26/7/2015 Evangelio según San Juan 6,1-15.

Decimoséptimo Domingo del tiempo ordinario B

Santo(s) del día : Santos Joaquín y Ana,   Beata Josefa María de Micheli

Lecturas

El evangelio del próximo domingo continua al episodio del domingo pasado, pero esta vez del evangelio de Juan, que corresponde al capitulo 273 del segundo año de la vida pública de Jesús.

También en algunos calendarios corresponde a este domingo el episodio siguiente que es “Jesus camina sobre las aguas”, el capitulo 274-visto ya en el domingo XIX de ciclo A.

Saben amigos hay mucha gente hoy que no cree que Jesús haya realizado el milagro tan impresionante de la multiplicación de los panes, ahora yo creo que Él quiso que lo recordáramos por siglos por su significado para el futuro de la Iglesia.

Segundo año de la Vida Pública de Jesús

273. La primera multiplicación de los panes[1]109.

7 de septiembre de 1945.

Lunes, 28 de agosto 28 (18 Elul)

multiplicacion 1.jpg1       Sigue siendo el mismo lugar. Sólo que el Sol ya no viene de oriente, filtrándose por entre el boscaje que bordea el Jordán en este lugar agreste situado junto al desagüe del lago en el lecho del río; viene, igualmente oblicuo, pero de occidente, y va declinando en medio de una gloria de rojo, rasgando el cielo con el sable de sus últimos rayos. Bajo el tupido follaje, ya la luz está muy atenuada y tiende a las equilibradas tonalidades del atardecer. Los pájaros, embriagados del sol habido durante todo el día, del alimento arrebatado a los limítrofes campos, se abandonan a una algazara de gorjeos y cantos en las copas de los árboles, La tarde se pone con las pompas finales del día.

Los apóstoles se lo hacen notar a Jesús, que siempre adoctrina según los temas que le exponen.

«Maestro, la noche se acerca. Este lugar es un desierto, lejos de casas y pueblos, umbrío y húmedo. Dentro de poco aquí ya no será posible vernos, ni andar. La Luna se alza tarde. Despide a la gente para que vaya a Tariquea o a los pueblos del Jordán para comprarse comida y buscar alojamiento».

«No es necesario que se vayan. Dadles vosotros de comer. Pueden dormir aquí, como durmieron mientras me esperaban».

«No nos han quedado más que cinco panes y dos peces, Maestro, ya lo sabes».

«Traédmelos».

«Andrés ve a buscar al niño, que está vigilando la bolsa. Poco antes estaba con el hijo del escriba y otros dos más, fabricándose unas coronitas de flores jugando a los reyes».

2       Andrés va con diligencia. También Juan y Felipe se ponen a buscar a Margziam entre la muchedumbre, que continuamente se mueve. Le encuentran casi al mismo tiempo, con su bolsa de las provisiones en bandolera, un sarmiento de clemátide arrollado en torno a la cabeza y un cinturón, también de clemátide, en que pende, haciendo de espada, un nudo: la empuñadura es el nudo propiamente dicho; la hoja, el tallo de caña de éste. Con él están otros siete, igualmente ataviados, y hacen de cortejo al hijo del escriba, un gracilísimo niño de mirada muy seria, como de quien ha sufrido mucho, el cual, más adornado que los otros, hace de rey.

«Ven, Margziam. ¡El Maestro te requiere!».

Margziam deja plantados a los amigos y va rápidamente, sin quitarse siquiera sus… distintivos florales. Pero le siguen también los otros. Pronto Jesús se ve circundado de una coronita de niños enguirnaldados de flores. Los acaricia mientras Felipe saca de la bolsa un envoltorio con pan dentro y en cuyo centro hay, a su vez envueltos, dos peces grandes: dos kilos de pescado, poco más. Insuficientes incluso para los diecisiete –es más, dieciocho con Manaén– de la comitiva de Jesús. 3 Llevan estos alimentos al Maestro.

«Bien. Ahora traedme unos cestos. Diecisiete, como cuantos sois vosotros. Margziam dará la comida a los niños…».

Jesús mira fijamente al escriba, que ha estado siempre a su lado, y le pregunta: «¿Quieres dar también tú la comida a quienes tienen hambre?».

«Me gustaría. Pero yo también estoy sin comida».

«Te concedo que des de lo mío».

«Pero… ¿pretendes dar de comer a unos cinco mil hombres, además de las mujeres y los niños, con esos dos peces y esos cinco panes?».

«Sin duda. No seas incrédulo. Quien cree habrá de ver el cumplimiento del milagro».

«¡Oh, entonces sí que quiero repartir el alimento también yo!».

«Que te den un canasto a ti también».

Vuelven los apóstoles con canastos y cestas (anchas y bajas u hondas y estrechas). Y vuelve el escriba con un cesto más bien pequeño. Se comprende que su fe o su incredulidad le han hecho elegir ése como el máximo.

«Está bien. Poned todo aquí delante. Disponed que se siente con orden la muchedumbre; en lo posible, regladamente».

Mientras esto se lleva a cabo, Jesús alza el pan –encima del pan, los peces–. Ofrece, ora, bendice. El escriba no quita ni un instante de El sus ojos. Luego Jesús divide los cinco panes en dieciocho partes, y los dos peces en dieciocho partes, y pone un trozo de pez –un trocito bien mísero– en cada uno de los canastos. Trocea los dieciocho pedazos de pan: cada pedazo en muchos trozos (muchos relativamente: no más de unos veinte). Cada pedazo troceado en un canasto, con el trozo de pez.

«Y ahora tomad y ofreced hasta la saciedad. Empezad. 4 Ve, Margziam, a dárselo a tus compañeros».

«¡Huy, cuánto pesa!»

dice Margziam al levantar su canasto, y se dirige en seguida hacia sus pequeños amigos, caminando como quien lleva un peso. Los apóstoles, los discípulos, Manaén, el escriba, le ven alejarse, perplejos… Luego cogen los canastos y, meneando la cabeza, se dicen unos a otros:

«¡El niño está de broma! No pesan más que antes».

El escriba mira incluso dentro y, dado que ya allí, en la espesura en que está Jesús, no hay mucha luz –no así más allá, en el calvero, donde todavía hay buena luz–, mete la mano para palpar el fondo.

No obstante, a pesar de la constatación, se encaminan hacia la gente y empiezan a repartir. Dan, dan, dan… De vez en cuando vuelven la cabeza asombrados, cada vez más lejanos, hacia Jesús, el cual, con los brazos cruzados, apoyado en un árbol, sonríe finamente por el estupor de ellos.

La repartición es larga y abundante… El único que no muestra estupor es Margziam, que ríe feliz de poder llenar de pan y pescado el regazo de tantos niños pobres. Es también el primero que vuelve donde Jesús, y dice:

«¡He dado mucho, mucho, mucho!… porque sé lo que es el hambre…»,

y levanta esa carita suya, que ya no se ve demacrada pero que, al recordar, palidece y abre los ojos como platos… Pero Jesús, su Maestro y Protector, le acaricia, y vuelve a sonreír luminosamente ese rostro niño que, confiado, se apoya sobre El.

Poco a poco van volviendo los apóstoles y los discípulos, enmudecidos de estupor. El último en volver es el escriba, que no dice nada; pero hace un gesto que es más que un discurso: se arrodilla y besa el borde de la túnica de Jesús.

«Tomad vuestra porción y dadme un poco a mí. Comamos el alimento de Dios».

Comen, efectivamente, pan y pescado, cada uno según su necesidad…

5       Entretanto la gente, sacia, intercambia sus impresiones. También los que están en torno a Jesús rompen a hablar observando a Margziam que, terminando su pescado, juega con otros niños.

«Maestro» pregunta el escriba «¿por qué el niño ha sentido inmediatamente el peso y nosotros no? Yo incluso he palpado dentro del canasto: seguían siendo los mismos pocos trozos de pan y el único trozo de pescado. He empezado a sentir el peso yendo hacia la muchedumbre. Pero, si hubiera pesado en proporción a cuanto he repartido, habría hecho falta una pareja de mulos para llevarlo, y no el canasto sino un carro, lleno, henchido de comida. Al principio daba escaso… luego me he puesto a dar y a dar, y, para no ser injusto, he vuelto a pasar por donde los primeros, y les he vuelto a dar, porque a los primeros les había dado poco. ¡Ha habido suficiente!».

«Yo también he sentido que se hacia pesado el canasto mientras me encaminaba; en seguida he dado mucho, porque he comprendido que habías hecho un milagro» dice Juan.

«Yo, por el contrario, me he parado y me he sentado para volear en mi regazo el peso y ver… Y he visto muchos panes. Entonces he ido» dice Manaén.

«Yo los he contado incluso, porque no quería quedar en situación ridícula, Eran cincuenta panes pequeños. He dicho: “Se los doy a cincuenta personas y luego regreso”. Y he llevado la cuenta. Pero, llegado a cincuenta, el peso seguía igual. He mirado dentro. Había todavía los mismos. He seguido adelante y he repartido cientos de panes. Pero no disminuían nunca» dice Bartolomé.

«Yo, lo confíeso, no creía. He cogido los trozos de pan y esa migaja de pescado y los miraba diciendo: “¿Y a quién le sirve esto? ¡Es una broma de Jesús…”. Y estaba mirándolos, mirándolos, escondido detrás de un árbol, esperando y desesperando porque crecieran. Pero eran siempre iguales. Estaba para volverme, cuando ha pasado Mateo diciendo: “¡¿Has visto qué hermosos?!”. “¿Qué?” he dicho yo. “¡Pues los panes y los peces…”. “¿Estás loco? Yo sigo viendo trozos de pan”. “Ve a repartirlos con fe y verás”. He echado dentro del canasto esos pocos trozos de pan y he ido a disgusto… Y luego… ¡Perdóname, Jesús, porque soy un pecador!» dice Tomás.

«No. Eres un espíritu del mundo. Razonas como el mundo».

«Entonces también yo, Señor. Tanto que quería dar una moneda junto con el pan pensando: Comerán en otro sitio» dice el Iscariote. «Esperaba ayudarte a salir mejor parado. ¿Qué soy entonces? ¿Cómo Tomás o más todavía?».

«Eres mundo mucho más que Tomás».

«¡Y, sin embargo, pensaba dar limosna para ser Cielo! Eran denarios míos particulares…».

«Limosna a ti mismo, a tu orgullo. Y limosna a Dios. Dios no la necesita y la limosna a tu orgullo es culpa, no mérito».

Judas baja la cabeza y calla.

«Yo pensaba que tendría que desmenuzar ese trozo de pez y esos trozos de pan para que llegaran. Pero no dudaba que serían suficientes como número y como alimento. Una gota de agua que das Tú puede alimentar más que un banquete» dice Simón Zelote.

«¿Y vosotros qué pensabais?» pregunta Pedro a los primos de Jesús.

«Nos acordábamos de Caná… y no dudábamos» dice serio Judas.

«¿Y tú, Santiago, hermano mío, pensabas sólo esto?».

«No. Pensaba que fuera un sacramento, como me dijiste… ¿Es así o me equivoco?».

Jesús sonríe:

«Es y no es. A la verdad que ha dicho Simón, del poder de nutrición en una gota de agua, debe unirse tu pensamiento en orden a una figura lejana. Pero todavía no es un sacramento».

6       El escriba conserva entre sus dedos un pedazo de corteza.

«¿Qué vas a hacer con ello?».

«Un … recuerdo».

«Yo también la conservo. Se la voy a colgar al cuello a Margziam en una pequeña bolsita» dice Pedro.

«Yo se la llevo a nuestra madre» dice Juan.

«¿Y nosotros? Hemos comido todo…» dicen apenados los otros.

«Levantaos. Pasad otra vez con los canastos y recoged lo que ha sobrado. Separad de entre la gente a los más pobres y traédmelos aquí junto con los canastos, y luego id todos, discípulos míos, a las barcas, haceos a la mar e id a la llanura de Genesaret. Yo despido a la gente después de favorecer a los más pobres. Luego os alcanzaré».

Los apóstoles obedecen… y vuelven con doce canastos colmos de restos; los siguen unos treinta mendigos, o personas muy míseras.

«Bien. Podéis marcharos».

