1/3/2015 Evangelio según San Marcos 9,2-10.

Domingo de la primera semana de Cuaresma

Santo(s) del día : San Rosendo,  Beata Giovanna María Bonomo,  San David de Gales
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Lecturas

El evangelio de Marcos de este domingo nos encuentra casi al comienzo del tercer año de la vida pública de Jesús en el capítulo 349.

Tercer año de la Vida Pública de Jesús

349. La Transfiguración en el monte Tabor y el epiléptico curado al pie del monte[1]121. Un comentario para los predilectos.

3 de diciembre de 1945.

Desde las colinas de Nazaret, el Monte Tabor ocupa el lado este.

Tabor desde las colinas de Nazaret1       ¿Hay, acaso, algún hombre que no haya visto, al menos una vez, un alba serena de marzo? Si tal hombre existe, es muy infeliz, porque desconoce una de las gracias más hermosas de la naturaleza despertada de primavera, de nuevo virgen, niña, cual debía ser el primer día.

En esta gracia, que es pura en todos sus aspectos y cosas –desde las hierbas nuevas Y cargadas de rocío, hasta las florecillas que se abren, como niños que nacen, ante la primera sonrisa de la luz del día; hasta los pájaros que se despiertan con un batir de alas y dicen su primer “¿chip?” interrogativo, preludio de todos sus canoros discursos de la jornada; hasta el mismo olor del aire, que ha perdido durante la noche, por el baño del rocío y la ausencia del hombre, hasta la más mínima contaminación de polvo, humo e indicio de cuerpos humanos–, en medio de esta gracia, van Jesús, los apóstoles y los discípulos. Está con ellos también Simón de Alfeo.

Van en dirección sureste, superando las colinas que hacen de corona a Nazaret, vadeando un torrente, atravesando una llanura estrecha situada entre las colinas nazarenas y un grupo de montes hacia el Este. 2 Estos montes están precedidos por el cono semitruncado del Tabor, cuya cima, curiosamente, me recuerda, vista de perfil, la punta del gorro de nuestra policía nacional.

Llegan al monte. Jesús se para y dice:

«Pedro, Juan y Santiago de Zebedeo subirán conmigo al monte. Vosotros diseminaos por la base, separándoos hacia los caminos que la bordean, y predicad al Señor. Al atardecer quiero estar de nuevo en Nazaret, así que no os alejéis mucho. La paz sea con vosotros».

Y, volviéndose a los tres que había nombrado, dice:

«Vamos».

Y empieza a subir sin volverse ya, y con un paso tan expedito, que pone a Pedro en dificultad para seguirle. En un alto que hacen, Pedro, rojo y sudado, le pregunta con respiración afanosa:

«¿Pero a dónde vamos? No hay casas en el monte. En la cima, aquella vieja fortaleza. ¿Quieres ir a predicar allí?».

«Habría subido por la otra vertiente. Como puedes ver, le vuelvo las espaldas. No vamos a ir a la fortaleza, y quien esté en ella ni siquiera nos verá. Voy a unirme con mi Padre. He querido teneros conmigo porque os amo. ¡Venga, ligeros!».

«¡Oh, mi Señor! ¿Y no podríamos ir un poco más despacio, y hablar de lo que oímos y vimos ayer, que nos ha tenido despiertos toda la noche para comentarlo?».

«A las citas con Dios hay que ir siempre sin demora. ¡Animo, Simón Pedro! Que arriba os permitiré que descanséis».

Y reanuda la subida…

3 (Dice Jesús: «Introducid aquí la Transfiguración del 5 de agosto de 1944, pero sin el dictado que la acompañaba. Una vez terminada la transcripción de la Transfiguración del año pasado, el P M. copiará esto que ahora te muestro»)[2]122.

5 de agosto de 1944.

4       Estoy con mi Jesús en un alto monte. Con Jesús están Pedro, Santiago y Juan. Suben más alto todavía y la mirada se expande por dilatados horizontes que un hermoso día sereno hace detalladamente nítidos hasta en las zonas más lejanas.

El monte no forma parte de un sistema montañoso como el de Judea; se yergue aislado, teniendo, respecto al lugar en que nos encontramos, el Oriente de frente, el Norte a la izquierda, el Sur a la derecha, y, detrás, al Oeste, la cima, que se alza aún unos centenares de pasos. Es muy alto, y la mirada puede ver libremente en un vasto radio.

El lago de Genesaret parece un recorte de cielo engastado en el verde de la tierra, una turquesa oval ceñida de esmeraldas de distintas tonalidades; un espejo trémulo, que se riza con el viento leve y por el que se deslizan, con agilidad de gaviotas, las barcas con sus velas desplegadas, ligeramente inclinadas hacia la superficie azulina, con la misma gracia del vuelo cándido de una gaviota cuando sigue el curso de la onda en busca de presa. Luego, de la vasta turquesa sale una vena, de un azul más pálido en los lugares donde el guijarral es más ancho, y más oscuro donde las orillas se estrechan y el agua es más profunda y opaca por la sombra que proyectan los árboles que crecen vigorosos junto al río, nutridos con su linfa. El Jordán parece una pincelada casi rectilínea en el verde de la llanura.

A uno y otro lado del río, diseminados por la llanura, hay unos pueblecillos. Algunos de ellos son realmente un puñado de casas, otros son más grandes, ya con aire de pequeñas ciudades. Las vías de comunicación son rugosidades amarillentas en el verde.

Pero aquí, en la parte del monte, la llanura está mucho más cultivada y es mucho más fértil, muy bonita. Se ve a los distintos cultivos, con sus distintos colores, sonreír al bonito sol que desciende del cielo sereno.

Debe ser primavera, quizás marzo, si calculo la latitud de Palestina, porque veo los cereales ya altos, aunque todavía verdes, ondear como un mar glauco, y veo a los penachos de los mas precoces de entre los árboles frutales colocar como nubecillas blancas y róseas sobre este pequeño mar vegetal, y luego prados enteramente florecidos, por los altos henos, sobre los cuales, ovejitas al pasto parecen pequeños cúmulos de nieve amontonada acá o allá sobre la hierba.

Al pie del monte, en las colinas que constituyen su base –bajas y breves colinas–, hay dos pequeñas ciudaditas, una hacia el Sur, la otra hacia el Norte. La llanura ubérrima se extiende especial y más ampliamente hacia el Sur.

5       Jesús, después de una breve pausa al fresco de un puñado de árboles (pausa que, sin duda, ha sido concedida por piedad hacia Pedro, que en las subidas se cansa visiblemente), reanuda la ascensión. Sube casi hasta la cima, hasta un rellano herboso con un semicírculo de árboles hacia la parte de la ladera.

«Descansad, amigos. Yo voy allí a orar».

Y señala con la mano una voluminosa roca que sobresale del monte y que se encuentra, por tanto, no hacia la ladera sino hacia dentro, hacia la cima.

Jesús se arrodilla en la tierra herbosa y apoya las manos y la cabeza en la roca, en la postura que tomará también en la oración del Getseman. El sol no incide en El, porque la cima le resguarda. Pero el resto de la explanada herbosa está toda alegre de sol, hasta el límite de sombra del borde arbolado a cuya sombra se han sentado los apóstoles.

Pedro se quita las sandalias y las sacude para quitar el polvo y las piedrecitas,

 y se queda así, descalzo, con sus pies cansados entre la hierba fresca, casi echado, apoyada la cabeza, como almohada, en un matojo esmeraldino que sobresale más que los demás en su trozo de prado. Santiago hace lo mismo, pero, para estar cómodo, busca un tronco de árbol; en él apoya su manto, y en el manto la espalda. Juan permanece sentado, observando al Maestro. Pero la calma del lugar, el vientecillo fresco, el silencio y el cansancio le vencen a él también, y se le caen: sobre el pecho, la cabeza; sobre los ojos, los párpados. Ninguno de los tres duerme profundamente; están en ese estado de somnolencia veraniega que atonta.

transfiguracion6       Los despabila una luminosidad tan viva, que anula la del Sol y se esparce y penetra hasta debajo del follaje de las matas y árboles bajo los cuales se han puesto.

Abren, estupefactos, los ojos, y ven a Jesús transfigurado[3]123. Es ahora como le veo en las visiones del Paraíso, tal cual. Naturalmente sin las Llagas y sin la enseña de la Cruz. Pero la majestad del Rostro y del Cuerpo es igual; igual es su

luminosidad, igual el indumento, que, de un rojo obscuro, se ha transformado en el adiamantado y perlino tejido inmaterial que le viste en el Cielo. Su Rostro es un sol de luz sideral, pero intensísima, en el cual centellean los ojos de zafiro. Parece más alto aún, como si su glorificación hubiera aumentado su estatura. No sabría decir si la luminosidad, que pone incluso fosforescente el rellano, proviene enteramente de El, o si a la luz propia se une toda la luz que hay en el universo y en los cielos, concentrada en su Señor. Sé que es algo indescriptible.

Jesús está ahora de pie; bueno, diría incluso que está levantado del suelo, porque entre El y la hierba del prado hay como una luz en evaporación, un espacio constituido únicamente por una luz, sobre el cual parece erguirse El. Pero es tan viva, que podría incluso engañarme, y el no ver el verde de la hierba bajo las plantas de Jesús podría estar provocado por esta luz intensa que vibra y produce ondas como algunas veces se ve en los fuegos intensos. Ondas, aquí, de un color blanco, incandescente. Jesús tiene el Rostro alzado hacia el Cielo y sonríe como respuesta a una visión que le sublima.

Los apóstoles sienten casi miedo y le llaman, porque ya no les parece que sea su Maestro, de tanto como está transfigurado.

«Maestro, Maestro»

dicen bajo, pero con ansia. El no oye.

«Está en éxtasis»

dice Pedro temblando.

«¿Qué estará viendo?».

Los tres se han puesto en pie. Querrían acercarse a Jesús, pero no se atreven.

7       La luz aumenta todavía más, debido a dos llamas que bajan del cielo y se colocan a ambos lados de Jesús. Una vez asentadas en el rellano, se abre su velo y aparecen dos majestuosos y luminosos personajes. Uno, más anciano, de mirada aguda y grave y con barba larga bipartida. De su frente salen cuernos de luz que me dicen que es Moisés. El otro es más joven, enjuto, barbudo y velloso, aproximadamente como el Bautista, al cual yo diría que se asemeja por estatura, delgadez, conformación y gravedad. Mientras que la luz de Moisés es cándida como la de Jesús, especialmente en los rayos de la frente, la que emana Elías es solar, de llama viva.

Los dos Profetas toman una postura reverente ante su Dios Encarnado, y, aunque El les hable con familiaridad, ellos no abandonan esa su postura reverente. No comprendo ni siquiera una de las palabras que dicen.

Los tres apóstoles caen de rodillas temblando, cubriéndose el rostro con las manos. Querrían ver, pero tienen miedo. Por fin Pedro habla:

«Maestro, Maestro, óyeme».

Jesús vuelve la mirada sonriente hacia su Pedro, el cual recobra vigor y dice:

«Es hermoso estar aquí contigo, con Moisés y con Elías. Si quieres hacemos tres tiendas para ti, para Moisés y para Elías, y nosotros os servimos…».

Jesús vuelve a mirarle y sonríe más vivamente. Mira también a Juan y a Santiago: una mirada que los abraza con amor. También Moisés y Elías miran a los tres fijamente. Sus ojos centellean. Deben de ser como rayos que atraviesan los corazones. Los apóstoles no se atreven a decir nada más. Atemorizados, callan. Dan la impresión de personas un poco ebrias, como personas aturdidas. Pero, cuando un velo, que no es niebla, que no es nube, que no es rayo, envuelve y separa a los Tres gloriosos detrás de una pantalla aún más luminosa que la que ya los circundaba, celándolos a la vista de los tres, y una Voz potente y armónica vibra y llena de sí el espacio, los tres caen con el rostro contra la yerba.

«Este es mi Hijo amado, en quien me he complacido. Escuchadle».

Pedro, al arrojarse rostro en tierra, exclama:

«¡Misericordia de mí, que soy un pecador! ¡La Gloria de Dios[4]124 está descendiendo!».

Santiago no dice nada. Juan susurra, con un suspiro, como si estuviera próximo a desmayarse:

«¡El Señor habla!».

8       Ninguno se atreve a levantar la cabeza, ni siquiera cuando el silencio se hace de nuevo absoluto. No ven, por tanto, siquiera el retorno de la luz a su naturaleza de luz solar, que muestra a Jesús solo, de nuevo el Jesús de siempre, con su túnica roja. El anda en dirección a ellos, sonriendo; los mueve y toca y llama por su nombre.

«Alzaos. Soy Yo. No temáis»

dice, porque los tres no se atreven a levantar la cara e invocan misericordia para sus pecados, temiendo que sea el Ángel de Dios queriendo mostrarles al Altísimo.

«Alzaos. Os lo ordeno»

repite Jesús con tono imperioso. Alzan el rostro y ven a Jesús sonriente.

«¡Oh, Maestro, Dios mío!»

exclama Pedro.

«¿Cómo vamos a vivir a tu lado, ahora que hemos visto tu gloria? ¿Cómo vamos a vivir en medio de los hombres, y nosotros, hombres pecadores, ahora que hemos oído la voz de Dios?».

«Deberéis vivir conmigo y ver mi gloria hasta el final. Sed dignos de ello, porque el tiempo está próximo. Obedeced al Padre mío y vuestro. Volvemos ahora con los hombres, porque he venido para estar con ellos y para llevarlos a Dios. Vamos. Sed santos en recuerdo de esta hora, fuertes, fieles. Participaréis en mi más completa gloria. Pero no habléis ahora de esto que habéis visto a nadie, ni siquiera a vuestros compañeros[5]125. Cuando el Hijo del hombre resucite de entre los muertos y vuelva a la gloria del Padre, entonces hablaréis. Porque entonces será necesario creer para tener parte en mi Reino».

«¿Pero no tiene que venir Elías para preparar tu Reino? Los rabíes dicen eso».

«Elías ha venido ya y ha preparado los caminos al Señor. Todo sucede como ha sido revelado. Pero los que enseñan la Revelación no la conocen ni la comprenden, y no ven ni reconocen los signos de los tiempos ni a los enviados de Dios. Elías ha vuelto una vez[6]126. Vendrá la segunda cuando esté cercano el último tiempo, para preparar a los últimos para Dios. Ahora ha venido para preparar a los primeros para Cristo, y los hombres no le han querido reconocer, le han hecho sufrir y le han matado. Lo mismo harán con el Hijo del hombre, porque los hombres no quieren reconocer lo que es su bien».

Los tres agachan la cabeza pensativos y tristes, y bajan con Jesús por el mismo camino por el que han subido.

3 de diciembre de 1945.

9       …Y es otra vez Pedro el que, en un alto a mitad de camino, dice:

«¡Ah, Señor! Yo también digo como tu Madre ayer: “¿Por qué nos has hecho esto?”, y también digo: “¿Por qué nos has dicho esto?”. ¡Tus últimas palabras han borrado de nuestro corazón la alegría de la gloriosa visión! ¡Ha sido un día de grandes miedos! Primero, el miedo de la gran luz que nos ha despertado, más fuerte que si el monte ardiera, o que si la Luna hubiera bajado a resplandecer al rellano ante nuestros ojos; luego tu aspecto, y el hecho de separarte del suelo como si estuvieras para echar a volar y marcharte. He tenido miedo de que Tú, disgustado por las iniquidades de Israel, volvieras a los Cielos, quizás por orden del Altísimo. Luego he tenido miedo de ver aparecer a Moisés, al que los suyos de su tiempo no podían ver ya sin velo, de tanto como resplandecía en su rostro el reflejo de Dios[7]127, y todavía era hombre, mientras que ahora es espíritu bienaventurado y encendido de Dios; y a Elías… ¡Misericordia divina! He pensado que había llegado a mi último momento, y todos los pecados de mi vida, desde cuando robaba de pequeño la fruta de la despensa hasta el último de haberte aconsejado mal hace unos días, me han venido a la mente. ¡Con qué temblor me he arrepentido! Luego me dio la impresión de que me amaban esos dos justos… y he tenido la intrepidez de hablar. Pero incluso su amor me producía miedo, porque no merezco el amor de semejantes espíritus. ¡Y después… después!… ¡El miedo de los miedos! ¡La voz de Dios!… ¡Yahvé ha hablado! ¡A nosotros! Nos ha dicho: “¡Escuchadle!”. Tú. Y te ha proclamado “su Hijo amado en el cual El se complace”. ¡Qué miedo! ¡Yahvé!… ¡A nosotros!… ¡Verdaderamente sólo tu fuerza nos ha mantenido en vida!… Cuando nos has tocado y tus dedos ardían como puntas de fuego, he sentido el último momento de terror. He creído que era la hora de ser juzgado y que el Ángel me tocaba para tomar mi alma y llevársela al Altísimo… ¡Pero, ¿cómo pudo tu Madre ver… oír… vivir en definitiva, ese momento del que hablaste ayer, sin morir, Ella que estaba sola, siendo jovencita aún, sin Ti?!».

«María, la Sin Mancha, no podía tener miedo de Dios. Eva no tuvo miedo de Dios mientras fue inocente. Y Yo estaba en ese lugar. Yo, el Padre y el Espíritu, Nosotros, que estamos en el Cielo y en la tierra y en todas partes, y que teníamos nuestro Tabernáculo en el corazón de María»

dice dulcemente Jesús.

«¡Qué cosa! ¡Qué cosa!… Pero después hablaste de muerte… Y toda alegría se borró…

 Pero, ¿por qué a nosotros tres todo esto?, ¿por qué a nosotros? ¿No convenía dar a todos esta visión de tu gloria?».

«Precisamente porque desfallecéis al oír hablar de muerte, y muerte de suplicio, del Hijo del hombre, el Hombre–Dios os ha querido fortalecer para aquella hora y para siempre, con la precognición de lo que seré después de la Muerte: recordad todo esto, para decirlo a su tiempo… ¿Habéis entendido?».

«¡Oh, sí, Señor. No es posible olvidar. Y sería inútil decirlo. Dirían que estaríamos ebrios».

10     Reanudan la marcha hacia el valle. Pero, llegados a un punto, Jesús tuerce por un sendero pino en dirección a Endor, o sea, por el lado opuesto al otro en que dejó a los discípulos.

«No los encontraremos»

dice Santiago.

«El Sol empieza a bajar. Se estarán agrupando para esperarte en el lugar donde los dejaste».

«Ven y no te crees pensamientos necios».

En efecto, en cuanto la espesura se abre dando lugar a una pradera que desciende suavemente hasta tocar el camino de primer orden, ven a toda la masa de los discípulos, aumentada por la presencia de viandantes curiosos, de escribas venidos de no sé dónde, moviéndose en la base del monte.

«¡Vaya! ¡Escribas!… ¡Y ya disputan!»

dice Pedro señalándolos. Y baja los últimos metros disgustado. Pero también los que están abajo los han visto y unos a otros se los señalan, y luego se echan a correr hacia Jesús, gritando:

«¿Cómo es que vienes por esta parte, Maestro? Estábamos para encaminarnos al lugar establecido. Pero nos han entretenido en disputas los escribas, y con sus súplicas un padre afligido».

«De qué discutíais entre vosotros?».

«Por un endemoniado. Los escribas se han burlado de nosotros porque no hemos podido liberarle. Lo ha intentado de nuevo, ya por pundonor, Judas de Keriot; pero ha sido inútil. Entonces hemos dicho: ”Intentadlo vosotros”. Han respondido: “No somos exorcistas”. Ha coincidido que pasaban algunos, que venían de Caslot–Tabor, entre los que había dos exorcistas. Pero ellos tampoco nada. Aquí viene el padre a suplicarte. Escúchale».

11     Un hombre, en efecto, se acerca suplicante. Se arrodilla frente a Jesús, que se ha quedado en el prado en pendiente, estando, pues, al menos, tres metros por encima del camino, y, por tanto, bien visible a todos.

«Maestro» le dice el hombre, «venía a Cafarnaúm con mi hijo, buscándote. Te traía a mi hijo infeliz para que le liberaras, Tú que expulsas los demonios y curas toda enfermedad. Frecuentemente se apodera de él un espíritu mudo. Cuando se apodera de él sólo puede emitir gritos roncos, como un animal que se estuviera ahogando. El espíritu le tira al suelo, y él, en el suelo, se revuelca, le crujen los dientes, echa espuma como un caballo que muerde el bocado, y se hiere, o puede incluso morir por asfixia, o quemado, o destrozado, porque el espíritu, más de una vez, le ha arrojado al agua, al fuego, o le ha tirado por las escaleras. Tus discípulos lo han intentado, pero no han podido. ¡Oh, Señor bueno! ¡Piedad de mí y de mi niño!».

Jesús centellea de poder mientras grita:

«¡Oh generación perversa, Oh turba satánica, legión rebelde, pueblo del infierno incrédulo y cruel, ¿hasta cuándo tendré que estar contigo?, ¿hasta cuándo tendré que soportarte?».

Se muestra majestuoso, tanto, que se hace un silencio absoluto y cesan las risitas maliciosas de los escribas.

12 Jesús dice al padre:

«Levántate y tráeme a tu hijo».

El hombre se marcha y regresa con otros hombres; en medio de estos viene un muchacho de unos doce o catorce años. Un muchacho guapo, pero con una mirada un poco cretina, como si estuviera aturdido. En su frente rojea una herida alargada; más abajo se ve una cicatriz vieja, blanquecina. Nada más ver a Jesús, que le está mirando fijamente con sus ojos magnéticos, lanza un grito ronco y se contuerce todo su cuerpo convulsivamente, y cae al suelo echando espuma y girándole los ojos (de forma que se ve solamente el bulbo blanco, mientras se revuelca por el suelo con una típica convulsión epiléptica). Jesús se acerca unos pasos para llegar a su lado y dice:

«¿Desde cuándo le sucede esto? Habla fuerte, que todos te oigan».

Y el hombre, gritando, mientras se va estrechando el círculo y los escribas se ponen más arriba de Jesús para dominar la escena, dice:

«Desde niño. Ya te he dicho que a menudo cae en el fuego, en el agua, o desde las escaleras o desde los árboles, porque el espíritu le asalta desprevenidamente y le empuja con violencia para acabar con él. Está todo lleno de cicatrices y quemaduras. Ya es mucho que no se haya quedado ciego a causa de las llamas de la lumbre. Ningún médico, ningún exorcista, ni siquiera tus discípulos le han podido curar. Pero Tú, si, como creo firmemente, puedes algo, ten piedad de nosotros y socórrenos».

«Si puedes creer así, todo me es posible, porque todo se le concede al que cree».

«¡Oh, Señor, claro que creo! Pero, si no creo todavía suficientemente, aumenta mi fe: para que sea completa y obtenga el milagro»

dice el hombre llorando de rodillas junto al hijo, que padece más convulsiones que nunca.

13 Jesús se endereza, retrocede dos pasos, y, mientras la muchedumbre, más que nunca, restringe su círculo, grita fuerte:

«¡Espíritu maldito que haces sordo y mudo al niño y le atormentas, te ordeno que salgas de él y no vuelvas a entrar nunca! ».

El niño, a pesar de su postura (está echado en el suelo), da unos botes espantosos, haciendo presión contra el suelo con la cabeza y los pies, en forma de arco, y lanza gritos no humanos. Un último salto, con el que se vuelve boca abajo y golpea la frente y la boca contra una roca que sobresale de la yerba; ésta se pone roja de sangre. Luego se queda inmóvil.

«¡Se ha muerto!» gritan muchos. «¡Pobre niño!», «¡Pobre padre!» dicen, compasivos, los mejores. Y los escribas, riéndose burlonamente, dicen: «¡Buen servicio te ha hecho el Nazareno!», o: «¡Maestro, ¿cómo es esto?! Esta vez Belcebú te ha hecho quedar mal … »y se echan a reír venenosamente.

Jesús no responde a nadie. Ni siquiera al padre, que ha dado la vuelta a su hijo y ahora le está secando la sangre de la frente herida y de los labios heridos, gimiendo, invocando a Jesús. Pero el Maestro se inclina y toma de la mano al niño. Y éste abre los ojos dando un fuerte suspiro, como si se despertase de un sueño, luego se sienta y sonríe.

Jesús le acerca hacia sí, le hace ponerse de pie y se lo entrega a su padre, mientras los presentes gritan de entusiasmo y los escribas huyen seguidos de las burlas de la gente…

«Y ahora vamos»

dice Jesús a sus discípulos. Despide a la gente, costea el lado del monte y va al camino recorrido por la mañana.

14 Dice Jesús:

«Ahora, aquí, el P M. puede poner el comentario a la visión del 5 de agosto de 1944 (cuaderno A 930), empezando por las palabras: “No te elijo sólo para conocer las tristezas de tu Maestro, y sus dolores; quien sabe estar conmigo en el dolor debe tener parte conmigo en la gloria”. Y tú descansa, fiel, pequeño Juan, que tu descanso está bien merecido. Mi paz sea alegría en ti».

