31/7/2016 y 7/8/2016 Evangelio según San Lucas 12,13-21. y 12, 32-48

XVIII y XIX domingo del tiempo ordinario

Santo(s) del día : San Ignacio de Loyola
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Lecturas

Este domingo meditamos el pasaje del evangelio sobre los verdaderos tesoros que hay que acumular, en el capitulo 276 del segundo año de la vida pública de Jesús.

La parábola del rico necio, la encontramos justo antes del envío de los 72 discípulos que vimos unas semanas atrás.

Jesús enseña sobre la avaricia y los verdaderos tesoros, al final del capitulo se retira con los apóstoles y discípulos y sigue enseñando sobre este tema y termina dirigiénsose a nosotros -aunque les hablaba a ellos- pues les habla de los tiempos futuros

Rescato algunas frases de Jesus en este pasaje:
“Verdaderamente las alteraciones del alma se reflejan en la cara. “

“Hay muchos que dicen: “¡Soy joven y fuerte! Por ahora gozaré en la tierra. Más adelante me convertiré”. ¡Gran error!”

“El abatimiento, el odio hacia uno mismo es siempre síntoma de soberbia y de falta de confianza.”

Una oracion ante las derrotas
“Perdóname, Padre. Sé que conoces mi debilidad que a veces me domina. Sientes compasión de mí, lo creo. Confío firmemente en que me vas a ayudar, incluso más que antes, en el futuro, a pesar de que te satisfaga tan poco”

“A quien mucho se le dio mucho le será pedido. Mucho tendrá que restituir aquel a quien mucho se le confió. Porque hasta del alma de un niño de una hora se pedirá cuenta a mis administradores.”
“Dios sabe hasta cuándo dejaros el alma en el cuerpo; hasta esa hora os dará lo necesario.”

Personajes
Juan el escriba
http://www.maria-valtorta.org/Personnages/JeanCapharnaum.htm

Segundo año de la Vida Pública de Jesús

276. El hombre avaro y la parábola del rico necio[1]120. Las inquietudes y la vigilancia en los siervos de Dios.

10 de septiembre de 1945.

276 11       Jesús está en una de las colinas de la ribera occidental del lago. Ante sus ojos se muestran las ciudades o los pueblos diseminados por las riberas de una u otra orilla; pero, exactamente debajo de la colina, están Magdala y Tiberíades: la primera, con su barrio de lujo, lleno de jardines, separado netamente de las pobres casas de los pescadores, campesinos y gente humilde, por un pequeño torrente que ahora está completamente seco; la otra, espléndida en todas sus partes, es una ciudad que ignora todo lo que sea miseria y decadencia, y ríe, bonita y nueva, bajo el sol, frente al lago.

Entre ambas ciudades, las huertas, pocas pero bien cuidadas de la breve llanura, y luego la ascensión de los olivos a la conquista de las colinas. A espaldas de Jesús, desde esta cima, se ve el paso de forma de silla de montar del monte de las Bienaventuranzas, por cuya base discurre el camino de primer orden que va desde el Mediterráneo hasta Tiberíades.

Quizás por esta cercanía de un camino principal muy transitado, Jesús ha elegido esta localidad a la que las personas pueden llegar desde muchas ciudades del lago o de la zona interna de Galilea, y desde la cual, cuando anochece, es fácil volver a las propias casas o hallar alojamiento en muchos pueblos. Y la temperatura es moderada, debido a la altura y a los árboles agrestes que en la cima han substituido a los olivos.

Efectivamente, hay mucha gente además de los apóstoles y discípulos. Gente que tiene necesidad de Jesús para la salud, o para pedir consejos; gente que ha venido por curiosidad; gente traída por amigos o que ha venido por espíritu de imitación. En fin, mucha gente. Las jornadas, que ya no son caniculares sino que tienden a las enervadas gracias del otoño, invitan más que nunca a peregrinar en busca del Maestro.

2       Jesús ha curado ya a los enfermos y ha dirigido su palabra a la gente. Ha hablado ciertamente sobre el tema de las riquezas adquiridas con injusticia, sobre el desapego de la riqueza, requerido en todos para ganarse el Cielo, indispensable en quien quiere ser discípulo suyo. Ahora está respondiendo a las preguntas de algunos discípulos ricos, que están un poco turbados por estas cosas.

El escriba Juan dice:

«¿Entonces debo destruir lo que tengo, despojando a los míos de lo suyo?».

«No. Dios te ha dado unos bienes. Haz que sirvan a la Justicia y sírvete de ellos con justicia. O sea, socorre con esos bienes a tu familia: es un deber; trata con humanidad a los siervos: es caridad; favorece a los pobres; ofrece tu ayuda para aliviar las necesidades de los discípulos pobres. Obrando así, tus riquezas no te serán motivo de tropiezo; antes bien, te servirán de ayuda».

Luego, dirigiéndose a todos, dice:

«En verdad os digo que puede correr el mismo riesgo de perder el Cielo por amor a las riquezas hasta el más pobre de mis discípulos, sacerdote mío, si falta a la justicia haciendo pactos con el rico. El rico y malvado intentará muchas veces seduciros con donativos para teneros de su parte y para que consintáis su modo de vivir y su pecado. Y habrá ministros míos que cedan a la tentación de los donativos. No debe ser así. Aprended del Bautista. Poseía, sin ser ni juez ni magistrado, la perfección de ambos indicada por el Deuteronomio: “No harás acepción de personas, no aceptarás donativos, que ciegan los ojos de los prudentes y alteran las palabras de los justos[2]121. Demasiadas veces el hombre deja embotar el filo de la espada de la justicia con el oro que un pecador extiende encima. No, no debe ser así.

Sabed ser pobres, sabed saber morir, pero no pactéis nunca con el pecado; ni siquiera con la disculpa de usar el oro en pro de los pobres. Es oro maldito, no les acarrearía ningún bien; es oro de pacto infame. Sois constituidos discípulos para ser maestros, médicos y redentores. ¿Qué seríais si os hicierais aprobadores del mal por interés?

Maestros de mala ciencia, médicos que quitan la vida al enfermo, cooperadores en la ruina de los corazones, en vez de redentores».

3       Uno de entre la multitud se abre paso y dice:

«No soy discípulo, pero te admiro. Responde, pues, a esta pregunta: ¿puede uno retener el dinero de otro?».

«No, hombre; es hurto, igual que quitarle la bolsa a un viandante».

«¿También cuando es dinero de la familia?».

«También. No es justo que una persona se apropie del dinero de la comunidad».

«Entonces, Maestro, ven a Abelmaín, en el camino de Damasco, y manda a mi hermano que reparta conmigo la herencia de nuestro padre, muerto sin haber dejado escrita palabra alguna. Se ha quedado con toda. Considera, además, que somos gemelos, nacidos de un primer y único parto. Tengo, pues, los mismos derechos que él».

Jesús le mira y dice:

«Es una triste situación. Está claro que tu hermano no se está comportando bien. De todas formas, lo único que puedo hacer es orar por ti, y, más aún, por él, para que se convierta; y puedo ir a tu ciudad a evangelizar y así tocar su corazón. No me pesa el camino, si puedo poner paz entre vosotros».

El hombre salta encolerizado:

«¿Y para qué me sirven tus palabras? ¡Mucho más que palabras hace falta en este caso!».

«Pero no me has dicho que le ordene a tu hermano que…».

«Mandar no es evangelizar. La orden siempre va unida a una amenaza. Amenázale con hacerle algún mal a su físico, si no me da lo mío. Puedes hacerlo. De la misma forma que devuelves la salud, puedes inducir la enfermedad».

«Hombre, he venido a convertir, no a herir. Si tienes fe en mis palabras hallarás paz».

«¿Qué palabras?».

«Te he dicho que oraré por ti y por tu hermano, para consuelo tuyo y conversión suya».

«¡Cuentos! ¡Cuentos! No soy tan simplón como para creer en ellos. Ven y ordena».

4       Jesús, cuya actitud era mansa y paciente, adquiere un aspecto majestuoso y severo. Se yergue –antes estaba un poco curvado hacia este hombre bajo y corpulento y encendido de ira– y dice:

«Hombre, ¿quién me ha constituido juez y árbitro entre vosotros? Ninguno. De todas formas, para zanjar una división entre dos hermanos, había aceptado ir para ejercer mi misión de pacificador y redentor. Si hubieras creído en mis palabras, al regreso a 276 2Abelmaín habrías encontrado ya convertido a tu hermano. No sabes creer, y no se te dará el milagro. Si hubieras podido ser el primero en hacerte con el tesoro, te habrías quedado con él y le habrías dejado sin nada a tu hermano; porque, en verdad, de la misma forma que habéis nacido gemelos, tenéis gemelas las pasiones, y tanto tú como tu hermano tenéis un solo amor: el oro, una sola fe: el oro. Quédate, pues, con tu fe. Adiós».

El hombre se marcha maldiciendo a Jesús, con escándalo de todos, que querrían darle un escarmiento. Pero El se opone. Dice:

«Dejad que se marche. ¿Por qué queréis mancharos las manos pegando a un hombre brutal? Yo perdono porque está poseído por el demonio del oro que le pervierte. Perdonad también vosotros. Oremos, más bien, por este infeliz, para que vuelva a ser un hombre de alma adornada de libertad».

«Es cierto. Su avaricia le ha puesto incluso una cara horrenda. ¿Has visto?»

se preguntan unos a otros los discípulos y la gente que estaba cerca del avaro.

«¡Es verdad! ¡Es verdad! No parecía el mismo de antes».

«Sí. Y luego, cuando ha rechazado al Maestro –y que casi le ha pegado mientras le maldecía–, su cara era de demonio».

«Un demonio tentador. Estaba tentando al Maestro a la maldad…».

5 «Escuchad»

dice Jesús.

«Verdaderamente las alteraciones del alma se reflejan en la cara. Es como si el demonio aflorase a la superficie de la persona poseída. Pocos son los que son demonios y no dejan ver eso que en realidad son, o con hechos o con el aspecto.

Y estos pocos son los perfectos en el mal, los perfectamente poseídos. Por el contrario, el rostro del justo es siempre hermoso, aunque físicamente sea deforme, por una belleza sobrenatural que se expande de dentro afuera; siendo así que –y no es una forma de hablar, sino cosas reales– observamos en quien está incontaminado de vicios una frescura incluso en su carne. El alma está en nosotros y nos abraza por completo. Y el hedor de un alma corrompida corrompe también el cuerpo, mientras que el perfume de un alma pura preserva. El alma corrompida impulsa a la carne a pecados obscenos, y estos aviejan y deforman; el alma pura impulsa a la carne a una vida pura, y ello conserva la lozanía y comunica majestuosidad.

Haced que en vosotros permanezca la juventud pura del espíritu, o que resucite si la perdisteis, y estad atentos a guardaros de todo apetito desenfrenado, tanto de sensualidad como de poder. La vida del hombre no depende de la abundancia de los bienes que posee; ni ésta ni mucho menos la otra, la eterna. Depende de su forma de vivir. Y, con la vida, la felicidad en esta tierra y en el Cielo. Porque el vicioso no se siente nunca feliz, realmente feliz; pero el virtuoso siempre, con una felicidad celeste, aunque sea pobre y esté solo. Ni siquiera la muerte impresiona al virtuoso, porque no siente culpas ni remordimientos que le hagan temer el encuentro con Dios, ni añoranzas de lo que deja en esta tierra. El sabe que en el Cielo está su tesoro, de forma que, como quien va a recibir la herencia que le corresponde –herencia santa además–, se encamina dichoso y diligente al encuentro de la muerte, que le abre las puertas de aquel Reino en que está su tesoro.

Empezad inmediatamente a acumular vuestro tesoro. Ya desde la juventud los que sois jóvenes. Trabajad incansablemente, vosotros ancianos, que por la edad tenéis más cercana la muerte; y, puesto que la muerte es plazo ignorado, y frecuentemente sucede que fallece antes el niño que el anciano, no aplacéis el trabajo de haceros un tesoro de virtudes y buenas obras en la otra vida, para que no os llegue la muerte sin que hayáis acumulado un tesoro de méritos en el Cielo. Hay muchos que dicen: “¡Soy joven y fuerte! Por ahora gozaré en la tierra. Más adelante me convertiré”. ¡Gran error!

6 Escuchad esta parábola. Un hombre rico había obtenido mucho fruto de sus campos. Verdaderamente una cosecha portentosa. Entonces se puso a contemplar, dichoso, toda esta exuberancia que se acumulaba en sus campos y en sus eras y que no cabía en los graneros; tanto que ocupaba improvisados cobertizos y hasta habitaciones de la casa. Y dijo: “He trabajado como un esclavo, pero la tierra no me ha defraudado. He trabajado por diez cosechas. Ahora quiero descansar otros tantos años. ¿Cómo haré para dejar bien acondicionada toda esta recolección? No quiero vender una parte, 276 3porque me autoobligaría a trabajar para cosechar otra vez el año que viene. Ya sé: voy a derruir mis graneros y voy a hacer otros más grandes, de forma que quepa todo lo cosechado y todos mis bienes; luego diré a mi alma: ‘¡Oh, alma mía, tienes acumulados bienes para muchos años. Descansa, pues. Come, bebe, goza’ “.

Este, como muchos, confundía el cuerpo con el alma, mezclaba lo sagrado con lo profano; porque la verdad es que en las comilonas y el ocio el alma no goza, antes bien, languidece. Este también, como muchos tras la primera buena cosecha en los campos del bien, se paraba, pareciéndole que había hecho todo.

¿No sabéis que cuando se pone la mano en el arado es necesario perseverar, uno, diez, cien años, todo lo que dure la vida, porque detenerse es delito hacia uno mismo?

Efectivamente, uno se niega una gloria mayor. ¿Y no sabéis que es retroceder? En efecto, quien se para, generalmente, no sólo no sigue adelante, sino que se vuelve para atrás. El tesoro del Cielo tiene que aumentar año tras año para ser bueno; porque, si es cierto que la Misericordia será benigna con quien tuvo pocos años para atesorar, cierto es también que no será cómplice de los perezosos que, disponiendo de larga vida, hacen poco. Es un tesoro en continuo aumento. Si no, deja de ser fructífero para hacerse pasivo, y ello va en detrimento de una inmediata paz del Cielo.

Dios dijo al necio: “Hombre necio, que confundes el cuerpo y los bienes de la tierra con lo que es espíritu y de una gracia de Dios te procuras un daño: has de saber que esta misma noche se te pedirá el alma y te será arrebatada, y el cuerpo yacerá inerte. ¿De quién va a ser cuanto has preparado? ¿Podrás llevártelo contigo? No. Dejarás la tierra y vendrás a mi presencia desnudo de terrenas recolecciones y de obras espirituales, y seras pobre en la otra vida. Mejor hubiera sido para ti hacer con tus cosechas obras de misericordia para el prójimo y para ti mismo, pues siendo misericordioso con los demás lo hubieras sido también con tu alma; y, en vez de nutrir pensamientos ociosos, cultivar actividades que te hubieran acarreado un honesto provecho para tu cuerpo y grandes méritos para tu alma, hasta que Yo te hubiera llamado”. Y el hombre murió durante la noche y fue severamente juzgado.

En verdad os digo que esto es lo que le sucede a quien atesora para sí y no se enriquece ante los ojos de Dios.

Ahora marchaos, y haced tesoro con la doctrina que se os da. La paz sea con vosotros».

Jesús bendice y se retira con apóstoles y discípulos a una espesura del bosque para comer y descansar. 7 Mientras comen, continúa la lección de antes, repitiendo un tema del que ya ha hablado en varias ocasiones a los apóstoles, y que creo que nunca se habrá expresado suficientemente, porque el hombre está demasiado absorbido por miedos estúpidos.

«Creed»

dice

«que sólo hay que preocuparse de este enriquecimiento en virtud.

Estad atentos, además, a que vuestra preocupación no sea nunca ansiosa, inquieta. El bien es enemigo de las inquietudes, de los miedos, de las prisas; todas estas cosas denotan demasiado todavía la avaricia, la rivalidad, la humana desconfianza. Que vuestro trabajo sea constante, esperanzado, pacífico; sin arranques bruscos ni bruscas detenciones, como hacen los onagros silvestres (que ninguno que esté en su sano juicio los usa para recorrer seguro camino). Pacíficos en las victorias, pacíficos en las derrotas. El dolor por un error cometido, que os entristece porque con él habéis contrariado a Dios, debe ser también pacífico, debe sentir el alivio de la humildad y la confianza. El abatimiento, el odio hacia uno mismo, es siempre síntoma de soberbia y de falta de confianza. El humilde sabe que es un pobre hombre sujeto a las miserias de la carne, que algunas veces triunfa; el humilde tiene confianza no tanto en sí mismo cuanto en Dios, y mantiene la calma incluso en las graves derrotas, diciendo: “Perdóname, Padre. Sé que conoces mi debilidad que a veces me domina. Sientes compasión de mí, lo creo. Confío firmemente en que me vas a ayudar, incluso más que antes, en el futuro, a pesar de que te satisfaga tan poco”. No os mostréis apáticos ni avaros respecto a los bienes de Dios. Dad la sabiduría y virtud que tengáis. Sed laboriosos en el espíritu, como los hombres lo son para las cosas de la carne.

8 Y respecto a la carne, no imitéis a los del mundo que siempre tiemblan por su futuro, por el miedo de que les falte lo superfluo, de que les venga una enfermedad o la muerte, de que los enemigos los puedan perjudicar, etc. Dios sabe de qué tenéis necesidad. No temáis, por tanto, por vuestro mañana. Vivid libres de los miedos, que pesan más que las cadenas de los galeotes. No os afanéis por vuestra vida, ni por la comida, la bebida o el vestido. La vida del espíritu vale más que la del cuerpo, y el cuerpo más que el vestido, porque vivís con el cuerpo, no con el vestido; y con la mortificación del cuerpo ayudáis al espíritu a conseguir la vida eterna. Dios sabe hasta cuándo dejaros el alma en el cuerpo; hasta esa hora os dará lo necesario. Si se lo da a los cuervos, animales impuros que se alimentan de cadáveres y que tienen su razón de existir precisamente en esta función suya de eliminar substancias en putrefacción, ¿no os lo va a dar a vosotros? Ellos no tienen despensas ni graneros, y Dios los nutre igualmente. Vosotros sois hombres, no cuervos. Además, los presentes sois la flor y nata de los hombres, porque sois los discípulos del Maestro, los evangelizadores del mundo, los siervos de Dios. ¿Vais a pensar que Dios, que cuida el muguete, cuyo único trabajo es el de perfumar, adorando, y le hace crecer y le viste con vestidura tan hermosa como jamás tuviera Salomón, puede descuidaros, incluso en lo relativo a vuestro vestido? Vosotros sí que no podéis añadir ni un diente a las bocas desdentadas, ni alargar una pulgada a una pierna contraída, ni volver aguda la pupila empañada. No siendo capaces de estas cosas, ¿vais a pensar que podéis repeler miseria y enfermedad, hacer brotar del polvo frutos? No podéis. Mas no seáis gente de poca fe. Tendréis siempre lo necesario. No os entristezcáis como la gente del mundo, que se desvive por conseguir cosas de que gozar. Vosotros tenéis a vuestro Padre, que conoce vuestras necesidades. Debéis sólo buscar el Reino de Dios y su justicia. Sea éste vuestro primer interés. Todo lo demás se os dará por añadidura.

9 No temáis, vosotros de mi pequeño rebaño. Mi Padre se ha complacido en llamaros al Reino para que poseáis este Reino. Podéis, por tanto, aspirar a él y ayudar al Padre con vuestra buena voluntad y santa laboriosidad. Vended vuestros bienes, distribuidlos en limosna, si estáis solos. Dejad a los vuestros la provisión para el viaje de vuestro abandono de la casa por seguirme a mí, porque justo es no dejar sin pan a los hijos o esposas. Y si no podéis, por este motivo, sacrificar las riquezas pecuniarias, sacrificad las riquezas de afecto, que son también monedas, valoradas por Dios por lo que son: oro más puro que ningún otro, perlas más preciosas que las que se arrebatan a los mares, rubíes más singulares que los de las entrañas de la tierra. Porque renunciar a la familia por mí es caridad más perfecta que oro sin un solo átomo impuro, es perla hecha de llanto, rubí hecho de sangre que rezuma por la herida del corazón, desgarrado por la separación del padre y de la madre, de la esposa y de los hijos. Estas bolsas no merman, este tesoro no se devalúa jamás. Los ladrones no se introducen en el Cielo, la carcoma no come lo que en él se deposita. Tened el Cielo en el corazón y el corazón en el Cielo junto a vuestro tesoro. Porque el corazón, en el bueno y en el malo, está donde lo que consideráis amado tesoro vuestro. Por tanto, de la misma forma que el corazón está donde el tesoro (en el Cielo), el tesoro está donde el corazón (es decir, en vosotros); es más, el tesoro está en el corazón, y, con el tesoro de los santos, está, en el corazón, el Cielo de los santos.

10 Estad siempre preparados, como quien va a emprender un viaje o espera a su amo.

Vosotros sois siervos del Amo–Dios. En cualquier momento os puede llamar a su presencia, o venir a vosotros. Estad, pues, siempre preparados para ir, o a rendirle honor, ceñida la cintura con cinturón de viaje y de trabajo, con las lámparas encendidas en vuestras manos. Al salir de una fiesta nupcial con uno que os haya precedido en los Cielos y en la consagración a Dios en la tierra, El puede recordarse de vosotros, que estáis esperando; y puede decir: “Vamos donde Esteban, o donde Juan, o Santiago y Pedro”. Y Dios es rápido para venir, o para decir: “Ven”. Por tanto, estad preparados para abrirle la puerta cuando llegue; o para salir, si os llama.

Bienaventurados los siervos a quienes encuentre en vela el Amo cuando llegue. En verdad os digo que, para recompensarlos por la fiel espera, se ceñirá el vestido, los sentará a la mesa y se pondrá a servirlos. Puede llegar a la primera vigilia, o a la segunda, o a la tercera… no lo sabéis. Por tanto, estad siempre vigilantes. ¡Dichosos vosotros, si estáis así y así os encuentra el Amo! No os engañéis diciendo: “¡Hay tiempo! Esta noche no viene”. Sería un mal para vosotros. No sabéis. Si uno supiera cuándo viene el ladrón, no dejaría sin guardia la casa para que el malhechor pudiera forzar la puerta y las arcas. Estad preparados también vosotros, porque, cuando menos os lo penséis, vendrá el Hijo del hombre y dirá: “Es la hora”».

11     Pedro, que incluso se ha olvidado de terminar su comida por escuchar al Señor, viendo que Jesús calla, pregunta:

«¿Esto que dices es para nosotros o para todos?».

«Para vosotros y para todos; pero más para vosotros, porque vosotros sois como administradores puestos por el Amo al frente de los siervos, y tenéis doble obligación de estar preparados: por vosotros como administradores y por vosotros como simples fieles. ¿Cómo debe ser el administrador al que el amo ha colocado al frente de sus domésticos para dar a cada uno, a su tiempo, la debida porción? Debe ser avisado y fiel. Para cumplir su propio deber, para hacer cumplir a los subordinados el deber que ellos tienen. Si no, saldrían perjudicados los intereses del amo, que paga para que el administrador actúe haciendo las veces de él y vele por sus intereses en su ausencia. Dichoso el siervo al que el amo, al volver a su casa, encuentre obrando con fidelidad, diligencia y justicia. En verdad os digo que le hará administrador de otras propiedades, de todas sus propiedades, descansando y exultando en su corazón por la seguridad que ese siervo le da. Mas si ese siervo dice: “¡Ah! ¡bien! El amo está muy lejos y me ha escrito que tardará en volver. Por tanto, puedo hacer lo que me parezca, y luego, cuando calcule que esté próximo a regresar, tomaré las medidas oportunas”. Y empieza a comer y a beber hasta emborracharse, y a dar órdenes de borracho, y –ante la oposición a cumplirlas, por no perjudicar al amo, por parte de los siervos buenos subordinados a él– empieza a pegar a los siervos y a las siervas hasta hacerlos enfermar y languidecer. Y se siente feliz y dice: “Por fin saboreo lo que significa ser jefe y ser temido por todos”. ¿Qué le sucederá? Le sucederá que llegará el amo cuando menos se lo espere, quizás incluso sorprendiéndole en el momento en que está robando dinero o sobornando a alguno de los siervos más débiles; entonces, os digo que el amo le quitará del puesto de administrador, y le cancelará incluso de las filas de sus siervos, porque no es lícito mantener a los infieles y traidores entre los honestos; y tanto mayor será su castigo cuanto más le quiso y le instruyó su amo.

Porque el que conoce más la voluntad y el pensamiento de su amo más obligado está a cumplirlo con exactitud. Si no hace como su amo le ha dicho (ampliamente, como a ningún otro), recibirá muchos bastonazos. Sin embargo, el que, como siervo menor, sabe poco, y yerra creyendo actuar correctamente, recibirá un castigo menor. A quien mucho se le dio mucho le será pedido. Mucho tendrá que restituir aquel a quien mucho se le confió. Porque hasta del alma de un niño de una hora se pedirá cuenta a mis administradores.

