13/3/2016 Evangelio según San Juan 8,1-11.

domingo de la quinta semana de Cuaresma

Santo(s) del día : Beata Dulce Lopes Pontes,  San Leandro de Sevilla
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Lecturas

Este domingo meditamos el episodio de la mujer adúltera que Jesús evita ser apedreada en Jerusalén.
Lo encontramos en el capitulo 494 del tercer año de la vida pública de Jesús. He agregado el capitulo siguiente donde Jesús da enseñanza a los apóstoles y discípulos sobre el hecho ocurrido.

Tercer año de la Vida Pública de Jesús

  1. La mujer adúltera y la hipocresía de sus acusadores[1]265.

20 de marzo de 1944.

494 11        Veo el interior del recinto del Templo, o sea, uno de los muchos patios rodeados de pórticos. Y veo también a Jesús, el cual, muy arropado en su manto, que le envuelve encima de la túnica –no blanca, sino roja obscura (parece un tejido de lana gruesa)– habla a un grupo de gente que está en torno a El.

Yo diría que es un día invernal, porque veo que todos están muy arropados en sus mantos; y que hace más bien frío, porque en vez de estar parados, todos caminan deprisa como para entrar en calor. Hace viento, un viento que agita los mantos y levanta el polvo de los patios.

El grupo que se apiña en torno a Jesús –único grupo parado, mientras que todos los otros grupos, en torno a éste o a aquel maestro, van y vienen– se abre para dejar pasar a un pelotón de escribas y fariseos, gesticulantes y más venenosos que nunca. Lanzan veneno a través de la mirada, a través del color de la cara, por la boca. ¡Qué víboras! Más que conducir, arrastran a una mujer de unos treinta años, despeinada, que lleva desordenados sus vestidos como persona maltratada. La mujer llora. La arrojan a los pies de Jesús como si fuera un montón de andrajos o despojos muertos. Y ella se queda ahí, acurrucada, apoyado el rostro en los dos brazos, oculto por éstos, que le hacen de almohada entre la cara y el suelo.

«Maestro, ésta ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Su marido la amaba y no permitía que nada le faltara. Ella era reina en su casa. Y ha traicionado a su marido porque es una pecadora, una viciosa, una ingrata, una profanadora. Adúltera es, y como tal debe ser lapidada. Moisés lo dijo[2]266. En su ley manda que las que son como ésta sean lapidadas como animales inmundos. Y son inmundas. Porque traicionan la fidelidad y al hombre que las ama y las cuida, porque como tierra nunca saciada siempre están hambrientas de lujuria. Son peores que las meretrices, porque sin el aguijón de la necesidad se dan para dar alimento a su impudicia. Están corrompidas. Son contaminadoras. Deben ser condenadas a muerte. Moisés lo dijo. Y Tú, Maestro, ¿qué dices?».

2        Jesús –que había dejado de hablar al llegar tumultuosos los fariseos, y que había mirado a la jauría aviesa con mirada penetrante y luego había bajado su mirada hacia la mujer humillada, arrojada a sus pies– calla. Se ha agachado, quedando en posición de sentado, y escribe con un dedo en las piedras del pórtico, que el polvo levantado por el viento cubre de tierrilla. Ellos hablan y El escribe.

«¿Maestro! Hablamos contigo. Escúchanos. Respóndenos. ¿No has comprendido? Esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. En su casa. En el lecho de su marido. Ella lo ha manchado con su libídine».

Jesús escribe.

«¡Pero este hombre es un deficiente! ¿No veis que no entiende nada y que está trazando signos en la tierra como un pobre demente?».

«Maestro, por tu buena reputación, habla. Que tu sabiduría responda a nuestra pregunta. Te repetimos: a esta mujer no le faltaba nada; tenía vestidos, comida, amor; y ha traicionado».

Jesús escribe.

«Ha mentido al hombre que confiaba en ella. Con boca mendaz lo ha saludado y con la sonrisa lo ha acompañado a la puerta, y luego ha abierto la puerta secreta y ha admitido a su amante. Y, mientras su marido estaba ausente para trabajar para ella, ella, como un animal inmundo, se ha revolcado en su lujuria».

«Maestro, es una profanadora, no sólo del tálamo sino también de la Ley; una rebelde, una sacrílega, una blasfema».

