24 y 31/1/2016 Evangelio según San Lucas 1,1-4.4,14-21. y 4,21-30.

Domingos III y IV del tiempo ordinario C

Santo(s) del día : San Francisco de Sales,  Beata Paula Gambara Costa
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Santo(s) del día : San Juan Bosco
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Lecturas / Lecturas

Este pasaje lo hemos visto en el domingo XIV ordinario del ciclo B, es el capitulo 106 que en el evangelio de Marcos meditábamos sobre la expulsión de Jesús de la sinagoga

Como en el evangelio de Marcos, aquí Lucas pasa en dos versículos (4, 14 y 15) casi todo el primer año de la vida pública de Jesús y termina el evangelio antes del desenlace de ese discurso, puntualizando el anuncio del cumplimiento de las profecía.

Primer Año De La Vida Pública de Jesús.

106. Expulsión de Nazaret[1]70. Jesús consuela a su Madre.

Tarde del 13 de febrero de 1944.

Sinagoga de Nazaret

esglesia-de-la-sinagoga-de-nazaret1       Veo una amplia sala cuadrada. Digo sala, a pesar de que comprendo que se trata de la sinagoga de Nazaret –como me dice el íntimo consejero–, porque no hay sino paredes desnudas pintadas de un amarillo pajizo y en una parte una especie de cátedra.

Hay también un alto ambón que tiene encima unos rollos. Ambón, estante… llámelo como mejor le parezca. Es, en definitiva, una especie de plano inclinado sujeto por un pie; sobre él están alineados unos rollos.

Hay gente orando. No como rezamos nosotros, sino vueltos todos hacia un lado con las manos separadas: más o menos como el sacerdote en el altar.

Hay lámparas dispuestas sobre la cátedra y el ambón.

No veo la finalidad de estar contemplando esto, que no cambia y que me queda fijo así por un tiempo, pero Jesús me dice que escriba lo que veo, y yo lo hago[2]71.

2       Me encuentro de nuevo en la sinagoga de Nazaret. Ahora el rabino está leyendo.

Oigo la cantinela de voz nasal, pero no entiend106 1o las palabras, pues las pronuncian en una lengua que yo no sé.

Entre la gente está también Jesús con sus primos apóstoles y con otros (también parientes, sin duda, pero no sé quiénes son).

Después de la lectura el rabino dirige la mirada, en actitud de muda expectativa, hacia la multitud.

Jesús pasa adelante y solicita encargarse hoy de la reunión de la asamblea.

Oigo su hermosa voz, que lee el paso de Isaías citado por el Evangelio[3]72:

106 2“El espíritu del Señor está sobre mí… “.

Y oigo el comentario que hace al respecto, diciendo de sí mismo que es

«el portador de la Buena Nueva, de la ley del amor, que pone misericordia donde antes había rigor; por la cual todos aquellos que, por la culpa de Adán, padecen enfermedad en el espíritu, y, como reflejo, en la carne –porque el pecado siempre suscita el vicio y el vicio enfermedad incluso física – obtendrán la salud; por la cual todos los prisioneros del Espíritu del mal obtendrán la liberación. Yo he venido – dice – a romper estas cadenas, a abrir de nuevo el camino de los Cielos, a proporcionar luz a las almas que han sido cegadas, oído a las sordas. Ha llegado el tiempo de la Gracia del Señor. Ella está entre vosotros, Ella es esta que os habla. Los Patriarcas desearon ver este día, cuya existencia ha sido proclamada por la voz del Altísimo y cuyo tiempo predijeron los Profetas[4]73, y ya, llevada a ellos por ministerio sobrenatural, saben que el alba de este día ha roto, y su entrada en el Paraíso está ya cercana, exultando por ello en sus espíritus; santos a quienes no falta sino mi bendición para ser ciudadanos del Cielo.hqdefault

Vosotros lo estáis viendo. Venid hacia la Luz que ha surgido. Despojaos de vuestras pasiones para resultar ágiles en el seguir a Cristo. Tened la buena voluntad de creer, de mejorar, de desear la salud, y la salud os será dada; la tengo en mi mano, pero sólo se la doy a quien tiene buena voluntad de poseerla, porque sería una ofensa a la Gracia el darla a quien quiere continuar sirviendo a Satanás».

3       El murmullo se desata en la sinagoga.

Jesús mira en torno a sí. Lee los rostros y el interior de los corazones y prosigue:

«Comprendo lo que estáis pensando. Vosotros, dado que soy de Nazaret, querríais un favor de privilegio; más esto por vuestro egoísmo, no por potencia de fe. Así que os digo que, en verdad, a ningún profeta se le recibe bien en su patria. Otro
s lugares me han acogido, y me acogerán, con mayor fe, incluso aquellos cuyo nombre es motivo de escándalo entre vosotros. Allí cosecharé mis seguidores, mientras que en esta tierra no podré hacer nada, porque se me presenta cerrada y hostil. Os recuerdo a Elías y Eliseo.

El primero halló fe en una mujer fenicia; el segundo, ensinagoga un sirio[5]74: en favor de aquélla y de éste pudieron realizar el milagro. Los de Israel que estaban muriéndose de hambre y los leprosos de Israel no obtuvieron pan o curación, porque su corazón no tenía la buena voluntad, perla fina que el profeta, de haber existido, hubiera visto. Lo mismo os sucederá a vosotros, hostiles e incrédulos ante la Palabra de Dios».

4       La multitud se alborota e impreca, e intenta ponerle la mano encima a Jesús, pero los apóstoles–primos[6]75 (Judas, Santiago y Simón) le defienden, y entonces los enfurecidos nazarenos le echan fuera de la ciudad. Van detrás con amenazas –no solamente verbales– hasta el comienzo del monte. Pero Jesús se vuelve y los inmoviliza con su mirada magnética, y pasa incólume entre ellos. Desaparece luego, camino arriba, por un sendero.

5       Veo un pequeño, pequeñísimo, grupo de casas, un puñado de casas. Hoy lo llamaríamos anejo rural. Está más alta que Nazaret, la cual se ve más abajo. Dista de ésta pocos kilómetros. Es un caserío misérrimo.

Jesús, sentado encima de una pequeña tapia, junto a una casucha, habla con María. Quizás es una casa amiga, o por lo menos de gente hospitalaria, según las leyes de la hospitalidad oriental. Jesús se ha refugiado en ella después de haber sido echado de Nazaret, para esperar a los apóstoles que se habían dispersado por la zona mientras estaba con su Madre.

Con El sólo se encuentran los tres apóstoles–primos, que están recogidos dentro de la cocina y hablan con una mujer anciana a la que Tadeo llama madre. Por ello comprendo que se trata de María de Cleofás. Es una mujer más bien anciana, y la reconozco como la que estaba con María en las bodas de Caná. Claro, es que María de Cleofás y sus hijos se han retirado para que Jesús y su Madre puedan hablar libremente.

6       María está afligida. Ha venido a saber lo de la sinagoga y está triste. Jesús la consuela. María le suplica a su Hijo que se mantenga lejos de Nazaret, donde todos están mal predispuestos hacia El, incluyendo a los otros familiares que le consideran un loco que está deseando suscitar rencores y disputas. Pero Jesús hace un gesto sonriendo; parece como si dijera:

“¿Por esta pequeñez? ¡Olvídate de ello!”.

Pero María insiste.  Entonces El responde:

«Mamá, si el Hijo del Hombre hubiera de ir únicamente a donde le aman, tendría que retirar su paso de esta Tierra y volverse al Cielo. Tengo en todas partes enemigos, porque se odia la Verdad, y Yo soy la Verdad. Pero no he venido para encontrar un amor fácil. He venido para hacer la voluntad del Padre y redimir al hombre. El amor eres tú, Mamá, mi amor, el que me compensa todo. Tú y este pequeño rebaño que todos los días se va acrecentando con alguna oveja que arranco a los lobos de las pasiones y llevo al redil de Dios. Lo demás es el deber. He venido para cumplir este deber y debo cumplirlo, si es preciso aún cuando me parta en pedazos contra las piedras de los corazones que oponen firme resistencia al bien. Es más, sólo cuando caiga, bañando de sangre esos corazones, los ablandaré estampando en ellos el Signo mío, que anula el del Enemigo. Mamá, he bajado del Cielo para esto. No puedo sino desear cumplirlo».

«¡Oh! ¡Hijo! ¡Hijo mío!»

–María habla con voz acongojada–. Jesús la acaricia. Noto que María lleva en la cabeza, además del velo, el manto; más velada que nunca, como una sacerdotisa.

7 «Me ausentaré durante un tiempo por darte gusto. Cuando esté cerca, mandaré a alguien a avisarte».

«Manda a Juan. Viéndole a Juan me parece verte un poco a ti. Su madre se prodiga en atenciones hacia mí y hacia ti. Es verdad que espera un lugar privilegiado para sus hijos. Es mujer y madre, Jesús. Hay que comprenderla. Te hablará también a ti de ellos. No obstante, te es sinceramente devota. Cuando quede liberada de la humanidad –que fermenta tanto en ella como en sus hijos, como en los demás, como en todos–, Hijo mío, será grande en la fe. Es doloroso que todos esperen de ti un bien humano, un bien que, aunque no sea humano, es egoísta. Pero es que el pecado está en ellos con su concupiscencia. Aún la hora bendita, y tan temida a pesar de que el amor a Dios y al hombre me la hagan desear, no ha llegado. Hora en que Tú anularás el Pecado. ¡Oh! ¡Esa hora! ¡Cómo tiembla el corazón de tu Madre por esa hora! ¿Qué te harán, Hijo, Hijo Redentor, de quien los Profetas[7]76 refieren tanto martirio?».

«No pienses en ello, Mamá. Te lo digo una vez más. Dios te ayudará en esa hora. Dios nos ayudará a ti y a mí. Después, la paz. Ahora ve, que cae la tarde y el camino es largo.

Yo te bendigo».

[1] 70 Cfr. Lc. 4, 16–30.

[2] 71 Sigue inmediatamente, en el cuaderno autógrafo, la visión colocada en el capítulo 101, que empieza con las palabras: Ahora veo – aproximadamente dos horas después de la anteriormente descrita – …

[3] 72 en Is. 61, 13; Luc. 4, 18–19.

[4] 73 Cfr. Gén. 17; Mt. 13, 10–17; Lc. 10, 23–24; Ju. 8, 31–59; 1 Pe. 1, 10–12.

[5] 74 Cfr. 3 Re. 17, 7–16; 4 Re. 5; Lc. 4, 25–27.          

[6] 75 son Judas y Santiago. El primo Simón, también presente, es erróneamente llamado apóstol por la escritora, a la que Jesús

corrige en 105.6

[7] 76 Cfr. por ej. Is. 61; Sal. 21. etc.

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17/1/2016 Evangelio según San Juan 2,1-11.

Segundo domingo del tiempo ordinario

Santo(s) del día : Santa Rosalina Frejus
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Lecturas

Este domingo meditamos el episodio de las bodas de Caná, que corresponde al capitulo 52. También se incluye el previo donde Judas Tadeo va a invitar a Jesús al banquete estando en ese momento en la casa de Pedro.

Estas visiones son apenas algunas partes de la boda cuya celebración duró varios días, las que pueden conocer en las visiones de Catalina Emmerick en este enlace:
https://drive.google.com/file/d/0B30z1Mi258phYjk4NjZmZGItNDE5Yi00YzI1LWJmOWUtNmM0ZmUyOGZkOGEy/view

Primer año de la Vida Pública de Jesús

51. María manda a Judas Tadeo a invitar a Jesús a las bodas de Caná.

17 de octubre de 1944.                                                  51 1Trabajo de Carlos Martinez http://maria-valtorta.org/Carlos/index.htm

1       Veo la cocina de Pedro. En ella, además de Jesús, están Pedro y su mujer, y Santiago y Juan. Parece que acaban de terminar de cenar y que están conversando.

Jesús muestra interés por la pesca. Entra Andrés y dice:

«Maestro, está aquí el dueño de la casa en que vives, con uno que dice ser tu primo».

Jesús se levanta y va hacia la puerta, diciendo que pasen. Y, cuando a la luz de la lámpara de aceite y de la lumbre ve entrar a Judas Tadeo, exclama:

«¡¿Tú, Judas?!».

«Yo, Jesús».

Se besan. Judas Tadeo es un hombre apuesto, en la plenitud de la hermosura viril. Es alto –si bien no tanto como Jesús–, de robustez bien proporcionada, moreno, como lo era San José de joven, de color aceitunado, no térreo; sus ojos tienen algo en común con los de Jesús, porque son de tono azul pero con tendencia al violáceo. Tiene barba cuadrada y morena, cabellos ondulados, menos rizados que los de Jesús, morenos como la barba.

«Vengo de Cafarnaúm. He ido allí en barca, y he venido también en barca para llegar antes. Me envía tu Madre. Dice: “Susana se casa mañana. Te ruego, Hijo, que estés presente en esta boda”. María participa en la ceremonia y con Ella mi madre y los hermanos. Todos los parientes están invitados. Sólo Tú estarías ausente. Los parientes te piden que complazcas en esto a los novios».

2       Jesús se inclina ligeramente abriendo un poco los brazos y dice:

«Un deseo de mi Madre es ley para mí. Pero iré también por Susana y por los parientes. Sólo… lo siento por vosotros…»,

y mira a Pedro y a los otros.

«Son mis amigos»

explica a su primo. Y los nombra comenzando por Pedro. Por último dice:

«Y éste es Juan»,

 y lo dice de una forma muy especial, que mueve a Judas Tadeo a mirar más atentamente, y que hace ruborizarse al predilecto. Jesús termina la presentación diciendo:

«Amigos, éste es Judas, hijo de Alfeo, mi primo hermano, según dice la usanza, porque es hijo del hermano del esposo de mi Madre; un buen amigo mío en el trabajo y en la vida».

«Mi casa está abierta para ti como para el Maestro. Siéntate».

Luego, dirigiéndose a Jesús, Pedro dice:

«¿Entonces? ¿Ya no vamos contigo a Jerusalén?».

«Claro que vendréis. Iré después de la fiesta. Únicamente que ya no me detendré en Nazaret».

«Haces bien, Jesús, porque tu Madre será mi huésped durante algunos días. Así hemos quedado, y volverá a mi casa también después de la boda»:

esto dice el hombre de Cafarnaúm.

«Entonces lo haremos así. Ahora, con la barca de Judas, Yo iré a Tiberíades y de allí a Caná, y con la misma barca volveré a Cafarnaúm con mi Madre y contigo. El día siguiente después del próximo sábado te acercas, Simón, si todavía quieres, e iremos a Jerusalén para la Pascua».

«¡ Sí que querré ! Incluso iré el sábado para oírte en la sinagoga».

3 «¿Ya predicas, Jesús?» pregunta Judas.

«Sí, primo».

«¡Y qué palabras! ¡No se oyen en boca de otros!».

Judas suspira. Con la cabeza apoyada en la mano y el codo sobre la rodilla, mira a Jesús y suspira. Parece como si quisiera hablar y no se atreviera. Jesús le provoca para que hable:

«¿Qué te pasa, Judas? ¿Por qué me miras y suspiras?».

«Nada».

«No. Nada no. ¿Ya no soy el Jesús que tú estimabas? ¿Aquel para quien no tenías secretos?».

«¡Sí que lo eres! Y cómo te echo de menos, a ti, maestro de tu primo más mayor…».

«¿Entonces? Habla».

«Quería decirte… Jesús… sé prudente… tienes una Madre… que aparte de ti no tiene nada… Tú quieres ser un “rabí” distinto de los demás y sabes, mejor que yo, que… las castas poderosas no permiten cosas distintas de las usuales, establecidas por ellos.

Conozco tu modo de pensar… es santo… Pero el mundo no es santo… y oprime a los santos… Jesús… ya sabes cuál ha sido la suerte de tu primo Juan… Le han apresado y si todavía no ha muerto es porque ese repugnante Tetrarca tiene miedo del pueblo y del rayo divino. Asqueroso y supersticioso, como cruel y lascivo. ¿Qué será de ti? ¿Qué final te quieres buscar?».

«Judas, ¿me preguntas esto tú, que conoces tanto acerca de mi pensamiento? ¿Hablas por propia iniciativa? No. ¡No mientas! Te han mandado –no mi Madre, por supuesto– a decirme esto…».

Judas baja la cabeza y calla.

«Habla, primo».

«Mi padre… y con él José y Simón… sabes… por tu bien… por afecto hacia ti y María… no ven con buenos ojos lo que te propones hacer… y… y querrían que Tú pensaras en tu Madre…».

4 «¿Y tú qué piensas?».

«Yo… yo».

«Tú te debates entre las voces de arriba y de la Tierra. No digo de abajo, digo de la Tierra. También vacila Santiago, aún más que tú. Pero Yo os digo que por encima de la Tierra está el Cielo, por encima de los intereses del mundo está la causa de Dios. Necesitáis cambiar de modo de pensar. Cuando sepáis hacerlo seréis perfectos»..

«Pero… ¿y tu Madre?».

