28/2/2016 Evangelio según San Lucas 13,1-9.

Tercer domingo de Cuaresma

Santo(s) del día : Beato Carlos Gnocchi,  Santos Mártires de la caridad
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Lecturas

El evangelio de Lucas de este domingo nos encuentra en un episodio hacia el fin del segundo año y al comienzo del tercer año de la vida pública de Jesús en el capítulo 338 antes de la Transfiguración.

El comentario que recibe Jesús sobre la muerte de los galileos esta al final del capítulo 281, en el verso 14, sucede en el segundo año de la vida pública de Jesús, en Jerusalen, durante la última fiesta de los Tabernáculos del Señor.

Luego Lucas cita el episodio de esta parábola, que Jesús denomina “del cultivador”. Para su mejor comprensión adjunto el capítulo anterior (que en el evangelio de Lucas esta a continuación del presente, en los versículos 10-17), porque la parábola de la higuera hace alusión al pueblo de Corozain que había visitado antes.

Conviene recordar que al final de la obra (cap 652 VII razón del libro) Jesús nos exhorta a meditar en la conducta de Judas de Keirot a lo largo del Poema, y en estos episodios -como en el hijo pródigo a la Magdalena- también van dirigidas a Judas estas parábolas.
Textualmente dice Jesus en el cap 652:

VII°. En fin: haceros conocer el misterio de Judas, ese misterio que es la caída de un espíritu al que Dios había favorecido en modo extraordinario. Un misterio que, en verdad, se repite demasiado frecuentemente, y que es la herida que duele en el Corazón de vuestro Jesús.
Daros a conocer cómo se cae transformándose de siervos e hijos de Dios en demonios y deicidas que matan a Dios en ellos, matando la Gracia; daros a conocer esto para impediros que pongáis los pies en los senderos por los que uno cae al Abismo, y para enseñaros cómo comportarse para tratar de detener a los corderos imprudentes que avanzan hacia el abismo. Aplicar vuestro intelecto en el estudio de la horrenda –y, no obstante, común– figura de Judas, complejo en que se agitan serpentinos todos los vicios capitales que encontráis y debéis de combatir en las personas. Es la lección que preferentemente debéis aprender, porque será la que más os sirva en vuestro ministerio de maestros de espíritu y directores de almas. ¡Cuántos, en todos los estados de la vida, imitan a Judas entregándose a Satanás y encontrando la muerte eterna!

Segundo año de la Vida Pública de Jesús

281. En el Templo durante la fiesta de los Tabernáculos[1].Las condiciones para seguir a Jesús. La parábola de los talentos y la parábola del buen samaritano.

20 de septiembre de 1945.

281 11       Jesús se dirige al Templo. Le preceden en grupos los discípulos, le siguen en grupo las discípulas, es decir, su Madre, María Cleofás, María Salomé, Susana, Juana de Cusa, Elisa de Betsur, Analía de Jerusalén, Marta y Marcela. No está la Magdalena.

En torno a Jesús, los doce apóstoles y Margziam.

Jerusalén muestra la pompa de las ocasiones solemnes. Gente de todos los lugares en todas sus calles. Cantos, discursos, murmullo de oraciones, imprecaciones de asnerizos, algún llanto de niño. Cubriéndolo todo, un cielo nítido que se deja ver entre las casas, y un sol que desciende alegre a dar vivacidad a los colores de los vestidos, a encender los mortecinos colores de las pérgolas y árboles que acá o allá se vislumbran tras las tapias de los jardines recintados o de los antepechos de las terrazas.

Hay veces que Jesús se cruza con personas conocidas; entonces el saludo es más o menos deferente, según la disposición de éstas. Así, es respetuosísimo, aunque gravedoso, el de Gamaliel, que mira fijamente a Esteban; éste le sonríe desde el grupo de los discípulos (Gamaliel, después de inclinarse ante Jesús, llama aparte a Esteban y le dice unas palabras, y luego Esteban regresa al grupo). De veneración es el saludo del anciano arquisinagogo Cleofás de Emaus, que se dirige con sus paisanos al Templo.

Desabrido como una maldición, el saludo de respuesta de los fariseos de Cafarnaúm.

2       Los campesinos de Jocanán, capitaneados por el administrador, saludan echándose al suelo y besando los pies de Jesús entre el polvo del camino. La gente, extrañada, se detiene a observar a este grupo de hombres que, en un cruce de calles, se arroja con un grito a los pies de un hombre joven, que no es ni un fariseo ni un famoso escriba, que no es ni un sátrapa ni un alto cortesano. Alguno pregunta que quién es. Corre un murmullo:

-«Es el Rabí de Nazaret, el que se dice que es el Mesías».

Entonces, prosélitos y gentiles se arremolinan, curiosos, de forma que empujan al grupo hacia una pared y crean un atasco en la minúscula placita; hasta que un grupo de arrieros los disgrega gritando imprecaciones contra el obstáculo. Mas la multitud, exigente, brutal en esta manifestación suya que es también de fe, se aglomera de nuevo, separando las mujeres de los hombres. Todos quieren tocar el vestido de Jesús, decirle una palabra, hacerle alguna pregunta… esfuerzo inútil, porque esa misma prisa, esa ansia, ese nerviosismo por pasar adelante rechazándose unos a otros, hace que ninguno pueda llegar. Las preguntas y respuestas se confunden también en un único rumor incomprensible.

El único que se abstrae de la escena es el abuelo de Margziam. Ha respondido con un grito al grito de su nietecito, y, en seguida, tras venerar al Maestro, ha estrechado contra su corazón al nieto, y luego, todavía apoyado sobre los talones, ambas rodillas en tierra, le ha sentado en su regazo, y le admira y acaricia con lágrimas y besos de dicha mientras le pregunta y escucha. El anciano se siente tan feliz que está ya en el Paraíso.

Acuden los soldados romanos, creyendo que hay alguna pelea. Se abren paso. Pero sonríen cuando ven a Jesús, y, limitándose a aconsejar a los presentes que dejen libre ese importante cruce, se retiran tranquilos. Jesús obedece inmediatamente, aprovechando el espacio que crean los romanos, que van unos pasos delante de El como para abrirle camino, aunque en realidad es para volver a su puesto de piquete, porque la guardia romana ha sido reforzada mucho, como si Pilatos fuera al corriente de un descontento entre la muchedumbre y temiera amotinamientos en estos días en que Jerusalén está colmada de hebreos procedentes de todas partes. Y es bonito verle caminar precedido por este grupo armado romano, como un rey al que se va abriendo paso cuando se dirige a sus posesiones.

Cuando ha empezado a moverse ha dicho al niño y al anciano:

-«Estad juntos y seguidme»

y al administrador de Jocanán:

-«Te ruego que me dejes a tus hombres. Serán invitados míos hasta la noche».

El administrador responde obsequioso:

-«Hágase todo lo que quieras»

y, tras un respetuoso saludo, se marcha solo.

3       El Templo está ya cerca, y el bullicio de la multitud, como movimiento de hormigas junto a la entrada del hormiguero, es aún mayor. En esto, un campesino de Jocanán grita:

-«¡El amo!»

y cae de rodillas para saludar, y le imitan los demás.

Jesús está en pie en medio de un grupo de hombres postrados (porque los campesinos se habían arrimado bien a El). Vuelve la mirada hacia el lugar señalado y encuentra la mirada de un fariseo pomposamente vestido, que no me resulta nuevo pero que no sé dónde le he visto.

El fariseo Jocanán está con otros de su casta: un montón de preciosos tejidos, de franjas, hebillas, cinturones, filacterias; todo de dimensiones exageradas respecto a lo común. Jocanán fija su atención en Jesús: es una mirada de pura curiosidad, aunque no irreverente. Es más, le saluda: estirado, apenas una inclinación de cabeza… pero al fin y al cabo es un saludo, al cual Jesús responde con deferencia. También le saludan otros dos o tres fariseos, mientras que otros miran despreciativos o fingen mirar a otra parte; sólo uno lanza una ofensa (seguro, porque veo que los que van en torno a Jesús se sobresaltan, y el mismo Jocanán se vuelve de repente para fulminar con la mirada al ofensor, que es un hombre más joven que él, de facciones marcadas y duras).

Una vez rebasados, cuando ya los campesinos se atreven a hablar, uno de ellos dice:

-«El que te ha maldecido es Doras, Maestro».

-«Déjale. Os tengo a vosotros, que me bendecís»

dice tranquilo Jesús.

Apoyado en el intradós de un arco, junto con otros, está Manaén, el cual, en cuanto ve a Jesús, alza los brazos acompañando el gesto con una exclamación de alegría:

-«¡Este es un día jubiloso, porque te he encontrado!»

y viene hacia Jesús, seguido por los que le acompañan. Le venera bajo el umbrío arco que hace retumbar las voces como si fuera una cúpula.

Precisamente mientras le está venerando, pasan, rozando al grupo apostólico, los primos Simón y José con otros nazarenos… y no saludan… Jesús los mira apenado, pero no dice nada.

Judas y Santiago, agitados, cambian recíprocamente unas palabras, y Judas, encendido su rostro de indignación, inútilmente sujetado por su hermano, echa a correr tras ellos. Pero Jesús le llama con un tan imperioso:

-«¡Judas, ven aquí!»,

que el inquieto hijo de Alfeo se vuelve para atrás…

-«Déjalos. Son semillas que todavía no han sentido la primavera. Déjales que estén en la sombra del avariento terrón. Penetraré igualmente, aunque éste se transformase en jaspe cerrado en torno a la semilla. Lo haré a su tiempo».

Más fuerte que la respuesta de Judas de Alfeo resuena el llanto de María de Alfeo, desolada: un llanto largo, propio de una persona abatida… Pero Jesús no se vuelve para consolarla, a pesar de que se oiga bien nítido ese lamento bajo el arco lleno de ecos.

Sigue hablando con Manaén, el cual le dice:

-«Estos que están conmigo son discípulos de Juan. Quieren, como yo, ser tuyos».

-«Paz a los buenos discípulos. Allá delante están Matías, Juan y Simeón, conmigo para siempre. Os recibo a vosotros como los recibí a ellos, porque Yo amo todo lo que me viene del santo Precursor».

Llegan a los muros del Templo. Jesús da órdenes al Iscariote y a Simón Zelote para las compras y ofrendas de rito. Luego llama al sacerdote Juan y dice:

-«Tú, que eres de este lugar, te encargarás de invitar a algún levita que sepas que es digno de conocer la Verdad. Porque verdaderamente este año puedo celebrar una fiesta de alegría. Nunca volverá a ser tan dulce el día…».

-«¿Por qué, Señor?»

pregunta el escriba Juan.

-«Porque os tengo a todos en torno a mi, o con la presencia visible o en espíritu».

-«¡Siempre estaremos! Y, con nosotros, muchos otros»

asegura con vehemencia el apóstol Juan, secundado en coro por todos los demás. Jesús sonríe y calla mientras el sacerdote Juan, con Esteban, se adelanta, al Templo, para cumplir la orden. Jesús le grita detrás:

-«Nos encontraréis en el pórtico de los Paganos».

Luego entran, y, casi en seguida, se topan con Nicodemo, el cual hace un gesto respetuoso de saludo; no se acerca a Jesús, pero le dirige una sonrisa de avenencia llena de paz.

Las mujeres, no pudiendo ir más allá, se detienen. Mientras, Jesús con los hombres va a la oración, al lugar de los hebreos, y luego, cumplidos todos los ritos, se vuelve para reunirse con los que le esperan en el pórtico de los Paganos.

Los pórticos, vastísimos y altísimos, están llenos de gente que escucha las lecciones de los rabíes. Jesús se dirige a donde ve que están parados los dos apóstoles y los dos discípulos que había mandado delante. En seguida se forma un círculo alrededor de El; a los apóstoles y discípulos se unen otras, numerosas personas que estaban, acá o allá, entre la muchedumbre que llena el patio marmóreo.

Tanta es la curiosidad, que hasta algunos alumnos de rabíes –no sé si espontáneamente o mandados por sus maestros– se acercan al círculo que se ciñe en torno a Jesús.

5       El, sin rodeo alguno, dice:

-«¿Por qué os apiñáis alrededor de mi? Responded. Tenéis rabíes conocidos y sabios, bien vistos de todos; Yo soy el Desconocido y el Mal visto, ¿Por qué, pues, venís a mí?».

-«Porque te amamos»

dicen algunos, y otros:

-«Porque tienes palabras distintas de los otros»,

y otros:

-«Para ver tus milagros», y:

-«Porque hemos oído hablar de ti», y:

-«Porque sólo Tú tienes palabras de vida eterna y obras que corresponden a las palabras»,

y, en fin:

-«Porque queremos unirnos a tus discípulos».

Jesús mira a cada uno según va hablando, como para trasparsarlos con la mirada y leer los más ocultos sentimientos; alguno, no resistiendo esa mirada, se aleja, o, cuanto menos, se esconde detrás de una columna o de gente más alta.

Jesús continúa:

-«¿Pero sabéis qué quiere decir y qué es el hecho de seguirme? Doy respuesta solamente a estas palabras, porque la curiosidad no merece respuesta, y porque quien tiene hambre de mis palabras, como consecuencia, me ama y desea unirse a mí. Por tanto, los que han hablado se clasifican en dos grupos: los curiosos, de los cuales no me ocupo, y los que ponen buena voluntad; a éstos los adoctrino sin engaño acerca de la severidad de esta vocación.

6 Venir a mí como discípulo quiere decir renuncia de todos los amores en aras de un solo amor: el mío. Amor egoísta a uno mismo; amor culpable a las riquezas, a la sensualidad o el poder; amor justo a la propia esposa; santo, hacia la madre o el padre; amor cariñoso de los hijos y a los hijos o hermanos: todo debe ceder ante mi amor, si uno quiere ser mío. En verdad os digo que mis discípulos han de ser más libres que las aves que extienden su vuelo por el cielo, más libres que los vientos que recorren el firmamento sin ser detenidos por nadie ni por nada; libres, sin pesadas cadenas, sin vínculos de amor material, sin siquiera las finas telarañas de las más leves barreras. El espíritu es como una delicada mariposa enclaustrada dentro del capullo pesado de la carne; su vuelo lo puede obstaculizar –o pararlo del todo– simplemente la irisada e impalpable tela de una araña: la araña de la propia sensibilidad, de la falta de generosidad en el sacrificio. Quiero todo, sin reservas. El espíritu tiene necesidad de esta libertad de dar, de esta generosidad de dar, para poder estar seguro de no caer en la telaraña de las inclinaciones, costumbres, reflexiones, miedos, tejido todo ello como otros tantos hilos de esa monstruosa araña que es Satanás, ladrón de almas.

Si uno quiere venir a mí y no odia santamente a su padre, a su madre, su mujer y sus hijos, a sus hermanos y hermanas, e incluso la propia vida, no puede ser discípulo mío. He dicho: “odia santamente”. En vuestro corazón decís: “El odio – El lo enseña – no es jamás santo. Por tanto, se contradice”. No. No me contradigo. Digo que se odie lo grave del amor, la pasionalidad terrenal del amor al padre y a la madre, a la esposa y a los hijos, a los hermanos y hermanas, a la propia vida; pero ordeno que se ame, con la libertad ingrávida propia de los espíritus, a los padres y la vida. Amadlos en Dios y por Dios, no posponiendo jamás a Dios, no posponiéndole a ellos, ocupándoos y preocupándoos de conducirlos a donde el discípulo ha llegado, o sea, a Dios Verdad. Así amaréis santamente a los padres y a Dios, y conciliaréis los dos amores, y haréis de los vínculos de la sangre no un peso sino alas, no culpa sino justicia.

Debéis estar dispuestos a odiar también vuestra vida para seguirme a mí. Odia su vida aquel que, sin miedo a perderla o a que sea humanamente triste, la pone a mi servicio. Pero es sólo apariencia de odio, un sentimiento erróneamente llamado “odio” por la mente del hombre que no sabe elevarse, del hombre todo terrenal, superior en poco a los animales. En realidad, este aparente odio, que es el negar las satisfacciones sensuales a la existencia para dar cada vez más amplia vida al espíritu, es amor; amor es, y del más alto que existe, del más bendito. Negarse las bajas satisfacciones, prohibirse la sensualidad de los deseos, atraerse reprensiones y comentarios injustos, arriesgarse a sufrir castigos, rechazos, maldiciones, quizás persecuciones, todo esto es una serie continua de penas. Mas es necesario abrazarse a ellas, e imponérselas como una cruz, un patíbulo en que expiar todos los pecados pasados para presentarse uno justificado ante Dios; un patíbulo del cual se obtienen todas las gracias, verdaderas, poderosas, santas gracias de Dios para aquellos a quienes amamos. Quien no carga con su cruz y no me sigue, quien no sabe hacer esto, no puede ser discípulo mío.

7 Por tanto, los que decís: “Hemos venido porque queremos unirnos a tus discípulos” pensadlo mucho, mucho. No es vergüenza, sino sabiduría, sopesarse, juzgarse y confesar, a sí mismo y a los demás: “No tengo la aptitud del discípulo”. Los paganos, como base de una de sus disciplinas, tienen la necesidad de “conocerse uno a si mismo”. ¿Acaso vosotros, israelitas, no vais a saber hacerlo para conquistar el Cielo? Porque –recordad esto siempre– bienaventurados los que vienen a mí. Pero, si venís para luego traicionarme a mí y al que me ha enviado, mejor es no venir para nada y seguir siendo hijos de la Ley como habéis sido hasta ahora. ¡Ay de aquellos que primero dicen: “Voy” y luego, traicionando la idea cristiana, escandalizando a los pequeños y buenos, perjudican al Cristo! ¡Ay de ellos!… ¡Y los habrá, siempre los habrá! Sed, pues, como aquel hombre que, queriendo edificar una torre, primero calcula atentamente los gastos necesarios y hace balance de su dinero, para ver si tiene los medios para concluirla, y no verse obligado, una vez echados los cimientos, a suspender la obra por falta de dinero. Si esto sucediera, perdería incluso lo que tenía primero y se quedaría sin torre y sin talentos; a cambio atraería hacia sí las burlas del pueblo, que diría: “Este empezó a edificar, pero no pudo concluir; ahora tendrá que llenar su estómago con los restos de su construcción inacabada”.

