24/4/2016 Evangelio según San Juan 13,31-33a.34-35.

Quinto domingo de Pascua

Santo(s) del día : San Fidel de Sigmaringa
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Lecturas

Leer el comentario del Evangelio por : Beata Teresa de Calcuta
“Amaos los unos a los otros, como yo os he amado.”

En este quinto domingo del tiempo pascual, nos encontramos nuevamente en la última cena, en el capitulo 600, verso 18 en adelante, después que se retira Judas.

Preparación para la Pasión de Jesús

600. La última Cena pascual.

9 de marzo de 1945.

(extracto) …

18 (Continúa la Cena).

Hay unos minutos de absoluto silencio. Jesús está cabizbajo, mientras mecánicamente acaricia los rubios cabellos de Juan. Luego reacciona. Alza la cabeza, mira alrededor de sí, sonríe (una sonrisa consoladora para los discípulos). Dice: «Quitamos la mesa. Vamos a sentarnos todos bien juntos, como hijos en torno a su padre».

Toman los triclinios que había detrás de la mesa (los de Jesús, Juan, Santiago, Pedro, Simón, Andrés y el primo Santiago) y los llevan al otro lado. Jesús toma asiento en el suyo, igual que antes, entre Santiago y Juan. Pero, cuando ve que Andrés va a sentarse en el sitio que ha dejado Judas Iscariote, grita:

«No, ahí no». Un grito impulsivo que su suma prudencia no logra evitar. Luego modifica de esta manera[1]495: «No es necesario tanto espacio. Sentados, se puede estar en éstos; son suficientes. Os quiero tener muy cerca».

Ahora, respecto a la mesa, están así: O sea, forman una U con Jesús en el centro y, enfrente, la mesa –una mesa ya sin comida– y el sitio de Judas. Santiago de Zebedeo llama a Pedro:

«Siéntate aquí. Yo me siento en este taburete, a los pies de Jesús».

«¡Que Dios te bendiga, Santiago! ¡Lo estaba deseando!» dice Pedro, y se arrima a su Maestro, que viene a hallarse estrechado entre Juan y Pedro, y tiene a Santiago a los pies. Jesús sonríe:

«Veo que empiezan a obrar las palabras que he dicho antes. Los buenos hermanos se quieren. Yo también te digo, Santiago: “Que Dios te bendiga”. Tampoco este acto tuyo será olvidado por el Eterno, y lo encontrarás allá arriba.

19 Todo lo que pido lo puedo. Ya lo habéis visto. Ha bastado un solo deseo para que el Padre concediera al Hijo el darse en Alimento al hombre. Con todo lo que ha sucedido ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre, porque el milagro, sólo posible para los amigos de Dios, es testimonio de poder. Cuanto mayor es el milagro, más segura y profunda es esta divina amistad. Este es un milagro que, por su forma, duración y naturaleza, por su magnitud y los límites a que llega, no admite otro posible mayor[2]496. Os digo que es tan poderoso, tan sobrenatural, tan incomprensible para el hombre soberbio, que muy pocos lo entenderán como debe entenderse, y muchos lo negarán[3]497. ¿Qué diré, entonces? ¿Condena para ellos? No. Diré: ¡piedad! Pero, cuanto mayor es el milagro, mayor es la gloria que recibe su autor. Es Dios mismo quien dice: “Sí, este amado mío ha recibido lo que ha querido, y Yo lo he concedido, porque grande es la gracia que posee ante mis ojos”. Y aquí dice: “Posee una gracia sin límites, como infinito es el milagro que ha hecho”. La gloria que de Dios revierte en el autor del milagro y la gloria que del autor del milagro revierte en el Padre son parejas: porque toda gloria sobrenatural, procediendo de Dios, a su fuente retorna. Y la gloria de Dios, aun siendo ya infinita, crece y crece y resplandece por la gloria de sus santos[4]498. Así, digo: de la misma forma que ha sido glorificado por Dios el Hijo del hombre, Dios ha sido glorificado por Este. Yo he glorificado a Dios en mí mismo, a su vez Dios glorificará en sí a su Hijo; muy pronto le glorificará.

20 ¡Exulta, Tú que vuelves a tu Sede, Oh Esencia espiritual de la Segunda Persona! ¡Exulta, Carne que vuelves a subir después de tanto destierro en el fango! Y lo que se te va a dar como morada ciertamente no es el Paraíso de Adán, sino el excelso Paraíso del Padre. Que, si se dijo que sorprendido por un mandato de Dios –dado por boca de un hombre– se detuvo el Sol[5]499, ¿qué no sucederá en los astros cuando vean el prodigio de la Carne del Hombre subir y sentarse a la derecha del Padre en su Perfección de materia glorificada?

