1/2/2015 Evangelio según San Marcos 1,21-28.

Cuarto Domingo del tiempo ordinario

Santo(s) del día : Santa Brígida de Kildare, Beato Luigi Variara

El evangelio de Marcos de este domingo nos encuentra en la sinagoga de Cafarnaúm donde Jesús predica al pueblo y se da a conocer.

Durante esta predicación le ponen en duda sobre quien es El, ocasion en que le hace hablar a Ageo, un endemoniado quien revela que es el Santo de Dios y luego le ordena al espiritu salir del hombre.

Este episodio ocurre con anterioridad al evangelio del domingo pasado, ubicándonos en el capitulo 59 correspondiente al primer año de la vida pública de Jesús.

Primer año de la Vida Pública de Jesús

59. Curación de un endemoniado en la sinagoga de Cafarnaúm[1].

2 de noviembre de 1944.

1       Veo la sinagoga de Cafarnaúm. Ya está llena de gente que está esperando. Algunos en la puerta miran furtivamente a la plaza, todavía soleada aunque esté cayendo la tarde. Por fin un grito:

-«¡Ha llegado el Rabí!».

Toda la gente se vuelve hacia la puerta, los más bajos se ponen de puntillas o tratan de pasar adelante. Se produce algún pequeño altercado y hay algunos empujones a pesar de las amonestaciones de los encargados de la sinagoga y personalidades de la ciudad.

-«La paz esté con todos aquellos que buscan la Verdad».

Jesús está en el umbral de la puerta y saluda bendiciendo con los brazos tendidos hacia delante. La luz vivísima de la plaza soleada recorta su alta figura aureolándola de luz. Ha dejado el cándido vestido y viste el color azul oscuro que lleva normalmente. Avanza entre la muchedumbre, que se abre y cierra en torno a El como las olas en torno a una nave.

2 -«¡Estoy enfermo, cúrame!»

gime un joven, que, por el aspecto, yo diría que está tísico, agarrándole a Jesús por el vestido.

Jesús le pone la mano en la cabeza y dice:

-«Ten confianza. Dios te escuchará. Déjame ahora que hable al pueblo, luego volveré».

El joven le suelta y se tranquiliza.

-«¿Qué te ha dicho?»

le pregunta una mujer con un niño en brazos.

-«Me ha dicho que después de hablar al pueblo volverá».

-«¿Te cura entonces?».

-«No lo sé. Me ha dicho: “Ten confianza”. Yo confío».

-«¿Qué ha dicho? ¿Qué ha dicho?».

La muchedumbre está deseosa de saber. Entre el pueblo se repite la respuesta de Jesús.

-«Entonces yo voy por mi niño».

-«Y yo traigo aquí a mi padre anciano».

-«¡Si Ageo quisiera venir! Yo lo intento… pero no vendrá».

3       Jesús ha llegado a su puesto. Saluda al jefe de la sinagoga, el cual le devuelve el saludo (es un hombre pequeño, grueso y bastante anciano). Para hablarle, Jesús se inclina. Parece una palma plegándose hacia un arbusto más ancho que alto.

-«¿Qué quieres que te dé?»

pregunta el jefe de la sinagoga.

-«Lo que te parezca bien, o si no al azar[2]. El Espíritu guiará».

-«Pero… ¿y estarás preparado?».

-«Estoy preparado. Venga, al azar. Repito: el Espíritu del Señor guiará la mano para el bien de este pueblo».

El jefe de la sinagoga alarga un brazo hacia el montón de rollos, toma uno, lo abre y se detiene en un punto concreto.

-«Esto» dice.

Jesús toma el rollo y lee el punto señalado:

-«Josué[3]: “¡Levántate y santifica al pueblo!, y diles: ‘Santificaos para mañana porque, afirma el Señor Dios de Israel, la maldición está entre vosotros, ¡Oh, Israel!; tú no podrás hacer frente a tus enemigos hasta que sea extirpado de ti quien se ha contaminado con tal delito’ “».

Se detiene, lo enrolla y lo devuelve. La muchedumbre está atentísima. Sólo bisbisea alguno:

-«¡Verás lo que oímos contra los enemigos!». «¡Es el Rey de Israel, el Prometído, y recoge a su pueblo!».

4       Jesús extiende los brazos en la posición típica de los oradores. El silencio es completo.

-«Quien ha venido para santificaros se ha levantado. Ha dejado la intimidad de la casa en que se ha preparado para esta misión. Se ha purificado para daros ejemplo de purificación, se ha colocado en su lugar ante los poderosos del Templo y ante el pueblo de Dios y ahora está entre vosotros: soy Yo. No como, con mente obnubilada e inquietud en el corazón, algunos de entre vosotros piensan y esperan. Más alto y más grande es el Reino del cual Yo soy el Rey futuro y al cual os llamo.

Os llamo, ¡Oh vosotros de Israel!, antes que a cualquier otro pueblo, porque vosotros sois los que en los padres de los padres recibisteis la promesa de esta hora y la alianza con el Señor[4] Altísimo. Más no se formará este Reino con turbas de soldados ni con crueldades sangrientas, y en él no tendrán cabida ni los violentos, ni los déspotas, ni los soberbios, ni los iracundos, ni los envidiosos, o los lujuriosos, o los avaros; sí los buenos, los mansos, los continentes, los misericordiosos, los humildes, los que se muestran amantes del prójimo y de Dios, los pacientes.

¡Israel! No estás llamado a combatir contra los enemigos de fuera, sino contra los enemigos de dentro, contra los que están en cada uno de tus corazones, en el corazón de los miles y miles de hijos tuyos. Alejad de todos y cada uno de vuestros corazones la maldición del pecado, si queréis que mañana Dios os reúna y os diga: “Pueblo mío, tuyo es el Reino que ya nunca será derrotado, ni invadido, ni insidiado por enemigos”.

Mañana. ¿Cuál mañana? ¿Dentro de un año, dentro de un mes? ¡Oh, no busquéis, no busquéis conocer el futuro con sed malsana, con medios que saben a brujería culpable! Dejad a los paganos el espíritu pitón. Dejad al Dios Eterno el secreto de su tiempo.

Vosotros venid a purificaros en la verdadera penitencia desde mañana, el mañana que nacerá después de esta hora de la tarde y de la que vendrá de la noche, el mañana que surgirá con el canto del gallo.

Arrepentíos de vuestros pecados para que seáis perdonados y estéis preparados para el Reino. Alejad de vosotros la maldición de la culpa. Cada uno tiene la suya. Cada uno tiene eso que es contrario a los diez mandamientos de salvación eterna. Examinaos cada uno con sinceridad y encontraréis el punto en que habéis errado. Humildemente arrepentíos de ello con sinceridad. Desead arrepentiros. No de palabra (de Dios nadie se burla, no se le engaña), sino con la voluntad firme que os lleve a cambiar de vida, a volver a la Ley del Señor. El Reino de los Cielos os espera. Mañana.

¿Mañana?, os preguntáis. La hora de Dios, aunque venga al final de una vida longeva como la de los Patriarcas, es siempre un mañana solícito. La eternidad no tiene como medida de tiempo el lento discurrir de la clepsidra. Esas medidas de tiempo que vosotros llamáis días, meses, años, siglos, son latidos del Espíritu Eterno que os mantiene en vida. Mas vosotros sois eternos en vuestro espíritu[5], y debéis tener para el espíritu el mismo método de medida del tiempo que tiene vuestro Creador. Debéis decir, por tanto:

“Mañana será el día de mi muerte”; que no es tal muerte para el fiel, sino reposo de espera, en espera del Mesías que abra las puertas del Cielo.

En verdad os digo que entre los presentes sólo veintisiete deberán esperar cuando mueran. Los otros serán juzgados ya antes de la muerte, y ésta será el paso inmediato a Dios o a Satanás, porque el Mesías ha venido, está entre vosotros, y os llama para daros la Buena Nueva, para instruiros en la Verdad, para llevaros al Cielo.

¡Haced penitencia! El “mañana” del Reino de los Cielos es inminente. Que os encuentre limpios para pasar a ser poseedores del eterno día.

La paz sea con vosotros».

5        Se levanta a rebatirle un israelita togado y de barba abundante. Habla así:

-«Maestro, cuanto dices me parece en contraste con lo que está escrito en el libro segundo de los Macabeos, gloria de Israel[6]. En él puede leerse: “Efectivamente, es signo de gran benevolencia el no permitir a los pecadores que sigan durante largo tiempo sus caprichos, sino pasar en seguida al castigo. El Señor no hace como con las otras naciones, que las espera con paciencia, para castigarlas en el día del juicio, colmada ya la medida de los pecados”. Sin embargo Tú hablas como si el Altísimo pudiera ser muy tardo a la hora de castigarnos, esperándonos, como a los otros pueblos, para el tiempo del Juicio, cuando esté colmada la medida de los pecados. Verdaderamente los hechos te desmienten. Israel sufre el castigo, como dice el historiógrafo de los Macabeos. Si fuera como Tú dices, ¿no habría desacuerdo entre tu doctrina y la contenida en la frase que te he mencionado?».

-«No sé quién eres[7], pero quienquiera que seas te respondo. No hay desacuerdo en la doctrina, sino en el modo de interpretar las palabras. Tú las interpretas según el modo humano, Yo según el del espíritu. Tú, representante de la mayoría, ves todo con referencia a lo presente y caduco. Yo, representante de Dios, todo lo explico, y aplico, a lo eterno y sobrenatural. Sí, Yahvé[8] os ha castigado en lo temporal, en la soberbia y en la justicia de ser un “pueblo” según la tierra. Pero, ¡cuánto os ha amado y cuánta paciencia tiene con vosotros –más que con cualquier otro– concediéndoos el Salvador, su Mesías, para que le escuchéis y os salvéis antes de la hora de la ira divina! No quiere que seáis pecadores. Pero, si os ha castigado en lo caduco, viendo que la herida no se cura, antes al contrario insensibiliza cada vez más vuestro espíritu, he aquí que os manda no castigo sino salvación. Os manda a Aquel que os cura y os salva, Yo, quien os está hablando».

6 -«¿No te parece que eres audaz al profesarte representante de Dios? Ninguno de los Profetas se atrevió a tanto y Tú… ¿Quién eres Tú, que así hablas?, y ¿por orden de quién hablas?».

-«Los Profetas no podían decir de sí mismos lo que Yo digo de mí. ¿Que quién soy? El Esperado, el Prometido, el Redentor. Ya le habéis oído decir a su Precursor: “Preparad el camino del Señor.. El Señor Dios viene… Como un pastor apacentará a su rebaño, aun siendo el Cordero de la verdadera Pascua”[9]. Entre vosotros están los que han oído del Precursor estas palabras, y han visto el cielo resplandecer por una luz que bajaba en forma de paloma, y han oído una voz que hablaba diciendo quién era[10] Yo. ¿Que por orden de quién hablo? De Aquel que es y que me envía».

-«Tú puedes decir lo que quieras, pero quién nos dice que no seas un mentiroso o un iluso. Tus palabras son santas, pero algunas veces Satanás profiere palabras engañosas teñidas de santidad para inducir al error. Nosotros no te conocemos».

-«Yo soy Jesús de José de la tribu de David, nacido en Belén Efratá, según las promesas[11], llamado nazareno porque tengo casa en Nazaret. Esto según el mundo. Según Dios soy su Mensajero. Mis discípulos lo saben».

-«¡Oh, ellos!… Pueden decir lo que quieran, o lo que Tú les hagas decir».

-«Hablará otro, que no me ama, y dirá quién soy. Espera que llame a uno de los presentes».

7       Jesús mira a la muchedumbre (asombrada de la disputa, enfrentada y dividida en corrientes opuestas), la mira, buscando a alguno con sus ojos de zafiro, y dice con fuerte voz:

-«¡Ageo! ¡Pasa adelante! ¡Te lo ordeno![12]».

Se oye un gran murmullo entre la multitud, que se abre para dejar pasar a un hombre todo convulso, sujetado por una mujer.

-«¿Conoces a este hombre?».

-«Sí. Es Ageo de Malaquías, de aquí, de Cafarnaúm, poseído por un espíritu malvado que le arrastra a repentinos y furiosos estados de locura».

-«¿Todos le conocen?».

La multitud grita:

-«¡Sí, sí!».

-«¿Puede alguien decir que haya hablado conmigo, aunque sólo sea durante algunos minutos?».

La multitud grita:

-«No, no, es casi un idiota; no sale nunca de su casa y nadie te ha visto en ella».

-«Mujer, acércamelo».

La mujer le empuja y le arrastra, y el pobrecillo tiembla aún más fuerte. El jefe de la sinagoga le advierte a Jesús:

-«¡Ten cuidado! El demonio está para atormentarle de un momento a otro… y entonces se lanza hacia uno, araña y muerde».

La gente deja paso comprimiéndose contra las paredes. Los dos están ya frente a frente. Un instante de lucha interior. Parece que el hombre, acostumbrado al mutismo, encuentra dificultad en hablar; gime… la voz se forma en palabras:

-«¿Qué hay entre nosotros y Tú, Jesús de Nazaret? ¿Por qué has venido a atormentarnos? ¿Por qué has venido a exterminarnos, Tú, Señor del Cielo y de la Tierra? Sé quién eres: el Santo de Dios. Ninguno, en la carne, fue más grande que Tú, porque tu carne de hombre encierra el Espíritu del Vencedor Eterno. Ya me has vencido en…».

-«¡Calla! Sal de este hombre. Te lo ordeno».

Una especie de extraño paroxismo se apodera del hombre. Se revuelve entre convulsiones, como si hubiera alguien que le maltratase con bruscos golpes y empujones; chilla con voz deshumana, echa espuma y luego cae arrojado al suelo para levantarse sorprendido y curado.

8 -«¿Has oído? ¿Qué respondes ahora?»

le pregunta Jesús a su opositor.

El hombre togado y de abundante barba se encoge de hombros y, vencido, se va sin responder. La multitud se mofa de él y aplaude a Jesús.

-«¡Silencio, el lugar es sagrado!»

dice Jesús, y ordena:

-«Que se acerque el joven a quien he prometido ayuda de Dios».

Viene el enfermo. Jesús le acaricia:

-«¡Has tenido fe! Queda curado. Vete en paz y sé justo».

El joven lanza un grito. ¡Quién sabe lo que siente! Se postra a los pies de Jesús y los besa con agradecimiento:

-«¡Gracias por mí y por mi madre!».

Vienen otros enfermos: un niño con las piernecitas paralizadas. Jesús le coge en brazos, le acaricia y le pone en el suelo… y le deja. Y el niño no se cae, sino que corre hacia su mamá, la cual le recibe, llorando, en su corazón y bendice a voz en grito a

-«el Santo de Israel».

Viene un viejecito ciego, guiado por su hija. También él queda curado con una caricia en las órbitas enfermas.

La muchedumbre rompe a bendecir a Jesús.

El se hace paso sonriendo y, aunque es alto, no lograría hacer una fisura en la multitud si Pedro, Santiago, Andrés y Juan no lo intentaran generosamente por su parte, y se abrieran un canal desde su ángulo hasta Jesús, y después le protegieran hasta la salida a la plaza, donde ya no hay sol. La visión termina así.

[1] Cfr. Mc. 1, 21–28; Lc. 4, 31–37.

[2] Esto es, como se desprende por el contexto, sin que el hombre intervenga en elegir, sino que deja la elección a Dios, al Espíritu del Señor

[3] Cfr. Jos. 7, 13.

[4] Alusión por ej. al Gén. 15.

[5] El espíritu del hombre, aunque de hecho ha tenido un principio, que si Dios conserva, jamás tendrá fin.

[6] Cfr. 2 Mac. 6, 13–14.

[7] una afirmación de este tipo en boca de Jesús recibe, como nota, la siguiente explicación de MV: Cristo, como Dios y como Santo de los santos, penetraba en las conciencias, y de éstas veía y conocía sus escondidos secretos (introspección perfecta); como Hombre conocía sólo según el modo humano personas y lugares, cuando el Padre suyo y su propia naturaleza divina no juzgaban útil el conocimiento de los lugares y personas sin preguntar. De forma análoga, las palabras ¡Ageo! ¡Pasa adelante!…. que leeremos al principio del parágrafo 59.7, tienen la siguiente nota: Aquí, debiendo dar prueba al fariseo de su omnisciencia divina, llama por su nombre al desconocido Ageo, del que sabe que está endemoniado, mientras que en la página precedente, como Hombre, había dicho al fariseo: “No sé quién eres”. Estas dos notas de MV hallarán, a su vez, confirmación en los textos de 376.9, 382.5, 406.9, 409.3, 413.8, 433.5, etc. Otra explicación sobre las “ignorancias” de Jesús la encontramos en 156.3, a propósito de una serie de preguntas que El hace a Analía. La nota de MV dice: Jesús sabía y recordaba, pero quería que las almas se abrieran con la máxima libertad y confianza. Las palabras del apóstol Juan en el contexto de 334.2/3, de alguna manera, profundizan en esta explicación y en la que sigue. Una tercera explicación se halla en una larga nota de MV a propósito de la afirmación de Jesús: “No sé quién es”, que se encuentra en 175.5. Transcribimos la parte esencial de la nota autógrafa, que ocupa cuatro caras de un folio: Y el Padre eterno, para probar los corazones y separar a los hijos de Dios, de la Luz, de los hijos de la carne y de las tinieblas, permitía, en presencia de los apóstoles, de los discípulos y muchedumbres, algunas lagunas en el omnímodo conocimiento de su Hijo, similares a estas preguntas y respuestas: “¿Quién es éste? No le conozco… “. Y ello lo permitía por los hombres, y también por su Hijo amado, para prepararle a la gran obscuridad de la hora de las tinieblas, al abandono del Padre: horas tremendas en que Jesús fue el Hombre, y, además, un Hombre rechazado por el Padre, habiendo venido a ser “Anatema por nosotros”… La última parte de esta explicación sirve también para dar un significado profundo a la desconcertante amnesia de Jesús, que encontraremos en 339/4. Por tanto, las referencias de “ignorancias” de Jesús en la Obra valtortiana no están en contradicción con las frecuentes declaraciones de su “omnisciencia”. Estas últimas se encuentran, por ejemplo, en: 48.6, 80.9, 203.1, 204.4, 218.1, 220.4, 224.2, 317.3/5, 329.14, 340.5, 351.4, 387.3, 391.8, 406.11, 409.3, 411.8, etc.

[8] Los galileos, con un tono de voz más dulce, decían: “Yeové” algo así como una “ll”suave. Los judíos: “Yavé” con un tono duro y seco.

[9] Cfr. Is. 40, 3 y 10–11; Mt. 3, 3; Mc. 1, 2–3; Lc. 3, 4; Ju. 1, 23.

[10] Cfr. Mt. 3, 16–17; Mc. 1, 9–11; Lc. 3, 21–22; Ju. 1, 32–34.

[11] Cfr. Miq. 5, 1; Mt. 2, 1–11; Ju. 7, 42.

[12] Aquí, debiendo de dar pruebas al fariseo de su omniscencia divina, llama por su nombre al desconocido Ageo que sabe que está endemoniado, mientras anteriormente, como hombre, había dicho al fariseo: “No sé quien seas”.

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25/1/2015 Evangelio según San Marcos 1,14-20.

Tercer Domingo del tiempo ordinarioFiesta de la Iglesia: la conversión de San Pablo

Santo (s) del día: Beato Manuel Domingo y Sol

Primer Año de la Vida Pública de Jesús

64. El paralítico curado en Cafarnaúm [1] .

9 de noviembre de 1944.

1       Veo las orillas del lago de Genesaret, y también las barcas de los pescadores sacadas a tierra; en la orilla, apoyados en ellas, están Pedro y Andrés, dedicados a reparar las redes que los peones les llevan goteando después de quitar los detritos que habían quedado aprisionados en éstas aclarándolas en el lago. A una distancia de unos diez metros, Juan y Santiago, centrados en su barca, tratan de poner orden en ella, ayudados por un peón y por un hombre de unos cincuenta o cincuenta y cinco años, que creo que es Zebedeo, porque el peón le llama “jefe” y porque es parecidísimo a Santiago.

Pedro y Andrés, de espaldas a la barca, se dedican silenciosos a volver a atar cuerdas y corchos señalizadores. Sólo de vez en cuando se intercambian algunas palabras acerca de su trabajo, el cual, por lo que puedo entender, ha sido infructuoso.

Pedro se queja de ello, no porque su bolsa esté vacía, ni por la inutilidad del esfuerzo, sino que dice:

Llamado de pedro y andres-«Lo siento porque… ¿cómo vamos a arreglárnoslas para dar algo de comer a esos pobrecillos? A nosotros sólo nos llegan raros donativos, y yo no toco esos diez denarios y siete dracmas que hemos recogido en estos cuatro días. El Maestro, y sólo El, me debe indicar para quién y cómo se han de distribuir esas monedas. ¡Y hasta el sábado El no vuelve! ¡Si hubiera tenido buena pesca!… El pescado más menudo lo habría cocinado y se lo habría dado a esos pobres… y, si alguien de mi casa se hubiera quejado, no me hubiera importado: los sanos pueden ir a buscarlo, ¡pero los enfermos…!».

-«¡Y además ese paralítico!… Ya han recorrido mucho camino para traerle aquí…»

dice Andrés.

-«Mira, hermano, yo pienso… que no podemos estar divididos. No sé por qué el Maestro no nos quiere tener permanentemente con El. Al menos… no vería a estos pobrecillos a los que no puedo socorrer y, aunque los viera, podría decirles: “El está aquí”».

2

-«¡Aquí estoy!»

–Jesús ha venido caminando despacio por la arena blanda–. Pedro y Andrés se estremecen. Se les escapa un grito:

-«¡Oh! ¡Maestro!»;

y llaman a Santiago y a Juan:

-«¡El Maestro! ¡Venid!».

Los dos acuden, y todos se arriman a Jesús. Uno le besa la túnica, otro las manos; Juan osa pasarle un brazo alrededor de la cintura y apoyar la cabeza sobre su pecho; Jesús le besa en el pelo.

-«¿De qué hablabais?».

-«Maestro… estábamos diciendo que te íbamos a necesitar».

-«¿Para qué, amigos?».

-«Para verte y amarte viéndote, y, además, por algunos pobres y enfermos; te esperan desde hace dos días o más… Yo he hecho lo que podía. Los he alojado allí ¿ves aquella cabaña en aquel terreno baldío? Allí reparan las barcas los carpinteros de ribera. Allí he procurado cobijo a un paralítico, a uno que tiene mucha fiebre y a un niño que se está muriendo en brazos de su madre: no podía mandarles a buscarte».

-«Has hecho bien. Pero, ¿cómo te las has arreglado para socorrerlos? ¿Quién los ha guiado?, ¡me has dicho que son pobres!…».

-«Claro, Maestro. Los ricos tienen carros y caballos; los pobres, sólo las piernas. No pueden seguirte diligentemente. He hecho lo que he podido. Mira: esto es lo poco que he recaudado, pero no he tocado ni una perra; Tú lo harás».

-«Pedro, tú también podías haberlo hecho. Ciertamente… Pedro mío, siento que por mí sufras reprensiones o fatigas».

-«No, Señor, no debes afligirte por eso. A mí eso no me duele. Sólo siento el no haber podido tener una mayor caridad. Pero, créeme, he hecho, todos hemos hecho cuanto hemos podido».

-«Lo sé. Sé que has trabajado y sin intereses personales. Aunque haya faltado la comida, tu caridad no, y es viva, activa, santa a los ojos de Dios».

3       Algunos niños, entretanto, han llegado corriendo y gritan:

-«¡El Maestro! ¡Está el Maestro! ¡Jesús! ¡Ha venido Jesús!».

Y se le arriman. El los acaricia, sin dejar por ello de hablar con los discípulos.

-«Simón, entro en tu casa. Tú y vosotros id a comunicar que he venido; después traedme a los enfermos».

Los discípulos salen, rápidos, en distintas direcciones. Toda Cafarnaúm ya sabe, no obstante, que Jesús ha llegado; lo sabe por los niños, que parecen abejas que en enjambre dejan la colmena hacia las distintas flores: en este caso, las casas, las calles, las plazas. Van, vienen, jubilosos, llevando la noticia a las mamás, a los transeúntes, a los viejos que están sentados tomando el sol; y luego vuelven para que, una vez más, los acaricie Aquél que los ama, y uno, audaz, dice:

-«Háblanos a nosotros, habla hoy para nosotros, Jesús. Te queremos y somos mejores que los mayores».

Jesús le sonríe al pequeño psicólogo y promete que hablará para ellos. Luego, siguiéndole los pequeños, se dirige a la casa, donde entra saludando con su fórmula de paz:

-«La paz descienda sobre esta casa».

La gente se apiña en la estancia grande posterior, empleada para las redes, maromas, cestos, remos, velas y provisiones. Se ve que Pedro la ha puesto a disposición de Jesús, amontonando todo en un rincón para dejar espacio libre. El lago no se ve desde aquí, sólo se oye el rumor lento de sus olas; y se ve sólo la pequeña tapia verdosa del huerto, con su vieja vid y su frondosa higuera. Hay gente hasta incluso en la calle; no cabiendo en la sala, ocupan el huerto; no cabiendo en el huerto, se quedan afuera.

4 Jesús empieza a hablar. En primera fila –se han abierto paso sirviéndose de su actitud avasalladora y del temor que siente hacia ellos la plebe– hay cinco personas… de elevada condición social; lujo, riqueza de vestidos y soberbia denuncian que son fariseos y doctores. Sin embargo, Jesús quiere tener en torno a sí a sus pequeños: una corona de caritas inocentes, ojos luminosos y sonrisas angelicales, mirando hacia arriba, a El. Jesús habla, acariciando cada cierto rato la cabecita rizada de un niño que se ha sentado a sus pies y tiene apoyada la cabeza en las rodillas de El, sobre el bracito doblado. Jesús está sentado encima de un gran montón de cestos y redes.

“Mi amado ha bajado a su jardín, al pensil de los aromas, a deleitarse entre los jardines y a recoger lirios… él, que se sacia entre los lirios[1], dice Salomón de David de quien provengo Yo, Mesías de Israel.