Sed también –sacando así enseñanza sobrenatural de los pobres hechos de este mundo– como los reyes de la Tierra, que, cuando quieren hacer la guerra a otro rey, examinan todo con calma y atención, los pros y los contras; meditan si lo que van a sacar con la conquista les compensa o no el sacrificio de las vidas de sus súbditos; estudian si es posible conquistar el lugar, estudian la posibilidad de victoria de su ejército (numéricamente la mitad del de su rival pero más combativo); y, si, logicamente, ven que es improbable que diez mil venzan a veinte mil, entonces, antes de que estalle la batalla, mandan al encuentro de su rival –que ya está en guardia a causa de las operaciones militares del otro– una embajada con ricos presentes, y le amansan, le apaciguan con pruebas de amistad, anulan sus sospechas, en fin firman un tratado de paz, que siempre es más ventajoso, humana y espiritualmente, que una guerra.

Eso es lo que debéis hacer vosotros antes de empezar la nueva vida y de tomar partido contra el mundo. Porque ser discípulo mío significa eso: presentar batalla a la vertiginosa y violenta corriente del mundo, de la carne, de Satanás. Si no os sentís con valor de renunciar a todo por amor a mí, no vengáis porque no podéis ser discípulos míos».

8

-«Bien. Lo que dices es verdad»

admite un escriba que se ha mezclado en el grupo.

-«Pero, si nos despojamos de todo, ¿con qué te servimos? La Ley tiene prescripciones que son como monedas que Dios ha dado al hombre para que, usándolas, se compre la vida eterna. Dices: “Renunciad a todo”, y mencionas el padre, la madre, las riquezas, los honores. Dios ha dado también estas cosas, y nos ha dicho, por boca de Moisés, que las usáramos con santidad para aparecer justos ante los ojos de Dios[2]. Si nos quitas todo, ¿qué nos das?».

-«He dicho, rabí, que el verdadero amor. Os doy mi doctrina, que no quita ni una jota a la antigua Ley; antes bien, la perfecciona».

-«Entonces todos somos discípulos iguales, porque todos tenemos las mismas cosas».

-«Todos según la Ley mosaica, no todos según la Ley que perfecciono Yo según el Amor. Mas no todos, en ésta, alcanzan la misma suma de méritos. Entre mis propios discípulos no todos obtendrán una suma de méritos igual; y alguno de ellos, no sólo no alcanzará suma alguna, sino que perderá incluso su única moneda: su alma».

-«¿Cómo! A quien más se lo da, más le quedará. Tus discípulos, y más tus apóstoles, te siguen en tu misión, y conocen tu forma de actuar; han recibido muchísimo. Mucho han recibido tus discípulos efectivos; menos, los discípulos que lo son sólo de nombre.

Nada han recibido los que, como yo, te oyen sólo por una contingencia. Es evidente que en el Cielo los apóstoles tendrán muchísimo; mucho, los discípulos efectivos; menos, los discípulos de nombre; nada, los que son como yo».

-«Humanamente es evidente, y humanamente puede ser también un mal. Porque no todos son capaces de hacer producir los bienes recibidos. Escucha esta parábola, y perdona si adoctrino demasiado tiempo aquí; pero es que Yo soy la golondrina que va de paso, y estaré poco tiempo en la Casa del Padre, pues he venido para todo el mundo y, además, este pequeño mundo que es el Templo de Jerusalén no quiere dejarme recoger el vuelo y permanecer donde la gloria del Señor me llama».

-«¿Por qué dices eso?».

-«Porque es la verdad».

El escriba mira a su alrededor y agacha la cabeza. Ve que lo que ha dicho Jesús es verdad. Lo ve en demasiados rostros de miembros del Sanedrín, rabíes y fariseos, que han ido engrosando cada vez más la aglomeración de gente que hay en torno a El: rostros verdes de bilis o purpúreos de ira; miradas que equivalen a maldiciones y a esputos de veneno; rencor en fermentación por todas partes; deseos de pegarle a Cristo, que queda en deseo sólo por miedo a los muchos que circundan al Maestro con devoción y que están dispuestos a todo por defenderle, miedo quizás también a represalias por parte de Roma, que mira con benignidad al pacífico Maestro galileo.

9       Jesús reanuda sereno la exposición de su pensamiento con la parábola:

-«Un hombre, antes de emprender un largo viaje y ausentarse por un largo período, llamó a todos sus siervos y les confió todos sus bienes. A uno le dio cinco talentos de plata; a otro, dos de plata; a uno, uno sólo, de oro. A cada uno según su grado y habilidad. Y luego se marchó.

Entonces, el siervo que había recibido cinco talentos de plata negoció sagazmente sus talentos, y, pasado un tiempo, le produjeron otros cinco. El que había recibido dos talentos de plata hizo lo mismo, y dobló la suma recibida. Pero el que había recibido más de su señor (un talento de oro puro), víctima del miedo a no saber negociar, del miedo a los ladrones, a mil quimeras, víctima, sobre todo, de la holgazanería, cavó un profundo hoyo en el suelo y escondió el dinero de su señor.

281 2Pasaron muchos, muchos meses. Volvió el amo. Llamó en seguida a sus súbditos para que restituyeran el dinero que habían recibido en depósito.

Vino el que había recibido cinco talentos de plata y dijo: “Aquí tienes, mi señor. Me diste cinco talentos. Me parecía mal no hacer producir lo que me habías dado, así que me las he ingeniado para ganar otros cinco. No he podido más…”. “Bien, muy bien, siervo bueno y fiel. Has sido fiel en lo poco, te has aplicado con buena voluntad, has sido honesto. Te daré autoridad sobre muchas cosas. Entra en la alegría de tu señor”. Luego vino el otro, el de los dos talentos, y dijo: “Me he permitido emplear tus bienes para beneficio tuyo. Aquí tienes las cuentas para que veas cómo he empleado tu dinero.

¿Ves? Eran dos talentos de plata. Ahora son cuatro. ¿Estás contento, mi señor?”. Y el amo dió a este siervo bueno la misma respuesta que había dado al primero.

Vino por último aquel que, por gozar de la máxima confianza del amo, había recibido el talento de oro. Desenrolló el paño en que lo conservaba, lo sacó y dijo: “Me confiaste lo que tenía mayor valor, porque me juzgas prudente y fiel, de la misma forma que yo sé que eres intransigente y exigente y que no toleras pérdidas de tu dinero, sino que si te sobreviene la desgracia te resarces con quien tienes a tu lado, porque, en verdad, cosechas donde no sembraste, recoges donde no esparciste, siendo así que no perdonas un centavo ni al encargado de tus tierras ni a tu banquero, por ninguna razón. Tu dinero debe ser el que tú dices. Ahora bien, yo, temiendo disminuir este tesoro, lo he cogido y lo he escondido. No me he fiado de nadie, ni siquiera de mí mismo. Ahora lo he desenterrado y te lo devuelvo. Aquí tienes tu talento”.

“¡Oh, siervo inicuo y holgazán! Verdaderamente no me has amado porque no me has conocido, ni has amado mi bienestar porque has dejado el talento improductivo. Has traicionado la estima que había depositado en ti. Te desautorizas a ti mismo. Por ti mismo te acusas y te condenas. Sabías que cosecho donde no he sembrado y recojo donde no he esparcido. ¿Por qué, entonces, no has obrado de forma que pudiera cosechar y recoger? ¿Así respondes a mi confianza? ¿Así me conoces? ¿Por qué no has llevado el dinero a los banqueros, de forma que a mi regreso lo hubiera retirado con los intereses? Te había instruido para ello con especial esmero, mas tú, necio holgazán, no lo has tenido en cuenta. Te sea, pues, arrebatado el talento, y todos los demás bienes, para el que tiene diez talentos”.

“Pero tiene ya diez, y éste se queda sin nada…” objetaron. “Eso es. A quien tiene, y trabaja con eso que tiene, le será dado más, hasta que le sobre. Pero a quien no tiene, porque no quiso tener, le será arrebatado incluso lo que se le dió. Respecto al siervo parásito que ha traicionado mi confianza y ha dejado improductivos los dones recibidos, arrojadlo de mi propiedad, y que se aleje con lágrimas en los ojos y remordimiento en el corazón”.

Esta es la parábola. Ves, rabí, que le quedó menos al que más tenía, porque no supo merecer la conservación del don de Dios. No se puede afirmar que uno de esos que llamas discípulos sólo de nombre (que tienen poco con que negociar), y de los que, como dices, me escuchan sólo por una contingencia, y que tienen la única moneda de su alma, no lleguen a poseer el talento de oro –arrebatado a uno de los más beneficiados– y sus frutos correspondientes. Las sorpresas del Señor son infinitas, porque infinitas son las reacciones del hombre. Veréis a gentiles que alcanzan la Vida eterna, a samaritanos recibiendo el Cielo, y veréis a israelitas puros y seguidores míos perder el Cielo y la eterna Vida».

10     Jesús calla y, como queriendo truncar toda discusión, se vuelve hacia los muros del Templo. Pero un doctor de la Ley, que estaba sentado escuchando seriamente bajo el pórtico, se alza y se le pone delante para preguntarle:

-«Maestro, ¿qué debo hacer para alcanzar la vida eterna? Has respondido a los otros, respóndeme también a mí».

-«¿Por qué quieres tentarme? ¿Por qué quieres mentir? ¿Esperas que diga algo disconforme con la Ley por el hecho de que añado a la Ley conceptos más luminosos y perfectos? ¿Qué está escrito en la Ley? ¡Responde! ¿Cuál es el mandamiento principal de la Ley?».

-«”Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas, con toda tu inteligencia. Amarás a tu prójimo como a ti mismo”[3]».

-«Bueno, has respondido bien; haz eso y obtendrás la vida eterna».

-«¿Y quién es mi prójimo? El mundo está lleno de gente buena y mala, conocida y desconocida, amiga y enemiga de Israel. ¿Cuál es mi prójimo?».

-«Un hombre, bajando de Jerusalén a Jericó, en uno de los pasos estrechos de las montañas, se topó con unos ladrones. Estos le hirieron cruelmente, le despojaron de todo cuanto llevaba, incluso de sus vestidos, y le dejaron más muerto que vivo en el borde del camino.

Pasó por ese mismo camino un sacerdote que había terminado su turno en el Templo. ¡Todavía perfumado de los inciensos del Santo! ¡Debería haber tenido también el alma perfumada de bondad sobrenatural y de amor, pues que había estado en la Casa de Dios, casi en contacto con el Altísimo! Este sacerdote tenía prisa de volver a su casa. Miró, pues, hacia el herido y no se detuvo. Pasó ligero de largo y dejó al desdichado en la cuneta.

Luego, un levita. ¡¿Contaminarse, teniendo que servir en el Templo?! ¡De ninguna manera! Recogió su vestido para que no se manchase de sangre, lanzó una mirada huidiza hacia el hombre que gemía en medio de su sangre y aceleró el paso en dirección a Jerusalén, hacia el Templo.

281 3El tercero que pasó, viniendo de Samaria, en dirección al vado, fue un samaritano. Vio la sangre, se detuvo, descubrió la presencia del herido en el crepúsculo que ya se iba espesando; se apeó del burro, se acercó al herido, le confortó con un trago de vino generoso, desgarró su manto para hacerse vendas, le lavó las heridas con vinagre, se las ungió con aceite, se las vendó con amor; luego cargó al herido sobre su jumento, guió con cautela al animal, sujetando al mismo tiempo al herido y confortándole con buenas palabras, sin preocuparse del cansancio, sin enfado por el hecho de que el herido fuera de nacionalidad judía. Cuando llegó a la ciudad, le llevó a una posada y le veló toda la noche. Al alba, viéndole mejorado, le dejó en manos del posadero, a quien pagó con antelación unos denarios y dijo: “Cuídale como si se tratara de mí mismo. A mi regreso te daré lo que hayas gastado de más, y con medida generosa, si haces bien las cosas”. Y se marchó.

Doctor de la Ley, respóndeme: ¿Quién de estos tres fue “prójimo” del que se topó con los ladrones? ¿Acaso el sacerdote? ¿Acaso el levita? ¿No lo fue, más bien, el samaritano, que no se preguntó quién era el herido, porque estaba herido, o si hacía mal en socorrerle perdiendo tiempo y dinero y arriesgándose a ser acusado de haberle herido él?».

El doctor de la Ley respondió:

-«Fue “prójimo” éste, porque tuvo misericordia».

-«Haz tú lo mismo, y amarás al prójimo y a Dios en el prójimo y merecerás la vida eterna».

11     Ya ninguno se atreve a hablar. Jesús aprovecha para ir donde las mujeres, que estaban esperando al pie de los muros, e ir con ellas de nuevo a la ciudad. Ahora se han añadido al grupo de los discípulos dos sacerdotes, o más exactamente un sacerdote y un levita: jovencísimo éste, patriarcal el otro.

Pero Jesús está ahora hablando con su Madre –entre sí y ella, tiene a Margziam–, y le pregunta:

-«¿Me has escuchado, Madre?».

-«Sí, Hijo mío, y a la tristeza de María Cleofás se ha unido la mía. Ella ha llorado poco antes de entrar en el Templo…».

-«Lo sé, Madre; sé el motivo. No debe llorar, sólo orar».

-«¡Ora mucho! Las noches pasadas, dentro de su cabaña, entre sus hijos dormidos, oraba y lloraba. La oía llorar a través de la pared delgada de los ramajes adyacentes. ¡Ver a pocos pasos a José y a Simón, cercanos pero tan lejos!… Y no es la única que llora. Juana, que la ves tan serena, ha llorado en mi presencia…».

-«¿Por qué, Madre?».

-«Porque Cusa… se comporta de una forma… inexplicable. Un poco la complace en todo, un poco la rechaza en todo; si están solos, donde nadie los ve, es el marido ejemplar de siempre, pero si están con él otras personas –naturalmente de la Corte– se vuelve autoritario y despreciativo para con su mansa esposa. Ella no comprende por qué…».

-«Te lo digo Yo. Cusa es siervo de Herodes. Entiéndeme, Madre: “Siervo”. Esto no se lo digo a Juana para no apenarla. Pero es así. Cuando no teme la reprensión y el escarnio del soberano, es el buen Cusa; cuando tiene motivo para temerlos, deja de serlo».

-«Es porque Herodes está muy irritado por Manaén y…».

-«Es porque Herodes ha perdido el juicio por el tardío remordimiento de haber cedido a las peticiones de Herodías. Mas Juana tiene ya mucho bien en la vida. Debe, bajo la diadema, llevar su cilicio».

-«Analía también llora…».

-«¿Por qué?».

-«Porque su prometido se está poniendo contra ti».

-«Que no llore. Díselo. Se trata de una resolución. Es bondad de Dios. Su sacrificio conducirá de nuevo a Samuel al Bien. Por el momento esto la librará de presiones para la celebración del matrimonio. Le prometí que la tomaría conmigo. Me precederá en la muerte…».

-«¡Hijo!…».

María, palideciendo, aprieta la mano de Jesús.

-«¡Mi querida Mamá! Es por los hombres. Ya lo sabes. Es por amor a los hombres. Bebemos nuestro cáliz con buena voluntad, ¿no es verdad?».

María traga las lágrimas y responde:

-«Sí». (Un “sí” acongojado, verdaderamente   desgarrador).

12     Margziam alza su carita y dice a Jesús:

-«¿Por qué dices estas cosas feas que hacen sufrir a Mamá? Yo no te voy a dejar morir. Te voy a defender como defendía a los corderos».

Jesús le acaricia, y, para animar a los dos afligidos, pregunta al niño:

-«¿Qué harán ahora tus ovejitas? ¿No las echas de menos?».

-«¡Pero si estoy contigo! De todas formas pienso en ellas siempre, y me pregunto: “¿Las habrá sacado a pastar Porfiria?, ¿habrá tenido cuidado de que Espuma no se meta en el lago?”. Porque Espuma es muy vivaracho, ¿sabes? Su madre le llama una y otra vez, ¡pero nada! Hace lo que quiere. ¿Y Nieve, que es tan glotona que come hasta que se siente mal? Mira, Maestro, yo entiendo lo que es ser sacerdote en tu Nombre, lo comprendo mejor que los otros. Ellos –y señala con la mano a los apóstoles, que vienen detrás– dicen muchas palabras elevadas, hacen muchos proyectos… para el futuro. Yo digo: “Seré pastor. Seré para los hombres como con las ovejitas. Será suficiente”. Mamá, nuestra Mamá, me ha contado ayer un pasaje muy bonito de los profetas… y me ha dicho: “Exactamente así es nuestro Jesús”. Y yo dentro del corazón dije: “Pues yo también seré exactamente así”. Luego le dije a nuestra Mamá: “Por ahora soy cordero, pero luego seré pastor; sin embargo, Jesús ahora es Pastor, y… también Cordero. Pero tú eres siempre la Cordera, sólo nuestra Cordera, blanca, bonita, encantadora, con palabras más dulces que la propia leche. Por eso Jesús es tan Cordero: porque ha nacido de ti, Corderita del Señor”».

Jesús se inclina y le besa, impetuosamente. Luego pregunta:

-«¿Entonces verdaderamente quieres ser sacerdote?».

-«¡Sí, claro, mi Señor! Por eso trato de hacerme bueno y de saber mucho. Voy siempre donde Juan de Endor. Me trata siempre como a un hombre, y con mucha bondad. Quiero ser pastor de las ovejas descarriadas y de las no descarriadas, y médico–pastor de las heridas y de las que tengan algún miembro fracturado, como dice el Profeta[4]. ¡Qué bonito!».

