5/7/2015 Evangelio según San Marcos 6,1-6.

Decimocuarto Domingo del tiempo ordinario B
Santo(s) del día : San Antonio María Zaccaría

Lecturas

Primer Año De La Vida Pública de Jesús.

106. Expulsión de Nazaret[1]70. Jesús consuela a su Madre.

Tarde del 13 de febrero de 1944.

jesus predica en nazaret1       Veo una amplia sala cuadrada. Digo sala, a pesar de que comprendo que se trata de la sinagoga de Nazaret –como me dice el íntimo consejero–, porque no hay sino paredes desnudas pintadas de un amarillo pajizo y en una parte una especie de cátedra.

Hay también un alto ambón que tiene encima unos rollos. Ambón, estante… llámelo como mejor le parezca. Es, en definitiva, una especie de plano inclinado sujeto por un pie; sobre él están alineados unos rollos.

Hay gente orando. No como rezamos nosotros, sino vueltos todos hacia un lado con las manos separadas: más o menos como el sacerdote en el altar.

Hay lámparas dispuestas sobre la cátedra y el ambón.

No veo la finalidad de estar contemplando esto, que no cambia y que me queda fijo así por un tiempo, pero Jesús me dice que escriba lo que veo, y yo lo hago[2]71.

2       Me encuentro de nuevo en la sinagoga de Nazaret. Ahora el rabino está leyendo.

Oigo la cantinela de voz nasal, pero no entiendo las palabras, pues las pronuncian en una lengua que yo no sé.

Entre la gente está también Jesús con sus primos apóstoles y con otros (también parientes, sin duda, pero no sé quiénes son).

Después de la lectura el rabino dirige la mirada, en actitud de muda expectativa, hacia la multitud.

Jesús pasa adelante y solicita encargarse hoy de la reunión de la asamblea.

Oigo su hermosa voz, que lee el paso de Isaías citado por el Evangelio[3]72:

“El espíritu del Señor está sobre mí… “.

Y oigo el comentario que hace al respecto, diciendo de sí mismo que es

«el portador de la Buena Nueva, de la ley del amor, que pone misericordia donde antes había rigor; por la cual todos aquellos que, por la culpa de Adán, padecen enfermedad en el espíritu, y, como reflejo, en la carne –porque el pecado siempre suscita el vicio y el vicio enfermedad incluso física – obtendrán la salud; por la cual todos los prisioneros del Espíritu del mal obtendrán la liberación. Yo he venido – dice – a romper estas cadenas, a abrir de nuevo el camino de los Cielos, a proporcionar luz a las almas que han sido cegadas, oído a las sordas. Ha llegado el tiempo de la Gracia del Señor. Ella está entre vosotros, Ella es esta que os habla. Los Patriarcas desearon ver este día, cuya existencia ha sido proclamada por la voz del Altísimo y cuyo tiempo predijeron los Profetas[4]73, y ya, llevada a ellos por ministerio sobrenatural, saben que el alba de este día ha roto, y su entrada en el Paraíso está ya cercana, exultando por ello en sus espíritus; santos a quienes no falta sino mi bendición para ser ciudadanos del Cielo.

Vosotros lo estáis viendo. Venid hacia la Luz que ha surgido. Despojaos de vuestras pasiones para resultar ágiles en el seguir a Cristo. Tened la buena voluntad de creer, de mejorar, de desear la salud, y la salud os será dada; la tengo en mi mano, pero sólo se la doy a quien tiene buena voluntad de poseerla, porque sería una ofensa a la Gracia el darla a quien quiere continuar sirviendo a Satanás».

3       El murmullo se desata en la sinagoga.

sinagoga de nazaretJesús mira en torno a sí. Lee los rostros y el interior de los corazones y prosigue:

«Comprendo lo que estáis pensando. Vosotros, dado que soy de Nazaret, querríais un favor de privilegio; más esto por vuestro egoísmo, no por potencia de fe. Así que os digo que, en verdad, a ningún profeta se le recibe bien en su patria. Otros lugares me han acogido, y me acogerán, con mayor fe, incluso aquellos cuyo nombre es motivo de escándalo entre vosotros. Allí cosecharé mis seguidores, mientras que en esta tierra no podré hacer nada, porque se me presenta cerrada y hostil. Os recuerdo a Elías y Eliseo.

El primero halló fe en una mujer fenicia; el segundo, en un sirio[5]74: en favor de aquélla y de éste pudieron realizar el milagro. Los de Israel que estaban muriéndose de hambre y los leprosos de Israel no obtuvieron pan o curación, porque su corazón no tenía la buena voluntad, perla fina que el profeta, de haber existido, hubiera visto. Lo mismo os sucederá a vosotros, hostiles e incrédulos ante la Palabra de Dios».

4       La multitud se alborota e impreca, e intenta ponerle la mano encima a Jesús, pero los apóstoles–primos[6]75 (Judas, Santiago y Simón) le defienden, y entonces los enfurecidos nazarenos le echan fuera de la ciudad. Van detrás con amenazas –no solamente verbales– hasta el comienzo del monte. Pero Jesús se vuelve y los inmoviliza con su mirada magnética, y pasa incólume entre ellos. Desaparece luego, camino arriba, por un sendero.

