26/4/2015 Evangelio según San Juan 10,11-18.

Cuarto Domingo de Pascua

Santo(s) del día : San Rafael Arnaíz Barón,  Beato Estanislao Kubista
Lecturas

Este cuarto domingo del tiempo pascual, encontramos al Señor a fines del tercer año de su vida pública, en ocasión del reencuentro de Jesús en Jerusalen, con el ciego de nacimiento curado. Allí nos deja las célebres palabras sobre el Buen Pastor.en el capitulo 518

Tercer Año de la Vida Pública de Jesús

518. En Jerusalén, encuentro con el ciego curado y palabras que revelan a Jesús como buen Pastor[1]127.

25 de octubre de 1946.

1 Jesús, que ha entrado en la ciudad por la puerta de Herodes, está cruzándola en dirección hacia el Tiropeo y el barrio de Ofel. .

-«¿Vamos al Templo?» pregunta Judas Iscariote.

-«Sí».

-«¡Cuidado con lo que haces!» advierten muchos.

-«Estaré allí sólo el tiempo de la oración».

-«Te van a salir al paso».

-«No. Vamos a entrar por las puertas de septentrión y saldremos por las de mediodía, y no tendrán tiempo de organizarse para hacerme algún daño. A menos que esté siempre detrás de mí uno que me vigile e informe».

Ninguno replica, y Jesús prosigue hacia el Templo, que aparece, en lo alto de su colina, casi espectral bajo la luz verde amarillenta de una plomiza mañana de invierno, en la que el Sol nacido es sólo un recuerdo que se obstina en mantenerse presente tratando de abrir una brecha en la densa masa de nubes. ¡Esfuerzo vano! El alegre lucir de la aurora ha quedado reducido al reflejo mate de un amarillo irreal, no extendido, sino agrupado en manchas que contienen también tonalidades de plomo veteado de verde. Y, debajo de esta luz, los mármoles y el oro del Templo aparecen sin brillo, tristes, yo diría: lúgubres, como ruinas que aún despuntan en una zona de muerte.

Jesús lo mira intensamente mientras sube hacia la muralla. Y mira las caras de los viandantes matutinos. Son, por lo general, gente humilde: hortelanos, pastores con los animalitos que han de ser matados, criados o amas de casa dirigidos a los mercados. Y todos se alejan silenciosos, arrebujados en los mantos, un poco encorvados para defenderse del viento más bien frío de la mañana. También los rostros parecen más pálidos de como son normalmente los de esta raza. Es la luz extraña la que los pone así, verdosos o casi perlinos, con el fondo de los mantos de colores, que, verdes o de vivo color violado o amarillos intensos, no son, ciertamente, adecuados para proyectar reflejos róseos en las caras. Alguno saluda al Maestro, pero no se detiene. No es la hora propicia. Todavía no hay mendigos lanzando sus quejumbrosos gritos en los cruces y debajo de las amplias bóvedas que, cada poco, cubren las calles. La hora y el período del año contribuyen a la libertad –para Jesús– de caminar sin obstáculos.

Ya están en las murallas. Entran. Van al atrio de los Israelitas. Oran mientras un sonido de trompetas –diría que son de plata por su timbre– anuncia algo que es, sin duda, importante, y se esparce por la colina; y, mientras un perfume de incienso se esparce suavemente, sobrepujando todos los otros olores menos agradables que puedan percibirse en la cima del Moria, o sea: el perpetuo –diría: natural– olor a carne de animales degollados y consumidos por el fuego; el olor a harina quemada; el olor a aceite ardiendo: olores éstos que se detienen siempre ahí arriba, más o menos fuertes, pero que siempre están presentes, por los continuos holocaustos.

Se marchan siguiendo otra dirección, y empiezan a ser notados por los primeros que vienen al Templo, por gente que pertenece al Templo, por los cambistas y vendedores, que están montando sus mesas o recintos. Pero son demasiado pocos; y la sorpresa es tal, que no saben reaccionar. Entre sí intercambian palabras de estupor:

-«¡Ha vuelto!»,

-«No ha ido a Galilea, como decían»,

-«¿Pero dónde estaba escondido, si no se le ha encontrado en ninguna parte?»,

-«Quiere realmente desafiarlos»,

-«¡Qué necio!»,

-«¡Qué santo!»,

etcétera, según la disposición de cada uno.

2 Jesús está ya fuera del Templo y baja hacia la calle que lleva a Ofel. En esto, se topa con el ciego de nacimiento, curado hace poco, el cual, cargado de cestas llenas de manzanas olorosas, camina alegre, bromeando con otros jóvenes igualmente cargados, que van en sentido opuesto al suyo.

Quizás al joven le pasaría inadvertido el encuentro, dado que desconoce el rostro de Jesús y el de los apóstoles. Pero Jesús no desconoce la cara del que fue curado milagrosamente. Y le llama. Sidonio[2], llamado Bartolmái, se vuelve y mira interrogativamente al hombre alto y majestuoso –a pesar de ir vestido humildemente– que le llama por el nombre dirigiéndose hacia una callejuela.

-«Ven aquí» ordena Jesús.

El joven se acerca sin dejar su carga. Mira a Jesús. Cree que desea comprar manzanas. Dice:

-«Mi jefe las ha vendido ya. Pero tiene más todavía, si quieres. Son bonitas y buenas. Traídas ayer de los pomares de Sarón. Y, si compras muchas, tienes un importante descuento, porque…».

Jesús sonríe mientras alza la derecha para poner freno a la locuacidad del joven. Y dice:

-«No te he llamado para comprar las manzanas, sino para alegrarme contigo y bendecir contigo al Altísimo, que te ha concedido su favor».

-«¡Oh, sí! Yo lo hago continuamente, por la luz que veo y por el trabajo que puedo realizar, ayudando a mi padre y a mi madre, por fin. He encontrado un buen jefe. No es hebreo, pero es bueno. Los hebreos no me querían por… porque saben que he sido expulsado de la sinagoga»

dice el joven, y pone las cestas en el suelo.

-«¿Te han expulsado? ¿Por qué? ¿Qué has hecho?».

-«Yo nada. Te lo aseguro. El Señor es el que lo ha hecho. En sábado, el Señor hizo que me encontrara con ese hombre que se dice que es el Mesías, y El me curó, como ves. Por eso me han expulsado».

-«Entonces el que te curó no te ha hecho en todo un buen servicio»

prueba Jesús.

-«¡No digas eso, hombre! ¡Esto que dices es una blasfemia! Ante todo, me ha mostrado que Dios me ama, luego me ha dado la vista… Tú no sabes lo que es “ver”, porque has visto siempre. ¡Pero uno que no había visto nunca! ¡Oh!… Es… Con la vista se tienen juntamente todas las cosas. Yo te digo que cuando vi, allá en Siloé, reí y lloré, pero de alegría ¿Eh? Lloré como no había llorado en el tiempo de la desventura. Porque entendí entonces cuán grande era ella y cuán bueno era el Altísimo. Y, además, puedo ganarme la vida, y con trabajo decoroso. Y, además… –esto es lo que, más que todo, espero que me conceda el milagro recibido–, además, espero poder encontrar al hombre al que llaman Mesías y a su discípulo que me…».

-«¿Y qué harías entonces?».

-«Quisiera bendecirle. A El y a su discípulo. Y quisiera decirle al Maestro, que tiene que venir realmente de Dios, que me tome a su servicio».

-«¿Cómo? Por causa suya estás anatematizado, con fatiga encuentras trabajo, puedes ser incluso más castigado, ¿y quieres servirle? ¿No sabes que están perseguidos todos aquellos que siguen al que te curó».

-«¡Ya lo sé! Pero El es el Hijo de Dios. Eso se dice entre nosotros. A pesar de que aquellos de arriba (y señala al Templo) no quieran que se diga. Y ¿no merece la pena dejarlo todo para servirle a El?». .

3 -«¿Crees, entonces, en el Hijo de Dios y en su presencia en Palestina?».

-«Lo creo. Pero quisiera conocerle, para creer en El no sólo en la mente, sino con todo mi ser. Si sabes quién es y dónde se encuentra, dímelo, para ir donde El, verle, creer completamente en él y servirle».

-«Ya le has visto, y no tienes necesidad de ir donde El. El que ves y te habla en este momento es el Hijo de Dios».

Y –no podría afirmarlo con plena seguridad– me ha parecido que al decir estas palabras Jesús ha tenido casi una brevísima transfiguración, adquiriendo un aspecto bellísimo y, diría, esplendoroso. Yo diría que, para premiar y confirmar en su fe a este humilde creyente que cree en El, ha descubierto, durante el tiempo que dura un destello, su belleza futura (quiero decir la que asumirá después de la Resurrección y conservará en el Cielo, su belleza de criatura humana glorifìcada, de cuerpo glorificado y hecho uno con la inefable belleza de su Perfección). Un instante, digo. Un destello.

Pero el rincón semiobscuro donde se han refugiado para hablar, bajo el arco de la calleja, se ilumina extrañamente con una luminosidad que emana de Jesús, el cual, lo repito, adquiere una grandísima hermosura.

Luego todo vuelve a ser como antes, excepto el joven, que ahora está en el suelo, rostro en tierra, y que adora y dice:

-«¡Yo creo, Señor, mi Dios!».

-«Levántate. He venido al mundo para traer la luz y el conocimiento de Dios y para probar a los hombres y juzgarlos. Este tiempo mío es tiempo de opción, de elección y de selección. He venido para que los puros de corazón e intención, los humildes, los mansos, los amantes de la justicia, de la misericordia, de la paz, los que lloran y los que saben dar a las distintas riquezas su valor real y preferir las espirituales a las materiales encuentren aquello que su espíritu anhela; y para que los que eran ciegos –porque los hombres habían alzado gruesos muros para impedir el paso de la luz, o sea, impedir el conocimiento de Dios– vean, y los que se creen con vista se queden ciegos…».

4 -«Entonces Tú odias a una parte grande de los hombres y no eres bueno como dices ser. Si tu fueras, buscarías que todos vieran, y que quien ya viera no se quedara ciego»

interrumpen algunos fariseos, que han llegado al improviso por la calle principal y, cautamente, se han acercado con otros a espaldas del grupo apostólico.

Jesús se vuelve y los mira. ¡Ciertamente ya no está transfigurado en dulce belleza! Es un Jesús bien severo el que fija en sus perseguidores sus miradas de zafiro. Su voz ya no tiene la nota de oro de la alegría, sino que es broncínea, y, cual sonido de bronce, es incisiva y severa en la respuesta:

-«No soy Yo el que quiere que no vean la verdad los que actualmente combaten contra ella. Son ellos mismos los que levantan delante de sus pupilas un muro de adoquines para no ver. Y se hacen ciegos por su libre voluntad. Y el Padre me ha enviado para que esta división tenga lugar, y sean verdaderamente conocidos los hijos de la Luz y los de las Tinieblas, los que quieren ver y los que quieren hacerse ciegos».

-«¿Acaso estamos nosotros también entre estos ciegos?».

-«Si lo fuerais y trataseis de ver, no seríais culpables. Pero es porque decís: “Vemos, y luego no queréis ver, por lo que pecáis. Vuestro pecado permanece porque no tratáis de ver aun siendo ciegos».

-«¿Y qué tenemos que ver?».

-«El Camino, la Verdad, la Vida. Un ciego de nacimiento, como era éste, con su bastoncito puede en todo caso encontrar la puerta de su casa e ir por ella, porque conoce su casa. Pero si le llevaran a otros lugares, no podría entrar por la puerta de la nueva casa, porque no sabría dónde estaría y se chocaría contra las paredes.

5 El tiempo de la nueva Ley ha llegado. Todo se renueva y un mundo nuevo, un nuevo pueblo, un nuevo reino surgen. Ahora los del tiempo pasado no conocen todo esto. Conocen su tiempo. Son como ciegos llevados a una ciudad nueva, donde está la casa regia del Padre, pero cuya ubicación no conocen. Yo he venido para guiarlos e introducirlos en ella y para que vean. Pero soy Yo mismo la Puerta por la cual se pasa a la casa paterna, al Reino de Dios, a la Luz, al Camino, a la Verdad, a la Vida. Y soy también Aquel que ha venido a reunir el rebaño que había quedado sin guía, y a conducirle a un único redil: el del Padre. Yo soy la puerta del Redil, porque soy al mismo tiempo Puerta y Pastor. Y entro y salgo como y cuando quiero. Y entro libremente, y por la puerta, porque soy el verdadero Pastor.

Cuando uno viene a dar a las ovejas de Dios otras indicaciones, o trata de descaminarlas llevándolas a otras moradas y a otros caminos, no es el buen Pastor; es un pastor ídolo. Y el que no entra por la puerta del redil, sino que trata de entrar por otra parte saltando el recinto, no es el pastor, sino un ladrón y un asesino que entra con intención de robar y matar, para que los corderos de que se han apoderado no emitan voces de lamento y no atraigan la atención de los guardianes y del pastor. También entre las ovejas del rebaño de Israel tratan de introducirse falsos pastores para desviarlas de los pastos y alejarlas del Pastor verdadero. Y entran dispuestos incluso a arrancarlas del rebaño con violencia, y, si llega el caso, están dispuestos a matarlas y a dañarlas de muchas maneras, para que no hablen y no le manifiesten al Pastor las astucias de los falsos pastores, ni griten invocando la protección de Dios contra sus adversarios y los adversarios del Pastor.

Yo soy el Buen Pastor y mis ovejas me conocen, y me conocen los eternos porteros del verdadero Redil. Ellos me han conocido y han conocido mi Nombre, que han manifestado para que Israel lo conociera; me han descrito y han preparado mis caminos, y, cuando mi voz se ha oído, el último de ellos me ha abierto la puerta y ha dicho al rebaño que esperaba al verdadero “Aquí tenéis a Aquel de quien he dicho que viene después de mí. Uno que me precede porque existía antes de mí y yo no le conocía. Pero para esto, para que estéis preparados a recibirle, he venido a bautizar con agua, para que fuera manifestado en Israel”. Y las ovejas buenas han oído mi voz y, cuando las he llamado por el nombre, han venido solícitas y las he llevado conmigo, como hace un verdadero pastor al que conocen las ovejas, que le reconocen por la voz y le siguen a dondequiera que vaya. Y, cuando ha sacado a todas, camina delante de ellas, y ellas le siguen porque aman la voz del pastor. Por el contrario, no siguen a un extranjero; antes bien, huyen lejos de él porque no le conocen y le temen. Yo también camino delante de mis ovejas para señalarles el camino y hacer frente, Yo el primero, a los peligros y señalárselos al rebaño, al cual quiero guiar a mi Reino y ponerlo a salvo».

6 -«¿Acaso Israel ya no es el reino de Dios?».

-«Israel es el lugar desde donde el pueblo de Dios debe elevarse hasta la verdadera Jerusalén y hasta el Reino de Dios».

-«¿Y el Mesías prometido, entonces? Ese Mesías que afirmas que eres, ¿no debe, pues, hacer a Israel triunfante, glorioso, dueño del mundo, sometiendo a su cetro todos los pueblos, y vengándose, sí, vengándose ferozmente de todos los que lo han sometido desde que es pueblo? ¿Entonces nada de esto es verdad? ¿Niegas a los profetas? ¿Llamas necios a nuestros rabíes? Tú…».

-«El Reino del Mesías no es de este mundo. Es el Reino de Dios, fundado sobre el amor. No es otra cosa. Y el Mesías no es rey de pueblos y ejércitos, sino rey de espíritus. Del pueblo elegido vendrá el Mesías, de la estirpe real, y, sobre todo, de Dios, que le ha generado y enviado. Por el pueblo de Israel ha comenzado la fundación del Reino de Dios, la promulgación de la Ley de amor, el anuncio de la buena Nueva de que habla el profeta[3]128. Pero el Mesías será Rey del mundo, Rey de los reyes, y su Reino no tendrá límite en el tiempo ni confín en el espacio. Abrid los ojos y aceptad la verdad».

-«No hemos entendido nada de tu desvarío. Dices palabras sin nexo. Habla y responde sin parábolas: ¿Eres o no eres el Mesías?».

-«¿Y no habéis entendido todavía? Os he dicho que soy Puerta y Pastor por esto. Hasta ahora ninguno ha podido entrar en el Reino de Dios, porque estaba murado y no tenía salidas. Pero ahora he venido Yo y está hecha la puerta para entrar en él».

-«¡Oh! Otros han dicho que eran el Mesías, y luego han sido descubiertos como bandidos y rebeldes, y la justicia humana ha castigado su rebeldía[4]129. ¿Quién nos asegura que no eres como ellos? ¡Estamos cansados de sufrir y hacer sufrir al pueblo el rigor de Roma, por mérito de embusteros que se dicen reyes y hacen que el pueblo se levante en rebelión!».

-«No. No es exacta vuestra frase. Vosotros no queréis sufrir, eso es verdad. Pero que el pueblo sufra no os duele. Tanto es así, que al rigor de quien domina unís vuestro rigor, oprimiendo con diezmos[5]130 insoportables y otras muchas cosas al pueblo modesto. ¿Qué quién os asegura que no soy un malandrín? Mis acciones. No soy Yo el que hace pesada la mano de Roma; al contrario, la aligero, aconsejando a los dominadores humanidad, a los dominados paciencia. Al menos estas cosas».

Mucha gente –ya mucha gente se ha congregado, y crece cada vez más, tanto que obstaculizan el paso por la calle grande y, por tanto, todos van a confluir en la callejuela, bajo cuyas bóvedas las voces retumban– aprueba diciendo:

-«¡Bien dicho lo de los décimos! ¡Es verdad! A nosotros nos aconseja sumisión y a los romanos piedad».

7       Los fariseos, como siempre, se envenenan por las aprobaciones de la muchedumbre, y se muestran aún más mordaces en el tono con que se dirigen a Cristo.

-«Responde sin tantas palabras y demuestra que eres el Mesías».

-«En verdad, en verdad os digo que lo soy. Yo, sólo Yo, soy la Puerta del redil de los Cielos. Quien no pasa por mí no puede entrar. Es verdad. Ha habido otros falsos Mesías, y más que habrá. Pero el único y verdadero Mesías soy Yo. Todos los que hasta ahora han venido, presentándose como tales, no lo eran; eran sólo ladrones y salteadores. Y no sólo aquellos que se hacían llamar, de parte de unos pocos de su misma forma de ser, Mesías, sino también otros que, sin darse ese nombre, exigen una adoración que ni siquiera al verdadero Mesías se le da. Quien tenga oídos para oír que oiga. De todas formas, observad: ni a los falsos Mesías ni a los falsos pastores y maestros las ovejas los han escuchado, porque su espíritu sentía la falsedad de su voz, que quería aparecer dulce y, sin embargo, era cruel. Sólo los cabros los han seguido para ser sus compañeros en sus fechorías. Cabros salvajes, indómitos, que no quieren entrar en el Redil de Dios, bajo el cetro del verdadero Rey y Pastor. Porque esto, ahora, se da en Israel: que Aquel que es el Rey de los reyes viene a ser el Pastor del rebaño, mientras que, en el pasado, aquel que era pastor de rebaños vino a ser rey, y el Uno y el otro vienen de la misma raíz, de la raíz de Iesaí, como está escrito en las promesas y profecías[6]131.

Los falsos pastores no han pronunciado palabras sinceras ni sus acciones han sido consoladoras. Han dispersado y torturado al rebaño, o lo han abandonado a los lobos, o lo han matado para sacar provecho vendiéndolo y así asegurarse la vida, o le han quitado los pastos para hacer de ellos moradas de placer y bosquecillos para los ídolos. ¿Sabéis cuáles son los lobos? Son las malas pasiones, los vicios que los mismos falsos pastores han enseñado al rebaño, practicándolos ellos los primeros. ¿Y sabéis cuáles son los bosquecillos de los ídolos? Son los propios egoísmos, ante los cuales demasiados queman inciensos. Las otras dos cosas no necesitan ser explicadas, porque son hasta demasiado claras estas palabras mías. Pero que los falsos pastores actúen así es lógico. No son sino ladrones que vienen para robar, matar y destruir, para llevar fuera del redil a pastos traicioneros, o conducir a falsos apriscos, que en realidad son mataderos. Pero los que pasan por mí están en seguro y podrán salir para ir a mis pastos, o volver para venir a mis descansos, y hacerse robustos y pingües de substancias santas y sanas. Porque he venido para esto. Para que mi pueblo, mis ovejas, hasta ahora flacas y afligidas, tengan la vida, y vida abundante, y de paz y alegría. Y tanto quiero esto, que he venido a dar mi vida porque mis ovejas tengan la Vida plena y abundante de los hijos de Dios.

8 Yo soy el Pastor bueno. Y un pastor, cuando es bueno, da la vida por defender a su rebaño de los lobos y de los salteadores; por el contrario, el mercenario, que no ama a las ovejas sino al dinero que gana por llevarlas a pastar, se preocupa sólo de salvarse a sí mismo y de salvar la pequeña suma que lleva en el pecho, y, cuando ve venir al lobo o al salteador, huye, aunque luego vuelva para tomar alguna oveja que el lobo haya dejado medio muerta, o que haya sido desperdigada por el salteador, y matar a la primera para comérsela, o vender la segunda como suya, aumentando así su suma, para decir luego al amo, con falsas lágrimas, que ni siquiera una de las ovejas se ha salvado. ¿Qué le importa al mercenario si el lobo adentella y desperdiga a las ovejas, y el salteador hace saqueo de ovejas para llevarlas al carnicero? ¿Acaso veló por ellas mientras crecían, acaso trabajó esforzadamente para ponerlas robustas? Pero el que es amo y sabe cuánto cuesta una oveja, cuántas horas de trabajo, cuántos desvelos, cuántos sacrificios, las quiere y les presta cuidado, a ellas que son su bien. Pero Yo soy más que un amo. Yo soy el Salvador de mi rebaño y sé cuánto me cuesta la salvación de una sola alma; por tanto, estoy dispuesto a todo con tal de salvar a un alma. Esa alma me ha sido confiada por el Padre mío. Todas las almas me han sido confiadas, con el mandato de que salve un grandísimo número de ellas. Cuantas más logre arrancar a la muerte del espíritu, más gloria recibirá mi Padre. Por tanto, lucho para liberarlas de todos sus enemigos, o sea, de su yo, del mundo, de la carne, del demonio, y de mis adversarios, que me las disputan para producirme dolor. Yo hago esto porque conozco el pensamiento del Padre mío. Y el Padre mío me ha enviado a hacer esto porque conoce mi amor por El y por las almas.

También las ovejas de mi rebaño me conocen a mí y conocen mi amor, y sienten que estoy dispuesto a dar mi vida para darles la alegría.

Tengo otras ovejas. Pero no son de este Redil. Por tanto, no me conocen en lo que Yo soy, y muchas ignoran mi existencia e ignoran quién soy Yo. Ovejas que a muchos de nosotros parecen peor que cabras salvajes y son consideradas indignas de conocer la Verdad y de poseer la Vida y el Reino. Y, sin embargo, no es así. El Padre desea también éstas; por tanto, tengo que acercarme también a éstas, darme a conocer, hacer conocer la buena Nueva, guiarlas a mis pastos, reunirlas. Y éstas también escucharán mi voz porque acabarán amándola. De manera que habrá un solo Redil y un solo Pastor, y el Reino de Dios quedará reunido en la Tierra, ya preparado para ser transportado y acogido en los Cielos, bajo mi cetro, mi signo y mi verdadero Nombre.

¡Mi verdadero Nombre! ¡Sólo Yo lo conozco! Mas cuando el número de los elegidos esté completo y, entre himnos de alborozo, se sienten a la gran cena de bodas del Esposo con la Esposa[7]132, entonces mi Nombre será conocido por mis elegidos que por fidelidad a él se hayan santificado, aunque haya sido sin conocer toda la extensión y profundidad de lo que era estar signado por mi Nombre y ser premiados por su amor a él, ni cuál era el premio… Esto es lo que quiero dar a mis ovejas fieles. Lo que constituye mi propia alegría…».

9             Jesús recorre, con una mirada brillante de llanto extático, los rostros dirigidos hacia él, y una sonrisa le tiembla en los labios, una sonrisa tan espiritualizada en su rostro, que se siente estremecer la muchedumbre, que intuye el rapto de Cristo a una visión beatífica, y su deseo de amor de verla cumplida. Vuelve a su estado normal. Cierra un instante los ojos, celando así el misterio que ve su mente y que los ojos podrían dejar transparentar demasiado, y prosigue:

-«Por esto me ama el Padre, ¡Oh pueblo mío, Oh rebaño mío! Porque por ti, por tu bien eterno, doy la vida. Luego la tomaré de nuevo. Pero primero la daré para que tengas la vida y a tu Salvador como vida de ti mismo. Y la daré de forma que tú te nutras de ella, transformándome de Pastor en pasto y fuente que darán alimento y bebida[8]133, no durante cuarenta años como para los hebreos del desierto[9]134, sino durante todo el tiempo de exilio por los desiertos de la Tierra. Nadie, en realidad, me quita la vida. Ni los que amándome con todo su ser merecen que la inmole por ellos, ni los que me la quitan por un odio desorbitado y un miedo estúpido. Nadie podría quitármela si por mí mismo no consintiera en darla y si el Padre no lo permitiera, invadidos los dos por un delirio de amor hacia la Humanidad culpable. Por mí mismo la doy. Y tengo el poder de tomarla de nuevo cuando quiera, pues no es conveniente que la Muerte prevalezca contra la Vida. Por esto el Padre me ha dado este poder; es más, el Padre me ha mandado hacer esto. Y por mi vida, ofrecida e inmolada, los pueblos serán un único Pueblo: el mío, el Pueblo celeste de los hijos de Dios, separándose en los pueblos las ovejas de los cabros y siguiendo las ovejas a su Pastor al Reino de la Vida eterna».

