29/5/2016 Evangelio según San Lucas 9,11-17.

Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

Santo(s) del día : San Felix Zaragoza,  Santa Úrsula Ledóchowska
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Lecturas

Segundo año de la Vida Pública de Jesús

273. La primera multiplicación de los panes[1]109.

7 de septiembre de 1945.

Lunes, 28 de agosto 28 (18 Elul)

273 11       Sigue siendo el mismo lugar. Sólo que el Sol ya no viene de oriente, filtrándose por entre el boscaje que bordea el Jordán en este lugar agreste situado junto al desagüe del lago en el lecho del río; viene, igualmente oblicuo, pero de occidente, y va declinando en medio de una gloria de rojo, rasgando el cielo con el sable de sus últimos rayos. Bajo el tupido follaje, ya la luz está muy atenuada y tiende a las equilibradas tonalidades del atardecer. Los pájaros, embriagados del sol habido durante todo el día, del alimento arrebatado a los limítrofes campos, se abandonan a una algazara de gorjeos y cantos en las copas de los árboles, La tarde se pone con las pompas finales del día.

Los apóstoles se lo hacen notar a Jesús, que siempre adoctrina según los temas que le exponen.

«Maestro, la noche se acerca. Este lugar es un desierto, lejos de casas y pueblos, umbrío y húmedo. Dentro de poco aquí ya no será posible vernos, ni andar. La Luna se alza tarde. Despide a la gente para que vaya a Tariquea o a los pueblos del Jordán para comprarse comida y buscar alojamiento».

«No es necesario que se vayan. Dadles vosotros de comer. Pueden dormir aquí, como durmieron mientras me esperaban».

«No nos han quedado más que cinco panes y dos peces, Maestro, ya lo sabes».

«Traédmelos».

«Andrés ve a buscar al niño, que está vigilando la bolsa. Poco antes estaba con el hijo del escriba y otros dos más, fabricándose unas coronitas de flores jugando a los reyes».

2       Andrés va con diligencia. También Juan y Felipe se ponen a buscar a Margziam entre la muchedumbre, que continuamente se mueve. Le encuentran casi al mismo tiempo, con su bolsa de las provisiones en bandolera, un sarmiento de clemátide arrollado en torno a la cabeza y un cinturón, también de clemátide, en que pende, haciendo de espada, un nudo: la empuñadura es el nudo propiamente dicho; la hoja, el tallo de caña de éste. Con él están otros siete, igualmente ataviados, y hacen de cortejo al hijo del escriba, un gracilísimo niño de mirada muy seria, como de quien ha sufrido mucho, el cual, más adornado que los otros, hace de rey.

«Ven, Margziam. ¡El Maestro te requiere!».

273 2Margziam deja plantados a los amigos y va rápidamente, sin quitarse siquiera sus… distintivos florales. Pero le siguen también los otros. Pronto Jesús se ve circundado de una coronita de niños enguirnaldados de flores. Los acaricia mientras Felipe saca de la bolsa un envoltorio con pan dentro y en cuyo centro hay, a su vez envueltos, dos peces grandes: dos kilos de pescado, poco más. Insuficientes incluso para los diecisiete –es más, dieciocho con Manaén– de la comitiva de Jesús. 3 Llevan estos alimentos al Maestro.

«Bien. Ahora traedme unos cestos. Diecisiete, como cuantos sois vosotros. Margziam dará la comida a los niños…».

Jesús mira fijamente al escriba, que ha estado siempre a su lado, y le pregunta: «¿Quieres dar también tú la comida a quienes tienen hambre?».

«Me gustaría. Pero yo también estoy sin comida».

«Te concedo que des de lo mío».

«Pero… ¿pretendes dar de comer a unos cinco mil hombres, además de las mujeres y los niños, con esos dos peces y esos cinco panes?».

«Sin duda. No seas incrédulo. Quien cree habrá de ver el cumplimiento del milagro».

«¡Oh, entonces sí que quiero repartir el alimento también yo!».

«Que te den un canasto a ti también».

Vuelven los apóstoles con canastos y cestas (anchas y bajas u hondas y estrechas). Y vuelve el escriba con un cesto más bien pequeño. Se comprende que su fe o su incredulidad le han hecho elegir ése como el máximo.

«Está bien. Poned todo aquí delante. Disponed que se siente con orden la muchedumbre; en lo posible, regladamente».

Mientras esto se lleva a cabo, Jesús alza el pan –encima del pan, los peces–. Ofrece, ora, bendice. El escriba no quita ni un instante de El sus ojos. Luego Jesús divide los cinco panes en dieciocho partes, y los dos peces en dieciocho partes, y pone un trozo de pez –un trocito bien mísero– en cada uno de los canastos. Trocea los dieciocho pedazos de pan: cada pedazo en muchos trozos (muchos relativamente: no más de unos veinte). Cada pedazo troceado en un canasto, con el trozo de pez.

«Y ahora tomad y ofreced hasta la saciedad. Empezad. 4 Ve, Margziam, a dárselo a tus compañeros».

«¡Huy, cuánto pesa!»

dice Margziam al levantar su canasto, y se dirige en seguida hacia sus pequeños amigos, caminando como quien lleva un peso. Los apóstoles, los discípulos, Manaén, el escriba, le ven alejarse, perplejos… Luego cogen los canastos y, meneando la cabeza, se dicen unos a otros:

«¡El niño está de broma! No pesan más que antes».

273 3El escriba mira incluso dentro y, dado que ya allí, en la espesura en que está Jesús, no hay mucha luz –no así más allá, en el calvero, donde todavía hay buena luz–, mete la mano para palpar el fondo.

No obstante, a pesar de la constatación, se encaminan hacia la gente y empiezan a repartir. Dan, dan, dan… De vez en cuando vuelven la cabeza asombrados, cada vez más lejanos, hacia Jesús, el cual, con los brazos cruzados, apoyado en un árbol, sonríe finamente por el estupor de ellos.

La repartición es larga y abundante… El único que no muestra estupor es Margziam, que ríe feliz de poder llenar de pan y pescado el regazo de tantos niños pobres. Es también el primero que vuelve donde Jesús, y dice:

«¡He dado mucho, mucho, mucho!… porque sé lo que es el hambre…»,

y levanta esa carita suya, que ya no se ve demacrada pero que, al recordar, palidece y abre los ojos como platos… Pero Jesús, su Maestro y Protector, le acaricia, y vuelve a sonreír luminosamente ese rostro niño que, confiado, se apoya sobre El.

Poco a poco van volviendo los apóstoles y los discípulos, enmudecidos de estupor. El último en volver es el escriba, que no dice nada; pero hace un gesto que es más que un discurso: se arrodilla y besa el borde de la túnica de Jesús.

«Tomad vuestra porción y dadme un poco a mí. Comamos el alimento de Dios».

Comen, efectivamente, pan y pescado, cada uno según su necesidad…

5       Entretanto la gente, sacia, intercambia sus impresiones. También los que están en torno a Jesús rompen a hablar observando a Margziam que, terminando su pescado, juega con otros niños.

«Maestro» pregunta el escriba «¿por qué el niño ha sentido inmediatamente el peso y nosotros no? Yo incluso he palpado dentro del canasto: seguían siendo los mismos pocos trozos de pan y el único trozo de pescado. He empezado a sentir el peso yendo hacia la muchedumbre. Pero, si hubiera pesado en proporción a cuanto he repartido, habría hecho falta una pareja de mulos para llevarlo, y no el canasto sino un carro, lleno, henchido de comida. Al principio daba escaso… luego me he puesto a dar y a dar, y, para no ser injusto, he vuelto a pasar por donde los primeros, y les he vuelto a dar, porque a los primeros les había dado poco. ¡Ha habido suficiente!».

