24/7/2016 Evangelio según San Lucas 11,1-13.

 

Decimoséptimo domingo del tiempo ordinario

Santo(s) del día : Beato Juan Antonio Pérez Mayo,  san Francisco Solano,  Beato Cristóbal de Santa Catalina
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Lecturas

En este pasaje Jesús nos invita a  orar con el corazón, Él prepara a los discípulos para enseñarles esta verdadera oración católica, que el mismo Jesús describe como “oración sublime, santa oración”

Mas esta oración, nos revela MV, ya la oraban Jesús y María mucho antes de la predicación! … y el mismo Jesús nos lo revela: El primer “Pater noster” fue pronunciado en el huerto de Nazaret para consolar la pena de María.

…y es María Santísima quien le revela este momento a Giuliana Buttini de Crescio (mística italiana 1921-2003), en el libro Mi vida en Nazaret:

  • Mi Vida en Nazareth (extracto)

  • 67. [16]- Y lo vuelvo a ver Niño. Lo tengo entre mis brazos, siento el perfume de sus cabellos: un perfume de nido.

  • Bajo la Cruz he sufrido lo insufrible, y bien se puede comprender: ¡cuántas madres sufren lo insufrible! Deben entonces esperar, deben tener la certeza: los hijos no son nuestros en la tierra: Dios en el Reino nos los entrega, y para siempre.
    Estaba aniquilada por ese dolor y no podía derramar lágrimas. Como tú bien sabes, cuando el dolor deja un pequeño espacio para nuestro egoísmo, podemos entonces llorar; pero en el dolor por los otros, cuando sufrimos con ellos, cuando estamos destrozados por ellos, no se tiene siquiera el desahogo del llanto y pesa sobre el corazón como una piedra de granito.
    “¡He aquí a tu Madre! ¡He aquí a tu hijo!”. Confiándome a Johanan, Jesús me encomendaba también a todos vosotros. Soy madre de los viejos, de los jóvenes, de los niños… Soy madre de los pecadores y de los santos… Johanan fue siempre dulcísimo, un verdadero hijo amoroso”.
    “Nuestro Rabí, te llamaba con el dulce nombre de madre: Immi, nunca te llamaré así: solamente el Rabí pudo hacerlo, ¡pero Tú, Señora, eres también una Madre! Jesús te veneró y te amó, te llamaba: mi Reina, Señora, ¿puedo entonces llamarte: Reina?”
    Era el dulce Johanan que posó su cabeza sobre el Sagrado Corazón de Jesús:
    “¡Venid a Mí, vosotros los cansados, vosotros los desilusionados, vosotros los afligidos! ¡Apoyad vuestra cabeza sobre mi corazón y seréis consolados!”.
    Jesús en el tiempo de la Pasión era ya un hombre fuerte, pero para Mí en el dolor, era como si aún hubiese sido todavía un niño. Y lo vuelvo a ver cuando niño: lo tengo entre los brazos, siento el perfume de sus cabellos: ¡un perfume de nido! Siento la tibieza de su cuerpo, Él ha posado su cabeza sobre mi corazón, y somos un solo corazón…
    “Immi, estoy feliz de tener mis sandalias nuevas”.
    Tenía sus piececitos en las nuevas sandalias: las primeras, eran sus primeros pasos, ya hablaba bien, ciertamente no pronunciaba las palabras con claridad, pero se hacía entender. Los piececitos en las nuevas sandalias: una suela un poco gruesa y una tira que cubría el pie y llegaba hasta el tobillo. ¡Sobre la Cruz aquellos pies fueron perforados! Y estaban sin sandalias: ¡muchos lo habían abandonado! Jesús hubiera podido hacer ostentación de Su inteligencia, si solamente hubiera sido hombre, mas también como hombre fue humildísimo, ¡justamente porque era Dios! Y Dios conoce el valor de la humildad. ¡Los valores humanos que importan son los del espíritu!
    Fue una noche de verano: Jesús, José y Yo, estábamos sentados en el jardín, bajo la luna.
    “¡Qué bella es esta luna!, despide una luz blanca que hace tu rostro de plata, Immi!”.
    ¡Y Él, Dios de Dios, me decía esas palabras con voz y rostro de niño! ¡Su amor por Mí!, una criatura, fue grandísimo, y así es también grandísimo el amor que siente por vosotros, sus criaturas. Dios se hace carne y Verbo, ama a su Madre, ama a sus, hermanos, de todos los tiempos, de toda las tierras. ¡Dios es amor!
    En las noches de verano nos gustaba cenar en el jardín. Poníamos la mesa junto a las rosas y generalmente comíamos verduras, queso y para Jesús ponía en la mesa también un tazón de leche y un poco de miel.
    “Immi, ¡me gusta comer en el jardín! ¿Está preparada la lámpara?, así la llevo Yo afuera…”
    ¡La lámpara de aceite! Tal vez muchos de vosotros no habréis nunca visto lámparas así, vosotros tenéis ahora muchos tipos de luces. Yo miraba a Jesús que llevaba esa lámpara con su rostro iluminado y radiante. ¡La luz del mundo! ¡La Verdad! Bajo la Cruz mi dolor fue inmenso, pero he tenido también horas serenas, tranquilas, de alegría, y pensaba: “Vendrá el dolor, pero ahora soy feliz, porque soy su Madre”. También vosotros que habéis llorado por nuestros hijos que Dios ha llamado a Su Reino, habéis tenido horas de alegría. Horas, que transformadas en Eternidad, se repetirán. ¡Para vosotros la eternidad no es comprensible, para vosotros no es comprensible la verdadera libertad, la Verdadera Vida! Yo, Myriam, os digo que es maravillosa: unidos a vuestros seres más queridos, unidos a todos los hermanos por el hilo del amor, que en el Reino jamás se rompe, gozaréis de Dios y de Su rostro: Jesús, y Yo, que soy criatura como vosotros, y que seré y soy Madre de todas las criaturas.
    Una noche en el jardín, bajo la luz de la luna, habíamos apagado la lámpara para ahorrar un poco de aceite, Jesús pronunció por primera vez aquella oración: “¡Padre Nuestro!” Tenía veinte años, José se había ido ya allá donde esperaba, Jesús era bellísimo: tenía la túnica blanca, los brazos en alto, la mirada luminosa y aquella voz:
    “¡Padre Nuestro que estás en los Cielos, sea alabado y santificado tu nombre, y tu Reino descienda a los corazones, así los hombres harán Tu voluntad, como ya sucede en el Cielo, también en la tierra sea así! ¡Danos el pan para alimentarnos y el pan para el espíritu. Perdona los pecados, y da la fuerza y el amor para perdonar y ayudar a la humanidad a fin de que no caiga en tentación, y líbrala del mal!”.
    Y Jesús oraba y había venido para redimir a la humanidad, enviado por el Padre.
    “¡Mi reino no es de este mundo!”
    Si el amor que Jesús entregó a la humanidad fuese realmente vivido y sentido, su Reino podría ya estar en este mundo. ¡Jesús siempre ha pedido el amor y bien pocos saben amar de verdad y profundamente!
  • 19 de Diciembre de 1981

Luego del capitulo 203, les adjunto extractos donde Jesús ora el Padrenuestro. El capitulo 44 cuando la pronuncia al dejar la casa de Nazaret y comenzar su vida Pública, y los pasajes del primer año (62 y 119), cuando ya los discípulos le pedían a Jesús les enseñara a orar como Él, y dos posteriores (221 y 364), donde Jesús agrega otras reflexiones al Padrenuestro.