Jesús escribe. Escribe, y borra, con el pie calzado con sandalia, lo escrito; y escribe más allá, volviéndose despacio en torno a sí buscando espacio nuevo. Parece un niño jugando. Pero lo que escribe no son palabras de juego; ha ido escribiendo: «Usurero», «Falso», «Hijo irreverente», «Fornicador», «Asesino», «Profanador de la Ley», «Ladrón», «Lujurioso», «Usurpador», «Marido y padre indigno», «Blasfemo», «Rebelde contra Dios», «Adúltero». Escrito una y otra vez, mientras nuevos acusadores siguen hablando.

«¡Pero, en fin, Maestro! Tu juicio. Esta mujer debe ser juzgada. No puede con su peso contaminar la Tierra. Su aliento es veneno que turba los corazones».

494 23        Jesús se alza. ¡Misericordia! ¡Qué rostro! Es todo un fulgir de lampos lanzados contra los acusadores. Tiene tan erguida la cabeza, que parece aún más alto. Tan severo y solemne se manifiesta, que parece un rey en su trono. El manto se le ha descolgado de un hombro y forma una ligera cola tras El; pero El no se preocupa de ello. Serio el rostro, sin la más lejana huella de sonrisa en la boca y en los ojos, planta éstos en la cara de la gente, que retrocede como frente a dos puñales puntiagudos.

Mira fijamente a cada uno. Con una intensidad de escudriñamiento que produce miedo. Los mirados tratan de retroceder entre la gente y de esconderse entre ella. El círculo, así, se ensancha y se disgrega como minado por una fuerza oculta. Hasta que habla:

«Quien de vosotros esté sin pecado que tire contra la mujer la primera piedra».

Y la voz es un trueno, acompañado de un aún más vivo centelleo de la mirada. Jesús ha recogido los brazos sobre el pecho, y está así, erguido como un juez, esperando. Su mirada no da paz; hurga, penetra, acusa. Primero uno, luego dos, luego cinco, luego en grupos, los presentes se alejan cabizbajos. No sólo los escribas y los fariseos, sino también los que estaban antes en torno a Jesús y otros que se habían acercado para oír el juicio y la condena y que, tanto aquéllos como éstos, se habían unido para injuriar a la culpable y pedir la lapidación. Se queda sólo con Pedro y Juan. No veo a los otros apóstoles.

Jesús se ha vuelto a poner a escribir, mientras se produce la fuga de los acusadores; ahora escribe: «Fariseos», «Víboras», «Sepulcros de podredumbre», «Embusteros», «Traidores», «Enemigos de Dios», «Insultadores de su Verbo»…

4        Una vez que todo el patio se ha vaciado y se ha hecho un gran silencio –no quedando sino el frufrú del viento y el susurro de una pequeña fuente en un ángulo–, Jesús alza la cabeza y mira. Ahora su rostro se ha calmado. Es un rostro triste, pero ya no está airado. Mira un momento a Pedro, que se ha alejado ligeramente y se ha apoyado en una columna; y también a Juan, que, casi detrás de Jesús, le mira con su mirada enamorada. Hay en Jesús un asomo de sonrisa al mirar a Pedro, y una sonrisa más marcada al mirar a Juan: Dos sonrisas distintas.

jamestissot-mujeradc3balteraasolasconjesc3basLuego mira a la mujer, todavía postrada y llorosa, a sus pies. La observa. Se alza, se coloca el manto, como si fuera a ponerse en camino. Hace una señal a los dos apóstoles para que se encaminen hacia la salida. Cuando está solo, llama a la mujer.

«Mujer, escúchame. Mírame».

Repite la orden, porque ella no se atreve a alzar la cara.

«Mujer, estamos solos; mírame».

La desdichada alza la cara, en que el llanto y la tierra han creado una máscara de abatimiento.

«¿Dónde están, mujer, los que te acusaban?».

Jesús habla en tono bajo, con seriedad compasiva; tiene el rostro y el cuerpo levemente inclinados hacia el suelo, hacia esa miseria. Una expresión indulgente y sanadora llena su mirada.

«¿Ninguno te ha condenado?».

La mujer, entre un sollozo y otro, responde:

«Ninguno, Maestro».

