8/3/2015 Evangelio según San Juan 2,13-25.

Tercer Domingo de Cuaresma
Santo(s) del día : San Juan de Dios,  San Julián Toledo
Lecturas

El evangelio de San Juan de este domingo nos encuentra en el primer año de la vida pública de Jesús en el capítulo 53. Es el episodio que narra la explusión de los mercaderes del templo.

Ocurre después de las bodas de Cana en el primer viaje a Jerusalén por la Pascua, al día aiguiente Judas Iscariote se presenta al Señor después de haber sido testigo de lo sucedido en el templo (cap 54 no incluido). Al año siguiente después de su primer ministerio en Galilea, vuelve por la Pascua y allí se une a ellos Judas Iscariote quien lo presenta esta vez formalmente en el templo y es allí donde explica que su actitud anterior en el templo ha sido por el celo a la casa de Dios, contenido este episodio en el capitulo 68 agregado.

Existe una controversia sobre si hubo una o dos expulsiones, María Valtorta como otras videntes relatan dos expulsiones, en este enlace pueden encontrar más información:

http://maria-valtorta.org/Thematiques/Marchands.htm

Primer año de la Vida Pública de Jesús

53. Los mercaderes expulsados del Templo[1].

24 de octubre de 1944.

Jesus expulsa mercaderes


1       Veo a Jesús entrando con Pedro, Andrés, Juan y Santiago, Felipe y Bartolomé, en el recinto del Templo.

Dentro y fuera hay una grandísima muchedumbre. Son peregrinos que, desde todas las partes de la ciudad, llegan en grupos. Desde lo alto de la colina en que está construido el Templo, se ven las calles de la ciudad, estrechas y torcidas, y un hormiguear de gente. Parece como si entre el blanco crudo de las casas se hubiera extendido una cinta en movimiento de mil colores. Sí, la ciudad tiene el aspecto de un juguete singular hecho de cintas multicolores entre dos hilos blancos, convergente todo hacia el punto en que resplandecen las cúpulas de la Casa del Señor.

Pero luego, dentro, hay… una verdadera verbena. Ha quedado anulado cualquier tipo de recogimiento de lugar sagrado. Hay quien corre y quien llama, quien contrata los corderos y grita y lanza maldiciones por el precio desorbitado de las cosas, quien empuja hacia los recintos a los pobres animales, que balan (los recintos son lugares toscamente separados con cuerdas o estacas, en cuya entrada está el mercader, o propietario, a la espera de los compradores). Leñazos, balidos, blasfemias, unos que llaman a otros, insultos a los peones que no se muestran solícitos en las operaciones de reagrupamiento y selección de los animales y a los compradores que regatean el precio o que se van, mayores insultos a quienes, previsores, han traído su propio cordero.

Alrededor de los bancos de los cambistas, otro griterío. Se entiende que –no sé si en todo momento o durante la Pascua– el Templo funcionaba como… Bolsa (y además bolsa negra). El valor de las monedas no era fijo. Había un precio legal –ciertamente lo habría– pero los cambistas imponían otro, apropiándose de una cantidad arbitraria por el cambio de las monedas. ¡Y le aseguro que no se andaban con chiquitas en las operaciones de usura!… Cuanto más pobre era uno, y venía de más lejos, más le peleaban: más a los viejos que a los jóvenes; y a los que provenían de fuera de Palestina, más que a los viejos.

Algunos pobres viejecitos miran una y otra vez su dinerillo ahorrado durante todo el año quién sabe con cuánto esfuerzo, se lo sacan y se lo vuelven a meter junto al pecho cien veces, yendo de uno a otro cambista, y quizás terminan volviendo al primero, que se venga de su inicial deserción aumentando la prima del cambio… y las monedas de valor abandonan, entre suspiros, las manos del propietario y pasan a las garras del usurero para ser cambiadas por monedas de menos valor. Luego otra tragedia de selección, de cuentas y de suspiros ante los vendedores de corderos, quienes a los viejos medio ciegos les encasquetan los corderos más míseros.

2       Veo que vuelven dos viejos, él y ella, empujando a un pobre corderito que los sacrificadores han debido encontrar defectuoso. Se entrecruzan, por un lado, malos modales y palabrotas; por otro, llanto y ruegos; y el vendedor no se conmueve.