10     Y Jesús, que hasta ahora ha hablado fuerte, se vuelve, en voz baja, a Sidonio, llamado Bartolmái, que ha estado durante todo este tiempo delante de El con su canasta de manzanas olorosas a los pies, y le dice:

-«Has olvidado todo por mí. Ahora, ciertamente, te castigarán y perderás el trabajo. ¿Lo ves? Yo te traigo siempre dolor. Por mí has perdido la sinagoga y ahora vas a perder al patrón…».

-«¿Y qué me importa todo eso si te tengo a ti? Sólo Tú tienes valor para mí. Dejo todo por seguirte. Basta que me lo concedas. Deja sólo que lleve esta fruta a quien la ha comprado y luego estoy contigo».

-«Vamos juntos. Después iremos a casa de tu padre. Porque tienes un padre y debes honrarle pidiéndole su bendición».

-«Sí, Señor. Todo lo que quieras. Pero enséñame mucho porque no sé nada, nada de nada, ni siquiera leer y escribir, porque era ciego».

-«No te preocupes de eso. La buena voluntad te enseñará».

Y se encamina para volver a la calle principal, mientras la masa de gente hace comentarios, confronta pareceres, discute incluso, insegura entre las distintas opiniones, que son siempre las mismas: ¿es Jesús de Nazaret un poseído o un santo? La gente, en desacuerdo, discute mientras Jesús se aleja

Personajes:

Sidonio el ciego de nacimiento

http://www.maria-valtorta.org/Personnages/Sidonia.htm

Información general

Hombre joven de barrio deOfel, Curado de su ceguera desde el nacimiento hasta   lavar el estanque de Siloé. Esta curación, operado durante el día de reposo, se   una trampa montada con la complicidad activa de Judas. Esto explica por qué   Jesús no hace milagros inmediatos. La nada ciego, haber visto,   decir cualquier cosa de buena fe.

Esto proporciona un montón de problemas curarse de sus   de la familia. En la Pasión, su madre, Anne, murió de pena al ver a Jesús   maltratadas (10.16)

Personalidad y aspecto físico
Un joven de casi treinta años. Él   ojos soldados o más bien diría yo que no tiene párpados. El   se unió a la frente mejillas sin cavidad y parece que, siguiendo lo   no hay ojos. Nació de esta manera.

Curso Apostólica
Esta trampa y golpearon a la ira parte de Jesús   Templo caerá sobre Sidonia y sus padres:   ser expulsado de la sinagoga y se declaró anatema. Sidonia confesar su fe en Dios: “Oh, madre! El aire de esta sala de ti   envenenado el alma, tú que me enseñaron en mi dolor y para alabar a Dios   ahora no tengo la alegría de gracias, y que temen los hombres?   Si Dios me amaba mucho y amado como para darnos un milagro, no le   no defendernos de un puñado de hombres? “(7.207)

Más tarde Sidonia Jesús cruza él nunca ha visto: “¿Crees que el Hijo de Dios y   su presencia en Palestina? “-” que yo creo. Pero me gustaría   el conocimiento no sólo con inteligencia, pero todo yo mismo. Si usted   sabe quién es y dónde está, dime, que voy a él y   Lo veo y estoy totalmente de creer en él y que me sirven. ” – “Usted   He visto, y no es necesario que usted vaya a él. Lo que usted   véase en este momento y te habla, el Hijo de Dios. “Hago   podría decir con certeza, pero me pareció que, al decir estas   palabras, Jesús tenía que decir y una transfiguración en muy breve   llegando a ser muy hermoso y yo diría que resplandeciente. (7.215)

Es este encuentro que pone en marcha   Parábola del Buen Pastor. Él comienza a seguir a Jesús.

Su nombre
Sidonio: tal vez un informe con la ciudad   Sidón. Batholmaï significa “hijo de Tolmai”El apodo también Natanael (Bartolomé)

¿Dónde se habla en la obra? 7.2077.208  7.215 – 7.216  10.16

Aprenda más sobre este personaje
Según la tradición, se unió a la   Discípulos de Cristo y, en el tiempo para ir a anunciar el Evangelio “en   confines de la tierra “, se embarcó con Lázaro, Marta, María Magdalena y   sus amigos en el barco que los llevó en la Provenza. A la muerte de Maximino, que   se convirtió en obispo de Aix. Anteriormente, fue obispo de   Saint-Paul-Trois-Chateaux bajo el nombre Restitut (Fuente Bernard Gui (1261-1331), historiador y Dominicana). Restitut queriendo significar “el que a los que la orden fue   devueltos. “Él tiene su tumba en la cripta Saint Maximin. Es en su sarcófago, que había sido   sido reliquias escondidas de María Magdalena para evitar   posiblemente los sarracenos. (http://www.saintsdeprovence.com/sidoine.html)

[1] 127 El tema del buen pastor por sí mismo y en oposición a los malos pastores, siempre en sentido sobrenatural, aparece mucho en la Biblia. Cfr. por ej.: Sal. 22; Is. 40, 9–11; 49, 9–11; 56, 9–12; Jer. 23, 1–4; Ez. 34; Zac. 11, 4–17; 1 Pe. 5, 1–4.

[2] Sidonio, el ciego de nacimiento
http://www.maria-valtorta.org/Personnages/Sidonia.htm

[3] 128 Isaías 61, 1–3.

[4] 129 Tal vez aluda a Judas Galileo y a Teoda de los que se hace mención en Hech. 5, 34–39.

[5] 130 Cfr. Gén. 14, 17–24; Lev. 27, 30–34; Núm. 18, 20–32; Deut. 14, 22–29; 26, 12–15; Heb. 7, 4–10

[6] 131 Alusión a David. Cfr. 1 Rey. 16, 14 – 17, 31; 2 Rey. 2, 1–4

[7] 132 Especialmente Ap. 19, 5–10; 21, 9–14.

[8] 133 Alusión a la Eucaristía.

[9] 134 Cfr. Ex. 16; Núm. 11, 4–9; Deut. 8; Sab. 16, 15–29; Ju.6, 22–65; Hebr. 9, 1–5.

19/4/2015 Evangelio según San Lucas 24,35-48.

Tercer Domingo de Pascua
Santo(s) del día : San León IX
Lecturas

Para este domingo les ofrezco información adicional sobre los discípulos y el lugar de la aparición. Recordemos que San Juan ya lo dice en el pasaje del domingo pasado:

 Jesús realizó además muchos otros signos en presencia de sus discípulos, que no se encuentran relatados en este Libro.
Estos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo, tengan Vida en su Nombre

Llegó el siglo XX con la gracia que Dios tenía para nosotros, conocer algunos de esos MUCHOS otros signos.  Y es razonable, el mismo San Juan al final de su evangelio lo advierte: Jesús hizo también muchas otras cosas. Si se las relatara detalladamente, pienso que no bastaría todo el mundo para contener los libros que se escribirían.

También dijo Jesús en aquellos tiempos, No vengo a cambiar ni una jota ni una tilde de lo que está escrito, … sino para darle cumplimiento.

Por algún designio, Dios ocultó MUCHOS signos de aquellos tiempos. Por nombrar alguno que no este en la obra de María Valtorta, le cito la sábana Santa de Turín.

Como tantas veces dijo Dios a través de los tiempos: El que quiera oír, que oiga

Personajes
Simón
http://maria-valtorta.org/Personnages/SimonEmmaus.htm
Cleofás
http://maria-valtorta.org/Personnages/CleophasCleophas.htm
Lugares Camino a Emaús
http://unsacerdoteentierrasanta.blogspot.com/2010/04/jesus-buen-pastor-les-acompano-hasta.html

Glorificación de Jesús y María

625. Aparición a los discípulos de Emaús[1]228.

5 de abril de 1945.

resurreccion 191             Por un camino montano dos hombres, de mediana edad, van andando rápido. A sus espaldas, Jerusalén, cuyas alturas van desapareciendo cada vez más, detrás de las otras que, con contínuas ondulaciones de cimas y valles, se subsiguen.

Van hablando. El más anciano dice al otro (tendrá, como mucho, treinta y cinco años):

«Créelo, ha sido mejor hacer esto. Yo tengo familia y tú también. El Templo no bromea. Está decidido realmente a poner fin a estas cosas. ¿Tendrá razón? ¿No la tendrá? Yo no lo sé. Sé que tienen la idea clara de acabar para siempre con todo esto».

«Con este delito, Simón. Dale el nombre apropiado. Porque, al menos, delito es».

«Según. En nosotros el amor es levadura contra el Sanedrín. Pero, quizás… ¡no sé!».

«Nada. El amor ilumina. No lleva al error».

«También el Sanedrín, también los sacerdotes y los jefes aman. Ellos aman a Yahvé, a Aquel al que todo Israel ha amado desde que fue estrechado el pacto entre Dios y los Patriarcas[2]229. ¡Entonces también para ellos el amor es luz y no lleva al error!».

«Lo suyo no es amor al Señor. Sí. Israel desde hace siglos está en esa Fe. Pero, dime: ¿puedes afirmar que sigue siendo una Fe lo que nos dan los jefes del Templo, los fariseos, los escribas, los sacerdotes? Ya ves tú mismo que con el oro sagrado destinado al Señor –ya se sabía o, al menos, se sospechaba que esto sucediera– con ese oro han pagado al Traidor y ahora pagan a los soldados que estaban de guardia[3]230. Al primero, para que traicionara al Cristo; a los segundos, para que mientan. ¡Oh, lo que yo no sé es cómo la Potencia eterna se haya limitado a remover los muros y a rasgar el Velo! Te digo que hubiera querido que bajo los escombros hubiera sepultado a los nuevos filisteos[4]231. ¡A todos!».

«¡Cleofás! Te abandonas a la venganza».

«A la venganza. Porque, supongamos que El fuera sólo un profeta, ¿es lícito matar a un inocente? ¡Porque era inocente! ¿Le has visto alguna vez cometer tan siquiera uno de los delitos de que le acusaron para matarle?».

«No. Ninguno. 2 Pero sí cometió un error».

«¿Cuál, Simón?».

«El de no irradiar poder desde lo alto de su Cruz. Para confirmar nuestra fe y para castigo de los incrédulos sacrílegos. Hubiera debido aceptar el desafío y bajar de la Cruz».

«Ha hecho más todavía, ha resucitado».

«¿Será verdad? ¿Resucitado, cómo? ¿Con el Espíritu solamente o con el Espíritu y la Carne?».

«¡El espíritu es eterno! ¡No necesita resucitar!» exclama Cleofás.

«Eso también lo sé yo. Lo que quería decir es que si ha resucitado sólo con su naturaleza de Dios, superior a cualquier asechanza humana. Porque en estos días el hombre ha atentado contra su Espíritu con el terror. ¿Has oído lo que ha dicho Marcos? Cómo, en el Getsemaní, donde Jesús iba a orar apoyado en una piedra, está todo lleno de sangre. Y Juan, que ha hablado con Marcos, le ha dicho: “No dejes que pisen este lugar, porque es sangre sudada por el Hombre–Dios”. ¡Si sudó sangre antes de la tortura, sin duda debió sentir terror ante ella!».

«¡Pobre Maestro nuestro!…».

Guardan silencio afligidos.

3       Jesús se llega a ellos, y pregunta:

«¿De qué hablabais? En el silencio, oía a intervalos vuestras palabras. ¿A quién han matado?».

Es un Jesús celado tras la apariencia modesta de un pobre viandante apremiado por la prisa. Ellos no le reconocen.

«¿Eres de otros lugares? ¿No te has detenido en Jerusalén? Tu túnica empolvada y las sandalias tan deterioradas nos parecen las de un incansable peregrino».

«Lo soy Vengo de muy lejos…».

«Entonces estarás cansado. ¿Y vas lejos?».

«Muy lejos, aún más lejos que de donde vengo».

«¿Tienes negocios? ¿Eres comerciante?».

«Debo adquirir un sinnúmero de rebaños para el mayor de los señores. Debo ir por todo el mundo para elegir ovejas y corderos; descender incluso a los rebaños agrestes, los cuales, una vez domesticados, serán incluso mejores que los que ahora no son salvajes».

«Difícil trabajo. ¿Y has proseguido sin detenerte en Jerusalén?».

«¿Por qué lo preguntáis?» .

«Porque pareces el único que ignora lo que en ella ha sucedido en estos días».

«¿Qué ha sucedido?».

«Vienes de lejos y por eso quizás no lo sabes. Sin embargo, tu acento es galileo. Por tanto, aunque estés a las órdenes de un rey extranjero o seas hijo de galileos expatriados, sabrás, si eres circunciso, que hacía tres años que en nuestra patria había surgido un gran profeta de nombre Jesús de Nazaret, poderoso en obras y palabras ante Dios y ante los hombres, que predicaba por toda la nación. Y decía que era el Mesías. Las suyas eran realmente palabras y obras de Hijo de Dios, que es lo que decía ser. Pero sólo de Hijo de Dios. Todo Cielo… Ahora sabes por qué… 4 Pero… ¿eres circunciso?».

«Soy primogénito y estoy consagrado al Señor».

«¿Entonces conoces nuestra Religión?».

«Ni una sílaba de ella ignoro. Conozco los preceptos y los usos. La Halasia, el Midrás y la Haggada me son conocidos como los elementos del aire, el agua, el fuego y la luz, que son los primeros a que tienden la inteligencia, el instinto, la necesidad del hombre, ya al poco de nacer del seno materno».

«Pues entonces sabes que Israel recibió la promesa del Mesías, pero de un Mesías como rey poderoso que habría de reunir a Israel. El, sin embargo, no era así…».

«¿Y cómo era?».

«No aspiraba a un poder terreno, sino que se decía rey de un reino eterno y espiritual. No ha reunido a Israel. Al contrario, lo ha escindido, porque ahora Israel está dividido entre los que creen en El y los que lo consideran un malhechor. En realidad no tenía aptitud para rey porque quería sólo mansedumbre y perdón. ¿Cómo subyugar y vencer con estas armas?…».

«¿Y entonces?».

«Pues entonces los Jefes de los Sacerdotes y los Ancianos de Israel le han apresado y le han juzgado reo de muerte… acusándole, esto es verdad, de culpas no verdaderas. Su culpa era ser demasiado bueno y demasiado severo…».

«¿Cómo podía ser las dos cosas al mismo tiempo?».

«Podía porque era demasiado severo en decir las verdades a los jefes de Israel, y demasiado bueno en no obrar contra ellos milagros de muerte, fulminando a esos injustos enemigos suyos».

«¿Severo como el Bautista era?».

«Bueno… no sabría decirte. Reprendía duramente a escribas y fariseos, especialmente al final, y amenazaba a los del Templo como a personas signadas por la ira de Dios. Pero luego, si uno era pecador y se arrepentía y El veía en su corazón verdadero arrepentimiento –porque el Nazareno leía en los corazones mejor que un escriba en el texto– entonces era más dulce que una madre».

«¿Y Roma ha permitido que fuera ejecutado un inocente?».

«Le condenó Pilatos… Pero no quería, y le llamaba justo. Pero le amenazaron con denunciarle ante César, y tuvo miedo. 5 En definitiva, fue condenado a la cruz y en ella murió. Y esto, junto con el temor a los miembros del Sanedrín, nos ha deprimido mucho. Porque yo soy Clofé, hijo de Clofé, y éste es Simón, ambos de Emaús[5]232 y parientes, porque yo soy el marido de su primera hija, y éramos discípulos del Profeta».

«¿Y ahora ya no lo sois?» .

«Esperábamos que fuera El el que liberaría a Israel, y también que con un prodigio confirmara sus palabras. ¡Pero!…».

«¿Qué palabras había dicho?» .

«Te lo hemos dicho: “He venido al Reino de David. Soy el Rey pacífico” y así otras cosas. Decía: “Venid al Reino”, pero luego no nos dió el reino. Decía: “Al tercer día resucitaré”. Hoy es el tercer día después de su muerte; es más, ya se ha cumplido, porque ya ha pasado la hora novena, y no ha resucitado. Algunas mujeres y algunos soldados que estaban de guardia dicen que sí, que ha resucitado. Pero nosotros no le hemos visto. Ahora los soldados dicen que han dicho eso para justificar el robo del cadáver llevado a cabo por los discípulos del Nazareno. Pero… ¡los discípulos!… Todos nosotros le hemos abandonado por miedo mientras vivía… Está claro que ahora que ha muerto no hemos robado su Cuerpo. ¿Y las mujeres… quién cree en ellas? Nosotros íbamos hablando de esto. Y queríamos saber si El se refería a resucitar sólo con el Espíritu de nuevo divino, o si también con la Carne. Las mujeres dicen que los ángeles –porque dicen que han visto ángeles después del terremoto, y puede ser, porque ya el viernes aparecieron los justos fuera de los sepulcros–, dicen que los ángeles dijeron que El estaba como uno que no hubiera muerto nunca. Y, en efecto, así les pareció verle a las mujeres. Pero dos de nosotros, dos jefes, fueron al Sepulcro, y, si bien lo han visto vacío, como las mujeres han dicho, a El no le han visto, ni allí ni en otro lugar. Y sentimos una gran desolación porque ya no sabemos qué pensar».

6 «¡Qué necios y duros sois para comprender! ¡Qué lentos para creer en las palabras de los profetas! ¿Acaso no estaba dicho esto? El error de Israel está en haber interpretado mal la realeza de Cristo. Por esto no han creído en El, por esto le temieron, por esto ahora vosotros dudáis. Arriba, abajo, en el Templo y en las aldeas, en todas partes, se pensaba en un rey según la naturaleza humana. La reconstrucción del reino de Israel, en el pensamiento de Dios, no estaba limitada ni en el tiempo ni en el espacio ni en cuanto al medio, como lo estaba en vosotros.

No en el tiempo: ninguna realeza, ni siquiera la más poderosa, es eterna. Tened presente a los poderosos Faraones que oprimieron a los hebreos en tiempos de Moisés[6]233. ¡Cuántas dinastías acabadas… y de ellas no quedan sino momias sin alma en el fondo de hipogeos ocultos! Y queda un recuerdo, si es que queda, de su poder de una hora (menos de una hora, si medimos sus siglos en relación al Tiempo eterno). Este Reino es eterno. En el espacio. Estaba escrito: reino de Israel. Porque de Israel ha venido el tronco de la raza humana[7]234; porque en Israel está –voy a decirlo así– la semilla de Dios; y, por tanto, diciendo Israel, se quería decir: el reino de los creados por Dios. Pero la realeza del Rey Mesías no está limitada al pequeño espacio de Palestina, sino que se extiende de Septentrión a Meridión, de Oriente a Occidente, allá donde haya un ser que en la carne tenga un espíritu, o sea, allá donde haya un hombre. ¿Cómo habría podido uno sólo centrar en sí a todos los pueblos enemigos entre sí y hacer de todos ellos un único reino sin hacer correr a ríos la sangre y sin tener a todos subyugados con crueles opresiones de soldados? ¿Cómo, entonces, hubiera podido ser el rey pacífico de que hablan los profetas? En cuanto al medio: el medio humano, lo he dicho, es la opresión. El medio sobrehumano es el amor. El primero es siempre limitado, porque los pueblos verdaderamente se alzan contra el opresor. El segundo es ilimitado porque el amor es amado, o vejado si no es amado; pero, siendo una cosa espiritual, no puede nunca ser agredido directamente. Y Dios, el Infinito, quiere medios que sean como El. Quiere aquello que no es finito porque es eterno: el espíritu; lo que es del espíritu; lo que lleva al Espíritu. El error ha sido el haber concebido en la mente una idea mesiánica equivocada en cuanto a los medios y en cuanto a la forma. ¿Cuál es la realeza más alta? La de Dios. ¿No es verdad? Ahora bien –así es llamado y esto es el Mesías–, el Admirable, el Emmanuel, el Santo, el Germen sublime, el Fuerte, el Padre del siglo futuro, el Príncipe de la paz, el que es Dios como Aquel de quien viene ¿no tendrá una realeza semejante a la de Aquel que le engendró? Sí, la tendrá. Una realeza del todo espiritual y del todo eterna, invulnerable a robos y a sangre, una realeza que no conoce traiciones ni vejaciones: su Regiedumbre; esa que la Bondad eterna concede también a los pobres seres humanos, para dar honor y gozo a su Verbo.

7 ¿Pero no dijo, acaso, David que este Rey poderoso tiene bajo sus pies todo como escabel[8]235? ¿No narra Isaías toda su Pasión[9]236? ¿No numera David –se podría decir– incluso las torturas[10]237? ¿Y no está escrito que El es el Salvador y Redentor, que con su holocausto salvará al hombre pecador[11]238? ¿Y no está precisado –y Jonás es signo de ello– que durante tres días iba a ser deglutido por el vientre insaciable de la Tierra, y que luego sería expelido como el profeta por la ballena[12]239? ¿Y no dijo El: “El Templo mío, o sea, mi Cuerpo, al tercer día después de haber sido destruído, será reconstruído por mí (o sea, por Dios)”? ¿Y qué pensabais, que por magia El iba a poner de nuevo en pie los muros del Templo? No. No los muros. El mismo. Y sólo Dios podía resucitarse a sí mismo. El ha reedificado el Templo verdadero: su Cuerpo de Cordero. Inmolado, como fue la orden y la profecía que recibió Moisés para preparar el “paso” de la muerte a la Vida, de la esclavitud a la libertad, de los hombres hijos de Dios y esclavos de Satanás[13]240. “¿Cómo ha resucitado?”, os preguntáis. Respondo: ha resucitado con su verdadera Carne, con su divino Espíritu dentro de ella (de la misma forma que en toda carne mortal está el alma morando regiamente en el corazón). Así ha resucitado, después de haber padecido todo para expiar todo y hacer reparación de la Ofensa primigenia y de las infinitas que cada día lleva a cabo la Humanidad. Ha resucitado como estaba dicho bajo el velo de las profecías. Venido en su tiempo –os recuerdo a Daniel[14]241–, en su tiempo fue inmolado. Y, oíd y recordad, en el tiempo predicho después de su muerte, la ciudad deicida será destruida.

8 Os aconsejo que leáis con el alma, no con la mente soberbia, a los profetas, desde el principio del Libro[15]242 hasta las palabras del Verbo inmolado. Recordad al Precursor que le señalaba como Cordero. Traed a vuestra memoria cuál fue el destino del simbólico cordero mosaico. Por esa sangre fueron salvados los primogénitos de Israel. Por esta Sangre serán salvados[16]243 los primogénitos de Dios, o sea, aquellos que con la buena voluntad se hayan consagrado al Señor. Recordad y comprended el mesiánico salmo de David y al mesiánico profeta Isaías. Recordad a Daniel, traed a vuestra memoria, pero alzando ésta del fango hacia el azul celeste, todas las palabras sobre la regalidad del Santo de Dios, y comprended que otra señal más exacta no se os podía dar; más fuerte que esta victoria sobre la Muerte, que esta Resurrección obrada por sí mismo.

Recordad que castigar desde lo alto de la Cruz a quienes en ella le habían puesto hubiera sido disconforme a su misericordia y a su misión. ¡Todavía El era el Salvador, a pesar de ser el Crucificado escarnecido y clavado a un patíbulo! Crucificados los miembros, pero libre la voluntad y el espíritu; y con la voluntad y el espíritu quiso seguir esperando, para dar a los pecadores tiempo para creer y para invocar –no con grito blasfemo, sino con gemido de contricción– su Sangre.

9 Ahora ha resucitado. Todo ha cumplido. Glorioso era antes de su encarnación. Tres veces glorioso lo es ahora, que, después de haberse anonadado durante tantos años en una carne, se ha inmolado a sí mismo, llevando la Obediencia hasta la perfección de saber morir en la cruz para cumplir la Voluntad de Dios[17]244. Gloriosísimo, en unidad con la Carne glorificada, ahora que sube al Cielo y entra en la Gloria eterna, dando comienzo al Reino que Israel no ha comprendido.