«Y tampoco Yo te condenaré. Ve. Y no peques más. Ve a tu casa. Y gánate el perdón. El de Dios y el del ofendido. No abuses de la benignidad del Señor. Ve».

Y la ayuda a levantarse tomándola de una mano. Pero no la bendice ni le da la paz. La mira mientras se pone en camino, cabizbaja, levemente tambaleante bajo el peso de su vergüenza; y luego, cuando ya no se la ve, se pone a su vez en camino con sus discípulos.

«Indico a la culpable el camino que tiene que seguir para redimirse»

5 Dice Jesús:

«Lo que me hería era la falta de caridad y de sinceridad en los acusadores. No que acusaran con falsedad. La mujer era realmente culpable. Pero eran insinceros al escandalizarse de algo que ellos habían cometido mil veces y que sólo una mayor astucia y una mayor suerte habían permitido que quedase oculto. La mujer, en su primer pecado, había sido menos astuta y había tenido menos suerte. Pero ninguno de sus acusadores y acusadoras –porque también las mujeres la acusaban en el fondo del corazón, aunque no alzaran su palabra– estaba libre de culpa.

Adúltero es el que pasa al acto y el que a él se inclina y lo desea con todas sus fuerzas. La lujuria está tanto en quien peca como en quien desea pecar. Recuerda, María, la primera palabra de tu Maestro[3]267, cuando te llamé desde el borde del precipicio en que estabas: “No basta no hacer el mal, también hay que no desear hacerlo”.

El que acaricia pensamientos de sensualidad y suscita con lecturas y espectáculos buscados a propósito y con hábitos malsanos sensaciones de la carne es tan impuro como el que comete materialmente[4]268 la culpa. Digo incluso: es mayormente culpable.

Porque va con el pensamiento contra la naturaleza[5]269, además de contra la moral. Y no hablo siquiera de aquel que pasa a verdaderos actos contrarios a la naturaleza. El único atenuante de éste es una enfermedad orgánica o psíquica. El que no tiene este atenuante es diez veces inferior al animal más sucio.

Para condenar con justicia se requeriría la ausencia de toda culpa. Os remito a dictados anteriores, cuando hablo de las condiciones esenciales para ser juez. No me eran desconocidos los corazones de aquellos fariseos y de aquellos escribas; ni los de los que se habían unido a ellos en el ataque contra la culpable. Pecadores contra Dios y contra el prójimo, había en ellos culpas contra el culto, culpas contra los padres, culpas contra el prójimo, culpas, especialmente numerosas, contra sus esposas. Si, por un milagro, hubiera ordenado a su sangre escribir en su frente su pecado, entre las muchas acusaciones habría imperado la de “adúlteros” de hecho o de deseo.

6 Yo dije[6]270: “Lo que contamina al hombre es lo que viene del corazón”. Y, aparte de mi corazón, no había ninguno entre los jueces que tuviera el corazón incontaminado. Sin sinceridad ni caridad. Ni siquiera el hecho de ser semejantes a ella en el hambre concupiscente los inducía a la caridad. Yo era el que tenía caridad con la humillada.

Yo, el Único que habría debido sentir asco. Pero, recordad esto: que cuanto más bueno es uno, más compasivo es para con los culpables. No es indulgente con la culpa en sí misma. Eso no. Pero se compadece de los débiles que a la culpa no han sabido resistir.

¡El hombre! ¡Oh!, fácil de ser plegado –más que una frágil caña y que un delgado convólvulo– por la tentación y ser movido a abrazarse a aquello en que espera hallar confortación. Porque muchas veces la culpa se produce, especialmente en el sexo más débil, por esta búsqueda de confortación. Por eso Yo digo que el que carece de afecto hacia su mujer, y también hacia la propia hija, es en noventa de cien partes responsable de la culpa de su mujer o de su hija, por quienes responderá. Tanto el afecto estúpido –que es sólo estúpida esclavitud de un hombre para con una mujer o de un padre para con una hija–, como el desatender los afectos –o, peor, una culpa de propia libídine que lleva a un marido a otros amores y a unos padres a otros cuidados que no son los hijos– son fómite para adulterio y prostitución. Y, como tales, Yo los condeno.

Sois seres dotados de razón y guiados por una ley divina y por una ley moral.

