24/12/2015 Evangelio según San Lucas 2,1-14.

Natividad del Señor (Misa de medianoche)

Fiesta de la Iglesia: Solemnidad de la Natividad del Señor

Santo(s) del día : Santos Antepasados de Jesús,
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Lecturas

Nacimiento y vida oculta de María y Jesús.

27. El edicto de empadronamiento[1]. Enseñanzas sobre el amor al esposo y la confianza en Dios.

4 de junio de 1944.

virgendeladulceesperaoracionpedirsermadrepartofelizhijos31        De nuevo veo la casa de Nazaret, la pequeña habitación en que María habitualmente come. Ahora Ella está trabajando en una tela blanca. La deja para ir a encender una lámpara, pues está atardeciendo y no ve ya bien con la luz verdosa que entra por la puerta entornada que da al huerto. Cierra también la puerta.

Observo que su cuerpo está ya muy engrosado, pero sigue viéndosela muy hermosa. Su paso continúa siendo ágil; todos sus movimientos, donosos. No se ve en Ella ninguna de esas sensaciones de peso que se notan en la mujer cuando está próxima a dar a luz a un niño. Sólo en el rostro ha cambiado. Ahora es “la mujer”. Antes, cuando el Anuncio, era una jovencita de carita serena e ingenua (como de niño inocente). Luego, en la casa de Isabel, cuando el nacimiento del Bautista, su rostro se había perfeccionado, adquiriendo una gracia más madura. Ahora es el rostro sereno, pero dulcemente majestuoso, de la mujer que ha alcanzado su plena perfección en la maternidad.

Ya no recuerda a esa “Virgen de la Anunciación”[2]. Cuando era niña, yo sí que la veía reflejada en ella. Ahora el rostro es más alargado y delgado; el ojo, más pensativo y grande. En pocas palabras: como es María actualmente en el Cielo. Porque ahora ha asumido el aspecto y la edad del momento en que nació el Salvador.

Tiene la eterna juventud de quien no sólo no ha conocido corrupción de muerte, sino que ni siquiera ha conocido el marchitamiento de los años. El tiempo no ha tocado a esta Reina nuestra y Madre del Señor que ha creado el tiempo. Es verdad que en el suplicio de los días de la Pasión –suplicio que para Ella empezó muchísimo antes, podría decir que desde que Jesús comenzó la evangelización– se la vio envejecida, pero tal envejecimiento era sólo como un velo corrido por el dolor sobre su incorruptible cuerpo.

Efectivamente, desde cuando Ella vuelve a ver a Jesús, resucitado, torna a ser la criatura fresca y perfecta de antes del suplicio: como si al besar las santísimas Llagas hubiera bebido un bálsamo de juventud que hubiese cancelado la obra del tiempo y, sobre todo, del dolor. También hace ocho días, cuando he visto la venida del Espíritu Santo el día de Pentecostés, veía a María “hermosísima y, en un instante, rejuvenecida”, como escribía; ya antes había escrito: “Parece un ángel azul”. Los ángeles no experimentan la vejez. Poseen eternamente la belleza de la eterna juventud, del eterno presente de Dios que en sí mismos reflejan.

La juventud angélica de María, ángel azul, se completa y alcanza la edad perfecta –que se ha llevado consigo al Cielo y que conservará eternamente en su santo cuerpo glorificado, cuando el Espíritu pone el anillo nupcial a su Esposa y la corona en presencia de todos– ahora, y no ya en el secreto de una habitación ignorada por el mundo, con un arcángel como único testigo.

He querido hacer esta digresión porque la consideraba necesaria. Ahora vuelvo a la descripción.

María, pues, ahora ya es verdaderamente “mujer”, llena de dignidad y donaire.

Incluso su sonrisa se ha transformado, en dulzura y majestad. ¡Qué hermosa está María!

2        Entra José. Da la impresión de que vuelve del pueblo, porque entra por la puerta de la casa y no por la del taller. María levanta la cabeza y le sonríe. También José le sonríe a Ella… no obstante, parece como si lo hiciera forzado, como quien estuviera preocupado. María le observa escrutadora y se levanta para coger el manto que José se está quitando, para doblarlo y colocarlo encima de un arquibanco.

José se sienta al lado de la mesa. Apoya en ella un codo y la cabeza en una mano mientras con la otra, absorto, se peina y despeina alternativamente la barba.

-«¿Estás preocupado por algo?» pregunta María. «¿Te puedo servir de consuelo?».

-«Tú siempre me confortas, María. Pero esta vez es una gran preocupación… por ti».

-«¿Por mí, José? ¿Y qué es, pues?».

-«Han puesto un edicto en la puerta de la sinagoga. Ha sido ordenado el empadronamiento de todos los palestinos. Hay que ir a anotarse al lugar de origen. Nosotros tenemos que ir a Belén…».

3 -«¡Oh!»

interrumpe María, llevándose una mano al pecho.

-«¿Te preocupa, verdad? Es penoso. Lo sé».

-«No, José, no es eso. Pienso… pienso en las Sagradas Escrituras: Raquel, madre de Benjamín y esposa de Jacob, del cual nacerá la Estrella[3], el Salvador. Raquel, que está sepultada en Belén; de la que se dijo: “Y tú, Belén Efratá, eres la más pequeña entre las tierras de Judá, mas de ti saldrá el Dominador”[4], el Dominador prometido a la estirpe de David; El nacerá allí…».

-«¿Piensas… piensas que ya ha llegado el momento? ¡Oh! ¿Qué podemos hacer?».

José está enormemente preocupado y mira a María con ojos llenos de compasión. Ella lo percibe, y sonríe. Su sonrisa es más para sí que para él. Es una sonrisa que parece decir: «Es un hombre; justo, pero hombre. Y ve como hombre, piensa como hombre. Sé compasiva con él, alma mía, y guíale a la visión de espíritu». Y su bondad la  impulsa a tranquilizarle. No mintiendo, sino tratando de quitarle la preocupación, le dice:

-«No sé, José. El momento está muy cercano, pero, ¿no podría el Señor alargarlo para aliviarte esta preocupación? El todo lo puede. No temas».

-«¡Pero el viaje!… Y además, ¡con la cantidad de gente que habrá!… ¿Encontraremos un buen lugar para alojarnos? ¿Nos dará tiempo a volver? Y si … si eres Madre allí, ¿cómo nos las arreglaremos? No tenemos casa… No conocemos a nadie…».

-«No temas. Todo saldrá bien. Dios provee para que encuentre un amparo el animal que procrea, ¿y piensas que no proveerá para su Mesías? Nosotros confiamos en El, ¿no es verdad? Siempre confiamos en El. Cuanto más fuerte es la prueba, más confiamos. Como dos niños, ponemos nuestra mano en su mano de Padre. El nos guía. Estamos completamente abandonados en El. Mira cómo nos ha conducido hasta aquí con amor.

Ni el mejor de los padres podría haberlo hecho con más esmero. Somos sus hijos y sus siervos. Cumplimos su voluntad. Nada malo nos puede suceder. Este edicto también es voluntad suya. ¿Qué es César, sino un instrumento de Dios? Desde que el Padre decidió perdonar al hombre, ha predispuesto los hechos para que su Hijo naciera en Belén.

Antes de que ella, la más pequeña de las ciudades de Judá, existiera, ya estaba designada su gloria. Para que esta gloria se cumpla y la palabra de Dios no quede en entredicho –y lo quedaría si el Mesías naciera en otro lugar– he aquí que ha surgido un poderoso, muy lejos de aquí, y nos ha dominado, y ahora quiere saber quiénes son sus súbditos, ahora, en un momento de paz para el mundo… ¡Qué es una pequeña molestia nuestra comparada con la belleza de este momento de paz! Fíjate, José, ¡un tiempo en que no hay odio en el mundo! ¿Existe, acaso, hora más feliz que ésta, para que surja la “Estrella” de luz divina y de influjo redentor? ¡Oh, no tengas miedo, José! Si inseguros son los caminos, si la muchedumbre dificulta la marcha, los ángeles serán nuestra defensa y nuestro parapeto; no de nosotros, sino de su Rey. Si no encontramos un lugar donde ampararnos, sus alas nos harán de tienda. Nada malo nos sucederá, no puede sucedernos: Dios está con nosotros».

José la mira y la escucha extático. Las arrugas de la frente se alisan, la sonrisa vuelve. Se pone en pie, ya sin cansancio y sin pena. Sonríe.

-«¡Bendita tú, Sol del espíritu mío! ¡Bendita tú, que sabes ver todo a través de la Gracia que te llena! No perdamos tiempo, pues, porque hay que partir lo antes posible y… volver cuanto antes, porque aquí todo está preparado para el… para el…».

-«Para el Hijo nuestro, José. Tal debe ser a los ojos del mundo, recuérdalo. El Padre ha velado de misterio esta venida suya, y nosotros no debemos descorrer el velo. El, Jesús, lo hará, llegada la hora…».

La belleza del rostro, de la mirada, de la expresión, de la voz de María al decir este «Jesús» no es describible. Es Ya el éxtasis, y con este éxtasis cesa la visión.

«Amar es dar contento a quien se ama más allá de lo que pueden exigir los sentidos o la conveniencia»

5 Dice María:

«No añado mucho, porque mis palabras son ya enseñanza.

Eso sí, reclamo la atención de las mujeres casadas sobre un punto. Demasiadas uniones se transforman en desuniones por culpa de las mujeres, las cuales no tienen hacia el marido ese amor que es todo (bondad, compasión, consuelo). Sobre el hombre no pesa el sufrimiento físico que oprime a la mujer, pero sí todas las preocupaciones morales: necesidad de trabajo, decisiones que hay que tomar, responsabilidades ante el poder establecido y ante la propia familia… ¡Oh, cuántas cosas pesan sobre el hombre, y cuánta necesidad tiene también él de consuelo! Pues bien, es tal el egoísmo, que la mujer le añade al marido cansado, desilusionado, abrumado, preocupado, el peso de inútiles quejas, e incluso a veces injustas. Y todo porque es egoísta; no ama.

Amar no significa satisfacer los propios sentidos o la propia conveniencia. Amar es satisfacer a la persona amada, por encima de los sentidos y conveniencias, ofreciéndole a su espíritu esa ayuda que necesita para poder tener siempre abiertas las alas en el cielo de la esperanza y de la paz.

6 Hay otro punto en el que querría que centrarais vuestra atención. Ya he hablado de ello; no obstante, insisto. Se trata de la confianza en Dios.

La confianza compendia las virtudes teologales. Si uno tiene confianza, es señal de que tiene fe; si tiene confianza, es señal de que espera y de que ama. Cuando uno ama, espera y cree en una persona, tiene confianza. Si no, no. Dios merece esta confianza nuestra. Si se la damos a veces a pobres hombres capaces de cometer faltas, ¿por qué negársela a Dios, que no comete falta alguna?

La confianza es también humildad. El soberbio dice: “Voy a actuar por mí mismo. No me fío de éste, que es un incapaz, un embustero y un avasallador”. El humilde dice: “Me fío. ¿Por qué no me voy a fiar? ¿Por qué debo pensar que yo soy mejor que él?”. Y así, con mayor razón, de Dios dice: “¿Por qué voy a tener que desconfiar de Aquel que es bueno? ¿Por qué voy a tener que pensar que me basto por mí mismo?”. Dios se dona al humilde, del soberbio se retira.

La confianza es, además, obediencia; y Dios ama al obediente. La obediencia es signo de que nos reconocemos hijos suyos, de que le reconocemos como Padre; y un padre, cuando es verdadero padre, no puede hacer otra cosa sino amar. Dios es para nosotros Padre verdadero y perfecto.

7 Hay un tercer punto que quiero que meditéis. Se funda también en la confianza.

Ningún hecho puede acaecer si Dios no lo permite. Por lo cual, ya tengas poder, ya seas súbdito, será porque Dios lo ha permitido. Preocúpate, pues, ¡Oh tú que tienes poder!, de no hacer de este poder tuyo tu mal. En cualquier caso sería “tu mal”, aunque en principio pareciese que lo fuera de otros. En efecto, Dios permite, pero no sin medida; y, si sobrepasas el punto señalado, asesta el golpe y te hace pedazos. Preocúpate, pues, tú que eres súbdito, de hacer de esta condición tuya una calamita para atraer hacia ti la celeste protección. No maldigas nunca. Deja que Dios se ocupe de ello. A El, Señor de todos, le corresponde bendecir o maldecir a los seres que ha creado.

Ve en paz».

28. La llegada a Belén[5].

5 de junio de 1944.

28 11        Veo una vía de primer orden muy transitada. Jumentos que van cargados de todo tipo de cosas y de personas. Jumentos que regresan. La gente azuza a sus cabalgaduras. Otros, los que van a pie, caminan deprisa porque hace frío. Hay un aire terso y seco, el cielo está sereno; todo tiene, no obstante, ese filo neto de los días de pleno invierno. El campo, desnudo, parece mas grande; está poco crecida y ya requemada por los vientos invernales la hierba de los pastos en que las ovejas buscan un poco de alimento, y también de sol, que está saliendo poco a poco. Están pegadas las unas a las otras, porque también ellas tienen frío; y balan, levantando el morro y mirando al Sol como diciendo: “¡Ven pronto, que hace frío!”. El terreno es ondoso. Las sinuosidades se hacen cada vez más netas; es propiamente una zona de colinas, con depresiones herbosas y laderas, con pequeños valles y cimas. El camino pasa por el medio en dirección sudeste.

María va montada en un borriquillo pardo, toda arropada en su grueso manto. En la parte de adelante de la albardilla está ese arnés ya visto en el viaje hacia Hebrón; encima, el baulillo con las cosas más necesarias. José camina al lado llevando las riendas. De vez en cuando le pregunta a María si está cansada. Ella le mira sonriendo y le responde que no; pero a la tercera vez añade:

-«Tú sí que estarás cansado, que vas a pie».

-«¡Oh!, ¿yo? Para mí no es nada. Lo que pienso es que si hubiera encontrado otro asno podrías ir más cómoda y además llegaríamos antes. Pero, me ha sido imposible encontrarlo; ahora todos necesitan una cabalgadura. ¡Animo de todas formas! Pronto llegaremos a Belén. Al otro lado de aquel monte está Efratá».

Ahora guardan silencio. La Virgen cuando calla parece recogerse internamente en oración. Sonríe dulcemente por un pensamiento suyo, y, cuando mira a la gente, parece como si no viera en ella lo que es (un hombre, una mujer, un anciano, un pastor, un rico o un pobre), sino eso que sólo Ella ve, un alma.

-«¿Tienes frío?»

pregunta José, dado que empieza a levantarse viento.

-«No, gracias».

Pero José no se fía. Le toca los pies, que penden por el lado del borriquillo, los pies calzados en las sandalias y que apenas si se ven sobresalir del largo vestido; debe sentirlos fríos porque menea la cabeza y se quita una manta que llevaba en bandolera y arropa con ella las piernas de María, y se la extiende también sobre el regazo, de forma que sus manos, bajo la cobija y el manto, estén bien calientes.

2        Encuentran a un pastor, que corta el camino con su rebaño, pasando de los pastos de la derecha a los de la izquierda. José se inclina hacia él para decirle algo. El pastor hace un gesto afirmativo. José toma el borriquillo y tira de él detrás del rebaño hasta el prado. El pastor saca de una alforja una tosca escudilla, ordeña a una gruesa oveja de ubres llenas, da la escudilla a José y éste a su vez se la ofrece a María.

-«¡Que Dios os bendiga a los dos! –dice María–. A ti, por tu amor; y a ti por tu bondad. Oraré por ti».

-«¿Venís de lejos?».

-«De Nazaret»

responde José.

-«¿Y vais hacia…?».

-«A Belén».

-«Largo viaje para esta mujer en este estado. ¿Es tu esposa?».

-«Es mi esposa».

-«¿Tenéis dónde ir?».

-«No».

28 2-«¡Mala cosa! Belén está llena de gente llegada de todas partes para inscribirse o para ir a otro lugar. No sé si encontraréis alojamiento. ¿Conoces bien este lugar?».

-«No mucho».

-«Bueno, pues… yo te digo… por Ella (y señala a María). Preguntad por la posada. Estará llena. Más que nada os lo digo como referencia. Está en una plaza, en la más grande. Se llega por este mismo camino, no hay pérdida posible. Delante hay una fuente. La posada es grande y baja y tiene un portal grande. Estará llena. De todas formas, si no encontráis nada en ella ni en las otras casas, id a la parte de atrás de la posada, hacia el campo. En el monte hay unos establos que algunas veces les sirven a los mercaderes que van a Jerusalén para meter a los animales que no tienen sitio en la posada. Son establos –ya sabéis– que están en el monte; por tanto, húmedos, fríos y sin puerta. Pero son al menos un refugio; esta mujer… no puede quedarse en la calle. Quizás allí encontráis un sitio… y heno para dormir y para el burro… ¡Y que Dios os acompañe!».

-«¡Y que alegre tus días!» responde María. José en cambio dice: «La paz sea contigo».

28 33        Vuelven al camino. Salvan una prominencia del terreno desde la que se ve una depresión más vasta limitada por delicadas pendientes. En la cuenca y arriba y abajo por las laderas hay casas y más casas: es Belén.

-«Estamos en la tierra de David, María. Ahora podrás descansar. Te veo muy cansada…».

-«No. Estaba pensando… estoy pensado…».

María le coge la mano a José y, sonriendo con gozo, le dice:

-«Tengo la firme impresión de que ha llegado el momento».

-«¡Dios de misericordia! ¿Qué hacemos?».

-«No te preocupes, José. Permanece firme. ¿No ves lo tranquila que estoy yo?».

-«Pero estás sufriendo mucho».

-«¡Oh! ¡no![6] Estoy llena de gozo. Siento un júbilo tal, tan fuerte, tan hermoso, tan incontenible, que mi corazón late fortísimamente y me dice: “¡Va a nacer! ¡Va a nacer!”. Lo dice en cada latido. Es mi Niño, que llama a mi corazón y me dice: “Mamá, estoy aquí, vengo a darte el beso de Dios”. ¡Oh, qué alegría, José mío!».

José, sin embargo, no está jubiloso. Piensa más bien en la urgencia de encontrar un lugar donde ampararse, y acelera el paso. Puerta por puerta lo solicita… Nada. Todo lleno. Llegan a la posada… Está llena, incluso con gente prácticamente al raso bajo el rústico pórtico que rodea el vasto patio interior.

José deja a María montada en su burrito, dentro del patio, y sale para buscar en las otras casas. Vuelve desconsolado. No hay ningún sitio. El rápido crepúsculo invernal comienza a extender sus velos. José le suplica al posadero, suplica a los que han venido de fuera: ellos son hombres, y están sanos; aquí hay una mujer que está para dar a luz a un hijo; que tengan piedad… Nada.

Un rico fariseo, que los está mirando con desprecio manifiesto, cuando María se acerca, se separa como si hubiera sido una leprosa[7] la que se hubiera acercado. José le mira, y se le enciende de indignación el rostro. María le pone una mano en su muñeca, para calmarle, y le dice:

-«No insistas. Vamos. Dios proveerá».

4        Salen. Siguen el muro de la posada. Tuercen por una callejuela encajonada entre aquélla y unas casas pobres. Giran hacia la parte de atrás de la posada. Buscan. Hay una especie de grutas. Por lo bajas que son y lo húmedas que están, diría que más que establos son bodegas. Las más lindas ya están ocupadas. José siente caérsele el alma a los pies.

-«¡Eh! ¡Galileo!»

le grita por detrás un viejo.

-«Allí, en el fondo, bajo aquellas ruinas, hay una guarida. Quizás todavía no se ha metido nadie».

Se apresuran hacia esa “guarida”. Lo es realmente. Entre las ruinas de lo que sería un edificio, hay una abertura; dentro, una gruta, más que una gruta una cavidad excavada en el monte. Diríase que son los cimientos de la antigua construcción, cuyos restos derrumbados, apuntalados con troncos de árbol casi sin desbastar, hacen de techo.

Para ver mejor, puesto que hay poquísima luz, José trae yesca y piedra de chispa, y enciende una lamparita que ha sacado del talego que lleva cruzado al pecho. Entra. Un mugido le saluda.

-«Ven, María; está vacía, sólo hay un buey».

José sonríe.

-«¡Mejor que nada…!».

5        María baja del burrito y entra. José ha colgado la lamparita de un clavo que está hincado en uno de los troncos de sostén. Se ve la techumbre llena de telas de araña, y pajas esparcidas por todo el suelo (que es de tierra batida y su superficie es completamente irregular; con hoyos, guijarros, detritos y excrementos). En la parte del fondo, un buey, con heno colgándole de la boca, se vuelve y mira con ojos tranquilos. Hay un tosco taburete y dos piedras en un ángulo ennegrecido –señal de que en ese lugar se enciende fuego– que está junto a una tronera.

María se acerca al buey. Tiene frío. Le pone las manos sobre el cuello para sentir su calorcillo. El buey muge; se deja. Parece como si hubiera comprendido. Se deja también cuando José le separa un poco para coger abundante heno del pesebre para hacerle a María una yacija –el pesebre es doble: está el en que come el buey, y, encima, una especie de estante con heno de reserva–; éste es el que coge José. Y le hace sitio al burrito, que, cansado y hambriento, en seguida se pone a comer.

José encuentra también un cubo volcado y todo abollado. Sale –porque fuera había visto un regato– y vuelve con agua para el borriquillo. Luego se hace con un haz de ramajes que estaba en un rincón y trata de barrer un poco el suelo. Después extiende el heno, hace con él una yacija, junto al buey, en el ángulo más seco y resguardado; pero siente que este mísero heno está húmedo, y suspira. Enciende el fuego y, con una paciencia de cartujo, lo seca a manojos cerca del calor.

María, sentada en el taburete, cansada, mira sonriente. Ya está. María se dispone mejor sobre el mullido heno, con los hombros apoyados en un tronco. José termina de… aparejar la estancia extendiendo su manto como si fuera una cortina en la apertura que hace de puerta. Una protección muy relativa. Luego le ofrece a la Virgen pan y queso, y le da a beber agua de un boto.

-«Duerme ahora»

le dice.

-«Yo velaré, para que la lumbre no se apague. Menos mal que hay leña. Esperemos que dure y que arda. Así podré ahorrar aceite de la lámpara».

María se echa obedientemente. José, con la manta que tenía en los pies y con el manto de la misma María, la tapa.

-«¿Y tú?… Vas a pasar frío».

-«No, María. Estoy junto al fuego. Trata de descansar. Mañana irá mejor».

María cierra los ojos sin insistir más. José se pone en su rinconcillo, sentado en el taburete, con unas –pocas– ramillas secas al lado; no creo que duren mucho.

Están colocados así: María a la derecha, dando la espalda a la… puerta, semioculta por el tronco y por el cuerpo del buey, que está recostado ahora en la cama de paja; José a la izquierda y de cara a la puerta, en diagonal por tanto; estando frente al fuego, da la espalda a María, pero, de vez en cuando, se vuelve a mirarla, y la ve tranquila, como si durmiera. Rompe lentamente sus ramitas, y las va echando, una a una, en el débil fuego para que no se apague, para que dé luz, para que la poca leña dure. La única luz, ora más viva, ora mortecina, es la del fuego; la lámpara está ya apagada; en la penumbra resalta sólo el blancor del buey y del rostro y manos de José. Todo el resto es una masa que se confunde en la penumbra densa.

6 «No hay dictado» dice María. «La visión habla por sí sola. Tarea vuestra es entender la lección de caridad, humildad y pureza que de ella emana. Descansa. Velando, descansa, como yo velaba esperando a Jesús. Vendrá a traerte su paz».

29. Nacimiento de Jesús[8]. La eficacia salvadora de la divina maternidad de María.

6 de junio de 1944.

29 11        Continúa mí visión del interior de este pobre refugio de piedra en que han encontrado amparo, unidos en la suerte a unos animales, María y José. El fueguecillo se adormila junto con su guardián. María levanta lentamente la cabeza de su yacija y mira. Ve que José tiene la cabeza reclinada sobre el pecho como si estuviera meditando… será –piensa– que el cansancio ha sobrepujado su buena voluntad de permanecer despierto, y sonríe bondadosa; luego, con menos ruido del que puede hacer una mariposa posándose en una rosa, se sienta, para después arrodillarse. Ora con una sonrisa de bienaventurada en su rostro. Ora con los brazos extendidos casi en cruz, con las palmas hacia arriba y hacia adelante… y no parece cansarse de esa posición molesta. Luego se postra con el rostro contra el heno, adentrándose aún más en su oración; y la oración es larga.

José sale bruscamente de su sueño; ve mortecino el fuego y casi oscuro el establo. Echa un puñado de tamujo muy fino. La llama vuelve a chispear. Y va añadiendo ramitas cada vez mas gruesas; en efecto, el frío debe ser punzante, el frío de esa noche invernal, serena, que penetra por todas las partes de esas ruinas. El pobre José, estando como está cerca de la puerta –llamemos así a la abertura a la que hace de cortina su manto–, debe estar congelado. Acerca las manos a la llama, se quita las sandalias, acerca también los pies; así se calienta. Luego, cuando el fuego ha adquirido ya viveza y su luz es segura, se vuelve; no ve nada, ni siquiera la blancura del velo de María que antes dibujaba una línea clara sobre el heno oscuro. Se pone en pie y se acerca despacio a la yacija.

-«¿No duermes, María?»

pregunta. Lo pregunta tres veces, hasta que Ella torna en sí y responde:

29 2-«Estoy orando».

-«¿No necesitas nada?».

-«No, José».

-«Trata de dormir un poco, de descansar al menos».

-«Lo intentaré, pero la oración no me cansa».

-«Hasta luego, María».

-«Hasta luego, José».

María vuelve a su posición de antes. José, para no ceder otra vez al sueño, se pone de rodillas junto al fuego, y ora. Ora con las manos unidas en el rostro; de vez en cuando las separa para alimentar el fuego, y luego vuelve a su ferviente oración. Menos el ruido del crepitar de la leña y el del asno, que de tanto en tanto pega con una pezuña en el suelo, no se oye nada.

2        Un inicio de luna se insinúa a través de una grieta de la techumbre. Parece un filo de incorpórea plata que buscase a María. Se alarga a medida que la Luna va elevándose en el cielo y, por fin, la alcanza. Ya está sobre la cabeza de la orante, nimbándosela de candor. María levanta la cabeza como por una llamada celeste y se yergue hasta quedar de nuevo de rodillas. ¡Oh, qué hermoso es este momento! Ella levanta la cabeza, que parece resplandecer bajo la luz blanca de la Luna, y una sonrisa no humana la transfigura.

¿Qué ve? ¿Qué oye? ¿Qué siente? Sólo Ella podría decir lo que vio, oyó y sintió en la hora fúlgida de su Maternidad. Yo sólo veo que en torno a Ella la luz aumenta, aumenta, aumenta; parece descender del Cielo, parece provenir de las pobres cosas que están a su alrededor, parece, sobre todo, que proviene de Ella.

Su vestido, azul oscuro, parece ahora de un delicado celeste de miosota; sus manos, su rostro, parecen volverse azulinas, como los de uno que estuviera puesto en el foco de un inmenso zafiro pálido. Este color, que me recuerda, a pesar de ser más tenue, el que veo en las visiones del santo Paraíso, y también el que vi en la visión de la venida de los Magos, se va extendiendo progresivamente sobre las cosas, y las viste, las purifica, las hace espléndidas.

El cuerpo de María despide cada vez más luz, absorbe la de la luna, parece como si Ella atrajera hacia sí la que le puede venir del Cielo. Ahora ya es Ella la Depositaria de la Luz, la que debe dar esta Luz al mundo. Y esta venerable, incontenible, inmensurable, eterna, divina Luz que de un momento a otro va a ser dada, se anuncia con una alba, un lucero de la mañana, un coro de átomos de luz que aumenta, aumenta como una marea, sube, sube como incienso, baja como una riada, se extiende como un velo…

La techumbre, llena de grietas, de telas de araña, de cascotes que sobresalen y están en equilibrio por un milagro de estática, esa techumbre negra, ahumada, repelente, parece la bóveda de una sala regia. Los pedruscos son bloques de plata; las grietas, reflejos de ópalo; las telas de araña, preciosísimos baldaquinos engastados de plata y diamantes. Un voluminoso lagarto, aletargado entre dos bloques de piedra, parece un collar de esmeraldas olvidado allí por una reina; y un racimo de murciélagos en letargo, una lámpara de ónix de gran valor. Ya no es hierba el heno que cuelga del pesebre más alto, es una multitud de hilos de plata pura que oscilan temblorosos en el aire con la gracia de una cabellera suelta.

La madera oscura del pesebre de abajo parece un bloque de plata bruñida. Las paredes están recubiertas de un brocado en que el recamo perlino del relieve oculta el candor de la seda. Y el suelo… ¿Qué es ahora el suelo? Es un cristal encendido por una luz blanca; los salientes parecen rosas de luz arrojadas al suelo como obsequio; los hoyos, cálices valiosos de cuyo interior ascenderían aromas y perfumes.

3           La luz aumenta cada vez más. El ojo no la resiste. En ella desaparece, como absorbida por una cortina de incandescencia, la Virgen… y emerge la Madre. Sí. Cuando mi vista de nuevo puede resistir la luz, veo a María con su Hijo recién nacido en los brazos. Es un jesus niñoNiñito rosado y regordete, que gesticula, con unas manitas del tamaño de un capullo de rosa; que menea sus piececitos, tan pequeños que cabrían en el corazón de una rosa; que emite vagidos con su vocecita trémula, de corderito recién nacido, abriendo una boquita que parece una menuda fresa de bosque, y mostrando una lengüecita temblorosa contra el rosado paladar; que menea su cabecita, tan rubia que parece casi desprovista de cabellos, una cabecita redonda que su Mamá sostiene en la cavidad de una de sus manos, mirando a su Niño, adorándole, llorando y riendo al mismo tiempo… Y se corva para besarle, no en la inocente cabeza, sino en el centro del pecho, sobre ese corazoncito que palpita, que palpita por nosotros… en donde un día se abrirá la Herida. Su Mamá se la está curando anticipadamente, con su beso inmaculado.

El buey se ha despertado por el resplandor, se levanta haciendo mucho ruido con las pezuñas, y muge. El asno vuelve la cabeza y rebuzna. Es la luz la que los saca del sueño, pero me seduce la idea de pensar que hayan querido saludar a su Creador, por ellos mismos y por todos los animales.

4        Y José, que, casi en rapto, estaba orando tan intensamente que era ajeno a cuanto le rodeaba, también torna en sí, y por entre los dedos apretados contra el rostro ve filtrarse la extraña luz. Se descubre el rostro, levanta la cabeza, se vuelve. El buey, que está en pie, oculta a María, pero Ella le llama:

-«José, ven».

José acude. Cuando ve, se detiene, como fulminado de reverencia, y está casi para caer de rodillas en ese mismo lugar; pero María insiste: «Ven, José» y, apoyando la mano izquierda en el heno y teniendo con la derecha estrechado contra su corazón al Infante, se alza y se dirige hacia José, quien, por su parte, se mueve azarado por el contraste entre su deseo de ir y el temor a ser irreverente.

Junto a la cama para el ganado los dos esposos se encuentran, y se miran llorando con felicidad.

-«Ven, que ofrecemos a Jesús al Padre»

dice María. José se pone de rodillas. Ella, erguida, entre dos troncos sustentantes, alza a su Criatura en sus brazos y dice:

-«Heme aquí –por El, ¡Oh Dios!, te digo esto–, heme aquí para hacer tu voluntad. Y con El yo, María, y José, mi esposo. He aquí a tus siervos, Señor, para hacer siempre, en todo momento y en todo lo que suceda, tu voluntad, para gloria tuya y por amor a ti».

Luego María se inclina hacia José y, ofreciéndole el Infante le dice:

-«Toma, José».

-«¿Yo? ¿A mí? ¡Oh, no! ¡No soy digno!».

 29 4José se siente profundamente turbado, anonadado ante la idea de deber tocar a Dios. Pero María insiste sonriendo:

-«Bien digno eres de ello tú, y nadie lo es más que tú, y por eso el Altísimo te ha elegido. Toma, José, tenle mientras yo busco su ropita».

José, rojo como una púrpura, alarga los brazos y toma ese copito de carne que grita de frío; una vez que lo tiene entre sus brazos, no persiste en la intención de mantenerle separado de sí por respeto, sino que lo estrecha contra su corazón rompiendo a llorar fuertemente: «¡Oh! ¡Señor! ¡Dios mío!»;

y se inclina para besar los piececitos. Los siente fríos y entonces se sienta en el suelo y le recoge en su regazo, y con su indumento marrón y con las manos trata de cubrirle, calentarle, defenderle del cierzo de la noche. Quisiera acercarse al fuego, pero allí se siente esa corriente de aire que entra por la puerta. Mejor quedarse donde está, o, mejor todavía, entre los dos animales, que hacen de escudo al aire y dan calor. Y se pone entre el buey y el asno dando la espalda a la puerta, con su cuerpo hacia el Recién Nacido para hacer de su pecho una hornacina, cuyas paredes laterales son: una cabeza gris, con largas orejas; un hocico grande, blanco, con unos ojos húmedos buenos y un morro que exhala vapor.

5        María ha abierto el baulillo y ha sacado unos pañales y unas fajas, ha ido al fuego y las ha calentado. Ahora se acerca a José y envuelve al Niño en esos paños calentitos, y con su velo le cubre la cabeza.

-«¿Dónde le ponemos ahora?» pregunta.

José mira alrededor, piensa…

-«Mira –dice–, corremos un poco más para acá a los dos animales y la paja, y bajamos ese heno de allí arriba y le ponemos a El aquí dentro. La madera del borde le resguardará del aire, el heno será su almohada, el buey con su aliento le calentará un poquito. Mejor el buey. Es más paciente y tranquilo».

Y se pone manos a la obra mientras María acuna a su Niño estrechándole contra su corazón, con su carrillo sobre la cabecita para darle calor.

José reaviva el fuego, sin ahorrar leña, para hacer una buena hoguera, y se pone a calentar el heno, de forma que según lo va secando, para que no se enfríe, se lo va metiendo en el pecho; luego, cuando ya tiene suficiente para un colchoncito para el Infante, va al pesebre y lo dispone como una cunita.

-«Ya está» dice. «Ahora sería necesaria una manta, porque el heno pica; y además para taparle…».

-«Coge mi manto»

dice María.

-«Vas a tener frío».

-«¡Oh, no tiene importancia! La manta es demasiado áspera; el manto, sin embargo, es suave y caliente. Yo no tengo frío en absoluto. ¡Lo importante es que El no sufra más!».

José coge el amplio manto de suave lana azul oscura y lo dispone doblado encima de la paja, y deja un borde colgando fuera del pesebre. El primer lecho del Salvador está preparado. Su Madre, con dulce paso ondeante, le lleva al pesebre, en él le coloca, y le tapa con la parte del manto que había quedado fuera y con ella arropa también la cabecita desnuda, que se hunde en el heno, protegida apenas por el fino velo de María. Queda sólo destapada la carita, del tamaño de un puño de hombre, y los Dos, inclinados hacia el pesebre, le miran con gozo mientras duerme su primer sueño; en efecto, el calorcito de los paños y de la paja le ha calmado el llanto y le ha hecho conciliar el sueño al dulce Jesús.

«Yo, María, redimí a la mujer con mi Maternidad divina[9]»

6 Dice María:

«Te había prometido que El vendría a traerte su paz. ¿Te acuerdas de la paz que tenías durante los días de Navidad, cuando me veías con mi Niño? Entonces era tu tiempo de paz, ahora es tu tiempo de sufrimiento. Pero ya sabes que es en el sufrimiento donde se conquista la paz y toda gracia para nosotros y para el prójimo. Jesús–Hombre tornó a ser Jesús–Dios después del tremendo sufrimiento de la Pasión; tornó a ser Paz, Paz en el Cielo del que había venido y desde el cual, ahora, derrama su paz sobre aquellos que en el mundo le aman. Mas durante las horas de la Pasión, El, Paz del mundo, fue privado de esta paz. No habría sufrido si la hubiera tenido, y debía sufrir, sufrir plenamente.

7 Yo, María, redimí a la mujer con mi Maternidad divina, mas se trataba sólo del comienzo de la redención de la mujer. Negándome, con el voto de virginidad, al desposorio humano, había rechazado toda satisfacción concupiscente, mereciendo gracia de parte de Dios. Pero no bastaba, porque el pecado de Eva era árbol de cuatro ramas:

soberbia, avaricia, glotonería, lujuria. Y había que quebrar las cuatro antes de hacerle estéril en sus raíces.

8 Vencí la soberbia humillándome hasta el fondo. Me humillé delante de todos. No hablo ahora de mi humildad respecto a Dios; ésta deben tributársela al Altísimo todas las criaturas. La tuvo su Verbo. Yo, mujer, debía también tenerla. ¿Has reflexionado, más bien, alguna vez, en qué tipo de humillaciones tuve que sufrir de parte de los hombres y sin defenderme en manera alguna? Incluso José, que era justo, me había acusado en su corazón[10]. Los demás, que no eran justos, habían pecado de murmuración sobre mi estado, y el rumor de sus palabras había venido, como ola amarga, a estrellarse contra mi humanidad.

Y éstas fueron sólo las primeras de las infinitas humillaciones que mi vida de Madre de Jesús y del género humano me procuraron. Humillaciones de pobreza; la humillación de quien debe abandonar su tierra; humillaciones a causa de las reprensiones de los familiares y de las amistades, que, desconociendo la verdad, juzgaban débil mi forma de ser madre respecto a mi Jesús, cuando empezaba ya a ser un hombre; humillaciones durante los tres años de su ministerio; crueles humillaciones en el momento del Calvario; humillaciones hasta en el tener que reconocer que no tenía con qué comprar ni sitio ni perfumes para enterrar a mi Hijo.

9 Vencí la avaricia de los Progenitores renunciando con antelación a mi Hijo.

Una madre no renuncia nunca a su hijo, si no se ve obligada a ello. Ya sea la patria, o el amor de una esposa, o el mismo Dios quienes piden el hijo a su corazón, ella se resiste a la separación. Es natural que sea así. El hijo crece dentro de nosotras, y el vínculo de su persona con la nuestra jamás queda completamente roto. A pesar de que el conducto del vital ombligo haya sido cortado, siempre permanece un nervio que nace en el corazón de la madre (un nervio espiritual, más vivo y sensible que un nervio físico) y arraiga en el corazón del hijo, y que siente como si le estiraran hasta el límite de lo soportable, si el amor de Dios o de una criatura, o las exigencias de la patria alejan al hijo de la madre; y que se rompe, lacerando el corazon, si la muerte arranca un hijo a su madre.

Yo renuncié, desde el momento en que le tuve, a mi Hijo. A Dios se lo di, a vosotros os lo di. Me despojé del Fruto de mi vientre para dar reparación al hurto de Eva del fruto de Dios.

10 Vencí la glotonería, tanto de saber como de gozar, aceptando saber únicamente lo que Dios quería que supiera, sin preguntarme a mí misma, sin preguntarle a El, más de cuanto se me dijera. Creí sin indagar. Vencí la gula de gozar porque me negué todo deleite del sentido. Mi carne la puse bajo las plantas de mis pies. Puse la carne, instrumento de Satanás, y con ella al mismo Satanás, bajo mi calcañar para hacerme así un escalón para acercarme al Cielo. ¡El Cielo!… Mi meta. Donde estaba Dios. Mi única hambre. Hambre que no es gula sino necesidad bendecida por Dios, por este Dios que quiere que sintamos apetito de El.

11 Vencí la lujuria, que es la gula llevada a la exacerbación. En efecto, todo vicio no refrenado conduce a un vicio mayor. Y la gula de Eva, ya de por sí digna de condena, la condujo a la lujuria; efectivamente, no le bastó ya el satisfacerse sola sino que quiso portar su delito a una refinada intensidad; así conoció la lujuria y se hizo maestra de ella para su compañero. Yo invertí los términos y, en vez de descender, siempre subí; en vez de hacer bajar, he llamado siempre hacia arriba; y de mi compañero, que era un hombre honesto, hice un ángel.

Es ese momento en que poseía a Dios, y con El sus riquezas infinitas, me apresuré a despojarme de todo ello diciendo: “Que por El se haga tu voluntad y que El la haga”. Casto es aquel que controla no sólo su carne, sino también los afectos y los pensamientos. Yo tenía que ser la Casta para anular a la Impúdica de la carne, del corazón y de la mente. Me mantuve comedida sin decir ni siquiera de mi Hijo, que en la tierra era sólo mío, como en el Cielo era solamente de Dios: “Es mío y para mí le quiero”.

12 Y a pesar de todo no era suficiente para que la mujer pudiera poseer la paz que Eva había perdido. Esa paz os la procuré al pie de la Cruz, viendo morir a Aquel que tú has visto nacer. Y, cuando me sentí arrancar las entrañas ante el grito de mi Hijo, quedé vacía de toda feminídad de connotación humana: ya no carne sino ángel. María, la Virgen desposada con el Espíritu, murió en ese momento; quedó la Madre de la Gracia, la que os generó la Gracia desde su tormento y os la dio. La hembra, a la que había vuelto a consagrar mujer la noche de Navidad, a los pies de la Cruz conquistó los medios para venir a ser criatura del Cielo.

Esto hice yo por vosotras, negándome toda satisfacción, incluso las satisfacciones santas. De vosotras, reducidas por Eva a hembras no superiores a las compañeras de los animales, he hecho –basta con que lo queráis– las santas de Dios. Por vosotras subí, y, como a José, os elevé. La roca del Calvario es mi Monte de los Olivos. Ese fue mi impulso para llevar al Cielo, santificada de nuevo, el alma de la mujer, junto con mi carne, glorificada por haber llevado al Verbo de Dios y anulado en mí hasta el último vestigio de Eva, la última raíz de aquel árbol de las cuatro ramas venenosas, aquel árbol que tenía hincada su raíz en el sentido y que había arrastrado a la caída a la humanidad, y que hasta el final de los siglos y hasta la última mujer os morderá las entrañas. Desde allí, donde ahora resplandezco envuelta en el rayo del Amor, os llamo y os indico cuál es la Medicina para venceros a vosotras mismas: la Gracia de mi Señor y la Sangre de mi Hijo.

13 Y tú, voz mía, haz descansar a tu alma con la luz de esta alborada de Jesús para tener fuerza en las futuras crucifixiones que no te van a ser evitadas, porque te queremos aquí, y aquí se viene a través del dolor; porque te queremos aquí, y más alto se viene cuanto mayor ha sido la pena sobrellevada para obtener Gracia para el mundo.

Ve en paz. Yo estoy contigo».

[1] Cfr. Lc. 2, 1–5.

[2] de Florencia que usted tanto aprecia, padre.

[3] Cfr. Núm. 24, 17; Gén. 35, 18–20; 48, 7.

[4] Cfr. Miq. 5, 2.

[5] Cfr. Lc. 2, 4–5.

[6] Cfr. Ver dice Maria al final de la pág. 17 de la primera parte del especial de navidad.

[7] Cfr. Lev. 12, 2.

[8] Cfr. Lc. 2, 6–7.

[9] Para lo dicho en este cap. cfr. cap. 17, pág. 93, not. 82: La Escritora trata aquí del Pecado Original. Para comprender su pensamiento cfr. Apéndice, pág. 255.

[10] Cfr. cap. 25, pág. 24, not. 26 de la primera parte del especial navidad.

 

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27/12/2015 Evangelio según San Lucas 2,41-52.

Fiesta de la Sagrada Familia: Jesús, María y José

Santo(s) del día : San Juan, apóstol y evangelista,  Beato José María Corbín Ferrer
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Leer el comentario del Evangelio por : San Juan Pablo II
La Sagrada Familia y nuestras familias

Antes del capitulo 41, correspondiente al evangelio de este domingo, transcribo las hermosas visiones de MV sobre el Niño-Dios, sobre su personalidad a sus doce años y las maravillosas enseñanzas de Jesús sobre estas especialisimas visiones sobre todo las referidas a como deben ser las familias cristianas.
Los santos evangelios tienen pocas referencias a esta etapa de la vida del Señor, disfrutemoslas y aprendamos. Mucho se nos devela de ellas, que si Jesús sabia leer, que quien le enseñó, que aprendió. Muchas cosas se han especulado sobre estos años de Jesús, tengamos presente que estos hijos de este bendito pueblo de Israel aunque humildes pescadores como Pedro, recitaban los salmos de memoria como nosotros el ave maría: el culto era muy estricto, con muchos preceptos y estos hombres contemporáneos de Je sus los vivían como algo cotidiano.
El episodio del evangelio se desarrolla en el capitulo 41, los precedentes (37-38-39 y 40) entre un Jesús de cinco años y el de doce.

Nacimiento y vida oculta de María y Jesús.

37. Primera lección de trabajo a Jesús, que se sujetó a la regla de la edad.

21 de marzo de 1944.