-«Para lo que queréis gastar, galileos, es incluso demasiado lo que os he dado. ¡Marchaos o añadís otros cinco denarios por uno mejor!».

-«¡Por el amor de Dios! ¡Somos pobres y viejos! ¿Quieres impedirnos celebrar la Pascua, que es quizás la última? ¿No te es suficiente lo que has pedido por un animal pequeño?».

-«Dejad paso, zarrapastrosos. Viene hacia mí José, el Anciano. Me honra con su preferencia. ¡Dios sea contigo! ¡Ven, escoge!».

José, el Anciano –así le llaman–, o sea, el de Arimatea, entra en el recinto y toma un magnífico cordero. Pasa vestido pomposamente, soberbio, sin mirar a estos dos pobrecillos que gimen a la puerta, o digamos más bien entrada, del recinto. Casi los choca, especialmente al salir con un hermoso cordero que bala.

3       Mas Jesús se encuentra también ya cerca. También ha hecho su compra, y Pedro, que probablemente ha llevado a cabo el trato en lugar de El, trae un cordero bastante normal.

Pedro querría ir en seguida hacia el lugar donde se sacrifica, pero Jesús se desvía a la derecha, hacia los dos viejecitos asustados, llorosos, indecisos, medio arrollados por la muchedumbre e insultados por el vendedor.

Jesús, tan alto que la cabeza de los dos abuelitos le llega a la altura del corazón, pone una mano sobre el hombro de la mujer y pregunta:

-«¿Por qué lloras, mujer?».

La viejecita se vuelve y ve a este joven alto, solemne con su hermoso vestido blanco y con su manto también de nieve todo nuevo y limpio. Debe creer que es un doctor, por el vestido y el aspecto, y, asombrada –porque los doctores y los sacerdotes no hacen caso de la gente, ni tutelan a los pobres contra la avidez de los mercaderes–, le cuenta por qué lloran.

Jesús se dirige al hombre de los corderos diciéndole:

-«Cambia este cordero a estos fieles; no es digno del altar. Como tampoco es digno que tú te aproveches de dos viejecitos porque son débiles y están indefensos».

-«Y Tú quién eres?».

-«Un justo».

-«Tu acento y el de tus compañeros dicen que eres galileo. ¿Puede, acaso, haber en Galilea un justo?».

-«Haz lo que te digo y sé justo tú».

-«¡Oíd! ¡Oíd al galileo defensor de los de su condición! ¡Quiere enseñarnos a nosotros, los del Templo!».

El hombre se ríe y se burla, imitando sarcásticamente la cadencia galilea, que es más cantarina y de mayor dulzura que la judía; al menos, así me parece.

Se forma un corro de gente, y otros mercaderes y cambistas salen en defensa de su colega contra Jesús.

Entre los presentes hay dos o tres rabíes irónicos. Uno de ellos pregunta:

-«¿Eres doctor?» (lo pregunta de una forma que haría perder la paciencia a Job).

«Tú lo has dicho».

«¿Qué enseñas?».

«Enseño esto: a hacer la Casa de Dios, casa de oración y no un lugar de usura y de mercado. Esto enseño».

4       Se le ve terrible a Jesús. Parece el arcángel puesto en el umbral del Paraíso perdido[2]. No tiene espada llameante en las manos, pero tiene rayos en los ojos, y fulmina a los burladores y a los sacrílegos. No tiene nada en la mano, sólo su santa ira. Y con ésta, caminando veloz e imponente entre banco y banco, desbarata las monedas tan meticulosamente apiladas por tipos; vuelca mesas grandes y pequeñas, y todo cae, con estruendo, al suelo, entre un gran ruido de metales y tablas que chocan y gritos de ira, de pánico y de aprobación. Luego, arrancando de las manos a los mozos de los ganaderos unas sogas con que sujetaban bueyes, ovejas y corderos, hace de ellas un azote bien duro, en que los nudos para formar los lazos corredizos son flagelos, y lo levanta y lo voltea y lo baja, sin piedad. Sí, se lo aseguro, sin piedad.

