15/8/2016 Evangelio según San Lucas 1,39-56.

Solemnidad de la Asunción de la Virgen María

Santo(s) del día : San Esteban de Hungría
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Lecturas

Hoy celebramos la fiesta de la Asunción de nuestra querida madre del cielo, por la gracia de nuestro Señor que le mostró ese maravilloso suceso trascendental a Maria Valtorta junto con la visita de María a Isabel que corresponde al evangelio:

Capitulos

Tomo I Nacimiento y vida oculta de María y Jesús.

  1. La llegada de María a Hebrón y su encuentro con Isabel[1].[1] Cfr. Lc. 1, 39–55.
  2. Las jornadas en Hebrón. Los frutos de la caridad de María hacia Isabel. María revela el Nombre a Isabel

Tomo X Glorificación de Jesús y María

  1. El feliz tránsito de María
  2. Gloriosa asunción de María Santísima.
  3. Sobre el tránsito, la asunción y la realeza de María Santísima

El capitulo 22 responde al último versículo del evangelio de Lucas de este domingo.
El capitulo 651 cierra las enseñanzas de la obra El Evangelio como me fue revelado, con una gracia para los hombres de esta generación actual y que responde a las preguntas que muchos se hacen sobre este dogma de la Asunción de María.

El 10 de noviembre de 1950 el Papa Pío XII declaró que el hecho de que la Virgen María fuera llevada al cielo en cuerpo y alma es una verdad de fe que obliga a ser creída por todo católico.- San Alfonso Rodríguez vio un 15 de agosto cómo fue la recepción de la Santísima Virgen en el cielo el día de su llegada, y quedó extasiado, inmensamente emocionado.

San Esteban, Rey de Hungría, celebraba con mucha solemnidad la fiesta de la Asunción de María el 15 de agosto, y ese día fue llevado por Dios a la eternidad.- San Juan Berchmans, y San Estanislao de Kostka, jóvenes jesuitas, deseaban ir a celebrar en el cielo la fiesta de la Asunción. San Juan Berchmans murió el 14 de agosto, y San Estanislao en la mañana del 15, con el rosario en la mano y pronunciando los santísimos nombres de Jesús y María, y fueron a celebrar la gran fiesta de Asunción al cielo.

Santa Teresa dice que vio un día de la la Asunción cómo fue la llegada de la Santísima Virgen al cielo y que desde entonces quedó con el inmenso deseo de sufrir y trabajar con conseguirse un puesto en el paraíso.

“Y apareció en el cielo una mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies y 12 estrellas a su alrededor. Más impresionante que un ejército en orden de batalla”. ( Apocalipsis, 12)

Las visiones de Maria Valtorta que siguen van desde los ultimos momentos de vida de Maria en la tierra y la gloriosa Asunción, como asi tambien las palabras de reflexión de nuestro Señor sobre este misterio glorioso.

Como introducción a la lectura de MValtorta les transcribo las palabras rememoradas por Maria a Giuliana Crescio del libro “Mi vida en Nazaret”:

  1. – Estoy en la gruta de Massabielle, para escuchar allí súplicas y ruegos como en todo sitio donde soy amada y piensan en Mí.

Estoy en la gruta de Massabielle, para escuchar allí súplicas y ruegos como en todo sitio donde soy amada y piensan en Mí. Además vosotros habéis sentido allí mi presencia y mi dulzura para vosotros, mi dulzura para vosotros siempre, dondequiera que vosotros estéis. En la gruta de “Tre Fontane[1] estoy para escucharos todavía, allí Me he aparecido para confirmar mi asunción al Cielo en cuerpo y alma. ¡Mi cuerpo no podía corromperse! ¡Mi cuerpo ha llevado a Dios en sí y Dios trae vida, no trae muerte!

Mi cuerpo, unido a mi alma al final de mi tiempo, tuvo aquel dulce dormir: fue como un adormecerme y el despertar fue cuando me sentí transportada por los ángeles hacia el Paraíso. ¡No pequé, no podía morir ni siquiera en el cuerpo (y el alma nunca muere, va a gozar el premio o a padecer el castigo o a purificarse). Con mi cuerpo que subiendo se transformaba en cuerpo de gloria o bien se cambiaba en sí misma la sustancia, ¡era siempre Yo, Myriam, e iba a encontrar a mi Hijo! ¡El encuentro para siempre! Y así también vosotros encontraréis para siempre a aquellos que os esperan en el Paraíso. Alma y cuerpo siempre unidos, no tuve muerte ya que llevé la vida dando al mundo a mi Hijo, luz del mundo.

Alma y cuerpo unidos, no fue necesaria una separación ya que así tuvo que ser: tuve que ir intacta allá donde Jesús me esperó resucitado. ¡No tuve la muerte, tuve todo el dolor por la Pasión , en ver a Jesús herido y torturado, para verlo clavado en la Cruz , todo el dolor del mundo en Mí, en Él, por los pecados del mundo! Para salvar la humanidad que Jesús desea salva y feliz ya que, en el Padre, también Él la ha creado para un mundo mejor y maravilloso, no para la tierra, la tierra es un tránsito en la prueba.

Me sentía llevar, era ligera, estaba viva, era feliz, muy feliz: para Mí acababan las horas del dolor y la nostalgia… y cuando Jesús me vino al encuentro… “¡Immi, estás en casa!”. A veces en el recuerdo mi casa celeste parece aquella pequeña casa de Nazaret… Aquí se reviven los recuerdos más bellos. El cielo era cada vez más azul, el aire ligero… Entraba en la dimensión de la eternidad, entraba en el Reino del amor universal.

“Mi Reino no es de este mundo…” Él estuvo allí a esperarme en Su Reino. ¡Él os espera allá en Su Reino! ¿Cómo podía, ni aun por breve tiempo, morir aquel cuerpo que fue el cáliz de Aquel que trajo la vida? Yo no podía morir, sino sólo dulcemente dormir. ¡Cerré los ojos que veían cosas terrenales, los reabrí y vi cosas celestes! ¿La maravilla de lo que vi? Es el rostro de mi Hijo: “Immi, aquí no hay dolor, no hay nostalgia, no hay llanto!”. Y así será para vosotros, cuando vengáis a casa.

¡Aquí no hay horas, no hay tiempo, Aquí todo es para ser siempre y todo es siempre porque es! Una vida hecha de mil y mil dimensiones, todas de gozar, todas de vivir: ¡la vida!

Tiempo y espacio vencidos, Yo puedo ir a dondequiera que me lleva el pensamiento y me llama vuestro pensamiento.

En Lourdes Yo estaba allí y Bernardita me vio con el alma y con sus dulces ojos de carne. Y en Roma Yo estaba allí cuando dije a Bruno:

¡Mi cuerpo no podía corromperse![2]

21 de Julio de 1985, 18.00 horas

Glorificación de Jesús y María.

649. El feliz tránsito de María

21 de noviembre de 1951.

maxresdefault1       María, en su pequeño cuarto solitario situado arriba en la terraza, vestida enteramente de cándido lino (de cándido lino son la túnica que cubre sus miembros, y el manto que, sujeto en la base del cuello, desciende por sus espaldas, y el velo sutilísimo que le pende de la cabeza), está ordenando sus vestidos y los de Jesús, que siempre ha conservado. Elige los mejores. Estos mejores son pocos. De los suyos, toma la túnica y el manto que tenía en el Calvario; de los de su Hijo, una túnica de lino que Jesús acostumbraba a llevar en los días veraniegos y el manto encontrado en el Getsemaní, todavía manchado de la sangre brotada con el sudor sanguíneo de aquella hora tremenda.

Dobla bien estos indumentos, besa el manto ensangrentado de su Jesús, y se dirige hacia el arca en que están, ya desde hace años, recogidas y conservadas las reliquias de la última Cena y de la Pasión. Las reúne en una única parte, la superior, y pone todos los indumentos en la inferior.

2       Está cerrando el arca cuando Juan, que ha subido silenciosamente a la terraza, donde debe haber subido María a pasar las horas de la mañana, y se ha asomado a ver qué hace, quizás impresionado por su larga ausencia de la cocina, le hace volverse bruscamente al preguntarle:

-«¿Qué haces, Madre?».

-«He ordenado todo lo que conviene conservar. Todos los recuerdos… Todo lo que constituye un testimonio de su amor y dolor infinitos».

-«¿Por qué, Madre, volverte a abrir las heridas del corazón viendo de nuevo esas cosas tristes? Sufres viéndolas, porque estás pálida y tu mano tiembla»

le dice Juan acercándose a Ella, como temiendo que –tan pálida y temblorosa como está– pueda sentirse mal y caer al suelo.

-«¡Oh, no es por eso por lo que estoy pálida y tiemblo! No es porque se me abran de nuevo las heridas… que, en verdad, nunca se han cerrado completamente. En realidad, siento en mí paz y gozo, una paz y un gozo que nunca han sido tan completos como ahora».

-«¿Nunca como ahora! No entiendo… A mí el ver esas cosas, llenas de atroces recuerdos, me hace renacer la angustia de aquellas horas. Y yo soy sólo un discípulo suyo; tú eres su Madre…».

«Y, como tal, debería sufrir más, quieres decir. Y, humanamente, no yerras. Pero no es así. 3 Yo estoy acostumbrada a soportar el dolor de las separaciones de El. Siempre dolor porque su presencia y cercanía eran mi Paraíso en la Tierra. Pero también   siempre con buena disposición y serenamente sufridas, porque todos sus actos respondían a la Voluntad del Padre suyo, eran actos de obediencia a la Voluntad divina, y, por tanto, yo lo aceptaba porque yo también he obedecido siempre a los deseos y planes de Dios para mí. Cuando Jesús me dejaba, sufría. ¡Claro! Me sentía sola. El dolor que sufrí cuando, siendo niño, me dejó ocultamente por el debate con los doctores del Templo, sólo Dios lo ha medido en su más auténtica intensidad; y, a pesar de ello, aparte de la justa pregunta que, como madre, le hice por haberme dejado así, no le dije nada más. Y tampoco le retuve cuando me dejó para manifestarse como Maestro… y ya había enviudado de José, y, por tanto, estaba sola, en una ciudad que, excepción hecha de algunas escasas personas, no me quería. Y no mostré estupor por su respuesta en el banquete de Caná. El hacía la voluntad del Padre, yo le dejaba libre para hacerla.

