28/8/2016 Evangelio según San Lucas 14,1.7-14.

Vigésimo segundo domingo del tiempo ordinario

Santo(s) del día : San Agustin de Hipona
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Lecturas

Personajes en este pasaje
Ismael Ben Fabí el fariseo egoísta

Tercer año de la Vida Pública de Jesús

335. La falsa amistad de Ismael ben Fabí[1]70, y el hidrópico curado en sábado.

11 de septiembre de 1944.

 335 11      Veo a Jesús que va andando rápidamente por una vía de primer orden que el viento frío de una mañana de invierno barre y endurece. Los campos, aquende y allende la vía, apenas presentan una tímida pelusa de gramíneas que ya brotan, un velo de verde en que hay una promesa de futuro pan, pero una promesa que apenas si ha sido pensada.

Los surcos umbrosos carecen todavía de este verde bendito; sólo los que están en lugares más soleados tienen ese verdear, tan leve y ya tan festivo porque habla de próxima primavera. Los árboles frutales están todavía desnudos; ni siquiera una yema se hincha en sus obscuras ramas. Sólo los olivos presentan su eterno pardo verde, triste tanto bajo el sol de agosto como bajo este claror de reciente mañana invernal. Y, como ellos, también tienen verde –un verde pastoso de cerámicas acabadas de pintar– las carnosas hojas de las cácteas.

Jesús camina, como sucede a menudo, dos o tres pasos más adelante que los discípulos. Van todos bien tapados con sus mantos de lana. En llegando a un punto, Jesús se para, se vuelve y pregunta a los discípulos:

«¿Conocéis bien el camino?».

«El camino es éste. Pero… ¿la casa?… no se sabe, porque está en el interior… Quizás allí, donde aquella mata de olivos…».

«No. Debe estar allá al final, donde aquellos árboles grandes sin hojas…».

«Debería haber un camino para carros…».

En definitiva, no saben nada con precisión. No se ven personas ni por la vía ni por los campos. Van sin rumbo definido, hacia delante, buscando el camino.

Encuentran una pequeña casita de pobres, con dos o tres terrenitos alrededor. Una niña saca agua de un pozo.

«Paz a ti, niña»

dice Jesús mientras se detiene en el limen del seto, que tiene una abertura para quien va o viene.

«Paz a ti. ¿Qué quieres?».

«Una información. ¿Dónde está la casa de Ismael el fariseo?».

«Vas mal por aquí, Señor. Tienes que volver a la bifurcación y tomar el camino que va hacia donde se pone el Sol. Pero tienes que andar mucho, mucho, porque tienes que volver allí, a la bifurcación, y luego andar y andar. ¿Has comido? Hace frío y se siente más con el estómago vacío. Entra, si quieres. Somos pobres. Pero tú tampoco eres rico. Te puedes adaptar. Ven».

Y llama con voz aguda:

«¡Mamá!».

2       Se asoma a la puerta una mujer de unos treinta y cinco o cuarenta años. Su cara es honesta, aunque un poco triste. Lleva en brazos a un niño de unos tres años, medio desnudo.

«Entra. El fuego está encendido. Voy a darte leche y pan».

«No vengo sólo. Tengo conmigo a estos amigos».

«Que entren todos y que la bendición de Dios descienda sobre los peregrinos mis huéspedes».

Entran en una cocina baja y obscura alegrada por un fuego vivo. Se sientan acá o allá en rústicos arquibancos.

«Ahora os preparo… Es pronto… No he puesto en orden nada todavía… Perdonad».

«¿Vives sola?». Es Jesús el que habla.


«Tengo marido e hijos. Siete. Los dos mayores están todavía en el mercado de Naím. Tienen que ir ellos porque mi marido está enfermo. ¡Qué pena!… Las niñas me ayudan. Este es el más pequeño. Pero tengo otro muy poco mayor que él».

El pequeñuelo, ya vestido con su tuniquita, corre descalzo hacia Jesús y le mira con curiosidad. Jesús le sonríe. Ya son amigos.

«¿Quién eres?» pregunta el niño con confianza.

«Soy Jesús».

La mujer se vuelve y le mira atentamente. Se ha quedado ahí, con un pan en las manos, entre el hogar y la mesa. Abre la boca para hablar, pero calla.

El niño continúa:

«¿A dónde vas?».

«Voy por los caminos del mundo».

«¿Para qué?».

«Para bendecir a los niños buenos y a sus casas, donde hay fidelidad a la Ley».

3       La mujer hace otra vez un gesto. Luego hace una seña a Judas Iscariote, que es el que está más cerca de ella, Judas se inclina hacia la mujer, y ésta pregunta:

«¿Pero quién es tu amigo?».

Y Judas, todo presumido (parece como si el Mesías fuera tal por su mérito y bondad):

«Es el Rabí de Galilea, Jesús de Nazaret. ¿No lo sabes mujer?».

«¡Esta vía queda apartada y yo tengo muchas penas!… Pero… ¿podría hablarle?».

«Puedes»

dice con entono Judas. Me parece como una persona importante del mundo concediendo audiencia… Jesús sigue hablando con el niño, que le pregunta si tiene también El niños.

Mientras la niña vista antes y otra más mayorcita traen leche y avíos de mesa, la mujer se acerca a Jesús. Un momento de pausa y luego un grito ahogado:

«¡Jesús, piedad de mi marido!».

Jesús se levanta. La domina con su estatura, pero la mira con tanta bondad, que ella recobra la seguridad.

«¿Qué quieres que haga?».

«Está muy enfermo. Hinchado como un odre. No puede ya agacharse y trabajar. No puede descansar porque se ahoga, y se agita… Y nuestros hijos son todavía pequeñitos…».

«¿Quieres que le cure? ¿Pero, por qué lo quieres de mí?».

«Porque Tú eres Tú. No te conocía, pero había oído hablar de ti. La fortuna te ha conducido a mi casa después de haberte buscado yo tres veces en Naím y en Caná. Dos veces estaba también mi marido. Ir en carro le hace sufrir mucho, y, no obstante, te buscaba… Está también fuera ahora, con su hermano… Nos habían comunicado que el Rabí, dejada Tiberíades, iba hacia Cesarea de Filipo. Ha ido allí a esperarte…».

«No he ido a Cesarea. 4 Voy a casa del fariseo Ismael y luego hacia el Jordán…».

«¡Tú, que eres bueno, donde Ismael?».

«Sí. ¿Por qué?».

«Porque… porque… Señor, sé que dices que no hay que juzgar, que hay que perdonar y que tenemos que amarnos. No te había visto nunca. Pero he tratado de saber de ti lo más que podía, y rogaba al Eterno poderte escuchar al menos una vez. No quiero hacer nada que te desagrade… Pero, ¿cómo se puede no juzgar a Ismael, y amarle? No tengo nada en común con él, y, por tanto, no tengo nada que perdonarle. Nos sacudimos las insolencias que nos lanza cuando encuentra nuestra pobreza en su camino, con la misma paciencia con que nos sacudimos el barro y el polvo que nos echa cuando pasa rápido con sus carruajes. Pero amarle y no juzgarle es demasiado difícil… ¡Es muy malo!».

«¿Es muy malo? ¿Con quién?».

«Con todos. Subyuga a sus siervos, presta con usura, y es exigente hasta la crueldad. Sólo se ama a sí mismo. Es el más cruel de la comarca. No lo merece, Señor».

«Lo sé. Dices la verdad».

«¿Y Tú vas allí?».

«Me ha invitado».

«Desconfía, Señor. No lo habrá hecho por amor. No te puede amar. Y Tú… no le puedes amar».

«Yo amo también a los pecadores, mujer. He venido para salvar a quien está perdido…».

«Pero a éste no le salvarás. ¡Oh, perdón por haber juzgado! Tú eres sabio… Todo lo que haces está bien hecho. Perdona a mi necia lengua y no me castigues».

«No te castigo. Pero no lo vuelvas a hacer. Ama a los malvados también. No por su maldad, sino porque con el amor es como se obtiene para ellos la misericordia que convierte. Tú eres buena y tienes deseos de serlo más todavía. Amas la Verdad, y la Verdad que te está hablando te dice que te ama porque eres compasiva para con el huésped y el peregrino, según la Ley, y así has educado a tus hijos. Dios será tu recompensa. 5 Yo tengo que ir a casa de Ismael, que me ha invitado para presentarme a muchos amigos suyos que me quieren conocer. No puedo esperar más a tu marido. Has de saber que está regresando. Pero, exhórtale a sufrir todavía un poco y dile que venga en seguida a casa de Ismael. Ven tú también. Le curaré».

«¡Oh, Señor!…»

la mujer está de rodillas a los pies de Jesús, y le mira con sonrisa y llanto. Luego dice:

« ¡Pero hoy es sábado!…».

«Lo sé. Necesito que sea sábado para decirle a Ismael algo al respecto. Todo lo que Yo hago lo hago con una finalidad clara y sin error. Sabedlo todos, también vosotros, amigos míos que tenéis miedo y querríais que me comportara según las conveniencias humanas para no recibir, de lo contrario, daño. Os guía el amor. Lo sé. Pero tenéis que saber amar mejor a quien amáis. No posponiendo nunca el interés divino al interés de vuestro amado. Mujer, voy y te espero. La paz sea perenne en esta casa en que se ama a Dios y a su Ley, se respeta el vínculo matrimonial, se educa santamente a la prole, se ama al prójimo y se busca la Verdad. Adiós».

Jesús pone la mano en la cabeza de la mujer y de las dos mocitas y luego se agacha para besar a los niños más pequeños, y sale.

Ahora un solecillo de invierno templa el aire crudo. Un muchacho de unos quince años espera con un rústico carro muy desvencijado.

«Sólo tengo esto, Señor. Pero, en todo caso, llegarás antes y con más comodidad».

«No, mujer. Conserva fresco tu caballo para venir a casa de Ismael. Indícame sólo el camino más corto».

El muchacho se pone a su lado y, por campos y prados, van hacia una ondulación del terreno, tras la cual hay una depresión de algunas hectáreas, bien cultivada, en cuyo centro hay una hermosa casa ancha y baja, circundada por una faja de jardín bien cultivado.

«La casa es aquélla, Señor» dice el muchacho. «Si no te hago más falta, vuelvo a casa para ayudar a mi madre».

«Ve, y sé siempre un hijo bueno. Dios está contigo»…

6       …Jesús entra en la suntuosa casa de campo de Ismael. Gran número de siervos acuden al encuentro del Huésped, ciertamente esperado. Otros van a avisar al amo, y éste sale al encuentro de Jesús haciendo profundas reverencias.

«¡Bien vienes, Maestro, a mi casa!».

«Paz a ti, Ismael ben Fabí. Deseabas mi presencia. Vengo. ¿Para qué querías verme?».

«Para ser honrado con tu presencia y para presentarte a mis amigos. Quiero que lo sean también tuyos. De la misma forma que deseo que Tú seas amigo mío».

«Yo soy amigo de todos, Ismael».

«Lo sé. Pero, ya sabes… Conviene tener amistades en las altas esferas. Y la mía y las de mis amigos son de ésas. Tú –perdona si te lo digo– pasas por alto demasiado a quienes te pueden apoyar…».

«¿Y tú eres de ésos? ¿Por qué?».

«Yo soy de ésos. ¿Por qué? Porque te admiro y quiero tenerte como amigo».

«¡Amigo! ¿Pero sabes, Ismael, el significado que doy Yo a esta palabra? Para muchos, “amigo” quiere decir “conocido”; para otros, “cómplice”; para otros, “siervo”. Para mí quiere decir “fiel a la Palabra del Padre”. Quien no es tal no puede ser amigo mío, ni Yo suyo».

«Pero si quiero tu amistad precisamente porque quiero ser fiel, Maestro. ¿No lo crees? 7 Mira: ahí llega Eleazar. Pregúntale cómo te he defendido ante los Ancianos. Eleazar, te saludo. Ven, que el Rabí quiere preguntarte una cosa».

Grandes saludos y recíprocas ojeadas indagadoras.

«Di tú, Eleazar, lo que dije del Maestro la última vez que nos reunimos».

«¡Oh, un verdadero elogio! ¡Una defensa apasionada! Ismael habló de ti tanto (como del Profeta más grande que haya venido al pueblo de Israel), Maestro, que sentí apetencia de escucharte. Recuerdo que dijo que ninguno tenía palabra más profunda que la tuya, ni atractivo mayor que el tuyo, y que, si como sabes hablar sabes sujetar la espada, no habrá ningún rey más grande que Tú en Israel».

«¡Mi Reino!… Este Reino no es humano, Eleazar».

«¡¿Pero el Rey de Israel?!».

«Abranse vuestras mentes para comprender el sentido de las palabras arcanas. Vendrá el Reino del Rey de los reyes. Pero no en la medida humana. No respecto a lo perecedero, sino a lo eterno. A él se accede no por florida vía de triunfos ni sobre purpúrea alfombra de sangre enemiga, sino por empinado sendero de sacrificio y por benigna escalera de perdón y amor. Las victorias contra nosotros mismos nos darán este Reino. Y quiera Dios que la mayor parte de Israel pueda entenderme. Mas no será así.

Vosotros pensáis lo que no es. En mi mano habrá un cetro puesto por el pueblo de Israel. Regio y eterno. Ningún rey podrá ya arrebatárselo a mi Casa. Pero muchos en Israel no podrán verlo sin estremecerse de horror, porque tendrá un nombre atroz para ellos».

«¿No nos crees capaces de seguirte?».

«Si quisierais, podríais. Pero no queréis. ¿Por qué no queréis? Sois ya ancianos. La edad debería haceros comprender y ser justos. Justos incluso con vosotros mismos. Los jóvenes… podrán errar y luego arrepentirse. ¡Pero vosotros! La muerte está siempre muy cerca de los ancianos. Eleazar, tú estás menos envuelto en las teorías de muchos de tus iguales. Abre tu corazón a la Luz…».

8       Vuelve Ismael con otros cinco pomposos fariseos:

«Venid, pues, adentro»

dice el amo de la casa. Y, dejado el atrio, rico de sillas y alfombras, entran en una estancia.

Traen ánforas y palanganas para las abluciones. Luego pasan al comedor, muy ricamente preparado.

«Jesús a mi lado, entre yo y Eleazar»

ordena el amo. Y Jesús, que había permanecido en el fondo de la sala, junto a los discípulos, un poco arredrados y olvidados, debe sentarse en el sitio de honor.

Empieza el banquete, con numerosos servicios de carnes y pescados asados. Vinos y, según me parece, jarabes, o por lo menos aguamieles, pasan una y otra vez.

9       Todos tratan de hacer hablar a Jesús. Uno, un viejo todo tembloroso, pregunta con voz bronca de decrépito:

«Maestro, ¿es verdad lo que se dice, que pretendes modificar la Ley?».

«No cambiaré ni una jota a la Ley. Es más –y Jesús recalca las palabras–, he venido realmente para devolverle su integridad, como cuando le fue dada a Moisés»[2]71.

«¿Insinúas que ha sido modificada?».

«De ninguna manera. Ha sufrido la suerte de todas las cosas excelsas que han sido puestas en manos del hombre, nada más».

«¿Qué quieres decir? Especifica».

«Quiero decir que el hombre, por la antigua soberbia o por instigación de la triple lujuria, quiso retocar la palabra clara, e hizo de ella una cosa opresiva para los fieles; mientras que para los autores de los retoques no es más que un cúmulo de frases que… bueno, que es para los demás».

«¡Pero, Maestro! Nuestros rabíes…».

«¡Esto es una acusación!».

«¡No frustres nuestro deseo de favorecerte!…».

«¡Ah, ya! ¡Tienen razón cuando te llaman rebelde!».

«¡Silencio! Jesús es mi invitado. Que hable libremente».

«Nuestros rabíes comenzaron su esfuerzo con la santa finalidad de facilitar la aplicación de la Ley. Dios mismo dio comienzo a esta escuela cuando a las palabras de los diez mandamientos añadió explicaciones más detalladas. Para que el hombre no tuviera la excusa de no haber sabido comprender. Obra santa, pues, la de los maestros que desmenuzan para los pequeñuelos de Dios el pan que Dios ha dado al espíritu: santa si persigue recto fin. No siempre fue así. Y ahora menos que nunca. Pero, ¿por qué me queréis hacer hablar, vosotros que os ofendéis si os enumero las culpas de los poderosos?».

«¿Culpas? ¿Culpas? ¿No tenemos sino culpas?».

«¡Quisiera que tuvierais sólo méritos!».

«Pero no los tenemos: eso es lo que piensas, y tu mirada lo delata. 10 Jesús, no se logra la amistad de los poderosos criticando. No reinarás. No conoces el arte de reinar».

«No pido reinar a la manera que vosotros creéis. Ni mendigo amistades. Quiero amor. Pero un amor honesto y santo. Un amor que vaya de mí a aquellos a quienes amo, y que se demuestre usando con los pobres lo que predico que se use: misericordia».

«Yo, desde que te oí hablar, no he vuelto a prestar con usura» dice uno.

«Dios te recompensará».

«El Señor me es testigo de que no he vuelto a pegar a los siervos que merecían azotes, desde que me refirieron una parábola tuya» dice otro.

«¿Y yo? ¡He dejado en los campos, para los pobres, más de diez moyos de cebada!»

dice un tercero. Los fariseos se alaban excelsamente. Ismael no ha hablado. Jesús pregunta:

«¿Y tú, Ismael?».

«¡Oh, ¿yo?! Siempre he usado misericordia. Sólo debo seguir actuando como siempre».

«¡Bien para ti! Si es realmente así, eres el hombre que no conoce remordimientos».

«¡Ciertamente no!».

Jesús le perfora con su mirada de zafiro.

11     Eleazar le toca en el brazo:

«Maestro, escúchame. Tengo un caso especial que someter a tu consideración. Recientemente he adquirido de un pobre desdichado una propiedad; este hombre se ha echado a perder por una mujer. Me ha vendido la propiedad, pero sin decirme que en ella hay una sierva anciana, su nodriza, ya ciega y medio chiflada. El vendedor no la quiere. Yo… no la querría. Pero, ponerla en plena calle… ¿Qué harías tú, Maestro?».

«¿Tú qué harías, si tuvieras que dar a otro un consejo?».

«Diría: “Quédate con ella, que no va a ser un pan lo que te arruine”».

«¿Y por qué dirías eso?».

«Bueno, pues… porque creo que yo actuaría así y querría que hicieran eso conmigo…».

«Estás muy cerca de la justicia, Eleazar. Haz como aconsejarías, y el Dios de Jacob estará siempre contigo».

«Gracias, Maestro».

Los otros murmuran entre sí.

«¿Qué tenéis que criticar?» pregunta Jesús. «¿No he hablado rectamente? ¿Y éste?, ¿no ha hablado también rectamente? Ismael, defiende a tus invitados, tú que siempre has usado misericordia».

«Maestro, hablas bien, pero… ¡si se actuara siempre así!… Seríamos víctimas de los demás».

«Y es mejor, según tú, que sean los demás víctimas nuestras, ¿no?».

«No digo eso. Pero hay casos…».

«La Ley dice que hay que tener misericordia[3]72…».

«Sí, hacia el hermano pobre, hacia el forastero, el peregrino, la viuda y el huérfano. Pero esta vieja que ha venido a parar a los brazos de Eleazar no es su hermana, ni peregrina, forastera, huérfana o viuda. Para él no es nada; ni menos ni más que un objeto viejo del ajuar –no suyo–, olvidado en la propiedad vendida por quien es su verdadero dueño. Por eso Eleazar podría incluso echarla sin escrúpulos de ningún tipo. A fin de cuentas, la culpa de la muerte de la vieja no sería suya, sino de su verdadero amo…».

«…el cual, siendo también pobre, no la puede seguir manteniendo; de forma que también está exento de obligaciones. Así que, si la anciana se muere de hambre, la culpa es de la anciana. ¿No es así?».

«Así, Maestro. Es la suerte de los que… ya no sirven. Enfermos, viejos, incapaces, están condenados a la miseria, a la mendicidad. Y la muerte es lo mejor para ellos… Así es desde que el mundo existe, y así será…».

12 «¡Jesús, ten piedad de mí!».

Un lamento entra a través de las ventanas trancadas (porque la sala está cerrada y las lámparas encendidas; quizás por el frío).

«¿Quién me llama?».

«Algún importuno. Haré que le manden afuera. O algún mendigo. Diré que le den un pan».

«Jesús, estoy enfermo. ¡Sálvame!».

«Ya decía yo. Un importuno. Castigaré a los siervos por haberle dejado pasar».

Y se levanta Ismael. Pero Jesús, al menos veinte años más joven que él, y todo el cuello y la cabeza más alto, le sienta de nuevo poniéndole la mano en el hombro mientras ordena:

«Quédate ahí, Ismael. Quiero ver a este que me busca. Que entre».

Entra un hombre de cabellos todavía negros. Puede tener unos cuarenta años. Pero está hinchado como una cuba y amarillo como un limón; violáceos los labios en la boca jadeante. Le acompaña la mujer de la primera parte de la visión. El hombre avanza con dificultad, por la enfermedad y por temor. ¡Se ve tan mal mirado!…

Pero ya Jesús ha dejado su sitio y ha ido hasta el infeliz. Luego le ha tomado de la mano y le ha llevado al centro de la sala, al espacio vacío que hay entre las mesas, colocadas en forma de “u” justo debajo de la lámpara.

 335 2«¿Qué quieres de mí?».

«Maestro… te he buscado mucho… desde hace mucho… Nada quiero aparte de salud… por mis hijos y mi mujer… Tú puedes todo… Ya ves mi mísero estado…».

«¿Y crees que te puedo curar?».

«¡Vaya que si lo creo!… Cada paso que doy me hace sufrir… cada movimiento brusco es un dolor para mí… y, no obstante, he recorrido kilómetros para buscarte… y luego, con el carro, te he seguido aún… pero no te alcanzaba nunca… ¡Vaya que si lo creo! Me extraña no estar ya curado desde que mi mano está en la tuya, porque todo en ti es santo, ¡Oh, Santo de Dios!».