Y el niño da un salto y choca las manos.

-«¿Por qué está tan contento este curruco[5]

pregunta Pedro mientras se acerca.

-«Ve su camino. Clarísimamente. Hasta el final. Yo con mi “sí” consagro esta visión suya».

13     Se paran delante de una casa que, si no me equivoco, está en la zona del barrio de Ofel, pero en un lugar más distinguido.

-«¿Nos detenemos aquí?».

-«Esta es la casa que Lázaro me ha ofrecido para el banquete de alegría. María ya está aquí».

-«¿Por qué no ha venido con nosotros? ¿Por miedo a las burlas?».

-«¡No! Ha sido una disposición mía».

-«¿Por qué, Señor?».

-«Porque el Templo es más susceptible que una esposa encinta. Mientras pueda, no quiero provocar ningún choque, y no es por cobardía».

-«No te va a servir de nada, Maestro. Yo en tu lugar no sólo chocaría con él, sino que le echaría abajo del Moria junto con todos los que viven dentro».

-«Simón, eres un pecador; se debe orar por los semejantes, no matarlos».

-«Yo soy pecador, pero Tú no… y… deberías hacerlo».

-«Habrá quien lo haga. Cuando se colme la medida del pecado».

-«¿Qué medida?».

-«Una medida tan grande, que henchirá el Templo y rebosará hacia Jerusalén. No puedes comprender… ¡Marta, abre, pues, tu casa al Peregrino!».

Marta se hace reconocer y abren. Entran todos en un largo atrio terminado en un patio empedrado que tiene cuatro árboles en sus cuatro ángulos. Una amplia sala se abre en el piso superior; por sus ventanas abiertas, se ve toda la ciudad con sus subidas y bajadas. Deduzco, por tanto, que la casa está en las pendientes meridionales, o sur–orientales de la ciudad. La sala está preparada para recibir a una gran cantidad de invitados. Han colocado gran número de mesas, paralelas las unas a las otras. Un centenar de personas puede cómodamente comer.

María Magdalena, que estaba en otra parte de la casa ocupándose de las despensas, viene en seguida y se postra delante de Jesús. Y viene Lázaro, con una sonrisa feliz en su cara achacosa. Van llegando también los invitados: unos, un poco azorados; más seguros otros: pero la amabilidad de las mujeres hace que pronto todos se sientan a gusto.

14     El sacerdote Juan lleva a la presencia de Jesús a los dos que ha traído del Templo.

-«Maestro, mi buen amigo Jonatán y mi joven amigo Zacarías. Son auténticos israelitas, sin malicias ni rencores».

-«Paz a vosotros. Me alegro de que hayáis venido. El rito debe ser observado incluso en estas delicadas costumbres. Es hermoso que la Fe antigua tienda su mano amiga a la nueva Fe nacida de su mismo tronco. Sentaos a mi lado hasta que llegue la hora de ponerse a la mesa».

Habla el patriarcal Jonatán, mientras el joven levita mira a todas las partes, curioso, asombrado y, quizás, también acobardado. Creo que quiere dar la impresión de desenvoltura, aunque en realidad se sienta como un pez fuera del agua. Tiene la suerte de que Esteban viene en su ayuda y le trae, uno tras otro, a los apóstoles y discípulos principales.

El viejo sacerdote, acariciándose la barba de nieve, dice:

-«Cuando Juan vino a mí, precisamente a mí, su maestro, a que viera que estaba curado, sentí ganas de conocerte. Pero, Maestro, ya casi no salgo de mi recinto. Soy viejo… De todas formas, tenía esperanza de verte antes de morir. Yahvé ha escuchado mi deseo. ¡Loado sea! Hoy te he oído en el Templo. Superas a Hillel, el anciano, el sabio. No quiero –es más, no puedo– dudar de que eres lo que mi corazón espera. ¿Sabes lo que significa beber durante ochenta años esta fe de Israel, como es ahora, tras siglos de… elaboración humana? Se ha hecho sangre nuestra. ¡Y soy tan viejo!… Oírte a ti es como oír el agua que brota de manantial fresco. ¡Sí, agua virgen! Y yo… estoy harto de esta agua cansada que viene de muy lejos y está cargada de muchas cosas. ¿Cómo librarme de esta hartura para saborearte a ti?».

-«Creyendo en mí y amándome. No es necesario nada más para el justo Jonatán».

-«¡Pero si voy a morir pronto! ¿Me va a dar tiempo a creer en todo lo que dices? Ni siquiera tendré tiempo para seguir todas tus palabras, o para conocerlas por boca de otros. ¿Entonces!».

-«Las aprenderás en el Cielo. Sólo el réprobo muere a la Sabiduría. Sin embargo, quien muere en gracia de Dios alcanza la Vida y vive en la Sabiduría. ¿Qué crees que soy Yo?».

-«Sólo puedes ser el Esperado, que ha sido precedido por el hijo de mi amigo Zacarías. ¿Le conociste?».

-«Era pariente mío».

-«¡Oh, ¿eres pariente del Bautista?!».

-«Sí, sacerdote».

-«Ha muerto… y no puedo decir: “¡Desdichado!”. Porque ha muerto fiel a la justicia, tras haber cumplido su misión, y porque… ¡Oh, qué tiempos más atroces vivimos! ¿No sería mejor volver a Abraham?».

-«Sí. Pero vendrán tiempos aún más atroces, sacerdote».

-«¿Tú crees? ¿Roma, no?».

-«No sólo Roma. Israel, con su culpabilidad, será la primera causa».

-«Es verdad. Dios nos castiga. Lo merecemos. Pero también Roma… 15 Habrás oído lo de los galileos asesinados por Pilatos mientras consumaban un sacrificio. Su sangre se unió a la de la víctima. ¡Hasta el mismo altar! ¡Hasta el mismo altar!».

-«Sí, lo he oído».

Todos los galileos se alborotan por este atropello. Gritan:

-«Es verdad que era un falso Mesías. Pero por qué ha tenido que matar a sus seguidores después de haber descargado su mano sobre él? ¿Y por qué en ese momento? ¿Es que quizás eran más pecadores?».

Jesús impone paz y dice:

-«¿Os preguntáis si éstos eran más pecadores que muchos otros galileos, y si ha sido éste el motivo de su muerte? No, no lo eran. En verdad os digo que han pagado; y que muchos otros pagarán, si no os convertís al Señor. Si no hacéis todos penitencia, pereceréis todos igualmente, en Galilea y en otros lugares. Dios está enojado con su pueblo. Os lo digo. No se crea que son siempre los peores los que sufren el daño. Que cada uno se examine a sí mismo, se juzgue a sí mismo, y no a otros.

También esos dieciocho sobre los que cayó la torre de Siloé[6] y los mató no eran los más pecadores de Jerusalén. Os lo digo. Haced penitencia, haced penitencia si no queréis morir aplastados como ellos incluso en el espíritu.

16 Ven, sacerdote de Israel.

La mesa está preparada. Te toca a ti –porque el sacerdote debe ser siempre enaltecido por la Idea que representa y recuerda–, te toca a ti, patriarca entre todos nosotros más jóvenes, ofrecer y bendecir».

-«¡No, Maestro! ¡No! ¡No puedo delante de ti! ¡Tú eres el Hijo de Dios!».

-«¡Tú ofreces el incienso ante el altar! ¿No crees que allí está Dios?».

-«¡Sí que lo creo! ¡Con todas mis fuerzas!».

-«¿Entonces? Si no vacilas en ofrecer dones ante la Gloria santísima del Altísimo, por qué quieres temblar ante la Misericordia, que se ha vestido de carne para traerte –también a ti– la bendición de Dios antes de que te alcance la noche? ¡Oh, no sabéis los de Israel que he corrido sobre mi Divinidad irresistible el velo de la carne precisamente para que el hombre pueda aproximarse a Dios sin morir por ello! Ven y cree, y sé feliz.

En ti venero a todos los sacerdotes santos, desde Aarón hasta el último sacerdote justo de Israel; quizás hasta ti, porque, verdaderamente, la santidad sacerdotal languidece entre nosotros como planta sin asistencia».

[1] Cfr. Mt. 10, 37–39; 22, 34–40; 25, 14–30; Lc. 10, 25–37; 13, 1–6; 14, 25–33.

[2] Alusión probable al Decálogo. Cfr. Ex. 20, 1–21; Deut. 5–6 en que se prescribe honrar a padre y madre y se concluye con el Deut. 6, 18.

[3] Cfr. Deut. 6, 5; Lev. 19, 18.

[4] Cfr. Ez. 34.

[5] (Sylvia subalpina). Pájaro cantor de plumaje pardo por encima y blanco por abajo, y negruzca la cabeza; el cuclillo lo escoge con preferencia para que empolle sus huevos (N.T.).

[6] Cfr. Lc. 13, 4.

Tercer año de la Vida Pública de Jesús

337. El sábado en Corazaín. Parábola sobre los corazones imposibles de labrar. Curación de una mujer encorvada[1]80.

21 de noviembre de 1945.

337 11       Jesús está en Corazaín, en la sinagoga, que se va llenando lentamente de gente. Los notables del lugar deben haber insistido para que Jesús este sábado adoctrinase allí. Lo comprendo por las razones que aducen y por las respuestas de Jesús.

«No somos más arrogantes que los judíos o que los de la Decápolis»

dicen

«y, sin embargo, vas una y otra vez… y vuelves allí a menudo».

«También aquí lo mismo. Con palabras y obras, con mi silencio y mis actos, os he adoctrinado».

«Pero, si somos más duros que los otros, razón de más para insistir…».

«Bien, bien».

«¡Claro que sí; que bien! Te dejamos que uses nuestra sinagoga como lugar de adoctrinamiento, precisamente porque juzgamos que está bien hecho. Acepta, pues, la invitación y habla».

2       Jesús abre los brazos –señal de silencio para los presentes– y empieza su discurso, y habla con tono de salmo: una recitación lenta, melodiosa y enfática:

«“Arauná respondió a David[2]81: ‘Que el rey mi señor tome y ofrende como quiera. Ahí están los bueyes para el holocausto, el carro y los yugos de los bueyes como leña; todo, ¡Oh rey!, da Arauná al rey’. Y añadió: ‘Que el Señor Dios acepte propicio tu voto’. Mas el rey respondió y dijo: ‘No será como quisieras. No. Quiero comprar con dinero. No quiero ofrecer al Señor mi Dios holocaustos que me hayan sido regalados’ “».

Jesús baja la mirada, pues hablaba con la cara casi vuelta hacia el techo; mira fijamente, agudamente, al arquisinagogo y a los cuatro notables que estaban con él, y pregunta:

«¿Habéis comprendido el significado?».

«Esto está en el segundo de los Reyes[3]82, cuando el rey santo compró la era de Arauná… Pero no comprendemos por qué nos lo has citado. Aquí no hay pestilencia y no se tiene que ofrecer un sacrificio. Tú no eres rey… Bueno, queremos decir: no todavía».

«En verdad, tarda es vuestra mente para comprender los símbolos, e insegura vuestra fe. Si fuera segura, veríais que ya soy Rey como he dicho; si tuvierais intuición  despierta, comprenderíais que aquí hay una pestilencia muy grave, más que la que preocupaba a David: tenéis la de la incredulidad que os hace perecer».

«¡Bien! Pues si somos tardos e incrédulos, danos inteligencia y fe y explícanos lo que has querido decir».

«Digo: no ofrezco a Dios los holocaustos forzados, los que se ofrecen por mezquino interés. Y Aquel que para hablar ha venido no acepta el hablar sólo si se le concede: es mi derecho y me lo tomo. Bajo el sol o entre cerradas paredes, encima de los montes o en el fondo de los valles, en el mar o sentado en las orillas del Jordán, en todas partes, tengo el derecho y el deber de adoctrinar y de comprar con mi esfuerzo los únicos holocaustos agradables a Dios: los corazones convertidos y hechos fieles por mi palabra.

Aquí, vosotros de Corazaín, habéis concedido al Verbo la palabra no por respeto y fe, sino porque tenéis en vuestro corazón una voz que os tortura como carcoma que roe la madera: “Este castigo del hielo es por nuestra dureza de corazón”. Y queréis arreglar las cosas. Por la economía, no por el alma. ¡Oh, Corazaín pagana y obcecada! Mas no toda Corazaín es igual. Para los que no son así, hablaré, con una parábola.

3 Oíd. Un necio rico llevó a un artista un trozo grande de una substancia blanda como la miel más fina, y le ordenó que lo trabajara para hacer de él una ánfora decorada.

“No es un material bueno para ser trabajado” dijo el artista al adinerado. “¿Ves? Es blando, elástico. ¿Cómo puedo esculpirlo y modelarlo?”.

“¿Cómo! ¿No es bueno? Es una resina preciada. Y un amigo mío tiene una pequeña ánfora de esta resina y en ella su vino adquiere un sabor delicioso. La he pagado a precio de oro, para disponer de un ánfora más grande y humillar así a mi amigo jactancioso. Házmela inmediatamente. Si no, diré que eres un artista incapaz”.

“La de tu amigo será de alabastro blondo”.

“No. Es de este material”.

“Será de ámbar fino”.

“No. Es de este material”.

“Aunque fuera de este material –vamos a suponerlo– habrá adquirido compacidad, dureza, por siglos de antigüedad o con la mezcla de otras substancias solidificantes.

Pregúntaselo y vuelve a decirme cómo fue hecha la suya”.

“No. Me la ha vendido él mismo, asegurándome que se usa así”.

“Pues entonces te ha timado para castigarte por envidiar su bonita ánfora”.

“¡Mide tus palabras! Trabaja. Si no, te castigo quitándote el taller; que todo lo que tienes no vale cuanto me cuesta esta estupenda resina”.

El artista, desconsolado, se puso manos a la obra. Plasmaba la substancia… Pero ésta se le quedaba pegada a las manos. Trataba de solidificar un trocito con mástiques y polvos… Pero la resina perdía su transparencia de oro. La ponía junto al horno de fusión esperando que el calor la endureciera… Pero, desesperado, tenía que quitarla porque se licuaba. Mandó por nieve helada a la cima del alto Hermón; metió la resina dentro de la nieve… Se endurecía, seguía siendo bonita, pero ya no se podía modelar. “La voy a modelar con el cincel” dijo. Mas al primer golpe de cincel la resina se hizo pedazos.

El artista, totalmente desesperado, convencido ya de que nada podía hacer apto para ser trabajado a aquel material, intentó una última prueba. Reunió los trozos, los hizo de nuevo líquidos al calor del horno, los volvió a congelar con la nieve, aunque esta vez no demasiado, e intentó trabajar en la masa ligeramente blanda con el cincel y la espátula.

¡Se modelaba!, ¡sí!… Pero, nada más dejar cincel y espátula, volvía a la forma de antes, como si fuera masa de pan en fermentación en la artesa.

El hombre se dio por vencido. Y para huir de las represalias del rico, y de la ruina, durante la noche cargó en un carro a su mujer, a sus hijos, los enseres y los instrumentos de trabajo; y dejó en el centro del taller completamente vacío la masa blonda de la resina con una tira de papel encima con las palabras: “Imposible de labrar”. Luego huyó allende los confines…

4 Yo he sido enviado a labrar los corazones en orden a la Verdad y la Salud. Han venido a mis manos corazones de hierro, plomo, estaño, alabastro, mármol, plata, oro, jaspe, piedras preciosas. Corazones duros, corazones toscos, corazones demasiado tiernos, corazones volubles, corazones endurecidos por las penas, corazones valiosísimos: todo tipo de corazones. Los he labrado a todos. Y a muchos los he modelado según el deseo de Aquel que me ha enviado. Algunos me han herido mientras los trabajaba, otros han preferido romperse antes que dejarse trabajar con toda profundidad. Pero, quizás con odio, conservarán siempre un recuerdo mío.

Vosotros sois imposibles de labrar. Calor de amor, paciencia de instrucción, frío de reprensiones, fatiga de cincel… nada sirve con vosotros. Nada más retirar mis manos, volvéis a ser como erais. Tendríais que hacer una única cosa para ser cambiados: abandonaros totalmente en mí. No lo hacéis. No lo haréis nunca. El Trabajador, desconsolado, os abandona a vuestro destino[4]83. Pero, dado que es justo, no os abandona a todos igual. Desconsolado, sabe todavía elegir a los que merecen su amor, y los consuela y bendice.

5 «¡Mujer, ven aquí!»

dice señalando a una mujer que está junto a la pared, tan encorvada que parece un signo de interrogación.

La gente ve a dónde señala Jesús, pero no ve a la mujer, la cual, por su conformación, no puede ver a Jesús ni tampoco su mano.

«¡Ve, Marta! Que te llama»

le dicen varias personas. Y la pobrecita va, renqueando con su bastón, que le llega a la altura de la cabeza. Ahora está delante de Jesús, que le dice:

«Mujer, quédate con un recuerdo de mi paso y con un premio a tu fe silenciosa y humilde. Queda liberada de tu enfermedad»

grita al final, poniéndole las manos en la espalda. Y en seguida la mujer se alza y, derecha como una palma, levanta los brazos y grita:

«¡Hosanna! ¡Me ha curado! Ha visto a su sierva fiel y la ha agraciado. ¡Sea alabado el Salvador y Rey de Israel! ¡Hosanna al Hijo de David! ».

La gente responde con sus “¡hosanna!” a los de la mujer, la cual ahora está de rodillas a los pies de Jesús, besándole el borde de la túnica, mientras El le dice:

«Ve en paz y persevera en la fe».