Verán como valió la pena meditar todos estos pasajes, y que íntimamente ligadas están las gracias que recibimos a través de Jesucristo al FIAT incondicional de María Santísima.

Segundo año de la Vida Pública de Jesús

203. El padrenuestro[1]137.

28 de junio de 1945.

1          Jesús sale con los suyos de una casa próxima a los muros de la ciudad (creo que del barrio de Beceta, porque para salir de los muros se tiene que pasar todavía por delante de la casa de José, que está cerca de una puerta que he oído que la llaman Puerta de Herodes). La ciudad está semidesierta en esta noche serena y lunar. Comprendo que la Pascua ha sido consumida en una de las casas de Lázaro –que no es, de ninguna manera, la casa del Cenáculo–. Esta se encuentra completamente al otro extremo respecto a aquélla: una al Norte, la otra al Sur de Jerusalén.

En la puerta de la casa, Jesús, con ese gesto suyo cortés, se había despedido de Juan de Endor, dejándole como custodio de las mujeres y dándole las gracias por esto mismo; había besado a Margziam, que también había venido a la puerta. Ahora Jesús se encamina hacia fuera de la llamada Puerta de Herodes.

«¿A dónde vamos, Señor?».

«Venid conmigo. Os llevo a coronar la Pascua con una perla anhelada y singular. Por este motivo he querido estar sólo con vosotros, ¡mis apóstoles! Gracias, amigos, por el gran amor que me tenéis; si pudierais ver cómo me consuela, os asombraríais. Fijaos, Yo me muevo entre contínuas contrariedades y desilusiones. Desilusiones por vosotros. Convenceos de que por mí no tengo ninguna desilusión, pues no me ha sido concedido el don de ignorar… Por esta razón también os aconsejo que os dejéis guiar por mí. Si permito una cosa, la que sea, no opongáis resistencia a ello; si no intervengo para poner fin a algo, no os toméis la iniciativa de hacerlo vosotros. Cada cosa a su debido tiempo. Confiad en mí, en todo».

Ya están en el ángulo nordeste de la muralla; vuelven la esquina y van siguiendo la base del monte Moria hasta un punto en que, por un puentecito, pueden cruzar el Cedrón.

«¿Vamos a Getsemaní?» pregunta Santiago de Alfeo.

«No. Más arriba, a la cima del Monte de los Olivos».

«¡Qué bonito será!» dice Juan.

«También le habría gustado al niño» susurra Pedro.

«¡Tendrá oportunidad de verlo otras muchas veces! Estaba cansado, y además es un niño. Quiero ofreceros una cosa grande, porque ya es justo que la tengáis».

2          Suben entre los olivos, dejando Getsemaní a su derecha, subiendo más arriba por el monte, hasta alcanzar la cima, en que los olivos forman un peine susurrador. Jesús se para y dice:

«Detengámonos aquí… Queridos, muy queridos discípulos míos, continuadores míos en el futuro, acercaos a mí. Un día, varios días, me habéis dicho:

“Enséñanos a orar como lo haces Tú; enséñanos, como Juan enseñó a los suyos, para que nosotros, discípulos, podamos orar con las mismas palabras del Maestro”.

 Siempre os he respondido:

“Lo haré cuando vea en vosotros un mínimo suficiente de preparación, para que la oración no sea una fórmula vana de palabras humanas, sino verdadera conversación con el Padre”.

Pues bien, ha llegado el momento; poseéis ahora lo suficiente para poder conocer las palabras dignas de ser elevadas a Dios, y quiero enseñároslas esta noche, en la paz y el amor que reina entre nosotros, en la paz y el amor de Dios y con Dios, porque hemos prestado obediencia al precepto pascual como verdaderos israelitas y al imperativo divino de la caridad hacia Dios y el prójimo. 3 Uno de vosotros ha sufrido mucho en estos días: por un hecho del que no tenía culpa alguna, y por el esfuerzo que ha tenido que hacer consigo mismo para contener la indignación que tal acción había producido. Sí, Simón de Jonás, ven aquí. No ha habido ni una sola emoción de tu corazón que me haya pasado desapercibida; no ha habido pesar que no haya compartido contigo. Yo y tus compañeros…».

«¡Pero Tú, Señor, has recibido una ofensa mucho mayor que la mía! Ello significaba para mí un sufrimiento más… más grande… no, más perceptible; no, tampoco… más… más… Quiero decir que el hecho de que Judas haya sentido repugnancia por participar en mi fiesta me ha dolido como hombre, pero el ver que Tú te sentías apenado y ofendido me ha dolido de otra forma y me ha causado doble sufrimiento… Yo… No quiero gloriarme ni quedar bien usando tus palabras… Pero tengo que decir –si cometo acto de soberbia, dímelo– tengo que decir que he sufrido con mi alma… y duele más».

«No es soberbia, Simón. Has sufrido espiritualmente porque Simón de Jonás, pescador de Galilea, se está transformando en Pedro de Jesús, Maestro del espíritu, por el cual sus discípulos se vuelven activos y sabios en el espíritu. Por este progreso tuyo en la vida del espíritu, por este progreso vuestro, quiero enseñaros esta noche la oración. ¡Cuánto habéis cambiado desde el tiempo del retiro solitario!».

«¿Todos, Señor?» pregunta Bartolomé un poco incrédulo.

«Comprendo lo que quieres decir… Pero Yo os estoy hablando a vosotros once, no a otros…».

«Pero, ¿qué le pasa a Judas de Simón, Maestro? Nosotros ya no le comprendemos… Parecía tan cambiado, y ahora, desde que hemos dejado el lago…» dice Andrés desolado.

«Calla, hermano. ¡La clave de este misterio la tengo yo! Se ha pegado ahí un trocito de Belcebú. Fue a buscarlo a la caverna de Endor buscando poder causar impresión, y… ¡y fue servido! El Maestro lo dijo ese día… En Gamala los diablos entraron en los cerdos. En Endor, los diablos, habiendo abandonado al pobre Juan, entraron en él… Está claro que… está claro… ¡Déjame que lo diga, Maestro! Total, está aquí en la garganta, y, si no lo digo, no sale, y me enveneno…».

«¡Calma, Simón!».

«Sí, Maestro. Te aseguro que no me comportaré con él de forma insolente. Pero, digo y pienso que, siendo Judas un vicioso –ya nos hemos dado cuenta todos–, es un poco afin al cerdo… y se comprende que los demonios elijan de buena gana los cerdos para sus… cambios de casa. Bien, ya lo he dicho».

«¿Lo crees así?» dice Santiago de Zebedeo.

«¿Y qué otra cosa puede ser? No ha habido ningún motivo para que se haya vuelto tan intratable. ¡Peor que en Aguas Claras! Y allí podía pensar que eran el lugar y la estación lo que le ponían nervioso, pero ahora…».

4 «Hay otro motivo, Simón…».

«Dilo, Maestro; con gusto cambiaré de opinión acerca de mi compañero».

«Judas está celoso. Su inquietud es por celos».

«¿Celoso! ¿De quién? No tiene mujer, y, aun en el caso de que la tuviera y fuera con otras mujeres, yo creo que ninguno de nosotros manifestaría desprecio hacia este condiscípulo…».

