26/6/2016 Evangelio según San Lucas 9,51-62.

Décimotercer domingo del tiempo ordinario

Santo(s) del día : San Josemaría Escrivá de Balaguer,
image Saber más cosas a propósito de los Santos del día

Lecturas

Este domingo meditamos el evangelio de San Lucas que corresponde a dos pasajes
Lc 9 51-56————–cap 575 de la Preparación para la Pasión
Lc 9 57-62————–cap 178 del 2°año de la vida publica de Jesús

Todo este episodio se inicia despues de la resurección de Lázaro. El Sanedrín dicta el decreto que obliga a todos los habitantes a revelar el paradero de Jesús. Por esta razón debe dejar la casa de Lazaro en Betania y dirigirse a los confines de Judea. De ahi decide ir a Samaria a una casa amiga en la ciudad de Efrain donde también espera a María que estaba en NAzaret y viaja para la Pascua. Alli se aloja hasta que llegue el momento de dirigirse a Jerusalen para la Pascua, Su Pascua.
Jesús pasa por varias ciudades de Samaría con los apostoles y las santas mujeres hasta llegar a Siquem, donde Judas Iscariote se queda con Elisa con quienes se encontrarían en Tersa despues que Jesús pasase por Enón.
Es cuando estan cerca de Tersa que se detienen para liberar a un niño y por esta demora Jesús decide enviar a los 8 apostoles -menos a sus primos y a Juan-adelante a tranquilizar a Judas y a Elisa que ya la estaban esperando en Tersa y para buscar alojamiento pues anochecía.

La segunda parte en verdad corresponde a un episodio del comienzo del segundo año de la vida publica de Jesus y que es similar al que le sucede al anterior, es decir el capitulo 576 que es el encuentro de Jesus con el joven rico que no lo sigue.

Preparación para la Pasión de Jesús

575. Mal recibimiento en Tersa[1]107. Extremo intento de redimir a Judas Iscariote.

5 de marzo de 1947.

http://www.maria-valtorta.org/Lieux/Tersa.htm

tersa1       Tersa está tan rodeada de exuberantes olivares, que se ha de estar muy cerca de ella para percatarse de que la ciudad está ahí. Una franja de ubérrimos huertos recinta, como última mampara, las casas. En ellos, achicorias y otras verduras, legumbres, cucurbitáceas nuevas, árboles frutales, pérgolas funden y combinan sus distintos verdes y sus flores prometedoras de frutos, y sus frutos nacientes prometedores de delicias. La pequeña flor de la vid y la de los olivos más precoces rocían con su nieve blanco–verde el suelo, al paso de un vientecillo más bien enérgico.

De detrás de una mampara de cañas y sauces, que han crecido junto a una charca, sin agua pero húmeda todavía en el fondo, y al oír el rumor de pasos de personas que llegan, aparecen los ocho apóstoles a los que antes se indicó que se adelantaran. Están visiblemente inquietos y afligidos, y, mientras hacen señas a los que llegan de que se paren, se acercan a ellos sin demora. Cuando ya están lo suficientemente cerca como para poder ser oídos sin necesidad de gritar, dicen: «¡Atrás! ¡Atrás! A los campos. No se puede entrar en la ciudad. Por poco nos apedrean. Venid, vamos afuera. A aquella espesura. Allí hablaremos…». Impacientes por alejarse sin ser vistos, apremian, a Jesús, a los tres apóstoles, al muchacho, a las mujeres, para que vuelvan hacia abajo por la charca seca, y dicen: «Que no nos vean aquí. ¡Vamos! ¡Vamos!».

Inútilmente Jesús, Judas y los dos hijos de Zebedeo tratan de saber lo que ha sucedido; inútilmente dicen:

«¿Pero Judas de Simón? ¿y Elisa?».

Los ocho se muestran inflexibles. Caminando entre la maraña de tallos y plantas acuáticas, sufriendo en los pies cortes de juncáceas, o en la cara el choque de los sauces y las cañas, resbalando en el barrillo del fondo, agarrándose a las plantas, buscando apoyo en las márgenes y llenándose bien de barro, se alejan, apremiados por detrás por los ocho, que caminan casi con la cabeza vuelta hacia atrás, para ver si de Tersa sale alguien siguiéndolos. Pero en el camino sólo está el Sol, que empieza ya a ponerse, y un flaco perro errante.

2       Por fin han llegado a una espesura de zarzas que delimitan una propiedad. Detrás de esta espesura, un campo de lino cimbrea bajo el viento sus altos tallos que ya se coloran de azul con las primeras flores.

«Aquí, aquí dentro. Si estamos sentados, nadie nos verá, y cuando haya anochecido nos marchamos…» dice Pedro secándose el sudor…

«¿A dónde?» pregunta Judas de Alfeo. «Tenemos a las mujeres».

«A algún lugar iremos. Incluso… los campos están llenos de heno segado, que también sirve de lecho. Para las mujeres hacemos tiendas con nuestros mantos, y nosotros… vigilantes».

«Sí. Es suficiente con no ser vistos y al amanecer bajar al Jordán. Tenías razón, Maestro, al no querer el camino de Samaría. ¡Mejor los bandidos, para nosotros que somos pobres, que no los samaritanos!…» dice Bartolomé, todavía jadeante.

«Pero bueno, ¿qué ha pasado? Ha sido Judas, que ha hecho alguna…»

dice Judas Tadeo. Le interrumpe Tomás:

«Judas está claro que ha recibido. Lo siento por Elisa…».

«¿Has visto a Judas?».

«Yo no. Pero es fácil ser profeta. Si se ha declarado apóstol tuyo, está claro que le han pegado. 3 Maestro, te rechazan allí».

«Sí, todos están enemistados contra tí».

«Son verdaderos samaritanos».

Hablan todos a la vez. Jesús impone silencio a todos y dice:

«Que hable uno solo. Tú, Simón Zelote, que eres el más sereno».

«Señor, en pocas palabras te lo puedo decir. Entramos en la ciudad y nadie nos molestó, hasta que supieron quiénes éramos, mientras pensaron que éramos peregrinos que íbamos de paso. Pero cuando preguntamos –¡debíamos hacerlo!– si un hombre joven, alto, moreno, vestido de rojo y con un taled de rayas rojas y blancas, y una mujer anciana, delgada, de pelo más blanco que negro y una túnica gris muy obscura, habían entrado en la ciudad y habían buscado al Maestro galileo y a sus compañeros, entonces, en seguida, se inquietaron… Quizás no hubiéramos debido hablar de tí. Sin duda, nos hemos equivocado… Pero, en los otros lugares nos recibieron siempre tan bien, que… ¡no se comprende qué es lo que ha sucedido!… ¡Parecen víboras, los mismos que hace no más de tres días se mostraban deferentes contigo!…».

Le interrumpe Judas Tadeo: «Trabajo de judíos…».

«No creo. No lo creo por las recriminaciones que nos lanzaban y por las amenazas.

Lo que creo es que… Es más, estoy, estamos seguros de que la causa de la ira samaritana es que Jesús ha rechazado su proposición de protegerle. Gritaban: “¡Fuera! ¡Fuera! ¡Vosotros y vuestro Maestro! Quiere ir a adorar al Moria. Pues que vaya y mueran El y todos los suyos. No hay sitio entre nosotros para los que no nos tienen por amigos, sino sólo por siervos. No queremos más problemas, si no hay ganancia a cambio. Piedras, no pan, para el Galileo. Embriscarle los perros, no ofrecerle las casas”. Decían esto y más. Y al insistir para, al menos, saber lo que había sido de Judas, cogieron piedras para lanzárnoslas, y verdaderamente nos embriscaron a los perros. Y gritaban unos a otros: “Nos ponemos en todas las entradas. Si viene El, nos vengaremos”.

Nosotros hemos huido. Una mujer –siempre hay alguien bueno incluso entre los malvados– nos metió en su huerto, y de allí nos llevó, por una vereda que va entre los huertos, hasta la charca que ahora está sin agua porque han regado antes del sábado. Y nos escondió allí. Y luego nos prometió que nos iba a dar noticias de Judas. Pero ya no volvió. Vamos a esperarla aquí, de todas formas, porque dijo que si no nos encontraba en la charca vendría aquí».

4       Los comentarios son muchos: hay quien sigue acusando a los judíos; y quien manifiesta un leve reproche a Jesús, un reproche escondido en las palabras:

«Has hablado demasiado claramente en Siquem y luego te has alejado. En estos tres días, han decidido que es inútil hacerse falsas ilusiones y perjudicarse por alguien que no satisface sus anhelos… y te rechazan…».

Jesús responde:

«No me arrepiento de haber dicho la verdad ni de cumplir con mi deber. Ahora no comprenden. Dentro de poco comprenderán mi justicia –una justicia que supera a un amor no justo hacia ellos– y me venerarán más que si no la hubiera tenido».

«¡La mujer viene ya por el camino! Tiene el valor de mostrarse a la vista…» dice Andrés.

«¿No nos irá a traicionar, no?» dice Bartolomé con aire de sospecha.

«¡Viene sola!».

«Podría seguirla gente que estuviera escondida en la charca…».

Pero la mujer, que viene con un cesto sobre la cabeza, prosigue y supera los campos de lino donde esperan Jesús y los apóstoles. Luego toma un senderillo y desaparece de la vista… para aparecer de nuevo de improviso, a espaldas de los que esperan, los cuales, al oír el roce de los tallos de lino, se vuelven, casi asustados. La mujer habla a los ocho que conoce:

«Perdonad si os he hecho esperar mucho… No quería que me siguieran. He dicho que iba donde mi madre… Ya sé… Y aquí traigo comida para vosotros. ¿El Maestro…, quién es? Quisiera venerarle».

«Ese es el Maestro».

La mujer, que ha dejado su cesto, se postra y dice:

«Perdona el pecado de mis convecinos. Si no los hubieran incitado… Pero muchos han trabajado aprovechando tu negativa…».

«No tengo rencor, mujer. 5 Levántate y habla. ¿Sabes algo de mi apóstol y de la mujer que estaba con él?».

«Sí. Los han expulsado como a perros. Así que están fuera de la ciudad, en el otro lado, esperando a la noche. Querían volver atrás, hacia Enón, para buscarte. Querían venir aquí, porque sabían que estaban sus compañeros. He dicho que no, que no lo hicieran, que se estuvieran quietos, que yo os llevaría donde ellos. Y lo haré en cuanto acabe el crepúsculo. Afortunadamente mi marido está ausente y tengo libertad para dejar la casa. Os voy a llevar donde una hermana mía que está casada y vive en la llanura. Dormiréis allí. No os identifiquéis. No por Merod, sino por los hombres que están con ella. No son samaritanos, son de la Decápolis establecidos aquí. Pero, en todo caso, conviene…».

«Dios te lo pague. ¿Los dos discípulos han sido heridos?».

«Un poco el hombre. La mujer nada. Sin duda, la protegió el Altísimo, porque ella, con arrojo, escudó a su hijo con su cuerpo cuando los de la ciudad echaron mano a las piedras. ¡Qué mujer más fuerte! Gritaba: “¿Así atacáis a uno que no os ha ofendido? ¿Y no me respetáis a mí, que le defiendo y que soy madre? ¿No tenéis madre todos vosotros, que no respetáis a quien ha engendrado? ¿Habéis nacido de una loba u os habéis hecho de lodo y estiércol?”, y miraba a los agresores mientras tenía abierto el manto para defender al hombre, y mientras tanto retrocedía, sacándole de la ciudad… Y ahora también le infunde ánimos, diciendo: “¡Quiera el Altísimo, Oh Judas mío, hacer de esta sangre tuya derramada por el Maestro bálsamo para tu corazón!”. Pero es una herida pequeña. Quizás el hombre está más asustado que dolorido. Pero… tomad y comed. Aquí hay leche ordeñada hace poco, para las mujeres. Hay pan con queso y fruta. No he podido hacer carne. Habría tardado demasiado. Y aquí hay vino, para los hombres. Comed mientras se pone la tarde. Luego iremos por caminos seguros donde los dos, y luego donde Merod».

«De nuevo: que Dios te lo pague»

dice Jesús, y ofrece y distribuye la comida, dejando a un lado una parte para los dos ausentes.

«No, no. Ya he pensado en ellos. Les he llevado huevos y pan, escondido en el vestido, y un poco de vino y aceite para las heridas. Esto es para vosotros. Comed, que yo vigilo el camino…».