«Yo también he sentido que se hacia pesado el canasto mientras me encaminaba; en seguida he dado mucho, porque he comprendido que habías hecho un milagro» dice Juan.

«Yo, por el contrario, me he parado y me he sentado para volear en mi regazo el peso y ver… Y he visto muchos panes. Entonces he ido» dice Manaén.

«Yo los he contado incluso, porque no quería quedar en situación ridícula, Eran cincuenta panes pequeños. He dicho: “Se los doy a cincuenta personas y luego regreso”. Y he llevado la cuenta. Pero, llegado a cincuenta, el peso seguía igual. He mirado dentro. Había todavía los mismos. He seguido adelante y he repartido cientos de panes. Pero no disminuían nunca» dice Bartolomé.

«Yo, lo confíeso, no creía. He cogido los trozos de pan y esa migaja de pescado y los miraba diciendo: “¿Y a quién le sirve esto? ¡Es una broma de Jesús…”. Y estaba mirándolos, mirándolos, escondido detrás de un árbol, esperando y desesperando porque crecieran. Pero eran siempre iguales. Estaba para volverme, cuando ha pasado Mateo diciendo: “¡¿Has visto qué hermosos?!”. “¿Qué?” he dicho yo. “¡Pues los panes y los peces…”. “¿Estás loco? Yo sigo viendo trozos de pan”. “Ve a repartirlos con fe y verás”. He echado dentro del canasto esos pocos trozos de pan y he ido a disgusto… Y luego… ¡Perdóname, Jesús, porque soy un pecador!» dice Tomás.

«No. Eres un espíritu del mundo. Razonas como el mundo».

«Entonces también yo, Señor. Tanto que quería dar una moneda junto con el pan pensando: Comerán en otro sitio» dice el Iscariote. «Esperaba ayudarte a salir mejor parado. ¿Qué soy entonces? ¿Cómo Tomás o más todavía?».

«Eres mundo mucho más que Tomás».

«¡Y, sin embargo, pensaba dar limosna para ser Cielo! Eran denarios míos particulares…».

«Limosna a ti mismo, a tu orgullo. Y limosna a Dios. Dios no la necesita y la limosna a tu orgullo es culpa, no mérito».

Judas baja la cabeza y calla.

«Yo pensaba que tendría que desmenuzar ese trozo de pez y esos trozos de pan para que llegaran. Pero no dudaba que serían suficientes como número y como alimento. Una gota de agua que das Tú puede alimentar más que un banquete» dice Simón Zelote.

«¿Y vosotros qué pensabais?» pregunta Pedro a los primos de Jesús.

«Nos acordábamos de Caná… y no dudábamos» dice serio Judas.

«¿Y tú, Santiago, hermano mío, pensabas sólo esto?».

«No. Pensaba que fuera un sacramento, como me dijiste… ¿Es así o me equivoco?».

Jesús sonríe:

«Es y no es. A la verdad que ha dicho Simón, del poder de nutrición en una gota de agua, debe unirse tu pensamiento en orden a una figura lejana. Pero todavía no es un sacramento».

6       El escriba conserva entre sus dedos un pedazo de corteza.

«¿Qué vas a hacer con ello?».

«Un … recuerdo».

«Yo también la conservo. Se la voy a colgar al cuello a Margziam en una pequeña bolsita» dice Pedro.

«Yo se la llevo a nuestra madre» dice Juan.

«¿Y nosotros? Hemos comido todo…» dicen apenados los otros.

«Levantaos. Pasad otra vez con los canastos y recoged lo que ha sobrado. Separad de entre la gente a los más pobres y traédmelos aquí junto con los canastos, y luego id todos, discípulos míos, a las barcas, haceos a la mar e id a la llanura de Genesaret. Yo despido a la gente después de favorecer a los más pobres. Luego os alcanzaré».

Los apóstoles obedecen… y vuelven con doce canastos colmos de restos; los siguen unos treinta mendigos, o personas muy míseras.

«Bien. Podéis marcharos».

Los apóstoles y los de Juan saludan a Manaén y se marchan; obedecen a pesar de estar poco contentos de dejar a Jesús. Manaén espera a despedirse de Jesús cuando ya la muchedumbre, con las últimas luces del día, o se encamina hacia los poblados o busca un sitio para dormir entre los altos y secos juncos. Luego se despide. Antes de él se ha marchado el escriba; es más, uno de los primeros, porque, junto con su hijito, se ha puesto en camino cerrando la fila de los apóstoles.

7       Una vez que todos se han marchado, o que han caído en el sueño, Jesús se levanta, bendice a los que duermen, y a paso lento se dirige hacia el lago, hacia la península de Tariquea, elevada unos metros por encima del lago, cual si fuese un recorte de colina introducido en el lago. Y, llegado a su base, no entrando en la ciudad sino bordeándola, sube el montecillo y se pone en un risco, en oración, frente al azul del lago y al blancor de la noche serena y lunar.

8 Dice Jesús: «Aquí pondréis la visión del 4 de marzo de 1944: Jesús caminando sobre las

aguas».

[1] 109 Cfr. Mt. 14, 13–21; Mc. 6, 30–44; Lc. 9, 10–17; Ju. 6, 1–13.

 

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22/5/2016 Evangelio según San Juan 16,12-15.

 Solemnidad de la Santísima Trinidad

Fiesta de la Iglesia: Solemnidad de la Santísima Trinidad

Santo(s) del día : Santa Rita de Cascia
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Este domingo en la solemnidad de la Santísima Trinidad encontramos este pasaje nuevamente en la la última cena del Señor de la Preparación para la pasión de Jesús. En el verso 34 se halla el pasaje de San Juan.

Preparación para la Pasión de Jesús

600. La última Cena pascual[1]449.

9 de marzo de 1945.

[1] 449 Cfr. Mt. 26, 17–35; Mc. 14, 12–31; Lc. 22, 7–38; Ju. 13–17.

…  34 Ya ninguno me pregunta: “¿A dónde vas?”. La tristeza os hace mudos. Y, no obstante, es bueno también para vosotros que me marche; si no, no vendrá el Consolador. Yo os lo enviaré. Y, cuando venga, a través de la sabiduría y la palabra, las obras y el heroísmo que infundirá en vosotros, convencerá al mundo de su pecado deicida, y de justicia en orden a mi santidad. Y el mundo será netamente dividido en réprobos, enemigos de Dios, y creyentes. Estos serán más o menos santos, según su voluntad. Pero se llevará a cabo el juicio del príncipe del mundo y de sus siervos. Más no puedo deciros, porque todavía no podéis entender. Pero El, el divino Paráclito, os dará la Verdad entera porque no hablará de sí mismo, sino que dirá todo lo que ha oído de la Mente de Dios y os anunciará el futuro. Tomará lo que de mí viene –o sea, aquello que igualmente es del Padre– y os lo dirá…

Enlace 2015

8/5/2016 Evangelio según San Lucas 24,46-53.

Solemnidad de la Ascensión del Señor

Santo(s) del día : Nuestra Señora de Luján
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Lecturas

 

Glorificación de Jesús y María

638. Ultimas enseñanzas en el Getsemaní, despedida y ascensión al Padre.

24 de abril de 1947.