El pobrecillo resopla como un fuelle por el esfuerzo de tantas palabras. La mujer mira a su marido y a Jesús, y llora.

13     Jesús los mira y sonríe. Luego se vuelve y pregunta:

«Tú, anciano escriba (habla al viejo tembloroso que ha hablado el primero), respóndeme: ¿es lícito curar en sábado?».

«En sábado no es lícito hacer obra alguna».

«¿Ni siquiera salvar a uno de la desesperación? No es trabajo manual».

«El sábado está consagrado al Señor».

«¡¿Cuál obra más digna de un día sagrado que hacer que un hijo de Dios diga al Padre: “Te amo y te alabo porque me has curado”?!».

«Debe hacerlo aunque sea infeliz».

«Cananías[4]73, ¿sabes que en este momento tu bosque más hermoso está ardiendo y toda la ladera del Hermón resplandece envuelta en purpúreas llamas?».

El viejecillo pega un salto como si le hubiera mordido un áspid:

«Maestro, ¿dices la verdad o estás bromeando?».

«Digo la verdad. Yo veo y sé».

«¡Oh, pobre de mí! ¡Mi más hermoso bosque! ¡Miles de siclos reducidos a ceniza! ¡Maldición! ¡Malditos sean los perros que me le han prendido fuego! ¡Que ardan sus entrañas como mi madera!».

El viejecillo está desesperado.

«¡No es más que un bosque, Cananías, y te lamentas! ¿Por qué no alabas a Dios en esta desventura? Este no pierde madera, que renace, sino la vida y el pan para los hijos, y debería dar a Dios esa alabanza que tú no le das. Entonces, escriba, ¿no me es lícito curar en sábado a éste?».

«¡Maldito Tú, él y el sábado! Tengo otras cosas mucho más graves en que pensar…»

y, dando un empujón a Jesús, que le había puesto una mano en el brazo, sale enfurecido, y se le oye dar gritos con su voz bronca para que le traigan su carro.

«¿Y ahora?»

pregunta Jesús mirando a los que tiene alrededor.

«Y ahora, decidme, ¿es lícito o no?».

Ninguna respuesta. Eleazar agacha la cabeza. Antes había entreabierto los labios, pero vuelve a cerrarlos, sobrecogido por el hielo que reina en la sala.

«Bien, pues voy a hablar Yo»

dice Jesús, con majestuoso aspecto y voz tronante, como siempre cuando está para realizar un milagro.

«Voy a hablar Yo. Hablo. Digo: hombre, hágase en ti según crees. Estás curado. Alaba al Eterno. Ve en paz».

El hombre se queda desorientado. Quizás pensaba que iba a volverse de golpe esbelto, como tiempo atrás. Y le da la impresión de no estar curado. Pero… a saber lo que siente… Emite un grito de alegría, se arroja a los pies de Jesús y se los besa.

«¡Ve, ve! Sé siempre bueno. ¡Adiós!».

El hombre sale, seguido de la mujer, la cual hasta el último momento se vuelve a saludar a Jesús.

14 «Pero, Maestro… En mi casa… En sábado…».

«¿No das tu aprobación? Ya lo sé. Por esto he venido. ¿Tú, amigo? No. Enemigo mío. No eres sincero ni conmigo ni con Dios».

«¿Ofendes ahora?».

«No. Digo la verdad. Has dicho que Eleazar no está obligado a socorrer a esa anciana porque no es de su propiedad. Pero tú tenías a dos huérfanos[5]74 en tu propiedad. Eran hijos de dos de tus siervos fieles, que se han muerto trabajando, uno de ellos con la hoz en el puño, la otra matada por la excesiva fatiga por haberte tenido que servir –como la exigías para no despedirla–, servirte por ella y por su marido. Tú decías: “He hecho contrato por dos personas que trabajaran, y, para seguirte teniendo, quiero el trabajo tuyo y el del muerto”. Y ella te lo ha dado, y ha muerto con un hijo en el vientre; porque esa mujer era madre. Y no hubo para ella la piedad que se tiene con la bestia encinta. ¿Dónde están ahora esos dos niños?».

«No lo sé… Desaparecieron un día».

«No mientas ahora. Basta haber sido cruel. No es necesario añadir el embuste para que Dios aborrezca tus sábados, a pesar de su total carencia de obras serviles. ¿Dónde están esos niños?».

«No lo sé. Ya no lo sé. Créelo».

«Yo lo sé. Los encontré una noche de noviembre, fría, lluviosa, oscura. Los encontré hambrientos y temblando, cerca de una casa, como dos perrillos en busca de un pedazo de pan que llevarse a la boca… Maldecidos y despedidos por quien tenía entrañas de perro más que un perro verdadero. Porque un perro habría tenido piedad de aquellos dos huerfanitos. Y ni tú ni aquel hombre la habéis tenido. ¿Ya no te servían sus padres, verdad? Estaban muertos. Los muertos sólo lloran, en sus sepulcros, al oír los sollozos de esos hijos infelices de que los demás no se ocupan. Pero los muertos, con su espíritu, elevan sus llantos y los de sus huérfanos a Dios, y dicen: “Señor, vénganos tú, porque el mundo aplasta cuando ya no le es posible seguir explotando”. ¿No te servían todavía los dos pequeñuelos, verdad? Apenas si la niña podía servir para espigar… Y tú los despediste negándoles incluso aquellos pocos bienes que pertenecían a su padre y a su madre. Podían morir de hambre y frío como dos perros en un camino de carros. Podían vivir y hacerse el uno ladrón, la otra prostituta. Porque el hambre porta al pecado. ¡Pero a ti qué te importaba? Hace un rato citabas la Ley como apoyo de tus teorías. ¿Es que la Ley no dice: “No vejéis[6]75 a la viuda y al huérfano, porque, si lo hacéis y elevan su voz hacia mí, escucharé su grito y mi furor se desencadenará y os exterminaré y vuestras mujeres se quedarán viudas y vuestros hijos huérfanos”? ¿No dice eso la Ley? Y entonces, ¿por qué no la observas? ¿Me defiendes ante los demás? ¿Y por qué no defiendes mi doctrina en ti mismo? ¿Quieres ser amigo mío? ¿Y por qué haces lo opuesto de lo que Yo digo? Uno de vosotros va corriendo a más no poder, arrancándose los pelos, por la destrucción de su bosque. ¡Y no se los arranca ante las ruinas de su corazón! ¿Y tú a qué esperas a hacerlo?

15 ¿Por qué queréis siempre creeros perfectos, vosotros a quienes la suerte ha hecho subir? Y, suponiendo que lo fuerais en algo, ¿por qué no tratáis de serlo en todo? ¿Por qué me odiáis porque os destapo las llagas? Yo soy el Médico de vuestro espíritu. ¿Puede un médico curar si no destapa y limpia las llagas? ¿No sabéis que muchos –y esa mujer que ha salido es uno de ellos– merecen, a pesar de su pobre apariencia, el primer puesto en el banquete de Dios? No es lo externo, es el corazón, es el espíritu, lo que vale. Dios os ve desde lo alto de su trono. Y os juzga. ¡Cuántos ve mejores que vosotros! Por tanto, escuchad. Como regla comportaos así, siempre: cuando os inviten a un banquete de bodas, elegid siempre el último puesto. Recibiréis doble honor cuando el amo de la casa os diga: “Amigo, ven adelante”. Honor de méritos y honor de humildad. Mientras… ¡Oh, triste hora para un soberbio, ser puesto en evidencia y oír que le dicen: “Ve allá, al final, que aquí hay uno que es más que tú”! Y haced lo mismo en el banquete secreto del desposorio de vuestro espíritu con Dios. Quien se humilla será ensalzado y quien se ensalza será humillado.

16 Ismael, no me odies porque te medico. Yo no te odio. He venido para curarte. Estás más enfermo que aquel hombre. Tú me has invitado para darte lustre a ti mismo y satisfacción a los amigos. Invitas a menudo, pero es por soberbia y gusto. No lo hagas. No invites a ricos, a parientes y a amigos. Abre, más bien, la casa, abre el corazón, a los pobres, mendigos, lisiados, cojos, huérfanos y viudas. La única compensación que te darán serán bendiciones. Pero Dios las transformará para ti en gracias. Y al final… ¡Oh, al final, qué feliz ventura para todos los misericordiosos, que serán retribuidos por Dios en la resurreción de los muertos! ¡Ay de aquellos que acarician solamente una esperanza de ganancia y luego cierran su corazón al hermano que ya no puede ser útil! ¡Ay de ellos! Yo vengaré a los abandonados».

«Maestro… Yo… quiero complacerte. Tomaré de nuevo a esos niños».

«No».

«¿Por qué?».

«¡¿Ismael?!…».

Ismael agacha la cabeza. Quiere aparentar humildad. Pero es una víbora a la que se la ha hecho soltar el veneno, y no muerde porque sabe que no lo tiene, pero espera la ocasión para morder…

17     Eleazar trata de instaurar de nuevo la paz diciendo:

«Dichosos los que participan en el banquete con Dios, en su espíritu y en el Reino eterno. Pero, créelo, Maestro, a veces es la vida la que supone un obstáculo. Los cargos… las ocupaciones…».

 Jesús dice aquí la parábola del banquete[7]76, y termina:

invitados-al-banquete-lg«Has dicho los cargos… las ocupaciones. Es verdad. Pero por eso te he dicho al principio de este convite que mi Reino se conquista con victorias sobre uno mismo y no con victorias de armas en el campo de batalla. El puesto en la gran Cena es para estos humildes de corazón que saben ser grandes con su amor fiel que no mide el sacrificio y que todo lo supera para venir a mí. Una hora basta para transformar un corazón. Si ese corazón quiere. Y basta una palabra. Yo os he dicho muchas. Y miro… En un corazón está naciendo una planta santa. En los otros, espinos para mí, y dentro de los espinos hay áspides y escorpiones.

No importa. Yo voy por mi camino recto. El que me ame que me siga. Yo paso llamando. Los que sean rectos que vengan a mí. Paso instruyendo. Los buscadores de justicia acérquense a la Fuente. Respecto a los otros… respecto a los otros juzgará el Padre santo. Ismael, me despido de ti. No me odies. Medita. Siente que fui severo por amor, no por odio. Paz a esta casa y a sus habitantes. Paz a todos, si merecéis paz».

[1] 70 Cfr. Lc. 14, 1–15.

[2] 71 Cfr. Ex. 20, 1–17; Deut. 5, 1–22.

[3] 72 Cfr. Ex. 12, 43–51; 22, 21–24; Lev. 19, 33–34; Deut. 10, 12–22; 14, 28–29; 16, 9–17; 24, 17–22; 26, 12–15; 27, 19.

[4] 73 MV pone una nota en el manuscrito original, para explicar que el sonido correspondiente a la “C” lo pronuncian en un modo entre aspirado y prolongado. Por eso lo escribe una vez con “Ch” y otra simplemente con “C”. Con la “h” quiere expresar esa aspiración o prolongación del sonido.

[5] 74 son los niños María y Matías, que hemos visto en 298.2/6 y en 299.2/8.

[6] 75 es cita de Éxodo 22, 21-24.

[7] 76 que no está recogida aquí, pero que puede ser leída en Lucas 14, 16-24  Mt. 22, 1–14.                                       Luc 14:16 El le respondió: «Un hombre dio una gran cena y convidó a muchos; 17 a la hora de la cena envió a su siervo a decir a los invitados: “Venid, que ya está todo preparado.” 18 Pero todos a una empezaron a excusarse. El primero le dijo: “He comprado un campo y tengo que ir a verlo; te ruego me dispenses.” 19 Y otro dijo: “He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas; te ruego me dispenses.” 20 Otro dijo: “Me he casado, y por eso no puedo ir.” 21 «Regresó el siervo y se lo contó a su señor. Entonces, airado el dueño de la casa, dijo a su siervo: “Sal en seguida a las plazas y calles de la ciudad, y haz entrar aquí a los pobres y lisiados, y ciegos y cojos.”22 Dijo el siervo: “Señor, se ha hecho lo que mandaste, y todavía hay sitio.”23 Dijo el señor al siervo: “Sal a los caminos y cercas, y obliga a entrar hasta que se llene mi casa.”24 Porque os digo que ninguno de aquellos invitados probará mi cena.»

 

21/8/2016 Evangelio según San Lucas 13,22-30.

Vigésimo primer domingo del tiempo ordinario

Santo(s) del día : San Pío X
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Lecturas

Este domingo meditamos el pasaje del evangelio de San Lucas de “La puerta angosta”, según el capitulo 363

Tercer año de la Vida Pública de Jesús

363. En Rama, en casa de la hermana de Tomás. Jesús habla sobre la salvación. Apóstrofe a Jerusalén. El número de los elegidos[1]174

17 de diciembre de 1945.

363 1 1      Tomás, que iba en la cola de la comitiva hablando con Manahén y Bartolomé, se separa de los compañeros y alcanza al Maestro, que va delante con Margziam e Isaac.

«Maestro, dentro de poco estaremos cerca de Rama. ¿Quieres venir a bendecir al hijo de mi hermana? ¡Ella tiene muchos deseos de verte! Podremos hacer un alto allí. Hay sitio para todos. ¡Dime que sí, Señor!».

«Te complaceré, y además con alegría. Mañana entraremos en Jerusalén descansados».

«¡Oh! ¡Entonces me adelanto para avisar! ¿Me dejas ir?».

«Ve. Pero recuerda que no soy el amigo mundano. No obligues a los tuyos a un gasto grande. Trátame como “Maestro”. ¿Entiendes?».

«Sí, mi Señor. Se lo diré a mi familia. ¿Vienes conmigo, Margziam?».

«Si Jesús quiere…».

«Ve, ve, hijo».

Los otros, que han visto a Tomás y a Margziam marcharse en dirección a Rama, situada un poco a la izquierda del camino que de Samaria, creo, va a Jerusalén, aceleran el paso para preguntar que qué pasa.

«Vamos a casa de la hermana de Tomás. He estado en las casas de todas vuestras familias. Es justo que vaya también a su casa. Le he mandado adelante por esto».

«Entonces, con tu permiso, hoy me adelanto yo también, para sondear si no hay novedades. Cuando entres por la puerta de Damasco, si hay dificultades, estaré yo. Si no, te veo… ¿dónde, Señor?»

dice Manahén.

«En Betania, Manahén. Me dirijo sin demora a casa de Lázaro. Pero dejaré a las mujeres en Jerusalén. Voy solo. Es más, te ruego que después de la pausa de hoy las escoltes a sus casas».

«Como quieras, Señor».

«Avisad al conductor que nos siga hacia Rama».

En efecto, el carro sube lentamente para ir detrás de la comitiva apostólica. Isaac y el Zelote se detienen para esperarle, mientras todos los demás toman el camino secundario que, con suave desnivel, conduce a la colina, muy baja, sobre la cual está Rama.

2       Tomás, que no cabe dentro de sí y que aparece aún más rubicundo por la alegría que resplandece en su rostro, está a la entrada del pueblo, esperando. Corre al encuentro de Jesús:

«¡Qué felicidad, Maestro! ¡Está toda mi familia! ¡Mi padre, que tantos deseos tenía de verte, mi madre, mis hermanos! ¡Qué contento estoy!».

Y se pone al lado de Jesús, y va tan derecho mientras atraviesa el pueblo, que parece un conquistador en la hora del triunfo.

La casa de la hermana de Tomás está en un cruce situado hacia el este de la ciudad. Es la típica casa acomodada israelita: fachada casi sin ventanas, puerta principal herrada, con su ventanillo; por techo la terraza; los muros del jardín, altos y obscuros – por encima de los cuales sobresalen las copas de los árboles frutales–, que se prolongan por detrás de la casa.

Pero hoy la doméstica no necesita mirar por el ventanillo. La puerta está abierta de par en par. Todos los habitantes de la casa están dispuestos en orden en el atrio. Y continuamente se ven manos adultas alargarse para sujetar a un niño o a una niña del nutrido grupo de los niños, los cuales, agitados, exaltados por el anuncio, rompen continuamente filas y jerarquías, se escabullen y van a la delantera de la familia, a los sitios de honor, donde, en primera fila están los padres de Tomás, y la hermana con su marido.

Pero cuando Jesús llega al umbral de la puerta, no hay quien sujete a los rapazuelos.

Parecen una nidada saliendo del nido después de una noche de descanso. Y Jesús recibe el choque de este pelotón goijeador y primoroso que se abate contra sus rodillas y le ciñe, y que levanta las caritas en busca de besos y no se separa a pesar de las llamadas maternas o paternas, ni por algún que otro pescozón afectuoso propinado por Tomás para poner orden.

«¡Dejadlos! ¡Dejadlos! ¡Ojalá fuera todo el mundo así!»

exclama Jesús, que se ha agachado para complacer a todos estos rapazuelos.

3       Por fin puede entrar, entre saludos más reverenciales de los adultos. Pero el que me gusta especialmente es el saludo del padre de Tomás, un anciano típicamente judío, al que Jesús invita y ayuda a levantarse, y luego le besa «en señal de gratitud por la generosidad de haberle dado un apóstol».

«Dios me ha amado más que a ningún otro en Israel, porque mientras todo hebreo tiene un varón, el primogénito, consagrado al Señor[2]175, yo tengo dos: el primero y el último; y la consagración del último es incluso mayor, porque, sin ser levita ni sacerdote, hace lo que ni siquiera el Sumo Sacerdote hace: ve constantemente a Dios y acoge sus mandatos»

dice con esa voz un poco temblorosa de los ancianos, y aún más trémula por la emoción. Y termina:

«Dime sólo una cosa, para hacer dichosa mi alma. Tú, que no mientes, dime: ¿este hijo mío, por la forma en que te sigue, es digno de servirte y de merecer la Vida eterna?».

«Reposa en la paz, padre. Tu Tomás tiene un gran puesto en el corazón de Dios por el modo como vive, y tendrá un gran puesto en el Cielo por la forma como habrá servido a Dios hasta el último respiro».

Tomás boquea como un pez, de la emoción por lo que está oyendo decir. El anciano levanta sus trémulas manos, mientras dos hilos de llanto se deslizan por las incisiones de las profundas arrugas para perderse entre la barbota patriarcal, y dice:

«Descienda sobre ti la bendición de Jacob; la bendición del patriarca al más justo de sus hijos[3]176: “Te bendiga el Omnipotente con las bendiciones del cielo, que está arriba, con las bendiciones del abismo, que abajo yace, con las bendiciones de los pechos y del seno. Las bendiciones de tu padre sobrepujen las de mis padres, y, hasta que no se cumpla el anhelo de los collados eternos, desciendan sobre la cabeza de Tomás, sobre la cabeza del consagrado[4]177 entre sus hermanos”».

Y todos responden:

« ¡Así sea!».

«Y ahora bendice Tú, Señor, a esta casa, y, sobre todo, a éstos que son sangre de mi sangre»

dice el anciano señalando a los niños. Y Jesús, abriendo los brazos, recita con voz potente la bendición mosaica[5]178, y la alarga diciendo:

«Dios, en cuya presencia caminaron vuestros padres, Dios que me nutre desde mi adolescencia hasta hoy, que me ha librado de todo mal, bendiga a estos niños, lleven ellos mi Nombre y los nombres de mis padres y se multipliquen copiosamente sobre la tierra» y termina tomando de los brazos de la madre al último nacido para besarle en la frente y dice: «Y a ti desciendan, como miel y mantequilla, las virtudes selectas que vivieron en el Justo cuyo nombre te he dado, y lo hagan pingüe cual palma de dorados dátiles, adornado como cedro de regia copa, para los Cielos».

Todos los presentes están emocionados y extáticos. Pero luego un gorjeo de alegría estalla en todas las bocas y acompaña a Jesús, que entra en la casa y no se detiene hasta llegar al patio, donde hace la presentación de su Madre, de las discípulas, apóstoles y discípulos, a los huéspedes.

4       Ya no es por la mañana, ni mediodía. El rayo enfermo de un sol que a duras penas horada las desmadejadas nubes de un tiempo que lucha por restablecerse dice que el astro se encamina al ocaso y el día al crepúsculo.

Las mujeres ya no están, y tampoco Isaac y Manahén; Margziam sí, se ha quedado y está feliz al lado de Jesús, que sale de casa y va caminando con los apóstoles y todos los familiares varones de Tomás a ver algunas vides, que al parecer tienen un especial valor. Tanto el anciano como el cuñado de Tomás explican la posición del majuelo y la rareza de las plantas, que por ahora tienen sólo pequeñas y tiernas hojas.

Jesús, benignamente, escucha estas explicaciones, interesándose de podas y sachaduras como de las cosas más útiles del mundo. Al final dice a Tomás sonriendo:

«¿Debo bendecir esta dote de tu gemela?».

«¡Mi Señor! Yo no soy Doras ni Ismael. Sé que tu respiro, tu presencia en un lugar, son ya bendición. Pero si quieres levantar tu diestra sobre estas plantas hazlo, y su fruto ciertamente será santo».

«¿Y abundante, no? ¿Tú que opinas, padre?».

«Basta que sea santo. ¡Santo basta! Y lo pisaré y te lo mandaré para la próxima Pascua. Lo usarás en el cáliz del rito».

«Está dicho. Cuento con ello. Quiero, en la próxima Pascua, consumir el vino de un verdadero israelita».

Salen de la viña para volver al pueblo.

5       La noticia de la presencia en el pueblo de Jesús de Nazaret se ha esparcido, y todos los de Rama están en las calles, y con fervientes ganas de acercarse. Jesús lo ve y dice a Tomás:

«¿Por qué no vienen? ¿Es que tienen miedo de mí? Diles que los quiero».