6       Comen. Pero la indignación devora a los hombres y el abatimiento quita el apetito a las mujeres, a todas menos a María de Magdala, para la cual, lo que en las otras produce miedo o abatimiento, en ella siempre produce el efecto de un licor que estimula los nervios y el coraje; sus ojos centellean contra la ciudad hostil; sólo la presencia de Jesús –que ya ha dicho que no tiene rencor– refrena su ímpetu de pronunciar palabras violentas; y, no pudiendo ni hablar ni actuar, descarga su ira contra el inocente pan, al que hinca los dientes de una forma tan significativa, que el Zelote, sonriendo, no puede contenerse de decirle:

«¡Suerte tienen esos de Tersa de que no puedan caer en tus manos! ¡Pareces una fiera encadenada, María!».

«En este momento lo soy. Has visto bien. Y ante los ojos de Dios el contenerme de entrar allí, como se merecen, tiene más valor que todo lo que he hecho hasta ahora por expiar».

«¡Tranquila, María! Dios te ha perdonado culpas más grandes que las de ellos».

«Es verdad. Ellos te han ofendido a tí, mi Dios, una vez, y por influencia de otros. Yo, muchas… y por propia voluntad… y no puedo ser intransigente ni soberbia…».

Vuelve a bajar los ojos hacia su pan, donde caen dos lágrimas. Marta le pone la mano en el regazo mientras le dice en tono bajo:

«Dios te ha perdonado. No te abatas más… Recuerda lo que has obtenido: a nuestro Lázaro…».

«No es abatimiento. Es agradecimiento. Es emoción… Y es también la constatación de que todavía carezco de esa misma misericordia que yo tan ampliamente he recibido… ¡Perdóname, Rabbuní!»

dice alzándo sus espléndidos ojos, a los que la humildad devuelve la dulzura.

«Nunca se niega el perdón al que es humilde de corazón, María».

7       Se pone la tarde, tiñendo el aire de una delicada coloración violada. Las cosas que están un poco lejanas se confunden. Los tallos de lino, cuya gracia antes era visible, ahora se unifican para formar una única masa obscura. Callan los pájaros entre las frondas. Se enciende la primera estrella. Canta el primer grillo entre la hierba. Ha llegado la noche.

«Podemos ponernos en marcha. Aquí, entre los campos, no nos verán. Venid seguros. No traiciono. No actúo por una recompensa. Lo único que pido es la piedad del Cielo, porque todos necesitamos piedad» dice la mujer suspirando.

Se levantan. Se encaminan detrás de ella. Pasan a distancia de Tersa, entre campos y huertos semiobscuros, pero no tanto como para no ver a hombres a la entrada de los caminos en torno a hogueras…

«Nos acechan…» dice Mateo.

«¡Malditos!» susurra entre dientes Felipe.

Pedro no habla, pero mueve hacia el cielo los brazos con gesto de muda invocación o protesta.

Pero Santiago y Juan de Zebedeo, que han hablado apretada y presurosamente, un poco adelantados respecto a los demás, vuelven hacia atrás y dicen:

«Maestro, si Tú por tu perfección de amor no quieres recurrir al castigo, ¿quieres que lo hagamos nosotros? ¿Quieres que digamos al fuego del cielo que baje y consuma a estos pecadores[2]108? Nos has dicho que todo lo que pedimos con fe lo podemos y…».

Jesús, que iba andando un poco cabizbajo, como cansado, se yergue bruscamente y los fulmina con dos miradas que centellean a la luz de la luna. Los dos retroceden, callando asustados ante esa mirada. Jesús, sin quitar de ellos sus ojos, dice:

«No sabéis de qué espíritu sois. El Hijo del hombre no ha venido para la ruina de las almas, sino para salvarlas. ¿No recordáis lo que os he dicho? Dije en la parábola del trigo y la cizaña[3]109: “Dejad por ahora que el trigo y la cizaña crezcan juntos. Porque si quisiérais separarlos ahora, correríais el riesgo de arrancar, con la cizaña, también el trigo. Dejadlos, pues, hasta la hora de la siega. Al tiempo de la siega diré a los segadores: recoged ahora la cizaña y atadla en haces para quemarla, y poned el buen trigo en mi granero”».

8       Jesús ya ha atenuado su desdén hacia los dos que, por ira suscitada por amor a El, pedían castigar a los de Tersa, y que ahora están cabizbajos ante El. Los toma, uno a la derecha y otro a la izquierda, por los codos, y reanuda la marcha, guiándolos así, y hablando a todos, que se han apiñado en torno a El, que se había parado.

«En verdad os digo que el tiempo de la siega está cercano. Mi primera siega. Y para muchos no habrá una segunda. Pero, y alabemos por ello al Altísimo, alguno que no supo en mi tiempo hacerse espiga de buen grano, después de la purificación del Sacrificio pascual renacerá con una alma nueva. Hasta ese día no arremeteré contra ninguno… Después vendrá la justicia…».

«¿Después de la Pascua?» pregunta Pedro.

«No. Después del tiempo. No hablo de estos hombres, de estos de ahora. Miro a los siglos futuros. El hombre se va renovando contínuamente, como las mieses en los campos. Y las cosechas se van siguiendo. Yo dejaré lo que es necesario para que los hombres que vengan después puedan hacerse trigo bueno. Si no quieren, en el fin del mundo, mis ángeles separarán las cizañas de los trigos buenos. Entonces será sólo el eterno Día de Dios[4]110. Por ahora, en el mundo, se da el día de Dios y de Satanás: el Primero siembra el Bien, el segundo echa entre las semillas de Dios sus condenadas cizañas, sus escándalos, sus iniquidades, sus semillas que promueven iniquidad y escándalos. Porque siempre habrá quien azuce contra Dios, como aquí, con estos que, en verdad, son menos culpables que los que los instigan al mal».

«Maestro, todos los años uno se purifica en la Pascua de los Acimos, pero siempre se sigue siendo lo mismo que se era. ¿Este año… será distinto?» pregunta Mateo.

«Muy distinto».

«¿Por qué? Explícanoslo».

«Mañana… Os lo diré mañana, o cuando ya estemos por el camino y esté con nosotros también Judas de Simón».

«¡Sí! Nos lo dices y nosotros nos haremos mejores… Pero ya ahora perdónanos, Jesús» dice Juan.

575 1«Os he llamado con el nombre apropiado[5]111. Pero el trueno no daña. El rayo sí que puede matar. De todas formas, el trueno, muchas veces, es anuncio del rayo. Lo mismo le sucede a aquel que no elimina de su espíritu todo desorden contra el amor. Hoy pide permiso para castigar. Mañana castiga sin pedir permiso. Pasado mañana castiga incluso sin razón. Descender es fácil… Por eso os digo que os despojéis de toda dureza hacia vuestro prójimo. Actuad como Yo, y estaréis seguros de no equivocaros nunca. ¿Acaso habéis visto alguna vez que Yo me vengue de los que me causan un dolor?».

«No, Maestro. Tú…» .

9 «¡Maestro! ¡Maestro! Estamos aquí. Yo y Elisa. ¡Oh, Maestro, cuánta angustia por tí! ¡Y cuánto miedo de morir…!»

dice Judas de Keriot, saliendo de detrás de las hileras de vid y corriendo hacia Jesús. Tiene la frente vendada. Elisa le sigue más serena.

«¿Has sufrido? ¿Has temido morir? ¿Tanto apreciabas la vida?»

pregunta Jesús liberándose de Judas, que le tenía abrazado y que llora.

«No la vida. Temía a Dios. Morir sin tu perdón… Yo siempre te ofendo. A todos ofendo. También a ella… Y su respuesta ha sido ser para mí una madre. Me sentía culpable y temía morir…».

«¡Saludable temor, si puede hacerte santo! Pero Yo te perdono, siempre, tú lo sabes. Basta con que tengas voluntad de arrepentimiento. ¿Y tú, Elisa, has perdonado?».

«Es como un niño grande indisciplinado. Sé disculpar».

«Te has comportado con fortaleza, Elisa. Lo sé».

«¡Si no hubiera estado ella… no sé si te habría vuelto a ver, Maestro!».

«Pues ya ves que no por odio, sino por amor, se quedó a tu lado… ¿No te han herido, Elisa?».

«No, Maestro. Las piedras caían alrededor de mí sin herirme. Pero mi corazón ha estado muy acongojado pensando en tí…».

«Ya todo ha terminado. Vamos a seguir a esta mujer que nos quiere llevar a una casa segura».

Se ponen de nuevo en marcha, tomando un caminito, blanco de luna, que va hacia

Oriente.

10     Jesús ha tomado del brazo al Iscariote y va delante con él. Le habla dulcemente; trata de trabajar en el corazón de Judas, estremecido por el miedo experimentado ante el juicio de Dios:

«Ya ves, Judas, qué fácil es morir. La muerte siempre está al acecho en torno a nosotros. Ya ves que lo que parece una cosa sin importancia cuando estamos llenos de vida se hace grande, espantosamente grande, cuando la muerte nos roza. Pero ¿por qué querer tener estos miedos, creárselos para encontrárselos de frente en el momento de la muerte, si con una vida santa se puede ignorar el miedo al cercano juicio divino? ¿No te parece que merece la pena vivir una vida justa para tener una plácida muerte? ¿No, Judas, amigo mío? La divina, paterna misericordia ha permitido este hecho como toque de atención para tu corazón. Todavía estás a tiempo, Judas… ¿Por qué no quieres dar a tu Maestro, que está para morir, la gran alegría, grandísima, de saber que has vuelto al Bien?».

«¿Pero puedes perdonarme todavía, Jesús?».

«¿Te hablaría así si no pudiera? ¡Qué poco me conoces todavía! Yo te conozco. Sé que eres como uno que estuviera atrapado por un gigantesco pulpo. Pero, si quisieras, podrías liberarte todavía. Sufrirías, eso sí. Arrancarte esas cadenas que te muerden y envenenan significaría dolor. Pero después, ¡cuánta alegría, Judas? ¿Temes no tener la fuerza de reaccionar contra los que influyen en tí? Yo puedo absolverte anticipadamente del pecado de transgresión del rito pascual… Eres un enfermo. Para los enfermos la Pascua no es obligatoria. Ninguno está más enfermo que tú. Eres como un leproso. Los leprosos, mientras lo son, no suben a Jerusalén. Créeme, Judas: comparecer ante el Señor con el espíritu sucio, como lo tienes tú, no es honrar al Señor, sino ofenderle. Antes hay que…».

11 «¿Entonces, por qué no me purificas y me curas?» pregunta, ya duro, rebelde, Judas.

«¡No te curo? Cuando uno está enfermo, busca –la busca él– la curación. A menos que sea un niño pequeño, o un subnormal; porque éstos no saben poner el acto de querer…».

«Trátame como a esas personas. Trátame como a un subnormal y remédialo Tú sin que yo lo sepa».

«No sería justicia, porque tú puedes querer. Tú sabes lo que para tí es un bien y lo que es un mal. Y el que Yo te curara no serviría de remedio sin tu voluntad de quedar curado».

«Dame también esa voluntad».

«¿Dártela? ¿Imponerte, entonces, una voluntad buena? ¿Y tu libre albedrío, en qué se transformaría entonces? ¿Qué sería tu yo de hombre, criatura libre? ¿Un yo subyugado?».

«¡De la misma forma que estoy subyugado por Satanás, podría estarlo por Dios!».

«¡Cómo me hieres, Judas! ¡Cómo traspasas mi corazón! Pero te perdono lo que me haces… Subyugado por Satanás, has dicho: “Yo no decía esta cosa tan tremenda…”».

«Pero la pensabas, porque es verdadera y la conoces, si es verdad que lees los corazones de los hombres. Si es así, sabes que yo ya no soy libre… Satanás me ha atrapado y…».

«No. Se te ha acercado, te ha tentado, te ha tanteado… y tú le has aceptado. No hay posesión si no hay al principio una adhesión a alguna tentación satánica. La serpiente introduce la cabeza entre las apretadas barras dispuestas como defensa de los corazones, pero no entraría si el hombre no le ensanchara un hueco para admirar el aspecto seductor de la serpiente y escucharla y seguirla… Sólo entonces el hombre queda subyugado, poseído; pero es porque lo quiere. Dios también lanza desde los cielos las luces dulcísimas de su paterno amor, y sus luces penetran en nosotros. Mejor: Dios, a quien todo le es posible, desciende al corazón de los hombres. Está en su derecho. ¿Por qué, entonces, el hombre, que sabe hacerse esclavo, que sabe someterse al Horrendo, no sabe hacerse siervo de Dios –es más: hijo de Dios– y lo que hace es expulsar de sí a su Padre santísimo? ¿No me contestas? ¿No me dices por qué has preferido a Satanás antes que a Dios? Y, no obstante, ¡todavía estarías a tiempo de salvarte! 12 Sabes que voy a la muerte. Ninguno lo sabe como tú… No rehúso morir… Voy. Voy a la muerte porque mi muerte será la Vida para muchos. ¿Por qué no quieres estar entre éstos? ¿Sólo para tí, amigo mío, mi pobre y enfermo amigo, será inútil mi muerte?».

