28/6/2015 Evangelio según San Marcos 5,21-43.

Décimotercer Domingo del tiempo ordinario

Santo(s) del día : San Ireneo de Lyon

Lecturas

Segundo año de la Vida Pública de Jesús

230. Curación de la hemorroísa y resurrección de la hija de Jairo[1]4.

11 de marzo de 1944.

Voskreshenie docheri Iaira (1871) by Vasiliy Polenov

1 Aparecida mientras estoy orando muy cansada y afligida; por tanto, en las peores condiciones de  pensar en estas cosas por mí misma. Pero el cansancio físico y mental y la pena se han desvanecido con la primera imagen de mi Jesús. Así que me pongo a escribir.

Va, rodeado de mucha gente que ciertamente le estaba esperando, por un camino soleado y polvoriento que bordea la ribera del lago. Se dirige hacia un pueblo. La muchedumbre le oprime a pesar de que los apóstoles, a fuerza de codos y hombros,  vayan tratando de hacer hueco y levanten la voz para convencer a la masa de dejar un poco de espacio.

Pero Jesús no está inquieto por tanto barullo. Sobrepasando en altura con toda la cabeza a los que le rodean, mira con dulce sonrisa a esta multitud que le apretuja; responde a los saludos, acaricia a algún niño que logra hacerse ver por entre la barrera de adultos y arrimarse a El, pone la mano en la cabeza de aquellos pequeñuelos a los que sus madres aúpan por encima de las cabezas de la gente para que El los toque… Y, entretanto, sigue andando, lentamente, pacientemente, en medio de esta bulla y de estas contínuas presiones que pondrían de malhumor a cualquiera.

2       Una voz de hombre grita: «¡Dejad paso! ¡Dejad paso!», una voz que denota angustia. Muchos deben conocerla y respetarla, como de una persona influyente, porque la multitud se escinde –aunque con mucha dificultad, porque están muy apretujados– y dejan pasar a un hombre de unos cincuenta años, enteramente cubierto con un largo y amplio indumento y con una especie de pañuelo blanco alrededor de la cabeza, cuyo vuelo pende hasta el cuello y sobre la cara.

Llega adonde Jesús, se postra a sus pies y dice:

«¡Maestro, ¿por qué has estado fuera tanto tiempo?! Mi hija está muy enferma. Ninguno la puede curar. Tú eres la única esperanza mía y de la madre. Ven, Maestro. Te esperaba con ansiedad infinita. Ven, ven en seguida. Mi única criatura se está muriendo…» y se echa a llorar.

Jesús pone su mano sobre la cabeza de este hombre que llora, sobre esta cabeza inclinada y convulsa por los sollozos, y le responde:

«No llores. Ten fe. Tu hija vivirá. Vamos a verla. ¡Levántate! ¡Vamos!».

Las dos últimas palabras tienen tono de imperio.

Antes era el Consolador, ahora habla como Dominador.

Se ponen de nuevo en camino. El padre, llorando, va al lado de Jesús, que le tiene cogido de la mano; y, cuando un sollozo más fuerte agita al pobre hombre, veo que Jesús le mira y le aprieta la mano. No hace sino esto, pero ¡cuánta fuerza debe tornar a un alma cuando se siente tratada así por Jesús!

Antes, donde ahora está el padre, estaba Santiago, pero Jesús le ha dicho que le cediera el puesto. Pedro está al otro lado. Juan al lado de Pedro, tratando de hacer con él de barrera a la gente, como hacen también Santiago y Judas Iscariote en el otro lado, detrás del adolorido padre. Los otros apóstoles están unos delante y otros detrás de Jesús. Pero no es suficiente. Especialmente los tres de atrás, entre los cuales veo a Mateo, no consiguen mantener detrás a la muralla viva. Y, cuando refunfuñan un poco, demasiado y casi casi insultan a esta muchedumbre poco discreta, Jesús vuelve la cabeza y dice con dulzura:

«¡No pongáis impedimento a estos pequeñuelos míos!…».

3       Pero, en un momento dado, se vuelve bruscamente, dejando incluso caer la mano del hombre. Se detiene. Se vuelve (esta vez no vuelve sólo la cabeza sino todo su cuerpo). Parece incluso más alto, porque ha tomado una actitud de rey. Con su rostro –ahora severo– y su mirada inquisitiva escruta a la muchedumbre. En sus ojos hay relámpagos, no de dureza sino de majestad.

hemorroisa«¿Quién me ha tocado?»

pregunta. Nadie responde.

«¿Quién me ha tocado?, repito»

insiste Jesús. Responden los discípulos:

«Pero, Maestro, ¿no ves que la muchedumbre te está apretujando por todas partes? Todos te tocan, a pesar de nuestros esfuerzos».

«Estoy preguntando que quién me ha tocado para obtener un milagro. He sentido que salía de mí una virtud milagrosa porque un corazón la invocaba con fe. ¿Quién es este corazón?».

Jesús, mientras habla, baja dos o tres veces sus ojos hacia una mujercita de unos cuarenta años, vestida muy pobremente, de rostro demacrado, la cual busca eclipsarse entre la muchedumbre, desaparecer tragada por la multitud. Esos ojos puestos en ella deben quemarla. Se da cuenta de que no puede huir y vuelve adelante. Se postra a sus pies, casi tocando el polvo con el rostro; con los brazos extendidos, aunque sin llegar a tocar a Jesús.

hemorroisa«¡Perdón! Soy yo. Estaba enferma. ¡Hacía doce años que estaba enferma! Todos huían de mí. Mi marido me ha abandonado, He gastado todos mis haberes para no ser considerada un oprobio, para vivir como viven todos. Ninguno ha podido curarme.

Maestro, ya ves que soy una anciana prematura. Mi vitalidad, con mi flujo incurable, ha salido de mí, y mi paz con ella. Me dijeron que Tú eras bueno. Me lo dijo uno al que habías curado de su lepra, uno que por su experiencia de tantos años en que todos huían de él no sintió asco de mí. No me he atrevido a decir esto antes. ¡Perdóname! He pensado que sólo con tocarte quedaría curada. Pero no te he contaminado de impureza. Apenas he rozado el extremo de tu vestido que toca el suelo, la suciedad del suelo… como mi inmundicia… ¡Pero ahora estoy curada! ¡Bendito seas! En el momento en que he tocado tu vestido mi mal ha cesado. Ahora soy como todas las demás. Ya no se apartará de mí la gente. Mi marido, mis hijos, mis parientes podrán estar conmigo, los podré acariciar, seré útil a mi casa. ¡Gracias, Jesús, Maestro bueno! ¡Bendito seas eternamente!».

Jesús la mira con una bondad infinita. Le sonríe y le dice:

«Ve en paz, hija. Tu fe te ha salvado. Queda curada para siempre. Sé buena y vive feliz. Ve».

4       No ha terminado de hablar cuando, al improviso, llega un hombre –creo que un siervo–, y se dirige al padre de la niña enferma –que durante todo este tiempo ha estado en actitud de espera respetuosa pero angustiada, verdaderamente en ascuas– y le dice:

«Tu hija ha muerto. No importunes ya al Maestro. Su espíritu la ha dejado. Ya las plañideras están llorando. La madre me envía a decírtelo y te ruega que vayas en seguida».

El pobre padre exhala un gemido, se lleva las manos a la frente, frunce la frente, se comprime los ojos, se pliega como si le hubieran herido.

Jesús, que parecía que no debería ver ni oír nada, porque está atento a lo que le dice la mujer y a responderla, se vuelve, sin embargo, y pone la mano sobre la espalda curvada del pobre padre:

«Hombre, te he dicho: ten fe. Te repito: ten fe. No temas. Tu hija vivirá. Vamos adonde ella». (Y se pone de nuevo en marcha, manteniendo estrechado contra sí a este hombre completamente destruido).

La multitud, ante este dolor y la gracia que se ha producido, se detiene atemorizada; se abre, deja a Jesús y a los suyos que puedan caminar ligero para seguir luego como una estela a la Gracia que pasa.

Se recorren así unos cien metros, quizás más –no soy buena calculadora–; se entra cada vez más en el centro del pueblo.

5       Hay una aglomeración de gente delante de una casa de fino aspecto. Están comentando con voz alta y estridente lo que ha sucedido, a manera de contrapunto de otros gritos más altos que llegan a través de la puerta abierta de par en par: son gritos gorjeados, agudos, mantenidos en una nota monótona y que parecen dirigidos por una voz más aguda, solista; a ésta responden, primero un grupo de voces más finas, luego otro de voces más llenas. Es un alboroto capaz de producir la muerte incluso a quien está bien.

Jesús ordena a los suyos que se queden delante de la puerta, pero llama a Pedro, Juan y Santiago. Con ellos entra en la casa (lleva todavía agarrado de un brazo al padre, que sigue llorando: parece como si quisiera infundirle la certeza de que El está ahí para consolarle con ese gesto).

Las… plañideras, que yo llamaría más bien “chillonas”, al ver al jefe de la casa y al Maestro, doblan su gritería. Dan palmadas, agitan unas panderetas, golpean triángulos y sobre esta… música apoyan sus plañidos.

«Callad» dice Jesús. «No es el caso de llorar. La niña no está muerta, sólo duerme».

Las mujeres lanzan gritos más fuertes aún. Algunas se revuelcan por el suelo, se hacen arañazos, se arrancan los pelos (o, más bien, hacen como si se los arrancaran) para mostrar que está realmente muerta. Los que suenan los instrumentos y los amigos menean la cabeza como respuesta a lo que creen ser un espejismo de Jesús.

Mas El repite: «¡Callad!», tan enérgicamente, que el alboroto, si bien no cesa completamente, al menos se transforma en simple murmullo. Jesús pasa más adentro.

6       Entra en un cuarto pequeño. Encima de la cama está extendida una niña muerta. Delgada y palidísima, yace, ya vestida, ordenados con cuidado sus negros cabellos. La madre llora al pie del costado derecho de la cama, mientras besa la cérea manita de la difunta.

¡Qué hermoso está Jesús ahora! ¡Como pocas veces le he visto! Se acerca al lecho rápidamente, tanto que parece deslizarse sobre el suelo… volar. Los tres apóstoles cierran la puerta sin contemplaciones para con los curiosos y permanecen apoyados a ella. El padre se ha detenido a los pies de la cama.

Jesús va a la parte izquierda, extiende la mano izquierda para tomar la manita muerta de la pequeña difunta; es también la izquierda, lo he visto bien, es la izquierda de Jesús y la izquierda de la niña. Alza el brazo derecho hasta llevar la mano abierta a la altura del hombro, y la baja con el gesto propio de uno que o jura o manda. Dice:

«¡Niña, Yo te lo digo, levántate!».

Transcurre un momento en que todos, excepto Jesús y la muerta, permanecen suspendidos. Los apóstoles alargan el cuello para ver mejor. El padre y la madre miran con ojos acongojados a su hija. Pasa un instante… y un suspiro alza el pecho de la pequeña difunta, un leve color sube a la carita cérea, anulando el cárdeno de muerte.

Una sonrisa se dibuja en los pálidos labios antes de abrirse los ojos, como si la niña estuviera teniendo un dulce sueño. Jesús la tiene todavía tomada de la mano. Entonces la niña abre dulcemente los ojos y los mueve en su derredor como si se despertara en ese momento. Lo primero que ve es el rostro de Jesús, que la está mirando fijamente con sus ojos espléndidos, sonriéndole con alentadora bondad. Y ella también le sonríe. «Levántate» repite Jesús, mientras aparta con su mano los objetos fúnebres que estaban colocados o sobre la propia cama o a los lados (flores, velos, etc. etc.) y la ayuda a bajar. Y hace que dé unos primeros pasos teniéndola todavía de la mano.

«Dadle de comer. Ahora» ordena Jesús. «Está curada. Dios os la ha devuelto. Dadle gracias. No digáis a nadie lo que ha sucedido. Vosotros sabéis qué le había sucedido. Habéis creído, habéis merecido el milagro. Los otros no han tenido fe. Es inútil tratar de persuadirlos. Dios no se muestra a quien niega el milagro. Y tú, niña, sé buena.

¡Adiós! La paz descienda sobre esta casa». Sale cerrando tras sí la puerta.

La visión termina.

7        Le diré que los dos momentos en que la visión me ha alegrado de forma especial han sido:

primero, cuando Jesús ha buscado entre la muchedumbre a la persona que lo había tocado; segundo, y sobre todo, cuando, erguido al lado de la pequeñuela muerta, le ha tomado la mano y le ha mandado levantarse. La paz, la seguridad han entrado en mí. No es posible que con semejante piedad no pueda tener piedad de nosotros, ni que con semejante poder no pueda vencer al Mal que nos hace morir.

Jesús, por ahora, no comenta. Tampoco dice nada sobre otras cosas. Me ve casi muerta, pero no juzga oportuno que esté mejor esta tarde. Hágase como El quiere. Ya me siento suficientemente feliz de tener en mí su visión.

[1] 4 Cfr. Mt. 9, 18–26; Mc. 5, 21–43; Lc. 8, 40–56.

21/6/2015 Evangelio según San Marcos 4,35-41.

XII Domingo del tiempo ordinario B

Santo(s) del día : San Luis Gonzaga,  Santa María Anna Cope

Lecturas

Segundo año de la Vida Pública de Jesús

185. La tempestad calmada[1]93. Una lección sobre sus preliminares.

30 de enero de 1944.

1        Ahora que todos duermen le voy a expresar mi alegría. He “visto” el Evangelio de hoy.

Tenga en cuenta que esta mañana, mientras lo leía, me he dicho a mí misma: «Este es un episodio evangélico que no veré nunca porque se presta poco a una visión». Sin embargo, cuando menos me lo esperaba, ha venido a llenarme de alegría.

2        Cuanto sigue es lo que he visto.

Una barca de vela, ni demasiado grande ni demasiado pequeña, una barca de pesca en la que pueden moverse cómodamente cinco o seis personas, surca las aguas de un hermoso lago de color azul intenso.

Jesús duerme en la popa. Va vestido de blanco, como de costumbre. Tiene la cabeza reclinada sobre el brazo izquierdo; debajo del brazo y la cabeza, ha colocado su manto azul–gris doblado varias veces. Está sentado, no echado, en el fondo de la barca; su cabeza apoya sobre esa porción de entablado que está en el extremo de la popa (no sé cómo la llaman los marineros). Duerme plácidamente. Se le ve cansado. Está sereno.

Pedro guía el timón. Andrés se ocupa de las velas. Juan con otros dos que no conozco están poniendo en orden maromas y redes en el fondo de la barca, como si tuvieran intención de prepararse para la pesca (quizás nocturna). Yo diría que el día se encamina al atardecer, pues el Sol desciende ya hacia occidente. Todos los discípulos se han subido las túnicas, de forma que, sujetas con el cinturón, están abolsadas a la altura de la cintura, para así estar más libres de movimientos y poder desplazarse mejor por la barca, salvando remos, asientos, cestas y redes, sin que las túnicas estorben; todos se han quitado el manto.

3       Veo que el cielo se oscurece y el Sol se esconde detrás de unos nubarrones de tormenta que han aparecido al improviso detrás del pináculo de una colina. El viento los empuja velozmente hacia el lago. Por el momento, el viento está alto y el lago se mantiene sereno; eso sí, adquiere una tonalidad más oscura y su superficie se frunce: no son todavía olas, pero empieza a agitarse el agua.

Pedro y Andrés observan el cielo y el lago, y organizan las maniobras para acercarse a la orilla. Pero, he aquí que el viento se abate sobre el lago y en pocos minutos todo bulle y espuma. Olas que se embisten mutuamente, que chocan contra la barquilla, levantándola, bajándola, girándola en todas las direcciones, impiden las maniobras del timón, como el viento las de la vela, que ha de ser arriada.

Jesús sigue durmiendo. No le despiertan ni los pasos, ni las azogadas voces de los discípulos, ni el silbar del viento; ni siquiera los latigazos de las olas contra los costados y la proa. Sus cabellos ondean al viento. Le alcanza alguna salpicadura de agua. Pero El duerme. Juan saca de debajo de un entablado su manto y, desde la proa, corre a la popa, y le tapa; le cubre con delicado amor.

La tempestad se hace cada vez más amenazadora. El lago está tan negro, que parece como si en él se hubiera derramado tinta; estriado por la espuma de las olas. La barca traga agua. El viento cada vez más la va empujando mar adentro. Los discípulos ya sudan haciendo la maniobra y arrojando por la borda el agua que las olas vierten dentro. Pero no sirve de nada; se ven chapoteando ya en el agua, hasta la mitad de las piernas, y la barca cada vez se hace más pesada.

4       Pedro pierde la calma y la paciencia. Deja a su hermano el timón y, bamboleándose, se llega a Jesús y le menea vigorosamente.

Jesús se despierta y levanta la cabeza.

«¡Sálvanos, Maestro, que perecemos!» grita Pedro (tiene que gritar para poder ser oído).

Jesús mira a su discípulo fijamente, mira a los demás y luego al lago.

«¿Tienes fe en que os puedo salvar?».

«Rápido, Maestro» grita Pedro mientras una verdadera montaña de agua originada en el centro del lago se dirige veloz contra la pobre barca; tan alta, espantosa, que parece una tromba de agua. Los discípulos, que la ven venir, se arrodillan y se agarran donde pueden y como pueden, convencidos de que ha llegado el final.

Jesús se alza. Está erguido sobre el entablado de la barca: figura blanca contra el color lívido de la tempestad. Extiende los brazos hacia la enfurecida ola y dice al viento:

«¡Deténte y calla!», y al agua: «¡Cálmate. Lo quiero!».

Y el golpe se disuelve en espuma, que cae inocua: un último bramido que se apaga en susurro; y también el viento, mutándose en suspiro su último silbido. Sobre el lago pacificado vuelve el cielo despejado; la esperanza y la fe, al corazón de los discípulos.

No puedo describir la majestad de Jesús: hay que verla para comprenderla. Me deleito en ella en mi interior, pues todavía tengo su presencia, y pienso en cuán plácido era el sueño de Jesús y cuán potente su imperio sobre el viento y las olas.

« Las desventuras os sirven para que os persuadáis de que sois nada »

6 Jesús dice luego:

«No te voy a comentar el Evangelio en el sentido en que lo hacen todos. Voy a ilustrarte los preliminares del pasaje evangélico.

¿Por qué dormía Yo? ¿No sabía, acaso, que la borrasca estaba llegando? Sí, Yo lo sabía, Yo sólo lo sabía. Y entonces, ¿por qué dormía?

Los apóstoles eran hombres, María; animados, sí, de buena voluntad, pero todavía muy “hombres”. El hombre se cree siempre capaz de todo. Y si se da el caso de que realmente sea hábil en algo, se envanece y se llena de apego a su “habilidad”.

Pedro, Andrés, Santiago y Juan eran buenos pescadores y, por tanto, se creían insuperables en las maniobras marineras. Yo, para ellos, era un gran “rabí”, pero no valía nada como marinero. Por ello, me juzgaban incapaz de ayudarlos, y, cuando subían a la barca para atravesar el Mar de Galilea, me rogaban que estuviera sentado porque no era capaz de nada más. También lo hacían por afecto, porque no querían darme trabajos físicos, si bien el apego a sus capacidades era el elemento más importante.

María, Yo sólo me impongo en casos excepcionales. Generalmente os dejo libres y espero. Aquel día, cansado como estaba y habiéndome solicitado que descansara, o sea, que les dejase actuar a ellos –a ellos que tan duchos eran– me puse a dormir… y a constatar cómo el hombre “es hombrey quiere actuar por sí solo, y no percibe que Dios no pide sino ayudarle. Veía en esos “sordos espirituales”, “ciegos espirituales”, a todos los sordos y ciegos del espíritu que durante siglos y siglos acarrearían su propia ruina por querer “actuar por sí solos”, teniéndome a mí, abierto a sus necesidades, en espera de su llamada pidiendo ayuda.

