1/11/2015 Evangelio según San Mateo 5,1-12a.

Solemnidad de Todos los Santos

Santo(s) del día : Santos no ejemplares
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Lecturas
Leer el comentario del Evangelio por : Santa Catalina de Siena
«Creo en la comunión de los santos» (Credo)

En este domingo nos encontramos con las bienaventuranzas, en el capitulo 170 del segundo año de la vida publica de Jesús. Jesús las explica una a una, la mas grande esperanza para el pueblo fiel es entrar en la comunión de todos los santos, los bienaventurados.

Para ponerles mas en contexto le agrego el principio del capitulo 169 donde MValtorta describe el lugar; y la última frase de Jesús ese día donde ya anticipa que haría al día siguiente.

Jesús en esta montaña dio varios días discursos y estos ocurren una vez que el Señor había nombrado a los doce apóstoles.

Segundo año de la Vida Pública de Jesús

169 Primer discurso de la Montaña: la misión de los apóstoles y de los discípulos[1]22.

22 de mayo de 1945.

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1       Jesús va solo, a paso rápido, por un camino principal, hacia un monte, que se alza a uno de los lados del camino, que va del lago hacia el Oeste; del lago le separa un poco de terreno llano. Empieza, con una suave y baja elevación que se prolonga por mucho espacio (una meseta, desde la que se ve todo el lago, con la ciudad de Tiberíades hacia el Sur, y las otras, menos hermosas, que suben hacia el Norte); después el monte se eleva con pendiente más bien pronunciada, hasta un pico, y luego desciende para volver a elevarse hasta otro pico semejante, formando una curiosa figura de silla de montar.

Jesús emprende la subida al rellano por una senda para mulas todavía bastante aceptable. Llega a un pueblecito cuyos habitantes se dedican a la explotación agrícola de esta meseta. Empiezan ya a brotar espigas de trigo. Cruza el pueblo. Sigue por campos y prados llenos de flores y frufrú de cereales. El día está sereno y muestra todas las bellezas de la naturaleza de los alrededores.

Siguiendo más allá del otero al que se dirige Jesús, está –al Norte– la cima imponente del Hermón, la verde llanura del lago Merón –que desde aquí no se ve– y luego otros montes orientados hacia el lado noroccidental del lago de Tiberíades, y, al otro lado del lago, más montes –suavizados sus perfiles por la lejanía– y delicadas llanuras. Hacia el Sur, al otro lado del camino principal, las colinas que creo que ocultan a Nazaret.

Cuanto más se sube, más se extiende la vista. No veo lo que hay al Oeste, porque el monte hace de pared.

…. Mañana el Pastor abrirá para el rebaño los pastos de la Verdad»

  1. Segundo discurso de la Montaña: el don de la Gracia; las bienaventuranzas[1]25.

24 de mayo de 1945.

170 11       Jesús está dando instrucciones a los apóstoles, designando a cada uno un lugar para que dirijan y controlen a la multitud que desde las primeras horas de la mañana está subiendo al monte, llevando enfermos en brazos o en andas; otros se mueven a duras penas con muletas. Entre la gente están Esteban y Hermas.

Hay un aire terso, un poco frío. De todas formas, el sol templa pronto este cortante aire montano que, si por una parte suaviza el ardor del astro, por otra saca partido de éste adquiriendo una pureza fresca moderada.

La gente se sienta en las piedras, más o menos voluminosas, que están diseminadas por el vallecillo que separa las dos cimas; otros esperan a que el sol seque la hierba aljofarada de rocío para sentarse en el suelo. Hay mucha gente, de todas las regiones de Palestina, de todas las condiciones. Los apóstoles se confunden entre la muchedumbre; pero, cual abejas que van y vienen de los prados al panal, cada cierto tiempo vuelven donde el Maestro para comunicar alguna cosa, para preguntar, o por la satisfacción de que el Maestro los mire de cerca.

Jesús sube un poco más alto que el prado, que es el fondo de la hondonada, se arrima a la pared rocosa, y empieza a hablar.

2 «Muchos, durante todo un año de predicación, me han planteado esta cuestión: “Tú, que te dices el Hijo de Dios, explícanos lo que es el Cielo, lo que es el Reino, lo que es Dios, pues nuestras ideas al respecto son confusas; sabemos que existe el Cielo, con Dios y los ángeles, pero nadie ha venido jamás a referirnos cómo es, pues está cerrado para los justos”.

Me han preguntado también qué es el Reino y qué es Dios. Yo me he esforzado en explicároslo, no porque me resultara difícil explicarlo, sino porque es difícil, por un conjunto de factores, haceros aceptar una verdad que, por lo que se refiere al Reino, choca contra todo un edificio de ideas configuradas a través de los siglos, una verdad que, por lo que se refiere a Dios, se topa con la sublimidad de su Naturaleza.

Otros me han dicho: “De acuerdo, esto es el Reino y esto es Dios, pero ¿cómo se conquistan?”. Y he tratado de explicaros, sin dar muestra de cansancio, cuál es la verdadera alma de la Ley del Sinaí; quien hace suya esa alma hace suyo el Cielo. Pero, para explicaros la Ley del Sinaí es necesario hacer llegar a vuestros oídos el potente trueno del Legislador y de su Profeta, los cuales, si bien es cierto que prometen bendiciones a los que observen aquélla, anuncian, amenazadores, tremendas penas y maldiciones a los desobedientes. La epifanía del Sinaí fue tremenda; su carácter terrible[2]26 se refleja en toda la Ley, halla eco en los siglos, se refleja en todas las almas.

Mas Dios no es sólo Legislador, Dios es Padre, y además Padre de inmensa bondad. Quizás –y sin quizás– vuestras almas, debilitadas por el pecado original, por las pasiones, los pecados y los muchos egoísmos vuestros y ajenos –los ajenos irritan vuestra alma, los propios la cierran–, no pueden elevarse a contemplar las infinitas perfecciones de Dios (y menos que todas la bondad, porque ésta es la virtud que, con el amor, es menos propiedad de los mortales). ¡La bondad… Oh, qué dulce es ser buenos, sin odio ni envidias ni soberbias; tener ojos que sólo miren animados por el amor, y manos que se extiendan para gesto de amor, y labios que no profieran sino palabras de amor, y corazón –sobre todo corazón– que, henchido sólo de amor, haga que los ojos y las manos y los labios se esfuercen en actos de amor!

3 Los más doctos de entre vosotros saben con qué dones Dios había enriquecido a Adán, para él y sus descendientes[3]27. Hasta los menos instruidos de entre los hijos de Israel saben que tenemos un espíritu (sólo los pobres paganos ignoran la existencia de este huésped regio, soplo vital, luz celeste que santifica y vivifica nuestro cuerpo). Ahora bien, los más doctos saben qué dones habían sido otorgados al hombre, a su espíritu. No fue menos magnánimo con el espíritu que con la carne y la sangre de la criatura creada por El con un poco de barro y su aliento. De la misma forma que otorgó los dones naturales de belleza e integridad, inteligencia y voluntad, capacidad de amarse y de amar, otorgó los dones morales, sujetando el apetito a la razón, siendo así que en la libertad y dominio de sí y de la propia voluntad con que Dios había favorecido a Adán no se introducía la maligna tiranía de los sentidos y pasiones: libre era el amarse y el desear y el gozar en justicia, sin eso que os esclaviza haciéndoos sentir el aguijón del veneno que Satanás esparció y que se rebosa, que os esclaviza sacándoos del límpido álveo para llevaros a cenagosos campos, a pantanos en putrefacción, donde fermentan las fiebres de los sentidos carnales y morales; pues habéis de saber que es sensualidad incluso la concupiscencia del pensamiento. Recibieron también dones sobrenaturales: la Gracia santificante, el destino superior, la visión de Dios.

4 La Gracia santificante es la vida del alma, es cosa espiritualísima depositada en la espiritual alma nuestra. Nos hace hijos de Dios porque nos preserva de la muerte del pecado, y quien no está muerto “vive” en la casa del Padre, o sea, el Paraíso; en mi Reino, es decir, el Cielo. ¿Qué es esta Gracia que santifica, que da Vida y Reino? ¡No uséis muchas palabras… la Gracia es amor! La Gracia es, pues, Dios; es Dios, que, mirándose embelesado a sí mismo en la criatura creada perfecta, se ama, se contempla, se desea, se da a sí mismo lo que es suyo para multiplicar esta riqueza suya, para gozarse de esta multiplicación, para amarse en razón de todos los que son otros El–mismo[4]28.

¡Oh, hijos, no despojéis a Dios de este derecho suyo, no le robéis esta riqueza, no defraudéis este deseo de Dios! Pensad que actúa por amor. Aunque vosotros no existierais, El sería en cualquier caso el Infinito, su poder no se vería disminuido; mas El, a pesar de ser completo en su medida infinita, inconmensurable, quiere, no para sí y en sí –no podría porque ya es el Infinito– sino para la Creación, criatura suya, aumentar el amor en la proporción de todas las criaturas contenidas en ella; y es así que os da la Gracia: el Amor, para que vosotros, en vosotros, lo llevéis a la perfección de los santos, y vertáis este tesoro –sacado del tesoro que Dios os ha otorgado con su Gracia, y aumentado con todas vuestras obras santas, con toda vuestra vida heroica de santos– en el Océano infinito donde Dios está: en el Cielo.

¡Divinas, divinas cisternas del Amor!… ¡Oh, vosotras sois, y no conocerá la muerte vuestro ser, porque sois eternas como Dios, siendo así que sois dioses[5]29; vosotras seréis, y no se pondrá término a vuestro ser, porque sois inmortales como los espíritus santos que os han supernutrido volviendo a vosotras enriquecidos con los propios méritos: vivís y nutrís, vivís y enriquecéis, vivís y formáis esa santísima cosa que es la Comunión de los espíritus, desde Dios, Espíritu perfectísimo, hasta el niño recién nacido que por primera vez mama del materno seno!

¡No me critiquéis en vuestro corazón, vosotros los doctos! No digáis: “Está fuera de sí, habla como un desquiciado cuando dice que la Gracia está en nosotros, siendo así que por la Culpa estamos privados de ella; miente al decir que ya somos uno con Dios”. Sí, la Culpa existe, como también existe la separación. Pero, ante el poder del Redentor, la Culpa, cruel separación entre el Padre y los hijos, caerá cual muralla sacudida por el nuevo Sansón[6]30; ya la he aferrado, ya la remuevo violentamente, ya se muestra endeble, ya tiembla de ira Satanás, y de impotencia, al no poder nada contra mi poder, al sentirse arrebatar tantas presas y hacérsele más difícil arrastrar al hombre al pecado. En efecto, una vez que os haya conducido a mi Padre a través de mí, una vez que, al empaparos mi Sangre y mi dolor, hayáis quedado purificados y fortalecidos, la Gracia renacerá en vosotros, se despertará de nuevo, recuperará su poder, y triunfaréis… si queréis.

Dios no fuerza vuestro pensamiento, ni tampoco os fuerza a santificaros. Sois libres.

Lo que hace es daros de nuevo la fuerza, devolveros la libertad respecto al dominio de Satanás. Os toca ahora a vosotros colocaros otra vez el yugo infernal o ponerle a vuestra alma alas angélicas; todo depende ahora de vosotros, conmigo como hermano para guiaros y alimentaros con alimento inmortal.

5 Decís: “¿Cómo se conquista a Dios y su Reino por un camino más dulce que no el severo camino del Sinaí?”.

No hay otro camino, ése es; mirémoslo, no obstante, no a través del color de la amenaza sino del amor. No digamos: “¡Ay de mí si no hago tal cosa!”, temblorosos esperando pecar, esperando no ser capaces de no pecar; digamos, por el contrario:

“¡Bienaventurado seré si hago tal cosa!”, y, con arrebato de sobrenatural alegría, gozosos, lancémonos hacia estas bienaventuranzas nacidas de la observancia de la Ley cual corolas de rosa de una mata de espinas. Digamos:

“¡Bienaventurado seré si soy pobre de espíritu, porque será mío el Reino de los Cielos!

¡Bienaventurado seré si soy manso, porque heredaré la Tierra!

¡Bienaventurado seré si soy capaz de llorar sin rebelarme, porque seré consolado!

¡Bienaventurado seré si tengo hambre y sed de justicia, más que de pan y vino para saciar la carne: la Justicia me saciará!

¡Bienaventurado seré si soy misericordioso, porque se usará conmigo divina misericordia!

¡Bienaventurado seré si soy puro de corazón, porque Dios se inclinará hacia mi corazón puro, y le veré!

¡Bienaventurado seré si tengo espíritu de paz, porque Dios me llamará hijo suyo, pues en la paz está el amor y Dios es Amor amante de quien se asemeja a El!

¡Bienaventurado seré si soy perseguido por amor a la justicia, porque Dios, Padre mío, como compensación por las persecuciones terrenas, me dará el Reino de los Cielos!

¡Bienaventurado seré si, por saber ser hijo tuyo, Oh Dios, me ultrajan y acusan con mentira! Ello no deberá hacerme sentir desolado, sino alegre, porque me pone al nivel de tus mejores siervos, al nivel de los Profetas, perseguidos por el mismo motivo; con ellos compartiré –lo creo firmemente– la misma recompensa, grande, eterna, en ese Cielo que ya es mío!”.

Veamos así el camino de la salud, a través de la alegría de los santos.

6 “Bienaventurado seré si soy pobre de espíritu”.

¡Oh riquezas, quemazón satánica, cuántos delirios producís!… en los ricos y en los pobres: en el rico que vive para su oro (ídolo infame de su espíritu misérrimo); en el pobre que vive del odio al rico porque tiene el oro, y que, aunque no cometa materialmente un homicidio, lanza sus maldiciones contra la cabeza de los ricos, deseándoles todo tipo de males. No basta no hacer el mal, hay que no desear hacerlo.

Quien maldice, deseando tragedias y muertes, no es muy distinto de quien físicamente mata, porque dentro de sí desea la muerte de aquel a quien odia. En verdad os digo que el deseo no es sino un acto retenido; como el que ha sido concebido en un vientre: ya ha sido formado pero aún permanece dentro. El deseo malvado envenena y destruye, porque persiste más que el acto violento y más profundamente que el acto mismo.

El pobre de espíritu, aunque sea rico, no peca a causa del oro; antes bien, se santifica con él porque lo convierte en amor. Amado y bendecido, es semejante a esos manantiales salvíficos de los desiertos, que se dan sin escatimar agua, felices de poderse ofrecer para alivio de los desesperados. El pobre de espíritu, si es pobre, se siente dichoso en su pobreza; come su sabroso pan (el de la alegría de quien vive libre del febril apego al oro), duerme su sueño exento de pesadilla alguna, se levanta, habiendo descansado, para ir a su sereno trabajo, que parece siempre ligero si se realiza sin avidez, ni envidia.

Las cosas que hacen rico al hombre son: materialmente, el oro; moralmente, los afectos. En el oro están comprendidos no sólo las monedas sino también casas, campos, joyas, muebles, ganado… en definitiva, todo, aquello que hace, desde el punto de vista material, vivir en la abundancia; en cuanto al mundo de los afectos, los vínculos de sangre o de matrimonio, amistades, sobreabundancia intelectual, cargos públicos. Como veis, por lo que se refiere al primer grupo de cosas, el pobre puede decir: “¡Bueno!, ¡bien!, basta con que no envidie al que posee; y además… yo no tengo ese problema, porque soy pobre y, por fuerza, no tengo ese problema”; sin embargo, por lo que respecta al segundo grupo de cosas, el pobre debe vigilarse a sí mismo, pues hasta el más mísero de los hombres puede hacerse pecaminosamente rico de espíritu: en efecto, peca quien pone su corazón desmedidamente en una cosa.

Diréis: “¡Entonces debemos odiar el bien que Dios nos ha concedido? ¿Por qué manda, entonces, amar al padre y a la madre, a la esposa y a los hijos, y dice: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’?”[7]31.

Distinguid. Debemos amar al padre, a la madre, a la esposa, al prójimo, pero con la medida establecida por Dios (“como a nosotros mismos”). Sin embargo, a Dios ha de amársele sobre todas las cosas y con todo nuestro ser. No se ama a Dios como amamos a los más queridos de nuestros prójimos: a ésta porque nos ha amamantado, a esta otra porque duerme con su cabeza apoyada sobre nuestro pecho y procrea nuestros hijos. No, a Dios se le ama con todo nuestro ser, o sea, con toda la capacidad de amar que hay en el hombre: amor de hijo, de esposo, de amigo, y –¡no os escandalicéis!– amor de padre; sí, debemos cuidar los intereses de Dios igual que un padre cuida a su prole, por la cual, con amor, tutela los bienes y los aumenta, y de cuyo crecimiento físico y cultural, así como de que los hijos alcancen felizmente su finalidad en el mundo, se ocupa y se preocupa.

El amor no es un mal, ni debe llegar a serlo. Las gracias que Dios nos concede tampoco son un mal o deben llegar a serlo; son amor; por amor son otorgadas. Tenemos que usar con amor estas riquezas que Dios nos concede –afectos y bienes–. Solamente quien no las eleva a ídolos, sino que las hace medios de servicio a Dios en santidad, muestra no tener apego pecaminoso a ellas; practica, pues, esa santa pobreza del espíritu que de todo se despoja para ser más libre en la conquista de Dios santo, suprema Riqueza. Y conquistar a Dios significa poseer el Reino de los Cielos.

7 “Bienaventurado seré si soy manso”.

Los ejemplos de la vida cotidiana pudieran parecer en contraste con esta afirmación.

Los no mansos parecen triunfar en las familias, ciudades y naciones. Pero, ¿se trata de un verdadero triunfo? No. Lo que mantiene sometidos, aparentemente, a los hombres dominados por un tirano es el miedo; se trata en realidad sólo de un velo que cubre la efervescencia rebelde contra el dominador. Los iracundos, los que van cometiendo atropellos, no poseen los corazones de sus familiares, conciudadanos o súbditos. Los maestros del “porque lo digo yo” no convierten ni los intelectos ni los espíritus a sus doctrinas; lo único que crean son autodidactas, personas que buscan una llave que pueda abrir las puertas cerradas de una sabiduría o ciencia que sienten que existe y que es contraria a la que se les impone.

