22/11/2015 Evangelio según San Juan 18,33b-37.

Solemnidad de nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo
Santo(s) del día : Santa Cecilia de Via Apia,  Beato Elías Torrijo Sánchez
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Lecturas

El evangelio de este domingo cierra el tiempo ordinario con la solemnidad de Cristo Rey narrando la declaración de nuestro Señor de Rey ante Pilatos durante el proceso de la condena a la muerte en la cruz, para la redención de todos nosotros.
Encontramos el episodio concretamente en el verso 23 del capitulo 604, más verán que la declaración solemne la realiza primeramente ante Caifás y más bien la ratifica ante Pilatos.
El evangelio de San Juan es casi textual en la obra de MV, y por tanto son pocas lineas las referidas a este domingo.
De todos modos vale la pena leer todo el capítulo que abunda en ricos episodios donde en aquél único día de la historia todos en Jerusalen tomaron partido: y la reflexión final de Jesús, que nos invita jugarnos por este Rey, el Rey de nuestro corazón

Glorificación de Jesús y María

604. Los procesos[1]. Las negaciones de Pedro. Consideraciones sobre Pilato.

22–25 de marzo de 1945.

604 01       Empieza el doloroso camino por la vereda pedregosa que lleva desde el calvario donde Jesús fue apresado hasta el Cedrón, y desde el Cedrón, por otro camino, hasta la ciudad. E inmediatamente empiezan las palabras y los gestos burlescos y las vejaciones.

Jesús, yendo atado por las muñecas, e incluso por la cintura, como si de un loco peligroso se tratara, confiados los cabos de las cuerdas a unos energúmenos embriagados de odio, se ve tirado de un lado y de otro como un trapajo abandonado a la ira de una manada de cachorros. Pero aún podrían tener justificación los que así actúan si fueran perros; sin embargo, tienen nombre de hombres, aunque de hombre no tengan más que la figura. Y si han pensado en esa atadura de dos sogas opuestas ha sido para causar mayor dolor. Una de las dos tiene la única función de inmovilizar las muñecas, y las lacera y va serrando con su áspero roce; la otra, la de la cintura, comprime los codos contra el tórax, y sierra y oprime la parte alta del abdomen, torturando el hígado y los riñones, donde han hecho un enorme nudo y donde, de vez en cuando, el que lleva los cabos de las sogas da latigazos con ellos y dice:

«¡Arre! ¡Vamos! ¡Trota, burro!»,

 y añade patadas detrás de las rodillas del Torturado, que a causa de estas patadas se tambalea y si no cae del todo es porque las sogas lo mantienen en pie. De todas formas, las cuerdas no evitan que –tirando de El hacia la derecha el que se ocupa de las manos y hacia la izquierda el que sujeta la soga de la cintura– Jesús vaya chocando contra muretes y troncos y que, debido a un tirón más cruel, recibido cuando está para cruzar el puente del Cedrón, caiga duramente contra el pretil del puentecillo. La boca magullada sangra.

Jesús alza las manos atadas, para limpiarse la sangre que embadurna la barba, y no habla: es verdaderamente el cordero que no muerde a sus torturadores. Unos de entre la gente, entretanto, han bajado al guijarral a coger piedras y guijarros, y desde abajo empieza una pedrea contra el fácil objetivo; porque a duras penas se puede andar en el puentecillo estrecho e inseguro donde la gente se apiña obstaculizándose a sí misma, y las piedras golpean a Jesús en la cabeza, en los hombros; no sólo a Jesús, sino también a sus torturadores, que reaccionan lanzando palos y devolviendo las propias piedras. Y todo contribuye a golpear más a Jesús en la cabeza y en el cuello. El puente acaba por fin, y ahora la callejuela estrecha proyecta sombras sobre el gentío, porque la Luna, que comienza su ocaso, no desciende a esa callejuela tortuosa y, además, muchas antorchas, en medio de esa confusión, se han apagado. Mas el odio hace de lámpara para ver al pobre Mártir, para el que hasta su alta estatura es elemento torturador. Es el más alto de todos. Fácil, pues, golpearle, agarrarle por los cabellos, obligarle a echar violentamente hacia atrás la cabeza y echarle encima un puñado de materia inmunda que, por fuerza, debe entrarle en la boca y en los ojos, produciéndole náusea y dolor.

2       Empieza el trayecto a través del arrabal de Ofel, ese arrabal donde tanto bien y tantas caricias El ha distribuido. La turba vociferante atrae a las puertas a los que duermen, y, si las mujeres gritan movidas por el dolor y, aterrorizadas, huyen al ver lo que ha sucedido, los hombres, esos hombres que incluso han recibido de El curación, ayuda, palabras de Amigo, o bien agachan la cabeza con indiferencia, fingiendo desinterés al menos, o bien pasan de la curiosidad al livor, a la burla, al gesto amenazador, e incluso se ponen detrás del tropel de gente para vejar. Satanás está ya actuando…

Un hombre casado[2] que quiere seguirle para vejarlo, es aferrado por su mujer, que grita, que le grita:

«¡Miserable? Si estás vivo es por El, inmundo hombre lleno de podredumbre. ¡Recuérdalo!».

Pero el hombre se impone a la mujer golpeándola brutalmente y arrojándola al suelo, y luego corre hasta donde el Mártir contra cuya cabeza lanza una piedra.

Otra mujer, anciana, trata de cortar el paso a su hijo, que viene con cara de hiena y con un palo, para golpear también a Jesús, y grita a su hijo:

«¡Asesino de tu Salvador, no serás mientras yo viva!».

Pero la pobre, alcanzada en la ingle por una patada brutal de su hijo, se desploma gritando:

«¡Deicida y matricida! ¡Por el seno que abres por segunda vez y por el Mesías al que hieres, maldito seas!».

 604 003      La escena, a medida que van acercándose a la ciudad, va aumentando en violencia.     Antes de  llegar a las murallas están Juan y Pedro. Ya están abiertas las puertas, y los soldados romanos, dispuestos para la defensa, observan dónde y cómo se desarrolla el tumulto, preparados para intervenir si el prestigio de Roma se viera dañado. Creo que Juan y Pedro han llegado allí por un atajo tomado cruzando el Cedrón más arriba del puente, y adelantándose rápidamente a la turba, que, obstaculizándose tanto a sí misma, se mueve lenta. Están en la penumbra de un zaguán, en una placita que precede a las murallas. Tienen cubiertas sus cabezas con los mantos, ocultando así sus caras.

Pero, cuando Jesús llega, Juan –bajo la libre luz de la Luna, que allí todavía ilumina antes de desaparecer tras el collado que hay más allá de las murallas y que oigo que los esbirros capturadores lo llaman Tofet– deja caer el manto y muestra su pálido y descompuesto rostro. Pedro, aun no atreviéndose a destaparse, se adelanta para ser visto…

               Jesús los mira… y sonríe (una sonrisa de una bondad infinita). Pedro se vuelve y regresa a su ángulo obscuro, llevándose las manos a los ojos, encorvado, envejecido, ya un despojo de hombre. Juan se queda valerosamente donde está, y sólo cuando la turba vociferante termina de pasar se reúne de nuevo con Pedro, lo toma de un codo, le guía como un muchacho guiaría a su padre ciego, y entran ambos en la ciudad detrás de la muchedumbre vociferante.

Oigo las exclamaciones de asombro o burlescas o apenadas de los soldados romanos: hay quien lanza maldiciones por haber sido sacado de la cama por ese «necio lacayo»; hay quien se burla de los judíos, que han sido capaces de «prender a una media hembra», hay quien se muestra compasivo hacia la Víctima, diciendo: «Siempre le he visto bueno», y hay quien dice:

«Hubiera preferido que me hubieran matado a mí, antes que verle a El en esas manos. Es un grande. Tengo dos devociones en el mundo: El y Roma».

«¡Por Júpiter! –exclama el de grado más alto– Yo no quiero líos después. Voy donde el alférez. Que se encargue él de decírselo a quien tenga que decírselo. No quiero que me manden a luchar contra los Germanos. Estos hebreos hieden y son sierpes y carroñas, pero aquí la vida es segura. ¡Estoy para terminar mi tiempo y en Pompeya tengo una muchacha…!».

4       Pierdo el resto por seguir a Jesús, que continúa caminando por la calle que hace un arco en subida para ir al Templo. Pero veo y comprendo que la casa de Anás, a donde quieren llevarle, está y no está en ese laberíntico conglomerado que es el Templo y que ocupa todo el collado de Sión. Está en el extremo, cerca de una serie de muros que parecen delimitar por esta parte a la ciudad y que desde ahí se prolongan en pórticos y patios, siguiendo la ladera del monte, hasta llegar al recinto de lo que es el Templo en el pleno sentido de la palabra, o sea, el lugar a donde van los israelitas para sus distintas manifestaciones de culto.

Una alta puerta guarnecida de hierro se abre en el muro. Se acercan a ella solícitas hienas y llaman con fuerza. En cuanto se entreabre, ya irrumpen dentro, casi tirando al suelo y pisoteando a la criada que ha venido a abrir; y abren la puerta de par en par, para que la turba vociferante, con el Capturado en el centro, pueda entrar. Una vez dentro, cierran y trancan, temerosos quizás de Roma o de los facciosos del Nazareno. ¡Sus facciosos! ¿Dónde están?…

Recorren el atrio de entrada y luego cruzan un amplio patio, un corredor, y otro pórtico y un nuevo patio, y suben a tirones a Jesús por tres escalones, haciéndole recorrer casi corriendo una galería realzada respecto al patio, para llegar antes a una rica sala donde hay un hombre anciano vestido de sacerdote.

«¡Que Dios te consuele, Anás»

dice el que parece el oficial, si oficial puede llamarse al bribón que manda a esa canalla.

«Aquí tienes al culpable. En manos de tu santidad lo pongo, para que Israel sea purificado de la culpa».

«Que Dios te bendiga por tu audacia y tu fe».

¡Vaya una audacia! Había sido suficiente la voz de Jesús para hacerle besar la tierra en el Getsemaní.

604 0005 «¿Quién eres Tú?».

«Jesús de Nazaret, el Rabí, el Mesías. Y tú me conoces. No he actuado en las tinieblas».

«En las tinieblas, no. Pero has inducido a error a las muchedumbres con doctrinas tenebrosas. Y el Templo tiene el derecho y el deber de tutelar el alma de los hijos de Abraham».

«¡El alma! Sacerdote de Israel, ¿puedes decir que por el alma del más pequeño o del más grande de este pueblo has sufrido?».

«¿Y Tú entonces? ¿Qué has hecho que pueda llamarse sufrimiento?».

«¿Qué he hecho? ¿Por qué me lo preguntas? Todo Israel habla. Desde la ciudad santa al mísero pueblecillo, hasta las piedras hablan para decir lo que he hecho. He dado la vista a los ciegos: la de los ojos y la del corazón. He abierto los oídos a los sordos: para las voces de la Tierra y para las del Cielo. He hecho caminar a los tullidos y a los paralíticos, para que empezaran la marcha hacia Dios desde la carne y luego siguieran con el espíritu. He limpiado a los leprosos: de las lepras que la Ley mosaica señala y de las que hacen a un hombre leproso ante Dios, o sea, de los pecados. He resucitado a los muertos. Y no señalo que sea grande llamar a una carne de nuevo a la vida, sino que digo que grande es redimir a un pecador; y lo he hecho. He socorrido a los pobres, enseñando a los avarientos y ricos hebreos el precepto santo del amor al prójimo; y, siendo pobre a pesar del río de oro que ha pasado por mis manos, he enjugado Yo solo más lágrimas que todos vosotros, que poseéis riquezas. En fin, he dado una riqueza inefable: el conocimiento de la Ley, el conocimiento de Dios, la certeza de que somos todos iguales y de que, ante los ojos santos del Padre, igual es el llanto derramado –o el delito cometido– por el Tetrarca o por el Pontífice, por el mendigo o el leproso que mueren en el camino. Esto es lo que he hecho. Nada más».

6 «¿Sabes que por ti mismo te acusas? Dices: las lepras que hacen leprosos ante Dios y no son señaladas por Moisés. Estás insultando a Moisés e insinúas que hay lagunas en su Ley[3]…».

«No suya: de Dios. Así es. Digo que más grave que la lepra, desgracia de la carne, desgracia acotada en el tiempo, es el pecado, que es desgracia, eterna, del espíritu».

«Osas decir que puedes absolver los pecados. ¿Cómo lo haces?».

«Si con un poco de agua lustral y el sacrificio de un macho cabrío es lícito y creíble cancelar un pecado, expiarlo y quedar limpio de él, ¿cómo no habrá de poder hacerlo mi llanto, mi Sangre y mi deseo[4]?».

«Pero Tú no estás muerto. ¿Dónde está, entonces, la Sangre?».

«No estoy muerto todavía. Pero lo estaré, porque está escrito: en el Cielo, desde antes que Sión fuera, desde antes que existiera Moisés, desde antes de Jacob, desde antes de Abraham, desde cuando el rey del Mal hincó su mordedura en el corazón del hombre y envenenó el corazón del hombre y el de sus hijos[5]; está escrito en la Tierra, en el Libro que recoge las palabras de los profetas; está escrito en los corazones, en el tuyo, en el de Caifás y de los miembros del Sanedrín, que no me perdonan. No, estos corazones no me perdonan el ser bueno. Yo he absuelto anticipadamente en vistas de la Sangre, ahora cumplo la absolución con el lavacro en la Sangre».

«Nos llamas ambiciosos y dices que ignoramos el precepto del amor…».

«¿Y no es, acaso, cierto? ¿Por qué me dais muerte? Porque tenéis miedo de que os destrone. ¡Oh! No temáis. Mi Reino no es de este mundo. Os dejo la posesión de todo poder. El Eterno sabe cuándo decir el “¡basta!” que os hará caer fulminados…».

«¿Como Doras[6], ¡Eh!?».

«El murió de ira, no por un rayo celeste. Dios le esperaba en la otra parte para fulminarle».

«¿Y esto me lo dices a mí, que soy su pariente? ¿Cómo te atreves?».

«Yo soy la Verdad. La Verdad nunca es cobarde».

«¡Soberbio y loco!».

«No: sincero. Me acusas de ofenderos. Pero ¿acaso no odiáis todos vosotros? Os odiáis unos a otros. Ahora os une el odio contra mí. Pero mañana, cuando me hayáis matado, volverá el odio a reinar entre vosotros. Y será un odio más fiero. Y viviréis con esa hiena sobre vuestras espaldas y esta serpiente en el corazón. Yo he enseñado el amor. Por piedad hacia el mundo. He enseñado a no ser ambiciosos sino a tener misericordia. 7 ¿De qué me acusas?».

«De haber introducido una doctrina nueva».

«¡Oh, sacerdote! Israel está poblado de nuevas doctrinas: los esenios[7] tienen la suya; los sadoquitas[8], la suya; los fariseos, la suya. Cada uno tiene su secreta doctrina, que para unos se llama placer, para otros oro, para otros poder; y cada uno tiene su ídolo. No Yo. Yo he tomado de nuevo la Ley de mi Padre, del Dios Eterno, que había sido pisoteada, y he vuelto a decir sencillamente las diez proposiciones del Decálogo[9], secándome los pulmones para hacerlas entrar en los corazones que ya no las conocían».

«¡Horror! ¡Blasfemia! ¿Decirme esto a mí, sacerdote? ¿No tiene un Templo Israel? ¿Somos como los castigados de Babilonia? Responde».

«Eso sois. Y más todavía. Hay un Templo, sí; un edificio. Dios no está. Se ha alejado, ante el abominio que hay en su casa[10]. Pero ¿para qué me interrogas tanto, si en realidad mi muerte ya está decidida?».

«No somos asesinos. Matamos si, por una culpa probada, tenemos derecho a hacerlo. 8 Pero yo quiero salvarte. Respóndeme y te salvaré. ¿Dónde están tus discípulos? Si me los entregas, te dejaré libre. El nombre de todos, y más los ocultos que los conocidos. Di: ¿Nicodemo es tuyo?, ¿es tuyo José?, ¿y Gamaliel?, ¿y Eleazar?, ¿y…? Bueno de éste lo sé… no es necesario. Habla. Habla. Sabes que puedo darte muerte y salvarte. Soy poderoso».

«Eres fango. Dejo al fango el oficio de espía. Yo soy Luz».

Un esbirro le suelta un puñetazo.

«Yo soy Luz. Luz y Verdad. He hablado al mundo abiertamente. He enseñado en las sinagogas y en el Templo donde se reúnen los judíos, y nada he dicho en secreto. Lo repito. ¿Por qué me preguntas a mí? Pregunta a los que han oído lo que he dicho. Ellos lo saben».

Otro esbirro le suelta un bofetón, gritando:

«¿Así respondes al Sumo Sacerdote?».

«Estoy hablando a Anás. El Pontífice es Caifás. Y hablo con el respeto debido a los ancianos. Pero, si crees que he hablado mal, demuéstramelo; si no, ¿por qué me hieres?».

«Déjale, déjale. 9 Voy donde Caifás. Vosotros tenedle aquí hasta nueva orden mía. Y ved porque no hable con nadie».

Anás sale. No habla Jesús, no. Ni siquiera con Juan, que se atreve a estar en la puerta, desafiando a toda la turba de los esbirros. Pero Jesús, sin pronunciar palabra, debe darle una orden, porque Juan, después de una mirada afligida, sale de allí y le pierdo de vista.

Jesús se queda entre sus verdugos. Zurriagazos con las cuerdas, esputos, burlas, patadas, tirones de pelo: esto es lo que le queda. Hasta que uno de la servidumbre viene a decir que lleven al Prisionero a la casa de Caifás.

Y Jesús, que sigue atado y sufriendo malos tratos, sale, y pasa al pórtico, lo recorre hasta un zaguán para cruzar luego un patio donde hay mucha gente calentándose alrededor de una hoguera (y es que la noche, ahora, en estas primeras horas del viernes, se ha puesto cruda y ventosa). Está también Pedro, con Juan; mezclados ambos entre el gentío hostil. Y deben tener mucho valor para estar allí…

 Jesús los mira. En su boca, ya hinchada por los golpes recibidos, se dibuja un atisbo de sonrisa.

Un largo camino entre pórticos y atrios, patios y corredores (¡pero que casas tenía esta gente del Templo!).

Mas la gente no entra en el recinto pontificio. Se les impide ir más allá del atrio de Anás. Jesús va solo, entre esbirros y sacerdotes. 10 Entra en una vasta sala que parece perder su forma rectangular debido a los asientos, muchos, dispuestos en forma de herradura y dejando en el centro un espacio vacío, tras el cual hay dos o tres asientos elevados sobre tarimas.

Cuando ya Jesús está para entrar, el rabí Gamaliel llega, y las guardias pegan un tirón al Prisionero para que ceda el paso al rabí de Israel. Pero éste, rígido como una estatua, hierático, aminora el paso y, moviendo apenas los labios, sin mirar a nadie, pregunta:

«¿Quién eres? Dímelo».

Y Jesús, dulcemente:

«Lee a los profetas y obtendrás la respuesta. El primer signo está en ellos, el otro vendrá».

Gamaliel recoge su manto y entra. Y tras él entra Jesús, de quien, mientras Gamaliel va a un sitial, tiran para ponerle en el centro de la sala, frente al Pontífice, que verdaderamente tiene cara de malhechor. Se espera hasta que entran todos los miembros del Sanedrín.

Luego empieza la sesión. Pero Caifás ve dos o tres asientos vacíos y pregunta:

«¿Dónde está Eleazar? ¿Dónde está Juan?».

Se alza un joven escriba –creo–, hace una reverencia y dice:

«Han rehusado venir. Aquí está el escrito».

«Que se conserve y se escriba. Responderán de ello. 11 ¿Qué tienen que decir los santos miembros del Consejo acerca de éste?».

«Yo hablo. En mi casa violó el sábado. Dios me es testigo de que no miento. Ismael ben Fabí no miente nunca» .

«¿Es verdad, acusado?».

Jesús calla.

«Yo le vi convivir con conocidas meretrices. Fingiéndose profeta, había hecho de su guarida un prostíbulo, y, para colmo, con mujeres paganas. Conmigo estaban Sadoq, Calasebona y Nahúm, apoderado de Anás. ¿Es verdad lo que digo, Sadoq y Calasebona? Desacreditad mi testimonio, si lo merezco».

«Es verdad. Es verdad».

«¿Qué dices?».

Jesús calla.

«No desaprovechaba ocasión de burlarse de nosotros o de exponernos a la burla. La gente ya no nos estima, por El».

«¿Los estás oyendo? Has profanado a los miembros santos».

Jesús calla.

«Este hombre está endemoniado. Vuelto de Egipto, ejercita la magia negra».

«¿Cómo lo pruebas?» .

«¡Ante mi fe y las tablas de la Ley!».

«Grave acusación. Justifícate».

Jesús calla.

«Es ilegal tu ministerio, ¿lo sabes? Merece pena de muerte. Habla».

«Ilegal es esta sesión nuestra. Alzate, Simeón. Vamos»

dice Gamaliel.

«Pero, rabí, ¿estás perdiendo la razón?».

«Respeto los procedimientos. No es lícito proceder como lo estamos haciendo. Y presentaré una acusación pública por ello».

Y el rabí Gamaliel sale, rígido como una estatua, seguido por un hombre que se le parece, de unos treinta y cinco años.

12     Hay un poco de confusión, lo cual es aprovechado por Nicodemo y José para hablar en favor del Mártir.

«Gamaliel tiene razón. Son ilícitos la hora y el lugar. Y las acusaciones no son consistentes. ¿Puede alguien acusarle de visible vilipendio a la Ley? Yo soy amigo suyo, y juro que siempre le he visto respetuoso a la ley»

dice Nicodemo.

«Y yo también. Y para no aceptar un delito me cubro la cabeza, no por El, sino por vosotros, y salgo».

Y José hace ademán de bajar de su sitio y salir. Pero Caifás grita en modo descompuesto:

«¡Ah! ¿Eso decís? Vengan entonces los testigos jurados. Y escuchad. Luego os marcháis».

Entran dos individuos de la peor calaña: miradas huidizas, risitas crueles, ademanes falsos.

«Hablad».

«No es lícito oírlos juntos» grita José.

«Yo soy el Sumo Sacerdote. Yo ordeno. ¡Y silencio!».

José da un puñetazo en una mesa y dice:

«¡Se abran sobre tu cabeza las llamas del Cielo! Desde este momento sabelo que el Anciano José es enemigo del Sanedrín y amigo de Jesús. Y con esta determinación voy a decir al Pretor que aquí, sin respeto a Roma, se da muerte»,

y sale violentamente, dando un empujón a un delgado y joven escriba que intenta frenarle.

Nicodemo, más morigerado, sale sin decir nada más. Y, al salir, pasa por delante de Jesús y le mira…

604 000013     Nueva agitación. Se teme a Roma. Y la víctima expiatoria sigue siendo Jesús.

«¡Por tí todo esto, ¿lo ves?! Tú, corruptor de los mejores judíos. Los has pervertido».

Jesús calla.

«Que hablen los testigos» grita Caifás.

«Sí. Este usaba el… el… Lo sabíamos… ¿Cómo se llama esa cosa?».

«¿Quizás el tetragrama?».

«¡Eso es! ¡Tú lo has dicho! Invocaba a los muertos. Enseñaba la rebelión contra el sábado y la profanación del altar. Lo juramos. Decía que quería destruir el Templo para reedificarlo en tres días con la ayuda de los demonios»…

«No. El decía que no sería fabricado por el hombre».

Caifás baja de su sitial y se acerca a Jesús. Pequeño, obeso, feo, parece un enorme sapo al lado de una flor. Porque Jesús, a pesar de estar herido, magullado, sucio y despeinado, aparece todavía muy hermoso y majestuoso.

«¿No respondes? ¡Qué acusaciones contra ti! ¡Horrendas! Habla, para descargarte de su ignominia».

Pero Jesús calla. Le mira y calla.

14 «Respóndeme a mí, entonces. Soy tu Pontífice. En nombre del Dios vivo, te conjuro. Dime: ¿eres Tú el Mesías, el Hijo de Dios?».

604 00000«Tú lo has dicho. Lo soy. Y veréis al Hijo del hombre, sentado a la derecha del Poder de Dios, venir sobre las nubes del cielo. Pero, además, ¿por qué me interrogas? He hablado en público durante tres años. Nada he dicho ocultamente. Pregunta a los que me han oído. Ellos te dirán lo que he dicho y lo que he hecho».

Uno de los soldados que le tienen sujeto le golpea en la boca, haciéndola sangrar de nuevo, y grita:

«¿Así respondes, satanás, al Sumo Pontífice?».