El inesperado granizo golpea cabezas y espaldas. Los fieles se apartan admirando la escena; los culpables, perseguidos hasta la muralla externa, se echan a correr dejando por el suelo dinero y detrás animales grandes y pequeños en medio de un gran enredo de piernas, de cuernos, de alas. Se huye corriendo, o volando.

Mugidos, balidos, chillidos de pichones y tórtolas, junto a carcajadas y gritos de fieles detrás de los prestamistas dados a la fuga, ahogan incluso el lamentoso coro de los corderos, degollados ciertamente en otro patio.

5       Acuden sacerdotes, rabíes y fariseos. Jesús está todavía en medio del patio, de vuelta de su persecución. El azote está todavía en su mano.

-«¿Quién eres? ¿Cómo te permites hacer esto, turbando las ceremonias prescritas? ¿De qué escuela provienes? Nosotros no te conocemos, ni sabemos quién eres».

-«Yo soy El que puede. Todo lo puedo. Destruid este Templo verdadero y Yo lo levantaré de nuevo para dar gloria a Dios. No turbo la santidad de la Casa de Dios y de las ceremonias, sois vosotros los que la turbáis permitiendo que su morada se transforme en sede de usureros y mercaderes. Mi escuela es la escuela de Dios. La misma que tuvo todo Israel por boca del Eterno que habló a Moisés. ¿No me conocéis? Me conoceréis. ¿No sabéis de dónde vengo? Lo sabréis».

6       Y, volviéndose hacia el pueblo, sin preocuparse ya más de los sacerdotes, alto, vestido de blanco, el manto abierto y fluente tras los hombros, con los brazos abiertos como un orador en lo más vivo de su discurso, dice:

-«¡Oíd, vosotros de Israel! En el Deuteronomio[3] está escrito: “Constituirás jueces y magistrados en todas las puertas… y ellos juzgarán al pueblo con justicia, sin propender a parte alguna. No tendrás acepción de personas, no aceptarás donativos, porque los donativos ciegan los ojos de los sabios y alteran las palabras de los justos. Con justicia seguirás lo que es justo para vivir y poseer la tierra que el Señor tu Dios te dé”.

¡Oíd, Oh vosotros de Israel! Dice el Deuteronomio[4]: “Los sacerdotes y los levitas y todos los de la tribu de Leví no tendrán parte ni herencia con el resto de Israel, porque deben vivir con los sacrificios del Señor y con las ofrendas hechas a El; nada tendrán entre las posesiones de sus hermanos, porque el Señor es su herencia”.

¡Oíd, Oh vosotros de Israel! Dice el Deuteronomio[5]: “No prestarás con interés a tu hermano, ni dinero, ni trigo, ni cualquier otra cosa. Podrás prestar con interés al extranjero; más a tu hermano le prestarás, sin interés, aquello de que tenga necesidad”.

Esto ha dicho el Señor.

Ahora bien, vosotros mismos veis que sin justicia hacia el pobre se juzga en Israel. No hacia el justo, sino hacia el fuerte se propende, y ser pobre, ser pueblo, quiere decir  ser oprimido. ¿Cómo puede el pueblo decir: “Quien nos juzga es justo” si ve que sólo a los poderosos se los respeta y escucha, mientras que el pobre no tiene quien le escuche?

¿Cómo puede el pueblo respetar al Señor si ve que no le respetan los que más deberían hacerlo? ¿Es respeto al Señor la violación de su mandamiento? ¿Y por qué entonces los sacerdotes en Israel tienen posesiones y aceptan donativos de publicanos y pecadores, los cuales actúan así para que les sean benignos los sacerdotes, de la misma forma que éstos actúan así para tener ricas arcas?

Dios es la herencia de sus sacerdotes. Para ellos, El, el Padre de Israel, es, como en ningún caso, Padre, y pone los medios para que reciban el alimento como es justo; pero no más de lo que sea justo. No ha prometido a sus siervos del Santuario bolsa y posesiones. En la eternidad, por su justicia, tendrán el Cielo, como lo tendrán Moisés, Elías, Jacob y Abraham, pero en esta tierra no deben tener más que vestido de lino y diadema de oro incorruptible: pureza y caridad, y que el cuerpo sea siervo del espíritu que es siervo del Dios verdadero, y no sea el cuerpo señor del espíritu, y contra Dios.