Los sacerdotes que no van a la conquista de los espíritus con la dulzura paciente, humilde, amorosa, sino que, por el ímpetu avasallador y la gran intransigencia con que marchan contra las almas, parecen guerreros armados lanzados a feroz asalto, no conducen a Dios. ¡Pobres almas! Si fueran santas, no tendrían necesidad de vosotros para alcanzar la Luz; la poseerían ya en sí. Si fueran justos, no tendrían necesidad de vosotros, jueces, para estar sujetos por el freno de la justicia, porque ya la poseerían en sí. Si estuvieran sanos, no tendrían necesidad de quien los curase. Sed, pues, mansos. No pongáis en fuga a las almas. Atraedlas con amor; porque la mansedumbre es amor, como lo es también la pobreza de espíritu.

Si sois así, heredaréis la Tierra y llevaréis a Dios este lugar (precedentemente propiedad de Satanás), porque vuestra mansedumbre, que además de amor es humildad, habrá vencido al odio y la soberbia dando muerte en los corazones al abyecto rey de la soberbia y el odio; el mundo será vuestro (que es como decir de Dios, porque vosotros seréis justos que reconocerán a Dios como Dueño absoluto de la creación, digno de alabanza y bendición, a cuyas manos debe volver todo lo que le pertenece).

8 “Bienaventurado seré si sé llorar sin rebelarme”.

170 2Existe el dolor en la tierra, y arranca lágrimas de los ojos del hombre. Mas el dolor no existía. El hombre lo introdujo en este mundo. Pero es que, además, por depravación de su intelecto, se aplica cada vez más a aumentarlo con todos los medios a su alcance. En efecto, a las enfermedades y desventuras producidos por rayos, tempestades, aludes, terremotos… el hombre, para sufrir –para hacer sufrir, pues quisiéramos que fueran los demás y no nosotros los que sufrieran con los medios estudiados para tal fin– añade, como fruto de su mente, las armas mortíferas (cada vez más terribles) y la crueldad moral (cada vez más astuta). ¡Cuántas lágrimas hace brotar el hombre a sus semejantes por instigación de su secreto rey: Satanás! Pues bien, os digo que estas lágrimas no son una tara sino una perfección del hombre.

El hombre es un niño que sólo piensa en divertirse, un despreocupado superficial, una criatura a la que le falta desarrollo intelectual, hasta que el llanto le hace adulto, reflexivo, inteligente. Sólo los que lloran –o han llorado– saben amar y comprender; amar a los hermanos, que como ellos lloran, comprender sus sufrimientos, ayudarlos con su bondad, experta en lo mucho que se sufre cuando se llora en soledad. Y saben amar a Dios porque han comprendido que, excepto Dios, todo lo demás es dolor; porque han comprendido que el dolor se aplaca si es llorado sobre el corazón de Dios; porque han comprendido que el llanto resignado que no quebranta la fe, que no hace árida la oración, que no conoce la rebeldía, cambia de naturaleza, transformándose en consuelo.

Sí, los que lloran amando al Señor serán consolados.

9 “Bienaventurado seré si tengo hambre y sed de justicia”.

Desde su nacimiento, hasta su muerte, el hombre tiende, ávido, a la comida. Abre la boca, cuando nace, para apresar el pezón; abre los labios, cuando le oprime la agonía, para tragar algo que le alivie. Trabaja para nutrirse. Hace de la tierra un enorme pezón del que insaciablemente chupa, extrayendo aquello mismo por lo que muere. Pero, ¿qué es el hombre? ¿Un animal? No; es un hijo de Dios. Vive un destierro de pocos o muchos años. De todas formas, su vida no cesa al cambiar de morada.

Hay una vida en la vida, de la misma manera que en una nuez está la pulpa; la nuez no es la cáscara, la pulpa interna es la nuez: si sembráis una cáscara de nuez no nace nada, pero si sembráis la cáscara con la pulpa nace un árbol grande. Pues así es el hombre: no es la carne la que viene a ser inmortal, sino el alma, que debe ser alimentada para que llegue a la inmortalidad, adonde ella, por amor, llevará a la carne en la bienaventurada resurrección. Alimento del alma son la Sabiduría y la Justicia, las cuales se incorporan a ella como alimento líquido o sólido y la fortalecen, y cuanto más se saborean más crece la santa avidez de poseer la Sabiduría y de conocer la Justicia.

Llegará, de todas formas, un día en que el alma, insaciable con esta santa hambre, será saciada; llegará. Dios se dará a su vástago, se le llevará directamente a su pecho, y el nuevo vástago del Paraíso se saciará con esa Madre admirable que es el mismo Dios, y no volverá a sentir hambre jamás, sino que descansará feliz sobre el pecho[8]32 divino.

Ninguna ciencia humana equivale a esta ciencia divina. La curiosidad de la mente puede ser calmada, la del espíritu no; es más, si el sabor es distinto, el espíritu siente desagrado y separa la boca del pezón amargo, prefiriendo padecer hambre antes que llenarse de un alimento que no proceda de Dios.

¡No temáis, vosotros, sedientos o hambrientos de Dios! Sed fieles, y el que os ama os saciará.

10 “Bienaventurado seré si soy misericordioso”.

¿Quién de entre los hombres puede decir: “No necesito misericordia”? Ninguno. Y si en la antigua Ley está escrito: “Ojo por ojo y diente por diente”[9]33, ¿por qué no debería decirse en la nueva: “Quien haya sido misericordioso alcanzará misericordia”? Todos tienen necesidad de perdón.

Pues bien, no es la fórmula y forma de un rito –figuras externas concedidas a causa de la opacidad del pensamiento humano– lo que obtiene el perdón; lo obtiene el rito interno del amor, o sea, una vez más, de la misericordia. De hecho, si se impuso sacrificar un macho cabrío o un cordero, así como la ofrenda de algunas monedas[10]34, se hizo porque en la base de todos los males se encuentran siempre dos raíces: codicia y soberbia; la codicia queda castigada con el gasto de la compra de la víctima, la soberbia recibe su castigo en la abierta confesión del rito: “Celebro este sacrificio porque he pecado”.

Además el rito tenía el sentido de anticipar los tiempos y sus signos: la sangre derramada es figura de la Sangre que será vertida para borrar los pecados de los hombres.

Dichoso, pues, aquel que sabe ser misericordioso para con los hambrientos, los desnudos, los que carecen de casa, los que padecen la miseria –aún mayor– de tener un carácter malo, que hace sufrir al mismo que lo tiene y a quien con él convive. Tened misericordia. Perdonad, sed compasivos, ayudad, enseñad, apoyad. No os encerréis en una torre de cristal diciendo: “Soy puro, no desciendo a convivir con los pecadores”. No digáis: “Soy rico, vivo feliz; no quiero oír hablar de las miserias de los demás”. Mirad que vuestra riqueza, salud, bienestar familar, pueden desvanecerse en menos tiempo que un fuerte viento disipa el humo. Recordad también que el cristal hace de lente, siendo así que lo que pasaría desapercibido si os mezclarais entre la gente no podéis mantenerlo escondido si os metéis en una torre de cristal y allí estáis solos, separados, recibiendo luz de todas partes.

Misericordia para cumplir un continuo, secreto, santo sacrificio de expiación y obtener misericordia.

11 “Bienaventurado seré si soy puro de corazón”.

Dios es Pureza. El Paraíso es Reino de Pureza. Nada impuro puede entrar en el Cielo donde está Dios. Por tanto, si sois impuros, no podréis entrar en el Reino de Dios. ¡Por el contrario, qué anticipada alegría la que el Padre concede a sus hijos!, pues quien es puro ya desde la tierra posee un principio de Cielo, porque Dios se inclina hacia el hombre puro y éste, desde la tierra, ve a su Dios; no conoce sabor de amores humanos, sino que degusta, hasta extasiarse, el sabor del amor divino, y puede decir: “Yo estoy contigo y Tú estás en mí, por lo cual te poseo y conozco como esposo amabilísimo de mi alma”. Pues bien, creed que quien tiene a Dios experimenta transformaciones substanciales, inexplicables incluso para él mismo, que le hacen santo, sabio, fuerte; en su labio florecen palabras, y sus actos asumen capacidades, que no son de la criatura sino de Dios, que en ella vive. ¿Qué es la vida del hombre que ve a Dios?: beatitud. ¿Os privaréis de semejante don por hediondas impurezas?

12 “Bienaventurado seré si tengo espíritu de paz”.

La paz es una de las características de Dios. Dios sólo está en la paz, porque la paz es amor, mientras que la guerra es odio. Satanás es Odio, Dios es Paz. No puede uno decirse hijo de Dios, ni puede Dios llamar hijo suyo a un hombre de espíritu irascible, siempre dispuesto a crear trifulcas. Y tampoco puede llamarse hijo de Dios aquel que, aun no siendo él el origen de estas broncas, no contribuye con su gran paz a calmar las que crean otros. El hombre pacífico transmite la paz incluso sin palabras[11]35. El lleva a Dios –no sólo es dueño de sí, sino que hasta diría que lo es de Dios– como una lámpara lleva su fuente de luz, como un incensario emana su perfume, como un odre contiene su líquido… Se hace luz entre las brumas fumíferas de los rencores, se purifica el aire de los miasmas de los odios, se calman las embravecidas olas de las disputas con este aceite suave que es el espíritu de paz emanado por los hijos de Dios. Haced que Dios y los hombres puedan decir esto de vosotros.

13 “Bienaventurado seré si padezco persecución por amor a la Justicia”.

El hombre en su mayor parte está tan lleno de mal, que odia el bien dondequiera que éste se encuentre, y que odia al bueno, como si el bueno le estuviera acusando o reprendiendo, aunque de hecho no diga nada. En efecto: la bondad de una persona hace ver todavía más negra la maldad del malvado; la fe del creyente verdadero hace aparecer aún más viva la hipocresía del falso creyente; aquel que con su modo de vida está dando continuamente testimonio de la justicia no puede no ser odiado por los injustos. Y por eso se ataca a los amantes de la justicia.

Pasa lo mismo que con las guerras. El hombre progresa en el arte satánico de la persecución más que en el arte santo del amor. Pero sólo puede perseguir a lo que tiene breve vida; lo que de eterno hay en el hombre, escapa a la asechanza; es más, adquiere una vitalidad más vigorosa por la persecución. La vida se escapa o a través de las heridas que abren las venas o a causa de las fatigas que van consumiendo al perseguido; mas la sangre teje la púrpura del rey futuro, y las fatigas son los peldaños para subir a los tronos que el Padre tiene preparados para sus mártires, a quienes están reservados los regios sitiales del Reino de los Cielos.

14 “Bienaventurado seré si me ultrajan y calumnian”.

Preocupaos sólo de que vuestro nombre pueda ser recogido en los libros celestes[12]36, en los cuales no se escriben los nombres según el criterio de los embustes humanos, que alaban a quienes son menos merecedores de elogio; en aquéllos, con justicia y amor, se reflejan las obras de los buenos, para darles el premio que Dios tiene prometido a los justos.

En el pasado fueron calumniados y ultrajados los Profetas. Cuando se abran las puertas de los Cielos, cual majestuosos reyes, entrarán en la Ciudad de Dios, y recibirán el saludo reverenciador de los ángeles, cantando de alegría. Vosotros también, vosotros también, ultrajados y calumniados por haber pertenecido a Dios, recibiréis el galardón celeste, y, cumplido el tiempo, completo ya el Paraíso, amaréis cada una de las lágrimas que vertisteis, porque por ellas habréis conquistado esa gloria eterna que en nombre del Padre os prometo.

Podéis marcharos. Mañana os seguiré hablando. Que se queden sólo los enfermos, porque quiero ayudarlos en sus dolores. La paz permanezca con vosotros y que la meditación sobre la salvación, a través del amor, os introduzca en el camino que lleva al Cielo».

[1] 25 Cfr. Mt. 5, 1–12; Lc. 6, 20–23.

[2] 26 Cfr. Ex. 19–24; Deut. 4, 41 – 6, 25.

[3] 27 Cfr. Gén. 1, 26 – 2, 25; 5, 1–2; Job. 33, 4; Sal. 8, 5–9; Eccle. 12, 7; Sab. 2, 23; 9, 2–3; 10, 1–2; Eccli. 17, 1–14

[4] 28 Nota: Justamente S. Tomás de Aquino dice que Dios no habría podido haber hecho cosas más grandes que la tres que hizo: La Encarnación de su Hijo, La Maternidad de la Vírgen y la “Deificación” del alma humana. S. Agustín dice: “Las almas se asocian divinamente por medio del Padre, al misterio de la generación eterna, y por medio del Padre y del Hijo a la inspiración” del Espíritu Santo. Por lo tanto el alma deificada con la gracia es divinizada para participar con las tres Personas, y esto es la obra maestra del Amor Infinito que nos eleva de nuestro estado de criaturas naturales, al de criaturas divinizadas

[5] 29 sois dioses: MV añade las referencias a: Salmo 82 (Vulgata 81), 6; Romanos 8, 16; 2 Pedro 1,4. Lo anterior como lo que sigue debe leerse detenidamente. El sentido general, bajo la luz de textos bíblicos, es: “Dios es Amor, y mediante la divina gracia nos hace partícipes de su naturaleza, esto es, de su eterno amor que debemos conservar como un pozo, pero aumentarlo con el amor nuestro, así como se aumentan las riquezas por medio de los negocios

[6] 30 Cfr. Jue. 16, 22–31.

[7] 31 Cfr. Lev. 19, 18.

[8] 32 Nota. La visión beatífica saciará toda nuestra hambre y sed sobrenaturales

[9] 33 34 Cfr. por ejemplo: Ex. 29, 38–46; Lev. 1–7; Núm. 7–8; 28, 3–8; Deut. 12, 13–28; Ez. 46, 8–24.Cfr. Ex. 21, 22–25; Lev. 24, 19–22; Deut. 19, 21

[10] 33 34 Cfr. por ejemplo: Ex. 29, 38–46; Lev. 1–7; Núm. 7–8; 28, 3–8; Deut. 12, 13–28; Ez. 46, 8–24.Cfr. Ex. 21, 22–25; Lev. 24, 19–22; Deut. 19, 21

[11] 35 Dios ama de tal modo a los pacíficos que son todo caridad, porque la caridad inspira sentimientos de paz y la restablece el amor entre los hermanos, que los egoísmos han turbado, que parece como si realmente se pusiese a su servicio para ayudarlos en este ministerio de paz, que difunde uno de sus atributos más dulces entre los hombres

[12] 36 Cfr. Ex. 32, 30–35; Sal 68, 28–29; 138, 16–17; Is. 4, 2–3; Dan. 7, 9–14; 12, 1–4; Lc. 10, 17–20; Fil. 4, 1–3; Apoc. 3, 1–6; 12, 18 – 13, 10; 17, 8–9; 20, 11–15.

25/10/2015 Evangelio según San Marcos 10,46-52.

Trigésimo Domingo del tiempo ordinario

Santo(s) del día : Santos Crispin y Crispiniano,  San Mauro de Pécs
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Lecturas

En este domingo nos encontramos con el episodio del ciego Bartimeo que siguió inmediatamente a Jesús después de devolverle la vista, en el capitulo 580 del tercer año de la vida publica de Jesús.

Preparación para la Pasión de Jesús

  1. Delaciones de Judas Iscariote y profecías sobre Israel. Milagros en el camino de Jericó[1]139 a Betania.

17 de marzo de 1947.

580 11       Es un alba que apenas diluye su candor en un primer rosicler de aurora. Y el silencio fresco de los campos se va rompiendo, va adornándose con el gorjeo de los pajarillos ya despiertos.

Jesús es el primero en salir de la casa de Nique. Entorna silenciosamente la puerta y se dirige al verde huerto donde se liberan las nítidas notas de las currucas y emiten los mirlos su flautado canto.

Pero aún no ha llegado y ya del huerto vienen cuatro personas (cuatro de los que ayer estaban en el grupo de desconocidos y que en ningún momento habían descubierto su rostro). Se postran profundamente. Luego, cuando oyen la orden y la pregunta que Jesús –después de haberlos saludado con su saludo de paz– les dirige:

«¡Alzaos! ¿Qué queréis de mí?»,

se levantan y echan hacia atrás los mantos de lino y las prendas, también de lino, que cubren su cabeza y con las cuales habían tenido celado su rostro como beduinos.

Reconozco la cara pálida y delgada del escriba Joel de Abías, ya visto en la visión de Sabea[2]140. Los otros me son desconocidos, hasta que se nombran:

«Yo, Judas de Beterón, último de los verdaderos asideos, amigos de Matatías Asmoneo»;

«Yo, Eliel, y mi hermano Elcaná de Belén de Judá, hermanos de Juana, tu discípula; y no hay para nosotros un título mayor que éste. Ausentes cuando eras fuerte, presentes ahora que te persiguen» ;

«Yo, Joel de Abías, con los ojos ciegos durante mucho tiempo, pero ahora abiertos a la Luz».

«Os había despedido ya. ¿Qué queréis de mí?».

«Decirte que… si estamos tapados no es por tí, sino…» dice Eliel.

«¡Hablad! ¡Hablad os digo!».

«Pero… Habla tú, Joel. Porque eres el que más sabe de todos…».

2 «Señor… Lo que yo sé es tan… horrendo… que quisiera que ni la tierra supiera lo que estoy para decir…».

«Esta tierra se estremecerá; no Yo, porque sé lo que quieres decir. De todas formas, habla…».

«Si lo sabes… deja que mis labios no tiemblen diciendo esta cosa horrible. No es que piense que mientes al decir que lo sabes y que quieres que lo diga para saberlo, sino, verdaderamente, porque…».