A ese Reino El, con más instancia que nunca, con el amor y la autoridad de que está lleno, llama a las tribus del mundo. Todos, como vieron y previeron los justos de Israel y los profetas, todos los pueblos verán al Salvador. Y no habrá ya Judíos o Romanos, Escitas o Africanos, Iberos o Celtas, Egipcios o Frigios. El territorio del otro lado del Euphrates se unirá a las fuentes del Río perenne. Los habitantes de las regiones hiperbóreas al lado de los númidas irán a su Reino[18]245, y caerán razas e idiomas. No tendrán ya cabida ni las costumbres ni el color de la piel o los cabellos. Antes bien, habrá un pueblo inmenso, fúlgido y cándido, y un solo lenguaje y un solo amor[19]246. Será el Reino de Dios. El Reino de los Cielos. Monarca eterno: el Inmolado Resucitado. Súbditos eternos: los creyentes en su Fe. Aceptad creer, para pertenecer a él.

resurreccion 2010 Ahí está Emaús, amigos. Yo voy más lejos. No se le concede un alto en el camino al Viandante que tanto camino ha de recorrer».

«Señor. Tienes más instrucción que un rabí. Si El no hubiera muerto, diríamos que nos ha hablado. Quisiéramos seguir oyéndote hablar de otras y más extensas verdades. Porque ahora, nosotros, que somos ovejas sin pastor, desconcertadas con la tempestad del odio de Israel, ya no sabemos comprender las palabras del Libro. ¿Quieres que vayamos contigo? Fíjate, nos seguirías instruyendo, cumpliendo así la obra del Maestro que nos ha sido arrebatado».

«¿Tanto tiempo le habéis tenido y no os ha podido hacer completos? ¿No es ésta una sinagoga?».

«Sí. Yo soy Cleofás, hijo de Cleofás el arquisinagogo, muerto en su alegría de haber conocido al Mesías».

«¿Y todavía no has alcanzado una fe sin ofuscaciones? Pero no es culpa vuestra. Todavía, después de la Sangre, falta el Fuego[20]247. Y luego creeréis, porque comprenderéis. Adiós».

«¡Oh, Señor, ya se viene la tarde y el Sol se comba hacia su ocaso. Estás cansado y sediento. Entra. Quédate con nosotros. Y nos hablas de Dios mientras compartimos el pan y la sal».

11     Jesús entra y con la habitual hospitalidad hebráica le sirven bebidas y agua para los pies cansados.

Luego se sientan a la mesa y los dos le ruegan que ofrezca por ellos el alimento.

resurreccion 21Jesús se levanta, teniendo el pan en las palmas. Alzando los ojos al cielo rojo del atardecer, da gracias por el alimento. Se sienta. Parte el pan y pasa un trozo a cada uno de sus dos huéspedes. Y, al hacerlo, se manifiesta en lo que El es: el Resucitado. No es el fúlgido Resucitado que se ha aparecido a los otros predilectos suyos. Pero es un Jesús lleno de majestad, con las llagas bien visibles en sus largas Manos: rosas rojas en el color marfil de la piel. Un Jesús bien vivo con su Carne recompuesta, pero también bien divino en la majestuosidad de sus miradas y de todo su aspecto.

Los dos le reconocen y caen de rodillas… Pero, cuando se atreven a levantar la cara, de El no queda más que el pan partido. Lo toman y lo besan. Cada uno toma su trozo y se lo mete, como reliquia, envuelto en un paño de lino, en el pecho. Lloran, diciendo:

«¡Era El! Y no le hemos conocido. ¿Pero no sentías tú que te ardía el corazón en el pecho mientras nos hablaba y nos hacía mención de las Escrituras?».

«Sí. Y ahora me parece verle de nuevo, a la luz que del Cielo proviene, la luz de Dios; y veo que El es el Salvador».

12 «Vamos. Ya no siento ni cansancio ni hambre. Vamos a decírselo a los de Jesús que están en Jerusalén».

«Vamos. ¡Oh, si el anciano padre mío hubiera podido gozar de esta hora!».

«¡No digas eso, hombre! Más que nosotros la ha gozado. Sin el velo que por piedad hacia nuestra debilidad carnal ha sido usado, él, el justo Clofé, ha visto con su espíritu al Hijo de Dios volver al Cielo. ¡Vamos! ¡Vamos! Llegaremos ya en plena noche. Pero, si El lo quiere, nos proporcionará la manera de pasar. ¡Si ha abierto las puertas de la muerte, podrá abrir las puertas de las murallas! Vamos».

Y, en el ocaso del todo purpúreo, caminan con paso veloz hacia Jerusalén.

[1] 228 Cfr. Mt. 16, 12–13; Lc. 24, 13–33.

[2] 229 Cfr. Gén. 6, 17–22; 9, 1–17; Ex. 19–40 (especialmente 19–20; 34)

[3] 230 Cfr. Mt. 28, 12–15.

[4] 231 como en: Jueces 16, 22–31.

[5] 232 Lc. 24, 18 atestigua que uno de los discípulos se llamaba Cleofás. Que el otro se llamase “Simón” se encuentra en una tradición antigua. Por ej. Orígenes, en su Contra Celsum, lib. II, n. 62 (MIGNE, Patrologia Graeca, tom. II, col. 893-894) dice: “Et in Evangelio secundum lucas, colloquentibus Simona et Cleopha de iis quae illis acciderant…” Cfr. M.J. LAGRANGE, Evangile selon St. Luc., 3e. ed. París, Gabalda, 1927, p. 604, 611.

[6] 233 Ex. 1, 1 – 15, 21.

[7] 234 Cfr. Gén. 1–2; 25, 19 – 37, 1 (especialmente: 32, 22–32; 35, 21–26).

[8] 235 Cfr. Sal. 109; Hech. 2, 29–36.

[9] 236 Cfr. Is. 50, 4–9; 52, 13 – 53, 12.

[10] 237 Cfr. Sal. 21.

[11] 238 Cfr. Is. 53, 10–12 (en su contexto con 54, 5).

[12] 239 Cfr. Jon. 2.

[13] 240 Cfr. Ex. 12, 21–28.

[14] 241 Cfr. Dan. 9.

[15] 242 Esto es, de la Biblia, que es el Génesis.

[16] 243 Cfr. Ex. 11, 1 – 13, 16; Heb. 11, 23–29.

[17] 244 Cfr. Flp. 2, 5–11.

[18] 245 Cfr. por ej. Is. 45, 14–25; 60–62; Hech. 2, 1–13.

[19] 246 Cfr. por ej. Ap. 4–5; 21–22.

[20] 247 Alusión a la efusion del Espíritu Santo. Cfr. Ju. 20, 19–23; Hech. 2, 1–13.

12/4/2015 Evangelio según San Juan 20,19-31.

Segundo Domingo de Pascua o de la Divina Misericordia
Santo(s) del día : San José Moscati
Lecturas

Este segundo domingo de Resurrección esta incluido en el volumen 10 del Poema del Hombre Dios, los capítulos 627, 628 y 629 corresponden al Evangelio de este domingo. Para quien quiera saber los hechos relatados por Maria Valtorta, entre el domingo de la Resurrección y la aparición a los apóstoles con Tomás, a continuación detallo los capítulos y las apariciones de Jesús resucitado

Capitulo Aparición
621. Aparición a Lázaro
622. Aparición a Juana de Cusa
623. Aparición a José de Arimatea, a Nicodemo y a Manahén
624. Aparición a los pastores (testigos del nacimiento de Jesús)
625. Aparición a los discípulos de Emaús
626. Llegada de los paganos y alusiones a otras apariciones
627. Aparición a los apóstoles en el Cenáculo
628. El regreso de Tomás y su incredulidad
629. Aparición a los apóstoles, esta vez con Tomás. Jesús habla sobre el sacerdocio y los futuros sacerdotes

Glorificación de Jesús y María

627. Aparición a los apóstoles[1]249 en el Cenáculo.

6 de abril de 1945.

resurreccion 161       Están recogidos en el Cenáculo. Debe haber anochecido ya hace un buen rato, porque no se oye ningún ruido de la calle ni de la casa. Creo que incluso todos los que antes habían venido ya se han retirado, o a sus propias casas o a dormir, cansados por tantas emociones.

Los diez, sin embargo, comidos unos pescados –quedan algunos todavía, en una bandeja que está encima de un aparador–, conversan a la luz de una sola llama de la lámpara, la más cercana a la mesa. Están todavía sentados alrededor de ésta. Su conversación es entrecortada. Está hecha casi de monólogos, porque parece como si cada uno, más que con su compañero, hablara consigo mismo, mientras los otros le dejan hablar, a lo mejor hablando a su vez de algo completamente distinto. Pero estos temas inconexos, que me parecen como radios de una rueda desvencijada, se siente que pertenecen a un único tema en torno al cual se centran, aunque estén tan desparpajados: Jesús.

2 -«Mi temor es que Lázaro haya oído mal, y que las mujeres hubieran oído mejor que El…» dice Judas de Alfeo.

-«¿A qué hora ha dicho la romana que le había visto?» pregunta Mateo. Ninguno le responde.

-«Mañana voy a Cafarnaúm» dice Andrés.

-«¡Qué maravilla! ¡Hacer que salga precisamente en ese momento la litera de Claudia!»

dice Bartolomé.

-«Hemos hecho mal, Pedro, marchándonos inmediatamente esta mañana… Si nos hubiéramos quedado, le habríamos visto, como la Magdalena» suspira Juan.

-«No comprendo cómo ha podido estar en Emaús y en el palacio al mismo tiempo. Y cómo aquí, con su Madre, y con la Magdalena y con Juana, contemporáneamente» dice, hablando para sí, Santiago de Zebedeo.

-«No vendrá. No he llorado lo suficiente como para merecerlo… Tiene razón. Yo digo que me hace esperar tres días por mis tres negaciones. ¿Cómo pude, cómo pude hacer eso?».

-«¡Qué transfigurado estaba Lázaro! Os digo que parecía un Sol. Yo creo que le ha sucedido como a Moisés[2]250 después de haber visto a Dios. ¡Y –¿verdad, vosotros que estabais allí?– inmediatamente después de haber ofrecido su vida!» dice el Zelote. Ninguno le escucha.

3       Santiago de Alfeo se vuelve hacia Juan y dice:

-«¿Cómo dijo a los de Emaús? Me parece que nos ha disculpado, ¿no es verdad? ¿No dijo que todo ha sucedido por nuestro error de israelitas en el modo de entender su Reino?».

Juan no le presta atención; se vuelve hacia Felipe, mira a éste y dice… al aire, porque no habla a Felipe:

-«A mí me basta con saber que ha resucitado. Y… y también que mi amor sea cada vez más fuerte. Ha ido en proporción, ¿no?, si os fijáis, al amor que hemos tenido: la Madre, María Magdalena, los niños, mi madre y la tuya, y luego Lázaro y Marta… ¿Cuándo a Marta? Yo digo que cuando entonó el salmo davídico[3]251: “El Señor es mi pastor, nada me faltará. Me ha puesto en lugar de abundantes pastos, me ha conducido a aguas de reposo. Ha llamado hacia sí al alma mía…”. ¿Te acuerdas cómo nos hizo estremecernos con ese inesperado canto? Y esas palabras se conectan con lo que ha dicho: “Ha llamado hacia sí al alma mía”. Efectivamente, Marta parece haber encontrado de nuevo su camino… Antes estaba como desconcertada, ¡ella, la fuerte! Quizás en la propia llamada le ha dicho el lugar a donde quiere que vaya; es más, esto es seguro porque si la ha citado ella debe saber dónde será. ¿Qué habrá querido decir con “desposorio cumplido”?».

Felipe, que le ha mirado un momento y luego le ha dejado monologar, gime:

-«No voy a saber qué decirle si viene… Huí… y siento que huiré. Antes por miedo a los hombres, ahora por miedo a El».

-«Dicen todos que es hermosísimo. ¿Pero es que puede ser más hermoso que lo que ya lo era?» se pregunta Bartolomé.

-«Yo le diré: “Me perdonaste sin decirme palabra alguna cuando era publicano[4]252. Perdóname ahora con tu silencio, porque mi vileza no merece tu palabra”» dice Mateo.

-«Longino dice que ha pensado: “¿Debo pedirle quedar curado o creer?”. Pero su corazón ha dicho: “Creer”, y entonces la Voz ha dicho: “Ven a mí”, y él ha sentido la voluntad de creer y la curación al mismo tiempo. Me lo ha dicho justo así» afirma Judas de Alfeo.

-«Yo no dejo de pensar en Lázaro, premiado inmediatamente después de su ofrecimiento… Yo también lo he dicho: “Mi vida por tu gloria”. Pero no ha venido» suspira el Zelote.

4 -«¿Qué opinas, Simón? Tú, que eres culto, dime: ¿qué debo decirle para que comprenda que le quiero y que le pido perdón? ¿Y tú, Juan? Tú has hablado mucho con la Madre. Ayúdame. ¡No es piadoso dejar solo al pobre Pedro!».

Juan se mueve a compasión hacia su descorazonado compañero y dice:

-«Pues… pues yo le diría simplemente: “Te quiero”. En el amor está incluído también el deseo de perdón y el arrepentimiento. Pero… no sé. ¿Simón, tú qué crees?».

Y el Zelote:

-«Yo diría lo que era el grito de los milagros: “¡Jesús, ten piedad de mí!”. Diría: “Jesús”. Es suficiente. ¡Porque es, con creces, más que el Hijo de David!».

-«Es precisamente eso lo que pienso y lo que me hace temblar. ¡Oh, esconderé la cabeza!… Esta mañana también tenía miedo de verle y…».

-«…y luego has sido el primero en entrar. No, no tengas ese miedo. Parece como si no le conocieras», le anima Juan.

5       La habitación se ilumina vivamente, como a causa de un relámpago deslumbrador. Los apóstoles, temiendo que sea un rayo, se tapan la cara. Pero al no oír ruido alzan la cabeza.

Jesús está en medio de la habitación, junto a la mesa. Abre los brazos diciendo:

-«La paz sea con vosotros».

Ninguno responde. Quién más pálido, quién más rojo, todos le miran fijamente, con miedo y embarazo; hechizados y, al mismo tiempo, deseosos de huir.

Jesús da un paso hacia delante, incrementando su sonrisa.

-«¡No temáis! Soy Yo. ¿Por qué tan turbados? ¿No queríais verme? ¿No había encargado que os dijeran que iba a venir? ¿No os lo había dicho ya en la noche pascual?».

Ninguno se atreve a abrir la boca. Pedro ya llora, y Juan sonríe, mientras que los dos primos, con los ojos brillantes y un movimiento de palabra en los labios silenciosos, parecen dos estatuas que representen el deseo.

-«¿Por qué en vuestros corazones pugnan tanto la duda y la fe, el amor y el temor? ¿Por qué todavía queréis ser carne y no espíritu, y no queréis sólo con el espíritu ver, comprender, juzgar y obrar? ¿En la llamarada del dolor no se ha consumido todo el viejo yo, y no ha surgido el nuevo yo de una vida nueva? 6 Soy Jesús. Vuestro Jesús, resucitado, como El había dicho. Mirad. Tú que viste las heridas y vosotros que ignoráis mi tortura. Porque lo que sabéis es muy distinto del exacto conocimiento que tiene Juan. Ven, tú el primero. Estás ya enteramente limpio. Tan limpio que puedes tocarme sin temor. El amor, la obediencia, la fidelidad ya te habían purificado. Mi Sangre, la Sangre que te asperjó por entero cuando me bajaste del patíbulo, acabó de purificarte.

Mira. Son manos verdaderas, y verdaderas heridas. Observa mis pies. ¿Ves como es la señal del clavo? Sí, soy Yo verdaderamente, no un fantasma. Tocadme. Los espectros no tienen cuerpo. Yo tengo verdadera carne en un verdadero esqueleto».

Pone la Mano encima de la cabeza de Juan, que se ha atrevido a acercarse a El:

-«¿Sientes? Está caliente y pesa». Espira su aliento en su rostro:

-«Y esto es respiro».

-«¡Oh, mi Señor!», Juan susurra suavemente.

-«Sí. Vuestro Señor. Juan, no llores de temor y de deseo. Ven a mí. Sigo siendo el que te quiere. Vamos a sentarnos, como siempre, a la mesa. ¿Os queda algo de comer? Pasádmelo, pues».

Andrés y Mateo, con movimientos propios de sonámbulo, toman de los aparadores el pan y el pescado y una bandeja con un panal apenas mordido en un ángulo.

Jesús ofrece el alimento y come, y da a cada uno un poco de lo que come. Y los mira. Con mucha bondad. Pero también con tanta majestuosidad, que ellos se quedan paralizados.

7       El primero que se atreve a hablar es Santiago, hermano de Juan:

-«¿Por qué nos miras así?».

-«Porque quiero conoceros».

-«¿No nos conoces todavía?».

-«Como vosotros no me conocéis a mí. Si me conocierais, sabríais quién soy y cómo os quiero, y encontraríais las palabras para expresarme vuestro tormento. Vosotros calláis. Como frente a un extraño poderoso de quien tenéis miedo. Hace poco hablabais… Hace ya casi cuatro días que habláis con vosotros mismos diciendo: “Le diré esto…”, diciendo a mi Espíritu: “Vuelve, Señor; que yo te pueda decir esto”. Ahora he venido, ¿y calláis? ¿Tan cambiado estoy, que ya no os parezco Yo? ¿O tan cambiados estáis, que ya no me queréis?».

Juan, que está sentado al lado de su Jesús, reacciona con su gesto habitual de apoyarle la cabeza sobre el pecho, mientras susurra:

-«Yo te quiero, mi Dios», pero se inmoviliza y, por respeto al resplandeciente Hijo de Dios, se prohíbe a sí mismo esta concesión. Porque Jesús parece emanar luz, a pesar de tener una carne como la nuestra.

Pero Jesús le acerca a su Corazón, y entonces Juan da rienda suelta a su feliz llanto, y ello es la señal para el llanto de todos.

8       Pedro que está dos sitios más allá de Juan, cae al suelo entre la mesa y el asiento y llora gritando:

-«¡Perdón, perdón! Sácame de este infierno en que estoy desde hace tantas horas. Dime que has visto la verdadera realidad de mi error: no del espíritu, sino de la carne, que se impuso a mi corazón. Dime que has visto mi arrepentimiento… que durará hasta la muerte. Pero Tú… dime que, como Jesús, no debo temerte… y yo, y yo… yo trataré de vivir de tal manera que consiga también el perdón de Dios… y morir… sólo teniendo un gran purgatorio que cumplir».

-«Ven aquí, Simón de Jonás».

-«Tengo miedo».

-«Ven aquí. No sigas siendo cobarde».

-«No merezco acercarme a tí».

-«Ven aquí. ¿Qué te ha dicho la Madre? “Si no le miras en este sudario, no tendrás valor de mirarle nunca más”. ¡Oh, hombre corto para entender! ¿Ese Rostro no te dijo con su mirada dolorosa que te comprendía y te perdonaba? Pues ese trozo de lino lo he dado para consuelo, para guía, para absolución, para bendición… ¿Pero qué ha hecho en vosotros Satanás, que os ha cegado tanto? Ahora Yo te digo: si no me miras ahora, que sobre mi gloria tengo todavía extendido un velo para adecuarme a vuestra debilidad, no podrás nunca jamás venir sin miedo a tu Señor. ¿Y qué te sucederá entonces? Por presunción pecaste. ¿Quieres ahora volver a pecar por obstinación? Ven, te digo».

Pedro va arrastrándose de rodillas, entre la mesa y los asientos, cubriendo con sus manos el rostro bañado en lágrimas. Jesús, poniéndole la Mano sobre la cabeza, le para cuando está a sus pies. Pedro, con un llanto aún más fuerte, toma esa Mano y la besa en medio de verdaderos sollozos sin freno. No sabe decir sino:

-«¡Perdón! ¡Perdón!».

Jesús se libera del apretujón y, haciendo palanca con su mano bajo el mentón del apóstol, obliga a Pedro a alzar la cabeza y le mira fijamente a los ojos, enrojecidos, acongojados por el arrepentimiento, con sus fúlgidos Ojos serenos. Parece querer perforarle el alma. Luego dice:

-«Vamos, cancela en mí el oprobio de Judas. Bésame donde él besó. Lava con tu beso la señal de la traición».

Pedro alza la cabeza –simultáneamente, Jesús se inclina más– roza la mejilla… luego reclina la cabeza en las rodillas de Jesús y permanece así… como un niño, anciano de edad, que ha hecho algo malo pero que es perdonado.

9       Los otros, ahora que ven la bondad de su Jesús, encuentran de nuevo un poco de coraje, y, como pueden, se acercan.

Primero, los primos… Quisieran decir muchas cosas, pero no logran decir nada; Jesús los acaricia y les infunde ánimo con su sonrisa. Se acercan Mateo y Andrés. Mateo dice:

-«Como en Cafarnaúm…» ,

y Andrés:

-«Yo, yo… yo te quiero».

Se acerca Bartolomé, gimiendo:

-«No he sido sabio, sino necio. Este es sabio»

y señala al Zelote, a quien ya Jesús está sonriendo. Santiago de Zebedeo se acerca y susurra a Juan:

-«Díselo tú…». Jesús se vuelve y dice:

-«Llevas cuatro noches diciéndolo y Yo cuatro noches llevo compadeciéndome de tí».

El último en acercarse es Felipe, encorvado todo. Pero Jesús le fuerza a levantar la cabeza y le dice:

-«Para predicar a Cristo es necesario más valor».

10     Ahora están todos alrededor de Jesús. Poco a poco van cobrando nueva confianza. Hallan de nuevo aquello que habían perdido o que temían haber perdido para siempre. Surge de nuevo la confianza, la tranquilidad, y, a pesar de que Jesús aparezca tan majestuoso que infunda un nuevo respeto en sus apóstoles, ellos encuentran por fin el valor para hablar.

Es Santiago, el primo de Jesús, el que suspira:

-«¿Por qué nos has hecho esto, Señor. Sabías que no somos nada y que todo viene de Dios. ¿Por qué no nos has dado la fuerza de estar a tu lado?».

Jesús le mira y sonríe.

-«Ya todo se ha verificado. Y nada más debes padecer. Pero no me pidas otra vez esta obediencia. He envejecido un lustro por cada hora que pasaba, y tus sufrimientos, que el amor e igualmente Satanás aumentaban en mi imaginación en cinco veces respecto a lo que ya de por sí eran, han consumido verdaderamente todas mis fuerzas. Sólo me ha quedado fuerza para seguir obedeciendo, sujetando –como uno que se estuviera ahogando y tuviera las manos rotas– mi fuerza con la voluntad, como con dientes hincados en una tabla, para no perecer… ¡Oh, no pidas esto otra vez a tu leproso!».

Jesús mira a Simón el Zelote y sonríe.

-«Señor, Tú sabes lo que quería mi corazón. Pero luego me ha faltado el ánimo… como si me lo hubieran arrancado los canallas que te apresaron… y lo que me quedó fue un agujero por el que se escapaban todos mis pensamientos anteriores. ¿Por qué has permitido esto, Señor?»

pregunta Andrés.

-«Yo… ¿Tú dices el corazón? Yo digo que era como uno que hubiera perdido la razón. Como quien ha recibido un golpe de clava en la nuca. Cuando, ya de noche, me encontré en Jericó… ¡Oh! ¡Dios! ¡Dios!… ¿Pero es que puede un hombre perecer así? Yo creo que así es la posesión. ¡Ahora comprendo qué es esta tremenda cosa!…».

Felipe abre todavía desmesuradamente sus ojos ante el recuerdo de lo que ha sufrido.

-«Tiene razón Felipe. Yo miraba para atrás. Viejo soy y no pobre en conocimientos. Y dejé de saber todo lo que había sabido hasta ese momento. 11 Miraba a Lázaro, tan acongojado pero tan seguro, y me decía: “¿Cómo es posible que él sepa encontrar todavía una razón y yo nada?”»

dice Bartolomé.

-«Yo también miraba a Lázaro. Y, dado que acabo de saber lo que Tú nos has explicado, no pensaba en el saber, sino que decía: “¡Si al menos en el corazón fuera como él!”; y, sin embargo, yo sólo tenía dolor, dolor, dolor. Lázaro tenía dolor y paz… ¿Por qué a él tanta paz?».

Jesús mira por turno, primero a Felipe, luego a Bartolomé, luego a Santiago de Zebedeo. Sonríe y calla. Judas dice:

-«Yo tenía la esperanza de ver lo que, sin duda, Lázaro veía. Por eso estaba siempre cerca de él… ¡Su rostro!… Un espejo. Un poco antes del terremoto del Viernes, Lázaro tenía el aspecto de uno que muriera triturado. Luego, de repente, dentro de su dolor, apareció majestuoso. ¿Recordáis cuando dijo: “El deber cumplido da paz”? Todos creímos que fuera solamente un reproche a nosotros, o una aprobación de sí mismo. Ahora pienso que lo decía por tí. Lázaro era un faro en nuestras tinieblas. ¡Cuánto le has dado, Señor!».

Jesús sonríe y calla.

-«Sí. La vida. Y quizás con ella le has dado un alma diferente. Porque, en fin, ¿en qué es distinto de nosotros? Y, de todas formas, no es ya un hombre, es algo más que un hombre. Y, por lo que era en el pasado, hubiera debido ser menos perfecto de espíritu aún que nosotros. Pero él se ha hecho, y nosotros… Señor, mi amor ha estado vacío como ciertas espigas. Sólo he dado cascabillo»

dice Andrés. Y Mateo:

-«Yo no puedo pedir nada. Porque ya mucho recibí con mi conversión. Pero, sí, yo también hubiera deseado tener lo que ha recibido Lázaro: un alma dada por tí. Porque yo también pienso como Andrés…» .