1       Un naciente rosicler de aurora en Oriente. Jesús pasea con su Madre por los escalones de la ladera del Getsemaní. No median palabras, sólo miradas de inefable amor. Quizás ya han sido dichas las palabras, quizás no; han hablado las dos almas: la de Cristo y la de la Madre de Cristo. Ahora lo que hay es contemplación de amor, recíproca contemplación; la conoce la naturaleza asperjada de rocío, y la pura luz matutina; la conocen esas delicadas criaturas de Dios que son las hierbas y las flores, los pájaros y las mariposas. Los hombres están ausentes.

2        Yo incluso me siento como incómoda de estar presente en esta despedida. «¡Señor, no soy digna!» exclamo entre las lágrimas que me caen, mirando la última hora de unión terrena entre la Madre y el Hijo, y pensando que hemos llegado al final de la amorosa fatiga, tanto Jesús como María como el pequeño, indigno niño que Jesús ha querido que fuera testigo de todo el tiempo mesiánico y que se llama María[1]452 (aunque a Jesús le gusta llamarla “el pequeño Juan, o también “la violeta de la Cruz”).

Sí. Pequeño Juan. Pequeño, porque no soy nada. Juan, porque soy verdaderamente aquella a quien Dios ha conferido grandes gracias, y porque, en medida infinitesimal –pero es todo lo que poseo, y, dando todo lo que poseo sé que doy en la medida perfecta que satisface a Jesús, porque es el “todo” de mi nada–, en medida infinitesimal, yo, como el gran Juan predilecto, he dado todo mi amor a Jesús y a María, compartiendo con ellos lágrimas y sonrisas, siguiéndolos angustiada de verlos afligidos y de no poder defenderlos del livor del mundo a costa de mi propia vida, palpitando ahora mi corazón al ritmo de los suyos por lo que termina para siempre… Violeta. Sí. Una violeta que ha tratado de estar escondida entre la hierba para que Jesús no la esquivara –El que amaba todas las cosas creadas por ser obra del Padre suyo–, sino que la calcara con su pie divino, y yo pudiera morir emanando mi tenue perfume en el esfuerzo de suavizarle el contacto con la tierra áspera y dura. Violeta de la Cruz, sí. Y su Sangre ha llenado mi cáliz hasta hacerle plegarse y tocar el suelo…

¡Oh, mi Amado, que, antes, de tu Sangre me has colmado, dándome a contemplar tus pies heridos, clavados al madero “…y al pie de la cruz era yo una plantita de violetas ya abiertas, y caían las gotas de la sangre divina sobre esa plantita de violetas florecidas…”! ¡Recuerdo lejano [2]453, y siempre tan cercano presente! Preparación para lo que después fui: ese portavoz tuyo que ahora está del todo rociado de tu Sangre, de tus sudores y lágrimas, del llanto de María tu Madre; pero que también conoce tus palabras, tus sonrisas, todo, todo acerca de ti; y que ya no emana perfume de violetas, sino el perfume de ti, Amor mío único y solo, ese perfume divino que acunó ayer noche mi dolor y que desciende a mí, delicado como un beso, consolador como el propio Cielo, y me hace olvidar todo para vivir sólo de ti…

3        Tengo tu promesa. Sé que no te perderé. Me lo has prometido y tu promesa es sincera: es de Dios. Te seguiré teniendo. Siempre. Sólo si pecara de soberbia, mentira, desobediencia, te perdería; Tú lo has dicho, pero sabes que, sosteniendo tu Gracia mi voluntad, no quiero pecar, y espero no pecar porque Tú me sostendrás. Sé que no soy una encina. Soy una violeta. Un tallito frágil, que se puede plegar bajo la patita de un pajarillo o por el peso de un escarabajo. Pero Tú eres mi fuerza, Señor. Y el amor por ti es mi ala. No te perderé. Me lo has prometido. Vendrás del todo para mí para traer alegría a tu agonizante violeta. Pero no soy egoísta, Señor. Tú lo sabes. Tú sabes que quisiera dejar de verte yo, con tal de que te vieran muchos otros, y creyeran en ti. A mí ya mucho me has dado, y no soy digna de ello. Verdaderamente me has amado como Tú sólo sabes amar a tus hijos especialmente amados.

4        Pienso en lo dulce que era verte “vivir” como Hombre entre los hombres. Y pienso que dejaré de verte así. Todo ha sido visto y dicho. Sé también que no se borrarán de mi pensamiento tus acciones de Hombre entre los hombres, y que no necesitaré libros para recordarte como realmente fuiste: bastará con que mire dentro de mí, donde toda tu vida está impresa con caracteres indelebles. Pero era dulce, era dulce…

Ahora asciendes… La Tierra te pierde. María de la Cruz te pierde, Maestro Salvador. Te tendrá como Dios dulcísimo, y ya no verterás Sangre, sino celestial miel, en el cáliz violáceo de tu violeta… Lloro… He sido discípula tuya junto a las otras por los caminos montanos, frondosos, o áridos, polvorientos de la llanura, en el lago y en las orillas del bello río, de tu Patria. Ahora te marchas, y sólo en el recuerdo veré Belén y Nazaret sobre sus colinas, verdes por los olivos; y Jericó ardiente de sol, susurradora con sus palmeras; y Betania amiga; y Engadí, perla perdida en medio de los desiertos; y la Samaria hermosa; y las opimas llanuras de Sarón y Esdrelón; y la caprichosa llanura elevada de Transjordania; y la pesadilla del mar Muerto; y las ciudades llenas de sol de la costa mediterránea; y Jerusalén, la ciudad de tu dolor, con sus subidas y bajadas, sus espacios abovedados, sus plazas, sus barrios, pozos y cisternas, colinas e… incluso el triste valle de los leprosos donde tanta misericordia tuya ha sido prodigada… Y la casa del Cenáculo… la fuente que cerca de ella llora… el puentecito sobre el Cedrón, el lugar de tu sudor sanguíneo… el patio del Pretorio…

¡Ah, no! Lo que fue tu dolor está aquí, y aquí permanecerá siempre… Deberé buscar todos los recuerdos para encontrarlos, pero tu oración en el Getsemaní, tu flagelación, tu subida al Gólgota, tu agonía y muerte, y el dolor de tu Madre, no, no habré de buscarlos: están presentes siempre. Quizás los olvide en el Paraíso… y me parece imposible el poder olvidarlos incluso allí… Recuerdo todo lo de esas atroces horas. Recuerdo hasta la forma de la piedra sobre la que caíste, y hasta el capullo de rosa roja que chocaba –y parecía una gota de sangre– contra el granito, contra el cierre de tu sepulcro…

Amor mío divinísimo, tu Pasión vive en mi pensamiento… y a mí se me parte el corazón…

5       La aurora ha surgido completamente. Ya el Sol está alto y los apóstoles hacen oír sus voces. Es una señal para Jesús y María. Se paran. Se miran, el Uno enfrente de la Otra, y luego Jesús abre los brazos y recibe en su pecho a su Madre… ¡Oh, vaya que si era un Hombre, un Hijo de Mujer! ¡Para creerlo basta mirar este adiós! El amor rebosa en una lluvia de besos a su Madre amadísima. El amor cubre de besos al Hijo amadísimo. Parece que no puedan separarse. Cuando ya parece que vayan a hacerlo, otro abrazo los une de nuevo, y, entre los besos, palabras de recíproca bendición… ¡Oh, verdaderamente es el Hijo del Hombre despidiéndose de la Mujer que le generó! ¡Verdaderamente es la Madre que da el adiós –para restituirle al Padre– a su Hijo, la Prenda del Amor a la Purísima!… ¡Dios besando a la Madre de Dios!…