Podía llegar a darle un consejo o a pedirle algo: un consejo sobre los discípulos, una súplica por algún desdichado. Pero más, no. Yo sufría cuando me dejaba para ir al mundo, a ese mundo que le era hostil, a ese mundo tan pecador, que el hecho de vivir en él le resultaba ya un sufrimiento. ¡Pero, cuánta alegría cuando volvía! Era una alegría tan profunda, que me compensaba setenta veces siete el dolor de la separación.

Desgarrador fue el dolor de la separación que siguió a su Muerte, pero ¿con qué palabras podré expresar el gozo que sentí cuando se me apareció resucitado? Inmensa fue la pena de la separación por su regreso al Padre, una pena sin término hasta la finalización de mi vida terrena. 4 Ahora experimento el gozo, inmenso gozo como inmensa ha sido la pena, porque siento que mi vida toca a su fin. He hecho cuanto debía hacer. He terminado mi misión terrena. La otra, la celeste, no tendrá fin[1]. Dios me ha dejado en esta Tierra hasta que he consumado –yo también, como mi Jesús– todo lo que debía consumar. Y tengo dentro de mí esa secreta alegría –única gota de bálsamo en medio de sus amarguísimos, finales, atroces sufrimientos– que tuvo Jesús cuando pudo decir:

“Todo está consumado”».

-«¿Alegría en Jesús? ¿En aquella hora?».

-«Sí, Juan. Una alegría incomprensible para los hombres, pero comprensible para los espíritus que ya viven en la luz de Dios y ven las cosas profundas, escondidas bajo los velos que el Eterno corre sobre sus secretos de Rey, gracias a esa luz. Yo, tan angustiada como estaba, profundamente turbada por lo que estaba sucediendo, asociada a El, a mi Hijo, en el abandono en las manos del Padre, no comprendí en esos momentos. La Luz se había apagado para todo el mundo, que no la había querido acoger. Y también para mí. No por un justo castigo, sino porque, debiendo ser la Corredentora, yo también debía padecer la angustia del abandono de los consuelos divinos, la tiniebla, la desolación, la tentación de Satanás de que no creyera ya posible lo que El había dicho; todo lo que El padeció en el espíritu desde el Jueves hasta el Viernes. Pero luego comprendí. Cuando la Luz, resucitada para siempre, se me apareció, comprendí. Todo. Incluso la secreta, final alegría de Cristo cuando pudo decir: “Todo lo que el Padre quería que llevara a cabo lo he cumplido. He colmado la medida de la caridad divina amando al Padre hasta el sacrificio de mí mismo, amando a los hombres hasta morir por ellos. Todo lo que debía llevar a cabo lo he cumplido. Muero lacerado en mi carne inocente, pero contento en el espíritu”. Yo también he cumplido todo lo que, Aba eterno, estaba escrito que cumpliera. Desde la generación del Redentor hasta la ayuda a vosotros, sus sacerdotes, para que os formarais perfectamente. 5 La Iglesia, actualmente, está formada y es fuerte. El Espíritu Santo la ilumina, la sangre de los primeros mártires la une sólidamente y multiplica[2]; mi ayuda ha cooperado en hacer de Ella un organismo santo, al que la caridad hacia Dios y hacia los hermanos alimenta y fortalece cada vez más, y donde los odios, rencores, envidias, maledicencias, malvadas plantas de Satanás, no arraigan. Dios está contento de ello, y quiere que lo sepáis a través de mis labios, como también quiere que os diga que continuéis creciendo en la caridad para poder crecer en la perfección, y lo mismo en número de cristianos y en potencia de doctrina. Porque la doctrina de Jesús es doctrina de amor. Porque la vida de Jesús, y también la mía, estuvieron siempre guiadas y movidas por el amor[3].

Ninguno fue rechazado por nosotros, a todos los perdonamos; sólo a uno no pudimos otorgarle el perdón, porque él, siendo ya esclavo del Odio, no quiso nuestro amor sin límites. Jesús, en su último adiós antes de la muerte, os mandó que os amarais los unos a los otros. Y os dio incluso la medida del amor que debíais guardaros, diciéndoos[4]:

“Amaos los unos a los otros como Yo os he amado. Por esto se sabrá que sois mis discípulos”. La Iglesia, para vivir y crecer, tiene necesidad de la caridad. Caridad, sobre todo, en sus ministros. Si no os amarais entre vosotros con todas vuestras fuerzas, y, de la misma manera, no amarais a vuestros hermanos en el Señor, la Iglesia se haría estéril, y raquítica y escasa sería la nueva creación y la supercreación de los hombres, para el grado de hijos del Altísimo y coherederos del Reino del Cielo, porque Dios dejaría de ayudaros en vuestra misión. Dios es Amor. Todos sus actos han sido actos de amor.

Desde la Creación hasta la Encarnación[5], desde ésta hasta la Redención[6], desde ésta, a su vez, hasta la fundación de la Iglesia[7], y, en fin, desde ésta hasta la Jerusalén celestial, que recogerá a todos los justos para que exulten en el Señor. 6 Te digo a ti estas cosas porque eres el Apóstol del amor y las puedes comprender mejor que los otros…».

Juan la interrumpe diciendo:

-«También los otros aman y se aman».

-«Sí. Pero tú eres el Amante por excelencia. Cada uno de vosotros tuvo siempre una característica, como, por lo demás, la tienen todas las criaturas. Tú, en el número de los doce, fuiste siempre el amor, el puro y sobrenatural amor. Quizás –es más, ciertamente– por ser tan puro amas tanto. ¿Y Pedro? Pedro fue siempre el hombre, el hombre auténtico e impetuoso. Su hermano, Andrés, tuvo todo el silencio y timidez que el otro no tenía. Santiago, tu hermano, impulsivo, tanto que Jesús le llamó hijo del trueno. El otro Santiago, hermano de Jesús, justo y heroico. Judas de Alfeo, su hermano, noble y leal, siempre; la descendencia de David era evidente en él. Felipe y Bartolomé eran los tradicionalistas. Simón el Zelote, el prudente. Tomás, el pacífico. Mateo, el hombre humilde que, teniendo presente su pasado, trataba de pasar inadvertido. Y Judas de Keriot, ¡Ay!, la oveja negra del rebaño de Cristo, la serpiente que recibió el calor de su amor, fue el satánico embustero, siempre. Pero tú, todo tú amor, puedes comprender mejor y ser voz de amor para todos los otros, para los lejanos, para transmitirles este último consejo mío. Les dirás que se amen y que amen a todos, incluso a sus perseguidores, para ser una sola cosa con Dios, como yo lo fui, hasta el punto de merecer ser elegida esposa del Amor eterno para concebir a Cristo.

7 Yo me he entregado a Dios sin medida, aun comprendiendo desde el primer momento cuánto dolor me habría acarreado ello. Los profetas estaban presentes en mi mente, y sus palabras la luz divina me las hacía clarísimas. Por tanto, desde mi primer “fiat” al Angel, supe que me consagraba al mayor de los dolores que madre alguna pudiera padecer. Pero nada puso límite a mi amor. Porque yo sé que el amor es, para cualquiera que lo use, fuerza, luz, imán que atrae hacia arriba, fuego que purifica y hace hermoso todo lo que enciende, y transforma y transhumana a todos los que ciñe en su abrazo. 8 Sí, el amor es realmente llama. Es llama que, aun destruyendo todo lo caduco, hace de ello –aunque se trate de un desecho, un detrito, un despojo de hombre– un espíritu purificado y digno del Cielo. ¡Cuántos desechos, cuántos hombres manchados, corroídos, acabados, encontraréis en vuestro camino de evangelizadores! No despreciéis a ninguno de ellos. Antes al contrario, amadlos, para que nazcan al amor y se salven. Infundid en ellos la caridad. Muchas veces el hombre se hace malo porque nadie le amó nunca o le amó mal. Vosotros amadlos para que el Espíritu Santo vaya de nuevo a vivir después de la purificación –en esos templos vaciados y ensuciados por muchas cosas–. Dios, para crear al hombre no tomó un ángel, ni materia selecta; tomó barro, la materia más abyecta. Luego, infundiendo en ella su soplo, o sea, otra vez su amor, elevó la materia abyecta al excelso grado de hijo adoptivo[8] de Dios. Mi Hijo, en su camino, encontró muchos seres humanos caídos en el fango y que eran verdaderos despojos. No los pisó con desprecio. Al contrario, con amor los recogió y acogió, y los transformó en elegidos del Cielo. Recordad esto siempre. Y actuad como El actuó.

9 Recordad todo, hechos y palabras de mi Hijo. Recordad sus dulces parábolas, vividlas, o sea, ponedlas en práctica; y escribidlas para que tengan constancia de ellas los que vengan después hasta el final de los siglos, para que sean siempre guía de los hombres de buena voluntad para que consigan la vida y gloria eternas. No podréis, no, repetir todas las luminosas palabras de la eterna Palabra de Vida y Verdad; pero escribid cuantas más podáis escribir. El Espíritu de Dios, que descendió sobre mí para que diera al Salvador al mundo, y que descendió también sobre vosotros en dos ocasiones, os ayudará a recordar y a hablar a las gentes de forma que las convirtáis al verdadero Dios. Continuaréis así la maternidad espiritual que empecé yo en el Calvario[9]611 para dar muchos hijos al Señor. Y el propio Espíritu, hablando en los hijos del Señor de nuevo creados, los fortalecerá de tal manera, que para ellos será dulce el morir entre tormentos, padecer el destierro y la persecución, con tal de confesar su amor a Cristo y unirse a El en el Cielo, como ya hicieron Esteban y Santiago, mi Santiago, y otros más[10]612… 10 Cuando, estés solo, salva esta arca…».

Juan, palideciendo y turbándose, más pálido aún de lo que ya se ha puesto cuando María ha dicho que siente cumplida su misión, la interrumpe exclamando y preguntando:

-«¡Madre! ¿Por qué dices esto? ¿Te sientes mal?».

«No».

-«¿Entonces es que quieres dejarme?».

«No. Estaré contigo mientras esté en la Tierra. Pero prepárate, Juan mío, a estar solo» .

-«¡Pero, entonces es que te sientes mal y quieres ocultármelo!…».

-«No, créeme. Nunca me he sentido con tantas fuerzas, con tanta paz, con tanta alegría, como ahora. Tengo dentro de mí un gozo tal, una tan gran plenitud de vida sobrenatural, que… sí, que pienso que no podré soportarla siguiendo viva. Además, no soy eterna. Debes comprenderlo. Eterno es mi espíritu; la carne, no; y está sujeta, como todo cuerpo humano, a la muerte».