¡Tomás no deja que se lo repita dos veces! Va de uno a otro corrillo, tan rápido que parece una mariposa volando de flor en flor. Y los que oyen la invitación tampoco esperan a que se lo digan dos veces. Todos se pasan la voz y, corriendo, van alrededor de Jesús; de forma que, llegados al cruce donde está la casa de Tomás, hay ya una discreta aglomeración de personas que respetuosamente habla con los apóstoles y los familiares de Tomás, preguntando esto o aquello.

Comprendo que Tomás ha trabajado mucho durante los meses de invierno, y mucho de la doctrina evangélica se conoce en el pueblo.

Pero desean una explicación más detallada, y uno, que se ha quedado muy impresionado por la bendición que Jesús ha dado a los niños de la casa que le hospeda y por cuanto ha dicho de Tomás, pregunta:

«¿Entonces todos serán justos por esta bendición tuya?».

«No por la bendición. Por sus acciones. Les he dado la fuerza de la bendición para confirmarlos en sus acciones. Pero son ellos los que tienen que cumplir las acciones, y que éstas sean sólo acciones justas, para conseguir el Cielo. Yo bendigo a todos… pero no todos se salvarán en Israel».

«Es más, se salvaran muy pocos, si siguen como ahora»

dice Tomás en tono de queja.

«¿Qué dices?».

«La verdad. El que persigue a Cristo y le calumnia, el que no practica lo que El enseña, no tendrá parte en su Reino»

dice Tomás con su voz fuerte.

6       Uno le tira de la manga:

«¿Es muy severo?»

pregunta, señalando a Jesús.

«¡Lo contrario, demasiado bueno!».

«¿Yo? ¿Tú que opinas, que me salvaré? No estoy entre los discípulos. Pero tú sabes cómo soy y cómo he creído siempre en lo que me decías. Más no sé hacer. ¿Qué tengo que hacer, exactamente, para salvarme, además de lo que ya hago?».

«Pregúntaselo a El. Tendrá mano más suave que la mía, y juicio más justo».

El hombre avanza hacia Jesús y dice:

«Maestro, yo observo la Ley, y, desde que Tomás me repitió tus palabras, trato de ser todavía más observante. Pero soy poco generoso. Hago lo que no tengo más remedio que hacer. Me abstengo de hacer lo que no está bien porque tengo miedo del Infierno. Pero estoy apegado a mis comodidades, y… lo confieso, me las ingenio mucho para hacer las cosas sin pecar pero tampoco incomodándome demasiado a mí mismo. ¿Con esta forma de actuar me salvaré?».

«Te salvarás. Pero, ¿por qué ser avaro con el buen Dios, que tan generoso es contigo? ¿Por qué pretender para uno mismo sólo la salvación, a duras penas arrebatada, y no la gran santidad que produce inmediatamente eterna paz? ¡Animo, hombre! ¡Sé generoso con tu alma!».

El hombre dice humildemente:

«Lo pensaré, Señor. Lo pensaré. Siento que tienes razón, y que perjudico a mi alma obligándola a una larga expiación antes de conseguir la paz».

«¡Eso es! Este pensamiento ya es un comienzo de perfeccionamiento».

7       Otro de Rama pregunta:

«¿Señor, son pocos los que se salvan?».

363 2«Si el hombre supiera vivir con respeto hacia sí mismo y amor reverencial a Dios, todos los hombres se salvarían, como Dios desea. Pero el hombre no actúa así. Como un necio, se entretiene con el oropel, en vez de coger el oro verdadero. Sed generosos en vuestro deseo del Bien. ¿Os cuesta? En eso está el mérito. Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. La otra, bien ancha y engalanada, es una seducción de Satanás para descaminaros. La del Cielo es estrecha, baja, austera, adusta. Para pasar por ella hay que ser ágiles y ligeros y no estar apegados a la pompa ni a la materialidad. Para poder pasar hay que ser espirituales. Si no, cuando llegue la hora de la muerte, no lograréis cruzarla. En verdad, se verá a muchos que tratarán de entrar, pero tan engrosados de materialidad, tan engalanados de pompas humanas, tan endurecidos por una costra de pecado, tan incapaces de agacharse a causa de la soberbia que ya es su esqueleto, que no lo lograrán. Irá entonces el Amo del Reino para cerrar la puerta, y los que estén afuera, los que no hayan podido entrar en el debido momento, desde fuera, llamarán a la puerta gritando: “¡Señor, ábrenos! ¡Estamos también nosotros aquí!”. Pero El dirá: “En verdad os digo que no os conozco, ni sé de dónde venís”. Y ellos: “¿Cómo es posible? ¿No te acuerdas de nosotros? Hemos comido y bebido contigo, te hemos escuchado cuando enseñabas en nuestras plazas”. Pero El responderá: “En verdad no os reconozco. Cuanto más os miro, más os veo saciados de aquellas cosas que declaré alimento impuro. En verdad, cuanto más os escruto, más veo que no sois de mi familia. En verdad, veo ahora de quién sois hijos y súbditos: del Otro. Tenéis por padre a Satanás, por madre la Carne, por nodriza la Soberbia, por siervo el Odio, por tesoro tenéis el pecado y vuestras gemas son los vicios. En vuestro corazón está escrito “Egoísmo”. Vuestras manos están manchadas de fraudes contra los hermanos. ¡Fuera de aquí! ¡Lejos de mí todos vosotros obradores de iniquidad!”. Y entonces, mientras que Abraham, Isaac, Jacob y todos los profetas y justos del Reino de Dios se presentarán viniendo de lo profundo del Cielo fúlgidos de gloria, ellos, los que no tuvieron amor sino egoísmo, no sacrificio sino molicie, serán arrojados lejos, recluidos en el lugar donde el llanto es eterno y no hay sino terror. Y los resucitados gloriosos, venidos de oriente y occidente, de septentrión y mediodía, se congregarán a la mesa nupcial del Cordero, Rey del Reino de Dios. Entonces se verá que muchos que parecieron “mínimos” en el ejército de la tierra serán los primeros en la ciudadanía del Reino. Y, de la misma forma, verán que no todos los poderosos de Israel serán poderosos en el Cielo, ni todos los que Cristo eligiera para el destino de siervos suyos habrán sabido merecer la elección para la mesa nupcial. Antes al contrario, verán que muchos, considerados “los primeros”, serán no sólo los últimos, sino que no serán ni siquiera últimos. Porque muchos son los llamados, mas pocos los que de la elección saben hacerse una verdadera gloria».

8       Mientras Jesús está hablando, al improviso llegan unos fariseos. Forman parte de un peregrinaje que se dirige a Jerusalén, o que viene, en busca de alojamiento, de una Jerusalén saturada. Ven la concentración de gente y se acercan para ver.

Pronto descubren la rubia cabeza de Jesús resplandeciente contra el fondo obscuro de la casa de Tomás.

«Dejad paso, que queremos decir unas palabras al Nazareno»

irrumpen gritando. Sin ningún entusiasmo se separa la gente. Los apóstoles ven venir hacia ellos al grupo farisaico.

«¡Maestro, paz a ti!».

«La paz a vosotros. ¿Qué queréis?».

«¿Vas a Jerusalén?».

«Como todo fiel israelita».

«¡No vayas! Te espera un peligro allí. Lo sabemos porque venimos de allá al encuentro de nuestras familias. Hemos venido a advertirte, porque hemos sabido que estabas en Rama».

«¿Quién os lo ha dicho, si es lícito preguntarlo?»

dice Pedro, escamado y dispuesto a empezar una discusión.

«No es asunto de tu incumbencia, hombre. Basta con que sepas, tú que nos llamas serpientes, que hay muchas serpientes cerca del Maestro, y que deberías desconfiar de los demasiados, y de los demasiado poderosos, discípulos».

«¿Cómo dices! ¡No querrás insinuar que Manahén o…».

«Silencio, Pedro. Y tú, fariseo, has de saber que ningún peligro puede apartar de su deber a un fiel. Si se pierde la vida, no pasa nada. Lo grave es perder la propia alma contraviniendo a la Ley. Pero tú lo sabes, y sabes que Yo lo sé. ¿Por qué, entonces, me tientas? ¿No sabes, acaso, que sé por qué lo haces?».

«No te tiento. Te digo la verdad. Muchos de nosotros serán enemigos tuyos, pero no todos. Nosotros no te odiamos. 9 Sabemos que Herodes te busca, y te decimos: márchate. Márchate de aquí, porque si Herodes te captura te mata seguro. Lo está deseando».

«Lo está deseando, pero no lo hará. Esto lo sé Yo. ¿Y sabéis lo que os digo?: id a decirle a esa vieja raposa que la persona que él busca está en Jerusalén. Pues vengo expulsando demonios y obrando curaciones, sin esconderme. Y lo seguiré haciendo hoy, mañana y pasado mañana, mientras dure mi tiempo. Y es que es necesario que siga caminando hasta tocar el final. Y es necesario que hoy y luego otra vez, y otra, y otra más, entre en Jerusalén; porque no es posible que mi camino se detenga antes. Y debe cumplirse en justicia, o sea, en Jerusalén».

«El Bautista murió en otro lugar».

«Murió en santidad, y santidad quiere decir: “Jerusalén”. Porque, si bien ahora Jerusalén quiere decir “Pecado”, ello se refiere sólo a lo que sólo es terrestre y pronto perecerá. Yo me refiero a lo eterno y espiritual, o sea, a la Jerusalén de los Cielos. En ella, en su santidad, mueren todos los justos y los profetas. En ella moriré Yo, e inútil es vuestro deseo de inducirme al pecado. Y moriré, además, entre las colinas de Jerusalén; pero no por mano de Herodes, sino por voluntad de quien me odia más refinadamente que él, porque ve en mí al usurpador del Sacerdocio apetecido, al purificador de Israel, de todas las enfermedades que lo corrompen. No le carguéis, pues, a Herodes todo el afán de matar; tomad, más bien, cada uno vuestra parte… en efecto, el Cordero está encima de un monte al que suben por todas partes lobos y chacales, para degollarle y…».

Los fariseos huyen bajo la granizada de estas verdades que queman…

10     Jesús los mira mientras huyen. Luego se vuelve hacia mediodía, hacia un claror más luminoso, que quizás indica la zona de Jerusalén, y, con tristeza, dice: «¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a tus profetas y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como reúne el ave en el nido a sus pequeñuelos bajo sus alas, y tú no has querido! Pues bien, tu verdadero Amo dejará desierta tu Casa. El vendrá, hará –como establece el rito– lo que deben hacer el primero y el último de Israel, y luego se marchará. Ya no permanecerá dentro de tu recinto, para purificarte con su presencia. Y te aseguro que ni tú ni tus habitantes me volveréis a ver, en mi verdadera figura, hasta que llegue el día en que digáis: “Bendito el que viene en nombre del Señor”… Y vosotros de Rama recordad estas palabras, y todas las otras, para no tener parte en el castigo de Dios. Sed fieles… Podéis marcharos. La paz sea con vosotros».

Y Jesús se retira a la casa de Tomás con todos los familiares de éste y con sus apóstoles.

[1] 174 Cfr. Lc. 13, 23–35.

[2] 175 Cfr. Gén. 22, 1–19; Ex. 13, 1–2, 11–16; 22, 29–30; 34, 19–20; Lev. 8; Núm. 3, 12–13, 40–51; 8, 5–26.

[3] 176 Cfr. Gén. 49, 25–26.

[4] 177 Cfr. Núm. 6.

[5] 178 Ib. 6, 22–27.

 

15/8/2016 Evangelio según San Lucas 1,39-56.

Solemnidad de la Asunción de la Virgen María

Santo(s) del día : San Esteban de Hungría
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Lecturas

Hoy celebramos la fiesta de la Asunción de nuestra querida madre del cielo, por la gracia de nuestro Señor que le mostró ese maravilloso suceso trascendental a Maria Valtorta junto con la visita de María a Isabel que corresponde al evangelio:

Capitulos

Tomo I Nacimiento y vida oculta de María y Jesús.

  1. La llegada de María a Hebrón y su encuentro con Isabel[1].[1] Cfr. Lc. 1, 39–55.
  2. Las jornadas en Hebrón. Los frutos de la caridad de María hacia Isabel. María revela el Nombre a Isabel

Tomo X Glorificación de Jesús y María

  1. El feliz tránsito de María
  2. Gloriosa asunción de María Santísima.
  3. Sobre el tránsito, la asunción y la realeza de María Santísima

El capitulo 22 responde al último versículo del evangelio de Lucas de este domingo.
El capitulo 651 cierra las enseñanzas de la obra El Evangelio como me fue revelado, con una gracia para los hombres de esta generación actual y que responde a las preguntas que muchos se hacen sobre este dogma de la Asunción de María.

El 10 de noviembre de 1950 el Papa Pío XII declaró que el hecho de que la Virgen María fuera llevada al cielo en cuerpo y alma es una verdad de fe que obliga a ser creída por todo católico.- San Alfonso Rodríguez vio un 15 de agosto cómo fue la recepción de la Santísima Virgen en el cielo el día de su llegada, y quedó extasiado, inmensamente emocionado.

San Esteban, Rey de Hungría, celebraba con mucha solemnidad la fiesta de la Asunción de María el 15 de agosto, y ese día fue llevado por Dios a la eternidad.- San Juan Berchmans, y San Estanislao de Kostka, jóvenes jesuitas, deseaban ir a celebrar en el cielo la fiesta de la Asunción. San Juan Berchmans murió el 14 de agosto, y San Estanislao en la mañana del 15, con el rosario en la mano y pronunciando los santísimos nombres de Jesús y María, y fueron a celebrar la gran fiesta de Asunción al cielo.

Santa Teresa dice que vio un día de la la Asunción cómo fue la llegada de la Santísima Virgen al cielo y que desde entonces quedó con el inmenso deseo de sufrir y trabajar con conseguirse un puesto en el paraíso.

“Y apareció en el cielo una mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies y 12 estrellas a su alrededor. Más impresionante que un ejército en orden de batalla”. ( Apocalipsis, 12)

Las visiones de Maria Valtorta que siguen van desde los ultimos momentos de vida de Maria en la tierra y la gloriosa Asunción, como asi tambien las palabras de reflexión de nuestro Señor sobre este misterio glorioso.

Como introducción a la lectura de MValtorta les transcribo las palabras rememoradas por Maria a Giuliana Crescio del libro “Mi vida en Nazaret”:

  1. – Estoy en la gruta de Massabielle, para escuchar allí súplicas y ruegos como en todo sitio donde soy amada y piensan en Mí.

Estoy en la gruta de Massabielle, para escuchar allí súplicas y ruegos como en todo sitio donde soy amada y piensan en Mí. Además vosotros habéis sentido allí mi presencia y mi dulzura para vosotros, mi dulzura para vosotros siempre, dondequiera que vosotros estéis. En la gruta de “Tre Fontane[1] estoy para escucharos todavía, allí Me he aparecido para confirmar mi asunción al Cielo en cuerpo y alma. ¡Mi cuerpo no podía corromperse! ¡Mi cuerpo ha llevado a Dios en sí y Dios trae vida, no trae muerte!

Mi cuerpo, unido a mi alma al final de mi tiempo, tuvo aquel dulce dormir: fue como un adormecerme y el despertar fue cuando me sentí transportada por los ángeles hacia el Paraíso. ¡No pequé, no podía morir ni siquiera en el cuerpo (y el alma nunca muere, va a gozar el premio o a padecer el castigo o a purificarse). Con mi cuerpo que subiendo se transformaba en cuerpo de gloria o bien se cambiaba en sí misma la sustancia, ¡era siempre Yo, Myriam, e iba a encontrar a mi Hijo! ¡El encuentro para siempre! Y así también vosotros encontraréis para siempre a aquellos que os esperan en el Paraíso. Alma y cuerpo siempre unidos, no tuve muerte ya que llevé la vida dando al mundo a mi Hijo, luz del mundo.

Alma y cuerpo unidos, no fue necesaria una separación ya que así tuvo que ser: tuve que ir intacta allá donde Jesús me esperó resucitado. ¡No tuve la muerte, tuve todo el dolor por la Pasión , en ver a Jesús herido y torturado, para verlo clavado en la Cruz , todo el dolor del mundo en Mí, en Él, por los pecados del mundo! Para salvar la humanidad que Jesús desea salva y feliz ya que, en el Padre, también Él la ha creado para un mundo mejor y maravilloso, no para la tierra, la tierra es un tránsito en la prueba.

Me sentía llevar, era ligera, estaba viva, era feliz, muy feliz: para Mí acababan las horas del dolor y la nostalgia… y cuando Jesús me vino al encuentro… “¡Immi, estás en casa!”. A veces en el recuerdo mi casa celeste parece aquella pequeña casa de Nazaret… Aquí se reviven los recuerdos más bellos. El cielo era cada vez más azul, el aire ligero… Entraba en la dimensión de la eternidad, entraba en el Reino del amor universal.

“Mi Reino no es de este mundo…” Él estuvo allí a esperarme en Su Reino. ¡Él os espera allá en Su Reino! ¿Cómo podía, ni aun por breve tiempo, morir aquel cuerpo que fue el cáliz de Aquel que trajo la vida? Yo no podía morir, sino sólo dulcemente dormir. ¡Cerré los ojos que veían cosas terrenales, los reabrí y vi cosas celestes! ¿La maravilla de lo que vi? Es el rostro de mi Hijo: “Immi, aquí no hay dolor, no hay nostalgia, no hay llanto!”. Y así será para vosotros, cuando vengáis a casa.

¡Aquí no hay horas, no hay tiempo, Aquí todo es para ser siempre y todo es siempre porque es! Una vida hecha de mil y mil dimensiones, todas de gozar, todas de vivir: ¡la vida!

Tiempo y espacio vencidos, Yo puedo ir a dondequiera que me lleva el pensamiento y me llama vuestro pensamiento.

En Lourdes Yo estaba allí y Bernardita me vio con el alma y con sus dulces ojos de carne. Y en Roma Yo estaba allí cuando dije a Bruno:

¡Mi cuerpo no podía corromperse![2]

21 de Julio de 1985, 18.00 horas

Glorificación de Jesús y María.

649. El feliz tránsito de María

21 de noviembre de 1951.

maxresdefault1       María, en su pequeño cuarto solitario situado arriba en la terraza, vestida enteramente de cándido lino (de cándido lino son la túnica que cubre sus miembros, y el manto que, sujeto en la base del cuello, desciende por sus espaldas, y el velo sutilísimo que le pende de la cabeza), está ordenando sus vestidos y los de Jesús, que siempre ha conservado. Elige los mejores. Estos mejores son pocos. De los suyos, toma la túnica y el manto que tenía en el Calvario; de los de su Hijo, una túnica de lino que Jesús acostumbraba a llevar en los días veraniegos y el manto encontrado en el Getsemaní, todavía manchado de la sangre brotada con el sudor sanguíneo de aquella hora tremenda.

Dobla bien estos indumentos, besa el manto ensangrentado de su Jesús, y se dirige hacia el arca en que están, ya desde hace años, recogidas y conservadas las reliquias de la última Cena y de la Pasión. Las reúne en una única parte, la superior, y pone todos los indumentos en la inferior.

2       Está cerrando el arca cuando Juan, que ha subido silenciosamente a la terraza, donde debe haber subido María a pasar las horas de la mañana, y se ha asomado a ver qué hace, quizás impresionado por su larga ausencia de la cocina, le hace volverse bruscamente al preguntarle:

-«¿Qué haces, Madre?».

-«He ordenado todo lo que conviene conservar. Todos los recuerdos… Todo lo que constituye un testimonio de su amor y dolor infinitos».

-«¿Por qué, Madre, volverte a abrir las heridas del corazón viendo de nuevo esas cosas tristes? Sufres viéndolas, porque estás pálida y tu mano tiembla»

le dice Juan acercándose a Ella, como temiendo que –tan pálida y temblorosa como está– pueda sentirse mal y caer al suelo.

-«¡Oh, no es por eso por lo que estoy pálida y tiemblo! No es porque se me abran de nuevo las heridas… que, en verdad, nunca se han cerrado completamente. En realidad, siento en mí paz y gozo, una paz y un gozo que nunca han sido tan completos como ahora».

-«¿Nunca como ahora! No entiendo… A mí el ver esas cosas, llenas de atroces recuerdos, me hace renacer la angustia de aquellas horas. Y yo soy sólo un discípulo suyo; tú eres su Madre…».

«Y, como tal, debería sufrir más, quieres decir. Y, humanamente, no yerras. Pero no es así. 3 Yo estoy acostumbrada a soportar el dolor de las separaciones de El. Siempre dolor porque su presencia y cercanía eran mi Paraíso en la Tierra. Pero también   siempre con buena disposición y serenamente sufridas, porque todos sus actos respondían a la Voluntad del Padre suyo, eran actos de obediencia a la Voluntad divina, y, por tanto, yo lo aceptaba porque yo también he obedecido siempre a los deseos y planes de Dios para mí. Cuando Jesús me dejaba, sufría. ¡Claro! Me sentía sola. El dolor que sufrí cuando, siendo niño, me dejó ocultamente por el debate con los doctores del Templo, sólo Dios lo ha medido en su más auténtica intensidad; y, a pesar de ello, aparte de la justa pregunta que, como madre, le hice por haberme dejado así, no le dije nada más. Y tampoco le retuve cuando me dejó para manifestarse como Maestro… y ya había enviudado de José, y, por tanto, estaba sola, en una ciudad que, excepción hecha de algunas escasas personas, no me quería. Y no mostré estupor por su respuesta en el banquete de Caná. El hacía la voluntad del Padre, yo le dejaba libre para hacerla.

Podía llegar a darle un consejo o a pedirle algo: un consejo sobre los discípulos, una súplica por algún desdichado. Pero más, no. Yo sufría cuando me dejaba para ir al mundo, a ese mundo que le era hostil, a ese mundo tan pecador, que el hecho de vivir en él le resultaba ya un sufrimiento. ¡Pero, cuánta alegría cuando volvía! Era una alegría tan profunda, que me compensaba setenta veces siete el dolor de la separación.

