30/8/2015 Evangelio según San Marcos 7,1-8.14-15.21-23.

Vigésimo segundo Domingo del tiempo ordinario B

Santo(s) del día : Beato Alfredo Ildefonso Schuster,  Beata María de los Ángeles Ginard Marti

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Lecturas

El evangelio de este domingo retoma el evangelio de Marcos, que nos dejaba al final del segundo año de la vida pública de Jesús. Nos sitúa en los capítulos 300 y 301 del comienzo del tercer año de su vida pública, en la casa del resucitado por Jesús en el primer año de su vida pública en el pueblo de Naim

Ya para esta época los milagros de Jesús han sido impresionantes y traspasado las fronteras. Los apóstoles habiendo recibido el don de los milagros y el mandato de ir  a predicar, también acrecentaron la búsqueda del Mesías.

Sus discípulos se contaban por decenas y, por lo cual se podía saber adonde le encontrarían quienes lo buscaban, los creyentes y los otros… desde hacia un tiempo ya los escribas y los fariseos lo buscaban para encontrarlo en falta, pero Jesús ya no se ocultaba predicando en las afueras.

Tercer Año de la Vida Pública de Jesús

300. Con escribas y fariseos en casa del resucitado de Naím[1]17.

12 de octubre de 1945.

jesus con los escribas1       Hay gran ambiente festivo en la ciudad de Naím: recibe a Jesús por primera vez después del milagro del joven Daniel resucitado de la muerte.

Precedido y seguido por un buen número de personas, Jesús atraviesa la ciudad bendiciendo. Además de los de Naím, hay personas de otros lugares, que vienen de Cafarnaúm, adonde habían ido a buscarle y de donde los habían mandado a Caná, y de esta ciudad a Naím. Tengo la impresión de que, ahora que tiene muchos discípulos, Jesús ha creado una red de informaciones, de forma que los peregrinos que le buscan le puedan encontrar a pesar de su continuo cambio de lugar, que, de todas maneras, es de pocas millas al día, tanto cuanto consienten la época del año y la brevedad de los días.

Entre estas personas que han venido de otros lugares buscándole, no faltan fariseos y escribas, aparentemente respetuosos…

2       Jesús se hospeda en casa del joven resucitado, en la que han concurrido también las personas importantes de la ciudad; y la madre de Daniel, al ver a los escribas y fariseos –siete como los pecados capitales–, toda humilde, los invita, disculpándose de no poder ofrecerles una morada más digna.

«Está el Maestro, está el Maestro, mujer. Ello daría valor incluso a una cueva. Tu casa es mucho más que una cueva. Así que entramos y decimos: “Paz a tí y a tú casa”».

Efectivamente, la mujer, a pesar de que ciertamente no es rica, ha hecho lo posible y lo imposible para dar honor a Jesús. No hay duda de que han entrado en liza todos los bienes de Naím, puestos conjuntamente en movimiento para embellecer la casa y aderezar las mesas. Las respectivas propietarias ojean, desde todos los puntos posibles, a la comitiva que pasa por el pasillo de entrada, y que se dirige a dos habitaciones situadas una frente a la otra, donde la dueña de la casa ha preparado las mesas. Quizás han pedido sólo esto por el préstamo de vajillas, manteles, asientos, y por su ayuda en la cocina; esto sólo: ver de cerca al Maestro y respirar donde El respira. Y ahora se asoman acá o allá, rojas, llenas de harina o de ceniza, o goteándoles las manos, según su tarea culinaria; ojean, reciben su pedacito de mirada divina, su porcioncita de voz divina, beben la dulce bendición con el oído y la dulce figura con la mirada, y vuelven, todavía más rojas, felices, a la lumbre, a la amasadera o al fregadero.

Felices ellas. Felicísima la que, con la dueña de la casa, ofrece las jofainas de las abluciones a los invitados importantes. Es una jovencita obscura de ojos y cabellos, pero de tez tenuemente sonrosada; más rosa cuando la dueña de la casa explica a Jesús que es la prometida de su hijo y que pronto se celebrarán las bodas.

«Hemos esperado a que vinieras para celebrarlas, para que toda la casa quedara por tí santificada. Ahora bendícela, para que sea una buena esposa en esta casa».

Jesús la mira, y, dado que ella se inclina, le impone las manos diciendo:

«Florezcan en tí las virtudes de Sara, Rebeca y Raquel; de tí nazcan verdaderos hijos de Dios, para su gloria y para alegría de esta morada».

Ya Jesús y las personas importantes se han purificado y entran en la sala del banquete con el joven, dueño de la casa, mientras los apóstoles, con otros hombres de Naím menos influyentes, entran en la habitación de enfrente. El banquete empieza.

3       Comprendo, por lo que hablan, que, antes de que empezase la visión, Jesús había predicado y curado en Naím. Pero los fariseos y escribas poco se detienen en esto. En cambio llenan de preguntas a los de Naím para saber detalles sobre la enfermedad de que había muerto Daniel, sobre las horas que habían transcurrido entre la muerte y la resurrección, y sobre si había sido embalsamado completamente o no, etc. etc.

Jesús se abstrae de todas estas indagaciones hablando con el resucitado, que está magníficamente y come con un apetito formidable. Pero un fariseo llama a Jesús para preguntarle si había sabido antes de la enfermedad de Daniel.

«Venía de Endor por pura coincidencia, porque había querido complacer a Judas de Keriot, como también había complacido a Juan de Zebedeo. Ni siquiera sabía que había de pasar por Naím cuando empecé el camino para el peregrinaje pascual»

responde Jesús.

«¡Ah, no habías ido premeditadamente a Endor?» pregunta asombrado un escriba.

«No. No tenía, entonces, ni la más mínima intención de ir a Endor».

«¿Y entonces cómo es que fuiste?».

«Lo acabo de decir: porque Judas de Simón quería ir».

«¿Y por qué este capricho?».

«Para ver la gruta de la maga».

«Quizás es que Tú habías hablado de eso…».

«¡Jamás! No tenía motivo para hablar de eso».

«Lo que quiero decir es que… quizás habías explicado con ese episodio otros sortilegios, para iniciar a tus discípulos en…».

«¿En qué? Para iniciar en la santidad no se necesitan peregrinajes. Una celda o una landa desierta, un pico de montaña o una casa solitaria van bien igualmente. Basta, en quien enseña, autoridad y santidad, y, en quien escucha, voluntad de santificarse. Yo enseño esto y no otras cosas».

«Pero los milagros que ahora hacen ellos, los discípulos, qué son sino prodigios y…».

«Y voluntad de Dios. Sólo eso. Y cuanto más santos vayan siendo más harán. Con la oración, con el sacrificio y con su obediencia a Dios. No con otras cosas».

«¿Estás seguro de eso?»

pregunta un escriba, con la mano en el mentón y mirando de reojo, y de abajo arriba, a Jesús, con tono discretamente irónico y no sin un sentido de conmiseración.

«Son las armas y las doctrinas que les he dado. Si luego alguno de ellos, y son muchos, se corrompe con innobles prácticas, por soberbia o por otra cosa, el consejo no habrá provenido de mí. Puedo orar para tratar de redimir al culpable. Puedo imponerme duras penitencias expiatorias para obtener que Dios le ayude especialmente con luces de su sabiduría para que vea el error. Puedo arrojarme a sus pies para suplicarle que abandone el pecado, con todo mi amor de Hermano, Maestro y Amigo. Y no pensaría que me estaría rebajando al hacer eso, porque el precio de un alma es tal, que merece la pena sufrir cualquier humillación para ganarla. Pero no puedo hacer más. Si, a pesar de eso, continúa el pecado, llanto y sangre rezumarán de los ojos y el corazón del traicionado e incomprendido Maestro y Amigo».

¡Qué dulzura y qué tristeza en la voz y en la expresión de Jesús!

Los escribas y fariseos se miran entre sí. Es todo un juego de miradas. Pero no hacen ningún comentario al respecto.

4             En cambio, eso sí, hacen preguntas al joven Daniel:

¿Se acuerda de qué es la muerte?; ¿qué sintió al volver a la vida?; ¿qué vio en el espacio entre la muerte y la vida?

«Yo sé que estaba enfermo y que sufrí la agonía. ¡Oh, qué cosa más tremenda! ¡No me hagáis recordarlo!… Y, no obstante, llegará el día en que tendré que volverla a sufrir. ¡Oh, Maestro!…».