-«¡No! ¡No! No digas eso. ¡Tú no puedes, no debes, morir! ¡Tu cuerpo inmaculado no puede morir como el de los pecadores!».

-«Estás en un error, Juan. ¡Mi Hijo murió! Yo también moriré. No conoceré la enfermedad, la agonía, el angustioso sufrimiento de la muerte. Pero, morir, moriré. Y, además, has de saber, hijo mío, que si tengo un deseo entera y solamente mío, y que permanece desde que El me dejó, es precisamente éste. Este es el primero, intenso deseo del todo mío. Es más, puedo decir: la primera voluntad mía. Todas las otras cosas de mi vida no fueron sino consentimiento de mi voluntad a la Voluntad divina. Voluntad de Dios, puesta por El mismo en mi corazón de niña, fue el querer ser virgen; voluntad suya, mi boda con José; voluntad suya, mi Maternidad virginal y divina. Todo en mi vida ha sido voluntad de Dios, y obediencia mía a su voluntad. Pero ésta, la voluntad de querer unirme de nuevo a Jesús, es voluntad del todo mía. ¡Dejar la Tierra por el Cielo, para estar con El eterna y continuamente! ¡Mi deseo de hace ya muchos años! Y ahora siento que próximamente se va a hacer realidad.

11 ¡No te turbes de esa manera, Juan! Escucha, más bien, mis últimos deseos. Cuando mi cuerpo, ausente ya de él el espíritu vital, yazca en paz, no me sometas a los embalsamamientos habituales entre los hebreos. Ya no soy la hebrea, sino la cristiana, la primera cristiana, si bien se piensa, porque fui la primera que tuvo a Cristo, Carne y Sangre, en mí, porque fui su primera discípula, porque fui con El Corredentora y continuadora suya aquí, entre vosotros, siervos suyos. Ningún ser humano, excepto mi padre y mi madre y los que asistieron a mi nacimiento, vio mi cuerpo. Tú a menudo me llamas: “Arca verdadera que contuvo a la Palabra divina”. Ahora bien, tú sabes que sólo el Sumo Sacerdote puede ver el Arca[11]. Tú eres sacerdote, y mucho más santo y puro que el Pontífice del Templo. Pero yo quiero que sólo el eterno Pontífice pueda ver, en su debido momento, mi cuerpo. Por eso, no me toques. Además… ya ves que me he purificado y me he puesto la túnica pura, el vestido de los esponsales eternos… 12 Pero, ¿por qué lloras, Juan?».

-«Porque la tempestad del dolor se desencadena dentro de mí. ¡Me doy cuenta de que voy a perderte pronto! ¿Cómo podré vivir sin ti? ¡Siento desgarrárseme el corazón ante este pensamiento! ¡No resistiré este dolor!».

-«Resistirás. Dios te ayudará a vivir, y mucho tiempo, como me ayudó a mí. Porque si El no me hubiera ayudado en el Gólgota y en el Monte de los Olivos, cuando Jesús murió y cuando Jesús ascendió al Cielo, habría muerto, como murió Isaac. Te ayudará a vivir y a recordar todo lo que te he dicho antes, para el bien de todos».

-«¡Oh, lo recordaré todo! Y haré todo lo que deseas, y lo que has dicho respecto a tu cuerpo. Yo también comprendo que los ritos hebreos para ti ya no sirven, para ti, cristiana, para ti, la Purísima que –estoy seguro de ello– no conocerá en su carne la corrupción. No puede tu cuerpo, divinado como ningún otro cuerpo de mortal –por no haber tenido Pecado original y, más aún, porque además de la plenitud de la Gracia contuviste en ti a la Gracia misma, al Verbo; por lo cual tú eres la más verdadera reliquia suya–, conocer la descomposición, la podredumbre de toda carne mortal. Será éste el último milagro de Dios a ti, en ti. Serás conservada como eres ahora…».

-«¡No sigas llorando!»

exclama María mirando a la cara desencajada, enteramente bañada en lágrimas, del apóstol. Y añade:

-«Si voy a conservarme como soy ahora, no me perderás. ¡Así que no te angusties!».

-«Te perderé de todas formas, aunque permanezcas incorrupta. Y me siento como atrapado por un huracán de dolor, un huracán que me quebranta y me abate. Tú eras mi todo, especialmente desde la muerte de mis padres y desde que los otros hermanos, de sangre y de misión, están lejos, incluido el queridísimo Margziam al que Pedro ha tomado consigo. ¡Ahora me quedaré solo, y en medio de la más fuerte tempestad!»,

y Juan cae a sus pies, llorando aún más fuertemente.

13 María se agacha hacia él, le pone una mano sobre la cabeza, que se mueve por los sollozos y le dice:

-«No. Así no. ¿Por qué me das dolor? Tan fuerte como fuiste al pie de la Cruz… ¡y era una escena de horror sin igual, por la intensidad del martirio y por el odio satánico del pueblo! ¡Tan fuerte, tan consolador para El y para mí, en aquel momento… ¿y hoy, en el atardecer de un sábado tan sereno y sosegado, y ante mí, que exulto por el inminente gozo que presiento, te turbas de esta manera?! Cálmate. Imita a todo lo que nos rodea, a todo lo que está dentro de mí; es más: únete a ello. Todo es paz.

Ten paz tú también. Sólo los olivos rompen, con su leve frufrú, la calma absoluta de esta hora. Pero ¡es tan dulce este susurro, que parece un vuelo de ángeles en torno a la casa! Y quizás están realmente los ángeles, porque siempre los ángeles estuvieron cerca de mí, uno o muchos, cuando me encontraba en un momento especial de mi vida. Estuvieron en Nazaret cuando el Espíritu de Dios hizo fecundo mi seno virgen. Y estuvieron con José cuando estaba turbado y titubeante, por mi estado y respecto a cómo comportarse conmigo. Y en Belén en dos ocasiones: cuando nació Jesús y cuando tuvimos que huir a Egipto. Y en Egipto, cuando nos dieron la orden de volver a Palestina. Y a las pías mujeres –si no a mí, fue porque el propio Rey de los ángeles había venido a mí– se les aparecieron ángeles en el amanecer del primer día después del sábado, y dieron la orden de decirte a ti y de decirle a Pedro lo que debíais hacer. Angeles y luz, siempre, en los momentos decisivos de mi vida y de la de Jesús. Luz y ardor de amor que, descendiendo del trono de Dios a mí, su sierva, y subiendo de mi corazón a Dios, mi Rey y Señor, nos unían a mí con Dios y a Dios conmigo, para que se cumpliera todo lo que estaba escrito que había de cumplirse, y también para crear un entrecielo de luz extendido sobre los secretos de Dios, de forma que Satanás y sus siervos no conocieran, antes del tiempo justo, el cumplimiento del misterio sublime de  la Encarnación. 14 También en este atardecer siento, aunque no los vea, a los ángeles en torno a mí. Y siento que crece en mí, dentro de mí, la luz, una irresistible luz, como la que me envolvió cuando concebí al Cristo, cuando le di al mundo; luz que viene de un impulso de amor más poderoso que el habitual en mí. Por una potencia de amor similar a ésta, arrebaté, antes del tiempo, del Cielo al Verbo, para que fuera el Hombre y Redentor[12]. Por una potencia de amor como la que me acomete en este anochecer, espero ser raptada por el Cielo y que el Cielo me lleve al lugar a donde deseo ir con mi espíritu para cantar, eternamente, con el pueblo de los santos y los coros de los ángeles, mi imperecedero[13] “Magníficat” a Dios por las grandes cosas que ha hecho en mí, su sierva».

-«No sólo con el espíritu, probablemente. Y a ti te responderá la Tierra, la cual con sus pueblos y naciones te glorificará y te honrará mientras el mundo exista, como bien predijo, aunque veladamente, de ti Tobit[14], porque la que verdaderamente ha llevado en sí al Señor eres tú, y no el Santo de los Santos. Tú has dado a Dios, tú sola, tanto amor cuanto no le han dado todos los Sumos Sacerdotes y todos los otros del Templo en siglos y siglos. Un amor ardiente y purísimo. Por eso, Dios te hará felicísima».

-«Y cumplirá mi único deseo, mi única voluntad. Porque el amor, cuando es tan total, que es casi perfecto como el de mi Hijo y Dios, todo lo obtiene, incluso lo que para el juicio humano parecería imposible de obtenerse. Recuerda esto, Juan. 15 Y di también esto a tus hermanos. ¡Seréis muy hostigados! Obstáculos de todo tipo os harán temer una derrota, matanzas por parte de los perseguidores, deserción por parte de cristianos de moral… iscariótica deprimirán vuestro espíritu. No temáis. Amad y no temáis. En la proporción de vuestro modo de amar Dios os ayudará y os hará triunfar sobre todo y sobre todos. Todo obtiene el que se hace serafín. Entonces el alma, esa admirable, eterna cosa que es el mismo soplo de Dios, por El infundido en  nosotros[15], se proyecta poderosamente hacia el Cielo, cae como llama a los pies del divino trono, habla con Dios y es escuchada por Dios, y obtiene del Omnipotente lo que desea. Si los hombres supieran amar como ordena la antigua Ley[16] y como amó y enseño a amar mi Hijo, todo lo obtendrían. 16 Yo amo así. Por eso siento que dejaré de estar en la Tierra, yo por exceso de amor, como El murió por exceso de dolor. La medida de mi capacidad de amar está colmada. ¡Mi alma y mi carne no pueden ya contenerla! El amor rebosa de ellas, me sumerge y al mismo tiempo me eleva hacia el Cielo, hacia Dios, mi Hijo. Y su voz me dice: “¡Ven! ¡Sal! ¡Sube a nuestro trono y a nuestro trino abrazo!”. ¡La Tierra, todo lo que me rodea, desaparece en la gran luz que del Cielo me viene! ¡Los sonidos quedan cubiertos por esta voz celestial! ¡Ha llegado para mí la hora del abrazo divino, Juan mío!».

17     Juan, que, escuchando a María, se había calmado un poco aunque permanecía turbado, y que en la última parte de sus palabras la miraba extático, casi arrobado también él, palidísimo su rostro como el de María, cuya palidez de todas formas se va lentamente transformando en luz blanquísima, acude a ella para sujetarla mientras exclama:

-«¡Tu aspecto es como el de Jesús cuando se transfiguró en el Tabor[17]! ¡Tu carne resplandece como luna, tus vestiduras relucen como lastra de diamante colocada frente a una llama blanquísima! ¡Ya no eres humana, Madre! ¡La pesantez y la opacidad de la carne han desaparecido! ¡Eres luz! Pero no eres Jesús. El, siendo Dios además de Hombre, podía sostenerse por sí solo en el Tabor, como aquí en el Monte de los Olivos en su Ascensión. Tú no puedes. No te sostienes. Ven. Te ayudo yo a reclinar en tu lecho tu cuerpo rendido y bienaventurado. Descansa».