Los apóstoles y los de Juan saludan a Manaén y se marchan; obedecen a pesar de estar poco contentos de dejar a Jesús. Manaén espera a despedirse de Jesús cuando ya la muchedumbre, con las últimas luces del día, o se encamina hacia los poblados o busca un sitio para dormir entre los altos y secos juncos. Luego se despide. Antes de él se ha marchado el escriba; es más, uno de los primeros, porque, junto con su hijito, se ha puesto en camino cerrando la fila de los apóstoles.

7       Una vez que todos se han marchado, o que han caído en el sueño, Jesús se levanta, bendice a los que duermen, y a paso lento se dirige hacia el lago, hacia la península de Tariquea, elevada unos metros por encima del lago, cual si fuese un recorte de colina introducido en el lago. Y, llegado a su base, no entrando en la ciudad sino bordeándola, sube el montecillo y se pone en un risco, en oración, frente al azul del lago y al blancor de la noche serena y lunar.

8 Dice Jesús: «Aquí pondréis la visión del 4 de marzo de 1944: Jesús caminando sobre las aguas».

274. Jesús camina sobre las aguas[1]. Su prontitud en socorrer a quien le invoca.

4 de marzo de 1944.

camina sobre las aguas1       La tarde está ya avanzada; es casi de noche, porque apenas si se ve por el sendero que trepa hacia la cima de un cerro en que hay, diseminados, árboles de olivo, según me parecen. De todas formas, dada la luz, no puedo asegurarlo. Bueno, son árboles no demasiado altos, frondosos y retorcidos, como generalmente son los olivos.

Jesús está solo. Vestido de blanco y con su manto azul oscuro. Sube y se interna entre los árboles. Camina con paso largo y seguro. No va rápido, pero, debido a lo largo que da los pasos, recorre mucho camino aun yendo sin prisa. Anda hasta llegar a una especie de balcón natural, desde el que uno se asoma al lago; un lago todo calmo bajo la luz de las estrellas que ya abarrotan el cielo con sus ojos de luz. El silencio envuelve a Jesús con su abrazo relajador; le aleja y distrae su memoria de las muchedumbres y de la tierra, y le une al cielo, que parece descender más para adorar al Verbo de Dios y acariciarle con la luz de sus astros.

Jesús ora en su postura habitual, en pie y con los brazos abiertos en cruz. Tiene detrás de su espalda un olivo; parece ya crucificado en este tronco oscuro. Puesto que es alto, el follaje sobresale poco por encima de El, y substituye con una palabra conforme al Cristo el cartel de la cruz: allí, Rey de los judíos; aquí, Príncipe de la paz. (El pacífico olivo habla cabalmente a quien sabe oír).

Ora largo tiempo. Luego se sienta en la prominencia que sirve de base al olivo, encima de una gruesa raíz que sobresale, y toma su postura habitual, con las manos entrecruzadas y los codos apoyados sobre las rodillas. Medita. ¡Quién sabrá qué divina conversación entabla con el Padre y el Espíritu en esta hora en que está solo y puede ser todo de Dios! ¡Dios con Dios!

Creo que pasan muchas horas así, porque veo que las estrellas cambian de zona y muchas se han ocultado ya por el occidente.

2       En el preciso momento en que un asomo de luz –es mas, de luminosidad, porque todavía no se puede llamar luz– se dibuja en el extremo horizonte del Este, una vibración de viento menea el olivo. Luego, calma. Luego vuelve, más fuerte. Con pausas sincopadas cada vez más violentas. La luz del alba, que apenas si acaba de nacer, encuentra dificultad para abrirse camino a través de una acumulación de nubes oscuras que vienen a ocupar el cielo, empujadas por ráfagas de un viento cada vez más fuerte. El lago tampoco está ya sereno; antes al contrario, creo que está formando una borrasca como la de la visión de la tempestad. El ruido de las frondas y el ronquido de las aguas llenan ahora este espacio, poco antes tan sosegado.

Jesús sale del ensimismamiento de su meditación. Se pone en pie. Mira al lago. Busca en él, a la luz de las estrellas que aún quedan y de la pobre aurora enferma, y ve a la barca de Pedro avanzando fatigosamente hacia la orilla opuesta, pero sin llegar.

Jesús se envuelve estrechamente en su manto y se echa a la cabeza, como si fuera una capucha, los bajos (que penden y le dificultarían el descenso); y baja corriendo, no por el camino ya hecho, sino por un senderillo rápido que va directamente al lago. Va tan deprisa, que parece volar.

Llegado a la orilla, sacudida por las aguas, que forman en el guijarral toda una orla de espuma rumorosa y bofa, prosigue su veloz camino como si no andará sobre un elemento líquido y todo en movimiento, sino sobre el más liso y sólido pavimento de la tierra. Ahora El se hace luz. Parece como si toda la poca luz, que todavía llega de las raras y moribundas estrellas y de la borrascosa aurora, convergiera en El; parece como si fuera recogida como fosforescencia en torno a su cuerpo esbelto. Vuela en las olas, en las crestas espumosas, en los pliegues oscuros entre ola y ola, con los brazos extendidos hacia adelante, hinchándosele el manto en torno a la cara y flotando al viento –relativamente, porque está muy ceñido al cuerpo– con pulsación de ala.

3       Los apóstoles le ven y lanzan un grito de miedo que el viento lleva hacia Jesús.

«No temáis. Soy Yo»

La voz de Jesús, a pesar de tener el viento en contra, se expande sin dificultad por el lago.

«¿Eres Tú verdaderamente, Maestro?» pregunta Pedro. «Si eres Tú, dime que vaya a ti caminando como Tú sobre las aguas».

Jesús sonríe:

«Ven»

dice sencillamente, como si caminar por el agua fuera la cosa más natural del mundo.

Y Pedro, semidesnudo como está, o sea, con una túnica ligera, corta y sin mangas, salta por encima de la borda y va hacia Jesús.

Pero, cuando se encuentra a unos cincuenta metros de la barca y casi a otros tantos de Jesús, se apodera de él el miedo. Hasta ahí le ha mantenido su impulso de amor.

Ahora la humanidad le sobrepuja y… tiembla, temiendo por su propia vida. Como quien estuviera sobre un suelo resbaladizo –o mejor, sobre arena movediza–, empieza a bambolearse, a hacer movimientos bruscos, a hundirse. Y cuanto más acciona sus miembros y más miedo tiene, más se hunde.

4       Jesús se ha detenido y le está mirando, serio. Espera. Pero ni siquiera extiende una mano; es más, tiene ambas manos entrecruzadas sobre el pecho. Ya no da un paso, no dice una palabra.

Pedro se hunde. Desaparecen los tobillos, las espinillas, las rodillas. El agua le llega casi a las ingles, las superan, suben hacia la cintura. Y el terror se lee en su rostro. Un terror que paraliza incluso su pensamiento. No es mas que una carne con miedo a ahogarse. No piensa ni siquiera en echarse a nadar. Nada. Está alelado de miedo.

Por fin se decide a mirar a Jesús. Le basta mirarle para que su mente empiece a razonar, a comprender dónde hay salvación.

«Maestro, Señor, sálvame».

Jesús abre los brazos y, casi como llevado por el viento y la ola, se apresura hacia el apóstol, le tiende la mano y le dice:

jesus rescata a pedro«¡Oh, qué hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado de mí? ¿Por qué has querido actuar por ti mismo?».

Pedro, que se ha agarrado convulsamente a la mano de Jesús, no responde. Se limita a mirarle, para ver si está airado, le mira con mezcla de restante miedo y naciente arrepentimiento.

Pero Jesús sonríe y le mantiene bien sujeto por la muñeca, hasta que, habiendo llegado a la barca, superan la borda y suben a bordo. Y Jesús ordena:

«Id a la orilla. Este está empapado».

Y sonríe mientras mira al humillado apóstol.

Las olas se allanan para facilitar el arribo. La ciudad, vista otra vez desde lo alto de una colina, ahora se delinea allende la orilla.

La visión me termina aquí.

«Si tuvieseis fe vendré y os sacaré del peligro»[2].

5 Dice Jesús:

«      Muchas veces no espero siquiera a ser llamado, cuando veo a hijos míos en peligro.

Y muchas veces acudo también en favor del hijo ingrato conmigo.

Vosotros dormís o estáis embebidos en los cuidados de esta vida, en los afanes de esta vida. Yo velo y oro por vosotros. Ángel de todos los hombres, velo sobre vosotros, y para mí no hay nada más doloroso que el no poder intervenir por rechazar vosotros mi intervención, prefiriendo actuar por vosotros mismos, o, peor aún, solicitando la ayuda del Mal. Como un padre al que su hijo le da a entender: “No te amo. No te quiero conmigo. Sal de mi casa”, quedo humillado y dolorido como no lo estuve por las heridas. Pero si lo que pasa es que estáis distraídos por esta vida y mínimamente no me instáis a que me vaya, entonces soy el eterno Velador dispuesto a acudir antes incluso de ser llamado. Y si espero a que apenas me digáis una palabra –alguna vez lo espero–es para oír vuestra llamada.

¡Qué caricia, qué dulzura oir que me llaman los hombres; percibir que se acuerdan de que soy “Salvador”! Y no te digo qué infinita alegría me penetra y exalta cuando hay alguien que me ama y me llama incluso sin esperar el momento de la necesidad; que me llama porque me quiere más que a nadie en el mundo y se siente llenar de una alegría semejante a la mía por el simple hecho de llamarme: “¡Jesús, Jesús!”, como hacen los niños cuando llaman a sus madres: “¡Mamá, mamá!” y les parece como si fluyera miel de entre sus labios, pues el simple hecho de pronunciar la palabra “mamá” conlleva el sabor de los besos maternos.

6      Los apóstoles bogaban, obedeciendo a mi orden de que fueran a esperarme a Cafarnaúm. Yo, tras el milagro de los panes, me había alejado de la gente, no por desdén hacia ella o por cansancio.

Nunca sentía desdén hacia los hombres, ni siquiera si conmigo eran malos. Sólo me indignaba cuando veía pisoteada la Ley y profanada la casa de Dios. No estaba entonces en juego Yo, sino los intereses del Padre; y Yo era en la tierra el primero de los siervos de Dios al servicio del Padre de los Cielos. Nunca estaba cansado de dedicarme a las muchedumbres, a pesar de verlas tan obtusas, tardas, humanas, como para hacer perder el ánimo a los más optimistas en su misión. Es más, precisamente por estas grandes deficiencias, multiplicaba hasta el infinito mis lecciones, los consideraba verdaderamente como escolares retrasados y guiaba su espíritu hacia los más rudimentales descubrimientos y pasos primeros, de la misma forma que un paciente maestro guía las manitas inexpertas de los escolares para que tracen los primeros signos, para irlos haciendo cada vez más capaces de comprender y hacer.

¡Cuánto amor di a las gentes! Los cogía de la carne para llevarlos al espíritu. Sí, Yo también empezaba por la carne; pero, mientras que Satanás coge de la carne para meter en el Infierno, Yo cogía de la carne para llevar al Cielo. Me había aislado para dar gracias al Padre por el milagro de los panes. Habían comido muchos millares de personas. Yo había exhortado a decir al Señor “gracias”.

Mas el hombre, una vez conseguida la ayuda, no sabe decir “gracias”. Di Yo las gracias por ellos.

7      Y después… y después me había fundido con mi Padre, del cual sentía una nostalgia de amor infinita. Vivía en la tierra, pero como un cadáver inerte.   Mi espíritu se había lanzado al encuentro de mi Padre –le sentía inclinado hacia su Verbo– para decirle: “¡Te amo, Padre Santo!”. Decirle “te amo” era mi dicha. Decírselo como Hombre además de como Dios. Prosternar ante El el sentimiento del hombre, de la misma forma que le ofrecía mi palpitar de Dios. Me veía como un imán que atraía hacia sí todos los amores del hombre, del hombre capaz de amar un poco a Dios; y me parecía acumularlos y ofrecerlos en la cavidad de mi Corazón. Me veía Yo solo el Hombre, o sea, la raza humana, que volvía –como en los tiempos inocentes– a conversar con Dios con el fresco del atardecer.