Se me ha preguntado con qué autoridad hago esto. ¿Y ellos?, ¿con qué autoridad profanan el mandamiento de Dios, y a la sombra de los sagrados muros permiten usura contra los hermanos de Israel, que han venido para cumplir el mandato divino? Se me ha preguntado de qué escuela provengo, y he respondido: “De la escuela de Dios”. Sí, Israel. Yo vengo y te llevo de nuevo a esta escuela santa e inmutable.

7 Quien quiera conocer la Luz, la Verdad, la Vida, quien quiera volver a oír la Voz de Dios que habla a su pueblo, venga a mí. Seguisteis a Moisés a través de los desiertos, ¡Oh, vosotros de Israel! Seguidme; que Yo os conduzco, a través de un desierto, sin duda, más dificultoso, hacia la verdadera Tierra prometida. Por mar abierto al mandato de Dios, a ella os llevo. Alzando mi Signo, os curo de todo mal.

Ha llegado la hora de la Gracia. La esperaron los Patriarcas, murieron esperándola.

La predijeron los Profetas y murieron con esta esperanza. La soñaron los justos y murieron confortados por este sueño. Ha surgido ahora.

Venid. “El Señor va a juzgar de un momento a otro a su pueblo y será misericordioso para con sus siervos”, como prometió por boca de Moisés[6]».

La gente, arracimada en torno a Jesús, se ha quedado a escucharle estupefacta. Luego comenta las palabras del nuevo Rabí y hace preguntas a sus compañeros.

Jesús se dirige hacia otro patio, separado de éste por un pórtico. Los amigos le siguen y la visión termina.

68. Jesús enseña en el Templo estando con Judas Iscariote.

1 de enero de 1945.

1 Veo a Jesús entrando, con Judas a su lado, en el recinto del Templo; pasa la primera terraza, o rellano de la grada si se prefiere; se detiene en un pórtico que rodea un amplio patio solado con mármoles de colores distintos. El lugar es muy bonito y está lleno de gente.

Jesús mira a su alrededor y ve un sitio que le gusta. Pero, antes de dirigirse a él, dice a Judas:

-«Llámame al responsable de este lugar. Debo presentarme para que no se diga que falto a las costumbres y al respeto».

-«Maestro, Tú estás por encima de las costumbres. Nadie tiene más derecho que Tú a hablar en la Casa de Dios; Tú, su Mesías».

-«Yo eso lo sé, y tú también lo sabes, pero ellos no. No he venido para escandalizar, como tampoco para enseñar a violar la Ley o las costumbres; antes bien, he venido justamente para enseñar respeto, humildad y obediencia; para hacer desaparecer los escándalos. Por ello quiero pedir el permiso para hablar en nombre de Dios, haciéndome reconocer digno de ello por el responsable del lugar».

-«La otra vez no lo hiciste».

-«La otra vez me abrasaba el celo de la Casa de Dios, profanada por demasiadas cosas. La otra vez Yo era el Hijo del Padre, el Heredero que en nombre del Padre y por amor de su Casa actuaba con la majestad que me es propia y que está por encima de magistrados y sacerdotes. Ahora soy el Maestro de Israel, y le enseño a Israel también esto. Y además, Judas, ¿tú crees que el discípulo es más que su Maestro?».

-«No, Jesús».

«¿Y tú quién eres? ¿Y quién soy Yo?».

-«Tú, el Maestro; yo, el discípulo».

-«Y entonces, si reconoces que son así las cosas, ¿por que quieres enseñar a tu  Maestro? Ve y obedece. Yo obedezco a mi Padre, tú obedece a tu Maestro. Condición primera del Hijo de Dios es ésta: obedecer sin discutir, pensando que el Padre sólo puede dar órdenes santas; condición primera del discípulo es obedecer a su Maestro, pensando que el Maestro sabe y sólo puede dar órdenes justas».

-«Es verdad. Perdona. Obedezco».

-«Perdono. Ve. Escucha, Judas, esta otra cosa: acuérdate de esto, recuérdalo siempre».