En fin, la Mujer, como criatura, se arrodilla a los pies de su Dios, que es, de todas formas, su Hijo; y el Hijo, que es Dios, impone las manos sobre la cabeza de la Madre Virgen, de la eterna Amada, y la bendice en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y luego se inclina y la alza; en fin, deposita un último beso en la blanca frente como pétalo de azucena bajo el oro de los cabellos (¿tan juveniles todavía!)…

Regresan hacia la casa, y ninguno, viendo con qué serenidad caminan el Uno al lado de la Otra, pensaría en la onda de amor que poco antes los ha desbordado. ¡Pero qué diferencia también, en este adiós, respecto a la tristeza de otras despedidas ya superadas, y respecto a la desgarradora congoja del adiós de la Madre a su Hijo al que habían dado muerte y había que dejarle solo en el Sepulcro!… En esta despedida –aunque los ojos brillen con ese llanto que es natural en quien está para separarse de su Amado– los labios sonríen con la alegría de saber que este Amado va a la Morada que en razón de su Gloria le corresponde…

6 «¡Señor! Afuera están, entre el monte y Betania, todos los que, como habías dicho a tu Madre, querías bendecir hoy» dice Pedro.

«Bien. Ahora vamos donde ellos. Pero antes venid. Quiero compartir con vosotros una vez más el pan».

Entran en la habitación donde diez días antes estaban las mujeres para la cena del decimocuarto día del mes. María acompaña a Jesús hasta allí; luego se retira. Se quedan Jesús y los once.

En la mesa hay carne asada, pequeños quesos y aceitunas pequeñas y negras, un ánfora de vino y otra, más grande, de agua, y panes anchos. Una mesa sencilla, no aparejada para una ceremonia de lujo, sino sólo por la necesidad de nutrirse.

Jesús ofrece y divide. Está en el centro, entre Pedro y Santiago de Alfeo. Los ha llamado El a estos lugares. Juan, Judas de Alfeo y Santiago están frente a El; Tomás, Felipe y Mateo, a un lado; Andrés, Bartolomé y el Zelote, al otro lado. Así, todos pueden ver a su Jesús… Una comida de breve duración, y silenciosa. Los apóstoles, llegado el último día de cercanía de Jesús, y a pesar de las sucesivas apariciones, colectivas o individuales, desde la Resurrección, apariciones llenas de amor, no han perdido ni un momento esa devotísima compostura que ha caracterizado sus encuentros con Jesús Resucitado. La comida ha terminado.

7       Jesús abre las manos por encima de la mesa, con su gesto habitual ante un hecho ineluctable, y dice:

«Bien… Ha llegado la hora en que debo dejaros para volver al Padre mío. Escuchad las últimas palabras de vuestro Maestro[3]454. No os alejéis de Jerusalén en estos días. Lázaro[4], con el cual he hablado, se ha preocupado una vez más de hacer realidad los deseos de su Maestro, y os cede la casa de la última Cena[5]455, para que dispongáis de una casa donde recoger a la asamblea y recogeros en oración. Estad dentro de esta casa en estos días y orad asiduamente para prepararos a la venida del Espíritu Santo, que os completará para vuestra misión.

Recordad que Yo –y era Dios– me preparé con una severa penitencia a mi ministerio evangelizador. Vuestra preparación será siempre más fácil y más breve. Pero no exijo más de vosotros. Me basta con que oréis con asiduidad, en unión con los setenta y dos y bajo la guía de mi Madre, la cual os confío con solicitud filial. Ella será para vosotros Madre y Maestra[6]456, de amor y sabiduría perfectos.

Habría podido enviaros a otro lugar para prepararos a recibir al Espíritu Santo. Pero no. Quiero que permanezcáis aquí. Porque es Jerusalén, la que negó, es Jerusalén la que debe admirarse por la continuación de los prodigios divinos, dados en respuesta a sus negaciones. Después el Espíritu Santo os hará comprender la necesidad de que la Iglesia surja justamente en esta ciudad, la cual, juzgando humanamente, es la más indigna de tener a la Iglesia. Pero Jerusalén sigue siendo Jerusalén, a pesar de estar henchida de pecado y a pesar de que aquí se haya verificado el deicidio[7]457. Nada la beneficiará, Está condenada. Pero, aunque ella esté condenada, no todos sus habitantes lo están[8]458.

Permaneced aquí por los pocos justos que tiene en su seno[9]459;permaneced aquí porque ésta es la ciudad regia y la ciudad del Templo, y porque, como predijeron los profetas, aquí, donde ha sido ungido, aclamado y exaltado el Rey Mesías, aquí debe comenzar su soberanía en el mundo, y aquí, y aquí, en este lugar en que Dios ha dado libelo de repudio a la sinagoga a causa de sus demasiado horrendos delitos, debe surgir el Templo nuevo al que acudirán gentes de todas las naciones.

Leed a los profetas. Todo está en ellos predicho[10]460. Primero mi Madre, después el Espíritu Paráclito, os harán comprender las palabras que los profetas dijeron para este tiempo.

8 Permaneced aquí hasta que Jerusalén os repudie a vosotros como me ha repudiado a mí, hasta que odie a mi Iglesia como me ha odiado a mí y maquine planes para exterminarla. Entonces llevad la sede de esta amada Iglesia mía a otro lugar, porque no debe perecer[11]461. Os digo que ni siquiera el infierno prevalecerá contra ella[12]462. Mas si Dios os asegura su protección, no por ello tentéis al Cielo exigiendo todo del Cielo. Id a Efraín, como fue vuestro Maestro porque no era la hora de que fuera capturado[13]463 por los enemigos. Os digo Efraín para deciros tierra de ídolos y paganos. Pero no será la Efraín de Palestina la que deberéis elegir como sede de mi Iglesia. Recordad cuántas veces –a vosotros congregados o a uno de vosotros individualmente– os he hablado de esto, prediciéndoos que ibais a tener que pisar los caminos de la Tierra para llegar al corazón de ella[14]464 y enclavar allí mi Iglesia. Desde el corazón del hombre, la sangre se propaga a todos los miembros. Desde el corazón del mundo, el cristianismo se debe propagar a toda la Tierra.