Pero no me abstraía de las necesidades de los hombres, a pesar de que la beatitud fuera completa, pues era beatitud de caridad. Y advertí el peligro que corrían mis hijos en el lago. Entonces dejé al Amor por el amor. La caridad debe ser diligente.

Me tomaron por un fantasma. ¡Oh, cuántas veces, pobres hijos míos, me tomáis por un fantasma, un objeto que infunde miedo! Si pensarais continuamente en mí, me reconoceríais al momento. Pero tenéis muchos otros espectros en vuestro corazón y ello os aturde. Yo me doy a conocer. ¡Ah, si supierais oírme!

8      ¿Por qué se hunde Pedro después de haber andado muchos metros? Tú lo has dicho: porque la humanidad sobrepuja su espíritu.

Pedro era muy “hombre”. Si hubiera sido Juan, ni habría tenido esa violenta osadía ni habría cambiado volublemente de pensamiento. La pureza da prudencia y firmeza.

Mas Pedro era “hombre” en toda la extensión del término. Deseaba sobresalir, hacer ver que “ninguno” como él amaba al Maestro; quería imponerse y, sólo por el hecho de ser uno de los míos, se creía ya desarraigado de las debilidades de la carne. Sin embargo, ¡pobre Simón!, en las pruebas daba muestras contrarias no sublimes. Ello era necesario, para que luego fuera el que perpetuase la misericordia del Maestro entre la naciente Iglesia.

Pedro no sólo deja la delantera al miedo por el peligro de perder la vida, sino que queda reducido, como has dicho, a “carne que tiembla”. Ya no reflexiona, ni me mira.

También vosotros hacéis lo mismo. Y, cuanto más inminente es el peligro, más queréis valeros por vosotros mismos. ¡Como si pudierais hacer algo! Nunca como en los momentos en que tendríais que esperar en mí, y llamarme, os alejáis y me clausuráis vuestro corazón, y hasta me maldecís. Pedro no me maldice, pero sí me olvida, con lo cual tengo que manifestar una voluntad imperiosa para llamar hacia mí a su espíritu y que éste le haga levantar los ojos hacia su Maestro y Salvador.

Le absuelvo con antelación de su pecado de duda porque le amo, porque amo a este hombre impulsivo que, una vez confirmado en gracia sabrá caminar ya sin turbaciones ni cansancios hasta el martirio, echando incansablemente, hasta la muerte, su mística red, para llevar almas a su Maestro.

Y cuando me invoca, no sólo ando, sino que vuelo para ayudarle y le agarro bien fuerte para ponerle a salvo. Mi reprensión es delicada porque comprendo todos los atenuantes de Pedro. Yo soy el defensor y juez más bueno que hay y que jamás habrá.

Para todos.

9      ¡Os comprendo, pobres hijos míos! Y aun cuando os digo una palabra de reprensión, mi sonrisa os la dulcifica. Os amo y nada más. Quiero que tengáis fe. Si la tenéis, llego y os saco del peligro. ¡Ah, si la Tierra supiera decir: “¡Maestro, Señor, sálvame!” Sería suficiente un grito –habría de ser de toda la Tierra– para que instantáneamente Satanás y sus colaboradores cayeran vencidos. Pero no sabéis tener fe. Voy multiplicando los medios para conduciros a la fe, pero éstos caen en vuestro lodo, como piedra en la fanguilla de un pantano, y quedan ahí sepultados.

No queréis purificar las aguas de vuestro espíritu. Os place ser pútrido fango. No importa. Yo cumplo mi deber de Salvador eterno. Aunque no pueda salvar al mundo, porque el mundo no quiere ser salvado, salvaré del mundo a aquellos que, por amarme como debo ser amado, no son ya del mundo».[3]

[1] Cfr. Mt. 14, 22–33; Mc. 6, 45–52; Ju. 6, 16–21.

[2] Cfr. Mt. 14, 22–33; Mc. 6, 45–52; Ju. 6, 16–21.

[3] A continuación encontraréis el mensaje de Nuestro Señor y Salvador entregado a Joseph. Jesús le habló con estas palabras: “Tened un cuadro Mío en vuestro hogar.”                                                                                 Martes 27 de abril de 2010

-“Te bendigo a ti y a todos Mis hermanos que viven en cada lugar del mundo. Una noche, estaba con los Apóstoles del otro lado del Mar de Galilea y decidí ir a rezar a la montaña mientras ellos cruzaban en una barca hacia Cafarnaúm. Durante la noche, decidí cruzar el agua a pie y encontrarme con los Apóstoles que no habían avanzado mucho debido a los fuertes vientos. Cuando Me vieron caminando sobre el agua, tuvieron miedo, pero les dije que no temieran. Llegamos a la costa enseguida.

Este fue otro de Mis milagros para mostrarles a los Apóstoles que tengo poder divino y por eso podía hacer muchas cosas que ellos no podían. Es una realidad que tengo una naturaleza humana y que puedo hacer todo lo que puede hacer un ser humano. Sin embargo, tengo otra naturaleza que ningún ser humano tiene, y esa naturaleza se llama divina. Esta es la naturaleza de Dios. Soy la Segunda Persona de la Trinidad: todos los que creen en Mí Me aceptan como Dios. Verdaderamente soy el Hijo de Dios que vino al mundo para sufrir y morir por vuestra salvación.

Podéis tener un cuadro Mío porque soy humano. A todos os gusta tener cuadros de vuestros seres queridos y mirarlos. Os ayudan a recordar muchas cosas y vuestro corazón se llena de amor por ellos. Tened un cuadro Mío en vuestro hogar y Yo lo bendeciré.”

Padre Melvin Doucette

[1] 109 Cfr. Mt. 14, 13–21; Mc. 6, 30–44; Lc. 9, 10–17; Ju. 6, 1–13.

19/7/2015 Evangelio según San Marcos 6,30-34.

Decimosexto Domingo del tiempo ordinario B
Santo(s) del día : San Símaco

Lecturas

Segundo año de la Vida Pública de Jesús

271. Salida para Tariquea con los apóstoles, que han regresado a Cafarnaúm.

5 de septiembre de 1945.

salida para tariquea1       Es ya plena noche cuando Jesús vuelve a casa. Entra en el huerto sin hacer ruido. Se asoma un momento a la oscura cocina; la ve vacía. Se asoma a las dos habitaciones donde están las esteras y las camas: también están vacías. El único indicio de que los apóstoles hayan regresado es la ropa cambiada amontonada en el suelo. La casa está tan silenciosa, que parece deshabitada.

Jesús, haciendo menos ruido que una sombra, sube la pequeña escalera –candor en el candor de la Luna llena– y llega a la terraza. La atraviesa. Parece un espectro moviéndose sin hacer ruido, un luminoso espectro. En la incandescencia blanca de la Luna parece estilizarse, alzarse aún más. Levanta con la mano la cortina que cubre la puerta de la habitación de arriba (estaba corrida desde cuando los discípulos de Juan habían entrado en la habitación con Jesús). Dentro, sentados acá o allá, en grupos, están los apóstoles con los discípulos de Juan y con Manaén, y también Margziam, dormido, reclinada su cabeza en las rodillas de Pedro. La Luna se encarga de iluminar la habitación entrando con sus flujos fosfóricos por las ventanas abiertas. Ninguno habla. Y ninguno duerme; aparte del niño, sentado en el suelo sobre una estera.

2       Jesús entra despacio. El primero que le ve es Tomás.

«¡Oh, Maestro!»

dice sobresaltándose. Todos los demás también reaccionan. Pedro, en su ímpetu, hace ademán de levantarse repentinamente, pero se acuerda del niño y se levanta suavemente, apoyando la morena cabeza de Margziam donde estaba sentado, de forma que es el último en acercarse al Maestro, mientras está respondiendo, con voz cansada como de quien ha sufrido mucho, a Juan, Santiago y Andrés, que le están expresando su dolor:

«Lo comprendo. Pero solamente el que no cree debe sentirse desolado por una muerte. No nosotros, que sabemos y creemos. Juan ya no está separado de nosotros; antes lo estaba. Es más, antes nos separaba: o conmigo o con él. Ahora ya no es así; donde está él estoy Yo, junto a mí está él».

Pedro introduce su cabeza entrecana entre las cabezas juveniles. Jesús le ve:

«¿También has llorado tú, Simón de Jonás?»

y Pedro, con voz más ronca de lo habitual:

«Sí, Señor. Porque yo también había sido de Juan… Y además… y además… ¡Y pensar que el viernes pasado lamentaba el que la presencia de los fariseos nos fuera a amargar el sábado! ¡Este sí que es un sábado de amargura! Había traído al niño… para gozar de un sábado más bonito… Sin embargo…».

«No desfallezcas, Simón de Jonás. No hemos perdido a Juan. Te lo digo también a ti. Y en cambio tenemos tres discípulos bien formados. ¿Dónde está el niño?».

«Está allí, Maestro, durmiendo».

«Déjale dormir»

dice Jesús agachándose hacia la cabecita morena que duerme tranquila. Y pregunta:

«¿Habéis cenado?».

«No, Maestro. Te esperábamos a ti, y ya estábamos preocupados por la tardanza. No sabíamos dónde buscarte… Nos parecía que te habíamos perdido también a ti».

«Tenemos todavía tiempo para estar juntos. ¡Ala, preparad la cena, que luego nos marchamos a otro lugar! Necesito aislarme, entre amigos; si nos quedáramos aquí, mañana estaríamos siempre rodeados de personas».

«Y te juro que no los soportaría, especialmente a esas reptillas de las almas fariseas. ¡Y sería grave que se les escapase una sonrisa –aunque fuera una sola– referida a nosotros, en la sinagoga!».

«¡Tranquilo, Simón!… Pero he calculado también esto. Por eso he vuelto para tomaros conmigo».

A la luz de las lamparillas encendidas a ambos lados de la mesa, se ven mejor las alteraciones de los rostros. Sólo Jesús se muestra con majestad solemne. Margziam sonríe en el sueño.

«El niño ha comido antes» explica Simón.

«Entonces es mejor dejarle dormir» dice Jesús.

Y en medio de los suyos ofrece y distribuye la parca comida. Y se la comen sin ganas. Pronto termina la cena.

3 «Contadme ahora qué habéis hecho…» dice Jesús animándolos.

«Yo he estado con Felipe por los campos de Betsaida y hemos evangelizado y curado a un niño enfermo» dice Pedro.

«Verdaderamente ha sido Simón el que le ha curado» dice Felipe, no queriendo tomarse una gloria no suya.

«¡Oh, Señor! No sé cómo. Sé que he orado mucho, con todo mi corazón, porque me daba pena el enfermito. Luego le he ungido con el aceite y le he restregado ligeramente con mis rudas manos… y se ha curado. Cuando le he visto que tomaba color su cara y que abría los ojos, en pocas palabras que revivía, he sentido casi miedo».

Jesús le pone la mano en la cabeza sin decir nada.

«Juan ha causado gran asombro al arrojar un demonio. Pero hablar me ha tocado a mí» dice Tomás.

«También tu hermano Judas lo ha hecho» dice Mateo.

«Entonces también Andrés» dice Santiago de Alfeo.

«Simón el Zelote ha curado a un leproso. ¡No ha tenido miedo de tocarle! Y luego me ha dicho: “Pero no tengas miedo. A nosotros no se nos pega ningún mal físico por voluntad de Dios”» dice Bartolomé.

«Bien dices, Simón. ¿Y vosotros dos?»

pregunta Jesús a Santiago de Zebedeo y al Iscariote, que están un poco retirados; el primero hablando con los tres discípulos de Juan, el segundo solo y amostazado.

«Yo no he hecho nada» dice Santiago. «Pero Judas ha hecho tres milagros potentes: un ciego, un paralítico, un endemoniado. A mí me parecía lunático. Pero la gente decía eso…».

«¿Y estás ahí con esa cara habiéndote ayudado Dios tanto?» pregunta Pedro.

«Yo también sé ser humilde» responde el Iscariote.

«Luego nos ha alojado en su casa un fariseo. Yo no me sentía a gusto, pero Judas, que es más hábil, le bajó bien los humos. El primer día era altivo, pero luego… ¿Verdad, Judas?».

Judas asiente sin decir nada.

