20/9/2015 y 27/9/2015 Evangelio según San Marcos 9,30-37 y 38-43.45.47-48.

XXV y XXVI Domingo del tiempo ordinario B
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En esta entrega meditamos dos domingos en el pasaje del evangelio de Marcos. Sucede después de la transfiguración en el Tabor y de la curación de un endemoniado que los apóstoles no habían podido liberar y del milagro del tributo en la boca del pez, todos hechos de un mismo día.

El evangelio del domingo XXVI se desarrolla a partir del verso 15 del capitulo 352

Tercer año de la Vida Pública de Jesús

352. Un convertido de María de Magdala. Parábola para el pequeño Benjamín y lección sobre quien es grande en el reino de los Cielos[1]131.

6 de diciembre de 1945.

352 11       Y justo mientras se incendian el cielo y el lago por el fuego del ocaso, regresan hacia Cafarnaúm. Están contentos. Vienen hablando unos con otros. Jesús habla poco, pero sonríe. Hacen la observación de que, si el mensajero hubiera sido más preciso, habrían podido ahorrar camino. Pero también dicen que la fatiga ha merecido la pena, porque un grupo de hijos de tierna edad ha recuperado a su padre sano, cuando ya se estaba enfriando por la cercana muerte; y también porque ya no están sin un mínimo de dinero.

«Ya os había dicho que el Padre proveería a todo» dice Jesús.

«¿Y es un antiguo amante de María de Magdala?» pregunta Felipe.

«Parece… Según lo que nos han dicho…» responde Tomás.

«¿A ti, Señor, que te dijo el hombre?» pregunta Judas de Alfeo.

Jesús sonríe evasivamente.

«Yo le he visto más de una vez con ella cuando iba a Tiberíades con amigos. Esto es cierto» afirma Mateo.

«¡Venga hombre, hermano, condesciende a nuestra pregunta!… ¿El hombre te pidió sólo la salud o también ser perdonado?» pregunta Santiago de Alfeo.

«¡Qué pregunta más sin sentido! ¿Pero cuándo el Señor no exige arrepentimiento para conceder una gracia?» dice Judas Iscariote con mucho desdén hacia Santiago de Alfeo.

«Mi hermano no ha dicho una estupidez. Jesús cura, o libera, y luego dice: Ve y no peques más”» le responde Judas Tadeo.

«Porque ve ya el arrepentimiento en los corazones» rebate Judas Iscariote.

«En los endemoniados no hay arrepentimiento ni voluntad de ser liberados. Lo cual no lo ha demostrado sólo uno. Recuerda todos los casos y verás que o huían o arremetían como enemigos, o por lo menos intentaban una o la otra cosa, y si no lo llevaban a cabo era sólo porque se lo impedían sus parientes» replica Judas Tadeo.

«Y por el poder de Jesús» incrementa el Zelote.

«Pero en ese caso Jesús tiene en cuenta la voluntad de los parientes, que representan la voluntad del endemoniado, el cual, si no estuviera impedido por el demonio, desearía la liberación».

«¡Cuántas sutilezas! ¿Y para los pecadores entonces? Me da la impresión de que usas la misma fórmula, aunque no sean endemoniados» dice Santiago de Zebedeo.

«A mí me dijo: “Sígueme” y no le había dicho todavía ni una palabra respecto a mi estado» observa Mateo.

«Pero te la veía en el corazón» dice el Iscariote, que quiere tener siempre razón, a toda costa.

2 «¡Bueno, bien! Pero ese hombre, que según la opinión general era un gran lujurioso y un gran pecador, no endemoniado, o, mejor, no poseído –porque un demonio, con los pecados que tenía ese hombre, le debía tener por maestro, si no incluso por posesor–, moribundo, etc. etc., ¿qué ha pedido?, en definitiva. Estamos paseando por las nubes, me parece… Estamos en la primera pregunta» dice Pedro.

Jesús condesciende a su deseo:

«Ese hombre ha querido estar solo conmigo para poder hablar con libertad. Lo primero que ha expuesto no ha sido su estado de salud… sino el de su espíritu. Ha dicho: “Estoy muriendo, pero no cuanto he hecho creer a los demás para poderte tener pronto. Necesito tu perdón para sanar. Pero me basta tu perdón. Si no me curas, me resignaré. Lo he merecido. Lo que te pido es que salves mi alma” y me ha confesado sus muchos pecados. Una nauseante cadena de pecados…».

Jesús dice esto, pero su rostro resplandece de alegría.

«¿Y sonríes, Maestro? ¡Me sorprende!» observa Bartolomé.

«Sí, Bartolmái. Sonrío. Porque esos pecados ya no existen, y porque junto con los pecados he sabido el nombre de la redentora. En este caso el apóstol ha sido una mujer».

«¡Tu Madre!» dicen bastantes.

Otros: «¡Juana de Cusa! Si él iba a menudo a Tiberíades, quizás la conoce».

Jesús menea la cabeza. Le preguntan:

«¿Entonces quién?».

«María de Lázaro» responde Jesús.

«¿Ha venido aquí? ¿Por qué sin que la viéramos ninguno de nosotros?».

«No ha venido. Ha escrito a su antiguo compañero de pecado. He leído las cartas. Todas suplican lo mismo: escucharla, redimirse como ella se ha redimido, seguirla en el Bien como la había seguido en el pecado, y, con palabras de lágrimas, esas cartas le ruegan que alivie el alma de María del remordimiento de haber seducido su alma. Y le ha convertido. Tanto, que se había aislado en su campiña para vencer las tentaciones de las ciudades. La enfermedad, más de remordímiento del alma que física, ha acabado de prepararle a la Gracia. Eso es. ¿Estáis contentos ahora? ¿Comprendéis ahora por que sonrío?».

«Sí, Maestro»

dicen todos. Y luego, viendo que Jesús alarga el paso como para aislarse, se ponen a conversar en tono bajo entre sí…

3       Están a la vista de Cafarnaúm cuando, en la confluencia del camino que han recorrido ellos con el que bordea el lago viniendo de Magdala, se cruzan con los discípulos, que han venido a pie, evangelizando desde Tiberíades. Todos, menos Margziam, los pastores y Manahén, que han ido desde Nazaret hacia Jerusalén con las mujeres. Es más, los discípulos han aumentado, por algún otro que se ha unido a ellos de retorno de la misión y que trae consigo nuevos prosélitos de la doctrina cristiana.

Jesús los saluda dulcemente. Pero en seguida se vuelve a aislar en una meditación y oración profundas, unos pasos más adelante que ellos.

Los apóstoles, por su parte, se unen al grupo de los discípulos, especialmente con los más influyentes, o sea, Esteban, Hermas, el sacerdote Juan, Juan el escriba, Timoneo, José de Emaús, Hermasteo (que por lo que entiendo vuela en el camino de la perfección), Abel de Belén de Galilea, cuya madre va al final del nutrido grupo con otras mujeres. Y discípulos y apóstoles se intercambian preguntas y respuestas sobre las cosas acaecidas desde que se dejaron. Así, se habla de la curación y conversión de hoy, y del milagro del estáter en la boca del pez… Esto, por las causas que lo han originado, suscita grandes comentarios, que se propagan de fila en fila cual fuego aplicado a pajas secas…

4 Dice Jesús: «Aquí pondréis la visión del 7 de marzo de 1944: “El pequeño Benjamín de Cafarnaúm”, sin el comentario. Y proseguiréis con el resto de la lección y de la visión. Sigue».

Antes de nada digo que omito la última frase: «La visión me cesa aquí, etc». Estaría fuera de lugar[2]132, ahora que la visión prosigue.

7 de marzo de 1944.

5       Veo, andando por un camino, a Jesús, seguido y circundado por sus apóstoles y discípulos. Se entrevé poco lejano el lago de Galilea, resplandeciente, todo sereno y azul, bajo un lindo sol de primavera o de otoño (porque no es un sol violento como el de verano). Pero me inclinaría a pensar que es primavera, porque la naturaleza se ve muy fresca, sin esos tonos dorados y cansinos del otoño.

Parece que, acercándose la noche, Jesús se está retirando a la casa que le hospeda; parece que se dirige, por tanto, al pueblo que se ve ya aparecer. Jesús, como hace frecuentemente, va unos pasos más adelante de los discípulos; dos o tres, no más: lo suficiente como para poder aislarse en sus pensamientos, necesitado de silencio después de una jornada de evangelización. Camina absorto. Lleva en la mano derecha una ramita verde, que, sin duda, ha arrancado de alguna mata, y con ella golpea levemente, ensimismado, las hierbas del ribazo.

Por el contrario, los discípulos, detrás de El van hablando animadamente. Evocan los episodios de la jornada y no son demasiado delicados al sopesar los defectos o bribonadas ajenos. Todos, más o menos, critican el hecho de que los de la recaudación del tributo al Templo hayan querido que Jesús les pagara.

Pedro, siempre vehemente, define el hecho como un sacrilegio, porque el Mesías no está obligado a pagar el tributo:

«Esto es como pretender que Dios se pague a sí mismo» dice. «Y no es justo. Y si lo que pasa es que creen que no es el Mesías, pues entonces ya es un sacrilegio».