Hijitos míos, ya poco tiempo estaré con vosotros. Luego me buscaréis como los huérfanos buscan al padre o a la madre muertos. Y, llorando, hablando de El iréis y llamaréis en vano al mudo sepulcro, y luego llamaréis a las puertas azules de los Cielos, con vuestra alma lanzada en suplicante búsqueda de amor, y diréis: “¿Dónde está nuestro Jesús? Queremos tenerle. Sin El ya no hay luz en el mundo, ni alegría ni amor. O devolvédnoslo o dejadnos entrar. Queremos estar donde El”. Mas no podéis, por ahora, ir a donde Yo voy. Se lo dije también a los judíos[6]500: “Luego me buscaréis, pero a donde voy Yo vosotros no podéis ir”. Os lo digo también a vosotros.

21 Considerad que ni siquiera mi Madre podrá ir a donde Yo voy. Y fijaos que dejé al Padre para ir a Ella y hacerme Jesús en su seno sin mancha. Fijaos que de la Inviolada vine en el éxtasis luminoso de mi Natividad; y de su amor, hecho leche, me nutrí. Yo estoy hecho de pureza y amor porque María me nutrió con su virginidad fecundada por el Amor perfecto que vive en el Cielo[7]501. Y fijaos que por Ella crecí, costándole fatigas y lágrimas… Y fijaos que le pido un heroísmo que supera a todos los realizados hasta ahora, respecto al cual los de Judit[8]502 y Yael[9]503 son como heroísmos de pobres mujeres en oposición con su rival en la fuente del pueblo. Y fijaos que ninguno la iguala en amor a mí. Pues bien, a pesar de todo, la dejo y voy a donde Ella no irá hasta dentro de mucho tiempo. Para Ella no es el mandato que os doy a vosotros: “Santificaos año tras año, mes tras mes, día tras día, hora tras hora, para poder venir a mí cuando llegue vuestro momento”. En Ella reside toda gracia y santidad. Es la criatura que ha tenido todo y ha dado todo. Nada hay que añadir en Ella, y nada hay que quitar. Es el santísimo testimonio de lo que puede Dios.

22 Pero para estar seguro de que en vosotros exista la aptitud de venir a mí y de olvidar el dolor del luto de la separación de vuestro Jesús, os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Como Yo os he amado, amaos igualmente los unos a los otros. Por esto se sabrá que sois mis discípulos. Cuando un padre tiene muchos hijos, ¿en qué se sabe que son sus hijos? No tanto por el aspecto físico –porque hay hombres que son en todo semejantes a otro hombre con el que no tienen ninguna relación de sangre, y ni siquiera de nación–, cuanto por el común amor a la familia, a su padre y entre sí. E incluso cuando muere el padre la buena familia no se disgrega, porque la sangre es una, que es la que recibieron genéticamente de su padre y anuda vínculos que ni siquiera la muerte desata, porque más fuerte que la muerte[10]504 es el amor. Pues bien, si me amáis aun después de que os deje, todos reconocerán que sois hijos míos, y, por tanto, discípulos míos, y que, habiendo tenido un único padre, entre vosotros sois hermanos».

[1] 495 La escritora habla humanamente, algo así como en Gén. 6, 5–7.

[2] 496 Cfr. en el Antiguo Breviario Romano, para la fiesta de Corpus Christi, la lección VI.

[3] 497 Cfr. Ju. 6, 52–66, y piensese en los herejes de todos los tiempos

[4] 498 Cuán exacto es decir: “Ad majorem Dei gloriam”.

[5] 499 Cfr. Jos. 10, 10–15.

[6] 500 en 488.2

[7] 501 El Sr. Arzobispo Alfonso Carinci, al leer estas y semejantes alabanzas tributadas a María en esta obra, solía decir: “Estos libros no pueden venir de la cabeza del demonio, porque éste no la lleva nada bien con la Virgen”.

[8] 502 Cfr. Jdt. 10–13.

[9] 503 Cfr. Jue. 4–5

[10]504 Cfr. Cant. 8, 6.

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10/4/2016 Evangelio según San Juan 21,1-19.