Le mira aterrorizado, y empalidece ante el pensamiento de que tendrá que morir otra vez. Jesús le consuela dulcemente diciendo:

«La muerte es de por sí expiación. Tú, muriendo dos veces, quedarás purificado de toda mancha y gozarás en seguida del Cielo.

Pero que este pensamiento te haga vivir una vida santa, de forma que sólo haya en ti involuntarias y veniales culpas».

Más los fariseos vuelven al ataque:

«¿Pero qué experimentaste al volver a la vida?».

«Nada. Me he encontré vivo y sano como si me hubiera despertado de un largo sueño pesado».

«¿Pero te acordabas de haber muerto?».

«Me acordaba de que había estado muy mal, hasta la agonía, y nada más».

«¿Y qué recuerdas del otro mundo?».

«Nada. No hay nada. Un agujero negro, un espacio vacío en mi vida… Nada».

«¿Entonces para ti no hay Limbo, ni Purgatorio, ni Infierno?».

«¿Quién ha dicho que no existen? Claro que existen. Pero yo no los recuerdo».

«Pero estás seguro de haber estado muerto?».

Reaccionan todos los que hay de Naím:

«¡Que si estaba muerto? ¡Qué más queréis? Cuando le pusimos en la lechiga estaba casi empezando a oler. ¡Y, además!… con todos esos bálsamos y vendas habría muerto hasta un coloso».

«¿Pero tú no te acuerdas de haber muerto?».

«Os he dicho que no».

El joven se impacienta y añade:

«¿Pero qué es lo que queréis establecer con estas lúgubres argumentaciones?: ¿que un entero pueblo aparentaba que me tenía muerto a mí, incluída mi madre, incluída mi mujer, que estaba en la cama muriendo de dolor, incluído yo, atado y embalsamado, y que no era verdad? ¿Qué estáis diciendo?: ¿que en Naím éramos todos niños o imbéciles con ganas de bromas? Mi madre se puso blanca en pocas horas, mi mujer tuvo que ser asistida porque el dolor y la subsiguiente alegría la habían como enloquecido. ¿Y vosotros dudáis? ¿Y por qué lo íbamos a haber hecho?».

«¿Por qué? ¡Es verdad! ¿Por qué lo íbamos a haber hecho?»

dicen los de Naím.

5       Jesús no habla. Se entretiene con el mantel como si estuviera ausente. Los fariseos no saben qué decir… Pero Jesús, al improviso, cuando la conversación y el asunto parecían concluídos, abre su boca y dice:

«El porqué es el siguiente. Ellos (y señala a los fariseos y escribas) quieren establecer que tu resurrección no fue sino una artimaña bien montada para aumentar mi estima ante las multitudes: Yo, el que la ideó; vosotros, cómplices para traicionar a Dios y al prójimo. No. Yo dejo las fullerías a los innobles. No necesito hechicerías ni estratagemas, ni artimañas o complicidades, para ser lo que soy. ¿Por qué queréis negar a Dios el poder de devolver el alma a una carne? Si El la da cuando la carne se forma, y crea una a una las almas, ¿no podrá restablecerla cuando, volviendo a la carne por la oración de su Mesías, puede ser incentivo para que multitud de gente se acerque a la Verdad? ¿Podéis negar a Dios el poder del milagro? ¿Por qué lo queréis negar?».

«¿Eres Tú Dios?».

«Yo soy quien soy. Mis milagros y mi doctrina dicen quién soy».

«¿Y entonces por qué éste no recuerda, mientras que los espíritus invocados saben decir lo que es el más allá?».

«Porque esta alma, ya santificada por la penitencia de una primera muerte, habla la verdad; mientras que lo que sale de los labios de los nigromantes no es verdad».

«Pero Samuel[2]18…».

«Pero Samuel fue, por mandato de Dios[3]19 y no de la maga, a llevar al desleal para con la Ley el veredicto del Señor cuyas disposiciones no se hacen objeto de burla».

6 «¿Y entonces, por qué tus discípulos lo hacen?».

La voz arrogante de un fariseo, que ha alzado el tono porque se ha sentido tocado en la herida, llama la atención de los apóstoles, que están en la habitación de enfrente, separados por un pasillo de poco más de un metro de ancho y sin separación de puertas o cortinas gruesas. Sintiendo que es algo que los atañe, se levantan y van al pasillo sin hacer ruido, y se ponen a escuchar.

«¿En qué lo hacen? Explícate. Si tu acusación es verdadera, les advertiré que no vuelvan a obrar contra la Ley».

«Yo sé en qué, y como yo muchos otros. Pero descúbrelo Tú por tí mismo, Tú, que resucitas a los muertos y te dices más que profeta. Nosotros, puedes estar seguro, no te lo vamos a decir. Además, tienes ojos para ver también muchas otras cosas cometidas por tus discípulos, hechas cuando no se debe o no hechas cuando se deben hacer. Y Tú no le das importancia a esto».

«¿Queréis indicarme algunas de estas cosas?».

«¿Por qué tus discípulos violan las tradiciones de los antepasados? Hoy los hemos observado. ¡Hoy otra vez! ¡No hace más de una hora! ¡Han entrado en su sala para comer y antes no se han purificado las manos!»

(Si los fariseos hubieran dicho: «y antes han degollado a unos cuantos de la ciudad» no habrían expresado un tono tan profundamente lleno de horror).

7 «Sí, los habéis observado. Hay muchas cosas que ver. Cosas hermosas y buenas, cosas que mueven a bendecir al Señor por habernos dado la vida para que pudiéramos verlas, y por haberlas creado o consentido. Esas no las veis. Y, como vosotros, otros muchos. Y la verdad es que perdéis el tiempo y la paz yendo detrás de las cosas no buenas. Parecéis chacales, o mejor, hienas que corren tras la estela de una pestilencia y no se cuidan de la afluencia de perfumes que vienen en el viento desde jardines llenos de aromas. A las hienas no les gustan las azucenas ni las rosas, jazmines ni alcanfores, cinamomos ni claveles. Para ellas significan olores desagradables. Pero el hedor de un cuerpo en putrefacción en el fondo de un barranco, o en un camino, sepultado bajo los espinos a que le ha arrojado un asesino, o lanzado a una playa desierta por la tempestad, hinchado, cárdeno, agrietado, horrendo, ¡Ah, ese hedor es perfume agradable para las hienas! Olisquean el viento vespertino, que condensa y transporta consigo todos los olores que el sol destila de las cosas que ha calentado, para sentir este vago, sugestivo olor; y, una vez descubierto, una vez captada su dirección, empiezan a correr, con el hocico alzado, los dientes descubiertos por la vibración –semejante a una risa histérica– de las mandíbulas, para ir al lugar de la podredumbre. Y, ya sea cadáver de hombre o de cuadrúpedo, o de culebra quebrantada por el campesino o garduña muerta a manos del ama de casa, o aunque fuera una simple rata… les gusta, sí, les gusta, les gusta. Y en ese hedor en fermentación hunden sus patas, comen, se relamen…

¿Que hay hombres que día tras día se santifican? ¡Eso no les interesa! Pero basta con que uno sólo haga algún mal, basta con que algunos descuiden no ya un precepto divino sino una práctica humana –llamadla tradición, precepto o como queráis… al fin y al cabo una cosa humana– , basta eso para ir allí y acusar; aunque se trate solamente de una sospecha… cuando menos para darse la satisfacción de ver que la sospecha era una realidad.

8 Pues bien, responded ahora vosotros, vosotros que habéis venido aquí no por amor, sino con maligna intención, responded: ¿Por qué violáis el precepto de Dios por una tradición vuestra? ¡No me diréis ahora que una tradición es más que un mandamiento!

Pues bien, Dios dijo: “Honra a tu padre y a tu madre”, y también: “Quien maldijere a su padre o a su madre será reo de muerte[4]20. Pero vosotros decís: “Aquel que dijere a su padre y a su madre: ‘Lo que debías recibir de mí es corbán’[5]21 no está obligado a usarlo para su padre o para su madre”. Por tanto, con vuestra tradición, habéis anulado el precepto de Dios.

¡Hipócritas! Bien profetizó de vosotros Isaías diciendo: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí; en vano me honran, pues, enseñando doctrinas y preceptos de hombre[6]22.