«Está celoso de mí. Observa esto: Judas se ha alterado después de Endor y de Esdrelón, o sea, cuando ha visto que me he ocupado de Juan y de Yabés; ya verás como ahora, que Juan –sobre todo Juan– dejará nuestro grupo, pasando de mí a Isaac, volverá a estar alegre y tranquilo».

«¡Bien!… ¡bien!, pero no me irás a decir que no se ha apoderado de él un diablo; y, sobre todo… ¡no!, ¡lo digo!… sobre todo, no me irás a decir que ha mejorado en estos meses. Yo también estaba celoso el año pasado… cuando quería que no fuésemos más de nosotros seis, los primeros seis, ¿te acuerdas? Sin embargo, ahora… ¡déjame invocar a Dios por una vez como testigo de mi pensamiento!… ahora digo que cuanto más discípulos hay en torno a ti más feliz me siento: ¡quisiera tener a todos los hombres y conducirlos a ti, y todos los medios para auxiliar a los que lo necesitan, para que la miseria no le significase a ninguno un obstáculo para llegarse a ti! Dios ve que digo la verdad.  pero, ¿por qué soy así ahora?: porque me he dejado cambiar por tí. El no ha cambiado; es más… ¡que sí, Maestro!… ¡que le ha entrado un demonio, hombre!».

«No digas eso. No lo pienses. Ora porque se cure: los celos son una enfermedad…».

«…que a tu lado se cura, si uno quiere. ¡Le soportaré por ti!… Pero, ¡qué difícil!…».

«Ya te he dado el premio: el niño. Ahora voy a enseñarte a orar…».

«Sí, hermano, hablemos de esto… Hablemos de mi homónimo sólo para recordar que es esto lo que necesita. Creo que ya ha recibido su castigo en el hecho de no estar en este momento con nosotros» dice Judas Tadeo.

5 «Escuchad. Cuando oréis, decid:

“Padre nuestro que estás en los Cielos, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino a la tierra como está en el Cielo, hágase tu Voluntad así en la tierra como en el Cielo. El pan nuestro de cada día dánosle hoy, perdónanos nuestras deudas, así como nosotros se las perdonamos a nuestros deudores, no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del Maligno”».

Jesús está en pie. Se había levantado para decir la oración. Todos le han imitado, atentos y emocionados.

«No hace falta nada más, amigos míos. En estas palabras está encerrado, como en un aro de oro, todo lo que el hombre necesita, para el espíritu y para la carne y la sangre; con estas palabras pedís cuanto les es útil al espíritu, a la carne y a la sangre, y, si hacéis lo que pedís, obtendréis la vida eterna. Tan perfecta es esta oración, que no será menoscabada ni por el tempestuoso oleaje de las herejías ni por el paso de los siglos. La mordedura de Satanás fragmentará el cristianismo; muchas partes de mi carne mística sufrirán la separación, para formar células aisladas en el vano deseo de constituirse en cuerpo perfecto, como será el Cuerpo místico de Cristo (el formado por la totalidad de los fieles unidos en la Iglesia apostólica, que será la única verdadera Iglesia mientras exista la tierra). Estas partículas, separadas, privadas por tanto de los dones que habré de dejar a la Iglesia Madre para nutrir a mis hijos, se llamarán de todas formas cristianas, pues darán culto a Cristo, y, a pesar de su error, siempre recordarán que de Cristo han venido. Pues bien, también ellas dirán esta oración universal. Recordadla bien. Meditadla contínuamente. Aplicadla en vuestras acciones. Basta para santificarse. Si uno estuviera solo, entre paganos, sin iglesias, sin libros, tendría ya en esta oración todo lo cognoscible para meditar y una iglesia abierta en su corazón para esta oración; tendría una regla segura y una segura santificación.

6 “Padre nuestro”.

Yo le llamo “Padre”. Es Padre del Verbo, Padre del Encarnado. Así quiero que le llaméis vosotros, porque vosotros sois uno conmigo, si permanecéis en mí. El hombre debía echarse rostro en tierra para exclamar, suspirando, envuelto en los temblores del miedo, la palabra “Dios”. Quien no cree en mí y en mi palabra está todavía inmerso en este temblor paralizador… Observad lo que sucede en el Templo: no sólo Dios, sino incluso el recuerdo de Dios, están celados tras triple velo a los ojos de los fieles. Separaciones de espacio, separaciones con velos[2]138, todo se ha tomado y aplicado para decir al que ora: “Tú eres fango; El, Luz. Tú, abyecto; El, Santo. Tú, esclavo; El, Rey”.

¡Mas ahora!… ¡Alzaos! ¡Acercaos! Yo soy el Sacerdote eterno, puedo tomaros de la mano y deciros: “Venid”. Puedo descorrer el velo del Templo y abrir de par en par el inaccesible lugar que ha permanecido cerrado hasta ahora. ¿Y por qué cerrado?… Por la Culpa, sí; pero aún más clausurado por el pensamiento degradado de los hombres. ¿Por qué cerrado, si Dios es Amor, si Dios es Padre?… Yo puedo, debo, quiero elevaros al azul del cielo, no rebajaros al polvo; no que estéis lejanos, sino cerca; no como esclavos, sino como hijos que se reclinen sobre el pecho de Dios.

“¡Padre! ¡Padre!”, decid. No os canséis de pronunciar esta palabra. ¿No sabéis que cada vez que la decís el Cielo resplandece por la alegría de Dios? Aunque no expresarais otra palabra, diciendo ésta con verdadero amor ya haríais una oración grata al Señor.

“¡Padre! ¡Padre mío!”, dicen los pequeñuelos a sus padres. Esta es la primera palabra que dicen: “Madre, padre”. Pues vosotros sois los pequeñuelos de Dios. Yo os he generado: con mi amor he destruido el hombre viejo que erais, haciendo nacer así al hombre nuevo, al cristiano. Invocad, pues, al Padre santísimo que está en los cielos con la primera palabra que aprenden los niños.

7 “Santificado sea tu Nombre”.

Es el Nombre más santo y tierno que existe. El terror del culpable os ha enseñado a celarlo bajo otro. No. Basta ya de decir “Adonái”[3]139, basta. Es Dios. Es ese Dios que en un exceso de amor ha creado a la Humanidad, La Humanidad, de ahora en adelante, purificados sus labios con el lavacro por mí preparado, llámele por su Nombre, esperando comprender con plenitud de sabiduría el verdadero significado de este incomprensible Nombre cuando, fundida con El, en sus mejores hijos, sea elevada al Reino que he venido a instaurar[4]140.

8 “Venga tu Reino a la tierra como está en el Cielo”.

Desead con todas vuestras fuerzas que venga; si viniera, la alegría habitaría la tierra. El Reino de Dios en los corazones, en las familias, en las gentes, en las naciones. Sufrid, trabajad, sacrificaos por este Reino. Sea la tierra espejo que refleje en las personas la vida del Cielo. Llegará. Un día llegará todo esto. Pero antes de que la tierra posea el Reino de Dios, han de venir siglos y siglos de lágrimas y sangre, de errores y persecuciones, de bruma rasgada por destellos de luz irradiados por el Faro místico de mi Iglesia (la cual, si bien es barca –y no será hundida– es también arrecife que resiste cualquier golpe de mar, y mantendrá alta la Luz, mi Luz, la Luz de Dios). Cuando esto llegue, será como la llamarada intensa de un astro que, alcanzada la perfección de su existencia, se disgrega, cual desmesurada flor de los jardines celestes, para exhalar, en un rutilante latido, su existencia y su amor a los pies de su Creador. Llegar, llegará; entonces comenzará el Reino perfecto, feliz, eterno, del Cielo.

