos hablan como si fuera conocidísimo. Sé que es Zaqueo el recaudador, porque muchos le llaman, quien para preguntarle sobre las cosas sucedidas en la ciudad –son los forasteros–, quién para depositarle sus impuestos. Muchos se asombran de su preocupación. En efecto, parece distraído y absorto en un pensamiento. Responde con monosílabos y a veces con gestos. Ello asombra a muchos, porque se ve que habitualmente Zaqueo es locuaz. Alguno le pregunta si se siente mal, o si tiene parientes enfermos. Pero él lo niega.

Sólo dos veces se interesa vivamente. La primera, cuando pregunta a dos que vienen de Jerusalén y que hablan del Nazareno, contando milagros y predicación.

Entonces Zaqueo hace muchas preguntas:

«¿Es verdaderamente bueno como dicen que es? ¿Sus palabras corresponden a los hechos? ¿La misericordia que predica la usa realmente? ¿Para todos? ¿Incluso para los publicanos? ¿Es verdad que no rechaza a nadie?».

Y escucha y piensa y suspira. Otra vez es cuando uno le señala a un hombre de poblada barba, que pasa con su jumento cargado de enseres.

«¿Ves, Zaqueo? Aquél es Zacarías el leproso. Hacía diez años que vivía en un sepulcro. Ahora que está curado compra de nuevo los enseres para su casa, vaciada por la Ley cuando él y los suyos fueron declarados leprosos».

«Llamadle».

2       Zacarías viene.

«¿Tú eras leproso?».

«Lo era, y conmigo mi mujer y mis dos hijos. La enfermedad se apoderó primero de ella y no nos dimos cuenta inmediatamente. Los niños se contagiaron durmiendo en brazos de su madre y yo acercándome a mi mujer. ¡Todos estábamos leprosos! Cuando se dieron cuenta, nos echaron del pueblo… Habrían podido dejarnos en nuestra casa. Era la última… al final de la calle. No habríamos creado dificultades… Ya había dejado crecer mucho el seto, para que ni siquiera fuéramos vistos. Era ya un sepulcro… pero era nuestra casa… Nos echaron. Nos echaban. Ningún pueblo nos aceptaba. ¡Es justo! ¡Ni siquiera el nuestro nos había aceptado! Nos instalamos cerca de Jerusalén, en un sepulcro vacío. Allí hay muchos desdichados. Pero los niños, con el frío de la caverna, murieron. Enfermedad, frío y hambre los mataron pronto… Eran dos varones… guapos antes de la enfermedad. Fuertes y guapos. Brunos como dos moras de agosto, de cabellos rizados, despabilados… Se habían convertido en dos esqueletos cubiertos de llagas… Sin pelo, cerrados los ojos por las costras, cayéndose en escamas blancas los piececitos y las manos. ¡Se fueron deshaciendo ante mis ojos mis niños!… No tenían ya figura humana aquella mañana en que murieron, a pocas horas de distancia… Los sepulté como a despojos de animales, debajo de poca tierra y muchas piedras, mientras la madre gritaba… Unos meses después murió la madre… y me quedé solo… Estaba esperando la muerte, y no habría tenido ni siquiera una fosa excavada con las manos de los demás…

3 Estaba casi ciego ya, cuando un día pasó el Nazareno. Desde mi sepulcro grité:

“¡Jesús! ¡Hijo de David, ten piedad de mí!”. Me había referido un mendigo, que no había tenido miedo de llevarme su pan, que él había sido curado de su ceguera invocando al Nazareno con aquel grito. Y decía: “No me ha dado sólo la vista de los ojos, sino también la del alma. He visto que es el Hijo de Dios y veo a todos a través de El.

Por este motivo no huyo de ti, hermano, sino que te traigo pan y fe. Ve donde el Cristo. Que haya uno más que le bendiga”. Ir no podía. Los pies, llagados hasta el hueso, no me permitían caminar… y además… me habrían apedreado, si me hubieran visto. Estuve atento a cuando pasase (lo hacía frecuentemente para ir a Jerusalén). Un día vi –lo que podía ver– una polvareda en el camino, y muchedumbre de gente, y oí voces. Me arrastré hasta el borde de la colina donde estaban las grutas sepulcrales, y, cuando me pareció ver una cabeza rubia desnuda que resplandecía entre las otras cabezas cubiertas, grité. Fuerte. Con toda la voz que tenía. Tres veces grité. Hasta que le llegó mi grito.

Se volvió. Se detuvo. Vino hacia mí. Solo. Llegó justo debajo del lugar donde yo estaba y me miró. ¡Hermoso, bueno, con dos ojos, una voz, una sonrisa…! Dijo: “¿Qué quieres que te haga?”. “Quiero quedar limpio”. “¿Crees que puedo hacerlo? ¿Por qué?” me preguntó. “Porque eres el Hijo de Dios”. “¿Lo crees?”. “Lo creo” respondí. “Veo el resplandor de la gloria del Altísimo sobre tu cabeza. ¡Hijo de Dios, piedad de mí!”.

El entonces extendió la mano con un rostro que era todo fuego. Los ojos parecían dos soles azules. Dijo: “Lo quiero. Queda limpio”. ¡Y me bendijo con una sonrisa!… ¡Qué sonrisa! Sentí que una fuerza entraba en mí. Como una espada de fuego que corría buscándome el corazón, que corría por las venas. El corazón, que estaba muy enfermo, volvió a como cuando tenía veinte años; la sangre helada de mis venas se volvió de nuevo caliente y rápida. Cesaron el dolor y la debilidad, y… ¡una alegría… una alegría…! El me miraba, con esa sonrisa suya que me hacía feliz. Luego dijo: “Ve, preséntate a los sacerdotes. Tu fe te ha salvado”.

Entonces comprendí que estaba curado. Miré mis manos y mis piernas. Ya no estaban las llagas. Donde antes estaba descubierto el hueso, había entonces carne rosada y fresca. Corrí a un regato y me miré. La cara también estaba limpia. ¡Estaba limpio! ¡Estaba limpio después de diez años de asquerosidad!… ¡Ah! ¿Por qué no había pasado antes, en los años en que estaba viva mi mujer y mis niños? Nos habría curado. Ahora, ¿ves? Compro para mi casa… ¡Pero estoy solo!…».

«¿No le has vuelto a ver?».

«No. Pero sé que está por esta zona y he venido a propósito. Quisiera bendecirle una vez más y ser bendecido para tener fuerza en mi soledad».

Zaqueo baja la cabeza y calla. El grupo se disuelve.

4       Pasa un tiempo. La hora se hace calurosa. La gente desaloja el mercado. El recaudador, con la cabeza apoyada en la mano piensa, sentado tras su banco.

«¡Ahí está! ¡Ahí está el Nazareno!»

gritan unos niños, señalando al camino principal. Mujeres, hombres, enfermos, mendigos se apresuran a correr a su encuentro. La plaza se queda vacía. Sólo los asnos, los camellos, atados a las palmeras, permanecen en su sitio; y Zaqueo en su banco. Pero luego se pone en pie. Se sube encima de su banco. Todavía no ve nada, porque muchos han arrancado ramajes y los ondean como por júbilo y Jesús está inclinado hacia algunos enfermos. Entonces Zaqueo se quita el vestido, de forma que se queda sólo con la túnica corta, y trepa a uno de los árboles. Sube con dificultad, contra el tronco grueso y liso que mal aferran sus cortas piernas y sus cortos brazos. Pero lo consigue, y se pone entre dos ramas, como en una terraza: las piernas penden por delante de este barandal; y de la cintura para arriba se asoma, como uno a una ventana, y mira.

La muchedumbre llega a la plaza. Jesús alza los ojos y sonríe al solitario espectador acomodado entre las ramas.

«Zaqueo, baja en seguida. Hoy me alojo en tu casa»

ordena. Y Zaqueo, tras un momento de estupor, con la cara lívida por la emoción, se desliza hacia abajo como un saco. Está nervioso y, patosamente, se pone de nuevo su vestido. Cierra sus registros y su caja con movimientos que, queriendo ser demasiado rápidos, son más lentos. Pero Jesús es paciente. Acaricia a unos niños mientras espera.

5       Por fin Zaqueo está preparado. Se acerca al Maestro y le guía hasta una bonita casa, con un amplio jardín alrededor, que está en el centro de la ciudad (una ciudad bonita; es más, una ciudad inferior en poco a Jerusalén, si no en cuanto a las dimensiones, sí en cuanto a las construcciones).

Jesús entra. Mientras espera a que la comida esté preparada, se ocupa de enfermos y sanos. Con una paciencia… que sólo puede ser suya.

Zaqueo va y viene muy activamente. No cabe dentro de sí mismo de la alegría. Quisiera hablar con Jesús, pero Jesús está rodeado siempre de una muchedumbre. Al fin, Jesús se despide de todos, diciendo:

«Volved a la puesta del Sol. Ahora id a vuestras casas. La paz a vosotros».

El jardín se desaloja. Se sirve la comida en una bonita y fresca sala que da al jardín. Zaqueo ha hecho las cosas con riqueza. No veo a otros familiares, por lo cual pienso que Zaqueo era célibe y vivía solo con muchos criados.

6       Acabada la comida, cuando los discípulos se diseminan a la sombra de las matas para descansar, Zaqueo se queda con Jesús en la fresca sala. Es más, durante un poco se queda solo Jesús, porque Zaqueo se retira como para dejarle descansar. Pero luego vuelve y mira por una rendija de una cortina. Ve que Jesús no está durmiendo, sino que piensa. Entonces se acerca. Trae en sus brazos una pesada arca. La pone en la mesa al lado de Jesús y dice:

«Maestro… hace tiempo me hablaron de ti. Un día dijiste en un monte muchas verdades que nuestros doctores ya no saben decir. Se me quedaron en el corazón… y desde entonces pienso en ti… Me ha sido referido después que eres bueno y no rechazas a los pecadores. Yo soy pecador, Maestro. Me han dicho que curas a los enfermos. Yo tengo enfermo el corazón porque he cometido hurto, porque he cometido usura, porque he sido vicioso, ladrón, duro con los pobres. Pero ahora, ahora estoy curado porque me has hablado. Te has acercado a mí y el demonio de la sensualidad y de la riqueza ha huido. Y desde hoy soy tuyo, si no me rechazas, y para mostrarte que nazco de nuevo en ti, mira, me despojo de las riquezas mal adquiridas y te doy la mitad de mis bienes para: los pobres; la otra mitad la usaré para restituir, cuadruplicado, cuanto he tomado con fraude. Sé a quién he robado. Luego, después de haber devuelto a cada uno lo suyo, te seguiré, Maestro, si lo permites…».

«Lo quiero. Ven. He venido para salvar y llamar a la Luz. Hoy Luz y Salvación han venido a la casa de tu corazón. Los que allí, al otro lado de la cancilla, murmuran porque te he redimido sentándome a tu banquete, olvidan que eres hijo de Abraham como ellos y que he venido para salvar a quien estaba perdido y a dar Vida a los muertos del espíritu. Ven, Zaqueo. Has comprendido mi palabra mejor que muchos que me siguen sólo para poder acusarme. Por eso de ahora en adelante estarás conmigo».

La visión cesa aquí.

«Zaqueo, aduanero y pecador, no por mala voluntad»

18 de julio de 1944.

7 Dice Jesús:

«Hay levadura y levadura. Está la levadura del Bien y está la del Mal. La levadura del Mal, veneno satánico, fermenta con mayor facilidad que la del Bien, porque encuentra la materia más adecuada para su fermentación en el corazón del hombre, en el pensamiento del hombre, en la carne del hombre, seducidos los tres por una voluntad egoísta, contraria, por tanto, a la Voluntad universal que es la de Dios.

La voluntad de Dios es universal porque no se limita nunca a un pensamiento personal, sino que tiene presente el bien de todo el universo. A Dios nada puede aumentarle ninguna perfección, habiendo poseído siempre todo de forma perfecta. Por tanto, no puede haber en El un pensamiento de propia ganancia en la base de ninguna acción suya.

Cuando se dice: “Se hace esto para mayor gloria de Dios, en el interés de Dios”, no es porque la gloria divina sea susceptible en sí misma de aumento, sino porque toda cosa que en la creación lleve una impronta de bien y toda persona que haga el bien –y por tanto merezca poseerle–, se adorna con el signo de la Gloria divina y da así gloria a la Gloria misma, que ha creado gloriosamente todas las cosas. Es un testimonio, en definitiva, dado a Dios por las personas y las cosas: testificando con hechos acerca del Origen perfecto del que proceden.

Por eso Dios, cuando os manda, os aconseja u os inspira una acción, no lo hace por interés egoísta, sino por un pensamiento altruista, caritativo, de bienestar vuestro.

Por eso la voluntad de Dios no es nunca egoísta; antes bien, es una voluntad enteramente abierta al altruismo, a la universalidad; la única y verdadera Fuerza de todo el mundo que tenga pensamiento de bien universal.

Pero la levadura del Bien, germen espiritual que viene de Dios, crece con mucha adversidad y esfuerzo, con mucha dificultad, teniendo como tiene, en contra, los estímulos propicios para la otra levadura: la carne, el corazón y el pensamiento del hombre, impregnados de un egoísmo que es la antítesis del Bien, que por su origen no puede ser sino Amor. Falta en la mayoría de los hombres la voluntad de bien, y por tanto el Bien pierde la fecundidad y muere, o vive tan precariamente, que no fermenta: se queda ahí. No hay culpa grave, pero tampoco hay un esfuerzo para hacer el máximo bien. Por eso el espíritu yace inerte; no muerto, pero sí infructífero.

Considerad que no hacer el mal sirve solamente para evitar el Infierno. Para gozar en seguida del hermoso Paraíso es absolutamente necesario hacer el bien. En la medida en que se logre hacer. Luchando contra uno mismo y contra los demás. Porque Yo he dicho que había venido a traer guerra y no paz entre padre e hijos, entre hermanos y hermanas, cuando esta guerra viniera del hecho de defender la Voluntad de Dios y su Ley contra las supercherías de las voluntades humanas, orientadas en direcciones contrarias a lo que Dios quiere.

8 En Zaqueo, el pequeño puñado de levadura de bien había fermentado para masa grande. En su corazón había caído sólo una partícula originaria: le habían referido mi discurso de la Montaña. Incluso deficientemente, sin duda amputado en muchas de sus partes, como sucede con los discursos referidos.

Publicano y pecador, Zaqueo. Pero no por mala voluntad. Era como uno que con un velo de catarata en las pupilas viera mal las cosas. Pero sabe que el ojo, liberado de ese velo, vuelve a tener la capacidad de ver bien. Y ese enfermo desea que le quiten ese velo. Lo mismo Zaqueo. Ni estaba convencido ni era feliz: no estaba convencido de las prácticas farisaicas, que habían llegado a substituir a la verdadera Ley; no se sentía feliz de su manera de vivir.

Buscaba instintivamente la luz, la verdadera Luz. Vio un resplandor de Luz en ese fragmento de discurso y lo guardó en su corazón como un tesoro. Y, puesto que lo amaba –date cuenta, María, de esto–, dado que lo amaba, el resplandor se fue haciendo cada vez más vivo, amplio e impetuoso, y le llevó a ver nítidamente el Bien y el Mal y a elegir rectamente, cortando con generosidad todos los tentáculos que antes, de las cosas al corazón y del corazón a las cosas, le habían envuelto en una red de esclavitud maligna.

“Puesto que lo amaba”. Este es el secreto del éxito o del no éxito. Se tiene éxito cuando se ama. Se tiene poco éxito cuando se ama raquíticamente. No se tiene ningún éxito cuando no se ama. En cualquier cosa, Con mayor razón en las cosas de Dios, donde, por ser Dios invisible para los sentidos corporales, hace falta tener un amor que me atrevería a llamarle perfecto, respecto a la perfección que puede tocar la criatura, para tener éxito en una empresa, en la santidad en este caso.