-«También Magdalena y Marta han sido faros. Será la raza. Vosotros no las habéis visto. Una era piedad y silencio. ¡La otra! ¡Oh, si hemos sido todos como un haz en torno a la Bendita, ha sido porque María de Magdala nos ha envuelto con las llamas de su valiente amor! Sí. He dicho: la raza. Pero debo decir: el amor. Nos han superado en el amor. Por eso han sido lo que han sido»

dice Juan. Jesús sigue sonriendo y callando.

-«Bueno, pero han recibido un gran premio…».

-«A ellos te apareciste».

-«A los tres».

-«A María inmediatamente después de haberte aparecido a tu Madre…».

Es claro en los apóstoles la añoranza por estas apariciones de privilegio.

-«María sabe ya desde hace muchas horas que has resucitado. Nosotros sólo ahora podemos verte…».

-«Ellas ya sin dudas. Nosotros, sin embargo… sólo ahora sentimos que nada ha terminado. ¿Por qué a ellas, Señor, si todavía nos amas y no nos repudias?»

Pregunta Judas de Alfeo.

-«Sí. ¿Por qué a las mujeres y especialmente a María? Incluso le has tocado en la frente, y ella dice que le parece llevar una corona eterna. Y a nosotros, tus apóstoles, nada…».

12     Jesús ya no sonríe. Su Rostro no está turbado, pero cesa su sonrisa. Mira serio a Pedro –que es el último que ha hablado, y que ha ido recuperando el valor a medida que se le iba pasando el miedo– y dice:

-«Tenía doce apóstoles. Los quería con todo mi Corazón. Yo los había elegido y, como una madre, había cuidado de su desarrollo en mi Vida. No tenía secretos para ellos. Todo lo decía, todo lo explicaba, todo lo perdonaba. Lo que era humano, los descuidos, las tozudeces… todo. Y tenía discípulos, pobres y ricos. Tenía conmigo a mujeres de oscuro pasado o de débil constitución. Pero los predilectos eran los apóstoles. Llegó mi hora. Uno me traicionó y me entregó a los verdugos. Tres se durmieron mientras Yo sudaba sangre. Todos, menos dos, huyeron por cobardía. Uno, por miedo, a pesar de tener el ejemplo del otro, joven y fiel, renegó de mí. Y, por si no fuera suficiente, entre los doce ha habido un suicida desesperado y uno que ha dudado tanto de mi perdón, que sólo a duras penas y gracias a palabras maternas ha creído en la misericordia de Dios. De manera que, si hubiera mirado a esta grey mía, si la hubiera mirado con ojos humanos, habría debido decir: “Menos Juan, fiel por amor, y Simón, fiel a la obediencia, ya no tengo apóstoles”. Esto es lo que habría debido decir mientras sufría en el recinto del Templo, en el Pretorio, por las calles, en la Cruz.

13 Tenía conmigo a mujeres… Y una, la más culpable en el pasado, ha sido, como Juan ha dicho, la llama que ha soldado las fibras rotas de los corazones. Esa mujer es María de Magdala. Tú has renegado de mí y has huido, ella ha desafiado a la muerte por estar a mi lado; insultada, ha destapado su cara, dispuesta a recibir esputos y golpes, pensando en asemejarse así más a su Rey crucificado; vejada en el fondo de los corazones por su tenaz fe en mi Resurrección, ha sabido seguir creyendo; llena de congoja, ha actuado; esta mañana, desolada, ha dicho: “De todo me despojo, pero dadme a mi Maestro”. ¿Puedes atreverte todavía a hacer la pregunta de por qué a ella?

Tenía discípulos pobres: unos pastores. Poco he estado con ellos, y, sin embargo, ¡cómo han sabido confesarme con su fidelidad!

Tenía discípulas medrosas, como todas las mujeres hebreas. Y, sin embargo, han sabido dejar la casa y meterse entre la marea de un pueblo que blasfemaba contra mí, para ofrecerme el auxilio que mis apóstoles me habían negado.

Tenía a paganas que admiraban al “filósofo”. Para ellas era eso. Pero han sabido acomodarse a usos hebreos, ellas, las poderosas romanas, para decirme, en la hora del abandono de un mundo de ingratos: “Nosotras somos para ti amigas”.

14 Tenía la cara cubierta de esputos y sangre; lágrimas y sudor goteaban sobre las heridas; inmundicias y polvo me creaban costras. ¿De quién fue la mano que me limpió? ¿Fue la tuya? ¿O la tuya? ¿O la tuya? Ninguna de vuestras manos. Este estaba al lado de la Madre. Este reunía a las ovejas desperdigadas: vosotros. Y si mis ovejas estaban desperdigadas ¿cómo podían socorrerme? Tú escondías tu cara por miedo al desprecio del mundo mientras el desprecio de todos cubría a tu Maestro, a El que era inocente.

Tenía sed. Sí. Has de saber también esto. Me moría de sed. No tenía ya sino fiebre y dolor. Ya la sangre había brotado en el Getsemaní, extraída por el dolor de la traición, del abandono, de la abjuración, de los golpes que se abatían sobre mí; por verme sumergido bajo las culpas infinitas y bajo el rigor de Dios… Y había brotado en el Pretorio… ¿Quién quiso darme una gota para mi garganta reseca? ¿Una mano de Israel? No. La piedad de un pagano. La misma mano que, por decreto eterno, me abrió el pecho para mostrar que el Corazón tenía ya una herida mortal: la que habían hecho en él el desamor, la cobardía, la traición. Un pagano. Os recuerdo: “Tuve sed y me diste de beber”. Ninguno que me aliviara en todo Israel. O por imposibilidad de hacerlo, como mi Madre y las mujeres fieles, o por culpable voluntad de no hacerlo. Y un pagano encontró para el Desconocido esa piedad que mi pueblo me había negado. Encontrará en el Cielo ese sorbo que me dió.

En verdad os digo que, si bien rechacé todo consuelo –porque cuando se es Víctima no hay que mitigar el destino–, no quise rechazar al pagano. En lo que me ofreció sentí la miel de todo el amor que los Gentiles me darán como compensación de la amargura que me dió Israel. No me calmó la sed, pero sí el desconsuelo. Por esto acepté ese sorbo ignorado, para atraer hacia mí al que ya se inclinaba hacia el Bien. ¡Que el Padre le bendiga por su piedad!

15 ¿Ya no decís nada? ¿Por qué no preguntáis todavía por qué he actuado así? ¿No os atrevéis a preguntarlo? Yo os lo diré. Os voy a manifestar todo lo relativo a los porqués de esta hora.

¿Quiénes sois vosotros? Mis continuadores. Sí. Lo sois a pesar de vuestro extravío.

¿Qué debéis hacer? Convertir al mundo para Cristo. ¡Convertir! Es la cosa más delicada y difícil, amigos míos. El desdén, la repulsa, el orgullo, el celo exagerado son deletéreos para ello. Pero, dado que nada ni nadie os habría convencido en orden a la bondad, a la condescendencia, a la caridad, hacia los que están en las tinieblas, ha sido necesario –¿comprendéis?–, necesario ha sido el que de una vez para siempre vierais quebrantado vuestro orgullo de hebreos, de varones, de apóstoles, para dar cabida solamente a la verdadera sabiduría de vuestro ministerio; a la mansedumbre, paciencia, piedad, amor sin altanería ni repulsas. Ya veis que todos aquellos a quienes mirabais o con desprecio o con orgullosa compasión os han superado en el creer y en el obrar. Todos. La pecadora del pasado. Lázaro, impregnado de cultura profana, el primero que en mi Nombre ha perdonado y guiado. Las mujeres paganas. La débil mujer de Cusa. ¿Débil? ¡Verdaderamente os supera a todos! Primera mártir de mi fe. Los soldados de Roma. Los pastores. El herodiano Manahén. Y hasta Gamaliel, el rabí. No te estremezcas, Juan. ¿Tú crees que mi Espíritu estaba en las tinieblas? Todos. Para que en el futuro, recordando vuestro error, no cerréis el corazón a quien se acerque a la Cruz.

Os digo esto, aunque sé que, a pesar de decirlo, no lo haréis sino cuando la Fuerza del Señor253[5] os pliegue como débiles tallos a mi Voluntad, que es tener cristianos de toda la Tierra. He vencido a la Muerte, pero la Muerte es menos dura que el viejo hebraísmo. De todas formas, os doblegaré.

16 Tú, Pedro, en vez de estar lloroso y abatido, tú que debes ser la Piedra de mi Iglesia[6]254, escúlpete estas amargas verdades en el corazón. La mirra se usa para preservar de la corrupción. Úntate bien de mirra, pues. Y cuando sientas deseos de cerrar el corazón y la Iglesia a uno de otra fe, recuerda que no Israel, no Israel, no Israel, sino Roma, me defendió y quiso tener piedad. Recuerda que no tú, sino una pecadora, supo estar al pie de la Cruz y mereció verme antes. Y, para no merecer reproche, sé imitador de tu Dios. Abre el corazón y la Iglesia diciendo: “Yo, el pobre Pedro, no puedo despreciar, porque si desprecio seré despreciado por Dios, y mi error revivirá ante sus ojos”. ¡Ah, si no te hubiera quebrantado así! Habrías venido a ser no pastor, sino lobo».

17 Jesús se levanta. Majestuosísimo.

-«Hijos míos, os hablaré otras veces durante el tiempo que estaré con vosotros. Entretanto, os absuelvo y perdono[7]255. Después de la prueba, de esta prueba que, aun habiendo sido humillante y cruel, ha sido también saludable y necesaria, descienda sobre vosotros la paz del perdón. Y, con ella en el corazón, volved a ser mis amigos fieles y fuertes. El Padre me ha enviado al mundo. Yo os envío a vosotros al mundo para que continuéis mi evangelización. Miserias de todo tipo se acercarán a vosotros pidiendo confortación. Sed buenos, pensando en vuestra miseria de cuando os quedasteis sin vuestro Jesús. Tened luz en vosotros. En las tinieblas no es posible ver. Estad limpios para comunicar limpieza. Sed amor para amar. Luego vendrá Aquel que es Luz, Purificación y Amor[8]256. Pero, entretanto, para prepararos a este ministerio, os comunico el Espíritu Santo. A quien perdonéis los pecados les serán perdonados, a quien se los retengáis les serán retenidos. Que vuestra experiencia os haga justos para juzgar. Que el Espíritu Santo os haga santos para santificar. Que el sincero deseo de superar vuestra deficiencia os haga heroicos para la vida que os espera. Lo que todavía queda por deciros os lo diré cuando venga el ausente[9]257. Orad por él. Quedaos con mi paz y sin angustia de dudas respecto a mi amor».

Jesús desaparece de la misma forma que había entrado. Deja entre Juan y Pedro un lugar vacío. Desaparece en medio de un resplandor que de tan intenso hace cerrar los ojos. Y,  cuando los ojos deslumbrados vuelven a abrirse, sólo encuentran que la paz de Jesús se ha quedado ahí, llama que quema y cura y que consume las amarguras del pasado en un único deseo: servir.

628. El regreso de Tomás[10]258 y su incredulidad.

7 de abril de 1945.

1       Los diez están en el patio de la casa del Cenáculo. Hablan entre sí y luego oran, y después siguen hablando. Dice Simón Zelote:

-«Estoy verdaderamente afligido por la desaparición de Tomás. No sé ya dónde buscarle».

-«Yo tampoco» dice Juan.

-«Con sus familiares no está. Y nadie le ha visto. ¿Y si le hubieran capturado?».

-«Si así fuera, el Maestro no habría dicho: “Diré lo demás cuando esté el ausente”».

-«Es verdad. Yo, de todas formas, quiero ir todavía a Betania. Quizás está por aquellas montañas sin atreverse a mostrarse».

-«Ve, ve, Simón. Tú nos has reunido a todos y… reuniéndonos, nos has salvado, porque nos has llevado donde Lázaro. ¿Habéis oído qué palabras ha dicho el Señor respecto a Lázaro? Ha dicho: “el primero que en mi Nombre ha perdonado y guiado”. ¿Por qué no le pone en el lugar del Iscariote?» pregunta Mateo.

-«Porque no querrá dar al perfecto amigo el lugar del traidor» responde Felipe.

2 -«He oído hace poco, cuando he estado dando una vuelta por los mercados y he hablado con vendedores de pescado, que… sí, de ellos me puedo fiar, que los del Templo no saben qué hacer con el cuerpo de Judas. No sé quién habrá sido… pero esta mañana, al alba, los guardianes del Templo han encontrado dentro del sagrado recinto su cuerpo putrefacto, todavía con la soga en el cuello. Yo creo que habrán sido paganos los que le hayan descolgado y le hayan echado allá… ¡a saber cómo!»

dice Pedro.

-«Sin embargo, a mí ayer tarde, en la fuente, me dijeron –más exactamente, oí decir–que, ya desde el atardecer de ayer, han lanzado con hondas entrañas del traidor hasta incluso contra la casa de Anás. Sin duda, paganos. Porque ningún hebreo habría tocado, después de más de cinco días, ese cuerpo. ¡Bien podrido que estaría!»

Dice Santiago de Alfeo.

-«¡Algo horrible, ya desde el sábado!». Juan, al recordarlo, palidece.

-«¿Pero cómo es que terminó en ese lugar? ¿Era suyo?».

-«¿Quién ha sabido algo alguna vez con exactitud de boca de Judas de Keriot! ¿Os acordáis de lo cerrado que era, y complicado y…?».

-«Puedes decir “embustero”, Bartolomé. Nunca era sincero. Durante tres años estuvo con nosotros, y nosotros, que todo lo teníamos en común, ante él estábamos como ante la alta muralla de una fortaleza».

-«¿De una fortaleza? ¡Simón! ¡Dí de un laberinto!» exclama Judas de Alfeo.

-«¡Oye, un momento! ¡No hablemos de él! Me da la impresión de estar llamándole y que vaya a venir a crearnos fastidio. Yo quisiera borrar su recuerdo de mí y de todos los corazones, sean hebreos o gentiles; si son hebreos, para no sentir la vergüenza de que nuestra raza haya generado a este monstruo; si son gentiles, para que entre ellos no haya quien un día pueda decirnos: “Fue uno de Israel su traidor”. 3 Yo soy un muchacho, y no debería hablar ante vosotros antes. Yo soy el último, y tú, Pedro, eres el primero[11]259. Y aquí están el Zelote y Bartolomé, instruídos, y están los hermanos del Señor. Pero, mirad, yo quisiera poner pronto a uno en el duodécimo puesto, uno que fuera santo, porque mientras vea ese puesto vacío en nuestro grupo, veré la boca del infierno con sus hedores en medio de nosotros. Y tengo miedo de que nos extravíe…».

-«¡No, hombre, Juan! Te has quedado impresionado por la fealdad de su delito y de su cuerpo colgado…».

-«No, no. También la Madre dijo: “He visto a Satanás viendo a Judas de Keriot”. ¡Oh, démonos prisa en buscar a un santo al que poner en ese lugar!».

-«Oye, yo no elijo a nadie. Si El, que era Dios, ha elegido a un Iscariote, ¿qué eligirá el pobre Pedro?».

-«Pues, a pesar de todo, si que tendrás que…».

-«No, amigo. Yo no elijo nada. Se lo pediré al Señor. ¡Basta ya de pecados cometidos por Pedro!».

4 -«Muchas cosas debemos pedir. La otra noche nos hemos quedado como alelados. Pero debemos buscar instrucción. Porque… ¿Cómo nos las arreglaremos para comprender si una cosa es realmente pecado, o si no lo es? Ya ves cómo el Señor habla sobre los paganos de forma distinta de como hablamos nosotros. Ya ves cómo disculpa más una cobardía o el hecho de renegar, que la duda sobre su posible perdón… ¡Oh, yo tengo miedo de actuar equivocadamente» dice, desconsolado, Santiago de Alfeo.

-«Verdaderamente nos ha hablado mucho, y tengo la impresión de no saber nada. Desde hace una semana estoy entontecido» confiesa, desconsolado, el otro Santiago.

-«Yo también».

-«Y yo».

-«También yo».

Están todos en las mismas condiciones. Atónitos, se miran unos a otros y recurren a la consabida solución:

-«Vamos donde Lázaro» dicen.

-«Quizás allí encontramos al Señor. Y… Lázaro nos ayudará».

5       Llaman al portón. Guardan todos silencio y escuchan. Todos emiten una exclamación de estupor al ver entrar en el vestíbulo a Elías[12]260 junto con Tomás (un Tomás tan enajenado, que no parece él). Sus compañeros se arremolinan en torno a él con gritos de júbilo:

-«¿Sabes que ha resucitado y ha venido? ¡Y te espera a tí para volver!».

-«Sí. Me lo ha dicho también Elías. Pero yo no lo creo. Yo creo en lo que veo. Y veo que para nosotros todo ha terminado. Veo que estamos desperdigados. Veo que no existe ni siquiera un sepulcro conocido donde llorarle. Veo que el Sanedrín quiere deshacerse de su cómplice –cuya sepultura decreta, como si se tratara de un animal inmundo, al pie del olivo donde se ha ahorcado– y de los seguidores del Nazareno. A mí me echaron el alto el viernes, en las puertas, y me dijeron: “¿También tú eras uno de lo suyos? Ya está muerto. Vuelve a tu oficio de batihoja”. Y he huido…».

-«Pero ¿a dónde? ¡Te hemos buscado por todas partes!».

-«¿A dónde? Fui hacia la casa de mi hermana, a Rama; pero luego, para no sufrir el reproche de una mujer, no me atreví a entrar. Así que dí en vagar por las montañas de Judea y ayer terminé en Belén, en su gruta. ¡Cuánto lloré!… Me quedé dormido entre los cascotes, y allí me encontró Elías, que no sé por qué había ido allí».

-«¿Por qué? Pues porque en las horas de alegría o de dolor demasiado grandes, se va a donde más se siente a Dios. Yo muchas veces en estos años había ido allí de noche, como un ladrón, para sentirme acariciar el alma por el recuerdo de su vagido. Y luego me alejaba de allí con los primeros rayos del Sol, para no ser apedreado; pero ya estaba consolado. Esta vez he ido allí para decirle a ese lugar: “Me siento feliz”, y para recoger de él todo lo que podía. Hemos decidido hacerlo así. Nosotros queremos predicar su Fe. Y para ello nos darán fuerza un trozo de esas paredes, un puñado de esa tierra, una astilla de aquellos postes. No somos santos como para atrevernos a tomar la tierra del Calvario…» .

-«Tienes razón, Elías. También tendremos que hacerlo nosotros, y lo haremos. Pero… ¿Tomás?…».

-«Tomás dormía y lloraba. Le dije: “Despiértate y no llores más. Ha resucitado”. No quería creerme. Pero insistí tanto, que le convencí. Aquí le tenéis. Ahora está con vosotros y yo me retiro. Voy a reunirme con mis compañeros, que van a Galilea. La paz a vosotros». Elías se marcha.

6 -«Tomás, ha resucitado; yo te lo digo. Ha estado con nosotros. Ha comido. Ha hablado. Nos ha bendecido. Nos ha perdonado. Nos ha dado potestad de perdonar. ¡Oh! ¿Por qué no has venido antes?».

Tomás continúa abatido, no reacciona; menea, testarudo, la cabeza.

-«No creo. Habéis visto un fantasma. Estás todos fuera de quicio; las primeras, las mujeres. Un hombre muerto, por sí solo, no resucita».

-«Un hombre, no; pero El es Dios. ¿No lo crees?».

-«Sí. Creo que es Dios. Pero precisamente porque lo creo pienso y digo que, a pesar de toda su bondad, no puede ser tan bueno como para venir a quienes le han amado tan poco; y digo que, a pesar de toda su humildad, debe estar ya harto de rebajarse en esta mísera carne nuestra. No. Estará, sin duda lo está, triunfante en el Cielo; y, quizás, se aparecerá como espíritu. Digo “quizás”: ¡no merecemos tampoco eso! Pero, ¿resucitado en carne y hueso?… No, no lo creo».

-«¡Pero si le hemos besado, le hemos visto comer, hemos oído su voz, sentido su mano, visto sus heridas!».

-«Nada. Yo no creo. No puedo creer. Debería ver para creer. Si no veo en sus manos  el agujero de los clavos y no meto dentro el dedo, si no toco las heridas de los pies y si no meto la mano en donde la lanza abrió el costado, no creo. No soy ni un niño ni una mujer. Quiero la evidencia. Lo que mi razón no puede aceptar lo rechazo. Y no puedo aceptar estas palabras vuestras».

-«¡Pero Tomás! ¿Te parece que te queramos engañar?».

-«¡No, almas de Dios! Dichosos vosotros, más bien, que sois tan buenos, que queréis llevarme a esa paz que con vuestra ilusión habéis conseguido para vosotros. Pero… yo no creo en su Resurrección».

-«¿No temes que te castigue? Ten en cuenta que oye y ve todo».

-«Pido que me convenza. Yo tengo una razón, y, por tanto, hago uso de ella. El, que es el Dueño de la razón humana, que me enderece la mía si está desviada».

-«Pero El decía que la razón es libre».

-«A mayor razón para que no la haga esclava de una sugestión colectiva. Yo os quiero, y quiero al Señor. Le serviré como pueda, y estaré con vosotros para ayudaros a servirle. Predicaré su doctrina. Pero no puedo creer si no veo».

Y Tomás, testarudo, sólo se presta oídos a sí mismo. Le hablan de todos los que le han visto, y de cómo le han visto. Le aconsejan que hable con la Madre. Pero él menea la cabeza, estando sentado en un asiento de piedra (más piedra él que el asiento). Testarudo como un niño, repite:

-«Creeré si veo…».

Esta es la palabra clave de los desdichados que niegan aquello que, admitiendo que Dios todo lo puede, es tan dulce y santo creer.

629. Aparición a los apóstoles, esta vez con Tomás[13]261. Jesús habla sobre el sacerdocio y los futuros sacerdotes.

9 de agosto de 1944.

resurreccion 17
1      Los apóstoles están recogidos en el Cenáculo. Alrededor de la mesa en que fue celebrada la Pascua. Pero, por respeto, el sitio del centro, el de Jesús, está desocupado. También los apóstoles, faltando quien los polarice y distribuya por voluntad propia y por elección de amor, se han colocado de forma distinta. Pedro está todavía en su sitio. Pero en el sitio de Juan está ahora Judas Tadeo. Luego viene el más anciano de los apóstoles, que no sé todavía quién es[14]262; luego Santiago, hermano de Juan, casi en la esquina de la mesa por la parte derecha, respecto a mí, que miro. Al lado de Santiago, pero en el lado corto de la mesa, está sentado Juan. Y después de Pedro viene Mateo, y después de Mateo Tomás, luego uno cuyo nombre no sé[15]263, luego Andrés, luego Santiago, hermano de Judas Tadeo, y otro cuyo nombre no sé[16]264, en los otros lados. El lado largo que está enfrente de Pedro aparece vacío, pues los apóstoles están más arrimados en los asientos de lo que lo estaban en la Pascua.

Las ventanas están bien trancadas, y también las puertas. La lámpara, de la que están encendidos sólo dos mecheros, esparce luz, tenue, sólo sobre la mesa. El resto de la amplia estancia está en la penumbra.

Juan, a cuyas espaldas hay un aparador, tiene el encargo de pasar a sus compañeros lo que desean de la parca comida (compuesta de pescado, que está en la mesa, pan, miel y pequeños quesos frescos). Y es en el acto de volverse hacia la mesa, para dar a su hermano el queso que le ha pedido, cuando Juan ve al Señor.

2       Jesús se ha aparecido de forma muy curiosa. La pared que está a espaldas de los comensales –una pared continua excepto en el ángulo donde está la pequeña puerta–, en su centro, se ha iluminado, a una altura de un metro del suelo aproximadamente, con una luz tenue y fosforescente, como la que emanan ciertos cuadraditos que son luminosos sólo en la obscuridad de la noche. La luz, de una altura de casi dos metros, tiene forma oval, como si fuera un nicho. En la luminosidad, como si avanzara desde detrás de velos de niebla luminosa, va emergiendo cada vez más netamente Jesús.

No sé si logro explicarme bien. Parece como si su Cuerpo fluyera a través del espesor de la pared, que no se abre, sino que permanece compacta; pero el Cuerpo pasa igual. La luz parece la primera emanación de su Cuerpo, el anuncio de estarse acercando. El Cuerpo, primero, está formado por leves líneas de luz (como veo en el Cielo al Padre y a los ángeles santos): es inmaterial. Luego se va materializando cada vez más, hasta tomar, en todo, el aspecto de un cuerpo real, de su divino Cuerpo glorificado. Mi descripción ha sido larga, pero la aparición de Jesús se ha producido en pocos segundos.