5 de agosto de 1944

15 Dice Jesús:

«Te he preparado para meditar en mi Gloria. Mañana la Iglesia la celebra. Pero quiero que mi pequeño Juan la vea en su verdad para comprenderla mejor. No te elijo sólo para conocer las tristezas de tu Maestro, y sus dolores; quien sabe estar conmigo en el dolor debe tener parte conmigo en la alegría[8]128.

Quiero que tengas, delante de tu Jesús, que se te muestra, los mismos sentimientos de humildad y arrepentimiento de mis discípulos. Jamás soberbia. Serías castigada perdiéndome. Contínuo recuerdo de quién soy Yo y de quién eres tú. Contínuo pensamiento de tus faltas y de mi perfección, para tener un corazón lavado por la contrición; pero, al mismo tiempo, también mucha confianza en mí.

He dicho: “No temáis. Alzaos. Vamos. Vamos con los hombres, porque he venido para estar con ellos. Sed santos, fuertes y fieles en recuerdo de esta hora”. Te lo digo a ti también, y a todos mis predilectos de entre los hombres, a los que me tienen de forma especial. No tengáis miedo de mí. Me muestro para elevaros, no para reduciros a cenizas.

Alzaos: que la alegría del don os dé vigor y no os embote en el sopor del quietismo, creyéndoos ya salvados porque os haya mostrado el Cielo.

Vamos juntos a los hombres. Os he invitado a obras sobrehumanas con sobrehumanas visiones y lecciones, para que podáis servirme más de ayuda. Os asocio a mi obra. Pero Yo no he conocido, ni conozco, descanso. Porque el Mal no descansa nunca y el Bien debe estar siempre activo para anular lo más que se pueda la obra del Enemigo. Descansaremos cuando el Tiempo llegue a su cumplimiento.

Ahora es necesario caminar incansablemente, obrar continuamente, consumirse infatigablemente por la mies de Dios. Que mi continuo contacto os santifique, mi continua lección os fortalezca, mi amor de predilección os haga fieles contra toda insidia. No seáis como los antiguos rabíes, que enseñaban la Revelación y luego no le prestaban fe, hasta el punto de que no reconocían los signos de los tiempos ni a los enviados de Dios.

Reconoced a los precursores de Cristo en su segunda venida, porque las fuerzas del Anticristo están en marcha, y, haciendo una excepción a la medida que me he impuesto, porque sé que bebéis de ciertas verdades no por espíritu sobrenatural sino por sed de curiosidad humana, os digo en verdad que lo que muchos creerán victoria sobre el Anticristo, paz ya próxima, no será sino un alto para dar tiempo al Enemigo de Cristo de recuperar fuerzas, curarse las heridas, reunir su ejército para una lucha más cruel.

Reconoced, vosotros que sois las voces” de este vuestro Jesús, del Rey de reyes, del Fiel y Veraz, que juzga y combate con justicia y será el Vencedor de la Bestia y de sus siervos y profetas, reconoced vuestro Bien y seguidle siempre. Que ningún engañoso aspecto os seduzca y ninguna persecución os aterre. Diga vuestra ”voz” mis palabras. Sea vuestra vida para esta obra. Y si tenéis destino, en la tierra, común con Cristo, su Precursor y Elías, destino cruento o atormentado por vejaciones morales, sonreíd a vuestro destino futuro y seguro, el que tendréis en común con Cristo, con su Precursor, con su Profeta.

Iguales en el trabajo, en el dolor, en la gloria. Aquí Yo Maestro y Ejemplo; allí Yo Premio y Rey.

Tenerme será vuestra bienaventuranza. Será olvidar el dolor. Será algo que para hacéroslo comprender ninguna revelación es suficiente, porque la alegría de la vida futura es demasiado superior a la posibilidad de imaginar de la criatura que todavía está unida a la carne».

[1] 121 Cfr. Mt. 17, 1–17; Mc. 9, 5–26; Lc. 9, 28–43

[2] 122 Expresión antropomórfica, para significar la inminente transfiguración, y lo que temporalmente trajo consigo

[3] 123 MV escribió: Nota sobre la Transfiguración. Para desviar las intrigas de Satanás y las insidias de los futuros –y no desconocidos para Dios Padre– enemigos del Verbo Encarnado, Dios envolvió a Cristo de aspectos que son comunes a todos los nacidos de mujer, y no sólo mientras fue “el niño y el hijo del carpintero”, sino también cuando fue “el Maestro”. Sólo la sabiduría y los milagros le distinguían de los demás. Pero Israel –aunque en menor medida– conocía otros maestros (los profetas) y obradores de milagros. Ello debía servir también para probar la fe de sus elegidos: los apóstoles y discípulos, quienes debían “creer sin ver” cosas extraordinarias y divinas. Así, veían al Hombre docto y santo que, también, hacía milagros, pero que, en todo lo demás, era similar a ellos en sus necesidades humanas. Pero, para confirmar a los tres, después de la turbación sufrida por el anuncio de la futura muerte de cruz, El ahora se manifiesta en toda la gloria de su Naturaleza Divina. Después de ello, ya no podía subsistir la duda que el anuncio de la muerte de cruz había insinuado en sus más cercanos seguidores. Habían visto a Dios, a Dios en el Hombre que sería crucificado. Era la manifestación de las dos Naturalezas hipostáticamente unidas, manifestación innegable que no podía dejar dudas. Y al Hijo–Dios que como tal se manifiesta se une el Padre–Dios con sus palabras y el Cielo, representado por Moisés y Elías. Después de zarandear su fe con el anuncio de su muerte, Jesús restablece –es más, la aumenta– la fe de los tres apóstoles, transfigurándose.

[4] 124 Respecto a la “Gloria de Dios” o manifestación de su divina presencia, cfr. por ej. Ex. 13, 21–22; Ez. 1, 26–28; 19, 9 –20, 21; 24, 12–18; 33, 18–23; 34, 29–35; 40, 34–38; 3 Rey. 8, 10–13; Ez. 1, 26–28; 9, 10; 11, 22–25; 43, 1–12.

[5] 125 La prudencia, perfecta en Cristo, lo impuso así para evitar fanatismos de veneración y de odio, ambos prematuros y nocivos.

[6] 126 Alusión al Bautista

[7] 127 Cfr. Ex. 34, 29–35

[8] 128 Unos renglones más arriba dice “gloria”, pero así está en el original italiano (NdT).

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22/2/2015 Evangelio según San Marcos 1,12-15.

Primer Domingo de Cuaresma
Fiesta de la Iglesia: Cátedra de San Pedro
Santo(s) del día : Beata Isabel de Francia
Lecturas

El evangelio de Marcos de este domingo nos encuentra nuevamente en el primer año de la vida pública de Jesús en el capítulo 46, después del bautismo de Juan Bautista en el Jordán.
Es el episodio que narra cómo tienta Satanás a  Jesús en el desierto.  El capítulo que sigue ya lo hemos visto en el principio del tiempo ordinario con el evangelio de Juan acerca de los primeros discípulos que siguen a Jesús.

Los versículos que siguen al evangelio de este primer domingo de cuaresma, en verdad no se refieren a un hecho en particular sino a todo el apostolado de Jesús por eso me circunscribí en el hecho mas trascendente para meditar en este tiempo de Cuaresma que son los 40 días de Jesús ayunando en el desierto.

Por esta razón les agrego las visiones de la beata Ana Catalina Emmerick sobre estos hechos para completar lo que en la obra de Maria Valtorta no está.

Primer año de la Vida Pública de Jesús

46. Jesús tentado por Satanás en el desierto[1]236. Cómo se vencen las tentaciones.

24 de febrero de 1944. Primer jueves de Cuaresma.

jesus en el desierto1       Ante mí la soledad pedregosa que había contemplado a mi izquierda en la visión del bautismo de Jesús en el Jordán. Pero debo haberme adentrado mucho en ella, porque no veo en absoluto el hermoso río lento y azul, ni la vena de hierba que sigue su curso por las dos orillas, como alimentada por aquella arteria de agua. Aquí, sólo soledad, pedruscos, tierra tan abrasada, que ha quedado reducida a polvo amarillento que de vez en cuando el viento levanta en pequeños remolinos que parecen hálito de boca febril por lo seco y calientes que están; muy molestos por el polvo que con ellos penetra en la nariz y en la faringe. Muy raros, algún pequeño matorral espinoso, que ha  resistido –quién sabe por qué– en aquella desolación: parecen los restos de mechones de cabellos en la cabeza de un calvo. Arriba, un cielo despiadadamente azul; abajo, el terreno árido; en torno, rocas y silencio. Esto es lo que veo, por lo que a la naturaleza se refiere.

2       Apoyado en una roca que, por su forma, –más o menos así, como me esfuerzo en dibujarla– crea un embrión de gruta, y sentado en una piedra que ha sido arrastrada hasta la oquedad, en el punto +, está Jesús. Se resguarda así del sol ardiente.

Y el interno consejero me indica que esa piedra, en la que ahora está sentado, es también su reclinatorio y su almohada cuando descansa breves horas envuelto en su manto bajo la luz de las estrellas y el aire frío de la noche. Ahí cerca está la bolsa que le vi tomar antes de salir de Nazaret: todo su haber; por lo flácida que aparece, comprendo que está vacía de la poca comida que en ella había puesto María.

Jesús está muy delgado y pálido. Está sentado, con los codos apoyados en las rodillas y los antebrazos hacia fuera, con las manos unidas y entrelazadas por los dedos. Medita.

De vez en cuando, levanta la mirada y la dirige a su alrededor y mira al Sol, que está alto, casi a plomada, en el cielo azul. De vez en cuando, y especialmente después de dirigir la mirada en torno a sí y alzarla hacia la luz solar, como con vértigo, cierra los ojos y se apoya en la peña que le sirve de cobijo.

3       Veo aparecer el feo hocico de Satanás. No se presenta de la forma con que nos lo imaginamos: con cuernos, rabo, etc. etc. Parece un beduino envuelto en su vestido y en su  gran manto, que se asemeja a un disfraz de dominó. En la cabeza, el turbante, cuyas faldas blancas caen sobre los hombros y a ambos lados de la cara para protegerlos. De manera que, de la cara, puede verse un pequeño triángulo muy moreno, de labios delgados y sinuosos, de ojos negrísimos y hundidos, llenos de destellos magnéticos. Dos  pupilas que te leen en el fondo del corazón, pero en las que no lees nada o una sola palabra: misterio. Lo opuesto del ojo de Jesús, también muy magnético y fascinante, que te lee en el corazón, pero en el que tú lees también que en su corazón hay amor y bondad hacia ti. El ojo de Jesús es una caricia en el alma. Este es como un doble puñal que te perfora y quema.

4       Se acerca a Jesús:

-«¿Estás sólo?».

Jesús le mira y no responde.

-«¿Cómo es que estás aquí? ¿Te has perdido?».

Jesús vuelve a mirarle y calla.

-«Si tuviera agua en la cantimplora, te la daría, pero yo también estoy sin ella. Se me ha muerto el caballo y me dirijo a pie al vado. Allí beberé y encontraré a alguien que me dé un pan. Sé el camino. Ven conmigo. Te guiaré».

Jesús ya ni siquiera alza los ojos.

-«¿No respondes? ¿Sabes que si te quedas aquí mueres? Ya se levanta el viento. Va a haber tormenta. Ven».

Jesús aprieta las manos en muda oración.

-«¡Ah, entonces eres Tú! ¡Hace mucho que te busco! Y hace mucho que te vengo observando. Desde el momento en que fuiste bautizado. ¿Llamas al Eterno? Está lejos. Ahora estás en la tierra, entre los hombres. Y sobre los hombres reino yo. Pero, me das pena y quiero ayudarte, porque eres bueno y has venido a sacrificarte por nada. Los hombres te odiarán por tu bondad. No entienden más que de oro, comida y sensualidad. Sacrificio, dolor, obediencia, son para ellos palabras más muertas que esta tierra que tenemos a nuestro alrededor. Son aún más aridos que este polvo. Sólo la serpiente y el chacal pueden esconderse aquí, esperando morder o despedazar a alguno. Vámonos. No merece la pena sufrir por ellos. Los conozco más que Tú».

Satanás se ha sentado frente a Jesús, le escudriña con su mirada tremenda y sonríe con su boca de serpiente. Jesús sigue callado y ora mentalmente.

jesus en el desierto 15 -«Tú desconfías de mí. Haces mal. Yo soy la sabiduría de la Tierra. Puedo ser maestro tuyo para enseñarte a triunfar. Mira: lo importante es triunfar. Luego, cuando uno se ha impuesto, cuando ha engatusado al mundo, puede conducir a éste a donde quiera. Pero primero hay que ser como les gusta a ellos, como ellos. Seducirlos haciéndoles creer que los admiramos y seguimos su pensamiento. Eres joven y atractivo. Empieza por la mujer. Siempre se debe comenzar por ella. Yo me equivoqué induciendo a la mujer a la desobediencia. Debería haberla aconsejado de otra forma. Habría hecho de ella un instrumento mejor y habría vencido a Dios. Actué precipitadamente. ¡Pero Tú…! Yo te enseño porque un día deposité en ti mi mirada con júbilo angélico y aún me queda un resto de aquel amor; escúchame y usa mi experiencia: búscate una compañera. Adonde Tú no llegues, ella llegará. Eres el nuevo Adán, debes tener tu Eva. Además, ¿cómo podrás comprender y curar las enfermedades de la sensualidad si no sabes lo que son? ¿No sabes que es ahí donde está el núcleo del que nace la planta de la codicia y del afán de poder? ¿Por qué el hombre quiere reinar? ¿Por qué quiere ser rico, potente? Para poseer a la mujer. Esta es como la alondra. Tiene necesidad de algo que brille para sentirse atraída. El oro y el poder, son las dos caras del espejo que atraen a las mujeres y las causas del mal en el mundo. Mira: detrás de mil delitos de distinta naturaleza, hay al menos novecientos que tienen raíz en el hambre de posesión de la mujer o en la voluntad de una mujer consumida por un deseo que el hombre aún no satisface, o ya no satisface. Ve a la mujer, si quieres saber qué es la vida. Sólo después sabrás atender y curar los males de la humanidad.

¡Es bonita la mujer! No hay nada más hermoso en el mundo. El hombre tiene el pensamiento y la fuerza. ¡Pero la mujer!… Su pensamiento es un perfume, su contacto es caricia de flores, su gracia es como vino que entra, su debilidad es como madeja de seda o rizo de niño en las manos del hombre, su caricia es fuerza que se vierte en la nuestra y la enciende. El dolor, la fatiga, la aflicción, quedan anulados cuando se está junto a una mujer y ella entre nuestros brazos, como un ramo de flores.

jesus en el desierto 26 Pero, ¡qué tonto soy! Tú tienes hambre y te hablo de la mujer. Tu vigor está exhausto. Por ello, esta fragancia de la Tierra, esta flor de la creación, este fruto que da y suscita amor, te parece sin importancia. Pero, mira estas piedras: ¡qué redondeadas son y qué pulidas están, doradas bajo el Sol que cae!; ¿no parecen panes? Tú, Hijo de Dios, no tienes más que decir “quiero”, para que se transformen en oloroso pan como el que ahora están sacando del horno las amas de casa para la cena de sus familiares. Y estas acacias tan secas, si Tú quieres, ¿no pueden llenarse de dulces pomos, de dátiles de miel? ¡Sáciate, Oh Hijo de Dios! Tú eres el Dueño de la Tierra. Ella se inclina para ponerse a tus pies y quitarte el hambre.

¿Ves cómo te pones pálido y te tambaleas con solo oír nombrar el pan? ¡Pobre Jesús! ¿Estás tan débil, que ya no puedes ni siquiera dominar el milagro? ¿Quieres que lo haga yo en tu lugar? No estoy a tu altura, pero algo puedo. Me quedaré falto de fuerzas durante un año, las reuniré todas, pero te quiero servir porque Tú eres bueno y siempre me acuerdo de que eres mi Dios, aunque me haya hecho indigno de llamarte tal. Ayúdame con tu oración para que pueda…».

Calla. No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que viene de Dios[2]237».

El demonio siente una sacudida de rabia. Le rechinan los dientes y aprieta los puños; de todas formas, se contiene y transforma su mueca en sonrisa.

-«Comprendo, Tú estás por encima de las necesidades de la Tierra y te da repugnancia el servirte de mí. Me lo he merecido. 7 Ven, entonces, y ve lo que hay en la Casa de Dios, ve cómo incluso los sacerdotes no rehúsan hacer transacciones entre el espíritu y la carne porque, al fin y al cabo, son hombres y no ángeles. Cumple un milagro espiritual. Yo te llevo al pináculo del Templo, Tú transfigúrate en belleza allí arriba, y luego llama a las cohortes de ángeles y di que hagan de sus alas entrelazadas alfombra para tus pies y te porten así al patio principal. Que te vean y se acuerden de que Dios existe. De vez en cuando es necesario manifestarse, porque el hombre tiene una memoria muy frágil, especialmente en lo espiritual. Tú sabes qué dichosos se sentirán los ángeles de proteger tu pie y servirte de escalera cuando bajes».

“No tientes al Señor tu Dios”, está escrito[3]238».

-«Comprendes que tu aparición tampoco mudaría las cosas y el Templo continuaría siendo un mercado y un lugar de corrupción. Tu divina sabiduría sabe que los corazones de los ministros del Templo son un nido de víboras, que se devoran, y devoran, con tal de aumentar su poder. Sólo los doma el poder humano. 8 Ven entonces. Adórame. Yo te daré la Tierra. Alejandro, Ciro, César, todos los mayores dominadores pasados o vivos serán semejantes a jefes de mezquinas caravanas respecto a ti, que tendrás a todos los reinos de la Tierra bajo tu cetro, y con los reinos todas las riquezas, todas las cosas bellas de la tierra, y mujeres y caballos y soldados y templos. Podrás poner en alto en todas partes tu Signo, cuando seas Rey de los reyes y Señor del mundo. Entonces te obedecerá y venerará el pueblo y el sacerdocio. Todas las castas te honraran y servirán, porque serás el Poderoso, el Unico, el Señor. ¡Adórame aunque sólo sea un momento! ¡Quítame esta sed que tengo de ser adorado! Es la que me ha perdido, pero ha quedado en mí y me quema. Las llamaradas del infierno son aire fresco de la mañana respecto a este ardor que me quema por dentro. Es mi infierno, esta sed. ¡Un momento, un momento sólo, Cristo, Tú que eres bueno! ¡Un momento, aunque sólo sea, de gozo, al eterno Atormentado! Hazme sentir lo que quiere decir ser dios, y me tendrás devoto, obediente como siervo, durante toda la vida, en todas tus empresas. ¡Un momento! ¡Un solo momento, y no te atormentaré más!».

Satanás cae de rodillas, suplicando.

jesus en el desierto 39       Jesús, por el contrario, se ha levantado. Ha adelgazado en estos días de ayuno y parece aún más alto. Su rostro tiene un terrible aspecto de severidad y potencia, sus ojos son dos zafiros abrasadores, su voz es un trueno que resuena en la oquedad de la roca y se esparce por el pedregal y el llano desolado cuando dice:

-«Vete, Satanás. Está escrito: “Adorarás al Señor tu Dios y a El sólo servirás”[4]239».

Satanás, con un alarido de condenado desgarro y de odio indescriptible, sale corriendo (tremendo ver su furiosa, humeante persona). Y desaparece con un nuevo alarido de maldición.

10     Jesús se sienta cansado, apoyando hacia atrás la cabeza contra la roca. Parece exhausto. Suda. Pero seres angélicos vienen a mover suavemente el aire con sus alas en el ambiente de bochorno de la cueva, purificándolo y refrescándolo. Jesús abre los ojos y sonríe. No le veo comer. Yo diría que se nutre del aroma del Paraíso, obteniendo así nuevas fuerzas.

El Sol desaparece por el poniente. Jesús toma su vacío talego y, acompañado por los ángeles que producen una tenue luz suspendidos sobre su cabeza mientras la noche cae rapidísima, se dirige hacia el Este, mejor dicho, hacia el nordeste. Ha recuperado su expresión habitual, el paso seguro. Sólo queda, como recuerdo del largo ayuno, un aspecto más ascético en su rostro delgado y pálido y en sus ojos, absortos en una alegría que no es de esta Tierra.

« Satanás se presenta siempre bajo un ropaje benévolo »

11 Dice Jesús:

-«Ayer estabas sin tu fuerza, que es mi voluntad; eras, por tanto, un ser semivivo. He permitido reposar a tus miembros, te he sometido al único ayuno que te pesa: el de mi palabra. ¡Pobre María! Has pasado el Miércoles de Ceniza. En todo sentías el sabor de la ceniza, porque estabas sin tu Maestro. No se me sentía, pero estaba. Esta mañana, puesto que el ansia es recíproca, te he susurrado en tu somnolencia: “Agnus Dei qui tollis peccata mundi, dona nobis pacem”, y te lo he hecho repetir muchas veces y muchas te lo he repetido. Has creído que iba a hablar sobre esto. No. Primero estaba el punto que te he mostrado y que te voy a comentar. Luego, esta noche, te ilustro este otro.

12 Has visto que Satanás se presenta siempre con apariencia benévola, con aspecto común. Si las almas están atentas y, sobre todo, en contacto espiritual con Dios, advierten ese aviso que las hace cautelosas y las dispone a combatir las insidias demoníacas. Pero si las almas no están atentas a lo divino, separadas por una carnalidad oprimente y ensordecedora, sin la ayuda de la oración que une a Dios y vierte su fuerza como por un canal en el corazón del hombre, entonces difícilmente se dan cuenta de la celada, y caen en ella, y luego es muy difícil liberarse.

13 Las dos vías más comunes que Satanás toma para llegar a las almas son la sensualidad y la gula. Empieza siempre por la materia; una vez que la ha desmantelado y subyugado, pasa a atacar a la parte superior: primero, lo moral (el pensamiento con sus soberbias y deseos desenfrenados); después, el espíritu, quitándole no sólo el amor –que ya no existe cuando el hombre ha substituido el amor divino por otros amores humanos– sino también el temor de Dios. Es entonces cuando el hombre se abandona en cuerpo y alma a Satanás, con tal de llegar a gozar de lo que desea, de gozar cada vez más.

14 Has visto cómo me he comportado Yo. Silencio y oración. Silencio. Efectivamente, si Satanás lleva a cabo su obra de seductor y se nos acerca, se le debe soportar sin impaciencias necias ni miedos mezquinos. Pero reaccionar: ante su presencia, con entereza; ante su seducción, con la oración. Es inútil discutir con Satanás. Vencería él, porque es fuerte en su dialéctica. Sólo Dios puede vencerle. Entonces, recurrir a Dios, que hable por nosotros, a través de nosotros. Mostrar a Satanás ese Nombre y ese Signo, no tanto escritos en un papel o grabados en un trozo de madera, cuanto escritos y grabados en el corazón. Mi Nombre, mi Signo. Rebatir a Satanás únicamente cuando insinúa que es como Dios, rebatirle usando la palabra de Dios; no la soporta.

15 Luego, después de la lucha, viene la victoria, y los ángeles sirven y defienden del odio de Satanás al vencedor; le confortan con los rocíos celestes, con la gracia que vierten a manos llenas en el corazón del hijo fiel, con la bendición que acaricia al espíritu. Hace falta tener la voluntad de vencer a Satanás, y fe en Dios y en su ayuda; fe en la fuerza de la oración y en la bondad del Señor. En ese caso Satanás no puede causar ningún daño.

Ve en paz. Esta noche te llenaré de alegría con lo demás».

[1] 236 Cfr. Mt. 4, 1–11; Mc. 1, 12–13; Lc. 4, 1–13.

[2] 237 Cfr. Deut. 8, 3

[3] 238 Cfr. Deut. 6, 16

[4] 239 Cfr. Deut. 6, 13

 

I Jesús ayuna cuarenta díaTOMO 4 Primera Pascua ed surgites en el desierto

Octubre 27

Jesús partió antes del sábado acompañado por Lázaro, desde la posada de este hacia el desierto. Le dijo que volvería después de cuarenta días. Desde esta posada caminó solo y descalzo y fue, al principio, no en dirección de Jericó, sino hacia el Mediodía, como quien va a Belén, pasando entre los lugares de los parientes de Ana y los parientes de José, cerca de Maspha; luego torció hacia el Jordán. Anduvo por estos lugares, hasta el sitio donde había estado el Arca de la Alianza y donde había celebrado Juan aquella solemne fiesta. A una hora de Jericó subió a la montaña y se internó en una amplia gruta. Esta montaña se extiende desde Jericó , entre Oriente y Mediodía, sobre el Jordán hacia Madián. Jesús comenzó su ayuno, aquí, en Jericó, lo prosiguió en diversos lugares, al otro lado del Jordán, y lo completó aquí, adonde lo trajo el diablo cuando lo tentó.