Jesús se vuelve un momento y dice:

«¡Simón, Simón, muchos habrá que duden de mí! Incluso de los que se creen seguros e inquebrantables en la fe en mí. No juzgues a los hermanos, Simón. Júzgate siempre primero a ti mismo».

Judas, con una sonrisita irónica, dice al humillado Pedro que ha agachado la cabeza:

«Esta es para ti. Por ser el más anciano siempre quieres hablar como un doctor. ¿Quién ha dicho que a uno le juzguen los méritos por la edad? Entre nosotros hay quien te supera en saber y en poder social».

Se enciende una disputa sobre los respectivos méritos: quién se jacta de ser uno de los primeros discípulos, quién apoya su tesis de preferencia en que para seguir a Jesús ha dejado un puesto influyente, quién dice que ninguno tiene tantos derechos como él porque ninguno se ha convertido tanto a sí mismo como él al pasar de publicano a discípulo. La disputa se alarga, y, si no temiera ofender a los apóstoles, diría que asume el tono de una verdadera discusión.

Jesús se abstrae de ello. Da la impresión de no oír ya nada. Mientras tanto, han llegado a las primeras casas del pueblo, que sé que es Cafarnaúm. Jesús prosigue, y los otros detrás discutiendo todavía.

6       Un niño pequeño, de unos siete u ocho años, viene tras Jesús corriendo y dando brincos. Adelanta al grupo vocinglero de los apóstoles. Es un niño guapo, de cabellos castaño oscuro muy rizados, cortos. En su faz morena tiene dos ojitos negros e inteligentes. Llama confidencialmente al Maestro como si le conociera bien. «Jesús» dice

«¿me dejas ir contigo hasta tu casa?».

«¿Tu mamá lo sabe?» pregunta Jesús, mirándole con una sonrisa buena.

«Lo sabe».

«¿De verdad?». Jesús, aunque sigue sonriendo, mira con una mirada penetrante.

«Sí, Jesús, de verdad».

«Entonces ven».

El niño da un salto de alegría, y agarra la mano izquierda que Jesús le tiende. ¡Con qué amorosa confianza el niño mete su manita morena en la larga mano de mi Jesús! ¡Quisiera hacer lo mismo yo!

«Cuéntame una parábola bonita, Jesús» dice el niño, que va dando saltitos al lado de Jesús y mirándole de abajo arriba con una carita resplandeciente de alegría.

También Jesús le mira con una alegre sonrisa que le entreabre la boca sombreada por el bigote y la barba rubio–roja, que el sol enciende como si fuera de oro; los ojos de zafiro oscuro le ríen de alegría mientras mira al niño.

«¿Y qué vas a hacer con la parábola? No es un juego».

«Es más bonita que un juego. Cuando me voy a la cama la pienso para mí y la sueño y mañana la recuerdo y me la repito para mis adentros para ser bueno. Me hace ser bueno».

«¿La recuerdas?».

352 2«Sí. ¿Quieres que te diga todas las que me has dicho?».

«Eres grande, Benjamín; más que los hombres, que olvidan. Como premio te voy a decir la parábola».

El niño ya no salta. Camina serio y mesurado como un adulto, y no se pierde ni una palabra, ni una inflexión, de Jesús, al cual mira atentamente sin preocuparse siquiera de en dónde pisa.

7 «Un pastor muy bueno, habiendo venido a saber que en un lugar del mundo había muchas ovejas que habían sido abandonadas por pastores poco buenos, y que corrían peligro por caminos perversos y en pastos nocivos, y que se acercaban cada vez a barrancos sombríos, fue a ese lugar, y, sacrificando todo lo que poseía, adquirió esas ovejas y corderos. Quería llevarlos a su reino, porque ese pastor era también rey, como lo han sido muchos reyes en Israel. En su reino, esas ovejas y esos corderos encontrarían pastos sanos, frescas y puras aguas, caminos seguros y refugios invulnerables contra los ladrones y lobos feroces. Por eso ese pastor reunió a sus ovejas y corderos y les dijo: “He venido a salvaros, a llevaros a un lugar donde ya no sufriréis, donde ya no conoceréis peligros ni dolor. Amadme, seguidme, porque yo os amo mucho y por teneros me he sacrificado en todos los modos. Pero, si me amáis, mi sacrificio no me pesará. Venid tras mí y vamos”. Y el pastor delante, detrás las ovejas, tomaron el camino que conducía al reino de la alegría. El pastor, a cada momento, se volvía para ver si le seguían; para exhortar a las cansadas, infundir coraje a las desanimadas, socorrer a las enfermas, acariciar a los corderos[3] 133. ¡Cómo las quería! Les ofrecía su pan y su sal. Probaba antes él el agua de las fuentes y la bendecía, para experimentar si era sana y hacerla santa. Pero las ovejas –¿lo crees, Benjamín?–, las ovejas, pasado un tiempo, se cansaron. Primero una, luego dos, luego diez, luego cien, se quedaron atrás a rozar la hierba hasta llenarse y no poder moverse; luego se echaron, cansadas y llenas en el polvo y en el lodo. Otras se asomaban prominentemente a los precipicios, a pesar de que el pastor dijera: “No lo hagáis” y algunas, dado que él se ponía donde había mayor peligro para impedirles que fueran a esos sitios, le chocaron con la cabeza proterva y trataron de despeñarle más de una vez. Así, muchas terminaron en los barrancos y murieron míseramente. Otras se enzarzaron y, a fuerza de cornadas y mochadas, se mataron unas a otras. Sólo un corderito no se distrajo nunca. Corría, balando, y con su balido decía al pastor: “Te quiero”. Corría tras el pastor bueno. Cuando llegaron a las puertas de su reino, sólo quedaban ellos dos: el pastor, el corderito fiel. Entonces el pastor no dijo: “entra”, sino dijo: “ven” y le tomó en brazos y le estrechó contra su pecho y le llevó adentro; luego llamó a todos sus súbditos y les dijo: “Mirad. Este me ama. Quiero que esté eternamente conmigo. Vosotros amadle, porque es el predilecto de mi corazón”. 7 La parábola ha terminado, Benjamín. ¿Ahora sabes decirme quién es ese pastor bueno?».

«Tú, Jesús».

«¿Y ese corderito quién es?».

«Soy yo, Jesús».

«Pero Yo ahora me voy a marchar y te olvidarás de mí».

«No, Jesús. No me olvidaré de ti porque te quiero».

«Se te terminará el amor cuando dejes de verme».

«Diré dentro de mí las palabras que me has dicho y será como si estuvieras presente. Te voy a querer y a obedecer así. ¿Y Tú, Jesús, dime: te vas a acordar de Benjamín?».

«Siempre».

«¿Y cómo vas a hacer para acordarte?».

«Me diré a mí mismo que me has prometido amarme y obedecerme; y así me acordaré de ti».

«¿Y me vas a dar tu Reino?».

«Si eres bueno, sí».

«Seré bueno».

«¿Cómo vas a llevarlo a cabo? La vida es larga».

«Pero también tus palabras son muy buenas. Si me las repito y hago lo que tus palabras dicen que hay que hacer, me conservaré bueno toda la vida. Y lo voy a hacer porque te quiero. Cuando se ama no cuesta ser bueno. A mí no me cuesta obedecer a mi mamá, porque la quiero. Y no me va a costar obedecerte a ti porque te quiero».

Jesús se ha parado y está mirando a esta carita encendida más que por el sol por el amor. La alegría de Jesús es tan viva, que parece que otro sol se ha encendido en su alma y emite sus resplandores a través de las pupilas. Se agacha y besa en la frente al niño.

9       Se ha detenido a la altura de una casita modesta que tiene en la parte de delante un pozo. Jesús va luego a sentarse junto al pozo, y allí le alcanzan los discípulos, que siguen todavía midiendo las respectivas prerrogativas. Jesús los mira. Luego los convoca:

«Venid aquí, alrededor, y oíd la última enseñanza de la jornada, vosotros que os quedáis roncos celebrando vuestros méritos y tenéis vuestro pensamiento centrado en adjudicaros un puesto según la medida de ellos. ¿Veis a este niño? Está más que vosotros en la verdad. Su inocencia le da la llave para abrir las puertas de mi Reino. Ha comprendido, en su sencillez infantil, que en el amor está la fuerza para llegar a ser grandes, y en la obediencia realizada por amor la fuerza para entrar en mi Reino. Sed sencillos, humildes; amad con un amor que no sea sólo para mí, sino recíproco entre vosotros; sed obedientes a mis palabras, a todas, también a éstas, si queréis llegar al lugar en que habrán de entrar estos inocentes. Aprended de los pequeños. Como el Padre les revela a ellos la verdad, no se la revela a los sabios».

Jesús, mientras habla, mantiene contra sus rodillas, derecho, a Benjamín, y tiene apoyadas las manos en los hombros del niño. El rostro de Jesús ahora se muestra lleno de majestad. Está serio; no enojado, pero sí serio. Verdaderamente como Maestro. El último rayo de sol forma un nimbo de rayos encima de su cabeza rubia.

La visión se me termina aquí, y me deja llena de dulzura en medio de mis dolores.

6 de diciembre de 1945.

