18/10/2015 Evangelio según San Marcos 10,35-45.

Vigésimo noveno Domingo del tiempo ordinario

Santo(s) del día : San Lucas, evangelista
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Lecturas

Leer el comentario del Evangelio por : Santo Tomás de Aquino
«El que quiera ser grande, sea vuestro servidor»

Este domingo meditamos el pasaje del evangelio de Marcos que se desarrolla en el capitulo 577, que ocurre durante la preparación de la pasión del Señor.
Fue en el domingo XXV que se tocó este tema.
Por cierto la misma disputa por quien era el mayor sucede dos veces, primero tras el segundo anuncio de la pasión, y en esta ultima ocasión tras el tercer anuncio de la pasión ya inminente, solo que en el primer caso queda como una discusión entre los apóstoles y en esta segunda instancia directamente pidiendo a Jesús que Él diga quien era el mayor.
La conclusión es la misma enseñanza que en el domingo XXV, en que había dicho que había que hacerse niños para entrar en el reino, ahora les dice ademas que habrá que hacerse servidores como Él lo fue.

Preparación para la Pasión de Jesús

577. Tercer anuncio[1]121 de la Pasión. María de Alfeo evoca la figura de José. La insensata petición de los hijos de Zebedeo.

8 de marzo de 1947.

1             Apenas el alba aclara el cielo, aunque no hace todavía fácil el camino, cuando Jesús deja Doco aún durmiente. Las pisadas ciertamente no las oye nadie, porque son cautelosas y la gente duerme todavía en las casas cerradas. Ninguno habla hasta que están fuera de la ciudad; hasta que están en el campo, que lentamente se despierta bajo la parca luz, llena de frescura después del lavacro del rocío.

Entonces Judas Iscariote dice:

«Camino inútil, descanso negado; hubiera sido mejor no haber venido hasta aquí».

«¡No nos han tratado mal los pocos que hemos encontrado! Han dedicado la noche a escucharnos y a ir por los enfermos de los campos. No, no, venir aquí ha sido una cosa verdaderamente buena, porque los que, por enfermedad u otros motivos, no podían aspirar a ver al Señor en Jerusalén le han visto aquí y han recibido el consuelo de la salud y de otras gracias. Los otros ya sabemos que han ido ya a la ciudad… Es costumbre de todos nosotros, a nada que se pueda, ir algunos días antes de la fiesta»

dice delicadamente Santiago de Alfeo, porque es siempre manso; todo lo contrario de Judas de Keriot, que incluso en los momentos buenos es siempre violento e imperioso.

«Precisamente porque vamos también nosotros a Jerusalén, era inútil venir aquí. Nos habrían oído y visto allí…».

«Pero no las mujeres y los enfermos…» rebate, interrumpiéndole, Bartolomé, en ayuda de Santiago de Alfeo.

Judas hace como que no oye y, como continuando lo que estaba diciendo, añade:

«Al menos creo que vamos a Jerusalén, aunque ahora ya no estoy seguro, después de lo que se le dijo a aquel pastor…».

«¿Y a dónde piensas que vayamos, si no es allí?» pregunta Pedro.

«¿Yo qué sé! Todo lo que hacemos desde hace algunos meses es tan irreal, todo tan contrario a lo previsible, al buen sentido, incluso a la justicia, que…».

«¡Hala! ¡Pues si te he visto beber leche en Doco, ¿cómo es que hablas como un borracho?! ¿En qué ves cosas contrarias a la justicia?» pregunta Santiago de Zebedeo, con unos ojos que poco bien prometen. Y añade: «¡Basta ya de reproches al Justo! ¿Entiendes que ya basta? No tienes derecho a censurarle. Ninguno tiene este derecho, porque El es perfecto, y nosotros… ninguno de nosotros lo es, y tú el que menos».

«¡Eso es! Si estás enfermo, te curas; pero no nos amargues con tus protestas. ¡Si eres un lunático, allí está el Maestro: ve a que te cure y corta ya, ¿Eh?!» dice Tomás perdiendo la paciencia.