Jesús está vestido de blanco, como cuando resucitó y se apareció a su Madre. Hermosísimo, amoroso, sonriente. Tiene los brazos extendidos a lo largo de los lados del Cuerpo, un poco separados de éste, con las Manos hacia abajo y con la palma vuelta hacia los apóstoles. Las dos Llagas de las Manos parecen dos estrellas de diamantes, de las que salen dos rayos vivísimos. No veo los Pies, pues están cubiertos por la túnica, tampoco veo el Costado. Pero a través de la tela de su vestido no terreno se filtra luz en los lugares en que aquélla oculta las divinas Heridas. Al principio parece que Jesús es sólo Cuerpo de candor lunar; ahora, después de haberse concretado apareciendo fuera del halo de luz, tiene los colores naturales de sus cabellos, ojos y piel: es Jesús, en fin, Jesús–Hombre–Dios; pero, ahora que ha resucitado, ha adquirido mayor solemnidad.

3       Juan le ve cuando El está ya así. Ningún otro se había percatado de la aparición. Juan se pone bruscamente de pie, dejando caer sobre la mesa el plato de los pequeños quesos redondos. Apoyando las manos en el borde de la mesa, se inclina un poco, oblicuamente, hacia ésta, como si un imán le atrayera, y exhala un «¡Oh!» quedo pero intenso.

Los otros, que habían alzado los ojos de sus platos al caer, ruidoso, el plato de los quesos y al ver la repentina reacción de Juan, y que le habían mirado asombrados al ver su postura extática, ahora siguen su mirada. Vuelven la cabeza o se vuelven ellos, según la posición en que se encontraran respecto al Maestro, y ven a Jesús. Se ponen todos en pie, emocionados y dichosos, y se apresuran a ir donde El, que, acentuando su sonrisa se está acercando, caminando ahora sobre el suelo, como todos los mortales.

Jesús, que antes miraba, fijamente, sólo a Juan –y yo creo que Juan se ha vuelto atraído por esa mirada que le acariciaba– mira a todos y dice:

-«Paz a vosotros».

Ahora todos están a su alrededor, quién de rodillas a sus pies (entre éstos, Pedro y Juan –es más, Juan besa un borde de la túnica y se la pone en la cara como buscando su caricia–), quién más atrás, de pie, pero muy inclinado en actitud de reverencia.

Pedro, para llegar antes, ha dado un verdadero brinco por encima del asiento, saltándolo, sin esperar a que Mateo, saliendo antes, dejara libre el sitio (hay que recordar que los asientos servían para dos personas contemporáneamente).

4       El único que se queda un poco lejos, con gesto de embarazo, es Tomás. Se ha arrodillado al lado de la mesa, pero no se atreve a ir más adelante, es más, parece como si intentara esconderse tras la esquina de la mesa.

Jesús, dando a besar sus Manos –con ardor santo y amoroso buscan estas Manos los apóstoles–, pasa su mirada sobre las cabezas agachadas, como buscando al undécimo. Pero desde el primer momento le ha visto (su gesto tiene sólo la finalidad de dar tiempo a Tomás de recobrarse y acercarse).

Viendo que el incrédulo, avergonzado por su falta de fe, no se atreve a hacerlo, le llama:

-«Tomás, ven aquí».

Tomás alza la cabeza, confundido, casi llorando, pero no se atreve a ir. Baja de nuevo la cabeza. Jesús da algunos pasos hacia él y vuelve a decir:

-«Ven aquí, Tomás».

La voz de Jesús es más imperiosa que la primera vez. Tomás se alza, retraído y confuso, y va hacia Jesús.

-«¡Aquí está el que no cree si no ve!»

exclama Jesús. Pero en su voz hay una sonrisa de perdón.

Tomás lo percibe, se decide a mirar a Jesús, y ve que verdaderamente sonríe; entonces gana coraje y se acerca más deprisa.

-«Ven aquí, bien cerca. Mira. Mete un dedo, si no te basta mirar, en las heridas de tu Maestro».

Jesús ha extendido las Manos y luego ha abierto la túnica en la parte del pecho, descubriendo el desgarro del Costado. La luz no pace ya de las Heridas. No surge ya desde que, saliendo de su halo de luz lunar, ha empezado a caminar como un Hombre mortal. Las Heridas se muestran en su cruenta realidad: dos agujeros irregulares, el izquierdo hasta el pulgar, que atraviesan, respectivamente, una muñeca y la base de una palma, y un largo corte, que en el lado superior tiene ligera forma de acento circunflejo, en el Costado.

Tomás tiembla, mira, y no toca. Mueve los labios, pero no logra hablar claramente.

-«Dame tu mano, Tomás»

dice Jesús con mucha dulzura. Y toma con su derecha la mano derecha del apóstol, agarra el índice y lo lleva al desgarrón de su Mano izquierda y lo introduce bien dentro para que sienta que la palma está traspasada, y luego de la Mano lo pasa al Costado. Es más, ahora agarra los cuatro dedos de Tomás, por su base, por el metacarpo y pone estos cuatro gruesos dedos en el desgarrón del Pecho, y los introduce –no se limita a apoyarlos en el borde– y los tiene ahí dentro mientras mira fijamente a Tomás. Es una mirada severa, pero también dulce… mientras continúa:

-«…Mete aquí tu dedo, pon los dedos, y la mano, si quieres, en mi Costado, y no seas incrédulo, sino fiel».

Dice esto mientras hace lo que he dicho antes.

resurreccion 18Tomás –parece que la proximidad del Corazón divino, al que casi toca, le ha infundido valor– logra por fin articular las palabras y hablar; dice, cayendo de rodillas, con los brazos alzados y un estallido de llanto de arrepentimiento:

-«¡Señor mío y Dios mío!».

No sabe decir otra cosa.

Jesús le perdona. Le pone la derecha sobre la cabeza y responde:

-«Tomás, Tomás! Ahora crees porque has visto… ¡Bienaventurados los que crean en mí sin haber visto! Si os he de premiar a vosotros y vuestra fe ha recibido la ayuda de la fuerza de la visión, ¿qué premio habré de darles a ellos?…».

5       Luego Jesús pone el brazo en el hombro de Juan, mientras toma la mano de Pedro, y se acerca a la mesa. Se sienta en su sitio. Ahora están sentados como en la noche pascual. Pero Jesús quiere que Tomás se siente después de Juan.

-«Comed, amigos»

dice Jesús. Pero ya ninguno tiene hambre. La alegría los sacia, la alegría de la contemplación. Entonces Jesús coge los quesitos que están esparcidos y los reúne en el plato; los corta, los distribuye, y el primer trozo se lo da precisamente a Tomás, poniéndolo encima de un pedazo de pan y pasándolo por detrás de Juan. Vierte el vino de las ánforas en la copa, y se lo pasa a sus amigos; esta vez el primero en ser servido es Pedro.

Luego pide que le den panales; los parte y da un trozo a Juan –esta vez a Juan el primero– con una sonrisa que es más dulce que la filamentosa y dorada miel que escurre. Y esto, para animarlos, lo come también El: sólo prueba la miel.

Juan –en su gesto habitual– reclina su cabeza sobre el hombro de Jesús, quien le arrima a su Corazón y habla teniéndole así.

6 -«No debéis turbaros, amigos, cuando me aparezco a vosotros. Sigo siendo vuestro Maestro, que ha compartido con vosotros alimento y sueño y que os ha elegido porque os ha amado. También ahora os quiero».

Jesús resalta mucho estas últimas palabras.

-«Vosotros» prosigue «habéis estado conmigo en las pruebas… estaréis conmigo también en la gloria. No bajéis la cabeza. En el anochecer del domingo, cuando vine a vosotros por primera vez después de mi Resurrección, os infundí el Espíritu Santo… también sobre tí, que no estabas presente, descienda el Espíritu… ¿No sabéis que la infusión del Espíritu es como un bautismo de fuego, porque el Espíritu es Amor, y el amor cancela las culpas? Vuestro pecado, por tanto, de deserción mientras Yo moría, os queda condonado».

Al decir esto, Jesús besa a Juan en la cabeza, a Juan, que no desertó. Y Juan llora de alegría.

-«Os he dado la potestad de condonar los pecados. Pero no se puede dar lo que no se posee. Vosotros debéis, pues, estar seguros de que esta potestad Yo la poseo perfecta y la uso por medio de vosotros, que debéis estar limpios en máximo grado para poder limpiar a quien se acerque a vosotros manchado de pecado. ¿Cómo podría uno juzgar y limpiar, si fuera merecedor de condena y estuviera él mismo sucio? ¿Cómo podría uno juzgar[17]265 a otro, si tuviera vigas en su ojo y pesos infernales en su corazón? ¿Cómo podría decir: “Yo te absuelvo en nombre de Dios” si, por sus pecados, no tuviese consigo a Dios?

7 Amigos, pensad en vuestra dignidad de sacerdotes.

Antes Yo estaba en medio de los hombres para juzgar y perdonar. Ahora me marcho con mi Padre. Vuelvo a mi Reino. No soy despojado de la facultad de juicio; antes bien, toda ella está en mis manos, porque el Padre a mí me la ha confiado. Pero tremendo juicio. Porque se producirá cuando ya no le será posible al hombre atraerse el perdón con años de expiación sobre la Tierra. Todas las criaturas vendrán a mí con su espíritu cuando éste deje, por muerte material, la carne como despojo inútil. Y Yo las juzgaré[18]266, una primera vez. Luego, la Humanidad volverá con su vestido de carne, que habrá tomado de nuevo por imperativo celeste; volverá para ser separada en dos partes: los corderos con el Pastor; los cabros agrestes con su Torturador[19]267. Pero ¿cuántos serían los hombres que estarían con su Pastor, si después del lavacro del Bautismo no tuvieran ya a nadie que los perdonara en Nombre mío[20]268?

Por eso creo a los sacerdotes. Para salvar a los salvados por mi Sangre. Mi Sangre salva. Pero los hombres siguen cayendo en la muerte, siguen volviendo a caer en la Muerte. Es necesario que quien tenga la potestad los lave contínuamente en mi Sangre, setenta y setenta veces siete, para que no caigan en manos de la Muerte. Vosotros y vuestros sucesores lo haréis. Por ello os absuelvo de todos vuestros pecados. Porque tenéis necesidad de ver, y la culpa, al quitarle al espíritu la Luz que es Dios, ciega. Porque tenéis necesidad de comprender, y la culpa, al quitarle al espíritu la Inteligencia que es Dios, embrutece. Porque tenéis un ministerio de purificación, y la culpa, al quitarle al espíritu la Pureza que es Dios, ensucia.

¡Gran ministerio este vuestro de juzgar y absolver en nombre mío!

Cuando vosotros consagréis para beneficio vuestro el Pan y el Vino y hagáis de ellos mi Cuerpo y mi Sangre, haréis una grande, sobrenaturalmente grande y sublime cosa.

Para cumplirla dignamente deberéis ser puros, porque tocaréis a Aquel que es el Puro y os nutriréis de la Carne de un Dios. Puros de corazón, de mente, de miembros y de lengua deberéis ser, porque con el corazón deberéis amar la Eucaristía, y no deberán ser mezclados con este amor celeste profanos amores que serían sacrilegio. Puros de mente, porque deberéis creer y comprender este misterio de amor, y la impureza del pensamiento mata la Fe y el Intelecto. Queda la ciencia del mundo, pero muere en vosotros la Sabiduría de Dios. Puros de miembros deberéis ser, porque a vuestro interior descenderá el Verbo como descendió al seno de María por obra del Amor.

8 Tenéis el ejemplo vivo de cómo debe ser un seno que acoge al Verbo que se hace Carne. El ejemplo es la Mujer que me llevó, la Mujer sin pecado original y sin pecado individual.

Observad cuán pura es la cima del Hermón, envuelta todavía en el velo de la nieve invernal. Desde el Monte de los Olivos, parece un cúmulo de azucenas deshojadas o de espuma marina, elevándose como una ofrenda sobre el fondo del otro candor, el de las nubes transportadas por el viento de abril por los campos azules del cielo[21]269. Observad, si no, una azucena que abra la boca de su corola para una sonrisa de fragancia. Pues bien, ambas purezas son menos vivas que la del seno que me fue materno. Polvo transportado por los vientos ha caído sobre la nieve del monte y sobre la seda de la flor. El ojo humano no lo percibe, de tan ligero como es; pero está, y deteriora el candor. Y más aún: observad la perla más pura arrancada al mar, arrancada de su concha nativa para adornar el cetro de un rey. Es perfecta en su apretada textura iridiscente, que ignora el contacto profanador de carne alguna, pues que se ha formado en el cuenco de la madreperla de la ostra, aislada en el fluido zafiro de las profundidades marinas. Y, a pesar de todo, es menos pura que el seno que me tuvo. En su centro está el granito arenoso: un corpúsculo diminutísimo, pero terrestre. En Aquella que es la Perla del Mar no existe partícula de pecado, ni siquiera el fomes del pecado. Perla nacida en el Océano de la Trinidad para traer a la Tierra a la Segunda Persona, Ella es compacta en torno a su centro, que no es semilla de terrena concupiscencia, sino centella del Amor eterno[22]270. Centella que, encontrando en Ella respuesta, ha generado los vórtices de la divina Exhalación que ahora a sí llama y atrae a los hijos de Dios: Yo, el Cristo, Estrella de la Mañana.

Esta Pureza inviolada es la que os doy como ejemplo.

9 Y cuando, como vendimiadores en un tino, hundís las manos en el mar de mi Sangre y de él sacáis para limpiar las vestiduras de los desdichados que pecaron, sed, además de puros, perfectos, para no mancharos con un pecado mayor, es más: con pecados mayores, derramando y tocando con sacrilegio la Sangre de un Dios o faltando a la caridad y a la justicia negándola, o dándola con un rigor que no es de Cristo –que fue bueno con los malos, para atraerlos a su Corazón, y tres veces bueno con los débiles, para animarlos a la confianza–, usando de este rigor tres veces indignamente, al ir contra mi Voluntad, contra mi Doctrina y contra la Justicia. ¿Cómo puede ser riguroso con los corderos un pastor ídolo?

¡Oh, muy amados míos, amigos a los que envío por los caminos del mundo para continuar la obra que Yo he empezado y que será proseguida mientras dure el Tiempo, recordad estas palabras mías! Os las digo para que se las digáis a los que consagréis para el ministerio en que Yo os he consagrado.

10 Veo… Miro el paso de los siglos… el tiempo y las turbas infinitas de los hombres que estarán –todos– ante mí… Veo… matanzas y guerras, paces falaces y horrendas carnicerías, odio y latrocinio, sensualidad y orgullo. De tanto en tanto un oasis verde: un período de retorno a la Cruz. Como obelisco que señala una onda pura entre las áridas arenas del desierto, mi Cruz –después de que el veneno del mal haya infectado de rabia a los hombres– será alzada con amor, y, alrededor de ella, plantadas en los bordes de las aguas salubres, florecerán las palmeras de un período de paz y bien en el mundo.

Los espíritus, como ciervos y gacelas, como golondrinas y palomas, se acercarán a ese reposado, fresco, nutricio refugio para curarse de sus dolores y recuperar la esperanza.

Refugio que apretará sus ramas cual cúpula protectora de las tormentas y el fuerte sol, y mantendrá alejados a serpientes y fieras con el Signo que le hace huir al Mal[23]271. Así mientras los hombres quieran.

Veo… Muchos hombres… mujeres, viejos, niños, guerreros, hombres de estudio, doctores, campesinos… Todos vienen y pasan con su peso de esperanzas y dolores. Y veo que muchos vacilan porque el dolor es demasiado y la esperanza ha sido la primera en caer de la carga, de la carga demasiado pesada, para hacerse añicos en el suelo… Y veo a muchos que caen en los bordes del camino porque otros más fuertes los empujan, más fuertes o más afortunados respecto a su carga, leve. Y veo a muchos que, sintiéndose abandonados por los que pasan, pisoteados incluso, sintiéndose morir, llegan incluso a odiar y a maldecir.

¡Pobres hijos! En medio de todos éstos, maltratados por la vida, de estos que pasan o caen, mi Amor, intencionadamente, ha diseminado a los samaritanos compasivos, a los médicos buenos, luces en la noche, voces en el silencio, para que los débiles que caen encuentren una ayuda, vuelvan a ver la Luz, vuelvan a oír la Voz que dice: “Ten esperanza. No estás solo. Sobre tí está Dios. Contigo está Jesús”. He puesto, intencionadamente, a estas caridades operantes para que mis pobres hijos no se me murieran en el espíritu y perdieran la morada paterna, y para que siguieran creyendo en mí–Caridad[24]272 viendo en mis ministros mi reflejo.

11 Pero, ¡Oh dolor que me haces sangrar la Herida del Corazón como cuando fue abierta en el Gólgota! ¿Qué ven mis Ojos divinos! ¿Acaso no hay sacerdotes entre las turbas infinitas que pasan? ¿Por esto sangra mi Corazón? ¿Están vacíos los seminarios?¿Mi divina propuesta no suena ya en los corazones? ¿El corazón del hombre ya no es capaz de oírla? No. En los siglos habrá seminarios, y en ellos levitas. De ellos saldrán sacerdotes porque en la hora de su adolescencia mi propuesta habrá sonado con voz celeste en muchos corazones y ellos la habrán seguido. Pero otras, otras, otras voces habrán venido después, con la juventud y la madurez, y mi Voz habrá quedado achicada en esos corazones, mi Voz que habla durante los siglos a sus ministros para que sean siempre lo que vosotros ahora sois: los apóstoles formados en la escuela de Cristo. La vestidura ha quedado, pero el sacerdote ha muerto. En demasiados, durante los siglos, sucederá este hecho[25]273. Sombras inútiles y obscuras, no serán una palanca que eleva, una cuerda que tira, una fuente que calma la sed, trigo que sacia el hambre, corazón que sirva de almohada, una luz en las tinieblas, una voz que repita lo que el Maestro le dice; sino que serán para la pobre humanidad un peso de escándalo, un peso de muerte, parásitos, una putrefacción… ¡Qué horror! ¡Los Judas más grandes del futuro Yo los tendré, de nuevo y siempre, en mis sacerdotes! 12 Amigos, Yo me hallo en la gloria y, a pesar de ello, lloro. Siento compasión de estas turbas infinitas, rebaños sin pastores o con demasiado escasos pastores. ¡Una compasión infinita! Pues bien, juro por mi Divinidad que les daré el pan, el agua, la luz, la voz que los elegidos para estas obras no quieren dar. Repetiré a lo largo de los siglos el milagro de los panes y los peces. Con pocos, despreciables pececillos y con escasos mendrugos de pan –almas humildes y laicas– daré de comer a muchos, y quedarán saciados, y sobrará para los que vengan después, porque “tengo compasión de este pueblo” y no quiero que perezca. Benditos los que merezcan ser eso. No benditos porque son eso, sino porque lo habrán merecido con su amor y sacrificio. Y benditísimos aquellos sacerdotes que sepan mantenerse en su condición de apóstoles: pan, agua, luz, voz, descanso y medicina para mis pobres hijos. Con una luz especial resplandecerán en el Cielo. Yo os lo juro, Yo que soy la Verdad.

13 Vamos a levantarnos, amigos. Venid conmigo para enseñaros todavía a orar. La oración es la que alimenta las fuerzas del apóstol, porque le funde con Dios».

Y aquí Jesús se levanta y va hacia la pequeña escalera. Pero, cuando está al pie de la escalera, se vuelve y me mira. ¡Oh, Padre! ¡Me mira! ¡Piensa en mí! Busca a su pequeña “voz”. ¡La alegría de estar con sus amigos no le hace olvidarse de mí! Me mira por encima de las cabezas de los discípulos, y me sonríe. Alza la mano bendiciéndome y dice:

-«La paz sea contigo».

[1] 249 Cfr. Mc. 16, 14; Lc. 24, 36–43; Ju. 20, 19–23

[2] 250 Exodo 34, 29-35. Cfr. 2 Cor. 3

[3] 251 Salmo 23

[4] 252 Cfr. Mt. 5, 46–47; 9, 9–13; 11, 16–19; 18, 15–18 (“excomulgado”); 21, 28–32; Mc. 2, 13–17; Lc. 3, 10–14 (“no exijáis más de lo prescrito”) 5, 27–32; 7, 28–34; 15, 1–2; 18, 9–14; 19, 1–10.

[5] 253 Esto es, el Espíritu Santo. Cfr. Hech. 2, 1–13.

[6] 254 Cfr. Mt. 16, 13–20.

[7].255 Según esta Obra, Jesús en la noche de resurrección, por virtud del Espíritu Santo que habita en El, resucitó espiritualmente a sus Apóstoles, pecadores pero arrepentidos, absolviéndolos y perdonándolos. Después de haberlos hecho partícipes del mismo Espíritu Santo, les dió el poder de resucitar espiritualmente a sus propios hermanos, esto es, absolver o perdonar (a los pecadores arrepentidos), y de no perdonar a los no arrepentidos.

[8] 256 Alusión al Espíritu Santo que descendió pública y solemnemente en el día de Pentecostés. Cfr. Hech. 2, 1–13

[9] 257 Esto es, Santo Tomás

[10] 258 Cfr. Ju. 20, 24–25

[11] 259 Cfr. Mt. 16, 13–20. Esta obra ilumina y afirma siempre muy fuertemente el primado de Pedro.

[12] 260 Según esta Obra, Elías fue uno de los discípulos–pastores, esto es, de los que adoraron al recién nacido. A la luz de esto, se comprenden algunas expresiones

[13] 261 Cfr. Ju. 20, 26–29.

[14] 262 Esto es, Bartolomé.

[15] 263 Esto es, Felipe       

[16] 264 Esto es, Simón Zelote.

[17] 265 No se trata de una imposibilidad absoluta, sino de una imposibilidad de cumplir con su misión, lo mejor que pudiere

[18]. 266 Se trata del juicio particular.

[19] 267 Se trata del juicio universal.

[20] 268 Mediante el sacramento de la penitencia, al que los Padres de la Iglesia y escritores eclesiásticos llamaron: “Segunda tabla (de salvación) después del naufragio (debido al pecado)”.

[21] 269 Expresión poética. El Hermón no se ve desde el monte de los Olivos (N.T.).

[22] 270 Alusión a la Virgen, que por obra del Espíritu Santo concibió a Jesús.

[23] 271 Cfr. Ez. 9; Mt. 24, 29–31.

[24] 272 Cfr. Is. 54, 4–10; 1 Ju. 4, 7–16.

[25] 273 Serán muchos, si se tiene en cuenta la excelsa vocación, los dones y ayudas que en abundancia se les conceden, pero se les compensará con el gran número de santos que habrá en los siglos, como más abajo dice la Escritora: “tres veces benditos los sacerdotes que habrán merecido con su amor…”

5/4/2015 Evangelio según San Juan 20,1-9.

Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor
Santo(s) del día : San Vicente Ferrer
Lecturas

Este domingo de Resurrección está incluido en el volumen 10, donde la hallamos en los siguientes 5 capítulos -para quien quiera meditar los acontecimientos completos- los hechos sucedidos en la Pascua de Resurrección. Los capítulos 619 y 620 responden al evangelio del domingo de este ciclo y un resumen imperdible de los hechos hecho por el mismo Jesús en el capítulo 620.

 

Capitulo Titulo
616. La mañana de la Resurrección. Oración de María

El alba de la Pascua. Lamento. Plegaria de la Virgen

617. La Resurrección
618. Jesús resucitado se aparece a su Madre
619. Las pías mujeres al pie del Sepulcro
620. Consideraciones sobre la Resurrección

Glorificación de Jesús y María

616. La mañana de la Resurrección[1]193. Oración de María.Glorificación de Jesús y María

1 de abril de 1945.

resurreccion 11       Las mujeres reanudan sus labores con los ungüentos, que durante la noche, con el fresco del patio, se han solidificado para formar una manteca densa.

Juan y Pedro piensan que es conveniente ordenar el Cenáculo, limpiando las piezas de la vajilla y luego poniendo todo como si hubiera acabado de terminar la Cena.

«El lo dijo» dice Juan.

«También había dicho: “¡No durmáis!”. Había dicho: “No seas soberbio, Pedro. ¿No sabes que la hora de la prueba está a las puertas?”. Y… y dijo: “Me negarás…”».

Pedro llora de nuevo, mientras dice con desmesurado dolor:

«¡Y le he negado!».

«¡Basta, Pedro! Al presente, eres de nuevo tú. ¡Basta de ese tormento!».

«Jamás, jamás bastará. Aunque me hiciera tan viejo como los primeros patriarcas, aunque viviera los setecientos o los novecientos años de Adán y de sus primeros descendientes[2]194, jamás dejaría de tener este tormento».

«¿No esperas en su misericordia?».

«Sí. Si no creyera en ello, sería como el Iscariote: un desesperado. Pero aunque El de hecho me perdona desde el seno del Padre a donde ha vuelto, yo no me perdono. ¡Yo! ¡Yo! Yo que dije: “No le conozco”, porque en ese momento era peligroso conocerle, porque sentí vergüenza de ser discípulo suyo, porque tuve miedo a la tortura… El iba a la muerte y yo… pensé en salvar mi vida. Y para salvarla le rechacé, como una mujer en pecado rechaza el fruto de su seno, peligroso de tener al lado, después de darle a luz y antes de que regrese su marido, desconocedor de los hechos. Soy peor que una adúltera… peor que…».