Rebajarse, por tanto, a una conducta de salvajes o de animales debería horrorizar a vuestra gran soberbia. Pero de ésta, que en tales casos sería hasta útil, os servís para otras cosas muy diversas.

7 Miré a Pedro y a Juan de forma distinta, porque al primero, hombre, quise decirle: “Pedro, no carezcas tú también de caridad y de sinceridad”, y decirle también, como a futuro Pontífice mío: “Recuerda esta hora y juzga, en el futuro, como tu Maestro”; mientras que al segundo, joven de alma de niño, quise decirle: “Tú puedes juzgar y no juzgas, porque tienes mi mismo corazón. Gracias, amado, porque eres tan mío que eres un segundo Yo”. Alejé a los dos antes de llamar a la mujer para no aumentar su mortificación con la presencia de dos testigos. Aprended, hombres sin piedad. Aunque uno sea culpable, ha de ser tratado con respeto y caridad. No alegrarse de su aniquilamiento. No ensañarse contra él, ni siquiera con miradas curiosas. ¡Piedad, piedad para el que cae!

A la culpable le indico el camino que debe seguir para redimirse. Volver a su casa, humildemente pedir perdón y obtenerlo con una vida recta, no volver a ceder a la carne, no abusar de la bondad divina y de la bondad humana, para no pagar más duramente que entonces la dúplice o múltiple culpa. Dios perdona, y perdona porque es la Bondad. Pero el hombre, a pesar de haber dicho[7]271 Yo: “Perdona a tu hermano setenta veces siete”, no sabe perdonar dos veces.

No le di paz y bendición porque no había en ella aquella completa separación de su pecado, y ello se requiere para ser perdonados. En su carne, y, por desgracia, en su corazón, no había náusea por el pecado[8]272. María de Magdala, saboreado mi Verbo, había sentido repulsa por el pecado y había venido a mí con la voluntad total de ser otra. En ésta había todavía vacilación entre las voces de la carne y las del espíritu. Y, además, en la turbación del momento, no había podido poner todavía la segur contra el tronco de la carne y cortarlo para ir, mutilado su peso de avidez, al Reino de Dios; mutilado lo que significaba destrucción, pero crecido en ella lo que significaba salvación.

¿Quieres saber si luego se salvó? No para todos fui Salvador. Para todos lo quise ser, pero no lo fui, porque no todos tuvieron la voluntad de ser salvados. Y éste fue uno de los más penetrantes dardos de mi agonía del Getsemaní.

Ve en paz tú, María de María, y no quieras ya pecar ni siquiera en las cosas insignificantes. Bajo el manto de María está sólo lo puro; recuérdalo.

Un día María, mi Madre, te dijo: “Yo ruego con lágrimas a mi Hijo”. Y en otra ocasión: “Dejo a mi Jesús el cuidado de que me amen… Cuando me amáis vengo. Y mi llegada siempre es alegría y salvación”.

Mi Madre te ama. Te he entregado a ella. Más bien, te llevé conmigo, porque sé que donde puedo obtener lo que quiero con mi autoridad, ella os guía con sus caricias amorosas y os lleva mejor que Yo. Su tocar es un sello delante del que, huye Satanás. Tienes ahora su hábito y si eres fiel a las oraciones de ambas Ordenes[9]273 medita diariamente toda la vida de nuestra Madre. Sus alegrías y sus dolores. Esto es mis alegrías y mis dolores. Porque desde el momento en que el Verbo se hizo Jesús con ella y por los mismos motivos me he alegrado y llorado.

Mira, pues, que amar a María es amar a Jesús. Es amarlo más fácilmente. Porque te hago que lleves la cruz y sobre ella te pongo. Por el contrario, mi Madre te lleva o está a los pies de la cruz, para recibirte sobre el corazón que no sabe otra cosa más que amar. Aun en la muerte, el seno de María es más dulce que la cuna. Quien espira en ella, no oye más que las voces de los coros angelicales que vuelan alrededor de María. No ve tinieblas, sino los rayos de la Estrella matutina.

No ve lágrimas, sino su sonrisa. No conoce el miedo. ¿Quién se atreverá a arrebatar de nosotros, de los brazos de María, al moribundo que amamos, que es nuestro?