Y, amorosísimamente, la lleva hasta el modesto lecho sobre el que María se extiende sin quitarse siquiera el manto.

18 Recogiendo los brazos sobre el pecho, celando sus dulces ojos, fúlgidos de amor, con sus párpados, dice a Juan, que está inclinado hacia Ella:

-«Yo estoy en Dios y Dios está en mí[18]. Mientras le contemplo y siento su abrazo, di los salmos y todas las otras páginas de la Escritura que a mí se aplican especialmente en este momento. El Espíritu de Sabiduría te las indicará[19]. Recita luego la oración de mi Hijo, repíteme las palabras del Arcángel anunciador y las que me dijo Isabel, y mi himno de alabanza… Yo te seguiré con todo lo que de mí tengo todavía en la Tierra…».

Juan, luchando contra el llanto que le sube del corazón, esforzándose en dominar la emoción que le turba, con esa bellísima voz suya que con el paso de los años se ha hecho muy semejante a la de Cristo –lo cual observa María con una sonrisa, diciendo: -«¡Me parece como si tuviera a mi lado a mi Jesús!»–, entona[20] el salmo 118 (lo recita casi por entero), luego los tres primeros versículos del 41, los ocho primeros del 38, el salmo 22 y el salmo 1. Dice luego el Padrenuestro, las palabras de Gabriel e Isabel, el cántico de Tobit, el capítulo 24 del Eclesiástico desde el verso 11 al 46; por último, entona el Magníficat. Pero, en llegando al noveno verso, se da cuenta de que María ya no respira, aun permaneciendo con postura y aspecto naturales; sonriente, calma, como si no hubiera advertido el cese de la vida[21].

Juan, con un grito de desgarro, se arroja al suelo, contra la orilla del lecho; y llama, llama a María. No sabe persuadirse de que Ella ya no puede responderle; de que su cuerpo ya no tiene el alma vital. ¡Pero, claro, tiene que rendirse a la evidencia! Se inclina hacia su cara, que ha quedado fija en una expresión de gozo sobrenatural, y copiosas lágrimas llueven de los ojos de Juan para caer sobre ese rostro delicado, sobre esas manos puras tan dulcemente cruzadas sobre el pecho. Es el único lavacro que recibe el cuerpo de María: el llanto del Apóstol del amor, de su hijo adoptivo por voluntad de Jesús[22].

19     Pasado el primer ímpetu de dolor, Juan, recordando el deseo de María, recoge los extremos del amplio manto de lino, que pendían de las orillas del lecho, y los del velo, que penden de la almohada, y extiende los primeros sobre el cuerpo y los segundos sobre la cabeza. María ahora asemeja a una estatua de cándido mármol extendida sobre la tapa de un sarcófago. Juan la contempla durante largo tiempo, y, mirándola, nuevas lágrimas caen de sus ojos.

Luego dispone de otra manera la habitación, quitando los enseres superfluos. Deja sólo: la cama; la pequeña mesa, contra la pared, sobre la que deposita el arca que contiene las reliquias; un taburete que coloca entre la puerta que da a la terraza y el lecho donde yace María; y una repisa sobre la que está la lamparita que Juan ha encendido (porque ya va llegando la noche).

Presuroso, baja al Getsemaní para recoger todas las flores que puede encontrar, y ramas de olivo ya con olivas formadas. Vuelve a subir al pequeño cuarto y, a la luz de la lamparita, coloca las flores y las ramas alrededor del cuerpo de María; y el cuerpo queda como en el centro de una gran corona.

20     Mientras realiza esto, habla con María yacente, como si pudiera oírle. Dice:

-«Fuiste siempre lirio de los valles[23], rosa suave, oliva fértil, viña fructífera, espiga santa. Nos has dado tus perfumes[24], el Oleo de la vida y el Vino de los fuertes y el Pan[25]627 que preserva de la muerte al espíritu de quienes de él dignamente se nutren. Bien están en torno a ti estas flores, como tú sencillas y puras, como tú adornadas de espinas, como tú pacíficas. Ahora acercamos esta lamparita. Así, junto a tu lecho, para que te vele y me haga compañía mientras te velo, en espera de al menos uno de los milagros que espero, de los milagros por cuyo cumplimiento oro. El primero es que, según su deseo, Pedro, y los otros a los que mandaré avisar a través del servidor de Nicodemo, puedan verte todavía una vez. El segundo es que tú, de la misma forma que en todo seguiste la suerte de tu Hijo, como El te despiertes al tercer día, para no hacer de mí el dos veces huérfano. El tercero es que Dios me dé paz, si no se cumpliera lo que espero que en ti se cumpla, como se cumplió en Lázaro, que no era como tú. Pero, ¿y por qué no iba a cumplirse? Regresaron a la vida la hija de Jairo, el joven de Naím, el hijo de Teófilo… Verdad es que, entonces, obró el Maestro… Pero El está contigo, aunque no en modo visible. Y tú no has muerto por enfermedad, como los resucitados por obra de Cristo. ¿Pero tú realmente has muerto? ¿Has muerto como todo hombre muere? No. Siento que no. Tu espíritu no está ya en ti, en tu cuerpo, y en ese sentido esto tuyo podría llamarse muerte. Pero, por el modo en que tu tránsito ha sucedido, pienso que esto no es sino una transitoria separación de tu alma, sin culpa y llena de gracia, de tu purísimo y virginal cuerpo. ¡Debe ser así! ¡Es así! Cómo y cuándo tendrá lugar de nuevo la unión y la vida volverá a ti, no lo sé. Pero estoy tan seguro de ello, que me quedaré aquí, a tu lado, hasta que Dios, o con su palabra o con su acción, me muestre la verdad sobre tu destino».

Juan, que ha terminado de colocar todas las cosas, se sienta en el taburete, poniendo en el suelo, junto al lecho, la lamparita; y contempla, orando, a María yacente.

650. Gloriosa asunción de María Santísima.

8 de diciembre de 1951.

1       ¿Cuántos días han pasado? Es difícil establecerlo con seguridad. A juzgar por las flores que forman una corona alrededor del cuerpo exánime, debería decirse que han pasado pocas horas. Pero si se juzga por las ramas de olivo sobre las cuales están las flores frescas, ramas con hojas ya lacias, y por las otras flores mustias puestas –cada una de ellas como una reliquia– sobre la tapa del arca, se debe concluir que ya han pasado algunos días.

Pero el cuerpo de María presenta el aspecto que tenía instantes después de haber expirado. Ninguna señal de muerte hay en su cara, ni en sus pequeñas manos. Ningún olor desagradable hay en la habitación; es más, aletea en ella un perfume   indefinible, que huele a mezcla de incienso, lirios, rosas, muguetes y hierbas montanas.

Juan –a saber cuántos días lleva velando– se ha dormido vencido por el cansancio, sentado en el taburete, con la espalda apoyada en la pared, junto a la puerta abierta que da a la terraza. La luz de la lámpara, colocada en el suelo, le ilumina de abajo hacia arriba y permite ver su rostro cansado, palidísimo, excepto en torno a los ojos, enrojecidos por el llanto.

El alba debe haber empezado ya; en efecto, su débil claror hace visibles la terraza y los olivos que rodean a la casa, un claror que se va haciendo cada vez más intenso y que, entrando por la puerta, hace más nítidos los contornos de los objetos de la habitación, de esos objetos que, por estar lejos de la lamparita, antes apenas se vislumbraban.

2       De repente, una gran luz llena la habitación, una luz argéntea con tonalidades azules, casi fosfórica; y aumenta sin cesar, anulando la del alba y la de la lamparita. Una luz igual que la que inundó la gruta de Belén en el momento de la Natividad divina. Luego, en esta luz paradisíaca, se hacen visibles criaturas angélicas (luz aún más espléndida en la luz, ya de por sí poderosísima, que ha aparecido antes). Como ya sucedió cuando los ángeles se aparecieron a los pastores, una danza de centellas de todos los colores surge de sus alas dulcemente agitadas, de las cuales procede un armónico susurro ornado de arpegios, dulcísimo.

cmaytn3wgaajeugLas criaturas angélicas se disponen en corona en torno al lecho, se inclinan hacia él, levantan el cuerpo inmóvil y, con un batir más fuerte de sus alas –que aumenta el sonido que antes existía–, por una abertura que se ha creado prodigiosamente en el techo (como prodigiosamente se abrió el Sepulcro de Jesús), se van, llevándose consigo el cuerpo de su Reina, santísimo, sin duda, pero aún no glorificado y, por tanto, sujeto a las leyes de la materia, sujeción que no tuvo Cristo porque cuando resucitó de la muerte ya estaba glorificado[26]. El sonido producido por las alas angélicas aumenta, y ahora es potente como sonido de órgano.

3       Juan, que ya –aun permaneciendo adormecido– se había movido dos o tres veces en su taburete, como si le molestaran la gran luz y el sonido de las alas angélicas, se despierta totalmente por ese sonido potente y por una fuerte corriente de aire que, descendiendo del techo destapado y saliendo por la puerta abierta, forma como un remolino que agita las cubiertas del lecho ya vacío y las vestiduras de Juan, y que apaga la lámpara y cierra, con un fuerte golpe, la puerta abierta.

El apóstol mira a su alrededor, todavía soñoliento, para percatarse de lo que está sucediendo. Se da cuenta de que el lecho está vacío y el techo está descubierto. Intuye que ha tenido lugar un prodigio. Sale corriendo a la terraza y, como por un instinto espiritual, o por llamada celeste, alza la cabeza protegiendo sus ojos con la mano para mirar sin el obstáculo del naciente Sol.

william-adolphe-bouguereau-1825-1905-la-asuncic3b3n-de-la-virgen-18754       Y ve. Ve el cuerpo de María, todavía inerte, e igual en todo al de una persona que duerme; le ve subir cada vez más alto, sostenido por la multitud angélica. Como dirigiendo un último saludo, un extremo del manto y del velo se mueven, quizás por la acción del viento producido por la rápida asunción y por el movimiento de las alas angélicas; y unas flores, las que Juan había colocado y renovado alrededor del cuerpo de María, y que se habían quedado entre los pliegues de las vestiduras, llueven sobre la terraza y la tierra del Getsemaní, mientras el potente himno de alabanza de la multitud angélica se va haciendo cada vez más lejano y, por tanto, más leve.