6       El arquisinagogo –deben quemarle todavía las palabras dichas por Jesús antes de la parábola– quiere responder con veneno a la reprensión, y, mientras la muchedumbre se abre para dejar pasar a la mujer curada milagrosamente, grita indignado:

«Hay seis días para trabajar, seis días para pedir y dar. Venid, pues, en esos días, tanto para pedir como para dar. ¡Venid a recobrar la salud en esos días, sin violar el sábado, pecadores e infieles, corrompidos y corruptores de la Ley!»,

y trata de empujar a todos afuera de la sinagoga como para arrojar la profanación del lugar de oración.

Pero Jesús, que le ve ayudado en su acción por los cuatro notables de antes y por otros que están repartidos entre la muchedumbre (los cuales dan los signos más manifiestos de estar escandalizados, torturados por el… delito de Jesús), a su vez grita (mientras con los brazos recogidos sobre el pecho, severo, majestuoso, le mira):

«¡Hipócritas! ¿Quién de vosotros en este día no ha desatado el buey o el asno del pesebre y le ha llevado a beber? ¿Y quién no ha llevado los haces de hierba a las ovejas del rebaño y no ha extraído la leche de las ubres llenas? ¿Y por qué, si tenéis seis días para hacerlo, lo habéis hecho también hoy, por unos pocos denarios de leche, o por miedo de perder el buey y el asno a causa de la sed? ¿Y no debía soltar Yo a ésta de sus cadenas, después de que Satanás la ha tenido atada durante dieciocho años, sólo porque es sábado? Idos. He podido soltar a esta mujer de su desventura involuntaria; mas no podré jamás soltaros a vosotros de las vuestras, que son voluntarias, ¡Oh enemigos de la Sabiduría y de la Verdad!».

La gente buena, de entre los muchos no buenos de Corazaín, aprueba y alaba; la otra parte, lívida de rabia, huye, dejando plantado al también lívido arquisinagogo.

También Jesús le deja plantado y sale de la sinagoga, rodeado de los buenos, que siguen circundándole hasta que llega a los campos, lugar donde El bendice una última vez, para tomar luego la vía de primer orden, junto con los primos y Pedro y Tomás…

[1] 80 Cfr. Lc. 13, 10–16.

[2] 81 Cfr. 2 Sam. 24, 18–25; 1 Par. 21, 18–28.

[3] 82 pero la cita corresponde, en la actual nomenclatura bíblica, a 2 S 24, 22-24

[4] 83 Esto es, como se desprende del contexto, al destino que el hombre libremente quiere, y en la medida en que él no se entrega a Dios.

Tercer año de la Vida Pública de Jesús

338. Judas Iscariote pierde el poder de milagros.3 La parábola del cultivador[1]84.

22 de noviembre de 1945.

338 11       La vía que conduce a Sefet deja la llanura de Corozaín para arremeter contra un grupo montañoso bastante notable y muy poblado de árboles. Un curso de agua desciende de estos montes para dirigirse ciertamente al lago de Tiberíades.

Los peregrinos esperan en este puente a que lleguen los otros, los que habían sido enviados al lago de Merón. No esperan mucho. Puntuales a la cita, vienen ligeros, y se reúnen alegres con el Maestro y los compañeros. Luego refieren cómo se ha desarrollado su viaje, que ha sido bendecido por algunos milagros hechos a turno por «todos los apóstoles»

dicen; pero Judas de Keriot corrige:

«Menos por mí, que no he logrado hacer nada»,

y su bochorno al confesarlo es penoso.

«Ya te hemos dicho que era porque estábamos frente a un gran pecador»

le responde Santiago de Zebedeo. Y explica:

«¿Sabes, Maestro? Era Jacob. Estaba muy enfermo. Te invoca por este motivo. Porque tiene miedo a la muerte y al juicio de Dios. Pero ahora es más avaro que nunca, porque prevé un verdadero desastre para su cosecha, que ha sido completamente destruida por el hielo. Ha perdido toda la simiente de trigo, y no puede sembrar más porque está enfermo, y la sierva, agotada de fatigas y hambre – porque él economiza incluso la harina para el pan, pues tiene miedo a quedarse un día sin comer–, no tiene fuerzas para arar el campo. Nosotros quizás hemos pecado, porque trabajamos todo el viernes, y después de la puesta del Sol, hasta la última luz, e incluso con antorchas y hogueras encendidas para ver, nosotros aramos una gran extensión de terreno. Felipe, Juan y Andrés saben, y yo también. ¡Lo que hemos trabajado!… Simón, Mateo y Bartolomé venían detrás de nosotros limpiando las glebas del trigo nacido pero luego muerto. Judas fue, en tu nombre, a pedir un poco de simiente a Judas y Ana, y les prometió nuestra visita de hoy. Se la dieron, y además selecta. Entonces dijimos:

“Mañana sembramos”. Por este motivo hemos tardado un poco. Porque empezamos al principio de la puesta del Sol. Que el Eterno nos perdone por el motivo por el que hemos pecado. Judas, mientras tanto, estaba al pie de la cama de Jacob para convertirle. El sabe hablar mejor que nosotros. Al menos eso es lo que dijeron también Bartolomé y el Zelote. Pero Jacob se mostraba sordo a toda razón. Quería la curación porque la enfermedad le cuesta, e injuriaba a la mujer llamándola holgazana. Para calmarle, visto que decía: “Me convertiré si me curo”, Judas le impuso las manos. Pero Jacob siguió enfermo como antes. Judas, desconsolado, nos lo dijo. Lo intentamos nosotros antes de irnos a dormir. Pero no obtuvimos el milagro. Ahora Judas sostiene que es porque él, habiéndote disgustado, ha caído en desgracia tuya; y está deprimido. Pero nosotros decimos que es porque teníamos frente a nosotros a un pecador obstinado, que pretende obtener todo lo que quiere, poniendo condiciones y dando órdenes hasta a Dios. ¿Quién tiene razón?».

«Vosotros siete. Es como habéis dicho. 2 ¿Y Judas y Ana? ¿Sus campos?».

«Muy dañados. Pero tienen recursos y ya está todo solucionado. ¡Pero ellos son buenos! Ten. Te mandan este donativo y estos alimentos. Esperan verte en alguna ocasión. Lo que entristece es el estado espiritual de Jacob. Habría deseado curarle el alma más que el cuerpo…» dice Andrés.

«¿Y en los otros lugares?».

«¡Oh! En el camino de Debaret, cerca del pueblo, curamos –fue Mateo– a uno que tenía fiebres y que volvía de un médico que le había desahuciado. Nos hospedamos en su casa y la fiebre no volvió desde la puesta del Sol hasta la aurora, y él afirmaba que se sentía bien y fuerte. Luego, en Tiberíades, fue Andrés el que curó a un barquero que se había roto un hombro cayendo en el puente. Le impuso las manos y el hombro quedó curado. ¡Imagínate el hombre! Nos quiso llevar sin pagar a Magdala y a Cafarnaúm, luego a Betsaida, y allí se ha quedado, porque allí están los discípulos Timoneo de Aera, Felipe de Arbela, Hermasteo y Marcos de Josías, uno de los liberados del demonio cerca de Gamala. Quiere ser discípulo también José el barquero… Los niños, en casa de Juana, están bien. Ya no parecen los mismos. Estaban en el jardín jugando con Juana y Cusa…».

«Los he visto. Yo también he pasado por allí. Seguid».

«En Magdala fue Bartolomé el que convirtió a un corazón vicioso y curó un cuerpo vicioso. ¡Qué bien habló! Explicó que el desorden del espíritu genera desorden en el cuerpo, y que toda concesión a la deshonestidad degenera en pérdida de la tranquilidad, de la salud y al final del alma. Cuando le vio arrepentido y convencido, le impuso las manos y el hombre quedó curado. Querían retenernos en Magdala. Pero nosotros obedecimos: pasada la noche, proseguimos para Cafarnaúm. Allí había cinco que pedían les concedieras una gracia. Y ya estaban para marcharse desconsolados. Los curamos.

No vimos a ninguno porque embarcamos de nuevo en seguida para Betsaida, para evitar preguntas de Elí, Urías y sus compañeros. 3 ¡En Betsaida!… ¡Cuenta tú, Andrés, a tu hermano!…»

termina Santiago de Zebedeo, que era el que hablaba.

«¡Oh! ¡Maestro! ¡Simón! ¡Si vierais a Margziam! ¡No se le reconoce!…».

«¡Maldición! ¿Qué?, ¿es mujer ahora?»

exclama y pregunta Pedro.

«¡Pero qué dices, hombre! Un jovencito muy majo, alto, delgado, porque ha crecido mucho… ¡Una cosa maravillosa! Nos costó reconocerle. Está tan alto como tu mujer y yo…».

«¡Hombre, ni yo ni tú ni Porfiria somos palmas! Al máximo se nos podrá comparar con una zarza…»

dice Pedro (pero exulta de alegría al oír que su hijo adoptivo se ha desarrollado).

«Sí, hermano. Pero en las Encenias, no más, era todavía un niñito escasamente desarrollado, que apenas si nos llegaba a los hombros. Ahora es verdaderamente un hombre joven, por la estatura, la voz y la gravedad. Ha hecho como esas plantas que no crecen durante años y luego, al improviso, se desarrollan de forma asombrosa. Tu mujer ha estado muy ocupada en alargar túnicas o hacerlas nuevas. Y las hace con dobladillos muy anchos y amplios pliegues en la cintura, porque prevé, con razón, que Margziam seguirá creciendo. Y en sabiduría crece todavía más. Maestro, la humildad de Natanael no te había dicho que durante casi dos meses Bartolomé ha sido maestro del más pequeño y heroico de los discípulos, que se levanta antes del amanecer para llevar a pastar a las ovejas, cortar la leña, sacar agua, encender el fuego, barrer, hacer las compras por amor a su mamá de adopción, y luego, por la tarde y hasta bien de noche, estudia y escribe como un pequeño doctor. ¡Fíjate! Ha reunido a todos los niños de Betsaida y los sábados les imparte pequeñas lecciones evangélicas. Así, los pequeños, excluidos de la sinagoga pora que no molesten en las funciones, tienen su jornada de oración como los mayores. Y me han dicho las madres que es bonito oírle hablar, y que los niños le quieren y le obedecen con respeto y se hacen mejores. ¡Qué discípulo va a ser!».

«¡Pues fíjate!, ¡fíjate! Yo… estoy emocionado… ¡Mi Margziam! Pero, ya también en Nazaret, ¡Eh?: ¡qué heroísmo por… aquella niña! ¿Raquel, verdad?».

Pedro se para a tiempo, y se pone como la púrpura por el miedo a haber dicho demasiado.

Por suerte, Jesús viene en su auxilio, y Judas está meditabundo o distraído. O finge estarlo. Jesús dice:

«Raquel. Tienes buena memoria. Está curada. Y sus campos producirán mucho trigo. Hemos pasado por allí Yo y Santiago. Mucho puede el sacrificio de un niño justo».

«En Betsaida fue Santiago el que realizó un milagro en aquel pobre lisiado; y Mateo, por el camino, yendo a la casa de Jacob, curó a un niño. Y precisamente hoy, en la plaza de aquel pueblecito que está al pie del puente, Felipe y Juan han hecho curaciones: el primero a un enfermo de los ojos; el segundo, a un niño endemoniado».

4 «Lo habéis hecho todos bien. Muy bien. Ahora vamos a ir hasta aquel pueblo de las laderas. Nos detendremos en alguna casa para dormir».

«¿Y tú, Maestro mío, qué has hecho? ¿Cómo está María? ¿Y la otra María?»

pregunta Juan.

«Están bien y os saludan a todos. Están preparando túnicas y cuanto se necesita para el peregrinaje de primavera. Están ya deseando que llegue, para estar con nosotros».

«Susana y Juana y nuestra madre tienen la misma ansia»

dice también Juan. Bartolomé dice:

«También mi mujer, con las hijas, quiere ir este año, después de tantos, a Jerusalén. Dice que nunca volverá a ser tan bonito como este año… No sé por  qué lo dice. Pero ella sostiene que lo siente en el corazón».

«Entonces seguro que vendrá también la mía. No me lo ha dicho… Pero lo que hace Ana lo hace siempre María»

dice Felipe.

«¿Y las hermanas de Lázaro? Vosotros que las habéis visto…»

pregunta Simón Zelote.

«Obedecen con sufrimiento a la orden del Maestro y a la necesidad… Lázaro está muy enfermo, ¿verdad, Judas? Casi siempre está en la cama. Pero esperan con mucha ansia al Maestro»

dice Tomás.

«Pronto será Pascua e iremos a casa de Lázaro».

«¿Pero Tú qué has hecho en Nazaret y Corozaín?».

«En Nazaret he saludado a los parientes y amigos y a los parientes de los dos discípulos. En Corozaín he hablado en la sinagoga y he curado a una mujer. Nos hemos detenido donde la viuda. Se le ha muerto la madre. Un dolor y un alivio al mismo tiempo, por los pocos recursos y por el tiempo que la asistencia a la enferma quitaba del trabajo de la viuda, que se ha puesto a hilar por cuenta de terceros. Pero ya no está desesperada. Tiene asegurado lo necesario y se siente satisfecha con eso. José va todas las mañanas donde un carpintero del Pozo de Jacob para aprender el oficio».

5 «¿Son mejores los de Corozaín?»

pregunta Mateo.

«No, Mateo. Son cada vez peores»

confiesa con franqueza Jesús.

«Y nos han tratado mal. Los notables, es natural, no el pueblo llano».

«Es un lugar muy poco recomendable. No vuelvas»

dice Felípe.

«Sería causa de dolor para el discípulo Elías, y para la viuda y la mujer curada hoy y las otras personas buenas».

«Sí. Pero son tan pocos, que… yo no me ocuparía más de ese lugar. Tú lo has dicho:

“Es imposible de labrar”»

dice Tomás.

«Una cosa es la resina y otra los corazones. Algo permanecerá, como semilla hundida bajo muchas glebas muy compactas. Tardará mucho en nacer, pero, al final, nacerá. Lo mismo Corozaín. Un día nacerá lo que he sembrado. No hay que desmoralizarse ante las primeras derrotas.


64835-740xnone6 Oíd esta parábola. Podría ser titulada:
“La parábola del buen labrador”.

Un rico tenía una grande y hermosa viña. En ella había también higueras de distintas variedades. A la viña se dedicaba un sirviente, experto viñador y podador de árboles frutales, que cumplía con su deber con amor a su señor y a las plantas. Todos los años, el rico, en el mejor período del año, iba reiteradas veces a su viña para ver madurar las uvas y los higos y probar estos frutos cogiéndolos de las plantas con sus manos. Un día, pues, se acercó a una higuera de muchísima calidad, el único árbol de esa calidad que había en la viña. Pero también aquel día, como en los dos años anteriores, la encontró todo follaje y nada fruta. Llamó al viñador y dijo: “Hace tres años que vengo a buscar fruta a esta higuera y no encuentro sino hojas. Se ve que el árbol ha terminado de dar frutos. Córtalo, pues. Es inútil que esté aquí ocupando sitio y ocupando tu tiempo, para después no acabar en nada. Córtala, échala al fuego, limpia de raíces el terreno, y en el lugar suyo planta un arbolito nuevo. Dentro de algunos años dará fruto”. El viñador, que era paciente y amoroso, respondió: “Tienes razón. Pero déjame todavía un año. No corto el árbol. Es más, con mayor dedicación aún, le cavaré el suelo de alrededor, lo abonaré, lo podaré. ¡Quién sabe, a lo mejor da todavía fruto! Si después de esta última prueba no da fruto, obedeceré tu deseo y lo cortaré”.

uma-figueira-no-meio-da-vinhaCorozaín es la higuera que no da frutos. Yo soy el buen Labrador. El rico impaciente sois vosotros. Dejad actuar al buen Labrador».

7 «De acuerdo. Pero tu parábola no concluye. ¿La higuera, al año siguiente, dio fruto?»

pregunta el Zelote.

«No dio fruto y fue cortada. Pero el labrador quedó justificado de haber cortado un árbol que todavía era joven y pujante, porque había hecho todo su deber. Yo también quiero ser justificado por aquellos a quienes tenga que meter la segur y separarlos de mi viña, donde son árboles estériles o plantas venenosas, cobijos de serpientes, acaparadores de jugos nutritivos, parásitos o elementos tóxicos, que deterioran y dañan a los compañeros discípulos; o bien, que entran sin haber sido llamados, reptando con sus malignas raíces para proliferar en mi viña, rebeldes a todo injerto, venidos sólo para espiar, menoscabar y hacer estéril mi campo. A éstos los cortaré cuando todo haya sido intentado para convertirlos. Por ahora, antes de la segur, alzo las tijeras y el cuchillo del podador, desramo e injerto… Será un trabajo duro, para mí, que lo hago, y para los que lo sufran. Pero hay que hacerlo. Para que se pueda decir en el Cielo: “Ha cumplido todo. Pero ellos, cuanto más los ha podado, cuanto más ha injertado o removido la tierra de alrededor o abonado, con sudor y lágrimas, fatiga y sangre, ellos se han hecho cada vez más estériles y malos”…

8 Hemos llegado al pueblo. Id todos adelante y pedid alojamiento. Tú, Judas de Keriot, quédate conmigo».

Se quedan solos y, en la penumbra de la noche, caminan uno al lado del otro en el máximo silencio. Por fin Jesús dice, como hablando consigo mismo:

«Y, no obstante, aunque se haya caído en desgracia de Dios por haber infringido su Ley, siempre podemos volver a ser lo que éramos, renunciando al pecado…».

Judas no responde nada. Jesús sigue:

«Y si hemos comprendido que no podemos seguir recibiendo de Dios el poder, porque Dios no está donde está Satanás, con facilidad se puede solucionar, prefiriendo lo que Dios concede a lo que quiere nuestra soberbia».

Judas calla. Jesús –y ya están a la altura de la primera casa del pueblo–, todavía como hablando consigo mismo, dice:

«Y pensar que he sufrido áspera penitencia para que se enmiende y torne al Padre suyo…».