2       Entra, atraída por los gritos, María Magdalena.

«No grites de ese modo. María te oye. ¡Está verdaderamente agotada! No tiene ya fuerzas para nada. Todo le hace daño. Tus gritos inútiles y descomedidos le traen de nuevo el tormento de lo que fuisteis…».

«¿Ves? ¿Ves, Juan? Una mujer puede imponerme silencio. Y tiene razón. Porque nosotros, los varones consagrados al Señor, hemos sabido sólo mentir o huir. Las mujeres se han comportado como es debido. Tú, poco más que una mujer por tu gran juventud y pureza, has sabido permanecer. Nosotros, nosotros, los fuertes, los varones, hemos huido. ¡Oh, cómo debe despreciarme el mundo! ¡Dímelo, dímelo, mujer! ¡Tienes razón! Pon tu pie en esta boca que ha mentido. En la suela de la sandalia hay quizás algo de su Sangre. Y sólo esa Sangre, mezclada con el barro del camino, puede dar un poco de perdón, un poco de paz a este hombre que abjuró. ¡Debo empezar a acostumbrarme al desprecio del mundo! ¿Qué soy yo? ¡Decidlo, venga: ¿qué soy?!».

«Una gran soberbia» responde tranquila la Magdalena. «¿Dolor? También dolor. Pero, créeme, de diez partes de tu dolor, cinco –por no ofenderte diciendo seis– son del dolor de ser un hombre que puede ser despreciado. ¡Y verdaderamente yo te voy a despreciar, si sigues sólo gimiendo y entregándote a histerias, justo como hace una mujer necia! Lo hecho hecho está. Y no son los gritos descomedidos lo que lo reparan y lo borran. Lo único que hacen es llamar la atención y mendigar una compasión no merecida. Sé viril en tu arrepentimiento. No grites. Haz. 3 Yo… tú sabes quién era yo… Pero, cuando comprendí que era más despreciable que el vómito, no me entregué a convulsiones. Hice. Públicamente. Sin indulgencias conmigo misma y sin pedir indulgencia. ¿Que el mundo me despreciaba? Tenía razón. Me lo había merecido. ¿Qué el mundo decía: “Un nuevo capricho de la prostituta”? ¿Que calificaba con nombre blasfemo mi seguimiento de Jesús? Tenía razón. El mundo se acordaba de mi conducta precedente, y esa conducta justificaba todo pensamiento. ¿Y bien? ¿Qué? El mundo tuvo que convencerse de que María la pecadora ya no existía. Con los hechos he convencido al mundo. Haz tú lo mismo, y calla».

«Eres severa, María» objeta Juan.

«Más conmigo que con los demás. Lo reconozco. No tengo la mano suave de la Madre. Ella es el Amor[3]195. Yo… ¡Oh, yo! He quebrantado mi carnalidad con el azote de mi voluntad. Y más que lo haré. ¿Tú crees que me he perdonado el haber sido la Lujuria? No. Pero sólo me lo digo a mí. Y me lo seguiré diciendo siempre. Consumida moriré en este secreto, doloroso recuerdo de haber sido la corruptora de mí misma, en este inconsolable dolor de haberme profanado y de no haberle podido dar a El otra cosa sino un corazón pisoteado… ¿Ves?… he trabajado más que todas en los bálsamos… Y con más coraje que las otras le quitaré la mortaja… ¡Oh, Dios, cómo estará ya! (María de Magdala, sólo de pensarlo, se pone pálida). Y le cubriré con nuevos bálsamos, quitando los que, sin duda, estarán completamente podridos en sus llagas sin número… Lo haré porque las otras parecerán convólvulos después de un aguacero… Pero siento el dolor de hacerlo con estas manos mías que tantas caricias lascivas han dado; de acercarme a su santidad con esta carne mía manchada… Quisiera… quisiera tener la mano de la Madre Virgen para llevar a cabo la última unción… ».

María ahora llora quedo, sin convulsiones. ¡Qué distinta de la Magdalena teatral que siempre nos presentan! Es el mismo llanto silencioso que tuvo el día de su perdón en la casa del fariseo[4]196.

4 «¿Dices que… las mujeres tendrán miedo?» le pregunta Pedro.

«No miedo… Pero se turbarán ante su Cuerpo, que estará ya descompuesto… hinchado… negro. Y además, esto es seguro, tendrán miedo de los soldados que están de guardia».

«¿Quieres que vaya yo? ¿Yo con Juan?».

«¡Eso no! Nosotras vamos todas. Porque, de la misma forma que estuvimos todas ahí arriba, justo es que todas estemos en torno a su lecho de muerte. Tú y Juan quedaos aquí. ¡Ella no se puede quedar sola!…».

«¿No va Ella?».

«¡No la dejamos ir!».

«Está convencida de que va a resucitar… ¿Y tú?».

«Yo, después de María, soy la que más cree. Siempre he creído que así pudiera ser. El lo decía. Y El no miente nunca… ¡El!… ¡Oh, antes le llamaba Jesús, Maestro, Salvador, Señor… Ahora, ahora le siento tan grande, que no sé, no me atrevo ya a darle un nombre… ¿Qué le diré cuando le vea?…».

«¿Pero crees firmemente que va a resucitar?…».

«¡Vaya, otro! ¡Diciéndoos una y otra vez que creo y oyéndoos decir una y otra vez que no creéis, voy a acabar no creyendo tampoco yo! He creído y creo. He creído y le he preparado desde hace ya tiempo la túnica. Y para mañana, porque mañana es el tercer día, la traeré aquí ya lista…».

«Pero si dices que estará negro, hinchado, feo…».

«Feo nunca. Feo es el pecado. ¿Negro?… ¡Pues sí, estará negro! ¿Y qué? ¿Lázaro no estaba ya descompuesto? Y, no obstante, resucitó. Y recuperó la integridad de su carne. ¡Pero… sí, lo digo!: ¡Callaos, incrédulos! También mi razón humana me dice dentro: “Está muerto y no resucitará”. Pero mi espíritu, “su” espíritu –porque he recibido de El un nuevo espíritu– grita (y parecen toques de trompetas de plata): “¡Resucita! ¡Resucita! ¡Resucita!”. ¿Por qué me zarandeáis como a una barquichuela contra el arrecife de vuestras dudas? ¡Yo creo! ¡Creo, mi Señor! Lázaro, lleno de aflicción, ha obedecido al Maestro y se ha quedado en Betania… Yo, que sé quién es Lázaro de Teófilo, un fuerte, no un lebrato miedoso, puedo medir su sacrificio de permanecer en la sombra y no junto al Maestro. Pero ha obedecido. Más heroico en esta obediencia que si, con armas, hubiera arrancado a Jesús de las manos de los soldados. Yo he creído y creo. Y aquí estoy. En espera, como Ella. Pero, dejadme que me vaya. El día nace. En cuanto se vea lo mínimo indispensable, iremos al Sepulcro…».

Y la Magdalena se va, con su rostro quemado por el llanto, pero siempre fuerte.

5       Entra de nuevo donde María.

«¿Qué le pasaba a Pedro?».

«Una crisis de nervios. Pero se le ha pasado».

«No seas dura, María. Pedro sufre».

«También yo. Y ya ves que no te he pedido ni tan siquiera una caricia. A él ya le has medicado tú… Yo, sin embargo, lo que pienso es que solamente tú, Madre mía, necesitas bálsamo. ¡Madre mía, santa, amada! Pero, ánimo… mañana es el tercer día. Estaremos aquí dentro, cerradas, nosotras dos: sus enamoradas: Tú, la Enamorada santa; yo, la pobre enamorada[5]197… Pero, como puedo, lo soy con todo mi ser. Y le esperaremos… A ellos, a los que no creen, los dejaremos cerrados allí, con sus dudas. Y aquí voy a poner muchas rosas… Hoy mandaré que se lleven el arca[6]198… Ahora pasaré por el palacio y daré esta indicación a Leví. ¡Fuera todas estas cosas horribles! No debe verlas nuestro Resucitado… Muchas rosas… Y tú te pondrás una túnica nueva… No debe verte así. Te peinaré, te lavaré esta pobre cara que el llanto ha desfigurado. Eterna niña, yo te haré de madre… ¡Tendré, sí, la bienaventuranza de dispensar cuidados maternos a una criatura más inocente que un recién nacido! ¡Mi querida María!»

y, con su exuberancia afectiva, la Magdalena estrecha contra su pecho la cabeza de María, que está sentada; y besa a María, la acaricia, le coloca detrás de las orejas los livianos mechones de pelo desordenados, le enjuga, con el lino de su túnica, las lágrimas, esas lágrimas que María sigue, sigue incesantemente vertiendo…

6       Entran las mujeres con lámparas y ánforas y recipientes de anchas bocas. María de Alfeo trae un mortero grande y recio.

«No se puede estar fuera. Hace un poco de viento  y apaga las lámparas» explica.

Se ponen en un lado. Encima de una mesa, estrecha pero larga, colocan todas sus cosas. Luego dan un último toque a sus bálsamos, mezclando en el mortero, en un polvo blanco que sacan a puñados de un saquito, la ya de por sí densa manteca de las esencias.

Mezclan trabajando con ahínco. Luego llenan un recipiente de amplia boca. Lo ponen en el suelo. Repiten con otro la misma operación. Perfumes y lágrimas caen sobre las resinas.

María Magdalena dice:

«No era ésta la unción que esperaba poderte preparar».

Porque es la Magdalena la que, más experta que las otras, ha estado regulando y dirigiendo la composición del perfume (tan intenso que deciden abrir la puerta y entreabrir la ventana que da al jardín, que apenas empieza a vestirse de claridad).

Todas, después de la observación que la Magdalena ha hecho en voz baja, lloran más fuerte.

Han terminado. Todos los recipientes están llenos.

Salen con las ánforas vacías, el mortero que ya no hace falta y muchas lámparas. En la pequeña habitación quedan sólo dos lámparas, temblorosas (parecen llorar también con el titileo de sus luces)…

Entran de nuevo las mujeres y cierran la ventana, porque el amanecer está fresco. Se ponen los mantos y toman consigo unos talegos grandes, donde colocan los recipientes del bálsamo.

7       María se levanta y busca su manto. Pero todas se arremolinan en torno a Ella convenciéndola de que no vaya.

«No te tienes en pie, María. Hace dos días que no tomas alimento. Un poco de agua sólo».

«Sí, Madre. Lo haremos pronto y bien. Y volveremos en seguida» .

«No temas. Le embalsamaremos como a un rey. ¡Ya ves qué bálsamo tan valioso hemos hecho! ¡Y cuánto!…».

«Y no dejaremos parte o herida alguna sin ungir. Y con nuestras manos le colocaremos en su lugar. Somos fuertes, y somos madres. Le pondremos como a un niño en su cuna. Los otros no tendrán que hacer nada más que cerrar su lugar».

Pero María insiste:

resurreccion 2«Es mi deber» dice. «Siempre le he cuidado yo. Sólo en estos tres años que ha estado en el mundo he cedido a otros la función de cuidarle cuando estaba lejos de mí. Ahora que el mundo le ha rechazado y negado, de nuevo es mío[7]199; y yo de nuevo soy su sierva».

Pedro, que con Juan se había acercado a la puerta, al oír estas palabras se aparta. Huye a algún rincón escondido para llorar por su pecado. Juan permanece junto a la jamba de la puerta. Pero no dice nada. Quisiera también ir él, pero hace el sacrificio de quedarse con la Madre.

8       María Magdalena lleva a María a su silla. Se arrodilla delante de Ella, abraza las rodillas de María, alza hacia Ella su rostro doliente y enamorado y le promete:

«El, con su Espíritu, todo lo sabe y todo lo ve. Pero a su Cuerpo, con besos, le expresaré tu amor, tu deseo. Yo sé lo que es el amor. Sé qué aguijón, qué hambre significa amar, qué nostalgia de estar con quien para nosotros es nuestro amor. Y esto sucede también en los amores viles, que parecen oro y son en realidad fango. Si, además, la pecadora puede saber lo que es el amor santo a la Misericordia viviente, a quien los hombres no han sabido amar, entonces ella puede comprender mejor qué es tu amor, Madre. Tú sabes que sé amar. Y sabes que El dijo, en aquel atardecer de mi verdadero nacimiento, en las orillas de nuestro lago sereno[8]200: “María sabe amar mucho”. Ahora este amor mío exuberante, como agua que rebosa de un pilón vencido, como rosal en flor que sobrepasa un muro y de él pende, como llama que, encontrando yesca, más se enciende y aumenta, se ha derramado en El por entero, y de El–Amor ha sacado nueva fuerza…

¡Oh, mi potencia de amar no ha podido substituirle en la Cruz!… Pero lo que por El no he podido hacer –y padecer y sangrar y morir en vez de El, en medio de las burlas de todos, dichosa, dichosa, dichosa de sufrir en vez de El; y, estoy segura de ello, el estambre de mi pobre vida habría sido consumido más por el amor triunfal que por el patíbulo infame, y de las cenizas habría germinado la nueva, cándida flor de la nueva vida pura, virginal, ignorante de todo lo que no es Dios–, todo esto que no he podido hacer por El, por ti puedo hacerlo todavía…, Madre a la que amo con todo mi corazón.

Confía en mí. Yo que supe acariciar tan dulcemente sus pies santos en la casa de Simón el fariseo, ahora, con esta alma que cada vez más se abre a la Gracia, sabré aún más dulcemente acariciar sus miembros santos, medicar las heridas, embalsamarle, más con mi amor, más con el bálsamo sacado de mi corazón exprimido por el amor y el dolor, que no con el ungüento. Y la muerte no hincará su diente en esa carne que tanto amor ha dado y tanto amor recibe. Huirá la Muerte. Porque el Amor es más fuerte que ella[9]201. El Amor es invencible. Y yo, Madre, con amor, con tu perfecto amor, con mi total

amor, embalsamaré a mi Rey de Amor».

María besa a esta apasionada que, por fin, ha sabido encontrar a quien tanta pasión merece. Y cede ante sus ruegos.

9       Las mujeres salen llevando consigo una lámpara, de forma que en la habitación queda sólo una. La última en salir es la Magdalena, después de un último beso a la Madre, que se queda.

La casa está del todo obscura y silenciosa, y el camino todavía obscuro y solitario. Juan pregunta:

«¿Verdaderamente no queréis que vaya con vosotras?».

«No. Puedes hacer falta aquí. Adiós» .

Juan vuelve donde María.

«No han querido que fuera con ellas…» dice quedo.

«No te atormentes. Ellas donde Jesús. Tú, conmigo. Juan, vamos a orar un poco juntos. ¿Dónde está Pedro?».

«No lo sé. Por la casa. Pero no le veo. Está… Le creía más fuerte… También yo siento dolor, pero él…».

«El tiene dos dolores; Tú, uno sólo. Ven. Vamos a orar también por él».

Y María recita lentamente el Pater noster. Luego acaricia a Juan:

«Ve donde Pedro. No le dejes solo. Ha estado tanto en las tinieblas, durante estas horas, que no soporta siquiera la leve luz del mundo. Sé el apóstol de tu hermano zozobrante y angustiado. Comienza por él tu predicación. En tu camino –y será largo– encontrarás siempre a hombres semejantes a él. Con tu compañero empieza el trabajo…».

«¿Y qué diré?… No sé… Todo le hace llorar…» .

«Recuérdale el precepto de amor de Jesús. Dile que quien solamente teme no conoce todavía suficientemente a Dios, porque Dios es Amor. Y si te dice: “Yo he pecado”, respóndele que Dios ha amado tanto a los pecadores, que por ellos ha enviado a su Unigénito[10]202. Dile que amor es la respuesta a tanto amor. Y el amor infunde confianza en el bonísimo Señor. Esta confianza aleja el temor a su juicio, porque con ella reconocemos la Sabiduría y Bondad divinas, y decimos: “Yo soy una pobre criatura. Pero El lo sabe. Y me da a Cristo como garantía de perdón y columna en que apoyarme. Mi miseria queda vencida por mi unión con Cristo”. Es en el nombre de Jesús en el que todo se perdona… Ve, Juan. Dile eso. Yo me quedo aquí, con mi Jesús…».

Juan sale cerrando tras sí la puerta, mientras María acaricia el Sudario.

10     María se pone de rodillas, como la noche anterior, cara a Cara con el velo de la Verónica. Y ora, y habla con su Hijo. Fuerte para dar fuerza a los demás, cuando está sola se pliega bajo el peso de la quebrantadora cruz. Y, á pesar de ello, de cuando en cuando, como una llama liberada del estorbo del celemín, su alma se alza hacia una esperanza que en Ella no puede morir; es más, que con el paso de las horas va aumentando. Y manifiesta su esperanza también al Padre; su esperanza y su súplica.

11 (Aquí usted puede poner, tal y como está, porque no tiene cambios, la oración del año pasado, el lamento de esta alba pascual, del 21 de febrero de 1944).

El alba de la Pascua. Lamento. Plegaria de la Virgen

21 de febrero de 1944.

resurreccion 312 «¡Jesús, Jesús! ¿No vuelves todavía? Tu pobre Mamá ya no resiste sabiendo que estás muerto allí. Hablaste y ninguno te comprendió. ¡Pero yo sí te he comprendido! “Destruid el Templo de Dios y Yo lo reconstruiré en tres días”. Este es el principio del tercer día. ¡Oh, mi Jesús! No esperes al final del día para volver a la vida, a tu Mamá, que necesita verte vivo para no morir recordándote muerto; que necesita verte hermoso, sano, triunfante, para no morir recordándote en ese estado en que te dejaron.

13 ¡Oh, Padre! ¡Padre! ¡Dame a mi Hijo! Que yo le vea de nuevo Hombre y no cadáver, Rey y no condenado. Sé que después volverá contigo al Cielo. Pero yo le habré visto curado de tanto mal; fuerte, después de tanta debilidad; triunfador, después de tanta lucha; Dios, después de tanta humanidad padecida por los hombres. Y me sentiré feliz aun perdiéndole de mi lado. Sabré que está contigo, Padre Santo, sabré que para siempre está fuera del Dolor. Pero ahora no puedo, no puedo olvidar que está en un sepulcro, que está allí, matado por tanto dolor como le han causado, no puedo olvidar que El, mi Hijo–Dios, está agregado a la suerte de los hombres en la obscuridad de un sepulcro, El, tu Viviente.

Padre, Padre, escucha a tu sierva. Por aquel “sí”No te he pedido nunca nada por mi obediencia a tus designios; era tu Voluntad, y tu Voluntad era la mía; nada debía exigir por el sacrificio de la mía a ti, Padre Santo. ¡Pero ahora, pero ahora, por aquel “sí” que dije al Angel mensajero[11]203, Oh Padre, escúchame!

resurreccion 4El está libre de las torturas, porque todo lo ha consumado con la agonía de tres horas después de las vejaciones de la mañana. Pero yo llevo tres días en esta agonía. Tú ves mi corazón y sientes sus latidos. Nuestro Jesús dijo que no caía una pluma de ave sin que Tú la vieras; que no moría una flor en el campo sin que Tú consolaras su agonía con tu sol y tu rocío. ¡Oh, Padre, yo muero de este dolor! Haz conmigo como con el ave al que recubres con nuevas plumas, como con la flor a la que calientas y das de beber compasivo. Yo muero de frío por el dolor. Ya no tengo sangre en las venas. En el pasado, toda se hizo leche para nutrir a tu Hijo e Hijo mío; ahora se ha hecho por entero llanto, porque ya no tengo Hijo. Me lo han matado, matado, Padre. ¡Y Tú sabes de qué manera!

14 ¡Estoy exangüe! He derramado mi sangre con El en la noche del Jueves, en el Viernes funesto. Tengo frío como una persona desangrada. Ni tengo ya Sol, porque El ha muerto, mi Sol santo, el Sol mío bendito, el Sol nacido de mi seno para alegría de su Mamá, para salud del mundo. Ni siento refrigerio, porque ya no le tengo a El, la más dulce de las fuentes para su Madre, que bebía su palabra, que con la presencia de El saciaba su sed. Soy como una flor en arena desecada.

Muero, muero, Padre santo. No me da miedo morir, porque El también ha muerto. Pero… ¿y estos pequeñuelos?, ¿el pequeño rebaño de mi Hijo?, tan débiles, tan asustadizos, tan volubles… ¿qué será de ellos, si nadie los sostiene? No soy nada, Padre; pero, para los deseos de mi Hijo, soy como un cuerpo de ejército. Defiendo, defenderé su Doctrina y su herencia como una loba defiende a sus lobeznos. Yo, cordera[12]204, me haré loba para defender lo que pertenece a mi Hijo y, por tanto, lo que te pertenece a ti.

resurreccion 5.png15 Tú lo has visto, Padre. Hace ocho días esta ciudad ha despojado sus olivos, sus casas, sus jardines, a los propios habitantes, y se ha quedado ronca gritando: “Hosanna al Hijo de David. Bendito el que viene en el nombre del Señor”. Y, mientras El pasaba sobre alfombras de ramas, de vestidos, de telas, de flores, los habitantes de la ciudad, unos a otros, se señalaban a Jesús y decían: “Es Jesús, el Profeta de Nazaret de Galilea. Es el Rey de Israel”. Y, cuando aún no se habían ajado esas ramas y la voz estaba todavía ronca de tanto grito de alabanza, transformaron su grito en acusaciones y maldiciones y en peticiones de condena a muerte; de las ramas arrancadas para la exaltación hicieron palos para golpear a tu Cordero, y le conducían a la muerte. Si todo esto han hecho mientras El estaba en medio de ellos y les hablaba y les sonreía y los miraba con esa mirada suya que diluye el corazón y que hasta hace estremecerse a las piedras si en ellas recae, y los favorecía y adoctrinaba, ¿qué harán cuando El haya vuelto a ti?

Sus discípulos –ya lo has visto–, uno le ha traicionado, los otros han huido. Bastó que le golpearan para que huyeran como cobardes ovejas, y no han sabido estar a su lado mientras moría. Uno sólo, el más joven, ha permanecido. Ahora viene el anciano. Pero ya ha sabido abjurar una vez. Cuando Jesús no esté ya aquí mirándole, ¿sabrá permanecer en la Fe?

16 Yo no soy nada, pero en mí hay un poco de mi Hijo, y mi amor cubre de plenitud mi flaqueza y la anula. Me hago así útil para la causa de tu Hijo, para su Iglesia, que no encontrará nunca paz y que necesita echar raíces profundas para no ser desarraigada por los vientos. Yo seré la que la cuide. Como hortelana diligente, velaré para que crezca fuerte y derecha en su amanecer. Luego no me preocupará morirme. Pero no puedo vivir si sigo más tiempo sin Jesús.

¡Oh, Padre que abandonaste al Hijo por el bien de los hombres, pero que luego le confortaste, porque ciertamente le has recibido en tu seno después de la muerte, no me dejes más tiempo en este abandono. Yo lo padezco y lo ofrezco por el bien de los hombres. Pero consuélame, ahora, Padre. ¡Padre, piedad! ¡Piedad, Hijo mío! ¡Piedad, divino Espíritu! ¡Acuérdate de tu Virgen![13]205».

1 de abril de 1945.

17     Después, prosternada, María parece orar con su postura, además de con su corazón: es verdaderamente un pobre ser abatido: parece esa flor muerta de sed de que ha hablado.

No advierte tan siquiera la sacudida de un breve pero violento terremoto que hace gritar y huir al dueño y a la dueña de la casa, mientras Pedro y Juan, pálidos como muertos, arrastran sus pasos hasta la entrada de la habitación. Pero, al ver a María tan absorta en su oración, olvidada, lejana de todo lo que no es Dios, se retiran y cierran la puerta y vuelven, atemorizados, al Cenáculo.

[1] 193 Cfr. Mt. 28, 1; Mc. 16, 1–2; Lc. 24, 1; Ju. 20, 1.           

[2] 194 Cfr. Gén. 5.

[3] 195 La Virgen María está muy íntimamente unida con Dios que es Amor (cfr. 1 Ju.4, 8–16). Por este mismo motivo la Iglesia la saluda con diversos títulos, como: “Madre del Divino Amor” y “Madre del Amor hermoso”.

[4] 196 en la casa del fariseo, en 236.

[5] 197 Magdalena estaba castamente enamorada. Pobre, porque había sido pecadora, por lo tanto la distancia entre ella y la virgen era inmensa.

[6] 198 Respecto a las reliquias que, según esta Obra, guardó la Virgen.

[7] 199 Afirmación que para entenderse bien, debe unirse con la que Jesús pronunció en las bodas de Caná; cfr. Ju. 2, 4.

[8] 200 Alusión a lo que se refiere en Lc. 7, 36–50. Según esta Obra, la pecadora perdonada y tan amorosa fue María de Magdala, hermana de Marta.

