6/12/2015 Evangelio según San Lucas 3,1-6.

Segundo Domingo de Adviento
Santo(s) del día : San Nicolás de Mira
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Lecturas

El evangelio de este domingo esta contenido en el capitulo 45 del primer año de la vida publica de Jesús, en que relata también el Bautismo del Señor.
La visión de Maria Valtorta se centra mas en el peregrinar de Cristo, por eso agrego las visiones de la beata Ana Catalina Emmerick sobre San Juan Bautista al pie del capitulo 45.

Primer año de la Vida Pública de Jesús

45. Predicación de Juan el Bautista y Bautismo de Jesús[1].La manifestación divina.

3 de febrero de 1944, por la noche.

Vista desde la orilla oriental del Jordán. De la otra parte del río se ven las estructuras del lugar de el-Maghtes, cercano a la iglesia de S. Juan Bautista.

1       Veo una llanura despoblada de vegetación y de casas. No hay campos cultivados, y muy pocas y raras plantas reunidas aquí o allá en matas –vegetales familias– en los sitios en que el suelo está por debajo menos quemado. Imagine[2] que este terreno quemado y baldío está a mi derecha –teniendo yo el norte a mis espaldas– y se prolonga hacia el Sur respecto a mí.

A la izquierda veo un río de orillas muy bajas, que corre lentamente también de Norte a Sur. Por el movimiento lentísimo del agua comprendo que no debe haber desniveles en su lecho y que fluye por una llanura tan achatada que constituye una depresión. El movimiento es apenas suficiente para que el agua no se estanque formando un pantano.(El agua es poco profunda, tanto que se ve el fondo; a mi juicio, no más de un metro, como mucho uno y medio. Tiene la anchura del Arno hacia S. Miniato–Empoli: yo diría que unos veinte metros. Pero no tengo buen ojo para calcular con exactitud).

Es de un azul ligeramente verde hacia las orillas, donde, por la humedad del suelo, hay una faja tupida de hierba que alegra la vista, cansada de la desolación pedregosa y arenosa de cuanto se le extiende delante.

Esa voz íntima que le he explicado que oigo y me indica lo que debo notar y saber me advierte que estoy viendo el valle del Jordán. Lo llamo valle porque se emplea esta palabra para indicar el lugar por donde corre un río, pero en este caso es impropio llamarlo así porque un valle presupone montes y yo aquí no veo montes cercanos. Pero, en fin, estoy en el Jordán, y el espacio desolado que observo a mi derecha es el desierto de Judá. Si es correcto llamarlo desierto en el sentido de un lugar donde no hay casas ni trabajo humano, no lo es según el concepto que nosotros tenemos de desierto. Aquí no se ven esas arenas onduladas que nosotros pensamos, sino sólo tierra desnuda, con piedras y detritus esparcidos; es como los terrenos aluviales después de una crecida. En la lejanía, colinas.

Además, junto al Jordán hay una gran paz, un algo especial, superior a lo común, como lo que se nota en las orillas del Trasimeno. Es un lugar que parece guardar memoria de vuelos de ángeles y voces celestes. No sé bien decir lo que experimento, pero me siento en un lugar que habla al espíritu.

2       Mientras observo estas cosas, veo que la escena se puebla de gente a lo largo de la orilla derecha –respecto a mí– del Jordán. Hay muchos hombres, vestidos de diversas formas. Algunos parecen gente del pueblo, otros ricos; no faltan algunos que parecen fariseos por el vestido ornado de ribetes y galones.

Entre todos ellos, en pie sobre una roca, un hombre a quien, aunque sea la primera vez que le veo, lo reconozco en seguida como el Bautista. Habla a la multitud, y le aseguro que no son palabras dulces. Jesús llamó a Santiago y a Juan “los hijos del trueno”[3]… ¿Cómo llamar entonces a este vehemente orador? Juan Bautista merece el nombre de rayo, avalancha, terremoto… ¡Gran ímpetu y severidad, manifiesta, efectivamente, en su modo de hablar y en sus gestos! Habla anunciando al Mesías y exhortando a preparar los corazones para su venida, extirpando de ellos los obstáculos y enderezando los pensamientos. Es un hablar vertiginoso y rudo. El Precursor no tiene la mano suave de Jesús sobre las llagas de los corazones. Es un médico que desnuda y hurga y corta sin miramientos.

brooklyn_museum_-_saint_john_the_baptist_and_the_pharisees_saint_jean-baptiste_et_les_pharisiens_-_james_tissot_-_overall3       Mientras le escucho –no repito las palabras porque son las mismas que citan los evangelistas, pero ampliadas en impetuosidad– veo que mi Jesús se acerca a lo largo de un senderillo que va por el borde de la línea herbosa y umbría que sigue el curso del Jordán. Este rústico camino (más sendero que camino) parece dibujado por las caravanas Y las personas que durante años y siglos lo han recorrido para llegar a un punto donde, por ser menos profundo el fondo del río, es fácil vadearlo. El sendero continúa por el otro lado del río y se pierde entre la hierba de la orilla opuesta.

Jesús está solo. Camina lentamente, acercándose, a espaldas de Juan. Se aproxima sin que se note y va escuchando la voz de trueno del Penitente del desierto, como si fuera uno de tantos que iban a Juan para que los bautizara, y a prepararse a quedar limpios para la venida del Mesías. Nada le distingue a Jesús de los demás.

 Parece un hombre común por su vestir; un señor en el porte y la hermosura, mas ningún signo divino le distingue de la multitud.

Pero diríase que Juan ha sentido una emanación de espiritualidad especial, Se vuelve y detecta inmediatamente su fuente. Baja impetuosamente de la roca que le servía de púlpito y va deprisa hacia Jesús, que se ha detenido a algunos metros del grupo apoyándose en el tronco de un árbol.

4       Jesús y Juan se miran fijamente un momento. Jesús con esa mirada suya azul tan dulce; Juan con su ojo severo, negrísimo, lleno de relámpagos. Los dos, vistos juntos, son antitéticos. Altos los dos –es el único parecido–, son muy distintos en todo lo demás.

Jesús, rubio y de largos cabellos ordenados, rostro de un blanco marmóreo, ojos azules, atavío sencillo pero majestuoso. Juan, hirsuto, negro: negros cabellos que caen lisos sobre los hombros (lisos y desiguales en largura); negra barba rala que le cubre casi todo el rostro, sin impedir con su velo que se noten los carrillos ahondados por el ayuno; negros ojos febriles; oscuro de piel, bronceada por el sol y la intemperie; oscuro por el tupido vello que le cubre. Juan está semidesnudo, con su vestidura de piel de camello (sujeta a la cintura por una correa de cuero), que le cubre el torso cayendo apenas bajo los costados delgados y dejando descubiertas las costillas en la parte derecha, esas costillas cubiertas por el único estrato de tejidos que es la piel curtida por el aire.

Parecen un salvaje y un ángel vistos juntos.

Juan, después de escudriñarle con su ojo penetrante, exclama:

-«He aquí el Cordero de Dios. ¿Cómo es que viene a mí mi Señor?».

Jesús responde lleno de paz:

-«Para cumplir el rito de penitencia».

-«Jamás, mi Señor. Soy yo quien debe ir a ti para ser santificado, ¿y Tú vienes a mí?».

Y Jesús, poniéndole una mano sobre la cabeza, porque Juan se había inclinado ante El, responde:

-«Deja que se haga como deseo, para que se cumpla toda justicia y tu rito sea inicio para un más alto misterio y se anuncie a los hombres que la Víctima está en el mundo».

5       Juan le mira con los ojos dulcificados por una lágrima y le precede hacia la orilla.

james_tissot_the_baptism_of_jesus_03Allí Jesús se quita el manto, la túnica y la prenda interior quedándose con una especie de pantalón corto; luego baja al agua, donde ya está Juan, que le bautiza vertiendo sobre su cabeza agua del río, tomada con una especie de taza que lleva colgada del cinturón y que a mí me parece como una concha o una media calabaza secada y vaciada.