Desgarrador fue el dolor de la separación que siguió a su Muerte, pero ¿con qué palabras podré expresar el gozo que sentí cuando se me apareció resucitado? Inmensa fue la pena de la separación por su regreso al Padre, una pena sin término hasta la finalización de mi vida terrena. 4 Ahora experimento el gozo, inmenso gozo como inmensa ha sido la pena, porque siento que mi vida toca a su fin. He hecho cuanto debía hacer. He terminado mi misión terrena. La otra, la celeste, no tendrá fin[1]. Dios me ha dejado en esta Tierra hasta que he consumado –yo también, como mi Jesús– todo lo que debía consumar. Y tengo dentro de mí esa secreta alegría –única gota de bálsamo en medio de sus amarguísimos, finales, atroces sufrimientos– que tuvo Jesús cuando pudo decir:

“Todo está consumado”».

-«¿Alegría en Jesús? ¿En aquella hora?».

-«Sí, Juan. Una alegría incomprensible para los hombres, pero comprensible para los espíritus que ya viven en la luz de Dios y ven las cosas profundas, escondidas bajo los velos que el Eterno corre sobre sus secretos de Rey, gracias a esa luz. Yo, tan angustiada como estaba, profundamente turbada por lo que estaba sucediendo, asociada a El, a mi Hijo, en el abandono en las manos del Padre, no comprendí en esos momentos. La Luz se había apagado para todo el mundo, que no la había querido acoger. Y también para mí. No por un justo castigo, sino porque, debiendo ser la Corredentora, yo también debía padecer la angustia del abandono de los consuelos divinos, la tiniebla, la desolación, la tentación de Satanás de que no creyera ya posible lo que El había dicho; todo lo que El padeció en el espíritu desde el Jueves hasta el Viernes. Pero luego comprendí. Cuando la Luz, resucitada para siempre, se me apareció, comprendí. Todo. Incluso la secreta, final alegría de Cristo cuando pudo decir: “Todo lo que el Padre quería que llevara a cabo lo he cumplido. He colmado la medida de la caridad divina amando al Padre hasta el sacrificio de mí mismo, amando a los hombres hasta morir por ellos. Todo lo que debía llevar a cabo lo he cumplido. Muero lacerado en mi carne inocente, pero contento en el espíritu”. Yo también he cumplido todo lo que, Aba eterno, estaba escrito que cumpliera. Desde la generación del Redentor hasta la ayuda a vosotros, sus sacerdotes, para que os formarais perfectamente. 5 La Iglesia, actualmente, está formada y es fuerte. El Espíritu Santo la ilumina, la sangre de los primeros mártires la une sólidamente y multiplica[2]; mi ayuda ha cooperado en hacer de Ella un organismo santo, al que la caridad hacia Dios y hacia los hermanos alimenta y fortalece cada vez más, y donde los odios, rencores, envidias, maledicencias, malvadas plantas de Satanás, no arraigan. Dios está contento de ello, y quiere que lo sepáis a través de mis labios, como también quiere que os diga que continuéis creciendo en la caridad para poder crecer en la perfección, y lo mismo en número de cristianos y en potencia de doctrina. Porque la doctrina de Jesús es doctrina de amor. Porque la vida de Jesús, y también la mía, estuvieron siempre guiadas y movidas por el amor[3].

Ninguno fue rechazado por nosotros, a todos los perdonamos; sólo a uno no pudimos otorgarle el perdón, porque él, siendo ya esclavo del Odio, no quiso nuestro amor sin límites. Jesús, en su último adiós antes de la muerte, os mandó que os amarais los unos a los otros. Y os dio incluso la medida del amor que debíais guardaros, diciéndoos[4]:

“Amaos los unos a los otros como Yo os he amado. Por esto se sabrá que sois mis discípulos”. La Iglesia, para vivir y crecer, tiene necesidad de la caridad. Caridad, sobre todo, en sus ministros. Si no os amarais entre vosotros con todas vuestras fuerzas, y, de la misma manera, no amarais a vuestros hermanos en el Señor, la Iglesia se haría estéril, y raquítica y escasa sería la nueva creación y la supercreación de los hombres, para el grado de hijos del Altísimo y coherederos del Reino del Cielo, porque Dios dejaría de ayudaros en vuestra misión. Dios es Amor. Todos sus actos han sido actos de amor.

Desde la Creación hasta la Encarnación[5], desde ésta hasta la Redención[6], desde ésta, a su vez, hasta la fundación de la Iglesia[7], y, en fin, desde ésta hasta la Jerusalén celestial, que recogerá a todos los justos para que exulten en el Señor. 6 Te digo a ti estas cosas porque eres el Apóstol del amor y las puedes comprender mejor que los otros…».

Juan la interrumpe diciendo:

-«También los otros aman y se aman».

-«Sí. Pero tú eres el Amante por excelencia. Cada uno de vosotros tuvo siempre una característica, como, por lo demás, la tienen todas las criaturas. Tú, en el número de los doce, fuiste siempre el amor, el puro y sobrenatural amor. Quizás –es más, ciertamente– por ser tan puro amas tanto. ¿Y Pedro? Pedro fue siempre el hombre, el hombre auténtico e impetuoso. Su hermano, Andrés, tuvo todo el silencio y timidez que el otro no tenía. Santiago, tu hermano, impulsivo, tanto que Jesús le llamó hijo del trueno. El otro Santiago, hermano de Jesús, justo y heroico. Judas de Alfeo, su hermano, noble y leal, siempre; la descendencia de David era evidente en él. Felipe y Bartolomé eran los tradicionalistas. Simón el Zelote, el prudente. Tomás, el pacífico. Mateo, el hombre humilde que, teniendo presente su pasado, trataba de pasar inadvertido. Y Judas de Keriot, ¡Ay!, la oveja negra del rebaño de Cristo, la serpiente que recibió el calor de su amor, fue el satánico embustero, siempre. Pero tú, todo tú amor, puedes comprender mejor y ser voz de amor para todos los otros, para los lejanos, para transmitirles este último consejo mío. Les dirás que se amen y que amen a todos, incluso a sus perseguidores, para ser una sola cosa con Dios, como yo lo fui, hasta el punto de merecer ser elegida esposa del Amor eterno para concebir a Cristo.

7 Yo me he entregado a Dios sin medida, aun comprendiendo desde el primer momento cuánto dolor me habría acarreado ello. Los profetas estaban presentes en mi mente, y sus palabras la luz divina me las hacía clarísimas. Por tanto, desde mi primer “fiat” al Angel, supe que me consagraba al mayor de los dolores que madre alguna pudiera padecer. Pero nada puso límite a mi amor. Porque yo sé que el amor es, para cualquiera que lo use, fuerza, luz, imán que atrae hacia arriba, fuego que purifica y hace hermoso todo lo que enciende, y transforma y transhumana a todos los que ciñe en su abrazo. 8 Sí, el amor es realmente llama. Es llama que, aun destruyendo todo lo caduco, hace de ello –aunque se trate de un desecho, un detrito, un despojo de hombre– un espíritu purificado y digno del Cielo. ¡Cuántos desechos, cuántos hombres manchados, corroídos, acabados, encontraréis en vuestro camino de evangelizadores! No despreciéis a ninguno de ellos. Antes al contrario, amadlos, para que nazcan al amor y se salven. Infundid en ellos la caridad. Muchas veces el hombre se hace malo porque nadie le amó nunca o le amó mal. Vosotros amadlos para que el Espíritu Santo vaya de nuevo a vivir después de la purificación –en esos templos vaciados y ensuciados por muchas cosas–. Dios, para crear al hombre no tomó un ángel, ni materia selecta; tomó barro, la materia más abyecta. Luego, infundiendo en ella su soplo, o sea, otra vez su amor, elevó la materia abyecta al excelso grado de hijo adoptivo[8] de Dios. Mi Hijo, en su camino, encontró muchos seres humanos caídos en el fango y que eran verdaderos despojos. No los pisó con desprecio. Al contrario, con amor los recogió y acogió, y los transformó en elegidos del Cielo. Recordad esto siempre. Y actuad como El actuó.

9 Recordad todo, hechos y palabras de mi Hijo. Recordad sus dulces parábolas, vividlas, o sea, ponedlas en práctica; y escribidlas para que tengan constancia de ellas los que vengan después hasta el final de los siglos, para que sean siempre guía de los hombres de buena voluntad para que consigan la vida y gloria eternas. No podréis, no, repetir todas las luminosas palabras de la eterna Palabra de Vida y Verdad; pero escribid cuantas más podáis escribir. El Espíritu de Dios, que descendió sobre mí para que diera al Salvador al mundo, y que descendió también sobre vosotros en dos ocasiones, os ayudará a recordar y a hablar a las gentes de forma que las convirtáis al verdadero Dios. Continuaréis así la maternidad espiritual que empecé yo en el Calvario[9]611 para dar muchos hijos al Señor. Y el propio Espíritu, hablando en los hijos del Señor de nuevo creados, los fortalecerá de tal manera, que para ellos será dulce el morir entre tormentos, padecer el destierro y la persecución, con tal de confesar su amor a Cristo y unirse a El en el Cielo, como ya hicieron Esteban y Santiago, mi Santiago, y otros más[10]612… 10 Cuando, estés solo, salva esta arca…».

Juan, palideciendo y turbándose, más pálido aún de lo que ya se ha puesto cuando María ha dicho que siente cumplida su misión, la interrumpe exclamando y preguntando:

-«¡Madre! ¿Por qué dices esto? ¿Te sientes mal?».

«No».

-«¿Entonces es que quieres dejarme?».

«No. Estaré contigo mientras esté en la Tierra. Pero prepárate, Juan mío, a estar solo» .

-«¡Pero, entonces es que te sientes mal y quieres ocultármelo!…».

-«No, créeme. Nunca me he sentido con tantas fuerzas, con tanta paz, con tanta alegría, como ahora. Tengo dentro de mí un gozo tal, una tan gran plenitud de vida sobrenatural, que… sí, que pienso que no podré soportarla siguiendo viva. Además, no soy eterna. Debes comprenderlo. Eterno es mi espíritu; la carne, no; y está sujeta, como todo cuerpo humano, a la muerte».

-«¡No! ¡No! No digas eso. ¡Tú no puedes, no debes, morir! ¡Tu cuerpo inmaculado no puede morir como el de los pecadores!».

-«Estás en un error, Juan. ¡Mi Hijo murió! Yo también moriré. No conoceré la enfermedad, la agonía, el angustioso sufrimiento de la muerte. Pero, morir, moriré. Y, además, has de saber, hijo mío, que si tengo un deseo entera y solamente mío, y que permanece desde que El me dejó, es precisamente éste. Este es el primero, intenso deseo del todo mío. Es más, puedo decir: la primera voluntad mía. Todas las otras cosas de mi vida no fueron sino consentimiento de mi voluntad a la Voluntad divina. Voluntad de Dios, puesta por El mismo en mi corazón de niña, fue el querer ser virgen; voluntad suya, mi boda con José; voluntad suya, mi Maternidad virginal y divina. Todo en mi vida ha sido voluntad de Dios, y obediencia mía a su voluntad. Pero ésta, la voluntad de querer unirme de nuevo a Jesús, es voluntad del todo mía. ¡Dejar la Tierra por el Cielo, para estar con El eterna y continuamente! ¡Mi deseo de hace ya muchos años! Y ahora siento que próximamente se va a hacer realidad.

11 ¡No te turbes de esa manera, Juan! Escucha, más bien, mis últimos deseos. Cuando mi cuerpo, ausente ya de él el espíritu vital, yazca en paz, no me sometas a los embalsamamientos habituales entre los hebreos. Ya no soy la hebrea, sino la cristiana, la primera cristiana, si bien se piensa, porque fui la primera que tuvo a Cristo, Carne y Sangre, en mí, porque fui su primera discípula, porque fui con El Corredentora y continuadora suya aquí, entre vosotros, siervos suyos. Ningún ser humano, excepto mi padre y mi madre y los que asistieron a mi nacimiento, vio mi cuerpo. Tú a menudo me llamas: “Arca verdadera que contuvo a la Palabra divina”. Ahora bien, tú sabes que sólo el Sumo Sacerdote puede ver el Arca[11]. Tú eres sacerdote, y mucho más santo y puro que el Pontífice del Templo. Pero yo quiero que sólo el eterno Pontífice pueda ver, en su debido momento, mi cuerpo. Por eso, no me toques. Además… ya ves que me he purificado y me he puesto la túnica pura, el vestido de los esponsales eternos… 12 Pero, ¿por qué lloras, Juan?».

-«Porque la tempestad del dolor se desencadena dentro de mí. ¡Me doy cuenta de que voy a perderte pronto! ¿Cómo podré vivir sin ti? ¡Siento desgarrárseme el corazón ante este pensamiento! ¡No resistiré este dolor!».

-«Resistirás. Dios te ayudará a vivir, y mucho tiempo, como me ayudó a mí. Porque si El no me hubiera ayudado en el Gólgota y en el Monte de los Olivos, cuando Jesús murió y cuando Jesús ascendió al Cielo, habría muerto, como murió Isaac. Te ayudará a vivir y a recordar todo lo que te he dicho antes, para el bien de todos».

-«¡Oh, lo recordaré todo! Y haré todo lo que deseas, y lo que has dicho respecto a tu cuerpo. Yo también comprendo que los ritos hebreos para ti ya no sirven, para ti, cristiana, para ti, la Purísima que –estoy seguro de ello– no conocerá en su carne la corrupción. No puede tu cuerpo, divinado como ningún otro cuerpo de mortal –por no haber tenido Pecado original y, más aún, porque además de la plenitud de la Gracia contuviste en ti a la Gracia misma, al Verbo; por lo cual tú eres la más verdadera reliquia suya–, conocer la descomposición, la podredumbre de toda carne mortal. Será éste el último milagro de Dios a ti, en ti. Serás conservada como eres ahora…».

-«¡No sigas llorando!»

exclama María mirando a la cara desencajada, enteramente bañada en lágrimas, del apóstol. Y añade:

-«Si voy a conservarme como soy ahora, no me perderás. ¡Así que no te angusties!».

-«Te perderé de todas formas, aunque permanezcas incorrupta. Y me siento como atrapado por un huracán de dolor, un huracán que me quebranta y me abate. Tú eras mi todo, especialmente desde la muerte de mis padres y desde que los otros hermanos, de sangre y de misión, están lejos, incluido el queridísimo Margziam al que Pedro ha tomado consigo. ¡Ahora me quedaré solo, y en medio de la más fuerte tempestad!»,

y Juan cae a sus pies, llorando aún más fuertemente.

13 María se agacha hacia él, le pone una mano sobre la cabeza, que se mueve por los sollozos y le dice:

-«No. Así no. ¿Por qué me das dolor? Tan fuerte como fuiste al pie de la Cruz… ¡y era una escena de horror sin igual, por la intensidad del martirio y por el odio satánico del pueblo! ¡Tan fuerte, tan consolador para El y para mí, en aquel momento… ¿y hoy, en el atardecer de un sábado tan sereno y sosegado, y ante mí, que exulto por el inminente gozo que presiento, te turbas de esta manera?! Cálmate. Imita a todo lo que nos rodea, a todo lo que está dentro de mí; es más: únete a ello. Todo es paz.

Ten paz tú también. Sólo los olivos rompen, con su leve frufrú, la calma absoluta de esta hora. Pero ¡es tan dulce este susurro, que parece un vuelo de ángeles en torno a la casa! Y quizás están realmente los ángeles, porque siempre los ángeles estuvieron cerca de mí, uno o muchos, cuando me encontraba en un momento especial de mi vida. Estuvieron en Nazaret cuando el Espíritu de Dios hizo fecundo mi seno virgen. Y estuvieron con José cuando estaba turbado y titubeante, por mi estado y respecto a cómo comportarse conmigo. Y en Belén en dos ocasiones: cuando nació Jesús y cuando tuvimos que huir a Egipto. Y en Egipto, cuando nos dieron la orden de volver a Palestina. Y a las pías mujeres –si no a mí, fue porque el propio Rey de los ángeles había venido a mí– se les aparecieron ángeles en el amanecer del primer día después del sábado, y dieron la orden de decirte a ti y de decirle a Pedro lo que debíais hacer. Angeles y luz, siempre, en los momentos decisivos de mi vida y de la de Jesús. Luz y ardor de amor que, descendiendo del trono de Dios a mí, su sierva, y subiendo de mi corazón a Dios, mi Rey y Señor, nos unían a mí con Dios y a Dios conmigo, para que se cumpliera todo lo que estaba escrito que había de cumplirse, y también para crear un entrecielo de luz extendido sobre los secretos de Dios, de forma que Satanás y sus siervos no conocieran, antes del tiempo justo, el cumplimiento del misterio sublime de  la Encarnación. 14 También en este atardecer siento, aunque no los vea, a los ángeles en torno a mí. Y siento que crece en mí, dentro de mí, la luz, una irresistible luz, como la que me envolvió cuando concebí al Cristo, cuando le di al mundo; luz que viene de un impulso de amor más poderoso que el habitual en mí. Por una potencia de amor similar a ésta, arrebaté, antes del tiempo, del Cielo al Verbo, para que fuera el Hombre y Redentor[12]. Por una potencia de amor como la que me acomete en este anochecer, espero ser raptada por el Cielo y que el Cielo me lleve al lugar a donde deseo ir con mi espíritu para cantar, eternamente, con el pueblo de los santos y los coros de los ángeles, mi imperecedero[13] “Magníficat” a Dios por las grandes cosas que ha hecho en mí, su sierva».

-«No sólo con el espíritu, probablemente. Y a ti te responderá la Tierra, la cual con sus pueblos y naciones te glorificará y te honrará mientras el mundo exista, como bien predijo, aunque veladamente, de ti Tobit[14], porque la que verdaderamente ha llevado en sí al Señor eres tú, y no el Santo de los Santos. Tú has dado a Dios, tú sola, tanto amor cuanto no le han dado todos los Sumos Sacerdotes y todos los otros del Templo en siglos y siglos. Un amor ardiente y purísimo. Por eso, Dios te hará felicísima».

-«Y cumplirá mi único deseo, mi única voluntad. Porque el amor, cuando es tan total, que es casi perfecto como el de mi Hijo y Dios, todo lo obtiene, incluso lo que para el juicio humano parecería imposible de obtenerse. Recuerda esto, Juan. 15 Y di también esto a tus hermanos. ¡Seréis muy hostigados! Obstáculos de todo tipo os harán temer una derrota, matanzas por parte de los perseguidores, deserción por parte de cristianos de moral… iscariótica deprimirán vuestro espíritu. No temáis. Amad y no temáis. En la proporción de vuestro modo de amar Dios os ayudará y os hará triunfar sobre todo y sobre todos. Todo obtiene el que se hace serafín. Entonces el alma, esa admirable, eterna cosa que es el mismo soplo de Dios, por El infundido en  nosotros[15], se proyecta poderosamente hacia el Cielo, cae como llama a los pies del divino trono, habla con Dios y es escuchada por Dios, y obtiene del Omnipotente lo que desea. Si los hombres supieran amar como ordena la antigua Ley[16] y como amó y enseño a amar mi Hijo, todo lo obtendrían. 16 Yo amo así. Por eso siento que dejaré de estar en la Tierra, yo por exceso de amor, como El murió por exceso de dolor. La medida de mi capacidad de amar está colmada. ¡Mi alma y mi carne no pueden ya contenerla! El amor rebosa de ellas, me sumerge y al mismo tiempo me eleva hacia el Cielo, hacia Dios, mi Hijo. Y su voz me dice: “¡Ven! ¡Sal! ¡Sube a nuestro trono y a nuestro trino abrazo!”. ¡La Tierra, todo lo que me rodea, desaparece en la gran luz que del Cielo me viene! ¡Los sonidos quedan cubiertos por esta voz celestial! ¡Ha llegado para mí la hora del abrazo divino, Juan mío!».

17     Juan, que, escuchando a María, se había calmado un poco aunque permanecía turbado, y que en la última parte de sus palabras la miraba extático, casi arrobado también él, palidísimo su rostro como el de María, cuya palidez de todas formas se va lentamente transformando en luz blanquísima, acude a ella para sujetarla mientras exclama:

-«¡Tu aspecto es como el de Jesús cuando se transfiguró en el Tabor[17]! ¡Tu carne resplandece como luna, tus vestiduras relucen como lastra de diamante colocada frente a una llama blanquísima! ¡Ya no eres humana, Madre! ¡La pesantez y la opacidad de la carne han desaparecido! ¡Eres luz! Pero no eres Jesús. El, siendo Dios además de Hombre, podía sostenerse por sí solo en el Tabor, como aquí en el Monte de los Olivos en su Ascensión. Tú no puedes. No te sostienes. Ven. Te ayudo yo a reclinar en tu lecho tu cuerpo rendido y bienaventurado. Descansa».

Y, amorosísimamente, la lleva hasta el modesto lecho sobre el que María se extiende sin quitarse siquiera el manto.

18 Recogiendo los brazos sobre el pecho, celando sus dulces ojos, fúlgidos de amor, con sus párpados, dice a Juan, que está inclinado hacia Ella:

-«Yo estoy en Dios y Dios está en mí[18]. Mientras le contemplo y siento su abrazo, di los salmos y todas las otras páginas de la Escritura que a mí se aplican especialmente en este momento. El Espíritu de Sabiduría te las indicará[19]. Recita luego la oración de mi Hijo, repíteme las palabras del Arcángel anunciador y las que me dijo Isabel, y mi himno de alabanza… Yo te seguiré con todo lo que de mí tengo todavía en la Tierra…».