Juan sigue mirando fijamente a ese cuerpo que sube hacia el Cielo y, sin duda, por un prodigio que Dios le concede, para consolarle o premiarle por su amor a su Madre adoptiva, ve, con claridad, que María, envuelta ahora por los rayos del Sol, que ya ha salido, sale del éxtasis que le ha separado el alma del cuerpo, vuelve a la vida y se pone en pie (porque ahora Ella también goza de los dones propios de los cuerpos glorificados).

Juan mira, mira… el milagro que Dios le concede le da la facultad, contra toda ley natural, de ver a María como es ahora mientras sube en rapto hacia el Cielo, rodeada, ya no ayudada a subir, por los ángeles que entonan cantos de júbilo. Y Juan se ve raptado por esa visión de hermosura que ninguna pluma usada por mano humana, ninguna palabra humana ni obra alguna de artista podrán jamás describir o reproducir, porque es de una belleza indescriptible.

649 3Juan, permaneciendo apoyado en el antepecho de la terraza, sigue mirando fijamente esa espléndida y resplandeciente forma de Dios –porque realmente puede llamarse así a María, formada en modo único por Dios, que la quiso inmaculada, para que fuera forma para el Verbo encarnado– que sube cada vez más. Y un último, supremo prodigio concede Dios–Amor a este perfecto amante suyo: el de ver el encuentro de la Madre Santísima con su Santísimo Hijo, quien –también El espléndido y resplandeciente, hermoso con una hermosura indescriptible– desciende rápido del Cielo, llega junto a su Madre, la abraza contra su corazón y, juntos, más refulgentes que dos astros mayores, con Ella regresa al lugar de donde ha venido[27].

5       La visión de Juan ha terminado. Baja la cabeza. En su rostro cansado están presentes el dolor por la pérdida de María y el júbilo por su glorioso destino. Pero ahora ya el júbilo supera al dolor.

Dice:

-«¡Gracias, Dios mío! ¡Gracias! Presentía que habría sucedido esto. Y quería estar en vela para no perder ningún episodio de su Asunción. ¡Pero llevaba ya tres días sin dormir! El sueño, el cansancio, unidos al dolor, me han abatido y vencido en el momento en que era inminente la Asunción[28]… Pero quizás Tú mismo lo has querido, Oh Dios, para que no perturbara ese momento y no sufriera demasiado… Sí, sin duda, Tú lo has querido así, de la misma forma que ahora has querido que viera lo que sin un milagro tuyo no habría podido ver. Me has concedido verla otra vez, aun estando ya muy lejana, ya glorificada y gloriosa, como si estuviera cerca de mí. ¡Y ver de nuevo a Jesús! ¡Oh, visión beatísima, inesperada, inesperable! ¡Oh, don de los dones de Jesús–Dios a su Juan! ¡Gracia suprema! ¡Volver a ver a mi Maestro y Señor! ¡Verle a El junto a su Madre! ¡El semejante a un sol y Ella a una luna[29]631, esplendidísimos ambos por su estado glorioso y por la felicidad de estar unidos de nuevo y eternamente! ¿Qué será el Paraíso, ahora que vosotros resplandecéis en él, vosotros, astros mayores de la Jerusalén celestial[30]? ¿Cuál será el júbilo de los angélicos coros y de los santos? Es tal la alegría que me ha producido el ver a la Madre con el Hijo –cosa que anula toda pena suya, toda pena de ambos–, que también mi pena cesa y, en su lugar, en mí entra la paz. De los tres milagros que había pedido a Dios, dos se han cumplido. He visto volver la vida a María, y siento que vuelve a mí la paz. Todas mis angustias cesan, porque os he visto unidos de nuevo en la gloria. Gracias por ello, Oh Dios. 6 Y gracias por haberme dado la forma de ver, incluso respecto a una criatura (santísima, pero, en todo caso, humana), cuál es el destino de los santos, cual será después del último juicio y la resurrección de los cuerpos y su nueva unión, su fusión con el espíritu subido al Cielo a la hora de la muerte[31]. No tenía necesidad de ver para creer. Porque siempre he creído firmemente en todas las palabras del Maestro. Pero muchos dudarán de que, después de siglos y milenios, la carne, convertida en polvo, pueda volver a ser cuerpo vivo. A éstos les podré decir, jurando por las cosas más excelsas, que no sólo Cristo volvió a la vida, por su propio poder divino, sino que también la Madre suya, tres días después de la muerte, si tal muerte puede llamarse muerte, reprendió vida, y, con la carne unida de nuevo al alma, tomó su eterna morada en el Cielo, al lado de su Hijo. Podré decir:

“Creed, cristianos todos, en la resurrección de la carne al final de los siglos, y en la vida eterna del alma y de los cuerpos, vida bienaventurada para los santos y horrenda para los culpables impenitentes. Creed y vivid como santos, de la misma forma que como santos vivieron Jesús y María, para alcanzar su mismo destino. Yo vi a sus cuerpos subir al Cielo. Os lo puedo testificar. Vivid como justos para poder un día estar en el nuevo mundo eterno, en alma y cuerpo, junto a Jesús–Sol y junto a María, Estrella de todas las estrellas”. ¡Gracias otra vez, Oh Dios! 7 Y ahora recojamos todo lo que queda de Ella. Las flores que han caído de sus vestiduras, las ramas de olivo que han quedado en su lecho, y conservémoslo. Servirán… sí, servirán para ayudar y consolar a mis hermanos, en vano esperados. Antes o después los encontraré…».

Recoge incluso los pétalos de las flores que se han deshojado al caer. Y con las flores y pétalos en un extremo de su túnica, entra en la habitación.

8       Advierte entonces más atentamente la abertura del techo y exclama:

-«¡Otro prodigio! ¡Y otro admirable paralelismo en los prodigios de las vidas de Jesús y María! El, Dios, por sí sólo resucitó, y sólo con su voluntad volcó la piedra del Sepulcro, y sólo con su poder ascendió al Cielo. Por sí solo. Para María, santísima pero hija de hombre, con ayuda angélica se abrió la vía para su asunción al Cielo, y con ayuda angélica se ha verificado su asunción al Cielo. En Cristo el espíritu volvió a animar al Cuerpo mientras el Cuerpo estaba todavía en la Tierra, porque así debía ser, para hacer callar a sus enemigos y confirmar en la fe a todos sus seguidores. En María el espíritu ha vuelto cuando el santísimo Cuerpo estaba ya en el umbral del Paraíso, porque para Ella no era necesaria ninguna otra cosa. ¡Oh, potencia perfecta de la infinita Sabiduría de Dios!…» .

9       Juan ahora recoge en una tela las flores y las ramas que han quedado en el lecho, une a ello lo que había recogido afuera, y pone todo encima de la tapa del arca. Luego abre el arca y mete dentro la almohadita de María y la cubierta de la cama. Baja a la cocina, recoge otros objetos usados por Ella –el huso y la rueca y las piezas de la vajilla usados por Ella– y los une a las otras cosas.

10     Cierra el arca y se sienta en el taburete. Exclama:

-«¡Ahora todo está cumplido también para mí! ¡Ahora puedo marcharme, libremente, a donde el Espíritu de Dios me conduzca! ¡Ir y sembrar la divina Palabra que el Maestro me ha dado para que yo se la dé a los hombres! Enseñar el Amor. Enseñarlo para que crean en el Amor y en su poder.

Dar a conocer a los hombres lo que Dios–Amor ha hecho por ellos. Su Sacrificio y su Sacramento y Rito perpetuos por los que, hasta el final de los siglos, podremos estar unidos a Jesucristo por la Eucaristía y renovar el rito y el sacrificio como El mandó hacer. ¡Dones, todos ellos, del Amor perfecto! Hacer amar al Amor, para que crean en el Amor como nosotros hemos creído y creemos. Sembrar el Amor, para que sea abundante la recolección y la pesca, para el Señor. María me ha dicho, en sus últimas palabras, que el amor todo lo obtiene; en sus últimas palabras a mí, a quien Ella cabalmente ha definido, en el colegio apostólico, como el que ama, el amante por excelencia, la antítesis de Judas Iscariote, que fue el odio; como Pedro la impulsividad y Andrés la mansedumbre; y los hijos de Alfeo la santidad y sabiduría unidas a nobleza de modos; etc. Yo, el amante, ahora que ya no tengo ni al Maestro ni a la Madre, a quienes amar en la Tierra, iré a esparcir el amor entre las gentes. El amor será mi arma y doctrina. Y con él venceré al demonio y al paganismo, y conquistaré a muchas almas. Continuaré así a Jesús y a María, que fueron el amor perfecto en la Tierra».

[1] A semejanza de la misión de Jesús.

[2] Cfr. Hech. 4, 1–31; 5, 17–42; 6, 8 – 8, 3; 12, etc.

[3] Todo el cristianismo se mueve en el amor, porque Dios es Amor (1 Ju. 4, 8. 16). Cfr. Vol. 9, pág. 424, not. 509.

[4] Cfr. Ju. 13, 34–35.

[5] Ib. 3, 16.

[6] Cfr. Gál. 2, 19–20.

[7] Cfr. Hech. 2, 1–13; Ef. 5, 21–33

[8] Cfr. Gén. 2, 7

[9] Cfr. Ju. 19, 25–27. Cfr. también de Pio XII, su Encíclica “Mystici Corporis Christi” en Acta Apostolicae Sedis, vol. 35(1943), p. 247–248.

[10] Cfr. Hech. 6, 8 – 7, 60; 8, 1–3; 12, 1–2.

[11] Cfr. Ex. 25, 10–22; 37, 1–9; Lev. 16, etc.

[12] El lector puede ver sobre esta opinión de la escritora a S. Thomas Summa theologica, Pars III, qu. 2, art. 11, in corpore: a S. Buenaventura In III librum Sententiarum, Distinctio IV, art. 2, qu. 1, in Opera omnia, tom III, Ad claras aguas, 1887, pág. 105 (Scholion p. 106); al Card. A.M. Lepicier, O.S.M., Tractatus de Beatissima Virgine Maria, ed. 5. roma 1926, pág. 485.

[13] Esto es, inspirado. Cfr. Lc. 1, 46–55.

[14] Cfr. Tob. 13, 13–18

[15] Cfr. Gén. 2, 7.