«Será inútil para muchos, no te hagas ilusiones. Lo mejor que podrías hacer sería huir y vivir lejos de aquí, y gozar de la vida; enseñar tu doctrina porque es buena, pero no sacrificarte».

«¡Enseñar mi doctrina! ¿Pero qué enseñaría ya, que fuera verdad, si hiciera lo contrario de lo que enseñara? ¿Qué Maestro sería si predicara la obediencia a la voluntad de Dios y no la hiciera, y el amor a los hombres y luego no los amara, y la renuncia a la carne y al mundo y luego amara mi carne y los honores del mundo, y a no escandalizar y luego escandalizara no sólo a los hombres, sino incluso a los ángeles, y así sucesivamente? Por tí habla Satanás en este momento. Como también habló en Efraín y como muchas otras veces ha hablado y ha actuado, a través de tí, para turbarme a mí. Yo he reconocido todas estas acciones de Satanás, cumplidas por medio de tí. Pero no te he odiado, ni me he cansado de tí. Sólo he sentido pena, una infinita pena. Como una madre atenta al progreso de un mal que llevara a la muerte a su hijo, así he observado el progreso del mal en tí. Como un padre al que nada resulta insoportable con tal de encontrar las medicinas para su hijo enfermo, así Yo todo lo he tolerado con tal de salvarte: he superado repugnancias, desdenes, amarguras, desconsuelos… Como un padre y una madre, desolados, desilusionados respecto a todas las fuerzas terrenas, se dirigen al Cielo para obtener la vida del hijo, así he gemido y gimo, implorando un milagro que te salve, que te salve, que te salve en el borde del abismo que ya cede bajo tus pies. 13 ¡Judas, mírame! Dentro de poco, mi Sangre será derramada por los pecados de los hombres. No me quedará ni una gota. La beberán la tierra, las piedras, las hierbas, las vestiduras de mis perseguidores y las mías… la madera, el hierro, las sogas, las espinas de la oxiacanta… y la beberán los espíritus que esperan la salud… ¿Sólo tú no quieres beberla? Yo, por tí solamente, daría toda esta Sangre mía. Tú eres el amigo mío. ¡Cuán gustosamente se muere por el amigo! ¡Por salvarle! Se dice: “Yo muero. Pero seguiré viviendo en el amigo al que he dado la vida”. Como una madre, como un padre, que siguen viviendo en su prole aún después de haber muerto. ¡Judas, te lo suplico! No pido otra cosa en estas vísperas de mi muerte. Hasta los jueces, hasta los enemigos conceden al condenado una última gracia, acogen favorables el último deseo suyo. Yo te pido que no te condenes. No se lo pido tanto al Cielo cuanto a tí, a tu voluntad… Piensa en la madre, Judas. ¿Qué será tu madre, después? ¿Qué será el nombre de tu familia? Invoco tu orgullo, que está más vivo que nunca, para que te defiendas contra tu deshonor.

No te deshonres, Judas. Piensa. Pasarán los años y los siglos, caerán los reinos y los imperios, languidecerán las estrellas, cambiará la configuración de la Tierra, y tú serás siempre Judas, como Caín es siempre Caín[6]112, si persistes en tu pecado. Terminarán los siglos. Quedará sólo el Paraíso y el Infierno, y en el Paraíso y en el Infierno, para los hombres resucitados y recibidos con alma y cuerpo, para toda la eternidad, en los lugares donde es justo que estén, tú serás siempre Judas, el maldito, el mayor culpable, si no te enmiendas.

Descenderé a liberar a los espíritus del Limbo[7]113, los sacaré del Purgatorio por legiones, y tú… a tí no podré llevarte a donde Yo esté… Judas, Yo voy a morir, y voy feliz porque ha llegado la hora que esperaba desde hacía milenios, la hora de unir de nuevo a los hombres con su Padre. A muchos no los uniré. Pero el número de los salvados que mientras muera contemplaré me consolará de la congoja de morir inútilmente por tantos. Pero te digo que será tremendo el verte entre éstos, a tí, mi apóstol, amigo mío. ¡No me inflijas el inhumano dolor!… Quiero salvarte, Judas. Salvarte. 14 Mira. Bajamos al río. Mañana al alba, cuando todavía todos duerman, lo pasaremos, nosotros dos, y tú irás a Bosra, a Arbela, a Aera, a donde quieras. Sabes cuáles son las casas de los discípulos. En Bosra busca a Joaquín y María, la leprosa que curé. Te daré un escrito para ellos. Diré que para tu salud se necesita reposo tranquilo respirando aire distinto. Es la verdad, por desgracia, porque estás enfermo y el aire de Jerusalén sería letal para tí. Pero ellos creerán que estás físicamente enfermo. Estarás allí hasta que no vaya Yo a buscarte. Por lo que respecta a tus compañeros, ya me encargaré Yo… Pero no vayas a Jerusalén. Ya ves que no he querido que estuvieran allí las mujeres, excepto las más fuertes de ellas y las que, por derecho de madres, deben estar al lado de sus hijos».

«¿También la mía?».

«No. María no estará en Jerusalén…».

«También ella es madre de un apóstol, y te ha honrado siempre».

«Sí. Y, como las otras, tendría derecho a estar a mi lado. Ella me quiere con perfecta justicia. Pero precisamente por esto no estará en Jerusalén. Porque le dije que no estuviera y sabe obedecer».

«¿Por qué no debe estar? ¿Qué hay de distinto en ella, que no lo tengan la madre de tus hermanos y la de los hijos de Zebedeo?».

«Pues tú. Y tú sabes por qué digo esto. Pero si me haces caso y vas a Bosra, mandaré un aviso a tu madre y dispondré que la acompañen a donde estés, para que ella, que tan buena es, te ayude a curarte. 15 Créelo: sólo nosotros te queremos así, sin medida. Tres son los que te aman en el Cielo: el Padre, el Hijo, el Espíritu Santo. Ellos te han contemplado y esperan tu acto de voluntad para hacer de tí la gema de la Redención, la presa mayor arrebatada al Abismo. Y tres en la Tierra: Yo, tu madre y mi Madre. ¡Danos esta alegría, Judas! A los del Cielo y a los de la Tierra. A los que te queremos con verdadero amor».

«Tú lo dices: sólo tres me quieren; los demás… no».

«No como nosotros. Pero te quieren. Elisa te ha defendido. Los otros estaban preocupados por tí. Cuando estás en algún otro lugar, todos te llevan en su corazón y tu nombre está en sus labios. No conoces todo el amor que te rodea. Tu opresor te lo oculta. Pero cree en mi palabra».

«Te creo. Y trataré de complacerte. De todas formas, quiero obrar yo solo. Yo solo he cometido el error y yo solo debo saber curarme de este mal».

«Unicamente Dios puede obrar por sí solo. Este pensamiento es de soberbia. En la soberbia sigue estando Satanás. Sé humilde, Judas. Coge esta mano que se te ofrece amiga. Refúgiate en este corazón que se te abre protector. Aquí, conmigo, no podría hacerte ningún mal Satanás».

«He intentado estar contigo… Me he hundido cada vez más… ¡Es inútil!».

«¡No digas eso! ¡No digas eso! Rechaza el abatimiento. Dios lo puede todo. Abrázate a Dios. ¡Judas! ¿Judas!».

«¡Calla! Que no te oigan los demás…».

«¿Y te preocupas de los demás y no de tu espíritu? ¡Mísero Judas!…».

16     Jesús deja de hablar. Pero permanece al lado del apóstol, hasta que la mujer, que iba algunos metros más adelante, entra en una casa que ahora se ve dentro de una espesura de olivos. Entonces dice Jesús a su discípulo:

« No voy a dormir esta noche. Voy a orar por tí y a esperarte… Que Dios hable a tu corazón. Y tú escúchale… Me quedaré aquí, donde estoy ahora, a orar. Hasta el alba… Recuérdalo…».

Judas no le responde. Entretanto han llegado los otros y las mujeres, y se detienen todos, a la espera de que vuelva la samaritana. No tarda mucho en volver. Viene con otra mujer, que se le parece, y que los saluda diciendo:

«No tengo muchas habitaciones porque ya están aquí los que recogen, que por ahora trabajan en los olivos. Pero el granero que tengo es grande y hay mucha paja en él. Para las mujeres tengo sitio. Venid».

«¡Id! Yo me quedo en oración. La paz a todos vosotros»

dice Jesús. Y, mientras los otros se marchan, El retiene a su Madre y le dice: «Me quedo a orar por Judas, Madre mía. Ayúdame tú también…».

«Te ayudaré, Hijo mío. ¿Es que renace en él la voluntad?».

«No, Mamá. Pero nosotros debemos hacer como si… ¡El Cielo lo puede todo, Mamá!».

«Sí. Y yo todavía puedo hacerme ilusiones. Tú, no, Hijo mío. Tú sabes las cosas. ¡Santo Hijo mío! Pero te imitaré siempre. ¡Queda tranquilo, amor mío! Incluso cuando Tú no puedas ya dirigirle la palabra porque él te rehúya, trataré de llevarle a tí. Y con que el Padre Santísimo escuche mi dolor… ¿Me dejas estar contigo, Jesús? Haremos oración juntos… y serán muchas horas en que te tendré sólo para mí…».

«Quédate, Mamá. Te espero aquí».

María va ligera, y ligera vuelve. 17 Se sientan encima de sus talegos, al pie de los olivos. En medio del gran silencio reinante, se oye el susurro del río poco lejano, y el canto de los grillos parece fuerte en medio de esta noche profundamente enmudecida.

Luego cantan los ruiseñores, ríe una lechuza, llora un mochuelo. Y las estrellas transitan lentas en el firmamento, reinas ahora que la Luna, habiéndose ocultado, ha dejado de ofuscarlas. Y luego un gallo rasga el aire quieto con su agudo reclamo.

Mucho más lejos, apenas perceptible, otro gallo responde. Y otra vez el silencio, roto ahora por el arpegio de gotas de relente condensado que caen de las tejas de la casa cercana al enlosado que la rodea. Y luego un frufrú nuevo entre las frondas, como sacudiéndose éstas la humedad nocturna, y el aislado silbar de un pájaro que se despereza, y, al mismo tiempo, un cambio en el cielo, la luz que se despierta: raya el alba… Y Judas no ha venido…

Jesús mira a su Madre, blanca como un lirio contra el olivo obscuro, y le dice: «Hemos orado, Madre. Dios usará nuestra oración[8]114…».

«Sí, Hijo mío. Estás pálido como la muerte. ¡Verdaderamente, tu vitalidad se ha derramado toda en esta noche, presionando en las puertas de los Cielos y en los decretos de Dios!».

«Tú también estás pálida, Madre. Grande es tu esfuerzo».

«Grande es mi dolor por tu dolor».

18     La puerta de la casa se abre; con cautela la abren… Jesús se estremece. Pero es sólo la mujer que los ha llevado allí la que sale sin hacer ruido. Jesús emite un suspiro:

«¡He tenido la esperanza de haberme podido equivocar[9]115!».

La mujer se acerca con su cesto vacío. Ve a Jesús. Le saluda. Seguiría adelante, pero El la llama. Le dice:

«El Señor te lo pague todo. Yo también quisiera hacerlo, pero no traigo nada conmigo».

«No querría nada, Rabí. Ningún pago. Una cosa sí querría, que no es dinero, una cosa que sí me puedes dar» .

«¿Qué, mujer?».

«Que el corazón de mi marido cambiara. Es algo que Tú puedes hacer, porque verdaderamente eres el Santo de Dios[10]116».

«Ve en paz. Recibirás esto que deseas. Adiós».

La mujer se marcha ligera en dirección a su casa, que debe ser muy triste.

María comenta: «Otra desdichada. ¡Por eso es buena!…».