Estáis atentos a las tradiciones de los hombres, al lavado de ánforas y copas, de platos y manos, y otras cosas semejantes; pero, eso sí, descuidáis los preceptos de Dios. Os escandalizáis porque uno no se lave las manos; pero, eso sí, justificáis la ingratitud y la avaricia de un hijo ofreciéndole la escapatoria de la ofrenda sacrificial para no dar un pan a quien le engendró y ahora necesita ayuda y él tiene la obligación de honrarle porque es padre suyo. Alteráis y violáis la palabra de Dios por obedecer a palabras vuestras, elevadas por vosotros a precepto. Así, os proclamáis más justos que Dios. Os arrogáis el derecho de legisladores, siendo así que sólo Dios es Legislador en su pueblo. Vosotros…».

Y seguiría; pero el grupo enemigo abandona la sala bajo la granizada de acusaciones, chocándose con los apóstoles y con todas las otras personas que estaban en la casa, invitados o gente venida a ayudar a la dueña de la casa, los cuales, atraídos por el tañido de la voz de Jesús, se habían agrupado en el pasillo.

9       Jesús, que se había puesto de pie, se sienta de nuevo, e indica a todos los presentes que entren adonde está El. Les dice:

«Escuchad todos y comprended esta verdad. No hay nada fuera del hombre que entrando en él le pueda contaminar. Lo que sale del hombre es lo que contamina. Quien tenga oídos para oír que oiga, y use la razón para comprender y la voluntad para obrar. Y ahora salgamos. Vosotros de Naím perseverad en el bien y esté siempre con vosotros mi paz».

Se levanta, saluda en particular a los dueños de la casa, y se encamina por el pasillo. Pero ve a las mujeres amigas, que, recogidas en un ángulo, le miran embelesadas, y se dirige a ellas para decirles:

«Paz a vosotras también. Que el Cielo os pague el haberme socorrido con un amor que no me ha permitido echar de menos la mesa materna. He sentido vuestro amor de madres en cada miga de pan, en cada una de las viandas guisadas o asadas, en el dulce de miel, en el vino fresco y aromático. Amadme siempre así, buenas mujeres de Naím. Y la próxima vez no trabajéis tanto para mí. Es suficiente un pan y un puñado de aceitunas condimentadas con vuestra sonrisa materna y vuestra mirada honesta y buena. Sed felices en vuestras casas, porque tenéis el agradecimiento del Perseguido, que se pone en camino consolado por vuestro amor».

Las mujeres, todas, felices a pesar de estar llorando, se han arrodillado; y El, al pasar, roza apenas, una a una, sus cabellos blancos o negros, como para bendecirlas. Luego sale y reanuda su camino…

Las primeras sombras de la noche descienden y celan la palidez de Jesús, entristecido por demasiadas cosas.

301. Parábola de las frentes destronadas y explicación de la parábola sobre lo no puro[7]23.

13 de octubre de 1945.

1       Jesús regresa solamente a Endor. Se detiene en la primera casa del pueblo, que es más un aprisco que una casa; pero, precisamente por serlo, con establos bajos, cerrados, colmados de heno, puede alojar a los trece peregrinos. El dueño, un hombre rudo pero bueno, se apresura a llevar una lámpara y un pequeño cubo de leche espumosa, y unos panes muy oscuros. Luego se retira, con la bendición de Jesús, que se queda sólo con los doce apóstoles.

Jesús ofrece el pan y lo distribuye. A falta de escudillas o tazas, cada uno moja sus rebanadas de pan en el cubo y, cuando tiene sed, bebe directamente de él. Jesús sólo bebe un poco de leche.

2       Está serio, silencioso… Tanto que, acabada la comida, saciada el hambre que en los apóstoles nunca falta, terminan por darse cuenta de su mutismo. Andrés es el primero que pregunta:

«¿Qué te sucede, Maestro? Te veo triste o cansado…».

«No niego que lo esté».

«¿Por qué? ¿Por esos fariseos? Pues si ya deberías estar acostumbrado a ellos… ¡Casi, casi que me he acostumbrado yo que…! Ya sabes cómo era yo las primeras veces con ellos. ¡Cantan siempre la misma canción!… La verdad es que las serpientes sólo pueden silbar; jamás ninguna logrará imitar el canto del ruiseñor. Se termina por no hacer caso»

dice Pedro, parte convencido, parte queriendo liberar de preocupaciones a Jesús.

«Así es como se pierde el control y se cae en sus roscas. Os ruego que no os habituéis nunca a las voces del Mal como si fueran voces inocuas».

«¡Ah, sí! Pero no deberías estar triste, si es sólo por eso. Ya ves cómo te ama el mundo» dice Mateo.

«¿Pero es sólo por eso por lo que estás triste de esa forma? Dímelo, Maestro bueno. ¿O es que te han referido mentiras, o te han insinuado calumnias, o sospechas, o qué sé yo… respecto a nosotros, que te queremos?»

pregunta presuroso y lisonjero el Iscariote, pasando un brazo por detrás de Jesús, que está sentado en el heno a su lado.

3       Jesús vuelve la cara en la dirección de Judas. Sus ojos emanan un relámpago fosfórico a la luz trémula de la lámpara colocada en el suelo, en medio del círculo de los que están sentados en el heno dispuesto como bajo asiento en redondel. Jesús mira muy fijamente a Judas de Keriot, y, mirándole, le pregunta:

«¿Y me crees tan necio como para recibir como verdaderas las insinuaciones de cualquiera, hasta el punto de preocuparme por ellas? Son las realidades, Judas de Simón, las que me preocupan»

y su mirada no deja ni un momento de hincarse, derecha como un calador, en la pupila oscura de Judas.

«¿Qué realidades te turban, entonces?» pregunta seguro el Iscariote.

«Las que veo en el fondo de los corazones y leo en las frentes destronadas».

Jesús marca mucho esta palabra. Todos se agitan:

«¿Destronadas? ¿Por qué? ¿Qué quieres decir?».

«Un rey pierde el trono cuando es indigno de permanecer en él. Lo primero que se le quita es la corona que tiene en su frente como en el lugar más noble del hombre, único animal que –siendo animal como materia, pero sobrenatural como ser dotado de alma[8]24– tiene la frente erguida hacia el cielo. Mas no es necesario ser rey con un trono terreno para poder ser destronados. Todo hombre es rey por el alma y su trono está en el Cielo. Pero cuando un hombre prostituye su alma y viene a ser un animal, y viene a ser un demonio, entonces pierde el trono. El mundo está lleno de frentes destronadas, que ya no están erguidas hacia el Cielo, sino agachadas hacia el Abismo, gravadas con la palabra que en ellas ha esculpido Satanás. ¿Queréis saber qué palabra es? Es la que leo en las frentes. Está escrito en ellas: “¡Vendido!”. Y, para que no tengáis dudas acerca de quién es el comprador, os digo que es Satanás, en sí mismo y en los siervos que tiene en el mundo».

«¡Comprendo! Esos fariseos, por ejemplo, son siervos de un siervo que está por encima de ellos y que a su vez es siervo de Satanás»

dice convencido Pedro. Jesús no rebate.

4 «Pero, ¿sabes, Maestro, que esos fariseos, cuando han oído tus palabras, se han marchado escandalizados? Al salir se han chocado conmigo y lo decían… Has estado muy tajante»

observa Bartolomé. Y Jesús replica:

 «Pero muy verdadero. Si se tienen que decir estas cosas, es culpa de ellos, no mía. Es más, decirlas es un acto de caridad por mi parte. Toda planta que no haya plantado mi Padre celeste debe ser arrancada; y plantas no plantadas por El es el improductivo brezal de parásitas hierbas, sofocantes, espinosas, que ahogan la semilla de la Verdad santa. Caridad es extirpar las tradiciones y preceptos que ahogan el Decálogo, lo enmascaran, hacen de él una cosa ineficaz e imposible de ser observado.

Para las almas honestas, es caridad hacerlo. Respecto a ésos, a los alteros obstinados, cerrados a toda acción y consejo del Amor, dejadlos; que los sigan los que por corazón y por tendencias son semejantes a ellos. Son ciegos, guías de ciegos. Si un ciego guía a otro ciego, por fuerza caerán los dos en la fosa. Dejadlos que se nutran de esas cosas contaminadas a las que dan el nombre “pureza; ya no pueden contaminarlos más, porque lo único que hacen es colocarse bien en la matriz de que provienen».