«Judas, sólo Ella tendría derecho a recordarme mis deberes de hijo, según la luz de la Tierra, o sea, mi deber de trabajar para Ella, para hacer frente a sus necesidades materiales, mi deber de asistencia y consolación estando cerca de mi Madre. Y Ella no me pide nada de esto. Desde que me tuvo, Ella sabía que habría de perderme, para encontrarme de nuevo con más amplitud que la del pequeño círculo de la familia. Y desde entonces se ha preparado para esto. No es nueva en su sangre esta absoluta voluntad de donación a Dios. Su madre la ofreció al Templo antes de que Ella sonriera a la luz. Y Ella –me lo ha dicho las innumerables veces que me ha hablado de su infancia santa teniéndome contra su corazón en las largas noches de invierno, o en las claras de verano llenas de estrellas– y Ella se ofreció a Dios ya desde aquellas primeras luces de su alba en el mundo. Y más aún se ofreció cuando me tuvo, para estar donde Yo estoy, en la vía de la misión que me viene de Dios. Llegará un momento en que todos me abandonen. Quizás durante pocos minutos, pero la vileza se adueñará de todos, y pensaréis que hubiera sido mejor, por cuanto se refiere a vuestra seguridad, no haberme conocido nunca. Pero Ella, que ha comprendido y que sabe, Ella estará siempre conmigo. Y vosotros volveréis a ser míos por Ella. Con la fuerza de su amorosa, segura fe, Ella os aspirará hacia sí, y, por tanto hacia mí, porque Yo estoy en mi Madre y Ella en mí, y Nosotros en Dios. Esto querría que comprendierais vosotros todos, parientes según el mundo, amigos e hijos según lo sobrenatural. Tú, y contigo los otros, no sabéis quién es mi Madre. Si lo supierais, no la criticaríais en vuestro corazón por no saberme tener sujeto a Ella, sino que la veneraríais como a la Amiga más íntima de Dios, la Poderosa que todo lo puede en orden al corazón del Eterno Padre, que todo lo puede en orden al Hijo de su corazón. Ciertamente iré a Caná. Quiero hacerla feliz. Comprenderéis mejor después de esta hora».

Se le ve a Jesús majestuoso y persuasivo. Judas le mira atentamente. Piensa. Dice:

«Yo también, sin duda, iré contigo, con estos, si me aceptas… porque siento que dices cosas justas. Perdona mi ceguera y la de mis hermanos. ¡Eres mucho más santo que nosotros!…».

«No guardo rencor a quien no me conoce. Ni siquiera a quien me odia. Pero me duele por el mal que a sí mismo se hace. 5 ¿Qué tienes en esa bolsa?».

«La túnica que tu Madre te manda. Mañana será una gran fiesta. Ella piensa que su Jesús la necesita para no causar mala impresión entre los invitados. Ha estado hilando incansable desde las primeras luces hasta las últimas, diariamente, para prepararte esta túnica. Pero no ha ultimado el manto. Todavía le faltan las orlas. Se siente desolada por ello».

«No hace falta. Iré con éste, y aquél lo reservaré para Jerusalén. El Templo es más que una boda».

«Ella se alegrará».

«Si queréis estar para el alba en el camino que lleva a Caná, os conviene levar anclas en seguida. La Luna sale, la travesía será buena» dice Pedro.

«Vamos entonces. Ven, Juan. Te llevo conmigo. Simón Pedro, Santiago, Andrés, ¡adiós! Os espero el sábado por la noche en Cafarnaúm. ¡Adiós!, mujer. Paz a tí y a tu casa».

Salen Jesús con Judas y Juan. Pedro los sigue hasta la orilla y colabora en la operación de partida de la barca.

Y la visión termina.

6 Dice Jesús:

«Cuando llegue la hora de hacer un trabajo ordenado, aquí se incluirá la visión de las bodas de Caná. Pon la fecha (16–1–44)».

52. Las bodas de Caná[1]269. El Hijo, no sujeto ya a la Madre, lleva a cabo para Ella el primer milagro.

16 de enero de 1944, de noche. Las bodas de Caná.

51 21       Veo una casa. Una característica casa oriental: un cubo blanco más ancho que alto, con raras aberturas, terminada en una azotea que está rodeada por un pequeño muro de aproximadamente un metro de alto y sombreada por una pérgola de vid que trepa hasta allí y extiende sus ramas sobre más de la mitad de esta soleada terraza que hace de techo. Una escalera exterior sube a lo largo de la fachada hasta una puerta, que se abre a mitad de altura. En el nivel de la calle hay unas puertas bajas y distanciadas, no más de dos por cada lado, que dan a habitaciones también bajas y oscuras. La casa se alza en medio de una especie de era (más espacio amplio herboso que era) que tiene en el centro un pozo. Hay higueras y manzanos. La casa mira hacia el camino, pero no está situada en él; está un poco hacia dentro, y un sendero, entre la hierba, la une a aquél, que parece camino de primer orden.

Se diría que la casa está en la periferia de Caná: casa de propietarios campesinos que viven en medio de su finca. El campo se extiende tras la casa con sus lejanías verdes y apacibles. Hay un bonito sol y un azul tersísimo de cielo. En principio no veo nada más. La casa está sola.

2       Después veo a dos mujeres, con largos vestidos y un manto que hace también de velo. Vienen por el camino y luego por el sendero. Una es más anciana: cincuenta años aproximadamente, y viste de oscuro: un color pardo–marrón como de lana natural. La otra está vestida de un color más claro: un vestido amarillo pálido y manto azul, y aparenta unos treinta y cinco años. Es muy hermosa, esbelta, y tiene un porte lleno de dignidad, a pesar de ser toda gentileza y humildad. Cuando está más cerca, noto el color pálido del rostro, los ojos azules y los cabellos rubios que pueden verse sobre la frente bajo el velo. Reconozco a María. Quién pueda ser la otra, que es morena y más anciana, no lo sé. Hablan entre ellas. La Virgen sonríe. Cerca ya de la casa, alguien, encargado de ver quiénes iban llegando, lo comunica, y salen a su encuentro hombres y mujeres – todos vestidos de fiesta– que las acogen con gran alegría, especialmente a María.

La hora parece matutina, yo diría que hacia las nueve –quizás antes–, porque el campo tiene todavía ese aspecto fresco de las primeras horas del día por el rocío que hace aparecer más verde a la hierba y por el aire aún exento de polvo. La estación me parece primaveral pues la hierba de los prados no está quemada por el verano y el trigo de los campos está aún tierno y sin espiga, todo verde. Las hojas de la higuera y del manzano también están verdes, y todavía tiernas, y también las de la parra. Pero no veo flores en el manzano; y no veo fruta, ni en el manzano, ni en la higuera, ni en la vid. Señal de que el manzano ha florecido ya, pero hace poco tiempo, y los pequeños frutos todavía no se ven.

3       María, agasajada por un anciano que la acompaña –parece el dueño de la casa–, sube la escalera exterior y entra en una amplia sala que parece ocupar toda o buena parte de la planta alta.

Creo comprender que los recintos de la planta baja son las habitaciones propiamente dichas, las despensas, los trasteros y las bodegas; mientras que ésta sería el recinto reservado para usos especiales, como fiestas de carácter excepcional, o para trabajos que requieran mucho espacio, o también para colocar holgadamente productos agrícolas. Si de fiestas se trata, lo vacían completamente y lo adornan, como hoy, con ramas verdes, esterillas y mesas ricamente surtidas de viandas. En el centro, suntuosamente provista de manjares, hay una de estas mesas; encima, ya preparado, ánforas y platos colmados de fruta. A lo largo de la pared de la derecha, respecto a mí que miro, otra mesa, aderezada, aunque menos ricamente. A lo largo de la pared izquierda, una especie de largo aparador y encima de él platos con quesos y otros manjares (me parecen tortas cubiertas de miel, y dulces). En el suelo, junto a esta misma pared, otras ánforas y tres grandes recipientes con forma de jarra de cobre (más o menos; son una especie de tinajas).

María escucha benignamente a todos; después, se quita el manto y ayuda, bondadosa, a terminar los preparativos del banquete. La veo ir y venir, poniendo en orden los divanes, derechas las guirnaldas de flores, mejorando el aspecto de los fruteros, comprobando si en las lámparas hay aceite. Sonríe y habla poquísimo y en voz muy baja, pero escucha mucho y con mucha paciencia.

Un gran rumor de instrumentos musicales viene del camino (realmente poco armónicos). Todos, menos María, corren afuera. Veo entrar a la novia, toda emperifollada y feliz, rodeada de parientes y amigos, al lado del novio, que ha sido el primero en salir presuroso a su encuentro.

4       Y en este momento la visión sufre un cambio. Veo, en vez de la casa, un pueblo.

No sé si es Caná u otra aldea cercana. Y veo a Jesús con Juan y otro, que me parece que es Judas Tadeo (pero podría equivocarme respecto al segundo). Por lo que respecta a Juan, no me equivoco. Jesús está vestido de blanco y tiene un manto azul marino. Al oír el sonido de los instrumentos, el compañero de Jesús pregunta algo a un hombre de condición sencilla y transmite la respuesta a Jesús.

«Vamos a darle una satisfacción a mi Madre»

dice entonces Jesús sonriendo. Y se encamina por las tierras, con sus dos compañeros, hacia la casa. Me he olvidado de decir que tengo la impresión de que María es o pariente o muy amiga de los parientes del novio, porque se ve que los trata con familiaridad.

Cuando Jesús llega, la persona de antes, puesta como centinela, avisa a los demás. El dueño de la casa, junto con su hijo, el novio, y con María, baja al encuentro de Jesús y le saluda respetuosamente. Saluda también a los otros dos. El novio hace lo mismo.

Pero lo que más me gusta es el saludo lleno de amor y de respeto de María a su Hijo, y viceversa. No grandes manifestaciones externas. Pero la palabra de saludo: «La paz está contigo» va acompañada de una mirada de tal naturaleza, y una sonrisa tal, que valen por cien abrazos y cien besos. El beso tiembla en los labios de María pero no lo da. Sólo pone su mano blanca y menuda sobre el hombro de Jesús y apenas le toca un rizo de su larga cabellera: una caricia de púdica enamorada.

5       Jesús sube al lado de su Madre; detrás, los discípulos y los dueños de la casa. Entra en la sala del banquete, donde las mujeres se ocupan de añadir asientos y cubiertos para los tres invitados, inesperados según me parece. Yo diría que era dudosa la venida de Jesús y absolutamente imprevista la de sus compañeros.

Oigo con nitidez la voz llena, viril, dulcísima del Maestro decir al poner pie en la sala:

«La paz sea en esta casa y la bendición de Dios descienda sobre todos vosotros»: saludo global y lleno de majestad para todos los presentes. Jesús domina con su aspecto y estatura a todos. Es el invitado, y además fortuito, pero parece el rey del convite; más que el novio, más que el dueño de la casa. A pesar de ser humilde y condescendiente, es El quien se impone.

Jesús toma asiento en la mesa del centro, con el novio, la novia, los parientes de los novios y los amigos más notables. A los dos discípulos, por respeto al Maestro, se los coloca en la misma mesa.

Jesús está de espaldas a la pared en que están las tinajas y los aparadores. Por ello, no lo ve, como tampoco ve el afán del mayordomo con los platos de asado que van siendo introducidos por una puertita que está junto a los aparadores.

Observo una cosa: menos las respectivas madres de los novios y menos María, ninguna mujer está sentada en esa mesa. Todas las mujeres están –y hacen bulla como si fueran cien– en la otra mesa que está pegando a la pared, y se las sirve después de que se ha servido a los novios y a los invitados importantes. Jesús está al lado del dueño de la casa. Tiene enfrente a María, que está sentada al lado de la novia.

El banquete comienza. Le aseguro que no falta el apetito, ni tampoco la sed. Los que comen y beben poco son Jesús y su Madre, la cual, además, habla poquísimo. Jesús habla un poco más. Pero, a pesar de ser parco de palabras, no se manifiesta ni enfadado ni desdeñoso. Es un hombre afable, pero no hablador. Sí le consultan algo, responde; si le hablan, se interesa, expone su parecer, pero después se recoge en sí como quien está habituado a meditar. Sonríe, nunca ríe. Y, si oye alguna broma demasiado irreflexiva, hace como si no escuchara. María se alimenta de la contemplación de su Jesús, como Juan, que está hacia el fondo de la mesa y atentísimo a los labios de su Maestro.

51 36       María se da cuenta de que los criados cuchichean con el mayordomo y de que éste está turbado, y comprende lo que de desagradable sucede.

«Hijo»

dice bajo, llamando la atención de Jesús con esa palabra.

«Hijo, no tienen más vino».

«Mujer, ¿qué hay ya entre tú y Yo?».

Jesús, al decir esta frase, sonríe aún más dulcemente, y sonríe María, como dos que saben una verdad, que es su gozoso secreto y que ignoran todos los demás.

« Mujer, que hay ya entre Tú y Yo »

7             Jesús me explica el significado de la frase.

«Ese “ya”, que muchos traductores omiten, es la clave de la frase y explica su verdadero significado. Yo era el Hijo sujeto a la Madre hasta el momento en que la voluntad del Padre me indicó que había llegado la hora de ser el Maestro. Desde el momento en que mi misión comenzó, ya no era el Hijo sujeto a la Madre, sino el Siervo de Dios. Rotas las ligaduras morales hacia la que me había engendrado, se transformaron en otras más altas, se refugiaron todas en el espíritu, el cual llamaba siempre “Mamá” a María, mi Santa. El amor no conoció detenciones, ni enfriamiento, más bien habría que decir que jamás fue tan perfecto como cuando, separado de Ella como por una segunda filiación, Ella me dio al mundo para el mundo, como Mesías, como Evangelizador. Su tercera, sublime, mística maternidad, tuvo lugar cuando, en el suplicio del Gólgota, me dió a luz a la Cruz, haciendo de mí el Redentor del mundo. “¿Qué hay ya entre tú y Yo?”[2]270. Antes era tuyo, únicamente tuyo. Tú me mandabas, yo te obedecía. Te estaba “sujeto”. Ahora soy de mi misión. ¿Acaso no lo he dicho?: “Quien, una vez puesta la mano en el arado, se vuelve hacia atrás a saludar a quien se queda, no es apto para el Reino de Dios”[3]271. Yo había puesto la mano en el arado para abrir con la reja no la tierra sino los corazones, y sembrar en ellos la palabra de Dios. Sólo levantaría esa mano una vez arrancada de allí para ser clavada en la Cruz y abrir con mi torturante clavo el corazón del Padre mío, haciendo salir de él el perdón para la humanidad. Ese “ya”, olvidado por la mayoría, quería decir esto: “Has sido todo para mí, Madre, mientras fui únicamente el Jesús de María de Nazaret, y me eres todo en mi espíritu; pero, desde que soy el Mesías esperado, soy del Padre mío. Espera un poco todavía y, acabada la misión, volveré a ser todo tuyo; me volverás a tener entre los brazos como cuando era niño y nadie te disputará ya este Hijo tuyo, considerado un oprobio de la humanidad, la cual te arrojará sus despojos para cubrirte incluso a ti del oprobio de ser madre de un reo. Y después me tendrás de nuevo, triunfante, y después me tendrás para siempre, tú tambien triunfante, en el Cielo. Pero ahora soy de todos estos hombres. Y soy del Padre que me ha mandado a ellos”. Esto es lo que quiere decir ese pequeño, y tan denso de significado, “ya”».

8       María ordena a los criados:

«Haced lo que El os diga».

María ha leído en los ojos sonrientes del Hijo el asentimiento, revestido de una gran enseñanza para todos los “llamados”. Y Jesús ordena a los criados:

51 4«Llenad de agua los cántaros».

Veo a los criados llenar las tinajas de agua traída del pozo (oigo rechinar la polea subiendo y bajando el cubo que gotea). Veo al mayordomo echarse en la copa un poco de ese líquido con ojos de estupor, probarlo con gestos de aún más vivo asombro, degustarlo y hablarles al dueño de la casa y al novio (estaban cercanos).

María mira una vez más al Hijo y sonríe; luego, tras una nueva sonrisa de Jesús, inclina la cabeza, ruborizándose tenuemente: se siente muy dichosa.

Un murmullo recorre la sala, las cabezas se vuelven todas hacia Jesús y María; hay quien se levanta para ver mejor, quien va a las tinajas… Silencio, y, después, un coro de alabanzas a Jesús. Pero El se levanta y dice una frase:

«Agradecédselo a María»

y se retira del banquete. Los discípulos le siguen. En el umbral de la puerta vuelve a decir:

«La paz sea en esta casa y la bendición de Dios descienda sobre vosotros»

y añade:

«Adiós, Madre».

La visión cesa.

9 Jesús me instruye así:

«Cuando dije a los discípulos: Vamos a hacer feliz a mi Madre”, había dado a la frase un sentido más alto de lo que parecía. No la felicidad de verme, sino de ser Ella la iniciadora de mi actividad taumatúrgica y la primera benefactora de la humanidad.

Recordadlo siempre: mi primer milagro se produjo por María; el primero: símbolo de que es María la llave del milagro. Yo no niego nada a mi Madre. Por su oración anticipo incluso el tiempo de la gracia. Yo conozco a mi Madre, la segunda en bondad después de Dios. Sé que concederos una gracia es hacerla feliz, porque es la Toda Amor. Por esto, sabiéndolo, dije: “Vamos a hacerla feliz”.

Además quise mostrar al mundo su potencia junto a la mía. Destinada a unirse a mí en la carne –puesto que fuimos una carne: Yo en Ella, Ella en torno a mí, como pétalos de azucena en torno al pistilo oloroso y colmo de vida–, destinada a unirse a mí en el dolor –puesto que estuvimos en la cruz Yo con la carne y Ella con su espíritu, de la misma forma que la azucena perfuma tanto con la corola como con la esencia que de ésta se desprende–, era justo unirla a mí en la potencia que se muestra al mundo.

Os digo a vosotros lo que les dije a aquellos invitados:

“Dad gracias a María. Por Ella os ha sido dado el Dueño del milagro y por Ella tenéis mis gracias, especialmente el perdón”.