19     Se asoma en el granero la cabeza despeinada de Pedro, y, detrás de la suya, la luminosa de Juan; luego, el grave perfil de Judas Tadeo y el rostro de morena tez del Zelote, y la cara delgada del jovencito Benjamín… Todos están despiertos. Ahora salen de la casa: la primera, María de Magdala; luego Nique y después las otras.

Cuando están todos reunidos y la mujer que les ha ofrecido hospedaje ha traído una colodra de leche todavía espumosa, aparece el Iscariote. Ya no tiene la venda. Pero el livor del golpe le tiñe la mitad de la frente, y su ojo aparece, bajo el arco violáceo, aún más sombrío.

Jesús le mira. Judas mira a Jesús, y vuelve la cabeza hacia otra parte. Jesús le dice:

«Cómprale a la mujer lo que pueda darnos y luego alcánzanos».

Y, en efecto, Jesús saluda a la mujer y se pone en marcha. Todos le siguen.

[1] 107 Cfr. Lc. 9, 51–56.

[2] 108 Alusión a lo que se refiere en 4 Rey. 1.

[3] 109 en 181.3/4.

[4] 110 “Del día de Dios” se habla frecuentemente en la Biblia. Cfr. Is. 2, 6, 22; 13; 34. Jer. 4, 5–31; Ez. 32, 1–16; Dan. 9–12; Jl. 2, 1–11; 2, 28–32; 3, 15–17; Am. 5, 18–20; 8, 4–10; Hab. 3, 1–6; Sof. 1, 12–18; Mac. 1; Mt. 24; Mc. 13; Lc. 17, 20–37; 21, 5–36; Ap. 6, 12–17.

[5] 111 de “hijos del trueno”, en 330.3.

[6] 112 Cfr. Gén. 4, 1–16; Sab. 10, 1–3; 1 Ju. 3, 11–12.

[7] 113 Cfr. Mt. 27, 50–54; 1 Pe. 3, 18–22.

[8] 114 El linaje humano y mucho más perfectamente, la Iglesia es una familia, un cuerpo: la oración que no sirve a un miembro, que resiste al Espíritu Santo, sirve a otro y ciertamente aprovecha a toda la familia, a todo el cuerpo.

[9] 115 No raramente ocultaba Jesús su divinidad omnisciente y omnipotente bajo expresiones y actitudes de una limitación y debilidad humanas. Cfr. por ej.: Ju. 11, 32–44.

[10] 116 Igual expresión en Mc. 1, 23–28; Lc. 1, 35; 4, 33–37; Ju. 6, 67–71; Hech. 2, 22–28; 3, 11–16.

Segundo año de la Vida Pública de Jesús

178. Tres hombres que quieren seguir a Jesús[1]74.

3 de junio de 1945.

cristo-y-el-joven-rico1       Veo a Jesús con sus once apóstoles –sigue faltando Juan– dirigiéndose hacia la orilla del lago. Mucha gente se aglomera en torno a El: muchas de estas personas, en su mayor parte hombres, son las mismas que estaban en el Monte y que ahora se han llegado de nuevo a El, a Cafarnaúm, para seguir escuchando su palabra. Intentan retenerle, pero Jesús dice:

«Yo soy de todos. Debo ir a otros muchos. Volveré. Ya os reuniréis de nuevo conmigo. Ahora dejadme que me vaya».

Con mucha dificultad logra andar entre la muchedumbre que se comprime por la estrecha callecilla. Los apóstoles empujan para abrirle paso, pero es como incidir contra una substancia blanduzca, que enseguida recupera la forma que tenía; incluso se irritan, pero inútilmente.

2       Ya se ve la orilla, cuando, tras un feroz esfuerzo, un hombre de mediana edad y de aspecto distinguido se acerca al Maestro y, para atraer su atención, le toca en el hombro.

Jesús se para, se vuelve y pregunta:

«¿Qué quieres?».

«Soy escriba. Lo que hay en tus palabras supera toda comparación con lo que hay en nuestros preceptos. A mí me ha conquistado. Maestro, ya no te dejo. Te seguiré a dondequiera que vayas. ¿Cuál es tu camino?».

«El del Cielo».

«No me refiero a ése. Lo que te pregunto es a dónde vas: después de ésta, ¿cuáles son tus casas, para poderte encontrar siempre?».

«Las raposas tienen sus huras y las aves nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar su cabeza. Mi casa es el mundo, está dondequiera que haya espíritus a los que enseñar, miserias que aliviar, pecadores que redimir».

«Entonces, por todas partes».

«Tú lo has dicho. ¿Serías capaz de hacer, tú, doctor de Israel, lo que éstos, los últimos[2]75, hacen por amor mío? Aquí se requiere sacrificio y obediencia, y caridad para con todos, espíritu de adaptación a todo y con todos. Porque la condescendencia atrae.

Porque quien quiere curar debe curvarse hacia todas las llagas. Luego vendrá la pureza del Cielo; aquí estamos en el fango, y hay que arrancarle al barro en que pisamos las víctimas que ya ha succionado. No subirse las vestiduras y apartarse porque ahí el barro cubre más. La pureza debe estar en nosotros. Tenemos que estar henchidos de ella de forma que nada más pueda entrar. ¿Puedes hacer todo esto?».

«Déjame probar al menos».

«Prueba. Rogaré porque seas capaz de ello».

3       Jesús reanuda su camino. Luego, captada su atención por dos ojos que le están mirando, dice a un joven alto y fuerte que se ha detenido para dejar pasar a la multitud, pero que parece llevar otra dirección:

«Sígueme».

El joven siente un sobresalto, cambia de color, parpadea como si hubiera sido deslumbrado por un resplandor, abre la boca para hablar, pero no encuentra en ese momento qué responder; al final dice:

«Te seguiré. Pero, se me ha muerto mi padre en Corozaín; tengo que enterrarle. Volveré después del entierro».

«Sígueme. Deja que los muertos entierren a sus muertos. La Vida ya te ha succionado; por otra parte, tú lo has deseado. No llores por el vacío que en torno a ti te ha creado la Vida, para tenerte como discípulo suyo. Las mutilaciones del afecto son raíces de las alas que nacen en el hombre que se ha hecho siervo de la Verdad. Deja la corrupción a su suerte. Elévate hacia el Reino de lo incorrupto. Allí encontrarás también la perla incorruptible de tu padre. Dios llama y pasa. Mañana ya no encontrarías ni tu corazón de hoy ni la llamada de Dios. Ven. Ve a anunciar el Reino de Dios».

El hombre, que está apoyado en una pared baja, con los brazos colgando, de los cuales penden las bolsas (que contienen sin duda los aromas y las vendas), tiene la cabeza agachada, y medita, en pugna entre los dos amores: el de Dios y el de su padre.

Jesús le mira y aguarda, luego coge a un pequeñuelo y le aprieta contra su corazón diciendo:

«Repite conmigo: “Te bendigo, Padre, e invoco tu luz para los que lloran envueltos por las ofuscaciones de la vida. Te bendigo, Padre, e invoco tu fuerza para quien es semejante a un niño que necesita de alguien que le sostenga. Te bendigo, Padre, e invoco tu amor para que canceles el recuerdo de todo lo que no seas Tú de la memoria de todos aquellos que en ti encontrarían –y no saben creerlo– todo bien propio, aquí y en el Cielo”».

Y el niño –un inocente de unos cuatro años– repite con su vocecita las palabras santas, mientras Jesús le mantiene con su derecha las manitas unidas, en oración, cogidas por las muñecas regordetas, como si fueran éstas dos tallitos de flor.

El hombre se decide. Da a un compañero sus envoltorios y se acerca a Jesús, que pone en el suelo al niño tras haberle bendecido y echa su brazo sobre los hombros del joven y sigue caminando así, para confortarle y sostenerle en su esfuerzo.

4       Otro hombre le interpela:

«También yo quisiera ir contigo como ese joven, pero antes de seguirte querría despedirme de mis familiares. ¿Me lo permites?».

Jesús le mira fijamente y responde:

«Demasiado arraigado en lo humano. Arranca las raíces, y, si no eres capaz de ello, córtalas. Al servicio de Dios se viene con espiritual libertad. Nada debe atar a quien se entrega».

«Pero, Señor, ¡la carne y la sangre son siempre carne y sangre! Alcanzaré lentamente la libertad de que hablas…».

«No. Jamás lo lograrías. Dios, de la misma forma que es infinitamente generoso cuando premia, es también exigente. Si quieres ser discípulo debes abrazar la cruz y venir; si no, te quedarás en el número de los simples fieles. El camino de los siervos de Dios no es de pétalos de rosa; es de exigencia absoluta. Nadie, habiendo puesto la mano sobre el arado para arar los campos de los corazones y esparcir en ellos la semilla de la doctrina de Dios, puede volverse para observar lo que ha dejado y lo que ha perdido, o lo que tendría si siguiera un camino común; quien así actúa no es apto para el Reino de Dios. Trabájate a ti mismo, hazte viril y luego ven. Ahora no».

Llegan a la orilla. Jesús sube a la barca de Pedro y le susurra unas palabras; veo que Jesús sonríe y que Pedro hace un gesto de admiración, pero no dice nada. Sube también el hombre que ha dejado de ir a enterrar a su padre por seguir a Jesús.

[1] 74 Cfr. Mt. 8, 18–22; Lc. 9, 57–62.

[2] 75 Nota. “Mínimos ó últimos”. Con este término los judíos que se creían superiores a los demás en santidad, o sabiduría,

señalaban a los del pueblo que creían pecadores. (N.T.).

19/6/2016 Evangelio según San Lucas 9,18-24.

Duodécimo domingo del tiempo ordinario

Santo(s) del día : Santa Juliana Falconieri
image Saber más cosas a propósito de los Santos del día

Lecturas

Tercer año de la Vida Pública de Jesús

343. La levadura de los fariseos. El Hijo del hombre. El primado a Simón Pedro.[1]

27 de noviembre de 1945.

343 1343 2

1      La llanura costea el Jordán antes de que éste vierta sus aguas en el lago de Merón.

Un hermoso llano, en que, cada día que pasa, crecen más exuberantes los cereales y van enfloreciéndose los árboles frutales. Los montes, allende los cuales está Quedes, ahora quedan a espaldas de los peregrinos, que con frío andan ligeros bajo las primeras luces del día, mirando anhelantes al Sol, que sube, y buscándolo, apenas su rayo toca los prados y acaricia el follaje. Deben haber dormido al raso, o como mucho en un pajar, porque los indumentos están arrugados y conservan algunas pajuelas y hojas secas, que ellos se van quitando según las van descubriendo con la luz más fuerte.

El río anuncia su presencia por su murmullo, que parece fuerte en medio del silencio matutino del campo, y también por una densa hilera de árboles con hojas nuevas que tiemblan con la leve brisa de la mañana; pero todavía no se ve, porque fluye profundo en la rasa llanura. Cuando sus aguas azules, incrementadas por numerosos torrentillos que bajan de los montes occidentales, se ven brillar entre la hierba nueva de las márgenes, se está casi en la orilla.

-«¿Seguimos la orilla hasta el puente, o pasamos el río por aquí?» preguntan a Jesús, que estaba solo, meditativo, y que se había parado a esperarlos.

 -«Mirad a ver si hay una barca para pasar. Es mejor atravesar por aquí…».

 -«Sí. En el puente, que está justo en la vía para Cesárea Paneas, podríamos encontrar otra vez a algunos que hubieran seguido nuestra pista» observa Bartolomé, ceñudo, mirando a Judas.

 -«No. No me mires mal. Yo no sabía que íbamos a venir aquí, y no he dicho nada. Era fácil comprender que de Sefet Jesús iría a las tumbas de los rabíes y a Quedes. Pero jamás habría imaginado que quisiera llegarse hasta la capital de Filipo. Por tanto, ellos lo ignoran. Y no nos los encontraremos por culpa mía, ni por su voluntad. A menos que no tengan como guía a Belcebú» dice tranquilo y humilde Judas Iscariote.

-«Esto está bien. Porque con cierta gente… Hay que tener ojo y medir las palabras; no dejar indicios de nuestros proyectos. Tenemos que estar atentos a todo. Si no, nuestra evangelización se transformará en un huir permanente» replica Bartolomé.

Vuelven Juan y Andrés. Dicen:

«Hemos encontrado dos barcas. Nos pasan a una dracma por barca. Vamos a bajar al borde».