Por ahora mi Iglesia es como una criatura ya concebida pero que todavía se está formando en la matriz. Jerusalén es su matriz, y en su interior el corazón, aún pequeño, en torno al cual se congregan los pocos miembros de la Iglesia naciente, envía sus pequeñas ondas de sangre a estos miembros. Pero, cuando llegue la hora señalada por Dios, la matriz madrastra expelerá a la criatura que se habrá formado en su seno y ésta irá a una tierra nueva, donde crecerá y se hará un Cuerpo grande extendido por toda la Tierra, y los latidos del fuerte corazón de la Iglesia se propagarán por todo su gran Cuerpo. Los latidos del corazón de la Iglesia, rotos todos los vínculos de ésta con el Templo, eterna ella y victoriosa sobre las ruinas del Templo finado y destruido, de la Iglesia que vivirá en el corazón del mundo, diciendo a hebreos y gentiles que sólo Dios triunfa y quiere lo que quiere, y que ni el livor de los hombres ni ejércitos de ídolos detienen su voluntad…

Pero esto vendrá después, y cuando llegue sabréis cómo actuar. El Espíritu de Dios os guiará. No temáis. Por ahora congregad en Jerusalén la primera asamblea de los fieles. Luego otras asambleas, a medida que vaya creciendo[15]465 el número de los fieles, se formarán. En verdad os digo que los ciudadanos de mi Reino aumentarán rápidamente como semillas echadas en óptima tierra. Mi pueblo se propagará por toda la Tierra. El Señor dice[16]466 al Señor: “Por haber hecho esto y no haber eludido tu entrega por mí, te bendeciré y multiplicaré tu estirpe como las estrellas del cielo y como las arenas que hay en la playa del mar. Tu descendencia poseerá la puerta de sus enemigos y en ella serán bendecidas todas las naciones de la Tierra”. Bendición es mi Nombre, mi Signo[17]467 y mi Ley, donde son reconocidos como soberanos.

9 Está para venir el Espíritu Santo, el Santificador, y vosotros quedaréis henchidos[18]468 de El. Mirad que estéis puros, como todo lo que debe acercarse al Señor. Yo también era el Señor como El. Pero había revestido mi Divinidad con un velo para poder estar entre vosotros, y no sólo para adoctrinaros y redimiros con los órganos y la sangre de este velo, sino también para que el Santo de los Santos estuviera entre los hombres, eliminando la barrera, para todos los hombres, incluso para los impuros, de no poder depositar la mirada en Aquel al que temen mirar los serafines. Pero el Espíritu Santo vendrá sin velo de carne y se posará sobre vosotros y descenderá a vosotros con sus siete dones y os aconsejará[19]469. Ahora bien, el consejo de Dios es una cosa tan sublime, que es necesario prepararse para él con la voluntad heroica de una perfección que os haga semejantes al Padre vuestro y a vuestro Jesús, y a vuestro Jesús en su relación con el Padre y con el Espíritu Santo. Así pues, caridad y pureza perfectas para poder comprender al Amor y recibirlo en el trono del corazón[20]470.

10 Sumíos en el vórtice de la contemplación. Esforzaos en olvidar que sois hombres y en transformaros en serafines. Lanzaos al horno, a las llamas de la contemplación. La contemplación de Dios es semejante a chispa que salta del choque de la piedra contra el eslabón y produce fuego y luz. Es purificación el fuego que consume la materia opaca y siempre impura y la transforma en llama luminosa y pura.

No tendréis el Reino de Dios en vosotros si no tenéis el amor. Porque el Reino de Dios es el Amor, y aparece con el Amor, y por el Amor se instaura en vuestros corazones en medio de los resplandores de una luz inmensa que penetra y fecunda, disuelve la ignorancia, comunica la sabiduría, devora al hombre y crea al dios, al hijo de Dios, a mi hermano, al rey del trono que Dios ha preparado para aquellos que se dan a Dios para tener a Dios, a Dios, a Dios, a Dios sólo. Sed, pues, puros y santos por la oración ardiente que santifica al hombre porque le sumerge en el fuego de Dios, que es la caridad.

Vosotros debéis ser santos. No en el sentido relativo que esta palabra ha tenido hasta ahora, sino en el sentido absoluto que Yo le he dado proponiéndoos la santidad del Señor como ejemplo y límite, o sea, la santidad perfecta[21]471. Nosotros llamamos santo al Templo, santo al lugar donde está el altar, Santo de los Santos al lugar velado donde está el arca y el propiciatorio. Pero, en verdad os digo que los que poseen la Gracia y viven en santidad por amor al Señor son más santos que el Santo de los Santos, porque Dios no se limita a colocarse sobre ellos –como sobre el propiciatorio del Templo, para dar sus órdenes– sino que mora en ellos, para darles sus amores.

11 ¿Os acordáis de mis palabras de la última Cena? Os prometí el Espíritu Santo. Pues bien[22]472, está para llegar, para bautizaros no ya con agua, como hizo con vosotros Juan preparándoos para mí, sino con el fuego, para prepararos a que sirváis al Señor tal y como El quiere que vosotros le sirváis. Mirad, El estará aquí dentro de no muchos días. Después de su venida vuestras capacidades aumentarán sin medida, y seréis capaces de comprender las palabras de vuestro Rey y hacer la obras que El ha dicho que se hagan, para extender su Reino sobre la Tierra».

«¿Entonces vas a reconstruir, después de la venida del Espíritu Santo, el Reino de Israel?» le preguntan interrumpiéndole.

«Ya no existirá el Reino de Israel, sino mi Reino, que se verá cumplido cuando el Padre ha dicho. No os corresponde a vosotros conocer los tiempos ni los momentos que el Padre se ha reservado en su poder. Pero vosotros, entretanto, recibiréis la virtud del Espíritu Santo, que vendrá a vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en Judea y en Samaria y hasta los confines de la Tierra, fundando las asambleas en los lugares en que estén reunidas personas en mi Nombre; bautizando a las gentes en el Nombre del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo, como os he dicho, para que tengan la Gracia y vivan en el Señor; predicando el Evangelio a todas las criaturas; enseñando lo que os he enseñado; haciendo lo que os he mandado hacer. Y Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.

12 Otra cosa quiero. Que la asamblea de Jerusalén la presida Santiago[23]473, mi hermano[24]474. Pedro, como jefe de toda la Iglesia, deberá emprender a menudo viajes apostólicos, porque todos los neófitos desearán conocer al Pontífice jefe supremo de la Iglesia. Pero grande será el predicamento que, ante los fieles de la naciente Iglesia, tendrá mi hermano. Los hombres son siempre hombres y ven las cosas como hombres. A ellos les parecerá que Santiago sea una continuación de mí, por el simple hecho de ser hermano mío. En verdad digo que es más grande y más semejante al Cristo por la sabiduría que por el parentesco. Pero, así es; los hombres, que no me buscaban mientras estaba en medio de ellos, ahora me buscarán en aquel que es pariente mío. Tú, Simón Pedro… tú estás destinado a otros honores[25]475…».

«Que no merezco, Señor. Te lo dije cuando te me apareciste, y te lo digo, en presencia de todos, una vez más. Tú eres bueno, divinamente bueno, además de sabio, y cabal ha sido tu juicio sobre mí. Yo renegué de ti en esta ciudad. Cabalmente has juzgado que no reúno las condiciones para ser su jefe espiritual. Quieres evitarme muchos vituperios justos…» .

«Todos fuimos iguales, menos dos, Simón. Yo también huí. No es por esto, sino por las razones que he expresado, por lo que el Señor me ha destinado a mí a este puesto; pero tú eres mi Jefe, Simón de Jonás, y como tal te reconozco. En la presencia del Señor y de todos los compañeros, te profeso obediencia. Te daré lo que pueda para ayudarte en tu ministerio, pero, te lo ruego, dame tus órdenes, porque tú eres el Jefe y yo el súbdito[26]476. Cuando el Señor me ha recordado una conversación ya lejana, he agachado la cabeza diciendo: “Hágase lo que Tú quieres”. Esto mismo lo diré a ti a partir del momento en que, habiéndonos dejado el Señor, tú seas su Representante en la Tierra. Y nos querremos ayudándonos en el ministerio sacerdotal» dice Santiago, inclinándose desde su sitio para rendir homenaje a Pedro.