Tercer domingo de Pascua

Santo(s) del día : San Ezequiel,  Santa Magdalena de Canossa,  San John Ogilvie
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Lecturas

Este domingo meditamos la aparición de Jesús resucitado en el lago de Galilea en el capitulo 633, con la confirmación de San Pedro como pastor de la Iglesia después de su purificación por la triple negación.

Glorificación de Jesús y María

633. Aparición en la orilla del lago[1]336 y otorgamiento de la misión a Pedro.

19 de abril de 1947.

633 11       Es una noche tranquila y sofocante. No hay una brizna de viento. Las estrellas, extendidas, titilantes, atestan el cielo sereno. El lago, calmo e inmóvil –tanto, que parece una vastísima pila resguardada de los vientos– refleja en su superficie la gloria de ese cielo que palpita por los astros que lo pueblan. Los árboles de las orillas son un bloque sin susurros. Tan quieto está el lago, que sus olas, en la orilla, se reducen a un levísimo murmullo. Hay alguna barca, lago adentro, apenas visible como forma errante que, a trechos, con su farolito atado en el mástil de la vela para dar claridad al interior del bote, pone una estrellita a poca distancia de la superficie de las aguas.

No sé qué parte del lago es. Yo diría que se trata de la parte más meridional, donde el lago se prepara a ser de nuevo río; diría que se trata de la periferia de Tariquea: no porque vea la ciudad –me lo impide una espesura arbórea que penetra en el lago formando un pequeño promontorio montuoso–, sino porque lo deduzco de las estrellitas de las luces de las barcas, que se alejan hacia el Norte separándose de las orillas del lago.

Y digo “periferia” porque una pequeña agrupación de casuchas –tan pocas, que no constituyen siquiera una aldea– están allí concentradas, al pie del pequeño promontorio; casas pobres, situadas casi en la playa, pertenecientes, sin duda, a pescadores.

Hay algunas barcas fuera del agua, en la pequeña playa, y otras en el agua, junto a la orilla, preparadas ya para navegar, pero tan quietas que, en vez de estar flotando, parecen estar clavadas en el suelo.

2       Por la puerta de una de estas casuchas, Pedro asoma la cabeza. La luz oscilante de una lumbre encendida en la cocina humosa ilumina por detrás la figura rechoncha del apóstol, haciéndola resaltar como un boceto. Mira al cielo, mira al lago… Avanza hasta el límite de la playa. Luego –lleva una túnica corta y va descalzo– entra en el agua, hasta medio muslo, y acaricia el borde de una barca extendiendo su brazo musculoso. Se unen a él los hijos de Zebedeo.

«Bonita noche».

«Dentro de poco saldrá la Luna».

«Noche de pesca».

« Pero con remos».

«No hay viento».

«¿Qué hacemos?».

Hablan bajo, con frases cortadas, como hombres acostumbrados a la pesca y a las maniobras de las velas y las redes, que requieren atención y, por tanto, pocas palabras.

«Convendría salir. Venderíamos parte de la pesca».

Se unen a ellos, en la orilla, Andrés, Tomás y Bartolomé.

«¡Qué calor esta noche!»

exclama Bartolomé.

«¿Habrá tormenta? ¿Os acordáis de aquella noche?»

pregunta Tomás.

«¡No! Calma. Quizás niebla. Pero no tormenta. Yo… yo voy a pescar. ¿Quién viene conmigo?».

«Vamos todos. Quizás se esté mejor allá dentro»

dice Tomás, que suda; y añade:

«A la mujer le hacía falta esa lumbre, pero es como si hubiéramos estado en las termas calientes…».

«Voy a decírselo a Simón, que está allí todo solo»

dice Juan.

3       Pedro ya prepara la barca, junto con Andrés y Santiago.

«¿Vamos hasta casa? Una sorpresa para mi madre…»

pregunta Santiago.

«No. No sé si puedo traer a Margziam. Antes de… de la… ¡bueno, sí!… antes de ir a Jerusalén –estábamos todavía en Efraín– el Señor me dijo que quería celebrar la segunda Pascua con Margziam. Pero luego no me ha vuelto a decir nada más…».

«A mí me parece que ha dicho que sí»

dice Andrés.

«Sí. La segunda Pascua, sí. Pero hacerlo venir antes, no sé si quiere. He cometido tantos errores, que… ¡Ah, ¿vienes también tú?!».

«Sí, Simón de Jonás. Me recordará muchas cosas esta pesca…».