Y en dos barquichuelas, dos veces, pasan a la otra orilla. La llanura rasa y fértil los acoge también aquí. Una llanura fértil y, sin embargo, poco poblada. Sólo los campesinos que la cultivan tienen casa en ella.

2 -«¡Mmm! ¿Cómo vamos a conseguir el pan? Yo tengo hambre. Y aquí… no tenemos ni siquiera las espigas filisteas… Hierba y hojas, hojas y flores. No soy ni una oveja ni una abeja» comenta Pedro a sus compañeros, los cuales sonríen ante la observación.

Judas Tadeo –que iba un poco más adelante– se vuelve y dice:

343 3-«Compraremos pan en el próximo pueblo».

-«Siempre y cuando no nos hagan huir» termina Santiago de Zebedeo.

-«Absteneos, vosotros que decís que hay que estar atentos a todo, de la levadura de los fariseos y saduceos; que creo que la estáis tomando sin reflexionar en lo que de malo hacéis. ¡Tened cuidado! ¡Guardaos!» dice Jesús.

Los apóstoles se miran unos a otros y cuchichean: -«¿Pero qué dice? Han sido aquella mujer del sordomudo y el posadero de Quedes los que nos han dado el pan. Y está todavía aquí; es el único que tenemos. Y no sabemos si podremos encontrar pan que comprar para nuestra hambre. ¿Cómo dice, entonces, que compramos a saduceos y fariseos pan con su levadura? Quizás no quiere que se compre en estos pueblos…

Jesús, que, todo solo, estaba de nuevo delante, se vuelve otra vez.

-«¿Por qué tenéis miedo a quedaros sin pan para vuestra hambre? Aunque aquí todos fueran saduceos y fariseos, no os quedaríais sin comida por causa de mi consejo. No me refiero a la levadura del pan. Por tanto, podéis comprar donde os parezca el pan para vuestros vientres. Y, si nadie quisiera vendéroslo, igualmente no os quedaríais sin pan.

¿No os acordáis de los cinco panes con que comieron cinco mil personas? ¿No os acordáis que recogisteis doce cestas colmadas de los trozos sobrados? Podría hacer para vosotros, que sois doce y tenéis un pan, lo que hice para cinco mil con cinco panes. ¿No comprendéis a qué levadura aludo? A la que fermenta en el corazón de los fariseos, saduceos y doctores, contra mí. Eso es odio, es herejía. Y vosotros estáis yendo hacia el odio como si hubiera entrado en vosotros parte de la levadura farisaica. No debemos odiar ni siquiera a nuestro enemigo. No abráis siquiera una rendija a lo que no es Dios.

Tras el primero entrarían otros elementos contrarios a Dios. Hay veces que, por excesivo deseo de combatir a los enemigos con las mismas armas, uno termina pereciendo o vencido. Y, una vez vencidos, podríais, por contacto, absorber sus doctrinas. No. Tened caridad y prudencia. No tenéis en vosotros todavía tanto como para poder combatir estas doctrinas, sin que ellas mismas os contaminen. Porque también vosotros tenéis algunos de sus elementos, de los cuales uno es el odio a ellos. Os digo más: podrían cambiar de método para seduciros y arrancaros de mí, usando con vosotros mil amabilidades, mostrándose arrepentidos, deseosos de hacer la paz. No debéis huir de  ellos. Pero, cuando quieran daros sus doctrinas, habréis de saber no acogerlas. A esta levadura me refiero. Es la malevolencia que va contra el amor, y las falsas doctrinas. Os digo: sed prudentes».

3 -«¿Esa señal que pedían los fariseos ayer tarde era “levadura”, Maestro?» pregunta Tomás.

-«Era levadura y veneno».

 -«Has hecho bien en no dársela».

 -«Pero se la daré un día».

-«¿Cuándo? ¿Cuándo?» preguntan curiosos.

-«Un día…».

-«¿Y qué señal es? ¿No nos lo dices ni siquiera a nosotros, tus apóstoles? Para poder reconocerla inmediatamente» pregunta, deseoso, Pedro.

-«Vosotros no deberíais necesitar una señal».

-«¡Bueno, no para poder creer en ti! No somos gente con muchos pensamientos.

Tenemos uno sólo: amarte a ti» dice vehementemente Santiago de Zebedeo.

 4 -«Pero, la gente –vosotros que tratáis con ella, así llanamente, más que Yo, sin el sentido de temor que Yo puedo infundir – ¿quien dice que soy? ¿Y cómo define al Hijo del hombre?».

-«Hay quien dice que Tú eres Jesús, o sea, el Cristo, y son los mejores; los otros te consideran Profeta, otros sólo Rabí, y otros –ya lo sabes– un loco y un endemoniado».

«Pero hay alguno que usa para ti el mismo nombre que Tú te das, y te llama: “Hijo del hombre”».

«Y algunos dicen también que no puede ser eso, porque el Hijo del hombre es otra cosa muy distinta. Y esto no es siempre una cosa negativa, porque, en el fondo, admiten que eres más que el Hijo del hombre: eres el Hijo de Dios. Otros, sin embargo, dicen que Tú no eres siquiera el Hijo del hombre, sino un pobre hombre agitado por Satanás o a merced de la demencia. Como puedes ver, los pareceres son muchos y todos distintos» dice Bartolomé.

-«¿Pero, para la gente, entonces, quién es el Hijo del hombre?».

-«Es un hombre que debe poseer todas las virtudes más hermosas del hombre, un hombre que reúna en sí todos los requisitos de la inteligencia, sabiduría, gracia, que pensamos que tenía Adán; y algunos, a estos requisitos, añaden el de no morir. Ya sabes que circula la voz de que Juan Bautista no ha muerto, sino solamente que ha sido transportado a otro lugar por los ángeles, y que Herodes, para no reconocerse vencido por Dios, y más todavía Herodías, han mostrado, como cadáver del Bautista, el cuerpo mutilado del siervo. ¡Bueno, la gente dice tantas cosas!… Por eso, hay muchos que piensan que el Hijo del hombre es o Jeremías, o Elías, o alguno de los Profetas, e incluso el mismo Bautista, que tenía sabiduría y gracia, y se decía el Precursor del Cristo.

Cristo: el Ungido de Dios. El Hijo del hombre: un gran hombre nacido del hombre.

Muchos no pueden admitir, o no quieren admitirlo, que Dios haya podido enviar a su Hijo a la tierra. Tú ayer lo dijiste: “Creerán sólo los que están convencidos de la infinita bondad de Dios”. Israel cree en el rigor de Dios más que en su bondad…» añade Bartolomé.

-«Ya, claro. Se sienten, efectivamente, tan indignos, que juzgan imposible que Dios sea tan bueno como para mandar a su Verbo a salvarlos. El estado degradado de su alma les es obstáculo para creerlo» confirma el Zelote. Y añade: «Tú mismo dices que eres el Hijo de Dios y del hombre. En efecto, en ti mora toda gracia y sabiduría como hombre. Y yo pienso que, realmente, uno que hubiera nacido de un Adán en gracia se habría parecido a ti en belleza, inteligencia y en todas las demás cualidades. Y en ti brilla Dios por la potencia. ¿Pero quiénes de los que se creen dioses y en su soberbia infinita miden a Dios con el patrón de sí mismos podrán creerlo? Ellos, los crueles, los que odian, los rapaces, los impuros, no pueden, claro, pensar que Dios haya extendido su dulzura hasta darse a sí mismo para redimirlos; su amor hasta salvarlos, su generosidad hasta entregarse a merced del hombre, su pureza hasta sacrificarse en medio de nosotros.

No pueden, no, siendo como son tan inexorables y escrupulosos en buscar y calaconfesic3b3ndepedro1stigar las culpas».

5 -«¿Y vosotros quién decís que soy Yo? Decidlo por vuestro juicio, sin má

s; sin tener en cuenta ni mis palabras ni las de los demás. Si estuvierais obligados a dar un juicio sobre mí, ¿qué diríais que soy?».

-«Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo» grita Pedro mientras se arrodilla con los brazos extendidos hacia arriba, hacia Jesús. Y Jesús le mira con una faz toda luz y se agacha a levantarle de nuevo para abrazarle, y dice:

-«¡Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás! Porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los Cielos. Desde el primer día que viniste a mí te hiciste esta pregunta, y, por ser sencillo y honesto, supiste comprender y aceptar la respuesta que te venía de los Cielos. No viste manifestaciones sobrenaturales, como tu hermano y Juan y Santiago. No conocías mi santidad de hijo, de obrero, de ciudadano, como Judas y Santiago, mis hermanos. No fuiste objeto de milagros ni los viste hacer, ni te di señal de poder, como hice y vieron en el caso de Felipe, Natanael, Simón Cananeo, Tomás, Judas. No fuiste subyugado por mi voluntad, como en el caso de Leví el publicano. Y, no obstante, exclamaste: “¡El es el Cristo!”. Desde la primera hora en que me viste, creíste, y nunca tu fe se ha tambaleado. Por eso te llamé Cefas. Y por esto, sobre ti, Piedra, edificará mi Iglesia, y las puertas del Infierno no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos. Lo que atares en la tierra será atado en los Cielos; lo que desatares en la tierra será desatado en los Cielos. Sí, hombre fiel y prudente, cuyo corazón he podido pulsar. Y aquí, desde este momento, tú eres el jefe, y se te debe obediencia y respeto como a otro Yo mismo. Esto le proclamo delante de todos vosotros».

6       Si Jesús hubiera aplastado a Pedro con una granizada de correcciones, el llanto de Pedro no habría sido tan alto. Llora todo convulso de sollozos, apoyada la cara en el pecho de Jesús. Un llanto que encuentra paralelo sólo en aquél, incontenible, de su dolor de haber negado a Jesús. El de ahora está hecho de mil sentimientos humildes y buenos… Otro poco del antiguo Simón –el pescador de Betsaida que, ante el primer anuncio de su hermano, se había reído diciendo: «¡El Mesías se te aparece a ti!… ¡Precisamente!» incrédulo y jocoso –mucho del antiguo Simón se desmorona bajo ese llanto, para dejar aparecer, bajo la costra ahora más delgada de su humanidad, cada vez más claramente, al Pedro pontífice de la Iglesia de Cristo.

Cuando alza la cara, tímido, confuso, no sabe hacer sino un acto para decir todo, para prometer todo, para entregarse todo con renovada energía al nuevo ministerio: echar sus cortos y musculosos brazos al cuello de Jesús y obligarle a agacharse más para besarle, mezclando sus cabellos y su barba, un poco híspidos y entrecanos, con los cabellos y la barba, suaves y dorados, de Jesús; y luego le mira, con una mirada de adoración, amorosa, suplicante, de sus ojos un poco overos, brillantes y rojos de las lágrimas lloradas, mientras tiene entre sus manos callosas, anchas, rudas, cual si se tratara de un vaso del que fluyera licor vital, el rostro ascético del Maestro, inclinado hacia el suyo… y bebe, bebe, bebe dulzura y gracia, seguridad y fuerza, de ese rostro, de esos ojos, de esa sonrisa…

  • Se separan por fin y reanudan la marcha hacia Cesarea de Filipo. Jesús entonces dice a todos:

 -«Pedro ha dicho la verdad. Muchos la intuyen, vosotros la sabéis. Pero, por ahora, no digáis a nadie lo que es el Cristo, en la verdad completa de lo que sabéis. Dejad que Dios hable en los corazones como habla en el vuestro. En verdad os digo que quienes a mis afirmaciones o a las vuestras añaden la fe perfecta y el perfecto amor, llegan a saber el verdadero significado de las palabras “Jesús, el Cristo, el Verbo, el Hijo del hombre y de Dios”».

[1] Cfr. Mt. 16, 5–20; Mc. 8, 14–21 y 27–30; Lc. 9, 18–21.

 

12/6/2016 Evangelio según San Lucas 7,36-50.8,1-3.

Undécimo domingo del tiempo ordinario

Santo(s) del día : Beata Mercedes de Jesús Molina y Ayala,  Santa Paola Frassinetti
image Saber más cosas a propósito de los Santos del día

Lecturas

Leer el comentario del Evangelio por : San [Padre] Pío de Pietrelcina
«¿Quién es este hombre que hasta perdona los pecados?»

El evangelio de este domingo corresponde al capitulo 236 del segundo año de la vida pública de Jesús, Incluyo también el precedente para una mejor comprensión. 

La conversión de Santa María Magdalena llevó un tiempo. Antes de este episodio ella fue movida a seguirle a escondidas para escuchar su predicación, así llegó el día en que Jesús contó la parábola de la oveja perdida, y fue allí cuando a ella se le descorrieron por fin los velos que le impedían volver a Dios.

