25/9/2016 Evangelio según San Lucas 16,19-31.

Vigésimo sexto domingo del tiempo ordinario

Nuestra Señora del Rosario de San Nicolas, Argentina

Santo(s) del día : San Fermín de Amiens 


image Saber más cosas a propósito de los Santos del día

Lecturas

El evangelio de Lucas de este domingo nos encuentra en el capitulo 191 del segundo año de la vida pública de Jesús con la parábola del rico Epulón.

Jesús la relata a un grupo de trabajadores de los campos de dos amos ricos y explotadores despiadados, miembros del Sanedrín: Doras y Jocanán. Los pastores de Belén son santos de los más humildes a quienes Jesús quería entrañablemente, y justamente Jonás -uno de ellos-, fue muerto mártir víctima de la cruel explotación de su amo Doras. Jesús dice que su Jonás fue como el Lázaro de la parábola y así da ánimos a los siervos de Doras y Jocanan que lo escuchan en aquella ocasión.

Segundo año de la Vida Pública de Jesús

191.El sábado en Esdrelón. El pequeño Yabés[1]105. Parábola del rico Epulón.

16 de junio de 1945.

191-11 «Entrega a Miqueas la cantidad de dinero suficiente para que mañana pueda restituir lo que hoy ha pedido prestado a los campesinos de esta zona»

dice Jesús a Judas Iscariote, que es quien, generalmente, administra los… bienes comunes.

Luego llama a Andrés y a Juan y los manda a dos puntos desde donde se puede ver el camino, o los caminos, que vienen de Yizreel; luego, a Pedro y a Simón, y les dice que salgan al encuentro de los campesinos de Doras, con la indicación de detenerlos en la divisoria de las dos propiedades; finalmente, dice a Santiago y a Judas:

«Coged las provisiones y venid».

Los siguen los campesinos de Jocanán, mujeres, hombres y niños; los hombres llevan dos pequeñas ánforas –bueno, pequeñas es un decir– que deben estar llenas de vino hasta los bordes; más que ánforas, son tinajas y contendrán, más o menos, sus buenos diez litros cada una (ruego también esta vez que no se tomen mis medidas por artículo de fe). Caminan hasta donde una espesa viña señala el límite de la propiedad de Jocanán; más allá, adyacente, hay una ancha zanja que mantienen siempre llena de agua (¡a saber con cuánto trabajo!).

«¿Ves? Jocanán ha litigado con Doras por esto. Jocanán decía: “Esta completa devastación es culpa de tu padre. Si no quería adorarle, al menos debía haberle temido y no provocarle”. Y Doras –parecía un demonio– gritaba: “Has salvado tus tierras por esta zanja. Los insectos no la han atravesado…”. Y Jocanán decía: “¿Y entonces cómo es que ahora sufres toda esta devastación mientras que antes tus campos eran los mejores de Esdrelón? Créeme, es el castigo de Dios; habéis sobrepasado la medida. ¿Esta agua?… Siempre ha estado aquí; no es el agua lo que me ha salvado”. Y Doras gritaba: “Esto prueba que Jesús es un demonio”. “Es un justo” gritaba Jocanán. Y así fueron caminando un trecho, mientras les quedó resuello. Luego Jocanán, gastando mucho, hizo derivar un ramal del torrente y cavar para buscar más agua en el subsuelo y hacer todo un orden de zanjas como divisoria entre él y su pariente, y las hizo excavar más hondas, y a nosotros nos dijo lo que ayer te referimos… En el fondo él se alegra de lo sucedido. Se sentía muy envidioso de Doras… Ahora espera poder comprar todo, porque Doras acabará vendiendo todo por dos perras gordas».

2       Jesús escucha benigno todas estas confidencias mientras espera a los pobres campesinos de Doras. Estos no tardan en llegar, y, en cuanto ven a Jesús, que está a la sombra de un árbol, se postran en tierra.

«Paz a vosotros, amigos. Acercaos. Hoy la sinagoga está aquí y Yo soy vuestro arquisinagogo; pero antes quiero ser vuestro padre de familia. Sentaos en círculo, os daré comida. Hoy tenéis con vosotros al Esposo, hoy se hace banquete nupcial».

Y Jesús destapa una cesta, saca unos panes, los distribuye entre los asombrados campesinos de Doras; de otra saca las provisiones que ha podido encontrar: quesos, verduras –ha encargado que las cocinen– y un pequeño cabritillo o corderito, asado entero, que también distribuye a los pobres desdichados; luego echa el vino en una tosca copa que ofrece para que se la pasen entre ellos y todos beban.

«¿Pero por qué?, ¿por qué? ¿Y ellos?» dicen los de Doras, refiriéndose a los de Jocanán.

«Ya les he dado a ellos».

«¡Qué compra! ¿Cómo te las has arreglado para conseguirlo?».

«Todavía hay personas buenas en Israel» dice Jesús sonriendo.

«Pero hoy es sábado…».

«Agradecédselo a este hombre» dice Jesús señalando al hombre de Endor.

«El nos ha procurado el cordero. Lo demás ha sido fácil conseguirlo».

Los desdichados devoran –ésta es la palabra– esta comida que no veían desde hacía mucho tiempo.

3       Hay uno, ya entrado en años, que come y llora teniendo apretado contra su costado a un niño de unos diez años.

«¿Por qué eso, padre?…» pregunta Jesús.

«Porque rebosas bondad…».

El hombre de Endor dice con su voz gutural:

«Es verdad… Provoca el llanto, pero son lágrimas que no dejan mal sabor…».

«No dejan mal sabor. Es verdad. Además… yo quisiera una cosa. Este llanto es también deseo».

«¿Qué quieres, padre?».

«¿Ves a este niño? Es mi nieto. Me ha quedado él, después del desprendimiento de tierras que hubo este invierno. Doras ni siquiera sabe que ha venido, porque le tengo en el bosque viviendo como si fuera un animal salvaje y no le veo sino los sábados. Si me lo descubre, o le aleja o le pone a trabajar… y entonces este tierno niño, sangre de mi sangre, estará en peores condiciones que una acémila… Para la Pascua pienso mandarle a Jerusalén con Miqueas, pues le llega el momento de hacerse hijo de la Ley… ¡Es el hijo de mi hija!…».

«¿Me lo confiarías a mí?… No llores. Tengo muchos amigos honrados, santos y sin hijos; le educarán santamente en mi camino…».

«¡Señor, desde que he tenido noticia de ti, lo he deseado! Al santo Jonás le rogaba a él, –que sabe lo que significa ser de este amo– que salvase a mi nieto de una muerte así…».

«Niño, ¿vendrías conmigo?».

«Sí, mi Señor, y no te haré sufrir».

«No se hable más».

4 «Pero… ¿a quién se lo piensas confiar?» pregunta Pedro tirándole a Jesús de una manga. «¿A Lázaro también?».

«No, Simón… Pero hay muchos que no tienen hijos…».

«Yo soy uno de ellos…». El rostro de Pedro parece incluso afilarse por este deseo.

«Simón, ya te he dicho[2]106 que habrás de ser el “padre” de todos los hijos que te voy a dejar en herencia, pero sin la cadena de ningún hijo tuyo propio. No te aflijas; eres demasiado necesario para el Maestro como para que el Maestro pueda prescindir de ti por un sentimiento. Soy exigente, Simón, más exigente que un marido celosísimo; te amo con toda predilección y te quiero todo para mí, todo mío».

«De acuerdo, Señor… De acuerdo… Hágase como quieres». El pobre Pedro se adhiere heroicamente a la voluntad de Jesús.

«Será hijo de mi Iglesia naciente. ¿De acuerdo? De todos y de ninguno. Será “nuestro” niño. Nos seguirá, o irá a donde nosotros estemos, cuando lo permita la distancia; sus tutores serán los pastores, que en todos los niños aman a “su” niño Jesús. Ven aquí jovencito. ¿Cómo te llamas?».

«Yabés de Juan, y soy de Judá» dice con tono firme el muchacho.

«Sí, somos judíos» confirma el anciano.

«Yo trabajaba en las tierras de Doras en Judea y mi hija se casó con un hombre de aquella zona; trabajaba en los bosques cerca de Arimatea, pero este invierno…».

«He visto la desgracia[3]107».

«El niño se salvó, porque esa noche estaba con un pariente lejano… ¡Verdaderamente le ha signado su nombre, Señor! Se lo dije a mi hija inmediatamente: “¿Es que te has olvidado de su antepasado?”. Pero el marido quiso llamarle así, y Yabés se llamó».

«“El niño[4]108 invocará al Señor. El Señor le bendecirá y dilatará sus fronteras. La mano del Señor está sobre su mano, no pesará ya el mal sobre él”. El Señor se lo concederá para consuelo tuyo, padre, y de los espíritus de los muertos, y para confortación de este huérfano.

5 Bien, ahora que hemos separado la necesidad del cuerpo de la del alma con un acto de amor hacia este niño, escuchad la parábola que he pensado para vosotros.

Había un hombre muy rico. Sus indumentos eran vistosísimos. Vestido de púrpura y de lino cendalí, se pavoneaba en las plazas y en su propia casa. Era reverenciado como el más poderoso del lugar por los habitantes de la ciudad, y por los amigos, que secundaban su soberbia para sacar provecho. Las salas de su casa estaban todos los días abiertas para celebrar espléndidos banquetes, hervidero de invitados –todos ricos y, por tanto, no necesitados– que adulaban al rico Epulón. Sus banquetes eran célebres por la abundancia de manjares y de vinos selectos.

En la misma ciudad había un mendigo, un mísero mendigo, verdaderamente mísero; tan mísero era éste cuanto rico era el otro. Pero, bajo la costra de la miseria humana del mendigo Lázaro, se celaba un tesoro aún mayor que su propia miseria y que la riqueza de Epulón; tal tesoro era la auténtica santidad de Lázaro: no había transgredido nunca la Ley, ni siquiera impulsado por la necesidad, pero, sobre todo, había cumplido el precepto del amor a Dios y al prójimo.

Como hacen siempre los pobres, se acercaba a las puertas de los ricos para pedir limosna y no morir de hambre; al declinar la tarde, todos los días, iba a la puerta de Epulón, esperando recibir al menos las migajas de los pomposos banquetes que en esas riquísimas salas se celebraban. Se echaba en el suelo, en la calle, junto a la puerta, y, paciente, esperaba. Pero, si Epulón se daba cuenta de que estaba ahí, mandaba que le alejasen, porque ese cuerpo cubierto de llagas, desnutrido, andrajoso, era un espectáculo demasiado triste para sus invitados; eso decía Epulón (en realidad era porque la vista de esa miseria y esa bondad le significaba un contínuo reproche).

191-2Más compasivos que él eran sus perros –que estaban bien alimentados y lucían valiosos collares–, pues se acercaban al pobre Lázaro y le lamían las llagas, gimoteando de alegría por sus caricias, y hasta incluso le llevaban las sobras de las ricas mesas; así Lázaro superaba la desnutrición por mérito de los animales (si hubiera sido por el hombre, habría muerto, pues el hombre no le permitía siquiera entrar en las salas después del banquete para recoger las migajas que hubieran caído de las mesas).

6 Un día Lázaro murió. Ninguno en esa tierra se dió cuenta, nadie le lloró; es más, Epulón se puso muy contento porque a partir de ese día dejó de ver a esa miseria, que él llamaba “oprobio”, al lado de su puerta. Pero en el Cielo sí lo advirtieron los ángeles, y en sus últimos estertores, en su covachuela fría y desposeída de todo, estaban presentes las cohortes celestes, las cuales, rutilantes, recogieron el alma de Lázaro y la llevaron entre cantos de aleluya al seno de Abraham.

Pasado un tiempo, murió Epulón. ¡Oh, qué funerales tan fastuosos! Toda la gente de la ciudad, que había estado al corriente de su agonía y que ahora se apiñaba en la plaza donde se alzaba la casa –para ser notados como amigos del grande, o por curiosidad o por interés hacia los herederos–, se unió al duelo.

El vocerío subió hasta el cielo, y con el vocerío las falsas alabanzas al “grande”, al “benefactor”, al “justo” que había muerto.

¿Podrá, acaso, palabra humana alguna mutar el juicio de Dios? ¿Podrá apología humana alguna borrar lo que está escrito en el libro de la Vida? No, no puede. Lo juzgado juzgado está, lo escrito escrito está. A pesar de los solemnes funerales, el espíritu de Epulón fue sepultado en el Infierno.

191-4Entonces, en esa horrenda cárcel, bebiendo y comiendo fuego y tinieblas, hallando odio y torturas en todos los lugares y en todos los instantes de esa eternidad, alzó la mirada al Cielo, a ese Cielo que había visto en una exhalación, en un átomo de minuto, y cuya inefable belleza[5]109 recordaba cual tormento entre atroces tormentos. Vió arriba a Abraham, lejano pero fúlgido, feliz…; y en su seno, también fúlgido y feliz[6]110, a Lázaro, a ese pobre Lázaro en otro tiempo despreciado, repelente, mísero… ¿y ahora?… ¡Ah!, ahora, hermoso con la luz de Dios y con su propia santidad, rico en amor de Dios, admirado, no ya por los hombres sino por los ángeles de Dios.

Epulón gritó llorando: “¡Padre Abraham, ten piedad de mí! ¡Manda a Lázaro –puesto que no puedo esperar que vengas tú–, manda a Lázaro para que moje la punta de un dedo en el agua y la ponga en mi lengua, para refrescarla, porque sufro atrozmente por esta llama que me penetra continuamente y me quema!”.

191-3Abraham respondió: “Acuérdate, hijo, de que tuviste en la tierra todos los bienes, y Lázaro todos los males, y supo hacer del mal un bien, mientras que tú sólo supiste hacer el mal con tus bienes. Por tanto, es justo que ahora él, aquí, sea consolado y que tú sufras. Pero es que además no es posible lo que pides. Los santos están diseminados sobre la faz de la tierra para beneficio de los hombres, pero, cuando, a pesar de la extrema cercanía de éstos, el hombre sigue siendo lo que es –en tu caso, un demonio–, inútil es recurrir después a los santos. Ahora estamos separados. Las hierbas, en el campo, están mezcladas, más, una vez cortadas, serán separadas las malas de las buenas. Lo mismo sucede con vosotros y nosotros: estuvimos juntos en la tierra y, contra el amor, nos arrojasteis de vuestra presencia, nos atormentasteis de todos los modos posibles, nos relegasteis al olvido; pues bien, ahora estamos divididos y entre vosotros y nosotros se abre un abismo tal, que los que quisieran pasar de aquí a vosotros no podrían, ni tampoco vosotros, que estáis allí, podéis salvar este abismo tremendo para venir a nosotros”.