5 «¿Esto que dices ahora empalma con cuanto dijiste en casa de Daniel, ¿no es verdad? Que no es lo que entra en el hombre lo que contamina, sino lo que sale del hombre»

pregunta, pensativo, Simón el Zelote.

«Sí» dice escuetamente Jesús.

Pedro, después de un silencio, porque la seriedad de Jesús congela hasta el carácter más exuberante, solicita:

«Maestro, yo –y no sólo yo– no he comprendido bien la parábola. Explícanosla un poco. ¿Cómo es que lo que entra no contamina y lo que sale contamina? Yo, si tomo un ánfora limpia y meto en ella agua sucia, la ensucio. Por tanto, lo que entra en el ánfora la ensucia. Pero si de un ánfora llena de agua pura arrojo agua al suelo, no ensucio el ánfora, porque del ánfora sale agua pura. ¿Y entonces?».

6 Y Jesús:

jesus explica a los apostoles«Nosotros no somos ánforas, Simón. No somos ánforas, amigos. ¡Y en el hombre no todo es puro! ¿Entonces también vosotros estáis sin inteligencia?

Reflexionad sobre el caso que esgrimían contra vosotros los fariseos. Vosotros, decían, os contaminabais porque llevabais alimento a vuestra boca con manos polvorientas, sudadas… bueno, sin lavar. Pero, ¿esa comida a dónde iba? De la boca al estómago, de éste al vientre, del vientre a la cloaca. ¿Podrá, pues, portar impureza a todo el cuerpo, y a lo que en él está contenido, pasando sólo por el canal a ello destinado, cumpliendo su oficio de nutrir a la carne, sólo a ella, para terminar, como conviene, en una cloaca? ¡No es este lo que contamina al hombre! Lo que contamina al hombre es lo que es suyo, únicamente suyo, aquello que su yo ha engendrado y dado a la luz. O sea, aquello que tiene en el corazón y del corazón sube a los labios y a la cabeza y corrompe el pensamiento y la palabra y contamina a todo el hombre. Del corazón vienen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios y las blasfemias. Del corazón vienen avaricias, lujurias, soberbias, envidias, iras, apetitos intemperados, ocios pecaminosos. Del corazón viene el fómite de las distintas acciones; si el corazón es malo, malas serán éstas como el corazón. Todas las acciones: desde los actos de idolatría a las murmuraciones insinceras… Todas estas cosas malas que van del interior hacia afuera contaminan al hombre, no el comer sin lavarse las manos. La ciencia de Dios no es cosa del suelo, lodo para ser pisado por todo pie; es algo sublime, que habita en las regiones de las estrellas, de donde desciende con rayos de luz para informar de sí a los justos. No queráis, vosotros al menos, arrancarla de los cielos para envilecerla en el fango… Id a descansar ahora. Yo salgo para orar».

[1] 17 Cfr. Mt. 15, 1–9; Mc. 7, 1–13.

[2] 18 Cfr. Ex. 3, 13–15; Is. 42, 8.

[3] 19 1 Samuel 28, 3-19

[4] 20 Cfr. Ex. 20, 12; 21, 17; Lev. 20, 9; Deut. 5, 16.

[5] 21 “corbán” significa “ oferta sagrada ”.

[6] 22 Cfr. Is. 29, 13.

[7] 23 Cfr. Mt. 15, 10–20; Mc. 7, 14–23

[8] 24 Se dice que el hombre es “ sobrenatural ” porque además de participar de la naturaleza humana (tiene alma y cuerpo humanos) por libre bondad de Dios participa de la naturaleza divina (cfr. 2 Pe. 1, 3–4), que es Amor (cfr. 1 Ju. 4, 8 y 16); ya desde esta tierra y Dios lo invita y ayuda a participar más plena e inefablemente en la eternidad (cfr. Mt. 25, 34; Rom. 8, 14–17). En otras palabras: el Padre Eterno no se limitó a querer que nosotros los hombres fuésemos hijos de padres terrenos, sino que libre y amorosamente quiso que por méritos de su Hijo Jesucristo, con El y en El, y por la virtud del Espíritu Santo, Amor divino fuésemos hasta hijos (adoptivos) de Dios, y por lo tanto herederos de su Reino eterno.

2, 9, 16 y 23/8/2015 Evangelio según San Juan 6,24-69.

XVIII a XXI Domingo del tiempo ordinario B
Santo(s) del día :

2/8 San Pedro Julián Eymard                    Lecturas

9/8 Santa Edith Stein                                  Lecturas

16/8 San Roque Enfermero                       Lecturas

23/8  Santa Rosa de Lima                          Lecturas

Leer el comentario del Evangelio por : San Juan Pablo II
“Yo soy el pan de la vida”

El evangelio de este domingo ocurre después de la segunda multiplicación de los panes que se relata en los evangelios de Marcos (Mc. 8, 1–10.) y Mateo (Mt. 15, 32–39) durante el tercer año de la vida publica de Jesús, después de la transfiguración en el Tabor.

Tercer Año de la Vida Pública de Jesús

354. Jesús habla sobre el Pan del Cielo en la sinagoga de Cafarnaúm[1]137.

1 Antes de la visión del 7–12 hay que poner, con su respectivo dictado, la de la segunda multiplicación de los panes, tenida el 28 de mayo de 1944.

7 de diciembre de 1945.

sinagoga de CafarnaumFOTO SINAGOGA DE CAFARNAUM La sinagoga de abajo es del siglo I, la del centurión romano. La de arriba del siglo IV. La tradición era construir las sinagogas encima o donde ya se encontraban las antiguas. Las piedras negras de debajo son del antiguo edificio o sinagoga del siglo I. Jesús en la sinagoga de Cafarnaum expulsó a un demonio impuro. Allí también proclamó el discurso del pan de vida y muchos de sus discípulos se fueron abandonándole.
Jesús condenó a Cafarnaúm, Corozaín y Betsaida por su incredulidad. Nunca más viviría nadie en esas ciudades. Esa maldición del Señor se ha cumplido exactamente. Así como Tiberiades sigue existiendo, esas otras ciudades fueron destruidas y ya nadie las habitó.

http://unsacerdoteentierrasanta.blogspot.com/2009/09/cafarnaum.html

2       La playa de Cafarnaúm bulle de gente que desembarca de una verdadera flotilla de barcas de todas las dimensiones. Y los primeros que echan pie a tierra se ponen a buscar entre la gente para ver si ven al Maestro, a un apóstol o, al menos, a un discípulo. Y van preguntando…

Un hombre, por fin, responde:

«¿Maestro? ¿Apóstoles? No. Se han marchado después del sábado, en seguida, y no han vuelto. Pero volverán porque hay algunos discípulos. Acabo de hablar con uno de ellos. Debe ser un discípulo importante. ¡Habla como Jairo! Ha ido hacia aquella casa que está entre los campos, costeando el mar».

El hombre que ha preguntado hace extender la voz, y todos se ponen en rápido movimiento hacia el lugar indicado. Pero, recorridos unos doscientos metros por la orilla, encuentran a todo un grupo de discípulos que vienen hacia Cafarnaúm gesticulando animadamente. Los saludan y preguntan:

«¿El Maestro dónde está?».

Los discípulos responden:

«Durante la noche, después del milagro, se ha marchado con los suyos con las barcas atravesando el mar. Hemos visto las velas bajo el claror de la Luna, en dirección a Dalmanuta».

«¡Ah! ¡claro! ¡Le hemos buscado en Magdala, en casa de María, y no estaba! ¡De todas formas… nos lo podían haber dicho los pescadores de Magdala!».

«No lo sabrían. Quizás había subido a los montes de Arbela a orar. Ya fue allí una vez el año pasado antes de la Pascua. Le encontré en esa ocasión por suma gracia del Señor a su pobre siervo» dice Esteban.

«¿Pero no va a volver aquí?».

«Ciertamente volverá. Nos debe despedir y darnos las indicaciones. Pero, ¿qué queréis?».

«Seguirle oyendo. Seguirle. Hacernos suyos».