«Sí. Porque es una cosa que clama al Señor. La diré Yo para convencer a todos de que conozco el corazón de los hombres. Tú, miembro del Sanedrín y conquistado para la Verdad, has descubierto algo que no has sabido sobrellevar tú solo, porque es demasiado grande, y has ido donde éstos, verdaderos judíos en los que sólo hay espíritu bueno, para asesorarte con ellos. Has hecho bien, aunque no tenga ninguna utilidad lo que has hecho. El último de los asideos estaría dispuesto a repetir el gesto de sus padres[3]141 para servir al Libertador verdadero. Y no está solo. También su pariente Barzelái lo haría, y con él otros muchos. Y los hermanos de Juana, por amor a mí y a su hermana, además de por amor a la Patria, estarían con él. Pero Yo no triunfaré por lanzas ni por espadas. Entrad del todo en la Verdad. Yo triunfaré con un triunfo celeste. 3 Tú –y esto es lo que te hace aparecer aún más pálido y enflaquecido de lo que en tí es normal– sabes quién ha presentado los elementos de acusación contra mí, esos elementos que, si bien son falsos en su espíritu, son verdaderos en la realidad de sus palabras, porque Yo en verdad violé el sábado cuando tuve que huir, al no haber llegado todavía mi hora, y cuando arrebaté dos inocentes a los bandidos; y podría decir que la necesidad justifica el acto, de la misma forma que la necesidad justificó a David[4]142 por haberse nutrido con los panes de proposición. En verdad, me refugié en Samaría, aunque, llegada mi hora y habiéndome propuesto los samaritanos quedarme con ellos como Pontífice, rechacé honores y seguridad por permanecer fiel a la Ley[5]143, aun significando esto entregarme a los enemigos. Y es verdad que quiero a los pecadores y a las pecadoras hasta el punto de arrancarlos del pecado. Y es verdad que predico la destrucción del Templo, si bien estas palabras mías no son sino confirmación del Mesías, de las palabras de sus profetas. El que es fuente de éstas y de otras acusaciones, aquel que incluso hace de los milagros motivo de acusación y no ha dejado de servirse de nada de la Tierra para tratar de llevarme al pecado y poder añadir otras acusaciones a las primeras, ése es un amigo mío. Y esto también lo dijo[6]144 el rey profeta de quien a través de mi Madre desciendo: “El que comía mi pan alzó contra mí su calcañar”. Lo sé. Moriría dos veces, si pudiera no ya impedir que llevara a cabo el delito –ya… su voluntad se ha entregado a la Muerte, y Dios no fuerza la libertad del hombre–, sino, al menos, hacer que el choque del horror cumplido le arrojara arrepentido a los pies de Dios… Por esto tú, Judas de Beterón, advertías ayer a Manahén de que se callara. Porque la serpiente[7]145 estaba allí y podía dañar, además de al Maestro, al discípulo. No. El daño alcanzará sólo al Maestro. No temáis. No será por mí por quien recibáis penas y desventuras. Por el delito de todo un pueblo, por eso sí, todos recibiréis lo que anunciaron los profetas[8]146. 4 ¡Desdichada, desdichada Patria mía! ¡Desdichada tierra que conocerá el castigo de Dios! ¡Desdichados habitantes, desdichados niños que ahora bendigo y quisiera ver salvos y que, aun siendo inocentes, conocerán en la edad adulta la dentellada de la más grande desventura! Mirad esta tierra vuestra exuberante, hermosa, verde y florida cual alfombra admirable, fértil como un Edén… Grabaos su belleza en vuestro corazón y luego… vuelto Yo al lugar de donde vine… huid. Huid mientras podáis hacerlo, antes de que, cual rapaz de infierno, la desolación de la destrucción se extienda aquí y derribe y destruya, y yerme y queme, más que en Gomorra, más que en Sodoma[9]147Sí, más que en esas ciudades, donde sólo hubo una rápida muerte. Aquí… Joel, ¿recuerdas a Sabea? Ella hizo una última profecía sobre el futuro del Pueblo de Dios que ha rechazado al Hijo de Dios».

Los cuatro están como aturdidos. El miedo del futuro los enmudece. Se decide a hablar Eliel:

«¿Tú nos aconsejas…?».

«Sí. Idos. Ya nada habrá aquí suficientemente válido como para retener a los hijos del pueblo de Abraham. Además, especialmente vosotros, notables del pueblo, no seríais respetados… Los poderosos hechos prisioneros embellecen el triunfo del vencedor. El Templo nuevo e inmortal llenará de sí la Tierra, y todo el que me busque me tendrá, porque donde un corazón me ame, allí estaré Yo. Idos. Llevaos con vosotros a vuestras mujeres, a vuestros hijos, a los ancianos… Vosotros me ofrecéis salvación y ayuda, Yo os aconsejo que os pongáis en salvo, y os ayudo con este consejo… No lo despreciéis».

«Pero ya… ¿qué más daño nos va a causar Roma? Ya estamos dominados. Y, aunque su ley sea dura, también es verdad que Roma ha reedificado casas y ciudades y…».

«En verdad, sabedlo, en verdad, ni una sola piedra de Jerusalén quedará intacta. Fuego, ariete, hondas y jabalinas caerán, morderán, desbaratarán todas las casas, y la Ciudad sagrada se transformará en antro. Y no solo Jerusalén… Esta Patria nuestra se transformará en antro. Lugar de onagros y chacales[10]148, como dicen los profetas. Y no durante un año o algunos años, o durante siglos, sino para siempre[11]149. El desierto, la sequía, la esterilidad… ¡Esta será la suerte de estas tierras! Campo de luchas, lugar de torturas, sueño de reconstrucción destruído una y otra vez por una condena inexorable, intentos de resurgimiento ahogados en el momento de su nacimiento: la suerte de la tierra que rechazó al Salvador y quiso un rocío que es fuego sobre los culpables».

5 «¿Entonces… entonces no volverá a haber nunca un Reino de Israel? ¿Ya nunca más seremos lo que soñábamos ser?»

preguntan con voz entrecortada los tres notables judíos. (El escriba Joel llora)…

«¿Habéis observado alguna vez un árbol añoso con la médula destruída por una enfermedad? Durante años vegeta a duras penas, tan a duras penas, que ni florece ni da fruto; sólo alguna, rara hoja en las ramas exhaustas dice que todavía un poco de savia sube… Luego, en un mes de abril, se le ve florecer milagrosamente y cubrirse de numerosas hojas, y se alegra su dueño, que durante muchos años le cuidó sin obtener frutos; se alegra al pensar que el árbol está curado y vuelve a la exuberancia después de tanta languidez… ¡Oh, engaño! Después de tan exuberante explosión de vida, sobreviene en seguida la muerte. Caen las flores, las hojas, los pequeños frutos que parecían ya cuajar en las ramas y prometían una pingüe recolección, y con improviso estruendo el árbol, podrido en su base, se viene abajo. Lo mismo hará Israel. Después de siglos de estéril vegetar disperso, se reunirá en el añoso tronco y parecerá estar reconstruído; al fin reunido el pueblo disperso; reunido y perdonado. Sí. Dios esperará esa hora para cortar los siglos. Ya no habrá siglos, habrá eternidad.

¡Bienaventurados aquellos que, perdonados, constituyan la floración fugaz del último Israel –de ese Israel que será, después de tantos siglos, de Cristo–, y mueran redimidos, junto con todos los pueblos de la Tierra, bienaventurados con los pueblos de la Tierra que no sólo han conocido la existencia mía, sino que también han abrazado mi Ley como ley de Salud y Vida! 6 Oigo las voces de mis apóstoles. Marchaos antes de que lleguen…».

«Señor, si tratamos de permanecer ocultos no es por cobardía, sino para servirte, para poderte servir. Si se supiera que nosotros, que yo, sobre todo, hemos venido a tí, quedaríamos excluídos de las deliberaciones…» dice Joel.

«Comprendo. Pero atención porque la serpiente es astuta. Tú especialmente sé cauto, Joel…».

«¡Aunque me mataran… preferiría mi muerte a la tuya… y no ver esos días de que hablas! Bendíceme, Señor, para fortalecerme…».

«Os bendigo a todos en el nombre de Dios Uno y Trino, y en el nombre del Verbo encarnado para salvación de los hombres de buena voluntad».

Los bendice colectivamente con un amplio gesto, y luego pone la mano, individualmente, sobre cada una de las cuatro cabezas inclinadas que tiene a sus pies.

Luego se levantan ellos, se tapan de nuevo la cara y se adentran entre los árboles del huerto y entre los matorrales de moras que separan a los perales de los manzanos y a éstos de otros árboles; a tiempo, porque, en grupo, ya salen de la casa los doce apóstoles buscando al Maestro para ponerse en camino.

7       Y Pedro dice:

«En la parte de delante de la casa, hacia la ciudad, hay una muchedumbre de gente, a la que a duras penas hemos contenido para dejarte orar. Quieren seguirte. Ninguno de los que has despedido se ha marchado. Es más, muchos han regresado, y muchos otros han venido luego. Los hemos reprendido…».

«¿Por qué? ¡Dejad que me sigan! ¡Ah, si todos lo hicieran! ¡Vamos!».

Y Jesús se coloca el manto que le ha pasado Juan y se pone a la cabeza de los suyos. Llega a la casa, la bordea, pone pie en el camino que va a Betania y entona con fuerte voz un salmo. La gente, una verdadera muchedumbre –primero todos los hombres, luego las mujeres y los niños– le sigue, cantando con El…

La ciudad, rodeada de verde, va quedando lejos. Muchos peregrinos van por este camino, en cuyas orillas muchos mendigos elevan sus lamentos para suscitar la compasión de la muchedumbre y conseguir así pingües limosnas. Lisiados, mancos, ciegos… La miseria que en todas las épocas y regiones habitualmente se da cita en los lugares en que una festividad congrega a las muchedumbres. Y si los ciegos no ven quién pasa, los otros sí lo ven, y, conociendo la bondad del Maestro para con los pobres, lanzan su grito, más fuerte de lo habitual, para atraer la atención de Jesús. Pero no piden el milagro; solamente la limosna; y Judas da la limosna.

8       Una mujer de noble aspecto, al pie de un recio árbol que da sombra a un cruce de caminos, para el burrito en que va montada y espera a Jesús. Cuando El está cerca, desciende de su cabalgadura y se postra, no sin dificultad porque tiene en brazos una criaturita muy falta de vida. La eleva sin decir una palabra. Sus ojos suplican en su afligido rostro. Pero Jesús está rodeado por una barrera de gente y no ve a la pobre madre arrodillada en la orilla del camino.

Un hombre y una mujer, que parecen acompañar a la madre afligida, le dicen:

«No hay nada para nosotros» dice el hombre meneando la cabeza; y

«Ama, no te ha visto; llámale con fe y te concederá lo que pides» dice la mujer.

La madre sigue el consejo de la mujer y grita, fuerte para vencer el ruido de los cantos y los pasos:

«¡Señor, piedad de mí!» .

Jesús, que está unos metros más adelante, se detiene y se vuelve, y busca a la que ha gritado. La sirviente dice:

«Ama, te busca. Alzate y ve donde El, y Fabia se curará» y la ayuda a levantarse y la guía hacia el Señor, que dice:

«Quien me ha invocado que venga a mí. Es tiempo de misericordia para quien sabe esperar en la misericordia».

Las dos mujeres se abren paso (primero la sirviente, para preparar el camino a la madre, luego la propia madre), y están para llegar donde Jesús cuando una voz grita:

«¡Mi brazo perdido! ¡Mirad! ¡Bendito el Hijo de David, el siempre poderoso y santo nuestro verdadero Mesías!».

Se produce un alboroto, porque muchos se vuelven y la muchedumbre, con movimiento como de ondas contrarias en torno a Jesús, se mezcla y entremezcla.

Todos quieren saber, ver… Preguntan a un anciano, que agita su brazo derecho como si fuera una bandera y que responde:

«El se había parado. Yo había logrado agarrar un borde de su manto y taparme con él, y como un fuego y la vida me han recorrido el brazo muerto; mirad, el derecho está como el izquierdo, sólo porque me ha tocado su túnica[12]150».

9       Jesús, mientras, pregunta a la mujer: «¿Qué quieres?».

La mujer alarga los brazos con su criatura y dice:

«Ella también tiene derecho a la vida. Es inocente. No ha pedido ser de uno u otro lugar, ni de una u otra sangre. Yo soy la culpable. A mí el castigo, no a ella».

«¿Tienes la esperanza de que la misericordia de Dios sea mayor que la de los hombres?».

«Tengo esa esperanza, Señor. Yo creo. Por mí y por mi hija. Tengo la esperanza de que le devuelvas el pensamiento y el movimiento. Dicen que eres la Vida…», y llora.

«Yo soy la Vida, y quien cree en mí tendrá la vida del espíritu y de sus miembros. ¡Quiero!».

Jesús ha gritado estas palabras con voz fuerte. Ahora baja la mano hacia la niñita inmóvil, que se estremece, sonríe y dice una palabra: «¡Mamá!».

«¡Se menea! ¡Sonríe! ¡Ha hablado! ¡Fabio! ¡Amo!».

Las dos mujeres han seguido las fases del milagro y las han proclamado con voz fuerte. Y han llamado al padre, que se abre paso entre la gente y llega donde las mujeres cuando ya ellas están a los pies de Jesús llorando; y, mientras la sirviente dice:

«¡Te había dicho que El tiene piedad de todos!», la madre dice: «Y ahora perdóname también mi pecado».

«¿No te muestra el Cielo, con la gracia concedida, que tu error está perdonado? Levántate y anda; en la vida nueva, con tu hija y el hombre que has elegido. Ve. Paz a tí. Y a tí, niñita. Y a tí, israelita fiel. Mucha paz a tí por tu fidelidad a Dios y a la hija de la familia a la que servías y que con tu corazón has mantenido cercana a la Ley. Y paz también a tí, hombre, que te has mostrado más respetuoso hacia el Hijo del hombre que muchos otros de Israel».

Se despide mientras la gente, dejado el anciano, se interesa por el nuevo milagro realizado en la niñita imposibilitada de movimientos y pensamiento (quizás por una meningitis), que ahora salta feliz diciendo las únicas palabras que sabe, las que quizás sabía cuando enfermó y que ahora halla de nuevo en su mente revivida:

«Padre, mamá, Elisa. ¡El Sol bonito! ¡Las flores!…».

580 210     Jesús hace ademán de marcharse. Pero en esto, provenientes del cruce que ya han dejado atrás, llegan, de donde están los asnos que los que han recibido el milagro han dejado plantados, otros dos gritos, quejumbrosos, con la típica modulación hebrea:

«¡Jesús, Señor! ¡Hijo de David, ten piedad de mí!».

Y, de nuevo, más fuerte, para superar los gritos de la gente que dice:

«Callad. Dejadle marcharse al Maestro. El camino es largo y el Sol se alza cada vez más fuerte. Que pueda estar en los montes antes del calor intenso», gritan:

«Jesús, Señor, Hijo de David, ten piedad de mí».

Jesús se para otra vez y dice:

« Id por esos que gritan y traédmelos aquí».

Algunas personas solícitas van hacia los ciegos. Llegan donde ellos y dicen: «Venid. Tiene compasión de vosotros. Alzaos, que quiere concederos lo que pedís. Nos ha mandado a llamaros en su nombre»,

y tratan de guiar a los dos ciegos por entre la muchedumbre.

Pero, si uno de los dos se deja guiar, el otro, más joven y quizás más creyente, anticipa el deseo de aquellos y camina solo, tendiendo su bastoncito hacia delante, con la expresión y el gesto propios de los ciegos: la típica sonrisa y el rostro alzado en busca de la luz… Y va tan rápido y seguro, que parece guiarle su ángel: si no tuviera los ojos blancos, no parecería ciego.

Es el primero en llegar a la presencia de Jesús, que le para y le dice:

580 3«¿Qué quieres que te haga?».

«Que vea, Maestro. Haz, Señor, que mis ojos y los de mi compañero se abran».

Ha llegado ya el otro ciego y le arrodillan junto a su compañero. Jesús pone las manos en sus caras alzadas y dice:

«Hágase como pedís. ¡Idos, vuestra fe os ha salvado!» .

Quita las manos y… dos gritos salen de los labios de los ciegos:

«¡Yo veo, Uriel!»; «¡Yo veo, Bartimeo!»

y luego, juntos:

«¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Bendito el que le ha enviado! ¡Gloria a Dios! ¡Hosanna al Hijo de David!»,

y dos rostros se agachan hasta el suelo para besar los pies de Jesús; luego se levantan los dos que eran ciegos, y el que lleva por nombre Uriel dice:

«Voy a presentarme a mis familiares y luego vuelvo para seguirte, Señor».

Bartimeo, no; Bartimeo dice:

«Yo no te dejo. Mando a alguien para que se lo diga. Se alegrarán en todo caso. Pero, separarme de tí, no. Tú me has dado la vista, yo te consagro la vida; ten piedad del deseo de tu ínfimo siervo».

«Ven y sígueme. La buena voluntad iguala todos los niveles, y solo es grande el que mejor sabe servir al Señor».

Y Jesús reanuda la marcha entre los gritos de hosanna de la multitud.

Bartimeo se une a la gente y, elevando con ella sus alabanzas, va diciendo: «Había venido buscando un pan y he encontrado al Señor. Era pobre y ahora soy ministro del Rey santo. Gloria al Señor y a su Mesías»…

[1] 139 Cfr. Mt. 20, 29–34; Mc. 10, 46–52; Lc. 18, 35–43.

[2] 140 que está en 525. En este punto del manuscrito, MV añade 5–11–46

[3] 141 Los Asideos fueron unos judíos fieles, hombres piadosos y verdaderos servidores de Dios, en contraposición a los judíos infieles, impíos, adversarios o transgresores de la Ley. Cfr. Sal 39, 5; 49, 5; 148, 14; 149, 1–5; Pro. 2, 7–9; especialmente: 1 Mac. 1, 11–16; 2, 39–48; 3, 1–26; 7, 1–25; 9, 23–31; 2 Mac. 14, 1–14

[4] 142 como se narra en 1 Samuel 21, 1–7.

[5] 143 Cfr. Ex. 34, 10–16; Deut. 7, 1–6.

[6] 144 en Salmo 41, 10; Ju. 13, 18.