Descansa en paz. Nosotros estamos contigo».

[1] 269 Cfr. Ju. 2, 1–11.

[2] 270 Cfr. Ju. 2, 4.

[3] 271 Cfr. Lc. 9, 61–62.

10/1/2016 Evangelio según San Lucas 3,15-16.21-22.

Fiesta del Bautismo del Señor

Santo(s) del día : Santa Francisca de Sales,  Beato Gregorio X
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Lecturas

Primer año de la Vida Pública de Jesús

45. Predicación de Juan el Bautista y Bautismo de Jesús[1].La manifestación divina.

3 de febrero de 1944, por la noche.

Vista desde la orilla oriental del Jordán. De la otra parte del río se ven las estructuras del lugar de el-Maghtes, cercano a la iglesia de S. Juan Bautista.

1       Veo una llanura despoblada de vegetación y de casas. No hay campos cultivados, y muy pocas y raras plantas reunidas aquí o allá en matas –vegetales familias– en los sitios en que el suelo está por debajo menos quemado. Imagine[2] que este terreno quemado y baldío está a mi derecha –teniendo yo el norte a mis espaldas– y se prolonga hacia el Sur respecto a mí.

A la izquierda veo un río de orillas muy bajas, que corre lentamente también de Norte a Sur. Por el movimiento lentísimo del agua comprendo que no debe haber desniveles en su lecho y que fluye por una llanura tan achatada que constituye una depresión. El movimiento es apenas suficiente para que el agua no se estanque formando un pantano.(El agua es poco profunda, tanto que se ve el fondo; a mi juicio, no más de un metro, como mucho uno y medio. Tiene la anchura del Arno hacia S. Miniato–Empoli: yo diría que unos veinte metros. Pero no tengo buen ojo para calcular con exactitud).

Es de un azul ligeramente verde hacia las orillas, donde, por la humedad del suelo, hay una faja tupida de hierba que alegra la vista, cansada de la desolación pedregosa y arenosa de cuanto se le extiende delante.

Esa voz íntima que le he explicado que oigo y me indica lo que debo notar y saber me advierte que estoy viendo el valle del Jordán. Lo llamo valle porque se emplea esta palabra para indicar el lugar por donde corre un río, pero en este caso es impropio llamarlo así porque un valle presupone montes y yo aquí no veo montes cercanos. Pero, en fin, estoy en el Jordán, y el espacio desolado que observo a mi derecha es el desierto de Judá. Si es correcto llamarlo desierto en el sentido de un lugar donde no hay casas ni trabajo humano, no lo es según el concepto que nosotros tenemos de desierto. Aquí no se ven esas arenas onduladas que nosotros pensamos, sino sólo tierra desnuda, con piedras y detritus esparcidos; es como los terrenos aluviales después de una crecida. En la lejanía, colinas.

Además, junto al Jordán hay una gran paz, un algo especial, superior a lo común, como lo que se nota en las orillas del Trasimeno. Es un lugar que parece guardar memoria de vuelos de ángeles y voces celestes. No sé bien decir lo que experimento, pero me siento en un lugar que habla al espíritu.

2       Mientras observo estas cosas, veo que la escena se puebla de gente a lo largo de la orilla derecha –respecto a mí– del Jordán. Hay muchos hombres, vestidos de diversas formas. Algunos parecen gente del pueblo, otros ricos; no faltan algunos que parecen fariseos por el vestido ornado de ribetes y galones.

Entre todos ellos, en pie sobre una roca, un hombre a quien, aunque sea la primera vez que le veo, lo reconozco en seguida como el Bautista. Habla a la multitud, y le aseguro que no son palabras dulces. Jesús llamó a Santiago y a Juan “los hijos del trueno”[3]… ¿Cómo llamar entonces a este vehemente orador? Juan Bautista merece el nombre de rayo, avalancha, terremoto… ¡Gran ímpetu y severidad, manifiesta, efectivamente, en su modo de hablar y en sus gestos! Habla anunciando al Mesías y exhortando a preparar los corazones para su venida, extirpando de ellos los obstáculos y enderezando los pensamientos. Es un hablar vertiginoso y rudo. El Precursor no tiene la mano suave de Jesús sobre las llagas de los corazones. Es un médico que desnuda y hurga y corta sin miramientos.

3       Mientras le escucho –no repito las palabras porque son las mismas que citan los evangelistas, pero ampliadas en impetuosidad– veo que mi Jesús se acerca a lo largo de un senderillo que va por el borde de la línea herbosa y umbría que sigue el curso del Jordán. Este rústico camino (más sendero que camino) parece dibujado por las caravanas Y las personas que durante años y siglos lo han recorrido para llegar a un punto donde, por ser menos profundo el fondo del río, es fácil vadearlo. El sendero continúa por el otro lado del río y se pierde entre la hierba de la orilla opuesta.

Jesús está solo. Camina lentamente, acercándose, a espaldas de Juan. Se aproxima sin que se note y va escuchando la voz de trueno del Penitente del desierto, como si fuera uno de tantos que iban a Juan para que los bautizara, y a prepararse a quedar limpios para la venida del Mesías. Nada le distingue a Jesús de los demás.

Parece un hombre común por su vestir; un señor en el porte y la hermosura, mas ningún signo divino le distingue de la multitud.

Pero diríase que Juan ha sentido una emanación de espiritualidad especial, Se vuelve y detecta inmediatamente su fuente. Baja impetuosamente de la roca que le servía de púlpito y va deprisa hacia Jesús, que se ha detenido a algunos metros del grupo apoyándose en el tronco de un árbol.

4       Jesús y Juan se miran fijamente un momento. Jesús con esa mirada suya azul tan dulce; Juan con su ojo severo, negrísimo, lleno de relámpagos. Los dos, vistos juntos, son antitéticos. Altos los dos –es el único parecido–, son muy distintos en todo lo demás.

Jesús, rubio y de largos cabellos ordenados, rostro de un blanco marmóreo, ojos azules, atavío sencillo pero majestuoso. Juan, hirsuto, negro: negros cabellos que caen lisos sobre los hombros (lisos y desiguales en largura); negra barba rala que le cubre casi todo el rostro, sin impedir con su velo que se noten los carrillos ahondados por el ayuno; negros ojos febriles; oscuro de piel, bronceada por el sol y la intemperie; oscuro por el tupido vello que le cubre. Juan está semidesnudo, con su vestidura de piel de camello (sujeta a la cintura por una correa de cuero), que le cubre el torso cayendo apenas bajo los costados delgados y dejando descubiertas las costillas en la parte derecha, esas costillas cubiertas por el único estrato de tejidos que es la piel curtida por el aire.

Parecen un salvaje y un ángel vistos juntos.

Juan, después de escudriñarle con su ojo penetrante, exclama:

-«He aquí el Cordero de Dios. ¿Cómo es que viene a mí mi Señor?».

Jesús responde lleno de paz:

-«Para cumplir el rito de penitencia».

-«Jamás, mi Señor. Soy yo quien debe ir a ti para ser santificado, ¿y Tú vienes a mí?».

Y Jesús, poniéndole una mano sobre la cabeza, porque Juan se había inclinado ante El, responde:

-«Deja que se haga como deseo, para que se cumpla toda justicia y tu rito sea inicio para un más alto misterio y se anuncie a los hombres que la Víctima está en el mundo».

5       Juan le mira con los ojos dulcificados por una lágrima y le precede hacia la orilla.

Allí Jesús se quita el manto, la túnica y la prenda interior quedándose con una especie de pantalón corto; luego baja al agua, donde ya está Juan, que le bautiza vertiendo sobre su cabeza agua del río, tomada con una especie de taza que lleva colgada del cinturón y que a mí me parece como una concha o una media calabaza secada y vaciada.

Jesús es exactamente el Cordero. Cordero en el candor de la carne, en la modestia del porte, en la mansedumbre de la mirada.

Mientras Jesús remonta la orilla y, después de vestirse, se recoge en oración, Juan le señala ante las turbas y testifica que le ha reconocido por el signo que el Espíritu de Dios le había indicado como señal infalible del Redentor.

Pero yo estoy polarizada en mirar a Jesús orando, y sólo tengo presente esta figura de luz que resalta sobre el fondo de hierba de la ribera.

Juan no tenía necesidad de ninguna señal

4 de febrero de 1944.

6 Dice Jesús:

«Juan no tenía necesidad del signo para sí mismo. Su espíritu, presantificado desde el vientre de su madre[4], poseía esa vista de inteligencia sobrenatural que habrían poseído todos los hombres sin la culpa de Adán.

Si el hombre hubiera permanecido en gracia, en inocencia, en fidelidad para con su Creador, habría visto a Dios a través de las apariencias externas. En el Génesis[5] se lee que el Señor Dios hablaba familiarmente con el hombre inocente y que éste no desfallecía ante aquella voz y no se equivocaba al discernirla. Era destino del hombre ver y entender a Dios, justamente como un hijo con su padre. Después vino la culpa, y el hombre ya no se ha atrevido a mirar a Dios, ya no ha sabido ni ver ni comprender a Dios. Y cada vez lo sabe menos.

Pero Juan, mi primo Juan, quedó limpio de la culpa cuando la Llena de Gracia se inclinó amorosa a abrazar a Isabel, un tiempo estéril, entonces fecunda. El pequeñuelo saltó de júbilo en su seno, sintiendo caérsele de su alma la escama de la culpa, como costra que cae de una llaga que sana. El Espíritu Santo, que había hecho de María la Madre del Salvador, comenzó su obra de salvación, a través de María, vivo Sagrario de la Salvación encarnada, sobre este niño que había de nacer destinado a unirse a mí, no tanto por la sangre, cuanto por la misión que hizo de nosotros como los labios que forman la palabra. Juan los labios, Yo la Palabra. El el Precursor en el Evangelio y en la suerte del martirio; Yo, quien perfeccionaba, con mi divina perfección, el Evangelio comenzado por Juan y el martirio por la defensa de la Ley de Dios.

Juan no tenía necesidad de ningún signo. Pero la cerrazón de los demás lo requería. ¿En qué habría fundado Juan su aserción, sino sobre una prueba innegable que los ojos y oídos de los tardos hubieran percibido?

7 Tampoco Yo tenía necesidad de bautismo. Pero la sabiduría del Señor había juzgado que ése era el momento y el modo del encuentro. E induciendo a Juan a salir de su cueva del desierto y a mí a salir de mi casa, nos unió en esa hora para abrir sobre mí los Cielos de donde habría de descender El mismo, Paloma divina, sobre aquel que bautizaría a los hombres con tal Paloma, y el anuncio, más potente que el angélico, porque provenía del Padre mío: “Este es mi Hijo muy amado con quien me he complacido”.

Para que los hombres no tuvieran disculpas o dudas en seguirme o en no seguirme.

8 Las manifestaciones del Cristo han sido muchas. La primera, después del Nacimiento, fue la de los Magos; la segunda, en el Templo; la tercera, en las orillas del Jordán. Después vinieron las infinitas otras que te daré a conocer (porque mis milagros son manifestaciones de mi naturaleza divina) hasta las últimas de la Resurrección y Ascensión al Cielo.

Mi patria quedó llena de mis manifestaciones. Como semilla esparcida a los cuatro puntos cardinales, llegaron a todo estrato y lugar de la vida: a los pastores, a los poderosos, a los doctos, a los incrédulos, a los pecadores, a los sacerdotes, a los dominadores, a los niños, a los soldados, a los hebreos, a los gentiles. También al presente se repiten. Pero –como entonces– el mundo no las acoge. No sólo esto, sino que no acoge las actuales y olvida las pasadas. Pues bien, Yo no desisto. Yo me repito para salvaros, para conduciros a la fe en mí.

9 ¿Sabes, María, lo que haces; es más, lo que hago mostrándote el Evangelio? Es un intento más fuerte de atraer a los hombres hacia mí. Tú has deseado esto con ardientes oraciones. Ya no me limito a la palabra. Los cansa y los separa. Es un pecado, pero es así. Recurro a la visión, y además de mi Evangelio, y la explico para hacerla más clara y atrayente.

A ti te doy el consuelo de ver. A todos doy el modo de desear conocerme. Y, si no sirviera aún, y cuales crueles niños arrojasen el don sin comprender su valor, a ti te quedará mi don y a ellos mi enojo. Podré, una vez más, pronunciar la antigua recriminación: “Hemos tocado y no habéis bailado, hemos entonado lamentos y no habéis llorado”.

Pero no importa, dejemos que los inconvertibles acumulen sobre su cabeza los tizones ardientes y volvámonos hacia las ovejas que tratan de conocer al Pastor, que soy Yo; y tú el cayado que las conduce a mí».

10 Como ve, me he apresurado a escribir estos detalles que usted quería tener y que por su pequeñez me habían pasado desapercibidos.

[1] Cfr. Mt. 3, 13–17; Mc. 1, 9–11; Lc. 3, 21–22; Ju. 1, 29–34.

[2] Advierta el lector que la escritora de este modo se dirige a su Padre Espiritual.

[3] Cfr. Mc. 3, 13–18; Luc. 9, 54.

[4] Cfr. Lc. 1, 15 y 41.

[5] Cfr. Gén. 1, 26–29; 2, 16–19.

6/1/2016 Evangelio según San Mateo 2,1-12.

Solemnidad de la Epifanía del Señor

Santo(s) del día : San Carlos de Sezze,  San Andrés Bessette
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Lecturas

 

Nacimiento y vida oculta de María y Jesús.

  1. Adoración de los Magos[1]. Es “evangelio de la fe”.

28 de febrero de 1944.

1 Mi interno consejero me dice:

«A estas contemplaciones que vas a tener, que Yo te voy a manifestar, llámalas “evangelios de la fe”[2], porque vendrán a ilustrarte a ti y a los demás el poder de la fe y de sus frutos, así como a confirmaros en la fe en Dios».

34 12       Veo Belén, pequeña y blanca, recogida como una parvada bajo el claror de las estrellas. Dos calles principales la cortan en cruz: una, que llega desde fuera, y es la vía principal, que luego prosigue más allá del pueblo; la segunda va de un extremo a otro de éste, y ahí termina. Hay otras callecitas que dividen a este pueblecillo, pero sin la más mínima norma de planificación urbana como nosotros concebimos, sino adaptándose más bien al terreno sinuoso y a las casas que han ido surgiendo aquí o allá, según el capricho del suelo o del constructor. Estando unas hacia la derecha, otras hacia la izquierda, algunas formando arista con la calle que pasa por ellas, estas casas obligan a las calles a ser como una cinta que se desenrede tortuosamente, en vez de algo rectilíneo que vaya de una a otra parte sin desviarse. Una placita de vez en cuando, o bien por un mercado, o bien por una fuente, o porque se ha construido desperdigadamente sin criterio: restos de suelo al sesgo en que no es posible ya construir nada.

En el punto en que de forma particular me parece estar, hay precisamente una de estas placitas irregulares. Debería haber sido cuadrada, o, al menos, rectangular; sin embargo ha resultado un trapecio tan extraño que parece un triángulo acutángulo con el vértice truncado. En el lado más largo –la base del triángulo– hay una construcción ancha y baja, la más grande del pueblo. La rodea un muro liso y desnudo, abierto sólo en dos puntos: dos puertas, que ahora están perfectamente cerradas. Al otro lado del muro, sin embargo, en su vasto cuadrado, se abren en el primer piso muchas ventanas; en la planta baja hay unos pórticos que rodean a unos patios que tienen paja y detritos en el suelo y sus correspondientes pilones para abrevar a los caballos o a otros animales.

En las toscas columnas de las arcadas hay unas argollas para atar a los animales, y, en uno de los lados, existe un vasto cobertizo para cobijar a rebaños y cabalgaduras.

Comprendo que se trata de la posada de Belén.

34 2En los otros dos lados iguales de la placita hay casas más o menos grandes, unas con un poco de huerto delante, otras no; efectivamente, algunas de ellas tienen la fachada hacia la plaza, mientras que otras, por el contrario, la parte de atrás. Finalmente, en el  lado más corto, de frente al caravasar, hay una única casita con una escalerita externa que introduce a mitad de la fachada en las habitaciones del piso habitado. Todas las casas están cerradas porque es de noche. No hay nadie por las calles, dada la hora.

3       Veo intensificarse la luz nocturna que llueve del cielo lleno de estrellas, hermosísimas en el cielo oriental, tan vivas y grandes que parecen cercanas y se ve fácil llegarse adonde esas flores resplandecientes que están en el terciopelo del firmamento, y tocarlas. Levanto la mirada para tratar de comprender el origen de este aumento de luz… Una estrella, cuyo insólito tamaño le hace asemejarse a una pequeña Luna, avanza por el cielo de Belén. Las otras parecen eclipsarse y apartarse, cual siervas al paso de su reina, pues el resplandor es tan grande que las sumerge y las anula. Su globo, que parece un enorme zafiro pálido encendido internamente por un Sol, va dejando una estela en la que con el predominante color del zafiro claro se funden los amarillos de los topacios, los verdes de las esmeraldas, los opalescentes de los ópalos, los sanguíneos destellos de los rubíes y el delicado titilar de las amatistas. Todas las piedras preciosas de la Tierra están presentes en esa estela que barre el cielo con un movimiento veloz y ondulante, como si estuviera viva. El color que predomina, no obstante, es el que emana del globo de la estrella: el paradisíaco color de pálido zafiro que desciende a colorar de plata azul las casas, las calles, el suelo de Belén, cuna del Salvador. No es ya esa pobre villa que para nosotros no sería ni siquiera un pueblo; es una villa fantástica de fábula, en que todo es de plata, y el agua de las fuentes y de los pilones es de diamante líquido.