«Ahora va a Jerusalén. Le encontraréis allí. Allí, en la Casa de Dios, el Señor os hablará. Si os conviene ir tras El. 3 Porque debéis saber que, si bien El no rechaza a nadie, nosotros tenemos dentro aspectos que rechazan la Luz. De forma que quien tenga tantos aspectos de éstos que no sólo esté ya saturado –lo cual no sería un gran mal, porque El es la Luz y, cuando nos hacemos lealmente suyos con voluntad decidida, su Luz penetra en nosotros venciendo a las tinieblas–, sino que esté incluso unido a ellos como a la carne de nuestro cuerpo, y los estime como a la carne de su cuerpo, entonces éste conviene que se abstenga de venir, a menos que no se destruya para rehacerse nuevo. Meditad, pues, sobre si tenéis en vosotros la fuerza de asumir un nuevo espíritu, un nuevo modo de pensar, un nuevo modo de querer. Y luego, si lo juzgáis conveniente, venid. Quiera el Altísimo, que guió a Israel en su “paso, guiaros a vosotros en este “pésac” a seguir la estela del Cordero, allende los desiertos, hacia la Tierra eterna, hacia el Reino de Dios» dice Esteban, hablando por todos sus compañeros.

«¡No, no! ¡Inmediatamente! ¡Inmediatamente! Nadie hace las cosas que El hace. Queremos seguirle» dice, agitada, la muchedumbre.

Esteban expresa con una sonrisa muchas cosas. Abre los brazos y dice: «¿Porque os haya dado pan bueno y abundante queréis venir? ¿Creéis que os va a dar siempre sólo esto? A los que le siguen les promete aquello que constituye su acervo: dolor, persecución, martirio; no rosas sino espinas, no caricias sino bofetadas, no pan sino piedras están preparadas para los ”cristos”. Y diciendo esto no blasfemo, porque sus verdaderos fieles serán ungidos con el aceite santo hecho con su Gracia, generado con su sufrimiento; nosotros seremos “ungidos” para ser víctimas en el altar y reyes en el Cielo».

«¿Y! ¿Es que tienes celos? ¿No estás tú? Pues también queremos estar nosotros. El Maestro es de todos».

«Bien. Os lo decía porque os amo y quiero que sepáis lo que significa ser “discípulos”, de forma que después no sea uno un desertor. Vamos entonces todos juntos a esperarle a su casa. Se está empezando a poner el Sol y comienza el sábado. Vendrá para pasarlo aquí antes de partir».

4       Y se dirigen, conversando, a la ciudad. Muchos hacen preguntas a Esteban y a Hermas (que ha llegado también); los israelitas ven a los dos con una luz especial por ser alumnos predilectos de Gamaliel. Muchos preguntan:

«¿Pero qué dice Gamaliel de El?»,

otros: «¿Os ha dicho él que vinierais?», y otros: «¿No le ha dolido perderos?», o: «¿Y el Maestro qué dice del gran rabí?».

Los dos, pacientemente, responden:

«Gamaliel habla de Jesús de Nazaret como del hombre más grande de Israel».

«¡Más grande que Moisés?» dicen casi escandalizados.

«Dice que Moisés es uno de los muchos precursores del Cristo, pero que no es sino el siervo suyo».

«Entonces para Gamaliel es el Cristo? ¿Es esto lo que dice? Si dice eso el rabí Gamaliel, la cosa está clara: ¡es el Cristo!».

«No dice eso. Todavía no es capaz de creerlo, por desgracia para él. Pero dice que el Cristo está ya en la Tierra porque habló con El hace muchos años; él y el sabio Hillel. Espera una señal que aquel Cristo le prometió para reconocerle» dice Hermas.

«¿Pero, por qué creyó que aquél era el Cristo? ¿Qué hacía? Yo tengo tantos años como Gamaliel y no he oído nunca que en nuestra tierra alguien hiciera las cosas que el Maestro hace. Si no se convence con estos milagros, ¿qué vio de milagroso en aquel Cristo para poder creer en El?».

«Vio que estaba ungido con la Sabiduría de Dios. Así dice» responde otra vez Hermas.

«¿Y entonces qué es éste para Gamaliel?».

«El mayor de entre los hombres, maestro y precursor de Israel. Si pudiera decir: “Es el Cristo”, quedaría salvada el alma sabia y justa de mi primer maestro» dice Esteban, y termina: «Y pido porque se cumpla esto cueste lo que cueste».

«Y si no cree que es el Cristo, ¿por qué os ha dicho que vinierais?».

«Nosotros queríamos venir Nos ha dejado venir, diciendo que estaba bien venir».

«Quizás para sacar informaciones y referírselas al Sanedrín…» insinúa uno.

«¿Qué dices! Gamaliel es una persona honesta. No espía al servicio de nadie, ¡y menos al servicio de los enemigos de un inocente!» reacciona inmediatamente Esteban (y tanto es su desdén, casi radiante santamente indignado, que parece un arcángel).

«De todas formas, le habrá dolido perderos» dice otro.

«Sí y no: como hombre que nos quería, sí; como espíritu muy recto, no. Porque dijo: “El es más que yo y más joven; por tanto podré cerrar los ojos, en paz respecto a vuestro futuro, sabiendo que sois del ‘Maestro de los maestros’ “».

«¿Y Jesús de Nazaret qué dice del gran rabí?».

«¡Sólo tiene para él palabras selectas!».

«¿No le tiene envidia?».

«Dios no envidia» dice Hermas en tono severo. «No hagas suposiciones sacrílegas».

«¿Pero para vosotros entonces es Dios? ¿Estáis seguros?».

Y los dos, a una sola voz:

«Como de que estamos vivos en este momento».

Y Esteban termina:

«¡Y os exhorto a que queráis creerlo también vosotros para obtener la verdadera Vida».

5       Están otra vez en la playa, que se ha transformado en plaza; la atraviesan para ir a la casa. En la puerta está Jesús acariciando a unos niños. Discípulos y curiosos se aglomeran y preguntan:

«Maestro, ¿cuando has venido?».

«Hace unos momentos».

El rostro de Jesús presenta todavía esa majestuosidad solemne un poco extática de cuando ha orado mucho.

«¿Has estado en oración, Maestro?» pregunta Esteban en voz baja por reverencia (y, por el mismo motivo, tiene inclinado su cuerpo).

«Sí. ¿Qué te lo hace pensar, hijo mío?» pregunta Jesús mientras le pone, con una dulce caricia, la mano sobre su pelo obscuro.

«Tu rostro de ángel. Yo soy un pobre hombre, pero tu aspecto es tan límpido que en él se leen los latidos y acciones de tu espíritu».

«También el tuyo es límpido. Tú eres uno de esos que permanecen niños…».

«¿Qué hay en mi rostro, Señor?».

«Ven aparte y te lo digo» y le toma de la muñeca y le lleva a un pasillo obscuro.

«Caridad, fe, pureza, generosidad, sabiduría. Te las ha dado Dios. Tú las has cultivado y las cultivarás más todavía. En fin, de acuerdo con tu nombre, tienes la corona: de oro puro con una gran gema que brilla en la frente. En el oro y en la gema hay dos palabras grabadas: “Predestinación” y “Primicia”. Sé digno de tu destino, Esteban. Ve en paz con mi bendición».

Y le pone nuevamente la mano en el pelo mientras Esteban se arrodilla para luego inclinarse y besar los pies de Jesús.

6       Vuelven adonde los demás.

«Esta gente ha venido para escucharte…» dice Felipe.

«Aquí no se puede hablar. Vamos a la sinagoga. Jairo se pondrá contento».

Jesús delante, detrás el cortejo de los demás, se encaminan hacia la bonita sinagoga de Cafarnaúm. Jesús es saludado por Jairo y luego entra. Ordena que todas las puertas queden abiertas para que los que no logren entrar puedan oírle desde la calle y la plaza, que están a los lados de la sinagoga.

Jesús va a su sitio, en esta sinagoga amiga en que hoy, por buena ventura, no están los fariseos (quizás se han puesto ya en marcha pomposamente hacia Jerusalén).

Empieza a hablar.

«En verdad os digo: me buscáis no por escucharme y por los milagros que habéis visto, sino por el abundante pan que os he dado, gratis, con que saciar vuestra hambre.

Las tres cuartas partes de vosotros por esto me buscabais, y por curiosidad, viniendo de todas las partes de nuestra Patria. Es, pues, una búsqueda sin espíritu sobrenatural.