Sus hermanos Lázaro y Marta sufrieron mucho por su hermana, viéndola perdida… Imaginen si algunos de nosotros hubiéramos tenido la gracia de ser servidores tan cercanos a Jesús como ellos lo fueron.

Ese día María Magdalena quedó limpia, tenía siete demonios dice la escritura!, que Maravillosa es la Misericordia Divina. Cuantos de nosotros nos vemos identificados, verdad?

Dice el Evangelio de San Lucas: “Le son perdonados muchos pecados porque ha amado mucho”. ¿Mas quién llevó a la pecadora a la redención del mucho amar a Aquel que es Santo sino el mucho amar del Redentor hacia ella? Tengo dicho: “En todo hombre hay un Adán”. Pero añado: “En toda criatura hay una María Magdalena”. Y lo que muchas veces salva al alma pecadora es el infinito amor de Dios hacia ella.
Lecciones sobre la epístola de Pablo a los Romanos. 139 María Valtorta

Segundo año de la vida pública de Jesús

235. Marta ha recibido de su hermana María la certidumbre de la conversión.

29 de julio de 1945.

1             Una clara aurora de verano que deshoja rosas en la seda crespa del lago. Jesús está para subir a la barca, cuando he aquí que llega Marta con su sierva:

«¡Maestro, escúchame por amor de Dios!».

Jesús baja de nuevo a la orilla y dice a los apóstoles:

«Poneos en movimiento. Esperadme cerca del torrente. Entretanto, preparad todo para la misión hacia Magedán. La Decápolis también espera la Palabra. Marchaos».

Y, mientras la barca zarpa y sale a zona abierta, Jesús va andando al lado de Marta, a quien Marcela sigue respetuosamente.

Se van alejando así del pueblo, caminando por la orilla: primero una faja arenosa, aunque ya salpicada de matas silvestres; en seguida, cubierta de vegetación, no ya horizontal sino asumiendo la dirección vertical, acometiendo las pendientes que se reflejan en el lago.

2       Cuando llegan a un lugar solitario, Jesús dice sonriendo:

«¿Qué me querías decir?».

«Maestro, esta noche, poco después de la segunda vigilia, María ha vuelto a casa. ¡Ah… se me olvidaba decirte que, mientras estábamos comiendo, a la hora sexta, me había dicho: “¿Te importaría prestarme tu vestido y un manto? Serán un poco cortos, pero si dejo suelta la túnica y llevo bajo el manto…”. Yo le dije: “Coge lo que quieras, hermana mía”. El corazón me latía fuerte, porque antes en el jardín yo había dicho, hablando con Marcela: “Al atardecer tenemos que estar en Cafarnaúm, porque esta noche el Maestro va a hablar a la multitud”, y había visto que María se sobresaltaba, que cambiaba de color; no sabía ya estar quieta, iba y venía de un lado para otro, sola, como angustiada, en vilo, como una persona que estuviera para tomar una decisión sin saber todavía qué aceptar y qué rechazar.

Después de la comida ha venido a mi habitación, ha cogido el vestido más obscuro que tenía, el más modesto; se lo ha probado y le ha pedido a la nodriza que bajase todo el jaletón porque era demasiado corto. Primero lo intentó ella, pero me confesó llorando: “Ya no sé coser. Todo lo útil y bueno lo he olvidado…”, y me echó los brazos al cuello diciendo: “Reza por mí”. Salió de casa sola, hacia la hora del ocaso… ¡Cuánto oré para que no se encontrase con ninguno que le estorbara venir aquí, para que comprendiera tu palabra, para que lograse definitivamente estrangular al monstruo que la esclaviza!… Mira: me he puesto tu cinturón, bien ceñido debajo de los otros; cuando sentía la opresión del cuero duro en mi cintura, que no está habituada a cinturones tan recios, decía: “El es más fuerte que todo”.Luego vinimos yo y Marcela. Con el carro es poco tiempo. No sé si nos viste entre la gente… Pero, ¡qué dolor, qué espina en el corazón, al no ver a María! Pensaba: “Ha cambiado de idea. Se ha vuelto a casa. O… o ha huido porque no podía resistir mi imposición sobre ella, la que ella misma me había pedido”. Te escuchaba y lloraba bajo mi velo. ¡Tus palabras parecían exactamente para ella… y no las estaba oyendo! Lo pensaba porque no la veía. Volví a casa desconsolada. Es verdad que te he desobedecido, porque me habías dicho: “Si viene, espérala en casa”. Pero considera el estado de mi corazón, Maestro. ¡Era mi hermana, que iba a ti! ¿Podía faltar yo y no verla a tu lado? Además… me habías dicho: “Estará quebrantada”. Quería estar al lado de ella antes, para apoyarla…

Estaba de rodillas, llorando y orando en mi habitación –hacía mucho que había terminado ya la segunda vigilia–, y ella ha entrado tan suavemente, que no me he dado cuenta de su presencia sino cuando se ha arrojado a mí y me ha abrazado fuertemente diciéndome: “Es verdad todo lo que dices, bendita hermana mía; y supera con mucho lo que tú dices, su misericordia es mucho mayor. ¡Oh, Marta mía, ya no es necesario que me tengas sujeta! Ya no me verás ni cínica ni desesperada. Ya no me oirás decir: ‘¡Para no pensar!’. Ahora quiero pensar, sé en qué pensar: en la Bondad hecha carne. Tú rezabas, hermana mía, sin duda rezabas por mí. Pues bien, tienes tu victoria ya en tu puño, tu María, que no quiere pecar más y que renace ahora. Aquí está. Mírala bien a la cara. Porque es una María nueva. Su cara ha sido lavada por el llanto de la esperanza y del arrepentimiento. Puedes besarme, hermana mía pura. Ya no hay señales de amores vergonzosos en mi rostro. El ha dicho que ama mi alma. Porque hablaba a mi alma y de mi alma. La oveja extraviada era yo. Ha dicho… escucha, mira a ver si lo digo bien, tú que conoces el modo de hablar del Salvador…”. Y me ha repetido perfectamente tu parábola.  ¡María es muy inteligente, mucho más que yo! Y sabe recordar. Así, te he oído dos veces; y, si en tu labio esas palabras eran santas y adorables, en el suyo me eran santas, adorables, encantadoras, porque me las decía un labio de hermana, de mi hermana hallada, que había vuelto al redil familiar. Estábamos abrazadas las dos, sentadas en la estera, como cuando éramos niñas y estábamos así en la habitación de nuestra madre, o junto al telar donde ella tejía o bordaba sus espléndidas telas; estábamos así, desaparecida ya la división del pecado, y me parecía como si nuestra madre estuviera también con su espíritu. Llorábamos sin dolor; es más, con una gran paz. Nos besábamos felices… Luego María, cansada por el camino recorrido a pie, por la emoción y muchas otras cosas, se ha dormido entre mis brazos. Con la ayuda de la nodriza la he echado en mi cama… y la he dejado. Luego he venido corriendo aquí»

y Marta besa toda feliz las manos de Jesús.

3 «Yo también te digo lo mismo que te ha dicho María: “Tienes tu victoria en tu puño”. Ve y sé feliz. Ve en paz. Sigue una conducta llena de dulzura y de prudencia para con la renacida. Adiós, Marta. Comunícaselo a Lázaro, que está preocupado allá abajo».

«Sí, Maestro. Pero María ¿cuándo va a venir con nosotras discípulas?».

Jesús sonríe y dice:

«El Creador hizo la creación en seis días y el séptimo descansó».

«Entiendo. Hay que tener paciencia».

«Paciencia, sí. No suspires. Esta también es una virtud. Paz a vosotras, mujeres. Nos volveremos a ver pronto»

y Jesús las deja y se dirige hacia el lugar en que la barca está esperando, en la orilla.

4 Dice Jesús: «Aquí pondréis la visión de la cena en casa del fariseo Simón, del 21–1–44».

236. La cena en casa de Simón el fariseo[1]15 y la absolución a María de Magdala

21 de enero de 1944.

jesus-simon-fariseo-mujer-pecadora1 Para consuelo de mi complejo sufrimiento, y para que olvide las maldades de los hombres, mi Jesús me concede esta delicada contemplación.

Veo una sala riquísima. De su centro pende una valiosa lámpara de muchas boquillas, toda encendida. En las paredes hay tapices bellísimos; hay también sillas taraceadas, revestidas de marfil y ricas láminas; y muebles muy bonitos.

En el centro hay una mesa de grandes dimensiones, formada por cuatro tablas unidas así: [croquis]. La mesa está preparada con esta disposicion a causa de los muchos convidados (todos hombres) y aparejada con bellísimos manteles y rica vajilla.

Hay ánforas y copas preciosas. Muchos son los servidores que se mueven en torno a ella, trayendo manjares y escanciando vinos. En el centro del cuadrado no hay nadie; veo el suelo (es muy bonito y refleja la luz de la lámpara, que es de aceite). Por la parte externa, sin embargo, hay muchos lechos–asiento, todos ocupados por los comensales. Tengo la impresión de estar en el ángulo semioscuro situado en el fondo de la sala, junto a una puerta que está abierta de par en par hacia el exterior, pero, al mismo tiempo, cerrada con una tupida cortina, o tapiz, que cuelga de su dintel.

En el lado más alejado de la puerta, o sea, aquí, [croquis] donde están los dos signos, está el jefe de la casa con los invitados más importantes. Es un hombre más bien anciano, vestido con una amplia túnica blanca ceñida a la cintura con un cinturón recamado. La túnica tiene también, en el cuello, bocamangas y bajos, las orillas bordadas (aplicadas como cintas bordadas; o galones, si prefiere llamarlos así). Pero la cara de este hombre no me gusta: es una cara maligna, fría, soberbia y ávida.

En el lado opuesto, frente a él, está mi Jesús. Le veo de costado, diría que casi por detrás, a espaldas de El. Lleva su habitual túnica blanca, las sandalias, los cabellos bipartidos sobre la frente y largos como siempre.

Noto que tanto El como los demás comensales no se sientan como creía que uno se sentase en esos lechos–asiento, o sea, perperdicularmente respecto a la mesa, sino paralelamente. En la visión de las bodas de Caná no había prestado mucha atención a este detalle; había visto que comían apoyados sobre el codo izquierdo, pero me parecía que estaban menos echados (quizás porque los lechos eran menos lujosos y mucho más cortos). Estos son verdaderos lechos, asemejan a los modernos divanes de tipo turco.

Jesús tiene a su lado a Juan y, dado que Jesús está apoyado con el codo izquierdo (como todos), resulta que la posición de los dos es así: [croquis]. O sea, que Juan está metido entre la mesa y el cuerpo del Señor; llega con su codo a la altura de la ingle del Maestro, de modo que no le estorba a Jesús para comer y puede, si quiere, apoyarse confidencialmente en su pecho.

No hay ninguna mujer. Todos hablan. El dueño de la casa, de vez en cuando, con afectada condescendencia y evidente ostentación de complacencia, se dirige a Jesús (se ve claramente que quiere demostrarle –y demostrárselo a todos los presentes– que le ha hecho un gran honor invitándole a su rica casa, a El, un pobre profeta a quien se le considera, incluso, un poco exaltado)… Veo que Jesús responde con cortesía y sosiego.

A quien le pregunta, le sonríe con su leve sonrisa; pero, si quien le habla es Juan –o aunque sólo le mire–, entonces su sonrisa es luminosa.

2       Veo que alguien descorre la rica cortina que cubre el vano de la puerta. Entra una mujer joven, guapísima, ricamente vestida, peinada con esmero. Su abundantísima cabellera rubia forma sobre su cabeza un verdadero ornamento de mechones artísticamente entrecruzados; tan abundante es y tanto resplandece, que parece como si llevara un yelmo de oro labrado todo en relieve. Su indumento, si lo comparo con el que le he visto siempre a la Virgen María, diría que es muy excéntrico y complicado.

Hebillas en los hombros, joyas para sujetar los frunces de la parte superior del pecho, cadenitas de oro para delinear el pecho mismo, cinturón hecho de bullones de oro y gemas. Es un vestido audaz, que hace resaltar las líneas del bellísimo cuerpo de la mujer. En la cabeza lleva un velo, tan fino que… no vela nada; es sólo un detalle añadido a sus gracias, nada más. Calzan sus pies sandalias rojas muy ricas, de piel, con hebillas de oro, sujetas con lazos a la altura del tobillo.