        Esta montaña ofrece, desde su cumbre, una vista muy extensa: en parte esta cubierta de plantas y en parte aparece empinada y árida. La altura no es tanta como la de Jerusalén, pero está en una comarca mas baja y se levanta solitaria. Cuando miro las montañas de Jerusalén veo la del Calvario más alta, de modo que esta al mismo nivel que la mayor altura del templo. En dirección a Belén, o sea hacia el Sur, está Jerusalén sobre una cumbre empinada y peligrosa, por este lado no hay entrada ninguna y todo está ocupado con palacios y edificios. Jesús subió ya de noche a una de las cumbres empinadas de la montaña del desierto, que llaman ahora de la Cuarentena.

        En esta montaña hay tres respaldos y tres grutas, una sobre otra. Desde la superior, adonde subió Jesús, se ve por detrás un abismo rocoso, toda la montaña esta llena de quebradas muy peligrosas.

        En esta misma cueva habitó un profeta, de cuyo nombre no me acuerdo, 400 años antes. También Elías estuvo algún tiempo oculto aquí y agradó la cueva. Sin que nadie supiese de dónde venía, descendía a veces hasta el pueblo, ponía paz y profetizaba. Unos 150 años antes habían tenido aquí su habitación unos 25 esenios. Al pie de este monte estaba el campamento de los israelitas cuando con el Arca de la Alianza y las trompetas daban vueltas alrededor de Jericó.

        En este mismo lugar esta el pozo cuyas aguas dulcificó el profeta Eliseo. Santa Elena hizo arreglar estas cuevas en forma de capillas, y yo he visto una vez, en una de estas capillas, un cuadro que representaba la escena de la tentación. En la parte de arriba también, hubo en otros tiempos, un convento. Yo no acababa de comprender, como pudieron llegar los trabajadores hasta la altura del monte donde estaba ese convento. He visto que Santa Elena edificó muchas capillas en estos santos y otros santos lugares. También levantó una capilla sobre la casa paterna de Ana, a unas dos horas de Séforis, donde sus padres tenían una casa.

        Me causa mucha tristeza ver que estos santos lugares fueron desvastados hasta perderse el recuerdo de las iglesias y capillas allí existentes. Cuando yo era niña e iba, antes del amanecer, por entre la nieve a la iglesia de Koesfeld, veía todos estos lugares, muy claramente, y veía también que a veces personas piadosas, que para evitar que los soldados y guerreros los devastaran, se interponían y se hechaban al suelo delante de sus espaldas.

        Las palabras de la Escritura “Fue llevado por el Espíritu al desierto”, significan “El Espíritu Santo, que había descendido sobre Él en el bautismo (ya que Jesús como hombre dejaba que todo sucediese el Él como tal), lo motivó ahora a ir al desierto para prepararse a su misión y a sufrir como hombre, delante de su Padre celestial”.

Octubre 27 – 28

Jesús oraba en esa cueva arrodillado, con los brazos extendidos a su Padre celestial, para tener fuerza y consuelo en los sufrimientos que le estaban reservados. Veía delante de sí todos los futuros sufrimientos y pedía fuerzas a su Padre para cada unos de ellos. Tuve en esta ocasión cuadros de sus dolores y he visto que recibía fuerza, constancia y mérito para cada uno de ellos. Una gran nube blanca, del tamaño de una iglesia, se posó sobre Él y por cada una de sus oraciones, bajaban ángeles que tomaban forma humana, lo honraban, le daban ánimo, consuelo y promesa de ayuda.

Conocí que Jesús pidió aquí y consiguió para cada uno de nosotros toda ayuda, constancia, victoria y consuelo en nuestras penas y tentaciones, que compró para nosotros con sus oraciones, el mérito y la victoria, que preparó allí todo el mérito de la mortificaciones y ayunos; y que ofreció a Dios Padre todos los trabajos y padecimientos para dar mérito a todos los padecimientos y penas del espíritu de todos los que creerían en mérito a Él. Conocí el tesoro que Jesús instituyó para la iglesia y que se abrió en los cuarenta días de su ayuno. Vi a Jesús sudar sangre en esta  oración.

Jesús bajó de nuevo de esta montaña hacia el Jordán, entre Gilgal y el lugar del bautismo de Juan, que estaba más al Sur, como a una hora de camino. Pasó solo en una balsa el río, que era estrecho en este punto, y caminó dejando a su derecha a Bethabara y varios caminos reales que llevaban al Jordán. Seguía por senderos de montaña a través del desierto, internándose entre el Este y el Mediodía. Llegó a un valle que va hacia Kallirohe, pasando un riachuelo, y se dirigió a una ladera de la montaña, más al Oeste, donde esta Jachza, en un valle,. En este lugar los israelitas habían vencido al rey amonita Sichon. En esta guerra había tres israelitas contra dieciséis enemigos, pero sucedió un prodigio. Vino sobre los amonitas una tormenta y un ruido espantoso, que los puso en fuga y los derrotó. Jesús estaba ahora sobre una montaña muy agreste. Era todo aquí mas salvaje que en la montaña cercana a Jericó, que estaba como enfrente. Dista del Jordán nueve horas de camino.

II Tentaciones interiores de Jesús

Octubre 30

        Está oculta a Satanás la divinidad de Jesús y su misión. Las palabras “Este es mi Hijo amado en quien me he complacido”, las entendió como dichas a un hombre, a un profeta. Jesús está ahora apesadumbrado en su interior. La primera tentación que tuvo fue ésta:”Este pueblo está demasiado pervertido. ¿Tendré Yo que padecer todo esto por él y no poder conseguir el peno efecto de mi obra?…” Jesús venció esta tentación, a pesar de prever todos sus dolores, con inmensa bondad y amor por los hombres. Jesús rezaba en la cueva, a veces de rodillas, a veces de pie y a veces postrado, echado sobre su rostro. Estaba con sus acostumbrados vestidos, pero los tenía más sueltos. No llevaba la correa y estaba descalzo. En el suelo estaba su manto, algunos bolsillos y el ceñidor.

        El trabajo de su oración era cada día diferente, porque todos los días nos conseguía otras gracias, y así veía que no volvían las cosas que ya había vencido. Sin esta lucha y merecimiento de Jesús por nosotros, no hubiera podido ser meritoria nuestra resistencia contra las tentaciones ni posible nuestra victoria. Jesús no comía ni bebía, pero he visto que los Ángeles lo confortaban y fortalecían.

        No había adelgazado por el largo ayuno, su rostro aparecía más pálido. En esta cueva, que no estaba en plena cumbre, había una abertura por la cual entraba un aire helado. Y en este tiempo del año ya había frío y el día era nebuloso. El interior era de piedras coloridas, de modo que si hubiese sido pulido pudiera parecer pintado de varios colores. Los alrededores de la cueva tenían muy poca vegetación. Era tan amplia que Jesús podía estar hincado o echado en una parte de ella sin quedar bajo esa abertura.

Noviembre 2-3

        Lo he visto echado sobre su rostro. Sus pies desnudos estaban sangrando, heridos por las caminatas que había hecho, pues había ido al desierto con los pies descalzos. A veces se levantaba en pie; otras veces se echaba sobre su rostro. Estaba rodeado de luz. De pronto hubo adentro una conmoción y un ruido, la cueva se llenó de luz y apareció una multitud de ángeles que traían variados objetos. Yo me sentí tan agobiada y deprimida que me parecía estar metida dentro, en la misma roca de la cueva; y con la impresión de que me hundía y me perdía, comencé a clamar:¡Yo me hundo; yo debo hundirme junto a mi Jesús!”.

        Ahora he visto que los ángeles se inclinaban ante Jesús, lo honraban y le preguntaban si podían presentarle los instrumentos de su misión, y si era su voluntad aun padecer por los hombres como hombre, como había sido esta su voluntad cuando descendió de su Padre y tomó carne en el seno de la Virgen.

        Como Jesús renovase de nuevo su resolución, levantaron ante Él los ángeles una cruz muy grande cuyas partes habían traído. Esta cruz tenía la forma que siempre veo y constaba de cuatro partes, como veo también las prensas de vino. La parte superior de la cruz, que se alzaba entre los dos trozos de madera de los lados, estaba también aparte. Cinco ángeles llevaban la parte inferior de la cruz, tres ángeles la parte superior, tres el brazo izquierdo y tres el derecho; tres llevaban el pedazo de madera donde descansan los pies de Jesús; tres traían una escalera; otro un canasto con sogas y utensilios; otro la lanza, la caña, los azotes, la vara, la corona de espinas, los clavos, los vestidos de burla, y, en fin todas aquellas cosas que fueron causa de sus dolores en su pasión. La cruz era hueca, de modo que se podía abrir como un armario, y dentro se veía toda clase de instrumentos de martirio. En medio de ella, donde correspondía al corazón abierto de Jesús, se veía un entrelazamiento de figuras de tormento con los más diversos objetos. El color de la cruz era de sangre que conmovía.

        De este modo todas las partes de la cruz eran de diversos colores, con los cuales se podían conocer los diversos dolores que debía padecer Jesús; y los rayos de estas partes iban hacia la imagen del corazón, que estaban en el medio. En cada parte había instrumentos diversos que indicaban futuros sufrimientos. Se veía igualmente en esa cruz vasos con hiel y vinagre; otros con mirra y aloe, que se usaron después de la muerte del Salvador.

        Había además adentro una cantidad de bandas con cintas, del ancho de la mano, de diversos colores, donde había grabados varias formas de padecimientos  y dolores. Los diferentes colores denotaban distintos grados y maneras de oscuridad y tinieblas que debían ser iluminadas y transparentadas por los dolores de Jesús.

        De color negro aparecía lo que se daba por perdido, pardo lo que era triste, duro, seco, mezclado y sucio, de color rojo aparecía lo que era pesado, terrenal, sensual, y, de color amarillo, lo muelle, demasiado delicado y cómodo, había algunas bandas, entre amarillas y coloradas, que tenían que ser emblanquecidas e iluminadas. Había también otras bandas blancas, de un blanco de leche, con escrituras luminosas y transparentes. Esto significaba lo ganado, lo vencido, lo completado y perfeccionado.

        Estas bandas eran como señales y representaciones, la cuenta de todos los trabajos y dolores que Jesús tenía que sobrellevar en su carrera mortal, con sus discípulos y con los hombres. También se le presentaron al Señor todas aquellas personas que más le debían hacer sufrir: la obstinación de los fariseos, la traición de Judas y la crueldad de los judíos durante los dolores de su pasión y muerte. Todas estas cosas las desarrollaban los ángeles delante de la vista de Jesús con mucha reverencia y en cierto orden, como procedería un sacerdote en sus ceremonias; y cuando todo este aparato de dolors le fue presentado, he visto a Jesús, y a los ángeles con Él, derramando lágrimas.

        Otro día vi que los ángeles representaban a Jesús la ingratitud de los hombres, las de Judas, las burlas, las traiciones y negaciones de amigos y enemigos, hasta su amarga muerte y aun después; y todo lo que sus dolores y penas se perdería para los hombres. Le mostraron también lo que se ganaba, para su consuelo. Todo esto se representaba en cuadros y vi. a los ángeles señalando esos cuadros y representaciones. En todas estas representaciones yo veía la Cruz de Jesús, como siempre, de cinco clases de maderas, con los brazos encajados adentro, con las cuñas debajo y un madero para descanso de los pies. El pedazo de madera para poner el título lo vi añadido arriba, porque no había espacio sobre la cabeza para ponerlo. Este trozo de madera estuvo  sobrepuesto, como una tapa sobre un costurero.

III Jesús tentado por Satanás

        Satanás no tenía certeza ni conocimiento de la divinidad de Cristo: lo creía un profeta. Había observado la santidad de su infancia y juventud, y la santidad de su Madre, a quien nunca pudo llegar con sus tentaciones, pues ella no las recibía. No había en María ninguna materia por donde pudiese Satanás tentar. Era María la más hermosa Virgen; pero no tubo a sabiendas relaciones con ningún pretendiente, fuera de la elección que de ella se hizo en el templo por la señal de la vara florida. Le intrigaba a Satanás ver que Jesús, profeta según su parecer, no tenía los modos farisaicos y severidades de ley en los usos y costumbres con sus discípulos; lo tenía por un hombre, ya que veía que ciertas cosas exteriores escandalizaban a los fariseos.

        Como veía que Jesús se mostraba a menudo con celo, quiso tentarlo, como si fuese un discípulo que lo quería seguir; y como lo veía tan bondadoso, lo quiso tentar en forma de un anciano débil y disputar con Él como si fuese un esenio. Por esto he visto una vez a Satanás en la entrada de la cueva, bajo la forma de un joven[1] hijo de una viuda, sabiendo que Jesús amaba a ese joven. Hizo Satanás un ruido en la entrada para mover a displicencia a Jesús, en cuanto ese discípulo se llegaba hasta su retiro contra lo que Él había dicho que no lo siguieran. Jesús ni siquiera volvió el rostro para mirarlo. Satanás anduvo por la cueva y hablaba de Juan el Bautista que, según él, debía estar muy contrariado contra Jesús que había hecho bautizar en diversos lugares, cosa que no le correspondía a Él sino a Juan solo.

        Después de esto Satanás envió arriba la figura de siete o nueve de sus discípulos, uno tras otro. Venía uno por vez a la cueva y decía que Eustaquio les había dicho que Él estaba en esta cueva, que lo habían estado buscando con grande ansia, que Él no debía arruinar su salud en este lugar, abandonándolos a ellos. Añadían que se hablaba mucho de Él y que no debía permitir que corrieran tantas voces sobre su modo de proceder. Jesús nada contestó a todas estas representaciones y, al fin, dijo: “Vete de aquí, Satanás; ahora no es tiempo”. Con esto desaparecieron todas las figuras de discípulos.

        Más tarde apareció de nuevo Satanás en figura de un anciano esenio muy venerable, que venía cansado de subir por la montaña. Aparecía tan cansado que yo misma tuve compasión del que parecía venerable anciano. Se acercó a la cueva cayendo de cansancio a la puerta misma, dando quejidos de dolor. Jesús ni siquiera miró al que acababa de entrar. Entonces se levantó el fingido esenio y dijo que era uno del monte Carmelo, que había oído hablar de Jesús y que, por verlo, se había venido hasta allí, desfalleciendo casi por el cansancio. Le rogaba se sentase un momento en su compañía, para hablar de cosas de Dios. Dijo que sabía lo que era ayunar y rezar, y que si se unen dos en oración sirve de edificación mutua. Jesús solo contestó algunas palabras, como: “Apártate de mí, Satanás, no es llegado el tiempo”. Sólo entonces oí que había sido Satanás el aparecido, puesto que al alejarse y desaparecer se puso negro, tenebroso y lleno de ira. Me causó risa ver que se echó al suelo como desfallecido y al fin tuvo que levantarse solo.

Noviembre 6

Cuando Satanás apareció de nuevo para tentar a Jesús se apareció en figura del anciano Elliud. Debió haber sabido que a Jesús se le había mostrado la cruz con todos los sufrimientos que le esperaban, porque comenzó diciendo que había tenido una visión de los graves dolores que debía sufrir Jesús y que había sentido la impresión de que no habría podido soportar semejantes sufrimientos. Dijo que tampoco podría estar ayunando los cuarenta días y que por eso venía él para verlo de nuevo y pedirle que lo dejase participar de su soledad y tomar sobre sí una parte de su promesa y resolución. Jesús no miró siquiera al tentador, y levantando las manos al cielo, dijo: “Padre mío, quita esta tentación de mí”. Al punto Satanás desapareció, lleno de rabia y despecho.

Noviembre 7 y 8

        Una tarde mientras Jesús rezaba de rodillas, he visto a Satanás en luminosa vestidura, flotando por los aires y subiendo la ladera escarpada de la montaña. Esta ladera escarpada estaba al Oriente, no había por ese lado entrada alguna, sino solo algunos agujeros en las rocas. Satanás se presentó luminoso, semejante a un ángel, pero Jesús no lo miró siquiera. Veo que en estos casos la luz de Satanás nunca es transparente, sino con u brillo superficial e imitado y su mismo traje hace impresión de dureza, mientras veo las vestiduras de los ángeles transparentes, ligeras y luminosas. Satanás en forma de ángel, quedó en la entrada de la cueva, y dijo: “Soy enviado por el Padre para consolarte”. Jesús no le dirigió siquiera una mirada.

        Después de esto apareció de nuevo en otra parte del monte, junto a una abertura que era del todo inaccesible y dijo a Jesús que considerase cómo era un ángel, ya que volaba por esos sitios inaccesibles. Tampoco esta vez se dignó dirigirle una mirada. Entonces vi a Satanás terriblemente rabioso e hizo ademán como si quisiese a ferrarlo con sus garras a través de esa abertura, su rostro y aspecto eran espantosos. Jesús no le dirigió siquiera una mirada. Satanás desapareció.

Noviembre 11

        Después de esto Jesús se arrodilló para rezar, y al rato vi que aparecieron allí aquellos tres jóvenes que habían estado con Él desde un principio en Nazaret, que habían querido ser discípulos suyos y que luego lo habían dejado. Estos jóvenes se arrojaron a los pies de Jesús y le dijeron que no podían tener paz y tranquilidad si no los perdonaba, se mostraron muy compungidos y contritos. Pedían que los volviera a recibir y los dejase ayunar en su compañía, añadiendo que querían ser en adelante ser sus más fieles discípulos. Se mostraban muy afligidos; y entrando en la gran cueva, andabancon toda clase de ruidos en torno de Él. Jesús se levantó entonces, alzó sus anos a cielo, rogó a su Padre y al punto desapareció la imagen de esos jóvenes.

Noviembre 12

        He visto aparecer a Satanás en forma de un anciano ermitaño del monte Sinaí, todo desgreñado y penitente, y entrar en la cueva de Jesús. Lo he visto trepar cansadamente por la montaña, tenía una luenga barba y sólo una piel de vestidura; pero a pesar de esto lo reconocí por no poder disimular algo de artero y de puntiagudo en su rostro. Dijo que había estado con él un esenio del monte Carmelo, que había hablado de su bautismo, de su sabiduría, de sus prodigios y ahora de su ayuno riguroso. Por esto había venido, a pesar de su mucha edad, hasta aquí; para que se dignase hablar con él, que tenía también una larga experiencia en cuestión de ayunos y penitencias. Le dijo que ya lo hecho bastaba, que dejase lo demás, y que él mismo tomaría una parte de lo que aún faltaba por hacer. Habló en este sentido muchas cosas, y Jesús, mirando apenas de un lado, dijo: “Apártate de mí Satanás”. Vi entonces a Satanás precipitarse, como una piedra, desde el monte abajo, con estruendo; como un cuerpo negruzco.

        Yo me preguntaba cómo puede serle desconocido al Demonio que Jesús era Dios. Recibí entonces una instrucción y conocí claramente el provecho grande para los hombres de que Satanás , y el mismo hombre, no lo entendiesen y lo debiese creer. El Señor me dijo estas palabras: “El hombre no sabía que la serpiente que lo tentaba era Satanás, por esto no debe saber Satanás que es un Dios el que salve al hombre”. He visto en esta ocasión que Satanás recién reconoció la divinidad de Cristo cuando este bajó a los infiernos a librar a las almas de los santos padres.

Noviembre 18

        En uno de esos días siguientes he visto a Satanás aparecer en forma de un hombre de aspecto venerable que venía de Jerusalén y se acercaba a la cueva de Jesús, que estaba en oración. Dijo que venía porque le interesaba mucho saber si Él estaba destinado a dar la libertad a su pueblo de Israel. Contó todo lo que se decía y contaba en Jerusalén de su persona y añadió que venía para ayudarlo y protegerlo. Dijo ser un mensajero de Herodes, que lo invitaba a ir con él a Jerusalén, ocultarse en el palacio de aquél y reunir a sus discípulos, hasta poner en orden su designio de liberación. Insistía que era conveniente que viniese de inmediato con él. Todo esto lo dijo con muchas palabras y por extenso. Jesús no lo miró. Rogó constancia; y de pronto vi a Satanás alejarse de allí, volviéndose su rostro espantoso y despidiendo llamas y tinieblas por la nariz.

Noviembre 30

        Como Jesús estaba atormentado por el hambre, especialmente por la sed, se presentó Satanás en forma de piadoso ermitaño, que le dijo: “Tengo mucha hambre; te ruego me des de los frutos que están aquí en la montaña, delante de la entrada, pues no quiero sacar nada sin permiso del dueño. Nos sentaremos luego amigablemente y conversaremos cosas buenas”. Había, en efecto, no en la entrada, sino al lado, hacia Oriente, a alguna distancia de la cueva, algunos higos y una clase de frutas como nueces, pero con cáscara blanda como la tienen los nísperos, y también bayas. Jesús le dijo: “Apártate de Mí, tú eres el mentiroso desde el principio y no dejes daño alguno sobre esos frutos”. Vi entonces al fingido ermitaño precipitarse como una sombra oscura contrahecha monte abajo y escupir vapor negro.

Diciembre 2

        Vino Satanás en forma de un viajero y preguntó si no podía él comer las hermosas uvas que se veían allí cerca, que eran tan buenas para apagar la sed. Jesús no contestó nada ni miró hacia el lado donde le hablaba. Algunos días después lo tentó mostrándole una fuente de agua.

IV Satanás tienta a Jesús por medio de artificios de magia

Diciembre 3

        Satanás vino de nuevo a la cueva de Jesús, esta vez como un maestro de artificios y como sabio. Dijo que venía a Él como tal , que algo podía mostrar de lo que sabía hacer y lo invitó a mirar dentro de un artefacto que traía. Diciendo esto mostró una máquina parecida a una bola, o mejor a un cesto de pájaros. Jesús no miró hacia él, le volvió las espaldas y salió de la cueva.

        En ese caleidoscopio que traía Satanás se veía una maravillosa representación de la naturaleza: un jardín delicioso, de exuberante vegetación, con amena sombra, frescas fuentes, árboles llenos de hermosas frutas y de ubérrimos racimos de uva. Todo esto se veía tan cerca que se podía tomar con la mano y con numerosos cambiantes paisajes y de objetos deleitosos. Cuando Jesús le dio las espaldas, Satanás huyó de allí con su aparato[2]. Esta tentación se produjo en este momento para hacer quebrantar el ayuno a Jesús, que comenzaba ahora a sentir más que antes los estímulos del hambre y de la sed.

        Satanás no sabe qué hacer con Jesús. Conoce las profecías que hay sobre Él y siente que tiene Jesús un poder que otros no tienen; pero no sabe que es Dios, ni sabe de fijo que es el Mesías que no puede ser tocado en sus obras; porque lo ve en muchas cosas tan humano; lo ve ayunar, sufrir tentaciones, tener hambre y sed y padecer como los demás hombres. Satanás es en esto tan ciego, en parte, como los fariseos. Lo tiene por un hombre santo y justo, a quien conviene tentar para hacerlo caer en falta y ponerlo en turbación.

Diciembre 4

        Jesús padece hambre y sed. Lo veo con frecuencia delante de la entrada de la cueva. Hacia la noche vino Satanás en forma de hombre grande y fuerte, subiendo la montaña. Había levantado abajo dos piedras del tamaño de pequeños panes, con ángulos; y mientras subía les había dado forma de panes en sus manos. Había en él algo de profundo encono cuando subió esta vez y entró en la cueva. Tenía una piedra en cada mano y dijo más o menos lo siguiente: “Tienes razón de no haber comido alguna fruta, ellas no sirven sino de placer. Pero si Tú eres el Hijo querido de Dios, sobre el cual vino el Espíritu Santo en el bautismo, mira: yo he hecho que estas piedras parezcan panes; haz Tú ahora que sean panes”. Jesús no miró a Satanás; le oí solo estas palabras: “El hombre no vive de pan”. Estas palabras las entendí claramente. Entonces Satanás se puso rabioso. Extendió sus garras contra Jesús y vi las dos piedras en sus manos. Al punto huyó de allí. No pude menos que reír al ver que tuvo que llevarse las piedras que había traído.