Y Jesús, mansamente, responde a éste como al de antes:

«Si he hablado bien, ¿por qué me hieres? Si mal, ¿por qué no me dices dónde yerro? Repito: Yo soy el Mesías, Hijo de Dios. No puedo mentir. El sumo Sacerdote, el eterno Sacerdote soy Yo. Y sólo Yo llevo el verdadero Racional[11], en que está escrito: Doctrina y Verdad. Y a éstas soy fiel. Hasta la muerte, ignominiosa a los ojos del mundo, santa a los ojos de Dios; y hasta la bienaventurada Resurrección. Yo soy el Ungido. Pontífice y Rey Yo soy. Y estoy para tomar mi cetro y con él, como con aventador, limpiar la era[12]. Este Templo será destruido y resurgirá, nuevo, santo, porque éste está corrompido y Dios lo ha abandonado a su destino».

«¡Blasfemo!»

gritan todos en coro.

«¿En tres días lo construirás, loco, poseído?».

«No éste, sino el mío es el que resurgirá, el Templo del Dios verdadero, vivo, santo, tres veces santo».

«¡Anatema!» gritan de nuevo en coro.

Caifás alza su voz ronca y se desgarra las vestiduras de lino, con gestos de estudiado horror, y dice:

«¿Qué otra cosa hemos de oír de los testigos? La blasfemia está ya dicha. ¿Qué hacemos entonces?».

Y todos, en coro:

«Sea reo de muerte».

Y con gestos de desdén y de escándalo salen de la sala y dejan a Jesús a merced de los esbirros y de la chusma de los falsos testigos, que, dándole bofetadas, puñetazos, escupiéndole, vendándole los ojos con un trapajo y luego tirándole violentamente de los cabellos, le arrojan de un lado para otro, con las manos atadas, de manera que choca contra mesas, sitiales y paredes. Y le preguntan:

«¿Quién te ha pegado? Adivina».

Y varias veces, poniéndole zancadillas, le hacen caer de bruces, y se ríen a carcajadas al ver cómo, con las manos atadas, a duras penas se levanta.

604 00000015     Pasan así las horas. Los torturadores, cansados, piensan en tomarse un poco de descanso. Llevan a Jesús a un tabuco haciéndole cruzar muchos patios exponiéndole a las burlas de la turba, ya muy numerosa en el recinto de las casas pontificales.

Jesús llega al patio donde está Pedro, al lado de su hoguera. Y le mira. Pero Pedro evita encontrar su mirada. Juan ya no está; supongo que se habrá marchado con Nicodemo…

El alba avanza fatigosamente, glauca. Una orden ha sido dada: llevar de nuevo al Prisionero a la sala del Consejo para un proceso más legal. Es el momento en que Pedro niega por tercera vez que conoce al Cristo, cuando El pasa ya marcado por los padecimientos. Con la luz verdosa del alba, los moretones parecen aún más atroces en el rostro térreo, los ojos más hundidos y vítreos: un Jesús empañado por el dolor del mundo…

604 0000000Un gallo lanza al aire apenas móvil del alba su grito burlón, sarcástico, pícaro. Y en este momento de gran silencio que se ha creado ante la presencia de Cristo, sólo se oye la voz áspera de Pedro decir:

«Lo juro, mujer. No le conozco»:

afirmación seca, segura, a la cual, como una carcajada burlona, responde en seguida el ribaldo canto del gallito.

Pedro reacciona. Se vuelve para huir, y se encuentra a Jesús de frente, mirándole con infinita piedad, con un dolor tan intenso y sentido, que me parte el corazón (como si después de eso yo hubiera de ver disolverse, para siempre, a mi Jesús). Pedro experimenta un conato de llanto. Sale, tambaleándose como si estuviera borracho.

Huye detrás de dos domésticos que también salen. Se pierde cuesta abajo por la calle todavía semioscura.

Llevan otra vez a la sala a Jesús. Le repiten en coro la pregunta capciosa:

«En nombre del Dios verdadero, dinos: ¿eres el Mesías?».

Y, habiendo recibido la respuesta de antes, le condenan a muerte y dan la orden de conducirle ante Pilatos.

16     Jesús, escoltado por todos sus enemigos, menos Anás y Caifás, sale, pasando de nuevo por esos patios del Templo donde tantas veces había hablado, favorecido y curado; franquea el cinturón almenado, entra en las calles de la ciudad y, más arrastrado que conducido, baja hacia ésta, ahora rojiza por un primer anuncio de la aurora.

Creo que con la única finalidad de alargarle el tormento le hacen recorrer un largo trayecto superfluo por Jerusalén, pasando arteramente por las barracas de mercado, por delante de las caballerizas y de posadas colmadas de gente por la Pascua. Y tanto las verduras de desecho de los puestos como los excrementos de los animales de las cuadras se transforman en proyectiles para el Inocente, cuyo rostro presenta, cada vez más, mayores moretones, pequeñas magulladuras sanguinolentas, y aparece velado por distintas inmundicias en él esparcidas. Los cabellos, ya recargados y ligeramente tiesos debido al sudor sanguíneo, y más opacos, ahora penden despeinados, impregnados de paja e inmundicias, y caen sobre los ojos, porque le revuelven aquéllos para taparle la cara.

La gente que está en las barracas, compradores y vendedores, abandonan todo para seguir –no con amor precisamente– al Desdichado. Los estableros y los criados de las posadas salen en masa, sordos a las voces de las amas (las cuales, como casi todas las otras mujeres, la verdad es que se muestran, si no totalmente contrarias a estas ofensas, sí, al menos, indiferentes a esta agitación, y se retiran echando pestes porque las dejan solas y tienen mucha gente a la que atender).

La turba vociferante se engrosa así a cada minuto que pasa, y parece como si por una repentina epidemia los corazones y las fisonomías cambiaran su naturaleza: aquéllos, transformándose en corazones de malhechores; éstas, en máscaras de crueldad en caras verdes de odio o rojas de ira. Las manos son ahora garras, las bocas adquieren forma y aullido de lobo, los ojos se hacen torvos, rojos, torcidos… como los de los locos.

Sólo Jesús sigue igual, aunque cubierto de inmundicias esparcidas por su cuerpo alterado por moretones y tumefacciones.

17     Al llegar a un tramo abovedado que estrecha la calle como un anillo, mientras todo se tapona y se hace más lento, un grito corta el aire:

«¡Jesús!».

Es Elías, el pastor, que trata de abrirse paso enarbolando y haciendo girar un grueso palo. Viejo, robusto, con aire amenazador, fuerte, logra llegar casi donde el Maestro. Pero la muchedumbre, desbaratada por el inesperado asalto, aprieta sus filas y aparta, rechaza, vence a este hombre solo contra toda la turba.

«¡Maestro!»

grita, mientras el remolino de la muchedumbre lo absorbe y rechaza.

«¡Vete!… Mi Madre… Te bendigo…».

Y la turba rebasa el estrechamiento. Ahora, como agua que hallara respiro después de una esclusa, se vuelca, en tumulto, por un amplio paseo elevado respecto a una depresión del terreno situada entre dos lomas en cuyos límites pueden verse espléndidos palacios de señores de alta alcurnia.

Vuelvo a ver el Templo en lo alto de su monte, y comprendo que la vuelta ociosa que han hecho dar al Condenado para exponerle al escarnio de toda la ciudad y permitir a todos insultarle –habiendo aumentando a cada paso los que participaban en estos insultos– está para concluirse, volviendo así otra vez a los lugares de antes.

18     De un palacio sale al galope un caballero. La gualdrapa purpúrea sobre la blancura del caballo árabe y la solemnidad de su aspecto, la espada blandida desnuda, descargada de plano y filo sobre espaldas y cabezas que ya sangran, le hacen parecer un arcángel. Cuando un caracol, una empinadura del caballo que corvetea –haciendo de los cascos un arma de defensa para sí mismo y para su amo, y el más eficaz de los instrumentos de apertura para abrirse paso entre la multitud–, provoca la caída del velo de púrpura y oro que cubría su cabeza y que estaba sujeto por una cinta de color de oro, entonces reconozco a Manahén.

«¡Atrás!» grita.

«¿Cómo os permitís turbar el descanso del Tetrarca?».

Pero esto es sólo una excusa para justificar su intervención y su intento de llegar hasta Jesús.

«Este hombre… dejádmelo ver… Apartaos, o llamo a la guardia…».

La gente, tanto por la lluvia de mandobles, como por las patadas del caballo, y por la amenaza del caballero, abre paso. Manahén puede, así, llegar al grupo de Jesús y de los miembros de la guardia del Templo que le tienen sujeto.

«¡Fuera! El Tetrarca es más que vosotros, sucios siervos. Atrás. Quiero hablar con El»,

 y lo obtiene, cargando con su espada contra el más encarnizado de sus apresadores.

«¡Maestro!…».

«Gracias. ¡Pero vete! ¡Y que Dios te conforte!».

Y, como puede con las manos atadas, Jesús hace un gesto de bendición. La muchedumbre silba desde lejos y, en cuanto ve que Manahén se retira, de haber sido arredrada se venga con una lluvia de piedras y porquerías contra el Condenado.

19     Por el paseo en subida, ya calentado por el sol, se va hacia la Torre Antonia, cuya mole ya aparece lejos.

Un grito agudo de mujer («¡Oh, mi Salvador! ¡Mi vida por la tuya, Oh Eterno!»)

hiende el aire.

Jesús vuelve la cabeza y ve, en la alta terraza florida que corona una casa muy bonita, a Juana de Cusa, tendiendo los brazos al cielo, entre miembros de la servidumbre, hombres y mujeres, con los pequeños María y Matías al lado de ella. ¡Pero el Cielo hoy no escucha oraciones! Jesús alza las manos y traza un gesto de adiós y bendición.

«¡Muerte! ¡Muerte al blasfemo, al corruptor, al Satanás! ¡Muerte a sus amigos!»,

Y lanzan silbidos y piedras hacia la alta terraza. No sé si hieren a alguno. Oigo un grito agudísimo y luego veo que el grupo se deshace y desaparece.

Y siguen adelante, adelante, subiendo… Jerusalén muestra sus casas al sol, vacías, vaciadas por el odio, que impulsa a toda una ciudad (con los habitantes efectivos y los transeúntes que se han dado cita para la Pascua) contra un inerme.

20     Unos soldados romanos, un entero manípulo, sale, corriendo, de la Antonia, apuntadas las lanzas contra la chusma, que, gritando, se dispersa. Se quedan en medio de la calle Jesús y los miembros de la guardia con los jefes de los sacerdotes, algunos escribas y algunos Ancianos del pueblo.

«¿Este hombre? ¿Esta sedición? Responderéis ante Roma»

dice, altanero, un centurión.

«Es reo de muerte, según nuestra ley».

«¿Y desde cuándo se os ha devuelto el ius gladii et sanguinis

pregunta el mismo, el más anciano de los centuriones (de rostro severo, verdaderamente romano, con una mejilla dividida por una profunda cicatriz); y habla con el desprecio y el desdén con que hablaría a piojosos galeotes.

«Sabemos que no tenemos este derecho. Somos los fieles subordinados de Roma…».

«¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡Mira lo que dicen, Longino! ¡Fieles! ¡Subordinados!… ¡Carroña! Las flechas de mis arqueros os daría como premio».

«¡Demasiado noble una muerte así! Las espaldas de los mulos requieren el flagrum y no otra cosa!…»

responde con irónica flema Longino. Los jefes de los sacerdotes, escribas y Ancianos, espuman veneno. Pero, como quieren obtener su objetivo, callan; tragan la ofensa sin dar muestras de haberla entendido, e inclinándose ante los dos jefes, piden que Jesús sea llevado a la presencia de Poncio Pilato para que «juzgue y condene con la bien conocida y honesta justicia de Roma».

«¡Ja! ¡Ja! ¡Mira lo que dicen! Ahora somos más sabios que Minerva… ¡Aquí! ¡Venga! ¡Id por delante! ¡Nunca se sabe! Sois unos chacales, y además hediondos. Teneros detrás es un peligro. ¡Venga!».

«No podemos».

«¿Por qué! Cuando uno acusa debe estar delante del juez con el acusado. Esta es la regla de Roma».

«La casa de un pagano es impura ante nuestros ojos, y ya estamos purificados para la Pascua».

«¡Oh, pobrecitos! ¡Si entran, se contaminan!… ¿Y matar al único hebreo que es hombre, y no un chacal y un reptil como vosotros, no os contamina? Bien, de acuerdo, quedaos ahí. Si dais un paso adelante os veréis clavados en las lanzas. Una decuria en torno al Acusado. Las otras contra esta chusma hedionda de pico mal lavado».

21     Jesús entra en el Pretorio en medio de los diez asteros, que forman un cuadrado de alabardas en torno a su persona. Los dos centuriones van delante. Mientras Jesús espera en un vasto atrio, tras el cual hay un patio visible en parte a través de una cortina que el viento agita, ellos desaparecen tras una puerta.

Vuelven con el Gobernador, que viene vestido con una toga blanquísima, sobre la cual trae un manto de color escarlata: quizás vestían así cuando representaban oficialmente a Roma. Entra indolentemente, con una sonrisita escéptica en su cara afeitada. Tritura entre sus manos hojas de hierba luisa y las huele con voluptuosidad.

Va a un cuadrante solar, lo mira, se vuelve, echa unos granos de incienso en un brasero que está colocado a los pies de un numen. Manda que le traigan agua de cidra y hace gárgaras con ella. Se contempla el peinado, hecho todo de ondas, en un espejo de metal tersísimo. Parece como si se hubiera olvidado del Condenado, que espera su aprobación para ser ejecutado. Haría airarse hasta a las mismas piedras.

Los hebreos, dado que el atrio está por el frente todo abierto, y elevado sobre tres altos escalones respecto del vestíbulo –el cual, a su vez, respecto a la calle a la que da, está ya de por sí elevado sobre otros tres escalones– ven todo perfectamente, y hierven por dentro. Pero no osan rebelarse por miedo a las lanzas y a las jabalinas.

Por fin, después de haber ido y venido por el amplio lugar, Pilatos va hacia Jesús. Le mira y pregunta a los dos centuriones:

«¿Este?».

«Este».

«Que vengan sus acusadores»,

y va a sentarse en la silla que está encima de la tarima. Las enseñas de Roma, sobre su cabeza, se entrecruzan con las águilas doradas y la poderosa sigla[13].

«No pueden venir. Se contaminan».

«¡¡¡Ala!!! Mejor. Nos ahorraremos ríos de esencias para quitar el olor a cabra. Que se acerquen al menos. Aquí abajo. Y cuidad de que no entren, dado que no quieren hacerlo. Puede ser un pretexto este hombre para una sedición».

Un soldado sale para llevar la orden del Procurador romano. Los demás forman, delante del atrio a iguales distancias unos de otros, hermosos como nueve estatuas de héroes.

22     Se acercan los jefes de los sacerdotes, escribas y Ancianos. Saludan con serviles reverencias y se detienen en la placita que está delante del Pretorio, delante de los tres escalones del vestíbulo.

«Hablad y sed concisos. Ya tenéis culpa por haber turbado la noche y haber obtenido la apertura de las puertas con violencia. Pero verificaré estas cosas y mandantes y mandatarios responderán de la desobediencia al decreto».

Pilato ha ido hacia ellos (aunque se ha quedado en el vestíbulo).

«Venimos a someter a Roma, a cuyo divino emperador tú representas, nuestro juicio sobre éste».

«¿Qué acusación traéis contra El? Me parece un hombre inocuo…».

«Si no fuera un malhechor, no te lo habríamos traído».

Y con el afán de acusar dan unos pasos hacia delante.

«¡Arredrad a esta plebe! Seis pasos más allá de los tres escalones de la plaza. ¡Las dos centurias, a las armas!».

Los soldados obedecen rápidamente alineándose cien sobre el escalón externo más alto, vueltas las espaldas al vestíbulo, y cien en la placita a la que da el portal de entrada de la morada de Pilato. He dicho “portal”, debería decir “zaguán” o arco triunfal, porque se trata de un vastísimo lugar abierto limitado por una verja, que ahora está abierta de par en par y que da acceso al atrio por el largo corredor del vestíbulo –de, al menos, seis metros de ancho–, de forma que se ve con claridad lo que sucede en el atrio realzado. Al pie del amplio vestíbulo se ven las caras bestiales de los judíos mirando, amenazadoras y satánicas, hacia el interior, mirando desde el otro lado de la barrera armada que, codo con codo, como para una revista, presenta doscientas puntas a los conejos asesinos.

«Repito: ¿qué acusación traéis contra éste?».

«Ha cometido delito contra la Ley de los padres».

«¿Y venís a darme lata a mí por esto? Lleváosle vosotros y juzgadle según vuestras leyes».

«Nosotros no podemos ajusticiar a nadie. No somos doctos. El Derecho hebreo es un niño deficiente respecto al perfecto Derecho de Roma. Como ignorantes y como sujetos a Roma, maestra, tenemos necesidad…».

«¿Desde cuándo sois miel y mantequilla?… De todas formas, vosotros, maestros del embuste, habéis dicho una verdad. ¡Tenéis necesidad de Roma! Sí. Para deshaceros de este que os molesta. Entiendo».

Y Pilato se ríe mientras mira al cielo sereno encuadrado como una lámina rectangular de turquesa obscura entre las marmóreas y cándidas paredes del atrio. «Decidme: ¿en qué ha cometido delito contra vuestras leyes?».

«Hemos visto que éste introducía el desorden en nuestra nación e impedía pagar el tributo a César, presentándose como el Mesías, rey de los judíos».

2cd3faa3da7908ecb15fa34494f6cdbe23     Pilato vuelve a acercarse a Jesús, que está en el centro del atrio (¡tan clara se ve su mansedumbre, que los soldados le han dejado allí, atado pero sin custodia!). Y le pregunta:

«¿Eres Tú el rey de los judíos?» .

«¿Lo preguntas por ti o por insinuación de otros?».

«¿Y qué me importa a mí tu reino? ¿Soy yo, acaso, judío? Tu nación y los jefes de ella te han entregado a mí para que juzgue. ¿Qué has hecho? Sé que eres leal. Habla. ¿Es verdad que aspiras a reinar?».

«Mi Reino no viene de este mundo. Si fuera un reino del mundo, mis ministros y soldados habrían luchado para impedir que cayera en manos de los judíos. Pero mi Reino no es de la Tierra. Y tú sabes que no tiendo al poder».

«Eso es verdad. Lo sé. Me lo han dicho. De todas formas, ¿no niegas que eres rey?».

«Tú lo dices. Yo soy Rey. Para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la Verdad. El que es amigo de la Verdad escucha mi voz».

«¿Y qué es la Verdad? ¿Eres filósofo? No sirve de nada frente a la muerte. Sócrates murió igualmente».

«Pero le sirvió ante la vida, para vivir bien. Y también para morir bien. Y para ir a la vida segunda sin nombre de traidor de las virtudes ciudadanas».

«¡Por Júpiter!».

Pilato le mira admirado unos momentos. Luego vuelve a caer en el sarcasmo escéptico. Hace un gesto de fastidio, le vuelve las espaldas y va hacia los judíos.

«No encuentro en El ninguna culpa».

La muchedumbre, temiendo perder la presa y el espectáculo del suplicio, se agita. Gritan:

«¡Es un rebelde!»; «es un blasfemo»; «incita al libertinaje»; «anima a la rebelión»; «niega respeto a César»; «se finge profeta sin serlo»; «hace magia»; «es un Satanás»; «agita al pueblo con sus doctrinas, enseñando en toda Judea, a donde ha venido de Galilea enseñando»; «¡a muerte!»; «¡a muerte!».

«¿Es galileo? ¿Eres galileo?».

Pilato vuelve a acercarse a Jesús:

«¿Oyes cómo te acusan? Justifícate».

Pero Jesús calla.

24     Pilato piensa… y decide.

«Una centuria, y éste donde Herodes. Que le juzgue él. Es súbdito suyo. Reconozco el derecho del Tetrarca y ratifico de antemano su veredicto. Que se le informe. Marchaos».

Y Jesús, encuadrado como un granuja por cien soldados, vuelve a cruzar la ciudad, y vuelve a ver a Judas Iscariote, al que ya había visto una vez en un mercado.

Antes, invadida por el desagrado del alboroto del pueblo, me había olvidado de decirlo. La misma mirada de piedad hacia el traidor…

Ahora es más difícil descargar sobre El patadas y palos, pero no faltan ni las piedras ni las porquerías, y si las piedras caen y sólo suenan, sin herir, en los yelmos y corazas romanos, sí que dejan señal cuando caen sobre Jesús, que camina sólo con la túnica, puesto que había dejado el manto en el Getsemaní.

Al entrar en el fastuoso palacio de Herodes, Jesús ve a Cusa… que no sabe mirarle, y que huye para no verle en ese estado, cubriéndose la cabeza con el manto.

25     Ya está en la sala en presencia de Herodes. Y detrás de Jesús –escoltado hasta el Tetrarca sólo por el centurión y cuatro soldados– ya entran como acusadores embusteros los fariseos escribas, que aquí se sienten a sus anchas.

Herodes baja de su sitial y da vueltas en torno a Jesús mientras escucha las acusaciones de sus enemigos. Sonríe. Hace burla. Luego finge una piedad y un respeto que no turban al Mártir, como tampoco le han turbado las burlas.

«Eres grande. Lo sé. He seguido tus pasos con atención, y me he alegrado cuando he visto que Cusa era amigo tuyo y Manahén discípulo. Yo… las preocupaciones del Estado… Pero sentía un gran deseo de decirte que eres grande… de pedirte perdón… La mirada de Juan… su voz… me acusan y siempre están delante de mí. Tú eres el santo que borra los pecados del mundo. Absuélveme, Cristo».

Jesús calla.

«He oído que te acusan de haberte alzado contra Roma. ¿Pero no eres Tú la vara prometida[14] para castigar a Asur?».

Jesús calla.

«Me han dicho que profetizas el final del Templo y de Jerusalén. Pero, dado que existe por voluntad del Eterno, ¿no es eterno el Templo como espíritu?».

Jesús calla.

«¿Estás loco? ¿Has perdido el poder? ¿Es que Satanás te traba la palabra? ¿Te ha abandonado?».

Herodes ahora se ríe.

26     Luego da una orden, y unos siervos traen un galgo con una pata rota, que gañe quejumbrosamente, y a un establero idiota, hidrocéfalo, baboso, un aborto de hombre, juguete de los siervos. Los escribas y los sacerdotes huyen, gritando por el sacrilegio, cuando ven la camilla del perro. Herodes, falso y burlón, explica:

«Es el preferido de Herodías. Regalo de Roma. Ayer se rompió una pata y ella llora. Ordena que se cure. Haz el milagro».

Jesús le mira severamente. Y calla.

«¿Te he ofendido? Entonces a éste. Es un hombre, aunque en poco supere a un animal salvaje. Dale la inteligencia, Tú, Inteligencia del Padre… ¿No dices eso?».

Y se ríe, ofensivo.

Otra mirada, más severa, de Jesús. Y silencio.

«Este hombre está demasiado abstinente, y ahora está aturdido por los desprecios. Vino y mujeres, aquí. Y desatadlo».

Le desatan y, mientras gran número de servidores traen ánforas y copas, entran bailarinas… tapadas con nada: una franja multicolor de lino ciñe, como único vestido, desde la cintura a los muslos, sus gráciles cuerpos; nada más. Broncíneas –son africanas–, livianas como gacelas jovencitas, comienzan una danza silenciosa y lasciva.

Jesús rechaza las copas y cierra los ojos. Calla. La corte de Herodes, ante este desdén suyo, ríe.

«Toma la que quieras. ¡Vive! ¡Aprende a vivir!…»

insinúa Herodes.

Jesús parece una estatua. Con los brazos cruzados, los ojos bien cerrados, no reacciona ni siquiera cuando las impúdicas bailarinas le pasan rozando con sus cuerpos desnudos.

«Basta. Te he tratado como a Dios y no has actuado como Dios. Te he tratado como hombre y no has actuado como hombre. Estás loco. Una túnica blanca. Ponédsela para que Poncio Pilato sepa que el Tetrarca ha juzgado loco a su súbdito. Centurión, dirás al Procónsul[15] que Herodes le presenta humildemente sus respetos y venera a Roma. Marchaos».

Y Jesús, atado de nuevo, sale, con una túnica de lino que le llega hasta la rodilla, encima de la túnica roja de lana. Y vuelven donde Pilato.

27     Ahora, cuando la centuria a duras penas hiende la masa de gente –no se han cansado de esperar ante el palacio proconsular, y es extraño el ver a tanta gente en ese sitio y en los lugares cercanos mientras que el resto de la ciudad aparece vacío–, Jesús ve en grupo a los pastores[16]. Están al completo, o sea: Isaac, Jonatán, Leví, José, Elías, Matías, Juan, Simeón, Benjamín y Daniel. Con ellos también un grupito de galileos, de los cuales reconozco a Alfeo y a José de Alfeo, junto a dos otros que no conozco, pero que, por el peinado, diría que son judíos. Y un poco detrás, semiescondido tras una columna, junto a un romano que parece ser un servidor, veo a Juan, que ha entrado en el vestíbulo. Jesús sonríe a éste y a aquéllos… sus amigos… Pero ¿qué son estos pocos y Juana y Manahén y Cusa en medio de un océano de odio en agitación?…

604 228     El centurión saluda a Poncio Pilato e informa.