Todos, menos Jesús, se vuelven a mirarla. Juan la observa un instante y luego se vuelve hacia Jesús. Los demás fijan su mirada en ella con visible y maligno deseo. Pero la mujer no los mira en absoluto, ni se preocupa del murmullo que ha levantado su presencia ni de las señas que hacen todos, excepto Jesús y el discípulo. Jesús se comporta como si no se hubiera dado cuenta de nada; sigue hablando hasta terminar la conversación que había entablado con el dueño de la casa.

La mujer va hacia Jesús, se arrodilla junto a los pies del Maestro. Deja en el suelo un pequeño recipiente de forma de ánfora de panza muy marcada, se quita el velo de la cabeza sacando el alfiler precioso que lo tenía prendido al pelo, se saca de los dedos los anillos, y deposita todo encima del lecho–asiento, junto a los pies de Jesús; luego toma entre sus manos los pies, primero el derecho, luego el izquierdo, desata las sandalias y los posa de nuevo en el suelo; luego, prorrumpiendo en grandes sollozos, besa estos pies, apoya en ellos su frente, se los acaricia para sí, y las lágrimas caen como una lluvia, que brilla bajo la llama de la lámpara y que recorre, formando hilos, la piel de estos pies adorables.

3       Jesús vuelve –casi nada– lentamente la cabeza, y su mirada azul obscura se deposita un instante sobre la cabeza vencida. Es una mirada absolutoria. Luego vuelve a la posición de mirar hacia el centro, mientras deja a la mujer que se desahogue libremente.

Los demás, no; ellos se intercambian comentarios mordaces, señas, sonrisas malignas. El fariseo se pone un momento en posición de sentado, para ver mejor; su mirada es entre ávida, preocupada e irónica: ávida de la mujer (este sentimiento es patente); preocupada por el hecho de que la mujer haya entrado con tanta libertad, lo cual podría hacer pensar a los otros que la recibe frecuentemente en su casa; irónica respecto a Jesús…

Pero la mujer no se percata de nada. Llora a mares, aunque sin gritos; sólo lagrimones y alguno que otro suspiro. Luego se suelta los cabellos, extrayendo las horquillas de oro que sostenían el complejo peinado. Deposita también estas horquillas al lado de los anillos y del alfiler de cabeza. Las madejas de oro se despliegan recorriendo la espalda de la mujer. Coge sus cabellos con las dos manos, se los lleva al pecho y los pasa por los pies mojados de Jesús, hasta que los ve secos. Luego mete sus dedos en la pequeña vasija y saca una pomada levemente amarillenta y olorosísima.

Un perfume entre de azucena y nardo se propaga por toda la sala. La mujer extrae sin escatimar; extiende, unta, besa, acaricia.

Jesús, de tanto en tanto, la mira lleno de amorosa piedad. Juan, que se había vuelto sorprendido al oír el estallido de llanto, no sabe separar la mirada del grupo de Jesús y la mujer y mira alternativamente a uno y otro. La cara del fariseo tiene una expresión cada vez más desabrida.

4       Oigo aquí las ya conocidas palabras del Evangelio, las oigo acompañadas de un tono y una mirada que le hacen agachar la cabeza al viejo resentido.

Oigo las palabras de absolución a la mujer, que se ha enrollado el velo alrededor de la cabeza, quedando más o menos recogida su cabellera despeinada, y ahora se marcha dejando a los pies de Jesús sus joyas. Jesús, al decirle:

«Ve en paz»,

le pone un instante la mano sobre su cabeza inclinada. Pero lo hace con grandísima dulzura.

 

«Se perdona mucho a quien ama mucho»

5 Jesús ahora me dice:

«Lo que le ha hecho bajar la cabeza al fariseo –y también a sus compañeros–, y que no está escrito en el Evangelio, han sido las palabras que mi espíritu, a través de mi mirada, ha lanzado y clavado en esa alma yerma y ávida. He respondido mucho más de lo que está escrito, porque ningún pensamiento de los hombres me estaba celado. Y él ha entendido mi mudo lenguaje, más cargado aún de reproche que cuanto lo estaban mis palabras.

Le he dicho: “No. No hagas insinuaciones malvadas para justificarte ante ti mismo. Yo no tengo tu lujuria. Esta mujer no viene a mí por atracción sensual. Yo no soy tú, ni soy como tus semejantes. Viene a mi porque mi mirada y mi palabra, oída por pura coincidencia, le han iluminado el alma en que la lujuria había creado tinieblas. Y viene porque quiere vencer sobre la carne y ha comprendido, ¡pobre criatura!, que por sí sola no lo lograría nunca. Ella ama en mí el espíritu, nada más que el espíritu, que siente sobrenaturalmente bueno. Después de tanto mal como ha recibido de todos vosotros, que os habéis aprovechado de su debilidad para vuestros vicios, correspondiéndole luego con los latigazos de vuestro desprecio, viene a mí porque percibe que ha encontrado el Bien, la Alegría, la Paz, que inútilmente ha buscado entre las pompas del mundo. Procúrate la curación de esta lepra tuya de alma, ¡Oh, fariseo hipócrita!, y recta visión en las cosas; depón la soberbia de la mente y la lujuria de la carne. Estas son lepras mucho más fétidas que las de vuestro cuerpo. De estas últimas mi toque os puede curar porque por ellas me invocáis, pero de la lepra del espíritu no, porque no queréis liberaros de ella porque os gusta.

Esta mujer, sin embargo, sí quiere. Por eso Yo la limpio, por eso la libero de las cadenas de su esclavitud. La pecadora ha muerto, ha quedado allí, en los adornos que ella se avergüenza de ofrecerme para que los santifique usándolos para atender mis necesidades y las de mis discípulos, para los pobres a quienes socorro con lo que a otros les es superfluo; porque se da el caso de que Yo, Dueño del universo, ahora que soy el Salvador del hombre, no poseo nada. Ella está allí, en el perfume con que ha ungido mis pies, disminuido –como sus cabellos– en esa parte del cuerpo que tú no te has dignado refrescar con el agua de tu pozo, después de que he recorrido tanto camino para venir a traerte también a ti luz. La pecadora ha muerto, y ha renacido María, que ahora, por su vivo dolor y recto amor, tiene nuevamente la hermosura de una púdica muchacha. Ella se ha lavado en su llanto. En verdad te digo, fariseo, que entre éste, que me ama con su juventud pura, y ésta, que me ama con la sincera contrición de un corazón renacido a la Gracia, no establezco diferencia, y que al Puro y a la Arrepentida les confío una misión, respectivamente: comprender mi pensamiento como nadie y dar a mi Cuerpo los últimos honores y el primer saludo (no cuento el saludo especial de mi Madre) cuando resucite”.

Esto es cuanto quería decir con mi mirada al fariseo. 6 Pero a ti te manifiesto otra cosa, para alegría tuya y de muchos.

En Betania[2]16, María repitió este gesto que signó el alba de su redención. Hay gestos personales que se repiten, y que denuncian el estilo propio de una persona. Son gestos inconfundibles. En Betania, de todas formas –y ello era justo– el gesto fue menos humillante y más confidencial, dentro de su actitud de reverente adoración. Mucho había caminado María desde aquel amanecer de su redención. Mucho. El amor, como viento veloz, la había impulsado consigo hacia arriba y hacia delante; el amor, como una hoguera, la había devorado y había destruido en ella la carne impura, y había proclamado señor en ella a un espíritu purificado. María, distinta por su renacida dignidad de mujer, distinta en su vestido, sencillo como el de mi Madre, y en su peinado; de mirada sencilla, de actitud sencilla, de palabra sencilla y nueva, ahora me honraba con el mismo gesto, pero de forma nueva: cogió el último de sus vasos de perfume, que había reservado para mí; me lo esparció sobre los pies, sin llanto, con mirada dichosa, por el amor y la seguridad de haber sido perdonada, y también sobre mi cabeza. Ahora María podía, sí, ungirme y tocarme la cabeza. El arrepentimiento y el amor la habían purificado con el fuego de los serafines, y ella misma era un serafín.

7 Dítelo a tí misma, María, mi pequeña “voz, díselo a las almas. Ve, díselo a las almas que no se atreven a venir a mi porque se sienten culpables. Mucho, mucho, mucho se le perdona a quien mucho ama, a quien mucho me ama. ¡No sabéis, pobres almas, cómo os ama el Salvador! No tengáis miedo de mí. Venid. Con confianza. Con coraje. Que Yo os abro el Corazón y los brazos.

Recordad siempre esto: “No establezco diferencia entre aquel que me ama con su pureza íntegra y aquel que me ama en la sincera contrición de un corazón renacido a la Gracia”. Soy el Salvador. No lo olvidéis nunca.

Ve en paz. Te bendigo».

 

Consideraciones sobre la conversión de María Magdalena

22 de enero de 1944.

8        Durante todo el día de hoy no he dejado de pensar en el dictado de Jesús de ayer tarde, y en todo lo que veía y comprendía y no había dicho.

Le digo, haciendo una digresión, que los temas de que hablaban los comensales –por lo que respecta a los que yo comprendía, o sea, aquellos que iban más específicamente dirigidos a Jesús– trataban sobre hechos de actualidad: los romanos; la Ley, que encontraba oposición en los romanos; también la misión de Jesús como Maestro de una nueva escuela. Pero, detrás de la aparente benevolencia, se comprendía que eran preguntas viciosas y capciosas, para embrollarle (cosa no fácil, porque Jesús, con pocas palabras, daba una respuesta precisa y concluyente a cada una de las cuestiones).

Por ejemplo, a la pregunta sobre cuál fuera en concreto la escuela o secta de que se había hecho nuevo maestro, respondió sencillamente:

«De la escuela de Dios. Es a El a quien sigo en su santa Ley; de Dios me preocupo, para hacer que estos pequeñuelos –y miraba con amor a Juan, y en Juan a todos los rectos de corazón– la tengan renovada en toda su esencia, tal como era el día en que el Señor la promulgara en el Sinaí[3]17. Devuelvo a los hombres a la Luz de Dios».

A otra pregunta, sobre qué pensaba del abuso del César, que se había hecho dominador de Palestina, había respondido:

«César es lo que es porque así lo quiere Dios. Recuerda lo que dice el profeta Isaías[4]18. ¿No llama, acaso, a Asur, por inspiración divina, “bastón” de su cólera, vara que azota al pueblo de Dios, que se ha separado demasiado de El y finge externamente y en su espíritu? ¿Y no dice que, después de usarle como castigo, le quebrantará, porque abusará de su misión siendo demasiado soberbio y cruel?».

Estas son las dos respuestas que más me han impresionado.

9 Y esta noche mi Jesús me dice sonriendo:

«Te debería llamar como a Daniel[5]19. Eres la mujer de los deseos, te amo porque deseas intensamente a tu Dios. Podría seguir diciéndote lo que mi ángel dijo a Daniel: “No temas, porque desde el primer día en que aplicaste tu corazón a comprender y a afligirte en la presencia de Dios, han sido escuchadas tus oraciones; por ellas he venido”. Mas no te está hablando el ángel; soy Yo: Jesús. María: siempre que una persona “aplica su corazón a comprender”, Yo me acerco. No soy un Dios duro y severo. Soy Misericordia viva. Más rápido que el pensamiento me acerco a quien a mí se vuelve. 10 Y me acerqué veloz con mi espíritu también a la pobre María de Magdala, tan inmersa en su pecar, en cuanto sentí que surgía en ella el deseo de comprender: comprender la luz de Dios y su estado de tinieblas; y me hice Luz para ella.

Hablaba a muchos aquel día, pero verdad es que hablaba para ella sola. Sólo la veía a ella, que se había acercado movida por un violento repente de su alma, que se rebelaba contra la carne que la tenía sujeta. Sólo la veía a ella, con su rostro atormentado, con su forzada sonrisa, que escondía, bajo apariencia de falsa seguridad y alegría, que no eran sino desafío al mundo y a sí misma, mucho llanto íntimo. Sólo la veía a ella, mucho más enredada en las zarzas que la oveja extraviada de la parábola; a ella, que se anegaba en la náusea de su vida, náusea que emergía como esos embates profundos que sacan consigo el agua del fondo.