Jesús es exactamente el Cordero. Cordero en el candor de la carne, en la modestia del porte, en la mansedumbre de la mirada.

Mientras Jesús remonta la orilla y, después de vestirse, se recoge en oración, Juan le señala ante las turbas y testifica que le ha reconocido por el signo que el Espíritu de Dios le había indicado como señal infalible del Redentor.

Pero yo estoy polarizada en mirar a Jesús orando, y sólo tengo presente esta figura de luz que resalta sobre el fondo de hierba de la ribera.

Juan no tenía necesidad de ninguna señal

4 de febrero de 1944.

6 Dice Jesús:

«Juan no tenía necesidad del signo para sí mismo. Su espíritu, presantificado desde el vientre de su madre[4], poseía esa vista de inteligencia sobrenatural que habrían poseído todos los hombres sin la culpa de Adán.

Si el hombre hubiera permanecido en gracia, en inocencia, en fidelidad para con su Creador, habría visto a Dios a través de las apariencias externas. En el Génesis[5] se lee que el Señor Dios hablaba familiarmente con el hombre inocente y que éste no desfallecía ante aquella voz y no se equivocaba al discernirla. Era destino del hombre ver y entender a Dios, justamente como un hijo con su padre. Después vino la culpa, y el hombre ya no se ha atrevido a mirar a Dios, ya no ha sabido ni ver ni comprender a Dios. Y cada vez lo sabe menos.

Pero Juan, mi primo Juan, quedó limpio de la culpa cuando la Llena de Gracia se inclinó amorosa a abrazar a Isabel, un tiempo estéril, entonces fecunda. El pequeñuelo saltó de júbilo en su seno, sintiendo caérsele de su alma la escama de la culpa, como costra que cae de una llaga que sana. El Espíritu Santo, que había hecho de María la Madre del Salvador, comenzó su obra de salvación, a través de María, vivo Sagrario de la Salvación encarnada, sobre este niño que había de nacer destinado a unirse a mí, no tanto por la sangre, cuanto por la misión que hizo de nosotros como los labios que forman la palabra. Juan los labios, Yo la Palabra. El el Precursor en el Evangelio y en la suerte del martirio; Yo, quien perfeccionaba, con mi divina perfección, el Evangelio comenzado por Juan y el martirio por la defensa de la Ley de Dios.

Juan no tenía necesidad de ningún signo. Pero la cerrazón de los demás lo requería. ¿En qué habría fundado Juan su aserción, sino sobre una prueba innegable que los ojos y oídos de los tardos hubieran percibido?

7 Tampoco Yo tenía necesidad de bautismo. Pero la sabiduría del Señor había juzgado que ése era el momento y el modo del encuentro. E induciendo a Juan a salir de su cueva del desierto y a mí a salir de mi casa, nos unió en esa hora para abrir sobre mí los Cielos de donde habría de descender El mismo, Paloma divina, sobre aquel que bautizaría a los hombres con tal Paloma, y el anuncio, más potente que el angélico, porque provenía del Padre mío: “Este es mi Hijo muy amado con quien me he complacido”.

Para que los hombres no tuvieran disculpas o dudas en seguirme o en no seguirme.

8 Las manifestaciones del Cristo han sido muchas. La primera, después del Nacimiento, fue la de los Magos; la segunda, en el Templo; la tercera, en las orillas del Jordán. Después vinieron las infinitas otras que te daré a conocer (porque mis milagros son manifestaciones de mi naturaleza divina) hasta las últimas de la Resurrección y Ascensión al Cielo.

Mi patria quedó llena de mis manifestaciones. Como semilla esparcida a los cuatro puntos cardinales, llegaron a todo estrato y lugar de la vida: a los pastores, a los poderosos, a los doctos, a los incrédulos, a los pecadores, a los sacerdotes, a los dominadores, a los niños, a los soldados, a los hebreos, a los gentiles. También al presente se repiten. Pero –como entonces– el mundo no las acoge. No sólo esto, sino que no acoge las actuales y olvida las pasadas. Pues bien, Yo no desisto. Yo me repito para salvaros, para conduciros a la fe en mí.

9 ¿Sabes, María, lo que haces; es más, lo que hago mostrándote el Evangelio? Es un intento más fuerte de atraer a los hombres hacia mí. Tú has deseado esto con ardientes oraciones. Ya no me limito a la palabra. Los cansa y los separa. Es un pecado, pero es así. Recurro a la visión, y además de mi Evangelio, y la explico para hacerla más clara y atrayente.

A ti te doy el consuelo de ver. A todos doy el modo de desear conocerme. Y, si no sirviera aún, y cuales crueles niños arrojasen el don sin comprender su valor, a ti te quedará mi don y a ellos mi enojo. Podré, una vez más, pronunciar la antigua recriminación: “Hemos tocado y no habéis bailado, hemos entonado lamentos y no habéis llorado”.

Pero no importa, dejemos que los inconvertibles acumulen sobre su cabeza los tizones ardientes y volvámonos hacia las ovejas que tratan de conocer al Pastor, que soy Yo; y tú el cayado que las conduce a mí».

10 Como ve, me he apresurado a escribir estos detalles que usted quería tener y que por su pequeñez me habían pasado desapercibidos.

[1] Cfr. Mt. 3, 13–17; Mc. 1, 9–11; Lc. 3, 21–22; Ju. 1, 29–34.

[2] Advierta el lector que la escritora de este modo se dirige a su Padre Espiritual.

[3] Cfr. Mc. 3, 13–18; Luc. 9, 54.

[4] Cfr. Lc. 1, 15 y 41.

[5] Cfr. Gén. 1, 26–29; 2, 16–19.

 

Según las visiones de la Beata Ana Catalina Emmerick

Juan Bautista Emmerick 1

XXVI Historia de Juan Bautista

Juan recibió una revelación sobre el bautismo, y debido a ella, al salir del desierto, cavó un pozo en las cercanías de la Tierra Prometida. Lo vi en la parte occidental de una escarpada montaña. A su izquierda, había un río, quizás una de las fuentes del Jordán que nace en una gruta del Líbano, entre dos montañas: no se la ve brotar sino cuando se está cerca. A su derecha se extiende un llano, rodeado por el desierto, donde debía cavar una fuente.

Juan estaba hincado con una rodilla; sobre la otra tenía un rollo largo de corteza, en el cual escribía con un canuto. El sol brillaba ardientemente sobre él; miraba hacia el Líbano al frente, hacia Occidente. Mientras escribía, me pareció que se quedaba extático. Cuando lo vi así absorto, apareció un hombre ante él, que escribió muchas cosas y dibujaba señales en el rollo. Al volver en sí Juan pudo leer lo que el hombre había escrito y comenzó a trabajar en la obra del pozo con mucha energía. Mientras hacía el trabajo tenía el rollo de corteza escrito en el suelo, sujeto a dos piedras, para mantenerlo abierto, y miraba frecuentemente el dibujo, pues me parece que allí estaba diseñada la obra que debía hacer.