Domina el espíritu humano con sus curiosidades malsanas (o, al menos, de una imperfección infantil: no por ser curiosidad sencilla como la de los niños, sino deficiente cual la inteligencia de un obtuso mental). Y, con la curiosidad, quedan la sensualidad y el sentimiento viciado: la sensualidad, que se esconde, sutil como el demonio, de quien es hija, detrás de apariencias y en actos aparentemente buenos; el sentimiento viciado, que es simplemente una desviación morbosa del sentimiento y que, como todo aquello que es “enfermedad” necesita drogas, y tiende a ellas, drogas que no son el alimento sencillo (el buen pan, el agua buena, el aceite genuino, la leche pura) suficiente para vivir, y vivir bien. El sentimiento viciado quiere cosas extraordinarias para sentirse impresionado y sentir el estremecimiento placentero, el estremecimiento enfermo de los paralizados, que necesitan drogas para experimentar sensaciones con que creerse aún íntegros y vigorosos. La sensualidad que quiere satisfacer sin esfuerzo la gula (en este caso con el pan no sudado recibido por bondad de Dios).

7 Estos regalos de Dios no son lo habitual, sino lo extraordinario. No se pueden exigir. No se puede uno volver perezoso y decir: “Dios me los dará”. Está escrito: “Comerás el pan mojado con el sudor de tu frente”[2]138, o sea, el pan ganado con el trabajo.

Porque si Aquel que es Misericordia dijo: “Siento compasión de las turbas, que me siguen desde hace tres días y no tienen ya nada que comer y podrían desfallecer por el camino antes de llegar a Ippo, en la orilla del lago, o a Gamala o a otros ciudades”, y proveyó a esta necesidad, no por ello decir que deba ser seguido por esto. A mí se me ha de seguir por mucho más que por un poco de pan, destinado a estiércol después de la digestión; no por el alimento que llena el vientre, sino por el que nutre al alma. Porque no sois sólo animales que deben rozar y rumiar, u hozar en el plato y engordar. ¡Sois almas! ¡Esto es lo que sois! La carne es la vestidura, el ser es el alma[3]139. Es el alma la que perdura. La carne, como todo vestido, se aja y acaba, y no merece la pena ocuparse de ella cual si fuere una perfección a la que hubiera que prestar todos los cuidados.

Buscad, pues, lo que es oportuno procurarse, no lo que no lo es. Tratad de procuraros no el alimento perecedero, sino el que permanece para la vida eterna. El Hijo del hombre os dará siempre este alimento, cuando lo queráis. Porque el Hijo del hombre tiene a su disposición todo lo que viene de Dios, y puede darlo, El, que es el dueño,

magnánimo dueño, de los tesoros del Padre Dios, que ha imprimido en El su sello para que los ojos honestos no sean confundidos. Y, si tenéis en vosotros el alimento imperecedero, siendo nutridos con el alimento de Dios, podréis hacer obras de Dios».

8 «¿Qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios? Observamos la Ley y los Profetas. Por tanto, ya nos nutrimos de Dios y hacemos obras de Dios».

«Es verdad. Observáis la Ley; más exactamente: “conocéis” la Ley. Pero conocer no es practicar. Nosotros conocemos, por ejemplo, las leyes de Roma, y, no obstante, un fiel israelita no las practica sino en aquellas fórmulas impuestas por su condición de súbdito. Por lo demás, nosotros –hablo de los fieles israelitas– no practicamos las costumbres paganas de los romanos aunque las conozcamos. La Ley que todos vosotros conocéis, y los Profetas, deberían, efectivamente, nutriros de Dios, y daros, por tanto, capacidad de realizar obras de Dios. Pero, para hacer esto, deberían haberse hecho unidad en vosotros, como sucede con el aire que respiráis y el alimento que asimiláis, que se transforman en vida y sangre. Sin embargo, os son extraños, a pesar de estar en vuestra casa, como lo es un objeto de la casa, que conocéis y os es útil pero que si un día faltara no os quitaría la existencia. Mientras que… ¡privaos unos minutos de respirar, o, durante muchos días, de comer, a ver qué sucede! Veréis que no podéis vivir. Pues así debería sentirse vuestro yo en la desnutrición y asfixia de una Ley y unos Profetas conocidos pero no asimilados y hechos unidad con vosotros. Yo he venido a enseñar y dar esto: la savia, el aire de la Ley y los Profetas; para procurar de nuevo sangre y respiro a vuestras almas agonizantes por inanición y asfixia. Sois semejantes a niños incapacitados, por una enfermedad, para distinguir aquello que puede nutrirlos. Tenéis ante vosotros mucha abundancia de alimentos, pero no sabéis que deben ser ingeridos para transformarse en algo vital, o sea, que debemos hacerlos verdaderamente nuestros, con una fidelidad pura y generosa a la Ley del Señor, que habló a Moisés y a los Profetas por todos vosotros. Venir, pues, a mí para recibir aire y savia de Vida eterna es un deber. Pero este deber presupone en vosotros una fe. Porque si uno no tiene fe no puede creer en mis palabras, y si no cree no viene a decirme: “Dame el verdadero pan”. Y si no tiene el verdadero pan no puede hacer obras de Dios, no teniendo la capacidad de realizarlas. Por tanto, para nutriros de Dios y realizar obras de Dios es necesario que realicéis la obra–base, que es ésta: creer en Aquel que Dios ha enviado».

9 «Bien, ¿pero qué milagros haces para que podamos creer en ti como en el Enviado de Dios, y para que podamos ver en ti el sello de Dios? ¿Qué haces Tú que ya –aunque de forma menor– no hayan hecho los Profetas? Moisés incluso te superó, porque durante cuarenta años, y no sólo alguna que otra vez, nutrió con maravilloso alimento a nuestros padres. Así está escrito[4]141: que nuestros padres, durante cuarenta años, comieron el maná en el desierto; y está escrito que, por eso, Moisés –él, que podía dárselo– les dio de comer pan bajado del cielo».

«Estáis en un error. No Moisés, sino el Señor, pudo hacer eso. En el Exodo se lee[5]141: “Mira: haré llover pan del cielo. Que el pueblo salga y recoja la cantidad suficiente cada día; así probaré si el pueblo camina según mi ley. Y que el sexto día recoja el doble, por respeto al séptimo día, que es el sábado”. Y los hebreos vieron que el desierto se cubría cada mañana de aquella[6]142 “cosa menuda, como algo machacado en el mortero, semejante a la escarcha[7]143 de la tierra, semejante a la semilla de cilantro, con agradable sabor a flor de harina mezclada con miel. Así pues, no fue Moisés, sino Dios, quien proporcionó el maná. Dios, que todo lo puede. Todo. Castigar y bendecir. Privar de algo y concederlo. Y os digo que de estas dos cosas prefiere siempre bendecir y conceder, antes que castigar o negar.

Dios, como dice la Sabiduría, por amor a Moisés –de quien el Eclesiástico[8]144 dice que era “amado de Dios y de los hombres, de bendita memoria, hecho por Dios semejante en gloria a los santos, grande y terrible para los enemigos, capaz de suscitar prodigios y poner fin a ellos, glorioso delante de los reyes, ministro suyo ante su pueblo, conocedor de la gloria de Dios y de la voz del Altísimo, custodio de los preceptos y de la Ley de vida y ciencia–, Dios, decía, por amor a Moisés, alimentó a su pueblo con el pan de los ángeles; le dio un pan que bajaba del cielo, ya bien hechecito, sin necesidad de trabajo, y que contenía todas las delicias, todas las suavidades de sabor. Y –tened bien presente lo que dice la Sabiduría–, y, como venía del Cielo, de Dios, y revelaba su dulzura hacia sus hijos, para cada uno tenía el sabor que cada uno quería, y en cada uno producía los efectos deseados: era útil tanto al niño, con su estómago todavía imperfecto, como al adulto, con su apetito y digestión vigorosos; tanto a la niña delicada, como al anciano caduco. Y también, para testificar que no era obra de hombre, subvirtió las leyes de los elementos, de forma que resistió al fuego ese misterioso pan que cuando salía el Sol se derretía como escarcha. O más exactamente: el fuego –sigue diciendo la Sabiduría– olvidó su propia naturaleza por respeto a la obra de Dios su Creador y a las necesidades de los justos de Dios; de forma que, mientras que lo que normalmente hace es inflamarse para consumir, aquí se hizo suave para hacer el bien a los que confiaban en el Señor. Por eso entonces, transformándose todo, sirvió a la gracia del Señor que a todos sustentaba, según la voluntad de quien oraba al Eterno Padre, para que sus hijos amados aprendieran que no es la reproducción de los frutos lo que alimenta a los hombres, sino que es la palabra del Señor la que conserva a quien cree en Dios.