5       Veo un pequeño, pequeñísimo, grupo de casas, un puñado de casas. Hoy lo llamaríamos anejo rural. Está más alta que Nazaret, la cual se ve más abajo. Dista de ésta pocos kilómetros. Es un caserío misérrimo.

Jesús, sentado encima de una pequeña tapia, junto a una casucha, habla con María. Quizás es una casa amiga, o por lo menos de gente hospitalaria, según las leyes de la hospitalidad oriental. Jesús se ha refugiado en ella después de haber sido echado de Nazaret, para esperar a los apóstoles que se habían dispersado por la zona mientras estaba con su Madre.

Con El sólo se encuentran los tres apóstoles–primos, que están recogidos dentro de la cocina y hablan con una mujer anciana a la que Tadeo llama madre. Por ello comprendo que se trata de María de Cleofás. Es una mujer más bien anciana, y la reconozco como la que estaba con María en las bodas de Caná. Claro, es que María de Cleofás y sus hijos se han retirado para que Jesús y su Madre puedan hablar libremente.

6       María está afligida. Ha venido a saber lo de la sinagoga y está triste. Jesús la consuela. María le suplica a su Hijo que se mantenga lejos de Nazaret, donde todos están mal predispuestos hacia El, incluyendo a los otros familiares que le consideran un loco que está deseando suscitar rencores y disputas. Pero Jesús hace un gesto sonriendo; parece como si dijera:

“¿Por esta pequeñez? ¡Olvídate de ello!”.

Pero María insiste.  Entonces El responde:

«Mamá, si el Hijo del Hombre hubiera de ir únicamente a donde le aman, tendría que retirar su paso de esta Tierra y volverse al Cielo. Tengo en todas partes enemigos, porque se odia la Verdad, y Yo soy la Verdad. Pero no he venido para encontrar un amor fácil. He venido para hacer la voluntad del Padre y redimir al hombre. El amor eres tú, Mamá, mi amor, el que me compensa todo. Tú y este pequeño rebaño que todos los días se va acrecentando con alguna oveja que arranco a los lobos de las pasiones y llevo al redil de Dios. Lo demás es el deber. He venido para cumplir este deber y debo cumplirlo, si es preciso aún cuando me parta en pedazos contra las piedras de los corazones que oponen firme resistencia al bien. Es más, sólo cuando caiga, bañando de sangre esos corazones, los ablandaré estampando en ellos el Signo mío, que anula el del Enemigo. Mamá, he bajado del Cielo para esto. No puedo sino desear cumplirlo».

«¡Oh! ¡Hijo! ¡Hijo mío!»

–María habla con voz acongojada–. Jesús la acaricia. Noto que María lleva en la cabeza, además del velo, el manto; más velada que nunca, como una sacerdotisa.

7 «Me ausentaré durante un tiempo por darte gusto. Cuando esté cerca, mandaré a alguien a avisarte».

«Manda a Juan. Viéndole a Juan me parece verte un poco a ti. Su madre se prodiga en atenciones hacia mí y hacia ti. Es verdad que espera un lugar privilegiado para sus hijos. Es mujer y madre, Jesús. Hay que comprenderla. Te hablará también a ti de ellos. No obstante, te es sinceramente devota. Cuando quede liberada de la humanidad –que fermenta tanto en ella como en sus hijos, como en los demás, como en todos–, Hijo mío, será grande en la fe. Es doloroso que todos esperen de ti un bien humano, un bien que, aunque no sea humano, es egoísta. Pero es que el pecado está en ellos con su concupiscencia. Aún la hora bendita, y tan temida a pesar de que el amor a Dios y al hombre me la hagan desear, no ha llegado. Hora en que Tú anularás el Pecado. ¡Oh! ¡Esa hora! ¡Cómo tiembla el corazón de tu Madre por esa hora! ¿Qué te harán, Hijo, Hijo Redentor, de quien los Profetas[7]76 refieren tanto martirio?».

«No pienses en ello, Mamá. Te lo digo una vez más. Dios te ayudará en esa hora. Dios nos ayudará a ti y a mí. Después, la paz. Ahora ve, que cae la tarde y el camino es largo.

Yo te bendigo».

[1] 70 Cfr. Lc. 4, 16–30.

[2] 71 Sigue inmediatamente, en el cuaderno autógrafo, la visión colocada en el capítulo 101, que empieza con las palabras: Ahora veo – aproximadamente dos horas después de la anteriormente descrita – …

[3] 72 en Is. 61, 13; Luc. 4, 18–19.

[4] 73 Cfr. Gén. 17; Mt. 13, 10–17; Lc. 10, 23–24; Ju. 8, 31–59; 1 Pe. 1, 10–12.

[5] 74 Cfr. 3 Re. 17, 7–16; 4 Re. 5; Lc. 4, 25–27.        

[6] 75 son Judas y Santiago. El primo Simón, también presente, es erróneamente llamado apóstol por la escritora, a la que Jesús

corrige en 105.6

[7] 76 Cfr. por ej. Is. 61; Sal. 21. etc.

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