El efluvio de resplandor se hace más vivo. La estrella se detiene encima de la casita que está situada en el lado más corto de la plazuela. Ni los que en aquélla habitan ni los betlemitas la ven, pues están durmiendo en sus casas cerradas. Pero la estrella acelera sus latidos de luz; su cola vibra y ondula más intensamente trazando casi semicírculos en el cielo, que se ilumina todo por la red de astros que la estrella arrastra, por esta red llena de joyas resplandecientes que tiñen de los más hermosos colores a las otras estrellas, casi como si les transmitieran una palabra de alegría.

La casita ahora está toda bañada de este fuego líquido de gemas. El techo de la breve terraza, la escalerita de piedra oscura, la pequeña puerta… todo es como un bloque de pura plata sembrado todo de polvo de diamantes y perlas. Ningún palacio de la Tierra ha tenido jamás, ni la tendrá, una escalera como ésta, hecha para recibir el paso de los ángeles, para ser usada por la Madre que es Madre de Dios; sus pequeños pies de Virgen Inmaculada pueden apoyarse sobre ese cándido esplendor, esos sus pequeños pies destinados a descansar sobre los escalones del trono de Dios. Y, sin embargo, la Virgen está ajena de ello; Ella vela orante junto a la cuna de su Hijo. En su alma tiene resplandores que superan a éstos con que la estrella embellece las cosas.

34 34       Por la calle principal avanza una caravana. Caballos enjaezados, caballos guiados de las riendas, dromedarios y camellos montados o que transportan su carga. El sonido de los cascos produce un rumor como el del agua de un torrente cuando roza las piedras y choca contra ellas. Llegados a la plaza, todos se detienen. La caravana, bajo la luz radiante de la estrella, tiene un esplendor fantástico. Los jaeces de las riquísimas cabalgaduras, los indumentos de sus jinetes, las caras, los equipajes… todo resplandece, uniendo y avivando su brillo de metal, de cuero, de seda, de piedras preciosas, de pelaje… con el brillo estelar. Y los ojos relucen, y ríen las bocas, porque en los corazones se ha encendido otro fulgor: el de una alegría sobrenatural.

Mientras los siervos se encaminan hacia el caravasar con los animales, tres de la caravana se bajan de sus repectivas cabalgaduras; un siervo las conduce inmediatamente a otra parte, y ellos, a pie, se dirigen hacia la casa. Se postran, rostro en tierra, para besar el suelo. Son tres potentados, a juzgar por sus riquísimas vestiduras.

Uno de ellos, de piel muy oscura, que se ha bajado de un camello, se arropa con una toga de cándida seda esplendente; ciñen su frente y su cintura preciosos aros; del de la cintura pende un puñal o una espada, cuya empuñadura está cuajada de gemas. Los otros dos, que montaban espléndidos caballos, están vestidos así: uno, de paño de rayas bellísimo en que predomina el color amarillo, elaborado a manera de dominó, largo, ornado con capucha y cordón, tan recamados que parecen una única labor de filigrana de oro; el otro lleva una camisa sedeña, que, formando bolsas, sobresale del pantalón amplio y largo ceñido a los pies, y va envuelto en un finísimo chal, tan ornado todo él de flores y tan vivas éstas, que asemeja a un jardín florido, y lleva en la cabeza un turbante sujetado por una cadenita, toda ella con engastes de diamantes.

Tras haber venerado la casa en que está el Salvador, se ponen de nuevo en pie y se dirigen al caravasar, ya abierto a los pajes que se habían adelantado para llamar a la puerta.

Y aquí cesa la visión.

5 Tres horas después vuelve: es la escena de la adoración de los Magos a Jesús.

Ahora es de día. Un hermoso Sol resplandece en el cielo de la tarde. Un paje de los tres Magos cruza la plaza y sube la escalerita de la casa. Entra. Vuelve a salir. Regresa a la posada.

Salen los tres Sabios, cada uno seguido de su propio paje. Atraviesan la plaza. Los escasos transeúntes se vuelven a mirar a estos pomposos personajes que pasan muy lentamente, con solemnidad. Entre cuando el paje ha entrado y la entrada de éstos, ha transcurrido ampliamente un cuarto de hora; los habitantes de la casita así han podido prepararse para recibir a los que llegan.

Los tres están vestidos aún más ricamente que la noche precedente. Las sedas resplandecen, las gemas brillan, un gran penacho de preciosas plumas, sembrado de escamas aún más preciosas, ondula trémulo e irradia destellos sobre la cabeza del que lleva el turbante.

Los pajes llevan: uno, un cofre todo taraceado, cuyos refuerzos metálicos son de oro burilado; el segundo, una labradísima copa, cubierta por una aún más labrada tapa, toda de oro; el tercero, una especie de ánfora ancha y baja, también de oro, cubierta con una tapa en forma de pirámide en cuyo vértice hay un brillante. Debe pesar, pues los pajes lo llevan con esfuerzo, especialmente el del cofre.

Suben por la escalera y entran. Entran en una habitación que va de la parte de la calle al dorso de la casa. Por una ventana abierta al sol, se ve el huertecillo posterior.

Hay puertas en las otras dos paredes; desde ellas los propietarios curiosean. Estos son: un hombre, una mujer y, entre jovencitos y niños, tres o cuatro.

6       María está sentada con José, en pie, a su lado. Tiene al Niño en su regazo. No obstante, cuando ve entrar a los tres Magos, se levanta y hace una reverencia. Está toda vestida de blanco. ¡Qué hermosa, con su sencillo vestido blanco que la cubre desde la base del cuello hasta los pies, desde los hombros hasta sus delgadas muñecas; qué hermosa, con su cabeza pequeña coronada de trenzas rubias, con ese rostro suyo más vivamente rosado por la emoción, con esos ojos que sonríen dulcemente, con esa su boca que se abre para saludar diciendo: «Dios sea con vosotros»! Tanto es así, que los tres Magos, impresionados, se detienen un instante. Pero luego caminan otro poco y se postran a sus pies. Y le ruegan que se siente.

Ellos no, no se sientan, a pesar de los ruegos de Ella; permanecen de rodillas, relajados sobre los talones. Detrás, también de rodillas, los tres pajes; se han detenido apenas traspasado el umbral de la puerta, han depositado delante de ellos los tres objetos que llevaban y están esperando.

Los tres Sabios contemplan al Niño, que creo que puede tener de nueve meses a un año, pues su aspecto es muy vivaz y pujante; está sentado sobre el regazo de su Mamá, y sonríe y balbucea con una vocecita de pajarillo. Está vestido todo de blanco como su Mamá; en sus diminutos piececitos, unas pequeñas sandalias. Es un vestidito muy sencillo: una tuniquita de la que sobresalen los bonitos piececitos inquietos y las manitas gorditas que querrían agarrar todas las cosas, y, sobre todo, la lindísima carita en que brillan los ojos azul oscuros y la boca hace hoyitos a los lados riendo y descubriendo los primeros dientecitos diminutos. Los ricitos de Jesús son tan lúcidos y vaporosos, que parecen polvo de oro.

34 47       El más anciano de los Sabios toma la palabra en nombre de los tres, para explicarle a María que durante una noche del pasado diciembre vieron encenderse una nueva estrella en el cielo, de inusitado esplendor. Jamás las cartas del cielo habían registrado ese astro, jamás lo habían mencionado. No se conocía su nombre, porque no lo tenía. Nacida, entonces, del seno de Dios, esa estrella había brillado para manifestar a los hombres una bendita verdad, un secreto de Dios. Pero los hombres no le habían prestado atención, porque tenían hundida el alma en el fango; no alzaban la mirada hacia Dios y no sabían leer las palabras que El escribe –alabado sea eternamente por ello– con astros de fuego en la bóveda del cielo.

Ellos la habían visto y se habían esforzado por entender su voz. Y, perdiendo contentos el poco sueño que concedían a sus miembros, y aun olvidándose del alimento, se habían sumido en el estudio del zodiaco; las conjunciones de los astros, el tiempo, la estación, el cálculo de las horas pasadas y de las combinaciones astronómicas les habían dicho el nombre y el secreto de la estrella. Su nombre: “Mesías”; su secreto: “ser el Mesías venido al mundo”. Y se habían puesto en camino para adorarle. Cada uno de ellos sin que los otros lo supieran. Por montes y desiertos, por valles y ríos, viajando incluso durante la noche, habían venido hacia Palestina, porque 34 5la estrella se movía en esa dirección. Para cada uno de ellos, desde tres puntos distintos de la tierra, se movía en esa dirección. Se habían encontrado después del Mar Muerto. La voluntad de Dios los había reunido allí, y juntos habían continuado, comprendiéndose a pesar de que cada uno hablaba su propia lengua, y comprendiendo y pudiendo hablar la lengua del país por un milagro del Eterno.

Juntos se habían dirigido a Jerusalén, dado que el Mesías debía ser el Rey de esta ciudad, el Rey de los judíos; pero en el cielo de esa ciudad la estrella se había ocultado, sintiendo ellos rompérseles de dolor el corazón, y se habían examinado para saber si quizás se hubieran hecho indignos de Dios. Pero, habiéndolos tranquilizado su conciencia, fueron adonde el rey Herodes para preguntarle en qué palacio había nacido el Rey de los judíos que ellos habían venido a adorar. El rey, convocados los príncipes de los sacerdotes y los escribas, había interrogado acerca del lugar en que podía nacer el Mesías, a lo que éstos habían respondido:

-«En Belén de Judá».

34 6Y habían venido hacia Belén. La estrella, dejada ya la Ciudad santa, había aparecido de nuevo ante sus ojos, y, de noche, el día anterior había aumentado sus resplandores: el cielo todo era un fuego; luego se había parado sobre esta casa, reuniendo toda la luz de las otras estrellas en su haz luminoso. Así, habían comprendido que ahí estaba el Nacido divino. Y ahora le estaban adorando, ofreciendo sus pobres presentes y, sobre todo, su propio corazón, el cual jamás cesaría de bendecir a Dios por la gracia concedida y de amar a su Hijo, cuya santa Humanidad estaban viendo. Luego volverían a informar al rey Herodes, pues también él deseaba adorarle.

8 -«Este es el oro que a todo rey corresponde poseer; esto, el incienso, como corresponde a Dios; y esto, ¡Oh Madre!, esto es la mirra, porque tu Hijo es, además de Dios, Hombre, y habrá de conocer, de la carne y de la vida humana, la amargura y la inevitable ley de la muerte. Nuestro amor quisiera no pronunciar estas palabras y concebirle eterno también en la carne como eterno es su Espíritu. Pero, ¡Oh Mujer!, si nuestros mapas, y, sobre todo, nuestras almas, no yerran, El es, este Hijo tuyo, el Salvador, el Cristo de Dios, y, por tanto, deberá, para salvar a la Tierra, cargar sobre sí mismo el peso del mal de la Tierra, uno de cuyos castigos es la muerte. Esta resina es para esa hora, para que la carne santa no conozca la podredumbre de la corrupción y conserve la integridad hasta su resurrección. ¡Y que por este presente nuestro El se acuerde de nosotros y salve a sus siervos dándoles su Reino!».

De momento –añade– Ella, la Madre, para ser santificados por El, dé a su Niño

-«a nuestro amor, para que, besando sus pies, descienda sobre nosotros la bendición celeste».

María, que ha superado la turbación suscitada por las palabras del Sabio y ha celado la tristeza de la fúnebre evocación bajo una sonrisa, ofrece al Niño. Lo deposita en los brazos del más anciano, que le besa –y Jesús le acaricia– y luego le pasa a los otros dos.

34 7Jesús sonríe y juguetea con las cadenitas y las cintas de los indumentos de los tres, y mira con curiosidad el cofre abierto, lleno de una cosa amarilla que brilla, y ríe al ver que el sol hace un arco iris al herir el brillante de la tapa de la mirra.

9       Los tres Magos devuelven el Niño a María y se levantan. También se pone en pie María. Inclinan mutuamente la cabeza en gesto de reverencia. Antes el más joven había dado una orden al siervo y éste había salido. Los tres siguen hablando todavía un poco.

No saben decidirse a separarse de esa casa. Lágrimas de emoción en sus ojos… Al final se dirigen hacia la salida acompañados por María y José.

El Niño ha querido bajar y darle la manita al más anciano de los tres, y anda así, de la mano de María y del Sabio, los cuales se inclinan para tenerle de la mano. Jesús, con su pasito todavía inseguro de infante, ríe, golpeando con sus piececitos sobre la franja que el sol dibuja en el suelo.

Llegados al umbral de la puerta –téngase presente que la habitación tenía la misma largura de la casa– los tres se despiden arrodillándose una vez más y besando los piececitos de Jesús. María, inclinada hacía el Pequeñuelo, le toma la manita y la guía y hace así ésta un gesto de bendición sobre la cabeza de cada uno de los Magos. Es éste ya un signo de cruz trazado por los pequeños dedos de Jesús, guiados por María.

Tras ello, los tres bajan la escalera. La caravana ya está ahí esperando preparada. Los bullones de las cabalgaduras reflejan el Sol del ocaso. La gente se ha agolpado en la placita para ver este insólito espectáculo.

Jesús ríe dando palmadas con sus manitas. Su Mamá le ha alzado y le ha apoyado en el ancho parapeto que limita el descansillo, y le tiene con un brazo sujeto contra su pecho para que no se caiga. José, que ha bajado con los tres Magos, sujeta a cada uno de ellos el estribo al subirse éstos a los caballos o al camello.

Ya todos, siervos y señores, están a caballo. Se da orden de marcha. Los tres, como último saludo, se inclinan hasta tocar el cuello de la cabalgadura. José hace una reverencia. María también, volviendo a guiar la manita de Jesús en un gesto de adiós y bendición.

«Consideraciones acerca de la fe de los tres Reyes»

10 Dice Jesús:

«¿Y ahora? ¿Qué deciros ahora, almas que sentís morir la fe? Estos Sabios de oriente no disponían de nada que los confirmara en la verdad; nada sobrenatural. Sólo tenían el cálculo astronómico y la propia reflexión perfeccionada por una vida íntegra. Y, con todo, tuvieron fe. Fe en todo: fe en la ciencia, fe en la conciencia, fe en la bondad divina.

En la ciencia, en cuanto que creyeron en el signo de la estrella nueva, que no podía sino ser “ésa”, la que la humanidad desde hacía siglos estaba esperando: el Mesías. En la conciencia, en cuanto que tuvieron fe en la voz de la misma, la cual, recibiendo “voces” celestes, les decía: “Esa estrella es la que signa la venida del Mesías”. En la bondad, en cuanto que tuvieron fe en que Dios no los engañaría, y en que, dado que su intención era recta, los ayudaría en todos los modos para alcanzar el objetivo.

Y lo lograron. Sólo ellos, entre tantos otros estudiosos de los signos, comprendieron ese signo, porque sólo ellos tenían en el alma el ansia de conocer las palabras de Dios con un fin recto, cuyo principal pensamiento consistía en dar en seguida a Dios honor y gloria.

11 No buscaban el provecho personal. Antes bien, les esperaban dificultades y gastos, y no piden compensación humana alguna. Piden solamente que Dios se acuerde de ellos y los salve para la eternidad.

De la misma forma que su pensamiento no está puesto en ninguna compensación humana posterior, tampoco tienen, cuando deciden el viaje, ninguna preocupación humana. Vosotros habríais hecho mil cavilaciones: “¿Cómo me las voy a arreglar para hacer un viaje tan largo por países y entre gentes de lenguas distintas? ¿Me van a creer, o, por el contrario, me encarcelarán por espía? ¿Qué ayuda me van a ofrecer cuando tenga que pasar desiertos, ríos, montes? ¿Y el calor? ¿Y el viento de los altiplanos? ¿Y las fiebres pantanosas de las zonas palúdicas? ¿Y las riadas dilatadas por las lluvias? ¿Y las comidas distintas? ¿Y el lenguaje distinto? Y… y… y”. Así razonáis vosotros. Ellos no razonan así. Dicen, con sincera y santa audacia: ‘Tú, ¡Oh Dios!, lees nuestro corazón y ves qué fin perseguimos. Nos ponemos en tus manos. Concédenos la sobrehumana alegría de adorar a tu Segunda Persona hecha Carne para la salud del mundo”.

Ello es suficiente. Se ponen en camino desde las lejanas Indias[3]. Se ponen en camino desde las cadenas montañosas mongólicas, en cuyo espacio se mueven, libérrimos, sólo águilas y buitres, donde Dios habla con el fragor de los vientos y de los torrentes y escribe palabras de misterio en las inmensas páginas de los neveros. Se ponen en camino desde las tierras en que nace el Nilo, y discurre, vena verde–azul, hacia el corazón azul del Mediterráneo. Ni picos, ni zonas selvosas, ni arenas –océanos secos y más peligrosos que los marinos– detienen su paso. Y la estrella brilla sobre sus noches, negándoles el sueño. Cuando se busca a Dios, los hábitos animales deben ceder ante los anhelos impacientes y las necesidades suprahumanas.

Reciben la estrella desde septentrión, desde oriente y desde meridión, y, por un milagro de Dios, avanza para los tres hacia un punto; como también, por otro milagro, los reúne tras muchas millas en ese punto; y, por otro, les da, anticipando la sabiduría pentecostal, el don de entenderse y de hacerse entender como en el Paraíso, donde se habla una sola lengua: la de Dios.