Judas se estremece, levanta la cabeza, le mira… pero no dice nada. También Jesús le mira… y luego pregunta:

«Judas, ¿a quién estoy hablando?».

«A mí, Maestro. Por ti ya no tengo poder. Porque me lo has quitado para aumentárselo a Juan, a Simón, a Santiago, a todos, excepto a mí. ¡No me amas, eso es lo que pasa! Y acabaré por no amarte y por maldecir la hora en que te amé, y me hundí ante los ojos del mundo por un rey imbele que se deja supeditar incluso por la plebe. ¡No esperaba esto de ti!».

«Ni Yo tampoco de ti. Pero nunca te he engañado, ni te he obligado. ¿Por qué, pues, permaneces a mi lado?».

«Porque te amo. No puedo ya separarme de ti. Me atraes y me produces repulsión. Te deseo como el aire que respiro y… me das miedo. ¡Ah, soy un maldito! ¡Estoy condenado! ¿Por qué no arrojas de mí el demonio, Tú que puedes?».

La cara de Judas está lívida y descompuesta, enajenada, llena de miedo y odio… Recuerda ya, aunque pálidamente, la máscara satánica del Judas del Viernes Santo.

Y el rostro de Jesús recuerda el del Nazareno flagelado, que, sentado en el patio del Pretorio encima de la artesa puesta boca abajo, mira a los que se burlan de El con toda su piedad amorosa. Dice, y parece que hay ya un sollozo en su voz:

«Porque no hay arrepentimiento en ti, sino solamente ira contra Dios, casi como si El fuera el culpable de tu pecado».

Judas dice entre dientes una fea imprecación…

9 «Maestro, hemos encontrado lo que buscábamos. Cinco en un sitio, tres en otro, dos en otro, y uno y uno en otros dos. No hemos podido mejor»

dicen los discípulos.

«Está bien. Yo voy con Judas de Keriot»

dice Jesús.

«No. Prefiero estar solo. Estoy inquieto. No te dejaría descansar…».

«Como quieras… Entonces iré con Bartolomé. Vosotros haced lo que queráis.

Entretanto vamos a donde haya más sitio, para poder cenar juntos».

[1] 84 Cfr. Lc. 13, 6–9.

 

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10/2/2016 Evangelio según San Mateo 6,1-6.16-18.

Miércoles de Ceniza

Santo(s) del día : Santa Escolástica,  Beato Luis Stepinac
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Lecturas

El evangelio de Mateo de este miércoles de ceniza nos encuentra en el monte del sermón que citan los evangelios.

Al finalizar el primer año de la vida publica de Jesús, El reúne a los doce en esta montaña donde después de un retiro espiritual  los designa apóstoles. Ya en el viaje hasta allí por el lago eran seguidos por numerosas barcas, que al ascender ellos al retiro de la montaña, deja esperando con el resto de los discípulos al pie del monte. En este monte Jesus da seis discursos esa semana a la multitud.

Los que corresponden a este miércoles de ceniza están contenidos en los capítulo 172 y 173  del segundo año de la vida pública de Jesús.

Segundo año de la Vida Pública de Jesús

172. Cuarto discurso de la Montaña: el juramento, la oración, el ayuno[1]43. El anciano Ismael y Sara.

26 de mayo de 1945.

Mount of the Beatitudes

1 Sigue el discurso de la Montaña.

El mismo lugar, la misma hora, la misma muchedumbre (aunque quizás más gente: hay muchos incluso donde empiezan los senderos que conducen al valle). El romano no está.

Jesús habla, y dice:

-«Uno de los errores que comete fácilmente el hombre es la falta de honestidad, incluso consigo mismo. Dado que el hombre difícilmente es sincero y honesto, por propia iniciativa se ha puesto un bocado para sentirse obligado a ir por el camino elegido. Pero he aquí que él mismo, cual indómito caballo, pronto descoloca el bocado, para hacer lo que más cómodo le resultare, sin pensar en la reprensión que pudiera recibir de Dios, de los hombres o de su propia conciencia. Este bocado es el juramento. Pero entre los hombres honestos no es necesario el juramento, y Dios, de por sí, no os lo ha enseñado; antes al contrario, ha encargado deciros, sin más: “No pronuncies falso testimonio”[2]44. El hombre debería ser franco. No debería tener necesidad de ninguna otra cosa aparte de la fidelidad a su palabra.

El Deuteronomio, a propósito de los votos –incluso de los votos que provienen de un corazón que se supone fundido con Dios por sentimiento de necesidad o gratitud–, dice:

172 1“Debes mantener la palabra salida una vez de tus labios, cumpliendo lo que has prometido al Señor tu Dios, todo lo que de propia voluntad y con tu propia boca has dicho”[3]45. Siempre se habla de palabra dada, sólo de palabra dada, sólo la palabra.

Pues bien, quien siente necesidad de jurar denota que se siente inseguro de sí mismo y del concepto que el prójimo pueda tener de él; de la misma forma que quien hace jurar testifica su desconfianza acerca de la sinceridad y honestidad de quien jura. Así, como podéis ver, esta costumbre del juramento es una consecuencia de la deshonestidad moral del hombre; es, además, una vergüenza para el hombre, doble vergüenza porque el hombre no es ni siquiera fiel al juramento –que ya de por sí es cosa vergonzosa–, y, burlándose de Dios con la misma ligereza con que se burla del prójimo, acaba perjurando con pasmosa ligereza y tranquilidad.

2 ¿Podrá haber criatura más abyecta que el perjuro? ¿Este, usando a menudo una fórmula sagrada, llamando por tanto a ser cómplice y garante a Dios, o invocando a los seres más amados (el padre, la madre, la esposa, los hijos, los propios difuntos, la propia vida con sus más preciosos órganos…) como apoyo de su falso testimonio, induce a su prójimo a creerle, con lo cual le engaña. Un hombre así es sacrílego, ladrón, traidor, homicida. ¿De quién? Pues de Dios, porque mezcla la Verdad con la infamia de su mentira, y, malignamente, se burla de Dios y le desafía diciendo: “Caiga tu mano sobre mí, desmiénteme, si puedes; Tú estás allí, yo aquí, y me río”.

¡Ah!, ¡bien! ¡Reíos, reíos, embusteros, vosotros que os burláis!… que día llegará en que no reiréis, cuando Aquel en cuyas manos todo poder ha sido depositado aparezca ante vosotros con terrible majestad y sólo con su aspecto os haga temblar; bastarán sus miradas para fulminaros, antes de que su voz os precipite en vuestro destino eterno marcándoos con su maldición.

Un hombre así es un ladrón, porque se apropia de una estima inmerecida. El prójimo, impresionado por su juramento, le otorga esta estima; y la serpiente se engalana con ella fingiéndose lo que no es. Es además un traidor, porque con el juramento está prometiendo algo que no tiene intención de mantener. Es un homicida, porque mata, o el honor de un semejante, arrebatándole con el juramento falso la estima del prójimo, o la propia alma, pues el perjuro es un abyecto pecador ante los ojos de Dios, que ven la verdad aunque ningún otro la viera. A Dios no se le engaña ni con falsas palabras ni con hipócritas acciones. El ve, no pierde de vista, ni por un instante, a cada uno de los seres humanos, y no existe fortaleza amurallada o profunda bodega donde no pueda penetrar su mirada. Incluso en vuestro interior –esa propia fortaleza dentro de la que todo hombre tiene su corazón– entra Dios, y os juzga no por lo que juráis sino por lo que hacéis.

3 Por ello substituyo la orden dada a los antiguos: “No perjures; antes al contrario, mantén tus juramentos” (cuando el juramento recibió plena vigencia para poner freno a la mentira y a la facilidad de faltar a la palabra dada). La substituyo por otra y os digo:

“No juréis nunca”. No juréis por el Cielo, que es trono de Dios, ni por la Tierra, que es escabel para sus pies, ni por Jerusalén y su Templo, que son la Ciudad del gran Rey y la Casa del Señor nuestro Dios.

No juréis ni por las tumbas de los difuntos ni por sus espíritus: las tumbas están llenas de restos de lo que en el hombre es inferior y común con los animales; en cuanto a los espíritus, dejadlos en su morada. Si son espíritus de justos, que ya viven en estado de precognición de Dios, no hagáis que sufran y se horroricen. Aunque sea precognición, o sea, conocimiento parcial (porque hasta el momento de la Redención no poseerán a Dios en su plenitud de esplendor), no pueden no sufrir al veros pecadores[4]46. Si no son justos, no aumentéis su tormento al recordar su pecado por el vuestro. Dejadlos, dejad a los muertos: a los santos, en la paz; a los no santos, en sus penas. No arrebatéis nada a los primeros, no añadáis nada a los segundos. ¿Por qué apelar a los difuntos? No pueden hablar: los santos, porque su caridad lo impide –deberían desmentiros demasiadas veces–; los réprobos, porque el Infierno no abre sus puertas, y ellos no abren sus bocas sino para maldecir, y toda voz suya queda sofocada por el odio de Satanás y de los demonios, pues los réprobos son demonios.

172 2No juréis ni por la cabeza del propio padre, ni de vuestra madre o esposa, ni por la cabeza de vuestros inocentes hijos; no tenéis derecho a hacerlo. ¿Son, acaso, moneda o mercancía; firma sobre papel? Pues son más y menos que esto. Son sangre y carne de tu sangre, ¡Oh, hombre!; pero también son criaturas libres, y no puedes usarlas como esclavas para que avalen un testimonio falso tuyo. Al mismo tiempo, son menos que una firma tuya, porque tú eres inteligente, libre y adulto, no una persona bajo interdicto o un niño que no sabe lo que hace y que debe ser representado por sus padres. Tú eres tú: un hombre dotado de razón, por tanto responsable de tus acciones, y debes actuar autónomamente, poniendo como aval de tus acciones y palabras tu honradez y sinceridad, la estima que has sabido suscitar en el prójimo; no la honestidad y sinceridad de los padres o la estima que ellos han sabido suscitar. ¿Los padres son responsables de los hijos? Sí, pero sólo mientras son menores de edad; después, cada uno es responsable de sí mismo. No siempre nacen justos de justos, no siempre un hombre santo está casado con una mujer santa. ¿Y entonces, por qué usar como base de garantía la justicia del cónyuge? Del mismo modo, de un pecador pueden nacer hijos santos.

Mientras son inocentes, son todos santos. ¿Y entonces, por qué invocar a una persona pura para un acto vuestro impuro, cual es el juramento que ya con antelación se piensa violar?

Ni siquiera por vuestra cabeza juréis, ni por vuestros ojos, o la lengua o las manos. No tenéis derecho a hacerlo. Todo cuanto tenéis es de Dios; vosotros no sois sino los custodios temporales de ello, administradores de los tesoros morales o materiales que Dios os ha concedido. ¿Por qué hacer uso, entonces, de lo que no os pertenece? ¿Podéis, acaso, añadir un cabello a vuestra cabeza, o cambiar su color? ¿Por qué, si no podéis hacerlo, usáis la vista, la palabra, la libertad de los miembros, para respaldar un juramento? No desafiéis a Dios; podría cogeros la palabra y secar vuestros ojos como puede secar también vuestros pomares, o arrancaros los hijos como puede arrebataros la casa, para recordaros que El es el Señor y vosotros los súbditos, y que incurre en maldición aquel que se idolatra hasta el punto de considerarse a sí mismo más que Dios al desafiarle mintiendo.

4 Decid: “sí”, “sí”; “no”, “no”. Nada más. Si hay mas, es que os lo ha sugerido el Maligno; y además para reírse de vosotros, pues no podréis retener todo y caeréis, por tanto, en mentira, y seréis objeto de las burlas de los demás y conocidos por embusteros.

Sinceridad, hijos, en la palabra y en la oración. No hagáis como los hipócritas, que, cuando oran, quieren hacerlo en las sinagogas, o en las esquinas de las plazas, para ser vistos por los hombres píos y justos, mientras que luego, hacia dentro de la familia, son culpables con Dios y el prójimo. ¿No os dais cuenta de que esto es como jurar en falso? ¿Por qué queréis sostener lo no verdadero para ganar una inmerecida estima? La finalidad de la oración hipócrita es decir: “Verdaderamente soy un santo. Lo juro ante los ojos de quienes me ven, que deberán reconocer que me ven orar”. Pues bien, semejante oración –verdadero velo extendido sobre una maldad real– hecha con una finalidad de este tipo se convierte en blasfemia. Dejad que Dios os proclame santos. Haced que vuestra vida toda grite por vosotros:

“He aquí a un siervo de Dios”. Y vosotros, vosotros, por caridad hacia vosotros mismos, guardad silencio. No hagáis de vuestra lengua, movida por la soberbia, objeto de escándalo ante los ojos de los ángeles. Mejor sería que en ese mismo instante quedarais mudos, si no tenéis la fuerza de dominar el orgullo y la lengua con la que os autoproclamáis justos y gratos a Dios. Dejad a los soberbios y a los falsos esta pobre alegría, dejadles a ellos esta efímera recompensa –¡mísera recompensa!–, que en realidad es la que quieren. Pues bien, no recibirán ninguna otra, porque más de una no se puede recibir: o la verdadera, del Cielo, que es eterna y justa; o la no verdadera, de la tierra, que dura lo que la vida del hombre e incluso menos, y que después, siendo injusta como es, se paga, pasada esta vida, con un castigo verdaderamente mortificador.

5 Oíd cómo debéis orar (con los labios, con el trabajo, con la totalidad de vosotros mismos): debéis orar por impulso de un corazón amante de Dios, a quien siente Padre; de un corazón que siempre tiene presente quién es el Creador y quién la criatura, y que se comporta con amor reverente en presencia de Dios, siempre, ya ore, ya comercie, ya camine, ya descanse, ya logre un beneficio o se lo proporcione a otros.

He dicho “por impulso del corazón”: ésta es la primera y esencial cualidad; porque todo viene del corazón, y, como es el corazón, tal es la mente, la palabra, la mirada, la acción. El hombre justo extrae el bien de su corazón de justo. Cuanto más bien extrae más bien encuentra, porque el bien realizado genera un nuevo bien, de la misma forma que la sangre se renueva en el círculo de las venas para volver al corazón enriquecida de elementos siempre nuevos, extraídos del oxígeno que ha absorbido y de la substancia de os alimentos que ha asimilado. Por el contrario, el perverso, de su tenebroso corazón henchido de fraude y venenos, no puede extraer sino fraude y veneno, que aumentan cada vez más, corroborados por las culpas que van acumulándose (en el bueno son las bendiciones de Dios las que confirman, y también se acumulan). Creed, igualmente, que la exuberancia del corazón rebosa a través de los labios y se revela en las acciones. Haceos un corazón humilde y puro, amoroso, confiado, sincero. Amad a Dios con el púdico amor que siente una virgen hacia su prometido. En verdad os digo que toda alma es virgen prometida al eterno Amante, a Dios nuestro Señor; esta tierra es el tiempo del noviazgo, tiempo en que el ángel custodio otorgado a cada hombre es espiritual paraninfo, y todas las horas y las contingencias de la vida son otras tantas doncellas que preparan el ajuar nupcial 47[5]; la hora de la muerte es la hora de la boda, es entonces cuando viene el conocimiento, el abrazo, la fusión, es entonces cuando, vestida ya de esposa cumplida, el alma puede alzar su velo y echarse en brazos de su Dios, sin que por amar así a su Esposo pueda inducir a otros al escándalo.

Pero por ahora, ¡Oh, almas sacrificadas aún en el vínculo del noviazgo con Dios!, cuando queráis hablar con vuestro Prometido, entrad en la paz de vuestra casa (sobre todo en la paz de vuestra morada interior) y hablad, cual ángeles de carne acompañados por sus ángeles custodios, al Rey de los ángeles; hablad a vuestro Padre en el secreto de vuestro corazón y de vuestra estancia interior; dejad afuera todo lo que sea mundo: el frenesí de ser notados, de edificar; los escrúpulos de las largas oraciones sobresaturadas de palabras, pero monótonas, tibias, mortecinas en cuanto al amor.

6 ¡Por favor, liberaos de prevenciones cuando oréis! En verdad, hay algunos que derrochan horas y horas repitiendo sólo con los labios un monólogo (un verdadero soliloquio porque ni siquiera el ángel custodio lo escucha, pues en efecto es un gran rumor vano que el ángel trata de remediar abismándose en ardiente oración en favor de este hombre necio que le ha sido encomendado). En verdad, hay algunos que no utilizarían de forma distinta esas horas ni aunque Dios se les apareciera y les dijese: “La salud del mundo depende de que dejes esta parola sin alma para ir simplemente a sacar agua de un pozo y verterla en la tierra por amor a mí y a tus semejantes”. En verdad, hay algunos que consideran más valioso su monólogo que el acto cortés de recibir en modo acogedor una visita, o que el acto caritativo de socorrer a un necesitado: son almas que han caído en la idolatría de la oración.

La oración es acción de amor. Ahora bien, se puede amar tanto rezando como haciendo pan, tanto meditando como asistiendo a un enfermo, tanto realizando un peregrinaje al Templo como atendiendo a la familia, tanto sacrificando un cordero como sacrificando nuestros deseos –justos– de recogernos en el Señor. Basta con que uno empape todo sí mismo y toda acción suya en el amor. ¡No tengáis miedo! El Padre ve las cosas. El Padre comprende. El Padre escucha. El Padre concede. ¡Cuántas gracias se reciben por un solo, verdadero, perfecto suspiro de amor; cuánta abundancia, por un sacrificio íntimo hecho con amor! No seáis como los gentiles. Dios no necesita que le digáis lo que debe hacer “porque lo necesitáis”. Eso pueden decírselo los paganos a sus ídolos, que no pueden comprender, pero no vosotros a Dios, al verdadero, espiritual Dios que no es sólo Dios y Rey sino que además es vuestro Padre y sabe, antes de que se lo pidáis, de qué tenéis necesidad.