-«¿Obedecer? Sí».

-«No. Recuerda que Yo fui respetuoso y humilde para con el Templo; para con el Templo, o sea, con las clases poderosas. Ve».

Judas le mira pensativo, interrogativamente… pero no se atreve a preguntar nada más, y se va meditabundo.

2 Vuelve con un personaje solemnemente vestido.

-«Este es, Maestro, el magistrado».

-«La paz sea contigo. Solicito enseñar, entre los rabíes de Israel, a Israel».

-«¿Eres rabí?».

-«Lo soy».

-«¿Quién fue tu maestro?».

-«El Espíritu de Dios, que me habla con su sabiduría y me ilumina cada una de las palabras de los Textos Santos».

-«¿Eres más que Hillel, Tú, que sin maestro afirmas que sabes toda doctrina? ¿Cómo puede uno formarse si no hay uno que le forme?».

-«Como se formó David, pastorcito ignorante que llegó a ser rey poderoso y sabio por voluntad del Señor[7]».

-«Tu nombre».

-«Jesús de José de Jacob, de la estirpe de David, y de María de Joaquín, de la estirpe de David, y de Ana de Aarón; María, la Virgen que casó en el Templo, porque era huérfana, el Sumo Sacerdote, según la ley de Israel».

-«¿Quién lo prueba?».

-«Todavía debe haber aquí levitas que se acuerden de ese hecho, coetáneos de Zacarías de la clase de Abías, pariente mío. Pregúntaselo a ellos, si dudas de mi sinceridad».

-«Te creo. ¿Pero quién me prueba que sepas enseñar?».

-«Escúchame y podrás juzgar por ti mismo».

-«Si quieres puedes enseñar… Pero… ¿no eres nazareno?».

-«Nací en Belén de Judá en tiempos del censo ordenado por el César. Proscritos a causa de disposiciones injustas, los hijos de David están por todas partes. Pero la estirpe es de Judá».

-«Ya sabes… los fariseos… toda Judea… respecto a Galilea…».

-«Lo sé. No temas. En Belén vi la luz por primera vez, en Belén Efratá de donde viene mi estirpe; si ahora vivo en Galilea es sólo para que se cumpla lo que está escrito…».

El magistrado se aleja unos metros acudiendo a una llamada.

3 Judas pregunta:

-«¿Por qué no has dicho que eres el Mesías?».

-«Mis palabras lo dirán».

-«¿Qué es lo que está escrito y debe cumplirse?».

-«La reunión de todo Israel bajo la enseñanza de la palabra del Cristo. Yo soy el Pastor de que hablan los Profetas[8], y vengo a reunir a las ovejas de todas las regiones, a curar a las enfermas, a conducir al pasto bueno a las errantes. Para mí no hay Judea o Galilea, Decápolis o Idumea. Sólo hay una cosa: el Amor que mira con un único ojo y une en un único abrazo para salvar…».

Se le ve inspirado a Jesús. ¡Tanto sonríe a su sueño, que parece emanar destellos!

Judas le observa admirado.

Entre tanto, algunas personas, curiosas, se han acercado a los dos, cuyo aspecto imponente –distinto en ambos– atrae e impresiona.

Jesús baja la mirada. Sonríe a esta pequeña multitud con esa sonrisa suya cuya dulzura ningún pintor podrá nunca reflejar fidedignamente y ningún creyente que no la haya visto puede imaginar. Y dice: «Venid, si os sentís deseosos de palabras eternas».

4 Se dirige hacia un arco del pórtico; bajo él, apoyado en una columna, empieza a hablar. Toma como punto de partida lo que había sucedido por la mañana.