2       Efectivamente, Jesús viene detrás, junto con Judas de Alfeo y Juan; y ayudan a las mujeres, que, menos acostumbradas a andar entre dos luces, avanzan con dificultad por este sendero no bueno y, además, más obscuro que el campo porque va por un tupido olivar. Y Jesús habla animadamente con las mujeres, enajenándose de lo que sucede más adelante, lo cual, de todas formas, es oído por los que van con El, pues, aunque las palabras lleguen mal, su tono denota que no son palabras suaves, sino que, ciertamente, tienen sabor de disputa.

Los dos apóstoles, Judas Tadeo y Juan, se miran… y no dicen nada. Miran a Jesús y a María. Pero María está tan velada con su manto, que casi no se le ve la cara. Jesús parece no haber oído. Más, acabado lo que estaba diciendo –hablaban de Benjamín y de su futuro, y hablan de la viuda Sara de Afeq, que se ha establecido en Cafarnaúm y es madre amorosa no sólo del niñito de Yiscala, sino también de los hijitos de la mujer de Cafarnaúm que, pasada a segundo matrimonio, no quería ya a los hijos del primero, y que murió luego

«tan mal, que verdaderamente se ha visto la mano de Dios en su muerte»

dice Salomé–, Jesús va hacia delante junto con Judas Tadeo y llega donde los apóstoles (pero antes, al marcharse, ha dicho: «Quédate aquí, Juan, si quieres. Voy a responder al inquieto y a poner paz».).

Pero Juan, después de algunos otros pasos con las mujeres, y visto que el sendero se abre más y se hace más luminoso, se echa a correr y alcanza a Jesús justo cuando está diciendo:

«Así que, tranquilízate, Judas. Nada irreal haremos, como nunca lo hemos hecho. Tampoco ahora estamos haciendo nada contrario a lo previsible. Este es el tiempo en que está previsto que todo israelita que no esté impedido por enfermedades o causas gravísimas suba al Templo. Y al Templo estamos subiendo».

«No todos. Margziam he oído que no estará. ¿Acaso está enfermo? ¿Por qué motivo no viene? ¿Tú crees que puedes substituirle por el samaritano?» .

El tono de Judas es insoportable. Pedro susurra:

«¡Oh prudencia, encadena mi lengua, que soy hombre!»,

y aprieta fuertemente los labios para no decir nada más. Sus ojos, un poco saltones, tienen una mirada conmovedora, y es que son muy visibles en ellos el esfuerzo que hace el hombre por frenar su indignación y la aflicción de oír hablar a Judas de ese modo.

3       La presencia de Jesús mantiene inmóviles todas las lenguas. El es el único que habla, diciendo con una calma verdaderamente divina:

«Venid un poco adelante para que las mujeres no oigan. Tengo que deciros una cosa, ya desde hace algunos días. Os la prometí en los campos de Tersa. Pero quería que estuvierais todos para oírla; todos vosotros, no las mujeres. Dejémoslas en su humilde paz… En lo que os voy a decir estará incluída también la razón por la cual Margziam no estará con nosotros, y tampoco tu madre, Judas de Keriot, ni tus hijas, Felipe, ni las discípulas de Belén de Galilea con la jovencita. Hay cosas que no todos pueden soportarlas. Yo, Maestro, sé lo que es un bien para mis discípulos, y sé cuánto pueden ellos, o no pueden, soportar. Ni siquiera vosotros tenéis la suficiente fortaleza como para soportar la prueba. Y quedar excluídos de ella sería una gracia para vosotros.

Pero vosotros debéis continuarme, y debéis saber cuán débiles sois, para ser después misericordiosos con los débiles. Por eso vosotros no podéis veros excluídos de esta tremenda prueba que os dará la medida de lo que sois, de lo que habéis seguido siendo después de tres años de estar conmigo y de lo que habéis venido a ser después de estos mismos tres años. Sois doce. Vinisteis a mí casi contemporáneamente. Y no son los pocos días que transcurrieron desde mi encuentro con Santiago, Juan y Andrés, hasta el día en que tú, Judas de Keriot, fuiste recibido entre nosotros, ni hasta el día en que tú, Santiago, hermano mío, y tú, Mateo, vinisteis conmigo, los que pueden justificar tanta diferencia de formación entre vosotros.