9 “Hágase tu Voluntad así en la tierra como en el Cielo”.

La propia voluntad se puede anular en la de otro sólo cuando se le llega a amar con perfección. La propia voluntad se puede anular en la de Dios sólo cuando se han alcanzado las virtudes teologales en forma heroica. En el Cielo –donde no hay defectos– se hace la voluntad de Dios. Sabed, vosotros, hijos del Cielo, hacer lo que en el Cielo se hace.

10 “Danos nuestro pan de cada día”.

En el Cielo os nutriréis sólo de Dios. La beatitud será vuestro alimento. Mas aquí todavía tenéis necesidad de pan. Sois los párvulos de Dios; justo es entonces decir: “Padre, danos el pan”. ¿Teméis no ser escuchados? ¡Oh, no! Considerad esto: si uno de vosotros tiene un amigo y ve que no tiene pan y debe dar de comer a otro amigo o pariente que ha llegado a su casa al final de la segunda vigilia, irá al primero y le dirá: “Amigo, préstame tres panes, porque tengo un huésped que ha venido ahora y no tengo qué darle de comer”, ¿podrá, acaso, oír como respuesta desde el otro lado de la puerta: “No me molestes, que ya he cerrado la puerta, la he trancado, y mis hijos duermen a mi lado; no puedo levantarme a darte lo que me pides”? No. Si es un verdadero amigo al que se ha dirigido, y si insiste, recibirá lo que pide. Lo recibiría incluso aunque el amigo fuera poco bueno, por su insistencia, porque aquel a quien se lo pidieran, con tal de que no le molestasen, se apresuraría a darle cuantos panes quisiera.

Más vosotros, cuando dirigís vuestra oración al Padre, no os dirigís a un amigo de este mundo, sino al Amigo perfecto que es el Padre del Cielo. Por tanto, os digo: “Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá”, pues a quien pide se le da, quien busca halla, y a quien llama se le abre la puerta.

¿Qué padre, a su propio hijo que le pide un pan, le pondrá en la mano una piedra?, ¿qué padre dará a su hijo una serpiente en vez de un pez asado? Un padre que se comportase así con su prole sería un sinvergüenza. Ya lo he dicho, pero lo repito para moveros a sentimientos de bondad y confianza. Así pues, si uno que estuviera en su sano juicio no daría un escorpión en vez de un huevo, ¡como no os va a dar Dios con mucha mayor bondad lo que pidiereis!: en efecto, El es bueno, mientras que vosotros, por el contrario, en más o en menos, sois malos. Pedid, pues, con amor humilde y filial vuestro pan al Padre.

11 “Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores”.

Hay deudas materiales y deudas espirituales; las hay también morales. Deuda material es la moneda o la mercancía que deben restituirse por haber sido prestadas. Deuda moral es la estima arrebatada y no correspondida, el amor querido y no dado. Deuda espiritual es la obediencia a Dios, de quien se exige mucho dándole bien poco, y el amor a El. Dios nos ama y se le debe amor, como se debe amor a una madre, a la esposa, al hijo, de quienes se exigen muchas cosas. El egoísta quiere tener, pero no da. Pero el egoísta está en las antípodas del Cielo. Tenemos deudas con todos: desde con Dios hasta con el esclavo, pasando por los familiares, los amigos, el prójimo en general, y los que están a nuestro servicio (pues todos éstos son en el fondo iguales que nosotros). ¡Ay de quien no perdone, porque no será perdonado! Dios no puede, por justicia, condonar la deuda que el hombre tiene para con El, santísimo, si el hombre no perdona a su semejante.

12 “No nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del Maligno”.

El hombre que no ha sentido la necesidad de compartir con nosotros la cena de Pascua me preguntó hace menos de un año: “¿Cómo! ¿Tú pediste no ser tentado?, ¿en la tentación pediste ayuda contra ella?”. Estábamos nosotros dos solos. Le respondí. Luego –esta vez eramos cuatro– en una solitaria región, repetí la respuesta; pero todavía no fue suficiente, porque en un espíritu irremovible es necesario demoler la funesta fortaleza de su obcecación para abrirse paso; por tanto, lo seguiré diciendo, una, diez, cien veces, hasta que todo se cumpla.

Vosotros, sin embargo, que no estáis acorazados dentro de infaustas doctrinas y aún más infaustas pasiones, orad así. Orad con humildad para que Dios impida las tentaciones. ¡Ah, la humildad! ¡Conocerse como uno es! Sin deprimirse, pero conocerse.

Decir: “Soy juez imperfecto de mí mismo y, aunque no me lo parezca, podría ceder. Por tanto, Padre mío, tenme, si es posible, libre de las tentaciones; tan cerca de ti que no permitas al Maligno que me dañe”. Debéis recordar, en efecto, que no es Dios quien tienta al Mal, sino que es el Mal el que tienta. Rogad al Padre para que sostenga vuestra debilidad, de forma que no pueda el Maligno introducirla en la tentación.

13 He terminado, queridos míos. Esta es la segunda Pascua que paso con vosotros. El año pasado sólo partimos el pan y compartimos el cordero. Este año os doy esta oración. Os otorgaré otros dones en las otras Pascuas que pasaré con vosotros, para que, una vez que me haya ido a donde el Padre quiere, os quede de mí, que soy el Cordero, un recuerdo en las celebraciones del cordero mosaico.

Alzaos. Vamos. Estaremos en la ciudad para el alba. Es más, mañana, tú, Simón, y tú, hermano mío (señala a Judas), iréis por las mujeres y el niño; tú, Simón de Jonás, y vosotros, os quedaréis conmigo hasta que éstos vuelvan; luego iremos juntos a Betania».

Bajan hasta el Getsemaní y entran en la casa para descansar.

EXTRACTOS PREVIOS Y POSTERIORES

Primer año de la vida pública de Jesús.

44. Adiós a la Madre y salida de Nazaret. Llanto y oración de la Corredentora.

9 de febrero de 1944, 9.30 de la mañana.

(Empezada durante la Santa Comunión).

441          El interior de la casa de Nazaret. Veo una habitación. Parece un tinelo, donde la Familia come o está en las horas de descanso. Es una estancia muy reducida. Tiene una sencilla mesa rectangular frente a una especie de arquibanco que está pegado a una de las paredes: éste es el asiento de uno de los lados. En las otras paredes hay: un telar y un taburete; otros dos taburetes y un vasar, que tiene encima algunas lamparitas de aceite y otros objetos. Una puerta da a un pequeño huerto. Debe estar atardeciendo, pues no hay sino un recuerdo de sol sobre la copa de un alto árbol que apenas verdece con las primeras hojas.

Jesús está sentado a la mesa. Está comiendo. María le sirve, yendo y viniendo por una puertecita que supongo conduce al lugar donde está el fuego, cuyo resplandor se ve desde la puerta entreabierta.