1       Veo aparecer, dulce como un rayo de sol en día lluvioso, a mi Jesús, pequeñuelo de unos cinco años aproximadamente, todo rubio y todo lindo con un sencillo vestidito azul celeste que le llega hasta la mitad de sus bien contorneados muslos.

        Está jugando con la tierra en el pequeño huerto. Está haciendo montoncillos de tierra, y plantando encima ramitas, como si fueran bosques en miniatura; con piedrecitas marca los senderos. Luego intenta hacer un pequeño lago en la base de sus minúsculas colinas. Para ello coge un fondo de alguna pieza vieja de loza y lo entierra hasta el borde; luego lo llena de agua con una botija que zambulle en un pilón usado como lavadero o para regar el huerto. Pero lo único que consigue es mojarse el vestido, sobre todo las mangas. El agua se sale del plato desportillado, y, tal vez, rajado, y… el lago se seca.

        José ha salido a la puerta y, silencioso, se queda un tiempo mirando todo ese trabajo que está haciendo el Niño, y sonríe. En efecto, es un espectáculo que hace sonreír de alegría. Luego, para impedir que Jesús se moje más, le llama. Jesús se vuelve sonriendo, y, viendo a José, corre hacia él con sus bracitos tendidos hacia adelante. José, con el borde de su indumento corto de trabajo, le seca las manitas llenas de tierra y se las besa. Y comienza un dulce diálogo entre los dos.

Jesús explica su trabajo y su juego, así como las dificultades que había encontrado para llevarlo a cabo. Quería hacer un lago como el de Genesaret (por ello supongo que le habían hablado de él o que le habían llevado a verlo). Quería hacerlo en pequeño, como entretenimiento. Aquí estaba Tiberíades, allí Magdala, allí Cafarnaúm. Esta era la vía que llevaba, pasando por Caná, a Nazaret. Quería botar al lago unas barquitas –estas hojas son barcas– e ir a la otra orilla. Pero, el agua se sale…

José observa y se interesa tomándolo todo con seriedad. Luego propone hacer él “mañana” un pequeño lago, no con el plato desportillado, sino con un pequeño recipiente de madera, bien estucado y empecinado, en el que Jesús podrá botar verdaderas barquitas de madera que José le va a enseñar a hacer. 2 Precisamente en este momento le iba a traer unas pequeñas herramientas de trabajo, adecuadas para El; para que pudiera aprender, sin mayor esfuerzo, a usarlas.

«¡Así te podré ayudar!» dice Jesús con una sonrisa.

«Así me podrás ayudar, y te harás un hábil carpintero. Ven a verlas».

Y entran en el taller. Y José le muestra un pequeño martillo, una sierra pequeña, unos minúsculos destornilladores, una garlopa como de juguete; todo ello puesto encima de un banco de carpintero recién hecho: un banco adecuado a la estatura del pequeño Jesús.

«¿Ves cómo se sierra? Se apoya este pedazo de madera así. Se coge la sierra así, y, con cuidado de no ir a los dedos, se sierra. Prueba tú…».

Y empieza la lección. Y Jesús, rojo del esfuerzo y apretando los labios, sierra con cuidado, y luego alisa la tablita con la garlopa, y, a pesar de que esté no poco torcida, le parece bonita, y José le alaba y le enseña a trabajar, con paciencia y amor.

3       María regresa –estaba fuera de casa–, se asoma a la puerta y mira. Ninguno de los dos la ve porque están vueltos de espaldas. La Madre sonríe al ver el interés con que Jesús usa la garlopa, y el afecto con que José le enseña.

Pero Jesús debe sentir esa sonrisa. Se vuelve. Ve a su Mamá y corre hacia Ella con su tablita medio cepillada y se la enseña. María observa con admiración y se inclina hacia Jesús para darle un beso. Le pone en orden los ricitos despeinados, le seca el sudor de su cara acalorada, y, afectuosa, le escucha cuando Jesús le promete que le va a hacer una banquetita para que trabaje más cómoda.

José, erguido junto al minúsculo banco, apoyada su mano en uno de los lados, mira y sonríe.

He presenciado la primera lección de trabajo a mi Jesús. Y toda la paz de esta Familia santa está en mí.

«Quise observar las etapas de mi edad»

4 Dice Jesús:

«Te he confortado, alma mía, con una visión de mi niñez, feliz dentro de su pobreza por haber estado rodeada del afecto de dos santos mayores, de los cuales el mundo no tiene ninguno.

5 Se dice que José fue el padre nutricio mío. ¡Cierto es que, si bien no pudo, como hombre, darme la leche con que me nutrió María, sí se quebrantó a sí mismo trabajando para darme pan y confortación, y tuvo una dulzura de sentimientos de verdadera madre! De él aprendí –y jamás alumno alguno tuvo un maestro mejor– todo aquello que hace del niño un hombre; un hombre, además, que ha de ganarse el pan.

Si bien mi inteligencia de Hijo de Dios era perfecta, hay que reflexionar y creer que Yo no quise saltarme sin más la regla de la edad. Por eso, humillando mi perfección intelectiva de Dios hasta el nivel de una perfección intelectiva humana, me sujeté a tener como maestro a un hombre, a tener necesidad de un maestro. Y el hecho de haber aprendido con rapidez y buena voluntad no me quita el mérito de haberme sujetado[1]186 a un hombre, como tampoco le quita a este hombre justo el de haber sido él quien nutrió mi pequeña mente con las nociones necesarias para la vida.

Esas gratas horas pasadas al lado de José (quien, como a través de un juego, me puso en condiciones de ser capaz de trabajar), esas horas, no las olvido ni siquiera ahora que estoy en el Cielo. Y cuando miro a mi padre putativo, veo nuevamente el huertecito y el humoso taller, y me parece ver a mi Madre asomándose con esa sonrisa suya que hacía de oro el lugar y dichosos a nosotros.

6 ¡Cuánto deberían las familias aprender de estos esposos perfectos, que se amaron como ningunos otros lo hicieran!

José era la cabeza. Clara e indiscutible era su autoridad familiar; ante ella se plegaba reverente la de la Esposa y Madre de Dios; a ella se sujetaba el Hijo de Dios. Todo lo que José decidía, bien hecho estaba; sin discusiones, sin obstinaciones, sin resistencia alguna.

Su palabra era nuestra pequeña ley. ¡Y, a pesar de ello, cuánta humildad tuvo! Jamás abusó de su poder, jamás dictaminó cosa alguna contra todo canon, simplemente por ser el jefe. La Esposa era su dulce consejera, y aunque Ella, en su profunda humildad, se considerase la sierva de su consorte, éste extraía, de su sabiduría de Llena de Gracia, la luz para conducirse en todo lo que acaecía.

Y Yo así fui creciendo, cual flor protegida por dos vigorosos árboles, entre estos dos amores que se entrelazaban por encima de mí para protegerme y amarme.

No. Mientras la edad me hizo ignorar el mundo, Yo no sentí nostalgia del Paraíso.

Presentes estaban Dios Padre y el Divino Espíritu, pues María estaba llena de Ellos. Y los ángeles allí moraban, porque nada les hacía alejarse de esa casa. Y hasta podría decir que uno de ellos se había revestido de carne y era José, alma angélica liberada del peso de la carne, dedicada sólo a servir a Dios y a su causa y a amarle como le aman los serafines. ¡Oh, la mirada de José!: pacífica y pura como la de una estrella ajena a toda concupiscencia terrena. Era nuestro descanso y nuestra fuerza.

7 Hay muchos que piensan que Yo no sufrí humanamente cuando la muerte apagó esa mirada de santo, esa mirada celadora presente en nuestra casa. Si bien, siendo Dios –y, como tal, conociendo la feliz ventura de José– no me apenó su partida (que tras breve estancia en el Limbo le había de abrir el Cielo), como Hombre sí lloré en esa casa privada de su amorosa presencia. Lloré por el amigo desaparecido. ¿Y es que, acaso, no debía haber llorado por este santo mío, en cuyo pecho, de pequeño, yo había dormido, y del cual había recibido amor durante tantos años?

8 Finalmente pongo ante la consideración de los padres cómo sin contar con una erudición pedagógica, José supo hacer de mí un hábil artesano. Apenas llegado Yo a la edad que me permitía manejar las herramientas, no dejándome saborear la ociosidad, me encaminó al trabajo, y se sirvió sobre todo de mi amor por María para estimularme a trabajar: hacer aquellos objetos que le fueran útiles a Mamá. Y así se inculcaba el debido respeto que todo hijo debería tener hacia su madre, y sobre este respetuoso y amoroso fulcro apoyaba la formación del futuro carpintero.

¿Dónde están ahora las familias en que, a los pequeños se les haga amar el trabajo como medio para realizar algo grato a los padres? Los hijos, actualmente, son los déspotas de la casa. Se desarrollan indiferentes, duros, mezquinos para con sus padres, a quienes consideran a su servicio, como si fueran sus esclavos; no los aman, y de ellos reciben a su vez poco amor. En efecto, al mismo tiempo que hacéis de vuestros hijos unos déspotas caprichosos, os separáis de ellos desentendiéndoos vergonzosamente.

Padres del siglo veinte, vuestros hijos son de todos menos vuestros: son de la nodriza, de la institutriz, del colegio, si sois ricos; de los compañeros, de la calle, de las escuelas, si sois pobres. No son vuestros. Vosotras, madres, los generáis, nada más; vosotros, padres, hacéis lo mismo. Y, sin embargo, un hijo no es sólo carne; es mente, es corazón, es espíritu. Creed, pues, que nadie tiene más deber y derecho que un padre y una madre de formar esta mente, este corazón, este espíritu.

9 La familia existe, debe existir. No hay teoría o progreso alguno que pueda válidamente demoler esta verdad sin provocar un desastre. Una institución familiar desmoronada sólo puede dar futuros hombres y mujeres cada vez más depravados, causa a su vez de calamidades crecientes. En verdad os digo que sería preferible que no os casarais más, que no engendrarais más sobre esta tierra, en lugar de tener estas familias menos unidas que un clan de monos, estas familias que no son escuela de virtud, de trabajo, de amor, de religión, sino un caos en que todos viven autónomamente, como engranajes desengranados que al final terminan por romperse.

Seguid, seguid destruyendo. Ya estáis viendo y sufriendo, los frutos de vuestra acción quebrantadora de la forma más santa de la vida social. Seguid, seguid, si queréis. Pero luego no os quejéis de que este mundo sea cada vez más infernal, morada de monstruos devoradores de familias y naciones. ¿Así lo queréis? Pues sea así».

38. María, maestra de Jesús, Judas y Santiago[2]187.

29 de octubre de 1944.

1 Dice Jesús:

«Ven, pequeño Juan, y observa. Retrocede a los años de mi niñez, agarrada de mi mano, de esta mano mía que te guía. Todo cuanto veas deberá incluirse en el Evangelio de mi infancia, donde quiero que quede recogida también la visión relativa a la permanencia de la Familia en Egipto. Lo pondréis de la siguiente manera: la Familia en Egipto; luego, la primera lección de trabajo de Jesús niño; luego, la que vas a describir ahora, luego, la escena de la mayoría de edad (prometida hoy, 25–11)[3]188; por último, la visión de Jesús entre los doctores en el Templo en su 12a Pascua. Motivo tiene también lo que ahora vas a ver; es más, proyecta luz sobre algunos puntos de mis primeros años, y sobre las relaciones entre los parientes. Esto es un regalo para ti, en esta fiesta mía de la Regalidad; para ti, que sientes cómo se transvasa a ti la paz de la casa de Nazaret cuando la ves. Escribe».

2       Veo la habitación que habitualmente usan como comedor, la misma en que María teje o cose. Es la habitación contigua al taller de José, cuyo diligente trabajar se siente; aquí hay, por el contrario, silencio. María está cosiendo unas piezas de lana alargadas, ciertamente tejidas por Ella, que tienen aproximadamente medio metro de anchas y un poco más del doble de largas; creo entender que están destinadas a ser un manto para José.

Por la puerta abierta de la parte del huerto–jardín se ve el seto formado por unas matas de enredado ramaje de esas margaritas pequeñas de color azul–violeta que comúnmente se llaman “Marías” o “Cielo estrellado”. Desconozco su exacto nombre botánico. Están florecidas. Por tanto, debe ser otoño. De todas formas, los árboles tienen todavía un follaje verde tupido y hermoso, y las abejas, desde dos colmenas adosadas a una pared soleada, vuelan zumbando, danzando y brillando al sol, de una higuera a la vid, de ésta a un granado lleno de redondos frutos, algunos de los cuales han estallado ya por exceso de vigor y muestran sus collares de jugosos rubíes, alineados en el interior de su verde–rojo cofre, de compartimentos amarillos.

3       Bajo los árboles, Jesús está jugando con otros dos niños de más o menos su misma edad. Son de pelo rizado, no rubios. Es más, uno de ellos es intensamente moreno: una cabecita de corderito negro que hace resaltar aún más la blancura de la piel de su carita redonda en que se abren dos ojazos de un azul tendente al violáceo; bellísimos. El otro es menos rizado y de un color castaño oscuro, tiene ojos castaños y coloración más morena, aunque con una tonalidad rosácea en las mejillas. Jesús, con su cabecita rubia, entre los otros dos, oscuros, parece ya aureolado de fulgor. Están jugando en concordia con unos pequeños carritos en los que hay… distintas mercancías: hojas, piedrecitas, virutas, pedacitos de madera. Eran mercaderes, sin duda, y Jesús era el que compraba para su Mamá, a la que le lleva ora una cosa, ora otra; María, sonriendo, acepta los objetos comprados.

Pero después de un poco el juego cambia. Uno de los dos niños propone:

«¿Por qué no hacemos el Exodo a través de Egipto? Jesús es Moisés; yo, Aarón; tú… María».

«¡Pero si yo soy chico!».

«¡No importa! ¿Qué más da? Tú eres María y bailas ante el becerro de oro[4]189, que será aquella colmena».

«Yo no bailo. Soy un hombre y no quiero ser una mujer; soy un fiel, y no quiero bailar ante el ídolo».

Jesús interviene diciendo:

«Pues no hacemos este pasaje. Podemos hacer ese otro de cuando le eligen a Josué sucesor de Moisés[5]190. Así no está ese feo pecado de idolatría y Judas estará contento de ser hombre y sucesor mío. ¿Verdad que estás contento?».

«Sí, Jesús. Pero entonces Tú tienes que morir, porque Moisés muere después. No quiero que Tú mueras; Tú, que siempre me quieres tanto».

«Todos morimos… Pero Yo antes de morir bendeciré a Israel, y, dado que aquí sólo estáis vosotros, en vosotros bendeciré a todo Israel».

Es aceptada la propuesta. Pero luego surge una cuestión: si el pueblo de Israel, después de tanto caminar, llevaba o no los carros que tenía al salir de Egipto. Hay disparidad de ideas. Se recurre a María.

«Mamá, Yo digo que los israelitas tenían todavía los carros. Santiago dice que no. Judas no sabe a quién de los dos dar la razón. ¿Tú sabes si los tenían?».

«Sí, Hijo. El pueblo nómada tenía todavía sus carros. En los descansos los reparaban. Montaban en ellos los más débiles. Se cargaba en ellos aquellos víveres o cosas que un pueblo tan numeroso necesitaba. Todas las demás cosas iban en los carros, menos el Arca, que la llevaban a mano».

La cuestión está resuelta.

4       Los niños van al final del huerto y, desde allí, entonando salmos, vienen hacia la casa. Jesús viene delante cantando salmos con su vocecita de plata. Detrás de El vienen Judas y Santiago portando un pequeño carrito elevado al rango de Tabernáculo. Pero, dado que además de a Aarón y a Josué tienen que representar también al pueblo, se han quitado los cinturones y se han atado al pie los otros carros en miniatura, y así caminan, serios como si fueran verdaderos actores.

        Hacen el recorrido de la pérgola, pasan por delante de la puerta de la habitación donde está María, y Jesús dice: «Mamá, pasa el Arca, salúdala». María se levanta sonriendo y se inclina ante su Hijo, que, radiante, pasa, aureolado de sol.

Acto seguido Jesús trepa un poco por el lado del monte que limita la casa, o mejor, el huerto. Arriba de la gruta, erguido, dirige unas palabras a… Israel. Manifiesta los preceptos y las promesas de Dios, señala a Josué como caudillo, le llama a sí –Judas también sube arriba de la peña–, le anima y le bendice. Luego pide una… tabla (es la hoja ancha de una higuera) y escribe el cántico, y lo lee; no todo, pero sí una buena parte de él, y al hacerlo da la impresión de que realmente lo estuviera leyendo en la hoja. A continuación se despide de Josué, el cual le abraza llorando, y sube más arriba, justo hasta el borde de la peña. Allí bendice a todo Israel, es decir, a los dos niños que están prosternados en tierra, y luego se acuesta sobre la corta hierbecilla, cierra los ojos y… muere.

5       María se había quedado, sonriente, a la puerta, y, cuando le ve echado en el suelo, rígido, grita:

«¡Jesús! ¡Jesús! ¡Levántate! ¡No estés así! ¡Mamá no quiere verte muerto!».

Jesús se levanta del suelo, sonríe, y va hacia Ella corriendo, y la besa. Se acercan lo mismo Santiago y Judas, y María los acaricia también.

«¿Cómo puede acordarse Jesús de ese cántico tan largo y difícil y de todas esas bendiciones?»

pregunta Santiago. María sonríe y responde sencillamente:

«Tiene una memoria muy buena y está muy atento cuando yo leo».

«Yo, en la escuela, estoy atento, pero con tanta lamentación me viene el sueño… Entonces, ¿no voy a aprender nunca?».

«Aprenderás. Tranquilo».

6       Llaman a la puerta. José atraviesa con paso rápido huerto y habitación, y abre.

«¡La paz sea con vosotros, Alfeo y María!».

«Y con vosotros. Paz y bendición».

Es el hermano de José con su mujer. Un rústico carro tirado por un robusto burro está parado en la calle.

«¿Habéis tenido buen viaje?».

«Sí, bueno. ¿Y los niños?».

«Están en el huerto con María».

Ya los niños venían corriendo a saludar a su mamá. También María está viniendo, trayendo a Jesús de la mano. Las dos cuñadas se besan.

«¿Se han portado bien?».

«Sí, muy bien, y han sido muy cariñosos. ¿La familia está toda bien?».

«Todos están bien. Nos han dado recuerdos para vosotros. De Caná os mandan muchos regalos: uvas, manzanas, queso, huevos, miel. Y… José, he encontrado exactamente lo que tú querías para Jesús. Está en el carro, en aquella cesta redonda».

La mujer de Alfeo, sonriendo, se curva hacia Jesús, que la está mirando con unos ojos maravillados, abiertísimos; y le besa en esos dos pedacitos de azul y dice:

«¿Sabes lo que he traído para ti? Adivina».

Jesús piensa, pero no adivina. Probablemente lo hace a propósito, para que José tenga la alegría de dar una sorpresa. En efecto, José entra trayendo consigo una cesta redonda. La deposita en el suelo a los pies de Jesús, desata la cuerda que está sujetando la tapadera, la levanta… y una ovejita toda blanca, un verdadero copo de espuma, aparece, dormida sobre un heno muy limpio.

«¡Oh!» exclama Jesús con estupor y felicidad, mientras hace ademán de echarse hacia el animalito, pero… no, se vuelve y corre adonde José, que aún está agachado, y le abraza y le besa dándole las gracias.

Los primitos miran con admiración al animalito, que ahora está despierto y alza su rosado morrito y bala buscando a su mamá. Sacan de la cesta a la ovejita y le ofrecen un manojo de tréboles. Ella come, mirando a su alrededor con sus mansos ojos. Jesús repite una y otra vez:

«¡Para mí! ¡Para mí! ¡Padre, gracias!».

«¿Te gusta mucho?».

«¡Oh, mucho! Blanca, limpia… una cordera… ¡Oh!»

y le echa sus bracitos al cuello a la ovejita, pone su cabeza rubia sobre la cabecita, y se queda así, satisfecho.

«También os he traído a vosotros otras dos»

dice Alfeo a sus hijos.

«Pero son de color oscuro. Vosotros no sois ordenados como lo es Jesús y, si hubieran sido blancas, las tendríais mal. Serán vuestro rebaño, las tendréis juntas, y así vosotros dos, golfos, no estaréis ya más por ahí por las calles tirando piedras».

Los dos niños van corriendo al carro para ver a estas otras dos ovejas, más negras que blancas.

Jesús por su parte se ha quedado con la suya. La lleva al huerto, la da de beber, y el animalito le sigue como si le conociera desde siempre. Jesús la llama. Le pone por nombre «Nieve». Ella responde balando jubilosa.

Los llegados ya están sentados a la mesa. María les sirve pan, aceitunas y queso. Trae también una ánfora de sidra o de agua de manzanas, no lo sé; veo que es de un color dorado muy claro.

Los niños juegan con los tres animales y ellos se ponen a conversar. Jesús quiere que estén las tres ovejas, para darles a las otras también agua y un nombre:

«La tuya, Judas, se llamará “Estrella” por el signo ese que tiene en la frente; y la tuya “Llama”, porque tiene un color como el de ciertas llamas de brezo lánguido».

«De acuerdo».

Los mayores dicen –es Alfeo el que habla:

«Espero haber resuelto así la historia de las peleas entre muchachos. Tu idea, José, ha sido la que me ha iluminado. Dije: “Mi hermano quiere una cordera para Jesús, para que juegue un poco. Yo me llevo dos para esos golfos, para que estén un poco tranquilos y no tener siempre problemas con otros padres por cabezas o rodillas rotas. Un poco la escuela y un poco las ovejas, lograré tenerlos quietos”.

7 Por cierto, este año tendrás que mandar tú también a Jesús a la escuela. Ya es tiempo».

«Yo no voy a mandarle jamás a Jesús a la escuela» dice María con tono resoluto.

Resulta insólito oírla hablar así, y además antes que José (!).

«¿Por qué? El Niño tiene que aprender, para que a su debido tiempo sea capaz de afrontar el examen de la mayoría de edad…».

«El Niño sabrá; pero no irá a la escuela. Está decidido».

«Pues serías la única que actuara así en Israel».

«Pues seré la única, pero actuaré así. ¿No es verdad, José?».

«Así es; Jesús no tiene necesidad de ir a la escuela. María se ha formado en el Templo y es una verdadera doctora en el conocimiento de la Ley. Será su Maestra. Es también mi deseo».

«Le estáis mimando demasiado al Muchacho».

«Eso no puedes decirlo. Es el mejor de Nazaret. ¿Le has visto alguna vez llorar o cogerse alguna pataleta o negarse a obedecer o faltar al respeto?».

«No. Pero un día será así si le seguís mimando».

«Tener al lado a los hijos no es mimarlos; es quererlos, con mente cabal y buen corazón. Nosotros amamos así a nuestro Jesús, y, dado que María es una mujer más instruida que el maestro, será Ella la Maestra de Jesús».

«Y cuando sea hombre, tu Jesús será una mujercita temerosa hasta de las moscas».

«No lo será. María es una mujer fuerte y sabe educarle virilmente; y yo no soy ningún mezquino, y sé dar ejemplos viriles. Jesús es un niño sin defectos físicos ni morales. Por tanto se desarrollará recto y fuerte en el cuerpo y en él espíritu. Estáte seguro de esto, Alfeo. No dejará fea a la familia. Y, además, ya lo he decidido y es suficiente».

«Lo habrá decidido María. Tú sólo…».

«¿Y si así fuera? ¿No es acaso bonito que dos personas que se aman estén en la disposición de tener el mismo pensamiento y la misma voluntad, porque mutuamente abrazan el deseo del otro y lo hacen propio? Si María desease estupideces, yo le diría que no, pero lo que pide son cosas llenas de sabiduría, y yo las apruebo y hago mías.

Nosotros nos amamos como el primer día… y lo seguiremos haciendo mientras vivamos, ¿verdad, María?».

«Sí, José. Y aun en el caso –y ojalá no suceda jamás– de que uno de los dos muriese y el otro no, nos seguiríamos amando».

José le acaricia a María la cabeza, como si fuera una hija pequeña, y Ella a su vez le mira con ojos serenos y amorosos.

8       La cuñada interviene diciendo:

«Tenéis realmente razón. ¡Si yo fuera capaz de enseñar!… En la escuela nuestros hijos aprenden el bien y el mal; en casa, sólo el bien. Pero yo no sé hacerlo… Si María…».

«¿Qué quieres, cuñada? Habla libremente. Tú sabes que te quiero y que me siento contenta cada vez que puedo satisfacerte en algo».

«No, yo lo que pensaba… era… Santiago y Judas son sólo un poco mayores que Jesús. Ya van a la escuela… ¡pero, para lo que saben!… Por el contrario, Jesús ya sabe muy bien la Ley…. Yo quisiera… bueno, ¿si te pidiera que los tuvieras también a ellos cuando enseñas a Jesús? Creo que ganarían en bondad y en conocimientos. Al fin y al cabo son primos y sería justo que se quisieran como hermanos… ¡Qué feliz me sentiría!».

«Si José y tu marido quieren, yo por mí estoy dispuesta. Hablar para uno o para tres es igual. Repasar la Escritura es motivo de gozo. Que vengan».

Los tres niños, que habían entrado despacito, han oído estas palabras y están a la espera del veredicto.

«Te harán desesperar, María» dice Alfeo.

«¡No! Conmigo siempre se portan bien. ¿Verdad que os vais a portar bien si yo os enseño?».

Los dos niños acuden a su lado corriendo, uno a la derecha, el otro a la izquierda. Le ponen los brazos en torno a los hombros apoyando en ellos sus cabecitas, y hacen promesas de todo el bien posible.

«Déjales que prueben, Alfeo, y déjame probar también a mí. Yo creo que no quedarás descontento de la prueba. Que vengan todos los días desde la hora sexta hasta la tarde. Será suficiente, créelo. Conozco el arte de enseñar sin cansar. A los niños hay que tenerlos cautivados y distraídos al mismo tiempo. Hay que comprenderlos, amarlos y ser amados para conseguir de ellos. Y vosotros me queréis, ¿no?».

La respuesta es dos fuertes besos.

«¿Lo ves?».

«Ya lo veo. Sólo me queda decirte: Gracias. Y Jesús ¿qué va a decir cuando vea a su mamá entretenida en otros? ¿Tú qué dices, Jesús?».

«Yo digo: “‘Bienaventurados los que le prestan atención y levantan su morada junto a la de Ella”[6]191. Como con la Sabiduría, dichoso aquel que es amigo de mi Madre. Me gozo viendo que aquéllos a quienes amo son sus amigos».

«¿Quién pone tales palabras en labios de este Niño?» pregunta Alfeo asombrado.

«Nadie, hermano, nadie de este mundo».

La visión cesa en este momento.

* * *

9 Dice Jesús:

«Y María fue Maestra mía, de Santiago y de Judas. Y éste es el motivo por el cual hubo entre nosotros amor fraternal, además de por el parentesco; por la ciencia y por haber crecido juntos, como tres sarmientos con un único palo como soporte: la Madre mía. Que en verdad mi dulce Madre era doctora como nadie en Israel. Sede de la Sabiduría, de la verdadera Sabiduría, Ella nos instruyó para el mundo y para el Cielo. Digo que “nos instruyóporque yo fui alumno suyo no en modo distinto de mis primos. Y el “sellocolocado sobre el misterio de Dios fue mantenido contra las pesquisas de Satanás, mantenido bajo la apariencia de una vida común.

¿Te has deleitado con esta delicada escena? Queda ahora en paz. Jesús está contigo».

39. Preparativos para la mayoría de edad de Jesús y salida de Nazaret.

25 de noviembre de 1944.

1        He recibido una promesa suya. Yo le decía: «Jesús, ¡cuánto me gustaría ver la ceremonia de la mayoría de edad tuya!». Y El me respondió:

«Será lo primero que te dé en cuanto podamos estar “nosotros” sin menoscabo del misterio. Y la vas a poner después de la escena que te he dado hace poco tiempo (29–10) de mi Madre como Maestra mía y de Judas y Santiago. La pondrás entre ésta y la Disputa en el Templo».

19 de diciembre de 1944.

2       Veo a María encorvada hacia una batea, o, mejor, un barreño de barro, mezclando algo que despide vapor en el aire frío y sereno que llena el huerto de Nazaret.

Debe ser pleno invierno. Lo deduzco del hecho de que, menos los olivos, todos los árboles están deshojados y exhaustos. Arriba, un cielo tersísimo y un Sol que aun siendo radiante no logra templar la tramontana que hay, que sopla y hace chocar unas con otras las desnudas ramas u ondular las ramitas entre grises y verdes de los olivos.

La Virgen María lleva un vestido tupido de color marrón casi negro, que la cubre enteramente. Se ha colocado delante una tela basta, a manera de mandil, para protegerlo. Saca de la tina el palo con que estaba removiendo el contenido. Veo que del palo caen gotas de un bonito color bermejo. María observa, se moja un dedo con las gotas que caen, y prueba el color en el mandil. Parece satisfecha.

Entra en la casa y vuelve a salir con muchas madejas de blanquísima lana, y las echa, una a una, en la tina, con paciencia y cautela.

3       Mientras está haciendo esto, entra su cuñada –que viene del taller de José– María de Alfeo. Se saludan. Se hablan.

«¿Queda bien?» pregunta María de Alfeo.

«Espero que sí».

«Me aseguró esa gentil que se trata de la misma tinta y del mismo sistema de teñir que utilizan en Roma. Si me lo dio es porque se trataba de ti y por haber hecho aquellas labores. Ella dice que no hay quien borde como tú, ni siquiera en Roma. Debes haber perdido la vista haciéndolas…».

María sonríe y hace un movimiento de cabeza como diciendo: «¡Son cosas sin importancia!».

La cuñada mira las últimas madejas de lana antes de pasárselas a María, y exclama:

«¡Qué bien las has hilado! Son hilos tan finos y uniformes que parecen cabellos. Tú todo lo haces bien… y ¡qué rápida! ¿Estas últimas serán más claras?».

«Sí, para la túnica; el manto es más oscuro».

Las dos mujeres se ponen a trabajar juntas: primero, en la tina; luego sacan las madejas, ya de un lindo color purpúreo, y corren veloces a sumergirlas en el agua helada que llena el pilón, colocado bajo la fina vena que mana y cae produciendo notas de risitas apenas perceptibles. Aclaran una y otra vez y luego extienden las madejas sobre unas cañas aseguradas a los árboles de unas ramas a otras.

«Con este viento se secarán bien y rápido» dice la cuñada.

«Vamos donde José. Hay lumbre. Debes estar helada» dice María. «Has sido buena conmigo ayudándome. He acabado pronto y con menos esfuerzo. Gracias».

«¡Oh! ¡María! ¿Qué no haría yo por ti! Estar a tu lado es motivo siempre de gozo. Además… todo este trabajo es por Jesús. Y, ¡es tan encantador tu Hijo!… Ayudándote a ti para la celebración de su mayoría de edad, me parecerá sentirme yo también madre suya».

Y las dos mujeres entran en el taller, lleno de ese olor a madera cepillada que es típico de los talleres de carpintero.

4       Y la visión sufre una interrupción… para continuar después, en el momento de la partida de Jesús para Jerusalén a los doce años.

Su figura es bellísima. Está tan desarrollado, que parece un hermano menor de su joven Madre (ya le llega a María a los hombros); su cabeza, rubia y ensortijada, de melena hasta más abajo de las orejas –ya no tiene el pelo corto, como en los primeros años de su vida– parece un casco de oro repleto de relucientes bucles laborados.

Va vestido de rojo, un bonito rojo de rubí claro: una túnica que le llega hasta los tobillos dejando ver sólo los pies, calzados con sandalias; es una túnica suelta, de mangas largas y amplias. En el cuello, en los bordes de las mangas y en la base, grecas tejidas con colores sobrepuestos, muy bonitas…

(al copiar la visión esperar al resto, que estará en el nuevo cuaderno).

Parten de Nazaret. Jesús ha llegado a ser mayor de edad

20 de diciembre, de 1944.

Veo el momento en que Jesús entra, acompañado de su Madre, en el –digámoslo así– comedor de la casa de Nazaret.

Jesús tiene doce años. Es un muchacho alto, bien formado, fuerte, aunque no gordo; parece, por su complexión, más adulto de lo que realmente es; le llega ya a su Madre a la altura de los hombros. Su rostro es todavía redondeado y rosado, es todavía el rostro de Jesús niño, rostro que, con el paso del tiempo, con la edad juvenil y viril, se habrá de alargar, y tomará un cromatismo indefinido, una tonalidad como la de ciertos alabastros delicados que tienden apenas al amarillo–rosa.

Sus ojos –también sus ojos– son todavía ojos de niño. Son grandes y miran bien abiertos, con una chispa de alegría perdida en la seriedad de la mirada. Pasado el tiempo, ya no estarán tan abiertos… Los párpados descenderán hasta medio cerrar los ojos, para velarle al Puro y Santo el exceso de mal que hay en el mundo. Solamente en los momentos de los milagros, o cuando ponga en fuga a los demonios o a la muerte, o para curar las enfermedades y los pecados; solamente entonces los abrirá, y centellearán, aún más que ahora. Pero, ni siquiera entonces tendrán esta chispa de alegría mezclada con la seriedad… La muerte y el pecado estarán cada vez más cerca y más presentes, y, con ambos, el conocimiento –con su faceta humana– de la inutilidad del sacrificio a causa de la voluntad contraria del hombre. Sólo en rarísimos momentos de alegría, por estar con los redimidos, y especialmente con los puros –generalmente niños– brillarán de júbilo estos ojos santos y buenos.

Ahora, estando con su Madre, en su casa, y con San José frente a El, sonriéndole con amor, y con esos primitos suyos que le admiran, y con su tía, María de Alfeo, que le está acariciando, se siente feliz. Mi Jesús tiene necesidad de amor para sentirse feliz, y en este momento lo tiene.

Está vestido con una túnica suelta, de lana, de color rojo rubí claro, suave, perfectamente tejida, fina y compacta al mismo tiempo. En el cuello, por la parte de delante, en la base de las mangas largas y amplias, y en la base de la túnica, que llega hasta abajo dejando apenas ver los pies calzados con sandalias nuevas y bien hechas –no las usuales suelas sujetas al pie con unas correas–, tiene una greca, no bordada, sino tejida en un color más oscuro sobre el color rubí de la túnica. Deduzco que debe ser obra de su Madre, porque la cuñada la admira y alaba.

Su bonito pelo rubio tiene ya una tonalidad más cargada que cuando era un niño pequeño, con reflejos cobrizos en los aros de los bucles que terminan bajo las orejas; ya no son esos ricitos cortos y vaporosos de la infancia, pero tampoco es la melena de la edad adulta, ondulada, que termina a la altura de los hombros en delicada forma tubular; de todas maneras ya tiende a ésta, en color y forma.

5 «He aquí a nuestro Hijo» dice María levantando con su mano derecha la izquierda de Jesús. Parece como si se lo quisiera presentar a todos y confirmar la paternidad del Justo, que sonríe. Y añade:

«Bendícele, José, antes de partir para Jerusalén. No fue necesaria la bendición para su inicio en la escuela, primer paso en la vida; hazlo ahora que El va al Templo para ser declarado mayor de edad. Y bendíceme también a mí. Tu bendición… (María contiene el llanto) le fortalecerá a El y me dará fuerza a mí para separarme de El un poco más…».

«María, Jesús será siempre tuyo. La fórmula no lesionará nuestras mutuas relaciones. Yo no te voy a disputar a este Hijo, amado nuestro. Ninguno merece como tú el guiarle en la vida, ¡Oh Santa mía!».

María se inclina, toma la mano de José y la besa: es la esposa, y ¡qué respetuosa y amante de su consorte!

José acoge este signo de respeto y de amor con dignidad, mas luego alza esa misma mano y la deposita sobre la cabeza de su Esposa diciéndole:

«Sí. Te bendigo, Bendita, y a Jesús contigo. Venid, mis únicos tesoros, honor y finalidad míos».

José se muestra solemne: con los brazos extendidos y las palmas vueltas hacia abajo sobre las dos cabezas inclinadas, igualmente rubias y santas, pronuncia la bendición:

«El Señor os guarde y os bendiga, tenga misericordia de vosotros y os dé paz. El Señor os dé su bendición».

Y luego dice:

«En marcha. La hora es propicia para el viaje».

6       María coge un manto, amplio, de color granate oscuro, y en elegantes pliegues lo dispone sobre el cuerpo de su Hijo. ¡Y cómo le acaricia al hacerlo! Salen. Cierran. Se ponen en marcha. Otros peregrinos van en la misma dirección.

Fuera del pueblo, las mujeres se separan de los hombres. Los niños van con quien quieren. Jesús se queda con su Madre.

Los peregrinos caminan –la mayoría entonando salmos– por las campiñas llenas de hermosura en el más jubiloso tiempo de primavera. Frescos prados, tiernos cereales, frescos follajes en los árboles poco ha florecidos; hombres cantando por los campos y por los caminos, cantos de pájaros en celo entre las frondas; límpidos arroyos, espejo de las flores de las orillas; corderitos saltarines al lado de sus madres.. Paz y alegría bajo el más hermoso cielo de abril.

La visión cesa así.

[1] 186 Para comprender esta idea cfr. Mc. 13, 32; Rom. 8, 3; Fil. 2, 7–8; Gal. 3, 13.

[2] 187 Cfr. Lc. 2, 40.

[3] 188 relacionarlo con el principio del capítulo siguiente, el número 39

[4] 189 Cfr. Ex. 32.

[5] 190 Cfr. Núm. 27, 12–23; Deut. 31–34.

[6] 191 Cfr. Prov. 8, 34.

40. Jesús examinado en su mayoría de edad en el Templo 192.

21 de diciembre de 1944.

1 El Templo en días de fiesta. Muchedumbre de gente entrando o saliendo por las puertas de la muralla, o cruzando los patios o los pórticos; gente que entra en esta o en aquella construcción en uno u otro de los distintos niveles en que está distribuido el conjunto del Templo.
Y también entra, cantando quedo salmos, la comitiva de la familia de Jesús; todos los hombres primero, luego las mujeres. Se han unido a ellos otras personas, quizás de Nazaret, quizás amigos de Jerusalén, no lo sé.
José, después de haber adorado con todos al Altísimo desde el punto en que se ve que los hombres podían hacerlo –las mujeres se han quedado en un piso inferior–, se separa, y, con su Hijo, cruza de nuevo, en sentido inverso, unos patios; luego tuerce hacia una parte y entra en una vasta habitación que tiene el aspecto de una sinagoga (!) –¿Es que había sinagogas 193 en el Templo?–; habla con un levita, y éste desaparece tras una cortina de rayas para volver después con algunos sacerdotes ancianos. Creo que son sacerdotes; son, eso sí, no cabe duda, maestros en cuanto al conocimiento de la Ley y tienen por eso como misión examinar a los fieles.
2 José presenta a Jesús. Antes ambos se habían inclinado con gran reverencia ante los diez doctores, los cuales se habían sentado con majestuosidad en unas banquetas bajas de madera. José dice:
«Este es mi hijo. Desde hace tres lunas y doce días ha entrado en el tiempo que la Ley 194 destina para la mayoría de edad. Mas yo quiero que sea mayor de edad según los preceptos de Israel. Os ruego que observéis que por su complexión muestra que ha dejado la infancia y la edad menor; os ruego que le examinéis con benignidad y justicia para juzgar que cuanto aquí yo, su padre, afirmo, es verdad. Yo le he preparado para este momento y para que tenga esta dignidad de hijo de la Ley. El sabe los preceptos, las tradiciones, las decisiones, conoce las costumbres de las fimbrias y de las filacterias 195, sabe recitar las oraciones y las bendiciones cotidianas. Puede, por tanto, conociendo la Ley en sí y en sus tres ramas, Halasia, Midrás y Haggadá 196, guiarse como hombre. Por ello, deseo ser liberado de la responsabilidad de sus acciones y de sus pecados 197. Que de ahora en adelante quede sujeto a los preceptos y pague en sí las penas por las faltas respecto a ellos. Examinadle».
«Lo haremos. 3 Acércate, niño. ¿Tu nombre?».
«Jesús de José, de Nazaret».
«Nazareno… Entonces, ¿sabes leer?».
«Sí, rabí. Sé leer las palabras escritas y las que están encerradas en las palabras mismas».
«¿Qué quieres decir con ello?».
«Quiero decir que comprendo el significado de la alegoría o del símbolo celados bajo la apariencia; de la misma forma que no se ve la perla pero está dentro de la concha fea y cerrada».
«Respuesta no común, y muy sabia. Raramente se oye esto en boca de adultos, ¡así que fíjate tú, oírselo a un niño, y además, por si fuera poco, nazareno!…».
Se ha despertado la atención de los doctores y sus ojos no pierden de vista un instante al hermoso Niño rubio que los está mirando seguro; sin petulancia, sí, pero también sin miedo.
«Eres honra de tu maestro, el cual, ciertamente, era muy docto».
«La Sabiduría de Dios estaba recogida en su corazón justo».
«¿Estáis oyendo? ¡Dichoso tú, padre de un hijo así!».
José, que está en el fondo de la sala, sonríe y hace una reverencia.
4 Le dan a Jesús tres rollos distintos y le dicen:
«Lee el que está cerrado con una cinta de oro».
Jesús lo desenrolla y lee. Es el Decálogo 198. Pero, leídas las primeras palabras, un juez le quita el rollo y dice:
«Sigue de memoria».
Jesús sigue, tan seguro que parece como sí estuviera leyendo. Y cada vez que nombra al Señor hace una profunda reverencia.
«¿Quién te ha enseñado a hacer eso? ¿Por qué lo haces?».
«Porque es un Nombre santo y hay que pronunciarlo con signo interno y externo de respeto. Ante el rey, que lo es por breve tiempo, se inclinan los súbditos, y es sólo polvo, ¿ante el Rey de los reyes, ante el altísimo Señor de Israel, presente, aunque sólo visible al espíritu, no habrá de inclinarse toda criatura, que de El depende con sujeción eterna?».
«¡Muy bien! Hombre, nuestro consejo es que pongas a tu Hijo bajo la enseñanza de Hillel o de Gamaliel. Es nazareno… pero sus respuestas permiten esperar de El un nuevo gran doctor».
«Mi hijo es mayor de edad. Hará lo que El quiera. Yo, si su voluntad es honesta, no me opondré».
5 «Niño, escucha. Has dicho: “Acuérdate de santificar las fiestas, teniendo en cuenta que el precepto de no trabajar en día de sábado fue dicho no sólo para ti, sino también para tu hijo y tu hija, para tu siervo y tu sierva, e incluso para el jumento”. Entonces, dime: si una gallina pone un huevo en día de sábado, o si una oveja pare, ¿será lícito hacer uso de ese fruto de su vientre, o habrá que considerarlo como cosa oprobiosa?».
«Sé que muchos rabíes –el último de los cuales, en vida aún, es Siammai– dicen que el huevo puesto en día de sábado va contra el precepto. Pero Yo pienso que hay que distinguir entre el hombre y el animal, o quien cumple un acto animal como dar a luz. Si le obligo al jumento a trabajar, yo, al imponerme con el azote a que trabaje, cumplo también su pecado. Pero, si una gallina pone un huevo que ha ido madurando en su ovario, o si una oveja pare en día de sábado –porque ya está en condiciones de nacer su cría–, entonces no. Tal obra, en efecto, no es pecado, como tampoco lo son, a los ojos de Dios, ni el huevo puesto ni el cordero parido en sábado».
«¿Y cómo puede ser eso, si todo trabajo, cualquiera que fuere, en día de sábado, es pecado?».
«Porque el concebir y generar corresponde a la voluntad del Creador y están regulados por leyes dadas por El a todas las criaturas. Pues bien, la gallina no hace sino obedecer a esa ley que dice que después de tantas horas de formación el huevo está completo y ha de ponerse; y la oveja lo mismo, no hace sino que obedecer a esas leyes puestas por Aquel que todo hizo, el cual estableció que dos veces al año, cuando ríe la primavera por los campos floridos y cuando el bosque se despoja de su follaje y el frío intenso oprime el pecho del hombre, las ovejas se emparejasen para dar luego leche, carne y sustanciosos quesos en las estaciones opuestas, en los meses de más arduo trabajo por las mieses, o de más dolorosa escasez a causa de los hielos. Pues entonces, si una oveja, llegado su tiempo, da a luz a su criatura, ¡Oh, ésta bien puede ser sagrada incluso para el altar, porque es fruto de obediencia al Creador! ».
6 «Yo no seguiría examinándole. Su sabiduría es asombrosa y supera a la de los adultos».
«No. Se ha declarado capaz de comprender incluso los símbolos. Oigámoslo».
«Que antes diga un salmo, las bendiciones y las oraciones».
«También los preceptos».
«Sí. Di los midrasiots 199».
Jesús dice sin vacilar una letanía de «no hagas esto… no hagas aquello…». Si nosotros debiéramos tener todavía todas estas limitaciones, siendo rebeldes como somos, le aseguro que no se salvaría ninguno…
«Vale. Abre el rollo de la cinta verde».
Jesús abre y hace ademán de leer.
«Más adelante, más».
Jesús obedece.
«Basta. Lee y explica, si es que te parece que haya algún símbolo».
«En la Palabra santa raramente faltan. Somos nosotros quienes no sabemos ver ni aplicar. Leo: cuarto libro de los Reyes 200, capítulo veintidós, versículo diez: “Safán, escriba, siguiendo informando al rey, dijo: ‘El Sumo Sacerdote Jilquías me ha dado un libro’. Habiéndolo leído Safán en presencia del rey, éste, oídas las palabras de la Ley del Señor, se rasgó las vestiduras y dio…”».
«Sigue hasta después de los nombres».
«”…esta orden: ‘Id a consultarle al Señor por mí, por el pueblo, por todo Judá, respecto a las palabras de este libro que ha sido encontrado; pues la gran ira de Dios se ha encendido contra nosotros porque nuestros padres no escucharon, siguiendo sus prescripciones, las palabras de este libro…”».
«Basta. Este hecho sucedió hace muchos siglos. ¿Qué símbolo encuentras en un hecho de crónica antigua?».
«Lo que encuentro es que no hay tiempo para lo eterno. Y Dios es eterno, y nuestra alma, como eternas son también las relaciones entre Dios y el alma. Por tanto, lo que había provocado entonces el castigo es lo mismo que provoca los castigos ahora, e iguales son los efectos de la culpa».
«¿Cuáles?».
«Israel ya no conoce la Sabiduría, que viene de Dios; y es a El, y no a los pobres seres humanos, a quien hay que pedirle luz; pero la luz no se recibe sin justicia y fidelidad a Dios. Por eso se peca, y Dios, en su ira, castiga».
«¿Nosotros ya no sabemos? ¿Qué dices, niño! ¿Y los seiscientos trece preceptos?».
«Los preceptos existen, pero son palabras. Los sabemos, pero no los ponemos en práctica. Por tanto, no sabemos. El símbolo es éste: todo hombre, en todo tiempo, tiene necesidad de consultar al Señor para conocer su voluntad, y debe atenerse a ella para no atraer su ira».
7 «El niño es perfecto. Ni siquiera la celada de la pregunta insidiosa ha confundido su respuesta. Que sea conducido a la verdadera sinagoga».
Pasan a una habitación de mayores dimensiones y más pomposa. Aquí lo primero que hacen es rebajarle el pelo. José recoge los rizos. Luego le aprietan la túnica roja con un largo cinturón dando varias vueltas en torno a la cintura; le ciñen la frente y un brazo con unas cintas, y le fijan con una especie de bullones unas cintas al manto.
Luego cantan salmos, y José alaba al Señor con una larga oración, e invoca toda suerte de bienes para su Hijo.
Termina la ceremonia. Jesús sale acompañado de José. Vuelven al lugar de donde habían venido, se unen de nuevo con los varones de la familia, compran y ofrecen un cordero, y luego, con la víctima degollada, van adonde las mujeres.
María besa a su Jesús. Es como si hiciera años que no lo viera. Le mira –ahora tiene indumento y pelo más de hombre– le acaricia…
Salen y todo termina.