«Muy bien. Y cada vez lo haréis mejor. La próxima semana estaremos juntos. Entretanto, Simón, ve a preparar las barcas. También tú, Santiago».

«¿Para todos, Maestro? No cabremos».

«¿No puedes conseguir otra?».

«Si se la pido a mi cuñado, sí. Voy».

«Ve, y en cuanto hayas terminado vuelve. Y no des muchas explicaciones».

Los cuatro pescadores se marchan. Los demás bajan a coger sacos y unos mantos.

4       Se queda Manaén con Jesús. El niño sigue durmiendo.

«¿Maestro, vas lejos?».

«Todavía no lo sé… Ellos están cansados y apenados, Yo también. Mi propósito es ir a Tariquea, a la campiña, para aislarnos en paz…».

«Yo tengo el caballo, Maestro. Pero, si me lo permites, voy siguiendo el lago. ¿Vas a estar allí mucho?».

«Quizás toda la semana. No más».

«Entonces iré. Maestro, bendíceme en esta primera despedida. Y quítame un peso del corazón»,

«¿Cuál, Manaén?».

«Tengo el remordimiento de haber dejado a Juan. Quizás, si hubiera estado…».

«No. Era su hora. Además él ciertamente se ha alegrado al verte venir donde mí. No tengas este peso. Es más, trata de liberarte pronto y bien del único peso que tienes: el gusto de ser hombre. Hazte espíritu, Manaén. Puedes hacerlo. Está en ti la capacidad de serlo. Adiós, Manaén. Mi paz sea contigo. Pronto nos veremos de nuevo en Judea».

Manaén se arrodilla y Jesús le bendice; luego le levanta y le besa. Vuelven los otros y se saludan recíprocamente, tanto los apóstoles como los discípulos de Juan. Los últimos en llegar son los pescadores.

«Ya está, Maestro; podemos marcharnos».

«Bien. Saludad a Manaén, que se queda aquí hasta la puesta del Sol de mañana. Recoged las provisiones, tomad el agua y vámonos. Haced poco ruido».

Pedro se agacha para despertar a Margziam.

«No, deja. Podría echarse a llorar. Le cojo en brazos yo»

dice Jesús, y delicadamente levanta al niño, que refunfuña entre sueños un poco, pero luego se acomoda instintivamente en los brazos de Jesús.

5       Apagan las lámparas. Salen. Cierran la puerta. Bajan. En el linde del huerto saludan nuevamente a Manaén, y luego, en fila, por el camino lleno de luna van al lago: enorme espejo de plata bajo la Luna en su zenit. Tres gotas rojas sobre el espejo calmo parecen los tres farolillos de las proas ya metidas en el agua. Suben y se distribuyen por las barcas. Los últimos en subir son los pescadores: Pedro y un mozo ayudante, donde Jesús; Juan y Andrés en la otra; Santiago y otro ayudante en la tercera.

«¿A dónde, Maestro?» pregunta Pedro.

«A Tariquea. Donde desembarcamos después del milagro de los gerasenos. Ahora no habrá pantano. Y habrá calma».

Pedro se adentra en el lago, y también los otros, detrás, con las barcas: tres estelas en una. Ninguno habla. Sólo cuando están ya en zona abierta y Cafarnaúm se difumina entre el claror de la luna, que uniforma todo con su diminuto polvillo de plata, Pedro, como si le hablara a la caña del timón, dice:

«Pues me da gusto. Mañana nos buscarán, vieja mía, y gracias a ti no nos encontrarán».

«¿Con quién hablas, Simón?» pregunta Bartolomé.

«Con la barca. ¿No sabes que para los pescadores es como una esposa? ¡Cuánto he hablado con ella! ¡Más que con Porfiria, Maestro!… ¿Está bien tapado el niño? De noche hay relente en el lago…».

«Sí. Mira, Simón, ven aquí, que tengo que decirte una cosa…».

Pedro pasa la caña del timón al ayudante y va donde Jesús.

«He dicho Tariquea. Pero será suficiente estar allí pasado el sábado para saludar de nuevo a Manaén. ¿No podrías encontrar un sitio cerca de allí donde estar en paz?».

«Maestro, ¿en paz nosotros o también las barcas? Para las barcas hace falta Tariquea, o los puertos de la otra orilla; pero, si es para nosotros, basta con que te adentres en los bosques del otro lado del Jordán, y sólo los animales te descubrirán… y quizás alguno que otro pescador que esté vigilando las nasas de los peces. Podemos dejar las barcas en Tariquea, cuando lleguemos al alba; luego nos echamos a caminar veloces hasta el otro lado del vado. Se pasa bien en este período».

«Bien. Así lo haremos…».

«Te da asco también a ti el mundo, ¿Eh? Prefieres los peces y los mosquitos, ¿Eh? Tienes razón».

«No tengo asco. No hay que tenerlo. Lo que pasa es que quiero evitar que arméis escándalos y quiero consolarme en vosotros en estas horas del sábado».

«¡Maestro mío…».

Pedro le besa en la frente y se retira secándose un lagrimón que se empeña en rodar afuera y bajar hacia la barba.

Vuelve a su timón y apunta al Sur, con firmeza, mientras la luz lunar decrece al ponerse el planeta, que desciende por debajo de la línea de un collado escondiendo su carota a la vista de los hombres, pero dejando todavía el cielo blanco de su luz, y de plata la orilla oriental del lago; lo demás, es añil obscuro que apenas si se distingue a la luz del farol de proa.

272. Reencarnación y vida eterna en el diálogo con un escriba.

6 de septiembre de 1945.

multiplicacion 1Tariquea (Beit Yerah)

1       Cuando Jesús pone pie en la orilla derecha del Jordán –a una buena milla, quizás más, de la pequeña península de Tariquea, en esa zona en que todo es campo bien verde, porque el terreno, ahora seco pero húmedo en lo profundo, mantiene vivas todas las plantas, hasta las más gráciles–, encuentra a mucha gente esperándole.

Vienen a su encuentro sus primos y Simón Zelote:

-«Maestro, las barcas nos han delatado… Quizás también Manaén ha sido índice…».

Manaén se disculpa:

-«Maestro, me puse en camino de noche para no ser visto, y no he hablado con nadie. Créeme. Muchos me han preguntado dónde estabas, pero a todos les he dicho solamente: “Se ha marchado”. Creo que el daño lo ha hecho un pescador, diciendo que te había dejado la barca…».

-«¡El imbécil de mi cuñado!» exclama con vehemencia Pedro. «¡Mira que le había dicho que guardara silencio! ¡Y le había dicho que ibamos a Betsaida! ¡Y le había dicho que si hablaba le arrancaba la barba! ¡Y lo voy a hacer! ¡Vaya que si lo hago! ¡¿Y ahora?! ¡Adiós paz, aislamiento, descanso!».

-«Tranquilo, tranquilo, Simón. Hemos tenido ya nuestros días de paz. Además ya he conseguido parte del objetivo que perseguía: adoctrinaros, consolaros y tranquilizaros, para impedir ofensas y choques entre vosotros y los fariseos de Cafarnaúm. Ahora vamos con estos que nos están esperando. Para premiar su fe y amor. ¿No alivia también este amor? Sufrimos por odio, aquí hay amor: por tanto, dicha».

Pedro se calma como viento que se para de golpe. Jesús se dirige hacia la muchedumbre de los enfermos que le esperan con el deseo grabado en su rostro. Los cura, uno tras otro, benévolo, paciente (incluso con un escriba que le presenta a su hijito enfermo).

  1. Es este escriba el que le dice:

-«¿Ves como huyes? Pero es inútil, tanto el odio como el amor son sagaces para encontrar. Aquí te ha encontrado el amor, como está escrito en el Cantar. Para demasiados eres ya como el Esposo de los Cantares. Se viene a ti como la Sulamita a su esposo, desafiando a la ronda y las cuadrigas de Aminadab[1]».

-«¿Por qué dices esto? ¿Por qué?».

-«Porque es verdad. Venir a ti es un peligro, porque eres odiado. ¿No sabes que te acecha Roma y te odia el Templo?».

-«¡Oh, hombre!, ¿por qué me tientas? Pones insidia en tus palabras para llevar al Templo y a Roma mis respuestas. Yo no he curado a tu hijo con insidia…».

El escriba, ante esta dulce reprensión, agacha la cabeza confundido, y confiesa: —«Me doy cuenta de que realmente ves los corazones de los hombres. Perdona. Me doy cuenta de que realmente eres santo. Perdona. He venido, sí, incubando dentro de mí el fermento que otro me había metido…».

-«Y que había encontrado en ti el calor apropiado para fermentar».

-«Sí, es verdad… Pero ahora me marcho sin fermento, o sea, con fermento nuevo».

-«Lo sé. Y no siento rencor. Muchos incurren en falta por propia voluntad, muchos por voluntad ajena. Los juzgará con distinta medida el justo Dios. Tú, escriba, sé justo y en el futuro no corrompas como fuiste corrompido. Cuando te hostiguen las presiones del mundo, mira a esta gracia viva que es tu hijo, salvado de la muerte, y muéstrate agradecido con Dios».

-«Contigo».

-«Con Dios. A El toda gloria y alabanza. Yo soy su Mesías y soy el primero en alabarle y glorificarle, el primero en obedecerle. Porque el hombre no se rebaja honrando y sirviendo a Dios en verdad; como se rebaja es sirviendo al pecado».

-«Dices bien. ¿Siempre hablas así? ¿Para todos?».

-«Para todos. Ya hablase a Anás o a Gamaliel, ya hablase al mendigo leproso del camino, las palabras son las mismas porque una es la Verdad».

-«Habla, entonces, pues todos estamos aquí porque somos mendigos de una palabra o de una gracia tuyas».

-«Hablaré. Para que no se diga que tengo prejuicios contra quien es honesto en sus convicciones».

-«Han muerto las que tenía. Pero es verdad, en ellas era honesto; creía servir a Dios yendo contra ti».

-«Eres sincero. Por eso mereces comprender a Dios, que nunca es mentira. Pero tus convicciones no han muerto todavía. Yo te lo digo. Son como malas hierbas quemadas. Superficialmente parecen muertas. En verdad han sufrido un duro ataque que las ha arrasado, pero las raíces están vivas, el terreno las nutre, el rocío las invita a echar nuevos rizomas, y éstos nuevas hojas. Hay que vigilar para que ello no suceda; si no, quedarás de nuevo invadido por las malas hierbas.

3 ¡Israel ofrece mucha resistencia a morir!».

-«¿Entonces tiene que morir Israel? ¿Es árbol malo?».

-«Tiene que morir para resucitar».

-«¿Una reencarnación espiritual?».

-«Una evolución espiritual. No hay ningún género de reencarnaciones».

-«Hay quien cree en ella».

-«Están en error».

-«El helenismo ha introducido en nosotros también estas creencias. Y los doctos –como si fuera un nobilísimo alimento– se alimentan de ellas y en ellas se glorían».

-«Contradicción absurda en quienes lanzan anatemas por el descuido de uno de los seiscientos trece preceptos menores».

-«Es verdad. Pero… es así. Agrada imitar aquello que, contrariamente, se aborrece».

-«Pues entonces imitadme a mí, dado que me odiáis. Y será mejor para vosotros».

El escriba debe sonreír finamente, por fuerza, por esta salida de Jesús. La gente está escuchando boquiabierta, y los que están lejos piden a los que están cerca que les repitan las palabras de los dos.

-«Pero Tú, en confidencia, ¿qué piensas de la reencarnación?».

-«Que es un error. Ya lo he dicho».

-«Hay quien sostiene que los vivos se generan de los muertos y los muertos de los vivos, porque lo que es no se destruye».

-«Lo eterno, en efecto, no se destruye. Pero, dime, según tu opinión el Creador tiene limites para sí mismo?».

-«No, Maestro. Pensarlo sería una mengua».

-«Tú lo has dicho. ¿Puede entonces pensarse que permita que un espíritu se reencarne porque llegado a un cierto número de espíritus ya no puede haber más?».

-«No se debería pensar. Pero hay quien lo piensa».