[16] Cfr. Deut. 5, 32 – 6, 13 en lo que se refiere al amor a Dios, y Lev. 19, 15–18 en lo que toca al del próximo.

[17] Cfr. Mt. 17, 1–8; Mc. 9, 2.

[18] Cfr. Ju. 13, 20–23; 17, 20–26; 1 Ju. 4, 16; Ap. 3, 20–21.

[19] Cfr. Ju. 14, 23–26; 16, 12–15.

[20] los pasajes bíblicos que MV relaciona con referencia a la “vulgata”, pero que en la “neovulgada” se hallan, respectivamente, en: Salmo 119; Salmo 42, 1–3; Salmo 39, 1–8; Salmo 23; Salmo 1; Tobías 13; Eclesiástico 24.

[21] La hermosísima descripción de MV del tránsito de la Virgen, es un dechado de doctrina mística, comparable a la de la doctora de la Iglesia, Sta. Teresa de Avila. a) Aunque S. Teresa afirma la identidad entre alma y espíritu, habla sin embargo de una diferencia entre ambos (Cfr. Castillo interior, mansión 7, cap. 1. El el cap. 2 se lee: “No se puede decir más de que, a cuanto se puede entender, queda el alma, digo el espíritu de esta alma, hecho una cosa con Dios…) de igual manera Valtorta. b) S. Teresa dice que durante el éxtasis, el cuerpo puede quedar como exánime, y no respirar más, etc. (Vida, cap. 20; Castillo interior, cap. 1). La presente obra habla de igual modo respecto al cuerpo de María, durante el éxtasis de los éxtasis. c) Escribe S. Teresa que la fuerza del amor en algunos santos, ha llevado a Dios no sólo el espíritu o alma, sino también el cuerpo (Castillo interior, cap. 5). La presente obra señala como causa y explicación también del tránsito o Asunción de María, el divino amor excesivo que fue causa del grandísimo éxtasis final de su parte espiritual, y que arrebató de la tierra también su cuerpo virginal.

[22] Alusión a Ju. 19, 25–27.

[23] Alusión a Cant. 2, 1–2.

[24] Alusión a Eccli. 24, 14–23.

[25] Cfr. Sal. 103, 13–15

[26] La Asunción de María es dogma de fe, en la Iglesia católica. El modo con que se verificó la Asunción, no puede sostenerse con argumentos históricos que no hay. Esta obra, y hay que reconocerlo, da una descripción que se aleja de la de los Apócrifos, y se distingue por su sencillez, por la utilización de elementos dignos de fe, porque está en armonía con la sana doctrina, con hechos y prodigios descritos en otras narraciones bíblicas. Cfr. por ejemplo: Enoc; Gén. 5, 21–24; Eccli. 44, 16; 49, 16; Hebr. 11, 5; (Sab. 4, 7–14); Elías: 4 Rey. 2, 1–18; Eccli. 48, 1–15.

[27] Hace pensar en Cant. 8, 5, esto es, en uno de los pasos bíblicos que la tradición ha aplicado a la Virgen, sobre todo en su Asunción.

[28] Según esta obra, no hay tumba, no hay flores milagrosamente frescas, tampoco la presencia prodigiosa de los apóstoles. Tan sólo está Juan, que vencido del sueño, no vio nada al principio. Sin duda esta narración se separa completamente de la de los Apócrifos de hace muchos siglos y de otras recientes.

[29] Cfr. Ap. 12, 1–6.

[30] Ib. 21, 1 – 22, 15.

[31] Cfr. Constitución apostólica Munificentissimus Deus de Pio XII, pocas líneas antes de la definición.

651. Sobre el tránsito, la asunción y la realeza de María Santísima

18 de abril de 1948.

1 Dice María:

«¿Yo morí? Sí, si se quiere llamar muerte a la separación acaecida entre la parte superior del espíritu y el cuerpo; no, si por muerte se entiende la separación entre el alma vivificante y el cuerpo, la corrupción de la materia carente ya de la vivificación del alma y, antes, la lobreguez del sepulcro, y, como primera de todas estas cosas, el angustioso sufrimiento de la muerte[1].

¿Cómo morí, o, mejor, cómo pasé de la Tierra al Cielo, antes con la parte inmortal, después con la perecedera? Como era justo que fuera para la Mujer que no conoció mancha de culpa.

2       En ese anochecer –ya había empezado el descanso sabático– hablaba con Juan. De Jesús. De sus cosas. Aquella hora vespertina estaba llena de paz. El sábado había apagado todos los rumores de obras humanas. Y la hora apagaba toda voz de hombre o de ave. Sólo los olivos de alrededor de la casa emitían su frufrú con la brisa del anochecer: parecía como si un vuelo de ángeles acariciara las paredes de la casita solitaria.

Hablábamos de Jesús, del Padre, del Reino de los Cielos. Hablar de la Caridad y del Reino de la Caridad significa encenderse con el fuego vivo, consumir las cadenas de la materia para dejar libre al espíritu en sus vuelos místicos. Si el fuego está contenido dentro de los límites que Dios pone para conservar a las criaturas en la Tierra a su servicio, es posible arder y vivir, encontrando en el fuego no destrucción sino perfeccionamiento de vida. Pero cuando Dios quita los límites y deja libertad al Fuego divino de incidir sin medida en el espíritu y de atraerlo hacia sí sin medida, entonces el espíritu, respondiendo a su vez sin medida al Amor, se separa de la materia y vuela al lugar desde donde el Amor le incita y a donde el Amor le invita: y es el final del destierro y el regreso a la Patria.

Aquel atardecer, al ardor incontenible, a la vitalidad sin medida de mi espíritu, se unió una dulce postración, una misteriosa sensación de que la materia se alejaba de todo lo que la rodeaba; como si el cuerpo se durmiera, cansado, mientras el intelecto, avivado más su razonar, se abismara en los divinos esplendores.

Juan, amoroso y prudente testigo de todos mis actos desde que fue mi hijo adoptivo[2] según la voluntad de mi Unigénito, dulcemente me persuadió de que buscara descanso en el lecho, y me veló orando. El último sonido que oí en la Tierra fue el susurro de las palabras del virgen Juan. Para mí fueron como la nana de una madre junto a la cuna. Y acompañaron a mi espíritu en el último éxtasis, demasiado sublime como para ser descrito. Acompañaron a mi espíritu hasta el Cielo.

3       Juan, único testigo de este delicado misterio, me avió. El solo me avió, envolviéndome en el manto blanco, sin cambiarme de túnica ni de velo, sin lavacro y sin embalsamamiento. El espíritu de Juan –como se ve claro por sus palabras[3] del segundo episodio de este ciclo que va de Pentecostés a mi Asunción– ya sabía que no me iba a descomponer, e instruyó al apóstol sobre lo que había de hacerse. Y él, casto y amoroso, prudente respecto a los misterios de Dios y a los compañeros lejanos, decidió custodiar el secreto y esperar a los otros siervos de Dios, para que me vieran todavía y sacaran, de verme, consuelo y ayuda para las penas y fatigas de sus misiones. Esperó como estando seguro de que llegarían.

Pero el decreto de Dios era distinto. Como siempre, bueno para el Predilecto; justo, como siempre, para todos los creyentes. Cargó los ojos del primero, para que el sueño le ahorrara la congoja de ver cómo se le arrebataba también mi cuerpo; dio a los creyentes otra verdad que los ayudara a creer en la resurrección de la carne, en el premio de una vida eterna y bienaventurada concedida a los justos; en las verdades más poderosas y dulces del Nuevo Testamento –mi inmaculada Concepción[4], mi divina Maternidad virginal[5]–; en la naturaleza divina y humana de mi Hijo, verdadero Dios y verdadero Hombre, nacido no por voluntad carnal sino por desposorio divino y por divina semilla depositada en mi seno[6]; en fin, para que creyeran que en el Cielo está mi Corazón de Madre de los hombres, palpitante de vibrante amor por todos, justos y pecadores, deseoso de teneros a todos junto a sí, en la Patria bienaventurada, por toda la eternidad.

4       Cuando los ángeles me sacaron de la casita, ¿mi espíritu había vuelto a mí? No. El espíritu ya no tenía que bajar de nuevo a la Tierra. Estaba en adoración delante del trono de Dios. Pero cuando la Tierra, el destierro, el tiempo y el lugar de la separación de mi Señor Uno y Trino fueron dejados para siempre, entonces el espíritu volvió a resplandecer en el centro de mi alma, despertando a la carne de su dormición; por lo que es cabal hablar, respecto a mí, de Asunción al Cielo en alma y cuerpo, no por mi propia capacidad, como sucedió en el caso de Jesús, sino por ayuda angélica. Me desperté de aquella misteriosa y mística dormición, me alcé, en fin, volé, porque ya mi carne había conseguido la perfección de los cuerpos glorificados. Y amé. Amé a mi Hijo y a mi Señor, Uno y Trino, de nuevo hallados, los amé como es destino de todos los eternos vivientes».[7]

IIa. consideración o explicación

5 de enero de 1944.

5 Dice Jesús:

«Llegada su última hora, como una azucena cansada que, después de haber exhalado todos sus aromas, se pliega bajo las estrellas y cierra su cáliz de candor, María, mi Madre, se recogió en su lecho y cerró los ojos a todo lo que la rodeaba, para recogerse en una última, serena contemplación de Dios.

Velando reverente su reposo, el ángel de María esperaba ansioso que el éxtasis urgente separara ese espíritu de la carne, durante el tiempo designado por el decreto de Dios, y lo separara para siempre de la Tierra, mientras ya del Cielo descendía el dulce e invitante imperativo de Dios.

Inclinado también Juan, ángel terreno, hacia ese misterioso reposo, velaba a su vez a la Madre que estaba para dejarle. Y cuando la vio extinguida siguió velando, para que, no tocada por miradas profanas y curiosas, siguiera siendo, incluso más allá de la muerte, la inmaculada Esposa y Madre de Dios que tan plácida y hermosa dormía.

6      Una tradición dice que en la urna de María, abierta por Tomás, se encontraron sólo flores. Pura leyenda. Ningún sepulcro engulló el cadáver de María, porque nunca hubo un cadáver de María, según el sentido humano, dado que María no murió como todos los que tuvieron vida.

Ella se había separado, por decreto divino, sólo del espíritu, y con éste, que la había precedido, se unió de nuevo su carne santísima. Invirtiendo las leyes habituales, por las cuales el éxtasis termina cuando cesa el rapto, o sea, cuando el espíritu vuelve al estado normal, fue el cuerpo de María el que se unió de nuevo con el espíritu, después de la larga permanencia en el lecho fúnebre.