¡Mi jardín! ¿Qué jardín más hermoso y mas digno de Dios que el Cielo, donde son flores los ángeles creados por el Padre?… Y, sin embargo, otro jardín ha querido el Hijo unigénito del Padre, el Hijo del hombre, porque por el hombre Yo tengo carne, sin la cual no podría redimir las culpas de la carne del hombre; un jardín que habría podido ser poco inferior al celeste, si desde el Paraíso terrestre se hubieran efuso, como dulces abejas desde un arna, los hijos de Adán, los hijos de Dios, para poblar la tierra de santidad destinada toda al Cielo. Pero el Enemigo sembró tribulaciones y espinas en el corazón de Adán, y tribulaciones y espinas desde este corazón se derramaron sobre la tierra, no ya jardín, sino selva áspera y cruel en que se estanca la fiebre y anida la serpiente.

Pero el Amado del Padre tiene todavía un jardín en esta tierra en que impera Satanás: el jardín al que va a saciarse de su alimento celeste: amor y pureza; el pensil del que coge las flores que aprecia, en las cuales no hay mancha de sentido, de avaricia, de soberbia:  éstos –Jesús acaricia a todos los niños que puede, pasando su mano sobre la corona de cabecitas atentas (una única caricia que apenas los toca y les hace sonreír de alegría)–; éstos son mis lirios.

No tuvo Salomón, en su riqueza, vestidura más hermosa que el lirio que perfuma la hoya, ni diadema de más aérea y espléndida gracia que la que tiene el lirio en su cáliz de perla. Y, no obstante, para mi corazón no hay lirio que valga lo que uno de éstos; no hay jardín, no hay jardín de ricos, todo cultivado de lirios, que me valga cuanto uno sólo de estos puros, inocentes, sinceros, sencillos párvulos.

¡Oh hombres, Oh mujeres de Israel, Oh vosotros, grandes y humildes por riqueza o por cargo, oíd! Vosotros estáis aquí porque queréis conocerme y amarme. Pues bien, debéis saber cuál es la condición primera para ser míos. Mirad que no os digo palabras difíciles, ni os pongo ejemplos aún más difíciles; os digo: tomad a éstos como ejemplo.

¿Quién hay, entre vosotros, que no tenga en casa en la edad de la puericia, de la niñez, a un hijo, a un nieto o sobrino, a un hermano? ¿No es un descanso, un alivio, un motivo de unión entre esposos, entre familiares, entre amigos, uno de estos inocentes, cuya alma es pura como alba serena, cuyo rostro aleja las nubes y crea esperanzas, cuyas caricias secan las lágrimas e infunden fuerza vital? ¿Por qué tienen tanto poder ellos, que son débiles, inermes, ignorantes todavía?: porque tienen en sí a Dios, tienen la fuerza y la sabiduría de Dios, la verdadera sabiduría: saben amar y creer, creer y querer, vivir en este amor y en esta fe. Sed como ellos: sencillos, puros, amorosos, sinceros, creyentes.

No hay sabio en Israel que sea mayor que el más pequeño de éstos, cuya alma es de Dios y de cuya alma es el Reino. Benditos del Padre, amados del Hijo del Padre, flores de mi jardín, mi paz esté con vosotros y con quienes os imiten por mi amor».

Jesús ha terminado.

5 -«Maestro»

grita Pedro entre la muchedumbre

-«aquí están los enfermos. Dos pueden esperar a que salgas, pero a éste le está estrujando la multitud y, además… ya no aguanta más, y no podemos pasar. ¿Le digo que vuelva otra vez?».

-«No. Descolgadle por el techo».

-«¡Es verdad! ¡En seguida!».

|Se oye caminar arrastrando los pies sobre el techo bajo de la estancia, la cual, no formando realmente parte de la casa, no tiene encima la terraza unida con cemento, sino sólo un tejaducho de haces de ramas cubiertas con placas similares a la pizarra. No sé qué piedra era. Hacen una abertura, y, con unas cuerdas, descuelgan la pequeña camilla en la que está el enfermo; la descuelgan justo delante de Jesús; la gente se apiña aún más, para ver.

-«Has tenido una gran fe, como también quien te ha traído».

-«¡Oh! ¡Señor! ¿Cómo no tenerla en ti?».

-«Pues bien, Yo te digo: hijo –el hombre es muy joven–, te son perdonados todos tus pecados».

paralitico curadoEl hombre le mira llorando… quizás se queda un poco contrariado porque esperaba la curación del cuerpo.

Los fariseos y doctores murmuran, arrugando nariz, frente y boca con desprecio.

-«¿Por qué murmuráis, con los labios y, sobre todo, en el corazón? Según vosotros, ¿es más fácil decirle al paralítico: “Tus pecados te son perdonados”, o: “Levántate, toma la camilla y anda”? Vosotros pensáis “sólo Dios puede perdonar los pecados”. Pero no sabéis responder cuál es la cosa más grande, porque a este hombre, maltrecho en todo su cuerpo, y que ha gastado los haberes sin resultado alguno, sólo le puede curar Dios. Pues bien, para que sepáis que Yo lo puedo todo, para que sepáis que el Hijo del hombre tiene poder sobre la carne y sobre el alma, en la tierra y en el Cielo, Yo le digo a éste: levántate, toma tu camilla y anda. Ve a tu casa y sé santo».

El hombre se estremece, grita, se levanta, se echa a los pies de Jesús, los besa y acaricia, llora y ríe, y con él los familiares y la multitud, la cual, luego, se abre para dejarle pasar y le sigue jubilosa (la muchedumbre, no los cinco rencorosos que se marchan engreídos y duros como estacas).

6       Así, puede entrar la madre con el pequeñuelo: un niño todavía lactante, esquelético. Le acerca. Dice solamente:

-«Jesús, Tú los amas. Lo has dicho. ¡Que este amor y tu Madre…!»

… y se echa a llorar. Jesús toma al lactante –realmente moribundo–, se lo pone contra el corazón, le tiene un momento con la boca en la carita cérea de labiuchos violáceos y párpados ya caídos.

Un momento le tiene así… y, cuando le separa de su barba rubia, la carita tiene color rosáceo, la boquita expresa una sonrisa indecisa de infante, los ojitos miran alrededor vivarachos y curiosos, las manitas, antes cerradas y caídas, gesticulan entre el pelo y la barba de Jesús, que ríe.

-«¡Oh, hijo mío!»

grita, dichosa, la mamá.

-«Toma, mujer. Sé feliz y buena».

Y la mujer toma al niño renacido y le estrecha contra su pecho, y el pequeño reclama inmediatamente sus derechos de alimento: hurga, abre, encuentra… y mama, mama, mama, ávido y feliz.

Jesús bendice a los presentes. Pasa entre ellos. Va a la puerta, donde está el enfermo que tenía mucha fiebre.

-«¡Maestro! ¡Sé bueno!».

-«Y tú también. Usa la salud en la justicia».

Le acaricia y sale.

7       Vuelve a la orilla, seguido, precedido, bendecido por muchos que le suplican:

-«Nosotros no te hemos oído. No podíamos entrar. Háblanos también a nosotros».

Jesús hace un gesto de aceptación y, dado que la multitud le oprime hasta casi ahogarle, monta en la barca de Pedro. No es suficiente. El asedio es sofocante.

«Mete la barca en el mar y sepárate bastante».

La visión cesa aquí.

[1] Cant. 6, 3.

65. La pesca milagrosa [3] y la Elección de Los Primeros Cuatro Apóstoles.

10 de noviembre de 1944.

1       Y continúa. Jesús está hablando:

-«Cuando en primavera todo florece, el hombre del campo dice contento: “Obtendré mucho fruto”, y se regocija su corazón por esta esperanza. Pero, desde la primavera al otoño, desde el mes de las flores al de la fruta, ¡cuántos días, cuántos vientos y lluvias y sol y temporales vendrán! A veces la guerra, o la crueldad de los poderosos, o enfermedades de las plantas, o del campesino. Así es que los árboles, que prometían mucho fruto, –al no cavárselos o recalzarlos, regarlos, podarlos, sujetarlos o limpiarlos– se ponen mustios y mueren totalmente, o muere su fruto.

Vosotros me seguís. Me amáis. Vosotros, como plantas en primavera, os adornáis de propósitos y amor. Verdaderamente Israel en esta alba de mi apostolado es como nuestros dulces campos en el luminoso mes de Nisán. Pero, escuchad. Como quemazón de sequía, vendrá Satanás a abrasaros con su hálito envidioso de mi. Vendrá el mundo con su viento helado a congelar vuestro florecer. Vendrán las pasiones como temporales.

Vendrá el tedio como lluvia obstinada. Todos los enemigos míos y vuestros vendrán para hacer estéril lo que debería brotar de esta tendencia santa vuestra a florecer en Dios. Yo os lo advierto, porque sé las cosas. Pero, ¿entonces todo se perderá cuando Yo, como el agricultor enfermo –más que enfermo, muerto–, ya no pueda ofreceros palabras y milagros? No. Yo siembro y cultivo mientras dura mi tiempo; crecerá y madurará en vosotros, si vigiláis bien.

Mirad esa higuera de la casa de Simón de Jonás. Quien la plantó no encontró el punto justo y propicio. Trasplantada junto a la húmeda pared de septentrión, habría muerto si no hubiera deseado tutelarse a sí misma para vivir. Y ha buscado sol y luz. Vedla ahí: toda retorcida, pero fuerte y digna, bebiendo de la aurora el sol con el que se procura el jugo para sus cientos y cientos de dulces frutos. Se ha defendido por sí misma. Ha dicho: “El Creador me ha proyectado para alegrar y alimentar al hombre. ¡Yo quiero que mi deseo acompañe al suyo!”. ¡Una higuera! ¡Una planta sin habla! ¡Sin alma! Y vosotros, hijos de Dios, hijos del hombre, ¿vais a ser menos que esa leñosa planta?

Vigilad bien para dar frutos de vida eterna. Yo os cultivo y al final os daré la savia más poderosa que existe. No hagáis, no hagáis que Satanás ría ante las ruinas de mi trabajo, de mi sacrificio y también de vuestra alma. Buscad la luz. Buscad el sol. Buscad la fuerza. Buscad la vida. Yo soy Vida, Fuerza, Sol, Luz de quien me ama. Estoy aquí para llevaros al lugar del que provengo. Hablo aquí para llamaros a todos e indicaros la Ley de los diez mandamientos que dan la vida eterna. Y con consejo amoroso os digo:

“Amad a Dios y al prójimo”; es condición primera para cumplir cualquier otro bien, es el más santo de los diez santos mandamientos. Amad. Aquellos que amen en Dios, a Dios y al prójimo y por el Señor Dios tendrán en la Tierra y en el Cielo la paz como tienda y corona».

La gente, después de la bendición de Jesús, se aleja, pero como no queriendo marcharse. No hay ni enfermos ni pobres.

2       Jesús dice a Simón:

-«Llama a los otros dos. Vamos a adentrarnos en el lago para echar la red».

-«Maestro, tengo los brazos deshechos de echar y subir la red durante toda la noche para nada. El pescado está en zona profunda, quién sabe dónde».

-«Haz lo que te digo, Pedro. Escucha siempre a quien te ama».

-«Haré lo que dices por respeto a tu palabra»

y llama con fuerza a los peones, y a Santiago y a Juan.

-«Vamos a pescar. El Maestro así lo quiere».

Y mientras se alejan de la orilla le dice a Jesús:

-«Maestro, te aseguro que no es hora propicia. A esta hora los peces quién sabe dónde estarán descansando…».

Jesús, sentado en la proa, sonríe y calla. Recorren un arco de círculo en el lago y luego echan la red. Después de pocos minutos de espera, la barca siente extrañas sacudidas, extrañas porque el lago está liso como si fuera de cristal fundido bajo el Sol ya alto.

-«¡Esto son peces, Maestro!»

dice Pedro con los ojos como platos. Jesús sonríe y calla.

.-«¡Eúp! ¡Eúp!»

dirige Pedro a los peones. Pero la barca se inclina hacia el lado de la red.

-«¡Eh! ¡Santiago! ¡Juan! ¡Rápido! ¡Venid! ¡Con los remos! ¡Rápido!».

Se apresuran. Los esfuerzos de los hombres de las dos barcas logran subir la red sin dañar el pescado. Las barcas se colocan una al lado de la otra, completamente juntas. Un cesto, dos, cinco, diez; todos llenos de estupendas piezas, y hay todavía muchos peces coleteando en la red: plata y bronce vivo que se mueve huyendo de la muerte. Entonces no hay más que una solución: volear el resto en el fondo de las barcas. Lo hacen, y el fondo se vuelve todo un bullir de vidas en agonía. Esta abundancia cubre a los hombres hasta más arriba del tobillo y el nivel externo del agua llega a superar, por el peso excesivo, la línea de flotación.

-«¡A la orilla! ¡Vira! ¡Venga! ¡Con la vela! ¡Cuidado con el fondo! ¡Pértigas preparadas para amortizar el choque! ¡Demasiado peso!».

3       Mientras dura la maniobra, Pedro no reflexiona. Pero, una vez en la orilla, lo hace. Entiende. Siente una gran turbación.

-«¡Maestro, Señor! ¡Aléjate de mí! Yo soy un hombre pecador. ¡No soy digno de estar a tu lado! ».

Pedro está de rodillas sobre la grava húmeda de la orilla. Jesús le mira y sonríe:

-«¡Levántate! ¡Sígueme! ¡Ya no te dejo! De ahora en adelante serás pescador de hombres, y contigo estos compañeros tuyos. No temáis ya nada. Yo os llamo. ¡Venid!».

-«Inmediatamente, Señor. Vosotros ocupaos de las barcas. Llevadle todo a Zebedeo y a mi cuñado. Vamos. ¡Del todo para ti somos, Jesús! Sea bendito el Eterno por esta elección».

Y tiene fin la visión.

[1] Cfr. Monte 9, 1-8; Mc. 2, 1-12; Lc. 5, 17-26.

[2] El canto. 6, 3.

[3] Cfr. Monte 4, 18-22; Lc. 5, 1-8.

11/1/2015 Fiesta del Bautismo del Señor

Santo(s) del día : San Teodosio, Santo Tomás de Cori

Evangelio según San Marcos 1,7-11.

Primer año de la Vida Pública de Jesús

45. Predicación de Juan el Bautista y Bautismo de Jesús[1].La manifestación divina.

3 de febrero de 1944, por la noche.

Vista desde la orilla oriental del Jordán. De la otra parte del río se ven las estructuras del lugar de el-Maghtes, cercano a la iglesia de S. Juan Bautista.

1       Veo una llanura despoblada de vegetación y de casas. No hay campos cultivados, y muy pocas y raras plantas reunidas aquí o allá en matas –vegetales familias– en los sitios en que el suelo está por debajo menos quemado. Imagine[2] que este terreno quemado y baldío está a mi derecha –teniendo yo el norte a mis espaldas– y se prolonga hacia el Sur respecto a mí.

A la izquierda veo un río de orillas muy bajas, que corre lentamente también de Norte a Sur. Por el movimiento lentísimo del agua comprendo que no debe haber desniveles en su lecho y que fluye por una llanura tan achatada que constituye una depresión. El movimiento es apenas suficiente para que el agua no se estanque formando un pantano.(El agua es poco profunda, tanto que se ve el fondo; a mi juicio, no más de un metro, como mucho uno y medio. Tiene la anchura del Arno hacia S. Miniato–Empoli: yo diría que unos veinte metros. Pero no tengo buen ojo para calcular con exactitud).

Es de un azul ligeramente verde hacia las orillas, donde, por la humedad del suelo, hay una faja tupida de hierba que alegra la vista, cansada de la desolación pedregosa y arenosa de cuanto se le extiende delante.

Esa voz íntima que le he explicado que oigo y me indica lo que debo notar y saber me advierte que estoy viendo el valle del Jordán. Lo llamo valle porque se emplea esta palabra para indicar el lugar por donde corre un río, pero en este caso es impropio llamarlo así porque un valle presupone montes y yo aquí no veo montes cercanos. Pero, en fin, estoy en el Jordán, y el espacio desolado que observo a mi derecha es el desierto de Judá. Si es correcto llamarlo desierto en el sentido de un lugar donde no hay casas ni trabajo humano, no lo es según el concepto que nosotros tenemos de desierto. Aquí no se ven esas arenas onduladas que nosotros pensamos, sino sólo tierra desnuda, con piedras y detritus esparcidos; es como los terrenos aluviales después de una crecida. En la lejanía, colinas.

Además, junto al Jordán hay una gran paz, un algo especial, superior a lo común, como lo que se nota en las orillas del Trasimeno. Es un lugar que parece guardar memoria de vuelos de ángeles y voces celestes. No sé bien decir lo que experimento, pero me siento en un lugar que habla al espíritu.

2       Mientras observo estas cosas, veo que la escena se puebla de gente a lo largo de la orilla derecha –respecto a mí– del Jordán. Hay muchos hombres, vestidos de diversas formas. Algunos parecen gente del pueblo, otros ricos; no faltan algunos que parecen fariseos por el vestido ornado de ribetes y galones.

Entre todos ellos, en pie sobre una roca, un hombre a quien, aunque sea la primera vez que le veo, lo reconozco en seguida como el Bautista. Habla a la multitud, y le aseguro que no son palabras dulces. Jesús llamó a Santiago y a Juan “los hijos del trueno”[3]… ¿Cómo llamar entonces a este vehemente orador? Juan Bautista merece el nombre de rayo, avalancha, terremoto… ¡Gran ímpetu y severidad, manifiesta, efectivamente, en su modo de hablar y en sus gestos! Habla anunciando al Mesías y exhortando a preparar los corazones para su venida, extirpando de ellos los obstáculos y enderezando los pensamientos. Es un hablar vertiginoso y rudo. El Precursor no tiene la mano suave de Jesús sobre las llagas de los corazones. Es un médico que desnuda y hurga y corta sin miramientos.

3       Mientras le escucho –no repito las palabras porque son las mismas que citan los evangelistas, pero ampliadas en impetuosidad– veo que mi Jesús se acerca a lo largo de un senderillo que va por el borde de la línea herbosa y umbría que sigue el curso del Jordán. Este rústico camino (más sendero que camino) parece dibujado por las caravanas Y las personas que durante años y siglos lo han recorrido para llegar a un punto donde, por ser menos profundo el fondo del río, es fácil vadearlo. El sendero continúa por el otro lado del río y se pierde entre la hierba de la orilla opuesta.

Jesús está solo. Camina lentamente, acercándose, a espaldas de Juan. Se aproxima sin que se note y va escuchando la voz de trueno del Penitente del desierto, como si fuera uno de tantos que iban a Juan para que los bautizara, y a prepararse a quedar limpios para la venida del Mesías. Nada le distingue a Jesús de los demás.

Parece un hombre común por su vestir; un señor en el porte y la hermosura, mas ningún signo divino le distingue de la multitud.

Pero diríase que Juan ha sentido una emanación de espiritualidad especial, Se vuelve y detecta inmediatamente su fuente. Baja impetuosamente de la roca que le servía de púlpito y va deprisa hacia Jesús, que se ha detenido a algunos metros del grupo apoyándose en el tronco de un árbol.

4       Jesús y Juan se miran fijamente un momento. Jesús con esa mirada suya azul tan dulce; Juan con su ojo severo, negrísimo, lleno de relámpagos. Los dos, vistos juntos, son antitéticos. Altos los dos –es el único parecido–, son muy distintos en todo lo demás.

Jesús, rubio y de largos cabellos ordenados, rostro de un blanco marmóreo, ojos azules, atavío sencillo pero majestuoso. Juan, hirsuto, negro: negros cabellos que caen lisos sobre los hombros (lisos y desiguales en largura); negra barba rala que le cubre casi todo el rostro, sin impedir con su velo que se noten los carrillos ahondados por el ayuno; negros ojos febriles; oscuro de piel, bronceada por el sol y la intemperie; oscuro por el tupido vello que le cubre. Juan está semidesnudo, con su vestidura de piel de camello (sujeta a la cintura por una correa de cuero), que le cubre el torso cayendo apenas bajo los costados delgados y dejando descubiertas las costillas en la parte derecha, esas costillas cubiertas por el único estrato de tejidos que es la piel curtida por el aire.

Parecen un salvaje y un ángel vistos juntos.

Juan, después de escudriñarle con su ojo penetrante, exclama:

-«He aquí el Cordero de Dios. ¿Cómo es que viene a mí mi Señor?».

Jesús responde lleno de paz:

-«Para cumplir el rito de penitencia».

-«Jamás, mi Señor. Soy yo quien debe ir a ti para ser santificado, ¿y Tú vienes a mí?».

Y Jesús, poniéndole una mano sobre la cabeza, porque Juan se había inclinado ante El, responde:

-«Deja que se haga como deseo, para que se cumpla toda justicia y tu rito sea inicio para un más alto misterio y se anuncie a los hombres que la Víctima está en el mundo».

5       Juan le mira con los ojos dulcificados por una lágrima y le precede hacia la orilla.

Allí Jesús se quita el manto, la túnica y la prenda interior quedándose con una especie de pantalón corto; luego baja al agua, donde ya está Juan, que le bautiza vertiendo sobre su cabeza agua del río, tomada con una especie de taza que lleva colgada del cinturón y que a mí me parece como una concha o una media calabaza secada y vaciada.

Jesús es exactamente el Cordero. Cordero en el candor de la carne, en la modestia del porte, en la mansedumbre de la mirada.

Mientras Jesús remonta la orilla y, después de vestirse, se recoge en oración, Juan le señala ante las turbas y testifica que le ha reconocido por el signo que el Espíritu de Dios le había indicado como señal infalible del Redentor.

Pero yo estoy polarizada en mirar a Jesús orando, y sólo tengo presente esta figura de luz que resalta sobre el fondo de hierba de la ribera.

Juan no tenía necesidad de ninguna señal

4 de febrero de 1944.

6 Dice Jesús:

«Juan no tenía necesidad del signo para sí mismo. Su espíritu, presantificado desde el vientre de su madre[4], poseía esa vista de inteligencia sobrenatural que habrían poseído todos los hombres sin la culpa de Adán.

Si el hombre hubiera permanecido en gracia, en inocencia, en fidelidad para con su Creador, habría visto a Dios a través de las apariencias externas. En el Génesis[5] se lee que el Señor Dios hablaba familiarmente con el hombre inocente y que éste no desfallecía ante aquella voz y no se equivocaba al discernirla. Era destino del hombre ver y entender a Dios, justamente como un hijo con su padre. Después vino la culpa, y el hombre ya no se ha atrevido a mirar a Dios, ya no ha sabido ni ver ni comprender a Dios. Y cada vez lo sabe menos.

Pero Juan, mi primo Juan, quedó limpio de la culpa cuando la Llena de Gracia se inclinó amorosa a abrazar a Isabel, un tiempo estéril, entonces fecunda. El pequeñuelo saltó de júbilo en su seno, sintiendo caérsele de su alma la escama de la culpa, como costra que cae de una llaga que sana. El Espíritu Santo, que había hecho de María la Madre del Salvador, comenzó su obra de salvación, a través de María, vivo Sagrario de la Salvación encarnada, sobre este niño que había de nacer destinado a unirse a mí, no tanto por la sangre, cuanto por la misión que hizo de nosotros como los labios que forman la palabra. Juan los labios, Yo la Palabra. El el Precursor en el Evangelio y en la suerte del martirio; Yo, quien perfeccionaba, con mi divina perfección, el Evangelio comenzado por Juan y el martirio por la defensa de la Ley de Dios.

Juan no tenía necesidad de ningún signo. Pero la cerrazón de los demás lo requería. ¿En qué habría fundado Juan su aserción, sino sobre una prueba innegable que los ojos y oídos de los tardos hubieran percibido?

7 Tampoco Yo tenía necesidad de bautismo. Pero la sabiduría del Señor había juzgado que ése era el momento y el modo del encuentro. E induciendo a Juan a salir de su cueva del desierto y a mí a salir de mi casa, nos unió en esa hora para abrir sobre mí los Cielos de donde habría de descender El mismo, Paloma divina, sobre aquel que bautizaría a los hombres con tal Paloma, y el anuncio, más potente que el angélico, porque provenía del Padre mío: “Este es mi Hijo muy amado con quien me he complacido”.

Para que los hombres no tuvieran disculpas o dudas en seguirme o en no seguirme.

8 Las manifestaciones del Cristo han sido muchas. La primera, después del Nacimiento, fue la de los Magos; la segunda, en el Templo; la tercera, en las orillas del Jordán. Después vinieron las infinitas otras que te daré a conocer (porque mis milagros son manifestaciones de mi naturaleza divina) hasta las últimas de la Resurrección y Ascensión al Cielo.

Mi patria quedó llena de mis manifestaciones. Como semilla esparcida a los cuatro puntos cardinales, llegaron a todo estrato y lugar de la vida: a los pastores, a los poderosos, a los doctos, a los incrédulos, a los pecadores, a los sacerdotes, a los dominadores, a los niños, a los soldados, a los hebreos, a los gentiles. También al presente se repiten. Pero –como entonces– el mundo no las acoge. No sólo esto, sino que no acoge las actuales y olvida las pasadas. Pues bien, Yo no desisto. Yo me repito para salvaros, para conduciros a la fe en mí.

9 ¿Sabes, María, lo que haces; es más, lo que hago mostrándote el Evangelio? Es un intento más fuerte de atraer a los hombres hacia mí. Tú has deseado esto con ardientes oraciones. Ya no me limito a la palabra. Los cansa y los separa. Es un pecado, pero es así. Recurro a la visión, y además de mi Evangelio, y la explico para hacerla más clara y atrayente.

A ti te doy el consuelo de ver. A todos doy el modo de desear conocerme. Y, si no sirviera aún, y cuales crueles niños arrojasen el don sin comprender su valor, a ti te quedará mi don y a ellos mi enojo. Podré, una vez más, pronunciar la antigua recriminación: “Hemos tocado y no habéis bailado, hemos entonado lamentos y no habéis llorado”.

Pero no importa, dejemos que los inconvertibles acumulen sobre su cabeza los tizones ardientes y volvámonos hacia las ovejas que tratan de conocer al Pastor, que soy Yo; y tú el cayado que las conduce a mí».