-«Y, lo que es peor, hay quien lo piensa en Israel. Este pensamiento de una inmortalidad del espíritu –grande de por sí en un pagano, aunque unido al error de una inexacta valoración acerca de cómo se produce esta inmortalidad– debería ser perfecto en un israelita. Sin embargo, en el israelita que lo admite en los términos de la tesis pagana, se transforma en pensamiento disminuido, rebajado, culpable. No es, como en el pagano, gloria de un pensamiento que muestra ser digno de admiración por haber tocado casi, por sí mismo, la Verdad, y que, por tanto, da testimonio de la naturaleza compuesta del hombre, por esta intuición suya de la vida perenne de esa cosa misteriosa que se llama alma y que nos distingue de los animales. Mas es mengua del pensamiento que, conociendo la divina Sabiduría y al Dios verdadero, viene a ser materialista incluso en una cosa tan altamente espiritual. 4 El espíritu no transmigra sino del Creador al ser y del ser al Creador, ante el cual se presenta después de la vida para recibir juicio de vida o de muerte. Esto es una verdad. Y eternamente permanece en el lugar a que es enviado».

-«¿No admites el Purgatorio[2]?».

-«Sí. ¿Por qué lo preguntas?».

-«Porque dices: “Permanece en el lugar a que es enviado”. El Purgatorio es temporal».

-«Precisamente por eso, en mi pensamiento lo asimilo a la Vida eterna. El Purgatorio es ya “vida”; mortecina, trabada, pero de todas formas vital. Una vez terminada la estancia temporal en el Purgatorio, el espíritu conquista la perfecta Vida, la alcanza ya sin límites ni ataduras. Quedarán dos cosas: el Cielo, el Abismo; el Paraíso, el Infierno.

Dos categorías: los bienaventurados, los réprobos[3]. Pero, de los tres reinos que actualmente existen, ningún espíritu volverá a vestirse jamás de carne hasta la resurrección final, que clausurará para siempre la encarnación de los espíritus en los cuerpos, de lo inmortal en lo mortal».

-«¿De lo eterno, no?».

-«Eterno es Dios. La eternidad es no tener ni comienzo ni final. Ello es Dios. La inmortalidad es seguir viviendo desde que se empieza a vivir: así para el espíritu del hombre. He aquí la diferencia».

-«Dices: “vida eterna”».

-«Sí. Desde que uno es creado a la vida, puede, por el espíritu, por la gracia y por la voluntad, conseguir la vida eterna. No la eternidad. Vida supone comienzo. No se dice “vida de Dios”, porque Dios no ha tenido comienzo».

-«¿Y Tú?».

-«Yo viviré porque soy también carne, y al espíritu divino he unido el alma del Cristo en carne de hombre».

-«Dios es llamado “el que vive”[4]».

-«Efectivamente, no conoce muerte. El es Vida, la Vida inagotable. No vida de Dios, sino Vida; sólo esto. Son matices, escriba. Pero la Sabiduría y la Verdad se visten de matices».

5 -«¿Hablas así a los gentiles?[5]».

-«No, así no; no entenderían. A ellos les muestro el Sol. Pero se lo muestro de la misma forma como se lo mostraría a un niño que hubiera sido ciego e ignorante hasta ese momento y que milagrosamente hubiera recuperado vista e inteligencia. Así: como astro; sin adentrarme a explicar su composición. Pero vosotros, los de Israel, ni estáis ciegos ni sois ignorantes; desde hace siglos el dedo de Dios os ha abierto los ojos, os ha despejado la mente…».

-«Es verdad, Maestro. Pero a pesar de todo estamos ciegos y somos ignorantes».

-«Tales os habéis hecho. Y no queréis el milagro de quien os ama».

-«Maestro…».

-«Es verdad, escriba».

El escriba agacha la cabeza y guarda silencio. Jesús le deja, y va adelante. Al pasar acaricia a Margziam y al hijito del escriba, los cuales se han puesto a jugar con unas piedrecitas multicolores.

Más que una predicación, lo suyo es una conversación con éste o aquel grupo. Pero es una continua predicación porque va resolviendo todas las dudas, aclarando todas las ideas, resumiendo o ampliando cosas ya dichas o conceptos aprehendidos sólo en parte por alguno. Y las horas pasan así…

[1] Cfr. Cant. de los Cant., por ej.: 2, 8 – 3, 5; 6, 4 – 8, 4.

[2] desconocido en aquel tiempo como vocablo, era conocido como concepto, ya insinuado en 2 Macabeos 12, 45. Por tanto, la expresión Purgatorio, aquí y en otros lugares (por ejemplo en 550.4), puede entenderse como la traducción de ese concepto en el lenguaje de la Obra valtortiana.

[3] Sólo dos categories como en Mt. 25, 31–46. Esta obra, en otras partes, hace notar que Jesús, en su primera ida eliminó el Limbo de los Patriarcas y que cuando regrese por segunda vez, eliminará el de los Párvulos. Por esto nos hemos referido tan sólo a Mt. 25.

[4] Cfr. Jer. 10, 10; y también: Eccli. 18, 1; Dan. 4, 31; 12, 7.

[5] La respuesta de Jesús a esta pregunta puede ayudar a comprender el motivo de ciertas adaptaciones que las verdades sufren, en la presente Obra, cuando se enseñan a romanos y romanas.

12/7/2015 Evangelio según San Marcos 6,7-13.

Decimoquinto Domingo del tiempo ordinario B

Santo(s) del día : Santos Fortunato y Hermágoras,  Beato David Gunston,  San Juan Jones,  Beato Matías Araki ,  Beata Rosa de San Javier Tallien,  San Clemente Ignacio Delgado Cebrián,  Santa Inés Lê Thi Thành,  San Pedro Khanh,  Santa Verónica Calvario

Lecturas

En el segundo año de su vida pública, Jesús va preparando a estos hombres de discípulos a apóstoles y de apóstoles al mundo, preparación que en verdad culmina con la venida del Espíritu Santo en Pentecostés con el mandato final dado en la Ascensión de Cristo.

Segundo año de la Vida Pública de Jesús

265. Instrucciones a los doce apóstoles al comienzo de su ministerio[1].

28 de agosto de 1945.

 preparacion de los doce1       Jesús y los apóstoles –están todos: señal de que Judas Iscariote, cumplida su obra, se ha unido de nuevo a sus compañeros– están sentados a la mesa en la casa de Cafarnaúm. Atardece. La luz del día que declina entra por la puerta y las ventanas abiertas de par en par. A través de éstas, se puede ver cómo la púrpura, del ocaso se va transformando en un rojo violáceo irreal, que en los bordes se desfleca formando abarquillamientos de un color turquí que termina en gris. Me recuerda a una hoja de papel arrojada al fuego: se enciende como el carbón en que cae, pero, en los bordes, después de la llamarada, se abarquilla y se apaga tomando un color plomo azulado que termina en un gris perlino casi blanco.

-«Calor»

sentencia Pedro, señalando hacia la voluminosa nube que viste el occidente de esos colores.

-«Calor. No agua. Eso es niebla, no nube. Esta noche duermo en la barca para estar más fresco».

-«No. Esta noche vamos a los olivares. Necesito hablaros. Judas ya ha vuelto. Es tiempo de hablar. Conozco un lugar ventilado donde estaremos bien. Levantaos. Vamos».

-«¿Está lejos?»

preguntan mientras cogen los mantos.

-«No. Muy cerca. A un tiro de honda de la última casa. Podéis dejar los mantos. Coged, eso sí, yesca y eslabón para vernos al volver».

Salen de la habitación alta y bajan la escalera tras haber saludado al dueño de la casa y a su mujer, que están tomando el fresco en la terraza.

Jesús vuelve resueltamente la espalda al lago, y, atravesada la ciudad, recorre unos doscientos o trescientos metros por entre los olivos de una primera loma de detrás de la ciudad. Se detiene cuando llega al borde de un ribazo, que, por su posición saliente y libre de obstáculos, goza de todo el aire de que es posible gozar en esta noche de bochorno.

2

-«Vamos a sentarnos. Prestadme atención. Ha llegado la hora de vuestra labor evangelizadora. He llegado aproximadamente a la mitad de mi vida pública para preparar los corazones para mi Reino. Ahora es tiempo de que también mis apóstoles tengan parte en la preparación de este Reino. Los reyes actúan así cuando deciden conquistar un país. Primero investigan y toman contacto con personas para oír las reacciones y formarlas en la idea que persiguen. Luego extienden la obra de preparación enviando personas de confianza al reino que quieren conquistar. Envían cada vez más personas, hasta que todas las particularidades geográficas y morales del país son manifiestas. Una vez hecho esto, el rey cumple cabalmente la obra y se proclama rey de ese lugar y se corona rey. Para llevarlo a cabo corre la sangre. Porque las victorias cuestan siempre sangre…».

-«Estamos resueltos a luchar por ti y a derramar nuestra sangre»

prometen unánimemente los apóstoles.

-«Sólo derramaré la sangre del Santo y de los santos».

-«¿Quieres empezar la conquista por el Templo, irrumpiendo durante la hora de los sacrificios?…».

-«No divagemos, amigos. Sabréis el futuro a su debido tiempo. No os estremezcáis de horror de todas formas. Os aseguro que no voy a trastocar las ceremonias con la violencia de una irrupción. Y, no obstante, serán desbaratadas; llegará un día, una tarde, en que el terror, el terror de los pecadores, impedirá la oración ritual. Mas Yo, esa tarde, estaré en paz, en paz con mi espíritu y mi cuerpo, una paz total, feliz…».

Jesús mira, uno a uno, a sus doce; es como si mirase la misma página doce veces y en ella leyera doce veces la misma palabra escrita: no comprenden. Sonríe y prosigue.

3

-«Pues bien, he decidido enviaros, para penetrar más y más ampliamente de cuanto Yo solo podría hacer. Pero pondré prudenciales diferencias entre mi modo de evangelizar y el vuestro, para no crearos dificultades demasiado fuertes ni meteros en peligros demasiado serios para vuestra alma y vuestro cuerpo y para no causar perjuicio a mi obra.

  • Todavía no estáis formados hasta el punto de poder relacionaros con cualquier persona, quienquiera que sea, sin que os perjudique o la perjudiquéis,
  • ni –mucho menos aún– tenéis el heroísmo suficiente como para desafiar al mundo por causa de la Idea adelantándoos a hacer frente a las venganzas del mundo.
  • Por tanto, no vayáis a los gentiles cuando vayáis a predicarme, ni entréis en las ciudades de los samaritanos; id más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel: hay mucha labor que hacer con éstas; en verdad os digo que estas multitudes, que os parecen muchas, en torno a mí, son la centésima parte de las que en Israel todavía esperan al Mesías y no le conocen ni saben que vive. Llevadles a éstas la fe y el conocimiento de mí.
  • Por el camino predicad: “El Reino de los Cielos está cerca”. Este debe ser el anuncio basilar, apoyad en él toda vuestra predicación. ¡Mucho me habéis oído hablar del Reino! No tenéis sino que repetir mis palabras.

Ahora bien, el hombre, para sentirse atraído por las verdades espirituales, para sentirse convencido de ellas, necesita estímulos de carácter material, como si fuera un eterno niño, que no estudia una lección, no aprende un oficio, si no tiene el estímulo de un dulce de su madre o de un premio del maestro de la escuela o del maestro del oficio. Pues bien, para que dispongáis del medio para que crean en vosotros y os busquen, os concedo el don de milagros…».

Los apóstoles se levantan de improviso –excepto Santiago de Alfeo y Juan– y, según el temperameto de cada uno, gritan, protestan, se exaltan… Verdaderamente el único que se pavonea de la idea de hacer milagros es Judas Iscariote, el cual, a pesar de la gran deuda que tiene en su alma de haber hecho una acusación falsa e interesada, exclama: «¡Ya era hora de que también nosotros hiciéramos esto, para gozar de un mínimo de autoridad sobre las multitudes!».

Jesús le mira, pero no dice nada. Pedro y el Zelote –que están diciendo: «¡No, Señor! ¡No somos dignos de tanto! Eso es para los santos»– rebaten enérgicamente a Judas: el Zelote dice: «¿Cómo te atreves, hombre necio y orgulloso, a censurar al Maestro?»; y Pedro: «¿Un mínimo? ¿Pero, qué quieres hacer más que milagros? ¿Ser Dios tú también? ¿Sientes, acaso, la misma comezón que Lucifer?».