Estabais todos, también tú, docto Bartolmái, y vosotros, hermanos míos, muy informes, completamente informes respecto a lo que es la formación en mi doctrina. Es más, vuestra formación, mejor que la de otros de entre vosotros respecto a la doctrina del viejo Israel, os suponía un obstáculo para formaros en mí. Pero ninguno de vosotros ha recorrido tanto camino como habría sido suficiente para llevaros a todos a un único punto. Uno lo ha alcanzado, otros están cerca, otros más lejos, otros muy atrás, otros… sí, debo decir también esto: en vez de avanzar han retrocedido. ¡No os miréis! No busquéis entre vosotros quién es el primero y quién el último. Aquel que, quizás, se cree el primero y es considerado el primero, debe todavía tomarse a sí mismo el pulso. Aquel que se cree el último está para resplandecer en su formación como una estrella del cielo. Por tanto, una vez más, os digo: no juzguéis. Los hechos juzgarán con su evidencia. Por ahora no podéis entender. Pero pronto, muy pronto, recordaréis estas palabras mías y las comprenderéis».

«¿Cuándo? Nos has prometido que nos vas a decir, que nos vas a explicar también por qué la purificación pascual será distinta este año, pero no nos lo dices nunca», se queja Andrés.

«De esto os quería hablar. Porque aquellas palabras y éstas son una única cosa, pues tienen su raíz en una única cosa. 4 Mirad, estamos subiendo a Jerusalén para la Pascua. Allí se cumplirán todas las cosas dichas por los profetas respecto al Hijo del Hombre. En verdad, como vieron los profetas [2]122, como ya estaba dicho en la orden dada a los hebreos de Egipto, como fue ordenado a Moisés en el desierto, el Cordero de Dios muy pronto va a ser inmolado y su Sangre muy pronto va a rociar las jambas de los corazones, y el ángel de Dios pasará sin descargar su mano sobre los que tengan sobre sí, y con amor, la Sangre del Cordero inmolado, que muy pronto va a ser levantado como la serpiente de precioso metal en el palo transversal, como signo para los que han sido heridos por la serpiente infernal, para salud de los que lo miren con amor[3]123. El Hijo del Hombre, vuestro Maestro Jesús, muy pronto va a ser entregado en manos de los príncipes de los sacerdotes, de los escribas y Ancianos, los cuales le condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles para ser escarnecido. Y le abofetearán, le golpearán, le escupirán, le arrastrarán por las calles como a un andrajo inmundo, y luego los gentiles, después de haberle flagelado y coronado de espinas, prefiriendo el pueblo hebreo, reunido en Jerusalén, su muerte en vez de la de un ladrón, le condenarán a la muerte de cruz, propia de los malhechores; y así le matarán.

Pero, como está escrito en los signos de las profecías, después de tres días resucitará. Esta es la prueba que os espera, la que mostrará vuestra formación. En verdad os digo, a todos vosotros los que os creéis tan perfectos como para despreciar a los que no son de Israel e incluso a muchos del propio pueblo nuestro, en verdad os digo que vosotros, mi parte elegida del rebaño, cuando apresen al Pastor, sufriréis la embestida del miedo y huiréis a la desbandada, como si los lobos que a mí me morderán desde todas las partes se hubieren vuelto contra vosotros. Pero os digo que no temáis, que no os tocarán un solo cabello. Yo seré suficiente para saciar a los lobos feroces…».