Jesús le dice a María dos o tres veces que se siente… y que también coma Ella. Pero Ella no quiere; menea la cabeza sonriendo tristemente, y trae, primero, unas verduras hervidas –me parece una sopa–; después, unos peces asados; luego, un queso más bien blando (como de oveja, fresco) de forma redondeada (semeja a esas piedras que se ven en los torrentes), y unas aceitunas pequeñas y oscuras. El pan, en pequeños moldes circulares (de la anchura de un plato común) y poco alto, está ya en la mesa. Es más bien oscuro, como si no se le hubiera separado el salvado. Jesús tiene delante un ánfora con agua y una copa; come en silencio, mirando a la Madre con doloroso amor.

María –se ve claramente– está apenada. Va, viene… para que no se le note. Enciende – aunque haya todavía luz suficiente– una lamparita y la pone junto a Jesús (al alargar el brazo acaricia disimuladamente la cabeza de su Hijo), abre una bolsa de color castaño – que a mí me parece hecha de esos paños de lana virgen tejidos a mano y, por tanto, impermeable–, comprueba si está vacía, sale al huertecito, va hasta el otro lado de éste, a una especie de despensa, de donde sale con unas manzanas ya más bien rugosas –conservadas desde el verano– y las mete en la bolsa; después coge un pan y mete también un pequeño queso, aunque Jesús no quiera y diga que ya tiene suficiente.

María se acerca a la mesa de nuevo, por la parte más estrecha, a la izquierda de Jesús.

Le mira mientras come. Le mira con verdadera congoja, con adoración, con el rostro aún más pálido de lo normal y como más envejecido por la pena, con los ojos agrandados por una sombra que los marca, indicio de lágrimas vertidas; parecen, incluso, más claros que de  costumbre, como lavados por el llanto que ya está casi apareciendo en ellos: ojos de dolor, cansados.

2          Jesús, que come despacio, claramente sin ganas, por complacer a su Madre, y que está más pensativo de lo habitual, levanta la cabeza y la mira. Se encuentra con una mirada llena de lágrimas, y baja la cabeza para que no se sienta cohibida, limitándose a cogerle la delicada manita que tiene apoyada en el borde de la mesa. La toma con la mano izquierda y se la lleva a la cara; Jesús apoya en ella su mejilla como rozándola un  momento para sentir la caricia de esa pobre manita temblorosa, y la besa en el dorso con gran amor y respeto.

Veo a María llevándose la mano libre, la izquierda, hacia la boca, como para ahogar un sollozo; luego se seca con los dedos una lágrima grande que ha rebasado el borde del párpado y estaba regando la mejilla.

Jesús continúa comiendo. María sale rápidamente al huertecillo, donde ya hay poca luz… y desaparece. Jesús apoya el codo izquierdo sobre la mesa, y sobre la mano la frente, deja de comer y se sumerge en sus pensamientos.

Luego un momento de atención… Se levanta de la mesa. Sale El también al huerto, mira a uno y otro lado y se dirige hacia la derecha respecto al lado de la casa, entra por una abertura de una pared rocosa, dentro de lo que reconozco como el taller de carpintero; esta vez todo ordenado, sin tablas, sin virutas, sin fuego encendido; el banco de carpintero y las herramientas, todas en su sitio, nada más.

Replegada sobre sí, en el banco, María llora. Parece una niña. Tiene la cabeza apoyada en el brazo izquierdo plegado, y llora, en voz baja pero con mucho dolor. Jesús entra despacio y se le acerca con tanta delicadeza, que Ella comprende que está allí sólo cuando su Hijo le deposita la mano sobre la cabeza inclinada, llamándola «Mamá» con voz de amorosa reprensión.

María levanta la cabeza y mira a Jesús entre un velo de llanto, y se apoya, con las dos manos unidas, en su brazo derecho. Jesús con un extremo de su ancha manga le seca la cara y la abraza, la estrecha contra su pecho, la besa en la frente. Jesús tiene aspecto majestuoso, parece más viril de lo habitual, y María más niña, salvo en la cara marcada por el dolor.

«Ven, Mamá»

le dice Jesús, y, apretándola estrechamente con el brazo derecho, se encamina de nuevo hacia el huerto; allí se sienta en un banco que está apoyado en la pared de la casa. El huerto está silencioso y ya oscuro. Hay sólo un hermoso claro de luna y la luz que sale de la estancia. La noche está serena.

3          Jesús le habla a María. No percibo al principio las palabras, apenas susurradas, a las que María asiente con la cabeza. Después oigo:

«Y di a la familia… a las mujeres de la familia, que vengan. No te quedes sola. Estaré más tranquilo, Madre, y tú sabes la necesidad que tengo de estar tranquilo para cumplir mi misión. Mi amor no te faltará.

Vendré frecuentemente y, cuando esté en Galilea y no pueda acercarme a casa, te avisaré; entonces vendrás tú adonde esté Yo. Mamá, esta hora debía llegar. Empezó aquí, cuando el Angel se te apareció; ahora se cumple y debemos vivirla, ¿no es verdad, Mamá? Después vendrá la paz de la prueba superada, y la alegría. Antes es necesario atravesar este desierto, como los antiguos Padres para entrar en la Tierra Prometida[1]225. Pero el Señor Dios nos ayudará como hizo con ellos, y su ayuda será como maná espiritual para nutrir nuestro espíritu en el esfuerzo de la prueba. Digamos juntos al Padre nuestro…[2]226».

Jesús se levanta y María con El, y levantan la cara al cielo. Dos hostias vivas que resplandecen en la oscuridad.

Jesús dice lentamente, pero con voz clara y remarcando las palabras, la oración del Señor. Hace mucho hincapié en las frases: «adveniat Regnum tuum, fiat voluntas tua», distanciando mucho estas dos frases de las otras. Ora con los brazos abiertos (no exactamente en cruz, sino como los sacerdotes cuando dicen: «Dominus vobiscum»). María tiene las manos juntas.

4          Entran de nuevo en casa, y Jesús –a quien no he visto nunca beber vino– echa en una copa un poco de vino blanco de un ánfora de la despensa y la lleva a la mesa; coge de la mano a María y la obliga a sentarse junto a El y a beber de ese vino (en que moja una rebanada de pan que le ofrece). Tanto insiste, que María cede. El resto lo bebe Jesús. Luego estrecha a su Madre contra su costado, y así la sujeta, contra su persona, en el lado del corazón. Ni Jesús ni María están reclinados, sino sentados como nosotros.

No hablan más. Esperan. María acaricia la mano derecha de Jesús y sus rodillas. Jesús acaricia el brazo y la cabeza de María.

5          Jesús se levanta y con El María, se abrazan y se besan amorosamente una y otra vez; y una y otra vez parece que quieren despedirse, pero María vuelve a estrechar contra su pecho a su Hijo. Es la Virgen, pero es una madre a fin de cuentas, una madre que debe separarse de su hijo y que sabe a dónde conduce esa separación. Que ya no se me venga a decir que María no ha sufrido. Antes lo creía poco, ahora no lo creo en absoluto.

Jesús coge el manto (azul oscuro), se lo echa a los hombros y con él se cubre la cabeza a manera de capucha. Luego se pone en bandolera la bolsa, de forma que no le obstaculice el camino. María le ayuda; nunca termina de ajustarle la túnica y el manto y la capucha, y, mientras, le vuelve a acariciar.

Jesús va hacia la puerta después de trazar un gesto de bendición en la estancia. María le sigue y, en la puerta, ya abierta, se besan una vez más.