«¡¿Aquí otra vez?! ¡Uf! ¡Maldita esta raza! Que se acerque la chusma. Traed aquí al Acusado. ¡Uf, qué lata!».

Va hacia la muchedumbre, aunque también esta vez se detiene en la mitad del vestíbulo.

«Hebreos, escuchad. Me habéis traído a este hombre como agitador del pueblo. Delante de vosotros le he examinado y no he hallado en El ninguno de los delitos de que le acusáis. Herodes no ha encontrado más que yo. Y nos le ha devuelto. No merece la muerte. Roma ha hablado. De todas formas, por no contrariaros privándoos de la recreación, os daré a cambio a Barrabás. Y a El mandaré que le den cuarenta azotes. Así basta».

«¡No, no! ¡No a Barrabás! ¡No a Barrabás! ¡A Jesús la muerte! ¡Y una muerte horrenda! Libera a Barrabás y condena al Nazareno».

«¡Pero oíd! He dicho fustigación. ¿No es suficiente? ¡Entonces mandaré que le flagelen! ¿Sabéis que es atroz? Puede morir por ello. ¿Qué mal ha hecho? No encuentro ninguna culpa en El, así que le liberaré».

«¡Crucifica! ¡Crucifica! ¡A muerte! ¡Eres un protector de los malhechores! ¡Pagano!¿Tú también otro Satanás!».

La muchedumbre se acerca hasta el pie del vestíbulo y la primera formación de soldados, no pudiendo usar las lanzas, ondea por el choque. Pero la segunda fila, bajando un peldaño, blande las lanzas y libera a los compañeros.

«Que sea flagelado»

ordena Pilato a un centurión.

«¿Cuánto?».

«Lo que te parezca… Total, ésta es una cuestión concluida. Y yo ya estoy aburrido. Venga, ve».

29     Cuatro soldados llevan a Jesús al patio que está después del atrio. En él, enteramente enlosado con mármoles de color, en su centro hay una alta columna semejante a las del pórtico. A unos tres metros del suelo, la columna tiene un brazo de hierro que sobresale al menos un metro y que termina en una argolla[17]. A ésta columna –tras haberle hecho desvestirse, de forma que ha quedado únicamente con un pequeño calzón de lino y las sandalias– atan a Jesús, con las manos unidas por encima de la cabeza. Levantan las manos, atadas por las muñecas, hasta la argolla, de forma que El, a pesar de ser alto, no apoya en el suelo más que la punta de los pies… Y también esta postura debe ser un tormento[18].

He leído, que la columna era baja y que Jesús estaba encorvado. Será eso. Yo lo veo así y así lo digo.

604 3Detrás de El se coloca uno de cara de verdugo y neto perfil hebreo; delante, otro, con la misma cara. Están armados con el flagelo de siete tiras de cuero unidas a un mango y acabadas en un martillito de plomo. Rítmicamente, como si estuvieran haciendo un ejercicio, se ponen a dar golpes. Uno, delante; el otro, detrás. De forma que el tronco de Jesús se halla dentro de una rueda de azotes y flagelos.

Los cuatro soldados a los que ha sido entregado, indiferentes, se han puesto a jugar a los dados con otros tres soldados que han llegado en ese momento. Y las voces de los jugadores se acompasan con el sonido de los flagelos, que silban como sierpes y luego suenan como piedras arrojadas contra la membrana tensa de un tambor, golpeando el pobre cuerpo, ese pobre cuerpo tan delgado y de un color blanco de marfil viejo, que primero se pone cebrado, de un rosa cada vez más vivo, luego morado, para ornarse luego de relieves de color añil, hinchados de sangre, y luego se abre y rompe y suelta sangre por todas partes. Los verdugos se ceban especialmente en el tórax y en el abdomen; pero no faltan los golpes en las piernas y en los brazos, e incluso en la cabeza, para que no hubiera un lugar de la piel sin dolor.

Y ni una queja siquiera… Si no estuviera sujetado por la cuerda, se caería. Pero ni se cae ni gime. Eso sí, la cabeza le pende –después de golpes y más golpes recibidos– sobre el pecho, como por desvanecimiento.

«¡Eh, para ya!»

grita un soldado, y, en tono de mofa:

«Que tienen que matarle estando vivo».

Los dos verdugos se paran y se secan el sudor.

«Estamos agotados» dicen. «Dadnos la paga, para poder echar un trago y así reponernos…».

«¡La horca os daría! En fin, tomad…»,

y un decurión arroja una moneda grande a cada uno de los dos verdugos.

«Habéis trabajado a conciencia. Parece un mosaico. Tito: ¿tú dices que era éste el amor de Alejandro[19]? Le daremos la noticia para que cumpla el luto. Le desatamos un poco, ¿Eh?».

30     Le desatan, y Jesús se derrumba como muerto. Le dejan ahí en el suelo, y de vez en cuando le golpean con el pie calzado con las cáligas para ver si gime. Pero El calla.

«¿Estará muerto? ¿Pero es posible? Es joven. Y artesano. Eso me han dicho… Parece una dama delicada».

«Déjalo de mi cuenta»

dice un soldado. Y le sienta con la espalda apoyada en la columna. Donde estaba, ahora hay grumos de sangre… Luego va a una pequeña fuente que gorgotea bajo el pórtico. Llena de agua un barreño y lo arroja sobre la cabeza y el cuerpo de Jesús.

«¡Así! A las flores les viene bien el agua».

Jesús suspira profundamente. Intenta levantarse. Pero todavía tiene los ojos cerrados.

«¡Eso es! ¡Bien! ¡Arriba, majo! ¡Que te espera la dama!…».

Pero Jesús inútilmente apoya en el suelo los puños intentando erguírse.

«¡Arriba! ¡Rápido! ¿Te sientes débil? Con esto te vas a reponer»

dice otro soldado con sonrisa socarrona. Y con el asta de su alabarda descarga un golpe en la cara de Jesús, dándole entre el pómulo derecho y la nariz, por donde empieza a sangrar.

Jesús abre los ojos, los vuelve. Es una mirada empañada… Mira fijamente al soldado que le ha golpeado. Se enjuga la sangre con la mano. Luego, con mucho esfuerzo, se pone de pie.

«Vístete. No es decente estar así. ¡Impúdico!».

Todos se ríen, en coro alrededor de El. El obedece sin decir nada. Pero, mientras se encorva –y sólo El sabe lo que sufre al agacharse, estando tan magullado y con esas llagas que al estirarse la piel se abren más todavía, y con otras que se forman al romperse las ampollas–, un soldado da una patada a la ropa y la disemina y cada vez que Jesús, tambaleándose, llega a donde ha caído la ropa, un soldado las echa en otra dirección. Y Jesús, sufriendo agudamente, sigue a la ropa sin decir una palabra, mientras los soldados se burlan de El en modo repugnante.

Por fin puede vestirse. Se pone también la túnica blanca, que estaba apartada y no se ha manchado. Parece querer ocultar su pobre túnica roja, que ayer mismo estaba tan bonita y ahora está ensuciada de porquerías y manchada por la sangre sudada en Getsemaní. Es más, antes de ponerse sobre la piel la túnica corta interior, se enjuga con ella la cara, que está mojada, limpiándola así de polvo y esputos. Y la pobre, santa faz, aparece limpia, sólo signada de moretones y pequeñas heridas. Se ordena también el pelo, que pendía desordenado, y la barba, por una innata necesidad de arreglo corporal.

Y luego se acurruca al sol. Porque tiembla mi Jesús… La fiebre empieza a serpear en El con sus escalofríos. Y también se pone de manifiesto la debilidad por la sangre perdida, el ayuno y el mucho camino andado.

31     Le atan de nuevo las manos. Y la cuerda sierra de nuevo en donde ya hay un rojo aro de piel levantada.

«¿Y ahora? ¿Qué hacemos con El? ¡Yo me aburro!».

«Espera. Los judíos quieren un rey. Vamos a dárselo. Ese…»

dice un soldado. Y sale raudo –sin duda, a un patio de detrás–. Vuelve con un haz de ramas de espino albar agreste, todavía flexible porque la primavera mantiene blandas las ramas, de espinas bien duras y aguzadas. Con la daga[20], quitan hojas y florecillas. Luego hacen un círculo con las ramas y lo acalcan en la pobre cabeza… Pero la bárbara corona penetra hasta el cuello[21].

«No va bien. Más pequeña. Quítasela».

La sacan, y, al hacerlo, arañan las mejillas –incluso con el peligro de cegar a Jesús– y arrancan cabellos. La hacen más pequeña. Ahora está demasiado estrecha y, aunque aprietan –hincando en la cabeza las espinas–, puede caerse. Otra vez afuera, arrancando más pelo. La modifican de nuevo. Ahora va bien. Delante hay un triple cordón espinoso; detrás, donde los extremos de las tres ramas se entrecruzan, hay un verdadero nudo de espinas que entran en la nuca.

«¿Ves qué bien estás! Bronce natural y rubíes puros. Mírate, rey, en mi coraza»

dice, burlón, el que ha ideado el suplicio.

«No es suficiente la corona para hacerle a uno rey. Se necesita la púrpura y el cetro. En el establo hay una caña y en la cloaca hay una clámide roja. Ve por ellas, Cornelio».

Y, cuando éste las trae, ponen el sucio trapajo sobre los hombros de Jesús y, antes de ponerle entre las manos la caña, le dan con ella en la cabeza, hacen reverencias y saludan:

604 4«¡Ave, rey de los Judíos!»,

 y se tronchan de risa. Jesús no les opone resistencia. Se deja sentar en el “trono” (un barreño colocado boca abajo, usado, sin duda, para dar de beber a los caballos), y se deja golpear y escarnecer, sin decir nada nunca. Solamente los mira… y es una mirada de una dulzura tan grande y de un dolor tan atroz, que no puedo mirar yo sin sentir mi corazón traspasado.

32     Los soldados concluyen el escarnio sólo cuando oyen la voz de un superior que ordena sea conducido el reo ante Pilato. ¡Reo! ¿De qué?

Sacan de nuevo a Jesús al atrio, cubierto ahora éste por un valioso entrecielo para el sol. Jesús tiene todavía la corona, la clámide y la caña.

«Acércate, para mostrarte al pueblo».

Jesús, ya quebrantado, se yergue con porte digno: ¡Oh, verdaderamente es un rey!

«Oíd, hebreos. Aquí está el hombre. Yo le he castigado. Pero ahora dejadle marcharse».

«¡No, no! ¡Queremos verle! ¡Que salga! ¡Queremos ver al blasfemo!».

«Traedle aquí afuera. Y atentos a que no le prendan».

Y mientras Jesús sale al vestíbulo y puede vérsele dentro del cuadrado formado por los soldados, Poncio Pilato le señala con la mano diciendo:

«He aquí al Hombre. A vuestro rey ¿No es suficiente todavía?».

El Sol de un día de bochorno llegado ya al medio de la tercia desciende casi perpendicular, encendiendo y resaltando miradas y caras: ¿son hombres esa gente? No: hienas hidrófobas. Gritan, muestran los puños, piden muerte…

Jesús está erguido. Y le aseguro que nunca tuvo esa nobleza de ahora. Ni siquiera cuando ejecutaba los más poderosos milagros. Nobleza de dolor. Tan divino, que bastaría para signarle con el nombre de Dios. Pero para pronunciar ese Nombre hay que ser, al menos, hombres, y Jerusalén hoy no tiene hombres, sólo demonios.

Jesús recorre con su mirada la muchedumbre y, en el mar de caras cargadas de odio, encuentra rostros amigos. ¿Cuántos? Menos de veinte amigos entre millares de enemigos… Y agacha la cabeza, bajo la impresión de este abandono. Una lágrima rueda… y otra… y otra… El ver su llanto no genera piedad; antes bien, un odio aún más sañudo.

33     De nuevo le llevan al atrio.

«¿Entonces? Dejadle marcharse. Es justicia».

« No. A muerte. Crucifica».

«Os doy a Barrabás».

«No. ¡Al Mesías!».

«Pues entonces pase a vuestras manos y crucificadle vosotros, porque yo no encuentro en El delito alguno para hacerlo».

«Se ha llamado Hijo de Dios. Nuestra ley establece la muerte para el reo de una blasfemia[22] como ésa».

Pilato está ahora pensativo. Vuelve a entrar. Se sienta en su pequeño trono. Pone, mientras escruta a Jesús, una mano en la frente, y el codo encima de la rodilla.

«Acércate»

dice. Jesús va hasta el pie de la tarima.

«¿Es verdad? Responde».

Jesús calla.

«¿De dónde vienes? ¿Quién es Dios?».

604 5«Es el Todo».

«Y… bueno, ¿y qué quiere decir “el Todo? ¿Qué es el Todo para uno que muere? Estás desquiciado… Dios no existe. Yo existo».

Jesús guarda silencio. Ha dejado caer la gran palabra y ahora de nuevo se viste de silencio.

34 «Poncio: la liberta de Claudia Prócula pide permiso para entrar. Tiene un escrito para ti».

«¡Domine! ¡Y ahora, además, las mujeres! Que pase».

Entra una romana. Se arrodilla mientras entrega una tablilla encerada. Debe ser la tablilla en que Prócula ruega a su marido que no condene a Jesús. La mujer se retira caminando hacia atrás mientras Pilato lee.

«Se me aconseja evitar el homicidio contra ti. ¿Es verdad que eres más que un arúspice? Me causas miedo».

Jesús guarda silencio.

«¿Pero no sabes que tengo poder para liberarte o para crucificarte?».

«No tendrías ningún poder, si no se te diera de arriba. Por eso el que me ha entregado a ti es más culpable que tú».

«¿Quién es? ¿Tu Dios? Tengo miedo…».

Jesús calla. Pilato está en ascuas. Quisiera y no quisiera. Teme el castigo de Dios, teme el de Roma, teme las venganzas judías. El miedo a Dios vence un momento. Va al extremo frontal del atrio y dice con voz potente:

«No es culpable».

«Si dices eso, eres enemigo de César. Quien se hace rey es su enemigo. Lo que quieres es liberar al Nazareno. Ya nos encargaremos de que lo sepa César».

Se apodera de Pilato el miedo al hombre.

«En definitiva, que queréis verle muerto, ¿no? Pues así sea. Pero no manche mis manos la sangre de este justo».

604 6Pide un balde y se lava las manos ante la presencia del pueblo, que parece ebrio de frenesí mientras grita:

«Sobre nosotros, sobre nosotros caiga su sangre; caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos. No la tememos. ¡A la cruz! ¡A la cruz!».

35     Poncio Pilato vuelve a su pequeño trono, llama al centurión Longino y a un esclavo. Manda a éste que le traiga una tabla. Sobre ésta apoya un cartel y en él manda escribir: «Jesús Nazareno, Rey de los Judíos[23]». Y lo muestra al pueblo.

«No. Eso no. No “Rey de los Judíos”. Sino que El se ha llamado rey de los Judíos».

Esto gritan muchos.

«Lo que he escrito, escrito está»

dice, duro, Pilato. Y, en pie, erguido, extiende la mano con la palma hacia delante y vuelta hacia abajo y ordena:

«Que vaya a la cruz. Soldado, ve, prepara la cruz». (Ibis ad crucem! I, miles, expedi crucem). Y baja sin siquiera volverse hacia la muchedumbre agitada, ni hacia el pálido Condenado. Sale del atrio… en cuyo centro se queda Jesús, custodiado por los soldados, esperando la cruz.

Reflexiones sobre la conducta de Pilatos para con Jesús.

10 de marzo de 1944, viernes.

36 Dice Jesús:

«Quiero ofrecer a tu meditación el punto que se refiere a mis encuentros con Pilato[24]. Juan –que, habiendo estado casi siempre presente, o por lo menos muy cercano, es el testigo y narrador más exacto– refiere cómo, una vez que salí de la casa de Caifás, fui conducido al Pretorio[25]. Y especifica “por la mañana temprano”. Efectivamente, has visto que apenas rayaba el alba. También especifica Juan que “ellos (los judíos) no entraron para no contaminarse[26] y poder comer la Pascua”.

Hipócritas como siempre, veían peligro de contaminarse en pisar el polvo de la casa de un gentil, pero no encontraban que fuera pecado matar a un Inocente; y con el corazón satisfecho con el delito cumplido, pudieron saborear aún mejor la Pascua.

Tienen también ahora muchos seguidores. Todos los que por dentro actúan mal y por fuera profesan respeto a la religión y amor a Dios son semejantes a ellos. ¡Fórmulas, fórmulas y no religión verdadera! Me producen repugnancia y desdén.

No entrando los judíos en la casa de Pilato, salió éste para oír lo que pasaba con la muchedumbre vociferante, y, siendo experto en el gobierno y en el juicio, con una sola mirada comprendió que el reo no era Yo, sino ese pueblo ebrio de odio. El encuentro de nuestras miradas fue recíproca lectura de nuestros corazones. Yo juzgué al hombre en lo que él era. El me juzgó a mí en lo que Yo era. Yo sentí compasión por él porque era un hombre débil; él sintió compasión de mí porque Yo era inocente. Trató de salvarme desde el primer momento. Y, dado que únicamente a Roma se defería y reservaba el derecho de ejercer la justicia hacia los malhechores, trató de salvarme diciendo: “Juzgadle según vuestra ley”.

37 Hipócritas por segunda vez, los judíos no quisieron emitir la condena. Es verdad que Roma tenía el derecho de justicia, pero cuando, por ejemplo, Esteban fue lapidado, Roma seguía imperando en Jerusalén, y ellos, a pesar de todo, sin preocuparse de Roma, definieron y consumaron el juicio y el suplicio. Conmigo, respecto a quien sentían no amor sino odio y miedo –no querían creer que fuera el Mesías, pero, por la duda de que lo fuera, no querían quitarme materialmente la vida– actuaron de forma distinta, y me acusaron de agitador contra el poder de Roma (vosotros diríais: “rebelde”) para conseguir que Roma me juzgara.

En su aula infame, y en muchas ocasiones durante los tres años de mi ministerio, me habían acusado de blasfemo y falso profeta, así que habría debido ser lapidado[27] por ellos, o, en todo caso, ejecutado. Pero en este caso, para no llevar a cabo materialmente el delito (por el cual sentían por instinto que habrían sido castigados), hacen que lo lleve a cabo materialmente Roma, acusándome de ser un malhechor y un rebelde.

Nada más fácil, cuando las muchedumbres están pervertidas y los jefes endemoniados, que acusar a un inocente, para apagar la sed de crueldad y de usurpación y quitar de en medio a quien representa un obstáculo y un juicio. Hemos vuelto a los tiempos de entonces. El mundo, cada cierto tiempo, después de una incubación de ideas perversas, estalla con estas manifestaciones de perversión. Como una inmensa gestante, la multitud, después de haber nutrido en su seno con doctrinas de fiera a su monstruo, lo pare para que devore. Para que devore, primero, a los mejores; luego, a ella misma.

38 Pilato entra de nuevo en el Pretorio y me dice que me acerque. Me hace preguntas. Ya había oído hablar de mí. Entre sus centuriones, había algunos que repetían mi Nombre con amor agradecido, con lágrimas en los ojos y sonrisa en el corazón, y hablaban de mí como de un benefactor. En sus informes al Pretor –solicitada su opinión sobre este Profeta que atraía hacia sí a las multitudes y predicaba una doctrina nueva en que se hablaba de un reino extraño, inconcebible para la mente pagana– habían respondido siempre que Yo era un hombre manso, bueno, que no buscaba honores de esta Tierra y que inculcaba y practicaba el respeto y la obediencia hacia las autoridades. Más sinceros que los israelitas, veían y testificaban la verdad.

El domingo anterior, él, atraído por el clamor de la muchedumbre, se había asomado a la calle y había visto pasar, montado en un jumento a un hombre desarmado, un hombre que iba bendiciendo, rodeado de niños y mujeres. Había comprendido con claridad que no entrañaba un peligro para Roma.

Quiere, pues, saber si Yo soy rey movido por su irónico escepticismo pagano, quiere reírse un poco de esa forma de regalidad que monta un asno, que tiene como cortesanos a niños descalzos y a mujeres sonrientes, a hombres del pueblo; de esta forma de regalidad que desde hace tres años predica el desapego por las riquezas y el poder, y que no habla de otras conquistas sino de las de espíritu y alma. ¿Qué es el alma para un pagano? Ni siquiera sus dioses tienen un alma. ¿Podrá tenerla el hombre? Ahora también este rey sin corona, sin palacio, sin corte, sin soldados, le repite que su reino no es de este mundo. Tan verdadero es eso, que ningún ministro se levanta en defensa de su rey, ningún soldado interviene para arrancarlo de las manos de sus enemigos.

Pilato, sentado en su sitial, me escudriña porque para él soy un enigma. Si hubiera liberado su alma de las preocupaciones humanas, de la soberbia del cargo, del error del paganismo, habría comprendido en seguida quién era Yo. Mas ¿cómo podrá la luz penetrar en donde demasiadas cosas ocluyen las aperturas para que entre?

39 Siempre ha sido así, hijos. También ahora. ¿Cómo pueden entrar Dios y su luz en un lugar donde no hay espacio para ellos y las puertas y ventanas están trancadas y defendidas por la soberbia, la humanidad, el vicio, la usura, y por muchos, muchos guardianes al servicio de Satanás contra Dios?

Pilato no puede entender qué reino es este reino mío. Y no pide –y esto es doloroso– que Yo se lo explique. Ante mi invitación a que conozca la Verdad, él, el indomable pagano, responde: “¿Qué es la verdad?”, permitiendo que se zanje la cuestión encogiéndose de hombros.

¡Oh hijos, hijos míos! ¡Oh mis Pilatos de ahora! También vosotros, como Poncio Pilato, dejáis que se zanjen las cuestiones más vitales encogiéndoos de hombros. Os parecen cosas inútiles, superadas. ¿Qué es la Verdad? ¿Dinero? No. ¿Mujeres? No. ¿Poder? No. ¿Salud física? No. ¿Gloria humana? No. Entonces, mejor olvidarse; no merece la pena correr tras una quimera. Dinero, mujeres, poder, buena salud, comodidades, honores: éstas son cosas concretas, útiles, cosas apetecibles y que merece la pena alcanzar cueste lo que cueste. Razonáis así. Y, peor que Esaú[28], trocáis los bienes eternos por un alimento de baja calidad que perjudica a vuestra salud física y os daña en orden a la salud eterna.

¿Por qué no persistís en preguntar: “¿Qué es la Verdad?” Ella, la Verdad, sólo pide darse a conocer para instruiros sobre sí. Está frente a vosotros como frente a Pilato, y os mira con ojos de amor suplicante implorándoos: “Pregúntame. Te instruiré”.

¿Ves cómo miro a Pilato? Igual os miro a todos vosotros. Y, si tengo mirada de sereno amor para el que me ama y solicita mis palabras, tengo miradas de amor doliente para aquel que no me ama, no me busca, no me escucha. Pero amor, en todo caso amor, porque el Amor es mi naturaleza.

40 Pilato me deja donde estoy y no sigue interrogándome. Va a los malvados, que se hacen oír más y se imponen con su violencia. Y este hombre mísero, que no me ha escuchado a mí y que con un gesto de encogerse de hombros ha rechazado mi invitación a conocer la Verdad, los escucha a ellos. Escucha a la Mentira. La idolatría, bajo cualquier forma en que se presente, siempre tiende a venerar y a aceptar a la Mentira, como quiera que se presente. Y la Mentira, aceptada por un débil, conduce al débil al delito.

También Pilato a las puertas del delito quiere salvarme, una vez, dos veces. Es entonces cuando me manda a Herodes. Bien sabe que el rey astuto, que se mueve entre dos aguas, Roma y su pueblo, actuará de un modo que no perjudicará a Roma y que no significará un choque con el pueblo hebreo. Pero, como todos los débiles, aplaza unas horas esa decisión para la que no se ve con fuerzas, esperando que la agitación plebeya se calme.

Yo dije[29]: “Que vuestro lenguaje sea: sí, sí; no, no”[30]. Pero él no lo ha oído, o, si alguien se lo ha repetido, ha vuelto, como de costumbre, a encogerse de hombros. Para vencer en el mundo, para obtener honores y lucro, hay que saber hacer del un no, o del no un , según lo que aconseje el buen sentido (lee: sentido humano).