7 Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide recibe, quien busca encuentra, a quien llame se le abrirá”. Cuando vuestro hijo os tiende su manita diciéndoos: “Padre, tengo hambre”, ¿acaso le dais una piedra?, ¿le dais una serpiente, si os pide un pez? No; es más, no sólo le dais el pan y el pescado, sino que además le hacéis una caricia y le bendecís, pues a un padre le resulta dulce alimentar a su hijo y verle sonreír feliz. Pues si vosotros, que tenéis un corazón imperfecto, sabéis dar buenos dones a vuestros hijos sólo por el amor natural, que también lo posee el animal hacia su prole, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los Cielos concederá a quienes se lo pidan las cosas buenas y necesarias para su bien! ¡No tengáis miedo de pedir, ni tampoco de no obtener!

Pero quiero poneros en guardia contra un fácil error: entre los creyentes hay paganos cuya religión es un amasijo de supersticiones y fe, un edificio profanado en el que han echado raíces hierbas parásitas de todo tipo, hasta el punto de que éste se va desmoronando y al final se derrumba; son paganos de la religión verdadera, débiles en la fe y el amor, que sienten que su fe muere cuando no se ven escuchados. Pues bien, no hagáis como ellos.

Sucede que pedís en un momento dado, y os parece justo hacerlo –la verdad es que para ese momento no sería injusta tampoco la gracia pedida–, pero la vida no termina en ese momento y lo que hoy es bueno puede no serlo mañana (pero vosotros, conociendo sólo el presente –lo cual es también una gracia de Dios– esto lo desconocéis). Sin embargo, Dios conoce también el futuro, y muchas veces no satisface una oración vuestra para ahorraros una pena mayor.

En este año de vida pública, más de una vez he oído corazones que referían haberse quejado de cuánto habían sufrido cuando no se habían sentido escuchados por Dios, pero que luego habían reconocido que ello significó un bien porque la gracia en cuestión les habría impedido alcanzar posteriormente a Dios. A otros les he oído decir –y decirme a mí:– “Señor, ¿por qué no respondes a mi súplica?; con todos lo haces, ¿por qué conmigo no?”. Y, no obstante, a pesar del dolor que me producía el sufrimiento que veía, he tenido que decir: “No puedo”, porque haber condescendido a su petición habría significado poner un estorbo a su vuelo hacia la vida perfecta. Incluso el Padre también a veces dice: “No puedo”; no porque no pueda cumplir inmediatamente ese acto, sino porque no quiere hacerlo, dado que conoce las consecuencias que se seguirían.

Escuchad: un niño tiene sus entrañas enfermas. La madre llama al médico y éste dice: “Necesita ayuno absoluto”. El niño se echa a llorar, grita, suplica, parece languidecer. La madre, compasiva siempre, une sus lamentos a los de su hijo; le parece una crueldad del médico esa prohibición absoluta, le parece que el ayuno y el llanto puedan perjudicar a su hijo… Y, a pesar de todo, el médico se muestra inexorable. Al final dice: “Mujer: yo sé; tú, no; ¿quieres perder a tu hijo o que te lo salve?”. La madre grita: “¡Quiero que viva!”. “Pues entonces –dice el médicono puedo conceder alimento… significaría la muerte”. Pues bien, lo mismo dice el Padre algunas veces. Vosotros, madres compasivas respecto a vuestro yo, no queréis oírle llorar por no haber recibido una gracia; sin embargo, Dios dice. “No puedo. Te perjudicaría”. Llegará el día, o la eternidad, en que se dirá: “¡Gracias, Dios mío, por no haber escuchado mi estupidez,”.

172 38 Lo que he dicho respecto a la oración, lo digo respecto al ayuno. Cuando ayunéis, no pongáis aspecto melancólico, como hacen los hipócritas, que con arte deslucen su rostro para que el mundo sepa y crea –aunque no sea verdad– que ayunan. Estos también han recibido ya, en la alabanza del mundo, su compensación; no recibirán ninguna otra.

Vosotros, por el contrario, cuando ayunéis, poned expresión alegre, lavaos con esmero la cara para que se vea fresca y sedosa, ungíos la barba, perfumaos el pelo, presentad esa sonrisa en los labios propia de quien ha comido bien: ¡Verdaderamente no hay alimento que sacie tanto como el amor, y quien ayuna con espíritu de amor de amor se nutre! En verdad os digo que, aunque el mundo os llame “vanidosos” o “publicanos”, vuestro Padre verá vuestro secreto heroico y os recompensará doblemente, por el ayuno y por el sacrificio de no haber recibido alabanza.

Y ahora, nutrida el alma, id a dar alimento al cuerpo. 9 Aquellos dos pobres que se queden con nosotros: serán los benditos huéspedes que darán sabor a nuestro pan. La paz sea con vosotros».

Los dos pobres se quedan. Son una mujer muy delgada y un anciano muy viejo. No están juntos, se han encontrado allí por azar. Se habían quedado en un ángulo, acoquinados, poniendo inútilmente la mano a quienes pasaban por delante.

Ahora no se atreven a acercarse, pero Jesús va directamente hacia ellos y los coge de la mano para ponerlos en el centro del grupo de los discípulos, bajo una especie de tienda que Pedro ha montado en un ángulo (quizás les sirve de refugio durante la noche y como lugar de reunión durante las horas más calurosas del día: es un cobertizo de ramajes y de… mantos, pero sirve para su finalidad, a pesar de que sea tan bajo, que Jesús y Judas Iscariote, los dos más altos, tienen que agacharse para poder entrar).

-«Aquí tenéis a un padre y a una hermana nuestra. Traed todo lo que tenemos. Mientras comemos escucharemos su historia».

Y Jesús se pone personalmente a servir a los dos avergonzados y escucha su dolorosa narración. Ambos viven solos: el viejo, desde cuando su hija se fue con su marido a un lugar lejano y se olvidó de su padre; la mujer, que además está enferma, desde que su marido murió a causa de una fiebre.

-«El mundo –dice el anciano– nos desprecia porque somos pobres. Voy pidiendo limosna para juntar unos ahorrillos y poder cumplir la Pascua. Tengo ochenta años. Siempre la he cumplido48[6]. Esta puede ser la última. No quiero ir con Abraham, a su seno, con algún remordimiento. De la misma forma que perdono a mi hija, espero ser perdonado. Quiero cumplir mi Pascua».

-«Largo camino, padre».

-«Más largo es el del Cielo, si se incumple el rito».

-«¿Vas sólo?… ¿Y si te sientes mal por el camino?».

-«Me cerrará los párpados el ángel de Dios».

Jesús acaricia la cabeza temblorosa y blanca del anciano, y pregunta a la mujer:

-«¿Y tú?».

-«Voy en busca de trabajo. Si estuviera mejor alimentada, me curaría de mis fiebres; una vez sana, podría trabajar incluso en los campos de cereales».

-«¿Crees que sólo el alimento te curaría?».

-«No. Estás también Tú… Pero, yo soy una pobre cosa, demasiado pobre cosa como para poder pedir conmiseración».

-«Y, si te curara, ¿qué pedirías después?».

-«Nada más. Habría recibido ya con creces cuanto puedo esperar».

Jesús sonríe y le da un trozo de pan mojado en un poco de agua y vinagre, que hace de bebida. La mujer se lo come sin hablar. Jesús continúa sonriendo.

10     La comida termina pronto (¡era tan parca!…). Apóstoles y discípulos van en busca de sombra por las laderas, entre los matorrales. Jesús se queda bajo el cobertizo. El anciano se ha apoyado contra la pared herbosa; ahora, cansado, duerme.

Pasado un poco de tiempo, la mujer, que también se había alejado en busca de sombra y descanso, vuelve hacia Jesús, que le sonríe para infundirle ánimo. Ella se acerca, tímida, pero al mismo tiempo contenta, casi hasta la tienda; luego la vence la alegría y da los últimos pasos velozmente para caer finalmente rostro en tierra emitiendo un grito reprimido:

-«¡Me has curado! ¡Bendito! ¡Es la hora del temblor fuerte y no se me repite!…» y besa los pies a Jesús.

-«¿Estás segura de estar curada? Yo no te lo he dicho. Podría ser una casualidad…».

-«¡No! Ahora he comprendido tu sonrisa cuando me dabas el trozo de pan. Tu virtud ha entrado en mí con ese bocado. No tengo nada que darte a cambio, sino mi corazón. Manda a tu sierva, Señor, que te obedecerá hasta la muerte».

-«Sí. ¿Ves aquel anciano? Está solo y es un hombre justo. Tú tenías marido, pero te fue arrebatado por la muerte; él tenía una hija, pero se la quitó el egoísmo. Esto es peor. Y, no obstante, no impreca; pero no es justo que vaya sólo en sus últimas horas. Sé hija para él».

-«Sí, mi Señor».

-«Fíjate que ello significa trabajar para dos».

-«Ahora me siento fuerte. Lo haré».

11 -«Ve, entonces, allí, encima de ese risco, y dile al hombre que está descansando, aquél vestido de gris, que venga aquí».

La mujer va sin demora y vuelve con Simón Zelote.

-«Ven, Simón. Debo hablarte. Espera, mujer».

Jesús se aleja unos metros.

-«¿Crees que a Lázaro le supondrá alguna dificultad el recibir a una trabajadora más?».

-«¿Lázaro! ¡Si creo que ni siquiera sabe cuántos le prestan servicio! ¡Uno más o menos…! …Pero, ¿de quién se trata?».

-«Es aquella mujer. La he curado y…».

-«No sigas, Maestro; si la has curado, es señal de que la amas, y lo que Tú amas es sagrado para Lázaro. Empeño mi palabra por él».

-«Es verdad, lo que Yo amo es sagrado para Lázaro; bien dices. Por este motivo, Lázaro será santo, porque, amando lo que Yo amo, ama la perfección. Deseo vincular a aquel anciano con esa mujer, y que aquel patriarca pueda cumplir con júbilo su última Pascua. Quiero mucho a los ancianos santos, y, si puedo hacerles sereno el crepúsculo de la vida, me siento dichoso».

-«También amas a los niños…».

-«Sí, y a los enfermos…».

-«Y a los que lloran…».

-«Y a los que están solos…».

-«¡Maestro mío!, ¿no te das cuenta de que amas a todos, incluso a tus enemigos?».

173. Quinto discurso de la Montaña: el uso de las riquezas; la limosna; la confianza en Dios[7]50.

27 de mayo de 1945.

1 El mismo discurso de la montaña.

19_bigLa muchedumbre va aumentando a medida que los días pasan. Hay hombres, mujeres, ancianos, niños, ricos, pobres. Sigue estando la pareja Esteban–Hermas, aunque todavía no hayan sido agregados y unidos a los discípulos antiguos capitaneados por Isaac. Está también presente la nueva pareja, constituida ayer, la del anciano y la mujer; están muy adelante, cerca de su Consolador; su aspecto es mucho más relajado que el de ayer. El anciano, como buscando recuperar los muchos meses o años de abandono por parte de su hija, ha puesto su mano rugosa en las rodillas de la mujer, y ella se la acaricia por esa necesidad innata de la mujer, moralmente sana, de ser maternal.

Jesús pasa al lado de ellos para subir al rústico púlpito; al pasar acaricia la cabeza del

anciano, el cual mira a Jesús como si le viera ya como Dios.

Pedro dice algo a Jesús, que le hace un gesto como diciendo: “No importa”. No entiendo de todas formas lo que dice el apóstol; eso sí, se queda cerca de Jesús; luego se le unen Judas Tadeo y Mateo. Los otros se pierden entre la multitud.

2 -«¡La paz sea con todos vosotros! Ayer he hablado de la oración, del juramento, del ayuno. Hoy quiero instruiros acerca de otras perfecciones, que son también oración, confianza, sinceridad, amor, religión.

La primera de que voy a hablar es el justo uso de las riquezas, que se transforman, por la buena voluntad del siervo fiel, en correlativos tesoros en el Cielo. Los tesoros de la tierra no perduran; los del Cielo son eternos. ¿Amáis vuestros bienes? ¿Os da pena morir porque tendréis que dejarlos y no podréis ya dedicaros a ellos? ¡Pues transferidlos al Cielo! Diréis: “En el Cielo no entran las cosas de la tierra. Tú mismo enseñas que el dinero es la más inmunda de estas cosas. ¿Cómo podremos transferirlo al Cielo?”. No. No podéis llevar las monedas, siendo –como son– materiales, al Reino en que todo es espíritu; lo que sí podéis llevar es el fruto de las monedas.

Cuando dais a un banquero vuestro oro, ¿para qué lo dais? Para que le haga producir, ¿no? Ciertamente no os priváis de él, aunque sea momentáneamente, para que os lo devuelva tal cual: queréis que de diez talentos os devuelva diez más uno, o más; entonces os sentís satisfechos y elogiáis al banquero. En caso contrario, decís: “Será honrado, pero es un inepto”. Y si se da el caso de que, en vez de los diez más uno, os devuelve nueve diciendo: “He perdido el resto”, le denunciáis y le mandáis a la cárcel.

¿Qué es el fruto del dinero? ¿Siembra, acaso, el banquero vuestros denarios y los riega para que crezcan? No. El fruto se produce por una sagaz negociación, de modo que, mediante hipotecas y préstamos a interés, el dinero se incremente en el beneficio justamente requerido por el favor del oro prestado. ¿No es así?

Pues bien, escuchad: Dios os da las riquezas terrenas –a quién muchas, a quién apenas las que necesita para vivir– y os dice: “Ahora te toca a ti. Yo te las he dado. Haz de estos medios un fin como mi amor desea para tu bien. Te las confío, más no para que te perjudiques con ellas. Por la estima en que te tengo, por reconocimiento hacia mis dones, haz producir a tus bienes para esta verdadera Patria”.

3 Os voy a explicar el método para alcanzar este fin.

No deseéis acumular en la Tierra vuestros tesoros, viviendo para ellos, siendo crueles por ellos; que no os maldigan el prójimo y Dios a causa de ellos. No merece la pena. Aquí abajo están siempre inseguros. Los ladrones pueden siempre robaros; el fuego puede destruir las casas; las enfermedades de las plantas o del ganado, exterminaros los rebaños, destruiros los pomares. ¡Cuántos peligros se celan contra vuestros bienes! Ya sean estables y estén protegidos, como las cosas o el oro; ya estén sujetos a sufrir lesión en su naturaleza, como todo cuanto vive, como son los vegetales y los animales; ya se trate, incluso, de telas preciosas… todos ellos pueden sufrir merma: las casas, por el rayo, el fuego y el agua; los campos, por ladrones, roya, sequía, roedores o insectos; los animales, por vértigo, fiebres, descoyuntamientos o mortandades; las telas preciosas y muebles de valor, por la polilla o los ratones; las vajillas preciadas, lámparas y cancelas artísticas… Todo, todo puede sufrir merma.

Más si de todo este bien terreno hacéis un bien sobrenatural, se salvará de toda lesión producida por el tiempo, por los propios hombres o la intemperie. Atesorad en el Cielo, donde no entran ladrones ni suceden infortunios. Trabajad sintiendo amor misericordioso hacia todas las miserias de la Tierra. Acariciad, sí, vuestras monedas, besadlas incluso si queréis, regocijaos por la prosperidad de las mieses, por los viñedos cargados de racimos, por los olivos plegados por el peso de infinitas aceitunas, por las ovejas fecundas y de turgentes ubres… haced todo esto, pero no estérilmente, no humanamente, sino con amor y admiración, con disfrute y cálculo sobrenatural.

“¡Gracias, Dios mío, por esta moneda, por estos sembrados y plantas y ovejas, por estas compraventas! ¡Gracias, ovejas, plantas, prados, transacciones, que tan bien me servís! ¡Benditos seáis todos, porque por tu bondad, Oh Eterno, y por vuestra bondad, Oh cosas, puedo hacer mucho bien a quien tiene hambre o está desnudo o no tiene casa o está enfermo o solo!… El año pasado proveí a las necesidades de diez. Este año –dado que, a pesar de que haya distribuido mucho como limosna, tengo más dinero y más pingües son las cosechas y numerosos los rebaños– daré dos o tres veces más de cuanto di el año pasado, a fin de que todos, incluso quienes no tienen nada propio, gocen de mi alegría y te bendigan conmigo Señor Eterno”. Esta es la oración del justo, la oración que, unida a la acción, transfiere vuestros bienes al Cielo, y, no sólo os los conserva allí eternamente, sino que os los aumenta con los frutos santos del amor.

Tened vuestro tesoro en el Cielo para que esté allí vuestro corazón, por encima, y más allá, del peligro, no sólo de infortunios que perjudiquen al oro, casas, campos o rebaños, sino también de asechanzas contra vuestro corazón, y de que sea expoliado o agredido por el óxido o el fuego, asesinado por el espíritu de este mundo. Si así lo hacéis, tendréis vuestro tesoro en vuestro corazón, porque tendréis a Dios en vosotros, hasta que llegue el día dichoso en que vosotros estéis en El.

4 No obstante, para no disminuir el fruto de la caridad, poned atención a ser caritativos con espíritu sobrenatural. Lo que he dicho respecto a la oración y al ayuno valga para la beneficencia y para cualquier otra obra buena que podáis hacer.

Proteged el bien que hagáis de la violación de la sensualidad del mundo, conservadlo virgen respecto a toda humana alabanza. No profanéis la rosa perfumada –verdadero incensario de perfumes gratos al Señor– de vuestra caridad y recto actuar. El espíritu de soberbia, el deseo de ser uno visto cuando hace el bien, la búsqueda de alabanzas, profanan el bien: las babosas del saciado orgullo ensucian con su secreción la rosa de la caridad y la van excavando con su boca; en el incensario caen hediondas pajas de la cama en que el soberbio, cual atiborrada bestia, retoza.

