22/2/2015 Evangelio según San Marcos 1,12-15.

Primer Domingo de Cuaresma
Fiesta de la Iglesia: Cátedra de San Pedro
Santo(s) del día : Beata Isabel de Francia
Lecturas

El evangelio de Marcos de este domingo nos encuentra nuevamente en el primer año de la vida pública de Jesús en el capítulo 46, después del bautismo de Juan Bautista en el Jordán.
Es el episodio que narra cómo tienta Satanás a  Jesús en el desierto.  El capítulo que sigue ya lo hemos visto en el principio del tiempo ordinario con el evangelio de Juan acerca de los primeros discípulos que siguen a Jesús.

Los versículos que siguen al evangelio de este primer domingo de cuaresma, en verdad no se refieren a un hecho en particular sino a todo el apostolado de Jesús por eso me circunscribí en el hecho mas trascendente para meditar en este tiempo de Cuaresma que son los 40 días de Jesús ayunando en el desierto.

Por esta razón les agrego las visiones de la beata Ana Catalina Emmerick sobre estos hechos para completar lo que en la obra de Maria Valtorta no está.

Primer año de la Vida Pública de Jesús

46. Jesús tentado por Satanás en el desierto[1]236. Cómo se vencen las tentaciones.

24 de febrero de 1944. Primer jueves de Cuaresma.

jesus en el desierto1       Ante mí la soledad pedregosa que había contemplado a mi izquierda en la visión del bautismo de Jesús en el Jordán. Pero debo haberme adentrado mucho en ella, porque no veo en absoluto el hermoso río lento y azul, ni la vena de hierba que sigue su curso por las dos orillas, como alimentada por aquella arteria de agua. Aquí, sólo soledad, pedruscos, tierra tan abrasada, que ha quedado reducida a polvo amarillento que de vez en cuando el viento levanta en pequeños remolinos que parecen hálito de boca febril por lo seco y calientes que están; muy molestos por el polvo que con ellos penetra en la nariz y en la faringe. Muy raros, algún pequeño matorral espinoso, que ha  resistido –quién sabe por qué– en aquella desolación: parecen los restos de mechones de cabellos en la cabeza de un calvo. Arriba, un cielo despiadadamente azul; abajo, el terreno árido; en torno, rocas y silencio. Esto es lo que veo, por lo que a la naturaleza se refiere.

2       Apoyado en una roca que, por su forma, –más o menos así, como me esfuerzo en dibujarla– crea un embrión de gruta, y sentado en una piedra que ha sido arrastrada hasta la oquedad, en el punto +, está Jesús. Se resguarda así del sol ardiente.

Y el interno consejero me indica que esa piedra, en la que ahora está sentado, es también su reclinatorio y su almohada cuando descansa breves horas envuelto en su manto bajo la luz de las estrellas y el aire frío de la noche. Ahí cerca está la bolsa que le vi tomar antes de salir de Nazaret: todo su haber; por lo flácida que aparece, comprendo que está vacía de la poca comida que en ella había puesto María.

Jesús está muy delgado y pálido. Está sentado, con los codos apoyados en las rodillas y los antebrazos hacia fuera, con las manos unidas y entrelazadas por los dedos. Medita.

De vez en cuando, levanta la mirada y la dirige a su alrededor y mira al Sol, que está alto, casi a plomada, en el cielo azul. De vez en cuando, y especialmente después de dirigir la mirada en torno a sí y alzarla hacia la luz solar, como con vértigo, cierra los ojos y se apoya en la peña que le sirve de cobijo.

3       Veo aparecer el feo hocico de Satanás. No se presenta de la forma con que nos lo imaginamos: con cuernos, rabo, etc. etc. Parece un beduino envuelto en su vestido y en su  gran manto, que se asemeja a un disfraz de dominó. En la cabeza, el turbante, cuyas faldas blancas caen sobre los hombros y a ambos lados de la cara para protegerlos. De manera que, de la cara, puede verse un pequeño triángulo muy moreno, de labios delgados y sinuosos, de ojos negrísimos y hundidos, llenos de destellos magnéticos. Dos  pupilas que te leen en el fondo del corazón, pero en las que no lees nada o una sola palabra: misterio. Lo opuesto del ojo de Jesús, también muy magnético y fascinante, que te lee en el corazón, pero en el que tú lees también que en su corazón hay amor y bondad hacia ti. El ojo de Jesús es una caricia en el alma. Este es como un doble puñal que te perfora y quema.

4       Se acerca a Jesús:

-«¿Estás sólo?».

Jesús le mira y no responde.

-«¿Cómo es que estás aquí? ¿Te has perdido?».

Jesús vuelve a mirarle y calla.

-«Si tuviera agua en la cantimplora, te la daría, pero yo también estoy sin ella. Se me ha muerto el caballo y me dirijo a pie al vado. Allí beberé y encontraré a alguien que me dé un pan. Sé el camino. Ven conmigo. Te guiaré».

Jesús ya ni siquiera alza los ojos.

-«¿No respondes? ¿Sabes que si te quedas aquí mueres? Ya se levanta el viento. Va a haber tormenta. Ven».

Jesús aprieta las manos en muda oración.

-«¡Ah, entonces eres Tú! ¡Hace mucho que te busco! Y hace mucho que te vengo observando. Desde el momento en que fuiste bautizado. ¿Llamas al Eterno? Está lejos. Ahora estás en la tierra, entre los hombres. Y sobre los hombres reino yo. Pero, me das pena y quiero ayudarte, porque eres bueno y has venido a sacrificarte por nada. Los hombres te odiarán por tu bondad. No entienden más que de oro, comida y sensualidad. Sacrificio, dolor, obediencia, son para ellos palabras más muertas que esta tierra que tenemos a nuestro alrededor. Son aún más aridos que este polvo. Sólo la serpiente y el chacal pueden esconderse aquí, esperando morder o despedazar a alguno. Vámonos. No merece la pena sufrir por ellos. Los conozco más que Tú».