¡Cuántos, cuántos Pilatos tiene el siglo veinte! ¿Dónde están los héroes del cristianismo que decían “sí”, constantemente “sía la Verdad y por la Verdad, y “no”, constantemente “no” por la Mentira? ¿Dónde están los héroes que saben afrontar el peligro y los acontecimientos con fortaleza de acero y serena prontitud, sin dejar las cosas para otro momento, porque el Bien debe cumplirse en seguida y del Mal hay que alejarse inmediatamente, sin ningún “pero” y sin ningún “si”?

41 Cuando regreso del palacio de Herodes, se produce el nuevo paliativo de Pilato: la flagelación. ¿Cuál era la esperanza de Pilato? ¿No sabía que la masa es una fiera que en cuanto empieza a ver la sangre se vuelve más feroz? Pero Yo debía ser quebrantado para expiar vuestros pecados de la carne. Y me quebrantan. No habrá en todo mi cuerpo un lugar que no reciba golpes. Soy el Hombre de que habla Isaías[31]. Y al suplicio ordenado se añade el no ordenado, el creado por la crueldad humana, el de las espinas.

604 8¿Veis, hombres, a vuestro Salvador, a vuestro Rey, coronado de dolor para liberar vuestra cabeza de los muchos pensamientos pecaminosos que en ella se incuban? ¿No pensáis qué dolor sufrió mi cabeza inocente por pagar por vosotros, por vuestros cada vez más atroces pecados de pensamiento que se transforman en acción? Vosotros, que os sentís ofendidos incluso sin motivo, mirad al Rey ultrajado –y es Dios–, con su sarcástico manto de púrpura desgarrada, con el cetro de caña y la corona de espinas.

Es ya un moribundo y le siguen abofeteando con las manos y las burlas. Y ni siquiera os compadecéis de El. Como los judíos, seguís mostrándome los puños y gritando: “¡Fuera, fuera, no tenemos más Dios que a César!”. ¡Oh, idólatras que no adoráis a Dios sino que os adoráis a vosotros mismos y adoráis al que puede más entre vosotros! No aceptáis al Hijo de Dios. No os ayuda en vuestros delitos. Más servicial es Satanás; aceptáis, por tanto, a Satanás. Del Hijo de Dios tenéis miedo. Como Pilato. Y, cuando sentís que se cierne sobre vosotros con su poder, que rebulle en vosotros con la voz de la conciencia que en su nombre os censura, preguntáis como Pilato: “¿Quién eres?”.

Sabéis quién soy. Incluso los que me niegan saben que existo y saben quién soy. No mintáis. Veinte siglos están en torno a mí y os ilustran acerca de quién soy, y os instruyen acerca de mis prodigios. Es más perdonable Pilato. No vosotros, que disponéis de una herencia de veinte siglos de cristianismo para sostener vuestra fe, o para inculcárosla, y no queréis saber nada de ello. Y fui más severo con Pilato que con vosotros. No respondí. Con vosotros, sin embargo, hablo. Y, no obstante, no consigo convenceros de que soy Yo y de que me debéis adoración y obediencia.

Ahora también, como entonces, me acusáis de ser Yo la causa de mi propio fracaso en vosotros porque no os escucho. Decís que perdéis la fe por esto. ¡Embusteros! ¿Dónde tenéis la fe? ¿Dónde, vuestro amor? ¿Cuándo, pero cuándo, oráis y vivís con amor y fe? ¿Sois personas importantes? Recordad que lo sois porque Yo lo permito. ¿Sois personas anónimas en medio de la masa? Recordad que no hay otro Dios aparte de mí. Ninguno está por encima de mí, ninguno me precede. Dadme pues ese culto de amor que me corresponde y Yo os escucharé, porque dejaréis de ser bastardos para ser hijos de Dios.

42 Y ahí tenéis el último intento de Pilato para salvarme la vida, supuesto que pudiera salvarla después de la despiadada e ilimitada flagelación. Me presenta a la multitud: “¡Aquí tenéis al Hombre!”. A él, humanamente, le inspiro compasión. Espera en la compasión colectiva. Pero, ante la dureza que resiste y la amenaza que avanza, no sabe llevar a cabo un acto sobrenaturalmente justo, y, por tanto, bueno, diciendo: “Le libero porque es inocente. Vosotros sí sois culpables. Y si no disolvéis el tumulto conoceréis el rigor de Roma”. Esto es lo que habría debido decir, si hubiera sido un justo; sin calcular el futuro mal que ello le hubiera acarreado.

Pilato es un falso bueno. Bueno es Longino, el cual, menos poderoso que el Pretor, y menos protegido, en medio de la calle, rodeado de pocos soldados y de una multitud enemiga, se atreve a defenderme, a ayudarme, a concederme descansar y tener el consuelo de las mujeres compasivas y ser ayudado por el Cireneo y, en fin, tener a mi Madre al pie de la Cruz. Longino fue un héroe de la justicia y vino a ser, por esto, un héroe de Cristo[32].

Sabed, hombres que os preocupáis sólo de vuestro bien material, que incluso respecto a éste vuestro Dios interviene cuando os ve fieles a la justicia, que es emanación de Dios. Yo premio siempre a quien actúa con rectitud. Defiendo a quien me defiende. Le amo y le socorro. Sigo siendo Aquel que dijo[33]: “El que dé un vaso de agua en mi nombre recibirá recompensa”[34]. A quien me da amor, agua que calma la sed de mi labio de Mártir divino, le doy a mí mismo como don, y ello significa protección y bendición».

[1] 1 Cfr. Mt. 26, 57 – 27, 31; Mc. 14, 53 – 15, 20; Lc. 22, 54 – 23, 25; Ju. 18, 1 – 19, 16.

[2] 2 se trata de un cierto Jacob, curado por Jesús en 374.7/9. El hijo del siguiente párrafo es Samuel, desleal a Analía, encontrado en 374.5/6 y en 375.6/9. El presente capítulo de la Pasión fue escrito antes, como puede constatarse no sólo por las fechas, sino también por la observación de MV en 374.10.

[3] 3 Cfr. Lev. 13 y 14 en todo lo que se refiere al leproso y su curación.

[4] 4 Referente al agua lustral cfr. Núm. 19, 17–22; a los sacrificios, sobre todo Lev. 1–7 y casi todo el libro; en relación a Jesús y como en síntesis hablando de Jesús: Hebr. 8–9.

[5] 5 Cfr. Gén. 3.

[6] 6 en 126.10.

[7] 7 Secta religiosa de los tiempos de Jesús, se caracterizaban por una observancia exterior muy meticulosa, más que de los fariseos. Formaban una especie de confraternidad religiosa muy espiritual y severa. Cfr. Dizionario Biblico, de Francesco Spadafora, Roma, Studium, 1957, pág. 223.

[8] 8 Eran otra secta, semejante a los esenios, más rigurosa que la de los fariseos. Formaban una sociedad que, nacida en Palestina, se había establecido en Damasco cerca de un siglo antes de Jesús. Cfr. Dizionario Biblico…, pág. 174.

[9] 9 Cfr. Ex. 20, 1–17; Deut. 5, 1–22.

[10] 10 Cfr. Dan. 9–12.

[11] Cfr. Ex. 28; 39, 1–31.

[12] 12 Alusión tal vez a Is. 41, 8–16; Jer. 15, 5–9. Cfr. Mt. 3, 11–12; Lc. 3, 15–18.

[13] 13 Las insignias militares romanas se componían de águilas con las alas desplegadas y la sigla S(enatus), P(opulus), Q(ue),

R(omanus) que en romance significan: El Senado y el Pueblo romanos.

[14] 14 Isaías 30, 27–33.

[15] 15 Para el título de pretor cfr. Mt. 27, 27–31; Mc. 15, 16–20; Ju. 18, 28 – 19, 11; Hech. 23, 23–35; Flp. 1, 12–14; para el de procónsul: Hech. 13, 2–12; 18, 12–17; 19, 23–40; para el de procurador: Lc. 3, 1–2, texto importante. Con estos títulos se desiganaba al gobernador de una provincia del imperio romano, con poderes militares, civiles y judiciarios. Era, pues, el jefe del ejército compuesto de cinco cohortes con cerca de tres mil soldados. Una de las cohortes estaba acuartelada en Jerusalén. El gobernador exigía los tributos por medio de los publicanos; ejercía el poder judicial, con derecho de condenar a muerte (jus gadii), que no tenía el Sanedrín. La residencia del gobernador, sede también del tribunal, se llamaba pretorio. Pilatos fue procurador de Judea, Idumea y Samaria del a. 26 al 36 después de Cristo. El Tetrarca: cfr. Mt. 14, 1–2; Lc. 3, 1–2. 19–20; 9, 7–9; Hech. 13, 1, que los evangelios vulgarmente llaman Rey (cfr. Mt. 2, 1–12; Mc. 6, 14–29; Lc. 1, 5; Hech. 12, 25–26) era el jefe de una de las regiones (originalmente: cuatro) de que se componía una provincia del imperio romano. Herodes Antipas, hijo de Herodes el Grande, fue tetrarca de Galilea y Perea desde el a. 4 antes de Cristo hasta el 39 después de Cristo. Cfr. Enciclopedia Cattolica, para las palabras: pretorio, procurador, tetrarca

[16] 16 Los que adoraron a Jesús recién nacido, y luego, según esta Obra, le siguieron siendo fieles.

[17] 17 Respecto de la flagelación conforme la Biblia trae, cfr. Deut. 25, 1–3 (no más de 40 golpes); 3 Rey. 12, 1–20 (flagelo con puntas de hierro); 2 Mac. 7; 2 Cor. 11, 23–27 (39 golpes). Tratándose de esclavos, los romanos no tenían número determinado

[18] 18 Tocante a la forma (altitud, etc.) de la Columna de la Flagelación de Jesús, cfr. E. Power, Flagellation, en Dictionnaire de la Bible, Suplément, tom. II, París 1934, col 60–67; C. Testore E. Lavagnino, Colonnia Della flagellazione, en Enciclopedia Católica, vol. V, Cittá del Vaticano, 1950, col 1441–1443. Power, después de haber enumerado las diversas columnas o troncos de columnas que hay en diversos lugares y que se dicen haber sido sobre los cuales Jesús fue azotado, escribe del siguiente modo, refiriéndose a la “pequeña” conservada desde el siglo XIII en Roma en la Iglesis de s. Práxedes: “Es muy pequeña para que hubiera servido para inmovilizar el cuerpo del reo el cual tenía las manos atadas en alto y los pies abajo, y de este modo se le ligaba a la columna”. Por tanto, según Power y la presente Obra, la columna era más que el que era sujetado a la flagelación.

[19] 19 soldado romano encontrado en 86 y en 115, recordado en 204.3 y en 461.19

[20] 20 Arma afilada por ambos lados, más larga que una espada

[21] 21 Referente a las Santas espinas o Corona de espinas, cfr Moroni, op. cit., vol. 68, pág. 285–289. Respecto a las 2 espinas conservadas en Roma, en la iglesia de la S. Cruz, llamada, en Jerusalén, cfr. bedini, op. cit., p. 58–60.

[22] Cfr. Lev. 24, 10–23; y léase atentamente Ju. 10, 22–39.

[23] 23 Cfr. Moroni, op. cit. vol. 75, pág. 253–256; Bedini, op. cit. pág. 47–53. El “Título auténtico es tal vez el que se conserva en Roma, en la Iglesia de Sta. Cruz en Jerusalén.

[24] 24 Cfr. Ju. 18, 28 – 19, 22 y también Mt. 27, 11–38; Mc. 15, 1–27; Lc. 23, 2–25

[25] 25 Tribunal del procurador romano.

[26] 26 Cfr. Hech. 11, 1–10.

[27] 27 Cfr. Lev. 24, 1–16.

[28] 28 Cfr. Gén. 25, 29–34.

[29] 29 en 172.4

[30] 30 Cfr. Mt. 5, 37; 2 Cor. 1, 12–22

[31] 31 Cfr. Is. 52, 13 – 53, 12.

[32] 32 La presente Obra al llamar “Longinos” (=lanza) al centurión romano encargado de la crucifixión, que evitó el crurifragio, el cortar las piernas, que traspasó el pecho de Jesús, y al afirmar que sobresalió por su rectitud en el servicio, bondad del corazón, conversión pronta, clara profesión de fe en la divinidad del Salvador, no hace sino concordar con los evangelios en algunos puntos, y con una antigua tradición, común a las Iglesias de Oriente y Occidente en algunos rasgos. Cfr. Mt. 27, 54; Mc. 15, 39, 42–45; Lc. 23, 47–48; Ju. 19, 31–37. Además, cfr. S. Gregorio Niseno (segunda mitad del s. IV), Ep. 17, en Patrología Griega, tom. 45, col. 1063–1064; Acta Sanctorum Martii, tom. II, dies 15, Venetiis 1735, p. 372–390; Acta Santorum Novembris, ‘Propylaeum, Synaxarium, Ecclesiae Constantinopolitanae, 16 de Octubre, Bruxellis, 1902, col. 141–144; Acta Santorum Novembris, tom II, pars posterior, Commentarius perpetuus in Martyrilogium Hieronymianum, Bruxellis, 1931, pág. 146 (15 Martii), p. 568 (23 Octobris) p. 614 (22 Noviembre); Acta Sanctorum Decembris, Propylaeum, martyrologium Romanum, dies 15 Martii, Bruxellis 1940, p. 97–98; Enciclopedia Católica, Cittá del Vaticano, tomo VII, 1951, col. 1515.

[33] en 265.13

[34] Cfr. Mt. 10, 42; Mc. 9, 41

8, 15 y 29/11/2015 Evangelios según San Marcos 12,38-44. ;13,24-32 y San Lucas 21,25-28.34-36.

XXXII Domingo del tiempo ordinario B
Santo(s) del día : Beato Juan Duns Scoto
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Lecturas

XXXIII Domingo del tiempo ordinario B

Santo(s) del día : San Alberto Magno,  San Roque Gonzalez,  San Félix de Nola,  Beata Isabel Achler
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Primero Domingo de Adviento

Santo(s) del día : San Saturnino de Tolosa,  Beata María Magdalena ,  saint
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Lecturas

En el capitulo 596 se encuentran los pasajes de estos dos domingos consecutivos. En el primero sobre los escribas y el óbolo de la viuda, y el siguiente donde Jesús nos habla del fin de los tiempos, de los signos que precederán su segunda venida, hacia el final del capitulo 596 a partir del verso 44, que también cita Lucas en el primer domingo de Adviento.

Preparación para la Pasión de Jesús

596. Miércoles santo[1]. El mayor de los mandamientos y el óbolo de la viuda. Los discursos sobre los escribas y fariseos, sobre el Templo nuevo, sobre los últimos tiempos.

2 de abril de 1947.

1       Jesús –todo blanco hoy con su túnica de lino– entra en el Templo, que tiene aún más gente que en los días precedentes. Hace bochorno. Va al Atrio de los Israelitas, a adorar, y luego a los pórticos, seguido por mucha gente. Otros ya han cogido los mejores lugares, bajo los pórticos, y son, por lo general, gentiles, los cuales, no pudiendo superar el primero patio, no pudiendo ir más allá del Pórtico de los Paganos, han aprovechado el hecho de que los hebreos han seguido a Cristo para tomar posiciones favorables.

Pero un grupo muy numeroso de fariseos los descompagina –siempre se muestran igualmente arrogantes– abriéndose paso con desconsideración para acercarse a Jesús, que está inclinado hacia un enfermo. Esperan a que lo cure, luego le mandan a un escriba para que le haga unas preguntas.

Verdaderamente había habido antes entre ellos una breve disputa, porque quería haber ido uno, Joel llamado Alamot, a preguntarle al Maestro. Pero un fariseo se había opuesto, sostenido por los otros, que decían:

-«No. Sabemos que estás de la parte del Rabí, aunque sea secretamente; deja que vaya Urías…».

-«Urías no»

había dicho otro escriba, joven, al que no he visto nunca.

-«Urías habla demasiado bruscamente. Haría que la gente se agitara. Voy yo».

Y sin prestar oídos ya a las protestas de los otros, se había acercado al Maestro, justo en el momento en que Jesús estaba despidiendo al enfermo con estas palabras:

-«Ten fe. Estás curado. Esta fiebre y este dolor no volverán nunca».

-«Maestro, ¿cuál es el mayor de los mandamientos de la Ley?».

Jesús, que le tenía a sus espaldas, se vuelve y le mira. Una luz tenue de sonrisa ilumina su rostro. Luego levanta la cara –tenía la cabeza algo agachada, pues el escriba es de baja estatura y además está inclinado en actitud reverente– y recorre con su mirada la multitud; se fija en el grupo de los fariseos y doctores y descubre la cara pálida de Joel, semiescondido tras un grueso fariseo envuelto en su pomposo manto.

Su sonrisa se acentúa. Es como una luz que vaya a acariciar al escriba honesto. Luego baja de nuevo la cabeza y mira a su interlocutor. Responde:

-«El primero de todos los mandamientos es:

“Escucha, Israel[1]: el Señor Dios nuestro es el único Señor. 2 Amarás al Señor Dios tuyo con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas”.

Este es el primero y supremo mandamiento. El segundo es semejante a éste, es:

“Amarás a tu prójimo como a ti mismo”[2]. No hay mandamientos mayores que éstos, que encierran toda la Ley y los Profetas».

-«Maestro, has respondido con sabiduría y verdad. Así es. Dios es Unico y no hay otro dios aparte de El. Amarle con todo el propio corazón, con toda la propia inteligencia, con toda el alma y todas las fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo vale mucho más que cualquier holocausto y sacrificio. Pienso mucho en esto cuando medito las palabras davídicas: “No te agradan los holocaustos; el sacrificio a Dios consiste en un espíritu contrito”[3]».

-«No estás lejos del Reino de Dios porque has comprendido cuál es el holocausto que agrada a Dios».

-«¿Pero cuál es el holocausto más perfecto?»

pregunta rápidamente y en voz baja el escriba, como si estuviera diciendo un secreto.

Jesús resplandece de amor dejando caer esta perla en el corazón de este que se abre a su doctrina, a la doctrina del Reino de Dios, e, inclinado hacia él, dice:

-«El holocausto perfecto es amar como a nosotros mismos a aquellos que nos persiguen, y no tener rencores. El que hace esto poseerá la paz. Está escrito[4]: “…los mansos poseerán la Tierra y gozarán de la abundancia de la paz”. En verdad te digo que el que sabe amar a sus enemigos alcanza la perfección y posee a Dios».

3       El escriba le saluda con deferencia y regresa a su grupo, que, en voz baja, le censura por haber alabado al Maestro, y con ira le dicen:

-«¿Qué le has preguntado en secreto? ¿No será que también te ha seducido a ti?».

-«He sentido al Espíritu de Dios hablar por su boca».

-«Eres un necio. ¿Es que crees que es el Cristo?».

-«Creo que lo es».

-«¡En verdad, dentro de poco veremos vacías de nuestros escribas nuestras escuelas, y los veremos ir errabundos detrás de ese Hombre! ¿Pero dónde ves en El al Cristo!».

-«¿Dónde?, no lo sé. Sé que siento que es El».

-«¡Loco!».

Le vuelven, inquietos, las espaldas.

Jesús ha observado el diálogo, y, cuando los fariseos pasan por delante de El en grupo compacto para marcharse inquietos, los llama y dice:

-«Escuchadme. Quiero preguntaros una cosa. Según vosotros, ¿qué os parece?, ¿de quién es hijo el Cristo?».

-«Será hijo de David»

le responden, remarcando el “será”, porque quieren hacerle comprender que para ellos El no es el Cristo.

-«¿Y cómo, entonces, David, inspirado por Dios, le llama Señor diciendo[5]: “Dijo el Señor a mi Señor: ‘Siéntate a mi derecha hasta que ponga a tus enemigos como escabel para tus pies’ “? Si, pues, David llama al Cristo “Señor”, ¿cómo el Cristo puede ser su hijo?».

No sabiendo qué responderle, se alejan rumiando su veneno.

4       Jesús se cambia de sitio. Estaba en un lugar ahora completamente invadido por el sol; ha ido más allá, donde las bocas del Tesoro, junto a la sala del gazofilacio. Este lado, todavía en la sombra, está ocupado por rabíes que arengan con grandes gestos dirigidos a sus oyentes hebreos, los cuales van aumentando con el paso de las horas, como también va aumentando continuamente la gente que afluye al Templo.

Los rabíes se esfuerzan en demoler con sus discursos las enseñanzas que Cristo ha dado en los días precedentes o esa misma mañana. Y, a medida que ven que aumenta la muchedumbre de los fieles, más alzan la voz. En efecto, este lugar, aunque sea muy grande, pulula de gente que va y viene en todas las direcciones…

5       Me dice Jesús:

«Introduce aquí la visión del óbolo de la viuda (19 de junio de 1944) corregida de la forma que te indicaré» (como he corregido[6] ya en la copia mecanografiada que he devuelto).

Luego continúa la visión.

19 de junio de 1944.

596 26 Hoy y con insistencia, no antes, veo aparecer la siguiente visión.

Al principio veo sólo patios y pórticos, que reconozco que son del Templo. Veo también a Jesús, tan solemne con su túnica de color rojo vivo y manto también rojo, más obscuro, que parece un emperador. Está apoyado en una enorme columna cuadrada que sostiene un arco del pórtico.

Me mira fijamente. Me pierdo mirándole, gozándome en El, al que hacía dos días que ni veía ni oía. La visión dura así un tiempo largo. Mientras está siendo así, no la transcribo, porque es gozo mío. Pero ahora que veo animarse la escena comprendo que hay otras cosas y escribo.

El lugar se va llenando de gente que va y viene en todas las direcciones. Hay sacerdotes y fieles, hombres, mujeres y niños. Unos pasean, otros están parados escuchando a los doctores, otros se dirigen a otros lugares –quizá de sacrificio– tirando de corderitos o llevando palomas.

Jesús está apoyado en su columna. Mira. No habla. Incluso en dos ocasiones en que los apóstoles le han hecho unas preguntas ha hecho gesto de negación, pero no ha hablado. Observa atentísimo. Por la expresión, parece juzgar a los que mira. Su mirada y toda su cara me recuerdan el aspecto que le vi en la visión del Paraíso cuando juzgaba a las almas en el juicio particular. Ahora, naturalmente, es Jesús, Hombre; allí era Jesús glorioso, así que más solemne aún. Pero la mutabilidad del rostro, que observa fijamente, es igual. Está serio, escrutador. Pero si algunas veces refleja una severidad que haría temblar al más descarado, otras se le ve tan dulce –dulzura que es tristeza sonriente–, que parece acariciar con la mirada.

7       Parece no oír nada. Pero debe escuchar todo, porque cuando, de entre un grupo que está separado por bastantes metros y recogido alrededor de un doctor, se alza una voz nasal que proclama:

-«Más que cualquier otro precepto, vale éste: todo lo que es para el Templo debe ir al Templo. El Templo está por encima del padre y la madre, y si alguno quiere dar a la gloria del Señor todo aquello que le sobre puede hacerlo, y será bendecido por ello, porque no hay ni sangre ni afecto que sean superiores al Templo»,

entonces El vuelve lentamente la cabeza en aquella dirección y mira con una cierta expresión… que no querría que fuera para mí.

Parece mirar en general. Pero cuando un viejecito tembloroso va a empezar a subir los cinco escalones de una especie de terraza próxima que parece conducir a otro patio más interior, y apoya el bastoncito y casi se cae al trabarse en la propia túnica, Jesús le tiende su largo brazo y le sujeta, y no le deja hasta que le ve en seguro. El viejecito levanta la rugosa cabeza y mira a su alto salvador susurrando una palabra de bendición. Jesús le sonríe y le hace una caricia en la cabeza semicalva. Luego vuelve a su columna, a apoyarse en ella, de la cual se separa otra vez para levantar a un niño que se ha soltado de la mano de su madre y ha caído de bruces contra el primer escalón, justo a sus pies, y que llora. Le levanta, le acaricia, le consuela. La madre, azarada, da las gracias. Jesús le sonríe también a ella y le da el niño.

Pero no sonríe cuando pasa un pomposo fariseo; tampoco cuando pasan en grupo escribas y otros que no sé quiénes son. Este grupo saluda con exagerados gestos con los brazos y exageradas reverencias. Jesús los mira tan fijamente, que parece perforarlos; saluda, pero sin abierta expresividad; su expresión es severa.

 También a un sacerdote que viene –y debe ser un pez gordo porque la gente se hace a un lado y saluda, y él pasa pomposo como un pavo– Jesús le mira largamente: es una mirada de tales características, que el sacerdote, aun estando lleno de soberbia, agacha la cabeza; no saluda, pero no resiste su mirada.