V Satanás lleva a Jesús al pináculo del templo y sobre la montaña

        Hacia la tarde del día siguiente vi a Satanás volar hacia Jesús, como un ángel poderoso, con gran estrépito. Estaba con vestiduras guerreras, como veo con frecuencia a San Miguel. Pero en Satanás siempre se descubre algo de repelente y de opaco, aún en su mayor brillo. Se gloriaba delante de Jesús y decía: “Quiero mostrarte lo que puedo y quien soy y cómo los ángeles me llevan en sus palmas. Mira allí a Jerusalén mira el templo. Te quiero colocar sobre el punto más alto. Muestra entonces lo que Tú puedes y si los Ángeles te sostienen en sus manos”. Mientras esto decía vi la ciudad de Jerusalén y el templo tan cerca, como si estuvieran junto a la montaña. Creo que todo esto no era sino artificio de Satanás. Jesús no le respondió. Satanás lo tomó por las espaldas y lo llevó por el aire, volando bajo, hasta Jerusalén; lo puso sobre la punta de una de las torres de las cuatro que había sobre el templo y que yo hasta entonces no había notado. Esta punta estaba en ángulo occidental, hacia Sión, enfrente de la torre Antonia. La ladera de la montaña donde estaba el templo era en esta parte muy escarpada. Estas torres eran como prisiones y en una e ellas estaban guardadas las preciosas vestiduras de los sacerdotes. Eran, por arriba planas; de modo, que se podía caminar en ellas; se alzaba, empero, todavía en medio de ellas un cono hueco que terminaba con una bocha tan grande que podían estarse allí dos hombres de pie. Desde aquí se podía contemplar el templo en su conjunto. En este punto más alto puso Satanás a Jesús, que nada dijo hasta ese momento. Satanás, entonces, de un vuelo bajó a tierra, y dijo: “Si tu eres el Hijo de Dios, muestra tu poder y déjate caer abajo, pues esta escrito: ‘Mandará a sus ángeles, que lo sostengan en sus manos para que no tropiece en piedra alguna’”. Entonces dijo Jesús: “Está escrito también: ‘No tentarás a tu Dios’

        Vino entonces Satanás todo rabioso contra Él, y Jesús dijo:”Usa del poder que se te ha dado”. Lo tomó entonces Satanás de los hombros, y furioso voló con Él a través del desierto, hacia Jericó. Sobre aquella torre cayó por la tarde luz vespertina del cielo. Voló en esa ocasión más despacio. Lo veía volar con rabia con Jesús, ya por lo alto, ya bajando, ya culebreando, como uno que quiere desahogar su enojo y no puede dominar el objeto de su rabia. Lo llevó sobre el mismo monte, a siete horas de Jerusalén, donde Jesús había comenzado su ayuno. Vi que lo llevó junto a un árbol teberinto que se erguía grande y fuerte en medio de un jardín de un esenio que había vivido hacia tiempo en este lugar. También Elías había vivido allí. Estaba detrás de la cueva, no lejos de la escarpada ladera. Estos árboles son picados y cortados en la corteza y dan cada vez una cierta cantidad de bálsamo. Satanás puso a Jesús sobre un pico de la montaña, que era inaccesible y más alta que la cueva misma. Era de noche, pero conforme Satanás señalaba a un lado o a otro, se veían los más hermosos paisajes de todas partes del mundo. Satanás dijo más o menos a Jesús: “Yo sé que tu eres un gran Maestro y vas a buscar ahora discípulos para esparcir tu doctrina. Mira todas estas espléndidas comarcas , estos poderosos pueblos… y mira esta pequeña Judea. Allá es donde tienes que ir. Yo te quiero entregar todas estas comarcas, si Tú te postras y me adoras”. Con esta adoración entendía ese obsequio y esa humillación que era de uso entre los fariseos y judíos delante de reyes y de personajes poderosos, cuando querían obtener algo de ellos. El diablo presentó aquí una tentación semejante, aunque en mayor escala, que cuando se presentó en forma de un mensajero del rey Herodes, venido desde Jerusalén, invitándolo a ir a la ciudad y a vivir en el castillo bajo su protección. Cuando Satanás señalaba con su mano veíanse grandes países y mares extensos, luego sus ciudades, sus reyes y príncipes, sus magnificencias y triunfos, yendo y viniendo con sus guerreros y soldados, con toda majestad y esplendor. Todo se veía tan claro como si estuviera cerca y más distinto aún. Parecía que uno estaba allí dentro de esa magnificencia y cada figura, cada cuadro, cada pueblo aparecía con diversos esplendores, con sus costumbres, usos y maneras peculiares. Satanás señaló de algunos pueblos sus particularidades principales y especialmente un país donde había grandes hombres y fuertes guerreros, que parecían gigantes, creo que Persia, y le dijo que allí tenía que ir a enseñar. La Palestina se la representó muy pequeña y despreciable. Fue una representación maravillosa: se veían tantas cosas, tan claras y al mismo tiempo tan espléndidas y atrayentes. Jesús no dijo otra cosa que: “Adorarás a Dios, tu Señor y a Él solo servirás. Apártate de Mí , Satanás”. Entonces via a Satanás, en espantoso aspecto, precipitarse de la montaña, caer en lo profuno y desaparecer como si se lo hubieses tragado la tierra.

VI Los Ángeles sirven a Jesús

        Después de esto vi una multitud de ángeles aparecer al lado de Jesús, inclinarse ante Él y llevarlo delicadamente en las palmas, a la cueva donde había comenzado su ayuno de cuarenta días. Había allí doce ángeles y otros grupos ayudantes en determinado número. No recuerdo ya bien si 72, aunque creo que sí, porque tuve durante esta visión el recuerdo contínuo de los apóstoles y de los 72 discípulos. Se celebró en la cueva una fiesta de acción de gracias y de victoria con una comida. Vi a los Ángeles adornar el interior de la cueva con hojas de parra de la cual descendía, sobre la cabeza de Jesús , una corona de hojas. Todo esto aconteció en un orden admirable y cierta solemnidad y era luminoso y significativo, y no duró mucho tiempo; pues lo que se injertó en una intención siguió a la intención del todo al vivo y se esparció al exterior según su destino.

        Los ángeles habían traído desde el principio una mesa pequeña con alimentos del cielo, que se agrandó luego. Los alimentos y los recipientes eran como los que veo siempre en las mesas del cielo, y he visto que Jesús y los doce apóstoles  y los otros ángeles tomaban parte en la comida[3]. No era el de ellos un comer con la Bocay, sin embargo, era un tomar para sí y un traslado de las frutas en los que los gustaban, que eran recreados y participaban de la comida. Era como si la íntima significación de los alimentos pasase a quienes los tomaban. Esto es inexplicable. Al final de la mesa había un cáliz grande y luminoso y pequeños vasitos alrededor de él, en la forma de aquél que se usó en la última Cena, sólo que aquí era más espiritual y más grande. Habían también un plato con panecillos redondos. Vi que Jesús echaba algo del gran cáliz en los vasos pequeños y mojaba pedazos de panes en los vasos y que los ángeles recibían de ellos y los llevaban.

        Mientras veía estas cosas se disipó la visión y Jesús salió de la cueva y fue descendiendo de la montaña en dirección al Jordán. Los ángeles lo hicieron en forma y orden diferentes. Los que desaparecieron con el pan y el vino tenían vestidura sacerdotal. En ese mismo momento he visto toda clase de consuelo y de animación en los amigos de Jesús de ahora y de más tarde. Vi a Jesús aparecerse a María, en Caná, de modo admirable y confortarla y consolarla. Vi a Lázaro y a Marta, conmovidos de amor hacia Jesús. Vi a María la silenciosa refrigerada en realidad con parte de ese alimento: vi al ángel junto a ella recibir el alimento. María la silenciosa había contemplado siempre los dolores y tentaciones de Jesús y estaba en esas cosas admirables de tal manera que no se maravillaba de nada. Aún a la Magdalena la he visto conmovida: estaba en ese momento ocupada en adornarse para una fiesta, cuando de pronto la sorprendió un saludable temor de du vida y de su salvación y arrojó su adorno al suelo, cosa que causó la burla de los que la rodeaban. A muchos de los que iban a ser más tarde sus discípulos, los vi aligerados y reconfortados y con ansias de Jesús. A Natanael lo ví en su pieza pensando en las cosas que había oído a Jesús, muy conmovido; pero luego él, lo alejaba todo de su mente. A Andrés, a Pedro y a los demás apóstoles los vi fortalecidos y conmovidos. Fue esto un espectáculo admirable.

        María vivió al principio del ayuno de Jesús en la casa cerca de Cafarnaún. Tenía ocasión de oir a muchos que murmuraban diciendo que Él iba vagando y nadie sabía dónde, que Él abandonaba a su madre, que era su deber, después de la muerte de José, tomar un oficio para mantener a su madre. Ahora, especialmente, había mucha conversación, habiendo llegado noticias de lo sucedido en su bautismo, el testimonio de Juan y las cosas que contaban los discípulos dispersos en los pueblos. Cosa semejante solo sucedió nuevamente en la resurrección de Lázaro y en su pasión y muerte. María se mostraba preocupada y sufría en su interior. Nunca estuvo exenta de visiones, participaciones y sentimientos de compasión para con Jesús. Hacia el fin de los cuarenta días estuvo María en Caná de Galilea junto a los padres de la esposa de Caná. Son estas personas distinguidas en la ciudad y como jefes de ella, tienen una casi, casi en medio de la ciudad, que es hermosa y limpia, una calle principal pasa por ella, creo que de Ptolomais se ve venir el camino en esa dirección de la ciudad que no es tan desalineada y mal edificada como las otras. El esposo hizo su casamiento en su casa. Tienen otra casa en la ciudad, la cual entregaron arreglada a la hija. Ahora está María habitando allí. El esposo es más o menos de la misma edad de Jesús y es como el padre en la casa de su madre, y lleva la administración de la misma. Esta buena gente pide consejo a María para la educación de sus hijos y le muestra todas sus cosas.

[1] El padre jesuita Lamy, poseído por varios años, a raíz de un ofrecimiento voluntario, describe la presencia de Satanás en esta forma: “Satanás se me presenta alto y de hermosa presencia, cabellos rubios, barba corta y atildada. Lo veo como un hombre fuerte, de recia musculatura, vestido con una especie de peplo de forma griega, de color blanco, que le llega hasta los pies. Veo que de continuo se levantan a lo largote su cuerpo, por la túnica y la barba, dos llamaradas desde los pies hasta la coronilla de la cabeza, donde parece que se juntan en un haz. Unas llamas más densas son de color negro como pez hirviente y las otras como lenguas de fuego de color común. Él sufre y calla. No le estorban estos tormentos en sus movimientos. Cuando María santísima me hac el favor de mostrármelo en su aspecto de fuego, me persuado de que sufre horribles tormentos, aunque o vea sereno”

[2] Las seducciones del cine, inventando a principios de este siglo (el autor de la nota se refiere al siglo XX) compensan ampliamente el fracaso de la primera función y del primer operador cinematográfico: Satanás.

[3] “Y yo les confiero la dignidad real, como mi Padre me la confió a mí. Y en mi Reino, ustedes comerán y beberán en mi mesa, y se sentarán sobre tronos para juzgar a las doce tribus de israel” (Lucas 22, 29-30).

18/2/2015 Evangelio según San Mateo 6,1-6.16-18.

Miércoles de Ceniza

Santo(s) del día : Santa Bernardita Soubirous,  Santa Gertrudis (Caterina) Comensoli
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Lecturas

El evangelio de Mateo de este miércoles de ceniza nos encuentra en el monte del sermón que citan los evangelios.

Al finalizar el primer año de la vida publica de Jesús, Él reúne a los doce en esta montaña donde después de un retiro espiritual los designa apóstoles.

Ya en el viaje hasta allí por el lago eran seguidos por numerosas barcas, que al ascender ellos al retiro de la montaña, deja esperando con el resto de los discípulos al pie del monte.

En este monte Jesús da seis discursos esa semana a la multitud.

Los que corresponden a este miércoles de ceniza están contenidos en los capítulo 172 y 173 del segundo año de la vida pública de Jesús.

Segundo año de la Vida Pública de Jesús

172. Cuarto discurso de la Montaña: el juramento, la oración, el ayuno[1]43. El anciano Ismael y Sara.

26 de mayo de 1945.
1 Sigue el discurso de la Montaña.

El mismo lugar, la misma hora, la misma muchedumbre (aunque quizás más gente: hay muchos incluso donde empiezan los senderos que conducen al valle). El romano no está.

Jesús habla, y dice:

-«Uno de los errores que comete fácilmente el hombre es la falta de honestidad, incluso consigo mismo. Dado que el hombre difícilmente es sincero y honesto, por propia iniciativa se ha puesto un bocado para sentirse obligado a ir por el camino elegido. Pero he aquí que él mismo, cual indómito caballo, pronto descoloca el bocado, para hacer lo que más cómodo le resultare, sin pensar en la reprensión que pudiera recibir de Dios, de los hombres o de su propia conciencia. Este bocado es el juramento. Pero entre los hombres honestos no es necesario el juramento, y Dios, de por sí, no os lo ha enseñado; antes al contrario, ha encargado deciros, sin más: “No pronuncies falso testimonio”[2]44. El hombre debería ser franco. No debería tener necesidad de ninguna otra cosa aparte de la fidelidad a su palabra.

El Deuteronomio, a propósito de los votos –incluso de los votos que provienen de un corazón que se supone fundido con Dios por sentimiento de necesidad o gratitud–, dice:

“Debes mantener la palabra salida una vez de tus labios, cumpliendo lo que has prometido al Señor tu Dios, todo lo que de propia voluntad y con tu propia boca has dicho”[3]45. Siempre se habla de palabra dada, sólo de palabra dada, sólo la palabra.

Pues bien, quien siente necesidad de jurar denota que se siente inseguro de sí mismo y del concepto que el prójimo pueda tener de él; de la misma forma que quien hace jurar testifica su desconfianza acerca de la sinceridad y honestidad de quien jura. Así, como podéis ver, esta costumbre del juramento es una consecuencia de la deshonestidad moral del hombre; es, además, una vergüenza para el hombre, doble vergüenza porque el hombre no es ni siquiera fiel al juramento –que ya de por sí es cosa vergonzosa–, y, burlándose de Dios con la misma ligereza con que se burla del prójimo, acaba perjurando con pasmosa ligereza y tranquilidad.

2 ¿Podrá haber criatura más abyecta que el perjuro? ¿Este, usando a menudo una fórmula sagrada, llamando por tanto a ser cómplice y garante a Dios, o invocando a los seres más amados (el padre, la madre, la esposa, los hijos, los propios difuntos, la propia vida con sus más preciosos órganos…) como apoyo de su falso testimonio, induce a su prójimo a creerle, con lo cual le engaña. Un hombre así es sacrílego, ladrón, traidor, homicida. ¿De quién? Pues de Dios, porque mezcla la Verdad con la infamia de su mentira, y, malignamente, se burla de Dios y le desafía diciendo: “Caiga tu mano sobre mí, desmiénteme, si puedes; Tú estás allí, yo aquí, y me río”.

¡Ah!, ¡bien! ¡Reíos, reíos, embusteros, vosotros que os burláis!… que día llegará en que no reiréis, cuando Aquel en cuyas manos todo poder ha sido depositado aparezca ante vosotros con terrible majestad y sólo con su aspecto os haga temblar; bastarán sus miradas para fulminaros, antes de que su voz os precipite en vuestro destino eterno marcándoos con su maldición.

Un hombre así es un ladrón, porque se apropia de una estima inmerecida. El prójimo, impresionado por su juramento, le otorga esta estima; y la serpiente se engalana con ella fingiéndose lo que no es. Es además un traidor, porque con el juramento está prometiendo algo que no tiene intención de mantener. Es un homicida, porque mata, o el honor de un semejante, arrebatándole con el juramento falso la estima del prójimo, o la propia alma, pues el perjuro es un abyecto pecador ante los ojos de Dios, que ven la verdad aunque ningún otro la viera. A Dios no se le engaña ni con falsas palabras ni con hipócritas acciones. El ve, no pierde de vista, ni por un instante, a cada uno de los seres humanos, y no existe fortaleza amurallada o profunda bodega donde no pueda penetrar su mirada. Incluso en vuestro interior –esa propia fortaleza dentro de la que todo hombre tiene su corazón– entra Dios, y os juzga no por lo que juráis sino por lo que hacéis.

3 Por ello substituyo la orden dada a los antiguos: “No perjures; antes al contrario, mantén tus juramentos” (cuando el juramento recibió plena vigencia para poner freno a la mentira y a la facilidad de faltar a la palabra dada). La substituyo por otra y os digo:

“No juréis nunca”. No juréis por el Cielo, que es trono de Dios, ni por la Tierra, que es escabel para sus pies, ni por Jerusalén y su Templo, que son la Ciudad del gran Rey y la Casa del Señor nuestro Dios.

No juréis ni por las tumbas de los difuntos ni por sus espíritus: las tumbas están llenas de restos de lo que en el hombre es inferior y común con los animales; en cuanto a los espíritus, dejadlos en su morada. Si son espíritus de justos, que ya viven en estado de precognición de Dios, no hagáis que sufran y se horroricen. Aunque sea precognición, o sea, conocimiento parcial (porque hasta el momento de la Redención no poseerán a Dios en su plenitud de esplendor), no pueden no sufrir al veros pecadores[4]46. Si no son justos, no aumentéis su tormento al recordar su pecado por el vuestro. Dejadlos, dejad a los muertos: a los santos, en la paz; a los no santos, en sus penas. No arrebatéis nada a los primeros, no añadáis nada a los segundos. ¿Por qué apelar a los difuntos? No pueden hablar: los santos, porque su caridad lo impide –deberían desmentiros demasiadas veces–; los réprobos, porque el Infierno no abre sus puertas, y ellos no abren sus bocas sino para maldecir, y toda voz suya queda sofocada por el odio de Satanás y de los demonios, pues los réprobos son demonios.

No juréis ni por la cabeza del propio padre, ni de vuestra madre o esposa, ni por la cabeza de vuestros inocentes hijos; no tenéis derecho a hacerlo. ¿Son, acaso, moneda o mercancía; firma sobre papel? Pues son más y menos que esto. Son sangre y carne de tu sangre, ¡Oh, hombre!; pero también son criaturas libres, y no puedes usarlas como esclavas para que avalen un testimonio falso tuyo. Al mismo tiempo, son menos que una firma tuya, porque tú eres inteligente, libre y adulto, no una persona bajo interdicto o un niño que no sabe lo que hace y que debe ser representado por sus padres. Tú eres tú: un hombre dotado de razón, por tanto responsable de tus acciones, y debes actuar autónomamente, poniendo como aval de tus acciones y palabras tu honradez y sinceridad, la estima que has sabido suscitar en el prójimo; no la honestidad y sinceridad de los padres o la estima que ellos han sabido suscitar. ¿Los padres son responsables de los hijos? Sí, pero sólo mientras son menores de edad; después, cada uno es responsable de sí mismo. No siempre nacen justos de justos, no siempre un hombre santo está casado con una mujer santa. ¿Y entonces, por qué usar como base de garantía la justicia del cónyuge? Del mismo modo, de un pecador pueden nacer hijos santos.

Mientras son inocentes, son todos santos. ¿Y entonces, por qué invocar a una persona pura para un acto vuestro impuro, cual es el juramento que ya con antelación se piensa violar?

Ni siquiera por vuestra cabeza juréis, ni por vuestros ojos, o la lengua o las manos. No tenéis derecho a hacerlo. Todo cuanto tenéis es de Dios; vosotros no sois sino los custodios temporales de ello, administradores de los tesoros morales o materiales que Dios os ha concedido. ¿Por qué hacer uso, entonces, de lo que no os pertenece? ¿Podéis, acaso, añadir un cabello a vuestra cabeza, o cambiar su color? ¿Por qué, si no podéis hacerlo, usáis la vista, la palabra, la libertad de los miembros, para respaldar un juramento? No desafiéis a Dios; podría cogeros la palabra y secar vuestros ojos como puede secar también vuestros pomares, o arrancaros los hijos como puede arrebataros la casa, para recordaros que El es el Señor y vosotros los súbditos, y que incurre en maldición aquel que se idolatra hasta el punto de considerarse a sí mismo más que Dios al desafiarle mintiendo.

4 Decid: “sí”, “sí”; “no”, “no”. Nada más. Si hay mas, es que os lo ha sugerido el Maligno; y además para reírse de vosotros, pues no podréis retener todo y caeréis, por tanto, en mentira, y seréis objeto de las burlas de los demás y conocidos por embusteros.

Sinceridad, hijos, en la palabra y en la oración. No hagáis como los hipócritas, que, cuando oran, quieren hacerlo en las sinagogas, o en las esquinas de las plazas, para ser vistos por los hombres píos y justos, mientras que luego, hacia dentro de la familia, son culpables con Dios y el prójimo. ¿No os dais cuenta de que esto es como jurar en falso? ¿Por qué queréis sostener lo no verdadero para ganar una inmerecida estima? La finalidad de la oración hipócrita es decir: “Verdaderamente soy un santo. Lo juro ante los ojos de quienes me ven, que deberán reconocer que me ven orar”. Pues bien, semejante oración –verdadero velo extendido sobre una maldad real– hecha con una finalidad de este tipo se convierte en blasfemia. Dejad que Dios os proclame santos. Haced que vuestra vida toda grite por vosotros:

“He aquí a un siervo de Dios”. Y vosotros, vosotros, por caridad hacia vosotros mismos, guardad silencio. No hagáis de vuestra lengua, movida por la soberbia, objeto de escándalo ante los ojos de los ángeles. Mejor sería que en ese mismo instante quedarais mudos, si no tenéis la fuerza de dominar el orgullo y la lengua con la que os autoproclamáis justos y gratos a Dios. Dejad a los soberbios y a los falsos esta pobre alegría, dejadles a ellos esta efímera recompensa –¡mísera recompensa!–, que en realidad es la que quieren. Pues bien, no recibirán ninguna otra, porque más de una no se puede recibir: o la verdadera, del Cielo, que es eterna y justa; o la no verdadera, de la tierra, que dura lo que la vida del hombre e incluso menos, y que después, siendo injusta como es, se paga, pasada esta vida, con un castigo verdaderamente mortificador.

5 Oíd cómo debéis orar (con los labios, con el trabajo, con la totalidad de vosotros mismos): debéis orar por impulso de un corazón amante de Dios, a quien siente Padre; de un corazón que siempre tiene presente quién es el Creador y quién la criatura, y que se comporta con amor reverente en presencia de Dios, siempre, ya ore, ya comercie, ya camine, ya descanse, ya logre un beneficio o se lo proporcione a otros.

He dicho “por impulso del corazón”: ésta es la primera y esencial cualidad; porque todo viene del corazón, y, como es el corazón, tal es la mente, la palabra, la mirada, la acción. El hombre justo extrae el bien de su corazón de justo. Cuanto más bien extrae más bien encuentra, porque el bien realizado genera un nuevo bien, de la misma forma que la sangre se renueva en el círculo de las venas para volver al corazón enriquecida de elementos siempre nuevos, extraídos del oxígeno que ha absorbido y de la substancia de os alimentos que ha asimilado. Por el contrario, el perverso, de su tenebroso corazón henchido de fraude y venenos, no puede extraer sino fraude y veneno, que aumentan cada vez más, corroborados por las culpas que van acumulándose (en el bueno son las bendiciones de Dios las que confirman, y también se acumulan). Creed, igualmente, que la exuberancia del corazón rebosa a través de los labios y se revela en las acciones. Haceos un corazón humilde y puro, amoroso, confiado, sincero. Amad a Dios con el púdico amor que siente una virgen hacia su prometido. En verdad os digo que toda alma es virgen prometida al eterno Amante, a Dios nuestro Señor; esta tierra es el tiempo del noviazgo, tiempo en que el ángel custodio otorgado a cada hombre es espiritual paraninfo, y todas las horas y las contingencias de la vida son otras tantas doncellas que preparan el ajuar nupcial 47[5]; la hora de la muerte es la hora de la boda, es entonces cuando viene el conocimiento, el abrazo, la fusión, es entonces cuando, vestida ya de esposa cumplida, el alma puede alzar su velo y echarse en brazos de su Dios, sin que por amar así a su Esposo pueda inducir a otros al escándalo.

Pero por ahora, ¡Oh, almas sacrificadas aún en el vínculo del noviazgo con Dios!, cuando queráis hablar con vuestro Prometido, entrad en la paz de vuestra casa (sobre todo en la paz de vuestra morada interior) y hablad, cual ángeles de carne acompañados por sus ángeles custodios, al Rey de los ángeles; hablad a vuestro Padre en el secreto de vuestro corazón y de vuestra estancia interior; dejad afuera todo lo que sea mundo: el frenesí de ser notados, de edificar; los escrúpulos de las largas oraciones sobresaturadas de palabras, pero monótonas, tibias, mortecinas en cuanto al amor.

6 ¡Por favor, liberaos de prevenciones cuando oréis! En verdad, hay algunos que derrochan horas y horas repitiendo sólo con los labios un monólogo (un verdadero soliloquio porque ni siquiera el ángel custodio lo escucha, pues en efecto es un gran rumor vano que el ángel trata de remediar abismándose en ardiente oración en favor de este hombre necio que le ha sido encomendado). En verdad, hay algunos que no utilizarían de forma distinta esas horas ni aunque Dios se les apareciera y les dijese: “La salud del mundo depende de que dejes esta parola sin alma para ir simplemente a sacar agua de un pozo y verterla en la tierra por amor a mí y a tus semejantes”. En verdad, hay algunos que consideran más valioso su monólogo que el acto cortés de recibir en modo acogedor una visita, o que el acto caritativo de socorrer a un necesitado: son almas que han caído en la idolatría de la oración.