12 Sólo un momento de turbación los sobrecoge: cuando la estrella desaparece. Ellos –humildes porque eran realmente grandes– no piensan que ello sea debido a la maldad de los demás –no habiendo merecido ver la estrella de Dios los hombres corrompidos de Jerusalén–, sino que piensan que ellos son los que se han hecho indignos de Dios, y se examinan con temblor y con contricción ya preparada para pedir perdón.

Mas su conciencia los tranquiliza. Habituadas sus almas a la meditación, tenían una conciencia sensibilísima, afinada por una atención constante, por una aguda introspección, que había hecho de su interior un espejo en que se reflejaban las más ligeras sombras de los hechos cotidianos. Habían hecho de su conciencia una maestra, una voz que los advertía y les gritaba ante la mas pequeña, no digo falta, sino mirada a la falta, a lo que es humano, a la complacencia de lo que es yo. Y por eso, cuando se ponen frente a esta maestra, frente a este espejo severo y nítido, saben que no les mentirá. Los tranquiliza y recobran el vigor.

“¡Oh, qué dulce el sentir que en nosotros no hay nada que sea contrario a Dios; sentir que El mira con complacencia al corazón del hijo fiel y lo bendice! Este sentir produce aumento de fe y confianza, y esperanza y fortaleza y paciencia. Es momento de tempestad, mas ésta pasará, porque Dios me ama y sabe que le amo, y me seguirá ayudando”: esto dicen quienes poseen esa paz que procede de una conciencia recta, reina de todas sus acciones.

13 He dicho que eran “humildes porque eran realmente grandes”. ¿En vuestras vidas, sin embargo, qué sucede? Que uno, no porque sea grande, sino por su mayor despotismo –y se hace poderoso por su despotismo y por vuestra necia idolatría–, no es jamás humilde.

Existen pobres desgraciados que, por el solo hecho de ser mayordomos de un déspota, conserjes en algún organismo, funcionarios de un arrabal –a fin de cuentas al servicio de quien los ha hecho lo que son– se dan aires de semidioses. ¡Bueno, pues dan pena!…

Ellos, los tres Sabios, eran realmente grandes, en primer lugar por virtudes sobrenaturales, en segundo lugar, por ciencia, y, por último, por riqueza. Y no obstante se sienten nada: polvo sobre el polvo de la tierra, respecto al Dios altísimo, que crea los mundos con una sonrisa suya, y los esparce como granos de trigo para saciar los ojos de los ángeles con collares hechos de estrellas.

Se sienten nada respecto al Dios altísimo que ha creado el planeta en que viven, y que le ha hecho vario, colocando, cual Escultor infinito de obras inmensas, aquí, con un toque de su pulgar, una corona de suaves colinas, allá una cadena de cumbres y de picos semejante a vértebras de la tierra; de este cuerpo desmesurado cuyas venas son los ríos; pelvis, los lagos; corazones, los océanos; vestiduras, los bosques; velos, las nubes; ornatos, los glaciares de cristal; gemas, las turquesas y las esmeraldas, los ópalos y los berilos de todas las aguas que cantan, con las selvas y los vientos, el gran coro de alabanza a su Señor.

Se sienten nada en su sabiduría respecto al Dios altísimo de quien les viene y que les ha dado ojos más potentes que esas dos pupilas por las que ven las cosas: ojos del alma que saben leer en las cosas esa palabra no escrita por mano humana, sino grabada por el pensamiento de Dios.

Se sienten nada en su riqueza: átomo respecto a la riqueza del Posesor del universo, que disemina metales y gemas en los astros y planetas, y riquezas sobrenaturales, inagotables riquezas, en el corazón de aquel que le ama.

14 Y, llegados ante una pobre casa de la más mísera de las ciudades de Judá, no menean la cabeza diciendo: “Imposible”, sino que se inclinan reverentes, se arrodillan, sobre todo con el corazón, y adoran. Ahí, detrás de esas paredes, está Dios; ese Dios que siempre invocaron, sin atreverse, ni por asomo, a esperar que podrían verle. Le invocaron, más bien, por el bien de toda la humanidad, por “su propio” bien eterno.  Ah, sólo esto soñaban para ellos: poder verle, conocer, poseerle en la vida que no conocerá ni alboradas ni ocasos!

El está ahí, tras esas pobres paredes. ¿Quién sabe si, quizás, su corazón de Niño, que es el corazón de un Dios, no siente estos tres corazones que vueltos hacia el polvo del camino tintinean: “Santo, Santo, Santo. Bendito el Señor, Dios nuestro. Gloria a El en los Cielos altísimos, y paz a sus siervos. Gloria, gloria, gloria y bendición”? Ellos se lo preguntan con temblor de amor. Y, durante toda la noche y la mañana siguiente preparan, con la más viva oración, su espíritu para la comunión con el Dios–Niño.

No se dirigen a este altar –regazo virginal sobre el que está la Hostia divina –como hacéis vosotros, o sea, con el alma llena de preocupaciones humanas. Se olvidan del sueño y de la comida, toman las vestiduras más bellas– no por humana ostentación, sino por honorar al Rey de los reyes–. En los palacios de los soberanos, los dignatarios entran con las vestiduras más bellas; ¿no debían, acaso, ellos ir adonde este Rey con sus indumentos de fiesta? ¿Y qué fiesta mayor que ésta para ellos?

En sus lejanas patrias, muchas veces tuvieron que ataviarse elegantemente por otros hombres de su mismo rango; para festejarlos u honrarlos. Era justo, pues, humillar ante los pies del Rey supremo púrpuras y joyas, sedas y plumas preciosas. Era justo poner a sus pies, ante sus delicados piececitos, las telas de la Tierra, las gemas de la Tierra, plumajes, metales de la Tierra, para que estas cosas de la Tierra –son obras suyas– adorasen también a su Creador. Y se hubieran sentido felices si la Criaturita les hubiera ordenado que se extendieran en el suelo haciendo una alfombra viva para sus pasitos de Niño, y los hubiera pisado, El, que había dejado las estrellas por ellos, que sólo eran polvo, polvo, polvo.

15 Eran humildes y generosos, y obedientes a las “voces” que venían de lo Alto. Tales “voces” ordenan llevar presentes al Rey recién nacido. Y ellos llevan los presentes. No dicen: “Es rico y por tanto no lo necesita. Es Dios y por tanto no conocerá la muerte”. Obedecen. Y son ellos los primeros en ayudar al Salvador en su pobreza. Y ¡qué providente era ese oro para quien en un futuro próximo sería un fugitivo!, ¡cuánto significado tenía esa resina para quien a no tardar sería matado!, ¡qué pío ese incienso para quien había de sentir el hedor de las lujurias humanas en ebullición en torno a su pureza infinita!

Humildes, generosos, obedientes, respetuosos unos con otros. Las virtudes engendran siempre otras virtudes. De las virtudes orientadas a Dios proceden las virtudes orientadas al prójimo. Respeto, que a fin de cuentas es caridad. Defieren al más anciano hablar por los tres, y ser el primero en recibir el beso del Salvador y en llevarle de la mano. Los otros podrán volverle a ver, pero él no. Es viejo. Cercano está ya su día de regreso a Dios. A este Cristo le verá, tras su espantosa muerte, y le seguirá por la estela de los salvados en el regreso al Cielo, mas no le volverá a ver en esta Tierra. Quédele, pues, como viático, el calorcito de esta diminuta mano que se abandona en la suya ya rugosa.

Y los demás no tuvieron ninguna envidia del sabio anciano; antes bien, aumentó su veneración por él: en efecto, había merecido más que ellos y durante más tiempo. El Dios–Infante esto lo sabía. La Palabra del Padre todavía no hablaba, pero su acto era ya palabra. ¡Bendita sea esta palabra suya, inocente, que designa a éste como su predilecto!

16 Mas hay, todavía, hijos, otras dos enseñanzas en esta visión.

Cómo José sabe estar dignamente en “su” puesto. Está presente como custodio y tutor de la Pureza y de la Santidad, pero sin usurpar sus derechos. María, con su Jesús, es quien recibe dones y palabras; José exulta por Ella y no se siente herido de ser una figura secundaria. José es un justo, es el Justo, y es justo siempre, y en este momento también lo es. No se embriaga con los vapores de la fiesta. Permanece humilde, justo.

Se alegra de esos regalos. No por él mismo, sino pensando que con ellos va a poder hacerles más cómoda la vida a su Esposa y a su dulce Niño. En José no hay avaricia. Es un trabajador y va a seguir trabajando; pero otra cosa es que “Ellos”, sus dos amores, puedan vivir con desahogo y comodidad. Ni él ni los Magos saben que esos regalos van a ser útiles para una fuga, para una vida en el exilio (en las que los haberes se disipan como una nube bajo la acción del viento), y para regresar a la patria, tras haber perdido todo: clientes, mobiliario, enseres; sólo con las paredes de la casa, que Dios la protegería porque en ese lugar El se había unido a la Virgen y se había hecho Carne.

José es humilde –él, que es custodio de Dios y de la Madre de Dios y Esposa del Altísimo– hasta el punto de sujetar el estribo a estos vasallos de Dios. Es un pobre carpintero, debido a que el despotismo humano ha despojado a los herederos de David de sus regios haberes, pero sigue siendo de estirpe real y posee rasgos de rey. De él hay que decir también: “Era humilde porque era realmente grande”.

17 Ultima, delicada, indicativa enseñanza.

Es María quien toma la mano de Jesús, que todavía no sabe bendecir, y la guía en el gesto santo.

Es siempre María la que toma la mano de Jesús y la guía. Y ahora sucede lo mismo. Ahora Jesús sabe bendecir, pero a veces su mano traspasada cae cansada y desesperanzada porque sabe que es inútil bendecir. Vosotros destruís mi bendición. Cae también indignada, porque vosotros me maldecís. Y entonces es María la que retira el desdén de esta mano besándola. ¡Oh, el beso de mi Madre! ¿Quién podría resistir a ese beso? Luego toma con sus finos dedos –finos, pero ¡cuán amorosamente imperiosos!– mi muñeca, y me fuerza a bendecir.

No puedo decir que no a mi Madre. Pero tenéis que ir a Ella para hacerla Abogada vuestra. Ella es mi Reina antes de ser vuestra Reina, y su amor por vosotros guarda indulgencias que ni siquiera el mío conoce. Y Ella, incluso sin palabras, sólo con las perlas de su llanto y con el recuerdo de mi Cruz –cuyo signo me hace trazar en el aire– toma la defensa de vuestra causa recordándome: “Eres el Salvador. Salva”.

18 He aquí, hijos, el “evangelio de la fe” en la aparición de la escena de los Magos. Meditad e imitad, para bien vuestro».

[1] Cfr. Mt. 2, 1–11.

[2] Otros episodios de los “evangelios de la fe” no pertinentes a la presente Obra, quedan recogidos en las publicaciones de las obras menores de MV.

[3] La Escritora añade la siguiente nota: “Jesús me dice luego que con “Indias” quiere decir Asia meridional, donde ahora están Turquestán, Afganistán y Persia”

3/1/2015 Evangelio según San Juan 1,1-18.

Domingo segundo después de Navidad

Santo(s) del día : Santísimo Nombre de Jesús
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Lecturas

Este inmortal pasaje en que San Juan resume en 18 versículos toda la verdad sobre la misión del Cristo, le fue revelada por el Espíritu y gravada a fuego en el corazón, palabras que el mismo Jesús pronunció durante su vida publica, palabras indelebles que quedan gravadas en la memoria de los testigos de la Luz, como las palabras del ángel a los pastores de Belén, palabras que repitieron durante toda su vida.

Habría que leer toda la revelación de la Obra de MV para encontrarlas en tantas enseñanzas dejadas por nuestro Salvador durante toda su vida publica y conocer toda la Sagrada Escritura del Antiguo Testamento para comprenderlas cabalmente en la Gracia de Dios.

Juan, el puro, el discípulo amado, el más inspirado… Alguna vez Jesús le ha dicho, ante su sorpresa al haber pronunciado verdades muy profundas, a la pregunta,  «…Señor… ¿qué he dicho? Mis palabras, Juan. No temas.».(al final CAP 379)

De manera que he seleccionado los capitulo 136, donde Jesús mismo cuenta como sucedió su venida a la tierra.

No obstante, de los versículos del pasaje de este domingo les transcribo varios versos de distintos capítulos del libro:

“…Yo estoy en el Padre y el Padre está conmigo. El Verbo está siempre junto a Dios, que no tiene principio. Y el Verbo precede a todas las cosas, desde siempre, desde una eternidad cuyo nombre es siempre, desde un presente eterno junto a Dios, y es Dios como Dios, pues que es el Verbo del Pensamiento divino.”

Tomo 10 Capitulo 630 Verso 21

“…«No llores, Juan mío. Dirás, ésta e infinitas veces: “Él era la Luz venida a resplandecer entre las tinieblas, pero las tinieblas no le comprendieron. Vino al mundo que había sido hecho por El, mas el mundo no le conoció. Vino a su ciudad, a su casa, y los suyos no le recibieron”. ¡Oh, no llores así!».”

Tomo 1 Capitulo 73 Verso 9

“…El Padre y el Hijo se han amado y se han comprendido. Y el Padre ha dicho: Quiero. Y el Hijo ha dicho: “Quiero”. Y luego el Hijo ha dicho: “Dame”. Y el Padre ha dicho: “Toma”, y el Verbo tuvo una carne, cuya formación es misteriosa, y esta carne se llamó Jesucristo, Mesías, Aquel que debe redimir a los hombres, llevarlos al Reino, vencer al demonio, quebrar las esclavitudes.”

Tomo 7 Capitulo 487 Verso 7

“…«Esto lo dice también Juan. 4 Hace unos días, algunos discípulos suyos, nosotros presentes, le han dicho: “Rabí, Aquel que estaba contigo al otro lado del Jordán, del que tú diste testimonio, ahora bautiza, y todos van a Él; te vas a quedar sin fieles”. A lo que Juan respondió:

 “¡Dichoso mi oído, que oye esta noticia! No sabéis qué alegría me dais. Sabed que el hombre no puede tomar nada si no le es dado del Cielo. Vosotros podéis testificar que he dicho: ‘Yo no soy el Cristo, sino el que ha sido enviado delante para prepararle el camino’. El hombre justo no se apropia de un nombre ajeno, y, aunque otro hombre quisiera alabarle diciéndole: ‘eres ése’, es decir: el Santo, él responde: ‘No, realmente no es así; yo soy su siervo’. Y de todas formas se alegra mucho de ello, porque dice: ‘Se ve que me asemejo a Él un poco, si el hombre me puede confundir con El. Y, ¿qué desea la persona que ama sino parecerse a su amado? Sólo la esposa goza del esposo. El paraninfo no podría gozar de ella, porque sería una inmoralidad y un hurto. Pero el amigo del novio, que está cerca de él y escucha su palabra llena de júbilo nupcial, siente una alegría tan viva que podría compararse a la que hace dichosa a la virgen casada con él, la cual en aquella palabra comienza ya a degustar la miel de las palabras nupciales. Esta es mi alegría, y es completa. ¿Y qué hace el amigo del novio, habiéndole servido durante meses, y habiéndole conducido a la esposa a casa? Se retira y desaparece. ¡Así hago yo! ¡Así hago yo! Uno sólo queda, el esposo con la esposa: el Hombre con la Humanidad. ¡Oh, qué palabra más profunda! Es necesario que El crezca y que yo merme. Quien del Cielo viene está por encima de todos. Patriarcas y Profetas desaparecen a su llegada, porque El es como el Sol, que todo lo ilumina y su luz es tan viva que los astros y planetas sin luz se visten de ella, y los que aún no están apagados quedan anulados en el supremo esplendor del Sol. Esto sucede porque El viene del Cielo, mientras que los Patriarcas y los Profetas irán al Cielo, pero no vienen del Cielo. Quien viene del Cielo es superior a todos, y anuncia lo que ha visto y oído. Mas ninguno de entre los que no tienden al Cielo, renegando de Dios por ello, podrá aceptar su testimonio. Quien acepta el testimonio del que ha bajado del Cielo, con este acto suyo de creer, imprime un sello a su fe en que Dios es verdadero y no una fábula exenta de verdad, y escucha a la Verdad porque su ánimo está deseoso de ella. Porque Aquél a quien Dios ha enviado pronuncia palabras de Dios, pues Dios le da el Espíritu con plenitud, y el Espíritu dice: ‘Aquí estoy. Tómame; que quiero estar contigo, delicia de nuestro amor’. Porque el Padre ama al Hijo sin medida y todas las cosas las ha puesto en su mano. Por eso quien cree en el Hijo tiene la vida eterna; mas quien se niega a creer en el Hijo no verá la Vida, y la cólera de Dios permanecerá en él y sobre él”.”

Tomo 2 Capitulo 127 Verso 4

Primer año de la Vida Pública de Jesús

136 En la fiesta de las Encenias, en casa de Lázaro, se hace memoria del nacimiento de Jesús.

22 de marzo de 1945.

136 11 La ya de por sí espléndida casa de Lázaro, esta noche está maravillosa. Parece arder por el número de lámparas encendidas, y la luz se derrama hacia fuera, en este comienzo de la noche, rebosando desde las salas al atrio y desde éste al pórtico, para alargarse luego vistiendo de oro los guijarrosos senderos, el césped y las matas de los cuadros del jardín, luchando –venciendo en los primeros metros– con el claror de la luna con su amarillo y carnal esplendor, mientras que más lejos todo toma aspecto angélico por el vestido de pura plata que la luna extiende sobre las cosas.