Zaqueo –sintiendo aversión del mundo y de la carne, asqueado también por las mezquindades de las prácticas farisaicas, tan capciosas, intransigentes para los demás y demasiado condescendientes para ellos– amó ese pequeño tesoro de mi palabra, llegado a él por puro azar, humanamente hablando; lo amó como a la cosa más hermosa que su vida de cuarenta años hubiera poseído. Y desde ese momento polarizó su corazón y su pensamiento hacia este punto.

Donde está el tesoro está el corazón del hombre. No sólo en el mal. También en el bien. ¿Los santos no han tenido, acaso, en la vida su corazón en donde estaba su tesoro: Dios? Sí. Y, por este motivo, mirando sólo a Dios, supieron pasar por la Tierra sin corromper su alma con el fango de la Tierra.

9 Aquella mañana, aunque no hubiera hecho acto de presencia, habría conseguido igualmente un prosélito. Porque la narración del leproso había acabado la metamorfosis de Zaqueo. Tras el banco de la recaudación ya no estaba el publicano ladrón y vicioso, sino el hombre arrepentido de su pasado y decidido a cambiar de vida. Si no hubiera hecho acto de presencia en Jericó, él habría cerrado su banco, habría cogido su dinero y habría venido en busca de mí, porque no podía ya estar sin el agua de la Verdad, sin el pan del Amor, sin el beso del Perdón.

Esto no lo veían, y mucho menos lo entendían, los censores de siempre, que siempre me observaban para criticarme. Por eso se asombraban de que comiera con un pecador. ¡Ah, si no juzgarais nunca, y dejarais a Dios esta tarea, pobres ciegos incapaces incluso de juzgaros a vosotros mismos! Nunca fui con los pecadores para aprobar su pecado. Iba para sacarlos del pecado, a menudo porque ellos ya sólo tenían lo externo del pecado: el alma contrita estaba ya transformada en una nueva alma viva para expiar ¿Entonces, estaba Yo con un pecador? No. Con un redimido que necesitaba sólo un guía para sujetarse en medio de su debilidad de resucitado de la muerte.

10 ¡Cuánto os puede enseñar el episodio de Zaqueo! El poder de la recta intención que suscita el deseo. El deseo recto que impulsa a buscar una cognición cada vez mayor del bien y a buscar a Dios continuamente hasta alcanzarle. Un recto arrepentimiento que da el coraje de la renuncia. Zaqueo tenía la recta intención de oír palabras de verdadera Doctrina. Habiendo oído alguna, su recto deseo le impulsa a mayor deseo y, por tanto, a una continua búsqueda de esta Doctrina. La búsqueda de Dios, oculto en la verdadera Doctrina, le separa de los mezquinos dioses del dinero y la sensualidad y le hace héroe de renuncia.

“Si quieres ser perfecto, ve, vende cuanto tienes y ven detrás de mí” dije al joven rico, que no lo supo hacer. Pero Zaqueo, a pesar de estar más endurecido en la avaricia y en la sensualidad, sabe hacerlo. Porque, a través de la escasa Palabra que le había sido transmitida, había visto a Dios, como el mendigo ciego y leproso que curé.

¿Podrá, acaso, un espíritu que ha visto a Dios encontrar ya atracción alguna en las pequeñas cosas de la Tierra? ¿Lo puede, acaso, mi pequeña esposa?».

«Bienaventurados los pobres de espíritu»

19 de julio de 1944.

Habla Jesús:

«Entre las bienaventuranzas que divulgué, expuse las condiciones necesarias para conseguirlas y los premios que se darán. Pero si diversas fueron las categorías mencionadas, el premio es el mismo, si lo veis bien: gozar de lo mismo de que goza Dios.

Categorías Diversas. Enseñé cómo Dios cuida de crear, con su pensamiento, almas de tendencias diversas, para que en la tierra haya un equilibrio justo en todas sus necesidades inferiores y superiores. Si después el hombre se rebela contra este equilibrio y no acata la Voluntad divina, que amorosamente lo guía por un sendero justo, no es de Dios la culpa.

Los hombres, siempre descontentos de su condición, o con supercherías o intentos de ella, invaden e introducen confusión en campos ajenos. ¿Qué son las guerras mundiales y las intestinas o las de religión, sino estas supercherías activas? ¿Qué hacen las revoluciones sociales, qué las doctrinas que se amamantan con el nombre de “sociales”, sino un deseo de mando y de anticaridad, porque ni saben querer, ni saben practicar lo justo que predican, sino que siempre llegan a las violencias que no ayudan a los oprimidos, sino aumentan su número en ventaja de unos cuantos poderosos? Pero donde reino Yo, Dios, estos cambios no existen. Ni en mis espíritus, ni en mi Reino. Es aquí donde son premiadas las diversas formas de la multiforme santidad de Dios, el cual es justo, puro, pacífico, misericordioso, libre de la avaricia de riquezas efímeras, gozoso en su amor.

Entre las almas, unas tienden por una forma, otras por otra. En determinada alma se tiende de manera principal, pues en un santo se encuentran todas las virtudes, pero hay una que predomina por la que el santo es particularmente famoso entre los hombres. Yo lo bendigo y lo premio por todas, porque el premio es “gozar de Dios” bien se trate de los pacíficos que de los misericordiosos, bien de los que aman la justicia como de los perseguidos por la injusticia, de los puros como de los afligidos, de los mansos como de los pobres de espíritu.

¡Los pobres de espíritu! Cómo entienden de mal, aun aquellos que son sinceros, esta definición. Pobre de espíritu para la superficialidad humana, para esos necios que se burlan, para aquellos que se creen sabios, pero son ignorantes, quiere decir “estúpido”.

Los mejores creen que el espíritu sea la inteligencia, el pensamiento; que sea astucia, malignidad lo creen los más materiales. No. El espíritu está sobre la inteligencia. Es el rey de cuanto hay en vosotros. Todas las dotes físicas y morales están sujetas y son siervas de este rey. Es allí donde una criatura filialmente entregada a Dios sabe cómo tener las cosas en su punto justo. Pero cuando la criatura no está filialmente entregada, entonces sobrevienen las idolatrías, y las esclavas se convierten en reinas, quitan del trono al espíritu que es el rey. Es una anarquía que produce la ruina, como todas las anarquías.

La pobreza de espíritu consiste en tener esa libertad soberana de todas las cosas que son la delicia del hombre o por las que el hombre llega hasta al delito material o al impune delito moral que frecuentemente escapa a la ley humana, que no hace víctimas menores, sino más bien numerosas y por consecuencia que no se limitan a quitar la vida de la víctima, sino tal vez la estima y el pan a las víctimas y a sus familiares.

El pobre de espíritu no tiene más la esclavitud de las riquezas. Si no llega a renunciar a ellas materialmente, despojándose de ellas y de toda comodidad, entrando en una orden monástica, sabe usarlas con parsimonia, que es doble sacrificio, para que pueda ser pródigo con los pobres del mundo. El comprendió mis palabras: “Haceos amigos con las riquezas injustas”. Hace siervo al dinero, que podría ser su enemigo conduciéndolo a la lujuria, a la gula, a la falta de caridad, y le hace que le sirva para allanarle el camino del cielo, camino tapizado con sus mortificaciones y sus obras de caridad para ayudar a la miseria de sus semejantes.

¡Cuántas injusticias no repara y cura el pobre de espíritu! Injusticias que él cometió, como Zaqueo, cuando no era sino un avaro y duro de corazón. Injusticias contra sus prójimos que viven o que ha muerto. Injusticias sociales.

Eleváis monumentos a quienes solo fueron grandes por haber sido prepotentes. ¿Por qué no los eleváis a los ocultos bienhechores de la humanidad indigente, pobre, trabajadora, a los que emplean sus riquezas no para hacer de la vida un continuo banquete, sino para hacerla luminosa, mejor, más elevada para el que es pobre, para el que sufre, para el incapacitado, para el abandonado en su ignorancia, de esta que se aprovechan los prepotentes para que sirva mejor a su propósitos. Cuántos hay que aunque no nadan en las riquezas, que son menos que pobres, pero que saben sacrificar aun “los dos céntimos” que tienen, para aliviar una necesidad.

Son pobres de espíritu los que, perdiendo lo mucho o poco que poseen, saben conservar la paz y la esperanza; que no maldicen ni odian a nadie, ni a Dios ni a los hombres.

La gran categoría de los “pobres de espíritu” que nombré primero –pues podría decir que sin esta libertad de espíritu sobre todas las delicias de la vida, no se pueden tener las otras virtudes que brindan la beatitud– se divide y subdivide en muchas clases.

Humildad de pensamiento que no se hincha, y que no se proclama super–pensamiento, sino que usa el don de Dios, reconociendo su Origen, para el Bien.  Sólo por ello. Generosidad en afectos, por lo que sabe despojarse aun de estos para seguir a Dios, aun en la vida. Las riquezas más verdaderas y más instintivamente amadas por el hombre. Mis mártires fueron generosos en el sentido completo, porque su espíritu había sabido hacerse pobre para ser “rico” con la única riqueza eterna: Dios.

Justicia en amar las cosas propias. Es deber amarlas, porque son un testimonio de la Providencia divina para con nosotros. De esto ya hablé en otros lugares, pero no hay que amarlas hasta el punto de amarlas más que a Dios y su Voluntad; amarlas no hasta el punto de maldecir a Dios, si alguien las arrebata. En fin, repito, libertad de la esclavitud del dinero. Estas son las diversas formas de esta pobreza espiritual que dije que poseerán, por derecho, el cielo. Pónganse a los pies todas las frágiles riquezas de la vida humana, para poseer las riquezas eternas. Poner la tierra y sus frutos de sabor engañoso, que es dulce en la cáscara, pero amargo en la médula, en el último lugar y vivir trabajando para conquistar el cielo. Allí no hay frutos de sabor mentiroso. Allí existe el inefable fruto del gozo de Dios.

Zaqueo comprendió esto. Fue esta frase la que le abrió el corazón a la Luz y a la Caridad; a Mí, que iba a decirle “Ven”. Y cuando llegué a llamarlo, ya era él un “pobre de espíritu”. Por esto fue apto para poseer el cielo».

[1] 171 Cfr. Lc. 19, 1–10.

Personajes
Zaqueo 
El publicano de Jericó, el modelo de los “pobres de espíritu”, fundador de la primera recepción y la conversión de los condenados
http://www.maria-valtorta.org/Personnages/ZacheeJericho.htm
Zacarías el leproso de Siloé
http://www.maria-valtorta.org/Personnages/ZacharieSiloan.htm
Lugares citados en este capitulo
Jericó la ciudad más vieja del mundo
http://www.maria-valtorta.org/Lieux/Jericho.htm

23/10/2016 Evangelio según San Lucas 18,9-14.

Trigésimo domingo del tiempo ordinario

Santo(s) del día : San Juan de Capistrano
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Lecturas

El evangelio de Lucas de este domingo nos encuentra en el tercer año de la vida pública de Jesús, en el capítulo 523 tomo 8.

Dice Jesús justo antes de empezar la parábola:
Oíd esta parábola para que comprendáis cuáles son las cosas que tienen valor ante los ojos de Dios. La parábola os enseñará a corregir en vosotros un pensamiento no bueno que hay en muchos corazones. La mayoría de los hombres se juzgan por sí mismos, y, dado que sólo uno de cada mil es verdaderamente humilde, sucede que el hombre se juzga perfecto, sólo él perfecto, mientras que en el prójimo nota multitud de pecados.

 

Tercer año de la vida pública de Jesús

 523. En Jericó[1]154. La petición a Jesús de que juzgue a una mujer. La parábola del fariseo y el publicano tras una comparación entre pecadores y enfermos.

2 de noviembre de 1946.

1       Jesús sale de la casa de Zaqueo. La mañana está ya avanzada. Acompañan a Jesús Zaqueo, Pedro y Santiago de Alfeo. Los otros apóstoles quizás ya se han diseminado por los campos para anunciar que el Maestro está en la ciudad.

Wadi el-Kelt, al fondo Jerico (detalle der acueducto herodiano
 y la aldea de Tulul Abu el-Alayiq.

03gericowadiqeltbigDetrás del grupo de Jesús con Zaqueo y los apóstoles, hay otro grupo, muy… variado en fisionomías, edades e indumentos. No es difícil afirmar que estos hombres pertenecen a razas distintas, quizás incluso antagonistas entre sí. Pero los hechos de la vida los han traído a esta ciudad palestina, y los han reunido para que desde sus profundidades se remontaran hacia la luz. La mayoría son caras ajadas, propias de quien ha usado y abusado de la vida de distintas maneras; la mayoría, ojos cansados. Hay miradas a las que la larga costumbre de ejercer el… hurto fiscal o una autoridad brutal ha hecho rapaces o duras, y de vez en cuando esta antigua mirada emerge de tras un velo humilde y pensativo puesto por la nueva vida. Esto sucede especialmente cuando alguno de Jericó los mira con desprecio o farfulla alguna insolencia a cuenta de ellos. Luego la mirada vuelve a ser cansada, humilde, y las cabezas se agachan humilladas.

Antiguo camino romano que baja del Wadi el-Kelt hacia Tulul Abu el-Alayiq; 
fue usado hasta el inicio del siglo pasado.

03gericocasebigJesús se vuelve dos veces a observarlos y, viéndolos retrasados y que van aminorando el paso a medida que se acercan al lugar elegido para hablar, ya lleno de gente, aminora el suyo para esperarlos y… les dice:

«Pasad delante de mí y no temáis. Desafiabais al mundo cuando hacíais el mal; no debéis temerlo ahora que os habéis despojado de él. Lo que usasteis, entonces, para domarlo –la indiferencia ante el juicio del mundo, única arma para que se canse de juzgar– usadlo también ahora, y él se cansará de ocuparse de vosotros, y os absorberá, aunque lentamente, y os anulará en medio de la gran masa anónima que es este mísero mundo, al cual, en verdad, se da demasiado peso».

Los hombres –son quince– obedecen y pasan adelante.

2 «Maestro, allí están los enfermos del campo»

dice Santiago de Zebedeo yendo hacia Jesús y señalando hacia un rincón templado de sol.

«Voy ¿Los otros dónde están?».

«Entre la gente. Pero ya te han visto y están viniendo. Con ellos están también Salomón, José de Emaús, Juan de Efeso, Felipe de Arbela. Van a la casa de este último y vienen de Joppe, Lida y Modín. Traen con ellos hombres de la costa del mar y mujeres. Es más, te buscaban, porque hay desacuerdo entre ellos en el juicio acerca de una mujer. Pero hablarán contigo…».

Efectivamente, Jesús pronto se ve rodeado por los otros discípulos y saludado con veneración. Detrás de ellos están los que han sido recientemente atraídos por la doctrina de Jesús. Pero no está Juan de Efeso, y Jesús pregunta el motivo de su ausencia.