Efectivamente, el fuego no consumió –como habría podido– el suave maná, a pesar de que la llama era alta y viva, mientras que bastaba para derretirlo el suave sol de la mañana; para que los hombres recordaran y aprendieran que deben buscar los dones de Dios desde el principio de la jornada y de la vida, y que, para recibirlos, es necesario adelantarse a la luz, y erguirse para alabar al Eterno desde el rayar del día.

santisimoEsto les enseñó el maná a los hebreos. Yo os lo recuerdo porque es un deber que permanece, y permanecerá, hasta el final de los siglos. Buscad al Señor y sus dones celestes, sin ser perezosos, hasta las postreras horas del día o de la vida. Levantaos para alabarle antes incluso de que lo haga el naciente Sol; alimentaos con su palabra, que conserva, preserva y conduce a la Vida verdadera.

No fue Moisés el que os dio el pan del Cielo; en verdad, fue el Padre Dios el que lo dio; y ahora, verdad de las verdades, es mi Padre el que os da el verdadero Pan, el Pan nuevo, el Pan eterno que baja del Cielo, el Pan de misericordia, de Vida, el Pan que da al mundo la Vida, que calma toda hambre y elimina toda flaqueza, el Pan que da, a quien lo toma, la Vida eterna y la eterna alegría».

10 «¡Danos, Señor, ese pan, y ya no moriremos».

comunion de rodillas«Vosotros moriréis como muere todo hombre. Pero, si os alimentáis santamente con este Pan, resucitaréis para Vida eterna, porque hace incorruptible a quien lo come. Respecto a dároslo, será dado a quienes se lo piden a mi Padre con puro corazón, recta intención y santa caridad. Por eso he enseñado a decir: “Danos el pan cotidiano”. Pero los que se nutran indignamente con este Pan vendrán a ser un hervidero de gusanos infernales, como el maná conservado en contra de la orden recibida. Ese Pan de salvación y vida se transformará para ellos en muerte y condena. Porque el sacrilegio más grande lo cometerán aquellos que pongan ese Pan en una mesa espiritual corrompida y fétida, o lo profanen mezclándolo con la sentina de sus incurables pasiones. ¡Más les valdría no haberlo tomado nunca!».

11 «¿Pero dónde está este Pan? ¿Cómo se halla? ¿Qué nombre tiene?».

«Yo soy el Pan de Vida. En mí se halla. Su nombre es Jesús. Quien viene a mí no tendrá ya hambre, y quien cree en mí no tendrá ya sed, porque los ríos celestes verterán sobre él sus aguas y extinguirán toda sed material. Ya os lo he dicho. Ya me habéis conocido. Y, a pesar de todo, no creéis. No podéis creer que todo está en mí. Y, sin embargo, es así. En mí están todos los tesoros de Dios. Todas las cosas de la tierra me han sido dadas. De forma que en mí se reúnen el glorioso Cielo y la tierra militante; e incluso está en mí la masa, la que purga y espera, de los muertos en gracia de Dios.

santisimo congrso eucaristicoPorque todo Poder está en mí y a mí me es dado todo poder. Y os digo que todo lo que el Padre me da vendrá a mí, y no rechazaré a quien venga a mí, porque he bajado del Cielo no para hacer mi voluntad sino la de Aquel que me ha enviado. Y la voluntad del Padre mío, del Padre que me ha enviado, es ésta: que no pierda ni siquiera uno de los que me ha dado, sino que los resucite en el último día. Ahora bien, la voluntad del Padre que me ha enviado es que todo el que conoce al Hijo y cree en El tenga la Vida eterna y Yo le pueda resucitar en el Ultimo Día, viéndole nutrido de la fe en mí y signado con mi sello».

12     Se oye no poco rumor en la sinagoga y fuera de ella por las nuevas e intrépidas palabras del Maestro, el cual, tras un momento para recuperar el aliento, vuelve sus ojos centelleantes de arrobamiento hacia el lugar donde más se murmura (son exactamente los grupos en que hay judíos). Reanuda su discurso.

«¿Por qué murmuráis entre vosotros? Sí, Yo soy el Hijo de María de Nazaret, hija de Joaquín de la estirpe de David, virgen consagrada en el Templo, luego casada con José de Jacob, de la estirpe de David. Muchos de vosotros conocieron a los justos que dieron vida a José, carpintero regio, y a María, virgen heredera de la estirpe regia. Por ello murmuráis: “¿Cómo puede éste decir que ha bajado del Cielo?” y surge en vosotros la duda. Os recuerdo a los Profetas, sus profecías sobre la Encarnación del Verbo. Os recuerdo también cómo –más para nosotros israelitas que para cualquier otro pueblo–, es dogmático que Aquel que no osamos nombrar no podía darse una Carne según las leyes de la humanidad, y de una humanidad, además, caída. El Purísimo, el Increado, si se ha humillado[9]145 haciéndose Hombre por amor al hombre, no podía sino elegir un seno de Virgen más pura que las azucenas para revestir de Carne su Divinidad.

congrso eucaristicoEl pan bajado del Cielo en tiempos de Moisés fue depositado en el arca de oro cubierta por el propiciatorio, custodiada por los querubines, tras los velos del Tabernáculo. Y con el pan estaba la Palabra de Dios. Así debía ser, porque debe prestarse sumo respeto a los dones de Dios y a las tablas de su santísima Palabra. Pues bien, ¿qué habrá preparado entonces Dios para su misma Palabra y para el Pan verdadero venido del Cielo? Un arca más inviolada y preciosa que el arca de oro, y cubierta con el precioso propiciatorio de su pura voluntad de inmolación, custodiada por los querubines de Dios, velada tras el velo de un candor virginal, de una humildad perfecta, de una caridad sublime, de todas las más santas virtudes.

¿Entonces? ¿No comprendéis todavía que mi paternidad está en el Cielo y que, por tanto, de allí vengo? Sí, Yo he bajado del Cielo para cumplir el decreto de mi Padre, el decreto de salvación de los hombres, según cuanto prometió en el momento mismo de la condena y repitió a los Patriarcas y Profetas.

Pero esto es fe. Y la fe la da Dios a quien tiene una disposición de buena voluntad.

Por tanto, nadie puede venir a mí si mi Padre no le trae, viéndole en las tinieblas pero rectamente deseoso de luz. Está escrito en los Profetas: “Serán todos adoctrinados por Dios”[10]146. Está escrito. Es Dios quien les enseña a dónde ir para ser instruidos en orden a Dios. Todo aquel, pues, que ha oído, en el fondo de su espíritu recto, hablar a Dios ha aprendido del Padre a venir a mí».

«¿Y quién puede haber oído a Dios o haber visto su Rostro?»

preguntan no pocos de los presentes, y empiezan a dar señales de irritación y de escándalo. Y terminan:

«O deliras o eres un iluso».

«Nadie ha visto a Dios excepto Aquel que viene de Dios. Este ha visto al Padre. Este soy Yo.

comunion de rodillas213 Y ahora escuchad el “credo” de la vida futura, sin el cual ninguno se puede salvar.

En verdad, en verdad os digo que quien cree en mí tiene la Vida eterna. En verdad, en verdad os digo que Yo soy el Pan de la Vida eterna. Vuestros padres comieron en el desierto el mana y murieron. Porque el maná era un alimento santo pero temporal, y daba la vida en la medida necesitada para llegar a la tierra prometida por Dios a su pueblo. Mas el Maná que Yo soy no tendrá límites ni de tiempo ni de poder. No sólo es celeste, es divino; produce aquello que es divino: la incorruptibilidad, la inmortalidad de cuanto Dios ha creado a su imagen y semejanza.

Este Maná no durará sólo cuarenta días, cuarenta meses, cuarenta años, cuarenta siglos. Durará mientras dure el tiempo, y será dado a todos aquellos que tengan hambre de él, hambre santa y grata al Señor, que exultará dándose sin medida a los hombres por quienes se ha encarnado, para que tengan la Vida que no muere.

comunion de los santos en el sacrificioYo puedo darme, puedo transubstanciarme por amor a los hombres, para que el pan sea Carne y la Carne sea Pan, para saciar el hambre espiritual de los hombres, que sin este Alimento morirían de hambre y enfermedades espirituales. Pero el que coma de este Pan con justicia vivirá eternamente. El pan que Yo daré será mi Carne inmolada para la vida del mundo, será mí Amor distribuido en las casas de Dios para que a la mesa del Señor se acerquen todos los que aman o son infelices, y encuentren la satisfacción de su necesidad de unirse con Dios o de sentir aliviada su pena».