10 Como ve, me he apresurado a escribir estos detalles que usted quería tener y que por su pequeñez me habían pasado desapercibidos.

[1] Cfr. Mt. 3, 13–17; Mc. 1, 9–11; Lc. 3, 21–22; Ju. 1, 29–34.

[2] Advierta el lector que la escritora de este modo se dirige a su Padre Espiritual.

[3] Cfr. Mc. 3, 13–18; Luc. 9, 54.

[4] Cfr. Lc. 1, 15 y 41.

[5] Cfr. Gén. 1, 26–29; 2, 16–19.

6/1/2015 Solemnidad de la Epifanía del Señor

 

Santo(s) del día : San Carlos de Sezze,  Santa Rafaela María del Sagrado Corazón

Evangelio según San Mateo 2,1-12.

Nacimiento y vida oculta de María y Jesús.

  1. Adoración de los Magos[1]. Es “evangelio de la fe”.

28 de febrero de 1944.

1 Mi interno consejero me dice:

«A estas contemplaciones que vas a tener, que Yo te voy a manifestar, llámalas “evangelios de la fe”[2], porque vendrán a ilustrarte a ti y a los demás el poder de la fe y de sus frutos, así como a confirmaros en la fe en Dios».

2       Veo Belén, pequeña y blanca, recogida como una parvada bajo el claror de las estrellas. Dos calles principales la cortan en cruz: una, que llega desde fuera, y es la vía principal, que luego prosigue más allá del pueblo; la segunda va de un extremo a otro de éste, y ahí termina. Hay otras callecitas que dividen a este pueblecillo, pero sin la más mínima norma de planificación urbana como nosotros concebimos, sino adaptándose más bien al terreno sinuoso y a las casas que han ido surgiendo aquí o allá, según el capricho del suelo o del constructor. Estando unas hacia la derecha, otras hacia la izquierda, algunas formando arista con la calle que pasa por ellas, estas casas obligan a las calles a ser como una cinta que se desenrede tortuosamente, en vez de algo rectilíneo que vaya de una a otra parte sin desviarse. Una placita de vez en cuando, o bien por un mercado, o bien por una fuente, o porque se ha construido desperdigadamente sin criterio: restos de suelo al sesgo en que no es posible ya construir nada.

En el punto en que de forma particular me parece estar, hay precisamente una de estas placitas irregulares. Debería haber sido cuadrada, o, al menos, rectangular; sin embargo ha resultado un trapecio tan extraño que parece un triángulo acutángulo con el vértice truncado. En el lado más largo –la base del triángulo– hay una construcción ancha y baja, la más grande del pueblo. La rodea un muro liso y desnudo, abierto sólo en dos puntos: dos puertas, que ahora están perfectamente cerradas. Al otro lado del muro, sin embargo, en su vasto cuadrado, se abren en el primer piso muchas ventanas; en la planta baja hay unos pórticos que rodean a unos patios que tienen paja y detritos en el suelo y sus correspondientes pilones para abrevar a los caballos o a otros animales.

En las toscas columnas de las arcadas hay unas argollas para atar a los animales, y, en uno de los lados, existe un vasto cobertizo para cobijar a rebaños y cabalgaduras.

Comprendo que se trata de la posada de Belén.

En los otros dos lados iguales de la placita hay casas más o menos grandes, unas con un poco de huerto delante, otras no; efectivamente, algunas de ellas tienen la fachada hacia la plaza, mientras que otras, por el contrario, la parte de atrás. Finalmente, en el  lado más corto, de frente al caravasar, hay una única casita con una escalerita externa que introduce a mitad de la fachada en las habitaciones del piso habitado. Todas las casas están cerradas porque es de noche. No hay nadie por las calles, dada la hora.

3       Veo intensificarse la luz nocturna que llueve del cielo lleno de estrellas, hermosísimas en el cielo oriental, tan vivas y grandes que parecen cercanas y se ve fácil llegarse adonde esas flores resplandecientes que están en el terciopelo del firmamento, y tocarlas. Levanto la mirada para tratar de comprender el origen de este aumento de luz… Una estrella, cuyo insólito tamaño le hace asemejarse a una pequeña Luna, avanza por el cielo de Belén. Las otras parecen eclipsarse y apartarse, cual siervas al paso de su reina, pues el resplandor es tan grande que las sumerge y las anula. Su globo, que parece un enorme zafiro pálido encendido internamente por un Sol, va dejando una estela en la que con el predominante color del zafiro claro se funden los amarillos de los topacios, los verdes de las esmeraldas, los opalescentes de los ópalos, los sanguíneos destellos de los rubíes y el delicado titilar de las amatistas. Todas las piedras preciosas de la Tierra están presentes en esa estela que barre el cielo con un movimiento veloz y ondulante, como si estuviera viva. El color que predomina, no obstante, es el que emana del globo de la estrella: el paradisíaco color de pálido zafiro que desciende a colorar de plata azul las casas, las calles, el suelo de Belén, cuna del Salvador. No es ya esa pobre villa que para nosotros no sería ni siquiera un pueblo; es una villa fantástica de fábula, en que todo es de plata, y el agua de las fuentes y de los pilones es de diamante líquido.

El efluvio de resplandor se hace más vivo. La estrella se detiene encima de la casita que está situada en el lado más corto de la plazuela. Ni los que en aquélla habitan ni los betlemitas la ven, pues están durmiendo en sus casas cerradas. Pero la estrella acelera sus latidos de luz; su cola vibra y ondula más intensamente trazando casi semicírculos en el cielo, que se ilumina todo por la red de astros que la estrella arrastra, por esta red llena de joyas resplandecientes que tiñen de los más hermosos colores a las otras estrellas, casi como si les transmitieran una palabra de alegría.

La casita ahora está toda bañada de este fuego líquido de gemas. El techo de la breve terraza, la escalerita de piedra oscura, la pequeña puerta… todo es como un bloque de pura plata sembrado todo de polvo de diamantes y perlas. Ningún palacio de la Tierra ha tenido jamás, ni la tendrá, una escalera como ésta, hecha para recibir el paso de los ángeles, para ser usada por la Madre que es Madre de Dios; sus pequeños pies de Virgen Inmaculada pueden apoyarse sobre ese cándido esplendor, esos sus pequeños pies destinados a descansar sobre los escalones del trono de Dios. Y, sin embargo, la Virgen está ajena de ello; Ella vela orante junto a la cuna de su Hijo. En su alma tiene resplandores que superan a éstos con que la estrella embellece las cosas.

4       Por la calle principal avanza una caravana. Caballos enjaezados, caballos guiados de las riendas, dromedarios y camellos montados o que transportan su carga. El sonido de los cascos produce un rumor como el del agua de un torrente cuando roza las piedras y choca contra ellas. Llegados a la plaza, todos se detienen. La caravana, bajo la luz radiante de la estrella, tiene un esplendor fantástico. Los jaeces de las riquísimas cabalgaduras, los indumentos de sus jinetes, las caras, los equipajes… todo resplandece, uniendo y avivando su brillo de metal, de cuero, de seda, de piedras preciosas, de pelaje… con el brillo estelar. Y los ojos relucen, y ríen las bocas, porque en los corazones se ha encendido otro fulgor: el de una alegría sobrenatural.

Mientras los siervos se encaminan hacia el caravasar con los animales, tres de la caravana se bajan de sus repectivas cabalgaduras; un siervo las conduce inmediatamente a otra parte, y ellos, a pie, se dirigen hacia la casa. Se postran, rostro en tierra, para besar el suelo. Son tres potentados, a juzgar por sus riquísimas vestiduras.

Uno de ellos, de piel muy oscura, que se ha bajado de un camello, se arropa con una toga de cándida seda esplendente; ciñen su frente y su cintura preciosos aros; del de la cintura pende un puñal o una espada, cuya empuñadura está cuajada de gemas. Los otros dos, que montaban espléndidos caballos, están vestidos así: uno, de paño de rayas bellísimo en que predomina el color amarillo, elaborado a manera de dominó, largo, ornado con capucha y cordón, tan recamados que parecen una única labor de filigrana de oro; el otro lleva una camisa sedeña, que, formando bolsas, sobresale del pantalón amplio y largo ceñido a los pies, y va envuelto en un finísimo chal, tan ornado todo él de flores y tan vivas éstas, que asemeja a un jardín florido, y lleva en la cabeza un turbante sujetado por una cadenita, toda ella con engastes de diamantes.

Tras haber venerado la casa en que está el Salvador, se ponen de nuevo en pie y se dirigen al caravasar, ya abierto a los pajes que se habían adelantado para llamar a la puerta.

Y aquí cesa la visión.

5 Tres horas después vuelve: es la escena de la adoración de los Magos a Jesús.

Ahora es de día. Un hermoso Sol resplandece en el cielo de la tarde. Un paje de los tres Magos cruza la plaza y sube la escalerita de la casa. Entra. Vuelve a salir. Regresa a la posada.

Salen los tres Sabios, cada uno seguido de su propio paje. Atraviesan la plaza. Los escasos transeúntes se vuelven a mirar a estos pomposos personajes que pasan muy lentamente, con solemnidad. Entre cuando el paje ha entrado y la entrada de éstos, ha transcurrido ampliamente un cuarto de hora; los habitantes de la casita así han podido prepararse para recibir a los que llegan.

Los tres están vestidos aún más ricamente que la noche precedente. Las sedas resplandecen, las gemas brillan, un gran penacho de preciosas plumas, sembrado de escamas aún más preciosas, ondula trémulo e irradia destellos sobre la cabeza del que lleva el turbante.

Los pajes llevan: uno, un cofre todo taraceado, cuyos refuerzos metálicos son de oro burilado; el segundo, una labradísima copa, cubierta por una aún más labrada tapa, toda de oro; el tercero, una especie de ánfora ancha y baja, también de oro, cubierta con una tapa en forma de pirámide en cuyo vértice hay un brillante. Debe pesar, pues los pajes lo llevan con esfuerzo, especialmente el del cofre.

Suben por la escalera y entran. Entran en una habitación que va de la parte de la calle al dorso de la casa. Por una ventana abierta al sol, se ve el huertecillo posterior.

Hay puertas en las otras dos paredes; desde ellas los propietarios curiosean. Estos son: un hombre, una mujer y, entre jovencitos y niños, tres o cuatro.

6       María está sentada con José, en pie, a su lado. Tiene al Niño en su regazo. No obstante, cuando ve entrar a los tres Magos, se levanta y hace una reverencia. Está toda vestida de blanco. ¡Qué hermosa, con su sencillo vestido blanco que la cubre desde la base del cuello hasta los pies, desde los hombros hasta sus delgadas muñecas; qué hermosa, con su cabeza pequeña coronada de trenzas rubias, con ese rostro suyo más vivamente rosado por la emoción, con esos ojos que sonríen dulcemente, con esa su boca que se abre para saludar diciendo: «Dios sea con vosotros»! Tanto es así, que los tres Magos, impresionados, se detienen un instante. Pero luego caminan otro poco y se postran a sus pies. Y le ruegan que se siente.

Ellos no, no se sientan, a pesar de los ruegos de Ella; permanecen de rodillas, relajados sobre los talones. Detrás, también de rodillas, los tres pajes; se han detenido apenas traspasado el umbral de la puerta, han depositado delante de ellos los tres objetos que llevaban y están esperando.

Los tres Sabios contemplan al Niño, que creo que puede tener de nueve meses a un año, pues su aspecto es muy vivaz y pujante; está sentado sobre el regazo de su Mamá, y sonríe y balbucea con una vocecita de pajarillo. Está vestido todo de blanco como su Mamá; en sus diminutos piececitos, unas pequeñas sandalias. Es un vestidito muy sencillo: una tuniquita de la que sobresalen los bonitos piececitos inquietos y las manitas gorditas que querrían agarrar todas las cosas, y, sobre todo, la lindísima carita en que brillan los ojos azul oscuros y la boca hace hoyitos a los lados riendo y descubriendo los primeros dientecitos diminutos. Los ricitos de Jesús son tan lúcidos y vaporosos, que parecen polvo de oro.

7       El más anciano de los Sabios toma la palabra en nombre de los tres, para explicarle a María que durante una noche del pasado diciembre vieron encenderse una nueva estrella en el cielo, de inusitado esplendor. Jamás las cartas del cielo habían registrado ese astro, jamás lo habían mencionado. No se conocía su nombre, porque no lo tenía. Nacida, entonces, del seno de Dios, esa estrella había brillado para manifestar a los hombres una bendita verdad, un secreto de Dios. Pero los hombres no le habían prestado atención, porque tenían hundida el alma en el fango; no alzaban la mirada hacia Dios y no sabían leer las palabras que El escribe –alabado sea eternamente por ello– con astros de fuego en la bóveda del cielo.

Ellos la habían visto y se habían esforzado por entender su voz. Y, perdiendo contentos el poco sueño que concedían a sus miembros, y aun olvidándose del alimento, se habían sumido en el estudio del zodiaco; las conjunciones de los astros, el tiempo, la estación, el cálculo de las horas pasadas y de las combinaciones astronómicas les habían dicho el nombre y el secreto de la estrella. Su nombre: “Mesías”; su secreto: “ser el Mesías venido al mundo”. Y se habían puesto en camino para adorarle. Cada uno de ellos sin que los otros lo supieran. Por montes y desiertos, por valles y ríos, viajando incluso durante la noche, habían venido hacia Palestina, porque la estrella se movía en esa dirección. Para cada uno de ellos, desde tres puntos distintos de la tierra, se movía en esa dirección. Se habían encontrado después del Mar Muerto. La voluntad de Dios los había reunido allí, y juntos habían continuado, comprendiéndose a pesar de que cada uno hablaba su propia lengua, y comprendiendo y pudiendo hablar la lengua del país por un milagro del Eterno.

Juntos se habían dirigido a Jerusalén, dado que el Mesías debía ser el Rey de esta ciudad, el Rey de los judíos; pero en el cielo de esa ciudad la estrella se había ocultado, sintiendo ellos rompérseles de dolor el corazón, y se habían examinado para saber si quizás se hubieran hecho indignos de Dios. Pero, habiéndolos tranquilizado su conciencia, fueron adonde el rey Herodes para preguntarle en qué palacio había nacido el Rey de los judíos que ellos habían venido a adorar. El rey, convocados los príncipes de los sacerdotes y los escribas, había interrogado acerca del lugar en que podía nacer el Mesías, a lo que éstos habían respondido:

-«En Belén de Judá».

Y habían venido hacia Belén. La estrella, dejada ya la Ciudad santa, había aparecido de nuevo ante sus ojos, y, de noche, el día anterior había aumentado sus resplandores: el cielo todo era un fuego; luego se había parado sobre esta casa, reuniendo toda la luz de las otras estrellas en su haz luminoso. Así, habían comprendido que ahí estaba el Nacido divino. Y ahora le estaban adorando, ofreciendo sus pobres presentes y, sobre todo, su propio corazón, el cual jamás cesaría de bendecir a Dios por la gracia concedida y de amar a su Hijo, cuya santa Humanidad estaban viendo. Luego volverían a informar al rey Herodes, pues también él deseaba adorarle.

8 -«Este es el oro que a todo rey corresponde poseer; esto, el incienso, como corresponde a Dios; y esto, ¡Oh Madre!, esto es la mirra, porque tu Hijo es, además de Dios, Hombre, y habrá de conocer, de la carne y de la vida humana, la amargura y la inevitable ley de la muerte. Nuestro amor quisiera no pronunciar estas palabras y concebirle eterno también en la carne como eterno es su Espíritu. Pero, ¡Oh Mujer!, si nuestros mapas, y, sobre todo, nuestras almas, no yerran, El es, este Hijo tuyo, el Salvador, el Cristo de Dios, y, por tanto, deberá, para salvar a la Tierra, cargar sobre sí mismo el peso del mal de la Tierra, uno de cuyos castigos es la muerte. Esta resina es para esa hora, para que la carne santa no conozca la podredumbre de la corrupción y conserve la integridad hasta su resurrección. ¡Y que por este presente nuestro El se acuerde de nosotros y salve a sus siervos dándoles su Reino!».

De momento –añade– Ella, la Madre, para ser santificados por El, dé a su Niño

-«a nuestro amor, para que, besando sus pies, descienda sobre nosotros la bendición celeste».

María, que ha superado la turbación suscitada por las palabras del Sabio y ha celado la tristeza de la fúnebre evocación bajo una sonrisa, ofrece al Niño. Lo deposita en los brazos del más anciano, que le besa –y Jesús le acaricia– y luego le pasa a los otros dos.

Jesús sonríe y juguetea con las cadenitas y las cintas de los indumentos de los tres, y mira con curiosidad el cofre abierto, lleno de una cosa amarilla que brilla, y ríe al ver que el sol hace un arco iris al herir el brillante de la tapa de la mirra.

9       Los tres Magos devuelven el Niño a María y se levantan. También se pone en pie María. Inclinan mutuamente la cabeza en gesto de reverencia. Antes el más joven había dado una orden al siervo y éste había salido. Los tres siguen hablando todavía un poco.

No saben decidirse a separarse de esa casa. Lágrimas de emoción en sus ojos… Al final se dirigen hacia la salida acompañados por María y José.

El Niño ha querido bajar y darle la manita al más anciano de los tres, y anda así, de la mano de María y del Sabio, los cuales se inclinan para tenerle de la mano. Jesús, con su pasito todavía inseguro de infante, ríe, golpeando con sus piececitos sobre la franja que el sol dibuja en el suelo.

Llegados al umbral de la puerta –téngase presente que la habitación tenía la misma largura de la casa– los tres se despiden arrodillándose una vez más y besando los piececitos de Jesús. María, inclinada hacía el Pequeñuelo, le toma la manita y la guía y hace así ésta un gesto de bendición sobre la cabeza de cada uno de los Magos. Es éste ya un signo de cruz trazado por los pequeños dedos de Jesús, guiados por María.

Tras ello, los tres bajan la escalera. La caravana ya está ahí esperando preparada. Los bullones de las cabalgaduras reflejan el Sol del ocaso. La gente se ha agolpado en la placita para ver este insólito espectáculo.

Jesús ríe dando palmadas con sus manitas. Su Mamá le ha alzado y le ha apoyado en el ancho parapeto que limita el descansillo, y le tiene con un brazo sujeto contra su pecho para que no se caiga. José, que ha bajado con los tres Magos, sujeta a cada uno de ellos el estribo al subirse éstos a los caballos o al camello.

Ya todos, siervos y señores, están a caballo. Se da orden de marcha. Los tres, como último saludo, se inclinan hasta tocar el cuello de la cabalgadura. José hace una reverencia. María también, volviendo a guiar la manita de Jesús en un gesto de adiós y bendición.

«Consideraciones acerca de la fe de los tres Reyes»

10 Dice Jesús:

«¿Y ahora? ¿Qué deciros ahora, almas que sentís morir la fe? Estos Sabios de oriente no disponían de nada que los confirmara en la verdad; nada sobrenatural. Sólo tenían el cálculo astronómico y la propia reflexión perfeccionada por una vida íntegra. Y, con todo, tuvieron fe. Fe en todo: fe en la ciencia, fe en la conciencia, fe en la bondad divina.

En la ciencia, en cuanto que creyeron en el signo de la estrella nueva, que no podía sino ser “ésa”, la que la humanidad desde hacía siglos estaba esperando: el Mesías. En la conciencia, en cuanto que tuvieron fe en la voz de la misma, la cual, recibiendo “voces” celestes, les decía: “Esa estrella es la que signa la venida del Mesías”. En la bondad, en cuanto que tuvieron fe en que Dios no los engañaría, y en que, dado que su intención era recta, los ayudaría en todos los modos para alcanzar el objetivo.

Y lo lograron. Sólo ellos, entre tantos otros estudiosos de los signos, comprendieron ese signo, porque sólo ellos tenían en el alma el ansia de conocer las palabras de Dios con un fin recto, cuyo principal pensamiento consistía en dar en seguida a Dios honor y gloria.

11 No buscaban el provecho personal. Antes bien, les esperaban dificultades y gastos, y no piden compensación humana alguna. Piden solamente que Dios se acuerde de ellos y los salve para la eternidad.

De la misma forma que su pensamiento no está puesto en ninguna compensación humana posterior, tampoco tienen, cuando deciden el viaje, ninguna preocupación humana. Vosotros habríais hecho mil cavilaciones: “¿Cómo me las voy a arreglar para hacer un viaje tan largo por países y entre gentes de lenguas distintas? ¿Me van a creer, o, por el contrario, me encarcelarán por espía? ¿Qué ayuda me van a ofrecer cuando tenga que pasar desiertos, ríos, montes? ¿Y el calor? ¿Y el viento de los altiplanos? ¿Y las fiebres pantanosas de las zonas palúdicas? ¿Y las riadas dilatadas por las lluvias? ¿Y las comidas distintas? ¿Y el lenguaje distinto? Y… y… y”. Así razonáis vosotros. Ellos no razonan así. Dicen, con sincera y santa audacia: ‘Tú, ¡Oh Dios!, lees nuestro corazón y ves qué fin perseguimos. Nos ponemos en tus manos. Concédenos la sobrehumana alegría de adorar a tu Segunda Persona hecha Carne para la salud del mundo”.

Ello es suficiente. Se ponen en camino desde las lejanas Indias[3]. Se ponen en camino desde las cadenas montañosas mongólicas, en cuyo espacio se mueven, libérrimos, sólo águilas y buitres, donde Dios habla con el fragor de los vientos y de los torrentes y escribe palabras de misterio en las inmensas páginas de los neveros. Se ponen en camino desde las tierras en que nace el Nilo, y discurre, vena verde–azul, hacia el corazón azul del Mediterráneo. Ni picos, ni zonas selvosas, ni arenas –océanos secos y más peligrosos que los marinos– detienen su paso. Y la estrella brilla sobre sus noches, negándoles el sueño. Cuando se busca a Dios, los hábitos animales deben ceder ante los anhelos impacientes y las necesidades suprahumanas.

Reciben la estrella desde septentrión, desde oriente y desde meridión, y, por un milagro de Dios, avanza para los tres hacia un punto; como también, por otro milagro, los reúne tras muchas millas en ese punto; y, por otro, les da, anticipando la sabiduría pentecostal, el don de entenderse y de hacerse entender como en el Paraíso, donde se habla una sola lengua: la de Dios.

12 Sólo un momento de turbación los sobrecoge: cuando la estrella desaparece. Ellos –humildes porque eran realmente grandes– no piensan que ello sea debido a la maldad de los demás –no habiendo merecido ver la estrella de Dios los hombres corrompidos de Jerusalén–, sino que piensan que ellos son los que se han hecho indignos de Dios, y se examinan con temblor y con contricción ya preparada para pedir perdón.

Mas su conciencia los tranquiliza. Habituadas sus almas a la meditación, tenían una conciencia sensibilísima, afinada por una atención constante, por una aguda introspección, que había hecho de su interior un espejo en que se reflejaban las más ligeras sombras de los hechos cotidianos. Habían hecho de su conciencia una maestra, una voz que los advertía y les gritaba ante la mas pequeña, no digo falta, sino mirada a la falta, a lo que es humano, a la complacencia de lo que es yo. Y por eso, cuando se ponen frente a esta maestra, frente a este espejo severo y nítido, saben que no les mentirá. Los tranquiliza y recobran el vigor.

“¡Oh, qué dulce el sentir que en nosotros no hay nada que sea contrario a Dios; sentir que El mira con complacencia al corazón del hijo fiel y lo bendice! Este sentir produce aumento .

de fe y confianza, y esperanza y fortaleza y paciencia. Es momento de tempestad, mas ésta pasará, porque Dios me ama y sabe que le amo, y me seguirá ayudando”: esto dicen quienes poseen esa paz que procede de una conciencia recta, reina de todas sus acciones.

13 He dicho que eran “humildes porque eran realmente grandes”. ¿En vuestras vidas, sin embargo, qué sucede? Que uno, no porque sea grande, sino por su mayor despotismo –y se hace poderoso por su despotismo y por vuestra necia idolatría–, no es jamás humilde.

Existen pobres desgraciados que, por el solo hecho de ser mayordomos de un déspota, conserjes en algún organismo, funcionarios de un arrabal –a fin de cuentas al servicio de quien los ha hecho lo que son– se dan aires de semidioses. ¡Bueno, pues dan pena!…

Ellos, los tres Sabios, eran realmente grandes, en primer lugar por virtudes sobrenaturales, en segundo lugar, por ciencia, y, por último, por riqueza. Y no obstante se sienten nada: polvo sobre el polvo de la tierra, respecto al Dios altísimo, que crea los mundos con una sonrisa suya, y los esparce como granos de trigo para saciar los ojos de los ángeles con collares hechos de estrellas.

Se sienten nada respecto al Dios altísimo que ha creado el planeta en que viven, y que le ha hecho vario, colocando, cual Escultor infinito de obras inmensas, aquí, con un toque de su pulgar, una corona de suaves colinas, allá una cadena de cumbres y de picos semejante a vértebras de la tierra; de este cuerpo desmesurado cuyas venas son los ríos; pelvis, los lagos; corazones, los océanos; vestiduras, los bosques; velos, las nubes; ornatos, los glaciares de cristal; gemas, las turquesas y las esmeraldas, los ópalos y los berilos de todas las aguas que cantan, con las selvas y los vientos, el gran coro de alabanza a su Señor.

Se sienten nada en su sabiduría respecto al Dios altísimo de quien les viene y que les ha dado ojos más potentes que esas dos pupilas por las que ven las cosas: ojos del alma que saben leer en las cosas esa palabra no escrita por mano humana, sino grabada por el pensamiento de Dios.

Se sienten nada en su riqueza: átomo respecto a la riqueza del Posesor del universo, que disemina metales y gemas en los astros y planetas, y riquezas sobrenaturales, inagotables riquezas, en el corazón de aquel que le ama.

14 Y, llegados ante una pobre casa de la más mísera de las ciudades de Judá, no menean la cabeza diciendo: “Imposible”, sino que se inclinan reverentes, se arrodillan, sobre todo con el corazón, y adoran. Ahí, detrás de esas paredes, está Dios; ese Dios que siempre invocaron, sin atreverse, ni por asomo, a esperar que podrían verle. Le invocaron, más bien, por el bien de toda la humanidad, por “su propio” bien eterno.  Ah, sólo esto soñaban para ellos: poder verle, conocer, poseerle en la vida que no conocerá ni alboradas ni ocasos!