Juan, luchando contra el llanto que le sube del corazón, esforzándose en dominar la emoción que le turba, con esa bellísima voz suya que con el paso de los años se ha hecho muy semejante a la de Cristo –lo cual observa María con una sonrisa, diciendo: -«¡Me parece como si tuviera a mi lado a mi Jesús!»–, entona[20] el salmo 118 (lo recita casi por entero), luego los tres primeros versículos del 41, los ocho primeros del 38, el salmo 22 y el salmo 1. Dice luego el Padrenuestro, las palabras de Gabriel e Isabel, el cántico de Tobit, el capítulo 24 del Eclesiástico desde el verso 11 al 46; por último, entona el Magníficat. Pero, en llegando al noveno verso, se da cuenta de que María ya no respira, aun permaneciendo con postura y aspecto naturales; sonriente, calma, como si no hubiera advertido el cese de la vida[21].

Juan, con un grito de desgarro, se arroja al suelo, contra la orilla del lecho; y llama, llama a María. No sabe persuadirse de que Ella ya no puede responderle; de que su cuerpo ya no tiene el alma vital. ¡Pero, claro, tiene que rendirse a la evidencia! Se inclina hacia su cara, que ha quedado fija en una expresión de gozo sobrenatural, y copiosas lágrimas llueven de los ojos de Juan para caer sobre ese rostro delicado, sobre esas manos puras tan dulcemente cruzadas sobre el pecho. Es el único lavacro que recibe el cuerpo de María: el llanto del Apóstol del amor, de su hijo adoptivo por voluntad de Jesús[22].

19     Pasado el primer ímpetu de dolor, Juan, recordando el deseo de María, recoge los extremos del amplio manto de lino, que pendían de las orillas del lecho, y los del velo, que penden de la almohada, y extiende los primeros sobre el cuerpo y los segundos sobre la cabeza. María ahora asemeja a una estatua de cándido mármol extendida sobre la tapa de un sarcófago. Juan la contempla durante largo tiempo, y, mirándola, nuevas lágrimas caen de sus ojos.

Luego dispone de otra manera la habitación, quitando los enseres superfluos. Deja sólo: la cama; la pequeña mesa, contra la pared, sobre la que deposita el arca que contiene las reliquias; un taburete que coloca entre la puerta que da a la terraza y el lecho donde yace María; y una repisa sobre la que está la lamparita que Juan ha encendido (porque ya va llegando la noche).

Presuroso, baja al Getsemaní para recoger todas las flores que puede encontrar, y ramas de olivo ya con olivas formadas. Vuelve a subir al pequeño cuarto y, a la luz de la lamparita, coloca las flores y las ramas alrededor del cuerpo de María; y el cuerpo queda como en el centro de una gran corona.

20     Mientras realiza esto, habla con María yacente, como si pudiera oírle. Dice:

-«Fuiste siempre lirio de los valles[23], rosa suave, oliva fértil, viña fructífera, espiga santa. Nos has dado tus perfumes[24], el Oleo de la vida y el Vino de los fuertes y el Pan[25]627 que preserva de la muerte al espíritu de quienes de él dignamente se nutren. Bien están en torno a ti estas flores, como tú sencillas y puras, como tú adornadas de espinas, como tú pacíficas. Ahora acercamos esta lamparita. Así, junto a tu lecho, para que te vele y me haga compañía mientras te velo, en espera de al menos uno de los milagros que espero, de los milagros por cuyo cumplimiento oro. El primero es que, según su deseo, Pedro, y los otros a los que mandaré avisar a través del servidor de Nicodemo, puedan verte todavía una vez. El segundo es que tú, de la misma forma que en todo seguiste la suerte de tu Hijo, como El te despiertes al tercer día, para no hacer de mí el dos veces huérfano. El tercero es que Dios me dé paz, si no se cumpliera lo que espero que en ti se cumpla, como se cumplió en Lázaro, que no era como tú. Pero, ¿y por qué no iba a cumplirse? Regresaron a la vida la hija de Jairo, el joven de Naím, el hijo de Teófilo… Verdad es que, entonces, obró el Maestro… Pero El está contigo, aunque no en modo visible. Y tú no has muerto por enfermedad, como los resucitados por obra de Cristo. ¿Pero tú realmente has muerto? ¿Has muerto como todo hombre muere? No. Siento que no. Tu espíritu no está ya en ti, en tu cuerpo, y en ese sentido esto tuyo podría llamarse muerte. Pero, por el modo en que tu tránsito ha sucedido, pienso que esto no es sino una transitoria separación de tu alma, sin culpa y llena de gracia, de tu purísimo y virginal cuerpo. ¡Debe ser así! ¡Es así! Cómo y cuándo tendrá lugar de nuevo la unión y la vida volverá a ti, no lo sé. Pero estoy tan seguro de ello, que me quedaré aquí, a tu lado, hasta que Dios, o con su palabra o con su acción, me muestre la verdad sobre tu destino».

Juan, que ha terminado de colocar todas las cosas, se sienta en el taburete, poniendo en el suelo, junto al lecho, la lamparita; y contempla, orando, a María yacente.

650. Gloriosa asunción de María Santísima.

8 de diciembre de 1951.

1       ¿Cuántos días han pasado? Es difícil establecerlo con seguridad. A juzgar por las flores que forman una corona alrededor del cuerpo exánime, debería decirse que han pasado pocas horas. Pero si se juzga por las ramas de olivo sobre las cuales están las flores frescas, ramas con hojas ya lacias, y por las otras flores mustias puestas –cada una de ellas como una reliquia– sobre la tapa del arca, se debe concluir que ya han pasado algunos días.

Pero el cuerpo de María presenta el aspecto que tenía instantes después de haber expirado. Ninguna señal de muerte hay en su cara, ni en sus pequeñas manos. Ningún olor desagradable hay en la habitación; es más, aletea en ella un perfume   indefinible, que huele a mezcla de incienso, lirios, rosas, muguetes y hierbas montanas.

Juan –a saber cuántos días lleva velando– se ha dormido vencido por el cansancio, sentado en el taburete, con la espalda apoyada en la pared, junto a la puerta abierta que da a la terraza. La luz de la lámpara, colocada en el suelo, le ilumina de abajo hacia arriba y permite ver su rostro cansado, palidísimo, excepto en torno a los ojos, enrojecidos por el llanto.

El alba debe haber empezado ya; en efecto, su débil claror hace visibles la terraza y los olivos que rodean a la casa, un claror que se va haciendo cada vez más intenso y que, entrando por la puerta, hace más nítidos los contornos de los objetos de la habitación, de esos objetos que, por estar lejos de la lamparita, antes apenas se vislumbraban.

2       De repente, una gran luz llena la habitación, una luz argéntea con tonalidades azules, casi fosfórica; y aumenta sin cesar, anulando la del alba y la de la lamparita. Una luz igual que la que inundó la gruta de Belén en el momento de la Natividad divina. Luego, en esta luz paradisíaca, se hacen visibles criaturas angélicas (luz aún más espléndida en la luz, ya de por sí poderosísima, que ha aparecido antes). Como ya sucedió cuando los ángeles se aparecieron a los pastores, una danza de centellas de todos los colores surge de sus alas dulcemente agitadas, de las cuales procede un armónico susurro ornado de arpegios, dulcísimo.

cmaytn3wgaajeugLas criaturas angélicas se disponen en corona en torno al lecho, se inclinan hacia él, levantan el cuerpo inmóvil y, con un batir más fuerte de sus alas –que aumenta el sonido que antes existía–, por una abertura que se ha creado prodigiosamente en el techo (como prodigiosamente se abrió el Sepulcro de Jesús), se van, llevándose consigo el cuerpo de su Reina, santísimo, sin duda, pero aún no glorificado y, por tanto, sujeto a las leyes de la materia, sujeción que no tuvo Cristo porque cuando resucitó de la muerte ya estaba glorificado[26]. El sonido producido por las alas angélicas aumenta, y ahora es potente como sonido de órgano.

3       Juan, que ya –aun permaneciendo adormecido– se había movido dos o tres veces en su taburete, como si le molestaran la gran luz y el sonido de las alas angélicas, se despierta totalmente por ese sonido potente y por una fuerte corriente de aire que, descendiendo del techo destapado y saliendo por la puerta abierta, forma como un remolino que agita las cubiertas del lecho ya vacío y las vestiduras de Juan, y que apaga la lámpara y cierra, con un fuerte golpe, la puerta abierta.

El apóstol mira a su alrededor, todavía soñoliento, para percatarse de lo que está sucediendo. Se da cuenta de que el lecho está vacío y el techo está descubierto. Intuye que ha tenido lugar un prodigio. Sale corriendo a la terraza y, como por un instinto espiritual, o por llamada celeste, alza la cabeza protegiendo sus ojos con la mano para mirar sin el obstáculo del naciente Sol.

william-adolphe-bouguereau-1825-1905-la-asuncic3b3n-de-la-virgen-18754       Y ve. Ve el cuerpo de María, todavía inerte, e igual en todo al de una persona que duerme; le ve subir cada vez más alto, sostenido por la multitud angélica. Como dirigiendo un último saludo, un extremo del manto y del velo se mueven, quizás por la acción del viento producido por la rápida asunción y por el movimiento de las alas angélicas; y unas flores, las que Juan había colocado y renovado alrededor del cuerpo de María, y que se habían quedado entre los pliegues de las vestiduras, llueven sobre la terraza y la tierra del Getsemaní, mientras el potente himno de alabanza de la multitud angélica se va haciendo cada vez más lejano y, por tanto, más leve.

Juan sigue mirando fijamente a ese cuerpo que sube hacia el Cielo y, sin duda, por un prodigio que Dios le concede, para consolarle o premiarle por su amor a su Madre adoptiva, ve, con claridad, que María, envuelta ahora por los rayos del Sol, que ya ha salido, sale del éxtasis que le ha separado el alma del cuerpo, vuelve a la vida y se pone en pie (porque ahora Ella también goza de los dones propios de los cuerpos glorificados).

Juan mira, mira… el milagro que Dios le concede le da la facultad, contra toda ley natural, de ver a María como es ahora mientras sube en rapto hacia el Cielo, rodeada, ya no ayudada a subir, por los ángeles que entonan cantos de júbilo. Y Juan se ve raptado por esa visión de hermosura que ninguna pluma usada por mano humana, ninguna palabra humana ni obra alguna de artista podrán jamás describir o reproducir, porque es de una belleza indescriptible.

649 3Juan, permaneciendo apoyado en el antepecho de la terraza, sigue mirando fijamente esa espléndida y resplandeciente forma de Dios –porque realmente puede llamarse así a María, formada en modo único por Dios, que la quiso inmaculada, para que fuera forma para el Verbo encarnado– que sube cada vez más. Y un último, supremo prodigio concede Dios–Amor a este perfecto amante suyo: el de ver el encuentro de la Madre Santísima con su Santísimo Hijo, quien –también El espléndido y resplandeciente, hermoso con una hermosura indescriptible– desciende rápido del Cielo, llega junto a su Madre, la abraza contra su corazón y, juntos, más refulgentes que dos astros mayores, con Ella regresa al lugar de donde ha venido[27].

5       La visión de Juan ha terminado. Baja la cabeza. En su rostro cansado están presentes el dolor por la pérdida de María y el júbilo por su glorioso destino. Pero ahora ya el júbilo supera al dolor.

Dice:

-«¡Gracias, Dios mío! ¡Gracias! Presentía que habría sucedido esto. Y quería estar en vela para no perder ningún episodio de su Asunción. ¡Pero llevaba ya tres días sin dormir! El sueño, el cansancio, unidos al dolor, me han abatido y vencido en el momento en que era inminente la Asunción[28]… Pero quizás Tú mismo lo has querido, Oh Dios, para que no perturbara ese momento y no sufriera demasiado… Sí, sin duda, Tú lo has querido así, de la misma forma que ahora has querido que viera lo que sin un milagro tuyo no habría podido ver. Me has concedido verla otra vez, aun estando ya muy lejana, ya glorificada y gloriosa, como si estuviera cerca de mí. ¡Y ver de nuevo a Jesús! ¡Oh, visión beatísima, inesperada, inesperable! ¡Oh, don de los dones de Jesús–Dios a su Juan! ¡Gracia suprema! ¡Volver a ver a mi Maestro y Señor! ¡Verle a El junto a su Madre! ¡El semejante a un sol y Ella a una luna[29]631, esplendidísimos ambos por su estado glorioso y por la felicidad de estar unidos de nuevo y eternamente! ¿Qué será el Paraíso, ahora que vosotros resplandecéis en él, vosotros, astros mayores de la Jerusalén celestial[30]? ¿Cuál será el júbilo de los angélicos coros y de los santos? Es tal la alegría que me ha producido el ver a la Madre con el Hijo –cosa que anula toda pena suya, toda pena de ambos–, que también mi pena cesa y, en su lugar, en mí entra la paz. De los tres milagros que había pedido a Dios, dos se han cumplido. He visto volver la vida a María, y siento que vuelve a mí la paz. Todas mis angustias cesan, porque os he visto unidos de nuevo en la gloria. Gracias por ello, Oh Dios. 6 Y gracias por haberme dado la forma de ver, incluso respecto a una criatura (santísima, pero, en todo caso, humana), cuál es el destino de los santos, cual será después del último juicio y la resurrección de los cuerpos y su nueva unión, su fusión con el espíritu subido al Cielo a la hora de la muerte[31]. No tenía necesidad de ver para creer. Porque siempre he creído firmemente en todas las palabras del Maestro. Pero muchos dudarán de que, después de siglos y milenios, la carne, convertida en polvo, pueda volver a ser cuerpo vivo. A éstos les podré decir, jurando por las cosas más excelsas, que no sólo Cristo volvió a la vida, por su propio poder divino, sino que también la Madre suya, tres días después de la muerte, si tal muerte puede llamarse muerte, reprendió vida, y, con la carne unida de nuevo al alma, tomó su eterna morada en el Cielo, al lado de su Hijo. Podré decir:

“Creed, cristianos todos, en la resurrección de la carne al final de los siglos, y en la vida eterna del alma y de los cuerpos, vida bienaventurada para los santos y horrenda para los culpables impenitentes. Creed y vivid como santos, de la misma forma que como santos vivieron Jesús y María, para alcanzar su mismo destino. Yo vi a sus cuerpos subir al Cielo. Os lo puedo testificar. Vivid como justos para poder un día estar en el nuevo mundo eterno, en alma y cuerpo, junto a Jesús–Sol y junto a María, Estrella de todas las estrellas”. ¡Gracias otra vez, Oh Dios! 7 Y ahora recojamos todo lo que queda de Ella. Las flores que han caído de sus vestiduras, las ramas de olivo que han quedado en su lecho, y conservémoslo. Servirán… sí, servirán para ayudar y consolar a mis hermanos, en vano esperados. Antes o después los encontraré…».

Recoge incluso los pétalos de las flores que se han deshojado al caer. Y con las flores y pétalos en un extremo de su túnica, entra en la habitación.

8       Advierte entonces más atentamente la abertura del techo y exclama:

-«¡Otro prodigio! ¡Y otro admirable paralelismo en los prodigios de las vidas de Jesús y María! El, Dios, por sí sólo resucitó, y sólo con su voluntad volcó la piedra del Sepulcro, y sólo con su poder ascendió al Cielo. Por sí solo. Para María, santísima pero hija de hombre, con ayuda angélica se abrió la vía para su asunción al Cielo, y con ayuda angélica se ha verificado su asunción al Cielo. En Cristo el espíritu volvió a animar al Cuerpo mientras el Cuerpo estaba todavía en la Tierra, porque así debía ser, para hacer callar a sus enemigos y confirmar en la fe a todos sus seguidores. En María el espíritu ha vuelto cuando el santísimo Cuerpo estaba ya en el umbral del Paraíso, porque para Ella no era necesaria ninguna otra cosa. ¡Oh, potencia perfecta de la infinita Sabiduría de Dios!…» .

9       Juan ahora recoge en una tela las flores y las ramas que han quedado en el lecho, une a ello lo que había recogido afuera, y pone todo encima de la tapa del arca. Luego abre el arca y mete dentro la almohadita de María y la cubierta de la cama. Baja a la cocina, recoge otros objetos usados por Ella –el huso y la rueca y las piezas de la vajilla usados por Ella– y los une a las otras cosas.

10     Cierra el arca y se sienta en el taburete. Exclama:

-«¡Ahora todo está cumplido también para mí! ¡Ahora puedo marcharme, libremente, a donde el Espíritu de Dios me conduzca! ¡Ir y sembrar la divina Palabra que el Maestro me ha dado para que yo se la dé a los hombres! Enseñar el Amor. Enseñarlo para que crean en el Amor y en su poder.

Dar a conocer a los hombres lo que Dios–Amor ha hecho por ellos. Su Sacrificio y su Sacramento y Rito perpetuos por los que, hasta el final de los siglos, podremos estar unidos a Jesucristo por la Eucaristía y renovar el rito y el sacrificio como El mandó hacer. ¡Dones, todos ellos, del Amor perfecto! Hacer amar al Amor, para que crean en el Amor como nosotros hemos creído y creemos. Sembrar el Amor, para que sea abundante la recolección y la pesca, para el Señor. María me ha dicho, en sus últimas palabras, que el amor todo lo obtiene; en sus últimas palabras a mí, a quien Ella cabalmente ha definido, en el colegio apostólico, como el que ama, el amante por excelencia, la antítesis de Judas Iscariote, que fue el odio; como Pedro la impulsividad y Andrés la mansedumbre; y los hijos de Alfeo la santidad y sabiduría unidas a nobleza de modos; etc. Yo, el amante, ahora que ya no tengo ni al Maestro ni a la Madre, a quienes amar en la Tierra, iré a esparcir el amor entre las gentes. El amor será mi arma y doctrina. Y con él venceré al demonio y al paganismo, y conquistaré a muchas almas. Continuaré así a Jesús y a María, que fueron el amor perfecto en la Tierra».

[1] A semejanza de la misión de Jesús.

[2] Cfr. Hech. 4, 1–31; 5, 17–42; 6, 8 – 8, 3; 12, etc.

[3] Todo el cristianismo se mueve en el amor, porque Dios es Amor (1 Ju. 4, 8. 16). Cfr. Vol. 9, pág. 424, not. 509.

[4] Cfr. Ju. 13, 34–35.

[5] Ib. 3, 16.

[6] Cfr. Gál. 2, 19–20.

[7] Cfr. Hech. 2, 1–13; Ef. 5, 21–33

[8] Cfr. Gén. 2, 7

[9] Cfr. Ju. 19, 25–27. Cfr. también de Pio XII, su Encíclica “Mystici Corporis Christi” en Acta Apostolicae Sedis, vol. 35(1943), p. 247–248.

[10] Cfr. Hech. 6, 8 – 7, 60; 8, 1–3; 12, 1–2.

[11] Cfr. Ex. 25, 10–22; 37, 1–9; Lev. 16, etc.

[12] El lector puede ver sobre esta opinión de la escritora a S. Thomas Summa theologica, Pars III, qu. 2, art. 11, in corpore: a S. Buenaventura In III librum Sententiarum, Distinctio IV, art. 2, qu. 1, in Opera omnia, tom III, Ad claras aguas, 1887, pág. 105 (Scholion p. 106); al Card. A.M. Lepicier, O.S.M., Tractatus de Beatissima Virgine Maria, ed. 5. roma 1926, pág. 485.

[13] Esto es, inspirado. Cfr. Lc. 1, 46–55.

[14] Cfr. Tob. 13, 13–18

[15] Cfr. Gén. 2, 7.

[16] Cfr. Deut. 5, 32 – 6, 13 en lo que se refiere al amor a Dios, y Lev. 19, 15–18 en lo que toca al del próximo.

[17] Cfr. Mt. 17, 1–8; Mc. 9, 2.

[18] Cfr. Ju. 13, 20–23; 17, 20–26; 1 Ju. 4, 16; Ap. 3, 20–21.

[19] Cfr. Ju. 14, 23–26; 16, 12–15.

[20] los pasajes bíblicos que MV relaciona con referencia a la “vulgata”, pero que en la “neovulgada” se hallan, respectivamente, en: Salmo 119; Salmo 42, 1–3; Salmo 39, 1–8; Salmo 23; Salmo 1; Tobías 13; Eclesiástico 24.

[21] La hermosísima descripción de MV del tránsito de la Virgen, es un dechado de doctrina mística, comparable a la de la doctora de la Iglesia, Sta. Teresa de Avila. a) Aunque S. Teresa afirma la identidad entre alma y espíritu, habla sin embargo de una diferencia entre ambos (Cfr. Castillo interior, mansión 7, cap. 1. El el cap. 2 se lee: “No se puede decir más de que, a cuanto se puede entender, queda el alma, digo el espíritu de esta alma, hecho una cosa con Dios…) de igual manera Valtorta. b) S. Teresa dice que durante el éxtasis, el cuerpo puede quedar como exánime, y no respirar más, etc. (Vida, cap. 20; Castillo interior, cap. 1). La presente obra habla de igual modo respecto al cuerpo de María, durante el éxtasis de los éxtasis. c) Escribe S. Teresa que la fuerza del amor en algunos santos, ha llevado a Dios no sólo el espíritu o alma, sino también el cuerpo (Castillo interior, cap. 5). La presente obra señala como causa y explicación también del tránsito o Asunción de María, el divino amor excesivo que fue causa del grandísimo éxtasis final de su parte espiritual, y que arrebató de la tierra también su cuerpo virginal.

[22] Alusión a Ju. 19, 25–27.

[23] Alusión a Cant. 2, 1–2.

[24] Alusión a Eccli. 24, 14–23.

[25] Cfr. Sal. 103, 13–15

[26] La Asunción de María es dogma de fe, en la Iglesia católica. El modo con que se verificó la Asunción, no puede sostenerse con argumentos históricos que no hay. Esta obra, y hay que reconocerlo, da una descripción que se aleja de la de los Apócrifos, y se distingue por su sencillez, por la utilización de elementos dignos de fe, porque está en armonía con la sana doctrina, con hechos y prodigios descritos en otras narraciones bíblicas. Cfr. por ejemplo: Enoc; Gén. 5, 21–24; Eccli. 44, 16; 49, 16; Hebr. 11, 5; (Sab. 4, 7–14); Elías: 4 Rey. 2, 1–18; Eccli. 48, 1–15.