[7] 145 Esto es, Judas de Keriot.

[8] 146 Cfr. Por ej. Sal 136; Is. 29, 1–10; Jer. 52; Ez. 4–5; Os. 14–1; Na. 3, 8–11. En todos estos textos que profetizan o recuerdan la destrucción anterior de Jerusalén (587 a. C.) se encuentran expresiones que hay en Lc. 19, 41–44, donde se lee la profecía de Jesús respecto a la destrucción de Jerusalén en el a. 70 de nuestra era.

[9] 147 Cfr. Gén. 18–19.

[10] 148 En la Biblia se habla de los asnos salvajes y de chacales en contexto con lugares desérticos por naturaleza o castigo. Cfr. por ej.: Job. 24, 5; 39, 5–8; Eccli. 13, 23; Is. 32, 14; 34, 14; Jer. 2, 23–24; 14, 6; Lam 4, 3; Dan. 5, 21; Os. 8, 9.

[11] 149 Entiéndase la expresión según la mentalidad oriental. (N.T.)

[12] 150 Como en Mt. 9, 20–22; 14, 34–36; Mc. 5, 25–34; 6, 53–56; Lc. 6, 17–19; 8, 43–48.

18/10/2015 Evangelio según San Marcos 10,35-45.

Vigésimo noveno Domingo del tiempo ordinario

Santo(s) del día : San Lucas, evangelista
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Lecturas

Leer el comentario del Evangelio por : Santo Tomás de Aquino
«El que quiera ser grande, sea vuestro servidor»

Este domingo meditamos el pasaje del evangelio de Marcos que se desarrolla en el capitulo 577, que ocurre durante la preparación de la pasión del Señor.
Fue en el domingo XXV que se tocó este tema.
Por cierto la misma disputa por quien era el mayor sucede dos veces, primero tras el segundo anuncio de la pasión, y en esta ultima ocasión tras el tercer anuncio de la pasión ya inminente, solo que en el primer caso queda como una discusión entre los apóstoles y en esta segunda instancia directamente pidiendo a Jesús que Él diga quien era el mayor.
La conclusión es la misma enseñanza que en el domingo XXV, en que había dicho que había que hacerse niños para entrar en el reino, ahora les dice ademas que habrá que hacerse servidores como Él lo fue.

Preparación para la Pasión de Jesús

577. Tercer anuncio[1]121 de la Pasión. María de Alfeo evoca la figura de José. La insensata petición de los hijos de Zebedeo.

8 de marzo de 1947.

577 11             Apenas el alba aclara el cielo, aunque no hace todavía fácil el camino, cuando Jesús deja Doco aún durmiente. Las pisadas ciertamente no las oye nadie, porque son cautelosas y la gente duerme todavía en las casas cerradas. Ninguno habla hasta que están fuera de la ciudad; hasta que están en el campo, que lentamente se despierta bajo la parca luz, llena de frescura después del lavacro del rocío.

Entonces Judas Iscariote dice:

«Camino inútil, descanso negado; hubiera sido mejor no haber venido hasta aquí».

«¡No nos han tratado mal los pocos que hemos encontrado! Han dedicado la noche a escucharnos y a ir por los enfermos de los campos. No, no, venir aquí ha sido una cosa verdaderamente buena, porque los que, por enfermedad u otros motivos, no podían aspirar a ver al Señor en Jerusalén le han visto aquí y han recibido el consuelo de la salud y de otras gracias. Los otros ya sabemos que han ido ya a la ciudad… Es costumbre de todos nosotros, a nada que se pueda, ir algunos días antes de la fiesta»

dice delicadamente Santiago de Alfeo, porque es siempre manso; todo lo contrario de Judas de Keriot, que incluso en los momentos buenos es siempre violento e imperioso.

«Precisamente porque vamos también nosotros a Jerusalén, era inútil venir aquí. Nos habrían oído y visto allí…».

«Pero no las mujeres y los enfermos…» rebate, interrumpiéndole, Bartolomé, en ayuda de Santiago de Alfeo.

Judas hace como que no oye y, como continuando lo que estaba diciendo, añade:

«Al menos creo que vamos a Jerusalén, aunque ahora ya no estoy seguro, después de lo que se le dijo a aquel pastor…».

«¿Y a dónde piensas que vayamos, si no es allí?» pregunta Pedro.

«¿Yo qué sé! Todo lo que hacemos desde hace algunos meses es tan irreal, todo tan contrario a lo previsible, al buen sentido, incluso a la justicia, que…».

«¡Hala! ¡Pues si te he visto beber leche en Doco, ¿cómo es que hablas como un borracho?! ¿En qué ves cosas contrarias a la justicia?» pregunta Santiago de Zebedeo, con unos ojos que poco bien prometen. Y añade: «¡Basta ya de reproches al Justo! ¿Entiendes que ya basta? No tienes derecho a censurarle. Ninguno tiene este derecho, porque El es perfecto, y nosotros… ninguno de nosotros lo es, y tú el que menos».

«¡Eso es! Si estás enfermo, te curas; pero no nos amargues con tus protestas. ¡Si eres un lunático, allí está el Maestro: ve a que te cure y corta ya, ¿Eh?!» dice Tomás perdiendo la paciencia.

2       Efectivamente, Jesús viene detrás, junto con Judas de Alfeo y Juan; y ayudan a las mujeres, que, menos acostumbradas a andar entre dos luces, avanzan con dificultad por este sendero no bueno y, además, más obscuro que el campo porque va por un tupido olivar. Y Jesús habla animadamente con las mujeres, enajenándose de lo que sucede más adelante, lo cual, de todas formas, es oído por los que van con El, pues, aunque las palabras lleguen mal, su tono denota que no son palabras suaves, sino que, ciertamente, tienen sabor de disputa.

Los dos apóstoles, Judas Tadeo y Juan, se miran… y no dicen nada. Miran a Jesús y a María. Pero María está tan velada con su manto, que casi no se le ve la cara. Jesús parece no haber oído. Más, acabado lo que estaba diciendo –hablaban de Benjamín y de su futuro, y hablan de la viuda Sara de Afeq, que se ha establecido en Cafarnaúm y es madre amorosa no sólo del niñito de Yiscala, sino también de los hijitos de la mujer de Cafarnaúm que, pasada a segundo matrimonio, no quería ya a los hijos del primero, y que murió luego

«tan mal, que verdaderamente se ha visto la mano de Dios en su muerte»

dice Salomé–, Jesús va hacia delante junto con Judas Tadeo y llega donde los apóstoles (pero antes, al marcharse, ha dicho: «Quédate aquí, Juan, si quieres. Voy a responder al inquieto y a poner paz».).

Pero Juan, después de algunos otros pasos con las mujeres, y visto que el sendero se abre más y se hace más luminoso, se echa a correr y alcanza a Jesús justo cuando está diciendo:

«Así que, tranquilízate, Judas. Nada irreal haremos, como nunca lo hemos hecho. Tampoco ahora estamos haciendo nada contrario a lo previsible. Este es el tiempo en que está previsto que todo israelita que no esté impedido por enfermedades o causas gravísimas suba al Templo. Y al Templo estamos subiendo».

«No todos. Margziam he oído que no estará. ¿Acaso está enfermo? ¿Por qué motivo no viene? ¿Tú crees que puedes substituirle por el samaritano?» .

El tono de Judas es insoportable. Pedro susurra:

«¡Oh prudencia, encadena mi lengua, que soy hombre!»,

y aprieta fuertemente los labios para no decir nada más. Sus ojos, un poco saltones, tienen una mirada conmovedora, y es que son muy visibles en ellos el esfuerzo que hace el hombre por frenar su indignación y la aflicción de oír hablar a Judas de ese modo.

3       La presencia de Jesús mantiene inmóviles todas las lenguas. El es el único que habla, diciendo con una calma verdaderamente divina:

«Venid un poco adelante para que las mujeres no oigan. Tengo que deciros una cosa, ya desde hace algunos días. Os la prometí en los campos de Tersa. Pero quería que estuvierais todos para oírla; todos vosotros, no las mujeres. Dejémoslas en su humilde paz… En lo que os voy a decir estará incluída también la razón por la cual Margziam no estará con nosotros, y tampoco tu madre, Judas de Keriot, ni tus hijas, Felipe, ni las discípulas de Belén de Galilea con la jovencita. Hay cosas que no todos pueden soportarlas. Yo, Maestro, sé lo que es un bien para mis discípulos, y sé cuánto pueden ellos, o no pueden, soportar. Ni siquiera vosotros tenéis la suficiente fortaleza como para soportar la prueba. Y quedar excluídos de ella sería una gracia para vosotros.

Pero vosotros debéis continuarme, y debéis saber cuán débiles sois, para ser después misericordiosos con los débiles. Por eso vosotros no podéis veros excluídos de esta tremenda prueba que os dará la medida de lo que sois, de lo que habéis seguido siendo después de tres años de estar conmigo y de lo que habéis venido a ser después de estos mismos tres años. Sois doce. Vinisteis a mí casi contemporáneamente. Y no son los pocos días que transcurrieron desde mi encuentro con Santiago, Juan y Andrés, hasta el día en que tú, Judas de Keriot, fuiste recibido entre nosotros, ni hasta el día en que tú, Santiago, hermano mío, y tú, Mateo, vinisteis conmigo, los que pueden justificar tanta diferencia de formación entre vosotros.

Estabais todos, también tú, docto Bartolmái, y vosotros, hermanos míos, muy informes, completamente informes respecto a lo que es la formación en mi doctrina. Es más, vuestra formación, mejor que la de otros de entre vosotros respecto a la doctrina del viejo Israel, os suponía un obstáculo para formaros en mí. Pero ninguno de vosotros ha recorrido tanto camino como habría sido suficiente para llevaros a todos a un único punto. Uno lo ha alcanzado, otros están cerca, otros más lejos, otros muy atrás, otros… sí, debo decir también esto: en vez de avanzar han retrocedido. ¡No os miréis! No busquéis entre vosotros quién es el primero y quién el último. Aquel que, quizás, se cree el primero y es considerado el primero, debe todavía tomarse a sí mismo el pulso. Aquel que se cree el último está para resplandecer en su formación como una estrella del cielo. Por tanto, una vez más, os digo: no juzguéis. Los hechos juzgarán con su evidencia. Por ahora no podéis entender. Pero pronto, muy pronto, recordaréis estas palabras mías y las comprenderéis».

«¿Cuándo? Nos has prometido que nos vas a decir, que nos vas a explicar también por qué la purificación pascual será distinta este año, pero no nos lo dices nunca», se queja Andrés.

«De esto os quería hablar. Porque aquellas palabras y éstas son una única cosa, pues tienen su raíz en una única cosa. 4 Mirad, estamos subiendo a Jerusalén para la Pascua. Allí se cumplirán todas las cosas dichas por los profetas respecto al Hijo del Hombre. En verdad, como vieron los profetas [2]122, como ya estaba dicho en la orden dada a los hebreos de Egipto, como fue ordenado a Moisés en el desierto, el Cordero de Dios muy pronto va a ser inmolado y su Sangre muy pronto va a rociar las jambas de los corazones, y el ángel de Dios pasará sin descargar su mano sobre los que tengan sobre sí, y con amor, la Sangre del Cordero inmolado, que muy pronto va a ser levantado como la serpiente de precioso metal en el palo transversal, como signo para los que han sido heridos por la serpiente infernal, para salud de los que lo miren con amor[3]123. El Hijo del Hombre, vuestro Maestro Jesús, muy pronto va a ser entregado en manos de los príncipes de los sacerdotes, de los escribas y Ancianos, los cuales le condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles para ser escarnecido. Y le abofetearán, le golpearán, le escupirán, le arrastrarán por las calles como a un andrajo inmundo, y luego los gentiles, después de haberle flagelado y coronado de espinas, prefiriendo el pueblo hebreo, reunido en Jerusalén, su muerte en vez de la de un ladrón, le condenarán a la muerte de cruz, propia de los malhechores; y así le matarán.

Pero, como está escrito en los signos de las profecías, después de tres días resucitará. Esta es la prueba que os espera, la que mostrará vuestra formación. En verdad os digo, a todos vosotros los que os creéis tan perfectos como para despreciar a los que no son de Israel e incluso a muchos del propio pueblo nuestro, en verdad os digo que vosotros, mi parte elegida del rebaño, cuando apresen al Pastor, sufriréis la embestida del miedo y huiréis a la desbandada, como si los lobos que a mí me morderán desde todas las partes se hubieren vuelto contra vosotros. Pero os digo que no temáis, que no os tocarán un solo cabello. Yo seré suficiente para saciar a los lobos feroces…».

5       Los apóstoles, a medida que Jesús va hablando, van pareciendo criaturas expuestas a una granizada de piedras. Incluso se encorvan, cada vez más, mientras Jesús va hablando. Y, cuando termina:

«Y todo esto que os digo ya es inminente; no es como las otras veces, que había tiempo antes de esa hora. Ya ha llegado la hora. Yo voy para ser entregado a mis enemigos e inmolado para salvación de todos. Y este capullo de flor no habrá perdido todavía sus pétalos, después de haber florecido, y Yo estaré ya muerto»,

cuando termina así, quién se tapa la cara con las manos, quién gime como si le estuvieran hiriendo. Judas Iscariote está lívido, literalmente lívido…

El primero en recobrarse es Tomás, que proclama:

«Esto no te sucederá porque te defenderemos o moriremos juntos contigo, y así demostraremos que te habíamos alcanzado en tu perfección y que éramos perfectos en el amor a tí».

Jesús le mira en silencio.

Bartolomé, después de un largo silencio meditativo, dice:

«Has dicho que serás entregado… Pero ¿quién, quién puede entregarte en manos de tus enemigos? Eso no está escrito en las profecías. No. No está escrito. Sería demasiado horrible si un amigo tuyo, un discípulo tuyo, un seguidor tuyo, aunque fuera el último de todos, te entregara a los que te odian. ¡No! Quien te haya oído con amor, aunque hubiera sido una sola vez, no puede cometer ese delito. Son hombres, no fieras, no diablos… No, mi Señor. Y tampoco los que te odian podrán… Tienen miedo del pueblo, ¡y el pueblo estará, por entero, en torno a tí!».

Jesús mira también a Natanael y no habla.

Pedro y el Zelote hablan mucho entre sí. Santiago de Zebedeo maltrata de palabra a su hermano porque le ve sereno, y Juan responde:

«Es porque hace tres meses que lo sé[4]124»

y dos lágrimas surcan su rostro. Los hijos de Alfeo hablan con Mateo, que, descorazonado, menea la cabeza. Andrés se vuelve hacia el Iscariote:

«Tú que tienes tantos amigos en el Templo…».

«Juan conoce al propio Anás» replica Judas, y termina: «¿Y qué solución ves? ¿Qué

crees que va a poder la palabra de un hombre si así está predestinado?».

«¿Estás convencido de esto?» preguntan al mismo tiempo Tomás y Andrés.

«No. Yo no creo nada. Son alarmas inútiles. Bartolomé tiene razón. Todo el pueblo apoyará a Jesús. Ya se percibe por la gente que vamos viendo por el camino. Y será un triunfo. Veréis como será así» dice Judas de Keriot.

«¿Pero entonces por qué El…?» dice Andrés señalando a Jesús, que se ha parado para esperar a las mujeres.

«¿Que por qué lo dice? Porque está impresionado… y porque quiere probarnos. Pero no ocurrirá nada. Y yo, además, iré…».

«¡Sí, sí! ¡Ve a ver…!» suplica Andrés.

6       Se callan porque Jesús está ya tras ellos, entre su Madre y María de Alfeo.

María expresa una pálida sonrisa al mostrarle su cuñada unas semillas, que no sé dónde las habrá conseguido, diciéndole que quiere sembrarlas en Nazaret después de la Pascua, junto a la gruta que Ella tanto estima. Y María de Alfeo dice:

«Cuando eras niña, lo recuerdo siempre con estas flores en tus manitas. Las llamabas las flores de tu venida. Efectivamente, cuando naciste, tu huerto estaba cuajado de ellas, y en el atardecer en que toda Nazaret se apresuró a ir a ver a la hija de Joaquín, los hacecillos de estas estrellitas eran verdaderamente un diamante por el agua que había caído del cielo y por el último rayo de sol que desde el Poniente incidía en ellos; y, dado que te llamabas “Estrella”, todos decían, mirando a esas muchas, pequeñas estrellas brillantes: “Las flores se han adornado para festejar a la flor de Joaquín, y las estrellas han dejado el cielo para acercarse a la Estrella”; y todos sonreían, felices por el signo venturoso y por la alegría de tu padre. 7 Y José[5]125, el hermano de mi marido, dijo: “Estrellas y gotitas de agua. ¡Es verdaderamente María!”[6]126. ¿Como podía imaginar, entonces, que habrías de ser su estrella? ¡Cuando volvió de Jerusalén elegido para esposo tuyo!… Toda Nazaret quería festejarle, porque grande era el honor que le venía del Cielo y de su matrimonio contigo, hija de Joaquín y Ana; y todos querían invitarle a un banquete. Pero él, con su dulce pero firme decisión rechazó toda fiesta. De modo que asombró a todos, porque ¿quién es el hombre que, destinado a noble matrimonio y con símil decreto del Altísimo, no celebre su felicidad de alma y de carne y sangre?