7 Epulón, llorando con más fuerza, gritó: “Al menos, padre santo, manda –te lo ruego–, manda a Lázaro a casa de mi padre. Tengo cinco hermanos. Nunca he comprendido el amor, ni siquiera entre familiares. Pero ahora… ahora comprendo lo terrible que es el no ser amados. Y, dado que aquí, donde estoy, vive el odio, ahora he comprendido –por ese átomo de tiempo en que mi alma vió a Dios[7]111– lo que es el Amor. No quiero que mis hermanos sufran estas penas. Tengo verdadero terror por ellos, porque llevan la misma vida que yo llevaba. ¡Oh, manda a Lázaro, a decirles dónde estoy y por qué; a decirles que el Infierno existe, y que es atroz, y que quien no ama a Dios y al prójimo viene al Infierno! ¡Mándale, para que actúen en consecuencia antes de que sea tarde, y así eviten el venir aquí, a este lugar de eterno tormento!”.

Pero Abraham respondió: “Tus hermanos tienen a Moisés y a los Profetas; que los escuchen”; a lo que Epulón, con un gemido de alma torturada, replicó: “¡Oh, padre Abraham, les hará más impresión un muerto; escúchame; ten piedad!”.

Pero Abraham dijo: “Si no han escuchado a Moisés y a los Profetas, no creerán tampoco a uno que resucite por una hora de entre los muertos para dirigirles palabras de Verdad. Y, además, no es justo que un bienaventurado deje mi seno para ir a recibir ofensas de los hijos del Enemigo. El tiempo de las injurias para él ya ha pasado; ahora está en la paz y en ella permanece, por orden de Dios, que ve la inutilidad de intentar la conversión de quienes no creen siquiera en la palabra de Dios y no la ponen en práctica”.

Esta es la parábola. Su significado es tan claro que ni siquiera requiere explicación.

8 Aquí ha vivido verdaderamente, conquistando su santidad, el nuevo Lázaro, mi Jonás, cuya gloria ante Dios se manifiesta evidente en la protección que otorga a quien en El espera. Jonás sí puede venir a vosotros, como protector y amigo; vendrá si sois siempre buenos.

Os digo a vosotros lo que le dije a él la pasada primavera: quisiera poderos ayudar a todos, incluso materialmente, pero no puedo. Este es mi pesar. Sólo puedo señalaros el Cielo; sólo puedo enseñaros la gran sabiduría de la resignación y prometeros el Reino futuro. No odiéis jamás, por ninguna razón. El Odio es fuerte en el mundo, pero tiene siempre un límite; el Amor no tiene límite ni de potencia ni de tiempo. Amad, pues, para poseer el Amor, como protección y consuelo en la tierra y como premio en el Cielo. Es mejor ser Lázaros que Epulones, creedme. ¡Bienaventurados seréis, si llegáis a creer esto! No interpretéis como palabra de odio el castigo que se ha verificado en estas tierras, aunque los hechos pudieran justificarlo. No leáis mal el milagro. Yo soy el Amor; en principio, no habría descargado mi mano, pero –visto que el Amor no podía doblegar a este cruel Epulón– , le abandoné a la Justicia[8]112, y ella ha vengado al mártir Jonás y a sus hermanos. Esto es lo que tenéis que aprender del milagro acaecido: que la Justicia está siempre vigilante, aun en los momentos en que parece ausente, y que, siendo Dios el Señor de toda la creación, se puede servir, para aplicarla, de los más pequeños –como las orugas y las hormigas– para morder el corazón del cruel y avariento y hacerle morir ahogado por un vómito de veneno.

9 Os bendigo ahora; pero, cada nueva aurora oraré por vosotros. En cuanto a ti, padre, no estés angustiado por el cordero que me confías; te lo traeré de vez en cuando, para gozo tuyo al verle crecer en sabiduría y bondad en el camino de Dios: él será tu cordero para esta pobre Pascua tuya, el más grato de los corderos que serán presentados al altar de Yahvé. Yabés, despídete de tu anciano padre; luego ven a tu Salvador, a tu Pastor bueno. ¡La paz sea con vosotros!».

«¡Oh, Maestro, Maestro bueno!… ¡Dejarte!…».

«Sí, es penoso, pero no conviene que el vigilante os encuentre aquí. He elegido este lugar precisamente para evitaros castigos. Obedeced por amor al Amor, que os da este consejo».

Los pobres desdichados se alzan con lágrimas en los ojos y se dirigen hacia su cruz. Jesús los bendice de nuevo. Luego, llevando al niño de la mano, y con el hombre de Endor al otro lado, regresa –por el camino recorrido antes– a casa de Miqueas. Se reúnen con El Andrés y Juan, los cuales, terminado su turno de guardia, vuelven a donde sus hermanos.

[1] 105 Cfr. Lc. 19–31

[2] 106 en 104.5. Para la precedente referencia a Lázaro: 172.11.

[3] 107 en 139.2.

[4] 108 en el primer renglón autógrafo de la cita bíblica, MV pone a lápiz la referencia a 1 Paralipómenos 5, 9–10. Se trata, sin embargo, del capítulo 4. En la nueva versión de la Biblia, la referencia es: 1 Crónicas 4, 9–10.

[5] 109 debe entenderse en el sentido en que MV lo corrigió: alzó la mirada al Limbo de los santos, a ese Limbo que había visto… y cuya ya inefable, pacífica belleza….

[6] 110 Expresiones que deben entenderse en sentido restringido, esto es, a la luz de Lc. 16, 25.

[7] 111 debe entenderse en el juicio particular, como anota MV

[8] 112 En el presente texto, se añade una exactitud doctrinal muy oportuna: En lugar del Amor divino, y debido a una impenitencia obstinada, entra implacable la Justicia divina

 

Anuncios

18/9/2016 Evangelio según San Lucas 16,1-13.

Vigésimo quinto domingo del tiempo ordinario
Santo(s) del día : San José Cupertino
image Saber más cosas a propósito de los Santos del día

Lecturas

Tercer año de la Vida Pública de Jesús

381. La parábola del administrador infiel[1]63 y sagaz. Hipocresía de los fariseos y conversión de un esenio.

10 de febrero de 1946.

1       Espera al Maestro mucha gente, diseminada por las laderas más bajas de un monte que está más bien aislado, porque sobresale de una red de valles que lo circundan, a partir de los cuales sus laderas se alzan (mejor: afloran bruscamente, escarpadas, casi a pico, en ciertos casos totalmente a pico). Para llegar a la cima, un sendero labrado en la roca calcárea araña, serpenteando, las abruptas laderas del monte; en ciertos lugares tiene, como límite, por una parte la pared recta del monte, por otra el despeñadero escarpado. Y el sendero escabroso, amarillento obscuro, tendente casi al rojizo, parece una cinta arrojada en medio del verde polvoriento de bajos matorrales espinosos, punzantísimos; yo diría que las hojas son las púas mismas que cubren las rocosas y áridas pendientes, adornándose acá o allá con una flor espléndida morado–roja semejante a un penacho o a un copo de seda arrancado de las vestiduras de algún desventurado que ha pasado por este zarzal. Y este manto desapacible, hecho de puntas espinosas, de un verde glauco, triste como si estuviera empolvado con impalpable ceniza, se extiende en franjas hasta el pie del monte y por la llanura que hay entre él y otras elevaciones, tanto al noroeste como al sureste, para alternar con los primeros lugares de hierba verdadera y verdaderos arbustos que no significan ni tortura ni inutilidad.

        La gente está acampada en estos lugares y espera pacientemente la llegada del Señor. Debe ser el día siguiente del discurso a los apóstoles, porque es por la mañana.

Una mañana fresca. El rocío todavía no se ha evaporado de todos los pedúnculos, y, especialmente en los que están más a la sombra, todavía decora de sí espinas y hojas, y transforma en una borla adiamantada las originales flores de los arbustos espinosos.

Es ciertamente la hora de la belleza para este triste monte; porque en las otras horas, bajo el sol despiadado o en las noches de luna, debe tener el horrible aspecto de un lugar de expiación infernal.

Al Este, una rica y vasta ciudad se ve en la ubérrima llanura. Y, desde esta ladera, baja todavía, donde están los peregrinos, no se ve nada más; pero, desde la cima, la vista debe gozar de un panorama sin par sobre las zonas cercanas. Yo creo que, por la altura del monte, deberá dominarse el Mar Muerto y las zonas orientales de éste, y hasta las cadenas de Samaria y las que ocultan Jerusalén. Pero yo no he estado en la cima, así que…

Los apóstoles circulan por entre la muchedumbre tratando de mantenerla serena y ordenada, y de poner en los puestos mejores a los enfermos. Algunos discípulos los ayudan en esta labor. Quizás son los que desarrollan su actividad en esa zona, y que habían guiado hasta cerca de los confines de Judea a los peregrinos deseosos de escuchar al Maestro.

2       Al improviso, aparece Jesús, vestido de lino blanco, pero envuelto en su manto rojo, para conciliar el calor de las horas solares con el fresco de las noches aún no veraniegas.

Mira –a El no le han visto todavía– a la gente que le espera, y sonríe. Parece que viene de detrás (Oeste) del monte, de una altura media. Desciende rápido por el difícil sendero.

Es un niño el que ve a Jesús (no sé si por seguir el vuelo de unos pájaros que están anidados entre los matorrales y han alzado el vuelo, asustados, por una piedra que desde arriba ha caído rodando, o quizás por atracción de la mirada), y grita mientras se pone en pie de un salto:

«¡El Señor!».

Todos se vuelven y ven a Jesús, que está ya como mucho a doscientos metros. Su intención sería ir a su encuentro, pero El, con el gesto de los brazos y la voz que llega nítida, quizás por la resonancia del monte, dice:

«Quedaos donde estáis».

Y, sonriendo todavía, baja hasta los que esperan. Se detiene en el punto más alto del rellano. Desde allí saluda:

«La paz a todos vosotros»

y con una sonrisa especial repite el saludo a los apóstoles y discípulos que se han acercado y dispuesto en torno a El.

Jesús está radiante de belleza. Con el sol en la frente y la pared verdosa del monte a sus espaldas, parece una visión de sueño. Las horas pasadas en soledad, algún hecho que no conocemos, quizás una sobreabundancia en El de las caricias paternas, no sé realmente qué cosa, acentúan su siempre perfecta belleza, la hacen gloriosa y majestuosa, pacífica, serena, yo diría: gozosa, como de uno que regresa de un encuentro de amor y trae consigo la alegría del momento en todo su aspecto, en la sonrisa, en las miradas. Aquí el testimonio de este encuentro de amor, que es divino, se trasluce multiplicado cientos de veces respecto a lo que habitualmente es visible después de un encuentro de pobre amor humano: Cristo está radiante. Y subyuga a los presentes, que, admirados, le contemplan en silencio, como acobardados por la intuición de un misterio de conjunción del Altísimo con su Verbo… Es un secreto, una secreta hora de amor entre el Padre y el Hijo. Ninguno la conocerá jamás. Pero el Hijo conserva la señal, casi como si, después de haber sido el Verbo del Padre cual es en el Cielo, a duras penas pudiera volver a ser el Hijo del hombre. La infinidad, la sublimidad encuentra dificultad para ser otra vez “el Hombre”. La Divinidad rebosa, estalla, irradia a través de la humanidad como óleo suave a través de un vaso de arcilla poroso, o como luz de horno a través de un velo de cristales opacos.

Y Jesús baja sus ojos radiantes, agacha la cara beata, esconde su prodigiosa sonrisa, encorvándose hacia los enfermos, acariciándolos y curándolos; los cuales, a su vez, miran, asombrados, ese rostro de sol y amor inclinado hacia su miseria para dar alegría. Pero al final se tiene que erguir de nuevo y debe mostrar a las turbas lo que es el rostro del Pacífico, del Santo, de1 Dios hecho Carne, todo envuelto todavía en la luminosidad dejada por el éxtasis. Repite:

«La paz a vosotros».

Hasta la voz es más musical que de costumbre, penetrada de notas suaves y triunfales… Poderosa, se expande sobre los mudos oyentes, busca los corazones, los acaricia, los hace reaccionar, los llama a amar.

Todos están impresionados, menos el grupo de fariseos, más secos y ásperos, más espinosos y desabridos que el propio monte, que están como estatuas de incomprensión y odio en un ángulo; y menos otro grupo que, todo blanco y apartado, escucha desde un ribazo, un grupo al que oigo que Bartolomé y el Iscariote señalan como «esenios» (y Pedro dice con tono arisco: «¡Y así hay una camada más de gavilanes!»).

«¡Déjalos! ¡El Verbo es para todos!»

dice Jesús sonriendo a su Pedro, aludiendo a los esenios.

3       Luego empieza a hablar.

«Hermoso sería que el hombre fuera perfecto como desea el Padre de los Cielos. Perfecto en todos sus pensamientos, afectos, actos. Pero el hombre no sabe ser perfecto y usa mal los dones de Dios, que ha dado al hombre libertad de obrar, aunque mandando las cosas buenas y aconsejando las perfectas, para que el hombre no pudiera decir: “No sabía”.

¿Cómo usa el hombre la libertad que Dios le ha dado? Pues, la mayor parte de la humanidad como podría usarla un niño, o un estúpido; o como un malhechor, las otras partes. Pero luego viene la muerte. Entonces el hombre estará sujeto al Juez, que preguntará severo: “¿Qué uso y qué abuso hiciste de lo que te dí?”. ¡Tremenda pregunta! ¡Ah, entonces los bienes de la tierra, aquellos por los que tan a menudo el hombre se hace pecador, con qué claridad apareceran menores que briznas de paja! Pobre –una pobreza eterna–, despojado de un vestido irreemplazable, estará abatido y tembloroso ante la majestad del Señor, y no hallará palabra con que justificarse. Porque en la Tierra es fácil justificarse, engañando al pobre ser humano. Pero en el Cielo esto no puede suceder. A Dios no se le engaña. Jamás. Y Dios no acepta contubernios. Jamás.

¿Cómo salvarse entonces? ¿Cómo hacer que sirva todo para la salvación, incluso lo que proviene de la Corrupción, que ha mostrado los metales y las gemas como instrumentos de riqueza, que ha encendido ansias de poder y apetitos carnales? ¿No podrá entonces el hombre –que, por muy pobre que sea, siempre puede pecar deseando inmoderadamente el oro, los cargos, la mujer, haciéndose a veces ladrón de estas cosas para poseer lo que el rico tenía–, no podrá entonces el hombre, sea pobre o sea rico, salvarse nunca? Sí puede. ¿Cómo? Aprovechando la abundancia para el Bien, aprovechando la miseria para el Bien.

El pobre que no envidia, que no impreca ni atenta contra lo que a otros pertenece, sino que se conforma con lo que tiene, ése, aprovecha su humilde condición para obtener de ella santidad futura. En verdad, la mayoría de los pobres lo sabe hacer.

Menos lo saben hacer los ricos, para los cuales la riqueza es una contínua trampa de Satanás, de la ternaria concupiscencia.