14 «¿Pero cómo puedes darnos de comer tu carne? ¿Por quién nos has tomado? ¿Por fieras sanguinarias?, ¿por salvajes?, ¿por homicidas? Nos repugna la sangre y el delito».

«En verdad, en verdad os digo que muchas veces el hombre es peor que una fiera, y que el pecado hace al hombre más que salvaje, que el orgullo provoca sed homicida y que no a todos los presentes los repugnará ni la sangre ni el delito. Y también en el futuro el hombre será así, porque Satanás se pone ferino con la sensualidad y el orgullo.

1ra comunioncongreso eucaristicoPor tanto, más necesidad que nunca tiene y tendrá el hombre de eliminar de sí los terribles gérmenes con la infusión del Santo. En verdad, en verdad os digo que si no coméis la Carne del Hijo del hombre y no bebéis su Sangre no tendréis en vosotros la Vida. Quien come dignamente mi Carne y bebe mi Sangre tiene la Vida eterna y Yo le resucitaré en el último Día. [11]Porque mi Carne es verdaderamente Comida y mi Sangre es verdaderamente Bebida. El que come mi Carne y bebe mi Sangre permanece en mí y Yo en él. Como el Padre que vive me envió, y Yo vivo por el Padre, así el que me come vivirá por mí e irá a donde le envíe, y hará lo que Yo deseo; vivirá austero como hombre, ardiente como serafín; será santo, porque para poder nutrirse de mi Carne y de mi Sangre se prohibirá a sí mismo los pecados y vivirá ascendiendo para acabar su ascensión a los pies del Eterno».

«¡Pero éste está desquiciado! ¿Quién puede vivir así? En nuestra religión sólo el sacerdote debe ser purificado para ofrecer la víctima. Aquí El quiere hacer de cada uno de nosotros una víctima de su demencia. ¡Esta doctrina es demasiado penosa y este lenguaje es demasiado duro! ¿Quién puede escuchar esto y practicarlo?» murmuran los presentes, y muchos son de los ya reputados discípulos.

15     La gente desaloja el lugar haciendo comentarios. Y muy mermadas aparecen las filas de los discípulos cuando se quedan solos en la sinagoga el Maestro y los más fieles.

No los cuento, pero digo que, a ojo de buen cubero, no sé si llegarán a cien. Es decir que la defección ha debido ser abundante incluso en las filas de los antiguos discípulos que ya estaban al servicio de Dios.

Entre los que quedan están los apóstoles, el sacerdote Juan y el escriba Juan, Esteban, Hermas, Timoneo, Hermasteo, Agapo, José, Salomón, Abel de Belén de Galilea y Abel el que fue leproso de Corozaín, con su amigo Samuel, Elías (el que dejó de enterrar a su padre por seguir a Jesús), Felipe de Arbela, Aser e Ismael de Nazaret, y otros que no conozco de nombre. Todos éstos hablan en voz baja entre sí, comentando la defección de los otros y las palabras de Jesús, que está pensativo, con los brazos cruzados y apoyado en un alto ambón.

«¿Y os escandalizáis de lo que he dicho? Y si os dijera que veréis un día al Hijo del hombre subir al Cielo adonde estaba antes y sentarse al lado del Padre? ¿Qué habéis entendido, absorbido, creído, hasta ahora? ¿Con qué habéis escuchado y asimilado? ¿Sólo con vuestra humanidad? Es el espíritu lo que vivifica y tiene valor. La carne nada aprovecha. Mis palabras son espíritu y vida; hay que oírlas y comprenderlas con el espíritu para que den vida. Pero muchos de vosotros tienen muerto el espíritu porque no tiene fe. Muchos de vosotros no creen con verdad. Inútilmente permanecen conmigo. No recibirán Vida, sino Muerte. Porque están, como he dicho al principio, o por curiosidad o por humano gusto, o, peor, con fines todavía más indignos. No los trae el Padre como premio a su buena voluntad, sino Satanás. En verdad, ninguno puede venir a mí si no le es concedido por mi Padre. Marchaos, sí, vosotros que permanecéis a duras penas porque humanamente os avergonzáis de abandonarme pero sentís más vergüenza aún de estar al servicio de Uno que os parece “loco y duro”. Marchaos. Mejor lejos que aquí para perjudicar».

Y muchos otros se separan del grupo de los discípulos (entre ellos el escriba Juan y Marcos, el geraseno endemoniado que había sido curado mandando los demonios a los cerdos). Los discípulos buenos se consultan y corren tras estos renegados tratando de pararlos.

16     En la sinagoga están ahora Jesús, el arquisinagogo y los apóstoles…

Jesús se vuelve a los doce –que, apesadumbrados, están en un rincón– y dice:

«¿Queréis marcharos también vosotros?». Lo dice sin acritud, sin tristeza, pero sí con mucha seriedad.

Pedro, con ímpetu doloroso, le dice:

«Señor, ¿y a dónde quieres que vayamos? ¿Con quién? Tú eres nuestra vida y nuestro amor. Sólo Tú tienes palabras de Vida eterna. Nosotros hemos conocido que eres el Cristo, Hijo de Dios. Si quieres, recházanos. Pero nosotros, por nosotros, no te dejaremos, ni aunque… ni aunque dejaras de amarnos…»

y Pedro llora quedo, con grandes lagrimones…

También Andrés, Juan, los dos hijos de Alfeo, lloran abiertamente. Los otros, pálidos o rojos por la emoción, no lloran, pero sufren visiblemente.

«¿Por qué habría de rechazaros? ¿No os he elegido Yo a vosotros doce?…».

        Jairo, prudentemente, se ha retirado para dejar a Jesús que conforte o reprenda a sus apóstoles. Jesús, notando su silencioso alejamiento, sentándose abatido, como si la revelación que hace le costase un esfuerzo superior a lo que puede hacer, cansado, disgustado, apenado, dice:

«Y, sin embargo, uno de vosotros es un demonio».

La frase cae lenta, terrible, en la sinagoga en que la única cosa alegre es la luz de las muchas lámparas… y ninguno se atreve a decir nada. Pero se miran unos a otros con pávido horror, angustiosamente inquisitivos; y cada uno, con un interrogante aún más angustioso e íntimo, se examina a sí mismo…

Pasa un tiempo en que ninguno se mueve. Jesús está ahí, solo, en su asiento, con las manos cruzadas encima de las rodillas y la cara baja. La alza, en fin, y dice: «Venid. ¡No me he vuelto leproso! ¿O creéis que lo soy?…».

Entonces Juan corre adelante, se enrosca a su cuello y dice:

«Contigo entonces en la lepra, mi único amor. Contigo en la condena, contigo en la muerte, si crees que te espera eso…»;

y Pedro se arrastra hasta sus pies, los toma y los pone encima de sus hombros y dice entre singultos:

«¡Aquí, aprieta, pisa! Pero evita que piense que desconfías de tu Simón».

Los otros, viendo que Jesús acaricia a los dos primeros, se acercan y besan a Jesús en el vestido, en las manos, en el pelo… Sólo Judas Iscariote osa besarle en la cara.

Jesús se levanta de repente, y su reacción es tan improvisa que casi le aparta bruscamente, y dice:

«Vamos a casa. Mañana por la noche partiremos con las barcas hacia Ippo».

[1] 137 Cfr. Ju. 6, 22–72.

[2] 138 Cfr. Gén. 3, 17–19.

[3] 139 son expresiones populares que no pueden tomarse en sentido filosófico estrictamente dicho. El contexto del discurso lo demuestra.

[4] 140 Cfr. Ex. 16.

[5] 141 Ib. 16, 4–5.

[6] 142 Ex. 16, 14.

[7] 143 Ib. 16, 31

[8] 144 MV, inserta las referencias a Eclesiástico (=Sirácida) 45, 1–6 y a Sabiduría 16,19–28.

[9] 145 Cfr. Fil. 2, 6–11.

[10] 146 Cfr. Is. 54, 13; Jer. 31, 31–34

[11] Las fotos en blanco y negro son del Congreso Eucarístico Intenacional de 1934 en Buenos Aires, (2.000.000 de personas) presidido por el cardenal Pacelli futuro papa Pio XII: http://surgepropera.blogspot.com/2009/10/hace-75-anos.html