No me des “gracias” a Mí. Dáselas a ella que no ha querido acordarse de otra cosa, fuera del poco bien que has hecho y del amor que tienes por Mí y por esto te quiere, para poner bajo sus pies lo que tu buena voluntad no lograba hacerlo. Grita: “¡Viva María!” Y quédate a sus pies, a los pies de la Cruz. Te adornarás tu vestido con rubíes de mi Sangre y de perlas de su llanto. Tendrás un vestido de reina, para entrar en mi Reino.

Quédate en paz. Te bendigo»,

495. Jesús instruye acerca del perdón de los pecadores, y se despide de sus discípulos en el camino de Betania.

17 de septiembre de 1946.

1        Jesús ha dado alcance a los diez apóstoles y a los principales discípulos en las faldas del Monte de los Olivos, cerca de la fuente de Siloán. Cuando ellos ven venir, a paso expedito, a Jesús entre Pedro y Juan, van a su encuentro, y se juntan al pie de la fuente.

«Subimos al camino de Betania. Dejo la ciudad por un tiempo. Yendo, os diré lo que debéis hacer»

ordena Jesús. Entre los discípulos están también Manahén[10] y Timoneo[11], que, tranquilizados, han vuelto a ocupar su lugar. Y están Esteban[12] y Hermas[13], Nicolái[14], Juan de Efeso[15], el sacerdote Juan[16] y, en definitiva, todos los más destacables por sabiduría, además de los otros, sencillos pero muy activos por gracia de Dios y voluntad propia.

«¿Dejas la ciudad? ¿Te ha sucedido algo?»

preguntan muchos.

«No. Pero hay lugares que esperan…».

2 «¿Qué has hecho esta mañana?».

«He hablado… Los profetas… Una vez más. Pero no entienden…».

«¿Ningún milagro, Maestro?»

pregunta Mateo[17].

«Ninguno. Un perdón. Y una defensa».

«¿Quién era? ¿Quién ofendía?».

«Los que se creen libres de pecado acusaban a una pecadora. La he salvado».

«Pero, si era pecadora, tenían razón ellos».

«Su carne era ciertamente pecadora. Su alma… Mucho podría decir sobre las almas. Y no llamaría pecadoras sólo a aquellas cuya culpa es visible. Son pecadoras también aquellas que empujan a otros a pecar. Y con un pecado más astuto. Cumplen al mismo tiempo la función de la serpiente y del pecador[18]274».

«Pero ¿qué había hecho la mujer?».

«Adulterio».

«¡¿Adulterio?! ¡¿Y Tú la has salvado?! ¡¡No debías haberlo hecho!!»

exclama Judas Iscariote. Jesús le mira fijamente, luego pregunta:

«¿Por qué no debía?».

«Pues porque… Te puede perjudicar. ¡No sabes cómo te odian y cómo buscan de qué acusarte! Es cierto… Salvar a una adúltera es ir contra la Ley».

«Yo no he dicho que la salvaba. Les he dicho que sólo quien estuviera libre de pecado lanzase la piedra contra ella. Y ninguno lo ha hecho, porque ninguno estaba libre de pecado. Así que he confirmado la Ley, que conmina con la lapidación a los adúlteros; pero también he salvado a la mujer, porque no se encontraba ya un lapidador».

«Pero Tú…».

«¿Querías que la lapidara Yo? Habría sido justicia, porque Yo la habría podido lapidar. Pero no habría sido misericordia».

«¡Ah! ¿Estaba arrepentida! Te ha suplicado y Tú…».

«No. No estaba siquiera arrepentida. Estaba sólo humillada y con miedo».

«¡Pero entonces!… ¿Por qué?… ¡Yo ya no te comprendo! Antes lograba todavía comprender tus perdones a María de Magdala[19], a Juan de Endor, a… en definitiva, a muchos peca…».

«Dilo: a Mateo. No me lo tomo a mal. Es más, te quedo agradecido si me ayudas a recordar mi deuda de gratitud a mi Maestro»

dice Mateo, calmo y digno.

«Sí, pues también a Mateo… Pero eran personas arrepentidas de su pecado, de su vida licenciosa. ¡Pero ésta!… ¡Yo ya no te comprendo! Y no soy el único que no te comprende…».