4 Mas oíd una parábola, y veréis que también los ricos pueden salvarse a pesar de ser ricos, o reparar sus pasados errores con un buen uso de las riquezas, aunque hayan sido adquiridas mal. Porque Dios, el Bonísimo, deja siempre muchos medios a sus hijos para que se salven.

Había, pues, un rico que tenía un administrador. Algunos, enemigos de éste porque envidiaban el buen puesto que tenía, o muy amigos del rico y, por tanto, celosos de su bienestar, acusaron al administrador ante su jefe. “Disipa tus bienes. Se queda con una parte. No se preocupa de que produzcan. ¡Ten cuidado! ¡Defiéndete!”.

El rico, oídas estas repetidas acusaciones, ordenó al administrador que compareciera ante él. Y le dijo: “Me han dicho de ti esto y aquello. ¿Cómo es que has actuado así? Ríndeme cuentas de tu administración porque ya no te permito que sigas llevándola. No puedo fiarme de ti ni puedo dar un ejemplo de injusticia y de excesiva condescendencia que induciría a los consiervos a actuar como tú has obrado. Ve y regresa mañana con todas las escrituras, para que las examine y vea cuál es la situación de mis bienes, antes de confiarlos a un nuevo administrador”.

Y despidió al administrador, que se marchó pensativo diciendo para sí: “¿Y ahora? ¿Cómo me las voy a arreglar ahora que el amo me quita la administración? No tengo ahorros porque, convencido como estaba de que no me iban a pillar, dilapidaba en mis placeres todo lo que distraía. Entrar como labrador, y además subordinado, no me hace ninguna gracia, porque ya no tengo costumbre de trabajar y siento el peso de las juergas. Pedir limosna me hace menos gracia todavía. ¡Demasiada humillación! ¿Qué voy a hacer?”.

Pensando y pensando, encontró la manera de salir de la penosa situación. Dijo:

“¡Ya sé! Con el mismo medio con que me he asegurado una buena vida hasta ahora, en el futuro me voy a asegurar amigos que me reciban, por agradecimiento, cuando ya no tenga la administración. Quien hace favores tiene siempre amigos. Vamos, pues, a hacer favores para recibirlos; inmediatamente además, antes de que la noticia se difunda y sea demasiado tarde”.

Y fue a casa de los distintos deudores de su amo. Dijo al primero: “¿Cuánto debes a mi jefe, por la suma que te prestó en la primavera de hace tres años?”.

El interlocutor respondió: “Cien barriles de aceite por la suma y los intereses”. “¡Vaya, hombre, pobrecillo! ¡Tú que estás tan cargado de prole, afligido por enfermedades de tus hijos, tener que dar tanto!… ¿Pero no te dió por un valor de treinta barriles?”. “Sí. Pero tenía urgente necesidad, y me dijo: “Yo te lo doy. Pero con la condición de que me devuelvas todo lo que esta suma te produzca en tres años”. Ha producido por un valor de cien barriles. Tengo que entregarlos”.

“¡Pero hombre, es usura! No, no. El es rico, y a tí poco te falta para pasar hambre. El tiene poca familia; tú, mucha. Escribe que te ha producido por valor de cincuenta barriles y despreocúpate ya de ello. Yo juraré que es verdad, y tú tendrás bienestar”. “¿No me traicionarás, no? ¿Si viene a saberlo?”. “¡Pero hombre!… Yo soy el administrador, y lo que juro es sagrado. Haz lo que te digo y vive feliz”.

El hombre escribió, entregó y dijo: “¡Bendito seas, amigo y salvador mío! ¿Cómo pagarte esto?”. “¡Con nada! Esto significa que si por tí sufriera algún daño y me echaran, me recibirías por agradecimiento”. “¡Hombre claro! ¡Claro! Puedes contar con ello”.

El administrador fue a casa de otro deudor, y mantuvo más o menos la misma conversación. Este tenía que devolver cien fanegas de trigo porque durante tres años la sequía había destruído sus cereales y había tenido que pedir al rico para dar de comer a la familia.

“¡No hombre, no te preocupes de doblar lo que te dió! ¡Negar el trigo! ¡Exigir el doble a uno que tiene hambre e hijos, mientras que su trigo se agorgoja en los graneros por sobreabundancia! Escribe ochenta fanegas”. “Pero si se acuerda de que me dio veinte, y veinte y luego diez?”. “¡Cómo se va a acordar? Te las dí yo, y yo no quiero acordarme. Hazlo así. Haz como te digo y arregla tu situación. ¡Hace falta justicia entre pobres y ricos! Por mi parte, si fuera yo el patrón, hubiera pedido sólo las cincuenta, y quizás las perdonase incluso”. “Tú eres bueno. ¡Si fueran todos como tú! Recuerda que ésta es una casa amiga para tí”.

El administrador fue a ver a otros, usando el mismo método, manifestándose dispuesto a sufrir para subsanar las cosas con justicia. Y le llovieron bendiciones y ofertas de ayuda.

5 Despreocupado ya respecto al futuro, fue tranquilo a ver a su jefe, el cual, por su parte, había estado siguiendo los pasos del administrador y había descubierto su juego. Y, no obstante, le alabó diciendo:

“Tu acción no es buena. No te alabo por ella. Pero debo alabarte por tu sagacidad. En verdad, en verdad los hijos del siglo son más astutos que los hijos de la luz”.

Y Yo os digo también lo que dijo el rico:

“El fraude no es una cosa bonita y nunca alabaré por él a ninguno. Pero os exhorto a ser, al menos en cuanto hijos del siglo, astutos con los medios del siglo, para darles un uso como monedas para entrar en el Reino de la Luz”. O sea, con las riquezas terrenas, medios injustos en la repartición y usados para alcanzar un bienestar transitorio que no tiene valor en el Reino eterno, haceos amigos que os abran las puertas de él.

Haced el bien con los medios de que disponéis, restituid lo que vosotros, u otros de vuestra familia, hayáis tomado sin derecho, separaos del apego enfermo y culpable hacia las riquezas. Y todas estas cosas serán como amigos que, en la hora de la muerte, os abrirán las puertas eternas y os recibirán en las moradas beatas.

¿Cómo podéis exigir que Dios os dé sus bienes paradisíacos, si veis que no sabéis hacer buen uso ni siquiera de los bienes terrenos? ¿Pretendéis que, suponiendo un imposible, admita en la Jerusalén celeste elementos disipadores?

No, nunca. Allá arriba se vivirá con caridad y con generosidad y justicia. Todos para Uno y Uno para todos. La comunión de los santos es sociedad activa y honesta, es sociedad santa. Y ninguno que haya mostrado ser injusto e infiel puede entrar en ella.

No digáis: “Pero allá arriba seremos fieles y justos, porque tendremos todo sin sujeción a temor alguno”. No. El que es infiel en lo poco sería infiel aunque poseyera el Todo[2]64, y quien es injusto en lo poco es injusto en lo mucho. Dios no confía las verdaderas riquezas al que en la prueba terrena muestra que no sabe hacer uso de las riquezas terrenas. ¿Cómo podrá Dios confiaros un día en el Cielo la misión de ser espíritus auxiliadores de vuestros hermanos de la Tierra, cuando habéis mostrado que arrebatar y robar, o conservar con avidez, es vuestra prerrogativa? Por eso os negará vuestro tesoro, el que había conservado para vosotros; y se lo dará a aquellos que supieron ser astutos en la Tierra usando incluso lo injusto y malsano en obras que lo hacían justo y sano.

Ningún siervo puede servir a dos señores. Porque será de uno de los dos u odiará a uno de los dos. Los dos señores que el hombre puede elegir son Dios o la Ganancia.

Pero, si quiere ser del primero no puede ponerse los distintivos, seguir las voces, usar los medios del segundo».

6       Una voz se alza del grupo de los esenios:

«El hombre no es libre para elegir. Está obligado a seguir un destino. Y no se diga que éste está distribuído sin sabiduría. Es lo contrario: la Mente perfecta ha establecido, como propio designio perfecto, el número de los que serán dignos de los Cielos. Los otros inútilmente se esfuerzan en serlo. Así es. No puede ser de otra forma. De la misma manera que uno, saliendo de casa, puede encontrar la muerte a causa de una piedra desprendida de la cornisa, y otro, en el corazón de una batalla, se puede salvar hasta de la más pequeña herida, igualmente el que quiere salvarse, pero no está escrito que se haya de salvar, lo único que hará será pecar incluso sin saberlo, porque su condenación está ya designada».

«No, hombre. No es así. Y cambia de idea. Pensando así haces una grave injuria al Señor».

«¿Por qué? Demuéstramelo y me enmendaré».

«Porque tú, diciendo esto, admites mentalmente que Dios es injusto hacia sus criaturas. El las ha creado de igual modo y con un mismo amor. El es un Padre. Perfecto en su paternidad, como en todas las cosas. ¿Cómo puede entonces hacer distinciones y maldecir a un hombre cuando es concebido y es un inocente embrión?, ¿maldecirle desde cuando es incapaz de pecar?».

«Para resarcirse de la ofensa recibida del hombre».

«No. ¡Dios no se resarce así! No se conformaría con un mísero sacrificio como éste, de un injusto y forzado sacrificio. La culpa contra Dios sólo la puede quitar el Dios hecho Hombre. El será el Expiador. No éste o aquel hombre. ¡Ojalá hubiera sido posible que Yo tuviera que quitar sólo la culpa original! ¡Que la Tierra no hubiera tenido ningún Caín, ningún Lámek[3]65, ningún pervertido[4]66 sodomita, ningún homicida, ladrón, fornicador, adúltero, blasfemo, ninguno sin amor a sus padres, ningún perjuro, y así sucesivamente! Más, de cada uno de estos pecados el pecador, y no Dios, es culpable y autor. Dios ha dejado libertad a sus hijos de elegir el Bien o el Mal».

«No hizo bien»

grita un escriba.

«Nos ha tentado sobremodo. Sabiendo que éramos débiles, ignorantes, gente corrompida, nos puso en la tentación. Ello es o imprudencia o maldad. Tú que eres justo deberás convenir en que digo una verdad».

«Dices una mentira para tentarme. Dios había dado a Adán y Eva todos los consejos. ¿Y de qué sirvió?».

«Hizo mal también entonces. No debía haber puesto el árbol, la tentación, en el Jardín».

«¿Y entonces dónde está el mérito del hombre?».

«Hubiera prescindido del mérito. Hubiera vivido sin mérito propio, sólo por mérito de Dios».

«Te quieren tentar, Maestro. Deja a esas serpientes. Escúchanos a nosotros, que vivimos en continencia y meditación»

grita de nuevo el esenio.

«Sí vivís así. Pero malamente. ¿Por qué no vivir así santamente?».

7       El esenio no responde a esta pregunta, sino que pregunta:

«De la misma forma que me has dado una razón convincente sobre el libre albedrío, y la voy a meditar sin animosidad, esperando poder aceptarla, dime ahora: ¿Crees realmente en una resurrección de la carne y en una vida de los espíritus completados por ella?».

«¿Tú crees que Dios va poner fin así, sin más, a la vida del hombre?».

«Pero el alma… Dado que el premio la hace dichosa, ¿para qué sirve hacer resucitar la materia? ¿Va a aumentar eso el gozo de los santos?».

«Nada aumentará el gozo que un santo tendrá cuando posea a Dios. O sea, sólo una cosa lo aumentará en el último Día: el saber que el pecado ya no existe. ¿Y no te parece justo que, de la misma forma que durante este día carne y alma estuvieron unidas en la lucha por poseer el Cielo, en el Día eterno carne y alma estén unidas para gozar del premio? ¿No estás convencido de esto? ¿Y entonces por qué vives en continencia y meditación?».

«Para… para ser más plenamente hombre, señor por encima de los otros animales, que obedecen a los instintos sin freno; y para ser superior a la mayor parte de los hombres, que están embadurnados de animalidad, a pesar de ostentar filacterias y fimbrias, y fórmulas, y amplias vestiduras, y se llaman “los apartados”».

¡Anatema! Los fariseos, recibido de lleno el flechazo, que hace murmurar aprobadora a la multitud, se retuercen y gritan como endemoniados.

«¡Nos está insultando, Maestro! Tú conoces nuestra santidad. Defiéndenos»

gritan gesticulando. Jesús responde:

«También él conoce vuestra hipocresía. Las vestiduras no corresponden a la santidad. Mereced las alabanzas y entonces podré hablar. Pero a tí, esenio, te respondo que te sacrificas por demasiado poco. ¿Por qué? ¿Por quién? ¿Por cuánto? Por una alabanza humana. Por un cuerpo mortal. Por un tiempo rápido como vuelo de halcón. Eleva tu sacrificio. Cree en el Dios verdadero, en la bienaventurada resurrección, en la voluntad libre del hombre. Vive como asceta. Pero por estas razones sobrenaturales. Y con la carne resucitada gozarás de la eterna alegría».

«¡Es tarde! ¡Soy viejo! Quizás he malgastado mi vida estando en una secta de error… ¡Ya nada!…».

«No. ¡Nunca es demasiado tarde para quien quiere el bien! 8 Oíd, vosotros pecadores, vosotros que estáis en errores, vosotros, cualquiera que sea vuestro pasado. Arrepentíos. Venid a la Misericordia. Os abre los brazos. Os indica el camino. Yo soy fuente pura, fuente vital. Alejad de vosotros las cosas que os han descarriado hasta este momento. Venid desnudos al lavacro. Revestíos de luz. Renaced. ¿Habéis robado como salteadores de caminos, o elegante y astutamente en las transacciones y administraciones? Venid. ¿Habéis tenido vicios o pasiones impuras? Venid. ¿Habéis sido opresores? Venid. Venid. Arrepentíos. Venid al amor y a la paz. Dejad que el amor de Dios pueda derramarse sobre vosotros. Consolad este amor acongojado por vuestra resistencia, por vuestro miedo, por vuestra vacilación. Os lo ruego en nombre del Padre mío y vuestro. Venid a la Vida y a la Verdad, y tendréis la vida eterna».

Un hombre de la muchedumbre grita:

«Yo soy rico y pecador. ¿Qué debo hacer para ir?».

«Renuncia a todo por amor a Dios y por amor a tu alma».

Los fariseos murmuran y satirizan a Jesús como «vendedor de cosas ilusorias y de herejías», como «pecador que pasa por santo», y le advierten que los herejes son siempre herejes, y que eso son los esenios. Dicen que las conversiones repentinas no son sino exaltaciones momentáneas y que el impuro seguirá siéndolo siempre, el ladrón ladrón, el homicida homicida, para terminar diciendo que sólo ellos, que viven en santidad perfecta, tienen el derecho al Cielo y a la predicación.