Satanás se ha sentado frente a Jesús, le escudriña con su mirada tremenda y sonríe con su boca de serpiente. Jesús sigue callado y ora mentalmente.

jesus en el desierto 15 -«Tú desconfías de mí. Haces mal. Yo soy la sabiduría de la Tierra. Puedo ser maestro tuyo para enseñarte a triunfar. Mira: lo importante es triunfar. Luego, cuando uno se ha impuesto, cuando ha engatusado al mundo, puede conducir a éste a donde quiera. Pero primero hay que ser como les gusta a ellos, como ellos. Seducirlos haciéndoles creer que los admiramos y seguimos su pensamiento. Eres joven y atractivo. Empieza por la mujer. Siempre se debe comenzar por ella. Yo me equivoqué induciendo a la mujer a la desobediencia. Debería haberla aconsejado de otra forma. Habría hecho de ella un instrumento mejor y habría vencido a Dios. Actué precipitadamente. ¡Pero Tú…! Yo te enseño porque un día deposité en ti mi mirada con júbilo angélico y aún me queda un resto de aquel amor; escúchame y usa mi experiencia: búscate una compañera. Adonde Tú no llegues, ella llegará. Eres el nuevo Adán, debes tener tu Eva. Además, ¿cómo podrás comprender y curar las enfermedades de la sensualidad si no sabes lo que son? ¿No sabes que es ahí donde está el núcleo del que nace la planta de la codicia y del afán de poder? ¿Por qué el hombre quiere reinar? ¿Por qué quiere ser rico, potente? Para poseer a la mujer. Esta es como la alondra. Tiene necesidad de algo que brille para sentirse atraída. El oro y el poder, son las dos caras del espejo que atraen a las mujeres y las causas del mal en el mundo. Mira: detrás de mil delitos de distinta naturaleza, hay al menos novecientos que tienen raíz en el hambre de posesión de la mujer o en la voluntad de una mujer consumida por un deseo que el hombre aún no satisface, o ya no satisface. Ve a la mujer, si quieres saber qué es la vida. Sólo después sabrás atender y curar los males de la humanidad.

¡Es bonita la mujer! No hay nada más hermoso en el mundo. El hombre tiene el pensamiento y la fuerza. ¡Pero la mujer!… Su pensamiento es un perfume, su contacto es caricia de flores, su gracia es como vino que entra, su debilidad es como madeja de seda o rizo de niño en las manos del hombre, su caricia es fuerza que se vierte en la nuestra y la enciende. El dolor, la fatiga, la aflicción, quedan anulados cuando se está junto a una mujer y ella entre nuestros brazos, como un ramo de flores.

jesus en el desierto 26 Pero, ¡qué tonto soy! Tú tienes hambre y te hablo de la mujer. Tu vigor está exhausto. Por ello, esta fragancia de la Tierra, esta flor de la creación, este fruto que da y suscita amor, te parece sin importancia. Pero, mira estas piedras: ¡qué redondeadas son y qué pulidas están, doradas bajo el Sol que cae!; ¿no parecen panes? Tú, Hijo de Dios, no tienes más que decir “quiero”, para que se transformen en oloroso pan como el que ahora están sacando del horno las amas de casa para la cena de sus familiares. Y estas acacias tan secas, si Tú quieres, ¿no pueden llenarse de dulces pomos, de dátiles de miel? ¡Sáciate, Oh Hijo de Dios! Tú eres el Dueño de la Tierra. Ella se inclina para ponerse a tus pies y quitarte el hambre.

¿Ves cómo te pones pálido y te tambaleas con solo oír nombrar el pan? ¡Pobre Jesús! ¿Estás tan débil, que ya no puedes ni siquiera dominar el milagro? ¿Quieres que lo haga yo en tu lugar? No estoy a tu altura, pero algo puedo. Me quedaré falto de fuerzas durante un año, las reuniré todas, pero te quiero servir porque Tú eres bueno y siempre me acuerdo de que eres mi Dios, aunque me haya hecho indigno de llamarte tal. Ayúdame con tu oración para que pueda…».

Calla. No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que viene de Dios[2]237».

El demonio siente una sacudida de rabia. Le rechinan los dientes y aprieta los puños; de todas formas, se contiene y transforma su mueca en sonrisa.

-«Comprendo, Tú estás por encima de las necesidades de la Tierra y te da repugnancia el servirte de mí. Me lo he merecido. 7 Ven, entonces, y ve lo que hay en la Casa de Dios, ve cómo incluso los sacerdotes no rehúsan hacer transacciones entre el espíritu y la carne porque, al fin y al cabo, son hombres y no ángeles. Cumple un milagro espiritual. Yo te llevo al pináculo del Templo, Tú transfigúrate en belleza allí arriba, y luego llama a las cohortes de ángeles y di que hagan de sus alas entrelazadas alfombra para tus pies y te porten así al patio principal. Que te vean y se acuerden de que Dios existe. De vez en cuando es necesario manifestarse, porque el hombre tiene una memoria muy frágil, especialmente en lo espiritual. Tú sabes qué dichosos se sentirán los ángeles de proteger tu pie y servirte de escalera cuando bajes».

“No tientes al Señor tu Dios”, está escrito[3]238».

-«Comprendes que tu aparición tampoco mudaría las cosas y el Templo continuaría siendo un mercado y un lugar de corrupción. Tu divina sabiduría sabe que los corazones de los ministros del Templo son un nido de víboras, que se devoran, y devoran, con tal de aumentar su poder. Sólo los doma el poder humano. 8 Ven entonces. Adórame. Yo te daré la Tierra. Alejandro, Ciro, César, todos los mayores dominadores pasados o vivos serán semejantes a jefes de mezquinas caravanas respecto a ti, que tendrás a todos los reinos de la Tierra bajo tu cetro, y con los reinos todas las riquezas, todas las cosas bellas de la tierra, y mujeres y caballos y soldados y templos. Podrás poner en alto en todas partes tu Signo, cuando seas Rey de los reyes y Señor del mundo. Entonces te obedecerá y venerará el pueblo y el sacerdocio. Todas las castas te honraran y servirán, porque serás el Poderoso, el Unico, el Señor. ¡Adórame aunque sólo sea un momento! ¡Quítame esta sed que tengo de ser adorado! Es la que me ha perdido, pero ha quedado en mí y me quema. Las llamaradas del infierno son aire fresco de la mañana respecto a este ardor que me quema por dentro. Es mi infierno, esta sed. ¡Un momento, un momento sólo, Cristo, Tú que eres bueno! ¡Un momento, aunque sólo sea, de gozo, al eterno Atormentado! Hazme sentir lo que quiere decir ser dios, y me tendrás devoto, obediente como siervo, durante toda la vida, en todas tus empresas. ¡Un momento! ¡Un solo momento, y no te atormentaré más!».

Satanás cae de rodillas, suplicando.

jesus en el desierto 39       Jesús, por el contrario, se ha levantado. Ha adelgazado en estos días de ayuno y parece aún más alto. Su rostro tiene un terrible aspecto de severidad y potencia, sus ojos son dos zafiros abrasadores, su voz es un trueno que resuena en la oquedad de la roca y se esparce por el pedregal y el llano desolado cuando dice:

-«Vete, Satanás. Está escrito: “Adorarás al Señor tu Dios y a El sólo servirás”[4]239».

Satanás, con un alarido de condenado desgarro y de odio indescriptible, sale corriendo (tremendo ver su furiosa, humeante persona). Y desaparece con un nuevo alarido de maldición.

10     Jesús se sienta cansado, apoyando hacia atrás la cabeza contra la roca. Parece exhausto. Suda. Pero seres angélicos vienen a mover suavemente el aire con sus alas en el ambiente de bochorno de la cueva, purificándolo y refrescándolo. Jesús abre los ojos y sonríe. No le veo comer. Yo diría que se nutre del aroma del Paraíso, obteniendo así nuevas fuerzas.