-«Esta mañana, entrando en Sión, he visto que por pocos denarios dos hijos de Abraham estaban dispuestos a matarse. Habría podido maldecirlos en nombre de Dios, porque Dios dice: “No matarás”[9], y también afirma que quien no obedece a su ley será maldito[10]. Pero he tenido piedad de su ignorancia respecto al espíritu de la Ley y me he limitado a impedir el homicidio, para que puedan arrepentirse, conocer a Dios, servirle obedientemente, amando no sólo a quien los ama, sino también a los enemigos. Sí, Israel. Un nuevo día surge para ti. Más luminoso se hace el precepto del amor. ¿Acaso empieza el año con el nebuloso Etanim, o con el triste Kisléu de jornadas más breves que un sueño y noches tan largas como una desgracia? No, el año comienza con el florido, luminoso, alegre Nisán, cuando todo ríe y el corazón del hombre, aun el más pobre y triste, se abre a la esperanza porque llega el verano, la cosecha, el sol, la fruta; cuando dulce es dormir, incluso en un prado florecido, con las estrellas como candil; cuando es fácil alimentarse porque todo terrón produce hierba o fruto para el hambre del hombre.

Mira, Israel. Ha terminado el invierno, tiempo de espera. Ahora toca la alegría de la promesa que se cumple. El Pan y el Vino pronto se ofrecerán para saciar tu hambre. El Sol está entre vosotros. Todo, ante este Sol, adquiere un respiro más dulce y amplio, incluso el precepto de nuestra Ley, el primero, el más santo entre los preceptos santos: “Ama a tu Dios y ama a tu prójimo”[11].

En el marco de la luz relativa que hasta ahora te ha sido concedida, se te dijo –no habrías podido hacer más, porque sobre ti pesaba todavía la cólera de Dios por la culpa de Adán de falta de amor– se te dijo: “Ama a los que te aman y odia a tu enemigo”[12]. Pero era tu enemigo no sólo quien traspasaba las fronteras de tu patria, sino también el que te había faltado en privado, o que te parecía que hubiera faltado. Así que el odio anidaba en todos los corazones, porque ¿quién es el hombre que, queriendo o sin querer, no ofende al hermano, y quién el que llega a la vejez sin que le hayan ofendido?

Yo os digo: amad incluso a quien os ofende. Hacedlo pensando que Adán fue un prevaricador respecto a Dios, y que por Adán todo hombre lo es, y que no hay ninguno que pueda decir: “Yo no he ofendido a Dios”. Y, sin embargo, Dios perdona no una sola vez, sino muchas, muchísimas, muchísimas veces, y es prueba de ello la permanencia del hombre sobre la tierra. Perdonad, pues, como Dios perdona. Y, si no podéis hacerlo por amor hacia el hermano que os ha perjudicado, hacedlo por amor a Dios, que os da pan y vida, que os tutela en las necesidades terrenas y ha orientado todo lo que sucede a procuraros la eterna paz en su seno. Esta es la Ley nueva, la Ley de la primavera de Dios, del tiempo florecido de la Gracia que se ha hecho presente entre los hombres, del tiempo que os dará el Fruto sin igual que os abrirá las puertas del Cielo.

5 La voz que hablaba en el desierto no se oye, pero no está muda. Habla todavía a Dios en favor de Israel y le habla todavía en el corazón a todo israelita recto, y dice –después de haberos enseñado: a hacer penitencia para preparar los caminos al Señor que viene; a tener caridad dando lo superfluo a quien no tiene ni siquiera lo necesario; a ser honestos no causando extorsiones o maltratando a nadie– os dice: “El Cordero de Dios, quien quita los pecados del mundo, quien os bautizará con el fuego del Espíritu Santo está entre vosotros; El limpiará su era, recogerá su trigo”[13].

Sabed reconocer a Aquel que el Precursor os indica. Sus sufrimientos se elevan a Dios para procuraros luz. Ved. Abranse vuestros ojos espirituales. Conoceréis la Luz que viene. Yo recojo la voz del Profeta que anuncia al Mesías, y, con el poder que me viene del Padre, la amplifico, y añado mi poder, y os llamo a la verdad de la Ley. Preparad vuestros corazones a la gracia de la Redención cercana. El Redentor está entre vosotros. Dichosos los dignos de ser redimidos por haber tenido buena voluntad.

La paz sea con vosotros».

Uno pregunta:

-«Hablas con tanta veneración del Bautista, que se diría que eres discípulo suyo. ¿Es así?».

-«El me bautizó en las orillas del Jordán antes de que le apresaran. Le venero porque él es santo a los ojos de Dios. En verdad os digo que entre los hijos de Abraham no hay ninguno que le supere en gracia. Desde su venida hasta su muerte, los ojos de Dios se habrán posado sin motivo de enojo sobre este bendito».