Cuando Pedro gritó: “¡Sálvanos!”, mi amargura descendió como una piedra por su propio peso.

Yo no soy “hombre”, soy el Dios–Hombre. No actúo como vosotros, que, cuando uno ha rechazado vuestro consejo o ayuda y luego le veis en problemas, aunque no seáis tan malos que os alegréis de ello, sí lo sois siempre en cuanto que os le quedáis mirando desdeñosamente y con indiferencia –y no os conmovéis ante su grito que pide ayuda– con grave ademán que significa: “¿No me has aceptado cuando te quería ayudar? Pues ahora arréglatelas solo”. No, Yo soy Jesús, soy Salvador, y salvo, María; salvo siempre, en cuanto se me invoca.

6 Mas vosotros, bienquistos hombres, podríais objetar: “¿Y por qué permites que se formen tempestades en el individuo o en la colectividad?”.

Si con mi poder destruyese el Mal (del tipo que fuera), acabaríais creyéndoos autores del Bien –que en realidad es un don mío– y no os volveríais a acordar jamás de mí, jamás.

Tenéis necesidad, bienquistos hijos, del dolor para acordaros de que tenéis un Padre; como el hijo pródigo, que se acordó de que lo tenía cuando sintió hambre94. Las desventuras sirven para convenceros de vuestra nada, de vuestra insipiencia –causa de tantos errores– y de vuestra maldad –causa de tantos lutos y dolores–, de vuestras culpas –causa de castigo que vosotros mismos os proporcionáis– y de mi existencia, potencia y bondad.

Esto es lo que os dice el Evangelio de hoy, “vuestro” evangelio de la hora presente, pobres hijos míos. Llamadme. Jesús duerme sólo porque está angustiado de ver vuestro desamor hacia El. Llamadme y acudiré».

[1] 93 Cfr. Mt. 8, 23–27; Mc. 4, 35–40; Lc. 8, 22–25.

14/6/2015 Evangelio según San Marcos 4,26-34.

XI Domingo del tiempo ordinario B

Santo(s) del día : Santa Digna Córdoba,  Beata Francisca de Paula de Jesús

Lecturas

Segundo año de la Vida Pública de Jesús

184. El pequeño Benjamín de Magdala y dos parábolas sobre el Reino de los Cielos.

10 de junio de 1945.

 1       El milagro debe haberse producido hace poco, porque los apóstoles hablan de ello y algunas personas de la ciudad –señalándose unos a otros al Maestro– lo comentan. Jesús, erguido y grave, se pone en marcha en dirección a la periferia de la ciudad, que es la parte de los pobres.

Se detiene a la altura de una casuca de la que sale, dando saltos, un niño, seguido de su madre.

.«Mujer, ¿me dejas entrar en tu huerta y estar un poco, hasta que el sol deje de calentar tanto?».

-«Entra, Señor. A la cocina incluso, si quieres. Voy a traerte agua y alguna otra cosa».

-«No trajines, me basta con estar en esta tranquila huerta».

Pero la mujer se empeña en ofrecer agua con no sé qué diluido, y se mueve por la huerta, de acá para allá, como deseosa de hablar pero sin atreverse; pone atención a sus hortalizas, aunque sólo aparentemente porque en realidad está pendiente del Maestro.

Pero la molesta el niño, que, con sus gritos –cuando caza una mariposa u otro insecto– le impide oír lo que Jesús está diciendo; se pone nerviosa y… le suelta un cachete al niño, el cual ahora grita más fuerte.

Jesús –que a la pregunta de Simón el Zelote:

-«¿Piensas que María esté impresionada?»

estaba respondiendo:

-«Más de lo que parece…»– se vuelve y llama al niño, el cual corre a terminar de llorar en las rodillas de Jesús.

La mujer llama a su hijo:

-«¡Benjamín, ven aquí, no molestes!».

Pero Jesús dice:

-«Déjale, déjale, que va a estarse quieto y te va a dejar tranquila»

luego, al niño:

-«No llores. No te ha hecho daño tu mamá; lo único, te ha hecho obedecer; bueno, quería hacerte obedecer. ¿Por qué gritabas si ella quería silencio? Quizás es que se siente mal y tus gritos la molestan».

Pero el niño, inmediatamente, con esa insuperable franqueza de los niños que es la desesperación de los mayores, dice:

-«No. No es que se sienta mal. Lo que quería era oír lo que decías… Me lo ha dicho. Pero yo quería venir contigo, y entonces alborotaba adrede para que me mirases».

Todos se echan a reír y la mujer se pone como un tomate.

-«No te ruborices, mujer.

2 Ven aquí. ¿Me querías oír hablar? ¿Por qué?».

-«Porque eres el Mesías. Con el milagro que has hecho tienes que ser el Mesías… Y tenía interés en oírte. Yo no salgo nunca de Magdala, porque tengo… un marido difícil y cinco niños. El menor tiene cuatro meses… y Tú aquí no vienes nunca».

-«He venido, y además a tu casa. ¿Ves?».

-«Por eso quería oírte».

-«¿Dónde está tu marido?».

-«En el mar, Señor. Si no se pesca, no se come. Yo sólo tengo esta huertecilla. ¡No es suficiente para siete personas! Y, no obstante, Zaqueo quisiera que fuera suficiente…».

-«Ten paciencia, mujer. Todos tienen su cruz».

-«¡No, no! Las desvergonzadas lo único que tienen es el placer. ¿Has visto lo que hacen las impúdicas! Gozan ellas y hacen sufrir a los demás. No se agotan, no, ni trayendo hijos a este mundo ni trabajando. No se hacen ampollas con la azada ni se despellejan las manos lavando. Se conservan guapas y frescas. La condena de Eva[1] no es para ellas; más bien ellas son nuestra condena, porque… los hombres… Ya me entiendes».

-«Entiendo, sí; pero has de saber que también tienen su tremenda cruz: la más tremenda, la que no se ve: la de la condena de su conciencia; la de la burla del mundo; la de su propia sangre, que las repudia; la de la maldición de Dios. Créeme, no son felices. No se agotan trayendo hijos a este mundo ni trabajando, no se hacen llagas en las manos bregando; y, sin embargo, se sienten igualmente deshechas; y además sienten vergüenza; y su corazón es una entera llaga. No envidies su aspecto, su lozanía, su aparente serenidad. Tras ese velo, lo que hay es una desolación mordiente y que no permite paz. No envidies su sueño, tú, madre honesta que sueñas con tus inocentes, pues la pesadilla está a su cabecera; y mañana, el día de su agonía o su vejez, remordimiento y terror…».

-«Es verdad… Perdona…

3 ¿Me dejas estar aquí?».

«Quédate aquí. Contaremos una bonita parábola a Benjamín. Los que no son niños, que la apliquen a sí mismos y a María de Magdala. Escuchad.

Dudáis acerca de la conversión de María al bien. No da, en efecto, ningún signo que indique este cambio. Consciente de su grado y su poder, ella, descarada e impúdica, ha osado desafiar a la gente viniendo incluso hasta el umbral de la casa donde se lloraba por causa suya. Luego, al reproche de Pedro ha respondido con una carcajada; y a mi mirada amigable, endureciéndose con soberbia. Vosotros quizás habríais deseado, quién por amor a Lázaro, quien por amor a mi, que le hubiera hablado directa y largamente, y que la hubiera subyugado con mi poder y le hubiese mostrado mi fuerza de Mesías Salvador. No. No es necesario tanto. Ya lo dije hace muchos meses respecto a otra pecadora: las almas deben labrarse a sí mismas. Yo paso y esparzo la semilla.

Ocultamente la semilla trabaja. Hay que respetar este trabajo del alma. Si la primera semilla no arraiga en la tierra, se siembra otra, y otra… y sólo se retira uno cuando se tienen pruebas ciertas de la inutilidad de seguir sembrando. Y se ora. La oración es como el rocío, que mantiene los tormos esponjosos y nutridos, con lo que la semilla puede germinar. ¿No es lo que haces tú, mujer, con tus hortalizas?

4 Escuchad ahora la parábola del trabajo de Dios en los corazones para instaurar en ellos su Reino[2]92 (porque cada corazón es un pequeño Reino de Dios en la tierra: después, más allá de la muerte, todos estos pequeños reinos se congregan en uno solo, en el ilimitado, santo, eterno Reino de los Cielos).

El Sembrador divino crea el Reino de Dios en los corazones. Va a su propiedad –el hombre es de Dios y, por tanto, todos los hombres inicialmente le pertenecen– y esparce su semilla; luego va a otras propiedades, a otros corazones. Suceden los días a las noches y las noches a los días: los días aportan sol y lluvias (en este caso, rayos de amor divino y efusión de la divina sabiduría que habla al espíritu); las noches, estrellas y silencio sosegado (en nuestro caso, destellos de Dios que reclaman nuestra atención y silencio para el espíritu, para que el alma se recoja y medite).

La semilla, con esta serie de favores imperceptibles –aunque potentes–, se hincha, se abre, echa raíces, arraiga fuertemente en el terreno, da sus primeras hojitas, y crece; y todo ello sin la ayuda del hombre. La tierra, espontáneamente, produce de la semilla el tierno tallo, luego se fortalece el tallo para sostener a la espiga naciente, luego la espiga se eleva, engruesa, se endurece, se dora, se hace dura, perfecta en su granazón. Una vez madura, vuelve el sembrador y mete su hoz porque a esa semilla le ha llegado el tiempo de su plenitud; no podría ganar más en perfección y por ello es cortada.

Mi palabra realiza esta misma operación en los corazones. Me refiero a los corazones que acogen la simiente. Pero el proceso es lento. No hay que actuar intempestivamente, de modo que todo se estropee. ¡Cuánto le cuesta a la pequeña semilla abrirse; cuánto, hincar en la tierra sus raíces! Pues también le es penoso al corazón duro y salvaje este proceso: debe abrirse, dejarse hurgar, acoger cosas nuevas y alimentarlas con esfuerzo, aparecer distinto al estar revestido de cosas humildes y útiles y no ya de la atractiva, pomposa e inútil exuberante floración que antes le revestía; debe conformarse con trabajar humildemente, sin atraer hacia sí la admiración, para beneficio de la Idea divina; debe exprimir todas sus capacidades para crecer y producir espiga; debe ponerse incandescente de amor para ser trigo. Y, una vez superados respetos humanos verdaderamente muy penosos, después de haber trabajado y haber sufrido y haber tomado afecto a su nueva vestidura, entonces debe despojarse de ella con cruel tajo. Dar todo para tener todo. Acabar despojo para ser revestido en el Cielo con la estola de los santos. Yo os digo que la vida del pecador que se hace santo es el combate más largo, heroico y glorioso.

5 Por cuanto os acabo de decir, comprended que es justo que actúe con María como lo estoy haciendo. ¿Actué contigo, Mateo, de forma distinta?».

-«No, mi Señor».

-«Dime la verdad, ¿te persuadió más mi paciencia o las acerbas reprensiones de los fariseos?».

-«Tu paciencia. Tanto, que estoy aquí. Los fariseos, con sus desdenes y anatemas, me hacían desdeñoso, y, por desdén, hacía más mal aún de cuanto hasta entonces había hecho. Pasa eso; uno se endurece más cuando, estando en pecado, se siente tratado como un pecador; pero cuando, en vez de un insulto recibimos una caricia, primero nos quedamos asombrados, luego lloramos… y, cuando se llora, la armadura del pecado –desencajados sus pernos– se derrumba. Entonces nos quedamos desnudos ante la Bondad y le suplicamos con el corazón que nos revista de sí misma».

-«Es así, como has dicho.

6 Benjamín, ¿te gusta la historia? ¿Sí? ¡Muy bien! Pero, ¿dónde está tu mamá?».

Responde Santiago de Alfeo:

-«Al final de la parábola ha salido y se ha ido corriendo por aquella calle».

-«Iría al mar, para ver si venía su marido» dice Tomás.

-«No. Ha ido a casa de su madre, que es anciana, a recoger a mis hermanitos. Mi mamá los lleva allí para poder trabajar» dice el niño, apoyado con confianza en las rodillas de Jesús.

-«¿Y tú estás aquí, hombre! ¡Una buena áspid debes ser para que te tenga solo!»

observa Bartolomé.

-«Soy el mayor, y la ayudo…».

-«A ganarse el Paraíso. ¡Pobre mujer! ¿Cuántos años tienes?» pregunta Pedro.

-«Dentro de tres años soy hijo de la Ley» dice altivo el pillín.

-«¿Sabes leer?» pregunta Judas Tadeo.

-«Sí … pero voy despacio porque… el maestro me echa casi todos los días…».

-«¡Ya lo decía yo!» observa Bartolomé.

-«¡Lo hago porque el maestro es viejo y feo y siempre está diciendo las mismas cosas que le hacen dormirse a uno! Si fuera como El –señala a Jesús– estaría atento. ¿Tú pegas, si uno se duerme o juega?».

-«No pego a nadie. Yo digo a mis discípulos: “Estad atentos por el bien vuestro y por amor a mí”» responde Jesús.

-«¡Eso, así sí! Por amor, sí; no por miedo».

-«Si cambias y eres bueno, el maestro te estimará».

-«¿Tú quieres sólo al que es bueno? Hace poco has dicho que has tenido paciencia con éste, que no era bueno…». La lógica infantil es asediadora.

-«Soy bueno con todos; pero a quien se hace bueno le quiero muchísimo y con él soy bueno de forma especialísima».

El niño piensa un momento… luego levanta la cabeza y le pregunta a Mateo:

-«¿Cómo has conseguido hacerte bueno?».

-«Le he querido a El».

7       El niño se queda pensando otro poco, mira a los doce y dice a Jesús:

-«¿Estos son todos buenos?».

-«Ciertamente».

-«¿Estás seguro? A veces yo hago como que soy bueno, y es cuando quiero hacer una gamberrada mayor».

La carcajada de todos es estrepitosa; incluso se ríe él, el hombrecito en vías de confesarse; y se ríe Jesús, que le estrecha contra su corazón y le besa.

El niño, que ya se ha hecho muy amigo de todos, quiere jugar, y dice:

-«Ahora te digo yo quién es bueno»

y empieza a elegir. Mira a todos y va derecho hacia Juan y Andrés, que están juntos, y dice:

-«Tú y tú. Venid aquí».

Luego elige a los dos Santiagos y los pone con ellos. Luego a Judas Tadeo. Se queda muy pensativo ante el Zelote y Bartolomé, y dice:

-«Sois viejos, pero buenos»

y los pone con los otros. Considera a Pedro –que sufre el examen poniendo ojos amenazadores en plan de chufla– y le ve bueno. También pasan Mateo y Felipe. A Tomás le dice:

-«Tú te ríes demasiado. Yo estoy en serio. ¿No sabes que mi maestro dice que el que siempre se ríe yerra en el momento de la prueba?».

Pero también pasa Tomás; con nota baja, pero pasa el examen. Luego el niño vuelve a donde Jesús.

-«¡Eh, mono, que también estoy yo! ¡No soy ningún árbol. Soy joven y guapo. ¿Por qué no me examinas?» dice Judas Iscariote.

-«Porque no me gustas. Mi mamá dice que cuando una cosa no gusta no se toca; se deja encima de la mesa, para que se la coman las personas a quienes les guste. Y también dice que si una persona ofrece una cosa que no nos gusta no se dice: “No me gusta”, sino “Gracias, no tengo hambre”. Y yo no tengo hambre de ti».

-«¿Cómo es eso? Mira, si me dices que soy bueno te doy esta moneda».

-«¿Y qué hago con ella? ¿Qué compro con una mentira? Mi mamá dice que el dinero conseguido con engaño es paja. Una vez conseguí de su madre anciana con una mentira un didracma para comprarme bollos de miel y por la noche se transformó en paja; lo había puesto en aquel agujero, debajo de la puerta, para cogerlo a la mañana siguiente y encontré sólo un manojo de paja».

-«Pero, ¿por qué no me ves bueno? ¿Qué tengo? ¿Soy bisulco? ¿Soy feo?».

-«No, pero me das miedo».

-«¿Por qué?» pregunta Judas acercándose al niño.

-«No lo sé. Déjame. No me toques, que te araño».

-«¡Qué erizo! ¡Está chalado!». Judas se ríe forzadamente.

-«No estoy chalado. Tú eres malo» y el niño se refugia en el regazo de Jesús, que le acaricia sin decir nada.

Los apóstoles hacen broma de lo sucedido, poco lisonjero para Judas.

8       Entretanto la mujer está ya de regreso, con unas doce personas, a las que se van añadiendo otras. Serán ahora unas cincuenta. Todas gente pobre.

-«¿Quieres hablarles? Al menos un rato. Esta es la madre de mi marido, y éstos son mis hijos. Aquel hombre de allí es mi marido. Una palabra, Señor» dice suplicante la mujer.

-«Para darte las gracias por tu hospitalidad, les hablaré».

La mujer, requerida por un niño de pecho, entra en casa; luego se sienta en el umbral de la puerta y le da el pecho.

-«Escuchad. Encima de mis rodillas tengo a un niño que ha hablado muy sabiamente.

Ha dicho: “Todas las cosas obtenidas con engaño se vuelven paja”. Su madre le ha enseñado esta verdad. No es una fábula, es una verdad eterna. Lo que se hace sin honestidad jamás sale bien, porque la mentira, en palabras, acciones o religión, es siempre signo de alianza con Satanás, maestro de embustes.

 No penséis que las obras apropiadas para conseguir el Reino de los Cielos son obras fragorosamente vistosas; son acciones continuas, normales, pero realizadas con un fin sobrenatural de amor. El amor es la simiente del árbol que, naciendo en vosotros, crece hasta el Cielo, y a su sombra nacen todas las demás virtudes. Lo compararé con un minúsculo grano de mostaza. ¡Qué pequeño es! ¡Una de las más pequeñas semillas esparcidas por el hombre! Y, no obstante, ¡fijaos qué robusto y tupido es el árbol cabal, y cuánto fruto da: no ya el cien por ciento, sino el ciento por uno! La más pequeña, pero la que trabaja más diligentemente. ¡Cuántos beneficios os proporciona!

Así es el amor. Si recogéis en vuestro seno una pequeña semilla de amor hacia nuestro santísimo Dios y vuestro prójimo, y actuáis guiados por el amor, no faltaréis contra ningún precepto del Decálogo; no mentiréis a Dios con una falsa religión (de prácticas y no de espíritu), ni al prójimo con conducta de hijos ingratos, de esposos adúlteros –o solamente demasiado exigentes–, de ladrones en las transacciones, de embusteros en la vida, de violentos hacia vuestros enemigos. Fijaos cómo, en esta hora caliente, son muchos los pajarillos que se refugian en el follaje de este huerto. Dentro de poco, ese surco plantado de mostaza –que ahora es todavía pequeña– se verá henchido de trinos de pájaros. Todas las aves vendrán al amparo y a la sombra de estos árboles tan tupidos y cómodos, y las crías de los pájaros aprenderán a usar con seguridad sus alas precisamente en medio de esa pujanza de ramas que hará de escalera para subir, de red para no caer. Así es el amor, base del Reino de Dios.

Amad y seréis amados. Amad y seréis compasivos. Amad y no seréis crueles exigiendo más de lo lícito de quien está a vosotros subordinado. Amor y sinceridad para obtener la paz y la gloria del Cielo. Si no, como ha dicho Benjamín, todas vuestras acciones realizadas mintiendo al amor y a la verdad se os transformarán en paja para vuestro lecho infernal.

No os digo nada más. Únicamente esto: tened presente el gran precepto del amor y sed fieles a Dios Verdad y a la verdad en cada una de vuestras palabras, acciones y sentimientos, porque la verdad es hija de Dios. Se trata de una continua obra de perfeccionamiento de vosotros mismos, de la misma forma que la semilla crece continuamente hasta alcanzar su perfección; es una obra silenciosa, humilde, paciente.