El está ahí, tras esas pobres paredes. ¿Quién sabe si, quizás, su corazón de Niño, que es el corazón de un Dios, no siente estos tres corazones que vueltos hacia el polvo del camino tintinean: “Santo, Santo, Santo. Bendito el Señor, Dios nuestro. Gloria a El en los Cielos altísimos, y paz a sus siervos. Gloria, gloria, gloria y bendición”? Ellos se lo preguntan con temblor de amor. Y, durante toda la noche y la mañana siguiente preparan, con la más viva oración, su espíritu para la comunión con el Dios–Niño.

No se dirigen a este altar –regazo virginal sobre el que está la Hostia divina –como hacéis vosotros, o sea, con el alma llena de preocupaciones humanas. Se olvidan del sueño y de la comida, toman las vestiduras más bellas– no por humana ostentación, sino por honorar al Rey de los reyes–. En los palacios de los soberanos, los dignatarios entran con las vestiduras más bellas; ¿no debían, acaso, ellos ir adonde este Rey con sus indumentos de fiesta? ¿Y qué fiesta mayor que ésta para ellos?

En sus lejanas patrias, muchas veces tuvieron que ataviarse elegantemente por otros hombres de su mismo rango; para festejarlos u honrarlos. Era justo, pues, humillar ante los pies del Rey supremo púrpuras y joyas, sedas y plumas preciosas. Era justo poner a sus pies, ante sus delicados piececitos, las telas de la Tierra, las gemas de la Tierra, plumajes, metales de la Tierra, para que estas cosas de la Tierra –son obras suyas– adorasen también a su Creador. Y se hubieran sentido felices si la Criaturita les hubiera ordenado que se extendieran en el suelo haciendo una alfombra viva para sus pasitos de Niño, y los hubiera pisado, El, que había dejado las estrellas por ellos, que sólo eran polvo, polvo, polvo.

15 Eran humildes y generosos, y obedientes a las “voces” que venían de lo Alto. Tales “voces” ordenan llevar presentes al Rey recién nacido. Y ellos llevan los presentes. No dicen: “Es rico y por tanto no lo necesita. Es Dios y por tanto no conocerá la muerte”. Obedecen. Y son ellos los primeros en ayudar al Salvador en su pobreza. Y ¡qué providente era ese oro para quien en un futuro próximo sería un fugitivo!, ¡cuánto significado tenía esa resina para quien a no tardar sería matado!, ¡qué pío ese incienso para quien había de sentir el hedor de las lujurias humanas en ebullición en torno a su pureza infinita!

Humildes, generosos, obedientes, respetuosos unos con otros. Las virtudes engendran siempre otras virtudes. De las virtudes orientadas a Dios proceden las virtudes orientadas al prójimo. Respeto, que a fin de cuentas es caridad. Defieren al más anciano hablar por los tres, y ser el primero en recibir el beso del Salvador y en llevarle de la mano. Los otros podrán volverle a ver, pero él no. Es viejo. Cercano está ya su día de regreso a Dios. A este Cristo le verá, tras su espantosa muerte, y le seguirá por la estela de los salvados en el regreso al Cielo, mas no le volverá a ver en esta Tierra. Quédele, pues, como viático, el calorcito de esta diminuta mano que se abandona en la suya ya rugosa.

Y los demás no tuvieron ninguna envidia del sabio anciano; antes bien, aumentó su veneración por él: en efecto, había merecido más que ellos y durante más tiempo. El Dios–Infante esto lo sabía. La Palabra del Padre todavía no hablaba, pero su acto era ya palabra. ¡Bendita sea esta palabra suya, inocente, que designa a éste como su predilecto!

16 Mas hay, todavía, hijos, otras dos enseñanzas en esta visión.

Cómo José sabe estar dignamente en “su” puesto. Está presente como custodio y tutor de la Pureza y de la Santidad, pero sin usurpar sus derechos. María, con su Jesús, es quien recibe dones y palabras; José exulta por Ella y no se siente herido de ser una figura secundaria. José es un justo, es el Justo, y es justo siempre, y en este momento también lo es. No se embriaga con los vapores de la fiesta. Permanece humilde, justo.

Se alegra de esos regalos. No por él mismo, sino pensando que con ellos va a poder hacerles más cómoda la vida a su Esposa y a su dulce Niño. En José no hay avaricia. Es un trabajador y va a seguir trabajando; pero otra cosa es que “Ellos”, sus dos amores, puedan vivir con desahogo y comodidad. Ni él ni los Magos saben que esos regalos van a ser útiles para una fuga, para una vida en el exilio (en las que los haberes se disipan como una nube bajo la acción del viento), y para regresar a la patria, tras haber perdido todo: clientes, mobiliario, enseres; sólo con las paredes de la casa, que Dios la protegería porque en ese lugar El se había unido a la Virgen y se había hecho Carne.

José es humilde –él, que es custodio de Dios y de la Madre de Dios y Esposa del Altísimo– hasta el punto de sujetar el estribo a estos vasallos de Dios. Es un pobre carpintero, debido a que el despotismo humano ha despojado a los herederos de David de sus regios haberes, pero sigue siendo de estirpe real y posee rasgos de rey. De él hay que decir también: “Era humilde porque era realmente grande”.

17 Ultima, delicada, indicativa enseñanza.

Es María quien toma la mano de Jesús, que todavía no sabe bendecir, y la guía en el gesto santo.

Es siempre María la que toma la mano de Jesús y la guía. Y ahora sucede lo mismo. Ahora Jesús sabe bendecir, pero a veces su mano traspasada cae cansada y desesperanzada porque sabe que es inútil bendecir. Vosotros destruís mi bendición. Cae también indignada, porque vosotros me maldecís. Y entonces es María la que retira el desdén de esta mano besándola. ¡Oh, el beso de mi Madre! ¿Quién podría resistir a ese beso? Luego toma con sus finos dedos –finos, pero ¡cuán amorosamente imperiosos!– mi muñeca, y me fuerza a bendecir.

No puedo decir que no a mi Madre. Pero tenéis que ir a Ella para hacerla Abogada vuestra. Ella es mi Reina antes de ser vuestra Reina, y su amor por vosotros guarda indulgencias que ni siquiera el mío conoce. Y Ella, incluso sin palabras, sólo con las perlas de su llanto y con el recuerdo de mi Cruz –cuyo signo me hace trazar en el aire– toma la defensa de vuestra causa recordándome: “Eres el Salvador. Salva”.

18 He aquí, hijos, el “evangelio de la fe” en la aparición de la escena de los Magos. Meditad e imitad, para bien vuestro».

[1] Cfr. Mt. 2, 1–11.

[2] Otros episodios de los “evangelios de la fe” no pertinentes a la presente Obra, quedan recogidos en las publicaciones de las obras menores de MV.

[3] La Escritora añade la siguiente nota: “Jesús me dice luego que con “Indias” quiere decir Asia meridional, donde ahora están Turquestán, Afganistán y Persia”

28/12/2014 San Lucas 2,22-40. Los santos Inocentes

Primer Año De La Vida Publica de Jesús.

73. En Belén, en casa de un campesino y en la gruta de la Natividad.

8 de enero de 1945.

1       Un camino de llanura pedregosa, polvorienta, secada por el sol estivo. Discurre entre vigorosos olivos, del todo llenos de pequeñas aceitunas que acaban de formarse. El suelo, en los lugares que no han sido aún pisados, tiene todavía un estrato de diminutas florecitas del olivo, caídas después de la fecundación.

Jesús, con los tres, avanza en fila india a lo largo del margen del camino, donde la sombra de los olivos ha mantenido la hierba todavía verde, y por ello hay menos polvo.

El camino cambia de dirección en ángulo recto y sube levemente hacia una cuenca que tiene forma de amplia herradura, en la cual están esparcidas numerosas casas, mas o menos grandes, hasta formar una pequeña ciudad. Exactamente en el punto donde el camino vuelve, hay una construcción cúbica cubierta por una pequeña cúpula baja; está completamente cerrada, como abandonada.

-«He ahí el sepulcro de Raquel» dice Simón.

-«Entonces casi hemos llegado. ¿Entramos inmediatamente en la ciudad?».

-«No, Judas. Antes os enseñaré un lugar… Después entraremos en la ciudad y, dado que hay todavía claridad y por la noche habrá Luna, podremos hablarle a la población, si quiere escuchar».

-«¿Cómo quieres que no te escuche?».

2       Llegan al sepulcro, antiguo pero bien conservado, bien blanqueado. Jesús se detiene a beber en un rústico pozo cercano.

Una mujer, que ha venido a sacar agua, se la ofrece. Jesús le pregunta:

-«¿Eres de Belén?».

-«Lo soy. Pero ahora, en tiempo de recolección, estoy con mi marido en estos campos, para cuidar los huertos y los árboles frutales. Y Tú, ¿eres galileo?».

-«Nací en Belén, pero estoy en Nazaret de Galilea».

-«¿También Tú perseguido?».

-«La familia. Pero por qué dices: “¿También Tú?” ¿Entre los betlemitas hay muchos perseguidos?».

-«¿No lo sabes? ¿Cuántos años tienes?».

-«Treinta».

-«Entonces naciste justamente cuando… ¡Oh, qué desdicha! ¿Pero por qué nació aquí Aquél?».

-«¿Quién?».

-«Aquel que se decía que era el Salvador. Maldición a los necios que, borrachos de sidra, vieron en las nubes ángeles, oyeron en los balidos y rebuznos voces del Cielo y, en la niebla de su embriaguez, tomaron a tres miserables por los más santos de la Tierra. ¡Maldición a ellos! Y a quien creyó en ellos».

-«No haces más que proferir maldiciones, pero no me explicas qué sucedió. ¿Por qué esas imprecaciones?».

-«Porque… Oye: ¿a dónde quieres ir?».

-«A Belén, con mis amigos. Tengo compromisos allí. Debo saludar a viejos amigos y llevarles el saludo de mi Madre. Pero antes querría saber muchas cosas, porque faltamos, nosotros los de la familia, desde hace muchos años. Dejamos la ciudad teniendo Yo pocos meses».

-«Antes de la desgracia, entonces. 3 Oye, si no te repugna la casa de un campesino, ven a compartir con nosotros el pan y la sal. Tú y tus compañeros. Hablaremos durante la cena y os hospedaré hasta mañana por la mañana. Mi casa es pequeña, pero encima del establo hay mucho heno amontonado. La noche será cálida y serena. Si lo ves oportuno, puedes dormir».

-«Que el Señor de Israel te pague tu hospitalidad. Iré con alegría a tu casa».

-«El peregrino porta consigo bendición. Vamos. Pero tengo que echar todavía seis ánforas de agua a las verduras que han nacido hace poco».

-«Yo te ayudo».

-«No. Tú eres un señor; lo dice tu manera de actuar».

-«Soy un obrero, mujer. Y éste es pescador. Estos, judíos, son de censo y de empleo. No Yo».

Y toma un ánfora que está recostada sobre su panza junto al bajísimo brocal

del pozo, la ata y la descuelga. Juan le ayuda, y los otros no quieren ser menos. Le dicen a la mujer:

-«¿Donde está el huerto? Muéstranoslo: llevaremos allí las tinajas».

-«¡Dios os bendiga! Tengo los riñones hechos polvo del cansancio. Venid…».

Y, mientras Jesús extrae su cántaro, los tres desaparecen hacia abajo por un senderillo… Después vuelven con los dos cántaros vacíos; los llenan, vuelven a marcharse… Y esto lo hacen no tres sino diez veces. Y Judas ríe diciendo:

-«Se está destrozando la garganta de bendecirnos. Le damos tanta agua a la ensalada que durante al menos dos días la tierra estará húmeda y esta mujer no se hará migas los lomos».

Cuando vuelve por última vez dice:

-«Maestro, de todas formas, creo que hemos venido a parar a un mal sitio».

-«¿Por qué, Judas?».

-«Porque la tiene tomada con el Mesías. Le he dicho: “No blasfemes. ¿No sabes que el Mesías es la mayor gracia para el pueblo de Dios? Yahvé se lo prometió a Jacob[1] y a partir de él a todos los Profetas y justos de Israel. ¿Y Tú le odias?” Me ha respondido: “No a El, sino al que llamaron ‘Mesías’ unos pastores borrachos y unos malditos adivinos de Oriente”. Y como ése eres Tú…».

-«No importa. Sé que he sido introducido en el mundo para prueba y contradicción de muchos. ¿Le has dicho que soy Yo?».

-«No, no soy estúpido. He querido cubrir tus espaldas y las nuestras».

-«Has hecho bien. No por las espaldas, sino porque deseo manifestarme cuando lo juzgue justo. Vamos».

Judas le guía hasta el huerto.

4       La mujer vacía los últimos tres cántaros y luego los conduce hacia una rústica construcción entre los árboles frutales.

-«Entrad» dice. «Mi marido está ya en casa».

Se asoman a una baja y ahumada cocina.

-«La paz sea en esta casa»

saluda Jesús.

-«Quienquiera que seas, bendición a ti y a los tuyos. Entra»

responde el hombre. Primero trae un barreño con agua para que los cuatro se refresquen y se limpien, luego entran todos y se sientan alrededor de una tosca mesa.

-«Os doy las gracias por mi mujer. Me ha dicho lo que habéis hecho. Yo nunca había conocido galileos y me habían dicho que eran burdos y pendencieros. Pero vosotros habéis sido amables y buenos. ¡Estando ya cansados… trabajar tanto! ¿Venís desde lejos?».

-«De Jerusalén. Estos son judíos. Yo y este otro somos de Galilea. Pero, créeme, hombre: el bueno y el malo están en todas partes».

-«Es verdad. Yo, como primer encuentro con los galileos, encuentro al bueno. Mujer: trae de comer. No tengo más que pan, verduras, aceitunas y queso. Soy campesino».

-«No soy un señor tampoco Yo. Soy carpintero».

-«¿Tú? No, a juzgar por tus modales».

La mujer interviene:

-«Nuestro huésped es de Belén, te lo he dicho, y, si persiguen a los suyos, habrán sido quizás ricos e instruidos como lo eran Josué de Ur, Matías de Isaac, Leví de Abraham… ¡Pobres infelices!…».

-«Nadie te ha preguntado. Perdónala. Las mujeres son más charlatanas que las gorrionas por la tarde».

-«¿Eran familias de Belén?».

-«¿Cómo? ¿No sabes quiénes eran, siendo Tú de Belén?».

-«Huimos cuando Yo tenía pocos meses…».

La mujer, que debe ser realmente una cotorra, vuelve a hablar:

-«Se marchó antes de la masacre».

-«¡Ya lo veo! Si no, no estaría en el mundo. ¿No has vuelto nunca?».

-«No».

5 -«¡Qué gran desdicha! Encontraras a pocos de los que –me lo ha dicho Sara– quieres conocer y saludar. A muchos los mataron, muchos huyeron, muchos… ¡bah!, desperdigados, y no se ha sabido nunca si murieron en el desierto o si fueron acallados en la cárcel en castigo de su rebelión. Pero, ¿fue rebelión? ¿Quién habría permanecido inerte dejando degollar a tantos inocentes? No, ¡que no es justo que estén todavía vivos Leví y Elías, y hayan muerto tantos inocentes!».

-«¿Quiénes son esos dos, y qué hicieron?».

-«¡Pero bueno!… al menos habrás oído hablar de la matanza, de la matanza de Herodes[2]… Más de mil pequeñuelos, en la ciudad; otro millar casi, en los campos[3]. Y todos, bueno, casi todos, varones, porque con la furia, con la obscuridad, con el revuelo, los desalmados tomaron, arrancaron de las cunas, de los lechos maternos, de las casas que asaltaron, incluso niñitas y las transpasaron con las armas como a gacelas lactantes tomadas como blanco por un arquero. Y todo esto ¿por qué? Porque un grupo de pastores, que para vencer el hielo nocturno ciertamente habían bebido sus buenos tragos de sidra, cayeron en delirio y dijeron que habían visto ángeles, que habían oído canciones, recibido señales… y nos dijeron a los de Belén: “Venid. Adorad. El Mesías ha nacido”. ¡Fíjate: el Mesías en una cueva! Realmente tengo que decir que todos nos comportamos como ebrios, también yo, adolescente, y mi mujer, que entonces tenía pocos años… porque todos creímos, y, en una pobre mujer galilea quisimos ver a la Virgen que da a luz, de que hablaron los Profetas[4]. ¡Pero si estaba con un tosco galileo!; el marido, claro; y, si estaba casada, ¿cómo podía ser la “Virgen”? En definitiva: creímos. Dones, adoraciones… casas abiertas para hospedarlos… ¡Oh, habían sabido hacer bien su papel! ¡Pobre Ana! Le fueron en ello los bienes y la vida, y los hijos de su hija –la primera, la única que se salvó porque estaba casada con un mercader de Jerusalén– perdieron también los bienes, porque Herodes mandó quemar la casa y talar toda la propiedad. Ahora es un terreno baldío en el que pace el ganado».

-«¿Los pastores tuvieron toda la culpa?».

-«No, también tres brujos que venían de los reinos de Satanás. Quizás eran compinches de los tres…¡ Y nosotros, estúpidos, que nos considerábamos tan honrados por su presencia! ¡Aquel pobre jefe de la sinagoga! Le matamos por jurar que las profecías avalaban la verdad de las palabras de los pastores y de los magos…».

-«Por tanto, ¿toda la culpa fue de los pastores y de los magos?».

-«No, galileo. También nuestra. De nuestra credulidad. ¡Se le esperaba desde hacía tanto tiempo al Mesías…! Siglos de espera. Muchas desilusiones en los últimos tiempos por los falsos mesías. Uno era galileo, como Tú, otro se llamaba Teoda[5]. ¡Embusteros! ¡Mesías ellos!… ¡No eran más que ambiciosos aventureros en busca de fortuna! Deberíamos haber aprendido la lección. Sin embargo…».

6 -«Y entonces, ¿por qué maldecís todos a los pastores y a los magos? Si os juzgáis estúpidos vosotros también, deberíais también maldeciros a vosotros mismos. Ahora bien, la maldición no está permitida por el precepto del amor. Maldición atrae maldición. ¿Tenéis la seguridad de que estáis en lo justo? ¿No podría ser que los pastores y los magos hubieran dicho la verdad, revelada a ellos por Dios? ¿Por qué querer creer que fueran embusteros?».

-«Porque los años de la profecía no se habían cumplido[6]. Después pensamos en ello… después de que la sangre, que volvió rojos pilones y arroyos, nos abriera los ojos del pensamiento».

-«¿Y no habría podido el Altísimo, por exceso de amor hacia su pueblo, anticipar la venida del Salvador? ¿Sobre qué basaron los magos su aserción? Me has dicho que venían de Oriente…».

-«En sus cálculos sobre una nueva estrella».

-«¿Y no está escrito: “Una estrella nacerá de Jacob y un cetro surgirá de Israel”?[7] Y ¿no es Jacob el gran patriarca, y no se detuvo en esta tierra de Belén estimada por él como pupila de su ojo, porque fue donde murió su amada Raquel?…[8] ¿Y no fue dicho también por boca del Profeta: “Un retoño despuntará de la raíz de Jesé y una flor saldrá de esta raíz”[9]? Iesaí, padre de David, nació aquí. ¿El retoño de la estirpe, serrada por la raíz por usurpación de unos tiranos, no es la “Virgen” que dará a luz a su Hijo, no de hombre[10], puesto que entonces ya no sería virgen, sino por querer divino, por lo cual El será “el Emmanuel” porque: Hijo de Dios, será Dios; y traerá, por tanto, a Dios a habitar entre su pueblo, como su nombre dice? ¿Y no será anunciado, dice la profecía[11], a los pueblos de las tinieblas, o sea, a los paganos, “por una gran luz”!? ¿La estrella que vieron los magos no podría ser la estrella de Jacob, la gran luz de las dos profecías de Balaam[12] y de Isaías[13]? Y la misma matanza llevada a cabo por Herodes, ¿no forma parte de las profecías? “Un grito se ha oído en lo alto… Es Raquel que llora por sus hijos”[14]. Estaba signado que los huesos de Raquel vertieran lágrimas en el sepulcro de Efratá cuando, por el Salvador, llegara la recompensa al pueblo santo. Lágrimas para después mutarse en celeste sonrisa, como el arco iris que se forma con las últimas gotas del temporal, pero anuncia: “La serenidad ha sido concedida”».

-«Eres muy docto. ¿Eres Rabí?».

-«Lo soy».

-«Y yo lo percibo. Hay luz y verdad en tus palabras. Pero… ¡Oh!, demasiadas heridas sangran todavía en esta tierra de Belén por el verdadero o falso Mesías… Yo no le aconsejaría que viniera jamás aquí. La tierra le rechazaría como se rechaza a un hijastro por cuya causa murieron los verdaderos hijos. Pero… si era El… murió degollado con los otros»,

7 -«¿Dónde viven ahora Leví y Elías?».

-«¿Los conoces?».

El hombre desconfía.

-«No los conozco. No conozco su rostro[15]. Pero son infelices y Yo siempre tengo piedad de los infelices. Deseo ir a verlos».

-«¡Ya!… serás el primero después de casi seis lustros. Son todavía pastores y sirven a un rico herodiano de Jerusalén que se apropió de muchos bienes de los asesinados… ¡Siempre hay alguien que se aprovecha! Los verás con los rebaños hacia las alturas que conducen a Hebrón. Pero, un consejo: que los habitantes de Belén no te vean hablando con ellos, Te traería complicaciones. Los soportamos porque… porque está el herodiano. Si no…».

-«¡Oh…, el odio!… ¿Por qué odiar?».

-«Porque es justo. Nos han causado un mal».

-«Creían que actuaban bien».

-«Pero actuaron mal. ¡Y mal reciban! Debíamos haberlos matado, de la misma forma que ellos, con su necedad, provocaron muertes. Pero estábamos alelados, y después… estaba el herodiano».

-«Si no hubiera estado él, entonces, ¿incluso después del primer impulso de venganza, los habríais matado?».

-«Incluso ahora los mataríamos, si no tuviéramos miedo de su jefe».

-«Hombre, Yo te digo: no odies, no desees el mal, no desees hacer el mal. Aquí no hay culpa. Pero, aunque la hubiera, perdona; en nombre de Dios, perdona. Díselo a los otros de Belén. Cuando desaparezca el odio de vuestros corazones, vendrá el Mesías; le conoceréis entonces, porque El vive, El ya estaba cuando tuvo lugar la matanza. Yo os digo que la matanza no ocurrió por culpa de los pastores y de los magos, sino por culpa de Satanás. El Mesías os ha nacido aquí, ha venido a traer la Luz a la tierra de sus padres. Hijo de Madre virgen de la estirpe de David, en las ruinas de la casa de David abrió al mundo el río de las gracias eternas, abrió la vida al hombre…».

-«¡Fuera, fuera! ¡sal de aquí! Tú, seguidor de este falso Mesías, que no podía más que ser falso, porque nos ha traído desdicha, a nosotros los de Belén. Tú le defiendes, por tanto…».

-«Silencio, hombre. Yo soy judío y tengo amigos en puestos importantes. Podría hacer que te arrepintieras del insulto»

reacciona Judas agarrando de la túnica al campesino, y zarandeándole, violento, encendido de ira.

-«No, no, ¡fuera de aquí! No quiero problemas, ni con los de Belén, ni con Roma, ni con Herodes. Marchaos, malditos, si no queréis que os deje marcados. ¡Fuera!…».

-«Vamos, Judas. No respondas. Dejémosle en su odio. Dios no entra donde hay rencor. Vamos».

-«Sí, vamos. Pero me la pagaréis».

-«No, Judas, no. No hables así. Están ciegos… Habrá muchos así en mi camino…».

8       Salen, después de Simón y Juan –que ya estaban afuera, hablando en voz baja con la mujer, detrás de una esquina del establo–.

-«Perdona a mi marido, Señor. Yo no creía hacer tanto mal… Mira, ten. Los tomarás mañana por la mañana. Son frescos, de hoy. No tengo otra cosa… Perdón. ¿Dónde vas a dormir?» (Da unos huevos).

-«No te preocupes. Sé a dónde ir. Vete en paz por tu bondad. Adiós».

Caminan en silencio durante algunos metros. Luego Judas no se aguanta más y dice:

-«¡Pero también Tú…! ¡Mira que no hacerte adorar!… ¿Por qué no hacerle comer el lodo a ese sucio blasfemo? ¡Al suelo! Humillado por haberte faltado a ti, Mesías… ¡Oh, yo lo habría hecho! A los samaritanos hay que reducirlos a cenizas con un milagro. Sólo esto los mueve».

-«¡Oh, cuántas veces lo oiré decir! Pero, ¡si tuviera que reducir a cenizas a alguien por cada pecado contra mí!… No, Judas. Yo he venido para crear. No para destruir».

-«Ya. Pero los demás sí que te destruyen a ti».

Jesús no le rebate a Judas. Simón pregunta:

-«¿A dónde vamos ahora, Maestro?».

-«Venid conmigo. Conozco un lugar».

-«Pero si no has vuelto nunca, desde que huiste, ¿cómo lo conoces?»

pregunta, todavía enfadado, Judas.

-«Lo conozco. No es bonito. He estado allí otra vez. No es en Belén… un poco fuera… Torcemos por esta parte».

9       Jesús adelante, luego Simón, luego Judas, el último Juan… En el silencio, roto sólo por el roce de las sandalias contra la grava del sendero, se oye un sollozo.

-«¿Quién llora?»

pregunta Jesús volviéndose.

Y Judas:

-«Es Juan. Ha tenido miedo».

-«No. No miedo. Había echado ya la mano al cuchillo que tengo en el cinto… Pero me he acordado de tu: “No mates, perdona”. Lo dices siempre…».

-«Y entonces, ¿por qué lloras?»

pregunta Judas.