«¡Ya, claro! A todos nos recordará muchas cosas… Cosas que ya no volverán… Íbamos con el Maestro en esta barca por el lago… Y yo la apreciaba como si fuera un palacio, y me parecía que no podía vivir sin ella. Pero, ahora que El no está en la barca… pues… estoy en ella y no me produce alegría»

dice Pedro.

«Ya ninguno siente alegría por las cosas pasadas. Ya no es la misma vida. Y, además, mirando hacia atrás… entre aquellas horas pasadas y estas presentes, están en medio esos momentos horrendos…»

suspira Bartolomé.

«Preparados. Venid. Tú, al timón; nosotros, a los remos. Vamos hacia la curva de Ippo. Es buen sitio. ¡Upa! ¡Op! ¡Upa! ¡Op!».

Pedro dirige la boga y la barca se desliza por las aguas quietas. Bartolomé al timón. Tomás y el Zelote haciendo de mozos ayudantes, preparados para echar las redes (ya las tienen extendidas). Se alza la Luna, o sea, supera los montes de Gadara, si no me equivoco, o Gamala (en fin, los que están en la costa oriental, pero hacia el sur del lago), y el rayo de la Luna incide en el lago y traza un camino de diamantes sobre las aguas quietas.

«Nos acompañará hasta la mañana».

«Si no viene bruma».

«Los peces dejan el fondo atraídos por la luna».

«Bueno será que tengamos buena pesca. Porque ya no tenemos dinero. Compraremos pan, y a los que están en el monte les llevaremos pescado y pan».

Palabras lentas, con pausas largas entre una y otra voz.

«Remas bien, Simón. ¡No has perdido la boga!…»

dice el Zelote, admirado.

«Sí… 4 ¡Maldición!».

«¿Qué te pasa?»

preguntan los otros.

«Lo que me pasa… es que el recuerdo de ese hombre me persigue por todas partes. Me acuerdo de aquel día que íbamos con dos barcas viendo a ver quién remaba mejor, y él…».

«Yo, sin embargo, pensaba que una de las primeras veces que tuve la visión de su abismo de perfidia fue aquella vez que encontramos, o mejor: que chocamos, las barcas de los romanos. ¿Os acordáis?»

dice el Zelote.

«¡Claro que nos acordamos! ¡En fin!… El le defendía… y nosotros… entre las defensas del Maestro y la doblez del… del nuestro, nunca comprendimos bien…»

dice Tomás.

«¡Mmm! Yo, más de una vez… Pero El decía: “¡No juzgues, Simón!”».

«Judas Tadeo siempre sospechó de él».

«Lo que no puedo creer es que éste no haya sabido nunca nada»

dice Santiago, dando un codazo a su hermano. Pero Juan agacha la cabeza y calla.

«Ya lo puedes decir…»

dice Tomás.

«Me esfuerzo en olvidar. Es la orden que he recibido. ¿Por qué queréis hacerme desobedecer?».

«Tienes razón. Dejémosle en paz»

dice el Zelote saliendo en defensa de Juan.

5 «Echad las redes. Lentamente… Remad vosotros. Boga lento. Vira a la izquierda, Bartolomé. Acércate. Vira. Acércate. Vira. ¿Extendida la red? ¿Sí? Arriba los remos y esperamos»

ordena Pedro.

¡Qué hermosura la de este lago, encantador, en la paz de la noche, bajo el beso de la Luna! Verdaderamente es paradisíaco, por su pureza. La Luna se refleja toda desde el cielo y viste de diamante las aguas. Su fosforescencia parpadea sobre las colinas y las muestra; viste de nieve las ciudades de las orillas…

De tanto en tanto sacan la red: cascada de diamantes y arpegios sobre la plata del lago; vacía. La sumergen de nuevo. Cambian de posición. No tienen suerte…

Las horas pasan. La Luna se pone, mientras la luz del alba se abre camino, incierta, verdeazul… Una cálida bruma, cerca de las orillas, huma, especialmente hacia el extremo sur del lago. Tiberíades se vela de bruma, y también Tariquea. Es una niebla baja, poco densa, que el primer sol disolverá. Para evitarla, prefieren costear el lado de Oriente, donde es menos densa (mientras que en el lado occidental, al venir del aguazal que hay más allá de Tariquea en la ribera derecha del Jordán, se hace más densa, como si el aguazal humara). Bogan atentos para evitar algún peligro del fondo, de este lago que ellos bien conocen.

6 «¡Vosotros, los de la barca! ¿Tenéis algo para comer?».

Una voz masculina viene de la orilla. Una voz que los estremece. Pero se encogen de hombros y responden con fuerte voz:

«No».