10     Bien, pues[4]134 los discípulos no han podido entrar en la casa. Es natural. Por el número y por respeto. Nunca lo hacen, si no es por invitación del Maestro a todos o a algunos en particular. Observo siempre un gran respeto, una gran discreción, a pesar de la afabilidad del Maestro y la ya duradera familiaridad con él. Incluso Isaac (del que podría decir que es el primero del número de los discípulos), no se permite jamás la libertad de acercarse a Jesús si una sonrisa, al menos una sonrisa del Maestro, no le llama.

¿Un poco distinto, no? respecto al modo como muchos tratan lo sobrenatural: a la ligera y casi burlescamente… Es un comentario mío que veo justo, porque no acabo de digerir el que la gente tenga para con lo que está por encima de nosotros maneras que no usamos para con los hombres como nosotros por el solo hecho de que estén una miaja por encima… ¡En fin!… Vamos a seguir adelante…

Los discípulos, pues, se han esparcido, por la margen del lago, para comprar pescado para la cena, pan y las demás cosas necesarias. Vuelve también Santiago de Zebedeo y llama al Maestro, que está sentado en la terraza, con Juan, que está acoclado a sus pies, en un dulce y sosegado coloquio… Jesús se levanta y se asoma por el guardalado. Santiago dice:

«¡Cuánto pescado, Maestro! Mi padre dice que has bendecido las redes con tu llegada. Mira: esto es para nosotros» y enseña una cesta de pescado, de un pescado que parece de plata.

«Dios le sea grato por su generosidad. Preparadlo, que después de cenar vamos a ir a la orilla, donde los discípulos».

Y así lo hacen. La noche pone negro el lago, en espera de la Luna, que se levanta tarde. Más que vérsele, se le oye borbollar, gorgotear entre los cantos del guijarral. Sólo las inverosímiles estrellas propias de los países de oriente se reflejan en las aguas tranquilas. Se sientan en círculo, alrededor de una barca vuelta, sobre la que se ha sentado Jesús. Han traído al centro del círculo los pequeños faroles de las barcas, los cuales apenas si iluminan las caras más cercanas. El rostro de Jesús está todo iluminado, de abajo arriba, por un farolillo colocado a sus pies; todos, por tanto, le pueden ver bien mientras habla a uno o a otro de los presentes.

11     Al principio es una conversación sencilla, familiar. Pero luego adquiere el tono de una lección. Es más, Jesús lo dice abiertamente:

«Venid. Escuchad. Dentro de poco nos vamos a separar. Quiero adoctrinaros más para formaros mejor.

Hoy os he oído disputar, y no siempre con caridad. A los mayores de entre vosotros les he dado ya la lección. Pero quiero dárosla a vosotros también. No les vendrá mal tampoco a éstos, mayores que vosotros, oírla repetir. Ahora no está aquí, apoyado contra mis rodillas, el pequeño Benjamín. Está durmiendo en su cama, soñando sus sueños inocentes. Pero quizás su alma cándida está de todas formas aquí, en medio de nosotros. Imaginad que él, o cualquier otro niño, estuviera aquí, para ejemplo vuestro. En vuestro corazón tenéis todos una obsesión que os preocupa, una curiosidad, un peligro. La obsesión: ser el primero en el Reino de los Cielos. La curiosidad: saber quién será este primero. Y, en fin, el peligro: el deseo, aún humano, de oírse responder: “Tú eres el primero en el Reino de los Cielos”, o bien de los compañeros con un sentido de aprobación, o bien y sobre todo del Maestro, cuya verdad y penetración de las cosas futuras conocéis. ¿No es, acaso, así? Las preguntas tiemblan en vuestros labios y viven en el fondo del corazón.

El Maestro, mirando a vuestro bien, secunda esta curiosidad, a pesar de que aborrezca condescender con las curiosidades humanas. Vuestro Maestro no es un charlatán al que se le consulta por dos centavos en medio del bullicio de un mercado; no es uno poseído por un espíritu pitónico que le procura dinero con el oficio de adivino, para secundar las restringidas mentes del hombre, que quiere conocer el futuro para “saberse guiar”. El hombre no se puede guiar por sí solo. Dios le guía, ¡si el hombre tiene fe en El! Y no aprovecha el conocer, o creer que se conoce, el futuro, si luego no se dispone de los medios para desviar ese futuro profetizado. Sólo hay un medio: la oración al Padre y Señor para que por su misericordia nos ayude. En verdad os digo que la oración confiada puede transformar un castigo en bendición. Pero quien recurre a los hombres para intentar, como hombre y con los medios de los hombres, desviar el futuro no sabe orar o sabe orar muy mal. Yo, esta vez, dado que esta curiosidad puede daros una buena enseñanza, le doy respuesta, aunque aborrezco las preguntas dictadas por la curiosidad e irrespetuosas.

12 Os preguntáis: “¿Quién de entre nosotros es el mayor en el Reino de los Cielos?”.

Anulo la limitación “entre nosotros”. Amplío los límites a todo el mundo, presente y futuro, y respondo: “El mayor en el Reino de los Cielos es el más pequeño entre los hombres”. O sea, aquel que es considerado “mínimo” por los hombres. El sencillo, el humilde, el que no desconfía, el inexperto. Por tanto: el niño, o aquel que sabe construirse de nuevo un alma de niño. No es la ciencia ni el poder ni la riqueza o la actividad (aunque sea buena) lo que os harán “el mayor” en el Reino bienaventurado, sino el ser como los pequeñuelos, en benevolencia, humildad, sencillez, fe.

Observad cómo me aman los niños, e imitadlos; cómo creen en mí, e imitadlos; cómo recuerdan lo que digo, e imitadlos; cómo ponen en práctica mis enseñanzas, e imitadlos; cómo no se ensoberbecen de lo que hacen, e imitadlos; cómo no experimentan rivalidades contra mí o contra sus compañeros, e imitadlos. En verdad os digo que si no cambiáis vuestra manera de pensar, actuar y amar, reconstruyéndola según el modelo de los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. Ellos saben lo mismo que vosotros sabéis de esencial en mi doctrina. ¡Pero con qué diferencia practican lo que enseño! Vosotros, a cada acto bueno que realizáis, decís: “Lo he hecho yo”; el niño me dice: “Jesús, me he acordado de ti hoy, y por ti he obedecido, he amado, he contenido un deseo de reñir… y estoy contento porque Tú, lo sé, sabes cuándo soy bueno y te alegras”. Observad también a los niños cuando cometen una falta. Con qué humildad me confiesan: “Hoy he sido malo. Lo siento, porque te he apenado”. No buscan disculpas. Saben que Yo sé las cosas. Creen. Sienten dolor por mi dolor. ¡Oh, amados de mi corazón, niños, en los cuales no hay soberbia, doblez, lujuria! Os digo: Haceos como los niños, si queréis entrar en mi Reino. Amad a los niños como al ejemplo angélico que todavía podéis tener. Porque como ángeles deberíais ser. Podríais decir para disculparos: “No vemos a los ángeles”. Mas Dios os da a los niños por modelos, y los tenéis en medio de vosotros. Y si veis a un niño abandonado material o moralmente, y que puede perecer, acogedle en mi Nombre, porque son los muy amados de Dios. Quienquiera que reciba a un niño en mi Nombre me recibe a mí mismo, porque Yo estoy en el alma de los niños, que es inocente. Y quien me recibe a mí recibe a Aquel que me ha enviado, es decir, al Señor Altísimo.

13 Y guardaos de escandalizar a uno de estos pequeños, cuyo ojo ve a Dios. No se debe nunca escandalizar a nadie. Pero, ¡Ay!, ¡tres veces Ay de aquel que tan sólo roce el ingenuo candor de los niños! Dejadlos ángeles lo más que podáis. ¡Demasiado repugnante es el mundo y la carne para el alma que viene del Cielo! Y el niño, por su inocencia, es todavía todo alma. Tened respeto hacia el alma del niño, y a su propio cuerpo, como lo tenéis para con un lugar sagrado. También el niño es sagrado, porque tiene a Dios dentro de sí. En todo cuerpo está el templo del Espíritu; pero el templo del niño es el más sagrado y profundo, está más allá del doble Velo. No mováis tan siquiera las cortinas de la sublime ignorancia de la concupiscencia con el viento de vuestras pasiones.

Yo querría un niño en cada familia, en medio de cada grupo de personas, para que fuera freno de las pasiones de los hombres. El niño santifica, da confortación y frescura, con sólo el rayo de sus ojos sin malicia. Pero, ¡Ay de aquellos que substraen santidad al niño con su manera de actuar escandalosa! ¡Ay de aquellos que con sus licencias infunden malicia en los niños! ¡Ay de aquellos que con sus palabras e ironías lesionan la fe en mí de los niños! Sería mejor que a todos éstos se les atara al cuello una piedra de molino y se los arrojara al mar para que se ahogaran junto con su escándalo. ¡Ay del mundo por los escándalos que da a los inocentes! Porque, si es inevitable que sucedan escándalos, ¡Ay del hombre que los provoca!