6          La calle está silenciosa y solitaria, blanca de luna. Jesús se pone en camino. Dos veces se vuelve aún a mirar a su Madre, que está apoyada en la jamba, más blanca que la Luna, toda reluciente de llanto silencioso. Jesús se va alejando por la callejuela blanca. María continúa llorando apoyada en la puerta. Y Jesús desaparece en una esquina de la calle.

Ha empezado su camino de Evangelizador, que terminará en el Gólgota. María entra llorando y cierra la puerta. También para Ella ha comenzado el camino que la llevará al Gólgota. Y por nosotros…

María lloró porque era Corredentora

7 Dice Jesús:

44 1«Este es el cuarto dolor de María, Madre de Dios: el primero fue la presentación en el Templo; el segundo, la huida a Egipto; el tercero, la muerte de José; el cuarto, mi separación de Ella.

Conociendo el deseo del Padre, te dije ayer por la noche que voy a acelerar la descripción de “nuestros” dolores para que se den a conocer. Pero, como ves, ya algunos de mi Madre habían sido ilustrados. He explicado antes que la Presentación, la permanencia en Egipto, porque había necesidad de hacerlo ese día. Yo sé las cosas. Y tú comprendes, y le dirás al Padre de viva voz el porqué.

8 Mi proyecto es alternar tus contemplaciones, y mis consiguientes explicaciones, con los dictados propiamente dichos, para aliviarte a ti y a tu espíritu dándote la felicidad de ver, y también porque así queda clara la diferencia estilística entre tu forma de redactar y la mía.

Además, ante tantos libros que hablan de mí y que, tocando y retocando, cambiando y acicalando, se han transformado en irreales, tengo el deseo de dar a quien en mí cree una visión devuelta a la verdad de mi tiempo mortal. No salgo disminuido; antes al contrario, magnificado en mi humildad, que se hace pan para vosotros para enseñaros a ser humildes y semejantes a mí, que fui hombre como vosotros y que llevó en mi aspecto humano la perfección de un Dios. Debía ser Modelo vuestro, y los modelos deben ser siempre perfectos.

No mantendré en las contemplaciones una línea cronológica correspondiente a la de los Evangelios. Tomaré los puntos que considere más útiles en ese día para ti o para otros, siguiendo una línea mía de enseñanza y bondad.

9 La enseñanza que proviene de la contemplación de mi separación se dirige especialmente a los padres e hijos a quienes la voluntad de Dios llama a la recíproca renuncia por un amor más alto; en segundo lugar está dirigida a todos aquellos que se encuentran frente a una renuncia penosa (¡y cuántas encontráis en la vida!). Son espinas en la Tierra que traspasan el corazón; lo sé. Pero para quien las acoge con resignación – mirad, no digo: “para quien las desea y las acoge con alegría” (esto ya es perfección), digo “con resignación”se transforman en eternas rosas. Pero pocos las acogen con resignación. Como burritos tozudos, os resistís obstinadamente a la voluntad del Padre, aunque no tratéis de herir con patadas y mordiscos espirituales, o sea, con rebelión y blasfemias contra el buen Dios.

10 Y no digáis: “Pero si yo sólo tenía este bien y Dios me lo ha quitado; sólo este afecto, y Dios me lo ha arrancado”. También María, mujer noble, amorosa hasta la perfección (porque en la Toda Gracia también las formas afectivas y sensitivas eran perfectas), sólo tenía un bien y un amor en la tierra: su Hijo. No le quedaba más que El: los padres, muertos desde hacía tiempo; José, muerto desde hacía algunos años. Sólo quedaba Yo para amarla y hacerle sentir que no estaba sola. Los parientes, por causa mía, desconociendo mi origen divino, le eran un poco hostiles, como hacia una madre que no sabe imponerse a su hijo que se aparta del común buen juicio o que rechaza un matrimonio propuesto que podría honrar a la familia e incluso ayudarla.

Los parientes, voz del sentido común, del sentido humano –vosotros lo llamáis sensatez, pero no es más que sentido humano, o sea, egoísmo– habrían querido que yo hubiera vivido estas cosas. En el fondo era siempre el miedo de tener un día que soportar molestias por mi causa; que ya osaba expresar ideas –según ellos demasiado idealistas– que podían poner en contra a la sinagoga. La historia hebrea estaba llena de enseñanzas sobre la suerte de los profetas[3]227. No era una misión fácil la del profeta, y frecuentemente le ocasionaba la muerte a él mismo y disgustos a la parentela. En el fondo, siempre el pensamiento de tener que hacerse cargo un día de mi Madre.

Por ello, el ver que Ella no me ponía ningún obstáculo y parecía en continua adoración ante su Hijo, los ofendía. Este contraste habría de crecer durante los tres años de ministerio, hasta culminar en abiertos reproches cuando, estando yo entre las multitudes, se llegaban hasta mí, y se avergonzaban de mi manía –según ellos– de herir a las castas poderosas. Reprensión a mí y a Ella; ¡pobre Mamá!

11 Y, no obstante, María, que conocía el estado de ánimo de sus parientes –no todos fueron como Santiago, Judas o Simón, ni como la madre de estos, María de Cleofás– y que preveía el estado de ánimo futuro; María, que conocía su suerte durante esos tres años, y la que la esperaba al final de los mismos y la suerte mía, no opuso resistencia como hacéis vosotros. Lloró. Y ¿quién no habría llorado ante una separación de un hijo que la amaba como Yo la amaba; ante la perspectiva de los largos días, vacíos de mi presencia, en la casa solitaria; ante el futuro del Hijo destinado a chocar contra la malevolencia de quien era culpable y se vengaba de serlo agrediendo al Inculpable hasta matarle?

Lloró porque era la Corredentora y la Madre del género humano renacido a Dios, y debía llorar por todas las madres que no saben hacer de su dolor de madres una corona de gloria eterna.

¡Cuántas madres en el mundo a quienes la muerte arranca de los brazos una criatura! ¡Cuántas madres a quienes un querer sobrenatural arrebata de su lado a un hijo! Por todas sus hijas, como Madre de los cristianos, por todas sus hermanas, en el dolor de madre despojada, ha llorado María. Y por todos los hijos que, nacidos de mujer, están destinados a ser apóstoles de Dios o mártires por amor a Dios, por fidelidad a Dios, o por crueldad humana.

12 Mi Sangre y el llanto de mi Madre son la mixtura que fortalece a estos signados para heroica suerte; la que anula en ellos las imperfecciones, o también las culpas cometidas por su debilidad, dando, además del martirio –en cualquier caso, en seguida– la paz de Dios y, si sufrido por Dios, la gloria del Cielo.

Las lágrimas de María las encuentran los misioneros como llama que calienta en las regiones donde la nieve impera, las encuentran como rocío allí donde el sol arde. La caridad de María las exprime. Estas han brotado de un corazón de lirio. Tienen, por ello: de la caridad virginal desposada con el Amor, el fuego; de la virginal pureza, la perfumada frescura, semejante a la del agua recogida en el cáliz de un lirio después de una noche de rocío.

Las encuentran los consagrados en ese desierto que es la vida monástica bien entendida: desierto, porque no vive más que la unión con Dios, y cualquier otro afecto cae, transformándose únicamente en caridad sobrenatural hacia los parientes, los amigos, los superiores, los inferiores.