No dije grandes palabras, ni toqué un tema referido a ella, pecadora bien conocida, para no humillarla y obligarla a huir, a avergonzarse o a venir. La dejé tranquila. Dejé que mi palabra y mi mirada descendieran a su interior y que allí fermentasen para hacer de aquel impulso de un momento su glorioso futuro de santa. Hablé con una de las más dulces parábolas, rayo de luz y bondad emanado exactamente para ella. 11 Y aquella noche, mientras ponía pie en casa del rico soberbio –en quien mi palabra no podía fermentar para transformarse en futura gloria, pues la mataba la soberbia farisaica–, ya sabía que ella vendría, después de haber llorado mucho en su habitación de vicio, después de haber decidido, a la luz de ese llanto, su futuro.

Los hombres, devorados por la lujuria, al verla entrar, se estremecieron en la carne y acusaron con el pensamiento. Todos la desearon, excepto los dos “puros” del convite: Yo y Juan. Todos pensaron que venía por uno de esos fáciles caprichos que –verdadera posesión diabólica– la arrojaban a repentinas aventuras. Pero Satanás ya estaba vencido. Y todos, con envidia, pensaron, viendo que no se dirigía a ellos, que era Yo por quien venía. El hombre, cuando no es sino hombre de carne y sangre, mancha siempre hasta las cosas mas puras. Sólo los puros ven bien, porque el pecado no les turba el pensamiento.

12 Pero, María, no debe ser motivo de abatimiento el que el hombre no comprenda. Dios comprende, y es suficiente para el Cielo. La gloria que viene de los hombres no aumenta ni en un gramo la gloria que es destino de los elegidos en el Paraíso. Recuérdalo siempre.

La pobre María de Magdala fue siempre mal juzgada en sus actos buenos; no lo había sido en sus malas acciones, porque eran bocados de lujuria ofrecidos a la insaciable hambre de los lascivos. Fue criticada y juzgada mal en Naím, en casa del fariseo; criticada y objeto de reproche en Betania, en su casa. Pero Juan, diciendo una gran palabra, da la clave de esta última crítica: “Judas… porque era ladrón”[6]20. Yo digo: “El fariseo y sus amigos porque eran lujuriosos”. ¿Ves? La avidez de la carne, la avidez por el dinero, alzan su voz y critican el acto bueno. Los buenos no critican. Nunca. Comprenden. Pero, repito, no importa la crítica del mundo; lo que importa es el juicio de Dios».

[1] 15 Cfr. Lc. 7, 36–50.

[2] 16 en el capítulo 586.     

[3] 17 Cfr. Ex. 19, 16 – 20, 21; Deut. 5, 1–22

[4] 18 Cfr. Is. 10, 5.

[5] 19 Dan. 9, 23; 10, 11 y 19

[6] 20 Cfr. Ju. 12, 1–8.

 

5/6/2016 Evangelio según San Lucas 7,11-17.

Décimo domingo del tiempo ordinario

Santo(s) del día : San Bonifacio de Maguncia
image Saber más cosas a propósito de los Santos del día

Lecturas

Todos  nosotros sabemos que la Pasión del Señor comenzó desde el momento que se hizo carne en el seno de la virgen. Los evangelios nos muestran en muy pocos pasajes las emociones íntimas de Él, como cuando maldijo la higuera, o lloró al ver Jerusalén desde el monte de los Olivos…

En este pasaje tenemos el privilegio de conocer uno de esos momentos en el verso 4, que muestra el amor de un Dios por una madre.

Segundo año de la Vida Pública de Jesús

189. En Naím. Resurrección del hijo de una viuda[1]102.

14 de junio de 1945.

naim1       Naím debía tener una cierta importancia en tiempos de Jesús. No es muy grande pero está bien construida. La ciñen muros. Se asienta sobre una baja y risueña colina (un ramal del Pequeño Hermón, que domina desde lo alto la fertilísima llanura abierta hacia el noroeste).

Para llegar a ella, viniendo de Endor, hay que atravesar un riachuelo afluente del Jordán. Desde aquí ya no se ve este último –y ni siquiera su valle– pues lo ocultan unas colinas que dibujan un arco en forma de signo de interrogación abierto hacia el Este.

Jesús camina en dirección a esta ciudad, por un camino de primer orden que comunica las regiones del lago con el Hermón y sus pueblos. Tras El van muchos habitantes de Endor, verdaderamente locuaces.

La distancia que separa al grupo apostólico de los muros de la ciudad es ya muy poca: unos doscientos metros, no más. Dado que el camino va derecho a meterse por una de las puertas de la ciudad, y dado, además, que la puerta está totalmente abierta –es pleno día–, se puede ver todo lo que está sucediendo en la zona inmediatamente situada al otro lado de los muros; es así que Jesús, que iba hablando con los apóstoles y con el nuevo convertido, ve venir, en medio de un gran revuelo de plañideras y de otras manifestaciones orientales de este tipo, un cortejo fúnebre.

«¿Vamos a ver, Maestro?» dicen muchos (ya muchos de los habitantes de Endor se han precipitado a la puerta para mirar).

«Bueno, vamos» dice Jesús condescendiendo.

«Debe ser un niño; ¡fíjate cuántas flores y cuántas cintas hay sobre la camilla!» dice Judas de Keriot a Juan.

«O quizás una virgen» responde Juan.

«No –dice Bartolomé–, sin duda es un muchachito joven, por los colores que han puesto; además faltan los mirtos…».

El cortejo fúnebre ya está fuera de la ciudad. No es posible ver lo que hay en la camilla, que va en alto, llevada a hombros; sólo por el relieve que hace, se intuye un cuerpo extendido, fajado, tapado con una sábana, y se comprende que es un cuerpo que ya ha alcanzado su completo desarrollo, porque ocupa toda la largura de la camilla.

A su lado, una mujer velada, ayudada por parientes o amigas, camina llorando: es el único llanto sincero en toda esa comedia de plañideras. Y si uno de los que llevan las andas tropieza con una piedra, o hay un agujero o una pequeña elevación del suelo, de forma que la camilla sufre una violenta oscilación, la madre gime:

«¡No, no, despacio; mi niño ha sufrido mucho!»

y levanta una de sus temblorosas manos y acaricia el borde de la camilla –más no puede–, y, no pudiendo efectivamente más, besa los ondeantes velos y las cintas que el viento a veces agita, y que acarician la forma inmóvil.

«Es la madre» dice Pedro, compungido y con un brillo de llanto en sus ojos sagaces y buenos.

Pero no es el único que tiene bañados los ojos por esa congoja: al Zelote, a Andrés, a Juan y hasta a Tomás, que siempre está alegre, les brillan los ojos. Todos, todos están conmovidos. Judas Iscariote dice en voz baja:

«¡Si fuera yo… pobrecilla mi madre…!».

2       Jesús, con una dulzura en sus ojos tan profunda que se hace irresistible, se dirige hacia la camilla.

La madre, sollozando ahora más intensamente porque el cortejo se prepara a girar en dirección al sepulcro abierto, en su delirio –¡quién sabe de qué tiene miedo!– aparta con violencia a Jesús al ver que hace ademán de tocar la camilla, y grita:

«¡Es mío!» y mira a Jesús con ojos de loca.

«Ya sé que es tuyo, madre».

«¡Es mi único hijo! ¿Por qué le ha tenido que llegar la muerte?; ¿por qué a él, que era bueno, que era encantador, que era la alegría de esta viuda? ¿Por qué?».

La comparsa de las plañideras aumenta su pagado llanto para hacer coro a la madre, que continúa:

«¿Por qué él y no yo? No es justo que quien ha dado la vida vea perecer al fruto de su vientre. El fruto debe vivir, porque, si no, ¿qué sentido tiene el que estas entrañas se desgarren para dar a luz a un hombre?»

y, violenta y desesperada, se golpea el vientre.

«¡No, así no! ¡No llores, madre!».

Jesús le coge las manos, se las aprieta fuertemente, se las sujeta con su mano izquierda mientras con la derecha toca la camilla, y dice a los que la llevan: «Deteneos. Ponedla en el suelo».

Los hombres obedecen y bajan la camilla, que queda apoyada en el suelo sobre sus cuatro patas.

Jesús coge la sábana que cubre al muerto y la echa hacia atrás, quedando así descubierto el cadáver.

La madre grita su dolor, creo que con el nombre de su hijo:

«¡Daniel!».

Jesús sigue teniendo en su mano las manos maternas. Se yergue, imponente con su mirada centelleante – en su rostro, la expresión de los milagros más poderosos – y baja la mano derecha mientras dice con toda la fuerza de su voz:

the2bresurrection2bof2bthe2bwidows2bson2bat2bnain2bla2brc3a9surrection2bdu2bfils2bde2bla2bveuve2bde2bnac3afm«¡Muchacho, Yo te lo digo: álzate!».

3       El muerto, así como está, todavía fajado, se incorpora en la camilla y llama a su madre:

«¡Mamá!».

La llama con la voz balbuciente y llena de miedo propia de un niño aterrorizado.

«Es tuyo, mujer. Te lo restituyo en nombre de Dios. Ayúdale a liberarse del sudario. Sed felices».

Jesús hace ademán de retirarse. ¡Ya, ya!… La muchedumbre le inmoviliza junto a la camilla. La madre está literalmente volcada hacia la camilla, forcejeando entre las vendas para tardar lo menos posible, ¡lo menos posible!, mientras el lamento infantil, implorante, se repite:

«¡Mamá! ¡Mamá!».

Desenmarañado el sudario y las vendas, madre e hijo se pueden abrazar, y lo hacen sin tener en cuenta los bálsamos pegajosos. La madre quita del amado rostro y las amadas manos, con las mismas vendas, esos bálsamos, y luego, no teniendo con qué vestirle de nuevo, se quita el manto y con él le envuelve; y todo sirve para acariciarle…

4       Jesús la mira, observa este grupo de amor abrazado al lado de los bordes de la camilla, que ahora ya no es fúnebre… y llora. Judas Iscariote ve este llanto y pregunta:

«¿Por qué lloras, Señor?».

Jesús vuelve su rostro hacia él y dice:

«Pienso en mi Madre…».

El breve coloquio llama de nuevo la atención de la mujer hacia su Benefactor. Coge a su hijo de la mano, sujetándole, porque es como uno que tuviera todavía entumecidos los miembros, y, arrodillándose, dice:

«Tú también, hijo mío, bendice a este Santo que te ha devuelto a la vida y a tu madre»

y se inclina para besar la túnica de Jesús. Mientras, la muchedumbre alaba jubilosa a Dios y a su Mesías (ya le conocen como tal porque los apóstoles y los habitantes de Endor se han encargado de decir quién es el que ha obrado el milagro).

El gentío prorrumpe en alabanzas:

«¡Bendito sea el Dios de Israel! ¡Bendito sea el Mesías, su Enviado! ¡Bendito sea Jesús, Hijo de David! ¡Un gran Profeta se ha alzado en medio de nosotros! ¡Verdaderamente Dios ha visitado a su pueblo! ¡Aleluya! ¡Aleluya!».

5       Por fin Jesús puede librarse de la apretura de la gente y entrar en la ciudad. Pero la muchedumbre le sigue, le persigue, con amor exigente.

Se acerca un hombre, que saluda con toda reverencia.

«Te ruego que te alojes en mi casa».

«No puedo: la Pascua me prohibe cualquier detención aparte de las establecidas».

«Faltan pocas horas para la puesta del Sol, y es viernes…».

«Precisamente eso: antes del ocaso debo llegar a mi etapa. De todas formas, gracias. Pero no me retengas».

«Soy el jefe de la sinagoga».

«Con lo cual me estás diciendo que tienes derecho a ello. Mira, hombre, habría sido suficiente que hubiera llegado una hora más tarde para que esa madre no hubiera recuperado a su hijo. Voy a otros desdichados que también me esperan. No retardes, por egoísmo, su alegría. Vendré en otra ocasión y estaré contigo, en Naim, unos días. Ahora déjame seguir mi camino».

El hombre no sigue insistiendo; se limita a decir:

«Lo has dicho. Te espero».

«Sí. La paz sea contigo y con los habitantes de Naím; y también a vosotros, de Endor, paz y bendición. Volved a vuestras casas. Dios os ha hablado a través del milagro. Haced que en vosotros se produzcan, como consecuencia del amor, tantas resurrecciones en orden al Bien cuanto es el número de los corazones».

Una última, unánime, exultación de la multitud, para después dejar a Jesús que continúe su camino.

El atraviesa diagonalmente la ciudad y sale hacia los campos, en dirección a Esdrelón.

[1] 102 Cfr. Lc. 7, 11–16.