«Sí. Quereos unos a otros, ayudándoos recíprocamente, porque éste es el mandamiento nuevo y la señal de que sois verdaderamente de Cristo[27]477.

13 No os turbéis por ninguna razón. Dios está con vosotros. Podéis hacer lo que quiero de vosotros. No os impondría cosas que no pudierais hacer, porque no quiero vuestra perdición sino vuestra gloria. Mirad, voy a preparar vuestro lugar junto a mi trono. Estad unidos a mí y al Padre en el amor. Perdonad al mundo que os odia.

Llamad hijos y hermanos a los que se acerquen a vosotros, o a los que ya están con vosotros por amor a mí.

Tened la paz de saber que siempre estoy preparado para ayudaros a llevar vuestra cruz. Yo estaré con vosotros[28]478 en las fatigas de vuestro ministerio y en la hora de las persecuciones; y no pereceréis, no sucumbiréis, aunque lo parezca a los que ven las cosas con los ojos del mundo. Sentiréis peso, aflicción, cansancio, seréis torturados, pero mi gozo estará en vosotros, porque os ayudaré en todo[29]479. En verdad os digo que, cuando tengáis como Amigo al Amor, comprenderéis que todas las cosas sufridas y vividas por amor a mí se hacen ligeras, aun las duras torturas del mundo. Porque para aquel que reviste todas sus acciones –voluntarias o impuestas– de amor, el yugo de la vida y del mundo se le transforman en yugo recibido de Dios, recibido de mí. Y os repito que mi carga está siempre proporcionada a vuestras fuerzas y que mi yugo es ligero[30]480, porque Yo os ayudo a llevarlo.

14 Sabéis que el mundo no sabe amar. Pero vosotros, de ahora en adelante, amad al mundo con amor sobrenatural, para enseñarle a amar. Y si os dicen, al veros perseguidos: “¿Así os ama Dios?, ¿haciéndoos sufrir?, ¿dándoos dolor? Entonces no merece la pena ser de Dios”, responded: “El dolor no viene de Dios. Pero Dios lo permite. Nosotros sabemos el motivo de ello y nos gloriamos de tener la parte que tuvo Jesús Salvador, Hijo de Dios”. Responded: “Nos gloriamos si nos clavan en la cruz[31]481, nos gloriamos de continuar la Pasión de nuestro Jesús”[32]482. Responded con las palabras de la Sabiduría[33]483: “La muerte y el dolor entraron en el mundo por envidia del demonio. Pero Dios no es autor de la muerte ni del dolor, ni se goza del dolor de los vivientes. Todas sus cosas son vida y todas son salutíferas”. Responded[34]484: “Al presente parecemos perseguidos y vencidos, pero en el día de Dios, cambiadas las tornas, nosotros, justos, perseguidos en la Tierra, estaremos gloriosos frente a los que nos vejaron y despreciaron”. Pero decidles[35]485 también: “¡Venid a nosotros! Venid a la Vida y a la Paz. Nuestro Señor no quiere vuestra perdición, sino vuestra salvación. Por esto ha entregado a su Hijo predilecto, para la salvación de todos vosotros”.

15 Y alegraos de participar en mis padecimientos para poder estar después conmigo en la gloria[36]486. “Yo seré vuestra desmesurada recompensa”[37]487 promete en Abraham el Señor a todos sus siervos fieles. Sabéis cómo se conquista el Reino de los Cielos: con la fuerza; y a él se llega a través de muchas tribulaciones[38]488. Pero el que persevere como Yo he perseverado estará donde estoy Yo[39]489.

Ya os he dicho cuál es el camino y la puerta[40]490 que llevan al Reino de los Cielos, y Yo he sido el primero en caminar por ese camino y en volver al Padre por esa puerta. Si existieran otros os los habría mostrado, porque siento compasión de vuestra debilidad de hombres. Pero no existen otros… Al señalároslos como único camino y única puerta, también os digo, os repito, cuál es la medicina que da fuerza para recorrerlo y entrar. Es el amor. Siempre el amor. Todo se hace posible cuando en nosotros está el amor[41]491. Y el Amor, que os ama, os dará todo el amor, si pedís en mi Nombre tanto amor como para haceros atletas en la santidad.

16 Ahora vamos a darnos el beso de despedida[42]492, amigos míos queridísimos».

Se pone en pie para abrazarlos[43]493. Todos hacen lo mismo. Pero, mientras que Jesús tiene una sonrisa pacífica de una hermosura verdaderamente divina, ellos lloran, llenos de turbación, y Juan, echándose sobre el pecho de Jesús, en medio de los fuertes espasmos a causa de los sollozos que le rompen el pecho de tan lacerantes como son, solicita, por todos, intuyendo el deseo de todos: «¡Danos al menos tu Pan! ¡Que nos fortalezca en este momento!».

«¡Así sea!» le responde Jesús. Entonces toma un pan, lo parte después de haberlo ofrecido y bendecido, y repite las palabras rituales. Y lo mismo hace con el vino, repitiendo después: «Haced esto en memoria mía», añadiendo: «De mí que os he dejado esta arra de mi amor para seguir estando y estar siempre con vosotros hasta que vosotros estéis conmigo en el Cielo».

Los bendice y dice: «Y ahora vamos».

17 Salen de la habitación, de la casa… Jonás[44], María[45] y Marco[46] están afuera. Se arrodillan y adoran a Jesús.

«La paz permanezca con vosotros, y el Señor os compense de todo lo que me habéis dado» dice Jesús bendiciéndolos al pasar.

Marco se alza y dice: «Señor, los olivares que hay a lo largo del camino de Betania están llenos de discípulos que te esperan».

«Ve a decirles que se dirijan al Campo de los Galileos».

Marco se echa a correr con toda la velocidad de sus jóvenes piernas.

«Entonces, han venido todos» dicen entre sí los apóstoles.

18     Más allá, sentada entre Margziam[47] y María Cleofás[48], está la Madre del Señor. Y, viéndole acercarse, se levanta, y le adora con todo el impulso de su corazón de Madre y de fiel.

«Ven, Madre, y también tú, María…» invita Jesús al verlas paradas, paralizadas por la majestad que, resplandeciente, emana como en la mañana de la Resurrección. Jesús no quiere apabullar con esta majestad suya, así que, afablemente, pregunta a María de Alfeo:«¿Estás sola?» .

«Las otras… las otras están adelante… con los pastores y… con Lázaro y toda su familia… Pero nos han dejado a nosotras aquí, porque… ¡Oh, Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús!… ¿Cómo soportaré el no verte, Jesús bendito, Dios mío, yo que te quise incluso antes de que nacieras y que tanto lloré por ti cuando no sabía dónde estabas después de la matanza… yo que tenía mi sol, y todo, todo mi bien en tu sonrisa desde que volviste?… ¡Oh, cuánto bien! ¡Cuánto bien me has dado!… ¡Ahora sí que voy a ser verdaderamente pobre, viuda, ahora sí que voy a estar verdaderamente sola!… ¡Estando Tú, teníamos todo!… Aquella tarde creí conocer todo el dolor… Pero el propio dolor, todo aquel dolor de aquel día, me había ofuscado y… sí, era menos fuerte que ahora… Y además… estaba el hecho de que ibas a resucitar. Me parecía no creerlo, pero ahora me doy cuenta de que sí lo creía, porque no sentía lo que siento ahora…», llora, y, tanto la ahoga el llanto, que jadea.