41. La disputa de Jesús con los doctores en el Templo[1].La angustia de la Madre y la respuesta del Hijo.

28 de enero de 1944.

1       Veo a Jesús. Es ya un adolescente. Lleva una túnica blanca que le llega hasta los pies; me parece que es de lino. Encima, se coloca, formando elegantes pliegues, una prenda rectangular de un color rojo pálido. Lleva la cabeza descubierta. Los cabellos, de una coloración más intensa que cuando le vi de niño, le llegan hasta la mitad de las orejas. Es un muchacho de complexión fuerte, muy alto para su edad (muy tierna aún, como refleja el rostro).

Me mira y me sonríe tendiendo las manos hacia mí. Su sonrisa de todas formas se asemeja ya a la que le veo de adulto: dulce y más bien seria. Está solo. Por ahora no veo nada más. Está apoyado en un murete de una callecita toda en subidas y bajadas, pedregosa y con una zanja que está aproximadamente en su centro y que en tiempo de lluvia se transforma en regato; ahora, como el día está sereno, está seca.

Me da la impresión de estarme acercando yo también al murete y de estar mirando alrededor y hacia abajo, como está haciendo Jesús. Veo un grupo de casas; es un grupo desordenado: unas son altas; otras, bajas; van en todos los sentidos. Parece –haciendo una comparación muy pobre pero muy válida– un puñado de cantos blancos esparcidos sobre un terreno oscuro. Las calles, las callejas, son como venas en medio de esa blancura. Ora aquí, ora allá, hay árboles que descuellan por detrás de las tapias; muchos de ellos están en flor, muchos otros están ya cubiertos de hojas nuevas: debe ser primavera.

A la izquierda respecto a mí que estoy mirando, se alza una voluminosa construcción, compuesta de tres niveles de terrazas cubiertas de construcciones, y torres y patios y pórticos; en el centro se eleva una riquísima edificación, más alta, majestuosa, con cúpulas redondeadas, esplendorosas bajo el sol, como si estuvieran recubiertas de metal, cobre u oro. El conjunto está rodeado por una muralla almenada (almenas de esta forma: M, como si fuera una fortaleza). Una torre de mayor altura que las otras, horcada en su base sobre una vía más bien estrecha y en subida, cual severo centinela, domina netamente el vasto conjunto.

Jesús observa fijamente ese lugar. Luego se vuelve otra vez, apoya de nuevo la espalda sobre el murete, como antes, y dirige su mirada hacia una pequeña colina que está frente al conjunto del Templo. El collado sufre el asalto de las casas sólo hasta su base, luego aparece vírgen. Veo que una calle termina en ese lugar, con un arco tras el cual sólo hay un camino pavimentado con piedras cuadrangulares, irregulares y mal unidas; no son demasiado grandes, no son como las piedras de las calzadas consulares romanas; parecen más bien las típicas piedras de las antiguas aceras de Viareggio (no sé si existen todavía), pero colocadas sin conexión: un camino de mala muerte. El rostro de Jesús toma un aspecto tan serio, que yo fijo mi atención buscando en este collado la causa de esta melancolía. Pero no encuentro nada de especial; es una elevación del terreno, desnuda, nada más. Eso sí, cuando me vuelvo, he perdido a Jesús; ya no está ahí. Y me quedo adormilada con esta visión.

2 …Cuando me despierto, con el recuerdo en mi corazón de lo que he visto, recobradas un poco las fuerzas y en paz, porque todos están durmiendo, me encuentro en un lugar que nunca antes había visto. En él hay patios y fuentes, pórticos y casas (más bien pabellones, porque tienen más las características de pabellones que de casas).

Hay una gran muchedumbre de gente vestida al viejo uso hebreo, y… mucho griterío.

Me miro a mi alrededor y, al hacerlo, me doy cuenta de que estoy dentro de esa construcción que Jesús estaba mirando; efectivamente, veo la muralla almenada que circunda el conjunto, y la torre centinela, y la imponente construcción que se yergue en su centro, pegando a la cual hay pórticos, muy bellos y amplios, y, bajo éstos, multitud de personas ocupadas, quiénes en una cosa, quiénes en otra.

Comprendo que se trata del recinto del Templo de Jerusalén. Veo fariseos, con sus largas vestiduras ondeantes, sacerdotes vestidos de lino y con una placa de precioso material en la parte superior del pecho y de la frente, y con otros reflejos brillantes esparcidos aquí o allá por los distintos indumentos, muy amplios y blancos, ceñidos a la cintura con un cinturón también de material precioso. Luego veo a otros, menos engalanados, pero que de todas formas deben pertenecer también a la casta sacerdotal, y que están rodeados de discípulos más jóvenes que ellos; comprendo que se trata de los doctores de la Ley. Entre todos estos personajes me encuentro como perdida, porque no sé qué pinto yo ahí.

3       Me acerco al grupo de los doctores, donde ha comenzado una disputa teológica. Mucha gente hace lo mismo.

Entre los “doctores” hay un grupo capitaneado por uno llamado Gamaliel y por otro, viejo y casi ciego, que apoya a Gamaliel en la disputa; oigo que le llaman Hillel (pongo la hache porque oigo una aspiración al principio del nombre), y creo que es o maestro o pariente de Gamaliel: lo deduzco de la confidencia y al mismo tiempo respeto con que éste le trata. El grupo de Gamaliel es de mentalidad más abierta, mientras que el otro grupo, que es el más numeroso, está dirigido por uno llamado Siammai, y adolece de esa intransigencia llena de resentimiento, y retrógrada, tan claramente descrita por el Evangelio[2].

Gamaliel, rodeado de un nutrido grupo de discípulos, habla de la venida del Mesías, y, apoyándose en la profecía de Daniel[3], sostiene que el Mesías debe haber nacido ya, puesto que ya han pasado unos diez años desde que se cumplieron las setenta semanas profetizadas contando desde que fue publicado el decreto de reconstrucción del Templo.

Siammai le plantea batalla afirmando que, si bien es cierto que el Templo fue reconstruido, no es menos cierto que la esclavitud de Israel ha aumentado, y que la paz que debía haber traído Aquel que los Profetas llamaban “Príncipe de la paz”[4] está bien lejos de ser una realidad en el mundo, y especialmente en Jerusalén, oprimida bajo el peso de un enemigo que osa extender su dominio hasta incluso dentro del recinto del Templo, controlado por la Torre Antonia, que está llena de legionarios romanos dispuestos a aplacar con la espada cualquier tumulto de independencia patria.

La disputa, llena de cavilosidades, está destinada a durar. Cada uno de los maestros hace su alarde de erudición, no tanto para vencer a su rival, cuanto para atraerse la admiración de los que escuchan; este propósito es evidente.

4       Del interior del nutrido grupo de fieles se oye una tierna voz de niño: «Gamaliel tiene razón».

Movimiento en la gente y en el grupo de doctores: buscan al que acaba de interrumpir; de todas formas, no hace falta buscarle, El no se esconde; antes bien, se abre paso entre la gente y se acerca al grupo de los “rabíes”. Reconozco en El a mi Jesús adolescente. Se le ve seguro y franco, y sus ojos centellean llenos de inteligencia.

-«¿Quién eres?» le preguntan.

-«Un hijo de Israel que ha venido a cumplir con lo que la Ley ordena».

Gusta esta respuesta intrépida y segura, y obtiene sonrisas de aprobación y de benevolencia. Despierta interés el pequeño israelita.

-«¿Cómo te llamas?».

-«Jesús de Nazaret».

Y aquí acaba la benevolencia del grupo de Siammai. Sin embargo, Gamaliel, más benigno, prosigue el diálogo junto con Hillel. Es más, es Gamaliel el que, con deferencia, le dice al anciano:

-«Pregúntale alguna cosa al niño».

-«¿En qué basas tu seguridad?»

pregunta Hillel.

(Encabezo las respuestas con los nombres para abreviar y para que sea más claro).

Jesús: «En la profecía, que no puede errar respecto a la época, y en los signos que la acompañaron cuando llegó el tiempo de su cumplimiento. Cierto es que César nos domina. Pero el mundo gozaba de gran paz y estaba muy tranquila Palestina cuando se cumplieron las setenta semanas. Tanto es así que le fue posible a César ordenar el censo en sus dominios; no habría podido hacerlo si hubiera habido guerra en el Imperio o revueltas en Palestina. De la misma forma que se cumplió ese tiempo, ahora se está cumpliendo ese otro de las sesenta y dos más una desde la terminación del Templo, para que el Mesías sea ungido y se cumpla lo que conlleva la profecía para el pueblo que no le quiso. ¿Podéis dudarlo? No recordáis que la estrella fue vista por los Sabios de Oriente y que fue a detenerse justo en el cielo de Belén de Judá, y que las profecías y las visiones, desde Jacob en adelante, indican ese lugar como el destinado a recibir el nacimiento del Mesías, hijo del hijo del hijo de Jacob, a través de David, que era de Belén? ¿No os acordáis de Balaam? “Una estrella nacerá de Jacob”[5]. Los Sabios de Oriente, cuya pureza y fe abría sus propios ojos y sus propios oídos, vieron la Estrella y comprendieron su Nombre: “Mesías”, y vinieron a adorar a la Luz que había descendido al mundo».

5 Siammai, con mirada maligna:

«¿Dices que el Mesías nació cuando la Estrella, en Belén Efratá?».

Jesús: «Yo lo digo».

Siammai: «Entonces ya no existe. ¿No sabes, niño, que Herodes mandó matar a todos los nacidos de mujer de un día a dos años de edad de Belén y de los alrededores? Tú, Tú que sabes tan bien la Escritura, debes saber también que “un grito se ha oído en lo alto… Es Raquel que está llorando por sus hijos”[6]. Los valles y las alturas de Belén, que recogieron el llanto de la agonizante Raquel, se llenaron de llanto revivido por las madres ante sus hijos asesinados. Entre ellas estaba, sin duda, también la Madre del Mesías».

41 1Jesús: «Te equivocas, anciano. El llanto de Raquel hízose himno, pues donde ella había dado a luz al “hijo de su dolor”, la nueva Raquel dio al mundo al Benjamín del Padre celestial, Hijo de su derecha, Aquel que ha sido destinado para congregar al pueblo de Dios bajo su cetro y liberarle de la más terrible de las esclavitudes».

Siammai: «¿Y cómo, si le mataron?».

Jesús: «¿No has leído de Elías que fue raptado por el carro de fuego?[7]207 ¿Y no va a haber podido salvar el Señor Dios a su Emmanuel para que fuera Mesías de su pueblo? El, que separó el mar ante Moisés para que Israel pasase sin mojarse hacia su tierra[8], ¿no va a haber podido mandar a sus ángeles a librar a su Hijo, a su Cristo, de la crueldad del hombre? En verdad os digo: el Cristo vive y está entre vosotros, y cuando llegue su hora se manifestará en su potencia».

La voz de Jesús, al decir estas palabras que he subrayado, resuena en un modo que llena el espacio. Sus ojos centellean aún más, y, con un gesto de dominio y de promesa, tiende el brazo y la mano derecha, y luego los baja, como para jurar. Es todavía un niño, pero ya tiene la solemnidad de un hombre.

6 Hillel: «Niño, ¿quién te ha enseñado estas palabras?».

Jesús: «El Espíritu de Dios. Yo no tengo maestro humano. Esta es la Palabra del Señor que os habla a través de mis labios».

Hillel: «Ven aquí entre nosotros, que quiero verte de cerca, ¡Oh, niño!, para que mi esperanza se reavive en contacto con tu fe y mi alma se ilumine con el sol de la tuya».

Y le sientan a Jesús en un asiento alto y sin respaldo, entre Gamaliel y Hillel, y le entregan unos rollos para que los lea y los explique. Es un examen en toda regla. La muchedumbre se agolpa atenta.

La voz infantil de Jesús lee: “Consuélate, pueblo mío. Hablad al corazón de Jerusalén, consoladla porque su esclavitud ha terminado… Voz de uno que grita en el desierto: preparad los caminos del Señor… Entonces se manifestará la gloria del Señor…”[9].

Siammai: «Como puedes ver, nazareno, aquí se habla de una esclavitud ya terminada. Y nosotros somos ahora más esclavos que nunca. Aquí se habla de un precursor. ¿Dónde está? Tú desvarías».

41 2Jesús: «Yo te digo que tú y los que son como tú, más que los demás, necesitáis escuchar la llamada del Precursor. Si no, no verás la gloria del Señor, ni comprenderás la palabra de Dios, porque las bajezas, las soberbias, las dobleces, te obstaculizarán ver y oír».

Siammai: «¿Así le hablas a un maestro?».

Jesús: «Así hablo y así hablaré hasta la muerte. Porque por encima de mi propio beneficio está el interés del Señor y el amor a la Verdad, de la cual soy Hijo. Y además te digo, rabí, que la esclavitud de que habla el Profeta, que es de la que Yo hablo, no es la que crees, como tampoco la regalidad será la que tú piensas. Antes bien, por mérito del Mesías, el hombre será liberado de la esclavitud del Mal que le separa de Dios, y la señal del Cristo, liberados los espíritus de todo yugo, hechos súbditos del Reino eterno, signará a éstos. Todas las naciones inclinarán su cabeza, ¡Oh, estirpe de David!, ante el Vástago de ti nacido, árbol ahora que extiende sus ramas sobre toda la Tierra y se alza hacia el Cielo. Y en el Cielo y en la Tierra toda boca glorificará su Nombre y doblará su rodilla ante el Ungido de Dios, ante el Príncipe de la Paz, el Caudillo, ante Aquel que, tomando de sí mismo, embriagará a toda alma cansada y saciará toda alma hambrienta; el Santo que estipulará una alianza entre la Tierra y el Cielo; no como la que fue estipulada con los Padres de Israel cuando Dios los sacó de Egipto[10] (siguiendo considerándolos de todas formas siervos), sino imprimiendo la paternidad celeste en el espíritu de los hombres con la Gracia de nuevo infundida por los méritos del Redentor, por el cual todos los hombres buenos conocerán al Señor y el Santuario de Dios no volverá a ser derruido y hollado».

Siammai: «¡Pero, niño, no blasfemes! Acuérdate de Daniel[11], que dice que, cuando hayan matado al Cristo, el Templo y la Ciudad serán destruidos por un pueblo y por un caudillo venideros. ¡Y tú sostienes que el Santuario de Dios no volverá a ser derribado! ¡Respeta a los Profetas!».

Jesús: «En verdad te digo que hay Uno que está por encima de los Profetas, y tú no le conoces, ni le conocerás, porque te falta el deseo de ello. Y has de saber que todo cuanto he dicho es verdad. No conocerá ya la muerte el Santuario verdadero. Al igual que su Santificador, resucitará para vida eterna y, al final de los días del mundo, vivirá en el Cielo».

7 Hillel: «Préstame atención, niño. Ageo dice: “…Vendrá el Deseado de las gentes… Grande será entonces la gloria de esta casa, y de esta última más que de la primera”[12]. ¿Crees que se refiere al Santuario de que Tú hablas?».

Jesús: «Sí, maestro. Esto es lo que quiere decir. Tu rectitud te conduce hacia la Luz, y Yo te digo que, una vez consumado el Sacrificio del Cristo, recibirás paz porque eres un israelita sin malicia».

Gamaliel: «Dime, Jesús: ¿Cómo puede esperarse la paz de que hablan los Profetas, si tenemos en cuenta que este pueblo ha de sufrir la devastación de la guerra? Habla y dame luz también a mí».

41 3Jesús: «¿No recuerdas, maestro, que quienes estuvieron presentes la noche del nacimiento del Cristo dijeron que las formaciones angélicas cantaron: “Paz a los hombres de buena voluntad”? Ahora bien, este pueblo no tiene buena voluntad, y no gozará de paz; no reconocerá a su Rey, al Justo, al Salvador, porque le espera como rey con poder humano, mientras que es Rey del espíritu; y no le amará, puesto que el Cristo predicará lo que no le gusta a este pueblo. Los enemigos, los que llevan carros y caballos, no serán subyugados por el Cristo; sí los del alma, los que doblegan, para infernal dominio, el corazón del hombre, creado por el Señor. Y no es ésta la victoria que de El espera Israel. Tu Rey vendrá, Jerusalén, sobre “la asna y el pollino”[13], o sea, los justos de Israel y los gentiles; más Yo os digo que el pollino le será más fiel a El y, precediendo a la asna, le seguirá, y crecerá en el camino de la Verdad y de la Vida. Israel, por su mala voluntad, perderá la paz, y sufrirá en sí, durante siglos, aquello mismo que hará sufrir a su Rey al convertirle en el Rey de dolor de que habla Isaías[14]».

8 Siammai: «Tu boca tiene al mismo tiempo sabor de leche y de blasfemia, nazareno. Responde: ¿Dónde está el Precursor? ¿Cuándo lo tuvimos?».

Jesús: «El ya es una realidad. ¿No dice Malaquías: “Yo envío a mi ángel para que prepare delante de mí el camino; en seguida vendrá a su Templo el Dominador que buscáis y el Ángel del Testamento, anhelado por vosotros”[15]? Luego entonces el Precursor precede inmediatamente al Cristo. El es ya una realidad, como también lo es el Cristo. Si transcurrieran años entre quien prepara los caminos al Señor y el Cristo, todos los caminos volverían a llenarse de obstáculos y a hacerse retortijados. Esto lo sabe Dios y ha previsto que el Precursor preceda en una hora sólo al Maestro. Cuando veáis al Precursor, podréis decir: “Comienza la misión del Cristo”. Y a ti te digo que el Cristo abrirá muchos ojos y muchos oídos cuando venga a estos caminos; mas no vendrá a los tuyos, ni a los de los que son como tú. Vosotros le daréis muerte por la Vida que os trae. Pero cuando –más alto que este Templo, más alto que el Tabernáculo que está dentro del Santo de los Santos, más alto que la Gloria que está sostenida por los Querubines– el Redentor ocupe su trono y su altar, de sus numerosísimas heridas fluirán: maldición para los deicidas; vida para los gentiles. Porque El, ¡Oh, maestro insipiente!, no es, lo repito, Rey de un reino humano, sino de un Reino espiritual, y sus súbditos serán únicamente aquellos que por su amor sepan renovarse en el espíritu y, como Jonás[16]216, nacer una segunda vez, en tierras nuevas, “las de Dios”, a través de la generación espiritual que tendrá lugar por Cristo, el cual dará a la humanidad la Vida verdadera».

9 Siammai y sus seguidores: «¡Este nazareno es Satanás!».

Hillel y los suyos: «No. Este niño es un Profeta de Dios. Quédate conmigo, Niño; así mi ancianidad transfundirá lo que sabe en tu saber, y Tú serás Maestro del pueblo de Dios».

Jesús: «En verdad te digo que si muchos fueran como tú, Israel sanaría; mas la hora mía no ha llegado. A mí me hablan las voces del Cielo, y debo recogerlas en la soledad hasta que llegue mi hora. Entonces hablaré, con los labios y con la sangre, a Jerusalén; y correré la misma suerte que corrieron los Profetas, a quienes Jerusalén misma lapidó y les quitó la vida. Pero sobre mi ser está el del Señor Dios, al cual Yo me someto como siervo fiel para hacer de mí escabel de su gloria, en espera de que El haga del mundo escabel para los pies del Cristo. Esperadme en mi hora. Estas piedras oirán de nuevo mi voz y trepidarán cuando diga mis palabras últimas. Bienaventurados los que hayan oído a Dios en esa voz y crean en El a través de ella: el Cristo les dará ese Reino que vuestro egoísmo sueña humano y que, sin embargo, es celeste, y por el cual Yo digo: “Aquí tienes a tu siervo, Señor, que ha venido a hacer tu voluntad. Consúmala, porque ardo en deseos de cumplirla”».

41 4Y con la imagen de Jesús con su rostro inflamado de ardor espiritual elevado al cielo, con los brazos abiertos, erguido entre los atónitos doctores, me termina la visión.

(Son las 3 y media del día 29).

29 de enero de 1944.

10     Debería decirle ahora dos cosas que sin duda le interesan y que había decidido poner por escrito en cuanto me despertara del sopor. No obstante, dado que hay otras cosas más urgentes, lo escribiré más tarde.

Lo que le quería decir antes es lo siguiente.

Usted hoy me decía que cómo había podido saber los nombres de Hillel y Gamaliel y el de Siammai.

Pues bien, es la voz que yo llamo “segunda” la que me dice estas cosas. Se trata de una voz de carácter menos sensible aún que la de mi Jesús o que la de los otros que dictan; éstas son voces que –ya se lo he dicho y ahora se lo repito– mi oído espiritual percibe iguales que voces humanas; las oigo serenas o airadas, fuertes o bajas, jubilosas o tristes: es como si uno hablase a mi lado. Esta “segunda voz” sin embargo, es como una luz, una intuición que habla en mi espíritu. “En”, no “a”, mi espíritu. Se trata de una indicación.

Así, mientras me acercaba al grupo de los que estaban discutiendo, sin saber quién era el noble personaje que, al lado de un anciano, disputaba con tanto calor, este “algo” interior me dijo:

«Gamaliel – Hillel». Sí, primero Gamaliel, luego Hillel; estoy segura. Y mientras estaba pensando en quiénes eran éstos, este indicador interno me indicó a su vez el tercero, antipático individuo, justo en el momento en que Gamaliel le estaba llamando por su nombre. Así he podido saber quién era éste, de farisaico aspecto.

Dolor de María cuando perdió a Jesús

22 de febrero de 1944.

11 Dice Jesús:

«Volvemos muy atrás en el tiempo, muy atrás. Volvemos al Templo, donde Yo, con doce años, estoy disputando; es más, volvemos a las vías que van a Jerusalén, y de Jerusalén al Templo. Observa la angustia de María al ver –una vez congregados de nuevo juntos hombres y mujeres– que Yo no estoy con José.

No levanta la voz regañando duramente a su esposo. Todas las mujeres lo habrían hecho; lo hacéis, por motivos mucho menores, olvidándoos de que el hombre es siempre cabeza del hogar. No obstante, el dolor que emana del rostro de María traspasa a José más de lo que pudiera hacerlo cualquier tipo de reprensión. No se da tampoco María a escenas dramáticas. Por motivos mucho menores, vosotras lo hacéis deseando ser notadas y compadecidas. No obstante, su dolor, contenido es tan manifiesto (se pone a temblar, palidece su rostro, sus ojos se dilatan) que conmueve más que cualquier escena de llanto y gritos.

Ya no siente ni fatiga ni hambre. ¡Y el camino había sido largo, y sin reparar fuerzas desde hacía horas! Deja todo; deja al camastro que se estaba preparando, deja la comida que iban a distribuir. Deja todo y regresa. Está avanzada la tarde, anochece; no importa; todos sus pasos la llevan de nuevo hacia Jerusalén; hace detenerse a las caravanas, a los peregrinos; pregunta. José la sigue, la ayuda. Un día de camino en dirección contraria, luego la angustiosa búsqueda por la Ciudad.

¿Dónde, dónde puede estar su Jesús? Y Dios permite que Ella, durante muchas horas, no sepa dónde buscarme. Buscar a un niño en el Templo no era cosa juiciosa: ¿qué iba a tener que hacer un niño en el Templo? En el peor de los casos, si se hubiera perdido por la ciudad y, llevado de sus cortos pasos, hubiera vuelto al Templo, su llorosa voz habría llamado a su mamá, atrayendo la atención de los adultos y de los sacerdotes, y se habrían puesto los medios para buscar a los padres fijando avisos en las puertas. Pero no había ningún aviso. Nadie sabía nada de este Niño en la ciudad. ¿Guapo? ¿Rubio? ¿Fuerte? ¡Hay muchos con esas características! Demasiado poco para poder decir: “¡Le he visto! ¡Estaba allí o allá!”.

41 512 Y vemos a María, pasados tres días, símbolo de otros tres días de futura angustia, entrando exhausta en el Templo, recorriendo patios y vestíbulos. Nada. Corre, corre la pobre Mamá hacia donde oye una voz de niño. Hasta los balidos de los corderos le parecen el llanto de su Hijo buscándola. Mas Jesús no está llorando; está enseñando. Y he aquí que desde detrás de una barrera de personas llega a oídos de María la amada voz diciendo: “Estas piedras trepidarán…”. Entonces trata de abrirse paso por entre la muchedumbre, y lo consigue después de una gran fatiga: ahí está su Hijo, con los brazos abiertos, erguido entre los doctores.

María es la Virgen prudente. Pero esta vez la congoja sobrepuja su comedimiento. Es una presa que derriba todo lo que pilla a su paso. Corre hacia su Hijo, le abraza, levantándole y bajándole del escabel, y exclama: “¡Oh! ¿Por qué nos has hecho esto! Hace tres días que te estamos buscando. Tu Madre está a punto de morir de dolor, Hijo. Tu padre está derrengado de cansancio. ¿Por qué, Jesús?”.

No se preguntan los “porqués” a Aquel que sabe, los “porqués” de su forma de actuar. A los que han sido llamados no se les pregunta “por qué” dejan todo para seguir la voz de Dios. Yo era Sabiduría y sabía; Yo había “sido llamado” a una misión y la estaba cumpliendo. Por encima del padre y de la madre de la tierra, está Dios, Padre divino; sus intereses son superiores a los nuestros; su amor es superior a cualquier otro. Y esto es lo que le digo a mi Madre.

Termino de enseñar a los doctores enseñando a María, Reina de los doctores. Y Ella no se olvidó jamás de ello. Volvió a surgir el Sol en su corazón al tenerme de la mano, de esa mano humilde y obediente; pero mis palabras también quedaron en su corazón.

Muchos soles y muchas nubes habrían de surcar todavía el cielo durante los veintiún años que debía Yo permanecer aún en la tierra. Mucha alegría y mucho llanto, durante veintiún años, se darán el relevo en su corazón. Mas nunca volverá a preguntar: “¿Por qué nos has hecho esto, Hijo mío?”.

¡Aprended, hombres arrogantes!

13 He explicado e iluminado Yo la visión porque tú no estás en condiciones de hacer más».

[1] Cfr. Lc. 2, 46–51.

[2] Cfr. por ej.: Mt. 9, 1–17; 12, 1–14; 22–32; 38–39; 15, 1–9; 16, 1–4; 19, 1–9; 21, 23–27; 22, 15–22, etc. Cfr. los lugares paralelos en Mc. y Lc.; en cuanto al cuarto Ev. cfr. 5, 9–18; 8, 2–11; 9, 1–41; 11, 45–54, etc.

[3] Cfr. Dan. 9.

[4] Cfr. Is. 9, 5–6.

[5] Cfr. Núm. 24, 17.

[6] Cfr. Jer. 31, 15.

[7] Cfr. 4 Rey. 2, 11.

[8] Cfr. Ex. 14, 15–22.

[9] Cfr. Is. 40, 1–5.

[10] Cfr. Ex. 24.

[11] Cfr. Dan. 9, 26.

[12] Cfr. Ageo 2, 8–10.

[13] Cfr. Zac. 9, 9; Mt. 21, 5. Ju. 12, 15.

[14] Cfr. Is. 42, 13; 43, 12.

[15] Cfr. Mal. 3, 1.

[16] Cfr. Jon. 2.

20/12/2015 Evangelio según San Lucas 1,39-45.

Cuarto domingo de Adviento

Fiesta de la Iglesia: Feria de Adviento: Semana antes de Navidad (20 dic.)

Santo(s) del día : San Domingo de Silos
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Lecturas

Nacimiento y vida oculta de María y Jesús.

21. La llegada de María a Hebrón y su encuentro con Isabel[1].

1 de abril de 1944.

21 11        Me encuentro en un lugar montañoso. No son grandes montañas, pero tampoco puede decirse que sean simples colinas. Tienen cimas y sinuosidades ya propias de las verdaderas montañas, como las que se ven en nuestros Apeninos tosco–umbrianos. La vegetación es tupida y bonita. Abunda el agua fresca que mantiene verdes los pastos y fértiles los huertos, casi todos plantados de manzanos, higueras y vid; esta última, en torno a las casas. Debe ser primavera, como se deduce de que las uvas sean ya de un cierto volumen, como semillas de veza; y de que las flores de los manzanos asemejen a numerosas bolitas de color verde intenso; así como del hecho de que en lo alto de las ramas de las higueras hayan aparecido ya los primeros frutos, todavía en estado embrional, pero ya bien definidos. Y los prados son una verdadera alfombra esponjosa y de mil colores en que pacen, o descansan, las ovejas: manchas blancas sobre el fondo de esmeralda de la hierba.

2        María sube en su burrito por una vía que está en bastante buen estado, y que debe ser de primer orden. Sube, porque, efectivamente, el pueblo, de aspecto bastante ordenado, está más arriba. Mi interno consejero[2] me dice:

-«Este lugar es Hebrón».

Usted me hablaba de Montana. Yo no sé qué hacer. A mí se me indica con este nombre. No sé si será «Hebrón» toda la zona o sólo el pueblo. Yo oigo esto, y esto es lo que digo. María está entrando en el pueblo. Atardece. Algunas mujeres, en las puertas de las casas, observan la llegada de la forastera y chismean entre sí. La siguen con la mirada y no se quedan tranquilas hasta que la ven detenerse delante de una de las casas más lindas, situada en el centro del pueblo y que tiene delante un huerto–jardín, y detrás y alrededor un huerto de árboles frutales bien cuidado, que se extiende luego dando lugar a un vasto prado que sube y baja por las sinuosidades del monte, para terminar en un bosque de altos árboles, tras el cual no sé qué más hay. Todo ello cercado por un seto de morales o rosales silvestres. No lo distingo bien porque –no sé si usted lo tiene presente– tanto la flor como el ramaje de estas matas espinosas son muy semejantes, y mientras no aparece el fruto en las ramas es fácil confundirse. En la parte delantera de la casa, es decir, por el lado paralelo al pueblo, la propiedad está cercada por un pequeño muro blanco, a lo largo de cuya parte alta hay ramas de verdaderos rosales, todavía sin flores, aunque ya llenas de capullos. En el centro, una cancilla de hierro, cerrada. Se comprende que se trata de la casa de una de las personalidades del pueblo, y de gente que vive desahogadamente, pues, efectivamente, todo en ella da signos, si no de riqueza y de pompa, sí, sin duda, de bienestar. Y mucho orden.

3 María se baja del burrito y se acerca a la puerta de hierro. Mira por entre las barras. No ve a nadie. Entonces trata de que la oigan. Una mujercita (la más curiosa de todas, que la ha seguido) le hace señales para que se fije en un extraño objeto que sirve para llamar: dos piezas de metal dispuestas en equilibrio en una especie de yugo, las cuales, moviendo el yugo con una gruesa cuerda, chocan entre sí haciendo el sonido de una campana o de un gong.

María tira de la cuerda, pero lo hace de forma tan delicada que el sonido es sólo un ligero tintineo que nadie oye. Entonces la mujercita, una viejecilla toda ella nariz y barbilla puntiaguda, y con una lengua que vale por diez juntas, se agarra a la cuerda y se pone a tirar, a tirar, a tirar. Una llamada que despertaría a un muerto.

-«Se hace así, mujer. Si no, ¿cómo va a querer que la oigan? Sepa que Isabel es anciana, y también Zacarías. Y ahora, además de sordo, está mudo. Los dos sirvientes son también viejos, ¿sabe? ¿Ha venido alguna otra vez? ¿Conoce a Zacarías? ¿Es usted…?».

Aparece un viejecillo renco que salva a María de este diluvio de informaciones y preguntas. Debe ser jardinero o labrador. Lleva en la mano un pequeño rastrillo y una hoz atada a la cintura. Abre. María entra mientras le da las gracias a la mujer, pero… ¡ay!, la deja sin respuesta. ¡Qué desilusión para la curiosa! Nada más entrar, dice:

-«Soy María de Joaquín y Ana, de Nazaret. Prima de vuestros señores».

4        El viejecillo inclina la cabeza y saluda, luego da una voz:

-«¡Sara! ¡Sara!».

Y abre otra vez la verja para coger el borriquillo, que se había quedado afuera porque María, para librarse de la pegajosa mujercita, se había colado dentro muy rápida, y el jardinero, tan rápidamente como Ella, había cerrado la verja delante de las narices de la chismosa. Pasa al burro y, mientras lo hace, dice:

-«¡Ah…, gran dicha y gran desgracia para esta casa! El Cielo ha concedido un hijo a la estéril. ¡Bendito sea por ello el Altísimo! Pero Zacarías volvió de Jerusalén mudo hace ya siete meses. Se hace entender con gestos, o escribiendo. ¿Ha tenido noticia de ello? Mi señora, en medio de esta alegría y este dolor, la ha echado mucho de menos. Siempre hablaba de usted con Sara. Decía: “¡Si estuviese aquí conmigo mi pequeña María…! Si hubiera seguido hasta ahora en el Templo, habría enviado a Zacarías a traerla. Pero el Señor ha querido que fuese la esposa de José de Nazaret. Sólo Ella podría consolarme en este dolor y ayudarme a rezar a Dios, porque todo en Ella es bondad. En el Templo todos la echan de menos y están tristes. La pasada fiesta, cuando fui con Zacarías la última vez a Jerusalén a dar gracias a Dios por haberme dado un hijo, oí de sus maestras estas palabras: ‘Al Templo parecen faltarle los querubines de la Gloria desde que la voz de María no suena ya entre estas paredes’ “. ¡Sara! ¡Sara! Mi mujer es un poco sorda. Ven, ven, que te llevo yo».

5        En vez de Sara, aparece, en la parte alta de una escalera adosada a un lado de la casa, una mujer ya muy anciana, ya llena de arrugas, con el pelo muy canoso –pero que ha debido ser negrísimo, a juzgar por lo negras que tiene las pestañas y las cejas y por el color moreno de su cara–. Contrasta en modo extraño, con su visible vejez, su estado, ya muy patente, a pesar de la ropa amplia y suelta que lleva. Mira protegiéndose los ojos de la luz con la mano. Reconoce a María. Levánta los brazos hacia el cielo con una exclamación de asombro y de alegría, y se apresura, en la medida en que puede, hacia abajo al encuentro de la recién llegada. Y María –cuyos movimientos son siempre moderados– esta vez se echa a correr rápida como un cervatillo y llega al pie de la escalera al mismo tiempo que Isabel. Y recibe en su pecho con viva efusión de afecto a su prima, que, al verla, llora de alegría.

Permanecen abrazadas un momento. Luego Isabel se separa con una exclamación de dolor y alegría al mismo tiempo, y se lleva las manos al abultado vientre. Agacha la cabeza, palideciendo y sonrojándose alternativamente. María y el sirviente extienden los brazos para sujetarla, pues ella vacila como si se sintiera mal.

Pero Isabel, después de un minuto de estar como recogida dentro de sí, alza su rostro, tan radiante que parece rejuvenecido, mira a María sonriendo con veneración como si estuviera viendo un ángel y se inclina en un intenso saludo diciendo:

«¡Bendita tú entre todas las mujeres! ¡Bendito el Fruto de tu vientre! (lo dice así, dos frases bien separadas) ¿Cómo he merecido que venga a mí, sierva tuya, la Madre de mi Señor? Sí, ante el sonido de tu voz, el niño ha saltado en mi vientre como jubiloso, y cuando te he abrazado el Espíritu del Señor me ha dicho una altísima verdad en el corazón. ¡Dichosa tú, porque has creído que a Dios le fuera posible lo que posible no aparece a la humana mente! ¡Bendita tú, que por tu fe harás realidad lo que te ha sido predicho por el Señor y fue predicho a los Profetas para este tiempo! ¡Bendita tú, por la Salud que engendras para la estirpe de Jacob! ¡Bendita tú, por haber traído la Santidad a este hijo mío que siento saltar de júbilo en mi vientre como cabritillo alborozado porque se siente liberado del peso de la culpa, llamado a ser el precursor, santificado antes de la Redención por el Santo que se está desarrollando en ti!».

María, con dos lágrimas como perlas, que le bajan desde los risueños ojos hasta la boca sonriente, el rostro alzado hacia el cielo, levantados también los brazos, en la posición que luego tantas veces tendrá su Jesús, exclama:

«El alma mía magnifica a su Señor»

y continúa el cántico como nos ha sido transmitido. Al final, en el versículo:

«Ha socorrido a Israel, su siervo etc.», recoge las manos sobre el pecho y se arrodilla muy curvada hacia el suelo adorando a Dios.

6        El sirviente, cuando había visto que Isabel no se sentía mal y que quería manifestar su pensamiento a María, se había retirado prudentemente; ahora vuelve del huerto acompañado de un anciano de aspecto majestuoso, de barba y pelo enteramente blancos, el cual, con vistosos gestos y sonidos guturales, saluda desde lejos a María.

-«Zacarías está llegando»

dice Isabel tocando en el hombro a la Virgen, que está orando absorta.

-«Mi Zacarías está mudo. Está bajo sanción divina por no haber creído. Ya te contaré luego. Ahora espero en el perdón de Dios porque has venido tú; tú, llena de Gracia».

María se levanta. Va hacia Zacarías. Se inclina hasta el suelo ante él. Le besa la orla de la vestidura blanca que le cubre hasta los pies. Esta vestidura es muy amplia y está sujeta a la cintura por una ancha franja bordada. Zacarías, con gestos, da la bienvenida a María, y juntos van donde Isabel. Entran todos en una vasta habitación, muy bien puesta, de la planta baja. Ofrecen asiento a María y mandan que le sirvan una taza de leche recién ordeñada –todavía tiene la espuma– y unas pequeñas tortas.

Isabel da órdenes a la sirvienta, quien, embadurnadas de harina todavía las manos y el pelo más blanco de cuanto en realidad lo es, por la harina que tiene, por fin ha hecho acto de presencia. Quizás estaba haciendo el pan. Da órdenes también al sirviente –al que oigo llamar Samuel– para que lleve el baulillo de María a la habitación que le indica. Todos los deberes de una señora de casa para con su huésped.

Entretanto, María responde a las preguntas que Zacarías le hace escribiendo con un estilo en una tablilla encerada. Por las respuestas, comprendo que le está preguntando por José y por cómo se encuentra siendo su prometida. Y comprendo también que a Zacarías le es negada toda luz sobrenatural acerca de la gravidez de María y su condición de Madre del Mesías. Es Isabel quien, acercándose a su marido y poniéndole con amor una mano en el hombro, como para hacerle una casta caricia, le dice:

-«María también es madre. Regocíjate por su felicidad».

Y no dice nada más. Mira a María; y María la mira, pero no la invita a decir nada más, por lo cual guarda silencio.

7        Dulce, dulcísima visión que me cancela el horror que me quedó al ver el suicidio de Judas! Ayer por la tarde, antes del sopor, vi el llanto de María, inclinada hacia la piedra de la unción, sobre el cuerpo sin vida del Redentor. Estaba a su lado derecho, dando la espalda a la boca de la gruta sepulcral. La luz de las antorchas iluminaba su cara y me hacía ver su pobre rostro devastado por el dolor, lavado por el llanto. Cogía la mano de Jesús, la acariciaba, se la calentaba en sus mejillas, la besaba, extendía los dedos… besaba uno a uno estos dedos ya inmóviles. Luego acariciaba el rostro de Jesús, se inclinaba a besar la boca abierta, los ojos semicerrados, la frente herida. La luz rojiza de las antorchas daba un aspecto más vivo aún a las llagas de todo ese cuerpo torturado y hacía más verídica la crudeza del suplicio padecido y la realidad de su estar muerto.

Y así me quedé contemplando mientras permaneció lúcida mi inteligencia. Luego, despertada del sopor, he orado y me tranquilicé para dormir verdaderamente. Entonces me comenzó la visión que he descrito. Pero la Madre me dijo:

«No te muevas. únicamente mira. Mañana escribirás».

Durante el sueño he vuelto a soñar todo. Me he despertado a las 6’30 y he vuelto a ver cuanto ya había visto despierta y en sueño. He escrito mientras veía. Luego ha venido usted y le he podido preguntar si tenía que meter lo que sigue. Son pequeños cuadros separados que tratan del tiempo de permanencia de María en casa de Zacarías.

22. Las jornadas en Hebrón. Los frutos de la caridad de María hacia Isabel. María revela el Nombre a Isabel

2 de abril de 1944.

1        Veo a María cosiendo sentada en la sala de la planta baja. Parece que es por la mañana. Isabel va y viene, ocupándose de la casa. Cada vez que entra, se acerca a depositar una caricia en la rubia cabeza de María, más rubia aún ahora por el contraste con las paredes, más bien oscuras, y bajo el rayo del luminoso sol que entra por la puerta abierta que da al jardín. Isabel se inclina a mirar el trabajo de María –es el bordado que tenía en Nazaret– y alaba su belleza.

-«Tengo, también lino para hilar»

dice María.

-«¿Para tu Niño?».

-«No. Lo tenía ya cuando todavía no pensaba que…».

María no acaba la frase, pero yo entiendo:

-«…cuando todavía no pensaba que iba a ser Madre de Dios».

-«Pero ahora tendrás que usarlo para El. ¿Es bonito? ¿Es fino? Ya sabes que los niños necesitan una tela suavísima».

-«Sí, lo sé».

-«Yo había empezado… Tarde, porque quería estar segura de que no era un engaño del Maligno; a pesar de que… sentía en mí una alegría tal, que, no, no podía provenir de Satanás. Luego… he sufrido mucho. Soy vieja, Maria, para encontrarme en este estado.

2 He sufrido mucho. Tú no sufres…».

-«Yo no. Nunca me he sentido tan bien».

-«¡Ya! ¡Claro! En ti no hay mancha, si Dios te ha elegido para ser Madre suya. Por tanto, no estás sujeta a los sufrimientos de Eva. El Fruto concebido en ti es santo».

-«Es como si tuviera un ala en el corazón y no un peso; es como llevar dentro todas las flores y todas las avecillas que cantan en primavera, y toda la miel y todo el sol… ¡Oh, me siento dichosa!».