12 Mi elección no es fresco reposo en un soto florido. He venido a traer fuego a la tierra; ¿qué puedo desear, sino que arda? Por eso me fatigo, como quiero que os fatiguéis vosotros hasta la muerte y hasta que la tierra toda sea una hoguera de celeste fuego. Debo ser bautizado con un bautismo. ¡Cuán angustiado viviré hasta que se cumpla! ¿No os preguntáis por qué? Porque por él os podré hacer portadores del Fuego, fermento activo en todas y contra todas las capas sociales, para fundirlas en una única cosa: el rebaño de Cristo.

¿Creéis que he venido a poner paz en la tierra?, ¿según los modos de ver de la tierra? No. Todo lo contrario: discordia y separación. Porque, de ahora en adelante, mientras toda la tierra no sea un único rebaño, de cinco que haya en una casa, dos estarán contra tres, y el padre estará contra el hijo y el hijo contra el padre, y la madre contra las hijas, y éstas contra aquélla, y las suegras y nueras tendrán un motivo más para no entenderse, porque habrá labios que hablen un lenguaje nuevo, y será como una Babel[3]123; porque una profunda agitación estremecerá el reino de los afectos humanos y sobrehumanos. Mas luego vendrá la hora en que todo se unificará en una lengua nueva que hablarán todos los salvados por el Nazareno, y se depurarán las aguas de los sentimientos, irán al fondo las escorias y brillarán en la superficie las límpidas ondas de los lagos celestes.

Verdaderamente, servirme no es descansar, según el significado que el hombre da a esta palabra; es necesario ser héroes, infatigables. Mas os digo que al final será Jesús, siempre Jesús, el que se ceñirá el vestido para serviros, y luego se sentará con vosotros a un banquete eterno, y todo cansancio y dolor serán olvidados.

13 Ahora, dado que ninguno nos ha vuelto a buscar, vamos al lago. Descansaremos en Magdala. En los jardines de María de Lázaro hay sitio para todos, y ella ha puesto su casa a disposición del Peregrino y de sus amigos. No hace falta que os diga que María de Magdala ha muerto con su pecado y que de su arrepentimiento ha renacido María de Lázaro, discípula de Jesús de Nazaret; ya lo sabéis, porque la noticia ha corrido como fragor de viento en un bosque. No obstante, os digo una cosa que no sabéis: que todos los bienes personales de María de Lázaro son para los siervos de Dios y para los pobres de Cristo. Vamos…».

[1] 120 Cfr. Mt. 6, 19–21 y 25–34; 10, 34–36; 24, 42–51; Lc. 12, 13–53.

[2] 121 Cfr. Deut. 16, 18–20.

[3] 122 Cfr. Gén. 11, 1–9

 

24/7/2016 Evangelio según San Lucas 11,1-13.

 

Decimoséptimo domingo del tiempo ordinario

Santo(s) del día : Beato Juan Antonio Pérez Mayo,  san Francisco Solano,  Beato Cristóbal de Santa Catalina
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Lecturas

En este pasaje Jesús nos invita a  orar con el corazón, Él prepara a los discípulos para enseñarles esta verdadera oración católica, que el mismo Jesús describe como “oración sublime, santa oración”

Mas esta oración, nos revela MV, ya la oraban Jesús y María mucho antes de la predicación! … y el mismo Jesús nos lo revela: El primer “Pater noster” fue pronunciado en el huerto de Nazaret para consolar la pena de María.

…y es María Santísima quien le revela este momento a Giuliana Buttini de Crescio (mística italiana 1921-2003), en el libro Mi vida en Nazaret:

  • Mi Vida en Nazareth (extracto)

  • 67. [16]- Y lo vuelvo a ver Niño. Lo tengo entre mis brazos, siento el perfume de sus cabellos: un perfume de nido.

  • Bajo la Cruz he sufrido lo insufrible, y bien se puede comprender: ¡cuántas madres sufren lo insufrible! Deben entonces esperar, deben tener la certeza: los hijos no son nuestros en la tierra: Dios en el Reino nos los entrega, y para siempre.
    Estaba aniquilada por ese dolor y no podía derramar lágrimas. Como tú bien sabes, cuando el dolor deja un pequeño espacio para nuestro egoísmo, podemos entonces llorar; pero en el dolor por los otros, cuando sufrimos con ellos, cuando estamos destrozados por ellos, no se tiene siquiera el desahogo del llanto y pesa sobre el corazón como una piedra de granito.
    “¡He aquí a tu Madre! ¡He aquí a tu hijo!”. Confiándome a Johanan, Jesús me encomendaba también a todos vosotros. Soy madre de los viejos, de los jóvenes, de los niños… Soy madre de los pecadores y de los santos… Johanan fue siempre dulcísimo, un verdadero hijo amoroso”.
    “Nuestro Rabí, te llamaba con el dulce nombre de madre: Immi, nunca te llamaré así: solamente el Rabí pudo hacerlo, ¡pero Tú, Señora, eres también una Madre! Jesús te veneró y te amó, te llamaba: mi Reina, Señora, ¿puedo entonces llamarte: Reina?”
    Era el dulce Johanan que posó su cabeza sobre el Sagrado Corazón de Jesús:
    “¡Venid a Mí, vosotros los cansados, vosotros los desilusionados, vosotros los afligidos! ¡Apoyad vuestra cabeza sobre mi corazón y seréis consolados!”.
    Jesús en el tiempo de la Pasión era ya un hombre fuerte, pero para Mí en el dolor, era como si aún hubiese sido todavía un niño. Y lo vuelvo a ver cuando niño: lo tengo entre los brazos, siento el perfume de sus cabellos: ¡un perfume de nido! Siento la tibieza de su cuerpo, Él ha posado su cabeza sobre mi corazón, y somos un solo corazón…
    “Immi, estoy feliz de tener mis sandalias nuevas”.
    Tenía sus piececitos en las nuevas sandalias: las primeras, eran sus primeros pasos, ya hablaba bien, ciertamente no pronunciaba las palabras con claridad, pero se hacía entender. Los piececitos en las nuevas sandalias: una suela un poco gruesa y una tira que cubría el pie y llegaba hasta el tobillo. ¡Sobre la Cruz aquellos pies fueron perforados! Y estaban sin sandalias: ¡muchos lo habían abandonado! Jesús hubiera podido hacer ostentación de Su inteligencia, si solamente hubiera sido hombre, mas también como hombre fue humildísimo, ¡justamente porque era Dios! Y Dios conoce el valor de la humildad. ¡Los valores humanos que importan son los del espíritu!
    Fue una noche de verano: Jesús, José y Yo, estábamos sentados en el jardín, bajo la luna.
    “¡Qué bella es esta luna!, despide una luz blanca que hace tu rostro de plata, Immi!”.
    ¡Y Él, Dios de Dios, me decía esas palabras con voz y rostro de niño! ¡Su amor por Mí!, una criatura, fue grandísimo, y así es también grandísimo el amor que siente por vosotros, sus criaturas. Dios se hace carne y Verbo, ama a su Madre, ama a sus, hermanos, de todos los tiempos, de toda las tierras. ¡Dios es amor!
    En las noches de verano nos gustaba cenar en el jardín. Poníamos la mesa junto a las rosas y generalmente comíamos verduras, queso y para Jesús ponía en la mesa también un tazón de leche y un poco de miel.
    “Immi, ¡me gusta comer en el jardín! ¿Está preparada la lámpara?, así la llevo Yo afuera…”
    ¡La lámpara de aceite! Tal vez muchos de vosotros no habréis nunca visto lámparas así, vosotros tenéis ahora muchos tipos de luces. Yo miraba a Jesús que llevaba esa lámpara con su rostro iluminado y radiante. ¡La luz del mundo! ¡La Verdad! Bajo la Cruz mi dolor fue inmenso, pero he tenido también horas serenas, tranquilas, de alegría, y pensaba: “Vendrá el dolor, pero ahora soy feliz, porque soy su Madre”. También vosotros que habéis llorado por nuestros hijos que Dios ha llamado a Su Reino, habéis tenido horas de alegría. Horas, que transformadas en Eternidad, se repetirán. ¡Para vosotros la eternidad no es comprensible, para vosotros no es comprensible la verdadera libertad, la Verdadera Vida! Yo, Myriam, os digo que es maravillosa: unidos a vuestros seres más queridos, unidos a todos los hermanos por el hilo del amor, que en el Reino jamás se rompe, gozaréis de Dios y de Su rostro: Jesús, y Yo, que soy criatura como vosotros, y que seré y soy Madre de todas las criaturas.
    Una noche en el jardín, bajo la luz de la luna, habíamos apagado la lámpara para ahorrar un poco de aceite, Jesús pronunció por primera vez aquella oración: “¡Padre Nuestro!” Tenía veinte años, José se había ido ya allá donde esperaba, Jesús era bellísimo: tenía la túnica blanca, los brazos en alto, la mirada luminosa y aquella voz:
    “¡Padre Nuestro que estás en los Cielos, sea alabado y santificado tu nombre, y tu Reino descienda a los corazones, así los hombres harán Tu voluntad, como ya sucede en el Cielo, también en la tierra sea así! ¡Danos el pan para alimentarnos y el pan para el espíritu. Perdona los pecados, y da la fuerza y el amor para perdonar y ayudar a la humanidad a fin de que no caiga en tentación, y líbrala del mal!”.
    Y Jesús oraba y había venido para redimir a la humanidad, enviado por el Padre.
    “¡Mi reino no es de este mundo!”
    Si el amor que Jesús entregó a la humanidad fuese realmente vivido y sentido, su Reino podría ya estar en este mundo. ¡Jesús siempre ha pedido el amor y bien pocos saben amar de verdad y profundamente!
  • 19 de Diciembre de 1981

Luego del capitulo 203, les adjunto extractos donde Jesús ora el Padrenuestro. El capitulo 44 cuando la pronuncia al dejar la casa de Nazaret y comenzar su vida Pública, y los pasajes del primer año (62 y 119), cuando ya los discípulos le pedían a Jesús les enseñara a orar como Él, y dos posteriores (221 y 364), donde Jesús agrega otras reflexiones al Padrenuestro.

Verán como valió la pena meditar todos estos pasajes, y que íntimamente ligadas están las gracias que recibimos a través de Jesucristo al FIAT incondicional de María Santísima.

Segundo año de la Vida Pública de Jesús

203. El padrenuestro[1]137.

28 de junio de 1945.

1          Jesús sale con los suyos de una casa próxima a los muros de la ciudad (creo que del barrio de Beceta, porque para salir de los muros se tiene que pasar todavía por delante de la casa de José, que está cerca de una puerta que he oído que la llaman Puerta de Herodes). La ciudad está semidesierta en esta noche serena y lunar. Comprendo que la Pascua ha sido consumida en una de las casas de Lázaro –que no es, de ninguna manera, la casa del Cenáculo–. Esta se encuentra completamente al otro extremo respecto a aquélla: una al Norte, la otra al Sur de Jerusalén.

En la puerta de la casa, Jesús, con ese gesto suyo cortés, se había despedido de Juan de Endor, dejándole como custodio de las mujeres y dándole las gracias por esto mismo; había besado a Margziam, que también había venido a la puerta. Ahora Jesús se encamina hacia fuera de la llamada Puerta de Herodes.

«¿A dónde vamos, Señor?».

«Venid conmigo. Os llevo a coronar la Pascua con una perla anhelada y singular. Por este motivo he querido estar sólo con vosotros, ¡mis apóstoles! Gracias, amigos, por el gran amor que me tenéis; si pudierais ver cómo me consuela, os asombraríais. Fijaos, Yo me muevo entre contínuas contrariedades y desilusiones. Desilusiones por vosotros. Convenceos de que por mí no tengo ninguna desilusión, pues no me ha sido concedido el don de ignorar… Por esta razón también os aconsejo que os dejéis guiar por mí. Si permito una cosa, la que sea, no opongáis resistencia a ello; si no intervengo para poner fin a algo, no os toméis la iniciativa de hacerlo vosotros. Cada cosa a su debido tiempo. Confiad en mí, en todo».

Ya están en el ángulo nordeste de la muralla; vuelven la esquina y van siguiendo la base del monte Moria hasta un punto en que, por un puentecito, pueden cruzar el Cedrón.

«¿Vamos a Getsemaní?» pregunta Santiago de Alfeo.

«No. Más arriba, a la cima del Monte de los Olivos».

«¡Qué bonito será!» dice Juan.

«También le habría gustado al niño» susurra Pedro.

«¡Tendrá oportunidad de verlo otras muchas veces! Estaba cansado, y además es un niño. Quiero ofreceros una cosa grande, porque ya es justo que la tengáis».

2          Suben entre los olivos, dejando Getsemaní a su derecha, subiendo más arriba por el monte, hasta alcanzar la cima, en que los olivos forman un peine susurrador. Jesús se para y dice:

«Detengámonos aquí… Queridos, muy queridos discípulos míos, continuadores míos en el futuro, acercaos a mí. Un día, varios días, me habéis dicho:

“Enséñanos a orar como lo haces Tú; enséñanos, como Juan enseñó a los suyos, para que nosotros, discípulos, podamos orar con las mismas palabras del Maestro”.

 Siempre os he respondido:

“Lo haré cuando vea en vosotros un mínimo suficiente de preparación, para que la oración no sea una fórmula vana de palabras humanas, sino verdadera conversación con el Padre”.

Pues bien, ha llegado el momento; poseéis ahora lo suficiente para poder conocer las palabras dignas de ser elevadas a Dios, y quiero enseñároslas esta noche, en la paz y el amor que reina entre nosotros, en la paz y el amor de Dios y con Dios, porque hemos prestado obediencia al precepto pascual como verdaderos israelitas y al imperativo divino de la caridad hacia Dios y el prójimo. 3 Uno de vosotros ha sufrido mucho en estos días: por un hecho del que no tenía culpa alguna, y por el esfuerzo que ha tenido que hacer consigo mismo para contener la indignación que tal acción había producido. Sí, Simón de Jonás, ven aquí. No ha habido ni una sola emoción de tu corazón que me haya pasado desapercibida; no ha habido pesar que no haya compartido contigo. Yo y tus compañeros…».

«¡Pero Tú, Señor, has recibido una ofensa mucho mayor que la mía! Ello significaba para mí un sufrimiento más… más grande… no, más perceptible; no, tampoco… más… más… Quiero decir que el hecho de que Judas haya sentido repugnancia por participar en mi fiesta me ha dolido como hombre, pero el ver que Tú te sentías apenado y ofendido me ha dolido de otra forma y me ha causado doble sufrimiento… Yo… No quiero gloriarme ni quedar bien usando tus palabras… Pero tengo que decir –si cometo acto de soberbia, dímelo– tengo que decir que he sufrido con mi alma… y duele más».

«No es soberbia, Simón. Has sufrido espiritualmente porque Simón de Jonás, pescador de Galilea, se está transformando en Pedro de Jesús, Maestro del espíritu, por el cual sus discípulos se vuelven activos y sabios en el espíritu. Por este progreso tuyo en la vida del espíritu, por este progreso vuestro, quiero enseñaros esta noche la oración. ¡Cuánto habéis cambiado desde el tiempo del retiro solitario!».

«¿Todos, Señor?» pregunta Bartolomé un poco incrédulo.

«Comprendo lo que quieres decir… Pero Yo os estoy hablando a vosotros once, no a otros…».

«Pero, ¿qué le pasa a Judas de Simón, Maestro? Nosotros ya no le comprendemos… Parecía tan cambiado, y ahora, desde que hemos dejado el lago…» dice Andrés desolado.

«Calla, hermano. ¡La clave de este misterio la tengo yo! Se ha pegado ahí un trocito de Belcebú. Fue a buscarlo a la caverna de Endor buscando poder causar impresión, y… ¡y fue servido! El Maestro lo dijo ese día… En Gamala los diablos entraron en los cerdos. En Endor, los diablos, habiendo abandonado al pobre Juan, entraron en él… Está claro que… está claro… ¡Déjame que lo diga, Maestro! Total, está aquí en la garganta, y, si no lo digo, no sale, y me enveneno…».

«¡Calma, Simón!».

«Sí, Maestro. Te aseguro que no me comportaré con él de forma insolente. Pero, digo y pienso que, siendo Judas un vicioso –ya nos hemos dado cuenta todos–, es un poco afin al cerdo… y se comprende que los demonios elijan de buena gana los cerdos para sus… cambios de casa. Bien, ya lo he dicho».

«¿Lo crees así?» dice Santiago de Zebedeo.

«¿Y qué otra cosa puede ser? No ha habido ningún motivo para que se haya vuelto tan intratable. ¡Peor que en Aguas Claras! Y allí podía pensar que eran el lugar y la estación lo que le ponían nervioso, pero ahora…».

4 «Hay otro motivo, Simón…».

«Dilo, Maestro; con gusto cambiaré de opinión acerca de mi compañero».

«Judas está celoso. Su inquietud es por celos».

«¿Celoso! ¿De quién? No tiene mujer, y, aun en el caso de que la tuviera y fuera con otras mujeres, yo creo que ninguno de nosotros manifestaría desprecio hacia este condiscípulo…».

«Está celoso de mí. Observa esto: Judas se ha alterado después de Endor y de Esdrelón, o sea, cuando ha visto que me he ocupado de Juan y de Yabés; ya verás como ahora, que Juan –sobre todo Juan– dejará nuestro grupo, pasando de mí a Isaac, volverá a estar alegre y tranquilo».

«¡Bien!… ¡bien!, pero no me irás a decir que no se ha apoderado de él un diablo; y, sobre todo… ¡no!, ¡lo digo!… sobre todo, no me irás a decir que ha mejorado en estos meses. Yo también estaba celoso el año pasado… cuando quería que no fuésemos más de nosotros seis, los primeros seis, ¿te acuerdas? Sin embargo, ahora… ¡déjame invocar a Dios por una vez como testigo de mi pensamiento!… ahora digo que cuanto más discípulos hay en torno a ti más feliz me siento: ¡quisiera tener a todos los hombres y conducirlos a ti, y todos los medios para auxiliar a los que lo necesitan, para que la miseria no le significase a ninguno un obstáculo para llegarse a ti! Dios ve que digo la verdad.  pero, ¿por qué soy así ahora?: porque me he dejado cambiar por tí. El no ha cambiado; es más… ¡que sí, Maestro!… ¡que le ha entrado un demonio, hombre!».

«No digas eso. No lo pienses. Ora porque se cure: los celos son una enfermedad…».

«…que a tu lado se cura, si uno quiere. ¡Le soportaré por ti!… Pero, ¡qué difícil!…».

«Ya te he dado el premio: el niño. Ahora voy a enseñarte a orar…».

«Sí, hermano, hablemos de esto… Hablemos de mi homónimo sólo para recordar que es esto lo que necesita. Creo que ya ha recibido su castigo en el hecho de no estar en este momento con nosotros» dice Judas Tadeo.

5 «Escuchad. Cuando oréis, decid:

“Padre nuestro que estás en los Cielos, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino a la tierra como está en el Cielo, hágase tu Voluntad así en la tierra como en el Cielo. El pan nuestro de cada día dánosle hoy, perdónanos nuestras deudas, así como nosotros se las perdonamos a nuestros deudores, no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del Maligno”».

Jesús está en pie. Se había levantado para decir la oración. Todos le han imitado, atentos y emocionados.

«No hace falta nada más, amigos míos. En estas palabras está encerrado, como en un aro de oro, todo lo que el hombre necesita, para el espíritu y para la carne y la sangre; con estas palabras pedís cuanto les es útil al espíritu, a la carne y a la sangre, y, si hacéis lo que pedís, obtendréis la vida eterna. Tan perfecta es esta oración, que no será menoscabada ni por el tempestuoso oleaje de las herejías ni por el paso de los siglos. La mordedura de Satanás fragmentará el cristianismo; muchas partes de mi carne mística sufrirán la separación, para formar células aisladas en el vano deseo de constituirse en cuerpo perfecto, como será el Cuerpo místico de Cristo (el formado por la totalidad de los fieles unidos en la Iglesia apostólica, que será la única verdadera Iglesia mientras exista la tierra). Estas partículas, separadas, privadas por tanto de los dones que habré de dejar a la Iglesia Madre para nutrir a mis hijos, se llamarán de todas formas cristianas, pues darán culto a Cristo, y, a pesar de su error, siempre recordarán que de Cristo han venido. Pues bien, también ellas dirán esta oración universal. Recordadla bien. Meditadla contínuamente. Aplicadla en vuestras acciones. Basta para santificarse. Si uno estuviera solo, entre paganos, sin iglesias, sin libros, tendría ya en esta oración todo lo cognoscible para meditar y una iglesia abierta en su corazón para esta oración; tendría una regla segura y una segura santificación.

6 “Padre nuestro”.

Yo le llamo “Padre”. Es Padre del Verbo, Padre del Encarnado. Así quiero que le llaméis vosotros, porque vosotros sois uno conmigo, si permanecéis en mí. El hombre debía echarse rostro en tierra para exclamar, suspirando, envuelto en los temblores del miedo, la palabra “Dios”. Quien no cree en mí y en mi palabra está todavía inmerso en este temblor paralizador… Observad lo que sucede en el Templo: no sólo Dios, sino incluso el recuerdo de Dios, están celados tras triple velo a los ojos de los fieles. Separaciones de espacio, separaciones con velos[2]138, todo se ha tomado y aplicado para decir al que ora: “Tú eres fango; El, Luz. Tú, abyecto; El, Santo. Tú, esclavo; El, Rey”.

¡Mas ahora!… ¡Alzaos! ¡Acercaos! Yo soy el Sacerdote eterno, puedo tomaros de la mano y deciros: “Venid”. Puedo descorrer el velo del Templo y abrir de par en par el inaccesible lugar que ha permanecido cerrado hasta ahora. ¿Y por qué cerrado?… Por la Culpa, sí; pero aún más clausurado por el pensamiento degradado de los hombres. ¿Por qué cerrado, si Dios es Amor, si Dios es Padre?… Yo puedo, debo, quiero elevaros al azul del cielo, no rebajaros al polvo; no que estéis lejanos, sino cerca; no como esclavos, sino como hijos que se reclinen sobre el pecho de Dios.

“¡Padre! ¡Padre!”, decid. No os canséis de pronunciar esta palabra. ¿No sabéis que cada vez que la decís el Cielo resplandece por la alegría de Dios? Aunque no expresarais otra palabra, diciendo ésta con verdadero amor ya haríais una oración grata al Señor.

“¡Padre! ¡Padre mío!”, dicen los pequeñuelos a sus padres. Esta es la primera palabra que dicen: “Madre, padre”. Pues vosotros sois los pequeñuelos de Dios. Yo os he generado: con mi amor he destruido el hombre viejo que erais, haciendo nacer así al hombre nuevo, al cristiano. Invocad, pues, al Padre santísimo que está en los cielos con la primera palabra que aprenden los niños.

7 “Santificado sea tu Nombre”.

Es el Nombre más santo y tierno que existe. El terror del culpable os ha enseñado a celarlo bajo otro. No. Basta ya de decir “Adonái”[3]139, basta. Es Dios. Es ese Dios que en un exceso de amor ha creado a la Humanidad, La Humanidad, de ahora en adelante, purificados sus labios con el lavacro por mí preparado, llámele por su Nombre, esperando comprender con plenitud de sabiduría el verdadero significado de este incomprensible Nombre cuando, fundida con El, en sus mejores hijos, sea elevada al Reino que he venido a instaurar[4]140.

8 “Venga tu Reino a la tierra como está en el Cielo”.

Desead con todas vuestras fuerzas que venga; si viniera, la alegría habitaría la tierra. El Reino de Dios en los corazones, en las familias, en las gentes, en las naciones. Sufrid, trabajad, sacrificaos por este Reino. Sea la tierra espejo que refleje en las personas la vida del Cielo. Llegará. Un día llegará todo esto. Pero antes de que la tierra posea el Reino de Dios, han de venir siglos y siglos de lágrimas y sangre, de errores y persecuciones, de bruma rasgada por destellos de luz irradiados por el Faro místico de mi Iglesia (la cual, si bien es barca –y no será hundida– es también arrecife que resiste cualquier golpe de mar, y mantendrá alta la Luz, mi Luz, la Luz de Dios). Cuando esto llegue, será como la llamarada intensa de un astro que, alcanzada la perfección de su existencia, se disgrega, cual desmesurada flor de los jardines celestes, para exhalar, en un rutilante latido, su existencia y su amor a los pies de su Creador. Llegar, llegará; entonces comenzará el Reino perfecto, feliz, eterno, del Cielo.

9 “Hágase tu Voluntad así en la tierra como en el Cielo”.

La propia voluntad se puede anular en la de otro sólo cuando se le llega a amar con perfección. La propia voluntad se puede anular en la de Dios sólo cuando se han alcanzado las virtudes teologales en forma heroica. En el Cielo –donde no hay defectos– se hace la voluntad de Dios. Sabed, vosotros, hijos del Cielo, hacer lo que en el Cielo se hace.

10 “Danos nuestro pan de cada día”.