El Sol desaparece por el poniente. Jesús toma su vacío talego y, acompañado por los ángeles que producen una tenue luz suspendidos sobre su cabeza mientras la noche cae rapidísima, se dirige hacia el Este, mejor dicho, hacia el nordeste. Ha recuperado su expresión habitual, el paso seguro. Sólo queda, como recuerdo del largo ayuno, un aspecto más ascético en su rostro delgado y pálido y en sus ojos, absortos en una alegría que no es de esta Tierra.

« Satanás se presenta siempre bajo un ropaje benévolo »

11 Dice Jesús:

-«Ayer estabas sin tu fuerza, que es mi voluntad; eras, por tanto, un ser semivivo. He permitido reposar a tus miembros, te he sometido al único ayuno que te pesa: el de mi palabra. ¡Pobre María! Has pasado el Miércoles de Ceniza. En todo sentías el sabor de la ceniza, porque estabas sin tu Maestro. No se me sentía, pero estaba. Esta mañana, puesto que el ansia es recíproca, te he susurrado en tu somnolencia: “Agnus Dei qui tollis peccata mundi, dona nobis pacem”, y te lo he hecho repetir muchas veces y muchas te lo he repetido. Has creído que iba a hablar sobre esto. No. Primero estaba el punto que te he mostrado y que te voy a comentar. Luego, esta noche, te ilustro este otro.

12 Has visto que Satanás se presenta siempre con apariencia benévola, con aspecto común. Si las almas están atentas y, sobre todo, en contacto espiritual con Dios, advierten ese aviso que las hace cautelosas y las dispone a combatir las insidias demoníacas. Pero si las almas no están atentas a lo divino, separadas por una carnalidad oprimente y ensordecedora, sin la ayuda de la oración que une a Dios y vierte su fuerza como por un canal en el corazón del hombre, entonces difícilmente se dan cuenta de la celada, y caen en ella, y luego es muy difícil liberarse.

13 Las dos vías más comunes que Satanás toma para llegar a las almas son la sensualidad y la gula. Empieza siempre por la materia; una vez que la ha desmantelado y subyugado, pasa a atacar a la parte superior: primero, lo moral (el pensamiento con sus soberbias y deseos desenfrenados); después, el espíritu, quitándole no sólo el amor –que ya no existe cuando el hombre ha substituido el amor divino por otros amores humanos– sino también el temor de Dios. Es entonces cuando el hombre se abandona en cuerpo y alma a Satanás, con tal de llegar a gozar de lo que desea, de gozar cada vez más.

14 Has visto cómo me he comportado Yo. Silencio y oración. Silencio. Efectivamente, si Satanás lleva a cabo su obra de seductor y se nos acerca, se le debe soportar sin impaciencias necias ni miedos mezquinos. Pero reaccionar: ante su presencia, con entereza; ante su seducción, con la oración. Es inútil discutir con Satanás. Vencería él, porque es fuerte en su dialéctica. Sólo Dios puede vencerle. Entonces, recurrir a Dios, que hable por nosotros, a través de nosotros. Mostrar a Satanás ese Nombre y ese Signo, no tanto escritos en un papel o grabados en un trozo de madera, cuanto escritos y grabados en el corazón. Mi Nombre, mi Signo. Rebatir a Satanás únicamente cuando insinúa que es como Dios, rebatirle usando la palabra de Dios; no la soporta.

15 Luego, después de la lucha, viene la victoria, y los ángeles sirven y defienden del odio de Satanás al vencedor; le confortan con los rocíos celestes, con la gracia que vierten a manos llenas en el corazón del hijo fiel, con la bendición que acaricia al espíritu. Hace falta tener la voluntad de vencer a Satanás, y fe en Dios y en su ayuda; fe en la fuerza de la oración y en la bondad del Señor. En ese caso Satanás no puede causar ningún daño.

Ve en paz. Esta noche te llenaré de alegría con lo demás».

[1] 236 Cfr. Mt. 4, 1–11; Mc. 1, 12–13; Lc. 4, 1–13.

[2] 237 Cfr. Deut. 8, 3

[3] 238 Cfr. Deut. 6, 16

[4] 239 Cfr. Deut. 6, 13

 

I Jesús ayuna cuarenta díaTOMO 4 Primera Pascua ed surgites en el desierto

Octubre 27

Jesús partió antes del sábado acompañado por Lázaro, desde la posada de este hacia el desierto. Le dijo que volvería después de cuarenta días. Desde esta posada caminó solo y descalzo y fue, al principio, no en dirección de Jericó, sino hacia el Mediodía, como quien va a Belén, pasando entre los lugares de los parientes de Ana y los parientes de José, cerca de Maspha; luego torció hacia el Jordán. Anduvo por estos lugares, hasta el sitio donde había estado el Arca de la Alianza y donde había celebrado Juan aquella solemne fiesta. A una hora de Jericó subió a la montaña y se internó en una amplia gruta. Esta montaña se extiende desde Jericó , entre Oriente y Mediodía, sobre el Jordán hacia Madián. Jesús comenzó su ayuno, aquí, en Jericó, lo prosiguió en diversos lugares, al otro lado del Jordán, y lo completó aquí, adonde lo trajo el diablo cuando lo tentó.

        Esta montaña ofrece, desde su cumbre, una vista muy extensa: en parte esta cubierta de plantas y en parte aparece empinada y árida. La altura no es tanta como la de Jerusalén, pero está en una comarca mas baja y se levanta solitaria. Cuando miro las montañas de Jerusalén veo la del Calvario más alta, de modo que esta al mismo nivel que la mayor altura del templo. En dirección a Belén, o sea hacia el Sur, está Jerusalén sobre una cumbre empinada y peligrosa, por este lado no hay entrada ninguna y todo está ocupado con palacios y edificios. Jesús subió ya de noche a una de las cumbres empinadas de la montaña del desierto, que llaman ahora de la Cuarentena.

        En esta montaña hay tres respaldos y tres grutas, una sobre otra. Desde la superior, adonde subió Jesús, se ve por detrás un abismo rocoso, toda la montaña esta llena de quebradas muy peligrosas.

        En esta misma cueva habitó un profeta, de cuyo nombre no me acuerdo, 400 años antes. También Elías estuvo algún tiempo oculto aquí y agradó la cueva. Sin que nadie supiese de dónde venía, descendía a veces hasta el pueblo, ponía paz y profetizaba. Unos 150 años antes habían tenido aquí su habitación unos 25 esenios. Al pie de este monte estaba el campamento de los israelitas cuando con el Arca de la Alianza y las trompetas daban vueltas alrededor de Jericó.