«Se ha quedado en una casa lejana de la gente, con una mujer y los padres de ella. La mujer no se sabe si está endemoniada o es profetisa. Dice cosas increíbles, según refieren los de su pueblo. Pero los escribas que la han escuchado la han juzgado poseída. Los padres han llamado varias veces a los exorcistas[2]155, pero ellos no han podido expulsar a este demonio con palabra que la tiene aferrada. Ahora bien, uno de ellos le dijo al padre de la mujer (es una viuda virgen que se ha quedado en la familia): “Para tú hija se necesita el Mesías Jesús. El comprenderá sus palabras y sabrá de dónde vienen. He intentado imponerle al espíritu que habla en ella que se marchara en nombre de Jesús, llamado el Cristo. Siempre que he usado este Nombre los espíritus tenebrosos han huido. Esta vez, no. Por eso digo que o es el propio Belcebú el que habla y logra resistir incluso a ese Nombre pronunciado por mí, o es el propio Espíritu de Dios y, por tanto, no teme, siendo así que es una cosa sola con el Cristo. Yo estoy convencido más de esto que de lo primero. Pero para estar seguros sólo el Cristo puede juzgarlo. El conocerá las palabras y su origen”. Y fue ultrajado por los escribas presentes, que dijeron que estaba poseído como la mujer y como Tú. Perdona si tenemos que decir esto… Y algunos escribas ya no se han separado de nosotros, y están de guardia vigilando a la mujer porque quieren establecer si puede ser avisada de tu llegada. Porque ella dice que conoce tu cara y tu voz, y entre miles te reconocería, cuando en realidad está probado que nunca ha salido de su pueblo, es más: de su casa, desde que, hace quince años, se le murió el esposo en la vigilia de la fiesta nupcial; y también está probado que nunca has pasado Tú por su pueblo; que es Betlequi. Y los escribas esperan esta última prueba para dejar sentado que está endemoniada. 3 ¿Quieres verla ahora en seguida?».

«No. Tengo que hablar a la gente. Y aquí, entre las turbas, sería demasiado alborotador el encuentro. Ve a decir a Juan de Efeso y a los padres de la mujer, y también a los escribas, que los espero a todos al principio del ocaso en los bosques que están a lo largo del río, en el sendero del vado. ¡Anda, ve!».

Y Jesús, despedido Salomón, que ha hablado por todos, se dirige hacia los enfermos que piden curación, y los cura. Son: una mujer anciana anquilosada por la artritis, un paralítico, un jovencito deficiente mental, una niña que yo diría que estaba hética, y dos enfermos de los ojos. La gente lanza sus vibrantes gritos de alegría.

Pero no ha acabado todavía la serie de los enfermos. Una madre se acerca, desfigurada por el dolor, sujetada por dos amigas o parientes, se arrodilla y dice:

«Mi hijo está muriendo. No se le puede traer aquí… ¡Piedad de mí!».

«¿Puedes creer sin medida?».

«¿Todo, Oh mi Señor!».

«Entonces vuelve a tu casa».

«¿A mi casa?… ¿Sin tí?…».

La mujer le mira un momento angustiada, luego comprende. El pobre rostro se transfigura. Grita:

«Voy, Señor. ¡Bendito seáis Tú y el Altísimo que te ha enviado!».

Se marcha rauda, más ágil que sus mismas compañeras… Jesús se vuelve hacia uno de Jericó, un vecino de noble aspecto.

«¿Esa mujer es hebrea?».

«No. Al menos de nacimiento no. Viene de Mileto. De todas formas, está casada con uno de nosotros, y desde entonces está en nuestra fe».

«Ha sabido creer mejor que muchos hebreos»

observa Jesús.

4       Luego, subiendo al alto escalón de una casa, hace el gesto habitual –abrir los brazos– que precede a su discurso y que sirve para imponer silencio. Habiéndolo obtenido, recoge los pliegues del manto, que se ha abierto en el pecho al hacer el gesto, y lo sujeta con la izquierda mientras baja la derecha con el gesto propio de quien jura, y dice:

«Escuchad, vecinos de Jericó, las parábolas del Señor; luego, que cada uno las medite en su corazón y saque de ellas la lección para nutrir su espíritu. Podéis hacerlo porque conocéis la Palabra de Dios no desde ayer, ni desde la pasada Luna, ni siquiera desde el pasado invierno. Antes de que Yo fuera el Maestro, Juan, mi Precursor, os había preparado para mi llegada; después de llegar Yo, mis discípulos han arado este suelo muchas veces, para sembrar en él todas aquellas semillas que les había dado. Así pues, podéis comprender la palabra y la parábola.

5 ¿A qué compararé Yo a los que después de haber sido pecadores se convierten? Los compararé a enfermos que se curan. ¿A qué compararé a los otros, a aquellos que no han pecado públicamente, o a aquellos –más raros que perlas negras– que no han incurrido nunca, ni siquiera secretamente, en culpas graves? Los compararé a personas sanas. El mundo está compuesto de estas dos categorías.

Tanto en el espíritu como en la carne y en la sangre. Pero, si las comparaciones son iguales, distinta es la manera de tratar que usa el mundo con los enfermos curados que eran enfermos de la carne, de la que usa con los pecadores convertidos, o sea, con los enfermos del espíritu que recuperan la salud.

Vemos que, incluso, cuando un leproso –que es el enfermo más peligroso, y más aislado por ser peligroso– obtiene la gracia de la curación, es admitido de nuevo a la colectividad de las gentes, después de haber sido observado por el sacerdote y purificado.

Es más, los de su ciudad le festejan porque está curado, porque ha resucitado para la vida, para la familia, para los negocios. ¡Gran fiesta en la familia y en la ciudad cuando uno que era leproso logra obtener esta gracia y curarse! Rivalizan entre los familiares y convecinos para llevarle esto o aquello, y, si está solo y sin casa o muebles, rivalizan para ofrecerle techo o mobiliario, y todos dicen: “Dios tiene preferencia por él. Su dedo le ha curado. Honrémosle, pues, y honraremos al que le ha creado y recreado”. Es justo actuar así. Y, al contrario, cuando, desafortunadamente, uno manifiesta los primeros síntomas de lepra, ¡con qué amor angustioso parientes y amigos le colman de ternura, mientras les es posible hacerlo, como para darle –todo en una sola vez– el tesoro de afectos que le habrían dado en muchos años, para que se lo lleve consigo a su sepulcro de vivo! Pero ¿por qué, entonces, para los otros enfermos no se actúa así? Si un hombre empieza a pecar y los familiares y, sobre todo, los convecinos, lo ven, ¿por qué no tratan de apartarle del pecado con amor? Una madre, un padre, una esposa, una hermana, todavía lo hacen. Pero, que lo hagan los hermanos, es ya difícil; y no digo ya que lo hagan los hijos del hermano del padre o de la madre. En fin, los convecinos, no saben hacer otra cosa que criticar, hacer mofa, insultar, escandalizarse, exagerar los pecados del pecador, señalársele con el dedo unos a otros, tenerle, los más justos, lejos como a un leproso y hacerse cómplices suyos, para gozar a sus espaldas, los que justos no son. Pero sólo raramente hay una boca y, sobre todo, un corazón que vaya donde el infeliz, con piedad y firmeza, con paciencia y amor sobrenatural, y, con ahínco, trate de frenar el progresivo descenso en el pecado. ¿Pero es que no es, acaso, más grave, verdaderamente grave y mortal la enfermedad del espíritu? ¿No priva, y además para siempre, del Reino de Dios? ¿La primera caridad hacia Dios y hacia el prójimo no debe ser, acaso, este trabajo de curar a un pecador por el bien de su alma y la gloria de Dios?

Y, cuando un pecador se convierte, ¿por qué ese juicio obstinado sobre él, ese casi deplorar el que haya vuelto a la salud espiritual? ¿Veis desmentidos vuestros pronósticos de segura condenación de un convecino vuestro? Deberíais, más bien, alegraros de ello, dado que quien os desmiente es Dios misericordioso, que os da una medida de su bondad para infundiros ánimo ante vuestras culpas más o menos graves. ¿Y por qué esa persistencia en querer ver sucio, despreciable, digno de vivir aislado, aquello que Dios y la buena voluntad de un corazón han hecho limpio, admirable, digno de la estima de los hermanos; es más, digno de su admiración? ¡Pero bien que exultáis si simplemente un buey o un asno vuestros o un camello o la oveja del rebaño o la paloma preferida se curan de una enfermedad! ¡Bien que exultáis si uno ajeno a vosotros, al que apenas recordáis por el nombre, por haberlo oído durante el tiempo en que fue aislado como leproso, vuelve curado! ¿Y por qué, entonces, no exultáis por estas curaciones espirituales, por estas victorias de Dios? El Cielo exulta cuando un pecador se convierte.

El Cielo: Dios, los ángeles purísimos, que no saben qué es pecar. Y vosotros, vosotros hombres, ¿queréis ser más intransigentes que Dios?

6 Haced, haced justo vuestro corazón, y reconoced que el Señor está presente no sólo entre las nubes de incienso y los cantos del Templo, en el lugar donde solamente la santidad del Señor, en el Sumo Sacerdote, debe entrar, y debería ser santa como su nombre indica. Reconoced esta presencia también en el prodigio de estos espíritus resucitados, de estos altares reconsagrados, a los cuales el Amor de Dios desciende con sus fuegos para encender el holocausto[3]156».

La madre de antes interrumpe a Jesús. Con sus gritos de bendición quiere adorarle. Jesús la escucha, la bendice, le dice que vaya de nuevo a casa, y reanuda el discurso interrumpido.

«Y si de un pecador que antes os había dado espectáculo de escándalo recibís ahora espectáculos de edificación, no resolváis burlaros, sino imitar. Porque ninguno es nunca tan perfecto que sea imposible que otro le enseñe. Y el Bien es siempre lección que debe ser acogida, aunque el que lo practique, en el pasado, haya sido objeto de reprobación.

Imitad y ayudad. Porque haciéndolo así glorificaréis al Señor y demostraréis que habéis comprendido a su Verbo. No resolváis ser como aquellos que dentro de su corazón criticáis porque sus acciones no están de acuerdo con sus palabras. Haced, más bien, que todas vuestras buenas acciones sean la coronación de todas vuestras buenas palabras. Y entonces verdaderamente el Eterno os mirará y escuchará benévolamente.

7 Oíd esta parábola para que comprendáis cuáles son las cosas que tienen valor ante los ojos de Dios. La parábola os enseñará a corregir en vosotros un pensamiento no bueno que hay en muchos corazones. La mayoría de los hombres se juzgan por sí mismos, y, dado que sólo uno de cada mil es verdaderamente humilde, sucede que el hombre se juzga perfecto, sólo él perfecto, mientras que en el prójimo nota multitud de pecados.

Un día dos hombres que habían ido a Jerusalén para unos asuntos subieron al Templo, como es conforme a todo buen israelita cada vez que pone pie en la Ciudad Santa. Uno era un fariseo; el otro, un publicano. El primero había venido para cobrar el arriendo de algunos almacenes y para hacer las cuentas con sus administradores, que vivían en las cercanías de la ciudad. El otro, para imponer los impuestos recaudados y para invocar piedad en nombre de una viuda que no podía pagar lo que había sido tasado por la barca y las redes, porque la pesca –pescaba el hijo mayor– le era apenas suficiente para dar de comer a sus muchos otros hijos.

El fariseo, antes de subir al Templo, había ido a ver a los arrendatarios de los almacenes. Habiendo dado una ojeada a éstos y habiendo visto que estaban llenos de productos y de compradores, se había complacido en sí mismo y luego había llamado a uno de los arrendatarios de un lugar y le había dicho: “Veo que tus compraventas van bien”.

“Sí, por gracia de Dios. Estoy contento de mi trabajo. He podido aumentar las mercancías y espero aumentarlas aún más. He mejorado el lugar, y el año que viene no tendré los gastos de mostradores y estanterías y, por tanto, ganaré más”.

“¡Bien! ¡Bien! ¡Me alegro! ¿Cuánto pagas tú por este lugar?”.

“Cien didracmas[4]157 al mes. Es caro, pero la ubicación es buena…”.

“Tú lo has dicho. La ubicación es buena. Por tanto, te doblo el arriendo”.

“¡Pero señor!” exclamó el comerciante. “¡De esta manera me quitas todas las ganancias!”.

“Es justo. ¿Acaso tengo que enriquecerte a tí? ¿Con lo mío? En seguida. O me das dos mil cuatrocientos didracmas, inmediatamente, o te echo y me quedo con la mercancía. El lugar es mío y hago de él lo que quiero”.

Esto hizo con el primero, y lo mismo con el segundo y el tercero de sus arrendatarios, doblando a cada uno de ellos el precio, sordo a todas las súplicas. Y porque el tercero, cargado de hijos, quiso oponer resistencia, llamó a la guardia, hizo poner los sigilos de incautación y echó afuera al desdichado.

Luego, en su palacio, examinó los registros de los administradores y encontró el modo de castigarlos por negligentes y se incautó de la parte con la que, con derecho, se habían quedado.

Uno tenía un hijo moribundo y por la gran cantidad de gastos había vendido una parte de su aceite para pagar las medicinas. No tenía, pues, qué dar al detestable amo.

“Ten piedad de mí, señor. Mi pobre hijo está para morir. Luego haré trabajos extraordinarios para resarcirte de lo que te parece justo. Pero ahora, tú mismo puedes comprenderlo, no puedo”.

“¿Que no puedes? Te voy a mostrar si puedes o no puedes”. Y, yendo con el pobre administrador a la almazara, le privó incluso del resto de aceite que el hombre se había reservado para la mísera comida y para alimentar la lámpara que le permitía velar a su hijo durante la noche.

El publicano, por su parte, habiendo ido a su superior y habiendo entregado los impuestos recaudados, recibió esta respuesta:

“¡Pero aquí faltan trescientos setenta ases[5]158! ¿Cómo es eso?”.

“Bien, ahora te lo explico. En la ciudad hay una viuda con siete hijos. Sólo el primero está en edad de trabajar. Pero no puede alejarse de la orilla con la barca, porque sus brazos son débiles todavía para el remo y la vela, y no puede pagar a un mozo de barca. Estando cerca de la orilla, pesca poco, y el pescado apenas es suficiente para matar el hambre de aquellas ocho infelices personas. No he tenido corazón para exigir el impuesto”.

“Comprendo. Pero la ley es ley. ¡Ay si se viniera a saber que la ley es compasiva! Todos encontrarían razones para no pagar. Que el jovencito cambie de oficio y venda la barca, si no pueden pagar”. “Es su pan futuro… y es el recuerdo del padre”. “Comprendo. Pero no se puede transigir”. “De acuerdo, pero no puedo pensar en ocho infelices privados de su único bien. Pago yo los trescientos setenta ases”.

8 Hechas estas cosas, los dos subieron al Templo. Pasando junto al gazofilacio, el fariseo, ostentosamente, sacó de su pecho una voluminosa bolsa y la sacudió en el Tesoro, hasta la última moneda. En esa bolsa estaban las monedas tomadas de más a los comerciantes y lo que había sacado del aceite arrebatado al administrador y vendido inmediatamente a un mercader. El publicano, por el contrario, separó lo que necesitaba para regresar a su lugar y echó un puñadito de monedas. El uno y el otro dieron, por tanto, cuanto tenían. Es más, aparentemente, el más generoso fue el fariseo, porque dio hasta la última moneda que llevaba consigo. Pero hay que pensar que en su palacio tenía otras monedas y créditos abiertos con ricos cambistas.

Luego fueron ante el Señor. El fariseo, delante del todo, junto al límite del atrio de los Hebreos, hacia el Santo; el publicano se quedó en el fondo, casi debajo de la bóveda que llevaba al patio de las Mujeres, y tenía agachada la cabeza, aplastado por el pensamiento de su miseria respecto a la Perfección divina. Y oraban los dos.

El fariseo, bien erguido, casi insolente, como si fuera el amo del lugar y fuera él el que se dignara agasajar a un visitante, decía: “Ve que he venido a venerarte en esta Casa que es nuestra gloria. He venido a pesar de sentir que estás en mí, porque soy justo. Sé que lo soy.