[27] Hace pensar en Cant. 8, 5, esto es, en uno de los pasos bíblicos que la tradición ha aplicado a la Virgen, sobre todo en su Asunción.

[28] Según esta obra, no hay tumba, no hay flores milagrosamente frescas, tampoco la presencia prodigiosa de los apóstoles. Tan sólo está Juan, que vencido del sueño, no vio nada al principio. Sin duda esta narración se separa completamente de la de los Apócrifos de hace muchos siglos y de otras recientes.

[29] Cfr. Ap. 12, 1–6.

[30] Ib. 21, 1 – 22, 15.

[31] Cfr. Constitución apostólica Munificentissimus Deus de Pio XII, pocas líneas antes de la definición.

651. Sobre el tránsito, la asunción y la realeza de María Santísima

18 de abril de 1948.

1 Dice María:

«¿Yo morí? Sí, si se quiere llamar muerte a la separación acaecida entre la parte superior del espíritu y el cuerpo; no, si por muerte se entiende la separación entre el alma vivificante y el cuerpo, la corrupción de la materia carente ya de la vivificación del alma y, antes, la lobreguez del sepulcro, y, como primera de todas estas cosas, el angustioso sufrimiento de la muerte[1].

¿Cómo morí, o, mejor, cómo pasé de la Tierra al Cielo, antes con la parte inmortal, después con la perecedera? Como era justo que fuera para la Mujer que no conoció mancha de culpa.

2       En ese anochecer –ya había empezado el descanso sabático– hablaba con Juan. De Jesús. De sus cosas. Aquella hora vespertina estaba llena de paz. El sábado había apagado todos los rumores de obras humanas. Y la hora apagaba toda voz de hombre o de ave. Sólo los olivos de alrededor de la casa emitían su frufrú con la brisa del anochecer: parecía como si un vuelo de ángeles acariciara las paredes de la casita solitaria.

Hablábamos de Jesús, del Padre, del Reino de los Cielos. Hablar de la Caridad y del Reino de la Caridad significa encenderse con el fuego vivo, consumir las cadenas de la materia para dejar libre al espíritu en sus vuelos místicos. Si el fuego está contenido dentro de los límites que Dios pone para conservar a las criaturas en la Tierra a su servicio, es posible arder y vivir, encontrando en el fuego no destrucción sino perfeccionamiento de vida. Pero cuando Dios quita los límites y deja libertad al Fuego divino de incidir sin medida en el espíritu y de atraerlo hacia sí sin medida, entonces el espíritu, respondiendo a su vez sin medida al Amor, se separa de la materia y vuela al lugar desde donde el Amor le incita y a donde el Amor le invita: y es el final del destierro y el regreso a la Patria.

Aquel atardecer, al ardor incontenible, a la vitalidad sin medida de mi espíritu, se unió una dulce postración, una misteriosa sensación de que la materia se alejaba de todo lo que la rodeaba; como si el cuerpo se durmiera, cansado, mientras el intelecto, avivado más su razonar, se abismara en los divinos esplendores.

Juan, amoroso y prudente testigo de todos mis actos desde que fue mi hijo adoptivo[2] según la voluntad de mi Unigénito, dulcemente me persuadió de que buscara descanso en el lecho, y me veló orando. El último sonido que oí en la Tierra fue el susurro de las palabras del virgen Juan. Para mí fueron como la nana de una madre junto a la cuna. Y acompañaron a mi espíritu en el último éxtasis, demasiado sublime como para ser descrito. Acompañaron a mi espíritu hasta el Cielo.

3       Juan, único testigo de este delicado misterio, me avió. El solo me avió, envolviéndome en el manto blanco, sin cambiarme de túnica ni de velo, sin lavacro y sin embalsamamiento. El espíritu de Juan –como se ve claro por sus palabras[3] del segundo episodio de este ciclo que va de Pentecostés a mi Asunción– ya sabía que no me iba a descomponer, e instruyó al apóstol sobre lo que había de hacerse. Y él, casto y amoroso, prudente respecto a los misterios de Dios y a los compañeros lejanos, decidió custodiar el secreto y esperar a los otros siervos de Dios, para que me vieran todavía y sacaran, de verme, consuelo y ayuda para las penas y fatigas de sus misiones. Esperó como estando seguro de que llegarían.

Pero el decreto de Dios era distinto. Como siempre, bueno para el Predilecto; justo, como siempre, para todos los creyentes. Cargó los ojos del primero, para que el sueño le ahorrara la congoja de ver cómo se le arrebataba también mi cuerpo; dio a los creyentes otra verdad que los ayudara a creer en la resurrección de la carne, en el premio de una vida eterna y bienaventurada concedida a los justos; en las verdades más poderosas y dulces del Nuevo Testamento –mi inmaculada Concepción[4], mi divina Maternidad virginal[5]–; en la naturaleza divina y humana de mi Hijo, verdadero Dios y verdadero Hombre, nacido no por voluntad carnal sino por desposorio divino y por divina semilla depositada en mi seno[6]; en fin, para que creyeran que en el Cielo está mi Corazón de Madre de los hombres, palpitante de vibrante amor por todos, justos y pecadores, deseoso de teneros a todos junto a sí, en la Patria bienaventurada, por toda la eternidad.

4       Cuando los ángeles me sacaron de la casita, ¿mi espíritu había vuelto a mí? No. El espíritu ya no tenía que bajar de nuevo a la Tierra. Estaba en adoración delante del trono de Dios. Pero cuando la Tierra, el destierro, el tiempo y el lugar de la separación de mi Señor Uno y Trino fueron dejados para siempre, entonces el espíritu volvió a resplandecer en el centro de mi alma, despertando a la carne de su dormición; por lo que es cabal hablar, respecto a mí, de Asunción al Cielo en alma y cuerpo, no por mi propia capacidad, como sucedió en el caso de Jesús, sino por ayuda angélica. Me desperté de aquella misteriosa y mística dormición, me alcé, en fin, volé, porque ya mi carne había conseguido la perfección de los cuerpos glorificados. Y amé. Amé a mi Hijo y a mi Señor, Uno y Trino, de nuevo hallados, los amé como es destino de todos los eternos vivientes».[7]

IIa. consideración o explicación

5 de enero de 1944.

5 Dice Jesús:

«Llegada su última hora, como una azucena cansada que, después de haber exhalado todos sus aromas, se pliega bajo las estrellas y cierra su cáliz de candor, María, mi Madre, se recogió en su lecho y cerró los ojos a todo lo que la rodeaba, para recogerse en una última, serena contemplación de Dios.

Velando reverente su reposo, el ángel de María esperaba ansioso que el éxtasis urgente separara ese espíritu de la carne, durante el tiempo designado por el decreto de Dios, y lo separara para siempre de la Tierra, mientras ya del Cielo descendía el dulce e invitante imperativo de Dios.

Inclinado también Juan, ángel terreno, hacia ese misterioso reposo, velaba a su vez a la Madre que estaba para dejarle. Y cuando la vio extinguida siguió velando, para que, no tocada por miradas profanas y curiosas, siguiera siendo, incluso más allá de la muerte, la inmaculada Esposa y Madre de Dios que tan plácida y hermosa dormía.

6      Una tradición dice que en la urna de María, abierta por Tomás, se encontraron sólo flores. Pura leyenda. Ningún sepulcro engulló el cadáver de María, porque nunca hubo un cadáver de María, según el sentido humano, dado que María no murió como todos los que tuvieron vida.

Ella se había separado, por decreto divino, sólo del espíritu, y con éste, que la había precedido, se unió de nuevo su carne santísima. Invirtiendo las leyes habituales, por las cuales el éxtasis termina cuando cesa el rapto, o sea, cuando el espíritu vuelve al estado normal, fue el cuerpo de María el que se unió de nuevo con el espíritu, después de la larga permanencia en el lecho fúnebre.

Todo es posible para Dios[8]. Yo salí del Sepulcro sin ayuda alguna; sólo con mi poder. María vino a mí, a Dios, al Cielo, sin conocer el sepulcro con su horror de podredumbre y lobreguez. Es uno de los más fúlgidos milagros de Dios. No único, en verdad, si se recuerda a Enoc y a Elías[9], quienes, por el amor que el Señor les tenía, fueron raptados de la Tierra sin conocer la muerte, y fueron transportados a otro lugar, a un lugar que sólo Dios y los celestes habitantes de los Cielos conocen. Justos eran, y, de todas formas, nada respecto a mi Madre, la cual es inferior en santidad sólo a Dios[10].

Por eso no hay reliquias del cuerpo y del sepulcro de María, porque María no fue sepultada[11], y su cuerpo fue elevado al Cielo».

IIIa. consideración o explicación

8 y 15 de julio de 1944.

7 Dice María:

«Un éxtasis fue la concepción de mi Hijo. Un éxtasis aún mayor el darle a luz. El éxtasis de los éxtasis fue mi tránsito de la Tierra al Cielo. Sólo durante la Pasión ningún éxtasis hizo soportable mi atroz sufrimiento.

8       La casa en que se produjo mi Asunción se debió a uno de los innumerables actos de generosidad de Lázaro para con Jesús y su Madre: la pequeña casa del Getsemaní cercana al lugar de la Ascensión. Inútil es buscar los restos. Durante la destrucción de Jerusalén, por obra de los romanos[12], fue devastada, y sus ruinas fueron dispersadas durante el transcurso de los siglos».

IVa. consideración o explicación

18 de diciembre de 1943.

9 Dice María:

«De la misma forma que para mí fue un éxtasis el nacimiento de mi Hijo, y que, del rapto en Dios que en aquella hora se apoderó de mí, volví a la presencia de mí misma y a la Tierra teniendo ya a mi Hijo en los brazos, así mi impropiamente llamada “muerte” fue un rapto en Dios.

Confiando en la promesa recibida en el esplendor de la mañana de Pentecostés, yo pensaba que el acercamiento de la hora de la última venida del Amor, para llevarme consigo, debía manifestarse con un aumento del fuego de amor que siempre ardía en mí; y no me equivoqué.

Por parte mía, a medida que iba pasando la vida, en mí iba aumentando el deseo de fundirme con la eterna Caridad. Me instaba a ello el deseo de unirme de nuevo con mi Hijo, y la certidumbre de que nunca haría tanto por los hombres como cuando estuviera, orando y obrando en favor de ellos, a los pies del trono de Dios. Y con impulso cada vez más encendido y acelerado, con todas las fuerzas de mi alma, gritaba al Cielo[13]: “¡Ven, Señor Jesús! ¡Ven, Eterno Amor!”.

10     La Eucaristía, que para mí era como el rocío para una flor sedienta, era, sí, vida; pero a medida que iba pasando el tiempo, cada vez era más insuficiente para satisfacer la incontenible ansia de mi corazón[14]. Ya no me bastaba recibir en mí a mi divina Criatura y llevarla en mi interior en las sagradas Especies, como la había llevado en mi carne virginal. Todo mi ser deseaba al Dios uno y trino, pero no celado tras los velos elegidos por mi Jesús para ocultar el inefable misterio de la Fe, sino como El –en el centro del Cielo– era, es y será. El propio Hijo mío, en sus arrobos eucarísticos, ardía dentro de mí con abrazos de infinito deseo; y cada vez que a mí venía, con la potencia de su amor, casi arrancaba de cuajo mi alma en el primer impulso y luego permanecía, con infinita ternura, llamándome “¡Mamá!”, y yo le sentía ansioso de tenerme consigo.

Yo no deseaba ya otra cosa. Ni siquiera ya estaba en mí, en los últimos tiempos de mi vida mortal, el deseo de tutelar a la naciente Iglesia: todo estaba anulado en el deseo de poseer a Dios, por la persuasión que tenía de que todo se puede cuando se le posee.

11     Alcanzad, Oh cristianos, este total amor. Pierda valor todo lo terreno. Mirad sólo a Dios. Cuando seáis ricos de esta pobreza de deseo que es inconmensurable riqueza, Dios se inclinará hacia vuestro espíritu, primero para instruirle, luego para tomarle en sus manos, y ascenderéis con vuestro espíritu al Padre, al Hijo, al Espíritu Santo, para conocerlos y amarlos en toda la bienaventurada eternidad y para poseer sus riquezas de gracias para los hermanos. Nunca somos tan activos para los hermanos como cuando no estamos ya con ellos, sino que somos luces unidas de nuevo con la divina Luz.

12     El acercarse del Amor eterno tuvo el signo que pensaba. Todo perdió luz y color, voz y presencia, bajo el fulgor y la Voz que, descendiendo de los Cielos, abiertos a mi mirada espiritual, descendían hacia mí para tomar mi alma.

Suele decirse que habría exultado de júbilo si me hubiera asistido en aquella hora mi Hijo. ¡Ah!, mi dulce Jesús estaba muy presente con el Padre cuando el Amor, o sea, el Espíritu Santo, Tercera Persona de la Trinidad Eterna, me dio su tercer beso en mi vida, ese beso tan potentemente divino, que en él mi alma se fundió, perdiéndose en la contemplación cual gota de rocío aspirada por el sol en el cáliz de una azucena. Y ascendí con mi espíritu en canto de júbilo hasta los pies de los Tres a quienes siempre había adorado.

Luego, en el momento exacto, como perla en un engaste de fuego, ayudada primero y luego seguida por el cortejo de los espíritus angélicos venidos a asistirme en mi eterno, celeste nacimiento, esperada ya antes del umbral de los Cielos por mi Jesús y en el umbral de ellos por mi justo esposo terreno, por los Reyes y Patriarcas de mi estirpe, por los primeros santos y mártires[15]648, entré como Reina[16]649, después de tanto dolor y tanta humildad de pobre sierva de Dios, en el reino del júbilo sin límite.

Y el Cielo volvió a cerrarse en este acto de la alegría de tenerme, de tener a su Reina, cuya carne, única entre todas las carnes mortales, conocía la glorificación[17]650 antes de la resurrección final y del último juicio».

Va. consideración o explicación

Diciembre de 1943.

13 Dice María:

«Mi humildad no podía dejarme pensar que me estuviera reservada tanta gloria en el Cielo. En mi pensamiento estaba casi la certidumbre de que mi carne humana, santificada por haber llevado a Dios, no conocería la corrupción, porque Dios es Vida y, cuando de sí mismo satura y llena a una criatura, esta acción suya es como ungüento preservador de la corrupción de la muerte[18].

Yo no sólo había permanecido inmaculada, no sólo había estado unida a Dios con un casto y fecundo abrazo[19], sino que me había saturado, hasta lo más profundo de mi ser, de las emanaciones de la Divinidad escondida en mi seno y que quería velarse de carne mortal. Pero el que la bondad del Eterno tuviera reservado a su sierva[20] el gozo de volver a sentir en sus miembros el toque de la mano de mi Hijo, su abrazo, su beso, y de volver a oír con mis oídos su voz, y de ver con mis ojos su rostro… esto no podía pensar que me fuera concedido, y no lo anhelaba. Me habría bastado que estas bienaventuranzas le fueran concedidas a mi espíritu, y con ello ya se habría sentido lleno de felicidad mi yo.

14     Pero, como testimonio de su primer pensamiento creador respecto al hombre, destinado por el Creador a vivir, pasando sin muerte del Paraíso terrenal al celestial, en el Reino eterno, Dios quiso que yo, Inmaculada, estuviera en el Cielo en alma y cuerpo… inmediatamente después del fin de mi vida terrena.

Yo soy el testimonio cierto de lo que Dios había pensado y querido para el hombre: una vida inocente y sin conocimiento de culpas; un dulce paso de esta vida a la Vida eterna, paso con el que, como quien cruza el umbral de una casa para entrar en un palacio, el hombre, con su ser completo hecho de cuerpo material y de alma espiritual, habría pasado de la Tierra al Paraíso, aumentando esa perfección de su yo que Dios le había dado, con la perfección completa, tanto de la, carne como del espíritu, que el pensamiento divino tenía destinada para todas las criaturas que permanecieran fieles a Dios y a la Gracia. Perfección que habría sido alcanzada en la luz plena que hay en el Cielo y lo llena, pues que de Dios viene; de Dios, Sol eterno que ilumina el Cielo.

15     Delante de los Patriarcas, Profetas y Santos, delante de los Angeles y los Mártires, Dios me puso a mí, elevada a la gloria del Cielo en alma y cuerpo, y dijo:

“Esta es la obra perfecta del Creador; la obra que, de entre todos los hijos del hombre, Yo creé a mi más verdadera imagen y semejanza; fruto de una obra maestra divina y creadora, maravilla del universo que ve, dentro de un solo ser, a lo divino en el espíritu eterno como Dios y como El espiritual, inteligente, libre, santo, y a la criatura material en el más inocente y santo de los cuerpos, criatura ante la que todos los demás vivientes de los tres reinos de la Creación están obligados a inclinarse[21].

virgenmarc3adareinaAquí tenéis el testimonio de mi amor hacia el hombre, para el que quise un organismo perfecto y un bienaventurado destino de eterna vida en mi Reino.

Aquí tenéis el testimonio de mi perdón al hombre, al que, por la voluntad de un Trino Amor, he concedido nueva habilitación y creación ante mis ojos.

Esta es la mística piedra de parangón, éste es el anillo de unión entre el hombre y Dios, Ella es la que lleva de nuevo el tiempo a sus días primeros, y da a mis ojos divinos la alegría de contemplar a una Eva como Yo la creé[22], aún más hermosa y santa por ser Madre de mi Verbo y por ser Mártir del mayor de los perdones.

Para su Corazón inmaculado que jamás conoció mancha alguna, ni siquiera la más leve, Yo abro los tesoros del Cielo; y para su Cabeza, que jamás conoció la soberbia, con mi fulgor hago una corona, y la corono, porque es para mí santísima, para que sea vuestra Reina.”[23].

16     En el Cielo no hay lágrimas[24]. Pero, en lugar del jubiloso llanto que habrían derramado los espíritus si les estuviera concedido el llanto –humor que rezuma destilado por una emoción–, hubo, después de estas divinas palabras, un centelleo de luces, y visos de esplendores resplandeciendo aún más esplendorosos, y un incendio de fuegos de caridad que ardían con más encendido fuego, y un insuperable e indescriptible sonido de celestes armonías, a las cuales se unió la voz del Hijo mío, en alabanza a Dios Padre y a su Sierva bienaventurada[25]658 para toda la eternidad».

VIa. y última consideración o explicación

1 de mayo de 1946.

17 Dice Jesús:

«Hay diferencia entre que el alma se separe del cuerpo por verdadera muerte y que momentáneamente el espíritu se separe del cuerpo y del alma vivificante por un éxtasis o rapto contemplativo.

El que el alma se separe del cuerpo provoca la verdadera muerte, pero la contemplación extática, o sea, la temporal evasión del espíritu fuera de las barreras de los sentidos y de la materia, no provoca la muerte. Y ello porque el alma no se aleja y separa totalmente del cuerpo, sino que lo hace sólo con su parte mejor, que se sumerge en los fuegos de la contemplación Todos los hombres, mientras viven, tienen en sí el alma, sea que esté muerta por el pecado, sea que esté viva por la justicia; pero sólo los grandes amantes de Dios alcanzan la contemplación verdadera.

Esto demuestra que el alma, que conserva la vida mientras está unida al cuerpo –y esta particularidad está presente igual en todos los hombres–, tiene en sí misma una parte superior: el alma del alma, o espíritu del espíritu, que en los justos es fortísima, mientras que en los que desprecian a Dios y su Ley –incluso sólo con su tibieza y los pecados veniales– se hace débil, privando a la criatura de la capacidad de contemplar y conocer –hasta donde puede hacerlo una humana criatura, según el grado de perfección alcanzado– a Dios y sus eternas verdades. Cuanto más ama y sirve a Dios la criatura con todas sus fuerzas y posibilidades, esa parte superior de su espíritu tiene más capacidad de conocer, de contemplar, de penetrar las eternas verdades.

18    El hombre, dotado de alma racional, es una capacidad que Dios llena de sí. María, siendo la más santa de las criaturas después del Cristo, fue una capacidad colmada –hasta el punto de rebosar sobre los hermanos en Cristo de todos los siglos, y por los siglos de los siglos– de Dios, de sus gracias, de su caridad, de su misericordia.

El Tránsito de María se produjo sumergida Ella por las olas del amor. Ahora, en el Cielo, hecha océano de amor, derrama sobre los hijos que le son fieles, y también sobre los hijos pródigos, sus olas de caridad para la salvación universal, Ella que es Madre universal de todos los hombres».

[1] S. Pablo y muchos místicos después de él, al hablar del hombre, distinguen espíritu, alma y cuerpo; y no es cosa clara en cada caso concreto, si por espíritu se entienda la participación del Espíritu Santo o bien el espíritu del hombre, el alma humana en cuanto religiosa y no sencillamente en cuanto dotada de inteligencia y voluntad, esto es, considerada en sus relaciones con Dios, suma Sabiduría y sumo Amor y no sólo en sus relaciones con las cosas creadas, aun cuando sean las más sublimes como los estudios profundos y el amor incorrupto. Las expresiones dichas y semejantes de la obra presente, se pueden por lo tanto entender según uno de los sentidos que brotan de tales consideraciones, y también sencillamente aceptando que la Virgen, Madre de Jesús y socia en la redención, aun permaneciendo hasta la Asunción en alma y cuerpo sobre la tierra, hubiera sido arrebatada en un profundísimo éxtasis, abismada en Dios–Amor, en virtud de la compenetración del Amor infinito divino con el ardentísimo amor de Virgen–Esposa y Madre, admitiendo además que de tal éxtasis Ella no se hubiera hallado sobre la tierra, sino sólo en el Cielo, cuando ya había sido asunta o iba a serlo en alma y cuerpo; lo que no tiene nada de increíble, o que disuene con la divina revelación, definida por el Magisterio extraordinario e infalible de Pio XII en 1950.

[2] Cfr. Ju. 19, 25–27.

[3] que se hallan en 642.8/10.