-«¡Bendita eres! Yo también, desde que te he visto, he dejado de sentir peso, cansancio y   dolor. Me siento nueva, joven, liberada de las miserias de mi carne de mujer. Mi hijo saltó primero dichoso ante el sonido de tu voz, luego se tranquilizó gozoso. Y me parece como si le llevase dentro en una cuna viva, y como si le viera dormir completamente satisfecho y dichoso, y respirar como un pajarito feliz bajo el ala de su madre… 3 Ahora me voy a poner manos a la obra. No sentiré ya el peso. Veo poco, pero…».

-«¡Deja, Isabel! Me encargo yo de hilar y tejer para ti y para tu niño. Yo soy rápida y veo bien».

-«Pero tendrás que ocuparte del tuyo…».

-«¡Bueno, hay tiempo de sobra!… Primero me ocupare de ti, que ya vas a tener pronto al pequeñuelo; luego de mi Jesús».

Decirle lo dulce de la expresión y voz de María, decirle cómo se aljofára su ojo de un suave, dichoso llanto, cómo Ella sonríe al pronunciar este Nombre, mirando al cielo luminoso y azul, es superior a las posibilidades humanas. Parece como si el éxtasis la arrobara por el solo hecho de pronunciar «Jesús».

Isabel dice:

-«¡Qué nombre más hermoso! ¡El Nombre del Hijo de Dios, Salvador nuestro!».

-«¡Oh…, Isabel!».

María revela una expresión tristísima y ha aferrado las manos que su parienta tenía cruzadas sobre el vientre abultado.

«Dime, tú que, cuando yo llegué, fuiste investida del Espíritu del Señor y que profetizaste lo que el mundo ignora. Dime, ¿qué tendrá que hacer para salvar al mundo mi Criatura? Los Profetas… ¡Oh!… ¡Los Profetas que hablan del Salvador!… Isaías… ¿recuerdas Isaías! “El es el Varón de los dolores. Por sus moretones recibimos la salud. El ha sido traspasado y está llagado por nuestras iniquidades… Plugo al Señor quebrantarle con dolores… Tras la condena fue levantado…”[3] ¿De qué elevación habla? Le llaman Cordero, y yo pienso… yo pienso en el cordero pascual[4], el cordero mosaico, y concateno esto con la serpiente que Moisés levantó en una cruz[5]. ¡Isabel!… ¡Isabel! ¿Qué le harán a mi Criatura? ¿Qué tendrá que sufrir para salvar al mundo?».

María se echa a llorar. Isabel la quiere consolar diciendo:

-«María, no llores. Es tu Hijo, pero también es Hijo de Dios. Dios se preocupará de su Hijo y de ti, que eres su Madre. Si bien es cierto que muchos le tratarán cruelmente, también lo es que otros muchos le amarán. ¡Muchos!… Por los siglos de los siglos. El mundo dirigirá su mirada al que de ti nacerá y, junto con El, te bendecirá a ti, que eres Manantial de redención. ¡La suerte de tu Hijo! Proclamado Rey de toda la creación. Piensa en esto, María. Rey, por haber rescatado toda la creación; como tal, será su Rey universal. Y también en la tierra, en el tiempo, será amado. El que nacerá de mí precederá al tuyo y le amará. Se lo dijo el ángel a Zacarías. El me lo escribió… 4 ¡Qué dolor ver mudo a mi Zacarías! De todas formas, espero que cuando nazca el niño el padre sea liberado de este castigo. Pide tú por ello, tú que eres la Sede de la Potencia de Dios y la Causa de la alegría del mundo. Yo, para obtener esto, como puedo hago ofrenda de mi criatura al Señor, porque es suya, pues El se la ha prestado a su sierva para proporcionarle la alegría de ser llamada “madre”. Es el testimonio de cuanto Dios me ha hecho. Quiero que se llame Juan[6]110. ¿No es él, mi niño, acaso, una gracia? Y ¿no es Dios quien me la ha dado?».

-«Y Dios –yo también estoy convencida de ello– te concederá esa gracia. Yo oraré… contigo».

-«¡Siento tanto dolor viéndole mudo!…».

Isabel llora.

-«Cuando escribe –pues ya no puede hablarme– es como si montes y mares estuvieran entre mí y mi Zacarías. Después de tantos años de dulces palabras, ahora sólo silencio de su boca… sobre todo ahora, que sería verdaderamente hermoso hablar del que ha de venir. Incluso yo misma evito hablar para no verle cómo se fatiga respondiéndome con gestos. ¡He llorado tanto…! ¡Cuánto te he echado de menos! El pueblo mira, chismosea y critica. El mundo es así. Cuando se padece una pena o se tiene una alegría, tenemos necesidad de alguien capaz de comprender, no de criticar. Ahora es como si toda la vida fuera mejor. Estoy alegre desde que llegaste; siento que mi prueba pronto quedará superada y que pronto mi dicha será completa. Será así, ¿no es verdad? Yo me resigno a todo, pero… ¡si Dios perdonara a mi marido! ¡Oh, poder oírle orar de nuevo!…».

5        María la acaricia y la anima, y le propone, para distraerla, salir un poco al soleado jardín. Caminan bajo una pérgola bien cuidada, hasta una torrecilla rural, en cuyos agujeros hacen sus nidos las palomas. María les esparce comida sonriendo, pues se le han echado encima zureando intensamente. Su revoloteo dibuja en torno a Ella círculos iridiscentes. Se le posan sobre la cabeza, sobre los hombros, en los brazos y en las manos, alargando los picos rosados para arrebatarle los granitos de la concavidad de las manos, picoteando con gracia los róseos labios de la Virgen, y los dientes, que le brillan con el sol. María saca de un saquito el blondo trigo, y ríe en medio de ese carrusel de avidez impetuosa.

-«¡Cuánto te quieren!».

dice Isabel.

-«Pocos días llevas con nosotros y ya te quieren más que a mí, que las he cuidado siempre».

El paseo continúa hasta llegar a un recinto cerrado en el fondo del huerto. Hay unas veinte cabritas con sus cabritillos.

-«¿Has vuelto del pasto?»

pregunta María a un pastorcillo acariciándole.

-«Sí, porque mi padre me ha dicho: “Vete a casa, que dentro de poco va a llover y hay ovejas que pronto van a parir. Preocúpate de que tengan hierba seca y cama de paja preparada”. Viene por allí».

Y señala hacia más allá del bosque, de donde llega un trémulo balitar. Maria acaricia a un cabritillo que se restriega en ella, rubio como un niño. Y ella e Isabel beben la leche recién ordeñada que el pastorcillo les ofrece. Llegan las ovejas con un pastor hirsuto como un oso. Debe ser, no obstante, un buen hombre porque lleva sobre sus hombros una oveja quejumbrosa. La deja en el suelo despacio; explica que está para dar a luz un cordero, que no podía caminar sino con dificultad, que se la ha puesto sobre los hombros y que se ha dado una buena carrera para llegar a tiempo. Y el niño conduce al redil a la oveja, que va cojeando a causa de los dolores.

María se ha sentado en una piedra y juega con los cabritillos y los corderos, ofreciendo a sus rosados morritos flores de trébol. Un cabritillo blanco y negro le pone las patitas sobre un hombro y le olisquea los cabellos.

-«No es pan»

dice María riendo.

-«Mañana te traigo una corteza. Ahora tranquilo».

También Isabel, ya sosegada, ríe.

María habla de su Niño

6        Veo a María hilando premurosamente bajo la pérgola en que la uva aumenta de volumen. Debe haber pasado ya un poco de tiempo, pues las manzanas comienzan a tomar color rojo en los árboles, y las abejas zumban cerca de las flores de la higuera ya formadas. Isabel está verdaderamente gruesa y camina pesadamente. María la mira con atención y amor. También a María, que se ha levantado para recoger el huso, que se le ha caído lejos, se la ve más llena a la altura de los costados, y su expresión ha cambiado. Ahora es más madura. Antes era niña, ahora es mujer. Está anocheciendo y las mujeres entran en casa; en la habitación se encienden las lámparas. En espera de la cena, María teje.

-«¿No te cansa nunca?».

pregunta Isabel señalando el telar.

-«No, tenlo por seguro».

-«A mí este calor me deja sin fuerzas. No he vuelto a tener dolores, pero ahora el peso es grande para mis riñones, que ya son viejos».

-«¡Animo! Pronto serás liberada de ese peso. ¡Qué feliz te sentirás entonces! 7 Yo ardo en deseos de ser madre. ¡Mi Niño, mi Jesús! ¿Cómo será?».

-«Tan guapo como tú, María».

-«¡Oh, no! ¡Más guapo! El es Dios, yo soy su sierva. Me refería a si será rubio o moreno, si tendrá los ojos como el cielo sereno o como los de los ciervos de las montañas. Yo me le imagino más hermoso que un querubín, de cabellos rizados y color oro; los ojos del color de nuestro mar de Galilea cuando las estrellas empiezan a asomarse al confin del cielo; una boquita pequeñina y roja como el corte de una granada apenas abierta por el sol que la madura; sus mejillas, un rosáceo como éste de esta pálida rosa; dos manitas que, de lo pequeñitas y lindas que serán, podrán estar dentro de la corola de una azucena; dos piececitos que podrían caberme en el hueco de la mano, más delicados y lisos que un pétalo de flor. Mira, yo pongo en la idea que me he hecho de El todo lo que de hermoso me sugiere la tierra. Ya oigo su voz. Cuando llore –un poco llorará por hambre o por sueño mi Niño, y ello causará siempre un gran dolor a su Mamá, que no podrá, no, no podrá oírle llorar sin sentirse traspasar el corazón–, cuando llore, su voz será como ese balido que ahora oímos, de corderito de pocas horas que está buscando la mama y el calor de la lana materna para dormir. En la risa, en esa risa que llenará de cielo mi corazón, enamorado de mi Criatura –puedo estar enamorada de El porque es mi Dios, y amarle con amor de enamorada no es contravenir a mi consagrada virginidad–, en la risa, su voz será como el zurear jubiloso de este pichoncito, contento porque ha comido, satisfecho en el nido calentito. Pienso en El dando sus primeros pasos… un pajarillo saltando en un prado florido. El prado será el corazón de su Mamá, que estará bajo sus piececitos de rosa con todo su amor para que no encuentre nada que le produzca dolor. ¡Cuánto le voy a querer a mi Niño, a mi Hijo! 8 ¡Y también José le amará!».

-«Sí, pero tendrás que decírselo también a José».

Se le nubla el rostro a María, que suspira.

-«Tendré que decírselo… Yo habría querido que se lo dijera el Cielo, porque es muy difícil de decir».

-«¿Quieres que se lo diga yo? Le llamamos para la circuncisión de Juan…».

-«No. Mira, he dejado en manos de Dios la tarea de instruirle –y lo hará– acerca del feliz destino de nutricio del Hijo de Dios. El Espíritu me dijo aquella tarde: “Guarda silencio. Déjame a mí la tarea de justificarte”. Y lo hará. Dios no miente nunca. Es una gran prueba, pero con la ayuda del Eterno será superada. De mi boca, ninguno –aparte de ti, a quien el Espíritu se lo ha revelado– debe saber lo que la benevolencia del Señor ha hecho a su sierva».

-«He guardado silencio siempre, incluso con Zacarías, que hubiera exultado de gozo si lo hubiera sabido. El cree que eres madre según la naturaleza».

-«Sí, lo sé. Así lo he querido por prudencia. Los secretos de Dios son santos. El ángel del Señor no le ha revelado a Zacarías mi maternidad divina. Habría podido hacerlo, si Dios hubiese querido, porque Dios sabía que ya era inminente el momento de la Encarnación de su Verbo en mí. Pero Dios le ha tenido escondida esta luz de gozo a Zacarías, que no aceptaba, por considerarlo imposible, vuestra paternidad y maternidad tardías. Me he puesto en sintonía con la voluntad de Dios, y, ya ves, tú has sentido el secreto que vive en mí, y él no ha advertido nada. Hasta que no se desprenda el diafragma de su incredulidad ante la potencia de Dios, se verá separado de las luces sobrenaturales».

Isabel suspira y guarda silencio.

8        Entra Zacarías. Ofrece unos rollos a María. Es la hora de la oración de la cena. María reza en voz alta en vez de Zacarías. Luego se sientan a la mesa.

-«Cuando te marches, ¡cómo echaremos de menos el no tener quien ore en lugar de nosotros!»

dice Isabel mirando a su mudo.

-«Tú rezarás para ese entonces, Zacarías»

dice María. El menea la cabeza y escribe:

-«No podré volver a orar en representación de otros. Me he hecho indigno de ello desde que dudé de Dios».

-«Zacarías, tú rezarás. Dios perdona».

El anciano se enjuga una lágrima y suspira. Terminada la cena, María vuelve al telar.

-«¡Vale ya!»

dice Isabel.

-«Es demasiado cansancio».

-«Está próxima la hora, Isabel. Quiero hacerle a tu niño un equipo digno del predecesor del Rey de la estirpe de David».

Zacarías escribe:

-«¿De quién nacerá El, y dónde?».

María responde:

-«Donde han dicho los Profetas[7]111, y de quien elija el Eterno. Todo lo que nuestro Señor altísimo hace está bien hecho».

Zacarías escribe:

-«¡Entonces, en Belén! En Judea. Mujer, iremos a venerarle. Tú también vendrás con José a Belén».

Y María, inclinando hacia su telar la cabeza, dice:

-«Iré».

La visión cesa así.

« El don de Dios nos debe hacer siempre mejores».

10 Dice María:

«El primer acto de caridad para con el prójimo ha de ejercitarse con el prójimo. No veas en esto un juego de palabras. La caridad se tiene hacia Dios y hacia el prójimo. En la caridad hacia el prójimo está comprendida también la que tiene por objeto nosotros mismos. Pero, si nos amamos más que a los demás, ya no somos caritativos, somos egoístas. Incluso en las cosas lícitas debemos ser tan santos, que demos siempre prioridad a las necesidades de nuestro prójimo. Estad seguros, hijos, de que Dios completa la deficiencia de los generosos con medios de su potencia y bondad. 11 Esta certeza me impulsó a ir a Hebrón para ayudar en su estado a mi parienta.

Pues bien, a este detalle mío de ayuda humana, Dios, dando sin medida como El hace, añadió un inesperado don de ayuda sobrenatural. Yo había ido para aportar ayuda material; Dios santificó mi recta intención haciendo, de la misma, santificación del fruto del vientre de Isabel y anulando, a través de esta santificación –por la cual el Bautista fue presantificado–, el sufrimiento físico de esta madura hija de Eva que había concebido a una edad inusitada.

Isabel, mujer de fe intrépida y de confiado abandono a la voluntad de Dios, mereció comprender el misterio encerrado en mí. El Espíritu le habló a través de ese vuelco de su vientre. El Bautista pronunció su primer discurso de Anunciador del Verbo a través de los velos y los diafragmas de venas y de carne que le separaban de su santa madre, y que a la vez la unían a ella.

No ocultó mi condición de Madre del Señor a esta mujer que merecía saberlo, a quien además la Luz se había manifestado. Ocultarla habría sido negarle a Dios la alabanza que era justo darle, el sentimiento de alabanza que yo llevaba en mí y que, no pudiéndolo manifestar a nadie, lo manifestaba a la hierba, a las flores, a las estrellas, al sol, a los canoros pájaros, a las pacientes ovejas, a las aguas cantarinas y a la luz de oro que me besaba descendiendo del cielo. Pero, orar dos juntos es más dulce que decir uno solo su oración. Yo hubiera querido que el mundo entero hubiera conocido mi destino; no por mí, sino porque todos se hubiesen unido a mi para alabar a mí Señor.

La prudencia me prohibió revelarle a Zacarías la verdad. Habría significado ir más allá de la obra de Dios, y, si bien era cierto que yo era su Esposa y Madre, seguía siendo su Sierva y no debía –porque El me había amado sin medida– permitirme colocarme en su lugar y sobrepasar un decreto suyo Isabel, en su santidad, comprendió y guardó silencio, porque el que es santo es siempre sumiso y humilde.

12 El don de Dios debe hacernos cada vez mejores. Cuanto más recibimos de El, más debemos dar, porque cuanto más recibimos, más es signo de que El está en nosotros y con nosotros, y cuanto más está en nosotros y con nosotros, más debemos esforzarnos en alcanzar su perfección.

Ello explica por qué yo, posponiendo mi labor, trabajé para Isabel. No me dejé llevar del miedo de la falta de tiempo. Dios es dueño del tiempo, y provee a las necesidades de quien en El espera, incluso en las cosas ordinarias. El egoísmo no acelera, retarda; la caridad no retarda, acelera: tenedlo siempre en cuenta.

13 ¡Cuánta paz en la casa de Isabel! Si no hubiera tenido la preocupación de José y esa, esa, esa preocupación de que mi Niño era el Redentor del mundo, me habría sentido feliz. Pero ya la Cruz extendía su sombra sobre mi vida, ya me era sonido fúnebre la voz de los Profetas…

Yo me llamaba María. La amargura siempre se mezclaba con las dulzuras que Dios vertía en mi corazón, amargura que fue cada vez más en aumento, hasta la muerte de mi Hijo. Y, no obstante, cuando Dios nos destina, María, a ser víctimas por su honor, ¡Oh, qué dulce es ser trituradas en el molino, como el trigo, para hacer de nuestro dolor el pan que consolide a los débiles y los haga capaces de obtener el Cielo!

Ya es suficiente. Estás cansada y te sientes feliz. Descansa con mi bendición».

[1] Cfr. Lc. 1, 39–55.

[2] debe relacionarse con 34.1, 41. 10 y 45. 1.

[3] Cfr. Is. 52, 13–15; 53.

[4] Cfr. Ex. 12, 1–28; Núm. 28, 16–25; Deut. 16, 1–8.

[5] Cfr. Núm. 21, 4–9; Sab. 16, 5–7; Ju. 3, 14–15.

[6] En efecto, el término “Juan” significa: “gracia, favor, don de Dios”

[7] Cfr. Miq. 5, 2–5; Mat. 2, 2–6; Ju. 7, 41–42.

13/12/2015 Evangelio según San Lucas 3,10-18.

Tercer domingo de Adviento

Santo(s) del día : Santa Juana Francisca Frémiot de Chantal
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Lecturas

El evangelio de este domingo refiere palabras del Precursor de distintos momentos de su predicación, uno de los capítulos es el del Bautismo de Jesús, de la entrada anterior. Para complementar tenemos los capitulos 324 donde los apóstoles testigos de la predicación de Juan Bautista refieren las palabras de Juan , el capitulo 127 donde Matías también refiere palabras de Juan, y el testimonio de nuestro mismo Señor en el capitulo 266 y su último encuentro con San Juan Bautista en el capitulo 148.

Tanto el 2° como el 3° domingo se refieren a este Gran Santo y se complementan con las visiones de Catalina Emmerick de la entrada anterior.

Verdaderamente estas visiones nos aclaran muy bien cómo era y que sabía San Juan Bautista, son un tesoro que vale la pena conocer. Hay que rezarles a estos santos con más frecuencia, imaginen el lugar que ellos tienen en el cielo después de María Santísima.

Tercer año de la Vida Pública de Jesús

324. Las pláticas de los ocho apóstoles antes de dejar Antioquía. El adiós a Juan de Endor y a Síntica.

8 de noviembre de 1945.   324 1

 Los muros de Antioquía subiendo por
el Monte Silpius  durante las cruzadas.

1 Los apóstoles están otra vez en la casa de Antioquía; con ellos, los dos discípulos y todos los hombres de Antigonio, no vestidos ya con túnicas cortas y de trabajo, sino con indumentos largos, festivos. De esto deduzco que es sábado.

Felipe ruega a los apóstoles que hablen al menos una vez a todos, antes de su ya inminente partida.

-«¿Sobre qué?».

-«Sobre todo lo que queráis. Habéis oído estos días lo que hemos dicho. De acuerdo con ello, decidid».

Los apóstoles se miran unos a los otros. ¿Quién debe hablar? ¡Pedro, es natural! ¡Es el jefe! Pero Pedro no querría hablar y defiere a Santiago de Alfeo o a Juan de Zebedeo el honor de hacerlo. Sólo cuando los ve irremovibles se decide a hablar.

-«Hoy hemos oído en la sinagoga explicar el capítulo 52 de Isaías. El comentario que se ha hecho ha sido docto según el mundo, pero deficiente según la Sabiduría. De todas formas no se debe recriminar al comentador, que ha dado lo que podía con esa sabiduría suya que carece de la parte mejor: el conocimiento del Mesías y del tiempo nuevo que El ha traído. No obstante, no hagamos críticas, sino oraciones para que llegue al conocimiento de estas dos gracias y las pueda aceptar sin obstáculo. Me habéis dicho que durante la Pascua oísteis hablar del Maestro con fe y también con menosprecio. Y que solamente por la gran fe que llena los corazones de la casa de Lázaro, todos los corazones, habíais podido resistir a la desazón que las acusaciones de otros metían en el corazón; mucho más si se considera que estos otros eran precisamente los rabíes de Israel. Pero ser doctos no quiere decir ser santos ni poseer la Verdad. La Verdad es ésta:

Jesús de Nazaret es el Mesías prometido, el Salvador de que hablan los Profetas, de los cuales el último descansa desde hace poco en el seno de Abraham después del glorioso martirio sufrido por la justicia. Juan el Bautista –y aquí están presentes los que oyeron esas palabras dijo: –“Este es el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo”. Sus palabras fueron creídas por los más humildes de entre los que se hallaban presentes, porque la humildad ayuda a llegar a la Fe, mientras que a los soberbios les es difícil el camino –cargados como están de lastre– para llegar a la cima del monte donde vive, casta y luminosa, la Fe. Estos humildes, porque tales eran y por haber creído, han merecido ser los primeros en el ejército del Señor Jesús. Podéis ver, pues, cuán necesaria es la humildad para tener fe solícita, y cuánto es premiado el saber creer, incluso cuando las apariencias se presentan contrarias. Os exhorto y estimulo a tener estas dos cualidades en vosotros; entonces seréis del ejército del Señor y conquistaréis el Reino de los Cielos… 2 A ti, Simón Zelote. Yo he terminado. Continúa tú».

324 2Antakya hoy capital de la provincia turca de Hatay, entonces de Siria donde el padre de Lázaro fue Gobernador

 El Zelote, cogido tan al improviso y tan claramente indicado como segundo orador, tiene que salir adelante sin demoras ni quejas. Y dice:

-«Voy a continuar la plática de Simón Pedro, cabeza de todos nosotros por voluntad del Señor. Voy a continuar sin dejar el tema del capítulo 52 de Isaías, visto por uno que conoce la Verdad encarnada, de la que es siervo para siempre. Está escrito: “¡Levántate, revístete de tu fuerza, Oh Sión, vístete de fiesta, ciudad del Santo!”[1]. Así verdaderamente debería ser. Porque, cuando una promesa se cumple, cuando una paz se establece, cuando cesa una condena y cuando viene el tiempo de la alegría, los corazones y las ciudades deberían vestirse de fiesta y levantar las frentes abatidas, sintiendo que ya no son personas odiadas, derrotadas, golpeadas, sino amadas y liberadas. No estamos aquí haciendo un proceso a Jerusalén. La caridad, primera entre todas las virtudes, lo prohíbe. Dejemos, pues, de observar el corazón de los demás y miremos al nuestro. Revistamos de fuerza nuestro corazón con esa fe de que ha hablado Simón, y vistámonos de fiesta, porque nuestra fe secular en el Mesías ahora se corona con la realidad de la cosa. El Mesías, el Santo, el Verbo de Dios está realmente entre nosotros.

Y tienen prueba de ello no sólo las almas, que reciben palabras de Sabiduría que las fortalecen e infunden santidad y paz, sino también los cuerpos, que por obra del Santo, al cual el Padre todo concede, se ven liberados de las más atroces enfermedades, e incluso de la muerte; para que las tierras y los valles de nuestra patria de Israel queden llenos de las alabanzas al Hijo de David y al Altísimo, que ha enviado a su Verbo, como había prometido a los Patriarcas y Profetas. El que os habla estaba leproso, destinado a morir, transcurriendo primero años de cruel angustia, en la soledad de fiera que es propia de los leprosos. Un hombre me dijo: “Ve a El, al Rabí de Nazaret, y serás curado”.

Tuve fe. Fui. Quedé curado. En el cuerpo. En el corazón. En el primero desapareció la enfermedad que separa de los hombres; en el segundo, el rencor que separa de Dios. Y con un corazón nuevo, pasé, de proscrito, enfermo, inquieto, a ser su siervo, llamado a la feliz misión de ir a los hombres y amarlos en nombre suyo e instruirlos en la única cosa que es necesario conocer: que Jesús de Nazaret es el Salvador y que son bienaventurados los que creen en El. 3 Habla tú ahora, Santiago de Alfeo».

-«Yo soy el hermano del Nazareno. Mi padre y su padre eran hermanos nacidos del mismo seno. Y, no obstante, no puedo llamarme hermano, sino siervo. Porque la paternidad de José, hermano de mi padre, fue una paternidad espiritual, y en verdad os digo que el verdadero Padre de Jesús, Maestro nuestro, es el Altísimo al que nosotros adoramos. El cual ha permitido que la Segunda Persona[2] de su Divinidad Una y Trina se encarnara y viniera a la tierra, permaneciendo de todas formas siempre unida con Aquellas que viven en el Cielo. Porque ello lo puede hacer Dios, el infinitamente Potente. Y lo hace por el Amor, que es su naturaleza. Jesús de Nazaret es nuestro hermano, ¡Oh hombres!, porque ha nacido de mujer y es semejante a nosotros por su humanidad. Es nuestro Maestro porque es el Sabio, es la Palabra misma de Dios que ha venido a hablarnos para hacernos de Dios. Y es nuestro Dios, siendo uno con el Padre y con el Espíritu Santo, con los cuales está siempre en unión de amor, potencia y naturaleza. Sea propiedad vuestra también esta verdad, que con manifiestas pruebas fue concedido conociera el Justo que fue pariente mío. Y contra el mundo, que tratará de separaros de Cristo diciendo: “Es un hombre cualquiera” responded: “No. Es el Hijo de Dios, es la Estrella nacida de Jacob, es el Cayado que se eleva en Israel, es el Dominador”[3]: no dejéis que ninguna cosa os disuada. Esta es la Fe. 4 A ti, Andrés».

-«Esta es la Fe. Yo soy un pobre pescador del lago de Galilea, y, en las silenciosas noches de pesca, bajo la luz de los astros, tenía muchos coloquios conmigo mismo. Decía: “¿Cuándo vendrá? ¿Viviré todavía? Faltan todavía muchos años[4], según la profecía”. Para el hombre, de vida limitada, unas pocas decenas de años son siglos… Me preguntaba: “¿Cómo vendrá? ¿Dónde? ¿De quién?”. Y mi embotamiento humano me hacía soñar regios esplendores, regias moradas y cortejos y clangores y poder, e irresistible majestad… Y decía: “¿Quién podrá mirar a este gran Rey?”. Le imaginaba manifestándose en modo más aterrorizador que el propio Yahvé en el Sinaí[5]. Me decía: “Los hebreos, allí, vieron al monte lanzando resplandores, pero no quedaron reducidos a cenizas porque el Eterno estaba más allá de los nimbos. Pero aquí nos mirará con ojos mortíferos y moriremos…”. Era discípulo del Bautista[6]. Y en las pausas de la pesca iba donde él, con otros compañeros.

Era un día de esta luna… Las márgenes del Jordán estaban llenas de gente que temblaba al oír las palabras del Bautista. Yo había visto a un joven hermoso y calmo venir hacia nosotros por un sendero. Humilde la túnica, dulce el aspecto. Parecía pedir amor y dar amor. Su ojo azul se posó un momento en mí, y experimenté una cosa que no he vuelto a experimentar jamás. Me pareció como si me acariciaran el alma, como si alas de ángel me rozaran apenas. Por un momento, me sentí tan lejos de la tierra, tan distinto, que dije: “¡Ahora muero! Es la convocatoria de Dios a mi espíritu”. Pero no morí. Me quedé hechizado contemplando al joven desconocido, que, a su vez, había fijado su mirada azul en el Bautista. Y el Bautista se volvió, se apresuró a ir a El, se inclinó ante El. Se hablaron. Y, dado que la voz de Juan era un trueno continuo, las misteriosas palabras llegaron hasta mí, que estaba escuchando, deseando vehementemente saber quién era el joven desconocido. Mi alma le sentía distinto de todos. Decían: “Yo debería ser bautizado por ti…”. “Deja, ahora. Conviene cumplir toda justicia”… Juan ya había dicho: “Vendrá uno al que no soy digno de desatar las correas de las sandalias”. Había dicho ya: “En medio de vosotros, en Israel, hay uno que no conocéis. Tiene ya en su mano el aventador y limpiará su era y quemará la paja con el fuego inextinguible”. Yo tenía ante mí a un joven común, de aspecto manso y humilde, y, no obstante había oído que era Aquel al que ni siquiera el Santo de Israel, el último Profeta, el Precursor, era digno de desatarle las sandalias. Había oído que era Aquel al que no conocíamos. Pero no sentí miedo de El. Es más, cuando Juan, pasado el superextasiante trueno de Dios, pasado el inconcebible esplendor de la Luz en forma de paloma de paz, dijo: “Este es el Cordero de Dios”, yo, con la voz del alma, jubiloso por haber presentido al Rey Mesías en el joven manso y humilde de aspecto, grité con la voz del espíritu: “¡Creo!”. Por esta fe soy su siervo. Sedlo vosotros también y tendréis paz. 5 Mateo, a ti el narrar las otras glorias del Señor».

-«Yo no puedo usar las palabras límpidas de Andrés. El era un justo; yo, un pecador.

Por eso mi palabra no tiene notas festivas, aunque no le falta la paz confidencial de un salmo. Era un pecador, un gran pecador. Vivía en el error completo. Me había endurecido en el error y no sentía desazón. Si alguna vez los fariseos o el arquisinagogo me herían con sus insultos o reprensiones, recordándome al Dios Juez implacable, experimentaba un momento de terror… y luego me arrellanaba en la necia idea: “Total ya soy un réprobo. Gocemos, pues, sentidos míos, mientras podamos hacerlo”. Y, más que nunca, me hundía en el pecado. Hace dos primaveras, vino un Desconocido a Cafarnaúm. También para mí era un desconocido. Lo era para todos, porque estaba en los comienzos de su misión. Solamente unos pocos hombres le conocían por lo que El era realmente. Estos que veis y otros pocos. Me asombró su espléndida virilidad, más casta que la castidad de una virgen. Esto fue lo primero que me impresionó. Le veía con porte grave, y, a pesar de ello, dispuesto a escuchar a los niños que iban a El como las abejas a la flor; su único entretenimiento eran sus juegos inocentes y sus palabras sin malicia Luego me impresionó su poder. Hacía milagros. Dije: “Es un exorcista. Un santo”. Pero me sentía tan ignominioso a su lado, que me apartaba de El. El me buscaba. Esa era mi impresión. No había vez que pasara cerca de mi banco que no me mirase con su ojo dulce y un poco triste. Y cada vez se producía como un sobresalto de la conciencia entorpecida, la cual no volvía ya al mismo nivel de torpor. Un día –la gente magnificaba siempre su palabra– sentí deseos de oírle. Escondiéndome detrás de una esquina de una casa le oí hablar a un pequeño grupo de hombres. Hablaba con sencillez, sobre la caridad, que es como indulgencia por nuestros pecados… Desde aquella tarde yo, el exigente y duro de corazón, quise conseguir de Dios el perdón de muchos pecados. Hacía las cosas en secreto… Pero El sabía que era yo, porque lo sabe todo. Otra vez, le oí explicar precisamente el capítulo 52 de Isaías: decía que en su Reino, en la Jerusalén celestial, no estarían los impuros ni los incircuncisos de corazón, y prometía que aquella Ciudad celeste –cuyas bellezas expresaba con tan persuasiva palabra, que me vino nostalgia de ella– sería de quien a El fuera. Y luego,… y luego… ¡Oh, aquel día no fue una mirada de tristeza, sino de mando! Me desgarró el corazón, puso mi alma al desnudo, la cauterizó, tomó en su poder a esta pobre alma enferma, la atormentó con su amor exigente… y mi alma fue nueva. Fui a El con arrepentimiento y deseo. No esperó a que le dijera: “Señor, piedad!”. Dijo El: “¡Sígueme!”. El Manso había vencido a Satanás en el corazón del pecador. Que esto os diga, si alguno de vosotros tiene culpas que le turban, que es el Salvador bueno y que no hay que apartarse de El, sino que, cuanto más pecador es uno, más debe ir a El con humildad y arrepentimiento para ser perdonado. 6 Santiago de Zebedeo, habla tú».

-«Verdaderamente no sé qué decir. Habéis hablado y dicho lo que yo habría dicho. Porque la verdad es ésta y no puede cambiar. Yo también estaba, con Andrés, en el Jordán, pero no me di cuenta de El sino cuando me lo indicó la mención del Bautista.

Yo también creí inmediatamente, y, cuando se marchó, después de su luminosa manifestación, me quedé como uno al que de una cima llena de sol le llevan a una obscura cárcel. Sentía un incontenible deseo de volver a encontrar el Sol. El mundo carecía totalmente de luz, después de habérseme presentado la Luz de Dios y luego haber desaparecido de mi presencia. Estaba solo entre los demás hombres. Mientras comía tenía hambre. Durante el sueño velaba con la parte mejor de mí mismo. Dinero, oficio, afectos, todo había pasado a un segundo lugar respecto a este deseo incontenible de El; había quedado lejos, sin atractivo. Cual niño que ha perdido a su madre, gemía:

“¡Vuelve, Cordero del Señor! ¡Altísimo, como enviaste a Rafael a guiar a Tobías[7], envía a tu ángel a guiarme a los caminos del Señor para que le encuentre, le encuentre, le encuentre!”.

Y, a pesar de todo, cuando, después de decenas de días[8] de inútil espera y de búsqueda ansiosa –que, por su inutilidad, nos hacía sentir más cruel la pérdida de nuestro Juan, que había sido arrestado por primera vez–, se nos presentó por el sendero, viniendo del desierto, no le reconocí inmediatamente. Llegado a este punto, quiero, hermanos en el Señor, enseñaros otro camino para ir a El y reconocerle. Simón de Jonás ha dicho que hace falta fe y humildad para reconocerle. Simón Zelote ha confirmado la absoluta necesidad de la fe para reconocer en Jesús de Nazaret a Aquel que es, en el Cielo y en la tierra, según cuanto ha sido dicho. Y Simón Zelote necesitaba una fe muy grande, para esperar incluso para su cuerpo inevitablemente enfermo. Por eso Simón Zelote dice que fe y esperanza son los medios para poseer al Hijo de Dios. Santiago, hermano del Señor, habla del poder de la fortaleza para conservar lo hallado. La fortaleza, que impide que las insidias del mundo y de Satanás socaven nuestra fe. Andrés muestra toda la necesidad de unir a la fe una santa sed de justicia, tratando de conocer y retener la verdad, cualquiera que fuere la boca santa que la anuncie, no por un orgullo humano de ser doctos, sino por el deseo de conocer a Dios. Quien se instruye en las verdades encuentra a Dios. Mateo, que fue pecador, os indica otro camino por el que se alcanza a Dios: despojarse de la sensualidad por espíritu de imitación, yo diría que por reflejo de Dios, que es Pureza infinita. El, el pecador, se siente impresionado, lo primero, por la “virilidad casta” del Desconocido que había ido a Cafarnaúm, y, casi como si ésta tuviera el poder de resucitar su muerta continencia, se veda a sí mismo, lo primero, el sentido carnal, liberando así de obstáculos el camino para la llegada de Dios Y para la resurrección de las otras virtudes muertas. De la continencia pasa a la misericordia, de ésta a la contrición, de la contrición a la superación de todo sí mismo y a la unión con Dios. “Sígueme”. “Voy”. Pero su alma había dicho ya: “Voy”, y el Salvador había dicho ya: “Sígueme”, desde la primera vez que la virtud del Maestro había atraído la atención del pecador. Imitad. Porque toda experiencia ajena, aunque fuera penosa, es guía para evitar el mal y encontrar el bien en aquellos que tienen buena voluntad. Yo, por mí, digo que, cuanto más se esfuerza el hombre en vivir para el espíritu, más apto es para reconocer al Señor; y la vida angélica favorece esto al máximo. Entre nosotros, discípulos de Juan, el que le reconoció, después de la ausencia, fue el alma virgen. El, más incluso que Andrés, le reconoció, a pesar de que la penitencia hubiera cambiado el rostro del Cordero de Dios. Por eso digo: “Sed castos para poderle reconocer”. 7 Judas, ¿quieres hablar tú ahora?».

-«Sí. Sed castos para poderle reconocer. Pero sedlo también para poderle conservar en vosotros con su Sabiduría, con su Amor, con todo El mismo. Sigue diciendo Isaías en el capítulo 52: “No toquéis lo impuro,… purificaos los que lleváis los vasos del Señor”[9]. Verdaderamente, toda alma que se hace discípula suya es semejante a un vaso colmado del Señor, y el cuerpo que la contiene es como el portador del vaso consagrado al Señor.

No puede Dios estar donde hay impureza. Mateo ha dicho cómo el Señor estaba explicando que nada que fuera impuro o que estuviera separado de Dios habitará en la Jerusalén celeste. Sí. Pero es necesario no ser impuros aquí abajo, y no estar separados de Dios, para poder entrar en ella. Desdichados aquellos que aplazan a la última hora su arrepentimiento. No siempre tendrán tiempo de hacerlo. De la misma manera que los que ahora le calumnian no tendrán tiempo de hacer nuevo su corazón en el momento de su triunfo, siendo así que no gozarán de los frutos de éste. Quienes esperan ver en el Rey santo y humilde un monarca terreno, y, más aún, quienes temen ver en El un monarca terreno, no estarán preparados para aquella hora; engañados y defraudado su pensamiento, que no es el pensamiento de Dios sino un pobre pensamiento humano, pecarán cada vez más. La humillación de ser el Hombre pesa sobre El. Debemos tener presente esto. Isaías[10] dice que todos nuestros pecados tienen mortificada a la Persona Divina bajo una apariencia común. Cuando pienso que el Verbo de Dios tiene alrededor de sí, como una costra sucia, toda la miseria de la humanidad desde que ésta existe, pienso con profunda compasión y con profunda comprensión en el sufrimiento que debe producirle ello a su alma sin culpa: la repulsa de una persona sana que fuera recubierta con los andrajos y las porquerías de un leproso. Es verdaderamente el traspasado por nuestros pecados, el llagado por todas las concupiscencias del hombre. Su alma, que vive entre nosotros, debe temblar con los contactos como por escalofrío de fiebre. Y, no obstante, no dice nada. No abre la boca para decir: “Me producís horror”. La abre solamente para decir: “Venid a mí, a que os quite vuestros pecados” Es el Salvador. En su infinita bondad, ha querido velar su irresistible belleza. Esa belleza que, si se hubiera presentado cual es en el Cielo, nos habría reducido a cenizas, como ha dicho Andrés. Esa belleza ahora se ha hecho atractiva, como de manso Cordero, para poder acercarse a nosotros y salvarnos. Su opresión, su condena durará hasta que, consumido por el esfuerzo de ser el Hombre perfecto en medio de los hombres imperfectos, sea elevado por encima de la multitud de los rescatados, en el triunfo de su realeza santa. ¡Dios que conoce la muerte, para salvarnos a la Vida!… Que estos pensamientos os hagan amarle sobre todas las cosas. El es el Santo. Yo lo puedo decir, yo que con Santiago he crecido con El. Y lo digo y lo diré, dispuesto a dar mi vida para firmar esta confesión; para que los hombres crean en El y tengan la Vida eterna. 8 Juan de Zebedeo, te toca hablar a ti».

-«¡Qué hermosos[11] en los montes los pies del mensajero! Del Mensajero de paz, de Aquel que anuncia la felicidad y predica la salud, de Aquel que dice a Sión: “¡Reinará tu Dios!”. Y estos pies van, incansables, desde hace dos años, por los montes de Israel, convocando a las ovejas de la grey de Dios para reunirlas, confortando, sanando, perdonando, dando paz. Su paz. Verdaderamente me resulta extraño el no ver estremecerse de alegría los montes y exultar las aguas de la patria, bajo la caricia de su pie. Pero lo que más me asombra es el no ver a los corazones estremecerse de alegría y exultar diciendo: “¡Gloria al Señor! ¡El Esperado ha venido! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”. Aquel que derrama gracias y bendiciones, paz y salud, y llama para el Reino abriéndonos el camino que a él conduce; Aquel, sobre todo, que espira amor de cada una de sus acciones o palabras, de cada mirada, de cada respiro. ¿Qué es este mundo, pues, para estar ciego a la Luz que vive en medio de nosotros? ¿Qué losas, más espesas que la piedra que cierra las puertas de los sepulcros, le muran la vista del alma para no ver esta Luz? ¿Qué montañas de pecados tiene encima de sí para estar tan oprimido, separado, cegado, ensordecido, encadenado, paralizado, de forma que permanece pasivo ante el Salvador? ¿Qué es el Salvador? Es la Luz fundida con el Amor.

La boca de mis hermanos ha cantado las alabanzas del Señor, ha recordado sus obras, ha indicado las virtudes que deben practicarse para llegar a su camino. Yo os digo: amad. No hay virtud mayor ni más semejante a su Naturaleza. Si amáis, practicaréis todas las virtudes sin esfuerzo, empezando por la castidad. Y no os será gravoso el ser castos, porque amando a Jesús no amaréis a nadie inmoderadamente. Seréis humildes porque veréis en El sus infinitas perfecciones con ojos amantes, por lo cual no os ensoberbeceréis de las vuestras, mínimas. Seréis creyentes. ¿Quién no cree en aquel a quien ama? Sentiréis la contrición del dolor que salva, porque será recto vuestro dolor, es decir será un dolor por la pena causada a El, no por la pena por vosotros merecida. Seréis fuertes. ¡Oh, sí! ¡Cuando uno está unido a Jesús, es fuerte! Fuerte contra todo. Estaréis llenos de esperanza, porque no dudaréis del Corazón de los corazones, que os ama con la totalidad de sí mismo. Seréis sabios. Seréis todo. Amad a Aquel que anuncia la felicidad verdadera, que predica la salud, que va, incansable, por los montes y los valles convocando al rebaño para reunirle; a Aquel en cuyo camino está la Paz, como también hay paz en su Reino, que no es de este mundo, sino que es verdadero, como verdadero es Dios. Abandonad cualquier camino que no sea el suyo. Liberaos de toda tiniebla. Id a la Luz. No seáis como el mundo, que no quiere ver la Luz, que no quiere conocerla. Vosotros id a nuestro Padre, que es el Padre de las luces, que es Luz sin medida, a través del Hijo, que es la Luz del mundo, para gozar de Dios en el abrazo del Paráclito, que es fulgor de las Luces en una sola beatitud de amor, que a los Tres centra en Uno. ¡Infinito océano del Amor, sin tempestades, sin tinieblas, acógenos! ¡A todos! los inocentes y a los convertidos. ¡A todos! ¡En tu paz! ¡A todos! Para toda la eternidad. A todos los que habitamos sobre la tierra, para que te amemos a ti, Dios, y al prójimo como tú quieres.

A todos, en el Cielo, para que sigamos amando, siempre, no sólo a ti y a los celestes habitantes, sino también, y todavía, a los hermanos que militen en la tierra en espera de la paz, y, cual ángeles de amor, los defendamos y apoyemos en las batallas y tentaciones, para que después puedan estar contigo en tu paz, para gloria eterna del Señor nuestro Jesús, Salvador, Amador del hombre, hasta el límite sin límite del anonadamiento sublime».

9       Como siempre, Juan, ascendiendo en sus vuelos de amor, lleva consigo a las almas a lugares de amor levísimo y silencio místico.

Debe pasar un rato antes de que retorne la palabra a los labios del auditorio. El primero en hablar es Felipe, dirigiéndose a Pedro:

-«¿Y Juan, el pedagogo, no habla?».

-«Os hablará por nosotros continuamente. Ahora dejadle en su paz, y dejadnos también a nosotros un buen rato con él. Tú, Saba, haz lo que te he dicho antes; y tú también, buena Berenice…».

10     Salen todos. Se quedan en la amplia sala los ocho con los dos. Hay un silencio grave. Están todos un poco pálidos: los apóstoles, porque saben lo que está para producirse; los dos discípulos, porque lo presienten.

Pedro abre sus labios, pero encuentra sólo esta palabra:

-«Oremos»,

y entona el “Pater noster”. Luego –está verdaderamente pálido, quizás más que en el momento de la muerte–, yendo a ponerse entre los dos y colocando una mano sobre sus hombros, dice:

-«Es la hora de la despedida, hijos. ¿Qué le digo al Señor en nombre vuestro? ¿A El, que ciertamente estará ansioso de saber de vuestra santidad?».

Síntica cae de rodillas y se cubre el rostro con las manos. Juan la imita. Pedro los tiene a sus pies, y, mecánicamente, los acaricia mientras se muerde los labios para no ceder a la emoción. Juan de Endor alza su acongojado rostro y dice:

-«Dirás al Maestro que nosotros hacemos su voluntad…».