La oración es acción de amor. Ahora bien, se puede amar tanto rezando como haciendo pan, tanto meditando como asistiendo a un enfermo, tanto realizando un peregrinaje al Templo como atendiendo a la familia, tanto sacrificando un cordero como sacrificando nuestros deseos –justos– de recogernos en el Señor. Basta con que uno empape todo sí mismo y toda acción suya en el amor. ¡No tengáis miedo! El Padre ve las cosas. El Padre comprende. El Padre escucha. El Padre concede. ¡Cuántas gracias se reciben por un solo, verdadero, perfecto suspiro de amor; cuánta abundancia, por un sacrificio íntimo hecho con amor! No seáis como los gentiles. Dios no necesita que le digáis lo que debe hacer “porque lo necesitáis”. Eso pueden decírselo los paganos a sus ídolos, que no pueden comprender, pero no vosotros a Dios, al verdadero, espiritual Dios que no es sólo Dios y Rey sino que además es vuestro Padre y sabe, antes de que se lo pidáis, de qué tenéis necesidad.

7 Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide recibe, quien busca encuentra, a quien llame se le abrirá”. Cuando vuestro hijo os tiende su manita diciéndoos: “Padre, tengo hambre”, ¿acaso le dais una piedra?, ¿le dais una serpiente, si os pide un pez? No; es más, no sólo le dais el pan y el pescado, sino que además le hacéis una caricia y le bendecís, pues a un padre le resulta dulce alimentar a su hijo y verle sonreír feliz. Pues si vosotros, que tenéis un corazón imperfecto, sabéis dar buenos dones a vuestros hijos sólo por el amor natural, que también lo posee el animal hacia su prole, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los Cielos concederá a quienes se lo pidan las cosas buenas y necesarias para su bien! ¡No tengáis miedo de pedir, ni tampoco de no obtener!

Pero quiero poneros en guardia contra un fácil error: entre los creyentes hay paganos cuya religión es un amasijo de supersticiones y fe, un edificio profanado en el que han echado raíces hierbas parásitas de todo tipo, hasta el punto de que éste se va desmoronando y al final se derrumba; son paganos de la religión verdadera, débiles en la fe y el amor, que sienten que su fe muere cuando no se ven escuchados. Pues bien, no hagáis como ellos.

Sucede que pedís en un momento dado, y os parece justo hacerlo –la verdad es que para ese momento no sería injusta tampoco la gracia pedida–, pero la vida no termina en ese momento y lo que hoy es bueno puede no serlo mañana (pero vosotros, conociendo sólo el presente –lo cual es también una gracia de Dios– esto lo desconocéis). Sin embargo, Dios conoce también el futuro, y muchas veces no satisface una oración vuestra para ahorraros una pena mayor.

En este año de vida pública, más de una vez he oído corazones que referían haberse quejado de cuánto habían sufrido cuando no se habían sentido escuchados por Dios, pero que luego habían reconocido que ello significó un bien porque la gracia en cuestión les habría impedido alcanzar posteriormente a Dios. A otros les he oído decir –y decirme a mí:– “Señor, ¿por qué no respondes a mi súplica?; con todos lo haces, ¿por qué conmigo no?”. Y, no obstante, a pesar del dolor que me producía el sufrimiento que veía, he tenido que decir: “No puedo”, porque haber condescendido a su petición habría significado poner un estorbo a su vuelo hacia la vida perfecta. Incluso el Padre también a veces dice: “No puedo”; no porque no pueda cumplir inmediatamente ese acto, sino porque no quiere hacerlo, dado que conoce las consecuencias que se seguirían.

Escuchad: un niño tiene sus entrañas enfermas. La madre llama al médico y éste dice: “Necesita ayuno absoluto”. El niño se echa a llorar, grita, suplica, parece languidecer. La madre, compasiva siempre, une sus lamentos a los de su hijo; le parece una crueldad del médico esa prohibición absoluta, le parece que el ayuno y el llanto puedan perjudicar a su hijo… Y, a pesar de todo, el médico se muestra inexorable. Al final dice: “Mujer: yo sé; tú, no; ¿quieres perder a tu hijo o que te lo salve?”. La madre grita: “¡Quiero que viva!”. “Pues entonces –dice el médicono puedo conceder alimento… significaría la muerte”. Pues bien, lo mismo dice el Padre algunas veces. Vosotros, madres compasivas respecto a vuestro yo, no queréis oírle llorar por no haber recibido una gracia; sin embargo, Dios dice. “No puedo. Te perjudicaría”. Llegará el día, o la eternidad, en que se dirá: “¡Gracias, Dios mío, por no haber escuchado mi estupidez,”.

8 Lo que he dicho respecto a la oración, lo digo respecto al ayuno. Cuando ayunéis, no pongáis aspecto melancólico, como hacen los hipócritas, que con arte deslucen su rostro para que el mundo sepa y crea –aunque no sea verdad– que ayunan. Estos también han recibido ya, en la alabanza del mundo, su compensación; no recibirán ninguna otra.

Vosotros, por el contrario, cuando ayunéis, poned expresión alegre, lavaos con esmero la cara para que se vea fresca y sedosa, ungíos la barba, perfumaos el pelo, presentad esa sonrisa en los labios propia de quien ha comido bien: ¡Verdaderamente no hay alimento que sacie tanto como el amor, y quien ayuna con espíritu de amor de amor se nutre! En verdad os digo que, aunque el mundo os llame “vanidosos” o “publicanos”, vuestro Padre verá vuestro secreto heroico y os recompensará doblemente, por el ayuno y por el sacrificio de no haber recibido alabanza.

Y ahora, nutrida el alma, id a dar alimento al cuerpo. 9 Aquellos dos pobres que se queden con nosotros: serán los benditos huéspedes que darán sabor a nuestro pan. La paz sea con vosotros».

Los dos pobres se quedan. Son una mujer muy delgada y un anciano muy viejo. No están juntos, se han encontrado allí por azar. Se habían quedado en un ángulo, acoquinados, poniendo inútilmente la mano a quienes pasaban por delante.

Ahora no se atreven a acercarse, pero Jesús va directamente hacia ellos y los coge de la mano para ponerlos en el centro del grupo de los discípulos, bajo una especie de tienda que Pedro ha montado en un ángulo (quizás les sirve de refugio durante la noche y como lugar de reunión durante las horas más calurosas del día: es un cobertizo de ramajes y de… mantos, pero sirve para su finalidad, a pesar de que sea tan bajo, que Jesús y Judas Iscariote, los dos más altos, tienen que agacharse para poder entrar).

-«Aquí tenéis a un padre y a una hermana nuestra. Traed todo lo que tenemos. Mientras comemos escucharemos su historia».

Y Jesús se pone personalmente a servir a los dos avergonzados y escucha su dolorosa narración. Ambos viven solos: el viejo, desde cuando su hija se fue con su marido a un lugar lejano y se olvidó de su padre; la mujer, que además está enferma, desde que su marido murió a causa de una fiebre.

-«El mundo –dice el anciano– nos desprecia porque somos pobres. Voy pidiendo limosna para juntar unos ahorrillos y poder cumplir la Pascua. Tengo ochenta años. Siempre la he cumplido48[6]. Esta puede ser la última. No quiero ir con Abraham, a su seno, con algún remordimiento. De la misma forma que perdono a mi hija, espero ser perdonado. Quiero cumplir mi Pascua».

-«Largo camino, padre».

-«Más largo es el del Cielo, si se incumple el rito».

-«¿Vas sólo?… ¿Y si te sientes mal por el camino?».

-«Me cerrará los párpados el ángel de Dios».

Jesús acaricia la cabeza temblorosa y blanca del anciano, y pregunta a la mujer:

-«¿Y tú?».

-«Voy en busca de trabajo. Si estuviera mejor alimentada, me curaría de mis fiebres; una vez sana, podría trabajar incluso en los campos de cereales».

-«¿Crees que sólo el alimento te curaría?».

-«No. Estás también Tú… Pero, yo soy una pobre cosa, demasiado pobre cosa como para poder pedir conmiseración».

-«Y, si te curara, ¿qué pedirías después?».

-«Nada más. Habría recibido ya con creces cuanto puedo esperar».

Jesús sonríe y le da un trozo de pan mojado en un poco de agua y vinagre, que hace de bebida. La mujer se lo come sin hablar. Jesús continúa sonriendo.

10          La comida termina pronto (¡era tan parca!…). Apóstoles y discípulos van en busca de sombra por las laderas, entre los matorrales. Jesús se queda bajo el cobertizo. El anciano se ha apoyado contra la pared herbosa; ahora, cansado, duerme.

Pasado un poco de tiempo, la mujer, que también se había alejado en busca de sombra y descanso, vuelve hacia Jesús, que le sonríe para infundirle ánimo. Ella se acerca, tímida, pero al mismo tiempo contenta, casi hasta la tienda; luego la vence la alegría y da los últimos pasos velozmente para caer finalmente rostro en tierra emitiendo un grito reprimido:

-«¡Me has curado! ¡Bendito! ¡Es la hora del temblor fuerte y no se me repite!…» y besa los pies a Jesús.

-«¿Estás segura de estar curada? Yo no te lo he dicho. Podría ser una casualidad…».

-«¡No! Ahora he comprendido tu sonrisa cuando me dabas el trozo de pan. Tu virtud ha entrado en mí con ese bocado. No tengo nada que darte a cambio, sino mi corazón. Manda a tu sierva, Señor, que te obedecerá hasta la muerte».

-«Sí. ¿Ves aquel anciano? Está solo y es un hombre justo. Tú tenías marido, pero te fue arrebatado por la muerte; él tenía una hija, pero se la quitó el egoísmo. Esto es peor. Y, no obstante, no impreca; pero no es justo que vaya sólo en sus últimas horas. Sé hija para él».

-«Sí, mi Señor».

-«Fíjate que ello significa trabajar para dos».

-«Ahora me siento fuerte. Lo haré».

11 -«Ve, entonces, allí, encima de ese risco, y dile al hombre que está descansando, aquél vestido de gris, que venga aquí».

La mujer va sin demora y vuelve con Simón Zelote.

-«Ven, Simón. Debo hablarte. Espera, mujer».

Jesús se aleja unos metros.

-«¿Crees que a Lázaro le supondrá alguna dificultad el recibir a una trabajadora más?».

-«¿Lázaro! ¡Si creo que ni siquiera sabe cuántos le prestan servicio! ¡Uno más o menos…! …Pero, ¿de quién se trata?».

-«Es aquella mujer. La he curado y…».

-«No sigas, Maestro; si la has curado, es señal de que la amas, y lo que Tú amas es sagrado para Lázaro. Empeño mi palabra por él».

-«Es verdad, lo que Yo amo es sagrado para Lázaro; bien dices. Por este motivo, Lázaro será santo, porque, amando lo que Yo amo, ama la perfección. Deseo vincular a aquel anciano con esa mujer, y que aquel patriarca pueda cumplir con júbilo su última Pascua. Quiero mucho a los ancianos santos, y, si puedo hacerles sereno el crepúsculo de la vida, me siento dichoso».

-«También amas a los niños…».

-«Sí, y a los enfermos…».

-«Y a los que lloran…».

-«Y a los que están solos…».

-«¡Maestro mío!, ¿no te das cuenta de que amas a todos, incluso a tus enemigos?».

173. Quinto discurso de la Montaña: el uso de las riquezas; la limosna; la confianza en Dios[7]50.

27 de mayo de 1945.

1 El mismo discurso de la montaña.

La muchedumbre va aumentando a medida que los días pasan. Hay hombres, mujeres, ancianos, niños, ricos, pobres. Sigue estando la pareja Esteban–Hermas, aunque todavía no hayan sido agregados y unidos a los discípulos antiguos capitaneados por Isaac. Está también presente la nueva pareja, constituida ayer, la del anciano y la mujer; están muy adelante, cerca de su Consolador; su aspecto es mucho más relajado que el de ayer. El anciano, como buscando recuperar los muchos meses o años de abandono por parte de su hija, ha puesto su mano rugosa en las rodillas de la mujer, y ella se la acaricia por esa necesidad innata de la mujer, moralmente sana, de ser maternal.

Jesús pasa al lado de ellos para subir al rústico púlpito; al pasar acaricia la cabeza del

anciano, el cual mira a Jesús como si le viera ya como Dios.

Pedro dice algo a Jesús, que le hace un gesto como diciendo: “No importa”. No entiendo de todas formas lo que dice el apóstol; eso sí, se queda cerca de Jesús; luego se le unen Judas Tadeo y Mateo. Los otros se pierden entre la multitud.

2 -«¡La paz sea con todos vosotros! Ayer he hablado de la oración, del juramento, del ayuno. Hoy quiero instruiros acerca de otras perfecciones, que son también oración, confianza, sinceridad, amor, religión.

La primera de que voy a hablar es el justo uso de las riquezas, que se transforman, por la buena voluntad del siervo fiel, en correlativos tesoros en el Cielo. Los tesoros de la tierra no perduran; los del Cielo son eternos. ¿Amáis vuestros bienes? ¿Os da pena morir porque tendréis que dejarlos y no podréis ya dedicaros a ellos? ¡Pues transferidlos al Cielo! Diréis: “En el Cielo no entran las cosas de la tierra. Tú mismo enseñas que el dinero es la más inmunda de estas cosas. ¿Cómo podremos transferirlo al Cielo?”. No. No podéis llevar las monedas, siendo –como son– materiales, al Reino en que todo es espíritu; lo que sí podéis llevar es el fruto de las monedas.

Cuando dais a un banquero vuestro oro, ¿para qué lo dais? Para que le haga producir, ¿no? Ciertamente no os priváis de él, aunque sea momentáneamente, para que os lo devuelva tal cual: queréis que de diez talentos os devuelva diez más uno, o más; entonces os sentís satisfechos y elogiáis al banquero. En caso contrario, decís: “Será honrado, pero es un inepto”. Y si se da el caso de que, en vez de los diez más uno, os devuelve nueve diciendo: “He perdido el resto”, le denunciáis y le mandáis a la cárcel.

¿Qué es el fruto del dinero? ¿Siembra, acaso, el banquero vuestros denarios y los riega para que crezcan? No. El fruto se produce por una sagaz negociación, de modo que, mediante hipotecas y préstamos a interés, el dinero se incremente en el beneficio justamente requerido por el favor del oro prestado. ¿No es así?

Pues bien, escuchad: Dios os da las riquezas terrenas –a quién muchas, a quién apenas las que necesita para vivir– y os dice: “Ahora te toca a ti. Yo te las he dado. Haz de estos medios un fin como mi amor desea para tu bien. Te las confío, más no para que te perjudiques con ellas. Por la estima en que te tengo, por reconocimiento hacia mis dones, haz producir a tus bienes para esta verdadera Patria”.

3 Os voy a explicar el método para alcanzar este fin.

No deseéis acumular en la Tierra vuestros tesoros, viviendo para ellos, siendo crueles por ellos; que no os maldigan el prójimo y Dios a causa de ellos. No merece la pena. Aquí abajo están siempre inseguros. Los ladrones pueden siempre robaros; el fuego puede destruir las casas; las enfermedades de las plantas o del ganado, exterminaros los rebaños, destruiros los pomares. ¡Cuántos peligros se celan contra vuestros bienes! Ya sean estables y estén protegidos, como las cosas o el oro; ya estén sujetos a sufrir lesión en su naturaleza, como todo cuanto vive, como son los vegetales y los animales; ya se trate, incluso, de telas preciosas… todos ellos pueden sufrir merma: las casas, por el rayo, el fuego y el agua; los campos, por ladrones, roya, sequía, roedores o insectos; los animales, por vértigo, fiebres, descoyuntamientos o mortandades; las telas preciosas y muebles de valor, por la polilla o los ratones; las vajillas preciadas, lámparas y cancelas artísticas… Todo, todo puede sufrir merma.

Más si de todo este bien terreno hacéis un bien sobrenatural, se salvará de toda lesión producida por el tiempo, por los propios hombres o la intemperie. Atesorad en el Cielo, donde no entran ladrones ni suceden infortunios. Trabajad sintiendo amor misericordioso hacia todas las miserias de la Tierra. Acariciad, sí, vuestras monedas, besadlas incluso si queréis, regocijaos por la prosperidad de las mieses, por los viñedos cargados de racimos, por los olivos plegados por el peso de infinitas aceitunas, por las ovejas fecundas y de turgentes ubres… haced todo esto, pero no estérilmente, no humanamente, sino con amor y admiración, con disfrute y cálculo sobrenatural.

“¡Gracias, Dios mío, por esta moneda, por estos sembrados y plantas y ovejas, por estas compraventas! ¡Gracias, ovejas, plantas, prados, transacciones, que tan bien me servís! ¡Benditos seáis todos, porque por tu bondad, Oh Eterno, y por vuestra bondad, Oh cosas, puedo hacer mucho bien a quien tiene hambre o está desnudo o no tiene casa o está enfermo o solo!… El año pasado proveí a las necesidades de diez. Este año –dado que, a pesar de que haya distribuido mucho como limosna, tengo más dinero y más pingües son las cosechas y numerosos los rebaños– daré dos o tres veces más de cuanto di el año pasado, a fin de que todos, incluso quienes no tienen nada propio, gocen de mi alegría y te bendigan conmigo Señor Eterno”. Esta es la oración del justo, la oración que, unida a la acción, transfiere vuestros bienes al Cielo, y, no sólo os los conserva allí eternamente, sino que os los aumenta con los frutos santos del amor.

Tened vuestro tesoro en el Cielo para que esté allí vuestro corazón, por encima, y más allá, del peligro, no sólo de infortunios que perjudiquen al oro, casas, campos o rebaños, sino también de asechanzas contra vuestro corazón, y de que sea expoliado o agredido por el óxido o el fuego, asesinado por el espíritu de este mundo. Si así lo hacéis, tendréis vuestro tesoro en vuestro corazón, porque tendréis a Dios en vosotros, hasta que llegue el día dichoso en que vosotros estéis en El.

4 No obstante, para no disminuir el fruto de la caridad, poned atención a ser caritativos con espíritu sobrenatural. Lo que he dicho respecto a la oración y al ayuno valga para la beneficencia y para cualquier otra obra buena que podáis hacer.

Proteged el bien que hagáis de la violación de la sensualidad del mundo, conservadlo virgen respecto a toda humana alabanza. No profanéis la rosa perfumada –verdadero incensario de perfumes gratos al Señor– de vuestra caridad y recto actuar. El espíritu de soberbia, el deseo de ser uno visto cuando hace el bien, la búsqueda de alabanzas, profanan el bien: las babosas del saciado orgullo ensucian con su secreción la rosa de la caridad y la van excavando con su boca; en el incensario caen hediondas pajas de la cama en que el soberbio, cual atiborrada bestia, retoza.

¡Ah, esas limosnas ofrecidas para que se hable de nosotros!… Mejor sería no darlas. El que no las da peca de insensibilidad; pero quien las ofrece dando a conocer la suma entregada y el nombre del destinatario, mendigando además alabanzas, peca de soberbia (al dar a conocer la dádiva, porque es como si dijera: “¿Veis cuánto puedo?”), pero peca también contra la caridad, porque humilla al destinatario de la limosna al publicar su nombre; y peca también de avaricia espiritual al querer acumular alabanzas humanas… que no son más que paja, paja, sólo paja. Dejad a Dios que os alabe con sus ángeles.

Cuando deis limosna, no vayáis tocando la trompeta delante de vosotros para atraer la atención de los que pasan y recibir alabanzas, como los hipócritas, que buscan el aplauso de los hombres (por eso dan limosna sólo cuando los pueden ver muchos). Estos también han recibido ya su compensación y Dios no les dará ninguna otra. No incurráis vosotros en la misma culpa y presunción. Antes bien, cuando deis limosna, sea ésta tan pudorosa y celada que vuestra mano izquierda no sepa lo que hace la derecha; y luego olvidaos. No os detengáis a remiraros el acto realizado, hinchándoos con él como hace el sapo, que se remira en el pantano con sus ojos velados y, al ver reflejadas en el agua detenida las nubes, los árboles, el carro parado junto a la orilla, y a él mismo –tan pequeñito respecto a esas cosas tan grandes–, se hincha de aire hasta estallar. Del mismo modo vuestra caridad es nada respecto al Infinito que es la Caridad de Dios, y, si pretendierais haceros como El convirtiendo vuestra reducida caridad en una caridad enorme para igualar a la suya, os llenaríais de aire de orgullo para terminar muriendo. Olvidaos. Del acto en sí mismo, olvidaos. Quedará siempre en vosotros una luz, una voz, una miel, que harán vuestro día luminoso, dichoso, dulce. Pues la luz será la sonrisa de Dios; la miel, paz espiritual –Dios también–; la voz, voz del Padre–Dios diciéndoos: “Gracias”. El ve el mal oculto y el bien escondido, y os recompensara por ello. Os lo…».

5 -«¡Maestro, contradices tus propias palabras!».

La ofensa, rencorosa y repentina, proviene del centro de la multitud. Todos se vuelven hacia el lugar de donde ha surgido la voz. Hay confusión. Pedro dice:

-«¡Ya te lo había dicho… cuando hay uno de ésos, no va bien nada!».

De la muchedumbre se elevan silbidos y protestas contra el ofensor. Jesús es el único que conserva la calma. Ha cruzado sus brazos a la altura del pecho: alto, herida su frente por el sol, erguido sobre la piedra, con su indumento azul oscuro…

El que ha lanzado la ofensa, haciendo caso omiso de la reacción de la multitud, continúa:

-«Eres un mal maestro porque enseñas lo que no haces y…».

-«¡Cállate! ¡Vete! ¡Deberías avergonzarte!» grita la multitud. «¡Vete con tus escribas! A nosotros nos basta el Maestro. ¡Los hipócritas con los hipócritas! ¡Falsos maestros! ¡Usureros!…». Y seguirían, si Jesús no elevase su voz potente:

-«¡Silencio! Dejadle hablar».

La gente entonces deja de chillar, pero sigue bisbiseando sus improperios, sazonados con miradas furiosas.

-«Sí, enseñas lo que no haces. Dices que se debe dar limosna, pero sin ser vistos, y Tú, ayer, delante de toda una multitud, dijiste a dos pobres: “Quedaos, que os daré de comer”».

-«Dije: “Que se queden los dos pobres. Serán los benditos huéspedes que darán sabor a nuestro pan”. Nada más. No he dicho que quería darles de comer. ¿Qué pobre no tiene al menos un pan? Mi alegría consistía en ofrecerles buena amistad».

-«¡Ya!, ¡ya! ¡Eres astuto y sabes pasar por cordero!…».

El anciano pobre se pone en pie, se vuelve y, alzando su bastón, grita:

-«Lengua infernal. Tú acusas al Santo. ¿Crees, acaso, saber todo y poder acusar por lo que sabes? De la misma forma que ignoras quién es Dios y aquel a quien insultas, así ignoras sus acciones. Sólo los ángeles y mi corazón exultante lo saben; oíd, hombres, oíd todos y juzgad después si Jesús es el embustero y soberbio de que habla este desecho del Templo. El…».

-«¡Calla, Ismael! ¡Calla por amor a mí! Si he alegrado tu corazón, alegra tú el mío guardando silencio» dice Jesús en tono suplicante.

-«Te obedezco, Hijo santo. Déjame decir sólo esto: la boca del anciano israelita fiel le ha bendecido; a El, que me ha concedido favor de parte de Dios. Dios ha puesto en mis labios la bendición por mí y por Sara, mi nueva hija; no así contigo: sobre tu cabeza no descenderá la bendición. No te maldigo, no ensuciaré con una maldición mi boca, que debe decir a Dios: “Acógeme”. No maldije a quien me renegó y ya he recibido la recompensa divina. Mas habrá quien haga las veces del Inocente acusado y de Ismael, amigo de este Dios que le concede su favor».

Gritos en coro cierran las palabras del anciano, que se sienta de nuevo, mientras un hombre, seguido de improperios, a hurtadillas, se aleja. La muchedumbre grita:

-«¡Continúa, continúa, Maestro santo! Sólo te escuchamos a ti. Escúchanos a nosotros: ¡No queremos a esos malditos pájaros de mal agüero! ¡Son envidiosos! ¡Te preferimos a ti! Tú eres santo; ellos, malos. ¡Síguenos hablando, sigue! Ya ves que estamos sedientos sólo de tu palabra. ¿Casas?, ¿negocios?… No son nada en comparación con escucharte a ti».

-«Seguiré hablando, pero orad por esos desdichados. No os exasperéis. Perdonad, como Yo perdono. Porque si perdonáis a los hombres sus fallos también vuestro Padre del Cielo os perdonará vuestros pecados; pero si sois rencorosos y no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras faltas. Todos tienen necesidad de perdón.

6 Os decía que Dios os recompensará aunque no le pidáis que premie el bien que hayáis hecho. Ahora bien, no hagáis el bien para obtener una recompensa, para disponer de un aval para el futuro. Que vuestras buenas obras no tengan la medida y límite del temor de si os quedará algo para vosotros, o de si, quedándoos sin nada, no va a haber nadie que os ayude a vosotros, o de si encontraréis a alguien que haga con vosotros lo que vosotros habéis hecho, o de si os seguirán queriendo cuando ya no podáis dar nada.