[9]201 Cfr. Cant. 8, 6.

[10]202 Cfr. 1 Ju. 4, 7–19.

[11] 203 Se alude a la Anunciación. Cfr. Lc. 1, 26–38.

[12] 204 En la liturgia bizantina María es llamada frecuentemente “Cordera”. Cfr. La Madonna nella Liturgia Bizantina, textos escogidos, traducidos por Ermanno M. Toniolo o.s.m., Roma, “Marianum”, 1959, pág. 49–73; cfr. además: Meliton De Sarde, Papyrus Bodmer XIII, Homelie sur la Páque, Manuscrit du IIIe siécle, Cologne–Genéve, Bibliotheca Bodmeriana, 1960, pág. 108–109.

[13] 205 María es llamada también Virgen del Espíritu Divino, porque fue El quien hizo que hubiera concebido al Hijo de Dios. Cfr. Mt. 1, 18–25; Lc. 1, 26–38.

617. La Resurrección[1]206.

1 de abril de 1945.

resurreccion 61       Vuelvo a ver[2]207 la letificante y potente resurrección de Cristo.

En el huerto todo es silencio y titileo del rocío. Encima, un cielo que va adquiriendo color zafiro cada vez más claro, habiéndose despojado ya de su negroazul recamo de estrellas, que durante toda la noche había estado velando al mundo. El alba rechaza, de Oriente a Occidente, estas zonas todavía obscuras, como hace la ola durante la marea alta, cuando ésta va avanzando y cubriendo el obscuro litoral y substituyendo el gris negro de la húmeda arena y del arrecife por el azul del agua marina.

Algunas estrellitas se resisten todavía a morir, y parpadean, cada vez más débilmente bajo la onda de luz blanco–verdosa del alba, láctea con tonalidades cenizosas, como las frondas de los olivos soñolientos que hacen de corona a aquel montículo poco lejano. Y naufragan luego, sumergidas por la ola del alba, como tierra sobrepujada por el agua. Y ya hay una menos… y luego otra menos… y otra, y otra: el cielo va perdiendo sus rebaños de estrellas… Ya sólo, en el extremo Occidente, hay tres; luego, dos; luego una, que sigue contemplando ese prodigio cotidiano que es el surgimiento de la aurora.

Y cuando un hilo rosicler dibuja una línea sobre la seda turquesa del cielo oriental, un suspiro de viento acaricia las frondas y las hierbas, diciendo: “Despertaos. El día resucita”. Pero sólo despierta a frondas y hierbas, que, bajo sus diamantes de rocío, se estremecen, con un leve susurro acompañado de arpegios de gotas que caen; los pájaros todavía no se despiertan entre las tupidas ramas de un altísimo ciprés que parece dominar como un señor en su reino; ni en la enredada maraña de un seto de laurel que protege de la tramontana.

2       Los soldados que están de guardia, aburridos, enfriados, en varias posturas, vigilan el Sepulcro, cuya puerta ha sido reforzada, en los bordes, con una gruesa capa de argamasa, como si fuera un contrafuerte. Sobre el fondo blanco opaco de la argamasa resaltan las anchas rosetas de cera roja del sello del Templo, estampadas junto a otros sellos directamente en la argamasa fresca.

Los soldados deben haber encendido un pequeño fuego durante la noche, porque hay en el suelo ceniza y tizones mal quemados; y deben haber jugado y comido, porque hay todavía restos de comida diseminados, y pequeños huesos limpios, usados, sin duda, para algún juego semejante a nuestro dominó o a nuestro infantil juego con canicas,  jugados sobre un rudimentario trazado dibujado en el sendero. Luego se han cansado y  han abandonado todo para buscar posturas más o menos cómodas, según fuera para dormir o para velar.

resurreccion 73       En el cielo, que ahora presenta en el Oriente un área enteramente rosada que se va extendiendo cada vez más por el cielo sereno –donde todavía no hay rayos de sol–, aparece, procedente de profundidades desconocidas, un meteoro lleno de resplandor. Y el meteoro baja –bola de fuego de irresistible resplandor– seguido de una estela rutilante, que quizás no es más que el recuerdo de su fulgor en nuestra retina. Baja velocísimo hacia la Tierra, esparciendo una luz tan intensa, fantasmagórica, aterradora dentro de su belleza, que la rosada de la aurora queda anulada, superada por esta incandescencia blanca.

Los soldados alzan, estupefactos, la cabeza (incluso porque con la luz llega un estampido potente, armónico, solemne, que llena con su sonido toda la Creación). Viene de profundidades paradisíacas. Es el aleluya, el gloria angélico, que sigue al Espíritu del Cristo en su regreso a su Carne gloriosa.

El meteoro se abate contra la piedra que inútilmente cierra el Sepulcro. La arranca de cuajo, la echa al suelo. Paraliza, por el terror y el fragor, a los soldados puestos como carceleros del Dueño del Universo. Y, a su regreso a la Tierra, al igual que había producido un terremoto cuando huyó de la Tierra, el Espíritu del Señor produce un nuevo terremoto. Entra en el obscuro Sepulcro, el cual, con esta indescriptible luz, se llena de claridad; y mientras la luz permanece suspendida en el aire inmóvil, el Espíritu se reinfunde en el inmóvil Cuerpo bajo la mortaja[3]208.

Todo esto (la aparición, el descenso, la entrada, la desaparición de la Luz de Dios) ha sido rapidísimo: no en un momento, sino en una fracción de momento.

4       El «Quiero» del divino Espíritu a su fría Carne no tiene sonido. Lo dice la Esencia a la Materia inmóvil. Pero ningún oído humano percibe esa palabra. La Carne recibe ese imperativo y obedece con un profundo respiro… Durante unos momentos, nada más.

Debajo del sudario y de la sábana, la Carne gloriosa se recompone vestida de eterna belleza, se despierta del sueño de la muerte, regresa de la “nada”[4]209 en que estaba, vive después de haber estado muerta. Ciertamente el corazón se despierta y da su primer latido, impulsa en las venas la helada sangre que quedaba e, inmediatamente, crea la medida total de sangre en las arterias vaciadas, en los pulmones inmóviles, en el cerebro entenebrecido, y aporta nuevo calor, salud, fuerza, pensamiento.

Otro instante, y se produce un repentino movimiento bajo la pesada sábana. Tan repentino, que, desde el instante en que El mueve las manos cruzadas, hasta el momento en que aparece, majestuoso, en pie, lleno de resplandor con su vestido de inmaterial materia, sobrenaturalmente bello y majestuoso, con una gravedad que le transforma y eleva sin anularle su identidad, la vista casi no tiene tiempo de captar los momentos sucesivos. Y ahora la vista le admira. ¡Qué distinto de como la mente recuerda! Pulcro, sin heridas ni sangre; sólo resplandeciente, con el resplandor de la luz que mana a chorros de las cinco llagas y rezuma por todos los poros de su epidermis.

5       Cuando da el primer paso –y, al moverse, los rayos que irradian las Manos y los Pies le aureolan de haces de luz: desde la Cabeza, nimbada con un halo constituido por las innumerables pequeñas heridas de la corona, que ya no manan sangre sino sólo fulgor, hasta el borde del vestido–, cuando, abriendo los brazos que tenía juntos en el pecho, descubre la zona de luminosidad vivísima que pasa a través del vestido encendiéndolo con un sol a la altura del Corazón, entonces realmente es la “Luz” que ha tomado cuerpo.

resurreccion 8No la pobre luz de la Tierra, no la pobre luz de los astros, no la pobre luz del Sol. Es la Luz de Dios: todo el fulgor paradisíaco reunido en un solo Ser, un fulgor que le da sus inconcebibles azules como pupilas, sus fuegos de oro como cabellos, sus candores angélicos como vestido y colorido, y todo lo que constituye –y no es descriptible con palabra humana– el supraeminente ardor de la Santísima Trinidad, que anula con su potencia ardiente todo fuego del Paraíso absorbiéndolo en sí para generarlo nuevamente en cada instante del Tiempo eterno, Corazón del Cielo que atrae y difunde su sangre, las innumerables gotas de su sangre incorpórea: los bienaventurados, los ángeles, todo lo que constituye el Paraíso: el amor de Dios, el amor a Dios; todo esto es la Luz que es el Cristo Resucitado, que constituye el Cristo Resucitado.

6       Cuando se mueve, viniendo hacia la salida, y el ojo puede ver más allá del fulgor, entonces aparecen ante mi vista dos luminosidades hermosísimas (sólo como estrellas comparadas con el Sol): una hacia dentro y otra hacia afuera de la puerta, postradas en acto de adoración a su Dios que pasa envuelto en su luz, espirando felicidad con su sonrisa; y sale. Abandona la fúnebre gruta y vuelve a pisar la tierra, la cual se despierta de alegría y resplandece toda en su rocío, en los colores de las hierbas y los rosales, en las infinitas corolas de los manzanos que se abren por un prodigio al recibir los primeros rayos del Sol, que las besan, y ante la presencia del Sol eterno que bajo ellas camina.

Los soldados se han quedado paralizados donde estaban… Las fuerzas corrompidas del hombre no ven a Dios, mientras que las fuerzas puras del universo –las flores, las hierbas, los pájaros– admiran y veneran al Poderoso, que pasa nimbado con su propia Luz y rodeado de un nimbo de luz solar.

Su sonrisa, la mirada que deposita en las flores, en las frondas, o que se alza al cielo sereno, hace aumentar la belleza de todo: y más suaves, y teñidos de un esfumado, sedoso colorido rosáceo, aparecen los millones de pétalos que forman una espuma florecida sobre la cabeza del Vencedor; y más vivos aparecen los diamantes del rocío; y más azul el cielo, que refleja sus Ojos refulgentes; y más festivo el Sol, que pone pinceladas de alegría en una nubecita movida por una brisa ligera que viene a besar a su Rey con fragancias arrebatadas a los jardines y caricias de pétalos sedosos.

Jesús alza la Mano y bendice. Luego, mientras cantan más fuerte los pájaros y más intensamente el viento perfuma, desaparece de mi vista, dejándome en un gozo que borra hasta los más leves recuerdos de tristezas y sufrimientos y las más leves vacilaciones sobre el mañana…

618. Jesús resucitado se aparece a su Madre.

21 de febrero de 1944.

resurreccion 91       María ahora está postrada rostro en tierra. Parece un pobre ser abatido. Parece esa flor de que ha hablado, esa flor muerta a causa de la sed.

La ventana cerrada se abre con un impetuoso golpeo de las recias hojas, y, bajo el primer rayo del Sol, entra Jesús[5]210.

María, que se ha estremecido con el ruido y que alza la cabeza para ver qué ráfaga de viento ha abierto la ventana, ve a su radiante Hijo: hermoso, infinitamente más hermoso que cuando todavía no había padecido; sonriente, vivo, más luminoso que el Sol, vestido con un blanco que parece luz tejida. Y le ve avanzar hacia Ella.

María se endereza sobre sus rodillas y, uniendo las manos sobre el pecho, dice con un

singulto que es risa y llanto:

«Señor, mi Dios».

Y se queda arrobada, contemplándole con su rostro lavado todo en lágrimas, pero sereno ahora, sosegado por la sonrisa y el éxtasis.

2       Pero El no quiere ver a su Madre de rodillas como una sierva. Y la llama tendiéndole las Manos, cuyas heridas emanan rayos que hacen aún más luminosa su Carne gloriosa:

«¡Mamá!».

Y no es esa palabra afligida de los coloquios y despedidas anteriores a la Pasión, ni el lamento desgarrado del encuentro en el Calvario y de la agonía. Es un grito de triunfo, de alegría, de liberación, de fiesta, de amor, de gratitud.

Y se inclina hacia su Madre, que no osa tocarle, y le pone sus Manos bajo los codos doblados, la pone en pie, la aprieta contra su Corazón y la besa.

¡Oh, entonces María comprende que no es una visión, sino que es su Hijo realmente resucitado; que es su Jesús, el Hijo que sigue amándola como Hijo! Y, con un grito, se le arroja al cuello y le abraza y le besa, riendo y llorando. Le besa en la Frente, donde ya no hay heridas; en la Cabeza, que ya no está despeinada ni sangra; en los Ojos fúlgidos; en las Mejillas ahora sanas; en la Boca que ya no está hinchada. Y luego toma sus Manos y besa los dorsos y las palmas, en las radiosas heridas. Y, con un impulso repentino, se agacha a sus Pies, retira el vestido resplandeciente que los cubre, y los besa.

3       Luego se levanta, le mira, no se atreve…

Pero El comprende y sonríe. Retira levemente su vestido en la parte del pecho y dice:

«¿Y esta llaga, Mamá, no la besas; esta que tanto te ha hecho sufrir y que sólo tú eres digna de besar? Bésame en el Corazón, Mamá. Tu beso me borrará el último recuerdo de todo lo que significa dolor, y me dará ese gozo que todavía le falta a mi Gozo de Resucitado».

Y toma entre sus manos la cara de su Madre y apoya los labios de Ella en los labios de la herida del Costado, de donde manan chorros de luz vivísima. El rostro de María, sumergido en ese torrente de rayos, aparece aureolado por esa luz.

Ella besa, besa, mientras Jesús la acaricia. No se cansa de besar. Parece un sediento que ha pegado su boca a la fuente y de la fuente esté bebiendo esa vida que se le escapaba.

4       Ahora Jesús habla.

«Todo ha terminado, Mamá. Ya no tienes que llorar por tu Hijo. La prueba está consumada. La Redención se ha producido. Mamá, gracias por haberme concebido, criado, ayudado en la vida y en la muerte.

He sentido llegar a mí tus oraciones, que han sido mi fuerza en el dolor, mis compañeras en mi viaje por este mundo y más allá de este mundo; tus oraciones han estado conmigo en la Cruz y en el Limbo. Eran el incienso que precedía al Pontífice que iba a llamar a sus siervos para llevarlos al templo que no muere: a mi Cielo. Tus oraciones han venido conmigo al Paraíso, precediendo como voz angélica al cortejo de los redimidos guiados por el Redentor, para que los ángeles estuvieran preparados para saludar al Vencedor que volvía a su Reino. El Padre y el Espíritu Santo las han oído y visto, y han sonreído como a la flor más hermosa y al más dulce canto nacidos en el Paraíso. Las han conocido los Patriarcas y los nuevos Santos, los nuevos, primeros, ciudadanos de mi Jerusalén. Y Yo te traigo el “gracias” de ellos, Mamá, junto con el beso de tus padres y su bendición, y la de tu esposo del alma, José[6]211.

¡Todo el Cielo entona su hosanna para ti, Madre mía, Mamá Santa! Un hosanna que no muere, que no es falso como el que hace unos días la gente entonó para mí.

5 Ahora voy al Padre con mi figura humana. El Paraíso debe ver al vencedor en esa figura de Hombre con que ha vencido al Pecado del Hombre. Pero luego regresaré.

Tengo que confirmar en la Fe a quien no cree todavía y necesita creer para llevar a otros a creer; debo fortalecer a los pequeños, que tendrán necesidad de mucha fortaleza para resistir al mundo.

Luego subiré al Cielo. Pero no te dejaré sola. Mamá, ¿ves ese velo? Aun dentro de mi abatimiento, he irradiado poder milagroso para ti, para darte ese consuelo. Y para ti cumplo otro milagro. Tú me tendrás, en el Sacramento, real como cuando me llevabas dentro de ti.

Nunca estarás sola. En estos días lo has estado. Pero mi Redención[7]212 requería también este dolor tuyo. Mucho ha de añadirse continuamente a la Redención, porque mucho será creado continuamente en el orden del Pecado. Llamaré a todos mis siervos a esta coparticipación redentora. Y tú eres aquella que, por si sola, hará más que todos los santos juntos. Por eso, se requería también este largo abandono.

A partir de ahora, ya no. Ya no estoy escindido del Padre. Tú ya no estarás escindida del Hijo. Y, teniendo al Hijo, tienes a la Trinidad nuestra. Tú, Cielo viviente, serás portadora de la Trinidad en la Tierra, en medio de los hombres, y santificarás a la Iglesia, tú, Reina del Sacerdocio y Madre de los Cristianos.

Luego Yo vendré a recogerte. Y ya no seré Yo en ti, sino que serás tú en mí, quien, en mi Reino, haga más hermoso el Paraíso.

6 Ahora me marcho, Madre. Voy a hacer feliz a la otra María. Luego subo al Padre.

Luego vendré a quien no cree.

Mamá, tu beso por bendición, y mi Paz a ti por compañía. Adiós».

Y Jesús desaparece en el sol, que desciende a chorros del cielo matutino y sereno.

[1] 206 Cfr. Mt. 28, 2–4

[2] 207 porque ya había sido vista y descrita más concisamente (véase nota en 587.13) el 21 de febrero de 1944.

[3] 208 Tiene esta descripción, algunos puntos de contacto con Ez. 37, 1–14.

[4] 209 La palabra “nada” no se puede tomar en sentido absoluto, sino como en Flp. 2, 7–8

[5] 210 Que Jesús, suprema y eterna Luz (cfr. Is. 60, 19–20; Ap. 21, 23; 22, 5) haya resucitado a la aurora, se desprende de los Evangelios y por ej. del hermoso himno de la liturgia romana en el tiempo pascual, anterior al siglo noveno.

[6] 211 Expresión muy bella para indicar que s. José fue verdadero esposo, pero virginal. Cfr. Mt. 1, 18–25; Lc. 1, 26–38.

[7] 212 Esto es, la redención realizada por Jesús.

619. Las pías mujeres al pie del Sepulcro[1]213.

2 de abril de 1945.

resurreccion 101       Entretanto las mujeres, dejada ya la casa, caminan, sombras en la sombra, muy cerca del muro. Durante un rato guardan silencio, bien arrebozadas y medrosas por tanto silencio y soledad. Luego, recobrando los ánimos a la vista de la calma absoluta que hay en la ciudad, se reúnen en grupo y encuentran el valor para hablar.

-«¿Estarán abiertas ya las puertas?» pregunta Susana.

-«Claro que sí. Mira allí el primer hortelano que entra con las verduras. Va al mercado» responde Salomé.

-«¿Nos dirán algo?». Es también Susana la que hace esta pregunta.

-«¿Quién?» pregunta la Magdalena.

-«Los soldados, en la puerta Judicial. Por esa puerta… entran pocos y, menos todavía, salen… Crearemos recelos…».

-«¿Y qué? Nos mirarán. Verán a cinco mujeres que van hacia el campo. Podríamos ser también personas que después de la Pascua regresan a sus pueblos».

-«Pero… Para no llamar la atención de algún malintencionado, ¿por qué no salimos por otra puerta y luego volvemos siguiendo el muro bien pegadas a él?…».

-«Alargamos el camino».

-«Pero estaremos más seguras. Pasamos por la puerta del Agua…».

-«Yo que tú, Salomé, pasaría por la puerta Oriental. ¡Así sería más larga la vuelta que tendrías que dar! Tenemos que darnos prisa y volver pronto». La que habla tan resueltamente es la Magdalena.

-«Entonces otra, pero no la puerta Judicial. Esto sí, mujer…», le ruegan todas.

-«De acuerdo. 2 Pero entonces pasamos por casa de Juana. Nos insistió en que la advirtiéramos. Si hubiéramos ido directamente, hubiéramos podido no pasar por su casa, pero, dado que queréis dar una vuelta más grande, pues vamos donde ella…».

-«¡Sí! ¡Sí! Incluso por los soldados que están allí de guardia… Ella es conocida y se la teme…».

-«Yo sugeriría también pasar por casa de José de Arimatea. Es el dueño del sitio».

-«¡Claro, y ahora formamos un cortejo para no llamar la atención! ¡Pero qué hermana más temerosa tengo! Mira, Marta, más bien hacemos esto: yo me adelanto y observo; vosotras venís detrás con Juana; si hay peligro, me pongo en medio del camino, de forma que me veáis; en ese caso, regresamos. Pero, os aseguro que los soldados, al ver esto –ya lo he previsto yo (y enseña una bolsa llena de monedas)– nos dejarán hacer todo».

-«Se lo decimos también a Juana. Tienes razón».

-«Entonces marchaos. Y yo también».

-«¿Vas sola, María? Voy contigo» dice Marta, temerosa por su hermana.

-«No. Tú ve donde Juana con María de Alfeo. Salomé y Susana te esperan cerca de la puerta por la parte de fuera de las murallas. Y luego venís por la vía principal todas juntas. Adiós».

Y María Magdalena corta otros posibles comentarios yéndose rauda con su bolsa de bálsamos y sus monedas en el pecho.

Va tan rápida, que parece volar por el camino, que se hace más alegre con el primer rosicler de la aurora. Pasa la puerta Judicial para ahorrar tiempo. Y nadie la para…

3       Las otras la ven alejarse. Luego vuelven las espaldas a la bifurcación de calles en que estaban y toman otra, estrecha y obscura, que luego se abre, ya cerca del Sixto, para formar una calle más ancha y abierta, donde hay hermosas casas. Se separan: Salomé y Susana siguen por esa misma calle; Marta y María de Alfeo llaman al portón herrado, y se ponen delante de la pequeña ventana –un ventanillo– entreabierta por el portero.

Entran y van donde Juana, la cual, ya levantada y vestida toda de un morado obscurísimo que resalta aún más su palidez, está trabajando también con unos bálsamos, junto con la nodriza y una criada.

-«¿Habéis venido? Dios os lo pague. Pero, si no hubierais venido, habría ido yo… En busca de consuelo… Porque, después de ese tremendo día, muchas cosas se han alterado. Y, para no sentirme sola, debo ir a apoyarme en esa piedra y llamar y decir: “Maestro, soy la pobre Juana… No me dejes sola también Tú…”».

Juana llora quedo, pero con mucha desolación, mientras Ester, la nodriza, hace vistosos gestos indescifrables detrás de Juana mientras le coloca el manto.

-«Yo me marcho, Ester» .

-«¡Dios te dé consuelo!».

Salen del palacio para unirse a las compañeras. Es en este momento cuando se produce el breve y fuerte terremoto, que hace cundir el pánico de nuevo entre los jerosolimitanos, aterrorizados todavía por los hechos acaecidos el viernes. Las tres mujeres vuelven sobre sus pasos precipitadamente, y se quedan en el amplio vestíbulo, en medio de las criadas y criados que gritan e invocan al Señor, temerosas de nuevos temblores de tierra…

4       …La Magdalena, sin embargo, está ya en la entrada del caminito que lleva al huerto de José de Arimatea cuando la sorprende el potente estampido, potente pero armónico, de este signo celeste. Al mismo tiempo, en la luz levemente rosada de la aurora que va avanzando en el cielo –donde todavía en el Occidente resiste una tenaz estrella– y que va poniendo melado el aire hasta ahora levemente verdoso, se enciende una gran luz, que desciende como si fuera un globo incandescente, brillantísimo, cortando en zigzag el aire sereno.

Pasa muy cerca de María de Magdala (casi hace que se caiga al suelo). Ella se pliega un poco susurrando:

«¡Mi Señor!»,

y luego, como un tallito tras el paso del viento, se endereza de nuevo y, más veloz, corre hacia el huerto.

Entra en él rápidamente: va hacia el sepulcro de roca como un pájaro perseguido en busca de su nido. Pero, a pesar de toda su prisa, no puede estar allí cuando el celeste meteoro hace de palanca y de llama en la argamasa con que está sellada y reforzada la pesada piedra; ni cuando, con fragor final, la puerta de piedra cae produciendo una vibración que se une a la del terremoto, el cual, a pesar de ser breve, es de una violencia tal, que echa por tierra a los soldados como muertos.

María, al llegar, ve a estos inútiles carceleros del Triunfador arrojados al suelo como un haz de espigas cortadas. María Magdalena no relaciona el terremoto con la Resurrección, sino que, al ver ese espectáculo, cree que se trata del castigo de Dios contra profanadores del Sepulcro de Jesús, y cae de rodillas diciendo:

«¡Ay, se lo han llevado!».

Está verdaderamente desolada. Llora como una niña que hubiera venido a buscar a su padre, con la seguridad de encontrarlo, y se hubiera encontrado vacía la casa.

5       Luego se alza y se marcha corriendo en busca de Pedro y Juan. Y, dado que ya sólo piensa en avisar a los dos, no se acuerda de ir al encuentro de las compañeras, ni se acuerda de detenerse en el camino, sino que, veloz como una gacela, vuelve a pasar por el camino recorrido antes, atraviesa la puerta Judicial y corre desalada por las calles, que ahora tienen un poco más de gente, para toparse contra el portón de la casa amiga y golpearlo y empujarlo furiosamente.

Le abre la dueña.

«¿Dónde están Juan y Pedro?» pregunta jadeante y angustiada María Magdalena.

-«Allí», y la mujer señala hacia el Cenáculo.

María de Magdala entra y, nada más entrar, enfrente de los dos asombrados apóstoles, dice (y en su voz, mantenida baja por piedad hacia la Madre, hay más angustia que si hubiera gritado):

-«¡Se han llevado del Sepulcro al Señor! ¡Quién sabe dónde le habrán puesto?»,

y por primera vez se tambalea y vacila y, para no caerse, se agarra donde puede.