Nadie tiene derecho de hacer violencia a su cuerpo ni a su vida, porque vida y cuerpo nos vienen de Dios y solamente El tiene derecho a tomar o partes o el todo. Pero Yo os digo que si vuestra mano os escandaliza es mejor que la cortéis, que si vuestro pie os lleva a dar escándalo conviene que lo cortéis. Es mejor para vosotros entrar mancos o cojos en la Vida, que ser arrojados al fuego eterno con las dos manos y los dos pies. Y si no es suficiente tener un pie cortado o una mano, haced que os corten también la otra mano o el otro pie, para no escandalizar más y para tener tiempo de arrepentiros antes de ser arrojados adonde el fuego no se extingue y roe eternamente como un gusano. Y, si es vuestro ojo el que os es motivo de escándalo, sacáoslo: es mejor no tener un ojo que estar en el infierno con los dos: con un ojo sólo, o incluso sin ojos, llegados al Cielo veríais la Luz, mientras que con los dos ojos escandalosos sólo tinieblas y horror veríais en el infierno. Recordad todo esto.

14 No despreciéis a los pequeños, no los escandalicéis, no os burléis de ellos. Son más que vosotros, porque sus ángeles ven siempre a Dios, que les dice las verdades que han de revelar a los niños y a los que tienen el corazón de niño.

Y vosotros, como niños, amaos unos a otros. Sin disputas, sin orgullos. Estad en paz unos con otros. Tened espíritu de paz con todos. Sois hermanos, en el nombre del Señor; no enemigos. No hay, no debe haber enemigos para los discípulos de Jesús. El único Enemigo es Satanás. De ése sed enemigos acérrimos. Descended a combatir contra él y contra los pecados que llevan a Satanás a los corazones.

Sed incansables en combatir el Mal, cualquiera que fuere la forma que asuma. Y pacientes. No hay limitación al actuar del apóstol, porque no hay limitación al actuar del Mal. El demonio no dice nunca: “Basta. Ahora estoy cansado, así que voy a descansar”.

Es el incansable. Pasa de un hombre a otro, ágil como el pensamiento y más aún; tienta y atrapa y seduce y atormenta y no da tregua. Asalta proditoriamente y derriba, si uno no está más que vigilante. A veces se instala como conquistador por debilidad de la víctima; otras veces entra como amigo, porque el modo de vivir de la víctima buscada es ya tal que constituye alianza con el Enemigo. Hay veces que, habiendo sido arrojado de uno, da vueltas para caer sobre el mejor, para vengarse de la afrenta recibida de Dios o de un siervo de Dios. Pues bien, vosotros debéis decir lo mismo: “No descanso”. El no descansa para poblar el infierno, vosotros no debéis descansar para poblar el Paraíso. No le deis tregua. Os predigo que cuanto más combatáis contra él más os hará sufrir. Pero no debéis tener en cuenta esto. Puede recorrer, agresivo, la tierra, pero en el Cielo no entra. Por tanto, allí no os molestará más. Y allí estarán todos aquellos que hayan combatido contra él…».

15     Jesús interrumpe bruscamente y dice:

«Pero bueno, ¿por qué estáis siempre molestando a Juan? ¿Qué quieren de ti?».

Juan se pone rojo como el fuego. Bartolomé, Tomás y Judas Iscariote, viéndose descubiertos, agachan la cabeza.

«¿Entonces?» pregunta imperativamente Jesús.

«Maestro, mis compañeros quieren que te diga una cosa».

«Pues dila».

«Hoy, mientras estabas en casa de ese enfermo y nosotros estábamos por el pueblo como habías dicho, hemos visto a un hombre, que no es discípulo tuyo y que nunca hemos visto entre los que escuchan tu doctrina, que arrojaba demonios en tu nombre de un grupo de peregrinos que iban a Jerusalén. Y lo conseguía. Ha curado a uno que tenía un temblor que le impedía cualquier tipo de trabajo; y ha devuelto el habla a una niña que había sido agredida en el bosque por un demonio con apariencia de perro que le había trabado la lengua. Decía: “Vete, demonio maldito, en nombre del Señor Jesús, el Cristo, Rey de la estirpe de David, Rey de Israel. El es el Salvador y Vencedor. ¡Huye ante su Nombre!”, y el demonio huía realmente. Nosotros nos hemos resentido. Y se lo hemos prohibido. Nos ha dicho: “¿Qué hago de malo? Honro al Cristo liberándole el camino de los demonios que no son dignos de verle”. Le hemos respondido: “No eres exorcista según Israel ni discípulo según Cristo. No te es lícito hacerlo”. Ha dicho: “Hacer el bien es siempre lícito”, y se ha rebelado contra nuestra orden diciendo: “Y seguiré haciendo lo que hago”. Bien, querían que te dijera esto, especialmente ahora que has dicho que en el Cielo estarán todos aquellos que hayan combatido contra Satanás».

16 «Bien. Ese hombre será uno de ellos. Lo es. Tenía razón. Los equivocados habéis sido vosotros. Los caminos del Señor son infinitos. No se puede afirmar que sólo los que tomen el camino directo llegarán al Cielo. En cualquier lugar, siempre, de mil modos distintos, habrá criaturas que vendrán a mi quizás por un camino inicialmente malo. Dios verá su recta intención y los atraerá hacia el camino bueno. Y, de la misma forma, habrá algunos que por concupiscente y ternaria embriaguez saldrán del camino bueno y tomarán un camino más largo, o incluso desviado. Por tanto, no debéis jamás juzgar a vuestros semejantes. Sólo Dios ve. Cuidad de no saliros vosotros del camino bueno, en el que, más que vuestra voluntad, la voluntad de Dios os ha puesto. Y, cuando veáis a uno que cree en mi Nombre y por él actúa, no le llaméis extranjero ni enemigo ni sacrílego.

Es en todo caso un súbdito mío, amigo y fiel, porque cree en mi Nombre, espontáneamente y mejor que muchos de vosotros. Por eso mi Nombre, en sus labios, obra prodigios como los vuestros y quizás mayores. Dios le ama porque me ama, y terminará de llevarle al Cielo. Ninguno que haga prodigios en mi Nombre puede ser enemigo mío ni hablar mal de mí; antes al contrario, con su actuación da honor a Cristo y testimonio de fe. En verdad os digo que creer en mi Nombre es Salvación. Así que os digo: si le encontráis otra vez, no se lo volváis a prohibir. Antes al contrario, llamadle “hermano”, porque lo es, aunque esté todavía fuera del recinto de mi Redil. Quien no está contra mí está conmigo. Quien no está contra vosotros está con vosotros».

«¿Hemos pecado, Señor?» pregunta, afligido, Juan.

«No. Habéis actuado por ignorancia, pero sin malicia. Por tanto, no hay pecado.

Pero en lo sucesivo sería pecado, porque ahora ya sabéis. Y ahora vamos a nuestras casas. La paz sea con vosotros».

17 Si lo considera oportuno, puede poner, después del final de la visión de hoy, el dictado que sigue a la del pequeño Benjamín (7–3–44). A su arbitrio.

Benjamín fue fiel hasta la muerte

7 de marzo de 1944.

18 Dice luego Jesús:

«Lo que he dicho a mi pequeño discípulo os lo digo también a vosotros. El Reino es de los corderos fieles que me aman y me siguen sin perderse en lisonjas. Me aman hasta el final. Y os digo también a vosotros lo que dije a mis discípulos adultos: “Aprended de los pequeños”.

Lo que hace conquistar el Reino de los Cielos no es el hecho de ser doctos, ricos, audaces. No es serlo humanamente, sino con la ciencia del amor, que hace a uno docto, rico, audaz, sobrenaturalmente: ¡Cómo ilumina el amor para comprender la Verdad!, ¡cuán rico le hace a uno para adquirirla, cuán audaz para conquistarla!, ¡qué confianza inspira, qué seguridad!

Haced lo que el pequeño Benjamín, mi pequeña flor que perfumó mi corazón en aquel atardecer y cubrió el olor de la humanidad que fermentaba en los discípulos; que le cantó una música angélica y cubrió el rumor de las disputas humanas.

¿Quieres saber lo que fue de Benjamín después? Siguió siendo el pequeño cordero de Cristo, y, una vez perdido su gran Pastor, porque había vuelto al Cielo, se hizo discípulo del que más se me parecía, y de la mano de éste recibió el bautismo y el nombre de Esteban, el primer mártir mío. Fue fiel hasta la muerte, y con él sus parientes, que fueron atraídos a la Fe por el ejemplo de su pequeño apóstol de familia.

¿No es conocido? Son muchos los desconocidos de los hombres que son conocidos por mí en mi Reino. Y esto los hace felices. La fama del mundo no añade ni un destello a la aureola de los bienaventurados.

Pequeño Juan, camina siempre con tu mano en la mía. Irás segura, y, cuando llegues al Reino, no te diré “entra”, sino “ven”, y te tomaré en mis brazos para colocarte en el lugar preparado por mi Amor y merecido por el tuyo.

Ve en paz. Te bendigo».

[1] 131 Cfr. Mt. 18, 1–10; Mc. 9, 32–49; Lc. 9, 46–50

[2] 132 Se intercala la “visión” del 7 de marzo de 1944

[3] 133 Hermosa figura del buen Pastor divino, como lo describieron los profetas. Cfr. Jer. 23, 1–6; Ez. 34; Zac. 11, 4–17; 13, 7–9.

[4] 134 Aquí prosigue la “visión” del 6 de diciembre de 1945.

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13/9/2015 Evangelio según San Marcos 8,27-35.

Vigésimo cuarto Domingo del tiempo ordinario B

Santo(s) del día : San Juán Crisóstomo
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Lecturas

Tercer año de la Vida Pública de Jesús
346. Primer anuncio de la Pasión y reprensión a Simón Pedro .