«Lo sé. No me entiendes… Siempre me has comprendido poco. Y no sólo tú. Pero eso no cambia mi modo de actuar».

«El perdón se da a quien lo pide».

«¡Si Dios debiera dar el perdón sólo a quien lo pide! ¡Si debiera castigar inmediatamente a quien a la culpa no hace seguir el arrepentimiento! ¿Tú no te has sentido nunca perdonado antes de haberte arrepentido? ¿Puedes decir con certeza que te has arrepentido y que por eso has sido perdonado?».

«Maestro, yo…».

3 «Escuchadme todos, puesto que muchos de entre vosotros consideran que he errado y que Judas tiene razón. Aquí están Pedro y Juan. Ellos han oído lo que he dicho a la mujer y os lo pueden referir. No he sido un insensato en el perdón. No he dicho lo que dije a otras almas, a las que perdonaba porque estaban completamente arrepentidas. Pero he dado modo y tiempo a esa alma de llegar al arrepentimiento y a la santidad, si quiere alcanzar estas cosas. Recordadlo para cuando seáis maestros de las almas.

Dos cosas es esencial tener para poder ser verdaderos maestros y dignos de ser maestros. Primera cosa: una vida austera respecto a nosotros mismos, de forma que podamos juzgar sin las hipocresías de condenar en los otros lo que a nosotros nos perdonamos. Segunda: una paciente misericordia para dar a las almas la forma de sanar y fortalecerse.

No todas las almas se curan instantáneamente de sus heridas. Algunas lo hacen por fases sucesivas, y a veces lentas y con el riesgo de recaídas. Alejarlas, condenarlas, atemorizarlas, no es arte de médico espiritual. Si las alejáis de vosotros, volverán, resurtiendo, a arrojarse a los brazos de los falsos amigos y maestros. Abrid vuestros brazos y vuestro corazón, siempre, a las pobres almas. Que sientan en vosotros un verdadero y santo confidente, sobre cuyas rodillas no se avergüencen de llorar. Si las condenáis y las priváis de las ayudas espirituales, cada vez más las haréis enfermas y débiles. Si les infundís temor en vosotros y en Dios, ¿cómo podrán alzar los ojos a vosotros y a Dios?

El hombre encuentra como primer juez al hombre. Sólo el ser que vive espiritualmente sabe encontrar primero a Dios. Pero la criatura que ha llegado ya a vivir espiritualmente no cae en culpa grave. Su parte humana puede todavía tener debilidades, pero el espíritu fuerte vela y las debilidades no pasan a ser culpas graves.

Mientras que el que todavía es mucho carne y sangre peca, y encuentra al hombre.

Ahora bien, si el hombre que le debe indicar a Dios y formar el espíritu le infunde miedo, ¿cómo podrá el culpable abandonarse en él? ¿Y cómo puede decir: “Me humillo porque creo que Dios es bueno y que perdona”, si ve que uno que es como él no es bueno? Vosotros debéis ser el término de parangón, la medida de lo que es Dios, de la misma forma que una moneda pequeñísima es la parte que hace comprender la riqueza de un talento. Pero si vosotros –pequeños que sois una parte del Infinito[20]275 y lo representáis– sois crueles con las almas, ¿qué creerán ellas, entonces, que es Dios? ¿Qué dureza intransigente pensarán que tiene El?

4 Judas, tú que juzgas con severidad, si en este momento te dijera: “Te denunciaré ante el Sanedrín por prácticas mágicas…”».

«¡Señor! ¡No lo harás! Sería… sería… Tú sabes que eso…».

«Sé y no sé. Pero, como puedes ver, inmediatamente invocas piedad para ti… y sabes que no serías condenado por ellos porque…».

«¿Qué quieres decir, Maestro? ¿Por qué dices esto?»

dice, muy agitado, Judas, interrumpiendo a Jesús. El cual, muy calmo, pero con una mirada que barrena el corazón a Judas, y al mismo tiempo frena a su turbado apóstol, en quien convergen las miradas de los otros once apóstoles y de muchos discípulos, dice:

«Pues porque te estiman. Tienes buenos amigos tú allí dentro. Lo has dicho varias veces».