        En este mismo lugar esta el pozo cuyas aguas dulcificó el profeta Eliseo. Santa Elena hizo arreglar estas cuevas en forma de capillas, y yo he visto una vez, en una de estas capillas, un cuadro que representaba la escena de la tentación. En la parte de arriba también, hubo en otros tiempos, un convento. Yo no acababa de comprender, como pudieron llegar los trabajadores hasta la altura del monte donde estaba ese convento. He visto que Santa Elena edificó muchas capillas en estos santos y otros santos lugares. También levantó una capilla sobre la casa paterna de Ana, a unas dos horas de Séforis, donde sus padres tenían una casa.

        Me causa mucha tristeza ver que estos santos lugares fueron desvastados hasta perderse el recuerdo de las iglesias y capillas allí existentes. Cuando yo era niña e iba, antes del amanecer, por entre la nieve a la iglesia de Koesfeld, veía todos estos lugares, muy claramente, y veía también que a veces personas piadosas, que para evitar que los soldados y guerreros los devastaran, se interponían y se hechaban al suelo delante de sus espaldas.

        Las palabras de la Escritura “Fue llevado por el Espíritu al desierto”, significan “El Espíritu Santo, que había descendido sobre Él en el bautismo (ya que Jesús como hombre dejaba que todo sucediese el Él como tal), lo motivó ahora a ir al desierto para prepararse a su misión y a sufrir como hombre, delante de su Padre celestial”.

Octubre 27 – 28

Jesús oraba en esa cueva arrodillado, con los brazos extendidos a su Padre celestial, para tener fuerza y consuelo en los sufrimientos que le estaban reservados. Veía delante de sí todos los futuros sufrimientos y pedía fuerzas a su Padre para cada unos de ellos. Tuve en esta ocasión cuadros de sus dolores y he visto que recibía fuerza, constancia y mérito para cada uno de ellos. Una gran nube blanca, del tamaño de una iglesia, se posó sobre Él y por cada una de sus oraciones, bajaban ángeles que tomaban forma humana, lo honraban, le daban ánimo, consuelo y promesa de ayuda.

Conocí que Jesús pidió aquí y consiguió para cada uno de nosotros toda ayuda, constancia, victoria y consuelo en nuestras penas y tentaciones, que compró para nosotros con sus oraciones, el mérito y la victoria, que preparó allí todo el mérito de la mortificaciones y ayunos; y que ofreció a Dios Padre todos los trabajos y padecimientos para dar mérito a todos los padecimientos y penas del espíritu de todos los que creerían en mérito a Él. Conocí el tesoro que Jesús instituyó para la iglesia y que se abrió en los cuarenta días de su ayuno. Vi a Jesús sudar sangre en esta  oración.

Jesús bajó de nuevo de esta montaña hacia el Jordán, entre Gilgal y el lugar del bautismo de Juan, que estaba más al Sur, como a una hora de camino. Pasó solo en una balsa el río, que era estrecho en este punto, y caminó dejando a su derecha a Bethabara y varios caminos reales que llevaban al Jordán. Seguía por senderos de montaña a través del desierto, internándose entre el Este y el Mediodía. Llegó a un valle que va hacia Kallirohe, pasando un riachuelo, y se dirigió a una ladera de la montaña, más al Oeste, donde esta Jachza, en un valle,. En este lugar los israelitas habían vencido al rey amonita Sichon. En esta guerra había tres israelitas contra dieciséis enemigos, pero sucedió un prodigio. Vino sobre los amonitas una tormenta y un ruido espantoso, que los puso en fuga y los derrotó. Jesús estaba ahora sobre una montaña muy agreste. Era todo aquí mas salvaje que en la montaña cercana a Jericó, que estaba como enfrente. Dista del Jordán nueve horas de camino.

II Tentaciones interiores de Jesús

Octubre 30

        Está oculta a Satanás la divinidad de Jesús y su misión. Las palabras “Este es mi Hijo amado en quien me he complacido”, las entendió como dichas a un hombre, a un profeta. Jesús está ahora apesadumbrado en su interior. La primera tentación que tuvo fue ésta:”Este pueblo está demasiado pervertido. ¿Tendré Yo que padecer todo esto por él y no poder conseguir el peno efecto de mi obra?…” Jesús venció esta tentación, a pesar de prever todos sus dolores, con inmensa bondad y amor por los hombres. Jesús rezaba en la cueva, a veces de rodillas, a veces de pie y a veces postrado, echado sobre su rostro. Estaba con sus acostumbrados vestidos, pero los tenía más sueltos. No llevaba la correa y estaba descalzo. En el suelo estaba su manto, algunos bolsillos y el ceñidor.

        El trabajo de su oración era cada día diferente, porque todos los días nos conseguía otras gracias, y así veía que no volvían las cosas que ya había vencido. Sin esta lucha y merecimiento de Jesús por nosotros, no hubiera podido ser meritoria nuestra resistencia contra las tentaciones ni posible nuestra victoria. Jesús no comía ni bebía, pero he visto que los Ángeles lo confortaban y fortalecían.

        No había adelgazado por el largo ayuno, su rostro aparecía más pálido. En esta cueva, que no estaba en plena cumbre, había una abertura por la cual entraba un aire helado. Y en este tiempo del año ya había frío y el día era nebuloso. El interior era de piedras coloridas, de modo que si hubiese sido pulido pudiera parecer pintado de varios colores. Los alrededores de la cueva tenían muy poca vegetación. Era tan amplia que Jesús podía estar hincado o echado en una parte de ella sin quedar bajo esa abertura.

Noviembre 2-3

        Lo he visto echado sobre su rostro. Sus pies desnudos estaban sangrando, heridos por las caminatas que había hecho, pues había ido al desierto con los pies descalzos. A veces se levantaba en pie; otras veces se echaba sobre su rostro. Estaba rodeado de luz. De pronto hubo adentro una conmoción y un ruido, la cueva se llenó de luz y apareció una multitud de ángeles que traían variados objetos. Yo me sentí tan agobiada y deprimida que me parecía estar metida dentro, en la misma roca de la cueva; y con la impresión de que me hundía y me perdía, comencé a clamar:¡Yo me hundo; yo debo hundirme junto a mi Jesús!”.

        Ahora he visto que los ángeles se inclinaban ante Jesús, lo honraban y le preguntaban si podían presentarle los instrumentos de su misión, y si era su voluntad aun padecer por los hombres como hombre, como había sido esta su voluntad cuando descendió de su Padre y tomó carne en el seno de la Virgen.

        Como Jesús renovase de nuevo su resolución, levantaron ante Él los ángeles una cruz muy grande cuyas partes habían traído. Esta cruz tenía la forma que siempre veo y constaba de cuatro partes, como veo también las prensas de vino. La parte superior de la cruz, que se alzaba entre los dos trozos de madera de los lados, estaba también aparte. Cinco ángeles llevaban la parte inferior de la cruz, tres ángeles la parte superior, tres el brazo izquierdo y tres el derecho; tres llevaban el pedazo de madera donde descansan los pies de Jesús; tres traían una escalera; otro un canasto con sogas y utensilios; otro la lanza, la caña, los azotes, la vara, la corona de espinas, los clavos, los vestidos de burla, y, en fin todas aquellas cosas que fueron causa de sus dolores en su pasión. La cruz era hueca, de modo que se podía abrir como un armario, y dentro se veía toda clase de instrumentos de martirio. En medio de ella, donde correspondía al corazón abierto de Jesús, se veía un entrelazamiento de figuras de tormento con los más diversos objetos. El color de la cruz era de sangre que conmovía.