30 de noviembre de 1945.

rio jordan

Rio Snir se encuentra en el noreste tiene su naciente en el Libano y se funde con el río Banias para desembocar finalmente en el Rio Jordan.

   1    Jesús debe haber dejado la ciudad de Cesárea de Filipo con las primeras luces de la mañana, porque ya queda lejos con sus montes y la llanura le rodea de nuevo. Se dirige hacia el lago de Merón para ir después hacia el de Genesaret. Van con El los apóstoles y todos los discípulos que estaban en Cesárea. Pero una expedición tan numerosa por el camino no causa estupor a nadie, porque ya se ven otras, dirigidas a Jerusalén, de israelitas o prosélitos, procedentes de todos los lugares de la Diáspora, que desean pasar un tiempo en la Ciudad Santa para escuchar a los rabíes y respirar largamente el aire del Templo.

Caminan a buena marcha, bajo un Sol ya alto pero que todavía no molesta, porque es un Sol de primavera que juega con el follaje nuevo y las frondas florecidas, y suscita flores, flores, flores por todas partes. La llanura que precede al lago, toda ella, es una alfombra florecida. La mirada, volviéndose hacia los montes que la circundan, ve a éstos remendados con las matas cándidas, tenuamente róseas, o de color rosa intenso, o rosa casi rojo, de los diversos tipos de árboles frutales; y, al pasar cerca de las raras casas de campesinos o de los talleres de herrador esparcidos por el camino, la vista se alegra ante los primeros rosales florecidos en los huertos o a lo largo de los setos o contra las tapias de las casas.

-«Los jardines de Juana deben estar todos en flor»

observa Simón Zelote.

-«También el huerto de Nazaret debe parecer un cesto lleno de flores. María es la dulce abeja que va de rosal en rosal; de los rosales a los jazmines, que pronto florecerán; a las azucenas, que ya tienen los capullos en el tallo; y tomará la rama del almendro, como hace siempre, es más, ahora tomará la del peral o del granado, para ponerla en el ánfora de su habitación. Cuando éramos niños le preguntábamos todos los años: “¿Por qué tienes siempre ahí una rama de árbol en flor y no metes en su lugar las primeras rosas?”. Y Ella respondía: “Porque en esos pétalos veo escrita una orden que me vino de Dios y siento el aroma puro del aura celeste”. ¿Te acuerdas, Judas?»

pregunta Santiago de Alfeo a su hermano.

-«Sí. Me acuerdo. Y recuerdo que, ya hombre, esperaba con ansia la primavera, para ver a María caminar por su huerto bajo las nubes de sus árboles en flor y entre los setos de las primeras rosas; nunca vi espectáculo más hermoso que esa eterna niña moviéndose evanescente entre las flores y entre vuelos de palomas…».

2 -«¡Oh, vamos pronto a verla, Señor! ¡Yo también quiero ver todo eso!»

Suplica Tomás.

-«Basta con que aceleremos el paso y hagamos paradas breves, por las noches, para llegar a Nazaret a tiempo»

responde Jesús.

-«¿Me das esta satisfacción verdaderamente, Señor?».

-«Sí, Tomás. Iremos a Betsaida todos, y luego a Cafarnaúm. Allí nos separaremos: nosotros vamos en la barca a Tiberiades, y luego a Nazaret. Así cada uno, salvo vosotros judíos, vamos a tomar los indumentos más ligeros. El invierno ha concluido».

-«Sí. Y nosotros vamos a decir a la Paloma: “Alzate[1], apresúrate, amada mía; ven, porque el invierno ha pasado, la lluvia ha terminado, las flores pueblan el suelo… Alzate, amiga mía; ven, paloma escondida, muéstrame tu faz y deja que oiga tu voz”».

-«¡Sí señor, Juan! ¡Pareces un enamorado cantando su canción a su amada!»

Dice Pedro.

-«Lo estoy. De María lo estoy. No veré a otras mujeres que despierten mi amor. Sólo María, la amada de todo mi ser».

-«También lo decía yo hace un mes. ¿Verdad, Señor?»

dice Tomás.

-«Yo creo que estamos todos enamorados de Ella. ¡Un amor tan alto, tan celestial!… Como sólo esa Mujer puede inspirar. Y el alma ama completamente su alma, la mente ama y admira su intelecto, el ojo mira y se complace en su gracia pura, que embelesa sin producir agitación, como cuando se mira una flor… María, la Belleza de la tierra y, creo, la Belleza del Cielo…»

dice Mateo.

-«¡Es verdad! ¡Es verdad! Todos vemos en María cuanto de más dulce hay en la mujer: la niña pura y la madre dulcísima; y no se sabe por cuál de estas dos gracias se la ama…»

dice Felipe.

-«Se la ama porque es “María”. ¡Eso es!»

sentencia Pedro.

3       Jesús los ha estado oyendo hablar y dice:

-«Todos habéis hablado bien, y Pedro muy bien. María se ama porque es “María”. Os dije, mientras íbamos a Cesárea, que solamente aquéllos que unan una fe perfecta a un amor perfecto llegarán a conocer el verdadero significado de las palabras: “Jesús, el Cristo, el Verbo, el Hijo de Dios y el Hijo del hombre”. Pero ahora os digo que hay otro nombre denso en significados. Y es el de mi Madre. Sólo aquellos que unan una perfecta fe a un perfecto amor llegarán a conocer el verdadero significado del nombre “María”, de la Madre del Hijo de Dios. Y el verdadero significado empezará a aparecer claro para los verdaderos creyentes y para los verdaderos amantes en una hora tremenda de tormento, cuando la Madre sea sometida a suplicio con su Hijo, cuando la Redentora redima con el Redentor[2], a los ojos de todo el mundo y por todos los siglos de los siglos».

-«¿Cuándo?»

pregunta Bartolomé mientras se detienen a orillas de un caudaloso arroyo, en el que están bebiendo muchos discípulos.

-«Detengámonos aquí a compartir el pan. El Sol marca mediodía. Al caer de la tarde, estaremos en el lago Merón, y podremos acortar el camino con unas barcas»

responde Jesús evasivamente.

Se sientan todos sobre la tierna hierbecita, tibia de sol, de las orillas del arroyo. Juan dice:

-«Es una pena echar a perder estas flores tan delicadas. Parecen pedacitos de cielo caídos aquí en los prados».flores azules

Son cientos y cientos de miosotis.

-«Renacerán más bonitas mañana. Han florecido para hacer del suelo una sala de banquetes para su Señor»

le consuela Santiago, su hermano.

Jesús ofrece y bendice los alimentos y todos se ponen a comer alegremente. Los discípulos, todos, como si fueran girasoles, miran en dirección a Jesús, que está sentado en el centro de la fila de sus apóstoles.

4       La comida pronto termina, condimentada con serenidad y agua pura. Pero, dado que Jesús permanece sentado, ninguno se mueve. Es más, los discípulos se cambian de sitio para acercarse, para oír lo que dice Jesús como respuesta a los apóstoles, que siguen preguntando sobre lo que había dicho antes, de su Madre.

-«Sí. Porque ser madre de mi carne ya sería una gran cosa. Fijaos que se recuerda a Ana de Elcaná como madre de Samuel[3], y él era sólo un profeta; pues bien, la madre es recordada por haberle engendrado. Por tanto ya María sería recordada, y con altísimas alabanzas, por haber dado al mundo a Jesús el Salvador. Pero ello seria poco, respecto a cuanto Dios exige de Ella para completar la medida requerida para la redención del mundo. María no defraudará el deseo de Dios. Jamás lo ha defraudado. Desde las demandas de amor total hasta las de sacrificio total. Ella se ha entregado y se entregará.

Y, cuando haya consumado el máximo sacrificio, conmigo, por mí, en favor del mundo, los verdaderos fieles y los verdaderos amantes comprenderán el verdadero significado de su Nombre. Y, por todos los siglos, a todo verdadero fiel, a todo verdadero amante, le será concedido comprenderlo. El Nombre de la Gran Madre, de la Santa Nutriz que lactará por todos los siglos a los párvulos de Cristo con su llanto, para criarlos para la Vida de los Cielos».

-«¿Llanto, Señor? ¿Debe llorar tu Madre?»

pregunta Judas Iscariote.

-«Todas las madres lloran. La mía llorará más que ninguna otra».

-«¿Pero por qué? Yo he hecho llorar a la mía alguna vez, porque no soy siempre un buen hijo. ¡Pero Tú? No das nunca pesares a tu Madre».

-«No. Efectivamente, como Hijo suyo, no le doy pesares. Pero le daré muchos como Redentor. Dos harán llorar con un llanto sin fin a mi Madre: Yo, salvando a la Humanidad; la Humanidad, con sus continuos pecados. Todo hombre que haya vivido, que vive, o que vivirá, cuesta lágrimas a María».

-«¿Pero por qué?»

pregunta, sorprendido, Santiago de Zebedeo.

-«Porque todo hombre me cuesta torturas a mí para redimirle».

-«¡¿Pero decir esto de los que ya han muerto o no han nacido todavía?! Te harán sufrir los vivos, los escribas, fariseos, saduceos, con sus acusaciones, sus celos, sus mezquindades; pero más no»

afirma con tono seguro Bartolomé.