Tened por seguro que Dios ve vuestras luchas y os premia más por venceros en un egoísmo, por retener una palabra mezquina, por no imponer una exigencia, que no si, armados, en la batalla, matarais a vuestro enemigo. Ese Reino de los Cielos que alcanzaréis si vivís como justos está construido con las pequeñas cosas de cada día; con la bondad, la morigeración, la paciencia; contentándose con lo que uno tiene; con la mutua conmiseración; con el amor, sobre todo con el amor.

Sed buenos. Vivid en paz los unos con los otros. No murmuréis. No juzguéis. Dios estará entonces con vosotros. Os doy mi paz como bendición y agradecimiento de la fe que tenéis en mí».

9       Tras estas palabras, Jesús se vuelve a la mujer y dice:

-«Que Dios te bendiga especialmente a ti, porque eres una santa esposa y madre. Persevera en la virtud. Adiós, Benjamín; ama cada vez más la verdad y obedece a tu madre. Descienda sobre ti y tus hermanitos la bendición. Y sobre ti, madre».

Un hombre da unos pasos hacia adelante. Se le ve confuso, balbucea; dice:

-«Yo… yo… estoy impresionado por lo que dices de mi mujer… No sabía…».

«¿Es que no tienes ojos e inteligencia?».

«Sí».

-«¿Y por qué no los usas? ¿Quieres que te los esclarezca?».

«Ya lo has hecho, Señor. De todas formas, yo la amo; lo que pasa es que uno se acostumbra… y… y…».

-«Y cree lícito pretender demasiado porque el otro es mejor que nosotros… No lo hagas más. Tu trabajo te pone en continuo peligro. No temas las borrascas, si Dios está contigo; más teme mucho si lo que está contigo es la Injusticia. ¿Comprendes?».

-«Más de lo que has dicho. Trataré de obedecerte… Yo no sabía… no sabía…».

Y mira a su mujer como si la estuviera viendo por primera vez.

Jesús da su bendición y sale a la callejuela, y reanuda su camino hacia los campos.

[1] Cfr. Gén. 3, 16.

[2] Cfr. Mt. 13, 31–32; Mc. 4, 31–32; Lc. 13, 17–19.

7/6/2015 Evangelio según San Marcos 14,12-16.22-26.

Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

Santo(s) del día : San Roberto de Newminster

Lecturas

El evangelio de este domingo lo hemos visto ya en Cuaresma la primera parte y en Semana Santa, transcurre durante la Preparación para la Pasión del Señor, corresponde al capitulo 598 y 600 del Jueves Santo

Preparación para la Pasión de Jesús

598. Jueves Santo. Preparativos de la Cena pascual. La manifestación del Padre y el homenaje de los Gentiles.

3 de abril de 1947.

jueves santo1 Una nueva mañana. ¡Tan serena! ¡Tan festival Ni las escasas nubes que ayer erraban lentamente por el cobalto del cielo se ven hoy. Tampoco se siente ese bochorno pesado que ayer era tan gravoso. Una leve brisa sopla en las caras, una brisa que huele a flores, a heno, a aire limpio, y que mece lentamente las hojas de los olivos: parece desear que se admire el color argénteo de las hojitas lanceoladas, y sembrar flores, pequeñas, cándidas, olorosas para los pasos de Jesús y sobre su rubia cabeza, y besarle, darle frescor –porque cada uno de los pequeños cálices tiene una gotita de rocío–, besarle, darle frescor y morir luego, antes de ver el horror que amenazador pende. Y se inclinan las plantas de las laderas meneando las campanulas, las corolas, las paletas de mil flores. Estrellas de corazón de oro, las grandes margaritas silvestres se yerguen altas en su tallo como para besarle la mano que será traspasada, y las mayas y las matricarias le besan los pies generosos que detendrán su paso por el bien de los hombres sólo cuando sean clavados para dar un bien aún mayor, y los escaramujos perfuman y el espino albar ya sin flores agita las hojas denticuladas.

Parece decir “no, no” a quienes lo usarán para dar tormento al Redentor. Y “no” dicen las cañas del Cedrón; tampoco quieren ellas herir, su voluntad de pequeñas cosas no quiere dañar al Señor. Y quizá también las piedras de las laderas se felicitan por estar fuera de la ciudad, en el olivar, porque así no herirán, no, al Mártir. Y lloran las gráciles correhuelas rosadas que Jesús quería tanto y los corimbos de las acacias cándidas como racimos de mariposas apiñadas en torno a un tallito, quizás pensando: “No volveremos a verle”. Y las miosotas, tan gráciles y puras, dejan caer su corola al toque de la túnica purpúrea que Jesús viste de nuevo. Debe ser hermoso morir cuando es por el impacto de algo de Jesús. Todas las flores –incluso un aislado muguete, quizás caído allí fortuitamente y que ha arraigado entre las raíces salientes de un olivo– están contentas de ser cortadas y cogidas por Tomás y ofrecidas al Señor[2]420…

Como también se sienten felices de saludarle con cantos de alegría los mil pájaros que hay entre las ramas. ¿No, no blasfeman contra El los pájaros que ha amado siempre! Hasta incluso un grupito de ovejas parece querer saludarle, aunque ahora lloren por haberles sido arrebatados los hijos, vendidos para el sacrificio pascual. Y, balando –un lamento de madres, al aire, llamando a sus hijos que jamás volverán–, vienen a rozar a Jesús con su cuerpo, y le miran con su mansa mirada.

2       Al ver a las ovejas, los apóstoles se acuerdan del rito, y preguntan a Jesús, ya casi en el Getsemaní:

-«¿A dónde iremos a celebrar la cena pascual? ¿Qué lugar eliges? Dilo, a iremos a prepararlo todo»

dicen. Y Judas de Keriot:

-«Dame indicaciones e iré».

-«Pedro, Juan, oídme».

Los dos, que estaban un poco adelantados, se acercan a Jesús, que los ha llamado.

-«Precedednos y entrad en la ciudad por la Puerta del Estiércol. Al entrar, encontraréis a un hombre que vuelve de En Rogel con una tinaja de aquella agua buena. Seguidle hasta que entre en una casa. Diréis al que está en ella: “El Maestro dice: ‘¿Dónde está la habitación donde pueda celebrar la cena pascual con mis discípulos?’ “. El os mostrará un cenáculo grande ya dispuesto. Preparadlo todo allí. Id ligeros y luego venid al Templo. Ya estaremos nosotros en él».

Los dos se marchan a toda prisa.

Jesús, sin embargo, camina lentamente. En realidad está todavía fresca la mañana, y por los caminos que introducen en la ciudad empiezan ahora a aparecer los primeros peregrinos.

Cruzan el Cedrón por el puentecillo que hay antes del Getsemaní. Entran en la ciudad. Las puertas, quizás por una contraorden de Pilatos, tranquilizado por la ausencia de disputas con centro en Jesús, no están ya vigiladas por los legionarios. Efectivamente, reina en todas partes la máxima calma.

3       ¡Desde luego, no se puede decir que no hayan sabido contenerse los judíos! Ninguno ha molestado al Maestro ni a los discípulos. Gestos de obsequio bien educados, si no incluso afectuosos, le han saludado siempre (aunque los que los otorgaban eran los más aviesos del Sanedrín). Un aguante inasequible ha acompañado también a la reconvención de ayer. Y precisamente ahora –la casa de campo de Caifás está muy cerca de aquella puerta–, justamente ahora, pasa, viniendo de la casa, un nutrido grupo de fariseos y escribas, entre los cuales el hijo de Anás, y Elquías con Doras y Sadoq, quienes, en medio de un ondear de túnicas y franjas y amplísimos gorros, plegando sus espaldas vestidas de amplios mantos, saludan reverentes. Jesús saluda y pasa, regio con su túnica de lana roja y su manto de color más obscuro, llevando aquel gorro de Síntica en la mano, y haciendo el Sol de sus cabellos rojo–cobre una corona de oro y un velo refulgente hasta los húmeros. Las espaldas se alzan después de su paso y aparecen las caras: de hienas hidrófobas.

Judas de Keriot, que iba mirando siempre en torno a sí con su cara de traidor, con la disculpa de abrocharse una sandalia, se pone en el margen del camino y –lo veo bien– les hace una seña de que le esperen… Deja que el grupo de Jesús y los discípulos vaya adelante, mientras sigue manipulando la hebilla de su sandalia para fingir, y luego, rápido, pasa cerca de aquéllos y susurra:

-«En la Hermosa, a eso de la hora sexta. Uno de vosotros»,

y se echa a correr velozmente y da alcance a sus compañeros. ¡Espontáneo, desvergonzadamente espontáneo!…

4       Suben al Templo. Pocos hebreos todavía. Pero muchos gentiles. Jesús va a adorar al Señor. Luego regresa e indica a Simón y Bartolomé que pidan dinero a Judas de Keriot y compren el cordero. Y Judas dice:

-«¡Podría hacerlo yo!».

-«Vas a estar ocupado en otras cosas. Lo sabes. Está la viuda a la que hay que llevar el donativo de María de Lázaro, y decirle que después de las fiestas vaya a Betania, a casa de Lázaro. ¿Sabes dónde está? ¿Has comprendido bien?».

-«¡Ya sé, ya sé! Me indicó el lugar Zacarías, que la conoce bien». Y añade: «Estoy muy contento de ir, más que de comprar el cordero. ¿Cuándo voy?».

-«Más tarde. No estaré mucho tiempo aquí. Hoy voy a descansar, porque quiero estar fuerte para esta noche y para mi oración nocturna».

-«De acuerdo».

Y yo me pregunto: Jesús, que en los días pasados había mantenido ocultos sus propósitos para no dar detalles a Judas, ¿por qué ahora dice y repite lo que hará por la noche? ¿Es que la Pasión ha empezado ya con la ceguera de previdencia[3]421; o es que esta previdencia ha aumentado tanto, que Jesús lee en los libros de los Cielos que ésa es“la nochey que, por tanto, hay que darlo a conocer a quien espera a saberlo para entregarle a los enemigos; o es que siempre ha sabido que en esa noche debe comenzar su inmolación? No sé darme la respuesta. Jesús tampoco me responde. Y me quedo en mis porqués, mientras observo a Jesús que cura a los últimos enfermos. Los últimos… Mañana, dentro de pocas horas, ya no podrá… la Tierra quedará privada del poderoso Curador de cuerpos. Pero la Víctima, en su patíbulo empezará la serie, ininterrumpida desde hace veinte siglos, de sus curaciones de espíritus.

5       Hoy, más que describir, contemplo. Mi Señor hace proyectar mi vista espiritual desde lo que veo que sucede en el último día de libertad de Cristo hasta lo que sucede en los siglos… Hoy contemplo los sentimientos, los pensamientos, del Maestro, más que lo que sucede en torno a El. Ya estoy en la angustiosa comprensión de su tortura del Getsemaní…

6       Jesús, como de costumbre, se ve sobrepujado por la muchedumbre, que ya ha aumentado y que ahora está formada en su mayor parte por hebreos que… se olvidan de acudir presurosos al lugar del sacrificio de los corderos, para acercarse a Jesús, Cordero de Dios que está para ser inmolado. Y siguen preguntando, y siguen queriendo explicaciones.

Muchos son hebreos venidos de la Diáspora, los cuales, habiendo tenido noticias de la fama del Mesías, del Profeta galileo, del Rabí de Nazaret, sienten la curiosidad de oírle hablar y la ansiedad de disolver cualquier posible duda. Y se abren paso, suplicando a los de Palestina:

-«Vosotros siempre le tenéis. Sabéis quién es. Tenéis su palabra cuando queréis. Nosotros hemos venido de lejos y regresaremos a nuestras tierras nada más cumplir el precepto. ¿Dejad que nos acerquemos a El!».

La muchedumbre con dificultad se abre, para ceder el sitio a éstos, que se acercan a Jesús y le observan con curiosidad. Comentan entre sí, grupo por grupo.

Jesús los observa, escuchando simultáneamente a un grupo que ha venido de

Perea. Luego despide a estos últimos, que le han ofrecido dinero para sus pobres, como otros muchos hacen, y que El, como siempre, ha pasado a Judas. Empieza a hablar:

7 -«Muchos de los presentes –que sois una sola cosa en la religión aunque de procedencia distinta– os preguntáis: “¿Quién es éste al que llaman el Nazareno?”, y vuestra esperanza y duda chocan. Escuchad[4]422. Está escrito de mí[5]423: “Un retoño brotará de la raíz de Jesé, una flor saldrá de esta raíz, y sobre El descansará el Espíritu del Señor. No juzgará según lo que se presenta ante los ojos, no condenará por lo que se oye con los oídos; antes bien, juzgará con justicia a los pobres, se hará defensor de los humildes. El retoño de la raíz de Jesé, puesto como señal en medio de las naciones, será invocado por los pueblos y su sepulcro será glorioso. El, alzada una bandera para las naciones, reunirá a los expatriados de Israel, a los dispersos de Judá; los recogerá de los cuatro puntos de la Tierra”.

Está escrito de mí[6]424: “He aquí que viene el Señor, con señorío; su brazo triunfará. Trae consigo su retribución, ante sus ojos tiene su obra. Como un pastor, apacentará a su rebaño”.

Está escrito de mí[7]425: “Este es mi Siervo, Yo estaré con El. En El se complace mi alma. En El he derramado mi espíritu. Llevará la justicia a las naciones. No gritará, no romperá la cañaquebrada, no apagará la mecha humeante, hará justicia según la verdad. Sin desfallecer ni avasallar, hará que se establezca la justicia sobre la Tierra, y las islas esperarán su ley”.

Está escrito de mí[8]426: “Yo, el Señor, en la justicia te he llamado, te he tomado de la mano, te he preservado, te he constituido alianza del pueblo y luz de las naciones para abrir los ojos a los ciegos y sacar de la cárcel a los prisioneros, y de la mazmorra subterránea a  los que yacen en las tinieblas”.

Está escrito de mí[9]427: “El Espíritu del Señor está sobre mí porque el Señor me ha ungido para anunciar la Buena Nueva a los mansos, para curar a los que tienen el corazón quebrantado, para predicar la libertad a los esclavos, la liberación a los prisioneros, para predicar el año de gracia del Señor”.

Está escrito de mí[10]428: “El es el Fuerte. Apacentará el rebaño con la fortaleza del Señor, con la majestad del nombre del Señor Dios suyo. A El se convertirán, porque ya desde ahora será glorificado hasta los últimos confines del mundo”.

Está escrito de mí[11]429 “Yo mismo iré a buscar a mis ovejas. Iré a la búsqueda de las extraviadas, restituiré al redil a las expulsadas de él, fajaré a las que tengan fracturas, reconfortaré a las débiles, vigilaré a las gruesas y robustas, a todas las apacentaré con justicia”.

Está escrito[12]430: “El es el Príncipe de paz y será la paz”.

Está escrito[13]431: “Mira que viene tu Rey, el Justo, el Salvador. Es pobre, cabalga sobre un jumento. Anunciará paz a las naciones. Su dominio será de mar a mar, hasta los extremos de la Tierra”.

Escuchad.

Está escrito[14]432: Setenta semanas han sido fijadas para tu pueblo, para tu ciudad santa, para que sea eliminada la prevaricación, tenga fin el pecado, quede borrada la iniquidad, venga la eterna justicia, se cumplan visión y profecía y sea Ungido el Santo de los santos. Después de siete más setenta y dos vendrá el Cristo. Después de sesenta y dos será entregado a la muerte. Después de una semana confirmará el testamento, pero a mitad de la semana vendrán a faltar las víctimas y los sacrificios y se dará en el Templo la abominación de la desolación y durará hasta el final de los siglos”.

8 ¿Faltarán, pues, las víctimas en estos días? ¿No tendrá víctima el altar? Tendrá la gran Víctima. Y la ve el profeta[15]433:“¿Quién es este que viene con sus vestiduras teñidas de rojo? Está hermoso con sus vestiduras, camina envuelto en la grandeza de su fuerza”.

¿Y cómo se ha teñido de púrpura las vestiduras Aquel que es pobre? Ved que lo dice el profeta[16]434: “He abandonado mi cuerpo a los que me golpean, mis mejillas a quienes me arrancan la barba; no he separado el rostro del que me ultraja. Mi hermosura y esplendor se han perdido y los hombres han dejado de amarme. ¡Me han despreciado los hombres, me han considerado el último! Varón de dolores, será velado mi rostro y vejado y me mirarán como a un leproso, cuando en realidad por todos estaré llagado y moriré”.

Ahí está la Víctima. ¡No temas, Israel! ¡No temas! ¡No falta el Cordero pascual! ¡No temas, Tierra! No temas. Ahí está el Salvador. Como oveja será conducido al matadero, porque lo ha querido y no ha abierto su boca para maldecir a los que le matan. Después de la condena, será levantado y consumido en los padecimientos; sus miembros descoyuntados, los huesos al descubierto, pies y manos traspasados. Pero después de la aflicción con que justificará a muchos, poseerá las multitudes, porque, después de haber entregado su vida a la muerte para salud del mundo, resucitará y gobernará la Tierra, nutrirá a los pueblos con las aguas vistas por Ezequiel[17]435, aguas que salen del verdadero Templo, el cual, aun habiendo sido abatido, resurge por virtud propia. Y nutrirá con el vino con que ha teñido de púrpura su cándida túnica de Cordero sin mancha[18]436, y con el Pan bajado del Cielo[19]437.

9 ¡Sedientos, venid a las aguas![20]438 ¡Hambrientos, nutríos! ¡Exhaustos, bebed mi vino; y vosotros, enfermos! ¡Venid, vosotros que no tenéis dinero, vosotros que no tenéis salud, venid! ¡Y vosotros, los que estáis muertos, venid! Yo soy Riqueza y Salud, soy Luz y Vida. ¡Venid, vosotros que buscáis el camino! ¡Venid, vosotros que buscáis la verdad! ¡Yo soy Camino y Verdad! No temáis no poder consumir el Cordero porque falten las víctimas verdaderamente santas en este Templo profanado. Todos tendréis posibilidad de comer del Cordero de Dios venido a quitar los pecados del mundo, como dijo de mí el último de los profetas de mi pueblo[21]439. Del pueblo al que pregunto[22]440: Pueblo mío, ¿qué te he hecho?, ¿en qué te he contristado?, ¿qué más podía darte de lo que te he dado? He instruido tus mentes, he curado a tus enfermos, favorecido a tus pobres, he dado de comer a tus turbas, te he amado en tus hijos, he perdonado, he orado por ti. Te he amado hasta el Sacrificio. ¿Y tú qué preparas a tu Señor? Una hora, la última, se te ofrece, ¡Oh pueblo mío, Oh ciudad santa y regia! ¡Conviértete, en esta hora, al Señor tu Dios[23]441!».

10 -«¡Ha dicho las palabras verdaderas!».

-«¡Así está escrito! ¡Y El verdaderamente hace lo que está escrito!».

-«¡Como un pastor ha cuidado de todos!».

-«Como siendo nosotros esas ovejas desperdigadas, enfermas, que están entre las brumas, ha venido a llevarnos al camino recto, a curarnos el alma y el cuerpo, a iluminarnos».

-«Verdaderamente, todos los pueblos acuden a El. ¡Observad qué maravillados están esos gentiles!» .

-«Ha predicado paz».

-«Ha dado amor».

-«No comprendo lo que dice del sacrificio. Habla como uno que tuviera que morir, como si le fueran a matar».

-«Así es, si es el Hombre visto por los profetas, el Salvador».

-«Y habla como si todo el pueblo fuera a maltratarle. Eso no sucederá jamás. El pueblo, o sea, nosotros, le amamos».

-«Es nuestro amigo. Le defenderemos».

-«Es Galileo[24]442. Los galileos daremos la vida por El».

-«Es de David[25]443, y nosotros, los de Judea, si alzamos la mano es para defenderle».

-«¿Y nosotros podremos olvidarle? Siendo de Auranítida, de Perea, de la Decápolis, nos amó como a vosotros. No. Todos, todos le defenderemos» .