-«¿El te confirmó lo relativo al Mesías?».

-«Su palabra, que no miente, señaló el Mesías vivo a los presentes».

-«¿Dónde? ¿Cuándo?».

-«Cuando llegó el momento de señalarlo».

6 Judas se siente en el deber de decir a diestro y siniestro:

-«El Mesías es el que os está hablando. Yo os lo testifico, yo que le conozco y soy su primer discípulo».

-«¡El!… ¡Oh!…».

La gente, atemorizada, se echa un poco hacia atrás. Pero Jesús se muestra tan dulce, que vuelven a acercarse.

-«Pedidle algún milagro. Es poderoso. Cura. Lee los corazones. Da respuesta a todos los porqués».

-«Háblale; para mí, que estoy enfermo. El ojo derecho está muerto, el izquierdo se está secando…».

-«Maestro».

-«Judas».

Jesús, que estaba acariciando a una niña pequeña, se vuelve.

-«Maestro, este hombre está casi ciego y quiere ver. Le he dicho que Tú puedes curarle».

-«Puedo para quien tiene fe. Hombre, ¿tienes fe?».

-«Yo creo en el Dios de Israel. Vengo aquí para meterme en Betzatá, pero siempre hay uno que me precede».

-«¿Puedes creer en mí?».

-«Si creo en el ángel de la piscina[14]322, ¿no voy a creer en ti, de quien tu discípulo dice que eres el Mesías?».

Jesús sonríe. Se moja el dedo con saliva y roza apenas el ojo enfermo.

-«¿Qué ves?».

-«Veo las cosas sin la niebla de antes. Y el otro, ¿no me lo curas?».

Jesús sonríe de nuevo. Vuelve a hacer lo mismo, esta vez con el ojo ciego.

-«¿Qué ves?».

le pregunta, levantando del párpado caído la yema del dedo.

-«¡Ah, Señor de Israel, veo tan bien como cuando de niño corría por los prados! ¡Bendito Tú, eternamente!».

El hombre llora postrado a los pies de Jesús.

-«Ve. Sé bueno ahora por gratitud hacia Dios».

7 Un levita, que había llegado cuando estaba concluyéndose el milagro, pregunta:

-«¿Con qué facultad haces estas cosas?».

-«¿Tú me lo preguntas? Te lo diré, si me respondes a una pregunta. Según tu parecer, ¿es más grande un profeta que profetiza al Mesías o el Mesías mismo?».

-«¡Qué pregunta! El Mesías es el más grande: ¡es el Redentor que el Altísimo ha prometido!».

-«Entonces, ¿por qué los profetas hicieron milagros? ¿Con qué facultad?».

-«Con la facultad que Dios les daba para probar a las multitudes que El estaba con ellos».

-«Pues bien, con esa misma facultad Yo hago milagros. Dios está conmigo, Yo estoy con El. Yo les pruebo a las multitudes que es así, y que el Mesías bien puede, con mayor razón y en mayor medida, lo que podían los profetas».

El levita se marcha pensativo y todo termina

[1] Cfr. Mt. 21, 12–17; Ju. 2, 13–25.

[2] Cfr. Gén. 3, 24.

[3] Cfr. Dt. 16, 18–20.

[4] Cfr. Dt. 18, 1–2

[5] Cfr. Dt. 23, 19–20

[6] Tal vez alusión a Ex. 15, 13

[7] Cfr. 1 Re. 17, 12 – 18, 5; 2 Re. 2, 1–4; 5, 1–5.

[8] Cfr. Por ej. Is. 40, 10–11; Ex. 34, 11–31.

[9] Cfr. Dt. 5, 17.

[10] Cfr. por ej. Dt. 27, 26

[11] Cfr. por ej. Dt. 6, 5; 10, 12; 11, 13; 30, 6 y 16 y 20; Eci. 27, 18.

[12] Cfr. Lev. 19, 18; Mt. 5, 43.

[13] Cfr. Mt. 3, 1–12; Mc. 1, 2–8; Lc. 3, 2–17; Ju. 1, 23–24.

[14] Cfr. Ju. 5, 2–4.

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