-«Porque sufro viendo que el mundo no quiere a Jesús. No le reconoce y no le quiere conocer. ¡Oh…. es un dolor de tal naturaleza!… Como si me hurgasen en el corazón con espinas de fuego. Como si hubiera visto pisotear a mi madre y escupirle a mi padre en la cara… Más aún… Como si hubiera visto a los caballos romanos comer en el Arca Santa y descansar en el Santo de los Santos».

-«No llores, Juan mío. Dirás, ésta e infinitas veces: “El era la Luz venida a resplandecer entre las tinieblas, pero las tinieblas no le comprendieron. Vino al mundo que había sido hecho por El, mas el mundo no le conoció. Vino a su ciudad, a su casa, y los suyos no le recibieron”[16]. ¡Oh, no llores así!».

-«¡Esto no sucede en Galilea!»

suspira Juan.

-«Y tampoco en Judea»

replica Judas.

-«Jerusalén es su capital y hace tres días te aclamaba a ti, Mesías; este lugar de burdos pastores, campesinos y hortelanos, no hay que tomarlo como punto de referencia. Tampoco los galileos, ¡vamos!, serán todos buenos. Y además Judas, el falso Mesías, ¿de dónde era? Se decía…».

-«Basta, Judas. No conviene alterarse. Yo estoy tranquilo, estad tranquilos también vosotros. Judas, ven aquí. Tengo que hablar contigo».

Judas se llega hasta Jesús.

-«Toma la bolsa. Tú te encargarás de las compras. Para mañana».

-«¿Y ahora dónde nos vamos a alojar?».

Jesús sonríe y calla.

10     Ha llegado la noche. La luna viste todo de candor. Los ruiseñores cantan entre los olivos. El riachuelo parece una cinta de plata sonora. De los prados segados llega olor de forrajes: caliente, diría… carnal. Algún mugido. Algún balido. Y estrellas, estrellas, estrellas… una siembra de estrellas en la capa del cielo, un baldaquino de gemas vivas extendido sobre las colinas de Belén.

-«¡Pero aquí!… Hay ruinas. ¿A dónde nos llevas? La ciudad está más allá».

-«Lo sé. Ven. Sigue el riachuelo detrás de mí. Unos pocos pasos más, y luego… luego te ofreceré el lugar de alojamiento del Rey de Israel».

Judas se encoge de hombros y calla. Unos pocos pasos más. Luego un amasijo de casas derruidas. Restos de viviendas… Un antro entre dos aberturas de una gruesa pared. Jesús dice:

-«¿Tenéis yesca? Encended».

Simón saca un pequeño farol de su bolsa, lo enciende y se lo da a Jesús.

-«Entrad»

dice el Maestro levantando la lamparita.

-«Entrad. Esta es la estancia de la natividad del Rey de Israel».

-«¡Estás de broma, Maestro! Esta es una fétida cueva. ¡Ah, yo aquí, por supuesto, no me quedo! Me da asco: húmeda, fría, maloliente, llena de escorpiones, hasta de culebras quizás…».

-«Y a pesar de todo… amigos, aquí, la noche del 25 de Encenias[17], de la Virgen nació Jesucristo, el Emmanuel, el Verbo de Dios hecho carne por amor al hombre: quien os está hablando. En aquel entonces, como ahora, el mundo se mostró sordo ante las voces del Cielo que hablaban a los corazones… y rechazó a mi Madre… y aquí… No, Judas, no desvíes con desagrado la mirada de esos murciélagos que revolotean, de esos lagartos, de esas telas de araña; no te recojas con asco tu bonita vestimenta bordada para que no arrastre sobre el suelo cubierto de excrementos de animales. Esos murciélagos son los hijos de los hijos de los que en realidad fueron los primeros juguetes agitados ante los ojos del Niño, por el cual los ángeles cantaban el “Gloria” que oyeron los pastores, que estaban ebrios, sí, pero sólo de extática alegría, de verdadera alegría. Esos lagartos, con su esmeralda, fueron los primeros colores que impresionaron mi pupila, los primeros después del candor del vestido y del rostro maternos; esas telas de araña, los baldaquinos de mi cuna regia. Este suelo… ¡Oh!, lo puedes pisar sin desdén… Está cubierto de excrementos… pero está santificado por el pie de Ella, la Santa, la gran Santa, la Pura, la Intacta, la Puérpera deípara, aquella que dio a luz porque debía dar a luz, dio a luz porque Dios, no el hombre, se lo dijo y la fecundó de sí mismo. Ella, la Sin Mancha, lo ha comprimido con sus pies. Tú lo puedes pisar. Y Dios quiera que por las plantas de tus pies te suba al corazón la pureza que Ella espiró…».

11     Simón se ha arrodillado. Juan va derecho hacia el pesebre y llora con la cabeza apoyada en él. Judas está aterrado… le vence la emoción y, dejando de pensar en su bonita vestimenta, se arroja al suelo, coge el orlo del vestido de Jesús, lo besa y se golpea el pecho diciendo:

-«¡Misericordia Maestro bueno, por la ceguera de tu siervo! Mi soberbia cae… te veo cual eres. No el rey que yo pensaba, sino el Príncipe eterno, el Padre del siglo futuro, el Rey de la paz. ¡Piedad, Señor y Dios mío! ¡Piedad!».

-«Sí. ¡Toda mi piedad! Ahora dormiremos donde durmieron el Infante y la Virgen, ahí donde Juan se ha colocado en el lugar de la Madre en adoración, aquí donde Simón parece mi padre putativo… O, si lo preferís, os hablo de aquella noche…».

-«¡Oh! sí, Maestro. Danos a conocer cómo naciste».

-«Para que sea perla de luz en nuestros corazones. Y para que se lo podamos transmitir al mundo».

-«Y venerar a tu Madre, no sólo por ser madre tuya, sino por ser… ¡por ser la Virgen!».

Primero ha hablado Judas, luego Simón, luego Juan con rostro lloroso y risueño, junto al pesebre…

-«Venid aquí sobre el heno. Escuchad…»….

y Jesús cuenta su noche natal:

-«…Estando Por cumplírsele a mi Madre el tiempo de dar a luz, por orden de César Augusto, el delegado imperial, Publio Sulpicio Quirino, siendo gobernador de Palestina Senzio Saturnino, publicó un edicto cuyo contenido era empadronar a todos los habitantes del Imperio. Los no esclavos debían dirigirse a los lugares de origen para inscribirse en los registros del Imperio. José, esposo de mi Madre, era de la estirpe de David, como también de David era mi Madre. Obedeciendo por ello al edicto, dejaron Nazaret para venir a Belén, cuna de la estirpe real. Muy frío el tiempo…».

Jesús continúa su narración y todo termina

74. En la posada de Belén y en las ruinas de la casa de Ana.

9 de enero de 1945.

1       Son las primeras horas de una luminosa mañana de verano. El cielo toma unas pinceladas de rosa en algunas finas nubecitas que parecen deshiladuras de gasa perdidas en una alfombra de raso turquino. Hay todo un cantar de pájaros, ya ebrios de luz… gorriones, mirlos, petirrojos silban, gorjean, riñen por un tallito, por una larva, por una ramita que llevarse al nido, por una larva para llenar el buche, por una ramita que les sirva como dormitorio. Golondrinas se lanzan, como saetas, desde el cielo al pequeño riachuelo para mojarse el pecho de nieve, coloreado en su ápice de óxido, y, tomada la frescura de la ola, atrapada la mosquita que aún duerme colgada de un tierno tallo, se vuelven hacia arriba con un rapidísimo zigzag, como el destello de una hoja bruñida, chillando alegres.

Dos aguzanieves, vestidas de seda cenicienta, pasean graciosas como dos damiselas a lo largo de la orilla del riachuelo manteniendo bien alta la larga cola adornada de velludillos negros; se miran en el agua, se ven hermosas, continúan su paseo, mientras un mirlo, verdadero pilluelo del bosque, les hace burla y los silba por detrás con su largo pico amarillo. Dentro de un tupido manzano silvestre, que se yergue solitario junto a las ruinas, una ruiseñora llama insistentemente a su compañero, y se calla sólo cuando le ve llegar con una larga larva que se retuerce oprimida por el fino pico. Dos palomas zuranas, que probablemente huyeron de algún palomar ciudadano y que han elegido vivir libremente entre las grietas del torreón derruido, se entregan zureando a sus manifestaciones de afecto: él seductor, pudorosa ella. Jesús, con los brazos cruzados, mira a todos estos animalitos alegres, y sonríe.

-«¿Ya estás listo, Maestro?»

pregunta Simón por detrás.

-«Ya listo. ¿Los otros duermen todavía?».

-«Todavía».

-«Son jóvenes… Me he lavado en ese riachuelo… Una agua fresca que despeja la mente…».

-«Ahora voy yo».

Mientras Simón –sólo con la prenda corta– se lava y se vuelve a vestir, salen Judas y Juan.

-«Dios te salve, Maestro. ¿Es demasiado tarde?».

-«No. Apenas ha nacido la mañana. Pero ahora daos prisa. Vámonos».

Los dos se lavan y se ponen la túnica y el manto.

Jesús, antes de ponerse en camino, arranca unas florecillas nacidas entre las hendiduras de dos rocas y las coloca en una cajita de madera, en la cual ya hay otras cosas que no distingo bien. Y comenta:

-«Se las voy a llevar a mi Madre. Las guardará con cariño… 2 Vamos».

-«¿A dónde, Maestro?».

-«A Belén».

-«¡¿Sí?! Me parece que no hay un buen ambiente respecto a nosotros…».

-«No importa. Vamos. Quiero mostraros dónde bajaron los magos y dónde estaba Yo».

-«Entonces… Escucha… Perdona, ¿eh?, Maestro… Permíteme que hable. ¿Por qué no hacemos una cosa? En Belén, y en la posada, deja que sea yo quien hable o pregunte. En Judea no se os estima mucho a los galileos, y aquí menos que en otras partes. Es más, ¿por qué no hacemos así?: Tú y Juan tenéis aspecto de galileos hasta en el vestido, que es demasiado simple. Y luego… ¡ese pelo…! ¿Por qué os empeñáis en llevarlo tan largo? Yo y Simón os dejamos el manto y cogemos el vuestro. Tú, Simón, a Juan; yo al Maestro. Eso es… así. ¿Ves? Parecéis, en un momento, un poco más judíos. Ahora esto».

Y se quita la prenda con la que cubre su cabeza: un pedazo de tela de rayas amarillas, marrones, rojas, verdes, como el manto, alternadas; sujetado por un cordón amarillo. Lo pone sobre la cabeza de Jesús, cubriendo con él ambos lados de su cara para ocultar los largos cabellos rubios. Juan coge el de Simón, que es de un color verde oscurísimo.

-«¡Bien!, ¡ahora está mejor! Yo tengo el sentido práctico».

-«Sí, Judas. Tu tienes el sentido práctico. Es verdad. Ten cuidado, no obstante, con que no rebase al otro sentido».

-«¿A cuál, Maestro?».

-«Al sentido espiritual».

-«¡No, hombre! Pero en ciertos casos conviene saber ser más políticos que los embajadores. Escucha… perdona otra cosa… es por tu bien… no me contradigas si digo algunas cosas… algunas cosas… que realmente no son verdaderas».

-«¿Qué quieres decir? ¿Por qué mentir? Yo soy la Verdad, y no quiero mentiras, ni en mí, ni en torno a mí».

-«¡Oh!, no diré más que medias mentiras. Diré que regresamos todos de lugares lejanos, de Egipto, por ejemplo, y que deseamos tener noticias de unos amigos íntimos. Diré que somos judíos que regresamos de un destierro… En el fondo, en todo ello, hay un poco de verdadero… y, además, hablo yo… una mentira más, una mentira menos…».

-«¡Pero Judas! ¿Por qué engañar?».

-«¡No te preocupes, Maestro! El mundo se guía por engaños. Y, de vez en cuando, son necesarios. ¡Bien!, por darte gusto, diré sólo que venimos de lejos y que somos judíos, lo cual es verdad respecto a tres, de cuatro. Y tú, Juan, no hables nunca. Te traicionarías».

-«Estaré callado».

-«Luego… si las cosas se ponen bien… entonces diremos el resto. Pero tengo poca esperanza… Soy astuto y las cazo al vuelo».

-«Lo veo, Judas. Pero preferiría que fueras sencillo».

-«Sirve para poco. En tu grupo yo seré el de las misiones difíciles. Déjame… verás».

Jesús se muestra poco entusiasta. Pero cede.

3       Se ponen en camino. Rodean las ruinas; luego van siguiendo una gruesa pared sin ventanas, detrás de la cual se oye rebuznar, mugir, relinchar, balar, y ese sonido desagradable desafinado de los camellos o dromedarios. La pared hace esquina. Vuelven ésta… y se encuentran en la plaza de Belén. El pilón de la fuente está en el centro de la plaza, que sigue teniendo la misma forma sesgada, pero que ahora es distinta en el lado opuesto a la posada. En el lugar en que estaba la casita –cuando pienso en ella, la veo todavía toda de plata pura bajo el rayo de la Estrella– hay ahora una gran abertura llena de escombros. Sólo la pequeña escalera está todavía en pie con su pequeño balconcito. Jesús mira, y suspira.

La plaza está llena de gente en torno a los vendedores de productos alimenticios, de enseres o herramientas, telas, etc., los cuales han extendido sobre esteras, o colocado en cestas, sus mercancías, todas depositadas en el suelo; hasta ellos están en cuclillas, generalmente en el centro de su… puesto, si es que no están en pie, gritando y gesticulando, cerrando un trato con algún comprador tacaño.

-«Es día de mercado»

dice Simón. La puerta, más exactamente: el portal de la posada, está abierta de par en par; está saliendo una fila de asnos cargados de mercancías.

Judas es el primero en entrar. Mira a su alrededor. Pilla, altanero, a un pequeño establero sucio y desarreglado, que lleva sólo una camisa larga, sin mangas y hasta la rodilla.

-«¡Siervo!» grita. «¡El dueño! ¡En seguida! ¡Muévete, que no estoy acostumbrado a esperar!».

El muchacho sale corriendo, llevando consigo una escoba de ramas.

-«¡Pero Judas! ¡Qué modales!».

-«Calla, Maestro. Déjame a mí. Deben creer que somos ricos y de ciudad».

El dueño, que acude corriendo, se rompe la espalda de tantas reverencias como hace delante de Judas, al cual se le ve imponente con el manto rojo oscuro de Jesús encima de su rica vestidura amarilla oro, toda llena de bandas y franjas.

-«Venimos de lejos. Somos judíos de las comunidades asiáticas. Este, perseguido, betlemita de nacimiento, viene buscando a sus amigos íntimos. Y nosotros venimos con El, de Jerusalén, donde hemos adorado al Altísimo en su Casa. ¿Puedes darnos información particularizada al respecto?».

-«Señor…. tu siervo… Todo tuyo. Ordena».

-«Queremos saber acerca de muchos… y especialmente de Ana, la mujer que tenía su casa frente a esta posada».

-«¡Oh, pobrecilla! A Ana sólo la volveréis a ver en el seno de Abraham, y, con ella, a sus hijos».

-«¿Muerta? ¿Por qué?».

-«¿No sabéis lo de la matanza de Herodes? Todo el mundo habló de ello, e incluso el César le definió a Herodes “cerdo que se nutre de sangre”. ¡Ay! ¿Qué he dicho! ¡No me denuncies! ¿Eres un auténtico judío?».

-«Mira el signo de mi tribu. ¿Entonces?… Habla».

-«A Ana la mataron los soldados de Herodes, y con ella a todos sus hijos, menos una».

-«Pero, ¿por qué? ¡Era muy buena!».

-«¿La conocías?».

-«Muy bien»

Judas miente descaradamente.

-«La mataron por haber proporcionado alojamiento a los que se decían padre y Madre del Mesías… 4 Ven aquí, a esta habitación… Las paredes oyen, y hablar de ciertas cosas… es peligroso».

Entran en una pequeña habitación oscura y baja. Se sientan en un diván también bajo.

-«La cosa fue así… yo intuí algo. ¡No en vano soy posadero! He nacido aquí, soy hijo de hijos de posaderos. Llevo la malicia en la sangre. Y entonces no los acepté. Quizás hubiera podido encontrar un lugar para ellos. Pero… galileos, pobres, desconocidos… ¡no, no!, ¡Ezequías no comete este error! Y además… sentía… sentía que eran distintos… esa mujer… unos ojos… un algo … ¡no, no!; debía tener el demonio dentro y hablar con él. Y nos lo trajo aquí… A mí no, pero sí a la ciudad. Ana era más inocente que un cordero, y los hospedó pocos días después, ya con el Niño. Decían que era el Mesías… ¡Cuánto dinero gané esos días! ¡Fue mucho más que un empadronamiento! Venía incluso gente que no habría debido venir por el padrón. Venían incluso desde el mar, ¡hasta de Egipto!, a ver… ¡y durante meses! ¡Qué ganancias tuve!… Los últimos en llegar fueron tres reyes, tres potentados, o tres magos… ¡yo qué sé! ¡Un cortejo!… ¡no acababa nunca! Me ocuparon todas las cuadras y pagaron en oro heno como para un mes, y luego se fueron al día siguiente dejándolo todo allí. ¡Y qué regalos a los mozos de los establos, a las mujeres… y a mí! Yo… del Mesías, fuera verdadero o falso, sólo puedo hablar bien. Me hizo ganar monedas a mansalva. No sufrí ningún desastre; muertos, tampoco, porque me acababa de casar. Por tanto… ¡Pero los demás…!».

5 -«Querríamos ver los lugares de la matanza».

-«¿Los lugares? Pero si todas las casas fueron lugar de matanza. Hubo muertos en varias millas a la redonda. Venid conmigo».

Suben una escalera y luego a una terraza que está encima del tejado; desde arriba se ve ampliamente el campo y toda Belén extendida como un abanico abierto sobre sus colinas.

-«¿Veis los puntos destruidos? Allí ardieron incluso las casas porque los padres defendieron a sus hijos con las armas. ¿Veis allí aquella especie de pozo cubierto de hiedra? Son los restos de la sinagoga, quemada con el jefe dentro, que había afirmado que aquél era el Mesías. La quemaron los que se salvaron, locos por la matanza de sus hijos. Hemos tenido luego problemas… Y allí, y allí, y allí… ¿veis aquellos sepulcros? Son de las víctimas… Parecen ovejas esparcidas entre la hierba, hasta donde alcanza la mirada. Todos inocentes, y también sus padres y madres… ¿Veis aquel pilón? Su agua quedó roja después de limpiar las armas y lavarse las manos los sicarios en ella. Y ¿habéis visto ese riachuelo de aquí detrás?… Era rosa debido a la gran cantidad de sangre que había recogido de las cloacas… Y ahí, sí, ahí enfrente… eso es todo lo que queda de Ana».

Jesús llora.

-«¿La conocías bien?».

Responde Judas:

-«Era como una hermana para su Madre. ¿Verdad, amigo?».

Jesús responde solamente:

-«Sí».

-«Entiendo»

dice el posadero, y se queda pensativo.

6       Jesús se inclina hacia Judas para hablar con él en voz baja.

-«Mi amigo querría ir a esas ruinas»

dice Judas.

-«¡Pues que vaya! ¡Son de todos!».

Bajan. Se despiden. Se marchan. El dueño de la posada se queda desilusionado; tal vez esperaba alguna ganancia. Cruzan la plaza. Suben sobre la pequeña escalera que ha quedado en pie.

-«Aquí –dice Jesús– mi Madre me sacó a saludar a los Magos, y desde aquí bajamos para ir a Egipto».

Algunas personas miran a los cuatro que están sobre las ruinas. Uno pregunta:

-«¿Familiares de la que mataron?».

-«Amigos».

Una mujer grita:

-«No hagáis ningún mal, al menos vosotros, a la muerta, como los otros amigos suyos se lo hicieron a la viva, y luego escaparon indemnes».

Jesús está erguido en la terraza, contra el muro que la limita, por tanto a una altura de unos dos metros con respecto a la plaza, con el vacío por detrás, un vacío rico de luz que le aureola todo y hace aún más cándida la túnica de lino blanquísimo que le cubre –sólo la túnica, ahora que el manto se ha deslizado desde los hombros y está a sus pies como una base multicolor–. Más atrás, el fondo verde y desarreglado de lo que era el huerto y la tierra propiedad de Ana, yermado y lleno de escombros.

  • Jesús abre los brazos. Judas, viendo este gesto, dice:

-«¡No hables! ¡No es prudente!».

Mas Jesús llena la plaza de su voz potente:

-«¡Hombres de Judá, hombres de Belén, escuchad! ¡Oíd vosotras, mujeres de esta tierra sagrada para Raquel! ¡Oíd a Uno que viene de David; que, habiendo sido perseguido, ha sufrido; que, constituido digno de hablar, habla para comunicaros luz y consuelo! ¡Oíd!».

La gente deja de vocear, reñir, comprar, y se arremolina.

-«¡Es un rabí!».

-«Seguro que viene de Jerusalén».

-«¿Quién es?».

-«¡Qué apuesto!».

-«¡Qué voz!».

-«¡Qué ademanes!».

-«¡Claro, si es de la estirpe de David…!».

-«¡Nuestro, entonces!».

-«¡Oigamos, oigamos!».

Toda la plaza está ahora contra la pequeña escalera, que parece un púlpito.

-«El Génesis dice[18]: “Yo pondré enemistad entre ti y la mujer… ella te aplastará la cabeza y tú acecharás su calcañar”. Y también: “Yo multiplicaré tus afanes y tus embarazos… y la tierra producirá abrojos y espinas”[19]. Esta es la condena del hombre, de la mujer y de la serpiente.

Habiendo venido de lejos a venerar la tumba de Raquel, he oído en el viento de la tarde, en el rocío de la noche, en el llanto del ruiseñor por la mañana, el sollozo de la Raquel de antaño, repetido por bocas y bocas de madres de Belén en la clausura de las tumbas o de los corazones. He oído el dolor de Jacob clamando en el dolor de los viudos, ya sin esposa porque el dolor la mató[20]… Yo lloro con vosotros. Oíd, hermanos de mi tierra. Belén, tierra bendita, la más pequeña de las ciudades de Judá, pero la más grande ante los ojos de Dios y de la humanidad por ser cuna del Salvador, como dice Miqueas[21], precisamente por ser tal, por estar destinada a ser el tabernáculo sobre el cual habría de posarse la Gloria de Dios, el Fuego de Dios, su Encarnado Amor, ha hecho que se desencadenara el odio de Satanás.

“Pondré enemistad entre ti y la mujer. Ella te tendrá bajo su pie y tú acecharás su calcañar”. ¿Qué mayor enemistad que la que mira a los hijos, corazón del corazón de la mujer? Y ¿qué pie más fuerte que el de la Madre del Salvador? He aquí por tanto que fue natural la venganza del Satanás vencido, el cual, no, no contra el calcañar, sino contra el corazón de las madres, por la Madre, lanzó su asechanza.

¡Oh, multiplicados afanes de la pérdida de los hijos después de haberlos dado a luz! ¡Oh, tremendos abrojos del haber sembrado y sudado por la prole, y seguir siendo padre pero ya sin prole! No obstante, ¡regocíjate, Belén! Tu sangre más pura, la sangre de los inocentes, ha abierto camino de llama y púrpura al Mesías…».

8       La multitud, que, desde que Jesús ha nombrado al Salvador y luego a la Madre del mismo, ha ido progresivamente inquietándose, ahora muestra un indicio más claro de agitación.

-«Calla, Maestro» dice Judas «y vámonos».

Pero Jesús no le escucha. Continúa:

-«… al Mesías salvado de los tiranos por el Padre–Dios para conservárselo al pueblo para su salvación y…».

Una estridente voz de mujer grita:

-«¡Cinco, cinco había dado a luz y ahora no hay ninguno en mi casa! ¡Pobre de mí!»

y grita histéricamente. Es el comienzo del alboroto. Otra mujer se revuelca en el polvo, se desgarra el vestido, muestra un pecho con el pezón mutilado, y grita:

-«¡Aquí, aquí, en esta mama me degollaron a mi primogénito! La espada le cortó la cara junto con mi pezón. ¡Oh, mi Eliseo!».

-«¿Y yo? ¿Y yo? ¡Ahí está mi mansión: tres tumbas en una, veladas por el padre. Marido e hijos juntos. ¡Ahí, ahí está!… Si está entre nosotros el Salvador, que me devuelva a mis hijos, que me devuelva a mi esposo, que me salve de la desesperación, de Belcebú».

Gritan todos:

-«¡Nuestros hijos, los maridos, los padres! ¡Que nos los devuelva, si está entre nosotros!».

Jesús mueve los brazos imponiendo silencio.

-«Hermanos de mi tierra, Yo querría devolver a vuestra carne, sí, incluso a vuestra carne, los hijos. Pero Yo os digo: sed buenos, resignados; perdonad, tened esperanza, alegraos en una esperanza, regocijaos en una certeza. Pronto volveréis a tener a vuestros hijos, como ángeles en el Cielo, porque el Mesías en seguida abrirá las puertas de los Cielos, y, si sois justos, la muerte será Vida que viene, y Amor que vuelve…».

-«¡Ah!, ¿eres Tú el Mesías? En nombre de Dios, dilo».

Jesús baja los brazos con ese gesto suyo tan dulce, tan manso, que parece un abrazo, y dice:

-«Lo soy».

-«¡Fuera! ¡Fuera! ¡Por tu culpa, entonces!».

Vuela una piedra entre silbidos y befas.

9       Judas reacciona con una hermosa acción –¡Ah, si siempre hubiera sido así!– …Se mete delante del Maestro, erguido sobre la pequeña pared del balconcito, con el manto abierto, y recibe impertérrito las pedradas, sangrando incluso, y les dice a Juan y a Simón chillando:

-«Llevaos a Jesús. Detrás de esos árboles. Yo os alcanzo. ¡Vamos! ¡En nombre del Cielo!»,

y a la multitud:

-«¡Perros rabiosos! Soy del Templo. Os denunciaré ante el Templo y ante Roma».