8       Jesús deja de mirarle para observar a una pobre mujercita vestida de marrón obscuro, que sube tímida los escalones y se dirige hacia una pared en que hay como unas cabezas de león con la boca abierta, u otros animales parecidos. Muchos van en esa dirección, y Jesús parecía no haberles hecho caso. Ahora sigue el camino de la mujer. Sus ojos la miran compasivos y se llenan de dulzura cuando ve que alarga una mano y echa algo en la boca de piedra de uno de esos leones. Y cuando la mujercita, retirándose, le pasa cerca, dice:

-«La paz a ti, mujer».

Ella, sorprendida, alza la cabeza y muestra azoramiento.

-«La paz a ti»

repite Jesús.

«Ve. El Altísimo te bendice».

La pobrecita se queda extática. Luego susurra un saludo y se marcha.

-«Es feliz en medio de su infelicidad»

dice Jesús saliendo de su silencio.

-«Ahora es feliz porque la bendición de Dios la acompaña».

9

-«Oíd, amigos, y vosotros que estáis aquí cerca de mí. ¿Veis a esa mujer? Ha dado sólo dos monedas, una cantidad que no es suficiente para comprar la comida de un pájaro enjaulado, y, a pesar de ello, ha dado más que todos los que han echado su donativo en el Tesoro desde la apertura del Templo, al rayar el alba. Oíd. He visto a muchos ricos meter en esas bocas dinero suficiente como para darle de comer a ella durante un año y para revestir su pobreza, que es decente solamente por su limpieza. He visto a ricos meter con visible satisfacción, allí dentro, sumas que hubieran podido saciar el hambre de los pobres de la Ciudad Santa durante uno o varios días y hacerles bendecir al Señor. Más os digo en verdad que ninguno ha dado más que ésta. Su óbolo es caridad; lo otro, no. Lo suyo es generosidad; lo otro, no. Lo suyo es sacrificio; lo otro, no. Hoy esa mujer no comerá, porque ya no le queda nada. Antes tendrá que trabajar para ganar algo y así poder dar un pan a su hambre. No tiene a sus espaldas ni riquezas ni familiares que ganen por ella. Está sola. Dios se le ha llevado padres, marido e hijos; y también el poco bien que ellos le habían dejado (esto, más que Dios, se lo han arrebatado los hombres, esos hombres que ahora con gestos ampulosos, ¿veis?, siguen echando allí lo superfluo, de lo cual mucho ha sido sonsacado con usura de las pobres manos de los débiles y hambrientos).

10 Dicen que no hay ni sangre ni afectos que sean superiores al Templo y así enseñan a no amar al prójimo. Yo os digo que por encima del Templo está el amor. La ley de Dios es amor y quien no tiene piedad para el prójimo no ama. El dinero superfluo, el dinero manchado con el fango de la usura, del desprecio, de la dureza de corazón, de la hipocresía, no canta la alabanza a Dios ni atrae hacia el donador la bendición celeste. Dios lo repudia. Enriquece esta caja, pero no es oro para el incienso:

es fango que os sumerge, Oh ministros, que no servís a Dios sino a vuestros intereses; es lazo que os estrangula, doctores, que enseñáis una doctrina vuestra; es veneno que os corroe, fariseos, ese resto de alma que todavía tenéis. Dios no quiere las cosas que sobran. No seáis Caínes[7]. Dios no quiere el fruto de la dureza del corazón. Dios no quiere lo que alzando voz de llanto dice: “Debía saciar a un hambriento, pero le ha sido negado a él para crear pompa aquí dentro; debía ayudar a un padre anciano, a una madre caduca, y ha sido negada porque esa ayuda no habría sido conocida por la gente y debo emitir mi sonido para que el mundo vea al donador”.

No, rabí que enseñas que ha de darse a Dios todo lo que sobra, y que es lícito denegar al padre y a la madre para dar a Dios. El primer precepto es: “Ama a Dios con todo tu corazón, tu alma, tu inteligencia, tu fuerza”. Por tanto, no es lo superfluo, sino lo que es sangre nuestra, lo que hay que darle, amando sufrir por El. Sufrir, no hacer sufrir. Y, si dar mucho cuesta –porque despojarse de las riquezas no gusta y el tesoro es el corazón del hombre, vicioso por naturaleza–, precisamente porque cuesta hay que dar. Por justicia, porque todo lo que uno tiene lo tiene por bondad de Dios; por amor, porque es prueba de amor amar el sacrificio para dar alegría al amado. Sufrir por ofrecer. Pero, repito, sufrir; no, hacer sufrir. Porque el segundo precepto dice: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”[8]. Y la ley especifica que después de Dios los padres son el prójimo a quienes estamos obligados a honrar y ayudar.

11 Por lo cual, os digo, en verdad, que aquella pobre mujer ha comprendido la Ley mejor que los sabios y está más justificada que todos los demás; y bendecida, porque en su pobreza ha dado a Dios todo, mientras que vosotros dais lo que os es superfluo, y lo dais para crecer en la estima de los hombres. Sé que me odiáis porque hablo así.

Pero mientras esta boca pueda hablar hablará de esta manera. Unís a vuestro odio hacia mí el desprecio hacia la pobrecita a la que Yo alabo. Pero no penséis que haréis de estas dos piedras un doble pedestal para vuestra soberbia: serán la muela que os triturará.

Vámonos. Dejemos que las víboras se muerdan, aumentando así su veneno. Los que tengan corazón puro, bueno, humilde, contrito, y quieran conocer el verdadero rostro de Dios, que me sigan».

12 Dice Jesús:

-«Y tú, a quien nada te queda porque todo me lo has dado, dame estas dos últimas monedas. Frente a lo mucho que has dado parecen, a los ojos de los extraños, nada. Pero para ti, que no tienes nada aparte de ellas, son todo. Ponlas en la mano de tu Señor. Y no llores. O, al menos, no llores sola. Llora conmigo, que soy el Único que puede comprenderte y que te comprende sin calígines de humanidad, que para la verdad son siempre interesados velos».

 [2 de abril de 1947]

13     Apóstoles, discípulos y numerosa gente le siguen, en grupo compacto, mientras El regresa al lugar del primer cerco, que está casi resguardado por la muralla del Templo, al lugar que conserva un poco de frescor (y es que este día se siente un fuerte bochorno). Allí, estando la tierra revuelta por las pezuñas de los animales, y sembrada de piedras que han servido a los mercaderes y cambistas para sujetar sus recintos y sus toldos, allí no están los rabíes de Israel, los cuales permitían que en el Templo se montara un mercado, pero sentían repulsa de llevar las suelas de sus sandalias a  los lugares donde malamente estaban canceladas las huellas de los cuadrúpedos que apenas unos días antes habían sido desalojados de allí…

Jesús no siente esta repulsa, y allí se refugia, dentro de un círculo denso de oyentes. Pero, antes de hablar, llama a sus apóstoles y les dice:

-«Venid y escuchad bien. Ayer queríais saber muchas de las cosas que voy a decir ahora. A ellas aludí vagamente mientras descansábamos en el huerto de José. Así que estad bien atentos porque son grandes lecciones para todos, sobre todo, para vosotros, ministros y continuadores míos.

14 Oíd. En la cátedra de Moisés, en el momento justo, se sentaron escribas y fariseos. Tiempos tristes, ésos, para la Patria[9]. Terminado el destierro de Babilonia, reconstruida la nación por magnanimidad de Ciro, los dirigentes del pueblo sintieron la necesidad de reconstruir también el culto y el conocimiento de la Ley[10]. Porque ¡Ay de aquel pueblo que no los tenga como defensa, guía y apoyo, contra los más poderosos enemigos de una nación, que son la inmoralidad de los ciudadanos, la rebelión contra los jefes, la desunión entre las distintas clases y grupos, los pecados contra Dios y contra el prójimo, la irreligiosidad, elementos todos que son disgregadores por sí mismos y por los castigos celestes que provocan! Surgieron, pues, los escribas, o doctores de la Ley, para poder adoctrinar al pueblo que, hablando el lenguaje caldeo, herencia del duro destierro, no comprendía ya las escrituras redactadas en hebreo puro. Surgieron como ayuda de los sacerdotes, que eran insuficientes en número para acometer la tarea de adoctrinar a las multitudes. Un laicado culto y dedicado a honrar al Señor llevando el conocimiento de El a los hombres y los hombres a El; tuvo su razón de ser e incluso hizo un bien. Porque, recordad esto todos, incluso las cosas que, por debilidad humana luego degeneran, como fue esta que se corrompió en el transcurso de los siglos, tienen siempre algo bueno y una razón –al menos inicial– de ser, y es por ello que el Altísimo permite que surjan y se mantengan hasta que, colmada la medida de su degradación, El las desbarata.

Vino luego, de la transformación de la secta de los asideos, la otra secta, la de los fariseos, surgida para sostener con la más rígida moral la más intransigente obediencia a la Ley de Moisés y el espíritu de independencia de nuestro pueblo, cuando el partido helenista –que se había formado por las presiones y seducciones que comenzaron en tiempos de Antíoco Epifanes, y que pronto se transformaron en persecuciones contra los que no cedían a las presiones de este hombre astuto que más que con sus armas contaba con la disgregación de la fe en los corazones–, buscando reinar en nuestra Patria, trataba de esclavizarnos.

15 Recordad también esto: temed más las fáciles alianzas y halagos de un extranjero que a sus legiones. Porque, si sois fieles a las leyes de Dios y de la Patria, venceréis aunque estéis rodeados de ejércitos poderosos; pero si el sutil veneno dado como miel embriagadora por el extranjero que ha hecho planes sobre vosotros os corrompe, entonces Dios os abandonará por vuestros pecados, y quedaréis vencidos y sujetos, incluso sin que el falso aliado presente cruenta batalla contra vuestro suelo.

¡Ay de aquel que no esté alerta como vigilante escolta y no rechace la insidia sutil de uno, astuto y falso, que esté a su lado, o sea aliado, o dominador que empieza su dominación sobre los individuos enervando el corazón de ellos y corrompiéndolo con usos y costumbres que no son nuestros, que no son santos, y que, por tanto, nos hacen no gratos al Señor! ¡Ay de él! Traed todos a la memoria las consecuencias que le ha acarreado a la Patria el que alguno de sus hijos haya adoptado usos y costumbres del extranjero para atraerse sus simpatías y gozar. Buena cosa es la caridad con todos, incluso con los pueblos que no tienen nuestra fe, que no tienen nuestros usos, que a lo largo de los siglos nos han perjudicado. Pero el amor a estos pueblos, que siguen siendo nuestro prójimo, nunca debe hacernos repudiar la Ley de Dios y de la Patria por el cálculo de algún beneficio arrebatado así a los pueblos vecinos. No. Los extranjeros desprecian a aquellos que se manifiestan serviles hasta el punto de repudiar las cosas más santas de la Patria. El respeto y la libertad no se obtienen renegando del Padre y de la Madre: Dios y la Patria.

Fue, pues, una cosa buena, el que, en su debido momento, surgieran también los fariseos para poner un dique contra el desbordamiento fangoso de usos y costumbres extranjeros. Lo repito: toda cosa que surge y dura tiene su razón de ser. Y hay que respetarla, si no por lo que hace, por lo que hizo. Y si ahora es culpable no es función de los hombres el vituperarla, y, menos aún, arremeter contra ella. Hay quien sabe hacerlo: Dios y Aquel al que Dios ha enviado y tiene el derecho y deber de abrir su boca y vuestros ojos para que vosotros y ellos conozcáis el pensamiento del Altísimo y obréis con justicia. Yo y ningún otro. Yo porque hablo por mandato divino. Yo porque puedo hablar, no teniendo en mí ninguno de los pecados que os escandalizan cuando los veis cometidos por escribas y fariseos, pero que, si podéis, también vosotros los cometéis».

16     Jesús, que había empezado en tono bajo su discurso, ha ido alzando la voz y en estas últimas palabras ésta es potente como un toque de trompeta.

Hebreos y gentiles, respectivamente, están centrados en lo que dice o simplemente atentos. Y si los primeros aplauden cuando Jesús recuerda a la Patria y llama abiertamente por sus nombres a los que, extranjeros, los han sometido y les han hecho sufrir, los otros admiran la forma oratoria del discurso y se felicitan por estar presentes en este discurso digno –según comentan entre ellos– de un gran orador.

Jesús baja de nuevo la voz al reanudar su discurso:

-«Os he dicho esto para recordaros la razón de ser de escribas y fariseos, y cómo y por qué se han sentado en la cátedra de Moisés, y cómo y por qué hablan y no son vanas sus palabras. Haced, pues, lo que dicen, mas no los imitéis en sus acciones.

Porque dicen que se debe actuar en un cierto modo, pero luego no hacen lo que dicen que debe ser hecho. Efectivamente, enseñan las leyes de humanidad del Pentateuco, pero luego cargan con pesos grandes, insoportables, inhumanos, a los demás, mientras que respecto a sí mismos no extienden un solo dedo, no sólo para llevar esos pesos, sino tampoco para tocarlos.

Su regla de vida es ser vistos y notados y aplaudidos por sus obras (las hacen de manera que puedan ser vistas para ser alabados por ellas). E infringen la ley del amor, porque les gusta definirse separados y desprecian a los que no pertenecen a su secta y exigen el título de maestros y un culto por parte de sus discípulos, cosas que ellos no dan a Dios. Dioses se creen por sabiduría y poder, superiores al padre y a la madre quieren ser en el corazón de sus discípulos, y pretenden que su doctrina supere a la de Dios, y exigen que sea practicada al pie de la letra, aun siendo una manipulación de la verdadera Ley, inferior a ella más aún que este monte respecto a la altura del Gran Hermón, que supera a toda Palestina. Son herejes, creyendo algunos, como los paganos, en la metempsicosis y la fatalidad; negando los otros lo que los primeros admiten y –si no de resultado, sí de hecho– lo que Dios mismo ha dado como fe, es decir, que El es el único Dios, al que debe darse culto, y que el padre y la madre van después sólo de Dios, y que, como tales, tienen el derecho de ser obedecidos más que un maestro no divino.

Porque, si Yo ahora os digo: “El que ama al padre y la madre más que a mí no es apto para el Reino de Dios”, ciertamente no es para inculcaros el desamor hacia los padres, a quienes debéis respeto y ayuda, y a quienes no es lícito privar de una ayuda diciendo:

“Es dinero del Templo”, u hospitalidad diciendo: “Mi cargo me lo prohíbe”, o la vida diciendo: “Te mato porque amas al Maestro”. Os lo digo para que tengáis el amor justo a los padres, o sea, un amor paciente y fuerte dentro de su mansedumbre, un amor que –sin caer en el aborrecimiento del padre o la madre que pecan y causan dolor, no siguiéndoos por el camino de la Vida: la mía– sabe elegir entre la ley mía y el egoísmo y abuso familiares. Amad a los padres, obedecedlos en todo lo santo. Pero estad dispuestos a morir –no a dar muerte, sino a morir, digo– si quieren induciros a traicionar la vocación que Dios ha puesto en vosotros de ser ciudadanos del Reino de Dios que Yo he venido a formar.

17 No imitéis a escribas y fariseos, divididos entre sí aunque finjan estar unidos. Vosotros, discípulos de Cristo, estad verdaderamente unidos, los unos para los otros. Los jefes sean dulces con los subordinados; los subordinados, con los jefes. Una cosa sola en el amor y en el fin de vuestra unión: conquistar mi Reino y estar a mi derecha en el eterno Juicio. Recordad que un reino dividido deja de ser un reino y no puede subsistir. Estad, pues, unidos entre vosotros en el amor a Mí y a mi doctrina. Que el distintivo del cristiano[11] –ese será el nombre de mis discípulos– sea el amor y la unión, la igualdad entre vosotros en lo tocante al vestir, la comunidad de bienes, la fraternidad de los corazones. Todos para uno, uno para todos. Quien dé, que lo haga con humildad; quien no tiene, que acepte con humildad y humildemente exponga sus necesidades a sus hermanos, sabiendo que son eso: hermanos. Y que los hermanos escuchen amorosamente lo tocante a las necesidades de sus hermanos, sintiéndose verdaderamente hermanos de éstos.

Recordad que vuestro Maestro a menudo pasó hambre, frío y otras mil necesidades a incomodidades y, humildemente, El, siendo Verbo de Dios, las expuso a los hombres.

Recordad que hay un premio reservado para quien es misericordioso hasta sólo en ofrecer un sorbo de agua. Recordad que dar es mejor que recibir. Que recordando estas tres cosas el pobre halle la fuerza de pedir sin sentirse humillado, pensando que Yo lo hice antes que él; de perdonar si le rechazan, pensando que muchas veces al Hijo del hombre le fueron negados el sitio y el alimento que se dan a los perros que cuidan el rebaño. Y que el rico halle la generosidad de dar sus riquezas, pensando que la vil moneda, el odioso dinero sugerido por Satanás, causa de los nueve décimos de las desgracias del mundo, si es dado por amor se transforma en gema inmortal y paradisiaca.

596 318 Vestíos con vuestras virtudes. Han de ser éstas ricas, pero sólo conocidas por Dios. No hagáis como los fariseos, que llevan las filacterias más anchas y las franjas más largas, y buscan los primeros puestos en las sinagogas y las reverencias en las plazas y quieren que el pueblo los llame “rabí”. Sólo uno es el Maestro: el Cristo.

Vosotros, que en el futuro seréis los nuevos doctores –os hablo a vosotros, apóstoles míos y discípulos–, recordad que sólo Yo soy vuestro Maestro. Y lo seguiré siendo cuando ya no esté aquí entre vosotros. Porque sólo adoctrina la Sabiduría. Así pues, no dejéis que os llamen maestros, porque vosotros mismos sois discípulos. Y ni exijáis ni deis el nombre de padre a nadie en la Tierra, porque sólo uno es el Padre de todos: el Padre nuestro que está en los Cielos. Que esta verdad os haga sabios en el hecho de sentiros verdaderamente todos hermanos entre vosotros, bien sea los que dirigen, bien sea los dirigidos; y amaos, pues, como buenos hermanos[12]. Y tampoco quiera ser llamado guía ninguno de los que dirijan, porque sólo uno es vuestro guía común: Cristo.

El mayor de entre vosotros sea vuestro servidor. No es humillarse el ser siervo de los siervos de Dios[13], sino que es imitarme a mí, que fui manso y humilde, y estuve siempre dispuesto a tener amor hacia mis hermanos en la carne de Adán y a ayudarlos con el poder que, como Dios, tengo en mí. Y no he humillado lo divino sirviendo a los hombres. Porque el verdadero rey es aquel que sabe dominar no tanto sobre los hombres cuanto sobre las pasiones del hombre, de las cuales la primera es la necia soberbia. Recordad esto: quien se humilla será ensalzado y quien se ensalza será humillado.

19 La Mujer[14] de que habló el Señor en el segundo del Génesis, la Virgen de quien se habla en Isaías, la Madre–Virgen del Emmanuel, profetizó esta verdad del tiempo nuevo cantando: “El Señor ha derribado a los poderosos de su trono y ha ensalzado a los humildes”[15]. La Sabiduría de Dios hablaba en los labios de Aquella que era Madre de la Gracia y Trono de la Sabiduría. Y Yo repito las inspiradas palabras que me alabaron unido al Padre y al Espíritu Santo, por nuestras obras admirables, cuando, sin detrimento para la Virgen, Yo, el Hombre, me formaba en su seno sin dejar de ser Dios. Que sean norma para aquellos que quieran dar a luz a Cristo en sus corazones y entrar en el Reino de Dios. No tendrán a Jesús, el Salvador, ni a Cristo, el Señor, ni tendrán Reino de los Cielos, los soberbios, los fornicadores, los idólatras que se adoran a sí mismos y adoran su propia voluntad[16].

20 Por tanto, ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que creéis que podéis cerrar con vuestras impracticables sentencias –realmente serían, si estuvieran avaladas por Dios, cierre inquebrantable para la mayoría de los hombres–, que creéis que podéis dejar plantados ante la puerta del Reino de los Cielos a los hombres que a él levantan su espíritu para hallar fuerza en su penosa jornada terrena! ¡Ay de vosotros, que no entráis, no queréis entrar porque no acogéis la Ley del celeste Reino, y no dejáis entrar a los otros que están ante esa puerta, a la que vosotros, intransigentes, reforzáis con cerrojos no puestos por Dios!

¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que devoráis las casas de las viudas con el pretexto de hacer largas oraciones! ¡Por esto sufriréis un juicio severo!

¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que vais por mar y tierra, consumiendo haberes no vuestros, para conseguir un solo prosélito, y, una vez conseguido, le hacéis el doble que vosotros hijo del infierno!

¡Ay de vosotros, guías ciegos, que decís: “Si uno jura por el Templo, nada es su juramento, pero si jura por el oro del Templo queda obligado”. ¡Necios y ciegos! ¿Qué es más?, ¿el oro o el Templo, que santifica al oro? Y que decís: “Si uno jura por el altar, su juramento no tiene valor, pero, si jura por la ofrenda que está sobre el altar, entonces es válido su juramento y a él queda obligado”[17]. ¡Ciegos! ¿Qué es mayor, la ofrenda o el altar, que santifica a la ofrenda? Así pues, el que jura por el altar jura por el altar y por todo lo que el altar tiene encima, y el que jura por el Templo jura por el Templo y por Aquel que en él mora, y el que jura por el Cielo jura por el Trono de Dios y por Aquel que en él está sentado.

¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que pagáis los diezmos de la menta y de la ruda, del anís y del comino, y luego descuidáis los preceptos más graves de la Ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad! ¡Estas son las virtudes que hay que tener, sin descuidar las otras cosas menores! Guías ciegos, que filtráis las bebidas por miedo a contaminaros bebiendo una mosquita ahogada, y luego os tragáis un camello sin sentiros impuros por ello. ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que laváis por fuera la copa y el plato, pero por dentro estáis henchidos de ambición e inmundicia! Fariseo ciego, lava primero lo de dentro de tu copa y de tu plato, de forma que también lo de fuera quede limpio.

¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que voláis como murciélagos en las tinieblas por vuestras obras de pecado y pactáis por la noche con paganos, bandidos y raidores, y luego, por la mañana, canceladas las huellas de vuestros ocultos pactos, subís al Templo elegantemente vestidos!

¡Ay de vosotros, que enseñáis las leyes de la caridad y de la justicia contenidas en el Levítico[18], y luego sois ambiciosos, ladrones, falaces, calumniadores, opresores, injustos, vengativos, aborrecedores, y que llegáis a derribar a quien os causa fastidio, aunque sea de vuestra propia sangre, y a repudiar a la virgen que se casó con vosotros, y a los hijos de ella tenidos porque padecen alguna desventura, y a acusar de adulterio a vuestra mujer, que ya no os gusta, o a acusarla de enfermedad impura, para quedar libres de ella, vosotros, que sois impuros en vuestro corazón libidinoso, aunque no lo parezcáis ante los ojos de la gente que no conoce vuestros actos! Sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera parecen hermosos mientras que por dentro están llenos de huesos de muertos y podredumbre. Lo mismo sucede en vosotros. ¡Sí, lo mismo! Por fuera parecéis justos, pero por dentro estáis henchidos de hipocresía e iniquidad.

¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que erigís suntuosos sepulcros a los profetas y embellecéis las tumbas de los justos y decís: “Si hubiéramos vivido en tiempos de nuestros padres, no habríamos sido cómplices y partícipes de los que derramaron la sangre de los profetas”! Y así testificáis, contra vosotros mismos, que sois descendientes de aquellos que mataron a vuestros profetas. Y vosotros, además, colmáis la medida de vuestros padres… ¡Oh, serpientes, raza de víboras ¿cómo os libraréis de la condenación de la Gehena?!

21 Por esto, Yo, Palabra de Dios, os digo: Yo, Dios, os enviaré nuevos profetas y sabios y escribas. Y, de éstos, a una parte los mataréis, a una parte los crucificaréis, a una parte los flagelaréis en vuestros tribunales, en vuestras sinagogas, fuera de vuestras murallas, a otra parte los perseguiréis de ciudad en ciudad, hasta que recaiga sobre todos vosotros la sangre justa, derramada sobre la Tierra, desde la sangre del justo Abel hasta la de Zacarías hijo de Baraquías[19], al que disteis muerte entre el atrio y el altar, porque, por amor a vosotros, os había recordado vuestro pecado para que os arrepintierais de él y volvierais al Señor. Así es. Odiáis a los que quieren vuestro bien y amorosamente os llaman a los senderos de Dios.

En verdad os digo que todo esto está para cumplirse, tanto el delito como sus consecuencias. En verdad os digo que todo esto se cumplirá con esta generación.

¡Oh, Jerusalén! ¡Jerusalén! ¡Jerusalén que apedreas a los que te son enviados y matas a tus profetas! ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos como la gallina reúne a sus polluelos bajo sus alas, y tú no has querido! ¡Pues oye esto, Jerusalén!

¡Escuchad todos vosotros, los que me odiáis y odiáis todo lo que de Dios viene!