De todas formas, y aun sabiendo que lo soy sólo por mérito mío, te doy las gracias, como está estipulado por la ley, por lo que soy. Yo no soy codicioso, injusto, adúltero, pecador como ese publicano que ha echado al mismo tiempo que yo un puñadito de monedas en el Tesoro. Yo, Tú lo has visto, te he dado todo lo que llevaba conmigo. Ese avaro, sin embargo, ha hecho dos partes y a tí te ha dado la menor. La otra, seguro, la guardará para juergas y mujeres. Pero yo soy puro. Yo no me contamino. Yo soy puro y justo, ayuno dos veces a la semana, pago los diezmos de cuanto poseo. Sí, soy un hombre puro, justo y bendito, porque soy santo. Recuerda esto, Señor”.

El publicano, desde su lejano rincón, sin atreverse a levantar la mirada hacia las preciosas puertas del hecol[6]159 y, dándose golpes de pecho, oraba así:

“Señor, no soy digno de estar en este lugar. Pero Tú eres justo y santo, y me lo concedes una vez más porque sabes que el hombre es pecador y que si no se acerca a tí se transforma en un demonio. ¡Oh, mi Señor! Yo quisiera honrarte noche y día y tengo que ser esclavo de mi trabajo durante muchas horas, un trabajo rudo que me deprime, porque produce dolor a mi prójimo, que es más infeliz que yo. Pero tengo que obedecer a mis superiores, porque es mi pan. Haz, Dios mío, que sepa dulcificar el deber hacia mis superiores con la caridad hacia mis pobres hermanos, para que en mi trabajo no encuentre mi condena. Todos los trabajos son santos, si se ejercen con caridad. Ten tu caridad siempre presente en mi corazón para que yo, miserable como soy, sepa compadecerme de los que están sujetos a mí, como Tú te compadeces de mí, gran pecador. Habría querido honrarte más, Señor. Tú lo sabes. Pero he pensado que apartar el dinero destinado al Templo para aliviar ocho corazones infelices fuera mejor que echarlo en el gazofilacio y luego hacer verter lágrimas de desolación a ocho inocentes infelices. Pero, si me he equivocado, házmelo comprender, Oh Señor, y yo te daré hasta la última moneda, y volveré al pueblo a pie mendigando un pan. Hazme comprender tu justicia. Ten piedad de mí, Señor, porque soy un gran pecador”.

9 Esta es la parábola. En verdad, en verdad os digo que mientras que el fariseo salió del Templo con un nuevo pecado, añadido a los que había cometido antes de subir al Moria, el publicano salió de allí justificado, y la bendición de Dios le acompañó a su casa y en ella permaneció. Porque él había sido humilde y misericordioso, y sus acciones habían sido aún más santas que sus palabras. Por el contrario, el fariseo sólo de palabra y externamente era bueno, mientras que en su interior era como un diablo y hacía obras de diablo por soberbia y dureza de corazón, y Dios, por eso, le aborrecía[7]160.

Quien se ensalza será, siempre, antes o después, humillado; si no aquí, en la otra vida. Y quien se humilla será ensalzado, especialmente arriba, en el Cielo, donde se ven las acciones de los hombres en su verdadera verdad.

Ven, Zaqueo. Venid los que estáis con él. Y vosotros, apóstoles y discípulos míos. Os seguiré hablando en privado».

Y, envolviéndose en su manto, vuelve a la casa de Zaqueo.

[1] 154 Cfr. Lc. 18, 9–14.

[2] 155 Cfr. Hech. 19, 11–17.

[3] 156 Cfr. Lev. 9, 22–24; Jue. 6, 11–24; 3 Rey. 18, 20–40; 1 Par. 21, 18 – 22, 1; 2 Par. 7, 1–10; el Antiguo Missale Romanum, feria sexta quatuor temporum Pentecostés, secreta.

[4] 157 Cfr. Mt. 17, 24.

[5] 158 Moneda romana de bronce.

[6] 159 Palabra hebrea que significa Templo.

[7] 160 En el sentido de Sab. 14, 7–11; Eccli. 12, 6–7; Mal. 1, 1–3; Rom. 9.          

16/10/2016 Evangelio según San Lucas 18,1-8.

Vigésimo noveno domingo del tiempo ordinario

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Lecturas

 

Tercer Año de la vida pública de Jesús

505. En el Templo, una gracia obtenida con la oración incesante y la parábola del juez y la viuda[1]31.

27 de septiembre de 1946.

1       Jesús está de nuevo en Jerusalén. Una ventosa y grísea Jerusalén invernal. Margziam está todavía con Jesús, y lo mismo Isaac. Hablando, se dirigen al Templo. Con los doce –hablando con el Zelote más que con los otros, y con Tomás– están José y Nicodemo, que luego se separan, pasan adelante y saludan a Jesús sin detenerse.

«No quieren hacer resaltar su amistad con el Maestro. ¡Es peligroso!»

susurra Judas Iscariote a Andrés.

«Yo creo que lo hacen por un pensamiento justo, no por vileza»

los defiende Andrés.

«Además, no son discípulos y pueden hacerlo. Nunca lo han sido» dice el Zelote.

«¡¿No?! Me parecía…».

«Ni siquiera Lázaro es discípulo, y tampoco…».

«Pero si excluyes y excluyes, ¿quién queda?».

«¿Quién? Los que tienen la misión de discípulos».

«¿Y los otros, entonces, qué son?».

«Amigos. Sólo amigos[2]32. ¿Dejan, acaso, sus casas, sus intereses, por seguir a Jesús?».

«No. Pero le escuchan con gusto y le ofrecen ayudas y…».

«¡Si es por eso, también los gentiles lo hacen entonces! Ya viste que en casa de Nique encontramos a personas que se ocuparon de El. Y esas mujeres seguro que no son discípulas».

«¡No te acalores! Lo decía por decirlo. ¿Te interesa tanto que tus amigos no resulten discípulos? Deberías querer lo contrario, me parece».

«No me acaloro. Ni quiero nada. Tampoco que tú los perjudiques diciendo que son discípulos suyos».

«¿Pero a quién se lo voy a decir? Estoy siempre con vosotros…».

Simón Zelote le mira tan severamente que la risita se hiela en los labios de Judas, el cual considera oportuno cambiar de tema preguntando:

«¿Qué querían hoy, que hablaban así con vosotros dos?».

«Han encontrado la casa para Nique. Hacia los huertos. Cerca de la Puerta. José conocía al propietario y sabía que con una buena ganancia habría vendido. Se lo comunicaremos a Nique».

«¡Qué ganas de tirar dinero!».

«Es suyo. Puede hacer de él lo que quiera. Quiere estar cerca del Maestro. Obedece con ello a la voluntad de su esposo[3]33 y a su corazón».

«Sólo mi madre está lejos…»

suspira Santiago de Alfeo.

«Y la mía»

dice el otro Santiago.

«Pero por poco. ¿Has oído lo que ha dicho Jesús a Isaac y a Juan y a Matías?: “Cuando volváis en la neomenia[4]34 de la luna de Sabat, venid con las discípulas, además de con mi Madre”».

«No sé por qué no quiere que Margziam vuelva con ellas. Le ha dicho: “Vendrás cuando te llame”».

«Quizás porque Porfiria no se quede sin ayuda… Si nadie pesca, arriba no se come. Como nosotros no vamos, debe ir Margziam. Está claro que no son suficientes la higuera, la colmena, los pocos olivos y las dos ovejas para mantener a una mujer, vestirla, procurarle de comer…»

observa Andrés.

2       Jesús, parado, apoyado en la muralla del Templo, los observa mientras se acercan. Con El están Pedro, Margziam y Judas de Alfeo. Unos pobrecillos se levantan de sus yacijas de piedra, colocadas en el camino que viene hacia el Templo –el que viene de Sión hacia el Moira, no el que de Ofel viene al Templo– y se acercan, quejumbrosos, a Jesús, a pedir una limosna. Ninguno pide curación. Jesús ordena a Judas que les dé unas monedas. Luego entra en el Templo.

No hay mucha gente. Pasada la gran afluencia de las fiestas, cesa la llegada de peregrinos. Sólo quien por serios intereses está obligado a venir a Jerusalén o quien vive en la misma ciudad sube al Templo. Por tanto, los patios y los pórticos, aun no estando desiertos, tienen mucha menos gente, y parecen más grandes, y más sagrados, al tener menos ruido. También –arrimados a las murallas por la parte del Sol, de un pálido Sol que se abre paso entre las nubes cenicientas– son menos numerosos los cambistas y los vendedores de palomas y otros animales.

Después de orar en el Patio de los Israelitas, Jesús vuelve atrás y se arrima a una columna. Observa… y es observado.

3       Ve que vuelven, ciertamente del Patio de los Hebreos, un hombre y una mujer que, aunque no lloren abiertamente, muestran un rostro más apenado que si lloraran. El hombre intenta consolar a la mujer, pero se ve que también él está muy acongojado. Jesús se separa de la columna y va a su encuentro.

«¿Qué os hace sufrir?»

Les pregunta con sentimiento de piedad. El hombre le mira, asombrado por el interés. Quizás le parece incluso indelicado, pero la mirada de Jesús es tan dulce que le desarma. De todas formas, antes de expresar lo que constituye su dolor, pregunta:

«¿Cómo es que un rabí se interesa de las penas de un simple fiel?».

«Porque este rabí es tu hermano, hombre; tu hermano en el Señor, y te ama como el mandamiento dice[5]35».

«¡Tu hermano! Soy un pobre labriego de la llanura de Sarón, hacia Dora. Tú eres un rabí».

«El dolor es para los rabíes como para todos. Sé lo que es el dolor y quisiera consolarte».

La mujer retira un momento su velo para mirar a Jesús y susurra a su marido:

«Díselo. Quizás puede ayudarnos…».

4 «Rabí, nosotros teníamos una hija. La tenemos. Por ahora la tenemos todavía… Y la hemos casado decorosamente con un joven que un común amigo nos garantizó como buen marido. Son esposos desde hace seis años, y de su desposorio han tenido dos hijos. Dos… porque después cesó el amor… Tanto que ahora el marido quiere el divorcio. Nuestra hija llora y se consume. Por eso hemos dicho que todavía la tenemos, porque dentro de poco morirá de dolor. Hemos intentado todo para convencer al hombre. Y hemos orado mucho al Altísimo… Pero ninguno de los dos nos ha escuchado… Hemos venido aquí en peregrinación por esto, y hemos estado aquí durante todo el curso de una luna. Todos los días al Templo; yo en mi lugar, la mujer en el suyo… Esta mañana un criado de mi hija nos ha traído la noticia de que el marido ha ido a Cesarea para mandarle a ella desde allí el libelo de divorcio. Y ésta es la respuesta que han tenido nuestras oraciones…».

«No hables así, Santiago»

suplica la mujer en voz baja. Y termina:

«El Rabí nos maldecirá como blasfemos… Y Dios nos castigará. Es nuestro dolor. Viene de Dios… Y, si ha descargado su mano sobre nosotros, es señal de que lo hemos merecido»

termina con un sollozo.

«No, mujer. Yo no os maldigo. Y Dios no os va a castigar. Yo os lo digo. Como también os digo que no es Dios el que os da este dolor, sino el hombre. Dios lo permite para prueba vuestra y para prueba del marido de vuestra hija. No perdáis la fe y el Señor os escuchará».

«Es tarde. Nuestra hija ya ha sido repudiada y mancillada, y morirá…»

dice el hombre.

«Nunca es tarde para el Altísimo. En un instante y por una oración que persiste puede cambiar el curso de los acontecimientos. Desde la copa a los labios la muerte tiene todavía tiempo de introducir su puñal a impedir que quien acercaba a sus labios el cáliz beba. Y ello por intervención de Dios. Yo os lo digo. Volved a vuestros lugares de oración y perseverad todavía hoy, mañana y pasado mañana, y, si sabéis tener fe, veréis el milagro».

«Rabí, Tú quieres consolarnos… pero en este momento… No se puede, y Tú lo sabes, anular el libelo una vez entregado a la repudiada»

insiste el hombre.

«Ten fe, te digo. Es verdad que no se puede anular. ¿Pero sabes si tu hija lo ha recibido?».

«De Dora a Cesarea no es largo el camino. Mientras el siervo venía hasta aquí, seguro que Jacob ha vuelto a casa y ha echado a María».

«No es largo el trayecto. ¿Pero estás seguro de que lo ha recorrido? ¿Un acto de voluntad superior al hombre no puede haber detenido a un hombre, si Josué[6]36 con la ayuda de Dios detuvo el Sol? ¿Vuestra oración insistente y confiada, hecha con buen fin, no es, acaso, un acto santo de voluntad opuesto a la mala aspiración del hombre? ¿Y Dios –puesto que le pedís una cosa buena a El, vuestro Padre– no os ayudará deteniendo el camino del demente? ¿No os habrá ayudado ya quizás? Y, aunque el hombre se obstinara todavía en ir, ¿podría hacerlo si vosotros os obstináis en pedir al Padre una cosa justa? Os digo: id y orad hoy, mañana y pasado mañana, y veréis el milagro».

«¡Vamos, Santiago! El Rabí sabe. Si dice que vayamos a orar es señal de que sabe que es una cosa justa. Ten fe, esposo mío. Siento que surge en mí, donde tenía tanto dolor, una gran paz, una esperanza fuerte. Dios te lo pague, Rabí que eres bueno, y te escuche. Ruega también Tú por nosotros. Ven, Santiago, ven»

y logra convencer a su marido, el cual la sigue después de saludar a Jesús con el habitual saludo hebreo de “la paz sea contigo”, al que responde Jesús con la misma fórmula.

«¿Por qué no les has dicho quién eres? Habrían orado con más paz»

dicen los apóstoles, y añade Felipe:

«Voy a decírselo».

Pero Jesús le retiene diciendo:

«No quiero. Efectivamente, habrían orado con paz, pero con menos valor y con menos mérito. Así su fe es perfecta y será premiada».

«¿De verdad?».

«¿Pensáis, acaso, que miento engañando a dos infelices?».

5       Mira a la gente que se ha congregado, unas cien personas, y dice:

«Escuchad esta parábola, que os expresa el valor de la oración constante. Conocéis lo que dice el Deuteronomio[7]37 sobre los jueces y magistrados. Deberían ser justos y misericordiosos, escuchando con ecuanimidad a quien a ellos recurriera, pensando siempre en juzgar como si el caso que deben juzgar fuera suyo personal, sin tener en cuenta donativos o amenazas, sin deferencia hacia los amigos culpables y sin dureza hacia aquellos que estuvieran enemistados con los amigos del juez. Pero, si son justas las palabras de la Ley, no son igualmente justos los hombres, ni saben obedecer a la Ley. Así, se ve que la justicia humana es frecuentemente imperfecta, porque raros son los jueces que saben conservarse puros de corrupción, misericordiosos, pacientes tanto con los ricos como con los pobres; tanto con las viudas y los huérfanos como con aquellos que no lo son.

505-2En una ciudad había un juez muy indigno de su oficio, obtenido por medio de poderosos parentescos. Era sobremanera desigual al juzgar, propendiendo siempre a dar la razón al rico y al poderoso, o a quien tenía recomendación de ricos y poderosos; o hacia el que le comprase con grandes donativos. No temía a Dios y se burlaba de las quejas del pobre y del que era débil por estar sólo y carecer de fuertes defensas. Cuando no quería escuchar a quien tenía tan claras razones de victoria contra un rico, que no se le podía contradecir en manera alguna, él hacía que le alejaran de su presencia y le amenazaba con arrojarle a la cárcel. La mayoría sufrían sus violencias y se retiraban vencidos, resignados a la derrota aun antes de tramitar la causa.