¡Ah, esas limosnas ofrecidas para que se hable de nosotros!… Mejor sería no darlas. El que no las da peca de insensibilidad; pero quien las ofrece dando a conocer la suma entregada y el nombre del destinatario, mendigando además alabanzas, peca de soberbia (al dar a conocer la dádiva, porque es como si dijera: “¿Veis cuánto puedo?”), pero peca también contra la caridad, porque humilla al destinatario de la limosna al publicar su nombre; y peca también de avaricia espiritual al querer acumular alabanzas humanas… que no son más que paja, paja, sólo paja. Dejad a Dios que os alabe con sus ángeles.

Cuando deis limosna, no vayáis tocando la trompeta delante de vosotros para atraer la atención de los que pasan y recibir alabanzas, como los hipócritas, que buscan el aplauso de los hombres (por eso dan limosna sólo cuando los pueden ver muchos). Estos también han recibido ya su compensación y Dios no les dará ninguna otra. No incurráis vosotros en la misma culpa y presunción. Antes bien, cuando deis limosna, sea ésta tan pudorosa y celada que vuestra mano izquierda no sepa lo que hace la derecha; y luego olvidaos. No os detengáis a remiraros el acto realizado, hinchándoos con él como hace el sapo, que se remira en el pantano con sus ojos velados y, al ver reflejadas en el agua detenida las nubes, los árboles, el carro parado junto a la orilla, y a él mismo –tan pequeñito respecto a esas cosas tan grandes–, se hincha de aire hasta estallar. Del mismo modo vuestra caridad es nada respecto al Infinito que es la Caridad de Dios, y, si pretendierais haceros como El convirtiendo vuestra reducida caridad en una caridad enorme para igualar a la suya, os llenaríais de aire de orgullo para terminar muriendo. Olvidaos. Del acto en sí mismo, olvidaos. Quedará siempre en vosotros una luz, una voz, una miel, que harán vuestro día luminoso, dichoso, dulce. Pues la luz será la sonrisa de Dios; la miel, paz espiritual –Dios también–; la voz, voz del Padre–Dios diciéndoos: “Gracias”. El ve el mal oculto y el bien escondido, y os recompensara por ello. Os lo…».

5 -«¡Maestro, contradices tus propias palabras!».

La ofensa, rencorosa y repentina, proviene del centro de la multitud. Todos se vuelven hacia el lugar de donde ha surgido la voz. Hay confusión. Pedro dice:

-«¡Ya te lo había dicho… cuando hay uno de ésos, no va bien nada!».

De la muchedumbre se elevan silbidos y protestas contra el ofensor. Jesús es el único que conserva la calma. Ha cruzado sus brazos a la altura del pecho: alto, herida su frente por el sol, erguido sobre la piedra, con su indumento azul oscuro…

El que ha lanzado la ofensa, haciendo caso omiso de la reacción de la multitud, continúa:

-«Eres un mal maestro porque enseñas lo que no haces y…».

-«¡Cállate! ¡Vete! ¡Deberías avergonzarte!» grita la multitud. «¡Vete con tus escribas! A nosotros nos basta el Maestro. ¡Los hipócritas con los hipócritas! ¡Falsos maestros! ¡Usureros!…». Y seguirían, si Jesús no elevase su voz potente:

-«¡Silencio! Dejadle hablar».

La gente entonces deja de chillar, pero sigue bisbiseando sus improperios, sazonados con miradas furiosas.

-«Sí, enseñas lo que no haces. Dices que se debe dar limosna, pero sin ser vistos, y Tú, ayer, delante de toda una multitud, dijiste a dos pobres: “Quedaos, que os daré de comer”».

-«Dije: “Que se queden los dos pobres. Serán los benditos huéspedes que darán sabor a nuestro pan”. Nada más. No he dicho que quería darles de comer. ¿Qué pobre no tiene al menos un pan? Mi alegría consistía en ofrecerles buena amistad».

-«¡Ya!, ¡ya! ¡Eres astuto y sabes pasar por cordero!…».

El anciano pobre se pone en pie, se vuelve y, alzando su bastón, grita:

-«Lengua infernal. Tú acusas al Santo. ¿Crees, acaso, saber todo y poder acusar por lo que sabes? De la misma forma que ignoras quién es Dios y aquel a quien insultas, así ignoras sus acciones. Sólo los ángeles y mi corazón exultante lo saben; oíd, hombres, oíd todos y juzgad después si Jesús es el embustero y soberbio de que habla este desecho del Templo. El…».

-«¡Calla, Ismael! ¡Calla por amor a mí! Si he alegrado tu corazón, alegra tú el mío guardando silencio» dice Jesús en tono suplicante.

-«Te obedezco, Hijo santo. Déjame decir sólo esto: la boca del anciano israelita fiel le ha bendecido; a El, que me ha concedido favor de parte de Dios. Dios ha puesto en mis labios la bendición por mí y por Sara, mi nueva hija; no así contigo: sobre tu cabeza no descenderá la bendición. No te maldigo, no ensuciaré con una maldición mi boca, que debe decir a Dios: “Acógeme”. No maldije a quien me renegó y ya he recibido la recompensa divina. Mas habrá quien haga las veces del Inocente acusado y de Ismael, amigo de este Dios que le concede su favor».

Gritos en coro cierran las palabras del anciano, que se sienta de nuevo, mientras un hombre, seguido de improperios, a hurtadillas, se aleja. La muchedumbre grita:

-«¡Continúa, continúa, Maestro santo! Sólo te escuchamos a ti. Escúchanos a nosotros: ¡No queremos a esos malditos pájaros de mal agüero! ¡Son envidiosos! ¡Te preferimos a ti! Tú eres santo; ellos, malos. ¡Síguenos hablando, sigue! Ya ves que estamos sedientos sólo de tu palabra. ¿Casas?, ¿negocios?… No son nada en comparación con escucharte a ti».

-«Seguiré hablando, pero orad por esos desdichados. No os exasperéis. Perdonad, como Yo perdono. Porque si perdonáis a los hombres sus fallos también vuestro Padre del Cielo os perdonará vuestros pecados; pero si sois rencorosos y no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras faltas. Todos tienen necesidad de perdón.

6 Os decía que Dios os recompensará aunque no le pidáis que premie el bien que hayáis hecho. Ahora bien, no hagáis el bien para obtener una recompensa, para disponer de un aval para el futuro. Que vuestras buenas obras no tengan la medida y límite del temor de si os quedará algo para vosotros, o de si, quedándoos sin nada, no va a haber nadie que os ayude a vosotros, o de si encontraréis a alguien que haga con vosotros lo que vosotros habéis hecho, o de si os seguirán queriendo cuando ya no podáis dar nada.

Mirad: tengo amigos poderosos entre los ricos y amigos entre los pobres de este mundo. En verdad os digo que no son los amigos poderosos los más amados; a éstos me acerco no por amor a mí mismo o por interés personal, sino porque de ellos puedo obtener mucho para quienes nada tienen. Yo soy pobre. No tengo nada. Quisiera tener todos los tesoros del mundo y convertirlos en pan para quienes padecen hambre, o en casas para quienes carecen de ellas; en vestidos para los desnudos, en medicinas para los enfermos. Diréis: “Tú puedes curar”. Sí, y más cosas. Pero no siempre tienen fe, y no puedo hacer lo que haría, lo que quisiera hacer de encontrar en los corazones fe en mí.

Quisiera agraciar incluso a estos que no tienen fe; quisiera, dado que no le piden el milagro al Hijo del hombre, ayudarlos como hombre que soy Yo también. Pero no tengo nada; por ello tiendo la mano a quienes tienen y les pido ayuda en nombre de Dios. Por eso tengo amigos entre los poderosos. El día de mañana, una vez que haya dejado esta Tierra, seguirá habiendo pobres; Yo no estaré ya aquí para realizar milagros en favor de quien tiene fe, ni podré dar limosna para guiar hacia la fe; pero mis amigos ricos, para entonces, ya habrán aprendido por el contacto conmigo el modo de ayudar a los necesitados; y mis apóstoles, igualmente por el contacto conmigo, habrán aprendido a solicitar limosna por amor a los hermanos. Así, los pobres siempre tendrán una ayuda.

Pues bien, ayer he recibido, de una persona que no tenía nada, más de cuanto me han dado todos los que sí tienen. Es un amigo tan pobre como Yo, pero me ha dado una cosa que no se paga con moneda alguna, y que me ha sido motivo de dicha trayendo a mi memoria muchas horas serenas de mi niñez y juventud, cuando todas las noches el Justo imponía sus manos sobre mi cabeza y Yo me iba a descansar con su bendición como custodia de mi sueño. Ayer este amigo mío pobre me ha hecho rey con su bendición.

Ved, pues, cómo ninguno de mis amigos ricos me ha dado jamás lo que él. No temáis, por tanto: aunque perdáis el poder del dinero, os bastará el amor y la santidad para poder favorecer al pobre, al cansado o al afligido.

7 Por tanto, os digo: no os afanéis demasiado por temor a la escasez. Siempre tendréis lo necesario. No os apuréis demasiado por el futuro. Nadie sabe cuánto futuro tiene por delante. No os preocupéis de qué comeréis para mantener la vida, ni de qué vestiréis para mantener caliente vuestro cuerpo. La vida de vuestro espíritu es mucho más valiosa que el vientre y los miembros, vale mucho más que la comida y el vestido, así como la vida material es más que la comida y el cuerpo más que el vestido. El Padre lo sabe, sabedlo también vosotros. Mirad los pájaros del aire: no siembran ni cosechan, no recogen en los graneros, y, sin embargo, no mueren de hambre, porque el Padre celeste los nutre. Vosotros, hombres, criaturas predilectas del Padre, valéis mucho más que ellos.

¿Quién de vosotros, con todo su ingenio, podrá añadir a su estatura un solo codo? Si no lográis elevar vuestra estatura ni siquiera un palmo, ¿cómo pensáis que vais a poder cambiar vuestra condición futura, aumentando vuestras riquezas para garantizaros una larga y próspera vejez? ¿Podéis, acaso, decirle a la muerte: “Vendrás por mí cuando yo quiera”? No, no podéis. ¿Para qué, pues, preocuparos por el mañana?, ¿por qué ese gran dolor del temor a quedaros sin nada con que vestiros? Mirad cómo crecen los lirios del campo: no trabajan, no hilan, ni van a los vendedores de vestidos a comprar. Y, sin embargo, os aseguro que ni Salomón con toda su gloria se vistió jamás como uno de ellos. Pues bien, si Dios viste así la hierba del campo, que hoy existe y mañana sirve para calentar el horno o como pasto de los rebaños –al final, ceniza o estiércol–, ¡cuánto más os proveerá a vosotros, hijos suyos, de lo necesario!

No seáis hombres de poca fe. No os angustiéis por un futuro incierto, diciendo: “¿Cuando sea viejo, qué comeré?, ¿qué beberé?, ¿Con qué me vestiré?”. Dejad estas preocupaciones para los gentiles, que no tienen la sublime certeza de la paternidad divina. Vosotros la tenéis, y sabéis que el Padre conoce vuestras necesidades y que os ama. Confiad, pues, en El. Buscad primero las cosas verdaderamente necesarias: fe, bondad, caridad, humildad, misericordia, pureza, justicia, mansedumbre, las tres y las cuatro virtudes principales, y todas las demás; de forma que seáis amigos de Dios y tengáis derecho a su Reino. Os aseguro que todo lo demás se os dará por añadidura sin necesidad siquiera de pedirlo. No hay mayor rico que el santo, ni hombre más seguro que él. Dios está con el santo y el santo está con Dios. Por su cuerpo no pide, y Dios le provee de lo necesario; trabaja, antes bien, para su espíritu, y Dios mismo se da a él ya aquí, y después de esta vida le dará el Paraíso.

No os acongojéis, pues, por lo que no merece vuestra aflicción. Doleos de ser imperfectos, no de tener pocos bienes terrenos. No os atormentéis por el mañana: el mañana tendrá su propia preocupación, y vosotros tendréis que preocuparos por el mañana cuando lo viváis. ¿Por qué pensar en el mañana hoy? ¿Es que, acaso, la vida no está ya suficientemente llena de recuerdos penosos del ayer y de pesadumbres del hoy como para sentir la necesidad de cargarla además con las angustias de los “¿qué sucederá?” mañana? Dejadle a cada día su afán. Habrá siempre más penas en la vida de las que querríamos tener. No añadáis penas presentes a penas futuras. Decid siempre la gran palabra de Dios: “Hoy”. Sois sus hijos, creados a su semejanza; decid, pues, con El: “Hoy”.

Y hoy os doy mi bendición. Que os acompañe hasta el comienzo del nuevo hoy, o sea, mañana; es decir, cuando os dé nuevamente la paz en nombre de Dios»

[1]43 Cfr. Mt. 5; 6, 5–6 y 16–18; 7, 7–11; Lc. 6; 11, 9–13.

[2]44 Cfr. Ex. 20, 16; Lev. 19, 12; Deut. 5 , 20.

[3]45 Cfr. Deut. 23, 23.

[4] 46 Nota. En el tiempo de Cristo así sucedía a los justos en el Limbo, o a los del Purgatorio, quienes tenían un conocimiento

parcial y confuso de Dios, si bien en diversa medida. Después de Cristo, este conocimiento parcial, aunque incierto, es propio de

los del Purgatorio. Después de purificadas y llegadas al cielo, las almas, ya santas, conocen a Dios a la luz de la gloria, verán lo

que creyeron, poseerán la verdad que es Dios, lo contemplarán en su Ser y en su perfección infinita.

[5] 47 Nota. Cada acción que se hace para honrar a Dios, conforme a sus enseñanzas y deseos, es como una unión más estrecha, una

transformación de Dios en Dios, un esponsalicio más estrecho para llegar a ser “una sola cosa”. Y al final en el eterno cielo se

regocijará el alma con toda perfección

[6] 48 Cfr. Ex. 12, 1 – 13, 16; 23, 14–19; 34, 10–28; Lev. 23, 5–8; Núm. 9, 1–14; 28, 16–25; Deut. 16, 1–8; Ez. 45, 18–24; Mt. 26, 17–30; Mc. 14, 12–26; Lc. 22, 1–39; Ju. 13, 1 – 18, 1; 1 Cor. 5, 6–8; 11, 17–34

[7] 50 Cfr. Mt. 5; 6, 1–4 y 19–21 y 25–34; Lc. 6; 12, 22–34

7/2/2016 Evangelio según San Lucas 5,1-11.

Quinto domingo del tiempo ordinario

Santo(s) del día : Santo Tobías A.T.,  Beato Pío IX
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Lecturas

Este domingo meditamos el pasaje de la pesca milagrosa que se inicia en el capitulo 64 y 65, que ya vimos en el domingo III del ciclo B

Primer Año de la Vida Pública de Jesús

64. El paralítico curado en Cafarnaúm[1].

9 de noviembre de 1944.

1       Veo las orillas del lago de Genesaret, y también las barcas de los pescadores sacadas a tierra; en la orilla, apoyados en ellas, están Pedro y Andrés, dedicados a reparar las redes que los peones les llevan goteando después de quitar los detritos que habían quedado aprisionados en éstas aclarándolas en el lago. A una distancia de unos diez metros, Juan y Santiago, centrados en su barca, tratan de poner orden en ella, ayudados por un peón y por un hombre de unos cincuenta o cincuenta y cinco años, que creo que es Zebedeo, porque el peón le llama “jefe” y porque es parecidísimo a Santiago.

Pedro y Andrés, de espaldas a la barca, se dedican silenciosos a volver a atar cuerdas y corchos señalizadores. Sólo de vez en cuando se intercambian algunas palabras acerca de su trabajo, el cual, por lo que puedo entender, ha sido infructuoso.

llamado de pedro y andresPedro se queja de ello, no porque su bolsa esté vacía, ni por la inutilidad del esfuerzo, sino que dice:

-«Lo siento porque… ¿cómo vamos a arreglárnoslas para dar algo de comer a esos pobrecillos? A nosotros sólo nos llegan raros donativos, y yo no toco esos diez denarios y siete dracmas que hemos recogido en estos cuatro días. El Maestro, y sólo El, me debe indicar para quién y cómo se han de distribuir esas monedas. ¡Y hasta el sábado El no vuelve! ¡Si hubiera tenido buena pesca!… El pescado más menudo lo habría cocinado y se lo habría dado a esos pobres… y, si alguien de mi casa se hubiera quejado, no me hubiera importado: los sanos pueden ir a buscarlo, ¡pero los enfermos…!».

-«¡Y además ese paralítico!… Ya han recorrido mucho camino para traerle aquí…»

dice Andrés.

-«Mira, hermano, yo pienso… que no podemos estar divididos. No sé por qué el Maestro no nos quiere tener permanentemente con El. Al menos… no vería a estos pobrecillos a los que no puedo socorrer y, aunque los viera, podría decirles: “El está aquí”».

-«¡Aquí estoy!»

–Jesús ha venido caminando despacio por la arena blanda–. Pedro y Andrés se estremecen. Se les escapa un grito:

-«¡Oh! ¡Maestro!»;

y llaman a Santiago y a Juan:

-«¡El Maestro! ¡Venid!».

Los dos acuden, y todos se arriman a Jesús. Uno le besa la túnica, otro las manos; Juan osa pasarle un brazo alrededor de la cintura y apoyar la cabeza sobre su pecho; Jesús le besa en el pelo.

-«¿De qué hablabais?».

-«Maestro… estábamos diciendo que te íbamos a necesitar».

-«¿Para qué, amigos?».

-«Para verte y amarte viéndote, y, además, por algunos pobres y enfermos; te esperan desde hace dos días o más… Yo he hecho lo que podía. Los he alojado allí ¿ves aquella cabaña en aquel terreno baldío? Allí reparan las barcas los carpinteros de ribera. Allí he procurado cobijo a un paralítico, a uno que tiene mucha fiebre y a un niño que se está muriendo en brazos de su madre: no podía mandarles a buscarte».