5       Los apóstoles, a medida que Jesús va hablando, van pareciendo criaturas expuestas a una granizada de piedras. Incluso se encorvan, cada vez más, mientras Jesús va hablando. Y, cuando termina:

«Y todo esto que os digo ya es inminente; no es como las otras veces, que había tiempo antes de esa hora. Ya ha llegado la hora. Yo voy para ser entregado a mis enemigos e inmolado para salvación de todos. Y este capullo de flor no habrá perdido todavía sus pétalos, después de haber florecido, y Yo estaré ya muerto»,

cuando termina así, quién se tapa la cara con las manos, quién gime como si le estuvieran hiriendo. Judas Iscariote está lívido, literalmente lívido…

El primero en recobrarse es Tomás, que proclama:

«Esto no te sucederá porque te defenderemos o moriremos juntos contigo, y así demostraremos que te habíamos alcanzado en tu perfección y que éramos perfectos en el amor a tí».

Jesús le mira en silencio.

Bartolomé, después de un largo silencio meditativo, dice:

«Has dicho que serás entregado… Pero ¿quién, quién puede entregarte en manos de tus enemigos? Eso no está escrito en las profecías. No. No está escrito. Sería demasiado horrible si un amigo tuyo, un discípulo tuyo, un seguidor tuyo, aunque fuera el último de todos, te entregara a los que te odian. ¡No! Quien te haya oído con amor, aunque hubiera sido una sola vez, no puede cometer ese delito. Son hombres, no fieras, no diablos… No, mi Señor. Y tampoco los que te odian podrán… Tienen miedo del pueblo, ¡y el pueblo estará, por entero, en torno a tí!».

Jesús mira también a Natanael y no habla.

Pedro y el Zelote hablan mucho entre sí. Santiago de Zebedeo maltrata de palabra a su hermano porque le ve sereno, y Juan responde:

«Es porque hace tres meses que lo sé[4]124»

y dos lágrimas surcan su rostro. Los hijos de Alfeo hablan con Mateo, que, descorazonado, menea la cabeza. Andrés se vuelve hacia el Iscariote:

«Tú que tienes tantos amigos en el Templo…».

«Juan conoce al propio Anás» replica Judas, y termina: «¿Y qué solución ves? ¿Qué

crees que va a poder la palabra de un hombre si así está predestinado?».

«¿Estás convencido de esto?» preguntan al mismo tiempo Tomás y Andrés.

«No. Yo no creo nada. Son alarmas inútiles. Bartolomé tiene razón. Todo el pueblo apoyará a Jesús. Ya se percibe por la gente que vamos viendo por el camino. Y será un triunfo. Veréis como será así» dice Judas de Keriot.

«¿Pero entonces por qué El…?» dice Andrés señalando a Jesús, que se ha parado para esperar a las mujeres.

«¿Que por qué lo dice? Porque está impresionado… y porque quiere probarnos. Pero no ocurrirá nada. Y yo, además, iré…».

«¡Sí, sí! ¡Ve a ver…!» suplica Andrés.

6       Se callan porque Jesús está ya tras ellos, entre su Madre y María de Alfeo.

María expresa una pálida sonrisa al mostrarle su cuñada unas semillas, que no sé dónde las habrá conseguido, diciéndole que quiere sembrarlas en Nazaret después de la Pascua, junto a la gruta que Ella tanto estima. Y María de Alfeo dice:

«Cuando eras niña, lo recuerdo siempre con estas flores en tus manitas. Las llamabas las flores de tu venida. Efectivamente, cuando naciste, tu huerto estaba cuajado de ellas, y en el atardecer en que toda Nazaret se apresuró a ir a ver a la hija de Joaquín, los hacecillos de estas estrellitas eran verdaderamente un diamante por el agua que había caído del cielo y por el último rayo de sol que desde el Poniente incidía en ellos; y, dado que te llamabas “Estrella”, todos decían, mirando a esas muchas, pequeñas estrellas brillantes: “Las flores se han adornado para festejar a la flor de Joaquín, y las estrellas han dejado el cielo para acercarse a la Estrella”; y todos sonreían, felices por el signo venturoso y por la alegría de tu padre. 7 Y José[5]125, el hermano de mi marido, dijo: “Estrellas y gotitas de agua. ¡Es verdaderamente María!”[6]126. ¿Como podía imaginar, entonces, que habrías de ser su estrella? ¡Cuando volvió de Jerusalén elegido para esposo tuyo!… Toda Nazaret quería festejarle, porque grande era el honor que le venía del Cielo y de su matrimonio contigo, hija de Joaquín y Ana; y todos querían invitarle a un banquete. Pero él, con su dulce pero firme decisión rechazó toda fiesta. De modo que asombró a todos, porque ¿quién es el hombre que, destinado a noble matrimonio y con símil decreto del Altísimo, no celebre su felicidad de alma y de carne y sangre?