Las encuentran los consagrados a Dios en el mundo, en el mundo que no los entiende y no los ama, desierto también para ellos, en el que viven como si estuvieran solos: ¡muy grande es, en efecto, la incomprensión que sufren, y las burlas, por mi amor! Las encuentran mis queridas “víctimas”, porque María es la primera de las víctimas por amor a Jesús. A sus discípulas Ella les da, con mano de Madre y de Médico, sus lágrimas, que confortan y embriagan para más alto sacrificio. ¡Santo llanto de mi Madre!

13 María ora. Porque Dios le dé un dolor, no se niega a orar. Recordadlo. Ora junto con Jesús. Ora al Padre nuestro y vuestro.

El primer “Pater noster” fue pronunciado en el huerto de Nazaret para consolar la pena de María, para ofrecer “nuestras” voluntades al Eterno en el momento en que comenzaba para estas voluntades el período de una renuncia cada vez mayor, que habría de culminar en la renuncia de la vida para Mí y de la muerte de un Hijo para María. Y, aunque nosotros no tuviéramos nada que necesitara el perdón del Padre, por humildad incluso, nosotros, los Sin Culpa, pedimos el perdón del Padre para afrontar, perdonados (absueltos incluso de un suspiro), dignamente nuestra misión. Para enseñaros que cuanto más se está en gracia de Dios más bendecida y fructuosa resulta la misión; para enseñaros el respeto a Dios y la humildad. Ante Dios Padre aun nuestras dos perfecciones de Hombre y de Mujer se sintieron nada y pidieron perdón, como también pidieron el “pan de cada día”.

¿Cuál era nuestro pan? ¡Oh!, no el que amasaron las manos puras de María, cocido en el pequeño horno, para el cual yo muchas veces había recogido haces y manojos de leña –que es también necesario mientras se está en esta Tierra–, no ese pan, sino que “nuestro” pan cotidiano era el de llevar a cabo, día a día, nuestra parte de misión. Que Dios nos la diera cada día, porque llevar a cabo la misión que Dios da es la alegría de “nuestro” día, ¿no es verdad, pequeño Juan?[4]228 ¿No lo dices también tú, que te parece vacío el día, como si no hubiera existido, si la bondad del Señor te deja, un día, sin tu misión de dolor?

14 María ora con Jesús. Es Jesús quien os justifica, hijos. Soy Yo quien hace aceptables y fructuosas vuestras oraciones ante el Padre. Yo he dicho: “Todo lo que pidáis al Padre en mi nombre, El os lo concederá”[5]229, y la Iglesia acredita sus oraciones diciendo: “Por Jesucristo Nuestro Señor”[6]230.

Cuando oréis, uníos siempre, siempre, siempre a mí. Yo rogaré en voz alta por vosotros, cubriendo vuestra voz de hombres con la mía de Hombre–Dios. Yo pondré sobre mis manos traspasadas vuestra oración y la elevaré al Padre. Será hostia de valor infinito. Mi voz, fundida con la vuestra, subirá como beso filial al Padre, y la púrpura de mis heridas hará preciosa vuestra oración. Estad en mí si queréis tener al Padre en vosotros, con vosotros, para vosotros.

15 Has terminado la narración diciendo: “Y por nosotros…”, y querías decir: “Por nosotros que somos tan ingratos hacia estos Dos que han subido el Calvario por nosotros”.

Has hecho bien en poner esas palabras. Ponlas cada vez que te muestre un dolor nuestro. Que sea como la campana que suena y que llama a meditar y a arrepentirse. Nada más. Descansa. La paz esté contigo».

[1] 225 Cfr. Ex. 15, 22 – 18, 27; Núm. 9–14; 20–25; 31–33; Josué 1–12.

[2] 226 la oración del Señor es la oración del “Pater noster”, que en tiempos de MV se recitaba normalmente en latín. MV explica: Si Jesús enseñó el “Pater” a sus discípulos, ¿no habría de habérselo enseñado antes a su Madre?, ¿a esa Madre que, al recibir en su seno la semilla de Dios, había sido la primera en decir: “hágase según su palabra” (cfr. Lc. 1, 38), y que siempre había repetido ese ”fiat”, incluso por su Hijo recién nacido? El “Pater” no fue una improvisación de Jesús para los apóstoles. Era “su” oración habitual. Tanto era así, que los apóstoles le dijeron: “Enséñanos a orar como Tú oras”. Y era la oración habitual de Jesús y María

[3] 227 Cfr. 2 Paralip. 36, 14–16; Mat. 23, 34–35; Hech. 7, 52.

[4] 228 Advierta el lector de una vez por todas, que la escritora, que se llamaba María, frecuentemente es llamada con el nombre de

“Juanito” o “pequeño Juan”.

[5] 229 Ju. 16, 23.

[6] 230 De hecho esta es la fórmula sustancial con que terminan casi todas las oraciones de la Misa, de los Sacramentos y Sacramentales de la Liturgia Romana y Ambrosiana.

62. Los discípulos buscan a Jesús, que está orando en la noche303.

5 de noviembre de 1944.2

119«¡Maestro te hemos buscado mucho! Cuando hemos vuelto con el pescado, desde afuera, hemos visto la puerta entornada, y hemos pensado que habrías salido. Pero no te encontrábamos. Al final, un campesino que estaba cargando sus cestas para llevarlas a la ciudad, nos ha dicho dónde estabas. Nosotros te llamábamos: “¡Jesús, Jesús!”, y él ha dicho: “¿Buscáis al Rabí que habla a las multitudes? Ha ido por aquel sendero, hacia arriba, hacia el monte. Debe estar en el olivar de Miqueas, porque va allí frecuentemente; le he visto otras veces”. Tenía razón. ¿Por qué has salido tan temprano, Maestro? ¿Por qué no has descansado? Quizás la cama no te resultaba cómoda…».

«No, Pedro, la cama era cómoda, y la habitación bonita. Pero Yo frecuentemente hago esto, para confortar mi espíritu y para unirme al Padre[5]304. La oración es una fuerza para uno mismo y para los demás. Todo se obtiene con la oración. Si no el don, que no siempre el Padre concede –y no se debe pensar que ello es falta de amor, sino creer siempre que es algo requerido por un Orden que, para bien, rige la suerte de cada uno de los hombres–, sí ciertamente la oración da paz y equilibrio para poder resistir a tantas cosas que nos asaltan, sin salirse del sendero santo. Mira, Pedro, lo que nos circunda fácilmente ofusca la mente y agita el corazón, y en una mente ofuscada y en un corazón agitado, ¿cómo puede sentirse a Dios?».

«Es cierto. ¡Pero nosotros no sabemos orar! No sabemos decir las hermosas palabras que Tú pronuncias».

«Decid las que sabéis, como las sabéis. No son las palabras, son los movimientos que las acompañan los que hacen agradables las oraciones al Padre».

«Nosotros querríamos orar como Tú oras».

«Os enseñaré también a orar. Os enseñaré la oración más santa. Pero, para que no sea una vana fórmula en vuestros labios, quiero que vuestro corazón tenga ya en sí al menos un mínimo de santidad, de luz, de sabiduría… Por ello os instruyo. Después os enseñaré esa santa oración.

119. Los discursos en Aguas Claras: Yo soy el Señor tu Dios. Jesús bautiza como Juan.

27 de febrero de 1945.