En relación con el pozo que estaba haciendo Juan, tuve una visión sobre Elías. Lo vi contrariado por una falta cometida, en el desierto, desanimado y soñoliento. Soñaba que un niño le empujaba con un bastoncito a un pozo, junto a él y que estaba por caer; pues se vio como movido un trecho del lugar donde estaba echado. En ese momento fue cuando el ángel lo despertó y le dio de beber. Esto sucedió en el mismo lugar donde Juan iba a hacer la fuente y el pozo. Mientras Juan trabajaba conocí la explicación de cada capa de tierra que sacaba y el misterio de cada labor que hacía. Esto tenía relación con la dureza y la obstinación de los hombres, y con los caracteres que debía doblegar para que la gracia de Dios pudiese llegar hasta ellos. Este trabajo era, como toda su obra y toda su vida, una figura y anticipo que indicaba no sólo que era guiado por el Espíritu Santo, sino que en realidad obraba lo que debía obrar y lo que su trabajo significaba, puesto que Dios veía la buena voluntad que él ponía en su tarea. En todo este negocio era llevado, como los antiguos profetas, por el espíritu de Dios. Comenzó por cortar delicadamente el verdor de la superficie, en torno del pozo, de forma redonda, y luego hizo, cavando, un recipiente redondo bastante amplio, y lo rodeó con piedras elegidas, menos en el medio, donde cavó hasta encontrar una fuente de agua. Con la tierra que sacaba iba engrosando el borde de la fuente, dejando cinco lugares cortados. Frente a cuatro de estas aberturas plantó cuatro arbolillos a igual distancia. Estos árboles tenían la copa verde, eran de cuatro clases diferentes, con su significación particular. En medio de la fuente plantó un árbol especial, de hojas delgadas y ramas piramidales con brotes y espinas. Este árbol había estado algún tiempo reseco delante de su gruta. Los otros cuatro parecían arbustos y tenían bayas y les hizo en torno un refuerzo, amontonando tierra. Cuando hubo llegado con su excavación hasta el agua, donde plantó el árbol mencionado, pasó a hacer un canal que partía desde el río que corría junto a su gruta hasta el pozo cavado. Para esto lo he visto juntar en el campo muchas cañas que iba uniendo unas a otras y las hacía llegar hasta el pozo, y luego cubría estos canales con tierra. Podía a voluntad cerrar estos canales o abrirlos. Había hecho una senda a través de los matorrales hasta la abertura de su fuente, senda que corría alrededor del pozo, entre los cuatro árboles y las aberturas. Delante de la abertura dejada como entrada no había plantado árbol alguno. Sólo este lado de la fuente estaba libre; los otros estaban cerrados con matorrales o piedras. En torno de los cuatro árboles plantó una hierba, que no me es desconocida: la tuve desde niña por muy apreciada y cuando la encontraba la plantaba cerca de mi casa. Tiene un tallo alto y jugoso, con brotes de color rojo oscuro, y es muy medicinal contra granos y dolores de garganta, según hoy lo he entendido.

Plantó también otros arbolitos y diversas hierbas. Durante su faena él miraba de tanto en tanto el rollo dibujado y medía las distancias con su bastón.

Me parece que todo lo que hacía y hasta los árboles estaban diseñados en el rollo escrito y dibujado. Recuerdo haber visto dibujada la figura del árbol que puso en medio de la fuente. Trabajó durante varias semanas y sólo al terminar su trabajo apareció un poco de agua en el fondo de su fuente. El árbol del centro, que parecía marchito y seco, reverdeció. Juan fue a buscar agua de otra fuente y la derramó adentro. El recipiente que usó parecía hecho de gruesas cortezas, en forma de saco y calafateado con pez o resina.

Esta agua provenía de una fuente que surgía cerca junto de su gruta, qué en otro tiempo él había hecho brotar hiriendo la peña con su bastoncito en forma de cruz. He oído en esta ocasión que él no hubiera podido hacer el pozo en ese lugar, porque era todo de piedra y esto tenía su significado. Dejó entrar tanta agua cuanta era necesaria; cuando sobrepasaba la medida era para salir por las aberturas y regar las plantas alrededor del pozo. He visto después que Juan entró en el agua hasta medio cuerpo; que se abrazaba con una mano al árbol erguido en medio de la fuente y con la otra sostenía un bastoncito al que había añadido una cruz y una banderita y con el cual pegaba en el agua haciéndola saltar sobre su cabeza. Cuando hacía esto vi que descendía una luz sobre él y se derramaba sobre él el Espíritu Santo, mientras dos ángeles aparecían en el borde de su fuente y le hablaban.

Juan Bautista Emmerick 2Todo esto fue lo último que hizo en el desierto. El pozo estuvo en uso aún después de la muerte de Cristo. Cuando los cristianos huyeron por la persecución, he visto que seguían trayendo a los enfermos y a los viajeros para ser bautizados allí donde acostumbraban a rezar sus preces. En tiempos de Pedro estaba el pozo rodeado de un cerco. Después de esta obra, salió Juan del desierto y fue hacia donde le esperaba la gente. Su presencia era imponente: alto de estatura, aunque delgado y enjuto por los ayunos; de fuerte musculatura; de porte noble, atrayente, puro, sencillo y compasivo; el color del rostro bronceado, la cara demacrada y el continente serio y enérgico; los cabellos castaño oscuros y crespos y la barba corta. A la mitad del cuerpo tiene una tela que le llega hasta las rodillas. Lleva un manto oscuro, que parece hecho de tres pedazos. Una piel, sujeta con una correa, le cubre las espaldas.

Los brazos y el pecho están descubiertos; el pecho curtido por la intemperie y cubierto de vello del color de su manto. Lleva un bastón con curvatura como el que usan los pastores.

XXVII Predicación y viajes de Juan Bautista

Al volver del desierto hizo un puente sobre un río. No le interesaba que hubiera ya un pasaje a cierta distancia: hacia sus trabajos donde convenía para su misión. Cruzaba el lugar un antiguo camino real. Había enseñado en Cidessa, cuyos habitantes fueron los primeros paganos que acudieron a su bautismo. Esa gente vivía abandonada y en cuevas. Eran descendientes de varias castas que se habían establecido allí desde la destrucción del templo. Uno de los últimos profetas les había dicho que se radiarían allí hasta que llegara uno, que señaló como a Juan, que les diría lo que debían hacer. Más tarde se retiraron hacia Nazaret. Juan no se dejaba impresionar por nada de lo que lo rodeaba y solo hablaba de un asunto, hacer penitencia, pues se acercaba el Mesías.

        Todos lo admiraban, permaneciendo absortos en su presencia. Su voz era penetrante como una espada, potente y severa pero, con todo, bondadosa. Se asociaba con toda clase de gentes y con los niños. En todas partes iba derechamente a su objeto: no le importaba de nada, ni pedía, ni necesitaba cosa de nadie. Lo he visto recorrer los desiertos y penetrar en los bosques, lo he visto cavar, remover piedras, desarraigar árboles o plantarlos, preparar asientos. A los hombres que lo veían los llamaba para que le ayudasen y les obedecían. A veces los sacaba de sus chozas. Todos lo respetaban. En ninguna parte paraba mucho y cambiaba constantemente de lugar. Anduvo por los caminos de Galilea, alrededor del lago, sobre Tarichea y el Jordán, por Salem, en el desierto hacia Betel, y cerca de Jerusalén, que no quiso tocar en toda su vida, ya que sus quejas y lamentos estaban dirigidos muchas veces contra la ciudad depravada. Aparecía siempre lleno de su misión y destino: serio, severo, sencillo y celoso, clamando a una voz: “¡Penitencia!¡Preparen los caminos del Señor!¡El Salvador viene!“. Después volvía a su lugar por el valle de los pastores.

        Juan Bautista Emmerick 3Sus padres ya habían muerto Entre sus primeros discípulos había algunos jóvenes que eran parientes d Zacarías. Cuando Juan pasó por Betsaida, Cafarnaun y Nazaret, no lo vio María, porque después de la muerte de José, salía poco, pero algunas personas de su familia habían oído sus palabras y hasta lo acompañaron un trecho del camino. Tres meses antes de empezar a bautizar recorrió Juan el país, por dos veces, anunciando al que debía venir después de él. Su andar era acelerado, con pasos ligeros, sin descanso, pero sin agitación. No se asemejaba al caminar tranquilo del Salvador. Donde no tenía nada que hacer, yo lo veía correr de campo en campo. Entraba en las casas, en las escuelas, para enseñar, reunía a las gentes en las calles y en las plazas para hablarles. He visto que los fariseos y los grandes del pueblo a veces lo detenían para impedir su predicación, pero luego se quedaban maravillados y admirados, y lo dejaban en paz. La frase: “Preparen los caminos del Señor” no era solo una figura retórica. He visto que Juan recorría todos los caminos que Jesús y los apóstoles hicieron después, removiendo los obstáculos y allanando las dificultades. Limpiaba de matorrales y piedras  los caminos y hacía sendas nuevas. Colocaba piedras en ciertos lugares de vado, limpiaba los canales, cavaba pozos, arreglaba fuentes obstruidas, hacía asientos y comodidades, que después el Señor usó en sus viajes. Levantó techados donde Jesús más tarde reunió a sus oyentes o donde descansó de sus fatigas. En todos sus trabajos este hombre sencillo y serio despertaba la admiración de todos los que lo observaban o ayudaban , aún en las chozas de donde los sacaba para que le prestaran herramientas. En todas partes era rodeado, y sin miedo los exhortaba a la penitencia por la proximidad del Mesías, llamándose a si mismo el preparador de sus caminos. A menudo lo he visto indicando la dirección por donde Jesús caminaba en esos momentos.