«María buena, verdaderamente te afliges como un niño que crea que su madre ya no le quiere y que le haya abandonado por haber ido a la ciudad (a comprarle regalos que le harán feliz, y pronto volverá a él para cubrirle de caricias y regalos). ¿No es esto, acaso, lo que Yo hago contigo? ¿No voy a prepararte la alegría? ¿No voy para volver y decirte: “Ven, pariente y discípula mía amada, madre de mis amados discípulos”? ¿No te dejo mi amor? ¡Te doy mi amor, María! ¡Bien sabes que te quiero! No llores así. Exulta, más bien, porque ya no me verás vilipendiado y fatigado, ni perseguido, ni sólo, rico del amor de pocos. Y con mi amor te dejo a mi Madre. Juan será para Ella hijo. Tú sé para Ella buena hermana, como siempre. ¿Lo ves? Mi Madre no llora. Sabe que, si bien la nostalgia de mí será la lima que consumirá su corazón, la espera será en todo caso breve respecto a la gran alegría de una eternidad de unión, y sabe también que esta separación nuestra no será tan absoluta que le haga exclamar:“Ya no tengo Hijo”. Ese fue el grito de dolor del día del dolor. Ahora en su corazón canta la esperanza: “Sé que mi Hijo sube al Padre, pero no me dejará sin sus espirituales amores”. Créelo así también tú, y todos…

19 Ahí están los otros y las otras. Ahí están mis pastores».

Las caras de Lázaro y sus hermanas, en medio de todos los domésticos de Betania, y la cara de Juana, semejante a una rosa bajo un velo de lluvia, y las de Elisa y Nique, ya marcadas por la edad (y ahora las arrugas se hacen más profundas a causa del dolor: dolor, de cualquier modo, para la criatura humana, aunque el alma se alegre por el triunfo del Señor), y la cara de Anastásica, y las caras de azucena de las primeras vírgenes, y el ascético rostro de Isaac, y el inspirado de Matías, y el rostro viril de Manahén, y los austeros de José y Nicodemo… Caras, caras, caras…

Jesús llama a los pastores, a Lázaro, a José, a Nicodemo, a Manahén, a Maximino y a los otros de los setenta y dos discípulos. Les dice que se acerquen, pero quiere tener especialmente cerca a los pastores. Dice a éstos:

«Venid aquí. Vosotros, que estuvisteis junto al Señor cuando vino del Cielo, y que os inclinasteis ante su anonadamiento, estad ahora cerca del Señor cuando vuelve al Cielo, exultando en vuestro espíritu por su glorificación. Habéis merecido este puesto porque habéis sabido creer contra toda circunstancia desfavorable y habéis sabido sufrir por vuestra fe. Os doy las gracias por vuestro amor fiel.

A todos os doy las gracias. A ti, Lázaro amigo. A ti, José, y a ti, Nicodemo, compasivos con el Cristo cuando serlo podía significar un gran peligro. A ti, Manahén, que por ir por mi camino has sabido despreciar los sucios favores de un inmundo. A ti, Esteban, florida corona de justicia[49]494, que has dejado lo imperfecto por lo perfecto y serás coronado con una corona que todavía no conoces pero que te será anunciada por los ángeles. A ti, Juan, por breve tiempo hermano mío[50]495 en el pecho purísimo, y venido a la Luz más que a la vista. A ti, Nicolái, que, siendo prosélito[51]496, has sabido consolarme por el dolor de los hijos de esta nación. Y a vosotras, discípulas buenas, y más fuertes que Judit, sin por ello dejar de ser dulces.

20 Y a ti, Margziam, niño mío, que tomarás a partir de ahora el nombre de Marcial[52]497, para memoria del niño romano[53]498 matado en el camino y puesto delante de la cancilla de Lázaro con el rótulo de desafío: “Y ahora di al Galileo que te resucite, si es el Cristo y si ha resucitado, último de los inocentes que en Palestina perdieron la vida por servirme a mí aun inconscientemente[54]499, y primero de los inocentes de todas las naciones, de los inocentes que, por haberse acercado a Cristo, serán odiados y recibirán prematura muerte, como capullos de flores arrancados de su tallo antes de abrirse. Que este nombre, Marcial, te señale tu destino futuro: sé apóstol en tierras bárbaras y conquístalas para tu Señor, como mi amor conquistó al niño romano para el Cielo.

21 A todos, a todos os bendigo en este adiós, invocando al Padre, invocando para vosotros la recompensa de los que han consolado el doloroso camino del Hijo del hombre.

Bendita sea la Humanidad en esa porción selecta suya, que está en los judíos y está en los gentiles, y que se ha manifestado en el amor que ha tenido hacia mí.

Bendita sea la Tierra[55]500 con sus hierbas y sus flores; benditos sus frutos, que me procuraron delicia y alimento muchas veces. Bendita sea la Tierra con sus aguas y con su calor, por las aves y los animales, que muchas veces superaron al hombre en confortar al Hijo del hombre. Bendito seas tú, Sol, bendito seas tú, mar, benditos seáis vosotros, montes, colinas, llanuras; benditas vosotras, estrellas que me habéis acompañado en la nocturna oración y en el dolor. Y tú, Luna, que has sido luz para mis pasos durante mi peregrinaje de Evangelizador.

Benditas seáis todas, todas vosotras, criaturas, obras del Padre mío, compañeras mías en este tiempo mortal, amigas de Aquel que había dejado el Cielo para quitar a la atribulada Humanidad las espinas de la Culpa que separa de Dios.

¡Benditos seáis también vosotros[56]501, instrumentos inocentes de mi tortura: espinas, metales, madera, cuerdas trenzadas, porque me habéis ayudado a cumplir la Voluntad del Padre mío!».

¡Qué voz tan resonante tiene Jesús! Se expande por el aire templado y sereno como voz de bronce golpeado; se propaga en ondas sobre el mar de rostros que le miran desde todas las direcciones.

22     Yo digo que constituyen centenares las personas que rodean a Jesús, que sube con aquellos a quienes más quiere hacia la cima del Monte de los Olivos. Pero Jesús, al llegar al principio del Campo de los Galileos, despoblado de tiendas en este período situado entre las dos fiestas, ordena a los discípulos:

«Detened a la gente donde está. Luego seguidme».

Sigue subiendo, hasta el lugar más alto del monte, el lugar más próximo a Betania, a la que domina –no a Jerusalén– desde arriba. Arrimados a El, su Madre, los apóstoles, Lázaro, los pastores y Margziam. Más allá, en semicírculo, manteniendo a distancia a la muchedumbre de los fieles, los otros discípulos.

23     Jesús está en pie sobre una ancha piedra un poco prominente y albeante entre la hierba verde de un claro. El Sol incide en El, haciendo blanquear, cual si fuera nieve, su túnica; relucir, cual si fueran de oro, sus cabellos. Sus ojos centellean con luz divina.

Abre los brazos en ademán de abrazar: parece querer estrechar contra su pecho a todas las multitudes de la Tierra, que su espíritu ve representadas en esa muchedumbre. Su inolvidable, inimitable voz da la última orden:

«¡Id! Id en mi Nombre, a evangelizar a las gentes hasta los extremos confines de la Tierra[57]502. Dios esté con vosotros. Que su amor os conforte, su luz os guíe, su paz more en vosotros hasta la vida eterna».