Mirad: tengo amigos poderosos entre los ricos y amigos entre los pobres de este mundo. En verdad os digo que no son los amigos poderosos los más amados; a éstos me acerco no por amor a mí mismo o por interés personal, sino porque de ellos puedo obtener mucho para quienes nada tienen. Yo soy pobre. No tengo nada. Quisiera tener todos los tesoros del mundo y convertirlos en pan para quienes padecen hambre, o en casas para quienes carecen de ellas; en vestidos para los desnudos, en medicinas para los enfermos. Diréis: “Tú puedes curar”. Sí, y más cosas. Pero no siempre tienen fe, y no puedo hacer lo que haría, lo que quisiera hacer de encontrar en los corazones fe en mí.

Quisiera agraciar incluso a estos que no tienen fe; quisiera, dado que no le piden el milagro al Hijo del hombre, ayudarlos como hombre que soy Yo también. Pero no tengo nada; por ello tiendo la mano a quienes tienen y les pido ayuda en nombre de Dios. Por eso tengo amigos entre los poderosos. El día de mañana, una vez que haya dejado esta Tierra, seguirá habiendo pobres; Yo no estaré ya aquí para realizar milagros en favor de quien tiene fe, ni podré dar limosna para guiar hacia la fe; pero mis amigos ricos, para entonces, ya habrán aprendido por el contacto conmigo el modo de ayudar a los necesitados; y mis apóstoles, igualmente por el contacto conmigo, habrán aprendido a solicitar limosna por amor a los hermanos. Así, los pobres siempre tendrán una ayuda.

Pues bien, ayer he recibido, de una persona que no tenía nada, más de cuanto me han dado todos los que sí tienen. Es un amigo tan pobre como Yo, pero me ha dado una cosa que no se paga con moneda alguna, y que me ha sido motivo de dicha trayendo a mi memoria muchas horas serenas de mi niñez y juventud, cuando todas las noches el Justo imponía sus manos sobre mi cabeza y Yo me iba a descansar con su bendición como custodia de mi sueño. Ayer este amigo mío pobre me ha hecho rey con su bendición.

Ved, pues, cómo ninguno de mis amigos ricos me ha dado jamás lo que él. No temáis, por tanto: aunque perdáis el poder del dinero, os bastará el amor y la santidad para poder favorecer al pobre, al cansado o al afligido.

7 Por tanto, os digo: no os afanéis demasiado por temor a la escasez. Siempre tendréis lo necesario. No os apuréis demasiado por el futuro. Nadie sabe cuánto futuro tiene por delante. No os preocupéis de qué comeréis para mantener la vida, ni de qué vestiréis para mantener caliente vuestro cuerpo. La vida de vuestro espíritu es mucho más valiosa que el vientre y los miembros, vale mucho más que la comida y el vestido, así como la vida material es más que la comida y el cuerpo más que el vestido. El Padre lo sabe, sabedlo también vosotros. Mirad los pájaros del aire: no siembran ni cosechan, no recogen en los graneros, y, sin embargo, no mueren de hambre, porque el Padre celeste los nutre. Vosotros, hombres, criaturas predilectas del Padre, valéis mucho más que ellos.

¿Quién de vosotros, con todo su ingenio, podrá añadir a su estatura un solo codo? Si no lográis elevar vuestra estatura ni siquiera un palmo, ¿cómo pensáis que vais a poder cambiar vuestra condición futura, aumentando vuestras riquezas para garantizaros una larga y próspera vejez? ¿Podéis, acaso, decirle a la muerte: “Vendrás por mí cuando yo quiera”? No, no podéis. ¿Para qué, pues, preocuparos por el mañana?, ¿por qué ese gran dolor del temor a quedaros sin nada con que vestiros? Mirad cómo crecen los lirios del campo: no trabajan, no hilan, ni van a los vendedores de vestidos a comprar. Y, sin embargo, os aseguro que ni Salomón con toda su gloria se vistió jamás como uno de ellos. Pues bien, si Dios viste así la hierba del campo, que hoy existe y mañana sirve para calentar el horno o como pasto de los rebaños –al final, ceniza o estiércol–, ¡cuánto más os proveerá a vosotros, hijos suyos, de lo necesario!

No seáis hombres de poca fe. No os angustiéis por un futuro incierto, diciendo: “¿Cuando sea viejo, qué comeré?, ¿qué beberé?, ¿Con qué me vestiré?”. Dejad estas preocupaciones para los gentiles, que no tienen la sublime certeza de la paternidad divina. Vosotros la tenéis, y sabéis que el Padre conoce vuestras necesidades y que os ama. Confiad, pues, en El. Buscad primero las cosas verdaderamente necesarias: fe, bondad, caridad, humildad, misericordia, pureza, justicia, mansedumbre, las tres y las cuatro virtudes principales, y todas las demás; de forma que seáis amigos de Dios y tengáis derecho a su Reino. Os aseguro que todo lo demás se os dará por añadidura sin necesidad siquiera de pedirlo. No hay mayor rico que el santo, ni hombre más seguro que él. Dios está con el santo y el santo está con Dios. Por su cuerpo no pide, y Dios le provee de lo necesario; trabaja, antes bien, para su espíritu, y Dios mismo se da a él ya aquí, y después de esta vida le dará el Paraíso.

No os acongojéis, pues, por lo que no merece vuestra aflicción. Doleos de ser imperfectos, no de tener pocos bienes terrenos. No os atormentéis por el mañana: el mañana tendrá su propia preocupación, y vosotros tendréis que preocuparos por el mañana cuando lo viváis. ¿Por qué pensar en el mañana hoy? ¿Es que, acaso, la vida no está ya suficientemente llena de recuerdos penosos del ayer y de pesadumbres del hoy como para sentir la necesidad de cargarla además con las angustias de los “¿qué sucederá?” mañana? Dejadle a cada día su afán. Habrá siempre más penas en la vida de las que querríamos tener. No añadáis penas presentes a penas futuras. Decid siempre la gran palabra de Dios: “Hoy”. Sois sus hijos, creados a su semejanza; decid, pues, con El: “Hoy”.

Y hoy os doy mi bendición. Que os acompañe hasta el comienzo del nuevo hoy, o sea, mañana; es decir, cuando os dé nuevamente la paz en nombre de Dios»

[1]43 Cfr. Mt. 5; 6, 5–6 y 16–18; 7, 7–11; Lc. 6; 11, 9–13.

[2]44 Cfr. Ex. 20, 16; Lev. 19, 12; Deut. 5 , 20.

[3]45 Cfr. Deut. 23, 23.

[4] 46 Nota. En el tiempo de Cristo así sucedía a los justos en el Limbo, o a los del Purgatorio, quienes tenían un conocimiento

parcial y confuso de Dios, si bien en diversa medida. Después de Cristo, este conocimiento parcial, aunque incierto, es propio de

los del Purgatorio. Después de purificadas y llegadas al cielo, las almas, ya santas, conocen a Dios a la luz de la gloria, verán lo

que creyeron, poseerán la verdad que es Dios, lo contemplarán en su Ser y en su perfección infinita.

[5] 47 Nota. Cada acción que se hace para honrar a Dios, conforme a sus enseñanzas y deseos, es como una unión más estrecha, una

transformación de Dios en Dios, un esponsalicio más estrecho para llegar a ser “una sola cosa”. Y al final en el eterno cielo se

regocijará el alma con toda perfección

[6] 48 Cfr. Ex. 12, 1 – 13, 16; 23, 14–19; 34, 10–28; Lev. 23, 5–8; Núm. 9, 1–14; 28, 16–25; Deut. 16, 1–8; Ez. 45, 18–24; Mt. 26, 17–30; Mc. 14, 12–26; Lc. 22, 1–39; Ju. 13, 1 – 18, 1; 1 Cor. 5, 6–8; 11, 17–34

[7] 50 Cfr. Mt. 5; 6, 1–4 y 19–21 y 25–34; Lc. 6; 12, 22–34

15/2/2015 Evangelio según San Marcos 1,40-45.

Sexto Domingo del tiempo ordinario
Santo(s) del día : San Claudio de La Colombière

Primer año de la Vida Pública de Jesús

63. El leproso curado cerca de Corozaín[1]306.

6 de noviembre de 1944.

leproso curado cerca de corozain1       Con una precisión de fotografía perfecta, tengo delante de la vista espiritual, desde esta mañana, todavía antes del alba, a un pobre leproso.

Es verdaderamente un despojo de hombre. No sabría decir qué edad tiene por lo mucho que le ha devastado la enfermedad. Esquelético, semidesnudo, muestra su cuerpo reducido al estado de una momia corroída. Las manos y los pies están retorcidos e incompletos (de manera que son pobres extremidades que ya no parecen ni siquiera humanas): las manos tienen aspecto de garra y están retorcidas, asemejan en algo a la pata de un monstruo alado; los pies parecen casi pezuñas de buey por lo mutilados y desfigurados que están.

¡Y la cabeza?… Creo que una persona a la que no se la haya sepultado y que haya quedado momificada por el sol y por el viento tendrá una cabeza semejante a ésta. Le quedan pocos mechones de cabellos esparcidos salteadamente, pegados al cutis amarillento y costroso como por polvo secado sobre una calavera. Los ojos los tiene apenas entreabiertos, ahondadísimos; los labios y la nariz, mordisqueados por el mal, muestran ya los cartílagos y las encías; las orejas son dos embrionarios restos de aurículas; recubre todo una piel apergaminada, amarilla como ciertos caolines, bajo la cual se destacan terriblemente los huesos; parece como si la función de esta piel fuera la de mantener reunidos estos pobres huesos dentro de su repelente saco repleto de costurones de cicatrices o laceraciones de llagas en putrefacción. ¡Una ruina!

Pienso exactamente en una Muerte vagante por la tierra, con el esqueleto recubierto por una piel apergaminada, envuelta en un asqueroso manto todo hecho jirones, y con un nudoso bastón en la mano, ciertamente arrancado a algún árbol, en vez de la guadaña.

Está a la entrada de una cueva situada en un lugar apartado, una verdadera cueva, tan destruida que no puedo decir si originariamente era un sepulcro o una cabaña para leñadores, o restos de alguna casa derruida. Dirige su mirada hacia la calzada, a unos ciento y pico metros de su antro, una vía principal polvorienta, aún llena de sol. No hay nadie en ella. Hasta donde alcanza la vista, sólo sol, polvo y soledad en la calzada.

Mucho más arriba, al noroeste, debe haber un pueblo, o ciudad. Veo las primeras casas. Estará al menos a un kilómetro de distancia.

El leproso mira, y suspira. Luego coge una escudilla desportillada y la llena en un arroyuelo. Bebe. Se adentra en una maraña de arbustos, detrás del antro; se agacha; le arranca al suelo algunas matas de achicoria silvestre. Vuelve al arroyuelo, las limpia quitándoles el polvo más grueso con la escasa agua que aquél porta, y se las come despacio, llevándoselas con dificultad a la boca con sus destrozadas manos. Deben estar duras como palos. Trata de masticarlas con gran esfuerzo y muchas las escupe sin poderlas tragar, a pesar de que trate de ayudarse bebiendo sorbos de agua.

2 -«¿Dónde estás, Abel?»

grita una voz.

El leproso se sobresalta. En sus labios se dibuja un simulacro de sonrisa. Pero están tan desfigurados esos labios, que también es informe este espectro de sonrisa. Responde con una voz extraña, estridente (me viene a la mente el grito de unas aves cuyo exacto nombre ignoro):

-«¡Estoy aquí! Creía que ya no vendrías. Pensaba que te había sucedido algo malo y estaba triste… Si me llegases a faltar también tú, ¿qué le quedaría al pobre Abel?».

Diciendo esto, camina hacia la calzada, se ve que hasta donde puede según la Ley, porque a mitad de recorrido se para. Por el camino se acerca un hombre que de tan ligero como va casi corre.

-«¿Pero eres realmente tú, Samuel? Si no eres la persona a quien espero, quienquiera que seas, no me hagas nada malo».

-«Soy yo, Abel, y no otro. Y sano. Mira cómo corro. Llego tarde, lo sé. Y lo sentía por ti. Pero cuando sepas… ¡Oh!, te sentirás dichoso. Y te he traído no sólo los consabidos mendrugos de pan, sino un pan entero reciente y bueno, para ti solo, y tengo también pescado bueno, y un queso. Todo para ti. Quiero que hagas una fiesta, mi pobre amigo, para prepararte a una fiesta más grande».

-«¿Pero cómo es que te has vuelto tan rico? No entiendo…».

-«Ahora te contaré».

-«Y sano. ¡No pareces el mismo!».

3 -«Escucha, pues. He sabido que en Cafarnaúm estaba ese Rabí que es santo, y he ido…».

-«¡Párate, párate! Estoy infectado».

«¡No importa! Ya no tengo miedo a nada».

El hombre, que es el pobre tullido a quien Jesús curó y socorrió con una limosna en el huerto de la suegra de Pedro, ha llegado, efectivamente, con su paso veloz, hasta pocos pasos del leproso. Hablaba mientras caminaba, y reía dichoso. Pero el leproso insiste:

-«Párate, en nombre de Dios. Si te ve alguien…».

-«Me paro. Mira: pongo aquí las provisiones. Come mientras sigo hablando».

El hombre coloca encima de una voluminosa piedra un paquete, y lo abre. Luego se retira unos pasos. El leproso se acerca y se lanza sobre el alimento inusitado.

-«¡Oh, cuánto tiempo hace que no comía así! ¡Qué bueno está! Y pensar que creía que me habría ido a descansar con el estómago vacío. Ninguna persona piadosa hoy… ni siquiera tú… Había masticado un poco de achicoria…».

-«¡Pobre Abel! Ya lo pensaba yo. Pero me decía: “Bueno. Ahora estará triste, ¡pero después se sentirá dichoso!”».

-«Dichoso, sí, por esta buena comida. Pero luego…».

-«¡No! Serás feliz para siempre».

El leproso hace un gesto con la cabeza.

-«Mira, Abel. Si puedes tener fe, serás feliz».

-«¿Fe en quién?».

-«En el Rabí, en el Rabí que me ha curado a mí».

-«¡Yo estoy leproso y en grado extremo! ¿Cómo puede curarme?».

-«¡Lo puede! Es santo».

-«Sí, también Eliseo curó a Naamán el leproso[2]307… lo sé… Pero yo… yo no puedo ir al Jordán».

«Serás curado sin necesidad de agua. Escucha: Este Rabí es el Mesías, ¿entiendes? ¡El Mesías! Es el Hijo de Dios. Y cura a todos aquellos que tienen fe. Dice: Quiero, y los demonios huyen, y los miembros del cuerpo se enderezan, y los ojos ciegos ven».

-«¡Oh, vaya que si tendría fe yo! ¿Pero cómo puedo ver al Mesías?».

«Exacto… he venido para esto. El está allí, en aquel pueblo. Sé dónde está esta noche. Si quieres… Yo dije: “Se lo digo a Abel, y si Abel siente que tiene fe le conduzco hacia el Maestro”».

-«¿Estás loco, Samuel? Si me acerco a las casas me apedrearán».

-«No a las casas. Pronto será de noche. Te conduciré hasta aquel bosquecito y luego iré a llamar al Maestro. Le llevaré hasta ti…».

-«¡Ve, ve inmediatamente! Voy yo solo por mi cuenta hasta aquel punto. Iré caminando por el lecho del regato, por entre las matas; pero tú ve, ve… ¡Oh, ve, buen amigo! ¡Si supieras qué es tener este mal y qué significa esperar curarse!…».

El leproso ya ni siquiera se preocupa de la comida. Llora y gesticula implorándole al amigo.

-«Me voy y tú vas hasta el bosque».

El ex tullido se marcha corriendo. 4 Abel baja con dificultad al lecho del regato que bordea la calzada, todo lleno de matas crecidas en el fondo seco. En el centro apenas si hay un hilo de agua. Cae la noche mientras el infeliz se desliza entre los mojones de matorrales, siempre alerta por si oye algún paso. Dos veces se extiende a lo largo contra el suelo del fondo: la primera, por un hombre a caballo que recorre al trote la calzada; la segunda, por tres hombres, cargados de heno, que van en dirección al pueblo. Después prosigue. Pero, antes que él, llega Jesús con Samuel al bosquecito.

-«Dentro de poco estará aquí. Camina lento, por las llagas. Ten paciencia».

-«No tengo prisa».

-«¿Le vas a curar?».

-«¿Tiene fe?».

-«¡Oh!… se estaba muriendo de hambre, veía esa comida después de años de abstinencia, y, no obstante, ha dejado todo después de unos pocos bocados para venir rápidamente».

-«¿Cómo le has conocido?».

-«Mira… yo vivía de limosnas después de mi desventura y recorría los caminos para desplazarme a uno u otro lugar. Por aquí pasaba cada siete días. Conocí a ese pobre hombre un día que, llevado del hambre, se había acercado en busca de algo hasta el camino que conduce al pueblo, bajo una tormenta que haría huir incluso a los lobos.

Estaba hurgando entre la basura como un perro. Yo tenía algo de pan duro en el talego –el óbolo de algunas personas buenas– y lo compartí con él. Desde entonces somos amigos y todas las semanas le abastezco. Con lo que tengo… Si mucho, mucho; si poco, poco. Hago lo que puedo, como si fuese un hermano mío. Desde la tarde que me curaste –¡bendito seas!– pienso en él… y en ti».

-«Eres bueno, Samuel; por eso la gracia te ha visitado. Quien ama merece todo de Dios… 5 Ahí hay algo entre los ramajes».

-«¿Eres tú, Abel?».

-«Soy yo».

-«Ven. El Maestro te espera aquí, bajo el nogal».

El leproso sale del regato, sube hasta la orilla, continúa, se adentra en el prado. Jesús, apoyada la espalda en un altísimo nogal, le espera.

-«¡Maestro, Mesías, Santo, ten piedad de mí!»

y se arroja entre la hierba a los pies de Jesús. Con el rostro en tierra dice: «¡Oh, Señor mío! ¡Si Tú quieres, puedes limpiarme!».

Y luego se atreve a alzarse de rodillas y alarga los esqueléticos brazos, con sus retorcidas manos, y mueve hacia adelante el rostro huesudo, devastado… Las lágrimas bajan desde las órbitas enfermas hasta los labios comidos por la lepra.

Jesús le mira con mucha piedad; mira a este espectro humano, que el mal horrendo está devorando y que sólo una verdadera caridad puede aguantar cerca, por lo repugnante de su estado y por el mal olor que despide. Y a pesar de todo Jesús le tiende una mano, su hermosa, sana mano derecha, como para acariciarle.

Este, sin alzarse, se echa hacia atrás, sobre los talones, y grita:

-«¡No me toques! ¡Piedad de ti!».

Pero Jesús da un paso hacia adelante. Solemne, bueno, dulce, posa sus dedos sobre la cabeza comida por la lepra y dice, con voz suave, toda amor y no por ello no llena de poder:

leproso curado cerca de corozain1-«¡Lo quiero! ¡Queda limpio!».

La mano aún permanece unos minutos sobre la pobre cabeza.

-«Levántate. Ve al sacerdote. Cumple cuanto la Ley prescribe. Y no digas lo que he hecho contigo, sé sólo bueno, no peques nunca más. Te bendigo».

-«¡Oh! ¡Señor! ¡Abel! ¡Si estás completamente sano!».

Samuel, que ha visto la metamorfosis de su amigo, grita de alegría.

-«Sí, está sano. Se lo ha merecido por su fe. Adiós. La paz sea contigo».

-«¡Maestro! ¡Maestro! ¡Maestro! ¡Yo no te dejo! ¡No puedo dejarte!».

-«Cumple lo que requiere la Ley. Después nos veremos de nuevo. Por segunda vez, descienda sobre ti mi bendición».

Jesús se pone en camino haciéndole una seña a Samuel de que se quede. Y los dos amigos lloran de alegría mientras, a la luz de un cuarto de luna, vuelven a la cueva para estar por última vez en aquella madriguera de desventura.

La visión cesa así.

[1] 306 Cfr. Mc. 1, 40–45; Lc. 5, 12–16

[2] 307 3 Re. 5, 1–19

8/2/2015 Evangelio según San Marcos 1,29-39.

Quinto Domingo del tiempo ordinario

Santo(s) del día : Santa Josefina Bakhita

El evangelio de Marcos de este domingo nos encuentra a continuación de la entrada del domingo anterior, en los capítulos 60 y 62 correspondientes al primer año de la vida pública de Jesús, a los que he agregado el capítulo 61 

Este episodio ocurre con anterioridad al evangelio del domingo pasado, ubicándonos en el capitulo 59 .

Primer año de la Vida Pública de Jesús

60. Curación de la suegra de Simón Pedro[1]299.

3 de noviembre de 1944.

1       Pedro le está hablando a Jesús. Dice:

«Maestro, quisiera rogarte que vengas a mi casa. No me atreví a decírtelo el sábado pasado. Pero… querría que vinieras».

-«¿A Betsaida?».

-«No, aquí… a casa de mi mujer; la casa natal, quiero decir».

-«¿Por qué este deseo, Pedro?».

-«Por muchas razones… y, además, hoy me han dicho que mi suegra está enferma. Si quisieras curarla, quizás te…».

-«Termina, Simón».

-«Quería decir… si te la presentasen, ella dejaría… sí, en definitiva, ya sabes, una cosa es oír hablar de uno y otra cosa es verle y oírle; y si esta persona, además, cura, pues entonces…».

-«Entonces cesa incluso el odio, quieres decir».

-«No, odio no. Pero, ya sabes… el pueblo está dividido en muchos pareceres, y ella… no sabe a quién hacer caso. Ven, Jesús».

-«Voy. Vamos. Advertidles a los que esperan que les hablaré desde tu casa».

2       Van hasta una casa baja, aún más baja que la de Pedro en Betsaida, y situada aún más cerca del lago, del que está separada por una faja de orilla guijarrosa; y creo que durante las borrascas las olas van a morir contra los muros de la casa, que es baja pero muy ancha, de forma que da la impresión de que estuviera habitada por varias personas.

En el huerto que se abre en la parte delantera de la casa, hacia el lago, no hay más que una vid vieja y nudosa, extendida sobre una rústica pérgola y una vieja higuera plegada completamente hacia la casa por los vientos del lago. El ramaje del árbol, como cabellera despeinada, apenas roza sus muros y llama a los postigos de las pequeñas ventanas, cerrados como protección del vivo sol que incide sobre la casita. Sólo se ve esta higuera y esta vid y un pozo bajo con su brocal verdoso.

-«Entra, Maestro».

Algunas mujeres están en la cocina: dedicadas unas a remendar las redes; otras, a preparar la comida. Saludan a Pedro y luego se inclinan, confusas, ante Jesús, mirándole de soslayo con curiosidad.

-«Paz a esta casa. ¿Cómo está la enferma?».

-«Habla, tú que eres la nuera mayor»

le dicen tres mujeres a una que se está secando las manos con el borde del vestido.

-«La fiebre es fuerte, muy fuerte. Hemos llamado al médico, pero dice que es demasiado anciana para poder sanar y que cuando ese mal de los huesos va al corazón y da fiebre, especialmente a esa edad, la persona muere. Ya no come… Yo trato de prepararle comidas apetitosas; como ahora, ¿ves, Simón? Estaba preparándole esa sopa que le gustaba tanto. He escogido el mejor pescado, de los cuñados. Pero no creo que pueda comérsela. Y además… ¡está tan inquieta! Se queja, grita, llora, impreca…».

-«Tened paciencia como si fuera vuestra madre y Dios os otorgará el mérito. 3 Llevadme donde ella».

-«Rabí… Rabí… no sé si querrá verte. No quiere ver a nadie. Yo no me atrevo a decirle “ahora te traigo aquí al Rabí”».

Jesús sonríe sin perder la calma. Se vuelve hacia Pedro:

-«Te toca a ti, Simón. Eres hombre, y el mayor de los yernos según me has dicho. Ve».

Pedro hace una mueca significativa… Obedece; cruza la cocina, entra en una habitación y, a través de la puerta, cerrada tras él, le siento conversar con una mujer. Asoma la cabeza y una mano y dice:

-«Ven, Maestro, date prisa».

Y añade, más bajo, apenas inteligiblemente:

-«Antes de que cambie de idea».

Jesús cruza rápido la cocina y abre de par en par la puerta. Erguido, en el umbral, pronuncia su dulce y solemne saludo:

-«La paz sea contigo».

Entra, a pesar de no haber recibido respuesta. Va junto a una yacija baja en la que está echada una mujer pequeña, toda gris, flaca, jadeante a causa de la fiebre alta que le enrojece el rostro consumido. Jesús se inclina hacia el camastro, le sonríe a la viejecita y le dice:

-«¿Te encuentras mal?».

-«¡Me muero!».

-«No. No te mueres. ¿Puedes creer que Yo te puedo curar?».

-«¿Y por qué habrías de hacerlo? No me conoces».