Y luego comentan entre ellos:

«¡Siempre nos parece oírle!…».

«Echad las redes a la derecha y encontraréis».

iii2bpascua2bc2bbarca1La derecha está lago adentro. Echan la red, con un poco de perplejidad. Sacudidas, peso que hace inclinar la barca hacia el lado de la red.

«¡Pero si es el Señor!»

grita Juan.

«¿El Señor, dices?»

pregunta Pedro.

«¿Pero lo dudas? Nos ha parecido su voz. Pero ésta es la prueba. ¡Mira la red! ¡Como aquella vez! ¡Te digo que es El! ¡Oh, Jesús mío! ¿Dónde estás?».

Todos aguzan la vista, queriendo perforar los velos de la niebla, después de haber asegurado bien la red para arrastrarla tras la estela de la barca, puesto que pretender izarla sería una maniobra peligrosa; y reman para ir a la orilla. Pero Tomás debe agarrar el remo de Pedro, el cual, de prisa y corriendo, se ha puesto la túnica corta encima del cortísimo calzón –que era su único vestido, como es también el único de los otros, excepto de Bartolomé–, se ha echado a nadar al lago, y ahora hiende con grandes brazadas el agua quieta, precediendo a la barca, de forma que es el primero en llegar a la playita desierta, donde, sobre dos piedras protegidas por un matorral espinoso, brilla un fuego de hornija. Y allí, cerca del fuego, está Jesús, sonriente y benévolo.

633 2«¡Señor! ¡Señor!».

Pedro jadea a causa de la emoción y no puede decir nada más. Chorrea agua, de forma que no se atreve siquiera a tocar la túnica de su Jesús, y permanece postrado en la arena, con la túnica pegada a sus carnes, adorando.

La barca roza el fondo del guijarral y se detiene. Todos están de pie, inquietos por la alegría…

7 «Traed aquí algunos de esos peces. La lumbre está preparada. Venid y comed»

ordena Jesús.

Pedro corre hasta la barca y ayuda a izar la red. Mete la mano en el montón de peces zigzagueantes y agarra tres de ellos, grandes. Los golpea contra el borde de la barca, para matarlos, y los vacía con su cuchillo. Pero le tiemblan las manos (no de frío, ciertamente). Los enjuaga, los lleva a donde está el fuego, los coloca encima y vigila cómo se asan. Los otros están adorando al Señor, un poco separados de El; temerosos ante El, como siempre, ahora que, resucitado, se le ve tan divinamente poderoso.

«Mirad, aquí está el pan. Habéis trabajado toda la noche y estáis cansados. Ahora recuperaréis fuerzas. ¿Ya está, Pedro?».

desayunoconresucitado«Sí, mi Señor»  dice Pedro con una voz aún más ronca de lo habitual, inclinado hacia el fuego, y se seca los ojos, que gotean, como si el humo, irritándolos, les hiciera llorar, al mismo tiempo que irrita también la garganta. Pero no es el humo el que produce esa voz y esas lágrimas…

Lleva el pescado. Lo ha dispuesto encima de una hoja rasposa –parece una hoja de calabaza– que le ha llevado Andrés después de haberla enjuagado en el lago.

Jesús hace el ofrecimiento y bendice, parte el pan y los peces. Hace ocho partes. Lo distribuye. El también lo prueba. Comen con la reverencia con que celebrarían un rito. Jesús los mira y sonríe. Pero guarda silencio también El, hasta que pregunta: «¿Dónde están los otros?».

«En el monte. Donde dijiste. Nosotros hemos venido para pescar porque ya no tenemos dinero y no queremos abusar de los discípulos».

«Hacéis bien. Pero, de ahora en adelante, vosotros, los apóstoles, estaréis en el monte, en oración, edificando con el ejemplo a los discípulos. Enviadlos a ellos a pescar.

Conviene que vosotros estéis allí en oración, y también para escuchar a los que necesiten un consejo o puedan ir a daros noticias[2]337. Tened muy unidos a los discípulos. Pronto iré Yo».

«Lo haremos, Señor».

«¿Margziam no está contigo?».

«No me dijiste que le trajera tan pronto».

«Dispón que venga. Su obediencia ha terminado».

«Así lo haré, Señor».