Judas suelta un suspiro de alivio, se seca el sudor, un sudor extraño en este día frío y ventoso, y dice:

«Es verdad. Viejos amigos. Pero no creo que si pecara…».

«¿Y entonces pides piedad?».

«Ciertamente. Soy todavía imperfecto y quiero llegar a ser perfecto».

«Tú lo has dicho. También aquella criatura es muy imperfecta. Le he dado tiempo para ser buena, si quiere».

Judas deja de rebatir.

5        Están ya en el camino que va a Betania, lejos ya de Jerusalén. Jesús se detiene y dice:

«¿Y vosotros habéis entregado a los pobres lo que os he dado? ¿Habéis hecho todo lo que os había dicho?».

«Todo, Maestro»

dicen apóstoles y discípulos.

«Entonces escuchad. Ahora os voy a bendecir y nos vamos a despedir. Os diseminaréis, como siempre, por Palestina. Os reuniréis de nuevo aquí para la Pascua.

No faltéis para entonces… y en estos meses fortaleced vuestro corazón y los de quienes creen en mí. Sed cada vez más justos, desinteresados, pacientes. Sed lo que os he enseñado que debéis ser. Recorred las ciudades, los pueblos, las casas situadas en lugares recónditos. No evitéis a nadie. Soportad todo. No servís a vuestro yo, de la misma forma que Yo no sirvo al yo de Jesús de Nazaret, sino que sirvo al Padre mío.

Vosotros también servid al Padre vuestro. Por tanto no vuestros intereses, sino los suyos, deben ser sagrados para vosotros, aunque procurasen dolor o lesión a vuestros intereses humanos. Tened espíritu de abnegación y de obediencia. Podrá suceder que Yo os llame, u os ordene permanecer donde estéis. No juzguéis mi orden. Sea cual fuere, obedeced, creyendo firmemente que es buena y es dada para vuestro bien. Y no tengáis envidia, si a algunos los llamo y a otros no. Ya veis… algunos se han separado de mí… y he sufrido por ello. Eran personas que todavía querían guiarse según su mente. La soberbia es la palanca que derriba a los espíritus y el imán que me los arrebata. No maldigáis a quien me ha dejado. Orad para que vuelva… Mis pastores estarán, de dos en dos, en los aledaños de Jerusalén. Isaac por ahora viene conmigo junto con Margziam. Amaos mucho entre vosotros. Ayudaos los unos a los otros.

Amigos míos, que todo lo demás os lo diga vuestro espíritu, recordándoos lo que he enseñado, y que os lo digan vuestros ángeles. Yo os bendigo».

Todos se arrodillan, mientras Jesús pronuncia la bendición mosaica[21]276. Luego se aglomeran para saludarle. En fin, se separan de El, que, con los doce, Isaac y Margziam, prosigue por el camino de Betania.

«Ahora nos detendremos, el tiempo necesario para saludar a Lázaro; luego continuaremos hacia el Jordán».

«¿Vamos a Jericó?»

pregunta, interesado, Judas de Keriot.

«No. A Betabara».

«Pero… la noche…».

«No faltan casas y pueblos de aquí al río…».

Ya ninguno habla, y, aparte del frufrú de los olivos y el rumor de las pisaduras, no se oye ningún otro ruido.

[1] 265 266 Cfr. Lev. 20, 10; Deut. 22, 22–24.Cfr. Ju. 8, 1–11.

[2]

[3] 267 referida en la Autobiografía (primer capítulo de la tercera parte).

[4] 268 Afirmación que debe entenderse a la luz de Mt. 5, 27–30.

[5] 269 Según la Voluntad de Dios, y por lo tanto, según la naturaleza (o viceversa), no es el formarse castillos en el aire, sino realizar acciones que el Altísimo, Padre, Creador quiso y bendijo (Cfr. Gén. 1, 27–28; 9, 1).

[6] 270 en 300.9 y en 301.5/6.

[7] 271 en 278.3 y en 423.8.