  “A gran elección, gran preparación”. Y con una continencia que alcanzaba también a las palabras y al alimento –pues que toda otra continencia siempre había existido en él– pasó ese tiempo trabajando y orando, porque, si se puede orar con el trabajo, yo creo que cada golpe de martillo y cada señal hecha con el escoplo se transformaban en oración. Tenía su rostro como extático. Yo iba a arreglar la casa, a blanquear sábanas u otras cosas que había dejado tu madre y que con el tiempo se habían puesto amarillentas, y le miraba mientras trabajaba en el huerto y en la casa para ponerlos otra vez en orden, como si nunca hubieran estado abandonados; y le hablaba incluso… Pero estaba como absorto. Sonreía… pero no era a mí o a otros, sino a un pensamiento suyo que no era, no, el pensamiento de todos los hombres que se aproximan a su boda. Esa es una sonrisa de alegría maliciosa y carnal… El… parecía sonreír a los invisibles ángeles de Dios, y parecía que hablara con ellos y los consultara… ¡Oh, porque estoy convencida de que los ángeles le instruían acerca de cómo tratarte a tí! Porque después, y fue otro motivo de estupor de toda Nazaret, y casi de desdén de mi Alfeo, pospuso la boda lo más que pudo, y no se comprendió nunca cómo fue que al improviso se decidiera antes del tiempo fijado. Y también cuando se supo que ibas a ser madre, ¡cómo se asombró Nazaret por su alegría ausente!… Pero también mi Santiago es un poco así. Y cada vez más lo es. Ahora que le observo bien –no sé por qué, pero desde que fuimos a Efraín me parece completamente nuevo–, le veo así… justamente como a José. Mírale ahora también, María, ahora que se está volviendo otra vez para mirarnos. ¿No tiene ese aspecto absorto tan habitual en José, tu esposo? Sonríe con esa sonrisa que no sé si llamarla triste o lejana. Mira y tiene esa mirada larga, que va más allá de nosotros, que muchas veces tenía José. ¿Recuerdas cómo le pinchaba Alfeo? Decía: “Hermano, ¿ves todavía las pirámides?”. Y él meneaba la cabeza sin decir nada, paciente y reservado en sus pensamientos. Poco hablador siempre. Pero ¡desde que volvisteis de Hebrón…! Ya ni siquiera a la fuente iba solo, como hasta entonces había hecho, y como hacen todos: o contigo o a su trabajo. Y, aparte del sábado en la sinagoga, o cuando se dirigía a otro lugar para alguna gestión, nadie puede decir que viera a José de paseo en esos meses.

Luego os marchasteis… ¡Qué angustia la ausencia de noticias vuestras después de la matanza! Alfeo fue hasta Belén… “Se marcharon” dijeron. Pero… ¿cómo creerlos, si os odiaban a muerte en esa ciudad en que todavía rojeaba la sangre inocente y se elevaba humo de las ruinas y se os acusaba de que por vosotros esa sangre había corrido? Fue a Hebrón, y vosotros al Templo, porque Zacarías tenía su turno. Isabel no le dió más que lágrimas, y Zacarías palabras de consuelo. El uno y la otra, angustiados por Juan y temiendo nuevos actos de crueldad, le habían escondido y estaban verdaderamente en ascuas por él. De vosotros no sabían nada. Y Zacarías dijo a Alfeo: “Si están muertos, su sangre ha caído sobre mí, porque yo los convencí de que se quedaran en Belén”.