En el Cielo os nutriréis sólo de Dios. La beatitud será vuestro alimento. Mas aquí todavía tenéis necesidad de pan. Sois los párvulos de Dios; justo es entonces decir: “Padre, danos el pan”. ¿Teméis no ser escuchados? ¡Oh, no! Considerad esto: si uno de vosotros tiene un amigo y ve que no tiene pan y debe dar de comer a otro amigo o pariente que ha llegado a su casa al final de la segunda vigilia, irá al primero y le dirá: “Amigo, préstame tres panes, porque tengo un huésped que ha venido ahora y no tengo qué darle de comer”, ¿podrá, acaso, oír como respuesta desde el otro lado de la puerta: “No me molestes, que ya he cerrado la puerta, la he trancado, y mis hijos duermen a mi lado; no puedo levantarme a darte lo que me pides”? No. Si es un verdadero amigo al que se ha dirigido, y si insiste, recibirá lo que pide. Lo recibiría incluso aunque el amigo fuera poco bueno, por su insistencia, porque aquel a quien se lo pidieran, con tal de que no le molestasen, se apresuraría a darle cuantos panes quisiera.

Más vosotros, cuando dirigís vuestra oración al Padre, no os dirigís a un amigo de este mundo, sino al Amigo perfecto que es el Padre del Cielo. Por tanto, os digo: “Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá”, pues a quien pide se le da, quien busca halla, y a quien llama se le abre la puerta.

¿Qué padre, a su propio hijo que le pide un pan, le pondrá en la mano una piedra?, ¿qué padre dará a su hijo una serpiente en vez de un pez asado? Un padre que se comportase así con su prole sería un sinvergüenza. Ya lo he dicho, pero lo repito para moveros a sentimientos de bondad y confianza. Así pues, si uno que estuviera en su sano juicio no daría un escorpión en vez de un huevo, ¡como no os va a dar Dios con mucha mayor bondad lo que pidiereis!: en efecto, El es bueno, mientras que vosotros, por el contrario, en más o en menos, sois malos. Pedid, pues, con amor humilde y filial vuestro pan al Padre.

11 “Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores”.

Hay deudas materiales y deudas espirituales; las hay también morales. Deuda material es la moneda o la mercancía que deben restituirse por haber sido prestadas. Deuda moral es la estima arrebatada y no correspondida, el amor querido y no dado. Deuda espiritual es la obediencia a Dios, de quien se exige mucho dándole bien poco, y el amor a El. Dios nos ama y se le debe amor, como se debe amor a una madre, a la esposa, al hijo, de quienes se exigen muchas cosas. El egoísta quiere tener, pero no da. Pero el egoísta está en las antípodas del Cielo. Tenemos deudas con todos: desde con Dios hasta con el esclavo, pasando por los familiares, los amigos, el prójimo en general, y los que están a nuestro servicio (pues todos éstos son en el fondo iguales que nosotros). ¡Ay de quien no perdone, porque no será perdonado! Dios no puede, por justicia, condonar la deuda que el hombre tiene para con El, santísimo, si el hombre no perdona a su semejante.

12 “No nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del Maligno”.

El hombre que no ha sentido la necesidad de compartir con nosotros la cena de Pascua me preguntó hace menos de un año: “¿Cómo! ¿Tú pediste no ser tentado?, ¿en la tentación pediste ayuda contra ella?”. Estábamos nosotros dos solos. Le respondí. Luego –esta vez eramos cuatro– en una solitaria región, repetí la respuesta; pero todavía no fue suficiente, porque en un espíritu irremovible es necesario demoler la funesta fortaleza de su obcecación para abrirse paso; por tanto, lo seguiré diciendo, una, diez, cien veces, hasta que todo se cumpla.

Vosotros, sin embargo, que no estáis acorazados dentro de infaustas doctrinas y aún más infaustas pasiones, orad así. Orad con humildad para que Dios impida las tentaciones. ¡Ah, la humildad! ¡Conocerse como uno es! Sin deprimirse, pero conocerse.

Decir: “Soy juez imperfecto de mí mismo y, aunque no me lo parezca, podría ceder. Por tanto, Padre mío, tenme, si es posible, libre de las tentaciones; tan cerca de ti que no permitas al Maligno que me dañe”. Debéis recordar, en efecto, que no es Dios quien tienta al Mal, sino que es el Mal el que tienta. Rogad al Padre para que sostenga vuestra debilidad, de forma que no pueda el Maligno introducirla en la tentación.

13 He terminado, queridos míos. Esta es la segunda Pascua que paso con vosotros. El año pasado sólo partimos el pan y compartimos el cordero. Este año os doy esta oración. Os otorgaré otros dones en las otras Pascuas que pasaré con vosotros, para que, una vez que me haya ido a donde el Padre quiere, os quede de mí, que soy el Cordero, un recuerdo en las celebraciones del cordero mosaico.

Alzaos. Vamos. Estaremos en la ciudad para el alba. Es más, mañana, tú, Simón, y tú, hermano mío (señala a Judas), iréis por las mujeres y el niño; tú, Simón de Jonás, y vosotros, os quedaréis conmigo hasta que éstos vuelvan; luego iremos juntos a Betania».

Bajan hasta el Getsemaní y entran en la casa para descansar.

EXTRACTOS PREVIOS Y POSTERIORES

Primer año de la vida pública de Jesús.

44. Adiós a la Madre y salida de Nazaret. Llanto y oración de la Corredentora.

9 de febrero de 1944, 9.30 de la mañana.

(Empezada durante la Santa Comunión).

441          El interior de la casa de Nazaret. Veo una habitación. Parece un tinelo, donde la Familia come o está en las horas de descanso. Es una estancia muy reducida. Tiene una sencilla mesa rectangular frente a una especie de arquibanco que está pegado a una de las paredes: éste es el asiento de uno de los lados. En las otras paredes hay: un telar y un taburete; otros dos taburetes y un vasar, que tiene encima algunas lamparitas de aceite y otros objetos. Una puerta da a un pequeño huerto. Debe estar atardeciendo, pues no hay sino un recuerdo de sol sobre la copa de un alto árbol que apenas verdece con las primeras hojas.

Jesús está sentado a la mesa. Está comiendo. María le sirve, yendo y viniendo por una puertecita que supongo conduce al lugar donde está el fuego, cuyo resplandor se ve desde la puerta entreabierta.

Jesús le dice a María dos o tres veces que se siente… y que también coma Ella. Pero Ella no quiere; menea la cabeza sonriendo tristemente, y trae, primero, unas verduras hervidas –me parece una sopa–; después, unos peces asados; luego, un queso más bien blando (como de oveja, fresco) de forma redondeada (semeja a esas piedras que se ven en los torrentes), y unas aceitunas pequeñas y oscuras. El pan, en pequeños moldes circulares (de la anchura de un plato común) y poco alto, está ya en la mesa. Es más bien oscuro, como si no se le hubiera separado el salvado. Jesús tiene delante un ánfora con agua y una copa; come en silencio, mirando a la Madre con doloroso amor.

María –se ve claramente– está apenada. Va, viene… para que no se le note. Enciende – aunque haya todavía luz suficiente– una lamparita y la pone junto a Jesús (al alargar el brazo acaricia disimuladamente la cabeza de su Hijo), abre una bolsa de color castaño – que a mí me parece hecha de esos paños de lana virgen tejidos a mano y, por tanto, impermeable–, comprueba si está vacía, sale al huertecito, va hasta el otro lado de éste, a una especie de despensa, de donde sale con unas manzanas ya más bien rugosas –conservadas desde el verano– y las mete en la bolsa; después coge un pan y mete también un pequeño queso, aunque Jesús no quiera y diga que ya tiene suficiente.

María se acerca a la mesa de nuevo, por la parte más estrecha, a la izquierda de Jesús.

Le mira mientras come. Le mira con verdadera congoja, con adoración, con el rostro aún más pálido de lo normal y como más envejecido por la pena, con los ojos agrandados por una sombra que los marca, indicio de lágrimas vertidas; parecen, incluso, más claros que de  costumbre, como lavados por el llanto que ya está casi apareciendo en ellos: ojos de dolor, cansados.

2          Jesús, que come despacio, claramente sin ganas, por complacer a su Madre, y que está más pensativo de lo habitual, levanta la cabeza y la mira. Se encuentra con una mirada llena de lágrimas, y baja la cabeza para que no se sienta cohibida, limitándose a cogerle la delicada manita que tiene apoyada en el borde de la mesa. La toma con la mano izquierda y se la lleva a la cara; Jesús apoya en ella su mejilla como rozándola un  momento para sentir la caricia de esa pobre manita temblorosa, y la besa en el dorso con gran amor y respeto.

Veo a María llevándose la mano libre, la izquierda, hacia la boca, como para ahogar un sollozo; luego se seca con los dedos una lágrima grande que ha rebasado el borde del párpado y estaba regando la mejilla.

Jesús continúa comiendo. María sale rápidamente al huertecillo, donde ya hay poca luz… y desaparece. Jesús apoya el codo izquierdo sobre la mesa, y sobre la mano la frente, deja de comer y se sumerge en sus pensamientos.

Luego un momento de atención… Se levanta de la mesa. Sale El también al huerto, mira a uno y otro lado y se dirige hacia la derecha respecto al lado de la casa, entra por una abertura de una pared rocosa, dentro de lo que reconozco como el taller de carpintero; esta vez todo ordenado, sin tablas, sin virutas, sin fuego encendido; el banco de carpintero y las herramientas, todas en su sitio, nada más.

Replegada sobre sí, en el banco, María llora. Parece una niña. Tiene la cabeza apoyada en el brazo izquierdo plegado, y llora, en voz baja pero con mucho dolor. Jesús entra despacio y se le acerca con tanta delicadeza, que Ella comprende que está allí sólo cuando su Hijo le deposita la mano sobre la cabeza inclinada, llamándola «Mamá» con voz de amorosa reprensión.

María levanta la cabeza y mira a Jesús entre un velo de llanto, y se apoya, con las dos manos unidas, en su brazo derecho. Jesús con un extremo de su ancha manga le seca la cara y la abraza, la estrecha contra su pecho, la besa en la frente. Jesús tiene aspecto majestuoso, parece más viril de lo habitual, y María más niña, salvo en la cara marcada por el dolor.

«Ven, Mamá»

le dice Jesús, y, apretándola estrechamente con el brazo derecho, se encamina de nuevo hacia el huerto; allí se sienta en un banco que está apoyado en la pared de la casa. El huerto está silencioso y ya oscuro. Hay sólo un hermoso claro de luna y la luz que sale de la estancia. La noche está serena.

3          Jesús le habla a María. No percibo al principio las palabras, apenas susurradas, a las que María asiente con la cabeza. Después oigo:

«Y di a la familia… a las mujeres de la familia, que vengan. No te quedes sola. Estaré más tranquilo, Madre, y tú sabes la necesidad que tengo de estar tranquilo para cumplir mi misión. Mi amor no te faltará.

Vendré frecuentemente y, cuando esté en Galilea y no pueda acercarme a casa, te avisaré; entonces vendrás tú adonde esté Yo. Mamá, esta hora debía llegar. Empezó aquí, cuando el Angel se te apareció; ahora se cumple y debemos vivirla, ¿no es verdad, Mamá? Después vendrá la paz de la prueba superada, y la alegría. Antes es necesario atravesar este desierto, como los antiguos Padres para entrar en la Tierra Prometida[1]225. Pero el Señor Dios nos ayudará como hizo con ellos, y su ayuda será como maná espiritual para nutrir nuestro espíritu en el esfuerzo de la prueba. Digamos juntos al Padre nuestro…[2]226».

Jesús se levanta y María con El, y levantan la cara al cielo. Dos hostias vivas que resplandecen en la oscuridad.

Jesús dice lentamente, pero con voz clara y remarcando las palabras, la oración del Señor. Hace mucho hincapié en las frases: «adveniat Regnum tuum, fiat voluntas tua», distanciando mucho estas dos frases de las otras. Ora con los brazos abiertos (no exactamente en cruz, sino como los sacerdotes cuando dicen: «Dominus vobiscum»). María tiene las manos juntas.

4          Entran de nuevo en casa, y Jesús –a quien no he visto nunca beber vino– echa en una copa un poco de vino blanco de un ánfora de la despensa y la lleva a la mesa; coge de la mano a María y la obliga a sentarse junto a El y a beber de ese vino (en que moja una rebanada de pan que le ofrece). Tanto insiste, que María cede. El resto lo bebe Jesús. Luego estrecha a su Madre contra su costado, y así la sujeta, contra su persona, en el lado del corazón. Ni Jesús ni María están reclinados, sino sentados como nosotros.

No hablan más. Esperan. María acaricia la mano derecha de Jesús y sus rodillas. Jesús acaricia el brazo y la cabeza de María.

5          Jesús se levanta y con El María, se abrazan y se besan amorosamente una y otra vez; y una y otra vez parece que quieren despedirse, pero María vuelve a estrechar contra su pecho a su Hijo. Es la Virgen, pero es una madre a fin de cuentas, una madre que debe separarse de su hijo y que sabe a dónde conduce esa separación. Que ya no se me venga a decir que María no ha sufrido. Antes lo creía poco, ahora no lo creo en absoluto.

Jesús coge el manto (azul oscuro), se lo echa a los hombros y con él se cubre la cabeza a manera de capucha. Luego se pone en bandolera la bolsa, de forma que no le obstaculice el camino. María le ayuda; nunca termina de ajustarle la túnica y el manto y la capucha, y, mientras, le vuelve a acariciar.

Jesús va hacia la puerta después de trazar un gesto de bendición en la estancia. María le sigue y, en la puerta, ya abierta, se besan una vez más.

6          La calle está silenciosa y solitaria, blanca de luna. Jesús se pone en camino. Dos veces se vuelve aún a mirar a su Madre, que está apoyada en la jamba, más blanca que la Luna, toda reluciente de llanto silencioso. Jesús se va alejando por la callejuela blanca. María continúa llorando apoyada en la puerta. Y Jesús desaparece en una esquina de la calle.

Ha empezado su camino de Evangelizador, que terminará en el Gólgota. María entra llorando y cierra la puerta. También para Ella ha comenzado el camino que la llevará al Gólgota. Y por nosotros…

María lloró porque era Corredentora

7 Dice Jesús:

44 1«Este es el cuarto dolor de María, Madre de Dios: el primero fue la presentación en el Templo; el segundo, la huida a Egipto; el tercero, la muerte de José; el cuarto, mi separación de Ella.

Conociendo el deseo del Padre, te dije ayer por la noche que voy a acelerar la descripción de “nuestros” dolores para que se den a conocer. Pero, como ves, ya algunos de mi Madre habían sido ilustrados. He explicado antes que la Presentación, la permanencia en Egipto, porque había necesidad de hacerlo ese día. Yo sé las cosas. Y tú comprendes, y le dirás al Padre de viva voz el porqué.

8 Mi proyecto es alternar tus contemplaciones, y mis consiguientes explicaciones, con los dictados propiamente dichos, para aliviarte a ti y a tu espíritu dándote la felicidad de ver, y también porque así queda clara la diferencia estilística entre tu forma de redactar y la mía.

Además, ante tantos libros que hablan de mí y que, tocando y retocando, cambiando y acicalando, se han transformado en irreales, tengo el deseo de dar a quien en mí cree una visión devuelta a la verdad de mi tiempo mortal. No salgo disminuido; antes al contrario, magnificado en mi humildad, que se hace pan para vosotros para enseñaros a ser humildes y semejantes a mí, que fui hombre como vosotros y que llevó en mi aspecto humano la perfección de un Dios. Debía ser Modelo vuestro, y los modelos deben ser siempre perfectos.

No mantendré en las contemplaciones una línea cronológica correspondiente a la de los Evangelios. Tomaré los puntos que considere más útiles en ese día para ti o para otros, siguiendo una línea mía de enseñanza y bondad.

9 La enseñanza que proviene de la contemplación de mi separación se dirige especialmente a los padres e hijos a quienes la voluntad de Dios llama a la recíproca renuncia por un amor más alto; en segundo lugar está dirigida a todos aquellos que se encuentran frente a una renuncia penosa (¡y cuántas encontráis en la vida!). Son espinas en la Tierra que traspasan el corazón; lo sé. Pero para quien las acoge con resignación – mirad, no digo: “para quien las desea y las acoge con alegría” (esto ya es perfección), digo “con resignación”se transforman en eternas rosas. Pero pocos las acogen con resignación. Como burritos tozudos, os resistís obstinadamente a la voluntad del Padre, aunque no tratéis de herir con patadas y mordiscos espirituales, o sea, con rebelión y blasfemias contra el buen Dios.

10 Y no digáis: “Pero si yo sólo tenía este bien y Dios me lo ha quitado; sólo este afecto, y Dios me lo ha arrancado”. También María, mujer noble, amorosa hasta la perfección (porque en la Toda Gracia también las formas afectivas y sensitivas eran perfectas), sólo tenía un bien y un amor en la tierra: su Hijo. No le quedaba más que El: los padres, muertos desde hacía tiempo; José, muerto desde hacía algunos años. Sólo quedaba Yo para amarla y hacerle sentir que no estaba sola. Los parientes, por causa mía, desconociendo mi origen divino, le eran un poco hostiles, como hacia una madre que no sabe imponerse a su hijo que se aparta del común buen juicio o que rechaza un matrimonio propuesto que podría honrar a la familia e incluso ayudarla.

Los parientes, voz del sentido común, del sentido humano –vosotros lo llamáis sensatez, pero no es más que sentido humano, o sea, egoísmo– habrían querido que yo hubiera vivido estas cosas. En el fondo era siempre el miedo de tener un día que soportar molestias por mi causa; que ya osaba expresar ideas –según ellos demasiado idealistas– que podían poner en contra a la sinagoga. La historia hebrea estaba llena de enseñanzas sobre la suerte de los profetas[3]227. No era una misión fácil la del profeta, y frecuentemente le ocasionaba la muerte a él mismo y disgustos a la parentela. En el fondo, siempre el pensamiento de tener que hacerse cargo un día de mi Madre.

Por ello, el ver que Ella no me ponía ningún obstáculo y parecía en continua adoración ante su Hijo, los ofendía. Este contraste habría de crecer durante los tres años de ministerio, hasta culminar en abiertos reproches cuando, estando yo entre las multitudes, se llegaban hasta mí, y se avergonzaban de mi manía –según ellos– de herir a las castas poderosas. Reprensión a mí y a Ella; ¡pobre Mamá!

11 Y, no obstante, María, que conocía el estado de ánimo de sus parientes –no todos fueron como Santiago, Judas o Simón, ni como la madre de estos, María de Cleofás– y que preveía el estado de ánimo futuro; María, que conocía su suerte durante esos tres años, y la que la esperaba al final de los mismos y la suerte mía, no opuso resistencia como hacéis vosotros. Lloró. Y ¿quién no habría llorado ante una separación de un hijo que la amaba como Yo la amaba; ante la perspectiva de los largos días, vacíos de mi presencia, en la casa solitaria; ante el futuro del Hijo destinado a chocar contra la malevolencia de quien era culpable y se vengaba de serlo agrediendo al Inculpable hasta matarle?

Lloró porque era la Corredentora y la Madre del género humano renacido a Dios, y debía llorar por todas las madres que no saben hacer de su dolor de madres una corona de gloria eterna.

¡Cuántas madres en el mundo a quienes la muerte arranca de los brazos una criatura! ¡Cuántas madres a quienes un querer sobrenatural arrebata de su lado a un hijo! Por todas sus hijas, como Madre de los cristianos, por todas sus hermanas, en el dolor de madre despojada, ha llorado María. Y por todos los hijos que, nacidos de mujer, están destinados a ser apóstoles de Dios o mártires por amor a Dios, por fidelidad a Dios, o por crueldad humana.

12 Mi Sangre y el llanto de mi Madre son la mixtura que fortalece a estos signados para heroica suerte; la que anula en ellos las imperfecciones, o también las culpas cometidas por su debilidad, dando, además del martirio –en cualquier caso, en seguida– la paz de Dios y, si sufrido por Dios, la gloria del Cielo.

Las lágrimas de María las encuentran los misioneros como llama que calienta en las regiones donde la nieve impera, las encuentran como rocío allí donde el sol arde. La caridad de María las exprime. Estas han brotado de un corazón de lirio. Tienen, por ello: de la caridad virginal desposada con el Amor, el fuego; de la virginal pureza, la perfumada frescura, semejante a la del agua recogida en el cáliz de un lirio después de una noche de rocío.

Las encuentran los consagrados en ese desierto que es la vida monástica bien entendida: desierto, porque no vive más que la unión con Dios, y cualquier otro afecto cae, transformándose únicamente en caridad sobrenatural hacia los parientes, los amigos, los superiores, los inferiores.

Las encuentran los consagrados a Dios en el mundo, en el mundo que no los entiende y no los ama, desierto también para ellos, en el que viven como si estuvieran solos: ¡muy grande es, en efecto, la incomprensión que sufren, y las burlas, por mi amor! Las encuentran mis queridas “víctimas”, porque María es la primera de las víctimas por amor a Jesús. A sus discípulas Ella les da, con mano de Madre y de Médico, sus lágrimas, que confortan y embriagan para más alto sacrificio. ¡Santo llanto de mi Madre!

13 María ora. Porque Dios le dé un dolor, no se niega a orar. Recordadlo. Ora junto con Jesús. Ora al Padre nuestro y vuestro.

El primer “Pater noster” fue pronunciado en el huerto de Nazaret para consolar la pena de María, para ofrecer “nuestras” voluntades al Eterno en el momento en que comenzaba para estas voluntades el período de una renuncia cada vez mayor, que habría de culminar en la renuncia de la vida para Mí y de la muerte de un Hijo para María. Y, aunque nosotros no tuviéramos nada que necesitara el perdón del Padre, por humildad incluso, nosotros, los Sin Culpa, pedimos el perdón del Padre para afrontar, perdonados (absueltos incluso de un suspiro), dignamente nuestra misión. Para enseñaros que cuanto más se está en gracia de Dios más bendecida y fructuosa resulta la misión; para enseñaros el respeto a Dios y la humildad. Ante Dios Padre aun nuestras dos perfecciones de Hombre y de Mujer se sintieron nada y pidieron perdón, como también pidieron el “pan de cada día”.

¿Cuál era nuestro pan? ¡Oh!, no el que amasaron las manos puras de María, cocido en el pequeño horno, para el cual yo muchas veces había recogido haces y manojos de leña –que es también necesario mientras se está en esta Tierra–, no ese pan, sino que “nuestro” pan cotidiano era el de llevar a cabo, día a día, nuestra parte de misión. Que Dios nos la diera cada día, porque llevar a cabo la misión que Dios da es la alegría de “nuestro” día, ¿no es verdad, pequeño Juan?[4]228 ¿No lo dices también tú, que te parece vacío el día, como si no hubiera existido, si la bondad del Señor te deja, un día, sin tu misión de dolor?

14 María ora con Jesús. Es Jesús quien os justifica, hijos. Soy Yo quien hace aceptables y fructuosas vuestras oraciones ante el Padre. Yo he dicho: “Todo lo que pidáis al Padre en mi nombre, El os lo concederá”[5]229, y la Iglesia acredita sus oraciones diciendo: “Por Jesucristo Nuestro Señor”[6]230.

Cuando oréis, uníos siempre, siempre, siempre a mí. Yo rogaré en voz alta por vosotros, cubriendo vuestra voz de hombres con la mía de Hombre–Dios. Yo pondré sobre mis manos traspasadas vuestra oración y la elevaré al Padre. Será hostia de valor infinito. Mi voz, fundida con la vuestra, subirá como beso filial al Padre, y la púrpura de mis heridas hará preciosa vuestra oración. Estad en mí si queréis tener al Padre en vosotros, con vosotros, para vosotros.

15 Has terminado la narración diciendo: “Y por nosotros…”, y querías decir: “Por nosotros que somos tan ingratos hacia estos Dos que han subido el Calvario por nosotros”.

Has hecho bien en poner esas palabras. Ponlas cada vez que te muestre un dolor nuestro. Que sea como la campana que suena y que llama a meditar y a arrepentirse. Nada más. Descansa. La paz esté contigo».

[1] 225 Cfr. Ex. 15, 22 – 18, 27; Núm. 9–14; 20–25; 31–33; Josué 1–12.

[2] 226 la oración del Señor es la oración del “Pater noster”, que en tiempos de MV se recitaba normalmente en latín. MV explica: Si Jesús enseñó el “Pater” a sus discípulos, ¿no habría de habérselo enseñado antes a su Madre?, ¿a esa Madre que, al recibir en su seno la semilla de Dios, había sido la primera en decir: “hágase según su palabra” (cfr. Lc. 1, 38), y que siempre había repetido ese ”fiat”, incluso por su Hijo recién nacido? El “Pater” no fue una improvisación de Jesús para los apóstoles. Era “su” oración habitual. Tanto era así, que los apóstoles le dijeron: “Enséñanos a orar como Tú oras”. Y era la oración habitual de Jesús y María

[3] 227 Cfr. 2 Paralip. 36, 14–16; Mat. 23, 34–35; Hech. 7, 52.

[4] 228 Advierta el lector de una vez por todas, que la escritora, que se llamaba María, frecuentemente es llamada con el nombre de

“Juanito” o “pequeño Juan”.

[5] 229 Ju. 16, 23.

[6] 230 De hecho esta es la fórmula sustancial con que terminan casi todas las oraciones de la Misa, de los Sacramentos y Sacramentales de la Liturgia Romana y Ambrosiana.