-«También mataron a Juan Bautista… Israel no ha matado sólo a este profeta, ni es el único sacerdote de la Voluntad eterna matado por causa del odio de los que no obedecen a Dios».

-«Pero Tú eres más que un profeta y que el mismo Bautista, tu Precursor. Tú eres el Verbo de Dios. Israel no levantará su mano contra ti»

dice Judas Tadeo.

-«¿Lo piensas así, hermano? Estás en un error»

le responde Jesús.

-«No. ¡No puede ser! ¡No puede suceder! ¡Dios no lo permitirá! ¡Sería degradar para siempre a su Cristo!».

Judas Tadeo está tan agitado que se pone en pie.

Jesús también se levanta y le mira fijamente a la cara palidecida, a los ojos sinceros. Dice lentamente:

-«Y sin embargo así será»

y baja el brazo derecho, que le tenía alzado, como jurando.

5       Todos se ponen en pie y se arriman aún más a El: una corona de caras afligidas, y, más aún, incrédulas. Una serie de comentarios recorre el grupo:

-«Si fuera así… tendría razón Judas Tadeo».

-«Lo que le sucedió a Juan el Bautista fue una cosa mala, pero exaltó al hombre, heroico hasta el final; si le sucediera eso al Cristo sería disminuirle».

-«Cristo puede ser perseguido, pero no degradado».

-«Tiene la unción de Dios».

-«¿Y quién podría ya creer, si te vieran en poder de los hombres?».

-«No lo permitiremos».

El único que permanece en silencio es Santiago de Alfeo.

Su hermano arremete contra él:

-«¡No hablas? ¿No te mueves! ¿No oyes! ¡Defiende a Cristo contra sí mismo!».

Santiago, por toda respuesta, se lleva las manos a la cara, se separa bastante, y llora.

-«¡Es un estúpido!»

sentencia su hermano.

-«Quizás menos de lo que crees»

le responde Hermasteo. Y añade:

-«Ayer, explicando la profecía, el Maestro habló de un cuerpo deshecho que se reintegra y de uno que por sí mismo se resucita. Creo que uno no puede resucitar sin estar antes muerto».

-«Pero puede haber muerto de muerte natural, de vejez. ¡Y ya sería mucho para el Cristo!»

rebate Judas Tadeo, y muchos le dan la razón.

-«Sí, pero entonces no sería una señal para esta generación, que es mucho más vieja que El»

observa Simón Zelote.

-«Ya. Pero no está claro que hable de sí mismo»

rebate Judas Tadeo, obstinado en su amor y respeto.

primer anuncio de la pasion-«Ninguno que no sea el Hijo de Dios puede resucitarse a sí mismo, como tampoco ninguno que no sea el Hijo de Dios puede nacer como nació El. Yo lo digo, yo que vi su gloria natal»

dice Isaac testimoniando firmemente.

Jesús, con los brazos cruzados, los ha escuchado mirándolos a medida que hablaban.

Ahora es El el que hace ademán de hablar, y dice:

-«El Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres, porque es el Hijo de Dios, sí, pero también el Redentor del hombre; y no hay redención sin sufrimiento. Mi sufrimiento será corporal, de la carne y de la sangre, para reparar los pecados de la carne y de la sangre; moral, para reparación de los pecados de la mente y las pasiones; espiritual, para reparación de las culpas del espíritu. Será completo. Por tanto, a la hora establecida, me prenderán, en Jerusalén, y tras haber sufrido ya mucho por culpa de los Ancianos y de los Sumos Sacerdotes, de los escribas y fariseos, seré condenado a una muerte infamante. Y Dios no lo impedirá, porque así debe suceder, siendo Yo el Cordero de expiación por los pecados del mundo entero. Y, en un mar de angustia, compartida por mi Madre y por otras, pocas personas, moriré en el patíbulo; y tres días después, por mi voluntad divina, por ella sola, resucitaré a una vida eterna y gloriosa como Hombre y volveré a ser: Dios en el Cielo[4] con el Padre y el Espíritu. Pero antes tendré que padecer toda suerte de oprobios, y sentir mi corazón traspasado por la Mentira y el Odio».

6       Un coro de gritos se eleva en el aire tibio y perfumado de primavera.

Pedro –el rostro profundamente preocupado, y escandalizado como los demás– coge de un brazo a Jesús, le separa un poco y le dice en voz baja al oído:

 

  -«¡Pero, Señor…! No digas esto. No está bien. Ya ves que se escandalizan. Decaes del concepto en que te tienen. Por nada del mundo debes permitir esto. Ya de por sí nunca te va a pasar nada semejante, ¿por qué pensarlo como si fuera verdadero? Debes subir cada vez más en el concepto de los hombres, si te quieres afirmar; debes terminar, por ejemplo, con un último milagro, como reducir a cenizas a tus enemigos. Pero nunca degradarte hasta aparecer como un malhechor castigado».

Pedro parece un maestro o un padre afligido corrigiendo con amorosa angustia a un hijo que ha dicho una necedad.

Jesús, que estaba un poco agachado para escuchar el bisbiseo de Pedro, se yergue severo, con rayos en los ojos, pero rayos de amargura, y grita fuerte, para que todos oigan y la lección sirva para todos:

 -«¡Aléjate de mí, tú que en este momento eres un diablo que me aconseja desistir de la obediencia a mi Padre!

apartate satanas¡Para esto he venido! ¡No para los honores! Tú, aconsejándome la soberbia, la desobediencia y el rigor sin caridad, tratas de seducirme al mal. ¡Vete! ¡Me escandalizas!

¿No comprendes que la grandeza no está en los honores sino en el sacrificio, y que nada importa aparecer a los ojos de los hombres como gusanos si Dios nos considera ángeles?

Tú, hombre ignorante, no comprendes lo que es grandeza y razón según Dios, y ves, juzgas, sientes, hablas según el hombre».

El pobre Pedro queda anonadado por esta severa corrección; se separa, compungido, y rompe a llorar… No es el llanto gozoso de pocos días antes, sino el sollozo desolado de quien comprende que ha pecado y ha causado dolor a la persona amada.

Jesús le deja llorar. Se descalza, se remanga las vestiduras y vadea el arroyo.

Los demás hacen lo mismo en silencio. Ninguno se atreve a decir una palabra. Al final de todos va el pobre Pedro, en vano consolado por Isaac y el Zelote.

7       Andrés se vuelve más de una vez y le mira, y luego susurra algo a Juan, que está muy afligido; pero Juan menea la cabeza en señal de negación. Entonces Andrés se decide. Se adelanta corriendo. Alcanza a Jesús. Le llama suavemente, con visible temor:

-«¡Maestro! ¡Maestro!…».

Jesús deja que le llame varias veces. Al final se vuelve, severo, y pregunta:

-«¿Qué quieres?».

-«Maestro, mi hermano está compungido… llora…».

-«Se lo ha merecido».

-«Es verdad, Señor. Pero de todas formas es un hombre… No puede hablar bien siempre».

«Efectivamente, hoy ha hablado muy mal»

responde Jesús. Pero ya se le ve menos severo, y un atisbo de sonrisa dulcifica la mirada divina.

Andrés se siente más seguro y aumenta la peroración en pro de su hermano.

-«Pero Tú eres justo, y sabes que el amor a ti ha sido lo que le ha hecho caer…».

-«El amor debe ser luz, no tinieblas. El lo ha hecho tinieblas y ha envuelto en ellas su espíritu».

-«Es verdad, Señor. Pero las vendas se pueden quitar cuando se quiera. No es como tener el espíritu mismo tenebroso. Las vendas son lo externo; el espíritu es lo interno, el núcleo vivo… El interior de mi hermano es bueno».

-«Que se quite entonces las vendas que se ha puesto».

-«¡Lo hará, sin duda, Señor! Ya lo está haciendo. Vuélvete y mira lo desfigurado que está por ese llanto que no consuelas Tú. ¿Por qué tan severo con él?».

-«Porque él tiene el deber de ser “el primero”, de la misma forma que le he dado el honor de serlo. Quien mucho recibe mucho debe dar…».

-«¡Es verdad, Señor, sí! Pero, ¿no te acuerdas de María de Lázaro?, ¿de Juan de Endor?, ¿de Aglae?, ¿de la Beldad de Corozaín? ¿de Leví? A éstos les diste todo… y ellos todavía te habían dado sólo la intención de redimirse… ¡Señor!… Atendiste mi súplica por la Beldad de Corozaín y por Aglae… ¿No lo harías ahora por tu Simón y mi Simón, que ha pecado por amor a ti?».

Jesús baja su mirada hacia este hombre apacible que se vuelve intrépido y apremiante en favor de su hermano, como lo fue, silenciosamente, en favor de Aglae y de la Beldad de Corozaín, y su rostro resplandece de luz:

-«Ve a llamar a tu hermano» dice «y tráemele aquí».

-«¡Gracias, mi Señor! Voy…»

y se echa a correr, raudo como una golondrina.

8 -«Ven, Simón. El Maestro ya no está irritado contigo. Ven, que te lo quiere decir».

-«No, no. Me da vergüenza… Hace demasiado poco que me ha corregido… Será que quiere que vaya para reprenderme otra vez…».

-«¡Qué mal le conoces! ¡Venga, ven! ¿Piensas que yo te llevaría a otro sufrimiento? Si no estuviera seguro de que te espera allí una alegría, no insistiría. Ven».