Pero en aquella ciudad había también una viuda cargada de hijos. Debía recibir una fuerte suma de un hombre poderoso por unos trabajos que su difunto esposo había llevado a cabo para él. Ella, movida por la necesidad y el amor materno, había tratado de que el rico le diera esa suma que le habría permitido saciar el hambre de sus hijos y vestirlos durante el invierno que se acercaba. Pero, habiéndose hecho vanas todas las presiones y súplicas dirigidas al rico, fue al juez.

El juez era amigo del rico, el cual le había dicho: “Si me das la razón, un tercio de la suma es tuyo”. Por tanto, se mostró sordo a las palabras de la viuda, que le rogaba:

“Ríndeme justicia respecto a mi adversario. Tú ves que lo necesito. Todos pueden decir si tengo derecho a esa suma”. Permaneció sordo y mandó a sus ayudantes que la alejaran de su presencia. Pero la mujer volvió: una, dos, diez veces; por la mañana, a la hora sexta, a la hora nona, al atardecer… incansable. Y le seguía por la calle gritando: “Hazme justicia. Mis hijos tienen hambre y frío y no tengo dinero para comprar harina y vestidos”. Allí estaba, en la puerta de la casa del juez cuando éste regresaba para sentarse a la mesa con sus hijos.

Y el grito de la viuda –”hazme justicia con mi adversario, que tengo hambre y frío, yo y mis criaturas”penetraba hasta dentro de la casa, hasta el comedor, hasta el dormitorio por la noche, insistente como el grito de una upupa: “¡Hazme justicia, si no quieres que Dios te castigue! Hazme justicia. Recuerda que la viuda y los huérfanos son sagrados para Dios, y ¡Ay de quien los pisotee! Hazme justicia si no quieres un día sufrir lo que nosotros sufrimos. ¡Nuestra hambre! Nuestro frío te lo encontrarás en la otra vida, si no haces justicia. ¡Pobre de ti!”.

505-3El juez no temía a Dios ni tampoco al prójimo. Pero estaba cansado de ser molestado siempre; de ver que era objeto de risas por parte de toda la ciudad por la persecución de la viuda, y también objeto de crítica. Por eso, un día se dijo a sí mismo: “Aunque no tema a Dios ni tema las amenazas de la mujer ni lo que piense la gente de la ciudad, a pesar de ello y para poner fin a tanta molestia, voy a escuchar a la viuda y le haré justicia obligando al rico a pagar. Me basta con que me deje de perseguir y se me quite de en medio”. Y, convocado el amigo rico, dijo:Amigo mío, no puedo seguir complaciéndote. Cumple con tu deber y paga, porque ya no soporto ser molestado por causa tuya. He dicho”. Y el rico tuvo que desembolsar la suma según justicia.

6 Esta es la parábola. Ahora os toca a vosotros aplicarla.

Habéis oído las palabras de un hombre inicuo: “Para poner fin a tanta molestia voy a escuchar a la mujer”. Y era un inicuo. ¿Y Dios, el Padre lleno de bondad, va a ser inferior al juez malo? ¿No hará justicia a aquellos hijos suyos que saben invocarle día y noche? ¿Les hará esperar tanto el don, que su alma abatida deje de orar? Os digo que prontamente les hará justicia, para que su alma no pierda la fe. Pero antes hay que saber orar, sin cansarse después de las primeras oraciones, y saber pedir cosas buenas. Y también fiarse de Dios diciendo: “Pero hágase lo que tu Sabiduría ve más útil para nosotros”.

Tened fe. Sabed orar con fe en la oración y con fe en Dios vuestro Padre. Y El os hará justicia contra lo que os oprime, sean hombres o demonios, sean enfermedades u otras desventuras. La oración perseverante abre el Cielo, y la fe salva al alma, cualquiera que sea el modo en que la oración sea escuchada y exaudida. Vamos».

Y se encamina hacia la salida. Ya está casi fuera de la muralla cuando, alzando la cabeza para observar a los pocos que le siguen y a los muchos indiferentes u hostiles que le miran de lejos, exclama con tristeza:

«¿Pero cuando vuelva el Hijo del Hombre encontrará en la Tierra todavía fe?»

y, suspirando, se ciñe más estrechamente su manto y camina a grandes pasos hacia el arrabal de Ofel.

[1] 31 Cfr. Lc. 18, 1–8.

[2] 32 Téngase en cuenta la triple clase de los seguidores de Jesús: los apóstoles, los discípulos, los amigos

[3] 33 recordada en 373.4.

[4] 34 Cfr. Lev. 23, 23–24; Núm. 10, 1–10; 1 Rey. 20, 5 y 24; Is. 1, 10–20; Am. 8, 5; el primer día del mes lunar, llamada luna nueva o neomenia, era día de fiesta.

[5] 35 Cfr. Lev. 19, 18.

[6] 36 Cfr. Jos. 10, 10–15; Eccli. 46, 1–8.

[7] 37 Deuteronomio 16, 18–20.

9/10/2016 Evangelio según San Lucas 17,11-19.

Vigésimo octavo domingo del tiempo ordinario

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Lecturas

Tercer Año de la vida pública de Jesús

483. Polémica de los apóstoles sobre el odio de los judíos. Los diez leprosos curados en Samaria[1]189.

29 de agosto de 1946.

1       Siguen entre montes –y montes bien escabrosos–, por unas veredas por donde no pasan, ciertamente, carros; sólo, transeúntes a pie o personas montadas en fuertes asnos de montaña, más altos y robustos que los habituales burritos de las zonas menos accidentadas (una observación que a muchos podrá parecer inútil, pero que la hago de todas formas).

En Samaria hay diferencias respecto a los usos de los otros lugares, tanto en el vestido como en muchas otras cosas. Y una es la abundancia de perros, no común en otros lugares, que me choca, como me chocó la presencia de puercos en la Decápolis.

Muchos perros, quizás porque Samaria tiene muchos pastores y tendrá muchos lobos en esos montes tan agrestes; muchos, también, porque en Samaria veo a los pastores generalmente solos –al máximo con un muchacho– apacentando el rebaño propio, mientras que en otras partes, por lo general, un grupo de pastores custodia rebaños compuestos por numerosas cabezas, propiedad de algún rico. Bueno, de hecho aquí cada pastor tiene su perro, o más de un perro, según el número de ovejas de su rebaño.

Otra característica son precisamente estos asnos casi tan altos como un caballo, robustos, capaces de escalar estos montes con cargas pesadas en la albarda, a menudo cargados de gruesa leña que se encuentra en estos magníficos montes cubiertos de bosques seculares.

Otra particularidad: la soltura de comportamiento de los habitantes, los cuales no son unos “pecadores”, como los juzgaban judíos y galileos, sino que son abiertos y francos y están exentos de beaterías, exentos de todas esas historias que tienen los otros. Y son hospitalarios. Esta constatación me hace pensar que en la parábola del buen samaritano[2]190 no hubiera sólo intención consciente de hacer resaltar que bueno y malo hay en todas partes, en todos los lugares y razas, y que entre los heréticos también puede haber rectos de corazón, sino también, justamente, una real descripción de las costumbres samaritanas hacia quien necesitaba ayuda. Se habrán detenido en el Pentateuco –oigo que hablan de él y no de otra cosa– pero lo practican, al menos hacia el prójimo, con más rectitud que los otros con sus seiscientas trece cláusulas de preceptos, etc. etc.

2       Los apóstoles hablan con el Maestro y, a pesar de ser incorregiblemente israelitas, deben reconocer y alabar el espíritu que han encontrado en los habitantes de Siquem, que –lo comprendo por las cosas que oigo– han invitado a Jesús a detenerse y estar con ellos.

«¿Has oído, no?» dice Pedro «cómo han dicho claramente que conocen el odio judío? Han dicho: “Hacia ti y contra ti hay más odio que contra todos nosotros juntos, los samaritanos de ahora y del pasado. Te odian sin límite”».

«¿Y aquel viejo? ¡Qué acertadamente lo ha dicho!: “En el fondo es natural que sea así, porque Tú no eres un hombre sino que eres el Cristo, el Salvador del mundo, y por eso eres el Hijo de Dios, porque sólo un Dios puede salvar al mundo corrompido. Por eso, no teniendo Tú límites como Dios, no teniendo límites tu poder ni tu santidad ni tu amor, como tampoco tendrá límites tu victoria sobre el Mal, es natural que el Mal y el Odio –una cosa sola con el Mal– no tengan límites contra ti”. ¡Verdaderamente ha hablado con acierto! ¡Y este razonamiento explica muchas cosas!»

dice el Zelote.

«¿Qué explica, según tú? Yo… yo digo que explica sólo que son unos estúpidos»

dice Tomás expedito.

«No. La estupidez podría ser incluso una justificación. Pero no son estúpidos».

«Ebrios entonces, ebrios de odio»

replica Tomás.

«Tampoco. El enajenamiento cede cuando estalla. Esta rabia no cede».

«¡Sí, porque más estallado que así!… ¡Hace tanto tiempo que ha estallado… que ya habría tenido que caer!».

«Amigos, la rabia no ha tocado todavía la meta»

dice Jesús, tranquilo, como si la meta del odio no fuera su suplicio.

«¡¿No?! ¡¿Pero si no nos dejan en paz nunca?!».

«Maestro, todavía éstos no se convencen de que es verdad lo que he dicho. Pero lo es. ¡Vaya que sí lo es! Y digo también que, si hubiera sido por vosotros, habríais caído todos en la trampa como cayó Juan Bautista. Pero no lo lograrán, porque yo vigilo…»

dice Judas Iscariote. Y Jesús le mira. Y yo también le miro, preguntándome –y me lo pregunto desde hace algunos días– si la conducta de Judas obedece a un retorno bueno y real al camino del bien y del amor hacia su Maestro, obedece a una liberación de las fuerzas humanas y extrahumanas que le sujetaban, o si se trata de un trabajo más refinado de preparación al golpe final, de una servidumbre mayor a los enemigos de Cristo y a Satanás. Pero Judas es un ser tan especial, que no es descifrable. Sólo Dios puede entenderle. Y Dios, Jesús, corre un velo de misericordia y de prudencia sobre todas las acciones y sobre la personalidad de su apóstol… un velo que se rasgará, iluminando completamente muchos porqués, ahora misteriosos, sólo cuando se abran los libros de los Cielos.

3       Los apóstoles están tan preocupados por la idea de que el odio de los enemigos no ha alcanzado todavía su culmen, que guardan silencio durante un tiempo. Luego Tomás se dirige otra vez al Zelote y dice:

«Entonces, si ni están ebrios ni son estúpidos, si su odio explica muchas cosas pero no ésta, ¿qué explica entonces? ¿Qué son? No lo has dicho…».

«¿Que qué son? Posesos. Son eso mismo que dicen de El. Esto explica su ensañamiento, que no conoce interrupción, es más, que crece cada vez más cuanto más evidente se hace su poder. Acertado lo que ha dicho ese samaritano. En El, Hijo del Padre y de María, Hombre y Dios, está la infinitud de Dios, e infinito es el Odio[3]191 que a esta Infinitud perfecta se opone, aunque en su no tener límite el Odio no es perfecto, porque sólo Dios es perfecto en sus acciones. Pero, si el Odio pudiera tocar el abismo de la perfección bajaría a tocarlo, es más, se arrojaría a tocarlo, para resurtir luego, por la misma vehemencia de la caída en el abismo de infierno, contra el Cristo, para herirle con todas las armas arrancadas al abismo infernal. El firmamento, reglado por Dios, tiene un solo Sol, que surge y resplandece y desaparece y deja el sitio al sol más pequeño que es la Luna; y ésta, después de haber alumbrado a su vez, se pone para ceder el sitio al Sol. Los astros enseñan mucho a los hombres, porque se sujetan a la voluntad del Creador. Pero los hombres no. Y un ejemplo es éste: este querer oponerse al Maestro. ¿Qué sucedería si la Luna en una aurora dijera: “No quiero desaparecer, vuelvo por el camino recorrido”? Sin duda, chocaría violentamente contra el Sol, con horror y daño de toda la Creación. Esto es lo que quieren hacer ellos, creyendo que pueden hacer pedazos al Sol…».

«Es la lucha de las Tinieblas contra la Luz. La vemos todos los días en los amaneceres y en los crepúsculos. Las dos fuerzas que se contraponen, que adquieren recíprocamente el dominio sobre la Tierra. Pero las tinieblas siempre pierden, porque nunca son absolutas. Siempre emana un poco de luz, aun en la noche más privada de astros. Parece como si el aire por sí mismo la creara en los infinitos espacios del firmamento y la diseminara, si bien limitadísima, para convencer a los hombres de que los astros no están apagados. Y yo digo que, igualmente, en estas especiales tinieblas del Mal contra la Luz que es Jesús, siempre, a pesar de todos los esfuerzos de las Tinieblas, la Luz estará ahí para confortar a quien en Ella cree»

dice Juan[4]192, sonriendo ante este pensamiento suyo, recogido dentro de sí como si monologara. Santiago de Alfeo recoge su pensamiento:

«Los Libros[5]193 llaman al Cristo “Estrella de la mañana”[6]194. El, por tanto, también conocerá una noche, y –¡Oh, espanto mío!– también nosotros la conoceremos; conoceremos una noche, un tiempo en que no parecerá fuerte la Luz, sino victoriosas las Tinieblas. Pero, dado que El es llamado Estrella de la mañana excluyendo un límite en el tiempo, yo digo que tras la momentánea noche El será Luz matutina, pura, fresca, virginal, renovadora del mundo, semejante a la que siguió al Caos en el día primero[7]195. ¡Oh!, sí. El mundo será creado de nuevo en su Luz».

«Y la maldición caerá sobre los réprobos que hayan querido alzar las manos contra la Luz, repitiendo los errores ya cometidos, desde Lucifer hasta los profanadores del pueblo santo. Yahvé deja libre al hombre en sus acciones. Pero, por amor del propio hombre, no permitirá que el Infierno prevalezca».

4 «¡Oh, menos mal que, después de tanto sopor de espíritu, por el que todos parecíamos como obtusos y entorpecidos por vejez precoz, la sabiduría vuelve a florecer en nuestros labios! ¡Ya no parecíamos nosotros! ¡Ahora reconozco de nuevo al Zelote y a Juan y a los dos hermanos[8]196 de otros tiempos!»

dice Judas Iscariote felicitándose.

«No me parece que hubiéramos cambiado tanto, que no pareciéramos nosotros»

dice Pedro.

«¡Que si habíamos cambiado! Todos. Tú el primero. Y luego Simón y los otros, incluido yo. Si había uno que era más o menos el de siempre, era Juan».

«¡Mmm! Verdaderamente no sé en qué…».

«¿En qué! Taciturnos, como cansados, indiferentes, pensativos… Ya no se oía nunca una de estas conversaciones, semejantes a muchas de otros tiempos, semejantes a la de ahora, que son tan útiles…».

«Para discutir»

dice Judas Tadeo, recordando cómo, efectivamente, con frecuencia degeneraban en disputas.

«No. Para formarse. Porque no todos somos como Natanael, ni como Simón, ni como vosotros de Alfeo, por nacimiento o sabiduría. Y quien lo es, menos aprende siempre de quien lo es más»

rebate Judas Iscariote.

5 «Verdaderamente… yo diría que más que nada es necesario formarse en la justicia. Y de ésta nos ha dado magníficas lecciones Simón»

dice Tomás.

«¿Yo? ¡Tú ves mal! Soy el más necio de todos»

dice Pedro.