62. Los discípulos buscan a Jesús, que está orando en la noche303.

5 de noviembre de 1944.2

119«¡Maestro te hemos buscado mucho! Cuando hemos vuelto con el pescado, desde afuera, hemos visto la puerta entornada, y hemos pensado que habrías salido. Pero no te encontrábamos. Al final, un campesino que estaba cargando sus cestas para llevarlas a la ciudad, nos ha dicho dónde estabas. Nosotros te llamábamos: “¡Jesús, Jesús!”, y él ha dicho: “¿Buscáis al Rabí que habla a las multitudes? Ha ido por aquel sendero, hacia arriba, hacia el monte. Debe estar en el olivar de Miqueas, porque va allí frecuentemente; le he visto otras veces”. Tenía razón. ¿Por qué has salido tan temprano, Maestro? ¿Por qué no has descansado? Quizás la cama no te resultaba cómoda…».

«No, Pedro, la cama era cómoda, y la habitación bonita. Pero Yo frecuentemente hago esto, para confortar mi espíritu y para unirme al Padre[5]304. La oración es una fuerza para uno mismo y para los demás. Todo se obtiene con la oración. Si no el don, que no siempre el Padre concede –y no se debe pensar que ello es falta de amor, sino creer siempre que es algo requerido por un Orden que, para bien, rige la suerte de cada uno de los hombres–, sí ciertamente la oración da paz y equilibrio para poder resistir a tantas cosas que nos asaltan, sin salirse del sendero santo. Mira, Pedro, lo que nos circunda fácilmente ofusca la mente y agita el corazón, y en una mente ofuscada y en un corazón agitado, ¿cómo puede sentirse a Dios?».

«Es cierto. ¡Pero nosotros no sabemos orar! No sabemos decir las hermosas palabras que Tú pronuncias».

«Decid las que sabéis, como las sabéis. No son las palabras, son los movimientos que las acompañan los que hacen agradables las oraciones al Padre».

«Nosotros querríamos orar como Tú oras».

«Os enseñaré también a orar. Os enseñaré la oración más santa. Pero, para que no sea una vana fórmula en vuestros labios, quiero que vuestro corazón tenga ya en sí al menos un mínimo de santidad, de luz, de sabiduría… Por ello os instruyo. Después os enseñaré esa santa oración.

119. Los discursos en Aguas Claras: Yo soy el Señor tu Dios. Jesús bautiza como Juan.

27 de febrero de 1945.

10 «Maestro… un día me dijiste a mí, a Juan, a Santiago y a Andrés, que nos enseñarías a orar(118 en 62.2.). Yo creo que si nosotros orásemos como lo haces tú, seríamos capaces de ser dignos del trabajo que quieres de nosotros» dice Pedro.

«En aquella ocasión te respondí: “Cuando estéis suficientemente formados, os enseñaré la oración sublime (119 El Padrenuestro) ; para dejaros mi oración. Mas incluso ésta resultará inútil si la pronuncia sólo la boca. Por ahora, ascended con el alma y la voluntad a Dios”. La oración es un don que Dios concede al hombre y que el hombre dona a Dios».

«¿Cómo es esto? ¿Todavía no somos dignos de orar? Todo Israel ora…» dice Judas Iscariote.

«Sí, Judas. Pero tú mismo puedes ver por sus obras cómo ora Israel. Yo no quiero hacer de vosotros unos traidores. Quien ora con lo externo, y por dentro está contra el bien, es un traidor».

221. Los prejuicios de los apóstoles respecto a los paganos y la parábola del hijo deforme.

17 de julio de 1945.

Os he enseñado a decir: “Danos hoy nuestro pan, Padre nuestro”. Pero, ¿sabéis qué significa “nuestro”? No quiere decir vuestro en el sentido de vosotros doce. No es vuestro como discípulos de Cristo, sino vuestro como hombres. He puesto en vuestros labios la oración por todos. Por todos los hombres: los presentes y los que vendrán; los que conocen a Dios y los que no le conocen; los que aman a Dios y a su Cristo y los que no le aman o le aman mal. Este es vuestro ministerio. Vosotros, que conocéis a Dios, a su Cristo, y los amáis, debéis orar por todos.

Os he dicho que mi oración es universal, durará cuanto dure la tierra. Pues bien, vosotros debéis orar universalmente, uniendo vuestras voces de apóstoles y vuestros corazones de discípulos de la Iglesia de Jesús a las voces y a los corazones de los que pertenezcan a otras iglesias, cristianas pero no apostólicas. Y tenéis que insistir, porque sois hermanos –vosotros en la casa del Padre, ellos fuera de la casa del Padre común, con su hambre, su nostalgia…– hasta que se les conceda, como a vosotros, el “pan” verdadero, que es el Cristo del Señor, administrado en las mesas apostólicas, no en otras donde está mezclado con alimentos impuros. Tenéis que insistir hasta que el Padre diga a estos hermanos “deformes”: “Mi dolor se aplaca, porque en vosotros, en vuestra voz, he oído la voz y las palabras de mi Unigénito y Primogénito, ¡Benditos sean los siervos que os han traído a la Casa de vuestro Padre para que quedara completa mi Familia”. Sois siervos de un Dios infinito y tenéis que poner la infinitud en todas vuestras intenciones.

364. En el Templo. Oración universal

1 de enero de 1946, 6.35 de la mañana.

1 Dice Jesús:

«Levántate, María. Vamos a santificar el día con una página del Evangelio. Porque mi Palabra es santificación. Ve, María. Porque ver los días terrenos de Cristo es santificación. Escribe, María. Porque escribir acerca de Cristo es santificación, repetir lo que dice Jesús es santificación, predicar a Jesús es santificación, instruir a los hermanos es santificación. Grande será tu recompensa por esta obra de caridad».

Padre nuestro que estás en los Cielos, sea santificado por toda la humanidad tu Nombre. Conocer tu Nombre es encaminarse hacia la santidad. Haz, Padre santo, que los gentiles y paganos conozcan tu existencia, y que vengan a Dios, a tí, Padre, guiados por la Estrella de Jacob, por la Estrella de la Mañana, por el Rey y Redentor de la estirpe de David, por tu Ungido, ya ofrecido y consagrado para ser Víctima por los pecados del mundo; que vengan como los tres sabios de entonces, de un tiempo ya lejano pero no inoperante, porque nada de lo que tiene algo que ver con la venida de la Redención al mundo es inoperante.

Venga tu Reino a todos los lugares de la tierra: donde se te conoce y ama, y donde aún no se te conoce; y, sobre todo, a los que son triplemente pecadores, los cuales, aun conociéndote, no te aman en tus obras y manifestaciones de luz, y tratan de rechazar y apagar la Luz que ha venido al mundo, porque son almas de tinieblas, que prefieren las obras de tinieblas, y no saben que querer apagar la Luz del mundo es ofenderte a ti mismo, porque Tú eres Luz santísima y Padre de todas las luces, comenzando por la que se ha hecho Carne y Palabra para traer tu luz a todos los corazones de buena voluntad.

Padre santísimo, que todos los corazones de este mundo hagan tu voluntad, es decir, que se salven todos los corazones y no quede para ninguno sin fruto el sacrificio de la Gran Víctima; porque ésta es tu voluntad: que el hombre se salve y goce de ti, Padre santo, después del perdón que está para ser otorgado.

Danos tu ayuda, Señor: todas tus ayudas. Ayuda a todos los que esperan, a los que no saben esperar, a los pecadores con el arrepentimiento que salva, a los paganos con la herida de tu llamada que estremece; ayuda a los infelices, a los reclusos, a los desterrados, a los enfermos en el cuerpo o en el espíritu, a todos, Tú que eres el Todo; porque el tiempo de la Misericordia ha llegado.

Perdona, Padre bueno, los pecados de tus hijos. Los de tu pueblo, que son los más graves, los de los culpables de querer estar en el error, mientras que tu amor de predilección ha dado la Luz precisamente a este pueblo. Perdona a los que están afeados por un paganismo corrompido que enseña el vicio, y se hunden en la idolatría de este paganismo pesado y mefítico, mientras que entre ellos hay almas preciadas y que Tú mas porque las has creado. Nosotros perdonamos, Yo el primero, para que Tú puedas perdonar[6].

E invocamos tu protección sobre la debilidad de las criaturas para que libres del Principio del Mal, del cual vienen todos los delitos, idolatrías, culpas, tentaciones y errores, a tus criaturas. Líbralas, Señor, del Príncipe horrendo, para que puedan acercarse a la Luz eterna».

[1] 137 Cfr. Mt. 6, 9–15; 7, 7–11; Lc. 11, 1–13.

[2] 138 Cfr. Ex. 26, 31–37; 36, 35–38; Lev. 16, 2; 3 Rey. 6, 15–22; Mt. 27, 50–51; Mc. 15, 37–38; Lc. 23, 45–46; Hebr. 6, 19–20; 9, 1–5.

[3] 139 La palabra Adonai significa “Mi Señor”.

[4] 140 Nota: Como Jesús “reveló al Padre” (Ju. 1, 18) durante su ministerio de Maestro y a la manera que podía revelarlo a los vivientes, de igual modo a través del Verbo–Hijo del Padre, los ciudadanos del cielo conocerán a Dios.

[5] 304 “Para levantar mi espíritu y unirme al Padre”: expresión que debe interpretarse en el contexto que trata de oración, coloquio amoroso del Hijo humanado con su Padre Eterno, de la que la Humanidad santísima que estaba triste, sale vigorizada por Dios y tal vez hasta confortada por algún espíritu angelical, como en Lc. 22, 39–46

[6] 1 Jesús en todo fue perfecto y en todo, nuestro ejemplo. Cfr. Lc. 23, 33–34.

17/7/2016 Evangelio según San Lucas 10,38-42.

Decimosexto domingo del tiempo ordinario

Santo(s) del día : San León IV
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Lecturas

Este domingo meditamos el pasaje del evangelio de San Lucas en que María Magdalena elige la mejor parte mientras Marta se ocupa de los quehaceres del hogar.

Lo encontramos en el tercer año de la vida pública de Jesús, en la casa de Lázaro en Betania durante la fiesta de los ácimos posterior a la Pascua y que duraba una semana.

Jesús nos invita a imitar a María Magdalena, de la cual dice Él ” Es la más grande de las resucitadas de mi Evangelio”

Tercer año de la Vida Pública de Jesús

377. Parábola del agua y del junco para María de Magdala, que ha elegido la mejor parte[1]48

14 de agosto de 1944.

1       Comprendo inmediatamente que la figura de la Magdalena[2]49 ocupa todavía el lugar central, porque lo primero que veo es a ella, vestida con una sencilla túnica de un rosa lila semejante a la flor de la malva. Ningún adorno precioso, los cabellos simplemente recogidos en trenzas sobre la nuca. Parece más joven que cuando era una obra maestra de tocador. No tiene ya los ojos altaneros de cuando era la “pecadora”, ni la mirada humillada de cuando escuchaba la parábola de la oveja, ni avergonzada y brillante de llanto de cuando estaba en la sala del Fariseo… Ahora tiene una mirada serena, límpida otra vez como la de un niño, y una sonrisa pacífica resplandece en sus ojos.

Está apoyada en un árbol, cerca del linde de la propiedad de Betania, y mira hacia la calle. Espera. Luego lanza un grito de alegría. Se vuelve hacia la casa y grita fuerte, para ser oída, grita con su espléndida voz pastosa y pasional, inconfundible: «¡Está llegando!… ¡Marta, era como nos habían dicho! ¡El Rabí está aquí!»

y corre a abrir la pesada cancilla. No les da a los domésticos el tiempo de hacerlo y sale a la calle con los brazos abiertos, como hace un niño hacia su mamá, y con un grito de amorosa alegría:

«¡Rabbuní[3]50mío!»,

y se postra a los pies de Jesús y se los besa entre el polvo de la calle.

«Paz a ti, María. Vengo a descansar bajo tu techo».

«¡Maestro mío!»

repite María levantando la cara con una expresión de reverencia y de amor que dice muchas cosas… Es gratitud, bendición, alegría, invitación a entrar y júbilo por el hecho de que entre… Jesús le ha puesto la mano sobre la cabeza y parece como si la absolviera una vez más.

2       María se levanta y, al lado de Jesús, vuelve a entrar en el recinto de la propiedad.

Entretanto han acudido ya los domésticos y Marta: éstos, con ánforas y copas; Marta sólo con su amor, pero es mucho.

Los apóstoles, sudorosos, beben las frescas bebidas que los criados vierten.

Hubieran querido ofrecérselo primero a Jesús, pero Marta se les ha adelantado: ha tomado una copa llena de leche y se la ha ofrecido a Jesús; debe saber que le gusta mucho.

Una vez que los discípulos han apagado su sed, Jesús les dice:

«Id a advertir a los fieles. Por la noche hablaré para ellos».

Los apóstoles, dejado apenas el jardín, se diseminan en distintas direcciones.

Jesús se adentra en él entre Marta y María.

«Ven, Maestro»

dice Marta.

«Mientras llega Lázaro, descansa y repón fuerzas».

Están poniendo pie en una fresca habitación que da al pórtico umbroso, cuando regresa María, que se había alejado a paso rápido. Vuelve con una ánfora de agua, seguida por uno de los domésticos, que trae una jofaina. Pero es María la que quiere lavar los pies a Jesús. Desata sus sandalias polvorientas y se las da al criado para que las traiga limpias, junto con el manto (también se lo ha dado para que le sacuda el abundante polvo). Luego sumerge los pies en el agua, que está un poco rosada por algún aroma que contiene, los seca, los besa. Luego cambia el agua y ofrece agua limpia a Jesús para las manos. Y, mientras espera a que el criado vuelva con las sandalias, acoclada a los pies de Jesús, se los acaricia, y, antes de meterle las sandalias, se los besa una vez más diciendo:

«¡Santos pies que tanto habéis andado para buscarme!».

Marta, con un amor más práctico, va a lo humanamente positivo; pregunta:

«Maestro, ¿además de tus discípulos, quién va a venir?».

Y Jesús:

«No lo sé con exactitud[4]51 todavía. Pero puedes preparar para otros cinco además de los apóstoles».

Marta se marcha.

3 J    Jesús sale al fresco del jardín umbroso. Lleva simplemente su túnica azul marina.

El manto, cuidadosamente plegado por María, queda encima de un arquibanco de la habitación. María sale al lado de Jesús.

Caminan por paseos bien cuidados, entre parterres floridos, hasta el estanque de los peces, que parece un espejo caído entre el verde. Sólo el zigzagueo argénteo de algún pez y la menudísima lluvia del finísimo surtidor alto y central rompe apenas, acá o allá, el agua límpida. Junto al amplio estanque, que parece un pequeño lago, hay unos lugares para sentarse; de él salen pequeños canales de riego. Más exactamente: creo que uno es el que alimenta el estanque y los otros, más pequeños, son los de desagüe y se utilizan para el riego.

Jesús se sienta en un asiento que está colocado justo contra el borde del estanque.

María se sienta a los pies de Jesús, en la hierba verde y bien cuidada. En un primer momento no hablan. Jesús, visiblemente, goza del silencio y del descanso en el fresco del jardín. María se deleita en mirarle.

Jesús juega con el agua cristalina del estanque. Sumerge en ella sus dedos, la peina separándola en pequeñas estelas, y luego deja que toda la mano se sumerja en ese frescor puro.

«¡Qué bonita es esta agua límpida!» dice.

Y María:

«¿Tanto te gusta, Maestro?».

«Sí, María. Porque es cristalina. Mira, no tiene ni un vestigio de barro. Hay agua, pero es tan pura que parece que no hay nada, casi como si no fuera un elemento, sino espíritu. Podemos leer en el fondo las palabras que se dicen los pececillos…».

«Como se lee en el fondo de las almas puras. ¿No es verdad, Maestro?»

y María suspira con una celada nostalgia.

4       Jesús oye el suspiro cortado, lee la nostalgia celada con una sonrisa, y medica inmediatamente la pena de María.

«¿Dónde tenemos las almas puras, María? Es más fácil que un monte ande que no que una criatura sepa mantenerse pura con las tres purezas. Demasiadas cosas se mueven y fermentan en torno a un adulto. Y no siempre se puede impedir que entren dentro. Sólo los niños tienen el alma angélica, preservada por su inocencia de las cogniciones que pueden transformarse en fango. Por esto los amo tanto. Veo en ellos un reflejo de la Pureza infinita. Son los únicos que llevan consigo este recuerdo de los Cielos.

Mi Madre es la Mujer de alma de niño. Más aún, es la Mujer de alma de ángel. Cual era Eva cuando salió de las manos del Padre. ¿Te imaginas, María, qué sería la primera azucena florecida en el jardín terrenal? También son muy bonitas estas que hacen de guía a esta agua. ¡Pero la primera que salió de las manos del Creador!… ¡Ah!, ¿era flor o diamante?, ¿eran pétalos o láminas de plata purísima? Pues bien, mi Madre es más pura que esa primera azucena que perfumó el viento. Y su perfume de Virgen intacta llena Cielo y Tierra, y tras él irán los buenos por los siglos de los siglos. El Paraíso es luz[5]52, perfume y armonía. Pero si en él no se deleitara el Padre en contemplar a la Toda Hermosa que hace de la Tierra un paraíso, y si el Paraíso no tuviere en el futuro a la Azucena viva en cuyo seno están los tres pistilos de fuego de la Divina Trinidad, quedarían disminuidos en la mitad, la luz, el perfume y la armonía, la alegría del Paraíso. La pureza de la Madre será la gema del Paraíso.

¡Mas el Paraíso es inconmensurable! ¿Qué diríais de un rey que tuviera sólo una gema en su tesoro?, ¿aunque fuera la Gema por excelencia?[6]53 Cuando Yo abra las puertas del Reino de los Cielos… –no suspires, María: para esto he venidomuchas almas de justos y de niños entrarán, estela de candor, detrás de la púrpura del Redentor. Pero serán todavía pocas gemas para poblar los Cielos, pocos para formar los ciudadanos de la Jerusalén eterna. Y después… cuando los hombres conozcan la Doctrina de verdad y santificación, cuando mi Muerte haya dado de nuevo la Gracia a los hombres, ¿cómo podrían los adultos conquistar los Cielos, si la pobre vida humana es continuo lodo que contamina? ¿Será entonces sólo de los niños el Paraíso?

¡No!, ¡no! Es necesario saber hacerse niños, pero el Reino se abre también para los adultos. Como niños… Esta es la pureza.

¿Ves esta agua? Parece muy limpia. Pero, observa: basta con que Yo, con un junco, remueva el fondo, para que se vuelva turbia. Afloran detritos y lodo. Su cristal se pone amarillento y ninguno bebería de ella. Pero si quito el junco, vuelve la paz, y el agua, poco a poco, vuelve a ser cristalina y bonita. El junco: el pecado. Así sucede con las almas. El arrepentimiento, créeme, es lo que depura…».

5       Llega de improviso Marta, apurada:

maria«¿Estás todavía aquí, María? ¡Y yo agobiada!… Pasa el tiempo. Los invitados vendrán pronto y hay muchas cosas que hacer. Las criadas están con el pan, los domésticos desollando y cociendo las carnes, yo estoy con la vajilla, las mesas y las bebidas. Pero todavía hay que coger la fruta y preparar el agua de menta y miel…».

María medio escucha las quejas de su hermana. Con una sonrisa dichosa sigue mirando a Jesús, sin cambiar de posición.

Marta invoca la ayuda de Jesús:

«Maestro, mira cómo sudo. ¿Te parece justo que trajine yo sola? Dile que me ayude».

Marta está verdaderamente inquieta. Jesús la mira con una sonrisa mitad dulce mitad un poco irónica, mejor: un poco de broma.

Marta se inquieta un poco más:

«Lo digo de verdad, Maestro. Mira cómo está ociosa mientras yo trabajo. Y está aquí y ve…».

Jesús se pone más serio:

«No es ocio, Marta. Es amor. El ocio era antes. Y tú lloraste mucho por aquel ocio indigno. Tu llanto puso más alas a mi marcha para salvarla para mí y devolverla a tu honesto afecto. ¿Vas a querer impedirle amar a su Salvador? ¿Preferirías, entonces, verla lejos de aquí para no verte trabajar, pero lejos también de mí? ¡Marta, Marta! ¿Tendré que decirte, entonces, que ésta (Jesús le pone una mano en la cabeza), venida de tan lejos, te ha superado en el amor? ¿Debo decirte, entonces, que ésta, que no conocía ni una palabra de bien, es ahora docta en la ciencia del amor? ¡Déjala en su paz! ¡Ha estado muy enferma! Ahora es una convaleciente que se cura bebiendo las bebidas que la fortalecen. Ha vivido muy atormentada… Ahora que se ha liberado de la pesadilla, mira alrededor de sí y hacia dentro de sí, y se descubre nueva y descubre un mundo nuevo. Déjala que se refuerce con ello. Con esta “novedad” suya debe olvidar el pasado y conquistarse la eternidad… que no será conquistada únicamente con el trabajo, sino también con la adoración. El que dé un pan a un apóstol o a un profeta recibirá recompensa. Sí. Pero doble recompensa recibirá el que, por amarme, se olvide incluso de comer, porque más grande que la carne habrá tenido el espíritu, que habrá oído voces más fuertes que las de las necesidades –incluso lícitas– humanas. Tú te preocupas de demasiadas cosas, Marta; ella, de una sola. Pero es la que es suficiente para su espíritu y, sobre todo, para su Señor y el tuyo. Deja pasar las cosas inútiles. Imita a tu hermana. María ha escogido la parte mejor[7]54 la que no le será arrebatada jamás. Cuando todas las virtudes queden atrás, al no serles ya necesarias a los ciudadanos del Reino, quedará sólo la caridad. La caridad permanecerá siempre. Ella sola. Soberana. Ella, María, ha escogido la caridad, la ha tomado por escudo y bordón, y con ella, como impulsada por alas de ángel, vendrá a mi Cielo».

6       Marta agacha su cara avergonzada y se marcha.

«Mi hermana te quiere mucho y se preocupa por darte honor…»

dice María para disculparla.

«Lo sé. Y será recompensada por ello. Pero necesita ser depurada de su modo de pensar humano, como se ha limpiado esta agua. ¡Mira cómo se ha aclarado otra vez mientras hablábamos! Marta se depurará por las palabras que le he dicho. Tú… tú por la sinceridad de tu arrepentimiento…».

«No. Por tu perdón, Maestro. No bastaba mi arrepentimiento para lavar mi gran pecado…».

«Bastaba y bastará a las hermanas tuyas que te imiten; a todos los pobres enfermos del espíritu. El arrepentimiento sincero es filtro que depura; y el amor es substancia que preserva de todo nuevo emponzoñamiento. Por eso aquellos a quienes la vida hace adultos y pecadores podrán volver a ser inocentes como niños y entrar como ellos en mi Reino. Vamos ahora a la casa. Que Marta no esté demasiado en su dolor. Vamos a llevarle nuestra sonrisa de Amigo y hermana».

7 Dice Jesús:

«No hace falta hacer un comentario. La parábola del agua es comentario de la operación del arrepentimiento en los corazones. Así tienes completo el ciclo de la Magdalena[8]55. De la muerte a la Vida. Es la más grande de las resucitadas de mi Evangelio. Resucitó de siete muertes. Nació de nuevo. Ya has visto cómo, cual planta que da flores, ha alzado del lodo el tallo de su nueva flor, cada vez más alto; y luego la has visto florecer para mí, esparcir fragancia para mí, morir para mí.

La has visto pecadora, luego mujer sedienta que se acercaba a la Fuente, luego arrepentida, luego perdonada, luego amante, luego piadosa ante el Cuerpo despojado de vida de su Señor, luego sirviendo a mi Madre, amada por ser Madre mía; en fin, penitente ante el umbral de su Paraíso.

Almas que teméis, aprended a no tener miedo de mí leyendo la vida de María de Magdala. Almas que amáis, aprended de ella a amar con seráfico ardor. Almas que habéis cometido errores, aprended de ella la ciencia que prepara para el Cielo.

Os bendigo a todos para ayudaros a subir. Ve en paz».

[1] 48 Cfr. Lc. 10, 38–42.

[2] 49 La presente visión fue escrita inmediatamente después de los tres episodios concernientes a la conversión de Magdalena

[3] 50 En una nota de la Escritora: « Escribo “Rabbuní” porque veo que el Evangelio dice eso. Pero todas las veces que he oído a la Magdalena llamarle me ha parecido como si dijera “Rabbumí”, con la eme y no con la ene ».

[4] 51 Por experiencia humana.

[5] 52 Todos los elementos del discurso, considerados en su contexto, no pueden llevar sino a la siguiente interpretación: El Paraíso sin la Virgen estaría disminuido a su mitad, no en la bienaventuranza (que consiste en la posesión y contemplación de Dios, y, en cuanto tal, es inalterable), sino en la preciosidad del pueblo de los bienaventurados, que son como gemas que, todas juntas, valen lo que la gema por excelencia: la Virgen Santísima.

[6] 53 La Escritora no ha querido decir que sin la Virgen, Dios y los santos no serían bienaventurados. La bienaventuranza es Dios mismo, y los hombres en el cielo lo serán al poseer a Dios. La Escritora quiso afirmar que dado que María es la Madre de Dios, y que por lo tanto vale más que todos los santos tomados en su conjunto como una familia, al faltar Ella, a esta familia le llegaría a faltar: “su luz, su perfume, su armonía, su alegría”.