-«¿Y qué le voy a decir?»

dice Pedro mientras se pone en marcha un poco recalcitrante, frenado por su humanidad, aguijado por su espíritu, que no puede estar sin la indulgencia de Jesús y sin su amor.

-«¿Qué le voy a decir?» sigue preguntando.

-«¡Nada, hombre! ¡Será suficiente con que le muestres tu rostro!»

le dice su hermano animándole.

Todos los discípulos, a medida que los dos hermanos los van adelantando, los miran y, comprendiendo lo que sucede, sonríen.

Llegan donde Jesús. Pero Pedro, al último momento, se detiene. Andrés no se anda con chiquitas. Con un enérgico envite, como los que da a la barca para empujarla al mar, le echa hacia adelante. Jesús se para… Pedro alza la cara… Jesús la baja… Se miran… Dos lagrimones se deslizan por las mejillas enrojecidas de Pedro…

 

-«Ven aquí, niño grande irreflexivo, que te haga de padre enjugando este llanto»

Dice Jesús, y levanta su mano, en que es bien visible aún la señal de la pedrada de Yiscala, y seca con sus dedos esas dos lágrimas.

-«¡Oh, Señor! ¿Me has perdonado?»

pregunta Pedro lleno de temblor, agarrando la mano de Jesús con las suyas y mirándole con unos ojos como los de un perro fiel que desea obtener el perdón del amo resentido.

-«Nunca te he condenado…».

-«Pero antes…».

-«Te he amado. Es amor no permitir que en ti arraiguen desviaciones de sentimiento y de pensamiento. Debes ser el primero en todo, Simón Pedro».

-«¿Entonces… entonces me estimas todavía? ¿Me quieres contigo todavía? No es que yo quiera el primer puesto, ¡Eh! Me conformo con el último, pero estar contigo, a tu servicio… y morir verdaderamente a tu servicio, Señor, mi Dios».

Jesús le pasa el brazo por encima de los hombros y le estrecha contra su costado.

Entonces Simón, que no ha dejado suelta en todo este tiempo la otra mano de Jesús, se la cubre de besos… dichoso. Y susurra:

-«¡Cuánto he sufrido!… Gracias, Jesús».

-«Da las gracias más bien a tu hermano. Y en el futuro lleva bien tu carga con justicia y heroísmo.

9 Vamos a esperar a los otros. ¿Dónde están?».

Están parados en el lugar en que se encontraban cuando Pedro alcanzó a Jesús, para dejar libertad al Maestro de hablar a su apóstol humillado. Jesús les hace señas para que se acerquen. Con ellos hay un grupito de labriegos, que habían dejado de trabajar en los campos para venir a hacer preguntas a los discípulos.

Jesús, todavía con la mano en el hombro de Pedro, dice:

-«Por lo que ha pasado habéis entendido que estar a mi servicio es una cosa severa. Le he reprendido a él. Pero la corrección era para todos. Porque los mismos sentimientos estaban en la mayoría de los corazones, o formados o en gestación. Así os los he truncado; y quien todavía los cultiva muestra que no comprende ni mi Doctrina ni mi Misión ni mi Persona.

He venido para ser Camino, Verdad y Vida. Os doy la Verdad con lo que enseño. Os aliso el Camino con mi sacrificio; os lo trazo e indico. Pero la Vida os la doy con mi Muerte. Y acordaos de que quien responde a mi llamada y se alista en mis filas para cooperar en la redención del mundo debe estar dispuesto a morir para dar a otros la Vida. Por tanto, quien quiera seguirme debe estar dispuesto a negarse a sí mismo, al viejo yo con sus pasiones, tendencias, costumbres, tradiciones, pensamientos, y seguirme con su nuevo yo.   jesus explicaTome cada cual su cruz como Yo la tomaré. La tome, aunque le parezca demasiado infamante. Deje que el peso de su cruz triture a su yo humano para liberar al yo espiritual, al cual no produce horror la cruz; antes al contrario, le es apoyo y objeto de veneración, porque el espíritu sabe y recuerda. Y que me siga con su cruz. ¿Que al final del camino le esperará la muerte ignominiosa como me espera a mí? No importa. No se aflija; antes al contrario, exulte por ello, porque la ignominia de la tierra se transformará en grande gloria en el Cielo, mientras que será un deshonor la vileza frente a los heroísmos espirituales.

Siempre decís que queréis seguirme hasta la muerte. Seguidme, entonces, y os guiaré al Reino por un camino abrupto, pero santo y glorioso, al final del cual conquistaréis la Vida eternamente inmutable. Esto será “vivir”. Por el contrario, seguir los caminos del mundo y la carne es “morir”. De modo que quien quiera salvar su vida en esta tierra la perderá, mas aquel que pierda su vida en esta tierra por causa mía y por amor a mi Evangelio la salvará. Pensad esto: ¿de qué le servirá al hombre ganar todo el mundo, si luego pierde su alma?

10 Y otra cosa: guardaos bien, ahora y en el futuro, de avergonzaros de mis palabras y acciones. Eso también sería “morir”. Porque el que se avergüence de mí y de mis palabras delante de esta generación necia, adúltera y pecadora, de que he hablado, y, esperando recibir su protección y ganancia, la adule, renegando de mí y de mi Doctrina, arrojando a las bocas inmundas de los cerdos y perros las perlas recibidas, para recibir luego, como paga, excrementos en vez de dinero, será juzgado por el Hijo del hombre cuando venga en la gloria de su Padre, con los ángeles y santos, a juzgar al mundo. El, entonces, se avergonzará de estos adúlteros y fornicadores, de estos villanos y usureros, y los arrojará fuera de su Reino; porque no hay sitio en la Jerusalén celeste para adúlteros, ruines, fornicadores, blasfemos y ladrones. Y os digo, en verdad, que algunos de mis discípulos y discípulas presentes no experimentarán la muerte antes de haber visto la fundación[5] del Reino de Dios, y ungido y coronado a su Rey».

Reprenden la marcha, hablando animadamente, mientras el Sol desciende lentamente en el cielo…

[1] es cita de Cantar de los Cantares 2, 10–14

[2] Cfr. Lc. 2, 33–35

[3] Cfr. 1 Sa. 1, 1 – 2, 11.

[4] es decir, ya no Dios en la tierra (Hijo que permanece unido con el Padre), sino Dios en el Cielo (Hijo que vuelve al Padre).

La expresión es similar a la reseñada en Juan 16,28: “Salí del Padre y he venido al mundo, ahora dejo otra vez el mundo y voy al Padre”; y es conforme con la formulación del Credo: “bajó del Cielo,… subió al Cielo, y está sentado a la derecha del Padre”

[5] MV explica: el Reino de Dios vió sus comienzos el Viernes Santo, por los méritos de Cristo, y luego se afirmó con la Iglesia constituida. Pero no todos vieron esta creciente afirmación

6/9/2015 Evangelio según San Marcos 7,31-37.

XXIII Domingo del tiempo ordinario B
Santo(s) del día : San Zacarías Profeta
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Lecturas

Tercer Año de la Vida Pública de Jesús

  1. La mano herida de Jesús. Curación de un sordomudo en los confines sirofenicios [1]91.

25 de noviembre de 1945.

jesus cura al sordomudo en los confines sirofenicios 1      No sé dónde han pernoctado los peregrinos. Sé que es de nuevo por la mañana, que están en camino, por lugares montosos como antes, que Jesús tiene vendada la mano y Santiago de Alfeo la frente, que Andrés cojea bastante y Santiago de Zebedeo no lleva el talego (lo ha cogido su hermano Juan). Jesús ha preguntado dos veces:

«¿Puedes seguir andando, Andrés?».

«Sí, Maestro. Camino mal por el vendaje. Pero el dolor no es fuerte».

Y la segunda vez añade:

«¿Y tu mano, Maestro?».

«Una mano no es una pierna. Está en descanso y duele poco».

«¡Mmm! Poco no creo, tan hinchada como está y tan abierta, hasta el hueso… El aceite hace bien. Pero quizás hubiera sido mejor si de ese ungüento de tu Madre le hubiéramos pedido un poco a…».

«A mi Madre. Tienes razón»

dice rápidamente Jesús, sintiendo lo que está para salir de los labios de Pedro, el cual, confuso, se pone colorado y mira con mirada desolada a su Jesús; tan desolada, que El sonríe y apoya la mano, precisamente la herida, encima del hombro de Pedro, para arrimársele a sí.

«Te hará daño estar así».

«No. Simón. Tú me quieres y tu amor es un magnífico aceite saludable».

«¡Oh, entonces, si es por eso, ya deberías estar curado! Hemos sufrido todos de verte tratado de ese modo, y hay quien ha llorado».

Y Pedro mira a Juan y a Andrés…

«Aceite y agua son buena medicina, pero el llanto de amor y piedad es más potente que cualquier otra cosa. ¿Veis? Estoy mucho más alegre hoy que ayer. Porque hoy sé cuán obedientes sois y cuánto me queréis. Todos»,

y Jesús los mira con su mirada dulce, en cuya ya habitual tristeza hay una tenue luz de alegría esta mañana.

2 «¡Pero qué hienas, Eh! ¡Jamás he visto un odio como ése!»

dice Judas de Alfeo.