Todo es posible para Dios[8]. Yo salí del Sepulcro sin ayuda alguna; sólo con mi poder. María vino a mí, a Dios, al Cielo, sin conocer el sepulcro con su horror de podredumbre y lobreguez. Es uno de los más fúlgidos milagros de Dios. No único, en verdad, si se recuerda a Enoc y a Elías[9], quienes, por el amor que el Señor les tenía, fueron raptados de la Tierra sin conocer la muerte, y fueron transportados a otro lugar, a un lugar que sólo Dios y los celestes habitantes de los Cielos conocen. Justos eran, y, de todas formas, nada respecto a mi Madre, la cual es inferior en santidad sólo a Dios[10].

Por eso no hay reliquias del cuerpo y del sepulcro de María, porque María no fue sepultada[11], y su cuerpo fue elevado al Cielo».

IIIa. consideración o explicación

8 y 15 de julio de 1944.

7 Dice María:

«Un éxtasis fue la concepción de mi Hijo. Un éxtasis aún mayor el darle a luz. El éxtasis de los éxtasis fue mi tránsito de la Tierra al Cielo. Sólo durante la Pasión ningún éxtasis hizo soportable mi atroz sufrimiento.

8       La casa en que se produjo mi Asunción se debió a uno de los innumerables actos de generosidad de Lázaro para con Jesús y su Madre: la pequeña casa del Getsemaní cercana al lugar de la Ascensión. Inútil es buscar los restos. Durante la destrucción de Jerusalén, por obra de los romanos[12], fue devastada, y sus ruinas fueron dispersadas durante el transcurso de los siglos».

IVa. consideración o explicación

18 de diciembre de 1943.

9 Dice María:

«De la misma forma que para mí fue un éxtasis el nacimiento de mi Hijo, y que, del rapto en Dios que en aquella hora se apoderó de mí, volví a la presencia de mí misma y a la Tierra teniendo ya a mi Hijo en los brazos, así mi impropiamente llamada “muerte” fue un rapto en Dios.

Confiando en la promesa recibida en el esplendor de la mañana de Pentecostés, yo pensaba que el acercamiento de la hora de la última venida del Amor, para llevarme consigo, debía manifestarse con un aumento del fuego de amor que siempre ardía en mí; y no me equivoqué.

Por parte mía, a medida que iba pasando la vida, en mí iba aumentando el deseo de fundirme con la eterna Caridad. Me instaba a ello el deseo de unirme de nuevo con mi Hijo, y la certidumbre de que nunca haría tanto por los hombres como cuando estuviera, orando y obrando en favor de ellos, a los pies del trono de Dios. Y con impulso cada vez más encendido y acelerado, con todas las fuerzas de mi alma, gritaba al Cielo[13]: “¡Ven, Señor Jesús! ¡Ven, Eterno Amor!”.

10     La Eucaristía, que para mí era como el rocío para una flor sedienta, era, sí, vida; pero a medida que iba pasando el tiempo, cada vez era más insuficiente para satisfacer la incontenible ansia de mi corazón[14]. Ya no me bastaba recibir en mí a mi divina Criatura y llevarla en mi interior en las sagradas Especies, como la había llevado en mi carne virginal. Todo mi ser deseaba al Dios uno y trino, pero no celado tras los velos elegidos por mi Jesús para ocultar el inefable misterio de la Fe, sino como El –en el centro del Cielo– era, es y será. El propio Hijo mío, en sus arrobos eucarísticos, ardía dentro de mí con abrazos de infinito deseo; y cada vez que a mí venía, con la potencia de su amor, casi arrancaba de cuajo mi alma en el primer impulso y luego permanecía, con infinita ternura, llamándome “¡Mamá!”, y yo le sentía ansioso de tenerme consigo.

Yo no deseaba ya otra cosa. Ni siquiera ya estaba en mí, en los últimos tiempos de mi vida mortal, el deseo de tutelar a la naciente Iglesia: todo estaba anulado en el deseo de poseer a Dios, por la persuasión que tenía de que todo se puede cuando se le posee.

11     Alcanzad, Oh cristianos, este total amor. Pierda valor todo lo terreno. Mirad sólo a Dios. Cuando seáis ricos de esta pobreza de deseo que es inconmensurable riqueza, Dios se inclinará hacia vuestro espíritu, primero para instruirle, luego para tomarle en sus manos, y ascenderéis con vuestro espíritu al Padre, al Hijo, al Espíritu Santo, para conocerlos y amarlos en toda la bienaventurada eternidad y para poseer sus riquezas de gracias para los hermanos. Nunca somos tan activos para los hermanos como cuando no estamos ya con ellos, sino que somos luces unidas de nuevo con la divina Luz.

12     El acercarse del Amor eterno tuvo el signo que pensaba. Todo perdió luz y color, voz y presencia, bajo el fulgor y la Voz que, descendiendo de los Cielos, abiertos a mi mirada espiritual, descendían hacia mí para tomar mi alma.

Suele decirse que habría exultado de júbilo si me hubiera asistido en aquella hora mi Hijo. ¡Ah!, mi dulce Jesús estaba muy presente con el Padre cuando el Amor, o sea, el Espíritu Santo, Tercera Persona de la Trinidad Eterna, me dio su tercer beso en mi vida, ese beso tan potentemente divino, que en él mi alma se fundió, perdiéndose en la contemplación cual gota de rocío aspirada por el sol en el cáliz de una azucena. Y ascendí con mi espíritu en canto de júbilo hasta los pies de los Tres a quienes siempre había adorado.

Luego, en el momento exacto, como perla en un engaste de fuego, ayudada primero y luego seguida por el cortejo de los espíritus angélicos venidos a asistirme en mi eterno, celeste nacimiento, esperada ya antes del umbral de los Cielos por mi Jesús y en el umbral de ellos por mi justo esposo terreno, por los Reyes y Patriarcas de mi estirpe, por los primeros santos y mártires[15]648, entré como Reina[16]649, después de tanto dolor y tanta humildad de pobre sierva de Dios, en el reino del júbilo sin límite.

Y el Cielo volvió a cerrarse en este acto de la alegría de tenerme, de tener a su Reina, cuya carne, única entre todas las carnes mortales, conocía la glorificación[17]650 antes de la resurrección final y del último juicio».

Va. consideración o explicación

Diciembre de 1943.

13 Dice María:

«Mi humildad no podía dejarme pensar que me estuviera reservada tanta gloria en el Cielo. En mi pensamiento estaba casi la certidumbre de que mi carne humana, santificada por haber llevado a Dios, no conocería la corrupción, porque Dios es Vida y, cuando de sí mismo satura y llena a una criatura, esta acción suya es como ungüento preservador de la corrupción de la muerte[18].

Yo no sólo había permanecido inmaculada, no sólo había estado unida a Dios con un casto y fecundo abrazo[19], sino que me había saturado, hasta lo más profundo de mi ser, de las emanaciones de la Divinidad escondida en mi seno y que quería velarse de carne mortal. Pero el que la bondad del Eterno tuviera reservado a su sierva[20] el gozo de volver a sentir en sus miembros el toque de la mano de mi Hijo, su abrazo, su beso, y de volver a oír con mis oídos su voz, y de ver con mis ojos su rostro… esto no podía pensar que me fuera concedido, y no lo anhelaba. Me habría bastado que estas bienaventuranzas le fueran concedidas a mi espíritu, y con ello ya se habría sentido lleno de felicidad mi yo.

14     Pero, como testimonio de su primer pensamiento creador respecto al hombre, destinado por el Creador a vivir, pasando sin muerte del Paraíso terrenal al celestial, en el Reino eterno, Dios quiso que yo, Inmaculada, estuviera en el Cielo en alma y cuerpo… inmediatamente después del fin de mi vida terrena.

Yo soy el testimonio cierto de lo que Dios había pensado y querido para el hombre: una vida inocente y sin conocimiento de culpas; un dulce paso de esta vida a la Vida eterna, paso con el que, como quien cruza el umbral de una casa para entrar en un palacio, el hombre, con su ser completo hecho de cuerpo material y de alma espiritual, habría pasado de la Tierra al Paraíso, aumentando esa perfección de su yo que Dios le había dado, con la perfección completa, tanto de la, carne como del espíritu, que el pensamiento divino tenía destinada para todas las criaturas que permanecieran fieles a Dios y a la Gracia. Perfección que habría sido alcanzada en la luz plena que hay en el Cielo y lo llena, pues que de Dios viene; de Dios, Sol eterno que ilumina el Cielo.

15     Delante de los Patriarcas, Profetas y Santos, delante de los Angeles y los Mártires, Dios me puso a mí, elevada a la gloria del Cielo en alma y cuerpo, y dijo:

“Esta es la obra perfecta del Creador; la obra que, de entre todos los hijos del hombre, Yo creé a mi más verdadera imagen y semejanza; fruto de una obra maestra divina y creadora, maravilla del universo que ve, dentro de un solo ser, a lo divino en el espíritu eterno como Dios y como El espiritual, inteligente, libre, santo, y a la criatura material en el más inocente y santo de los cuerpos, criatura ante la que todos los demás vivientes de los tres reinos de la Creación están obligados a inclinarse[21].

virgenmarc3adareinaAquí tenéis el testimonio de mi amor hacia el hombre, para el que quise un organismo perfecto y un bienaventurado destino de eterna vida en mi Reino.

Aquí tenéis el testimonio de mi perdón al hombre, al que, por la voluntad de un Trino Amor, he concedido nueva habilitación y creación ante mis ojos.

Esta es la mística piedra de parangón, éste es el anillo de unión entre el hombre y Dios, Ella es la que lleva de nuevo el tiempo a sus días primeros, y da a mis ojos divinos la alegría de contemplar a una Eva como Yo la creé[22], aún más hermosa y santa por ser Madre de mi Verbo y por ser Mártir del mayor de los perdones.

Para su Corazón inmaculado que jamás conoció mancha alguna, ni siquiera la más leve, Yo abro los tesoros del Cielo; y para su Cabeza, que jamás conoció la soberbia, con mi fulgor hago una corona, y la corono, porque es para mí santísima, para que sea vuestra Reina.”[23].