[7] 54 Cfr. Lc. 10, 38–42.

[8] 55 nombrado también como Evangelio de la Misericordia, está constituido por los episodios relacionados en una nota puesta al principio del cielo, en 174. 11.

 

10/7/2016 Evangelio según San Lucas 10,25-37.

Decimoquinto domingo del tiempo ordinario

Santo(s) del día : Beato Pacífico,  Santos Félix, Felipe, Vital,  Santas Rufina y Segunda,  Santas Anatolia y Victoria,  Santa Felicita,  San Apolonio de Sardes,  San Leoncio,  San Pascario de Nantes,  San Pedro Vincioli,  San Canuto IV de Dinamarca,  Beatas María Gertrudis,  Santo Antonio Nguyen Quynh,  Beato Manuel Ruiz
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Lecturas

Segundo año de la Vida Pública de Jesús

281. En el Templo durante la fiesta de los Tabernáculos[1].Las condiciones para seguir a Jesús. La parábola de los talentos y la parábola del buen samaritano.

20 de septiembre de 1945.

281 11       Jesús se dirige al Templo. Le preceden en grupos los discípulos, le siguen en grupo las discípulas, es decir, su Madre, María Cleofás, María Salomé, Susana, Juana de Cusa, Elisa de Betsur, Analía de Jerusalén, Marta y Marcela. No está la Magdalena.

En torno a Jesús, los doce apóstoles y Margziam.

Jerusalén muestra la pompa de las ocasiones solemnes. Gente de todos los lugares en todas sus calles. Cantos, discursos, murmullo de oraciones, imprecaciones de asnerizos, algún llanto de niño. Cubriéndolo todo, un cielo nítido que se deja ver entre las casas, y un sol que desciende alegre a dar vivacidad a los colores de los vestidos, a encender los mortecinos colores de las pérgolas y árboles que acá o allá se vislumbran tras las tapias de los jardines recintados o de los antepechos de las terrazas.

Hay veces que Jesús se cruza con personas conocidas; entonces el saludo es más o menos deferente, según la disposición de éstas. Así, es respetuosísimo, aunque gravedoso, el de Gamaliel, que mira fijamente a Esteban; éste le sonríe desde el grupo de los discípulos (Gamaliel, después de inclinarse ante Jesús, llama aparte a Esteban y le dice unas palabras, y luego Esteban regresa al grupo). De veneración es el saludo del anciano arquisinagogo Cleofás de Emaús, que se dirige con sus paisanos al Templo.

Desabrido como una maldición, el saludo de respuesta de los fariseos de Cafarnaúm.

2       Los campesinos de Jocanán, capitaneados por el administrador, saludan echándose al suelo y besando los pies de Jesús entre el polvo del camino. La gente, extrañada, se detiene a observar a este grupo de hombres que, en un cruce de calles, se arroja con un grito a los pies de un hombre joven, que no es ni un fariseo ni un famoso escriba, que no es ni un sátrapa ni un alto cortesano. Alguno pregunta que quién es. Corre un murmullo:

-«Es el Rabí de Nazaret, el que se dice que es el Mesías».

Entonces, prosélitos y gentiles se arremolinan, curiosos, de forma que empujan al grupo hacia una pared y crean un atasco en la minúscula placita; hasta que un grupo de arrieros los disgrega gritando imprecaciones contra el obstáculo. Mas la multitud, exigente, brutal en esta manifestación suya que es también de fe, se aglomera de nuevo, separando las mujeres de los hombres. Todos quieren tocar el vestido de Jesús, decirle una palabra, hacerle alguna pregunta… esfuerzo inútil, porque esa misma prisa, esa ansia, ese nerviosismo por pasar adelante rechazándose unos a otros, hace que ninguno pueda llegar. Las preguntas y respuestas se confunden también en un único rumor incomprensible.

El único que se abstrae de la escena es el abuelo de Margziam. Ha respondido con un grito al grito de su nietecito, y, en seguida, tras venerar al Maestro, ha estrechado contra su corazón al nieto, y luego, todavía apoyado sobre los talones, ambas rodillas en tierra, le ha sentado en su regazo, y le admira y acaricia con lágrimas y besos de dicha mientras le pregunta y escucha. El anciano se siente tan feliz que está ya en el Paraíso.

Acuden los soldados romanos, creyendo que hay alguna pelea. Se abren paso. Pero sonríen cuando ven a Jesús, y, limitándose a aconsejar a los presentes que dejen libre ese importante cruce, se retiran tranquilos. Jesús obedece inmediatamente, aprovechando el espacio que crean los romanos, que van unos pasos delante de El como para abrirle camino, aunque en realidad es para volver a su puesto de piquete, porque la guardia romana ha sido reforzada mucho, como si Pilatos fuera al corriente de un descontento entre la muchedumbre y temiera amotinamientos en estos días en que Jerusalén está colmada de hebreos procedentes de todas partes. Y es bonito verle caminar precedido por este grupo armado romano, como un rey al que se va abriendo paso cuando se dirige a sus posesiones.

Cuando ha empezado a moverse ha dicho al niño y al anciano:

-«Estad juntos y seguidme»

y al administrador de Jocanán:

-«Te ruego que me dejes a tus hombres. Serán invitados míos hasta la noche».

El administrador responde obsequioso:

-«Hágase todo lo que quieras»

y, tras un respetuoso saludo, se marcha solo.

3       El Templo está ya cerca, y el bullicio de la multitud, como movimiento de hormigas junto a la entrada del hormiguero, es aún mayor. En esto, un campesino de Jocanán grita:

-«¡El amo!»

y cae de rodillas para saludar, y le imitan los demás.

Jesús está en pie en medio de un grupo de hombres postrados (porque los campesinos se habían arrimado bien a El). Vuelve la mirada hacia el lugar señalado y encuentra la mirada de un fariseo pomposamente vestido, que no me resulta nuevo pero que no sé dónde le he visto.

El fariseo Jocanán está con otros de su casta: un montón de preciosos tejidos, de franjas, hebillas, cinturones, filacterias; todo de dimensiones exageradas respecto a lo común. Jocanán fija su atención en Jesús: es una mirada de pura curiosidad, aunque no irreverente. Es más, le saluda: estirado, apenas una inclinación de cabeza… pero al fin y al cabo es un saludo, al cual Jesús responde con deferencia. También le saludan otros dos o tres fariseos, mientras que otros miran despreciativos o fingen mirar a otra parte; sólo uno lanza una ofensa (seguro, porque veo que los que van en torno a Jesús se sobresaltan, y el mismo Jocanán se vuelve de repente para fulminar con la mirada al ofensor, que es un hombre más joven que él, de facciones marcadas y duras).

Una vez rebasados, cuando ya los campesinos se atreven a hablar, uno de ellos dice:

-«El que te ha maldecido es Doras, Maestro».

-«Déjale. Os tengo a vosotros, que me bendecís»

dice tranquilo Jesús.

Apoyado en el intradós de un arco, junto con otros, está Manaén, el cual, en cuanto ve a Jesús, alza los brazos acompañando el gesto con una exclamación de alegría:

-«¡Este es un día jubiloso, porque te he encontrado!»

y viene hacia Jesús, seguido por los que le acompañan. Le venera bajo el umbrío arco que hace retumbar las voces como si fuera una cúpula.

Precisamente mientras le está venerando, pasan, rozando al grupo apostólico, los primos Simón y José con otros nazarenos… y no saludan… Jesús los mira apenado, pero no dice nada.

Judas y Santiago, agitados, cambian recíprocamente unas palabras, y Judas, encendido su rostro de indignación, inútilmente sujetado por su hermano, echa a correr tras ellos. Pero Jesús le llama con un tan imperioso:

-«¡Judas, ven aquí!»,

que el inquieto hijo de Alfeo se vuelve para atrás…

-«Déjalos. Son semillas que todavía no han sentido la primavera. Déjales que estén en la sombra del avariento terrón. Penetraré igualmente, aunque éste se transformase en jaspe cerrado en torno a la semilla. Lo haré a su tiempo».

Más fuerte que la respuesta de Judas de Alfeo resuena el llanto de María de Alfeo, desolada: un llanto largo, propio de una persona abatida… Pero Jesús no se vuelve para consolarla, a pesar de que se oiga bien nítido ese lamento bajo el arco lleno de ecos.

Sigue hablando con Manaén, el cual le dice:

-«Estos que están conmigo son discípulos de Juan. Quieren, como yo, ser tuyos».

-«Paz a los buenos discípulos. Allá delante están Matías, Juan y Simeón, conmigo para siempre. Os recibo a vosotros como los recibí a ellos, porque Yo amo todo lo que me viene del santo Precursor».

4 Llegan a los muros del Templo. Jesús da órdenes al Iscariote y a Simón Zelote para las compras y ofrendas de rito. Luego llama al sacerdote Juan y dice:

-«Tú, que eres de este lugar, te encargarás de invitar a algún levita que sepas que es digno de conocer la Verdad. Porque verdaderamente este año puedo celebrar una fiesta de alegría. Nunca volverá a ser tan dulce el día…».

-«¿Por qué, Señor?»

pregunta el escriba Juan.

-«Porque os tengo a todos en torno a mi, o con la presencia visible o en espíritu».

-«¡Siempre estaremos! Y, con nosotros, muchos otros»

asegura con vehemencia el apóstol Juan, secundado en coro por todos los demás. Jesús sonríe y calla mientras el sacerdote Juan, con Esteban, se adelanta, al Templo, para cumplir la orden. Jesús le grita detrás:

-«Nos encontraréis en el pórtico de los Paganos».

Luego entran, y, casi en seguida, se topan con Nicodemo, el cual hace un gesto respetuoso de saludo; no se acerca a Jesús, pero le dirige una sonrisa de avenencia llena de paz.

Las mujeres, no pudiendo ir más allá, se detienen. Mientras, Jesús con los hombres va a la oración, al lugar de los hebreos, y luego, cumplidos todos los ritos, se vuelve para reunirse con los que le esperan en el pórtico de los Paganos.

Los pórticos, vastísimos y altísimos, están llenos de gente que escucha las lecciones de los rabíes. Jesús se dirige a donde ve que están parados los dos apóstoles y los dos discípulos que había mandado delante. En seguida se forma un círculo alrededor de El; a los apóstoles y discípulos se unen otras, numerosas personas que estaban, acá o allá, entre la muchedumbre que llena el patio marmóreo.

Tanta es la curiosidad, que hasta algunos alumnos de rabíes –no sé si espontáneamente o mandados por sus maestros– se acercan al círculo que se ciñe en torno a Jesús.

5       El, sin rodeo alguno, dice:

-«¿Por qué os apiñáis alrededor de mi? Responded. Tenéis rabíes conocidos y sabios, bien vistos de todos; Yo soy el Desconocido y el Mal visto, ¿Por qué, pues, venís a mí?».

-«Porque te amamos»

dicen algunos, y otros:

-«Porque tienes palabras distintas de los otros»,

y otros:

-«Para ver tus milagros», y:

-«Porque hemos oído hablar de ti», y:

-«Porque sólo Tú tienes palabras de vida eterna y obras que corresponden a las palabras»,

y, en fin:

-«Porque queremos unirnos a tus discípulos».

Jesús mira a cada uno según va hablando, como para trasparsarlos con la mirada y leer los más ocultos sentimientos; alguno, no resistiendo esa mirada, se aleja, o, cuanto menos, se esconde detrás de una columna o de gente más alta.

Jesús continúa:

-«¿Pero sabéis qué quiere decir y qué es el hecho de seguirme? Doy respuesta solamente a estas palabras, porque la curiosidad no merece respuesta, y porque quien tiene hambre de mis palabras, como consecuencia, me ama y desea unirse a mí. Por tanto, los que han hablado se clasifican en dos grupos: los curiosos, de los cuales no me ocupo, y los que ponen buena voluntad; a éstos los adoctrino sin engaño acerca de la severidad de esta vocación.

6 Venir a mí como discípulo quiere decir renuncia de todos los amores en aras de un solo amor: el mío. Amor egoísta a uno mismo; amor culpable a las riquezas, a la sensualidad o el poder; amor justo a la propia esposa; santo, hacia la madre o el padre; amor cariñoso de los hijos y a los hijos o hermanos: todo debe ceder ante mi amor, si uno quiere ser mío. En verdad os digo que mis discípulos han de ser más libres que las aves que extienden su vuelo por el cielo, más libres que los vientos que recorren el firmamento sin ser detenidos por nadie ni por nada; libres, sin pesadas cadenas, sin vínculos de amor material, sin siquiera las finas telarañas de las más leves barreras. El espíritu es como una delicada mariposa enclaustrada dentro del capullo pesado de la carne; su vuelo lo puede obstaculizar –o pararlo del todo– simplemente la irisada e impalpable tela de una araña: la araña de la propia sensibilidad, de la falta de generosidad en el sacrificio. Quiero todo, sin reservas. El espíritu tiene necesidad de esta libertad de dar, de esta generosidad de dar, para poder estar seguro de no caer en la telaraña de las inclinaciones, costumbres, reflexiones, miedos, tejido todo ello como otros tantos hilos de esa monstruosa araña que es Satanás, ladrón de almas.

Si uno quiere venir a mí y no odia santamente a su padre, a su madre, su mujer y sus hijos, a sus hermanos y hermanas, e incluso la propia vida, no puede ser discípulo mío. He dicho: “odia santamente”. En vuestro corazón decís: “El odio – El lo enseña – no es jamás santo. Por tanto, se contradice”. No. No me contradigo. Digo que se odie lo grave del amor, la pasionalidad terrenal del amor al padre y a la madre, a la esposa y a los hijos, a los hermanos y hermanas, a la propia vida; pero ordeno que se ame, con la libertad ingrávida propia de los espíritus, a los padres y la vida. Amadlos en Dios y por Dios, no posponiendo jamás a Dios, no posponiéndole a ellos, ocupándoos y preocupándoos de conducirlos a donde el discípulo ha llegado, o sea, a Dios Verdad. Así amaréis santamente a los padres y a Dios, y conciliaréis los dos amores, y haréis de los vínculos de la sangre no un peso sino alas, no culpa sino justicia.

Debéis estar dispuestos a odiar también vuestra vida para seguirme a mí. Odia su vida aquel que, sin miedo a perderla o a que sea humanamente triste, la pone a mi servicio. Pero es sólo apariencia de odio, un sentimiento erróneamente llamado “odio” por la mente del hombre que no sabe elevarse, del hombre todo terrenal, superior en poco a los animales. En realidad, este aparente odio, que es el negar las satisfacciones sensuales a la existencia para dar cada vez más amplia vida al espíritu, es amor; amor es, y del más alto que existe, del más bendito. Negarse las bajas satisfacciones, prohibirse la sensualidad de los deseos, atraerse reprensiones y comentarios injustos, arriesgarse a sufrir castigos, rechazos, maldiciones, quizás persecuciones, todo esto es una serie continua de penas. Mas es necesario abrazarse a ellas, e imponérselas como una cruz, un patíbulo en que expiar todos los pecados pasados para presentarse uno justificado ante Dios; un patíbulo del cual se obtienen todas las gracias, verdaderas, poderosas, santas gracias de Dios para aquellos a quienes amamos. Quien no carga con su cruz y no me sigue, quien no sabe hacer esto, no puede ser discípulo mío.

7 Por tanto, los que decís: “Hemos venido porque queremos unirnos a tus discípulos” pensadlo mucho, mucho. No es vergüenza, sino sabiduría, sopesarse, juzgarse y confesar, a sí mismo y a los demás: “No tengo la aptitud del discípulo”. Los paganos, como base de una de sus disciplinas, tienen la necesidad de “conocerse uno a si mismo”. ¿Acaso vosotros, israelitas, no vais a saber hacerlo para conquistar el Cielo? Porque –recordad esto siempre– bienaventurados los que vienen a mí. Pero, si venís para luego traicionarme a mí y al que me ha enviado, mejor es no venir para nada y seguir siendo hijos de la Ley como habéis sido hasta ahora. ¡Ay de aquellos que primero dicen: “Voy” y luego, traicionando la idea cristiana, escandalizando a los pequeños y buenos, perjudican al Cristo! ¡Ay de ellos!… ¡Y los habrá, siempre los habrá! Sed, pues, como aquel hombre que, queriendo edificar una torre, primero calcula atentamente los gastos necesarios y hace balance de su dinero, para ver si tiene los medios para concluirla, y no verse obligado, una vez echados los cimientos, a suspender la obra por falta de dinero. Si esto sucediera, perdería incluso lo que tenía primero y se quedaría sin torre y sin talentos; a cambio atraería hacia sí las burlas del pueblo, que diría: “Este empezó a edificar, pero no pudo concluir; ahora tendrá que llenar su estómago con los restos de su construcción inacabada”.

Sed también –sacando así enseñanza sobrenatural de los pobres hechos de este mundo– como los reyes de la Tierra, que, cuando quieren hacer la guerra a otro rey, examinan todo con calma y atención, los pros y los contras; meditan si lo que van a sacar con la conquista les compensa o no el sacrificio de las vidas de sus súbditos; estudian si es posible conquistar el lugar, estudian la posibilidad de victoria de su ejército (numéricamente la mitad del de su rival pero más combativo); y, si, logicamente, ven que es improbable que diez mil venzan a veinte mil, entonces, antes de que estalle la batalla, mandan al encuentro de su rival –que ya está en guardia a causa de las operaciones militares del otro– una embajada con ricos presentes, y le amansan, le apaciguan con pruebas de amistad, anulan sus sospechas, en fin firman un tratado de paz, que siempre es más ventajoso, humana y espiritualmente, que una guerra.

Eso es lo que debéis hacer vosotros antes de empezar la nueva vida y de tomar partido contra el mundo. Porque ser discípulo mío significa eso: presentar batalla a la vertiginosa y violenta corriente del mundo, de la carne, de Satanás. Si no os sentís con valor de renunciar a todo por amor a mí, no vengáis porque no podéis ser discípulos míos».

8

-«Bien. Lo que dices es verdad»

admite un escriba que se ha mezclado en el grupo.

-«Pero, si nos despojamos de todo, ¿con qué te servimos? La Ley tiene prescripciones que son como monedas que Dios ha dado al hombre para que, usándolas, se compre la vida eterna. Dices: “Renunciad a todo”, y mencionas el padre, la madre, las riquezas, los honores. Dios ha dado también estas cosas, y nos ha dicho, por boca de Moisés, que las usáramos con santidad para aparecer justos ante los ojos de Dios[2]. Si nos quitas todo, ¿qué nos das?».

-«He dicho, rabí, que el verdadero amor. Os doy mi doctrina, que no quita ni una jota a la antigua Ley; antes bien, la perfecciona».

-«Entonces todos somos discípulos iguales, porque todos tenemos las mismas cosas».

-«Todos según la Ley mosaica, no todos según la Ley que perfecciono Yo según el Amor. Mas no todos, en ésta, alcanzan la misma suma de méritos. Entre mis propios discípulos no todos obtendrán una suma de méritos igual; y alguno de ellos, no sólo no alcanzará suma alguna, sino que perderá incluso su única moneda: su alma».

-«¿Cómo! A quien más se lo da, más le quedará. Tus discípulos, y más tus apóstoles, te siguen en tu misión, y conocen tu forma de actuar; han recibido muchísimo. Mucho han recibido tus discípulos efectivos; menos, los discípulos que lo son sólo de nombre.

Nada han recibido los que, como yo, te oyen sólo por una contingencia. Es evidente que en el Cielo los apóstoles tendrán muchísimo; mucho, los discípulos efectivos; menos, los discípulos de nombre; nada, los que son como yo».

-«Humanamente es evidente, y humanamente puede ser también un mal. Porque no todos son capaces de hacer producir los bienes recibidos. Escucha esta parábola, y perdona si adoctrino demasiado tiempo aquí; pero es que Yo soy la golondrina que va de paso, y estaré poco tiempo en la Casa del Padre, pues he venido para todo el mundo y, además, este pequeño mundo que es el Templo de Jerusalén no quiere dejarme recoger el vuelo y permanecer donde la gloria del Señor me llama».

-«¿Por qué dices eso?».

-«Porque es la verdad».

El escriba mira a su alrededor y agacha la cabeza. Ve que lo que ha dicho Jesús es verdad. Lo ve en demasiados rostros de miembros del Sanedrín, rabíes y fariseos, que han ido engrosando cada vez más la aglomeración de gente que hay en torno a El: rostros verdes de bilis o purpúreos de ira; miradas que equivalen a maldiciones y a esputos de veneno; rencor en fermentación por todas partes; deseos de pegarle a Cristo, que queda en deseo sólo por miedo a los muchos que circundan al Maestro con devoción y que están dispuestos a todo por defenderle, miedo quizás también a represalias por parte de Roma, que mira con benignidad al pacífico Maestro galileo.

9       Jesús reanuda sereno la exposición de su pensamiento con la parábola:

281 2-«Un hombre, antes de emprender un largo viaje y ausentarse por un largo período, llamó a todos sus siervos y les confió todos sus bienes. A uno le dio cinco talentos de plata; a otro, dos de plata; a uno, uno sólo, de oro. A cada uno según su grado y habilidad. Y luego se marchó.

Entonces, el siervo que había recibido cinco talentos de plata negoció sagazmente sus talentos, y, pasado un tiempo, le produjeron otros cinco. El que había recibido dos talentos de plata hizo lo mismo, y dobló la suma recibida. Pero el que había recibido más de su señor (un talento de oro puro), víctima del miedo a no saber negociar, del miedo a los ladrones, a mil quimeras, víctima, sobre todo, de la holgazanería, cavó un profundo hoyo en el suelo y escondió el dinero de su señor.

Pasaron muchos, muchos meses. Volvió el amo. Llamó en seguida a sus súbditos para que restituyeran el dinero que habían recibido en depósito.

Vino el que había recibido cinco talentos de plata y dijo: “Aquí tienes, mi señor. Me diste cinco talentos. Me parecía mal no hacer producir lo que me habías dado, así que me las he ingeniado para ganar otros cinco. No he podido más…”. “Bien, muy bien, siervo bueno y fiel. Has sido fiel en lo poco, te has aplicado con buena voluntad, has sido honesto. Te daré autoridad sobre muchas cosas. Entra en la alegría de tu señor”. Luego vino el otro, el de los dos talentos, y dijo: “Me he permitido emplear tus bienes para beneficio tuyo. Aquí tienes las cuentas para que veas cómo he empleado tu dinero.

¿Ves? Eran dos talentos de plata. Ahora son cuatro. ¿Estás contento, mi señor?”. Y el amo dió a este siervo bueno la misma respuesta que había dado al primero.

Vino por último aquel que, por gozar de la máxima confianza del amo, había recibido el talento de oro. Desenrolló el paño en que lo conservaba, lo sacó y dijo: “Me confiaste lo que tenía mayor valor, porque me juzgas prudente y fiel, de la misma forma que yo sé que eres intransigente y exigente y que no toleras pérdidas de tu dinero, sino que si te sobreviene la desgracia te resarces con quien tienes a tu lado, porque, en verdad, cosechas donde no sembraste, recoges donde no esparciste, siendo así que no perdonas un centavo ni al encargado de tus tierras ni a tu banquero, por ninguna razón. Tu dinero debe ser el que tú dices. Ahora bien, yo, temiendo disminuir este tesoro, lo he cogido y lo he escondido. No me he fiado de nadie, ni siquiera de mí mismo. Ahora lo he desenterrado y te lo devuelvo. Aquí tienes tu talento”.

“¡Oh, siervo inicuo y holgazán! Verdaderamente no me has amado porque no me has conocido, ni has amado mi bienestar porque has dejado el talento improductivo. Has traicionado la estima que había depositado en ti. Te desautorizas a ti mismo. Por ti mismo te acusas y te condenas. Sabías que cosecho donde no he sembrado y recojo donde no he esparcido. ¿Por qué, entonces, no has obrado de forma que pudiera cosechar y recoger? ¿Así respondes a mi confianza? ¿Así me conoces? ¿Por qué no has llevado el dinero a los banqueros, de forma que a mi regreso lo hubiera retirado con los intereses? Te había instruido para ello con especial esmero, mas tú, necio holgazán, no lo has tenido en cuenta. Te sea, pues, arrebatado el talento, y todos los demás bienes, para el que tiene diez talentos”.

“Pero tiene ya diez, y éste se queda sin nada…” objetaron. “Eso es. A quien tiene, y trabaja con eso que tiene, le será dado más, hasta que le sobre. Pero a quien no tiene, porque no quiso tener, le será arrebatado incluso lo que se le dió. Respecto al siervo parásito que ha traicionado mi confianza y ha dejado improductivos los dones recibidos, arrojadlo de mi propiedad, y que se aleje con lágrimas en los ojos y remordimiento en el corazón”.

Esta es la parábola. Ves, rabí, que le quedó menos al que más tenía, porque no supo merecer la conservación del don de Dios. No se puede afirmar que uno de esos que llamas discípulos sólo de nombre (que tienen poco con que negociar), y de los que, como dices, me escuchan sólo por una contingencia, y que tienen la única moneda de su alma, no lleguen a poseer el talento de oro –arrebatado a uno de los más beneficiados– y sus frutos correspondientes. Las sorpresas del Señor son infinitas, porque infinitas son las reacciones del hombre. Veréis a gentiles que alcanzan la Vida eterna, a samaritanos recibiendo el Cielo, y veréis a israelitas puros y seguidores míos perder el Cielo y la eterna Vida».