«¡Silencio!» dice Jesús con tono autoritario. Y prosigue:

«Hay una cosa que supera al milagro y que convence igualmente a las multitudes, y con mayor profundidad y duración: una vida santa. Pero vosotros estáis todavía lejos de esta vida, y tú, Judas, más lejos que los demás. Mas dejadme hablar porque es una larga instrucción.

4 Id, pues, y curad a los enfermos, limpiad a los leprosos, resucitad a los muertos del cuerpo y del espíritu (porque cuerpo y espíritu pueden estar igualmente enfermos, leprosos, muertos). Ya sabéis cómo se obra un milagro:

  1. con vida de penitencia,
  2. ferviente oración,
  3. sincero deseo de hacer brillar el poder de Dios,
  4. humildad profunda,
  5. viva caridad,
  6. encendida fe,
  7. esperanza imperturbable ante cualquier tipo de dificultad.

En verdad os digo que todo es posible para quien dispone de estos elementos.

Y los demonios huirán ante el Nombre del Señor pronunciado por vosotros, si tenéis cuanto he dicho.

Este poder os viene de mí y de nuestro Padre. No se compra con moneda alguna. Sólo nuestra voluntad lo concede, sólo la vida justa lo mantiene.

De la misma forma que se os da gratis, gratuitamente habéis de darlo a los demás, a los que tengan necesidad de él.

¡Ay de vosotros si rebajáis el don de Dios sirviéndoos de él para engrosar vuestra bolsa! No es vuestro poder, es poder de Dios. Usadlo, mas no os apropiéis de él diciendo: “Es mío”. De la misma forma que se os da, se os puede quitar.

Simón de Jonás poco antes ha dicho a Judas de Simón: “¿Tienes la misma comezón que Lucifer?”. Ha expresado una justa definición. Decir: “Hago lo que hace Dios porque soy como Dios” es imitar a Lucifer. Su castigo lo conocemos.

También sabemos lo que les sucedió a los dos que comieron el fruto prohibido en el paraíso terrenal, por instigación del Envidioso –que quería llevar a otros desdichados a su Infierno, además de los rebeldes angélicos que ya había–, y también por el propio prurito de soberbia[2]88 perfecta.

El único fruto que os es lícito coger de lo que hacéis son las almas que con el milagro conquistaréis para el Señor y que deben entregársele al Señor. Esas son vuestras monedas, no otras; en la otra vida gozaréis de su tesoro.

5

  • Id sin riquezas. No llevéis con vosotros ni oro, ni plata, ni monedas en vuestros cinturones; ni saca de viaje con dos o más indumentos y calzado de repuesto, ni bastón de peregrino, ni armas humanas. En efecto, por ahora, vuestras visitas apostólicas serán cortas y todas las vigilias de los sábados nos veremos, y podréis dejar vuestros vestidos sudados sin tener necesidad de llevar con vosotros uno para cambiaros. No hace falta el bastón, porque el camino es aquí suave; bien distinto es lo que se necesita en los desiertos y montañas altas de lo que se necesita en colinas y llanuras.
  • No hacen falta armas; éstas son útiles para el hombre que no conoce la santa pobreza e ignora el divino perdón. Mas vosotros no tenéis tesoros que cuidar y defender de los ladrones.
  • El único al que debéis temer, el único ladrón para vosotros es Satanás, y Satanás se vence con la constancia y la oración, no con espadas y puñales.
  • Perdonad al que os ofenda. Si os despojasen del manto, dad también la túnica. Aunque os quedarais completamente desnudos por mansedumbre y desapego de las riquezas, no escandalizaríais a los ángeles del Señor ni a la infinita Castidad de Dios, porque vuestra caridad vestiría de oro vuestro cuerpo desnudo, la mansedumbre os sería compuesto cinturón, el perdón hacia el ladrón os pondría manto y corona regia; estaríais, por tanto, mejor vestidos que un rey, no de tela corruptible, sino de materia incorruptible.
  • No os preocupéis por qué habréis de comer. Dispondréis siempre de lo apropiado para vuestra condición y ministerio, porque el obrero es digno del alimento que le ofrecen. Siempre. Dios proveería de lo necesario a su obrero, si los hombres no lo hicieran. Ya os he mostrado que para vivir y predicar no es necesario atiborrarse de comida. Eso va bien para los animales impuros, cuya misión es la de engordar para ser entregados a la muerte y engordar a los hombres.
  • Vosotros sólo debéis nutrir bien vuestro espíritu y el de los demás con alimentos sapienciales. Mas la Sabiduría se hace presente con su luz a una mente no embotada por la crápula, a un corazón que se nutre de cosas espirituales. Jamás habéis sido tan elocuentes como después del retiro en el monte, y en aquel entonces comisteis sólo lo indispensable para no morir; pues bien, a pesar de ello, al final del retiro estabais fuertes y joviales como nunca. ¿No es, acaso, verdad?
  • 6 En cualquier ciudad que entréis, informaos de que haya quien merezca recibiros. No porque seáis Simón, Judas, Bartolomé, Santiago, Juan, etc., sino porque sois los mensajeros del Señor. Aunque hubierais sido escoria, asesinos, ladrones, publicanos, ahora, arrepentidos y a mi servicio, merecéis respeto porque sois mis mensajeros. Digo más. Digo: ¡Ay de vosotros si, teniendo la apariencia de mensajeros míos, por dentro sois viles y diabólicos!, ¡Ay de vosotros!; el infierno es poco para lo que merecéis por vuestro engaño. Mas, aunque fuerais contemporáneamente mensajeros de Dios en la apariencia y, por dentro, escoria, publicanos, ladrones, asesinos; aunque los corazones tuvieran sospechas respecto a vosotros, o casi certeza… se os debe honrar y respetar porque sois mis mensajeros. El ojo del hombre debe ir más allá del medio, debe ver al mensajero y debe ver el fin, ver a Dios y su obra más allá del medio, que demasiado frecuentemente es deficiente. Sólo en casos de culpas graves que dañen la fe de los corazones, Yo por ahora, luego quien me suceda, tomaremos medidas para amputar el miembro corrompido. Porque no es lícito que por un sacerdote demonio se pierdan almas de fieles. Nunca será lícito, por esconder las llagas abiertas en el cuerpo apostólico, permitir que en él pervivan cuerpos gangrenados que con su aspecto repugnante obliguen a alejarse y con su hedor demoniaco envenenen. Os informaréis, por tanto, de cuál es la familia de vida más recta, donde las mujeres saben estar retiradas y se disciplinan las costumbres. Entraréis en esa casa y en ella os alojaréis hasta el momento de vuestra partida. No imitéis a los zánganos, que después de succionar una flor pasan a otra más nutritiva. Tanto si os veis entre personas de buena cama y rica mesa, como si os toca una familia humilde, rica sólo en virtudes, quedaos donde estéis. No busquéis nunca “lo mejor” para el cuerpo mortal. Antes bien, dadle siempre lo peor y reservad todos los derechos al espíritu. Si podéis –os digo esto porque conviene que lo hagáis–, con toda diligencia, dad la preferencia a los pobres para vuestra estancia en el lugar: para no humillarlos, y en memoria mía, que soy y permanezco pobre y me glorío de serlo, y también porque los pobres frecuentemente son mejores que los ricos. Encontraréis siempre pobres justos, mientras que será raro encontrar un rico exento de injusticia. No tenéis, por tanto, la disculpa de decir: “Sólo he encontrado bondad en los ricos”, para justificar vuestra sed de bienestar.
  • Al entrar en la casa saludad con mi saludo, que es el más dulce de los saludos. Decid:“La paz sea con vosotros. Paz a esta casa” o “la paz descienda sobre esta casa”. En efecto, vosotros, mensajeros de Jesús y de la Buena Nueva, lleváis con vosotros la paz, y vuestra llegada a un lugar significa hacer llegar a ese lugar la paz. Si la casa es digna de la paz, la paz descenderá sobre ella y permanecerá en ella; si no lo es, la paz volverá a vosotros. Mas estad atentos a ser vosotros pacíficos, para tener por Padre a Dios. Un padre siempre ayuda; vosotros, ayudados por Dios, haréis todo, y lo haréis bien.
  • Puede suceder, es más, sucederá, que una ciudad o una casa no os reciban; no querrán escuchar vuestras palabras, os expulsarán, os tomarán a risa, os perseguirán a pedradas cual profetas molestos. Entonces tendréis más necesidad que nunca de ser pacíficos, humildes, mansos, como hábito de vida. Si no, la ira se impondrá y pecaréis: escandalizaréis y aumentaréis la incredulidad de los que se han de convertir. Sin embargo, si recibís con paz la ofensa que supone el ser expulsados, escarnecidos, perseguidos, convertiréis con el más bello de los discursos: la silenciosa predicación de la virtud verdadera. Un día volveréis a encontrar a los enemigos de hoy en vuestro camino, y os dirán: “Os hemos buscado porque vuestro modo de actuar nos ha persuadido de la Verdad que anunciáis. Os pedimos vuestro perdón y que nos acojáis como discípulos. Porque no os conocíamos. Pero ahora sabemos que sois santos. Por tanto, si sois santos, debéis ser mensajeros de un Santo. Ahora creemos en El”. De todas formas, al salir de la ciudad o casa que no os hayan recibido, sacudíos hasta el polvo de las sandalias, para que la soberbia y la dureza de aquel lugar no se pegue ni siquiera a vuestras suelas. En verdad os digo que el día del Juicio Sodoma y Gomorra serán tratadas con menos dureza que esa ciudad.
  • 7 Mirad, os envío como ovejas en medio de lobos. Sed, pues, prudentes como las serpientes y sencillos como las palomas. Porque ya sabéis cómo el mundo –que, en verdad, es más de lobos que de ovejas– me trata a mí, que soy el Cristo. Yo puedo defenderme con mi poder, y lo haré mientras no llegue la hora del triunfo temporal del mundo. Pero vosotros no tenéis este poder y necesitáis mayor prudencia y sencillez. Mayor sagacidad, por tanto, para evitar, por ahora, cárceles y flagelaciones.
  • Verdaderamente, a pesar de vuestras abiertas declaraciones de querer dar vuestra sangre por mí, por el momento no soportáis ni siquiera una mirada irónica o iracunda. Llegará un tiempo en que seréis fuertes como héroes contra todas las persecuciones; más fuertes que héroes, con un heroísmo inconcebible para los criterios del mundo, inexplicable, que será llamado “locura”. ¡No, no será locura! Será la identificación, en virtud del amor, del hombre con el Hombre–Dios, y sabréis hacer lo que Yo haga. Para comprender este heroísmo hará falta verle, estudiarle y juzgarle, desde niveles ultraterrenos, porque es una cosa sobrenatural que se escapa a todas las restricciones de la naturaleza humana. Los reyes, los reyes del espíritu serán mis héroes, eternamente reyes y héroes…
  • En aquella hora os arrestarán, os pondrán las manos encima, os llevarán ante los tribunales, los jefes y los reyes, para que os juzguen y condenen por ese gran pecado ante los ojos del mundo que es el ser los siervos de Dios, los ministros y tutores del Bien, los maestros de las virtudes. Por ser estas cosas os flagelarán y os castigarán de mil modos, hasta acabar con vuestra vida. Y daréis testimonio de mí a los reyes, a los jefes, a las naciones, confesando con la sangre que amáis a Cristo, el Hijo verdadero del Dios verdadero.
  • Cuando caigáis en sus manos, no os aflijáis por lo que tendréis que responder ni de lo que habréis de decir. En aquella hora no debéis tener ninguna pena aparte de la de la aflicción por vuestros jueces y acusadores, que Satanás desvía hasta el punto de hacerlos ciegos para la Verdad. Las palabras que habrá que decir se os darán en ese momento. Vuestro Padre las pondrá en vuestros labios, porque en aquella hora no seréis vosotros los que habléis para convertir a la Fe y para profesar la Verdad, sino que será el Espíritu del Padre vuestro el que hablará en vosotros.
  • 8 En aquella hora el hermano dará muerte al hermano, el padre al hijo, los hijos se levantarán contra sus padres y los matarán. ¡No desfallezcáis ni os escandalicéis!