16     En el Cielo no hay lágrimas[24]. Pero, en lugar del jubiloso llanto que habrían derramado los espíritus si les estuviera concedido el llanto –humor que rezuma destilado por una emoción–, hubo, después de estas divinas palabras, un centelleo de luces, y visos de esplendores resplandeciendo aún más esplendorosos, y un incendio de fuegos de caridad que ardían con más encendido fuego, y un insuperable e indescriptible sonido de celestes armonías, a las cuales se unió la voz del Hijo mío, en alabanza a Dios Padre y a su Sierva bienaventurada[25]658 para toda la eternidad».

VIa. y última consideración o explicación

1 de mayo de 1946.

17 Dice Jesús:

«Hay diferencia entre que el alma se separe del cuerpo por verdadera muerte y que momentáneamente el espíritu se separe del cuerpo y del alma vivificante por un éxtasis o rapto contemplativo.

El que el alma se separe del cuerpo provoca la verdadera muerte, pero la contemplación extática, o sea, la temporal evasión del espíritu fuera de las barreras de los sentidos y de la materia, no provoca la muerte. Y ello porque el alma no se aleja y separa totalmente del cuerpo, sino que lo hace sólo con su parte mejor, que se sumerge en los fuegos de la contemplación Todos los hombres, mientras viven, tienen en sí el alma, sea que esté muerta por el pecado, sea que esté viva por la justicia; pero sólo los grandes amantes de Dios alcanzan la contemplación verdadera.

Esto demuestra que el alma, que conserva la vida mientras está unida al cuerpo –y esta particularidad está presente igual en todos los hombres–, tiene en sí misma una parte superior: el alma del alma, o espíritu del espíritu, que en los justos es fortísima, mientras que en los que desprecian a Dios y su Ley –incluso sólo con su tibieza y los pecados veniales– se hace débil, privando a la criatura de la capacidad de contemplar y conocer –hasta donde puede hacerlo una humana criatura, según el grado de perfección alcanzado– a Dios y sus eternas verdades. Cuanto más ama y sirve a Dios la criatura con todas sus fuerzas y posibilidades, esa parte superior de su espíritu tiene más capacidad de conocer, de contemplar, de penetrar las eternas verdades.

18    El hombre, dotado de alma racional, es una capacidad que Dios llena de sí. María, siendo la más santa de las criaturas después del Cristo, fue una capacidad colmada –hasta el punto de rebosar sobre los hermanos en Cristo de todos los siglos, y por los siglos de los siglos– de Dios, de sus gracias, de su caridad, de su misericordia.

El Tránsito de María se produjo sumergida Ella por las olas del amor. Ahora, en el Cielo, hecha océano de amor, derrama sobre los hijos que le son fieles, y también sobre los hijos pródigos, sus olas de caridad para la salvación universal, Ella que es Madre universal de todos los hombres».

[1] S. Pablo y muchos místicos después de él, al hablar del hombre, distinguen espíritu, alma y cuerpo; y no es cosa clara en cada caso concreto, si por espíritu se entienda la participación del Espíritu Santo o bien el espíritu del hombre, el alma humana en cuanto religiosa y no sencillamente en cuanto dotada de inteligencia y voluntad, esto es, considerada en sus relaciones con Dios, suma Sabiduría y sumo Amor y no sólo en sus relaciones con las cosas creadas, aun cuando sean las más sublimes como los estudios profundos y el amor incorrupto. Las expresiones dichas y semejantes de la obra presente, se pueden por lo tanto entender según uno de los sentidos que brotan de tales consideraciones, y también sencillamente aceptando que la Virgen, Madre de Jesús y socia en la redención, aun permaneciendo hasta la Asunción en alma y cuerpo sobre la tierra, hubiera sido arrebatada en un profundísimo éxtasis, abismada en Dios–Amor, en virtud de la compenetración del Amor infinito divino con el ardentísimo amor de Virgen–Esposa y Madre, admitiendo además que de tal éxtasis Ella no se hubiera hallado sobre la tierra, sino sólo en el Cielo, cuando ya había sido asunta o iba a serlo en alma y cuerpo; lo que no tiene nada de increíble, o que disuene con la divina revelación, definida por el Magisterio extraordinario e infalible de Pio XII en 1950.

[2] Cfr. Ju. 19, 25–27.

[3] que se hallan en 642.8/10.

[4] Cfr. Pio IX, Bula dogmática “Ineffabilis Deus”, citada muchas veces.

[5] Cfr. Mt. 1, 18–25; Lc. 1, 26–38.

[6] Cfr. Denzinger…, Enchiridion symbolorum…, Symbolum Nicaenum (a. 325), núm. 125–126; Symbolum Constantinopolitanum (a. 381), núm. 150; Concilium Occumenicum Ephesinum (a. 431), núm. 250–251; S. Leo I Magnus. Tomus (I) Leonis (a. 449), núm. 290–295; Symbolum Chalcedonense (a. 451), núm. 300–303; Symbolum Lateranense (a. 649), núm. 500–522; Concilium Occumenicum Constantinopolitanum III (a. 681), núm. 553–559.

[7] NdT: “Amai il mio ritrovato Figlio e mio Signore, Uno e Trino, lo amai come è destino di tutti gli eterni viventi.”: En italiano “ritrovato”, o sea, singular; pero se traduce en plural, “de nuevo hallados”, teniendo presente la expresión de unos renglones antes “separación de mi Señor Uno y Trino” que parece claramente referirse a la Santísima Trinidad. Además, es posible introducir el plural “los amé” porque MV frecuentemente fuerza la concordancia de forma que hace concordar un determinado elemento de la oración sólo con el último elemento de un conjunto, aunque se refiera a todo el conjunto. Esta interpretación, legítima en el contexto del estilo de MV, evita la lectura no deseable, de Cristo como Uno y Trino.

[8] Esta afirmación importante, que sirve para explicar los más grandes milagros, como el milagro de los milagros que es el de la Eucaristía, se encuentra a la letra en los Evangelios. Cfr. Mt. 19, 23–26; Mc. 10, 23–27; 14, 32–36; Lc. 18, 24–27.

[9] Cfr. Gén. 5, 18–24; 4 Rey, 2, 1–18; Eccli. 44, 16; 48, 1–12; 49, 14–16; Hebr. 11, 5–6.

[10] Esta afirmación concuerda del todo con la de Pío IX en la Bula dogmatica Ineffabilis Deus, al final del prólogo.

[11] La ausencia de reliquias y del sepulcro de la Virgen la toma, S. Bernardino de Siena, en sus manos como argumento a favor de la Asunción corporal de María Santísima a los Cielos, argumento que aparece en la Munificentissimus Deus de Pio XII, entre los testimonios de la Tradición en el Medioevo tardío.

[12] Acaecida en el a. 70 d.C. Cfr. Lc. 19, 41–44

[13] Cfr. Apoc. 22, 17. 20

[14] Sin duda la Virgen Madre debía experimentar un ansia mayor que la del apóstol Pablo. Cfr. 2 Cor. 5, 8; Fil. 1, 21–23

[15] Cfr. Hech. 7, 55 – 8, 3; (12, 1–3) según el año en que la Virgen Madre haya sido asunta al cielo.

[16] La Virgen María es Reina por dos títulos: porque es Madre, y por haber sido socia (nueva Eva) del Hijo encarnado de Dios y Redentor. Cfr. Pio XII, Letras encíclicas Äd caeli Reginam”. Acta Apostolicae Sedis, vol. 46 (1954), p. 625–640.

[17] Cfr. Pio XII, Constitución apostólica “Munificentissimus Deus” cit.

[18] En este sentido se expresan muchos testimonios de la Tradición aducidos por Pio XII en “Munificentissimus Deus”.

[19] Cfr. Mt. 1, 18–25; Lc. 1, 26–38.

[20] Cfr. Lc. 1, 26–38; Concilio Vaticano II, Constitución dogmática “lumen gentium” sobre la Iglesia, cap. 8 que debe tenerse siempre ante la vista en este parágrafo y dondequiera se trate de la Virgen María.

[21] En Fil. 2, 5–11, tratándose de Jesús, Hijo de Dios hecho Hombre, se habla de “arrodillarse” (2, 10) y por lo tanto de “adoración”, aquí tratándose de María, santísima pero criatura, se habla de “inclinarse”y por esto de “veneración”. Frase exactísima y equilibrada.

[22] Cfr. Gén. 2, 18–25.

[23] Expresión exactísima y hermosísima. Dios mismo, el mismo divino Fulgor, se ha hecho aureola y corona de María, de su cabeza virginal, maternal, real, santa y victoriosa: de hecho, la aureola es para los santos, la corona para los reyes y vencedores. Nadie ha existido igual que María, fuera de Jesús.

[24] Cfr. 1 Cor. 13.

[25] Aunque no pretendemos ser completos en las citas referentes al Paraíso, esto es, a la vida y bienaventuranza eterna, sin embargo queremos presentar un buen número de citas bíblicas referentes a esto. Cfr. pues: Gén. 3, 20–24; Ex. 33, 18–23; 2 Mac. 7; Sal. 5, 12; 10, 7; 26, 7–9; 40, 13; 51, 10; 124, 1; 139, 24; Prov. 10, 30; Sab. 10, 9–14; Eccli. 14, 22 – 15, 10; 37, 20–29; 46, 11–12; Dan. 12, 1–4; Mt. 7, 13–14; 18, 8–9; 19, 16–30; 22, 1–14; 23–33; 25, 31–46; Mc. 9, 42–49; 10, 17–31; 12, 18–27; Lc. 16, 9; 18, 18–30; 20, 27–40; Ju. 3; 5, 19–47; 6, 24–71; 8, 48–51; 10, 22–30; 11, 1–54; 17, 1–5; Hech. 1, 6–11; 13, 44–52; Rom. 2, 1–10; 6, 20–23; 8, 18–27; 1 Cor. 15; 2 Cor. 4, 7 – 5, 10; Gal. 6, 7–10; Ef. 1, 3–14; 4, 1–6; Fil. 1, 21–26; 3, 17–21; 2 Tes. 2, 13–17; 2 Tim. 2, 8–12; Tit. 1, 1–4; 2, 11–15; 3, 4–7; Hebr. 5, 5–10; 9, 11–14; 24–28; 13, 14; 1 Ped. 5, 9–11; 2 Ped. 1, 3–11; 3, 8–13; 1 Ju. 1, 1–4; 2, 13–29; 3, 1–2; 5, 5–21; 2 Ju. 1–3; Jud. 20–23; Apoc. 2, 7–11; 7, 21–22. Cfr. también: Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución dogmática “Lumen gentium” sobre la Iglesia, cap. 7: Indole escatológica de la Iglesia peregrina y su unión con la Iglesia triunfante, con las citas y notas relativas.

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