  “A gran elección, gran preparación”. Y con una continencia que alcanzaba también a las palabras y al alimento –pues que toda otra continencia siempre había existido en él– pasó ese tiempo trabajando y orando, porque, si se puede orar con el trabajo, yo creo que cada golpe de martillo y cada señal hecha con el escoplo se transformaban en oración. Tenía su rostro como extático. Yo iba a arreglar la casa, a blanquear sábanas u otras cosas que había dejado tu madre y que con el tiempo se habían puesto amarillentas, y le miraba mientras trabajaba en el huerto y en la casa para ponerlos otra vez en orden, como si nunca hubieran estado abandonados; y le hablaba incluso… Pero estaba como absorto. Sonreía… pero no era a mí o a otros, sino a un pensamiento suyo que no era, no, el pensamiento de todos los hombres que se aproximan a su boda. Esa es una sonrisa de alegría maliciosa y carnal… El… parecía sonreír a los invisibles ángeles de Dios, y parecía que hablara con ellos y los consultara… ¡Oh, porque estoy convencida de que los ángeles le instruían acerca de cómo tratarte a tí! Porque después, y fue otro motivo de estupor de toda Nazaret, y casi de desdén de mi Alfeo, pospuso la boda lo más que pudo, y no se comprendió nunca cómo fue que al improviso se decidiera antes del tiempo fijado. Y también cuando se supo que ibas a ser madre, ¡cómo se asombró Nazaret por su alegría ausente!… Pero también mi Santiago es un poco así. Y cada vez más lo es. Ahora que le observo bien –no sé por qué, pero desde que fuimos a Efraín me parece completamente nuevo–, le veo así… justamente como a José. Mírale ahora también, María, ahora que se está volviendo otra vez para mirarnos. ¿No tiene ese aspecto absorto tan habitual en José, tu esposo? Sonríe con esa sonrisa que no sé si llamarla triste o lejana. Mira y tiene esa mirada larga, que va más allá de nosotros, que muchas veces tenía José. ¿Recuerdas cómo le pinchaba Alfeo? Decía: “Hermano, ¿ves todavía las pirámides?”. Y él meneaba la cabeza sin decir nada, paciente y reservado en sus pensamientos. Poco hablador siempre. Pero ¡desde que volvisteis de Hebrón…! Ya ni siquiera a la fuente iba solo, como hasta entonces había hecho, y como hacen todos: o contigo o a su trabajo. Y, aparte del sábado en la sinagoga, o cuando se dirigía a otro lugar para alguna gestión, nadie puede decir que viera a José de paseo en esos meses.

Luego os marchasteis… ¡Qué angustia la ausencia de noticias vuestras después de la matanza! Alfeo fue hasta Belén… “Se marcharon” dijeron. Pero… ¿cómo creerlos, si os odiaban a muerte en esa ciudad en que todavía rojeaba la sangre inocente y se elevaba humo de las ruinas y se os acusaba de que por vosotros esa sangre había corrido? Fue a Hebrón, y vosotros al Templo, porque Zacarías tenía su turno. Isabel no le dió más que lágrimas, y Zacarías palabras de consuelo. El uno y la otra, angustiados por Juan y temiendo nuevos actos de crueldad, le habían escondido y estaban verdaderamente en ascuas por él. De vosotros no sabían nada. Y Zacarías dijo a Alfeo: “Si están muertos, su sangre ha caído sobre mí, porque yo los convencí de que se quedaran en Belén”.

8 ¡Mi María! ¡Mi Jesús, visto tan guapo durante la Pascua que siguió a su nacimiento! ¡Y no recibir noticias durante tanto tiempo! Pero… ¿por qué nunca una noticia?…».

«Porque convenía guardar silencio. En el lugar donde estábamos, muchas eran las Marías y muchos los Josés, y convenía pasar por una pareja cualquiera de esposos»

responde serena María, y suspira:

«Y eran, dentro de su tristeza, días aún felices. ¡El mal estaba tan lejos todavía! ¡Aunque nuestra humanidad careciera de muchas cosas, el espíritu se saciaba con la alegría de tenerte, Hijo mío!».

«También ahora tienes contigo a tu Hijo. ¡Falta José, es verdad! Pero Jesús está aquí y con su completo amor de adulto» observa María de Alfeo.

María levanta la cabeza para mirar a su Jesús. Y en su mirada hay congoja, aunque su boca sonría levemente. Mas no añade ninguna otra palabra.

577 29       Los apóstoles se han detenido para esperarlos. Todos se agrupan, incluso Santiago y Juan, que estaban detrás de todos, con su madre. Y, mientras descansan del camino realizado y algunos comen un poco de pan, la madre de Santiago y Juan se acerca a Jesús y se postra ante El, que, apremiado por reanudar la marcha, ni siquiera se ha sentado.

Jesús, puesto que es claro en ella el deseo de pedir algo, le pregunta:

«¿Qué quieres, mujer? Habla».

«Concédeme una gracia, antes de que te marches, como dices».

«¿Cuál?».

«La de ordenar que estos dos hijos míos, que por tí han dejado todo, se sienten uno a tu derecha y el otro a tu izquierda, cuando Tú estés sentado, en tu gloria, en tu Reino».

Jesús mira a la mujer y luego a los dos apóstoles, y dice:

«Habéis sugerido este pensamiento a vuestra madre interpretando muy mal mis promesas de ayer. El ciento por uno por lo que habéis dejado no lo recibiréis en un reino de la Tierra. ¿También vosotros os habéis hecho codiciosos y habéis perdido la inteligencia? No, no vosotros: ya es el crepúsculo mefítico de las tinieblas, que avanza, y el aire contaminado de Jerusalén, que se acerca y os corrompe y os ciega… ¡Yo os digo que no sabéis lo que pedís! ¿Podéis, acaso, beber el cáliz que voy a beber Yo?».

«Lo podemos, Señor» .

«¿Y por qué decís eso, si todavía no habéis comprendido la amargura que tendrá mi cáliz? No se trata solamente de la amargura que ayer os describí: la mía de Varón de todos los dolores. Habrá torturas que, aunque os las describiera, no estaríais en condiciones de comprenderlas… De todas formas… sí… dado que –a pesar de ser todavía como dos niños que desconocen el valor de lo que piden–, dado que sois dos espíritus justos y que me quieren, beberéis, ciertamente beberéis de mi cáliz. Pero lo de sentaros a mi derecha o a mi izquierda no me corresponde a mí concedéroslo: ésa es una cosa que se concederá a aquellos para los que mi Padre lo ha preparado».

10     Los otros apóstoles, mientras Jesús está todavía hablando, hacen ásperas críticas sobre lo que los hijos de Zebedeo y la madre de éstos han pedido. Pedro le dice a Juan:

«¡Precisamente tú! ¡Ya ni te reconozco, respecto a lo que eras!».

Y Judas Iscariote, con su sonrisa de demonio:

«¡Verdaderamente los primeros son los últimos! Tiempo de sorpresas y de comprender una serie de cosas…», y se ríe burlón.

«¿Acaso por los honores hemos seguido a nuestro Maestro?» dice Felipe en tono de reproche.

Tomás no se dirige a los dos, sino a Salomé, diciendo:

«¿Por qué poner en evidencia a tus hijos? Si no ellos, al menos tú debías haber reflexionado e impedido esto».

«Es verdad. Nuestra madre no lo habría hecho» dice Judas Tadeo.

Bartolomé no habla, pero su cara es toda una desaprobación.

Simón Zelote, queriendo calmar el desdén, dice:

577 3«Todos podemos equivocarnos…» .

Mateo, Andrés y Santiago de Alfeo no hablan; es más, visiblemente sufren por este incidente que mella la hermosa perfección de Juan.

Jesús hace un gesto para imponer silencio y dice:

«¡Un momento! ¿Es que de un error van a venir muchos? Vosotros, que reprocháis indignados, ¿no os dais cuenta de que también vosotros pecáis? Dejad tranquilos a estos hermanos vuestros. Mi reprensión es suficiente. Su abatimiento es evidente; su arrepentimiento, humilde y sincero. Debéis amaros entre vosotros, apoyaros mutuamente. Porque, en verdad, ninguno de vosotros es perfecto todavía. No debéis imitar al mundo ni a los hombres del mundo. En el mundo –lo sabéis– los príncipes de las naciones dominan a sus pueblos, y sus notables ejercen el poder sobre éstos en nombre de los príncipes. Pero entre vosotros no debe ser así. No debe haber en vosotros afán de dominar a los hombres ni a vuestros compañeros. Antes al contrario, el que de entre vosotros quiera ser el mayor póngase a vuestro servicio, y el que quiera ser el primero hágase siervo de todos. Lo mismo que ha hecho vuestro Maestro. ¿Acaso he venido para avasallar y dominar? ¿Para ser servido? No, verdaderamente no. Yo he venido para servir. Y eso –de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en redención de muchos–, eso mismo deberéis saber hacer vosotros, si queréis ser como Yo y estar donde Yo. Ahora marchaos. Y estad en paz entre vosotros, como Yo lo estoy con vosotros».

11 Me dice Jesús:

«Señala mucho el punto: “…vosotros ciertamente beberéis de[7]127 mi cáliz”. En las traducciones se lee: “mi cáliz”. He dicho: “del mío”, no “el mío”. Ningún hombre habría podido beber mi cáliz. Solamente Yo, Redentor, debí beber todo mi cáliz. A mis discípulos, a mis imitadores, a los que me aman, ciertamente se les concede beber de ese cáliz en que Yo bebí: esa gota, ese sorbo o esos sorbos que la predilección de Dios les concede beber. Pero nunca ninguno lo beberá todo como Yo lo bebí. Así pues, es correcto decir “de mi cáliz” y no “mi cáliz”».

 

[1] 121 Cfr. Mt. 20, 17–28; Mc. 10, 32–45; Lc. 18, 31–34; 22, 25–27.

[2] 122 como las citadas (y reseñadas en notas) en 342.7, 561.11, 579.8.10, 580.3, 589.3, 591.5/6, 592.9, 593.1, 595.4, 596.2, 597.5, 598.7, 600.13, 601.1, 604.25.

[3] 123 Cfr. Núm. 21, 4–9; 4 Rey. 18, 1–4; Sab. 16, 5–7; Ju. 3, 14–15.

[4] 124 le fue dicho en confidencia por el Maestro (ver 540.3).

[5] 125 Hermoso elogio de María de Alfeo en honor de José, esposo de la Vírgen.

[6] 126 María, nombre de la Madre de Jesús y muy común entre las mujeres hebreas de su tiempo, no tiene derivación segura. Sus numerosas interpretaciones provienen de sondeos etimológicos, o también del lenguaje popular. Los significados de estrella y de gota, que, respectivamente, evocan la luz y el dolor, pueden ser relacionados con una interpretación dada por San Jerónimo al nombre “María”.

[7] 127 de, cursiva de aproximadamente una página antes, está remarcado con claros signos en el manuscrito original. La expresión “beber el cáliz” parece traducción correcta del texto griego de los evangelistas Mateo y Marcos; pero podría ser interpretada como “beber del cáliz” si se dice en arameo, la lengua que Jesús hablaba, en la cual no habría distinción de forma entre “beber el cáliz” y “beber del cáliz”.

11/10/2015 Evangelio según San Marcos 10,17-30.

Vigésimo octavo Domingo del tiempo ordinario

Santo(s) del día : San Juan XXIII
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Lecturas

Leer el comentario del Evangelio por : San Clemente de Alejandría
“Una sola cosa te falta”

Este domingo meditamos el encuentro de Jesús con el joven rico que la encontramos en el capitulo 576 de la preparación para la Pasión de Jesús.
Verán que Jesús se entristece cuando el joven se va… ahora bien muchos de nosotros nos preguntamos alguna vez que habrá sido de aquel joven que tuvo el privilegio de cruzar al Hombre-Dios y no lo siguió… pues bien Dios tuvo al fin misericordia de él y lo eligió para iniciar a San Lucas en el gran evangelio. Que como fue? Encontraran la historia en el trabajo sobre la vida de San Lucas que pueden encontrar en:
http://tematicacristiana.blogspot.com/2008/03/homenaje-san-lucas.html

Preparación para la Pasión de Jesús

576. Encuentro con el joven rico[1]117 en el camino hacia Doco.

7 de marzo de 1947.

576 11       Otra hermosísima mañana abrileña. La tierra y el firmamento despliegan todassus primaverales bellezas. El ambiente está tan saturado de luminosidad, de voces de fiesta y de amor, de fragancia, que se respira luz, canto, perfume.

Debe haber caído durante la noche una fugaz lluvia que ha puesto obscuros y ha limpiado los caminos, sin embarrarlos, y ha limpiado también tallos y hojas que ahora tiemblan, llenas de brillos, limpias, por una suave brisa que desciende de los montes hacia esta fértil llanura que anuncia ya a Jericó.

De las márgenes del Jordán suben continuamente personas que lo han cruzado desde la otra orilla, o que han venido por el camino que bordea el río para tomar luego este que va directamente hacia Jericó y Doco, como dicen las señales indicadoras. Y con los muchos hebreos que, para el rito, se dirigen a Jerusalén procedentes de todas partes, se mezclan mercaderes de otros lugares, y muchos pastores con los corderos de los sacrificios, los cuales balan, desconocedores de su sino. Muchos reconocen y saludan a Jesús. Son éstos hebreos de Perea y la Decápolis, e incluso de lugares más lejanos; hay un grupo de Cesarea Paneas. Y son pastores que, por ser más bien nómadas –en pos de los rebaños–, conocen al Maestro: o por haberle visto o por haberles sido predicado por los discípulos.

2 Uno se postra y le dice:

«¿Puedo ofrecerte el cordero?».

«No te quedes tú sin él, que tu ganancia es esto».

«¡Es mi gratitud! No te acuerdas de mí. Yo sí. Soy uno al que curaste junto con otros muchos. Me uniste el hueso del muslo, que ninguno lo curaba y me tenía imposibilitado. Te doy con gusto este cordero. El más hermoso. Este. Para el banquete de alegría. Sé que para el holocausto estás obligado a afrontar un gasto. ¿Pero para la alegría? Mucha me diste a mí. Acepta el cordero, Maestro».

«Sí, acéptalo. Será dinero que nos ahorraremos. O, mejor: será la posibilidad de comer, porque con toda nuestra prodigalidad yo ya no tengo dinero»

dice el Iscariote.

«¿Prodigalidad? ¡Pero si desde Siquem no hemos gastado ni una perra!» dice Mateo.

«¡El caso es que no tengo ya dinero! Lo último se lo di a Merod».

«Hombre, escucha»

dice Jesús al pastor, para poner fin a las palabras de Judas.

«Por ahora no voy a Jerusalén y no puedo llevarme conmigo el cordero. Si no, lo tomaría para que vieras que acepto tu regalo».

«Pero luego irás a la ciudad. Estarás allí para las fiestas. Tendrás un lugar de alojamiento. Dime dónde y yo llevaré a tus amigos…».

«Nada de eso tengo… Pero en Nob tengo un amigo pobre y anciano. Escúchame bien: el día siguiente del sábado pascual vas, al rayar el alba, a Nob, y le dices a Juan, el Anciano de Nob (todos te sabrán decir quién es): “Este cordero te lo manda Jesús de Nazaret, tu amigo, para que celebres este día con un banquete de alegría, porque más alegría que la de hoy no hay para los verdaderos amigos del Cristo”. ¿Lo harás?».

«Si así lo quieres, lo haré».

«Y me darás una alegría. No antes del día después del sábado. Recuérdalo bien. Y recuerda las palabras que te he dicho. Ahora ve y que la paz esté contigo. Y conserva a tu corazón estable en esta paz en los días venideros. Recuerda también esto y sigue creyendo en mi Verdad. Adiós».

3       Una serie de personas se ha acercado para oír el diálogo, personas que se dispersan sólo cuando el pastor, poniendo de nuevo en marcha su rebaño, las obliga a hacerlo. Jesús sigue a las ovejas, aprovechando la senda abierta por ellas. La gente cuchichea:

«¿Pero entonces sí que va a Jerusalén! ¿No sabe que está proscrito?».

«¡Oye, nadie puede prohibir a un hijo de la Ley presentarse al Señor para la Pascua. ¿Acaso es culpable de reato público? No. Porque si lo fuera, el Gobernador le habría encarcelado como a Barrabás».

Y otros:

«¿Has oído? No tiene un lugar de alojamiento, ni amigos, en Jerusalén. ¿Será que todos le han abandonado? ¿Incluso el resucitado? ¡Pues vaya gratitud!».

«¡Oye, calla! Esas dos son las hermanas de Lázaro. Yo soy de los campos de Magdala y las conozco bien. Si las hermanas están con El, señal es de que la familia de Lázaro le es fiel».

«Quizás no se aventura a entrar en la ciudad».

«Razón tendría».

«Dios le perdonará el quedarse afuera».

«Si no puede subir al Templo, no es culpa suya».

«Su prudencia es sabia. Si le apresaran, todo acabaría antes de su tiempo».

«Claro que no está todavía preparado para su proclamación como rey nuestro, y no quiere que le apresen».

«Se dice que, mientras se pensaba que estaba en Efraín, fue por todas partes, incluso donde las tribus nómadas, para prepararse sus seguidores y soldados y buscar protecciones».

«¿Quién te ha dicho eso?».

«Son las mentiras de siempre. Es el Rey santo, no un rey de soldados».

«Quizás haga la Pascua suplementaria. En ese caso sería fácil pasar inadvertido. El Sanedrín se disuelve pasadas las fiestas, y todos los Ancianos se van a sus casas para la siega. Hasta Pentecostés no se reúne otra vez».

«Y, si los miembros del Sanedrín están fuera, ¿quién le va a hacer algún mal? ¡Son ellos los chacales!».

«¡Mmm! ¿Que se ande El con tanta prudencia! ¡Cosa demasiado humana! El es más que un hombre y no tendrá una prudencia cobarde».

«¿Cobarde? ¿Por qué? Nadie puede tachar de cobarde a quien se ponga en salvo en pro de su misión».

«Cobarde en todo caso, porque cualquier misión es siempre inferior a Dios. Por tanto, el culto a Dios debe tener precedencia sobre todas las demás cosas».

Estas son las palabras que se intercambia la gente. Jesús hace como si no oyera. 4     Judas de Alfeo se detiene para esperar a las mujeres. Cuando llegan –estaban con el muchacho, retrasadas, a unos treinta pasos– dice a Elisa:

«¡Habéis dado mucho en    Siquem, después de marcharnos!».

«¿Por qué?».

«Porque Judas no tiene una perra. No vas a tener tus sandalias, Benjamín. Así han venido las cosas. En Tersa no pudimos entrar, y, aunque hubiéramos podido hacerlo, la carencia de dinero nos hubiera impedido cualquier compra… Vas a tener que entrar así en Jerusalén…».