Respondedme: ¿para vosotros es mayor delito matar a un padre, a un hermano, a un hijo, o a Dios mismo?».

-«A Dios no se le puede matar»

dice secamente Judas Iscariote.

-«Es verdad. Es Espíritu inaprensible»

confirma Bartolomé. Y los demás, aunque callen, son de la misma opinión.

-«Yo soy Dios, y Carne soy»

dice serenamente Jesús.

-«Nadie pretende matarte»

replica Judas Iscariote.

-«Os ruego que respondáis a mi pregunta».

-«¡Es más grave matar a Dios! ¡Se entiende!».

  • «Pues bien, el hombre dará muerte a Dios, en la Carne del Hombre Dios y en el alma de los asesinos del Hombre Dios. Por tanto, de la misma forma que se llegará a cumplir este delito, sin el horror de sus autores, se llegará al delito de los padres, hermanos, hijos, contra hijos, hermanos, padres.
  • 9 Seréis odiados por todos a causa de mi Nombre. Mas quien persevere hasta el final se salvará. Cuando os persigan en una ciudad, huid a otra (no por vileza, sino para darle tiempo a la recién nacida Iglesia de Cristo de alcanzar la edad adulta –superando la edad del lactante débil e inexperto– en que sea capaz de afrontar la vida y la muerte sin temer a la Muerte). Aquellos a quienes el Espíritu les aconseje huir huyan, como huí Yo cuando era pequeño.
  • Verdaderamente en la vida de mi Iglesia se repetirán todas las vicisitudes de mi vida de hombre. Todas. Desde el misterio de su formación en la humildad en los primeros tiempos, a las turbaciones e insidias que le vendrán de los hombres violentos, o a la necesidad de huir para seguir existiendo; desde la pobreza y el trabajo infatigable, hasta muchas otras cosas que vivo actualmente, o que sufriré mañana, hasta llegar al triunfo eterno.
  • Aquellos a quienes, por el contrario, el Espíritu les aconseja quedarse quédense: sí, aunque caigan asesinados, vivirán y serán útiles a la Iglesia; sí, siempre está bien lo que el Espíritu de Dios aconseja.
  • 10 En verdad os digo que no acabaréis, ni vosotros ni los que os sucedan, de recorrer los caminos y ciudades de Israel antes de que venga el Hijo del Hombre.
  •  Porque Israel, por un tremendo pecado suyo, será dispersado, como cascarilla embestida por un torbellino, y diseminado por toda la Tierra; habrán de sucederse siglos y milenios, uno y otro y otro…, antes de que sea recogido de nuevo en la era de Arauná el Jebuseo[3]. Cada vez que lo intente, antes de la hora señalada, será nuevamente embestido por el torbellino y dispersado, porque Israel tendrá que llorar su pecado durante tantos siglos cuantas serán las gotas que lloverán de las venas del Cordero de Dios inmolado por los pecados del mundo. Mi Iglesia –agredida por Israel en mí y en mis apóstoles y discípulos– deberá abrir sus brazos maternos, para tratar también de recoger a Israel bajo su manto, como hace una gallina con los polluelos que se dispersan.
  • Cuando todo Israel esté bajo el manto de la Iglesia de Cristo, vendré.

11 Mas éstas son cosas futuras, hablemos de las inmediatas.

    1. Tened siempre presente que el discípulo no es más que su Maestro, ni el siervo más que su Señor; bástele, pues, al discípulo ser como su Maestro (ya de por sí inmerecido honor), y al siervo como su señor (la concesión de lo cual, ya de por sí, es bondad sobrenatural). Si han llamado Belcebú al Señor de la casa, ¿qué llamarán a sus siervos? ¿Podrán, acaso, rebelarse los siervos cuando no se rebela su Señor, ni odia ni maldice, sino que, sereno en su justicia, continúa su obra, posponiendo el juicio para otro momento, una vez que, habiendo intentado todo para persuadirlos, haya visto su obstinación en el Mal? No. Los siervos no podrán hacer lo que no hace su Señor; antes bien, deberán imitarle, pensando que ellos también son pecadores, mientras que El no tenía pecado. No temáis, por tanto, a los que os llamen “demonios”. Día llegará en que la verdad será sabida; entonces se verá quiénes eran los “demonios”, si vosotros o ellos.
    2. No hay nada escondido que quede sin revelar; nada secreto que no se venga a saber. Lo que ahora os digo en la sombra y en secreto, porque el mundo no es digno de conocer todas las palabras del Verbo –no es digno el mundo todavía, ni es hora de hacer extensiva la manifestación de estas cosas a los indignos–,
    3. cuando llegue la hora de que todo deba ser conocido, decidlo a la luz, gritad desde los tejados lo que Yo ahora os susurro más al alma que al oído.
    4. Entonces, en efecto, el mundo ya habrá sido bautizado por la Sangre.
    5.  Satanás encontrará ante sí un estandarte por el que el mundo, si quiere, podrá comprender los secretos de Dios; él, sin embargo, no podrá dañar sino a quien desea su mordisco y lo prefiere a mi beso.
    6. Mas ocho partes de diez del mundo no querrán comprender. Sólo las minorías tendrán voluntad de saber todo para seguir todo lo que es mi Doctrina. No importa. Dado que no se puede separar estas dos partes santas de la masa injusta,
    7. predicad desde los tejados mi Doctrina, predicadla desde lo alto de los montes, por los mares sin confines, en las entrañas de la tierra; aunque los hombres no la escuchen, recogerán las divinas palabras los pájaros y los vientos, los peces y las olas, conservarán su eco las entrañas del suelo para decírselo a los manantiales internos, a los minerales, a los metales, y exultarán todos ellos, porque también ellos han sido creados por Dios para ser escabel de mis pies y alegría de mi corazón.
    8. No temáis a los que matan el cuerpo pero no pueden matar el alma; temed sólo a quien puede mandar vuestra alma a la perdición y reunirla en el Ultimo Juicio con el cuerpo resucitado, para arrojarlos al fuego del Infierno. No temáis. ¿No se venden dos pájaros por un as? Y, sin embargo, si el Padre no lo permite, ni uno de ellos caerá a pesar de todas las asechanzas del hombre. No temáis, pues. El Padre os conoce. Como también conoce el número de vuestros cabellos. ¡Vosotros valéis más que muchos pájaros!
    9. Os digo que a quien me confiese ante los hombres Yo también le confesaré ante mi Padre, que está en los Cielos; mas a quien me niegue ante los hombres, también Yo le negaré ante mi Padre. Confesar, aquí, significa seguir y practicar; negar significa abandonar mi camino por vileza, por ternaria concupiscencia, por mezquino cálculo, por afecto humano hacia un allegado vuestro contrario a mí. Porque estas cosas sucederán.
    10. 12 No creáis que he venido a instaurar la concordia en la tierra y para la tierra. Mi paz es más alta, que las paces premeditadas que tienen la finalidad de poderse uno manejar diariamente en la vida. No he venido a traer la paz, sino la espada; la espada afilada para cortar las lianas que impiden salir del fango, abriendo así los caminos a los vuelos en el mundo sobrenatural.
    11. Así pues, he venido a separar al hijo del padre, a la hija de la madre, a la nuera de la suegra. Porque Yo soy el que reina y tiene todos los derechos sobre sus súbditos. Porque ninguno es más grande que Yo en derechos sobre los afectos. Porque en mí se centran todos los amores y se subliman; soy Padre, Madre, Esposo, Hermano, Amigo: así os amo y así debo ser amado. Cuando digo: “Quiero” ningún vínculo puede resistir y la criatura es mía. Yo con mi Padre la he creado, Yo por mí mismo la salvo, Yo tengo derecho a poseerla.
    12. Verdaderamente los enemigos del hombre, además de los demonios, son los propios hombres; enemigos del hombre nuevo, del cristiano, serán los de su propia casa, con sus quejas, amenazas o súplicas. Pues bien, quien, de ahora en adelante, ame a su padre y a su madre más que a mí no es digno de mí; quien ama a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí;
    13. el que no toma su cruz de cada día, compleja, formada de resignación, renuncias, obediencia, heroísmos, dolores, enfermedades, lutos, de todo aquello que es manifestación de la voluntad de Dios o de una prueba del hombre… el que no la toma y con ella me sigue no es digno de mí.
    14. Quien estima más su vida terrena que la vida espiritual perderá la Vida verdadera. Quien pierda su vida terrena por amor mío la volverá a encontrar, eterna y feliz.
    15. 13 Quien a vosotros os recibe a mí me recibe, quien me recibe a mí recibe a Aquel que me ha enviado; quien reciba a un profeta como profeta recibirá premio proporcional a la caridad ejercida con el profeta; quien reciba a un justo como justo recibirá un premio proporcional al justo. Esto es así porque el que reconoce al profeta en el profeta es señal de que también él es profeta, es decir, muy santo porque el Espíritu de Dios le tiene en sus brazos; y quien reconoce a un justo como justo demuestra que él mismo es justo, porque las almas semejantes se reconocen. A cada uno, pues, se le dará según justicia.
    16. Quien dé aunque sólo sea un vaso de agua pura a uno de mis siervos, aunque fuera al más pequeño –y son siervos de Jesús todos los que le predican con una vida santa, y pueden serlo tanto los reyes como los mendigos, tanto los que saben mucho como los que no saben nada, los ancianos o los niños, porque a todas las edades y en todas las clases se puede ser discípulo mío–, quien dé a un discípulo mío aunque sólo sea un vaso de agua en mi nombre y por ser discípulo mío, en verdad os digo que no perderá su recompensa.

14 He dicho. Ahora vamos a orar y luego volvemos a la casa. Al alba partiréis; así:

Simón de Jonás con Juan, Simón Zelote con Judas Iscariote, Andrés con Mateo, Santiago de Alfeo con Tomás, Felipe con Santiago de Zebedeo, Judas mi hermano con Bartolomé. Esta semana será así. Luego daré nuevas indicaciones. Vamos a orar».

Y oran en voz alta…

[1] Cfr. Mt. 10, 5–42; Mc. 6, 8–11; 13, 9–13. Lc. 9, 3–5; 10, 3–12; 12, 2–9 y 11–12 y 51–53; 14, 26–27; 21, 12–19.