 Y Síntica:

-«Y que nos ayude a cumplirla hasta el final…».

El llanto impide frases más largas.

-«Bien. Démonos el beso de despedida. Esta hora debía llegar…».

También Pedro se corta, ahogado por un nudo de llanto.

-«Antes bendícenos»

suplica Síntica.

-«No. No yo. Mejor uno de los hermanos de Jesús…».

-«No. Tú eres el jefe. Nosotros los bendeciremos con el beso. Bendícenos a todos, a nosotros que nos marchamos y a ellos que se quedan»

dice Judas Tadeo, poniéndose el primero de rodillas.

Y Pedro, el pobre Pedro –que ahora está rojo por el esfuerzo de mantener firme la voz y por la emoción de bendecir, con las manos extendidas hacia el pequeño núcleo arrodillado a sus pies– pronuncia, con voz aún más áspera por el llanto, casi de viejo, la bendición mosaica[12] … Luego se agacha, besa en la frente a la mujer, como si fuera una hermana; levanta y abraza, besándole fuerte, a Juan, y… se marcha valientemente de la habitación, mientras los otros imitan su acto para con los dos que se quedan…

Afuera, el carro está ya preparado. Sólo están presentes Felipe y Berenice, y el siervo que sujeta el caballo. Pedro ha subido ya al carro…

-«Dirás al amo que esté tranquilo respecto a sus recomendados»

dice Felipe a Pedro.

-«Dirás a María que siento la paz de Euqueria desde que ella es discípula»

dice en voz baja Berenice al Zelote.

-«Le diréis al Maestro, a María, a todos, que los amamos, y que… ¡Adiós! ¡Adiós! ¡Oh, no los volveremos a ver! ¡Adiós, hermanos! Adiós…».

Corren afuera, al camino, los dos discípulos… Pero el carro, que ha partido al trote, ya ha doblado la esquina… Ha desaparecido…

-«¡Síntica!».

-«¡Juan!».

-«¡Estamos solos!».

-«¡Dios está con nosotros!… Ven, pobre Juan. El Sol declina. Te sienta mal estar aquí…».

«Para mí el Sol se ha puesto para siempre… Sólo volverá a salir en el Cielo».

Y entran donde antes estaban con los demás, se dejan caer sobre una mesa y se entregan, ya sin freno, al llanto…

[1] Cfr. Is. 52, 1.

[2] Estas expresiones en palabras más sencillas quieren decir: “El cual (el eterno Padre) ha querido que la segunda Persona de Dios Uno y Trino (o de la Santísima Trinidad) se encarnase y viniera…”.

[3] Cfr. Núm. 24, 15–19.

[4] Cfr. Dan. 9.

[5] Cfr. Ex. 19, 9 – 20, 21.

[6] La evocación del apóstol Andrés merece ser puesta en relación con la explicación dada en 49.9.

[7] Cfr. Tob. 5–12.

[8] –circunstancia confirmada hacia el final de la plática con las palabras después de la ausencia– es una precisión que confirma la explicación dada en 47.10 sobre el tiempo transcurrido entre la manifestación en el Jordán y el encuentro con los primeros discípulos.

[9] Cfr. Is. 52, 11.

[10] Cfr. Is. 52, 13 – 53, 12.

[11] es cita de Isaías 52, 7. Las pláticas de los ocho apóstoles están, en su mayoría, fundados en el capítulo 52 del libro del profeta Isaías.

[12] que aparece en repetidas ocasiones en la Obra valtortiana, está en Números 6, 22-27. La bendición sacerdotal  22 Jehová habló a Moisés, diciendo:      23 Habla a Aarón y a sus hijos y diles: Así bendeciréis a los hijos de Israel, diciéndoles:  24 Jehová te bendiga, y te guarde;   25 Jehová haga resplandecer su rostro sobre ti, y tenga de ti misericordia;  26 Jehová alce sobre ti su rostro, y ponga en ti paz. m      27 Y pondrán mi nombre sobre los hijos de Israel, y yo los bendeciré.

 

Primer año de la Vida Pública de Jesús

127. Los discursos en Aguas Claras: No tentarás al Señor tu Dios[1]149. Testimonio de Juan el Bautista.

11 de marzo de 1945.

edb3f-sanjuanbautistasec391alaajesus-500x4621       Es un día serenísimo de invierno. Hace sol y viento; el cielo está sereno, uniforme, sin el más mínimo vestigio de nubes. Son las primeras horas del día. Hay todavía una fina capa de escarcha, o mejor, de rocío semihelado, que esparce un polvo diamantífero sobre el suelo y sobre las hierbas.

Vienen hacia la casa tres hombres, que caminan con la seguridad de quien sabe a dónde se dirige. Llegando ya, ven a Juan, que en ese momento atraviesa el patio cargado de unos cántaros de agua sacados del pozo, y le llaman. Juan se vuelve, deja las cantarillas y dice:

«¿Vosotros aquí? ¡Bienvenidos! El Maestro se alegrará al veros. Venid, venid, antes de que llegue la gente. ¡Ahora viene mucha!…».

Son los tres pastores discípulos de Juan Bautista. Simeón, Juan y Matías van contentos detrás del apóstol.

«Maestro, han venido tres amigos. Mira»

dice Juan entrando en la cocina, donde arde alegre un gran fuego de leña menuda, que expande un agradable olor a bosque y a laurel quemado.

«Paz a vosotros, amigos míos. ¿Cómo es que venís a verme? ¿Le ha sucedido alguna desgracia al Bautista?».

«No, Maestro. Hemos venido con permiso suyo. Te envía saludos y dice que encomiendes a Dios el león perseguido por los arqueros. No se hace ilusiones respecto a su suerte futura, aunque por ahora sigue libre. Está contento porque sabe que tienes muchos fieles, incluidos los que antes eran suyos. Maestro… nosotros también lo deseamos vivamente, pero… no queremos abandonarle ahora que le persiguen. Compréndenos…»

dice Simeón.

«No sólo eso, sino que os bendigo por ello. El Bautista merece todo respeto y amor».

«Sí. Así es. El Bautista es grande, y cada vez descuella más su figura. Se parece al agave, que poco antes de morir produce el gran candelabro de la septiforme flor y lo ondea, y perfuma. Así es él. Y siempre dice: “Mi único deseo es volver a verle…”. Verte a ti. Nosotros hemos recogido este grito de su alma y te lo hemos venido a traer sin decírselo. El es “el Penitente”, “el Abstinente”. Su santo deseo de verte y de oírte le consume. Yo soy Tobías, ahora Matías. Creo que el arcángel dado a Tobías[2]150 no sería distinto del Bautista; todo en él es sabiduría».

127 2«¿Quién ha dicho que no le vuelva a ver?… 2 Pero, ¿habéis venido sólo para esto? Es penoso caminar durante esta estación. Hoy hace un tiempo sereno, pero, hasta hace sólo tres días, ¡cuánta lluvia por los caminos!».

«No hemos venido sólo por esto. Hace unos días vino Doras, el fariseo, a purificarse, pero el Bautista le negó el rito diciendo: “No llega el agua a donde hay una costra tan grande de pecado. Uno sólo te puede perdonar: el Mesías”. Entonces él dijo: “Iré a verle. Quiero curarme. Creo que este mal es su maleficio”. Entonces el Bautista le arrojó de su presencia como lo habría hecho con Satanás. El, al irse, vio a Juan –le conocía desde que Juan visitaba a Jonás, con quien estaba algo emparentado– y le dijo que venía, que todos iban, que había venido Manahén y hasta incluso venían las… (yo digo meretrices, pero él dijo un nombre más feo). “Aguas Claras –decía– está llena de ilusos. Ahora, si me cura y me retira la maldición de mis tierras –que están como excavadas por máquinas de guerra por ejércitos de topos y gusanos y cortones que horadan los granos sembrados y roen las raíces de los árboles frutales y de las vides y no hay nada que los venza–, me haré amigo suyo; si no… ¡Ay de El!”. Nosotros le respondimos: “¿Y vas con esta disposición de ánimo?”. Y él respondió: “Pero quién cree en ese Satanás. Además, lo mismo que convive con las meretrices puede hacer alianza conmigo”. Nosotros queríamos venir a decírtelo, para que pudieras saber a qué atenerte con Doras».

«Ya está todo resuelto».

«¿Ya? ¡Ah, es verdad!, que él tiene carros y caballos y nosotros sólo las piernas. ¿Cuándo ha venido?».

«Ayer».

«¿Y qué ha ocurrido?».

«Esto: que si queréis ocuparos de Doras podéis ir al duelo a su casa de Jerusalén. Le están preparando para la sepultura».

«¡¡¿Muerto?!!».

«Muerto. Aquí. Mas no hablemos de él».

«Sí, Maestro… Sólo… dinos una cosa. ¿Es verdad cuanto dijo de Manahén?».

«Sí. ¿Os desagrada?».

«No, no…, nos alegra. ¡Cuánto le hemos hablado de ti en Maqueronte! Y, ¿qué otra cosa puede querer el apóstol sino que sea amado el Maestro? Es lo que Juan quiere, y, con él, nosotros».

«Hablas bien, Matías; la sabiduría está contigo».

«Y… yo no lo creo, pero ahora la hemos visto… Vino también a nosotros buscándote a ti antes de los Tabernáculos; y le dijimos: “Quien tú buscas no está aquí, pero estará pronto en Jerusalén para los Tabernáculos”. Eso le dijimos, porque el Bautista nos había dicho: “¿Veis a esa pecadora?: es una costra de inmundicia; pero lleva dentro una llama a la que hay que alimentar; así, se avivará de tal modo que surgirá impetuosamente de debajo de la costra y todo arderá. Caerá la inmundicia y quedará sólo la llama”. Eso dijo. Pero… ¿es verdad que duerme aquí, como han venido a decirnos dos influyentes escribas?».

«No. Está en uno de los establos del capataz, a más de un estadio de aquí».

«¡Lenguas de infierno! ¿Has oído? ¡Y ellos!…».

«Dejadles que hablen. Los buenos no creen en sus palabras, sino en mis obras».

«Esto lo dice también Juan. 4 Hace unos días, algunos discípulos suyos, nosotros presentes, le han dicho: “Rabí, Aquel que estaba contigo al otro lado del Jordán, del que tú diste testimonio, ahora bautiza, y todos van a El; te vas a quedar sin fieles”. A lo que Juan respondió:

“¡Dichoso mi oído, que oye esta noticia! No sabéis qué alegría me dais. Sabed que el hombre no puede tomar nada si no le es dado del Cielo. Vosotros podéis testificar que he dicho: ‘Yo no soy el Cristo, sino el que ha sido enviado delante para prepararle el camino’. El hombre justo no se apropia de un nombre ajeno, y, aunque otro hombre quisiera alabarle diciéndole: ‘eres ése’, es decir: el Santo, él responde: ‘No, realmente no es así; yo soy su siervo’. Y de todas formas se alegra mucho de ello, porque dice: ‘Se ve que me asemejo a El un poco, si el hombre me puede confundir con El. Y, ¿qué desea la persona que ama sino parecerse a su amado? Sólo la esposa goza del esposo. El paraninfo no podría gozar de ella, porque sería una inmoralidad y un hurto. Pero el amigo del novio, que está cerca de él y escucha su palabra llena de júbilo nupcial, siente una alegría tan viva que podría compararse a la que hace dichosa a la virgen casada con él, la cual en aquella palabra comienza ya a degustar la miel de las palabras nupciales. Esta es mi alegría, y es completa. ¿Y qué hace el amigo del novio, habiéndole servido durante meses, y habiéndole conducido a la esposa a casa? Se retira y desaparece. ¡Así hago yo! ¡Así hago yo! Uno sólo queda, el esposo con la esposa: el Hombre con la Humanidad. ¡Oh, qué palabra más profunda! Es necesario que El crezca y que yo merme. Quien del Cielo viene está por encima de todos. Patriarcas y Profetas desaparecen a su llegada, porque El es como el Sol, que todo lo ilumina y su luz es tan viva que los astros y planetas sin luz se visten de ella, y los que aún no están apagados quedan anulados en el supremo esplendor del Sol. Esto sucede porque El viene del Cielo, mientras que los Patriarcas y los Profetas irán al Cielo, pero no vienen del Cielo. Quien viene del Cielo es superior a todos, y anuncia lo que ha visto y oído. Mas ninguno de entre los que no tienden al Cielo, renegando de Dios por ello, podrá aceptar su testimonio. Quien acepta el testimonio del que ha bajado del Cielo, con este acto suyo de creer, imprime un sello a su fe en que Dios es verdadero y no una fábula exenta de verdad, y escucha a la Verdad porque su ánimo está deseoso de ella. Porque Aquél a quien Dios ha enviado pronuncia palabras de Dios, pues Dios le da el Espíritu con plenitud, y el Espíritu dice: ‘Aquí estoy. Tómame; que quiero estar contigo, delicia de nuestro amor’. Porque el Padre ama al Hijo sin medida y todas las cosas las ha puesto en su mano. Por eso quien cree en el Hijo tiene la vida eterna; mas quien se niega a creer en el Hijo no verá la Vida, y la cólera de Dios permanecerá en él y sobre él”.

Esto dijo. Estas palabras me las he grabado en mi mente para transmitírtelas»

dice Matías.

«Te lo agradezco y te alabo por ello. 5 El Profeta último de Israel no es Aquel que del Cielo baja, pero, por haber recibido el beneficio de los dones divinos ya desde el vientre de su madre –vosotros no lo sabéis, pero Yo os lo digo ahora–, es el que más se acerca al Cielo».

«¿Cómo? ¿Cómo? ¡Háblanos! El dice de sí mismo: “Yo soy el pecador”».

Los tres pastores se muestran ansiosos de saber, así como también los discípulos.

«Cuando la Madre me llevaba, de mí–Dios estando encinta, fue a servir –porque es la Humilde y Amorosa– a la madre de Juan, prima suya por parte de madre, que había quedado embarazada en su vejez, Ya el Bautista tenía su alma, porque estaba en el séptimo mes de su formación[3]151. Y este brote de hombre, dentro del seno materno, saltó de alegría al oír la voz de la Esposa de Dios. También en esto fue precursor; precedió a los redimidos, porque de seno a seno se efundió la Gracia, y penetró, y cayó la Culpa original del alma del niño. Por ello Yo digo que sobre la faz de la Tierra tres son los posesores de la Sabiduría, del mismo modo que en el Cielo Tres son los que son Sabiduría: el Verbo, la Madre, el Precursor, en la Tierra; el Padre, el Hijo, el Espíritu Santo, en el Cielo».

«Nuestro corazón está henchido de estupor… Casi como cuando se nos dijo: “Ha nacido el Mesías…”. Porque Tú eras la profundidad abisal de la misericordia y nuestro Juan lo es de la humildad».

«Y mi Madre, de la pureza, de la gracia, de la caridad, de la obediencia, de la humildad, de toda virtud que sea de Dios y que Dios infunda a sus santos».

6 «Maestro –dice Santiago de Zebedeo– hay mucha gente».

«Vamos. Venid también vosotros».

Es muchísima la gente.

«La paz sea con vosotros»

dice Jesús. Está sonriente como pocas veces. La gente cuchichea y le señala con gestos. Hay mucha curiosidad en el ambiente.

«”No tentarás al Señor tu Dios”[4]152, está escrito. Demasiadas veces se olvida este mandamiento. Se tienta a Dios cuando se le quiere imponer nuestra voluntad. Se tienta a Dios cuando imprudentemente se actúa contra las reglas de la Ley, que es santa y perfecta y en su lado espiritual –el principal– se ocupa y se preocupa, también, de la carne que Dios ha creado[5]153. Se tienta a Dios cuando, habiendo sido perdonados por El, Se vuelve a pecar. Uno tienta a Dios cuando, habiendo recibido de El un beneficio que pretendía ser un bien para sí, algo que le moviera hacia Dios, lo transforma en un daño.

Dios no es objeto de risa ni de burla. Demasiadas veces sucede esto. Ayer habéis presenciado el castigo que espera a quienes pretenden mofarse de Dios. El eterno Dios, lleno de compasión con quien se arrepiente, se muestra, por el contrario, lleno de severidad con el impenitente que en manera alguna se modifica a sí mismo.

Vosotros venís a mí para oír la palabra de Dios. Venís para obtener un milagro. Venís para obtener el perdón. Y el Padre os da palabra, milagro y perdón. Y Yo no echo de menos el Cielo, porque puedo daros milagros y perdón, y puedo haceros conocer a Dios.

7 Ese hombre cayó ayer fulminado, como Nadab y Abiú[6]154 , por el fuego de la divina indignación. De todas formas, absteneos de juzgarle. Que lo que ha sucedido, que ha sido un nuevo milagro, solamente os haga meditar acerca de cómo hay que actuar para tener a Dios como amigo. El quería el agua penitencial, pero sin espíritu sobrenatural; la quería por espíritu humano: como una práctica mágica que le curase la enfermedad y le liberase de la desventura. El cuerpo y la cosecha: éstos eran sus fines, no su pobre alma, que no tenía valor para él; lo valioso para él era la vida y el dinero.

Yo digo: “El corazón está donde está el tesoro, y el tesoro donde el corazón. Por tanto, el tesoro está en el corazón”.

El en el corazón tenía la sed de vivir y de tener mucho dinero. ¿Cómo obtenerlo?: como fuera; incluso con el delito. Pues bien, pedir así el bautismo ¿no era reírse de Dios y tentarle? Habría bastado el arrepentimiento sincero por su larga vida de pecado para proporcionarle una santa muerte y lo justo en esta Tierra. Pero él era el impenitente. No habiendo amado nunca a nadie aparte de sí mismo, llegó a no amarse ni siquiera a sí mismo. Porque el odio mata incluso el amor animal egoísta del hombre hacia sí mismo.

El llanto del arrepentimiento sincero habría debido ser su agua lustral. De la misma forma, para todos vosotros que estáis escuchando; porque sin pecado no hay nadie, y todos, por tanto, tenéis necesidad de esta agua que, exprimida por el corazón mismo, desciende y lava, da de nuevo la virginidad a quien ha sido profanado, levanta a abatido, da nuevo vigor a quien la culpa ha dejado exangüe.

Ese hombre se preocupaba sólo de la miseria de la tierra, cuando en realidad sólo una miseria debe apesadumbrar al hombre: la eterna miseria de perder a Dios. Ese hombre no dejaba de hacer las ofrendas rituales, mas no sabía ofrecer a Dios un sacrificio de espíritu, es decir, alejarse del pecado, hacer penitencia, pedir con los hechos el perdón.

Una hipócrita ofrenda de riquezas mal adquiridas es como invitarle a Dios a que se haga cómplice de las malas acciones del hombre. ¿Es posible que esto suceda? ¿No es reírse de Dios el pretenderlo? Dios arroja de su presencia a quien dice: “he aquí que sacrifico” y se consume internamente por continuar su pecado. ¿Ayuda, acaso, el ayuno corporal cuando el alma no ayuna del pecado? Que la muerte de este hombre, que ha acontecido aquí, os haga meditar sobre las condiciones necesarias para gozar del aprecio de Dios. Ahora, en su rico palacio, los familiares y las plañideras hacen duelo ante los restos mortales que dentro de poco serán conducidos al sepulcro. ¡Oh, verdadero duelo y verdaderos restos mortales! ¡Nada más que unos restos mortales! Nada más que un desconsolado duelo, porque el alma, precedente e irremisiblemente muerta, se verá para siempre separada de aquellos que amó por parentela y afinidad de ideas. Aunque una misma morada los una eternamente, el odio que allí reina los dividirá. Es así que entonces la muerte es verdadera separación.

Mejor sería que, en vez de los demás, fuese el propio hombre quien, teniendo muerta el alma, llorase por sí mismo; de modo que, por ese llanto de contrito y humilde corazón, le devolviera al alma la vida con el perdón de Dios.

Idos, sin odio ni comentarios, nada más que con humildad; como Yo, que, no con odio sino por justicia, he hablado de él. La vida y la muerte son maestras para bien vivir y bien morir, y para conquistar la Vida sin muerte. La paz sea con vosotros».

8 No hay ni enfermos ni milagros, y Pedro les dice a los tres discípulos del Bautista: «Lo siento por vosotros».

«No es necesario. Nosotros creemos sin ver. Hemos tenido el milagro de su natividad, que nos ha hecho creyentes, y ahora tenemos su palabra, que confirma nuestra fe. Sólo pedimos servirla hasta el Cielo, como Jonás, hermano nuestro».

Todo termina.

[1] 149 Cfr. Ju. 3, 22–36.
[2] 150 Cfr. Tob. 5, 1 – 12, 21
[3] 151 Esta afirmación no excluye el que el alma sea infundida desde el primer instante de la concepción. Lo que parece, más bien, es que quiere rechazar la opinión de que el individuo reciba su alma en el momento del nacimiento o, incluso, después de haber nacido. La sacralidad de la vida humana, desde su concepción, ha sido afirmada poco antes, en 126.4/5.
[4] 152 Cfr. Dt. 6, 14–25.
[5] 153 En muchos lugares bíblicos aparece el cuidado que tiene Dios del cuerpo humano y a lo que está destinado. Cfr. Rom. 6, 12–14; 8, 1–13 y 23; 1 Cor. 3, 16–17; 6, 12–20; 10, 31; 12, 12–26; 15; 1 Tes. 4, 3–8; Flp. 1, 20; 3, 20–21.
[6] 154 Cfr. Ex. 6, 23; 24, 1 y 9; 28, 1; Lev. 10, 1–7; Núm. 3, 1–4; 26, 60–61; 1 Par. 24, 1–2

Segundo año de la Vida Pública de Jesús

266. Los discípulos del Bautista quieren verificar que Jesús es el Mesías[1]. Testimonio sobre el Precursor e invectiva contra las ciudades impenitentes.

29 de agosto de 1945.

266 11       Jesús está sólo con Mateo, que no ha podido ir con los demás a predicar por tener herido un pie. De todas formas, enfermos y otras personas deseosas de la Buena Nueva llenan la terraza y el espacio libre del huerto para oírle y solicitarle ayuda.

Jesús termina de hablar diciendo:

-«Habiendo contemplado juntos la gran frase de Salomón: “En la abundancia de la justicia está la suma fortaleza”[2], os exhorto a poseer esta abundancia, pues es moneda para entrar en el Reino de los Cielos. Tened con vosotros mi paz y Dios sea con vosotros».

Luego se acerca a los pobres y enfermos –en muchos casos son una y otra cosa juntamente– y escucha con bondad lo que cuentan, ayuda con dinero, aconseja con palabras, sana con la imposición de las manos y con la palabra. Mateo, a su lado, se encarga de dar las monedas.

2       Jesús está escuchando con atención a una pobre viuda que, entre lágrimas, le narra la muerte repentina de su marido carpintero, en el banco de trabajo, acaecida pocos días antes:

-«Vine corriendo a buscarte aquí. Todo el parentesco del difunto me acusó de falta de compostura y de ser dura de corazón. Ahora me maldicen. Pero había venido porque sabía que resucitabas y sabía que si te encontraba mi marido resucitaría. No estabas… Ahora él está en el sepulcro desde hace dos semanas… y yo estoy aquí con cinco hijos… Los parientes me odian y me niegan su ayuda. Tengo olivos y vides. Pocos, pero me darían pan para el invierno si pudiera tenerlos hasta la recolección. Pero no tengo dinero, porque mi marido desde hacía tiempo estaba poco sano y trabajaba poco, y, para mantenerse, comía y bebía, yo digo que demasiado.

Decía que el vino le sentaba bien… la verdad es que hizo el doble mal de matarle a él y de consumir los ya escasos ahorros por su poco trabajo. Estaba terminando un carro y un baúl; le habían encargado dos camas, unas mesas, y también unas repisas. Pero ahora… no están terminados, y mi hijo varón no llega a ocho años. Perderé el dinero…

Tendré que vender los útiles y la madera. El carro y el baúl ni siquiera los puedo vender como tales, aunque estén casi ultimados, así que los voy a tener que dar como leña para el fuego. No va a ser suficiente el dinero, porque yo, mi madre anciana y enferma y cinco hijos somos siete personas… Venderé el majuelo y los olivos… Pero ya sabes cómo es el mundo… Donde hay necesidad, ahoga. Dime, ¿qué debo hacer?

Quería guardar el banco y las herramientas para mi hijo, que ya sabe algo de la madera… quería conservar la tierra para vivir, y también como dote para mis hijas…».

Está escuchando todo esto cuando una agitación de la gente le advierte de que hay alguna novedad. Se vuelve para ver lo que sucede y ve a tres hombres que se están abriendo paso entre la multitud. Se vuelve otra vez hacia la viuda para decirle:

-«¿Dónde vives?».

-«En Corozaín, junto al camino que va a la Fuente caliente. Una casa baja entre dos higueras».

-«Bien. Iré a ultimar el carro y el baúl, de modo que podrás vendérselos a quien los había encargado. Espérame mañana a la aurora».

-«¡Tú? ¡Tú trabajar para mí?». La mujer se siente ahogar del estupor.

-«Volveré a mi trabajo y te daré paz a ti. Al mismo tiempo, a esos de Corozaín sin corazón les daré la lección de la caridad».

-«¡Oh, sí! ¡Sin corazón! ¡Si viviera todavía el viejo Isaac! ¡No me dejaría morir de hambre! Pero ha vuelto a Abraham…».

-«No llores. Vuelve a casa serena. Con esto tendrás para hoy. Mañana iré Yo. Ve en paz».

La mujer se arrodilla a besarle la túnica y se marcha más consolada.

3 -«Maestro tres veces santo, ¿te puedo saludar?» pregunta uno de los tres que habían llegado y que estaban parados respetuosamente detrás de Jesús, esperando a que despidiera a la mujer, y que, por tanto, han oído la promesa de Jesús. El hombre que ha saludado es Manaén.

Jesús se vuelve y, sonriendo, dice:

-«¡Paz a ti, Manaén! ¡Entonces, te has acordado de mí!…».

-«Eso siempre, Maestro. Había decidido ir a verte a casa de Lázaro y al huerto de los Olivos para estar contigo. Pero antes de la Pascua apresaron a Juan el Bautista. Le prendieron –con traición– otra vez; yo temía que, en ausencia de Herodes, que había ido a Jerusalén para la Pascua, Herodías ordenara la muerte del santo. No quiso ir para las fiestas a Sión, porque decía que estaba enferma. Enferma, sí: de odio y lujuria… Estuve en Maqueronte para vigilar y… refrenar a esa pérfida mujer, que sería capaz de matar con su propia mano… Si no lo hace, es porque tiene miedo a perder el favor de Herodes, que… por miedo o convicción, defiende a Juan y se limita a tenerle prisionero. Ahora Herodías se ha ido a un castillo de su propiedad, huyendo del calor agobiante de Maqueronte. Yo he venido con estos amigos míos y discípulos de Juan.

Los enviaba él con una pregunta para ti. Me he unido a ellos».

4       La gente, al oír hablar de Herodes y comprendiendo quién es el que habla de él, se arremolina, curiosa, en torno al pequeño grupo de Jesús y de los tres hombres.

-«¿Qué pregunta queríais hacerme?» dice Jesús, tras recíprocos saludos con los dos austeros personajes.

-«Habla tú, Manaén, que sabes todo y eres más amigo» dice uno de los dos.

-«Escucha, Maestro. Sé comprensivo, si ves que, por exceso de amor, en los discípulos nace un recelo hacia aquel al que creen antagonista o suplantador de su maestro. Lo hacen los tuyos, lo hacen igual los de Juan. Son celos comprensibles, que demuestran todo el amor de los discípulos hacia sus maestros. Yo… soy imparcial, y lo pueden decir éstos que están conmigo, porque os conozco a ti y a Juan y os amo con equidad[3].

Tanto es así que, aunque te ame a ti por lo que eres, preferí hacer el sacrificio de estar con Juan, porque le venero también a él por lo que es, y, actualmente, porque está en mayor peligro que Tú. Ahora, por este amor –no sin el soplo rencoroso de los fariseos– han llegado a poner en duda que Tú eres el Mesías. Y así se lo han confesado a Juan, creyendo que le daban una alegría diciéndole: “Para nosotros el Mesías eres tú, no puede haber uno más santo que tú”. Pero primero Juan los ha reprendido llamándolos blasfemos; luego, después de la reprensión, con más dulzura, ha ilustrado todas las cosas que te señalan como verdadero Mesías; en fin, viendo que todavía no estaban convencidos, ha tomado a dos de ellos, éstos, y les ha dicho: “Id donde El y decidle en mi nombre: ‘¿Eres Tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?’ “. No ha enviado a los discípulos que antes habían sido pastores, porque creen y no habría aportado nada el enviarlos. Los ha tomado de entre los que dudan, para acercártelos y para que su palabra disipara las dudas de otros como ellos. He venido con ellos para verte. Esto es todo. Ahora Tú acalla sus dudas».

5 -«¡No nos creas hostiles a ti, Maestro! Las palabras de Manaén te lo podrían hacer pensar. Nosotros… nosotros… Conocemos desde hace años al Bautista, siempre le hemos visto santo, penitente, inspirado. A ti… no te conocemos sino por boca de terceros, y ya sabes lo que es la palabra de los hombres… Crea y destruye fama y honra, por el contraste entre quien exalta y quien humilla, de la misma forma que dos vientos contrarios forman y dispersan una nube».

-«Lo sé, lo sé. Leo en vuestro corazón y vuestros ojos leen la verdad en lo que os rodea, como también vuestros oídos han escuchado la conversación con la viuda. Sería suficiente para convencer. Mas Yo os digo: observad qué personas me rodean: aquí no hay ricos, ni gente que se dé la gran vida, aquí no hay personas de vida escandalosa; sólo hay pobres, enfermos, honrados israelitas que quieren conocer la Palabra de Dios. Este, éste, esta mujer… también esa niñita, y aquel anciano, han venido aquí enfermos y ahora están sanos. Preguntadles y os dirán qué tenían y cómo los he curado, y cómo están ahora. Preguntad, preguntad; yo, mientras, hablo con Manaen» y hace ademán de separarse.

-«No, Maestro. No dudamos de tus palabras. Danos sólo una respuesta que llevar a Juan, para que vea que hemos venido y para que pueda, sobre la base de esa respuesta, persuadir a nuestros compañeros».

-«Id y referid esto a Juan: “Los sordos oyen; esta niña era sorda y muda. Los mudos hablan; aquel hombre era mudo de nacimiento. Los ciegos ven”.

6 Hombre, ven aquí. Di a éstos lo que tenías»

dice Jesús mientras coge de un brazo a uno que ha sido curado milagrosamente.

Este dice:

-«Soy albañil. Me cayó en la cara un cubo lleno de cal viva. Me quemó los ojos. Desde hace cuatro años vivía en la oscuridad. El Mesías me ha mojado los ojos secos con su saliva y ahora están de nuevo más frescos que cuando tenía veinte años. ¡Bendito sea!».

Jesús prosigue:

-«Y no sólo ciegos, sordos o mudos, curados, sino también cojos que corren, tullidos que se enderezan. Mirad ese anciano: hace un rato estaba anquilosado, encorvado, y ahora está derecho como una palma del desierto y ágil como una gacela. Quedan curadas las más graves enfermedades. Tú, mujer, ¿qué tenías?».

-«Una enfermedad del pecho, por haber dado demasiada leche a bocas voraces; la enfermedad, además del pecho, me comía la vida. Ahora mirad» y se destapa el vestido y muestra, intactos, los pechos, y añade: «Lo tenía que era todo una llaga. Lo demuestra la túnica, todavía mojada de pus. Ahora voy a casa para ponerme un vestido limpio; estoy fuerte y contenta. Ayer, no más, estaba muriéndome. Me han traído aquí unas personas compasivas. Me sentía muy infeliz… por los niños, que se iban a quedar pronto sin madre. ¡Eterna alabanza al Salvador!».

-«¿Habéis oído? Podéis preguntarle también al arquisinagogo de esta ciudad sobre la resurrección de su hija. Y, volviendo en dirección a Jericó, pasad por Naím e informaos sobre el joven que fue resucitado en presencia de toda la ciudad, cuando ya estaba para ser introducido en la tumba; así, podréis referir que los muertos resucitan. El hecho de que muchos leprosos hayan sido curados lo podréis saber en muchos lugares de Israel; pero, si queréis ir a Sicaminón, buscad entre los discípulos y encontraréis muchos ex leprosos. Decid, pues, a Juan que los leprosos quedan limpios. Decid, además, que se anuncia la Buena Nueva a los pobres, porque lo estáis viendo. Y bienaventurado quien no se escandalice de mí.

7 Decid esto a Juan. Y también que le bendigo con todo mi amor».

-«Gracias, Maestro. Bendícenos también a nosotros antes de marcharnos».

-«No podéis iros a esta hora, con este calor… Quedaos en casa como invitados míos hasta el atardecer; así viviréis por un día la vida de este Maestro que no es Juan, pero que es amado por Juan, porque Juan sabe quién es. Venid a casa. Está fresca. Os daré la posibilidad de reponer fuerzas. Adiós a vosotros que me escucháis. La paz sea con vosotros». Despide a la muchedumbre y entra en la casa con sus tres invitados…

8 …No sé de lo que hablan durante esas horas de fuego. Ahora veo la preparación de la partida de los dos discípulos hacia Jericó. Manaén parece que se queda (su caballo no ha sido traído junto con los dos fuertes asnos enfrente de la abertura de la tapia del patio). Los dos enviados de Juan, después de muchas reverencias al Maestro y a Manaén, suben a las monturas… y todavía se vuelven para mirar y saludar, hasta que un recodo del camino los esconde a la vista.

Muchos de Cafarnaúm se han congregado para ver esta despedida, porque la noticia de la venida de los discípulos de Juan y la respuesta que Jesús les ha dado se han propagado por el pueblo y creo que también por otros pueblos cercanos. Veo personas de Betsaida y Corozaín, quizás ex discípulos del Bautista, que antes se han presentado a los enviados de Juan, les han preguntado por él y le han mandado saludos a través de ellos, y que ahora se quedan hablando en grupo con los de Cafarnaúm. Jesús, con Manaén a su lado, hace ademán de volver a la casa mientras habla. Pero la gente se apiña alrededor de él, curiosa de observar al hermano de leche de Herodes y su trato lleno de deferencia hacia Jesús; deseosos también de hablar con el Maestro.

9       Está también Jairo, el arquisinagogo. Por gracia de Dios, no hay fariseos. Precisamente Jairo dice:

-«¡Estará contento Juan! No sólo le has enviado una respuesta exhaustiva, sino que, invitándolos a quedarse, has podido adoctrinarlos y mostrarles un milagro».

-«¡Y no de poco relieve!» dice un hombre.

-«Había traído expresamente a mi hija hoy para que la vieran. Nunca se ha sentido tan bien como ahora, y para ella es un motivo de alegría el venir a estar con el Maestro.

¿Habéis oído su respuesta, no?: “No recuerdo lo que es la muerte. Recuerdo, eso sí, que un ángel me llamó y me llevó a través de una luz que aumentaba cada vez más y al final de esa luz estaba Jesús. Como le vi entonces, con mi espíritu volviendo a mí, no le veo ni siquiera ahora; vosotros y yo, ahora, vemos al Hombre, pero mi espíritu vio a ese Dios que está dentro del Hombre”. ¡Qué buena se ha hecho desde entonces! Era ya buena, pero ahora es un verdadero ángel. ¡Ah, que digan lo que quieran todos!, ¡para mí el único santo que hay eres Tú!».

-«De todas formas, también Juan es santo» dice uno de Betsaida.

-«Sí, pero es demasiado severo».

-«No lo es más con los demás que consigo mismo».

-«Pero no hace milagros y se dice que ayuna porque es como un mago».

-«Pues de todas formas es santo».

La disputa de la gente se hace mayor.

10     Jesús alza la mano y la extiende con el gesto habitual que hace cuando pide silencio y atención porque quiere hablar; en seguida se hace el silencio.

Jesús dice:

-«Juan es santo y grande. No miréis su manera de actuar ni la ausencia de milagros.

En verdad os digo que es grande en el Reino de los Cielos. Allí se manifestará con toda su grandeza.

Muchos se quejan porque era y es severo hasta el punto de parecer rudo. En verdad os digo que ha hecho un trabajo de gigante para preparar los caminos del Señor. Quien trabaja de ese modo no tiene tiempo que perder en blanduras. ¿No decía, cuando estaba en el Jordán, las palabras de Isaías que le profetizan a él y profetizan al Mesías:

“Todo valle será colmado, todo monte será rebajado, los caminos tortuosos serán enderezados y las breñas allanadas”[4], y ello para preparar los caminos al Señor y Rey?

¡Verdaderamente ha hecho él más que todo Israel, para prepararme el camino! Quien debe rebajar montes, colmar valles, enderezar caminos o transformar cuestas penosas en subidas suaves, tiene que trabajar rudamente. En efecto, era el Precursor y sólo le anticipaba a mí una breve serie de lunas; todo debía estar ultimado antes de que el Sol se alzara en el día de la Redención. El tiempo ha llegado, el Sol sube para resplandecer sobre Sión y, desde Sión, extender su luz al mundo entero. Juan ha preparado el camino, como debía.

¿Qué habéis ido a ver al desierto? ¿Una caña agitada por el viento en distintas direcciones? ¿Qué es lo que habéis ido a ver? ¿A un hombre refinadamente vestido?

¡No!… Esas personas viven en las casas de los reyes; ataviados con delicadas vestiduras, agasajados por mil siervos y cortesanos (cortesanos que lo son de un pobre hombre como ellos). Aquí tenemos un ejemplo. Preguntadle, a ver si no experimenta desazón por la vida de Corte y admiración por el risco solitario y escabroso, en vano embestido por el rayo y el pedrisco, en vano circundado por los necios vientos que quieren arrancarle y él se mantiene, no obstante, firme, elevándose entero hacia el cielo, con su punta tan enhiesta –puntiaguda cual llama que asciende–, que predica la alegría de lo alto. Este es Juan. Así le ve Manaén, porque ha comprendido la verdad de la vida y la muerte y ve la grandeza donde está, aunque esté celada bajo apariencias agrestes.

Y vosotros, ¿qué habéis visto en Juan cuando habéis ido a verle? ¿Un profeta?, ¿un santo? Os digo que es más que un profeta; es más que muchos santos, más que los santos porque es aquel de quien está escrito: “Mando ante vosotros a mi ángel para preparar tu camino delante de ti”[5].

11 Angel. Pensad. Sabéis que los ángeles son espíritus puros creados por Dios según su semejanza espiritual, colocados como nexo entre el hombre (perfección de lo creado visible y material) y Dios (Perfección del Cielo y de la Tierra, Creador del reino espiritual y del reino animal). Aún en el hombre más santo subsisten la carne y la sangre que abren un abismo entre él y Dios (abismo que se ahonda profundamente con el pecado, que hace pesado incluso lo espiritual del hombre). Así pues, Dios crea a los ángeles, criaturas que tocan el vértice de la escala creadora de la misma forma que los minerales señalan su base (los minerales, el polvo que compone la tierra, las materias inorgánicas en general). Espejos tersos del Pensamiento de Dios, voluntariosas llamas que obran por amor, resueltos para comprender, diligentes para obrar, de voluntad libre como la nuestra, aunque enteramente santa, ajena a rebeliones y a estímulos de pecado. Esto son los ángeles adoradores de Dios, mensajeros suyos ante los hombres, protectores nuestros; ellos nos dan la Luz de que están investidos y el Fuego que, adorando, recogen.

La palabra profética llama “ángel” a Juan. Pues bien, Yo os digo: “Entre los nacidos de mujer no ha habido nunca uno mayor que Juan Bautista”. No obstante, el menor del Reino de los Cielos será mayor que él–hombre. Porque quien es del Reino de los Cielos es hijo de Dios y no hijo de mujer. Tended, pues, todos, a ser ciudadanos del Reino.

12 ¿Qué os estáis preguntando entre vosotros dos?».

«Decíamos: “¿Juan estará en el Reino?” y “¿cómo estará en el Reino?”»

-«En su espíritu está ya en el Reino. Cuando muera, estará en el Reino como uno de los soles más resplandecientes de la eterna Jerusalén. Es así por la Gracia sin resquebrajaduras que hay en él y por su propia voluntad. En efecto, ha sido, y es, violento también consigo mismo, con fin santo. A partir de Juan el Bautista, el Reino de los Cielos es de los que saben conquistárselo con la fuerza opuesta al Mal, y son los violentos los que lo conquistan. Sí, ahora ya se sabe lo que hay que hacer y todo ha sido dado para llevar a cabo esta conquista. El tiempo en que hablaban sólo la Ley y los Profetas ha pasado. Los Profetas han hablado hasta Juan. Ahora habla la Palabra de Dios, y no esconde ni una jota de cuanto ha de saberse para esta conquista. Si creéis en mí, debéis ver en Juan a ese Elías que debe venir. Quien tenga oídos para oír que oiga. ¿Con quién compararé a esta generación? Es semejante a la que describen esos muchachos, que, sentados en la plaza gritan a sus compañeros: “Hemos tocado y no habéis bailado; hemos entonado lamentos y no habéis llorado”. En efecto, ha venido Juan, 94 que no come ni bebe, y esta generación dice: “Puede hacerlo porque tiene al demonio, que le ayuda”; ha venido el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: “Ahí tenemos a un comelón y bebedor, amigo de publicanos y pecadores”. ¡Así la Sabiduría ha sido acreditada por sus hijos!

13 En verdad os digo que sólo los niños saben reconocer la verdad, porque en ellos no hay malicia».

-«Bien has dicho, Maestro» dice el arquisinagogo. «Por eso mi hija, que no conoce aún la malicia, te ve como nosotros no alcanzamos a verte. Pero esta ciudad y las otras cercanas rebosan de tu poder, sabiduría y bondad, y, debo confesarlo, no te responden sino con maldad. No se convierten. El bien que de ti reciben se transforma en odio contra ti».

-«¿Qué estás diciendo, Jairo! ¡Nos estás calumniando! Si estamos aquí es por fidelidad al Cristo» dice uno de Betsaida.

«Sí. Nosotros. ¿Pero cuántos somos? Menos de cien en tres ciudades que deberían estar a los pies de Jesús. De los que faltan –me refiero a los hombres– la mitad son enemigos; la cuarta parte, indiferentes; la otra cuarta parte… quiero pensar que no pueden venir. ¿No es esto ya pecado ante los ojos de Dios? ¿No será castigada toda esta aversión y obcecación en el mal? Habla, Maestro, Tú que no ignoras, Tú que si guardas silencio es por tu bondad, no porque no sepas. Eres longánime, y confunden tu longanimidad con ignorancia y debilidad. Habla, pues; que tu palabra remueva al menos a los indiferentes, ya que los malos no se convierten, sino que se hacen cada vez peores».

-«Sí. Es culpa y será castigada. Porque no se debe despreciar nunca el don de Dios, ni usarlo para hacer el mal. ¡Ay de ti, Corozaín, Ay de ti, Betsaida, que hacéis mal uso de los dones de Dios! Si en Tiro y Sidón se hubieran cumplido los milagros que se han producido entre vosotros, ya haría mucho tiempo que, vestidos de cilicio y espolvoreados de ceniza, habrían hecho penitencia y habrían venido a mí. Por esto os digo que Tiro y Sidón serán tratadas con mayor clemencia que vosotras en el día del Juicio. ¿Y tú, Cafarnaúm, crees que por haberme dado alojamiento serás elevada hasta el Cielo? Hasta el infierno bajarás. Porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que Yo te he dado, estaría todavía floreciente, porque habría creído en mí y se habría convertido. Por tanto, Sodoma, en el último Juicio, será tratada con mayor clemencia que tú, que has conocido al Mesías y has oído su palabra y no te has convertido, porque Sodoma no conoció al Salvador y su Palabra, por lo cual su culpa es menor. No obstante, como Dios es justo, los de Cafarnaúm, Betsaida y Corozaín que han creído y se santifican prestando obediencia a mi palabra, serán tratados con mucha misericordia; no es justo, en efecto, que los justos se vean implicados en el descalabro de los pecadores.

 14 Respecto a tu hija, Jairo, y a la tuya, Simón, y a tu hijo, Zacarías,  y a tus nietos, Benjamín, os digo que, no conociendo malicia, ven ya a Dios. Ya veis que su fe es pura y activa, unida a sabiduría celestial, y también a deseos de caridad como no tienen los adultos»,

Y Jesús, alzando los ojos al cielo que se va oscureciendo con la noche, exclama:

-«Te doy gracias, Padre, Señor del Cielo y de la Tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los doctos y se las has revelado a los pequeños. Así, Padre, porque así te plugo. Todo me ha sido confiado por mi Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquellos a los que el Hijo quiera revelárselo. Y Yo se lo he revelado a los pequeños, a los humildes, a los puros, porque Dios se comunica con ellos, y la verdad desciende como semilla a las tierras libres, y sobre la verdad hace llover el Padre sus luces para que eche raíces y dé un árbol. Es más, verdaderamente el Padre prepara a estos espíritus de los pequeños de edad o de corazón, para que conozcan la Verdad y Yo exulte por su fe»…

[1] Cfr. Mt. 11, 2 –27; Lc. 7, 18–35; 10, 13–15 y 21–22.
[2] Cfr. Prov. 15, 5.
[3] Hebraísmo que podría traducirse por: “imparcialmente” o “igual corazón” (N.T.).
[4] Cfr. Is. 40, 1–8.
[5] Cfr. Mal. 3, 1.