Estas son las manifestaciones que se oyen entre esta multitud ya muy numerosa: ¡labilidad de las intenciones humanas! Juzgo por la posición del Sol que serán hacia las nueve de la mañana de nuestra hora. Veinticuatro horas más tarde, esta gente llevará ya muchas horas en torno al Mártir para torturarle con el odio y los golpes, y gritará pidiendo su muerte. Pocos, muy pocos, demasiado pocos, entre los millares de personas que se agolpan procedentes de todas las partes de Palestina y de fuera, y que han recibido de Cristo luz, salud, sabiduría, perdón, serán los amigos. Y éstos no sólo no tratarán de arrancarle de las manos de los enemigos, por impedirlo su escasez numérica respecto a la multitud de los ofensores, sino que no sabrán consolarle tampoco siguiéndole con cara amiga como prueba de amor. Las alabanzas, las manifestaciones de consenso, los comentarios maravillados se esparcen por el vasto patio como olas que desde alta mar vayan lejos a morir en la playa.

11     Escribas, judíos, fariseos, tratan de neutralizar el entusiasmo del pueblo, y también la agitación de la gente contra los enemigos de Cristo, diciendo:

-«Dice incongruencias. Está muy cansado y por ello delira. Ve persecuciones donde hay honores. En sus palabras fluyen los ríos de su habitual sabiduría, pero mezclados con frases de delirio. Nadie quiere causarle ningún mal. Comprendemos. Hemos comprendido quién es…» .

Pero la gente desconfía de tanta conversión de ánimos, y alguno se rebela diciendo:

-«Pues El me curó a un hijo demente. Conozco la locura. ¡Un demente no habla así!».

Y otro:

-«¡Déjales que hablen! Son víboras que temen que el bastón del pueblo les rompa los lomos. Cantan la dulce canción del ruiseñor para engañarnos, pero, si escuchas bien, su voz contiene silbido de serpiente».

Y un tercero:

-«¡Escoltas del pueblo de Cristo, alerta! Cuando el enemigo acaricia, tiene el puñal escondido en la manga y alarga su mano para agredir. ¡Ojos abiertos y corazón preparado! Los chacales no pueden transformarse en dóciles corderos».

-«Bien dices: el búho halaga y hechiza a los pajaritos ingenuos con la inmovilidad de su cuerpo y la falsa alegría de su saludo. Ríe a invita con su grito, pero está preparado para devorar».

Y otros grupos otras cosas.

12     Pero también hay gentiles. Esos gentiles que han escuchado en estos días de fiesta al Maestro, con constancia y en número cada vez mayor. Siempre a los márgenes de la multitud –porque el exclusivismo hebreo–palestino es fuerte y los rechaza, queriendo los primeros puestos en torno al Rabí–, ahora desean acercarse a El y hablar con El.

Un nutrido grupo de ellos reparan en Felipe, al que la multitud ha empujado a un rincón. Se acercan a él y le dicen:

-«Señor, deseamos ver de cerca a Jesús, tu Maestro, y hablar con El al menos una vez».

Felipe se alza sobre la punta de los pies, para ver si ve a algún apóstol que esté más cerca del Señor. Ve a Andrés, le llama y le grita estas palabras:

-«Aquí hay unos gentiles que quisieran saludar al Maestro. Pregúntale si puede atenderlos».

Andrés, separado de Jesús unos metros, comprimido entre la multitud, se abre paso sin miramientos, usando abundantemente los codos y gritando:

-«¡Dejad paso! Digo que dejéis paso. Tengo que ir donde el Maestro».

Llega donde El y le transmite el deseo de los gentiles.

-«Llévalos a aquel ángulo. Voy donde ellos» .

Y mientras Jesús trata de pasar entre la gente, Juan, que ha vuelto con Pedro, Pedro mismo, Judas Tadeo, Santiago de Zebedeo y Tomás, que para ayudar a sus compañeros deja el grupo de sus familiares – los había encontrado entre la multitud –, luchan para abrirle camino. 13 Ya está Jesús donde los gentiles, que le reciben con muestras de obsequio.

-«La paz a vosotros. ¿Qué queréis de mí?».

-«Verte. Hablar contigo. Lo que has dicho nos ha conturbado. Hemos deseado siempre hablar contigo para decirte que tu palabra nos impresiona. Esperábamos el momento propicio para hacerlo. Hoy… hablas de muerte… Tememos no poder hablar contigo, si no aprovechamos este momento. ¿Pero es posible que los hebreos sean capaces de matar a su mejor hijo? Nosotros somos gentiles, y no hemos recibido beneficio de tu mano. Tu palabra nos era desconocida. Habíamos oído hablar de ti vagamente. Pero nunca te habíamos visto ni nos habíamos acercado a ti. Y, a pesar de todo, ya ves: te tributamos homenaje; todo el mundo con nosotros te honra».

-«Sí, ha llegado la hora en que el Hijo del hombre debe ser glorificado, por los hombres y por los espíritus».

Ahora la gente, de nuevo, está en torno a Jesús. Con la diferencia de que en primera fila están los gentiles y detrás los demás.

-«Pero entonces, si es la hora de tu glorificación, no morirás como dices, o como hemos entendido. Porque morir de esa manera no significa ser glorificado. ¿Cómo podrás reunir al mundo bajo tu cetro, si mueres antes de haberlo hecho? Si tu brazo se inmoviliza en la muerte, ¿cómo podrá triunfar y reunir a los pueblos?».

-«Muriendo doy vida. Muriendo edifico. Muriendo creo el Pueblo nuevo[26]444. La victoria se consigue en el sacrificio. En verdad os digo que si el grano de trigo que cae a la tierra no muere, queda sin fruto; mas si muere, produce mucho fruto. El que ama su vida la perderá. El que aborrece su vida en este mundo la salvará para la vida eterna.

Y Yo tengo el deber de morir, para dar esta vida eterna a todos los que me siguen para servir a la Verdad. El que me quiera servir que venga: no está limitado el sitio en mi reino a este o aquel pueblo. El que me quiera servir, quienquiera que sea, que venga y me siga, y donde Yo esté también estará mi servidor. Y al que me sirva le honrará el Padre mío, único, verdadero Dios, Señor del Cielo y de la Tierra, Creador de todo lo que existe, Pensamiento, Palabra, Amor, Vida, Camino, Verdad; Padre, Hijo, Espíritu Santo, Uno siendo Trino, Trino siendo Unico, Solo, Verdadero Dios. 14 Pero ahora mi alma está turbada. Y ¿qué diré? ¿Acaso: “Padre, líbrame de esta hora”? No. Porque he venido para esto: para llegar a esta hora. Entonces diré:“¿Padre, glorifica tu Nombre!”».

Jesús abre los brazos en cruz, una cruz purpúrea contra el fondo cándido de los mármoles del pórtico; y levanta su rostro, ofreciéndose, orando, subiendo con el alma al Padre.

Y una voz, más fuerte que el trueno, inmaterial en el sentido de que no asemeja a ninguna voz de hombre, pero perceptibilísima para todos los oídos, llena el cielo sereno de este bellísimo día abrileño, vibrando más poderosa que el acorde de un órgano gigante, con una tonalidad bellísima, y proclama:

“Le he glorificado y le seguiré glorificando”.

La gente ha sentido miedo. Esa voz, tan potente que ha hecho vibrar el suelo y lo que sobre él se halla, esa voz misteriosa, distinta de todas las otras voces, procedente de una fuente desconocida, esa voz que llena todo, de Septentrión a Mediodía, de Oriente a Occidente, aterroriza a los hebreos y asombra a los paganos. Los primeros, si pueden hacerlo, se arrojan al suelo susurrando atemorizados:

-«¡Vamos a morir ahora! Hemos oído la voz del Cielo. ¡Un ángel le ha hablado!» ,

 y se dan golpes de pecho esperando la muerte. Los segundos gritan:

-«¡Un trueno! ¡Un estruendo! ¡Huyamos! ¡La Tierra ha bramado! ¡Ha temblado!».

Pero huir es imposible en medio de ese gentío que aumenta por los que estaban fuera de las murallas del Templo y ahora entran presurosos gritando:

-«¡Piedad de nosotros! ¡Corramos! Este es lugar santo. ¡No se abrirá el monte donde se alza el altar de Dios!».

Y, por tanto, la gente –quién obstruido por la multitud, quién paralizado por el espanto– permanece donde estaba.

15     Los sacerdotes, los escribas, los fariseos, que estaban esparcidos por los vericuetos del Templo, suben a las terrazas, y lo mismo levitas y magistrados del Templo. Agitados, desconcertados. De todos ellos, bajan a donde está la gente sólo Gamaliel y su hijo. Jesús le ve pasar, todo blanco con su túnica de lino, tan blanca que refulge incluso, bajo este fuerte sol que sobre ella incide.

Jesús, mirando a Gamaliel, pero como hablando para todos, alza la voz diciendo:

-«No por mí, sino por vosotros, ha venido esta voz del Cielo».

Gamaliel se detiene, se vuelve, perfora con las miradas de sus ojos profundos y negrísimos –involuntariamente duros como los de las aves rapaces, por la costumbre de ser un maestro venerado como un semidiós–, perfora la mirada zafírea, límpida, dulce y al mismo tiempo majestuosa, de Jesús… que prosigue:

-«Ahora el mundo es juzgado, ya el Príncipe de las Tinieblas está para ser expulsado, y Yo, cuando sea alzado, atraeré a todos hacia mí, porque así salvará el Hijo del hombre» .

16 -«Hemos aprendido en los libros de la Ley que el Cristo vive eternamente. Tú te presentas como el Cristo y dices que debes morir. Dices también que eres el Hijo del hombre y que salvarás siendo elevado. ¿Quién eres, pues?, ¿el Hijo del hombre o el Cristo? ¿Y quién es el Hijo del hombre?» dice la gente, ya más tranquila.

-«Soy una única Persona. Abrid los ojos a la Luz. Todavía un poco la Luz está con vosotros. Caminad hacia la Verdad mientras tengáis la Luz entre vosotros, para que no os sorprendan las tinieblas. Los que caminan en la obscuridad no saben en dónde acabarán. Mientras tenéis entre vosotros la Luz, creed en Ella, para ser hijos de la Luz» . Jesús se calla.

La muchedumbre está perpleja y dividida. Una parte se marcha meneando la cabeza. Una parte observa la actitud de los principales dignatarios: fariseos, jefes de los sacerdotes, escribas… (especialmente observan la actitud de Gamaliel), y según estas actitudes orientan sus reacciones. Otros hacen un gesto de aprobación con la cabeza, inclinándose ante Jesús con clara señal de querer decirle: “¡Creemos! Te honramos por lo que eres”. Pero no se atreven a ponerse abiertamente de su parte.

Tienen miedo de los ojos atentos de los enemigos de Cristo, de los poderosos, que los vigilan desde lo alto de las terrazas que dominan las soberbias galerías que ciñen los patios del Templo.

17     También Gamaliel –se ha quedado pensativo unos minutos, pareciendo interrogar a los mármoles que pavimentan el suelo, para obtener una respuesta a sus íntimas preguntas– continúa su marcha hacia la salida, no sin antes menear la cabeza y encogerse de hombros, como por desazón o desprecio… y pasa derecho por delante de Jesús sin mirarle.

Jesús, sin embargo, le mira con compasión… y alza de nuevo la voz, fuertemente –es como un tañido de bronce–, para superar todo ruido y ser oído por el gran escriba que se marcha desilusionado. Parece hablar para todos, pero es evidente que habla sólo para él. Dice con voz altísima:

-«El que cree en mí no cree, en verdad, en mí, sino en Aquel que me ha enviado, y quien me ve a mí ve al que me ha enviado, que justamente es el Dios de Israel, porque no existe ningún otro Dios aparte de El.

Por esto digo: si no podéis creer en mí en cuanto hijo de José de David, y que es hijo de María, de la estirpe de David, de la Virgen vista por el Profeta[27]445, nacido en Belén, como dicen las profecías, precedido por Juan el Bautista, como también está anunciado desde hace siglos, creed al menos en la Voz de vuestro Dios que os ha hablado desde el Cielo. Creed en mí como Hijo de este Dios de Israel. Porque si no creéis en Aquel que os ha hablado desde el Cielo, no me ofendéis a mí, sino a vuestro Dios, de quien soy Hijo.

¡No queráis permanecer en las tinieblas! Yo he venido –Luz para el mundo– para que el que cree en mí no permanezca en las tinieblas. No queráis crearos remordimientos que no podríais aplacar nunca, una vez vuelto Yo al lugar de donde he venido, y que serían un duro castigo por vuestra obstinación. Yo estoy dispuesto a perdonar mientras estoy con vosotros, mientras no se haya cumplido el juicio, y, por mi parte, tengo el deseo de perdonar. Pero distinto es el pensamiento de mi Padre, porque Yo soy la Misericordia y El es la Justicia.

En verdad os digo que si uno escucha mis palabras y no las observa Yo no le juzgo. No he venido al mundo para juzgar, sino para salvar al mundo. Pero aunque Yo no juzgue, en verdad os digo que hay quien os juzga por vuestras acciones. El Padre mío, que me ha enviado, juzga a los que rechazan su Palabra. Sí, el que me desprecia y no reconoce la Palabra de Dios y no recibe la palabra del Verbo, tiene a quien le juzgue: le juzgará en el último día la propia Palabra que he anunciado.

De Dios nadie se burla, está escrito[28]446. Y el Dios objeto de burla será terrible para aquellos que le juzgaron loco y mentiroso.

Recordad todos que las palabras que me habéis oído pronunciar son de Dios. Porque no he hablado de cosas mías, sino que el Padre que me ha enviado, El mismo, me ha prescrito lo que debo decir y de qué debo hablar. Y Yo obedezco su orden porque sé que su precepto es justo. Toda orden de Dios es vida eterna. Yo, vuestro Maestro, os doy el ejemplo de obediencia a todo precepto de Dios. Por tanto, estad seguros de que las cosas que os he dicho y os digo las he dicho y las digo como me ha dicho que os las diga el Padre mío. Y el Padre mío es el Dios de Abraham, Isaac, Jacob; el Dios de Moisés, de los patriarcas, de los profetas, el Dios de Israel, el Dios vuestro».

¡Palabras de luz que caen en las tinieblas que ya van espesándose en los corazones!

Gamaliel, que de nuevo se había detenido, cabizbajo, reanuda su marcha… Otros le siguen, meneando la cabeza o haciendo risitas…

18     También Jesús se marcha… Pero antes dice a Judas de Keriot:

-«Ve a donde tienes que ir», y a los otros: «Todos tenéis libertad para marcharos, a donde cada uno deba o quiera. Que se queden conmigo los discípulos pastores».

-«¡Déjame también a mí quedarme, Señor!» dice Esteban.

-«Ven…».

Se separan. No sé a dónde va Jesús. Pero sí sé a dónde va Judas de Keriot. Va a la puerta Especiosa o Bella. Sube la serie de escalones que desde el Atrio de los Gentiles lleva al de las mujeres. Cruza éste y sube otros escalones. Da una ojeada al Atrio de los Hebreos y, con ira, golpea con el pie en el suelo al no encontrar a los que está buscando.

Vuelve sobre sus pasos. Ve a uno de los guardianes del Templo. Le llama. Ordena, con su consabida arrogancia:

-«Ve donde Eleazar ben Anás. Qué venga inmediatamente a la Bella. Le espera Judas de Simón para cosas graves».

Se apoya en una columna y espera. Poco tiempo. Eleazar, hijo de Anás, Elquías, Simón, Doras, Cornelio, Sadoq, Nahúm y otros acuden en medio de un intenso ondear de vestiduras.

Judas habla en voz baja, pero nerviosa:

-«¡Esta noche! Después de la cena. En el Getsemaní. Venid y prendedlo. Dadme el dinero».

-«No. Te lo daremos cuando vengas por nosotros esta noche. ¡No nos fiamos de ti! Queremos tenerte con nosotros. ¡Nunca se sabe!»,

ríe maliciosamente Elquías. Los otros le hacen coro asintiendo. Judas se pone colorado de enojo, por la insinuación. Jura:

-«¡Juro por Yahvé que digo la verdad!».

Sadoq le responde:

-«De acuerdo. Pero es mejor hacerlo así. A la hora señalada vienes. Tomas contigo a los encargados de la captura y vas con ellos; no vaya a suceder que los estúpidos guardias arresten a Lázaro, al azar, y creen complicaciones. Tú les indicas con una señal quién es el hombre… ¡Entiéndelo! Es de noche…, habrá poca luz… los guardias estarán cansados, tendrán sueño… ¡Pero si tú guías!… Bueno, eso. ¿Qué pensáis vosotros?».

El pérfido Sadoq se vuelve a sus compañeros y dice:

-«Yo propondría como señal un beso. ¡Un beso! ¡La mejor señal para indicar al amigo traicionado. ¡Ja! ¡Ja!».

Todos se ríen: un coro de demonios riéndose maliciosamente.

Judas está furioso. Pero no se echa para atrás en su decisión. Ya no se echa para atrás. Sufre por la burla de que le hacen objeto, no por lo que está para llevar a cabo. Tanto es así que dice:

-«Pero recordad que quiero las monedas contadas en la bolsa antes de salir de aquí con los guardias».

-«¡Las tendrás! ¡Las tendrás! Te daremos incluso la bolsa, para que puedas conservar esas monedas como reliquia de tu amor. ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡Adiós, sierpe!».

Judas está lívido. Ya está lívido. Ya no perderá ese color y esa expresión de espanto desesperado; es más, esto se irá acentuando con el paso de las horas, hasta hacerse insoportable para la vista cuando penda del árbol… Huye…

19     Jesús se ha refugiado en el jardín de una casa amiga. Un tranquilo jardín de las primeras casas de Sión, rodeado por altos y antiguos muros. Un jardín cubierto por las frondas ondeantes de viejos árboles; por tanto, silencioso y fresco. Una voz de mujer canta poco lejos una dulce nana.

Deben haber pasado algunas horas, porque los servidores de Lázaro, de regreso después de haber ido no sé a dónde, dicen:

-«Tus discípulos están ya en la casa donde se está aparejando para la cena. Juan ha llevado con nosotros los frutos a los hijos de Juana de Cusa y luego se ha marchado a recoger a las mujeres para acompañarlas a casa de José de Alfeo, que no ha venido hasta hoy, cuando ya su madre no esperaba verle; y luego, desde allí, a la casa de la cena, porque ya cae la tarde».

-«Iremos también nosotros. Han llegado las horas de las cenas…».

Jesús se levanta y se pone el manto.

-«Maestro, afuera hay gente. Son personas de alta condición. Quisieran hablar contigo sin ser vistos por los fariseos»

dice un doméstico.

-«Diles que pasen. Ester no se opondrá»

 dice Jesús, y añade, dirigiéndose a una mujer de edad madura que está viniendo a saludarle:

-«¿Verdad, mujer?».

-«No, Maestro. Mi casa es tuya, ya lo sabes. ¡Demasiado poco has hecho uso de ella!».

-«Lo suficiente como para decir en mi corazón: era una casa amiga».

Indica al doméstico:

«Conduce aquí a los que esperan afuera».

20     Entran unas treinta personas de noble aspecto. Saludan reverentes. Uno habla en nombre de todos:

-«Maestro, tus palabras nos han impresionado. Hemos oído en ti la voz de Dios. Pero nos dicen que estamos locos porque creemos en ti. ¿Qué hacer, entonces?».