-«¿Cómo! ¿Qué dices?»

preguntan los dos. Y ella, jadeante:

-«Yo me adelanté… para comprar a los soldados que estaban de guardia… para que nos permitieran embalsamar. Ellos están allí como muertos… El Sepulcro está abierto, la piedra por el suelo… ¿Quién? ¿Quién habrá sido? ¡Venid! Vamos corriendo…».

Pedro y Juan se encaminan. María los sigue a algunos pasos de distancia. Luego vuelve, agarra a la dueña de la casa, la zarandea con violencia movida de su amor previsor y le dice junto a la cara con voz sibilante:

-«Que no se te ocurra dejar pasar a nadie donde está Ella (y señala la puerta de la habitación de María). Recuerda que yo mando en ti. Obedece y calla».

Y, dejándola verdaderamente sobrecogida, da alcance a los apóstoles, que con paso veloz van hacia el Sepulcro…

 6      …Entretanto, Susana y Salomé, en llegando a las murallas, habiendo dejado a sus compañeras, se ven sorprendidas por el terremoto. Atemorizadas, se refugian debajo de un árbol, y se quedan allí, con el dilema de si ir hacia el Sepulcro o si huir hacia la casa de Juana: pero el amor vence al miedo y van hacia el Sepulcro.

resurreccion 11Entran, todavía turbadas, en el huerto, y ven a los soldados, como muertos… Ven una gran luz salir del Sepulcro abierto. Aumenta su turbación, y termina haciéndose completa cuando, cogidas de la mano para infundirse recíprocamente ánimos, se asoman a la entrada y, en la obscuridad de la gruta sepulcral, ven a una criatura luminosa y hermosísima, dulcemente sonriente, saludarlas desde el sitio donde está: apoyada en la parte derecha de la piedra de la unción, cuyo gris volumen, detrás de tanto incandescente esplendor, se desvanece. Caen de rodillas, aturdidas por el estupor. Pero el ángel les habla dulcemente:

-«No tengáis miedo de mí. Soy el ángel del divino Dolor[2]214. He venido para experimentar la dicha de su final: ya no existe el dolor del Cristo ni su anonadamiento en la muerte. Jesús de Nazaret, el Crucificado al que vosotras buscáis, ha resucitado. ¡Ya no está aquí! Vacío está el lugar en que había sido colocado. Exultad conmigo. Id. Decidle a Pedro y decid a los discípulos que ha resucitado y que os precede hacia Galilea. Allí le veréis todavía, aunque por poco tiempo, según ha dicho».

Las mujeres caen rostro en tierra y, cuando lo alzan, huyen como si un castigo las persiguiera. Están aterrorizadas y susurran:

-«¡Ahora moriremos! ¡Hemos visto al ángel del Señor!».

Ya en pleno campo se calman un poco, y se consultan recíprocamente. ¿Qué hacer? Si dicen lo que han visto, no las creerán; si dicen que vienen de allí, pueden ser acusadas por los judíos de haber matado a los soldados que estaban de guardia. No, no pueden decir nada; ni a los amigos ni a los enemigos…

Atemorizadas, enmudecidas, vuelven por otro camino hacia casa. Entran y se refugian en el Cenáculo. Ni siquiera piden ver a María… Y allí piensan que lo que han visto ha sido un engaño del Demonio. Siendo, como son, humildes, juzgan que

-«no puede ser que a ellas les haya sido concedido ver al enviado de Dios. Es Satanás el que ha querido atemorizarlas para alejarlas de allí».

Lloran y oran como dos niñas asustadas por una pesadilla…

7       …El tercer grupo, el de Juana, María de Alfeo y Marta, visto que nada nuevo sucede, se decide a ir al lugar donde, sin duda, están las compañeras esperando.

resurreccion 12Salen a las calles, donde ya hay gente, gente asustada que habla del nuevo terremoto y lo relaciona con los hechos del viernes y ve incluso lo que no existe.

-«¡Mejor, si están todos asustados! Quizás también lo estén los soldados de la guardia y no pongan objeciones» dice María de Alfeo. Y van raudas hacia las murallas.

8       Pero, mientras ellas van allá, al huerto han llegado ya Pedro y Juan, seguidos por la Magdalena. Y Juan, más rápido, es el primero en llegar al Sepulcro. Los soldados ya no están. Tampoco está ya el ángel.

Juan se arrodilla, temeroso y afligido, en la entrada totalmente abierta; se arrodilla para hacer un acto de veneración y para captar algún indicio de las cosas que ve. Pero sólo ve, en el suelo, los paños de lino, puestos en un montón encima de la Sábana.

-«¡Pues verdaderamente no está, Simón! Es como lo había visto María. Ven, entra, mira».

Pedro, jadeando por la gran carrera realizada, entra en el Sepulcro. Por el camino había dicho:

-«No me voy a atrever a acercarme a ese sitio».

Pero ahora sólo piensa en descubrir dónde puede estar el Maestro. E incluso le llama, como si pudiera estar escondido en algún rincón obscuro.

La obscuridad, en esta hora matutina, es todavía fuerte en el profundo Sepulcro cuya única fuente de luz es la pequeña abertura de la puerta, en la que proyectan sombra ahora Juan y la Magdalena… Y Pedro tiene dificultad para ver, de forma que tiene que ayudarse con las manos… Toca, temblando, la mesa de la unción y la siente vacía…

-«¡No está, Juan! ¡No está!… ¡Ven también tú! Yo he llorado tanto, que casi no veo con esta poca luz».

Juan se pone de pie y entra. Mientras Juan hace esto, Pedro descubre el sudario, colocado en un rincón, bien doblado; y, dentro del sudario, cuidadosamente enrollada, la sábana.

-«Verdaderamente se lo han llevado. Los soldados estaban no por nosotros sino para hacer esto… Y nosotros les hemos dejado actuar. Marchándonos, lo hemos permitido…».

-«¡Oh! ¿Dónde le habrán puesto!».

-«Pedro… Pedro… ahora sí que ya no hay nada que hacer».

Los dos discípulos salen abatidos por completo.

-«Vamos, mujer. Díselo tú a su Madre…».

-«Yo no me marcho. Me quedo aquí… Alguno vendrá… No, no me voy… Aquí hay todavía algo que de El. Tenía razón su Madre… Respirar el aire donde El ha estado es el único consuelo que nos queda».

-«El único consuelo… Ahora tú también te percatas de que esperar era una quimera…» dice Pedro.

María ni siquiera responde. Se deja caer al suelo, justo junto a la entrada, y llora mientras los otros se marchan lentamente.

9       Luego levanta la cabeza y mira adentro, y, a través de las lágrimas, ve a dos ángeles[3]215, sentados el uno en la cabecera y el otro en los pies de la piedra de la unción.

Está tan aturdida la pobre María, en su más fiera batalla entre la esperanza que muere y la fe que no quiere morir, que los mira alelada, sin asombro siquiera. Ya no tiene sino lágrimas, la mujer fuerte que con heroísmo ha resistido todo.

resurreccion 13-«¿Por qué lloras, mujer?»

pregunta uno de los dos luminosos muchachos (porque su aspecto es el de dos hermosísimos adolescentes).

-«Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde le han puesto».

María habla con ellos sin miedo. No pregunta:

-«¿Quiénes sois?».

Nada. Ya nada le causa estupor. Todo lo que puede asombrar a una criatura ella ya lo ha sufrido. Ahora es sólo un ser quebrantado que llora sin fuerzas y sin reserva. El jovencito angélico mira a su compañero y sonríe. Y el otro también. Y, resplandeciendo de júbilo angélico, ambos miran afuera, hacia el huerto del todo florecido por los millones de corolas que se han abierto con el primer sol en los tupidos manzanos del pomar.

10     María se vuelve para ver a quién miran. Y ve a un Hombre, hermosísimo, al que no sé como puede no reconocer inmediatamente. Un Hombre que la mira con piedad y le pregunta:

-«Mujer, ¿por qué lloras? ¿A. quién buscas?».

Es verdad que es un Jesús velado por su propia piedad hacia la criatura, a la que las demasiadas emociones han agotado y podría morir a causa de la repentina alegría; pero de verdad me pregunto cómo puede no reconocerle. Y María, entre sollozos:

-«¡Se me han llevado al Señor Jesús! Había venido a embalsamarle en espera de que resucitara… He tenido recogido todo mi coraje y mi esperanza, y mi fe, en torno a mi amor… y ahora ya no le encuentro… No, más bien he puesto mi amor en torno a la fe, a la esperanza y al coraje, para defenderlo de los hombres… ¡Pero todo es inútil! Los hombres me han robado a mi Amor, y con El me han arrebatado todo… ¡Oh, mi señor, si eres tú el que se lo ha llevado, dime dónde le has puesto! Y yo iré por El… No se lo diré a nadie… Será un secreto entre tú y yo. Mira: soy la hija de Teófilo, la hermana de Lázaro, pero estoy de rodillas delante de ti suplicándote, como una esclava. ¿Quieres que te compre su Cuerpo? Lo haré. ¿Cuánto quieres? Soy rica. Puedo darte tanto oro y gemas como pesa su Cuerpo. Pero devuélvemelo. No te denunciaré. ¿Quieres golpearme? Hazlo. Haciéndome verter sangre, si quieres. Si sientes odio hacia El, descárgalo sobre mí. Pero devuélvemelo. ¡Oh, mi señor, no me hagas pobre de esta manera, con esta indigencia! ¡Piedad de una pobre mujer!… ¿Por mí no quieres? Por su Madre, entonces. ¡Dime! Dime dónde está mi Señor Jesús. Soy fuerte. Le tomaré entre mis brazos y le llevaré como a un niño a lugar seguro. Señor… señor… ya lo ves… hace tres días que la ira de Dios se descarga sobre nosotros por lo que se hizo al Hijo de Dios… No añadas la Profanación al Delito…».

-«¡María!».

Jesús aparece radioso al llamarla. Se revela con su esplendor triunfante.

-«¡Rabbuni!».

resurreccion 14El grito de María es verdaderamente “el gran grito” que cierra el ciclo de la muerte. Con el primero, las tinieblas del odio fajaron a la Víctima con vendas fúnebres; con el segundo, las luces del amor aumentaron su esplendor. Y María, al emitir este grito que llena el huerto, se alza y, presurosa, va a los pies de Jesús, a esos pies que quisiera besar. Jesús, tocándola apenas con la punta de los dedos en la frente, la separa:

-«¡No me toques! No he subido con esta figura todavía a mi Padre. Ve donde mis hermanos y amigos y diles que subo al Padre mío y vuestro, a mi Dios y a vuestro Dios, y luego iré donde ellos».

Y Jesús, absorbido por una luz irresistible, desaparece.

11     María besa el suelo donde El estaba y corre hacia la casa. Entra como un rayo –la puerta está entornada para dejar paso al amo de la casa, que se dirige hacia la fuente–, abre la puerta de la habitación de María y se deja caer en el corazón de Ella, gritando:

-«¡Ha resucitado! ¡Ha resucitado!»,

y llora llena de dicha. Y, mientras acuden Pedro y Juan y del Cenáculo vienen las asustadas Salomé y Susana y escuchan lo que la Magdalena dice, también vuelven de la calle María de Alfeo y Marta y Juana, las cuales, con respiro entrecortado, dicen que ellas también han estado allí, y que han visto a dos ángeles que decían ser el Custodio del Hombre Dios y el Ángel de su Dolor, y que les han dado la orden de decir a los discípulos que había resucitado. Y, al ver que Pedro menea la cabeza, insisten diciendo:

 resurreccion 15-«Sí. Han dicho: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado, como dijo estando todavía en Galilea. ¿No os acordáis? Dijo: ‘El Hijo del hombre debe ser entregado en manos de los pecadores y ser crucificado. Pero al tercer día resucitará’ “».

Pedro menea la cabeza diciendo:

-«¡Demasiadas cosas en estos días! Os han ofuscado».

La Magdalena alza la cabeza del pecho de María y dice:

«¡Le he visto! Le he hablado. Me ha dicho que sube al Padre y luego viene. ¡Qué hermoso estaba!»,

y llora como nunca ha llorado, ahora que ya no ha de torturarse a sí misma para hacer fuerza contra la duda procedente de todas partes.

Pero Pedro, y también Juan, se quedan muy dudosos. Se miran y sus ojos dicen: “¡Imaginación de mujeres!”.

Entonces también Susana y Salomé se atreven a hablar. Pero la misma, inevitable diferencia en los detalles de los soldados, que primero están como muertos y luego ya no están; y de los ángeles, que en un momento son uno y en otro dos, y que no se han mostrado a los apóstoles; y de las dos versiones sobre el hecho de que Jesús va allí o que precede a los suyos hacia Galilea… esto hace que la duda, es más, la persuasión de los apóstoles crezca cada vez más.

12     María, la Madre dichosa, calla, sujetando a la Magdalena… No comprendo el misterio de este silencio materno. María de Alfeo dice a Salomé:

-«Vamos a volver allá nosotras dos: Vamos a ver si estamos todas borrachas…»,

y se marchan rápidas.

Las otras se quedan –comedidamente no tomadas en consideración por los dos apóstoles– junto a María, que guarda silencio, absorta en un pensamiento que cada uno interpreta a su manera y que ninguno comprende que es un éxtasis. Vuelven las dos mujeres ya más bien ancianas:

-«¡Es verdad! ¡Es verdad! Le hemos visto. Nos ha dicho junto al huerto de Bernabé: “Paz a vosotras. No temáis. Id a decir a mis hermanos que he resucitado y que vayan dentro de unos días a Galilea. Allí estaremos todavía un tiempo juntos”. Esto ha dicho. María tiene razón. Hay que decírselo a los de Betania, a José, a Nicodemo, a los discípulos más leales, a los pastores. Hay que ir, hay que hacer, hacer… ¡Oh! ¡Ha resucitado!…», lloran todas, felices. «No estáis en vuestros cabales, mujeres. El dolor os ha ofuscado. La luz os ha parecido ángel; el viento, voz; el Sol, Cristo. Yo no os critico. Os comprendo, pero sólo puedo creer en lo que he visto: el Sepulcro abierto y vacío, y los soldados que habían substraído el Cadáver y habían huido».

-«¡Pero si lo dicen los propios soldados, que ha resucitado! ¡Si la ciudad está toda revuelta, y los príncipes de los sacerdotes están locos de ira, porque los soldados, huyendo aterrorizados, han hablado! Ahora quieren que digan lo contrario y les pagan por hacerlo. Pero ya se sabe. Y, si los judíos no creen en la Resurrección, no quieren creer, muchos otros creen…».

-«¡Mmm! ¡Las mujeres!…». Pedro se encoge de hombros y hace ademán de marcharse.

13     Entonces la Madre, que sigue teniendo sobre su corazón a la Magdalena (que llora como un sauce bajo un aguacero por su desmesurada dicha), besándole sus rubios cabellos, alza su rostro transfigurado y dice una breve frase:

-«Realmente ha resucitado. Yo le he tenido entre mis brazos y he besado sus Llagas»,

y luego reclina otra vez su cabeza sobre los cabellos de la apasionada y dice:

-«Sí, la dicha es mayor aún que el dolor. Y no es más que un granito de arena respecto a lo que será tu océano de dicha eterna. ¡Oh, bienaventurada que por encima de la razón has hecho hablar al espíritu!».

Pedro ya no osa negar… y, con uno de esos virajes del Pedro antiguo, que ahora vuelve a aflorar, dice, y grita, como si de los otros y no de él dependiera el retraso:

-«Pues entonces, si es así, hay que comunicárselo a los otros; a los que están dispersos por los campos… buscar… hacer… ¡Venga, moveos! Si realmente fuera allí… al menos que nos encuentre»,

y no se da cuenta de que todavía está confesando que no cree ciegamente en la Resurrección.

620. Consideraciones sobre la Resurrección.

21 de febrero de 1944.

1 Dice Jesús:

«Las oraciones ardientes de María anticiparon algo mi Resurrección. Yo había dicho: “Al Hijo del hombre le matarán, pero al tercer día resucitará”. Había muerto a las tres de la tarde del viernes. Tanto si calculáis los días por su nombre como si calculáis las horas, no era el alba dominical la que debía verme resucitar. En cuanto a horas, mi Cuerpo había estado sin vida treinta y ocho[4], en vez de setenta y dos; en cuanto a días, habría debido, al menos, llegar la tarde de este tercer día para decir que había estado tres días en la tumba.

Pero María anticipó el milagro. Como cuando con su oración abrió los Cielos algunos años antes respecto a la época fijada[5]216 para dar al mundo su Salvación, así ahora Ella obtiene la anticipación de algunas horas para dar consuelo a su corazón agonizante.

2 Y Yo, al rayar el alba del tercer día, bajé como sol que desciende, y con mi fulgor derretí los sellos humanos, tan inútiles ante el poder de un Dios; con mi fuerza hice palanca para volcar la piedra inútilmente vigilada; con mi aparición creé un fulgor que echó por tierra a los tres veces inútiles soldados que habían sido puestos de guardia para custodia de una muerte que era Vida y que ninguna fuerza humana podía impedir que lo fuera.

Mucho más potente que vuestra corriente eléctrica, mi Espíritu entró como espada de Fuego divino a dar calor a los fríos restos mortales de mi Cadáver, y al nuevo Adán el Espíritu de Dios le sopló la vida[6]217, diciéndose a sí mismo: “Vive. Lo quiero”.

Yo, que había resucitado a los muertos cuando no era sino el Hijo del hombre, la Víctima designada para cargar con las culpas del mundo, ¿no iba a poder resucitarme a mí mismo, ahora que era el Hijo de Dios, el Primero y el Ultimo[7]218, el Viviente eterno, Aquel que tiene en sus manos las llaves de la Vida y la Muerte[8]219? Y mi Cadáver sintió que la Vida volvía a El. Mira: respiro profundamente, como un hombre que se despierte después del sueño producido por una enorme fatiga. Y todavía no abro mis ojos. La sangre vuelve a circular, todavía poco rápida, en las venas, y devuelve el pensamiento a la mente. ¿Y venía de tan lejos! Mira: como en un hombre herido y sanado por una fuerza milagrosa, la sangre vuelve a las venas vacías, llena el Corazón, da calor a los miembros del Cuerpo, y las heridas se cierran, desaparecen cardenales y llagas, la fuerza vuelve. ¡Y estaba tan herido! Interviene la Fuerza y Yo quedo curado, me despierto, vuelvo a la Vida. Estuve muerto. ¡Ahora vivo! ¡Ahora me pongo en pie!

Me quito la mortaja, aparto de mí la capa de ungüentos. No los necesito para aparecer como Belleza eterna, como eterna Integridad. Me visto con vestiduras que no son de esta Tierra, sino que las ha tejido quien es mi Padre, El, que teje la seda de las virginales azucenas. Estoy vestido de esplendor. Mi adorno son las llagas, que ya no rezuman sangre sino que irradian luz, esa luz que será el gozo de mi Madre y de los bienaventurados, y el terror, la visión insoportable de los malditos y de los demonios en la Tierra y en el último día.

3 El ángel de mi vida de hombre y el ángel de mi dolor están postrados delante de mí y adoran mi Gloria. Están mis dos ángeles. Uno, para gozarse en la visión de su Custodiado, que ahora ya no tiene necesidad de la angélica defensa. El otro, que ha visto mis lágrimas, para ver mi sonrisa; que ha visto mi batalla, para ver mi victoria; que ha visto mi dolor, para ver mi dicha.

4 Y salgo al huerto lleno de capullos de flores y rocío. Y los manzanos abren sus corolas para formar un arco florecido sobre mi cabeza de Rey. Las hierbas hacen de alfombra de gemas y de corolas a mi pie, que vuelve a pisar la Tierra redimida después de haber sido alzado sobre ella para redimirla. Me saluda el primer sol, y el viento dulce de abril, y la leve nube que pasa, rosácea como mejilla infantil, y los pájaros entre las frondas. Soy su Dios. Me adoran.

Paso entre los soldados desvanecidos, símbolo de las almas en pecado mortal, que no oyen el paso de Dios. ¡Es Pascua, María! ¡Esto sí que es el “Paso del Angel de Dios! Su Paso de la muerte a la vida. Su Paso para dar Vida a los que creen en su Nombre. ¡Es Pascua! Es la Paz que pasa por el mundo. La Paz ya sin el velo de la condición de hombre; libre, completa en su restablecida eficiencia de Dios.

5 Y voy donde mi Madre. Muy justo es que vaya. Lo fue para mis ángeles, mucho más lo es para aquella que, además de custodiadora mía y consuelo mío, fue la que me dió la vida. Antes incluso de volver al Padre con mi figura humana glorificada, voy a mi Madre. Voy con el fulgor de mi figura paradisíaca y de mis Gemas vivas. Ella me puede tocar, Ella puede besarlas, porque es la Pura, la Hermosa, la Amada, la Bendita, la Santa de Dios.

El nuevo Adán va donde la nueva Eva. El mal entró en el mundo a través de la mujer, y la Mujer lo ha vencido[9]220. El Fruto de la Mujer ha desintoxicado a los hombres de la baba de Lucifer. Ahora, si ellos quieren, pueden salvarse. Ha salvado a la mujer que tan frágil quedó después de la mortal herida.

6 Y después de a la Pura –a la que por derecho de santidad y maternidad es justo que vaya el Hijo–Dios– me presento a la mujer redimida, a la que es cabeza, representante de todas las femeniles criaturas a que he venido a liberar de la presa de la lujuria. Para que les diga a ellas que se acerquen a mí para curarse; que tengan fe en mí; que crean en mi Misericordia que comprende y perdona; que para vencer a Satanás, que atormenta su carne, miren a mi Carne adornada con las cinco heridas.

No dejo que ella me toque. Ella no es la Pura, que puede tocar sin contaminar al Hijo que vuelve al Padre. Mucho debe purificar todavía con la penitencia. Pero su amor merece este premio. Ella ha sabido resucitar por su voluntad[10]221 del sepulcro de su vicio;

estrangular a Satanás, que la tenía apresada; desafiar al mundo por amor a su Salvador; ha sabido despojarse de todo lo que no fuera amor; ha sabido ser sólo amor que se consume por su Dios. Y Dios la llama: “María”. Oye cómo responde: “¿Rabbuní!”. En ese grito está su corazón.

A ella, que lo ha merecido, le doy el encargo de ser la mensajera de la Resurrección.

Y una vez más sufrirá el escarnio, leve escarnio, como si delirara. Pero no le importa nada a María de Magdala, a María de Jesús, el juicio de los hombres. Me ha visto resucitado, y ello le produce una alegría que calma todo otro sentimiento.

¿Ves cómo amo a quien fue culpable, pero quiso salir de la culpa? Ni siquiera es a Juan al primero que me aparezco. Me aparezco a la Magdalena. Juan había recibido ya de mí el grado de hijo. Podía recibirlo, porque era puro y podía ser hijo no sólo espiritual, sino también dador y receptor –a la Pura y de la Pura de Dios– de los cuidados o necesidades que están ligados a la carne.

Magdalena, la resucitada a la Gracia, tiene la primera visión de la Gracia Resucitada.

7 Cuando me amáis hasta el punto de vencer todo por mí, Yo tomo vuestra cabeza y vuestro corazón enfermos entre mis manos traspasadas y espiro en vuestro rostro mi Poder. Y os salvo, os salvo, amados hijos. Y de nuevo aparecéis hermosos, sanos, libres, felices; volvéis a ser los amados hijos del Señor; hago de vosotros los portadores de mi Bondad en medio de los indigentes seres humanos, aquellos que les dais a ellos testimonio de mi Bondad, para convencerlos de ella y de mí.

Tened, tened, tened fe en mí. Tened amor. No temáis. Que os infunda seguridad en el Corazón de vuestro Dios todo lo que ese Corazón ha padecido para salvaros.

Tú, pequeño Juan, sonríe después de haber llorado. Tu Jesús ya no sufre. Ya no hay ni Sangre ni heridas, sino que hay luz, luz, luz y alegría y gloria. Que mi luz y mi alegría estén en ti hasta que llegue la hora del Cielo».

[1] 213 Cfr. Mt. 28, 1–10; Mc. 16, 2–8; Lc. 24, 2–12; Ju. 20, 1–18.

[2] 214 Cfr. Lc. 22, 39–46. Nótese como esta Obra, en este primer punto, hable de un solo ángel, como Mt. y Mc. en sus lugares respectivos (not. 213)

[3] 215 Nótese como la presente Obra, en este segundo punto, habla de dos ángeles como Lc. y Ju. en sus lugares respectivos (not. 213).

[4] O sea la resurrección se produce a las 5 am del domingo

[5] 216 Cfr. Dan. 9.

[6] 217 Alusión a Gén. 2, 7.

[7] 218 Cfr. Is. 41, 4; Ap. 1, 8, etc.

[8] 219 Cfr. Ap. 1, 17–18.

[9] 220 Cfr. Gén. cap. 3

[10] 221 Que cooperó generosamente con la voluntad de Dios, que correspondió a los impulsos del Espíritu Santo.