[2] Cfr. Apéndice en el vol. 1, pág. 256

[3] recuerda el final de un flagelo querido por el Señor, en 2 Samuel 24, 16-25 :     16Y como el ángel extendió su mano sobre Jerusalem para destruirla, Jehová se arrepintió de aquel mal, y dijo al ángel que destruía el pueblo: Basta ahora; detén tu mano. Entonces el ángel de Jehová estaba junto á la era de Arauna Jebuseo.17Y David dijo á Jehová, cuando vió al ángel que hería al pueblo: Yo pequé, yo hice la maldad: ¿qué hicieron estas ovejas? Ruégote que tu mano se torne contra mí, y contra la casa de mi padre.     18Y Gad vino á David aquel día, y díjole: Sube, y haz un altar á Jehová en la era de Arauna Jebuseo.     19Y subió David, conforme al dicho de Gad, que Jehová le había mandado.     20Y mirando Arauna, vió al rey y á sus siervos que pasaban á él. Saliendo entonces Arauna, inclinóse delante del rey hacia tierra.     21Y Arauna dijo: ¿Por qué viene mi señor el rey á su siervo? Y David respondió: Para comprar de ti la era, para edificar altar á Jehová, á fin de que la mortandad cese del pueblo.     22Y Arauna dijo á David: Tome y sacrifique mi señor el rey lo que bien le pareciere; he aquí bueyes para el holocausto; y trillos y otros pertrechos de bueyes para leña:     23Todo lo da como un rey Arauna al rey. Luego dijo Arauna al rey: Jehová tu Dios te sea propicio.     24Y el rey dijo á Arauna: No, sino por precio te lo compraré; porque no ofreceré á Jehová mi Dios holocaustos por nada. Entonces David compró la era y los bueyes por cincuenta siclos de plata.     25Y edificó allí David un altar á Jehová, y sacrificó holocaustos y pacíficos; y Jehová se aplacó con la tierra, y cesó la plaga de Israel. y en 1 Crónicas 21, 1 – 22, 1. 1MAS Satanás se levantó contra Israel, é incitó á David á que contase á Israel.     2Y dijo David á Joab y á los príncipes del pueblo: Id, contad á Israel desde Beer-seba hasta Dan, y traedme el número de ellos para que yo lo sepa.     3Y dijo Joab: Añada Jehová á su pueblo cien veces otros tantos. Rey señor mío, ¿no son todos estos siervos de mi señor? ¿para qué procura mi señor esto, que será pernicioso á Israel?     4Mas el mandamiento del rey pudo más que Joab. Salió por tanto Joab, y fué por todo Israel; y volvió á Jerusalem, y dió la cuenta del número del pueblo á David.     5Y hallóse en todo Israel que sacaban espada, once veces cien mil; y de Judá cuatrocientos y setenta mil hombres que sacaban espada.     6Entre estos no fueron contados los Levitas, ni los hijos de Benjamín, porque Joab abominaba el mandamiento del rey.     7Asimismo desagradó este negocio á los ojos de Dios, é hirió á Israel.     8Y dijo David á Dios: He pecado gravemente en hacer esto: ruégote que hagas pasar la iniquidad de tu siervo, porque yo he hecho muy locamente.    9Y habló Jehová á Gad, vidente de David, diciendo:    10Ve, y habla á David, y dile: Así ha dicho Jehová: Tres cosas te propongo; escoge de ellas una que yo haga contigo.    11Y viniendo Gad á David, díjole: Así ha dicho Jehová:    12Escógete, ó tres años de hambre; ó ser por tres meses deshecho delante de tus enemigos, y que la espada de tus adversarios te alcance; ó por tres días la espada de Jehová y pestilencia en la tierra, y que el ángel de Jehová destruya en todo el término de Israel: mira pues qué he de responder al que me ha enviado.    13Entonces David dijo á Gad: Estoy en grande angustia: ruego que yo caiga en la mano de Jehová; porque sus misericordias son muchas en extremo, y que no caiga yo en manos de hombres.    14Así Jehová dió pestilencia en Israel, y cayeron de Israel setenta mil hombres.    15Y envió Jehová el ángel á Jerusalem para destruirla: pero estando él destruyendo, miró Jehová, y arrepintióse de aquel mal,

5/7/2015 Evangelio según San Marcos 6,1-6.

Decimocuarto Domingo del tiempo ordinario B
Santo(s) del día : San Antonio María Zaccaría

Lecturas

Primer Año De La Vida Pública de Jesús.

106. Expulsión de Nazaret[1]70. Jesús consuela a su Madre.

Tarde del 13 de febrero de 1944.

jesus predica en nazaret1       Veo una amplia sala cuadrada. Digo sala, a pesar de que comprendo que se trata de la sinagoga de Nazaret –como me dice el íntimo consejero–, porque no hay sino paredes desnudas pintadas de un amarillo pajizo y en una parte una especie de cátedra.

Hay también un alto ambón que tiene encima unos rollos. Ambón, estante… llámelo como mejor le parezca. Es, en definitiva, una especie de plano inclinado sujeto por un pie; sobre él están alineados unos rollos.

Hay gente orando. No como rezamos nosotros, sino vueltos todos hacia un lado con las manos separadas: más o menos como el sacerdote en el altar.

Hay lámparas dispuestas sobre la cátedra y el ambón.

No veo la finalidad de estar contemplando esto, que no cambia y que me queda fijo así por un tiempo, pero Jesús me dice que escriba lo que veo, y yo lo hago[2]71.

2       Me encuentro de nuevo en la sinagoga de Nazaret. Ahora el rabino está leyendo.

Oigo la cantinela de voz nasal, pero no entiendo las palabras, pues las pronuncian en una lengua que yo no sé.

Entre la gente está también Jesús con sus primos apóstoles y con otros (también parientes, sin duda, pero no sé quiénes son).

Después de la lectura el rabino dirige la mirada, en actitud de muda expectativa, hacia la multitud.

Jesús pasa adelante y solicita encargarse hoy de la reunión de la asamblea.

Oigo su hermosa voz, que lee el paso de Isaías citado por el Evangelio[3]72:

“El espíritu del Señor está sobre mí… “.

Y oigo el comentario que hace al respecto, diciendo de sí mismo que es

«el portador de la Buena Nueva, de la ley del amor, que pone misericordia donde antes había rigor; por la cual todos aquellos que, por la culpa de Adán, padecen enfermedad en el espíritu, y, como reflejo, en la carne –porque el pecado siempre suscita el vicio y el vicio enfermedad incluso física – obtendrán la salud; por la cual todos los prisioneros del Espíritu del mal obtendrán la liberación. Yo he venido – dice – a romper estas cadenas, a abrir de nuevo el camino de los Cielos, a proporcionar luz a las almas que han sido cegadas, oído a las sordas. Ha llegado el tiempo de la Gracia del Señor. Ella está entre vosotros, Ella es esta que os habla. Los Patriarcas desearon ver este día, cuya existencia ha sido proclamada por la voz del Altísimo y cuyo tiempo predijeron los Profetas[4]73, y ya, llevada a ellos por ministerio sobrenatural, saben que el alba de este día ha roto, y su entrada en el Paraíso está ya cercana, exultando por ello en sus espíritus; santos a quienes no falta sino mi bendición para ser ciudadanos del Cielo.

Vosotros lo estáis viendo. Venid hacia la Luz que ha surgido. Despojaos de vuestras pasiones para resultar ágiles en el seguir a Cristo. Tened la buena voluntad de creer, de mejorar, de desear la salud, y la salud os será dada; la tengo en mi mano, pero sólo se la doy a quien tiene buena voluntad de poseerla, porque sería una ofensa a la Gracia el darla a quien quiere continuar sirviendo a Satanás».

3       El murmullo se desata en la sinagoga.

sinagoga de nazaretJesús mira en torno a sí. Lee los rostros y el interior de los corazones y prosigue:

«Comprendo lo que estáis pensando. Vosotros, dado que soy de Nazaret, querríais un favor de privilegio; más esto por vuestro egoísmo, no por potencia de fe. Así que os digo que, en verdad, a ningún profeta se le recibe bien en su patria. Otros lugares me han acogido, y me acogerán, con mayor fe, incluso aquellos cuyo nombre es motivo de escándalo entre vosotros. Allí cosecharé mis seguidores, mientras que en esta tierra no podré hacer nada, porque se me presenta cerrada y hostil. Os recuerdo a Elías y Eliseo.

El primero halló fe en una mujer fenicia; el segundo, en un sirio[5]74: en favor de aquélla y de éste pudieron realizar el milagro. Los de Israel que estaban muriéndose de hambre y los leprosos de Israel no obtuvieron pan o curación, porque su corazón no tenía la buena voluntad, perla fina que el profeta, de haber existido, hubiera visto. Lo mismo os sucederá a vosotros, hostiles e incrédulos ante la Palabra de Dios».

4       La multitud se alborota e impreca, e intenta ponerle la mano encima a Jesús, pero los apóstoles–primos[6]75 (Judas, Santiago y Simón) le defienden, y entonces los enfurecidos nazarenos le echan fuera de la ciudad. Van detrás con amenazas –no solamente verbales– hasta el comienzo del monte. Pero Jesús se vuelve y los inmoviliza con su mirada magnética, y pasa incólume entre ellos. Desaparece luego, camino arriba, por un sendero.

5       Veo un pequeño, pequeñísimo, grupo de casas, un puñado de casas. Hoy lo llamaríamos anejo rural. Está más alta que Nazaret, la cual se ve más abajo. Dista de ésta pocos kilómetros. Es un caserío misérrimo.

Jesús, sentado encima de una pequeña tapia, junto a una casucha, habla con María. Quizás es una casa amiga, o por lo menos de gente hospitalaria, según las leyes de la hospitalidad oriental. Jesús se ha refugiado en ella después de haber sido echado de Nazaret, para esperar a los apóstoles que se habían dispersado por la zona mientras estaba con su Madre.

Con El sólo se encuentran los tres apóstoles–primos, que están recogidos dentro de la cocina y hablan con una mujer anciana a la que Tadeo llama madre. Por ello comprendo que se trata de María de Cleofás. Es una mujer más bien anciana, y la reconozco como la que estaba con María en las bodas de Caná. Claro, es que María de Cleofás y sus hijos se han retirado para que Jesús y su Madre puedan hablar libremente.

6       María está afligida. Ha venido a saber lo de la sinagoga y está triste. Jesús la consuela. María le suplica a su Hijo que se mantenga lejos de Nazaret, donde todos están mal predispuestos hacia El, incluyendo a los otros familiares que le consideran un loco que está deseando suscitar rencores y disputas. Pero Jesús hace un gesto sonriendo; parece como si dijera:

“¿Por esta pequeñez? ¡Olvídate de ello!”.

Pero María insiste.  Entonces El responde:

«Mamá, si el Hijo del Hombre hubiera de ir únicamente a donde le aman, tendría que retirar su paso de esta Tierra y volverse al Cielo. Tengo en todas partes enemigos, porque se odia la Verdad, y Yo soy la Verdad. Pero no he venido para encontrar un amor fácil. He venido para hacer la voluntad del Padre y redimir al hombre. El amor eres tú, Mamá, mi amor, el que me compensa todo. Tú y este pequeño rebaño que todos los días se va acrecentando con alguna oveja que arranco a los lobos de las pasiones y llevo al redil de Dios. Lo demás es el deber. He venido para cumplir este deber y debo cumplirlo, si es preciso aún cuando me parta en pedazos contra las piedras de los corazones que oponen firme resistencia al bien. Es más, sólo cuando caiga, bañando de sangre esos corazones, los ablandaré estampando en ellos el Signo mío, que anula el del Enemigo. Mamá, he bajado del Cielo para esto. No puedo sino desear cumplirlo».

«¡Oh! ¡Hijo! ¡Hijo mío!»

–María habla con voz acongojada–. Jesús la acaricia. Noto que María lleva en la cabeza, además del velo, el manto; más velada que nunca, como una sacerdotisa.

7 «Me ausentaré durante un tiempo por darte gusto. Cuando esté cerca, mandaré a alguien a avisarte».

«Manda a Juan. Viéndole a Juan me parece verte un poco a ti. Su madre se prodiga en atenciones hacia mí y hacia ti. Es verdad que espera un lugar privilegiado para sus hijos. Es mujer y madre, Jesús. Hay que comprenderla. Te hablará también a ti de ellos. No obstante, te es sinceramente devota. Cuando quede liberada de la humanidad –que fermenta tanto en ella como en sus hijos, como en los demás, como en todos–, Hijo mío, será grande en la fe. Es doloroso que todos esperen de ti un bien humano, un bien que, aunque no sea humano, es egoísta. Pero es que el pecado está en ellos con su concupiscencia. Aún la hora bendita, y tan temida a pesar de que el amor a Dios y al hombre me la hagan desear, no ha llegado. Hora en que Tú anularás el Pecado. ¡Oh! ¡Esa hora! ¡Cómo tiembla el corazón de tu Madre por esa hora! ¿Qué te harán, Hijo, Hijo Redentor, de quien los Profetas[7]76 refieren tanto martirio?».

«No pienses en ello, Mamá. Te lo digo una vez más. Dios te ayudará en esa hora. Dios nos ayudará a ti y a mí. Después, la paz. Ahora ve, que cae la tarde y el camino es largo.

Yo te bendigo».

[1] 70 Cfr. Lc. 4, 16–30.

[2] 71 Sigue inmediatamente, en el cuaderno autógrafo, la visión colocada en el capítulo 101, que empieza con las palabras: Ahora veo – aproximadamente dos horas después de la anteriormente descrita – …

[3] 72 en Is. 61, 13; Luc. 4, 18–19.

[4] 73 Cfr. Gén. 17; Mt. 13, 10–17; Lc. 10, 23–24; Ju. 8, 31–59; 1 Pe. 1, 10–12.

[5] 74 Cfr. 3 Re. 17, 7–16; 4 Re. 5; Lc. 4, 25–27.        

[6] 75 son Judas y Santiago. El primo Simón, también presente, es erróneamente llamado apóstol por la escritora, a la que Jesús

corrige en 105.6

[7] 76 Cfr. por ej. Is. 61; Sal. 21. etc.