Juan Bautista Emmerick 4 Con todo nunca lo vi junto con Jesús, aunque a veces no estaba a más de una hora de  camino, uno de otro, en sus viajes. Una vez Juan dijo a las gentes que él no era el Salvador esperado, que no era más que un humilde preparador y precursor, y que allí (indicaba a poca distancia) iba el Salvador. Juan, en realidad, vio solo tres veces en su vida al Salvador. La primera, en el desierto cuando la Sagrada Familia, en su  huida a Egipto, pasó cerca de donde estaba Juan, y este, guiado por el Espíritu, se acercó a saludar a su Maestro que lo había santificado desde el seno de su madre, Juan sintió la cercanía de su Salvador que tenía entonces sed: oró y tocó con su vara las peñas, de las cuales brotó abundante agua. En aquella ocasión corrió delante el niño Juan, y vio a María a José y a Jesús. Yo lo ví danzar y saltar de contento allí donde brotó la fuente, mientras jugueteaba con la banderita que llevaba consigo. La segunda vez lo vio al bautizarlo. La tercera, cuando pasó junto al Jordán y dio testimonio de Él delante de sus discípulos.

        He oído que Jesús ponderaba delante de sus discípulos la mortificación de Juan: que en ocasión del Bautismo realizó las ceremonias del rito solo por cumplir su deber, aunque su corazón estaba quebrantado de amor por su Salvador, por el deseo de estar con Él y seguirlo. Dijo también Jesús que Juan se alejaba de su presencia por humildad y mortificación, porque su gusto hubiera sido visitarlo a menudo y permanecer con Él. Por otra parte, Juan veia siempre al Salvador en espíritu, pues estaba frecuentemente en estado sobrenatural y profético. Veía en Jesús el cumplimiento de la promesa y la realización de las profecías acerca de su misión. Jesús era para él no un contemporáneo y un conciudadano: era el Salvador del mundo, el hijo de Dios hecho hombre, el Eterno aparecido en el tiempo, y por eso no podía siquiera pensar en vivir con Él y familiarizarse en su presencia. Por otra parte, Juan mismo se sentía desvinculado de los hombres y no estaba enredado en ninguna de sus costumbres.

        Desde el seno materno estuvo prevenido y regido por el Eterno, puesto en relación sobrenatural por el Espíritu Santo con su Redentor. Desde pequeño fue como sustraído del mundo y permaneció en el desierto no sabiendo nada mas de las cosas de su Redentor, hasta que salió, como nuevamente nacido, del desierto, para cumplir su misión seriamente, con entusiasmo, enérgicamente, sin preocuparse de lo que pasaba en el mundo. Su desierto es ahora la Judea, y como antes había hablado con animales, pájaros, piedras y árboles, mientras vivía n medio de ellos, así ahora lo hace con los hombres y pecadores, sin cuidarse de sí mismo ni de lo que pasaba alrededor. El no habla, no bebe y no veía otra cosa sino a Jesús. Su palabra es: “El viene. Preparen el camino. Hagan penitencia y reciban el bautismo. Vean al Cordero de Dios que lleva los pecados del mundo”. Puro y limpio, como un niño en el seno materno, salió del desierto, puro y sencillo es ahora, como un niño en los pechos de su madre. He oído que Jesús decía a sus apóstoles: “El es puro como un ángel, nada impuro, ningún pecado llegó a mancharlo, ni la mentira llegó a sus labios”

XXVIII Lugares donde bautizaba Juan Bautista

Juan bautizó en diversos lugares. Primero en Ainón, cerca de Salem. Luego en On, frente a Bethabara, en la parte occidental del Jordán, no lejos de Jericó. El tercer lugar fue al Este del Jordán, bautizando más al Norte.

Después volvió a bautizar en Ainón donde fue capturado por Herodes. El agua con que bautiza pertenece a un afluente del Jordán, que al Oriente hace un desvío de una hora de camino. Este brazo del Jordán es allí a veces tan angosto que se lo puede pasar de un salto. El lecho del río parece haber cambiado de curso, pues veía que algunos lugares iban quedando sin agua.

 El desvío del Jordán forma fuentes y pozos que reciben sus aguas del afluente del Jordán. Una de estas fuentes está separada del brazo principal: es el sitio del bautismo llamado de Ainón. Debajo de ese vallado hay canales que se pueden abrir y cerrar a voluntad, dispuesto así por el mismo Juan.

En la orilla había como una canaleta y varias lenguas de tierra entraban en ella. Los bautizandos se colocaban entre dos de estas lenguas dentro del agua hasta la cintura apoyándose sobre un borde. Sobre una lengua de tierra estaba Juan, que recogía y derramaba el agua con una concha sobre la cabeza del bautizando, mientras en la otra parte estaba uno de los ya bautizados, que ponía la mano sobre los hombros del neófito. Al primero de estos testigos el mismo Juan le había puesto las manos sobre los hombros. Los bautizandos no tenían la parte superior del cuerpo completamente descubierta: se les ponía encima un paño blanco, dejando descubiertos solamente los hombros.

Había allí una choza donde se vestían y desvestían. No he visto bautizar aquí a ninguna mujer. Cuando bautizaba Juan tenía puesta una ropa larga y blanca.

La región es una comarca hermosa y rica de agua, llamada Salem, La población de este nombre está a ambos lados del río. Ainón está situada al otro lado del Jordán, al Norte de Salem, más cerca del Jordán y es más grande.

Veo muchos animales paciendo en las praderas, sobre todo asnos. Rige en Salem y Ainón una especie de derecho antiguo, según el cual nadie puede ser echado del lugar que ocupa, por ser declarado libre. Juan levantó su choza en Ainón sobre las ruinas de un antiguo edificio, cuyos muros estaban ya cubiertos de vegetación y se veían otras chozas edificadas sobre ellos. Estas ruinas eran los antiguos fundamentos de tiendas levantadas por Melquisedec.

Acerca de este lugar tuve varias visiones, de antiguos tiempos. Recuerdo que Abrahán tuvo aquí una visión y dispuso dos grandes piedras: sobre una se hincó para orar y la otra la erigió en altar. He visto su propia visión. Era una ciudad como la celeste Jerusalén, de donde partían como rayos de agua brillantes hacia abajo. Se le dijo que debía rezar para el advenimiento de la ciudad de Dios sobre la tierra. Esa agua, que provenía de la ciudad celestial, se desparramaba hacia todos lados10. Abrahán tuvo esta visión cinco años antes que Melquisedec levantara su tienda. Este castillo estaba compuesto más bien por una serie de tiendas con galerías y escaleras, semejantes a las habitaciones del rey Mensor en Arabia; solamente los fundamentos eran de piedras. Me parece reconocer ahora, en tiempos de Juan, los cuatro ángulos donde estaban plantadas las columnas del edificio. Sobre estos muros, que parecen una fortaleza, había construido Juan su choza de juncos. Melquisedec había edificado estas casas porque aquí se juntaban muchos extranjeros y viajeros, por ser lugar de abundantes aguas. Creo que también Melquisedec había edificado aquí porque, como siempre lo he visto aparecer como guía y conductor de pueblos, los reunía para aconsejarlos y guiarlos y hospedarlos hasta su partida. Pero desde entonces tenía ya una relación con el bautismo de Juan, y era para Melquisedec el lugar desde donde iba para edificar a Jerusalén, y para ir adonde estaba Abrahán. Desde aquí distribuían las familias y tribus que se hospedaban en el lugar. También Jacob tuvo mucho tiempo su campamento en Ainón. La cisterna del pozo del bautismo existía ya y he visto que Jacob la renovaba. Los restos de los edificios de Melquisedec estaban cerca de las aguas y del lugar del bautismo; y he visto que en los primeros tiempos del cristianismo se edificó, desde Jerusalén, una iglesia en el lugar donde bautizó Juan. Subsistía aún esta iglesia cuando María Egipcíaca se dirigía al desierto para hacer vida de penitente. Salem era una bella ciudad, devastada en guerras antes de Cristo, cuando se destruyó el templo. El último profeta anduvo también por estos lugares11.