10     Jesús calla y, como queriendo truncar toda discusión, se vuelve hacia los muros del Templo. Pero un doctor de la Ley, que estaba sentado escuchando seriamente bajo el pórtico, se alza y se le pone delante para preguntarle:

-«Maestro, ¿qué debo hacer para alcanzar la vida eterna? Has respondido a los otros, respóndeme también a mí».

-«¿Por qué quieres tentarme? ¿Por qué quieres mentir? ¿Esperas que diga algo disconforme con la Ley por el hecho de que añado a la Ley conceptos más luminosos y perfectos? ¿Qué está escrito en la Ley? ¡Responde! ¿Cuál es el mandamiento principal de la Ley?».

-«”Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas, con toda tu inteligencia. Amarás a tu prójimo como a ti mismo”[3]».

-«Bueno, has respondido bien; haz eso y obtendrás la vida eterna».

-«¿Y quién es mi prójimo? El mundo está lleno de gente buena y mala, conocida y desconocida, amiga y enemiga de Israel. ¿Cuál es mi prójimo?».

281 3-«Un hombre, bajando de Jerusalén a Jericó, en uno de los pasos estrechos de las montañas, se topó con unos ladrones. Estos le hirieron cruelmente, le despojaron de todo cuanto llevaba, incluso de sus vestidos, y le dejaron más muerto que vivo en el borde del camino.

Pasó por ese mismo camino un sacerdote que había terminado su turno en el Templo. ¡Todavía perfumado de los inciensos del Santo! ¡Debería haber tenido también el alma perfumada de bondad sobrenatural y de amor, pues que había estado en la Casa de Dios, casi en contacto con el Altísimo! Este sacerdote tenía prisa de volver a su casa. Miró, pues, hacia el herido y no se detuvo. Pasó ligero de largo y dejó al desdichado en la cuneta.

Luego, un levita. ¡¿Contaminarse, teniendo que servir en el Templo?! ¡De ninguna manera! Recogió su vestido para que no se manchase de sangre, lanzó una mirada huidiza hacia el hombre que gemía en medio de su sangre y aceleró el paso en dirección a Jerusalén, hacia el Templo.

El tercero que pasó, viniendo de Samaria, en dirección al vado, fue un samaritano. Vio la sangre, se detuvo, descubrió la presencia del herido en el crepúsculo que ya se iba espesando; se apeó del burro, se acercó al herido, le confortó con un trago de vino generoso, desgarró su manto para hacerse vendas, le lavó las heridas con vinagre, se las ungió con aceite, se las vendó con amor; luego cargó al herido sobre su jumento, guió con cautela al animal, sujetando al mismo tiempo al herido y confortándole con buenas palabras, sin preocuparse del cansancio, sin enfado por el hecho de que el herido fuera de nacionalidad judía. Cuando llegó a la ciudad, le llevó a una posada y le veló toda la noche. Al alba, viéndole mejorado, le dejó en manos del posadero, a quien pagó con antelación unos denarios y dijo: “Cuídale como si se tratara de mí mismo. A mi regreso te daré lo que hayas gastado de más, y con medida generosa, si haces bien las cosas”. Y se marchó.

Doctor de la Ley, respóndeme: ¿Quién de estos tres fue “prójimo” del que se topó con los ladrones? ¿Acaso el sacerdote? ¿Acaso el levita? ¿No lo fue, más bien, el samaritano, que no se preguntó quién era el herido, porque estaba herido, o si hacía mal en socorrerle perdiendo tiempo y dinero y arriesgándose a ser acusado de haberle herido él?».

El doctor de la Ley respondió:

-«Fue “prójimo” éste, porque tuvo misericordia».

-«Haz tú lo mismo, y amarás al prójimo y a Dios en el prójimo y merecerás la vida eterna».

11     Ya ninguno se atreve a hablar. Jesús aprovecha para ir donde las mujeres, que estaban esperando al pie de los muros, e ir con ellas de nuevo a la ciudad. Ahora se han añadido al grupo de los discípulos dos sacerdotes, o más exactamente un sacerdote y un levita: jovencísimo éste, patriarcal el otro.

Pero Jesús está ahora hablando con su Madre –entre sí y ella, tiene a Margziam–, y le pregunta:

-«¿Me has escuchado, Madre?».

-«Sí, Hijo mío, y a la tristeza de María Cleofás se ha unido la mía. Ella ha llorado poco antes de entrar en el Templo…».

-«Lo sé, Madre; sé el motivo. No debe llorar, sólo orar».

-«¡Ora mucho! Las noches pasadas, dentro de su cabaña, entre sus hijos dormidos, oraba y lloraba. La oía llorar a través de la pared delgada de los ramajes adyacentes. ¡Ver a pocos pasos a José y a Simón, cercanos pero tan lejos!… Y no es la única que llora. Juana, que la ves tan serena, ha llorado en mi presencia…».

-«¿Por qué, Madre?».

-«Porque Cusa… se comporta de una forma… inexplicable. Un poco la complace en todo, un poco la rechaza en todo; si están solos, donde nadie los ve, es el marido ejemplar de siempre, pero si están con él otras personas –naturalmente de la Corte– se vuelve autoritario y despreciativo para con su mansa esposa. Ella no comprende por qué…».

-«Te lo digo Yo. Cusa es siervo de Herodes. Entiéndeme, Madre: “Siervo”. Esto no se lo digo a Juana para no apenarla. Pero es así. Cuando no teme la reprensión y el escarnio del soberano, es el buen Cusa; cuando tiene motivo para temerlos, deja de serlo».

-«Es porque Herodes está muy irritado por Manaén y…».

-«Es porque Herodes ha perdido el juicio por el tardío remordimiento de haber cedido a las peticiones de Herodías. Mas Juana tiene ya mucho bien en la vida. Debe, bajo la diadema, llevar su cilicio».

-«Analía también llora…».

-«¿Por qué?».

-«Porque su prometido se está poniendo contra ti».

-«Que no llore. Díselo. Se trata de una resolución. Es bondad de Dios. Su sacrificio conducirá de nuevo a Samuel al Bien. Por el momento esto la librará de presiones para la celebración del matrimonio. Le prometí que la tomaría conmigo. Me precederá en la muerte…».

-«¡Hijo!…».

María, palideciendo, aprieta la mano de Jesús.

-«¡Mi querida Mamá! Es por los hombres. Ya lo sabes. Es por amor a los hombres. Bebemos nuestro cáliz con buena voluntad, ¿no es verdad?».

María traga las lágrimas y responde:

-«Sí». (Un “sí” acongojado, verdaderamente   desgarrador).

12     Margziam alza su carita y dice a Jesús:

-«¿Por qué dices estas cosas feas que hacen sufrir a Mamá? Yo no te voy a dejar morir. Te voy a defender como defendía a los corderos».

Jesús le acaricia, y, para animar a los dos afligidos, pregunta al niño:

-«¿Qué harán ahora tus ovejitas? ¿No las echas de menos?».

-«¡Pero si estoy contigo! De todas formas pienso en ellas siempre, y me pregunto: “¿Las habrá sacado a pastar Porfiria?, ¿habrá tenido cuidado de que Espuma no se meta en el lago?”. Porque Espuma es muy vivaracho, ¿sabes? Su madre le llama una y otra vez, ¡pero nada! Hace lo que quiere. ¿Y Nieve, que es tan glotona que come hasta que se siente mal? Mira, Maestro, yo entiendo lo que es ser sacerdote en tu Nombre, lo comprendo mejor que los otros. Ellos –y señala con la mano a los apóstoles, que vienen detrás– dicen muchas palabras elevadas, hacen muchos proyectos… para el futuro. Yo digo: “Seré pastor. Seré para los hombres como con las ovejitas. Será suficiente”. Mamá, nuestra Mamá, me ha contado ayer un pasaje muy bonito de los profetas… y me ha dicho: “Exactamente así es nuestro Jesús”. Y yo dentro del corazón dije: “Pues yo también seré exactamente así”. Luego le dije a nuestra Mamá: “Por ahora soy cordero, pero luego seré pastor; sin embargo, Jesús ahora es Pastor, y… también Cordero. Pero tú eres siempre la Cordera, sólo nuestra Cordera, blanca, bonita, encantadora, con palabras más dulces que la propia leche. Por eso Jesús es tan Cordero: porque ha nacido de ti, Corderita del Señor”».

Jesús se inclina y le besa, impetuosamente. Luego pregunta:

-«¿Entonces verdaderamente quieres ser sacerdote?».

-«¡Sí, claro, mi Señor! Por eso trato de hacerme bueno y de saber mucho. Voy siempre donde Juan de Endor. Me trata siempre como a un hombre, y con mucha bondad. Quiero ser pastor de las ovejas descarriadas y de las no descarriadas, y médico–pastor de las heridas y de las que tengan algún miembro fracturado, como dice el Profeta[4]. ¡Qué bonito!».

Y el niño da un salto y choca las manos.

-«¿Por qué está tan contento este curruco[5]

pregunta Pedro mientras se acerca.

-«Ve su camino. Clarísimamente. Hasta el final. Yo con mi “sí” consagro esta visión suya».

13     Se paran delante de una casa que, si no me equivoco, está en la zona del barrio de Ofel, pero en un lugar más distinguido.

-«¿Nos detenemos aquí?».

-«Esta es la casa que Lázaro me ha ofrecido para el banquete de alegría. María ya está aquí».

-«¿Por qué no ha venido con nosotros? ¿Por miedo a las burlas?».

-«¡No! Ha sido una disposición mía».

-«¿Por qué, Señor?».

-«Porque el Templo es más susceptible que una esposa encinta. Mientras pueda, no quiero provocar ningún choque, y no es por cobardía».

-«No te va a servir de nada, Maestro. Yo en tu lugar no sólo chocaría con él, sino que le echaría abajo del Moria junto con todos los que viven dentro».

-«Simón, eres un pecador; se debe orar por los semejantes, no matarlos».

-«Yo soy pecador, pero Tú no… y… deberías hacerlo».

-«Habrá quien lo haga. Cuando se colme la medida del pecado».

-«¿Qué medida?».

-«Una medida tan grande, que henchirá el Templo y rebosará hacia Jerusalén. No puedes comprender… ¡Marta, abre, pues, tu casa al Peregrino!».

Marta se hace reconocer y abren. Entran todos en un largo atrio terminado en un patio empedrado que tiene cuatro árboles en sus cuatro ángulos. Una amplia sala se abre en el piso superior; por sus ventanas abiertas, se ve toda la ciudad con sus subidas y bajadas. Deduzco, por tanto, que la casa está en las pendientes meridionales, o sur–orientales de la ciudad. La sala está preparada para recibir a una gran cantidad de invitados. Han colocado gran número de mesas, paralelas las unas a las otras. Un centenar de personas puede cómodamente comer.

María Magdalena, que estaba en otra parte de la casa ocupándose de las despensas, viene en seguida y se postra delante de Jesús. Y viene Lázaro, con una sonrisa feliz en su cara achacosa. Van llegando también los invitados: unos, un poco azorados; más seguros otros: pero la amabilidad de las mujeres hace que pronto todos se sientan a gusto.

14     El sacerdote Juan lleva a la presencia de Jesús a los dos que ha traído del Templo.

-«Maestro, mi buen amigo Jonatán y mi joven amigo Zacarías. Son auténticos israelitas, sin malicias ni rencores».

-«Paz a vosotros. Me alegro de que hayáis venido. El rito debe ser observado incluso en estas delicadas costumbres. Es hermoso que la Fe antigua tienda su mano amiga a la nueva Fe nacida de su mismo tronco. Sentaos a mi lado hasta que llegue la hora de ponerse a la mesa».

Habla el patriarcal Jonatán, mientras el joven levita mira a todas las partes, curioso, asombrado y, quizás, también acobardado. Creo que quiere dar la impresión de desenvoltura, aunque en realidad se sienta como un pez fuera del agua. Tiene la suerte de que Esteban viene en su ayuda y le trae, uno tras otro, a los apóstoles y discípulos principales.

El viejo sacerdote, acariciándose la barba de nieve, dice:

-«Cuando Juan vino a mí, precisamente a mí, su maestro, a que viera que estaba curado, sentí ganas de conocerte. Pero, Maestro, ya casi no salgo de mi recinto. Soy viejo… De todas formas, tenía esperanza de verte antes de morir. Yahvé ha escuchado mi deseo. ¡Loado sea! Hoy te he oído en el Templo. Superas a Hillel, el anciano, el sabio. No quiero –es más, no puedo– dudar de que eres lo que mi corazón espera. ¿Sabes lo que significa beber durante ochenta años esta fe de Israel, como es ahora, tras siglos de… elaboración humana? Se ha hecho sangre nuestra. ¡Y soy tan viejo!… Oírte a ti es como oír el agua que brota de manantial fresco. ¡Sí, agua virgen! Y yo… estoy harto de esta agua cansada que viene de muy lejos y está cargada de muchas cosas. ¿Cómo librarme de esta hartura para saborearte a ti?».

-«Creyendo en mí y amándome. No es necesario nada más para el justo Jonatán».

-«¡Pero si voy a morir pronto! ¿Me va a dar tiempo a creer en todo lo que dices? Ni siquiera tendré tiempo para seguir todas tus palabras, o para conocerlas por boca de otros. ¿Entonces!».

-«Las aprenderás en el Cielo. Sólo el réprobo muere a la Sabiduría. Sin embargo, quien muere en gracia de Dios alcanza la Vida y vive en la Sabiduría. ¿Qué crees que soy Yo?».

-«Sólo puedes ser el Esperado, que ha sido precedido por el hijo de mi amigo Zacarías. ¿Le conociste?».

-«Era pariente mío».

-«¡Oh, ¿eres pariente del Bautista?!».

-«Sí, sacerdote».

-«Ha muerto… y no puedo decir: “¡Desdichado!”. Porque ha muerto fiel a la justicia, tras haber cumplido su misión, y porque… ¡Oh, qué tiempos más atroces vivimos! ¿No sería mejor volver a Abraham?».

-«Sí. Pero vendrán tiempos aún más atroces, sacerdote».

-«¿Tú crees? ¿Roma, no?».

-«No sólo Roma. Israel, con su culpabilidad, será la primera causa».

-«Es verdad. Dios nos castiga. Lo merecemos. Pero también Roma… 15 Habrás oído lo de los galileos asesinados por Pilatos mientras consumaban un sacrificio. Su sangre se unió a la de la víctima. ¡Hasta el mismo altar! ¡Hasta el mismo altar!».

-«Sí, lo he oído».

Todos los galileos se alborotan por este atropello. Gritan:

-«Es verdad que era un falso Mesías. Pero por qué ha tenido que matar a sus seguidores después de haber descargado su mano sobre él? ¿Y por qué en ese momento? ¿Es que quizás eran más pecadores?».

Jesús impone paz y dice:

-«¿Os preguntáis si éstos eran más pecadores que muchos otros galileos, y si ha sido éste el motivo de su muerte? No, no lo eran. En verdad os digo que han pagado; y que muchos otros pagarán, si no os convertís al Señor. Si no hacéis todos penitencia, pereceréis todos igualmente, en Galilea y en otros lugares. Dios está enojado con su pueblo. Os lo digo. No se crea que son siempre los peores los que sufren el daño. Que cada uno se examine a sí mismo, se juzgue a sí mismo, y no a otros.

También esos dieciocho sobre los que cayó la torre de Siloé[6] y los mató no eran los más pecadores de Jerusalén. Os lo digo. Haced penitencia, haced penitencia si no queréis morir aplastados como ellos incluso en el espíritu.

16 Ven, sacerdote de Israel.

La mesa está preparada. Te toca a ti –porque el sacerdote debe ser siempre enaltecido por la Idea que representa y recuerda–, te toca a ti, patriarca entre todos nosotros más jóvenes, ofrecer y bendecir».

-«¡No, Maestro! ¡No! ¡No puedo delante de ti! ¡Tú eres el Hijo de Dios!».

-«¡Tú ofreces el incienso ante el altar! ¿No crees que allí está Dios?».

-«¡Sí que lo creo! ¡Con todas mis fuerzas!».

-«¿Entonces? Si no vacilas en ofrecer dones ante la Gloria santísima del Altísimo, por qué quieres temblar ante la Misericordia, que se ha vestido de carne para traerte –también a ti– la bendición de Dios antes de que te alcance la noche? ¡Oh, no sabéis los de Israel que he corrido sobre mi Divinidad irresistible el velo de la carne precisamente para que el hombre pueda aproximarse a Dios sin morir por ello! Ven y cree, y sé feliz.

En ti venero a todos los sacerdotes santos, desde Aarón hasta el último sacerdote justo de Israel; quizás hasta ti, porque, verdaderamente, la santidad sacerdotal languidece entre nosotros como planta sin asistencia».

[1] Cfr. Mt. 10, 37–39; 22, 34–40; 25, 14–30; Lc. 10, 25–37; 13, 1–6; 14, 25–33.

[2] Alusión probable al Decálogo. Cfr. Ex. 20, 1–21; Deut. 5–6 en que se prescribe honrar a padre y madre y se concluye con el Deut. 6, 18.

[3] Cfr. Deut. 6, 5; Lev. 19, 18.

[4] Cfr. Ez. 34.

[5] (Sylvia subalpina). Pájaro cantor de plumaje pardo por encima y blanco por abajo, y negruzca la cabeza; el cuclillo lo escoge con preferencia para que empolle sus huevos (N.T.).

[6] Cfr. Lc. 13, 4.

3/7/2016 Evangelio según San Lucas 10,1-12.17-20.

Decimocuarto domingo del tiempo ordinario

Fiesta de la Iglesia: Fiesta de santo Tomás, apóstol

Santo(s) del día : San León II
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Lecturas

Este domingo meditamos el evangelio de San Lucas que corresponde a pasajes del 2°año de la vida publica de Jesús

Lc 10 1-12————–cap 278 verso 6 y 265

Lc 10 17-20————–cap 280

En estos versículos hay intercalados pasajes de otros capítulos, principalmente del cap. 265, las instrucciones dadas a los doce que después fueron repetidas a los 72 discípulos.

En el capítulo 278 los envía delante de Él saliendo desde Magdala(Galilea) y en el 280 los encuentra en el monte de los Olivos, lugar de reunión para la fiesta de los Tabernáculos en Jerusalén.

Personajes

Los 72 discípulos

http://www.maria-valtorta.org/Personnages/Disciples.htm

Segundo año de la Vida Pública de Jesús

278. El perdón y la parábola del siervo inicuo. La misión confiada a setenta y dos discípulos[1].

17 de septiembre de 1945.

Foto de Magdala decada 1940

278 11       Transcurrida la comida y después de haber saludado a los pobres, Jesús continúa con los apóstoles y discípulos en el jardín de María de Magdala. Van al límite de éste a sentarse, al lado mismo de las tranquilas aguas del lago, donde unas barcas de vela se mueven en busca de pesca.

Pedro, que está observando, comenta:

-«Tendrán buena pesca».

-«Tú también tendrás buena pesca, Simón de Jonás».

-«¿Yo, Señor? ¿Cuándo? ¿Te refieres a que vaya a pescar para procurarnos comida para mañana? Voy inmediatamente y…».

-«No tenemos necesidad de comida en esta casa. La pesca tuya es futura, y en el campo espiritual. Y contigo serán también magníficos pescadores la mayor parte de los presentes».

-«¿No todos, Maestro?»

pregunta Mateo.

-«Los que, perseverando, vengan a ser sacerdotes míos tendrán buena pesca. No todos».

-«¿Conversiones, no?»

pregunta Santiago de Zebedeo.

-«Convertir, perdonar, guiar hacia Dios… ¡muchas cosas!».

-«Maestro, antes has dicho que a uno que no preste oídos a su hermano ni siquiera en presencia de testigos se le lleve a que le aconseje la sinagoga. Ahora bien, si he entendido bien lo que nos has dicho desde que nos conocemos, me parece que la sinagoga va a ser substituida por la Iglesia, eso que vas a fundar. Entonces, ¿a dónde vamos a ir para que aconsejen a los hermanos cabezotas?».

-«A vosotros mismos, porque vosotros seréis mi Iglesia. Por tanto, los fieles se dirigirán a vosotros, bien sea para que los aconsejéis en un asunto propio, bien sea para que les deis un consejo para terceros. Os digo más aún: no sólo podréis dar consejos, sino que podréis incluso absolver en mi Nombre. Podréis liberar de las cadenas del pecado y vincular a dos que se aman haciendo de dos una sola carne. Y cuanto hagáis será válido ante los ojos de Dios como si hubiera sido el mismo Dios quien lo hubiera hecho. En verdad os digo: lo que atéis en la tierra será atado en el Cielo, lo que desatéis en la tierra será desatado en el Cielo. Y os digo también esto –para que comprendáis la potencia de mi Nombre, del amor fraterno y de la oración–: si dos discípulos míos (quiero decir ahora todos aquellos que crean en el Cristo) se reúnen para pedir cualquier cosa justa, en mi Nombre, mi Padre se la concederá. Gran poder tiene, efectivamente, la oración; gran poder, la unión fraterna; grandísimo, infinito poder, mi Nombre y mi presencia entre vosotros. Donde dos o tres se reúnan en mi Nombre, efectivamente, Yo estaré en medio de ellos, y oraré con ellos, y mi Padre no dirá que no a quien conmigo ora. Porque muchos no obtienen porque oran solos, o porque oran por motivos ilícitos, o con orgullo, o con pecado en su corazón. Lavad vuestro corazón, para que pueda estar con vosotros; luego orad, y seréis escuchados».

Pedro está pensativo. Jesús se da cuenta y le pregunta el porqué. Pedro explica:

-«Estoy pensando en la magnitud de la responsabilidad que se nos asigna. Y siento miedo, miedo de no saber hacerlo bien».

-«Efectivamente, Simón de Jonás o Santiago de Alfeo o Felipe, y así los demás, no sabrían hacerlo bien; pero el sacerdote Pedro, el sacerdote Santiago, el sacerdote Felipe o el sacerdote Tomás, sabrán hacerlo bien, porque obrarán junto con la divina Sabiduría».

3

-«Y… ¿cuántas veces deberemos perdonar a un hermano? ¿Cuántas, si pecan contra los sacerdotes?, ¿cuántas, si pecan contra Dios? Porque, si sucede como ahora, sin duda pecarán contra nosotros, visto que pecan contra ti tantísimas veces. Dime si debo perdonar siempre o sólo un determinado número de veces; por ejemplo, ¿siete veces?, ¿o más?».

-«No te digo siete, sino setenta veces siete; un número sin medida, porque el Padre también os perdonará a vosotros (a vosotros, que deberíais ser perfectos) muchas veces, un número grande de veces. Pues bien, debéis ser con los demás como el Padre es con vosotros, porque representáis a Dios en la tierra. Es más, oíd esta parábola que os voy a exponer y que servirá para todos».

Y Jesús, que estaba rodeado solamente por los apóstoles[2]125, en un pequeño quiosco de boj, se dirige hacia los discípulos, que, respetuosamente, están en grupo en una plazoleta embellecida con un pilón lleno de agua cristalina. La sonrisa de Jesús es una señal de que va a hablar; así que, mientras El camina, con su paso lento y largo –por lo cual, sin apresurarse, recorre mucho espacio en poco tiempo–, los discípulos se llenan de alegría… y, cual niños reunidos en torno a alguien que los hace felices, se cierran en círculo: es una corona de rostros atentos. Jesús, se adosa a un alto árbol y empieza a hablar.

278 3 72-discípulos4

-«Cuanto he dicho antes a la gente debe ser perfeccionado para vosotros, que sois los elegidos de entre la gente.

El apóstol Simón de Jonás me ha dicho: “¿Cuántas veces debo perdonar? ¿A quién? ¿Por qué?”. Le he respondido en privado. Ahora voy a repetir para todos mi respuesta en aquello que es justo que sepáis ya desde ahora. Escuchad cuántas veces y cómo y por qué se tiene que perdonar.

Hay que perdonar como perdona Dios, el cual, si uno peca mil veces, pero se arrepiente, mil veces perdona; le basta ver que en el culpable no hay voluntad de pecar, no hay búsqueda de lo que hace pecar, sino que el pecado es sólo fruto de una debilidad del hombre. En el caso de persistencia voluntaria en el pecado, no puede haber perdón por las culpas cometidas contra la Ley. Mas vosotros perdonad el dolor que estas culpas os produzcan individualmente. Perdonad siempre a quien os haga un mal. Perdonad para ser perdonados, porque también vosotros tenéis culpas con Dios y con los hermanos. El perdón abre el Reino de los Cielos tanto al perdonado cuanto al que perdona; asemeja a lo que sucedió entre un rey y sus súbditos:

Un rey quiso hacer cuentas con sus súbditos. Los llamó, pues, uno a uno, empezando por los que estaban más arriba. Vino uno que le debía diez mil talentos. Pero este súbdito no tenía con qué pagar el anticipo que el rey le había prestado para que se construyera la casa y adquiriese todo tipo de cosas que necesitara, porque verdaderamente no había administrado –por muchos motivos, más o menos justos– solícitamente la suma que había recibido para estas cosas. El rey–amo, indignado por la holgazanería de su súbdito y por la falta a su palabra, ordenó que fueran vendidos él, su mujer, sus hijos y cuanto poseía, hasta que quedase saldada la deuda. Pero el súbdito se echó a los pies del rey, y, llorando y suplicando, le rogaba: “Déjame marcharme. Ten un poco de paciencia y te devolveré todo lo que te debo, hasta el último denario”. El rey, movido a compasión por tanto dolor –era un rey bueno–, no sólo aceptó esto, sino que, habiendo sabido que entre las causas de la poca diligencia y de no pagar había también enfermedades, llegó incluso a condonarle la deuda.