        De este modo todas las partes de la cruz eran de diversos colores, con los cuales se podían conocer los diversos dolores que debía padecer Jesús; y los rayos de estas partes iban hacia la imagen del corazón, que estaban en el medio. En cada parte había instrumentos diversos que indicaban futuros sufrimientos. Se veía igualmente en esa cruz vasos con hiel y vinagre; otros con mirra y aloe, que se usaron después de la muerte del Salvador.

        Había además adentro una cantidad de bandas con cintas, del ancho de la mano, de diversos colores, donde había grabados varias formas de padecimientos  y dolores. Los diferentes colores denotaban distintos grados y maneras de oscuridad y tinieblas que debían ser iluminadas y transparentadas por los dolores de Jesús.

        De color negro aparecía lo que se daba por perdido, pardo lo que era triste, duro, seco, mezclado y sucio, de color rojo aparecía lo que era pesado, terrenal, sensual, y, de color amarillo, lo muelle, demasiado delicado y cómodo, había algunas bandas, entre amarillas y coloradas, que tenían que ser emblanquecidas e iluminadas. Había también otras bandas blancas, de un blanco de leche, con escrituras luminosas y transparentes. Esto significaba lo ganado, lo vencido, lo completado y perfeccionado.

        Estas bandas eran como señales y representaciones, la cuenta de todos los trabajos y dolores que Jesús tenía que sobrellevar en su carrera mortal, con sus discípulos y con los hombres. También se le presentaron al Señor todas aquellas personas que más le debían hacer sufrir: la obstinación de los fariseos, la traición de Judas y la crueldad de los judíos durante los dolores de su pasión y muerte. Todas estas cosas las desarrollaban los ángeles delante de la vista de Jesús con mucha reverencia y en cierto orden, como procedería un sacerdote en sus ceremonias; y cuando todo este aparato de dolors le fue presentado, he visto a Jesús, y a los ángeles con Él, derramando lágrimas.

        Otro día vi que los ángeles representaban a Jesús la ingratitud de los hombres, las de Judas, las burlas, las traiciones y negaciones de amigos y enemigos, hasta su amarga muerte y aun después; y todo lo que sus dolores y penas se perdería para los hombres. Le mostraron también lo que se ganaba, para su consuelo. Todo esto se representaba en cuadros y vi. a los ángeles señalando esos cuadros y representaciones. En todas estas representaciones yo veía la Cruz de Jesús, como siempre, de cinco clases de maderas, con los brazos encajados adentro, con las cuñas debajo y un madero para descanso de los pies. El pedazo de madera para poner el título lo vi añadido arriba, porque no había espacio sobre la cabeza para ponerlo. Este trozo de madera estuvo  sobrepuesto, como una tapa sobre un costurero.

III Jesús tentado por Satanás

        Satanás no tenía certeza ni conocimiento de la divinidad de Cristo: lo creía un profeta. Había observado la santidad de su infancia y juventud, y la santidad de su Madre, a quien nunca pudo llegar con sus tentaciones, pues ella no las recibía. No había en María ninguna materia por donde pudiese Satanás tentar. Era María la más hermosa Virgen; pero no tubo a sabiendas relaciones con ningún pretendiente, fuera de la elección que de ella se hizo en el templo por la señal de la vara florida. Le intrigaba a Satanás ver que Jesús, profeta según su parecer, no tenía los modos farisaicos y severidades de ley en los usos y costumbres con sus discípulos; lo tenía por un hombre, ya que veía que ciertas cosas exteriores escandalizaban a los fariseos.

        Como veía que Jesús se mostraba a menudo con celo, quiso tentarlo, como si fuese un discípulo que lo quería seguir; y como lo veía tan bondadoso, lo quiso tentar en forma de un anciano débil y disputar con Él como si fuese un esenio. Por esto he visto una vez a Satanás en la entrada de la cueva, bajo la forma de un joven[1] hijo de una viuda, sabiendo que Jesús amaba a ese joven. Hizo Satanás un ruido en la entrada para mover a displicencia a Jesús, en cuanto ese discípulo se llegaba hasta su retiro contra lo que Él había dicho que no lo siguieran. Jesús ni siquiera volvió el rostro para mirarlo. Satanás anduvo por la cueva y hablaba de Juan el Bautista que, según él, debía estar muy contrariado contra Jesús que había hecho bautizar en diversos lugares, cosa que no le correspondía a Él sino a Juan solo.

        Después de esto Satanás envió arriba la figura de siete o nueve de sus discípulos, uno tras otro. Venía uno por vez a la cueva y decía que Eustaquio les había dicho que Él estaba en esta cueva, que lo habían estado buscando con grande ansia, que Él no debía arruinar su salud en este lugar, abandonándolos a ellos. Añadían que se hablaba mucho de Él y que no debía permitir que corrieran tantas voces sobre su modo de proceder. Jesús nada contestó a todas estas representaciones y, al fin, dijo: “Vete de aquí, Satanás; ahora no es tiempo”. Con esto desaparecieron todas las figuras de discípulos.

        Más tarde apareció de nuevo Satanás en figura de un anciano esenio muy venerable, que venía cansado de subir por la montaña. Aparecía tan cansado que yo misma tuve compasión del que parecía venerable anciano. Se acercó a la cueva cayendo de cansancio a la puerta misma, dando quejidos de dolor. Jesús ni siquiera miró al que acababa de entrar. Entonces se levantó el fingido esenio y dijo que era uno del monte Carmelo, que había oído hablar de Jesús y que, por verlo, se había venido hasta allí, desfalleciendo casi por el cansancio. Le rogaba se sentase un momento en su compañía, para hablar de cosas de Dios. Dijo que sabía lo que era ayunar y rezar, y que si se unen dos en oración sirve de edificación mutua. Jesús solo contestó algunas palabras, como: “Apártate de mí, Satanás, no es llegado el tiempo”. Sólo entonces oí que había sido Satanás el aparecido, puesto que al alejarse y desaparecer se puso negro, tenebroso y lleno de ira. Me causó risa ver que se echó al suelo como desfallecido y al fin tuvo que levantarse solo.