-«No en mí cree el que cree en mí, sino que cree en Aquel que me ha enviado, cuya voz santísima hoy habéis oído. No me ve a mí el que me ve, sino que ve al que me ha enviado, porque Yo soy una sola cosa con el Padre mío. Por eso os digo que debéis creer para no ofender a Dios, que es Padre mío y Padre vuestro, y que os ama hasta el punto de ofreceros a su Unigénito como holocausto. Porque si hay dudas en los corazones de que Yo sea el Cristo, no las hay de que Dios esté en el Cielo. Y la voz de Dios, al que he llamado Padre hoy en el Templo pidiéndole que glorificara su Nombre, ha respondido al que le llamaba Padre; y ha respondido sin llamarle “embustero” o “blasfemo”, como muchos dicen. Dios ha confirmado quién soy Yo: su Luz. Soy la Luz venida a este mundo. He venido como Luz al mundo para que quien cree en mí no permanezca en las Tinieblas. Si uno escucha mis palabras y luego no las observa, Yo no le juzgo. No he venido a juzgar al mundo sino a salvarlo. Quien me desprecia y no acoge mis palabras ya tiene quién le juzgue. La Palabra anunciada por mí será la que le juzgará en el último día; porque era sabia, perfecta, dulce, simple: como es Dios.

Porque esa Palabra es Dios. No soy Yo el que ha hablado, Jesús de Nazaret, conocido como el hijo de José carpintero de la estirpe de David, e hijo de María, muchacha hebrea, virgen de la estirpe de David casada con José. No. Yo no he hablado de cosas mías, sino que ha hablado mi Padre, Aquel que está en los Cielos y cuyo nombre es Yahvé, Aquel que me ha enviado y me ha prescrito lo que debo decir y las cosas de que debo hablar. Y sé que en su precepto hay vida eterna. Las cosas que digo las digo, pues, como me las ha dicho el Padre, y en ellas hay Vida. Por eso os digo: escuchadlas.

Ponedlas en práctica y tendréis la Vida. Porque mi palabra es Vida, y quien la acoge acoge, al mismo tiempo que a mí, al Padre de los Cielos que me ha enviado para daros la Vida. Y quien tiene en sí a Dios tiene en sí la Vida. 21 Podéis marcharos. La Paz descienda sobre vosotros y en vosotros permanezca».

Los bendice y los despide. Bendice también a los discípulos. Retiene solamente a Isaac y a Esteban. A los otros los besa y los despide. Y, cuando se marchan, El sale, el último junto a estos dos discípulos, y va con ellos por las callejuelas más solitarias, ya obscuras, hacia la casa del Cenáculo. Llegado allí, con especial amor, abraza y bendice a Isaac y a Esteban; los besa, los bendice de nuevo, los mira mientras se alejan. Luego llama y entra…

22 Dice Jesús: «Colocarás aquí las visiones del adiós a mi Madre, del Cenáculo, de la Cena. Y ahora vamos a hacer nosotros dos, tú y Yo, la verdadera conmemoración pascual. Ven…».

600. La última Cena pascual.

9 de marzo de 1945.

uñtima cena1 Empieza el sufrimiento del Jueves Santo.

Los apóstoles –son diez– se dedican intensamente a preparar el Cenáculo.

Judas, encaramado encima de la mesa, observa si hay aceite en todas las ampollas de la lámpara, que es grande y parece una corola de fucsia doble[2]450. Y es que está formada por una barra –el tallo– rodeada de cinco lámparas en ampollas que asemejan a pétalos; luego tiene una segunda vuelta, más abajo, que es toda una coronita de pequeñas llamas; luego, por último, tiene tres pequeñas lamparitas colgadas de delgadas cadenas y que parecen los pistilos de la flor luminosa. Luego baja de un salto y ayuda a Andrés a colocar la vajilla en la mesa con arte. Sobre ésta se ha extendido un finísimo mantel.

Oigo que Andrés dice: «¡Qué espléndido lino!».

Y Judas Iscariote: «Uno de los mejores manteles de Lázaro. Marta se ha empeñado en traerlo».

«¿Y estas copas? ¿Y estas jarras, entonces?» observa Tomás, que ha puesto el vino en las preciosas jarras y las mira una y otra vez con ojos de experto, reflejándose en sus panzas estilizadas y acariciando sus asas trabajadas con cincel.

«¿Quién sabe lo que costarán, Eh!» pregunta Judas Iscariote.

«Está trabajado con martillo. A mi padre le encantarían. La plata y el oro en hojas se pliegan con facilidad cuando están calientes. Pero tratado así… Para estropearlo basta un momento; es suficiente un golpe mal dado. Se necesitan fuerza y ligereza al mismo tiempo. ¿Ves las asas? Sacadas del bloque, no soldadas. Cosas de ricos… Fíjate que toda la limadura y lo desbastado se pierden. No sé si entiendes lo que te digo».

«¡Claro que entiendo! En pocas palabras, es como uno que hace una escultura».

«Exactamente».

Todos observan con admiración. Luego vuelven a su trabajo: quién coloca los asientos, quién prepara los aparadores.

2 Entran juntos Pedro y Simón.

«¡Oh, por fin habéis venido! ¿A dónde habéis ido otra vez? Habéis llegado con el Maestro y con nosotros y os habéis escapado de nuevo»dice Judas Iscariote.

«Una gestión que había que hacer antes de la hora» responde escuetamente Simón.

«¿Sientes melancolías?».

«Creo que con lo que hemos oído durante estos días, y en esos labios que nunca hemos encontrado falaces, hay buenas razones para sentirlas».

«Y con ese tufo de… Bien, cállate, Pedro» masculla Pedro entre dientes.

«¡Tú también?… Me pareces un desquiciado desde hace algunos días. Tienes cara de conejo agreste cuando siente tras sí al chacal» responde Judas Iscariote.

«Y tú tienes morros de garduña. Tú tampoco estás muy guapo desde hace unos días. Miras de una manera… Hasta se te han torcido los ojos… ¿A quién esperas, o qué esperas ver? Pareces seguro. Quieres parecerlo. Pero se te ve como a uno temeroso de algo» replica Pedro.

«¡En cuanto a miedo!… ¡Tampoco tú eres ningún héroe!».

«Ninguno lo somos, Judas. Tú llevas el nombre del Macabeo[3]451,pero no lo eres. El mío significa[4]452: “Dios otorga gracias”, pero te juro que tiemblo por dentro como quien se supiera portador de desgracia y, sobre todo, tengo miedo de caer en desgracia ante Dios. Simón de Jonás, a pesar de su nuevo nombre de “piedra”, ahora se manifiesta blando como cera en el fuego. Ya no es estable en su voluntad. ¡Y yo nunca le vi con miedo en medio de desatadas tempestades! Mateo, Bartolmái y Felipe parecen sonámbulos. Mi hermano y Andrés no hacen más que suspirar. Los dos primos, en quienes se une el dolor de la sangre con el del amor al Maestro, pues ya los ves: parecen hombres ya viejos. Tomás ha perdido su jovialidad. Y Simón está tan ajado por el dolor –yo diría: tan corroído, lívido y abatido–, que parece otra vez el leproso consumido de hace tres años»le responde Juan.

3 «Sí. Nos ha sugestionado a todos con su melancolía» observa Judas Iscariote.

«Mi primo Jesús, el Maestro y Señor mío y vuestro, está y no está melancólico. Si con esta palabra quieres decir que está triste por el exceso de dolor que todo Israel le está dando –y nosotros vemos este dolor– y por el otro, oculto dolor que sólo El ve, te digo: “Tienes razón”;pero si usas ese término para decir que está desquiciado, eso te lo prohíbo» dice Santiago de Alfeo.

«¿Y no es demencia una idea fija de melancolía? Yo he estudiado también lo profano, y tengo conocimientos. Jesús ha dado demasiado de sí, y ahora tiene la mente cansada».

«Lo cual significa “demente”. ¿no es verdad?» pregunta el otro primo, Judas, que está aparentemente calmo.

«¡Justamente eso! ¡Había visto con claridad tu padre, justo de santa memoria, a quien tú tanto te pareces en justicia y sabiduría! Jesús –triste destino de una ilustre casa demasiado vieja y que padece senilidad psíquica– ha tenido siempre una tendencia a esta enfermedad. Suave al principio, luego cada vez más agresiva. Tú mismo has visto cómo ha atacado a fariseos y escribas, saduceos y herodianos. El se ha hecho imposible la vida, como un camino sembrado de esquirlas de cuarzo. Y se las ha sembrado El solo. Nosotros… le hemos amado tanto, que el amor nos ha puesto un velo delante de nuestros ojos. Pero los que le amaron sin idolatrarlo: tu padre, tu hermano José, y primero Simón, vieron las cosas con equilibrio… Hubiéramos debido abrir los ojos ante sus palabras. Sin embargo, su dulce hechizo de enfermo nos sedujo. Y ahora… ¡En fin!».

Judas Tadeo, que –de la misma altura de Judas Iscariote– está justo frente a él y parece oírle con calma, reacciona violentamente. Con un fuerte revés arroja a Judas, supino, a uno de los asientos, y con una cólera contenida en la voz, inclinándose sobre la cara del cobarde que no reacciona –quizás temiendo que Judas Tadeo esté al corriente de su crimen– le dice con voz penetrante:

«¡Esto por la demencia, reptil! Y si no lo estrangulo es porque Jesús está allí y es noche de Pascua. ¡Pero piensa, piénsalo bien! Si le ocurre algo malo y ya no está El para detener mi fuerza, nadie te salva. Es como si ya tuvieras el nudo corredizo en el cuello; y serán estas manos mías honradas y fuertes de artesano galileo y de descendiente del hondero de Goliat[5]453, las que lo hagan. ¡Levántate, enervado libertino! Y atento a lo que haces, ¡Eh!».

Judas se alza, lívido, sin la más mínima reacción. Y lo que me maravilla es que ninguno reacciona ante este gesto nuevo de Judas Tadeo. Al contrario… está claro que todos lo aprueban.

4       Vuelve el ambiente a la normalidad y un instante después Jesús entra. Se asoma en el umbral de la pequeña puerta por la que su alto físico apenas pasa. Pone pie en el tan reducido descansillo, y, con su mansa, triste sonrisa, abriendo los brazos, dice:

«La paz sea con vosotros».

Es una voz cansada, como la de uno que estuviera languideciendo en lo físico o en lo moral. Baja. Acaricia la cabeza rubia de Juan, que ha ido a su encuentro. Sonríe, como si no supiera nada, a su primo Judas, y dice al otro primo:

«Tu madre te ruega que seas dulce con José. Ha preguntado por mí y por ti hace poco a las mujeres. Siento no haberle saludado».

«Lo vas a hacer mañana».

«¿Mañana?… Bueno… tendré tiempo de verle… ¡Oh, Pedro, por fin estaremos un poco juntos! Desde ayer me pareces un fuego fatuo: te veo y luego no te veo. Hoy casi puedo decir que te he perdido. Tú también, Simón».

«Nuestro pelo más blanco que negro te puede dar la seguridad de que no nos hemos ausentado por apetito carnal» dice serio Simón.

«Aunque… a todas las edades se pueda tener esa hambre… ¡Los viejos! Son peores que los jóvenes…» dice ofensivo Judas Iscariote.

Simón le mira. Ya iba a replicar. Pero también le mira Jesús y dice:

«¿Te duele una muela? Tienes el carrillo derecho hinchado y rojo».

«Sí. Me duele. Pero no tiene mayor importancia».

Los otros no dicen nada y la cosa muere así.

5 «¿Habéis hecho todo lo que había que hacer? ¿Tú, Mateo? ¿Y tú, Andrés? ¿Y Tú, Judas, has pensado en la ofrenda al Templo?».

Tanto los dos primeros como Judas Iscariote dicen:

«Todo hecho, todo lo que dijiste que había que hacer para hoy. No te preocupes».

«Yo he llevado las primicias de Lázaro a Juana de Cusa. Para los niños. Me han dicho: “¡Eran mejores aquellas manzanas!”. ¡Aquellas tenían el sabor del hambre! Y eran tus manzanas» dice Juan con rostro sonriente y de ensoñación. También Jesús sonríe ante un recuerdo…

«Yo he visto a Nicodemo y a José» dice Tomás.

«¿Los has visto? ¿Has hablado con ellos?» pregunta Judas Iscariote con exagerado interés.

«Sí, ¿qué hay de raro en ello? José es un buen cliente de mi padre».

«No lo habías dicho antes… ¡Por eso me he asombrado!…». Judas trata de remediar la impresión que ha dado, una impresión de ansiedad, por el encuentro de José y Nicodemo con Tomás.

«Me resulta extraño que no hayan venido a presentarte su obsequioso saludo. Ni ellos ni Cusa ni Manahén… Ninguno de los…».

Pero Judas Iscariote se ríe con una falsa carcajada interrumpiendo a Bartolomé, y dice: «El cocodrilo vuelve a su madriguera en el momento apropiado».

«¿Qué quieres decir? ¿Qué insinúas?» pregunta Simón con una agresividad como nunca ha tenido.

«¡Calma, calma! ¿Qué os sucede? ¡Es la noche de Pascua! Nunca hemos tenido aparejo tan digno para consumir el cordero. Celebremos, pues, la cena con espíritu de paz. Veo que os he turbado mucho con mis instrucciones de estas últimas noches.Pero, ¿veis? ¡He terminado! Ahora ya no os voy a causar más turbación. No está todo dicho en cuanto a mí se refiere. Sólo lo esencial. El resto… lo comprenderéis después. Se os dirá… ¡Sí, vendrá el que os lo dirá![6]454 6 Juan, ve con Judas y algún otro por las copas para la purificación. Y luego nos sentamos a la mesa». La dulzura de Jesús verdaderamente parte el corazón.

Juan con Andrés, Judas Tadeo con Santiago, traen una copa grande, echan agua en ella y ofrecen a Jesús la toalla, y también a los compañeros, los cuales hacen luego lo mismo con ellos. Y ponen la copa (en realidad es una palangana de metal) en un rincón.

«Y ahora cada uno a su sitio. Yo aquí, y aquí, a la derecha, Juan; al otro lado, mi fiel Santiago: los dos primeros discípulos. Después de Juan mi Piedra fuerte. Y después de Santiago el que es como el aire, que no se advierte pero siempre está y consuela: Andrés. A su lado mi primo Santiago. ¿No te duele, dulce hermano, el que asigne el primer puesto a los primeros? Eres el sobrino del Justo, cuyo espíritu, más que nunca en esta hora, late en suspendido vuelo sobre mí. ¡Ten paz, padre de mi debilidad de niño, encina a cuya sombra hallaron alivio la Madre y el Hijo! ¡Ten paz!…

Después de Pedro, Simón… Simón, ven un momento aquí. Quiero mirar fijamente tu rostro leal. Después te veré ya sólo mal, porque otros me cubrirán tu honesto rostro.

Gracias, Simón. Por todo», y le besa.

Simón, dejado ya, va a su sitio y, un instante, se lleva las manos a la cara con un gesto de aflicción.

«En frente de Simón mi Bartolmái. Dos honradeces y sabidurías que se reflejan recíprocamente. Están bien juntos. Y, al lado, tú, Judas, hermano mío. Así te veo… y me parece estar en Nazaret… cuando alguna fiesta nos reunía a todos en torno a una mesa… También en Caná… ¿Recuerdas? Estábamos el uno al lado del otro. Una fiesta… una fiesta de boda… el primer milagro… el agua transformada en vino… También hoy una fiesta… y también hoy habrá un milagro… el vino cambiará de naturaleza… y será…».

Jesús se sume en su pensamiento. Con la cabeza baja, está como aislado en su mundo secreto. Los demás le miran sin decir nada. Alza de nuevo la cabeza y mira fijamente a Judas Iscariote, y le dice:

«Tú estarás frente a mí».

«¿Tanto me quieres? ¿Más que a Simón, que siempre quieres tenerme enfrente?».

«Mucho. Tú lo has dicho».

«¿Por qué, Maestro?».

«Porque eres el que más ha hecho de todos para esta hora».

Judas mira al Maestro y a sus compañeros con una mirada muy cambiante: al primero con una cierta, irónica compasión; a los otros, con aire de triunfo.

«Y a tu lado, en una parte, Mateo; en la otra, Tomás».

«Entonces Mateo a mi izquierda y Tomás a mi derecha».

«Como quieras, como quieras» dice Mateo. «Me basta con tener bien de frente a mi Salvador».

«Por último, Felipe. ¿Veis? El que no está a mi lado en el lado de honor, tiene el honor de estar frente a mí».

7       Jesús, en pie en su sitio, vierte en la amplia copa que está colocada delante de El –todos tienen altas copas, pero El tiene una mucho más grande, además de la que tienen todos; debe ser la copa ritual[7]455–, vierte el vino. Alza la copa, la ofrece456[8], la pone en la mesa. Luego todos juntos preguntan con tono de salmo:

«¿Por qué esta ceremonia?».

Pregunta formal, de rito, está claro. A la cual Jesús, como cabeza de familia, responde[9]457:

ultima cena 2«Este día recuerda nuestra liberación de Egipto. Bendito sea Yahvé, que ha creado el fruto de la vid[10]458».

Bebe un sorbo de este vino ofrecido y pasa el cáliz a los demás. Luego ofrece el

pan[11]459, lo parte, lo distribuye; luego las hierbas empapadas en la salsa rojiza[12]460 que hay en cuatro salseras.

Terminada esta parte de la comida cantan salmos, todos en coro[13]461. Se lleva a la mesa, desde el aparador, la amplia bandeja del cordero asado[14]462, y la ponen delante de Jesús. Pedro, que desempeña el papel de… primera parte, de coro, si le gusta más, pregunta:

«¿Por qué este cordero, así?[15]463».

«Como recuerdo de cuando Israel fue salvado por el cordero inmolado. No murió ningún primogénito donde la sangre brillaba en las jambas y el dintel. Y, después, mientras todo Egipto lloraba a los primogénitos varones muertos, desde el palacio del faraón hasta los tugurios, los hebreos, capitaneados por Moisés, se movieron hacia la tierra de la liberación y la promesa. Ceñidas ya sus cinturas, calzados los pies, cayado en mano, fue diligente el pueblo de Abraham para ponerse en marcha cantando los himnos del júbilo».

Todos se ponen en pie y entonan:

«Cuando Israel salió de Egipto y la casa de Jacob de un pueblo bárbaro, Judea vino a ser su santuario» etc., etc.[16]464

Ahora Jesús corta el cordero, llena un nuevo cáliz[17]465, bebe de él y lo pasa. Luego entonan otro canto:

«Niños, alabad al Señor; bendito sea el Nombre del Eterno, ahora y por los siglos de los siglos. De Oriente a Occidente debe ser alabado» etc.[18]466

Jesús da los trozos de cordero cuidando de que todos queden bien servidos, justamente como haría un padre de familia rodeado de los amados hijos de su corazón. Solemne, un poco triste, mientras dice:

«He deseado ardientemente comer con vosotros esta Pascua. Ha sido para mí el deseo de los deseos, desde que fui –aba eterno–“el Salvador”. Sabía que esta hora precedería a esa otra. Mas la alegría de darme infundía, anticipadamente, este consuelo a mi padecer… He deseado ardientemente comer con vosotros esta Pascua, porque ya nunca comeré del fruto de la vid hasta la llegada del Reino de Dios. Entonces me sentaré nuevamente con los elegidos en el Banquete del Cordero, para el desposorio de los Vivientes con el Viviente[19]467. Pero vendrán a él solamente los que hayan sido humildes y limpios de corazón como Yo soy».

8 «Maestro, hace un momento has dicho que el que no tiene el honor del sitio lo tiene por estar enfrente de ti. ¿Cómo podemos saber, entonces, quién es el primero de entre nosotros?» pregunta Bartolomé.

«Todos y ninguno. Una vez[20]468… volvíamos cansados… nauseados por el odio farisaico. Pero no estabais cansados de discutir entre vosotros acerca de quién era el mayor… Un niño vino a mí rápido… un pequeño amigo mío… Y su inocencia endulzó la desazón que Yo tenía por muchas cosas (no la última, vuestra humanidad obstinada). ¿Dónde estás ahora, pequeño Benjamín que tuviste aquella sabia respuesta que te vino del Cielo porque –ángel como eras– el Espíritu te hablaba? En aquel momento os dije: “Si uno quiere ser el primero, sea el último y el servidor de todos”. Y os puse como ejemplo al sabio niño. Ahora os digo: “Los reyes de las naciones las dominan. Y los pueblos oprimidos, aun odiándolos, los aclaman, y los reyes son llamados ‘Benefactores’, ‘Padres de la Patria’. Mas el odio se anida bajo el falso obsequio”. Pero entre vosotros no debe ser así. Que el mayor sea como el menor; el que es cabeza, como uno que sirve. Efectivamente: ¿quién es mayor, el que está a la mesa o el que sirve? El que está a la mesa. Yo, sin embargo, os sirvo; y, dentro de poco, os serviré más.