XXIX Juan Bautista y Herodes

Juan era ya célebre por su predicación desde hacía algunos meses cuando acudieron algunos mensajeros de Herodes, desde Kallirrohe, para verlo.

Herodes vivía en el castillo al Oriente del Mar Muerto, donde había baños de mar y baños calientes. Herodes deseaba que Juan fuese adonde estaba él; pero Juan contestó a los mensajeros que tenía mucho que hacer; que si Herodes deseaba verlo y hablarle podía allegarse a él. Después de esto vi a Herodes viajando sobre un carruaje, más bien bajo, de ruedas, pero sobre un trono alto, desde el cual podía ver a su alrededor: este asiento tenía un techo y en torno del carro había soldados que custodiaban al rey. Iba a un pueblo como a cinco horas de viaje al Sur de Ainón y mandó a decir a Juan que podía llegarse hasta ese lugar. Juan accedió y fuera de la ciudad, en una choza, esperó a Herodes, quien concurrió sin acompañamiento. Recuerdo que Herodes le preguntó por qué habitaba una choza tan miserable en Ainón; que él, el rey, quería hacerle una casa buena. Juan respondió que no deseaba casa alguna, que tenía cuanto necesitaba y cumplía así la voluntad de Aquél que es superior a los reyes. Habló seria y enérgicamente y se volvió a su lugar.

Habló a cierta distancia de Herodes, con la mirada vuelta a otro lado.

He visto acudir a los hijos del difunto Alfeo y de María Cleofás: Simón, Santiago el Menor y Tadeo, y al hijo de su segundo matrimonio con Sabas, José Barsabas. Todos éstos fueron bautizados por Juan en Ainón. También Andrés y Felipe se hicieron bautizar en Ainón. Más tarde volvieron a sus ocupaciones. Los demás apóstoles y muchos discípulos tienen ya el bautismo.

Un día concurrieron muchos ancianos, sacerdotes de los pueblos vecinos de Jerusalén, para pedirle razón de quién era para predicar, quién le enviaba, cuál era su doctrina, y otras cosas semejantes. Él les contestó refiriéndose a la proximidad del Mesías y a su venida y reprendiólos, echándoles en cara con valor su hipocresía y su obstinación en no hacer penitencia.

Algún tiempo después concurrieron toda clase de ancianos, sacerdotes, fariseos de Nazaret, Jerusalén y Hebrón para inquirir acerca de su misión, quejándose además de que se había apropiado del lugar donde bautizaba. He visto a muchos publicanos ser bautizados por Juan, después de haberles reprendido por sus injusticias. Entre ellos estaba el publicano Leví, más tarde Mateo, hijo del primer matrimonio del viudo Alfeo, que fue marido de María de Cleofás. Partió de allí muy conmovido, y mejoró de vida: hasta entonces había estado en gran desprestigio entre sus parientes. Muchos publicanos fueron rechazados por Juan por impenitentes.

XXX Conmoción que produce el bautismo de Juan

Julio 19 – En Dothalm, donde Jesús había aquietado al endemoniado furioso, vivían mezclados con los judíos bastantes paganos desde le tiempo de la cautividad babilónica, Los infieles tenían en una altura de las cercanías un ídolo con altar. Los judíos, oyendo hablar de la proximidad, no querían ya vivir mezclados con esos idólatras de la venida del Mesías. Este movimiento se despertó desde que Juan recorrió toda esa región y cuando volvieron los bautizados de Juan. Un príncipe de Sidón tuvo que mandar soldados para proteger a los paganos. También Herodes mandó soldados para apaciguar a la gente. Estos soldados eran de la peor clase. He visto que fueron primero a Kallirrohe, donde se encontraba Herodes, para decirle que querían hacerse bautizar por Juan. Lo hacían mas por política y para causar buena impresión entre la gente. Herodes les contestó que no era necesario hacerse bautizar, que Juan no hacía milagro alguno y que no se podía probar su misión divina, que en todo caso preguntasen en Jerusalén lo que convenía hacer. Los he visto luego en Jerusalén. Estuvieron con tres jefes preguntando sobre el particular, por lo cual conocí que estaban divididos en tres sectas. Todo esto sucedió en el patio del juzgado, donde más tarde Pedro negó a Cristo. Había allí muchos sentados delante del juez, rodeado de espectadores. Los sacerdotes respondieron con sorna que podían hacerlo o dejar de hacerlo, que era lo mismo. He visto que unos treinta de ellos fueron a Juan, el cual los reprendió con severidad, puesto que no los llevaba el deseo de convertirse, de ellos bautizó a algunos d buena voluntad, después de haberles afeado su hipocresía y mal proceder.

        Las multitudes que llegan a Ainón son muy grandes. Algunos días deja Juan de bautizar , y los emplea en predicar y reprender con energía. Veo muchos grupos de judíos, de samaritanos y de paganos, sentados separadamente en las colinas, en las praderas, bajo techumbres, o a la sombra, al aire libre, escuchando la predicación de Juan. Son muchos centenares. Escuchan su palabra, se hacen bautizar y parten luego. Una vez he visto a muchos paganos, algunos de Arabi y de otras regiones orientales que traían muchos asnos y ovejas, porque tenían parientes en estos lugares y como debían pasar por allí fueron a oír la predicación de Juan.Juan Bautista Emmerick 6

        Hubo en Jerusalén una importante reunión del Sanedrín por causa de Juan Bautista, fueron enviados nueve hombres, tres por cada una de las tres autoridades, para que fueran a interrogar a Juan. Antes envió a José de Arimatea, el mayor de los hijos de Simeón y a otro sacerdote que velaba por los sacrificios y las ofrendas. Por el consejo fueron enviados tres mensajeros, y otros tres civiles iban en representación del pueblo: debían preguntar a Juan quien era y decirle que se presentara en Jerusalén. Si su misión era verdadera debía presentarse antes en el templo. Le hacían cuestión respecto a su manera de vestir, y porque bautizaba también a los judíos cuando solo se acostumbraba hacerlo con los paganos. No faltaba quien creía que Juan era Elías, vuelto al mundo.

        Veo ahora a Andrés y a Juan el evangelista con Juan. Estuvieron además con Juan la mayoría de los futuros apóstoles, muchos discípulos, además de Pedro, que se hizo bautizar ahora, y Judas el traidor, que había estado en Betsaida con los pescadores y se había enterado de todo lo que se decía de Jesús y de Juan. Cuando los enviados del Sanedrín llegaron, hacía ya tres días que Juan no bautizaba, y empezaba de nuevo a hacerlo. Los enviados querían que los oyera enseguida. Él les dijo que los escucharía cuando hubiese terminado su labor, y con palabras cortas y severas, los dejó esperando. Le reprocharon que se hubiese tomado él mismo la autoridad, que debía presentarse en Jerusalén y que no debía vestirse tan selváticamente. Cuando se alejaron estos mensajeros, permanecieron aún José de Arimatea y el hijo de Simeón, y recibieron el bautismo de manos de Juan. Había muchas personas a las cuales Juan no quería bautizarlas. Estas se unieron a los mensajeros del Sanedrín, acusando a Juan de parcialidad y de animosidad contra ellos. Los futuros apóstoles vuelven ahora a sus casas, hablan de Juan y ponen atención en Jesús, de quien han oído hablar por Juan, el Precursor. José de Arimatea, al volver a Jerusalén, encontró a Obed, pariente de Serafia, que era servidor del templo. Contó José a Obed muchas cosas de Juan y Obed fue también a bautizarse. Como servidor del templo fue uno de ls discípulos secretos de Jesús y más tarde se declaró cristiano.