Noviembre 6

Cuando Satanás apareció de nuevo para tentar a Jesús se apareció en figura del anciano Elliud. Debió haber sabido que a Jesús se le había mostrado la cruz con todos los sufrimientos que le esperaban, porque comenzó diciendo que había tenido una visión de los graves dolores que debía sufrir Jesús y que había sentido la impresión de que no habría podido soportar semejantes sufrimientos. Dijo que tampoco podría estar ayunando los cuarenta días y que por eso venía él para verlo de nuevo y pedirle que lo dejase participar de su soledad y tomar sobre sí una parte de su promesa y resolución. Jesús no miró siquiera al tentador, y levantando las manos al cielo, dijo: “Padre mío, quita esta tentación de mí”. Al punto Satanás desapareció, lleno de rabia y despecho.

Noviembre 7 y 8

        Una tarde mientras Jesús rezaba de rodillas, he visto a Satanás en luminosa vestidura, flotando por los aires y subiendo la ladera escarpada de la montaña. Esta ladera escarpada estaba al Oriente, no había por ese lado entrada alguna, sino solo algunos agujeros en las rocas. Satanás se presentó luminoso, semejante a un ángel, pero Jesús no lo miró siquiera. Veo que en estos casos la luz de Satanás nunca es transparente, sino con u brillo superficial e imitado y su mismo traje hace impresión de dureza, mientras veo las vestiduras de los ángeles transparentes, ligeras y luminosas. Satanás en forma de ángel, quedó en la entrada de la cueva, y dijo: “Soy enviado por el Padre para consolarte”. Jesús no le dirigió siquiera una mirada.

        Después de esto apareció de nuevo en otra parte del monte, junto a una abertura que era del todo inaccesible y dijo a Jesús que considerase cómo era un ángel, ya que volaba por esos sitios inaccesibles. Tampoco esta vez se dignó dirigirle una mirada. Entonces vi a Satanás terriblemente rabioso e hizo ademán como si quisiese a ferrarlo con sus garras a través de esa abertura, su rostro y aspecto eran espantosos. Jesús no le dirigió siquiera una mirada. Satanás desapareció.

Noviembre 11

        Después de esto Jesús se arrodilló para rezar, y al rato vi que aparecieron allí aquellos tres jóvenes que habían estado con Él desde un principio en Nazaret, que habían querido ser discípulos suyos y que luego lo habían dejado. Estos jóvenes se arrojaron a los pies de Jesús y le dijeron que no podían tener paz y tranquilidad si no los perdonaba, se mostraron muy compungidos y contritos. Pedían que los volviera a recibir y los dejase ayunar en su compañía, añadiendo que querían ser en adelante ser sus más fieles discípulos. Se mostraban muy afligidos; y entrando en la gran cueva, andabancon toda clase de ruidos en torno de Él. Jesús se levantó entonces, alzó sus anos a cielo, rogó a su Padre y al punto desapareció la imagen de esos jóvenes.

Noviembre 12

        He visto aparecer a Satanás en forma de un anciano ermitaño del monte Sinaí, todo desgreñado y penitente, y entrar en la cueva de Jesús. Lo he visto trepar cansadamente por la montaña, tenía una luenga barba y sólo una piel de vestidura; pero a pesar de esto lo reconocí por no poder disimular algo de artero y de puntiagudo en su rostro. Dijo que había estado con él un esenio del monte Carmelo, que había hablado de su bautismo, de su sabiduría, de sus prodigios y ahora de su ayuno riguroso. Por esto había venido, a pesar de su mucha edad, hasta aquí; para que se dignase hablar con él, que tenía también una larga experiencia en cuestión de ayunos y penitencias. Le dijo que ya lo hecho bastaba, que dejase lo demás, y que él mismo tomaría una parte de lo que aún faltaba por hacer. Habló en este sentido muchas cosas, y Jesús, mirando apenas de un lado, dijo: “Apártate de mí Satanás”. Vi entonces a Satanás precipitarse, como una piedra, desde el monte abajo, con estruendo; como un cuerpo negruzco.

        Yo me preguntaba cómo puede serle desconocido al Demonio que Jesús era Dios. Recibí entonces una instrucción y conocí claramente el provecho grande para los hombres de que Satanás , y el mismo hombre, no lo entendiesen y lo debiese creer. El Señor me dijo estas palabras: “El hombre no sabía que la serpiente que lo tentaba era Satanás, por esto no debe saber Satanás que es un Dios el que salve al hombre”. He visto en esta ocasión que Satanás recién reconoció la divinidad de Cristo cuando este bajó a los infiernos a librar a las almas de los santos padres.

Noviembre 18

        En uno de esos días siguientes he visto a Satanás aparecer en forma de un hombre de aspecto venerable que venía de Jerusalén y se acercaba a la cueva de Jesús, que estaba en oración. Dijo que venía porque le interesaba mucho saber si Él estaba destinado a dar la libertad a su pueblo de Israel. Contó todo lo que se decía y contaba en Jerusalén de su persona y añadió que venía para ayudarlo y protegerlo. Dijo ser un mensajero de Herodes, que lo invitaba a ir con él a Jerusalén, ocultarse en el palacio de aquél y reunir a sus discípulos, hasta poner en orden su designio de liberación. Insistía que era conveniente que viniese de inmediato con él. Todo esto lo dijo con muchas palabras y por extenso. Jesús no lo miró. Rogó constancia; y de pronto vi a Satanás alejarse de allí, volviéndose su rostro espantoso y despidiendo llamas y tinieblas por la nariz.

Noviembre 30

        Como Jesús estaba atormentado por el hambre, especialmente por la sed, se presentó Satanás en forma de piadoso ermitaño, que le dijo: “Tengo mucha hambre; te ruego me des de los frutos que están aquí en la montaña, delante de la entrada, pues no quiero sacar nada sin permiso del dueño. Nos sentaremos luego amigablemente y conversaremos cosas buenas”. Había, en efecto, no en la entrada, sino al lado, hacia Oriente, a alguna distancia de la cueva, algunos higos y una clase de frutas como nueces, pero con cáscara blanda como la tienen los nísperos, y también bayas. Jesús le dijo: “Apártate de Mí, tú eres el mentiroso desde el principio y no dejes daño alguno sobre esos frutos”. Vi entonces al fingido ermitaño precipitarse como una sombra oscura contrahecha monte abajo y escupir vapor negro.

Diciembre 2

        Vino Satanás en forma de un viajero y preguntó si no podía él comer las hermosas uvas que se veían allí cerca, que eran tan buenas para apagar la sed. Jesús no contestó nada ni miró hacia el lado donde le hablaba. Algunos días después lo tentó mostrándole una fuente de agua.

IV Satanás tienta a Jesús por medio de artificios de magia

Diciembre 3

        Satanás vino de nuevo a la cueva de Jesús, esta vez como un maestro de artificios y como sabio. Dijo que venía a Él como tal , que algo podía mostrar de lo que sabía hacer y lo invitó a mirar dentro de un artefacto que traía. Diciendo esto mostró una máquina parecida a una bola, o mejor a un cesto de pájaros. Jesús no miró hacia él, le volvió las espaldas y salió de la cueva.