-«Por Simón, que me lo ha pedido… y también por ti, para darle tiempo a tu alma de ver y amar la Luz».

-«¿Simón? Mejor sería si… ¿Cómo es que Simón ha pensado en mí?».

-«Porque es mejor de lo que tú piensas. Yo le conozco y lo sé. Le conozco y es para mí un placer acoger lo que me pide».

-«Entonces, ¿piensas curarme? ¿Ya no moriré?».

-«No, mujer. Por ahora no morirás. ¿Puedes creer en mí?».

-«Creo, creo. ¡Me basta con no morir! ».

4       Jesús sonríe de nuevo, le coge la mano de hinchadas venas y llena de arrugas, la cual desaparece en la suya, juvenil; se pone derecho tomando el aspecto de cuando hace un milagro y grita:

-«¡Queda curada! ¡Lo quiero! ¡Levántate!»,

y le suelta la mano, cayendo sin que la anciana se queje, mientras que antes, aunque Jesús se la hubiera tomado con mucha delicadeza, el solo hecho de moverla le había costado un quejido a la enferma. Un tiempo breve de silencio; luego, la anciana exclama fuerte:

-«¡Oh! ¡Dios de los padres! ¡Si yo ya no tengo nada! ¡Pero si estoy curada! ¡Venid! ¡Venid!». –Acuden las nueras–. «¡Mirad!» dice la anciana. «¡Me muevo y ya no siento dolores! ¡Y ya no tengo fiebre! Tocad, veréis qué fresca estoy. Y el corazón ya no parece el martillo del herrero. ¡Ah! ¡Ya no me muero! » –¡ ni siquiera una palabra para el Señor !–.

Pero Jesús no se lo toma a mal. Le dice a la nuera mayor:

-«Vestidla. Que se levante. Puede hacerlo».

Y se encamina hacia la puerta. Simón, desconsolado, se dirige a la suegra:

-«El Maestro te ha curado, ¿no le dices nada?».

-«¡Pues claro! No me daba cuenta. Gracias. ¿Qué puedo hacer para decirte gracias?».

-«Ser buena, muy buena. Porque el Eterno fue bueno contigo. Y, si no te importa demasiado, déjame descansar hoy en tu casa. He llegado esta mañana al alba después de recorrer durante la semana todos los pueblos cercanos. Estoy cansado».

-«¡Claro! ¡Claro! Quédate si quieres».

Pero no se la ve con mucho entusiasmo al decir esto.

5 Jesús con Pedro, Andrés, Santiago y Juan, va al huerto a sentarse.

-«¡Maestro!…».

-«¿Pedro mío?».

-«Estoy desolado».

Jesús hace un gesto como queriendo significar: «¡Bah!, no te preocupes». Luego dice:

-«No es la primera, ni será la última que no siente inmediata gratitud. Pero no pido gratitud. Me conformo con proporcionarles a las almas un modo de salvarse. Yo cumplo con mi deber. Ellas que cumplan con el suyo».

-«¿Ha habido otros así? ¿Dónde?».

-«¡Qué curioso eres, Simón! Pero, deseo darte gusto, a pesar de que no me satisfacen las curiosidades inútiles. En Nazaret. ¿Te acuerdas de la madre de Sara? Estaba muy enferma cuando llegamos a Nazaret y nos dijeron que la niña estaba llorando. Fui a ver a la mujer, para que la niña, que es buena y dócil, no se quedara huérfana y acabara siendo una hijastra… Quería curarla… Pero en el momento en que iba a poner pie en la casa, su marido y un hermano me echaron, diciendo: “¡Fuera, fuera! No queremos problemas con la sinagoga”. Para ellos, para demasiados, soy ya un rebelde… De todas formas la curé… por sus niños. Y a Sara, que estaba en el huerto, acariciándola, le dije:

“Curo a tu madre. Ve a casa. No llores más”. La mujer quedó curada en ese mismo momento y la niña se lo dijo, así como al padre y al tío… Y se la castigó por haber hablado conmigo. Lo sé porque la niña vino corriendo detrás de mí cuando me marchaba del pueblo… Pero no importa».

-«Yo la volvía a poner enferma».

-«¡Pedro!». Jesús se muestra severo. «¿Es esto lo que te enseño a ti y a los otros? ¿Qué has oído de mis labios desde la primera vez que me has escuchado? ¿De qué he hablado siempre, como condición primera para ser verdaderos discípulos míos?».

-«Es verdad, Maestro. Soy un verdadero animal. Perdóname. Pero… ¡no puedo soportar el que no te quieran!».

-«¡Oh, Pedro, verás faltas de amor mucho mayores! ¡Te llevarás muchas sorpresas, Pedro! Personas que el mundo ha llamado “santodesprecian como publicanos, y que, sin embargo, serán ejemplo para el mundo, y ejemplo no seguido por los que los desprecian; paganos que estarán entre mis mayores fieles; meretrices que se vuelven puras, por voluntad y penitencia; pecadores que se enmiendan…».

-«Mira: que se enmiende un pecador… todavía. ¡Pero una meretriz y un publicano!…».

-«¿No lo crees?».

-«Yo no».

-«Estás equivocado, Simón. 6 Pero, mira, viene tu suegra».

-«Maestro… Te ruego que compartas mi mesa».

-«Gracias, mujer. Dios te lo pague».

Entran en la cocina y se sientan a la mesa, y la anciana sirve a los hombres, distribuyendo pródigamente el pescado en sopa y asado.

-«Perdonad, pero no tengo más que esto»

dice. Y, para no perder la costumbre, le dice a Pedro:

-«¡Demasiado hacen, incluso, tus cuñados, solos como se han quedado desde que te has ido a Betsaida! Si al menos hubiera servido para hacer más rica a mi hija… Pero oigo que muy frecuentemente te ausentas y no pescas».

-«Sigo al Maestro. He ido con El a Jerusalén y el sábado estoy con El. No pierdo el tiempo en comilonas».

-«Pero no ganas dinero. Mejor sería, ya que quieres servir al Profeta, que te vinieras aquí de nuevo. Al menos esa pobre hija mía, mientras tú te dedicas a ser santo, tendría a los familiares que le dieran de comer».

-«Pero ¿no te da vergüenza hablar así delante de El, que te ha curado?».

-«Yo no le critico a El. El se dedica a su oficio. Te critico a ti que haces de vago. Total, tú no serás nunca un profeta ni un sacerdote. Eres un ignorante y un pecador, un completo inútil».

-«Porque está El, que si no…».

-«Simón, tu suegra te ha dado un consejo excelente. Puedes pescar también desde aquí. Por lo que oigo, ya antes pescabas en Cafarnaúm. Puedes volver ahora».

-«¿Y vivir aquí de nuevo? Pero Maestro, Tú no…».

-«Tranquilo, Pedro mío. Si tú estás aquí, estarás o en el lago o conmigo. Por tanto, ¿qué más te da estar o no estar en esta casa?».

Jesús ha puesto la mano sobre el hombro de Pedro y parece que la calma de Jesús pasa al fogoso apóstol.

-«Tienes razón. Siempre tienes razón. Lo haré. Pero… ¿Y éstos?» (alude a Juan y a Santiago, sus socios).

-«¿No pueden venir también ellos?».

-«Nuestro padre, y sobre todo nuestra madre, en todo caso estarán más contentos sabiendo que estamos contigo, Jesús, que con ellos. No pondrán dificultades».

-«Quizás venga también Zebedeo»

dice Pedro.

-«Es más que probable. Y con él otros. Vendremos, Maestro, sin duda vendremos».

7 -«¿Está aquí Jesús de Nazaret?»

pregunta un niño asomándose a la puerta.

-«Está aquí. Pasa».

Entra un niño, al cual reconozco como uno de los de las primeras visiones de Cafarnaúm, concretamente el que prometió ser bueno después de tropezarse con las piernas de Jesús… para comer la miel del Paraíso.

-«Pequeño amigo, pasa»

dice Jesús. El niño, un poco atemorizado por tanta gente como le mira, se tranquiliza y corre donde Jesús, que le abraza y se le coloca sobre las rodillas, y le da un trozo de su pescado en una rodaja de pan.

-«Mira, Jesús, esto es para ti. También hoy esa persona me ha dicho: “Es sábado. Llévale esto al Rabí de Nazaret y dile a tu amigo que ore por mí”. ¡Sabe que eres mi amigo!…» –el niño ríe feliz y come su pan y su pescado–.

-«¡Sí señor!, Santiago. Le dirás a esa persona que mis oraciones por él suben al Padre».

-«¿Es para los pobres?» pregunta Pedro.

-«Sí».

-«¿Es el donativo de costumbre? Veamos».

Jesús le da la bolsa. Pedro vuelca las monedas y cuenta.

-«¡También esta vez la misma fuerte suma! ¿Pero quién es esta persona? Di, niño, ¿quién es?».

-«No lo debo decir y no lo diré».

-«¡Qué desconsiderado! ¡Vamos, que si eres bueno te doy fruta!».

-«Yo no lo diré, ni aunque me insultes, ni aunque me acaricies».

-«¡Mirad qué lengua! ».

-«Santiago tiene razón, Pedro. Mantiene la palabra dada; déjale en paz».

-«Tú, Maestro, ¿sabes quién es esta persona?».

Jesús no responde. Se ocupa del niño, al cual le da otro trozo de pescado asado, bien limpio de espinas. Pero Pedro insiste y Jesús debe responder.

-«Yo sé todo, Simón».

-«¿Y nosotros no podemos saberlo?».

-«¿Y tú no te curarás nunca de tu defecto?».

Jesús reprende pero sonríe. Y añade:

-«Pronto lo sabrás; porque, si el mal querría estar oculto y no siempre puede permanecer escondido, el bien, aunque quiera estarlo para ser meritorio, es descubierto un día para gloria de Dios, cuya naturaleza resplandece en un hijo suyo; la naturaleza de Dios: el amor. Esta persona lo ha comprendido, porque ama a su prójimo. Ve, Santiago. Llévale mi bendición».

La visión cesa así.

61. Jesús agracia a los pobres después de exponer la parábola del caballo amado por el rey[2]300.

4 de noviembre de 1944.

1       Jesús se ha subido a un montón de cestos y corderías a la entrada del huerto de la casa de la suegra de Pedro. El huerto está abarrotado de gente, y además hay más gente en la orilla guijarrosa del lago, parte sentada en el suelo, parte en las barcas sacadas a tierra. Da la impresión de que esté hablando ya desde hace algo de tiempo, porque el discurso está empezado. Yo oigo:

-«…Seguro que muchas veces en vuestro corazón habréis pensado así, pero no es así. El Señor no se ha mostrado falto de benignidad para con su pueblo, a pesar de que éste le haya sido infiel miles y miles de veces.

Escuchad esta parábola. Os ayudará a entender.

Un rey tenía muchos y muy espléndidos caballos en sus caballerizas, pero a uno de ellos le estimaba especialmente. Le había soñado aún antes de tenerle. Una vez conseguido, le había puesto en un lugar de delicias, adonde iba con el ojo y con el corazón, mimando a ese predilecto suyo, soñando con hacer de él la maravilla de su reino. Y cuando el caballo, rebelándose a las órdenes, había desobedecido y había huido yendo a otro dueño, aun con dolor y rigor, el rey había prometido al rebelde perdón después del castigo. Y, fiel a esto, incluso desde lejos cuidaba de su predilecto con solicitud, mandándole dones y guardianes que le mantuvieran su recuerdo en el corazón. Pero el caballo, aunque sufriera por su destierro, no era constante, como lo era el rey, en amar y en desear el perdón completo: a veces era bueno, a veces malo, y lo bueno no superaba a lo malo; es más, sucedía lo contrario. No obstante, el rey tenía paciencia y con reprensiones y caricias trataba de hacer de su más estimado caballo un dócil amigo.

Cuanto más pasaba el tiempo, más reacio se volvía el animal. Deseaba vivamente a su rey, lloraba por el látigo de los otros dueños, pero no quería ser verdaderamente de su rey. No tenía la voluntad de serlo. Derrengado, angustiado, gimiendo, no decía: “Lo que soy es por culpa mía”, sino que le echaba la culpa a su rey.

Este, después de haber intentado todo, recurrió a su última prueba. “Hasta ahora –dijo– he mandado mensajeros y amigos. Ahora mandaré a mi propio hijo. El tiene mi mismo corazón y hablará con mi mismo amor y tendrá para con él caricias y dones como los míos, es más, aún más dulces, porque mi hijo es yo mismo pero sublimado por el amor”. Y mandó al hijo.

Esta es la parábola. 2 Ahora decid: ¿os parece que ese rey quería a su animal preferido?».

La gente dice a una voz:

-«Infinitamente le quería».

-«¿Podía el animal quejarse de su rey por todo el mal que había sufrido por haberle dejado?».

-«No, no podía»

responde la multitud.

-«Responded también a esto: ese caballo cómo os parece que habrá acogido al hijo de su rey, que venía para rescatarle, curarle y llevarle de nuevo al lugar de delicias?».

-«Con alegría, es natural, con gratitud y afecto».

-«Y si el hijo del rey le ha referido al caballo: “Yo he venido para esto y esto, pero tú ahora debes ser bueno, obediente, lleno de buena voluntad, fiel a mí”, ¿qué decís que habrá respondido el caballo?».

-«¡Eso ni se pregunta! Habrá contestado –ahora que sabía lo que le costaba estar segregado del reino– que quería ser como decía el hijo del rey».

-«Entonces, según vosotros, ¿cuál era el deber de ese caballo?».

-«Ser aun más bueno de lo que se le podía, más afectuoso, más dócíl, para que le fuera perdonado el mal pasado, por gratitud por el bien recibido».

-«¿Y si no hubiera actuado así?».

-«Merecería la muerte, porque sería peor que una fiera salvaje».

-«Amigos, habéis juzgado bien. Comportaos vosotros como querríais que hubiera actuado ese caballo. Vosotros, hombres, criaturas predilectas del Rey de los Cielos, Dios, Padre mío y vuestro; vosotros, a quienes, después de los Profetas, Dios envía a su propio Hijo, sed, ¡Oh! sed –os lo pido por lo que más queráis, por vuestro bien, y porque os amo como sólo un Dios puede amar, ese Dios que está en mí para obrar el milagro de la Redención–, sed al menos como juzgáis que debe ser ese animal. ¡Ay de quien se rebaja a sí mismo, hombre, a un grado inferior al animal! Si podía haber disculpa todavía para aquellos que hasta el momento presente pecaban –porque demasiado tiempo y demasiado polvo del mundo han transcurrido desde que la Ley fue dada, y sobre ésta el polvo se ha posado–, ahora ya no. Yo he venido para traeros de nuevo la palabra de Dios. El Hijo del hombre está entre los hombres para llevarlos de nuevo a Dios. Seguidme. Yo soy el Camino, la Verdad, la Vida».

3       El murmullo de costumbre entre la multitud… Jesús les ordena a los discípulos:

-«Haced que los pobres pasen hacía adelante. Tengo para ellos una rica ofrenda de una persona que se encomienda a ellos para obtener perdón de Dios».

Pasan adelante tres viejecitos andrajosos, dos ciegos y un tullido, y luego una viuda con siete niños macilentos. Jesús los mira fijamente uno por uno, sonríe a la viuda y especialmente a los huerfanitos, es más, le ordena a Juan:

-«Que a éstos se les ponga allí, en el huerto, quiero hablar con ellos»,

mas toma aspecto severo, con fuego en los ojos, cuando se presenta a El un hombre entrado en años; pero no dice nada, por el momento. Llama a Pedro y le pide la bolsa recibida poco antes y otra llena de monedas más pequeñas (varios donativos recogidos entre las buenas personas). Vuelca todo sobre el banco que hay cerca del pozo. Cuenta y divide. Hace seis partes: una muy grande, toda de monedas de plata; cinco más pequeñas, con mucho bronce y sólo alguna moneda grande. Llama luego a los pobrecitos enfermos y pregunta:

-«¿No tenéis nada que decirme?».

Los ciegos callan, el tullido dice:

-«Que Aquel del que Tú vienes te proteja».

Nada más. Jesús le pone en la mano sana el óbolo.

El hombre dice:

-«Dios te lo pague, pero yo de ti, más que esto, quisiera la curación».

-«No la has pedido».

-«Soy pobre, un gusano que los grandes pisotean, no podía imaginarme que tuvieras piedad de un mendigo».

-«Yo soy la Piedad que se inclina hacia toda miseria que la llama. No rechazo a nadie. No pido más que amor y fe para decir: “te escucho”».

-«¡Oh!, ¡Señor mío! ¡Yo creo y te amo! ¡Sálvame entonces! ¡Cura a tu siervo!».

Jesús pone su mano sobre la encorvada espalda, la desliza como haciendo una caricia y dice:

-«Quiero que quedes curado».

El hombre se endereza, ágil e íntegro, pronunciando infinitas bendiciones.

4       Jesús da el óbolo a los ciegos y espera un instante antes de permitirles que se marchen… después les deja que se vayan. Llama a los viejos. Al primero le da una limosna, le anima y le ayuda a ponerse las monedas en el cinturón. Se interesa, piadoso, de las desventuras del segundo, que le habla de la enfermedad de una hija:

-«¡Ella es lo único que tengo! Y ahora se me muere. ¿Qué será de mí? ¡Oh!, ¡si Tú vinieras! Ella no puede, no se tiene en pie. Querría… pero no puede. ¡Maestro, Señor, Jesús, piedad de nosotros!».

-«¿Dónde estás, padre?».

-«En Corazaín. Pregunta por Isaac de Jonás, llamado “el Adulto”. ¿Verdaderamente vendrás? ¿No te olvidarás de mi desventura? ¿Y me curarás a mi hija?».

-«¿Puedes creer que la puedo curar?».

-«¡Oh, claro que lo creo!… Por eso te hablo de ella».

-«Vete a casa, padre. Tu hija estará en la puerta para recibirte».

-«Pero si está en cama y no puede levantarse desde hace tres… ¡Ah, comprendido! ¡Gracias, Rabbuní! ¡Benditos seáis Tú y quien te ha enviado! ¡Gloria a Dios y a su Mesías!».

El anciano se va llorando, renqueando, lo más rápido que puede; pero, ya casi fuera del huerto dice:

-«Maestro, ¿vendrás, de todas formas, a mi pobre casa? Isaac te espera para besarte los pies, lavártelos con el llanto y ofrecerte el pan del amor. Ven, Jesús. Les hablaré de ti a los habitantes de mi ciudad».

-«Iré. Vete en paz y sé feliz».

5       Se acerca el tercer anciano, que parece el más andrajoso. A Jesús sólo le queda el montón grande de monedas. Grita:

-«Mujer, ven con tus pequeños».

La mujer, joven, macilenta, se acerca bajando la cabeza. Parece una gallina triste entre su triste pollada.

-«¿Desde cuándo eres viuda, mujer?».

-«En la luna de Tisrí se cumplirán tres años».

-«¿Cuántos años tienes?».

-«Veintisiete».

-«¿Son todos tus hijos?».

-«Sí, Maestro, y… ya no tengo nada. Todo acabado… ¿Cómo puedo trabajar si ninguno me acepta, con todas estas criaturas?».

-«Dios no abandona ni siquiera al gusano que ha creado. No te abandonará, mujer. ¿Dónde estás?».

-«En el lago. A tres estadios fuera de Betsaida. El me dijo que viniera… Mi marido murió en el lago; era pescador…». (“El” es Andrés, que se pone colorado y desearía desaparecer de la vista).

-«Has hecho bien, Andrés, en decir a esta mujer que viniera a mí».

Andrés se siente más seguro y susurra:

-«El hombre era mi amigo, era bueno; murió en la tempestad, perdiendo también la barca».

-«Ten, mujer. Esto te ayudará durante mucho tiempo, y luego saldrá otro sol sobre tu día. Sé buena, educa en la Ley a tus hijos y no te faltará la ayuda de Dios. Te bendigo a ti y a tus pequeños»

y los acaricia uno a uno con gran piedad. La mujer se marcha con su tesoro apretado contra el corazón.

6 -«¿Y a mí?».

pregunta el último anciano. Jesús le mira y calla.

-«¿Nada para mí? ¡No eres justo! A ella le has dado seis veces más que a los demás, y a mí nada. ¡Ya… era mujer!».

Jesús le mira y calla.

-«¡Mirad todos si hay justicia! Vengo desde lejos, porque me han dicho que aquí se da dinero, y después, eso, veo que hay quien tiene demasiado y a mi nada. ¡Un pobre viejo que está enfermo! ¡Y quiere que crean en El!…».

-«Anciano, ¿no te avergüenzas de mentir de ese modo? La muerte te pisa los talones y mientes y tratas de robar a quien tiene hambre. ¿Por qué quieres robar a los hermanos el óbolo que Yo he recibido para distribuirlo con justicia?».

-«Pero si yo…».

-«¡Calla! Habrías debido comprender por mi silencio y por mi acción que te había conocido, y seguir mi ejemplo de silencio. ¿Por qué quieres que te ponga en evidencia?».

-«Yo soy pobre».

-«No. Eres un avaro y un ladrón. Vives para el dinero y para la usura».

-«Jamás he prestado con usura. Dios me es testigo».

-«¿Y no es usura de lo más cruel el robar a quien verdaderamente está necesitado? Vete. Arrepiéntete. Para que Dios te perdone».

-«Te juro…».

-«¡Calla! ¡Te lo ordeno! Está escrito: No jures lo falso[3]300. Si no alimentara un respeto hacia tu canicie, te registraría y en el pecho encontraría la bolsa llena de oro: tu verdadero corazón. ¡Vete de aquí!».

Pero ya el viejo, desenmascarado, viéndose descubierto en su secreto, se marcha sin necesidad de la voz de trueno de Jesús. La multitud le amenaza y vitupera, le insulta como ladrón.

-«¡Callad! Si él ha actuado mal, no queráis también vosotros comportaros mal. El comete una falta contra la sinceridad: es un deshonesto. Vosotros, insultándole, faltáis a la caridad. Al hermano que comete una falta no se le insulta. Cada uno tiene su pecado. Nadie es perfecto excepto Dios. He tenido que avergonzarle porque nunca es lícito ser un ladrón y, sobre todo, si es con los pobres. Pero sólo el Padre sabe lo que he sufrido por tener que hacerlo. También vosotros debéis sentir dolor por ello, viendo que uno de Israel falta a la Ley, tratando de defraudar al pobre y a la viuda[4]302. No seáis codiciosos. Sea el alma vuestro tesoro, no el dinero. No seáis perjuros. Sea vuestro lenguaje puro y honesto, como también vuestras acciones. La vida no es eterna, la hora de la muerte llega. Vivid de modo que en la hora de la muerte la paz pueda estar en vuestro espíritu, la paz de quien ha vivido como justo. Id a vuestras casas…».

7 -«¡Ten piedad, Señor! Este hijo mío es mudo por un demonio que le maltrata».

-«Y este hermano mío es como un animal inmundo, se revuelca en el fango y come excrementos. Un espíritu maligno le mueve a hacer estas cosas, contra su voluntad hace cosas inmundas».

Jesús se dirige hacia estas personas que le están suplicando, alza los brazos y ordena:

-«Salid de éstos. Dejad a Dios sus criaturas».

Entre chillidos y una gran confusión quedan curados los dos infelices. Las mujeres con las que iban se postran bendiciendo.

-«Id a vuestras casas y tened sentimientos de gratitud hacia Dios. Paz a todos. Idos, pues».

La muchedumbre se marcha comentando los hechos. Los cuatro discípulos se arriman al Maestro.

-«Amigos, en verdad os digo que en Israel se dan todos los pecados y los demonios han hecho morada en él. Y no son sólo las posesiones diabólicas las que hacen que enmudezcan los labios, ni son sólo ellas las que impulsan a vivir como brutos, comiendo asquerosidades; las más verdaderas y numerosas son las que hacen a los corazones mudos respecto a la honestidad y al amor y hacen de ellos un pozo de vicios inmundos. ¡Oh, Padre mío!».

Jesús, abatido, se sienta.

-«¿Estás cansado, Maestro?».

-«No cansado, Juan mío, sino desolado por el estado de los corazones y por la poca voluntad de enmendarse. Yo he venido… pero el hombre… el hombre… ¡Oh, Padre mío!…».

-«Maestro, yo te amo, todos nosotros te amamos…».

-«Lo sé. ¡Pero sois tan pocos… y mi deseo de salvar es tan grande!».

Jesús ha abrazado a Juan y tiene la cabeza sobre la del discípulo. Está triste. Pedro, Andrés, Santiago, en torno a El, le miran con amor y tristeza.

Y la visión cesa así.

62. Los discípulos buscan a Jesús, que está orando en la noche[5]303.

5 de noviembre de 1944.

1             Veo a Jesús mientras sale de la casa de Pedro en Cafarnaúm haciendo el menor ruido posible. Se comprende que ha pernoctado allí para contentar a su Pedro.