9 «Era un día feliz. Una siembra de santidad caía en los corazones. Mi amor, nutrido por el beso de Dios, daba a las semillas vida. El Hijo del hombre se sentía feliz de santificar… Vosotros me amargáis el día. Pero no importa. Yo os digo –y si no soy dulce la culpa es vuestra–, Yo os digo que sois de esos que se muestran justos, o tratan de hacerlo, a los ojos de los hombres, pero que no lo son. Dios conoce vuestros corazones. Lo que es grande a los ojos de los hombres es abominable ante la inmensidad y perfección de Dios. Vosotros citáis la Ley antigua. ¿Por qué, entonces, no la vivís? Modificáis para ventaja vuestra la Ley, cargándola con pesos que os producen una ventaja. ¿Por qué, entonces, no dejáis que Yo la modifique en favor de estos pequeños, quitándole todas las fórmulas y sutilezas cargosas, inútiles, de los preceptos que habéis establecido vosotros, tales y tantos que la Ley esencial desaparece bajo ellos y muere ahogada? Yo siento compasión de estas turbas, de estas almas que buscan respiro en la Religión y encuentran un nudo corredizo; que buscan el amor y encuentran el terror…

No. ¡Venid, pequeños de Israel! ¡La Ley es amor! ¡Dios es amor! Esto digo a los que vosotros atemorizáis. La Ley severa y los profetas amenazadores que me han anunciado sin lograr mantener distanciado el pecado, a pesar de los gritos de su profetismo angustioso, llegan hasta Juan. De Juan en adelante viene el Reino de Dios, el Reino del amor. Y digo a los humildes: “Entrad en él. Es para vosotros”. Y todos los que tienen buena voluntad se esfuerzan en entrar. Pero, para los que no quieren agachar la cabeza, golpearse el pecho, decir: “He pecado”, no habrá Reino.

Está escrito: “Circuncidad vuestro corazón y no endurezcáis más vuestra cerviz”[5] 67.

Esta tierra vio el prodigio de Eliseo, que hizo dulces las aguas amargas echando en ellas la sal. ¿Y Yo no echo la sal de la Sabiduría en vuestros corazones? ¿Y entonces por qué sois inferiores al agua y no cambiáis vuestro espíritu? Añadid a vuestras fórmulas mi sal y tendrán un nuevo sabor, porque volverán a dar a la Ley la primitiva fuerza. En vosotros, los más necesitados, antes que en ningún otro. ¿Decís que cambio la Ley? No. No mintáis. Devuelvo a la Ley su primitiva forma, que vosotros habéis alterado. Porque es una Ley que durará cuanto dure la Tierra, y antes desaparecerán el cielo y la tierra que uno solo de sus elementos constitutivos o de sus consejos. Y si la cambiáis, por satisfacer vuestro gusto, y entráis en sutilezas buscando escapatorias a vuestras culpas, sabed que ello no es beneficioso. ¡No es beneficioso, Samuel! ¡No es beneficioso, Isaías! Permanentemente está escrito: “No cometas adulterio”[6]68, y Yo completo: “Quien despide a su esposa para tomar otra es adúltero, y quien se casa con una mujer repudiada por su marido es adúltero, porque sólo la muerte puede dividir lo que Dios ha unido”.

Pero las palabras duras son para los pecadores impenitentes. Los que han pecado pero se afligen desconsoladamente por haberlo hecho, sepan, crean que Dios es Bondad, y se acerquen a Aquel que absuelve, perdona y admite a la Vida.

Salid de aquí con esta certeza. Esparcidla en los corazones. Predicad la misericordia que os da la paz bendiciéndoos en el nombre del Señor».

10     La gente empieza a marcharse del lugar, lentamente (bien porque el sendero es estrecho, bien porque Jesús los atrae), pero dejan el lugar…

Se quedan con Jesús los apóstoles. A su vez se ponen en marcha, y van hablando.

Buscan sombra caminando al lado de un pequeño bosquecillo de tamarices de desordenadas frondas. Pero dentro hay un esenio. El que ha hablado con Jesús. Se está quitando sus vestiduras blancas.

Pedro, que va delante de todos, lleno de estupor al ver que el hombre se queda sólo con el calzón corto, se echa a correr hacia el grupo diciendo.

«¡Maestro! ¡Un loco! El que hablaba contigo, el esenio. Se ha desnudado y llora y suspira. No podemos ir allí».

Pero el hombre, delgado, con poblada barba, su cuerpo completamente desnudo a excepción del calzón corto y las sandalias, ya sale de la espesura del bosquete y viene hacia Jesús llorando y golpeándose el pecho. Se arrodilla:

«Yo soy el curado milagrosamente en el corazón. Me has curado el espíritu. Obedezco tu palabra. Tomo nuevo vestido, de luz, dejando todo pensamiento que fuera para mí vestido de error. Me separo para meditar sobre el Dios verdadero, para obtener vida y resurrección. ¿Es suficiente? Dame el nuevo nombre y un lugar donde vivir de tí y de tus palabras».

«¡Está loco! ¡No sabemos hacerlo nosotros que oímos tantas! Y él… por un solo discurso…»

comentan entre sí los apóstoles. Pero el hombre, que lo oye, dice:

«¿Queréis poner límites a Dios? El me ha quebrantado el corazón para darme un espíritu libre. ¡Señor!…»

suplica con los brazos extendidos hacia Jesús.

«Sí. Llámate Elías Y sé fuego. Aquel monte está lleno de cavernas. Ve a él, y, cuando sientas temblar la tierra por un tremendo terremoto, sal y busca a los siervos del Señor para unirte a ellos. Habrás nacido de nuevo, para ser siervo tú también. Ve».

El hombre le besa los pies, se alza y se pone en camino.

«¿Pero va así desnudo?»

preguntan asombrados.

«Dadle un manto, un cuchillo, yesca y eslabón, y un pan. Caminará hoy y mañana, y luego se retirará en oración al lugar donde estuvimos nosotros. El Padre se ocupará de su hijo».

Andrés y Juan se echan a correr y le dan alcance cuando ya está para desaparecer tras un recodo. Vuelven diciendo:

«Lo ha cogido. Le hemos indicado también el lugar donde estábamos. ¡Qué conquista tan inesperada, Señor!».

«Dios hace germinar flores hasta en las rocas. También en los desiertos de los corazones hace surgir espíritus de voluntad para consuelo mío. Ahora vamos hacia Jericó. Nos alojaremos en alguna casa del campo».

[1] 63 Cfr. Lc. 16, 1–18; Mt. 19, 6.

[2] 64 La expresión, que ha de entenderse a la luz de Lucas 16, 10-12 fue aclarada por MV con la siguiente observación: Lenguaje figurado para hacer comprensible la comparación. Es cierto que en el Cielo no se puede pecar ni ser infieles porque los que están en el Cielo están ya confirmados en gracia y ya no pueden pecar. Pero Jesús pone esta comparación para ser comprendido más fácilmente.

[3] 65 Cfr. Gén. 4.

[4] 66 Cfr. Gén. 19, 1–29.

[5] 67 Deuteronomio 10, 1222. El episodio del prodigio de Eliseo, mencionado inmediatamente después, está en 2Rey. 2, 19-22, como anota MV.

[6] 68 Cfr. Ex. 20, 14; Deut. 5, 18.

11/9/2016 Evangelio según San Lucas 15,1-32.

Vigésimo cuarto domingo del tiempo ordinario

Santo(s) del día : San Juan Gabriel Perboyre
image Saber más cosas a propósito de los Santos del día

Lecturas

Este domingo meditamos un pasaje del evangelio que encontramos en varios capítulos del segundo año de la vida pública de Jesús:

Capitulo Pasaje Versículos
205 La parábola del hijo pródigo Lc. 15, 11–32
233 La parábola de la oveja perdida. María de Magdala también la oye. Lc. 15, 1–7
234 Comentario de tres episodios sobre la conversión de María de Magdala. « Después de haber recordado la Ley he hecho cantar la esperanza del perdón »   
241 Vocación de la hija de Felipe. Llegada a Magdala y parábola de la dracma perdida Lc. 15, 8–10

Estas parábolas están directamente relacionadas con la conversión de María Magdalena que ya hemos visto parte en la entrega del domingo cuarto de Cuaresma.

Se agrega el capítulo 234, en el cual el mismo Jesús explica el proceso de conversión de María Magdalena, iniciando con estas palabras dirigidas a su pequeño Juan (MV):

«Desde el mes de enero, desde que te di a ver la cena en casa de Simón el fariseo, tú y quien te guía habéis deseado saber más de María de Magdala, y cuáles palabras me dirigió. Siete meses después os desvelo estas páginas del pasado, para satisfacción vuestra y para dar una norma a los que deben saberse plegar hacia estas leprosas del alma, y para brindar a estas infelices que se ahogan en su sepulcro de vicio una voz que quiere invitarlas a salir de él…»

Segundo año de la Vida Pública de Jesús

  1. La parábola del hijo pródigo[1]142.

30 de junio de 1945.

205-11 «Juan de Endor, ven aquí, que tengo que hablarte»

dice Jesús asomándose a la puerta. El hombre estaba enseñando algo al niño. Le deja y va inmediatamente. Pregunta:

«¿Qué me quieres decir, Maestro?».

«Ven conmigo aquí arriba».

Suben a la terraza y se sientan en la parte más protegida, porque, a pesar de que sea por la mañana, ya el sol calienta fuerte. Jesús recorre con su mirada los campos cultivados en que los cereales se van dorando más cada día que pasa y los árboles frutales van llenando sus frutos; parece como si quisiera extraer su pensamiento de esa metamorfosis vegetal.

«Mira, Juan. Hoy creo que va a venir Isaac para traerme a los campesinos de Jocanán antes de que regresen a sus campos. Ya le he dicho a Lázaro que le preste a Isaac un carro para que puedan acelerar su regreso sin miedo a llegar con un retardo que les acarreara un castigo. Lázaro lo va a hacer, porque Lázaro hace todo lo que digo. Ahora bien, de ti quiero otra cosa. Tengo aquí una suma que una persona me ha dado para los pobres del Señor. Generalmente el encargado de guardar las monedas y de distribuir los óbolos es uno de los apóstoles; generalmente es Judas de Keriot, aunque alguna vez son los otros. Judas no está aquí. Por lo que se refiere a los otros apóstoles, no quiero que sepan lo que tengo intención de hacer. Tampoco Judas debería saberlo esta vez. Lo harás tú, en mi nombre…».

«¡Yo, Señor?… ¡Yo? ¡No soy digno de ello!…».

«Debes irte acostumbrando a trabajar en mi nombre. ¿No has venido para esto?».

«Sí, pero pensaba que en lo que tenía que trabajar era en reconstruir mi pobre alma».

«Pues Yo te procuro el medio para hacerlo. ¿En qué has pecado? Contra la misericordia y el amor. ¿Con odio demoliste tu alma?… Pues con amor y misericordia la reconstruirás. Te doy el material necesario. Te voy a destinar de forma especial a las obras de misericordia y amor. Tienes capacidad para el cuidado y la palabra, así que estás en condiciones de cuidar desdichas físicas y morales, tienes capacidad para hacerlo.

Empezarás con esta obra. Ten la bolsa. Se la darás a Miqueas y a sus amigos. Divídelo en partes iguales, siguiendo estas instrucciones: divide el total en diez partes; da cuatro a Miqueas, una para él, una para Saulo, una para Joel y una para Isaías; las otras seis partes, se las das a Miqueas para el anciano padre de Yabés y sus compañeros. Así recibirán al menos un consuelo».

«De acuerdo, pero ¿qué razón les doy?».

«Dirás: “Esto es para que os acordéis de orar por un alma que se está redimiendo”».

«¡A lo mejor piensan que soy yo! ¡No sería justo!».

«¿Por qué? ¿No quieres redimirte?».

«Lo que no sería justo es que creyeran que yo soy el donador».

«No te preocupes. Haz como te digo».

«Obedezco… Concédeme, al menos, aportar algo también yo. Total… ahora ya no tengo ninguna necesidad. Ya no compro más libros, ya no tengo pollos que alimentar, a mí con muy poco me basta, así que… nada. Ten, Maestro. Me quedo sólo con una mínima cantidad, para el gasto de las sandalias…»

y saca de una bolsa que llevaba en la cintura muchas monedas, y las añade a las monedas de Jesús.

«Que Dios te bendiga por tu misericordia… 2 Juan, dentro de poco nos tendremos que despedir, porque tienes que ir con Isaac».

«Lo lamento, Señor. De todas formas obedezco».

«Yo también siento separarme de tí. Tengo mucha necesidad de discípulos itinerantes. Ya no doy abasto. Dentro de poco enviaré a los apóstoles, luego a los discípulos. Tú lo harás muy bien. Te reservaré para misiones especiales. Entretanto, te formarás con Isaac: es muy bueno; el Espíritu de Dios le ha instruído profundamente durante su larga enfermedad; es un hombre que ha perdonado todo siempre… Por lo demás, dejarnos no significa no volvernos a ver. Nos encontraremos frecuentemente, y siempre que nos encontremos hablaré para tí; acuérdate de esto…».

Juan se repliega sobre sí mismo, esconde su cara entre las manos y, rompiendo bruscamente a llorar, dice quejumbroso:

«¡Oh, entonces dime ya ahora algo que me persuada de que estoy perdonado… de que puedo servir a Dios… Si supieras cómo veo mi alma, ahora que se ha desvanecido el humo del odio… y cómo… y cómo pienso en Dios…».

«Lo sé. No llores. Permanece en la humildad, pero sin descorazonarte. Si hay desaliento, hay todavía soberbia. Ten sólo humildad, solamente humildad. ¡Venga, ánimo, no llores!…».

Juan de Endor se va calmando poco a poco… Cuando le ve ya calmado, Jesús dice:

«Ven, vamos a la sombra de aquel grupo de manzanos; reunamos a los compañeros y a las mujeres. Voy a hablarles a todos. A tí en particular te voy a decir cómo te ama Dios».

Bajan hacia el lugar indicado y, a medida que se van acercando, los demás se van reuniendo en torno a ellos. Llegan. Se sientan en círculo a la sombra de los manzanos. Lázaro, que estaba hablando con Simón Zelote, también se une al grupo. Son en total veinte personas.

3 «Escuchad. Se trata de una hermosa parábola que os guiará con su luz en muchos casos.

Un hombre tenía dos hijos. El mayor era serio, trabajador, inclinado al afecto, obediente. El segundo era más inteligente que el mayor –el cual realmente era un poco tardo y se dejaba guiar para no tener que esforzarse en decidir por sí–, si bien era rebelde, distraído, amante del lujo y el placer, gastador, ocioso. La inteligencia es un gran don de Dios, pero debe ser usado con sabiduría; si no, es como ciertas medicinas, que, si se usan mal, en vez de curar matan. Su padre –estaba en su derecho y cumplía su deber– le instaba para que viviera con más sensatez. Más no obtenía ningún resultado, aparte del de recibir contestaciones y de que el hijo se solidificara más en sus torcidas ideas. Finalmente, un día, tras una discusión más acalorada que las precedentes, el hijo menor dijo:

“Dame la parte de los bienes que me corresponde; así ya no tendré que oír ni tus reprensiones ni las quejas de mi hermano; a cada uno lo suyo y se acabó”. “Piensa –respondió el padre– que dentro de poco te quedarás sin nada; ¿qué harás entonces? Ten en cuenta que no me voy a comportar con injusticia para favorecerte y que no voy a coger ni un céntimo de la parte de tu hermano para dártelo a ti”. “No te pediré nada, puedes estar seguro; dame mi parte”.