«No. Tú eres el que más ha cambiado. En esto tiene razón Judas de Keriot. Bien poco queda en ti del Simón que conocí yo cuando vine con vosotros, y que, perdona, siguió siendo igual durante mucho tiempo. Desde que estoy de nuevo contigo después de la separación para las Encenias, no has hecho otra cosa que transformarte. Ahora eres… sí, lo digo: eres más paterno y, al mismo tiempo, más austero. Tienes conmiseración de todos tus pobres hermanos, mientras que antes… Y se ve, yo al menos lo veo, que esto te cuesta. Pero te vences a ti mismo. Y nunca nos has impuesto tanto respeto como ahora, que hablas poco y regañas poco…».

«¡Pero, amigo mío, tú eres muy bueno viéndome así!… Yo, aparte de en el amor hacia el Maestro, que me crece continuamente, no he cambiado en nada de nada».

«No. Tomás tiene razón. Estás muy cambiado»

confirman bastantes.

«¡Bueno, bueno!, lo decís vosotros…» dice Pedro encogiéndose de hombros. Y añade: «Sólo el juicio del Maestro sería seguro. Pero me guardo bien de pedírselo. El conoce mi debilidad y sabe que incluso una alabanza mal dada podría perjudicar a mi espíritu. Por tanto, no me alabaría, y haría bien en no hacerlo. Comprendo cada vez mejor su corazón y su sistema, y ahí veo toda la justicia».

«Porque tienes ánimo recto y porque amas cada vez más. Lo que te hace ver y comprender es tu amor por mí. Maestro tuyo, el verdadero y más grande Maestro que te hace comprender, es el Amor»

dice Jesús, que hasta ese momento ha escuchado y guardado silencio.

«Yo creo que… es también el dolor que llevo dentro…».

«¿Dolor? ¿Por qué?»

preguntan algunos.

«¡Bueno, pues por muchas cosas!, que en el fondo son una sola cosa: todo lo que sufre el Maestro… y el pensamiento de lo que sufrirá. 6 No podemos seguir pensando en las musarañas como en los primeros tiempos, pensando en las nubes como críos que no saben, ahora que sabemos de qué son capaces los hombres y cómo se debe sufrir para salvarlos. ¡Venga, hombre! ¡Creíamos todo fácil en los primeros tiempos! ¡Creíamos que bastaba presentarse para que los otros vinieran a nuestra parte! Creíamos que conquistar Israel y el mundo era como… echar una red en un fondo abundante en pesca. ¡Pobres de nosotros! Pienso que si no consigue El una buena presa, nosotros no conseguiremos ninguna. ¡Pero esto no es nada todavía! Pienso que ésos son malos y le hacen sufrir, y creo que éste es el motivo de nuestro cambio en general…».

«Es verdad. Por mi parte, es verdad»

confirma el Zelote.

«También en mi caso. También yo»

dicen los otros.

«Yo hace mucho que estaba inquieto por esto y he tratado de… disponer de buenas ayudas. Pero me han traicionado… y vosotros no me habéis comprendido… Y yo no os he comprendido a vosotros. Creía que erais como sois por cansancio del espíritu, por falta de confianza, por desilusión…»

confiesa Judas Iscariote.

«Yo nunca he esperado humanas alegrías y, por tanto, no estoy desilusionado»

dice el Zelote.

«Yo y mi hermano querríamos verle victorioso, pero para alegría suya. Le hemos seguido por amor de parientes antes que de discípulos. Le hemos seguido siempre, desde niños. El, el más pequeño en edad de nosotros, hermanos, pero siempre mucho más grande que nosotros…»

dice Santiago con su admiración ilimitada por su Jesús.

«Si tenemos un dolor es el que no todos nosotros, los de la parentela, le amamos en espíritu y sólo con el espíritu. Pero no somos los únicos en Israel que le aman mal»

dice Judas Tadeo.

7       Judas Iscariote le mira, y quizás hablaría, pero le distrae un grito que llega hasta ellos desde un cerro que se alza por encima del pueblecito que están orillando, buscando el camino para entrar en él.

«¡Jesús! ¡Rabí Jesús! Hijo de David y Señor nuestro, ten piedad de nosotros».

«¡Leprosos! Vámonos, Maestro. Si no, va a venir el pueblo y nos van a retener en sus casas»

dicen los apóstoles. Pero los leprosos tienen la ventaja de estar más adelante que ellos, arriba, en el camino, aunque al menos a unos quinientos metros del pueblo, y bajan cojeando por el camino, y corren hacia Jesús repitiendo su grito.

«Entremos en el pueblo, Maestro. Ellos no pueden hacerlo»

dicen algunos apóstoles. Pero otros rebaten:

«Ya algunas mujeres se han asomado a mirar. Si entramos nos libraremos de los leprosos, pero no de ser reconocidos y retenidos».

Y mientras titubean sobre la postura a tomar, los leprosos se van acercando a Jesús, quien, no haciendo caso de los pero y de los si de sus apóstoles, ha proseguido por su camino. Y los apóstoles se resignan a seguirle, mientras mujeres con los niños agarrados a las faldas, y algún hombre viejo que se ha quedado en el pueblo, vienen a ver, dejando una prudente distancia entre ellos y los leprosos, los cuales se detienen a algunos metros de Jesús y suplican una vez más:

«¡Jesús, ten piedad de nosotros!».

Jesús los contempla un instante; luego, sin arrimarse a este grupo de dolor, pregunta:

«¿Sois de este pueblo?».

«No, Maestro, de diversos lugares. Pero ese monte donde estamos, por la otra parte, mira al camino que va a Jericó, y es bueno para nosotros ese lugar…».

«Id entonces al pueblo cercano a vuestro monte y mostraos a los sacerdotes».

Y Jesús reanuda la marcha, apartándose hacia el borde del camino para no rozar a los leprosos, los cuales, sin otra cosa sino una mirada de esperanza en los pobres ojos enfermos, le miran mientras se acerca; y Jesús, llegado a su altura, alza la mano para bendecir.

La gente del pueblo, desilusionada, vuelve a las casas… Los leprosos ganan de nuevo el monte, para ir hacia su gruta o hacia el camino de Jericó.

«Has hecho bien no curándolos. Los del pueblo ya no nos habrían dejado marcharnos…».

«Sí, y sería necesario llegar a Efraín antes de la noche».

Jesús camina y calla. El pueblo ya está escondido a la vista, por las curvas del camino, que es muy sinuoso porque sigue los caprichos del monte en cuyo pie está hendido. Pero una voz los alcanza:

«Alabado sea el Dios Altísimo y su verdadero Mesías. ¡En El, todo poder, toda sabiduría y piedad! Alabado sea el Dios Altísimo, que en El nos ha concedido la paz. Alabadle todos vosotros, hombres de las ciudades de Judea y Samaria, de Galilea y Transjordania. Hasta las nieves del altísimo Hermón, hasta los resecos pedregales de Idumea, hasta las arenas bañadas por las olas del Mar Grande, cántese con poderosa voz la alabanza al Altísimo y a su Cristo. Se ha cumplido la profecía de Balaam[9]197. La Estrella de Jacob resplandece en el cielo rehecho de la patria que el verdadero Pastor ha vuelto a unir. ¡Se han cumplido también las promesas hechas a los patriarcas! Oíd la palabra de Elías, que nos amó, oídla, pueblos de Palestina, y comprendedla. Ya no se debe cojear de las dos partes, sino que se debe elegir por luz de espíritu, y si el espíritu es recto eligirá bien. ¡Este es el Señor! ¡Seguidle! ¡Ah, que hasta ahora hemos sido castigados porque no nos hemos esforzado en comprender! El hombre de Dios[10]198 maldijo el falso altar profetizando: “Sí, nacerá de la casa de David un hijo llamado Josías[11]199, que sacrificará en el altar y quemará huesos de Adán. Y el altar entonces se romperá y se hundirá en las entrañas de la Tierra, y las cenizas de la inmolación se esparcirán a septentrión y a mediodía, hacia oriente y hacia donde el Sol se pone”. No queráis hacer como el necio Ococías, que mandaba a consultar al dios de Ecrón cuando el Altísimo estaba en Israel[12]200. No queráis ser inferiores a la burra de Balaam, la cual, por su reverencia al espíritu de luz, mientras que habría caído muerto el profeta que no veía[13]201, habría merecido la vida. He aquí la Luz, que pasa entre nosotros. Abrid los ojos, ciegos de espíritu, y ved»

y uno de los leprosos los sigue, cada vez más cerca –incluso en el camino de primer orden en que ya están–, señalando a Jesús a los peregrinos.

Los apóstoles, desazonados, se vuelven dos o tres veces, intimando al leproso, perfectamente curado, a callarse. Y la última vez casi le amenazan.

Pero él, dejando por un momento de alzar así la voz para hablar a todos, responde:

«¿Y qué queréis, que no glorifique las grandes cosas que Dios me ha hecho? ¿Queréis que no le bendiga?».

«Bendícele en tu corazón y calla»

le responden inquietos.

«No, no puedo callar. Dios pone las palabras en mi boca»,

y, otra vez con voz fuerte:

«Gentes de los dos lugares de frontera, gentes que pasáis fortuitamente, deteneos a adorar a Aquel que reinará en el nombre del Señor. Yo rechazaba muchas palabras. Pero ahora las repito porque las veo cumplidas. Y todas las gentes se ponen en movimiento y vienen exultantes hacia el Señor por las vías del mar y de los desiertos, por las colinas y los montes. Y también nosotros, pueblo que hemos caminado en las tinieblas, iremos hacia la gran Luz que ha surgido, hacia la Vida, saliendo de la región de la muerte. Lobos, leopardos y leones como éramos, renaceremos en el Espíritu del Señor y nos amaremos en El, a la sombra del Retoño de Jesé que ya es cedro, bajo el cual acampan las naciones por El recogidas desde los cuatro puntos de la Tierra. He aquí que llega el día en que los celos de Efraín tendrán fin, porque ya no existen Israel y Judá, sino un solo Reino: el del Cristo del Señor.

Oíd, yo canto las alabanzas del Señor, que me ha salvado y consolado. Oíd, yo digo: alabadle y venid a beber la salvación a la fuente del Salvador. ¡Hosanna! ¡Hosanna a las grandes cosas que El hace! ¡Hosanna al Altísimo que ha puesto en medio de los hombres a su Espíritu revistiéndole de carne, para que fuera el Redentor![14]202».

Es inagotable. 9 La gente aumenta, se agolpa, ocupa el camino; quien estaba atrás se acerca, quien estaba delante regresa. Los habitantes de un pequeño pueblo –en cuyos aledaños están ya– se unen a los viandantes.

«Pero mándale que se calle, Señor. Es el samaritano. Esto dice la gente. ¡No debe hablar de ti, si ya no permites siquiera que nosotros te precedamos predicándote!»

dicen inquietos los apóstoles.

«Amigos míos, repito las palabras de Moisés a Josué, hijo de Nun, que se quejaba porque Eldad y Medad profetizaban en el campamento: “¿Estás celoso por mí, en vez de mí? ¡Ojalá profetizara así todo el pueblo y el Señor diera a todos su Espíritu!”[15]203. De todas formas, me detengo y le despido para complaceros».

Y se para. Se vuelve y llama al leproso curado, el cual se acerca presuroso, se postra ante Jesús y besa la tierra.

«Alzate. ¿Y los otros dónde están? ¿No erais diez? Los otros nueve no han sentido la necesidad de dar gracias al Señor. ¿Entonces? ¿De diez leprosos, de los cuales sólo uno era samaritano, no se ha encontrado ninguno, aparte de este extranjero, que sintiera el deber de regresar para dar gloria a Dios, antes de restituirse a sí mismo a la vida y a la familia? Y se le conoce como “samaritano”. ¿Ya no están ebrios los samaritanos, puesto que ven sin equivocaciones y acuden al camino de la Salvación sin paso vacilante? ¿Es que habla la Palabra un lenguaje extranjero, pues que lo entienden los extranjeros y no los de su pueblo?».

Extiende la mirada de sus espléndidos ojos sobre la multitud que se encuentra allí procedente de todas partes de la Palestina. Y esos ojos, con su centelleo, son irresistibles… Muchos agachan la cabeza y azuzan a las cabalgaduras o se echan a caminar y se alejan…

10     Jesús baja los ojos hacia el samaritano que está arrodillado a sus pies. La mirada se hace dulcísima. Alza la mano –la tenía relajada– haciendo un gesto de bendición, y dice:

«Alzate y márchate. Tu fe ha salvado en ti más que tu carne. Camina en la Luz de Dios. Ve».

El hombre besa nuevamente la tierra y, antes de levantarse, pide:

«Un nombre, Señor. Un nombre nuevo, porque todo es nuevo en mí, y para siempre».

«¿En qué tierra nos encontramos?».

«En la de Efraín».

«Pues llámate Efrén de ahora en adelante, porque dos veces la Vida te ha dado vida[16]204. Ve».

Y el hombre se alza y se marcha.

La gente del lugar y algún peregrino quisieran retener a Jesús. Pero El subyuga con su mirada, que no es severa –antes al contrario, es muy dulce al mirarlos– pero que debe despedir poder, porque ninguno hace un gesto para retenerle.

Y Jesús deja el camino sin entrar en el pueblecito. Cruza un campo, luego un regato y un sendero, y sube al cerro oriental, todo lleno de bosques, donde se adentra con los suyos. Dice:

«Para no extraviarnos, seguiremos el camino, pero por el bosque. Después de aquella curva, el camino se pega a este monte. Encontraremos alguna gruta para dormir y al alba rebasaremos Efraín…».

[1] 189 Cfr. Lc. 17, 11–19.

[2] 190 que está en 281.10.

[3] 191 Este discurso de Zelote no puede considerarse como si fuese hecho según leyes filosóficas o teológicas, sino más bien bajo un punto de vista popular

[4] 192 El apóstol y evangelista Juan, en el Evangelio, en la 1 Carta y el Apocalipsis, habla frecuentemente de la Luz (el Bien, el Verbo), y de las tinieblas (el Mal, la fuerza del Mal).

[5] 193 Génesis 1, 2–3; Números 11, 24–30; 22, 20–35; 23, 4–30; 24; 1 Reyes 13, 1–5; 2 Reyes 1, 15–16; Isaías 11–12.

[6] 194 Cfr. Núm. 24, 17; Apoc. 2, 28; 22, 16.

[7] 195 Cfr. Gén. 1, 1–5.

[8] 196 porque el último que ha hablado ha sido Judas de Alfeo.

[9] 197 Cfr. Núm. 23, 4 – 24, 25; sobre todo 24, 17.

[10] 198 Cfr. 3 Rey. 13, 1–5.

[11] 199 Pronunciación verdadera (N.T.).

[12] 200 Cfr. 4 Rey. 1, 16.

[13] 201 Cfr. Núm. 22, 1–35.

[14] 202 Cfr. Is. 11–12.

[15] 203 Cfr. Núm. 11, 24–30.

[16] 204 De hecho, Efrén, significa literalmente: Doble fruto.

2/10/2016 Evangelio según San Lucas 17,5-10.

Vigésimo séptimo domingo del tiempo ordinario

Santo(s) del día : Beato Antonio Chevrier
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Lecturas

Leer el comentario del Evangelio por : Beata Teresa de Calcuta
“Somos unos servidores sin importancia: no hemos hecho otra cosa que nuestro deber”

Tercer año de la Vida Pública de Jesús

408. Multiplicación del trigo en los campos de José de Arimatea.

31 de marzo de 1946.

408-11       También aquí trabajan fervientemente los segadores. Es más –está mejor dicho– ha sido ferviente el trabajo de los segadores. Ya son inútiles las hoces, porque no hay en pie una sola espiga en estos campos aún más cercanos a la orilla mediterránea que los de Nicodemo. Pero Jesús no ha ido a Arimatea, sino a los terrenos que José posee en el llano, hacia el mar, y que antes de la siega, por su gran extensión, debían ser otro pequeño mar de espigas.