Vosotros sois los que habéis estado conmigo en las pruebas. Y Yo dispongo para vosotros un puesto en mi Reino –de la misma forma que en El Yo seré Rey según la voluntad del Padre–, para que comáis y bebáis en mi mesa eterna[21]469 y estéis sentados en tronos juzgando a las doce tribus de Israel[22]470. Habéis permanecido a mi lado en mis pruebas… Esto y no otra cosa es lo que os hace grandes ante los ojos del Padre».

«¿Y los que vendrán después? ¿No tendrán un lugar en el Reino? ¿Sólo nosotros?».

«¡Oh, cuántos príncipes habrá en mi Casa! Todos los que hayan sido fieles al Mesías en las pruebas de la vida serán príncipes en mi Reino. Porque los que hayan perseverado hasta el final en el martirio de la existencia serán como vosotros, que conmigo habéis perseverado en mis pruebas. Yo me identifico en mis creyentes. A los predilectos les doy, como enseña, ese Dolor que abrazo por vosotros y por todos los hombres. El que me sea fiel en el Dolor será un bienaventurado mío; como vosotros, mis amados».

9 «Nosotros hemos perseverado hasta el final».

«¿Tú crees, Pedro? Pues te digo que la hora de la prueba debe llegar todavía. Simón, Simón de Jonás, mira que Satanás ha pedido cribaros como al trigo. He orado por ti, para que tu fe no vacile. Tú, una vez enmendado, confirma a tus hermanos».

«Sé que soy un pecador. Pero te seré fiel hasta la muerte. Este pecado no lo tengo. Nunca lo tendré».

«No seas soberbio, Pedro mío. Esta hora cambiará muchas cosas que antes eran de un modo y ahora serán distintas. ¡Cuántas!… Y esas cosas traen y comportan necesidades nuevas. Vosotros lo sabéis. Siempre os he dicho, incluso cuando íbamos por lugares lejanos recorridos por bandoleros: “No temáis. No nos sucederá nada malo, porque los ángeles del Señor están con nosotros. No os preocupéis de nada”. ¿Os acordáis de cuando os decía: No estéis preocupados por lo que comeréis o por el vestido. El Padre sabe qué necesitamos”? También os decía: “El hombre es mucho más que un pájaro y que una flor que hoy es hierba y mañana heno. Y veis que el Padre cuida también de la flor y del pajarillo. ¿Podréis, entonces, dudar de que cuide de vosotros?”. Y os decía:“Dad a quien os pida, a quien os hiera presentadle la otra mejilla”. Os decía: “No llevéis ni bolsa ni cayado”. Porque he enseñado amor y confianza. Pero ahora… ahora ya no es ese tiempo. Ahora os digo: “¿Os ha faltado alguna vez algo hasta ahora? ¿Alguna vez os han hecho algún daño?”».

«Nada, Maestro. Y sólo a ti te lo han hecho».

«Así veis que mi palabra era veraz. Pero ahora los ángeles son, todos, convocados por su Señor. Es hora de demonios… Con las alas de oro, los ángeles del Señor se tapan los ojos[23]471, se vendan, y les duele el color de sus alas, porque no es color de amargura y ésta es hora de luto, y de un luto cruel, sacrílego… Esta noche no hay ángeles en la Tierra. Están junto al trono de Dios para cubrir con su canto las blasfemias del mundo deicida y el llanto del Inocente. Y nosotros estamos solos… Yo y vosotros: solos. Los demonios son los dueños de esta hora. Por eso nuestro aspecto ahora y nuestra actitud serán como los de los pobres hombres que recelan y no aman. Ahora el que tenga una bolsa tome consigo también una alforja, el que no tenga espada venda su manto y cómprese una. Porque también se dice de mí en la Escritura, y debe cumplirse[24]472: “Fue contado entre los malhechores”. En verdad, todo lo que a mí se refiere toca a su fin».

10     Simón, que se ha alzado y ha ido al arquibanco donde había dejado su rico manto –y es que esta noche todos visten sus mejores indumentos, y, por tanto, llevan puñales, damasquinados pero muy cortos (más cuchillos que puñales), colgados de los ricos cinturones–, coge dos espadas, dos verdaderas espadas, largas, levemente curvadas, y se las lleva a Jesús:

«Yo y Pedro nos hemos armado esta noche. Tenemos éstas. Pero los demás tienen sólo el puñal corto».

Jesús toma las espadas, las observa, desenvaina una y prueba su tajo contra una uña. Es una extraña visión, y produce una impresión todavía más extraña el ver ese fiero instrumento en las manos de Jesús.

«¿Quién os las ha dado?» pregunta Judas Iscariote mientras Jesús observa y calla. Judas parece muy inquieto…

«¿Quién? Te recuerdo que mi padre era noble y muy poderoso».

«Pero Pedro…».

«¿Pero qué? ¿Desde cuándo tengo que dar cuentas de los regalos que quiero hacer a mis amigos?».

Jesús alza la cabeza. Antes ha metido el arma en su vaina y ahora devuelve las dos espadas al Zelote.

«Está bien. Son suficientes. Has hecho bien en cogerlas. 11 Pero ahora, antes de beber el tercer cáliz, esperad un momento. Os he dicho que el mayor es como el menor y que Yo estoy como quien sirve en esta mesa y que más os serviré. Hasta ahora os he dado alimentos. Es un servicio en orden al cuerpo. Ahora quiero daros un alimento para el espíritu[25]473. No es un plato del rito antiguo; es del nuevo rito. Yo quise bautizarme antes de ser el“Maestro”. Para esparcir la Palabra bastaba ese bautismo. Ahora será derramada la Sangre. Vosotros necesitáis otro lavacro, aunque os hayáis purificado (con Juan el Bautista en su momento y hoy también, en el Templo). No es suficiente. Venid para que os purifique. Suspended la comida. Hay algo más importante que la comida que se da al vientre para que se llene, aunque sea alimento santo, como este del rito pascual; y ello es un espíritu puro, en disposición de recibir el don del cielo que ya desciende para hacerse un trono en vosotros y daros la Vida. Dar la Vida a quienes están limpios[26]474».

Jesús se levanta –debe también alzarse Juan, para dejar a Jesús salir mejor de su sitio–, va a un arquibanco y se quita la túnica roja; la pone doblada encima del manto, ya doblado, se ciñe a la cintura una toalla grande, luego va a otra palangana, que todavía está vacía y limpia. Echa en ella agua, lleva la palangana al centro de la habitación, junto a la mesa, y la pone encima de un taburete. Los apóstoles le miran estupefactos.

«¿No me preguntáis que qué hago?».

«No lo sabemos. Te digo que ya estamos purificados» responde Pedro.

«Y Yo lo repito que eso no importa. Mi purificación le sirve al que ya está purificado para estarlo más».

lavatorio de piesSe arrodilla. Desata las sandalias a Judas Iscariote y le lava los pies; uno primero, otro después. Es fácil hacerlo, porque los triclinios están hechos de tal manera que los pies quedan hacia la parte externa. Judas está estupefacto. No dice nada. Pero, cuando Jesús, antes de calzar el pie izquierdo y levantarse, pone el gesto de besarle el pie derecho ya calzado, Judas retrae bruscamente el pie y da un golpe con la suela en la boca divina[27]475. Lo hace sin querer. No es un golpe fuerte, pero a mí me causa mucho dolor. Jesús sonríe, y, al apóstol, que le dice:

«¿Te he hecho daño? Ha sido sin querer… Perdona»,

le responde:

«No, amigo. Lo has hecho sin malicia y no hace daño».

Judas le mira… Es una mirada inquieta, huidiza… Jesús pasa a Tomás, luego a Felipe… Rodea el lado estrecho de la mesa y va donde su primo Santiago. Le lava, y le besa en la frente al levantarse. Pasa a Andrés, que está rojo de vergüenza y hace esfuerzos por no llorar; le lava, le acaricia como a un niño. Luego está Santiago de Zebedeo, que no hace sino susurrar:

«¡Oh, Maestro! ¡Maestro! ¡Maestro! ¡Anonadado y sublime Maestro mío!».

Juan se ha desatado ya las sandalias y, mientras Jesús está agachado secándole los pies, él se inclina y le besa en el pelo. ¡Pero, a Pedro!… ¡No es fácil convencerle para este rito!

«¡Tú lavarme a mí los pies? ¡Ni por asomo! Mientras viva, no te lo permitiré. Yo soy un gusano, Tú eres Dios. Cada uno en su lugar».

«Lo que Yo hago tú no puedes comprenderlo por ahora. Más adelante lo comprenderás. Déjame».

«Todo lo que Tú quieras, Maestro. ¿Quieres cortarme el cuello? Hazlo. Pero no me lavarás los pies».

«¡Oh, mi Simón! ¿No sabes que si no te lavo no tendrás parte en mi Reino? ¡Simón, Simón! Necesitas esta agua para tu alma y para el mucho camino que debes recorrer. ¿No quieres venir conmigo? Si no te lavo, no vienes a mi Reino».

«¡Oh, Señor mío bendito! ¡Pues entonces lávame todo! ¡Los pies, las manos y la cabeza!».

«El que, como vosotros, se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque ya está enteramente purificado. Los pies… El hombre con los pies camina sobre cosas sucias. Y ello sería poco, pues ya os dije[28]476 que lo que ensucia no es lo que entra y sale con el alimento, ni contamina al hombre lo que se pega a los pies por el camino. No. Lo que le contamina es lo que incuba y madura en su corazón y de allí sale y contamina sus acciones y sus miembros. Y los pies del hombre de corazón no limpio se dirigen hacia la crápula, la lujuria, los tratos ilícitos, los delitos… Por tanto, son, de entre los miembros del cuerpo, los que tienen mucha parte que purificar… como también los ojos, y la boca… ¡Oh, hombre!, ¡hombre!, ¡perfecta criatura un día, el primero, y luego tan corrompido por el Seductor[29]477! ¡Y no había en ti malicia, Oh hombre, ni pecado!… ¿Y ahora? ¡Eres todo malicia y pecado y no hay parte en ti que no peque!».

Jesús ha lavado los pies a Pedro. Los besa. Y Pedro llora y toma con sus gruesas manos las dos manos de Jesús, se las pasa por los ojos y las besa luego. También Simón se ha quitado las sandalias y, sin decir nada, se deja lavar. Pero luego, cuando Jesús está ya para pasar a Bartolomé, Simón se arrodilla, le besa los pies y dice: «¡Límpiame de la lepra del pecado[30]478 como me limpiaste de la lepra del cuerpo, para no quedar confundido en la hora del juicio, Salvador mío!».

«No temas, Simón. Vendrás a la Ciudad celeste, blanco como nieve alpina».

«¿Y yo, Señor? ¿A tu viejo Bartolmái qué le dices? Me viste a la sombra de la higuera y leíste mi corazón. ¿Ahora qué ves?, ¿dónde me ves? Tranquiliza a este pobre anciano que teme no tener ni fuerza ni tiempo para llegar a como quieres que seamos».

Se le ve muy emocionado a Bartolomé.

«Tampoco temas tú. En aquel momento dije: “He aquí a un verdadero israelita en quien no hay engaño”. Ahora digo: “He aquí a un verdadero discípulo mío digno de Mí, el Mesías”. ¿Que dónde te veo? Sentado en un trono eterno, vestido de púrpura. Yo estaré siempre contigo».

Le toca el turno a Judas Tadeo, el cual, cuando ve a sus pies a Jesús, no sabe contenerse y reclina la cabeza sobre el brazo que tiene apoyado en las mesa y llora.

«No llores, dulce hermano. Te sientes como uno que debiera soportar que le arrancasen un nervio, y te parece que no puedes soportarlo. Pero será un dolor breve.

Luego… ¡serás feliz, porque me quieres! Te llamas Judas [31]479.Y eres como nuestro gran Judas: como un gigante. Eres el protector. Tus acciones son de león y cachorro de león rugientes. Desanidarás a los impíos, que ante ti retrocederán, y los inicuos sentirán terror. Yo sé las cosas. Sé fuerte. Una eterna unión estrechará y hará perfecto nuestro parentesco, en el Cielo».

Le besa también a él, en la frente, como a su otro primo.

«Yo soy pecador, Maestro. A mí no…».

«Eras pecador, Mateo. Ahora eres el Apóstol. Eres una “voz” mía. Te bendigo. ¡Cuánto camino han recorrido estos pies para avanzar sin cesar, hacia Dios!… El alma los incitaba y ellos han abandonado todo camino que no fuera mi camino. Continúa. ¿Sabes dónde termina el sendero? En el seno del Padre mío y tuyo».

Jesús ha terminado. Deja la toalla, se lava en agua limpia las manos, se pone de nuevo la túnica, vuelve a su sitio y, al sentarse, dice:

«Ahora estáis limpios, aunque no todos. Sólo los que han tenido la voluntad de estarlo».

Mira fijamente a Judas de Keriot, que ha hecho como si no hubiera oído, ocupado en explicar a su compañero Mateo cómo su padre se decidió a mandarle a Jerusalén: palabras inútiles que tienen para Judas –quien, a pesar de su audacia, debe sentirse incómodo– la única finalidad de guardar las apariencias.

12     Jesús vierte vino por tercera vez en el cáliz común[32]480. Bebe. Ofrece de beber. Luego canta, y los otros le siguen en coro:

«Amo porque el Señor escucha la voz de mi oración, porque inclina su oído hacia mí. Le invocaré durante toda mi vida. Me rodeaban dolores de muerte» etc.[33]481

Un momento de pausa. Luego sigue cantando:

«Tuve fe y por eso hablé. Me había humillado profundamente y en medio de mi turbación decía: “Todo hombre es mentiroso».

Mira fijo a Judas. La voz de mi Jesús, esta noche cansada, recobra fuerza cuando exclama:

«Valiosa es ante los ojos de Dios la muerte de los santos» y «Has roto mis cadenas. Te ofreceré un holocausto de alabanza invocando el nombre del Señor» etc. etc.[34]482

Otra breve pausa en el canto, y luego continúa:

«Alabad todas al Señor, naciones, todos los pueblos alabadle. Porque se ha afianzado en nosotros su misericordia y la verdad del Señor permanece eterna[35]483».

Otra breve pausa y luego un largo himno:

«Celebrad al Señor porque es bueno, porque es eterna[36]484 su misericordia…».

Judas de Keriot canta tan desentonado, que Tomás dos veces le conduce al tono con su potente voz de barítono y le mira fijamente. También los otros le miran, porque, por lo general está siempre bien entonado, y de su voz, como de todas las otras cosas –lo he podido comprender– se siente orgulloso. ¡Pero esta noche! Ciertas frases le turban, hasta el punto de que le salen gallos, y lo mismo ciertas miradas de Jesús que subrayan las frases. Una de estas frases es: «Es mejor confiar en el Señor que confiar en el hombre». Otra es: «Se me empujó y vacilaba, y estaba para caer. Pero el Señor me sujetó». Otra es: «No moriré, sino que viviré y referiré las obras del Señor». Y, en fin, estas dos que voy a decir, le estrangulan la voz al Traidor en la garganta: «La piedra desechada por los constructores ha venido a ser piedra angular» y «¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!».

Acabado el salmo, mientras Jesús corta y de nuevo pasa trozos de cordero, Mateo pregunta a Judas de Keriot:

«¿Te encuentras mal?».

«No. Déjame tranquilo. No te preocupes de mí».

Mateo se encoge de hombros. Juan, que ha oído esto, dice:

«Tampoco el Maestro está bien. ¿Qué te sucede, Jesús mío? Tienes la voz quebrada; como la de un enfermo o la de uno que haya llorado mucho»,

y le abraza, estando con la cabeza apoyada en el pecho de Jesús.

«Sólo es que ha hablado mucho; y yo, lo único es que he andado mucho y he cogido frío»

dice Judas nervioso. Y Jesús, sin responderle a él, dice a Juan:

«Tú ya me conoces… y sabes qué es lo que me cansa…».

13     El cordero está casi terminado. Jesús, que ha comido poquísimo y ha bebido sólo un sorbo de vino por cada cáliz –sin embargo, como si se sintiera febril, ha bebido mucho agua– continúa hablando:

«Quiero que comprendáis mi gesto de antes. Os he dicho que el primero es como el último, y que os daría un alimento que no es corporal. Os he dado un alimento de humildad. Para vuestro espíritu. Vosotros me llamáis: Maestro y Señor. Decís bien, porque lo soy. Entonces, si Yo os he lavado los pies, también debéis lavároslos vosotros los unos a los otros. Os he dado ejemplo para que hagáis lo mismo que Yo he hecho. En verdad os digo: el siervo no es más que su señor, ni el apóstol más que Aquel que le ha constituido apóstol. Tratad de comprender estas cosas. Y si, comprendiéndolas, las ponéis por obra, seréis bienaventurados. Pero no seréis todos bienaventurados. Yo os conozco. Sé a quiénes he elegido. No de la misma manera me refiero a todos. Pero digo la verdad. Por otra parte, debe cumplirse lo que en relación a mí fue escrito[37]485: “Aquel que come conmigo el pan ha alzado contra mí su calcañar”. Os digo todo antes de que suceda, para que no abriguéis dudas respecto a mí. Cuando todo esté cumplido, creeréis todavía más que Yo soy Yo. El que me recibe a mí recibe al que me ha enviado: al Padre santo que está en los Cielos. Y el que reciba a los que Yo envíe me recibirá a mí mismo. Porque Yo estoy con el Padre y vosotros estáis conmigo… Pero ahora vamos a cumplir el rito[38]486».

Vierte de nuevo vino en el cáliz común y, antes de beber de él y de pasarlo[39]487 para que beban, se levanta, y con El se levantan todos, y canta otra vez uno de los salmos de antes:

«Tuve fe y por eso hablé[40]488…»

Y luego uno que no termina nunca. ¡Hermoso… pero eterno! Creo identifcarlo, por el comienzo y lo largo que es, como el salmo 118. Lo cantan así: un trozo todos juntos; luego, por turnos, uno dice un dístico y los otros, juntos, un trozo; y así hasta el final. ¡Yo creo que al final tienen que sentir sed!

14     Jesús se sienta. No se recuesta; se queda sentado, como nosotros. Y habla:

este es mi cuerpo«Ahora que el antiguo rito ha sido cumplido, voy a celebrar el nuevo. Os he prometido un milagro de amor[41]489. Es la hora de realizarlo. Por esto he deseado esta Pascua. De ahora en adelante, ésta será la hostia inmolada en perpetuo rito de amor. Os he amado durante toda la vida de la Tierra, amigos amados. Os he amado durante toda la eternidad, hijos míos. Y quiero amaros hasta el final. No hay cosa mayor que ésta. Recordadlo. Yo me marcho. Pero permaneceremos siempre unidos mediante el milagro que voy a cumplir ahora».

Jesús toma un pan todavía entero. Lo pone encima del cáliz, que está completamente lleno. Bendice y ofrece ambos, luego parte el pan y toma de él trece trozos. Se los da, uno a uno, a los apóstoles, y dice:

«Tomad y comed. Esto es mi Cuerpo. Haced esto en memoria mía, que me marcho».

Pasa el cáliz y dice:

«Tomad y bebed. Esta es mi Sangre. Este es el cáliz del nuevo pacto en la Sangre y por la Sangre mía, que será derramada por vosotros para el perdón de vuestros pecados y para daros la Vida. Haced esto en memoria mía[42]490».