También el silencio que envuelve al magnífico jardín, en que suena sólo el arpegio del chorro de agua cayendo en el estanque de los peces, parece aumentar la recogida y paradisíaca paz de la noche lunar, mientras junto a la casa voces alegres y numerosas y un festivo rumor de correr muebles y de sacar la vajilla a las mesas recuerdan que el hombre es hombre y no todavía espíritu.

Marta se mueve ágilmente con su amplio vestido espléndido y pudoroso de un color violeta rojo; parece una flor, una hermosa campanilla; o una mariposa en vivaz movimiento chocándose contra las paredes purpúreas del atrio o contra las paredes de diminutas representaciones –parecen una alfombra– de la sala del banquete.

Jesús, sin embargo, pasea solo y absorto junto al estanque de los peces, y parece como si alternadamente quedara subsumido en la oscura sombra proyectada por un alto laurel, un verdadero árbol gigante, o en la fosfórica luz lunar que cada vez se hace más clara; tan viva, que el surtidor del estanque parece un penacho de plata que luego se fragmenta en lascas de brillantes, que van a caer, para perderse en ella, en la lámina quieta, pura plata, del pilón. Jesús mira y escucha las palabras del agua en la noche.

Estas llegan a tener un sonido tan musical, que despiertan a un ruiseñor que, en el tupido laurel, responde al arpegio lento de las gotas con un agudo de flauta, y luego se para, como para tomar la nota y seguir el acorde del agua, y finalmente comienza, como rey del canto que es, su perfecto, variado, suave himno de alegría.

Jesús ya ni siquiera camina, para no turbar con el rumor de los pasos la serena alegría del ruiseñor, y creo que también suya porque sonríe, con la cabeza agachada, con una sonrisa de alegría realmente serena. Cuando el ruiseñor, después de una nota purísima sostenida y modulada en tono ascendente –que no sé cómo puede sostenerla una garganta tan pequeña–, interrumpe su canto, Jesús exclama:

-«¡Te bendigo, Padre santo, por esta perfección y por el gozo que con ella me has proporcionado!»

y sigue su lento paseo lleno de quién sabe qué profundidades de meditación.

2       Llega Simón:

-«Maestro, Lázaro te ruega que vayas. Todo está ya dispuesto».

-«Vamos. Desaparezca así el último motivo de duda que pudiera existir de que les hubiera perdido estima por causa de María».

-«¡Cuánto llanto, Maestro! Sólo un secreto milagro tuyo ha podido aplicar una cura a ese dolor. ¿No sabes que Lázaro casi decide huir después de que ella, cuando volvieron, salió de casa diciendo que dejaba los sepulcros y abrazaba la alegría y… otras insolencias? La posición mía y de Marta fue: “¡Te conjuramos: no lo hagas!” –entre otras cosas porque… nunca se sabe la reacción de un corazón; si la hubiera encontrado, yo creo que la habría escarmentado de una vez por todas–. Habrían deseado de ella al menos el silencio acerca de ti…».

-«Y el inmediato milagro mío respecto a ella. Y habría podido hacerlo. Pero no quiero una resurrección forzada en los corazones. A la muerte la forzaré y me devolverá sus presas, porque Yo soy el Señor de la muerte y de la vida. Pero en los espíritus, que no son materia que, sin hálito, carezca de vida, sino que son inmortales esencias capaces de renacer por voluntad propia, Yo no fuerzo la resurrección. Otorgo la primera llamada y la primera ayuda, como quien abriera un sepulcro en que alguien hubiera sido enterrado semivivo, donde moriría si permaneciera largo tiempo, en esas tinieblas asfixiantes; dejo entrar aire y luz… luego, espero. Si el espíritu tiene deseos de salir, sale; si no lo desea, sus tinieblas aumentan y queda hundido[1]. Pero, si sale… ¡Oh, si sale… en verdad te digo que ninguno será mayor que el renacido en su espíritu! Sólo la Inocencia absoluta es mayor que este muerto que vuelve a vivir en virtud del propio amor y para alegría de Dios… ¡Son mis mayores triunfos!

Observa el cielo, Simón. ¿Ves que tiene estrellas y planetas, más o menos grandes? Todos poseen vida y esplendor por Dios, que los ha hecho, y por el sol que los ilumina, mas no todos son luminosos y grandes en igual medida. Así será también en mi Cielo: todos los redimidos tendrán vida por mí y esplendor por mi luz, mas no todos serán luminosos y grandes en igual medida. Unos serán simple polvo de astros, como el que hace láctea a Galatea: serán aquellos, innumerables, que habrán recibido del Cristo, o, mejor dicho, habrán aspirado, sólo ese mínimo indispensable para no ser réprobos, y sólo por la infinita misericordia de Dios, después de un largo purgatorio, irán al Cielo. Otros serán más fúlgidos y estarán más formados: los justos que hayan unido su voluntad (nota que digo “voluntad” no “buena voluntad”) a la del Cristo, y hayan prestado obediencia, para no condenarse, a mis palabras. Luego, estarán los planetas, las buenas voluntades, ¡Oh…, luminosísimos!: son los enamorados hasta la muerte por el amor, los penitentes por amor, los que obran por amor, los inmaculados por amor; su luz es de puro diamante o de resplandor de gemas de distintos colores (rojo–rubí o violeta–amatista o amarillo–topacio o cándido–perla).

Y habrá algunos entre estos planetas –y serán mis glorias de Redentor– que tendrán en sí destellos de rubí y de amatista y de topacio y de perla, porque serán todo por amor. Heroicos hasta llegar a perdonarse el no haber sabido amar antes, penitentes hasta saturarse de expiación como Ester antes de presentarse a Asuero se saturó de perfumes[2], incansables para hacer en poco tiempo, en el poco tiempo que les queda, cuanto no hicieron durante los años que perdieron en el pecado, puros hasta la heroicidad para olvidarse –no sólo en el alma y en el pensamiento, sino también en las propias entrañas– de que existe el sentido. Serán aquellos que atraerán hacia sí, por su multiforme resplandor, los ojos de los creyentes, de los puros, de los penitentes, de los mártires, de los héroes, de los ascetas, de los pecadores, y, para cada una de estas categorías, su resplandor será palabra, respuesta, llamada, garantía…

3 Pero, vamos, que nosotros estamos aquí hablando y allí nos esperan».

-«Es que cuando Tú hablas uno se olvida de que vive. ¿Puedo decir todo esto a Lázaro? Me parece ver en ello una promesa…».

-«Lo debes decir. La palabra del amigo puede posarse sobre su herida y no se ruborizarán de haberse puesto colorados en mi presencia… Te hemos hecho esperar, Marta; es que estaba hablando con Simón de estrellas y nos hemos olvidado de estas luces. Tu casa es verdaderamente un firmamento esta noche…».

-«Las hemos encendido no sólo para nosotros y la servidumbre, sino también para ti y para los huéspedes, tus amigos. Gracias por haber venido para la última noche. Ahora la fiesta es realmente la Purificación…».

Marta querría continuar hablando, pero siente que le sube el llanto y calla.

-«Paz a todos vosotros»

dice Jesús entrando en el atrio resplandeciente de decenas de luces de plata, todas encendidas, colocadas por todas partes. Lázaro, sonriente, se dirige hacia Jesús:

-«Paz y bendición a ti, Maestro, y muchos años de santa felicidad».

Se besan.

-«Me han dicho ciertos amigos nuestros que Tú naciste mientras Belén ardía por una lejana fiesta de las Luminarias. Ellos y nosotros estamos jubilosos de tenerte esta noche. ¿No preguntas quiénes son?».

-«No tengo más amigos que los discípulos y mis amados de Betania, aparte de los pastores. Por tanto son ellos. ¿Han venido? ¿Para qué?».

-«Para adorarte, Mesías nuestro. Lo supimos por Jonatán, y aquí estamos, con nuestros rebaños, que ahora están en los establos de Lázaro, y con nuestros corazones, ahora y siempre a tus pies santos».

Isaac ha hablado por Elías, Leví, José y Jonatán, que están postrados a los pies de Jesús: Jonatán con su esponjoso vestido del intendente estimado por su señor; Isaac con el suyo de incansable peregrino, de gruesa lana marrón oscura, impermeable al agua; Leví, José, Elías, con las vestiduras que Lázaro les ha dado, frescas, limpias, para poder tomar asiento en las mesas sin tener que llevar el pobre indumento, roto y con olor a aprisco, de los pastores.

-«¿Por este motivo me habéis mandado al jardín? ¡Dios os bendiga a todos! Sólo falta mi Madre para completar mi felicidad. Alzaos, alzaos. Es la primera Navidad que celebro sin mi Madre. Pero vuestra presencia me alivia la tristeza, la nostalgia de su beso».

4       Entran todos en la sala de las mesas. Aquí la mayoría de las lámparas son de oro. El metal aumenta su brillo por la luz de la llama, la llama parece más resplandeciente por el reflejo de tanto oro. La mesa está dispuesta en forma de U para que quepa tanta gente como hay y poderla servir sin dificultar las operaciones de los trinchadores y de los criados. Además de Lázaro están los apóstoles, los pastores, y Maximino, el anciano servidor de Simón.

Marta cuida de la disposición de los puestos. Querría permanecer en pie, pero Jesús se impone:

-«Hoy no eres la hospedadora, eres la hermana, y te vas a sentar como si fueras de mi misma sangre. Somos una familia. Cesen las reglas para dar paso al amor. Aquí, a mi lado, y, junto a ti, Juan. Yo con Lázaro. Dadme una lámpara. Entre mí y Marta vele una luz… una llama, por las ausentes que a pesar de todo están presentes: por las amadas, esperadas, por las mujeres amadas y lejanas. Todas. La llama tiene palabras de luz. El amor tiene palabras de llama, y estas palabras van lejos, siguiendo la onda incorpórea de los espíritus que se encuentran siempre, más allá de los montes y de los mares, llevando besos y bendiciones… Llevando todo. ¿No es, acaso, verdad?».

Ella deposita la lámpara en el lugar donde Jesús desea, en un puesto que quedará vacío, y, habiendo comprendido, se inclina a besarle la mano (la que luego, bendecidora y reconfortante, Jesús pone sobre la cabeza morena de Marta).

5       Comienza la cena. Al principio un poco confusos, los tres pastores –Isaac se siente ya más seguro y Jonatán no da signos de sentirse incómodo– van tomando cada vez más confianza a medida que la cena se desarrolla, y, después de un tiempo de silencio, comienzan a hablar: ¿de qué podría ser, sino de su recuerdo?

-«Hacía poco que nos habíamos recogido»

dice Leví.

-«Tenía tanto frío, que me resguardé entre las ovejas, llorando por la nostalgia de mi madre…».

-«Yo, sin embargo, pensaba en la joven Madre que había visto poco antes, y me decía a mí mismo: “¿Habrá encontrado lugar?”. ¡Si hubiera sabido que estaba en un establo, la habría traído al aprisco!… Pero, era tan delicada –una azucena de nuestros valles– que me pareció una ofensa el decirle: “Ven con nosotros”. Yo pensaba en Ella… y sentía más vivamente el frío, pensando en cuánto le debía hacer sufrir. ¿Te acuerdas qué luz aquella noche? ¿Y te acuerdas de tu miedo?».

-«Sí… pero luego… el ángel… ¡Oh!…».

Leví, un poco absorto como en estado de ensoñación, sonríe al recordarle.

-«¡Un momento! ¡Escuchadme, amigos! Nosotros sabemos poco y lo sabemos mal. Hemos oído hablar de ángeles, de pesebres, de rebaños, de Belén… Y sabemos que El es galileo y carpintero… ¡No es justo que estemos en la ignorancia! Yo le he preguntado al Maestro en Aguas Claras… pero luego se habló de otras cosas. Este, que sabe, no me ha dicho nada… Sí, hablo contigo, Juan de Zebedeo. ¡Vaya forma de respeto hacia el anciano! Te lo tienes todo para ti y me dejas que vaya adelante como un tarugo de discípulo. ¿Es que ya por mí mismo no soy suficiente tarugo?».

Se echan a reír por el gesto bueno de indignación de Pedro. Pero él se vuelve hacia su Maestro y dice:

-«Se ríen, pero tengo razón».

Luego se vuelve a Bartolomé, Felipe, Mateo, Tomás, Santiago y Andrés:

-«¡Venga, decidlo también vosotros, protestad conmigo! ¿Por qué no sabemos nada nosotros?».

-«¿Dónde estabais cuando murió Jonás? ¿Dónde estabais en los altos del Líbano?».

-«Tienes razón. Pero, por lo que se refiere a Jonás, yo al menos, creí que se tratase del delirio de un moribundo, y, en los altos del Libano… estaba cansado y con sueño. Perdóname, Maestro, pero es la verdad».

-«¡Y será la verdad de muchos! El mundo de los evangelizados frecuentemente responderá, al Juez eterno, para disculparse de su ignorancia a pesar de la enseñanza de mis apóstoles, eso mismo que tú dices: “Creí que se trataba de un delirio… Estaba cansado y tenía sueño”. Y, frecuentemente, no admitirá la verdad porque la confundirá con un delirio, y no se acordará de la verdad porque estará cansado y tendrá sueño por demasiadas cosas inútiles, caducas e incluso pecaminosas. Una sola cosa es necesaria: conocer a Dios».

-«Bien, después de decirnos lo que nos corresponde, cuéntanos cómo sucedieron los hechos… Cuéntaselo a tu Pedro. Yo después hablaré de ello a la gente. Si no… ya te lo he dicho, ¿qué puedo decir? El pasado no lo conozco; las profecías y el Libro… no los sé explicar; el futuro… ¡Oh, pobre de mí! Y entonces ¿que anuncio?».

-«Sí, Maestro, que lo sepamos también nosotros… Sabemos que eres el Mesías, y esto lo creemos, pero, al menos por lo que a mí respecta, me ha costado trabajo admitir que de Nazaret pudiera provenir algo bueno… ¿Por qué no me has dado a conocer, ya desde el principio, tu pasado?»

dice Bartolomé.

-«Para probar tu fe y la luminosidad de tu espíritu. 6 Pero ahora sí os voy a hablar; es más, os vamos a hablar de mi pasado. Yo diré lo que incluso los pastores no saben y ellos dirán lo que vieron. Conoceréis así el alba de Cristo. Oíd.

guadalupeincarn_544x768Habiéndose cumplido el tiempo de la Gracia, Dios se preparó su Virgen. Os será fácil comprender cómo Dios no podía residir donde Satanás había puesto un incancelable signo. Por tanto, la Potencia actuó para hacer su futuro tabernáculo sin mancha, y de dos justos, en la ancianidad, y contra las reglas comunes de la procreación[3], fue concebida aquella en la que no existe mancha alguna.

¿Quién depositó esa alma en la carne embrional que con su presencia daba nueva lozanía al anciano seno de Ana de Aarón, la abuela mía? Tú, Leví, viste al Arcángel de todos los anuncios. Puedes decir: es ése. Porque la “Fuerza de Dios”[4] fue siempre el Victorioso que llevó el tañido de alegría a los santos y a los profetas; el Indomable, contra el que la fuerza, también grande, de Satanás se quebró cual sutil tallo de musgo seco; el Inteligente que desvió con su buena y lúcida inteligencia las insidias del otro inteligente, si bien malvado, poniendo en acto con prontitud el mandato de Dios.

Con un grito de júbilo, él, el Anunciador, que ya conocía los caminos de la Tierra por haber descendido a hablarles a los Profetas[5], recogió del Fuego divino esa chispa inmaculada que era el alma de la eterna Doncella, y, custodiada dentro de un círculo de llamas angélicas, las de su espiritual amor, la condujo a la Tierra, a una casa, a un seno[6]. El mundo, desde ese momento, tuvo consigo a la Adoradora; y Dios, desde ese momento, pudo mirar a un punto de la Tierra sin experimentar disgusto. Y nació una criaturita: la Amada de Dios y de los ángeles, la Consagrada a Dios, la santamente Amada de sus familiares.

“Y Abel dio a Dios las primicias de su rebaño”[7]. ¡Oh…, realmente los abuelos del eterno Abel supieron ofrecer a Dios la primicia de lo que constituía su bien, todo su bien, muriendo por haber dado este bien a quien se lo había dado a ellos!

Mi Madre fue la Jovencita del Templo desde los tres a los quince años y aceleró la venida del Cristo con la fuerza de su amor. Virgen antes de su concepción, virgen en la oscuridad de un seno, virgen en sus vagidos, virgen en sus primeros pasos, la Virgen fue de Dios, de Dios sólo, y proclamó su derecho, superior al decreto de la Ley de Israel, obteniendo del esposo que le había sido dado por Dios el permanecer intacta después del desposorio.

José de Nazaret era un justo. Sólo él podía ser destinatario de la Azucena de Dios, y sólo él la recibió. Ángel en el alma y en la carne, él amó como aman los ángeles de Dios.

La profundidad abismal de este fuerte amor, que supo dar toda la ternura conyugal sin sobrepasar la barrera de celeste fuego tras la que estaba el Arca del Señor, será comprendida en la Tierra sólo por pocos. Es el testimonio de lo que puede un justo, con el simple hecho de que quiera; lo que puede, porque el alma, aun estando herida por la mancha de origen, posee poderosas fuerzas de elevación, y recuerdos y retornos a su dignidad de hija de Dios, y divinamente obra por amor al Padre.