XXXI Juan recibe aviso de retirarse a Jericó

He visto más tarde que Juan pasó para bautizar a algunos enfermos. Llevaba su paño  de vestido y su manto pendiente de los hombros. De  un lado tenía el recipiente con agua bautismal y del otro colgaba la concha  que usaba para bautizar.

Habían traído a muchos enfermos sobre camillas portátiles y sobre carretillas  de mano, disponiéndolos a lo largo de la orilla, al otro lado del Jordán donde Juan bautizaba. Como no podían ser llevados a la orilla opuesta rogaron a Juan fuera adonde se encontraban. Juan fue con algunos discípulos.

Había preparado allí una hermosa fuente cercada por un vallado hecho por él mismo. Llevaba consigo una pala. Dejó entrar agua por un canal que hizo y la mezcló con la que traía en su recipiente. Catequizó a los enfermos y los bautizó, después de ordenar que los dispusiesen a la orilla de la fuente, mientras él pasaba derramando el agua sobre ellos. Después de haberlos bautizado volvió a pasar al otro lado del Jordán a Ainón.

Aquí he visto presentársele un ángel y decirle que volviera al otro lado del Jordán, hacia Jericó, pues se acercaba Aquél que debía venir, a Quien debía anunciar. Juan y sus discípulos levantaron sus tiendas, caminaron unas horas por la parte oriental del Jordán, hacia arriba, y pasaron a la otra orilla, por donde hicieron un trecho. Allí se veían sitios de baños, cavados y cercados, de ladrillos blancos, con canal que se abría y cerraba a voluntad para traer el agua del Jordán; aquí el río no tenía isla. Este segundo lugar de bautismo estaba entre Jericó y Bethagla, en la parte occidental del Jordán, frente a Bethabara, en la parte oriental del río. Habrá unas cinco millas de Jerusalén.

El camino recto va por Betania, a través del desierto, hasta llegar a un albergue, un poco fuera del camino, ameno lugar entre Jericó y Bethagla. Las aguas del Jordán son aquí muy claras, sosegadas. Percíbese el aroma delicioso de las plantas aromáticas y de las flores, cuyos pétalos caen en el agua. En algunos puntos, el río es tan angosto y poco profundo que se puede ver el fondo; en las orillas se ven grietas cavadas por el agua con el tiempo.

Me alegro mucho cuando me encuentro en la Tierra Santa; pero me extrañan las mudanzas del tiempo comparado con el de nosotros. Cuando aquí es invierno, allá florece todo, y cuando aquí es verano, ya están allá brotando las plantas para la segunda cosecha. Viene luego un tiempo en que hay mucha neblina y llueve mucho.

Junto a Juan veo unas cien personas, entre ellas sus discípulos y muchos paganos.

Trabajan en mejorar el bautisterio y en arreglar la choza. Traen desde Aínón cosas. Los enfermos son transportados en angarillas. Este es el lugar del Jordán donde Elías hirió con su manto las aguas, para pasar al otro lado, y donde hizo lo mismo Eliseo cuando volvió a pasar. Elíseo descansó aquí de su viaje. Por aquí pasaron también los hijos de Israel al entrar en Tierra Santa.

De Jerusalén fueron enviados de nuevo a Juan gente del templo, fariseos y saduceos. Un ángel se lo anunció al Bautista. Cuando llegaron cerca del Jordán, mandaron un mensajero a Juan para decirle que se aproximara. Sin abandonar su obra contestó que si querían hablar con él podían hacerlo allegándose donde él bautizaba. Acercáronse, pero Juan no dejó de proseguir su predicación y su bautismo en presencia de los enviados. Cuando terminó Juan su trabajo atendió a los mensajeros y mandó a sus discípulos que los cobijaran bajo una techumbre, llegándose a ellos acompañado por diversos oyentes. Los mensajeros preguntaron quién era Aquél del cual decía siempre que había de venir, que según las profecías era el Mesías y que se decía había llegado ya. Juan les respondió que Uno habíase levantado contra ellos, a quien no conocían. Añadió que él tampoco le había visto, pero que desde antes de haber nacido le había ordenado preparar su camino y que había de bautizarle. Les dijo que volviesen en cierto tiempo en que debía venir Él para ser bautizado. Les habló luego severamente diciéndoles que no habían venido para el bautismo, sino para espiarlo. Le respondieron que ahora sabían quién era él: que bautizaba sin misión recibida; que era un hipócrita al vestirse tan extrañamente y se volvieron a Jerusalén. Poco tiempo después llegaron otros mensajeros del sanedrín de Jerusalén en número de unos veinte: sacerdotes procedentes de varias ciudades, con sus mitras, anchas fajas y largas (cintas que colgaban de los brazos. Le conminaron diciendo que venían del gran Sanedrín, que se presentara delante de él para dar cuenta de su misión y de su conducta; que era una señal de que no tenía misión al no obedecer al Sanedrín. Oí entonces a Juan que les dijo que esperasen un poco, que vendría Aquél que le había enviado, señalando claramente a Jesús: que era nacido en Belén, educado en. Nazaret, que había tenido que huir a Egipto y él no le había visto aún. Le echaron en cara que él estaba entendido con Jesús; que se enviaban recíprocamente mensajeros. Juan les respondió que los mensajeros que se enviaban no podía él mostrárselos, porque eran ciegos. Los mensajeros se fueron disgustados y contrariados. Acuden de todas partes turbas de judíos y paganos. El mismo Herodes manda gente a oír su predicación con encargo de que le cuenten lo que han oído de él. Veo que está mejor ordenado el lugar del bautismo. Juan levantó con sus discípulos una gran techumbre donde son agasajados los enfermos y los fatigados por el viaje y donde se reúnen para oír su predicación. A veces cantan salmos; así, por ejemplo, oí el salmo que habla del pasaje del Mar Rojo por los hijos de Israel. Por momentos parece que hubiera improvisado una pequeña población de tiendas y de chozas; estas casitas están cubiertas con pieles y juncos que crecen a orillas del río. Se nota mucha afluencia de viajeros provenientes de las regiones de los Reyes Magos: vienen en camellos, en asnos y en caballos hermosos y muy ágiles. Están en camino a Egipto. Ahora se reunieron todos en torno de Juan, oyen su predicación sobre el Mesías y reciben el bautismo. De aquí suelen ir en grupos hasta Belén. No lejos de la gruta del pesebre, frente al campo de los pastores, había un pozo, donde Abrahán había vivido con Sara, y estando enfermo deseó vivamente beber agua; habiéndosele traído en un recipiente agua del pozo, no quiso luego bebería, dejándola por Dios, y al punto, en recompensa, lo libró Dios de su mal. A causa de su gran profundidad era muy difícil sacar agua del pozo. Hay allí un árbol muy grande y no lejos está la gruta de Maraha. Siendo la nodriza muy anciana la solía llevar en sus viajes sobre un camello. Por estos hechos se ha convertido éste en un lugar de peregrinación para los piadosos israelitas, como lo son el monte Carmelo y el monte Horeb. En este lugar rezaron también los santos Reyes Magos.

De Galilea no habían venido muchos a ver a Juan, aparte de los que fueron sus discípulos. Más gente llegaba de Hebrón, entre ellos muchos gentiles.

Por eso, mientras Jesús pasaba por Galilea, exhortaba a los habitantes a ir al bautismo de Juan.

XXXII Herodes en el baptisterio. Una fiesta tradicional

Juan Bautista Emmerick 7El lugar donde Juan enseñaba estaba como a media hora del baptisterio. E Era éste  un sitio sagrado lleno de recuerdos para los hebreos y estaba cercado como un jardín. En el interior había chozas y en medio una gran piedra que señalaba por donde pasaron los hijos de Israel con el Arca de la Alianza, y dónde la habían depositado para ofrecer un sacrificio de acción de gracias. Sobre esta piedra había levantado Juan el asiento desde donde enseñaba; había construido un gran galpón con techo de juncos; al pie de la piedra estaba la cátedra de Juan. Hallábase rodeado de sus discípulos enseñando, cuando llegó el rey Herodes; pero Juan no se perturbó por ello en su predicación.