¡Escuchad los que me amáis y os veréis envueltos en el castigo reservado para los perseguidores de los Enviados de Dios! Y oíd también vosotros que no sois de este pueblo, pero que igualmente me estáis escuchando; escuchad para saber quién es el que os habla y que predice sin necesidad de estudiar el vuelo, el canto de los pájaros, ni los fenómenos celestes y las vísceras de los animales sacrificados, ni la llama y el humo de los holocaustos, porque todo el futuro es presente para Aquel que os habla.

Escuchad: “Os dejarán desierta esta Casa vuestra. Yo os digo, dice el Señor, que no volveréis a verme hasta que –también vosotros– no digáis[20]: ‘Bendito el que viene en el nombre del Señor’ “».

22     Jesús está visiblemente cansado y sudoroso, por el esfuerzo del largo e impetuoso discurso y por el bochorno de este día sin viento. Oprimido contra el muro por una multitud, objeto de los dardos de numerosísimas pupilas, sintiendo todo el odio que le escucha desde los pórticos del Patio de los Paganos, y todo el amor –o, al menos, admiración– que le rodea y que no se preocupa del sol que incide sobre las espaldas y en las caras enrojecidas y sudadas, se le ve verdaderamente sin fuerzas y necesitado de descanso. Y lo busca diciendo a sus apóstoles y a los setenta y dos que como cuñas se han ido abriendo lentamente paso entre el gentío y ahora están en primera línea (barrera de amor fiel en torno a El):

-«Vamos a salir del Templo. Vamos a un lugar despejado, entre los árboles. Necesito sombra, silencio y frescor. En verdad, este lugar parece arder ya con el fuego de la ira celeste».

Le dejan paso no sin dificultad. Así pueden salir por la puerta más cercana, donde Jesús se esfuerza en despedir a muchos, pero sin conseguirlo: quieren seguirle a toda costa.

23     Entretanto, los discípulos observan el cubo del Templo, centelleante bajo el Sol casi cenital, y Juan de Efeso llama la atención del Maestro acerca de la robustez de la construcción:

-«¡Mira qué piedras y qué construcción!».

-«Pues de ello no quedará piedra sobre piedra»

responde Jesús.

-«¿No? ¿Cuándo? ¿Cómo?»

preguntan muchos.

Pero Jesús no habla. Baja el Moria y sale a buen paso de la ciudad, cruzando Ofel y la Puerta de Efraín o del Estiércol, para refugiarse en la espesura de los Jardines del Rey lo antes que puede, o sea, cuando los que se han obstinado en seguirle –los que no son ni apóstoles ni discípulos– se marchan lentamente cuando Manahén, que ha mandado abrir las pesadas cancillas, pasa adelante, solemne, para decir a todos:

-«Marchaos. Aquí entran sólo los que yo quiero».

Sombras, silencio, perfume de flores, aromas de alcanfor y claveles, canela, espliego y mil otras hierbas olorosas, y frufrú de arroyos, alimentados, sin duda, de las fuentes y cisternas cercanas, bajo galerías de frondas, trinar de pájaros… hacen de este lugar un sitio de descanso paradisiaco. La ciudad, con sus calles estrechas, obscuras donde hay bóvedas, o cegadoras de sol, con sus olores y hedores de alcantarillas no siempre limpias y de calles recorridas por demasiados cuadrúpedos como para estar limpias (especialmente las de segundo orden), parece estar a muchas millas de distancia.

24     El guardián de los Jardines debe conocer muy bien a Jesús[21], porque le saluda con respeto y confidencia al mismo tiempo, y Jesús le pregunta acerca de sus hijos y su esposa.

El hombre quisiera recibir en su casa a Jesús, pero el Maestro prefiere la paz fresca, reposante, del vasto Jardín del Rey, un verdadero parque de delicias. Y antes de que los dos incansables y fidelísimos servidores de Lázaro se marchen por la cesta de la comida, Jesús les encarga:

-«Decid a vuestras amas que vengan. Estaremos aquí algunas horas con mi Madre y las discípulas fieles. Será muy dulce…».

-«¡Estás muy cansado, Maestro! Tu cara lo dice»

observa Manahén.

-«Sí. Tanto, que no he tenido fuerzas de proseguir[22]».

-«¡Yo te había ofrecido estos jardines varias veces en estos días! ¡Bien sabes lo contento que estoy de poder ofrecerte paz y descanso!».

-«Lo sé, Manahén».

-«¡Y ayer quisiste ir a ese triste lugar, de aledaños tan áridos, tan extrañamente escaso de vegetación este año, tan cercano a esa triste puerta!».

-«Quise dar esa satisfacción a mis apóstoles. Son niños, en el fondo; niños grandes. ¡Míralos allí cómo descansan felices!… En poquísimo tiempo olvidados de todo lo que fermenta contra mí tras esas murallas…».

-«Y olvidados de que estás muy afligido… Pero no creo que haya mucho de qué alarmarse. Me parecía más peligroso el lugar otras veces».

Jesús le mira y calla. ¡Cuántas veces veo a Jesús mirar y callar así en estos últimos días!

Luego se pone a mirar a los apóstoles y discípulos. Ellos se han quitado las prendas que cubrían sus cabezas, se han despojado de mantos y sandalias y ahora se refrescan las caras y las extremidades en los frescos regatos. Muchos de los setenta y dos –ahora creo que en realidad son muchos más– los imitan. Y, todos unidos por la fraternidad de ideales, se echan a descansar acá o allá, un poco distantes para dejar a Jesús que descanse tranquilo.

También Manahén le deja en la paz y se retira. Todos respetan el descanso del Maestro, cansadísimo, que ha buscado refugio bajo una tupidísima pérgola de jazmines en flor, hecha en forma de cabaña, aislada por un anillo de aguas que fluyen susurrantes por un canalillo en que se bañan hierbas y flores: un verdadero refugio de paz al que se accede por un puentecito de dos palmos de ancho y cuatro de largo, cuya barandilla es toda una guirnalda de corolas de jazmines.

25     Regresan los servidores, aumentados en número porque Marta ha querido asistir a todos los siervos del Señor, y refieren que las mujeres estarán allí poco después.

Jesús manda llamar a Pedro y le dice:

-«Junto con mi hermano Santiago, bendice, ofrece y distribuye como Yo hago».

-«Distribuir sí, pero bendecir no, Señor. Te corresponde a ti ofrecer y bendecir, no a mí».

-«Cuando, lejos de mí, estabas a la cabeza de tus compañeros, ¿no lo hacías?».

-«Sí.. Pero entonces… lo hacía por fuerza. Ahora, como Tú estás con nosotros, bendices Tú. Todo me parece mejor cuando ofreces para nosotros y distribuyes…»,

y el fiel Simón abraza a su Jesús, que está cansadamente sentado en esa sombra, y baja su cabeza para apoyársela en el hombro, feliz de poderle abrazar y besar así…

Jesús se levanta y le complace. Va hacia los discípulos. Ofrece, bendice, reparte el alimento. Los mira mientras comen contentos. Les dice:

-«Después dormid, descansad mientras hay tiempo, y para que podáis velar y orar cuando necesitéis hacerlo, sin que la fatiga y el cansancio carguen de sueño vuestros ojos y vuestro espíritu cuando sea necesario que estéis preparados y bien despiertos».

-«¿No te quedas aquí con nosotros? ¿No comes?».

-«Dejadme descansar. Sólo esto necesito. ¡Comed, comed!».

Acaricia al pasar a los que encuentra en su camino, y vuelve a su lugar…

26     Dulce, suave es la llegada de la Madre al lado de su Hijo. María camina segura, porque Manahén, que ha estado vigilando en la cancilla, menos cansado que los otros, le señala el lugar donde está Jesús. Las otras –todas las discípulas hebreas, y Valeria como única representante de las romanas–, están paradas un rato, en silencio para no despertar a los discípulos que duermen bajo la fresca sombra de los frondosos árboles, y que parecen ovejas recostadas en la hierba en la hora sexta.

María entra bajo la pérgola de jazmines sin hacer crujir el pequeño puente de madera, ni los guijarros del suelo, y, con más cautela aún, se acerca a su Hijo, que, vencido por el cansancio, se ha dormido (apoyada la cabeza en la mesa de piedra y con el brazo izquierdo como almohada debajo del rostro cubierto por el pelo). María se sienta, paciente, al lado de su Criatura cansada. Y le contempla… mucho… Una sonrisa doliente y amorosa se dibuja en sus labios mientras, quedamente, le caen en el regazo gotas de llanto. Pero, si sus labios están cerrados y mudos, su corazón ora, con toda la fuerza que posee, y la potencia de esa oración y de su sufrimiento se percibe en la posición de sus manos, unidas sobre el regazo, apretadas, entrelazadas para que no tiemblen (aunque, a pesar de ello, las recorre un leve temblor). Manos que se desunen sólo para alejar a una mosca insistente que quiere posarse en el Durmiente y podría despertarle.

Es la Madre que vela al Hijo. Es el último sueño que podrá velar de su Hijo. Y, si bien la cara de la Madre en este miércoles pascual es distinta de la de la Madre en la Natividad del Señor, porque el dolor la quiebra y surca, la dulce pureza amorosa de la mirada, el trémulo esmero, son iguales que los que tenía cuando, inclinada sobre el pesebre de Belén, protegía con su amor el primer, incómodo sueño de su Criatura.

Jesús se mueve y María se enjuga rápidamente los ojos para no mostrar lágrimas a su Hijo. Pero Jesús no se ha despertado. Sólo ha cambiado la postura de la cabeza, volviéndola para la otra parte, así que María vuelve a su inmovilidad y vela.

27     Pero algo traspasa el corazón de María, y es que oye a su Jesús llorar en el sueño y susurrar con un bisbiseo confuso –habla con la boca apretada contra el brazo y la túnica– el nombre de Judas…

María se levanta, se acerca, se inclina hacia su Hijo, sigue ese confuso bisbiseo, con las manos apretadas contra el corazón, porque lo que dice Jesús, aunque fragmentario, no lo es tanto como para no poder seguirlo, y permite comprender que sueña una y otra vez el presente y el pasado, y luego también el futuro… hasta que con un brusco movimiento, como para huir de alguna cosa horrenda, se despierta. Mas encuentra el pecho de su Madre, los brazos de su Madre, la sonrisa de su Madre, la dulce voz de su Madre, su beso, su caricia, el leve roce de su velo sobre su rostro para enjugar lágrimas y sudor, mientras le dice:

-«Estabas incómodo y soñabas… Estás sudoroso y cansado, Hijo mío».

Y le pone en orden el pelo alborotado, le seca la cara y le besa, ciñéndole con su brazo, apoyándole sobre su corazón, porque no puede ya recogerle en su regazo como cuando era pequeñito.

Jesús le sonríe diciendo:

-«Siempre eres la Madre, la que consuela, la que compensa todo, ¡la Madre mía!».

La sienta a su lado y deja una mano desmayada en su regazo. María toma esa mano larga, tan señoril y al mismo tiempo tan fuerte, de artesano, entre sus manos pequeñas, y acaricia sus dedos y el dorso, y alisa las venas que se habían hinchado pendiendo durante el sueño. Y trata de distraer su atención a otras cosas…

28

-«Hemos venido. Estamos aquí todas. Incluso Valeria. Las otras están en la Antonia. Las ha llamado Claudia, que, según la liberta, “está muy triste”; dice que –no sé por qué cosa– siente presagios de mucho llanto. ¡Supersticiones!… Sólo Dios conoce las cosas…».

-«¿Dónde están las discípulas?».

-«Allá, a la entrada de los Jardines. Marta quería prepararte alimentos y refrescos y bebidas reconfortantes pensando en lo mucho que te cansas. Así lo ha hecho. Pero yo, mira: esto siempre te gusta, y te lo he traído. Es mi parte. Es mejor, porque es de Mamá».

        Le muestra miel y una pequeña torta de pan. Extiende la miel en la torta y se la da a su Hijo diciendo:

-«Como en Nazaret, cuando descansabas durante la hora más tórrida y luego te despertabas sudoroso y yo venía de la gruta fresca con esta miel reconfortante…».

Se corta porque le tiembla la voz.

Su Hijo la mira y dice:

-«Y cuando estaba José, traías para dos comida, y agua fresca de la tinaja porosa que habías tenido en la corriente para que estuviera más fresca, y todavía la hacían más fresca los tallitos de menta silvestre que echabas dentro. ¡Cuánta menta, allá, bajo los olivos! ¡Y cuántas abejas en las flores de la menta! Nuestra miel tenía siempre un poco el sabor de ese perfume…».

 Piensa… recuerda…

-«Hemos visto a Alfeo, ¿sabes? José se ha retrasado porque tenía a uno de los hijos un poco enfermo. Pero mañana seguro que estará aquí con Simón. Salomé de Simón guarda nuestra casa y la de María».

29

-«Mamá, cuando te quedes sola ¿con quién vas a estar?».

-«Con quien Tú digas, Hijo mío. Te obedecía antes de tenerte, Hijo. Seguiré haciéndolo después de que me dejes».

Le tiembla la voz, pero la sonrisa es heroica en los labios.

-«Tú sabes obedecer. ¡Cuánto descanso estar contigo! Porque, ¿ves, Mamá?, el mundo no puede comprender, pero Yo encuentro un completo descanso con los obedientes… Sí, Dios descansa con los obedientes. Dios no se habría visto sufriendo, ni importunándose, si la desobediencia no hubiera venido al mundo. Todo sucede porque no se obedeció[23]. Por esto el dolor del mundo… Por esto nuestro dolor».

-«Pero también nuestra paz, Jesús. Porque sabemos que nuestra obediencia consuela al Eterno. ¡Oh, para mí en particular, qué cosa es este pensamiento! ¡Yo, criatura, puedo consolar a mi Creador!».

-«¡Oh, Alegría de Dios! ¡No sabes, Oh Alegría nuestra, qué son para Nosotros estas palabras tuyas! Superan a las armonías de los celestes coros… ¡Bendita! ¡Bendita que me enseñas la última obediencia, y, con este pensamiento, me la haces tan grata de cumplir!».

-«Tú no necesitas que yo te enseñe, Jesús mío. Yo todo lo he aprendido de ti».

-«Todo ha aprendido de ti Jesús de María de Nazaret, el Hombre».

-«Era tu luz la que de mí salía, la Luz que eres Tú y que iba a la Luz Eterna anonadada[24] bajo figura de hombre…

30 Me han referido los hermanos de Juana las palabras que has pronunciado. Estaban arrobados de admiración. Te has mostrado contundente con los fariseos…».

-«Es la hora de las supremas verdades, Mamá. Para ellos no pasan de verdades muertas, pero para los otros serán verdades vivas. Y con el amor y el rigor tengo que intentar la última batalla para arrancarlos de las manos del Mal».

-«Es verdad. Me han dicho que Gamaliel, que estaba con otros en una de las salas de los pórticos, ha dicho, al final, estando muchos inquietos: “Cuando uno no quiere ser censurado obra como un justo”, y que después de esta observación se ha marchado».

-«Me alegra que el rabí me haya oído. ¿Quién te lo ha dicho?».

-«Lázaro. Y a él se lo ha dicho Eleazar, que estaba en la sala con los otros. Lázaro ha venido a la hora sexta, ha saludado y se ha vuelto a marchar sin prestar oídos a sus hermanas, que querían que estuviera en casa hasta la puesta del Sol. Ha pedido que mandaras a Juan, o a otros, a recoger la fruta y las flores, que están ya en su punto».

-«Mandaré mañana a Juan».

-«Lázaro viene todos los días. Pero María se intranquiliza, porque dice que parece una aparición; sube al Templo, vuelve, da una serie de indicaciones y se marcha otra vez».

-«También Lázaro sabe obedecer. Le he dicho Yo que lo haga así, porque también le están acechando a él. Pero no se lo digas a sus hermanas. No le sucederá nada.

31 Ahora vamos donde las discípulas».

-«No te muevas. Voy a llamarlas yo. Todos los discípulos duermen…».

-«Les dejaremos que duerman. Por la noche duermen poco, porque los instruyo en la paz del Getsemaní».

María sale, y regresa con las mujeres, que, por lo leves que son sus pasos, se diría que han dejado los pesos. Le saludan con profunda expresión de respeto, familiar sólo en María Cleofás.

Marta, de una bolsa grande, extrae una tinajilla rezumante, mientras María saca de un recipiente, también poroso, piezas de fruta fresca venida de Betania, y las pone encima de la mesa, al lado de lo que ha preparado su hermana, o sea, de una paloma asada a la llama, crujiente, apetitosa, y ruega a Jesús que coma, diciendo:

-«Come. Esta carne da fuerzas. Yo misma la he preparado».

Juana lo que ha traído es vinagre rosado, y explica:

-«Refresca mucho en estos primeros calores. Lo bebe también mi marido cuando se cansa durante las largas cabalgadas».

-«Nosotras no tenemos nada»,

presentan sus excusas Maria Salomé, Maria Cleofás, Susana y Elisa. Y, a su vez, Nique y Valeria:

-«Tampoco nosotras. No sabíamos que debíamos venir».

-«Me habéis dado todo vuestro corazón. Me es suficiente. Y todavía me daréis más…».

Jesús come. Pero, sobre todo, bebe el agua fresca melada que Marta le vierte de la tinaja porosa, y la fruta fresca, que son alivio para el Fatigado.

Las discípulas no hablan mucho. Le miran mientras come. En sus ojos hay amor y congoja. Y, de improviso, Elisa se echa a llorar, y se justifica diciendo:

-«No sé. Tengo el corazón cargado de tristeza…».

-«Todas lo tenemos. Incluso Claudia en su palacio…»

dice Valeria.

-«Yo quisiera que fuera ya Pentecostés»

susurra Salomé.

-«Yo, sin embargo, quisiera detener en esta hora el tiempo»

dice María de Magdala.

-«Serías egoísta, María»

 le responde Jesús.

-«¿Por qué, Rabbuní[25]?».

-«Porque querrías para ti sola la alegría de tu redención. Son millares y millones de seres los que esperan esta hora; o los que por esta hora serán redimidos».

-«Es verdad. No pensaba en eso…»,

agacha la cabeza mordiéndose los labios para que no se vean las lágrimas de sus ojos y el temblor de sus labios. Pero sigue siendo la fuerte luchadora, y dice:

-«Si vienes mañana, podrás ponerte la túnica que me has encargado. Es una túnica fresca y limpia, digna de la cena pascual».

-«Vendré… 32 ¿No tenéis nada que decirme? Estáis mudas y afligidas. ¿Ya no soy Jesús?…»,

sonríe con gesto invitante a las mujeres.

-«¡Claro que eres Tú! ¡Pero tan grande en estos días, que ya no sé verte como el infante que llevé en mis brazos!»

exclama María de Alfeo.

-«Y yo como al rabí sencillo que entraba en mi cocina buscando a Juan y Santiago»

dice Salomé.

-«Yo siempre lo he conocido así: ¡Rey del alma mía!»

proclama María de Magdala.

Y Juana, mansa y dulce:

-«Yo también: divino, desde aquel sueño en que, cuando agonizaba, tu te me apareciste para llamarme a la Vida».

-«Todo nos has dado, Señor. ¡Todo!»,

suspira Elisa, que se ha calmado ya.

-«Y todo me habéis dado».

-«¡Demasiado poco!»

dicen todas.

-«No termina el dar, después de este momento. Terminará solamente cuando estéis conmigo en mi Reino. Mis discípulas fieles. No os sentaréis a mi lado en los doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel[26], pero cantaréis el hosanna junto con los ángeles, haciendo coro de honor a mi Madre, y entonces, como ahora, el corazón de Cristo hallará su gozo contemplándoos».

-«¡Yo soy joven! Queda largo tiempo hasta que suba a tu Reino. ¡Dichosa Analía!»

dice Susana.

-«Yo soy vieja, y estoy contenta de serlo. Espero que pronto llegue la muerte»

Dice Elisa.

-«Yo tengo hijos… ¡Quisiera servir a estos siervos de Dios!»

suspira María Cleofás.

-«¡No te olvides de nosotras!»

dice la Magdalena, con ansia contenida, yo diría: con un grito de alma (y es que su voz, mantenida baja para no despertar a los que duermen, vibra de fuerza más que un grito).

-«No me olvidaré de vosotras. Vendré. Tú, Juana, sabes que puedo venir aunque esté muy lejano… Las otras lo deben creer. Y os dejaré una cosa… un misterio[27] que me tendrá a mí en vosotras y a vosotras en mí, hasta que estemos reunidos, Yo y vosotras, en el Reino de Dios. 33 Ahora marchaos. Diréis que os he dicho poco, que casi era inútil el haceros venir para tan poco. Pero deseaba tener conmigo corazones que me han amado sin sopesar nada. Por mí, por mí: Jesús; no por el futuro, soñado Rey de Israel. Idos. Una vez más, benditas seáis. También las otras, que no están aquí pero que piensan en mí con amor: Ana, Mirta, Anastásica, Noemí, y Síntica lejana, y Fotinái, y Aglae y Sara, Marcela, las hijas de Felipe, Miriam de Jairo, las vírgenes, las redimidas, las esposas, las madres que a mí han venido, que han sido hermanas para mí, y madres; mejores, ¡Oh, mucho mejores que los hombres!, ¡incluso que los mejores hombres!… ¡Todas, todas! Yo os bendigo a todas. La gracia empieza ya a descender, la gracia y el perdón, sobre la mujer, por esta bendición mía. Marchaos…» .

Se despide de ellas, pero retiene un momento a su Madre:

-«Antes de que anochezca estaré en el Palacio de Lázaro. Necesito verte todavía. Y vendrá Juan conmigo. Pero deseo que estéis sólo tú, Madre, y las otras Marías, Marta y Susana. Estoy muy cansado…».

-«Estaremos sólo nosotras. Adiós, Hijo…».

Se besan. Se separan… María se marcha lentamente. Se vuelve antes de salir, se vuelve antes de dejar el puentecito, se vuelve más veces, mientras puede ver a Jesús… Parece no poder alejarse de El…

34

Y Jesús está de nuevo solo. Se levanta, sale. Va a llamar a Juan, que duerme boca abajo entre las flores, como un niño, y le da la tinajilla del vinagre rosado que le ha traído Juana. Le dice:

-«Al atardecer vamos donde mi Madre. Pero nosotros dos solos».

-«Comprendo. ¿Han venido?».

-«Sí. He preferido no despertaros».

-«Has hecho bien, porque así tu alegría habrá sido mayor. Ellas saben amarte mejor que nosotros…»

dice Juan desconsolado.

-«Ven conmigo» .

Juan le sigue.

-«¿Qué te pasa?»

le pregunta Jesús cuando de nuevo están en la penumbra verde de la pérgola donde todavía hay restos de comida.

-«Maestro, somos muy malos. Todos. No hay obediencia en nosotros… y no hay deseo de estar contigo. Incluso Pedro y Simón se han marchado, no sé a dónde. Y Judas ha encontrado en esto la ocasión para discutir».

-«¿Se ha marchado también Judas?».

-«No, Señor, no se ha marchado. Dice que no lo necesita, que él no tiene cómplices en los manejos que hacemos para tratar de obtener protección para ti. ¡Pero, si yo he ido a casa de Anás y si otros han ido a ver a los galileos que residen aquí, no ha sido con mal fin!… Y no creo que Simón de Jonás y Simón Zelote sean hombres capaces de manejos rateros…».

-«No pienses en ello. Efectivamente, Judas no necesita ausentarse mientras vosotros descansáis. El sabe cuándo y a dónde ir para cumplir todo lo que debe hacer».

-«¿Entonces por qué habla así? ¡No es una cosa agradable, delante de los discípulos!».

-«No lo es, pero es así. 35 Tranquilízate, cordero mío».

-«¿Yo, cordero tuyo? ¡Sólo Tú eres Cordero!».

-«Sí, tú. Yo, Cordero de Dios; tú, cordero del Cordero de Dios».

«¡¡¡Oh, otra vez!!! Era en los primeros días de estar contigo. Tú me dijiste estas mismas palabras. Estábamos los dos solos, como ahora, entre el verdor de las plantas, como ahora, y en primavera».

Juan está todo contento por este recuerdo que vuelve. Y susurra:

-«Sigo siendo, todavía lo soy, el cordero del Cordero de Dios…».

Jesús le acaricia, y le ofrece parte de la paloma asada que ha quedado encima de la mesa en un folio de pergamino en que estaba envuelta. Luego le abre unos higos jugosos y se los ofrece, alegre de verle comer.

Jesús se ha sentado oblicuamente en una lado de la mesa y mira a Juan con una intensidad que éste le pregunta:

-«¿Por qué me miras así? ¿Porque como cómo un glotón?».

-«No. Porque eres como un niño… ¡Oh, mi predilecto! ¡Cómo te quiero por tu corazón!»,

y Jesús se inclina a besar al apóstol en el rubio pelo y le dice:

-«Permanece así, siempre así, con ese corazón tuyo que no tiene ni orgullo ni rencores. Así, incluso durante los momentos de la saña desatada. No imites a los que pecan, niño».