Segundo año de la Vida Pública de Jesús

148. Jesús visita a Juan el Bautista en las cercanías de Enón.

27 de abril de 1945.

148 11      Es una clara noche de luna. Tan nítida, que el terreno aparece con todos sus detalles, y los campos, con el trigo nacido pocos días antes, parecen alfombras de felpa verdeplata vareteadas con las listas oscuras de los senderos; velándolas están los troncos de los árboles: del todo blancos por el lado de la Luna; del todo negros por el lado Oeste.

Jesús va caminando seguro y solo. Avanza muy deprisa por su camino, hasta que se encuentra con un curso de agua que desciende gorgoteando hacia la llanura en dirección Norte–Este. Remonta su curso hasta un lugar solitario cabe una escarpadura cubierta de vegetación espesa. Tuerce otra vez, trepando por un sendero, y llega a un refugio natural de la ladera del collado.

Entra. Se inclina hacia un cuerpo extendido en el suelo, un cuerpo que casi ni se vislumbra a la luz de la luna, que ilumina, sí, el sendero, pero no penetra en la cueva. Le llama:

«Juan».

El hombre se despierta y se incorpora, todavía entre las nieblas del sueño. Pronto se da cuenta de quién es el que le ha llamado y se levanta bruscamente, para postrarse en tierra diciendo:

«¿Cómo es que viene a mí mi Señor?».

«Para alegrar tu corazón y el mío. Anhelabas mi presencia, Juan; aquí estoy. Levántate. Vamos a salir a la luz de la luna. Sentémonos a conversar en esta peña que hay junto a la cueva».

Juan obedece, se levanta y sale. Mas, una vez que Jesús se ha sentado, él, con la piel de oveja que mal cubre su flaquísimo cuerpo, se pone de rodillas delante del Cristo echándose hacia atrás sus cabellos largos y desordenados que le pendían por delante de los ojos, para ver mejor al Hijo de Dios.

El contraste es fortísimo: Jesús, de tez pálida, rubio, cabellos esponjosos y ordenados, corta barba en la parte baja del rostro; el otro, todo él, una mata de pelos negrísimos, tras los cuales apenas si asoman dos ojos hundidos (yo diría febriles por el fuerte brillo de su negro de azabache).

2 «Vengo a decirte “gracias”. Has cumplido y cumples, con la perfección de la Gracia que hay en ti, tu misión de Precursor mío. Cuando llegue la hora, entrarás en el Cielo, a mi lado, porque habrás merecido todo de Dios; pero ya durante la espera tendrás la paz del Señor, amigo mío dilecto».

«Muy pronto entraré en la paz. Bendice, Maestro mío y Dios mío, a tu siervo para fortalecerle en la última prueba. Sé que está cercana, y que debo dar todavía un testimonio: el de la sangre. Tú tampoco desconoces –menos todavía que yo– que mi hora está llegando. Tu venida aquí ha sido deseo de la misericordiosa bondad de tu corazón de Dios, para fortalecer al último mártir de Israel y primero del nuevo tiempo. Dime sólo una cosa: ¿Voy a tener que esperar mucho hasta que vengas?».

«No, Juan. No mucho más de cuanto transcurrió desde tu nacimiento hasta el mío».

«¡Bendito sea el Altísimo! Jesús… ¿Puedo llamarte así?».

«Puedes, por sangre y por santidad. Este Nombre, pronunciado incluso por los pecadores, puede pronunciarlo el santo de Israel. Para ellos significa salvación. Sea para ti dulzura. ¿Qué quieres de Jesús, tu Maestro y primo?».

«Voy a la muerte. Me preocupo de mis discípulos como un padre lo hace con sus hijos. Mis discípulos… Tú, que eres Maestro, sabes cuán vivo es nuestro amor por ellos. El único pesar de mi muerte es el temor a que se descarríen, como ovejas sin pastor. Recógelos Tú. Te restituyo los tres tuyos, que, en espera de ti, han sido perfectos discípulos míos; en ellos, sobre todo en Matías, habita realmente la Sabiduría. Tengo otros discípulos que irán a ti. Deja de todas formas que te confíe personalmente a estos tres; son los preferidos».

«También Yo les profeso este amor. Ve tranquilo, Juan. No perecerán ni éstos ni los otros verdaderos discípulos que tienes. Recojo tu herencia. La velaré como el tesoro más apreciado, recibido del perfecto amigo mío y siervo del Señor».

3 Juan se postra y se inclina profundamente hasta tocar el suelo y –cosa que parece imposible en un personaje tan austero– solloza fuertemente, de alegría espiritual. Jesús le pone una mano sobre la cabeza:

«Tu llanto, que es alegría y humildad, encuentra su correspondencia en un lejano canto, al son del cual tu pequeño corazón saltó de júbilo. Aquel canto y este llanto son el mismo himno de alabanza al Eterno, que “ha hecho grandes cosas; El, que es poderoso en los espíritus humildes[1]”243. Mi Madre también va a entonar de nuevo su canto, el mismo que en aquel momento cantó. Pero, después, Ella recibirá la mayor de las glorias, como tú tras tu martirio. Te traigo su saludo. Todos los saludos y todos los consuelos. Lo mereces. Aquí, sólo es la mano del Hijo del Hombre lo que está sobre tu cabeza; mas del Cielo abierto desciende la Luz y el Amor para bendecirte, Juan».

«No merezco tanto. Soy tu siervo».

«Tú eres mi Juan. Aquel día, en el Jordán, Yo era el Mesías que se estaba manifestando; aquí, ahora, soy tu primo y tu Dios, con el deseo de darte el viático de su amor de Dios y de pariente. Levántate, Juan. Démonos el beso de despedida».

«No merezco tanto… Lo he deseado siempre, durante toda la vida, y, sin embargo, no oso cumplir este gesto contigo: Tú eres mi Dios».

«Yo soy tu Jesús. Adiós. Mi alma estará al lado de la tuya hasta la paz. Vive y muere en paz, por tus discípulos. Ahora sólo puedo darte esto. En el Cielo te daré el ciento por uno, porque has hallado toda gracia ante los ojos de Dios».

Le ha puesto en pie y le ha abrazado besándole en las mejillas, recibiendo a su vez el beso de Juan, quien, tras ello, vuelve a arrodillarse. Jesús le impone las manos y ora con los ojos levantados al cielo. Parece como si le estuviera consagrando. Jesús se manifiesta imponente.

El silencio se prolonga, así, durante un tiempo. Luego Jesús se despide con su dulce saludo.

«Mi paz esté siempre contigo»

y emprende el mismo camino que había recorrido antes.

[1] 243 Cfr. Lc. 1, 46–55; 1 Rey. 2, 1–10.

8 /12/2015 Evangelio según San Lucas 1,26-38.

Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María

Santo(s) del día : Virgen de Caacupe
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Lecturas

Meditemos en este maravilloso acontecimiento con las visiones y revelaciones de María Valtorta y Catalina Emmerick, porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, y cómo lo hizo! María es parte fundamental de este milagro.

Nacimiento y vida oculta de María y Jesús.

1. Pensamiento introductor. Dios quiso un seno sin mancha. «María puede ser llamada después de Cristo la Primogénita del Padre» “Dios me poseyó al inicio de sus obras”. Salomón, Proverbios cap. 8 v. 22.

22 de agosto de 1944.

1 Jesús me ordena: «Coge un cuaderno completamente nuevo. Copia en la primera hoja el dictado del día 16 de agosto. En este libro se hablará de Ella».

Obedezco y copio.

16 de agosto de 1944.

2 Dice Jesús:

«Hoy escribe esto sólo. La pureza tiene un valor tal, que un seno de criatura pudo contener al Incontenible, porque poseía la máxima pureza posible en una criatura de Dios. La Santísima Trinidad descendió con sus perfecciones, habitó con sus Tres Personas, cerró su Infinito en pequeño espacio –no por ello se hizo menor, porque el amor de la Virgen y la voluntad de Dios dilataron este espacio hasta hacer de él un Cielo– y se manifestó con sus características: el Padre, siendo Creador nuevamente[1] de la Criatura como en el sexto día[2] y teniendo una “hija” verdadera, digna, a su perfecta semejanza. La impronta de Dios estaba estampada en María tan nítidamente, que sólo en el Primogénito del Padre era superior.

María puede ser llamada la “segundogénita”[3] del Padre, porque, por perfección dada y sabida conservar, y por dignidad de Esposa y Madre de Dios y de Reina del Cielo, viene segunda después del Hijo del Padre y segunda en su eterno Pensamiento, que Aba eterno en Ella se complació;el Hijo, siendo también para Ella “el Hijo” y enseñándole, por misterio de gracia, su verdad y sabiduría cuando aún era sólo un Embrión que crecía en su seno; el Espíritu Santo, apareciendo entre los hombres por un anticipado Pentecostés, por un prolongado Pentecostés, Amor en “Aquella que amó”, Consuelo para los hombres por el Fruto de su seno, Santificación por la maternidad del Santo.

3 Dios, para manifestarse a los hombres en la forma nueva y completa que abre la era de la Redención, no eligió como trono suyo un astro del cielo, ni el palacio de un grande.

No quiso tampoco las alas de los ángeles como base para su pie. Quiso un seno sin mancha.

Eva también había sido creada sin mancha. Mas, espontáneamente, quiso corromperse. María, que vivió en un mundo corrompido –Eva estaba, por el contrario, en un mundo puro– no quiso lesionar su candor ni siquiera con un pensamiento vuelto hacia el pecado. Conoció la existencia del pecado y vio de él sus distintas y horribles manifestaciones, las vio todas, incluso la más horrenda: el deicidio. Pero las conoció para expiarlas y para ser, eternamente, Aquella que tiene piedad de los pecadores y ruega por su redención.

4 Este pensamiento será introducción a otras santas cosas que daré para consuelo tuyo y de muchos».

2. Joaquín y Ana hacen voto al Señor.

22 de agosto de 1944.

1       Veo el interior de una casa. Sentada a un telar hay una mujer ya de cierta edad.

Viéndola con su pelo ahora entrecano, antes ciertamente negro, y su rostro sin arrugas pero lleno de esa seriedad que viene con los años, yo diría que puede tener de cincuenta a cincuenta y cinco años, no más.

Al indicar estas edades femeninas tomo como base el rostro de mi madre, cuya efigie tengo, más que nunca, presente estos días que me recuerdan los últimos suyos cerca de mi cama… Pasado mañana hará un año que ya no la veo… Mi madre era de rostro muy fresco bajo unos cabellos precozmente encanecidos. A los cincuenta años era blanca y negra como al final de la vida. Pero, aparte de la madurez de la mirada, nada denunciaba sus años. Por eso, pudiera ser que me equivocase al dar un cierto número de años a las mujeres ya mayores.

Esta, a la que veo tejer, está en una habitación llena de claridad. La luz penetra por la puerta, abierta de par en par, que da a un espacioso huerto–jardín. Yo diría que es una pequeña finca rústica, porque se prolonga onduladamente sobre un suave columpiarse de verdes pendientes. Ella es hermosa, de rasgos sin duda hebreos. Ojos negros y profundos que, no sé por qué, me recuerdan los del Bautista. Sin embargo, estos ojos, además de tener gallardía de reina, son dulces; como si su centelleo de águila estuviera velado de azul. Ojos dulces, con un trazo de tristeza, como de quien pensara nostálgicamente en cosas perdidas. El color del rostro es moreno, aunque no excesivamente. La boca, ligeramente ancha, está bien proporcionada, detenida en un gesto austero pero no duro. La nariz es larga y delgada, ligeramente combada hacia abajo: una nariz aguileña que va bien con esos ojos. Es fuerte, mas no obesa. Bien proporcionada. A juzgar por su estatura estando sentada, creo que es alta.

Me parece que está tejiendo una cortina o una alfombra. Las caníllas multicolores recorren, rápidas, la trama marrón oscura. Lo ya hecho muestra una vaga entretejedura de grecas y flores en que el verde, el amarillo, el rojo y el azul oscuro se intersectan y funden como en un mosaico. La mujer lleva un vestido sencillísimo y muy oscuro: un morado–rojo que parece copiado de ciertas trinitarias.

2       Oye llamar a la puerta y se levanta. Es alta realmente. Abre. Una mujer le dice: -«Ana, ¿me dejas tu ánfora? Te la lleno».

La mujer trae consigo a un rapacillo de cinco años, que se agarra inmediatamente al vestido de Ana. Esta le acaricia mientras se dirige hacia otra habitación, de donde vuelve con una bonita ánfora de cobre. Se la da a la mujer diciendo:

-«Tú siempre eres buena con la vieja Ana. Dios te lo pague, en éste y en los otros hijos que tienes y que tendrás. ¡Dichosa tú!».

Ana suspira. La mujer la mira y no sabe qué decir ante ese suspiro. Para apartar la pena, que se ve que existe, dice:

-«Te dejo a Alfeo, si no te causa molestias; así podré ir más deprisa y llenarte muchos cántaros».

Alfeo está muy contento de quedarse, y se ve el porqué una vez que se ha ido la madre: Ana le coge en brazos y le lleva al huerto, le aúpa hasta una pérgola de uva de color oro como el topacio y dice:

-«Come, come, que es buena»,

y le besa en la carita embadurnada del zumo de las uvas que está desgranando ávidamente. Luego, cuando el niño, mirándola con dos ojazos de un gris azul oscuro todo abiertos, dice:

-«¿Y ahora qué me das?»,

se echa a reír con ganas, y, al punto, parece más joven, borrados los años por la bonita dentadura y el gozo que viste su rostro. Y ríe y juega, metiendo su cabeza entre las rodillas y diciendo:

-«¿Qué me das si te doy,.. si te doy?… ¡Adivina!».

Y el niño, dando palmadas con sus manecitas, todo sonriente, dice:

-«¡Besos, te doy besos, Ana guapa, Ana buena, mamá Ana!…».

Ana, al sentirse llamar “mamá Ana”, emite un grito de afecto jubiloso y abraza estrechamente al pequeñuelo, diciendo:

-«¡Oh, tesoro! ¡Amor! ¡Amor! ¡Amor!».

Y por cada “amor” un beso va a posarse sobre las mejillitas rosadas. Luego van a un vasar y de un plato bajan tortitas de miel.

«Las he hecho para ti, hermosura de la pobre Ana, para ti que me quieres. Dime, ¿cuánto me quieres?».

Y el niño, pensando en la cosa que más le ha impresionado, dice:

-«Como al Templo del Señor».

Ana le da más besos: en los ojitos avispados, en la boquita roja. Y el niño se restriega contra ella como un gatito. La madre va y viene con un jarro colmo y ríe sin decir nada. Les deja con sus efusiones de afecto.

3       Entra del huerto un hombre anciano, un poco más bajo que Ana, de tupida cabellera completamente cana, rostro claro, barba cortada en cuadrado, dos ojos azules como turquesas, entre pestañas de un castaño claro casi rubio. Está vestido de un marrón oscuro.

Ana no le ve porque da la espalda a la puerta. El hombre se acerca a ella por detrás diciendo:

-«¿Y a mí nada?».

Ana se vuelve y dice:

-«¡Oh, Joaquín! ¿Has terminado tu trabajo?».

Mientras tanto el pequeño Alfeo ha corrido a sus rodillas diciendo:

-«También a tí, también a tí»,

y cuando el anciano se agacha y le besa, el niño se le ciñe estrechamente al cuello despeinándole la barba con las manecitas y los besos. También Joaquín trae su regalo: saca de detrás la mano izquierda y presenta una manzana tan hermosa que parece de cerámica, y, sonriendo, al niño que tiende ávidamente sus manecitas le dice:

-«Espera, que te la parto en trozos. Así no puedes. Es más grande que tú»,

y con un pequeño cuchillo que tiene en el cinturón (un cuchillo de podador) parte la manzana en rodajas, que divide a su vez en otras más delgadas; y parece como si estuviera dando de comer en la boca a un pajarillo que no ha dejado todavía el nido, por el gran cuidado con que mete los trozos de manzana en esa boquita que muele incesantemente.

-«¡Te has fijado qué ojos, Joaquín! ¿No parecen dos porcioncitas del Mar de Galilea cuando el viento de la tarde empuja un velo de nubes bajo el cielo?».

Ana ha hablado teniendo apoyada una mano en el hombro de su marido y apoyándose a su vez ligeramente en ella: gesto éste que revela un profundo amor de esposa, un amor intacto tras muchos años de vínculo conyugal.

Joaquín la mira con amor, y asiente diciendo:

-«¡Bellísimos! ¿Y esos ricitos? ¿No tienen el color de la mies secada por el sol? Mira, en su interior hay mezcla de oro y cobre».

-«¡Ah, si hubiéramos tenido un hijo, lo habría querido así, con estos ojos y este pelo!…».

Ana se ha curvado, es más, se ha arrodillado, y, con un fuerte suspiro, besa esos dos ojazos azul–grises.

También suspira Joaquín, y, queriéndola consolar, le pone la mano sobre el pelo rizado y canoso, y le dice:

-«Todavía hay que esperar. Dios todo lo puede. Mientras se vive, el milagro puede producirse, especialmente cuando se le ama y cuando nos amamos».

Joaquín recalca mucho estas últimas palabras. Más Ana guarda silencio, descorazonada, con la cabeza agachada, para que no se vean dos lágrimas que están deslizándose y que advierte sólo el pequeño Alfeo, el cual, asombrado y apenado de que su gran amiga llore como hace él alguna vez, levanta la manita y enjuga su llanto.

-«¡No llores, Ana! Somos felices de todas formas. Yo por lo menos lo soy, porque te tengo a ti».

-«Yo también por ti. Pero no te he dado un hijo… Pienso que he desagradado al Señor

porque ha hecho infecundas mis entrañas…».

-«¡Oh, esposa mía! ¿En qué crees tú, santa, que has podido desagradarle? Mira, vamos una vez más al Templo y por esto, no sólo por los Tabernáculos[4]4, hacemos una larga oración… Quizás te suceda como a Sara… o como a Ana de Elcana: esperaron mucho y se creían reprobadas por ser estériles, y, sin embargo, en el Cielo de Dios, estaba madurando para ellas un hijo santo[5]5. Sonríe, esposa mía. Tu llanto significa para mí más dolor que el no tener prole… Llevaremos a Alfeo con nosotros. Le diremos que rece. El es inocente… Dios tomará juntas nuestra oración y la suya y se mostrará propicio».

-«Sí. Hagamos un voto al Señor. Suyo será el hijo; si es que nos lo concede… ¡Oh, sentirme llamar “mamá”!».

Y Alfeo, espectador asombrado e inocente, dice:

-«¡Yo te llamo “mamá”!».

-«Sí, tesoro amado… pero tú ya tienes mamá, y yo… yo no tengo niño…».

La visión cesa aquí.

5       Me doy cuenta de que se ha abierto el ciclo del nacimiento de María. Y me alegro mucho por ello, porque lo deseaba grandemente. Supongo que también usted se alegrará de ello[6]. Antes de empezar a escribir he oído a la Mamá decirme:

-«Hija, escribe, pues, acerca de mí. Toda pena tuya será consolada».

Y, mientras decía esto, me ponía la mano sobre la cabeza acariciándome delicadamente. Luego ha venido la visión. Pero al principio, o sea, hasta que no oí llamar por el nombre a la mujer de cincuenta años, no comprendí que me encontraba ante la madre de la Mamá y, por tanto, ante la gracia del nacimiento de la Virgen.

3. En la fiesta de los Tabernáculos. Joaquín y Ana poseían la Sabiduría. Ana ora en el Templo. Es escuchada

23 de agosto de 1944.

1 Antes de proseguir hago una observación.

La casa no me ha parecido la de Nazaret, bien conocida. Al menos la habitación es muy distinta.

Con respecto al huerto–jardín, debo decir que es también más amplio; además, se ven los campos, no muchos, pero… los hay. Después, ya casada María, sólo está el huerto (amplio, eso sí, pero sólo huerto).

Y esta habitación que he visto no la he observado nunca en las otras visiones. No sé si pensar que por motivos pecuniarios los padres de María se hubieran deshecho de parte de su patrimonio, o si María, dejado el Templo, pasó a otra casa, que quizás le había dado José. No recuerdo si en las pasadas visiones y lecciones recibí alguna vez alusión segura a que la casa de Nazaret fuera la casa natal. Mi cabeza está muy cansada. Además, sobre todo por lo que respecta a los dictados, olvido en seguida las palabras, aunque, eso sí, me quedan grabadas las prescripciones que contienen, y, en el alma, la luz. Pero los detalles se borran inmediatamente. Si al cabo de una hora tuviera que repetir lo que he oído, aparte de una o dos frases de especial importancia, no sabría nada más. Las visiones, por el contrario, me quedan vivas en la mente, porque las he tenido que observar por mí misma. Los dictados los recibo. Aquéllas, por el contrario, tengo que percibirlas; permanecen, por tanto, vivas en el pensamiento, que ha tenido que trabajar para advertir sus distintas fases.

Esperaba un dictado sobre la visión de ayer, pero no lo ha habido.

2       Empiezo a ver y escribo.

Fuera de los muros de Jerusalén, en las colinas, entre los olivos, hay gran multitud de gente. Parece un enorme mercado, pero no hay ni casetas ni puestos de venta ni voces de charlatanes y vendedores ni juegos. Hay muchas tiendas hechas de lana basta, sin duda impermeables, extendidas sobre estacas hincadas en el suelo. Atados a las estacas hay ramos verdes, como decoración y como medio para dar frescor. Otras, sin embargo, están hechas sólo de ramos hincados en el suelo y atados así ^ ; éstas crean como pequeñas galerías verdes. Bajo todas ellas, gente de las más distintas edades y condiciones y un rumor de conversación tranquilo e íntimo en que sólo desentona algún chillido de niño.

Cae la tarde y ya las luces de las lamparitas de aceite resplandecen acá y allá por el extraño campamento. En torno a estas luces, algunas familias, sentadas en el suelo, están cenando; las madres tienen en su regazo a los más pequeños, muchos de los cuales, cansados, se han quedado dormidos teniendo todavía el trozo de pan en sus deditos rosados, cayendo su cabecita sobre el pecho materno, como los polluelos bajo las alas de la gallina. Las madres terminan de comer como pueden, con una sola mano libre, sujetando con la otra a su hijito contra su corazón. Otras familias, por el contrario, no están todavía cenando. Conversan en la semioscuridad del crepúsculo esperando a que la comida esté hecha. Se ven lumbres encendidas, desperdigadas; en torno a ellas trajinan las mujeres. Alguna nana muy lenta, yo diría casi quejumbrosa, mece a algún niño que halla dificultad para dormirse.

Encima, un hermoso cielo sereno, azul cada vez más oscuro hasta semejar a un enorme toldo de terciopelo suave de un color negro–azul; un cielo en el que, muy lentamente, invisibles artífices y decoradores estuvieran fijando gemas y lamparitas, ya aisladas, ya formando caprichosas líneas geométricas, entre las que destacan la Osa Mayor y Menor, que tienen forma de carro con la lanza apoyada en el suelo una vez liberados del yugo los bueyes. La estrella Polar ríe con todos sus resplandores.

Me doy cuenta de que es el mes de octubre porque una gruesa voz de hombre lo dice:

-«¡ Este octubre es extraordinario como ha habido pocos !»[7].

3 Aparece en la escena Ana. Viene de una de las hogueras con algunas cosas en las manos y colocadas sobre el pan, que es ancho y plano, como una torta de las nuestras, y que hace de bandeja. Trae pegado a las faldas a Alfeo, que va parla que te parla con su vocecita aguda. Joaquín está a la entrada de su pequeña tienda (toda de ramajes).

Habla con un hombre de unos treinta años, al que saluda Alfeo desde lejos con un gritito diciendo:

-«Papá».

Cuando Joaquín ve venir a Ana se da prisa en encender la lámpara.

Ana pasa con su majestuoso caminar regio entre las filas de tiendas; regio y humilde. No se altera con ninguno. Levanta a un niñito, hijo de una pobre, muy pobre, mujer, el cual ha tropezado en su traviesa carrera y ha ido a caer justo a sus pies. Dado que el niñito se ha ensuciado de tierra la carita y está llorando, ella le limpia y le consuela y, habiendo acudido la madre disculpándose, se lo restituye diciendo:

-«¡Oh, no es nada! Me alegro de que no se haya hecho daño. Es un niño muy majo. ¿Qué edad tiene?».

-«Tres años. Es el penúltimo. Dentro de poco voy a tener otro. Tengo seis niños.

Ahora querría una niña… Para una mamá es mucho una niña…».

-«¡Grande ha sido el consuelo que has recibido del Altísimo, mujer!».

–Ana suspira–. La otra mujer dice:

-«Sí. Soy pobre, pero los hijos son nuestra alegría, y ya los más grandecitos ayudan a trabajar. Y tú, señora, –todos los signos son de que Ana es de condición más elevada, y la mujer lo ha visto– ¿cuántos niños tienes?».

-«Ninguno».

-«¿Ninguno! ¿No es tuyo éste?».

-«No. De una vecina muy buena. Es mi consuelo…».

-«Se te han muerto, o…».

-«No los he tenido nunca».

-«¡Oh!».

La mujer pobre la mira con piedad. Ana la saluda con un gran suspiro y se dirige a su tienda.

-«Te he hecho esperar, Joaquín. Me ha entretenido una mujer pobre, madre de seis hijos varones, ¡fíjate! Y dentro de poco va a tener otro hijo».

Joaquín suspira.

El padre de Alfeo llama a su hijo, pero éste responde:

-«Yo me quedo con Ana. Así la ayudo».

Todos se echan a reír.

-«Déjale. No molesta. Todavía no le obliga la Ley. Aquí o allí… no es más que un pajarito que come»

dice Ana, y se sienta con el niño en el regazo; le da un pedazo de torta y –creo– pescado asado. Veo que hace algo antes de dárselo. Quizás le ha quitado la espina. Antes ha servido a su marido. La última que come es ella.

4       La noche está cada vez más poblada de estrellas y las luces son cada vez más numerosas en el campamento. Luego muchas luces se van poco a poco apagando: son los primeros que han cenado, que ahora se echan a dormir. Va disminuyendo también lentamente el rumor de la gente. No se oyen ya voces de niños. Sólo resuena la vocecita de algún lactante buscando la leche de su mamá. La noche exhala su brisa sobre las cosas y las personas, y borra penas y recuerdos, esperanzas y rencores. Bueno, quizás estos dos sobrevivan, aun cuando hayan quedado atenuados, durante el sueño, en los sueños.

Ana está meciendo a Alfeo, que empieza a dormirse en sus brazos. Entonces cuenta a su marido el sueño que ha tenido:

-«Esta noche he soñado que el próximo año voy a venir a la Ciudad Santa para dos fiestas en vez de para una sola. Una será el ofrecimiento de mi hijo al Templo… ¡Oh! ¡Joaquín!…».

-«Espéralo, espéralo, Ana. ¿No has oído alguna palabra? ¿El Señor no te ha susurrado al corazón nada?».

-«Nada. Un sueño sólo…».

-«Mañana es el último día de oración. Ya se han efectuado todas las ofrendas. No obstante, las renovaremos solemnemente mañana. Persuadiremos a Dios con nuestro fiel amor. Yo sigo pensando que te sucederá como a Ana de Elcana».

«Dios lo quiera… ¡Si hubiera, ahora mismo, alguien que me dijera: “Vete en paz. El Dios de Israel te ha concedido la gracia que pides”!…».

«Si ha de venir la gracia, tu niño te lo dirá revelándose por primera vez en tu seno. Será voz de inocente y, por tanto, voz de Dios».

Ahora el campamento calla en la obscuridad de la noche. Ana lleva a Alfeo a la tienda contigua y le pone sobre la yacija de heno junto a sus hermanitos, que ya están dormidos. Luego se echa al lado de Joaquín. Su lamparita también se apaga –una de las últimas estrellitas de la tierra–. Quedan, más hermosas, las estrellas del firmamento, velando a todos los durmientes.

« Joaquín se había casado con la mujer en cuyo corazón estaba encerrada la Sabiduría de Dios »

5 Dice Jesús:

«Los justos son siempre sabios, porque, siendo como son amigos de Dios, viven en su compañía y reciben instrucción de El, de El que es Infinita Sabiduría.

Mis abuelos eran justos; poseían, por tanto, la sabiduría. Podían decir con verdad cuanto dice la Escritura cantando las alabanzas de la Sabiduría en el libro que lleva su nombre: “Yo la he amado y buscado desde mi juventud y procuré tomarla por esposa”[8].

Ana de Aarón era la mujer fuerte de que habla el Antepasado nuestro[9]. Y Joaquín, de la estirpe del rey David, no había buscado tanto belleza y riqueza cuanto virtud. Ana poseía una gran virtud. Todas las virtudes unidas como ramo fragante de flores para ser una única, bellísima cosa, que era la Virtud, una virtud real, digna de estar delante del trono de Dios.

Joaquín, por tanto, había tomado por esposa dos veces a la sabiduría “amándola más que a cualquier otra mujer”: la sabiduría de Dios contenida dentro del corazón de la mujer justa.

Ana de Aarón no había tratado sino de unir su vida a la de un hombre recto, con la seguridad de que en la rectitud se halla la alegría de las familias. 6 Y, para ser el emblema de la “mujer fuerte”, no le faltaba sino la corona de los hijos, gloria de la mujer casada, justificación del vínculo matrimonial, de que habla Salomón[10]; como también a su felicidad sólo le faltaban estos hijos, flores del árbol que se ha hecho uno con el árbol cercano obteniendo copiosidad de nuevos frutos en los que las dos bondades se funden en una, pues de su esposo nunca había recibido ningún motivo de infelicidad.

7 Ella, ya tendente a la vejez, mujer de Joaquín desde hacía varios lustros, seguía siendo para éste “la esposa de su juventud, su alegría, la cierva amadísima, la gacela donosa”[11], cuyas caricias tenían siempre el fresco encanto de la primera noche nupcial y cautivaban dulcemente su amor, manteniéndolo fresco como flor que el rocío asperja y ardiente como fuego que siempre una mano alimenta. Por tanto, dentro de su aflicción, propia de quien no tiene hijos, recíprocamente se decían “palabras de consuelo[12] en las preocupaciones y fatigas”.

8 Y la Sabiduría eterna, llegada la hora, después de haberlos instruido en la vida, los iluminó con los sueños de la noche, lucero de la mañana del poema de gloria que había de llegar a ellos, María, la Madre mía. Si su humildad no pensó en esto, su corazón sí se estremeció esperanzado ante el primer tañido de la promesa de Dios. Ya de hecho hay certeza en las palabras de Joaquín: “Espéralo, espéralo… Persuadiremos a Dios con nuestro fiel amor”. Soñaban un hijo, tuvieron a la Madre de Dios.

9 Las palabras del libro de la Sabiduría parecen escritas para ellos: “Por ella adquiriré gloria ante el pueblo… por ella obtendré la inmortalidad y dejaré eterna memoria de mí a aquellos que vendrán después de mí”[13]. Pero, para obtener todo esto, tuvieron que hacerse reyes de una virtud veraz y duradera no lesionada por suceso alguno. Virtud de fe.

Virtud de caridad. Virtud de esperanza. Virtud de castidad. ¡Oh, la castidad de los esposos! Ellos la vivieron –pues no hace falta ser vírgenes para ser castos–. Los tálamos castos tienen por custodios a los ángeles, y de tales tálamos provienen hijos buenos que de la virtud de sus padres hacen norma para su vida.

10 Mas ahora ¿dónde están? Ahora no se desean hijos, pero no se desea tampoco la castidad. Por lo cual Yo digo que se profana el amor y se profana el tálamo».

4. Ana, con una canción, anuncia que es madre. En su seno está el alma inmaculada de María.

24 de agosto de 1944.

1       Veo de nuevo la casa de Joaquín y Ana. Nada ha cambiado en su interior, si se exceptúan las muchas ramas florecidas, colocadas aquí y allá en jarrones (sin duda provienen de la podadura de los árboles del huerto, que están todos en flor: una nube que varía del blanco nieve al rojo típico de ciertos corales).

También es distinto el trabajo que está realizando Ana. En un telar más pequeño, teje lindas telas de lino, y canta ritmando el movimiento del pie con la voz. Canta y sonríe… ¿A quién? A sí misma, a algo que ve en su interior.

El canto, lento pero alegre –que he escrito aparte para seguirle, porque le repite una y otra vez, como gozándose en él, y cada vez con más fuerza y seguridad, como la persona que ha descubierto un ritmo en su corazón y primero lo susurra calladamente, y luego, segura, va más expedita y alta de tono– dice (y le transcribo porque, dentro de su sencillez, es muy dulce):

-«¡Gloria al Señor omnipotente que ha amado a los hijos de David! ¡Gloria al Señor!

Su suprema gracia desde el Cielo me ha visitado.

El árbol viejo ha echado nueva rama y yo soy bienaventurada.

Por la Fiesta de las Luces echó semilla la esperanza;

ahora de Nisán la fragancia la ve germinar.

Como el almendro, se cubre de flores mi carne en primavera.

Su fruto, cercano ya el ocaso, ella siente llevar.

En la rama hay una rosa, hay uno de los más dulces pomos.

Una estrella reluciente, un párvulo inocente.

La alegría de la casa, del esposo y de la esposa.

Loor a Dios, a mi Señor, que piedad tuvo de mí.

Me lo dijo su luz: “Una estrella te llegará”.

¡Gloria, gloria! Tuyo será este fruto del árbol,

primero y extremo, santo y puro como don del Señor.

Tuyo será. ¡Que por él venga alegría y paz a la tierra!

¡Vuela, lanzadera! Aprieta el hilo para la tela del recién nacido.

¡El nace! Laudatorio a Dios vaya el canto de mi corazón».

2       Entra Joaquín en el momento en que ella iba a repetir por cuarta vez su canto.

-«¿Estás contenta, Ana? Pareces un ave en primavera. ¿Qué canción es ésta? A nadie se la he oído nunca. ¿De dónde nos viene?».

-«De mí corazón, Joaquín».

Ana se ha levantado y ahora se dirige hacia su esposo, toda sonriente. Parece más joven y más guapa.

-«No sabía que fueras poetisa»

dice su marido mirándola con visible admiración. No parecen dos esposos ya mayores. En su mirada hay una ternura de jóvenes cónyuges.

-«He venido desde la otra parte del huerto oyéndote cantar. Hacía años que no oía tu voz de tórtola enamorada. ¿Quieres repetirme esa canción?».

-«Te la repetiría aunque no lo pidieras. Los hijos de Israel han encomendado siempre al canto los gritos más auténticos de sus esperanzas, alegrías y dolores. Yo he encomendado al canto la solicitud de anunciarme y de anunciarte una gran alegría. Sí, también a mí, porque es cosa tan grande que, a pesar de que yo ya esté segura de ella, me parece aún no verdadera…».

Y empieza a entonar de nuevo la canción. Pero cuando llega al punto: «En la rama hay una rosa, hay uno de los más dulces pomos, una estrella…», su bien entonada voz de contralto primero se oye trémula y luego se rompe; se echa a llorar de alegría, mira a Joaquín y, levantando los brazos, grita:

-«¡Soy madre, amado mío!»,

y se refugia en su corazón, entre los brazos que él ha tendido para volver a cerrarlos en torno a ella, su esposa dichosa. Es el más casto y feliz abrazo que he visto desde que estoy en este mundo. Casto y ardiente, dentro de su castidad.

Y la delicada reprensión entre los cabellos blanco–negros de Ana:

-«¿Y no me lo decías?».

-«Porque quería estar segura. Siendo vieja como soy… verme madre… No podía creer que fuera verdad… y no quería darte la más amarga de las desilusiones. Desde finales de diciembre siento renovarse mis entrañas profundas y echar, como digo, una nueva rama. Mas ahora en esa rama el fruto es seguro… ¿Ves? Esa tela ya es para el que ha de venir».

-«¿No es el lino que compraste en Jerusalén en octubre?».

-«Sí. Lo he hilado durante la espera… y con esperanza. 3 Tenía esperanza por lo que sucedió el último día mientras oraba en el Templo –lo más que puede una mujer en la Casa de Dios– ya de noche. ¿Te acuerdas que decía: “Un poco más, todavía un poco más”? ¡No sabía separarme de allí sin haber recibido gracia! Pues bien, descendiendo ya las sombras, desde el interior del lugar sagrado al que yo miraba con arrobo para arrancarle al Dios presente su asentimiento, ví surgir una luz. Era una chispa de luz bellísima. Cándida como la luna pero que tenía en sí todas las luces de todas las perlas y gemas que hay en la tierra. Parecía como si una de las estrellas preciosas del Velo –las que están colocadas bajo los pies de los querubines–, se separase y adquiriese esplendor de luz sobrenatural… Parecía como si desde el otro lado del Velo sagrado, desde la Gloria misma, hubiera salido un fuego y viniera veloz hacia mí, y que al cortar el aire cantara con voz celeste diciendo: “Recibe lo que has pedido”. Por eso canto: “Una estrella te llegará”. ¿Y qué hijo será éste, nuestro, que se manifiesta como luz de estrella en el Templo y que dice “existo” en la Fiesta de las Luces[14]? ¿Será que has acertado al pensar en mí como una nueva Ana de Elcana[15]? 4 ¿Cómo la llamaremos a esta criatura nuestra que, dulce como canción de aguas, siento que me habla en el seno con su corazoncito, latiendo, latiendo, como el de una tortolita entre los huecos de las manos?».

-«Si es varón, le llamaremos Samuel; si es niña, Estrella, la palabra que ha detenido tu canto para darme esta alegría de saber que soy padre, la forma que ha tomado para manifestarse entre las sagradas sombras del Templo».

-«Estrella. Nuestra Estrella, porque… no lo sé, pero creo que es una niña. Pienso que unas caricias tan delicadas no pueden provenir sino de una dulcísima hija. Porque no la llevo yo, no me produce dolor; es ella la que me lleva por un sendero azul y florido, como si ángeles santos me sostuvieran y la tierra estuviera ya lejana… Siempre he oído decir a las mujeres que el concebir y el llevar al hijo en el seno supone dolor[16], pero yo no lo siento. Me siento fuerte, joven, fresca; más que cuando te entregué mi virginidad en la lejana juventud. Hija de Dios –porque es más de Dios que nuestra, siendo así que nacerá de un tronco aridecido– que no da dolor a su madre; sólo le trae paz y bendición: los frutos de Dios, su verdadero Padre».

-«Entonces la llamaremos María. Estrella de nuestro mar, perla, felicidad, el nombre de la primera gran mujer de Israel[17]. Pero no pecará nunca contra el Señor, que será el único al que dará su canto, porque ha sido ofrecida a El como hostia antes de nacer».

-«Está ofrecida a El, sí. Sea niño o niña nuestra criatura, se la daremos al Señor, después de tres años de júbilo con ella. Nosotros seremos también hostias, con ella, para la gloria de Dios».

No veo ni oigo nada más.

« La Inmaculada jamás se vió privada del pensamiento de Dios »

5       Dice Jesús:

-«La Sabiduría, tras haberlos iluminado con los sueños de la noche, descendió; Ella, que es “emanación de la potencia de Dios, genuino efluvio de la gloria del Omnipotente”[18] y se hizo Palabra para la estéril. Quien ya veía cercano su tiempo de redimir, Yo, el Cristo, nieto de Ana, casi cincuenta años después, mediante la Palabra, obraría milagros en las estériles y en las enfermas, en las obsesas, en las desoladas; los obraría en todas las miserias de la tierra.

Pero, entretanto, por la alegría de tener una Madre, he aquí que susurro una arcana palabra en las sombras del Templo que contenía las esperanzas de Israel, del Templo que ya estaba en la frontera de su vida. En efecto, un nuevo y verdadero Templo, no ya portador de esperanzas para un pueblo, sino certeza de Paraíso para el pueblo de toda la tierra, y por los siglos de los siglos hasta el fin del mundo, estaba para descender sobre la tierra. Esta Palabra obra el milagro de hacer fecundo lo que era infecundo, y de darme una Madre, la cual no tuvo sólo óptimo natural, como era de esperarse naciendo de dos santos, y no tuvo sólo un alma buena, como muchos también la tienen, y contínuo crecimiento de esta bondad por su buena voluntad, ni sólo un cuerpo inmaculado… Tuvo –caso único entre las criaturas– inmaculado el espíritu. 6 Tú has visto la generación contínua de las almas por Dios. Piensa ahora cuál debió ser la belleza de esta alma que el Padre había soñado antes de que el tiempo fuera, de esta alma que constituía las delicias de la Trinidad, Trinidad que ardientemente deseaba adornarla con sus dones para donársela a sí misma. ¡Oh, Todo Santa que Dios creó para sí, y luego para salud de los hombres! Portadora del Salvador, tú fuiste la primera salvación; vivo Paraíso, con tu sonrisa comenzaste a santificar la tierra.

¡Oh, el alma creada para ser alma de la Madre de Dios!… Cuando, de un más vivo latido del trino Amor, surgió esta chispa vital, se regocijaron los ángeles, pues luz más viva nunca había visto el Paraíso. Como pétalo de empírea rosa, pétalo inmaterial y preciado, gema y llama, aliento de Dios que descendía a animar a una carne de forma muy distinta que a las otras, con un fuego tan vivo que la Culpa no pudo contaminarla, traspasó los espacios y se cerró en un seno santo[19].

La tierra tenía su Flor y aún no lo sabía. La verdadera, única Flor que florece eterna: azucena y rosa, violeta y jazmín, helianto y ciclamino sintetizados, y con ellas todas las flores de la tierra fusionadas en una sola Flor, María, en la cual toda virtud y gracia se unen.

En abril, la tierra de Palestina parecía un enorme jardín. Fragancias y colores deleitaban el corazón de los hombres. Sin embargo, aún ignorábase la más bella Rosa.

Ya florecía para Dios en el secreto del claustro materno, porque mi Madre amó desde que fue concebida[20], mas sólo cuando la vid da su sangre para hacer vino, y el olor de los mostos, dulce y penetrante, llena las eras y el olfato, Ella sonreiría, primero a Dios y luego al mundo, diciendo con su superinocente sonrisa: “Mirad: la Vid que os va a dar el Racimo para ser prensado y ser Medicina eterna para vuestro mal está entre vosotros”.

He dicho que María amó desde que fue concebida. ¿Qué es lo que da al espíritu luz y conocimiento? La Gracia[21]. ¿Qué es lo que quita la Gracia? El pecado original y el pecado mortal. María, la Sin Mancha, nunca se vio privada del recuerdo de Dios, de su cercanía, de su amor, de su luz, de su sabiduría. Ella pudo por ello comprender y amar cuando no era más que una carne que se condensaba en torno a un alma inmaculada que continuaba amando.

7 Más adelante te daré a contemplar mentalmente la profundidad de las virginidades en María. Te producirá un vértigo celeste semejante a cuando te di a considerar nuestra eternidad. Entretanto, piensa cómo el hecho de llevar en las entrañas a una criatura exenta de la Mancha que priva de Dios le da a la madre –que, no obstante, la concibió en modo natural, humano– una inteligencia superior, y la hace profeta, la profetisa de su hija, a la que llama “Hija de Dios”. Y piensa lo que habría sido si de los Primeros Padres inocentes hubieran nacido hijos inocentes, como Dios quería.

Este, ¡Oh, hombres que decís que vais hacia el “superhombre” y que de hecho con vuestros vicios estáis yendo únicamente hacia el super–demonio!, éste habría sido el medio que conduciría al “superhombre”: saber estar libres de toda contaminación de Satanás, para dejarle a Dios la administración de la vida, del conocimiento, del bien; no deseando más de cuanto Dios os hubiera dado, que era poco menos que infinito, para poder engendrar, en una contínua evolución hacia lo perfecto, hijos que fueran hombres en el cuerpo y, en el espíritu, hijos de la Inteligencia, es decir, triunfadores, es decir, fuertes, es decir, gigantes contra Satanás, que habría mordido el polvo muchos miles de siglos antes de la hora en que lo haga, y con él todo su mal».

[1] Por razón de una creación preservativa.

[2] Cfr. Gén. 1, 26–27.

[3] La Iglesia en su Liturgia al aplicar a la Vírgen el paso del Eclesiático 24, 5, la proclama “Primogénita entre todas las creaturas”. La Escritora la llama sin embargo “Secondogénita del Padre” (término que no puede traducirse lieteralmente, porque significaría en español, que hay una Primogénita), y a Cristo le da el título de “Primogénito” conforme a Rom. 8, 29; Col. 1, 15 y 18; Hebr. 1, 6; Apoc. 1,5.