El súbdito se marchó contento. Pero, saliendo de allí, encontró en el camino a otro súbdito, un pobre súbdito al que había prestado cien denarios tomados de los diez mil talentos que había recibido del rey. Convencido de gozar del favor regio, creyó todo lícito, así que cogió al infeliz por el cuello y le dijo: “Devuélveme inmediatamente lo que me debes”. Inútil fue que el hombre, llorando, se postrase a besarle los pies gimiendo:

“Ten piedad de mí, que estoy viviendo muchas desgracias. Ten un poco de paciencia todavía, y te devolveré todo, hasta el último centavo”. El súbdito, inmisericorde, llamó a los soldados e hizo que el infeliz fuera encarcelado para que se decidiera a pagar, so pena de perder la libertad o incluso la vida.

La cosa se vino a saber ampliamente entre los amigos del desdichado, los cuales, llenos de tristeza, fueron a referirlo al rey y amo. Este, conocido el hecho, ordenó que

fuera conducido a su presencia el servidor despiadado. Mirándole severamente, dijo:

“Siervo inicuo, te había ayudado para que te hicieras misericordioso, para que consiguieras incluso una riqueza; luego te he ayudado condonándote la deuda por la que tanto implorabas que tuviera paciencia. Tú no has tenido piedad de un semejante tuyo, mientras que yo, que soy rey, había tenido mucha piedad de ti. ¿Por qué no has hecho lo que yo hice contigo?”. Y lo entregó, indignado, a los carceleros, para que le retuvieran hasta que pagase todo, diciendo: “De la misma forma que no tuvo piedad de uno que le debía muy poco, cuando yo, que soy rey, había tenido mucha piedad de él, de la misma forma no halle piedad en mí”.

5 Esto hará también mi Padre con vosotros, si sois despiadados con vuestros hermanos; si, habiendo recibido tanto de Dios, os cargáis de culpas más que un fiel. Recordad que tenéis más obligación de evitar el pecado que ningún otro. Recordad que Dios os anticipa un gran tesoro, pero que quiere que le rindáis cuentas de él. Recordad que ninguno como vosotros debe saber practicar amor y perdón.

No seáis siervos que queráis mucho para vosotros y luego no deis nada a quien os pide. El comportamiento que tengáis será el que recibiréis. Y se os pedirá cuenta del comportamiento de los demás que hayan sido impulsados al bien o al mal por vuestro ejemplo. ¡Si sois santificadores, recibiréis verdaderamente una gloria grandísima en el Cielo! Mas, de la misma forma, si sois corruptores, o simplemente holgazanes en santificar, seréis duramente castigados.

Os lo repito: si alguno de vosotros no está dispuesto a ser víctima de su propia misión, que se marche, pero que no falte a su misión. Y digo: que no falte en las cosas verdaderamente nocivas para su propia formación y la de los demás. Y sepa tener a Dios por amigo ofreciendo siempre en su corazón perdón a los débiles. Así, Dios Padre ofrecerá el perdón a todo aquel de vosotros que sepa perdonar.

6 La pausa ha terminado. Se acerca el tiempo de los Tabernáculos. Aquellos a quienes esta mañana he hablado aparte, desde mañana irán precediéndome y anunciándome a la gente de los respectivos lugares; los que no vienen que no se desalienten. Si he reservado a algunos de ellos, ha sido por motivo de prudencia y no por desprecio; estarán conmigo, pero pronto los enviaré como ahora envío a los primeros setenta y dos. La mies es mucha y los obreros serán siempre pocos respecto a las necesidades; habrá, pues, trabajo para todos, y ni siquiera serán suficientes. Por tanto, sin rivalidades, rogad al Dueño de la mies que siga mandando nuevos obreros para su cosecha.

Entretanto, marchaos. Yo y los apóstoles, en estos días de pausa, hemos completado vuestra instrucción acerca del trabajo que tenéis delante, repitiendo lo que Yo ya dije antes de enviar a los doce[3].

Uno de vosotros me ha preguntado: “¿Cómo curaré en tu Nombre?”. Curad siempre antes el espíritu. Prometedles a los enfermos que obtendrán el Reino de Dios si saben creer en mí, y, vista en ellos la fe, ordenad a la enfermedad que se aleje, y se alejará. Y haced lo mismo con los enfermos del espíritu. Encended, antes que nada, la fe.

Comunicad, con la palabra firme, la esperanza. Yo me agregaré depositando en ellos la divina caridad, como la deposité en vuestros corazones después de que creísteis en mí y esperasteis en la misericordia. Y no temáis ni a los hombres ni al demonio. No os harán ningún mal. Lo único que debéis temer es la sensualidad, la soberbia, la avaricia, que pueden ser causa de entregaros a Satanás y a los hombres–demonio, que también existen.

Poneos, pues, en movimiento y precededme por los caminos del Jordán. Cuando lleguéis a Jerusalén, id al valle de Belén a reuniros con los pastores, y, con ellos, volved donde mí, al lugar que sabéis: celebraremos juntos la fiesta santa, para luego regresar más confirmados que nunca a nuestro ministerio.

Idos con paz. Os bendigo en el santo Nombre del Señor».

Fig. 2. Croquis de las ruinas de Magdala en 1935,

278 2http://www.magdalaproject.org/WP/?p=742

[1] Mt. 18, 15–35; Lc. 17, 3–4

[2] Por esto, según también esta obra, sólo a los apóstoles Jesús dirigió estas palabras, con las que les confirió el poder de ligar y desatar.

[3] Es la confirmación del aparente paralelismo entre el pasaje evangélico de Mateo 10, 5-42 y el de Lucas 10, 2-12: el primero reseña la larga instrucción de Jesús a los doce apóstoles (como en el capítulo 265 de la Obra valtortiana); el segundo reseña fragmentos de esa misma instrucción repetida a los setenta y dos discípulos (como se explicita en el presente capítulo 278).

Muchos de los episodios considerados en los cuatro Evangelios (sobre todo en los tres sinópticos) paralelos entre sí, por el mismo contenido y la misma colocación histórica, en la Obra valtortiana no son paralelos, al menos por su diferente colocación histórica

 

265. Instrucciones a los doce apóstoles al comienzo de su ministerio[1].

28 de agosto de 1945.

265 1       Jesús y los apóstoles –están todos: señal de que Judas Iscariote, cumplida su obra, se ha unido de nuevo a sus compañeros– están sentados a la mesa en la casa de Cafarnaúm. Atardece. La luz del día que declina entra por la puerta y las ventanas abiertas de par en par. A través de éstas, se puede ver cómo la púrpura, del ocaso se va transformando en un rojo violáceo irreal, que en los bordes se desfleca formando abarquillamientos de un color turquí que termina en gris. Me recuerda a una hoja de papel arrojada al fuego: se enciende como el carbón en que cae, pero, en los bordes, después de la llamarada, se abarquilla y se apaga tomando un color plomo azulado que termina en un gris perlino casi blanco.

-«Calor»

sentencia Pedro, señalando hacia la voluminosa nube que viste el occidente de esos colores.

-«Calor. No agua. Eso es niebla, no nube. Esta noche duermo en la barca para estar más fresco».

-«No. Esta noche vamos a los olivares. Necesito hablaros. Judas ya ha vuelto. Es tiempo de hablar. Conozco un lugar ventilado donde estaremos bien. Levantaos. Vamos».

-«¿Está lejos?»

preguntan mientras cogen los mantos.

-«No. Muy cerca. A un tiro de honda de la última casa. Podéis dejar los mantos. Coged, eso sí, yesca y eslabón para vernos al volver».

Salen de la habitación alta y bajan la escalera tras haber saludado al dueño de la casa y a su mujer, que están tomando el fresco en la terraza.

Jesús vuelve resueltamente la espalda al lago, y, atravesada la ciudad, recorre unos doscientos o trescientos metros por entre los olivos de una primera loma de detrás de la ciudad. Se detiene cuando llega al borde de un ribazo, que, por su posición saliente y libre de obstáculos, goza de todo el aire de que es posible gozar en esta noche de bochorno.

2

-«Vamos a sentarnos. Prestadme atención. Ha llegado la hora de vuestra labor evangelizadora. He llegado aproximadamente a la mitad de mi vida pública para preparar los corazones para mi Reino. Ahora es tiempo de que también mis apóstoles tengan parte en la preparación de este Reino. Los reyes actúan así cuando deciden conquistar un país. Primero investigan y toman contacto con personas para oír las reacciones y formarlas en la idea que persiguen. Luego extienden la obra de preparación enviando personas de confianza al reino que quieren conquistar. Envían cada vez más personas, hasta que todas las particularidades geográficas y morales del país son manifiestas. Una vez hecho esto, el rey cumple cabalmente la obra y se proclama rey de ese lugar y se corona rey. Para llevarlo a cabo corre la sangre. Porque las victorias cuestan siempre sangre…».

-«Estamos resueltos a luchar por ti y a derramar nuestra sangre»

prometen unánimemente los apóstoles.

-«Sólo derramaré la sangre del Santo y de los santos».

-«¿Quieres empezar la conquista por el Templo, irrumpiendo durante la hora de los sacrificios?…».

-«No divagemos, amigos. Sabréis el futuro a su debido tiempo. No os estremezcáis de horror de todas formas. Os aseguro que no voy a trastocar las ceremonias con la violencia de una irrupción. Y, no obstante, serán desbaratadas; llegará un día, una tarde, en que el terror, el terror de los pecadores, impedirá la oración ritual. Mas Yo, esa tarde, estaré en paz, en paz con mi espíritu y mi cuerpo, una paz total, feliz…».

Jesús mira, uno a uno, a sus doce; es como si mirase la misma página doce veces y en ella leyera doce veces la misma palabra escrita: no comprenden. Sonríe y prosigue.

3

-«Pues bien, he decidido enviaros, para penetrar más y más ampliamente de cuanto Yo solo podría hacer. Pero pondré prudenciales diferencias entre mi modo de evangelizar y el vuestro, para no crearos dificultades demasiado fuertes ni meteros en peligros demasiado serios para vuestra alma y vuestro cuerpo y para no causar perjuicio a mi obra.

  • Todavía no estáis formados hasta el punto de poder relacionaros con cualquier persona, quienquiera que sea, sin que os perjudique o la perjudiquéis,
  • ni –mucho menos aún– tenéis el heroísmo suficiente como para desafiar al mundo por causa de la Idea adelantándoos a hacer frente a las venganzas del mundo.
  • Por tanto, no vayáis a los gentiles cuando vayáis a predicarme, ni entréis en las ciudades de los samaritanos; id más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel: hay mucha labor que hacer con éstas; en verdad os digo que estas multitudes, que os parecen muchas, en torno a mí, son la centésima parte de las que en Israel todavía esperan al Mesías y no le conocen ni saben que vive. Llevadles a éstas la fe y el conocimiento de mí.
  • Por el camino predicad: “El Reino de los Cielos está cerca”. Este debe ser el anuncio basilar, apoyad en él toda vuestra predicación. ¡Mucho me habéis oído hablar del Reino! No tenéis sino que repetir mis palabras.

Ahora bien, el hombre, para sentirse atraído por las verdades espirituales, para sentirse convencido de ellas, necesita estímulos de carácter material, como si fuera un eterno niño, que no estudia una lección, no aprende un oficio, si no tiene el estímulo de un dulce de su madre o de un premio del maestro de la escuela o del maestro del oficio. Pues bien, para que dispongáis del medio para que crean en vosotros y os busquen, os concedo el don de milagros…».

Los apóstoles se levantan de improviso –excepto Santiago de Alfeo y Juan– y, según el temperameto de cada uno, gritan, protestan, se exaltan… Verdaderamente el único que se pavonea de la idea de hacer milagros es Judas Iscariote, el cual, a pesar de la gran deuda que tiene en su alma de haber hecho una acusación falsa e interesada, exclama: «¡Ya era hora de que también nosotros hiciéramos esto, para gozar de un mínimo de autoridad sobre las multitudes!».

Jesús le mira, pero no dice nada. Pedro y el Zelote –que están diciendo: «¡No, Señor! ¡No somos dignos de tanto! Eso es para los santos»– rebaten enérgicamente a Judas: el Zelote dice: «¿Cómo te atreves, hombre necio y orgulloso, a censurar al Maestro?»; y Pedro: «¿Un mínimo? ¿Pero, qué quieres hacer más que milagros? ¿Ser Dios tú también? ¿Sientes, acaso, la misma comezón que Lucifer?».

«¡Silencio!» dice Jesús con tono autoritario. Y prosigue:

«Hay una cosa que supera al milagro y que convence igualmente a las multitudes, y con mayor profundidad y duración: una vida santa. Pero vosotros estáis todavía lejos de esta vida, y tú, Judas, más lejos que los demás. Mas dejadme hablar porque es una larga instrucción.

4 Id, pues, y curad a los enfermos, limpiad a los leprosos, resucitad a los muertos del cuerpo y del espíritu (porque cuerpo y espíritu pueden estar igualmente enfermos, leprosos, muertos). Ya sabéis cómo se obra un milagro:

  1. con vida de penitencia,
  2. ferviente oración,
  3. sincero deseo de hacer brillar el poder de Dios,
  4. humildad profunda,
  5. viva caridad,
  6. encendida fe,
  7. esperanza imperturbable ante cualquier tipo de dificultad.

En verdad os digo que todo es posible para quien dispone de estos elementos.

Y los demonios huirán ante el Nombre del Señor pronunciado por vosotros, si tenéis cuanto he dicho.

Este poder os viene de mí y de nuestro Padre. No se compra con moneda alguna. Sólo nuestra voluntad lo concede, sólo la vida justa lo mantiene.

De la misma forma que se os da gratis, gratuitamente habéis de darlo a los demás, a los que tengan necesidad de él.

¡Ay de vosotros si rebajáis el don de Dios sirviéndoos de él para engrosar vuestra bolsa! No es vuestro poder, es poder de Dios. Usadlo, mas no os apropiéis de él diciendo: “Es mío”. De la misma forma que se os da, se os puede quitar.

Simón de Jonás poco antes ha dicho a Judas de Simón: “¿Tienes la misma comezón que Lucifer?”. Ha expresado una justa definición. Decir: “Hago lo que hace Dios porque soy como Dios” es imitar a Lucifer. Su castigo lo conocemos.

También sabemos lo que les sucedió a los dos que comieron el fruto prohibido en el paraíso terrenal, por instigación del Envidioso –que quería llevar a otros desdichados a su Infierno, además de los rebeldes angélicos que ya había–, y también por el propio prurito de soberbia[2]88 perfecta.

El único fruto que os es lícito coger de lo que hacéis son las almas que con el milagro conquistaréis para el Señor y que deben entregársele al Señor. Esas son vuestras monedas, no otras; en la otra vida gozaréis de su tesoro.

5

  • Id sin riquezas. No llevéis con vosotros ni oro, ni plata, ni monedas en vuestros cinturones; ni saca de viaje con dos o más indumentos y calzado de repuesto, ni bastón de peregrino, ni armas humanas. En efecto, por ahora, vuestras visitas apostólicas serán cortas y todas las vigilias de los sábados nos veremos, y podréis dejar vuestros vestidos sudados sin tener necesidad de llevar con vosotros uno para cambiaros. No hace falta el bastón, porque el camino es aquí suave; bien distinto es lo que se necesita en los desiertos y montañas altas de lo que se necesita en colinas y llanuras.
  • No hacen falta armas; éstas son útiles para el hombre que no conoce la santa pobreza e ignora el divino perdón. Mas vosotros no tenéis tesoros que cuidar y defender de los ladrones.
  • El único al que debéis temer, el único ladrón para vosotros es Satanás, y Satanás se vence con la constancia y la oración, no con espadas y puñales.
  • Perdonad al que os ofenda. Si os despojasen del manto, dad también la túnica. Aunque os quedarais completamente desnudos por mansedumbre y desapego de las riquezas, no escandalizaríais a los ángeles del Señor ni a la infinita Castidad de Dios, porque vuestra caridad vestiría de oro vuestro cuerpo desnudo, la mansedumbre os sería compuesto cinturón, el perdón hacia el ladrón os pondría manto y corona regia; estaríais, por tanto, mejor vestidos que un rey, no de tela corruptible, sino de materia incorruptible.
  • No os preocupéis por qué habréis de comer. Dispondréis siempre de lo apropiado para vuestra condición y ministerio, porque el obrero es digno del alimento que le ofrecen. Siempre. Dios proveería de lo necesario a su obrero, si los hombres no lo hicieran. Ya os he mostrado que para vivir y predicar no es necesario atiborrarse de comida. Eso va bien para los animales impuros, cuya misión es la de engordar para ser entregados a la muerte y engordar a los hombres.
  • Vosotros sólo debéis nutrir bien vuestro espíritu y el de los demás con alimentos sapienciales. Mas la Sabiduría se hace presente con su luz a una mente no embotada por la crápula, a un corazón que se nutre de cosas espirituales. Jamás habéis sido tan elocuentes como después del retiro en el monte, y en aquel entonces comisteis sólo lo indispensable para no morir; pues bien, a pesar de ello, al final del retiro estabais fuertes y joviales como nunca. ¿No es, acaso, verdad?
  • 6 En cualquier ciudad que entréis, informaos de que haya quien merezca recibiros. No porque seáis Simón, Judas, Bartolomé, Santiago, Juan, etc., sino porque sois los mensajeros del Señor. Aunque hubierais sido escoria, asesinos, ladrones, publicanos, ahora, arrepentidos y a mi servicio, merecéis respeto porque sois mis mensajeros. Digo más. Digo: ¡Ay de vosotros si, teniendo la apariencia de mensajeros míos, por dentro sois viles y diabólicos!, ¡Ay de vosotros!; el infierno es poco para lo que merecéis por vuestro engaño. Mas, aunque fuerais contemporáneamente mensajeros de Dios en la apariencia y, por dentro, escoria, publicanos, ladrones, asesinos; aunque los corazones tuvieran sospechas respecto a vosotros, o casi certeza… se os debe honrar y respetar porque sois mis mensajeros. El ojo del hombre debe ir más allá del medio, debe ver al mensajero y debe ver el fin, ver a Dios y su obra más allá del medio, que demasiado frecuentemente es deficiente. Sólo en casos de culpas graves que dañen la fe de los corazones, Yo por ahora, luego quien me suceda, tomaremos medidas para amputar el miembro corrompido. Porque no es lícito que por un sacerdote demonio se pierdan almas de fieles. Nunca será lícito, por esconder las llagas abiertas en el cuerpo apostólico, permitir que en él pervivan cuerpos gangrenados que con su aspecto repugnante obliguen a alejarse y con su hedor demoniaco envenenen. Os informaréis, por tanto, de cuál es la familia de vida más recta, donde las mujeres saben estar retiradas y se disciplinan las costumbres. Entraréis en esa casa y en ella os alojaréis hasta el momento de vuestra partida. No imitéis a los zánganos, que después de succionar una flor pasan a otra más nutritiva. Tanto si os veis entre personas de buena cama y rica mesa, como si os toca una familia humilde, rica sólo en virtudes, quedaos donde estéis. No busquéis nunca “lo mejor” para el cuerpo mortal. Antes bien, dadle siempre lo peor y reservad todos los derechos al espíritu. Si podéis –os digo esto porque conviene que lo hagáis–, con toda diligencia, dad la preferencia a los pobres para vuestra estancia en el lugar: para no humillarlos, y en memoria mía, que soy y permanezco pobre y me glorío de serlo, y también porque los pobres frecuentemente son mejores que los ricos. Encontraréis siempre pobres justos, mientras que será raro encontrar un rico exento de injusticia. No tenéis, por tanto, la disculpa de decir: “Sólo he encontrado bondad en los ricos”, para justificar vuestra sed de bienestar.
  • Al entrar en la casa saludad con mi saludo, que es el más dulce de los saludos. Decid:“La paz sea con vosotros. Paz a esta casa” o “la paz descienda sobre esta casa”. En efecto, vosotros, mensajeros de Jesús y de la Buena Nueva, lleváis con vosotros la paz, y vuestra llegada a un lugar significa hacer llegar a ese lugar la paz. Si la casa es digna de la paz, la paz descenderá sobre ella y permanecerá en ella; si no lo es, la paz volverá a vosotros. Mas estad atentos a ser vosotros pacíficos, para tener por Padre a Dios. Un padre siempre ayuda; vosotros, ayudados por Dios, haréis todo, y lo haréis bien.
  • Puede suceder, es más, sucederá, que una ciudad o una casa no os reciban; no querrán escuchar vuestras palabras, os expulsarán, os tomarán a risa, os perseguirán a pedradas cual profetas molestos. Entonces tendréis más necesidad que nunca de ser pacíficos, humildes, mansos, como hábito de vida. Si no, la ira se impondrá y pecaréis: escandalizaréis y aumentaréis la incredulidad de los que se han de convertir. Sin embargo, si recibís con paz la ofensa que supone el ser expulsados, escarnecidos, perseguidos, convertiréis con el más bello de los discursos: la silenciosa predicación de la virtud verdadera. Un día volveréis a encontrar a los enemigos de hoy en vuestro camino, y os dirán: “Os hemos buscado porque vuestro modo de actuar nos ha persuadido de la Verdad que anunciáis. Os pedimos vuestro perdón y que nos acojáis como discípulos. Porque no os conocíamos. Pero ahora sabemos que sois santos. Por tanto, si sois santos, debéis ser mensajeros de un Santo. Ahora creemos en El”. De todas formas, al salir de la ciudad o casa que no os hayan recibido, sacudíos hasta el polvo de las sandalias, para que la soberbia y la dureza de aquel lugar no se pegue ni siquiera a vuestras suelas. En verdad os digo que el día del Juicio Sodoma y Gomorra serán tratadas con menos dureza que esa ciudad.
  • 7 Mirad, os envío como ovejas en medio de lobos. Sed, pues, prudentes como las serpientes y sencillos como las palomas. Porque ya sabéis cómo el mundo –que, en verdad, es más de lobos que de ovejas– me trata a mí, que soy el Cristo. Yo puedo defenderme con mi poder, y lo haré mientras no llegue la hora del triunfo temporal del mundo. Pero vosotros no tenéis este poder y necesitáis mayor prudencia y sencillez. Mayor sagacidad, por tanto, para evitar, por ahora, cárceles y flagelaciones.
  • Verdaderamente, a pesar de vuestras abiertas declaraciones de querer dar vuestra sangre por mí, por el momento no soportáis ni siquiera una mirada irónica o iracunda. Llegará un tiempo en que seréis fuertes como héroes contra todas las persecuciones; más fuertes que héroes, con un heroísmo inconcebible para los criterios del mundo, inexplicable, que será llamado “locura”. ¡No, no será locura! Será la identificación, en virtud del amor, del hombre con el Hombre–Dios, y sabréis hacer lo que Yo haga. Para comprender este heroísmo hará falta verle, estudiarle y juzgarle, desde niveles ultraterrenos, porque es una cosa sobrenatural que se escapa a todas las restricciones de la naturaleza humana. Los reyes, los reyes del espíritu serán mis héroes, eternamente reyes y héroes…
  • En aquella hora os arrestarán, os pondrán las manos encima, os llevarán ante los tribunales, los jefes y los reyes, para que os juzguen y condenen por ese gran pecado ante los ojos del mundo que es el ser los siervos de Dios, los ministros y tutores del Bien, los maestros de las virtudes. Por ser estas cosas os flagelarán y os castigarán de mil modos, hasta acabar con vuestra vida. Y daréis testimonio de mí a los reyes, a los jefes, a las naciones, confesando con la sangre que amáis a Cristo, el Hijo verdadero del Dios verdadero.
  • Cuando caigáis en sus manos, no os aflijáis por lo que tendréis que responder ni de lo que habréis de decir. En aquella hora no debéis tener ninguna pena aparte de la de la aflicción por vuestros jueces y acusadores, que Satanás desvía hasta el punto de hacerlos ciegos para la Verdad. Las palabras que habrá que decir se os darán en ese momento. Vuestro Padre las pondrá en vuestros labios, porque en aquella hora no seréis vosotros los que habléis para convertir a la Fe y para profesar la Verdad, sino que será el Espíritu del Padre vuestro el que hablará en vosotros.
  • 8 En aquella hora el hermano dará muerte al hermano, el padre al hijo, los hijos se levantarán contra sus padres y los matarán. ¡No desfallezcáis ni os escandalicéis!

Respondedme: ¿para vosotros es mayor delito matar a un padre, a un hermano, a un hijo, o a Dios mismo?».

-«A Dios no se le puede matar»

dice secamente Judas Iscariote.

-«Es verdad. Es Espíritu inaprensible»

confirma Bartolomé. Y los demás, aunque callen, son de la misma opinión.