65 2-«Has hecho bien. Pero, ¿cómo te las has arreglado para socorrerlos? ¿Quién los ha guiado?, ¡me has dicho que son pobres!…».

-«Claro, Maestro. Los ricos tienen carros y caballos; los pobres, sólo las piernas. No pueden seguirte diligentemente. He hecho lo que he podido. Mira: esto es lo poco que he recaudado, pero no he tocado ni una perra; Tú lo harás».

-«Pedro, tú también podías haberlo hecho. Ciertamente… Pedro mío, siento que por mí sufras reprensiones o fatigas».

-«No, Señor, no debes afligirte por eso. A mí eso no me duele. Sólo siento el no haber podido tener una mayor caridad. Pero, créeme, he hecho, todos hemos hecho cuanto hemos podido».

-«Lo sé. Sé que has trabajado y sin intereses personales. Aunque haya faltado la comida, tu caridad no, y es viva, activa, santa a los ojos de Dios».

3       Algunos niños, entretanto, han llegado corriendo y gritan:

-«¡El Maestro! ¡Está el Maestro! ¡Jesús! ¡Ha venido Jesús!».

Y se le arriman. El los acaricia, sin dejar por ello de hablar con los discípulos.

-«Simón, entro en tu casa. Tú y vosotros id a comunicar que he venido; después traedme a los enfermos».

Los discípulos salen, rápidos, en distintas direcciones. Toda Cafarnaúm ya sabe, no obstante, que Jesús ha llegado; lo sabe por los niños, que parecen abejas que en enjambre dejan la colmena hacia las distintas flores: en este caso, las casas, las calles, las plazas. Van, vienen, jubilosos, llevando la noticia a las mamás, a los transeúntes, a los viejos que están sentados tomando el sol; y luego vuelven para que, una vez más, los acaricie Aquél que los ama, y uno, audaz, dice:

-«Háblanos a nosotros, habla hoy para nosotros, Jesús. Te queremos y somos mejores que los mayores».

Jesús le sonríe al pequeño psicólogo y promete que hablará para ellos. Luego, siguiéndole los pequeños, se dirige a la casa, donde entra saludando con su fórmula de paz:

-«La paz descienda sobre esta casa».

La gente se apiña en la estancia grande posterior, empleada para las redes, maromas, cestos, remos, velas y provisiones. Se ve que Pedro la ha puesto a disposición de Jesús, amontonando todo en un rincón para dejar espacio libre. El lago no se ve desde aquí, sólo se oye el rumor lento de sus olas; y se ve sólo la pequeña tapia verdosa del huerto, con su vieja vid y su frondosa higuera. Hay gente hasta incluso en la calle; no cabiendo en la sala, ocupan el huerto; no cabiendo en el huerto, se quedan afuera.

4 Jesús empieza a hablar. En primera fila –se han abierto paso sirviéndose de su actitud avasalladora y del temor que siente hacia ellos la plebe– hay cinco personas… de elevada condición social; lujo, riqueza de vestidos y soberbia denuncian que son fariseos y doctores. Sin embargo, Jesús quiere tener en torno a sí a sus pequeños: una corona de caritas inocentes, ojos luminosos y sonrisas angelicales, mirando hacia arriba, a El. Jesús habla, acariciando cada cierto rato la cabecita rizada de un niño que se ha sentado a sus pies y tiene apoyada la cabeza en las rodillas de El, sobre el bracito doblado. Jesús está sentado encima de un gran montón de cestos y redes.

“Mi amado ha bajado a su jardín, al pensil de los aromas, a deleitarse entre los jardines y a recoger lirios… él, que se sacia entre los lirios[2], dice Salomón de David de quien provengo Yo, Mesías de Israel.

¡Mi jardín! ¿Qué jardín más hermoso y mas digno de Dios que el Cielo, donde son flores los ángeles creados por el Padre?… Y, sin embargo, otro jardín ha querido el Hijo unigénito del Padre, el Hijo del hombre, porque por el hombre Yo tengo carne, sin la cual no podría redimir las culpas de la carne del hombre; un jardín que habría podido ser poco inferior al celeste, si desde el Paraíso terrestre se hubieran efuso, como dulces abejas desde un arna, los hijos de Adán, los hijos de Dios, para poblar la tierra de santidad destinada toda al Cielo. Pero el Enemigo sembró tribulaciones y espinas en el corazón de Adán, y tribulaciones y espinas desde este corazón se derramaron sobre la tierra, no ya jardín, sino selva áspera y cruel en que se estanca la fiebre y anida la serpiente.

Pero el Amado del Padre tiene todavía un jardín en esta tierra en que impera Satanás: el jardín al que va a saciarse de su alimento celeste: amor y pureza; el pensil del que coge las flores que aprecia, en las cuales no hay mancha de sentido, de avaricia, de soberbia:  éstos –Jesús acaricia a todos los niños que puede, pasando su mano sobre la corona de cabecitas atentas (una única caricia que apenas los toca y les hace sonreír de alegría)–; éstos son mis lirios.

No tuvo Salomón, en su riqueza, vestidura más hermosa que el lirio que perfuma la hoya, ni diadema de más aérea y espléndida gracia que la que tiene el lirio en su cáliz de perla. Y, no obstante, para mi corazón no hay lirio que valga lo que uno de éstos; no hay jardín, no hay jardín de ricos, todo cultivado de lirios, que me valga cuanto uno sólo de estos puros, inocentes, sinceros, sencillos párvulos.

¡Oh hombres, Oh mujeres de Israel, Oh vosotros, grandes y humildes por riqueza o por cargo, oíd! Vosotros estáis aquí porque queréis conocerme y amarme. Pues bien, debéis saber cuál es la condición primera para ser míos. Mirad que no os digo palabras difíciles, ni os pongo ejemplos aún más difíciles; os digo: tomad a éstos como ejemplo.

¿Quién hay, entre vosotros, que no tenga en casa en la edad de la puericia, de la niñez, a un hijo, a un nieto o sobrino, a un hermano? ¿No es un descanso, un alivio, un motivo de unión entre esposos, entre familiares, entre amigos, uno de estos inocentes, cuya alma es pura como alba serena, cuyo rostro aleja las nubes y crea esperanzas, cuyas caricias secan las lágrimas e infunden fuerza vital? ¿Por qué tienen tanto poder ellos, que son débiles, inermes, ignorantes todavía?: porque tienen en sí a Dios, tienen la fuerza y la sabiduría de Dios, la verdadera sabiduría: saben amar y creer, creer y querer, vivir en este amor y en esta fe. Sed como ellos: sencillos, puros, amorosos, sinceros, creyentes.

No hay sabio en Israel que sea mayor que el más pequeño de éstos, cuya alma es de Dios y de cuya alma es el Reino. Benditos del Padre, amados del Hijo del Padre, flores de mi jardín, mi paz esté con vosotros y con quienes os imiten por mi amor».

Jesús ha terminado.

5 -«Maestro»

grita Pedro entre la muchedumbre

-«aquí están los enfermos. Dos pueden esperar a que salgas, pero a éste le está estrujando la multitud y, además… ya no aguanta más, y no podemos pasar. ¿Le digo que vuelva otra vez?».

-«No. Descolgadle por el techo».

-«¡Es verdad! ¡En seguida!».

|Se oye caminar arrastrando los pies sobre el techo bajo de la estancia, la cual, no formando realmente parte de la casa, no tiene encima la terraza unida con cemento, sino sólo un tejaducho de haces de ramas cubiertas con placas similares a la pizarra. No sé qué piedra era. Hacen una abertura, y, con unas cuerdas, descuelgan la pequeña camilla en la que está el enfermo; la descuelgan justo delante de Jesús; la gente se apiña aún más, para ver.

-«Has tenido una gran fe, como también quien te ha traído».

-«¡Oh! ¡Señor! ¿Cómo no tenerla en ti?».

-«Pues bien, Yo te digo: hijo –el hombre es muy joven–, te son perdonados todos tus pecados».

El hombre le mira llorando… quizás se queda un poco contrariado porque esperaba la curación del cuerpo.

Los fariseos y doctores murmuran, arrugando nariz, frente y boca con desprecio.

paralitico curado-«¿Por qué murmuráis, con los labios y, sobre todo, en el corazón? Según vosotros, ¿es más fácil decirle al paralítico: “Tus pecados te son perdonados”, o: “Levántate, toma la camilla y anda”? Vosotros pensáis “sólo Dios puede perdonar los pecados”. Pero no sabéis responder cuál es la cosa más grande, porque a este hombre, maltrecho en todo su cuerpo, y que ha gastado los haberes sin resultado alguno, sólo le puede curar Dios. Pues bien, para que sepáis que Yo lo puedo todo, para que sepáis que el Hijo del hombre tiene poder sobre la carne y sobre el alma, en la tierra y en el Cielo, Yo le digo a éste: levántate, toma tu camilla y anda. Ve a tu casa y sé santo».

El hombre se estremece, grita, se levanta, se echa a los pies de Jesús, los besa y acaricia, llora y ríe, y con él los familiares y la multitud, la cual, luego, se abre para dejarle pasar y le sigue jubilosa (la muchedumbre, no los cinco rencorosos que se marchan engreídos y duros como estacas).

6       Así, puede entrar la madre con el pequeñuelo: un niño todavía lactante, esquelético. Le acerca. Dice solamente:

-«Jesús, Tú los amas. Lo has dicho. ¡Que este amor y tu Madre…!»

… y se echa a llorar. Jesús toma al lactante –realmente moribundo–, se lo pone contra el corazón, le tiene un momento con la boca en la carita cérea de labiuchos violáceos y párpados ya caídos.

Un momento le tiene así… y, cuando le separa de su barba rubia, la carita tiene color rosáceo, la boquita expresa una sonrisa indecisa de infante, los ojitos miran alrededor vivarachos y curiosos, las manitas, antes cerradas y caídas, gesticulan entre el pelo y la barba de Jesús, que ríe.

-«¡Oh, hijo mío!»

grita, dichosa, la mamá.

-«Toma, mujer. Sé feliz y buena».

Y la mujer toma al niño renacido y le estrecha contra su pecho, y el pequeño reclama inmediatamente sus derechos de alimento: hurga, abre, encuentra… y mama, mama, mama, ávido y feliz.

Jesús bendice a los presentes. Pasa entre ellos. Va a la puerta, donde está el enfermo que tenía mucha fiebre.

-«¡Maestro! ¡Sé bueno!».

-«Y tú también. Usa la salud en la justicia».

Le acaricia y sale.

7       Vuelve a la orilla, seguido, precedido, bendecido por muchos que le suplican:

-«Nosotros no te hemos oído. No podíamos entrar. Háblanos también a nosotros».

Jesús hace un gesto de aceptación y, dado que la multitud le oprime hasta casi ahogarle, monta en la barca de Pedro. No es suficiente. El asedio es sofocante.

«Mete la barca en el mar y sepárate bastante».

La visión cesa aquí.

[1] Cfr. Mt. 9, 1–8; Mc. 2, 1–12; Lc. 5, 17–26.

[2] Cant. 6, 3.

65. La pesca milagrosa[1] y la elección de los primeros cuatro apóstoles.

10 de noviembre de 1944.

1       Y continúa. Jesús está hablando:

65 1-«Cuando en primavera todo florece, el hombre del campo dice contento: “Obtendré mucho fruto”, y se regocija su corazón por esta esperanza. Pero, desde la primavera al otoño, desde el mes de las flores al de la fruta, ¡cuántos días, cuántos vientos y lluvias y sol y temporales vendrán! A veces la guerra, o la crueldad de los poderosos, o enfermedades de las plantas, o del campesino. Así es que los árboles, que prometían mucho fruto, –al no cavárselos o recalzarlos, regarlos, podarlos, sujetarlos o limpiarlos– se ponen mustios y mueren totalmente, o muere su fruto.

Vosotros me seguís. Me amáis. Vosotros, como plantas en primavera, os adornáis de propósitos y amor. Verdaderamente Israel en esta alba de mi apostolado es como nuestros dulces campos en el luminoso mes de Nisán. Pero, escuchad. Como quemazón de sequía, vendrá Satanás a abrasaros con su hálito envidioso de mi. Vendrá el mundo con su viento helado a congelar vuestro florecer. Vendrán las pasiones como temporales.

Vendrá el tedio como lluvia obstinada. Todos los enemigos míos y vuestros vendrán para hacer estéril lo que debería brotar de esta tendencia santa vuestra a florecer en Dios. Yo os lo advierto, porque sé las cosas. Pero, ¿entonces todo se perderá cuando Yo, como el agricultor enfermo –más que enfermo, muerto–, ya no pueda ofreceros palabras y milagros? No. Yo siembro y cultivo mientras dura mi tiempo; crecerá y madurará en vosotros, si vigiláis bien.

Mirad esa higuera de la casa de Simón de Jonás. Quien la plantó no encontró el punto justo y propicio. Trasplantada junto a la húmeda pared de septentrión, habría muerto si no hubiera deseado tutelarse a sí misma para vivir. Y ha buscado sol y luz. Vedla ahí: toda retorcida, pero fuerte y digna, bebiendo de la aurora el sol con el que se procura el jugo para sus cientos y cientos de dulces frutos. Se ha defendido por sí misma. Ha dicho: “El Creador me ha proyectado para alegrar y alimentar al hombre. ¡Yo quiero que mi deseo acompañe al suyo!”. ¡Una higuera! ¡Una planta sin habla! ¡Sin alma! Y vosotros, hijos de Dios, hijos del hombre, ¿vais a ser menos que esa leñosa planta?

Vigilad bien para dar frutos de vida eterna. Yo os cultivo y al final os daré la savia más poderosa que existe. No hagáis, no hagáis que Satanás ría ante las ruinas de mi trabajo, de mi sacrificio y también de vuestra alma. Buscad la luz. Buscad el sol. Buscad la fuerza. Buscad la vida. Yo soy Vida, Fuerza, Sol, Luz de quien me ama. Estoy aquí para llevaros al lugar del que provengo. Hablo aquí para llamaros a todos e indicaros la Ley de los diez mandamientos que dan la vida eterna. Y con consejo amoroso os digo:

“Amad a Dios y al prójimo”; es condición primera para cumplir cualquier otro bien, es el más santo de los diez santos mandamientos. Amad. Aquellos que amen en Dios, a Dios y al prójimo y por el Señor Dios tendrán en la Tierra y en el Cielo la paz como tienda y corona».

La gente, después de la bendición de Jesús, se aleja, pero como no queriendo marcharse. No hay ni enfermos ni pobres.

2       Jesús dice a Simón:

-«Llama a los otros dos. Vamos a adentrarnos en el lago para echar la red».

-«Maestro, tengo los brazos deshechos de echar y subir la red durante toda la noche para nada. El pescado está en zona profunda, quién sabe dónde».

-«Haz lo que te digo, Pedro. Escucha siempre a quien te ama».

-«Haré lo que dices por respeto a tu palabra»

y llama con fuerza a los peones, y a Santiago y a Juan.

-«Vamos a pescar. El Maestro así lo quiere».

Y mientras se alejan de la orilla le dice a Jesús:

-«Maestro, te aseguro que no es hora propicia. A esta hora los peces quién sabe dónde estarán descansando…».

Jesús, sentado en la proa, sonríe y calla. Recorren un arco de círculo en el lago y luego echan la red. Después de pocos minutos de espera, la barca siente extrañas sacudidas, extrañas porque el lago está liso como si fuera de cristal fundido bajo el Sol ya alto.

-«¡Esto son peces, Maestro!»

dice Pedro con los ojos como platos. Jesús sonríe y calla.

ed9e8-pesca20milagrosa-«¡Eúp! ¡Eúp!»

dirige Pedro a los peones. Pero la barca se inclina hacia el lado de la red.

-«¡Eh! ¡Santiago! ¡Juan! ¡Rápido! ¡Venid! ¡Con los remos! ¡Rápido!».

Se apresuran. Los esfuerzos de los hombres de las dos barcas logran subir la red sin dañar el pescado. Las barcas se colocan una al lado de la otra, completamente juntas. Un cesto, dos, cinco, diez; todos llenos de estupendas piezas, y hay todavía muchos peces coleteando en la red: plata y bronce vivo que se mueve huyendo de la muerte. Entonces no hay más que una solución: volear el resto en el fondo de las barcas. Lo hacen, y el fondo se vuelve todo un bullir de vidas en agonía. Esta abundancia cubre a los hombres hasta más arriba del tobillo y el nivel externo del agua llega a superar, por el peso excesivo, la línea de flotación.

-«¡A la orilla! ¡Vira! ¡Venga! ¡Con la vela! ¡Cuidado con el fondo! ¡Pértigas preparadas para amortizar el choque! ¡Demasiado peso!».

3       Mientras dura la maniobra, Pedro no reflexiona. Pero, una vez en la orilla, lo hace. Entiende. Siente una gran turbación.

-«¡Maestro, Señor! ¡Aléjate de mí! Yo soy un hombre pecador. ¡No soy digno de estar a tu lado! ».

65 2Pedro está de rodillas sobre la grava húmeda de la orilla. Jesús le mira y sonríe:

-«¡Levántate! ¡Sígueme! ¡Ya no te dejo! De ahora en adelante serás pescador de hombres, y contigo estos compañeros tuyos. No temáis ya nada. Yo os llamo. ¡Venid!».

-«Inmediatamente, Señor. Vosotros ocupaos de las barcas. Llevadle todo a Zebedeo y a mi cuñado. Vamos. ¡Del todo para ti somos, Jesús! Sea bendito el Eterno por esta elección».

Y tiene fin la visión.

[1] Cfr. Mt. 4, 18–22; Lc. 5, 1–8.