36     Juan se ha recuperado de su sinsabor. Ahora dice:

-«Pero no puedo creer que Simón y Pedro…».

-«Verdaderamente te equivocarías, si los creyeras pecadores. Bebe. Está buena y fresca esta bebida. La ha preparado Marta… Ahora estás repuesto. Estoy seguro de que no habías terminado tu comida…».

-«Es verdad. Me había venido el llanto. Porque, mientras sea el mundo el que te odie, se comprende, pero que uno de nosotros insinúe…».

-«No pienses más en eso. Yo y tú sabemos que Simón y el Zelote son dos hombres honestos. Y es suficiente. Y, por desgracia, tú sabes que Judas es pecador. Pero guarda silencio. Cuando pasen muchos, muchos lustros, y sea oportuno referir toda la grandeza de mi dolor, entonces[28] dirás también lo que sufrí por las acciones de ese hombre, y por las acciones de ese apóstol. Vamos. Es hora de dejar este lugar para ir hacia el campo de los Galileos y…».

-«¿Vamos a pasar también esta noche allí? ¿Y vamos a ir antes al Getsemaní? Judas quería saberlo. Dice que está cansado de estar al relente y con poco e incómodo descanso».

-«Pronto terminará. Pero no manifestaré a Judas mis intenciones…».

-«No estás obligado. Eres Tú el que debe guiarnos a nosotros y no nosotros a ti».

La traición queda tan lejos de Juan, que ni siquiera comprende la razón de prudencia por la que Jesús desde hace unos días no dice nunca lo que planea hacer.

37 Y ahí están, entre los que duermen. Los llaman. Se despiertan. También Manahén, el cual, terminada su tarea, se excusa ante el Maestro por no poder quedarse, y por no poder tampoco al día siguiente estar con El en el Templo porque tiene que quedarse en el palacio. Y, diciendo esto, mira fijamente a Pedro y Simón, que, mientras, han regresado, y Pedro hace un gesto rápido con la cabeza como para decir:

-«Comprendido».

Salen de los Jardines. Todavía hace calor. Todavía hace sol. Pero ya la brisa del atardecer templa el calor e impulsa alguna nubecilla en el cielo terso.

Se encaminan hacia arriba por Siloán, evitando los lugares de los leprosos a los que va Simón Zelote para llevarles –a los pocos que quedan, que no han sabido creer en Jesús– lo que ha sobrado de su comida.

38     Matías, el ex pastor, se acerca a Jesús y pregunta:

-«Señor y Maestro mío, he pensado mucho, junto con los compañeros, en tus palabras, hasta que nos ha vencido el cansancio, y nos hemos dormido antes de poder resolver la pregunta que nos habíamos hecho. Ahora somos más ignorantes que antes. Si hemos comprendido bien los discursos de estos días, has predicho que muchas cosas cambiarán, aunque la Ley permanezca inalterada, y que se deberá edificar un nuevo Templo, con nuevos profetas, sabios y escribas, contra el que se presentará batalla, y que no sucumbirá, mientras que éste –si no he entendido mal– parece destinado a sucumbir».

-«Está destinado a sucumbir. Recuerda la profecía de Daniel[29]…».

-«Pero nosotros, que somos pobres y pocos, ¿cómo podremos edificarlo de nuevo, si no sin esfuerzo los reyes lograron edificar éste? ¿Dónde vamos a construirlo? Aquí no, porque dices que este lugar va a quedarse desierto hasta que no te bendigan como a un enviado de Dios».

-«Así es».

-«En tu Reino, no. Estamos convencidos de que tu Reino es espiritual. Y, entonces, ¿cómo, dónde lo estableceremos? Ayer dijiste que el verdadero Templo –¿y no es ése el verdadero Templo?–, que el verdadero Templo, cuando crean haberlo destruido, subirá triunfante a la verdadera Jerusalén. ¿Y dónde está la verdadera Jerusalén? Hay mucha confusión en nosotros».

-«Así es. Destruyan si quieren los enemigos el verdadero Templo, que Yo en tres días lo alzaré de nuevo, y, subiendo a donde el hombre no puede dañarlo, ya no conocerá insidias.

39 Respecto al Reino de Dios, está en vosotros y dondequiera que haya hombres que crean en mí. Diseminado por ahora, sucediéndose sobre la Tierra durante los siglos; eterno luego, unido, perfecto, en el Cielo. En el Reino de Dios será edificado el nuevo Templo, o sea, donde hay espíritus que aceptan mi doctrina, la doctrina del Reino de Dios, y practican sus preceptos. ¿Cómo será edificado, si sois pobres y pocos? En verdad, no hace falta ni dinero ni poder para construir el edificio de la nueva morada de Dios, individual o colectiva. El Reino de Dios está en vosotros. Y la unión de todos aquellos que tengan en sí el Reino de Dios, de todos los que tengan a Dios en ellos –Dios, la Gracia; Dios, la Vida; Dios, la Luz; Dios, la Caridad– constituirá el gran Reino de Dios en la Tierra, la nueva Jerusalén que llegará a expandirse por todos los confines del mundo, y que, completa y perfecta, sin imperfecciones ni sombras, vivirá eterna en el Cielo.

¿Cómo edificaréis el Templo y la ciudad? No seréis vosotros, sino Dios[30], el que edificará estos lugares nuevos. Lo que tendréis que hacer será solamente darle vuestra buena voluntad. Buena voluntad y permanecer en mí. Vivir mi doctrina es buena voluntad. Estar unidos es la buena voluntad. Unidos a mí hasta formar un solo cuerpo[31], nutrido por una única savia en cada una de sus partes individuales, más pequeñas o más grandes. Un único edificio[32] sostenido por una única base y mantenido en su unión por una mística cohesión. Pero, dado que sin la ayuda del Padre –al cual os he enseñado a orar y al cual yo oraré por vosotros antes de morir–, no podríais estar en la Caridad, en la Verdad, en la Vida, o sea, en mí y conmigo en Dios Padre y en Dios Amor (porque somos una única Divinidad), por esto os digo que tengáis a Dios en vosotros para poder ser el Templo que no conocerá fin. Por vosotros mismos no podríais hacerlo. Si Dios no edifica –y no puede edificar donde no puede hacer morada– inútilmente los hombres dan en edificar y reedificar[33].

40 El Templo nuevo, mi Iglesia, surgirá solamente cuando vuestro corazón aloje a Dios y El, con vosotros, piedras vivas, edifique su Iglesia».

-«¿Pero no dijiste que Simón de Jonás es la Cabeza, la Piedra, sobre la cual se habrá de edificar tu Iglesia? ¿Y no has dado a entender, también, que Tú eres su piedra angular? ¿Entonces quién es la cabeza? ¿Existe o no existe esta Iglesia[34]378?»

interrumpe Judas Iscariote.

«Yo soy la Cabeza mística. Pedro es la cabeza visible[35]. Porque Yo regreso al Padre dejándoos la Vida, la Luz, la Gracia, por mi Palabra, mis padecimientos, por el Paráclito, que será amigo de los que me fueron fieles. Yo soy una única cosa con mi Iglesia, mi Cuerpo espiritual[36] del que soy la Cabeza. La cabeza contiene el cerebro o mente[37]. La mente es sede del saber, el cerebro es el que dirige los movimientos de los miembros con sus órdenes inmateriales, que son más válidos para poner en movimiento a los miembros que cualquier otro estímulo. Observad un muerto, en el cual está muerto el cerebro. ¿Tiene acaso ya movimiento en sus miembros? Observad a uno completamente subnormal. ¿No está, acaso, inerte, hasta el punto de no saber tener esos rudimentarios movimientos instintivos que el animal más inferior, el gusano que al pasar aplastamos, tiene? Observad a uno en que la parálisis haya quebrado el contacto de los miembros –uno o más– con el cerebro. ¿Acaso tiene movimiento en aquella parte que ya no tiene vínculo vital con la cabeza? Pero, si la mente dirige con sus inmateriales órdenes, son los otros órganos: ojos, oídos, lengua, nariz, piel, los que comunican las sensaciones a la mente, y son las otras partes del cuerpo las que ejecutan y hacen ejecutar aquello que la mente, advertida por los órganos –materiales y visibles ellos, invisible el intelecto– ordena. ¿Podría Yo, sin deciros “sentaos”, obtener que os sentarais en esta ladera? Aunque pensara que quiero que os sentéis, no lo sabríais hasta que no tradujera mi pensamiento en palabras; y éstas las digo usando lengua y labios. ¿Podría Yo mismo sentarme, si lo pensara por el simple hecho de que siento el cansancio de las piernas, si éstas se negaran a doblarse y, así, sentarme Yo? La mente tiene necesidad de órganos y miembros para cumplir y hacer cumplir las operaciones que el pensamiento piensa.

De la misma manera, en el cuerpo espiritual que es mi Iglesia, Yo seré el Intelecto, o sea, la cabeza, sede del intelecto. Pedro y sus colaboradores[38] serán los que observen las reacciones y perciban las sensaciones y las transmitan a la mente para que ella ilumine y ordene lo que debe hacerse para el bien de todo el cuerpo, y luego, iluminados y dirigidos por mi orden, hablen y guíen a las otras partes del cuerpo. La mano que rechaza el objeto que puede herir el cuerpo, o aleja aquello que, corrompido, puede corromper, el pie que salva el obstáculo sin chocarse y caer y herirse, han recibido orden de hacerlo de la parte que dirige. El niño, y también el hombre, que se han salvado de un peligro o que, por un consejo recibido, por una palabra dicha, obtienen un beneficio de cualquier especie (instrucción, negocios buenos, matrimonio, buena alianza), es por ese consejo y esa palabra por lo que o no sufren un daño o ganan un bien. Pues lo mismo sucederá en mi Iglesia. La cabeza y los que son cabeza, guiados por el divino Pensamiento a iluminados por la divina Luz e instruidos por la eterna Palabra, darán las órdenes y los consejos, y los miembros lo harán, recibiendo espiritual salud y espiritual beneficio.

41 Mi Iglesia ya existe, porque ya posee su Cabeza sobrenatural y su Cabeza divina, y tiene sus miembros: los discípulos. Pequeña todavía[39]: semilla que se está formando; perfecta sólo en la Cabeza que la dirige, imperfecta en el resto, que necesita el toque de Dios para ser perfecta, y tiempo para crecer. Pero, en verdad os digo que ya existe, y que es santa por Aquel que constituye su Cabeza y por la buena voluntad de los justos que la componen. Santa e invencible. Contra ella arremeterá, una y mil veces, y con mil formas de batalla, el infierno[40] compuesto de demonios y hombres–demonios. Mas éstos no prevalecerán. El edificio será indestructible.

Pero el edificio no está hecho de una sola piedra. Observad el Templo allí, grande, hermoso, bajo el Sol que declina. ¿Acaso está hecho de una sola piedra? Es un complejo de piedras que forman un único, armónico todo. Se dice: el Templo, esto es, una unidad. Pero esta unidad está hecha de las muchas piedras que la han constituido y formado. Inútil habría sido echar los cimientos, si éstos no hubieran debido luego sujetar paredes y techo, si sobre ellos no hubiera que haber debido levantar las paredes. E imposible habría sido levantar las paredes y sostener el techo si antes no se hubieran hecho los cimientos fuertes, proporcionados a una mole tan grande. Así, con

esta dependencia de las distintas partes, una de la otra, surgirá el Templo nuevo.

Durante el transcurso de los siglos, lo edificaréis, sobre la base de los cimientos que Yo le he dado, perfectos, para su gran mole. Lo edificaréis con la dirección de Dios, con la bondad de las cosas usadas para construirlo: espíritus en que Dios habita.

Dios en vuestro corazón, para hacer de él piedra pulida y sin fisuras para el Templo nuevo. Su Reino establecido con sus leyes en vuestro espíritu. Si no, seríais ladrillos mal cocidos, madera carcomida, piedras toscas y quebradizas, no resistentes y que el constructor, si es juicioso, rechaza; o que fallan, ceden, provocando la caída de una parte, si el constructor, los constructores puestos por el Padre para dirigir la construcción del Templo, son constructores ídolos que se pavonean en la propia gloria sin velar y trabajar por la construcción que se lleva a cabo y los materiales usados para hacerla. Constructores ídolos, tutores ídolos, guardianes ídolos. ¡Ladrones! Ladrones de la confianza de Dios, de la estima de los hombres. Ladrones, orgullosos, que se complacen en el modo de obtener ganancia y de tener un voluminoso montón de materiales, y no observan si éstos son buenos o de mala calidad, causa de destrucción.

42 Vosotros, nuevos sacerdotes y escribas del nuevo Templo, escuchad. ¡Ay de vosotros, y de quienes después de vosotros, se haga ídolo y no vele y vigile en orden a sí mismo y a los demás, los fieles, para observar, probar la calidad de las piedras y de la madera, sin fiarse de las apariencias, y cause destrucción dejando que los materiales, de mala calidad, o incluso negativos, se dejen usar para el Templo, escandalizando y provocando destrucción! ¡Ay de vosotros, si dejáis que se creen hendiduras, y que se construyan paredes inseguras, torcidas, que puedan fácilmente derrumbarse al no estar equilibradas sobre bases sólidas y perfectas! El desastre no vendría de Dios, Fundador de la Iglesia, sino de vosotros, y seríais responsables ante el Señor y ante los hombres. ¡Diligencia, observación, discernimiento, prudencia! La piedra o el ladrillo o la viga débiles, que en una pared maestra comportarían derrumbamientos, pueden servir para partes de menor importancia, y servir bien. Así debéis saber elegir. Con caridad, para no provocar el desagrado de las partes débiles; con firmeza, para no provocar el desagrado de Dios ni la ruina de su Edificio. Y si os dais cuenta de que una piedra, ya puesta para soporte de un ángulo maestro, no es buena o no está equilibrada, sed valientes, audaces, y sabed quitarla de ese lugar. Mortificadla escuadrándola con el cincel de un santo celo. Si grita de dolor, no importa; os bendecirá por siempre, porque la habréis salvado. Cambiadla de lugar, ponedla a desarrollar otra tarea. No tengáis miedo ni siquiera de prescindir totalmente de ella, si veis que es causa de escándalo y destrucción, rebelde a vuestro trabajo. Es mejor pocas piedras que mucho lastre. No tengáis prisa. Dios no tiene nunca prisa, sino que lo que crea es eterno porque está bien sopesado antes de llevarlo a cabo. Si no es eterno, dura tanto cuanto los siglos todos. Observad el Universo. Desde hace siglos, desde hace millares de siglos, es como Dios lo hizo con sucesivos actos. Imitad al Señor. Sed perfectos como el Padre vuestro. Tened su Ley en vosotros, su Reino en vosotros. Y no fracasaréis.

Pero si no fuerais así, se derrumbaría el edificio; vano habría sido vuestro esfuerzo para levantarlo. Se vendría abajo, de forma que quedaría solamente de él la piedra angular, los cimientos[41]… ¡Lo mismo que le sucederá a ese edificio! En verdad os digo que le sucederá eso. Y lo mismo le sucederá al vuestro, si metéis en él lo que hay en éste: las partes enfermas de orgullo, de ambición, de pecado, de lujuria. De la misma forma que por un soplo del viento se ha deshecho ese dosel de nubes que parecía posado, tan sugestivamente bello, en la cima de aquel monte, se vendrán abajo, con un soplo de viento de castigo sobrenatural y humano, los edificios que de santo no tengan más que el nombre…».

43     Jesús calla pensativo. Cuando toma de nuevo la palabra es para ordenar:

-«Sentémonos aquí a descansar un poco».

Se sientan en una ladera del monte de los Olivos, teniendo enfrente el Templo, al que besa el Sol poniente. Jesús mira fijamente a ese lugar, con tristeza; los otros, con orgullo por su belleza, pero es un orgullo velado por la pena que han originado las palabras del Maestro. ¿Y si realmente esa belleza hubiera de desaparecer?…

Pedro y Juan hablan entre sí y luego susurran algo a Santiago de Alfeo, que está a su lado, y éstos asienten con la cabeza. Entonces Pedro se dirige al Maestro y le dice:

-«Ven aparte y explícanos cuándo se cumplirá tu profecía sobre la destrucción del Templo. Daniel habla de ello[42]386. Lo que pasa es que si fuera como él dice y como Tú dices, pocas horas tendría ya de vida el Templo. Pero no vemos ni ejércitos ni preparativos de guerra. ¿Cómo sucederá, entonces, esto? ¿Cuál será la señal? Tú has venido. Dices que estás para marcharte. Y, sin embargo, se sabe que eso se cumplirá estando Tú entre los hombres. ¿Es que vas a volver? ¿Cuándo, este regreso tuyo? Explícanoslo para que podamos saberlo…».

-«No hace falta ir aparte. ¿Ves? Aquí están los discípulos más fieles, los que a los doce os servirán de gran ayuda. Pueden oír las palabras que os digo a vosotros. ¡Acercaos todos!»

grita al final, para reunirlos a todos.

Los discípulos, que estaban diseminados por la ladera, se acercan, forman un grupo compacto, ceñido en torno al grupo principal formado por Jesús y los apóstoles, y escuchan.

44

-«Estad atentos a que nadie os seduzca en el futuro. Yo soy el Cristo y no habrá otros Cristos. Por tanto, cuando muchos vengan a deciros: “Yo soy el Cristo” y seduzcan a muchos, no creáis en esas palabras, aunque vinieran acompañadas de prodigios. Satanás, padre de la mentira y protector de los embusteros, ayuda a sus siervos y secuaces con falsos prodigios, que, de todas formas, pueden ser identificados como no buenos porque siempre están acompañados de miedo, turbación y mentira.

Vosotros conocéis los prodigios de Dios: dan santa paz, alegría, salud, fe; conducen a deseos y obras santas. Los otros, no. Por tanto, reflexionad sobre la forma y las consecuencias de los prodigios que podréis ver en el futuro obrados por falsos Cristos y por todos aquellos que se vistan con el manto de salvadores de los pueblos, cuando en realidad serán las fieras que causarán la destrucción de éstos. Oiréis y veréis, también, hablar de guerras y rumores de guerras y os dirán: “Son las señales del final”. No os turbéis. No será el final. Todo esto debe suceder antes del final, pero todavía no será el fin. Se levantará pueblo contra pueblo, reino contra reino, nación contra nación, continente contra continente, y después habrá pestilencias, carestías, terremotos en muchos lugares. Pero esto será sólo el principio de los dolores. Entonces os arrojarán a la tribulación y os matarán, acusándoos de ser los culpables de su sufrimiento y con la esperanza de que persiguiendo y destruyendo a mis siervos se acabará su sufrimiento.

Los hombres siempre acusan a los inocentes de ser causa del mal que ellos, pecadores, se crean. Acusan al mismo Dios, perfecta Inocencia y Bondad suprema, de ser causa de su sufrimiento; y lo mismo harán con vosotros, y seréis odiados por causa de mi Nombre. Es Satanás quien los azuza. Y muchos se escandalizarán y se traicionarán y odiarán recíprocamente. Es también Satanás quien los azuza. Y surgirán falsos profetas que inducirán a muchos al error. Y también será  Satanás el autor de tanto mal. Por el progreso de la iniquidad, en muchos se enfriará la caridad. Pero el que persevere hasta el fin al se salvará. Y antes es necesario que este Evangelio del Reino de Dios sea predicado en todo el mundo, testimonio para todas las naciones.

Entonces vendrá el final. Regreso de Israel, que acogerá a Cristo; predicación de mi Doctrina en todo el mundo.

45 Y luego otra señal. Una señal para el final del Templo y el fin del Mundo.

Cuando veáis la abominación de la desolación predicha por Daniel –el que me escucha entienda bien, y quien lea al Profeta sepa leer entre las palabras–, entonces el que esté en Judea huya a los montes, el que esté en la terraza no baje a tomar lo que tiene en casa, y el que esté en su campo no regrese a casa a tomar el manto; antes bien, huya, sin volverse para atrás, no vaya a sucederle que ya no pueda huir; y que ni siquiera se vuelva a mirar mientras huye, para no conservar en el corazón el horrendo espectáculo y no vaya a enloquecer por causa de ello. ¡Ay de las que estén encinta y de las que amamanten en aquellos días! ¡Ay si la fuga se debiera hacer en sábado! No sería suficiente la fuga para salvarse sin pecar. Rogad, pues, para que esto no suceda ni en invierno ni en sábado, porque la tribulación de esos momentos será tan grande como nunca la ha habido desde el principio del mundo hasta ahora, ni la habrá nunca como ella porque será el final. Si no fueran abreviados esos días en consideración de los elegidos, ninguno se salvaría, porque los hombres–satanás se aliarán con el infierno para atormentar a los hombres. Y también entonces, para corromper y apartar del camino recto a aquellos que permanezcan fieles al Señor, surgirán quienes digan: “El Cristo está ahí, el Cristo está aquí. Está en aquel lugar. Ahí le tenéis”. No lo creáis. Que ninguno crea porque surgirán falsos Cristos y falsos profetas que harán prodigios y portentos capaces de inducir al error, si ello fuera posible, hasta a los propios elegidos, y expresarán doctrinas aparentemente tan consoladoras y buenas que podrían seducir incluso a los mejores, si con ellos no estuviera el Espíritu de Dios, que los iluminará acerca de la verdad y el origen satánico de tales prodigios y doctrinas. Yo os lo digo. Yo os predico esto para que podáis obrar en consecuencia. Mas no temáis caer. Si estáis en el Señor, no seréis arrastrados a la tentación y a la destrucción. Recordad lo que os dije: “Os he dado el poder de andar sobre serpientes y escorpiones, y de todo el poder del Enemigo nada os causará daño, porque todo estará sujeto a vosotros”. Pero también os recuerdo que para obtener esto debéis tener a Dios en vosotros, y debéis alegraros, no porque dominéis las potencias del Mal y los venenos, sino porque vuestro nombre está escrito en el Cielo.

46 Permaneced en el Señor y en su verdad. Yo soy la Verdad y enseño la verdad. Por tanto, os repito una vez más: os digan lo que os digan acerca de mí, no lo creáis. Yo he dicho sólo la verdad. Yo os digo sólo que Cristo vendrá, pero cuando llegue el fin. Por tanto, si os dicen: “Está en el desierto”, no vayáis. Si os dicen: “Está en aquella casa”, no hagáis caso. Porque el Hijo del hombre en su segunda venida será semejante al relámpago que sale de levante y zigzaguea hasta poniente en menos tiempo que se parpadea. Y cruzará el gran cuerpo, súbitamente transformado en cadáver[43], seguido de sus refulgentes ángeles, y juzgará. Donde esté el cuerpo se reunirán las águilas.

Inmediatamente después, pasada la tribulación de esos días últimos de que os he hablado –hablo del final de los tiempos y del mundo, y de la resurrección de los huesos, que son cosas de que hablan los profetas[44]–, se obscurecerá el Sol, la Luna dejará de dar luz, las estrellas del cielo caerán como granos de un racimo demasiado maduro sacudido por un viento tempestuoso, y las potencias de los Cielos temblarán. Entonces en el firmamento obscurecido aparecerá refulgente el signo del Hijo del hombre. Entonces llorarán todas las naciones de la Tierra, y los hombres verán al Hijo del hombre venir en las nubes del cielo con gran poder y gloria. El dará órdenes a sus ángeles para que cosechen y vendimien, y para que separen la cizaña y el trigo, y que echen las uvas en el lagar, porque habrá llegado el tiempo de la gran recolección de la semilla de Adán, y ya no habrá necesidad de guardar ni racimo ni semilla porque para nunca más habrá perpetuación de la especie humana en la Tierra muerta. Y mandará a sus ángeles que con gran sonido de trompetas reúnan a los elegidos, desde los cuatro vientos, desde una extremidad a la otra de los cielos, para que se pongan al lado del Juez divino y juzgar con El a los últimos vivos[45] y a los resucitados.

47 Aprended de la higuera la parábola: cuando veis que sus ramas se ponen tiernas y echa las hojas, sabéis que el verano está cercano; de la misma manera, cuando veáis todas estas cosas, sabed que Cristo está para llegar. En verdad os digo: no pasará esta generación que no me ha querido sin que todo esto suceda.

Mi palabra no cae. Lo que digo se cumplirá. El corazón y el pensamiento de los hombres pueden cambiar, pero no cambia mi palabra. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. Y por lo que respecta al día y a la hora precisa, nadie los conoce, ni siquiera los ángeles del Señor; solamente el Padre.