El padre encargó la valoración de las tierras y de los objetos preciosos, y, viendo que dinero y joyas sumaban lo que las tierras, dio al mayor los campos y las viñas, hatos de ganado y olivos, y al menor el dinero y las joyas. El más joven lo vendió inmediatamente, transformando así todo en dinero. Hecho esto, pasados pocos días, se marchó a un país lejano. Allí vivió como un gran señor, despilfarrando todo lo que tenía en todo tipo de juergas, haciéndose pasar por el hijo de un rey (pues se avergonzaba de decir: “soy un aldeano”), con lo cual renegaba de su padre. Festines, amigos y amigas, vestidos, vinos, juego… vida disoluta… Pronto vió mermar sus fondos y aproximársele la pobreza; además, para agravar la pobreza, se abatió sobre la región una gran carestía, con lo cual se agotaron los pocos fondos que le quedaban.

4 Habría podido volver con su padre, pero, como era soberbio, no quiso. Se dirigió entonces a un hombre rico de la región, que había sido amigo suyo en los buenos tiempos, y le suplicó:

“Acuérdate de cuando gozaste de mi riqueza, acógeme como siervo tuyo”.

 ¡Daos cuenta de lo necio que es el hombre!: prefiere someterse al látigo de un patrón antes que decir a un padre: “¡Perdón, reconozco mi error!”. Aquel joven había aprendido muchas cosas inútiles con su despierta inteligencia, pero no había querido aprender lo que dice el Libro del Eclesiástico[2]143: “¡Qué infame es el que abandona a su padre!, ¡cuánto maldice Dios a quien angustia el corazón de su madre!”. Era inteligente, pero no sabio.

Aquel hombre a quien se había dirigido, como paga de lo mucho que había recibido del joven necio, le puso a cuidar los cerdos (estaban en una región pagana y había muchos cerdos); le encargó de llevar las piaras a sus pastos. El joven, todo sucio, andrajoso, maloliente, hambriento –la comida escaseaba para todos los siervos y especialmente para los ínfimos (él, porquerizo, extranjero, escarnecido, estaba entre los ínfimos)–, veía que los cerdos se saciaban de bellotas, y suspiraba: “¡Si al menos pudiera llenar mi estómago de estos frutos! ¡Pero son demasiado amargos! ¡Ni siquiera el hambre me los hace apetecer!”. Y lloraba al pensar en los ricos festines de sátrapa que poco tiempo antes celebraba entre risas, canciones, bailes… y también en la honrada y bien provista mesa de su casa, ahora lejana, y en cómo su padre dividía para todos imparcialmente, reservándose para sí siempre la parte menor, contento de ver en sus hijos un sano apetito… y pensaba también en la parte que aquel hombre justo reservaba para los siervos; y suspiraba: “Los peones que trabajan para mi padre, incluso los ínfimos, tienen pan en abundancia… y yo aquí me estoy muriendo de hambre…”. Siguió un largo y trabajoso proceso de reflexión, un largo combate para estrangular a la soberbia…

5 Por fin llegó el día en que, renacido en humildad y sabiduría, se alzó y dijo: “¡Iré donde mi padre! Es una necedad este orgullo que me tiene apresado. ¿Orgullo por qué? ¿Por qué ha de seguir sufriendo mi cuerpo, y más aún mi corazón, pudiendo obtener perdón y consuelo? Iré donde mi padre. Ya está decidido. ¿Que qué le voy a decir? ¡Pues lo que me ha nacido aquí dentro, en esta abyección, entre esta inmundicia, por las dentelladas del hambre! Le diré: ‘Padre, he pecado contra el Cielo y contra ti, ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo; trátame, pues, como al último de tus peones… pero déjame estar bajo tu techo. Que yo te vea pasar…’. No podré decirle: ‘…porque te quiero’. No lo creería. Se lo dirá mi vida. El lo comprenderá, y antes de morir me volverá a bendecir… ¡Sí, lo espero, porque mi padre me quiere!”. Habiendo decidido esto, cuando regresó al atardecer al pueblo, se despidió del patrón y se puso en camino hacia su casa, mendigando…

Ya ve los campos paternos, ya la casa… y a su padre, dirigiendo el trabajo de los hombres… ¡Oh, está más viejo y más delgado, por el dolor, pero sigue emanando bondad!… ¡Ah, el transgresor, al ver el deterioro que había causado, se detuvo atemorizado! Pero el padre, volviendo la mirada, le vió… ¡Ah, fue corriendo a su encuentro, pues todavía estaba lejos; se llegó a él, le echó los brazos al cuello, le besó! El padre fue el único que lo reconoció, que vió en ese mendigo abatido a su hijo, y fue el único que tuvo hacia él un movimiento de amor. El hijo, abarcado por esos brazos, con la cabeza apoyada en el hombro paterno, susurró sollozando:

“Padre, deja que me postre a tus pies”. “¡No, hijo mío, a mis pies no; reclina tu cabeza en este pecho mío que tanto ha sufrido por tu ausencia y necesita revivir sintiendo tu calor”. El hijo, llorando más fuerte, dijo:

“¡Padre mío, he pecado contra el Cielo y contra tí, ya no soy digno de que me llames hijo; permíteme vivir con tus siervos, bajo tu techo; que pueda verte y comer tu pan y servirte y aspirar tu respiro: con cada uno de los bocados de tu pan, con cada movimiento de tu respiración, mi corazón, harto corrompido ahora, se reformará, y yo me haré honesto…”.

Pero el padre, sin dejar de abrazarle, le condujo a donde estaban los siervos, que se habían arremolinado a distancia a observar lo que sucedía, y les dijo: “Rápido, traed el vestido mejor, palanganas con agua perfumada; lavadle, perfumadle, vestidle, ponedle calzado nuevo y un anillo en el dedo. Luego, tomad un ternero cebado, matadlo, y preparad un banquete. Porque este hijo mío había muerto y ahora ha resucitado, lo había perdido y ha sido hallado. Quiero que encuentre de nuevo su sencillo amor de cuando era niño; mi amor y la fiesta de la casa por su regreso se lo deben dar. Debe comprender que sigue siendo para mí el amado hijo último en nacer, como era en su ya lejana infancia, cuando caminaba a mi lado alegrándome con su sonrisa y con sus balbuceos” Y así lo hicieron los siervos.

6 El hijo mayor estaba en el campo. No supo nada de lo sucedido hasta su regreso. Al anochecer, de vuelta al hogar, vió que la casa estaba radiante de luces, y oyó que de ella provenían música y rumor de danzas. Llamó a uno de la servidumbre, que corría atareado, y le dijo: “¿Qué sucede?”. El siervo respondió: “¡Ha vuelto tu hermano! Tu padre ha mandado matar el ternero cebado porque ha recuperado a su hijo, y sano, curado de su grave mal. Y ha ordenado celebrar un banquete. Sólo faltas tú para que empiece la fiesta”.

Más el hijo primogénito montó en cólera, porque le parecía una injusticia el que se hiciera tanta fiesta por el menor, el cual, además de ser el menor, había sido malo; y no quiso entrar; no sólo eso, sino que quería alejarse de la casa. Advirtieron al padre de lo que estaba sucediendo. Se apresuró a salir, siguió al hijo y le dió alcance. Trató de convencerle y le rogó que no amargase su gozo. Pero el primogénito respondió a su padre:

“¿Cómo quieres que no me altere? Estás actuando injustamente con tu primogénito, le estás despreciando. Desde que he podido empezar a trabajar, hace ya muchos años, te he servido. No he transgredido nunca ninguna disposición tuya, no he contrariado tan siquiera un deseo tuyo; he estado siempre a tu lado, y te he amado por dos para que sanara la llaga que te había producido mi hermano… Y no me has dado ni siquiera un cabritillo para que lo disfrutara con mis amigos. Sin embargo, a este que te ha ofendido, que te ha abandonado, haragán y gastador, y que vuelve ahora traído por el hambre, le haces los honores y matas para él el mejor ternero. ¿Vale la pena, entonces, ser trabajador y abstenerse de los vicios? ¡No has actuado correctamente conmigo!”.

Entonces dijo el padre, estrechándole contra su pecho:

“¡Oh, hijo mío, ¿cómo puedes creer que no te quiero, por el hecho de que no haya extendido sobre tus obras un velo de fiesta? Tus obras son de por sí santas. Por tus obras te alaba el mundo. Sin embargo, este hermano tuyo necesita que su imagen, ante el mundo y ante sí mismo, sea restaurada. ¿Acaso crees que no te quiero por el hecho de que no te recompense visiblemente? Durante todo el día, en cada movimiento de mi respiración, en cada pensamiento, te tengo presente en mi corazón; cada instante que pasa yo te bendigo. Tienes el premio contínuo de estar siempre conmigo. Todo lo mío es tuyo… Era justo hacer un banquete, celebrar una fiesta, por este hermano tuyo que había muerto y ha resucitado para el Bien; que se había extraviado y ha sido restituído a nuestro amor”. Y el primogénito cedió.

7 Lo mismo, amigos míos, sucede en la Casa del Padre. Todo aquel que se vea como el hijo menor de la parábola piense igualmente que, si le imita en su retorno al Padre, el Padre le dirá: “No te arrojes a mis pies. Reclina tu cabeza sobre este corazón mío que ha sufrido por tu ausencia y que ahora goza con tu regreso”. El que esté en la condición del hijo primogénito, sin culpa ante el Padre, que no se muestre celoso de la alegría paterna; antes bien, se una a ella amando a su hermano redimido, He dicho.

Quédate aquí, Juan de Endor; tú también, Lázaro. Los demás que vayan a aparejar las mesas. Dentro de poco vamos también nosotros».

Todos se retiran. Una vez que se han quedado solos Jesús, Lázaro y Juan, Jesús les dice:

«Así sucederá con la querida alma que esperas, Lázaro; así sucede con tu alma, Juan. La bondad de Dios rebasa todo límite»…

8 …Los apóstoles, la Madre de Jesús y las otras mujeres se dirigen hacia la casa, precedidos todos por Margziam, que va saltando, presuroso, delante. No obstante, el niño en seguida vuelve hacia atrás, toma a María de la mano y le dice:

«Ven conmigo, que te tengo que decir a solas una cosa».

Ella accede a su petición; así que tuercen hacia el pozo, que está en un ángulo del patio, enteramente cubierto por una tupida pérgola, que desde el nivel del suelo sube, formando un arco, hasta la terraza. Detrás está Judas Iscariote.

«Judas, ¿qué quieres? Déjanos, Margziam… Habla. ¿Qué quieres?».

«He obrado mal… No me atrevo a ir al Maestro, ni a presentarme ante mis compañeros… Ayúdame…».

«Te ayudaré. Sí. De todas formas, ¿es que no piensas en el mucho dolor que causas? Mi Hijo ha llorado por causa tuya, lo cual a su vez ha hecho sufrir a tus compañeros. Ven, de todas formas, que ninguno te dirá nada. Y, si puedes, no vuelvas a caer en esto mismo, que es indigno de un hombre y sacrílego respecto al Verbo de Dios».

«¿Tú, Madre, me perdonas?».

«¿Yo? Yo no cuento nada al lado de tí, que te sientes tan grande. Soy la menor de las siervas del Señor. ¿Por qué te preocupas de mí, si no tienes piedad de mi Hijo?».

«Pienso en mi madre, pienso que si tú me perdonas ella también me perdonará».

«No sabe lo que has hecho».

«Pero me había hecho jurar que sería bueno con el Maestro. Soy un perjuro. Percibo la reprensión del alma de mi madre».

«¿Eso es lo que sientes? ¿Y no percibes la queja y la desaprobación del Padre y del Verbo? ¡Oh, eres un desdichado, Judas! Vas sembrando el dolor en tí y en quienes te quieren».

María está muy seria y triste. Habla sin acritud, pero muy seria. Judas llora.

«No llores; más bien, cambia. Ven»

y le toma de la mano y entra así con él en la cocina. Vivísimo es el estupor de todos. María previene posibles reacciones poco compasivas diciendo:

«Judas ha vuelto. Haced como el primogénito después de que le habló su padre. Juan, ve a avisar a Jesús».

Juan de Zebedeo sale a la carrera. El silencio gravita sobre la cocina… Lo rompe Judas diciendo:

«Perdonadme. Tú el primero, Simón, tú que tienes un gran corazón paternal. Yo también soy huérfano».

«Sí, sí, te perdono. Por favor, no hables más de ello. Somos hermanos… y no me gustan estos altibajos de pedir perdón y volver a caer; son denigrantes, tanto para quien lo comete como para quien lo concede. Ahí viene Jesús. Ve a El y basta».

Judas va hacia Jesús. Mientras, Pedro, no pudiendo hacer otra cosa, se pone a partir con vehemencia madera seca…

Personajes en este episodio (por orden de aparición)

Juan de Endor http://www.maria-valtorta.org/Personnages/JeanEndor.htm
Isaac el pastor de Belén http://www.maria-valtorta.org/Personnages/IsaacJutta.htm
Miqueas http://www.maria-valtorta.org/Personnages/MicheeEsdrelon.htm
Saúl http://www.maria-valtorta.org/Personnages/SaulEsdrelon.htm
Joel http://www.maria-valtorta.org/Personnages/JoelEsdrelon.htm
Isaías http://www.maria-valtorta.org/Personnages/IsaieEsdrelon.htm
Lázaro de Betania http://www.maria-valtorta.org/Personnages/Lazare.htm
Simón el Zelote http://www.maria-valtorta.org/Personnages/SimonZelote.htm
María Santísima http://www.maria-valtorta.org/Personnages/MarieVierge.htm
Margziam (Yabés) http://www.maria-valtorta.org/Personnages/Margziam.htm
Juan evangelista http://www.maria-valtorta.org/Personnages/JeanZebedee.htm
Pedro apóstol http://www.maria-valtorta.org/Personnages/Pierre.htm
Judas Iscariote http://www.maria-valtorta.org/Personnages/JudasKeriot.htm
Los apóstoles (en general) http://www.maria-valtorta.org/Personnages/Apotres.htm

[1] 142 Cfr. Lc. 15, 11–32.

[2] 143 Cfr. Eccl. 3, 18.

233. La parábola de la oveja perdida[1]8. María de Magdala también la oye.

12 de agosto de 1944.