«Antes está Betania» dice Marta sonriendo.

«Y antes Jericó y mi casa» dice Nique sonriendo también.

«Y antes de todo eso estoy yo. Lo he prometido y lo haré. ¡Viaje de experiencias éste! He sabido lo que es no tener un didracma[2]118. Y ahora voy a experimentar lo que es tener que vender un objeto por necesidad» dice María de Magdala.

«¿Y qué vas a vender, María, si ya no llevas joyas?» pregunta Marta a su hermana.

«Mis gruesas horquillas de plata. Son muchas. Para sujetar este inútil peso pueden bastar las de hierro. Las venderé. Jericó está llena de gente que compra estas cosas. Y hoy es día de mercado, y mañana, y siempre cuando llegan estas fiestas».

«¡Pero hermana!».

«¿Qué? ¿Te escandalizas pensando que puedan creer de mí que estoy tan pobre que tengo que vender las horquillas de plata? ¡Ah, ya quisiera haberte dado siempre estos escándalos! Peor era cuando, sin necesidad, me vendía a mí misma al vicio ajeno y mío».

«¡Calla, mujer! ¡Está aquí el muchacho… que no sabe!».

«No sabe todavía. Quizás no sabe todavía que yo era la pecadora. Mañana lo sabría por boca de los que me odian por no serlo ya, y con aspectos que mi pecado no tuvo, a pesar de haber sido muy grande. Así que es mejor que lo sepa por mí, y que vea cuánto puede el Señor que le ha acogido: hacer de una pecadora una arrepentida; de un muerto un resucitado: de mí, muerta en el espíritu, y de Lázaro, muerto en el cuerpo, dos vivos. Porque esto es lo que nos ha hecho a nosotros el Rabí, Benjamín. Recuérdalo siempre, y quiérele con todo tu corazón porque El es verdaderamente el Hijo de Dios».

5       Un atasco en el camino ha detenido a Jesús y a los apóstoles. Las mujeres los alcanzan. Jesús dice:

«Id adelante vosotras, hacia Jericó. Entrad en la ciudad, si queréis. Yo voy a Doco con ellos. Para la puesta del Sol estaré con vosotras».

«¿Por qué nos separas? No estamos cansadas» protestan todas.

«Porque quisiera que vosotras, mientras, al menos algunas, avisarais a los discípulos de que estaré en casa de Nique mañana».

«Si es así, Señor, pues vamos ya. Ven, Elisa, y tú Juana y tú Susana y Marta. Preparamos todo» dice Nique.

«Y yo y el muchacho. Así hacemos nuestras compras. Bendícenos, Maestro. Ven pronto. ¿Tú, Madre, te quedas?» dice María de Magdala.

«Sí, con mi Hijo».

Se separan. Con Jesús se quedan sólo las tres Marías: la Madre y la cuñada de Ella, María Cleofás, y María Salomé. Jesús deja el camino de Jericó para tomar un camino secundario que va a Doco.

6       Lleva poco tiempo por éste cuando, de una caravana que viene no sé de dónde (es una caravana rica que, sin duda, viene de lejos, porque trae a las mujeres en los camellos, dentro de las oscilantes berlinas o palanquines atados a los lomos gibosos, y los hombres montados en fogosos caballos o en otros camellos), se separa un joven que, haciendo arrodillarse a su camello, desciende de la silla y va hacia Jesús; un paje viene y sujeta al animal por las bridas.

El joven se postra delante de Jesús y, después del profundo saludo, le dice:

«Yo soy Felipe de Canata, hijo de verdaderos israelitas, y que ha seguido siéndolo. Discípulo de Gamaliel hasta que la muerte de mi padre me puso al frente de sus negocios. Te he oído más de una vez. Conozco tus obras. Aspiro a una vida mejor, para tener la eterna que Tú aseguras que posee aquel que crea en sí tu Reino. Dime, pues, Maestro bueno, ¿qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?».

«¿Por qué me llamas bueno? Sólo Dios es bueno».

«Tú eres el Hijo de Dios, bueno como el Padre tuyo. ¡Oh, dime!: ¿qué debo hacer?».

«Para entrar en la vida eterna observa los mandamientos».

«¿Cuáles, mi Señor? ¿Los antiguos o los tuyos?».

«En los antiguos están ya los míos. Los míos no transforman[3]119 los antiguos, que siguen siendo: adorar con amor verdadero al único verdadero Dios y respetar las leyes del culto, no matar, no robar, no cometer adulterio, no testificar lo falso, honrar al padre y a la madre, no perjudicar al prójimo; antes al contrario, amarle como te amas a tí mismo. Haciendo esto tendrás la vida eterna».

«Maestro, todas estas cosas las he observado desde mi niñez».

Jesús le mira con ojos de amor y dulcemente le pregunta:

576 2«¿Y no te parecen suficientes todavía?».

«No, Maestro. Grande cosa es el Reino de Dios en nosotros y en la otra vida. Infinito don es Dios, que a nosotros se dona. Siento que todo lo que es deber es poco, respecto al Todo, al Infinito perfecto que se dona, y que yo pienso que se debe obtener con cosas mayores que las que están mandadas para no condenarse y serle gratos».

«Es como dices. Para ser perfecto te falta todavía una cosa. Si quieres ser perfecto como quiere el Padre nuestro de los Cielos, ve, vende cuanto tienes y dáselo a los pobres. Tendrás un tesoro en el Cielo por el que el Padre, que ha dado su Tesoro para los pobres de la Tierra, te amará con especial amor. Luego ven y sígueme».

El joven se entristece, se pone pensativo. Luego se levanta y dice:

«Recordaré tu consejo…»

y se aleja triste.

7       Judas se sonríe levemente, pero irónicamente, y susurra:

«¡No soy yo el único que le tiene amor al dinero!».

Jesús se vuelve y le mira… y luego mira a los otros once rostros que están en torno a El, y suspira:

«¡Qué difícil será que un rico entre en el Reino de los Cielos: su puerta es estrecha y el camino que a él conduce es un camino empinado, y no pueden recorrer este camino ni entrar los que están cargados con los pesos voluminosos de las riquezas.

Para entrar allá arriba no se requieren sino tesoros de virtud, inmateriales, y también el saberse separar de todo lo que signifique apego a las cosas del mundo y vanidad».

Jesús está muy triste… Los apóstoles se miran de reojo unos a otros… Jesús sigue hablando mientras mira a la caravana del joven rico que se aleja:

«En verdad os digo que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que no, para un rico, entrar en el Reino de Dios».

«¿Pero entonces quién podrá salvarse? La miseria hace frecuentemente pecadores, por envidias y por poco respeto a lo ajeno, y por desconfianza respecto a la Providencia… La riqueza es un obstáculo para la perfección… ¿Y entonces? ¿Quién podrá salvarse?».

Jesús los mira y les dice:

«Lo que es imposible para los hombres es posible para Dios, porque para Dios todo es posible. Basta con que el hombre ayude a su Señor con su buena voluntad. Es buena voluntad aceptar el consejo recibido y esforzarse en conseguir el desapego de las riquezas. Todo desapego, para seguir a Dios. Porque la verdadera libertad del hombre es ésta: seguir las voces que Dios le susurra en su corazón, y sus mandamientos, no ser esclavo ni de sí ni del mundo ni del respeto humano, y, por tanto, no ser esclavos de Satanás.

Hacer uso de la espléndida libertad de arbitrio que Dios ha dado al hombre para querer libre y únicamente el Bien, y conseguir así la vida eterna luminosísima, libre, beata. Ni siquiera de la propia vida hemos de ser esclavos, si por secundarla tenemos que oponer resistencia a Dios. Os lo he dicho[4]120: “El que pierda su vida por amor mío y por servir a Dios la salvará para toda la eternidad”».

8 «¡Pues nosotros hemos dejado todo por seguirte, hasta las cosas más lícitas! ¿Cuál será en nosotros el resultado? ¿Entraremos, entonces, en tu Reino?» pregunta Pedro.

«En verdad, en verdad os digo que los que me hayan seguido de esa manera, y los que me sigan –porque siempre hay tiempo de hacer reparación por la desidia y por los pecados cometidos hasta el presente, siempre hay tiempo mientras se está en la Tierra y se tienen por delante días en que poder hacer reparación por el mal hecho–, éstos estarán conmigo en el Reino mío. En verdad os digo que vosotros, que me habéis seguido en la regeneración, os sentaréis en tronos para juzgar a las tribus de la Tierra, junto con el Hijo del hombre, que estará sentado en el trono de su gloria. Y os digo en verdad que ninguno que, por amor de mi Nombre, haya dejado casa, campos, padre, madre, hermanos, esposa, hijos y hermanas, para difundir la Buena Nueva y continuarme, ninguno dejará de recibir el ciento por uno en el tiempo presente y la vida eterna en el siglo futuro».

«¿Pero si perdemos todo, cómo podemos recibir el ciento por uno de nuestro haber?» pregunta Judas de Keriot.

«Digo de nuevo que lo que a los hombres les es imposible a Dios le es posible. Y Dios dará el ciento por uno de gozo espiritual a aquellos que supieron pasar de ser hombres del mundo a hacerse hijos de Dios, o sea, hombres espirituales. Estos experimentarán el verdadero gozo espiritual, aquí y más allá de la Tierra. Y os digo también esto: no todos los que parecen los primeros –y que deberían serlo por haber recibido más que los demás– lo serán, y no todos los que parecen últimos –y menos que últimos, pues no serán aparentemente mis discípulos, ni miembros del Pueblo elegido– lo serán. En verdad, muchos pasarán a ser, de primeros, últimos, y muchos últimos, ínfimos, pasarán a ser primeros… 9 Pero ahí está Doco. Adelantaos todos menos Judas de Keriot y Simón Zelote. Id a advertir de mi llegada a quienes puedan tener necesidad de mí».

Y Jesús, con los dos a los que ha retenido, espera a reunirse con las tres Marías, que los siguen a algunos metros de distancia.

[1] 117 Cfr. Mt. 19, 16–30; Mc. 10, 17–31; Lc. 18, 18–30.

[2] 118 Acerca de esta moneda ática de plata, cfr. Mt. 17, 24.

[3] 119 Cfr. Ex. 20, 1–17; Deut. 5, 1–22; Mt. 5, 17–19.

[4] 120 en 265.12.

4/10/2015 Evangelio según San Marcos 10,2-16.

Vigésimo séptimo Domingo del tiempo ordinario

Santo(s) del día : San Francisco de Asís
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Lecturas

Leer el comentario del Evangelio por : San Juan Pablo II
“Ellos ya no son dos; no son mas que uno”

Este domingo meditamos la respuesta de Jesús a los fariseos sobre la cuestión del divorcio que la encontramos en el capitulo 357 del tercer año de la vida publica de Jesús.
La parte final de este evangelio sobre los niños es como una síntesis sobre la mirada hacia los niños, que el Hombre Dios nos dejo en su paso por la tierra, ya que fueron muchas las expresiones que el Señor demostró para con los niños. Por ello les prepare varias citas de distintos capítulos de la obra entre muchas más y complementado con una bella reflexión que hace Jesús a la vidente sobre la niña perfecta, la mismísima Virgen y Madre de Dios después de la visión de la consagración de María al templo en el capitulo 6 de la vida oculta de Jesús y María..
La enseñanza la vimos en el capitulo del domingo XXV entre las paginas 7 y 8 del capitulo 352.

Tercer año de la vida pública de Jesús

  1. Juan y las culpas de Judas Iscariote. Los fariseos y la cuestión del divorcio [1]151.

11 de diciembre de 1945.357 1

1             Las magníficas estrellas de una serena noche de marzo resplandecen en el cielo de Oriente; tan amplias y vivaces, que parece que el firmamento haya descendido, como un baldaquino, hacia la terraza de la casa que ha acogido a Jesús: una casa muy alta, y edificada en uno de los puntos más altos de la ciudad; de modo que el horizonte infinito se abre delante, y alrededor, de quien mira, desde cualquier ángulo. Y, si la tierra –no alegrada todavía por la Luna, que está en su fase menguante– se anula en la obscuridad de la noche, el cielo resplandece con un sinfín de luces. Es verdaderamente la revancha del firmamento, que expone victoriosamente sus pensiles de astros, sus praderas de Galatea, sus gigantes planetarios, sus bosques de constelaciones contra la efímera vegetación de la tierra, que, aunque sea secular, es, en todo caso, de una hora respecto a éstas, que existen desde cuando el Creador hizo el firmamento. Y, perdiéndose mirando arriba, paseando la mirada por esas esplendorosas avenidas, en que las estrellas son los árboles, uno tiene la impresión de percibir las voces, los cantos de aquellas florestas de esplendores, de ese enorme órgano de la más sublime de las catedrales, en que gustosamente imagino que hacen de fuelles y registros los vientos de las carreras astrales, y de voces las estrellas lanzadas en sus trayectorias. Y parece percibirse mucho más, dado que el silencio nocturno de esta Gadara durmiente es absoluto. No canta una fuente, no canta un pájaro. El mundo duerme, duermen las criaturas. Duermen los hombres –menos inocentes que las otras criaturas– sus sueños, más o menos tranquilos, en las casas obscuras.

2       Pero, por la puerta de la habitación que da a la terraza inferior –porque hay otra, superior, que está encima de la habitación más alta– se muestra una sombra alta, apenas visible en la noche, por la blancura del rostro y de las manos que contrastan con el indumento obscuro; la sigue otra más baja. Caminan de puntillas para no despertar a los que quizás duermen en la habitación de abajo, y de puntillas suben la escalera externa que conduce a la última terraza. Luego se toman de la mano y van, así, a sentarse en un banco que está adosado a todo lo largo del antepecho, muy alto, que circunda la terraza. El banco bajo y el antepecho alto hacen que todas las cosas desaparezcan ante sus ojos. Aunque hubiera en el cielo la más clara Luna, que bajara a iluminar el mundo, para ellos no sería nada; porque la ciudad está escondida toda, y con ella las sombras más obscuras, en la obscuridad de la noche, de los montes cercanos.

Solamente se les muestra el cielo con sus constelaciones de primavera y las magníficas estrellas de Orión (Rigel y Betelgeuse), Aldebarán, Perseo, y Andrómeda y Casiopea, y las Pléyades unidas como hermanas. Y Venus (zafíreo y diamantino), Marte (de pálido rubí) y el topacio de Júpiter son los reyes del pueblo astral, y titilan, titilan como saludando al Señor, acelerando sus latidos de luz para la Luz del mundo.

Jesús levanta la cabeza, apoyándola contra el alto pretil, para mirarlas; Juan hace lo mismo, perdiéndose mirando arriba, donde se puede ignorar el mundo… Luego Jesús dice:

«Y ahora que nos hemos limpiado en las estrellas, vamos a orar».

Se pone en pie. Juan también. Una larga oración, silenciosa, apremiante, toda alma, con los brazos abiertos en cruz, la cara alzada vuelta hacia oriente, donde se preludia un  primer claror de luna. Y luego el Pater dicho en común, lentamente, no una vez sino tres, y –lo manifiesta claramente la voz– con un progresivo aumento de insistencia en la súplica; una súplica que es tan ardiente, que separa de la carne el alma y deja a ésta por los caminos del infinito.

Luego silencio. Se sientan donde estaban antes, mientras la Luna blanquece cada vez más la tierra durmiente.

3       Jesús pasa un brazo por los hombros de Juan, le arrima hacia sí, y dice:

«Dime, pues, lo que sientes que tienes que decirme. ¿Qué cosas son las que mi Juan ha intuido, con ayuda de la luz espiritual, en el alma tenebrosa del compañero?».

«Maestro… estoy arrepentido de haberte dicho eso. Cometeré dos pecados…».

«¿Por qué?».

«Porque te voy a causar dolor manifestándote incluso lo que no sabes, y… porque… Maestro, ¿es pecado manifestar el mal que vemos en otro? Sí, ¿no es verdad? ¿Y entonces cómo puedo decir esto si lesiono la caridad!…».

Juan está angustiado. Jesús da luz a su alma:

«Escucha, Juan. ¿Para ti es más el Maestro o el condiscípulo?».

«El Maestro, Señor. Tú estás por encima de todos».

«¿Y qué soy Yo para ti?».

«El Principio y el Fin. Eres el Todo[2]152».

«¿Crees que Yo, siendo Todo, conozco también todo lo que existe?».

«Sí, Señor. Por esto siento una gran contrariedad dentro de mí. Porque pienso que sabes y sufres. Y porque recuerdo que un día me dijiste que en ocasiones Tú eres el Hombre, sólo el Hombre, y por tanto el Padre te hace conocer lo que es ser hombre que debe conducirse según razón. Y pienso también que Dios, por compasión hacia ti, podría ocultarte estas feas verdades…»[3]153.

«Atente a este pensamiento, Juan. Y habla, Con confidencia. Confiar lo que sabes a quien para ti es “Todo” no es pecado. Porque el “Todo” no se escandaliza, ni murmura, ni faltará a la caridad, ni siquiera con el pensamiento, hacia el desdichado. Sería pecado si dijeras lo que sabes a quien no puede ser todo amor, a tus compañeros por ejemplo, que murmurarían, e incluso agredirían sin misericordia al culpable, dañándole a él y a sí mismos. Porque hay que tener misericordia, una misericordia que ha de ser mucho mayor en la medida en que tengamos ante nosotros a una pobre alma enferma de todas las enfermedades: un médico, un enfermero compasivo, o una madre, si es poco el mal que sufre un enfermo, se impresionan poco, y poco luchan por curarle; pero si el hijo, o el hombre, está muy enfermo, en peligro de muerte, ya gangrenoso y paralizado, ¡cómo luchan, venciendo repugnancias y fatigas, para curarle! ¿No es así?».

«Así es, Maestro» dice Juan, que ahora está en esa postura suya del brazo en torno al cuello del Maestro y la cabeza apoyada en su hombro.