Aún estaba María en su casa, en espera de unirse a su esposo, cuando Gabriel, el ángel de los divinos anuncios, volvió a la Tierra y pidió a la Virgen ser Madre. Ya había prometido al sacerdote Zacarías el Precursor, y no había sido creído. Pero la Virgen creyó que ello podía acaecer por voluntad de Dios y, sublime en su desconocimiento, sólo preguntó: “¿Cómo puede acontecer esto?”.

4238659646_a44e3e76d7_oY el ángel le respondió: “Tú eres la Llena de Gracia, María. No temas, por tanto, porque has hallado gracia ante el Señor también en cuanto a tu virginidad. Concebirás y darás a luz un Hijo al que pondrás por nombre Jesús, porque es el Salvador prometido a Jacob y a todos los Patriarcas y Profetas de Israel. Será grande e Hijo verdadero del Altísimo, porque será concebido por obra del Espíritu Santo. El Padre le dará el trono de David, como ha sido predicho, y reinará en la casa de Jacob hasta el fin de los siglos, mas su verdadero Reino no tendrá nunca fin. Ahora el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo esperan tu obediencia para cumplir la promesa. El Precursor del Cristo ya está en el seno de Isabel, tu prima, y, si das tu consentimiento, el Espíritu Santo descenderá sobre ti, y será santo Aquel que nacerá de ti y llevará su verdadero nombre de Hijo de Dios”.

Entonces María respondió: “He aquí la Esclava del Señor. Hágase de mí según su palabra”. Y el Espíritu Santo descendió sobre su Esposa y en el primer abrazo le impartió sus luces, que sobreperfeccionaron las virtudes de silencio, humildad, prudencia y caridad que Ella poseía en plenitud, y Ella resultó un todo con la Sabiduría e inseparable de la Caridad. La Obediente y Casta se perdió así en el océano de la Obediencia que Yo soy, y conoció el gozo de ser Madre sin conocer la turbación de ser siquiera tocada. Fue la nieve que se concentra en flor y se ofrece a Dios así…».

7 -«¿Y el marido?»

–pregunta Pedro lleno de estupor–.

-«El sigilo de Dios cerró los labios de María, y José no tuvo noticia del prodigio sino cuando, de vuelta de la casa de Zacarías, su pariente, María apareció como madre ante los ojos de su esposo».

-«¿Y qué hizo él?».

-«Sufrió… y María también…».

-«Si hubiera sido yo…».

-«José era un santo, Simón de Jonás. Dios sabe dónde poner sus dones… Sufrió acerbamente y decidió abandonarla, cargándose sobre sí el ser tachado de injusto. Pero el ángel bajó a decirle: “No temas tomar contigo a María, tu esposa; porque lo que en Ella se está formando es el Hijo de Dios; es Madre por obra de Dios. Cuando nazca el Hijo, le pondrás por nombre Jesús, porque es el Salvador”».

-«¿Era docto José?»

pregunta Bartolomé.

-«Como conviene a un descendiente de David».

-«Entonces habrá recibido una inmediata luz recordando al Profeta[8]: “He aquí que una virgen concebirá…”».

-«Sí. La recibió. A la prueba sucedió el gozo…».

-«Si hubiera sido yo –vuelve a decir Simón Pedro– no hubiera sucedido, porque antes yo habría… ¡Oh, Señor, qué bien que no fuera yo! La habría quebrantado como a un tallo delgado sin dejarle tiempo ni de hablar. Pero después –caso de que no me hubiera convertido en un asesino– habría tenido miedo de Ella… El miedo secular, al Tabernáculo, de todo Israel…».

-«También Moisés tuvo miedo de Dios, y, no obstante, fue socorrido y estuvo con El en el monte[9]… José se dirigió, pues, a la casa santa de la Esposa, para cubrir las necesidades de la Virgen y del Niño que había de nacer. Y habiendo llegado, para todos, el tiempo del edicto, fue con María a la tierra de los padres. Pero Belén los rechazó porque el corazón de los hombres está cerrado a la caridad. 8 Ahora hablad vosotros».

-«Yo, cayendo ya la tarde, me encontré con una mujer joven y sonriente a caballo de un borriquillo. Un hombre venía con ella. Me pidió leche y algunas informaciones. Yo dije lo que sabía… Luego vino la noche… y una gran luz… y salimos… y Leví vio a un ángel que estaba cerca del aprisco. El ángel dijo: “Ha nacido el Salvador”. Ya era completamente de noche y el cielo estaba lleno de estrellas, aunque la luz quedaba absorbida por la de aquel ángel y la de otros miles de ángeles… (Elías llora aún al recordarlo). Y nos dijo el ángel: “Id a adorarle. Está en un establo, en un pesebre, entre dos animales… Encontraréis a un Pequeñuelo envuelto en unos pobres pañales…”. ¡Oh…, qué fulgor el del ángel al decir estas palabras!… ¿Te acuerdas, Leví, cómo despedían llamas sus alas cuando, después de inclinarse para nombrar al Salvador, dijo: “…que es el Cristo Señor”?».

-«¡Claro que me acuerdo! ¿Y las voces de esos millares de ángeles: “Gloria a Dios en los Cielos altísimos y paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad”! –Aquella música está aquí, está aquí, y me transporta al Cielo cada vez que la oigo»–

y Leví alza el rostro, un rostro extático en que luce el llanto.

-«Y fuimos –dice Isaac–, cargados como bestias, alegres como para una boda, y, luego…, cuando oímos tu tenue voz y la de tu Madre, ya no supimos hacer nada, y empujamos a Leví, que era un niño, para que mirase. Nosotros nos sentíamos como unos leprosos junto a tanto candor.. Y Leví escuchaba y reía llorando y repetía las palabras, con una voz tal de cordero, que la oveja de Elías baló. José vino al portillo y nos invitó a pasar.. ¡Qué pequeño y lindo eras! Un capullo de rosa encarnada sobre el rudo heno… Y llorabas… Luego te reíste por el calorcito de la piel de oveja que te ofrecimos y por la leche que ordeñamos para ti… Tu primera comida… ¡Oh!… y luego… y luego te besamos… Dejaste en nosotros un sabor a almendra y a jazmín… y nosotros ya no podíamos separarnos de ti…».

-«Efectivamente, desde entonces no me habéis dejado».

-«Es verdad –dice Jonatán–. Tu rostro quedó grabado en nosotros y lo mismo tu voz y tu sonrisa… Crecías… eras cada vez más hermoso… El mundo de los buenos venía a deleitarse en ti… y el de los malvados no te veía… Ana… tus primeros pasos… los tres Sabios… la estrella…».

-«¡Qué luz aquella noche! El mundo parecía arder con mil luces. Sin embargo, la noche de tu venida la luz estaba fija y era como de perla… Ahora era la danza de los astros; entonces, la adoración de los astros. Nosotros, desde un alto, vimos pasar la caravana y la seguimos para ver si se detenía… Al día siguiente, toda Belén vio la adoración de los Sabios. 9 Y luego… ¡Oh…, no hablemos de aquel horror, no hablemos de él!…».

Elías palidece al recordarlo–.

-«Sí, no hables de ello. Guárdese silencio sobre el odio…».

-«El mayor dolor era el hecho de no tenerte ya y el no tener noticias tuyas. Ni siquiera Zacarías sabía nada; él, que era nuestra última esperanza… Luego… luego ya nada más».

-«¿Por qué, Señor, no confortaste a tus siervos?».

-«¿Preguntas el porqué, Felipe? Porque era prudente hacerlo. Mira cómo Zacarías, cuya formación espiritual se completó después de ese momento, tampoco quiso descorrer el velo. Zacarías…».

-«Tú nos dijiste que Zacarías fue quien se ocupó de los pastores. Siendo así, ¿por qué él no dijo, primero a ellos y luego a ti, que los unos estaban buscando al Otro?».

-«Zacarías era un justo enteramente hombre. Se hizo menos hombre y más justo durante los nueve meses de mutismo. Luego, durante los meses que siguieron al nacimiento de Juan, se perfeccionó. Pero fue en el momento en que sobre su soberbia de hombre cayó el mentís de Dios, cuando se hizo espíritu justo. Había dicho: “Yo, sacerdote de Dios, digo que en Belén debe vivir el Salvador”. Dios le había mostrado cómo el juicio, aunque sea sacerdotal, si no está iluminado por Dios, es un pobre juicio. Horrorizado por el pensamiento de que por su palabra hubiera podido provocar que mataran a Jesús, vino a ser el justo, el justo que ahora descansa en espera del Paraíso. Y la justicia le enseñó prudencia y caridad. Caridad hacia los pastores, prudencia respecto al mundo que debía permanecer en la ignorancia acerca del Cristo. Cuando, regresando a la patria, nos dirigimos a Nazaret, por la misma prudencia que ya guiaba a Zacarías, evitamos Hebrón y Belén, y, costeando el mar, volvimos a Galilea. Ni siquiera el día de mi mayoría de edad fue posible ver a Zacarias, que había partido el día antes con su niño para la misma ceremonia.

Dios velaba, Dios probaba, Dios proveía, Dios perfeccionaba. Tener a Dios significa también esfuerzo, no sólo contento. Y así mi padre de amor y mi Madre de alma y de carne tuvieron que esforzarse también. Se puso veto incluso a lo lícito, para que el misterio envolviese en sombra al Mesías niño.

10 Y que esto les sirva de explicación a muchos que no comprenden la dúplice razón de la congoja cuando no me encontraban durante tres días. Amor de madre, amor de padre hacia el niño perdido; temblor de custodios por el Mesías que podía quedar de manifiesto antes de tiempo; terror a haber tutelado mal la Salud del mundo y el gran don de Dios[10]212. Este fue el motivo de aquella insólita exclamación: “¡Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Tu padre y yo, angustiados, te estábamos buscando!”. “Tu padre”, “tu madre”… El velo echado sobre el resplandor del divino Encarnado. Y la tranquilizante respuesta: “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que Yo debo ser activo en las cosas del Padre mío?”. Y la Llena de Gracia recogió y comprendió tal respuesta en su justo valor, o sea: “No tengáis miedo. Soy pequeño, un niño; mas, si bien crezco, según la humanidad, en estatura, sabiduría y gracia ante los ojos de los hombres, Yo soy el Perfecto en cuanto que soy el Hijo del Padre y, por tanto, sé conducirme con perfección, sirviendo al Padre haciendo resplandecer su luz, sirviendo a Dios conservándole el Salvador”. Y así hice hasta hace un año.

Ahora el tiempo ha llegado. Se descorren los velos, y el Hijo de José se muestra en su naturaleza: el Mesías de la Buena Nueva, el Salvador, el Redentor y el Rey del siglo futuro».

-«¿Y no volviste a ver nunca a Juan?».

-«Sólo en el Jordán, Juan mío, cuando solicité el Bautismo».

-«De modo que ¿Tú no sabías que Zacarías les había beneficiado a éstos?».

-«Ya te he dicho que después del baño de sangre, de sangre inocente, los justos se hicieron santos, los hombres se hicieron justos. Sólo los demonios permanecieron como eran. Zacarías aprendió a santificarse con la humildad, la caridad, la prudencia, el silencio».

11 -«Deseo recordar todo esto. Pero, ¿podré hacerlo?»

dice Pedro.

-«Tranquilo, Simón. Mañana –dice Mateo– les pido a los pastores que me lo repitan, con sosiego, en el huerto, una, dos, tres veces, si hace falta. Tengo buena memoria, ejercitada en mi banco de trabajo, y me acordaré por todos. Cuando quieras, te podré repetir todo. Tampoco tenía notas en Cafarnaúm y sin embargo…».

-«¡No te equivocabas ni en un didracma!… ¡Sí que me acuerdo… y bien! Te perdono el pasado, de corazón realmente, si te acuerdas de esta narración… y si me la cuentas a menudo. Quiero que me entre en el corazón de la misma forma que está en éstos… como lo tuvo Jonás… ¡Morir diciendo su Nombre!…».

Jesús le mira a Pedro y sonríe. Luego se levanta y le besa en la entrecana cabeza.

-«¿A qué se debe este beso tuyo, Maestro?».

-«A que has sido profeta: tú morirás diciendo mi Nombre; he besado al Espíritu, que hablaba en ti».

Luego Jesús entona, fuerte, un salmo, y todos, en pie, le secundan:

-«”Alzaos y bendecid al Señor vuestro Dios, de eternidad en eternidad. Bendito sea su Nombre sublime y glorioso, con toda alabanza y bendición. Tú sólo eres el Señor. Tú has hecho el cielo y el cielo de los cielos y todo su ejército, la Tierra y todo lo que contiene”, etc. (es el himno que cantan los levitas en la fiesta de la consagración del pueblo, cap. IX del libro II de Esdras)».

Todo termina con este largo canto, que no sé si se encuentra en el rito antiguo o si Jesús lo dice motu propio.

[1] Este discurso (“y el inmediato milagro… invitación, asegurar…”) exige una lectura atenta y meditada, porque sintetiza lo que se encuentra disperso en muchos lugares de la obra acerca de la acción de Dios en el hombre y la voluntad, la buena voluntad, el amor del hombre en sus relaciones con Dios.

[2] Cfr. Est. 2, 1–18.

[3] Nota: María nació de unión carnal. Pero “contra las reglas comunes” porque por defecto orgánico y por edad Ana, sin un milagro puesto por Dios, ya no habría podido hacerlo.

[4] En sustancia, tal es el significado de la palabra “Gabriel”.

[5] Cfr. Dan. 8–9.

[6] Modo imaginario de expresarse para alabar la admirable acción de Dios, la singular perfección de María, el ardiente amor que los espíritus angelicales sienten por ella.

[7] Cfr. Gén. 4, 1–4.

[8] Cfr. Is. 7, 14.

[9] Cfr. Ex. 19, 1 – 20, 21; Dt. 5, 1 – 6, 13.

[10] Nota: Explicación divina al c. II de Lc. vv. 44–48.

 

1/1/2016 Evangelio según San Lucas 2,16-21.

Solemnidad de Santa María, Madre de Dios

Santo(s) del día : Beatos Juan y Renato Lego
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Lecturas

Leer el comentario del Evangelio por : San Juan XXIII
María, estrella de la mañana, puerta del cielo

Nacimiento y vida oculta de María y Jesús.

30. El anuncio a los pastores[11], que vienen a ser los primeros adoradores del Verbo hecho Hombre.

7 de junio de 1944. Víspera del Corpus Christi.

30 11        Y ahora veo extensos campos. La Luna está en su cenit surcando tranquila un cielo colmado de estrellas. Parecen bullones de diamante hincados en un enorme palio de terciopelo azul oscuro; la Luna ríe en medio con su carota blanquísima de la que descienden ríos de luz láctea que pone blanca la tierra. Los árboles, desnudos, sobre este suelo emblanquecido, parecen más altos y negros; y los muros bajos, que acá o allá se levantan como lindes, parecen de leche. Una casita lejana parece un bloque de mármol de Carrara.

A mi derecha veo un recinto, dos de cuyos lados son un seto de espinos; los otros dos, una tapia baja y tosca. En ésta apoya la techumbre de una especie de cobertizo ancho y bajo, que en el interior del recinto está construido parte de piedra y parte de madera: como si en verano las partes de madera se debieran quitar y se transformase así el cobertizo en un pórtico. De dentro del cercado viene, de tanto en tanto, un balar intermitente y breve. Deben ser ovejas que sueñan, o que quizás creen que pronto se hará de día, por la luz que da la Luna; una luz que es tan intensa que incluso es excesiva y que aumenta como si el astro se estuviera acercando a la Tierra o centellease debido a un misterioso incendio.

2 Un pastor se asoma a la puerta, se lleva un brazo a la frente para proteger los ojos y mira hacia arriba. Parece imposible que uno tenga que proteger los ojos de la luz de la Luna, pero, en este caso es tan intensa que ciega, especialmente si uno sale de un lugar cerrado oscuro. Todo está en calma, pero esa luz produce estupor.

El pastor llama a sus compañeros. Salen todos a la puerta: un grupo numeroso de hombres rudos, de distintas edades. Entre ellos hay algunos que apenas si han llegado a la adolescencia, otros ya tienen el pelo cano. Comentan este hecho extraño. Los más jóvenes tienen miedo, especialmente uno, un chiquillo de unos doce años, que se echa a llorar, con lo cual se hace objeto de las burlas de los más mayores.

-«¿A qué le tienes miedo, tonto?»

le dice el más viejo.

30 2-«¿No ves qué serenidad en el ambiente? ¿No has visto nunca resplandecer la Luna? ¿Has estado siempre pegado a las faldas de tu madre, como un pollito a la gallina, no? ¡Pues anda que no tendrás que ver cosas! Una vez, yo había llegado hasta los montes del Libano, e incluso los había sobrepasado, hacia arriba. Era joven, no me pesaba andar –incluso era rico entonces– …Una noche vi una luz de tal intensidad que pensé que estuviera volviendo Elías en su carro de fuego[12]. El cielo estaba todo de fuego. Un viejo –entonces el viejo era él– me dijo: “Un gran advenimiento está para llegar al mundo”. Y para nosotros supuso una desventura, porque vinieron los soldados de Roma. ¡Oh, muchas cosas tendrás que ver, si la vida te da años!…».

3        Pero, el pastorcillo ya no le está escuchando. Parece haber perdido incluso el miedo. De hecho, alejándose del umbral de la puerta, dejando a hurtadillas la espalda de un musculoso pastor, detrás del cual estaba refugiado, sale al redil herboso que está delante del cobertizo. Mira hacia arriba y se pone a caminar como un sonámbulo, o como uno que estuviera hipnotizado por algo que le embelesara. Llegado un momento grita:

-«¡Oh!»

y se queda como petrificado, con los brazos un poco abiertos. Los demás se miran estupefactos.