2331       Jesús está hablando a la muchedumbre. Desde encima del ribazo arbolado de un pequeño torrente, está hablando a numerosa gente esparcida por un campo de trigo ya recogido, que presenta el desolador aspecto propio de los rastrojos ahornagados.

Declina la tarde. Es la hora del crepúsculo. Pero la Luna está subiendo. Es un bonito y claro atardecer de comienzos de verano. Los rebaños vuelven a sus apriscos y el dindon de los cencerros se mezcla con un intenso canto de grillos o cigarras, un intenso gri, gri, gri… Jesús se inspira en las greyes que pasan. Dice:

«Vuestro Padre es como un pastor solícito. ¿Qué hace un pastor bueno? Busca pastos buenos para sus ovejas, en que no haya ni cicuta ni otras plantas venenosas, sino delicados tréboles, póleo aromático, achicorias amargas pero saludables. Busca lugares donde, además del alimento, haya también un riachuelo fresco y puro, y sombra de árboles, y no reinen las áspides por entre la hierba de las glebas. No pone especial preferencia en los pastos más pingües, porque sabe que en ellos es fácil encontrar peligrosas culebras y hierbas nocivas; elige, más bien, los pastos montanos, donde el rocío limpia y da frescura a la tierna hierba y el sol la limpia de reptiles, donde el aire se mueve y es bueno, no cargado y malsano como el de llanura. El buen pastor observa a cada una de sus ovejas. Si están enfermas, las cuida; si heridas, las cura. Llama a la que es demasiado glotona y corre el peligro de enfermarse; a la que enfermaría por estar demasiado expuesta a la humedad, o demasiado al sol, le dice que vaya a otro lado; y, si una está desganada y no come, busca para ella los tallitos acídulos y aromáticos capaces de despertarle el apetito y se los ofrece con su propia mano, hablándole como a persona amiga.

Así hace el Padre bueno que está en los Cielos con sus hijos que viven errantes en la Tierra. Su amor es el cayado que los reúne; su voz, la guía; sus pastos, su Ley; su redil, el Cielo.

2 Pero, he aquí que una oveja le abandona. ¡Cuánto la amaba! Era joven, pura, cándida, como nube en cielo abrileño. El pastor la miraba con mucho amor, pensando en el mucho bien que podía hacerle y en el mucho amor que de ella podía recibir. Y ella le abandona…

Es que ha pasado, a lo largo del camino que bordea los pastos, un tentador. No lleva pellico austero, sino un indumento de mil colores. No lleva cinturón de piel de donde penden hacha y cuchillo, sino cinturón de oro del que penden cascabeles argentinos, melodiosos cual canto de ruiseñor, y ampollas de esencias embriagadoras…

No lleva tampoco bordón, como el pastor bueno, con que reunir y defender a las ovejas (y, si no es suficiente el bordón, las defenderá solícito con el hacha y el cuchillo, y hasta con la vida). No, este tentador que pasa lleva en sus manos un turíbulo brillante de gemas que emana un humo que es hedor y perfume al mismo tiempo, pero que enajena; de la misma forma que los tornasoles de las joyas –¡qué falsas!– deslumbran.

Pasa cantando mientras deja caer puñados de sal, de una sal que brilla en el camino oscuro…

Noventa y nueve ovejas miran, pero permanecen donde están; la oveja número cien, la más joven y estimada, da un salto y desaparece en pos del tentador. El pastor la llama, pero no vuelve. Va más veloz que el viento para tratar de alcanzar al que ha pasado. Para mantenerse durante la carrera, gusta aquella sal. La sal le entra dentro, le produce un extraño delirio que la abrasa. Por ello, desea las aguas profundas y verdes de una espesura tenebrosa, donde, siguiendo al tentador, se hunde y penetra, sube y baja y cae… una, dos, tres veces; y una, dos, tres veces siente alrededor de su cuello el legamoso abrazo de los reptiles. Queriendo beber, bebe aguas contaminadas; queriendo nutrirse, come hierbas brillantes por las repugnantes babas que las cubren.

3 ¿Qué hace entretanto el pastor bueno? Deja encerradas en lugar seguro a las noventa y nueve fieles y se pone en camino. No se detiene hasta que no encuentra huellas de la oveja perdida. Dado que ella no vuelve a él, a pesar de que confía al viento sus voces de reclamo, él va a ella. La ve desde lejos, ebria, atrapada entre las roscas de los reptiles, tan ebria que no siente siquiera la nostalgia del rostro que la ama; antes bien, lo injuria. De nuevo la ve, culpable de haber entrado como ladrona en morada ajena, tan culpable que no se atreve ya a mirarle… Y, a pesar de todo, el pastor no se cansa… y continúa… la busca, la busca, la sigue, la acosa. Llorando ante las señales que va dejando la oveja perdida (mechones de lana, pedazos de alma; huellas de sangre, delitos diversos; porquerías, pruebas de su lujuria), sigue y la alcanza.

¡Ah, te he encontrado, amada! ¡Te he alcanzado! ¡Cuánto camino he recorrido por ti, para conducirte de nuevo al redil! No agaches la frente humillada. Tu pecado está sepultado en mi corazón. Ninguno lo conocerá, excepto Yo, que te amo. Te defenderé de las críticas de los demás, te cubriré con el escudo de mi propia persona contra las piedras de tus acusadores. Ven. ¿Estás herida? ¡Enséñame tus heridas! Las conozco, pero quiero que me las muestres con la confidencia que tenías conmigo cuando eras pura y me mirabas a mí, pastor y Dios tuyo, con mirada inocente… Aquí están. Todas tienen un nombre. ¡Qué profundas son! ¿Quién te ha hecho estas heridas tan profundas en el fondo del corazón? Lo sé: el Tentador. No lleva ni bordón ni hacha, pero con su mordisco envenenado hiere más a fondo, y después de él hieren también las falsas gemas de su turíbulo, las que te han seducido con sus resplandores y que en realidad eran piedras de azufre infernales, sacadas a la luz para abrasarte el corazón. ¡Mira cuántas heridas, cuántas vedijas arrancadas, cuánta sangre! ¡Cuántas zarzas! 4 ¡Oh, pobre, pequeña alma ilusa! Dime: ¿Si te perdono, me amarás todavía? Dime: ¿Si tiendo a ti mis brazos, vendrás? Dime: ¿Tienes sed del amor bueno?… Pues entonces ven y renace. Vuelve a los pastos santos. Llora. Tu llanto con el mío lavarán las huellas de tu pecado. Yo, para nutrirte –porque estás consumida por el mal que te ha abrasado–, me abro el pecho, me abro las venas, y te digo: “¡Nútrete! ¡Y vive!”. Ven, te tomaré en mis brazos. Iremos más veloces a los pastos santos y seguros. Olvidarás todo lo sucedido en esta hora desesperada. Tus noventa y nueve hermanas, las buenas, se regocijarán al verte regresar. Sí, porque te digo –oveja mía perdida que he venido a buscar desde muy lejos y he encontrado y rescatado– que hacen más fiesta los buenos por uno que, habiéndose extraviado, regresa, que no por noventa y nueve justos que jamás se han alejado del redil».

5       Jesús en todo este tiempo no se ha vuelto en ninguna ocasión a mirar al camino que tiene a sus espaldas, a donde ha llegado, en la penumbra nocturna, María de Magdala, todavía elegantísima pero al menos vestida, y cubierta con un velo oscuro que amalgama rasgos y formas. Y, cuando Jesús llega al punto:

«Te he encontrado, amada»,

María introduce bajo el velo sus manos y llora, con un llanto silencioso y continuo. La gente no la ve, porque ella está a este lado del ribazo, que bordea el camino. La ve sólo la Luna, ya alta, y el espíritu de Jesús…

…El cual me dice:

«El comentario está implícito en la visión. De todas formas te hablaré más, de esto. Ahora descansa, que ya es hora. Te bendigo, María fiel».

234. Comentario de tres episodios sobre la conversión de María de Magdala. « Después de haber recordado la Ley he hecho cantar la esperanza del perdón »

13 de agosto de 1944.

1 Dice Jesús:

«Desde el mes de enero, desde que te di a ver la cena en casa de Simón el fariseo, tú y quien te guía habéis deseado saber más de María de Magdala, y cuáles palabras me dirigió. Siete meses después os desvelo estas páginas del pasado, para satisfacción vuestra y para dar una norma a los que deben saberse plegar hacia estas leprosas del alma, y para brindar a estas infelices que se ahogan en su sepulcro de vicio una voz que quiere invitarlas a salir de él.

2 Dios es bueno. Con todos es bueno. No mide con medidas humanas. No hace diferencias entre pecado y pecado mortal. El pecado, cualquiera que sea, le entristece; el arrepentimiento le alegra y le dispone a conceder solícito el perdón. La resistencia a la Gracia le pone inexorablemente severo, porque la Justicia no puede perdonar al impenitente que muere siéndolo a pesar de todas las ayudas que tuvo para convertirse.

Pero, causa primera de las conversiones no maduradas , si no en la mitad de los casos al menos en cuatro décimos, es la falta de dedicación de los que están designados para esta misión de convertir; un mal entendido y falso celo, que no es sino cortina que cubre un real egoísmo y orgullo, en virtud de lo cual se quedan tranquilos en su propio refugio y no descienden al lodo para arrancar de él un corazón. “Yo soy puro, digno de respeto. No voy a la porquería ni a donde se me pueda faltar al respeto”. Quien se expresa en estos términos ¿no ha leído la parte del Evangelio donde se dice que el Hijo de Dios fue a convertir a publicanos y meretrices además de a los justos que sólo estaban en el ámbito de la Ley antigua[2]9? ¿No piensa que el orgullo es impureza de mente y que la anticaridad es impureza del corazón? ¿Que sufrirás humillación? Yo la sufrí primero y más que tú, y era el Hijo de Dios. ¿Que tendrás que arrastrar tus vestiduras por la inmundicia? ¿Y no toqué Yo, acaso, con mis manos, esta inmundicia para ponerla en pie y decirle: “Anda por este nuevo camino”? ¿No recordáis lo que dije a vuestros primeros predecesores[3]10? “En cualquier ciudad o pueblo en que entréis informaos acerca de quien hay merecedor de vuestra presencia, y quedaos en su casa”. Esto lo dije para evitar la murmuración del mundo, del mundo que con demasiada facilidad ve el mal en todas las cosas. Pero añadí: “Cuando entréis en las casas –’casas’ dije, no ‘casa’– saludadlas diciendo: ‘Paz a esta casa’. Si la casa es digna de recibirla, la paz descenderá sobre ella; si no, volverá a vosotros”. Esto lo dije para enseñaros que, a falta de prueba segura de impenitencia, debéis tener para con todos un mismo corazón. Y completé la enseñanza diciendo: “Y si alguno no os recibe y no escucha vuestras palabras, al salir de esas casas o ciudades, sacudid el polvo que se os haya quedado pegado a las suelas”. Y la fornicación, para los buenos, para aquellos a quienes la Bondad constantemente amada hace semejantes a un cubo de cristal liso, no es sino polvo que basta sacudirle o soplar para que vuele sin dejar lesión.

Sed verdaderamente buenos. Formad un bloque único con la Bondad eterna en el centro, y ningún género de corrupción podrá subir a mancharos más arriba de las suelas que apoyan en la tierra. ¡Tan alta está el alma!… El alma del bueno y del que forma por entero una cosa con Dios. El alma está en el Cielo. Allí no llega ni el polvo ni el fango (ni siquiera si lo lanzan con odio contra el espíritu del apóstol). Puede afectar a vuestra carne, es decir, heriros material y moralmente, persiguiéndoos, porque el Mal odia al Bien, u ofendiéndoos. ¿Y qué? ¿No me ofendieron a mí? ¿No fui herido? Pero, ¿aquellos golpes y aquellas palabras indecentes incidieron en mi espíritu?, ¿lo turbaron? No. Resbalaron sin penetrar, como esputo en un espejo o piedra lanzada contra la jugosa pulpa de un fruto. O penetraron sólo superficialmente, sin herir el germen de la semilla que estaba encerrado en el hueso; es más, favoreciendo su germinacíón, porque es más fácil surgir de una masa hendida que no de una íntegra. Muriendo, el trigo germina y el apóstol produce. Muriendo a veces materialmente; casi muriendo, a diario, en sentido metafórico (porque el yo humano resulta sólo fragmentado). Pues bien, no es muerte, sino Vida. Triunfa el espíritu sobre la muerte de la humanidad.

3 Había[4]11 venido a mí por simple capricho de la mujer ociosa que no sabe cómo llenar sus horas de ocio. Pues bien, en sus oídos –embotados de falsas lisonjas de quien con himnos a la carnalidad la mecía para tenerla esclavizada– sonó la voz límpida y severa de la Verdad, de la Verdad que no tiene miedo a burlas e incomprensiones y expresa sus palabras mirando a Dios. Y, cual coro de campanas tocando a fiesta, fundiéronse en la Palabra las voces habituadas a cantar en el cielo, en el azul libre del aire, propagándose por valles y colinas, llanuras y lagos, para recordar las glorias y delicias del Señor.

¿Recordáis el doble festivo que en los tiempos de paz tanto alegraba el día dedicado al Señor? La campana mayor daba, con el badajo sonoro, el primer toque en nombre de la Ley divina. Decía: “Hablo en nombre de Dios, Juez y Rey”. Y luego las campanas menores, con sus arpegios: “que es bueno, misericordioso y paciente”. Para terminar luego la campana más argentina, con voz de ángel, diciendo: “y su caridad mueve al perdón y a la compasión, para enseñarnos que el perdón es más útil que el rencor, y la compasión más que la implacabilidad; venid a aquel que perdona, tened fe en él, que es compasivo”.

También Yo, tras haber recordado la Ley, pisoteada por la pecadora, he hecho cantar la esperanza del perdón. Como sérica cinta de verde y azul, la he agitado entre las tonalidades negras para que ahí introdujera sus consoladoras palabras. ¡Oh, el perdón! Es rocío para la quemazón que siente la persona culpable. El rocío no es como el granizo, que asaetea, golpea, rebota y se aleja, sin penetrar, y destruye la flor. El rocío desciende tan levemente, que ni la más delicada flor lo siente posarse sobre sus pétalos de seda; pero luego ésta bebe su frescor y se sacia. El rocío se posa junto a las raíces, encima de la gleba abrasada, y penetra aún más… Es una humedad de lágrimas, llanto de las estrellas, amoroso llanto de madres criando a sus hijos que tienen sed, y que desciende sobre ellos junto con la dulce y fecunda leche. ¡Oh, los misterios de los elementos que actúan incluso cuando el hombre descansa o peca! El perdón es como este rocío. Aporta no sólo limpieza, sino también savias vitales, extraídas no de los elementos sino de las moradas divinas.