Jesús está tristísimo. Toda huella de sonrisa, de luz, de color, le han abandonado. Su rostro es ya de agonía. Los apóstoles le miran angustiados.

15     Jesús se levanta y dice:

«No os mováis. Vuelvo en seguida».

Toma el trozo decimotercero de pan y el cáliz y sale del Cenáculo.

«Va donde su Madre[43]491» susurra Juan. Y Judas Tadeo suspira:

«¡Pobre mujer!».Pedro pregunta en voz baja:

«¿Crees que Ella sabe?».

«Sabe todo. Siempre lo ha sabido[44]492 todo».

Hablan todos en voz bajísima, como delante de un muerto.

«Pero, creéis que realmente…» pregunta Tomás, que no quiere creer todavía.

«¿Y lo dudas? Es su hora» responde Santiago de Zebedeo.

«Que Dios nos dé la fuerza de ser fieles» dice el Zelote.

«¡Oh! Yo…» Pedro está para decir algo, pero Juan, que está alerta, dice: «¡Chss! Está aquí».

Jesús vuelve. Trae en la mano el cáliz vacío. En su fondo, una mínima señal de vino, que, bajo la luz de la lámpara, parece realmente sangre.

Judas Iscariote, que tiene ante sí el cáliz, lo mira como hechizado, y luego desvía la mirada. Jesús le observa y se estremece. Juan, estando apoyado en el pecho de Jesús, siente este estremecimiento, y exclama:

«¡Dilo, ¿no?! Estás temblando…» .

«No. No tiemblo por fiebre… 16 Todo os lo he dicho y todo os lo he dado. Más no podía daros. Os he dado a mí mismo».

Hace ese dulce gesto suyo de las manos, las cuales, antes unidas, ahora se separan y abren, mientras agacha la cabeza, como queriendo decir: “Perdonad si más no puedo. Así es”.

«Os he dicho todo y os he dado todo. Y repito que el nuevo rito se ha cumplido. Haced esto en memoria mía. Os he lavado los pies para enseñaros a ser humildes y puros como el Maestro vuestro. Porque en verdad os digo que los discípulos deben ser como es el Maestro. Recordadlo, recordadlo. Incluso cuando estéis en una posición superior. Ningún discípulo está por encima de su Maestro. De la misma manera que Yo os he lavado, hacedlo entre vosotros. O sea, amaos como hermanos, ayudándoos los unos a los otros, venerándoos recíprocamente, siendo ejemplo los unos para los otros. Y sed puros. Para ser dignos de comer el Pan vivo que ha bajado del Cielo y tener dentro de vosotros, por su virtud, la fuerza de ser mis discípulos en el mundo enemigo que os odiará por causa de mi Nombre[45]493. Pero uno de vosotros no es puro.

Uno de vosotros me traicionará. Por este motivo estoy intensamente conturbado en el espíritu… La mano del que me traiciona está conmigo en esta mesa. Ni mi amor, ni mi Cuerpo y mi Sangre, ni mi palabra, le convierten y le hacen arrepentirse. Yo le perdonaría yendo a la muerte también por él».

Los discípulos se miran aterrorizados, se escrutan, no sin recelos los unos de los otros. Pedro, despertándose todas sus dudas, mira fijamente a Judas Iscariote. Judas Tadeo se pone en pie como impulsado por un resorte, para mirar también a Judas por encima del cuerpo de Mateo.

¡Pero éste se muestra tan seguro! A su vez, clava sus ojos en Mateo, como si sospechara de él. Luego fija su mirada en Jesús. Sonríe y pregunta: «¿Soy yo, acaso, ése?».

Parece el más seguro de su honestidad, y parece que si hace esta pregunta es sólo porque no se interrumpa la conversación. Jesús repite su gesto y dice:

«Tú lo dices, Judas de Simón. No Yo. Tú lo dices. Yo no te he nombrado. ¿Por qué te acusas? Pregúntale a tu voz interior, a tu conciencia de hombre, a esa conciencia que Dios Padre te ha dado para que vivas como hombre, y mira a ver si te acusa. Tú, antes que ningún otro, tu sabrás. Pero, si ella te tranquiliza, ¿por qué dices palabras que son malditas con sólo decirlas, y piensas en un hecho igualmente maldito con sólo pensarlo, aunque sea por juego?».

Jesús habla con calma. Parece sostener la tesis propuesta como lo podría hacer un maestro con sus alumnos. La agitación es fuerte, pero la calma de Jesús la aplaca.

17     De todas formas, Pedro, que es el que más sospecha de Judas –quizás también Judas Tadeo, pero lo parece menos, porque la desenvoltura de Judas Iscariote le desarma–, tira de una manga a Juan, y cuando Juan, que se había pegado fuertemente a Jesús al oír hablar de traición, se vuelve, le susurra:

«Pregúntale que quién es».

Juan vuelve a su postura de antes. Lo único es que alza levemente la cabeza, como para besar a Jesús, y entretanto le susurra al oído:

«¿Maestro, quién es?».

Y Jesús, con voz bajísima, devolviéndole el beso entre los cabellos:

«Aquel al que dé un pedazo de pan untado».

Toma un pan todavía entero, no el resto del usado para la Eucaristía; separa un buen trozo, lo unta en el jugo que ha dejado el cordero en la bandeja[46]513, alarga por encima de la mesa el brazo y dice:

«Toma, Judas. Esto te gusta».

«Gracias, Maestro. Sí que me gusta» y, sin saber lo que es ese bocado, se lo come, mientras Juan, horrorizado, hasta cierra los ojos para no ver la horrenda sonrisa que tiene Judas mientras muerde con sus fuertes dientes el pan acusador.

«Bien. Ahora que te he dado esta satisfacción, márchate» dice Jesús a Judas.

«Todo está cumplido, aquí (marca mucho la palabra). Lo que en otro lugar queda por hacer hazlo pronto, Judas de Simón».

«Te obedezco en seguida, Maestro. Luego me reuniré contigo en el Getsemaní. ¿Vas allí, verdad?, ¿como siempre?».

«Voy allí… como siempre… sí».

«¿Qué tiene que hacer?» pregunta Pedro. «¿Va solo?».

«No soy ningún niño» dice en tono socarrón Judas, que se está poniendo el manto.

«Déjale que se marche. Yo y él sabemos lo que se debe hacer» dice Jesús.

«Sí, Maestro».

Pedro guarda silencio. Quizás piensa que ha pecado de desconfianza hacia su compañero. Con la mano en la frente, piensa. Jesús aprieta contra su corazón a Juan y le susurra otra cosa entre sus cabellos:

«No digas nada a Pedro, por ahora. Sería un inútil escándalo».

«Adiós, Maestro. Adiós, amigos». Judas se despide.

«Adiós» dice Jesús.

Y Pedro: «Adiós, muchacho».

Juan, con la cabeza casi en el regazo de Jesús, susurra: «¡Satanás!». Sólo Jesús lo oye, y suspira.

Aquí me cesa todo. Pero Jesús dice: «Interrumpo por compasión hacia ti. Te daré la conclusión de la Cena en otro momento».

18 (Continúa la Cena).

Hay unos minutos de absoluto silencio. Jesús está cabizbajo, mientras mecánicamente acaricia los rubios cabellos de Juan. Luego reacciona. Alza la cabeza, mira alrededor de sí, sonríe (una sonrisa consoladora para los discípulos). Dice: «Quitamos la mesa. Vamos a sentarnos todos bien juntos, como hijos en torno a su padre».

Toman los triclinios que había detrás de la mesa (los de Jesús, Juan, Santiago, Pedro, Simón, Andrés y el primo Santiago) y los llevan al otro lado. Jesús toma asiento en el suyo, igual que antes, entre Santiago y Juan. Pero, cuando ve que Andrés va a sentarse en el sitio que ha dejado Judas Iscariote, grita:

«No, ahí no». Un grito impulsivo que su suma prudencia no logra evitar. Luego modifica de esta manera[47]495: «No es necesario tanto espacio. Sentados, se puede estar en éstos; son suficientes. Os quiero tener muy cerca».

Ahora, respecto a la mesa, están así: O sea, forman una U con Jesús en el centro y, enfrente, la mesa –una mesa ya sin comida– y el sitio de Judas. Santiago de Zebedeo llama a Pedro:

«Siéntate aquí. Yo me siento en este taburete, a los pies de Jesús».

«¡Que Dios te bendiga, Santiago! ¡Lo estaba deseando!» dice Pedro, y se arrima a su Maestro, que viene a hallarse estrechado entre Juan y Pedro, y tiene a Santiago a los pies. Jesús sonríe:

«Veo que empiezan a obrar las palabras que he dicho antes. Los buenos hermanos se quieren. Yo también te digo, Santiago: “Que Dios te bendiga”. Tampoco este acto tuyo será olvidado por el Eterno, y lo encontrarás allá arriba.

19 Todo lo que pido lo puedo. Ya lo habéis visto. Ha bastado un solo deseo para que el Padre concediera al Hijo el darse en Alimento al hombre. Con todo lo que ha sucedido ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre, porque el milagro, sólo posible para los amigos de Dios, es testimonio de poder. Cuanto mayor es el milagro, más segura y profunda es esta divina amistad. Este es un milagro que, por su forma, duración y naturaleza, por su magnitud y los límites a que llega, no admite otro posible mayor[48]496. Os digo que es tan poderoso, tan sobrenatural, tan incomprensible para el hombre soberbio, que muy pocos lo entenderán como debe entenderse, y muchos lo negarán[49]497.¿Qué diré, entonces? ¿Condena para ellos? No. Diré: ¡piedad! Pero, cuanto mayor es el milagro, mayor es la gloria que recibe su autor. Es Dios mismo quien dice: “Sí, este amado mío ha recibido lo que ha querido, y Yo lo he concedido, porque grande es la gracia que posee ante mis ojos”. Y aquí dice: “Posee una gracia sin límites, como infinito es el milagro que ha hecho”. La gloria que de Dios revierte en el autor del milagro y la gloria que del autor del milagro revierte en el Padre son parejas: porque toda gloria sobrenatural, procediendo de Dios, a su fuente retorna. Y la gloria de Dios, aun siendo ya infinita, crece y crece y resplandece por la gloria de sus santos[50]498. Así, digo: de la misma forma que ha sido glorificado por Dios el Hijo del hombre, Dios ha sido glorificado por Este. Yo he glorificado a Dios en mí mismo, a su vez Dios glorificará en sí a su Hijo; muy pronto le glorificará.

20 ¡Exulta, Tú que vuelves a tu Sede, Oh Esencia espiritual de la Segunda Persona! ¡Exulta, Carne que vuelves a subir después de tanto destierro en el fango! Y lo que se te va a dar como morada ciertamente no es el Paraíso de Adán, sino el excelso Paraíso del Padre. Que, si se dijo que sorprendido por un mandato de Dios –dado por boca de un hombre– se detuvo el Sol[51]499, ¿qué no sucederá en los astros cuando vean el prodigio de la Carne del Hombre subir y sentarse a la derecha del Padre en su Perfección de materia glorificada?

Hijitos míos, ya poco tiempo estaré con vosotros. Luego me buscaréis como los huérfanos buscan al padre o a la madre muertos. Y, llorando, hablando de El iréis y llamaréis en vano al mudo sepulcro, y luego llamaréis a las puertas azules de los Cielos, con vuestra alma lanzada en suplicante búsqueda de amor, y diréis: “¿Dónde está nuestro Jesús? Queremos tenerle. Sin El ya no hay luz en el mundo, ni alegría ni amor. O devolvédnoslo o dejadnos entrar. Queremos estar donde El”.Mas no podéis, por ahora, ir a donde Yo voy. Se lo dije también a los judíos[52]500: “Luego me buscaréis, pero a donde voy Yo vosotros no podéis ir”. Os lo digo también a vosotros.

21 Considerad que ni siquiera mi Madre podrá ir a donde Yo voy. Y fijaos que dejé al Padre para ir a Ella y hacerme Jesús en su seno sin mancha. Fijaos que de la Inviolada vine en el éxtasis luminoso de mi Natividad; y de su amor, hecho leche, me nutrí. Yo estoy hecho de pureza y amor porque María me nutrió con su virginidad fecundada por el Amor perfecto que vive en el Cielo[53]501. Y fijaos que por Ella crecí, costándole fatigas y lágrimas… Y fijaos que le pido un heroísmo que supera a todos los realizados hasta ahora, respecto al cual los de Judit[54]502 y Yael[55]503 son como heroísmos de pobres mujeres en oposición con su rival en la fuente del pueblo. Y fijaos que ninguno la iguala en amor a mí. Pues bien, a pesar de todo, la dejo y voy a donde Ella no irá hasta dentro de mucho tiempo. Para Ella no es el mandato que os doy a vosotros: “Santificaos año tras año, mes tras mes, día tras día, hora tras hora, para poder venir a mí cuando llegue vuestro momento”. En Ella reside toda gracia y santidad. Es la criatura que ha tenido todo y ha dado todo. Nada hay que añadir en Ella, y nada hay que quitar. Es el santísimo testimonio de lo que puede Dios.

22 Pero para estar seguro de que en vosotros exista la aptitud de venir a mí y de olvidar el dolor del luto de la separación de vuestro Jesús, os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Como Yo os he amado, amaos igualmente los unos a los otros. Por esto se sabrá que sois mis discípulos. Cuando un padre tiene muchos hijos, ¿en qué se sabe que son sus hijos? No tanto por el aspecto físico –porque hay hombres que son en todo semejantes a otro hombre con el que no tienen ninguna relación de sangre, y ni siquiera de nación–, cuanto por el común amor a la familia, a su padre y entre sí. E incluso cuando muere el padre la buena familia no se disgrega, porque la sangre es una, que es la que recibieron genéticamente de su padre y anuda vínculos que ni siquiera la muerte desata, porque más fuerte que la muerte[56]504 es el amor. Pues bien, si me amáis aun después de que os deje, todos reconocerán que sois hijos míos, y, por tanto, discípulos míos, y que, habiendo tenido un único padre, entre vosotros sois hermanos».

23 «Señor Jesús, pero ¿a dónde vas?» pregunta Pedro.

«Voy a donde tú, por ahora, no puedes seguirme. Pero después me seguirás».

«¿Y por qué no ahora? Te he seguido siempre, desde que me dijiste:“Sígueme”. He dejado todo sin añoranzas… Marcharte ahora sin tu pobre Simón, dejándome privado de ti, mi Todo, después de que yo he dejado mi poco bien de antes, no es ni razonable ni bonito por tu parte. ¿Vas a la muerte? Bien, pues yo también voy. Iremos juntos al otro mundo. Pero antes te habré defendido. Estoy preparado para dar la vida por ti».

«¿Tú darás tu vida por mí? ¿Ahora? Ahora, no. En verdad, en verdad te lo digo: antes de que cante el gallo me negarás tres veces. Estamos todavía en la primera vigilia. Luego vendrá la segunda… y luego la tercera. Antes del galicinio, renegarás de tu Señor tres veces».

«¡Imposible, Maestro? Creo en todo lo que dices, pero no en esto; estoy seguro de mí».

«Ahora, por ahora estás seguro; pero es porque ahora me tienes todavía a mí. Tienes contigo a Dios. Dentro de poco el Dios encarnado será prendido y ya no le tendréis. Y Satanás, después de poneros rémoras –tu propia seguridad es una astucia de Satanás, morralla para ponerte rémoras– os amedrentará. Os insinuará: “Dios no existe. Yo existo”. Y, dado que, a pesar de que el espanto os empañe la mente, todavía razonaréis, lo que comprenderéis será que si Satanás es el amo de esa hora, es que ha muerto el Bien y lo que obra es el Mal; que el espíritu ha sido abatido y triunfa lo humano. Entonces os quedaréis como guerreros sin caudillo, perseguidos por el enemigo, y, en medio del desconcierto propio de los vencidos, os doblegaréis ante el vencedor, y, para evitar que os maten, renegaréis del héroe caído.

 

24 Pero –os lo ruego–, no se turbe vuestro corazón. Creed en Dios. Creed también en mí. Contra todas las apariencias, creed en mí. Crea en mi misericordia y en la del Padre tanto el que se quede como el que huya; tanto el que calle como el que abra su boca para decir: “No le conozco”. Igualmente, creed en mi perdón. Y creed que, cualesquiera que sean en el futuro vuestras acciones, en el Bien y en mi Doctrina (por tanto, en mi Iglesia), esas acciones os darán un igual lugar en el Cielo. En la casa del Padre mío hay muchas moradas. Si no fuera así, os lo habría dicho. Porque Yo voy por delante. A preparar un lugar para vosotros. ¿No hacen, acaso, eso los padres buenos, cuando tienen que llevar a sus pequeñuelos a otro lugar? Van por delante, preparan la casa, los enseres, las provisiones. Y luego vuelven y toman consigo a sus más amadas criaturas. Eso hacen, por amor. Para que a sus pequeñuelos no les falte nada, ni se sientan incómodos en el nuevo pueblo. Lo mismo hago Yo, y por el mismo motivo. Me marcho, ahora. Cuando haya preparado para cada uno su puesto en la Jerusalén celestial[57]505, volveré y os tomaré conmigo, para que estéis conmigo donde Yo estoy, donde no habrá ya muerte ni lutos ni lágrimas ni gritos ni hambre ni dolor ni tinieblas ni quemazón, sino sólo luz, paz, bienaventuranza y canto.

¡Oh, canto de los Cielos altísimos cuando los doce elegidos estén en los tronos con los doce patriarcas de las tribus de Israel y, encendidos en el fuego del amor espiritual, canten, erguidos frente al mar de la bienaventuranza, el cántico eterno cuyo arpegio será el eterno aleluya del ejército angélico…!

25 Quiero que donde voy a estar estéis vosotros. Y ya sabéis a dónde voy, y sabéis el camino».

«¡Pero Señor! Nosotros no sabemos nada. No nos dices a dónde vas. ¿Cómo podemos saber el camino que hay que tomar para ir hacia ti y abreviar la espera?»

pregunta Tomás.

«Yo soy el Camino, la Verdad, la Vida. Me lo habéis oído decir y explicar repetidas veces. Y, en verdad, algunos que ni siquiera sabían que existía un Dios se han encaminado antes por mi camino y ya os preceden. ¡Oh!, ¿dónde estás, oveja descarriada de Dios traída por mí de nuevo al redil?, ¿dónde estás tú, resucitada de alma?».

«¿Quién? ¿De quién hablas? ¿De María de Lázaro? Está allí, con tu Madre. ¿Quieres que venga? ¿O quieres que venga Juana? Estará, sin duda, en su palacio. Pero, si quieres, vamos a llamarla…».

«No. No me refiero a ellas… Pienso en aquella que será mostrada sólo en el Cielo… y en Fotinái[58]… Ellas me han encontrado. Y desde entonces no han dejado mi camino. A una le indiqué al Padre como Dios verdadero y al espíritu como levita en esta individual adoración; a la otra, que ni siquiera sabía que tenía un espíritu, le dije: “Mi nombre es Salvador; salvo a quien tiene buena voluntad de salvarse. Yo soy Aquel que busca a los perdidos, que da la Vida, la Verdad y la Pureza. Quien me busca me encuentra”. Y ambas han encontrado a Dios… Os bendigo, débiles Evas que habéis venido a ser más fuertes que Judit… Voy a donde estáis… Vosotras me consoláis… ¡Benditas seáis!…».

26 «Muéstranos al Padre, Señor, y seremos como estas mujeres» dice Felipe.