La multitud, por un instante, tiene miedo. Pero luego sigue con la pedrea; por suerte, con poca puntería. Y Judas la recibe impertérrito, respondiendo con contumelias a las maldiciones de la multitud; es más, coge al vuelo una piedra y se la tira a la cabeza a un viejecito que chilla como una urraca desplumada viva. Y, dado que intentan asaltar su pedestal, rápido recoge una rama seca que hay en el suelo (ya no está encima del pequeño muro) y la hace rotar sobre las espaldas, cabezas, manos, sin piedad. Acuden soldados haciéndose paso con las lanzas.

-«¿Quién eres? ¿Por qué esta trifulca?».

-«Un judío agredido por estos plebeyos. Estaba conmigo un rabí conocido por los sacerdotes, que estaba hablándoles a estos perros. Se han exaltado y nos han agredido».

-«¿Quién eres?».

-«Judas de Keriot. He pertenecido al Templo, ahora soy discípulo del Rabí Jesús de Galilea. Soy amigo del fariseo Simón, del saduceo Jocanán, del consejero del Sanedrín José de Arimatea, y… –esto lo puedes comprobar– de Eleazar ben Anás, el gran amigo del Procónsul».

-«Lo comprobaré. ¿A dónde vas?».

-«Con mi amigo a Keriot, y luego a Jerusalén».

-«Ve. Te guardaremos las espaldas».

Judas le ofrece algunas monedas al soldado. Debe ser una cosa ilícita… pero habitual, porque el soldado lo toma rápido y cauto, saluda y sonríe. Judas baja de su podio de un brinco. Va a saltos por el campo baldío, alcanza a sus compañeros.

-«¿Estás muy herido?».

-«No es nada, Maestro. ¡Además, por ti!… No obstante, yo también he dado. Debo estar todo sucio de sangre…».

-«Sí, en la mejilla. Aquí hay un hilo de agua».

Juan moja un pequeño pedazo de tela y lava la mejilla de Judas.

-«Lo siento, Judas… Pero mira… aun diciéndoles a ellos que éramos judíos, según tu -sentido práctico…».

-«Son unos animales. Creo que te habrás persuadido, Maestro, y que no insistirás».

-«¡Oh, no! No por miedo, sino porque es inútil por ahora. Cuando no nos quieren no se maldice, sino que uno se retira rogando por los pobres locos que se mueren de hambre y no ven el Pan. Vamos por este camino solitario. Creo que se puede tomar el camino de Hebrón… Vamos donde los pastores, si los encontramos».

-«¿A llevarnos otras pedradas?».

-«No. A decirles: “Soy Yo”».

-«¡Entonces… por supuesto nos pegan de palos! ¡Sufren por tu causa desde hace treinta años!…».

-«Veremos».

Van por un tupido bosquecito, sombrío, fresco, y los pierdo de vista.

75. Jesús encuentra a los pastores Elías y Leví.

11 de enero de 1945.

1       Las alturas se hacen mucho más elevadas y boscosas que las de Belén; suben cada vez más, transformándose en una verdadera cadena montañosa.

Jesús va el primero, proyectando su mirada hacia delante y alrededor, como buscando algo. No habla. Escucha más las voces del arbolado que las de los discípulos, que van unos metros detrás de El hablando bajo entre sí.

Una esquila suena lejana, pero el viento porta su campanilleo. Jesús sonríe. Se vuelve:

-«Oigo algunas ovejas» dice.

-«¿Dónde, Maestro?».

-«Me parece que hacía aquella colina. Pero el bosque no me deja ver».

Juan, sin decir una palabra, se quita la túnica –el manto lo llevan todos en bandolera, enrollado, porque tienen calor–, se queda sólo con la prenda corta, y abraza un tronco alto y liso (yo diría que es de fresno), y sube, sube… hasta que puede ver:

-«Sí, Maestro. Hay muchos rebaños y tres pastores; allí, detrás de aquella espesura».

Baja, y ya caminan seguros.

-«¿Serán ellos?».

-«Preguntaremos, Simón; si no son, nos sabrán decir algo… Se conocen entre ellos».

Unos cien metros más. Luego un amplio pacedero verde, del todo circundado de gruesos árboles añosos. 2 Se ven muchas ovejas en el prado ondulado, rozando la abundante hierba. Tres hombres las custodian. Uno es anciano, ya completamente cano, los otros tienen: uno, aproximadamente, treinta años; el otro, unos cuarenta.

-«Cuidado, Maestro. Son pastores…»

dice Judas con tono de consejo, al ver que Jesús acelera el paso.

Pero Jesús ni siquiera responde. Continúa, alto, hermoso, dándole el sol de poniente en el rostro, con su túnica blanca. Se le ve tan luminoso, que parece un ángel…

-«La paz esté con vosotros, amigos»

saluda en llegando al lindero del prado.

Los tres se vuelven sorprendidos. Silencio. Luego el anciano pregunta:

-«¿Quién eres?».

-«Uno que te ama».

-«Serías el primero desde hace muchos años. ¿De dónde vienes?».

-«De Galilea».

-«¿De Galilea? ¡Ah!».

El hombre le mira atentamente –también los otros se han acercado–.

-«De Galilea»

repite el pastor, y añade en voz baja como para sí mismo:

-«También El venía de Galilea… ¿De qué lugar, Señor?».

-«De Nazaret».

-«¡Ah! Entonces dime. ¿Ha regresado un Niño, con una mujer de nombre María y un hombre de nombre José, un Niño aún más hermoso que su Madre (que flor más encantadora jamás vi en las laderas de Judá)? Un Niño nacido en Belén de Judá, en tiempos del edicto. Un Niño que luego huyó, para gran fortuna del mundo. ¡Un Niño que… yo daría la vida por saber que vive y es ya un hombre!».

-«¿Por qué dices que el que huyera ha sido una gran fortuna para el mundo?».

-«Porque El era el Salvador, el Mesías, y Herodes le quería muerto. Yo no estaba cuando huyó con su padre y su madre… Cuando tuve noticias de la matanza y volví –porque yo también tenía hijos (un sollozo), Señor, y mujer (sollozo) y sentía que los habían matado (otro sollozo), pero te juro por el Dios de Abraham, que temblaba por El más que por mi misma carne–, supe que había huido, y ni siquiera pude preguntar, ni siquiera pude recoger a mis criaturas degolladas… Me apedreaban como a un leproso, como a un inmundo, como a un asesino… Y tuve que huir a los bosques, llevar una vida de lobo… hasta que encontré a un propietario de ganado. ¡Oh, pero no es como era Ana!… Es duro y cruel… Si una oveja se disloca una pata, si el lobo se me lleva un cordero, o recibo palos hasta sangrar o me quita mi poca paga o debo trabajar en los bosques para otros, hacer algo, pero pagar, siempre el triple del valor. Pero no importa. Siempre le he dicho al Altísimo: “Que yo pueda ver a tu Mesías. Que al menos pueda saber que vive, y todo lo demás no es nada”. Señor, te he referido cómo me trataron los de Belén y cómo me trata el patrón. Habría podido devolver mal por mal, o hacer el mal, robando, para no sufrir a causa del patrón. Pero sólo he querido perdonar, sufrir, ser honesto, porque los ángeles dijeron: “Gloria a Dios en los Cielos altísimos y paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad”».

-«¿Dijeron eso exactamente?».

-«Sí, Señor, créelo Tú, Tú al menos, que eres bueno. Conoce Tú al menos, y cree, que el Mesías ha nacido. Nadie quiere creerlo ya. Pero los ángeles no mienten… y nosotros no estábamos borrachos como decían. Este, ¿ves?, era un niño entonces, y fue el primero que vio al ángel. Sólo bebía leche. ¿Puede la leche emborracharle a uno? Los ángeles dijeron: “Hoy en la ciudad de David ha nacido el Salvador que es Cristo, el Señor. Le reconoceréis por esto: encontraréis a un Niño recostado en un pesebre, envuelto en pañales”».

-«¿Dijeron eso exactamente? ¿No entendisteis mal? ¿No os equivocáis, después de tanto tiempo?».

-«¡Oh, no! ¿Verdad, Leví? Para no olvidarlo –ya de por sí no habríamos podido, porque eran palabras del Cielo y se escribieron con el fuego del Cielo en nuestros corazones– todas las mañanas, todas las tardes, cuando sale el Sol, cuando brilla la primera estrella, las recitamos como oración, como bendición, como fuerza y consuelo, con el Nombre de El y de su Madre».

-«¡Ah!, ¿decís: “Cristo”?».

-«No, Señor. Decimos: “Gloria a Dios en los Cielos altísimos y paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad, por Jesucristo que nació de María en un establo de Belén y que, siendo el Salvador del mundo, estaba envuelto en pañales en un pesebre”».

3 -«Pero, en definitiva, ¿vosotros a quién buscáis?».

-«A Jesucristo, Hijo de María, el Nazareno, el Salvador».

-«Soy Yo».

A Jesús se le ilumina el rostro al manifestarse a estos tenaces amantes suyos. Tenaces, fieles, pacientes.

-«¡Tú! ¡Oh! ¡Señor, Salvador, Jesús nuestro!»

–los tres se han arrojado al suelo y besan los pies de Jesús, llorando de alegría–.

-«Alzaos. Alzate, Elías, y tú, Leví, y tú, que no sé quién eres[22]».

-«José. Hijo de José».

-«Estos son mis discípulos. Juan es galileo; Simón y Judas, judíos».

Los pastores ya no están rostro en tierra, pero sí todavía de rodillas, echados hacia atrás sobre los calcañares. Adoran al Salvador, con ojos de amor, labios temblorosos de emoción, rostros empalidecidos, o enrojecidos, de alegría. Jesús se sienta en la hierba.

-«No, Señor. En la hierba Tú no, Rey de Israel».

-«No os preocupéis, amigos. Soy pobre; un carpintero, para el mundo. Rico sólo de amor para el mundo, y del amor que los buenos me dan. He venido a estar con vosotros, a partir con vosotros el pan de la noche, a dormir a vuestro lado sobre el heno, a recibir consuelo de vosotros…».

-«¡Oh, consuelo! Somos incultos y estamos perseguidos».

-«Yo también lo estoy. No obstante, vosotros me dais lo que busco: amor, fe y esperanza que resiste durante años y florece. ¿Veis? Habéis sabido esperarme, creyendo sin ninguna duda que era Yo. Y Yo he venido».

-«¡Oh, sí! Has venido. Ahora, aunque muera, ya nada me causa la pena de algo esperado y no obtenido».

-«No. Elías. Tú vivirás hasta después del triunfo del Cristo. Tú, que has visto mi alba, debes ver mi fulgor. 4 ¿Y los otros? Erais doce: Elías, Leví, Samuel, Jonás, Isaac, Tobías, Jonatán, Daniel, Simeón, Juan, José, Benjamín. Mi Madre me repetía siempre vuestros nombres como los de mis primeros amigos».

-«¡Oh!».

Los pastores están cada vez más conmovidos.

-«¿Dónde están los demás?».

-«El anciano Samuel, muerto, de viejo, hace veinte años. A José le mataron por combatir en la puerta del aprisco para dar tiempo a su esposa, madre desde hacía pocas horas, de huir con éste, que yo recogí por amor de mi amigo, y por.. por seguir teniendo niños a mi alrededor. También tomé conmigo a Leví… le perseguían. Benjamín es pastor en el Líbano con Daniel. Simeón, Juan y Tobías, que ahora se hace llamar Matías en recuerdo de su padre, al cual también le mataron, son discípulos de Juan. Jonás está en la llanura de Esdrelón, al servicio de un fariseo. Isaac tiene la espalda hecha cisco, está en la absoluta miseria y solo, está en Yuttá. Le ayudamos como podemos… pero estamos todos en la ruina y es como gotas de rocío en un incendio. Jonatán es ahora siervo de un noble de Herodes».

-«¿Cómo habéis logrado, especialmente Jonatán, Jonás, Daniel y Benjamín, conseguir estos trabajos?».

-«Me acordé de Zacarías, tu pariente… Tu Madre me había enviado a él. Cuando nos volvimos a juntar en las gargantas de Judea, fugitivos y malditos, los llevé donde Zacarías. Fue bueno. Nos protegió, nos dio de comer. Nos buscó un patrón como pudo. Yo ya había recibido del herodiano todo el rebaño de Ana… y me quedé a su servicio… Cuando el Bautista llegó a la edad madura y empezó a predicar, Simeón, Juan y Tobías se fueron con él».

-«Pero ahora el Bautista está prisionero».

-«Sí. Y ellos vigilan en torno a Maqueronte, con un puñado de ovejas para no levantar sospechas; ovejas que les ha dado un hombre rico, discípulo de Juan, tu pariente».

-«Quisiera verlos a todos».

-«Sí, Señor. Iremos a decirles: “Venid, El vive, El se acuerda de nosotros y nos ama”».

-«Y os quiere entre sus amigos».

-«Sí, Señor».

-«Pero, en primer lugar, iremos adonde Isaac, Samuel y José ¿dónde están enterrados?».

-«Samuel en Hebrón. Quedó al servicio de Zacarías. José… no tiene tumba, Señor. Le quemaron con la casa».

-«Pronto estará en la Gloria, no entre las llamas de los crueles, sino entre las llamas del Señor, Yo os lo digo; a ti, José, hijo de José, te lo digo. Ven, que Yo te bese para decir gracias a tu padre».

-«¿Y mis hijos?».

-«Ángeles, Elías. Ángeles que repetirán el “Gloria” cuando el Salvador sea coronado».

-«¿Rey?».

-«No. Redentor. ¡Oh, cortejo de justos y santos! ¡Y delante las falanges blancas y purpúreas de los párvulos mártires! Una vez abiertas las puertas del Limbo, subiremos juntos al Reino inmortal. ¡Y luego iréis vosotros y volveréis a encontrar padres, madres e hijos en el Señor! Creed».

-«Sí, Señor».

-«Llamadme Maestro. 5 Llega la noche, nace la primera estrella. Di tu oración antes de la cena».

-«No yo. Tú».

-«Gloria a Dios en los Cielos altísimos y paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad que han merecido ver la Luz y servirla. El Salvador se encuentra entre ellos. El Pastor de la estirpe real está en medio de su rebaño. La Estrella de la mañana ha nacido. ¡Regocijaos, justos, regocijaos en el Señor! El, que ha hecho la bóveda de los cielos y los ha sembrado de estrellas, El, que puso como límite de las tierras los mares, El, que ha creado los vientos y los rocíos, y regulado el curso de las estaciones para dar pan y vino a sus hijos, ved cómo ahora os manda un Alimento más elevado: el Pan vivo que baja del Cielo, el Vino de la eterna Vid. Venid, vosotros, primicias de mis adoradores, venid a conocer al Padre en verdad para seguirle en santidad y obtener así eterno premio».

Jesús ha orado en pie con los brazos extendidos; los discípulos y los pastores están de rodillas.

Después se distribuye pan y una escudilla de leche acabada de ordeñar, y, dado que son tres los tazones –o calabazas vaciadas, no lo sé–, primero comen Jesús, Simón y Judas; luego Juan (al cual Jesús le pasa su taza) con Leví y José; Elías come el último.

Las ovejas no pastan más, se reúnen en un gran grupo compacto en espera de ser conducidas quizás a su aprisco. Sin embargo, veo que los tres pastores las conducen al bosque, debajo de un rústico cobertizo de ramas cercado con cuerdas. Ellos se ponen a prepararles a Jesús y a los discípulos un lecho de heno. Se encienden algunos fuegos, tal vez para los animales salvajes.

Judas y Juan, cansados, se echan; al poco tiempo ya están dormidos. Simón querría hacerle compañía a Jesús, pero al cabo de un poco él también se queda dormido, sentado en el heno y con la espalda apoyada en un poste. 6 Permanecen despiertos Jesús y los pastores. Y hablan: de José, de María, de la huida a Egipto, del regreso… Luego, después de estas preguntas de amor, llegan las preguntas más elevadas: ¿qué hacer para servir a Jesús?, ¿cómo hacerlo ellos, rudos pastores? Y Jesús instruye y explica:

-«Ahora Yo voy por Judea. Los discípulos os tendrán siempre al corriente. Después os llamaré. Entretanto, reuníos. Que cada uno tenga noticias de los demás y que sepan que Yo estoy en el mundo, como Maestro y Salvador; y, como podáis, manifestadlo a otras gentes. No os prometo que seréis creídos. Yo he recibido escarnio y golpes, vosotros también los recibiréis. Pero, de la misma forma que habéis sabido ser fuertes y justos en esta espera, sedlo más aún ahora que sois míos. Mañana iremos hacia Yuttá. Luego a Hebrón. ¿Podéis venir?».

-«¡Oh, sí! Los caminos son de todos y los pastos son de Dios. Sólo Belén nos está vedada, a causa de un odio injusto. Los otros pueblos saben todo… pero se conforman con burlarse de nosotros llamándonos borrachos. Por eso poco podremos hacer aquí».

-«Os llamaré a otro lugar. No os abandonaré».

-«¿Durante toda la vida?».

-«Durante toda mi vida».

-«No. Antes moriré yo, Maestro. Soy viejo».

-«¿Tú crees? Yo no. Uno de los primeros rostros que vi fue el tuyo, Elías. Uno de los últimos será. Me llevaré conmigo en mi pupila tu rostro desencajado a causa del dolor por mi muerte. Pero luego será el tuyo el que lleve en el corazón lo radiante de una mañana triunfal, y con él esperarás la muerte… La muerte: el encuentro eterno con el Jesús que adoraste cuando era pequeñito. También entonces los ángeles cantarán el Gloria: “por el hombre de buena voluntad”».

No oigo nada más, la dulce visión se oscurece.

[1] Cfr. Gén. 28, 10–17; 49, 10

[2] Cfr. Mt. 2, 16–18.

[3] En cuanto a los Inocentes degollados por orden de Herodes, el número exacto fue de 32. De ellos 18 en la ciudad de Belén y 14 en las casas próximas a la ciudad. Entre los degollados había también niñas pues los sicarios no se pusieron a investigar el sexo preciso, ya que todos, de noche llevaban el mismo vestido. Agréguese a esto la prisa de matar y la oscuridad de la noche. Como sucede siempre, el campesino exagera la verdad, y de este modo muchas leyendas falsas se han creado.

[4] Cfr. Is. 7, 14

[5] Cfr. Hech. 5, 36–37.

[6] Cfr. Dan. 9, 20–27.

[7] Cfr. Núm. 24, 17.

[8] Cfr. Gén. 35, 16–20.

[9] Cfr. Is. 11, 1.

[10] Cfr. Is. 7, 14; Mt. 1, 23.

[11] Cfr. Is. 9, 1.

[12] Cfr. Núm. 24, 17.

[13] Cfr. Is. 9, 1.

[14] Cfr. Jer. 31, 15; Gén. 35, 19.

[15] Se sobreentiende: no como Dios, sino como hombre, esto es, con experiencia humana. Cfr. Vol. 2, Cap. 91, pág. 71, donde dice: “Os he conocido y conozco con experiencia de hombre en el mundo” y más claro, cfr. cap. 69, pág. 393: “Soy hombre y soy Hijo de Dios. Lo que pudiera ignorar como hombre y juzgar mal, conozco y juzgo como Hijo de Dios…”

[16] Cfr. Ju. 1, 4–5 y 9–11.

[17] Aparte de las tres fiestas principales del calendario judío (Pascua, Pentecostes y Tabernáculos) Había fiestas de carácter entrañable y alegre, como la fiesta de la Dedicación (Janukah) que conmemoraba el día en que Judas Macabeo purificó el Templo de Jerusalén profanado tres años antes (en el 167 a.C.) por Antíoco IV Epifanes. El mismo Judas estableció que todos los años, el 25 del mes de Kisleu (diciembre), se celebrara la efemérides del gran acontecimiento. En tiempos de Jesús se le daba también el nombre griego de fiesta de las Encenias (enkainia = inauguración). Ese día se ofrecían sacrificios en el Templo y se organizaban procesiones en las que se cantaban himnos y salmos. Se encendían muchas luces para iluminar el Templo, las sinagogas y las casas, por lo que fue llamada también “fiesta de las luces”.

[18] Cfr. Gén. 3, 15.

[19] Cfr. Ib. 3, 16–18.

[20] Cfr. Ib. 35, 19–20; Jer. 31, 15; Mt. 2, 16–18.

[21] Miq. 5, 2.

[22] Cfr. cap. 59, pág. 348, not. 293

4/1/2015 EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN 1,1-18.

4/1/2015 Segundo Domingo después de Navidad

Santo (s) del Día: St. Elizabeth Ann Seton, el Beato Manuel González García

El evangelio de este domingo nos sitúa nuevamente al comienzo del Evangelio de Juan, podrán encontrar en el que San Juan repite palabras que el mismo Jesús pronunció durante su vida pública y que como toda Palabra de Dios queda grabada a fuego en el corazón y la memoria de los testigos de la Luz, como los pastores repitieron las palabras del ángel durante toda su vida.

He seleccionado tres capítulos 81, 127 y 147; para meditar sobre los testimonios de San Juan Bautista sobre Jesús, los testimonios de Jesús sobre su Precursor y sobre San Juan Evangelista. Todo ocurre al comienzo de la predicación del Señor cuando las gentes se preguntaban quién era quien.

Las palabras del evangelio:

La Palabra era la luz verdadera que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre. Ella estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por medio de ella, y el mundo no la conoció.  Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron.

Las encontrán en la entrega de los Santos inocentes, al final de la página seis cuando Juan llora amargamente por el rechazo que tiene Jesús al dirigirse a los habitantes de Belén y revelar que es el Mesías.

Primer año de la Vida Pública de Jesús

81. En el vado del Jordán con los pastores Simeón, Juan y Matías. Un plan para liberar a Juan el Bautista.

18 de enero de 1945.

1       Vuelvo a ver el vado del Jordán, el camino verde que sigue el curso del río por ambas partes, muy recorrido de viandantes por tener sombra. Filas de asnos van y vienen, y hombres con ellos. En el margen del río tres hombres pastorean algunas, pocas, ovejas. En el camino, José, que está esperando, mira a un lado y a otro.

A lo lejos, en el punto en que otra entrada empalma con ésta del río, se ve aparecer a Jesús con los tres discípulos. José llama a los pastores. Estos ponen en movimiento por el camino a las ovejas, haciéndolas avanzar por la orilla herbosa. Rápidamente se dirigen hacia Jesús.

-«Yo casi no me atrevo… ¿Con qué palabras le voy a saludar?».

-«¡Oh, es muy bueno! Dile: “La paz sea contigo”. El saluda siempre así».

-«El sí… pero nosotros…».

-«¿Y yo quién soy? No soy ni siquiera uno de sus primeros adoradores, y me quiere

mucho… muchísimo».

-«¿Quién es?».

-«Aquél más alto y rubio».

-«¿Le hablamos del Bautista, Matías?».

-«¡Sí!».

-«¿No pensará que le hemos preferido antes que a El?».

-«No, hombre, Simeón. Si es el Mesías, ve dentro de los corazones y en el nuestro verá que en el Bautista seguíamos buscándole a El».

-«Tienes razón».

Los dos grupos están ya a pocos metros el uno del otro. Ya sonríe Jesús, con esa sonrisa suya indescriptible. José acelera el paso. Las ovejas, por su parte, se ponen a trotar azuzadas por los pastores.

-«La paz sea con vosotros»

dice Jesús alzando los brazos como para abrazar, y especifica:

-«¡Paz a ti Simeón, Juan y Matías, mis fieles y fieles de Juan el Profeta!; paz a ti, José»

y le besa en la mejilla. Los otros tres ahora están de rodillas.

-«Venid, amigos. Debajo de estos árboles, sobre el guijarral del río. Hablemos».

Bajan. Jesús se sienta en una gruesa raíz que sobresale del terreno, los otros en el suelo. Jesús sonríe y los mira fijamente, fijamente, uno a uno:

-«Dejad que conozca vuestros rostros. Los corazones ya los conozco como corazones de justos que van tras el Bien, al que amáis frente a todas las utilidades del mundo. Os traigo el saludo de Isaac, Elías y Leví, y otro saludo: el de mi Madre. 2 ¿Tenéis noticias del Bautista?».

Los hombres, que hasta este momento no habían podido hablar por lo azorados que estaban, toman de nuevo seguridad y encuentran palabras:

-«Está todavía en la cárcel. Nuestro corazón tiembla por él, porque está en manos de un hombre cruel dominado por un ser infernal y circundado de una corte corrompida. Nosotros le queremos… Tú sabes que le queremos y que él merece nuestro amor. Después de que Tú te alejaste de Belén, padecimos la agresión de los hombres… Pero, más que su odio, lo que nos hacía sentirnos desolados, abatidos, como árboles tronchados por el viento, era el haberte perdido a ti.

Luego, después de años de sufrimiento (como quien tuviera los párpados cosidos y buscara el sol y no lo pudiera ver, porque además estuviera dentro de una cárcel y ni siquiera el tibio calor que sintiera en su carne se lo mostrara), oímos que el Bautista era el hombre de Dios anunciado por los Profetas para preparar los caminos a su Cristo[1]12, y fuimos adonde él diciéndonos a nosotros mismos: “Si él le precede, yendo adonde él le encontraremos”, porque era a ti, Señor, a quien buscábamos».

-«Lo sé. Y me habéis encontrado. Yo estoy con vosotros».

-«José nos ha dicho que fuiste donde el Bautista. Nosotros no estábamos allí ese día; quizás habíamos ido, por él, a alguna parte. Le servíamos con mucho amor en los servicios de alma que él nos pedía, con amor le escuchábamos, aunque fuera muy severo, porque no eras Tú–Verbo; pero decía siempre palabras de Dios».

-«Lo sé. 3 ¿No le conocéis a éste?»

y señala a Juan.

-«Le vimos con otros galileos entre las muchedumbres más fieles al Bautista. Si no nos equivocamos, tú te llamas Juan y eres aquél de quien él decía, a nosotros, sus íntimos: “Ved: yo, el primero; él, el último; mas luego será: él el primero y yo el último”. Y nunca comprendimos qué quería decir».