Luego, tras la promesa de perdón, he aquí que habla la Sabiduría y dice lo que es lícito y lo que no lo es, y conmina y remueve, no por severidad sino por materna diligencia de salvar. ¡Cuántas veces vuestro sílex se hace aún más impenetrable y cortante para con la Caridad que se inclina hacia vosotros! ¡Cuántas veces huís mientras ella os habla; cuántas, os burláis de ella; cuántas, la odiáis!… Si la Caridad usara con vosotros los modos que vosotros usáis con ella, ¡qué sería de vuestras almas! Sin embargo, ya veis que la Caridad es la incansable Caminante que va en busca de vosotros; quiere llegarse a vosotros, aunque os guarezcáis en asquerosas guaridas.

4 ¿Por qué quise ir a aquella casa? ¿Por qué no obré en ella el milagro? Para enseñar a los apóstoles a comportarse desafiando prejuicios y críticas cuando se trata de cumplir un deber tan alto y que está lejos de estas cosuchas del mundo. ¿Por qué le dije a Judas aquellas palabras? Los apóstoles eran muy humanos. Todos los cristianos son muy humanos, incluso los santos de la tierra, aunque en grado menor. Algo de humano persiste incluso en los perfectos. Mas los apóstoles no eran todavía perfectos. Lo humano estaba filtrado en sus pensamientos. Yo los elevaba, pero el peso de su humanidad les hacía descender de nuevo. Para que cada vez bajaran menos, tenía que meter en el camino de subida cosas que sirvieran para detener su descenso, de manera que se parasen en éstas meditando y descansando, para luego subir más arriba del límite anterior. Tenían que ser cosas de un tenor adecuado para convencerlos de que Yo era un Dios. Por tanto: penetración de almas, victorias sobre los elementos, milagros, transfiguración, resurrección y ubicuidad. Estuve contemporáneamente en el camino de Emaús y en el Cenáculo      [5]12. Las horas de las dos presencias, cotejadas por los apóstoles y los discípulos, fue una de las razones que mas los estremeció; los arrancó de sus lazos y los lanzó al camino de Cristo. Más que por Judas –miembro que incubaba ya en sí la muerte– hablé para los otros once. El hecho de ser Dios tenía necesariamente que hacérselo lucir ante sus ojos, no por orgullo sino por necesidad suya de formación. Era Dios y Maestro; aquellas palabras lo manifiestan de mí: revelo una facultad extrahumana y enseño una perfección: no tener conversaciones malas ni siquiera con nuestro interior. Porque Dios ve, y debe ver puro el interior para poder descender a él y morar en él.

¿Por qué no obré el milagro en aquella casa? Para que todos entendieran que la presencia de Dios exige un ambiente puro. Por respeto a su excelsa majestad. Para hablar –no con palabras pronunciadas con la boca, sino con una palabra aún más profunda– al espíritu de la pecadora y decirle: “¿Lo ves, desdichada? Estás tan sucia, que todo lo que te rodea se vuelve sucio; tan sucio, que en torno a ti Dios no puede actuar. Tú más sucia que éste. En efecto, repites la culpa de Eva y ofreces el fruto a Adán[6]13, tentándole y alejándole del Deber. Eres ministra de Satanás”.

Pero, ¿por qué no quise que la llamara “Satanás” la angustiada madre? Porque ninguna razón justifica el insulto ni el odio. Lo primero que se necesita para tener a Dios con nosotros, la primera condición, es no tener rencor y saber perdonar. Lo segundo que se necesita es saber reconocer la propia culpabilidad, o de quien es nuestro; no ver sólo las culpas de los demás. La tercera cosa necesaria es saber conservarnos, por justicia hacia el Eterno, agradecidos y fieles después de haber recibido una gracia. Quienes, tras haber recibido una gracia, son peores que los perros y no se acuerdan de su Benefactor –mientras que el animal sí se acuerda– son unos desdichados.

5 No dije ni una palabra a la Magdalena. La miré un instante como si se tratase de una estatua; luego la dejé. Volví a los “vivos” que quería salvar. A ella, materia muerta como un mármol esculpido –y más aún–, la circundé de indiferencia aparente. En realidad, no dije una palabra, no hice nada, que no tuviera como principal objetivo esa pobre alma suya que quería redimir. La última palabra: “Yo no insulto, no insultes tú; limítate a orar por los pecadores”, como guirnalda de flores que se completa, se fundió con la primera, la que dije en el monte: “El perdón es más útil que el rencor; ser compasivos, más que ser implacables”. Las dos frases envolvieron a la pobre infeliz en un círculo aterciopelado, fresco, perfumado de bondad, y le hicieron sentir cuán distinto de la feroz esclavitud de Satanás es el amoroso servicio a Dios, y lo suave que es el perfume celeste respecto al hedor de la culpa, y cuánto sosiega sentirse uno amado santamente, respecto a ser poseído satánicamente.

Observad cómo el deseo del Señor es comedido. No exige conversiones fulminantes. No pretende de un corazón lo absoluto. Sabe esperar. Sabe conformarse: se conformó con lo que le pudo dar la turbada madre, mientras esperaba a que la extraviada encontrara de nuevo el camino, la loca la razón. No le pregunté sino: “¿Eres capaz de perdonar?”. ¡Cuántas otras cosas habría podido pedirle para hacerla digna del milagro, si hubiera juzgado con patrón humano! Mas Yo mido divinamente vuestras fuerzas.

Para aquella pobre madre exasperada, ya era mucho el que fuera capaz de perdonar.

En aquella hora sólo le pedí eso. Después, cuando le restituí a su hijo, le dije: “Sé santa y santifica tu casa”. Pero, en medio del espasmo estremecedor, no le pedí sino el perdón para la culpable. No se debe exigir todo de quien poco antes ha estado en la nada de las Tinieblas. Aquella madre luego iba a salir a la Luz total, y con ella la esposa y los hijos. Pero, en ese momento, lo que hacía falta era portar a sus ojos ciegos de llanto el primer crepúsculo de la Luz: el perdón, alba del día de Dios.

6 De los presentes, uno sólo –no cuento a Judas, me refiero a los de la ciudad que estaban presentes en ese lugar, no me refiero a mis discípulos– no iba a alcanzar la Luz. Estas derrotas van unidas a las victorias del apostolado. Siempre hay alguno por quien el apóstol se esfuerza en vano. Pero no se debe perder el vigor por estas derrotas. El apóstol no debe pretender conseguir todo. Contra él se alzan fuerzas adversas de muchos nombres, las cuales, como tentáculos de pulpos gigantes, atrapan otra vez la misma víctima que el apóstol les había arrebatado. De todas formas el mérito del apóstol permanece. ¡Pobre apóstol el que dice: “No voy a ese lugar porque sé que no voy a poder convertir”! Es un apóstol de muy escaso valor. Es necesario ir a ese lugar, aunque se vaya a salvar sólo uno de mil. Su jornada apostólica será fructuosa tanto por ese uno como por mil, porque él ha hecho todo lo que podía hacer, y Dios premia eso. Además, se debe pensar que puede intervenir Dios en los casos en que el apóstol no puede convertir porque la persona esté demasiado en las zarpas de Satanás y las fuerzas del apóstol sean inferiores a las que se necesitan. ¿Y si es así?… ¿quién superior a Dios? 7 Otra cosa que el apóstol debe necesariamente practicar es el amor. Amor visible, no sólo el secreto amor del corazón de los hermanos. Sería suficiente para los hermanos buenos. Pero el apóstol es un obrero de Dios y no debe limitarse a orar, debe actuar. Actúe con amor, con amor grande. El rigor paraliza el trabajo del apóstol y el movimiento de las almas hacia la Luz. No rigor, sino amor. El amor es ese indumento de amianto que le hace a uno inalterable frente a la mordedura de las llamaradas de las malas pasiones. El amor es saturación de esencias que os preservan de que la podredumbre humano–satánica pueda entrar en vosotros. Para conquistar a un alma es necesario saber amar. Para conquistar a un alma es necesario conducirla a que ame, a que ame el Bien y repudie sus pobres amores pecaminosos.

Yo quería el alma de María. Igual que para ti, pequeño Juan, no me limité a hablar desde mi cátedra de Maestro. Bajé a buscarla en los caminos del pecado. La seguí, la perseguí con mi amor. ¡Oh, dulce perseguir! Yo–Pureza entré donde estaba ella–impureza. No temí el escándalo ni en mí ni en los demás. El escándalo en mí no podía entrar, porque Yo era la Misericordia, y ésta llora por las culpas pero no se escandaliza de ellas. ¡Desventurado aquel pastor que se escandalice y, tras esta barrera, se atrinchere para abandonar a un alma! ¿No sabéis que las almas resurgen más fácilmente que los cuerpos y que la palabra piadosa y amorosa que dice: “Hermana, por tu bien, ¡álzate!” obra a menudo el milagro? Tampoco temía el escándalo en los demás. Ante la mirada de Dios lo que hacía estaba justificado; la mirada de los buenos lo comprendía; la mirada maligna, donde fermenta la malicia, que emana de entrañas corrompidas, no tiene valor; encuentra culpas hasta en Dios; sólo ve la perfección dentro de sí. Por eso no hacía caso de ella.

8 Las tres fases de la salvación de un alma son:

  • Ser integérrimos para poder hablar sin temor a que nos hagan callarnos. Hablar a toda una multitud, de forma que nuestra apostólica palabra, dirigida a las turbas que se aglomeran en torno a la mística barca, vaya, en círculos de ola, cada vez más lejos, hasta la orilla cenagosa donde están echados los que viven inertes sobre el barro sin preocuparse de conocer la Verdad. Este es el primer trabajo para romper la costra del duro terruño y prepararlo para la semilla. Es el trabajo más severo, tanto para quien lo hace como para quien lo recibe, porque la palabra debe, cual penetrante reja de arado, herir para abrir. En verdad os digo que el corazón del apóstol bueno se hiere y sangra por el dolor que le supone tener que herir para abrir; mas también este dolor es fecundo. Con la sangre y el llanto del apóstol se hace fértil el terruño agreste.
  • Segunda cualidad: trabajar incluso donde otro, menos conquistado por su misión, huiría. Quebrantarse en el esfuerzo de arrancar cizaña, esteba y espinas, para poner al desnudo el terreno arado y que resplandezca sobre él, como sol, el poder de Dios y su bondad. Al mismo tiempo, con maneras de juez y de médico, ser severo y, no obstante, compasivo; firme en un período de espera para dar tiempo a las almas de superar la crisis, meditar y decidir.
  • Tercer punto: en el momento en que el alma que en el silencio se ha arrepentido, llorando y pensando en sus errores, se atreve a venir tímidamente, con miedo a ser rechazada, hacia el apóstol, el apóstol ha de tener un corazón más grande que el mar, más dulce que un corazón de madre, más enamorado que un corazón de esposo, y ha de abrirlo de par en par para que broten de él olas de ternura. Si tenéis a Dios en vosotros –Dios que es Caridad–, encontraréis fácilmente las palabras de caridad para las almas. Dios hablará en vosotros y por vosotros, y el amor llegará, cual miel que rezuma de un panal, para alivio de los labios ardientes y nauseados; cual bálsamo que fluye de una ampolla, para medicina de los espíritus heridos.

9 Doctores de las almas, haced que los pecadores os amen, haced que gusten el sabor de la caridad celeste y lo ansíen tanto que no busquen ya ningún otro alimento, haced que sientan en vuestra dulzura un alivio tan grande que lo busquen para todas sus heridas. Es necesario que vuestra caridad aleje de ellos todo temor, porque, como dice la epístola[7]14 que has leído hoy: “El temor supone el castigo, el que teme no es perfecto en la caridad”. Pero tampoco es perfecto en la caridad el que produce el temor. No digáis:

“¿Qué has hecho?”. No digáis: “Vete”. No digáis: “Tú no puedes degustar el amor bueno”.

Antes al contrario, decid, decid en mi nombre: “Ama y yo te perdono”; decid: “Ven, Jesús te abre los brazos”; decid: “Gusta este Pan angélico y esta Palabra y olvida la pez de infierno y las burlas de Satanás”. Haceos acémilas para llevar las debilidades de los demás. El apóstol debe llevar las suyas y las de los demás, junto con sus cruces y las de los demás. Y, mientras venís a mí, cargados con estas ovejas heridas, tranquilizad a estas ovejas errantes, decid: “Todo está olvidado en este momento”; decid: “No tengas miedo del Salvador, que ha venido del Cielo por ti, exactamente por ti; yo sólo soy el puente para llevarte a El, que te está esperando, al otro lado del arroyo de la absolución penitencial, para conducirte a sus pastos santos, cuyos comienzos están aquí, en la tierra, pero que luego prosiguen, con Belleza eterna que alimenta y embelesa, en los Cielos”.

10 Este es el comentario. A vosotras, ovejas fieles al Pastor Bueno, poco os toca. Pero si, para ti, pequeña esposa, significará un aumento de confianza, para el Padre será aún más luz en su luz de juez, y para muchos actuará, no como un aguijón para ir al Bien, sino como el rocío de que he hablado, que penetra y nutre y da nuevo vigor a las flores lacias. Levantad la cabeza. El Cielo está arriba. Ve en paz, María. El Señor está contigo».

[1] 8 Cfr. Mt. 18, 11–14; Lc. 15, 1–7. No será inútil volver a leer: Jer. 23, 1–4; Ez. 34; Zac. 11, 4–17; Ju. 10, 1–18.

[2] 9 Cfr. Por ejemplo: Mt. 9, 10–13; 21, 28–32; Mc. 2, 15–17; Lc. 5, 29–32.

[3] 10 Cfr. Mt. 10, 11–16; Mc. 6, 10–11; Lc. 9, 4–5; 10, 5–12.

[4] 11 Este trozo pertenece a la explicación de un episodio diverso, por lo que parece que no se une bien

[5]12 Cfr. Lc. 24, 13–35. Cfr. también Mt. 28, 1–10; Mc. 16, 1–14; Lc. 24, 1–49; Ju. 20, 1–25.

[6] 13 Cfr. Gén. 3, 6. El concepto de pecado original según la escritora, aparece en Apéndice del vol. 1, pág. 256.

[7] 14 se trata de 1 Ju. 4, 18

241. Vocación de la hija de Felipe. Llegada a Magdala y parábola de la dracma perdida[1]26.

2 de agosto de 1945.

2411       La barca costea el trecho que va de Cafarnaúm a Magdala. María de Magdala está, por primera vez, en su postura habitual de convertida: sentada en el fondo de la barca a los pies de Jesús, el cual está sentado, con porte grave, en uno de los bancos de la barca. El rostro de la Magdalena tiene hoy un aspecto muy distinto del de ayer; no es todavía ese rostro radiante de la Magdalena que sale al encuentro de su Jesús cada vez que El va a Betania, pero es ya un rostro liberado de temores y tormentos; y su mirada, que antes reflejaba humillación –antes aún, desfachatez–, ahora es seria, pero segura, y en su noble seriedad brilla de vez en cuando una chispa de alegría escuchando a Jesús, que habla con los apóstoles o con su Madre y Marta.