[8] 272 “Dar la paz” es una expresión antiquísima. En materia de confesión significa absolver, perdonar, con todas sus consecuencias benéficas ante los ojos de Dios y de su Iglesia. Véase, por ejemplo, ya en el siglo tercero, en Siria, la Didascalía de los Apóstoles (versión latina, parte segunda), en Africa las Cartas (15–18, 55, 57) y el De lapsis (15–18, 28–29) de San Cipriano. Según los elementos puestos en orden o dispersos en estos documentos antiquísimos, la penitencia llevaba consigo una serie de actos, que remataban con la “paz” o bendición. Tales actos eran: el dolor de las culpas; la acusación de los pecados; la súplica, la imposición y el cumplimiento de ciertas obras penitenciales; la imposición de la mano del sacerdote que bendecía. Esta imposición de la mano sacerdotal era una bendición grande y eficaz; esto es, era un rito que, por virtud del Espíritu Santo, Amor divino, absolvía de los pecados, remitía las culpas, perdonaba las ofensas, y por lo tanto volvía a poner al hombre en paz con Dios y con la Iglesia, con Dios Padre y con los hermanos miembros de la Iglesia. En plena armonía con los Hechos (6, 6; 8, 14–19; 9, 17–19; 13, 1–2; 19, 1–7), la Discalía de los Apóstoles ilumina admirablemente el significado y la eficacia de la imposición de las manos sacerdotales sobre la cabeza de los pecadores penitentes: “Si quis… postea coversus poenitentiae fructus ostenderit, tune et ad orationem eum admitte sicut gentilem. Quemadmodum precantibus, ac deinde eum introduces et participes facis Ecclesiae, et erit el in loco baptismi impositio manus; namque aut per impositionem manus aut per baptismun accipiunt participationem Spiritus Sancti” (XLI). Dicha imposición de las manos sacerdotales era, pues, una bendición: de hecho, en todas las Liturgias orientales y occidentals, hay estrecha unión entre bendecir, santificar, consagrar, imponer las manos sobre las personas o cosas, pedir y comunicar el Espíritu Santo, el cual siendo el Amor divino, se comprende muy bien que ame bendiciendo, perdonando, transformando, dando la paz. A la luz de estas consideraciones, se comprende lo que se lee en el texto en consideración. Jesús, pues, al menos por ahora, según esta Obra, no dio “la paz” a la adúltera, porque carecía de aquellos sentimientos y actos penitenciales de los que “la paz” es premio y corona.

[9] 273 Esto es, de la Orden de San Francisco y de la Orden de los Siervos de María: de las cuales, con los permisos de la Autoridad

eclesiástica, era Terciaria al mismo tiempo

[10] Manaén: hermano de leche de Herodes, y el discípulo   médico de la futura Iglesia de Antioquía

[11] Timoneo: El joven líder de la sinagoga, uno de los 72 discípulos y futuro   diácono

[12] Esteban: alumno de Gamaliel, un discípulo, y el diácono   primer mártir

[13] Hermas: discípulo de Gamaliel, discípulo

[14] Nicolái: (Antioquía) Prosélito y el diácono

[15] Juan de Efeso: Jefe de la sinagoga de Efeso, un discípulo

[16] Juan el sacerdote: sacerdote del Templo, un discípulo

[17] Mateo: (Levi) hijo de Alfeo, publicano, el apóstol y evangelista

[18] 274 Alusión a Gén. 3.

[19] María Magdalena, la apasionada discípula, hermana de Lázaro y Marta de Betania

[20] 275 “Pequeñez del Infinito”, esto es: participación del Dios Infinito; miembros, y por lo tanto parte del Cuerpo Místico de Cristo. Cfr. Rom. 12, 3–13; 1 Cor. 6, 12–20; 12.

[21] 276Cfr. Núm. 6, 22–27.

Personajes
Manaén http://www.maria-valtorta.org/Personnages/Manaen.htm
Timoneo http://www.maria-valtorta.org/Personnages/TimonAera.htm
Esteban http://www.maria-valtorta.org/Personnages/Etienne.htm
Hermas http://www.maria-valtorta.org/Personnages/HermasDisciple.htm
Nicolái http://www.maria-valtorta.org/Personnages/Nicolai.htm
Juan deEfeso http://www.maria-valtorta.org/Personnages/JeanEphese.htm
Juan el sacerdote http://www.maria-valtorta.org/Personnages/JeanPretre.htm
Mateo: http://www.maria-valtorta.org/Personnages/Matthieu.htm
María Magdalena http://www.maria-valtorta.org/Personnages/MarieMagdala.htm

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