-«Yo soy Dios, y Carne soy»

dice serenamente Jesús.

-«Nadie pretende matarte»

replica Judas Iscariote.

-«Os ruego que respondáis a mi pregunta».

-«¡Es más grave matar a Dios! ¡Se entiende!».

  • «Pues bien, el hombre dará muerte a Dios, en la Carne del Hombre Dios y en el alma de los asesinos del Hombre Dios. Por tanto, de la misma forma que se llegará a cumplir este delito, sin el horror de sus autores, se llegará al delito de los padres, hermanos, hijos, contra hijos, hermanos, padres.
  • 9 Seréis odiados por todos a causa de mi Nombre. Mas quien persevere hasta el final se salvará. Cuando os persigan en una ciudad, huid a otra (no por vileza, sino para darle tiempo a la recién nacida Iglesia de Cristo de alcanzar la edad adulta –superando la edad del lactante débil e inexperto– en que sea capaz de afrontar la vida y la muerte sin temer a la Muerte). Aquellos a quienes el Espíritu les aconseje huir huyan, como huí Yo cuando era pequeño.
  • Verdaderamente en la vida de mi Iglesia se repetirán todas las vicisitudes de mi vida de hombre. Todas. Desde el misterio de su formación en la humildad en los primeros tiempos, a las turbaciones e insidias que le vendrán de los hombres violentos, o a la necesidad de huir para seguir existiendo; desde la pobreza y el trabajo infatigable, hasta muchas otras cosas que vivo actualmente, o que sufriré mañana, hasta llegar al triunfo eterno.
  • Aquellos a quienes, por el contrario, el Espíritu les aconseja quedarse quédense: sí, aunque caigan asesinados, vivirán y serán útiles a la Iglesia; sí, siempre está bien lo que el Espíritu de Dios aconseja.
  • 10 En verdad os digo que no acabaréis, ni vosotros ni los que os sucedan, de recorrer los caminos y ciudades de Israel antes de que venga el Hijo del Hombre.
  •  Porque Israel, por un tremendo pecado suyo, será dispersado, como cascarilla embestida por un torbellino, y diseminado por toda la Tierra; habrán de sucederse siglos y milenios, uno y otro y otro…, antes de que sea recogido de nuevo en la era de Arauná el Jebuseo[3]. Cada vez que lo intente, antes de la hora señalada, será nuevamente embestido por el torbellino y dispersado, porque Israel tendrá que llorar su pecado durante tantos siglos cuantas serán las gotas que lloverán de las venas del Cordero de Dios inmolado por los pecados del mundo. Mi Iglesia –agredida por Israel en mí y en mis apóstoles y discípulos– deberá abrir sus brazos maternos, para tratar también de recoger a Israel bajo su manto, como hace una gallina con los polluelos que se dispersan.
  • Cuando todo Israel esté bajo el manto de la Iglesia de Cristo, vendré.

11 Mas éstas son cosas futuras, hablemos de las inmediatas.

    1. Tened siempre presente que el discípulo no es más que su Maestro, ni el siervo más que su Señor; bástele, pues, al discípulo ser como su Maestro (ya de por sí inmerecido honor), y al siervo como su señor (la concesión de lo cual, ya de por sí, es bondad sobrenatural). Si han llamado Belcebú al Señor de la casa, ¿qué llamarán a sus siervos? ¿Podrán, acaso, rebelarse los siervos cuando no se rebela su Señor, ni odia ni maldice, sino que, sereno en su justicia, continúa su obra, posponiendo el juicio para otro momento, una vez que, habiendo intentado todo para persuadirlos, haya visto su obstinación en el Mal? No. Los siervos no podrán hacer lo que no hace su Señor; antes bien, deberán imitarle, pensando que ellos también son pecadores, mientras que El no tenía pecado. No temáis, por tanto, a los que os llamen “demonios”. Día llegará en que la verdad será sabida; entonces se verá quiénes eran los “demonios”, si vosotros o ellos.
    2. No hay nada escondido que quede sin revelar; nada secreto que no se venga a saber. Lo que ahora os digo en la sombra y en secreto, porque el mundo no es digno de conocer todas las palabras del Verbo –no es digno el mundo todavía, ni es hora de hacer extensiva la manifestación de estas cosas a los indignos–,
    3. cuando llegue la hora de que todo deba ser conocido, decidlo a la luz, gritad desde los tejados lo que Yo ahora os susurro más al alma que al oído.
    4. Entonces, en efecto, el mundo ya habrá sido bautizado por la Sangre.
    5.  Satanás encontrará ante sí un estandarte por el que el mundo, si quiere, podrá comprender los secretos de Dios; él, sin embargo, no podrá dañar sino a quien desea su mordisco y lo prefiere a mi beso.
    6. Mas ocho partes de diez del mundo no querrán comprender. Sólo las minorías tendrán voluntad de saber todo para seguir todo lo que es mi Doctrina. No importa. Dado que no se puede separar estas dos partes santas de la masa injusta,
    7. predicad desde los tejados mi Doctrina, predicadla desde lo alto de los montes, por los mares sin confines, en las entrañas de la tierra; aunque los hombres no la escuchen, recogerán las divinas palabras los pájaros y los vientos, los peces y las olas, conservarán su eco las entrañas del suelo para decírselo a los manantiales internos, a los minerales, a los metales, y exultarán todos ellos, porque también ellos han sido creados por Dios para ser escabel de mis pies y alegría de mi corazón.
    8. No temáis a los que matan el cuerpo pero no pueden matar el alma; temed sólo a quien puede mandar vuestra alma a la perdición y reunirla en el Ultimo Juicio con el cuerpo resucitado, para arrojarlos al fuego del Infierno. No temáis. ¿No se venden dos pájaros por un as? Y, sin embargo, si el Padre no lo permite, ni uno de ellos caerá a pesar de todas las asechanzas del hombre. No temáis, pues. El Padre os conoce. Como también conoce el número de vuestros cabellos. ¡Vosotros valéis más que muchos pájaros!
    9. Os digo que a quien me confiese ante los hombres Yo también le confesaré ante mi Padre, que está en los Cielos; mas a quien me niegue ante los hombres, también Yo le negaré ante mi Padre. Confesar, aquí, significa seguir y practicar; negar significa abandonar mi camino por vileza, por ternaria concupiscencia, por mezquino cálculo, por afecto humano hacia un allegado vuestro contrario a mí. Porque estas cosas sucederán.
    10. 12 No creáis que he venido a instaurar la concordia en la tierra y para la tierra. Mi paz es más alta, que las paces premeditadas que tienen la finalidad de poderse uno manejar diariamente en la vida. No he venido a traer la paz, sino la espada; la espada afilada para cortar las lianas que impiden salir del fango, abriendo así los caminos a los vuelos en el mundo sobrenatural.
    11. Así pues, he venido a separar al hijo del padre, a la hija de la madre, a la nuera de la suegra. Porque Yo soy el que reina y tiene todos los derechos sobre sus súbditos. Porque ninguno es más grande que Yo en derechos sobre los afectos. Porque en mí se centran todos los amores y se subliman; soy Padre, Madre, Esposo, Hermano, Amigo: así os amo y así debo ser amado. Cuando digo: “Quiero” ningún vínculo puede resistir y la criatura es mía. Yo con mi Padre la he creado, Yo por mí mismo la salvo, Yo tengo derecho a poseerla.
    12. Verdaderamente los enemigos del hombre, además de los demonios, son los propios hombres; enemigos del hombre nuevo, del cristiano, serán los de su propia casa, con sus quejas, amenazas o súplicas. Pues bien, quien, de ahora en adelante, ame a su padre y a su madre más que a mí no es digno de mí; quien ama a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí;
    13. el que no toma su cruz de cada día, compleja, formada de resignación, renuncias, obediencia, heroísmos, dolores, enfermedades, lutos, de todo aquello que es manifestación de la voluntad de Dios o de una prueba del hombre… el que no la toma y con ella me sigue no es digno de mí.
    14. Quien estima más su vida terrena que la vida espiritual perderá la Vida verdadera. Quien pierda su vida terrena por amor mío la volverá a encontrar, eterna y feliz.
    15. 13 Quien a vosotros os recibe a mí me recibe, quien me recibe a mí recibe a Aquel que me ha enviado; quien reciba a un profeta como profeta recibirá premio proporcional a la caridad ejercida con el profeta; quien reciba a un justo como justo recibirá un premio proporcional al justo. Esto es así porque el que reconoce al profeta en el profeta es señal de que también él es profeta, es decir, muy santo porque el Espíritu de Dios le tiene en sus brazos; y quien reconoce a un justo como justo demuestra que él mismo es justo, porque las almas semejantes se reconocen. A cada uno, pues, se le dará según justicia.
    16. Quien dé aunque sólo sea un vaso de agua pura a uno de mis siervos, aunque fuera al más pequeño –y son siervos de Jesús todos los que le predican con una vida santa, y pueden serlo tanto los reyes como los mendigos, tanto los que saben mucho como los que no saben nada, los ancianos o los niños, porque a todas las edades y en todas las clases se puede ser discípulo mío–, quien dé a un discípulo mío aunque sólo sea un vaso de agua en mi nombre y por ser discípulo mío, en verdad os digo que no perderá su recompensa.

14 He dicho. Ahora vamos a orar y luego volvemos a la casa. Al alba partiréis; así:

Simón de Jonás con Juan, Simón Zelote con Judas Iscariote, Andrés con Mateo, Santiago de Alfeo con Tomás, Felipe con Santiago de Zebedeo, Judas mi hermano con Bartolomé. Esta semana será así. Luego daré nuevas indicaciones. Vamos a orar».

Y oran en voz alta…

[1] Cfr. Mt. 10, 5–42; Mc. 6, 8–11; 13, 9–13. Lc. 9, 3–5; 10, 3–12; 12, 2–9 y 11–12 y 51–53; 14, 26–27; 21, 12–19.

[2] Cfr. Apéndice en el vol. 1, pág. 256

[3] recuerda el final de un flagelo querido por el Señor, en 2 Samuel 24, 16-25 :     16Y como el ángel extendió su mano sobre Jerusalem para destruirla, Jehová se arrepintió de aquel mal, y dijo al ángel que destruía el pueblo: Basta ahora; detén tu mano. Entonces el ángel de Jehová estaba junto á la era de Arauna Jebuseo.17Y David dijo á Jehová, cuando vió al ángel que hería al pueblo: Yo pequé, yo hice la maldad: ¿qué hicieron estas ovejas? Ruégote que tu mano se torne contra mí, y contra la casa de mi padre.     18Y Gad vino á David aquel día, y díjole: Sube, y haz un altar á Jehová en la era de Arauna Jebuseo.     19Y subió David, conforme al dicho de Gad, que Jehová le había mandado.     20Y mirando Arauna, vió al rey y á sus siervos que pasaban á él. Saliendo entonces Arauna, inclinóse delante del rey hacia tierra.     21Y Arauna dijo: ¿Por qué viene mi señor el rey á su siervo? Y David respondió: Para comprar de ti la era, para edificar altar á Jehová, á fin de que la mortandad cese del pueblo.     22Y Arauna dijo á David: Tome y sacrifique mi señor el rey lo que bien le pareciere; he aquí bueyes para el holocausto; y trillos y otros pertrechos de bueyes para leña:     23Todo lo da como un rey Arauna al rey. Luego dijo Arauna al rey: Jehová tu Dios te sea propicio.     24Y el rey dijo á Arauna: No, sino por precio te lo compraré; porque no ofreceré á Jehová mi Dios holocaustos por nada. Entonces David compró la era y los bueyes por cincuenta siclos de plata.     25Y edificó allí David un altar á Jehová, y sacrificó holocaustos y pacíficos; y Jehová se aplacó con la tierra, y cesó la plaga de Israel. y en 1 Crónicas 21, 1 – 22, 1. 1MAS Satanás se levantó contra Israel, é incitó á David á que contase á Israel.     2Y dijo David á Joab y á los príncipes del pueblo: Id, contad á Israel desde Beer-seba hasta Dan, y traedme el número de ellos para que yo lo sepa.     3Y dijo Joab: Añada Jehová á su pueblo cien veces otros tantos. Rey señor mío, ¿no son todos estos siervos de mi señor? ¿para qué procura mi señor esto, que será pernicioso á Israel?     4Mas el mandamiento del rey pudo más que Joab. Salió por tanto Joab, y fué por todo Israel; y volvió á Jerusalem, y dió la cuenta del número del pueblo á David.     5Y hallóse en todo Israel que sacaban espada, once veces cien mil; y de Judá cuatrocientos y setenta mil hombres que sacaban espada.     6Entre estos no fueron contados los Levitas, ni los hijos de Benjamín, porque Joab abominaba el mandamiento del rey.     7Asimismo desagradó este negocio á los ojos de Dios, é hirió á Israel.     8Y dijo David á Dios: He pecado gravemente en hacer esto: ruégote que hagas pasar la iniquidad de tu siervo, porque yo he hecho muy locamente.    9Y habló Jehová á Gad, vidente de David, diciendo:    10Ve, y habla á David, y dile: Así ha dicho Jehová: Tres cosas te propongo; escoge de ellas una que yo haga contigo.    11Y viniendo Gad á David, díjole: Así ha dicho Jehová:    12Escógete, ó tres años de hambre; ó ser por tres meses deshecho delante de tus enemigos, y que la espada de tus adversarios te alcance; ó por tres días la espada de Jehová y pestilencia en la tierra, y que el ángel de Jehová destruya en todo el término de Israel: mira pues qué he de responder al que me ha enviado.    13Entonces David dijo á Gad: Estoy en grande angustia: ruego que yo caiga en la mano de Jehová; porque sus misericordias son muchas en extremo, y que no caiga yo en manos de hombres.    14Así Jehová dió pestilencia en Israel, y cayeron de Israel setenta mil hombres.    15Y envió Jehová el ángel á Jerusalem para destruirla: pero estando él destruyendo, miró Jehová, y arrepintióse de aquel mal,

280. El regreso de los setenta y dos[1]129. Profecía sobre los místicos futuros.

19 de septiembre de 1945.

2801       En el largo crepúsculo de un sereno día de octubre, regresan los setenta y dos discípulos con Elías, José y Leví. Cansados, llenos de polvo… ¡Pero, cuán dichosos! Dichosos los tres pastores por poder ya servir libremente al Maestro; dichosos también de estar –después de tantos años de separación– unidos a sus compañeros de antaño; dichosos los setenta y dos, por haber desarrollado bien su primera misión: los rostros resplandecen más que las lamparillas que iluminan las cabañas construidas para este numeroso grupo de peregrinos.

En el centro está la cabaña de Jesús. Dentro de ella, María con Margziam, que la ayuda a preparar la cena; alrededor, las cabañas de los apóstoles. En la de Santiago y Judas está María de Alfeo; en la de Juan y Santiago, María Salomé con su marido; en la que está pegando a esta última, Susana con su marido, que no es ni apóstol ni discípulo… oficial, pero que debe haber hecho valer su derecho de estar allí, sobre la base de haber concedido a su mujer ser toda[2]130 de Jesús. Luego, alrededor, las de los discípulos, quién con familia, quién sin ella; los que están solos –los más– se han agregado a uno o más compañeros. Juan de Endor ha tomado consigo al solitario

Hermasteo, pero ha tratado de acercarse lo más posible a la cabaña de Jesús; así es que Margziam va a menudo donde él a llevar esto o aquello o a alegrarle con sus palabras de niño inteligente y feliz de estar con Jesús, María y Pedro, y además en una fiesta.

2       Terminada la cena, Jesús se encamina hacia las laderas del monte de los Olivos. Los discípulos le siguen en masa.

Aislados del runrún y la multitud, después de orar en común, informan a Jesús más ampliamente de cuanto no han podido hacerlo antes en medio de unos que iban y otros que venían. Se revelan asombrados y contentos, mientras dicen:

«¿Sabes, Maestro, que por la fuerza de tu Nombre hemos dominado no sólo las enfermedades sino incluso a los demonios? ¡Qué cosa, Maestro! ¡Nosotros, nosotros, unos pobres hombres, por el simple hecho de que nos habías enviado Tú, podíamos liberar al hombre del espantoso poder de un demonio!…»

y narran muchos casos, sucedidos en uno u otro lugar. Sólo de uno dicen:

«Sus familiares, para más exactitud su madre y unos vecinos, le trajeron a la fuerza a nuestra presencia. Pero el demonio se burló de nosotros diciendo: “He vuelto aquí por voluntad suya, después de que Jesús Nazareno me había expulsado, y ya no me vuelvo a marchar de él porque me ama más a mi que a vuestro Maestro y me ha buscado de nuevo”. Y, de repente, con una fuerza irresistible, arrancó al hombre de las manos del que le sujetaba y le arrojó por una escarpada. Corrimos a ver si se había hecho pedazos. ¡Qué va, hombre! Corría como una joven gacela, profiriendo blasfemias y palabras burlescas que ciertamente no eran de este mundo… Sentimos compasión de la madre… ¡Pero él! ¡Pero él! ¿Pero puede hacer eso el demonio?».

«Eso, y más todavía» dice afligido Jesús.

«Quizás si hubieras estado Tú…».

«No. A ese hombre le había dicho: “Ve y no quieras volver a caer en tu pecado”. Ha querido. Era consciente de querer el Mal y ha querido. Está perdido. El que sufre posesión por su primitiva ignorancia es distinto del que se deja poseer sabiendo que, haciéndolo, se vende de nuevo al demonio. No habléis de él. Es un miembro amputado sin esperanza. Es un voluntario del Mal. Alabemos, más bien, al Señor por las victorias que os ha dado. Yo sé el nombre del culpable y los nombres de los salvados. Veía a Satanás caer del Cielo como un rayo por vuestro mérito unido a mi Nombre. Porque he visto también vuestros sacrificios, vuestras oraciones, el amor con que ibais a los desdichados para cumplir lo que Yo había indicado. Habéis obrado con amor y Dios os ha bendecido. Otros harán lo mismo que hacéis vosotros, pero sin amor, y no obtendrán conversiones… Mas no os alegréis por haber dominado a los espíritus, alegraos porque vuestros nombres están escritos en el Cielo. No los borréis jamás de allí…».

3 «Maestro, ¿cuándo vendrán esos que no van a obtener conversiones? ¿Quizás cuando ya no estés con nosotros?»

pregunta un discípulo cuyo nombre desconozco.

«No, Agapo. En todo tiempo».

«Es decir, ¿incluso mientras nos adoctrinas y nos amas?».

«Sí. Amaros os amaré siempre, aunque estéis lejos de mí. Mi amor llegará siempre a vosotros, y le sentiréis».

«¡Es verdad! Yo le sentí una tarde que estaba preocupado por no saber qué responder a las preguntas de uno. Ya estaba para marcharme avergonzado. Pero me acordé de tus palabras: “No temáis. En su momento se os darán las palabras que habréis de decir”, y te invoqué con mi espíritu. Dije: “Sin duda Jesús me ama, así que pido el auxilio de su amor” y me vino el amor… como un fuego, una luz… una fuerza… El hombre estaba frente a mí, y me observaba y sonreía maliciosamente con ironía haciendo guiños a sus amigos; se sentía seguro de vencer la disputa. Abrí mi boca y fue como un torrente de palabras que salía con gozo de mi necia boca. Maestro, ¿viniste realmente o fue una ilusión? No lo sé. Sé que, al final, el hombre –y era un escriba– se ha arrojado a mi cuello diciéndome: “Bienaventurado tú y quien te ha conducido a esta sabiduría”. Me pareció una persona deseosa de buscarte. ¿Vendrá?».

«La idea del hombre es hábil como palabra escrita en el agua, su voluntad se mueve cual ala de golondrina que revolotea en busca de la última comida del día. De todas formas, ora por él… Y… sí, fui a ti; y, como tú, me tuvieron también Matías y Timoneo, Juan de Endor, Simón, Samuel y Jonás. Quién advirtió mi presencia, quién no la advirtió; pero he estado con vosotros, y estaré con quien me sirva en amor y verdad, hasta el final de los siglos».

4 «Maestro, no nos has dicho todavía si entre los presentes habrá personas sin amor…».

«No es necesario saberlo. Sería falta de amor por mi parte indisponeros hacia un compañero que no sabe amar».

«¿Pero hay? Esto sí lo puedes decir…».

«Hay. El amor es la cosa más sencilla, dulce e infrecuente que hay; no siempre arraiga, aunque haya sido sembrado».

«¡Pero, si no te amamos nosotros, ¿quién te puede amar?!».

Casi hay indignación en los apóstoles y discípulos, que se alborotan, descontentos, por la sospecha y el dolor.

Jesús baja los párpados, y con sus ojos cela también su mirada para que no señale a nadie. Eso sí, hace su gesto de resignación, el gesto dulce y triste de sus manos, que se abren con las palmas hacia arriba; su gesto de resignada confesión, de resignada constatación, y dice:

«Así debería ser. Pero no es así. Muchos todavía no se conocen. Pero Yo sí los conozco, y siento compasión de ellos».

«¡Oh! ¡Maestro, Maestro! ¿No seré yo, ¿Eh?!»

pregunta Pedro mientras se pega literalmente a Jesús, aplastando al pobre Margziam entre sí y el Maestro, y echa sus brazos cortos y robustos a los hombros de Jesús, y le agarra y le menea, enloquecido por el terror de ser uno que no ama a Jesús.

Jesús abre sus ojos, luminosos a pesar de estar tristes, y mira el rostro interrogativo y aterrorizado de Pedro, y le dice:

«No, Simón de Jonás, tú no eres; tú sabes amar y sabrás amar cada vez más; tú eres mi Piedra, Simón de Jonás, una buena piedra, sobre la cual apoyaré las cosas que más quiero, y estoy seguro de que las sostendrás imperturbable».

«¿Y entonces?», «¿yo?», «¿yo?».

Las preguntas se repiten de boca en boca, como el eco.

«¡Calma! ¡Calma! Estad tranquilos y esforzaos en poseer todos el amor».

5 «Pero, de nosotros, ¿quién sabe amar más?».

Jesús extiende su mirada (una caricia sonriente) a todos… luego baja su mirada y la posa en Margziam, que sigue apretado entre El y Pedro, y, apartando un poco a Pedro y poniendo al niño de cara a la pequeña muchedumbre, dice:

«Este es el que más sabe amar de vosotros. El niño. No os acongojéis, de todas formas, los que tenéis ya barba en la cara e hilos canos en los cabellos. Todo el que renace en mí se hace “un niño”.

¡Marchaos en paz! Alabad a Dios, que os ha llamado, porque verdaderamente veis con vuestros ojos los prodigios del Señor. Bienaventurados los que vean lo que vosotros veis. Porque os digo que muchos profetas y reyes anhelaron ver lo que vosotros veis y no lo vieron, y muchos patriarcas habrían querido saber lo que vosotros sabéis y no lo supieron, y muchos justos habrían querido escuchar lo que vosotros oís y no pudieron escucharlo. Mas, de ahora en adelante, los que me amen sabrán todo».

«¿Y después, cuando te vayas, como dices?».

«Después hablaréis vosotros por mí. Y luego… ¡Oh, las grandes formaciones, no por número sino por gracia, de los que verán, sabrán y escucharán lo que vosotros ahora veis, sabéis y oís! ¡Oh, las grandes, amadas formaciones de mis “pequeños–grandes”! ¡Ojos eternos, mentes eternas, oídos eternos! ¿Cómo explicaros a vosotros que estáis en torno a mí lo que será este eterno vivir[3]131 –más que eterno, sin medida– de los que me amarán y por mi serán amados hasta el punto de abolir el tiempo, y serán los “ciudadanos de Israel” aunque vivan cuando ya Israel no sea sino un recuerdo de nación–, los contemporáneos de Jesús vivo en Israel? Estarán conmigo, en mí, hasta el punto de conocer lo que el tiempo ha borrado y la soberbia ha confundido. ¿Qué nombre les daré? Vosotros apóstoles, vosotros discípulos, los creyentes serán llamados “cristianos”. ¿Y éstos? ¿Qué nombre tendrán éstos? Un nombre conocido solamente en el Cielo. ¿Qué premio tendrán ya en la Tierra? Mi beso, mi voz, el calor de mi carne.

Todo, todo, todo Yo mismo. Yo, ellos. Ellos, Yo. La comunión total… Podéis iros. Yo me quedo aquí a deleitar mi espíritu en la contemplación de mis futuros conocedores y amantes absolutos. La paz sea con vosotros».

[1] 129 Cfr. Mt. 13, 16–17; Lc. 10, 17–20 y 23–24.

[2] 130 Según esta obra Susana es la esposa a cuyas nupcias participó Jesús en Caná de Galilea (Ju. 2, 1–11), a la que curó milgrosamente, por lo cual, con el permiso de su marido, se consagró enteramente al Salvador en calidad de discípula. En Lc. 8, 3 se hace mención de una Susana.

[3] 131 Estas expresiones encuadran en el contexto, donde se lee: “más que eterno, ilimitado”. Aquí alude a los grandes místicos y carismáticos que nunca faltarán en la Iglesia a través de los siglos: criaturas privilegiadas, transformadas en Jesucristo (Gal. 2, 20; Col. 3, 3) y por esto participantes de su admirable e “ilimitado” poder de ver, escuchar, entender.