8       Un momento de silencio. Luego Jesús, que había estado un poco con la cabeza agachada, pensando, alza la cabeza y clava la mirada en Pedro. Le mira con su mirada de las horas de más poderosos milagros y de más poderoso imperio. Pedro se sobresalta, casi de miedo, y se echa un poco hacia atrás… Pero Jesús, poniendo una mano en el hombro de Pedro, le sujeta fuertemente y, teniéndole así, le pregunta: «Simón de Jonás, ¿me quieres?».

«¡Sí, Señor! Tú sabes que te quiero»

responde Pedro con seguridad.

«Apacienta mis corderos… Simón de Jonás, ¿me quieres?» .

«Sí, mi Señor. Y Tú sabes que te quiero».

En la voz hay menos sentido de seguridad; es más, hay un poco de estupor por la repetición de la pregunta.

«Apacienta mis corderos… Simón de Jonás, ¿me quieres?».

«Señor… Tú lo sabes todo… Tú sabes… sabes si te quiero…»,

le tiembla la voz a Pedro, que está seguro de su amor, pero que tiene la impresión de que Jesús no esté seguro.

633 3«Apacienta mis ovejas. Tu triple profesión de amor ha borrado tu triple negación. Estás todo puro, Simón de Jonás. Y Yo te digo: asume la vestidura pontifical y lleva a mi rebaño la Santidad del Señor. Cíñete las vestiduras a tu cintura y tenlas bien ceñidas, hasta que, de Pastor, también tú pases a ser cordero[3]338. En verdad te digo que cuando eras más joven tú solo te ceñías e ibas a donde querías, pero, cuando seas anciano, extenderás las manos y otro te ceñirá y te llevará a donde no querrías ir. Pero ahora soy Yo el que te dice: “Cíñete y sígueme por mi mismo camino”. Alzate y ven».

Se alza Jesús y se alza Pedro. Van hacia la orilla. Los otros se ponen a apagar el fuego ahogándolo bajo la arena.

9       Pero Juan, recogidos los restos del pan, sigue a Jesús. Pedro oye el roce de los pasos y vuelve la cabeza. Ve a Juan y, señalándoselo a Jesús, dice:

«¿Y de él qué será?».

«Si quiero que permanezca hasta que Yo regrese[4]339, ¿a ti qué? Tú sígueme».

Ya están en la orilla. Pedro quisiera decir todavía algo, pero la majestuosidad de Jesús y las palabras que ha oído le retienen. Se arrodilla –imitado en esto por los otros– y adora. Jesús los bendice y se despide de ellos, que suben a la barca y se marchan remando. Jesús los mira mientras se alejan.

[1] 336 Cfr. Ju. 21, 1–23. En esta Obra no aparece la primera parte del verso 19, ni el 23, que son una explicación y reflexión

[2] 337 Cfr. Hech. 1, 14; 2, 42; 6, 4.

[3] 338 Esto es, víctima. Cfr. Ju. 21, 19

[4] 339 Esto es hasta la Parusia, que es exactamente el regreso de Jesús. Cfr. 1 Cor. 11, 23–27 (especialmente: 26); 16, 22; 1 Pe. 4, 7–11; Ap. 1, 1–8; 3, 11; 22.

3/4/2016 Evangelio según San Juan 20,19-31.

Segundo domingo de Pascua o de la Divina Misericordia

Santo(s) del día : San Juan Brittos,  Beato Diego Oddi
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Lecturas

En este segundo domingo de Pascua nos encontramos en el cenáculo, la noche de la resurrección en el capitulo 627 y una semana después con Tomás en el mismo sitio en el capitulo 628.

Desde la resurrección en particular, (como también en esa última semana santa lo fue), pareciera que cada palabra, gesto del Señor contiene apretadas instrucciones, enseñanzas, desbordes de amor y dulzura para los presentes que seguirían con su ministerio y con los futuros fieles!

Nos dio Dios a su Hijo amadísimo en sacrificio por nuestros pecados, y no cesó allí su entrega, no, nos demuestra que el Amor no cesa nunca, nos sigue cuidando, guiando, prodigándonos mas y mas dones para salir triunfantes del mundo hacia la patria celestial. Nos sabe débiles por eso nos conforta de tantas maneras.

Jesús ha querido instituir este domingo en fiesta de la Divina Misericordia, meditemos los hechos ocurridos: conmemora este día, esta segunda aparición en el cenáculo, este día infundió el Espíritu Santo al último de los apóstoles incrédulo, otorgó el poder de perdonar los pecados a sus apóstoles.

Alabemos al Señor en este tiempo de Gracia, porque bueno es el Señor, buenas son sus obras, Aleluia!

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