Jesús se vuelve hacia su izquierda, donde está Juan, le estrecha contra su corazón, con una sonrisa aún más luminosa, y explica:

-«Quería decir que sería el primero en declarar: “Este es el Cordero”, y que éste será el último de los amigos del Hijo del hombre que hablará del Cordero[2]a las multitudes; pero que, en el corazón del Cordero, éste es el primero, porque le ama más que a ningún otro hombre. Esto quería decir. Pero cuando le veáis al Bautista –le veréis aún y todavía le serviréis hasta la hora signada– decidle que no es él el último en el corazón del Cristo. No tanto por la sangre cuanto por la santidad, a él le quiero como a éste. Y vosotros acordaos de esto. Si la humildad del santo se proclama “última”, la Palabra de Dios le proclama compañero del discípulo que amo. Decidle que amo a éste porque tiene su nombre y porque en él encuentro los signos del Bautista, preparador de corazones para Cristo».

-«Se lo diremos… Pero, ¿le volveremos a ver?».

-«Le veréis».

4 -«Sí. Herodes no osa matarle por miedo al pueblo. En esa corte de avidez y corrupción sería fácil liberarle si tuviésemos mucho dinero. Pero… pero, por mucho que haya –los amigos han dado–, falta una buena cantidad todavía, y tenemos mucho miedo de no llegar a tiempo… y que le maten».

-«¿Cuánto creéis que os falta para el rescate?».

-«No para el rescate, Señor. Le resulta demasiado odioso a Herodías y ella es demasiado dueña de Herodes como para poder pensar en llegar a un rescate. Pero… en Maqueronte se han dado cita, yo creo, todos los codiciosos del reino. Todos quieren gozar, todos quieren sobresalir, desde los ministros a los siervos; y para ello hace falta dinero… Ya hemos encontrado a quien por una importante suma dejaría salir al Bautista. Incluso Herodes quizás lo desea… porque tiene miedo, no por otra cosa, miedo al pueblo y miedo a la mujer. Así haría que el pueblo se sintiese contento y no le acusaría la mujer de no haberla complacido».

-«Y ¿cuánto pide esta persona?».

-«Veinte talentos de plata. Sólo tenemos doce y medio».

5 -«Judas, dijiste que esas joyas eran muy bonitas».

-«Bonitas y muy valiosas».

-«¿Cuánto podrán valer? Me parece que tú entiendes de eso».

-«Sí que entiendo. ¿Por qué quieres saber su valor, Maestro? ¿Las quieres vender? ¿Por qué?».

-«Quizás… Di, ¿cuánto podrán valer?».

-«Si se venden bien… al menos… al menos seis talentos».

-«¿Estás seguro?».

-«Sí, Maestro. Sólo el collar, con lo grueso que es y el peso que tiene, siendo de oro purísimo, vale al menos tres talentos; le he mirado bien. Y también las pulseras… No se ni siquiera cómo las muñecas finas de Aglae podían soportarlas».

-«Eran sus cepos, Judas».

-«Es verdad, Maestro… ¡Pero muchos quisieran tener cepos como éstos!».

-«¿Tú crees? ¿Quién?».

-«En fin… ¡muchos!».

-«Sí, muchos que de hombre sólo tienen el nombre… Y, ¿sabrías de un posible comprador?».

-«En definitiva, ¿los quieres vender? ¿Para el Bautista? ¡Mira que es oro maldito!».

-«¡La incoherencia humana!… Has dicho hace un momento, con claro deseo, que muchos querrían tener ese oro, ¡¿y ahora le llamas maldito?! ¡Judas, Judas!… Es maldito, sí, es maldito, pero ya lo ha dicho ella: “Se santificará sirviendo para quien es pobre y santo” y lo ha dado para esto, para que el que reciba el beneficio ruegue por su pobre alma, que, cual embrión de futura mariposa, se dilata en la semilla del corazón. ¿Quién más santo y pobre que el Bautista? El es como Elías por la misión, pero más grande que Elías por la santidad[3]. El es más pobre que Yo. Yo tengo una Madre y una casa… Cuando se tiene estas cosas, y además puras y santas como las tengo Yo, no se es nunca un desvalido. El ya no tiene casa, y ni siquiera tiene el sepulcro de su madre. Todo violado, profanado por la perversidad humana. ¿Quién es, pues, el comprador?».

-«Hay uno en Jericó y muchos en Jerusalén. ¡¡¡Pero el de Jericó!!!… Es un astuto levantino batidor de oro, usurero, estafador, mercader de amor, ciertamente ladrón, quizás homicida… con toda seguridad perseguido por Roma. Se hace llamar Isaac para parecer hebreo, pero su verdadero nombre es Diomedes. Le conozco bien».

-«¡Ya lo vemos!»

interrumpe Simón Zelote, que habla poco pero que observa todo. Y pregunta: -«¿Cómo es que le conoces tan bien?».

-«En fin… ya sabes… Para complacer a unos amigos poderosos. Fui a él… hice algunos tratos… Nosotros los del Templo… ya sabes…».

-«¡Ya!… trabajáis en todo»

termina Simón con fría ironía. Judas se pone rojo de ira, pero se calla.

-«¿Puede comprar?»

pregunta Jesús.

-«Yo creo que sí. El dinero no le falta nunca. Ciertamente hay que saber vender porque ese griego es astuto y si ve que está tratando con una persona honesta, un… pichón, le despluma bien desplumado. Pero si se encuentra delante un buitre como él…».

-«Ve tú, Judas; eres el tipo de persona adecuado; tienes la astucia del zorro y la rapacidad del buitre. ¡Oh, perdona, Maestro; he hablado antes que Tú!»

dice Simón Zelote.

-«Soy de tu misma opinión, y, por tanto, le digo a Judas que vaya. Juan, ve con él. Nosotros os alcanzaremos al ponerse el Sol. El lugar de nuestra próxima cita es la plaza del mercado. Ve y haz lo mejor que puedas».

Judas se levanta inmediatamente. Juan tiene ojos suplicantes, como los de un perrito ahuyentado. Mas Jesús se dirige de nuevo a los pastores y no ve esta mirada implorante. Juan se pone en camino detrás de Judas.

6 -«Querría ser para vosotros motivo de alegría»

dice Jesús.

-«Lo serás siempre, Maestro. Que el Altísimo te bendiga por nosotros. ¿Ese hombre es amigo tuyo?».

-«Lo es. ¿No te parece que pueda serlo?».

El pastor Juan baja la cabeza y calla. Habla el discípulo Simón:

-«Sólo quien es bueno sabe ver. Yo no soy bueno y no veo lo que la Bondad ve. Veo lo externo. El bueno desciende también a lo interno. Tú también, Juan, ves como yo. Pero el Maestro es bueno… y ve…».

-«¿Qué ves, Simón, en Judas? Te ordeno hablar».

-«Bueno, pienso, cuando le miro, en ciertos lugares misteriosos que parecen cavernas de fieras y lagunas de fiebre muertas; uno no ve más que una gran maraña, y pasa temeroso dando un gran rodeo. Y, sin embargo… sin embargo, dentro hay tórtolas y ruiseñores y el suelo es rico en aguas y yerbas saludables. Yo quiero creer que Judas es así… Lo creo porque Tú le has tomado contigo. Tú, que sabes…».

-«Sí. Yo, que sé… Hay muchos pliegues en el corazón de ese hombre… Pero también tiene lados buenos. Lo has visto en Belén y en Keriot. Este lado bueno, completamente humano, hay que elevarlo a una bondad espiritual. Entonces Judas será como tú quisieras que fuera. Es joven…».

-«También Juan es joven…».

-«Y tú concluyes en tu corazón: “y es mejor”. ¡Pero, Juan es Juan! Amale a este pobre Judas, Simón… Te lo ruego. Si le amas… te parecerá más bueno».

-«Me esfuerzo en hacerlo… por ti… Pero es él quien rompe mis esfuerzos como a cañas del río… No obstante, Maestro, yo tengo una sola ley: hacer lo que Tú quieres. Por eso le amo a Judas, a pesar de que algo grite en mí contra él y hacia mí mismo».

-«¿Que, Simón?».

-«No lo sé con precisión… Algo parecido al grito del soldado de guardia durante la noche… algo que me dice: “¡No duermas! ¡Observa!”. No lo sé… No tiene nombre esto, pero existe… existe en mí contra él».

-«No pienses más en ello, Simón. No te esfuerces en definirlo. El conocer ciertas verdades perjudica… y podrías errar en tu conocimiento. Deja que tu Maestro actúe. Tú dame tu amor y piensa que eso me hace feliz…».

Y todo concluye.

127. Los discursos en Aguas Claras: No tentarás al Señor tu Dios[4]. Testimonio de Juan el Bautista.

11 de marzo de 1945.

1       Es un día serenísimo de invierno. Hace sol y viento; el cielo está sereno, uniforme, sin el más mínimo vestigio de nubes. Son las primeras horas del día. Hay todavía una fina capa de escarcha, o mejor, de rocío semihelado, que esparce un polvo diamantífero sobre el suelo y sobre las hierbas.

Vienen hacia la casa tres hombres, que caminan con la seguridad de quien sabe a dónde se dirige. Llegando ya, ven a Juan, que en ese momento atraviesa el patio cargado de unos cántaros de agua sacados del pozo, y le llaman.

Juan se vuelve, deja las cantarillas y dice:

-«¿Vosotros aquí? ¡Bienvenidos! El Maestro se alegrará al veros. Venid, venid, antes de que llegue la gente. ¡Ahora viene mucha!…».

Son los tres pastores discípulos de Juan Bautista. Simeón, Juan y Matías van contentos detrás del apóstol.

-«Maestro, han venido tres amigos. Mira»

dice Juan entrando en la cocina, donde arde alegre un gran fuego de leña menuda, que expande un agradable olor a bosque y a laurel quemado.

-«Paz a vosotros, amigos míos. ¿Cómo es que venís a verme? ¿Le ha sucedido alguna desgracia al Bautista?».

-«No, Maestro. Hemos venido con permiso suyo. Te envía saludos y dice que encomiendes a Dios el león perseguido por los arqueros. No se hace ilusiones respecto a su suerte futura, aunque por ahora sigue libre. Está contento porque sabe que tienes muchos fieles, incluidos los que antes eran suyos. Maestro… nosotros también lo deseamos vivamente, pero… no queremos abandonarle ahora que le persiguen.

Compréndenos … »

dice Simeón.

-«No sólo eso, sino que os bendigo por ello. El Bautista merece todo respeto y amor».

-«Sí. Así es. El Bautista es grande, y cada vez descuella más su figura. Se parece al agave, que poco antes de morir produce el gran candelabro de la septiforme flor y lo ondea, y perfuma. Así es él. Y siempre dice: “Mi único deseo es volver a verle…”. Verte a ti. Nosotros hemos recogido este grito de su alma y te lo hemos venido a traer sin decírselo. El es “el Penitente”, “el Abstinente”. Su santo deseo de verte y de oírte le consume. Yo soy Tobías, ahora Matías. Creo que el arcángel dado a Tobías[5] no sería distinto del Bautista; todo en él es sabiduría».

-«¿Quién ha dicho que no le vuelva a ver?… 2 Pero, ¿habéis venido sólo para esto? Es penoso caminar durante esta estación. Hoy hace un tiempo sereno, pero, hasta hace sólo tres días, ¡cuánta lluvia por los caminos!».

-«No hemos venido sólo por esto. Hace unos días vino Doras, el fariseo, a purificarse, pero el Bautista le negó el rito diciendo: “No llega el agua a donde hay una costra tan grande de pecado. Uno sólo te puede perdonar: el Mesías”. Entonces él dijo: “Iré a verle. Quiero curarme. Creo que este mal es su maleficio”. Entonces el Bautista le arrojó de su presencia como lo habría hecho con Satanás. El, al irse, vio a Juan –le conocía desde que Juan visitaba a Jonás, con quien estaba algo emparentado– y le dijo que venía, que todos iban, que había venido Manahén y hasta incluso venían las… (yo digo meretrices, pero él dijo un nombre más feo). “Aguas Claras –decía– está llena de ilusos. Ahora, si me cura y me retira la maldición de mis tierras –que están como excavadas por máquinas de guerra por ejércitos de topos y gusanos y cortones que horadan los granos sembrados y roen las raíces de los árboles frutales y de las vides y no hay nada que los venza–, me haré amigo suyo; si no… ¡Ay de El!”. Nosotros le respondimos: “¿Y vas con esta disposición de ánimo?”. Y él respondió: “Pero quién cree en ese Satanás. Además, lo mismo que convive con las meretrices puede hacer alianza conmigo”. Nosotros queríamos venir a decírtelo, para que pudieras saber a qué atenerte con Doras».

-«Ya está todo resuelto».

-«¿Ya? ¡Ah, es verdad!, que él tiene carros y caballos y nosotros sólo las piernas. ¿Cuándo ha venido?».

-«Ayer».

-«¿Y qué ha ocurrido?».

-«Esto: que si queréis ocuparos de Doras podéis ir al duelo a su casa de Jerusalén. Le están preparando para la sepultura».

-«¡¡¿Muerto?!!».

-«Muerto. Aquí. Mas no hablemos de él».

-«Sí, Maestro… Sólo… dinos una cosa. ¿Es verdad cuanto dijo de Manahén?».

-«Sí. ¿Os desagrada?».

-«No, no…, nos alegra. ¡Cuánto le hemos hablado de ti en Maqueronte! Y, ¿qué otra cosa puede querer el apóstol sino que sea amado el Maestro? Es lo que Juan quiere, y, con él, nosotros».

-«Hablas bien, Matías; la sabiduría está contigo».

-«Y… yo no lo creo, pero ahora la hemos visto… Vino también a nosotros buscándote a ti antes de los Tabernáculos; y le dijimos: “Quien tú buscas no está aquí, pero estará pronto en Jerusalén para los Tabernáculos”. Eso le dijimos, porque el Bautista nos había dicho: “¿Veis a esa pecadora?: es una costra de inmundicia; pero lleva dentro una llama a la que hay que alimentar; así, se avivará de tal modo que surgirá impetuosamente de debajo de la costra y todo arderá. Caerá la inmundicia y quedará sólo la llama”. Eso dijo. Pero… ¿es verdad que duerme aquí, como han venido a decirnos dos influyentes escribas?».

-«No. Está en uno de los establos del capataz, a más de un estadio de aquí».

-«¡Lenguas de infierno! ¿Has oído? ¡Y ellos!…».

-«Dejadles que hablen. Los buenos no creen en sus palabras, sino en mis obras».

-«Esto lo dice también Juan. 4 Hace unos días, algunos discípulos suyos, nosotros presentes, le han dicho: “Rabí, Aquel que estaba contigo al otro lado del Jordán, del que tú diste testimonio, ahora bautiza, y todos van a El; te vas a quedar sin fieles”. A lo que Juan respondió: “¡Dichoso mi oído, que oye esta noticia! No sabéis qué alegría me dais. Sabed que el hombre no puede tomar nada si no le es dado del Cielo. Vosotros podéis testificar que he dicho: ‘Yo no soy el Cristo, sino el que ha sido enviado delante para prepararle el camino’. El hombre justo no se apropia de un nombre ajeno, y, aunque otro hombre quisiera alabarle diciéndole: ‘eres ése’, es decir: el Santo, él responde: ‘No, realmente no es así; yo soy su siervo’. Y de todas formas se alegra mucho de ello, porque dice: ‘Se ve que me asemejo a El un poco, si el hombre me puede confundir con El. Y, ¿qué desea la persona que ama sino parecerse a su amado? Sólo la esposa goza del esposo. El paraninfo no podría gozar de ella, porque sería una inmoralidad y un hurto. Pero el amigo del novio, que está cerca de él y escucha su palabra llena de júbilo nupcial, siente una alegría tan viva que podría compararse a la que hace dichosa a la virgen casada con él, la cual en aquella palabra comienza ya a degustar la miel de las palabras nupciales. Esta es mi alegría, y es completa. ¿Y qué hace el amigo del novio, habiéndole servido durante meses, y habiéndole conducido a la esposa a casa? Se retira y desaparece. ¡Así hago yo! ¡Así hago yo! Uno sólo queda, el esposo con la esposa: el Hombre con la Humanidad. ¡Oh, qué palabra más profunda! Es necesario que El crezca y que yo merme. Quien del Cielo viene está por encima de todos. Patriarcas y Profetas desaparecen a su llegada, porque El es como el Sol, que todo lo ilumina y su luz es tan viva que los astros y planetas sin luz se visten de ella, y los que aún no están apagados quedan anulados en el supremo esplendor del Sol. Esto sucede porque El viene del Cielo, mientras que los Patriarcas y los Profetas irán al Cielo, pero no vienen del Cielo. Quien viene del Cielo es superior a todos, y anuncia lo que ha visto y oído. Mas ninguno de entre los que no tienden al Cielo, renegando de Dios por ello, podrá aceptar su testimonio. Quien acepta el testimonio del que ha bajado del Cielo, con este acto suyo de creer, imprime un sello a su fe en que Dios es verdadero y no una fábula exenta de verdad, y escucha a la Verdad porque su ánimo está deseoso de ella. Porque Aquél a quien Dios ha enviado pronuncia palabras de Dios, pues Dios le da el Espíritu con plenitud, y el Espíritu dice: ‘Aquí estoy. Tómame; que quiero estar contigo, delicia de nuestro amor’. Porque el Padre ama al Hijo sin medida y todas las cosas las ha puesto en su mano. Por eso quien cree en el Hijo tiene la vida eterna; mas quien se niega a creer en el Hijo no verá la Vida, y la cólera de Dios permanecerá en él y sobre él”.

Esto dijo. Estas palabras me las he grabado en mi mente para transmitírtelas»

Dice Matías.

-«Te lo agradezco y te alabo por ello. 5 El Profeta último de Israel no es Aquel que del Cielo baja, pero, por haber recibido el beneficio de los dones divinos ya desde el vientre de su madre –vosotros no lo sabéis, pero Yo os lo digo ahora–, es el que más se acerca al Cielo».

-«¿Cómo? ¿Cómo? ¡Háblanos! El dice de sí mismo: “Yo soy el pecador”».

Los tres pastores se muestran ansiosos de saber, así como también los discípulos.

-«Cuando la Madre me llevaba, de mí–Dios estando encinta, fue a servir –porque es la Humilde y Amorosa– a la madre de Juan, prima suya por parte de madre, que había quedado embarazada en su vejez, Ya el Bautista tenía su alma, porque estaba en el séptimo mes de su formación[6]. Y este brote de hombre, dentro del seno materno, saltó de alegría al oír la voz de la Esposa de Dios. También en esto fue precursor; precedió a los redimidos, porque de seno a seno se efundió la Gracia, y penetró, y cayó la Culpa original del alma del niño. Por ello Yo digo que sobre la faz de la Tierra tres son los posesores de la Sabiduría, del mismo modo que en el Cielo Tres son los que son Sabiduría: el Verbo, la Madre, el Precursor, en la Tierra; el Padre, el Hijo, el Espíritu Santo, en el Cielo».

-«Nuestro corazón está henchido de estupor… Casi como cuando se nos dijo: “Ha nacido el Mesías…”. Porque Tú eras la profundidad abisal de la misericordia y nuestro Juan lo es de la humildad».

-«Y mi Madre, de la pureza, de la gracia, de la caridad, de la obediencia, de la humildad, de toda virtud que sea de Dios y que Dios infunda a sus santos».

6 -«Maestro –dice Santiago de Zebedeo– hay mucha gente».

-«Vamos. Venid también vosotros».

Es muchísima la gente.

-«La paz sea con vosotros»

dice Jesús. Está sonriente como pocas veces. La gente cuchichea y le señala con gestos. Hay mucha curiosidad en el ambiente.

-«”No tentarás al Señor tu Dios”[7], está escrito. Demasiadas veces se olvida este mandamiento. Se tienta a Dios cuando se le quiere imponer nuestra voluntad. Se tienta a Dios cuando imprudentemente se actúa contra las reglas de la Ley, que es santa y perfecta y en su lado espiritual –el principal– se ocupa y se preocupa, también, de la carne que Dios ha creado[8]. Se tienta a Dios cuando, habiendo sido perdonados por El, Se vuelve a pecar. Uno tienta a Dios cuando, habiendo recibido de El un beneficio que pretendía ser un bien para sí, algo que le moviera hacia Dios, lo transforma en un daño. Dios no es objeto de risa ni de burla. Demasiadas veces sucede esto. Ayer habéis presenciado el castigo que espera a quienes pretenden mofarse de Dios. El eterno Dios, lleno de compasión con quien se arrepiente, se muestra, por el contrario, lleno de severidad con el impenitente que en manera alguna se modifica a sí mismo. Vosotros venís a mí para oír la palabra de Dios. Venís para obtener un milagro. Venís para obtener el perdón. Y el Padre os da palabra, milagro y perdón. Y Yo no echo de menos el Cielo, porque puedo daros milagros y perdón, y puedo haceros conocer a Dios.

7 Ese hombre cayó ayer fulminado, como Nadab y Abiú[9] , por el fuego de la divina indignación. De todas formas, absteneos de juzgarle. Que lo que ha sucedido, que ha sido un nuevo milagro, solamente os haga meditar acerca de cómo hay que actuar para tener a Dios como amigo. El quería el agua penitencial, pero sin espíritu sobrenatural; la quería por espíritu humano: como una práctica mágica que le curase la enfermedad y le liberase de la desventura. El cuerpo y la cosecha: éstos eran sus fines, no su pobre alma, que no tenía valor para él; lo valioso para él era la vida y el dinero.

Yo digo: “El corazón está donde está el tesoro, y el tesoro donde el corazón. Por tanto, el tesoro está en el corazón”. El en el corazón tenía la sed de vivir y de tener mucho dinero. ¿Cómo obtenerlo?: como fuera; incluso con el delito. Pues bien, pedir así el bautismo ¿no era reírse de Dios y tentarle? Habría bastado el arrepentimiento sincero por su larga vida de pecado para proporcionarle una santa muerte y lo justo en esta Tierra. Pero él era el impenitente. No habiendo amado nunca a nadie aparte de sí mismo, llegó a no amarse ni siquiera a sí mismo. Porque el odio mata incluso el amor animal egoísta del hombre hacia sí mismo.

El llanto del arrepentimiento sincero habría debido ser su agua lustral. De la misma forma, para todos vosotros que estáis escuchando; porque sin pecado no hay nadie, y todos, por tanto, tenéis necesidad de esta agua que, exprimida por el corazón mismo, desciende y lava, da de nuevo la virginidad a quien ha sido profanado, levanta al abatido, da nuevo vigor a quien la culpa ha dejado exangüe.

Ese hombre se preocupaba sólo de la miseria de la tierra, cuando en realidad sólo una miseria debe apesadumbrar al hombre: la eterna miseria de perder a Dios. Ese hombre no dejaba de hacer las ofrendas rituales, mas no sabía ofrecer a Dios un sacrificio de espíritu, es decir, alejarse del pecado, hacer penitencia, pedir con los hechos el perdón.

Una hipócrita ofrenda de riquezas mal adquiridas es como invitarle a Dios a que se haga cómplice de las malas acciones del hombre. ¿Es posible que esto suceda? ¿No es reírse de Dios el pretenderlo? Dios arroja de su presencia a quien dice: “he aquí que sacrifico” y se consume internamente por continuar su pecado. ¿Ayuda, acaso, el ayuno corporal cuando el alma no ayuna del pecado?

Que la muerte de este hombre, que ha acontecido aquí, os haga meditar sobre las condiciones necesarias para gozar del aprecio de Dios. Ahora, en su rico palacio, los familiares y las plañideras hacen duelo ante los restos mortales que dentro de poco serán conducidos al sepulcro. ¡Oh, verdadero duelo y verdaderos restos mortales! ¡Nada más que unos restos mortales! Nada más que un desconsolado duelo, porque el alma, precedente e irremisiblemente muerta, se verá para siempre separada de aquellos que amó por parentela y afinidad de ideas. Aunque una misma morada los una eternamente, el odio que allí reina los dividirá. Es así que entonces la muerte es verdadera separación.

Mejor sería que, en vez de los demás, fuese el propio hombre quien, teniendo muerta el alma, llorase por sí mismo; de modo que, por ese llanto de contrito y humilde corazón, le devolviera al alma la vida con el perdón de Dios.

Idos, sin odio ni comentarios, nada más que con humildad; como Yo, que, no con odio sino por justicia, he hablado de él. La vida y la muerte son maestras para bien vivir y bien morir, y para conquistar la Vida sin muerte. La paz sea con vosotros».

8       No hay ni enfermos ni milagros, y Pedro les dice a los tres discípulos del Bautista:

-«Lo siento por vosotros».

-«No es necesario. Nosotros creemos sin ver. Hemos tenido el milagro de su natividad, que nos ha hecho creyentes, y ahora tenemos su palabra, que confirma nuestra fe. Sólo pedimos servirla hasta el Cielo, como Jonás, hermano nuestro».

Todo termina.

148. Jesús visita a Juan el Bautista en las cercanías de Enón.

27 de abril de 1945.

1      Es una clara noche de luna. Tan nítida, que el terreno aparece con todos sus detalles, y los campos, con el trigo nacido pocos días antes, parecen alfombras de felpa verdeplata vareteadas con las listas oscuras de los senderos; velándolas están los troncos de los árboles: del todo blancos por el lado de la Luna; del todo negros por el lado Oeste.

Jesús va caminando seguro y solo. Avanza muy deprisa por su camino, hasta que se encuentra con un curso de agua que desciende gorgoteando hacia la llanura en dirección Norte–Este. Remonta su curso hasta un lugar solitario cabe una escarpadura cubierta de vegetación espesa. Tuerce otra vez, trepando por un sendero, y llega a un refugio natural de la ladera del collado.

Entra. Se inclina hacia un cuerpo extendido en el suelo, un cuerpo que casi ni se vislumbra a la luz de la luna, que ilumina, sí, el sendero, pero no penetra en la cueva. Le llama:

«Juan».

El hombre se despierta y se incorpora, todavía entre las nieblas del sueño. Pronto se da cuenta de quién es el que le ha llamado y se levanta bruscamente, para postrarse en tierra diciendo:

«¿Cómo es que viene a mí mi Señor?».

«Para alegrar tu corazón y el mío. Anhelabas mi presencia, Juan; aquí estoy. Levántate. Vamos a salir a la luz de la luna. Sentémonos a conversar en esta peña que hay junto a la cueva».