[4] Cfr. Ex. 23, 14–17.

[5] Cfr. 1 Rey. 1 y 2, 11.

[6] es decir, el director espiritual de la escritora, el P. Romualdo M. Migliorini o.s.m., al que MV se dirige a menudo, en estilo epistolar, a lo largo de toda la Obra. Algunas veces se dedica al padre Migliorini un episodio o una enseñanza (véase, por ejemplo, 58.1).

[7] octubre es un mes de nuestro calendario, que regula los meses con referencia al año solar. Pero frecuentemente MV reseña los nombres del calendario hebreo, regulado con referencia al año lunar, que empieza en primavera. La correspondencia de los meses hebreos con los nuestros es aproximada: 1. Nisán (abril); 2. Ziv (mayo); 3. Siván (junio); 4. Tammuz (julio); 5. Ab (agosto); 6. Elul (septiembre); 7. Tisrí (octubre); 8. Etanim (noviembre); 9. Kisléu (diciembre); 10. Tébet (enero); 11. Sabat (febrero); 12. Adar (marzo), que se dobla en los años embolismales.

[8] Cfr. Sab. 8, 2.

[9] Cfr. Prov. 31, 10–31.

[10] Cfr. por ej. Prov. 17, 6.

[11] Cfr. Prov. 5, 18–19.

[12] Como por ej. en 1 Rey. 1, 8.

[13] 13 Cfr. Sab. 8, 13.

[14] Fiesta de las Luces: esto es, fiesta de las “Hogueras” o Fiesta de los Tabernáculos. La razón del nombre es que se encendían fogatas.

[15] Cfr. 1 Rey. 1, 9 ss.

[16] Entiéndase: renunciar a la virginidad y lo que consigo trae

[17] Cfr. Ex. 15, 20–21; Núm. 12, 1–15.

[18] Cfr. Sab. 7, 25

[19] Este álito vital o chispa divina que Dios inspiró e infundió para animar el cuerpo de la Predestinada Madre del Verbo, este acto de Amor, que amó infinitamente a su amada Hija, Esposa, Madre futura, omnipotente en su amor y en su querer de tal modo que la mancha del Odio no pudo deshojarla, se infundió en un santo seno, en el cuerpo de María.

[20] La gracia es amor, es sabiduría, es todo. Y María que todo lo tuvo, amó desde el momento en que tuvo alma.

[21] Adán y Eva desde el momento en que fueron creados, fueron capaces de amar, por conocer sus perfecciones (pues las conocían), a Dios. La Gracia y los otros dones recibidos junto con la vida, los hacía capaces de ello. María llena de gracia en su alma amó con su espíritu purísimo, desde el momento en que la poseyó, adelantándose al tiempo en que – con todo su ser, dotada con todos los dones divinos que se le dieron con plenitud y sobreabundancia en vista de su futura misión y perfección – amó con toda su mente, con todo su corazón, con todas sus fuerzas. Esta fuerza de amor no debe extrañar a nadie si se medita en el Evangelio de Lucas 1, 44 y 15, donde se dice que el Bautista – encerrado en el seno materno, pero presantificado, esto es, limpio de la culpa original y por lo tanto convertido en ser sumamente inteligente, esto es, proporcionado a la condición de una criatura elevada al orden sobrenatural – reconoció, se alegró, amó, adoró a su Señor encerrado en el seno de María, confirmando las palabras que el Arcángel Gabriel había dicho a Zacarías: “Juan… será lleno del Espíritu Santo desde el seno materno”.

Nacimiento E Infancia De La Virgen María

Visiones de la Beata Ana Catalina Emmerick

Extractos

IV La Santa e Inmaculada Concepción de María

Cuando Joaquín, que se encontraba de nuevo entre su ganado, quiso ir de nuevo al templo para ofrecer sacrificios, le envió Ana palomas y otras aves en canastos y jaulas por medio de los siervos para que fuesen a llevárselas a la pradera. Joaquín tomó dos asnos y los cargó con tres animalitos pequeños, blancos y muy despiertos, de cuellos largos, corderos o cabritos, encerrados en cestas. Llevaba él mismo una linterna sobre su cayado: era una luz en una calabaza vacía. Subieron al templo, guardando sus asnos en una posada, que estaba cerca del mercado. Llevaron sus ofrendas hasta los escalones más altos y pasaron por las habitaciones de los servidores del templo. Allí se reunieron los siervos de Joaquín después que les fueron tomadas las ofrendas.

Entró Joaquín en la sala donde se hallaba la fuente llena de agua en la cual eran lavadas las víctimas; se dirigió por un largo corredor a otra sala a la izquierda del sitio donde estaba el altar de los perfumes, la mesa de los panes de la proposición y el candelabro de los cinco brazos. Se hallaban reunidas en aquel lugar varias personas que habían acudido para sacrificar.

Joaquín tuvo que sufrir aquí una pena muy cruel. Vi a un sacerdote, de nombre Rubén, que despreció sus ofrendas, puesto que en lugar de colocarlas junto a las otras, en lugar aparente, detrás de las rejas, a la derecha de la sala, las puso completamente de lado. Ofendió públicamente al pobre Joaquín a causa de la esterilidad de su mujer y sin dejarlo acercarse, para mayor injuria, lo relegó a un rincón.

Vi entonces a Joaquín lleno de tristeza abandonar el templo y, pasando por Betania, llegar a los alrededores de Maquero. Permaneció tan triste y avergonzado que, por algún tiempo, no dio aviso del sitio donde se encontraba. La aflicción de Ana fue extraordinaria cuando le refirieron lo que le había acontecido en el templo y al ver que no volvía. Cinco meses permaneció Joaquín oculto en el monte Hermón. He visto su oración y sus angustias. Cuando iba donde estaban sus rebaños y veía a sus corderitos, se ponía muy triste y se echaba en tierra cubriéndose el rostro. Los siervos le preguntaban por qué se mostraba tan afligido; pero él no les decía que estaba siempre pensando en la causa de su pena: la esterilidad de su mujer. También aquí dividía su ganado en tres partes: lo mejor lo enviaba al templo; la otra parte la recibían los esenios, y el se quedaba con la más inferior.

También Ana tuvo que sufrir mucho por la desvergüenza de una criada, que le reprochaba su esterilidad. Mucho tiempo la estuvo sufriendo hasta que la despachó de su casa. Había pedido ésta ir a una fiesta a la cual, según la rigidez de los esenios, no se podía acudir. Cuando Ana le negó el permiso ella le reprochó duramente esta negativa, diciendo que merecía ser estéril y verse abandonada de su marido por ser tan mala y tan dura. Entonces despachó Ana a la criada, y por medio de dos servidores la envió a la casa de sus padres, llenándola antes con regalos y dones, rogándoles la recibiesen de nuevo ya que no podía retenerla más consigo. Después de esto se retiró a su pieza y lloró amargamente.

En la tarde del mismo día se cubrió la cabeza con un paño amplio, se envolvió toda con él y fue a ponerse bajo un gran árbol, en el patio de la casa. Encendió una lámpara y se entregó a la oración. Permaneció aquí mucho tiempo Ana clamando a Dios y diciendo: “Si quieres, Señor, que yo quede estéril, haz que, al menos, mi piadoso esposo vuelva a mi lado”. Entonces se le apareció un ángel. Venía de lo alto y se puso delante, diciéndole que pusiera en paz su corazón porque el Señor había oído su oración; que debía a la mañana siguiente ir con dos criadas a Jerusalén y que entrando en el templo, bajo la puerta dorada del lado del valle de Josafat, encontraría a Joaquín. Añadió que él estaba en camino a ese lugar, que su ofrenda sería bien recibida, y que allí sería escuchada su oración. Le dijo que también ya había estado con Joaquín, y mandóle que llevase palomas para el sacrificio, y anuncióle que el nombre de la criatura que tendría, luego lo vería escrito.

Ana dio gracias a Dios y volvió a su casa contenta. Cuando después de mucho rezar en su lecho, se quedó dormida, he visto aparecer sobre ella un resplandor que la penetraba. La he visto avisada por una inspiración interior, despertar e incorporarse en su lecho. En ese momento vi un rostro luminoso junto a ella, que escribía con grandes letras hebreas a la derecha de su cama. He conocido el contenido de la frase, palabra por palabra. Expresaba en resumen, que ella debía concebir; que su fruto sería único, y que la fuente de esa concepción era la bendición que había recibido Abraham. La he visto indecisa pensando como le comunicaría esto a Joaquín; pero se consoló cuando el ángel le reveló la visión de Joaquín.

Tuve entonces la explicación de la Inmaculada Concepción de María y supe que en el Arca de la Alianza había estado oculto un sacramento de la Encarnación, de la Inmaculada Concepción, un misterio de la Redención de la humanidad caída. He visto a Ana leer con admiración y temor las letras de oro y rojas brillantes de la escritura, y su gozo fue tan grande que pareció rejuvenecer cuando se levantó para dirigirse a Jerusalén. He visto, en el momento en que el ángel se acercó a ella, un resplandor bajo el corazón de Ana, y allí, un vaso iluminado. No puedo explicarlo de otro modo sino diciendo: había allí como una cuna, un tabernáculo cerrado que ahora se abría para recibir algo santísimo. No puedo expresar cómo he visto esto maravillosamente. Lo vi como si fuera la cuna de toda la humanidad renacida y redimida; lo vi como un vaso sagrado abierto, al cual se le quita el velo. Reconocí esto con toda naturalidad. Este conocimiento era a la vez natural y celestial. Ana tenía entonces, según creo, cuarenta y tres años.

V La visión de Joaquín

He visto también la aparición del ángel a Joaquín. El ángel le mandó llevar las ofrendas al templo y le prometió que sería escuchada su oración. A pesar de que le dijo que fuera después a la puerta dorada del templo, Joaquín sentíase temeroso de ir. Pero el ángel le dijo que los sacerdotes ya tenían aviso de su visita. Esto sucedía en tiempo e la fiesta de los tabernáculos. Joaquín había levantado su choza con ayuda de sus pastores. Al cuarto día de fiesta dirigióse a Jerusalén con numeroso ganado para el sacrificio, y se alojó en el templo. Ana, que también llegó el mismo día a Jerusalén, fue a hospedarse con la familia de Zacarías, en el mercado de los peces, y se encontró con Joaquín al finalizar las fiestas.

Cuando Joaquín llegó a la entrada del templo, le salieron al encuentro dos sacerdotes, que habían recibido un aviso sobrenatural. Joaquín llevaba dos corderos y tres cabritos. Su oferta fue recibida en el lugar acostumbrado: allí mismo degolladas y quemadas las víctimas. Una parte de este sacrificio, sin embargo, fue llevaba a la derecha de la antesala y allí consumida . En el centro del lugar estaba el gran sillón desde donde se enseñaba. Mientras subía el humo de la víctima, descendía un rayo de luz sobre el sacerdote y sobre Joaquín. Hubo entonces un silencio general y gran admiración. Luego vi que dos sacerdotes llevaron a Joaquín a través de las cámaras laterales, hasta el Sancta Sanctorum, ante el altar del incienso. Aquí echó el sacerdote incienso, no en granos, como era costumbre, sino una masa compacta sobre el altar  (era una mezcla de incienso, mirra, casia, nardo, azafrán, canela, sal fina y otros productos y pertenecía al sacrificio diario), que se encendió. Joaquín quedó solo delante del altar del incienso, porque los sacerdotes se alejaron.

Vi a Joaquín hincado de rodillas, con los brazos levantados, mientras se consumía el incienso. Permaneció encerrado en el templo toda la noche, rezando con gran devoción. Estaba en éxtasis cuando se le acercó un rostro resplandeciente y le entregó un rollo que contenía letras luminosas. Eran los tres nombres: Melia, Anna y Miryam  (Diversas formas de los nombres Joaquín, Ana y María). Junto a ellos veíase la figura del Arca de la Alianza o un tabernáculo pequeño. Joaquín colocó este rollo escrito bajo sus vestidos, junto al corazón.

El ángel habló entonces: “Ana tendrá una Niña inmaculada y de ella saldrá la salud del mundo. No debe lamentar Ana su esterilidad, que no es para su deshonra sino para su gloria. Lo que tendrá Ana no será de él (Joaquín) si no que por medio de él, será un fruto de Dios y la culminación de la bendición dada a Abraham”. Joaquín no podía comprender esto, y el ángel lo llevó detrás del cortinado que estaba separado lo bastante para poder permanecer allí. Vi que el ángel ponía delante de los ojos de Joaquín una bola brillante como un espejo: él debía soplar sobre ella y mirar. Yo pensé que el ángel le presentaba la bola, según costumbre de nuestro país donde, en los casamientos, se presenta al sacristán. Cuando Joaquín echó su aliento sobre la bola, aparecieron diversas figuras en ella, sin empañarse en lo más mínimo. Joaquín observaba. Entendí que el ángel le decía que de esa manera Ana daría a luz, por medio de él, sin ser empañada. El ángel tomó la bola y la levantó en alto, quedando suspendida. Dentro de ella pude ver, como por una abertura, una serie de cuadros conexos que se extendían desde la caída del hombre hasta su redención. Había allí todo un mundo, donde las cosas nacían unas de otras. Tuve conocimiento de todo, pero ya no puedo dar los detalles.

En lo más alto hallábase la Santísima Trinidad; más abajo, a un lado, el Paraíso, Adán y Eva, el pecado original, la promesa a de la redención, todas las figuras que la anunciaban de antemano, Noé, el diluvio, el Arca, la bendición de Abraham, la transmisión de la bendición a su hijo Isaac, y de éste a Jacob; luego, cuando le fue retirada a Jacob por el ángel con quien luchó; cómo pasó a José en el Egipto; cómo se mostró en él y en su mujer en un grado de más alta dignidad; y cómo el don sagrado, donde reposaba la bendición, era sacado de Egipto por Moisés con las reliquias de José y se transformaba en el Santo de los Santos del Arca de la Alianza, la residencia de Dios vivo en medio de su pueblo. Vi el culto y la vida del pueblo de Dios en sus relaciones con este misterio, las disposiciones y las combinaciones para el desarrollo de la raza santa, del linaje de la Santísima Virgen, así como las figuras y los símbolos de María y del Salvador en la historia y en los profetas. Vi esto en cuadros simbólicos dentro de la esfera luminosa. Vi grandes ciudades, torres, palacios, tronos, puertas, jardines, flores, todas estas imágenes maravillosamente unidas entre sí por puentes de luz. Todo esto era embestido por fieras y otras temibles apariciones. Estos cuadros mostraban como la raza de la Santísima Virgen, al igual que todo lo santo, había sido conducida por la gracia de Dios, a través de combates y asaltos.

Recuerdo haber visto, en esta serie de cuadros, un jardín rodeado por densa valla espinosa, a través de la cual se esforzaban por pasar, en vano, una cantidad de serpientes y bestias repulsivas semejantes. Vi también una torre muy firme, asaltada por todas partes por guerreros, que luego eran precipitados desde lo alto de las murallas. Observé muchas imágenes análogas que se referían a la historia de la Virgen en sus antepasados. Los pasajes y puentes que unían el conjunto significaban la victoria obtenida sobre obstáculos e interrupciones que se oponían a la obra de la salvación. Era como si una carne inmaculada, una sangre purísima hubiesen sido puestas por Dios en medio de la humanidad, como en un río de agua turbia, y debiesen, a través de muchas penas y esfuerzos, reunir sus elementos dispersos, mientras el río trataba de atraerlas hacia sí y empañarlas; pero al final, con la gracia de Dios, de los innumerables favores y de la fiel cooperación de parte de los hombres, esto debía, después de oscurecimientos y purificaciones, subsistir en un río que renovaba sus aguas sin cesar, y elevarse fuera del río bajo la forma de la Santísima Virgen, de la cual nació el Verbo, hecho carne, que habitó entre nosotros.

Entre las imágenes que contemplé en la esfera luminosa había muchas que están mencionadas en las letanías de la Virgen: las veo, las comparo, las comprendo y las voy considerando con profunda veneración cuando recito las letanías. Más tarde se desarrollaban en estos cuadros hasta el perfecto cumplimiento de la obra de la divina Misericordia con la humanidad, caída en una división y en un desgarramiento infinitos. Por el costado del globo luminoso opuesto al Paraíso, llegaban los cuadros hasta la Jerusalén celestial , a los pies del trono de Dios.

Cuando hube visto todo, desvaneciéndose el globo resplandeciente, que no era sino la misma sucesión de cuadros que partiendo de un punto volvían todos a él luego de haber formado un círculo de luz. Creo que fue una revelación hecha a Joaquín por los ángeles, bajo la forma de una visión, de la cual tuve yo también conocimiento. Cuando recibo una comunicación de esta clase se me aparece siempre dentro de una esfera luminosa.

VI Joaquín recibe el misterio del Arca de la Alianza

Tomó el ángel, sin abrir la puerta del Arca, algo de dentro. Era el misterio del Arca de la Alianza, el sacramento de la Encarnación, de la Inmaculada Concepción, el cumplimiento y la culminación de la bendición de Abraham. He visto como un cuerpo luminoso este misterio del Arca. El ángel ungió o bendijo con la punta del pulgar y del índice la frente de Joaquín; luego pasó el cuerpo luminoso bajo el vestido de Joaquín, desde donde, no sé decir cómo, penetró dentro de él mismo. También le dio a beber algo de un vaso o cáliz brillante que sostenía por debajo con sus dos dedos. Este cáliz tenía la forma del cáliz de la Última Cena, pero sin pie, y Joaquín debió conservarlo para sí y llevarlo a su casa. Entendí que el ángel le mandó a Joaquín que conservase el misterio, y entendí, entonces, por qué Zacarías, padre del Bautista, quedó mudo después de haber recibido la bendición y la promesa de tener hijo de Isabel, bendición y promesa que venían del misterio del Arca de la Alianza. Sólo más tarde fue echado en menos el misterio del Arca por los sacerdotes del templo. Desde entonces se extraviaron del todo y se volvieron farisaicos.

El ángel sacó a Joaquín del Sancta Sanctorum y desapareció. Joaquín permaneció tendido en el suelo rígido y fuera de sí. Vi que luego llegaron los sacerdotes y sacaron de allí reverentemente a Joaquín y lo sentaron en un sillón, sobre unas gradas, que sólo usaban los sacerdotes. El sillón era cómodo y forrado en el asiento, semejante a las sillas que usaba Magdalena en sus tiempos de lujo. Los sacerdotes le echaron agua en la cara y le pusieron delante de la nariz algo o le dieron alguna cosa para tomar; en una palabra, lo trataron como a uno que se ha desmayado. Con todo, he visto que Joaquín quedó, después de lo recibido por el ángel, todo luminoso, más joven y rozagante.

VII  Encuentro de Joaquín y Ana

Joaquín fue guiado por los sacerdotes hasta la puerta del pasillo subterráneo, que corría debajo del templo y de la puerta derecha. Era éste un camino que se usaba en algunos casos para limpieza, reconciliación o perdón. Los sacerdotes dejaron a Joaquín en la puerta, delante de un corredor angosto al comienzo, que luego se ensanchaba y bajaba insensiblemente. Había allí columnas forradas con hojas de árboles y vides y brillaban los adornos de oro en las paredes iluminadas por una luz que venía de lo alto. Joaquín había andado una tercera parte del camino, cuando vino a su encuentro Ana, en el lugar del corredor, debajo de la puerta dorada donde había una columna en forma de palmera con hojas caídas y frutos. Ana había sido conducida por los sacerdotes a través de una entrada que había del otro lado del subterráneo. Ella les había dado con su criada las palomas para el sacrificio, en unos cestos que había abierto y presentado a los sacerdotes, conforme le había mandado el ángel. Había sido conducida hasta allí en compañía de otras mujeres, entre ellas, la profetisa Ana. He visto que cuando se abrazaban Joaquín y Ana, estaban en éxtasis. Estaban rodeados de numerosos ángeles que flotaban sobre ellos, sosteniendo una torre luminosa y recordando la torre de marfil, la torre de David y otros títulos de las letanías lauretanas. Desapareció la torre entre Joaquín y Ana: ambos estaban llenos de gloria y resplandor. Al mismo tiempo, el cielo se abrió sobre ellos y vi la alegría de los ángeles y de la Santísima Trinidad y la relación de todo esto con la concepción de María Santísima.

Cuando se abrazaron, rodeados por el resplandor, entendí que era la concepción de María en ese instante, y que María fue concebida como hubiera sido la concepción de todos sin el pecado original. Joaquín y Ana caminaban así, alabando a Dios, hasta la salida. Llegaron a una arcada grande, como una capilla donde ardían lámparas, y salieron afuera. Aquí fueron recibidos por los sacerdotes, que los despidieron. El templo estaba abierto y adornado con hojas y frutos. El culto se realizaba bajo el cielo, al aire libre. En cierto lugar había ocho columnas aisladas adornadas con ramajes. Joaquín y Ana llegaron a una salida abierta al borde extremo de la montaña del templo, frente al valle de Josafat. No era posible ir más lejos en esa dirección, pues el camino doblaba a derecha e izquierda. Hicieron todavía una visita a un sacerdote y luego los vi con su gente dirigirse a su casa. Una vez llegado a Nazaret, Joaquín dio un banquete de regocijo, sirvió a muchos pobres y repartió grandes limosnas. Vi el júbilo y el fervor de los esposos y su agradecimiento a Dios, pensando en su misericordia hacia ellos; observélos a menudo orando juntos, con los ojos bañados en lágrimas. Se me explicó en esta ocasión que los padres de la Santísima Virgen la engendraron en una pureza perfecta, por el efecto de la obediencia. Si no hubiera sido con el fin de obedecer a Dios, habrían guardado perpetua continencia.

Comprendí, al mismo tiempo, cómo la pureza, la castidad, la reserva de los padres y su lucha contra el vicio impuro tiene incalculable influencia sobre la santidad de los hijos engendrados. En general, siempre vi en la incontinencia y en el exceso, la raíz del desorden y del pecado. Vi también que mucha gente se congratulaba con Joaquín por haber sido recibida su ofrenda en el templo. Después de cuatro meses y medio, menos tres días, de haber concebido Ana bajo la puerta dorada, vi que María era hecha tan hermosa por voluntad de Dios. Vi cómo Dios mostraba a los ángeles la belleza de esa alma y cómo ellos sintieron por ello inexplicable alegría. He visto también, en ese momento, cómo María se movió sensiblemente por primera vez dentro del seno materno. Ana se levantó al punto y se lo comunicó a Joaquín; luego salió a rezar bajo aquel árbol debajo del cual le había sino anunciada la Concepción Inmaculada.

VIII El misterio de la Inmaculada Concepción

ifotosestructuralesiglesiadelcarmen045Vi la tierra de Palestina reseca por falta de lluvia y a Elías subiendo con  dos servidores al monte Carmelo; al principio, a lo largo de la ladera; luego sobre escalones, hasta una terraza, y después de nuevo sobre escalones en una planicie con una colina que tenía una cueva hasta la cual llegó. Dejó a sus servidores sobre la ladera de la planicie para que mirasen al mar de Galilea, que aparecía casi seco, con honduras, pantanos y hoyos llenos de peces y animales muertos. Elías se inclinó sobre sí hasta poner su cabeza sobre las rodillas, se cubrió y clamó con fuerza a Dios. Por siete veces llamó a sus siervos, preguntándoles si no veían alguna nube levantarse sobre el mar. Finalmente vi que en medio del mar se levantaba una nubecilla blanca, de la cual salió otra nube negra, dentro de la cual había una figura blanca; se agrandó y en lo alto se abrió ampliamente. Mientras la nube se levantaba, vio Elías dentro de ella la figura de una Virgen luminosa. Su cabeza estaba coronada de rayos, los brazos levantados en forma de cruz, en una mano una corona de victoria y el largo vestido estaba como sujeto bajo los pies. Parecía que flotaba y se extendía sobre la tierra de Palestina.

vision de elias 2Elías reconoció cuatro misterios de la Virgen Inmaculada que debía venir en la séptima época del mundo y de qué estirpe debía venir; vio también a un lado del mar un árbol pequeño y ancho, y al otro, uno muy grande, el cual echaba sus ramas superiores en el árbol pequeño. Observé que la nube se dividía. En ciertos lugares santificados, donde habitaban hombres justos que aspiraban a la salvación, dejaba la nube como blancos torbellinos de rocío, que tenían en los bordes todos los colores del arco iris, y vi concentrarse en ellos la bendición, como para formar una perla entro de su concha. Fuéme explicado que era ésta una figura profética y que en los lugares bendecidos donde la nube había dejado caer los torbellinos hubo cooperación real en la manifestación de la Santísima Virgen . Vi en seguida un sueño profético, en el cual, durante la ascensión de la nube, conoció Elías muchos misterios relativos a la Santísima Virgen. Desgraciadamente, en medio de tantas cosas que me perturban y me distraen, he olvidado los detalles, como también otras muchas cosas. Supo Elías que María debía nacer en la séptima edad del mundo; por esto llamó siete veces a su servidor. Otra vez pude ver a Elías que ensanchaba la gruta sobre la cual había orado y establecer una organización más perfecta entre los hijos de los profetas. Algunos de ellos rezaban habitualmente en esta gruta para pedir la venida de la Santísima Virgen, honrándola desde antes de su nacimiento. Esta devoción se perpetuó sin interrupción, subsistió gracias a los esenios, cuando estaba ya sobre la tierra, y fue observada más tarde por algunos ermitaños, de los cuales salieron finalmente los religiosos del Carmelo.

carmen06Elías, por medio de su oración, había dirigido las nubes de agua según internas inspiraciones: de otro modo se hubiera originado un torrente devastador en lugar de lluvia benéfica. Observé como las nubes enviaron primero el rocío; caían en blancas líneas, formaban torbellinos con los colores del arco iris en los bordes, y finalmente caían en gotas de lluvia. Reconocí en esto una relación con el maná del desierto, que por la mañana aparecía rojizo y denso cubriendo el suelo como una piel que se podía extender. Estos torbellinos corrían a lo largo del Jordán, y no caían en todas partes, sino en ciertos lugares, como en Salén, donde Juan debía más tarde bautizar. Pregunté qué significaban los bordes rojizos, y se me dio la explicación de la concha del mar, que tiene también estos multicolores bordes, que expuesta al sol absorbe los colores y purificada de colores se va formando en su centro la madreperla blanca y pura.

No puedo explicar mejor todo esto; pero se me dio a entender que ese rocío y esa lluvia significaba mucho más de lo que podía ser considerándolo sólo un refrescamiento de la tierra sedienta. Entendí que sin ese rocío la venida de María se hubiese retardado cien años, mientras las descendencias que se nutren de los frutos de la tierra, y se ennoblecen por el aplacamiento y la bendición del suelo, realzasen de nuevo esas descendencias recibiendo la carne la bendición de la pura propagación. La figura de la madreperla se refería a María y a Jesús. Además de la aridez de la tierra por falta de lluvia, observé la esterilidad de los hombres, y cómo los rayos del rocío caían de descendencia en descendencia, hasta la substancia de María. No puedo decirlo mejor. A veces presentábanse sobre los bordes multicolores una o varias perlas en forma de rostro humano que parecía derramar un espíritu que volvía luego a brotar con los demás.

6/12/2015 Evangelio según San Lucas 3,1-6.

Segundo Domingo de Adviento
Santo(s) del día : San Nicolás de Mira
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Lecturas

El evangelio de este domingo esta contenido en el capitulo 45 del primer año de la vida publica de Jesús, en que relata también el Bautismo del Señor.
La visión de Maria Valtorta se centra mas en el peregrinar de Cristo, por eso agrego las visiones de la beata Ana Catalina Emmerick sobre San Juan Bautista al pie del capitulo 45.

Primer año de la Vida Pública de Jesús

45. Predicación de Juan el Bautista y Bautismo de Jesús[1].La manifestación divina.

3 de febrero de 1944, por la noche.

Vista desde la orilla oriental del Jordán. De la otra parte del río se ven las estructuras del lugar de el-Maghtes, cercano a la iglesia de S. Juan Bautista.

1       Veo una llanura despoblada de vegetación y de casas. No hay campos cultivados, y muy pocas y raras plantas reunidas aquí o allá en matas –vegetales familias– en los sitios en que el suelo está por debajo menos quemado. Imagine[2] que este terreno quemado y baldío está a mi derecha –teniendo yo el norte a mis espaldas– y se prolonga hacia el Sur respecto a mí.

A la izquierda veo un río de orillas muy bajas, que corre lentamente también de Norte a Sur. Por el movimiento lentísimo del agua comprendo que no debe haber desniveles en su lecho y que fluye por una llanura tan achatada que constituye una depresión. El movimiento es apenas suficiente para que el agua no se estanque formando un pantano.(El agua es poco profunda, tanto que se ve el fondo; a mi juicio, no más de un metro, como mucho uno y medio. Tiene la anchura del Arno hacia S. Miniato–Empoli: yo diría que unos veinte metros. Pero no tengo buen ojo para calcular con exactitud).

Es de un azul ligeramente verde hacia las orillas, donde, por la humedad del suelo, hay una faja tupida de hierba que alegra la vista, cansada de la desolación pedregosa y arenosa de cuanto se le extiende delante.

Esa voz íntima que le he explicado que oigo y me indica lo que debo notar y saber me advierte que estoy viendo el valle del Jordán. Lo llamo valle porque se emplea esta palabra para indicar el lugar por donde corre un río, pero en este caso es impropio llamarlo así porque un valle presupone montes y yo aquí no veo montes cercanos. Pero, en fin, estoy en el Jordán, y el espacio desolado que observo a mi derecha es el desierto de Judá. Si es correcto llamarlo desierto en el sentido de un lugar donde no hay casas ni trabajo humano, no lo es según el concepto que nosotros tenemos de desierto. Aquí no se ven esas arenas onduladas que nosotros pensamos, sino sólo tierra desnuda, con piedras y detritus esparcidos; es como los terrenos aluviales después de una crecida. En la lejanía, colinas.

Además, junto al Jordán hay una gran paz, un algo especial, superior a lo común, como lo que se nota en las orillas del Trasimeno. Es un lugar que parece guardar memoria de vuelos de ángeles y voces celestes. No sé bien decir lo que experimento, pero me siento en un lugar que habla al espíritu.

2       Mientras observo estas cosas, veo que la escena se puebla de gente a lo largo de la orilla derecha –respecto a mí– del Jordán. Hay muchos hombres, vestidos de diversas formas. Algunos parecen gente del pueblo, otros ricos; no faltan algunos que parecen fariseos por el vestido ornado de ribetes y galones.

Entre todos ellos, en pie sobre una roca, un hombre a quien, aunque sea la primera vez que le veo, lo reconozco en seguida como el Bautista. Habla a la multitud, y le aseguro que no son palabras dulces. Jesús llamó a Santiago y a Juan “los hijos del trueno”[3]… ¿Cómo llamar entonces a este vehemente orador? Juan Bautista merece el nombre de rayo, avalancha, terremoto… ¡Gran ímpetu y severidad, manifiesta, efectivamente, en su modo de hablar y en sus gestos! Habla anunciando al Mesías y exhortando a preparar los corazones para su venida, extirpando de ellos los obstáculos y enderezando los pensamientos. Es un hablar vertiginoso y rudo. El Precursor no tiene la mano suave de Jesús sobre las llagas de los corazones. Es un médico que desnuda y hurga y corta sin miramientos.

brooklyn_museum_-_saint_john_the_baptist_and_the_pharisees_saint_jean-baptiste_et_les_pharisiens_-_james_tissot_-_overall3       Mientras le escucho –no repito las palabras porque son las mismas que citan los evangelistas, pero ampliadas en impetuosidad– veo que mi Jesús se acerca a lo largo de un senderillo que va por el borde de la línea herbosa y umbría que sigue el curso del Jordán. Este rústico camino (más sendero que camino) parece dibujado por las caravanas Y las personas que durante años y siglos lo han recorrido para llegar a un punto donde, por ser menos profundo el fondo del río, es fácil vadearlo. El sendero continúa por el otro lado del río y se pierde entre la hierba de la orilla opuesta.

Jesús está solo. Camina lentamente, acercándose, a espaldas de Juan. Se aproxima sin que se note y va escuchando la voz de trueno del Penitente del desierto, como si fuera uno de tantos que iban a Juan para que los bautizara, y a prepararse a quedar limpios para la venida del Mesías. Nada le distingue a Jesús de los demás.

 Parece un hombre común por su vestir; un señor en el porte y la hermosura, mas ningún signo divino le distingue de la multitud.

Pero diríase que Juan ha sentido una emanación de espiritualidad especial, Se vuelve y detecta inmediatamente su fuente. Baja impetuosamente de la roca que le servía de púlpito y va deprisa hacia Jesús, que se ha detenido a algunos metros del grupo apoyándose en el tronco de un árbol.

4       Jesús y Juan se miran fijamente un momento. Jesús con esa mirada suya azul tan dulce; Juan con su ojo severo, negrísimo, lleno de relámpagos. Los dos, vistos juntos, son antitéticos. Altos los dos –es el único parecido–, son muy distintos en todo lo demás.

Jesús, rubio y de largos cabellos ordenados, rostro de un blanco marmóreo, ojos azules, atavío sencillo pero majestuoso. Juan, hirsuto, negro: negros cabellos que caen lisos sobre los hombros (lisos y desiguales en largura); negra barba rala que le cubre casi todo el rostro, sin impedir con su velo que se noten los carrillos ahondados por el ayuno; negros ojos febriles; oscuro de piel, bronceada por el sol y la intemperie; oscuro por el tupido vello que le cubre. Juan está semidesnudo, con su vestidura de piel de camello (sujeta a la cintura por una correa de cuero), que le cubre el torso cayendo apenas bajo los costados delgados y dejando descubiertas las costillas en la parte derecha, esas costillas cubiertas por el único estrato de tejidos que es la piel curtida por el aire.

Parecen un salvaje y un ángel vistos juntos.

Juan, después de escudriñarle con su ojo penetrante, exclama:

-«He aquí el Cordero de Dios. ¿Cómo es que viene a mí mi Señor?».

Jesús responde lleno de paz:

-«Para cumplir el rito de penitencia».

-«Jamás, mi Señor. Soy yo quien debe ir a ti para ser santificado, ¿y Tú vienes a mí?».

Y Jesús, poniéndole una mano sobre la cabeza, porque Juan se había inclinado ante El, responde:

-«Deja que se haga como deseo, para que se cumpla toda justicia y tu rito sea inicio para un más alto misterio y se anuncie a los hombres que la Víctima está en el mundo».

5       Juan le mira con los ojos dulcificados por una lágrima y le precede hacia la orilla.

james_tissot_the_baptism_of_jesus_03Allí Jesús se quita el manto, la túnica y la prenda interior quedándose con una especie de pantalón corto; luego baja al agua, donde ya está Juan, que le bautiza vertiendo sobre su cabeza agua del río, tomada con una especie de taza que lleva colgada del cinturón y que a mí me parece como una concha o una media calabaza secada y vaciada.

Jesús es exactamente el Cordero. Cordero en el candor de la carne, en la modestia del porte, en la mansedumbre de la mirada.

Mientras Jesús remonta la orilla y, después de vestirse, se recoge en oración, Juan le señala ante las turbas y testifica que le ha reconocido por el signo que el Espíritu de Dios le había indicado como señal infalible del Redentor.

Pero yo estoy polarizada en mirar a Jesús orando, y sólo tengo presente esta figura de luz que resalta sobre el fondo de hierba de la ribera.

Juan no tenía necesidad de ninguna señal

4 de febrero de 1944.

6 Dice Jesús:

«Juan no tenía necesidad del signo para sí mismo. Su espíritu, presantificado desde el vientre de su madre[4], poseía esa vista de inteligencia sobrenatural que habrían poseído todos los hombres sin la culpa de Adán.

Si el hombre hubiera permanecido en gracia, en inocencia, en fidelidad para con su Creador, habría visto a Dios a través de las apariencias externas. En el Génesis[5] se lee que el Señor Dios hablaba familiarmente con el hombre inocente y que éste no desfallecía ante aquella voz y no se equivocaba al discernirla. Era destino del hombre ver y entender a Dios, justamente como un hijo con su padre. Después vino la culpa, y el hombre ya no se ha atrevido a mirar a Dios, ya no ha sabido ni ver ni comprender a Dios. Y cada vez lo sabe menos.

Pero Juan, mi primo Juan, quedó limpio de la culpa cuando la Llena de Gracia se inclinó amorosa a abrazar a Isabel, un tiempo estéril, entonces fecunda. El pequeñuelo saltó de júbilo en su seno, sintiendo caérsele de su alma la escama de la culpa, como costra que cae de una llaga que sana. El Espíritu Santo, que había hecho de María la Madre del Salvador, comenzó su obra de salvación, a través de María, vivo Sagrario de la Salvación encarnada, sobre este niño que había de nacer destinado a unirse a mí, no tanto por la sangre, cuanto por la misión que hizo de nosotros como los labios que forman la palabra. Juan los labios, Yo la Palabra. El el Precursor en el Evangelio y en la suerte del martirio; Yo, quien perfeccionaba, con mi divina perfección, el Evangelio comenzado por Juan y el martirio por la defensa de la Ley de Dios.

Juan no tenía necesidad de ningún signo. Pero la cerrazón de los demás lo requería. ¿En qué habría fundado Juan su aserción, sino sobre una prueba innegable que los ojos y oídos de los tardos hubieran percibido?

7 Tampoco Yo tenía necesidad de bautismo. Pero la sabiduría del Señor había juzgado que ése era el momento y el modo del encuentro. E induciendo a Juan a salir de su cueva del desierto y a mí a salir de mi casa, nos unió en esa hora para abrir sobre mí los Cielos de donde habría de descender El mismo, Paloma divina, sobre aquel que bautizaría a los hombres con tal Paloma, y el anuncio, más potente que el angélico, porque provenía del Padre mío: “Este es mi Hijo muy amado con quien me he complacido”.

Para que los hombres no tuvieran disculpas o dudas en seguirme o en no seguirme.

8 Las manifestaciones del Cristo han sido muchas. La primera, después del Nacimiento, fue la de los Magos; la segunda, en el Templo; la tercera, en las orillas del Jordán. Después vinieron las infinitas otras que te daré a conocer (porque mis milagros son manifestaciones de mi naturaleza divina) hasta las últimas de la Resurrección y Ascensión al Cielo.

Mi patria quedó llena de mis manifestaciones. Como semilla esparcida a los cuatro puntos cardinales, llegaron a todo estrato y lugar de la vida: a los pastores, a los poderosos, a los doctos, a los incrédulos, a los pecadores, a los sacerdotes, a los dominadores, a los niños, a los soldados, a los hebreos, a los gentiles. También al presente se repiten. Pero –como entonces– el mundo no las acoge. No sólo esto, sino que no acoge las actuales y olvida las pasadas. Pues bien, Yo no desisto. Yo me repito para salvaros, para conduciros a la fe en mí.

9 ¿Sabes, María, lo que haces; es más, lo que hago mostrándote el Evangelio? Es un intento más fuerte de atraer a los hombres hacia mí. Tú has deseado esto con ardientes oraciones. Ya no me limito a la palabra. Los cansa y los separa. Es un pecado, pero es así. Recurro a la visión, y además de mi Evangelio, y la explico para hacerla más clara y atrayente.

A ti te doy el consuelo de ver. A todos doy el modo de desear conocerme. Y, si no sirviera aún, y cuales crueles niños arrojasen el don sin comprender su valor, a ti te quedará mi don y a ellos mi enojo. Podré, una vez más, pronunciar la antigua recriminación: “Hemos tocado y no habéis bailado, hemos entonado lamentos y no habéis llorado”.

Pero no importa, dejemos que los inconvertibles acumulen sobre su cabeza los tizones ardientes y volvámonos hacia las ovejas que tratan de conocer al Pastor, que soy Yo; y tú el cayado que las conduce a mí».

10 Como ve, me he apresurado a escribir estos detalles que usted quería tener y que por su pequeñez me habían pasado desapercibidos.

[1] Cfr. Mt. 3, 13–17; Mc. 1, 9–11; Lc. 3, 21–22; Ju. 1, 29–34.

[2] Advierta el lector que la escritora de este modo se dirige a su Padre Espiritual.

[3] Cfr. Mc. 3, 13–18; Luc. 9, 54.

[4] Cfr. Lc. 1, 15 y 41.

[5] Cfr. Gén. 1, 26–29; 2, 16–19.

 

Según las visiones de la Beata Ana Catalina Emmerick

Juan Bautista Emmerick 1

XXVI Historia de Juan Bautista

Juan recibió una revelación sobre el bautismo, y debido a ella, al salir del desierto, cavó un pozo en las cercanías de la Tierra Prometida. Lo vi en la parte occidental de una escarpada montaña. A su izquierda, había un río, quizás una de las fuentes del Jordán que nace en una gruta del Líbano, entre dos montañas: no se la ve brotar sino cuando se está cerca. A su derecha se extiende un llano, rodeado por el desierto, donde debía cavar una fuente.

Juan estaba hincado con una rodilla; sobre la otra tenía un rollo largo de corteza, en el cual escribía con un canuto. El sol brillaba ardientemente sobre él; miraba hacia el Líbano al frente, hacia Occidente. Mientras escribía, me pareció que se quedaba extático. Cuando lo vi así absorto, apareció un hombre ante él, que escribió muchas cosas y dibujaba señales en el rollo. Al volver en sí Juan pudo leer lo que el hombre había escrito y comenzó a trabajar en la obra del pozo con mucha energía. Mientras hacía el trabajo tenía el rollo de corteza escrito en el suelo, sujeto a dos piedras, para mantenerlo abierto, y miraba frecuentemente el dibujo, pues me parece que allí estaba diseñada la obra que debía hacer.

En relación con el pozo que estaba haciendo Juan, tuve una visión sobre Elías. Lo vi contrariado por una falta cometida, en el desierto, desanimado y soñoliento. Soñaba que un niño le empujaba con un bastoncito a un pozo, junto a él y que estaba por caer; pues se vio como movido un trecho del lugar donde estaba echado. En ese momento fue cuando el ángel lo despertó y le dio de beber. Esto sucedió en el mismo lugar donde Juan iba a hacer la fuente y el pozo. Mientras Juan trabajaba conocí la explicación de cada capa de tierra que sacaba y el misterio de cada labor que hacía. Esto tenía relación con la dureza y la obstinación de los hombres, y con los caracteres que debía doblegar para que la gracia de Dios pudiese llegar hasta ellos. Este trabajo era, como toda su obra y toda su vida, una figura y anticipo que indicaba no sólo que era guiado por el Espíritu Santo, sino que en realidad obraba lo que debía obrar y lo que su trabajo significaba, puesto que Dios veía la buena voluntad que él ponía en su tarea. En todo este negocio era llevado, como los antiguos profetas, por el espíritu de Dios. Comenzó por cortar delicadamente el verdor de la superficie, en torno del pozo, de forma redonda, y luego hizo, cavando, un recipiente redondo bastante amplio, y lo rodeó con piedras elegidas, menos en el medio, donde cavó hasta encontrar una fuente de agua. Con la tierra que sacaba iba engrosando el borde de la fuente, dejando cinco lugares cortados. Frente a cuatro de estas aberturas plantó cuatro arbolillos a igual distancia. Estos árboles tenían la copa verde, eran de cuatro clases diferentes, con su significación particular. En medio de la fuente plantó un árbol especial, de hojas delgadas y ramas piramidales con brotes y espinas. Este árbol había estado algún tiempo reseco delante de su gruta. Los otros cuatro parecían arbustos y tenían bayas y les hizo en torno un refuerzo, amontonando tierra. Cuando hubo llegado con su excavación hasta el agua, donde plantó el árbol mencionado, pasó a hacer un canal que partía desde el río que corría junto a su gruta hasta el pozo cavado. Para esto lo he visto juntar en el campo muchas cañas que iba uniendo unas a otras y las hacía llegar hasta el pozo, y luego cubría estos canales con tierra. Podía a voluntad cerrar estos canales o abrirlos. Había hecho una senda a través de los matorrales hasta la abertura de su fuente, senda que corría alrededor del pozo, entre los cuatro árboles y las aberturas. Delante de la abertura dejada como entrada no había plantado árbol alguno. Sólo este lado de la fuente estaba libre; los otros estaban cerrados con matorrales o piedras. En torno de los cuatro árboles plantó una hierba, que no me es desconocida: la tuve desde niña por muy apreciada y cuando la encontraba la plantaba cerca de mi casa. Tiene un tallo alto y jugoso, con brotes de color rojo oscuro, y es muy medicinal contra granos y dolores de garganta, según hoy lo he entendido.

Plantó también otros arbolitos y diversas hierbas. Durante su faena él miraba de tanto en tanto el rollo dibujado y medía las distancias con su bastón.

Me parece que todo lo que hacía y hasta los árboles estaban diseñados en el rollo escrito y dibujado. Recuerdo haber visto dibujada la figura del árbol que puso en medio de la fuente. Trabajó durante varias semanas y sólo al terminar su trabajo apareció un poco de agua en el fondo de su fuente. El árbol del centro, que parecía marchito y seco, reverdeció. Juan fue a buscar agua de otra fuente y la derramó adentro. El recipiente que usó parecía hecho de gruesas cortezas, en forma de saco y calafateado con pez o resina.