8 ¡Mi María! ¡Mi Jesús, visto tan guapo durante la Pascua que siguió a su nacimiento! ¡Y no recibir noticias durante tanto tiempo! Pero… ¿por qué nunca una noticia?…».

«Porque convenía guardar silencio. En el lugar donde estábamos, muchas eran las Marías y muchos los Josés, y convenía pasar por una pareja cualquiera de esposos»

responde serena María, y suspira:

«Y eran, dentro de su tristeza, días aún felices. ¡El mal estaba tan lejos todavía! ¡Aunque nuestra humanidad careciera de muchas cosas, el espíritu se saciaba con la alegría de tenerte, Hijo mío!».

«También ahora tienes contigo a tu Hijo. ¡Falta José, es verdad! Pero Jesús está aquí y con su completo amor de adulto» observa María de Alfeo.

María levanta la cabeza para mirar a su Jesús. Y en su mirada hay congoja, aunque su boca sonría levemente. Mas no añade ninguna otra palabra.

577 29       Los apóstoles se han detenido para esperarlos. Todos se agrupan, incluso Santiago y Juan, que estaban detrás de todos, con su madre. Y, mientras descansan del camino realizado y algunos comen un poco de pan, la madre de Santiago y Juan se acerca a Jesús y se postra ante El, que, apremiado por reanudar la marcha, ni siquiera se ha sentado.

Jesús, puesto que es claro en ella el deseo de pedir algo, le pregunta:

«¿Qué quieres, mujer? Habla».

«Concédeme una gracia, antes de que te marches, como dices».

«¿Cuál?».

«La de ordenar que estos dos hijos míos, que por tí han dejado todo, se sienten uno a tu derecha y el otro a tu izquierda, cuando Tú estés sentado, en tu gloria, en tu Reino».

Jesús mira a la mujer y luego a los dos apóstoles, y dice:

«Habéis sugerido este pensamiento a vuestra madre interpretando muy mal mis promesas de ayer. El ciento por uno por lo que habéis dejado no lo recibiréis en un reino de la Tierra. ¿También vosotros os habéis hecho codiciosos y habéis perdido la inteligencia? No, no vosotros: ya es el crepúsculo mefítico de las tinieblas, que avanza, y el aire contaminado de Jerusalén, que se acerca y os corrompe y os ciega… ¡Yo os digo que no sabéis lo que pedís! ¿Podéis, acaso, beber el cáliz que voy a beber Yo?».

«Lo podemos, Señor» .

«¿Y por qué decís eso, si todavía no habéis comprendido la amargura que tendrá mi cáliz? No se trata solamente de la amargura que ayer os describí: la mía de Varón de todos los dolores. Habrá torturas que, aunque os las describiera, no estaríais en condiciones de comprenderlas… De todas formas… sí… dado que –a pesar de ser todavía como dos niños que desconocen el valor de lo que piden–, dado que sois dos espíritus justos y que me quieren, beberéis, ciertamente beberéis de mi cáliz. Pero lo de sentaros a mi derecha o a mi izquierda no me corresponde a mí concedéroslo: ésa es una cosa que se concederá a aquellos para los que mi Padre lo ha preparado».

10     Los otros apóstoles, mientras Jesús está todavía hablando, hacen ásperas críticas sobre lo que los hijos de Zebedeo y la madre de éstos han pedido. Pedro le dice a Juan:

«¡Precisamente tú! ¡Ya ni te reconozco, respecto a lo que eras!».

Y Judas Iscariote, con su sonrisa de demonio:

«¡Verdaderamente los primeros son los últimos! Tiempo de sorpresas y de comprender una serie de cosas…», y se ríe burlón.

«¿Acaso por los honores hemos seguido a nuestro Maestro?» dice Felipe en tono de reproche.

Tomás no se dirige a los dos, sino a Salomé, diciendo:

«¿Por qué poner en evidencia a tus hijos? Si no ellos, al menos tú debías haber reflexionado e impedido esto».

«Es verdad. Nuestra madre no lo habría hecho» dice Judas Tadeo.