-«Pero, ¿qué le pasa a ese tonto?»

dice uno.

-«Mañana le mando con su madre. No quiero locos cuidando a las ovejas»

dice otro. El anciano que estaba hablando poco antes dice:

-«Vamos a ver antes de juzgar. Llamad también a los que están durmiendo y coged palos. No vaya a ser un animal malo o gente malintencionada…».

Entran llamando a los otros pastores, y salen con teas y garrotes. Llegan donde el muchacho.

-«Allí, allí»

susurra sonriendo.

-«Más arriba del árbol, mirad esa luz que se está aproximando. Parece como si siguiera el rayo de la Luna. Mirad. Se acerca. ¡Qué bonita es!».

-«Yo lo único que veo es una luz más viva».

-«Yo también».

-«Yo también»

dicen los otros.

-«No. Yo veo como un cuerpo»

dice uno. Le reconozco: es el pastor que ofreció leche a María.

-«¡Es un… es un ángel!»

grita el niño.

-«Mirad, está bajando, y se acerca… ¡De rodillas ante el ángel de Dios!».

Un «¡Oh!» largo y lleno de veneración se alza del grupo de los pastores, que caen rostro en tierra. Cuanto más ancianos son, más contra el suelo se les ve por la aparición fulgente. Los jovencitos están de rodillas, pero miran al ángel, que se aproxima cada vez mas, hasta detenerse, candor de perla en el candor de luna que le circunda, suspendido en el aire, moviendo sus grandes alas, a la altura de la tapia del recinto.

-«No temáis. No vengo como portador de desventura, sino que os traigo el anuncio de un gran gozo para el pueblo de Israel y para todo el pueblo de la tierra».

La voz angélica es como una armonía de arpa acompañada del canto de gargantas de ruiseñores.

30 3-«Hoy en la ciudad de David ha nacido el Salvador».

Al decir esto, el ángel abre más grandes las alas, y las mueve como por un sobresalto de alegría, y una lluvia de chispas de oro y de piedras preciosas parece desprenderse de ellas. Un verdadero arco iris de triunfo sobre el pobre redil.

-«…el Salvador, que es Cristo».

El ángel resplandece con mayor luz. Sus dos alas,  ahora ya detenidas, tendiendo su punta hacia el cielo, como dos velas inmóviles sobre el zafiro del mar, parecen dos llamas que suben ardiendo.

-«…¡Cristo, el Señor!».

El ángel recoge sus dos fúlgidas alas y con ellas se cubre –es como un manto de diamante sobre un vestido de perla–, se inclina como adorando, con las manos cruzadas sobre su corazón; su rostro, inclinado sobre su pecho, queda oculto entre la sombra de los vértices de las alas recogidas. No se ve sino una oblonga forma luminosa, inmóvil durante el tiempo que dura un “Gloria”.

Se mueve de nuevo. Vuelve a abrir las alas, levanta ese rostro suyo en que luz y sonrisa paradisíaca se funden, y dice: «Le reconoceréis por estas señales: en un pobre establo, detrás de Belén, encontraréis a un niño envuelto en pañales en un pesebre, pues para el Mesías no había un techo en la ciudad de David». El ángel se pone serio al decir esto; más que serio, triste.

4        Y del Cielo vienen muchos –¡ Oh, cuántos !– muchos ángeles semejantes a él, una escalera de ángeles que desciende exultando y anulando la Luna con su resplandor paradisíaco, y se reúnen en torno al ángel anunciador, batiendo las alas, emanando perfumes, con un arpegio de notas en que las más hermosas voces de la creación encuentran un recuerdo, alcanzada en este caso la perfección del sonido. Si la pintura es el esfuerzo de la materia para transformarse en luz, aquí la melodía es el esfuerzo de la música para hacer resplandecer ante los hombres la belleza de Dios; y oír esta melodía es conocer el Paraíso, donde todo es armonía de amor, que de Dios emana para hacer dichosos a los bienaventurados, y que de éstos va a Dios para decirle:

-«¡Te amamos!».

El “Gloria” angélico se extiende en ondas cada vez más vastas por los campos tranquilos, y con él la luz. Las aves unen a ello un canto que es saludo a esta luz precoz, y las ovejas sus balidos por este sol anticipado. Mas a mí, como ya con el buey y el asno en la gruta, me place creer que es el saludo de los animales a su Creador, que viene a ellos para amarlos como Hombre además de como Dios.

El canto se hace más tenue, y la luz, mientras los ángeles retornan al Cielo…

5 …Los pastores vuelven en sí.

-«¿Has oído?».

-«¿Vamos a ver?».

-«¿Y las ovejas?».

-«¡No les sucederá nada! ¡Vamos para obedecer a la palabra de Dios!…».

-«Pero, ¿a dónde?».

-«¿Ha dicho que ha nacido hoy? ¿y que no ha encontrado sitio en Belen?».

El que habla ahora es el pastor que ofreció la leche.

-«Venid, yo sé. He visto a la Mujer y me ha dado pena. He indicado un lugar para Ella, porque pensaba que no encontrarían hospedaje, y al hombre le he dado leche para Ella. Es muy joven y hermosa. Debe ser tan buena como el ángel que nos ha hablado. Venid. Venid. Vamos a coger leche, quesos, corderos y pieles curtidas. Deben ser muy pobres y… ¡quién sabe qué frío no tendrá Aquel a quien no oso nombrar! Y pensar que yo le he hablado a la Madre como si se

tratara de una pobre esposa cualquiera!…».

Entran en el cobertizo y, al poco rato, salen; quién con unas pequeñas cantimploras de leche, quién con unos quesitos de forma redondeada dentro de unas rejillas de esparto entretejido, quién con cestas con un corderito balando, quién con pieles de oveja curtidas.

-«Yo llevo una oveja. Ha parido hace un mes. Tiene la leche buena. Les puede venir bien, si la Mujer no tiene leche. Me parecía una niña, ¡y tan blanca!… Un rostro de jazmín bajo la luna»

 dice el pastor que ofreció la leche. Y los guía.

6        Caminan bajo la luz de la luna y de las teas, tras haber cerrado el cobertizo y el recinto. Van por senderos rurales, entre setos de espinos deshojados por el invierno. Van a la parte de atrás de Belén. Llegan al establo, yendo no por la parte por la que fue María, sino por la opuesta, de forma que no pasan por delante de los establos más lindos, y aquél es el primero que encuentran. Se acercan a la entrada.

-«¡Entra!».

-«No me atrevo».

-«Entra tú».

-«No».

-«Mira, al menos».

-«Tú, Leví, mira tú que has sido el primero que ha visto al ángel, que es señal de que eres mejor que nosotros».

La verdad es que antes le han llamado loco… pero ahora les conviene que él se atreva a lo que ellos no tienen el valor de hacer.

El muchacho vacila, pero luego se decide. Se acerca a la entrada, descorre un poquito

el manto, mira, y… se queda extático.

-«¿Qué ves?»

le preguntan ansiosos en voz baja.

-«Veo a una mujer, joven y hermosa, y a un hombre inclinados hacia un pesebre, y oigo…. oigo que llora un niñito, y la mujer le habla con una voz… ¡Oh, qué voz!».

-«¿Qué dice?».

-«Dice: “¡Jesús, pequeñito! ¡Jesús, amor de tu Mamá! ¡No llores, Hijito!”. Dice: “Ay, si pudiera decirte: ‘Toma la leche, pequeñin’! Pero no la tengo todavía”. Dice: “¡Tienes mucho frío, amor mío! Y te pincha el heno. ¡Qué dolor para tu Mamá oírte llorar así, y no poderte aliviar!”. Dice: “¡Duerme, alma mía! ¡Que se me rompe el corazón oyéndote llorar y viéndote verter lágrimas!”, y le besa y se ve que le está calentando los piececitos con sus manos, porque está inclinada con los brazos dentro del pesebre».

-«¡Llama! ¡Que te oigan!».

-«Yo no. Tú, que nos has traído y que la conoces».

El pastor abre la boca, pero se limita a farfullar unos sonidos.

7        José se vuelve y va a la puerta.

-«¿Quiénes sois?».

-«Pastores. Os traemos comida y lana. Venimos a adorar al Salvador».

-«Entrad».

30 4Entran. Las teas iluminan el establo. Los viejos empujan a los niños delante de ellos.

María se vuelve y sonríe.

-«Venid» dice. «¡Venid!»

y los invita con la mano y la sonrisa; toma al que había visto al ángel y le acerca hacia sí, hasta el mismo pesebre. El niño mira con felicidad.

Los otros, invitados también por José, se arriman con sus dones y los depositan, con breves y emocionadas palabras, a los pies de María. Luego miran al Niño, que está llorando quedo, y sonríen emocionados y dichosos.

Uno de ellos, más intrépido, dice:

-«Toma, Madre. Es suave y está limpia. La había preparado para mi hijo, que está para nacer. Yo te la doy. Arropa a tu Hijo en esta lana; la sentirá suave y caliente».

Y le ofrece una piel de oveja, una piel preciosa de abundante lana blanca y larga.

María alza a Jesús y le envuelve en la piel. Luego se lo muestra a los pastores, los cuales, de rodillas sobre el heno del suelo, le miran extasiados.

Sintiéndose más valerosos, uno de ellos propone:

-«Habría que darle un sorbo de leche, o mejor: agua y miel. Pero no tenemos miel. Se les da a los niñitos. Yo tengo siete hijos y entiendo de ello…».

-«Aquí está la leche. Toma, Mujer».

-«Pero está fría. Tiene que ser caliente. ¿Dónde está Elías? El tiene la oveja».

Elías debe ser el de la leche, pero no está; se había quedado afuera y ahora está mirando por el portillo, y en la oscuridad de la noche se difumina.

-«¿Quién os ha conducido aquí?».

-«Un ángel nos ha dicho que viniéramos, luego Elías nos ha guiado hasta aquí. Pero, ¿dónde está ahora?».

La oveja le delata con un balido.

-«Ven. Se te requiere».

Entra con su oveja, avergonzado por ser el más notado.

-«¿Eres tú!»

dice José habiéndole reconocido; María, por su parte, le sonríe diciendo:

-«Eres bueno».

Ordeñan a la oveja y, con la punta de un paño embebido de leche caliente y espumosa, María moja los labios del Niño, el cual absorbe ese dulzor cremoso. Todos sonríen, y más aún cuando, con la punta de tela todavía entre sus labiecitos, Jesús se duerme bajo el calor de la lana.

8 -«Pero aquí no podéis quedaros. Hace frío y hay humedad. Y además… demasiado olor a animales. No es bueno… y… no está bien para el Salvador».

-«Lo sé»

dice María suspirando profundamente

-«pero, no hay sitio para nosotros en Belén».

-«Animo, Mujer. Nosotros te buscaremos una casa».

-«Se lo digo a mi ama»

dice el de la leche, Elías.

-«Es buena. Os recibirá, aunque tuviera que ceder su propia habitación. Nada más que amanezca se lo digo. Su casa está llena de gente, pero os dejará un sitio».

-«Por lo menos para mi Niño. Yo y José podemos estar incluso en el suelo. Pero, para el Pequeñuelo…».

«No te angusties, Mujer; yo me ocupo de eso. Y diremos a muchos lo que nos ha sido comunicado. No os faltará nada. Por el momento, recibid lo que nuestra pobreza os puede dar. Somos pastores…».

«Nosotros también somos pobres, y no os podemos pagar» dice José.

«¡Oh…, ni lo queremos! ¡Aunque pudierais, no querríamos! El Señor ya nos ha retribuido. El ha prometido la paz a todos. Los ángeles decían esto: “Paz a los hombres de buena voluntad”. Pero a nosotros nos la ha dado ya, porque el ángel ha dicho que este Niño es el Salvador, que es Cristo, el Señor. Somos pobres e ignorantes, pero sabemos que los Profetas dicen que el Salvador será el Príncipe de la Paz[13]146. Y a nosotros nos ha dicho que viniéramos a adorarle. Por eso nos ha dado su paz. ¡Gloria a Dios en el Cielo altísimo y gloria a este Cristo suyo, y bendita seas tú, Mujer, que le has engendrado! Eres santa porque has merecido llevarle en ti. Como Reina, mándanos; que servirte será para nosotros motivo de felicidad. ¿Qué podemos hacer por ti?».

-«Amar a mi Hijo y conservar siempre en el corazón estos pensamientos».

-«¿Y para ti? ¿No deseas nada? ¿No tienes familiares a los que quieras comunicar que El ha nacido?».

-«Sí, los tengo… pero no están cerca de aquí, están en Hebrón…».

-«Voy yo»

dice Elías.

-«¿Quiénes son?».

-«Zacarías, el sacerdote, e Isabel, mi prima».

-«¿Zacarías? ¡Le conozco bien! En verano subo a esos montes porque tienen pastos abundantes y buenos, y soy amigo de su pastor. Después de que te vea establecida voy adonde Zacarías».

-«Gracias Elías».

-«Nada de gracias. Es un gran honor para mí, que soy un pobre pastor, ir a hablar con el sacerdote y decirle que ha nacido el Salvador».

-«No. Le dirás: “Ha dicho María de Nazaret, tu prima, que Jesús ha nacido y que vayas a Belén”».

-«Eso diré».

-«Que Dios te lo pague. 9 Me acordaré de ti, …de todos vosotros…».

-«¿Le hablarás a tu Niño de nosotros?».

-«Lo haré».

-«Yo soy Elías».

-«Y yo, Leví».

-«Y yo, Samuel».

-«Y yo, Jonás».

-«Y yo, Isaac».

-«Y yo, Tobías».

-«Y yo, Jonatán».

-«Y yo, Daniel».

-«Simeón, yo».

-«Yo me llamo Juan».

-«Yo, José; y mi hermano, Benjamín. Somos gemelos».

-«Recordaré vuestros nombres».

-«Tenemos que marcharnos… pero volveremos… ¡Y te traeremos a otros para adorar!…».

«¿Cómo volver al aprisco dejando a este Niño?».

«¡Gloria a Dios que nos lo ha mostrado!».

«Déjanos besar su vestido» dice Leví con una sonrisa de ángel.

María alza despacio a Jesús y, sentada sobre el heno, ofrece los piececitos arropados para que los besen. Y los pastores se inclinan hasta el suelo y besan esos piececitos minúsculos cubiertos por la tela. Quien tiene barba primero se la adereza. Casi todos lloran y, cuando tienen que marcharse, salen caminando hacia atrás, dejando allí su corazón…

La visión me termina así, con María sentada en la paja con el Niño en su regazo, y José mirando y adorando, apoyado con un codo en el pesebre.

«En los pastores están todos los requisitos necesarios para ser adoradores del Verbo»

10 Dice Jesús:

«Hoy hablo Yo. Estás muy cansada, pero ten paciencia todavía durante un poco. Es la víspera del Corpus Christi. Podría hablarte de la Eucaristía y de los santos que se hicieron apóstoles de su culto, del mismo modo que te he hablado de los santos que fueron apóstoles del Sagrado Corazón. Pero quiero referirme a otra cosa y a una categoría de adoradores de mi Cuerpo, que son los precursores del culto al mismo, los pastores; ellos son los primeros adoradores de mi Cuerpo de Verbo hecho Hombre.

Una vez te dije –y esto mismo lo dice también mí Iglesia– que los Santos Inocentes son los protomártires de Cristo.

Ahora te digo que los pastores son los primeros adoradores del Cuerpo de Dios. En ellos se encuentran todos los requisitos que se necesitan para ser adoradores del Cuerpo mío, para ser almas eucarísticas. Fe segura: ellos creen pronta y ciegamente en el ángel. Generosidad: dan todo lo que poseen a su Señor.

Humildad: se acercan a otros más pobres que ellos, humanamente, con una modestia de actos que hace que no se sientan rebajados; y se profesan siervos de ellos.

Deseo: lo que no pueden dar por sí mismos, se las ingenian para procurarlo con apostolado y esfuerzo.

Prontitud de obediencia: María desea que sea avisado Zacarias, y Elías va en seguida. No lo deja para otro momento.

Amor, en fin: no saben irse de ese lugar. Tú dices: “dejan allí su corazón”. Dices bien. ¿Y no habría que comportarse así también con mi Sacramento?

11 Otra cosa. Esta enteramente para ti. Observa a quien se revela el ángel en primer lugar, y quién es el que merece escuchar las efusiones del ánimo de María. Leví: el niño.

A quien tiene alma de niño Dios se le manifiesta, y le muestra sus misterios y permite que escuche las palabras divinas y de María. Y quien tiene alma de niño tiene también la santa intrepidez de Leví y dice: “Déjame besar el vestido de Jesús”. Se lo dice a María, porque es siempre María la que os da a Jesús. Ella es la Portadora de la Eucaristía. Ella es la Píxide Viva.

Quien va a María me encuentra a mí. Quien me pide a Ella, de Ella me recibe. La sonrisa de mi Madre, cuando una criatura le dice: “Dame a tu Jesús para que yo le ame” –tan feliz se siente–, hace que el color del Cielo se cambie en un esplendor más vivo de júbilo.

Dile pues: “Déjame besar el vestido de Jesús, déjame besar sus llagas”. Atrévete incluso a más. Di: “Déjame reclinar mi cabeza en el Corazón de tu Jesús para sentirme así feliz”.

Ven. Descansa. Como Jesús en la cuna, entre Jesús y María».

[1] Cfr. Lc. 2, 6–20.

[2] Cfr. 4 Rey. 2, 11.

[3] Cfr. Is. 9, 6.