Todavía es plena noche. Todo el cielo es un recamado de estrellas. El lago apenas refleja este brillar tembloroso. Más que verle se le adivina a este lago calmo que duerme bajo las estrellas, por el leve rumor del agua entre los cantos de la orilla.

Jesús deja entornada la puerta, como estaba, mira al cielo, al lago, al camino. Piensa un momento y luego se pone en marcha, no bordeando el lago, sino hacia el pueblo; lo recorre en parte en dirección a la campiña, entra en ésta, camina, se adentra, toma un senderito que se dirige hacia las primeras ondulaciones de un terreno de olivos, penetra en esta paz verde y silenciosa y allí se postra en oración.

¡Ardiente oración! Ora de rodillas. Luego, como fortificado, se pone en pie, y sigue orando, con el rostro hacia el cielo, un rostro espiritual, aún más espiritualizado por la luz naciente que proviene de una serena alba estiva. Ora, en este momento, sonriendo, mientras que antes suspiraba fuertemente como a causa de una pena moral. Ora con los brazos abiertos. Parece una viva cruz, alta, angélica, por su gran dulzura. Parece bendecir los campos todos, el día que nace, las estrellas que van desapareciendo, el lago que se manifiesta…

2 -«¡Maestro te hemos buscado mucho! Cuando hemos vuelto con el pescado, desde afuera, hemos visto la puerta entornada, y hemos pensado que habrías salido. Pero no te encontrábamos. Al final, un campesino que estaba cargando sus cestas para llevarlas a la ciudad, nos ha dicho dónde estabas. Nosotros te llamábamos: “¡Jesús, Jesús!”, y él ha dicho: “¿Buscáis al Rabí que habla a las multitudes? Ha ido por aquel sendero, hacia arriba, hacia el monte. Debe estar en el olivar de Miqueas, porque va allí frecuentemente; le he visto otras veces”. Tenía razón. ¿Por qué has salido tan temprano, Maestro? ¿Por qué no has descansado? Quizás la cama no te resultaba cómoda…».

-«No, Pedro, la cama era cómoda, y la habitación bonita. Pero Yo frecuentemente hago esto, para confortar mi espíritu y para unirme al Padre[6]304. La oración es una fuerza para uno mismo y para los demás. Todo se obtiene con la oración. Si no el don, que no  siempre el Padre concede –y no se debe pensar que ello es falta de amor, sino cree siempre que es algo requerido por un Orden que, para bien, rige la suerte de cada uno de los hombres–, sí ciertamente la oración da paz y equilibrio para poder resistir a tantas cosas que nos asaltan, sin salirse del sendero santo. Mira, Pedro, lo que nos circunda fácilmente ofusca la mente y agita el corazón, y en una mente ofuscada y en un corazón agitado, ¿cómo puede sentirse a Dios?».

-«Es cierto. ¡Pero nosotros no sabemos orar! No sabemos decir las hermosas palabras que Tú pronuncias».

-«Decid las que sabéis, como las sabéis. No son las palabras, son los movimientos que las acompañan los que hacen agradables las oraciones al Padre».

-«Nosotros querríamos orar como Tú oras».

-«Os enseñaré también a orar. Os enseñaré la oración más santa. Pero, para que no sea una vana fórmula en vuestros labios, quiero que vuestro corazón tenga ya en sí al menos un mínimo de santidad, de luz, de sabiduría… Por ello os instruyo. Después os enseñaré esa santa oración. 3 Pero… me buscabais; ¿queríais algo de mí?».

-«No, Maestro, pero sí hay muchos que desean mucho de ti. Ya había gente que iba hacia Cafárnaúm: eran pobres, enfermos, gente que sufre, hombres de buena voluntad con el deseo de instruirse. Y, dado que nos preguntaban por ti, les hemos dicho: “El Maestro está cansado y duerme. Marchaos. Venid el próximo sábado”».

-«No, Simón. Eso no se dice. No hay solamente un día para la piedad. Yo todos los días de la semana soy el Amor, la Luz, la Salud».

-«Pero… hasta ahora has venido hablando sólo los sábados».

-«Porque aún no era conocido; pero, a medida que lo sea, todos los días serán días de efusión de Gracia y de gracias. En verdad te digo que llegará un momento en que ni siquiera el espacio de tiempo que se le concede al gorrión para descansar sobre una rama y saciarse de semillas se le dejará al Hijo del hombre para su descanso y alimentación».

-«¡Pero entonces te pondrás enfermo, y eso nosotros no lo permitiremos! No debe hacerte infeliz tu bondad».

-«¿Y tú crees que esto me puede hacer infeliz? ¡Oh, si el mundo entero viniera a mí para escucharme, para llorar sus pecados y sus sufrimientos en mi corazón, para obtener la salud del alma y del cuerpo, y Yo me consumara en hablarle, en perdonarle, en infundir mi poder, entonces sería tan feliz, Pedro, que ya no echaría de menos ni siquiera el Cielo en que estaba en el Padre![7]305… 4 ¿De dónde eran estos que venían a mí?».

-«De Corazaín, de Betsaida, de Cafarnaúm, y hasta había quien había venido de Tiberíades y de Guerguesa, y de los muchos pueblecitos esparcidos entre una y otra ciudad».

-«Id a ellos y decidles que iré a Corazaín, a Betsaida y a los pueblos que están entre ambas ciudades».

-«¿Por qué no Cafarnaúm?».

-«Porque Yo soy para todos y todos me deben tener, y además… me está esperando el anciano Isaac… Su esperanza no debe quedar defraudada».

-«¿Tú nos esperas aquí, entonces?».

-«No. Me voy, y vosotros os quedáis en Cafarnaúm para encaminar hacia mí a las multitudes; Yo iré después».

-«Nos quedamos solos…» –se le ve afligido a Pedro–.

-«No te entristezcas. Que la obediencia te alegre, y con ella la persuasíón de serme un discípulo útil. Y contigo y como tú estos otros».

Pedro y Andrés con Santiago y Juan recobran la serenidad. Jesús los bendice y se separan.

Así termina la visión.

[1] 306 Cfr. Mc. 1, 40–45; Lc. 5, 12–16

[2] 307 3 Re. 5, 1–19

[1] 299 Cfr. Lc. 4, 38–39; Mt. 8, 14–17; Mc. 1, 29–34.

[2] 300 Cfr. Mt. 8, 16–17; Mc. 1, 32–34; Lc. 4, 40–41.

[3] 301 Cfr. Dt. 5, 20.

[4] 302 Cfr. Ex. 22, 21–24

[5] 303 Cfr. Mc. 1, 35–39; Lc. 4, 42–44.

[6] 304 “Para levantar mi espíritu y unirme al Padre”: expresión que debe interpretarse en el contexto que trata de oración, coloquio amoroso del Hijo humanado con su Padre Eterno, de la que la Humanidad santísima que estaba triste, sale vigorizada por Dios y tal vez hasta confortada por algún espíritu angelical, como en Lc. 22, 39–46

[7] 305 Expresión que debe entenderse como se debe al la luz de: Ju. 16, 28; 20, 17

2/2/2015 Evangelio según San Lucas 2,22-40.

Fiesta de la Presentación del Señor

Santo(s) del día : Nuestra Señora de la Candelaria, Santa Catalina de Ricci

CANDELARIA

PURIFICACIÓN

Tanto el nombre de Candelaria como el de Purificación tienen su origen en la fiesta que celebra la Iglesia (antaño con gran solemnidad) el cuadragésimo día del Nacimiento de Jesús (2 de febrero) como cierre del período navideño. Con la purificación de la madre y la presentación del hijo en el templo, quedaba cerrado en la ley judaica el ritual que acompañaba el nacimiento de un niño.

Del verbo latino candere, que significa brillar por su blancura, estar blanco o brillante por el calor (compárese con “incandescencia”), arder, abrasar, se forma en español la palabra candela; y del griego pur (pyr), que significa fuego (compárese con “pira”), procede la palabra latina purus /pura, que contiene también la idea de seleccionar, de elegir. Ambos nombres, pues, encierran la sugestiva idea de fuego.

La fiesta de la Candelaria se llama así porque en ella se bendicen las candelas que se van a necesitar durante todo el año, a fin de que nunca falte en las casas la luz tanto física como espiritual. Los fieles acuden a la misa de este día con las velas, que son bendecidas solemnemente por el sacerdote y a continuación se hace una corta procesión entre dos iglesias cercanas o por el interior de la misma iglesia, con las velas encendidas, cantando el Nunc dimittis servum tuum (“ahora puedo morir en paz, porque mis ojos han visto al Redentor…” el himno que entonó el anciano Simeón, sacerdote, cuando María le presentó a Jesús en el templo. Esta fiesta tenía gran significación cuando la única luz en las casas era la de las velas y candiles.

En las islas Canarias es ésta una gran fiesta, especialmente en Santa Cruz de Tenerife, en la población de Candelaria, situada a la orilla del mar, sobre un arenal, frente a la antigua ensenada, a 25 kilómetros de la capital. Allí se halla la basílica de Nuestra Señora de la Candelaria, patrona del archipiélago canario. Hay más de una treintena de lugares en Hispanoamérica que llevan el nombre de Candelaria, probablemente por influencia de las Canarias, que eran paso obligado para ir al nuevo continente.

Entre las advocaciones de la Virgen, relacionadas la mayoría con imágenes y apariciones, ésta tiene una especial significación, pues procede de una fiesta en la que se conmemora un acontecimiento trascendental en la vida de María, cual es su purificación y la presentación de su hijo al sacerdote, en cumplimiento de su obligación de consagrarlo a Dios. Y más todavía porque es ésta una fiesta de la luz que es la que le da nombre. De ahí la belleza especial de los nombres de Candelaria y Purificación, con sus hipocorísticos (Candela, Puri, etc) que hacen referencia a la blancura y al calor de la luz. Son dos nombres cálidos y luminosos, muy sugestivos. ¡Felicidades!

 

Nacimiento y Vida oculta de Jesús y María

  1. Presentación de Jesús en el Templo[1]155. La virtud de Simeón y la profecía de Ana.

1 de febrero de 1944.

1 Veo que de una casita modestísima sale una pareja de personas. Por una escalerita externa baja una jovencísima madre con un niño en brazos envuelto en un lienzo blanco.

Reconozco a esta Mamá nuestra. Es la misma de siempre: pálida y rubia, grácil y muy fina en todos sus movimientos. Va vestida de blanco y arropada con un manto azul pálido, cubre su cabeza un velo blanco. Lleva con mucho cuidado a su Niño.

Al pie de la escalera la está aguardando José al lado de un burrito pardo. José, tanto por lo que se refiere a la túnica como al manto, está vestido todo de color marrón claro.

Mira a María y le sonríe. Cuando María llega hasta el burrito, José se pasa las riendas del borriquillo al brazo izquierdo y para que María pueda sentarse mejor en la albardilla del asno, toma un momento al Niño, que duerme tranquilo. Luego le vuelve a dar a Jesús y se ponen en camino.

José va andando al lado de María, sujetando siempre por las riendas al jumento y poniendo cuidado en que éste vaya derecho y sin tropiezos. María tiene a Jesús en el regazo, y, como si tuviera miedo a que cogiese frío, le extiende encima un borde de su manto. Los dos esposos hablan poquísimo, pero se sonríen frecuentemente.

El camino, que no es ningún modelo de vía, en una campiña desnuda por la estación que corre, se articula en varias direcciones. Alguno que otro viajero se cruza con ellos dos, o los alcanza, pero son raros.

2 Luego pueden verse algunas casas y unos muros que recintan una ciudad. Los dos esposos entran en ella por una puerta y comienzan el recorrido por la calzada urbana, hecha de adoquines muy separados. El camino es ahora mucho más difícil, ya porque haya un tráfico que en todo momento hace que el burro se detenga, ya porque éste, por las piedras y los agujeros de las piedras que faltan, haga continuamente movimientos bruscos, los cuales incomodan a María y al Niño.

La calle no es horizontal; sube, aunque ligeramente; es estrecha, entre casas altas de puertecitas estrechas y bajas, de escasas ventanas que dan a la calle. Arriba el cielo se asoma en multitud de listas azules entre unas casas y otras, o más exactamente entre unas terrazas y otras; abajo, en la calle, hay gente y rumor de voces, y se cruzan otras personas a pie o en burros, o llevando jumentos cargados, y otras que van detrás de una caravana de camellos que dificulta el paso. En un momento dado, pasa, con gran ruido de cascos y de armas, una patrulla de legionarios romanos, que desaparece tras un arco que está a caballo de uno y otro lado de una vía muy estrecha y pedregosa.

José gira a la izquierda y toma una calle más ancha y más bonita. Al fondo de la misma[2]156 veo el muro almenado que ya conozco.

María, al llegar a una puerta en que hay una especie de paradero para otros burros, baja del suyo. Digo “paradero” porque es una especie de cabaña grande, o, mejor, de cobertizo, donde hay paja esparcida por el suelo y unos palos con unas argollas para atar a los cuadrúpedos.

José da algunas monedas a un hombre que ha venido. Con ellas se procura un poco de heno, luego saca un cubo de agua de un pozo tosco que hay en un ángulo y da las dos cosas al burrito. Después se llega de nuevo hasta donde María y ambos entran en el recinto del Templo.

3 Se dirigen, primero, hacia un pórtico donde están aquellos a quienes Jesús, pasado el tiempo, pegará egregiamente con un azote, o sea, los vendedores de tórtolas y corderos y los cambistas. José compra dos pichones blancos. No cambia el dinero. Se entiende que tiene ya el que necesita.

José y María se dirigen hacia una puerta lateral que tiene ocho escalones –creo que también las otras puertas; es como si el cubo del Templo estuviera elevado respecto al resto del suelo–. Esta tiene un gran atrio, como los portales de nuestras casas de ciudad (para que se haga usted una idea), pero más vasto y ornado. En él, a la derecha y a la izquierda, hay como dos altares, dos volúmenes rectangulares cuya finalidad de momento no entiendo bien (parecen pilas, poco profundas: la parte interna es más baja, en algunos centímetros, respecto al borde externo).

Viene un sacerdote –no sé si motu proprio o es que José le ha llamado–. María ofrece los dos pobres pichones, y yo, que comprendo cuál será su suerte, dirijo la mirada a otra parte. Observo la decoración de la recargadísima puerta, del techo y del atrio. Me parece ver con el rabillo del ojo que el sacerdote asperja a María con agua. Debe ser agua porque no veo manchas en su vestido. Luego María, que junto con los dos pichones había dado un montoncillo de monedas al sacerdote –me había olvidado de decirlo–, entra con José en el Templo propiamente dicho, acompañada por el sacerdote.

Miro a todas partes. Es un lugar decoradísimo. Cabezas de ángeles esculpidas y palmas y ornatos se extienden por las columnas, las paredes y el techo. La luz penetra por unas curiosas ventanas alargadas, estrechas, naturalmente sin cristales, y abiertas en diagonal con respecto a la pared. Supongo que será para impedir que entre el agua cuando llueve torrencialmente.

4 María se adentra hasta un determinado punto en que se detiene. Unos metros más adelante hay otros escalones y encima hay otra especie de altar, tras el cual hay otra construcción.

Ahora me doy cuenta de que no estaba en el Templo, como creía, sino en lo que rodea al Templo propiamente dicho, o sea, al Santo; traspasar su linde, aparte de los sacerdotes, parece que nadie puede hacerlo. Lo que yo creía que era el Templo, por tanto, no es sino un vestíbulo cerrado, que rodea por tres partes al Templo, que custodia el Tabernáculo. No sé si me he explicado bien; de todas formas, yo no soy ni arquitecta ni ingeniera.

María ofrece el Niño –que se ha despertado y dirige a su alrededor sus ojitos inocentes, con esa mirada de asombro propia de los niños de pocos días– al sacerdote.

Este le toma y le eleva extendiendo los brazos, vuelto hacia el Templo, dando la espalda a esa especie de altar que está encima de aquellos escalones. El rito ha quedado cumplido. La Madre recibe de nuevo al Niño y el sacerdote se marcha.

5 Algunos miran curiosos. Entre ellos se abre paso un viejecito que camina encorvado y renco apoyándose en un bastón. Debe ser muy anciano –para mí, sin duda, de más de ochenta años–. Se acerca a María y le solicita por un momento al Pequeñuelo. María, sonriendo, se lo concede.

Simeón –que yo siempre había creído que pertenecía a la casta sacerdotal y que, sin embargo, a juzgar al menos por el vestido, es un simple fiel– le toma y le besa. Jesús le sonríe con ese gesto mimoso, incierto, de los lactantes. Parece que le observa curioso, porque el viejecillo llora y ríe al mismo tiempo, y sus lágrimas crean todo un bordado de destellos que se insinúa entre las arrugas y que perla su larga barba blanca hacia la cual Jesús tiende sus manitas. Es Jesús, pero es un niñito pequeñín, y todo lo que se mueve delante de El atrae su atención, y se le antoja cogerlo para entender mejor lo que es.

María y José sonríen, como también las otras personas que están presentes, que celebran la hermosura del Pequeñuelo.

Oigo las palabras del santo anciano y veo la mirada de asombro de José, la mirada emocionada de María, y las de la pequeña multitud (quién se muestra asombrado y emocionado, quién, al oír las palabras del anciano, ríe irónicamente). Entre éstos hay algún barbudo y pomposo miembro del Sanedrín, y menean la cabeza mirando a Simeón con irónica piedad. Deben pensar que ha perdido la razón por la edad.

6 La sonrisa de María se difumina en su avivada palidez cuando Simeón le anuncia el dolor[3]157. A pesar de que Ella ya lo sepa, esta palabra le traspasa el espíritu. Se acerca más a José, María, buscando consuelo; estrecha con pasión a su Niño contra su pecho, y bebe, como alma sedienta, las palabras de Ana[4]158, la cual, siendo mujer, siente compasión de su sufrimiento y le promete que el Eterno le mitigará con sobrenatural fuerza la hora del dolor. «Mujer, a Aquel que ha dado el Salvador a su pueblo no le faltará el poder de otorgar el don de su ángel para confortar tu llanto. Nunca les ha faltado la ayuda del Señor a las grandes mujeres de Israel, y tú eres mucho más que Judit y que Yael[5]159. Nuestro Dios te dará corazón de oro purísimo para aguantar el mar de dolor por el que serás la Mujer más grande de la creación, la Madre. Y tú, Niño, acuérdate de mí en la hora de tu misión».

Y aquí me cesa la visión.

«Enseñanzas que nacen de la escena anterior»

2 de febrero de 1944.

7 Dice Jesús:

«De la descripción que has hecho, brotan para todos dos enseñanzas.

Primera: no se manifiesta la verdad a aquel sacerdote que, aun estando inmerso en los ritos, tiene su espíritu ausente; antes bien, se revela a un simple fiel.

E1 sacerdote –siempre en contacto con la Divinidad, orientado al cuidado de cuanto concierne a Dios, dedicado a todo aquello que es superior a la carne– habría debido intuir en seguida quién era el Niño que ofrecían al Templo esa mañana. Mas, para poder intuir, necesitaba tener un espíritu vivo, y no solamente una vestidura externa de un espíritu que, si no estaba muerto, sí al menos muy soñoliento.

El Espíritu de Dios puede, si quiere, tronar como un rayo y sacudir como un terremoto al espíritu más cerrado; puede hacerlo. Pero, generalmente –porque es Espíritu de orden como es Orden Dios en cada una de sus Personas y en su modo de actuar–, se efunde y habla, no digo donde existe mérito suficiente para recibir su manifestación –en ese caso, muy pocas veces se manifestaría, y tú no conocerías tampoco sus luces–, sino en donde ve la “buena voluntad” de merecer su manifestación.

¿Cómo se hace notoria esta buena voluntad? Con una vida hecha toda de Dios hasta donde os es posible. En la fe, en la obediencia, en la pureza, en la caridad, en la generosidad, en la oración. No en las prácticas. En la oración. Hay menos diferencia entre la noche y el día que entre las prácticas y la oración. Esta es comunión de espíritu con Dios, de la cual salís con vigor nuevo y decididos a ser cada vez más de Dios.

Aquéllas son una costumbre cualquiera, con objetivos diversos pero siempre egoístas, y que os deja como erais; es más, os agrava con culpa de embuste o de desidia.

8 Simeón tenía esta buena voluntad. La vida no le había escatimado ni trabajos ni pruebas. Pero él no había perdido su buena voluntad. Los años y las vicisitudes no habían mellado, ni removido, su fe en el Señor, en sus promesas, como tampoco habían cansado su buena voluntad de ser cada vez más digno de Dios. Y Dios, antes de que los ojos de su siervo fiel se cerrasen a la luz del Sol –en espera de volver a abrirse al Sol de Dios rutilante desde los Cielos, abiertos a mi ascensión después del Martirio– le mandó el rayo de luz del Espíritu para que le guiara al Templo y ver así la Luz que había venido al mundo.

“Movido por el Espíritu Santo”[6]160 dice el Evangelio. ¡Oh! ¡si los hombres supieran qué perfecto Amigo es el Espíritu Santo; qué Guía, qué Maestro! ¡Oh, si amaran los hombres, e invocaran, a este Amor de la Santísima Trinidad, a esta Luz de la Luz, a este Fuego del Fuego, a esta Inteligencia, a esta Sabiduría! ¡Cuánto más sabrían de aquello que es necesario saber!

Mira, María; mirad, hijos. Simeón esperó durante toda una larga vida “ver la Luz”; saber que se había cumplido la promesa de Dios. Pero no dudó nunca. Nunca se dijo a sí mismo: “Es inútil que persevere en esperar y en orar”. Perseveró. Y obtuvo “ver” lo que no vieron ni el sacerdote ni los miembros del Sanedrín, que estaban llenos de soberbia y completamente ofuscados: al Hijo de Dios, al Mesías, al Salvador en esa carne infantil que le daba calor y sonrisas. Recibió, a través de mis labios de Niño, la sonrisa de Dios, como primer premio por su vida honrada y pía.

9 Segunda lección: las palabras de Ana. Ella, profetisa, también ve en mí, recién nacido, al Mesías. Esto, dada su capacidad de profecía, sería natural; pero, escucha, escuchad lo que, impulsada por la fe y la caridad, dice a mi Madre… e iluminad con ello vuestro espíritu, ese espíritu vuestro que tiembla en este tiempo de tinieblas y en esta Fiesta de la Luz. Dice: “A Aquel que ha otorgado un Salvador no le faltará el poder de enviar a su ángel para confortar tu llanto, el vuestro”.

Considerad que Dios se ha dado para cancelar la obra de Satanás en los espíritus. ¿No va a poder derrotar ahora a los diablos que os torturan? ¿No va a poder enjugar vuestro llanto, dispersando a estos diablos y volviendo a enviar de nuevo la paz de su Cristo?

¿Por qué no se lo pedís con fe? Pero con fe verdadera, impetuosa, una fe ante la cual el rigor de Dios –indignado por tantas culpas vuestras– caiga con una sonrisa, y llegue el perdón, que es ayuda, y venga su bendición, como arco iris, a esta tierra que se hunde en un diluvio de sangre querido por vosotros mismos.

 

Considerad que el Padre, después de haber castigado a los hombres con el diluvio, se dijo a sí mismo y dijo a su Patriarca: “No volveré a maldecir la tierra a causa de los hombres, porque los sentidos y los pensamientos del corazón humano están inclinados al mal ya desde la adolescencia; por tanto no volveré a castigar a todo ser vivo, como he hecho”[7]161. Y se ha mostrado fiel a su palabra; no ha vuelto a mandar el diluvio. Sin embargo, vosotros ¿cuántas veces os habéis dicho, y habéis dicho a Dios: “Si nos salvamos esta vez, si nos salvas, no volveremos jamás a hacer guerras, nunca jamás” para hacerlas luego y cada vez más tremendas? ¿Cuántas veces, ¡Oh falsos!, y sin respeto hacia el Señor y hacia vuestra palabra? Y, no obstante, Dios os ayudaría una vez más si la gran masa de los fieles le llamase con fe y amor impetuoso.

¡Oh, vosotros –demasiado pocos para contrapesar a los muchos que mantienen vivo el rigor de Dios– vosotros, los que, a pesar del tremendo presente amenazador, que crece por momentos, permanecéis de todas formas devotos a El, depositad vuestras fatigas a los pies de Dios! El sabrá enviaros a su ángel, como envió al Salvador al mundo. No temáis. Estad unidos a la Cruz, que siempre ha vencido las insidias del demonio, el cual viene, con la crueldad de los hombres y con las tristezas de la vida, a tratar de reducir a la desesperación –o sea, a que queden separados de Dios– a los corazones a los que no puede atrapar de otra manera».

[1] 155 Cfr. Lc. 2, 21–38.

[2] 156 La muralla del lado occidental. Jerusalén se ve en el fondo de ella.

[3] 157 Cfr. Lc. 2, 34–35.

[4] 158 Cfr. Lc. 2, 36–38.

[5] 159 Cfr. Jud. 13; Jue. 4, 17–23.

[6] 160 Cfr. Lc. 2, 27.

[7] 161 Gén. 8, 21.