[4] Cfr. Pio IX, Bula dogmática “Ineffabilis Deus”, citada muchas veces.

[5] Cfr. Mt. 1, 18–25; Lc. 1, 26–38.

[6] Cfr. Denzinger…, Enchiridion symbolorum…, Symbolum Nicaenum (a. 325), núm. 125–126; Symbolum Constantinopolitanum (a. 381), núm. 150; Concilium Occumenicum Ephesinum (a. 431), núm. 250–251; S. Leo I Magnus. Tomus (I) Leonis (a. 449), núm. 290–295; Symbolum Chalcedonense (a. 451), núm. 300–303; Symbolum Lateranense (a. 649), núm. 500–522; Concilium Occumenicum Constantinopolitanum III (a. 681), núm. 553–559.

[7] NdT: “Amai il mio ritrovato Figlio e mio Signore, Uno e Trino, lo amai come è destino di tutti gli eterni viventi.”: En italiano “ritrovato”, o sea, singular; pero se traduce en plural, “de nuevo hallados”, teniendo presente la expresión de unos renglones antes “separación de mi Señor Uno y Trino” que parece claramente referirse a la Santísima Trinidad. Además, es posible introducir el plural “los amé” porque MV frecuentemente fuerza la concordancia de forma que hace concordar un determinado elemento de la oración sólo con el último elemento de un conjunto, aunque se refiera a todo el conjunto. Esta interpretación, legítima en el contexto del estilo de MV, evita la lectura no deseable, de Cristo como Uno y Trino.

[8] Esta afirmación importante, que sirve para explicar los más grandes milagros, como el milagro de los milagros que es el de la Eucaristía, se encuentra a la letra en los Evangelios. Cfr. Mt. 19, 23–26; Mc. 10, 23–27; 14, 32–36; Lc. 18, 24–27.

[9] Cfr. Gén. 5, 18–24; 4 Rey, 2, 1–18; Eccli. 44, 16; 48, 1–12; 49, 14–16; Hebr. 11, 5–6.

[10] Esta afirmación concuerda del todo con la de Pío IX en la Bula dogmatica Ineffabilis Deus, al final del prólogo.

[11] La ausencia de reliquias y del sepulcro de la Virgen la toma, S. Bernardino de Siena, en sus manos como argumento a favor de la Asunción corporal de María Santísima a los Cielos, argumento que aparece en la Munificentissimus Deus de Pio XII, entre los testimonios de la Tradición en el Medioevo tardío.

[12] Acaecida en el a. 70 d.C. Cfr. Lc. 19, 41–44

[13] Cfr. Apoc. 22, 17. 20

[14] Sin duda la Virgen Madre debía experimentar un ansia mayor que la del apóstol Pablo. Cfr. 2 Cor. 5, 8; Fil. 1, 21–23

[15] Cfr. Hech. 7, 55 – 8, 3; (12, 1–3) según el año en que la Virgen Madre haya sido asunta al cielo.

[16] La Virgen María es Reina por dos títulos: porque es Madre, y por haber sido socia (nueva Eva) del Hijo encarnado de Dios y Redentor. Cfr. Pio XII, Letras encíclicas Äd caeli Reginam”. Acta Apostolicae Sedis, vol. 46 (1954), p. 625–640.

[17] Cfr. Pio XII, Constitución apostólica “Munificentissimus Deus” cit.

[18] En este sentido se expresan muchos testimonios de la Tradición aducidos por Pio XII en “Munificentissimus Deus”.

[19] Cfr. Mt. 1, 18–25; Lc. 1, 26–38.

[20] Cfr. Lc. 1, 26–38; Concilio Vaticano II, Constitución dogmática “lumen gentium” sobre la Iglesia, cap. 8 que debe tenerse siempre ante la vista en este parágrafo y dondequiera se trate de la Virgen María.

[21] En Fil. 2, 5–11, tratándose de Jesús, Hijo de Dios hecho Hombre, se habla de “arrodillarse” (2, 10) y por lo tanto de “adoración”, aquí tratándose de María, santísima pero criatura, se habla de “inclinarse”y por esto de “veneración”. Frase exactísima y equilibrada.

[22] Cfr. Gén. 2, 18–25.

[23] Expresión exactísima y hermosísima. Dios mismo, el mismo divino Fulgor, se ha hecho aureola y corona de María, de su cabeza virginal, maternal, real, santa y victoriosa: de hecho, la aureola es para los santos, la corona para los reyes y vencedores. Nadie ha existido igual que María, fuera de Jesús.

[24] Cfr. 1 Cor. 13.

[25] Aunque no pretendemos ser completos en las citas referentes al Paraíso, esto es, a la vida y bienaventuranza eterna, sin embargo queremos presentar un buen número de citas bíblicas referentes a esto. Cfr. pues: Gén. 3, 20–24; Ex. 33, 18–23; 2 Mac. 7; Sal. 5, 12; 10, 7; 26, 7–9; 40, 13; 51, 10; 124, 1; 139, 24; Prov. 10, 30; Sab. 10, 9–14; Eccli. 14, 22 – 15, 10; 37, 20–29; 46, 11–12; Dan. 12, 1–4; Mt. 7, 13–14; 18, 8–9; 19, 16–30; 22, 1–14; 23–33; 25, 31–46; Mc. 9, 42–49; 10, 17–31; 12, 18–27; Lc. 16, 9; 18, 18–30; 20, 27–40; Ju. 3; 5, 19–47; 6, 24–71; 8, 48–51; 10, 22–30; 11, 1–54; 17, 1–5; Hech. 1, 6–11; 13, 44–52; Rom. 2, 1–10; 6, 20–23; 8, 18–27; 1 Cor. 15; 2 Cor. 4, 7 – 5, 10; Gal. 6, 7–10; Ef. 1, 3–14; 4, 1–6; Fil. 1, 21–26; 3, 17–21; 2 Tes. 2, 13–17; 2 Tim. 2, 8–12; Tit. 1, 1–4; 2, 11–15; 3, 4–7; Hebr. 5, 5–10; 9, 11–14; 24–28; 13, 14; 1 Ped. 5, 9–11; 2 Ped. 1, 3–11; 3, 8–13; 1 Ju. 1, 1–4; 2, 13–29; 3, 1–2; 5, 5–21; 2 Ju. 1–3; Jud. 20–23; Apoc. 2, 7–11; 7, 21–22. Cfr. también: Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución dogmática “Lumen gentium” sobre la Iglesia, cap. 7: Indole escatológica de la Iglesia peregrina y su unión con la Iglesia triunfante, con las citas y notas relativas.

14/8/2016 Evangelio según San Lucas 12,49-53.

Vigésimo domingo del tiempo ordinario

Santo(s) del día : San Maximiliano Kolbe
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Lecturas

 

Este domingo continuamos con captulo 276 de los ultimos dos domingos, el verso 12 corresponde al pasaje de hoy:

12 Mi elección no es fresco reposo en un soto florido. He venido a traer fuego a la tierra; ¿qué puedo desear, sino que arda? Por eso me fatigo, como quiero que os fatiguéis vosotros hasta la muerte y hasta que la tierra toda sea una hoguera de celeste fuego. Debo ser bautizado con un bautismo. ¡Cuán angustiado viviré hasta que se cumpla! ¿No os preguntáis por qué? Porque por él os podré hacer portadores del Fuego, fermento activo en todas y contra todas las capas sociales, para fundirlas en una única cosa: el rebaño de Cristo.

¿Creéis que he venido a poner paz en la tierra?, ¿según los modos de ver de la tierra? No. Todo lo contrario: discordia y separación. Porque, de ahora en adelante, mientras toda la tierra no sea un único rebaño, de cinco que haya en una casa, dos estarán contra tres, y el padre estará contra el hijo y el hijo contra el padre, y la madre contra las hijas, y éstas contra aquélla, y las suegras y nueras tendrán un motivo más para no entenderse, porque habrá labios que hablen un lenguaje nuevo, y será como una Babel[3]123; porque una profunda agitación estremecerá el reino de los afectos humanos y sobrehumanos. Mas luego vendrá la hora en que todo se unificará en una lengua nueva que hablarán todos los salvados por el Nazareno, y se depurarán las aguas de los sentimientos, irán al fondo las escorias y brillarán en la superficie las límpidas ondas de los lagos celestes.

Verdaderamente, servirme no es descansar, según el significado que el hombre da a esta palabra; es necesario ser héroes, infatigables. Mas os digo que al final será Jesús, siempre Jesús, el que se ceñirá el vestido para serviros, y luego se sentará con vosotros a un banquete eterno, y todo cansancio y dolor serán olvidados

Mucho tendrá que restituir aquel a quien mucho se le confió. Porque hasta del alma de un niño de una hora se pedirá cuenta a mis administradores.

12 Mi elección no es fresco reposo en un soto florido. He venido a traer fuego a la tierra; ¿qué puedo desear, sino que arda? Por eso me fatigo, como quiero que os fatiguéis vosotros hasta la muerte y hasta que la tierra toda sea una hoguera de celeste fuego. Debo ser bautizado con un bautismo. ¡Cuán angustiado viviré hasta que se cumpla! ¿No os preguntáis por qué? Porque por él os podré hacer portadores del Fuego, fermento activo en todas y contra todas las capas sociales, para fundirlas en una única cosa: el rebaño de Cristo.

¿Creéis que he venido a poner paz en la tierra?, ¿según los modos de ver de la tierra? No. Todo lo contrario: discordia y separación. Porque, de ahora en adelante, mientras toda la tierra no sea un único rebaño, de cinco que haya en una casa, dos estarán contra tres, y el padre estará contra el hijo y el hijo contra el padre, y la madre contra las hijas, y éstas contra aquélla, y las suegras y nueras tendrán un motivo más para no entenderse, porque habrá labios que hablen un lenguaje nuevo, y será como una Babel[3]123; porque una profunda agitación estremecerá el reino de los afectos humanos y sobrehumanos. Mas luego vendrá la hora en que todo se unificará en una lengua nueva que hablarán todos los salvados por el Nazareno, y se depurarán las aguas de los sentimientos, irán al fondo las escorias y brillarán en la superficie las límpidas ondas de los lagos celestes.

Verdaderamente, servirme no es descansar, según el significado que el hombre da a esta palabra; es necesario ser héroes, infatigables. Mas os digo que al final será Jesús, siempre Jesús, el que se ceñirá el vestido para serviros, y luego se sentará con vosotros a un banquete eterno, y todo cansancio y dolor serán olvidados…

7/8/2016 Evangelio según San Lucas 12,32-48.

Decimonoveno domingo del tiempo ordinario

Santo(s) del día : San Cayetano de Thiene
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Lecturas

Este domingo continuamos en el mismo pasaje del domingo anterior, Las inquietudes y la vigilancia en los siervos de Dios, lo hallamos en el capitulo 276, a partir del verso 9 de la entrega del domingo pasado, la cita del evangelio.

A continuación les transcribo desde que Jesús termina la parábola el rico necio:

Segundo año de la Vida Pública de Jesús

276. El hombre avaro y la parábola del rico necio 120. Las inquietudes y la vigilancia en los siervos de Dios.

10 de septiembre de 1945.
….
Jesús bendice y se retira con apóstoles y discípulos a una espesura del bosque para comer y descansar. 7 Mientras comen, continúa la lección de antes, repitiendo un tema del que ya ha hablado en varias ocasiones a los apóstoles, y que creo que nunca se habrá expresado suficientemente, porque el hombre está demasiado absorbido por miedos estúpidos.
«Creed»
dice
«que sólo hay que preocuparse de este enriquecimiento en virtud. Estad atentos, además, a que vuestra preocupación no sea nunca ansiosa, inquieta. El bien es enemigo de las inquietudes, de los miedos, de las prisas; todas estas cosas denotan demasiado todavía la avaricia, la rivalidad, la humana desconfianza. Que vuestro trabajo sea constante, esperanzado, pacífico; sin arranques bruscos ni bruscas detenciones, como hacen los onagros silvestres (que ninguno que esté en su sano juicio los usa para recorrer seguro camino). Pacíficos en las victorias, pacíficos en las derrotas. El dolor por un error cometido, que os entristece porque con él habéis contrariado a Dios, debe ser también pacífico, debe sentir el alivio de la humildad y la confianza. El abatimiento, el odio hacia uno mismo, es siempre síntoma de soberbia y de falta de confianza. El humilde sabe que es un pobre hombre sujeto a las miserias de la carne, que algunas veces triunfa; el humilde tiene confianza no tanto en sí mismo cuanto en Dios, y mantiene la calma incluso en las graves derrotas, diciendo: “Perdóname, Padre. Sé que conoces mi debilidad que a veces me domina. Sientes compasión de mí, lo creo. Confío firmemente en que me vas a ayudar, incluso más que antes, en el futuro, a pesar de que te satisfaga tan poco”. No os mostréis apáticos ni avaros respecto a los bienes de Dios. Dad la sabiduría y virtud que tengáis. Sed laboriosos en el espíritu, como los hombres lo son para las cosas de la carne.
8 Y respecto a la carne, no imitéis a los del mundo que siempre tiemblan por su futuro, por el miedo de que les falte lo superfluo, de que les venga una enfermedad o la muerte, de que los enemigos los puedan perjudicar, etc. Dios sabe de qué tenéis necesidad. No temáis, por tanto, por vuestro mañana. Vivid libres de los miedos, que pesan más que las cadenas de los galeotes. No os afanéis por vuestra vida, ni por la comida, la bebida o el vestido. La vida del espíritu vale más que la del cuerpo, y el cuerpo más que el vestido, porque vivís con el cuerpo, no con el vestido; y con la mortificación del cuerpo ayudáis al espíritu a conseguir la vida eterna. Dios sabe hasta cuándo dejaros el alma en el cuerpo; hasta esa hora os dará lo necesario. Si se lo da a los cuervos, animales impuros que se alimentan de cadáveres y que tienen su razón de existir precisamente en esta función suya de eliminar substancias en putrefacción, ¿no os lo va a dar a vosotros? Ellos no tienen despensas ni graneros, y Dios los nutre igualmente. Vosotros sois hombres, no cuervos. Además, los presentes sois la flor y nata de los hombres, porque sois los discípulos del Maestro, los evangelizadores del mundo, los siervos de Dios. ¿Vais a pensar que Dios, que cuida el muguete, cuyo único trabajo es el de perfumar, adorando, y le hace crecer y le viste con vestidura tan hermosa como jamás tuviera Salomón, puede descuidaros, incluso en lo relativo a vuestro vestido? Vosotros sí que no podéis añadir ni un diente a las bocas desdentadas, ni alargar una pulgada a una pierna contraída, ni volver aguda la pupila empañada. No siendo capaces de estas cosas, ¿vais a pensar que podéis repeler miseria y enfermedad, hacer brotar del polvo frutos? No podéis. Mas no seáis gente de poca fe. Tendréis siempre lo necesario. No os entristezcáis como la gente del mundo, que se desvive por conseguir cosas de que gozar. Vosotros tenéis a vuestro Padre, que conoce vuestras necesidades. Debéis sólo buscar el Reino de Dios y su justicia. Sea éste vuestro primer interés. Todo lo demás se os dará por añadidura.
9 No temáis, vosotros de mi pequeño rebaño. Mi Padre se ha complacido en llamaros al Reino para que poseáis este Reino. Podéis, por tanto, aspirar a él y ayudar al Padre con vuestra buena voluntad y santa laboriosidad. Vended vuestros bienes, distribuidlos en limosna, si estáis solos. Dejad a los vuestros la provisión para el viaje de vuestro abandono de la casa por seguirme a mí, porque justo es no dejar sin pan a los hijos o esposas. Y si no podéis, por este motivo, sacrificar las riquezas pecuniarias, sacrificad las riquezas de afecto, que son también monedas, valoradas por Dios por lo que son: oro más puro que ningún otro, perlas más preciosas que las que se arrebatan a los mares, rubíes más singulares que los de las entrañas de la tierra. Porque renunciar a la familia por mí es caridad más perfecta que oro sin un solo átomo impuro, es perla hecha de llanto, rubí hecho de sangre que rezuma por la herida del corazón, desgarrado por la separación del padre y de la madre, de la esposa y de los hijos. Estas bolsas no merman, este tesoro no se devalúa jamás. Los ladrones no se introducen en el Cielo, la carcoma no come lo que en él se deposita. Tened el Cielo en el corazón y el corazón en el Cielo junto a vuestro tesoro. Porque el corazón, en el bueno y en el malo, está donde lo que consideráis amado tesoro vuestro. Por tanto, de la misma forma que el corazón está donde el tesoro (en el Cielo), el tesoro está donde el corazón (es decir, en vosotros); es más, el tesoro está en el corazón, y, con el tesoro de los santos, está, en el corazón, el Cielo de los santos.
10 Estad siempre preparados, como quien va a emprender un viaje o espera a su amo.
Vosotros sois siervos del Amo–Dios. En cualquier momento os puede llamar a su presencia, o venir a vosotros. Estad, pues, siempre preparados para ir, o a rendirle honor, ceñida la cintura con cinturón de viaje y de trabajo, con las lámparas encendidas en vuestras manos. Al salir de una fiesta nupcial con uno que os haya precedido en los Cielos y en la consagración a Dios en la tierra, El puede recordarse de vosotros, que estáis esperando; y puede decir: “Vamos donde Esteban, o donde Juan, o Santiago y Pedro”. Y Dios es rápido para venir, o para decir: “Ven”. Por tanto, estad preparados para abrirle la puerta cuando llegue; o para salir, si os llama.
Bienaventurados los siervos a quienes encuentre en vela el Amo cuando llegue. En verdad os digo que, para recompensarlos por la fiel espera, se ceñirá el vestido, los sentará a la mesa y se pondrá a servirlos. Puede llegar a la primera vigilia, o a la segunda, o a la tercera… no lo sabéis. Por tanto, estad siempre vigilantes. ¡Dichosos vosotros, si estáis así y así os encuentra el Amo! No os engañéis diciendo: “¡Hay tiempo! Esta noche no viene”. Sería un mal para vosotros. No sabéis. Si uno supiera cuándo viene el ladrón, no dejaría sin guardia la casa para que el malhechor pudiera forzar la puerta y las arcas. Estad preparados también vosotros, porque, cuando menos os lo penséis, vendrá el Hijo del hombre y dirá: “Es la hora”».
11 Pedro, que incluso se ha olvidado de terminar su comida por escuchar al Señor, viendo que Jesús calla, pregunta:
«¿Esto que dices es para nosotros o para todos?».
«Para vosotros y para todos; pero más para vosotros, porque vosotros sois como administradores puestos por el Amo al frente de los siervos, y tenéis doble obligación de estar preparados: por vosotros como administradores y por vosotros como simples fieles. ¿Cómo debe ser el administrador al que el amo ha colocado al frente de sus domésticos para dar a cada uno, a su tiempo, la debida porción? Debe ser avisado y fiel. Para cumplir su propio deber, para hacer cumplir a los subordinados el deber que ellos tienen. Si no, saldrían perjudicados los intereses del amo, que paga para que el administrador actúe haciendo las veces de él y vele por sus intereses en su ausencia. Dichoso el siervo al que el amo, al volver a su casa, encuentre obrando con fidelidad, diligencia y justicia. En verdad os digo que le hará administrador de otras propiedades, de todas sus propiedades, descansando y exultando en su corazón por la seguridad que ese siervo le da. Mas si ese siervo dice: “¡Ah! ¡bien! El amo está muy lejos y me ha escrito que tardará en volver. Por tanto, puedo hacer lo que me parezca, y luego, cuando calcule que esté próximo a regresar, tomaré las medidas oportunas”. Y empieza a comer y a beber hasta emborracharse, y a dar órdenes de borracho, y –ante la oposición a cumplirlas, por no perjudicar al amo, por parte de los siervos buenos subordinados a él– empieza a pegar a los siervos y a las siervas hasta hacerlos enfermar y languidecer. Y se siente feliz y dice: “Por fin saboreo lo que significa ser jefe y ser temido por todos”. ¿Qué le sucederá? Le sucederá que llegará el amo cuando menos se lo espere, quizás incluso sorprendiéndole en el momento en que está robando dinero o sobornando a alguno de los siervos más débiles; entonces, os digo que el amo le quitará del puesto de administrador, y le cancelará incluso de las filas de sus siervos, porque no es lícito mantener a los infieles y traidores entre los honestos; y tanto mayor será su castigo cuanto más le quiso y le instruyó su amo.
Porque el que conoce más la voluntad y el pensamiento de su amo más obligado está a cumplirlo con exactitud. Si no hace como su amo le ha dicho (ampliamente, como a ningún otro), recibirá muchos bastonazos. Sin embargo, el que, como siervo menor, sabe poco, y yerra creyendo actuar correctamente, recibirá un castigo menor. A quien mucho se le dio mucho le será pedido. Mucho tendrá que restituir aquel a quien mucho se le confió. Porque hasta del alma de un niño de una hora se pedirá cuenta a mis administradores.
12 Mi elección no es fresco reposo en un soto florido. He venido a traer fuego a la tierra; ¿qué puedo desear, sino que arda? Por eso me fatigo, como quiero que os fatiguéis vosotros hasta la muerte y hasta que la tierra toda sea una hoguera de celeste fuego. Debo ser bautizado con un bautismo. ¡Cuán angustiado viviré hasta que se cumpla! ¿No os preguntáis por qué? Porque por él os podré hacer portadores del Fuego, fermento activo en todas y contra todas las capas sociales, para fundirlas en una única cosa: el rebaño de Cristo.
¿Creéis que he venido a poner paz en la tierra?, ¿según los modos de ver de la tierra? No. Todo lo contrario: discordia y separación. Porque, de ahora en adelante, mientras toda la tierra no sea un único rebaño, de cinco que haya en una casa, dos estarán contra tres, y el padre estará contra el hijo y el hijo contra el padre, y la madre contra las hijas, y éstas contra aquélla, y las suegras y nueras tendrán un motivo más para no entenderse, porque habrá labios que hablen un lenguaje nuevo, y será como una Babel 123; porque una profunda agitación estremecerá el reino de los afectos humanos y sobrehumanos. Mas luego vendrá la hora en que todo se unificará en una lengua nueva que hablarán todos los salvados por el Nazareno, y se depurarán las aguas de los sentimientos, irán al fondo las escorias y brillarán en la superficie las límpidas ondas de los lagos celestes.
Verdaderamente, servirme no es descansar, según el significado que el hombre da a esta palabra; es necesario ser héroes, infatigables. Mas os digo que al final será Jesús, siempre Jesús, el que se ceñirá el vestido para serviros, y luego se sentará con vosotros a un banquete eterno, y todo cansancio y dolor serán olvidados.
13 Ahora, dado que ninguno nos ha vuelto a buscar, vamos al lago. Descansaremos en Magdala. En los jardines de María de Lázaro hay sitio para todos, y ella ha puesto su casa a disposición del Peregrino y de sus amigos. No hace falta que os diga que María de Magdala ha muerto con su pecado y que de su arrepentimiento ha renacido María de Lázaro, discípula de Jesús de Nazaret; ya lo sabéis, porque la noticia ha corrido como fragor de viento en un bosque. No obstante, os digo una cosa que no sabéis: que todos los bienes personales de María de Lázaro son para los siervos de Dios y para los pobres de Cristo. Vamos…».