Una casa baja, ancha, blanca, está ahí, en el centro de los campos desnudos. Una casa de campo, pero bien cuidada. Sus cuatro eras se están llenando de gran cantidad de gavillas, puestas en haces (como disponen los soldados el bagaje durante los altos en el campo). Muchos carros traen ese tesoro de los campos a las eras, y muchos hombres descargan y amontonan. José va de una era a otra y vigila que todo se haga, y se haga bien.

Un campesino, desde lo alto del montón hacinado en un carro, anuncia:

«Hemos terminado, patrón. Todo el trigo está en tus eras. Este es el último carro de tu último terreno».

«Bien. Descarga y luego suelta a los bueyes y llévalos a los pilones y a los establos. Han trabajado bien y merecen descanso. Y también todos vosotros habéis trabajado bien y merecéis descanso. Pero la última fatiga será leve, porque para los corazones buenos es alivio la alegría de los demás. 2 Ahora vamos a traer a los hijos de Dios y vamos a darles el don del Padre. Abraham, ve a llamarlos»

dice luego volviéndose hacia un patriarcal campesino, que quizás es el primero de los campesinos al servicio de esta propiedad de José. Pienso esto porque veo que el respeto de los otros dependientes es muy visible hacia este anciano, que no trabaja pero ayuda al patrón vigilando y aconsejando.

Y el anciano va… Le veo dirigirse hacia una vasta y muy baja construcción, más parecida a un cobertizo que a una casa, provista de dos puertas gigantescas que tocan el canalón. Creo que será una especie de almacén donde estén guardados los carros y los otros aperos de labranza. Entra allí dentro y luego sale seguido por un heterogéneo y mísero grupo humano de todas las edades… y de todas las miserias… Hay seres macilentos, aunque sin desgracias físicas, y hay tullidos, ciegos, mancos, enfermos de los ojos… Muchas viudas rodeadas de sus muchos huerfanitos, o también las mujeres de algún enfermo, tristes, apocadas, enflaquecidas por las noches en vela y los sacrificios para cuidar al enfermo.

Vienen con ese aspecto particular de los pobres cuando van a un lugar donde recibirán una gracia: timidez en las miradas, esquivez propia del pobre honrado, no sin una sonrisa que aflora encima de la tristeza impresa por días de dolor en los rostros demacrados, no sin una chispa mínima de triunfo, casi como una respuesta al destino, que se ha cebado sobre ellos en días tristes, contínuos, una respuesta al destino:

«¡Hoy es fiesta, para nosotros también hay un día de fiesta, hoy es fiesta, es alegría, es consuelo para nosotros! ».

Los pequeños ponen ojos como platos al ver los montones de gavillas, más altos que la casa, y dicen a sus mamás mientras las señalan:

«¿Para nosotros? ¡Qué bonitas!».

Los ancianos susurran:

«¡El Bendito, bendiga al compasivo!».

Los mendigos, tullidos, o ciegos, o mancos, o enfermos de los ojos:

«¡Por fin tendremos pan también nosotros, sin tener que alargar siempre la mano!».

Y los enfermos a sus familiares:

«Al menos podremos medicarnos sabiendo que vosotros no sufrís por nosotros. Nos harán bien ahora las medicinas».

Y los familiares a los enfermos:

«¿Veis? Ahora ya no diréis que ayunamos para dejaros a vosotros el pedazo de pan. ¡Alegraos, pues, ahora!…».

Y las viudas a los huerfanitos:

«Hijitos míos, habrá que bendecir mucho al Padre de los Cielos que os hace de padre, y al buen José, que es su administrador. Ahora no os oiremos llorar por hambre, hijos nuestros que tenéis sólo a vuestras madres para ayudaros… a vuestras pobres mamás, que de rico tienen sólo el corazón…».

Un coro y un espectáculo que alegran, pero también hacen venir lágrimas a los ojos…

3       Y José, teniendo ya delante a estos infelices, se pone a recorrer las filas, a llamar a uno por uno, preguntando cuántos son en su familia, desde cuánto tiempo están viudas, o desde cuándo están enfermos, etc… y toma nota. Y para cada caso ordena a los campesinos que están a su servicio:

«Da diez. Da treinta».

«Da sesenta»

dice después de escuchar a un anciano semiciego que se le ha acercado con diecisiete nietecitos, todos por debajo de los doce años, hijos de dos hijos suyos, muertos uno en la siega del año anterior, la otra de parto…

«y» dice el anciano «el marido ha encontrado consuelo y se ha casado otra vez, pasado un año. Me ha remitido los cinco hijos diciendo que se preocuparía de ellos. Sin embargo, jamás un sólo denario!… Ahora se me ha muerto también mi mujer y estoy solo… con éstos…».

«Da sesenta al anciano padre. Tú, padre, espera, que después te voy a dar vestidos para los pequeños».

El campesino observa que, si se va a sesenta gavillas por cada vez, no va a llegar el trigo para todos…

«¿Dónde está tu fe? Si acumulo y distribuyo las gavillas, ¿lo hago por mí? No. Es para los más amados hijos del Señor. El Señor mismo proveerá a que baste para todos»

responde José al campesino.

«Sí, patrón. Pero el número es número…».

«Y la fe, es fe. Y yo, para mostrarte que la fe puede todo, ordeno que se doble la medida que ha sido dada a los primeros. Quien ha recibido diez que reciba otras diez, quien veinte, otras veinte, y al anciano dadle ciento veinte. ¡Hacedlo! ¡Hacedlo!».

Los campesinos se encogen de hombros y cumplen la orden. Y continúa la distribución, en medio del gozoso asombro de los beneficiados, que ven que les dan una medida que supera todas sus más descabelladas esperanzas. José sonríe por ello, y acaricia a los pequeñuelos, que ponen todo su ahínco en ayudar a sus mamás; o ayuda a los tullidos, que hacen su pequeño montón; ayuda a los ancianos demasiado caducos como para hacerlo; o a las mujeres demasiado macilentas; y ordena apartar a dos enfermos para darles otras ayudas, como ha hecho con el anciano de los diecisiete nietos. Los montones, más altos que la casa, ahora son muy bajos, casi al nivel del suelo. Pero todos han recibido su parte, y en medida abundante. José pregunta:

«¿Cuántas gavillas quedan todavía?».

«Ciento doce, patrón»

dicen los campesinos tras contar lo que queda.

«Bien. Tomaréis…».

José recorre la lista de los nombres que ha apuntado, y dice:

«Tomaréis cincuenta. Las guardaréis para simiente, porque es semilla santa. Que se dé el resto, una a cada uno, a cada cabeza de familia aquí presente. Son exactamente sesenta y dos cabezas de familia».

Los campesinos obedecen. Meten bajo un pórtico las cincuenta gavillas y distribuyen el resto. Ahora las eras ya no tienen los voluminosos montones de oro.

Pero, en el suelo, hay sesenta y dos pequeños montones de distinto volumen. Y sus propietarios, solícitos, los atan y los cargan en rudimentarias carretillas, o en precarios jumentos a los que han ido a desatar de un vallado que está detrás de la casa.

4       El anciano Abraham, que ha hablado aparte con los principales campesinos al servicio de José, se acerca con éstos al patrón, y éste les pregunta:

«¿Entonces? ¿Habéis visto? ¡Ha habido para todos! ¡Y ha sobrado!».

«¡Pero patrón, aquí hay un misterio! Nuestros campos no pueden haber dado el número de gavillas que has distribuído. Yo he nacido aquí y tengo setenta y ocho años. Siego desde hace sesenta y seis. Y sé. Mi hijo tenía razón. ¡Sin un misterio, no habríamos podido dar tanto!…».

«Pero que lo hemos dado es una realidad, Abraham. Tú estabas a mi lado. Los campesinos han entregado las gavillas. No hay ningún sortilegio. No es irrealidad. Las gavillas se pueden contar todavía. Están todavía allí, aunque sea divididas en muchas partes».

«Sí, patrón. Pero… No es posible que los campos hayan dado tantas gavillas».

«¿Y la fe, hijos míos? ¿Y la fe? ¿Dónde metéis la fe? ¿Podía desacreditar el Señor a su siervo, que prometía en su Nombre y con santo fin?».

«¡¿Entonces tú has hecho un milagro?!».

dicen los campesinos, ya dispuestos a los gritos de hosanna.

«No soy hombre de milagros. Soy un pobre hombre. Lo ha hecho el Señor. Ha leído en mi corazón y ha visto en él dos deseos: el primero, llevaros a la misma fe; el segundo, dar mucho, mucho, mucho a estos hermanos míos infelices. Dios ha asentido a mis deseos… y ha actuado. ¡Bendito sea!»

dice José inclinándose reverentemente como si estuviera delante de un altar.

«Y su siervo con El»

dice Jesús, que hasta ese momento ha estado oculto detrás de la esquina de una pequeña casa –no sé si horno o almazara– rodeada por un seto, y que ahora aparece abiertamente en la era donde está José.

«¡¡Maestro mío y Señor mío!!»

exclama José, cayendo de rodillas para venerar a Jesús.

«La paz a ti. He venido para bendecirte en nombre del Padre. Para premiar tu caridad y tu fe. 5 Soy huésped tuyo esta noche. ¿Me aceptas?».

«¡Oh, Maestro! ¿Y lo preguntas? La única cosa… La única cosa es que aquí no voy a poder darte honor… Estoy con mis domésticos–campesinos… en mi casa del campo… No tengo vajilla fina ni maestros de mesa ni criados capacitados… No tengo ni manjares ni vinos selectos… No tengo amigos… Será una hospitalidad muy pobre… Pero bueno, serás comprensivo… ¿Por qué, Señor, no me has avisado? Habría dispuesto lo necesario… Pero anteayer Hermas, con los suyos, estuvo aquí… Es más, he aprovechado sus servicios para avisar a éstos, a quienes quería dar, devolver, lo que es de Dios… ¡Pero Hermas no me dijo nada! ¡Si lo hubiera sabido!… Permíteme, Maestro, que dé indicaciones, que trate de remediar… ¿Por qué sonríes así?»

pregunta, en fin, José, que está todo agitado por la improvisa alegría y por la situación que juzga… desastrosa.

«Sonrío por tus inútiles penas. José, ¿qué buscas? ¿Lo que tienes?».

«¿Qué tengo? No tengo nada».

«¿Qué «¡Cuán hombre eres todavía! ¿Por qué no eres ya el José espiritual de hace un rato, cuando hablabas como persona sabia y prometías, seguro, por la fe y para dar la fe?».

«¡Oh! ¿Has estado oyendo?».

«He oído y he visto, José. Aquel seto de laureles es muy útil para ver que lo que he sembrado no ha muerto en ti. Y por esto te digo que te creas inútiles penas. ¿Que no tienes ni maestros de mesa ni servidores capacitados? Pero si donde se ejercita la caridad está Dios, y donde está Dios están sus ángeles. ¿Y qué maestros de casa quieres tener más capacitados que ellos? ¿Que no tienes ni manjares ni vinos selectos? ¿Y qué manjar quieres ofrecerme, y qué bebida, más selectos que el amor que has tenido hacia éstos y tienes hacia mí? ¿Que no tienes amigos para darme honor? ¿Y éstos? ¿A qué amigos ama el Maestro de nombre Jesús más que a los pobres y a los infelices? ¡Animo, hombre, José! Ni siquiera convirtiéndose Herodes y abriéndome sus salas para recibirme y darme honor, en un palacio purificado, y teniendo con él los jefes de todas las castas para darme honor, Yo tendría una corte más selecta que ésta. Y quiero dirigirles unas palabras y ofrecerles un don. ¿Permites?».

«¡Pero Maestro, si todo lo que Tú quieres lo quiero yo! Ordena».

«Diles que se reúnan. Que se reúnan también los campesinos. Para nosotros siempre habrá un pan… Mejor es que ahora escuchen mi palabra en vez de correr para acá o allá, afanándose en pobres cuidados».

La gente se apiña con diligencia, asombrada…

6       Jesús habla:

«Aquí habéis visto que la fe puede multiplicar el trigo cuando este deseo viene de un deseo de amor. Pero no limitéis vuestra fe a las necesidades materiales. Dios creó el primer grano de trigo y desde entonces el trigo produce espigas para el pan de los hombres. Pero Dios creó también el Paraíso, que espera a sus ciudadanos. Ha sido creado para los que viven en la Ley y permanecen fieles a pesar de las pruebas dolorosas de la vida. Tened fe y lograréis conservaros santos con la ayuda del Señor, de la misma forma que José ha logrado asignar el doble de trigo para haceros felices doblemente y confirmar en la fe a sus campesinos. En verdad, en verdad os digo que si el hombre tuviera fe en el Señor, y esa fe fuera por un justo motivo, ni siquiera las montañas, hincadas en el suelo con sus entrañas rocosas, podrían resistir, y ante la orden de quien tiene fe en el Señor cambiarían de sitio.¿Tenéis vosotros fe en Dios?»

 pregunta dirigiéndose a todos.

«¡Si, Señor!».

«¿Quién es Dios para vosotros?».

«El Padre santísimo, como enseñan los discípulos del Cristo».

«¿Y el Cristo quién es para vosotros?».

«El Salvador. El Maestro. ¡El Santo!».

«¿Sólo esto?».

«El Hijo de Dios. Pero no se debe decir, porque los fariseos nos persiguen si lo decimos».

«¿Pero vosotros creéis que lo es?».

«Sí, Señor».

«Pues bien, creced en vuestra fe. Aunque calléis vosotros, las piedras, las plantas, las estrellas, el suelo, todas las cosas, proclamarán que el Cristo es el verdadero Redentor y Rey. Lo proclamarán en la hora de su elevación, cuando le envuelva la púrpura santísima y tenga la corona de Redención. Bienaventurados los que sepan creer esto ya desde ahora, y que más aún lo crean entonces, y tengan fe en Cristo y, por tanto, vida eterna. ¿Tenéis vosotros esta fe inquebrantable en Cristo?».

«Sí, Señor. Enséñanos dónde está El, y nosotros le pediremos que aumente nuestra fe para ser bienaventurados de esa forma».

Y la última parte de esta súplica la dicen no sólo los pobres, sino también los campesinos, los apóstoles y José.

408-2«Si tenéis fe como un grano de mostaza, y la tenéis –perla preciosa– en el corazón, sin dejar que os la arrebate ninguna cosa humana, o sobrehumana pero mala, podréis todos decir incluso a ese robusto moral que da sombra al pozo de José: “Arráncate de ahí y trasplántate a las olas del mar”».

7 «¿Pero Cristo dónde está? Le esperamos para ser curados. Los discípulos no nos han curado, pero nos han dicho: “El puede hacerlo”. Quisiéramos curarnos para trabajar»

dicen unos hombres enfermos o impedidos.

«¿Y creéis que Cristo lo puede?»

dice Jesús mientras hace una señal a José de que no diga que Cristo es El.

«Lo creemos. Es el Hijo de Dios. Lo puede todo».

«Sí. Lo puede todo… ¡Y lo quiere todo!»

grita Jesús extendiendo con imperio el brazo derecho y bajándole como para jurar. Y termina con un grito potente:

«¡Y así sea, para gloria de Dios!».

Y hace ademán de volverse hacia la casa. Pero los curados, unos veinte, gritan, se acercan y le encierran en un laberinto de manos extendidas para tocar, bendecir, buscar sus manos, sus vestidos, para besar, acariciar. Le aíslan de José, de todos…

Y Jesús sonríe, acaricia, bendice… Se libera lentamente y, todavía seguido, desaparece entrando en la casa, mientras los gritos de hosanna suben al cielo, que se pone violáceo con el principio del crepúsculo.