Esta agua provenía de una fuente que surgía cerca junto de su gruta, qué en otro tiempo él había hecho brotar hiriendo la peña con su bastoncito en forma de cruz. He oído en esta ocasión que él no hubiera podido hacer el pozo en ese lugar, porque era todo de piedra y esto tenía su significado. Dejó entrar tanta agua cuanta era necesaria; cuando sobrepasaba la medida era para salir por las aberturas y regar las plantas alrededor del pozo. He visto después que Juan entró en el agua hasta medio cuerpo; que se abrazaba con una mano al árbol erguido en medio de la fuente y con la otra sostenía un bastoncito al que había añadido una cruz y una banderita y con el cual pegaba en el agua haciéndola saltar sobre su cabeza. Cuando hacía esto vi que descendía una luz sobre él y se derramaba sobre él el Espíritu Santo, mientras dos ángeles aparecían en el borde de su fuente y le hablaban.

Juan Bautista Emmerick 2Todo esto fue lo último que hizo en el desierto. El pozo estuvo en uso aún después de la muerte de Cristo. Cuando los cristianos huyeron por la persecución, he visto que seguían trayendo a los enfermos y a los viajeros para ser bautizados allí donde acostumbraban a rezar sus preces. En tiempos de Pedro estaba el pozo rodeado de un cerco. Después de esta obra, salió Juan del desierto y fue hacia donde le esperaba la gente. Su presencia era imponente: alto de estatura, aunque delgado y enjuto por los ayunos; de fuerte musculatura; de porte noble, atrayente, puro, sencillo y compasivo; el color del rostro bronceado, la cara demacrada y el continente serio y enérgico; los cabellos castaño oscuros y crespos y la barba corta. A la mitad del cuerpo tiene una tela que le llega hasta las rodillas. Lleva un manto oscuro, que parece hecho de tres pedazos. Una piel, sujeta con una correa, le cubre las espaldas.

Los brazos y el pecho están descubiertos; el pecho curtido por la intemperie y cubierto de vello del color de su manto. Lleva un bastón con curvatura como el que usan los pastores.

XXVII Predicación y viajes de Juan Bautista

Al volver del desierto hizo un puente sobre un río. No le interesaba que hubiera ya un pasaje a cierta distancia: hacia sus trabajos donde convenía para su misión. Cruzaba el lugar un antiguo camino real. Había enseñado en Cidessa, cuyos habitantes fueron los primeros paganos que acudieron a su bautismo. Esa gente vivía abandonada y en cuevas. Eran descendientes de varias castas que se habían establecido allí desde la destrucción del templo. Uno de los últimos profetas les había dicho que se radiarían allí hasta que llegara uno, que señaló como a Juan, que les diría lo que debían hacer. Más tarde se retiraron hacia Nazaret. Juan no se dejaba impresionar por nada de lo que lo rodeaba y solo hablaba de un asunto, hacer penitencia, pues se acercaba el Mesías.

        Todos lo admiraban, permaneciendo absortos en su presencia. Su voz era penetrante como una espada, potente y severa pero, con todo, bondadosa. Se asociaba con toda clase de gentes y con los niños. En todas partes iba derechamente a su objeto: no le importaba de nada, ni pedía, ni necesitaba cosa de nadie. Lo he visto recorrer los desiertos y penetrar en los bosques, lo he visto cavar, remover piedras, desarraigar árboles o plantarlos, preparar asientos. A los hombres que lo veían los llamaba para que le ayudasen y les obedecían. A veces los sacaba de sus chozas. Todos lo respetaban. En ninguna parte paraba mucho y cambiaba constantemente de lugar. Anduvo por los caminos de Galilea, alrededor del lago, sobre Tarichea y el Jordán, por Salem, en el desierto hacia Betel, y cerca de Jerusalén, que no quiso tocar en toda su vida, ya que sus quejas y lamentos estaban dirigidos muchas veces contra la ciudad depravada. Aparecía siempre lleno de su misión y destino: serio, severo, sencillo y celoso, clamando a una voz: “¡Penitencia!¡Preparen los caminos del Señor!¡El Salvador viene!“. Después volvía a su lugar por el valle de los pastores.

        Juan Bautista Emmerick 3Sus padres ya habían muerto Entre sus primeros discípulos había algunos jóvenes que eran parientes d Zacarías. Cuando Juan pasó por Betsaida, Cafarnaun y Nazaret, no lo vio María, porque después de la muerte de José, salía poco, pero algunas personas de su familia habían oído sus palabras y hasta lo acompañaron un trecho del camino. Tres meses antes de empezar a bautizar recorrió Juan el país, por dos veces, anunciando al que debía venir después de él. Su andar era acelerado, con pasos ligeros, sin descanso, pero sin agitación. No se asemejaba al caminar tranquilo del Salvador. Donde no tenía nada que hacer, yo lo veía correr de campo en campo. Entraba en las casas, en las escuelas, para enseñar, reunía a las gentes en las calles y en las plazas para hablarles. He visto que los fariseos y los grandes del pueblo a veces lo detenían para impedir su predicación, pero luego se quedaban maravillados y admirados, y lo dejaban en paz. La frase: “Preparen los caminos del Señor” no era solo una figura retórica. He visto que Juan recorría todos los caminos que Jesús y los apóstoles hicieron después, removiendo los obstáculos y allanando las dificultades. Limpiaba de matorrales y piedras  los caminos y hacía sendas nuevas. Colocaba piedras en ciertos lugares de vado, limpiaba los canales, cavaba pozos, arreglaba fuentes obstruidas, hacía asientos y comodidades, que después el Señor usó en sus viajes. Levantó techados donde Jesús más tarde reunió a sus oyentes o donde descansó de sus fatigas. En todos sus trabajos este hombre sencillo y serio despertaba la admiración de todos los que lo observaban o ayudaban , aún en las chozas de donde los sacaba para que le prestaran herramientas. En todas partes era rodeado, y sin miedo los exhortaba a la penitencia por la proximidad del Mesías, llamándose a si mismo el preparador de sus caminos. A menudo lo he visto indicando la dirección por donde Jesús caminaba en esos momentos.

Juan Bautista Emmerick 4 Con todo nunca lo vi junto con Jesús, aunque a veces no estaba a más de una hora de  camino, uno de otro, en sus viajes. Una vez Juan dijo a las gentes que él no era el Salvador esperado, que no era más que un humilde preparador y precursor, y que allí (indicaba a poca distancia) iba el Salvador. Juan, en realidad, vio solo tres veces en su vida al Salvador. La primera, en el desierto cuando la Sagrada Familia, en su  huida a Egipto, pasó cerca de donde estaba Juan, y este, guiado por el Espíritu, se acercó a saludar a su Maestro que lo había santificado desde el seno de su madre, Juan sintió la cercanía de su Salvador que tenía entonces sed: oró y tocó con su vara las peñas, de las cuales brotó abundante agua. En aquella ocasión corrió delante el niño Juan, y vio a María a José y a Jesús. Yo lo ví danzar y saltar de contento allí donde brotó la fuente, mientras jugueteaba con la banderita que llevaba consigo. La segunda vez lo vio al bautizarlo. La tercera, cuando pasó junto al Jordán y dio testimonio de Él delante de sus discípulos.

        He oído que Jesús ponderaba delante de sus discípulos la mortificación de Juan: que en ocasión del Bautismo realizó las ceremonias del rito solo por cumplir su deber, aunque su corazón estaba quebrantado de amor por su Salvador, por el deseo de estar con Él y seguirlo. Dijo también Jesús que Juan se alejaba de su presencia por humildad y mortificación, porque su gusto hubiera sido visitarlo a menudo y permanecer con Él. Por otra parte, Juan veia siempre al Salvador en espíritu, pues estaba frecuentemente en estado sobrenatural y profético. Veía en Jesús el cumplimiento de la promesa y la realización de las profecías acerca de su misión. Jesús era para él no un contemporáneo y un conciudadano: era el Salvador del mundo, el hijo de Dios hecho hombre, el Eterno aparecido en el tiempo, y por eso no podía siquiera pensar en vivir con Él y familiarizarse en su presencia. Por otra parte, Juan mismo se sentía desvinculado de los hombres y no estaba enredado en ninguna de sus costumbres.

        Desde el seno materno estuvo prevenido y regido por el Eterno, puesto en relación sobrenatural por el Espíritu Santo con su Redentor. Desde pequeño fue como sustraído del mundo y permaneció en el desierto no sabiendo nada mas de las cosas de su Redentor, hasta que salió, como nuevamente nacido, del desierto, para cumplir su misión seriamente, con entusiasmo, enérgicamente, sin preocuparse de lo que pasaba en el mundo. Su desierto es ahora la Judea, y como antes había hablado con animales, pájaros, piedras y árboles, mientras vivía n medio de ellos, así ahora lo hace con los hombres y pecadores, sin cuidarse de sí mismo ni de lo que pasaba alrededor. El no habla, no bebe y no veía otra cosa sino a Jesús. Su palabra es: “El viene. Preparen el camino. Hagan penitencia y reciban el bautismo. Vean al Cordero de Dios que lleva los pecados del mundo”. Puro y limpio, como un niño en el seno materno, salió del desierto, puro y sencillo es ahora, como un niño en los pechos de su madre. He oído que Jesús decía a sus apóstoles: “El es puro como un ángel, nada impuro, ningún pecado llegó a mancharlo, ni la mentira llegó a sus labios”

XXVIII Lugares donde bautizaba Juan Bautista

Juan bautizó en diversos lugares. Primero en Ainón, cerca de Salem. Luego en On, frente a Bethabara, en la parte occidental del Jordán, no lejos de Jericó. El tercer lugar fue al Este del Jordán, bautizando más al Norte.

Después volvió a bautizar en Ainón donde fue capturado por Herodes. El agua con que bautiza pertenece a un afluente del Jordán, que al Oriente hace un desvío de una hora de camino. Este brazo del Jordán es allí a veces tan angosto que se lo puede pasar de un salto. El lecho del río parece haber cambiado de curso, pues veía que algunos lugares iban quedando sin agua.

 El desvío del Jordán forma fuentes y pozos que reciben sus aguas del afluente del Jordán. Una de estas fuentes está separada del brazo principal: es el sitio del bautismo llamado de Ainón. Debajo de ese vallado hay canales que se pueden abrir y cerrar a voluntad, dispuesto así por el mismo Juan.

En la orilla había como una canaleta y varias lenguas de tierra entraban en ella. Los bautizandos se colocaban entre dos de estas lenguas dentro del agua hasta la cintura apoyándose sobre un borde. Sobre una lengua de tierra estaba Juan, que recogía y derramaba el agua con una concha sobre la cabeza del bautizando, mientras en la otra parte estaba uno de los ya bautizados, que ponía la mano sobre los hombros del neófito. Al primero de estos testigos el mismo Juan le había puesto las manos sobre los hombros. Los bautizandos no tenían la parte superior del cuerpo completamente descubierta: se les ponía encima un paño blanco, dejando descubiertos solamente los hombros.

Había allí una choza donde se vestían y desvestían. No he visto bautizar aquí a ninguna mujer. Cuando bautizaba Juan tenía puesta una ropa larga y blanca.

La región es una comarca hermosa y rica de agua, llamada Salem, La población de este nombre está a ambos lados del río. Ainón está situada al otro lado del Jordán, al Norte de Salem, más cerca del Jordán y es más grande.

Veo muchos animales paciendo en las praderas, sobre todo asnos. Rige en Salem y Ainón una especie de derecho antiguo, según el cual nadie puede ser echado del lugar que ocupa, por ser declarado libre. Juan levantó su choza en Ainón sobre las ruinas de un antiguo edificio, cuyos muros estaban ya cubiertos de vegetación y se veían otras chozas edificadas sobre ellos. Estas ruinas eran los antiguos fundamentos de tiendas levantadas por Melquisedec.

Acerca de este lugar tuve varias visiones, de antiguos tiempos. Recuerdo que Abrahán tuvo aquí una visión y dispuso dos grandes piedras: sobre una se hincó para orar y la otra la erigió en altar. He visto su propia visión. Era una ciudad como la celeste Jerusalén, de donde partían como rayos de agua brillantes hacia abajo. Se le dijo que debía rezar para el advenimiento de la ciudad de Dios sobre la tierra. Esa agua, que provenía de la ciudad celestial, se desparramaba hacia todos lados10. Abrahán tuvo esta visión cinco años antes que Melquisedec levantara su tienda. Este castillo estaba compuesto más bien por una serie de tiendas con galerías y escaleras, semejantes a las habitaciones del rey Mensor en Arabia; solamente los fundamentos eran de piedras. Me parece reconocer ahora, en tiempos de Juan, los cuatro ángulos donde estaban plantadas las columnas del edificio. Sobre estos muros, que parecen una fortaleza, había construido Juan su choza de juncos. Melquisedec había edificado estas casas porque aquí se juntaban muchos extranjeros y viajeros, por ser lugar de abundantes aguas. Creo que también Melquisedec había edificado aquí porque, como siempre lo he visto aparecer como guía y conductor de pueblos, los reunía para aconsejarlos y guiarlos y hospedarlos hasta su partida. Pero desde entonces tenía ya una relación con el bautismo de Juan, y era para Melquisedec el lugar desde donde iba para edificar a Jerusalén, y para ir adonde estaba Abrahán. Desde aquí distribuían las familias y tribus que se hospedaban en el lugar. También Jacob tuvo mucho tiempo su campamento en Ainón. La cisterna del pozo del bautismo existía ya y he visto que Jacob la renovaba. Los restos de los edificios de Melquisedec estaban cerca de las aguas y del lugar del bautismo; y he visto que en los primeros tiempos del cristianismo se edificó, desde Jerusalén, una iglesia en el lugar donde bautizó Juan. Subsistía aún esta iglesia cuando María Egipcíaca se dirigía al desierto para hacer vida de penitente. Salem era una bella ciudad, devastada en guerras antes de Cristo, cuando se destruyó el templo. El último profeta anduvo también por estos lugares11.

XXIX Juan Bautista y Herodes

Juan era ya célebre por su predicación desde hacía algunos meses cuando acudieron algunos mensajeros de Herodes, desde Kallirrohe, para verlo.

Herodes vivía en el castillo al Oriente del Mar Muerto, donde había baños de mar y baños calientes. Herodes deseaba que Juan fuese adonde estaba él; pero Juan contestó a los mensajeros que tenía mucho que hacer; que si Herodes deseaba verlo y hablarle podía allegarse a él. Después de esto vi a Herodes viajando sobre un carruaje, más bien bajo, de ruedas, pero sobre un trono alto, desde el cual podía ver a su alrededor: este asiento tenía un techo y en torno del carro había soldados que custodiaban al rey. Iba a un pueblo como a cinco horas de viaje al Sur de Ainón y mandó a decir a Juan que podía llegarse hasta ese lugar. Juan accedió y fuera de la ciudad, en una choza, esperó a Herodes, quien concurrió sin acompañamiento. Recuerdo que Herodes le preguntó por qué habitaba una choza tan miserable en Ainón; que él, el rey, quería hacerle una casa buena. Juan respondió que no deseaba casa alguna, que tenía cuanto necesitaba y cumplía así la voluntad de Aquél que es superior a los reyes. Habló seria y enérgicamente y se volvió a su lugar.

Habló a cierta distancia de Herodes, con la mirada vuelta a otro lado.

He visto acudir a los hijos del difunto Alfeo y de María Cleofás: Simón, Santiago el Menor y Tadeo, y al hijo de su segundo matrimonio con Sabas, José Barsabas. Todos éstos fueron bautizados por Juan en Ainón. También Andrés y Felipe se hicieron bautizar en Ainón. Más tarde volvieron a sus ocupaciones. Los demás apóstoles y muchos discípulos tienen ya el bautismo.

Un día concurrieron muchos ancianos, sacerdotes de los pueblos vecinos de Jerusalén, para pedirle razón de quién era para predicar, quién le enviaba, cuál era su doctrina, y otras cosas semejantes. Él les contestó refiriéndose a la proximidad del Mesías y a su venida y reprendiólos, echándoles en cara con valor su hipocresía y su obstinación en no hacer penitencia.

Algún tiempo después concurrieron toda clase de ancianos, sacerdotes, fariseos de Nazaret, Jerusalén y Hebrón para inquirir acerca de su misión, quejándose además de que se había apropiado del lugar donde bautizaba. He visto a muchos publicanos ser bautizados por Juan, después de haberles reprendido por sus injusticias. Entre ellos estaba el publicano Leví, más tarde Mateo, hijo del primer matrimonio del viudo Alfeo, que fue marido de María de Cleofás. Partió de allí muy conmovido, y mejoró de vida: hasta entonces había estado en gran desprestigio entre sus parientes. Muchos publicanos fueron rechazados por Juan por impenitentes.

XXX Conmoción que produce el bautismo de Juan

Julio 19 – En Dothalm, donde Jesús había aquietado al endemoniado furioso, vivían mezclados con los judíos bastantes paganos desde le tiempo de la cautividad babilónica, Los infieles tenían en una altura de las cercanías un ídolo con altar. Los judíos, oyendo hablar de la proximidad, no querían ya vivir mezclados con esos idólatras de la venida del Mesías. Este movimiento se despertó desde que Juan recorrió toda esa región y cuando volvieron los bautizados de Juan. Un príncipe de Sidón tuvo que mandar soldados para proteger a los paganos. También Herodes mandó soldados para apaciguar a la gente. Estos soldados eran de la peor clase. He visto que fueron primero a Kallirrohe, donde se encontraba Herodes, para decirle que querían hacerse bautizar por Juan. Lo hacían mas por política y para causar buena impresión entre la gente. Herodes les contestó que no era necesario hacerse bautizar, que Juan no hacía milagro alguno y que no se podía probar su misión divina, que en todo caso preguntasen en Jerusalén lo que convenía hacer. Los he visto luego en Jerusalén. Estuvieron con tres jefes preguntando sobre el particular, por lo cual conocí que estaban divididos en tres sectas. Todo esto sucedió en el patio del juzgado, donde más tarde Pedro negó a Cristo. Había allí muchos sentados delante del juez, rodeado de espectadores. Los sacerdotes respondieron con sorna que podían hacerlo o dejar de hacerlo, que era lo mismo. He visto que unos treinta de ellos fueron a Juan, el cual los reprendió con severidad, puesto que no los llevaba el deseo de convertirse, de ellos bautizó a algunos d buena voluntad, después de haberles afeado su hipocresía y mal proceder.

        Las multitudes que llegan a Ainón son muy grandes. Algunos días deja Juan de bautizar , y los emplea en predicar y reprender con energía. Veo muchos grupos de judíos, de samaritanos y de paganos, sentados separadamente en las colinas, en las praderas, bajo techumbres, o a la sombra, al aire libre, escuchando la predicación de Juan. Son muchos centenares. Escuchan su palabra, se hacen bautizar y parten luego. Una vez he visto a muchos paganos, algunos de Arabi y de otras regiones orientales que traían muchos asnos y ovejas, porque tenían parientes en estos lugares y como debían pasar por allí fueron a oír la predicación de Juan.Juan Bautista Emmerick 6

        Hubo en Jerusalén una importante reunión del Sanedrín por causa de Juan Bautista, fueron enviados nueve hombres, tres por cada una de las tres autoridades, para que fueran a interrogar a Juan. Antes envió a José de Arimatea, el mayor de los hijos de Simeón y a otro sacerdote que velaba por los sacrificios y las ofrendas. Por el consejo fueron enviados tres mensajeros, y otros tres civiles iban en representación del pueblo: debían preguntar a Juan quien era y decirle que se presentara en Jerusalén. Si su misión era verdadera debía presentarse antes en el templo. Le hacían cuestión respecto a su manera de vestir, y porque bautizaba también a los judíos cuando solo se acostumbraba hacerlo con los paganos. No faltaba quien creía que Juan era Elías, vuelto al mundo.

        Veo ahora a Andrés y a Juan el evangelista con Juan. Estuvieron además con Juan la mayoría de los futuros apóstoles, muchos discípulos, además de Pedro, que se hizo bautizar ahora, y Judas el traidor, que había estado en Betsaida con los pescadores y se había enterado de todo lo que se decía de Jesús y de Juan. Cuando los enviados del Sanedrín llegaron, hacía ya tres días que Juan no bautizaba, y empezaba de nuevo a hacerlo. Los enviados querían que los oyera enseguida. Él les dijo que los escucharía cuando hubiese terminado su labor, y con palabras cortas y severas, los dejó esperando. Le reprocharon que se hubiese tomado él mismo la autoridad, que debía presentarse en Jerusalén y que no debía vestirse tan selváticamente. Cuando se alejaron estos mensajeros, permanecieron aún José de Arimatea y el hijo de Simeón, y recibieron el bautismo de manos de Juan. Había muchas personas a las cuales Juan no quería bautizarlas. Estas se unieron a los mensajeros del Sanedrín, acusando a Juan de parcialidad y de animosidad contra ellos. Los futuros apóstoles vuelven ahora a sus casas, hablan de Juan y ponen atención en Jesús, de quien han oído hablar por Juan, el Precursor. José de Arimatea, al volver a Jerusalén, encontró a Obed, pariente de Serafia, que era servidor del templo. Contó José a Obed muchas cosas de Juan y Obed fue también a bautizarse. Como servidor del templo fue uno de ls discípulos secretos de Jesús y más tarde se declaró cristiano.

XXXI Juan recibe aviso de retirarse a Jericó

He visto más tarde que Juan pasó para bautizar a algunos enfermos. Llevaba su paño  de vestido y su manto pendiente de los hombros. De  un lado tenía el recipiente con agua bautismal y del otro colgaba la concha  que usaba para bautizar.

Habían traído a muchos enfermos sobre camillas portátiles y sobre carretillas  de mano, disponiéndolos a lo largo de la orilla, al otro lado del Jordán donde Juan bautizaba. Como no podían ser llevados a la orilla opuesta rogaron a Juan fuera adonde se encontraban. Juan fue con algunos discípulos.

Había preparado allí una hermosa fuente cercada por un vallado hecho por él mismo. Llevaba consigo una pala. Dejó entrar agua por un canal que hizo y la mezcló con la que traía en su recipiente. Catequizó a los enfermos y los bautizó, después de ordenar que los dispusiesen a la orilla de la fuente, mientras él pasaba derramando el agua sobre ellos. Después de haberlos bautizado volvió a pasar al otro lado del Jordán a Ainón.

Aquí he visto presentársele un ángel y decirle que volviera al otro lado del Jordán, hacia Jericó, pues se acercaba Aquél que debía venir, a Quien debía anunciar. Juan y sus discípulos levantaron sus tiendas, caminaron unas horas por la parte oriental del Jordán, hacia arriba, y pasaron a la otra orilla, por donde hicieron un trecho. Allí se veían sitios de baños, cavados y cercados, de ladrillos blancos, con canal que se abría y cerraba a voluntad para traer el agua del Jordán; aquí el río no tenía isla. Este segundo lugar de bautismo estaba entre Jericó y Bethagla, en la parte occidental del Jordán, frente a Bethabara, en la parte oriental del río. Habrá unas cinco millas de Jerusalén.

El camino recto va por Betania, a través del desierto, hasta llegar a un albergue, un poco fuera del camino, ameno lugar entre Jericó y Bethagla. Las aguas del Jordán son aquí muy claras, sosegadas. Percíbese el aroma delicioso de las plantas aromáticas y de las flores, cuyos pétalos caen en el agua. En algunos puntos, el río es tan angosto y poco profundo que se puede ver el fondo; en las orillas se ven grietas cavadas por el agua con el tiempo.

Me alegro mucho cuando me encuentro en la Tierra Santa; pero me extrañan las mudanzas del tiempo comparado con el de nosotros. Cuando aquí es invierno, allá florece todo, y cuando aquí es verano, ya están allá brotando las plantas para la segunda cosecha. Viene luego un tiempo en que hay mucha neblina y llueve mucho.

Junto a Juan veo unas cien personas, entre ellas sus discípulos y muchos paganos.

Trabajan en mejorar el bautisterio y en arreglar la choza. Traen desde Aínón cosas. Los enfermos son transportados en angarillas. Este es el lugar del Jordán donde Elías hirió con su manto las aguas, para pasar al otro lado, y donde hizo lo mismo Eliseo cuando volvió a pasar. Elíseo descansó aquí de su viaje. Por aquí pasaron también los hijos de Israel al entrar en Tierra Santa.

De Jerusalén fueron enviados de nuevo a Juan gente del templo, fariseos y saduceos. Un ángel se lo anunció al Bautista. Cuando llegaron cerca del Jordán, mandaron un mensajero a Juan para decirle que se aproximara. Sin abandonar su obra contestó que si querían hablar con él podían hacerlo allegándose donde él bautizaba. Acercáronse, pero Juan no dejó de proseguir su predicación y su bautismo en presencia de los enviados. Cuando terminó Juan su trabajo atendió a los mensajeros y mandó a sus discípulos que los cobijaran bajo una techumbre, llegándose a ellos acompañado por diversos oyentes. Los mensajeros preguntaron quién era Aquél del cual decía siempre que había de venir, que según las profecías era el Mesías y que se decía había llegado ya. Juan les respondió que Uno habíase levantado contra ellos, a quien no conocían. Añadió que él tampoco le había visto, pero que desde antes de haber nacido le había ordenado preparar su camino y que había de bautizarle. Les dijo que volviesen en cierto tiempo en que debía venir Él para ser bautizado. Les habló luego severamente diciéndoles que no habían venido para el bautismo, sino para espiarlo. Le respondieron que ahora sabían quién era él: que bautizaba sin misión recibida; que era un hipócrita al vestirse tan extrañamente y se volvieron a Jerusalén. Poco tiempo después llegaron otros mensajeros del sanedrín de Jerusalén en número de unos veinte: sacerdotes procedentes de varias ciudades, con sus mitras, anchas fajas y largas (cintas que colgaban de los brazos. Le conminaron diciendo que venían del gran Sanedrín, que se presentara delante de él para dar cuenta de su misión y de su conducta; que era una señal de que no tenía misión al no obedecer al Sanedrín. Oí entonces a Juan que les dijo que esperasen un poco, que vendría Aquél que le había enviado, señalando claramente a Jesús: que era nacido en Belén, educado en. Nazaret, que había tenido que huir a Egipto y él no le había visto aún. Le echaron en cara que él estaba entendido con Jesús; que se enviaban recíprocamente mensajeros. Juan les respondió que los mensajeros que se enviaban no podía él mostrárselos, porque eran ciegos. Los mensajeros se fueron disgustados y contrariados. Acuden de todas partes turbas de judíos y paganos. El mismo Herodes manda gente a oír su predicación con encargo de que le cuenten lo que han oído de él. Veo que está mejor ordenado el lugar del bautismo. Juan levantó con sus discípulos una gran techumbre donde son agasajados los enfermos y los fatigados por el viaje y donde se reúnen para oír su predicación. A veces cantan salmos; así, por ejemplo, oí el salmo que habla del pasaje del Mar Rojo por los hijos de Israel. Por momentos parece que hubiera improvisado una pequeña población de tiendas y de chozas; estas casitas están cubiertas con pieles y juncos que crecen a orillas del río. Se nota mucha afluencia de viajeros provenientes de las regiones de los Reyes Magos: vienen en camellos, en asnos y en caballos hermosos y muy ágiles. Están en camino a Egipto. Ahora se reunieron todos en torno de Juan, oyen su predicación sobre el Mesías y reciben el bautismo. De aquí suelen ir en grupos hasta Belén. No lejos de la gruta del pesebre, frente al campo de los pastores, había un pozo, donde Abrahán había vivido con Sara, y estando enfermo deseó vivamente beber agua; habiéndosele traído en un recipiente agua del pozo, no quiso luego bebería, dejándola por Dios, y al punto, en recompensa, lo libró Dios de su mal. A causa de su gran profundidad era muy difícil sacar agua del pozo. Hay allí un árbol muy grande y no lejos está la gruta de Maraha. Siendo la nodriza muy anciana la solía llevar en sus viajes sobre un camello. Por estos hechos se ha convertido éste en un lugar de peregrinación para los piadosos israelitas, como lo son el monte Carmelo y el monte Horeb. En este lugar rezaron también los santos Reyes Magos.

De Galilea no habían venido muchos a ver a Juan, aparte de los que fueron sus discípulos. Más gente llegaba de Hebrón, entre ellos muchos gentiles.

Por eso, mientras Jesús pasaba por Galilea, exhortaba a los habitantes a ir al bautismo de Juan.

XXXII Herodes en el baptisterio. Una fiesta tradicional

Juan Bautista Emmerick 7El lugar donde Juan enseñaba estaba como a media hora del baptisterio. E Era éste  un sitio sagrado lleno de recuerdos para los hebreos y estaba cercado como un jardín. En el interior había chozas y en medio una gran piedra que señalaba por donde pasaron los hijos de Israel con el Arca de la Alianza, y dónde la habían depositado para ofrecer un sacrificio de acción de gracias. Sobre esta piedra había levantado Juan el asiento desde donde enseñaba; había construido un gran galpón con techo de juncos; al pie de la piedra estaba la cátedra de Juan. Hallábase rodeado de sus discípulos enseñando, cuando llegó el rey Herodes; pero Juan no se perturbó por ello en su predicación.

Herodes había estado en Jerusalén, donde se unió con la mujer de su hermano, que tenía una hija, llamada Salomé, de unos diez y seis años. Tenía intención de unirse con esta mujer y había en vano tratado de conseguir el beneplácito del Sanedrín. Habíase suscitado por esto una viva discusión entre ellos. El rey temía, por otra parte, la voz del pueblo y pensó escudarse con alguna palabra de permisión de parte de Juan. Pensaba que el Bautista, para congraciarse con el rey, diría algo de conformidad con su plan. Veo ahora a Herodes con la joven Salomé, hija de Herodías y sus camareras, en compañía de unas treinta personas de viaje hacia el Jordán. Él iba con las mujeres sobre un carruaje y había enviado un mensajero a Juan’ El Bautista no quería recibir al rey en el lugar sagrado, ya que venía con tales mujeres. Dejó, entonces, de bautizar y se retiró con sus discípulos adonde solía predicar, y habló enérgicamente del asunto que Herodes quería saber. Le dijo que esperase a Aquél que debía venir; que no permanecería mucho tiempo bautizando, que debía ceder el lugar a Aquél de quien era sólo su precursor. Habló de tal manera a Herodes que éste entendió que trataba su asunto y conocía su intención. Herodes le presentó un rollo muy grande que contenía su procedimiento; pero Juan no quiso manchar sus manos de bautizador tocando el escrito. Vi luego a Herodes, muy contrariado, abandonar el lugar con su séquito.

Vivía en esa ocasión cerca de los baños de Kallirrohe, a pocas horas del baptisterio. Herodes había dejado a unos delegados con el rollo para que lo leyera Juan, pero inútilmente: Juan volvió al lugar del bautismo. He visto a las mujeres que iban con el rey: estaban vestidas lujosamente, pero con decencia. Magdalena estaba adornada más fantásticamente por este tiempo.

Se celebra ahora una fiesta de tres días junto a la piedra del pasaje de los hebreos. Los discípulos de Juan adornaron el lugar con plantas, coronas y flores. Veo entre ellos a Pedro, Andrés, Felipe, Santiago el Menor, Simón y Tadeo y muchos de los futuros discípulos de Jesús. El paraje era aun sagrado para los piadosos israelitas; pero esta veneración estaba muy decaída y Juan volvió a renovarla. Vi a Juan y algunos de los suyos con vestiduras que parecían sacerdotales. El Bautista tenía, sobre un vestido oscuro, otro blanco, largo; estaba ceñido con una faja amarilla, entretejida de franjas blancas, de la cual pendían borlas. Sobre los dos hombros llevaba una gran piedra preciosa donde estaban grabados seis nombres en cada lado de las doce tribus de Israel. En el pecho tenía un escudo cuadrado, amarillo y blanco, sujeto de las cuatro puntas con cadenillas de oro. Sobre el escudo había también doce piedras grabadas con los nombres de las doce tribus. Del hombro le colgaba una banda como estola entretejida de amarillo y blanco que le llegaba muy abajo y terminaba en borlas. Sobre el vestido exterior en la parte baja habían cosido brotes de frutas en seda blanca y amarilla. Llevaba la cabeza descubierta, pero en la espalda le colgaba una especie de capucha que podía alzar sobre la cabeza hasta la frente y terminaba en punta. Delante de la piedra donde había estado el Arca de la Alianza había un altar pequeño, casi cuadrado, vacío en el medio y cubierto con una rejilla; debajo un agujero para la ceniza y en los cuatro costados caños huecos como cuernos. Juan y varios discípulos estaban con vestiduras que me recordaban a las que vi cuando los apóstoles celebraban los misterios en los primeros tiempos. Estos ayudaban en el sacrificio. Se incensó el lugar y Juan quemó varias hierbas aromáticas, plantas y creo que también granos de trigo sobre el altar, que era transportable. Se habían congregado muchísimos que esperaban ser bautizados.

Las vestiduras sacerdotales fueron preparadas en este lugar del bautismo, porque moraban ahora mujeres en los alrededores del Jordán y ellas hacían toda clase de ornamentos y utensilios para Juan. Con todo, no eran bautizadas allí. Parecía como si Juan comenzaba una iglesia nueva con un culto propio. Ya no lo veía trabajar como antes con sus propias manos y se ponía para bautizar una larga vestidura blanca. Lo he visto aún preparar él solo el lugar del bautismo de Jesús, mientras los discípulos le traían lo necesario.

Juan dijo en este día de fiesta un gran sermón muy animado. Estaba, con sus vestiduras sacerdotales, sobre la tienda, que tenía una galería en torno como había visto en las tiendas en el país de los Reyes Magos. Alrededor habían levantado graderías donde se colocaba la gente, en esta fiesta; era una incontable muchedumbre. Habló del Salvador que le había enviado, y al cual él no había visto aún, y habló del paso del Jordán por los israelitas. Luego, en el interior de la tienda, hubo de nuevo ofrecimiento de incienso y se quemaron hierbas. Desde Maspha hasta la Galilea había corrido la voz de que Juan iba a pronunciar un gran sermón, y así fue como se congregó una muchedumbre tan grande. Los esenios estaban todos presentes. La mayoría de los oyentes llevaban vestiduras largas y blancas. Venían hombres y mujeres, las mujeres generalmente montadas sobre asnos, en medio de alforjas, con palomas y comestibles, mientras los hombres guiaban los animales. Los hombres ofrecían panes en sacrificio, y las mujeres, palomas. Juan estaba detrás de una reja y recibía los panes: eran depositados sobre una mesa con rejilla, purificaban con harina y luego, amontonados, eran bendecidos por Juan y alzados a lo alto en ofrecimiento. Estos panes eran luego divididos en pedazos y repartidos: a los que venían de más lejos les tocaba partes mayores por estar más necesitados. La harina que caía y los pedazos de panes desprendidos eran pasados a través de la rejilla y quemados en el altar. Las palomas eran distribuidas entre los necesitados. Esto duró casi medio día. Toda la fiesta duró, con el Sábado, tres días. Después volví a ver a Juan en el baptisterio.

XXXIII  Brota la isla para el bautismo de Jesús en el río Jordán

El Bautista habló a sus discípulos acerca de la proximidad del bautismo del Mesías.

 Afirmó nuevamente que no le había visto aún, pero añadió: “Yo quiero enseñaros el lugar de su bautismo. Mirad: las aguas del Jordán se habrán de dividir y se formará una isla”. En ese momento las aguas del Jordán se dividieron en dos y se levantó sobre la superficie una pequeña isla redonda y blanquecina. Era el mismo lugar por donde los hijos de Israel pasaron el Jordán con el Arca de la Alianza y donde Elías dividió con su manto las aguas. Se produjo una gran conmoción entre los presentes: oraban y daban gracias a Dios. Juan y sus discípulos trajeron grandes piedras, que pusieron en el agua, y luego, con ramas, árboles y plantas acomodaron un puente hasta la isla y cubrieron el pasaje con piedras pequeñas y blancas.

Cuando terminaron el trabajo, se veía correr el agua bajo el puente. Juan y sus discípulos plantaron doce árboles en torno de la islita y unieron sus copas para formar un techo con el follaje. Entre estos arbolillos pusieron cercos de varias plantas que nacen muchas a orillas del Jordán. Tenían brotes blancos y colorados, y frutos amarillos, con una pequeña corona, como nísperos.

La isla que había surgido en el lugar donde había estado depositada el Arca de la Alianza a su paso por el Jordán, parecía de roca, y el fondo del río, más levantado que en tiempos de Josué. El agua, en cambio, me pareció más profunda; de modo que no sabría decir si el agua se retiró más o la isla se levantó sobre el agua, cuando Juan la hizo comparecer para formar el baptisterio de Jesús. A la izquierda del puente, no en el medio, sino más bien al borde de la isla, hizo una excavación, a la cual afluía un agua clara.

Llevaban a esta fuente algunas gradas; en la superficie del agua había una piedra triangular, plana, de color rojo, donde debía estar Jesús durante su bautismo. A la derecha se levantaba una esbelta palmera con frutos, la cual habría de abrazar Jesús. El borde de esta fuente estaba delicadamente trabajado y todo el conjunto presentaba un hermoso aspecto.

Cuando Josué llevó a los israelitas a través del Jordán, he visto que el río estaba muy crecido. El Arca de la Alianza fue llevada bastante distante del pueblo hacia el Jordán. Entre los doce que la conducían y acompañaban figuraban Josué, Caleb y otro personaje, cuyo nombre suena como Enoi. Llegados al Jordán tomó uno solo la parte delantera del Arca que solían llevar dos; los otros sostenían por detrás y en el instante en que el pie del Arca tocó las aguas, éstas se aquietaron, pareciendo como gelatinas que subían unas sobre otras, formando una muralla o más bien una montaña que se podía ver desde la ciudad de Zarthan. Las aguas que corrían al Mar Muerto se perdieron en el mar, y se pudo pasar a pie enjuto por el lecho del Jordán. Así cruzaron los israelitas que estaban distantes del Arca por el lecho del río. El Arca fue llevada por los levitas aguas adentro, donde había cuatro piedras cuadradas colocadas con regularidad. Eran estas piedras de color de sangre y a cada lado había dos hileras de seis piedras triangulares, planas y trabajadas.

Los doce levitas dejaron el Arca de la Alianza sobre las cuatro piedras del medio y pasaron doce por cada lado sobre las otras piedras triangulares que tenían su cono hundido en las aguas. Otras doce piedras triangulares fueron colocadas a distancia: eran muy gruesas, de colores diversos, grabadas con figuras y dibujos con flores. Josué eligió a doce hombres de las doce tribus para que llevaran sobre sus espaldas desnudas estas piedras y a distancia una serie de dos hileras para recuerdo del pasaje. Más tarde se levantó allí una población. Fueron grabadas en las piedras los nombres de las doce tribus y los de los que llevaron las piedras. Las piedras sobre las cuales estuvieron los levitas eran más grandes, y cuando pasaron el río, las piedras fueron vueltas con las puntas hacia arriba.

Las piedras que habían estado fuera del agua, no eran ya visibles en tiempos de Juan Bautista: no sé si fueron destruidas por las guerras o estaban simplemente cubiertas por tierra y escombros. Juan había levantado su tienda en el lugar de ellas. Más tarde hubo una iglesia allí, creo que en tiempos de Santa Elena. El lugar donde había estado el Arca de la Alianza es exactamente el mismo de la isla y de la fuente donde fue bautizado Jesús. Cuando los israelitas pasaron con el Arca y hubieron erigido las doce piedras, el Jordán volvió a seguir su curso como antes. El agua de la fuente del bautismo de Jesús era de tal hondura que desde la orilla sólo se podía ver desde el pecho cuando estaba un hombre dentro. La profundidad algo escalonada y esta fuente octogonal, que medía como cinco pies de diámetro, estaba rodeada de un borde, cortado en cinco lugares, desde donde podían algunas personas presenciar el acto. Las doce piedras triangulares sobre las cuales habían estado los levitas se alzaban a ambos lados de la fuente bautismal de Jesús con sus puntas hacia arriba fuera del agua. En la fuente del bautismo yacían aquellas cuatro piedras cuadradas coloradas, sobre las cuales había descansado el Arca de la Alianza, debajo de la superficie del agua. Estas piedras aparecían con sus puntas fuera del agua en épocas de bajantes. Muy cerca del borde de la fuente había una piedra triangular, en forma de pirámide, con la punta hacia abajo, sobre la cual estuvo Jesús cuando el Espíritu Santo vino sobre, Él. A su derecha estaba la palmera, junto al borde, a la cual Jesús se sujetó con la mano, mientras a su izquierda estaba el Bautista. La piedra triangular donde estuvo Jesús, no era de las doce: me parece que Juan la trajo desde la orilla. Había allí un misterio porque he visto que estaba señalada con dibujos de flores y estrías. Las otras doce piedras eran también de diversos colores, dibujadas con flores y ramificaciones. Eran más grandes que las llevadas a tierra: me parece que eran al principio piedras preciosas que plantó Melquisedec desde pequeñas, cuando el Jordán no pasaba sobre ellas.

He visto que en muchos lugares hacía esto; ponía los fundamentos de obras que venían luego a ser lugares sagrados o donde sucedían hechos notables, aunque por mucho tiempo quedaran en pantanos o escondidas entre matorrales.

Creo también que las doce piedras que llevaba Juan en la fiesta en el escudo del pecho eran trozos de aquellas doce piedras preciosas plantadas por Melquisedec.

XXXIV  Herodes nuevamente con Juan

 Cuando Juan volvió al baptisterio fue a verlo nuevamente un grupo de unas veinte personas para pedirle cuenta de su misión. Venían de Jerusalén.

Aguardaron en el sitio donde había tenido lugar la fiesta e invitaron a Juan; pero éste no se movió. Al día siguiente he vuelto a verlos a media hora del lugar donde bautizaba Juan; pero Juan no los dejó entrar en el recinto de las tiendas que estaba cercado. Vi luego que Juan, cuando terminó su trabajo, les habló desde cierta distancia: les dijo las cosas de siempre, refiriéndose al que pronto iba a venir al bautismo, a Aquél que era más que él, y al que no había visto aún personalmente. Algunas de sus preguntas, no contestó.

Más tarde he visto a Herodes, montado sobre una cabalgadura, acomodado en una especie de asiento de cajón, y a la mujer de su hermano, con la cual vivía, también montada sobre una cabalgadura, orgullosa y atrevida, vestida con lujo y desvergüenza, que se aproximaban al lugar donde estaba Juan bautizando. La mujer se detuvo a cierta distancia, mientras Herodes bajó de su cabalgadura y se acercó a Juan y comenzó a hablar con él. Herodes litigaba con Juan porque éste le había excomulgado, prohibiéndole participación en el bautismo y en la salud del Mesías si no dejaba su escandalosa compañía. El rey le presentaba de nuevo aquel escrito en defensa de su proceder.

Herodes le preguntó si sabía algo de un tal Jesús de Nazaret, de quien se hablaba mucho en el país y de quien, según había oído, recibía mensajes; si ese Jesús era el Esperado, ya que siempre hablaba de Él. Le exigía le dijese claramente, pues quería tratar su asunto con el Mesías. Juan le contestó que Jesús no le escucharía, como no le escuchaba él su demanda; que era adúltero y como tal sería tratado; que por más que presentara su caso en una forma u otra, se trataba siempre de un adulterio. Cuando Herodes le preguntó por qué le hablaba a la distancia y no se acercaba, contestóle Juan: “Tú eres ciego, y por el adulterio cometido te has vuelto más ciego aún, y cuanto más me acercare a ti más ciego te pondrías. Cuando yo esté en tu poder, harás conmigo lo que más tarde sentirás mucho haber hecho”. Con esto anunciaba proféticamente su próxima muerte. Herodes y la mujer regresaron muy contrariados.

Se acerca el momento del bautismo de Jesús. Veo a Juan muy entristecido.

Parecía que su tiempo iba a terminar muy pronto: ya no lo veo tan vehemente en su obra y lo veo perseguido por todos lados. Acudían ya de Jericó, ya de Jerusalén, ya de parte de Herodes, para arrojarlo del lugar del bautismo.

Sus discípulos habían ocupado una parte bastante considerable de los alrededores del bautismo y por eso urgían a Juan que se retirase de allí y pasase al otro lado del Jordán. Los soldados de Herodes llegaron a deshacer hasta cierto punto el cercado, echando a la gente; con todo no llegaron a molestar en la tienda de Juan, entre las doce piedras. Juan habló muy contristado, con el ánimo decaído, con sus discípulos: deseaba ya que acudiese Jesús al bautismo; luego se retiraría de su presencia al otro lado del Jordán y no permanecería mucho tiempo en su puesto. Sus discípulos se mostraban muy tristes por las cosas que les decía y no querían que los dejase abandonados.