«Pues bien, no todos saben tener misericordia con las almas enfermas. Por eso hay que ser prudentes en dar a conocer sus males, para que el mundo no las rehúya y no las dañe con el desprecio. Un enfermo que se ve menospreciado se entristece, y empeora. Si, por el contrario, le asisten con alegre esperanza, puede sanar, porque la alegría esperanzada del que le asiste entra en él y ayuda a la acción de la medicina. Pero tú sabes que Yo soy la Misericordia y que no humillaré a Judas. Habla, pues, sin escrúpulos. No eres un espía. Eres un hijo que confía a su padre, con amorosa solicitud, el mal que ha descubierto en su hermano, para que el padre le asista. ¡Animo, pues…!».

4       Juan emite un fuerte suspiro, luego inclina aún más la cabeza, dejándola caer hasta el pecho de Jesús, y dice:

«¡Cuán penoso es hablar de cosas corrompidas!… Señor…Judas es un impuro… y me tienta a la impureza. No me importan sus escarnios hacia mí, lo que me duele es que se acerque a ti manchado de sus amores. Desde que ha vuelto me ha tentado varias veces. Cuando las circunstancias nos dejan solos –cosa que él provoca en todos los modos– no hace otra cosa que hablar de mujeres… y yo siento la repulsa que sentiría si me sumergieran en materias fétidas que trataran de introducirme en la boca…».

«¿Pero en lo profundo te sientes turbado?».

«¿En qué sentido turbado? Mi alma se estremece. La razón grita contra estas tentaciones… No quiero ser corrompido…».

«¿Y tu carne qué hace?».

«Se retrae horrorizada».

«¿Solamente esto?».

«Esto, Maestro, y lloro entonces, porque me parece que Judas no podría ofender más a quien se ha consagrado a Dios. Dime: ¿esto va a lesionar mi ofrenda?».

«No. No más que un puñado de barro arrojado a una lámina de diamante. No raya la lámina, no penetra en ella. Para limpiarla basta echar encima una copa de agua. Y queda más bonita que antes».

«Límpiame entonces».

«Tu caridad te limpia, y tu ángel. Nada queda en ti. Eres un altar limpio y Dios baja a él. 5 ¿Qué más hace Judas?».

«Señor, él… ¡Oh, Señor!» la cabeza de Juan desciende más todavía.

«¿Qué?».

«El… No es verdad que sea dinero suyo el que te da para los pobres; es el dinero de los pobres que roba para sí: para ser alabado por una generosidad no verdadera. Le enfureciste al quitarle todo el dinero al regreso del Tabor. Y a mí me dijo: “Hay soplones entre nosotros”. Yo dije: “¿Soplones de qué? ¿Acaso robas?”. “Nome respondió, “pero soy previsor y hago dos bolsas. Alguno se lo ha dicho al Maestro y El me ha impuesto que dé todo; tan enérgicamente lo ha impuesto, que me he visto constreñido a hacerlo”. Pero no es verdad, Señor, que haga eso por previsión. Lo hace para tener dinero. Podría declararlo con la casi certeza de decir la verdad».

«¡Casi certeza! Esta duda sí que es leve culpa. No puedes acusarle de ser ladrón si no estás absolutamente seguro de ello. Las acciones de los hombres a veces tienen apariencia mala y son buenas».

«Es verdad, Maestro. No le volveré a acusar, ni siquiera con el pensamiento. De todas formas, eso de que tiene dos bolsas, y que la que dice que es suya y te da es tuya, y que lo hace buscando alabanza, eso es verdad. Y yo eso no lo haría. Siento que no está bien hacerlo».

«Tienes razón. 6 ¿Qué más debes decir?».

Juan alza una cara asustada, abre la boca para hablar, pero la cierra. Se desliza hasta caer de rodillas. Esconde la cara en la túnica de Jesús. El le pone una mano sobre sus cabellos.

«¡Animo! Quizás has juzgado equivocadamente. Yo te ayudaré a juzgar bien. Me debes decir también lo que piensas acerca de las posibles causas de que Judas peque».

«Señor, Judas se siente sin la fuerza que querría para hacer milagros… Tú sabes que siempre lo ha deseado fogosamente… ¿Te acuerdas de Endor? Y, sin embargo, es el que hace menos milagros. Y… bueno… desde que ha regresado, ya no consigue nada… y por la noche se queja de ello incluso en sueños, como si fuera una pesadilla, y… ¡Maestro, Maestro mío!».

«Venga. Habla. Todo».

«Impreca… y practica la magia. Esto no es una mentira ni una duda. Le he visto. Me elige como compañero porque tengo un sueño profundo. Es más, lo tenía. Ahora, lo confieso, le vigilo, y mi sueño es menos profundo porque en cuanto se mueve le oigo… Quizás he hecho mal. Pero he fingido dormir para ver lo que hacía. Y dos veces le he visto y oído hacer cosas feas. No es que yo entienda de magia, pero eso es magia».

«¿Sólo?».

«No y sí. En Tiberíades le seguí. Fue a una casa. Después pregunté quién vivía allí. Uno que practica la necromancia con otros. Y, cuando Judas salió, casi de mañana, por las palabras que dijeron, comprendí que se conocen y que son muchos… y no todos extranjeros. Pide al demonio la fuerza que Tú no le das. Por esto sacrifico yo mi fuerza al Padre, para que se la pase a él, y él deje de ser pecador».

«Haría falta que le dieras tu alma. Pero eso no lo permitiríamos ni el Padre ni Yo…».

7       Un largo silencio. Luego dice Jesús con voz cansada:

«Vamos, Juan. Vamos a bajar y a descansar en espera del alba».

«¡Estás más triste que antes, Señor! ¡No debía haber hablado!».

«No. Yo ya lo sabía. Pero tú al menos estás más tranquilo… y eso es lo que importa…».

«Señor, ¿debo evitarle?».

«No. No temas. Satanás no perjudica a los Juanes. Los aterroriza, pero no puede quitarles la gracia que Dios continuamente les otorga. Ven. Por la mañana voy a hablar. Luego iremos a Pella. No podemos demorarnos, porque el río está crecido, por la fusión de las nieves y el agua de los días pasados. Pronto estará colmo, y mucho más teniendo en cuenta que la Luna aureolada predice lluvias abundantes…».

Bajan y deja de vérselos en la habitación de debajo de la terraza.

8       Es por la mañana. Una mañana de marzo. Por tanto, nubes y claros se alternan en el cielo. Pero las nubes sobrepujan a los claros y tratan de apoderarse del cielo. Un aire caliente, con rachas rítmicas, sopla y carga el ambiente enrareciéndolo con polvo venido probablemente de las zonas del altiplano.

«¡Si no cambia el viento, esto es agua!»

sentencia Pedro al salir de la casa con los otros.

El último en salir es Jesús, que se despide de las dueñas de la casa. El dueño acompaña a Jesús. Se dirigen hacia una plaza.

Dados pocos pasos, los para un suboficial romano que está con otros soldados. «¿Eres Tú Jesús de Nazaret?».

«Lo soy».

«¿Qué haces?».

«Hablo a las gentes».

«¿Dónde?».

«En la plaza».

«¿Palabras sediciosas?».

«No. Preceptos de virtud».

«¡Ojo! No mientas. Roma ya tiene suficientes falsos dioses».

«Ven tú también. Verás como no estoy mintiendo».

El hombre que ha alojado a Jesús siente el deber de intervenir:

«¡Pero desde cuándo tantas preguntas a un rabí?».

«Denuncia de hombre sedicioso».

«¿Sedicioso? ¿El? ¡Pero hombre, Mario Severo, eso es una ilusión! Este es el hombre más manso de la Tierra. Te lo digo yo».

El suboficial se encoge de hombros y responde:

«Mejor para El. Pero esta es la denuncia que ha recibido el centurión. Que vaya si quiere. Está avisado».

Se da la media vuelta y se marcha con los subalternos.

«¿Pero quién puede haber sido? ¡No lo entiendo!» dicen varios.

Jesús responde:

«Dejad de entender. No hace falta. Vamos a la plaza mientras haya muchos. Luego nos marcharemos también de aquí».

9       Debe ser una plaza más bien comercial. No es un mercado pero poco le falta, porque está circundada de fondaques en los que hay depósitos de mercancías de todos los tipos. Y la gente se aglomera en ellos. Por tanto, hay mucha gente en la plaza, y alguno hace señas de que está Jesús, de forma que pronto un círculo de gente está alrededor del “Nazareno”. Un círculo compuesto de personas de todo tipo, clase y nación. Quién por veneración, quién por curiosidad. Jesús hace un gesto de querer hablar.

«¡Vamos a escucharle!» dice un romano que sale de un almacén.

«¿No nos tocará oír alguna lamentación?» le responde un compañero suyo.

«No lo creas, Constancio. Es menos indigesto que uno de nuestros oradores de rigor».

«¡Paz a quien me escucha! Está escrito en el libro de Esdras, en la oración de Esdras[4]154: “¿Qué vamos a decir ahora, Dios nuestro, después de las cosas que han sucedido? ¿Qué, si hemos abandonado los preceptos que habías decretado por medio de tus siervos…?”».

«Deténte, Tú que hablas. Nosotros proponemos el tema»

grita un puñado de fariseos que se abre paso entre la gente. Casi al mismo tiempo, vuelve a aparecer la unidad armada y se detiene en el ángulo más cercano. Los fariseos están ya frente a Jesús.

«¿Eres Tú el Galileo? ¿Eres Jesús de Nazaret?».

«¡Lo soy!».

«¡Bendito sea Dios por haberte encontrado!».

La verdad es que tienen unas caras de tanta mala uva, que no se ve que estén alegres por el encuentro…El más viejo habla:

«Te seguimos desde hace muchos días, pero llegamos siempre cuando Tú ya te has marchado».

«¿Por qué me seguís?».

«Porque eres el Maestro y deseamos ser adoctrinados sobre un punto obscuro de la Ley».

«No hay puntos obscuros en la Ley de Dios».

«En ella no. Pero… en fin… pero la Ley ha sufrido “superposiciones”, como Tú dices… en fin… que han proyectado obscuridad».

«Penumbras, al máximo. Y basta volver el intelecto a Dios para eliminarlas».

«No todos lo saben hacer. Nosotros, por ejemplo, permanecemos en penumbra. Tú eres el Rabí, así que ayúdanos».

357 210 «¿Qué queréis saber?».

«Queríamos saber si le es lícito al hombre repudiar por un motivo cualquiera a su mujer. Es una cosa que sucede frecuentemente, y, siempre, donde sucede esto, da mucho que hablar. Vienen a nosotros para saber si es lícito. Y nosotros, según el caso, respondemos».

«Aprobando lo sucedido en el noventa por ciento de los casos. Y el diez por ciento que queda desaprobado pertenece a la categoría de los pobres o de vuestros enemigos».

«¿Cómo lo sabes?».

«Porque sucede así en todas las cosas humanas. Y agrego a la categoría la tercera clase: la que –si fuera lícito el divorcio– más derecho tendría, por ser la de los verdaderos casos penosos: como una lepra incurable, o una cadena perpetua, o enfermedades innominables…».

«¿Entonces para ti nunca es lícito?».

«Ni para mí ni para el Altísimo ni para ninguno de corazón recto. ¿No habéis leído que el Creador, al comienzo de los días, creó al hombre y a la mujer? Y los creó varón y hembra; y no tenía necesidad de hacerlo, porque, si hubiera querido, habría podido, para el rey de la creación, hecho a su imagen y semejanza, crear otro modo de procreación, y hubiera sido igualmente bueno aun siendo distinto de todos los otros naturales. Y dijo: “Así, por esto el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y los dos serán una sola carne”[5]155. Así pues, Dios los unió en una sola unidad. No son, por tanto, ya “dos” sino “una” sola carne. Lo que Dios ha unido, porque vio que “es buena cosa”, no lo separe el hombre, pues si así sucediera sería una cosa ya no buena».

11 «¿Pero por qué, entonces, Moisés dijo: “Si el hombre ha tomado consigo una mujer, pero la mujer no ha hallado gracia ante sus ojos por algún defecto desagradable, él escribirá un libelo de repudio, se lo entregará en mano y la despedirá de su casa”?[6]156».

357 3«Lo dijo por la dureza de vuestro corazón. Para evitar, con una orden, desórdenes demasiado graves. Por esto os permitió repudiar a vuestras mujeres. Pero desde el principio no fue así. Porque la mujer es más que el animal, el cual sigue el capricho del amo o de las libres circunstancias naturales, y va a este o a aquel macho, es carne sin alma que hace pareja para reproducirse. Vuestras mujeres tienen un alma como vosotros, y no es justo pisotearla despiadadamente. Porque, si bien la condena dice: “Estarás sometida a la potestad de tu marido y él te dominará”[7]157, ello debe acaecer según justicia y no con atropello lesivo de los derechos del alma libre y digna de respeto. Vosotros, con el repudio, que no os es lícito, ofendéis al alma de vuestra compañera, a la carne gemela que se ha unido a la vuestra, a ese todo que es la mujer con que os habéis casado exigiendo su honestidad, mientras que vosotros, ¡perjuros!, vais a ella deshonestos, minorados, a veces corrompidos, y seguís corrompidos, y aprovecháis todas las ocasiones para herirla y dar mayor campo a la lujuria insaciable que hay en vosotros. ¡Prostituidores de vuestras esposas! Por ningún motivo podéis separaros de la mujer que está unida a vosotros según la Ley y la Bendición. Sólo en el caso de que la gracia os toque, y comprendáis que la mujer no es una propiedad sino un alma, y que, por tanto, tiene iguales derechos que vosotros de ser reconocida parte del hombre y no su objeto de placer, y sólo en el caso de que vuestro corazón sea tan duro que no sepáis elevarla a esposa, después de haber gozado de ella como una prostituta, sólo en el caso de anular este escándalo de dos que conviven sin que Dios bendiga su unión, podéis despedirla. Porque entonces vuestra unión no es tal, sino que es fornicación, y frecuentemente sin el honor de unos hijos, porque, o son eliminados forzando la naturaleza, o repudiados como una vergüenza. En ningún otro caso. En ningún otro. Porque si tenéis hijos ilegítimos de vuestra concubina, tenéis el deber de poner término al escándalo casándoos con ella, si sois libres. No contemplo el caso del adulterio consumado contra la esposa ignara. Para ese caso, santas son las piedras de la lapidación y las llamas del Seol[8]158. Y para el que repudia a su esposa legítima, porque está saciado de ella, y toma a otra, hay sólo una sentencia: ése es adultero. Y es adúltero el que toma a la repudiada, porque, si el hombre se ha arrogado el derecho de separar lo que Dios ha unido, la unión matrimonial continúa ante los ojos de Dios, y maldito aquel que pasa a segunda esposa sin ser viudo.

Y maldito aquel que toma otra vez a su mujer primera después de haberla despedido por repudio y haberla abandonado a los miedos de la vida, siendo así que ella haya cedido a nuevo matrimonio para ganarse el pan, si queda viuda del segundo marido. Porque, aunque sea viuda, fue adúltera por culpa vuestra, y haríais doble su adulterio. ¿Habéis comprendido, fariseos que me tentáis?».

Estos se van humillados, sin responder.

12 «Es un hombre severo. Si fuera a Roma, vería que allí fermenta un fango aún más hediondo» dice un romano.

También algunos de Gadara se quejan:

«¡Dura cosa ser hombres, si hay que ser castos de esa forma!…».

Y algunos, más fuerte:

«Si tal es la condición del hombre respecto a la mujer, es mejor no casarse».

Y también los apóstoles repiten este razonamiento mientras toman de nuevo el camino que conduce a los campos, tras haber dejado a los de Gadara. Lo dice Judas con sarcasmo. Lo dice Santiago de Zebedeo con respeto y reflexión. Y Jesús responde al uno y al otro:

«No todos comprenden esto, ni lo comprenden bien. Algunos, efectivamente, prefieren el celibato para tener libertad de secundar sus vicios; otros para evitar la posibilidad de pecar siendo maridos no buenos. Sólo algunos –a los cuales les es concedido– comprenden la belleza de estar limpios de sensualidad e incluso de una honesta hambre de mujer. Y son los más santos, los más libres, los más angélicos sobre la faz de la tierra. Hablo de aquellos que se hacen eunucos por el Reino de Dios. Hay hombres que nacen así. A otros los hacen eunucos. Los primeros son personas deformes que deben suscitar compasión; los segundos… son abusos que hay que reprimir. Mas está esa tercera categoría de eunucos voluntarios, los cuales, sin usar violencia para consigo – por tanto con doble mérito–, saben adherirse a eso que Dios pide, y viven como ángeles para que el altar abandonado de la tierra tenga todavía flores e inciensos para el Señor. Estos no complacen a su parte inferior, para crecer en la parte superior, de forma que ésta florezca, en el Cielo, en los arriates más próximos al trono del Rey. Y en verdad os digo que no son personas mutiladas, sino seres dotados de aquello que a la mayor parte de los hombres les falta. No son, pues, objeto de necio escarnio; antes al contrario, de gran veneración. Comprenda esto quien debe, y respete, si puede».

Los apóstoles casados musitan entre sí.

«¿Qué os pasa?» pregunta Jesús.

«¿Y nosotros? No sabíamos esto, y hemos tomado mujer. Pero nos gustaría ser como Tú dices…» dice por todos Bartolomé.

«Y no os está prohibido hacerlo de ahora en adelante. Vivid en continencia, viendo en vuestra compañera a vuestra hermana, y tendréis gran mérito ante los ojos de Dios. Vamos a acelerar el paso. Para estar en Pella antes de la lluvia».

[1] 151 Cfr. Mt. 19, 1–12; Mc. 10, 2–12.

[2] 152 Cfr. Is. 41, 4–44, 6; Ap. 1, 8; 21, 6; 22, 13.

[3] 153 Para comprender este punto de vista cfr. Mt. 24, 36; Mc. 13, 32. 

[4] 154 Esdras 9, 5–15. El fragmento tomado comienza en el versículo 10

[5] 155 Cfr. Gén. 1, 26–28; 2, 7, 18–25

[6] 156 Cfr. Deut. 24, 1–4.

[7] 157 Cfr. Gén. 3, 16.

[8] 158 Cfr. para la lapidación: Deut. 22, 22–27; Lev. 20, 10. Para el Sceol: Núm. 16.