Personajes
Jose de Arimatea
http://www.maria-valtorta.org/Personnages/JosephArimathie.htm

422. El Iscariote, con sus malos humores, ocasiona la lección sobre los deberes y los siervos inútiles[1]186.

24 de abril de 1946.

422-11       Y así el guijarral se ve blanco en la noche sin luna, pero clarísima por millares de estrellas, grandes, inverosímilmente grandes estrellas de cielo de Oriente. No es luz intensa como la de la Luna, pero es una fosforescencia delicada que permite, a quien tiene la vista acostumbrada a la obscuridad, ver por dónde camina y lo que le rodea.

Aquí, a la derecha de los caminantes, que suben hacia el Norte siguiendo el curso del río, la suave luminosidad estelar muestra el límite vegetal hecho de cañedos, de sauces y luego de árboles altos, y, dado que la luz es muy leve, parece formar un muro compacto, continuo, sin interrupción, sin posibilidad de penetración, apenas roto en el lugar en que el lecho de un riachuelo o torrente, completamente secos, coloca una raya blanca que se adentra hacia oriente y desaparece en la primera curva del minúsculo afluente ahora seco. A la izquierda, sin embargo, los caminantes disciernen el brillo de las aguas que descienden hacia el Mar Muerto, borbollando, suspirando, susurradoras, tranquilas, serenas. Y entre la línea brillante de las aguas de color añil, en la noche, y la masa negro–opaca de hierbas, arbustos y árboles, se extiende la cinta clara del guijarral, a veces más ancha, a veces más estrecha, a veces interrumpida por una minúscula balsa –residuo de la pasada avenida–, todavía con un poco de agua en curso de reabsorción, y donde forman aún mata verde las hierbas, que en otras partes están resecas en la sequedad del guijarral, sin duda ardiente en las horas de sol.

Los apóstoles se ven obligados –por estas pequeñas balsas, o también por marañas de juncos secos, pero peligrosos como cuchillos para el pie sólo semicubierto por las sandalias– a separarse de vez en cuando, para juntarse de nuevo luego en torno a su Maestro, que va siempre majestuoso, generalmente callado, con su paso largo, levantando la mirada hacia las estrellas más que inclinándola hacia el suelo. Los apóstoles no, no callan; hablan entre sí, recapitulando los hechos de la jornada, sacando las conclusiones de éstos o previendo su futuro desarrollo. Alguna rara palabra de Jesús, la mayoría de las veces dicha para responder a una pregunta directa o para corregir alguna ponderación errada o no caritativa, se intercala en la parlería de los doce. Y el camino continúa en la noche, ritmando el silencio nocturno con un elemento nuevo en esas regiones desiertas: las voces humanas y el triscar de los pasos.

Y se callan los ruiseñores entre las frondas, asombrados de que sonidos disonantes y ásperos se mezclen, turbadores, con el habitual rumor de las aguas y las brisas, habituales acompañamientos de sus solos virtuosos.

2       Pero una pregunta directa, que no tiene que ver con lo que ha pasado, sino con lo que ha de suceder, va a romper, con la violencia de una rebelión, además de con el tono más agudo de las voces agitadas por indignación o ira, la paz (no sólo la de la noche, sino también la más íntima de los corazones). Felipe pregunta si y dentro de cuántos días estarán en sus casas. Una latente necesidad de descanso, un no dicho pero sí implícito deseo de afectos familiares están presentes en la sencilla pregunta del apóstol ya entrado en años, que es marido y padre además de apóstol, que tiene intereses de que ocuparse…

Jesús siente todo esto y se vuelve a mirar a Felipe, se detiene para esperarle, pues Felipe va un poco más atrás, con Mateo y Natanael. Cuando le tiene a su lado, le ciñe con un brazo mientras le dice:

«Pronto, amigo mío. Pero pido a tu bondad todavía otro pequeño sacrificio, a no ser que quieras separarte antes de mí…».

«¿Yo? ¿Separarme? ¡Jamás!».

«Entonces… te tengo todavía un poco de tiempo lejos de Betsaida. Quiero ir a Cesarea Marítima pasando por Samaria. Al regreso iremos a Nazaret y estarán conmigo los que no tienen familia en Galilea. Luego, después de un poco, os alcanzaré en Cafarnaúm… Y allí os evangelizaré, para haceros aún más aptos. Pero si crees que tu presencia en Betsaida es necesaria… vete si quieres, Felipe. Nos encontraremos allá…».

«No, Maestro. ¡Es más necesario estar contigo! Pero… Es dulce la casa… y las hijas… Pienso que no las tendré mucho conmigo en el futuro… y quisiera gozar un poco de su casta dulzura. Pero si debo elegir entre ellas y Tú, te elijo a ti… y por más de un motivo…»

termina, suspirando, Felipe.

«Y haces bien, amigo. Porque Yo te seré arrebatado antes que tus hijas…».

«¡Maestro!…»

dice con pena el apóstol.

«Así es, Felipe»

termina Jesús, y besa al apóstol en la sien.

3       Judas Iscariote, que ha estado barbotando entre dientes desde que Jesús ha nombrado Cesarea, alza la voz, como si ver el beso dado a Felipe le hiciera perder el control de sus acciones. Y dice:

«¡Cuántas cosas inútiles! ¡Verdaderamente no sé qué necesidad hay de ir a Cesarea!»

y lo dice con una impetuosidad llena de bilis; parece como si quisiera decir implícitamente: «y Tú que vas, eres un necio».

«No eres tú quien tiene que juzgar sobre las necesidades de las cosas que hacemos, sino el Maestro»

le responde Bartolomé.

«¿Sí, Eeh? ¡Casi como si El viera claras las necesidades naturales!».

«¡Oye! ¿Estás sano o estás loco? ¿Sabes de quién hablas?»

le pregunta Pedro meneándole por un brazo.

«No estoy loco. Soy el único que tiene el cerebro sano. Y sé lo que digo».

«¡Pues vaya cosas que dices tú!», «¡Ruega a Dios que no te lleve la cuenta de ellas!», «¡La modestia no es amiga tuya!», «Se diría que tienes miedo de que, yendo a Cesarea, se te pueda conocer por lo que eres»

dicen juntos y respectivamente Santiago de Zebedeo, Simón Zelote, Tomás y Judas de Alfeo. Judas Iscariote se vuelve contra este último:

«No tengo nada que temer y vosotros no tenéis nada que conocer. Lo que sucede es que estoy cansado de ver que se pasa de un error a otro y nos destruimos. Choques con los ancianos, disputas con los fariseos. Ahora nos faltan los romanos…».

«¿Cómo? ¡Pero si hace apenas dos lunas que estabas exaltado de alegría, estabas seguro, estabas, estabas, estabas… todo estabas, porque tenías por amiga a Claudia!»

observa con ironía Bartolomé, el cual, siendo el más… intransigente, es el que si no se rebela contra los contactos con los romanos es sólo por obediencia al Maestro.

Judas enmudece un momento, porque la lógica de la irónica pregunta es evidente, y, so pena de aparecer ilógico, uno no puede contradecir lo que ha dicho antes. Pero luego se recobra:

«No digo esto por los romanos. Me refiero a los romanos como enemigos. Ellas, porque en el fondo no son más que cuatro mujeres romanas, cuatro, cinco, seis como mucho, ellas nos han prometido ayuda y nos la darán. 4 Pero lo que pasa es que ello aumentará el odio de sus enemigos, y El no lo comprende y…».

«Su odio es completo, Judas. Y tú lo sabes como Yo, e incluso mejor[2]187 que Yo»

dice con serenidad Jesús, recalcando la palabra “mejor”.

«¿Yo? ¿Yo? ¿Qué quieres decir? ¿Quién sabe las cosas mejor que Tú?».

«Acabas de decir que sólo tú conoces las necesidades y el cómo comportarse en ellas…»

le rebate Jesús.

«Pero para las cosas naturales. Yo digo que conoces las cosas espirituales mejor que nadie».

«Eso es verdad. Pero precisamente por eso te decía que conoces mejor que Yo las cosas –feas si quieres, degradantes si quieres– naturales, como el odio de mis enemigos, como sus propósitos…».

«¡Yo no sé nada! Nada sé yo. Lo juro por mi alma, por mi madre, por Yahvé…».

«¡Basta! Está escrito que no se ha de jurar[3]188»

dice con tono tajante Jesús, con una severidad que parece endurecerle hasta los rasgos del rostro dándole perfección de estatua.

«Bueno, pues no juraré. Pero me será lícito decir, porque no soy un esclavo, que no es necesario, que no es útil, es más, que es peligroso ir a Cesarea, hablar con las romanas…».

«¿Y quién te dice que va a ser así?»

pregunta Jesús.

«¡Quién? ¡Hombre, pues todo! Tú tienes necesidad de asegurarte de una cosa. Estás siguiendo las huellas de una…»

se para, porque comprende que la ira le hace hablar demasiado. 5 Luego continúa:

«Y yo te digo que deberías pensar también en nuestros intereses. Nos has arrebatado todo. Casa, ganancias, afectos, tranquilidad. Somos gente perseguida por causa tuya y lo seguiremos siendo después. Porque Tú –lo dices de todos los modos– un buen día te marcharás. Nosotros, sin embargo, nos quedamos. Y nos quedaremos destruidos, y nosotros…».

«Tú no serás perseguido cuando Yo ya no esté entre vosotros. Esto te lo digo Yo, que soy la Verdad. Y te digo que he tomado lo que espontánea e insistentemente me habéis dado. Así que no puedes acusarme de haberos arrebatado violentamente ni un solo cabello de los que se os caen cuando os peináis. ¿Por qué me acusas?».

Jesús está ya menos severo, muestra ahora una tristeza deseosa de reconducir a la razón con dulzura, y creo que esta misericordia suya, tan plena, tan divina, es freno para los demás, que no la tendrían, no, hacia el culpable.

Judas también siente esto, y, con una de esas bruscas mudanzas de su alma atrapada entre dos fuerzas contrarias, se arroja al suelo y se golpea la cabeza y el pecho y grita:

«Porque soy un demonio. Un demonio soy yo. ¡Sálvame, Maestro, como salvas a tantos endemoniados! ¡Sálvame! ¡Sálvame!».

«No esté inerte tu voluntad de ser salvado».

«La hay. Ya lo ves. Quiero ser salvado».

«Por mí. Pretendes que Yo haga todo. Pero Yo soy Dios y respeto tu libre albedrío. Te daré las fuerzas para llegar a “querer”. Pero querer no ser esclavo debe venir de ti».

«¡Lo quiero! ¡Lo quiero! ¡Pero no vayas a Cesarea! ¡No vayas! 6 Escúchame a mí como escuchaste a Juan cuando[4]189 querías ir a Acor. Tenemos todos los mismos derechos. Te servimos todos igualmente. Tienes la obligación de complacernos por lo que hacemos… ¡Trátame como a Juan! ¡Lo quiero! ¿Qué hay de distinto entre yo y él?».

«¡El corazón! Mi hermano no habría hablado jamás como tú hablas. Mi hermano no…».

«Silencio, Santiago. Hablo Yo. Y a todos. Y tú levántate y compórtate como un hombre, como Yo te trato, no como un esclavo lastimero a los pies de su amo. Sé hombre, puesto que tanto te importa ser tratado como Juan, el cual, en verdad, es más que un hombre, porque es casto y está saturado de Caridad. Vamos. Es tarde. Y al alba quiero pasar el río. A esa hora regresan los pescadores que han retirado las nasas y es fácil encontrar un bote para cruzar el río. La Luna en sus últimos días eleva cada vez más su arco fino, así que podemos, con su mayor luz, caminar más de prisa.

7 Oíd. En verdad os digo que ninguno debe gloriarse de cumplir con el propio deber y exigir por ello, que es una obligación, especiales favores.

Judas ha recordado que me habéis dado todo. Y me ha dicho que por ello tengo el deber de complaceros a cambio de lo que hacéis. Pero, considerad esto. Entre vosotros hay pescadores, propietarios de tierras, más de uno que tiene un obrador, y el Zelote que tenía un criado. Ahora bien, cuando los mozos de la barca, o los hombres que como subalternos os ayudaban en el olivar, en la viña o en los campos, o los aprendices del obrador, o simplemente el criado fiel que cuidaba la casa y la mesa, terminaban sus trabajos, ¿acaso os poníais vosotros a servirlos? ¿Y no es así en todas las casas e incumbencias? ¿Qué hombre que tiene un siervo arando o apacentando, o un obrero en el obrador, dice a éste cuando termina el trabajo: “Ve inmediatamente a la mesa”? Ninguno. Más bien, sea que vuelva de los campos, sea que haya dejado las herramientas del trabajo, todo patrón dice: “Hazme de comer, límpiate, y, con túnica limpia y ceñida, sírveme mientras yo como y bebo. Después comerás y beberás tú”. Y no se puede decir que ello sea dureza de corazón. Porque el siervo debe servir a su señor, y éste no le queda deudor porque el siervo haya hecho lo que por la mañana el señor había ordenado. Porque, si es verdad que el señor tiene el deber de ser humano con el propio siervo, así el siervo tiene el deber de no ser holgazán y dilapidador, sino de cooperar al bienestar de su señor, que le viste y le da de comer. ¿Soportaríais vosotros que vuestros mozos de barca, los campesinos, los obreros, el criado de casa, os dijeran: “Sírveme porque he trabajado”? No creo.

Así también vosotros, mirando a lo que habéis hecho y hacéis por mí –y, en el futuro, mirando a lo que haréis para continuar mi obra y seguir sirviendo a vuestro Maestro– debéis decir siempre, porque veréis también que habréis hecho siempre mucho menos de cuanto era justo hacer para estar nivelados con la mucha ayuda recibida de Dios: “Somos siervos inútiles, porque no hemos hecho sino nuestro deber”. Si razonáis así, veréis como no sentiréis ya más surgir en vosotros ni exigencias ni malos humores, y obraréis con justicia».

J       esús calla. Todos reflexionan.

8       Pedro choca a Juan con el codo, que reflexiona teniendo sus ojos zarcos fijos en las aguas, las cuales del color añil pasan a un plata azul por el toque de la Luna, y le dice:

«Pregúntale cuándo uno hace más de su deber. Quisiera llegar a hacer más de mi deber, yo…».

«Yo también, Simón. Estaba pensando precisamente en esto»

le responde Juan con su hermosa sonrisa en los labios, y pregunta con voz fuerte:

«Maestro, dime: ¿el hombre siervo tuyo no podrá nunca hacer más de su deber, para decirte con este “más” que te ama completamente?».

«Niño, Dios te ha dado tanto que, por justicia, todo heroísmo tuyo sería siempre poco. Pero el Señor es tan bueno, que mide lo que le dais no con su medida infinita. Lo mide con la medida limitada de la capacidad humana. Y, cuando ve que habéis dado sin parsimonia, con una medida colmada, rebosante, generosa, entonces dice: “Este siervo mío me ha dado más de cuanto era su deber. Por eso le daré la sobreabundancia de mis premios”».

«¡Oh! ¡Qué feliz me siento! Entonces te voy a dar medida rebosante para recibir esta sobreabundancia!»

exclama Pedro.

«Sí. Me darás esa medida. Vosotros me la daréis. Todos los que son amantes de la Verdad, de la Luz, me la darán. Y conmigo serán sobrenaturalmente felices».

[1] 186 Cfr. Lc. 17, 7–10.

[2] 187 “Por experiencia humana”.

[3] 188 Cfr. Ex. 20, 7, 16; Lev. 19, 12; Núm. 30, 3; Deut. 23, 21–23; Ecl. 5, 3–4; Mt. 5, 33–37.

[4] 189 en 379.2.