«Debían ser todos judíos».

«No, hermano. La región no tiene nada que ver. El odio es igual en todos los sitios. Recuerda que en Nazaret, hace meses, fui expulsado y me querían apedrear. ¿No te acuerdas?»

dice sereno Jesús (y ello sirve de consuelo de las palabras de Judas Tadeo para los que son judíos).

Tanto consuelo, que el Iscariote dice:

«¡Ah, pero esto lo voy a decir! ¡Vaya que si lo voy a decir! No estábamos haciendo nada malo. No hemos reaccionado. Y El ha hablado lleno de amor al principio. Y han empezado a pedradas con nosotros, como si fuéramos serpientes. Lo voy a decir».

«¿Y a quién se lo vas a decir, si están todos contra nosotros?».

«Yo sé a quién decírselo. De momento, en cuanto vea a Esteban y a Hermas se lo digo. Lo sabrá en seguida Gamaliel. Pero para Pascua se lo digo a quien yo me sé. Voy a decir: “No es justo actuar así. Con vuestro furor sois ilegales. Vosotros sois culpables, no El”».

«¡Mejor sería que no te acercaras mucho a esos “señores”!… Tengo la impresión de que para ellos tú también eres culpable» aconseja sabiamente Felipe.

«Es verdad. Mejor es que no vuelva a tener nunca contacto con ellos. Sí. Es mejor. Pero a Esteban sí se lo digo. Es bueno y no envenena…».

«¡Déjalo, hombre, Judas! No harías mejorar nada. Yo he perdonado. No pensemos más en ello» dice sereno y persuasivo Jesús.

3       Dos veces que encuentran riachuelos, tanto Andrés como los dos Santiagos se mojan las vendas que cubren sus contusiones. Jesús no. Prosigue tranquilo, como si no sintiera dolor.

Y, sin embargo, el dolor debe ser notable, si, cuando se detienen para comer, debe pedir a Andrés que le parta el pan; si, cuando se le desata una sandalia, debe rogar a Mateo que se la ate de nuevo; si, sobre todo, al bajar por un atajo con fuerte declive, y yendo a chocar contra un tronco porque su pie ha resbalado, no puede reprimir un quejido; si se le pone otra vez roja de sangre la venda (tanto que, en la primera casa de un pueblo, al que llegan hacia el crepúsculo, se detienen y piden agua y aceite para medicarle la mano, la cual, quitadas las vendas, aparece muy hinchada y de un color aturquesado en el dorso, con la herida rojiza en el centro).

Mientras esperan a que la mujer de la casa llegue con lo que han pedido, se arriman todos a la mano herida para observarla, y hacen sus respectivos comentarios. Pero Juan se retira un poco más allá para esconder su llanto. Jesús le llama:

«Ven aquí. No es una cosa grave. No llores».

«Lo sé. Si lo tuviera yo, no lloraría. Pero lo tienes Tú; y no dices todo el daño que te hace esta amada mano, que no ha dañado nunca a nadie»

responde Juan. Jesús le ha dejado la mano relajada. Juan la acaricia dulcemente, en la punta de los dedos, en la muñeca, todo alrededor de la moradura, y la vuelve con dulzura, para besar su palma y apoyar su mejilla en el cuenco de la mano, y dice:

«Está ardiendo… ¡Cuánto te debe doler!»

y lágrimas de piedad caen sobre ella. La mujer trae el agua y el aceite. Con un pedazo de tela, Juan quiere limpiar la mano manchada de sangre; con delicadeza, hace circular agua tibia sobre la parte herida; luego la unge, la venda con unas tiras limpias de tela, y en el lazo pone un beso. Jesús le coloca la otra mano en la cabeza, que tiene agachada.

4 La mujer pregunta:

«¿Es tu hermano?».

«No. Es mi Maestro, nuestro Maestro».

La mujer sigue preguntando, esta vez a los otros:

«¿De dónde venís?».

«Del Mar de Galilea».

«¡Lejos! ¿Para qué?».

«Para predicar la Salud».

«Es casi de noche. Quedaos en mi casa. Casa de pobres, pero de gente honrada. Puedo daros leche en cuanto vuelvan mis hijos con las ovejas. Mi marido os acogerá con gusto».

«Gracias, mujer. Si el Maestro quiere, nos quedamos aquí».

La mujer va a sus labores mientras los apóstoles le preguntan a Jesús qué deben hacer.

«Sí. Bien. Mañana vamos a ir a Quedes y luego hacia Panéade. He reflexionado, Bartolomé. Conviene hacer como dices. Me has dado un buen consejo. Espero encontrar así a otros discípulos y enviarlos delante de mí a Cafarnaúm. Sé que a estas alturas ya deben haber estado algunos discípulos en Quedes, entre los cuales los tres pastores libaneses».

Vuelve la mujer y pregunta:

«¿Entonces?».

«Sí, buena mujer. Pasamos aquí esta noche».

«Y cenáis. Aceptadlo. No me pesa. Y, además, algunos, que son discípulos de ese Jesús de Galilea, al que llaman Mesías, que hace tantos milagros y predica el Reino de Dios, nos han enseñado la misericordia. Pero El no ha venido nunca aquí. Quizás porque estamos en los confines sirofenicios. Pero sí han venido sus discípulos. Y ya es mucho. Para Pascua, los del pueblo queremos ir todos a Judea para ver si vemos a este Jesús. Porque tenemos enfermos y los discípulos han curado a algunos, pero a otros no. Y entre éstos está un hijo, joven, de un hermano de la mujer de mi cuñado».

«¿Qué le pasa?»

pregunta Jesús sonriendo.

«Es… No habla y no oye. Nació así. Quizás un demonio entró en el vientre de la madre para hacerla desesperarse y sufrir. Pero es bueno. Un endemoniado no sería así. Los discípulos han dicho que para él es necesario Jesús de Nazaret, porque debe faltarle algo, y sólo este Jesús…

5 ¡Ah, aquí están mis hijos y mi marido! Melquías, he acogido a estos peregrinos en nombre del Señor. Estaba hablando de Leví.. Sara, ve pronto a ordeñar la leche, y tú, Samuel, baja a la gruta por aceite y vino, y trae manzanas del desván. Date prisa, Sara; preparamos las camas en las habitaciones altas».

«No te afanes, mujer. Estaremos bien en cualquier sitio. ¿Podría ver al hombre de que hablabas?».

«Sí… Pero… ¡Oh! ¡Señor! ¡No serás Tú el Nazareno?».

«Soy Yo».

La mujer cae de rodillas, y grita:

«¡Melquías, Sara, Samuel! ¡Venid a adorar al Mesías! ¡Qué gran día! ¡Qué gran día! ¡Y yo le tengo en mi casa! ¡Y estaba hablando con El, así! ¡Y le he traído el agua para lavar la herida!… ¡Oh!…»

se ahoga de emoción. Y corre a donde el barreño. Lo ve vacío:

«¿Por qué habéis tirado esa agua? ¡Era santa! ¡Melquías! ¡El Mesías en nuestra casa!».

«Sí. Pero tranquilízate, mujer. Y no se lo digas a nadie. Más bien, ve por el sordomudo y tráemelo…»

dice Jesús sonriendo…

6       …Y pronto regresa Melquías con el joven sordomudo, los parientes de él y medio  pueblo al menos… La madre del infeliz adora a Jesús y le suplica.

«Sí, será como tú quieres».

Toma de la mano al sordomudo, le separa un poco de la masa de personas que se apiña, mientras los apóstoles, por compasión hacia la mano herida, luchan por mantener a la gente separada. Jesús arrima a sí bien al sordomudo; le pone los índices en las orejas y la lengua en los entreabiertos labios; luego, alzando los ojos al cielo ya algo oscurecido, expele su aliento sobre el rostro del sordomudo y grita fuertemente:

«¡Abríos!»

y le suelta. El joven le mira por un momento, mientras la gente cuchichea. Es sorprendente el cambio de la cara del sordomudo: primero apática y triste, ahora sorprendida y sonriente. Se lleva las manos a las orejas. Aprieta y suelta… Se convence de que realmente oye… Abre la boca y dice:

«¡Mamá! ¡Oigo! ¡Oh, Señor, yo te adoro!».

Se apodera de la gente el entusiasmo habitual; mucho más todavía, porque se preguntan:

«¿Y cómo puede saber hablar, si nunca, desde que nació, oyó palabra alguna? ¡Un milagro en el milagro! Le ha soltado el habla y al mismo tiempo le ha enseñado a hablar. ¡Viva Jesús de Nazaret! ¡Hosanna al Santo, al Mesías!».

Y se apiñan contra El, que levanta su mano herida para bendecir, mientras algunas personas, informadas por la mujer de la casa, se mojan la cara y los miembros con las gotas de agua que habían quedado en el barreño.

Jesús los ve y grita:

«Por vuestra fe, quedad todos curados. Id a vuestras casas. Sed buenos, honestos. Creed en la palabra del Evangelio. Y conservad para vosotros lo que sabéis, hasta que llegue la hora de proclamarlo en las plazas y por los caminos de la tierra. Mi paz sea con vosotros».

Y entra en la amplia cocina, donde resplandece el fuego y tiemblan las luces de dos lámparas.

[1] 91 Cfr. Mc. 7, 31–37