Herodes había estado en Jerusalén, donde se unió con la mujer de su hermano, que tenía una hija, llamada Salomé, de unos diez y seis años. Tenía intención de unirse con esta mujer y había en vano tratado de conseguir el beneplácito del Sanedrín. Habíase suscitado por esto una viva discusión entre ellos. El rey temía, por otra parte, la voz del pueblo y pensó escudarse con alguna palabra de permisión de parte de Juan. Pensaba que el Bautista, para congraciarse con el rey, diría algo de conformidad con su plan. Veo ahora a Herodes con la joven Salomé, hija de Herodías y sus camareras, en compañía de unas treinta personas de viaje hacia el Jordán. Él iba con las mujeres sobre un carruaje y había enviado un mensajero a Juan’ El Bautista no quería recibir al rey en el lugar sagrado, ya que venía con tales mujeres. Dejó, entonces, de bautizar y se retiró con sus discípulos adonde solía predicar, y habló enérgicamente del asunto que Herodes quería saber. Le dijo que esperase a Aquél que debía venir; que no permanecería mucho tiempo bautizando, que debía ceder el lugar a Aquél de quien era sólo su precursor. Habló de tal manera a Herodes que éste entendió que trataba su asunto y conocía su intención. Herodes le presentó un rollo muy grande que contenía su procedimiento; pero Juan no quiso manchar sus manos de bautizador tocando el escrito. Vi luego a Herodes, muy contrariado, abandonar el lugar con su séquito.

Vivía en esa ocasión cerca de los baños de Kallirrohe, a pocas horas del baptisterio. Herodes había dejado a unos delegados con el rollo para que lo leyera Juan, pero inútilmente: Juan volvió al lugar del bautismo. He visto a las mujeres que iban con el rey: estaban vestidas lujosamente, pero con decencia. Magdalena estaba adornada más fantásticamente por este tiempo.

Se celebra ahora una fiesta de tres días junto a la piedra del pasaje de los hebreos. Los discípulos de Juan adornaron el lugar con plantas, coronas y flores. Veo entre ellos a Pedro, Andrés, Felipe, Santiago el Menor, Simón y Tadeo y muchos de los futuros discípulos de Jesús. El paraje era aun sagrado para los piadosos israelitas; pero esta veneración estaba muy decaída y Juan volvió a renovarla. Vi a Juan y algunos de los suyos con vestiduras que parecían sacerdotales. El Bautista tenía, sobre un vestido oscuro, otro blanco, largo; estaba ceñido con una faja amarilla, entretejida de franjas blancas, de la cual pendían borlas. Sobre los dos hombros llevaba una gran piedra preciosa donde estaban grabados seis nombres en cada lado de las doce tribus de Israel. En el pecho tenía un escudo cuadrado, amarillo y blanco, sujeto de las cuatro puntas con cadenillas de oro. Sobre el escudo había también doce piedras grabadas con los nombres de las doce tribus. Del hombro le colgaba una banda como estola entretejida de amarillo y blanco que le llegaba muy abajo y terminaba en borlas. Sobre el vestido exterior en la parte baja habían cosido brotes de frutas en seda blanca y amarilla. Llevaba la cabeza descubierta, pero en la espalda le colgaba una especie de capucha que podía alzar sobre la cabeza hasta la frente y terminaba en punta. Delante de la piedra donde había estado el Arca de la Alianza había un altar pequeño, casi cuadrado, vacío en el medio y cubierto con una rejilla; debajo un agujero para la ceniza y en los cuatro costados caños huecos como cuernos. Juan y varios discípulos estaban con vestiduras que me recordaban a las que vi cuando los apóstoles celebraban los misterios en los primeros tiempos. Estos ayudaban en el sacrificio. Se incensó el lugar y Juan quemó varias hierbas aromáticas, plantas y creo que también granos de trigo sobre el altar, que era transportable. Se habían congregado muchísimos que esperaban ser bautizados.

Las vestiduras sacerdotales fueron preparadas en este lugar del bautismo, porque moraban ahora mujeres en los alrededores del Jordán y ellas hacían toda clase de ornamentos y utensilios para Juan. Con todo, no eran bautizadas allí. Parecía como si Juan comenzaba una iglesia nueva con un culto propio. Ya no lo veía trabajar como antes con sus propias manos y se ponía para bautizar una larga vestidura blanca. Lo he visto aún preparar él solo el lugar del bautismo de Jesús, mientras los discípulos le traían lo necesario.

Juan dijo en este día de fiesta un gran sermón muy animado. Estaba, con sus vestiduras sacerdotales, sobre la tienda, que tenía una galería en torno como había visto en las tiendas en el país de los Reyes Magos. Alrededor habían levantado graderías donde se colocaba la gente, en esta fiesta; era una incontable muchedumbre. Habló del Salvador que le había enviado, y al cual él no había visto aún, y habló del paso del Jordán por los israelitas. Luego, en el interior de la tienda, hubo de nuevo ofrecimiento de incienso y se quemaron hierbas. Desde Maspha hasta la Galilea había corrido la voz de que Juan iba a pronunciar un gran sermón, y así fue como se congregó una muchedumbre tan grande. Los esenios estaban todos presentes. La mayoría de los oyentes llevaban vestiduras largas y blancas. Venían hombres y mujeres, las mujeres generalmente montadas sobre asnos, en medio de alforjas, con palomas y comestibles, mientras los hombres guiaban los animales. Los hombres ofrecían panes en sacrificio, y las mujeres, palomas. Juan estaba detrás de una reja y recibía los panes: eran depositados sobre una mesa con rejilla, purificaban con harina y luego, amontonados, eran bendecidos por Juan y alzados a lo alto en ofrecimiento. Estos panes eran luego divididos en pedazos y repartidos: a los que venían de más lejos les tocaba partes mayores por estar más necesitados. La harina que caía y los pedazos de panes desprendidos eran pasados a través de la rejilla y quemados en el altar. Las palomas eran distribuidas entre los necesitados. Esto duró casi medio día. Toda la fiesta duró, con el Sábado, tres días. Después volví a ver a Juan en el baptisterio.

XXXIII  Brota la isla para el bautismo de Jesús en el río Jordán

El Bautista habló a sus discípulos acerca de la proximidad del bautismo del Mesías.

 Afirmó nuevamente que no le había visto aún, pero añadió: “Yo quiero enseñaros el lugar de su bautismo. Mirad: las aguas del Jordán se habrán de dividir y se formará una isla”. En ese momento las aguas del Jordán se dividieron en dos y se levantó sobre la superficie una pequeña isla redonda y blanquecina. Era el mismo lugar por donde los hijos de Israel pasaron el Jordán con el Arca de la Alianza y donde Elías dividió con su manto las aguas. Se produjo una gran conmoción entre los presentes: oraban y daban gracias a Dios. Juan y sus discípulos trajeron grandes piedras, que pusieron en el agua, y luego, con ramas, árboles y plantas acomodaron un puente hasta la isla y cubrieron el pasaje con piedras pequeñas y blancas.

Cuando terminaron el trabajo, se veía correr el agua bajo el puente. Juan y sus discípulos plantaron doce árboles en torno de la islita y unieron sus copas para formar un techo con el follaje. Entre estos arbolillos pusieron cercos de varias plantas que nacen muchas a orillas del Jordán. Tenían brotes blancos y colorados, y frutos amarillos, con una pequeña corona, como nísperos.

La isla que había surgido en el lugar donde había estado depositada el Arca de la Alianza a su paso por el Jordán, parecía de roca, y el fondo del río, más levantado que en tiempos de Josué. El agua, en cambio, me pareció más profunda; de modo que no sabría decir si el agua se retiró más o la isla se levantó sobre el agua, cuando Juan la hizo comparecer para formar el baptisterio de Jesús. A la izquierda del puente, no en el medio, sino más bien al borde de la isla, hizo una excavación, a la cual afluía un agua clara.