48 En la venida del Hijo del hombre, sucederá como en tiempos de Noé. En los días que precedieron al diluvio, los hombres comían, bebían, se casaban, y establecían sus moradas, sin preocuparse de la señal[46], hasta el día en que Noé entró en el arca y se abrieron las cataratas de los cielos y el diluvio sumergió a todos los seres vivos y todas las cosas. Lo mismo sucederá en la venida del Hijo del hombre. Dos hombres estarán juntos en el campo, uno será tomado y el otro dejado, dos mujeres estarán ocupadas en mover la rueda de molino, una será tomada y la otra dejada: por los enemigos de la Patria, y más aún por los ángeles, que separarán de la cizaña la buena semilla; y no tendrán tiempo de prepararse para el juicio de Cristo.

Velad, pues, porque no sabéis a qué hora vendrá vuestro Señor. Pensad en esto: si el jefe de la familia supiera a qué hora viene el ladrón, vigilaría y no dejaría depredar su casa. Así pues, velad y orad, estando siempre preparados a la venida, sin que vuestros corazones caigan en un torpor por toda suerte de abusos e intemperancias, y vuestros espíritus se distraigan y se hagan insensibles para las cosas del Cielo por las excesivas atenciones a las cosas de la Tierra, y no os sorprenda de improviso el lazo de la muerte estando impreparados. Porque, recordadlo, todos debéis morir. Todos los hombres que han nacido deben morir. Y esta muerte y el subsiguiente juicio[47] son una venida individual de Cristo, que se verá repetida universalmente cuando venga solemnemente el Hijo del hombre.

49 ¿Cuál será la ventura de aquel siervo fiel y prudente, encargado por su señor de distribuir el alimento a los domésticos en su ausencia? Dichosa ventura tendrá, si su señor, al volver de improviso, le encuentra haciendo con diligencia, justicia y amor lo que debe. En verdad os digo que le dirá: “Ven, siervo bueno y fiel. Has merecido mi premio. Ten: administra todos mis bienes”. Mas si parecía bueno y fiel, pero no lo era y en su interior era malo como hacia afuera hipócrita, y una vez que hubo partido su señor dijo en su corazón: “¿Mi señor tardará en volver! Dediquémonos a la buena vida”, y empezó a golpear y maltratar a sus compañeros de servicio y a sacar ganancia en perjuicio de la comida de éstos y de todas las otras cosas para tener más dinero que consumir con los crapulosos y borrachos, ¿qué sucederá? Sucederá que el señor volverá de improviso, cuando el siervo no crea que esté cerca, y será descubierto su obrar injusto, le serán arrebatados puesto y dinero y será arrojado a donde la justicia exige, y allí se quedará.

Y lo mismo respecto al pecador impenitente que no piensa en que la muerte puede estar cercana, y cercano su juicio, y goza y abusa diciendo: “Más adelante me arrepentiré”. En verdad os digo que no tendrá tiempo de hacerlo y será condenado a estar eternamente en el lugar del tremendo horror donde sólo hay blasfemia y llanto y tortura, y saldrá de él sólo para el Juicio final, cuando se revestirá de la carne resucitada para presentarse completo al Juicio último, como completo pecó en el tiempo de la vida terrena, y con cuerpo y alma se presentará ante el Juez Jesús, a quien no quiso por Salvador.

50 Todos allí, reunidos ante el Hijo del hombre. Una multitud infinita de cuerpos restituidos por la tierra y por el mar y recompuestos tras haber sido ceniza durante mucho tiempo. Y los espíritus en los cuerpos. A cada carne, ya de nuevo en los esqueletos, le corresponderá su propio espíritu, el que en su tiempo la animó. Y estarán en pie ante el Hijo del hombre, espléndido en su Majestad divina, sentado en el trono de su gloria sostenido por sus ángeles.

Y El separará a unos hombres de otros poniendo en una parte a los buenos y en la otra a los malos, como un pastor separa ovejas y cabritos, y pondrá a sus ovejas a la derecha y a los cabros a la izquierda. Y dirá, con dulce voz y benigno aspecto, a aquellos que, pacíficos y hermosos, con la belleza gloriosa de su cuerpo santo esplendoroso, le mirarán con todo el amor de su corazón: “Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del Reino preparado para vosotros desde el origen del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, anduve peregrino y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, prisionero y vinisteis a consolarme”.

Y los justos le preguntarán: “¿Pero cuándo, Señor, te vimos hambriento y te dimos de comer, sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos peregrino y te recibimos, desnudo y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo y prisionero y fuimos a visitarte?”. Y el Rey de los reyes les dirá: “En verdad os digo que cuando hicisteis una de estas cosas con uno de éstos, los más pequeños de mis hermanos, lo hicisteis conmigo”. Y luego se volverá hacia los que estén a su izquierda y les dirá, con rostro severo –sus miradas serán como saetas fulminadoras para los réprobos y en su voz resonará como un trueno la ira de Dios–: “¡Fuera de aquí! ¡Lejos de mí, malditos! ¡Al fuego eterno preparado por el furor de Dios para el demonio y los ángeles tenebrosos, y para los que de ellos han escuchado las voces de libídine triple y obscena. Yo tuve hambre y no me disteis de comer; sed, y no me disteis de beber; estuve desnudo y no me vestisteis, fui peregrino y me rechazasteis, estuve enfermo y encarcelado y no me visitasteis. Porque teníais una  sola ley: el placer de vuestro yo”.

Y ellos le dirán: “¿Cuándo te vimos hambriento, sediento, desnudo, peregrino, enfermo, prisionero? En verdad, no te conocimos; no vivíamos cuando estabas en la Tierra”. Y El les responderá: “Es verdad. No me conocisteis. Porque no vivíais cuando Yo estaba en la Tierra. Pero conocisteis mi palabra y tuvisteis a pobres entre vosotros, a hambrientos, a sedientos, a desnudos, enfermos, prisioneros. ¿Por qué no les hicisteis a ellos lo que quizás me hubierais hecho a mí? Porque, ciertamente, no se puede decir que los que me tuvieron fueran misericordiosos con el Hijo del hombre. ¿No sabéis que en mis hermanos estoy Yo, y que donde haya uno de ellos que sufra allí estoy Yo, y que lo que no hicisteis con uno de estos hermanos menores míos me lo negasteis a mí, Primogénito de los hombres? Id y arded en vuestro egoísmo. Id y os envuelvan las tinieblas y el hielo porque tinieblas y hielo fuisteis, a pesar de saber dónde estaban la Luz y el Fuego de Amor”.

Y éstos irán al eterno suplicio, mientras que los justos entrarán en la vida eterna. Estas son las cosas futuras…

51 Ahora podéis marcharos. Y no os separéis. Yo voy con Juan y estaré con vosotros a la mitad de la primera vigilia, para la cena y para ir luego a nuestros momentos de instrucción».

-«¿También esta noche? ¿Todas las noches vamos a hacer eso? Yo estoy todo dolorido de la humedad. ¿No sería mejor entrar ya en alguna casa que nos dé alojamiento? ¡Siempre en las tiendas! Siempre de vela por las noches, frescas y húmedas…»,

se queja Judas.

-«Es la última noche. Mañana… será distinto».

-«¡Ah! Creía que querías ir al Getsemaní todas las noches. Pero si es la última…».

-«No he dicho eso, Judas. He dicho que será la última noche que tendremos que pasar en el campo de los Galileos todos juntos. Mañana prepararemos la Pascua y comeremos el cordero, y luego iré Yo solo a orar al Getsemaní. Y vosotros podréis hacer lo que queráis».

-«¡Nosotros vamos contigo, Señor! ¿Pero cuándo tenemos deseos de dejarte!»

Dice Pedro.

-«Tú calla, que no eres inocente. Tú y el Zelote no hacéis más que revolotear de un lado para otro en cuanto el Maestro no os ve. No os pierdo de vista. En el Templo… durante el día… en las tiendas, arriba…»

dice Judas Iscariote, contento de denunciar.

-«¡Basta! Si lo hacen, hacen bien. De todas formas, no me dejéis solo… Os lo ruego…».

-«Señor, créenos que no hacemos nada malo. Dios conoce nuestras acciones y su mirada no se aparta, disgustada, de ellas»

dice el Zelote.

-«Lo sé. Pero es inútil. Y lo que es inútil puede siempre ser dañino. Estad lo más posible unidos».

Luego se vuelve a Mateo:

-«Tú, mi buen cronista, les referirás[48] a éstos la parábola de las diez vírgenes sensatas y de las diez necias, y la del amo que da talentos a sus tres servidores para que los hagan producir y dos ganan el doble y el holgazán lo entierra. ¿Recuerdas?».

-«Sí, Señor mío, con exactitud».

-«Entonces nárraselas a éstos. No todos las conocen. Y también los que las saben las escucharán de nuevo con gusto. Ocupad así, diciendo sabias palabras, el tiempo hasta mi regreso. ¡Velad! ¡Velad! Tened despierto vuestro espíritu. Esas parábolas son también apropiadas para lo que acabo de decir. Adiós. La paz esté con vosotros».

Toma de la mano a Juan y se aleja con él hacia la ciudad… Los demás se encaminan hacia el Campo galileo.

52      Dice Jesús:

-«Colocarás aquí la Segunda parte del fatigosísimo Miércoles Santo. Noche (1945).

Acuérdate de señalar en rojo los puntos que te he dicho. Esas palabritas[49] dan luz, mucha luz para quien la sabe ver».

[1] Cfr. Deut. 6, 4–5.

[2] Cfr. Lev. 19, 18.

[3] Cfr. Sal. 50, 18–19.

[4] Cfr. Sal. 36, 11; Mt. 5, 1–12.

[5] Cfr. Sal. 109, 1.

[6] Sin embargo, la transcribimos fiel e íntegramente (como en 174.10), sin tener en cuenta las correcciones de MV, que consisten, sobre todo, en la supresión de los párrafos iniciales por ser de carácter personal y por contener alguna descripción repetida.

[7] Cfr. Gén. 4, 1–16

[8] Cfr. Ex. 20, 12; Lev. 19, 3; Deut. 5, 16; también: Prv. 1, 8–9; 6, 20–22; Eccli. 3, 2–18; Ef. 6, 1–4; Col. 3, 20–21.

[9] como se lee en: Esdras 1–10; Nehemías 1–13;1 Macabeos 1–2.

[10] Se aconseja leer 1 y 2 libros de Esdras.

[11] Cfr. Hech. 11, 19–26; 26, 24–32; 1 Pe. 4, 12–19.

[12] Sin embargo en la misma Biblia aparece que la paternidad y el magisterio, por lo tanto los títulos de padre y maestro, los hombres lo participan de Dios. Se lee que la Divina paternidad es la fuente de toda paternidad celestial y terrena, esto es, espiritual y física: Ef. 3, 14. Además los mismos apóstoles se sintieron “padres” según el Espíritu, como se desprende del hecho de que llamaban “hijos”o “hijitos” a los que habían bautizado o que eran sus seguidores. Cfr. 1 Cor. 4, 14–17; 2 Cor. 6, 11–18; Gal. 4, 12–20; 1 Tim. 1, 18–20; 2 Tim. 1, 1–2; 2, 1–2; Tit. 1, 1–4; Flm. 8–14; 1 Pe. 5, 12–14; 1 Ju. 2, 1. Finalmente que los apóstoles se sintieron también “maestros” se desprende del título mismo de “maestro” que a veces se dieron. Cfr. 1 Tim. 2, 1–8; 2 Tim. 1, 6–11.

[13] A partir del Papa S. Gregorio Magno (siglo VI) los Romanos Pontífices, sucesores de S. Pedro, han empleado este modo de llamarse “Siervo de los siervos de Dios”.

[14] de que se habla en Génesis 2, 22–23, pero más afínmente en Génesis 3, 15; la Virgen, de que se habla en Isaías 7, 10–25; sobre todo 7, 14; profetizó, en 21.5. Cfr. también Mt. 1, 18–25.

[15] Cfr. Lc. 1, 52

[16] Cfr. Rom. 1, 18–32; 1 Cor. 6, 1–11; Ef. 4, 17 – 5, 20; Col. 3, 5–9; Heb. 13, 1–6.

[17] Cuatro ejemplos de sutileza rabínica.

[18] Cfr. Lev. 11–27 y en otros lugares.

[19] Cfr. Gén. 4, 8; 2 Par. 24, 17–22. Se aconseja leer todos los capítulos.

[20] Cfr. Sal. 117, 24–26.

[21] que le había curado una pierna, como se lee en 488.5.

[22] Jesús, verdadero Dios, fue también verdadero Hombre, y como tal, experimentó durante su peregrinanción terrene lo que son el cansancio y la tristeza. Cfr. Mt. 26, 36–39; Mc. 14, 32–36; Lc. 22, 39–44; Ju. 4, 1–6.

[23] Cfr. Gén. 3; Rom. 5, 12–21

[24] Expresión semejante en Flp. 2, 5–11.

[25] Como en Mc. 10, 46–52; Ju. 20, 11–18. Es una palabra aramaica, de mayor énfasis que “rabí” que significa “Maestro mío” o “Maestro”, y que se usaba con frecuencia cuando se dirigían a Dios.

[26].Expresión semejante también en Mt. 19, 28; Lc. 22, 30 y parte en Ap. 20, 1–6.

[27] Alusión al Misterio eucarístico, cuyos efectos admirables para el tiempo y para la eternidad se describen

[28] Alusión a la edad avanzada en que S. Juan redactó su Evangelio.

[29] Cfr. Dan. 9.

[30] Para el Templo de Dios que es Jesús y que somo nosotros, cfr. Mt. 26, 57–68; 27, 39–44; Mc. 14, 53–65; 15, 29–32; Ju. 2, 13–22; 1 Cor. 3, 16–17; 6, 12–20; 2 Cor. 6, 14–18; Ef. 2, 11–22; 1 Pe. 2, 4–10; Ap. 21–22. Cfr. Rom. 12, 3–13; 1 Cor. 10, 14–22; 12, 12–30; Ef. 1, 15–23; 2, 11–22; 4, 1–16; 5, 21–33; Col. 1, 15–29; 2, 9–19; 3, 12–15. Jesús no empleó –según los Evangelios– la figura del “cuerpo”, sino la de la “vid”. Cfr. Ju. 15, 1–17.

[31] Cfr. Mt. 16, 13–20; 1 Cor. 3, 5–17; Ef. 2, 19–22; 4, 1–16; 1 Pe. 2, 4–10.

[32] Cfr. Sal. 126, 1.

[33] 378 La palabra “Iglesia” o la realidad que expresa, se encuentra muchas veces en el Antiguo, pero sobre todo en el Nuevo Testamento. Basta ver los textos para convencerse que Jesús no vino a destruir, sino a perfeccionar. Por lo que se refiere a la antigua ley, cfr. Ex. 19, 1 – 20, 21 (asamblea para la promulgación de los mandamientos); Núm. 20, 1–13 (asamblea de Dios, esto es, del pueblo elegido, que salió de Egipto, que peregrina por el desierto, en busca de tierra prometida); Deut. 4, 9–20 (asamblea del pueblo, a quien Dios dirige su palabra); 23, 1–8 (condiciones para ser admitido alguien a la asamblea de Dios); Jue. 20, 1–11 (asamblea del pueblo de Dios, unida y formando un grupo, como si fuese un solo hombre); 3 Rey. 8 (asamblea litúrgica, en la casa de Dios); 1 Par. 29, 1–20 (asamblea litúrgica); 2 Par. 5–7 (asamblea litúrgica); 2 Esdr. 8 (asamblea, como si fuese un solo hombre); Jdt. 6 (asamblea para orar y hacer penitencia, postrada durante toda la noche); 7, 12–25 (asamblea de oración, acompañada de lágrimas); Sal. 21; 25; 34; 39; 67; 106; 149 (asamblea del pueblo, con alabanzas, bendiciones, acciones de gracias, etc., a Dios); Sal. 88, 6 (asamblea de los Angeles); Ecli. 33, 19 (jefes del pueblo, presidentes de la asamblea); Lam. 1, 10 (santurario: lugar de la asamblea); Jl. 2, 12–19 (asamblea litúrgica de penitencia y de oración teniendo por jefes a los sacerdotes que oran, y respuesta de Dios); 1 Mac. 4, 52–59 (asamblea en el templo para celebrar la liturgia, y tomar decisión importante: en común, esto es, por parte de los jefes y del pueblo); 5, 9–20 (asamblea del jefe y del pueblo, para decidir sobre cosas de gran importancia); 14, 16–24 (asamblea durante la que se leen documentos importantes). En el N.T., cfr. Mt. 16, 13–20; 18, 15–18; Hech. 5, 1–11; 7, 35–38; 8, 1–4; 9, 31; 11, 19–26; 12, 1–5; 13, 1–5; 14, 19–28; 15; 20, 17–38; Rom. 16; 1 Cor. 1, 1–3; 4, 14–17; 6, 1–8; 7, 17–24; 10, 31–33; 11, 13–22; 12, 12–30; 14; 15, 9–10; 16, 1. 19–20; 2 Cor. 1, 1–2; 8, 1. 16–24; 11, 1–29; 12, 11–15; Gal. 1, 1–2. 11–24; Ef. 1, 15–23; 3; 5, 21–33; Flp. 3, 1–6; 4, 10–20; Col. 1, 15–29; 4, 15–17; 1 Tes. 1, 1; 2, 13–16; 2 Tes. 1, 1–5; 3, 1–5. 14–16; 5, 16; Flm. 1–3; Heb. 12, 18–24; Sant. 5, 13–20; 1 Pe. 5, 12–14; 3 Ju. 3–11; Ap. 1–3; 21–22. Por Iglesia se entiende, pues, una comunidad particular, o varias, o todas. Algunas veces Iglesia significa la comunidad particular reunida fuera del lugar santo. En otras, la Iglesia universal, esparcida por el mundo, en cuanto es el Cuerpo místico de Cristo, esto es, una comunidad universal que es en tal forma amada que se le llama “esposa” y por lo tanto, cuerpo, que es completamente del Esposo, para el tiempo y la eternidad.

[34]

[35] Cfr. Concilio Ecuménico Vaticano I, Constitutio dogmatica I “Pastor aeternus” de Ecclesi Christi, con las indicaciones de los doumentos anteriores del Magisterio eclesiástico, de las Fuentes bíblicas y patrísticas que allí se alegan: Denzinger, Enchiridion Symbolorum…,n. 1821–1840 (ed. Nueva: n. 3070–3075).

[36] Cfr. Pio XII, Carta encíclica “Mystici Corporis Christi”, 1943, en Acta Apostólicae Sedis, vol. 35 (1943) p. 193–248.

[37] En este punto hay una cierta identificación entre “cerebro” y “mente”. De hecho dice: “La mente es el asiento del saber, el cerebro es el que dirige los movimientos de los miembros con sus órdenes inmateriales”y líneas más abajo escribe: “Si la mente dirige con sus órdenes inmateriales…” Tal modo de expresarse está consagrado por el uso, como se ve por el famoso Totius latinitatis lexicon de Forcellini, en la palabra Cerebrum: “Cerebrum proprie est substantia mollis in capite animalium, nervorum et sensus omnis principium… Alii in corde, alii in cerebro dixerunt animi esse sedem et locum… Translate ponitur interdum pro mente, animo intelligentia, sapientia…”

[38] Cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitution dogmática sobre la Iglesia, cap. 3; Decreto sobre el Oficio pastoral de los Obispos en la Iglesia; Decreto sobre el ministerio y vida de los Presbíteros. El insuperable escritor eclesiástico del s. III, Orígenes, en su Libellus de oratione, cap. 28, asemeja el ministerio sacerdotal al profético, en cuanto que los sacerdotes deben ser los anunciadores y ejecutores de la voluntad de Dios. Cfr. Migne, Patrología Graeca, 11, col. 527 (521–530).

[39] Semilla pequeña, pero que se convertirá en planta. Cfr. Mt. 13, 31–32; Mc. 4, 30–32; Lc. 13, 18–19

[40] Para conocer la doctrina bíblica sobre el Infierno, conviene leer en sus respectivos contextos, los trozos que se refieren a la morada de los muertos (scheol o Ades), a las grandes maldiciones, a los terribles castigos, sufrimientos: llanto, rechinar de dientes, gusanos, corrupción, laguna, azufre, fuego humo, fuego que no se apaga, fuego eterno, etc…. Por ej.: azufre y fuego: Gén, 19, 1–29; fuego: Lev. 10, 1–7; Jer. 15, 10–14; castigos terrenos: Lev. 26, 14–39; scheol, tierra que se abre y engulle, fuego: Núm. 16, 16–35; maldiciones: Deut. 28, 15–68; fuego, profundidad del scheol: Deut. 32, 1– 44; bajada al scheol: 1 Rey. 2, 1–11; fuego del cielo, contra los malvados: 4 Rey. 1, 1–18; fuego, gusanos, llanto eterno; Jdt. 16, 17; Purgatorio: 2 Mac. 12, 38–46; Scheol: Gén. 37, 28–35; 1 Rey. 28, 15–19; 2 Rey. 12, 15–23; Is. 38, 9–20; Job. 7, 1–11; 10, 18–22; 14, 1–22; 16, 12–22; Sal. 6, 5–6; 15, 7–11; 29, 2–10; 48, 15–20; 87, 2–13; 88, 47–49; 89, 3–11; Eccl. 17, 21–27; Bar. 2, 11–18; Mt. 16, 13–28; Hech. 2, 22–27. 54–57; Ap. 1, 17–20; 6, 7–8; scheol, abismo: Is, 14, 3–21; fuego, azufre, para siempre: Is. 34, 9–10; fuego que no se apaga: Is. 66, 18–24; fuego eterno: Jer. 17, 1–4; 6, 7–8; 20, 11–15; scheol, lugar subterráneo: Ez. 32, 17–32; oprobio y horror eternos: Dan. 12, 1–4; gehenna del fuego eterno: Mt. 18, 5–10; maldición, fuego eterno, pena eterna: Mt. 25, 31–46; gehenna, gusano que no muere, fuego que no se apaga: Mc. 9, 42–50; fuego del cielo que castigue a los malos: Lc. 9, 51–56; condenación: Ju. 5, 25–29; tintieblas: Ju. 8, 12; Col. 1, 9–14; descendimiento de Jesús a los infiernos: 1 Pe. 3, 18 – 4, 6; segunda muerte, esto es, eterna: Ap. 2, 8–11; fuego, azufre 14, 6–13; humo: Ap. 19, 1–4; laguna de fuego , de azufre, segunda muerte: Ap. 21, 1–8. El Scheol (o Ades) es, pues la morada de los muertos, bien sean infantes o adultos, buenos o malos. Por lo que toca a la morada de los malos, los trozos bíblicos, que se refieren ella, contienen elementos útiles para comprender qué cosa sea el infierno de los condenados. Teniendo en cuenta todos los anteriores textos del A. y N. Testamento, tal vez el infierno se podría describir del modo siguiente: es un lugar subterráneo, profundo. Es un abismo. Es al mismo tiempo, una laguna y un horno, donde hay corrupción y gusanos eternos. Es un lugar con fuego y humo, eternos, destinado a los malditos, a los condenados: esto es, para el demonio y sus ángeles, y para los hombres que han muerto dos veces, muertos a la vida terrena y muertos voluntariamente a la caridad divina. Con toda razón la S. Iglesia en sus letanías de los Santos, se dirige al Padre clementísimo y, con gemidos, dice: “Líbranos Señor, de la muerte eterna”.

[41] Cfr. Mt. 7, 24–27; 16, 13–20; Lc. 6, 46–49; 1 Cor. 3, 5–17; Ef. 2, 19–22.

[42] Cfr. Dan. 9–12, y en particular: 9, 27; 11, 31; 12, 11.

[43] Mt. 24, 28 tiene “cadaver”; Lc. tiene “cuerpo”. Esta obra une armónicamente las dos expresiones, haciendo que el pensamiento sea más claro: en el fin del mundo, el gran cuerpo de la humanidad, dejará de vivir y de perpetuarse sobre la tierra muerta, y sobre este cadáver, como sucede siempre cuando, un cuerpo muerto queda insepulto, se precipitarán y se reunirán las aves de rapiña (cfr. Lev. 11, 13–16).

[44] Cfr. Ez. 37, 1–14.

[45] Cfr. 1 Tes. 4, 13 – 5, 11; y también 1 Cor. 15, 20–28.

[46] es decir, la orden recibida de Noé de preparar el arca para salvar a todas las especies animales (en Génesis 6, 13–22).

[47] La doctrina del juicio particular, inmediatamente después de la muerte, y que no puede confundirse con el juicio universal al fin del mundo, más o menos, se encuentra en la Biblia. He aquí algunos lugares selectos: Lc. 23, 43; 2 Cor. 5, 1–10; Flp. 1, 21–26; Heb. 9, 27–28; Ap. 14, 13.

[48] que Jesús narró en 206.2/6 y en 281.9, pero que el Evangelio de Mateo reseña junto con los discursos del presente capítulo.

[49] son además y enviaré, y se encuentran en cursiva (rojo) en 596.20/21. Casos análogos en 577.11 y en 592.17