Van hablando de la bondad de Porfiria, tan sencilla y amorosa, y de la afectuosa acogida de Salomé, y de las mujeres e hijas de Bartolomé y Felipe. Este dice:

«Si no fuera porque son todavía muy niñas, y su madre es contraria a que estén por los caminos, también te seguirían, Maestro».

«Me sigue su alma; es igualmente santo amor. 2 Felipe, escúchame. Tu hija mayor está para prometerse, ¿no?».

«Sí, Maestro. Dignos esponsales y un buen esposo, ¿no es verdad, Bartolomé?».

«Es verdad. Lo puedo garantizar porque conozco a la familia. No he podido aceptar hacer yo la propuesta, pero lo habría hecho si no estuviera ocupado en el seguimiento del Maestro, con plena tranquilidad de crear una santa familia».

«Pero la muchacha me ha rogado que te dijera que no hicieras nada».

«¿No le gusta el novio? Está en un error. De todas formas, la juventud no tiene seso. Espero que se persuada. No hay razón para rechazar a un excelente esposo. A menos que… ¡No, no es posible!» dice Felipe.

«¿A menos que…? Termina, Felipe» incita Jesús.

«A menos que ame a otro. Pero eso no es posible. No sale nunca de casa y en casa vive muy retirada. ¡No es posible!».

«Felipe, hay amadores que penetran hasta en las casas más cerradas y saben hablar a sus amadas a pesar de todas las barreras y vigilancias; derriban cualquier obstáculo (viudez o juventud bien custodiadas… u otros) y las consiguen. Hay amadores que no pueden ser rechazados, porque su anhelo es impositivo, porque vencen seductoramente toda posible resistencia, hasta la del mismo diablo. Pues bien, tu hija ama a uno de éstos, y además al más poderoso».

«¿Y quién es? ¿Uno de la corte de Herodes?».

«¡Eso no es poder!».

«Uno… uno de la casa del Procónsul?, ¿un patricio romano? No lo permitiré de ninguna manera. La sangre pura de Israel no tendrá contacto con la impura. Aunque tuviera que matar a mi hija. 3 ¡No sonrías, Maestro, que yo sufro!».

«Porque estás como un caballo encabritado. Ves sombras donde sólo hay luz. ¡Tranquilízate, hombre! El Procónsul no es más que un siervo también, como lo son también sus amigos patricios; y siervo es el César».

«¡Estás bromeando, Maestro! Querías meterme miedo. Nadie hay mayor que César, ni con más autoridad que él».

«¿Y Yo, Felipe?».

«¿Tú! ¿Tú quieres casarte con mi hija!».

«No. Con su alma. Soy Yo el amante que penetra en las casas más cerradas y en los corazones –más cerrados aún: con un sinfín de llaves–. Soy Yo el que sabe hablar a pesar de todas las barreras y vigilancias, el que abate todo obstáculo y toma lo que anhela: puros o pecadores, vírgenes o viudos, de vicios libres o esclavos. Doy a todos ellos una alma única y nueva, regenerada, beatificada, eternamente joven. Son mis esponsales. Y nadie puede negarme mis dulces presas; ni el padre, ni la madre, ni los hijos, ni siquiera Satanás. Sea que hable al alma de una joven como tu hija, sea que se trate de un pecador envuelto en el pecado y encadenado por Satanás con siete cadenas, el alma viene a mí. Y nada ni nadie me las arrebatará. No hay riqueza, ni poder, ni alegría del mundo, que comunique esa leticia perfecta, propia de quienes se desposan con mi pobreza, con mi mortificación: despojados de todo pobre bien; vestidos de todo bien celeste. Jubilosos, con esa beatitud de ser de Dios, sólo de Dios… son los señores de la tierra y del Cielo: de la primera, porque la dominan; del segundo, porque lo conquistan».

«¡Nunca ha sido así en nuestra Ley!» exclama Bartolomé.

«Despójate del hombre viejo, Natanael. La primera vez que te vi te saludé definiéndote perfecto israelita sin engaño. Pero ahora eres de Cristo, no de Israel. Sélo sin engaño y sin ataduras. Revístete de esta nueva mentalidad. Si no, habrá muchas bellezas de la redención que he venido a traer a toda la Humanidad que no podrás entender».

Felipe interviene diciendo:

«¿Y dices que has llamado a mi hija? ¿Y ahora qué hará? Yo ciertamente no me voy a oponer, pero quisiera saber, incluso para ayudarla, en qué consiste su llamada…».

«En llevar a las azucenas de amor virginal al jardín de Cristo. ¡Habrá muchas en los siglos futuros!… ¡Muchas! Macizos de incienso para contrapesar las sentinas de vicios; almas orantes para contrapesar a blasfemos y ateos; auxilio en todas las desdichas humanas; alegría de Dios».

4       María de Magdala abre los labios para preguntar (lo hace ruborizándose todavía, aunque con más soltura que los otros días):

«¿Y nosotros, las ruinas que Tú reconstruyes, qué acabamos siendo?».

«Lo mismo que las hermanas vírgenes…».

«¡Oh, no es posible! Hemos pisado demasiado fango y… y… no puede ser».

«¡María, María! Jesús no perdona nunca a medias. Te ha dicho que te ha perdonado y así es. Tú, y todos los que como tú han pecado y han sido perdonados por mi amor, que con vosotros se desposa, perfumaréis, oraréis, amaréis, consolaréis, siendo conscientes ya del mal y aptos para curarlo donde se encuentra, siendo almas mártires ante los ojos de Dios, y amadas, por tanto, como las vírgenes».

«¿Mártires? ¿En qué, Maestro?».

«Contra vosotras mismas y los recuerdos del pasado, y por sed de amor y expiación».

«¿Lo debo creer?…».

La Magdalena mira a todos los que están en la barca, pidiendo confirmación a la esperanza que se enciende en ella.

«Pregúntaselo a Simón. Una noche estrellada, en tu jardín, hablé de ti y de vosotros pecadores en general. Todos tus hermanos te pueden decir si mi palabra no cantó los prodigios de la misericordia y la conversión respecto a todos los redimidos».

«Me lo ha expresado también el niño, con voz de ángel. He vuelto con el alma confortada después de su lección. Por él te he conocido mejor aún que por mi hermana, tanto que hoy me sentía más fuerte de afrontar el regreso a Magdala. Y, ahora que me dices esto, siento crecer mi fortaleza. He dado escándalo al mundo, pero te juro, mi Señor, que ahora el mundo al mirarme comprenderá tu poder».

Jesús deposita un momento la mano sobre su cabeza, mientras María le sonríe como ella sabe hacer: paradisíacamente.

5       Ya se ve Magdala, que se extiende en el borde del lago. De frente, el Sol naciente; a sus espaldas, la montaña de Arbela, que la protege del viento, y el estrecho valle peñascoso y agreste (por el que desemboca un pequeño torrente en el lago) que se adentra hacia el occidente con sus paredes rocosas a pico, llenas de una belleza seductora y severa.

«Maestro» grita Juan desde la otra barca «ahí está el valle de nuestro retiro…»

y se ilumina su rostro como si se hubiera encendido un sol en su interior.

«Nuestro valle. Sí, lo has reconocido bien».

«No se puede no recordar los lugares en que se ha conocido a Dios» responde Juan.

«Entonces yo recordaré siempre este lago, porque aquí te he conocido. ¿Sabes, Marta, que aquí vi al Maestro una mañana?…».

«Sí, y por poco si no nos vamos todos al fondo, nosotros y vosotros. Mujer, créeme, tus remadores no valían un comino»

dice Pedro, que está haciendo la maniobra para tomar tierra.

«No valían nada ni los remadores ni quienes con ellos iban… Pero de todas formas fue el primer encuentro y eso vale mucho. Luego te ví en el monte, luego en Magdala, luego en Cafarnaúm… Muchos encuentros, muchas cadenas rotas… Pero Cafarnaúm ha sido el lugar más hermoso porque allí me has liberado…».

6       Ponen pie en tierra. Ya han bajado los de la otra barca. Entran en la ciudad. La curiosidad simple o… no simple de los habitantes de Magdala debe ser como una tortura para la Magdalena. Pero ella la soporta heroicamente, siguiendo al Maestro, que va delante, en medio de todos sus apóstoles, mientras que las tres mujeres van detrás de ellos. El cuchicheo es fuerte; no falta la ironía.

Todos los que, aparentemente, por temor a represalias, respetaban a María cuando era la poderosa dominadora de Magdala, ahora, que la ven separada para siempre de sus amigos pudientes, humilde y casta, se permiten manifestaciones de desprecio y epítetos poco lisonjeros. Marta, que sufre tanto como ella por esto, le pregunta:

«¿Quieres retirarte a casa?».

«No. No dejo al Maestro. Y antes de que la casa no haya sido purificada de todo recuerdo del pasado no le invito a entrar».

« ¡Pero estás sufriendo, hermana!…».

«Me lo he merecido».

Y la verdad es que debe sufrir: el sudor que aljofara su rostro y el rubor que la cubre –incluso en el cuello– no se deben sólo al calor.

Cruzan toda Magdala y van a los barrios pobres, a la casa en que se detuvieron la otra vez. La mujer se queda de piedra cuando alza la cabeza del lavadero para ver quién la saluda y se encuentra de frente a Jesús y a la bien conocida señora de Magdala, y ve que ésta ya no tiene apariencia pomposa, ni va cargada de joyas, sino que tiene la cabeza cubierta con un velo ligero de lino, y lleva un vestido de color brusela, de cuello cerrado, estrecho (se ve claramente que no es suyo, a pesar del trabajo realizado para transformarlo), y va envuelta en un tupido manto que con ese calor debe ser un suplicio.

«¿Me permites estar en tu casa y hablar desde aquí a los que me siguen?». (O sea, a toda Magdala, porque toda la población se ha ido agregando al grupo apostólico).

«¿Me lo preguntas, Señor? ¡Pero si mi casa es tuya!».

La mujer se pone en movimiento para traer sillas y bancos para las mujeres y los apóstoles. Cuando pasa delante de la Magdalena hace una reverencia de esclava. «Paz a ti, hermana»

responde ésta. La sorpresa de la mujer es tal que deja caer el pequeño banco que tenía cogido; pero guarda silencio (de todas formas, esta reacción me hace pensar que María trataba a sus súbditos en forma más bien soberbia); y se queda ya completamente pasmada cuando oye que le pregunta cómo están sus hijos, dónde están, y si la pesca ha sido abundante.

«Están bien… en la escuela o con mi madre. Sólo el pequeño está aquí, durmiendo en la cuna. La pesca es buena. Mi marido te llevará el diezmo…».

«Ya no es el caso. Usalo para tus niños. ¿Me dejas ver al pequeñín?».

«Ven»….

7       La gente se ha ido aglomerando en la calle. Jesús empieza a hablar:

«Una mujer tenía diez dracmas en su bolsa. Pero, con un movimiento, la bolsa cayó de su pecho, se abrió y las monedas rodaron por el suelo. Las recogió con la ayuda de las vecinas que estaban presentes; las contó: eran nueve. La décima no se encontraba. Dado que se acercaba la noche y la luz empezaba a faltar, la mujer encendió una lámpara, la puso en el suelo y, tomando una escoba, se puso a barrer atentamente para ver si había rodado lejos del lugar donde había caído. Pero la dracma no aparecía. Las amigas, cansadas de buscar, se marcharon. La mujer corrió entonces el arquibanco, el vasar, el pesado baúl, movió las ánforas y orzas que estaban en el nicho de la pared. La dracma no aparecía. Entonces se puso a gatas y buscó en el montón de la barredura que estaba puesto contra la puerta de la casa, para ver si la dracma había rodado afuera y se había mezclado con los desperdicios de las verduras. Y por fin encontró la dracma, toda sucia, casi sepultada por los desperdicios que le habían caído encima. Llena de alegría, la mujer cogió la dracma, la lavó, la secó. Ahora era más bonita que antes. Gritó para llamar a las vecinas de nuevo –que se habían ido después de haberla ayudado en los primeros momentos de la búsqueda– y se la enseñó diciendo: “¡Veis? Me aconsejabais que no me cansara más. Pero he insistido y he encontrado la dracma perdida. Alegraos, pues, conmigo, que no he perdido ninguno de mis bienes”.

8 Pues vuestro Maestro, y con El sus apóstoles, hace como la mujer de la parábola. Sabe que un movimiento puede hacer que caiga al suelo un tesoro. Toda alma es un tesoro. Y Satanás, envidioso de Dios, provoca los falsos movimientos para que caigan las pobres almas. Hay quien en la caída se queda junto a la bolsa, o sea, se aleja poco de la Ley de Dios que recoge las almas en la salvaguardia de los mandamientos; hay quien se aleja más, o sea, se aleja más de Dios y de su Ley; en fin, hay quien va rodando hasta caer en la barredura, en la inmundicia, en el barro… y ahí acabaría pereciendo, ardiendo en el fuego eterno, de la misma forma que la basura se quema en los lugares apropiados.

El Maestro lo sabe y busca incansable las monedas perdidas. Las busca por todas partes, con amor. Son sus tesoros. Y no se cansa ni hace ascos de nada; antes al contrario, hurga, hurga, remueve, barre… hasta que encuentra. Una vez que ha encontrado, lava con su perdón al alma hallada, y convoca a los amigos –todo el Paraíso y todos los buenos de la tierra–, y dice: “Alegraos conmigo porque he encontrado lo que se había perdido, y es más hermoso que antes porque mi perdón lo hace nuevo.

En verdad os digo que hay gran regocijo en el Cielo y exultan los ángeles de Dios y los buenos de la Tierra por un pecador que se convierte. En verdad os digo que no hay cosa más hermosa que las lágrimas del arrepentimiento. En verdad os digo que los únicos que ni saben ni pueden exultar por esta conversión, que es un triunfo de Dios, son los demonios. Y también os digo que el modo en que un hombre acoge la conversión de un pecador es medida de su bondad y unión con Dios. La paz sea con vosotros».

La gente comprende la lección y mira a la Magdalena, que se había sentado en la puerta con el lactante en sus brazos (quizás para cubrir su azoramiento), y se van marchando lentamente, de forma que quedan sólo la dueña de la casuca y la madre, que había venido con los niños. Falta Benjamín, porque está todavía en la escuela.

[1] 26 Cfr. Lc. 15, 8–10.

4/9/2016 Evangelio según San Lucas 14,25-33.

Vigésimo tercer domingo del tiempo ordinario

Santo(s) del día : Santa Rosa Viterbo
image Saber más cosas a propósito de los Santos del día

Lecturas

El pasaje del evangelio de este domingo lo encontramos en el capitulo 281 del segundo año de la vida publica de Jesús, a partir del verso 4. Se encuentran en el templo de Jerusalen en la fiesta de los Tabernáculos.

Enlace capitulo 281