Llevaban a esta fuente algunas gradas; en la superficie del agua había una piedra triangular, plana, de color rojo, donde debía estar Jesús durante su bautismo. A la derecha se levantaba una esbelta palmera con frutos, la cual habría de abrazar Jesús. El borde de esta fuente estaba delicadamente trabajado y todo el conjunto presentaba un hermoso aspecto.

Cuando Josué llevó a los israelitas a través del Jordán, he visto que el río estaba muy crecido. El Arca de la Alianza fue llevada bastante distante del pueblo hacia el Jordán. Entre los doce que la conducían y acompañaban figuraban Josué, Caleb y otro personaje, cuyo nombre suena como Enoi. Llegados al Jordán tomó uno solo la parte delantera del Arca que solían llevar dos; los otros sostenían por detrás y en el instante en que el pie del Arca tocó las aguas, éstas se aquietaron, pareciendo como gelatinas que subían unas sobre otras, formando una muralla o más bien una montaña que se podía ver desde la ciudad de Zarthan. Las aguas que corrían al Mar Muerto se perdieron en el mar, y se pudo pasar a pie enjuto por el lecho del Jordán. Así cruzaron los israelitas que estaban distantes del Arca por el lecho del río. El Arca fue llevada por los levitas aguas adentro, donde había cuatro piedras cuadradas colocadas con regularidad. Eran estas piedras de color de sangre y a cada lado había dos hileras de seis piedras triangulares, planas y trabajadas.

Los doce levitas dejaron el Arca de la Alianza sobre las cuatro piedras del medio y pasaron doce por cada lado sobre las otras piedras triangulares que tenían su cono hundido en las aguas. Otras doce piedras triangulares fueron colocadas a distancia: eran muy gruesas, de colores diversos, grabadas con figuras y dibujos con flores. Josué eligió a doce hombres de las doce tribus para que llevaran sobre sus espaldas desnudas estas piedras y a distancia una serie de dos hileras para recuerdo del pasaje. Más tarde se levantó allí una población. Fueron grabadas en las piedras los nombres de las doce tribus y los de los que llevaron las piedras. Las piedras sobre las cuales estuvieron los levitas eran más grandes, y cuando pasaron el río, las piedras fueron vueltas con las puntas hacia arriba.

Las piedras que habían estado fuera del agua, no eran ya visibles en tiempos de Juan Bautista: no sé si fueron destruidas por las guerras o estaban simplemente cubiertas por tierra y escombros. Juan había levantado su tienda en el lugar de ellas. Más tarde hubo una iglesia allí, creo que en tiempos de Santa Elena. El lugar donde había estado el Arca de la Alianza es exactamente el mismo de la isla y de la fuente donde fue bautizado Jesús. Cuando los israelitas pasaron con el Arca y hubieron erigido las doce piedras, el Jordán volvió a seguir su curso como antes. El agua de la fuente del bautismo de Jesús era de tal hondura que desde la orilla sólo se podía ver desde el pecho cuando estaba un hombre dentro. La profundidad algo escalonada y esta fuente octogonal, que medía como cinco pies de diámetro, estaba rodeada de un borde, cortado en cinco lugares, desde donde podían algunas personas presenciar el acto. Las doce piedras triangulares sobre las cuales habían estado los levitas se alzaban a ambos lados de la fuente bautismal de Jesús con sus puntas hacia arriba fuera del agua. En la fuente del bautismo yacían aquellas cuatro piedras cuadradas coloradas, sobre las cuales había descansado el Arca de la Alianza, debajo de la superficie del agua. Estas piedras aparecían con sus puntas fuera del agua en épocas de bajantes. Muy cerca del borde de la fuente había una piedra triangular, en forma de pirámide, con la punta hacia abajo, sobre la cual estuvo Jesús cuando el Espíritu Santo vino sobre, Él. A su derecha estaba la palmera, junto al borde, a la cual Jesús se sujetó con la mano, mientras a su izquierda estaba el Bautista. La piedra triangular donde estuvo Jesús, no era de las doce: me parece que Juan la trajo desde la orilla. Había allí un misterio porque he visto que estaba señalada con dibujos de flores y estrías. Las otras doce piedras eran también de diversos colores, dibujadas con flores y ramificaciones. Eran más grandes que las llevadas a tierra: me parece que eran al principio piedras preciosas que plantó Melquisedec desde pequeñas, cuando el Jordán no pasaba sobre ellas.

He visto que en muchos lugares hacía esto; ponía los fundamentos de obras que venían luego a ser lugares sagrados o donde sucedían hechos notables, aunque por mucho tiempo quedaran en pantanos o escondidas entre matorrales.

Creo también que las doce piedras que llevaba Juan en la fiesta en el escudo del pecho eran trozos de aquellas doce piedras preciosas plantadas por Melquisedec.

XXXIV  Herodes nuevamente con Juan

 Cuando Juan volvió al baptisterio fue a verlo nuevamente un grupo de unas veinte personas para pedirle cuenta de su misión. Venían de Jerusalén.

Aguardaron en el sitio donde había tenido lugar la fiesta e invitaron a Juan; pero éste no se movió. Al día siguiente he vuelto a verlos a media hora del lugar donde bautizaba Juan; pero Juan no los dejó entrar en el recinto de las tiendas que estaba cercado. Vi luego que Juan, cuando terminó su trabajo, les habló desde cierta distancia: les dijo las cosas de siempre, refiriéndose al que pronto iba a venir al bautismo, a Aquél que era más que él, y al que no había visto aún personalmente. Algunas de sus preguntas, no contestó.

Más tarde he visto a Herodes, montado sobre una cabalgadura, acomodado en una especie de asiento de cajón, y a la mujer de su hermano, con la cual vivía, también montada sobre una cabalgadura, orgullosa y atrevida, vestida con lujo y desvergüenza, que se aproximaban al lugar donde estaba Juan bautizando. La mujer se detuvo a cierta distancia, mientras Herodes bajó de su cabalgadura y se acercó a Juan y comenzó a hablar con él. Herodes litigaba con Juan porque éste le había excomulgado, prohibiéndole participación en el bautismo y en la salud del Mesías si no dejaba su escandalosa compañía. El rey le presentaba de nuevo aquel escrito en defensa de su proceder.

Herodes le preguntó si sabía algo de un tal Jesús de Nazaret, de quien se hablaba mucho en el país y de quien, según había oído, recibía mensajes; si ese Jesús era el Esperado, ya que siempre hablaba de Él. Le exigía le dijese claramente, pues quería tratar su asunto con el Mesías. Juan le contestó que Jesús no le escucharía, como no le escuchaba él su demanda; que era adúltero y como tal sería tratado; que por más que presentara su caso en una forma u otra, se trataba siempre de un adulterio. Cuando Herodes le preguntó por qué le hablaba a la distancia y no se acercaba, contestóle Juan: “Tú eres ciego, y por el adulterio cometido te has vuelto más ciego aún, y cuanto más me acercare a ti más ciego te pondrías. Cuando yo esté en tu poder, harás conmigo lo que más tarde sentirás mucho haber hecho”. Con esto anunciaba proféticamente su próxima muerte. Herodes y la mujer regresaron muy contrariados.

Se acerca el momento del bautismo de Jesús. Veo a Juan muy entristecido.

Parecía que su tiempo iba a terminar muy pronto: ya no lo veo tan vehemente en su obra y lo veo perseguido por todos lados. Acudían ya de Jericó, ya de Jerusalén, ya de parte de Herodes, para arrojarlo del lugar del bautismo.

Sus discípulos habían ocupado una parte bastante considerable de los alrededores del bautismo y por eso urgían a Juan que se retirase de allí y pasase al otro lado del Jordán. Los soldados de Herodes llegaron a deshacer hasta cierto punto el cercado, echando a la gente; con todo no llegaron a molestar en la tienda de Juan, entre las doce piedras. Juan habló muy contristado, con el ánimo decaído, con sus discípulos: deseaba ya que acudiese Jesús al bautismo; luego se retiraría de su presencia al otro lado del Jordán y no permanecería mucho tiempo en su puesto. Sus discípulos se mostraban muy tristes por las cosas que les decía y no querían que los dejase abandonados.

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