«¡Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, ¿y tú, Felipe, no me has conocido todavía?! El que me ve a mí ve al Padre mío. ¿Cómo es que dices: “Muéstranos al Padre”? ¿No logras creer que Yo estoy en el Padre y El en mí? Las palabras que os digo no os las digo motu propio, sino que el Padre, que mora en mí, cumple cada una de mis obras. ¿Y no creéis que Yo esté en el Padre y El en mí? ¿Qué tengo que decir para haceros creer? Pues si no creéis en las palabras creed al menos en las obras. Yo os digo, y os lo digo con verdad: el que cree en mí hará las obras que Yo hago, y las hará aun mayores, porque voy al Padre. Y todo lo que pidáis al Padre en mi nombre Yo lo haré para que el Padre sea glorificado en su Hijo. Y haré lo que me pidáis en nombre de mi Nombre. Mi Nombre, en lo que realmente es, es conocido por mí sólo y por el Padre que me ha engendrado y por el Espíritu que de nuestro amor procede. Por ese Nombre todo es posible. El que piensa en mi Nombre con amor me ama, y obtiene; pero no basta amarme, es necesario observar mis mandamientos para tener el verdadero amor.

Son las obras las que dan testimonio de los sentimientos. Y por este amor rogaré al Padre, y El os dará otro Consolador, que permanezca para siempre con vosotros, Uno en quien Satanás y el mundo no pueden ensañarse, el Espíritu de la Verdad que el mundo no puede recibir ni herir, porque ni le ve ni le conoce. Dirigirá contra El sus escarnios, pero El es tan excelso que el escarnio no le podrá herir; mientras que su piedad superará toda medida para aquellos que le amen, aunque sean pobres y débiles[59]506. Vosotros le conoceréis, porque ya vive con vosotros y pronto estará en vosotros[60]507.

27 No os dejaré huérfanos. Ya os he dicho que volveré a vosotros. Pero antes de que llegue la hora de venir a recogeros para ir a mi Reino Yo vendré; a vosotros vendré. Dentro de poco el mundo ya no me verá. Pero vosotros me veis y me veréis. Porque Yo vivo y vosotros vivís. Porque Yo viviré y vosotros también viviréis. Ese día conoceréis que estoy en el Padre mío y vosotros en mí y Yo en vosotros. Porque el que acoge mis preceptos y los observa es el que me ama, y el que me ama será amado por el Padre mío y poseerá a Dios porque Dios es caridad y quien ama tiene en sí[61]508 a Dios.

Y Yo le amaré porque en él veré a Dios, y me manifestaré a él dándome a conocer en los secretos de mi amor, de mi sabiduría, de mi Divinidad encarnada. Serán mis regresos a los hijos del hombre, a quienes amo, aunque sean débiles e incluso enemigos. Pero éstos serán sólo débiles, y yo los fortaleceré. Les diré:“¡Alzate!”, diré “¡Sal afuera!”, diré: “¡Sígueme!”, diré “Escucha”, diré “Escribe”… y vosotros estáis entre éstos».

«¿Por qué, Señor, te manifiestas a nosotros y no al mundo?» pregunta Judas Tadeo.

«Porque me amáis y ponéis por obra mis palabras. El que haga esto será amado por el Padre y Nosotros iremos a él y viviremos con él, en él; mientras que el que no me ama no pone por obra mis palabras y actúa según la carne y el mundo. Ahora bien, sabed que lo que os he dicho no son palabras de Jesús Nazareno sino palabras del Padre, porque Yo soy el Verbo del Padre, que me ha enviado. Os he dicho estas cosas hablando así, con vosotros, porque quiero Yo mismo prepararos a la completa posesión de la Verdad y la Sabiduría. Pero todavía no podéis comprender ni recordar. Mas, cuando venga a vosotros el Consolador, el Espíritu Santo que el Padre enviará en mi Nombre, podréis comprender, y os enseñará todo y os recordará todo lo que Yo os he dicho.

28 Mi paz os dejo, mi paz os doy. Os la doy no como la da el mundo, y ni siquiera como hasta ahora os la he dado: saludo bendito del Bendito a los bendecidos. La paz que ahora os doy es más profunda. En este adiós, os comunico a mí mismo, mi Espíritu de paz, de la misma manera que os he comunicado mi Cuerpo y mi Sangre, para que tengáis en vosotros una fuerza en la inminente batalla. Satanás y el mundo desatan su guerra contra vuestro Jesús. Es su hora. Tened en vosotros la Paz, mi Espíritu que es espíritu de paz, porque Yo soy el Rey de la paz[62]509. Tened esta paz para no sentiros demasiado desvalidos. El que sufre con la paz de Dios dentro de sí, sufre, pero ni blasfema ni se desespera.

No lloréis. Habéis oído también que he dicho: “Voy al Padre y luego regresaré”. Si me amarais por encima de la carne, os alegraríais, porque voy con el Padre después de este gran destierro… Voy donde Aquel que es mayor que Yo y que me ama. Os lo he dicho ahora, antes de que se cumpla –como también os he revelado todos los sufrimientos del Redentor antes de ir a ellos– para que, cuando todo se cumpla, creáis más en mí. ¡No os turbéis de esa manera! No os descorazonéis. Vuestro corazón necesita equilibrio…

29 Poco me queda para hablaros… ¡y todavía tengo mucho que decir! Llegado al final de esta evangelización mía, me parece como si no hubiera dicho todavía nada, y que mucho, mucho, mucho quede por hacer. Vuestro estado aumenta esta sensación  mía. ¿Qué diré entonces? ¿Que he desempeñado con deficiencias mi función?, ¿o que vosotros sois tan duros de corazón, que para nada ha servido mi obra? ¿Dudaré? No. Me pongo en las manos de Dios, y os pongo a vosotros, mis predilectos, en sus manos. El dará cumplimiento a la obra de su Verbo. No soy como un padre que muere sin más luz que la humana; Yo espero en Dios. Y aun sintiendo en mí el apremio de daros todos los consejos de que os veo necesitados, y aun sintiendo que el tiempo huye, voy tranquilo a mi destino. Sé que sobre las semillas caídas en vosotros está para descender la lluvia, una lluvia[63]510 que las hará germinar a todas ellas; y luego vendrá el sol del Paráclito, y las semillas se transformarán en árboles corpulentos. Muy pronto llegará el príncipe de este mundo, aquel con quien Yo nada tengo que ver; y, si no hubiera sido por la finalidad redentora[64]511, ningún poder hubiera tenido en orden a mí. Pero esto sucede para que el mundo sepa que amo al Padre y que le amo hasta la obediencia de muerte y que por eso hago lo que me ha mandado[65]512.

30 Es la hora de marcharnos. Levantaos. Oíd las últimas palabras.

Yo soy la verdadera Vid. El Padre es el Viñador. Al sarmiento que no produce fruto el Padre lo corta y al que produce fruto lo poda para que dé aún más fruto. Vosotros estáis ya purificados por mi palabra. Permaneced en mí –Yo permanezco en vosotros– para mantener esa pureza. El sarmiento separado de la vid no puede producir fruto. Igualmente vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la Vid; vosotros, los sarmientos. El que permanece unido a mí produce abundantes frutos. Pero si uno se separa se seca, y es arrojado al fuego y allí arde. Porque sin la unión conmigo no podéis hacer nada. Permaneced, pues en mí; que mis palabras permanezcan en vosotros; luego pedid lo que queráis y se os concederá[66]513.

El Padre mío, cuanto más fruto deis y cuanto más discípulos míos seáis, más glorificado será.

31 Como el Padre me ha amado, así os he amado Yo. Permaneced en mi amor, que salva. Amándome, seréis obedientes. La obediencia aumenta el recíproco amor. No digáis que me repito. Conozco vuestra debilidad. Quiero que os salvéis. Os digo estas cosas para que la alegría que os he querido dar esté en vosotros y sea completa.

Amaos. ¡Amaos! Este es mi mandamiento nuevo. Amaos unos a otros más de lo que  cada uno se ame a sí mismo[67]514. No hay mayor amor que el del que da su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos y Yo doy la vida por vosotros. Haced lo que os enseño y mando.

Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor, mientras que vosotros sabéis lo que Yo hago. Todo lo sabéis acerca de mí. Me he manifestado a vosotros, pero no sólo esto, sino que también os he revelado al Padre y al Paráclito y todo lo que he oído a Dios.

No os habéis elegido a vosotros mismos, sino que os he elegido Yo y os he elegido para que vayáis a los pueblos y deis fruto en vosotros y en los corazones de los evangelizados y vuestro fruto permanezca, y el Padre os dé todo lo que en mi Nombre le pidáis.

32 No digáis: “Y entonces, si nos has elegido, ¿por qué has elegido a un traidor? Si lo sabes todo, ¿por qué has hecho esto?”. No os preguntéis ni siquiera quién es ése. No es un hombre. Es Satanás. Se lo dije al amigo fiel y lo he dejado decir al hijo predilecto. Es Satanás. Si Satanás no se hubiera encarnado –el eterno, torpe remedador de Dios, en una carne mortal–, este poseído no hubiera podido quedar al margen de mi poder de Jesús. He dicho: “poseído”. No. Es mucho más: es uno que está anulado en Satanás[68]515».

«¿Por qué, Tú que has expulsado los demonios, no le has liberado?»pregunta Santiago de Alfeo.

«¿Lo preguntas por amor a ti, temiendo ser él? No temas eso».

«¿Yo, entonces?».

«¿Yo?».

«¿Yo?».

«Callad. No digo ese nombre. Uso misericordia. Haced vosotros lo mismo».

«¿Pero por qué no le has vencido? ¿No podías?».

«Podía. Pero para impedir a Satanás encarnarse para matarme habría debido exterminar a la raza humana antes de la Redención[69]516. ¿Qué habría redimido, entonces?».

«¡Dímelo, Señor, dímelo!». Pedro ha caído de rodillas ante Jesús y le zarandea frenéticamente, como si el delirio se hubiera apoderado de él. «¿Soy yo? ¿Soy yo? ¿Me examino? No me parece serlo. Pero Tú… has dicho que te negaré… Y tiemblo… ¡Qué horror ser yo!…».

«No, Simón de Jonás, tú no».

«¿Por qué me has quitado mi nombre de “Piedra”[70]517? ¿Entonces soy de nuevo Simón? ¿Lo ves? ¡Lo estás diciendo!… ¡Soy yo! ¿Cómo he podido llegar a esto? Decidlo… decidlo vosotros… ¿Cuándo me he hecho traidor?… ¡Simón?… ¡Juan?… ¡Hablad!…».

«¡Pedro! ¡Pedro! ¡Pedro! Te llamo Simón porque pienso en el primer encuentro, cuando eras Simón. Y pienso en cómo has sido leal desde el primer momento. No eres tú. Lo digo Yo: Verdad».

«¿Quién, entonces?».

«¡Pues Judas de Keriot! ¿No lo has entendido todavía?» grita Judas Tadeo, que ya no es capaz de seguir conteniéndose.

«¿Por qué no me lo has dicho antes? ¿Por qué?» grita también Pedro.

«Silencio. Es Satanás. No tiene otro nombre. ¿A dónde vas, Pedro?».

«A buscarle».

«Deja inmediatamente ese manto y esa arma. ¿O es que tengo que expulsarte y maldecirte?».

«¡No, no! ¡Oh, Señor mío! Pero yo… pero yo… ¿estaré enfermo de delirio? ¡Oh ! ¡Oh!». Pedro llora arrojado al suelo a los pies de Jesús.

33 «Os doy el mandamiento de que os améis. Y que perdonéis ¿Habéis comprendido? Aunque en el mundo haya odio, en vosotros haya sólo amor. Hacia todos. ¡Cuántos traidores encontraréis en vuestro camino! Pero no debéis odiarlos y devolverles mal por mal. Si eso hiciereis, el Padre os aborrecerá a vosotros. Antes de vosotros, fui odiado y traicionado Yo. Y ya veis que Yo no odio. El mundo no puede amar lo que no es como él. Por tanto, no os amará. Si fuerais suyos, os amaría; pero no sois del mundo, pues que Yo os he tomado de entre el mundo. Y por esto sois odiados. Os he dicho: el siervo no es más que su señor. Si me han perseguido a mí os perseguirán también a vosotros. Si me han escuchado a mí os escucharán también a vosotros. Pero todo lo harán por causa de mi Nombre, porque no conocen, no quieren conocer al que me ha enviado. Si no hubiera venido y no hubiera hablado, no serían culpables, pero ahora su pecado no tiene disculpa. Han visto mis obras, oído mis palabras, y, no obstante, me han odiado, y conmigo a mi Padre. Porque Yo y el Padre somos una sola Unidad con el Amor[71]518.Pero estaba escrito[72]519: “Me odiaste sin motivo”.

Mas cuando venga el Consolador, el Espíritu de verdad que del Padre procede, dará testimonio de mí, y también vosotros lo daréis, porque desde el principio estuvisteis conmigo. Os digo esto para que cuando sea la hora no quedéis abatidos y escandalizados. Pronto llegará el momento en que os echen de las sinagogas y en que el que os mate pensará que con ello está dando culto a Dios. No han conocido al Padre y tampoco a mí. En esto está su atenuante[73]520. Estas cosas no os las he dicho con tanta amplitud antes de ahora porque erais como niños recién nacidos. Pero ahora la madre os deja[74]521.

Yo me marcho. Deberéis habituaros a otro alimento. Quiero que lo conozcáis.

34 Ya ninguno me pregunta: “¿A dónde vas?”. La tristeza os hace mudos. Y, no obstante, es bueno también para vosotros que me marche; si no, no vendrá el Consolador. Yo os lo enviaré. Y, cuando venga, a través de la sabiduría y la palabra, las obras y el heroísmo que infundirá en vosotros, convencerá al mundo de su pecado deicida, y de justicia en orden a mi santidad. Y el mundo será netamente dividido en réprobos, enemigos de Dios, y creyentes. Estos serán más o menos santos, según su voluntad. Pero se llevará a cabo el juicio del príncipe del mundo y de sus siervos. Más no puedo deciros, porque todavía no podéis entender. Pero El, el divino Paráclito, os dará la Verdad entera porque no hablará de sí mismo, sino que dirá todo lo que ha oído de la Mente de Dios y os anunciará el futuro. Tomará lo que de mí viene –o sea, aquello que igualmente es del Padre– y os lo dirá.

Todavía un poco nos veremos. Luego ya no me veréis. Después todavía un poco, y me veréis de nuevo.

35 Hacéis comentarios entre vosotros y en vuestro corazón. Escuchad una parábola.

La última de vuestro Maestro.

Cuando una mujer ha concebido y le llega la hora del parto, se encuentra muy afligida porque sufre y gime. Pero, cuando da a luz a su hijito y le estrecha contra su corazón, cesa toda pena y la tristeza se transforma en alegría porque un hombre ha venido al mundo.

Lo mismo vosotros. Lloraréis y el mundo reirá a costa de vosotros. Pero luego vuestra tristeza se transformará en alegría, una alegría que el mundo nunca conocerá. Vosotros ahora estáis tristes. Pero cuando volváis a verme vuestro corazón se llenará de un gozo que ninguno podrá arrebataros, una alegría tan plena, que acallará toda necesidad de pedir, tanto para la mente como para el corazón como para la carne. Sólo os alimentaréis de verme de nuevo, y olvidaréis todas las demás cosas. Y, precisamente desde ese momento, podréis pedir todo en mi Nombre, y el Padre os lo dará, para que vuestra alegría sea cada vez mayor. Pedid, pedid, y recibiréis. Llega la hora en que podré hablaros abiertamente del Padre. Ello será porque habréis sido fieles en la prueba y todo habrá quedado superado; perfecto, pues, vuestro amor, porque os habrá dado fuerza en la prueba. Y lo que os falte a vosotros Yo os lo añadiré tomándolo de mi inmenso tesoro[75]522, y diré: “Padre, Tú lo ves: me han amado y han creído que he venido de ti”. Bajé a este mundo y ahora lo dejo y voy al Padre, y rogaré por vosotros».

36 «¡Oh, ahora te explicas! Ahora sabemos lo que quieres decir y que Tú sabes todo y respondes sin que nadie lo pregunte. ¡Verdaderamente vienes de Dios!».

«¿Ahora creéis? ¿En el último momento? ¡Llevo tres años hablándoos! Pero es que ya obra en vosotros el Pan que es Dios y el Vino que es Sangre no venida de hombre, y os comunican el primer estremecimiento de deificación. Seréis dioses si perseveráis en mi amor y en la pertenencia a mí. No como se lo dijo Satanás a Adán y Eva, sino como Yo os lo digo[76]523. Es el verdadero fruto del árbol del Bien y de la Vida[77]524. El Mal queda vencido en quien se alimente con este fruto, y queda vencida la Muerte. El que coma de él vivirá eternamente y será“dios” en el Reino de Dios. Vosotros seréis dioses si permanecéis en mí. Y, no obstante…, pues, a pesar de tener en vosotros este Pan y esta Sangre –pues está llegando la hora en que os desperdigaréis–, os marcharéis por vuestra cuenta y me dejaréis solo… Pero no estoy solo. Tengo al Padre conmigo. ¡Padre! ¡Padre! ¡No me abandones! Todo os lo he dicho… Para daros paz. Mi paz. Todavía sufriréis opresión. Pero tened fe. Yo he vencido al mundo».

37 Jesús se levanta, abre los brazos en cruz y dice, luminoso su rostro, la sublime oración al Padre. Juan la reseña integramente[78]525.

Jua 17:1 Así habló Jesús, y alzando los ojos al cielo, dijo:

«Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti. 2 Y que según el poder que le has dado sobre toda carne, dé también vida eterna a todos los que tú le has dado. 3 Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo.4 Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar.5 Ahora, Padre, glorifícame tú, junto a ti, con la gloria que tenía a tu lado antes que el mundo fuese.6 He manifestado tu Nombre a los hombres que tú me has dado tomándolos del mundo. Tuyos eran y tú me los has dado; y han guardado tu Palabra. 7 Ahora ya saben que todo lo que me has dado viene de ti;8 porque las palabras que tú me diste se las he dado a ellos, y ellos las han aceptado y han reconocido verdaderamente que vengo de ti, y han creído que tú me has enviado. 9 Por ellos ruego; no ruego por el mundo, sino por los que tú me has dado, porque son tuyos; 10 y todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío; y yo he sido glorificado en ellos. 11 Yo ya no estoy en el mundo, pero ellos sí están en el mundo, y yo voy a ti. Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros. 12 Cuando estaba yo con ellos, yo cuidaba en tu nombre a los que me habías dado. He velado por ellos y ninguno se ha perdido, salvo el hijo de perdición, para que se cumpliera la Escritura.13 Pero ahora voy a ti, y digo estas cosas en el mundo para que tengan en sí mismos mi alegría colmada.14 Yo les he dado tu Palabra, y el mundo los ha odiado, porque no son del mundo, como yo no soy del mundo.15 No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno.16 Ellos no son del mundo, como yo no soy del mundo.17 Santifícalos en la verdad: tu Palabra es verdad.18 Como tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo.19 Y por ellos me santifico a mí mismo, para que ellos también sean santificados en la verdad.20 No ruego sólo por éstos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí,21 para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado.22 Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno:23 yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno, y el mundo conozca que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí.24 Padre, los que tú me has dado, quiero que donde yo esté estén también conmigo, para que contemplan mi gloria, la que me has dado, porque me has amado antes de la creación del mundo.25 Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te he conocido y éstos han conocido que tú me has enviado.26 Yo les he dado a conocer tu Nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo en ellos.»

 Los apóstoles lloran más o menos visible y ruidosamente. Por último, cantan un himno.

38     Jesús los bendice. Luego ordena:

«Vamos a ponernos los mantos, ahora. Y vámonos. Andrés, di al dueño de la casa que deje todo así, por deseo mío. Mañana… os agradará volver a ver este lugar».

Jesús lo mira. Parece bendecir las paredes, los muebles, todo. Luego se pone el manto y se encamina, seguido de los discípulos. A su lado, Juan, en quien se apoya.

«¿No saludas a tu Madre?» le pregunta el hijo de Zebedeo.

«No. Todo está ya hecho. Es más, caminad cautelosos».

Simón, que ha encendido un cirio del candelabro, ilumina el vasto pasillo que conduce a la puerta. Pedro abre cautelosamente la puerta de fuera y salen todos a la calle; luego, accionando un mecanismo, cierran desde fuera. Y se ponen en camino.