Extractos del Poema: Jesús y los niños

Jesús hace un gesto como queriendo decir: «¡Bah, dejadlos!» (se refería a unos judíos que hablaban mal de Él), 8 y se inclina a acariciar a unos niños que poco a poco se han ido acercando a El dejando a sus padres; algunas madres también se acercan, y llevan a Jesús a los que todavía andan inseguramente o a los lactantes.

«Bendice a nuestras criaturas, Tú, bendito, para que sean amantes de la Luz» dicen las madres.

Y Jesús impone las manos bendiciendo. Ello origina todo un movimiento en la multitud. Todos los que tienen niños quieren la misma bendición, y empujan y gritan para abrirse paso. Los apóstoles, en parte porque están nerviosos por las habituales ruindades de los escribas y fariseos, en parte por compasión hacia Lázaro, en peligro de ser arrollado por la oleada de padres que conducen a los pequeñuelos a la divina bendición, se inquietan, y llaman la atención a unos o a otros gritando, y rechazan a unos o a otros, especialmente a los niños pequeños que han llegado allí solos.

Pero Jesús, dulce, amoroso, dice: «¡No, no! ¡No hagáis eso! No impidáis nunca a los niños venir a mí, ni les impidáis a los padres traérmelos. El Reino es precisamente de estos inocentes. Ellos serán inocentes del gran Delito, y crecerán en mi Fe. Dejad, pues, que los consagre a ella. Los traen a mí sus ángeles».

Jesús está ahora rodeado por un seto hecho de niños mirándole arrobados, un seto de caritas alzadas, de ojos inocentes, de boquitas sonrientes…

Cap 378


Todos los habitantes de la casa están dispuestos en orden en el atrio. Y continuamente se ven manos adultas alargarse para sujetar a un niño o a una niña del nutrido grupo de los niños, los cuales, agitados, exaltados por el anuncio, rompen continuamente filas y jerarquías, se escabullen y van a la delantera de la familia, a los sitios de honor, donde, en primera fila están los padres de Tomás, y la hermana con su marido.

Pero cuando Jesús llega al umbral de la puerta, no hay quien sujete a los rapazuelos.

Parecen una nidada saliendo del nido después de una noche de descanso. Y Jesús recibe el choque de este pelotón goijeador y primoroso que se abate contra sus rodillas y le ciñe, y que levanta las caritas en busca de besos y no se separa a pesar de las llamadas maternas o paternas, ni por algún que otro pescozón afectuoso propinado por Tomás para poner orden.

«¡Dejadlos! ¡Dejadlos! ¡Ojalá fuera todo el mundo así!» exclama Jesús, que se ha agachado para complacer a todos estos rapazuelos.

Cap 363


1 Cuando ponen pie en la playita de Cafarnaúm, los recibe el griterío de los niños, que, tanto corren, veloces, chillando con sus vocecitas, desde la playa a las casas, que emulan a las golondrinas afanadas en la construcción de los nuevos nidos; alborozados con esa sencilla alegría de los niños, para los cuales es espectáculo maravilloso un pececito muerto encontrado en la orilla, y mágico objeto una piedrecita pulida por las olas y que por su color asemeja a una piedra preciosa, o la flor descubierta entre dos piedras, o el escarabajo tornasolado capturado en vuelo: prodigios todos dignos de ser mostrados a las mamás, para que participen de la alegría de su hijito. Mas ahora estas golondrinitas humanas han visto a Jesús, y todos sus vuelos convergen hacia El, que está para desembarcar en la playita. Entonces se abate sobre Jesús una templada, viva avalancha de carnes niñas, y le ciñe; una cadena suave de tiernas manitas, que le ata; un amor de corazones infantiles, que, cual dulce fuego, le da calor.

«¡Yo! ¡Yo!».

«¡Un beso!».

«¡A mí!».

«¡También yo!».

«Jesús! ¡Te quiero!».

«¡No te vuelvas a marchar por tanto tiempo!».

«Venía todos los días aquí para ver si venías».

«Yo iba a tu casa».

«Ten esta flor. Era para mi mamá. Pero te la doy».

«Otro beso más para mí, muy fuerte. El de antes no me ha tocado, porque Yael me ha empujado para atrás…».

Y las vocecitas continúan mientras Jesús trata de caminar entre esa red de ternuras.

«¡Pero dejadle un poco en paz! ¡Fuera! ¡Basta!» gritan discípulos y apóstoles tratando de aflojar el cerco. ¡Ya, ya! ¡Parecen lianas provistas de ventosas! Por esta parte las separan, por allá se pegan.

«¡Dejad! ¡Dejadlos! Con paciencia llegaremos» dice Jesús sonriendo, y da pasos increíblemente pequeños para poder andar sin pisar piececitos descalzos.

Cap 348


Jesús dice:

…Quiero que mis discípulos sean pequeños como los infantes para darles las palabras de vida. Qué bellos eran cuando venían a Mí con sus manitas llenas de flores y me decían: “ Ten ” y se escapaban corriendo en medio de su confianza, sinceros, cariñosos. Quiero infantes en el mundo para santificarlos.

Deberíais ser buenos, porque la inocencia de los niños es un ser del cielo, un ser que mana pureza y paz, que habla sin hablar, de Dios que lo hizo; que impone, sin hablar, respeto para lo que es de Dios; que implora piedad y amor para su edad que no está manchada, para su debilidad que es digna de ser amada, que es una flor de vuestro prójimo como, lo es el enfermo y el que sufre; el primero una flor blanca, los segundos color rosa y violeta, flores que deberíais amar entre todos los prójimos a quienes hay que amar. Ahora bien, como la inocencia de la niñez no basta, creo niños espirituales que llenos de una ciencia que no tenéis, son humildes, sencillos, dignos de confianza, francos cual niños que van riendo cuando dan sus primeros pasitos, y saben y lo saben muy bien que sin la mamá caerían y por eso nunca la dejan.

Cap 298 al final


Jesús entra en el recinto. Se yergue lo más que puede sobre los estribos, y, levantando la mano derecha, dice con su voz potente: “A todos los que creen en mí, salud y bendición”.

Se apoya de nuevo en la silla y hace ademán de volver afuera. Pero la multitud le oprime, los que han quedado curados se cierran en torno a El. Y, a la luz de las antorchas, que al amparo de los pórticos arden y dan viveza de resplandores al crepúsculo, se ve al gentío que bulle delirante de alegría aclamando al Señor; al Señor, que casi desaparece en medio de un tapiz de flores de niños sanados que las madres le han puesto en los brazos, en el regazo, y hasta en el cuello del asno, sujetándolos para que no se caigan. Jesús tiene los brazos colmados de niños, como si fueran flores, y sonríe feliz, y los besa, porque, sujetándolos como está con los brazos, no puede bendecirlos.

Cap296


Nacimiento y vida oculta de María y Jesús.

6. Purificación de Ana y ofrecimiento de María, que es la Niña perfecta para el reino de los Cielos. « Dentro de tres años estarás allí, lirio mio »

28 de agosto de 1944.

1       Veo a Joaquín y a Ana, junto con Zacarías e Isabel, saliendo de una casa de Jerusalén de amigos o familiares. Se dirigen hacia el Templo para la ceremonia de la Purificación[1]32.

Ana lleva en brazos a la Niña, envuelta toda en fajos, toda envuelta en un amplio tejido de lana ligera, pero que debe ser suave y caliente. ¡Con cuánto cuidado y amor lleva a su criaturita! De vez en cuando levanta el borde del fino y caliente tejido para ver si María respira a gusto, y luego vuelve a taparla para protegerla del aire helador de un día sereno pero frío, de pleno invierno.

Isabel lleva unos paquetes en las manos. Joaquín lleva de una cuerda a dos corderos blanquísimos bien cebados, ya más carneros que corderos. Zacarías no lleva nada. ¡Qué apuesto con ese vestido de lino que un grueso manto de lana, también blanca, deja entrever! Es un Zacarías mucho más joven que el que se veía en el nacimiento del Bautista, entonces ya en plena edad adulta. Isabel es una mujer madura, pero todavía de apariencia fresca; cada vez que Ana mira a la Niña, se curva extasiada hacia esa carita dormida. También Isabel está guapísima con su vestido de un azul tendente al morado oscuro y con el velo que le cubre la cabeza y cae sobre los hombros y sobre el manto, que es más oscuro que el vestido.

¿Y Joaquín y Ana? ¡Ah…, solemnes con sus vestidos de fiesta! Contrariamente a lo normal, él no lleva la túnica marrón oscura, sino un largo vestido de un rojo oscurísimo (hoy diríamos: rojo S. José). Las orlas de su manto son bonitas y muy nuevas. En la cabeza lleva también una especie de velo rectangular, ceñido con una cinta de cuero. Todo nuevo y fino.

Ana… ¡Oh!, hoy no viste de oscuro. Lleva un vestido de un amarillo muy tenue, casi color marfil viejo, ceñido en la cintura, cuello y muñecas, con una gruesa cinta que parece de plata y oro. Su cabeza está cubierta por un velo ligerísimo y como adamascado, sujeto a la frente con un aro sutil, valioso. En el cuello lleva un collar de filigrana; en las muñecas, pulseras. Parece una reina, incluso por la dignidad con que lleva el vestido, y especialmente el manto, amarillo tenue, orlado con una greca en bordadura muy bonita, también amarilla.

«Me pareces como en el día de tu boda. Entonces yo era poco más que una niña. Todavía me acuerdo de lo guapa y dichosa que se te veía» dice Isabel.

«Pues más feliz me siento ahora… Y he querido ponerme el mismo vestido para este rito. Lo había conservado siempre para esto… aunque ya, para esto, no tenía esperanzas de ponérmelo».

2 «El Señor te ha amado mucho», dice suspirando Isabel.

«Por eso precisamente le doy lo que más quiero. Esta flor mía».

«¿Y vas a tener fuerzas para arrancártela de tu seno cuando llegue el momento?».

«Sí, porque recordaré que no la tenía y que Dios me la dio. En todo caso me sentiré más feliz que entonces. Y, sabiendo que está en el Templo, me diré: “Está orando ante el Tabernáculo, está rezando al Dios de Israel, y también por su madre”. Ello me dará paz. Y más paz todavía al decir: “Ella es toda suya. Cuando estos dos felices ancianos, que la recibieron del Cielo, ya no estén en este mundo, El, el Eterno, seguirá siendo su Padre”.

Créeme, tengo la firme convicción de que esta pequeñuela no es nuestra. Yo ya no podía hacer nada… El la puso en mi seno como don divino para enjugar mi llanto y confortar nuestras esperanzas y oraciones. Por tanto, es suya. Nosotros somos los encargados, felices encargados, de cuidarla¡ y que por ello sea bendito! ».

3       Llegan a los muros del Templo.

«Mientras vais a la Puerta de Nicanor, yo voy a advertir al sacerdote. Luego os alcanzo» dice Zacarías; y desaparece tras un arco que introduce en un amplio patio circundado de pórticos.

La comitiva continúa adentrándose por las sucesivas terrazas (porque –no sé si lo he dicho alguna vez– el recinto del Templo no es una superficie plana, sino que sube escalonadamente en niveles cada vez más altos; a cada uno de ellos se accede mediante escalinatas, y en todos hay patios y pórticos y portones labradísimos, de mármol, bronce y oro).

Antes de llegar al lugar establecido, se paran para desenvolver las cosas que traen, o sea, tortas –me parece– muy untadas, anchas y finas, harina blanca, dos palomas en una jaulita de mimbre y unas monedas grandes de plata, unas patacas[2]33 tan pesadas que era una suerte que en aquella época no hubiera bolsillos, porque los habrían roto.

Ahí está la bonita Puerta de Nicanor; es por entero un bordado en pesado bronce laminado de plata. Ya está allí Zacarías, al lado de un sacerdote que está todo pomposo con su vestido de lino.

Asperjan a Ana con agua lustral –supongo– y luego le indican que se dirija hacia el ara del sacrificio. Ya no lleva a la Niña en brazos. La ha tomado en brazos Isabel, que se ha quedado a este lado de la Puerta.

Joaquín, sin embargo, entra siguiendo a su mujer, y llevando tras sí un desgraciado cordero que va balando. Y yo… hago como para la purificación de María: cierro los ojos para no ver ningún tipo de degüello. Ana ya está purificada.

4       Zacarías dice en voz baja unas palabras a su compañero de ministerio, el cual, sonriendo, da señales de asentimiento y luego se acerca al grupo, rehecho de nuevo, y, congratulándose con la madre y el padre por su gozo y por su fidelidad a las promesas, recibe el segundo cordero, la harina y las tortas.

«Entonces ¿esta hija está consagrada al Señor? Que su bendición os acompañe a Ella y a vosotros. Mirad, ahí viene Ana. Va a ser una de sus maestras. Ana de Fanuel, de la tribu de Asen. Ven, mujer. Esta pequeñuela ha sido ofrecida al Templo como hostia de alabanza. Tú serás para ella maestra. A tu amparo crecerá santa».

Ana de Fanuel, ya completamente encanecida, hace mimos a la Niña, que ya se ha despertado y que observa toda esa blancura con esos inocentes y atónitos ojos suyos, y todo ese oro que el sol enciende.

La ceremonia debe haber terminado. No he visto ningún rito especial para el ofrecimiento de María. Quizás era suficiente con decírselo al sacerdote, y sobre todo a Dios, en el lugar santo.

5 «Querría dar mi ofrenda al Templo e ir al lugar en que el año pasado vi la luz» dice Ana.

Ana de Fanuel va con ellos. No entran en el Templo propiamente dicho. Es natural que, siendo mujeres y tratándose de una niña, no vayan ni siquiera a donde fue María para ofrecer a su Hijo. Pero, eso sí, desde muy cerquita de la puerta, que está abierta de par en par, miran hacia el semioscuro interior del que vienen dulces cantos de niñas y en el que brillan ricas lámparas, que expanden luz de oro sobre dos cuadros de flores de cabecitas veladas de blanco, dos verdaderos cuadros de azucenas.

«Dentro de tres años estarás ahí, Azucena mía» le promete Ana a María, que mira como embelesada hacia el interior y sonríe al oír el lento canto.

«Parece como si entendiera» dice Ana de Fanuel. «¡Es una niña muy bonita! La querré como si fuera fruto de mis entrañas. Te lo prometo, madre. Si la edad me lo concede».

«Te lo concederá, mujer» dice Zacarías. «La recibirás entre las niñas consagradas. Yo también estaré presente. Quiero estar ese día para decirle que pida por nosotros desde el primer momento…», y mira a su mujer, la cual, habiendo comprendido, suspira.

La ceremonia ha concluido. Ana de Fanuel se retira, mientras los otros, hablando entre sí, salen del Templo.Oigo a Joaquín que dice:

«¡No sólo dos, y los mejores, sino que habría dado todos mis corderos por este gozo y para alabar a Dios!».

No veo nada más.

« Esta es la Niña Perfecta, de corazón de paloma »

6 Dice Jesús:

«Salomón pone en boca de la Sabiduría estas palabras: “Quien sea niño venga a mi”[3]34. Y verdaderamente, desde la roca, desde los muros de su ciudad, la eterna Sabiduría le decía a la eterna Niña: “Ven a mí”. Se consumía por tenerla. Pasado un tiempo, el Hijo de la Doncella purísima dirá: “Dejad que los niños vengan a mi, porque el Reino de los Cielos es de ellos, y quien no se haga como ellos no tendrá parte en mi Reino”[4]35. Las voces se buscan recíprocamente y, mientras la voz proveniente del Cielo grita a la pequeñuela María: “Ven a mí”, la voz del Hombre dice: “Venid a mí si sabéis ser niños”, y al decirlo piensa en su Madre.

Os doy el modelo en mi Madre.

Ella es la perfecta Niña con corazón de paloma sencillo y puro, Aquélla a quien ni los años ni el contacto con el mundo enrudecen bárbaramente, corrompiendo su espíritu o haciéndole tortuoso o mentiroso. Porque Ella no lo quiere. Venid a mí mirando a María.

7 Tú, que la ves, dime: ¿su mirada de infante es muy distinta de la que viste al pie de la Cruz; o en el júbilo de Pentecostés; o en la hora en que los párpados cubrieron su ojo de gacela para el último sueño? No. Aquí se trata de la mirada incierta y atónita del infante; luego se tratará de esa mirada atónita y verecunda de la Virgen de la Anunciación, o dichosa de la Madre de Belén, o adoradora, como la de mi primera, sublime Discípula; luego será la mirada lastimera de la Torturada del Gólgota, o radiante, como en la Resurrección y en Pentecostés; luego será esa mirada velada: la del extático sueño de la última visión. Pero, ya se abra para ver por primera vez, ya se cierre, cansado, con la última luz, habiendo visto tanto gozo y tanto horror, este ojo es ese apacible, puro, sosegado trocito de cielo que resplandece siempre igual bajo la frente de María. Ira, mentira, soberbia, lujuria, odio, curiosidad, no lo ensucian jamás con sus fumosas nubes.

Es el ojo que mira a Dios con amor, ya llore, ya ría, y que por amor a Dios acaricia y perdona, y todo lo soporta; el amor a su Dios le ha hecho inmune a los asaltos del Mal, que muchas veces se sirve del ojo para penetrar en el corazón; es el ojo puro, tranquilizante, bendecidor que tienen los puros, los santos, los enamorados de Dios.

Ya lo dije: El ojo es luz de tu cuerpo. Si el ojo es puro, todo tu cuerpo estará iluminado; mas si el ojo es túrbido, toda tu persona estará en las tinieblas”[5]36. Los santos han tenido estos ojos, que son luz para el espíritu y salvación para la carne, porque, como María, durante toda su vida sólo han mirado a Dios; o, más aún, han tenido recuerdo de Dios.

Ya te explicaré, pequeña voz, el sentido de estas palabras mías».

[1] 32 Cfr. Lev. 12

[2] 33 Moneda pesada, de cuño muy antiguo. (N.T.).

[3] 34 Cfr. Prov. 9, 4

[4] 35 Cfr. Mc. 10, 14–15.

[5]