Juan obedece, se levanta y sale. Mas, una vez que Jesús se ha sentado, él, con la piel de oveja que mal cubre su flaquísimo cuerpo, se pone de rodillas delante del Cristo echándose hacia atrás sus cabellos largos y desordenados que le pendían por delante de los ojos, para ver mejor al Hijo de Dios.

El contraste es fortísimo: Jesús, de tez pálida, rubio, cabellos esponjosos y ordenados, corta barba en la parte baja del rostro; el otro, todo él, una mata de pelos negrísimos, tras los cuales apenas si asoman dos ojos hundidos (yo diría febriles por el fuerte brillo de su negro de azabache).

2 «Vengo a decirte “gracias”. Has cumplido y cumples, con la perfección de la Gracia que hay en ti, tu misión de Precursor mío. Cuando llegue la hora, entrarás en el Cielo, a mi lado, porque habrás merecido todo de Dios; pero ya durante la espera tendrás la paz del Señor, amigo mío dilecto».

«Muy pronto entraré en la paz. Bendice, Maestro mío y Dios mío, a tu siervo para fortalecerle en la última prueba. Sé que está cercana, y que debo dar todavía un testimonio: el de la sangre. Tú tampoco desconoces –menos todavía que yo– que mi hora está llegando. Tu venida aquí ha sido deseo de la misericordiosa bondad de tu corazón de Dios, para fortalecer al último mártir de Israel y primero del nuevo tiempo. Dime sólo una cosa: ¿Voy a tener que esperar mucho hasta que vengas?».

«No, Juan. No mucho más de cuanto transcurrió desde tu nacimiento hasta el mío».

«¡Bendito sea el Altísimo! Jesús… ¿Puedo llamarte así?».

«Puedes, por sangre y por santidad. Este Nombre, pronunciado incluso por los pecadores, puede pronunciarlo el santo de Israel. Para ellos significa salvación. Sea para ti dulzura. ¿Qué quieres de Jesús, tu Maestro y primo?».

«Voy a la muerte. Me preocupo de mis discípulos como un padre lo hace con sus hijos. Mis discípulos… Tú, que eres Maestro, sabes cuán vivo es nuestro amor por ellos. El único pesar de mi muerte es el temor a que se descarríen, como ovejas sin pastor. Recógelos Tú. Te restituyo los tres tuyos, que, en espera de ti, han sido perfectos discípulos míos; en ellos, sobre todo en Matías, habita realmente la Sabiduría. Tengo otros discípulos que irán a ti. Deja de todas formas que te confíe personalmente a estos tres; son los preferidos».

«También Yo les profeso este amor. Ve tranquilo, Juan. No perecerán ni éstos ni los otros verdaderos discípulos que tienes. Recojo tu herencia. La velaré como el tesoro más apreciado, recibido del perfecto amigo mío y siervo del Señor».

3 Juan se postra y se inclina profundamente hasta tocar el suelo y –cosa que parece imposible en un personaje tan austero– solloza fuertemente, de alegría espiritual. Jesús le pone una mano sobre la cabeza:

«Tu llanto, que es alegría y humildad, encuentra su correspondencia en un lejano canto, al son del cual tu pequeño corazón saltó de júbilo. Aquel canto y este llanto son el mismo himno de alabanza al Eterno, que “ha hecho grandes cosas; El, que es poderoso en los espíritus humildes[1]243. Mi Madre también va a entonar de nuevo su canto, el mismo que en aquel momento cantó. Pero, después, Ella recibirá la mayor de las glorias, como tú tras tu martirio. Te traigo su saludo. Todos los saludos y todos los consuelos. Lo mereces. Aquí, sólo es la mano del Hijo del Hombre lo que está sobre tu cabeza; mas del Cielo abierto desciende la Luz y el Amor para bendecirte, Juan».

«No merezco tanto. Soy tu siervo».

«Tú eres mi Juan. Aquel día, en el Jordán, Yo era el Mesías que se estaba manifestando; aquí, ahora, soy tu primo y tu Dios, con el deseo de darte el viático de su amor de Dios y de pariente. Levántate, Juan. Démonos el beso de despedida».

«No merezco tanto… Lo he deseado siempre, durante toda la vida, y, sin embargo, no oso cumplir este gesto contigo: Tú eres mi Dios».

«Yo soy tu Jesús. Adiós. Mi alma estará al lado de la tuya hasta la paz. Vive y muere en paz, por tus discípulos. Ahora sólo puedo darte esto. En el Cielo te daré el ciento por uno, porque has hallado toda gracia ante los ojos de Dios».

Le ha puesto en pie y le ha abrazado besándole en las mejillas, recibiendo a su vez el beso de Juan, quien, tras ello, vuelve a arrodillarse. Jesús le impone las manos y ora con los ojos levantados al cielo. Parece como si le estuviera consagrando. Jesús se manifiesta imponente.

El silencio se prolonga, así, durante un tiempo. Luego Jesús se despide con su dulce saludo.

«Mi paz esté siempre contigo»

y emprende el mismo camino que había recorrido antes.

[1] 243 Cfr. Lc. 1, 46–55; 1 Rey. 2, 1–10.

1/1/2015 EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS 2,16-21.

Solemnidad de Santa María, Madre de Dios

Santo(s) del día : Santa Madre de Dios

Evangelio según San Lucas 2,16-21.

Nacimiento y vida oculta de María y Jesús.

30. El anuncio a los pastores[1], que vienen a ser los primeros adoradores del Verbo hecho Hombre.

7 de junio de 1944. Víspera del Corpus Christi.

1        Y ahora veo extensos campos. La Luna está en su cenit surcando tranquila un cielo colmado de estrellas. Parecen bullones de diamante hincados en un enorme palio de terciopelo azul oscuro; la Luna ríe en medio con su carota blanquísima de la que descienden ríos de luz láctea que pone blanca la tierra. Los árboles, desnudos, sobre este suelo emblanquecido, parecen más altos y negros; y los muros bajos, que acá o allá se levantan como lindes, parecen de leche. Una casita lejana parece un bloque de mármol de Carrara.

A mi derecha veo un recinto, dos de cuyos lados son un seto de espinos; los otros dos, una tapia baja y tosca. En ésta apoya la techumbre de una especie de cobertizo ancho y bajo, que en el interior del recinto está construido parte de piedra y parte de madera: como si en verano las partes de madera se debieran quitar y se transformase así el cobertizo en un pórtico. De dentro del cercado viene, de tanto en tanto, un balar intermitente y breve. Deben ser ovejas que sueñan, o que quizás creen que pronto se hará de día, por la luz que da la Luna; una luz que es tan intensa que incluso es excesiva y que aumenta como si el astro se estuviera acercando a la Tierra o centellease debido a un misterioso incendio.

2 Un pastor se asoma a la puerta, se lleva un brazo a la frente para proteger los ojos y mira hacia arriba. Parece imposible que uno tenga que proteger los ojos de la luz de la Luna, pero, en este caso es tan intensa que ciega, especialmente si uno sale de un lugar cerrado oscuro. Todo está en calma, pero esa luz produce estupor.

El pastor llama a sus compañeros. Salen todos a la puerta: un grupo numeroso de hombres rudos, de distintas edades. Entre ellos hay algunos que apenas si han llegado a la adolescencia, otros ya tienen el pelo cano. Comentan este hecho extraño. Los más jóvenes tienen miedo, especialmente uno, un chiquillo de unos doce años, que se echa a llorar, con lo cual se hace objeto de las burlas de los más mayores.

-«¿A qué le tienes miedo, tonto?»

le dice el más viejo.

-«¿No ves qué serenidad en el ambiente? ¿No has visto nunca resplandecer la Luna? ¿Has estado siempre pegado a las faldas de tu madre, como un pollito a la gallina, no? ¡Pues anda que no tendrás que ver cosas! Una vez, yo había llegado hasta los montes del Libano, e incluso los había sobrepasado, hacia arriba. Era joven, no me pesaba andar –incluso era rico entonces– …Una noche vi una luz de tal intensidad que pensé que estuviera volviendo Elías en su carro de fuego[2]. El cielo estaba todo de fuego. Un viejo –entonces el viejo era él– me dijo: “Un gran advenimiento está para llegar al mundo”. Y para nosotros supuso una desventura, porque vinieron los soldados de Roma. ¡Oh, muchas cosas tendrás que ver, si la vida te da años!…».

3        Pero, el pastorcillo ya no le está escuchando. Parece haber perdido incluso el miedo. De hecho, alejándose del umbral de la puerta, dejando a hurtadillas la espalda de un musculoso pastor, detrás del cual estaba refugiado, sale al redil herboso que está delante del cobertizo. Mira hacia arriba y se pone a caminar como un sonámbulo, o como uno que estuviera hipnotizado por algo que le embelesara. Llegado un momento grita:

-«¡Oh!»

y se queda como petrificado, con los brazos un poco abiertos. Los demás se miran estupefactos.

-«Pero, ¿qué le pasa a ese tonto?»

dice uno.

-«Mañana le mando con su madre. No quiero locos cuidando a las ovejas»

dice otro. El anciano que estaba hablando poco antes dice:

-«Vamos a ver antes de juzgar. Llamad también a los que están durmiendo y coged palos. No vaya a ser un animal malo o gente malintencionada…».

Entran llamando a los otros pastores, y salen con teas y garrotes. Llegan donde el muchacho.

-«Allí, allí»

susurra sonriendo.

-«Más arriba del árbol, mirad esa luz que se está aproximando. Parece como si siguiera el rayo de la Luna. Mirad. Se acerca. ¡Qué bonita es!».

-«Yo lo único que veo es una luz más viva».

-«Yo también».

-«Yo también»

dicen los otros.

-«No. Yo veo como un cuerpo»

dice uno. Le reconozco: es el pastor que ofreció leche a María.

-«¡Es un… es un ángel!»

grita el niño.

-«Mirad, está bajando, y se acerca… ¡De rodillas ante el ángel de Dios!».

Un «¡Oh!» largo y lleno de veneración se alza del grupo de los pastores, que caen rostro en tierra. Cuanto más ancianos son, más contra el suelo se les ve por la aparición fulgente. Los jovencitos están de rodillas, pero miran al ángel, que se aproxima cada vez mas, hasta detenerse, candor de perla en el candor de luna que le circunda, suspendido en el aire, moviendo sus grandes alas, a la altura de la tapia del recinto.

-«No temáis. No vengo como portador de desventura, sino que os traigo el anuncio de un gran gozo para el pueblo de Israel y para todo el pueblo de la tierra».

La voz angélica es como una armonía de arpa acompañada del canto de gargantas de ruiseñores.

-«Hoy en la ciudad de David ha nacido el Salvador».

Al decir esto, el ángel abre más grandes las alas, y las mueve como por un sobresalto de alegría, y una lluvia de chispas de oro y de piedras preciosas parece desprenderse de ellas. Un verdadero arco iris de triunfo sobre el pobre redil.

-«…el Salvador, que es Cristo».

El ángel resplandece con mayor luz. Sus dos alas,  ahora ya detenidas, tendiendo su punta hacia el cielo, como dos velas inmóviles sobre el zafiro del mar, parecen dos llamas que suben ardiendo.

-«…¡Cristo, el Señor!».

El ángel recoge sus dos fúlgidas alas y con ellas se cubre –es como un manto de diamante sobre un vestido de perla–, se inclina como adorando, con las manos cruzadas sobre su corazón; su rostro, inclinado sobre su pecho, queda oculto entre la sombra de los vértices de las alas recogidas. No se ve sino una oblonga forma luminosa, inmóvil durante el tiempo que dura un “Gloria”.

Se mueve de nuevo. Vuelve a abrir las alas, levanta ese rostro suyo en que luz y sonrisa paradisíaca se funden, y dice: «Le reconoceréis por estas señales: en un pobre establo, detrás de Belén, encontraréis a un niño envuelto en pañales en un pesebre, pues para el Mesías no había un techo en la ciudad de David». El ángel se pone serio al decir esto; más que serio, triste.

4        Y del Cielo vienen muchos –¡ Oh, cuántos !– muchos ángeles semejantes a él, una escalera de ángeles que desciende exultando y anulando la Luna con su resplandor paradisíaco, y se reúnen en torno al ángel anunciador, batiendo las alas, emanando perfumes, con un arpegio de notas en que las más hermosas voces de la creación encuentran un recuerdo, alcanzada en este caso la perfección del sonido. Si la pintura es el esfuerzo de la materia para transformarse en luz, aquí la melodía es el esfuerzo de la música para hacer resplandecer ante los hombres la belleza de Dios; y oír esta melodía es conocer el Paraíso, donde todo es armonía de amor, que de Dios emana para hacer dichosos a los bienaventurados, y que de éstos va a Dios para decirle:

-«¡Te amamos!».

El “Gloria” angélico se extiende en ondas cada vez más vastas por los campos tranquilos, y con él la luz. Las aves unen a ello un canto que es saludo a esta luz precoz, y las ovejas sus balidos por este sol anticipado. Mas a mí, como ya con el buey y el asno en la gruta, me place creer que es el saludo de los animales a su Creador, que viene a ellos para amarlos como Hombre además de como Dios.

El canto se hace más tenue, y la luz, mientras los ángeles retornan al Cielo…

5 …Los pastores vuelven en sí.

-«¿Has oído?».

-«¿Vamos a ver?».

-«¿Y las ovejas?».

-«¡No les sucederá nada! ¡Vamos para obedecer a la palabra de Dios!…».

-«Pero, ¿a dónde?».

-«¿Ha dicho que ha nacido hoy? ¿y que no ha encontrado sitio en Belen?».

El que habla ahora es el pastor que ofreció la leche.

-«Venid, yo sé. He visto a la Mujer y me ha dado pena. He indicado un lugar para Ella, porque pensaba que no encontrarían hospedaje, y al hombre le he dado leche para Ella. Es muy joven y hermosa. Debe ser tan buena como el ángel que nos ha hablado. Venid. Venid. Vamos a coger leche, quesos, corderos y pieles curtidas. Deben ser muy pobres y… ¡quién sabe qué frío no tendrá Aquel a quien no oso nombrar! Y pensar que yo le he hablado a la Madre como si se

tratara de una pobre esposa cualquiera!…».

Entran en el cobertizo y, al poco rato, salen; quién con unas pequeñas cantimploras de leche, quién con unos quesitos de forma redondeada dentro de unas rejillas de esparto entretejido, quién con cestas con un corderito balando, quién con pieles de oveja curtidas.

-«Yo llevo una oveja. Ha parido hace un mes. Tiene la leche buena. Les puede venir bien, si la Mujer no tiene leche. Me parecía una niña, ¡y tan blanca!… Un rostro de jazmín bajo la luna»

dice el pastor que ofreció la leche. Y los guía.

6        Caminan bajo la luz de la luna y de las teas, tras haber cerrado el cobertizo y el recinto. Van por senderos rurales, entre setos de espinos deshojados por el invierno. Van a la parte de atrás de Belén. Llegan al establo, yendo no por la parte por la que fue María, sino por la opuesta, de forma que no pasan por delante de los establos más lindos, y aquél es el primero que encuentran. Se acercan a la entrada.

-«¡Entra!».

-«No me atrevo».

-«Entra tú».

-«No».

-«Mira, al menos».

-«Tú, Leví, mira tú que has sido el primero que ha visto al ángel, que es señal de que eres mejor que nosotros».

La verdad es que antes le han llamado loco… pero ahora les conviene que él se atreva a lo que ellos no tienen el valor de hacer.

El muchacho vacila, pero luego se decide. Se acerca a la entrada, descorre un poquito

el manto, mira, y… se queda extático.

-«¿Qué ves?»

le preguntan ansiosos en voz baja.

-«Veo a una mujer, joven y hermosa, y a un hombre inclinados hacia un pesebre, y oigo…. oigo que llora un niñito, y la mujer le habla con una voz… ¡Oh, qué voz!».

-«¿Qué dice?».

-«Dice: “¡Jesús, pequeñito! ¡Jesús, amor de tu Mamá! ¡No llores, Hijito!”. Dice: “Ay, si pudiera decirte: ‘Toma la leche, pequeñin’! Pero no la tengo todavía”. Dice: “¡Tienes mucho frío, amor mío! Y te pincha el heno. ¡Qué dolor para tu Mamá oírte llorar así, y no poderte aliviar!”. Dice: “¡Duerme, alma mía! ¡Que se me rompe el corazón oyéndote llorar y viéndote verter lágrimas!”, y le besa y se ve que le está calentando los piececitos con sus manos, porque está inclinada con los brazos dentro del pesebre».

-«¡Llama! ¡Que te oigan!».

-«Yo no. Tú, que nos has traído y que la conoces».

El pastor abre la boca, pero se limita a farfullar unos sonidos.

7        José se vuelve y va a la puerta.

-«¿Quiénes sois?».

-«Pastores. Os traemos comida y lana. Venimos a adorar al Salvador».

-«Entrad».

Entran. Las teas iluminan el establo. Los viejos empujan a los niños delante de ellos.

María se vuelve y sonríe.

-«Venid» dice. «¡Venid!»

y los invita con la mano y la sonrisa; toma al que había visto al ángel y le acerca hacia sí, hasta el mismo pesebre. El niño mira con felicidad.

Los otros, invitados también por José, se arriman con sus dones y los depositan, con breves y emocionadas palabras, a los pies de María. Luego miran al Niño, que está llorando quedo, y sonríen emocionados y dichosos.

Uno de ellos, más intrépido, dice:

-«Toma, Madre. Es suave y está limpia. La había preparado para mi hijo, que está para nacer. Yo te la doy. Arropa a tu Hijo en esta lana; la sentirá suave y caliente».

Y le ofrece una piel de oveja, una piel preciosa de abundante lana blanca y larga.

María alza a Jesús y le envuelve en la piel. Luego se lo muestra a los pastores, los cuales, de rodillas sobre el heno del suelo, le miran extasiados.

Sintiéndose más valerosos, uno de ellos propone:

-«Habría que darle un sorbo de leche, o mejor: agua y miel. Pero no tenemos miel. Se les da a los niñitos. Yo tengo siete hijos y entiendo de ello…».

-«Aquí está la leche. Toma, Mujer».

-«Pero está fría. Tiene que ser caliente. ¿Dónde está Elías? El tiene la oveja».

Elías debe ser el de la leche, pero no está; se había quedado afuera y ahora está mirando por el portillo, y en la oscuridad de la noche se difumina.

-«¿Quién os ha conducido aquí?».

-«Un ángel nos ha dicho que viniéramos, luego Elías nos ha guiado hasta aquí. Pero,

¿dónde está ahora?».

La oveja le delata con un balido.

-«Ven. Se te requiere».

Entra con su oveja, avergonzado por ser el más notado.

-«¿Eres tú!»

dice José habiéndole reconocido; María, por su parte, le sonríe diciendo:

-«Eres bueno».

Ordeñan a la oveja y, con la punta de un paño embebido de leche caliente y espumosa, María moja los labios del Niño, el cual absorbe ese dulzor cremoso. Todos sonríen, y más aún cuando, con la punta de tela todavía entre sus labiecitos, Jesús se duerme bajo el calor de la lana.

8 -«Pero aquí no podéis quedaros. Hace frío y hay humedad. Y además… demasiado olor a animales. No es bueno… y… no está bien para el Salvador».

-«Lo sé»

dice María suspirando profundamente

-«pero, no hay sitio para nosotros en Belén».

-«Animo, Mujer. Nosotros te buscaremos una casa».

-«Se lo digo a mi ama»

dice el de la leche, Elías.

-«Es buena. Os recibirá, aunque tuviera que ceder su propia habitación. Nada más que amanezca se lo digo. Su casa está llena de gente, pero os dejará un sitio».

-«Por lo menos para mi Niño. Yo y José podemos estar incluso en el suelo. Pero, para el Pequeñuelo…».

«No te angusties, Mujer; yo me ocupo de eso. Y diremos a muchos lo que nos ha sido comunicado. No os faltará nada. Por el momento, recibid lo que nuestra pobreza os puede dar. Somos pastores…».

«Nosotros también somos pobres, y no os podemos pagar» dice José.

«¡Oh…, ni lo queremos! ¡Aunque pudierais, no querríamos! El Señor ya nos ha retribuido. El ha prometido la paz a todos. Los ángeles decían esto: “Paz a los hombres de buena voluntad”. Pero a nosotros nos la ha dado ya, porque el ángel ha dicho que este Niño es el Salvador, que es Cristo, el Señor. Somos pobres e ignorantes, pero sabemos que los Profetas dicen que el Salvador será el Príncipe de la Paz[3]146. Y a nosotros nos ha dicho que viniéramos a adorarle. Por eso nos ha dado su paz. ¡Gloria a Dios en el Cielo altísimo y gloria a este Cristo suyo, y bendita seas tú, Mujer, que le has engendrado! Eres santa porque has merecido llevarle en ti. Como Reina, mándanos; que servirte será para nosotros motivo de felicidad. ¿Qué podemos hacer por ti?».

-«Amar a mi Hijo y conservar siempre en el corazón estos pensamientos».

-«¿Y para ti? ¿No deseas nada? ¿No tienes familiares a los que quieras comunicar que El ha nacido?».

-«Sí, los tengo… pero no están cerca de aquí, están en Hebrón…».

-«Voy yo»

dice Elías.

-«¿Quiénes son?».

-«Zacarías, el sacerdote, e Isabel, mi prima».

-«¿Zacarías? ¡Le conozco bien! En verano subo a esos montes porque tienen pastos abundantes y buenos, y soy amigo de su pastor. Después de que te vea establecida voy adonde Zacarías».

-«Gracias Elías».

-«Nada de gracias. Es un gran honor para mí, que soy un pobre pastor, ir a hablar con el sacerdote y decirle que ha nacido el Salvador».

-«No. Le dirás: “Ha dicho María de Nazaret, tu prima, que Jesús ha nacido y que vayas a Belén”».

-«Eso diré».

-«Que Dios te lo pague. 9 Me acordaré de ti, …de todos vosotros…».

-«¿Le hablarás a tu Niño de nosotros?».

-«Lo haré».

-«Yo soy Elías».

-«Y yo, Leví».

-«Y yo, Samuel».

-«Y yo, Jonás».

-«Y yo, Isaac».

-«Y yo, Tobías».

-«Y yo, Jonatán».

-«Y yo, Daniel».

-«Simeón, yo».

-«Yo me llamo Juan».

-«Yo, José; y mi hermano, Benjamín. Somos gemelos».

-«Recordaré vuestros nombres».

-«Tenemos que marcharnos… pero volveremos… ¡Y te traeremos a otros para adorar!…».

«¿Cómo volver al aprisco dejando a este Niño?».

«¡Gloria a Dios que nos lo ha mostrado!».

«Déjanos besar su vestido» dice Leví con una sonrisa de ángel.

María alza despacio a Jesús y, sentada sobre el heno, ofrece los piececitos arropados para que los besen. Y los pastores se inclinan hasta el suelo y besan esos piececitos minúsculos cubiertos por la tela. Quien tiene barba primero se la adereza. Casi todos lloran y, cuando tienen que marcharse, salen caminando hacia atrás, dejando allí su corazón…

La visión me termina así, con María sentada en la paja con el Niño en su regazo, y José mirando y adorando, apoyado con un codo en el pesebre.

«En los pastores están todos los requisitos necesarios para ser adoradores del Verbo»

10 Dice Jesús:

«Hoy hablo Yo. Estás muy cansada, pero ten paciencia todavía durante un poco. Es la víspera del Corpus Christi. Podría hablarte de la Eucaristía y de los santos que se hicieron apóstoles de su culto, del mismo modo que te he hablado de los santos que fueron apóstoles del Sagrado Corazón. Pero quiero referirme a otra cosa y a una categoría de adoradores de mi Cuerpo, que son los precursores del culto al mismo, los pastores; ellos son los primeros adoradores de mi Cuerpo de Verbo hecho Hombre.

Una vez te dije –y esto mismo lo dice también mí Iglesia– que los Santos Inocentes son los protomártires de Cristo.

Ahora te digo que los pastores son los primeros adoradores del Cuerpo de Dios. En ellos se encuentran todos los requisitos que se necesitan para ser adoradores del Cuerpo mío, para ser almas eucarísticas. Fe segura: ellos creen pronta y ciegamente en el ángel. Generosidad: dan todo lo que poseen a su Señor.

Humildad: se acercan a otros más pobres que ellos, humanamente, con una modestia de actos que hace que no se sientan rebajados; y se profesan siervos de ellos.

Deseo: lo que no pueden dar por sí mismos, se las ingenian para procurarlo con apostolado y esfuerzo.

Prontitud de obediencia: María desea que sea avisado Zacarias, y Elías va en seguida. No lo deja para otro momento.

Amor, en fin: no saben irse de ese lugar. Tú dices: “dejan allí su corazón”. Dices bien. ¿Y no habría que comportarse así también con mi Sacramento?

11 Otra cosa. Esta enteramente para ti. Observa a quien se revela el ángel en primer lugar, y quién es el que merece escuchar las efusiones del ánimo de María. Leví: el niño.

A quien tiene alma de niño Dios se le manifiesta, y le muestra sus misterios y permite que escuche las palabras divinas y de María. Y quien tiene alma de niño tiene también la santa intrepidez de Leví y dice: “Déjame besar el vestido de Jesús”. Se lo dice a María, porque es siempre María la que os da a Jesús. Ella es la Portadora de la Eucaristía. Ella es la Píxide Viva.

Quien va a María me encuentra a mí. Quien me pide a Ella, de Ella me recibe. La sonrisa de mi Madre, cuando una criatura le dice: “Dame a tu Jesús para que yo le ame” –tan feliz se siente–, hace que el color del Cielo se cambie en un esplendor más vivo de júbilo.

Dile pues: “Déjame besar el vestido de Jesús, déjame besar sus llagas”. Atrévete incluso a más. Di: “Déjame reclinar mi cabeza en el Corazón de tu Jesús para sentirme así feliz”.

Ven. Descansa. Como Jesús en la cuna, entre Jesús y María».

[1] Cfr. Lc. 2, 6–20.

[2] Cfr. 4 Rey. 2, 11.

[3] Cfr. Is. 9, 6.