Se transfigura en belleza. ¡Hermoso! Tanto y más hermoso que en el Tabor. Caen todos de rodillas, adorando. El, elevándose ya de la piedra en que se apoyaba, busca una vez más el rostro de su Madre, y su sonrisa alcanza una potencia que nadie podrá jamás representar… Es su último adiós a su Madre.

Sube, sube… El Sol, aún más libre para besarle –ahora que no hay frondas, ni siquiera sutiles, que intercepten el camino de sus rayos–, incide con sus resplandores sobre el Dios–Hombre que asciende con su Cuerpo santísimo al Cielo, y evidencia sus Llagas gloriosas, que resplandecen como rubíes vivos. El resto es un perlado sonreír de luces. Es verdaderamente la Luz que se manifiesta en lo que es, en este último instante como en la noche natalicia. Centellea la Creación con la luz del Cristo que asciende. Una luz que supera a la del Sol. Una luz sobrehumana y beatísima. Una luz que desciende del Cielo al encuentro de la Luz que asciende… Y Jesucristo, el Verbo de Dios, desaparece para la vista de los hombres en este océano de esplendores…

En la tierra, dos únicos ruidos en el silencio profundo de la muchedumbre extática: el grito de María cuando El desaparece:«¡Jesús!», y el llanto de Isaac. Los demás están enmudecidos por religioso estupor, y permanecen allí, como en espera de algo, hasta que dos luces angélicas candidísimas, en forma mortal, aparecen y dicen las palabras[58]503 recogidas en el primer capítulo de los Hechos Apostólicos.

 

1/5/2016 Evangelio según San Juan 14,23-29.

Sexto domingo de Pascua

Santo(s) del día : San José Obrero
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Lecturas

En este sexto domingo del tiempo pascual, nos encontramos nuevamente en la última cena, nuevamente en la última cena, en el capitulo 600, verso 27 en adelante, después que su primo, Judas Tadeo pregunta a Jesús: «¿Por qué, Señor, te manifiestas a nosotros y no al mundo?» 

Preparación para la Pasión de Jesús

600. La última Cena pascual.

9 de marzo de 1945.

(extracto)

27 No os dejaré huérfanos. Ya os he dicho que volveré a vosotros. Pero antes de que llegue la hora de venir a recogeros para ir a mi Reino Yo vendré; a vosotros vendré. Dentro de poco el mundo ya no me verá. Pero vosotros me veis y me veréis. Porque Yo vivo y vosotros vivís. Porque Yo viviré y vosotros también viviréis. Ese día conoceréis que estoy en el Padre mío y vosotros en mí y Yo en vosotros. Porque el que acoge mis preceptos y los observa es el que me ama, y el que me ama será amado por el Padre mío y poseerá a Dios porque Dios es caridad y quien ama tiene en sí[1]508 a Dios.

Y Yo le amaré porque en él veré a Dios, y me manifestaré a él dándome a conocer en los secretos de mi amor, de mi sabiduría, de mi Divinidad encarnada. Serán mis regresos a los hijos del hombre, a quienes amo, aunque sean débiles e incluso enemigos. Pero éstos serán sólo débiles, y yo los fortaleceré. Les diré: “¡Alzate!”, diré “¡Sal afuera!”, diré: “¡Sígueme!”, diré “Escucha”, diré “Escribe”… y vosotros estáis entre éstos».

«¿Por qué, Señor, te manifiestas a nosotros y no al mundo?» pregunta Judas Tadeo.

«Porque me amáis y ponéis por obra mis palabras. El que haga esto será amado por el Padre y Nosotros iremos a él y viviremos con él, en él; mientras que el que no me ama no pone por obra mis palabras y actúa según la carne y el mundo. Ahora bien, sabed que lo que os he dicho no son palabras de Jesús Nazareno sino palabras del Padre, porque Yo soy el Verbo del Padre, que me ha enviado. Os he dicho estas cosas hablando así, con vosotros, porque quiero Yo mismo prepararos a la completa posesión de la Verdad y la Sabiduría. Pero todavía no podéis comprender ni recordar. Mas, cuando venga a vosotros el Consolador, el Espíritu Santo que el Padre enviará en mi Nombre, podréis comprender, y os enseñará todo y os recordará todo lo que Yo os he dicho.

28 Mi paz os dejo, mi paz os doy. Os la doy no como la da el mundo, y ni siquiera como hasta ahora os la he dado: saludo bendito del Bendito a los bendecidos. La paz que ahora os doy es más profunda. En este adiós, os comunico a mí mismo, mi Espíritu de paz, de la misma manera que os he comunicado mi Cuerpo y mi Sangre, para que tengáis en vosotros una fuerza en la inminente batalla. Satanás y el mundo desatan su guerra contra vuestro Jesús. Es su hora. Tened en vosotros la Paz, mi Espíritu que es espíritu de paz, porque Yo soy el Rey de la paz[2]509. Tened esta paz para no sentiros demasiado desvalidos. El que sufre con la paz de Dios dentro de sí, sufre, pero ni blasfema ni se desespera.

No lloréis. Habéis oído también que he dicho: “Voy al Padre y luego regresaré”. Si me amarais por encima de la carne, os alegraríais, porque voy con el Padre después de este gran destierro… Voy donde Aquel que es mayor que Yo y que me ama. Os lo he dicho ahora, antes de que se cumpla –como también os he revelado todos los sufrimientos del Redentor antes de ir a ellos– para que, cuando todo se cumpla, creáis más en mí. ¡No os turbéis de esa manera! No os descorazonéis. Vuestro corazón necesita equilibrio…

29 Poco me queda para hablaros… ¡y todavía tengo mucho que decir! Llegado al final de esta evangelización mía, me parece como si no hubiera dicho todavía nada, y que mucho, mucho, mucho quede por hacer. Vuestro estado aumenta esta sensación  mía. ¿Qué diré entonces? ¿Que he desempeñado con deficiencias mi función?, ¿o que vosotros sois tan duros de corazón, que para nada ha servido mi obra? ¿Dudaré? No. Me pongo en las manos de Dios, y os pongo a vosotros, mis predilectos, en sus manos. El dará cumplimiento a la obra de su Verbo. No soy como un padre que muere sin más luz que la humana; Yo espero en Dios. Y aun sintiendo en mí el apremio de daros todos los consejos de que os veo necesitados, y aun sintiendo que el tiempo huye, voy tranquilo a mi destino. Sé que sobre las semillas caídas en vosotros está para descender la lluvia, una lluvia[3]510 que las hará germinar a todas ellas; y luego vendrá el sol del Paráclito, y las semillas se transformarán en árboles corpulentos. Muy pronto llegará el príncipe de este mundo, aquel con quien Yo nada tengo que ver; y, si no hubiera sido por la finalidad redentora[4]511, ningún poder hubiera tenido en orden a mí. Pero esto sucede para que el mundo sepa que amo al Padre y que le amo hasta la obediencia de muerte y que por eso hago lo que me ha mandado[5]512.

[1] 508 Cfr. 1 Ju. 4, 8. 16.

[2] 509 Cfr. Is. 9, 6–7

[3] 510 La palabra “lluvia” en el contexto no significa Espíritu Santo, sino la Sangre de Jesús. La frase no sólo teológicamente es bella, sino también literariamente.

[4] 511 Esta expressión no aparece en Ju. 14, 30, pero es una de las reflexiones teológicas de que abunda esta obra.

[5] 512 Cfr. Ef. 2, 5–11.