Bartolomé no habla, pero su cara es toda una desaprobación.

Simón Zelote, queriendo calmar el desdén, dice:

577 3«Todos podemos equivocarnos…» .

Mateo, Andrés y Santiago de Alfeo no hablan; es más, visiblemente sufren por este incidente que mella la hermosa perfección de Juan.

Jesús hace un gesto para imponer silencio y dice:

«¡Un momento! ¿Es que de un error van a venir muchos? Vosotros, que reprocháis indignados, ¿no os dais cuenta de que también vosotros pecáis? Dejad tranquilos a estos hermanos vuestros. Mi reprensión es suficiente. Su abatimiento es evidente; su arrepentimiento, humilde y sincero. Debéis amaros entre vosotros, apoyaros mutuamente. Porque, en verdad, ninguno de vosotros es perfecto todavía. No debéis imitar al mundo ni a los hombres del mundo. En el mundo –lo sabéis– los príncipes de las naciones dominan a sus pueblos, y sus notables ejercen el poder sobre éstos en nombre de los príncipes. Pero entre vosotros no debe ser así. No debe haber en vosotros afán de dominar a los hombres ni a vuestros compañeros. Antes al contrario, el que de entre vosotros quiera ser el mayor póngase a vuestro servicio, y el que quiera ser el primero hágase siervo de todos. Lo mismo que ha hecho vuestro Maestro. ¿Acaso he venido para avasallar y dominar? ¿Para ser servido? No, verdaderamente no. Yo he venido para servir. Y eso –de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en redención de muchos–, eso mismo deberéis saber hacer vosotros, si queréis ser como Yo y estar donde Yo. Ahora marchaos. Y estad en paz entre vosotros, como Yo lo estoy con vosotros».

11 Me dice Jesús:

«Señala mucho el punto: “…vosotros ciertamente beberéis de[7]127 mi cáliz”. En las traducciones se lee: “mi cáliz”. He dicho: “del mío”, no “el mío”. Ningún hombre habría podido beber mi cáliz. Solamente Yo, Redentor, debí beber todo mi cáliz. A mis discípulos, a mis imitadores, a los que me aman, ciertamente se les concede beber de ese cáliz en que Yo bebí: esa gota, ese sorbo o esos sorbos que la predilección de Dios les concede beber. Pero nunca ninguno lo beberá todo como Yo lo bebí. Así pues, es correcto decir “de mi cáliz” y no “mi cáliz”».

 

[1] 121 Cfr. Mt. 20, 17–28; Mc. 10, 32–45; Lc. 18, 31–34; 22, 25–27.

[2] 122 como las citadas (y reseñadas en notas) en 342.7, 561.11, 579.8.10, 580.3, 589.3, 591.5/6, 592.9, 593.1, 595.4, 596.2, 597.5, 598.7, 600.13, 601.1, 604.25.

[3] 123 Cfr. Núm. 21, 4–9; 4 Rey. 18, 1–4; Sab. 16, 5–7; Ju. 3, 14–15.

[4] 124 le fue dicho en confidencia por el Maestro (ver 540.3).

[5] 125 Hermoso elogio de María de Alfeo en honor de José, esposo de la Vírgen.

[6] 126 María, nombre de la Madre de Jesús y muy común entre las mujeres hebreas de su tiempo, no tiene derivación segura. Sus numerosas interpretaciones provienen de sondeos etimológicos, o también del lenguaje popular. Los significados de estrella y de gota, que, respectivamente, evocan la luz y el dolor, pueden ser relacionados con una interpretación dada por San Jerónimo al nombre “María”.

[7] 127 de, cursiva de aproximadamente una página antes, está remarcado con claros signos en el manuscrito original. La expresión “beber el cáliz” parece traducción correcta del texto griego de los evangelistas Mateo y Marcos; pero podría ser interpretada como “beber del cáliz” si se dice en arameo, la lengua que Jesús hablaba, en la cual no habría distinción de forma entre “beber el cáliz” y “beber del cáliz”.

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