        En ese caleidoscopio que traía Satanás se veía una maravillosa representación de la naturaleza: un jardín delicioso, de exuberante vegetación, con amena sombra, frescas fuentes, árboles llenos de hermosas frutas y de ubérrimos racimos de uva. Todo esto se veía tan cerca que se podía tomar con la mano y con numerosos cambiantes paisajes y de objetos deleitosos. Cuando Jesús le dio las espaldas, Satanás huyó de allí con su aparato[2]. Esta tentación se produjo en este momento para hacer quebrantar el ayuno a Jesús, que comenzaba ahora a sentir más que antes los estímulos del hambre y de la sed.

        Satanás no sabe qué hacer con Jesús. Conoce las profecías que hay sobre Él y siente que tiene Jesús un poder que otros no tienen; pero no sabe que es Dios, ni sabe de fijo que es el Mesías que no puede ser tocado en sus obras; porque lo ve en muchas cosas tan humano; lo ve ayunar, sufrir tentaciones, tener hambre y sed y padecer como los demás hombres. Satanás es en esto tan ciego, en parte, como los fariseos. Lo tiene por un hombre santo y justo, a quien conviene tentar para hacerlo caer en falta y ponerlo en turbación.

Diciembre 4

        Jesús padece hambre y sed. Lo veo con frecuencia delante de la entrada de la cueva. Hacia la noche vino Satanás en forma de hombre grande y fuerte, subiendo la montaña. Había levantado abajo dos piedras del tamaño de pequeños panes, con ángulos; y mientras subía les había dado forma de panes en sus manos. Había en él algo de profundo encono cuando subió esta vez y entró en la cueva. Tenía una piedra en cada mano y dijo más o menos lo siguiente: “Tienes razón de no haber comido alguna fruta, ellas no sirven sino de placer. Pero si Tú eres el Hijo querido de Dios, sobre el cual vino el Espíritu Santo en el bautismo, mira: yo he hecho que estas piedras parezcan panes; haz Tú ahora que sean panes”. Jesús no miró a Satanás; le oí solo estas palabras: “El hombre no vive de pan”. Estas palabras las entendí claramente. Entonces Satanás se puso rabioso. Extendió sus garras contra Jesús y vi las dos piedras en sus manos. Al punto huyó de allí. No pude menos que reír al ver que tuvo que llevarse las piedras que había traído.

V Satanás lleva a Jesús al pináculo del templo y sobre la montaña

        Hacia la tarde del día siguiente vi a Satanás volar hacia Jesús, como un ángel poderoso, con gran estrépito. Estaba con vestiduras guerreras, como veo con frecuencia a San Miguel. Pero en Satanás siempre se descubre algo de repelente y de opaco, aún en su mayor brillo. Se gloriaba delante de Jesús y decía: “Quiero mostrarte lo que puedo y quien soy y cómo los ángeles me llevan en sus palmas. Mira allí a Jerusalén mira el templo. Te quiero colocar sobre el punto más alto. Muestra entonces lo que Tú puedes y si los Ángeles te sostienen en sus manos”. Mientras esto decía vi la ciudad de Jerusalén y el templo tan cerca, como si estuvieran junto a la montaña. Creo que todo esto no era sino artificio de Satanás. Jesús no le respondió. Satanás lo tomó por las espaldas y lo llevó por el aire, volando bajo, hasta Jerusalén; lo puso sobre la punta de una de las torres de las cuatro que había sobre el templo y que yo hasta entonces no había notado. Esta punta estaba en ángulo occidental, hacia Sión, enfrente de la torre Antonia. La ladera de la montaña donde estaba el templo era en esta parte muy escarpada. Estas torres eran como prisiones y en una e ellas estaban guardadas las preciosas vestiduras de los sacerdotes. Eran, por arriba planas; de modo, que se podía caminar en ellas; se alzaba, empero, todavía en medio de ellas un cono hueco que terminaba con una bocha tan grande que podían estarse allí dos hombres de pie. Desde aquí se podía contemplar el templo en su conjunto. En este punto más alto puso Satanás a Jesús, que nada dijo hasta ese momento. Satanás, entonces, de un vuelo bajó a tierra, y dijo: “Si tu eres el Hijo de Dios, muestra tu poder y déjate caer abajo, pues esta escrito: ‘Mandará a sus ángeles, que lo sostengan en sus manos para que no tropiece en piedra alguna’”. Entonces dijo Jesús: “Está escrito también: ‘No tentarás a tu Dios’

        Vino entonces Satanás todo rabioso contra Él, y Jesús dijo:”Usa del poder que se te ha dado”. Lo tomó entonces Satanás de los hombros, y furioso voló con Él a través del desierto, hacia Jericó. Sobre aquella torre cayó por la tarde luz vespertina del cielo. Voló en esa ocasión más despacio. Lo veía volar con rabia con Jesús, ya por lo alto, ya bajando, ya culebreando, como uno que quiere desahogar su enojo y no puede dominar el objeto de su rabia. Lo llevó sobre el mismo monte, a siete horas de Jerusalén, donde Jesús había comenzado su ayuno. Vi que lo llevó junto a un árbol teberinto que se erguía grande y fuerte en medio de un jardín de un esenio que había vivido hacia tiempo en este lugar. También Elías había vivido allí. Estaba detrás de la cueva, no lejos de la escarpada ladera. Estos árboles son picados y cortados en la corteza y dan cada vez una cierta cantidad de bálsamo. Satanás puso a Jesús sobre un pico de la montaña, que era inaccesible y más alta que la cueva misma. Era de noche, pero conforme Satanás señalaba a un lado o a otro, se veían los más hermosos paisajes de todas partes del mundo. Satanás dijo más o menos a Jesús: “Yo sé que tu eres un gran Maestro y vas a buscar ahora discípulos para esparcir tu doctrina. Mira todas estas espléndidas comarcas , estos poderosos pueblos… y mira esta pequeña Judea. Allá es donde tienes que ir. Yo te quiero entregar todas estas comarcas, si Tú te postras y me adoras”. Con esta adoración entendía ese obsequio y esa humillación que era de uso entre los fariseos y judíos delante de reyes y de personajes poderosos, cuando querían obtener algo de ellos. El diablo presentó aquí una tentación semejante, aunque en mayor escala, que cuando se presentó en forma de un mensajero del rey Herodes, venido desde Jerusalén, invitándolo a ir a la ciudad y a vivir en el castillo bajo su protección. Cuando Satanás señalaba con su mano veíanse grandes países y mares extensos, luego sus ciudades, sus reyes y príncipes, sus magnificencias y triunfos, yendo y viniendo con sus guerreros y soldados, con toda majestad y esplendor. Todo se veía tan claro como si estuviera cerca y más distinto aún. Parecía que uno estaba allí dentro de esa magnificencia y cada figura, cada cuadro, cada pueblo aparecía con diversos esplendores, con sus costumbres, usos y maneras peculiares. Satanás señaló de algunos pueblos sus particularidades principales y especialmente un país donde había grandes hombres y fuertes guerreros, que parecían gigantes, creo que Persia, y le dijo que allí tenía que ir a enseñar. La Palestina se la representó muy pequeña y despreciable. Fue una representación maravillosa: se veían tantas cosas, tan claras y al mismo tiempo tan espléndidas y atrayentes. Jesús no dijo otra cosa que: “Adorarás a Dios, tu Señor y a Él solo servirás. Apártate de Mí , Satanás”. Entonces via a Satanás, en espantoso aspecto, precipitarse de la montaña, caer en lo profuno y desaparecer como si se lo hubieses tragado la tierra.