Notas
120 Cfr. Mt. 6, 19–21 y 25–34; 10, 34–36; 24, 42–51; Lc. 12, 13–53.
122 Cfr. Gén. 11, 1–9

A este pasaje les ofrezco el quinto discurso en la montaña, donde Jesús también habló sobre las verdaderas riquezas

173. Quinto discurso de la Montaña: el uso de las riquezas; la limosna; la confianza en Dios[1]50.

27 de mayo de 1945.

1 El mismo discurso de la montaña.

La muchedumbre va aumentando a medida que los días pasan. Hay hombres, mujeres, ancianos, niños, ricos, pobres. Sigue estando la pareja Esteban–Hermas, aunque todavía no hayan sido agregados y unidos a los discípulos antiguos capitaneados por Isaac. Está también presente la nueva pareja, constituida ayer, la del anciano y la mujer; están muy adelante, cerca de su Consolador; su aspecto es mucho más relajado que el de ayer. El anciano, como buscando recuperar los muchos meses o años de abandono por parte de su hija, ha puesto su mano rugosa en las rodillas de la mujer, y ella se la acaricia por esa necesidad innata de la mujer, moralmente sana, de ser maternal.

Jesús pasa al lado de ellos para subir al rústico púlpito; al pasar acaricia la cabeza del

anciano, el cual mira a Jesús como si le viera ya como Dios.

Pedro dice algo a Jesús, que le hace un gesto como diciendo: “No importa”. No entiendo de todas formas lo que dice el apóstol; eso sí, se queda cerca de Jesús; luego se le unen Judas Tadeo y Mateo. Los otros se pierden entre la multitud.

2 -«¡La paz sea con todos vosotros! Ayer he hablado de la oración, del juramento, del ayuno. Hoy quiero instruiros acerca de otras perfecciones, que son también oración, confianza, sinceridad, amor, religión.

La primera de que voy a hablar es el justo uso de las riquezas, que se transforman, por la buena voluntad del siervo fiel, en correlativos tesoros en el Cielo. Los tesoros de la tierra no perduran; los del Cielo son eternos. ¿Amáis vuestros bienes? ¿Os da pena morir porque tendréis que dejarlos y no podréis ya dedicaros a ellos? ¡Pues transferidlos al Cielo! Diréis: “En el Cielo no entran las cosas de la tierra. Tú mismo enseñas que el dinero es la más inmunda de estas cosas. ¿Cómo podremos transferirlo al Cielo?”. No. No podéis llevar las monedas, siendo –como son– materiales, al Reino en que todo es espíritu; lo que sí podéis llevar es el fruto de las monedas.

Cuando dais a un banquero vuestro oro, ¿para qué lo dais? Para que le haga producir, ¿no? Ciertamente no os priváis de él, aunque sea momentáneamente, para que os lo devuelva tal cual: queréis que de diez talentos os devuelva diez más uno, o más; entonces os sentís satisfechos y elogiáis al banquero. En caso contrario, decís: “Será honrado, pero es un inepto”. Y si se da el caso de que, en vez de los diez más uno, os devuelve nueve diciendo: “He perdido el resto”, le denunciáis y le mandáis a la cárcel.

¿Qué es el fruto del dinero? ¿Siembra, acaso, el banquero vuestros denarios y los riega para que crezcan? No. El fruto se produce por una sagaz negociación, de modo que, mediante hipotecas y préstamos a interés, el dinero se incremente en el beneficio justamente requerido por el favor del oro prestado. ¿No es así?

Pues bien, escuchad: Dios os da las riquezas terrenas –a quién muchas, a quién apenas las que necesita para vivir– y os dice: “Ahora te toca a ti. Yo te las he dado. Haz de estos medios un fin como mi amor desea para tu bien. Te las confío, más no para que te perjudiques con ellas. Por la estima en que te tengo, por reconocimiento hacia mis dones, haz producir a tus bienes para esta verdadera Patria”.

3 Os voy a explicar el método para alcanzar este fin.

No deseéis acumular en la Tierra vuestros tesoros, viviendo para ellos, siendo crueles por ellos; que no os maldigan el prójimo y Dios a causa de ellos. No merece la pena. Aquí abajo están siempre inseguros. Los ladrones pueden siempre robaros; el fuego puede destruir las casas; las enfermedades de las plantas o del ganado, exterminaros los rebaños, destruiros los pomares. ¡Cuántos peligros se celan contra vuestros bienes! Ya sean estables y estén protegidos, como las cosas o el oro; ya estén sujetos a sufrir lesión en su naturaleza, como todo cuanto vive, como son los vegetales y los animales; ya se trate, incluso, de telas preciosas… todos ellos pueden sufrir merma: las casas, por el rayo, el fuego y el agua; los campos, por ladrones, roya, sequía, roedores o insectos; los animales, por vértigo, fiebres, descoyuntamientos o mortandades; las telas preciosas y muebles de valor, por la polilla o los ratones; las vajillas preciadas, lámparas y cancelas artísticas… Todo, todo puede sufrir merma.

Más si de todo este bien terreno hacéis un bien sobrenatural, se salvará de toda lesión producida por el tiempo, por los propios hombres o la intemperie. Atesorad en el Cielo, donde no entran ladrones ni suceden infortunios. Trabajad sintiendo amor misericordioso hacia todas las miserias de la Tierra. Acariciad, sí, vuestras monedas, besadlas incluso si queréis, regocijaos por la prosperidad de las mieses, por los viñedos cargados de racimos, por los olivos plegados por el peso de infinitas aceitunas, por las ovejas fecundas y de turgentes ubres… haced todo esto, pero no estérilmente, no humanamente, sino con amor y admiración, con disfrute y cálculo sobrenatural.

“¡Gracias, Dios mío, por esta moneda, por estos sembrados y plantas y ovejas, por estas compraventas! ¡Gracias, ovejas, plantas, prados, transacciones, que tan bien me servís! ¡Benditos seáis todos, porque por tu bondad, Oh Eterno, y por vuestra bondad, Oh cosas, puedo hacer mucho bien a quien tiene hambre o está desnudo o no tiene casa o está enfermo o solo!… El año pasado proveí a las necesidades de diez. Este año –dado que, a pesar de que haya distribuido mucho como limosna, tengo más dinero y más pingües son las cosechas y numerosos los rebaños– daré dos o tres veces más de cuanto di el año pasado, a fin de que todos, incluso quienes no tienen nada propio, gocen de mi alegría y te bendigan conmigo Señor Eterno”. Esta es la oración del justo, la oración que, unida a la acción, transfiere vuestros bienes al Cielo, y, no sólo os los conserva allí eternamente, sino que os los aumenta con los frutos santos del amor.

Tened vuestro tesoro en el Cielo para que esté allí vuestro corazón, por encima, y más allá, del peligro, no sólo de infortunios que perjudiquen al oro, casas, campos o rebaños, sino también de asechanzas contra vuestro corazón, y de que sea expoliado o agredido por el óxido o el fuego, asesinado por el espíritu de este mundo. Si así lo hacéis, tendréis vuestro tesoro en vuestro corazón, porque tendréis a Dios en vosotros, hasta que llegue el día dichoso en que vosotros estéis en El.

4 No obstante, para no disminuir el fruto de la caridad, poned atención a ser caritativos con espíritu sobrenatural. Lo que he dicho respecto a la oración y al ayuno valga para la beneficencia y para cualquier otra obra buena que podáis hacer.

Proteged el bien que hagáis de la violación de la sensualidad del mundo, conservadlo virgen respecto a toda humana alabanza. No profanéis la rosa perfumada –verdadero incensario de perfumes gratos al Señor– de vuestra caridad y recto actuar. El espíritu de soberbia, el deseo de ser uno visto cuando hace el bien, la búsqueda de alabanzas, profanan el bien: las babosas del saciado orgullo ensucian con su secreción la rosa de la caridad y la van excavando con su boca; en el incensario caen hediondas pajas de la cama en que el soberbio, cual atiborrada bestia, retoza.

¡Ah, esas limosnas ofrecidas para que se hable de nosotros!… Mejor sería no darlas. El que no las da peca de insensibilidad; pero quien las ofrece dando a conocer la suma entregada y el nombre del destinatario, mendigando además alabanzas, peca de soberbia (al dar a conocer la dádiva, porque es como si dijera: “¿Veis cuánto puedo?”), pero peca también contra la caridad, porque humilla al destinatario de la limosna al publicar su nombre; y peca también de avaricia espiritual al querer acumular alabanzas humanas… que no son más que paja, paja, sólo paja. Dejad a Dios que os alabe con sus ángeles.

Cuando deis limosna, no vayáis tocando la trompeta delante de vosotros para atraer la atención de los que pasan y recibir alabanzas, como los hipócritas, que buscan el aplauso de los hombres (por eso dan limosna sólo cuando los pueden ver muchos). Estos también han recibido ya su compensación y Dios no les dará ninguna otra. No incurráis vosotros en la misma culpa y presunción. Antes bien, cuando deis limosna, sea ésta tan pudorosa y celada que vuestra mano izquierda no sepa lo que hace la derecha; y luego olvidaos. No os detengáis a remiraros el acto realizado, hinchándoos con él como hace el sapo, que se remira en el pantano con sus ojos velados y, al ver reflejadas en el agua detenida las nubes, los árboles, el carro parado junto a la orilla, y a él mismo –tan pequeñito respecto a esas cosas tan grandes–, se hincha de aire hasta estallar. Del mismo modo vuestra caridad es nada respecto al Infinito que es la Caridad de Dios, y, si pretendierais haceros como El convirtiendo vuestra reducida caridad en una caridad enorme para igualar a la suya, os llenaríais de aire de orgullo para terminar muriendo. Olvidaos. Del acto en sí mismo, olvidaos. Quedará siempre en vosotros una luz, una voz, una miel, que harán vuestro día luminoso, dichoso, dulce. Pues la luz será la sonrisa de Dios; la miel, paz espiritual –Dios también–; la voz, voz del Padre–Dios diciéndoos: “Gracias”. El ve el mal oculto y el bien escondido, y os recompensara por ello. Os lo…».

5 -«¡Maestro, contradices tus propias palabras!».

La ofensa, rencorosa y repentina, proviene del centro de la multitud. Todos se vuelven hacia el lugar de donde ha surgido la voz. Hay confusión. Pedro dice:

-«¡Ya te lo había dicho… cuando hay uno de ésos, no va bien nada!».

De la muchedumbre se elevan silbidos y protestas contra el ofensor. Jesús es el único que conserva la calma. Ha cruzado sus brazos a la altura del pecho: alto, herida su frente por el sol, erguido sobre la piedra, con su indumento azul oscuro…

El que ha lanzado la ofensa, haciendo caso omiso de la reacción de la multitud, continúa:

-«Eres un mal maestro porque enseñas lo que no haces y…».

-«¡Cállate! ¡Vete! ¡Deberías avergonzarte!» grita la multitud. «¡Vete con tus escribas! A nosotros nos basta el Maestro. ¡Los hipócritas con los hipócritas! ¡Falsos maestros! ¡Usureros!…». Y seguirían, si Jesús no elevase su voz potente:

-«¡Silencio! Dejadle hablar».

La gente entonces deja de chillar, pero sigue bisbiseando sus improperios, sazonados con miradas furiosas.

-«Sí, enseñas lo que no haces. Dices que se debe dar limosna, pero sin ser vistos, y Tú, ayer, delante de toda una multitud, dijiste a dos pobres: “Quedaos, que os daré de comer”».

-«Dije: “Que se queden los dos pobres. Serán los benditos huéspedes que darán sabor a nuestro pan”. Nada más. No he dicho que quería darles de comer. ¿Qué pobre no tiene al menos un pan? Mi alegría consistía en ofrecerles buena amistad».

-«¡Ya!, ¡ya! ¡Eres astuto y sabes pasar por cordero!…».

El anciano pobre se pone en pie, se vuelve y, alzando su bastón, grita:

-«Lengua infernal. Tú acusas al Santo. ¿Crees, acaso, saber todo y poder acusar por lo que sabes? De la misma forma que ignoras quién es Dios y aquel a quien insultas, así ignoras sus acciones. Sólo los ángeles y mi corazón exultante lo saben; oíd, hombres, oíd todos y juzgad después si Jesús es el embustero y soberbio de que habla este desecho del Templo. El…».

-«¡Calla, Ismael! ¡Calla por amor a mí! Si he alegrado tu corazón, alegra tú el mío guardando silencio» dice Jesús en tono suplicante.

-«Te obedezco, Hijo santo. Déjame decir sólo esto: la boca del anciano israelita fiel le ha bendecido; a El, que me ha concedido favor de parte de Dios. Dios ha puesto en mis labios la bendición por mí y por Sara, mi nueva hija; no así contigo: sobre tu cabeza no descenderá la bendición. No te maldigo, no ensuciaré con una maldición mi boca, que debe decir a Dios: “Acógeme”. No maldije a quien me renegó y ya he recibido la recompensa divina. Mas habrá quien haga las veces del Inocente acusado y de Ismael, amigo de este Dios que le concede su favor».

Gritos en coro cierran las palabras del anciano, que se sienta de nuevo, mientras un hombre, seguido de improperios, a hurtadillas, se aleja. La muchedumbre grita:

-«¡Continúa, continúa, Maestro santo! Sólo te escuchamos a ti. Escúchanos a nosotros: ¡No queremos a esos malditos pájaros de mal agüero! ¡Son envidiosos! ¡Te preferimos a ti! Tú eres santo; ellos, malos. ¡Síguenos hablando, sigue! Ya ves que estamos sedientos sólo de tu palabra. ¿Casas?, ¿negocios?… No son nada en comparación con escucharte a ti».

-«Seguiré hablando, pero orad por esos desdichados. No os exasperéis. Perdonad, como Yo perdono. Porque si perdonáis a los hombres sus fallos también vuestro Padre del Cielo os perdonará vuestros pecados; pero si sois rencorosos y no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras faltas. Todos tienen necesidad de perdón.

6 Os decía que Dios os recompensará aunque no le pidáis que premie el bien que hayáis hecho. Ahora bien, no hagáis el bien para obtener una recompensa, para disponer de un aval para el futuro. Que vuestras buenas obras no tengan la medida y límite del temor de si os quedará algo para vosotros, o de si, quedándoos sin nada, no va a haber nadie que os ayude a vosotros, o de si encontraréis a alguien que haga con vosotros lo que vosotros habéis hecho, o de si os seguirán queriendo cuando ya no podáis dar nada.

Mirad: tengo amigos poderosos entre los ricos y amigos entre los pobres de este mundo. En verdad os digo que no son los amigos poderosos los más amados; a éstos me acerco no por amor a mí mismo o por interés personal, sino porque de ellos puedo obtener mucho para quienes nada tienen. Yo soy pobre. No tengo nada. Quisiera tener todos los tesoros del mundo y convertirlos en pan para quienes padecen hambre, o en casas para quienes carecen de ellas; en vestidos para los desnudos, en medicinas para los enfermos. Diréis: “Tú puedes curar”. Sí, y más cosas. Pero no siempre tienen fe, y no puedo hacer lo que haría, lo que quisiera hacer de encontrar en los corazones fe en mí.

Quisiera agraciar incluso a estos que no tienen fe; quisiera, dado que no le piden el milagro al Hijo del hombre, ayudarlos como hombre que soy Yo también. Pero no tengo nada; por ello tiendo la mano a quienes tienen y les pido ayuda en nombre de Dios. Por eso tengo amigos entre los poderosos. El día de mañana, una vez que haya dejado esta Tierra, seguirá habiendo pobres; Yo no estaré ya aquí para realizar milagros en favor de quien tiene fe, ni podré dar limosna para guiar hacia la fe; pero mis amigos ricos, para entonces, ya habrán aprendido por el contacto conmigo el modo de ayudar a los necesitados; y mis apóstoles, igualmente por el contacto conmigo, habrán aprendido a solicitar limosna por amor a los hermanos. Así, los pobres siempre tendrán una ayuda.

Pues bien, ayer he recibido, de una persona que no tenía nada, más de cuanto me han dado todos los que sí tienen. Es un amigo tan pobre como Yo, pero me ha dado una cosa que no se paga con moneda alguna, y que me ha sido motivo de dicha trayendo a mi memoria muchas horas serenas de mi niñez y juventud, cuando todas las noches el Justo imponía sus manos sobre mi cabeza y Yo me iba a descansar con su bendición como custodia de mi sueño. Ayer este amigo mío pobre me ha hecho rey con su bendición.

Ved, pues, cómo ninguno de mis amigos ricos me ha dado jamás lo que él. No temáis, por tanto: aunque perdáis el poder del dinero, os bastará el amor y la santidad para poder favorecer al pobre, al cansado o al afligido.

7 Por tanto, os digo: no os afanéis demasiado por temor a la escasez. Siempre tendréis lo necesario. No os apuréis demasiado por el futuro. Nadie sabe cuánto futuro tiene por delante. No os preocupéis de qué comeréis para mantener la vida, ni de qué vestiréis para mantener caliente vuestro cuerpo. La vida de vuestro espíritu es mucho más valiosa que el vientre y los miembros, vale mucho más que la comida y el vestido, así como la vida material es más que la comida y el cuerpo más que el vestido. El Padre lo sabe, sabedlo también vosotros. Mirad los pájaros del aire: no siembran ni cosechan, no recogen en los graneros, y, sin embargo, no mueren de hambre, porque el Padre celeste los nutre. Vosotros, hombres, criaturas predilectas del Padre, valéis mucho más que ellos.

¿Quién de vosotros, con todo su ingenio, podrá añadir a su estatura un solo codo? Si no lográis elevar vuestra estatura ni siquiera un palmo, ¿cómo pensáis que vais a poder cambiar vuestra condición futura, aumentando vuestras riquezas para garantizaros una larga y próspera vejez? ¿Podéis, acaso, decirle a la muerte: “Vendrás por mí cuando yo quiera”? No, no podéis. ¿Para qué, pues, preocuparos por el mañana?, ¿por qué ese gran dolor del temor a quedaros sin nada con que vestiros? Mirad cómo crecen los lirios del campo: no trabajan, no hilan, ni van a los vendedores de vestidos a comprar. Y, sin embargo, os aseguro que ni Salomón con toda su gloria se vistió jamás como uno de ellos. Pues bien, si Dios viste así la hierba del campo, que hoy existe y mañana sirve para calentar el horno o como pasto de los rebaños –al final, ceniza o estiércol–, ¡cuánto más os proveerá a vosotros, hijos suyos, de lo necesario!

No seáis hombres de poca fe. No os angustiéis por un futuro incierto, diciendo: “¿Cuando sea viejo, qué comeré?, ¿qué beberé?, ¿Con qué me vestiré?”. Dejad estas preocupaciones para los gentiles, que no tienen la sublime certeza de la paternidad divina. Vosotros la tenéis, y sabéis que el Padre conoce vuestras necesidades y que os ama. Confiad, pues, en El. Buscad primero las cosas verdaderamente necesarias: fe, bondad, caridad, humildad, misericordia, pureza, justicia, mansedumbre, las tres y las cuatro virtudes principales, y todas las demás; de forma que seáis amigos de Dios y tengáis derecho a su Reino. Os aseguro que todo lo demás se os dará por añadidura sin necesidad siquiera de pedirlo. No hay mayor rico que el santo, ni hombre más seguro que él. Dios está con el santo y el santo está con Dios. Por su cuerpo no pide, y Dios le provee de lo necesario; trabaja, antes bien, para su espíritu, y Dios mismo se da a él ya aquí, y después de esta vida le dará el Paraíso.

No os acongojéis, pues, por lo que no merece vuestra aflicción. Doleos de ser imperfectos, no de tener pocos bienes terrenos. No os atormentéis por el mañana: el mañana tendrá su propia preocupación, y vosotros tendréis que preocuparos por el mañana cuando lo viváis. ¿Por qué pensar en el mañana hoy? ¿Es que, acaso, la vida no está ya suficientemente llena de recuerdos penosos del ayer y de pesadumbres del hoy como para sentir la necesidad de cargarla además con las angustias de los “¿qué sucederá?” mañana? Dejadle a cada día su afán. Habrá siempre más penas en la vida de las que querríamos tener. No añadáis penas presentes a penas futuras. Decid siempre la gran palabra de Dios: “Hoy”. Sois sus hijos, creados a su semejanza; decid, pues, con El: “Hoy”.

Y hoy os doy mi bendición. Que os acompañe hasta el comienzo del nuevo hoy, o sea, mañana; es decir, cuando os dé nuevamente la paz en nombre de Dios»

[1] 50 Cfr. Mt. 5; 6, 1–4 y 19–21 y 25–34; Lc. 6; 12, 22–34