10 «Maestro… un día me dijiste a mí, a Juan, a Santiago y a Andrés, que nos enseñarías a orar(118 en 62.2.). Yo creo que si nosotros orásemos como lo haces tú, seríamos capaces de ser dignos del trabajo que quieres de nosotros» dice Pedro.

«En aquella ocasión te respondí: “Cuando estéis suficientemente formados, os enseñaré la oración sublime (119 El Padrenuestro) ; para dejaros mi oración. Mas incluso ésta resultará inútil si la pronuncia sólo la boca. Por ahora, ascended con el alma y la voluntad a Dios”. La oración es un don que Dios concede al hombre y que el hombre dona a Dios».

«¿Cómo es esto? ¿Todavía no somos dignos de orar? Todo Israel ora…» dice Judas Iscariote.

«Sí, Judas. Pero tú mismo puedes ver por sus obras cómo ora Israel. Yo no quiero hacer de vosotros unos traidores. Quien ora con lo externo, y por dentro está contra el bien, es un traidor».

221. Los prejuicios de los apóstoles respecto a los paganos y la parábola del hijo deforme.

17 de julio de 1945.

Os he enseñado a decir: “Danos hoy nuestro pan, Padre nuestro”. Pero, ¿sabéis qué significa “nuestro”? No quiere decir vuestro en el sentido de vosotros doce. No es vuestro como discípulos de Cristo, sino vuestro como hombres. He puesto en vuestros labios la oración por todos. Por todos los hombres: los presentes y los que vendrán; los que conocen a Dios y los que no le conocen; los que aman a Dios y a su Cristo y los que no le aman o le aman mal. Este es vuestro ministerio. Vosotros, que conocéis a Dios, a su Cristo, y los amáis, debéis orar por todos.

Os he dicho que mi oración es universal, durará cuanto dure la tierra. Pues bien, vosotros debéis orar universalmente, uniendo vuestras voces de apóstoles y vuestros corazones de discípulos de la Iglesia de Jesús a las voces y a los corazones de los que pertenezcan a otras iglesias, cristianas pero no apostólicas. Y tenéis que insistir, porque sois hermanos –vosotros en la casa del Padre, ellos fuera de la casa del Padre común, con su hambre, su nostalgia…– hasta que se les conceda, como a vosotros, el “pan” verdadero, que es el Cristo del Señor, administrado en las mesas apostólicas, no en otras donde está mezclado con alimentos impuros. Tenéis que insistir hasta que el Padre diga a estos hermanos “deformes”: “Mi dolor se aplaca, porque en vosotros, en vuestra voz, he oído la voz y las palabras de mi Unigénito y Primogénito, ¡Benditos sean los siervos que os han traído a la Casa de vuestro Padre para que quedara completa mi Familia”. Sois siervos de un Dios infinito y tenéis que poner la infinitud en todas vuestras intenciones.

364. En el Templo. Oración universal

1 de enero de 1946, 6.35 de la mañana.

1 Dice Jesús:

«Levántate, María. Vamos a santificar el día con una página del Evangelio. Porque mi Palabra es santificación. Ve, María. Porque ver los días terrenos de Cristo es santificación. Escribe, María. Porque escribir acerca de Cristo es santificación, repetir lo que dice Jesús es santificación, predicar a Jesús es santificación, instruir a los hermanos es santificación. Grande será tu recompensa por esta obra de caridad».

Padre nuestro que estás en los Cielos, sea santificado por toda la humanidad tu Nombre. Conocer tu Nombre es encaminarse hacia la santidad. Haz, Padre santo, que los gentiles y paganos conozcan tu existencia, y que vengan a Dios, a tí, Padre, guiados por la Estrella de Jacob, por la Estrella de la Mañana, por el Rey y Redentor de la estirpe de David, por tu Ungido, ya ofrecido y consagrado para ser Víctima por los pecados del mundo; que vengan como los tres sabios de entonces, de un tiempo ya lejano pero no inoperante, porque nada de lo que tiene algo que ver con la venida de la Redención al mundo es inoperante.

Venga tu Reino a todos los lugares de la tierra: donde se te conoce y ama, y donde aún no se te conoce; y, sobre todo, a los que son triplemente pecadores, los cuales, aun conociéndote, no te aman en tus obras y manifestaciones de luz, y tratan de rechazar y apagar la Luz que ha venido al mundo, porque son almas de tinieblas, que prefieren las obras de tinieblas, y no saben que querer apagar la Luz del mundo es ofenderte a ti mismo, porque Tú eres Luz santísima y Padre de todas las luces, comenzando por la que se ha hecho Carne y Palabra para traer tu luz a todos los corazones de buena voluntad.

Padre santísimo, que todos los corazones de este mundo hagan tu voluntad, es decir, que se salven todos los corazones y no quede para ninguno sin fruto el sacrificio de la Gran Víctima; porque ésta es tu voluntad: que el hombre se salve y goce de ti, Padre santo, después del perdón que está para ser otorgado.

Danos tu ayuda, Señor: todas tus ayudas. Ayuda a todos los que esperan, a los que no saben esperar, a los pecadores con el arrepentimiento que salva, a los paganos con la herida de tu llamada que estremece; ayuda a los infelices, a los reclusos, a los desterrados, a los enfermos en el cuerpo o en el espíritu, a todos, Tú que eres el Todo; porque el tiempo de la Misericordia ha llegado.

Perdona, Padre bueno, los pecados de tus hijos. Los de tu pueblo, que son los más graves, los de los culpables de querer estar en el error, mientras que tu amor de predilección ha dado la Luz precisamente a este pueblo. Perdona a los que están afeados por un paganismo corrompido que enseña el vicio, y se hunden en la idolatría de este paganismo pesado y mefítico, mientras que entre ellos hay almas preciadas y que Tú mas porque las has creado. Nosotros perdonamos, Yo el primero, para que Tú puedas perdonar[6].

E invocamos tu protección sobre la debilidad de las criaturas para que libres del Principio del Mal, del cual vienen todos los delitos, idolatrías, culpas, tentaciones y errores, a tus criaturas. Líbralas, Señor, del Príncipe horrendo, para que puedan acercarse a la Luz eterna».

[1] 137 Cfr. Mt. 6, 9–15; 7, 7–11; Lc. 11, 1–13.

[2] 138 Cfr. Ex. 26, 31–37; 36, 35–38; Lev. 16, 2; 3 Rey. 6, 15–22; Mt. 27, 50–51; Mc. 15, 37–38; Lc. 23, 45–46; Hebr. 6, 19–20; 9, 1–5.

[3] 139 La palabra Adonai significa “Mi Señor”.

[4] 140 Nota: Como Jesús “reveló al Padre” (Ju. 1, 18) durante su ministerio de Maestro y a la manera que podía revelarlo a los vivientes, de igual modo a través del Verbo–Hijo del Padre, los ciudadanos del cielo conocerán a Dios.

[5] 304 “Para levantar mi espíritu y unirme al Padre”: expresión que debe interpretarse en el contexto que trata de oración, coloquio amoroso del Hijo humanado con su Padre Eterno, de la que la Humanidad santísima que estaba triste, sale vigorizada por Dios y tal vez hasta confortada por algún espíritu angelical, como en Lc. 22, 39–46

[6] 1 Jesús en todo fue perfecto y en todo, nuestro ejemplo. Cfr. Lc. 23, 33–34.

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