VI Los Ángeles sirven a Jesús

        Después de esto vi una multitud de ángeles aparecer al lado de Jesús, inclinarse ante Él y llevarlo delicadamente en las palmas, a la cueva donde había comenzado su ayuno de cuarenta días. Había allí doce ángeles y otros grupos ayudantes en determinado número. No recuerdo ya bien si 72, aunque creo que sí, porque tuve durante esta visión el recuerdo contínuo de los apóstoles y de los 72 discípulos. Se celebró en la cueva una fiesta de acción de gracias y de victoria con una comida. Vi a los Ángeles adornar el interior de la cueva con hojas de parra de la cual descendía, sobre la cabeza de Jesús , una corona de hojas. Todo esto aconteció en un orden admirable y cierta solemnidad y era luminoso y significativo, y no duró mucho tiempo; pues lo que se injertó en una intención siguió a la intención del todo al vivo y se esparció al exterior según su destino.

        Los ángeles habían traído desde el principio una mesa pequeña con alimentos del cielo, que se agrandó luego. Los alimentos y los recipientes eran como los que veo siempre en las mesas del cielo, y he visto que Jesús y los doce apóstoles  y los otros ángeles tomaban parte en la comida[3]. No era el de ellos un comer con la Bocay, sin embargo, era un tomar para sí y un traslado de las frutas en los que los gustaban, que eran recreados y participaban de la comida. Era como si la íntima significación de los alimentos pasase a quienes los tomaban. Esto es inexplicable. Al final de la mesa había un cáliz grande y luminoso y pequeños vasitos alrededor de él, en la forma de aquél que se usó en la última Cena, sólo que aquí era más espiritual y más grande. Habían también un plato con panecillos redondos. Vi que Jesús echaba algo del gran cáliz en los vasos pequeños y mojaba pedazos de panes en los vasos y que los ángeles recibían de ellos y los llevaban.

        Mientras veía estas cosas se disipó la visión y Jesús salió de la cueva y fue descendiendo de la montaña en dirección al Jordán. Los ángeles lo hicieron en forma y orden diferentes. Los que desaparecieron con el pan y el vino tenían vestidura sacerdotal. En ese mismo momento he visto toda clase de consuelo y de animación en los amigos de Jesús de ahora y de más tarde. Vi a Jesús aparecerse a María, en Caná, de modo admirable y confortarla y consolarla. Vi a Lázaro y a Marta, conmovidos de amor hacia Jesús. Vi a María la silenciosa refrigerada en realidad con parte de ese alimento: vi al ángel junto a ella recibir el alimento. María la silenciosa había contemplado siempre los dolores y tentaciones de Jesús y estaba en esas cosas admirables de tal manera que no se maravillaba de nada. Aún a la Magdalena la he visto conmovida: estaba en ese momento ocupada en adornarse para una fiesta, cuando de pronto la sorprendió un saludable temor de du vida y de su salvación y arrojó su adorno al suelo, cosa que causó la burla de los que la rodeaban. A muchos de los que iban a ser más tarde sus discípulos, los vi aligerados y reconfortados y con ansias de Jesús. A Natanael lo ví en su pieza pensando en las cosas que había oído a Jesús, muy conmovido; pero luego él, lo alejaba todo de su mente. A Andrés, a Pedro y a los demás apóstoles los vi fortalecidos y conmovidos. Fue esto un espectáculo admirable.

        María vivió al principio del ayuno de Jesús en la casa cerca de Cafarnaún. Tenía ocasión de oir a muchos que murmuraban diciendo que Él iba vagando y nadie sabía dónde, que Él abandonaba a su madre, que era su deber, después de la muerte de José, tomar un oficio para mantener a su madre. Ahora, especialmente, había mucha conversación, habiendo llegado noticias de lo sucedido en su bautismo, el testimonio de Juan y las cosas que contaban los discípulos dispersos en los pueblos. Cosa semejante solo sucedió nuevamente en la resurrección de Lázaro y en su pasión y muerte. María se mostraba preocupada y sufría en su interior. Nunca estuvo exenta de visiones, participaciones y sentimientos de compasión para con Jesús. Hacia el fin de los cuarenta días estuvo María en Caná de Galilea junto a los padres de la esposa de Caná. Son estas personas distinguidas en la ciudad y como jefes de ella, tienen una casi, casi en medio de la ciudad, que es hermosa y limpia, una calle principal pasa por ella, creo que de Ptolomais se ve venir el camino en esa dirección de la ciudad que no es tan desalineada y mal edificada como las otras. El esposo hizo su casamiento en su casa. Tienen otra casa en la ciudad, la cual entregaron arreglada a la hija. Ahora está María habitando allí. El esposo es más o menos de la misma edad de Jesús y es como el padre en la casa de su madre, y lleva la administración de la misma. Esta buena gente pide consejo a María para la educación de sus hijos y le muestra todas sus cosas.

[1] El padre jesuita Lamy, poseído por varios años, a raíz de un ofrecimiento voluntario, describe la presencia de Satanás en esta forma: “Satanás se me presenta alto y de hermosa presencia, cabellos rubios, barba corta y atildada. Lo veo como un hombre fuerte, de recia musculatura, vestido con una especie de peplo de forma griega, de color blanco, que le llega hasta los pies. Veo que de continuo se levantan a lo largote su cuerpo, por la túnica y la barba, dos llamaradas desde los pies hasta la coronilla de la cabeza, donde parece que se juntan en un haz. Unas llamas más densas son de color negro como pez hirviente y las otras como lenguas de fuego de color común. Él sufre y calla. No le estorban estos tormentos en sus movimientos. Cuando María santísima me hac el favor de mostrármelo en su aspecto de fuego, me persuado de que sufre horribles tormentos, aunque o vea sereno”

[2] Las seducciones del cine, inventando a principios de este siglo (el autor de la nota se refiere al siglo XX) compensan ampliamente el fracaso de la primera función y del primer operador cinematográfico: Satanás.

[3] “Y yo les confiero la dignidad real, como mi Padre me la confió a mí. Y en mi Reino, ustedes comerán y beberán en mi mesa, y se sentarán sobre tronos para juzgar a las doce tribus de israel” (Lucas 22, 29-30).

Anuncios

2 comentarios sobre “22/2/2015 Evangelio según San Marcos 1,12-15.”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s